Marc Sangnier emergió como el líder de este movimiento que fue condenado en 1910 por el Papa Pío X.
Por la Dra. Carol Byrne
En 1893, un grupo de estudiantes universitarios, algunos aún adolescentes, con el corazón encendido por las aspiraciones de cambiar la sociedad, se reunían regularmente en el sótano del Stanislas College, dirigido por la Orden Marianista en París. Las reuniones, alentadas por dos miembros de la Orden, el padre Joseph Leber y el hermano Louis Cousin, se caracterizaban por una mezcla de política y religión, pero de un tipo que excluiría, en principio, el concepto católico tradicional de una alianza de trono y altar (1).
Nada menos que la democracia global era su objetivo, que se lograría mediante la aplicación de los principios revolucionarios de “Libertad, Igualdad y Fraternidad”.
Ya podemos ver esbozado el desarrollo de un tipo de gobierno cívico y eclesiástico que sería canonizado en el Vaticano II bajo las etiquetas de Libertad Religiosa y separación de la Iglesia y el Estado, ambas condenadas por el Magisterio anterior.
12ª Parte: Los obispos alemanes atacan, Pío XII capitula
13ª Parte: El proceso de apaciguamiento: Alimentar al cocodrilo alemán
14ª Parte: 1951-1955: El Vaticano inicia la reforma litúrgica50ª Parte: Cómo se saboteó el Servicio de Tenebrae 56ª Parte: La mafia germano-francesa detrás de la reforma litúrgica
57ª Parte: Reorquestación de la Vigilia Pascual
69ª Parte: La acusación de 'clericalismo'73ª Parte: Destruyendo la Octava de Pentecostés
74ª Parte: Revisión de la 'participación activa'
75ª Parte: Abusos interminables de la “participación activa”
76ª Parte: Participación activa = abuso litúrgico81ª Parte: El cambio en el Canon de 1962 presagiaba la misa novus ordo85ª Parte: Cuando los Santos se marchan
86ª Parte: El hallazgo de la Santa Cruz
87ª Parte: Abolida para complacer a los protestantes: La Fiesta del Hallazgo de la Santa Cruz97ª Parte: No hay objeciones válidas contra la Tradición de Loreto118ª Parte: El fantasma del “clericalismo”
124ª Parte: La “Iglesia que escucha”
125ª Parte: Los Jesuitas Tyrrell y Bergoglio degradan el Papado
126ª Parte: Rehacer la Iglesia a imagen y semejanza del mundo131ª Parte: Comparación de la formación en el Seminario anterior y posterior al vaticano II
132ª Parte: El Vaticano II y la formación sacerdotal134ª Parte: Francisco: No a la “rigidez” en los Seminarios
135ª Parte: El secretario de seminarios142ª Parte: El legado antiescoléstico de Ratzinger144ª Parte: Una previsible crisis de Fe Eucarística
145ª Parte: El papel de Ratzinger en el rechazo de los documentos originales del Vaticano II146ª Parte: El Santo Oficio fue destruido por Ratzinger149ª Parte: El modernismo en la raíz de la confusión teológica actual
Por la Dra. Carol Byrne
En 1893, un grupo de estudiantes universitarios, algunos aún adolescentes, con el corazón encendido por las aspiraciones de cambiar la sociedad, se reunían regularmente en el sótano del Stanislas College, dirigido por la Orden Marianista en París. Las reuniones, alentadas por dos miembros de la Orden, el padre Joseph Leber y el hermano Louis Cousin, se caracterizaban por una mezcla de política y religión, pero de un tipo que excluiría, en principio, el concepto católico tradicional de una alianza de trono y altar (1).
Nada menos que la democracia global era su objetivo, que se lograría mediante la aplicación de los principios revolucionarios de “Libertad, Igualdad y Fraternidad”.
El ejército adolescente de Marc Sangnier
Ya podemos ver esbozado el desarrollo de un tipo de gobierno cívico y eclesiástico que sería canonizado en el Vaticano II bajo las etiquetas de Libertad Religiosa y separación de la Iglesia y el Estado, ambas condenadas por el Magisterio anterior.
Debido al secretismo en el que se desarrollaban sus discusiones clandestinas, pocos previeron el peligro inminente de los planes que formularon, que involucrarían a la Iglesia en la reorganización del orden social y eclesiástico. Juntos, el grupo radical estableció Círculos de Estudio entre estudiantes y jóvenes trabajadores, con la asistencia de sacerdotes, todos participando en igualdad de condiciones y aprendiendo unos de otros.
En 1894, uno de los miembros del grupo original, Paul Renaudin, inauguró la Revista Le Sillon. Poco después, su Movimiento se lanzó al dominio público y tomó el nombre de la revista homónima.
Marc Sangnier, un orador y organizador excepcionalmente talentoso que provenía de una familia católica francesa adinerada y privilegiada, emergió como su líder de facto. Su personalidad carismática, sus habilidades oratorias y aspiraciones pretenciosas expresadas con una retórica inflada, su excepcional capacidad para involucrar y persuadir a sus oyentes, su celo ilimitado por una nueva cristiandad, conmovieron a multitudes de trabajadores e intelectuales que lo escucharon hablar, e incluso movieron a algunos obispos a darle su apoyo.
Desde su propio autorretrato como un joven totalmente consumido por una sed insaciable de Justicia Social, se presentó como una figura quijotesca, luchando contra los molinos de viento de aquella sociedad en un esfuerzo por corregir los errores del mundo. Es innegable que se describía a sí mismo, en un lenguaje salpicado de bravuconadas desenfrenadas y fantasías retóricas, como alguien con un destino único y trascendental, dispuesto a conquistar el mundo. Parece que Sangnier y sus compañeros flotaban en una ola de emocionalismo autocomplaciente que acalló cualquier duda inteligente sobre la sensatez de sus acciones.
En 1894, uno de los miembros del grupo original, Paul Renaudin, inauguró la Revista Le Sillon. Poco después, su Movimiento se lanzó al dominio público y tomó el nombre de la revista homónima.
Marc Sangnier, un orador y organizador excepcionalmente talentoso que provenía de una familia católica francesa adinerada y privilegiada, emergió como su líder de facto. Su personalidad carismática, sus habilidades oratorias y aspiraciones pretenciosas expresadas con una retórica inflada, su excepcional capacidad para involucrar y persuadir a sus oyentes, su celo ilimitado por una nueva cristiandad, conmovieron a multitudes de trabajadores e intelectuales que lo escucharon hablar, e incluso movieron a algunos obispos a darle su apoyo.
Desde su propio autorretrato como un joven totalmente consumido por una sed insaciable de Justicia Social, se presentó como una figura quijotesca, luchando contra los molinos de viento de aquella sociedad en un esfuerzo por corregir los errores del mundo. Es innegable que se describía a sí mismo, en un lenguaje salpicado de bravuconadas desenfrenadas y fantasías retóricas, como alguien con un destino único y trascendental, dispuesto a conquistar el mundo. Parece que Sangnier y sus compañeros flotaban en una ola de emocionalismo autocomplaciente que acalló cualquier duda inteligente sobre la sensatez de sus acciones.
No pasó mucho tiempo antes de que se hicieran sentir síntomas preocupantes de una ambición desmedida que rayaba en la megalomanía. El grupo Le Sillon formó una Jeune Garde (Joven Guardia) cuasi-militar; el nombre recordaba a las tropas de choque de Napoleón, un regimiento de soldados de élite y altamente disciplinados que cumplían las órdenes del Emperador. Cualquiera que conozca las semblanzas autobiográficas de Sangnier sobre su papel como líder político y educador social podría preguntarse si sus delirios de grandeza lo llevaron a considerarse un Napoleón moderno en términos de capacidad de liderazgo.
Marc Sangnier (centro) con la “Joven Guardia” de Le Sillon
La “Joven Guardia” se distinguía por su boina negra de uniforme, camisa blanca, fajín (símbolo de honor, lealtad, dedicación y unidad), un bastón con punta de metal y una porra. Tocaban tambores y ondeaban las banderas de la Justicia Social y la Democracia en un esfuerzo por despertar el entusiasmo por su causa dentro de la Iglesia y la comunidad en general. (Hoy en día, sus esfuerzos propagandísticos se denominarían una “operación psicológica”). Hablaban de poseer un “alma común”, lo que facilitaba un proceso de unión y creación de redes entre ellos.
De Le Sillon, para Le Sillon, por Le Sillon
Hay pruebas que demuestran que los integrantes de esta “Joven Guardia” fueron víctimas de una agresiva campaña de propaganda por parte de Sangnier, que exigía una fe ciega en su visión de la sociedad perfecta. También exigía un compromiso total de sus vidas con Le Sillon como único medio para lograrlo. (Esto continuó incluso después de que Le Sillon fuera clausurado y condenado por el Papa Pío X, ya que, como veremos, la organización simplemente continuó bajo otro nombre).
Lo que esta visión implicaba se expuso en el libro de Sangnier, L'Esprit Démocratique (El espíritu de la democracia), publicado en 1905. En la sociedad perfecta que él imaginaba, las personas renunciarían a cualquier motivo de beneficio personal y trabajarían únicamente “por el bien común”, bajo la bandera de la “solidarité humaine” (solidaridad humana) hasta el punto en que no hubiera distinción entre intereses privados y públicos, entre una clase y otra, entre trabajadores y empleadores, y donde todos sean “égaux et frères” (iguales y hermanos) (2).
El vínculo con el lema revolucionario francés Libertad, Igualdad y Fraternidad es demasiado obvio para pasar desapercibido. Es importante señalar aquí que la Iglesia nunca ha enseñado estas ideas y que Pío X, en su condena a Le Sillon, advirtió que tal arreglo, de implementarse en la sociedad, “traería consigo el socialismo”.
Continúa...
Notas:
1) Louis Cousin, Vie et Doctrine du Sillon, Lyon: Emmanuel Vitte, 1906, p. 6.
2) Marc Sangnier, L'Esprit Démocratique, París: Perrin, 1905, págs. 164-165.
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14ª Parte: 1951-1955: El Vaticano inicia la reforma litúrgica
15ª Parte: Una reforma litúrgica contradictoria
16ª Parte: Una reforma incoherente
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52ª Parte: Abolición de la Misa de los presantificados
57ª Parte: Reorquestación de la Vigilia Pascual
59ª Parte: Socavando la procesión del Cirio Pascual
60ª Parte: Separando la lex crecendi de la lex orandi
62ª Parte: Adoptar un rito de inspiración protestante65ª Parte: El declive del espíritu penitencial
66ª Parte: Todos los presentes se consideran celebrantes67ª Parte: La reforma de 1956 desencadenó muchas otras
68ª Parte: Preparando el Novus Ordo Missae 69ª Parte: La acusación de 'clericalismo'
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74ª Parte: Revisión de la 'participación activa'
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76ª Parte: Participación activa = abuso litúrgico
77ª Parte: “Los fieles tienen poder consagratorio”
78ª Parte: “La misa debe ser ratificada por el pueblo”
82ª Parte: El Canon de 1962 precipitó una crisis
86ª Parte: El hallazgo de la Santa Cruz
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