lunes, 19 de febrero de 2001

MEMINISSE IUVAT (14 DE JULIO DE 1958)


ENCÍCLICA

MEMINISSE IUVAT

Oraciones por la Iglesia perseguida

Papa Pío XII - 1958

A los Venerables Hermanos, los Patriarcas, Primados, Arzobispos, Obispos y demás Ordinarios del Lugar en Paz y Comunión con la Sede Apostólica.

Venerables Hermanos, Saludos y Bendición Apostólica.

1. Es útil recordar, cuando nuevos peligros amenazan a los cristianos y a la Iglesia, Esposa del Divino Redentor, que Nosotros, como nuestros predecesores en el pasado, nos hemos vuelto en oración a la Virgen María, nuestra Madre amorosa, y hemos exhortado todo el rebaño confiado a Nuestro cuidado a ponerse confiadamente bajo su protección.

2. Así, cuando el mundo se vio sacudido por una terrible guerra, no nos limitamos a predicar la paz a los ciudadanos, a los pueblos y a las naciones, ni a trabajar para restablecer el acuerdo mutuo -bajo la norma de la verdad, la justicia y el amor- entre aquellos a quienes la contienda había dividido. Por el contrario, cuando todos los recursos y planes humanos se mostraron ineficaces, en muchas cartas de exhortación y en una santa cruzada de oración invocamos la ayuda del cielo por la poderosa intercesión de la gran Madre de Dios, a cuyo Corazón Inmaculado nos consagramos y consagramos a todo el género humano [1].

3. Ahora, por supuesto, esa guerra ha terminado, pero todavía no prevalece una paz justa, ni los hombres viven en concordia fundada en la comprensión fraterna. Pues los gérmenes de la guerra se esconden o -de vez en cuando- estallan amenazadores y mantienen en suspenso espantoso el corazón de los hombres, sobre todo desde que el ingenio humano ha ideado armas tan poderosas que pueden arrasar y hundir en la destrucción general, no sólo a los vencidos, sino a los vencedores con ellos, y a toda la humanidad.

4. Si sopesamos cuidadosamente las causas de las crisis actuales y de las que se avecinan, pronto encontraremos que los planes humanos, los recursos humanos y los esfuerzos humanos son inútiles y fracasarán cuando Dios Todopoderoso -el que ilumina, manda y prohíbe; el que es la fuente y el garante de la justicia, el manantial de la verdad, la base de todas las leyes- sea estimado poco, se le niegue el lugar que le corresponde o incluso se le ignore por completo. Si una casa no se construye sobre un fundamento sólido y seguro, se derrumba; si una mente no está iluminada por la luz divina, se desvía más o menos de la verdad completa; si los ciudadanos, los pueblos y las naciones no están animados por el amor fraternal, la lucha nace, se fortalece y alcanza su pleno crecimiento.

5. Es el cristianismo, por encima de todos los demás, el que enseña la verdad plena, la justicia real y esa caridad divina que ahuyenta el odio, la mala voluntad y la enemistad. El cristianismo ha sido encargado de estas virtudes por el Divino Redentor, que es el camino, la verdad y la vida [2] y debe hacer todo lo posible para ponerlas en práctica. Por lo tanto, quien ignora a sabiendas el cristianismo -la Iglesia Católica- o trata de obstaculizarlo, degradarlo o deshacerlo, debilita con ello las bases mismas de la sociedad, o trata de sustituirlas por puntales no suficientemente fuertes para sostener el edificio del valor, la libertad y el bienestar humanos.

6. Es necesario, pues, volver a los principios cristianos si queremos establecer una sociedad fuerte, justa y equitativa. Es una política nefasta e imprudente luchar contra el cristianismo, pues Dios garantiza, y la historia lo atestigua, que ella existirá siempre. Todo el mundo debería darse cuenta de que una nación no puede estar bien organizada ni ordenada sin la religión.

7. De hecho, la religión contribuye más a la vida buena, justa y ordenada de lo que podría hacerlo si no hubiera sido concebida con otro propósito que el de suplir y aumentar las necesidades de la existencia mortal. Porque la religión invita a los hombres a vivir en la caridad, la justicia y la obediencia a la ley; condena y proscribe el vicio; incita a los ciudadanos a la búsqueda de la virtud y, por lo tanto, rige y modera su conducta pública y privada. La religión enseña a la humanidad que debe haber una mejor distribución de la riqueza, no por medio de la violencia o la revolución, sino por medio de reglamentos razonables, de modo que las clases proletarias que aún no disfrutan de las necesidades o ventajas de la vida puedan ser elevadas a un estatus más adecuado sin conflictos sociales.

8. Al reflexionar sobre este tema, desde una posición ventajosa que Nos permite trascender las mareas de la pasión humana y amar como un padre a los pueblos de todas las razas, nos vienen a la mente dos asuntos que Nos causan gran preocupación y ansiedad.

9. El primero de ellos es que hay algunos países en los que los principios cristianos y la religión católica no tienen el lugar que les corresponde. Un gran número de ciudadanos, especialmente de las filas de los incultos, son fácilmente ganados por los errores ampliamente publicados, particularmente porque estos están a menudo coloreados con las apariencias de la verdad. Las seducciones del vicio, que tienden a corromper las mentes a través de toda clase de publicaciones, películas y espectáculos televisivos, son una amenaza especial para los jóvenes desprevenidos.

10. Hay escritores y editores cuyo objetivo no es orientar a sus lectores hacia la verdad, la virtud y el sano entretenimiento, sino suscitar apetitos viciosos y violentos con el único fin de obtener un beneficio, e incluso asaltar y ensuciar con mentiras, calumnias y acusaciones todo lo que es santo, bello y noble. Desgraciadamente, la verdad se distorsiona a menudo; las mentiras y los escándalos se publican en el extranjero. El resultado evidente es el daño a la sociedad civil y el perjuicio a la Iglesia.

11. Y en segundo lugar, sabemos -con gran dolor de Nuestro corazón paternal- que la Iglesia católica, tanto en su rito latino como en el oriental, se ve acosada en muchas tierras por tales persecuciones que el clero y los fieles, si no de palabra, sí de hecho, se ven enfrentados a este dilema: renunciar a la profesión pública y a la propagación de su fe, o sufrir penas, incluso muy graves. Por ello, muchos obispos han sido expulsados de sus sedes o impedidos de tal manera que no pueden ejercer libremente su ministerio; incluso han sido encarcelados o exiliados. Y así, con temeraria osadía, los hombres se empeñan en cumplir las palabras: "Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño" [3].

12. Además, los periódicos, las revistas y otras publicaciones editadas por los católicos han sido silenciados casi por completo, como si la verdad estuviera sujeta al control y a la discreción exclusivos de los gobernantes políticos, y como si el aprendizaje divino y humano y las artes liberales no necesitaran ser libres si han de florecer para el bien público y común.

13. Las escuelas que antes dirigían los católicos han sido prohibidas y cerradas; las que las sustituyen, o bien no enseñan nada en absoluto sobre Dios y la religión, o bien -como es más común- exponen y popularizan los letales principios del ateísmo.

14. Los misioneros que han dejado sus hogares y sus queridas tierras natales y han sufrido muchas y graves incomodidades para llevar la luz y la fuerza del Evangelio a los demás, han sido expulsados de muchas regiones como amenazas y malhechores, de modo que el clero que permanece, al ser demasiado escaso en relación con la población de la región, y ser también odiado y perseguido a su vez, no puede atender adecuadamente las necesidades de los fieles.

15. Los derechos de la Iglesia, incluido el derecho, bajo el mandato de la Santa Sede, de elegir y consagrar obispos que gobiernen legítimamente el rebaño cristiano, han sido pisoteados, con gran pérdida para los fieles, como si la Iglesia católica fuera una criatura de una sola nación, dependiente de su autoridad civil, y no una institución divina que se extiende a todos los pueblos.

16. Pero a pesar de estos graves y angustiosos problemas, nos llega un pensamiento que reconforta mucho Nuestro corazón paternal. Es éste: Sabemos que la mayor parte de los fieles, tanto del rito latino como del oriental, practican y defienden tenazmente su fe ancestral, a pesar de que no cuentan con la ayuda y el auxilio que podrían prestarles sus legítimos pastores, si no estuvieran lejos o impedidos. Estos cristianos se aferran a la fe con valentía, y ponen su esperanza en Aquel que conoce bien las lágrimas y los sufrimientos de los "que padecen persecución por causa de la justicia" [4], en Aquel que "no se demora en sus promesas" [5] sino que algún día consolará a sus hijos con la recompensa que se han ganado.

17. Por lo tanto, exhortamos con paternal afecto a aquellos de Nuestros Venerables Hermanos y amados hijos que se encuentran bajo muchas presiones peligrosas y engañosas, presiones que les impulsarían a dejar de sostener la firme, sólida y constante unidad de la Iglesia y aquella estrecha unión con la Sede Apostólica sin la cual esta unidad no puede tener un fundamento seguro.

18. En efecto, esta unidad está siendo atacada por falsas doctrinas y por una variedad de estrategias insidiosas. Pero todos deben recordar que el Cuerpo Místico de Jesucristo, la Iglesia, debe estar "estrechamente unido y entretejido por todas las coyunturas del sistema, según la función en su justa medida de cada una de las partes" [6], "hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento profundo del Hijo de Dios, a la virilidad perfecta, a la medida madura de la plenitud de Cristo" [7], cuyo Vicario en la tierra es -por designación divina- el Romano Pontífice, como sucesor de Pedro.

19. Recuerden y mediten las sabias palabras de San Cipriano, obispo y mártir: "El Señor habló así a Pedro: Te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia" [8]. Sólo sobre Pedro levantó su Iglesia. Todos debemos conservar y defender resueltamente esta unidad, pero especialmente nosotros, los obispos, que gobernamos la Iglesia.

20. "Porque la Iglesia es una, aunque abarque multitudes cada vez mayores en el curso de su prolífico crecimiento. Así, el sol tiene muchos rayos, pero una sola luz; un árbol tiene muchas ramas, pero un solo tronco firmemente arraigado en la tierra; y cuando muchos arroyos salen de una sola fuente, aunque su número parece provenir directamente de la abundancia de agua que fluye, sin embargo hay una sola fuente. Apaga un rayo de sol: la unidad de su luz no ha sido cortada; arranca una rama de un árbol: esa rama ya no da brotes; bloquea un arroyo de su fuente: ese arroyo se seca.

21. Del mismo modo, la Iglesia está impregnada de la luz del Señor y difunde los rayos de esa luz por el mundo: pero es una sola luz y su unidad no es diversa. La Iglesia extiende sus ramas por todo el mundo con rica profusión; sus arroyos llenos y caudalosos se extienden por todas partes: pero sólo hay un tronco, una sola fuente.

22. Y quien no tiene a la Iglesia como madre, no puede tener a Dios como padre. Quien no mantiene esta unidad no mantiene la ley de Dios, no mantiene la fe del Padre y del Hijo, y no tiene ni vida ni salvación" [9].

23. Estas palabras del santo mártir y obispo son un consuelo, un estímulo y un escudo de fuerza, sobre todo porque no pueden mantener la comunicación con la Santa Sede (o no pueden hacerlo fácilmente) y están en grave peligro, ya que deben superar muchos obstáculos y engaños. Los que se encuentran en tal situación deben confiar en la ayuda de Dios, que no deben dejar de implorar en humilde oración. Deben recordar que todos los que persiguen a la Iglesia -como muestra la historia- han pasado como sombras, pero el sol de la verdad de Dios no se pone nunca, porque "la palabra del Señor permanece para siempre" [10].

24. La sociedad que Cristo fundó puede ser atacada, pero no derrotada, porque ella saca su fuerza de Dios, no del hombre. Y, sin embargo, no cabe duda de que será acosada a lo largo de los siglos por persecuciones, por contradicciones, por calumnias -como fue la suerte de su Divino Fundador hace mucho tiempo-, pues Él dijo: "Si me han perseguido a mí, también os perseguirán a vosotros" [11] Pero es igualmente cierto que, como Cristo nuestro Redentor resucitó triunfante, así la Iglesia obtendrá algún día una victoria pacífica sobre todos sus enemigos.

25. Tened, pues, confianza; sed soldados valientes y firmes. Queremos aconsejaros con las palabras de San Ignacio, mártir, aunque sabemos que no necesitáis ese consejo: "Servid a Aquel por quien lucháis... Que ninguno de vosotros le abandone. Vuestro bautismo debe ser un escudo; vuestra fe, un casco; vuestra caridad, una lanza; vuestra paciencia, una armadura. Vuestras obras deben ser vuestras credenciales, para que seáis dignos de recibir vuestra recompensa" [12].

26. Y las hermosas palabras del obispo San Ambrosio deberían daros una esperanza segura y un valor inquebrantable: "Agarraos al timón de la fe para que los vientos embravecidos de este mundo no os azoten. El mar es vasto y grande, pero no temáis, porque él la ha establecido (la tierra) sobre las aguas, y la ha asentado firmemente sobre los ríos"[13]. Y así se comprende que la Iglesia del Señor permanezca impasible entre las olas de este mundo, porque está construida sobre la roca apostólica y se mantiene firme en sus cimientos, impasible ante los embates del mar embravecido [14]. Los elementos físicos de este mundo chocan con el trueno a su alrededor, pero ella proporciona un puerto seguro a los que trabajan en las profundidades [15].

27. En la época apostólica, cuando los cristianos de una determinada región sufrían dificultades inusitadas, todos los demás -unidos a ellos por los lazos de la caridad- elevaban oraciones suplicantes a Dios, Padre de las misericordias, con la unanimidad de los hermanos, para que se dignara en su bondad fortalecer los corazones de sus hermanos y hacer que llegaran pronto tiempos mejores para toda la Iglesia.

28. Así también hoy, Venerables Hermanos, pedimos que el consuelo de Dios descienda, en respuesta a las oraciones de vuestros hermanos, sobre todos los que en Europa oriental y en Asia están oprimidos por un estado de cosas miserable y desmedido.

29. Y puesto que tenemos gran confianza en el poder intercesor de la Virgen María, Madre de Dios, es Nuestro ardiente deseo que, durante la novena que habitualmente se celebra antes de la fiesta de la Asunción, todos los católicos del mundo eleven públicas oraciones al cielo por la Iglesia, que está -como hemos dicho- afligida y acosada en algunas tierras.

30. Confiamos en que María no rechazará ni dejará sin cumplir nuestras súplicas y las oraciones unánimes de todos los católicos, a la que Nosotros, con la aprobación divina, decretamos y proclamamos, en el Año Santo de 1950, que había sido llevada, en cuerpo y alma, a la morada de la bienaventuranza en el cielo [16]. Aquella a la que solemnemente declaramos y ordenamos que fuera debidamente venerada por toda la humanidad como Reina del Cielo[17]. Aquella, finalmente, cuyas gracias maternas invitamos a una multitud a disfrutar en el centenario de su aparición, como dadora de dones, en la gruta de Lourdes a una niña inocente [18].

31. Que, por vuestras súplicas y vuestro ejemplo, Venerables Hermanos, los rebaños a vosotros confiados se acerquen a los altares de la Madre de Dios en oración y en gran número en los días nombrados. Que recen con una sola voz y un solo espíritu para que aquella que "se convirtió en causa de salvación para todo el género humano" [19] obtenga para la Iglesia la libertad que necesita para llevar a los hombres a la salvación eterna, reforzar las leyes justas con los mandatos de la conciencia y reforzar las bases de la sociedad civil.

32. Por la maternal intercesión de María, rueguen particularmente para que los pastores alejados de sus rebaños, o impedidos de otro modo en el libre ejercicio de su ministerio, sean restituidos cuanto antes a los puestos que antes, y debidamente, ocupaban; para que los fieles acosados por las intrigas, las falsedades y las disensiones, encuentren la fuerza en la plena luz de la verdad y en la unión y caridad sin reservas; para que los vacilantes y débiles sean fortalecidos de tal manera por la gracia de Dios, que estén dispuestos y sean capaces de soportar cualquier dificultad sin abandonar la fe y la unidad cristiana.

33. Pedimos ardientemente que todas las diócesis vuelvan a tener pronto su legítimo pastor. Que los principios cristianos se enseñen libremente en todas las tierras y entre todas las clases de ciudadanos.

34. Que los jóvenes, en las escuelas primarias y secundarias, en los talleres y en las granjas, escapen de las trampas de las doctrinas materialistas, ateas y hedonistas, que paralizan las alas de la mente y cortan los nervios de la virtud. Que más bien sean iluminados con la luz de la sabiduría del evangelio de Dios, que los despertará, elevará y dirigirá a lo que es mejor.

35. Que las puertas de la verdad estén en todas partes sin obstáculos; que nadie las cierre injustamente. Que todos los hombres comprendan que nada puede resistir por mucho tiempo la fuerza de la verdad o de la caridad.

36. Y, por último, que los heraldos del Evangelio vuelvan a buscar pronto a los pueblos que un día condujeron a Cristo con celo apostólico y fatiga extenuante, y a los que desean ardientemente elevar a una cultura cristiana y civil más rica, aun a costa de dificultades, trabajos y adversidades.

37. Que todos los fieles pidan estos favores a la querida Madre de Dios; y que para los que persiguen la religión cristiana imploren el perdón con aquel espíritu de caridad que llevó al Apóstol de las Gentes a decir: "Bendecid a los que os persiguen" [20].

38. Pero, como bien sabéis, Venerables Hermanos, una renovación de la vida cristiana debe acompañar a estas peticiones públicas. De lo contrario, tales oraciones son palabras vanas, que no pueden ser del todo agradables a Dios.

39. Y así, por esa caridad ardiente y celosa con que todos los cristianos están obligados a amar a la Iglesia católica, deben dirigir sus oraciones al cielo, pero también deben ofrecer actos interiores de penitencia, obras de virtud, sacrificios, molestias y todas las penas y privaciones bajo las cuales trabajamos, por necesidad, en esta vida mortal, pero que de vez en cuando, debemos asumir voluntariamente, con espíritu de generosidad.

40. Mediante esta sana renovación de su modo de vida, unida a oraciones suplicantes, ganarán el favor de Dios para ellos mismos y para la santa Iglesia, a la que deben abrazar como a una madre amorosa.

41. Los fieles deben presentar el tipo de imagen -con la frecuencia que requieran las circunstancias- que se describe de manera tan maravillosa, bella y significativa en la Carta a Diogneto: "Los cristianos... están en la carne, pero no viven de la carne. Viven en la tierra, pero son ciudadanos del cielo. Obedecen las leyes válidas, e incluso van más allá de las exigencias de la ley en la conducta de sus vidas. Aman a todos los hombres, y sin embargo todos los hombres los persiguen. No son comprendidos, y sin embargo son condenados; son condenados a muerte, y sin embargo su vida es vivificada... Son deshonrados, y sin embargo, en medio de la deshonra encuentran el honor. Su buen nombre es ridiculizado, y sin embargo se presenta como prueba de su justicia... Cuando se comportan como hombres honestos, son castigados como criminales; mientras son castigados, se regocijan como si fueran exaltados..." [21].

42. "Para expresar todo esto brevemente: lo que el alma es para el cuerpo, los cristianos son para el mundo" [22].

43. Si vuelve a florecer un estilo de vida cristiano, como en la época de los Apóstoles y de los mártires, podemos esperar razonablemente que la Santísima Virgen María -que anhela con corazón de madre que todos sus hijos vivan virtuosamente- atienda benévolamente nuestras oraciones y conceda pronto, en respuesta a nuestras peticiones, tiempos más felices y pacíficos para la Iglesia de su Hijo Unigénito y para toda la sociedad humana.

44. Deseamos, Venerables Hermanos, que hagáis llegar Nuestros deseos y exhortaciones en Nuestro nombre, del modo que creáis más conveniente, a los fieles confiados a vuestro cuidado. Mientras tanto, como prenda de la bendición del cielo y testimonio de Nuestra paternal buena voluntad, impartimos amorosamente Nuestra bendición apostólica a cada uno de vosotros, a los rebaños que os han sido confiados, e individualmente a cada uno de los que sufren persecución y tormento por defender los derechos de la Iglesia y dar prueba del amor que le profesan.

45. Escrito en Roma, en San Pedro, el día catorce de julio del año 1958, vigésimo de Nuestro Pontificado.


TEXTO EN LATÍN: Acta Apostolicae Sedis, 50 (1958), 449-59.


REFERENCIAS:

1. Cfr. Acta Apostolicae Sedis, 34 (1942), 345-46.

2. Cfr. Juan 14:6.

3. Mat. 26:31; cfr. Zac. 13:7.

4. Mat. 5:10.

5. 2 Pe. 3:9.

6. Efe. 4:16.

7. Efe. 4:13.

8. Cfr. Mat. 16:18 ss.

9. Cipriano, De unitate Ecclesiae, IV, V, VI: PL IV, 513, 514, 516-20.

10. 1 Pe. 1:25.

11. Juan 15:20.

12. San Ignacio de Antioquía, Epístola a San Policarpo VI, 2: PG V, 723-726.

13. Sal. 23:2.

14. Cfr. Mat. 16:18.

15. San Ambrosio, Epístola 11: PL XVI, 917.

16. Cf. la bula Munificentissimus Deus AAS (1950) 753 ss.

17. Cf. la carta encíclica Ad Caeli Reginam: AAS (1954) 625 ss.

18. Cfr. la constitución apostólica Primo exacto: AAS (1957) 1051 ss. [Ing. tr. en TPS (Invierno 1957-58) vol. 4, núm. 3, págs. 259 y sigs. — Ed.], y la epístola encíclica Le Pelerinage de Lourdes: AAS (1957) 605 ss.

19. San Ireneo, Contra haereses III, 22: PG VII, 959.

20. Rom. 12:14.

21. Epístola a Diogneto V: PG II, 1174-1175.

22. Ibíd. VI: PG IV, 1175. COMENTARIOS:
Christianus. "L'enciclica di Pio XII Meminisse iuvat" Vita e Pensiero, 41 (agosto, 1958), 536-37.
"Una nueva encíclica pide oraciones por la Iglesia perseguida". CAIP News, 19 (agosto, 1958), 1-3.


domingo, 18 de febrero de 2001

BENIGNITAS ET HUMANITAS (24 DE DICIEMBRE DE 1944)


RADIOMENSAJE 

BENIGNITAS ET HUMANITAS

DE SU SANTIDAD PÍO XII

EN LA VÍSPERA DE NAVIDAD

24 de diciembre de 1944

Sexta Navidad de guerra


“Benignitas et humanitas apparuit Salvatoris nostri Dei” (Tt 3, 4). Por sexta vez, desde el comienzo de la horrible guerra, la santa liturgia de Navidad saluda con estas palabras, que exhalan serena paz, la venida entre nosotros del Dios Salvador. La humilde y pobre cuna de Belén atrae, con aliciente inefable, la atención de todos los creyentes.

Hasta lo más profundo de los corazones, entenebrecidos, afligidos y abatidos baja un torrente de luz y de alegría, invadiéndolos completamente. Vuelven a alzarse serenas las frentes inclinadas, porque Navidad es la fiesta de la dignidad humana, la fiesta del “admirable intercambio, por el cual el Creador del género humano, tornando un cuerpo vivo, se dignó nacer de la Virgen y con su venida nos donó su divinidad” (Ant. 1 in 1 Vesp. in Circumc. Dom.).

Pero nuestros ojos vuelan espontáneamente desde el esplendoroso Niño del portal al mundo que nos rodea, y la dolorida exclamación del Evangelista Juan sube a nuestros labios: Lux in tenebris lucet et tenebrae eam non comprehenderunt” (Jn 1, 5): la luz resplandece en medio de las tinieblas, y las tinieblas no la han recibido.

Porque desgraciadamente también esta sexta vez la aurora de la Navidad se alza sobre campos de batalla cada vez más dilatados, sobre cementerios en donde se acumulan cada día más numerosos los despojos de las victimas, sobre tierras desiertas en donde escasas torres vacilantes señalan con su silenciosa tristeza las ruinas de ciudades antes prósperas y florecientes y donde campanas derribadas o arrebatadas ya no despiertan a los habitantes con su alegre canto de Navidad. Son otros tantos testigos mudos, que denuncian esta mancha de la historia de la humanidad, que, voluntariamente ciega ante la claridad de Aquel que es esplendor y luz del Padre, voluntariamente alejada de Jesucristo, ha descendido y ha caído en la ruina y en la abdicación de su propia dignidad. Hasta la pequeña lámpara se ha apagado en muchos majestuosos templos, en muchas modestas capillas, donde, junto al Sagrario, había sido compañera en las vigilias del Huésped divino, mientras que el mundo dormía. ¡Qué desolación, que contraste! ¿No habría, pues, esperanza para la humanidad?


Aurora de esperanza

¡Bendito sea el Señor! Una aurora de esperanza se eleva de los lúgubres gemidos del dolor, del seno mismo de la angustia desgarradora de los individuos y de los pueblos oprimidos. Una idea, una voluntad cada día más clara y firme surge en una falange, cada vez mayor, de nobles espíritus: hacer de esta guerra mundial, de este universal desbarajuste el punto de partida de una era nueva, para la renovación profunda, la reordenación total del mundo. De esta manera, mientras siguen afanándose los ejércitos en luchas homicidas, con medios de combate cada día más crueles, los hombres de gobierno, representantes responsables de las naciones, se reúnen en coloquios y en conferencias, para determinar los derechos y los deberes fundamentales sobre los que se debería reedificar una unión de los Estados, para trazar el camino hacia un porvenir mejor, más seguro, más digno de la humanidad.

¡Extraña antítesis, la coincidencia de una guerra, cuya rudeza tiende a llegar al paroxismo, con el notable progreso de las aspiraciones y de los propósitos hacia el acuerdo para una paz sólida y duradera! Sin duda ninguna que se podrá discutir el valor, la posibilidad de aplicación, la eficacia de una o de otra propuesta; bien podría quedar en suspenso el juicio sobre ellas; pero siempre será verdad que el movimiento avanza.


El problema de la democracia

Además —y es tal vez el punto más importante— los pueblos, al siniestro resplandor de la guerra que les rodea, en medio del ardoroso fuego de los hornos que les aprisionan, se han como despertado de un prolongado letargo. Ante el Estado, ante los gobernantes han adoptado una actitud nueva, interrogativa, crítica, desconfiada. Adoctrinados por una amarga experiencia se oponen con mayor ímpetu a los monopolios de un poder dictatorial, incontrolable e intangible, y exigen un sistema de gobierno, que sea más compatible con la dignidad y con la libertad de los ciudadanos.

Estas multitudes, inquietas, trastornadas por la guerra hasta las capas más profundas, están hoy día penetradas por la persuasión —al principio tal vez vaga y confusa, pero ahora ya incoercible— de que, si no hubiera faltado la posibilidad de sindicar y corregir la actividad de los poderes públicos, el mundo no habría sido arrastrado por el torbellino desastroso de la guerra y de que, para evitar en adelante la repetición de semejante catástrofe, es necesario crear en el pueblo mismo eficaces garantías.

Siendo tal la disposición de los ánimos, ¿hay acaso que maravillarse de que la tendencia democrática inunde los pueblos y obtenga fácilmente la aprobación y el asenso de los que aspiran a colaborar más eficazmente en los destinos de los individuos y de la sociedad?

Apenas es necesario recordar que, según las enseñanzas de la Iglesia, no está prohibido el preferir gobiernos moderados de forma popular, salva con todo la doctrina católica acerca del origen y el ejercicio del poder público”, y que “la Iglesia no reprueba ninguna de las varias formas de gobierno, con tal que se adapten por sí mismas a procurar el bien de los ciudadanos” (León XIII Encíclica Libertas, 20 de junio de 1888, in fin.).

Si, pues, en esta solemnidad, que conmemora al mismo tiempo la benignidad del Verbo encarnado y la dignidad del hombre (dignidad entendida no sólo bajo el aspecto personal, sino también en la vida social), Nos dirigimos Nuestra atención al problema de la democracia, para examinar según qué normas debe ser regulada para que se pueda llamar una verdadera y sana democracia, acomodada a las circunstancias de la hora presente; esto indica claramente que el cuidado y la solicitud de la Iglesia se dirige no tanto a su estructura y organización exterior —que dependen de las aspiraciones propias de cada pueblo—, cuanto al hombre como tal que, lejos de ser el objeto y como elemento pasivo de la vida social, es por el contrario, y debe ser y seguir siendo, su agente, su fundamento y su fin.

Supuesto que la democracia, entendida en sentido lato, admite diversidad de formas y puede tener lugar tanto en las monarquías coma en las repúblicas, dos cuestiones se presentan a Nuestro examen: 1º) ¿Qué caracteres deben distinguir a los hombres, que viven en la democracia y bajo un régimen democrático? 2º) ¿Qué caracteres deben distinguir a los hombres, que en la democracia ejercitan el poder público?


I - CARACTERES PROPIOS DE LOS CIUDADANOS

EN EL RÉGIMEN DEMOCRÁTICO

Manifestar su parecer sobre los deberes y los sacrificios que se le imponen; no verse obligado a obedecer sin haber sido oído: he ahí dos derechos del ciudadano que encuentran en la democracia, como lo indica su mismo nombre, su expresión. Por la solidez, armonía y buenos frutos de este contacto entre los ciudadanos y el gobierno del Estado se puede reconocer si una democracia es verdaderamente sana y equilibrada, y cual es su fuerza de vida y de desarrollo. Además, por lo que se refiere a la extensión y naturaleza de los sacrificios pedidos a todos los ciudadanos —en nuestra época, cuando es tan vasta y decisiva la actividad del Estado—, la forma democrática de gobierno se presenta a muchos como postulado natural impuesto por la razón misma. Pero cuando se reclama “más democracia y mejor democracia”, una tal exigencia no puede tener otra significación que la de poner al ciudadano cada vez más en condición de tener opinión personal propia, y de manifestarla y hacerla valer de manera conveniente para el bien común.


Pueblo y “masa”


De esto se deduce una primera conclusión necesaria con su consecuencia practica. El Estado no contiene en sí ni reúne mecánicamente en determinado territorio una aglomeración amorfa de individuos. Es y debe ser en realidad la unidad orgánica y organizadora de un verdadero pueblo.

Pueblo y multitud amorfa o, como se suele decir, “masa” son dos conceptos diversos. El pueblo vive y se mueve con vida propia; la masa es por sí misma inerte, y no puede recibir movimiento sino de fuera. El pueblo vive de la plenitud de la vida de los hombres que la componen, cada uno de los cuales —en su propio puesto y a su manera— es persona consciente de sus propias responsabilidades y de sus convicciones propias. La masa, por el contrario, espera el impulso de fuera, juguete fácil en las manos de un cualquiera que explota sus instintos o impresiones, dispuesta a seguir, cada vez una, hoy esta, mañana aquella otra bandera. De la exuberancia de vida de un pueblo verdadero, la vida se difunde abundante y rica en el Estado y en todos sus órganos, infundiendo en ellos con vigor, que se renueva incesantemente, la conciencia de la propia responsabilidad, el verdadero sentimiento del bien común. De la fuerza elemental de la masa, hábilmente manejada y usada, puede también servirse el Estado: en las manos ambiciosas de uno solo o de muchos agrupados artificialmente por tendencias egoístas, puede el mismo Estado, con el apoyo de la masa reducida a no ser más que una simple maquina, imponer su arbitrio a la parte mejor del verdadero pueblo: así el interés común queda gravemente herido y por mucho tiempo, y la herida es muchas veces difícilmente curable.

Con lo dicho aparece clara otra conclusión: la masa —como Nos la acabamos de definir— es la enemiga capital de la verdadera democracia y de su ideal de libertad y de igualdad.

En un pueblo digno de tal nombre, el ciudadano siente en sí mismo la conciencia de su personalidad, de sus deberes y de sus derechos, de su libertad unida al respeto de la libertad y de la dignidad de los demás. En un pueblo digno de tal nombre, todas las desigualdades que proceden no del arbitrio sino de la naturaleza misma de las cosas, desigualdades de cultura, de bienes, de posición social —sin menoscabo, por supuesto, de la justicia y de la caridad mutua—, no son de ninguna manera obstáculo a la existencia y al predominio de un auténtico espíritu de comunidad y de fraternidad. Más aún, esas desigualdades, lejos de lesionar en manera alguna la igualdad civil, le dan su significado legítimo, es decir, que ante el Estado cada uno tiene el derecho de vivir honradamente su existencia personal, en el puesto y en las condiciones en que los designios y la disposición de la Providencia lo han colocado.

Como antítesis de este cuadro del ideal democrático de libertad y de igualdad en un pueblo gobernado por manos honestas y próvidas, ¡que espectáculo presenta un Estado democrático dejado al arbitrio de la masa! La libertad, el deber moral de la persona se transforma en pretensión tiránica de desahogar libremente los impulsos y apetitos humanos con daño de los demás. La igualdad degenera en nivelación mecánica, en uniformidad monocroma: sentimiento del verdadero honor, actividad personal, respeto de la tradición, dignidad, en una palabra, todo lo que da a la vida su valor, poco a poco se hunde y desaparece. Y únicamente sobreviven. por una parte, las victimas engañadas por la fascinación aparatosa de la democracia, fascinación que se confunde ingenuamente con el espíritu mismo de la democracia, con la libertad e igualdad, y por otra, los explotadores más o menos numerosos que han sabido, mediante la fuerza del dinero o de la organización, asegurarse sobre los demás una posición privilegiada y aun el mismo poder.


II - CARACTERES DE LOS HOMBRES QUE EN LA DEMOCRACIA

EJERCEN EL PODER PÚBLICO

El Estado democrático, monárquico o republicano, como cualquier otra forma de gobierno, debe estar investido con el poder de mandar con autoridad verdadera y efectiva. El orden mismo absoluto de los seres y de los fines, que presenta al hombre como persona autónoma, es decir, como sujeto de deberes y de derechos inviolables, raíz y término de su vida social, abraza igualmente al Estado como sociedad necesaria, revestida de la autoridad, sin la cual no podría ni existir ni vivir. Porque si los hombres, valiéndose de su libertad personal, negasen toda dependencia de una autoridad superior provista del derecho de coacción, por el mismo hecho socavarían el fundamento de su propia dignidad y libertad, o lo que es lo mismo, aquel orden absoluto de los seres y de los fines.

Establecidos, sobre esta base común, la persona, el Estado y el poder público, con sus respectivos derechos, están tan unidos o conexos, que, o se sostienen, o se destruyen juntamente.

Y puesto que aquel orden absoluto, a la luz de la sana razón, y especialmente a la luz de la fe cristiana, no puede tener otro origen que un Dios personal, Criador nuestro, se sigue que la dignidad del hombre es la dignidad de la imagen de Dios, la dignidad del Estado es la dignidad de la comunidad moral que Dios ha querido, y que la dignidad de la autoridad política es la dignidad de su participación de la autoridad de Dios.

Ninguna forma de Estado puede dejar de tener en cuenta esta conexión intima e indisoluble; y mucho menos la democracia. Por consiguiente, si quien ejercita el poder público no la ve o más o menos la descuida, remueve en sus mismas bases su propia autoridad. Igualmente, si no da la debida importancia a esta relación y no ve en su cargo la misión de actuar el orden establecido por Dios, surgirá el peligro de que el egoísmo del dominio o de los intereses prevalezca sobre las exigencias esenciales de la moral política y social y de que las vanas apariencias de una democracia de pura fórmula sirvan no pocas veces para enmascarar lo que es en realidad lo menos democrático.

Únicamente la clara inteligencia de los fines señalados por Dios a todas las sociedades humanas, unida al sentimiento profundo de los deberes sublimes de la labor social, puede poner a los que se les ha confiado el poder, en condición de cumplir sus propias obligaciones de orden legislativo, judicial o ejecutivo, con aquella conciencia de la propia responsabilidad, con aquella generosidad, con aquella incorruptibilidad, sin las que un gobierno democrático difícilmente lograría obtener el respeto, la confianza y la adhesión de la parte mejor del pueblo.

El profundo sentimiento de los principios de un orden político y social sano y conforme a las normas del derecho y de la justicia, es de particular importancia en quienes, sea cual fuere la forma de régimen democrático, ejecutan, como representantes del pueblo, en todo o en parte, el poder legislativo. Y ya que el centro de gravedad de una democracia normalmente constituida reside en esta representación popular, de la que irradian las corrientes políticas a todos los campos de la vida pública —tanto para el bien como para el mal—, la cuestión de la elevación moral, de la idoneidad práctica, de la capacidad intelectual de los designados para el parlamento, es para cualquier pueblo de régimen democrático, cuestión de vida o muerte, de prosperidad o de decadencia, de saneamiento o de perpetuo malestar.

Para llevar a cabo una acción fecunda, para obtener la estima y la confianza, todo cuerpo legislativo —la experiencia lo demuestra indudablemente— debe recoger en su seno una selección de hombres espiritualmente eminentes y de carácter firme, que se consideren como los representantes de todo el pueblo y no ya como los mandatarios de una muchedumbre, a cuyos intereses particulares muchas veces, por desgracia, se sacrifican las reales necesidades y exigencias del bien común. Una selección de hombres no limitada a una profesión o a una condición determinada, sino imagen de la múltiple vida de todo el pueblo. Una selección de hombres de sólidas convicciones cristianas, de juicio justo y seguro, de sentido práctico y ecuánime, coherente consigo mismo en todas las circunstancias; hombres de doctrina clara y sana, de designios firmes y rectilíneos; hombres, sobre todo, capaces, en virtud de la autoridad que emana de su conciencia pura y ampliamente se irradia y se extiende en su derredor, de ser guías y dirigentes, sobre todo en tiempos en que urgentes necesidades sobreexcitan la impresionabilidad del pueblo, y lo hacen propenso a la desorientación y extravío; hombres que en los periodos de transición, atormentados generalmente y lacerados por las pasiones, por opiniones divergentes y por opuestos programas, se sienten doblemente obligados a hacer circular por las venas del pueblo y del Estado, quemadas por mil fiebres, el antídoto espiritual de las visiones claras, de la bondad solícita, de la justicia que favorece a todos igualmente, y la tendencia de la voluntad hacia la unión y la concordia nacional en un espíritu de sincera fraternidad.

Los pueblos cuyo temperamento espiritual y moral es suficientemente sano y fecundo, encuentran en si mismos y pueden dar al mundo los heraldos y los instrumentos de la democracia que viven con aquellas disposiciones y las saben de hecho llevar a la práctica. En cambio, donde faltan semejantes hombres, vienen otros a ocupar su puesto para convertir la actividad política en campo de su ambición y afán de aumentar sus propias ganancias, las de su casta y clase, mientras la búsqueda de los intereses particulares hace perder de vista y pone en peligro el verdadero bien común.


El absolutismo de Estado

Una sana democracia fundada sobre los principios inmutables de la ley natural y de la verdad revelada, será resueltamente contraria a aquella corrupción que atribuye a la legislación del Estado un poder sin frenos y sin límites, y que hace también del régimen democrático, a pesar de las apariencias contrarias, pero vanas, puro y simple sistema de absolutismo.

El absolutismo de Estado (no hay que confundir este absolutismo con la monarquía absoluta de la que ahora no hablamos) consiste de hecho en el principio erróneo que la autoridad del Estado es ilimitada, y que frente a ella —aun cuando da rienda suelta a sus miras despóticas, traspasando los limites del bien y del mal— no cabe apelación alguna a una ley superior que obligue moralmente.

A un hombre posesionado de ideas rectas sobre el Estado y la autoridad y el poder de que está revestido, en cuanto que es custodio del orden social, jamás se le ocurrirá ofender la majestad de la ley positiva dentro de los límites de sus naturales atribuciones. Pero esta majestad del derecho positivo humano es inapelable únicamente cuando se conforma —o al menos no se opone— al orden absoluto, establecido por el Criador, y presentado con nueva luz por la revelación del Evangelio. Y esa majestad no puede subsistir sino en cuanto respeta el fundamento sobre el cual se apoya la persona humana, no menos que el Estado y el poder público. Este es el criterio fundamental de toda forma de gobierno sana y aun de la democracia, criterio con el cual se debe juzgar el valor moral de todas las leyes particulares.


III- NATURALEZA Y CONDICIONES DE UNA EFICAZ ORGANIZACIÓN

EN FAVOR DE LA PAZ


La unidad del género humano y la sociedad de los pueblos

Nos hemos querido, amados hijos e hijas, aprovechar la ocasión de la fiesta de Navidad, para indicar por qué caminos una democracia, que sea conforme a la dignidad humana, puede, en armonía con la ley natural y con los designios de Dios manifestados en la revelación, llegar a resultados benéficos. En efecto, Nos sentimos profundamente la importancia suma de este problema para el progreso pacífico de la familia humana; pero al mismo tiempo Nos damos cuenta de las grandes exigencias que esta forma de gobierno impone a la madurez moral de cada uno de los ciudadanos; madurez moral a la que en vano se podría tener la esperanza de llegar plena y seguramente, si la luz de la Cueva de Belén no iluminase el oscuro sendero por el que los hombres, desde el borrascoso presente, se encaminan hacia un porvenir que esperan más sereno.

Pero ¿hasta qué punto los representantes y los guías de la democracia estarán penetrados en sus deliberaciones por la convicción de que el orden absoluto de los seres y de los fines, que Nos hemos recordado repetidas veces, incluye también, como exigencia moral y como coronamiento del desarrollo social, la unidad del género humano y de la familia de los pueblos? Del reconocimiento de este principio depende el porvenir de la paz. Ninguna reforma mundial, ninguna garantía de paz puede hacer abstracción de él sin debilitarse ni renegar de sí misma. Si por el contrario, esa misma exigencia moral hallase su actuación en una sociedad de los pueblos, que supiese evitar los defectos de estructura y las imperfecciones de soluciones precedentes, entonces la majestad de aquel orden regularía y dominaría igualmente las deliberaciones de esta sociedad y las aplicaciones de sus medios de sanción.

Por el mismo motivo se entiende de qué manera la autoridad de una tal sociedad de los pueblos tendrá que ser verdadera y efectiva sobre los Estados que son miembros de ella, pero de modo que cada uno de ellos conserve igual derecho a su relativa soberanía. Únicamente así el espíritu de sana democracia podrá también entrar en el vasto y escabroso campo de la política exterior.


Contra la guerra de agresión como solución de las controversias internacionales

Por lo demás, un deber obliga a todos, un deber que no sufre demora alguna, ni dilación, ni zozobra, ni tergiversación: el de hacer todo cuanto sea posible para proscribir y desterrar de una vez para siempre la guerra de agresión como solución legítima de las controversias internacionales y como instrumento de nacionales aspiraciones. Se han visto en lo pasado muchas tentativas emprendidas con este fin. Todas han fracasado, y todas fracasarán siempre, mientras la parte más sana del género humano no tenga la voluntad firme, santamente obstinada, como obligación de conciencia, de cumplir la misión que los tiempos pasados habían iniciado con deficiente seriedad y resolución.

Si jamás una generación ha tenido que sentir en el fondo de la conciencia el grito: “Guerra a la guerra”, esa es, sin duda alguna, la actual. Pasando, como ha pasado, a través de un océano de sangre y de lágrimas, cual, tal vez, nunca conocieron los tiempos pretéritos, ha vivido sus indecibles atrocidades tan intensamente, que el recuerdo de tantos horrores tendrá que quedársele estampado en la memoria y hasta en lo más profundo del alma, como la imagen de un infierno, del que, quienquiera que nutre en su corazón sentimientos de humanidad, no podrá jamás tener ansia más ardiente que la de cerrar sus puertas para siempre.


Formación de un órgano común para el mantenimiento de la paz

Las decisiones hasta ahora conocidas de las Comisiones internacionales permiten deducir que un punto esencial de cualquier futuro arreglo del mundo seria la formación de un órgano para el mantenimiento de la paz, órgano investido de autoridad suprema por común asentimiento y a cuyo oficio correspondería también el ahogar en germen cualquier amenaza de agresión aislada o colectiva. Ninguno podría saludar con mayor gozo esta evolución que quien, ya desde hace mucho tiempo, ha defendido el principio que la teoría de la guerra, como medio apto y proporcionado para resolver los conflictos internacionales, ha sido ya superada. Ninguno podría desear con mayor ardor éxito pleno y feliz a esta común colaboración, que debe emprenderse con una seriedad de propósitos no conocida hasta ahora, que quien concienzudamente se ha dedicado a conducir la mentalidad cristiana y religiosa a la reprobación de la guerra moderna con todos sus medios monstruosos de lucha.

¡Monstruosos medios de lucha! Sin duda el progreso de las invenciones humanas, que debería conseguir la realización de un bienestar mayor para toda la humanidad, se ha revuelto, por el contrario, para destruir lo que los siglos habían edificado. Pero con eso mismo se ha puesto cada vez más en evidencia la inmoralidad de la guerra de agresión. Y si ahora se añade al reconocimiento de esta inmoralidad la amenaza de una intervención jurídica de las naciones y de un castigo, que la sociedad de los Estados imponga al agresor, de manera que la guerra se sienta siempre bajo la condena de la proscripción y siempre vigilada por una acción preventiva, entonces sí que la humanidad, al salir de la oscura noche en que ha estado tanto tiempo sumergida, podrá saludar la aurora de una época nueva y mejor de su historia.


Su estatuto, que excluye toda injusta imposición

Pero esto con una condición: que la organización de la paz, a la que las mutuas garantías y, donde sea necesario, las sanciones económicas y aun la intervención armada deberían dar vigor y estabilidad, no consagre definitivamente ninguna injusticia, ni tolere la lesión de ningún derecho con detrimento de algún pueblo (sea que pertenezca al grupo de los vencedores o de los vencidos o de los neutrales), ni perpetúe ninguna imposición o carga, tolerable sólo temporalmente, como reparación de los daños de guerra.

Es cosa humanamente explicable y, con toda probabilidad, será prácticamente inevitable que algunos pueblos, a cuyos gobiernos, —o quizás también en parte a ellos mismos— se atribuye la responsabilidad de la guerra, tengan que sufrir por algún tiempo los rigores de las medidas de seguridad, hasta que los vínculos de confianza mutua, rotos violentamente, no vuelvan a reanudarse poco a poco. Y sin embargo, estos mismos pueblos tendrán que tener también esperanzas bien fundadas —según la medida de su cooperación leal y efectiva a los esfuerzos para la restauración futura— de poder estar asociados, juntamente con los demás Estados y con igual consideración y con los mismos derechos, a la grande comunidad de las naciones. Negarles esta esperanza sería lo opuesto a una previsora cordura, sería cargar con la grave responsabilidad de cerrar el camino a una liberación general de todas las desastrosas consecuencias materiales, morales y políticas del gigantesco cataclismo, que ha sacudido hasta las profundidades más recónditas la pobre familia humana, pero que al mismo tiempo le ha señalado la vía hacia nuevas metas.


Las austeras lecciones del dolor

No queremos renunciar a la esperanza de que los pueblos, pasados todos ellos por la escuela del dolor, habrán sabido aprender sus austeras lecciones. Y en esta esperanza Nos alientan las palabras de hombres que han experimentado en mayor medida los sufrimientos de la guerra y han hallado acentos generosos para expresar, juntamente con la afirmación de las propias exigencias de seguridad contra cualquier agresión futura, su respeto a los derechos vitales de los demás pueblos y su aversión contra cualquiera usurpación de los mismos derechos. Sería vano esperar que este juicio prudente, dictado por la experiencia de la historia y por un profundo sentido político, sea, o generalmente aceptado por la opinión pública, o aun únicamente por la mayoría, mientras los ánimos están incandescentes. El odio, la incapacidad de entenderse mutuamente, ha hecho surgir entre los pueblos, que han combatido unos contra otros, una niebla demasiado densa para poder esperar que haya ya llegado la hora en que un haz de luz asome, para aclarar el panorama trágico a ambos lados de la oscura muralla. Pero sabemos una cosa: y es que llegará el momento, antes, quizás, de lo que se cree, en que unos y otros reconocerán cómo, después de considerado todo, no hay otro camino para salir de la maraña en que la lucha y el odio han envuelto al mundo, sino la vuelta a la solidaridad, olvidada desde hace demasiado tiempo, solidaridad no limitada a estos o a aquellos pueblos, sino universal, fundada en la íntima conexión de sus destinos y en los derechos que de igual modo les atañen.


El castigo de los delitos

A ninguno ciertamente pasa por las mentes desarmar la justicia para con el que se ha aprovechado de la guerra a fin de cometer delitos de derecho común, a los que las supuestas necesidades militares podían, a lo más, brindar un pretexto, jamás una justificación. Pero si presumiese juzgar y castigar no ya a los individuos particulares, sino colectivamente a la entera comunidad, ¿quién no vería en ese procedimiento una violación de las normas que guían a cualquier juicio humano?


IV - LA IGLESIA DEFENSORA DE LA VERDADERA DIGNIDAD

Y LIBERTAD HUMANA

En un tiempo en que los pueblos se encuentran frente a empeños, cuales nunca tal vez han hallado en ninguna encrucijada de su historia, sienten hervir en sus corazones atormentados el impaciente e innato deseo de empuñar las riendas del propio destino con mayor autonomía que en el pasado, con la esperanza de que, obrando así, les será más fácil la empresa de defenderse contra las irrupciones periódicas del espíritu de violencia, que como torrente de ardiente lava, nada perdona a su paso de cuanto les es caro y sagrado.

Gracias a Dios se puede pensar que ha pasado ya el tiempo, en que el recuerdo de los principios morales y evangélicos, como vitales para los Estados y para los pueblos, era excluido desdeñosamente como una fantasía. Los sucesos de estos años de guerra se han encargado de refutar con la mayor dureza imaginable a los propagadores de tales doctrinas. Su ostentoso desdén contra aquel supuesto irrealismo, se ha transformado en una espantosa realidad: brutalidad, iniquidad, destrucción, aniquilamiento.

Si el porvenir está reservado a la democracia, una parte esencial de su realización deberá corresponder a la religión de Cristo y a la Iglesia, mensajera de la palabra del Redentor y continuadora de su misión salvadora. Ella de hecho enseña y defiende la verdad, comunica las fuerzas sobrenaturales de la gracia, para actuar sobre el orden de los seres y de su finalidad, establecido por Dios, último fundamento y norma directiva de toda democracia.

Por el mero hecho de su existencia, la Iglesia se yergue frente al mundo, como faro resplandeciente, que recuerda constantemente este orden divino. Su historia es un claro reflejo de su misión providencial. Las luchas, que, constreñida por el abuso de la fuerza, ha debido combatir en defensa de la libertad recibida de Dios, fueron, al mismo tiempo, batallas por la verdadera libertad del hombre.

La Iglesia tiene la misión de proclamar al mundo, ansioso de mejores y más perfectas formas de democracia, el mensaje más alto y más necesario que pueda existir: la dignidad del hombre y la vocación a la filiación divina. Es el grito potente que desde la cuna de Belén resuena hasta los últimos confines de la tierra en los oídos de los hombres, en un tiempo, en que esta dignidad ha sufrido las mayores humillaciones.

El misterio de la Santa Navidad proclama esta inviolable dignidad humana con un vigor y una autoridad inapelable, que sobrepasa infinitamente a la que podrían conseguir todas las posibles declaraciones de los derechos del hombre. Navidad, la gran fiesta del Hijo de Dios, que ha aparecido en nuestra carne, la fiesta en que el cielo se abaja basta la tierra con una inefable gracia y benevolencia, es también el día en que la cristiandad y la humanidad, ante el Pesebre, contemplando “la benignidad y humanidad de Dios nuestro Salvador” adquieren conciencia íntima de la estrecha unión que Dios ha establecido entre ellas. La cuna del Salvador del mundo, del Restaurador de la dignidad humana en toda su plenitud, es el punto que se distingue por la alianza entre todos los hombres de buena voluntad. Allí el mundo infeliz, lacerado por la discordia, dividido por el egoísmo, envenenado por el odio, recibirá luz y amor y le será dado encaminarse, en cordial armonía, hacia un destino común, para hallar finalmente la curación de sus heridas en la paz de Cristo.


V - CRUZADA DE CARIDAD

No queremos poner término a este nuestro Mensaje natalicio sin antes dirigir una sentida palabra de gratitud a todos aquellos —Estados, Gobiernos, Obispos, pueblos—, que en estos tiempos de indecibles desventuras Nos han procurado valiosa ayuda para poder prestar oídos al grito de dolor que de tantas partes del mundo Nos llega y para poder alargar Nuestra mano benéfica a tantos amados hijos e hijas, a quienes las alternativas de la guerra han reducido a la extrema pobreza y miseria.

Y en primer lugar es justo recordar la extensa obra de asistencia desarrollada, a pesar de las extraordinarias dificultades de los transportes, por los Estados Unidos de América y, en cuanto se refiere particularmente a Italia, por el Excmo. Sr. Representante personal del Sr. Presidente de aquella Unión.

Ni menor alabanza y agradecimiento Nos place tributar a la generosidad del Jefe del Estado, del Gobierno y del pueblo Español, del Gobierno Irlandés, de la Argentina, de Australia, de Bolivia, de Brasil, de Canadá, de Chile, de Italia, de Lituania, del Perú, de Polonia, de Rumania, de Hungría, del Uruguay, que han competido en noble sentimiento de fraternidad y de caridad, cuyo eco no resonará inútilmente en el mundo.

Mientras los hombres de buena voluntad se afanan por echar un puente espiritual de unión entre los pueblos, esta acción de bien, pura y desinteresada, reviste un aspecto y un valor de singular importancia.

Cuando —como todos lo deseamos— las disonancias de odio y de la discordia que dominan la hora presente, no sean más que un triste recuerdo, madurarán con abundancia aún más copiosa los frutos de esta victoria del amor activo y magnánimo, sobre el veneno del egoísmo y de las enemistades.

A cuantos han participado en esta cruzada de caridad sírvales de estimulo y recompensa Nuestra Bendición Apostólica y la idea de que, en la fiesta del amor, sube al cielo en su favor, desde innumerables corazones angustiados, pero no olvidadizos en su angustia, la agradecida plegaria: Retribuere dignare, Domine, omnibus nobis bona facientibus propter nomen tuum, vitam aeternam!



sábado, 17 de febrero de 2001

TUUM ILLUD (10 DE MARZO DE 1908)


CARTA APOSTÓLICA

TUUM ILLUD


En la que el Papa Pío X aprueba el trabajo del Obispo de Limerick

sobre los escritos del Cardenal Newman.

A su Venerable Hermano

Edward Thomas Obispo de Limerick

Venerable Hermano, saludos y Nuestra Bendición Apostólica. 

Os informamos que vuestro ensayo, en el que demostráis que los escritos del Cardenal Newman, lejos de estar en desacuerdo con Nuestra Carta Encíclica Pascendi, están muy en armonía con ella, ha sido enfáticamente aprobado por Nosotros: porque no podríais haber servido mejor tanto a la verdad como a la dignidad del hombre. Está claro que aquellas personas cuyos errores hemos condenado en ese Documento habían decidido entre ellos producir algo de su propia invención con el que buscar el elogio de una persona distinguida. Y así, en todas partes afirman con seguridad que han tomado estas cosas de la fuente y cumbre de la autoridad, y que por lo tanto, no podemos censurar sus enseñanzas, sino que incluso habíamos llegado antes a condenar lo que había enseñado tan gran autor. Por increíble que parezca, aunque no siempre se advierta, se encuentran aquellos que están tan hinchados de orgullo que es suficiente para abrumar la mente, y que están convencidos de que son católicos y se hacen pasar por tales, mientras que en cuestiones relativas a la disciplina interna de la religión prefieren la autoridad de su propia enseñanza privada a la autoridad preeminente del Magisterio de la Sede Apostólica. No sólo demuestran plenamente su obstinación, sino que también muestran claramente su engaño. Porque, si en las cosas que había escrito antes de su profesión de fe católica se puede detectar justamente algo que puede tener una especie de similitud con ciertas fórmulas modernistas, Vos tenéis razón al decir que esto no es relevante para sus obras posteriores. Además, en lo que respecta a este asunto, su forma de pensar se ha expresado de muy diversas maneras, tanto de palabra como en sus escritos publicados, y el propio autor, al ser admitido en la Iglesia católica, remitió todos sus escritos a la autoridad de la misma para que se hicieran las correcciones que se consideraran oportunas. En cuanto al gran número de libros de gran importancia e influencia que escribió como católico, no es necesario exonerarlos de cualquier conexión con esta herejía actual. Y de hecho, en el dominio de Inglaterra, es de conocimiento común que Henry Newman abogó por la causa de la fe católica en su prolífica producción literaria de manera tan eficaz que su trabajo fue tanto altamente beneficioso para sus ciudadanos como muy apreciado por Nuestros Predecesores: y así se le considera digno del cargo al que León XIII, sin duda un astuto juez de los hombres y los asuntos, nombró Cardenal; de hecho fue muy altamente considerado por él en cada etapa de su carrera, y merecidamente. En verdad, hay algo en una cantidad tan grande de trabajo y en sus largas horas de trabajo que se prolongan hasta bien entrada la noche, que parece ajeno a la manera habitual de los teólogos: no se puede encontrar nada que traiga alguna sospecha sobre su fe. Vos afirmáis correctamente que es totalmente esperable que donde no había nuevos indicios de herejía él haya utilizado quizás una manera de hablar fuera de lugar a algunas personas en ciertos lugares, pero que lo que hacen los modernistas es sacar falsa y engañosamente esas palabras de todo el contexto de lo que quiso decir y tergiversarlas para adaptarlas a su propio significado. Por lo tanto, os felicitamos por haber, a través de vuestro conocimiento de todos sus escritos, vindicado brillantemente la memoria de este hombre eminentemente recto y sabio de la injusticia: y también por haber, en la medida de vuestra capacidad, llevado su influencia entre vuestros compatriotas, pero particularmente entre el pueblo inglés, para que aquellos que estaban acostumbrados a abusar de su nombre y engañar a los ignorantes dejen de hacerlo en lo sucesivo. Ojalá que sigan fielmente al autor Newman estudiando sus libros, sin ser, por cierto, adictos a sus propios prejuicios, y que no conjuren con perversa astucia nada de ellos ni declaren que sus propias opiniones se confirman en ellos, sino que comprendan sus principios puros y completos, sus lecciones y la inspiración que contienen. Aprenderán muchas cosas excelentes de tan gran maestro: en primer lugar, a considerar sagrado el Magisterio de la Iglesia, a defender la doctrina transmitida inviolablemente por los Padres y, lo que es más importante para la salvaguardia de la verdad católica, a seguir y obedecer con la mayor fe al Sucesor de San Pedro. A Vos, por lo tanto, Venerable Hermano, y a vuestro clero y pueblo, os damos nuestro más sincero agradecimiento por haberos tomado la molestia de ayudarnos en nuestras reducidas circunstancias enviando vuestro donativo comunal de ayuda económica: y para ganar para todos ustedes, pero ante todo para vosotros mismos, los dones de la bondad de Dios, y como testimonio de nuestra benevolencia, os concedemos afectuosamente nuestra bendición apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 10 de marzo de 1908, año quinto de Nuestro Pontificado.

Pío X

viernes, 16 de febrero de 2001

QUI NUPER (18 DE JUNIO DE 1859)


ENCÍCLICA

QUI NUPER

SOBRE LOS ESTADOS PONTIFICIOS

DEL SANTO PADRE PÍO IX - 1859

A Nuestros Venerables Hermanos, los Patriarcas, Primados, Arzobispos, Obispos y demás Ordinarios en Amistad y Comunión con la Sede Apostólica.

Venerables Hermanos: Saludos y la Bendición Apostólica.

El movimiento revolucionario en toda Italia contra los príncipes legítimos ha estallado incluso en regiones cercanas a las del territorio papal. Las llamas de esta conflagración, por así decirlo, han invadido algunas de Nuestras propias Provincias; movidas por este ejemplo pernicioso y empujadas por la incitación desde el exterior, algunas de ellas se han retirado de Nuestro gobierno paterno. Pretenden, aunque con pocos apoyos, someterse a ese Gobierno italiano que durante estos últimos años ha actuado como adversario de la Iglesia y de sus legítimos derechos y sagrado ministerio. Reprobamos y nos afligimos por las acciones de esta rebelión por la que sólo una cierta parte del pueblo de estas provincias atribuladas responde injustamente a Nuestros cuidados y preocupaciones paternales. Declaramos abiertamente que el poder temporal es necesario para esta Santa Sede, a fin de que para el bien de la religión pueda ejercer el poder espiritual sin ningún obstáculo. Estos astutísimos enemigos de la Iglesia pretenden arrebatarle su soberanía temporal.

2. En medio de tal agitación os enviamos la presente carta para buscar algún consuelo en Nuestro dolor. Además, en esta ocasión también os exhortamos a que os preocupéis de hacer lo que leemos que Moisés prescribió una vez a Aarón, el sumo sacerdote de los hebreos (Nm 16) "Toma el censor, llénalo de fuego del altar, pon en él incienso y apresúrate a ir al pueblo para cumplir el rito de expiación sobre él. Porque la ira ha descendido del Señor y la plaga ha comenzado". Del mismo modo, os exhortamos a derramar oraciones como aquellos santos hermanos, Moisés y Aarón, que "se arrojaron al suelo boca abajo y gritaron: "Dios de los espíritus que da vida a todo ser viviente, ¿te vas a enfadar con todo el pueblo por los pecados de unos pocos?"". (Nm 16).

3. Por eso os enviamos la presente carta, de la que nos consolamos no poco, porque confiamos en que responderéis abundantemente a Nuestros deseos y preocupaciones. Además, afirmamos abiertamente que, dotados de la virtud de Dios como resultado de las oraciones de los fieles, sufriremos cualquier peligro y cualquier amargura antes de abandonar en modo alguno el oficio apostólico. Tampoco permitiremos nada en contra de la santidad del juramento por el que nos obligamos cuando, aunque inmerecidamente, ascendimos a la sede suprema del príncipe de los apóstoles, ciudadela y baluarte de la fe católica. En el desempeño de vuestros oficios pastorales, rezamos para que todo os resulte feliz y exitoso, venerables hermanos, y os concedemos amorosamente, como signo de la bendición celestial, la bendición apostólica a vosotros y a vuestros rebaños.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 18 de junio de 1859, en el año 14 de Nuestro Pontificado.

Pío IX


jueves, 15 de febrero de 2001

QUO GRAVIORA (4 DE OCTUBRE DE 1833)


ENCÍCLICA

QUO GRAVIORA

SOBRE LA CONSTITUCIÓN PRAGMÁTICA

PAPA GREGORIO XVI

A los Obispos de la Provincia de Alta Renania.

Venerables Hermanos, Saludos y Bendición Apostólica.

Como males más serios amenazan a la Iglesia Católica por las atroces artimañas de sus enemigos, los papas que han sido colocados en la Sede de San Pedro deberían ser mucho más rápidos en tomar acción para repelerlos. A los papas se les ha delegado el poder supremo de nutrir y dirigir a la Iglesia. Nuestro predecesor Pío VIII lo entendió claramente. Se intentaron muchas cosas atrevidas, y no en vano, contra la enseñanza de la Iglesia y su autoridad divina en la provincia eclesiástica de Renania. Apenas supo esto, Pío VIII os envió una carta a fines de junio de 1830, para suscitar vuestra preocupación pastoral, si en verdad era necesaria. Esta carta os instaba a proteger con todo celo los derechos de la Iglesia, a velar por la sana doctrina, y mostrar a los que deben obrar cómo oponerse con razón y justicia a aquellas ideas nocivas para la Iglesia, ideas que debéis esforzaros celosamente en que sean revocadas. Estaba extremadamente preocupado por la situación de esas iglesias por el inmenso escándalo que causaron las reformas. Le pidió una respuesta lo antes posible, ya sea confirmando sus deseos y calmando su dolor o, posibilidad que no debe contemplarse, en contra de su voluntad, para que pudiera tomar lo requerido por el deber de su oficio apostólico.

2. Estas exhortaciones y estímulos de un Papa tan grande en un asunto tan serio deberían despertaros. Esto es apropiado para aquellos que fueron llamados a participar en la administración y defensa de la Iglesia. Además, aquello en lo que Nuestro predecesor nunca pensó, y lo que ciertamente lo habría perturbado mucho si todavía estuviera vivo, estaba reservado para que Nosotros lo lamentáramos. Esto es a pesar del hecho de que hemos sido designados en su lugar con méritos muy inferiores y no tenemos ningún deseo de ocupar este puesto. No podemos decir que un asunto tan opuesto a los deseos de esta Santa Sede haya cesado. Así pues, esta Sede desconoce en general cualquier esfuerzo que hayáis hecho entre esos dirigentes por el bienestar de la religión católica y cualquier resultado que hayáis obtenido. Todavía esperamos informes más precisos, que Pío VIII tanto os encomendó, aunque hayan transcurrido tres años. No podemos suponer, en verdad, que no hayáis descuidado vuestro deber, que se haya puesto algún remedio saludable a las heridas infligidas a la Iglesia Católica. Por el contrario, nos espera una ocasión de mayor dolor. Esos asuntos están ya ratificados y en plena vigencia, en perjuicio de la Iglesia y en contra de los acuerdos celebrados entre esta Santa Sede y los dirigentes unidos. La Iglesia está así sometida a una indigna esclavitud, habiendo sido violentamente privada de la libertad que Cristo le dio. Es más, su condición en esas regiones empeoró a causa de nuevas causas provenientes de todas partes, condición que Nosotros (y vosotros) no podemos contemplar. De esa compañía de sacerdotes surgieron algunos hombres que dicen cosas malas. Condenan descaradamente esa ilusa (como ellos la llaman) regeneración y restauración de los reformadores, encendiendo así precipitadamente esta Sede Apostólica. Lo hacen para atraer adeptos y engañar a los incautos. Por eso, en cualquier club que se reúna y celebre reuniones o discusiones, nunca dudan en tratar a la Iglesia Católica, como ellos dicen, para reformarla.

3. Muchos de los sacerdotes de la ciudad de Offenburg mostraron abiertamente este tipo de ceguera no hace mucho tiempo, según F. L. Mersy, su decano, consejero y líder. Ya no proponían, para la aprobación del arzobispo de Friburgo, diversos puntos de reforma ideados en sus reuniones. En los capítulos rurales individuales, difundieron las mismas ideas y suscitaron una conspiración perversa. Además, de vez en cuando, elaboraban un panfleto con muchos añadidos y se atrevían a imprimirlo bajo el atrevido título "¿Son necesarias las reformas en la Iglesia Católica?" Deseamos que los sacerdotes de Offenburg se reúnan y demuestren pública y abiertamente su devoción, y que otros, tanto de la diócesis de Friburgo como del resto de las provincias eclesiásticas, no se preocupen por esto. Deseamos que esta malvada sedición de los reformadores se contenga dentro de los límites de esa ciudad. Pero oímos hace tiempo y recordamos con mucha pena que este descontento se ha extendido a casi todas esas regiones, especialmente en la diócesis de Rothenburg, y que se extendió incluso fuera de la provincia eclesiástica de Renania.

4. Vosotros sabéis, venerables hermanos, de qué principios erróneos dependen los hombres antes mencionados y sus seguidores, y dónde tiene su origen ese deseo que les mueve a empezar a hacer una revolución en la Iglesia. No nos parece superfluo aclarar muchas de esas cosas y explicarlas aquí. Una idea falsa se ha fortalecido durante mucho tiempo y se ha extendido ampliamente por estas regiones. Esta idea está difundida por un impío y absurdo sistema de indiferencia hacia las cuestiones religiosas que pretende que la religión cristiana puede llegar a ser perfecta con el tiempo. Mientras los patrocinadores de tan falsa idea temen adaptar la tambaleante posibilidad de perfección a las verdades de la fe, la establecen en la administración externa y la disciplina de la Iglesia. Además, para producir fe en su error, usurpan injusta y engañosamente la autoridad de los teólogos católicos. Estos teólogos proponen aquí y allá una distinción entre la enseñanza y la disciplina de la Iglesia que subyace en este cambio, que siempre permanecerá firme y nunca será dañada por ninguna alteración. Una vez establecido esto, afirman categóricamente que hay muchas cosas en la disciplina de la Iglesia en la actualidad, en su gobierno y en la forma de su culto externo que no se adaptan al carácter de nuestro tiempo. Estas cosas, dicen, deben cambiarse, ya que son perjudiciales para el crecimiento y la prosperidad de la religión católica, antes de que la enseñanza de la fe y la moral sufra algún daño por ello. Por eso, mostrando celo por la religión y mostrándose como ejemplo de piedad, fuerzan reformas, conciben cambios y pretenden renovar la Iglesia.

5. Realmente estos reformadores utilizan estos principios. Además, los divulgan y proponen en muchos folletos, que distribuyen especialmente en Alemania. Esto queda muy claro en el folleto impreso en Offenburg. Queda especialmente claro por las cosas que el mencionado F. L. Mersy, jefe de la reunión sediciosa celebrada allí, recopiló imprudentemente en su reedición del mismo libro. Mientras estos hombres se extraviaban vergonzosamente en sus pensamientos, se propusieron caer en los errores condenados por la Iglesia en la proposición 78 de la constitución Auctorem fidei (publicada por Nuestro predecesor, Pío VI el 28 de agosto de 1794). También atacaron la pura doctrina que dicen querer mantener sana y salva; o no entienden la situación o astutamente fingen no entenderla. Mientras sostienen que toda la forma exterior de la Iglesia puede ser cambiada indiscriminadamente, ¿no someten a cambio incluso aquellos puntos de la disciplina que tienen su base en la ley divina y que están unidos a la doctrina de la fe en un estrecho vínculo? ¿No produce así la ley del creyente la ley del hacedor? Además, ¿no intentan hacer humana a la Iglesia quitándole la autoridad infalible y divina, por cuya voluntad divina se rige? ¿Y no produce el mismo efecto el pensar que la actual disciplina de la Iglesia se apoya en fallos, oscuridades y otros inconvenientes de esta clase? ¿Y fingir que esta disciplina contiene muchas cosas que no son inútiles, sino que van contra la seguridad de la religión católica? ¿Por qué los particulares se apropian del derecho que sólo es propio del Papa?

6. Ahora discutiremos aquellas secciones de disciplina que están en efecto para toda la Iglesia. Debido a que están libres de instrucción eclesiástica, pueden sufrir cambios, pero solo por el papa, a quien Cristo colocó sobre toda la Iglesia para juzgar sobre la necesidad del cambio por varias razones de circunstancias. Así, como escribió San Gelasio: “Equilibrad los decretos de los cánones y considerad los preceptos de vuestros predecesores, para que aquellas cosas que las exigencias de los tiempos exigen que se suavicen para la reconstrucción de las iglesias puedan ser moderadas mediante una cuidadosa consideración”. Es tedioso deteneros con un largo discurso, venerables hermanos, sobre los falsos principios de los que dependen los reformadores. Añaden temeridad al error con la habitual licencia verbal de tales hombres, ya que atacan a esta Santa Sede como si fuera demasiado persistente en costumbres anticuadas y no mirara profundamente dentro del carácter de nuestro tiempo. Acusan a esta Sede de volverse ciega a la luz de los nuevos conocimientos, y de apenas distinguir las cosas que se refieren a la sustancia de la religión de las que se refieren sólo a la forma externa. Dicen que alimenta la superstición, fomenta los abusos y finalmente se comporta como si nunca velara por los intereses de la Iglesia Católica en tiempos de cambio. ¿Adónde lleva todo esto? En realidad, de modo que la Santísima Sede de Pedro, en la que Jesucristo puso el fundamento de su Iglesia, se precipita a la envidia. Su autoridad divina está sujeta al odio del pueblo, y se rompe la unión de otras iglesias con ella. Los disidentes pierden entonces la esperanza de obtener lo que quieren en esta Sede Apostólica. Afirman que la Iglesia, una nación, como la llaman, debe regirse por sus propias leyes. De aquí continúan para dar libre autoridad para revocar o abrogar las leyes de toda la Iglesia a cada pastor en particular, si la conveniencia de su diócesis lo exige. ¿Entonces que? Como no perciben ninguna ventaja entre vosotros, tratan de librar a esos mismos sacerdotes de la sumisión debida a los obispos. No temen conceder a los sacerdotes el derecho de administrar las diócesis. Es bien claro que estos hombres, actuando contra la verdad de la fe, han derribado la jerarquía eclesiástica que fue establecida por voluntad divina y definida por los padres del Concilio de Trento.

7. Esto parece preocupar claramente a los sacerdotes de Offenburg. Las doctrinas condenadas están especialmente contenidas en los añadidos insertados en el folleto reeditado para que no quede lugar a dudas. Ahora parece una buena idea revisar individualmente algunos de los muchos otros errores que abundan en ese folleto por todas partes. Aquí se dan por primera vez las objeciones de los promotores del vil complot contra el celibato clerical. No se atreven a criticar abiertamente la ley del celibato, como hacen otros; sin embargo, ¡parlotean con audacia igual sólo a su error! Quieren que los sacerdotes que no están a la altura de guardar la ley del celibato y cuyas costumbres ya están tan irremediablemente corrompidas, sean trasladados a la condición de laicos, para que así puedan contraer matrimonios válidos dentro de la Iglesia. Esto no está de acuerdo con la intención de los padres del Concilio de Trento, que fue explicada en la sesión 7, can. 9 sobre los sacramentos en general, así como en la sesión 23, capítulo 4 y canon 4. No se nos escapa con qué medios podrían tratar de tergiversar la enseñanza del Concilio de Trento.

8. Sostienen que, según la opinión del Concilio de Trento, quien una vez fue sacerdote no puede volver a ser laico por su propia autoridad. Él puede hacer esto sólo por la autoridad de la Iglesia, y entienden por la palabra “Iglesia” a cada obispo a quien dan el poder de reducir los sacerdotes al estado laico. Luego afirman que el carácter que está impreso en el sacramento del Orden, que el Concilio dijo que era indeleble, hace que el sacramento del Orden no pueda repetirse. No prohíbe en lo más mínimo, dicen, que un sacerdote se haga laico de la manera antes mencionada. Finalmente, no dudan en enumerar ese mismo carácter entre las cosas recientemente acordadas por los escolásticos. Además, ya que traman tales cosas, ¿qué otra cosa pueden hacer si no es burlarse y oponerse perversamente al verdadero significado de los decretos anteriormente mencionados del Concilio de Trento y de toda la Iglesia al respecto, amontonando así error sobre error?

9. No se alejan menos de la sana doctrina en las cosas que proponen audazmente sobre el poder y el uso de las indulgencias. Proponen abiertamente o mediante equívocos la idea de que las indulgencias difícilmente pueden referirse a las penas temporales del pecado que permanecen y que deben ser expiadas, ya sea en esta vida o en la otra. Hasta el siglo XI, explican, no había más penas que las canónicas que debían ser eliminadas por la Iglesia. Por primera vez, en la época de las guerras santas, las penas que Dios imponía al pecador fueron sometidas al poder de las llaves. Entonces, continúan, surgió una gran distorsión de la disciplina de la Iglesia. El tesoro establecido por los méritos de Jesucristo y las satisfacciones de los santos, desconocido por los siglos anteriores, fue descubierto por el Papa Clemente V. Finalmente, para abreviar, las indulgencias se utilizaron sólo con ese fin, para recordar las penas actuales de la Iglesia y las antiguas canónicas, y así conducir a los pecadores a la penitencia. ¿Adónde pueden ir desde allí, a no ser a suscitar las proscritas proposiciones 17 y 19 de Lutero, 6 de Pedro de Osma, 60 de Baius, y finalmente 40, 41 y 42 de la citada constitución Auctorem fidei, y a restaurar descaradamente los errores hostiles en ellas?

10. Estos hombres quieren reformar por completo la santa institución de la penitencia sacramental. Insolentemente calumnian a la Iglesia y la acusan falsamente de error, y su desvergüenza debe ser aún más deplorada. Afirman que la Iglesia, al ordenar la confesión anual, permitiendo las indulgencias como una condición adicional para cumplir con la confesión, y permitiendo la Eucaristía privada y las obras diarias de piedad, ha debilitado esa saludable tradición y le ha quitado poder y eficacia. La Iglesia es la columna y el fundamento de la verdad, toda la cual es enseñada por el Espíritu Santo. ¿Debe la iglesia poder ordenar, ceder o permitir aquellas cosas que tienden a la destrucción de las almas y a la deshonra y detrimento del sacramento instituido por Cristo? Los defensores de las nuevas ideas, deseosos de fomentar la verdadera piedad en el pueblo, deberían considerar que, al disminuir la frecuencia de los sacramentos o eliminarlos por completo, la religión languidece lentamente y finalmente perece.

11. Venerables hermanos, sería demasiado largo seguir las muchas ideas erróneas de los reformadores sobre el estipendio de las Misas, que concluyen que deben ser abolidas. Objetan la práctica de ofrecer varias Misas por un mismo difunto, lo que traducen como contrario a la enseñanza de la Iglesia sobre el valor infinito de ese mismo sacrificio de la nueva ley. Tampoco queremos discutir sus errores sobre el nuevo ritual escrito en lengua vernácula, que quieren que se adapte más al carácter de nuestro tiempo. También pasaremos por alto sus ideas sobre las sociedades santas, las oraciones públicas y las peregrinaciones santas, que desaprueban de varias maneras.

12. Venerables hermanos, estamos siguiendo un poco más ampliamente los ejemplos de Nuestros predecesores en situaciones similares, como parece exigir la causa del deber apostólico. Decidimos discutir estas cosas para que, revelados los errores de aquellos hombres, se supiera adónde podría llevar la perversa pasión por introducir novedades en la Iglesia. Por lo demás, basta sugerir que la amargura de los tiempos en que ahora se encuentra el catolicismo nos oprime con muchos dolores. Lloramos por la esposa pura del cordero inmaculado, Jesucristo, porque es saqueada por el ataque de los enemigos internos y externos y por los males que la oprimen y la reducen a este cautiverio vergonzoso. Deploramos con lágrimas interminables lo que hacen los hijos que se apartan vergonzosamente del seno de una madre amorosa y profieren mentiras sobre ella.

13. ¡Que Nosotros no decaigamos en espíritu! ¡Que no ahoguemos Nuestra voz apostólica en tan grave necesidad católica! No permitamos que el rebaño del Señor sea despojado y las ovejas de Cristo devoradas por todas las bestias del campo, dejando a un lado la fuerza, el juicio y la virtud del espíritu del Señor como perros mudos que no pueden ladrar. Sabed pues, venerables hermanos, que estamos preparados para soportar cualquier cosa que Nos amenace. No retrocederemos hasta que la Iglesia Católica sea restaurada a la libertad original que pertenece totalmente a su constitución divina y hasta que la boca de los calumniadores sea tapada. No podemos hacer otra cosa que suscitar vuestra constancia y virtud y exhortaros enérgicamente a asumir la causa del Espíritu de Dios y de la Iglesia. Vosotros compartís una parte de la preocupación cuya plenitud nos es dada. Es vuestro deber proteger el santo depósito de la fe y la sagrada doctrina. Es vuestro deber alejar de la Iglesia toda reforma profana y esforzaros de todo corazón contra los que tratan de infringir los derechos de esta Santa Sede. Desenvainad, pues, la espada del espíritu, que es la palabra de Dios. Predicad como os inculca el apóstol Pablo en la persona de su discípulo Timoteo. Manteneos firmes en las buenas y en las malas. Denunciad, suplicad, reprended con toda paciencia y enseñanza. Nada os debe disuadir de lanzaros a todos los conflictos por la gloria de Dios, por la protección de la Iglesia y por la salvación de las almas confiadas a vuestro cuidado. Meditad en Aquel que soportó una oposición similar de parte de los pecadores. Si teméis la audacia de los malvados, acordaos que la decisión se toma sobre la fuerza del episcopado y el poder divino de gobernar la Iglesia. Por lo tanto, sólo os resta recordar los serios deberes de vuestro cargo y el difícil juicio que pesa sobre todos los que tienen autoridad. Los superintendentes de la casa de Israel deben meditar especialmente un rato a los pies del Señor. Confiamos entonces en que os despertaréis en el celo de ayudar a la religión católica y de protegerla de las impías asechanzas de sus enemigos. En este celo podéis mostrar resultados aún mayores que aquellos de los que escribimos. Plenamente resueltos y renovados en esa fe, con amor, os impartimos la bendición apostólica a vosotros y al pueblo confiado a vuestra fe, como signo de todo bien. 

Dado en Roma, en Santa María la Mayor, bajo el anillo del pescador, el 4 de octubre de 1833, año tercero de Nuestro Pontificado.

PAPA GREGORIO XVI


miércoles, 14 de febrero de 2001

GRAVISSIMUM SUPREMI (8 DE SEPTIEMBRE DE 1745)


CARTA APOSTOLICA

GRAVISSIMUM SUPREMI

DEL SUMO PONTIFICE

BENEDICTO XIV

El pesado ministerio del Supremo Apostolado, que se nos ha conferido sin mérito alguno, requiere sobre todo dos elementos: primero, que conduzcamos a abrazar la Santa Religión a aquellos pueblos que nunca la han recibido o que, después de haberla recibido, por una miserable y desgraciada desgracia, la han perdido; segundo, que la misma Religión adquirida sea mantenida diligentemente en aquellos lugares donde se conserva intacta por la Divina Providencia. Además, por el nombre de Religión entendemos no sólo aquellas verdades que necesariamente debemos sostener por la fe para alcanzar la salvación, sino también aquellos principios que deben manifestarse con las obras para mostrar una vida y unas costumbres conformes con la Religión Cristiana y alcanzar, tras el transcurso de esta vida, la bendita felicidad en el cielo.

1. Verdaderamente los Romanos Pontífices Nuestros Predecesores, en respuesta a este deber, eligieron en cada época hombres eminentes por su piedad y doctrina para difundir la Fe Católica en todos los continentes; adhiriéndonos a sus ejemplos, según la escasez de nuestras fuerzas y las dificultades de los tiempos, hemos mantenido la misma línea. En segundo lugar, los pontífices romanos siempre se preocuparon por la disciplina de las costumbres y de la santidad caduca en algunas diócesis; no consideraron suficiente el celo del obispo por sí solo y su actividad como organizador. De hecho, enviaron visitadores apostólicos a esas diócesis, o utilizaron otros remedios que parecían más adecuados. También nosotros seguíamos el mismo pensamiento cada vez que las quejas de los fieles llegaban a nuestros oídos, para poder mitigar con celo las negligencias conocidas antes de presentarnos ante el Juez Supremo. De hecho, a menudo nombramos visitadores con autoridad pontificia para restablecer la disciplina prístina cuando era necesario. Dimos muchos mensajes a obispos particulares, a muchos o a todos ellos, para solicitar su celo; tomamos otras medidas o iniciativas, que es inútil enumerar aquí.

2. Después de esto, no podemos ocultar que buscamos en vuestras ciudades a ciudadanos honrados, pero encontramos que muchos estaban perdidos, especialmente en las montañas, separados de vuestros asientos, y viviendo una vida alejada de toda virtud. Ellos, si no se apartan de la Fe, como esperamos, sin embargo por sus costumbres corruptas, y las consecuencias de las mismas, atraen contra sí la ira de Dios y se apresuran hacia la muerte sin haber mostrado antes frutos dignos de penitencia.

3. Esto requiere sobre todo vuestra y nuestra diligencia, para que en una situación tan grave no parezcamos ociosos y perezosos. Por eso, hemos pensado largamente en los remedios adecuados, y en primer lugar nos hemos encomendado a Dios, Padre de la Luz; luego hemos dirigido Nuestras oraciones a la Santísima Virgen, en cuyo día de Navidad hemos escrito esta carta. Entonces hemos creído conveniente exhortarte a que llevéis a cabo con tesón, por el bien de vuestras diócesis, lo que os hemos encomendado.

4. En este tiempo Nosotros mismos, con más modestas asignaciones durante varios años, ejercíamos el oficio de Promotor de la Fe, del cual es propio, después de un cuidadoso examen, ponderar las virtudes y los méritos de los que han de contarse entre los Santos, y en ese tiempo durante varios años pertenecíamos a la Secretaría de la Sagrada Congregación de Cardenales intérpretes del Concilio de Trento, que en virtud de su oficio procuran por todos los medios remover la corrupción que socava las Diócesis. Además, habiendo conocido en aquella época, por costumbre familiar, a muchos Obispos eminentes por su profunda doctrina y celo de piedad, y habiendo ocupado también, antes del Pontificado, la Sede de Ancona y habiendo sido trasladados a la Sede de Bolonia (cuya administración llevamos a cabo con la Sede Pontificia), permanecimos allí durante más de una década. Enseñados por la larga experiencia, hemos comprendido que para corregir las costumbres corrompidas, que empiezan a extenderse y que ya están en vigor, o que confirmadas por el tiempo ocupan demasiado las diócesis, nada es más útil que implorar la ayuda y la fuerza de los demás, y es llamar por todas partes a las Sagradas Misiones, especialmente en las zonas más separadas de la Ciudad.

5. Los Misioneros se comparan, con razón, con el Apóstol Juan y sus compañeros, que fueron llamados desde otra embarcación para echar una mano a Pedro y Andrés, que se debatían en el mar o porque no podían, debido a la abundancia de la pesca, sacar las redes para secarlas, como sabemos por el Evangelio de Lucas, que Maldonato comenta así: "Los Pastores de la Iglesia, cuando solos no son suficientes para el cargo impuesto o sólo son aceptados, deben llamar a otros por los que puedan ser ayudados. Lo mismo, antes de Maldonato, fue señalado por Jansenius" (Concordancias Evangélicas, cap. 25).

6. Cuando hicimos de Promotor de la Fe, examinamos las virtudes y las cosas prodigiosas realizadas por los siervos de Dios Juvenal Ancina, obispo de Saluzzo; el cardenal Roberto Belarmino, arzobispo de Capua; Alejandro, primero obispo de Saúl y luego de Pavía, a quien declaramos solemnemente beato; y, por último, por San Vicente de Paúl y San Juan Francisco Regis, a quienes nuestros predecesores inscribieron debidamente en el rollo de los santos. Por lo tanto, meditando en los hechos egregios de estos hombres eminentes, una gloria increíble fue obtenida por los tres primeros en la administración de la cura de almas, especialmente por esta razón, que pusieron todo el esfuerzo en las Sagradas Misiones en sus Diócesis. Los dos que hemos nombrado en último lugar se encontraron llenos de amor a Dios y al prójimo; y San Vicente de Paúl sintió especialmente esa caridad hasta el punto de establecer la Congregación de los Misioneros y él mismo, mientras su salud se lo permitió, ejerció las mismas Misiones. Juan Regis también demostró públicamente que le consumía el fuego sagrado de la caridad, con el que no dudaba en abordar montañas difíciles y escarpadas para instruir a las poblaciones desconocedoras de la doctrina y las costumbres cristianas, siempre que el obispo o su sustituto se lo pedían.

7. Asimismo, no ignoréis que es costumbre de los Obispos, en los tiempos señalados, informar a la Sagrada Congregación Intérprete del Concilio de Trento sobre sus Iglesias y exponer claramente su estado. Por eso, desde que nosotros mismos éramos Secretario, cada vez que en una Diócesis se informaba de que se habían convocado Misiones por mandato de la propia Congregación o de los Sumos Pontífices, elogiábamos mucho en nuestras respuestas estas decisiones, que se acostumbraba a enviar a los Obispos, y no nos olvidábamos de exhortarlos a continuar la loable iniciativa. Ni una sola vez se nos ordenó reprender a los Obispos que no llamaban a los piadosos Misioneros para que despertaran en el Pueblo la languideciente piedad como ellos mismos informaban, y para instar a la disciplina entre los Eclesiásticos, y en ambos casos para frenar la facilidad de pecar unida al escándalo.

8. Se ha impreso la historia de las hazañas de Benedicto XIII, bien merecedor de Nosotros, adorno de Su Nación y Arzobispo durante muchos años de la Iglesia de Benevento. Igualmente se ha impreso la vida del cardenal Iñigo Caracciolo, que ocupó la sede de Aversa con gran ejemplo de virtud, y la del obispo De Cavalieri, que administró la iglesia de Troya con gran piedad y celo religioso. Si nunca los has tenido ante vuestros ojos o os encontráis más tarde con estos libros, comprenderéis inmediatamente los grandes frutos que les reportaron a ellos y a las personas que les fueron encomendadas las Misiones que organizaron en sus respectivas Diócesis. En efecto, hemos leído atentamente estas historias y hemos seguido con gran placer la difusión en forma impresa de todo lo que estos célebres hombres nos explicaron a menudo en vida. De hecho, Benedicto XIII, cuando era Pontífice, siempre se sirvió de nuestro trabajo. Los otros que ahora hemos nombrado no necesitaron ni una sola vez hablar con Nosotros, y les dimos cartas, mediante las cuales se facilitó su Misión.

9. Por último, Nosotros mismos descubrimos la utilidad y la necesidad de las Sagradas Misiones, tantas veces como las hicimos en la Diócesis de Ancona, en el momento en que nos fue confiada, y cuando administramos la Iglesia de Bolonia en Nuestra presencia. Y aún ahora tomamos parte diligente porque las mismas Misiones son indicadas por quien, según las normas, tomó nuestro lugar y siguió los consejos prescritos por Nosotros. Entonces vimos que era cierto lo que el jesuita Paolo Segneri, orador, escritor, famoso por sus Misiones, dejó escrito: "En tiempos de Misiones se puede llamar a tantos predicadores de mérito como aquellos que, animados por ejercicios piadosos, se inflaman a la confesión; con su ejemplo atraen a otros a ejercer la misma virtud. Se obtienen mayores frutos de esas Misiones si la gente ha asistido con más frecuencia; por esta razón, la intensidad del fuego aumenta si se amontonan más carbones en el mismo lugar".

10. Por último, cabe decir que este remedio que se propone para corregir los vicios del pueblo no es nuevo, ni incierto, ni inventado por Nosotros. Es un remedio antiguo, muy adecuado para curar los males y quizás único, ya que tantos obispos distinguidos por su piedad lo utilizaron con gran utilidad en sus diócesis. Nosotros mismos lo hemos intentado muchas veces, y también Vos, que sin duda habéis reeducado a las personas que os han confiado las Sagradas Misiones.

11. Pero para que este remedio no sea ineficaz, hay que rezar mucho a Dios, porque "no es el que planta, ni el que riega, sino el que hace crecer" (1 Cor 3,7). Por eso hay que elegir misioneros que sean eminentes en la doctrina y que instruyan a la gente con esmero. Puesto que suponemos con razón, y lo escribimos no sin lágrimas y tristeza, que muchas almas de las que nos fueron confiadas a Nosotros y a Vos han caído en la perdición, diré, como dicen los teólogos, que ignoraron por completo lo necesario por falta de medios. Hay que llamar a los misioneros que, después de haber pedido cuentas al pueblo de sus pecados y escándalos, muestren su gravedad y malicia con sus sermones, y sean capaces de reanimarlos con fuerza. Lo sabemos por el testimonio de San Marcos, capítulo 3, donde Cristo elige a los Apóstoles para enviarlos a predicar (Mc 3,15). Lo mismo se deduce de los Hechos de los Apóstoles, c. 6, donde atestiguan que la predicación de la palabra es como un encargo especial que se les ha confiado: "No es justo que dejemos la palabra de Dios y sirvamos a las mesas" (Hechos 6.2). Lo mismo enseña San Pablo en la Primera de Corintios: "Cristo no me envió a bautizar, sino a evangelizar" (1 Cor 1,17), y en la epístola 2 a Timoteo: "Doy testimonio ante Dios y ante Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos: por su venida y por su reino, predicar la palabra, insistiendo oportuna e inoportunamente" (2 Tim 4,1-2).

12. Además, los misioneros, por el método de su vida y por el ejemplo, deben incitar al pueblo a la virtud. "En toda circunstancia ofrécete como ejemplo de buenas obras" dice el propio Apóstol a Tito (Tito 2,7). San Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, atestigua que Cristo el Señor "comenzó a hacer y a enseñar" (Hechos 1:1). Por último, es necesario que los Misioneros se dediquen por completo a Dios, y no alimenten ningún deseo de vanagloria mientras asisten a instruir al pueblo, ni ninguna esperanza de ganancia, aunque sea modesta. Porque sabemos que las misiones dieron grandes frutos cuando San Carlos tenía la sede de Milán. Esto ocurre también ahora por obra y virtud de los oblatos, que él instituyó, y que se llaman "de San Ambrosio". De hecho, además de lo demás, han prescrito esto: no incomodar a nadie y no dejarse llevar por ninguna razón para tomar algo como regalo, como aprendemos claramente de las Actas de la Iglesia de Milán (impresas en 1599, par. 5, p. 841). Volved tu pensamiento a San Juan Crisóstomo, que en la Homilía 46 sobre Mateo dice que el mundo entero fue conducido por los Apóstoles del error a la verdad, de la vieja superstición a abrazar la verdad cristiana, no porque hubieran llamado a los muertos a una nueva vida, sino porque habían liberado al alma de toda pasión y avaricia: "¿Qué es lo que, en efecto, les hace parecer grandes? Desprecio por el dinero, por la gloria, exención de todas las preocupaciones de la vida; si no hubieran tenido esto, aunque hubieran resucitado a los muertos, no sólo no habrían servido a nadie, sino que habrían sido juzgados como tramposos" (Juan Crisóstomo, Hom. 46 sobre Mateo).

13. La ciudad de Nápoles acoge a un gran número de clérigos, muy recomendables por su piedad, doctrina y experiencia en misiones. Las Congregaciones de la Sede Arzobispal del Padre Pavone, y de los Sacerdotes que llevan el nombre de San Gregorio, que son llamados Píos Trabajadores, están llenas de tales hombres. Tampoco faltan los sacerdotes que siguen a la Congregación de San Vicente de Paúl. La cosecha es abundante y los trabajadores son suficientes, si se distribuyen según las necesidades y carencias del pueblo.

14. Utilizareis la tarjeta de Nuestro Hijo Amado. Spinello, Arzobispo de Nápoles, bajo cuya responsabilidad se hará todo; por esta razón le enviamos una Carta de Nuestra parte en la que le pedimos que tome esta área y le damos la facultad de contratar, en tan importante asunto, otros ayudantes o quienes le provean, ya que no se nos escapa con qué pesados cuidados está cargado y qué dolores ha enfrentado y enfrenta, para que la Viña del Señor sea debidamente cultivada. Si alguno de vosotros pide Misiones, acudid al mismo Cardenal, que designará a los sacerdotes idóneos según la necesidad; él fijará su número y asignará el tiempo, para que las Misiones se cumplan. Porque él, sabio como es, comprenderá que no todo puede hacerse en el mismo tiempo.

15. Los Misioneros necesitan facultades extraordinarias, que de buen grado daremos del tesoro de la Iglesia, para que puedan cumplir felizmente la obra más importante. Indicaremos estas facultades al Cardenal Spinello, para que los Misioneros, acudiendo a él o a otros sustitutos, puedan obtener fácilmente lo más conveniente para la gloria de Dios y la salvación de las almas.

16. Comprendemos las dificultades que impedirán a los Misioneros ir a los Samnitas y Calabreses. Sin embargo, ya que hay Padres Dominicos y Jesuitas en esos lugares, sus Generales por Nuestro mandato reunirán a los Provinciales, para que elijan algunos de sus hombres, que harán las Misiones allí, sin ninguna compensación del clero o funcionarios públicos. Sus nombres serán comunicados al Cardenal Spinello, a quien se dirigirán los Obispos de Sannio y Calabria, para que las Misiones se lleven a cabo regularmente en sus Diócesis, como sin duda sucederá en las demás Diócesis que no están muy lejos de Nápoles.

17. Pero nos parecería inútil cualquier nota, en razón de la excelsa piedad y religiosidad de Nuestro queridísimo Hijo en Cristo, Carlos, Rey de las Dos Sicilias, si no os amonestáramos a pedir al mismo Rey que interponga generosamente su autoridad, si fuera necesario, para que las Misiones se realicen regularmente. Porque nos es conocido por experiencia, ni ciertamente se os oculta, que nada se le propuso en el pasado en el Reino que no pudiera servir sobre todo a la gloria de Dios.

18. Terminemos esta Carta, para que no parezca demasiado larga, poniendo ante vuestros ojos el ejemplo del santo rey Josafat. Los sacerdotes, como ministros, salieron al encuentro del rey victorioso y "enseñaron al pueblo de Judá teniendo el libro de la ley del Señor, y recorrieron todas las ciudades de Judá y enseñaron al pueblo" (2 Cr 17,9). Tampoco la labor de los sacerdotes fue suficiente para el rey, sino que él mismo se dirigió al pueblo de Bersheba "hasta el monte Efraín y los llamó a volver al Señor, el Dios de sus padres" (2 Cr 19,4), como se dice en el cap. 19. Decidid imitarlo; y no sólo enviad a los sacerdotes por las diócesis, sino que vosotros mismos debéis recorrerlas tan a menudo como os lo permitan los problemas más graves. De este modo el pueblo, conmovido por vuestra presencia y vuestra virtud, se inflamará más para tomar el camino del Señor. Si hay que soportar algún inconveniente, moveréis a Dios más fácilmente con esta condición, que no os haga pagar la negligencia con la que habéis descuidado la visita a la Diócesis -permaneciendo en la Sede- cuando era necesario: lo que sabemos con certeza que ha sucedido a algunos de vosotros. Y no faltarán las medidas de la Providencia Apostólica para este mal que se arrastra en el tiempo. Mientras tanto, no dejaremos de acordarnos de vosotros y de vuestro rebaño, cada vez que celebremos en el altar.

A Vosotros y a las personas confiadas a vuestro cuidado, os impartimos cordialmente nuestra bendición apostólica.

Dado en Roma, en Santa María la Mayor, el 8 de septiembre de 1745, sexto año de Nuestro Pontificado.

Benedicto XIV