miércoles, 11 de marzo de 2015

LA HUMILDAD ENSEÑADA POR EL CARDENAL MERRY DEL VAL

Cardenal Merry del Val

Por Roberto de Mattei

Segundo nacido del marqués Raffaele y de la condesa Giuseppina de Zulueta, Raffaele Merry del Val nació el 10 de octubre de 1865 en Londres, donde su padre era entonces Secretario de la Embajada de España. En sus venas, dadas las diferentes nacionalidades de sus antepasados, la sangre de ilustres familias de Irlanda, España, Inglaterra, Escocia y Holanda fluía: en particular, la sangre de la familia paterna fue ennoblecida por la vertida por uno de sus gloriosos antepasados: San Dominguito del Val, crucificado, cuando aún no tenía siete años, en la Catedral de Zaragoza por los judíos, en odio a la fe de Cristo en el día del Viernes Santo de 1250.

Desde muy joven no dudó de la vocación eclesiástica que la Providencia le abrió de manera brillante: a cargo de las Misiones Papales a los 22 años, con el título de "monseñor", antes de ser ordenado sacerdote; presidente de la Academia pontificia de nobles eclesiásticos a los 34 años; arzobispo a los 35; ¡Cardenal y Secretario de Estado a los 38, junto a un Papa destinado a ingresar como un gigante en la historia de la Iglesia! Y, sin embargo, Raffaele Merry del Val siguió este camino con obediencia, no con inclinación: su sueño, resumido en el epígrafe que quería tallar en su tumba: "Da mihi animas, coetera tolle" (dame a las almas, toma todo el resto).

El celo por la conversión de los protestantes, especialmente los anglicanos, lo había llevado a elegir el Scottish College of Rome para sus estudios, pero León XIII, al recibirlo en la audiencia, lo había ordenado firmemente: «¡No! ¡No al Scottish College, a la Accademia dei Nobili ecclesiastici!»


La tarjeta del futuro

Merry del Val obedeció el deseo del Papa y, en obediencia, encontró la perfección de su vocación. Casi al final de su vida terrenal, cerrando una carta del 28 de octubre de 1928, escribió: «¡Cuánto tiempo ha pasado!... Cuarenta años, sacerdote, veintiocho años, obispo y veinticinco años, cardenal. ¡Cómo fue mi vida diferente de la que había esperado y orado! ¡Que se haga la voluntad de Dios!».

León XIII había percibido las virtudes y habilidades del joven eclesiástico, pero su sucesor vincularía de manera inextricable su nombre con su pontificado. En el cónclave que siguió a la muerte de León XIII, los votos del Colegio Sagrado se reunieron sobre el cardenal Giuseppe Sarto, patriarca de Venecia. Mientras en el silencio de la Capilla Paulina le rogaba al Señor que sacara de sus labios el tremendo cáliz del pontificado, el futuro San Pío X vio una figura a su lado: era Mons. Merry del Val, secretario del Cónclave, quien, por orden del cardenal decano, renovó su petición, susurrando estas simples palabras: "¡Coraje, Eminencia!"

Al día siguiente, el Patriarca de Venecia ascendió a la Cátedra de Pedro con el nombre de Pío X. Por la noche, el nuevo Papa concedió su primera audiencia a Mons. Merry del Val, que se despidió de él. Colocando su mano en el hombro del joven prelado, dijo casi con reproche: 
«Monseñor, ¿me abandonará? No, no: quédate, quédate conmigo. Todavía no he decidido nada: no sé qué voy a hacer. No tengo a nadie por ahora; quédate conmigo como Pro Secretario de Estado... entonces ya veremos. Hazme esta caridad» . En esta primera reunión se decidió el destino de dos hombres tan diferentes en el nacimiento, la educación y el temperamento, pero unidos en una sola mente y en un solo corazón por los inescrutables diseños de la Providencia.

El 18 de octubre de 1903, con su carta de autógrafo, San Pío X nombró a Mons. Merry del Val, secretario de estado y cardenal. Cuando Monseñor Merry del Val recibió la noticia, instó al Papa a que asignara a alguien más para este puesto. Después de escuchar sus razones, San Pío X simplemente respondió: 
«¡Acepta! Es la voluntad de Dios. Trabajaremos y sufriremos juntos por la Iglesia».

En la corte del Vaticano fue una cierta sorpresa que el Papa hubiera destinado a un prelado tan joven y además no italiano a este cargo. A un cardenal que se había permitido hacer una tímida observación sobre la temprana edad de Monseñor Merry del Val, Pío X respondió con estas palabras: «Lo elegí porque es un políglota. Nacido en Inglaterra, educado en Bélgica, español por nacionalidad, vivió en Italia, hijo de diplomático y conoce los problemas de todos los países. Es muy modesto, es un santo. Él viene aquí todas las mañanas y me informa de todos los problemas del mundo. Nunca tengo que hacer una observación. Y él no tiene compromisos».

Desde entonces, durante once años, en una íntima y profunda unión de pensamiento y corazón, sin interrupción y sin incertidumbre, el Cardenal Merry del Val vinculó su vida con la del intrépido pontífice, apoyándolo en todas las batallas, comenzando con esa épica contra el modernismo. 
«Once años- observa mons. De la Gal - "cor unum et anima a" con su Papa y su Soberano, con su Maestro y con su Padre, en cada evento y en cada historia, en la alegría y el dolor, entre las angustias de Getsemaní y en la gloria de la Resurrección, entre el triunfo efímero de los enemigos de la Iglesia y en la grandeza de una misma fe y de la misma esperanza inmortal».

En la tarde del 19 de agosto de 1914, el cardenal Merry del Val tuvo el consuelo de reunir el último anhelo del Papa moribundo. El santo pontífice, que había perdido el habla pero mantenía la mente clara, sostuvo las manos de su secretario de estado durante mucho tiempo, deseando expresarle en este gesto silencioso toda la gratitud por la dedicación ilimitada al trono papal y a su persona. Hasta el día de su inesperada muerte, el 26 de febrero de 1930, cuando todavía estaba en plena marcha, el cardenal Merry del Val permaneció dentro de la Iglesia como el punto de referencia para todos aquellos que, idealmente, se referían al brillante pontificado de San Pío X.

La tarjeta Merry del Val fue un ejemplo perfecto de un verdadero aristócrata, no solo de sangre, sino sobre todo, de alma. En él, como es típico de la verdadera nobleza, la magnificencia y la grandeza se asociaron con la más profunda sencillez y humildad. Cuando pasó por las calles de Roma -observó el académico francés René Bazin- "fue objeto de admiración universal: lo miraban con interés, lo saludaban con simpatía"; cuando apareció en el esplendor de la basílica vaticana, parecía que de su persona emanaba un encanto irresistible.

Las ceremonias litúrgicas celebradas por él hasta su muerte, con una exactitud escrupulosa y una dignidad incomparable hacía que acudieran los romanos y extranjeros en cuanto él celebraba un evento. En su dignidad, encarnaba, contra todo desorden y igualitarismo, el esplendor de la Iglesia romana. Esta magnificencia nunca se separó de una profunda humildad: de hecho, fue el fruto de su vida interior. "La Santa Misa del Santísimo Cardenal -testificó un prelado- fue la revelación de su vida interior y el alma de todo su apostolado" . Una princesa polaca dijo: "Sólo una vez vi al cardenal Merry del Val orando en San Pedro. Es a él a quien debo mi regreso a la Iglesia Católica".

Las letanías de humildad que recitaba a diario, eran una expresión de ese profundo espíritu católico que se manifestaba negándose todo a sí mismo, para ofrecer toda grandeza y esplendor a la Iglesia, en perfecto abandono a la divina providencia.

En la mañana, todos los días, antes de celebrar la misa, oraba de la siguiente manera: 
«Estoy dispuesto, Dios mío, a aceptar de tus manos y, de la forma que quieras, salud o enfermedad, riqueza o pobreza, larga vida o corta vida, honores o desgracias, amistades o aversiones, etc. de otras cosas, eligiendo solo lo que está más en conformidad con tu gloria. Y si eres tan bueno como para llamarme para que te imite más cercana e íntimamente en la pobreza, la ignominia y el sufrimiento, al querido Jesús, aquí estoy listo».

Aceptando los honores como una cruz, el cardenal Merry del Val buscó su propio ocultamiento y la exaltación de la Santa Iglesia. Ahora aguarda, junto a San Pío X, la hora del triunfo de la Iglesia que sirvió tan fielmente.


“La letanía de la humildad” - Merry del Val

En este tiempo de Cuaresma, la letanía de la Humildad del Siervo de Dios merece ser meditada.

Rafael Merry del Val (1865-1930), secretario de estado y colaborador más fiel de San Pío X

Oh Jesús! suave y humilde de corazón!, óyeme.


Del deseo de ser estimado, Libérame, Jesús.

Del deseo de ser amado, Libérame, Jesús.

Del deseo de ser alabado, Libérame, Jesús.

Del deseo de ser honrado, Libérame, Jesús.

Del deseo de ser preferido a los demás, Libérame, Jesús.

Del deseo de ser consultado, Libérame, Jesús,

Del deseo de ser aprobado, Libérame, Jesús.


Del miedo a ser humillado, Libérame, Jesús.

Del miedo a ser despreciado, Libérame, Jesús.

Del temor a sufrir repulsa, Libérame, Jesús.

Del miedo a ser difamado, Libérame, Jesús.

Del miedo a ser olvidado, Libérame, Jesús.

Del miedo a ser ridiculizado, Libérame, Jesús.

Del miedo a ser abusado, Libérame, Jesús.

Del miedo a ser sospechado, Libérame, Jesús.


Que otros sean amados más que yo 
¡Jesús, dame la gracia de desearlo!

Que otros sean más valorados que yo 
¡Jesús, dame la gracia de desearlo!

Que otros crezcan en la opinión del mundo y que yo disminuya ¡Jesús, dame la gracia de desearlo!

Que otros se empleen y yo los deje a un lado ¡Jesús, dame la gracia de desearlo!

Que otros sean alabados y yo, sin tratamiento ¡Jesús, dame la gracia de desearlo!

Que otros sean preferidos a mí en todo: ¡Jesús, dame la gracia de desearlo!

Que otros sean más santos que yo, siempre que me convierta en un santo tanto como pueda, ¡Jesús me da la gracia de desearlo!


Corripondenza Romana


miércoles, 4 de marzo de 2015

DE MATTEI: "LA RESISTENCIA FILIAL DE SAN BRUNO AL PAPA PASCUAL II"

Entre los protagonistas más ilustres de la reforma de la Iglesia en los siglos XI y XII, se destaca la figura de San Bruno, obispo de Segni y abad de Montecassino.

Por Roberto de Mattei
Corrispondenza Romana

Bruno nació alrededor de 1045 en Solero, cerca de Asti, en el Piamonte. Después de sus estudios en Bolonia, fue ordenado sacerdote del clero romano y se adhirió con entusiasmo a la reforma gregoriana. El papa Gregorio VII (1073-1085) lo nombró obispo de Segni y lo tuvo entre sus colaboradores más fieles. También sus sucesores, Victor III (1086-1087) y Urbano II (1088-1089) se sirvieron de la ayuda del Obispo de Segni, quien combinó su trabajo académico con un intrépido apostolado en defensa del Primado de Roma.

Bruno participó en los Consejos de Piacenza y Clermont, cuando Urbano II proclamó la Primera Cruzada y en los años siguientes fue legado de la Santa Sede en Francia y Sicilia. En 1107, bajo el nuevo Pontífice, Pascual II (1099-1118) se convirtió en Abad de Montecassino, una oficina que lo convirtió en una de las personalidades eclesiásticas más autorizadas de su tiempo. Gran teólogo y exegeta, resplandeciente en la doctrina, como escribe el cardenal Baronio en su Annali (Tomo XI, año 1079), es considerado uno de los mejores comentaristas de las Sagradas Escrituras de la Edad Media (Réginald Grégoire, Bruno de Segni, exégète médiéval et théologien monastique, Centro Italiano de Estudios sobre la Alta Edad Media, Spoleto 1965).

Fue una época de disputas políticas y de profunda crisis moral y espiritual. En su obra, De Simoniacis, Bruno nos ofrece una imagen dramática de la Iglesia desfigurada de su tiempo. Ya en la época del Papa San León IX (1049-1054) “Mundus totus in maligno positus erat: ya no había santidad; La justicia estaba fallando y la verdad enterrada. Reinó la iniquidad, gobernó la avaricia; Simón Mago poseía la Iglesia, los obispos y los sacerdotes se dedicaron al placer sensual y la fornicación. Los sacerdotes no se avergonzaban de tomar esposas, de celebrar sus bodas abiertamente y contraer matrimonios infames. (...) Tal era la Iglesia, tales como los obispos y sacerdotes, como algunos de los Pontífices romanos” ( S. Leonis papae Vita en Patrologia Latina (= PL), vol. 165, col. 110).

En el centro de la crisis, además del problema de la simonía y el concubinato de sacerdotes, estaba la cuestión de la investidura de los obispos. El Dictatus Papae (1075), donde San Gregorio VII había afirmado los derechos de la Iglesia contra las demandas imperiales, constituía la carta magna a la que se referían Víctor III y Urbano II, pero Pascual II abandonó la posición intransigente de sus predecesores y probó en cómo llegar a un acuerdo con el futuro Emperador Enrique V. A principios de febrero de 1111, en Sutri, pidió al soberano alemán que renunciara al derecho de investidura, ofreciéndole a cambio la renuncia de la Iglesia a todos los derechos y bienes temporales. Las negociaciones se convirtieron en humo, y, cediendo a las intimidaciones del rey, Pascual II aceptó un compromiso humillante, firmado en Ponte Mammolo el 12 de abril º 1111. El Papa concedió el privilegio de las investiduras de obispos, antes de su consagración pontificia, a Enrique V, con el anillo y el báculo que simbolizaban el poder tanto temporal como espiritual, prometiendo nunca excomulgar al soberano. Pascual entonces coronó al emperador Enrique V en San Pedro.

Esta concesión provocó una multitud de protestas en la cristiandad, ya que anuló la posición de Gregorio VII. Según el Chronicon Cassinense (PL, vol. 173, col. 868 CD), el Abad de Montecassino protestó vigorosamente contra lo que él definió como no un privilegio, sino un pravilegium, y promovió un movimiento de resistencia contra la conformidad papal. En una carta dirigida a Pedro, obispo de Oporto, definió el tratado de Ponte Mammolo como una “herejía”, al referirse a las definiciones [hechas] en muchos consejos: Quien defiende la herejía —escribe— es un hereje. Nadie puede decir que esto no es una herejía” (Carta Audivimus quod, en PL, vol. 165, col.1139 B). Dirigiéndose directamente al Papa, Bruno dice: “Mis enemigos dicen que no te amo y que estoy hablando mal de ti a tus espaldas, pero están mintiendo. De hecho, te amo, como debo amar a un Padre y señor. Para ti, la vida; no deseo otro Pontífice, como te prometí, junto con muchos otros. Sin embargo, obedezco a nuestro Salvador que me dice: “Quien ama a padre y madre más que a mí, no es digno de mí”. (...) Debo amarte, pero aún más debo amar a Aquél que te hizo a ti y a mí”. (Mateo 10-37). Con el mismo tono de franqueza filial, Bruno invitó al Papa a condenar la herejía, ya que “quien defiende la herejía es un hereje” (Carta Inimici mei, en PL, vol. 163, col. 463 dC).

Pascual II no toleró esta voz de disidencia y lo sacó de su oficina como Abad de Montecassino. Sin embargo, el ejemplo de San Bruno empujó a otros prelados a preguntar con insistencia por la revocación del pravilegium por parte del Papa. Algunos años más tarde, en un Consejo que se reunió en Letrán en marzo de 1116, Pascual II retiró el acuerdo de Ponte Mammolo. El mismo Sínodo de Letrán condenó la concepción pauperista de la Iglesia en el acuerdo de Sutri. El Concordato de Worms (1122), estipulado entre Enrique V y el Papa Calixto II (1119-1124), terminó, al menos momentáneamente, la lucha por las inversiones. Bruno murió el 18 de julio de 1123. Su cuerpo fue enterrado en la catedral de Segni y, por su intercesión, hubo muchos milagros de inmediato. En 1181, o, más probablemente, en 1183, el papa Lucio III lo colocó entre los santos.

Hay quienes se opondrán [diciendo] que Pascual II (como el Papa Juan XXII más adelante con respecto a la Visión Beatífica) nunca cayó en la herejía formal. Esto, sin embargo, no es el corazón del problema. En la Edad Media, el término herejía se usaba en un sentido amplio, mientras que el lenguaje teológico se volvía más refinado, especialmente después del Concilio de Trento, y se introdujeron distinciones teológicas precisas entre las proposiciones heréticas, es decir, cercanas a la herejía, erróneas, escandalosas, etc. . No estamos interesados ​​en definir la naturaleza de las censuras teológicas que se aplicarían a los errores de Pascual II y Juan XXII, sino en establecer si sería lícito resistir estos errores. Esos errores ciertamente no se pronunciaron ex-cátedra, pero la teología y la historia nos enseñan que si una declaración del Sumo Pontífice contiene elementos censurables en el nivel doctrinal, es lícito y puede ser correcto y apropiado criticarlo, incluso si no es así. Una herejía formal, articulada solemnemente. Eso es lo que hizo San Bruno de Segni contra Pasqual II y los dominicanos en el siglo XIV contra Juan XXII. No estaban equivocados, pero los Papas de esa época sí lo estaban, y de hecho retiraron sus posiciones antes de su muerte.

Hay que subrayar el hecho de que aquellos que resistieron con la mayor determinación de que el Papa se apartaba de la fe, eran precisamente los defensores más ardientes de la Supremacía Papal. Los prelados oportunistas y serviles de esa época, se adaptaron a las fluctuaciones de los hombres y los acontecimientos, colocando a la persona del Papa ante el Magisterio de la Iglesia. Bruno de Segni, por otro lado, como muchos otros campeones de la ortodoxia católica, colocó la fe de Pedro ante la persona de Pedro y reprochó a Pascual II con la misma determinación respetuosa que Pablo había dirigido a Pedro (Gálatas 2, 11-14). En su comentario exegético sobre Mateo 16: 18, Bruno explica que el fundamento de la Iglesia no es Pedro, sino la fe confesada por Pedro. De hecho, Cristo declara que construirá Su Iglesia, no en la persona de Pedro, sino en la fe que Pedro manifestó diciendo: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. A esta profesión de fe, Jesús responde: “Es sobre esta roca y sobre esta fe que construiré Mi Iglesia” ( Comentario ... en Matth., Pars III, cap. XVI, en PL, vol. 165, col. 213).

Al elevar a Bruno de Segni a los honores del altar, la Iglesia selló su doctrina y su comportamiento.

[Una traducción de Rorate por la colaboradora Francesca Romana]


Rorate-Caeli