viernes, 18 de mayo de 2001

EL INDULTO INGLÉS DE 1971 (LA PETICION AGATHA CHRISTIE)


Publicamos el llamamiento a Pablo VI en 1971 solicitando el primer “indulto” a favor de la Misa Tradicional, para Inglaterra y Gales


El texto de la carta de apelación es el siguiente:

Uno de los axiomas de la publicidad contemporánea, tanto religiosa como secular, es que el hombre moderno en general, y los intelectuales en particular, se han vuelto intolerantes con todas las formas de tradición y están ansiosos por suprimirlas y poner algo más en su lugar.

Pero, como muchas otras afirmaciones de nuestras máquinas publicitarias, este axioma es falso. Hoy, como en tiempos pasados, las personas educadas están a la vanguardia en lo que respecta al reconocimiento del valor de la tradición y son las primeras en dar la alarma cuando ésta se ve amenazada.

Si algún decreto sin sentido ordenara la destrucción total o parcial de basílicas o catedrales, entonces obviamente serían los educados -cualesquiera que fueran sus creencias personales- quienes se levantarían horrorizados para oponerse a tal posibilidad.

Ahora bien, lo cierto es que basílicas y catedrales se construyeron para celebrar un rito que, hasta hace unos meses, constituía una tradición viva. Nos estamos refiriendo a la Misa Católica Romana. Sin embargo, según la última información en Roma, hay un plan para borrar esa Misa para finales del año en curso.

En este momento no estamos considerando la experiencia religiosa o espiritual de millones de personas. El rito en cuestión, en su magnífico texto en latín, también ha inspirado una serie de logros invaluables en las artes: no sólo obras místicas, sino obras de poetas, filósofos, músicos, arquitectos, pintores y escultores de todos los países y épocas. Por lo tanto, pertenece tanto a la cultura universal como a los eclesiásticos y cristianos formales.

En la civilización materialista y tecnocrática que amenaza cada vez más la vida de la mente y el espíritu en su expresión creativa original -la palabra- parece particularmente inhumano privar al hombre de las formas verbales en una de sus manifestaciones más grandiosas.

Los firmantes de este llamamiento, totalmente ecuménico y apolítico, proceden de todas las ramas de la cultura moderna europea y extranjera. Quieren llamar la atención de la Santa Sede sobre la terrible responsabilidad en la que incurriría en la historia del espíritu humano si se negara a permitir la supervivencia de la Misa Tradicional, aunque esta supervivencia se produjera codo con codo con otras formas litúrgicas.

Firmado por: 

Harold Acton, Vladimir Ashkenazy, John Bayler, Lennox Berkeley, Maurice Bowra, Agatha Christie, Kenneth Clark, Nevill Coghill, Cyril Connolly, Colin Davis, Hugh Delargy, +Robert Exeter, Miles Fitzalan-Howard, Constantine Fitzgibbon, William Glock, Magdalen Goffin, Robert Graves, Graham Greene, Ian Greenless, Joseph Grimond, Harman Grisewood, Colin Hardie, Rupert Hart-Davis, Barbara Hepworth, Auberon Herbert, John Jolliffe, David Jones, Osbert Lancaster, FR Leavis, Cecil Day Lewis, Compton Mackenzie , George Malcolm, Max Mallowan, Alfred Marnau, Yehudi Menuhin, Nancy Mitford, Raymond Mortimer, Malcolm Muggeridge, Iris Murdoch, John Murray, Sean O'Faolain, EJ Oliver, Oxford y Asquith, William Plomer, Kathleen Raine, William Rees-Mogg , Ralph Richardson, +John Ripon, Charles Russell, Rivers Scott, Joan Sutherland, Philip Toynbee, Martin Turnell, Bernard Wall, Patrick Wall, EI Watkin, RC Zaehner.

jueves, 17 de mayo de 2001

EXORCISMO CONTRA SATANAS Y LOS ANGELES APOSTATAS PUBLICADO POR ORDEN DE LEÓN XIII

Tomado del Rituale Romomanum, Titulus XI, Caput III


Sobre la recitación de los fieles laicos: “El Santo Padre exhorta a los sacerdotes a rezar esta oración con mucha frecuencia, como un exorcismo simple para contener el poder del demonio e impedir que haga daño. El fiel, asimismo, puede también decirla en su propio nombre, con el mismo propósito, como oración aprobada. Se recomienda su uso donde se sospeche que esté actuando el demonio, ya sea causando la maldad de los hombres, inspirando violentas tentaciones, y hasta produciendo tormentas y calamidades públicas.

Puede usarse como un exorcismo solemne, en una ceremonia oficial y pública en latín, para expulsar al diablo.

Un sacerdote sólo la puede decir en nombre de la Iglesia si ha recibido el permiso de su Obispo”. 


Exorcismo

En el nombre de Jesucristo Dios y Señor nuestro, mediante la intercesión de la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios; de San Miguel Arcángel, de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo y de todos los Santos,

si tiene el Orden de Exorcista, recite esto a continuación:

y apoyados en la sagrada autoridad que nuestro ministerio nos confiere, 

los fieles omitiendo lo anterior: 

procedemos con ánimo seguro a rechazar los asaltos que la astucia del demonio mueve en contra de nosotros.

Salmo 67

Levántese Dios, y sean dispersados sus enemigos,
huyan ante su faz los que le odian.
Cual se disipa el humo, los disipas;
como la cera se derrite al fuego, perecen los impíos ante Dios.

℣. He aquí la Cruz del Señor, huid poderes enemigos.

℟. Venció el león de la tribu de Judá, el hijo de David.

℣. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros.

℟. Como lo esperamos de Ti.

Os exorcizamos, espíritus de inmundos, poderes satánicos, 
ataques del enemigo infernal, legiones, reuniones, sectas diabólicas, en el nombre y por virtud de Jesucristo , nuestro Señor, os arrancamos y expulsamos de la Iglesia de Dios, de las almas creadas a la imagen de Dios y rescatadas por la preciosa sangre del Cordero divino 

No oses más, pérfida serpiente, engañar al género humano ni perseguir a la Iglesia de Dios, ni sacudir y pasar por la criba como el trigo a los elegidos de Dios  

Te manda Dios Altísimo , a quien por tu gran soberbia aún pretendes asemejarte y cuya voluntad es que todos los hombres se salven y vengan en conocimiento de la verdad. 

Te manda Dios Padre  Te manda Dios Hijo  Te manda Dios Espíritu Santo 

Te manda Cristo, Verbo eterno de Dios hecho carne,  que para salvar nuestra raza perdida por tu envidia, se humilló y fue obediente hasta la muerte, que ha edificado su Iglesia sobre firme piedra, prometiendo que las puertas del infierno no prevalecerán jamás contra ella, y que permanecería con ella todos los días hasta la consumación de los siglos. 

Te manda la santa señal de la Cruz  y la virtud de todos los misterios de la fe cristiana 

Te manda el poder de la excelsa Madre de Dios, la Virgen María , que desde el primer instante de su Inmaculada Concepción, aplastó tu muy orgullosa cabeza por virtud de su humildad. 

Te manda la fe de los Santos Apóstoles, Pedro y Pablo, y la de los demás Apóstoles 

Te manda la sangre de los Mártires y la piadosa intercesión de todos los santos y santas 

Así pues, dragón maldito y toda la legión diabólica, te conjuramos por el Dios  vivo, por el Dios  verdadero, por el Dios  Santo, por el Dios que tanto amó al mundo, que llegó hasta darle su Hijo Unigénito, a fin de que todos los que creen en Él no perezcan, sino que vivan vida eterna. 

Cesa de engañar a las criaturas humanas y brindarles el veneno de la condenación eterna: cesa de perjudicar a la Iglesia y de poner trabas a su libertad. 

Huye de aquí, Satanás, inventor y maestro de todo engaño, enemigo de la salvación de los hombres. 

Retrocede delante de Cristo, en quien nada has encontrado que se asemeje a tus obras; retrocede ante la Iglesia, Una, Santa, Católica y Apostólica, que Cristo mismo compró con su sangre. 

Humíllate bajo la poderosa mano de Dios, tiembla, desaparece ante la invocación hecha por nosotros, del Santo y terrible Nombre de Jesús, ante el cual se estremecen los infiernos; a quien están sometidas las virtudes de los cielos; las Potestades y Dominaciones, a quien los Querubines y Serafines alaban sin cesar en sus cánticos diciendo: ¡Santo, Santo, Santo es el Señor Dios de los Ejércitos! 

℣. Señor, escucha nuestra oración. 

℟. Y llegue a ti nuestro clamor. 

℣. El Señor esté con vosotros. 

℟. Y con tu espíritu. 


Oración 

Dios del cielo y de la tierra, Dios de los Ángeles, Dios de los Arcángeles, Dios de los Patriarcas, Dios de los Profetas, Dios de los Apóstoles, Dios de los Mártires, Dios de los Confesores, Dios de las Vírgenes, Dios que tienes el poder de dar la vida después de la muerte, el descanso después del trabajo; porque no hay otro Dios delante de ti, ni puede haber otro sino tú mismo. 

Creador de todas las cosas visibles e invisibles, cuyo reino no tendrá fin: humildemente suplicamos a la majestad de tu gloria se digne librarnos eficazmente y guardarnos sanos de todo poder, lazo, mentira y maldad de los espíritus infernales. 

Por Jesucristo nuestro Señor, Amén. 

℣. De las asechanzas del demonio, 

℟. Líbranos Señor. 

℣. Que te dignes conceder a tu Iglesia la seguridad y la libertad necesarias para tu servicio, 

℟. Te rogamos, óyenos. 

℣. Que te dignes humillar a los enemigos de la Santa Iglesia, 

℟. Te rogamos, óyenos. 

(Se rocía con agua bendita el lugar ).


miércoles, 16 de mayo de 2001

INSTRUCCIÓN SOBRE EL BAUTISMO DE LOS NIÑOS (20 DE OCTUBRE DE 1980)


Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe

INSTRUCCIÓN

SOBRE EL BAUTISMO DE LOS NIÑOS

Introducción

1. La pastoral del bautismo de los niños se ha visto muy favorecida con la promulgación del nuevo Ritual redactado según las directrices del Concilio Vaticano II (1). Sin embargo, las dificultades que sienten los padres cristianos y curadores de almas no han desaparecido del todo debido a la rápida transformación de la sociedad, que dificulta la educación de la fe y la perseverancia de los jóvenes.

2. En efecto, muchos padres se angustian al ver a sus hijos abandonar la fe y la práctica sacramental, a pesar de la educación cristiana que han tratado de darles, y algunos curadores de almas se preguntan si no deberían ser más exigentes antes de bautizar a sus hijos. Algunos creen preferible diferir el bautismo de los niños hasta el final de un catecumenado de mayor o menor duración; otros, en cambio, piden que se revise la doctrina sobre la necesidad del bautismo -al menos en lo que respecta a los niños- y esperan que la celebración del bautismo se posponga hasta una edad en la que sea posible un compromiso personal, o incluso hasta el umbral de la edad adulta.

Sin embargo, tal cuestionamiento de la tradicional pastoral sacramental no deja de suscitar en la Iglesia el temor legítimo de que una doctrina de tan capital importancia, como es la doctrina de la necesidad del bautismo, quede comprometida. Muchos padres, en particular, se escandalizan al ver que el bautismo que solicitan para sus hijos es rechazado o aplazado con plena conciencia de sus deberes.

3. Ante esta situación, y para responder a las numerosas peticiones que le han sido dirigidas, la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, después de haber consultado a diversas Conferencias Episcopales, ha elaborado la presente Instrucción. Con ella se pretende recordar los principales puntos doctrinales en este campo, que justifican la práctica constante de la Iglesia a lo largo de los siglos, y demuestran su valor permanente, a pesar de las dificultades suscitadas hoy. Finalmente, se indicarán algunas grandes líneas de acción pastoral.


Parte uno

LA DOCTRINA TRADICIONAL SOBRE EL BAUTISMO DE LOS NIÑOS

Una práctica inmemorial

4. Tanto en Oriente como en Occidente la práctica de bautizar a los niños se considera una norma de tradición inmemorial. Orígenes, y más tarde San Agustín, la consideraron una “tradición recibida de los Apóstoles” (2). Cuando aparecen los primeros testimonios directos en el siglo II, ninguno de ellos presenta el bautismo de niños como una innovación. San Ireneo, en particular, considera evidente la presencia entre los bautizados de “lactantes y niños” junto a adolescentes, jóvenes y ancianos (3). El ritual más antiguo que se conoce, el que describe la Tradición Apostólica de principios del siglo III, contiene la siguiente prescripción: “Bautizad primero a los niños: todos los que puedan hablar por sí mismos, que hablen; aquellos que no pueden hablar por sí mismos, que hablen sus padres o alguien de su familia” (4). San Cipriano, participando en un Sínodo de obispos africanos, afirma que “la misericordia y la gracia de Dios no pueden ser negadas a ningún hombre que nace”; y el mismo Sínodo, refiriéndose a la “igualdad espiritual” de todos los hombres “de cualquier estatura y edad”, decretó que los niños podían ser bautizados “desde el segundo o tercer día después del nacimiento” (5).

5. Sin duda, la práctica del bautismo de niños experimentó un cierto declive durante el siglo IV. En efecto, en aquella época, cuando los propios adultos aplazaban su iniciación cristiana, por temor a futuros pecados y a la penitencia pública, muchos padres posponían, por las mismas razones, el bautismo de sus hijos. Pero al mismo tiempo se sabe que hubo Padres y Doctores como Basilio, Gregorio de Nisa, Ambrosio, Juan Crisóstomo, Jerónimo, Agustín, quienes, aunque fueron bautizados en la edad adulta por las mismas razones, sin embargo reaccionaron fuertemente contra tal negligencia, y exhortaron a los adultos a no retrasar el bautismo, ya que era necesario para la salvación (6) y algunos de ellos insistieron en que el bautismo se administrara también a los niños (7).

La enseñanza del Magisterio

6. Incluso los Romanos Pontífices y los Concilios han intervenido a menudo para recordar a los cristianos su deber de bautizar a sus hijos.

A finales del siglo IV, la antigua costumbre de bautizar a los niños, al igual que a los adultos, “para la remisión de los pecados” se oponía a las doctrinas pelagianas. Este uso - como ya habían señalado Orígenes y San Cipriano antes que San Agustín (8) - confirmó la Fe de la Iglesia en la existencia del pecado original y, en consecuencia, la necesidad del bautismo de los niños apareció aún más evidente. En este sentido intervinieron los Papas Siricio (9) e Inocencio I (10). Posteriormente, el Concilio de Cartago del año 418 condena “a quienes niegan que los niños sean bautizados apenas salen del vientre de la madre” y afirma que “en virtud de la regla de Fe” de la Iglesia Católica sobre el pecado original “incluso los más pequeños, que aún no han podido cometer personalmente ningún pecado, son bautizados verdaderamente para la remisión de los pecados, a fin de que por la regeneración se purifique en ellos lo que han recibido desde su nacimiento” (11).

7. Esta doctrina fue constantemente reafirmada y defendida en la Edad Media. En particular, el Concilio de Viena, de 1312, subraya que “en el bautismo tanto los niños como los adultos reciben la gracia informante y las virtudes” y no sólo se remite la culpa (12). El Concilio de Florencia, en 1442, reprendió a quienes querían aplazar este sacramento, y advirtió que “el bautismo debe administrarse lo antes posible” a los recién nacidos, “mediante el cual quedan liberados del poder del diablo y reciben la adopción como hijos de Dios” (13).

El Concilio de Trento renueva la condena del Concilio de Cartago (14) y, refiriéndose a las palabras de Cristo a Nicodemo, declara que “después de la promulgación del Evangelio” nadie puede ser justificado “sin el lavamiento de la regeneración o el deseo recibirlo” (15). Entre los errores anatemizados por el Concilio se encuentra la opinión de los anabaptistas, según los cuales era mejor “omitir el bautismo (de sus hijos) antes que bautizarlos, ya que no creen con un acto personal en la Fe de la Iglesia” (16).

8. Los diversos concilios y sínodos regionales celebrados después del Concilio de Trento han enseñado con igual firmeza la necesidad de bautizar a los niños. Incluso el Papa Pablo VI, muy acertadamente, recordó solemnemente la enseñanza secular sobre este punto, declarando que “el bautismo debe administrarse también a los niños que aún no han podido ser culpables de ningún pecado personal, para que, nacidos sin la gracia sobrenatural, renazcan del agua y del Espíritu Santo a la vida divina en Jesucristo” (17).

9. Sin embargo, los textos del Magisterio ahora citados están lejos de agotar la riqueza de la Doctrina sobre el bautismo, tal como se expone en el Nuevo Testamento, en la catequesis de los Santos Padres y en la enseñanza de los Doctores de la Iglesia: el bautismo es, en efecto, una manifestación del amor previo del Padre, una participación en el Misterio Pascual del Hijo, la comunicación de una vida nueva en el Espíritu; hace entrar a los hombres en la herencia de Dios y los une al Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.

10. En esta perspectiva, la advertencia de Cristo en el Evangelio de San Juan: “El que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios” (18), debe entenderse como la invitación a un amor universal e infinito; son palabras de un Padre que llama a todos sus hijos y quiere su mayor bien. Este llamamiento irrevocable y apremiante no puede dejar al hombre indiferente o neutral, porque no puede realizar su destino a menos que acepte este llamamiento.

La misión de la Iglesia

11. La Iglesia tiene el deber de responder a la misión confiada por Cristo a los Apóstoles después de su resurrección, y expresada de forma especialmente solemne en el Evangelio según San Mateo: “A mí me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (19). La transmisión de la Fe y la administración del bautismo, estrechamente vinculadas en este mandato del Señor, son parte integrante de la misión de la Iglesia, que es universal y nunca podrá dejar de serlo.

12. En este sentido la Iglesia ha entendido su misión desde los primeros tiempos, y no sólo respecto de los adultos. De hecho, basándose en las palabras de Jesús a Nicodemo, “siempre se ha sostenido que no se debe privar a los niños del bautismo” (20). Estas palabras tienen, en realidad, una forma tan universal y absoluta que los Padres las han juzgado adecuadas para establecer la necesidad del bautismo, y el Magisterio las ha aplicado expresamente al caso de los niños (21): también para ellos, este sacramento es la entrada en el Pueblo de Dios (22) es la puerta a la salvación personal.

13. Por eso, con su Doctrina y su práctica, la Iglesia ha demostrado que no conoce otro medio, fuera del bautismo, para asegurar a los niños el acceso a la bienaventuranza eterna: por eso se cuida de no descuidar la misión recibida del Señor de hacer “renacer del agua y del Espíritu” a todos los que pueden ser bautizados. En cuanto a los niños que han muerto sin bautismo, la Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia de Dios, como lo hace en el rito de la sepultura dispuesto para ellos (23).

14. El hecho de que los niños aún no puedan profesar personalmente su fe no impide que la Iglesia les confiera este sacramento, ya que efectivamente los bautiza en su propia fe. Este punto doctrinal ya estaba claramente establecido por San Agustín, quien escribió: “Los niños se presentan para recibir la gracia espiritual, no tanto de quienes los llevan en brazos (aunque también de ellos, si son buenos creyentes), sino de la sociedad universal de santos y fieles... Es toda la Madre Iglesia de los santos la que actúa, pues ella en su conjunto genera a todos y cada uno” (24). Santo Tomás de Aquino, y después de él todos los teólogos, retoman la misma enseñanza: el niño que es bautizado no cree solo, con un acto personal, sino a través de otros, mediante “la fe de la Iglesia que le es comunicada” ( 25). Esta misma doctrina se propone también en el nuevo Ritual del Bautismo, cuando el celebrante pide a los padres, padrinos y madrinas que profesen la fe de la Iglesia “en la que los niños son bautizados” (26).

15. Sin embargo, aunque la Iglesia es consciente de la eficacia de la fe que opera en el bautismo de los niños, y de la validez del sacramento que les confiere, reconoce límites a su práctica, ya que, salvo el caso de peligro de muerte, no admite el sacramento sin el consentimiento de los padres y sin la garantía seria de que el niño bautizado recibirá una educación católica (27): de hecho, se ocupa tanto de los derechos naturales de los padres como de las necesidades de desarrollo de la fe del niño.


Segunda parte

RESPUESTA A LAS DIFICULTADES PLANTEADAS HOY

16. A la luz de la Doctrina mencionada anteriormente, es necesario juzgar algunas opiniones expresadas hoy sobre el bautismo de los niños, que tienden a cuestionar la legitimidad de esta práctica, como norma general.

Bautismo y acto de fe

17. Considerando que, en los escritos del Nuevo Testamento, el bautismo sigue a la predicación del Evangelio, presupone la conversión y va acompañado de la profesión de fe y que, además, los efectos de la gracia (remisión de los pecados, justificación, regeneración y participación en la vida divina) dependen generalmente más de la fe que del sacramento (28), algunos proponen que la secuencia “predicación-fe-sacramento” se convierta en norma, que se aplique a los niños, salvo en caso de peligro de muerte, y que se instituya para ellos un catecumenado obligatorio.

18. Sin duda la predicación apostólica solía dirigirse a adultos y los primeros bautizados fueron hombres convertidos a la fe cristiana. Dado que estos hechos se relatan en los libros del Nuevo Testamento, puede surgir la opinión de que en ellos sólo se considera la fe de los adultos. Sin embargo, como se mencionó anteriormente, la práctica del bautismo de niños se basa en una Tradición inmemorial de origen Apostólico, cuya importancia no se puede ignorar: además, el bautismo nunca se administra sin la fe, que en el caso de los niños es la fe de la Iglesia.

Por otra parte, según la Doctrina del Concilio de Trento sobre los sacramentos, el bautismo no es sólo un signo de la fe: es también su causa (29). Provoca la “iluminación interior” en el bautizado, por lo que la liturgia bizantina lo llama con razón “sacramento de la iluminación” o simplemente “iluminación”, es decir, fe recibida, que impregna el alma para que, ante el esplendor de Cristo, caiga el velo de ceguera (30).

Bautismo y apropiación personal de la gracia

19. Se dice también que toda gracia, por estar destinada a una persona, debe ser aceptada conscientemente y hecha suya por quien la recibe: algo de lo que el niño es absolutamente incapaz.

20. En realidad, el niño es persona mucho antes de poder manifestarla mediante actos de conciencia y de libertad, y como tal ya puede llegar a ser hijo de Dios y coheredero con Cristo mediante el sacramento del bautismo. Su conciencia y su libertad podrán entonces, a partir de su despertar, disponer de las fuerzas infundidas en el alma por la gracia bautismal.

Bautismo y libertad del niño

21. Se objeta también que el bautismo de los niños sería un ataque a su libertad, ya que es contrario a su dignidad de persona imponerles obligaciones religiosas para el futuro que quizás más tarde se inclinarán a rechazar. Por lo tanto, sería mejor administrar el sacramento a una edad en la que puedan participar libremente. Mientras tanto, los padres y educadores deben comportarse de manera confidencial y abstenerse de cualquier presión.

22. Pero tal comportamiento es absolutamente ilusorio: no existe libertad humana tan pura que pueda ser inmune a cualquier condicionamiento. Ya a nivel natural, los padres toman decisiones indispensables para la vida de sus hijos y los orientan hacia los verdaderos valores. El comportamiento de una familia que pretende ser neutral con respecto a la vida religiosa del niño sería en la práctica una elección negativa, que lo privaría de un bien esencial.

Cuando se afirma que el sacramento del bautismo compromete la libertad del niño, se olvida sobre todo que todo hombre, incluso no bautizado, como criatura, tiene obligaciones imprescriptibles para con Dios, que el bautismo ratifica y eleva con la adopción filial. También olvidamos que el Nuevo Testamento nos presenta la entrada a la vida cristiana no como una servidumbre o una obligación, sino como un acceso a la verdadera libertad (31).

Sin duda puede suceder que el niño, habiendo llegado a la edad adulta, rechace las obligaciones derivadas de su bautismo. Los padres, a pesar del sufrimiento que puedan experimentar, no tienen nada que reprochar por haber hecho bautizar a su hijo y darle una educación cristiana, como era su derecho y su deber (32). De hecho, a pesar de las apariencias, las semillas de la fe depositadas en su alma pueden algún día volver a vivir, y sus padres contribuirán con su paciencia, su amor, su oración y el testimonio auténtico de su fe.

El bautismo en la situación sociológica actual

23. Atentos a los vínculos de la persona con la sociedad, algunos creen que en una sociedad homogénea, en la que los valores, juicios y costumbres forman un sistema coherente, el bautismo de los niños sería todavía apropiado; sin embargo, estaría contraindicado en las sociedades pluralistas actuales, caracterizadas por la inestabilidad de valores y los conflictos ideológicos. En tal situación, dicen, sería mejor aplazar el bautismo hasta que la personalidad del candidato haya madurado lo suficiente.

24. Sin duda, la Iglesia no ignora que debe tener en cuenta la realidad social. Pero los criterios de homogeneidad y pluralismo son sólo indicativos y no pueden elevarse a principios normativos, porque son inadecuados para resolver una cuestión estrictamente religiosa, que por su naturaleza pertenece a la Iglesia y a la familia cristiana.

El criterio de “sociedad homogénea” permitiría afirmar la legitimidad del bautismo infantil si la sociedad es cristiana; pero llevaría también a negarlo cuando las familias cristianas fueran minoría, tanto en una sociedad predominantemente pagana como en un régimen de ateísmo militante; lo cual, evidentemente, es inaceptable.

Incluso el criterio de la “sociedad pluralista” no es más válido que el anterior, ya que en este tipo de sociedad la familia y la Iglesia pueden actuar libremente, y por lo tanto, proporcionar una formación cristiana.

Además, una reflexión histórica demuestra claramente cómo la aplicación de tales criterios “sociológicos” en los primeros siglos habría paralizado la expansión misionera de la Iglesia. Hay que añadir también que hoy en día, paradójicamente, apelamos con demasiada frecuencia al pluralismo para imponer a los fieles comportamientos que en realidad impiden el ejercicio de su libertad cristiana.

En una sociedad en la que la mentalidad, las costumbres y las leyes ya no se inspiran en el Evangelio, es, por lo tanto, de suma importancia que en las cuestiones que plantea el bautismo de los niños se tenga en cuenta sobre todo la naturaleza y la misión de la Iglesia. El Pueblo de Dios, aunque mezclado con la sociedad humana y formado por diferentes naciones y culturas, posee sin embargo una identidad propia, caracterizada por la unidad de la fe y los sacramentos. Animado por un mismo espíritu y una misma esperanza, es un todo orgánico, capaz de crear, en diferentes grupos humanos, las estructuras necesarias para su crecimiento. La pastoral sacramental de la Iglesia, en particular la del bautismo de los niños, debe encajar en este contexto y no depender de criterios atribuibles únicamente a las ciencias humanas.

Bautismo de niños y pastoral sacramental

25. Por último, hay otra crítica al bautismo de niños: deriva de un enfoque pastoral desprovisto de impulso misionero, más preocupado por administrar un sacramento que por suscitar la fe y promover el compromiso evangélico. Para preservarlo, la Iglesia cedería a la tentación de los números y del “sistema”; favorecería el mantenimiento de una “concepción mágica” de los sacramentos, mientras que su verdadera tarea sería dedicarse a la actividad misionera, ayudar a madurar la fe de los cristianos, promover su compromiso libre y consciente, admitiendo, en consecuencia, determinadas etapas en su pastoral sacramental.

26. Indudablemente, el apostolado de la Iglesia debe tender a suscitar una fe viva y a fomentar una existencia auténticamente cristiana, pero las exigencias de la pastoral sacramental de adultos no pueden aplicarse tal cual a los niños bautizados, como se ha dicho, “en la fe de la Iglesia”. Además, no se puede tratar a la ligera la necesidad del sacramento, que conserva todo su valor y urgencia, sobre todo cuando se trata de asegurar a un niño el bien infinito de la vida eterna.

En cuanto a la preocupación por los números, bien entendida, no es una tentación ni un mal para la Iglesia, sino un deber y un bien. De hecho, la Iglesia, definida por San Pablo como el “Cuerpo” de Cristo y su “plenitud” (33), es el sacramento visible de Cristo en el mundo; su misión es extender a todos los hombres el vínculo sacramental que lo une a su Señor glorificado. Por eso no puede menos que querer conferir a todos, tanto niños como adultos, el primer y fundamental sacramento del bautismo.

Así entendida, la práctica del bautismo infantil es auténticamente evangélica, ya que tiene valor de testimonio; de hecho, manifiesta la iniciativa de Dios hacia nosotros y la gratuidad de su amor que rodea toda nuestra vida: “No somos nosotros los que amamos a Dios, sino que fue él quien nos amó... Nosotros amamos, porque él nos amó primero” ( 34). Incluso en el caso de los adultos, las necesidades ligadas a la recepción del bautismo (35) no deben hacernos olvidar que Dios “nos salvó no por obras de justicia realizadas por nosotros, sino por su misericordia mediante un lavamiento de regeneración y renovación en el Espíritu Santo” (36).


Parte tres

ALGUNAS DIRECTIVAS PASTORALES

27. Aunque no sea posible aceptar ciertas propuestas de hoy, como el abandono definitivo del bautismo de niños y la libertad de elección, cualquiera que sea el motivo, entre el bautismo inmediato y el diferido, no se puede, sin embargo, negar la necesidad de un esfuerzo pastoral profundo, en ciertos aspectos renovado. Merece la pena indicar aquí sus principios y grandes líneas.

Principios de esta pastoral

28. Es muy importante recordar ante todo que el bautismo de los niños debe considerarse como una misión seria. Las cuestiones que plantea a los curadores de almas no pueden resolverse sin tener presente fielmente la Doctrina y la práctica constante de la Iglesia.

En concreto, la pastoral del bautismo de los niños debe inspirarse en dos grandes principios, de los cuales el segundo está subordinado al primero:

1) El bautismo, necesario para la salvación, es signo e instrumento del amor preveniente de Dios que libera del pecado y comunica la participación en la vida divina: en sí mismo, el don de estos bienes no debe diferirse a los niños.

2) Se deben tomar garantías para que este don se desarrolle a través de una verdadera educación en la fe y en la vida cristiana, para que el sacramento pueda alcanzar plenamente su “realidad” (37), normalmente son dadas por los padres o familiares cercanos, aunque pueden ser abastecido de diferentes maneras en la comunidad cristiana. Pero si estas garantías no son verdaderamente serias, uno puede verse inducido a posponer el sacramento, o incluso a rechazarlo, si ciertamente no existen.

El diálogo entre curadores de almas y familias creyentes

29. Partiendo de los dos principios anteriores, la situación real de cada caso se evaluará mediante una conversación pastoral entre el sacerdote y la familia. Para las conversaciones con padres cristianos practicantes regularmente, las reglas se establecen en la Introducción del Ritual, de la que bastará recordar aquí los dos puntos más significativos.

En primer lugar, se atribuye gran importancia a la presencia y participación activa de los padres en la celebración; ahora tienen prioridad sobre los padrinos y las madrinas, cuya presencia sigue siendo necesaria, ya que su contribución a la educación sigue siendo preciosa y, a veces, necesaria.

En segundo lugar, se debe dar gran importancia a la preparación al bautismo. Los padres deben preocuparse por ello, advertir a sus pastores de almas del esperado nacimiento, prepararse espiritualmente. Por su parte, los pastores visitarán a las familias, es más, intentarán reunir a varias de ellas y darles catequesis y otras sugerencias apropiadas, y también las invitarán a orar por los niños que están a punto de recibir (38).

Para fijar la fecha de la propia celebración se seguirán las indicaciones del Ritual: “Se debe tener en cuenta ante todo la salud del niño, para que no sea privado del beneficio del sacramento; luego las condiciones de salud de la madre, para que -en la medida de lo posible- pueda estar presente personalmente; finalmente, se deben tener en cuenta -sin perjuicio del bien preeminente del niño- las necesidades pastorales, es decir, el tiempo indispensable para preparar a los padres y organizar la celebración de tal manera que el significado y la naturaleza del rito sea claramente evidente”. El bautismo, por lo tanto, se realizará sin demora “si el niño está en peligro de muerte”, en caso contrario, normalmente “dentro de las primeras semanas después del nacimiento del niño” (39).

El diálogo de los curadores de almas con familias incrédulas o no cristianas

30. Puede suceder que padres poco creyentes y practicantes sólo ocasionalmente, o incluso no cristianos, que por razones dignas de consideración pidan el bautismo para su hijo, recurran a los párrocos.

En este caso intentaremos, con una conversación profunda y comprensiva, despertar su interés por el sacramento que piden y recordarles la responsabilidad que asumen.

La Iglesia, de hecho, no puede satisfacer los deseos de estos padres si no dan la garantía de que, una vez bautizado, el niño recibirá la educación católica requerida por el sacramento; debe tener la esperanza fundada de que el bautismo dará fruto (40).

Si las garantías ofrecidas -por ejemplo la elección de padrinos y madrinas que cuidarán seriamente del niño, o la ayuda de la comunidad de fieles- son suficientes, el sacerdote no puede negarse a administrar el bautismo sin demora, como en el caso de los hijos de familias cristianas. Pero si las garantías son insuficientes, será prudente aplazar el bautismo; sin embargo, los párrocos deben mantenerse en contacto con los padres, a fin de obtener de ellos, en la medida de lo posible, las condiciones requeridas de su parte para la celebración del sacramento. Si ni siquiera esta solución fuera posible, se podría proponer, como último intento, la inscripción del niño en vistas al catecumenado, durante la escolarización.

31. Estas normas, ya promulgadas y en vigor (41), requieren algunas aclaraciones. Ante todo, debe quedar claro que el rechazo del bautismo no es una forma de presión. Además, no debemos hablar de rechazo, ni mucho menos de discriminación, sino de un aplazamiento de carácter pedagógico, que tiende, según los casos, a hacer que la familia progrese en la fe o a tomar mayor conciencia de sus responsabilidades.

En cuanto a las garantías, hay que considerar que cualquier seguridad que ofrezca una esperanza fundada sobre la educación cristiana de los niños merece ser considerada suficiente.

Cualquier inscripción para un futuro catecumenado no debe ir acompañada de un rito específico, que podría considerarse el equivalente del sacramento mismo. Además, debe quedar claro que esta inscripción no es verdaderamente una entrada al catecumenado y que los niños así registrados no deben ser considerados catecúmenos con todas las prerrogativas propias de ese estado. Luego deben ser presentados a un catecumenado adecuado a su edad. A este respecto, hay que precisar que la existencia de un Ritual para los niños que han alcanzado la edad de catequesis, en el Ordo initiationis christianaeadultrum (42), no significa en absoluto que la Iglesia prefiera o considere normal el aplazamiento del bautismo hasta esa edad.

Por último, en aquellas regiones donde las familias no creyentes o no cristianas constituyen la mayoría de la población, hasta el punto de que las Conferencias Episcopales justifican la introducción de una pastoral integral que prevea un intervalo más largo que el establecido por la ley general antes de la celebración del bautismo (43), las familias cristianas que allí viven mantienen intacto su derecho a que sus hijos sean bautizados en primer lugar. En este caso, por lo tanto, se administrará el bautismo, como desea la Iglesia y como merecen la fe y la generosidad de esas familias.

El papel de las familias y de la comunidad parroquial

32. El compromiso pastoral realizado con motivo del bautismo de los niños debe incluirse en una actividad más amplia, extendida a las familias y a toda la comunidad cristiana.

En esta perspectiva es importante intensificar la acción pastoral de los novios, en los encuentros de preparación al matrimonio, y luego de los recién casados. Según las circunstancias, se hará un llamamiento a toda la comunidad eclesial, y en particular a los educadores, a los cónyuges cristianos, a los movimientos implicados en la pastoral familiar, a las congregaciones religiosas y a los institutos seculares. En su ministerio, los sacerdotes deben dedicar amplio espacio a este apostolado. Sobre todo, recuerdo a los padres su responsabilidad de inspirar y educar en la fe de sus hijos. De hecho, a ellos corresponde iniciar la iniciación cristiana del niño y enseñarle a amar a Cristo como a un amigo íntimo, y también formar su conciencia. Esta tarea será tanto más fructífera y fácil cuanto más se base en la gracia bautismal infundida en el alma del niño.

33. Como indica claramente el Ritual, la comunidad parroquial y en particular el grupo de cristianos que constituyen el entorno humano de la familia, deben desempeñar su papel en la pastoral del bautismo. En efecto, “el pueblo de Dios, es decir la Iglesia, que transmite y alimenta la fe recibida de los Apóstoles, considera su tarea fundamental para la preparación al bautismo y la formación cristiana” (44). Esta participación activa del pueblo cristiano, que ya se ha puesto en práctica en el caso de los adultos, se exige también en el bautismo de los niños, en el que “el pueblo de Dios, es decir, la Iglesia, presente en la comunidad local, tiene una tarea importante” (45) . Por otra parte, la propia comunidad obtendrá de la ceremonia del bautismo un gran beneficio espiritual y apostólico. Finalmente, la acción de la comunidad se prolongará, incluso después de la celebración litúrgica, en la contribución de los adultos a la educación de la fe de los jóvenes, tanto con el testimonio de su vida cristiana como con la participación en las diversas actividades catequéticas.


Conclusión

34. Al dirigirse a los Obispos, la Congregación para la Doctrina de la Fe confía plenamente en que ellos, en el ejercicio de la misión recibida del Señor, se preocuparán de recordar la Doctrina de la Iglesia sobre la necesidad del bautismo de niños, de promover una adecuada atención pastoral y de reconducir a la práctica tradicional a quienes, motivados quizá por comprensibles preocupaciones pastorales, se han alejado de ella. Se espera también que la enseñanza y las orientaciones de la presente Instrucción lleguen a todos los curadores de almas, a los padres cristianos y a la comunidad eclesial, para que todos tomen conciencia de su responsabilidad y contribuyan, mediante el bautismo de los niños y su educación cristiana, al crecimiento de la Iglesia, Cuerpo de Cristo.

El Sumo Pontífice Juan Pablo II, durante la audiencia concedida al infrascrito Prefecto, aprobó la presente Instrucción, decidió en la reunión ordinaria de esta Sagrada Congregación y ordenó su publicación.

Roma, desde la Sede de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, 20 de octubre de 1980.

Cardenal Francesco Šeper
Prefecto

✠ Fr. Jérôme Hamer, OP
Arzobispo titular de Lorium
Secretario
Notas:

(1) Ordo baptismi parvulorum, editio typica, Romae, 15 de mayo de 1969.

(2) Orígenes, In Romanos, lib. V, 9: PG 14, 1047; cf. S. Agustín, De Genesi ad litteram, X, 23, 39: PL 34, 426; De Sintorum Meris et Remissione et de Baptismo Parvulorum, I, 26, 39: PL 44, 131. En realidad tres pasajes de los Hechos de los Apóstoles (16, 15; 16, 33; 18, 8) recuerdan el bautismo de “toda una casa”.

(3) Adv. Haereses, II, 22, 4: PG 7, 784; Harvey, I, 330. En muchos documentos epigráficos, ya en el siglo II, a los niños se les llama “Hijos de Dios”, título reservado a los bautizados, o leemos una mención explícita de su bautismo; cf. por ejemplo, Corpus inscriptionum graecarum, III, nn. 9727, 9817, 9801; E. Diehl, Inscriptiones latinae christianae veteres, Berlín 1961, nn. 1523 (3), 4429 A.

(4) Ippolito Romano, La Tradition apostolique, ed. y trad. por B. Botte, Münster W., Aschendolrff, 1963 (LiturgiewissenschaftlicheQuellen und Forschungen 396), págs. 44-45.

(5) Epist. LXIV, Cyprianus et coeteri collegie, qui in concilio adfuerunt número LXVI. Fido fratri: PL 3, 1013-1019; Hartel, CSEL, 3, págs. 717-721. En la Iglesia africana esta práctica fue particularmente firme, a pesar de la oposición de Tertuliano, quien aconsejó aplazar el bautismo de los niños, debido a su tierna edad y por temor a posibles deserciones juveniles. Cf. De baptismo, XVIII, 3-XIX, 1: PL 1, 1220-1222; De anima, 39-41: PL 2, 719 y sigs.

(6) Cf. S. Basil, Homilia XIII exhortatoria ad sanctum baptisma: PG 31, 424-436; S. Gregorio de Nisa, Adversus eos qui différent baptismum oratio: PG 46, 424; S. Agustín, en el tramo de Ioannem. XIII, 7: PL 35, 1496; CCL 36, pág. 134.

(7) Cf. S. Ambrogio, De Abraham II, 11, 81-84: PL 14, 495-497; CSEL 32, 1, págs. 632-635; San Juan Crisóstomo, Catechesis, III, 5-6, ed. A. Wenger, SC 50, págs. 153-154; S. Jerónimo, Epist. 107, 6: PL 32, 873; y. J. Labourt (Col. Budé), t. 5, págs. 151-152. Sin embargo, Gregorio de Nisa, aunque presionaba a las madres para que bautizaran a sus hijos a una edad temprana, se contentaba con fijar esta edad en tres años. Cf. Oratio XL in sanctum baptisma, 17 y 28: PG 36, 380 D y 399 AB.

(8) Orígenes, In Leviticum hom. VIII, 3: PG 12, 496; In Lucam hom. XIV, 5: PG 13, 1835; S. Cipriano, Epist. 64, 5: PL 3, 1018 B; Hartel, CSEL, pág. 720; San Agustín, De Peccatorum Meris et Remissione et de Baptismo Parvulorum, lib. I, XVII-XIX, 22-24; PL 44, 121-133; De Gratia Christi et de sin originali, lib. I, XXXII, 35, ibid., 377, De praedestinatione Sanctorum, XIII, 25, ibid., 978, Opus imperfectum contra Iulianum, lib. V, 9: PL 45, 1439.

(9) Epist. “Directa ad decerem” ad Himerium episc. Tarracón., 10 feb. 385, c. 2, en DS (= Denzinger-Schönmetzer, Enchiridion Symbolorum, Definitionum et declarationum de rebus fidei et morum, Herder 1965), n. 184.

(10) Epist. “Inter ceteras Ecclesiae Romanae” ad Sylvanum et ceteros synodi Milevitanae Patres, 27 de enero. 417, c. 5: DS n. 219.

(11) Can. 2, Mansi, III, 811-814 y IV, 327 AB; DS n. 223.

(12) Concilio de Vienne, Mansi, XXV, 411 CD; DS núm. 903-904.

(13) Concilio de Florencia, sesión XI, C.OE.D., p. 576, 32-577; DS n. 1349.

(14) Sesión V, can. 4, COED, pág. 666, 32-667, 2; DS n. 1514; cf. Concilio de Cartago 418, supra, nota 11.

(15) Sesión VI, cap. IV, COED, pág. 672, 18; DS n. 1524.

(16) Sesión VII, can. 13, COED, pág. 686, 15-19; DS n. 1626.

(17) Solemnis Professio Fidei, n. 18, AAS LX (1968), pág. 440.

(18) Juan 3, 5.

(19) Mt 28, 19; cf. Mc 16, 15-16.

(20) Ordo baptismi parvulorum, Praenotanda, n. 2, pág. 15.

(21) Cf. supra, nota 8 para los textos patrísticos, y notas 9-13 para los Concilios; podemos añadir la Profesión de fe del Patriarca Dositeo de Jerusalén en 1672, Mansi, t. XXXIV, 1746.

(22) “Bautizar a los niños” -escribe San Agustín- “no es otra cosa que incorporarlos a la Iglesia, es decir, agregarlos al Cuerpo de Cristo y a sus miembros” (De Peccatorum Meris et Remissione et de Baptismo Parvulorum, lib. III , IV, 7 : PL 44, 189; cf. libro I, XXVI, 39: ibíd., 131).

(23) Ordo exequiarum, ed. typica, Romae, 15 de agosto de 1969, núms. 82, 231-237.

(24) Epist. 98, 5: PL 33, 362; cf. Sermo 176, II, 2: PL 38, 950.

(25) Summa Theologica, IIIa, qu. 69, a. 6, anuncio 3; cf. q. 68, a. 9, anuncio 3.

(26) Ordo baptismi parvulorum, Praenotanda, n. 2; cf. n. 56.

(27) Existe, en efecto, una larga tradición, a la que se refirieron Santo Tomás de Aquino (Summa Theologica, IIa IIae, q. 10, a. 12, in c.) y el Papa Benedicto XIV (Instrucción Postremo mense del 28 de febrero 1747, nn. 4-5; DS nn. 2552-2553), no bautizar a un niño procedente de familia infiel o judía, salvo en caso de peligro de muerte (CIC, can. 750, § 2), contra la voluntad de su familia, es decir, si la propia familia no lo solicita y no ofrece las garantías.

(28) Cf. Mt 28, 19; Mc 16, 16; Hechos 2, 37-41; 8, 35-38; Romanos 3, 22-26; Gálatas 3, 26.

(29) Concilio de Trento, sesión VII, Decr. de sacramentis, can. 6, COED, pág. 684, 33-37; DS n. 1606.

(30) Cf. 2 Cor 3, 15-16.

(31) Juan 8, 36; Romanos 6, 17-22; 8, 21; Gál 4, 31; 5, 1 y 13; 1 Pedro 2, 16, etc.

(32) Este deber y derecho, especificado por el Concilio Vaticano II en la Declaración Dignitatis Humanae, n. 5, está reconocido internacionalmente por la Declaración Universal de Derechos Humanos, art. 26, núm. 3.

(33) Ef 1, 23.

(34) 1 Jn 4, 10. 19.

(35) Cf. Concilio de Trento, sesión VI, De iustificatione, cap. 5-6 y lata. 4 y 9: DS núms. 1525-1526, 1554 y 1559.

(36) Tit. 3, 5.

(37) Cf. Ordo baptismi parvulorum, Praenotanda, n. 3, pág. 15.

(38) Cf. ibidem, n. 8, § 2, pág. 17; n. 5, §§ 1 y 5, p. 16.

(39) Ibid., n. 8, § 1, pág. 17.

(40) Cf. ibidem, n. 3, pág. 15.

(41) Estas directrices, establecidas por primera vez por una Carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en respuesta a la petición de SE Monseñor Barthélemy Hanrion, Obispo de Dapango (Togo), fueron publicadas simultáneamente con la petición del Obispo en Notitiae, n. 61 (7-1971), págs. 64-70.

(42) Cf. Ordo initiationis christianaeadultorum, ed. typica, Romae, 6 de enero de 1972, cap. 5, págs. 125-149.

(43) Cf. Ordo baptismi parvulorum, Praenotanda, n. 8, artículos 3 y 4, p. 17.

(44) Ibidem. De initiatione christiana, Praenotanda generalia, n. 7, pág. 9.

(45) Ibidem. Praenotanda, n. 4, pág. 15.



martes, 15 de mayo de 2001

TESTEM BENEVOLENTIAE (22 DE ENERO DEL AÑO 1899)


Carta Apostólica

de S.S. León XIII

TESTEM BENEVOLENTIAE

al Emmo. Cardenal James Gibbons,

sobre el “americanismo”

A nuestro querido hijo,
James Cardenal Gibbons,
Cardenal Presbítero del Título de Santa María del Trastevere,
Arzobispo de Baltimore:

Querido hijo Nuestro, Salud y Bendición Apostólica.

Os enviamos por medio de esta Carta el renovado testimonio de esa buena voluntad que nunca os hemos dejado de manifestar a lo largo de nuestro pontificado a vos, a vuestros colegas en el Episcopado y a todo el pueblo americano, valiéndonos gustosamente de toda oportunidad que nos ha sido ofrecida tanto por el feliz progreso de vuestra Iglesia como por cuanto habéis hecho recta y provechosamente para salvaguardar y promover los intereses católicos. Por otra parte, hemos considerado y admirado frecuentemente el noble carácter de vuestra nación, el cual permite al pueblo americano ser sensible a toda buena obra que promueve el bien de la humanidad toda y el esplendor de la civilización.

Sin embargo, esta carta no pretende repetir las palabras de alabanza tantas veces pronunciadas, sino más bien llamar la atención sobre algunas cosas que han de ser evitadas y corregidas, y puesto que ha sido concebida en el mismo espíritu de caridad apostólica que ha inspirado nuestras anteriores cartas, podemos esperar que la toméis como otra muestra de nuestro amor; esto más aun porque busca acabar con ciertas disputas que han surgido recientemente entre vosotros y que perturban el ánimo de muchos, si no de todos, con no poco detrimento de su paz.

Os es conocido, querido hijo Nuestro, que el libro sobre la vida de Isaac Thomas Hecker, debido principalmente a los esfuerzos de quienes emprendieron su publicación y traducción a una lengua extranjera, ha suscitado serias controversias por ciertas opiniones que presenta sobre el modo de vivir cristianamente. Nos, por consiguiente, a causa de nuestro Supremo Oficio Apostólico, teniendo que guardar la integridad de la Fe y la seguridad de los fieles, estamos deseosos de escribiros con mayor extensión sobre todo este asunto.

El fundamento sobre el que se basan estas nuevas ideas es que, con el fin de atraer más fácilmente a la sabiduría católica a aquellos que disienten de ella, la Iglesia debe acercarse un poco más a la humanidad de este siglo ya maduro, aflojar su antigua severidad y hacer algunas concesiones a los gustos y opiniones recientemente introducidas entre los pueblos. Muchos piensan que estas concesiones deben ser hechas no sólo en asuntos de disciplina, sino también en las Doctrinas que conforman el “Depósito de la Fe”. Ellos sostienen que sería oportuno, para ganar las voluntades de aquellos que disienten de nosotros, omitir ciertos puntos de la Ddoctrina como si fueran de menor importancia, o moderarlos de tal manera que no conservarían el mismo sentido que la Iglesia constantemente les ha dado.

No se necesitan muchas palabras, querido hijo Nuestro, para entender con cuán reprobable designio ha sido pensado esto, si tan sólo se recuerda la naturaleza y el origen de la Doctrina que la Iglesia transmite. El Concilio Vaticano dice al respecto: 
“La Doctrina de la Fe que Dios ha revelado no es propuesta como un descubrimiento filosófico que puede ser perfeccionado por la inteligencia humana, sino como un divino depósito confiado a la Esposa de Cristo para ser fielmente custodiado e infaliblemente declarado. De ahí que también hay que mantener perpetuamente el sentido de los Sagrados Dogmas que una vez declaró la Santa Madre Iglesia, y no se debe nunca abandonarlo bajo el pretexto o en nombre de un entendimiento más profundo” (Constitución Dei Filius sobre la Fe Católica, cap. IV).
No puede en absoluto considerarse como carente de culpa el silencio con el que ciertos principios de la Doctrina Católica son intencionalmente omitidos y oscurecidos con un cierto olvido.

Pues uno y el mismo es el Autor y Maestro de todas estas verdades que son abrazadas por la disciplina cristiana: “el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre” (Jn 1,18). Estas verdades son adecuadas para todos los tiempos y todas las naciones, como se ve claramente por las palabras de Nuestro Señor a sus Apóstoles: “Id, pues, y enseñad a todas las naciones; enseñándoles a observar todo lo que os he mandado, y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,19). Sobre este punto dice el Concilio Vaticano: “Deben ser creídas con Fe Divina y Católica todas aquellas cosas que están contenidas en la Palabra de Dios, escrita o transmitida, y que son propuestas por la Iglesia para ser creídas como materia divinamente revelada, sea por juicio solemne, sea por su Magisterio Ordinario y Universal” (Constitución Dei Filius sobre la Fe Católica, cap. III). Así pues, no ocurra que alguien omita o suprima, por motivo alguno, alguna Doctrina divinamente transmitida; en efecto, quien lo hiciese estaría queriendo más separar a los católicos de la Iglesia que atraer a ella a los que disienten. Vuelvan, pues no hay nada más querido por Nos, que vuelvan todos los que andan extraviados lejos del rebaño de Cristo, pero no ciertamente por un camino distinto al que el mismo Cristo nos mostró.

La disciplina de vida afirmada para los católicos no es de tal naturaleza que no pueda acomodarse a la diversidad de tiempos y lugares.

La Iglesia tiene ciertamente un espíritu clemente y misericordioso que le ha sido dado por su Autor; razón por la cual, desde su inicio ha cumplido gustosamente aquello que dijo San Pablo de sí mismo: “Me he hecho todo con todos para salvarlos a todos” (1Cor 9,22).

La historia de todos los tiempos pasados es testigo de que esta Sede Apostólica, a la cual ha sido confiada no sólo el Magisterio, sino también el régimen supremo de toda la Iglesia, se ha mantenido siempre “en la misma doctrina, el mismo sentido y el mismo significado” (Constitución Dei Filius sobre la Fe Católica, cap. IV); y no obstante, en cuanto al modo de vivir, de tal manera ha solido disponer su disciplina que, manteniendo incólume el derecho divino, nunca ha desatendido las costumbres e idiosincrasia de los diversos pueblos que ella abraza. ¿Quién puede dudar de que actuará de nuevo con este mismo espíritu si así lo requiere la salvación de las almas?

Pero este asunto no corresponde al arbitrio de personas particulares, que a menudo se engañan con la apariencia de bien, sino que debe dejarse al juicio de la Iglesia. En esto debe estar de acuerdo todo el que desee escapar a la censura de nuestro predecesor, Pío VI, quien declaró como “injuriosa para la Iglesia y el Espíritu de Dios que la guía” la doctrina contenida en la proposición LXXVIII del Sínodo de Pistoia: “que la disciplina establecida y aprobada por la Iglesia debe ser sometida a examen, como si la Iglesia pudiese formular una disciplina inútil o más pesada que lo que la libertad cristiana pueda soportar”.

Pero, querido hijo Nuestro, en el asunto del que estamos hablando, es más peligroso y más pernicioso para la Doctrina y la Disciplina Católicas aquel proyecto por el que los seguidores de la novedad sostienen que se debe introducir una suerte tal de libertad en la Iglesia que, disminuyendo de alguna manera su supervisión y cuidado, se permita a cada uno de los fieles ser más indulgente con sus propias ideas y con su propia actividad. Por lo demás, aquellos afirman que esto es requerido por el ejemplo dado con la libertad, recientemente introducida, que es ahora el derecho y fundamento de la comunidad civil.

Hemos hablado largamente de este punto en la Carta Apostólica sobre la Constitución de los Estados dada por Nos a los Obispos de toda la Iglesia, donde también hemos mostrado la diferencia que existe entre la Iglesia, que es de Derecho Divino, y todas las demás asociaciones, que dependen de la libre voluntad de los hombres.

Así pues, conviene observar más detenidamente cierta opinión que es presentada como argumento para proponer tal libertad a los católicos. Se alega que después del solemne juicio dado en el Concilio Vaticano acerca del magisterio infalible del Romano Pontífice, ya no hay por qué preocuparse más de este asunto, y por consiguiente, desde que esto se encuentra ya a salvo, se puede abrir ahora un campo más amplio para la especulación y para la acción de cada uno.

Pero evidentemente tal manera de argumentar es contraria a la sensatez, ya que, si hemos de llegar a alguna conclusión a partir del Magisterio Infalible de la Iglesia, ésta sería más bien la de que nadie debería desear apartarse de éste, y más aun, que guiándose y dirigiéndose todos enteramente por el mismo Magisterio, se conservarían más fácilmente inmunes de todo error propio. Y además, aquellos que arguyen esto, se alejan completamente de la providente sabiduría del Altísimo, que ha querido confirmar con un juicio más solemne la Autoridad y el Magisterio de su Sede Apostólica, y por ello mismo ha querido sobre todo que ésta alejase más eficazmente de los hijos de la Iglesia los peligros de los tiempos presentes. La licencia que a menudo es confundida con la libertad; una tal pasión por hablar y contradecir; en fin, la facultad de opinar lo que se quiera y de expresarlo por escrito, todo esto tiene a las mentes tan envueltas en las tinieblas que es ahora mayor que antes la utilidad y la necesidad del Magisterio de la Iglesia, para que las personas no sean apartadas de la conciencia y del deber.

Dista ciertamente de Nos el rechazar todo lo que el ingenio de estos tiempos ha producido. Por el contrario, ciertamente acogemos gustosos cuanto es pertinente a la búsqueda de la verdad o al compromiso por el bien, para aumento del patrimonio de la Doctrina y realización de los fines de la prosperidad pública. Pero todo esto, para que no carezca de una verdadera utilidad, no debe jamás existir ni desarrollarse al margen de la Sabiduría y la Autoridad de la Iglesia.

Corresponde ahora que nos refiramos a las conclusiones que han sido deducidas de las opiniones arriba mencionadas, en las cuales, si, como creemos, no ha sido mala la intención, sin embargo ciertamente lo que afirman no deja de suscitar desconfianza.

En primer lugar, todo Magisterio externo es rechazado por éstos, que quieren alcanzar la perfección cristiana, por considerarlo superfluo e incluso menos útil; dicen que el Espíritu Santo infunde ahora en las almas de los fieles unos carismas mayores y más abundantes que en los tiempos pasados, guiándolos e instruyéndolos, sin mediación alguna, por un cierto impulso misterioso.

Ciertamente no es poco temerario querer determinar el modo en que Dios se ha de comunicar con los hombres; pues esto depende únicamente de su voluntad y Él mismo es el más libre dispensador de sus dones. “El Espíritu sopla donde quiere” (Jn 3,8). “Y a cada uno de nosotros ha sido dada la gracia según la medida de los dones de Cristo” (Ef 4,7).

¿Y quién que recuerde la historia de los Apóstoles, la fe de la Iglesia naciente, los combates y muertes de tan animosos mártires, en fin, aquellos tiempos antiguos tan fructíferos y llenos de hombres santos, osará compararlos con el nuestro y afirmar que en ellos fue menor la efusión del Espíritu Santo? Pero, más allá de esto, no hay nadie que ponga en cuestión la verdad de que el Espíritu Santo actúa mediante un secreto descenso en las almas de los justos y los mueve con consejos e impulsos, pues si así no fuera, todo Magisterio y cuidado externo sería inútil. “Si alguno afirma que... puede dar su asentimiento a la predicación evangélica de salvación sin la iluminación del Espíritu Santo, que a todos mueve dulcemente para consentir y creer en la verdad, está engañado por un espíritu de herejía” (Segundo Concilio de Orange, can. 7). Más aun, como sabemos también por experiencia, estos consejos e impulsos del Espíritu Santo son las más de las veces experimentados a través de la mediación de cierta ayuda y preparación del Magisterio externo. Dice sobre esto San Agustín: “Él (el Espíritu Santo) coopera a que los buenos árboles den fruto, ya que externamente los riega y los cultiva mediante algún siervo, y por Sí mismo les confiere el crecimiento interno” (De Gratia Christi, cap. XIX). Es decir, corresponde a la ley ordinaria de la providencia amorosa de Dios que, así como ha decretado que los hombres se salven en su mayoría por el ministerio de los hombres, así también ha establecido que aquellos a quienes llama a un mayor grado de santidad sean guiados a éste por los hombres; de tal modo que, como dice el Crisóstomo, “seamos educados por Dios mediante los hombres” (Homilía I, in Inscr. Altar). Un claro ejemplo de esto nos es dado en el inicio mismo de la Iglesia. Pues aunque Saulo, “respirando amenazas y muertes” (Hch 9,1), escuchó la voz del mismo Cristo y le preguntó: “Señor, ¿qué quieres que haga?”, fue enviado a Damasco a buscar a Ananías: “Entra en la ciudad y allí se te dirá lo que debes hacer” (Hch 9,6).

Ocurre además que quienes buscan una mayor perfección, por el hecho mismo de recorrer un camino pocas veces transitado, están más expuestos a extraviarse, y por eso necesitan más que los demás de un maestro y guía.

Por otro lado, esta guía ha sido siempre obtenida en la Iglesia, y esta Doctrina la han profesado unánimemente cuantos en el curso de los siglos han florecido con su sabiduría y santidad. Así pues, quienes la rechazan lo hacen ciertamente con temeridad y peligro.

Pero quien considere cuidadosamente este asunto, eliminada ya toda guía externa, difícilmente encontrará a qué pueda referirse en la opinión de los innovadores esta más abundante efusión del Espíritu Santo, que tanto ensalzan.

Ciertamente el auxilio del Espíritu Santo es absolutamente necesario, sobre todo para el cultivo de las virtudes; sin embargo, aquellos aficionados a la novedad ensalzan más de lo correcto las virtudes naturales, como si éstas respondiesen mejor a las necesidades y costumbres del tiempo actual, y como si conviniese al hombre estar adornado con ellas para estar mejor fortalecido y preparado para la acción.

Ciertamente es difícil entender cómo personas en posesión de la sabiduría cristiana puedan preferir las virtudes naturales a las sobrenaturales y atribuirle a aquéllas una mayor eficacia y fecundidad. ¿Puede ser que la naturaleza ayudada por la gracia sea más débil que cuando se abandona a sus propias fuerzas? ¿Acaso han probado ser débiles e ineptos en el orden de la naturaleza aquellos hombres santísimos, a quienes la Iglesia distingue y rinde culto por haber sobresalido en las virtudes cristianas? Y aunque sea lícito maravillarse algunas veces ante ilustres actos de las virtudes naturales, ¿cuántos entre los hombres sobresalen realmente por la práctica de éstas? ¿Hay alguien cuya alma no haya sido probada, y en grado intenso? Para superar constantemente estas pruebas, así como para guardar toda la ley en el mismo orden de la naturaleza, necesita el hombre ser ayudado por el auxilio divino. Aquellos actos naturales a los que arriba hemos aludido, si son mirados con mayor atención, mostrarán ser más una apariencia que verdaderas virtudes. Incluso concediendo que lo sean, si alguno no quiere “correr en vano”, olvidándose de la eterna bienaventuranza a la que Dios en su bondad nos destina, ¿de qué nos aprovechan las virtudes naturales si no son secundadas por el don y la fuerza de la gracia divina? Así pues, dice bien San Agustín: “Maravillosas son las fuerzas y veloz el rumbo, pero fuera del verdadero camino” (In Ps. XXXI, 4). Pues así como la naturaleza del hombre, debido a la caída primera, se encontraba en el vicio y la deshonra, pero por el auxilio de la gracia es elevada, renovada y fortalecida con una nueva grandeza, así también las virtudes, que son ejercidas no con las solas fuerzas de la naturaleza, sino con la ayuda de esta misma gracia, se hacen fecundas para la bienaventuranza eterna y adquieren un carácter más sólido y firme.

A esta opinión acerca de las virtudes naturales está muy unida aquella otra, según la cual el conjunto de las virtudes cristianas se divide como en dos tipos: pasivas, como las llaman, y activas; y añaden que las primeras eran más convenientes en los tiempos pasados, mientras que estas últimas son más acordes con el presente. Surge la pregunta sobre qué debe entenderse de esta división de las virtudes; pues no existe ni puede existir una virtud verdaderamente pasiva. “Con el nombre de virtud, dice Santo Tomás, se designa cierta perfección de una potencia; y el fin de la potencia es el acto; y el acto de la virtud no es otra cosa que el buen uso del libre albedrío” (S.T. I-II, q.55, a.1), ciertamente con la ayuda de la gracia de Dios, si se trata del acto de una virtud sobrenatural.

Sólo creerá que ciertas virtudes cristianas están adaptadas a ciertos tiempos y otras a otros quien no recuerde las palabras del Apóstol: “A quienes de antemano conoció, a éstos los predestinó para hacerse conformes a la imagen de su Hijo” (Rom 8,29). Cristo es el maestro y paradigma de toda santidad y a su medida deben conformarse todos los que aspiran a ser colocados en las sedes de los bienaventurados. Ahora, Cristo no conoce cambio alguno con el pasar de los siglos, sino que Él es “el mismo ayer, hoy y siempre” (Heb 13,8). Así pues, se dirigen a los hombres de todas las edades aquellas palabras: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29); para toda época se ha manifestado Él como “obediente hasta la muerte” (Flp 2,8); y vale para toda época la sentencia del Apóstol: “Aquellos que son de Cristo han crucificado su carne con sus vicios y concupiscencias” (Gál 5,24).

¡Ojalá que hoy en día muchos cultivasen abundantemente esas virtudes, como lo hicieron hombres santísimos en los tiempos pasados! Pues estos, con humildad, obediencia y abstinencia fueron poderosos “en palabra y en obra”, con máximo provecho no sólo para la Religión sino también para la sociedad civil y el bienestar público.

Dado este menosprecio de las virtudes evangélicas, falazmente calificadas como pasivas, era fácil que lentamente se apoderase de las mentes un desprecio por la vida religiosa. Y que esto sea común a los autores de estas nuevas opiniones lo inferimos de algunas afirmaciones suyas sobre los votos que profesan las Órdenes Religiosas. Pues dicen ellos que estos votos se alejan mucho del espíritu de nuestro tiempo, ya que coartan los límites de la libertad humana; que son más propios de mentes débiles que de mentes fuertes; y que lejos de ayudar a la perfección cristiana y al bien de la sociedad humana, son más bien obstáculo y perjuicio para una y otra.

Pero cuán falsas son estas afirmaciones es algo evidente si se tiene en cuenta la práctica y la Doctrina de la Iglesia, que siempre ha aprobado en gran manera el modo de vida religioso. Y ciertamente no sin razón, pues quienes, llamados por Dios, han abrazado libremente este estado de vida, no contentos con la observancia de los preceptos comunes y yendo hasta los consejos evangélicos, se han mostrado como aprestados y valientes soldados de Cristo. ¿Acaso juzgaremos esto como propio de mentes débiles? ¿O tal vez como inútil o perjudicial para un estado más perfecto de vida? Quienes así se atan con la profesión de los votos religiosos, lejos de haber sufrido una disminución en su libertad, disfrutan de aquella libertad más plena y más libre “con la que Cristo nos ha liberado” (Gál 5,1).

Este otro parecer suyo, a saber, que la vida religiosa es o enteramente inútil o de poca ayuda a la Iglesia, además de ser injurioso para las Órdenes Religiosas, no puede ser ciertamente la opinión de alguien que haya revisado los anales de la Iglesia. ¿Acaso vuestro país, los Estados Unidos, no debe tanto los comienzos de su fe como de su cultura a los hijos de estas familias religiosas? Precisamente hace poco habéis decretado, cosa muy digna de alabanza, que a uno de ellos le sea erigida públicamente una estatua.

Ahora bien, en este mismo tiempo, ¡cuán activa y fructuosa es la obra que realizan las asociaciones religiosas católicas dondequiera que se encuentran! ¡Cuántos se dirigen a nuevas fronteras para imbuirlas del Evangelio y ampliar los límites de la civilización; y esto con sumo esfuerzo y en medio de grandes peligros! Entre ellos, no menos que en el resto del clero, el pueblo cristiano encuentra predicadores de la Palabra de Dios, directores de las conciencias, maestros de la juventud, y la Iglesia toda, ejemplos de santidad.

Ninguna diferencia de dignidad debe hacerse entre quienes siguen un estado de vida activa y quienes, encantados por la vida retirada, dan sus vidas a la oración y mortificación corporal. Y ciertamente cuán buen reconocimiento han merecido ellos, y merecen, es conocido con seguridad por quienes no olvidan que “la plegaria asidua del justo” (Stgo 5,16) sirve para traer las bendiciones del cielo, sobre todo cuando a tales plegarias se añade la mortificación corporal.

Pero si hay quienes prefieren congregarse sin la obligación de los votos, que lo hagan; esto no es algo nuevo en la Iglesia ni mucho menos algo censurable. Tengan cuidado, sin embargo, de no ensalzar tal estado por encima de las Órdenes Religiosas. Por el contrario, ya que en los tiempos presentes la humanidad es más proclive que antes a entregarse a los placeres, han de ser mucho más estimados quienes “habiendo dejado todo han seguido a Cristo”.

Finalmente, para no alargarnos más, se afirma que el camino y método que hasta ahora se ha seguido entre los católicos para atraer de nuevo a los que se han apartado de la Iglesia debe ser dejado de lado, y otro debe ser elegido.

Sobre este asunto, bastará evidenciar, querido hijo Nuestro, que no es prudente despreciar aquello que la antigüedad en su larga experiencia ha aprobado y que es enseñado además por autoridad apostólica. Las Escrituras nos enseñan (Eclo 17,4) que es deber de todos trabajar por la salvación de nuestro prójimo según las posibilidades y posición de cada uno. Los fieles realizan muy provechosamente este deber que les ha sido asignado por Dios mediante la integridad de su conducta, sus obras de caridad cristiana, y su insistente y continua oración a Dios. Por otro lado, quienes pertenecen al clero deben realizar esto con una instruida predicación del Evangelio, con la reverencia y esplendor en las ceremonias, y especialmente dando a conocer con sus propias vidas la belleza de la doctrina que inculcó el Apóstol a Tito y a Timoteo.

Pero si de entre las diversas maneras de predicar la Palabra de Dios, alguna vez parezca que deba preferirse la de dirigirse a los no católicos, no en los templos sino en algún lugar adecuado, sin buscar las controversias sino conversando amigablemente, esto ciertamente no merece reprensión alguna; pero, sean destinados a esto por la autoridad de los obispos aquellos cuya ciencia y virtud probadas les sean de antemano conocidas.

Creemos que hay muchos entre vosotros que están separados de la verdad católica más por ignorancia que por mala voluntad; a estos los conducirá quizás más fácilmente al único rebaño de Cristo quien les presente la verdad como un amigo y con una predicación familiar.

Así pues, por todo lo que acabamos de decir, es evidente, querido hijo Nuestro, que no podemos aprobar aquellas opiniones que en conjunto son llamadas por algunos con el nombre de “americanismo”.

Sin embargo, si por este nombre se quiere significar el conjunto de dones espirituales que adornan a los pueblos de América, así como otros a otras naciones, o si, además, por este nombre se designa vuestra condición política y las leyes y costumbres por las cuales sois gobernados, no hay ninguna razón para que lo rechacemos. Pero si por este nombre no sólo se quiere aludir a las doctrinas arriba mencionadas, sino que se las exalta, ¿qué duda habrá de que nuestros venerables hermanos, los obispos de América, serán los primeros en repudiarlo y condenarlo como algo sumamente injurioso para ellos mismos y para todo su país? Pues suscita la sospecha de que hay entre vosotros quienes se forjan y desean en América una Iglesia distinta de la que existe en todas las demás regiones.

Pero la Iglesia es una, tanto por su unidad de Doctrina como por su unidad de régimen, y ésta es la Iglesia Católica: y, puesto que Dios estableció su centro y fundamento en la Cátedra de San Pedro, con razón es llamada Romana, porque “donde está Pedro allí está la Iglesia” (Ambrosio, In Ps.11,57). Por eso, si alguien desea recibir el nombre de católico, debe ser capaz de decir de corazón las mismas palabras que Jerónimo dirigió al Papa Dámaso: “Yo, no siguiendo a nadie antes que a Cristo, estoy unido en comunión con Su Santidad, esto es, con la Cátedra de Pedro; sé que la Iglesia ha sido edificada sobre esa piedra y que quien no recoge contigo, desparrama”.

Estas instrucciones que os damos, querido hijo Nuestro, en cumplimiento de nuestro deber, en una carta especial, tomaremos el cuidado de que sean comunicadas también al resto de obispos de los Estados Unidos, testimoniando una vez más el amor con el que abrazamos a todo vuestro país, un país que así como en tiempos pasados ha hecho tanto por la causa de la religión, con la feliz ayuda de Dios hará aún mayores cosas en adelante.

Para vos y para todos los fieles de América impartimos con gran amor, como promesa de la asistencia divina, nuestra bendición apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 22 de enero del año 1899, vigésimo primero de nuestro pontificado.


LEÓN PP. XIII


lunes, 14 de mayo de 2001

DUM DIVERSAS (18 DE JUNIO DE 1452)

BULA

DUM DIVERSAS

Obispo Nicolás,

Siervo de los Siervos de Dios. Por la memoria perpetua de este acto:

Al amadísimo hijo en Cristo Alfonso, ilustre Rey de Portugal y de los Algarbes, Saludo y Bendición Apostólica

Mientras repasamos en nuestra mente las diversas preocupaciones del oficio de servicio apostólico que nos ha confiado (aunque no lo merezcamos) la Providencia celestial, preocupaciones que cada día nos presionan con urgencia, nos mueve también un persistente estímulo: Llevamos principalmente en el corazón la conocida ansiedad de que la ira de los enemigos del nombre de Cristo, siempre agresiva en el desprecio de la fe ortodoxa, pueda ser reprimida por los fieles de Cristo y sometida a la Religión cristiana. También a este fin, cuando la ocasión lo exige, dedicamos laboriosamente nuestro libre deseo, y nos acordamos de seguir con paternal afecto a todos los fieles de Cristo, especialmente a los amadísimos hijos en Cristo, Reyes ilustres, profesando la fe de Cristo, quien, para gloria del Rey Eterno, defiende con entusiasmo la fe misma y lucha con brazo poderoso contra sus enemigos. También miramos atentamente trabajar en la defensa y crecimiento de dicha Religión y todo lo perteneciente a esta obra de curación, debe proceder de nuestra provisión inmerecida, invitamos, con deberes y gracia espirituales, a los fieles de Cristo y también a las personas individuales a despertar sus deberes en ayuda de la fe.

1. Como en efecto entendemos de vuestro piadoso y cristiano deseo, pretendéis subyugar a los enemigos de Cristo, es decir, a los sarracenos, y traerlos de vuelta, con brazo poderoso, a la Fe de Cristo, si la autoridad de la Sede Apostólica os apoyara en esto. Por lo tanto, consideramos que aquellos que se levantan contra la Fe Católica y luchan por extinguir la Religión Cristiana deben ser resistidos por los fieles de Cristo con valor y firmeza, para que los mismos fieles, inflamados por el ardor de la Fe y armados de valor para poder odiar su intención, no sólo para ir en contra de la intención, si impiden los intentos injustos de fuerza, sino que con la ayuda de Dios cuyos soldados son, detienen los intentos de los infieles, nosotros, fortificados con el Amor Divino, convocados por la caridad de los cristianos y obligados por el deber de nuestro oficio pastoral, que concierne a la integridad y propagación de la Fe por la que Cristo nuestro Dios derramó su sangre, deseando alentar el vigor de los fieles y a Vuestra Majestad Real en la más sagrada intención de este tipo, os concedemos pleno y libre poder, a través de la autoridad Apostólica por este edicto, para invadir, conquistar, combatir, subyugar a los sarracenos y paganos, y otros infieles y otros enemigos de Cristo, y dondequiera que estén establecidos sus Reinos, Ducados, Palacios Reales, Principados y otros dominios, tierras, lugares, haciendas, campamentos y cualesquiera otras posesiones, bienes móviles e inmóviles que se hallen en todos estos lugares y sean tenidos bajo cualquier nombre, y tenidos y poseídos por los mismos sarracenos, paganos, infieles y enemigos de Cristo, también reinos, ducados, palacios reales, principados y otros dominios, tierras, lugares, haciendas, campamentos, posesiones del rey o príncipe o de los reyes o príncipes, y conducir a sus personas en servidumbre perpetua, y aplicar y apropiar reinos, ducados, palacios reales, principados y otros dominios, posesiones y bienes de esta clase a vosotros y a vuestro uso y a vuestros sucesores los Reyes de Portugal.

Pedimos, requerimos y alentamos atentamente a vuestra misma Real Majestad, ceñida por la espada de la virtud y fortificada de fuerte coraje, para el aumento del divino nombre y para la exaltación de la fe y para la salvación de vuestra alma, teniendo a Dios delante de vuestra ojos, que acrecentéis en esta empresa la potencia de vuestra virtud, para que la Fe Católica, por medio de vuestra Real Majestad, contra los enemigos de Cristo, os devuelva el triunfo y os ganéis más plenamente la corona de la gloria eterna, para la cual debéis luchar en las tierras, y que Dios prometió a los que le aman, y nuestra bendición de la Sede y la gracia.

2. Pues nosotros, por la dignidad de vuestro sacrificio, os concedemos que emprendáis esta obra con más valor y celo ferviente, junto con hijos escogidos, nobles, duques, príncipes, barones, soldados y otros fieles de Cristo, que acompañen a Vuestra Real Serenidad en esta lucha de Fe, o contribuyan con sus medios, y que emprendan o contribuyan desde su posesión, o envíen, como antes se ha dicho, lo que Vos y ellos esperáis poder conseguir, la salvación de vuestras almas, y esperáis, por la misericordia de Dios omnipotente, y de sus Apóstoles, los bienaventurados Pedro y Pablo, confiados con autoridad, a Vos y en verdad, a todos los fieles individuales de Cristo de uno y otro sexo que acompañen a Vuestra Majestad en esta obra de Fe. En efecto, a los que no quisieron acompañaros personalmente, pero enviarán ayuda según sus medios o exigencia de lealtad, o contribuirán razonablemente con sus bienes asignados por Dios, concedemos, por el poder de vuestro sacrificio, el perdón plenario de todos y cada uno de los pecados, delitos, transgresiones y digresiones que vosotros y ellos hayáis confesado con corazón contrito y de boca, a Vos y a los que os acompañen, y a los que persisten en la sinceridad de la Fe, en unidad con la Santa Iglesia Romana, por nuestra obediencia y devoción y por nuestros sucesores Romanos Pontífices, a los que no os acompañen sino que envíen y contribuyan, como se ha dicho antes, podréis elegir un confesor idóneo que Vos y cualquiera de ellos, podrá perdonar una sola vez en el momento de la muerte. De este modo, sin embargo, el confesor se ocupa de los asuntos en los que existe una obligación para con un tercero y de que Vos, los que os acompañen, los que envíen y los que contribuyan, la cumplan si Vos y ellos sobreviven o vuestros herederos y los herederos de ellos si Vos y ellos perecen, como se ha dicho antes.

3. Y sin embargo, si sucediera que Vos o los que os acompañan contra los sarracenos y otros infieles de esta especie, en el camino de ida, estando allí o en el camino de regreso, partieran de este mundo, os restauraremos a Vos o a los que os acompañan, permaneciendo en sinceridad y unidad, a través de la presente carta, a la pura inocencia en la que vosotros y ellos existíais después del bautismo.

4. Pero exigimos que todas y cada una de las cosas que los fieles de Cristo, que no os acompañan, que contribuyeron para vuestro apoyo para llevar a cabo esta empresa, sean tomadas por los nobles de los lugares individuales en los que estas contribuciones fueron dadas y como el tiempo lo permita, de inmediato sean reembolsadas y entregadas a Vos a través de mensajeros seguros, o cartas del banco, sin ninguna reducción, gastos y salarios, meramente reservados razonablemente para aquellos que trabajen en esta empresa, y que sean transmitidos bajo auténtica suma total, y que si los nobles mismos, o cualquier otra persona, dedujeran, transfirieran o se apoderaran para su propio uso de la suma enviada para el apoyo de esta empresa cualquier cosa, excepto gastos y salarios, o si permitieran o conspiraran para que el dinero fuera fraudulenta o engañosamente sustraído, transferido o apoderado, incurrirán ipso facto en la sentencia de excomunión, de la que no pueden ser absueltos excepto por la oficina del Pontificado Romano si están in articulo mortis (en el momento de la muerte).

5. Por lo demás, como sería difícil llevar la presente carta a determinados lugares donde tal vez se dudaría de su credibilidad, queremos y decretamos con autoridad que su traslado sea firmado de mano de Notario público y provisto de sello de un obispo o Tribunal Superior, y muestre la misma credibilidad que si se presentara o mostrara la carta original.

6. Por consiguiente, a nadie le está permitido infringir esta hoja de nuestra concesión, perdón, voluntad, indulgencia y decreto, ni atreverse a oponerse a ella temerariamente. Sin embargo, si alguien tratara de alterarla, incurriría en la indignación del Dios Omnipotente y de los benditos Apóstoles Pedro y Pablo.

Dado en Roma, en San Pedro, en el año de la Encarnación del Señor de 1452, el 18 de junio, año sexto de nuestro Pontificado.

Papa Nicolás


Original en latín disponible aquí


domingo, 13 de mayo de 2001

CUM SUMMI APOSTOLATUS (12 DE DICIEMBRE DE 1769)


ENCÍCLICA

CUM SUMMI APOSTOLATUS

DEL SUMO PONTÍFICE

CLEMENTE XIV

A los Obispos, Arzobispos, Patriarcas y Primados.

Venerables Hermanos, salud y bendición apostólica.

1. Cuando reflexionamos sobre la carga del Apostolado supremo que Nos ha sido impuesto, y consideramos su gravedad e inmenso peso, no podemos evitar, Venerables Hermanos, sentir una profunda emoción ante tan sublime misión y ante Nuestra debilidad personal. Nos parece que hemos llegado al mar y hemos sido retirados de la seguridad de una vida pacífica, como de un puerto seguro, al vernos de repente llamados a dirigir el barco de Pedro, azotado por las olas y casi sumergido por la tormenta.

Pero ésta es la obra del Señor y es admirable a Nuestros ojos. Los juicios inescrutables de Dios y no de la voluntad humana nos han confiado las funciones más serias del Apostolado cuando estábamos lejos de pensar en ellas. Esta persuasión Nos da plena confianza en que Aquel que Nos ha llamado a los pesados ​​cuidados del Ministerio Supremo disipará Nuestros temores, ayudará en Nuestra debilidad y Nos rescatará en la tormenta. Pedro, que debe ser Nuestro modelo, fue tranquilizado por el Señor, que le reprendió por su falta de fe cuando pensó que se sumergiría en el mar.

Aquel que en la persona del Príncipe de los Apóstoles Nos ha confiado el cuidado de la Iglesia universal y las llaves del reino de los cielos, Aquel que Nos ha ordenado pastorear Sus ovejas y confirmar a Nuestros hermanos, ciertamente quiere que Nuestro espíritu no conciba temor alguno de no obtener Su socorro. Quiso que Nos moviera más la esperanza de Su gracia que la aprensión de Nuestra debilidad.

Por lo tanto, nos sometemos a la voluntad de Aquel que es Nuestra fortaleza y Nuestro apoyo, y confiamos en Su fidelidad y Su poder: Él completará la obra que comenzó en Nosotros. De Nuestra nada, la grandeza de su fuerza y ​​bondad recibirán un mayor esplendor. Si Él ha pensado, en estos tiempos, servirse de Nuestro ministerio y emplearnos a Nosotros, que somos un siervo inútil, para hacer algo en bien de Su Iglesia, cada uno reconocerá que sólo Él es el autor de ello, y que sólo a Él se debe rendir honor y gloria. Nos disponemos, pues, sin más dilación, a soportar esta gran carga, dispuestos a poner en ella tanto más celo cuanto que nos apoyamos en un sólido soporte, convencidos de que la alta importancia de las funciones a que hemos sido llamados exige tal cuidado y prudencia que nunca pueden ser demasiado grandes.

Cuando, continuamente preocupados por la vastedad de Nuestra administración, echamos una mirada desde las alturas de la Sede Apostólica sobre todo el universo cristiano, os vemos, Venerables Hermanos, elevados a puestos eminentes e ilustres, y el veros Nos llena de alegría. Reconocemos en vosotros con la mayor satisfacción a Nuestros colaboradores, los guardianes del rebaño del Señor, los obreros de la viña del Evangelio. A vosotros, por lo tanto, que compartís Nuestros cuidados, deseamos ante todo dirigiros la palabra al comienzo de Nuestro Apostolado. En vuestros corazones queremos difundir los sentimientos más íntimos de Nuestra alma; y si en nombre del Señor os dirigimos algunas exhortaciones, atribuidlas a la desconfianza que tenemos de Nos mismos y pensad también que proceden de la confianza que Nos inspiran Vuestra virtud y Vuestro amor filial hacia Nos.

2. En primer lugar, Venerables Hermanos, os pedimos y suplicamos que nunca os canséis de rogar a Dios que sostenga nuestra debilidad con su divino socorro. Corresponded así al amor que os tenemos. Unid a Nuestras oraciones el consuelo de las vuestras, para que apoyándonos mutuamente seamos más constantes y vigilantes. Demostraremos con la unión de los corazones esa unidad por la que todos formamos un solo cuerpo, pues toda la Iglesia no es sino un solo edificio, del que el Príncipe de los Apóstoles puso los cimientos en esta Sede. Muchas piedras unidas contribuyen a este edificio; pero todas ellas descansan y se apoyan en una. El cuerpo de la Iglesia es uno; Jesucristo es su cabeza, y en Él formamos todos uno. Él ha querido que Nosotros, vicario de su poder, seamos elevados sobre los demás, y que Vosotros, unidos a Nosotros como cabeza visible de la Iglesia, seáis las partes principales de su cuerpo.

¿Qué, pues, puede sucederle a uno que no toque también a los demás, y que no afecte a cada uno de ellos? De la misma manera, por tanto, no puede haber nada que reclame Vuestra vigilancia y que no sea al mismo tiempo asunto de Nuestro cuidado y no deba sernos comunicado. De la misma manera, de nuevo, debes pensar que todo lo que Nos concierne y todo lo que requiere Nuestra atención y Nuestra contribución debe concernirte en el más alto grado. Debemos, pues, todos, manteniendo estrechamente unidas nuestras voluntades, estar animados por este único y mismo espíritu que, procediendo de Jesucristo, nuestra cabeza mística, se difunde por todos sus miembros para dispensarles la vida. Debemos poner todo nuestro empeño y aplicar principalmente nuestro cuidado para que el cuerpo de la Iglesia permanezca sin lesión y sin herida, y se desarrolle y fortalezca, resplandeciendo con todas las virtudes cristianas, sin arrugas y sin manchas.

Esta obra será posible con la ayuda de Dios, si cada uno de vosotros se siente inflamado de gran celo por el rebaño que le ha sido confiado, y procura alejar de su pueblo el contagio del mal y las insinuaciones del error, fortificándolo con toda la ayuda de la santidad y de la doctrina.

3. Si alguna vez fue necesario que aquellos a quienes se ha confiado la guarda de la viña del Señor estuvieran animados de estos deseos por la salud de las almas, lo es especialmente en estos tiempos que deben ser convencidos e inflamados por ellos. Porque, ¿cuándo hemos visto propagarse diariamente por todas partes opiniones tan perniciosas, que tienden a debilitar y destruir la Religión? ¿Cuándo hemos visto a los hombres, seducidos por la fascinación de la novedad y llevados por una especie de codicia hacia una ciencia extraña, dejarse arrastrar más tontamente hacia ella y buscarla con tal exceso? Así nos llena de dolor ver esta pestilente enfermedad de las almas, que se extiende desgraciadamente cada día más.

Cuanto mayor sea el mal, Venerables Hermanos, tanto más debéis trabajar activamente y emplear todos los medios de vuestra vigilancia y autoridad para repeler esta temeraria locura que aún se desborda sobre las cosas divinas y santísimas. Esto lo conseguiréis, creedlo, no con el corruptible y vano auxilio de la sabiduría humana, sino únicamente con la sencillez de la doctrina y con la palabra de Dios, más penetrante que una espada de dos filos; cuando en todas vuestras palabras mostréis y prediquéis a Jesucristo crucificado, os será fácil reprimir la osadía de vuestros enemigos y rechazar sus dardos.

Él ha edificado su Iglesia como una ciudad santa y la ha fortificado con sus leyes y preceptos. Le ha confiado la fe como un depósito que debe guardar religiosamente y con pureza. Quiso que fuera el baluarte inexpugnable de su Doctrina y de su Verdad, y que las puertas del infierno no prevalecieran jamás contra ella. Poniéndonos, pues, al frente del gobierno y custodia de esta santa ciudad, defendamos celosamente, Venerables Hermanos, la preciosa herencia de la fe de nuestro Fundador, Señor y Maestro, que nuestros Padres nos confiaron en toda su integridad para que la transmitiéramos pura e íntegra a nuestra posteridad.

Si dirigimos Nuestros actos y Nuestros esfuerzos según esta regla que nos trazan las Sagradas Escrituras, y si seguimos las huellas infalibles de Nuestros Predecesores, podemos estar seguros de que estamos provistos de todos los auxilios necesarios para evitar lo que podría debilitar y herir la fe del pueblo cristiano y romper o disolver en cualquier parte la unidad de la Iglesia.

Sólo de las fuentes de la sabiduría divina, tanto escritas como tradicionales, queremos sacar lo necesario para Nuestra fe y Nuestra obra.

4. Esta doble y rica fuente de toda verdad y de toda virtud contiene plenamente lo que se refiere al culto religioso, a la pureza de costumbres y a las condiciones de una vida santa. De ella hemos aprendido los deberes de piedad, honestidad, justicia y humanidad; por ella comprendemos lo que debemos a Dios, a la Iglesia, a nuestra patria, a nuestros conciudadanos y a los demás hombres.

Es por ella que reconocemos que nada ha contribuido más poderosamente a determinar los derechos de las ciudades y de la sociedad que estas leyes de la verdadera religión. Por eso nunca nadie ha declarado la guerra a las divinas prescripciones de Cristo, sin perturbar al mismo tiempo la tranquilidad de los pueblos, disminuir la obediencia debida a los Soberanos y extender por todas partes la incertidumbre. Pues hay una gran conexión entre los derechos del poder divino y los del poder humano; quienes saben que el poder de los reyes está sancionado por la autoridad de la ley cristiana, los obedecen de buen grado, respetan su poder y honran su dignidad.

5. Teniendo en cuenta que esta parte de las prescripciones divinas está estrechamente relacionada con la tranquilidad de los pueblos no menos que con la salud de las almas, os exhortamos, Venerables Hermanos, a poner todo vuestro cuidado en inspirar a los pueblos -después de todo lo que es debido a Dios y a las santas constituciones de la Iglesia- el legítimo respeto y obediencia que deben a los reyes. Pues éstos han sido colocados por Dios en un lugar eminente para defender el orden público y contener a sus súbditos dentro de los límites de sus derechos. Son los ministros de Dios para el bien, y por eso llevan la espada, severos vengadores contra los que hacen el mal. Son, además, hijos predilectos y defensores de la Iglesia, a la que deben amar como a su madre, defendiendo su causa y sus derechos.

Cuidad, pues, de hacer comprender este divino precepto a aquellos a quienes habréis de instruir en la ley de Cristo. Haced que aprendan desde su infancia que el respeto debido a los reyes debe mantenerse fielmente; que deben obedecer a la autoridad y someterse a la ley no sólo por temor, sino también por sentido del deber. Inspirando en el corazón del pueblo no sólo la obediencia a sus reyes, sino también el respeto y el amor hacia ellos, obraréis por dos cosas indisociables: la paz del pueblo y el bien de la Iglesia.

Cumpliréis vuestra misión aún más plenamente si a las oraciones diarias por el pueblo añadís oraciones especiales por los reyes, para que sean sanos, para que dirijan a sus súbditos con equidad, justicia y paz; para que reconozcan que Dios manda por encima de sus tronos, y defiendan y propaguen piadosa y santamente su causa. Actuando así, cumpliréis no sólo vuestras funciones episcopales, sino también en beneficio de todos. En efecto, ¿qué es más justo y más conveniente que aquellos a quienes se ha confiado la custodia de las cosas santas, en su calidad de intérpretes y ministros, ofrezcan a Dios los votos de todos, suplicándole que sostenga a quienes salvaguardan la tranquilidad de todos los ciudadanos?

6. Creemos superfluo describir aquí las demás funciones del ministerio pastoral. Pues ¿para qué enumerar detalladamente y recomendaros cosas de las que sabemos que tenéis un profundo conocimiento, y en cuya práctica os fortalecéis por el uso diario y por una cierta inclinación de vuestro corazón conforme a vuestras funciones?

Sin embargo, no podemos dejar de repetiros y poner ante vuestros ojos un consejo que las resume todas: y es que en el ejercicio de la virtud toméis por modelo a Jesucristo, nuestra Cabeza, Príncipe de los Pastores, y reproduzcáis en vosotros la imagen de su santidad, caridad y humildad.

Porque si Él, que era el esplendor de la gloria del Padre y la figura de su sustancia, se ha permitido tomar las debilidades de nuestra carne, y del estado de servidumbre hacernos pasar, por sus humillaciones y su amor, al de hijos adoptivos de Dios; Si ha querido que seamos sus coherederos, ¿podemos elegir un objeto más noble y glorioso en nuestras meditaciones y trabajos que el de que nosotros, que somos los instrumentos por los que se mantiene y obra esta unión de los hombres con Cristo, iluminemos con nuestro ejemplo el camino por el que caminan en la bondad, clemencia y mansedumbre de este divino modelo? ¿Y por qué otra razón habría ascendido a las alturas de la montaña, Aquel que evangeliza a Sionne? No puedes arder en deseos de alcanzar esta semejanza sin transmitir a los corazones de todo tu pueblo la llama que arde en tu interior. Ciertamente, la fuerza y el poder del pastor que agita las almas de su rebaño son maravillosos. Cuando el pueblo sepa que todos los pensamientos de su pastor, todas sus acciones se rigen por el modelo de la verdadera virtud, cuando lo vea evitar todo lo que pueda oler a dureza, a altivez, a orgullo, y ocuparse sólo de los deberes que inspiran caridad, mansedumbre, humildad; entonces se sentirá fuertemente animado a emularlo para alcanzar la misma alabanza.

Cuando la gente sepa que el pastor, ajeno a todo provecho personal, sirve a los intereses de los demás, socorre a los necesitados, instruye a los ignorantes, alienta a todos con su esfuerzo, consejo y piedad, y prefiere la salud de la comunidad a su propia vida, entonces, dulcemente atraída por su amor, celo y asiduidad, escuchará con gusto la voz del pastor que enseña, exhorta y amonesta, así como él llama.

Pero ¿cómo podrá enseñar a los demás el amor de Dios y la benevolencia hacia sus hermanos quien, esclavizado por las ataduras y la codicia de sus intereses privados, prefiere las cosas de la tierra a las del cielo? ¿Cómo podría quien aspira a las alegrías y honores del mundo llevar a los demás al desprecio de las cosas humanas? ¿Cómo podría dar lecciones de humildad y mansedumbre quien se eleva en la pompa del orgullo? Vosotros, pues, que habéis recibido la misión de enseñar al pueblo la moral de Jesucristo, recordad que debéis imitar ante todo su santidad, su inocencia, su mansedumbre. Sabed que vuestro poder nunca aparecerá más brillante que cuando lleváis la insignia de la humildad y del amor, más aún que cuando lleváis la insignia de vuestra dignidad.

Recordad que es propio de vuestro cargo, y que sólo a vosotros pertenece dirigir de este modo al pueblo que os ha sido confiado; es en el cumplimiento de este deber donde debéis buscar toda ventaja y toda alabanza; descuidándolo, sólo encontraréis mala voluntad e ignominia. No ambicionéis otras riquezas que la salud de las almas redimidas por la sangre de Jesucristo, y no busquéis gloria verdadera y sólida sino propagando el culto divino y aumentando la belleza de la casa del Señor, erradicando los vicios y aplicando todos vuestros cuidados a practicar la virtud con perseverante fidelidad. Esto es lo que debéis pensar y hacer asiduamente; éste debe ser el objeto de vuestra ambición y deseos.

7. Y no penséis que, en la multiplicidad de este largo y laborioso ejercicio, os falta tiempo para practicar la virtud. Tal es la condición de vuestro oficio, tal es la razón de la vida episcopal, que nunca debéis ver la llegada del descanso ni el fin de vuestros trabajos. Las acciones de aquellos cuya inmensa caridad debe ser ilimitada, no pueden estar circunscritas por ningún límite; pero la espera de la recompensa infinita e inmortal que os está destinada, dulcificará y aliviará fácilmente todos vuestros dolores. En efecto, ¿qué puede parecer pesado y duro a quien piensa en esa bendita recompensa que el Señor reserva, y que la razón de los deberes pastorales reclama para los que habréis conservado y multiplicado su rebaño?

Pero además de esta magnífica esperanza de la inmortalidad, experimentaréis todavía una gran alegría aun en el peso de los trabajos de la vida pastoral, cuando, acudiendo Dios en vuestra ayuda, veáis a vuestro pueblo unido con los lazos de una mutua caridad, floreciente en piedad y justicia, y cuando contempléis todos los demás admirables frutos que vuestros trabajos y vigilias habrán producido en la Iglesia.

Quiera Dios que podamos, durante el tiempo de Nuestro Apostolado, y por la concurrencia unánime de todas Nuestras voluntades y de todos Nuestros cuidados, ver el retorno de aquella maravillosa felicidad religiosa que fue de la edad antigua.

Quiera Dios que podamos, Venerables Hermanos, alegrarnos juntos y gozar de ella en Jesucristo Nuestro Señor. ¡Que este mismo Jesucristo nos sostenga siempre con su gracia y encienda nuestros corazones con el amor de cuanto pueda agradarle!

8. Al mismo tiempo que os escribimos esta Carta, Venerables Hermanos, con otra concedemos a todos los cristianos el Jubileo para implorar -según la tradición, al comienzo de Nuestro Pontificado- la ayuda divina para el sano gobierno de la Santa Iglesia Católica.

Por lo tanto, os pedimos y os suplicamos que incitéis a los pueblos confiados a vuestro cuidado a elevar devotas oraciones con fe, piedad y humildad. Encendedlos con vuestras exhortaciones, con vuestros consejos y con el ejemplo, para que cuiden tanto de su propia salvación como del bien público de la cristiandad.

Como prenda de nuestro amor, os impartimos, Venerados Hermanos, y a los fieles de vuestras Iglesias, la afectuosa bendición apostólica.

Dado en Roma, en Santa María la Mayor, el 12 de diciembre de 1769, primer año de Nuestro Pontificado.

Papa Clemente XIV.