martes, 29 de febrero de 2000

ENCÍCLICA AD CAELI REGINAM (11 DE OCTUBRE DE 1954)


CARTA ENCÍCLICA

AD CAELI REGINAM

DE NUESTRO SANTÍSIMO SEÑOR

PÍO

POR LA DIVINA PROVIDENCIA

PAPA XII

A LOS VENERABLES HERMANOS
PATRIARCAS, PRIMADOS, ARZOBISPOS, OBISPOS
Y DEMÁS ORDINARIOS LOCALES
EN PAZ Y COMUNIÓN CON LA SEDE APOSTÓLICA

SOBRE LA REALEZA DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA
Y LA INSTITUCIÓN DE SU FIESTA



VENERABLES HERMANOS
SALUD Y BENDICIÓN APOSTÓLICA

A la Reina del Cielo, ya desde los primeros siglos de la Iglesia católica, elevó el pueblo cristiano suplicantes oraciones e himnos de loa y piedad, así en sus tiempos de felicidad y alegría como en los de angustia y peligros; y nunca falló la esperanza en la Madre del Rey divino, Jesucristo, ni languideció aquella fe que nos enseña cómo la Virgen María, Madre de Dios, reina en todo el mundo con maternal corazón, al igual que está coronada con la gloria de la realeza en la bienaventuranza celestial.

Y ahora, después de las grandes ruinas que aun ante Nuestra vista han destruido florecientes ciudades, villas y aldeas; ante el doloroso espectáculo de tales y tantos males morales que amenazadores avanzan en cenagosas oleadas, a la par que vemos resquebrajarse las bases mismas de la justicia y triunfar la corrupción, en este incierto y pavoroso estado de cosas Nos vemos profundamente angustiados, pero recurrimos confiados a nuestra Reina María, poniendo a sus pies, junto con el Nuestro, los sentimientos de devoción de todos los fieles que se glorían del nombre de cristianos.


INTRODUCCIÓN

2. Place y es útil recordar que Nos mismo, en el primer día de noviembre del Año Santo, 1950, ante una gran multitud de Eminentísimos Cardenales, de venerables Obispos, de Sacerdotes y de cristianos, llegados de las partes todas del mundo, decretamos el dogma de la Asunción de la Beatísima Virgen María al Cielo [1], donde, presente en alma y en cuerpo, reina entre los coros de los Ángeles y de los Santos, a una con su unigénito Hijo. Además, al cumplirse el centenario de la definición dogmática —hecha por Nuestro Predecesor, Pío IX, de ilustre memoria— de la Concepción de la Madre de Dios sin mancha alguna de pecado original, promulgamos [2] el Año Mariano, durante el cual vemos con suma alegría que no sólo en esta alma Ciudad —singularmente en la Basílica Liberiana, donde innumerables muchedumbres acuden a manifestar públicamente su fe y su ardiente amor a la Madre celestial— sino también en toda las partes del mundo vuelve a florecer cada vez más la devoción hacia la Virgen Madre de Dios, mientras los principales Santuarios de María han acogido y acogen todavía imponentes peregrinaciones de fieles devotos.

Y todos saben cómo Nos, siempre que se nos ha ofrecido la posibilidad, esto es, cuando hemos podido dirigir la palabra a Nuestros hijos, que han llegado a visitarnos, y cuando por medio de las ondas radiofónicas hemos dirigido mensajes aun a pueblos alejados, jamás hemos cesado de exhortar a todos aquellos, a quienes hemos podido dirigirnos, a amar a nuestra benignísima y poderosísima Madre con un amor tierno y vivo, cual cumple a los hijos.

Recordamos a este propósito particularmente el Radiomensaje que hemos dirigido al pueblo de Portugal, al ser coronada la milagrosa Virgen de Fátima [3], Radiomensaje que Nos mismo hemos llamado de la "Realeza" de María [4].

3. Por todo ello, y como para coronar estos testimonios todos de Nuestra piedad mariana, a los que con tanto entusiasmo ha respondido el pueblo cristiano, para concluir útil y felizmente el Año Mariano que ya está terminando, así como para acceder a las insistentes peticiones que de todas partes Nos han llegado, hemos determinado instituir la fiesta litúrgica de la "Bienaventurada María Virgen Reina".

Cierto que no se trata de una nueva verdad propuesta al pueblo cristiano, porque el fundamento y las razones de la dignidad real de María, abundantemente expresadas en todo tiempo, se encuentran en los antiguos documentos de la Iglesia y en los libros de la sagrada liturgia.

Mas queremos recordarlos ahora en la presente Encíclica para renovar las alabanzas de nuestra celestial Madre y para hacer más viva la devoción en las almas, con ventajas espirituales.


I. TRADICIÓN

4. Con razón ha creído siempre el pueblo cristiano, aun en los siglos pasados, que Aquélla, de la que nació el Hijo del Altísimo, que «reinará eternamente en la casa de Jacob»[5] y [será] «Príncipe de la Paz»[6], «Rey de los reyes y Señor de los señores»[7], por encima de todas las demás criaturas recibió de Dios singularísimos privilegios de gracia. Y considerando luego las íntimas relaciones que unen a la madre con el hijo, reconoció fácilmente en la Madre de Dios una regia preeminencia sobre todos los seres.

Por ello se comprende fácilmente cómo ya los antiguos escritores de la Iglesia, fundados en las palabras del arcángel San Gabriel que predijo el reinado eterno del Hijo de María [8], y en las de Isabel que se inclinó reverente ante ella, llamándola «Madre de mi Señor»[9], al denominar a María «Madre del Rey» y «Madre del Señor», querían claramente significar que de la realeza del Hijo se había de derivar a su Madre una singular elevación y preeminencia.

5. Por esta razón San Efrén, con férvida inspiración poética, hace hablar así a María: «Manténgame el cielo con su abrazo, porque se me debe más honor que a él; pues el cielo fue tan sólo tu trono, pero no tu madre. ¡Cuánto más no habrá de honrarse y venerarse a la Madre del Rey que a su trono!»[10]. Y en otro lugar ora él así a María: «... virgen augusta y dueña, Reina, Señora, protégeme bajo tus alas, guárdame, para que no se gloríe contra mí Satanás, que siembra ruinas, ni triunfe contra mí el malvado enemigo»[11].

San Gregorio Nacianceno llama a María «Madre del Rey de todo el universo», «Madre Virgen, que dio a luz al Rey de todo el mundo»[12]. Prudencio, a su vez, afirma que la Madre se maravilló «de haber engendrado a Dios como hombre sí, pero también como Sumo Rey»[13].

Esta dignidad real de María se halla, además, claramente afirmada por quienes la llaman «Señora», «Dominadora» y «Reina».

Ya en una homilía atribuida a Orígenes, Isabel saluda a María «Madre de mi Señor», y aun la dice también: «Tú eres mi señora»[14].

Lo mismo se deduce de San Jerónimo, cuando expone su pensamiento sobre las varias "interpretaciones" del nombre de "María": «Sépase que María en la lengua siriaca significa Señora»[15]. E igualmente se expresa, después de él, San Pedro Crisólogo: «El nombre hebreo María se traduce Domina en latín; por lo tanto, el ángel la saluda Señora para que se vea libre del temor servil la Madre del Dominador, pues éste, como hijo, quiso que ella naciera y fuera llamada Señora»[16].

San Epifanio, obispo de Constantinopla, escribe al Sumo Pontífice Hormidas, que se ha de implorar la unidad de la Iglesia «por la gracia de la santa y consubstancial Trinidad y por la intercesión de nuestra santa Señora, gloriosa Virgen y Madre de Dios, María»[17].

Un autor del mismo tiempo saluda solemnemente con estas palabras a la Bienaventurada Virgen sentada a la diestra de Dios, para que pida por nosotros: «Señora de los mortales, santísima Madre de Dios»[18].

San Andrés de Creta atribuye frecuentemente la dignidad de reina a la Virgen, y así escribe: «(Jesucristo) lleva en este día como Reina del género humano, desde la morada terrenal (a los cielos) a su Madre siempre Virgen, en cuyo seno, aun permaneciendo Dios, tomó la carne humana«[19]. Y en otra parte: «Reina de todos los hombres, porque, fiel de hecho al significado de su nombre, se encuentra por encima de todos, si sólo a Dios se exceptúa»[20].

También San Germán se dirige así a la humilde Virgen: «Siéntate, Señora: eres Reina y más eminente que los reyes todos, y así te corresponde sentarte en el puesto más alto»[21]; y la llama «Señora de todos los que en la tierra habitan»[22].

San Juan Damasceno la proclama «Reina, Dueña, Señora»[23] y también «Señora de todas las criaturas»[24]; y un antiguo escritor de la Iglesia occidental la llama «Reina feliz», «Reina eterna, junto al Hijo Rey, cuya nívea cabeza está adornada con áurea corona»[25].

Finalmente, San Ildefonso de Toledo resume casi todos los títulos de honor en este saludo: «¡Oh Señora mía!, ¡oh Dominadora mía!: tú mandas en mí, Madre de mi Señor..., Señora entre las esclavas, Reina entre las hermanas»[26].

6. Los Teólogos de la Iglesia, extrayendo su doctrina de estos y otros muchos testimonios de la antigua tradición, han llamado a la Beatísima Madre Virgen Reina de todas las cosas creadas, Reina del mundo, Señora del universo.

7. Los Sumos Pastores de la Iglesia creyeron deber suyo el aprobar y excitar con exhortaciones y alabanzas la devoción del pueblo cristiano hacia la celestial Madre y Reina.

Dejando aparte documentos de los Papas recientes, recordaremos que ya en el siglo séptimo Nuestro Predecesor San Martín llamó a María «nuestra Señora gloriosa, siempre Virgen»[27]; San Agatón, en la carta sinodal, enviada a los Padres del Sexto Concilio Ecuménico, la llamó «Señora nuestra, verdadera y propiamente Madre de Dios»[28]; y en el siglo octavo, Gregorio II en una carta enviada al patriarca San Germán, leída entre aclamaciones de los Padres del Séptimo Concilio Ecuménico, proclamaba a María «Señora de todos y verdadera Madre de Dios y Señora de todos los cristianos»[29].

Recordaremos igualmente que Nuestro Predecesor, de ilustre memoria, Sixto IV, en la bula Cum praexcelsa 
[30], al referirse favorablemente a la doctrina de la inmaculada concepción de la Bienaventurada Virgen, comienza con estas palabras: «Reina, que siempre vigilante intercede junto al Rey que ha engendrado». E igualmente Benedicto XIV, en la bula Gloriosae Dominae [31] llama a María «Reina del Cielo y de la tierra», afirmando que «el Sumo Rey le ha confiado a ella, en cierto modo, su propio imperio».

Por ello San Alfonso de Ligorio, resumiendo toda la tradición de los siglos anteriores, escribió con suma devoción: «Porque la Virgen María fue exaltada a ser la Madre del Rey de los reyes, con justa razón la Iglesia la honra con el título de Reina»[32].


II. LITURGIA

8. La sagrada Liturgia, fiel espejo de la enseñanza comunicada por los Padres y creída por el pueblo cristiano, ha cantado en el correr de los siglos y canta de continuo, así en Oriente como en Occidente, las glorias de la celestial Reina.

9. Férvidos resuenan los acentos en el Oriente: «Oh Madre de Dios, hoy eres trasladada al cielo sobre los carros de los querubines, y los serafines se honran con estar a tus órdenes, mientras los ejércitos de la celestial milicia se postran ante Ti»[33].

Y también: «Oh justo, beatísimo [José], por tu real origen has sido escogido entre todos como Esposo de la Reina Inmaculada, que de modo inefable dará a luz al Rey Jesús»[34]. Y además: «Himno cantaré a la Madre Reina, a la cual me vuelvo gozoso, para celebrar con alegría sus glorias... Oh Señora, nuestra lengua no te puede celebrar dignamente, porque Tú, que has dado a la luz a Cristo Rey, has sido exaltada por encima de los serafines. ... Salve, Reina del mundo, salve, María, Señora de todos nosotros»[35].

En el Misal Etiópico se lee: «Oh María, centro del mundo entero..., Tú eres más grande que los querubines plurividentes y que los serafines multialados. ... El cielo y la tierra están llenos de la santidad de tu gloria»[36].

10. Canta la Iglesia Latina la antigua y dulcisima plegaria "Salve Regina", las alegres antífonas "Ave Regina caelorum", "Regina caeli laetare alleluia" y otras recitadas en las varias fiestas de la Bienaventurada Virgen María: «Estuvo a tu diestra como Reina, vestida de brocado de oro»[37]; «La tierra y el cielo te cantan cual Reina poderosa»[38]; «Hoy la Virgen María asciende al cielo; alegraos, porque con Cristo reina para siempre»[39].

A tales cantos han de añadirse las Letanías Lauretanas que invitan al pueblo católico diariamente a invocar como Reina a María; y hace ya varios siglos que, en el quinto misterio glorioso del Santo Rosario, los fieles con piadosa meditación contemplan el reino de María que abarca cielo y tierra.

11. Finalmente, el arte, al inspirarse en los principios de la fe cristiana, y como fiel intérprete de la espontánea y auténtica devoción del pueblo, ya desde el Concilio de Éfeso, ha acostumbrado a representar a María como Reina y Emperatriz que, sentada en regio trono y adornada con enseñas reales, ceñida la cabeza con corona, y rodeada por los ejércitos de ángeles y de santos, manda no sólo en las fuerzas de la naturaleza, sino también sobre los malvados asaltos de Satanás. La iconografía, también en lo que se refiere a la regia dignidad de María, se ha enriquecido en todo tiempo con obras de valor artístico, llegando hasta representar al Divino Redentor en el acto de ceñir la cabeza de su Madre con fúlgida corona.

12. Los Romanos Pontífices, favoreciendo a esta devoción del pueblo cristiano, coronaron frecuentemente con la diadema, ya por sus propias manos, ya por medio de Legados pontificios, las imágenes de la Virgen Madre de Dios, insignes tradicionalmente en la pública devoción.


III. RAZONES TEOLÓGICAS

13. Como ya hemos señalado más arriba, Venerables Hermanos, el argumento principal, en que se funda la dignidad real de María, evidente ya en los textos de la tradición antigua y en la sagrada Liturgia, es indudablemente su divina maternidad. De hecho, en las Sagradas Escrituras se afirma del Hijo que la Virgen dará a luz: «Será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará en la casa de Jacob eternamente, y su reino no tendrá fin»[40]; y, además, María es proclamada «Madre del Señor»[41]. Síguese de ello lógicamente que Ella misma es Reina, pues ha dado vida a un Hijo que, ya en el instante mismo de su concepción, aun como hombre, era Rey y Señor de todas las cosas, por la unión hipostática de la naturaleza humana con el Verbo.

San Juan Damasceno escribe, por lo tanto, con todo derecho: «Verdaderamente se convirtió en Señora de toda la creación, desde que llegó a ser Madre del Creador»[42]; e igualmente puede afirmarse que fue el mismo arcángel Gabriel el primero que anunció con palabras celestiales la dignidad regia de María.

14. Mas la Beatísima Virgen ha de ser proclamada Reina no tan sólo por su divina maternidad, sino también en razón de la parte singular que por voluntad de Dios tuvo en la obra de nuestra eterna salvación.

«¿Qué cosa habrá para nosotros más dulce y suave —como escribía Nuestro Predecesor, de feliz memoria, Pío XI— que el pensamiento de que Cristo impera sobre nosotros, no sólo por derecho de naturaleza, sino también por derecho de conquista adquirido a costa de la Redención? Ojalá que todos los hombres, harto olvidadizos, recordasen cuánto le hemos costado a nuestro Salvador; "Fuisteis rescatados, no con oro o plata, ... sino con la preciosa sangre de Cristo, como de un Cordero inmaculado"[43]. No somos, pues, ya nuestros, puesto que Cristo "por precio grande"[44] nos ha comprado»[45].

Ahora bien, en el cumplimiento de la obra de la Redención, María Santísima estuvo, en verdad, estrechamente asociada a Cristo; y por ello justamente canta la Sagrada Liturgia: «Dolorida junto a la cruz de nuestro Señor Jesucristo estaba Santa María, Reina del cielo y de la tierra»[46].

Y la razón es que, como ya en la Edad Media escribió un piadosísimo discípulo de San Anselmo: «Así como... Dios, al crear todas las cosas con su poder, es Padre y Señor de todo, así María, al reparar con sus méritos las cosas todas, es Madre y Señor de todo: Dios es el Señor de todas las cosas, porque las ha constituido en su propia naturaleza con su mandato, y María es la Señora de todas las cosas, al devolverlas a su original dignidad mediante la gracia que Ella mereció»[47]. La razón es que, «así como Cristo por el título particular de la Redención es nuestro Señor y nuestro Rey, así también la Bienaventurada Virgen [es nuestra Señora y Reina] por su singular concurso prestado a nuestra redención, ya suministrando su sustancia, ya ofreciéndolo voluntariamente por nosotros, ya deseando, pidiendo y procurando para cada uno nuestra salvación»[48].

15. Dadas estas premisas, puede argumentarse así: Si María, en la obra de la salvación espiritual, por voluntad de Dios fue asociada a Cristo Jesús, principio de la misma salvación, y ello en manera semejante a la en que Eva fue asociada a Adán, principio de la misma muerte, por lo cual puede afirmarse que nuestra redención se cumplió según una cierta "recapitulación"[49], por la que el género humano, sometido a la muerte por causa de una virgen, se salva también por medio de una virgen; si, además, puede decirse que esta gloriosísima Señora fue escogida para Madre de Cristo precisamente «para estar asociada a El en la redención del género humano»[50] «y si realmente fue Ella, la que, libre de toda mancha personal y original, unida siempre estrechísimamente con su Hijo, lo ofreció como nueva Eva al Eterno Padre en el Gólgota, juntamente con el holocausto de sus derechos maternos y de su maternal amor, por todos los hijos de Adán manchados con su deplorable pecado»[51]; se podrá de todo ello legítimamente concluir que, así como Cristo, el nuevo Adán, es nuestro Rey no sólo por ser Hijo de Dios, sino también por ser nuestro Redentor, así, según una cierta analogía, puede igualmente afirmarse que la Beatísima Virgen es Reina, no sólo por ser Madre de Dios, sino también por haber sido asociada cual nueva Eva al nuevo Adán.

Y, aunque es cierto que en sentido estricto, propio y absoluto, tan sólo Jesucristo —Dios y hombre— es Rey, también María, ya como Madre de Cristo Dios, ya como asociada a la obra del Divino Redentor, así en la lucha con los enemigos como en el triunfo logrado sobre todos ellos, participa de la dignidad real de Aquél, siquiera en manera limitada y analógica. De hecho, de esta unión con Cristo Rey se deriva para Ella sublimidad tan espléndida que supera a la excelencia de todas las cosas creadas: de esta misma unión con Cristo nace aquel regio poder con que ella puede dispensar los tesoros del Reino del Divino Redentor; finalmente, en la misma unión con Cristo tiene su origen la inagotable eficacia de su maternal intercesión junto al Hijo y junto al Padre.

No hay, por lo tanto, duda alguna de que María Santísima supera en dignidad a todas las criaturas, y que, después de su Hijo, tiene la primacía sobre todas ellas. «Tú finalmente —canta San Sofronio— has superado en mucho a toda criatura... ¿Qué puede existir más sublime que tal alegría, oh Virgen Madre? ¿Qué puede existir más elevado que tal gracia, que Tú sola has recibido por voluntad divina?»[52]. Alabanza, en la que aun va más allá San Germán: «Tu honrosa dignidad te coloca por encima de toda la creación: Tu excelencia te hace superior aun a los mismos ángeles»[53]. Y San Juan Damasceno llega a escribir esta expresión: «Infinita es la diferencia entre los siervos de Dios y su Madre»[54].

16. Para ayudarnos a comprender la sublime dignidad que la Madre de Dios ha alcanzado por encima de las criaturas todas, hemos de pensar bien que la Santísima Virgen, ya desde el primer instante de su concepción, fue colmada por abundancia tal de gracias que superó a la gracia de todos los Santos.

Por ello —como escribió Nuestro Predecesor Pío IX, de f. m., en su Bula— «Dios inefable ha enriquecido a María con tan gran munificencia con la abundancia de sus dones celestiales, sacados del tesoro de la divinidad, muy por encima de los Ángeles y de todos los Santos, que Ella, completamente inmune de toda mancha de pecado, en toda su belleza y perfección, tuvo tal plenitud de inocencia y de santidad que no se puede pensar otra más grande fuera de Dios y que nadie, sino sólo Dios, jamás llegará a comprender»[55].

17. Además, la Bienaventurada Virgen no tan sólo ha tenido, después de Cristo, el supremo grado de la excelencia y de la perfección, sino también una participación de aquel influjo por el que su Hijo y Redentor nuestro se dice justamente que reina en la mente y en la voluntad de los hombres. Si, de hecho, el Verbo opera milagros e infunde la gracia por medio de la humanidad que ha asumido, si se sirve de los sacramentos, y de sus Santos, como de instrumentos para salvar las almas, ¿cómo no servirse del oficio y de la obra de su santísima Madre para distribuirnos los frutos de la Redención?

«Con ánimo verdaderamente maternal —así dice el mismo Predecesor Nuestro, Pío IX, de ilustre memoria— al tener en sus manos el negocio de nuestra salvación, Ella se preocupa de todo el género humano, pues está constituida por el Señor Reina del cielo y de la tierra y está exaltada sobre los coros todos de los Ángeles y sobre los grados todos de los Santos en el cielo, estando a la diestra de su unigénito Hijo, Jesucristo, Señor nuestro, con sus maternales súplicas impetra eficacísimamente, obtiene cuanto pide, y no puede no ser escuchada»[56].

A este propósito, otro Predecesor Nuestro, de feliz memoria, León XIII, declaró que a la Bienaventurada Virgen María le ha sido concedido un poder «casi inmenso en la distribución de las gracias»[57]; y San Pío X añade que María cumple este oficio suyo «como por derecho materno»[58].

18. Gloríense, por lo tanto, todos los cristianos de estar sometidos al imperio de la Virgen Madre de Dios, la cual, a la par que goza de regio poder, arde en amor maternal.

Mas, en estas y en otras cuestiones tocantes a la Bienaventurada Virgen, tanto los Teólogos como los predicadores de la divina palabra tengan buen cuidado de evitar ciertas desviaciones, para no caer en un doble error; esto es, guárdense de las opiniones faltas de fundamento y que con expresiones exageradas sobrepasan los límites de la verdad; mas, de otra parte, eviten también cierta excesiva estrechez de mente al considerar esta singular, sublime y —más aún— casi divina dignidad de la Madre de Dios, que el Doctor Angélico nos enseña que se ha de ponderar «en razón del bien infinito, que es Dios»[59].

Por lo demás, en este como en otros puntos de la doctrina católica, la «norma próxima y universal de la verdad» es para todos el Magisterio, vivo, que Cristo ha constituido «también para declarar lo que en el depósito de la fe no se contiene sino oscura y como implícitamente»[60].

19. De los monumentos de la antigüedad cristiana, de las plegarias de la liturgia, de la innata devoción del pueblo cristiano, de las obras de arte, de todas partes hemos recogido expresiones y acentos, según los cuales la Virgen Madre de Dios sobresale por su dignidad real; y también hemos mostrado cómo las razones, que la Sagrada Teología ha deducido del tesoro de la fe divina, confirman plenamente esta verdad. De tantos testimonios reunidos se forma un concierto, cuyos ecos resuenan en la máxima amplitud, para celebrar la alta excelencia de la dignidad real de la Madre de Dios y de los hombres, que «ha sido exaltada a los reinos celestiales, por encima de los coros angélicos»[61].


IV. INSTITUCIÓN DE LA FIESTA

20. Y ante Nuestra convicción, luego de maduras y ponderadas reflexiones, de que seguirán grandes ventajas para la Iglesia si esta verdad sólidamente demostrada resplandece más evidente ante todos, como lucerna más brillante en lo alto de su candelabro, con Nuestra Autoridad Apostólica decretamos e instituimos la fiesta de María Reina, que deberá celebrarse cada año en todo el mundo el día 31 de mayo. Y mandamos que en dicho día se renueve la consagración del género humano al Inmaculado Corazón de la bienaventurada Virgen María. En ello, de hecho, está colocada la gran esperanza de que pueda surgir una nueva era tranquilizada por la paz cristiana y por el triunfo de la religión.

Procuren, pues, todos acercarse ahora con mayor confianza que antes, todos cuantos recurren al trono de la gracia y de la misericordia de nuestra Reina y Madre, para pedir socorro en la adversidad, luz en las tinieblas, consuelo en el dolor y en el llanto, y, lo que más interesa, procuren liberarse de la esclavitud del pecado, a fin de poder presentar un homenaje insustituible, saturado de encendida devoción filial, al cetro real de tan grande Madre. Sean frecuentados sus templos por las multitudes de los fieles, para en ellos celebrar sus fiestas; en las manos de todos esté la corona del Rosario para reunir juntos, en iglesias, en casas, en hospitales, en cárceles, tanto los grupos pequeños como las grandes asociaciones de fieles, a fin de celebrar sus glorias. En sumo honor sea el nombre de María más dulce que el néctar, más precioso que toda joya; nadie ose pronunciar impías blasfemias, señal de corrompido ánimo, contra este nombre, adornado con tanta majestad y venerable por la gracia maternal; ni siquiera se ose faltar en modo alguno de respeto al mismo. Se empeñen todos en imitar, con vigilante y diligente cuidado, en sus propias costumbres y en su propia alma, las grandes virtudes de la Reina del Cielo y nuestra Madre amantísima. Consecuencia de ello será que los cristianos, al venerar e imitar a tan gran Reina y Madre, se sientan finalmente hermanos, y, huyendo de los odios y de los desenfrenados deseos de riquezas, promuevan el amor social, respeten los derechos de los pobres y amen la paz. Que nadie, por lo tanto, se juzgue hijo de María, digno de ser acogido bajo su poderosísima tutela si no se mostrare, siguiendo el ejemplo de ella, dulce, casto y justo, contribuyendo con amor a la verdadera fraternidad, no dañando ni perjudicando, sino ayudando y consolando.

21. En muchos países de la tierra hay personas injustamente perseguidas a causa de su profesión cristiana y privadas de los derechos humanos y divinos de la libertad: para alejar estos males de nada sirven hasta ahora las justificadas peticiones ni las repetidas protestas. A estos hijos inocentes y afligidos vuelva sus ojos de misericordia, que con su luz llevan la serenidad, alejando tormentas y tempestades, la poderosa Señora de las cosas y de los tiempos, que sabe aplacar las violencias con su planta virginal; y que también les conceda el que pronto puedan gozar la debida libertad para la práctica de sus deberes religiosos, de tal suerte que, sirviendo a la causa del Evangelio con trabajo concorde, con egregias virtudes, que brillan ejemplares en medio de las asperezas, contribuyan también a la solidez y a la prosperidad de la patria terrenal.

22. Pensamos también que la fiesta instituida por esta Carta encíclica, para que todos más claramente reconozcan y con mayor cuidado honren el clemente y maternal imperio de la Madre de Dios, pueda muy bien contribuir a que se conserve, se consolide y se haga perenne la paz de los pueblos, amenazada casi cada día por acontecimientos llenos de ansiedad. ¿Acaso no es Ella el arco iris puesto por Dios sobre las nubes, cual signo de pacífica alianza?[62]. «Mira al arco, y bendice a quien lo ha hecho; es muy bello en su resplandor; abraza el cielo con su cerco radiante y las Manos del Excelso lo han extendido»[63]. Por lo tanto, todo el que honra a la Señora de los celestiales y de los mortales —y que nadie se crea libre de este tributo de reconocimiento y de amor— la invoque como Reina muy presente, mediadora de la paz; respete y defienda la paz, que no es la injusticia inmune ni la licencia desenfrenada, sino que, por lo contrario, es la concordia bien ordenada bajo el signo y el mandato de la voluntad de Dios: a fomentar y aumentar concordia tal impulsan las maternales exhortaciones y los mandatos de María Virgen.

Deseando muy de veras que la Reina y Madre del pueblo cristiano acoja estos Nuestros deseos y que con su paz alegre a los pueblos sacudidos por el odio, y que a todos nosotros nos muestre, después de este destierro, a Jesús que será para siempre nuestra paz y nuestra alegría, a Vosotros, Venerables Hermanos, y a vuestros fieles, impartimos de corazón la Bendición Apostólica, como auspicio de la ayuda de Dios omnipotente y en testimonio de Nuestro amor.

Dado en Roma, junto a San Pedro, en la fiesta de la Maternidad de la Virgen María, el día 11 de octubre de 1954, decimosexto de Nuestro Pontificado.


PÍO PAPA XII

[1] Cf. const. apost. Munificentissimus Deus: A.A.S. 32 (1950), 753 ss.
[2] Cf. enc. Fulgens corona: A.A.S. 35 (1953) 577 ss.
[3] Cf. A.A.S. 38 (1946) 264 ss.
[4] Cf. Osservat. Rom., 19 de mayo de 1946.
[5] Luc. 1, 32.
[6] Is. 9, 6.
[7] Apoc. 19, 16.
[8] Cf. Luc. 1, 32. 33.
[9] Luc. 1, 43.
[10] S. Ephraem Hymni de B. María (ed. Th. J. Lamy t. II, Mechliniae, 1886) hymn. XIX, p. 624.
[11] Idem Orat. ad Ssmam. Dei Matrem: Opera omnia (ed. Assemani t. III [graece] Romae, 1747, p. 546).
[12] S. Greg. Naz. Poemata dogmatica XVIII v. 58 PG 37, 485.
[13] Prudent. Dittochaeum XXVII PL 60, 102 A.
[14] Hom. in S. Luc. hom. VII (ed. Rauer Origines' Werke t. IX, 48 [ex "catena" Macarii Chrysocephali]). Cf. PG 13, 1902 D.
[15] S. Hier. Liber de nominibus hebraeis: PL 23, 886.
[16] S. Petrus Chrysol., Sermo 142 De Annuntiatione B.M.V.: PL 52, 579 C; cf. etiam 582 B; 584 A: "Regina totius exstitit castitatis".
[17] Relatio Epiphani ep. Constantin. PL 63, 498 D.
[18] Encomium in Dormitionem Ssmae. Deiparae [inter opera S. Modesti] PG 86, 3306 B.
[19] S. Andreas Cret., Hom. II in Dormitionem Ssmae. Deiparae: PG 97, 1079 B.
[20] Id., Hom. III in Dormit. Ssmae. Deip.: PG 97, 1099 A.
[21] S. Germanus, In Praesentationem Sanctissimae Deiparae 1 PG 98, 303 A.
[22] Id., ibid. 2 PG 98, 315 C.
[23] S. Ioannes Damasc., Hom. I In Dormitionem B.M.V.: PG 96, 719 A.
[24] Id. De fide orthodoxa 4, 14 PG 44, 1158 B.
[25] De laudibus Mariae (inter opera Venantii Fortunati) PL 88, 282 B. 283 A.
[26] Ildefonsus Tolet. De virginitate perpetua B.M.V.: 96, 58 A.D.
[27] S. Martinus I, Epist. 14 PL 87, 199-200 A.
[28] S. Agatho PL 87, 1221 A.
[29] Hardouin, Acta Conc. 4, 234.238 PL 89, 508 B.
[30] Syxtus IV, bulla Cum praeexcelsa d. d. 28 febr. 1476.
[31] Benedictus XIV, bulla Gloriosae Dominae d. d. 27 sept. 1748.
[32] S. Alfonso Le glorie di Maria, p.I, c.I, §1.
[33] Ex liturgia Armenorum: in festo Assumpt., hym. ad Mat.
[34] Ex Menaeo (byzant.): Dominica post Natalem, in Canone, ad Mat.
[35] Officium hymni, Akathistós (in ritu byzant.).
[36] Missale Aethiopicum: Anaphora Dominae nostrae Mariae, Matris Dei.
[37] Brev. Rom.: Versic. sexti Resp.
[38] Festum Assumpt., hymn. Laud.
[39] Ibid., ad Magnificat II Vesp.
[40] Luc. 1, 32. 33.
[41] Ibid. 1, 43.
[42] S. Ioannes Damasc. De fide orthodoxa 4, 14 PG 94, 1158 B.
[43] 1 Pet. 1, 18. 19.
[44] 1 Cor. 6, 20.
[45] Pius XI, enc. Quas primas: A.A.S. 17 (1925), 599.
[46] Festum septem dolorum B. M. V., tractus.
[47] Eadmerus, De excellentia V. M., 11 PL 159, 508 A.B.
[48] F. Suárez, De mysteriis vitae Christi disp. 22, sect. 2 (ed. Vives 19, 327).
[49] S. Iren., Adv. haer. 4, 9, 1 PG 7, 1175 B.
[50] Pius XI, epist. Auspicatus profecto: A.A.S. 25 (1933), 80.
[51] Pius XII, enc. Mystici Corporis: A.A.S. 35 (1943), 247.
[52] S. Sophronius, In Annuntiationem B. M. V.: PG 87, 3238 D. 3242 A.
[53] S. Germanus, Hom. II in Dormitionem B. M. V.: PG 98, 354 B.
[54] S. Ioannes Damasc., Hom. I in Dormitionem B. M. V.: PG 96, 715 A.
[55] Pius IX, bulla Ineffabilis Deus: Acta Pii IX 1, 597. 598.
[56] Ibid., 618.
[57] Leo XIII, enc. Adiutricem populi: A.A.S. 28 (1895-1896), 130.
[58] Pius X, enc. Ad diem illum: A.A.S. 36 (1903-1904), 455.
[59] S. Thomas, Sum. Theol. 1, 25, 6, ad 4.
[60] Pius XII, enc. Humani generis: A.A.S. 42 (1950), 569.
[61] Brev. Rom.: Festum Assumpt. B. M. V.
[62] Cf. Gen. 9, 13.
[63] Eccli. 43, 12-13.




lunes, 28 de febrero de 2000

LA CDF EMITE ADVERTENCIA SOBRE NUESTRA SEÑORA DE TODOS LOS PUEBLOS: NO ES DEL CIELO (25 DE MAYO DE 1974)


CONGREGACIÓN SAGRADA PARA LA DOCTRINA DE LA FE

Notificación *


Con respecto a las supuestas apariciones y revelaciones de "Nuestra Señora de todas las Naciones", que se dice que tuvieron lugar en Amsterdam, la Congregación para la Doctrina de la Fe considera aconsejable hacer la siguiente declaración.

El 7 de mayo de 1956, el obispo de la diócesis de Haarlem (Países Bajos), tras un cuidadoso examen del caso relativo a las supuestas apariciones y revelaciones de "Nuestra Señora de todas las Naciones", declaró que "no encontró evidencia de la naturaleza sobrenatural". de las apariciones". Por lo tanto, prohibió la veneración pública de la imagen de "Nuestra Señora de todas las Naciones" y la difusión de escritos que atribuyen un origen sobrenatural a estas apariciones y revelaciones.

El 2 de marzo de 1957, el mismo Ordinario repitió la declaración anterior. El Santo Oficio, en una carta fechada el 13 de marzo del mismo año, elogió la prudencia y la preocupación pastoral del Obispo y aprobó las medidas tomadas. Además, en respuesta a una apelación del obispo de Haarlem, fechada el 29 de marzo de 1972, la Congregación para la Doctrina de la Fe, el 24 de mayo del mismo año, confirmó la decisión previa sobre el asunto.

En la actualidad, siguiendo los desarrollos posteriores y después de un examen nuevo y más profundo del caso, la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe confirma mediante la presente notificación el juicio ya expresado por la autoridad eclesiástica competente, e invita a sacerdotes y laicos a descontinuar todas las formas de propaganda con respecto a las supuestas apariciones y revelaciones de "Nuestra Señora de Todas las Naciones". Exhorta a todos, además, a expresar su devoción a la Santísima Virgen, Reina del Universo (cf. Carta Encíclica Ad Caeli Reginam, AAS 30 [1954], pp. 625-640) mediante formas de piedad que son reconocidas y recomendadas por la Iglesia

Roma, 25 de mayo de 1974.


* L'Osservatore Romano, English Ed., 27 de junio de 1974, página 12.

sábado, 26 de febrero de 2000

MOTU PROPRIO DE S. S. BENEDICTO XV BONUM SANE (25 DE JULIO DE 1920)


MOTU PROPRIO

DE SU SANTIDAD

BENEDICTO XV

BONUM SANE

LA DEVOCIÓN A SAN JOSÉ,

MEDIO SIGLO

DE LA IGLESIA CATÓLICA

Fue algo bueno y saludable para el pueblo cristiano que Nuestro Predecesor de memoria inmortal Pío IX, decretara al Esposo de la Virgen Madre de Dios y Guardián del Verbo Encarnado, José, Patrono de la Iglesia Católica, y desde el cincuentenario del auspicioso evento, consideramos muy útil que sea celebrado solemnemente por todo el mundo.

Si echamos un vistazo a este período, una larga serie de instituciones piadosas aparecen ante nuestros ojos atestiguando que el culto al Patriarca más santo ha crecido gradualmente hasta ahora entre los fieles de Cristo. Si luego consideramos las calamidades por las cuales la humanidad está afligida hoy, parece aún más necesario que este culto se incremente en gran medida entre los pueblos y se generalice en todas partes.

De hecho, después de la severa tensión de la guerra, indicamos en nuestra encíclica reciente sobre la reconciliación de la paz cristiana, lo que faltaba para restaurar la tranquilidad del orden en todas partes, especialmente teniendo en cuenta las relaciones que existen entre personas en el campo civil. Ahora es necesario considerar otra causa de perturbación mucho más profunda que acecha en las entrañas de la sociedad humana. Es decir, el flagelo de la guerra cayó sobre los humanos, cuando ya estaban profundamente infectados con el naturalismo, esa gran plaga del siglo que, donde se arraiga, atenúa el deseo de bienes celestiales, apaga la llama de la caridad divina y aleja al hombre de la gracia de Cristo que cura y eleva, y finalmente quita la luz de la fe y lo deja solo con las fuerzas corruptas de la naturaleza y con las pasiones más salvajes. De este modo, muchos se entregaron solo a la conquista de los bienes terrenales; y aunque la disputa entre proletarios y patrones ya se había intensificado, ese odio de clases aumentó aún más con la duración y la atrocidad de la guerra; lo cual, por un lado, causó una dificultad económica intolerable para las masas y por otro lado, hizo que fabulosas fortunas fluyeran a manos de muy pocos.

Cabe agregar que la santidad de la fe conyugal y el respeto a la autoridad paterna se han visto muy afectados por la guerra; tanto porque la lejanía de unos ha ralentizado el vínculo del deber con los otros, como porque la ausencia de un ojo vigilante ha brindado la oportunidad para que los desconsiderados, especialmente las mujeres, vivan con su propio talento y con demasiada libertad. Por lo tanto, encontramos con verdadero dolor que las costumbres públicas ahora son mucho más depravadas y corruptas que antes y, por lo tanto, la llamada "cuestión social" ha empeorado hasta el punto de crear la amenaza de ruinas irreparables. De hecho, el advenimiento de una cierta "república universal", basada en la igualdad absoluta de los hombres y en la comunión de bienes, y en la que ya no hay distinción de nacionalidad, ha madurado en los votos y expectativas de los más sediciosos. No se reconoce la autoridad del padre sobre los hijos, ni del poder público sobre los ciudadanos, ni de Dios sobre los hombres reunidos en el consorcio civil. Todas las cosas que, de implementarse, darían lugar a tremendas convulsiones sociales, como lo que ahora está asolando una parte no pequeña de Europa. Y precisamente para crear una condición similar de las cosas entre otros pueblos, vemos que la plebe está emocionada por la furia y la insolencia de unos pocos, y los disturbios aquí y allá ocurren repetidamente.

Por lo tanto, preocupados sobre todo por el curso de estos eventos, no descuidamos, cuando surgió la oportunidad, recordar a los niños de la Iglesia su deber, como lo hicimos recientemente con la carta dirigida al Obispo de Bérgamo y a los obispos de la región del Véneto. Y ahora, por la misma razón, recordar que es el deber para con los hombres de nuestro lado, cuantos sean y en todas partes que estén, quienes ganan su pan con el trabajo, para mantenerlos inmunes al contagio del socialismo, el amargo enemigo de los principios cristianos, les ofrecemos especialmente a San José, para que puedan seguirlo como su guía especial y honrarlo como Patrono Celestial.

De hecho, vivió una vida similar a la de ellos, tanto que Jesús, a pesar de ser el Unigénito del Padre eterno, quería ser llamado "el hijo del carpintero". ¡Pero esa humilde y pobre condición con cuánta excelente virtud sabía adornar! Sobre todas esas virtudes que debían brillar en el esposo de María Inmaculada y en el supuesto padre del Señor Jesús. Por lo tanto, en la escuela de José, que todos aprendan a considerar las cosas presentes, que pasan, a la luz del futuro que dura eternamente; y consolando las inevitables dificultades de la condición humana con la esperanza de los bienes celestiales, aspirando a que obedezcan la voluntad divina, que vivan sobriamente, de acuerdo con los dictados de la justicia y la piedad. En lo que respecta especialmente a los trabajadores, nos gustaría informar aquí las palabras que Nuestro predecesor de feliz memoria, León XIII, quien proclamó en una circunstancia similar, ya que son tales que, en nuestra opinión, nada podría decirse mejor al respecto: "Ante estas consideraciones, los pobres y los que se ganan la vida con el trabajo de sus manos deben levantar el ánimo y pensar con razón. Para aquellos a quienes, si es verdad, la justicia permite liberarse de la indigencia y alcanzar una mejor condición, sin embargo, ni la razón ni la justicia pueden alterar el orden establecido por la providencia de Dios. Por el contrario, la violencia, las agresiones en general y los disturbios son un sistema que a menudo agrava los mismos males que quisieran solucionar. Por lo tanto, los proletarios, si tienen sentido común, no deben confiar en las promesas de las personas sediciosas, sino en los ejemplos y el patrocinio del Beato José, y en la caridad materna de la Iglesia, que cuida su estado todos los días" (1).

Así, con el florecimiento de la devoción de los fieles hacia San José, el culto hacia la Sagrada Familia de Nazaret, de la cual él era el augusto Jefe, aumentó espontáneamente las dos devociones entre sí. De hecho, a través de José vamos directamente a María y, a través de María, al origen de toda la santidad, Jesús, quien consagró las virtudes domésticas con su obediencia a José y María. Por lo tanto, queremos que las familias cristianas se inspiren completamente y se adapten a estos maravillosos ejemplos de virtud. De esta forma, dado que la familia es el punto de apoyo y la base del consorcio humano, fortalecer la sociedad doméstica con la protección de la santa pureza, armonía y fidelidad, casi diríamos, una nueva sangre circulará por las venas de la sociedad humana, en virtud de Cristo; y seguirá no solo una mejora de las costumbres privadas, sino también de la disciplina de la vida comunitaria y civil.

Por lo tanto, nosotros, llenos de confianza en el patrocinio de él, a cuya supervisión providente Dios se complació en confiar la custodia de su Engendrado Unigénito y la Virgen Madre de Dios, instamos encarecidamente a todos los Obispos del mundo católico para que, en tiempos tan tormentosos del Cristianismo, lleven a los fieles a implorar con mayor compromiso la ayuda válida de San José. Y como hay muchas formas aprobadas por esta Sede Apostólica con las que se puede venerar al Santo Patriarca, especialmente todos los miércoles del año y en todo el mes consagrado a él, queremos que, a pedido de cada Obispo, todas estas devociones en la medida de lo posible, se practiquen en todas las diócesis. Pero de una manera particular, ya que Él es merecidamente considerado como el protector más efectivo de los moribundos.

Para conmemorar el mencionado Decreto pontificio, ordenamos que dentro de un año, a partir del 8 de diciembre, todo el mundo católico celebrará, en honor de San José, el Esposo de la Bienaventurada Virgen María, mecenas de la Iglesia Católica, una función solemne, cuando cada Obispo lo considere apropiado: y a todos aquellos que lo ayudarán, concedemos ahora, bajo las condiciones habituales, la Indulgencia Plenaria.

Dado en Roma, en San Pedro, el 25 de julio, fiesta de Santiago Apóstol, 1920, en el sexto año de nuestro pontificado .


BENEDICTO PP. XV


(1) Epist. Encíclica. Quamquam pluries . 374


viernes, 25 de febrero de 2000

ENCÍCLICA PACEM DEI MUNUS (23 DE MAYO DE 1920)


CARTA ENCÍCLICA

PACEM DEI MUNUS

DEL SUMO PONTÍFICE

BENEDICTO XV

SOBRE LA RESTAURACIÓN CRISTIANA DE LA PAZ


1. La paz, este hermoso don de Dios, que, como dice San Agustín, «es el más consolador, el más deseable y el más excelente de todos» [1], esa paz que ha sido durante más de cuatro años el deseo de los buenos y el objeto de la oración de los fieles y de las lágrimas de las madres, ha empezado a brillar al fin sobre los pueblos. Nos somos los primeros en alegrarnos de ello. Pero esta paterna alegría se ve turbada por muchos motivos muy dolorosos. Porque, si bien la guerra ha cesado de alguna manera en casi todos los pueblos y se han firmado algunos tratados de paz, subsisten, sin embargo, todavía las semillas del antiguo odio. Y, como sabéis muy bien, venerables hermanos, no hay paz estable, no hay tratados firmes, por muy laboriosas y prolongadas que hayan sido las negociaciones y por muy solemne que haya sido la promulgación de esa paz y de esos tratados, si al mismo tiempo no cesan el odio y la enemistad mediante una reconciliación basada en la mutua caridad. De este asunto, que es de extraordinaria importancia para el bien común, queremos hablaros, venerables hermanos, advirtiendo al mismo tiempo a los pueblos que están confiados a vuestros cuidados.

2. Desde que por secreto designio de Dios fuimos elevados a la dignidad de esta Cátedra, nunca hemos dejado, durante la conflagración bélica, de procurar, en la medida de nuestras posibilidades, que todos los pueblos de la tierra recuperasen los fraternos lazos de unas cordiales relaciones. Hemos rogado insistentemente, hemos repetido nuestras exhortaciones, hemos propuesto los medios para lograr una amistosa reconciliación, hemos hecho, finalmente, con el favor de Dios, todo lo posible para facilitar a la humanidad el acceso a una paz justa, honrosa y duradera. Al mismo tiempo hemos procurado, con afecto de padre, llevar a todos los pueblos un poco de alivio en medio de los dolores y de las desgracias de toda clase que se han seguido como consecuencia de esta descomunal lucha. Pues bien: el mismo amor de Jesucristo, que desde el comienzo de nuestro difícil pontificado nos impulsó a trabajar por el retorno de la paz o a mitigar los horrores de la guerra, es el que hoy, conseguida ya en cierto modo una paz precaria, nos mueve a exhortar a todos los hijos de la Iglesia, y también a todos los hombres del mundo, para que abandonen el odio inveterado y recobren el amor mutuo y la concordia.

3. No hacen falta muchos argumentos para demostrar los gravísimos daños que sobrevendrían a la humanidad si, firmada la paz, persistiesen latentes el odio y la enemistad en las relaciones internacionales. Prescindimos de los daños que se seguirían en todos los campos del progreso y de la civilización, como, por ejemplo, el comercio, la industria, el arte y las letras, cuyo florecimiento exige como condición previa la libre y tranquila convivencia de todas las naciones. Lo peor de todo sería la gravísima herida que recibiría la esencia y la vida del cristianismo, cuya fuerza reside por completo en la caridad, como lo indica hecho de que la predicación de la ley cristiana recibe el nombre de «Evangelio de la paz» [2].

4. Porque, como bien sabéis y Nos os hemos recordado muchas veces, la enseñanza más repetida y más insistente de Jesucristo a sus discípulos fue la del precepto de la caridad fraterna, porque esta caridad es el resumen de todos los demás preceptos; el mismo Jesucristo lo llamaba nuevo y suyo, y quiso que fuese como el carácter distintivo de los cristianos, que los distinguiese fácilmente de todos los demás hombres. Fue este precepto el que, al morir, otorgó a sus discípulos como testamento, y les pidió que se amaran mutuamente y con este amor procuraran imitar aquella inefable unidad que existe entre las divinas personas en el seno de la Trinidad: «Que todos sean uno, como nosotros somos uno... para que también ellos sean consumados en la unidad» [3].

5. Por esta razón, los apóstoles, siguiendo las huellas de su divino Maestro y formados personalmente en su escuela, fueron extraordinariamente fieles en urgir la exhortación de este precepto a los fieles: «Ante todo, tened los unos para los otros ferviente caridad» [4]. «Por encima de todas estas cosas, vestíos de la caridad, que es vínculo de perfección [5]. Carísimos, amémonos unos a otros, porque la caridad procede de Dios» [6]. Nuestros hermanos de los primeros tiempos fueron exactos seguidores este mandato de Cristo y de los apóstoles, pues, a pesar de las diversas y aun contrarias nacionalidades a que pertenecían, vivían en una perfecta concordia, borrando con un olvido voluntario todo motivo de discusión. Esta unanimidad de inteligencias y de corazones ofrecía un admirable contraste con los odios mortales que ardían en el seno de sociedad humana de aquella época.

6. Ahora bien: todo lo que hemos dicho para urgir el precepto del amor mutuo vale también para urgir el perdón de las injurias, perdón que ha urgido personalmente el Señor. «Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos; haced el bien a los que os odian, y orad por los que os persiguen y os calumnian, para que seáis hijos de vuestro Padre, que está en los cielos, que hace salir el sol sobre malos y buenos» [7]. De aquí procede el grave aviso del apóstol San Juan: «Todo el que aborrece a su hermano es homicida, y ya sabéis que todo homicida no tiene en sí la vida eterna» [8]. Finalmente, ha sido el mismo Jesucristo quien nos ha enseñado a orar, de tal manera que la medida del perdón de nuestros pecados quede dada por el perdón que concedamos al prójimo. «Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores» [9]. Y si a veces resulta muy trabajoso y muy difícil el cumplimiento de esta ley, tenemos como remedio para vencer esta dificultad no sólo el eficaz auxilio de la gracia ganada por el Señor, sino también el ejemplo del mismo Salvador, quien, estando pendiente en la cruz, excusaba a los mismos que injusta e indignamente le atormentaban, diciendo así a su Padre: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» [10]. Nos, por tanto, que debemos ser los primeros en imitar la misericordia y la benignidad de Jesucristo, cuya representación, sin mérito alguno, tenemos, perdonamos de todo corazón, siguiendo el ejemplo del Redentor, a todos y a cada uno de nuestros enemigos que, de una manera consciente o inconsciente, han ofendido u ofenden nuestra persona o nuestra acción con toda clase de injurias: a todos ellos los abrazamos con suma benevolencia y amor, sin dejar ocasión alguna para hacerles el bien que esté a nuestro alcance. Es necesario que los cristianos dignos de este nombre observen la misma norma de conducta con todos aquellos que durante la guerra les ofendieron de cualquier manera.

7. Porque la caridad cristiana no se limita a apagar el odio hacia los enemigos y tratarlos como hermanos; quiere, además, hacerles positivamente el bien, siguiendo las huellas de nuestro Redentor, el cual «pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el demonio» [11] y coronó el curso de su vida mortal, gastada toda ella en proporcionar los mayores beneficios a los hombres, derramando por ellos su sangre. Por lo cual dice San Juan: «En esto hemos conocido la caridad de Dios, en que El dio su vida por nosotros, y nosotros debemos dar nuestra vida por nuestros hermanos. El que tuviere bienes de este mundo y viendo a su hermano pasar necesidad le cierra sus entrañas, ¿cómo mora en él la caridad de Dios? Hijitos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de obra y de verdad» [12]. No ha habido época de la historia en que sea más necesario «dilatar los senos de la caridad» como en estos días de universal angustia y dolor; ni tal vez ha sido nunca tan necesaria como hoy día al género humano una beneficencia abierta a todos, nacida de un sincero amor al prójimo y llena toda ella de un espíritu de sacrificio y abnegación. Porque, si contemplamos los lugares recorridos por el azote furioso de la guerra, vemos por todas partes inmensos territorios cubiertos de ruinas, desolación y abandono; pueblos enteros que carecen de comida, de vestido y de casa; viudas y huérfanos innumerables, necesitados de todo auxilio, y una increíble muchedumbre de débiles, especialmente pequeñuelos y niños, que con sus cuerpos maltrechos dan testimonio de la atrocidad de esta guerra.

8. El que contempla las ingentes miserias que pesan hoy día sobre la humanidad, recuerda espontáneamente a aquel viajero evangélico [13] que, bajando de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de los ladrones y, robado y malherido por éstos, quedó tendido medio muerto en el camino. La semejanza entre ambos cuadros es muy notable, y así como el samaritano, movido a compasión, se acercó al herido, curó y vendó sus heridas, lo llevó a la posada y pagó los gastos de su curación, así también es necesario ahora que Jesucristo, de quien era figura e imagen el piadoso samaritano, sane las heridas de la humanidad.

9. La Iglesia reivindica para sí, como misión propia, esta labor de curar las heridas de la humanidad, porque es la heredera del espíritu de Jesucristo; la Iglesia, decimos, cuya vida toda está entretejida con una admirable variedad de obras de beneficencia, porque «como verdadera madre de los cristianos, alberga una ternura tan amorosa por el prójimo, que para las más diversas enfermedades espirituales de las almas tiene presta en todo momento la eficaz medicina»; y así «educa y enseña a la infancia con dulzura, a la juventud con fortaleza, a la ancianidad con placentera calma, ajustando el remedio a las necesidades corporales y espirituales de cada uno» [14]. Estas obras de la beneficencia cristiana suavizan los espíritus y poseen por esto mismo una extraordinaria eficacia para devolver a los pueblos la tranquilidad pública.

10. Por lo cual, venerables hermanos, os suplicamos y os conjuramos en las entrañas de caridad de Jesucristo a que consagréis vuestros más solícitos cuidados a la labor de exhortar a los fieles que os están confiados, para que no sólo olviden los odios y perdonen las injurias, sino además para que practiquen con la mayor eficacia posible todas las obras de la beneficencia cristiana que sirvan de ayuda a los necesitados, de consuelo a los afligidos, de protección a los débiles, y que lleven, finalmente, a todos los que han sufrido las gravísimas consecuencias de la guerra, un socorro adecuado y lo más variado que sea posible. Es deseo nuestro muy principal que exhortéis a vuestros sacerdotes, como ministros que son de la paz cristiana, para que prediquen con insistencia el precepto que contiene la esencia de la vida cristiana, es decir, la predicación del amor al prójimo y a los mismos enemigos, y para que, «haciéndose todo a todos» [15], precedan a los demás con su ejemplo y declaren por todas partes una guerra implacable a la enemistad y al odio. Al obrar así, los sacerdotes agradarán al corazón amantísimo de Jesús y a aquel que, aunque indigno, hace las veces de Cristo en la tierra. En esta materia debéis también advertir y exhortar con insistencia a los escritores, publicistas y periodistas católicos, «para que, como escogidos de Dios, santos y amados, procuren revestirse de entrañas de misericordia y benignidad» [16] y procuren reflejar esta benignidad en sus escritos. Por lo cual deben abstenerse no sólo de toda falsa acusación, sino también de toda intemperancia e injuria en las palabras, porque esta intemperancia no sólo es contraria a la ley de Cristo, sino que además puede abrir cicatrices mal cerradas, sobre todo cuando los espíritus, exacerbados por heridas aún recientes, tienen una gran sensibilidad para las más leves injurias.

11. Las advertencias que en esta carta hemos hecho a los particulares sobre el deber de practicar la caridad, queremos dirigirlas también a los pueblos que han sufrido la prueba de esta guerra prolongada, para que, suprimidas, dentro de lo posible, las causas de la discordia —y salvos, por supuesto, los principios de la justicia—, reanuden entre sí los lazos de unas amistosas relaciones. Porque el Evangelio no presenta una ley de la caridad para las personas particulares y otra ley distinta para los Estados y las naciones, que en definitiva están compuestas por hombres particulares. Terminada ya la guerra, no sólo la caridad, sino también una cierta necesidad parece inclinar a los pueblos hacia el establecimiento de una determinada conciliación universal entre todos ellos. Porque hoy más que nunca están los pueblos unidos por el doble vínculo natural de una común indigencia y una común benevolencia, dados el gran progreso de la civilización y el maravilloso incremento de las comunicaciones.

12. Este olvido de las ofensas y esta fraterna reconciliación de los pueblos, prescritos por la ley de Jesucristo y exigidos por la misma convivencia social, han sido recordados sin descanso, como hemos dicho, por esta Santa Sede Apostólica durante todo el curso de la guerra. Esta Santa Sede no ha permitido que este precepto quede olvidado por los odios o las enemistades, y ahora, después de firmados los tratados de paz, promueve y predica con mayor insistencia este doble deber, como lo prueban las cartas dirigidas hace poco tiempo al episcopado de Alemania [17] y al cardenal arzobispo de París [18]. Y como hoy día la unión entre las naciones civilizadas se ve garantizada y acrecentada por la frecuente costumbre de celebrar reuniones y conferencias entre los jefes de los gobiernos para tratar de los asuntos de mayor importancia, Nos, después de considerar atentamente y en su conjunto el cambio de las circunstancias y las grandes tendencias de los tiempos actuales, para contribuir a esta unión de los pueblos y no mostrarnos ajenos a esta tendencia, hemos decidido suavizar hasta cierto punto las rigurosas condiciones que, por la usurpación del poder temporal de la Sede Apostólica, fueron justamente establecidas por nuestros predecesores, prohibiendo las visitas solemnes de los jefes de Estado católicos a Roma. Pero declaramos abiertamente que esta indulgencia nuestra, aconsejada y casi exigida por las gravísimas circunstancias que atraviesa la humanidad, no debe ser interpretada en modo alguno como una tácita abdicación de los sagrados derechos de la Sede Apostólica, como si en el anormal estado actual de cosas la Sede Apostólica renunciase definitivamente a ellos. Por el contrario, aprovechando esta ocasión, «Nos renovamos las protestas que nuestros predecesores formularon repetidas veces, movidos no por humanos intereses, sino por la santidad del deber; y las renovamos por las mismas causas, para defender los derechos y la dignidad de la Sede Apostólica», y de nuevo pedimos con la mayor insistencia que, pues ha sido firmada la paz entre las naciones, «cese para la cabeza de la Iglesia esta situación anormal, que daña gravemente, por más de una razón, a la misma tranquilidad de los pueblos»[19].

13. Restablecida así la situación, reconocido de nuevo el orden de la justicia y de la caridad y reconciliados los pueblos entre sí, es de desear, venerables hermanos, que todos los Estados olviden sus mutuos recelos y constituyan una sola sociedad o, mejor, una familia de pueblos, para garantizar la independencia de cada uno y conservar el orden en la sociedad humana. Son motivos para crear esta sociedad de pueblos, entre otros muchos que omitimos, la misma necesidad, universalmente reconocida, de suprimir o reducir al menos los enormes presupuestos militares, que resultan ya insoportables para los Estados, y acabar de esta manera para siempre con las desastrosas guerras modernas, o por lo menos alejar lo más remotamente posible el peligro de la guerra, y asegurar a todos los pueblos, dentro de sus justos límites, la independencia y la integridad de sus propios territorios.

14. Unidas de este modo las naciones según los principios de la ley cristiana, todas las empresas que acometan en pro de la justicia y de la caridad tendrán la adhesión y la colaboración activa de la Iglesia, la cual es ejemplar perfectísimo de sociedad universal y posee, por su misma naturaleza y sus instituciones, una eficacia extraordinaria para unir a los hombres, no sólo en lo concerniente a la eterna salvación de éstos, sino también en todo lo relativo a su felicidad temporal, pues la Iglesia sabe llevar a los hombres a través de los bienes temporales de tal manera que no pierdan los bienes eternos. La historia demuestra que los pueblos bárbaros de la antigua Europa, desde que empezaron a recibir el penetrante influjo del espíritu de la Iglesia, fueron apagando poco a poco las múltiples y profundas diferencias y discordias que los dividían, y, constituyendo, finalmente, una única sociedad; dieron origen a la Europa cristiana, la cual, bajo la guía segura de la Iglesia, respetó y conservó las características propias de cada nación y logró establecer, sin embargo, una unidad creadora de una gloriosa prosperidad. Con toda razón dice San Agustín: «Esta ciudad celestial, mientras camina por este mundo, llama a su seno a ciudadanos de todos los pueblos, y con todas las lenguas reúne una sociedad peregrinante, sin preocuparse por las diversidades de las leyes, costumbres e instituciones que sirven para lograr y conservar la paz terrena, y sin anular o destruir, antes bien, respetando y conservando todas las diferencias nacionales que están ordenadas al mismo fin de la paz terrena, con tal que no constituyan un impedimento para el ejercicio de la religión que ordena adorar a Dios como a supremo y verdadero Señor» [20]. El mismo santo Doctor apostrofa a la Iglesia con estas palabra: «Tú unes a los ciudadanos, a los pueblos y a los hombres con el recuerdo de unos primeros padres comunes, no sólo con el vínculo de la unión social, sino también con el lazo del parentesco fraterno» [21].

15. Por lo cual, volviendo al punto de partida de esta nuestra carta, exhortamos en primer lugar, con afecto de Padre, a todos nuestros hijos y les conjuramos, en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo, para que se decidan a olvidar voluntariamente toda rivalidad y toda injuria recíproca y a unirse con el estrecho vínculo de la caridad cristiana, para la cual no hay nadie extranjero. En segundo lugar exhortamos encarecidamente a todas las naciones para que, bajo el influjo de la benevolencia cristiana, establezcan entre sí una paz verdadera, constituyendo una alianza que, bajo los auspicios de la justicia, sea duradera. Por último, hacemos un llamamiento a todos los hombres y a todas las naciones para que de alma y corazón se unan a la Iglesia católica, y por medio de ésta a Cristo, Redentor del género humano; de esta manera, con toda verdad podremos dirigirles las palabras de San Pablo a los Efesios: «Ahora, por Cristo Jesús, los que en un tiempo estabais lejos, habéis sido acercados por la sangre de Cristo; pues El es nuestra paz, que hizo de los dos pueblos uno, derribando el muro de la separación... dando muerte en sí mismo a la enemistad. Y viniendo nos anunció la paz a los de lejos y la paz a los de cerca» [22]. Igualmente oportunas son las palabras que el mismo Apóstol dirige a los Colosenses: «No os engañéis unos a otros; despojaos del hombre viejo con todas sus obras y vestíos del nuevo, que sin cesar se renueva para lograr el perfecto conocimiento según la imagen de su Creador, en quien no hay griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro o escita, siervo o libre, porque Cristo lo es todo en todos» [23].

16. Entre tanto, confiados en el patrocinio de la Inmaculada Virgen María, que hace poco hemos ordenado fuese invocada universalmente como Reina de la Paz, y en el de los tres nuevos santos [24] que hemos canonizado recientemente, suplicamos con humildad al Espíritu consolador que «conceda propicio a la Iglesia el don de la unidad y de la paz» [25] y renueve la faz de la tierra con una nueva efusión de su amor para la común salvación de todos.

Como auspicio de este don celestial, y como prenda de nuestra paterna benevolencia, con todo el corazón damos a vosotros, venerables hermanos, al clero y a vuestro pueblo la bendición apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 23 de mayo, fiesta de Pentecostés de 1920, año sexto de nuestro pontificado.


BENEDICTUS PP XV


Notas

[1] San Agustín, De civitate Dei XIX 11: PL 6,637.

[2] Ef 6 15.

[3] In 17 21-23.

[4] 1 Pe 4,8.

[5] Col 3,14.

[6] 1 Jn 4,7.

[7] Mt 5,44-45.

[8] 1 Jn 3,15.

[9] Mt 6,12.

[10] Lc 23,24.

[11] Hech 10 38.

[12] 1 Jn 3,16-18.

[13] Cf. Lc 10,30ss

[14] San Agustín, De moribus Ecclesiae catholicae I 30: PL 32,336.

[15] 1 Cor 9,22.

[16] Col 3,12.

[17] Carta apostólica Diuturni, de 15 de julio de 1919 (AAS 11 (1919] 305-306).

[18] Epístola Amor ille singularis, de 7 de octubre de 1919 (AAS 11 [1919] 412-414).

[19] Encíclica Ad beatissimi de 1 de noviembre de 1914 (AAS 6 (1914) 580).

[20] San Agustín, De civitate Dei XIX 17; PL 41,645

[21] San Agusín, De moribus Ecclesiae catholicae I 30: PL 32,1336.

[22] Ef 2,13ss.

[23] Col 3,9-11.

[24] San Gabriel de la Dolorosa, Santa Margarita María Alacoque y Santa Juana de Arco.

[25] Secreta de la misa de la fiesta del Corpus Christi.

jueves, 24 de febrero de 2000

ENCÍCLICA QUOD IAM DIU (1 DE DICIEMBRE DE 1918)



CARTA ENCÍCLICA

QUOD IAM DIU

DEL SUMO PONTÍFICE

BENEDICTO XV

EN LA QUE SE PRESCRIBEN ORACIONES PÚBLICAS

POR EL CONGRESO DE LA PAZ


A LOS VENERABLES HERMANOS,

PATRIARCAS, PRIMADOS, ARZOBISPOS, OBISPOS

Y DEMÁS ORDINARIOS EN PAZ Y COMUNIÓN

CON LA SEDE APOSTÓLICA


Venerables Hermanos: Salud y bendición apostólica

1. Lo que ansiosamente, hace tanto tiempo venía pidiendo el mundo entero, lo que todo el pueblo cristiano suplicaba al cielo con fervientes plegarias, lo que tanto buscábamos sin tregua ni descanso, como intérpretes de los dolores comunes, por el amor paternal que hacia todos sentíamos, he aquí que en un momento se ha realizado. Ha cesado la lucha. Es cierto que aún no ha venido la paz solemne a poner término a la guerra, pero al menos el armisticio que ha interrumpido el derramamiento de sangre y la devastación en la tierra, en el aire y en el mar ha dejado felizmente abierto el camino para llegar a la paz. Muchas y variadas causas han contribuido a este repentino cambio de cosas, pero si queremos dar con la última y suprema razón menester será elevar el pensamiento hasta Aquel a cuya voluntad todo obedece, hasta Aquel que movido a misericordia por la solícita oración de todos los justos ha permitido al fin al género humano respirar libre de tan largo y angustioso duelo. Por lo cual debemos dar gracias a la bondad divina por tan inmenso beneficio. Por Nuestra parte nos alegramos de que el orbe católico haya con tal motivo realizado numerosas y célebres manifestaciones de pública piedad.

2. Sin embargo, una cosa tenemos que pedir al benignísimo Dios, a saber que se digne completar en cierto modo y llevar a perfección el beneficio tan inmenso otorgado a la humanidad. Nos explicaremos: Muy pronto se van a reunir los que por voluntad popular deben concertar una paz justa y permanente entre todos los pueblos de la tierra. Los problemas que tendrán que resolver son tales que no se han presentado mayores ni más difíciles en ningún humano congreso. ¡Cuánto, pues, no necesitarán del auxilio de las divinas luces para llevar a feliz término su cometido!

3. Siendo pues éste un asunto de vital interés para todo el género humano, los católicos, sin excepción, quienes por su profesión de tales han de preocuparse del bien y de la tranquilidad de la sociedad, tienen el deber de alcanzar con sus ruegos la “sabiduría que asiste al trono del Señor” para los referidos delegados. Es Nuestra voluntad que todos los católicos queden advertidos de este deber. Por lo tanto, para que del próximo congreso salga aquel inestimable don de Dios de una paz ajustada a los principios de la justicia cristiana, os habéis de apresurar vosotros, Venerables Hermanos, a ordenar que en cada una de las parroquias de vuestra diócesis se realicen las preces públicas que bien os parecieren, para tornar propicio al “Padre de las luces”. Por lo que a Nos toca, como Vicario, aunque sin merecerlo, de Jesucristo, “Rey pacífico”, procuraremos con todo el poder y autoridad de Nuestro cargo apostólico, que todos los acuerdos tomados para la paz y concordia perpetuas del mundo, sean por todos los nuestros de buen grado recibidos e inviolablemente cumplidos.

4. Entre tanto, como prenda de celestiales gracias y en prueba de Nuestra benevolencia, no sólo a vosotros sino también a vuestro Clero y pueblo, os impartimos la bendición apostólica con el mayor afecto en el Señor.

Dado en Roma, Sede de San Pedro, el día 1 de diciembre del año 1918, quinto de Nuestro Pontificado.


BENEDICTUS PP. XV



miércoles, 23 de febrero de 2000

ENCÍCLICA AD BEATISSIMI APOSTOLORUM (1 DE NOVIEMBRE DE 1914)


ENCICLICA DEL PAPA BENEDICTO XV

AD BEATISSIMI APOSTOLORUM 

LLAMADO POR LA PAZ 

A NUESTROS VENERABLES HERMANOS 

PATRIARCAS, PRIMADOS, ARZOBISPOS, OBISPOS 

Y OTROS ORDINARIOS LOCALES 

EN PAZ Y COMUNIÓN CON LA VIDA APOSTÓLICA. 

Venerables hermanos,
un saludo y bendición apostólica.

1. Criados por el inescrutable consejo de la Divina Providencia sin ningún mérito propio para el Presidente del Príncipe de los Apóstoles, escuchamos esas palabras de Cristo Nuestro Señor dirigidas a Pedro: "Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas" (Juan 22: 15-17) tal como se nos habla a nosotros mismos, y al mismo tiempo con amor afectuoso, ponemos nuestros ojos sobre el rebaño comprometido con nuestro cuidado, un rebaño innumerable que comprende de diferentes maneras a toda la raza humana. Porque toda la humanidad fue liberada de la esclavitud del pecado al derramar la sangre de Jesucristo como su rescate, y no hay nadie que esté excluido del beneficio de esta Redención: por lo tanto, el Pastor Divino tiene una parte del ser humano, raza ya felizmente refugiada dentro del redil, los otros declara que con amor instará a entrar en él: "También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquéllas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor" (Juan 10: 16).

2. No es ningún secreto, Venerables Hermanos, que el primer sentimiento que tenemos en nuestro corazón, inducido ciertamente por la bondad de Dios, es el anhelo de un deseo amoroso por la salvación de toda la humanidad, y al asumir el Pontificado nuestro sincero deseo es el de Nuestro Señor Jesucristo mismo, cuando estaba a punto de morir en la Cruz: "Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros." (Juan 17: 11).

3. Pero tan pronto como pudimos, desde la altura de la dignidad apostólica, examinar de un vistazo el curso de los asuntos humanos, nos encontramos con las tristes condiciones de la sociedad humana, y no podíamos sino estar llenos de amargo dolor. Porque lo que podría evitar que el alma del Padre común se sintiera profundamente angustiada por el espectáculo presentado por Europa, es decir, por todo el mundo, quizás el espectáculo más triste del que haya constancia. Ciertamente, esos días parecerían haber llegado sobre nosotros, los cuales Cristo Nuestro Señor predijo: "Oirán de guerras y rumores de guerras, porque nación se levantará contra nación, y reino contra reino" ( Mat. 24: 6, 7). A cada lado, el fantasma temible de la guerra prevalece: hay poco espacio para otro pensamiento en la mente de los hombres. Los combatientes son las naciones más grandes y ricas de la tierra; qué maravilla, entonces, si, bien provistos de las armas más horribles que la ciencia militar moderna ha ideado, se esfuerzan por destruirse mutuamente con refinamientos de horror. No hay límite para la medida de ruina y de matanza; día a día la tierra está empapada de sangre recién derramada y está cubierta con los cuerpos de los heridos y de los muertos. ¿Quién se imaginaría, al verlos así llenos de odio el uno por el otro, que son todos de una especie común, todos de la misma naturaleza, todos miembros de la misma sociedad humana? ¿Quién reconocería a los hermanos, cuyo Padre está en el cielo? Sin embargo, mientras con innumerables tropas se libra la furiosa batalla, las tristes cohortes de guerra, tristeza y angustia caen sobre cada ciudad y cada hogar; día a día aumenta el gran número de viudas y huérfanos, y con la interrupción de las comunicaciones, el comercio se detiene; se abandona la agricultura; las artes se reducen a la inactividad; los ricos están en dificultades; los pobres se reducen a una miseria absoluta y todos están angustiados.

4. Movidos por estos grandes males, pensamos que era nuestro deber, desde el comienzo de nuestro Pontificado Supremo, recordar las últimas palabras de nuestro predecesor de memoria ilustre y santa, y repetirlas una vez más para comenzar nuestro propio Ministerio Apostólico; e imploramos a reyes y gobernantes que consideraran las inundaciones de lágrimas y de sangre que ya se derramaban, y que se apresuraran a restaurar a las naciones las bendiciones de la paz. Dios conceda por su misericordia y bendición, que las buenas nuevas que los ángeles trajeron al nacer el divino Redentor de la humanidad pronto resuenen cuando su vicario entre en su obra: "¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres!" (Lucas 2: 14) Suplicamos a aquellos en cuyas manos se coloca la suerte de las naciones que escuchen nuestra voz. Seguramente hay otras formas y medios por los cuales los derechos violados pueden ser rectificados. Dejen que sean juzgados honestamente y con buena voluntad, y mientras tanto, dejen de lado las armas. Impulsados con amor por ellos y por toda la humanidad, sin ningún interés personal, pronunciamos estas palabras. Que no permitan que estas palabras de un amigo y de un padre se pronuncien en vano.

5. Pero no es solo la actual lucha sanguinaria lo que angustia a las naciones y nos llena de ansiedad y cuidado. Hay otro mal que se desata en el corazón más íntimo de la sociedad humana, una fuente de temor para todos los que realmente piensan, en la medida en que ya ha traído, y traerá, muchas desgracias a las naciones, y puede considerarse con razón como la causa principal de la horrible guerra actual. Desde que los preceptos y prácticas de la sabiduría cristiana dejaron de observarse en el gobierno de los estados, se dedujo que, dado que contenían la paz y la estabilidad de las instituciones, los fundamentos mismos de los estados necesariamente comenzaron a ser sacudidos. Además, tal ha sido el cambio en las ideas y la moral de los hombres, que a menos que Dios venga pronto a nuestra ayuda, el fin de la civilización parece estar cerca. Así vemos la ausencia de amor mutuo en la relación de los hombres con sus semejantes; la autoridad de los gobernantes es despreciada; reina la injusticia en las relaciones, entre las clases de la sociedad; la lucha por cosas transitorias y perecederas es tan intensa que los hombres han perdido de vista los otros bienes más valiosos que deben obtener.

Es bajo estos cuatro encabezados que se pueden agrupar. Consideramos que las causas de los graves disturbios invaden toda la sociedad humana. Todos deben combinarse para deshacerse de ellos para honrar nuevamente los principios cristianos, si tenemos algún deseo real por la paz y la armonía de la sociedad humana que los hombres han perdido de vista: los más valiosos bienes que tienen que obtener.

6. Nuestro Señor Jesucristo bajó del cielo con el solo propósito de restaurar entre los hombres el Reino de la Paz, que la envidia del diablo había destruido, y era su voluntad que no descansara sobre otro fundamento que el del amor fraternal. Estas son sus propias palabras que se repiten con frecuencia: "Un nuevo mandamiento les doy: que se amen unos a otros" (Juan 14: 34); "Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros" (Juan 15: 12); "Estas cosas les mando, que se amen unos a otros" (Juan 15: 17); como si su único oficio y propósito fuera llevar a los hombres al amor mutuo. Utilizó todo tipo de argumentos para lograr ese efecto. Nos invitó a todos a mirar hacia el cielo: "Porque uno es tu padre que está en el cielo" (Mat. 23: 9); Enseñó a todos los hombres, sin distinción de nacionalidad o de idioma, o de ideas, a orar con las palabras: "Padre nuestro, que estás en el cielo" (Mt. 6: 9); más aún, nos dice que nuestro Padre Celestial al distribuir las bendiciones de la naturaleza no hace distinción de nuestros desiertos: "Quien hace que su sol salga sobre lo bueno y lo malo, y llueva sobre los justos y los injustos" (Mat 5: 45). Él nos pide que seamos hermanos unos de otros, y nos llama Sus hermanos: "Todos ustedes son hermanos" (Mateo 23: 8); "para que sea el primogénito entre muchos hermanos" (Rom. 7: 29). Con el fin de estimularnos más al amor fraternal, incluso hacia aquellos a quienes nuestro orgullo natural desprecia, es su voluntad que reconozcamos la dignidad de sí mismo en el más humilde de los hombres: "De cierto os digo que cuanto hicisteis a uno de mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis" (Mateo 25: 40). Al final de su vida no le suplicó con fervor a su Padre, para que todos los que creyeran en él fueran todos uno en el ¿Vínculo de caridad? "Como tú, Padre, en mí y yo en ti" (Juan 17: 21). Y finalmente, mientras colgaba de la cruz, derramó su sangre sobre todos nosotros, de ahí que, compactados y bien unidos en un solo cuerpo, deberíamos amarnos unos a otros, con un amor como el que un miembro tiene por otro miembro en el mismo cuerpo.

7. Muy diferente de esto es el comportamiento de los hombres de hoy. Tal vez nunca se habló más de la hermandad de los hombres que hoy. De hecho, los hombres no dudan en proclamar que luchar por la hermandad es uno de los mayores dones de la civilización moderna, pero ignoran la enseñanza del Evangelio y dejan de lado la obra de Cristo y de su Iglesia. En realidad nunca hubo menos actividad fraternal entre los hombres que en el momento presente. El odio racial ha llegado a su clímax; los pueblos están más divididos por los celos que por las fronteras dentro de una misma nación, dentro de la misma ciudad, se desata la ardiente envidia de clase contra clase; y entre los individuos es el amor propio, que es la ley suprema que rige todo.

8. Ven, Venerables Hermanos, cuán necesario es esforzarse de todas las maneras posibles para que la caridad de Jesucristo vuelva a ser suprema entre los hombres. Ese siempre será nuestro propio objetivo; esa será la nota clave de nuestro pontificado. Y los exhortamos a hacer de eso también el final de sus esfuerzos. No dejemos nunca de repetir en los oídos de los hombres y exponer en nuestros actos, ese dicho de San Juan: "Amemonos unos a otros" (I Juan 3: 23). Nobles, de hecho, y dignas de elogio son las múltiples instituciones filantrópicas de nuestros días: pero es cuando contribuyen a estimular el verdadero amor de Dios y de nuestros vecinos en los corazones de los hombres, cuando se les confiere una ventaja duradera; si no lo hacen, no tienen ningún valor real, porque "el que no ama, permanece en la muerte" (1 Juan 3: 14)

9. La segunda causa del malestar general que declaramos es la ausencia de respeto a la autoridad de quienes ejercen los poderes gobernantes. Desde que se ha buscado la fuente de los poderes humanos aparte de Dios Creador y Gobernante del Universo, en el libre albedrío de los hombres, los lazos de deber, que deberían existir entre superior e inferior, se han debilitado tanto que casi han cesado. El esfuerzo desenfrenado después de la independencia, junto con el orgullo excesivo, poco a poco ha encontrado su camino en todas partes; ni siquiera ha salvado el hogar, aunque el origen natural del poder gobernante en la familia es tan claro como el sol del mediodía; aún más deplorable es que no se ha detenido en los escalones del santuario. De ahí viene el desprecio por las leyes, la insubordinación de las masas, la crítica desenfrenada de las órdenes emitidas, de ahí las innumerables formas de socavar la autoridad; de ahí también los terribles crímenes de los hombres que, alegando no estar sujetos a ninguna ley, no dudan en atacar la propiedad o la vida de sus semejantes.

10. En presencia de tal perversidad de pensamiento y de acción subversiva de la constitución misma de la sociedad humana, no sería correcto para Nosotros, a quienes divinamente nos encomendamos la enseñanza de la verdad, guardar silencio: y recordamos a los pueblos de la tierra esa doctrina, que ninguna opinión humana puede cambiar: "No hay poder sino de Dios: y los que son, están ordenados por Dios" (Rom. 13: 1). Cualquier poder que se ejerza entonces entre los hombres, ya sea el del Rey o el de una autoridad inferior, tiene su origen en Dios. Por lo tanto, San Pablo establece la obligación de obedecer los mandamientos de los que tienen autoridad, no de ninguna manera, sino religiosamente, es decir, concienzudamente, a menos que sus mandamientos estén en contra de las leyes de Dios: "Por lo tanto, no se sometan a la necesidad, no solo por ira, sino también por causa de la conciencia" (Rom 13: 5). En armonía con las palabras de San Pablo están las palabras del propio Príncipe de los Apóstoles: "Sed sujetos de toda criatura humana por el amor de Dios: ya sea el Rey tan sobresaliente o los gobernadores enviados por él" (I Pedro 2: 13-14). ¿Desde qué principio el Apóstol de los gentiles infiere que el que resiste contumazmente el ejercicio legítimo de la autoridad humana, resiste a Dios y se prepara para sí mismo el castigo eterno: "Por lo tanto, el que resiste el poder, resiste la ordenanza de Dios, y los que resisten, compran para sí mismos la condenación" (Rom 13: 2).

11. Que los príncipes y gobernantes de los pueblos recuerden esta verdad, y que consideren si es una idea prudente y segura para los gobiernos o los estados separarse de la religión sagrada de Jesucristo, de la cual su autoridad recibe tanta fuerza y ​​apoyo. Que consideren una y otra vez si es una medida de sabiduría política tratar de divorciar la enseñanza del Evangelio y de la Iglesia del gobierno de un país y de la educación pública de los jóvenes. La triste experiencia demuestra que la autoridad humana falla cuando la religión se deja de lado. Tan pronto como la voluntad se aparta de Dios, las pasiones desencadenadas rechazan el dominio de la voluntad; así también, cuando los gobernantes de las naciones desprecian la autoridad divina, a su vez, la gente suele despreciar su autoridad humana. Queda, por supuesto, el recurso de usar la fuerza para reprimir los levantamientos populares; pero cual es el resultado? La fuerza puede reprimir el cuerpo, pero no puede reprimir las almas de los hombres.

12. Cuando el doble principio de cohesión de todo el cuerpo de la sociedad se ha debilitado, es decir, la unión de los miembros entre sí por caridad mutua y su unión con su cabeza por su reconocimiento de autoridad, ¿Se preguntan, Venerables Hermanos, por qué la sociedad humana debería verse dividida en la lucha de dos ejércitos hostiles amarga e incesantemente? Enfrentados contra quienes poseen propiedades, ya sea por herencia o por industria, se encuentran el proletario y los trabajadores, inflamados de odio y envidia, porque, aunque son por naturaleza iguales, no ocupan el mismo puesto que los demás. Una vez que hayan sido imbuidos por las falacias de los agitadores, a cuyas ordenes son dóciles, les harán ver que los hombres son iguales por su naturaleza y que todos deben ocupar un lugar igual en la comunidad? Y, además, ¿quién les hará ver que la posición de cada uno es la que cada uno, mediante el uso de sus dones naturales, a menos que lo impida la fuerza de las circunstancias, es capaz de hacer por uno mismo? Y así, los pobres que luchan contra los ricos, no solo actúan en contra de la justicia y la caridad, sino que también actúan de manera irracional, particularmente porque ellos mismos no pueden mejorar su fortuna si así lo desean. No es necesario enumerar las muchas consecuencias, no menos desastrosas para el individuo que para la comunidad, que se derivan de este odio de clases. Todos vemos y lamentamos con frecuencia las huelgas, que de repente interrumpen el curso de la ciudad y la vida nacional en sus funciones más necesarias.

13. No es nuestra intención aquí repetir los argumentos que exponen claramente los errores del socialismo y de doctrinas similares. Nuestro predecesor, León XIII, lo hizo sabiamente en encíclicas verdaderamente memorables; y ustedes, Venerables Hermanos, tendrán mucho cuidado de que esos importantes preceptos nunca sean olvidados, y que siempre que las circunstancias lo exijan, deben ser claramente expuestos e inculcados en asociaciones y congresos católicos, en sermones y en la prensa católica. Pero más especialmente, y no dudamos en repetirlo, con la ayuda de cada argumento, provisto por los Evangelios o por la naturaleza del hombre mismo, o por la consideración de los intereses del individuo y de la comunidad, luchemos para exhortar a todos los hombres a que, en virtud de la ley divina de la caridad, se amen con amor fraternal.

14. Pero todavía hay, Venerables Hermanos, una raíz más profunda de los males que hemos estado lamentando hasta ahora, y a menos que los esfuerzos de los hombres buenos se concentren en su extirpación, esa tranquila estabilidad y paz de las relaciones humanas que tanto deseamos, nunca puede ser alcanzada. El apóstol mismo nos dice qué es: "El deseo de dinero es la raíz de todos los males" (I Tim 6: 10). Si alguien considera los males bajo los cuales la sociedad humana está padeciendo actualmente, todos se verán surgir de esta raíz.

15. Una vez que las mentes plásticas de los niños han sido moldeadas en escuelas impías, y las ideas de las masas sin experiencia han sido formadas por una mala prensa diaria o periódica, y cuando por medio de todas las otras influencias que dirigen la opinión pública, han inculcado en las mentes de los hombres el error más pernicioso de que el hombre no debe esperar un estado de felicidad eterna; sino que esa felicidad debe ser aquí, abajo, donde el hombre debe ser feliz en el disfrute de la riqueza, el honor y el placer. Qué maravilla que aquellos hombres cuya naturaleza misma fue creada para la felicidad, busquen ese bien con toda la energía que los impulsa, y descompongan lo que sea que demore o impida su obtención. Y como esos bienes no se dividen por igual entre los hombres, y como es deber de la autoridad en el Estado evitar que la libertad de que goza el individuo vaya más allá de sus límites debidos e invada lo que le pertenece a otro, resulta que la autoridad pública es odiada y la envidia de los desafortunados se inflama contra los más afortunados. Así, la lucha de una clase de ciudadanos contra otra estalla. Mientras unos intentan por todos los medios obtener y tomar lo que quieren tener, la otra se esfuerza por mantener y aumentar lo que poseen.

16. Cristo Nuestro Señor, al prever el estado actual de las cosas, declaró definitivamente en su sublime Sermón del Monte, cuáles son las verdaderas "bienaventuranzas" del hombre en el mundo; y, por lo tanto, se puede decir que estableció los fundamentos de la filosofía cristiana. Incluso a los ojos de los adversarios de la fe, está lleno de sabiduría incomparable y forma el sistema religioso y moral más completo; y ciertamente todos admitirían que antes de Cristo, Quien es la Verdad Misma, ninguna de esas enseñanzas en esos asuntos había sido pronunciada con tanto peso y dignidad, o con tanta profundidad de amor.

17. Ahora, todo lo que se llama “bienes de esta vida mortal”, tienen en efecto, una apariencia del bien, pero no es así en realidad; y, por lo tanto, no es con el disfrute de ellos que el hombre puede ser feliz. En el plan divino no están las riquezas, la gloria y el placer para traer felicidad al hombre, que, si realmente desea ser feliz, debe, por amor a Dios, renunciar a todos ellos: "Bienaventurados los pobres... Bienaventurados los que lloran ahora... Bendito serás cuando los hombres te odien y cuando te separen y te reprochen y echen tu nombre como malo" (Lucas 4: 20-22). Es decir, que es a través de las penas, sufrimientos y miserias de esta vida, soportados con paciencia, que tomaremos posesión de esos bienes verdaderos e imperecederos, los cuales "Dios ha preparado para los que lo aman" (I. Cor 2: 9). Esta es la enseñanza más importante de nuestra Fe que es ignorada por muchos, y no pocos la han olvidado por completo.

18. Por lo tanto, es necesario, Venerables Hermanos, revivir esta enseñanza una vez más en la mente de todos, ya que de ninguna otra manera los individuos y las naciones podrán alcanzar la paz. Entonces, recordemos a aquellos que están sufriendo angustias de cualquier tipo, que no echen la vista a la tierra en la que somos peregrinos, sino que eleven los ojos al cielo al que estamos destinados: "Porque no tenemos aquí un ciudad duradera, pero buscamos una que está por venir"(Heb 13: 14). En medio de las adversidades por las cuales Dios prueba su perseverancia en su servicio, piensen a menudo en la recompensa que se les prepara si son victoriosos en la prueba: "Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria" (II Cor. 4: 17) Debemos esforzarnos por todos los medios posibles para revivir entre los hombres la fe en las verdades sobrenaturales y, al mismo tiempo, la estima, el deseo y la esperanza de los bienes eternos. Sus principales esfuerzos, Venerables Hermanos, el del Clero y de todos los buenos católicos, en sus diversas sociedades, debería ser promover la gloria de Dios y el verdadero bienestar de la humanidad. En proporción al crecimiento de esta fe entre los hombres será la disminución de ese esfuerzo febril por los bienes vacíos del mundo, y poco a poco, a medida que aumente el amor fraternal, cesarán los disturbios y las luchas sociales.

19. Pasemos ahora nuestros pensamientos de la sociedad humana a los asuntos inmediatos de la Iglesia, porque es necesario que Nuestra alma, afectada por los males de los tiempos, busque consuelo al menos en una dirección. Más allá de esas pruebas luminosas del poder divino y la indefectibilidad que disfruta la Iglesia, encontramos una fuente de gran consuelo en los notables frutos de la previsión activa de nuestro Predecesor, el Papa Pío X, que derramó sobre la Cátedra Apostólica el brillo de una vida muy santa. Porque vemos como resultado de sus esfuerzos un renacimiento del espíritu religioso en el clero en todo el mundo; él revivió la piedad del pueblo cristiano; activó y disciplinó las asociaciones católicas; fundamentó y aumentó las sedes episcopales y la provisión hecha para la educación de estudiantes eclesiásticos en armonía con los requisitos canónicos y en la medida de lo necesario, con las necesidades de los tiempos; la salvación de la enseñanza de las ciencias sagradas de los peligros de las innovaciones precipitadas; el arte musical llevado a ministrar dignamente en las funciones sagradas y la fe se extendió por todas partes mediante nuevas misiones de heraldos del Evangelio.

20. Bueno, de hecho, Nuestro predecesor se ha merecido la posteridad agradecida de la Iglesia y preservará la memoria de sus obras. Sin embargo, dado que, con el permiso de Dios, el campo del "buen hombre de la casa" está siempre expuesto a las malas prácticas del "enemigo", nunca sucederá que no sea necesario trabajar para evitar el crecimiento de "el berberecho" que dañará la buena cosecha; y aplicando a nosotros mismos las palabras de Dios al profeta: "He aquí, hoy te he puesto sobre las naciones y los reinos, para desarraigar y derribar... para construir y plantar" (Jerem . 1: 10). Será nuestro esfuerzo constante y extenuante, en la medida de lo posible, prevenir el mal de todo tipo y promover lo que sea bueno.

21. Como ahora nos dirigimos por primera vez a todos ustedes, Venerables Hermanos, parece un momento apropiado para mencionar ciertos puntos importantes a los que nos proponemos prestar especial atención, de modo que mediante la pronta unión de sus esfuerzos con los nuestros, los buenos resultados deseados pueden alcanzarse más rápidamente.

22. El éxito de cada sociedad de hombres, para cualquier propósito que se forme, está ligado a la armonía de los miembros en interés de la causa común. Por lo tanto, debemos dedicar nuestros esfuerzos sinceros a apaciguar la disensión y la lucha, de cualquier carácter, entre los católicos, y evitar que surjan nuevas disensiones, para que haya unidad de ideas y de acción entre todos. Los enemigos de Dios y de la Iglesia son perfectamente conscientes de que cualquier disputa interna entre los católicos es una verdadera victoria para ellos. Por lo tanto, es su práctica habitual cuando ven a los católicos fuertemente unidos, esforzarse por sembrar hábilmente las semillas de la discordia, para romper esa unión. ¡Y si el resultado no hubiera justificado con frecuencia sus esperanzas, en detrimento de los intereses de la religión! Por lo tanto, por lo tanto, cada vez que una autoridad legítima haya dado una orden clara, que nadie transgreda esa orden, porque no se le encomienda a él; pero que cada uno someta su propia opinión a la autoridad del superior, y que lo obedezca como una cuestión de conciencia. Nuevamente, ningún individuo privado, ya sea en libros o en la prensa, o en discursos públicos, asuma la posición de un maestro autorizado en la Iglesia. Todos saben a quién le ha sido dada la autoridad docente de la Iglesia por Dios: él, entonces, posee el derecho perfecto de hablar como lo desee y cuando lo considere oportuno. El deber de los demás es escucharlo con reverencia cuando habla y llevar a cabo lo que dice, y que cada uno someta su propia opinión a la autoridad del superior, y que lo obedezca como una cuestión de conciencia.

23. En lo que respecta a asuntos en los que, sin perjuicio de la fe o la disciplina, en ausencia de cualquier intervención autorizada de la Sede Apostólica, hay espacio para opiniones divergentes, es claramente el derecho de todos a expresar y defender su propia opinión. Pero en tales discusiones no se deben usar expresiones que puedan constituir graves violaciones de la caridad; cada uno defienda libremente su propia opinión, pero hágalo con la debida moderación, para que nadie se considere con derecho a imponer a quienes simplemente no están de acuerdo con sus ideas el estigma de la deslealtad a la fe o a la disciplina.

24. Además, es nuestra voluntad que los católicos se abstengan de ciertas denominaciones que recientemente se han puesto en uso para distinguir a un grupo de católicos de otro. Deben evitarse no solo como "profanas palabras de novedad", fuera de armonía con la verdad y la justicia, sino también porque generan grandes problemas y confusión entre los católicos. Tal es la naturaleza del catolicismo que no admite más o menos, sino que debe considerarse como un todo aceptado o como un todo rechazado: "Esta es la fe católica, que a menos que un hombre crea fiel y firmemente; no puede salvarse". (Athanas. Credo). No es necesario agregar ningún término que califique a la profesión del catolicismo: es suficiente que cada uno proclame "Cristiano es mi nombre y Católico mi apellido".

25. Además, la Iglesia exige de aquellos que se han dedicado a promover sus intereses, que dediquen toda su energía a preservar la fe intacta e inmaculada contra cualquier aliento de error, y seguir más de cerca a aquel a quien Cristo ha designado para ser el guardián e intérprete de la verdad. Hoy se encuentran, y en no pocos números, hombres, de los cuales el Apóstol dice que: "Porque llegará el día en que la gente no querrá escuchar la buena enseñanza. Al contrario, querrá oír enseñanzas diferentes. Por eso buscará maestros que le digan lo que quiere oír. La gente no escuchará la verdadera enseñanza, sino que prestará atención a toda clase de cuentos" (II Tim. 4: 3, 4) Enamorados y arrastrados por una elevada idea del intelecto humano, confiados en su propio juicio y despreciando la autoridad de la Iglesia, han alcanzado tal grado de imprudencia como para no dudar en medir según el estándar de su propia mente, incluso las cosas ocultas de Dios y todo lo que Dios ha revelado a los hombres. De ahí surgieron los monstruosos errores del "modernismo", que nuestro predecesor declaró con razón como "la síntesis de todas las herejías", y lo condenó solemnemente. Por la presente, renovamos esa condena en toda su plenitud, Venerables Hermanos, y como la plaga aún no se ha eliminado por completo, sino que acecha aquí y allá en lugares ocultos, exhortamos a todos a tener cuidado. Tampoco deseamos simplemente que los católicos se alejen de los errores del modernismo, sino también de las tendencias o lo que se llama el "espíritu del modernismo". Aquellos que están infectados por ese espíritu desarrollan una gran aversión por todas las tradiciones de la antigüedad y se convierten en buscadores ansiosos de novedades en todo: en la forma en que desempeñan funciones religiosas, en el gobierno de las instituciones católicas, e incluso en ejercicios privados de piedad. Por lo tanto, es nuestra voluntad que la ley de nuestros antepasados ​​siga siendo sagrada: "Que no haya innovación; respeten lo que se ha transmitido".

26. Venerables Hermanos, como los hombres son generalmente estimulados abiertamente para profesar su fe católica y armonizar sus vidas con sus enseñanzas, por exhortación fraternal y por el buen ejemplo de sus semejantes, nos regocijamos enormemente a medida que más y más asociaciones católicas son formadas. No solo esperamos que aumenten, sino que es nuestro deseo que, bajo nuestro patrocinio y aliento, puedan florecer; y ciertamente florecerán, si se mantienen firmes y fieles a las instrucciones que esta Sede Apostólica ha dado o dará. Que todos los miembros de las sociedades que promueven los intereses de Dios y su Iglesia recuerden las palabras de la Sabiduría Divina: "Un hombre obediente hablará de victoria" ( Prov. 21: 8), porque a menos que obedezcan a Dios mostrando deferencia hacia la Cabeza de la Iglesia, buscarán en vano la ayuda divina, también en vano trabajarán.

27. Ahora, para que todas estas recomendaciones tengan resultados, esperamos, ustedes saben, Venerables Hermanos, cuán necesaria es la obra prudente y asidua de aquellos a quienes Cristo nuestro Señor envía como "trabajadores en su cosecha", para eso es el clero. Recuerden, por lo tanto, que su principal cuidado debe ser fomentar la santidad en el clero que ya poseen, y dignamente formar a sus estudiantes eclesiásticos para un oficio tan sagrado con la mejor educación y capacitación disponibles. Y aunque su cuidado a este respecto no requiere estímulo, no obstante, le exhortamos e incluso le imploramos que preste la atención más cuidadosa al asunto. Nada puede ser de mayor importancia para el bien de la Iglesia; pero como nuestros predecesores de feliz memoria, León XIII y Pío X, definitivamente han escrito sobre este tema, no hay necesidad de más consejos por parte de nosotros. Solo les rogamos que los escritos de esos sabios pontífices, y especialmente la "Exhortación al clero" de Pío X, no se olviden, gracias a sus insistentes admoniciones, sino que se cuiden celosamente.

28. Queda un asunto que no debe pasarse por alto, y es recordar a los sacerdotes del mundo entero, como nuestros más queridos hijos, cuán absolutamente necesario es, para su propia salvación y para la fecundidad de su ministerio sagrado, que deben estar más unidos con su Obispo y ser más leales a él. El espíritu de insubordinación e independencia, tan característico de nuestros tiempos, como hemos lamentado anteriormente, no ha escatimado por completo a los ministros del Santuario. No es raro que los pastores de la Iglesia encuentren tristeza y contradicción donde tenían derecho a buscar consuelo y ayuda. Que aquellos que desafortunadamente han fallado en su deber, recuerden una y otra vez que la autoridad de aquellos a quienes "el Espíritu Santo ha colocado como obispos para gobernar la Iglesia de Dios" (Hechos 20: 28) es una autoridad divina. Que recuerden que si, como hemos visto, aquellos que resisten cualquier autoridad legítima, resisten a Dios, actúan de manera mucho más impía porque se niegan a obedecer al Obispo, a quien Dios ha consagrado con un carácter especial por el ejercicio de su poder. "Desde la caridad", escribió San Ignacio Mártir, "no me dejes callar acerca de ti, por lo tanto, ¿te exhorté a que corras en armonía con la mente de Dios: para Jesucristo también, nuestra vida inseparable, es la mente del Padre, así como los obispos que están asentados en las partes más lejanas de la tierra están en la mente de Jesucristo. Entonces te toca a ti correr en armonía con la mente del obispo" ( Ep. ad Ephes. iii.). Estas palabras del ilustre Mártir son repetidas a lo largo de los siglos por los Padres y Doctores de la Iglesia.

29. Además, los obispos tienen una carga muy pesada como consecuencia de las dificultades de la época; y aún más grave es su ansiedad por la salvación del rebaño comprometida a su cuidado: "Porque ellos ven como dar cuenta de sus almas" (Heb 13: 17). ¿No se les debe decir que son crueles y que, al rechazar la obediencia debida, aumentan esa carga y su amargura? "Porque esto no es conveniente para ustedes" (Heb 13: 17), les decía el Apóstol, y eso, porque "la Iglesia es un pueblo unido a su obispo, un rebaño que se adhiere a su pastor" (San Cipriano: Ep. 66 [al . 69]), de donde se deduce que el no está con la Iglesia, no está con el obispo.

30. Y ahora, Venerables Hermanos, al final de esta Carta, nuestra mente se vuelve espontáneamente al tema con el que comenzamos; e imploramos con nuestras oraciones más sinceras el fin de esta guerra tan desastrosa por el bien de la sociedad humana y por el bien de la Iglesia; para la sociedad humana, de modo que cuando se haya concluido, la paz pueda avanzar en toda forma de verdadero progreso; para la Iglesia de Jesucristo, que libera por completo de todos los impedimentos, puede salir y traer consuelo y salvación incluso a las partes más remotas de la tierra.

31. Durante mucho tiempo, la Iglesia no ha disfrutado de la libertad total que necesita, nunca desde que el Soberano Pontífice, su Jefe, se vio privado de esa protección que, por la divina Providencia, se había establecido en el transcurso de los siglos para defender esa libertad. Una vez que se eliminó esa salvaguardia, siguieron, como era inevitable, problemas considerables entre los católicos: todos, de lejos y de cerca, que se profesan hijos del Romano Pontífice, con razón exigen una garantía de que el Padre común de todos debería ser y debería ser visto, perfectamente libre de todo poder humano en la administración de su oficio apostólico. Y así, mientras deseamos fervientemente que la paz se concluya pronto entre las naciones, también es nuestro deseo que se ponga fin a la posición anormal del Jefe de la Iglesia, una posición en muchos sentidos muy perjudicial para la paz de las naciones. Por la presente, renovamos, y por las mismas razones, las muchas protestas que nuestros predecesores han hecho contra tal estado de cosas, movidas no por interés humano, sino por lo sagrado de nuestro cargo, para defender los derechos y la dignidad de los apostólicos.

32. Queda para nosotros, Venerables Hermanos, ya que en las manos de Dios están las voluntades de los príncipes y de aquellos que pueden poner fin al sufrimiento y la destrucción de los que hemos hablado, para alzar nuestra voz en súplica a Dios, y en nombre de toda la raza humana, para gritar: "Concede, oh Señor, la paz en nuestros días". Que el que dijo de sí mismo: "Yo soy el Señor... el que hace estas cosas" (Isaías 45: 6-7) aplacado por nuestras oraciones, rápidamente, deteniendo la tormenta en la que la sociedad civil y la sociedad religiosa están siendo sacudidas; y que la Santísima Virgen, que dio a luz al "Príncipe de la paz", sea propicia para con nosotros; y que ella tome bajo su cuidado y protección maternal nuestra propia persona humilde, nuestro pontificado, la Iglesia y las almas de todos los hombres, redimidos por la sangre divina de su Hijo.

33. Con mucho amor les otorgamos a ustedes, Venerables Hermanos, a su clero y a su pueblo, la Bendición Apostólica, como un presagio de los dones celestiales y como una promesa de nuestro afecto.

Dado en San Pedro, Roma, en la Fiesta de Todos los Santos el primer día de noviembre de mil novecientos catorce el primer año de nuestro pontificado.


BENEDICTO XV