miércoles, 16 de octubre de 2002

ROSARIUM VIRGINIS MARIAE (16 DE OCTUBRE DE 2002)


CARTA APOSTÓLICA

ROSARIUM VIRGINIS MARIAE

DEL SUMO PONTÍFICE

JUAN PABLO II

AL EPISCOPADO, AL CLERO

Y A LOS FIELES

SOBRE EL SANTO ROSARIO


INTRODUCCIÓN

1. El Rosario de la Virgen María, difundido gradualmente en el segundo Milenio bajo el soplo del Espíritu de Dios, es una oración apreciada por numerosos Santos y fomentada por el Magisterio. En su sencillez y profundidad, sigue siendo también en este tercer Milenio apenas iniciado una oración de gran significado, destinada a producir frutos de santidad. Se encuadra bien en el camino espiritual de un cristianismo que, después de dos mil años, no ha perdido nada de la novedad de los orígenes, y se siente empujado por el Espíritu de Dios a «remar mar adentro» (duc in altum!), para anunciar, más aún, 'proclamar' a Cristo al mundo como Señor y Salvador, «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn14, 6), el «fin de la historia humana, el punto en el que convergen los deseos de la historia y de la civilización» [1].

El Rosario, en efecto, aunque se distingue por su carácter mariano, es una oración centrada en la cristología. En la sobriedad de sus partes, concentra en sí la profundidad de todo el mensaje evangélico, del cual es como un compendio [2]. En él resuena la oración de María, su perenne Magnificat por la obra de la Encarnación redentora en su seno virginal. Con él, el pueblo cristiano aprende de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor. Mediante el Rosario, el creyente obtiene abundantes gracias, como recibiéndolas de las mismas manos de la Madre del Redentor.

Los Romanos Pontífices y el Rosario

2. A esta oración le han atribuido gran importancia muchos de mis Predecesores. Un mérito particular a este respecto corresponde a León XIII que, el 1 de septiembre de 1883, promulgó la Encíclica Supremi apostolatus officio [3], importante declaración con la cual inauguró otras muchas intervenciones sobre esta oración, indicándola como instrumento espiritual eficaz ante los males de la sociedad. Entre los Papas más recientes que, en la época conciliar, se han distinguido por la promoción del Rosario, deseo recordar al Beato Juan XXIII [4] y, sobre todo, a Pablo VI, que en la Exhortación apostólica Marialis cultus, en consonancia con la inspiración del Concilio Vaticano II, subrayó el carácter evangélico del Rosario y su orientación cristológica.

Yo mismo, después, no he dejado pasar ocasión de exhortar a rezar con frecuencia el Rosario. Esta oración ha tenido un puesto importante en mi vida espiritual desde mis años jóvenes. Me lo ha recordado mucho mi reciente viaje a Polonia, especialmente la visita al Santuario de Kalwaria. El Rosario me ha acompañado en los momentos de alegría y en los de tribulación. A él he confiado tantas preocupaciones y en él siempre he encontrado consuelo. Hace veinticuatro años, el 29 de octubre de 1978, dos semanas después de la elección a la Sede de Pedro, como abriendo mi alma, me expresé así: «El Rosario es mi oración predilecta. ¡Plegaria maravillosa! Maravillosa en su sencillez y en su profundidad. [...] Se puede decir que el Rosario es, en cierto modo, un comentario-oración sobre el capítulo final de la Constitución Lumen gentium del Vaticano II, capítulo que trata de la presencia admirable de la Madre de Dios en el misterio de Cristo y de la Iglesia. En efecto, con el trasfondo de las Avemarías pasan ante los ojos del alma los episodios principales de la vida de Jesucristo. El Rosario en su conjunto consta de misterios gozosos, dolorosos y gloriosos, y nos ponen en comunión vital con Jesús a través –podríamos decir– del Corazón de su Madre. Al mismo tiempo nuestro corazón puede incluir en estas decenas del Rosario todos los hechos que entraman la vida del individuo, la familia, la nación, la Iglesia y la humanidad. Experiencias personales o del prójimo, sobre todo de las personas más cercanas o que llevamos más en el corazón. De este modo la sencilla plegaria del Rosario sintoniza con el ritmo de la vida humana» [5].

Con estas palabras, mis queridos Hermanos y Hermanas, introducía mi primer año de Pontificado en el ritmo cotidiano del Rosario. Hoy, al inicio del vigésimo quinto año de servicio como Sucesor de Pedro, quiero hacer lo mismo. Cuántas gracias he recibido de la Santísima Virgen a través del Rosario en estos años: Magnificat anima mea Dominum! Deseo elevar mi agradecimiento al Señor con las palabras de su Madre Santísima, bajo cuya protección he puesto mi ministerio petrino: Totus tuus!

Octubre 2002 - Octubre 2003: Año del Rosario

3. Por eso, de acuerdo con las consideraciones hechas en la Carta apostólica Novo millennio ineunte, en la que, después de la experiencia jubilar, he invitado al Pueblo de Dios «a caminar desde Cristo» [6], he sentido la necesidad de desarrollar una reflexión sobre el Rosario, en cierto modo como coronación mariana de dicha Carta apostólica, para exhortar a la contemplación del rostro de Cristo en compañía y a ejemplo de su Santísima Madre. Recitar el Rosario, en efecto, es en realidad contemplar con María el rostro de Cristo. Para dar mayor realce a esta invitación, con ocasión del próximo ciento veinte aniversario de la mencionada Encíclica de León XIII, deseo que a lo largo del año se proponga y valore de manera particular esta oración en las diversas comunidades cristianas. Proclamo, por tanto, el año que va de este octubre a octubre de 2003 Año del Rosario.

Dejo esta indicación pastoral a la iniciativa de cada comunidad eclesial. Con ella no quiero obstaculizar, sino más bien integrar y consolidar los planes pastorales de las Iglesias particulares. Confío que sea acogida con prontitud y generosidad. El Rosario, comprendido en su pleno significado, conduce al corazón mismo de la vida cristiana y ofrece una oportunidad ordinaria y fecunda espiritual y pedagógica, para la contemplación personal, la formación del Pueblo de Dios y la nueva evangelización. Me es grato reiterarlo recordando con gozo también otro aniversario: los 40 años del comienzo del Concilio Ecuménico Vaticano II (11 de octubre de 1962), el «gran don de gracia» dispensada por el espíritu de Dios a la Iglesia de nuestro tiempo [7].

Objeciones al Rosario

4. La oportunidad de esta iniciativa se basa en diversas consideraciones. La primera se refiere a la urgencia de afrontar una cierta crisis de esta oración que, en el actual contexto histórico y teológico, corre el riesgo de ser infravalorada injustamente y, por tanto, poco propuesta a las nuevas generaciones. Hay quien piensa que la centralidad de la Liturgia, acertadamente subrayada por el Concilio Ecuménico Vaticano II, tenga necesariamente como consecuencia una disminución de la importancia del Rosario. En realidad, como puntualizó Pablo VI, esta oración no sólo no se opone a la Liturgia, sino que le da soporte, ya que la introduce y la recuerda, ayudando a vivirla con plena participación interior, recogiendo así sus frutos en la vida cotidiana.

Quizás hay también quien teme que pueda resultar poco ecuménica por su carácter marcadamente mariano. En realidad, se coloca en el más límpido horizonte del culto a la Madre de Dios, tal como el Concilio ha establecido: un culto orientado al centro cristológico de la fe cristiana, de modo que «mientras es honrada la Madre, el Hijo sea debidamente conocido, amado, glorificado» [8]. Comprendido adecuadamente, el Rosario es una ayuda, no un obstáculo para el ecumenismo.

Vía de contemplación

5. Pero el motivo más importante para volver a proponer con determinación la práctica del Rosario es por ser un medio sumamente válido para favorecer en los fieles la exigencia de contemplación del misterio cristiano, que he propuesto en la Carta Apostólica Novo millennio ineunte como verdadera y propia 'pedagogía de la santidad': «es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración» [9]. Mientras en la cultura contemporánea, incluso entre tantas contradicciones, aflora una nueva exigencia de espiritualidad, impulsada también por influjo de otras religiones, es más urgente que nunca que nuestras comunidades cristianas se conviertan en «auténticas escuelas de oración» [10].

El Rosario forma parte de la mejor y más reconocida tradición de la contemplación cristiana. Iniciado en Occidente, es una oración típicamente meditativa y se corresponde de algún modo con la «oración del corazón», u «oración de Jesús», surgida sobre el humus del Oriente cristiano.

Oración por la paz y por la familia

6. Algunas circunstancias históricas ayudan a dar un nuevo impulso a la propagación del Rosario. Ante todo, la urgencia de implorar de Dios el don de la paz. El Rosario ha sido propuesto muchas veces por mis Predecesores y por mí mismo como oración por la paz. Al inicio de un milenio que se ha abierto con las horrorosas escenas del atentado del 11 de septiembre de 2001 y que ve cada día en muchas partes del mundo nuevos episodios de sangre y violencia, promover el Rosario significa sumirse en la contemplación del misterio de Aquél que «es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad» (Ef 2, 14). No se puede, pues, recitar el Rosario sin sentirse implicados en un compromiso concreto de servir a la paz, con una particular atención a la tierra de Jesús, aún ahora tan atormentada y tan querida por el corazón cristiano.

Otro ámbito crucial de nuestro tiempo, que requiere una urgente atención y oración, es el de la familia, célula de la sociedad, amenazada cada vez más por fuerzas disgregadoras, tanto de índole ideológica como práctica, que hacen temer por el futuro de esta fundamental e irrenunciable institución y, con ella, por el destino de toda la sociedad. En el marco de una pastoral familiar más amplia, fomentar el Rosario en las familias cristianas es una ayuda eficaz para contrastar los efectos desoladores de esta crisis actual.

« ¡Ahí tienes a tu madre! » (Jn 19, 27)

7. Numerosos signos muestran cómo la Santísima Virgen ejerce también hoy, precisamente a través de esta oración, aquella solicitud materna para con todos los hijos de la Iglesia que el Redentor, poco antes de morir, le confió en la persona del discípulo predilecto: «¡Mujer, ahí tienes a tu hijo!» (Jn 19, 26). Son conocidas las distintas circunstancias en las que la Madre de Cristo, entre el siglo XIX y XX, ha hecho de algún modo notar su presencia y su voz para exhortar al Pueblo de Dios a recurrir a esta forma de oración contemplativa. Deseo en particular recordar, por la incisiva influencia que conservan en el vida de los cristianos y por el acreditado reconocimiento recibido de la Iglesia, las apariciones de Lourdes y Fátima [11], cuyos Santuarios son meta de numerosos peregrinos, en busca de consuelo y de esperanza.

Tras las huellas de los testigos

8. Sería imposible citar la multitud innumerable de Santos que han encontrado en el Rosario un auténtico camino de santificación. Bastará con recordar a san Luis María Grignion de Montfort, autor de un preciosa obra sobre el Rosario [12] y, más cercano a nosotros, al Padre Pío de Pietrelcina, que recientemente he tenido la alegría de canonizar. Un especial carisma como verdadero apóstol del Rosario tuvo también el Beato Bartolomé Longo. Su camino de santidad se apoya sobre una inspiración sentida en lo más hondo de su corazón: «¡Quien propaga el Rosario se salva!» [13]. Basándose en ello, se sintió llamado a construir en Pompeya un templo dedicado a la Virgen del Santo Rosario colindante con los restos de la antigua ciudad, apenas influenciada por el anuncio cristiano antes de quedar cubierta por la erupción del Vesubio en el año 79 y rescatada de sus cenizas siglos después, como testimonio de las luces y las sombras de la civilización clásica.

Con toda su obra y, en particular, a través de los «Quince Sábados», Bartolomé Longo desarrolló el meollo cristológico y contemplativo del Rosario, que ha contado con un particular aliento y apoyo en León XIII, el «Papa del Rosario».


CAPÍTULO I

CONTEMPLAR A CRISTO

CON MARÍA

Un rostro brillante como el sol

9. «Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol» (Mt 17, 2). La escena evangélica de la transfiguración de Cristo, en la que los tres apóstoles Pedro, Santiago y Juan aparecen como extasiados por la belleza del Redentor, puede ser considerada como icono de la contemplación cristiana. Fijar los ojos en el rostro de Cristo, descubrir su misterio en el camino ordinario y doloroso de su humanidad, hasta percibir su fulgor divino manifestado definitivamente en el Resucitado glorificado a la derecha del Padre, es la tarea de todos los discípulos de Cristo; por lo tanto, es también la nuestra. Contemplando este rostro nos disponemos a acoger el misterio de la vida trinitaria, para experimentar de nuevo el amor del Padre y gozar de la alegría del Espíritu Santo. Se realiza así también en nosotros la palabra de san Pablo: «Reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más: así es como actúa el Señor, que es Espíritu» (2 Co 3, 18).

María modelo de contemplación

10. La contemplación de Cristo tiene en María su modelo insuperable. El rostro del Hijo le pertenece de un modo especial. Ha sido en su vientre donde se ha formado, tomando también de Ella una semejanza humana que evoca una intimidad espiritual ciertamente más grande aún. Nadie se ha dedicado con la asiduidad de María a la contemplación del rostro de Cristo. Los ojos de su corazón se concentran de algún modo en Él ya en la Anunciación, cuando lo concibe por obra del Espíritu Santo; en los meses sucesivos empieza a sentir su presencia y a imaginar sus rasgos. Cuando por fin lo da a luz en Belén, sus ojos se vuelven también tiernamente sobre el rostro del Hijo, cuando lo «envolvió en pañales y le acostó en un pesebre» (Lc 2, 7).

Desde entonces su mirada, siempre llena de adoración y asombro, no se apartará jamás de Él. Será a veces una mirada interrogadora, como en el episodio de su extravío en el templo: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto?» (Lc 2, 48); será en todo caso una mirada penetrante, capaz de leer en lo íntimo de Jesús, hasta percibir sus sentimientos escondidos y presentir sus decisiones, como en Caná (cf. Jn 2, 5); otras veces será una mirada dolorida, sobre todo bajo la cruz, donde todavía será, en cierto sentido, la mirada de la 'parturienta', ya que María no se limitará a compartir la pasión y la muerte del Unigénito, sino que acogerá al nuevo hijo en el discípulo predilecto confiado a Ella (cf. Jn 19, 26-27); en la mañana de Pascua será una mirada radiante por la alegría de la resurrección y, por fin, una mirada ardorosa por la efusión del Espíritu en el día de Pentecostés (cf. Hch 1, 14).

Los recuerdos de María

11. María vive mirando a Cristo y tiene en cuenta cada una de sus palabras: «Guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón» (Lc 2, 19; cf. 2, 51). Los recuerdos de Jesús, impresos en su alma, la han acompañado en todo momento, llevándola a recorrer con el pensamiento los distintos episodios de su vida junto al Hijo. Han sido aquellos recuerdos los que han constituido, en cierto sentido, el 'rosario' que Ella ha recitado constantemente en los días de su vida terrenal.

Y también ahora, entre los cantos de alegría de la Jerusalén celestial, permanecen intactos los motivos de su acción de gracias y su alabanza. Ellos inspiran su materna solicitud hacia la Iglesia peregrina, en la que sigue desarrollando la trama de su 'papel' de evangelizadora. María propone continuamente a los creyentes los 'misterios' de su Hijo, con el deseo de que sean contemplados, para que puedan derramar toda su fuerza salvadora. Cuando recita el Rosario, la comunidad cristiana está en sintonía con el recuerdo y con la mirada de María.

El Rosario, oración contemplativa

12. El Rosario, precisamente a partir de la experiencia de María, es una oración marcadamente contemplativa. Sin esta dimensión, se desnaturalizaría, como subrayó Pablo VI: «Sin contemplación, el Rosario es un cuerpo sin alma y su rezo corre el peligro de convertirse en mecánica repetición de fórmulas y de contradecir la advertencia de Jesús: "Cuando oréis, no seáis charlatanes como los paganos, que creen ser escuchados en virtud de su locuacidad" (Mt 6, 7). Por su naturaleza el rezo del Rosario exige un ritmo tranquilo y un reflexivo remanso, que favorezca en quien ora la meditación de los misterios de la vida del Señor, vistos a través del corazón de Aquella que estuvo más cerca del Señor, y que desvelen su insondable riqueza» [14].

Es necesario detenernos en este profundo pensamiento de Pablo VI para poner de relieve algunas dimensiones del Rosario que definen mejor su carácter de contemplación cristológica.

Recordar a Cristo con María

13. La contemplación de María es ante todo un recordar. Conviene sin embargo entender esta palabra en el sentido bíblico de la memoria (zakar), que actualiza las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación. La Biblia es narración de acontecimientos salvíficos, que tienen su culmen en el propio Cristo. Estos acontecimientos no son solamente un 'ayer'; son también el 'hoy' de la salvación. Esta actualización se realiza en particular en la Liturgia: lo que Dios ha llevado a cabo hace siglos no concierne solamente a los testigos directos de los acontecimientos, sino que alcanza con su gracia a los hombres de cada época. Esto vale también, en cierto modo, para toda consideración piadosa de aquellos acontecimientos: «hacer memoria» de ellos en actitud de fe y amor significa abrirse a la gracia que Cristo nos ha alcanzado con sus misterios de vida, muerte y resurrección.

Por esto, mientras se reafirma con el Concilio Vaticano II que la Liturgia, como ejercicio del oficio sacerdotal de Cristo y culto público, es «la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza» [15], también es necesario recordar que la vida espiritual «no se agota sólo con la participación en la sagrada Liturgia. El cristiano, llamado a orar en común, debe no obstante, entrar también en su interior para orar al Padre, que ve en lo escondido (cf. Mt 6, 6); más aún: según enseña el Apóstol, debe orar sin interrupción (cf. 1 Ts 5, 17)» [16]. El Rosario, con su carácter específico, pertenece a este variado panorama de la oración 'incesante', y si la Liturgia, acción de Cristo y de la Iglesia, es acción salvífica por excelencia, el Rosario, en cuanto meditación sobre Cristo con María, es contemplación saludable. En efecto, penetrando, de misterio en misterio, en la vida del Redentor, hace que cuanto Él ha realizado y la Liturgia actualiza sea asimilado profundamente y forje la propia existencia.

Comprender a Cristo desde María

14. Cristo es el Maestro por excelencia, el revelador y la revelación. No se trata sólo de comprender las cosas que Él ha enseñado, sino de 'comprenderle a Él'. Pero en esto, ¿qué maestra más experta que María? Si en el ámbito divino el Espíritu es el Maestro interior que nos lleva a la plena verdad de Cristo (cf. Jn 14, 26; 15, 26; 16, 13), entre las criaturas nadie mejor que Ella conoce a Cristo, nadie como su Madre puede introducirnos en un conocimiento profundo de su misterio.

El primero de los 'signos' llevado a cabo por Jesús –la transformación del agua en vino en las bodas de Caná– nos muestra a María precisamente como maestra, mientras exhorta a los criados a ejecutar las disposiciones de Cristo (cf. Jn 2, 5). Y podemos imaginar que ha desempeñado esta función con los discípulos después de la Ascensión de Jesús, cuando se quedó con ellos esperando el Espíritu Santo y los confortó en la primera misión. Recorrer con María las escenas del Rosario es como ir a la 'escuela' de María para leer a Cristo, para penetrar sus secretos, para entender su mensaje.

Una escuela, la de María, mucho más eficaz, si se piensa que Ella la ejerce consiguiéndonos abundantes dones del Espíritu Santo y proponiéndonos, al mismo tiempo, el ejemplo de aquella «peregrinación de la fe» [17], en la cual es maestra incomparable. Ante cada misterio del Hijo, Ella nos invita, como en su Anunciación, a presentar con humildad los interrogantes que conducen a la luz, para concluir siempre con la obediencia de la fe: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38).

Configurarse a Cristo con María

15. La espiritualidad cristiana tiene como característica el deber del discípulo de configurarse cada vez más plenamente con su Maestro (cf. Rm 8, 29; Flp 3, 10. 21). La efusión del Espíritu en el Bautismo une al creyente como el sarmiento a la vid, que es Cristo (cf. Jn 15, 5), lo hace miembro de su Cuerpo místico (cf. 1 Co 12, 12; Rm 12, 5). A esta unidad inicial, sin embargo, ha de corresponder un camino de adhesión creciente a Él, que oriente cada vez más el comportamiento del discípulo según la 'lógica' de Cristo: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo» (Flp 2, 5). Hace falta, según las palabras del Apóstol, «revestirse de Cristo» (cf. Rm 13, 14; Ga 3, 27).

En el recorrido espiritual del Rosario, basado en la contemplación incesante del rostro de Cristo –en compañía de María– este exigente ideal de configuración con Él se consigue a través de una asiduidad que pudiéramos decir 'amistosa'. Ésta nos introduce de modo natural en la vida de Cristo y nos hace como 'respirar' sus sentimientos. Acerca de esto dice el Beato Bartolomé Longo: «Como dos amigos, frecuentándose, suelen parecerse también en las costumbres, así nosotros, conversando familiarmente con Jesús y la Virgen, al meditar los Misterios del Rosario, y formando juntos una misma vida de comunión, podemos llegar a ser, en la medida de nuestra pequeñez, parecidos a ellos, y aprender de estos eminentes ejemplos el vivir humilde, pobre, escondido, paciente y perfecto» [18].

Además, mediante este proceso de configuración con Cristo, en el Rosario nos encomendamos en particular a la acción materna de la Virgen Santa. Ella, que es la madre de Cristo y a la vez miembro de la Iglesia como «miembro supereminente y completamente singular» [19], es al mismo tiempo 'Madre de la Iglesia'. Como tal 'engendra' continuamente hijos para el Cuerpo místico del Hijo. Lo hace mediante su intercesión, implorando para ellos la efusión inagotable del Espíritu. Ella es el icono perfecto de la maternidad de la Iglesia.

El Rosario nos transporta místicamente junto a María, dedicada a seguir el crecimiento humano de Cristo en la casa de Nazaret. Eso le permite educarnos y modelarnos con la misma diligencia, hasta que Cristo «sea formado» plenamente en nosotros (cf. Ga 4, 19). Esta acción de María, basada totalmente en la de Cristo y subordinada radicalmente a ella, «favorece, y de ninguna manera impide, la unión inmediata de los creyentes con Cristo» [20]. Es el principio iluminador expresado por el Concilio Vaticano II, que tan intensamente he experimentado en mi vida, haciendo de él la base de mi lema episcopal: Totus tuus [21]. Un lema, como es sabido, inspirado en la doctrina de san Luis María Grignion de Montfort, que explicó así el papel de María en el proceso de configuración de cada uno de nosotros con Cristo: «Como quiera que toda nuestra perfección consiste en el ser conformes, unidos y consagrados a Jesucristo, la más perfecta de la devociones es, sin duda alguna, la que nos conforma, nos une y nos consagra lo más perfectamente posible a Jesucristo. Ahora bien, siendo María, de todas las criaturas, la más conforme a Jesucristo, se sigue que, de todas las devociones, la que más consagra y conforma un alma a Jesucristo es la devoción a María, su Santísima Madre, y que cuanto más consagrada esté un alma a la Santísima Virgen, tanto más lo estará a Jesucristo» [22]. De verdad, en el Rosario el camino de Cristo y el de María se encuentran profundamente unidos. ¡María no vive más que en Cristo y en función de Cristo!

Rogar a Cristo con María

16. Cristo nos ha invitado a dirigirnos a Dios con insistencia y confianza para ser escuchados: «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá» (Mt 7, 7). El fundamento de esta eficacia de la oración es la bondad del Padre, pero también la mediación de Cristo ante Él (cf. 1 Jn 2, 1) y la acción del Espíritu Santo, que «intercede por nosotros» (Rm 8, 26-27) según los designios de Dios. En efecto, nosotros «no sabemos cómo pedir» (Rm 8, 26) y a veces no somos escuchados porque pedimos mal (cf. St 4, 2-3).

Para apoyar la oración, que Cristo y el Espíritu hacen brotar en nuestro corazón, interviene María con su intercesión materna. «La oración de la Iglesia está como apoyada en la oración de María» [23]. Efectivamente, si Jesús, único Mediador, es el Camino de nuestra oración, María, pura transparencia de Él, muestra el Camino, y «a partir de esta cooperación singular de María a la acción del Espíritu Santo, las Iglesias han desarrollado la oración a la santa Madre de Dios, centrándola sobre la persona de Cristo manifestada en sus misterios» [24]. En las bodas de Caná, el Evangelio muestra precisamente la eficacia de la intercesión de María, que se hace portavoz ante Jesús de las necesidades humanas: «No tienen vino» (Jn 2, 3).

El Rosario es a la vez meditación y súplica. La plegaria insistente a la Madre de Dios se apoya en la confianza de que su materna intercesión lo puede todo ante el corazón del Hijo. Ella es «omnipotente por gracia», como, con audaz expresión que debe entenderse bien, dijo en su Súplica a la Virgen el Beato Bartolomé Longo [25]. Basada en el Evangelio, ésta es una certeza que se ha ido consolidando por experiencia propia en el pueblo cristiano. El eminente poeta Dante la interpreta estupendamente, siguiendo a san Bernardo, cuando canta: «Mujer, eres tan grande y tanto vales, que quien desea una gracia y no recurre a ti, quiere que su deseo vuele sin alas» [26]. En el Rosario, mientras suplicamos a María, templo del Espíritu Santo (cf. Lc 1, 35), Ella intercede por nosotros ante el Padre que la ha llenado de gracia y ante el Hijo nacido de su seno, rogando con nosotros y por nosotros.

Anunciar a Cristo con María

17. El Rosario es también un itinerario de anuncio y de profundización, en el que el misterio de Cristo es presentado continuamente en los diversos aspectos de la experiencia cristiana. Es una presentación orante y contemplativa, que trata de modelar al cristiano según el corazón de Cristo. Efectivamente, si en el rezo del Rosario se valoran adecuadamente todos sus elementos para una meditación eficaz, se da, especialmente en la celebración comunitaria en las parroquias y los santuarios, una significativa oportunidad catequética que los Pastores deben saber aprovechar. La Virgen del Rosario continúa también de este modo su obra de anunciar a Cristo. La historia del Rosario muestra cómo esta oración ha sido utilizada especialmente por los Dominicos, en un momento difícil para la Iglesia a causa de la difusión de la herejía. Hoy estamos ante nuevos desafíos. ¿Por qué no volver a tomar en la mano las cuentas del rosario con la fe de quienes nos han precedido? El Rosario conserva toda su fuerza y sigue siendo un recurso importante en el bagaje pastoral de todo buen evangelizador.


CAPÍTULO II

MISTERIOS DE CRISTO,

MISTERIOS DE LA MADRE

El Rosario «compendio del Evangelio»

18. A la contemplación del rostro de Cristo sólo se llega escuchando, en el Espíritu, la voz del Padre, pues «nadie conoce bien al Hijo sino el Padre» (Mt 11, 27). Cerca de Cesarea de Felipe, ante la confesión de Pedro, Jesús puntualiza de dónde proviene esta clara intuición sobre su identidad: «No te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos» (Mt 16, 17). Así pues, es necesaria la revelación de lo alto. Pero, para acogerla, es indispensable ponerse a la escucha: «Sólo la experiencia del silencio y de la oración ofrece el horizonte adecuado en el que puede madurar y desarrollarse el conocimiento más auténtico, fiel y coherente, de aquel misterio» [27].

El Rosario es una de las modalidades tradicionales de la oración cristiana orientada a la contemplación del rostro de Cristo. Así lo describía el Papa Pablo VI: «Oración evangélica centrada en el misterio de la Encarnación redentora, el Rosario es, pues, oración de orientación profundamente cristológica. En efecto, su elemento más característico –la repetición litánica del "Dios te salve, María"– se convierte también en alabanza constante a Cristo, término último del anuncio del Ángel y del saludo de la Madre del Bautista: "Bendito el fruto de tu seno" (Lc 1,42). Diremos más: la repetición del Ave María constituye el tejido sobre el cual se desarrolla la contemplación de los misterios: el Jesús que toda Ave María recuerda es el mismo que la sucesión de los misterios nos propone una y otra vez como Hijo de Dios y de la Virgen» [28].

Una incorporación oportuna

19. De los muchos misterios de la vida de Cristo, el Rosario, tal como se ha consolidado en la práctica más común corroborada por la autoridad eclesial, sólo considera algunos. Dicha selección proviene del contexto original de esta oración, que se organizó teniendo en cuenta el número 150, que es el mismo de los Salmos.

No obstante, para resaltar el carácter cristológico del Rosario, considero oportuna una incorporación que, si bien se deja a la libre consideración de los individuos y de la comunidad, les permita contemplar también los misterios de la vida pública de Cristo desde el Bautismo a la Pasión. En efecto, en estos misterios contemplamos aspectos importantes de la persona de Cristo como revelador definitivo de Dios. Él es quien, declarado Hijo predilecto del Padre en el Bautismo en el Jordán, anuncia la llegada del Reino, dando testimonio de él con sus obras y proclamando sus exigencias. Durante la vida pública es cuando el misterio de Cristo se manifiesta de manera especial como misterio de luz: «Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo» (Jn 9, 5).

Para que pueda decirse que el Rosario es más plenamente 'compendio del Evangelio', es conveniente pues que, tras haber recordado la encarnación y la vida oculta de Cristo (misterios de gozo), y antes de considerar los sufrimientos de la pasión (misterios de dolor) y el triunfo de la resurrección (misterios de gloria), la meditación se centre también en algunos momentos particularmente significativos de la vida pública (misterios de luz). Esta incorporación de nuevos misterios, sin prejuzgar ningún aspecto esencial de la estructura tradicional de esta oración, se orienta a hacerla vivir con renovado interés en la espiritualidad cristiana, como verdadera introducción a la profundidad del Corazón de Cristo, abismo de gozo y de luz, de dolor y de gloria.

Misterios de gozo

20. El primer ciclo, el de los «misterios gozosos», se caracteriza efectivamente por el gozo que produce el acontecimiento de la encarnación. Esto es evidente desde la anunciación, cuando el saludo de Gabriel a la Virgen de Nazaret se une a la invitación a la alegría mesiánica: «Alégrate, María». A este anuncio apunta toda la historia de la salvación, es más, en cierto modo, la historia misma del mundo. En efecto, si el designio del Padre es de recapitular en Cristo todas las cosas (cf. Ef 1, 10), el don divino con el que el Padre se acerca a María para hacerla Madre de su Hijo alcanza a todo el universo. A su vez, toda la humanidad está como implicada en el fiat con el que Ella responde prontamente a la voluntad de Dios.

El regocijo se percibe en la escena del encuentro con Isabel, dónde la voz misma de María y la presencia de Cristo en su seno hacen «saltar de alegría» a Juan (cf. Lc 1, 44). Repleta de gozo es la escena de Belén, donde el nacimiento del divino Niño, el Salvador del mundo, es cantado por los ángeles y anunciado a los pastores como «una gran alegría» (Lc 2, 10).

Pero ya los dos últimos misterios, aun conservando el sabor de la alegría, anticipan indicios del drama. En efecto, la presentación en el templo, a la vez que expresa la dicha de la consagración y extasía al viejo Simeón, contiene también la profecía de que el Niño será «señal de contradicción» para Israel y de que una espada traspasará el alma de la Madre (cf. Lc 2, 34-35). Gozoso y dramático al mismo tiempo es también el episodio de Jesús de 12 años en el templo. Aparece con su sabiduría divina mientras escucha y pregunta, y ejerciendo sustancialmente el papel de quien 'enseña'. La revelación de su misterio de Hijo, dedicado enteramente a las cosas del Padre, anuncia aquella radicalidad evangélica que, ante las exigencias absolutas del Reino, cuestiona hasta los más profundos lazos de afecto humano. José y María mismos, sobresaltados y angustiados, «no comprendieron» sus palabras (Lc 2, 50).

De este modo, meditar los misterios «gozosos» significa adentrarse en los motivos últimos de la alegría cristiana y en su sentido más profundo. Significa fijar la mirada sobre lo concreto del misterio de la Encarnación y sobre el sombrío preanuncio del misterio del dolor salvífico. María nos ayuda a aprender el secreto de la alegría cristiana, recordándonos que el cristianismo es ante todo evangelion, 'buena noticia', que tiene su centro o, mejor dicho, su contenido mismo, en la persona de Cristo, el Verbo hecho carne, único Salvador del mundo.

Misterios de luz

21. Pasando de la infancia y de la vida de Nazaret a la vida pública de Jesús, la contemplación nos lleva a los misterios que se pueden llamar de manera especial «misterios de luz». En realidad, todo el misterio de Cristo es luz. Él es «la luz del mundo» (Jn 8, 12). Pero esta dimensión se manifiesta sobre todo en los años de la vida pública, cuando anuncia el evangelio del Reino. Deseando indicar a la comunidad cristiana cinco momentos significativos –misterios «luminosos»– de esta fase de la vida de Cristo, pienso que se pueden señalar: 1. su Bautismo en el Jordán; 2. su autorrevelación en las bodas de Caná; 3. su anuncio del Reino de Dios invitando a la conversión; 4. su Transfiguración; 5. institución de la Eucaristía, expresión sacramental del misterio pascual.

Cada uno de estos misterios revela el Reino ya presente en la persona misma de Jesús. Misterio de luz es ante todo el Bautismo en el Jordán. En él, mientras Cristo, como inocente que se hace 'pecado' por nosotros (cf. 2 Co 5, 21), entra en el agua del río, el cielo se abre y la voz del Padre lo proclama Hijo predilecto (cf. Mt 3, 17 par.), y el Espíritu desciende sobre Él para investirlo de la misión que le espera. Misterio de luz es el comienzo de los signos en Caná (cf. Jn 2, 1-12), cuando Cristo, transformando el agua en vino, abre el corazón de los discípulos a la fe gracias a la intervención de María, la primera creyente. Misterio de luz es la predicación con la cual Jesús anuncia la llegada del Reino de Dios e invita a la conversión (cf. Mc 1, 15), perdonando los pecados de quien se acerca a Él con humilde fe (cf. Mc 2, 3-13; Lc 7,47-48), iniciando así el ministerio de misericordia que Él continuará ejerciendo hasta el fin del mundo, especialmente a través del sacramento de la Reconciliación confiado a la Iglesia. Misterio de luz por excelencia es la Transfiguración, que según la tradición tuvo lugar en el Monte Tabor. La gloria de la Divinidad resplandece en el rostro de Cristo, mientras el Padre lo acredita ante los apóstoles extasiados para que lo «escuchen» (cf. Lc 9, 35 par.) y se dispongan a vivir con Él el momento doloroso de la Pasión, a fin de llegar con Él a la alegría de la Resurrección y a una vida transfigurada por el Espíritu Santo. Misterio de luz es, por fin, la institución de la Eucaristía, en la cual Cristo se hace alimento con su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y del vino, dando testimonio de su amor por la humanidad «hasta el extremo» (Jn 13, 1) y por cuya salvación se ofrecerá en sacrificio.

Excepto en el de Caná, en estos misterios la presencia de María queda en el trasfondo. Los Evangelios apenas insinúan su eventual presencia en algún que otro momento de la predicación de Jesús (cf. Mc 3, 31-35; Jn 2, 12) y nada dicen sobre su presencia en el Cenáculo en el momento de la institución de la Eucaristía. Pero, de algún modo, el cometido que desempeña en Caná acompaña toda la misión de Cristo. La revelación, que en el Bautismo en el Jordán proviene directamente del Padre y ha resonado en el Bautista, aparece también en labios de María en Caná y se convierte en su gran invitación materna dirigida a la Iglesia de todos los tiempos: «Haced lo que él os diga» (Jn 2, 5). Es una exhortación que introduce muy bien las palabras y signos de Cristo durante su vida pública, siendo como el telón de fondo mariano de todos los «misterios de luz».

Misterios de dolor

22. Los Evangelios dan gran relieve a los misterios del dolor de Cristo. La piedad cristiana, especialmente en la Cuaresma, con la práctica del Via Crucis, se ha detenido siempre sobre cada uno de los momentos de la Pasión, intuyendo que ellos son el culmen de la revelación del amor y la fuente de nuestra salvación. El Rosario escoge algunos momentos de la Pasión, invitando al orante a fijar en ellos la mirada de su corazón y a revivirlos. El itinerario meditativo se abre con Getsemaní, donde Cristo vive un momento particularmente angustioso frente a la voluntad del Padre, contra la cual la debilidad de la carne se sentiría inclinada a rebelarse. Allí, Cristo se pone en lugar de todas las tentaciones de la humanidad y frente a todos los pecados de los hombres, para decirle al Padre: «no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22, 42 par.). Este «sí» suyo cambia el «no» de los progenitores en el Edén. Y cuánto le costaría esta adhesión a la voluntad del Padre se muestra en los misterios siguientes, en los que, con la flagelación, la coronación de espinas, la subida al Calvario y la muerte en cruz, se ve sumido en la mayor ignominia: Ecce homo!

En este oprobio no sólo se revela el amor de Dios, sino el sentido mismo del hombre. Ecce homo: quien quiera conocer al hombre, ha de saber descubrir su sentido, su raíz y su cumplimiento en Cristo, Dios que se humilla por amor «hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp 2, 8). Los misterios de dolor llevan el creyente a revivir la muerte de Jesús poniéndose al pie de la cruz junto a María, para penetrar con ella en la inmensidad del amor de Dios al hombre y sentir toda su fuerza regeneradora.

Misterios de gloria

23. «La contemplación del rostro de Cristo no puede reducirse a su imagen de crucificado. ¡Él es el Resucitado!» [29]. El Rosario ha expresado siempre esta convicción de fe, invitando al creyente a superar la oscuridad de la Pasión para fijarse en la gloria de Cristo en su Resurrección y en su Ascensión. Contemplando al Resucitado, el cristiano descubre de nuevo las razones de la propia fe (cf. 1 Co 15, 14), y revive la alegría no solamente de aquellos a los que Cristo se manifestó –los Apóstoles, la Magdalena, los discípulos de Emaús–, sino también el gozo de María, que experimentó de modo intenso la nueva vida del Hijo glorificado. A esta gloria, que con la Ascensión pone a Cristo a la derecha del Padre, sería elevada Ella misma con la Asunción, anticipando así, por especialísimo privilegio, el destino reservado a todos los justos con la resurrección de la carne. Al fin, coronada de gloria –como aparece en el último misterio glorioso–, María resplandece como Reina de los Ángeles y los Santos, anticipación y culmen de la condición escatológica del Iglesia.

En el centro de este itinerario de gloria del Hijo y de la Madre, el Rosario considera, en el tercer misterio glorioso, Pentecostés, que muestra el rostro de la Iglesia como una familia reunida con María, avivada por la efusión impetuosa del Espíritu y dispuesta para la misión evangelizadora. La contemplación de éste, como de los otros misterios gloriosos, ha de llevar a los creyentes a tomar conciencia cada vez más viva de su nueva vida en Cristo, en el seno de la Iglesia; una vida cuyo gran 'icono' es la escena de Pentecostés. De este modo, los misterios gloriosos alimentan en los creyentes la esperanza en la meta escatológica, hacia la cual se encaminan como miembros del Pueblo de Dios peregrino en la historia. Esto les impulsará necesariamente a dar un testimonio valiente de aquel «gozoso anuncio» que da sentido a toda su vida.

De los 'misterios' al 'Misterio': el camino de María

24. Los ciclos de meditaciones propuestos en el Santo Rosario no son ciertamente exhaustivos, pero llaman la atención sobre lo esencial, preparando el ánimo para gustar un conocimiento de Cristo, que se alimenta continuamente del manantial puro del texto evangélico. Cada rasgo de la vida de Cristo, tal como lo narran los Evangelistas, refleja aquel Misterio que supera todo conocimiento (cf. Ef 3, 19). Es el Misterio del Verbo hecho carne, en el cual «reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente» (Col 2, 9). Por eso el Catecismo de la Iglesia Católica insiste tanto en los misterios de Cristo, recordando que «todo en la vida de Jesús es signo de su Misterio» [30]. El «duc in altum» de la Iglesia en el tercer Milenio se basa en la capacidad de los cristianos de alcanzar «en toda su riqueza la plena inteligencia y perfecto conocimiento del Misterio de Dios, en el cual están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia» (Col 2, 2-3). La Carta a los Efesios desea ardientemente a todos los bautizados: «Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, para que, arraigados y cimentados en el amor [...], podáis conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que os vayáis llenando hasta la total plenitud de Dios» (3, 17-19).

El Rosario promueve este ideal, ofreciendo el 'secreto' para abrirse más fácilmente a un conocimiento profundo y comprometido de Cristo. Podríamos llamarlo el camino de María. Es el camino del ejemplo de la Virgen de Nazaret, mujer de fe, de silencio y de escucha. Es al mismo tiempo el camino de una devoción mariana consciente de la inseparable relación que une Cristo con su Santa Madre: los misterios de Cristo son también, en cierto sentido, los misterios de su Madre, incluso cuando Ella no está implicada directamente, por el hecho mismo de que Ella vive de Él y por Él. Haciendo nuestras en el Ave Maria las palabras del ángel Gabriel y de santa Isabel, nos sentimos impulsados a buscar siempre de nuevo en María, entre sus brazos y en su corazón, el «fruto bendito de su vientre» (cf. Lc 1, 42).

Misterio de Cristo, 'misterio' del hombre

25. En el testimonio ya citado de 1978 sobre el Rosario como mi oración predilecta, expresé un concepto sobre el que deseo volver. Dije entonces que «el simple rezo del Rosario marca el ritmo de la vida humana» [31].

A la luz de las reflexiones hechas hasta ahora sobre los misterios de Cristo, no es difícil profundizar en esta consideración antropológica del Rosario. Una consideración más radical de lo que puede parecer a primera vista. Quien contempla a Cristo recorriendo las etapas de su vida, descubre también en Él la verdad sobre el hombre. Ésta es la gran afirmación del Concilio Vaticano II, que tantas veces he hecho objeto de mi magisterio, a partir de la Carta Encíclica Redemptor hominis: «Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo Encarnado» [32]. El Rosario ayuda a abrirse a esta luz. Siguiendo el camino de Cristo, el cual «recapitula» el camino del hombre [33], desvelado y redimido, el creyente se sitúa ante la imagen del verdadero hombre. Contemplando su nacimiento aprende el carácter sagrado de la vida, mirando la casa de Nazaret se percata de la verdad originaria de la familia según el designio de Dios, escuchando al Maestro en los misterios de su vida pública encuentra la luz para entrar en el Reino de Dios y, siguiendo sus pasos hacia el Calvario, comprende el sentido del dolor salvador. Por fin, contemplando a Cristo y a su Madre en la gloria, ve la meta a la que cada uno de nosotros está llamado, si se deja sanar y transfigurar por el Espíritu Santo. De este modo, se puede decir que cada misterio del Rosario, bien meditado, ilumina el misterio del hombre.

Al mismo tiempo, resulta natural presentar en este encuentro con la santa humanidad del Redentor tantos problemas, afanes, fatigas y proyectos que marcan nuestra vida. «Descarga en el señor tu peso, y él te sustentará» (Sal 55, 23). Meditar con el Rosario significa poner nuestros afanes en los corazones misericordiosos de Cristo y de su Madre. Después de largos años, recordando los sinsabores, que no han faltado tampoco en el ejercicio del ministerio petrino, deseo repetir, casi como una cordial invitación dirigida a todos para que hagan de ello una experiencia personal: sí, verdaderamente el Rosario «marca el ritmo de la vida humana», para armonizarla con el ritmo de la vida divina, en gozosa comunión con la Santísima Trinidad, destino y anhelo de nuestra existencia.


CAPÍTULO III

« PARA MÍ LA VIDA ES CRISTO »

El Rosario, camino de asimilación del misterio

26. El Rosario propone la meditación de los misterios de Cristo con un método característico, adecuado para favorecer su asimilación. Se trata del método basado en la repetición. Esto vale ante todo para el Ave Maria, que se repite diez veces en cada misterio. Si consideramos superficialmente esta repetición, se podría pensar que el Rosario es una práctica árida y aburrida. En cambio, se puede hacer otra consideración sobre el Rosario, si se toma como expresión del amor que no se cansa de dirigirse a la persona amada con manifestaciones que, incluso parecidas en su expresión, son siempre nuevas respecto al sentimiento que las inspira.

En Cristo, Dios ha asumido verdaderamente un «corazón de carne». Cristo no solamente tiene un corazón divino, rico en misericordia y perdón, sino también un corazón humano, capaz de todas las expresiones de afecto. A este respecto, si necesitáramos un testimonio evangélico, no sería difícil encontrarlo en el conmovedor diálogo de Cristo con Pedro después de la Resurrección. «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?» Tres veces se le hace la pregunta, tres veces Pedro responde: «Señor, tú lo sabes que te quiero» (cf. Jn 21, 15-17). Más allá del sentido específico del pasaje, tan importante para la misión de Pedro, a nadie se le escapa la belleza de esta triple repetición, en la cual la reiterada pregunta y la respuesta se expresan en términos bien conocidos por la experiencia universal del amor humano. Para comprender el Rosario, hace falta entrar en la dinámica psicológica que es propia del amor.

Una cosa está clara: si la repetición del Ave Maria se dirige directamente a María, el acto de amor, con Ella y por Ella, se dirige a Jesús. La repetición favorece el deseo de una configuración cada vez más plena con Cristo, verdadero 'programa' de la vida cristiana. San Pablo lo ha enunciado con palabras ardientes: «Para mí la vida es Cristo, y la muerte una ganancia» (Flp 1, 21). Y también: «No vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20). El Rosario nos ayuda a crecer en esta configuración hasta la meta de la santidad.

Un método válido...

27. No debe extrañarnos que la relación con Cristo se sirva de la ayuda de un método. Dios se comunica con el hombre respetando nuestra naturaleza y sus ritmos vitales. Por esto la espiritualidad cristiana, incluso conociendo las formas más sublimes del silencio místico, en el que todas las imágenes, palabras y gestos son como superados por la intensidad de una unión inefable del hombre con Dios, se caracteriza normalmente por la implicación de toda la persona, en su compleja realidad psicofísica y relacional.

Esto aparece de modo evidente en la Liturgia. Los Sacramentos y los Sacramentales están estructurados con una serie de ritos relacionados con las diversas dimensiones de la persona. También la oración no litúrgica expresa la misma exigencia. Esto se confirma por el hecho de que, en Oriente, la oración más característica de la meditación cristológica, la que está centrada en las palabras «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador» [34], está vinculada tradicionalmente con el ritmo de la respiración, que, mientras favorece la perseverancia en la invocación, da como una consistencia física al deseo de que Cristo se convierta en el aliento, el alma y el 'todo' de la vida.

... que, no obstante, se puede mejorar

28. En la Carta apostólica Novo millennio ineunte he recordado que en Occidente existe hoy también una renovada exigencia de meditación, que encuentra a veces en otras religiones modalidades bastante atractivas [35]. Hay cristianos que, al conocer poco la tradición contemplativa cristiana, se dejan atraer por tales propuestas. Sin embargo, aunque éstas tengan elementos positivos y a veces compaginables con la experiencia cristiana, a menudo esconden un fondo ideológico inaceptable. En dichas experiencias abunda también una metodología que, pretendiendo alcanzar una alta concentración espiritual, usa técnicas de tipo psicofísico, repetitivas y simbólicas. El Rosario forma parte de este cuadro universal de la fenomenología religiosa, pero tiene características propias, que responden a las exigencias específicas de la vida cristiana.

En efecto, el Rosario es un método para contemplar. Como método, debe ser utilizado en relación al fin y no puede ser un fin en sí mismo. Pero tampoco debe infravalorarse, dado que es fruto de una experiencia secular. La experiencia de innumerables Santos aboga en su favor. Lo cual no impide que pueda ser mejorado. Precisamente a esto se orienta la incorporación, en el ciclo de los misterios, de la nueva serie de los mysteria lucis, junto con algunas sugerencias sobre el rezo del Rosario que propongo en esta Carta. Con ello, aunque respetando la estructura firmemente consolidada de esta oración, quiero ayudar a los fieles a comprenderla en sus aspectos simbólicos, en sintonía con las exigencias de la vida cotidiana. De otro modo, existe el riesgo de que esta oración no sólo no produzca los efectos espirituales deseados, sino que el rosario mismo con el que suele recitarse, acabe por considerarse como un amuleto o un objeto mágico, con una radical distorsión de su sentido y su cometido

El enunciado del misterio


29. Enunciar el misterio, y tener tal vez la oportunidad de contemplar al mismo tiempo una imagen que lo represente, es como abrir un escenario en el cual concentrar la atención. Las palabras conducen la imaginación y el espíritu a aquel determinado episodio o momento de la vida de Cristo. En la espiritualidad que se ha desarrollado en la Iglesia, tanto a través de la veneración de imágenes que enriquecen muchas devociones con elementos sensibles, como también del método propuesto por san Ignacio de Loyola en los Ejercicios Espirituales, se ha recurrido al elemento visual e imaginativo (la compositio loci) considerándolo de gran ayuda para favorecer la concentración del espíritu en el misterio. Por lo demás, es una metodología que se corresponde con la lógica misma de la Encarnación: Dios ha querido asumir, en Jesús, rasgos humanos. Por medio de su realidad corpórea, entramos en contacto con su misterio divino.

El enunciado de los varios misterios del Rosario se corresponde también con esta exigencia de concreción. Es cierto que no sustituyen al Evangelio ni tampoco se refieren a todas sus páginas. El Rosario, por tanto, no reemplaza la lectio divina, sino que, por el contrario, la supone y la promueve. Pero si los misterios considerados en el Rosario, aun con el complemento de los mysteria lucis, se limita a las líneas fundamentales de la vida de Cristo, a partir de ellos la atención se puede extender fácilmente al resto del Evangelio, sobre todo cuando el Rosario se recita en momentos especiales de prolongado recogimiento.

La escucha de la Palabra de Dios

30. Para dar fundamento bíblico y mayor profundidad a la meditación, es útil que al enunciado del misterio siga la proclamación del pasaje bíblico correspondiente, que puede ser más o menos largo según las circunstancias. En efecto, otras palabras nunca tienen la eficacia de la palabra inspirada. Ésta debe ser escuchada con la certeza de que es Palabra de Dios, pronunciada para hoy y «para mí».

Acogida de este modo, la Palabra entra en la metodología de la repetición del Rosario sin el aburrimiento que produciría la simple reiteración de una información ya conocida. No, no se trata de recordar una información, sino de dejar 'hablar' a Dios. En alguna ocasión solemne y comunitaria, esta palabra se puede ilustrar con algún breve comentario.

El silencio

31. La escucha y la meditación se alimentan del silencio. Es conveniente que, después de enunciar el misterio y proclamar la Palabra, esperemos unos momentos antes de iniciar la oración vocal, para fijar la atención sobre el misterio meditado. El redescubrimiento del valor del silencio es uno de los secretos para la práctica de la contemplación y la meditación. Uno de los límites de una sociedad tan condicionada por la tecnología y los medios de comunicación social es que el silencio se hace cada vez más difícil. Así como en la Liturgia se recomienda que haya momentos de silencio, en el rezo del Rosario es también oportuno hacer una breve pausa después de escuchar la Palabra de Dios, concentrando el espíritu en el contenido de un determinado misterio.

El «Padrenuestro»

32. Después de haber escuchado la Palabra y centrado la atención en el misterio, es natural que el ánimo se eleve hacia el Padre. Jesús, en cada uno de sus misterios, nos lleva siempre al Padre, al cual Él se dirige continuamente, porque descansa en su 'seno' (cf Jn 1, 18). Él nos quiere introducir en la intimidad del Padre para que digamos con Él: «¡Abbá, Padre!» (Rm 8, 15; Ga 4, 6). En esta relación con el Padre nos hace hermanos suyos y entre nosotros, comunicándonos el Espíritu, que es a la vez suyo y del Padre. El «Padrenuestro», puesto como fundamento de la meditación cristológico-mariana que se desarrolla mediante la repetición del Ave Maria, hace que la meditación del misterio, aun cuando se tenga en soledad, sea una experiencia eclesial.

Las diez «Ave Maria»

33. Este es el elemento más extenso del Rosario y que a la vez lo convierte en una oración mariana por excelencia. Pero precisamente a la luz del Ave Maria, bien entendida, es donde se nota con claridad que el carácter mariano no se opone al cristológico, sino que más bien lo subraya y lo exalta. En efecto, la primera parte del Ave Maria, tomada de las palabras dirigidas a María por el ángel Gabriel y por santa Isabel, es contemplación adorante del misterio que se realiza en la Virgen de Nazaret. Expresan, por así decir, la admiración del cielo y de la tierra y, en cierto sentido, dejan entrever la complacencia de Dios mismo al ver su obra maestra –la encarnación del Hijo en el seno virginal de María–, análogamente a la mirada de aprobación del Génesis (cf. Gn 1, 31), aquel «pathos con el que Dios, en el alba de la creación, contempló la obra de sus manos» [36]. Repetir en el Rosario el Ave Maria nos acerca a la complacencia de Dios: es júbilo, asombro, reconocimiento del milagro más grande de la historia. Es el cumplimiento dela profecía de María: «Desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada» (Lc1, 48).

El centro del Ave Maria, casi como engarce entre la primera y la segunda parte, es el nombre de Jesús. A veces, en el rezo apresurado, no se percibe este aspecto central y tampoco la relación con el misterio de Cristo que se está contemplando. Pero es precisamente el relieve que se da al nombre de Jesús y a su misterio lo que caracteriza una recitación consciente y fructuosa del Rosario. Ya Pablo VI recordó en la Exhortación apostólica Marialis cultus la costumbre, practicada en algunas regiones, de realzar el nombre de Cristo añadiéndole una cláusula evocadora del misterio que se está meditando [37]. Es una costumbre loable, especialmente en la plegaria pública. Expresa con intensidad la fe cristológica, aplicada a los diversos momentos de la vida del Redentor. Es profesión de fe y, al mismo tiempo, ayuda a mantener atenta la meditación, permitiendo vivir la función asimiladora, innata en la repetición del Ave Maria, respecto al misterio de Cristo. Repetir el nombre de Jesús –el único nombre del cual podemos esperar la salvación (cf. Hch 4, 12)– junto con el de su Madre Santísima, y como dejando que Ella misma nos lo sugiera, es un modo de asimilación, que aspira a hacernos entrar cada vez más profundamente en la vida de Cristo.

De la especial relación con Cristo, que hace de María la Madre de Dios, la Theotòkos, deriva, además, la fuerza de la súplica con la que nos dirigimos a Ella en la segunda parte de la oración, confiando a su materna intercesión nuestra vida y la hora de nuestra muerte.

El «Gloria»

34. La doxología trinitaria es la meta de la contemplación cristiana. En efecto, Cristo es el camino que nos conduce al Padre en el Espíritu. Si recorremos este camino hasta el final, nos encontramos continuamente ante el misterio de las tres Personas divinas que se han de alabar, adorar y agradecer. Es importante que el Gloria, culmen de la contemplación, sea bien resaltado en el Rosario. En el rezo público podría ser cantado, para dar mayor énfasis a esta perspectiva estructural y característica de toda plegaria cristiana.

En la medida en que la meditación del misterio haya sido atenta, profunda, fortalecida –de Ave en Ave – por el amor a Cristo y a María, la glorificación trinitaria en cada decena, en vez de reducirse a una rápida conclusión, adquiere su justo tono contemplativo, como para levantar el espíritu a la altura del Paraíso y hacer revivir, de algún modo, la experiencia del Tabor, anticipación de la contemplación futura: «Bueno es estarnos aquí» (Lc 9, 33).

La jaculatoria final

35. Habitualmente, en el rezo del Rosario, después de la doxología trinitaria sigue una jaculatoria, que varía según las costumbres. Sin quitar valor a tales invocaciones, parece oportuno señalar que la contemplación de los misterios puede expresar mejor toda su fecundidad si se procura que cada misterio concluya con una oración dirigida a alcanzar los frutos específicos de la meditación del misterio. De este modo, el Rosario puede expresar con mayor eficacia su relación con la vida cristiana. Lo sugiere una bella oración litúrgica, que nos invita a pedir que, meditando los misterios del Rosario, lleguemos a «imitar lo que contienen y a conseguir lo que prometen» [38].

Como ya se hace, dicha oración final puede expresarse en varias forma legítimas. El Rosario adquiere así también una fisonomía más adecuada a las diversas tradiciones espirituales y a las distintas comunidades cristianas. En esta perspectiva, es de desear que se difundan, con el debido discernimiento pastoral, las propuestas más significativas, experimentadas tal vez en centros y santuarios marianos que cultivan particularmente la práctica del Rosario, de modo que el Pueblo de Dios pueda acceder a toda auténtica riqueza espiritual, encontrando así una ayuda para la propia contemplación.

El 'rosario'

36. El instrumento tradicional para rezarlo es el rosario. En la práctica más superficial, a menudo termina por ser un simple instrumento para contar la sucesión de las Ave Maria. Pero sirve también para expresar un simbolismo, que puede dar ulterior densidad a la contemplación.

A este propósito, lo primero que debe tenerse presente es que el rosario está centrado en el Crucifijo, que abre y cierra el proceso mismo de la oración. En Cristo se centra la vida y la oración de los creyentes. Todo parte de Él, todo tiende hacia Él, todo, a través de Él, en el Espíritu Santo, llega al Padre.

En cuanto medio para contar, que marca el avanzar de la oración, el rosario evoca el camino incesante de la contemplación y de la perfección cristiana. El Beato Bartolomé Longo lo consideraba también como una 'cadena' que nos une a Dios. Cadena, sí, pero cadena dulce; así se manifiesta la relación con Dios, que es Padre. Cadena 'filial', que nos pone en sintonía con María, la «sierva del Señor» (Lc 1, 38) y, en definitiva, con el propio Cristo, que, aun siendo Dios, se hizo «siervo» por amor nuestro (Flp 2, 7).

Es también hermoso ampliar el significado simbólico del rosario a nuestra relación recíproca, recordando de ese modo el vínculo de comunión y fraternidad que nos une a todos en Cristo.

Inicio y conclusión

37. En la práctica corriente, hay varios modos de comenzar el Rosario, según los diversos contextos eclesiales. En algunas regiones se suele iniciar con la invocación del Salmo 69: «Dios mío ven en mi auxilio, Señor date prisa en socorrerme», como para alimentar en el orante la humilde conciencia de su propia indigencia; en otras, se comienza recitando el Credo, como haciendo de la profesión de fe el fundamento del camino contemplativo que se emprende. Éstos y otros modos similares, en la medida que disponen el ánimo para la contemplación, son usos igualmente legítimos. La plegaria se concluye rezando por las intenciones del Papa, para elevar la mirada de quien reza hacia el vasto horizonte de las necesidades eclesiales. Precisamente para fomentar esta proyección eclesial del Rosario, la Iglesia ha querido enriquecerlo con santas indulgencias para quien lo recita con las debidas disposiciones.

En efecto, si se hace así, el Rosario es realmente un itinerario espiritual en el que María se hace madre, maestra, guía, y sostiene al fiel con su poderosa intercesión. ¿Cómo asombrarse, pues, si al final de esta oración en la cual se ha experimentado íntimamente la maternidad de María, el espíritu siente necesidad de dedicar una alabanza a la Santísima Virgen, bien con la espléndida oración de la Salve Regina, bien con las Letanías lauretanas? Es como coronar un camino interior, que ha llevado al fiel al contacto vivo con el misterio de Cristo y de su Madre Santísima.

La distribución en el tiempo

38. El Rosario puede recitarse entero cada día, y hay quienes así lo hacen de manera laudable. De ese modo, el Rosario impregna de oración los días de muchos contemplativos, o sirve de compañía a enfermos y ancianos que tienen mucho tiempo disponible. Pero es obvio –y eso vale, con mayor razón, si se añade el nuevo ciclo de los mysteria lucis– que muchos no podrán recitar más que una parte, según un determinado orden semanal. Esta distribución semanal da a los días de la semana un cierto 'color' espiritual, análogamente a lo que hace la Liturgia con las diversas fases del año litúrgico.

Según la praxis corriente, el lunes y el jueves están dedicados a los «misterios gozosos», el martes y el viernes a los «dolorosos», el miércoles, el sábado y el domingo a los «gloriosos». ¿Dónde introducir los «misterios de la luz»? Considerando que los misterios gloriosos se proponen seguidos el sábado y el domingo, y que el sábado es tradicionalmente un día de marcado carácter mariano, parece aconsejable trasladar al sábado la segunda meditación semanal de los misterios gozosos, en los cuales la presencia de María es más destacada. Queda así libre el jueves para la meditación de los misterios de la luz.

No obstante, esta indicación no pretende limitar una conveniente libertad en la meditación personal y comunitaria, según las exigencias espirituales y pastorales y, sobre todo, las coincidencias litúrgicas que pueden sugerir oportunas adaptaciones. Lo verdaderamente importante es que el Rosario se comprenda y se experimente cada vez más como un itinerario contemplativo. Por medio de él, de manera complementaria a cuanto se realiza en la Liturgia, la semana del cristiano, centrada en el domingo, día de la resurrección, se convierte en un camino a través de los misterios de la vida de Cristo, y Él se consolida en la vida de sus discípulos como Señor del tiempo y de la historia.


CONCLUSIÓN

«Rosario bendito de María, cadena dulce que nos unes con Dios»

39. Lo que se ha dicho hasta aquí expresa ampliamente la riqueza de esta oración tradicional, que tiene la sencillez de una oración popular, pero también la profundidad teológica de una oración adecuada para quien siente la exigencia de una contemplación más intensa.

La Iglesia ha visto siempre en esta oración una particular eficacia, confiando las causas más difíciles a su recitación comunitaria y a su práctica constante. En momentos en los que la cristiandad misma estaba amenazada, se atribuyó a la fuerza de esta oración la liberación del peligro y la Virgen del Rosario fue considerada como propiciadora de la salvación.

Hoy deseo confiar a la eficacia de esta oración –lo he señalado al principio– la causa de la paz en el mundo y la de la familia.

La paz

40. Las dificultades que presenta el panorama mundial en este comienzo del nuevo Milenio nos inducen a pensar que sólo una intervención de lo Alto, capaz de orientar los corazones de quienes viven situaciones conflictivas y de quienes dirigen los destinos de las Naciones, puede hacer esperar en un futuro menos oscuro.

El Rosario es una oración orientada por su naturaleza hacia la paz, por el hecho mismo de que contempla a Cristo, Príncipe de la paz y «nuestra paz» (Ef 2, 14). Quien interioriza el misterio de Cristo –y el Rosario tiende precisamente a eso– aprende el secreto de la paz y hace de ello un proyecto de vida. Además, debido a su carácter meditativo, con la serena sucesión del Ave Maria, el Rosario ejerce sobre el orante una acción pacificadora que lo dispone a recibir y experimentar en la profundidad de su ser, y a difundir a su alrededor, paz verdadera, que es un don especial del Resucitado (cf. Jn 14, 27; 20, 21).

Es además oración por la paz por la caridad que promueve. Si se recita bien, como verdadera oración meditativa, el Rosario, favoreciendo el encuentro con Cristo en sus misterios, muestra también el rostro de Cristo en los hermanos, especialmente en los que más sufren. ¿Cómo se podría considerar, en los misterios gozosos, el misterio del Niño nacido en Belén sin sentir el deseo de acoger, defender y promover la vida, haciéndose cargo del sufrimiento de los niños en todas las partes del mundo? ¿Cómo podrían seguirse los pasos del Cristo revelador, en los misterios de la luz, sin proponerse el testimonio de sus bienaventuranzas en la vida de cada día? Y ¿cómo contemplar a Cristo cargado con la cruz y crucificado, sin sentir la necesidad de hacerse sus «cireneos» en cada hermano aquejado por el dolor u oprimido por la desesperación? ¿Cómo se podría, en fin, contemplar la gloria de Cristo resucitado y a María coronada como Reina, sin sentir el deseo de hacer este mundo más hermoso, más justo, más cercano al proyecto de Dios?

En definitiva, mientras nos hace contemplar a Cristo, el Rosario nos hace también constructores de la paz en el mundo. Por su carácter de petición insistente y comunitaria, en sintonía con la invitación de Cristo a «orar siempre sin desfallecer» (Lc 18,1), nos permite esperar que hoy se pueda vencer también una 'batalla' tan difícil como la de la paz. De este modo, el Rosario, en vez de ser una huida de los problemas del mundo, nos impulsa a examinarlos de manera responsable y generosa, y nos concede la fuerza de afrontarlos con la certeza de la ayuda de Dios y con el firme propósito de testimoniar en cada circunstancia la caridad, «que es el vínculo de la perfección» (Col 3, 14).

La familia: los padres...

41. Además de oración por la paz, el Rosario es también, desde siempre, una oración de la familia y por la familia. Antes esta oración era apreciada particularmente por las familias cristianas, y ciertamente favorecía su comunión. Conviene no descuidar esta preciosa herencia. Se ha de volver a rezar en familia y a rogar por las familias, utilizando todavía esta forma de plegaria.

Si en la Carta apostólica Novo millennio ineunte he alentado la celebración de la Liturgia de las Horas por parte de los laicos en la vida ordinaria de las comunidades parroquiales y de los diversos grupos cristianos [39], deseo hacerlo igualmente con el Rosario. Se trata de dos caminos no alternativos, sino complementarios, de la contemplación cristiana. Pido, por tanto, a cuantos se dedican a la pastoral de las familias que recomienden con convicción el rezo del Rosario.

La familia que reza unida, permanece unida. El Santo Rosario, por antigua tradición, es una oración que se presta particularmente para reunir a la familia. Contemplando a Jesús, cada uno de sus miembros recupera también la capacidad de volverse a mirar a los ojos, para comunicar, solidarizarse, perdonarse recíprocamente y comenzar de nuevo con un pacto de amor renovado por el Espíritu de Dios.

Muchos problemas de las familias contemporáneas, especialmente en las sociedades económicamente más desarrolladas, derivan de una creciente dificultad para comunicarse. No se consigue estar juntos y a veces los raros momentos de reunión quedan absorbidos por las imágenes de un televisor. Volver a rezar el Rosario en familia significa introducir en la vida cotidiana otras imágenes muy distintas, las del misterio que salva: la imagen del Redentor, la imagen de su Madre santísima. La familia que reza unida el Rosario reproduce un poco el clima de la casa de Nazaret: Jesús está en el centro, se comparten con él alegrías y dolores, se ponen en sus manos las necesidades y proyectos, se obtienen de él la esperanza y la fuerza para el camino.

... y los hijos

42. Es hermoso y fructuoso confiar también a esta oración el proceso de crecimiento de los hijos. ¿No es acaso, el Rosario, el itinerario de la vida de Cristo, desde su concepción a la muerte, hasta la resurrección y la gloria? Hoy resulta cada vez más difícil para los padres seguir a los hijos en las diversas etapas de su vida. En la sociedad de la tecnología avanzada, de los medios de comunicación social y de la globalización, todo se ha acelerado, y cada día es mayor la distancia cultural entre las generaciones. Los mensajes de todo tipo y las experiencias más imprevisibles hacen mella pronto en la vida de los chicos y los adolescentes, y a veces es angustioso para los padres afrontar los peligros que corren los hijos. Con frecuencia se encuentran ante desilusiones fuertes, al constatar los fracasos de los hijos ante la seducción de la droga, los atractivos de un hedonismo desenfrenado, las tentaciones de la violencia o las formas tan diferentes del sinsentido y la desesperación.

Rezar con el Rosario por los hijos, y mejor aún, con los hijos, educándolos desde su tierna edad para este momento cotidiano de «intervalo de oración» de la familia, no es ciertamente la solución de todos los problemas, pero es una ayuda espiritual que no se debe minimizar. Se puede objetar que el Rosario parece una oración poco adecuada para los gustos de los chicos y los jóvenes de hoy. Pero quizás esta objeción se basa en un modo poco esmerado de rezarlo. Por otra parte, salvando su estructura fundamental, nada impide que, para ellos, el rezo del Rosario –tanto en familia como en los grupos– se enriquezca con oportunas aportaciones simbólicas y prácticas, que favorezcan su comprensión y valorización. ¿Por qué no probarlo? Una pastoral juvenil no derrotista, apasionada y creativa –¡las Jornadas Mundiales de la Juventud han dado buena prueba de ello!– es capaz de dar, con la ayuda de Dios, pasos verdaderamente significativos. Si el Rosario se presenta bien, estoy seguro de que los jóvenes mismos serán capaces de sorprender una vez más a los adultos, haciendo propia esta oración y recitándola con el entusiasmo típico de su edad.

El Rosario, un tesoro que recuperar

43. Queridos hermanos y hermanas: Una oración tan fácil, y al mismo tiempo tan rica, merece de veras ser recuperada por la comunidad cristiana. Hagámoslo sobre todo en este año, asumiendo esta propuesta como una consolidación de la línea trazada en la Carta apostólica Novo millennio ineunte, en la cual se han inspirado los planes pastorales de muchas Iglesias particulares al programar los objetivos para el próximo futuro.

Me dirijo en particular a vosotros, queridos Hermanos en el Episcopado, sacerdotes y diáconos, y a vosotros, agentes pastorales en los diversos ministerios, para que, teniendo la experiencia personal de la belleza del Rosario, os convirtáis en sus diligentes promotores.

Confío también en vosotros, teólogos, para que, realizando una reflexión a la vez rigurosa y sabia, basada en la Palabra de Dios y sensible a la vivencia del pueblo cristiano, ayudéis a descubrir los fundamentos bíblicos, las riquezas espirituales y la validez pastoral de esta oración tradicional.

Cuento con vosotros, consagrados y consagradas, llamados de manera particular a contemplar el rostro de Cristo siguiendo el ejemplo de María.

Pienso en todos vosotros, hermanos y hermanas de toda condición, en vosotras, familias cristianas, en vosotros, enfermos y ancianos, en vosotros, jóvenes: tomad con confianza entre las manos el rosario, descubriéndolo de nuevo a la luz de la Escritura, en armonía con la Liturgia y en el contexto de la vida cotidiana.

¡Qué este llamamiento mío no sea en balde! Al inicio del vigésimo quinto año de Pontificado, pongo esta Carta apostólica en las manos de la Virgen María, postrándome espiritualmente ante su imagen en su espléndido Santuario edificado por el Beato Bartolomé Longo, apóstol del Rosario. Hago mías con gusto las palabras conmovedoras con las que él termina la célebre Súplica a la Reina del Santo Rosario: «Oh Rosario bendito de María, dulce cadena que nos une con Dios, vínculo de amor que nos une a los Ángeles, torre de salvación contra los asaltos del infierno, puerto seguro en el común naufragio, no te dejaremos jamás. Tú serás nuestro consuelo en la hora de la agonía. Para ti el último beso de la vida que se apaga. Y el último susurro de nuestros labios será tu suave nombre, oh Reina del Rosario de Pompeya, oh Madre nuestra querida, oh Refugio de los pecadores, oh Soberana consoladora de los tristes. Que seas bendita por doquier, hoy y siempre, en la tierra y en el cielo».

Vaticano, 16 octubre del año 2002, inicio del vigésimo quinto de mi Pontificado.

JUAN PABLO II


Notas

[1] Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 45.

[2] Pablo VI, Exhort. ap. Marialis cultus, (2 febrero 1974) 42, AAS 66 (1974), 153.

[3] Cf. Acta Leonis XIII, 3 (1884), 280-289.

[4] En particular, es digna de mención su Carta ap. sobre el Rosario Il religioso convegno del 29 septiembre 1961: AAS 53 (1961), 641-647.

[5] Angelus: L'Osservatore Romano ed. semanal en lengua española, 5 noviembre 1978, 1.

[6] AAS 93 (2002), 285.

[7] En los años de preparación del Concilio, Juan XXIII invitó a la comunidad cristiana a rezar el Rosario por el éxito de este acontecimiento eclesial; cf. Carta al Cardenal Vicario del 28 de septiembre de 1960: AAS 52 (1960), 814-817.

[8] Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 66.

[9] N. 32: AAS 93 (2002), 288.

[10] Ibíd., 33: l. c., 289.

[11] Es sabido y se ha de recordar que las revelaciones privadas no son de la misma naturaleza que la revelación pública, normativa para toda la Iglesia. Es tarea del Magisterio discernir y reconocer la autenticidad y el valor de las revelaciones privadas para la piedad de los fieles.

[12] El secreto admirable del santísimo Rosario para convertirse y salvarse, en Obras de San Luis María G. de Montfort, Madrid 1954, 313-391.

[13] Beato Bartolo Longo, Storia del Santuario di Pompei, Pompei 1990, p.59.

[14] Exhort. ap. Marialis cultus (2 febrero 1974), 47: AAS 66 (1974), 156.

[15] Const. sobre Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium, 10.

[16] Ibíd., 12.

[17] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 58.

[18] I Quindici Sabati del Santissimo Rosario,27 ed., Pompeya 1916), p. 27.

[19] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 53.

[20] Ibíd., 60.

[21] Cf. Primer Radiomensaje Urbi et orbi (17 octubre 1978): AAS 70 (1978), 927.

[22] Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, 120, en: Obras. de San Luis María G. de Montfort, Madrid 1954, p.505s.

[23] Catecismo de la Iglesia Católica, 2679.

[24] Ibíd., 2675.

[25] La Suplica a la Reina del Santo Rosario, que se recita solemnemente dos veces al año, en mayo y octubre, fue compuesta por el Beato Batolomé Longo en 1883, como adhesión a la invitaciòn del Papa Leon XIII a los católicos en su primera Encíclica sobre el Rosario a un compromiso espiritual orientado a afrontar los males de la sociedad.

[26] Divina Comedia, Par. XXXIII, 13-15.

[27] Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001), 20: AAS 93 (2001), 279.

[28] Exort. ap. Marialis cultus (2 febrero 1974), 46: AAS 66 (1974), 155.

[29] Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001), 28: AAS 93 (2001), 284.

[30] N. 515.

[31] Angelus del 29 de octubre 1978: L'Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 5 noviembre 1978, 1.

[32] Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 22.

[33] S. Ireneo de Lyon, Adversus haereses, III, 18,1: PG 7, 932.

[34] Catecismo de la Iglesia Católica,2616.

[35] Cf. n. 33: AAS 93 (2001), 289.

[36] Carta a los artistas (4 abril 1999), 1: AAS 91 (1999), 1155.

[37] Cf. n. 46: AAS 66 (1974), 155. Esta costumbre ha sido alabada recientemente por la Congregación para el Culto Divino y la disciplina de los Sacramentos, Directorio sobre la piedad popular y la liturgia. Principios y orientaciones (17 diciembre 2001), n.201.

[38] «...concede, quæsumus, ut hæc mysteria sacratissimo beatæ Mariæ Virginis Rosario recolentes, et imitemur quod continent, et quod promittunt assequamur»: Missale Romanum (1960) in festo B. M. Virginis a Rosario.

[39] Cf. n. 34: AAS 93 (2001), 290.




sábado, 15 de junio de 2002

¿LOS TSUNAMIS SON PARTE DEL SECRETO DE FATIMA?

Un breve análisis sobre las confusas declaraciones de Juan Pablo II en Fulda y las novedades modernistas impuestas por la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos sobre la predicación laica

Por Atila Sinke Guimarães


LOS SECRETOS NO COINCIDEN

Cuando Juan Pablo II visitó Fulda (Alemania) el 17 y 18 de noviembre de 1981, respondió a algunas preguntas de un grupo de personas. Varios de los presentes grabaron las preguntas y respuestas. Sus nombres y las palabras del Pontífice se publicaron en la revista Vox Fidei (edición italiana, número 10, 1981). Esta fue la pregunta y respuesta que se refirió a Fátima:

Pregunta: “¿Qué pasa con el tercer secreto de Fátima? Ya debería haber sido publicado en 1960”.

Respuesta de Juan Pablo II: “Debido a su contenido impactante y para no permitir que el poder global del comunismo interfiriera en los asuntos de la Iglesia, mis predecesores dieron información confidencial de manera diplomática. Además,debería ser suficiente para todo cristiano saber lo que sigue: cuando lees que los océanos inundarán continentes enteros, que millones de hombres morirán muy repentinamente en unos pocos minutos…. Si esto se sabe, no es realmente necesario hacer la publicación de este secreto… Mucha gente quiere saberlo sólo por curiosidad y sensacionalismo: pero olvidan que 'saber' también implica responsabilidad… pero quieren satisfacer su propia curiosidad. Esto es peligroso cuando, al mismo tiempo, no quieren hacer nada, diciendo: '¡Es inútil hacer algo para mejorar la situación!'”.

Entonces el Papa tomó el Rosario y dijo: “Aquí está la medicina contra esta enfermedad! Oren, oren y no pregunten más. ¡Recomiende todo lo demás a Nuestra Señora!”

Si estas palabras referentes a un castigo universal que ha sido preparado son ciertas, y creo que lo son, aquí estaría la confirmación de lo que los fieles siempre pensaron sobre el tercer mensaje de Fátima. Estas palabras encajan perfectamente con las partes reveladas anteriormente. Pero también, si son ciertos, entonces el “nuevo tercer mensaje” de los cardenales Joseph Ratzinger y Angelo Sodano estaba incompleto. Más aún, anestesiaba la saludable reacción que innumerables católicos tendrían al conocer la advertencia de Nuestra Señora.

¿Por qué los cardenales deberían evitar la difusión del verdadero mensaje cuando la Madre de Dios ordenó claramente que todos los católicos lo conocieran? La única respuesta que se me ocurre es que probablemente la tercera parte del mensaje menciona la crisis de la Iglesia provocada por el Concilio Vaticano II y el papel de los Papas conciliares en ella. De ahí que casi toda la estructura eclesiástica actual aparezca como cómplice de esta crisis. Para la autoridad progresista eludir el verdadero mensaje publicitando uno parcial junto con una interpretación engañosa sería una forma de salvar el pellejo, desobedecer a la Santísima Virgen y engañar a la opinión pública católica.

Sin embargo, es indispensable notar, que no es cosa fácil desafiar el mandato de la Madre de Dios… Deben estar preparados para las consecuencias.


PERDEDOR PARA LOS PROTESTANTES

Nunca es demasiado tarde para comentar una noticia importante que pasó un tanto desapercibida. Origins (31 de enero de 2002) publicó el documento oficial de la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos sobre la predicación laica. Aquí está el texto principal:
“Los fieles laicos pueden ser llamados a cooperar en el ejercicio del ministerio de la palabra (Canon 759). De acuerdo con el Canon 766, la USCCB decreta que a los fieles laicos se les puede permitir ejercer este ministerio en iglesias y oratorios, con la debida atención a las siguientes disposiciones: Si la necesidad lo requiere en ciertas circunstancias o parece útil en casos particulares, el Obispo diocesano puede admitir fieles laicos para predicar, ofrecer conferencias espirituales o dar instrucciones en iglesias, oratorios u otros lugares sagrados dentro de la Diócesis, cuando lo juzgue conveniente para el beneficio espiritual de los fieles”.
Por lo tanto, de ahora en adelante en las iglesias católicas de los Estados Unidos está oficialmente permitido que hombres y mujeres prediquen. Después del Concilio Vaticano II, estos cambios se introdujeron sucesivamente: laicos asistiendo a Misa dentro del presbiterio de la iglesia, ministros laicos de la Eucaristía distribuyendo la Comunión, lectores laicos en la Misa, laicos, en su mayoría mujeres, dirigiendo canciones y “gimnasia litúrgica” (sentarse-pararse), consejos laicos que administran parroquias, monjas o “agentes pastorales” laicos que dirigen algunas parroquias sin sacerdotes. Ahora, tenemos hombres y mujeres predicando oficialmente en las iglesias. Sin duda, es otra medida para que los católicos se parezcan más a los protestantes.


Tradition in Action


domingo, 28 de abril de 2002

REGINA COELI (28 DE ABRIL DE 2002)


REGINA COELI

JUAN PABLO II


Domingo, 28 de abril de 2002

¡Queridos hermanos y hermanas!

1. La liturgia del quinto domingo del tiempo pascual de hoy nos presenta a Cristo como "camino, verdad y vida" (cf. Jn 14, 6). Él es el único camino de salvación, la verdad plena que nos hace libres, la verdadera vida que da sentido a nuestras vidas.

Su Rostro resplandeciente de gloria nos revela en plenitud la verdad de Dios y la verdad del hombre. Cada uno puede volver la mirada hacia su Rostro en cualquier momento, para encontrar comprensión, serenidad y perdón. Santa Catalina de Siena, Patrona de Italia y Europa, también nos recuerda esta, cuya fiesta celebraremos mañana. A los ancianos de Lucca les escribió: "Ustedes saben, queridos hermanos, que todos estamos en camino, peregrinos y caminantes... nos enseña el camino que debemos seguir por ese camino tan lúcido que él mismo es" (Carta 168).

2. El próximo miércoles comienza el mes de mayo, consagrado a María. La piedad popular durante siglos ha hecho de este mes una magnífica ocasión para multiplicar las iniciativas de piedad mariana. Vivamos intensamente, queridos hermanos y hermanas, estos días dedicados a la Madre celestial del Señor. Recitemos, si es posible todos los días, el Santo Rosario, tanto solos como en comunidad. El Rosario es una oración sencilla pero profunda y muy eficaz, también para implorar gracias en nombre de las familias, las comunidades y el mundo entero.

3. Ante la situación internacional, donde surgen tantas necesidades y problemas, y, en particular, ante la tragedia de Tierra Santa, que no tiene fin, debemos recurrir con confianza a la intercesión materna de la Virgen. Confiamos en que podrá apoyar los esfuerzos de quienes buscan la paz con sinceridad y compromiso. Nadie más que ella, Reina de la Paz, vela constantemente por este agotador viaje de la humanidad. 

Durante el mes de mayo, por lo tanto, una oración ininterrumpida e ininterrumpida hacia el Cielo puede elevarse desde todas las partes del mundo, para que las iniciativas de relajación y diálogo finalmente se afirmen en la Tierra de Cristo y en todos los demás lugares del Planeta marcados por la violencia y el dolor.

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Después de Regina Coeli

Saludo al grupo del Movimiento Juvenil Misionero, que celebra el trigésimo aniversario de su fundación. Queridos amigos, sed jóvenes santos y valientes, capaces de anunciar a Jesucristo incluso en las situaciones difíciles que, a veces, se reserva el entorno circundante. Involucren a sus compañeros en esta misión también, para ser sal de la tierra y luz del mundo.

Me alegra saludar a la Misericordie d'Italia, que celebró su segundo encuentro nacional en Fiuggi, y aliento con gusto esta significativa expresión de caridad social, reconocida como la forma más antigua de voluntariado.

Luego saludo a los jóvenes de la diócesis de Milán que han venido a hacer la profesión de fe. 

Queridos hijos, unidos a Cristo, piedra fundamental, sean también piedras vivas en la construcción de la Iglesia. 

Saludo de nuevo a los grupos parroquiales de San Leonardo da Porto Maurizio en Milán, Sant'Achille en Roma y San Marco en Latina, así como al Instituto Callegari en Verona, deseando que todos sean testigos generosos del Evangelio de Cristo.


Dirigiéndose a los fieles de Eslovenia, el Santo Padre dijo:

Pozdravljam župnijski pevski zbor iz Bohinjske Bistrice in druge romarje iz Slovenije. Vaša narodno verska pesem je zakladnica vaše nad tisočletne zgodovine en oris vaše kulture. Naj vas blaženi Anton Martin Slomšek, ki je zapel: "V nebesih sem doma!", Vodi k večnemu veselju v nebesih.


Traducción de sus palabras:

Saludo al coro parroquial de Bohinjska Bistrica y a los demás peregrinos de Eslovenia. Su repertorio de canciones populares y religiosas representa el verdadero tesoro de su historia milenaria, así como de su cultura específica. Que el Beato Anton Martin Slomšek os guíe al "gozo eterno de la patria celestial".


Juan Pablo II dirigió el siguiente saludo a los peregrinos de habla polaca:

Dzioe pielgrzymujemy duchowo do Gniezna, gdzie cala Polska czci swego Patrona sw. Wojciecha. Pozdrawiam pielgrzymów obecnych na placu sw. Piotra: nauczycieli i uczniów Szkoly Podstawowej im. Jana Kasprowicza, Zespól Szkól Elektronicznych, pracowników Caritasu z Poznania, duszpasterstwo ojców karmelitów bosych oraz pielgrzymów indywidualnych. Niech Bóg wszystkim blogoslawi!

Traducción del saludo del Papa:

Hoy vamos en peregrinación espiritual a Gniezno, donde toda Polonia celebra a su patrón San Adalberto. Saludo a los peregrinos presentes en la plaza de San Pedro: los profesores y alumnos de la escuela primaria Jan Kasprowicz, el complejo del Instituto de Electrónica, los empleados de Caritas en Poznan, el grupo de Padres Carmelitas Descalzos y peregrinos individuales. ¡Dios bendiga a todos!



viernes, 22 de febrero de 2002

LA IGLESIA E INTERNET (22 DE FEBRERO DE 2002)


CONSEJO PONTIFICIO PARA LAS COMUNICACIONES SOCIALES

LA IGLESIA E INTERNET

I. Introducción

II. Oportunidades y desafíos

III. Recomendaciones y conclusión



I

INTRODUCCIÓN

1. El interés de la Iglesia por Internet es una expresión particular de su antiguo interés por los medios de comunicación social. Al considerar los medios de comunicación social como un resultado del proceso científico histórico por el que la humanidad "avanza cada vez más en el descubrimiento de los recursos y valores contenidos en toda la creación",[1] la Iglesia ha declarado a menudo su convicción de que son, en palabras del Concilio Vaticano II, "maravillosas invenciones técnicas"[2] que ya hacen mucho para satisfacer las necesidades humanas y pueden hacer aún más.

Por ello, la Iglesia ha adoptado un enfoque fundamentalmente positivo con respecto a los medios de comunicación [3]. Incluso al condenar los graves abusos, los documentos de este Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales se han esforzado por dejar claro que "una actitud meramente censora por parte de la Iglesia... no es suficiente ni adecuada" [4].

Citando la carta encíclica Miranda Prorsus de 1957 del Papa Pío XII, la Instrucción pastoral sobre los medios de comunicación social Communio et Progressio, publicada en 1971, subrayó ese punto: "La Iglesia considera estos medios como "dones de Dios" que, según su designio providencial, unen a los hombres en la fraternidad y les ayudan así a cooperar con su plan de salvación" [5] Esta sigue siendo nuestra opinión, y es la que adoptamos respecto a Internet.

2. La Iglesia entiende que la historia de la comunicación humana es algo así como un largo viaje, que lleva a la humanidad "desde el proyecto de Babel, impulsado por el orgullo, y el hundimiento en la confusión y la incomprensión mutua a que dio lugar" [6] (cf. En la vida, muerte y resurrección de Cristo, "la comunicación entre los hombres encontró su ideal más elevado y su ejemplo supremo en Dios, que se hizo hombre y hermano" [7].

Los modernos medios de comunicación social son factores culturales que intervienen en esta historia. Como señala el Concilio Vaticano II, "aunque hay que tener cuidado de distinguir claramente el progreso terrenal del crecimiento del reino de Cristo", sin embargo, "tal progreso es de vital importancia para el reino de Dios, en la medida en que puede contribuir a un mejor ordenamiento de la sociedad humana" [8] Considerando los medios de comunicación social bajo esta luz, vemos que "contribuyen en gran medida a la ampliación y al enriquecimiento de la mente de los hombres y a la propagación y consolidación del reino de Dios" [9].

Hoy en día, esto se aplica de manera especial a Internet, que está contribuyendo a producir cambios revolucionarios en el comercio, la educación, la política, el periodismo, la relación de nación a nación y de cultura a cultura; cambios no sólo en la forma de comunicarse de las personas, sino en la forma de entender sus vidas. En un documento complementario, “Ética en Internet”, tratamos estas cuestiones en su dimensión ética [10]. Aquí consideramos las implicaciones de Internet para la religión y especialmente para la Iglesia católica.

3. La Iglesia tiene un doble objetivo con respecto a los medios de comunicación. Por un lado, fomentar su correcto desarrollo y uso en aras del desarrollo humano, la justicia y la paz, para la construcción de la sociedad a nivel local, nacional y comunitario, a la luz del bien común y con espíritu de solidaridad. Considerando la gran importancia de las comunicaciones sociales, la Iglesia busca "un diálogo honesto y respetuoso con los responsables de los medios de comunicación", un diálogo que se refiere principalmente a la configuración de la política de los medios de comunicación [11]: "Por parte de la Iglesia, este diálogo implica esfuerzos para comprender los medios de comunicación -sus propósitos, procedimientos, formas y géneros, estructuras internas y modalidades- y para ofrecer apoyo y estímulo a quienes están involucrados en el trabajo de los medios. Sobre la base de esta comprensión y apoyo comprensivos, es posible ofrecer propuestas significativas para eliminar los obstáculos al progreso humano y al anuncio del Evangelio"[12].

Pero la preocupación de la Iglesia se refiere también a la comunicación en y por la Iglesia misma. Dicha comunicación es algo más que un mero ejercicio de técnica, ya que "encuentra su punto de partida en la comunión de amor entre las Personas divinas y su comunicación con nosotros", y en la constatación de que la comunicación trinitaria "llega a los hombres: El Hijo es la Palabra, eternamente 'hablada' por el Padre; y en y por Jesucristo, Hijo y Palabra hecha carne, Dios se comunica a sí mismo y a su salvación a las mujeres y a los hombres" [13].

Dios sigue comunicándose con la humanidad a través de la Iglesia, portadora y custodia de su revelación, a cuyo magisterio vivo ha confiado la tarea de interpretar auténticamente su palabra [14]. Además, la Iglesia misma es una communio, comunión de personas y comunidades eucarísticas que surgen de la comunión trinitaria y la reflejan [15]; por lo tanto, la comunicación es la esencia de la Iglesia. Esta, más que cualquier otra razón, es la razón por la que "la práctica de la comunicación de la Iglesia debe ser ejemplar, reflejando los más altos estándares de veracidad, responsabilidad, sensibilidad a los derechos humanos y otros principios y normas relevantes" [16].

4. Hace tres décadas, Communio et Progressio señaló que "los medios de comunicación modernos ofrecen nuevas formas de confrontar a la gente con el mensaje del Evangelio" [17]. El Papa Pablo VI dijo que la Iglesia "se sentiría culpable ante el Señor" si no utilizara los medios de comunicación para la evangelización [18]. El Papa Juan Pablo II ha llamado a los medios de comunicación "el primer areópago de la era moderna", y declaró que "no es suficiente utilizar los medios de comunicación para difundir simplemente el mensaje cristiano y la auténtica enseñanza de la Iglesia. Es necesario también integrar ese mensaje en la "nueva cultura" creada por las comunicaciones modernas" [19]. Hacerlo es aún más importante hoy, ya que no sólo los medios de comunicación influyen ahora fuertemente en lo que la gente piensa sobre la vida, sino que, en gran medida, "la propia experiencia humana es una experiencia de los medios de comunicación" [20].

Todo esto se aplica a Internet. Y aunque el mundo de las comunicaciones sociales "puede parecer a veces en desacuerdo con el mensaje cristiano, también ofrece oportunidades únicas para proclamar la verdad salvadora de Cristo a toda la familia humana. Consideremos... las capacidades positivas de Internet para llevar la información y la enseñanza religiosa más allá de todas las barreras y fronteras. Una audiencia tan amplia habría estado más allá de la imaginación de aquellos que predicaron el Evangelio antes que nosotros... Los católicos no deberían tener miedo de abrir las puertas de las comunicaciones sociales a Cristo, para que su Buena Noticia sea escuchada desde los tejados del mundo" [21].


II

OPORTUNIDADES Y DESAFÍOS

5. "La comunicación en y por la Iglesia es esencialmente comunicación de la Buena Noticia de Jesucristo. Es anuncio del Evangelio como palabra profética y liberadora para los hombres de nuestro tiempo; es testimonio, frente a la secularización radical, de la verdad divina y del destino trascendente de la persona humana; es testimonio solidario con todos los creyentes contra los conflictos y las divisiones, a favor de la justicia y la comunión entre los pueblos, las naciones y las culturas" [22].

Dado que el anuncio de la Buena Nueva a personas formadas por una cultura mediática requiere tener en cuenta cuidadosamente las características especiales de los propios medios de comunicación, la Iglesia necesita ahora entender Internet. Esto es necesario para comunicarse eficazmente con las personas -especialmente los jóvenes- que están impregnadas de la experiencia de esta nueva tecnología, y también para utilizarla bien.

Los medios de comunicación ofrecen importantes beneficios y ventajas desde el punto de vista religioso: "Transmiten noticias e información sobre acontecimientos, ideas y personalidades religiosas; sirven de vehículos para la evangelización y la catequesis. Día tras día, proporcionan inspiración, estímulo y oportunidades para el culto a las personas confinadas en sus hogares o en instituciones" [23]. Pero además de esto, también hay beneficios más o menos peculiares de Internet. Ofrece a las personas un acceso directo e inmediato a importantes recursos religiosos y espirituales -grandes bibliotecas y museos y lugares de culto, los documentos de enseñanza del Magisterio, los escritos de los Padres y Doctores de la Iglesia y la sabiduría religiosa de los siglos. Tiene una notable capacidad para superar la distancia y el aislamiento, poniendo a las personas en contacto con personas afines de buena voluntad que se unen en comunidades virtuales de fe para animarse y apoyarse mutuamente. La Iglesia puede prestar un importante servicio a católicos y no católicos mediante la selección y transmisión de datos útiles en este medio.

Internet es relevante para muchas actividades y programas de la Iglesia: la evangelización, tanto la reevangelización como la nueva evangelización y la tradicional labor misionera ad gentes, la catequesis y otros tipos de educación, las noticias y la información, la apologética, el gobierno y la administración, y algunas formas de asesoramiento pastoral y dirección espiritual. Aunque la realidad virtual del ciberespacio no puede sustituir a la comunidad interpersonal real, a la realidad encarnada de los sacramentos y la liturgia, ni al anuncio inmediato y directo del Evangelio, puede complementarlos, atraer a las personas a una experiencia más plena de la vida de fe y enriquecer la vida religiosa de los usuarios. También proporciona a la Iglesia un medio para comunicarse con grupos particulares -jóvenes y adultos jóvenes, ancianos y personas confinadas en casa, personas que viven en zonas remotas, miembros de otras entidades religiosas- a los que de otro modo sería difícil llegar.

Un número creciente de parroquias, diócesis, congregaciones religiosas e instituciones, programas y organizaciones eclesiásticas de todo tipo utilizan ahora eficazmente Internet para estos y otros fines. En algunos lugares existen proyectos creativos bajo el patrocinio de la Iglesia a nivel nacional y regional. La Santa Sede lleva varios años trabajando en este ámbito y sigue ampliando y desarrollando su presencia en Internet. Se anima a los grupos relacionados con la Iglesia que aún no han dado pasos para entrar en el ciberespacio a que estudien la posibilidad de hacerlo en breve. Recomendamos encarecidamente el intercambio de ideas e información sobre Internet entre los que tienen experiencia en este campo y los que son novatos.

6. La Iglesia también necesita entender y utilizar Internet como herramienta de comunicación interna. Para ello es necesario tener claro su carácter especial de medio directo, inmediato, interactivo y participativo.

La interactividad bidireccional de Internet ya está difuminando la antigua distinción entre los que comunican y los que reciben lo que se comunica [24], y creando una situación en la que, al menos potencialmente, todos pueden hacer ambas cosas. No se trata de la comunicación unidireccional y descendente del pasado. A medida que más y más personas se familiarizan con esta característica de Internet en otros ámbitos de su vida, es de esperar que también la busquen en relación con la religión y la Iglesia.

La tecnología es nueva, pero la idea no lo es. El Concilio Vaticano II dijo que los miembros de la Iglesia deben revelar a sus pastores "sus necesidades y deseos con la libertad y la confianza que corresponde a los hijos de Dios y a los hermanos de Cristo"; de hecho, según los conocimientos, la competencia o la posición, los fieles no sólo pueden, sino que a veces están obligados a "manifestar su opinión sobre aquellas cosas que pertenecen al bien de la Iglesia". [La Communio et Progressio señalaba que, como "cuerpo vivo", la Iglesia "necesita de la opinión pública para sostener un toma y daca entre sus miembros" [26]. Aunque las verdades de fe "no dejan lugar a interpretaciones arbitrarias", la instrucción pastoral señalaba "un enorme espacio en el que los miembros de la Iglesia pueden expresar su opinión" [27].

Ideas similares se expresan en el Código de Derecho Canónico  [28], así como en documentos más recientes del Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales [29]. Aetatis Novae llama a la comunicación bidireccional y a la opinión pública "uno de los modos de realizar de manera concreta el carácter de communio de la Iglesia" [30]. Ética en las Comunicaciones dice: "El flujo bidireccional de información y opiniones entre pastores y fieles, la libertad de expresión sensible al bienestar de la comunidad y al papel del Magisterio en su fomento, y la opinión pública responsable son expresiones importantes del 'derecho fundamental al diálogo y a la información dentro de la Iglesia'" [31]. Internet proporciona un medio tecnológico eficaz para realizar esta visión.

Se trata, pues, de un instrumento que puede utilizarse de forma creativa para diversos aspectos de la administración y el gobierno. Junto con la apertura de canales para la expresión de la opinión pública, tenemos en mente cosas como la consulta de expertos, la preparación de reuniones y la práctica de la colaboración en y entre iglesias particulares e institutos religiosos a nivel local, nacional e internacional.

7. La educación y la formación son otra área de oportunidad y necesidad. "Hoy en día todo el mundo necesita alguna forma de educación continua sobre los medios de comunicación, ya sea mediante el estudio personal o la participación en un programa organizado, o ambas cosas. Más que enseñar las técnicas, la educación en los medios de comunicación ayuda a las personas a formar normas de buen gusto y de juicio moral veraz, un aspecto de la formación de la conciencia. A través de sus escuelas y programas de formación, la Iglesia debería proporcionar este tipo de educación sobre los medios de comunicación" [32].

La educación y la formación en materia de Internet deben formar parte de los programas integrales de educación en materia de medios de comunicación disponibles para los miembros de la Iglesia. En la medida de lo posible, la planificación pastoral de las comunicaciones sociales debe prever esta formación en la formación de los seminaristas, sacerdotes, religiosos y personal pastoral laico, así como de los profesores, padres y estudiantes [33].

En particular, hay que enseñar a los jóvenes "no sólo a ser buenos cristianos cuando son receptores, sino también a ser activos en el uso de todos los medios de comunicación... Así, los jóvenes serán verdaderos ciudadanos de la era de las comunicaciones sociales que ya ha comenzado" [34], una era en la que los medios de comunicación son vistos como "parte de una cultura aún en desarrollo cuyas implicaciones son todavía imperfectamente comprendidas" [35]. La enseñanza de Internet y de las nuevas tecnologías implica, por lo tanto, mucho más que técnicas de enseñanza; los jóvenes deben aprender a desenvolverse bien en el mundo del ciberespacio, a juzgar con criterio moral lo que encuentran en él y a utilizar las nuevas tecnologías para su desarrollo integral y para el beneficio de los demás.

8. Internet también presenta algunos problemas especiales para la Iglesia, más allá de los de carácter general que se tratan en Ética en Internet, el documento que acompaña a éste [36] Al tiempo que se subraya lo que es positivo en Internet, es importante tener claro lo que no lo es.

A un nivel muy profundo, "el mundo de los medios de comunicación puede parecer a veces indiferente e incluso hostil a la fe y la moral cristianas. Esto se debe, en parte, a que la cultura de los medios de comunicación está tan profundamente imbuida de un sentido típicamente posmoderno de que la única verdad absoluta es que no hay verdades absolutas o que, si las hubiera, serían inaccesibles a la razón humana y, por lo tanto, irrelevantes" [37].

Entre los problemas específicos que presenta Internet está la presencia de sitios de odio dedicados a difamar y atacar a grupos religiosos y étnicos. Algunos de ellos tienen como objetivo la Iglesia católica. Al igual que la pornografía y la violencia en los medios de comunicación, los sitios de odio en Internet son "reflejos del lado oscuro de una naturaleza humana empañada por el pecado" [38]. Y aunque el respeto a la libertad de expresión puede exigir que se toleren incluso las voces de odio hasta cierto punto, la autorregulación de la industria -y, cuando sea necesario, la intervención de la autoridad pública- debería establecer y hacer cumplir límites razonables a lo que se puede decir.

La proliferación de sitios web que se autodenominan católicos crea un problema de otro tipo. Como hemos dicho, los grupos relacionados con la Iglesia deben estar presentes en Internet de forma creativa; y los individuos bien motivados y bien informados y los grupos no oficiales que actúan por iniciativa propia también tienen derecho a estar allí. Pero resulta cuanto menos confuso no distinguir las interpretaciones doctrinales excéntricas, las prácticas devocionales idiosincrásicas y la defensa ideológica con etiqueta "católica" de las auténticas posiciones de la Iglesia. A continuación sugerimos una aproximación a esta cuestión.

9. Otras cuestiones requieren todavía mucha reflexión. Con respecto a ellos, instamos a continuar la investigación y el estudio, incluyendo "el desarrollo de una antropología y una teología de la comunicación" [39] -ahora, con referencia específica a Internet. Junto con el estudio y la investigación, por supuesto, la planificación pastoral positiva para el uso de Internet puede y debe seguir adelante [40].

Un área de investigación se refiere a la sugerencia de que la amplia gama de opciones en cuanto a productos y servicios de consumo disponibles en Internet puede tener un efecto indirecto en lo que respecta a la religión y fomentar un enfoque "consumista" de las cuestiones de fe. Los datos sugieren que algunos visitantes de los sitios web religiosos pueden estar en una especie de juerga de compras, escogiendo elementos de paquetes religiosos personalizados que se adapten a sus gustos personales. La "tendencia de algunos católicos a ser selectivos en su adhesión" a las enseñanzas de la Iglesia es un problema reconocido en otros contextos [41], se necesita más información sobre si el problema se agrava con Internet y en qué medida.

Del mismo modo, como se ha señalado anteriormente, la realidad virtual del ciberespacio tiene algunas implicaciones preocupantes para la religión, así como para otros ámbitos de la vida. La realidad virtual no sustituye a la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía, a la realidad sacramental de los demás sacramentos y al culto compartido en una comunidad humana de carne y hueso. No hay sacramentos en Internet; e incluso las experiencias religiosas que son posibles allí por la gracia de Dios son insuficientes sin la interacción en el mundo real con otras personas de fe. Este es otro aspecto de Internet que requiere estudio y reflexión. Al mismo tiempo, la planificación pastoral debería considerar cómo conducir a las personas desde el ciberespacio a la verdadera comunidad y cómo, a través de la enseñanza y la catequesis, Internet podría utilizarse posteriormente para sostener y enriquecer su compromiso cristiano.


III

RECOMENDACIONES Y CONCLUSIÓN

10. Las personas religiosas, como miembros preocupados por el amplio público de Internet que también tienen legítimos intereses particulares propios, desean formar parte del proceso que guía el futuro desarrollo de este nuevo medio. Ni que decir tiene que esto les exigirá a veces ajustar su propia forma de pensar y su práctica.

También es importante que las personas de todos los niveles de la Iglesia utilicen Internet de forma creativa para cumplir con sus responsabilidades y ayudar a cumplir la misión de la Iglesia. No es aceptable quedarse atrás tímidamente por miedo a la tecnología o por alguna otra razón, en vista de las muchísimas posibilidades positivas de Internet. "Los métodos para facilitar la comunicación y el diálogo entre sus propios miembros pueden fortalecer los lazos de unidad entre ellos. El acceso inmediato a la información hace posible que [la Iglesia] profundice en su diálogo con el mundo contemporáneo... La Iglesia puede informar más fácilmente al mundo de sus creencias y explicar las razones de su postura ante cualquier asunto o acontecimiento. Puede escuchar más claramente la voz de la opinión pública, y entrar en un debate continuo con el mundo que la rodea, implicándose así más inmediatamente en la búsqueda común de soluciones a los numerosos problemas acuciantes de la humanidad" [42].

11. Por lo tanto, al concluir estas reflexiones, ofrecemos palabras de aliento a varios grupos en particular: los líderes de la Iglesia, el personal pastoral, los educadores, los padres y, especialmente, los jóvenes.

A los líderes de la Iglesia
: Las personas que ocupan puestos de liderazgo en todos los sectores de la Iglesia deben comprender los medios de comunicación, aplicar esta comprensión en la formulación de planes pastorales para las comunicaciones sociales [43] junto con políticas y programas concretos en esta área, y hacer un uso apropiado de los medios. Cuando sea necesario, deben recibir ellos mismos educación sobre los medios de comunicación; de hecho, "la Iglesia estaría bien servida si un mayor número de los que ocupan cargos y desempeñan funciones en su nombre recibieran formación en materia de comunicación" [44].

Esto se aplica tanto a Internet como a los medios de comunicación más antiguos. Los responsables de la Iglesia están obligados a utilizar "todas las potencialidades de la "era informática" al servicio de la vocación humana y trascendente de cada persona, para dar así gloria al Padre, de quien proceden todos los bienes" [45], y a emplear esta extraordinaria tecnología en los más diversos aspectos de la misión de la Iglesia, explorando también las posibilidades de cooperación ecuménica e interreligiosa en su uso.

Un aspecto especial de Internet, como hemos visto, se refiere a la proliferación, a veces confusa, de sitios web no oficiales etiquetados como "católicos". Un sistema de certificación voluntaria a nivel local y nacional, bajo la supervisión de representantes del Magisterio, podría ser útil en relación con el material de naturaleza específicamente doctrinal o catequética. No se trata de imponer la censura, sino de ofrecer a los internautas una guía fiable de lo que expresa la auténtica posición de la Iglesia.

Al personal pastoral. Los sacerdotes, los diáconos, los religiosos y los agentes de pastoral laicos deben recibir una formación sobre los medios de comunicación para aumentar su comprensión del impacto de las comunicaciones sociales en las personas y en la sociedad, y para ayudarles a adquirir un modo de comunicar que responda a la sensibilidad y a los intereses de las personas en una cultura mediática. Hoy en día, esto incluye claramente la formación relativa a Internet, incluido el modo de utilizarla en su trabajo. También pueden beneficiarse de los sitios web que ofrecen actualización teológica y sugerencias pastorales.

En cuanto al personal de la Iglesia directamente implicado en los medios de comunicación, no hace falta decir que debe tener una formación profesional. Pero también necesitan formación doctrinal y espiritual, ya que "para dar testimonio de Cristo es necesario encontrarse con él y fomentar una relación personal con él a través de la oración, la Eucaristía y la reconciliación sacramental, la lectura y la reflexión sobre la palabra de Dios, el estudio de la doctrina cristiana y el servicio a los demás"[46].

A los educadores y catequistas. La Instrucción Pastoral Communio et Progressio hablaba del "deber urgente" de las escuelas católicas de formar a los comunicadores y a los receptores de las comunicaciones sociales en los principios cristianos pertinentes [47] El mismo mensaje se ha repetido muchas veces. En la era de Internet, con su enorme alcance e impacto, la necesidad es más urgente que nunca.

Las universidades católicas, los colegios, las escuelas y los programas educativos de todos los niveles deberían ofrecer cursos para diversos grupos - "seminaristas, sacerdotes, religiosos y religiosas, y líderes laicos... profesores, padres y estudiantes" [48]-, así como una formación más avanzada en tecnología de la comunicación, gestión, ética y cuestiones políticas para las personas que se preparan para el trabajo profesional en los medios de comunicación o para las funciones de toma de decisiones, incluidos los que trabajan en la comunicación social para la Iglesia. Además, recomendamos las cuestiones y preguntas mencionadas anteriormente a la atención de los estudiosos e investigadores de las disciplinas pertinentes en las instituciones católicas de enseñanza superior.

A los padres. Por el bien de sus hijos, así como por el suyo propio, los padres deben "aprender y practicar las habilidades de espectadores, oyentes y lectores con criterio, actuando como modelos de uso prudente de los medios de comunicación en el hogar" [49]. En lo que respecta a Internet, los niños y los jóvenes suelen estar más familiarizados con ella que sus padres, pero los padres siguen estando seriamente obligados a guiar y supervisar a sus hijos en su uso [50].

La supervisión de los padres debe incluir la garantía de que se utiliza tecnología de filtrado en los ordenadores a disposición de los niños cuando ello sea económica y técnicamente factible, con el fin de protegerlos en la medida de lo posible de la pornografía, los depredadores sexuales y otras amenazas. No debe permitirse la exposición a Internet sin supervisión. Padres e hijos deben dialogar juntos sobre lo que se ve y experimenta en el ciberespacio; también será útil compartir con otras familias que tengan los mismos valores y preocupaciones. El deber fundamental de los padres en este caso es ayudar a los niños a convertirse en usuarios de Internet discriminantes y responsables, y no en adictos a la red, que descuidan el contacto con sus compañeros y con la propia naturaleza.

A los niños y jóvenes. Internet es una puerta que se abre a un mundo glamoroso y emocionante con una poderosa influencia formativa; pero no todo lo que hay al otro lado de la puerta es seguro, sano y verdadero. "Los niños y los jóvenes deben estar abiertos a la formación en relación con los medios de comunicación, resistiendo el camino fácil de la pasividad acrítica, la presión de los compañeros y la explotación comercial" [51]. Los jóvenes se deben a sí mismos -y a sus padres y familias y amigos, a sus pastores y profesores y, en última instancia, a Dios- un buen uso de Internet.

Internet pone al alcance de los jóvenes, a una edad inusualmente temprana, una inmensa capacidad para hacer el bien y el mal, a ellos mismos y a los demás. Puede enriquecer sus vidas más allá de los sueños de las generaciones anteriores y permitirles enriquecer a su vez las vidas de los demás. También puede sumirlos en el consumismo, la fantasía pornográfica y violenta, y el aislamiento patológico.

Los jóvenes, como se ha dicho a menudo, son el futuro de la sociedad y de la Iglesia. Un buen uso de Internet puede ayudarles a prepararse para sus responsabilidades en ambas. Pero esto no ocurrirá automáticamente. Internet no es un mero medio de entretenimiento y gratificación del consumidor. Es una herramienta para realizar un trabajo útil, y los jóvenes deben aprender a verla y utilizarla como tal. En el ciberespacio, al menos tanto como en cualquier otro lugar, se les puede pedir que vayan a contracorriente, que practiquen el contraculturalismo, incluso que sufran persecución en aras de lo que es verdadero y bueno.

12. A todas las personas de buena voluntad. Por último, sugerimos algunas virtudes que deben ser cultivadas por todos los que quieran hacer un buen uso de Internet; su ejercicio debe estar basado y guiado por una valoración realista de sus contenidos.

La prudencia es necesaria para ver con claridad las implicaciones -el potencial para el bien y el mal- de este nuevo medio y para responder con creatividad a sus retos y oportunidades.

Es necesaria la justicia, especialmente la justicia a la hora de trabajar para cerrar la brecha digital, la brecha entre los ricos y los pobres en información en el mundo actual [52], lo que requiere un compromiso con el bien común internacional, nada menos que la "globalización de la solidaridad" [53].

Es necesaria la fortaleza, el coraje. Esto significa defender la verdad frente al relativismo religioso y moral, el altruismo y la generosidad frente al consumismo individualista, la decencia frente a la sensualidad y el pecado.

Y es necesaria la templanza: una aproximación autodisciplinada a este extraordinario instrumento tecnológico, Internet, para utilizarlo sabiamente y sólo para el bien.

Al reflexionar sobre Internet, como sobre todos los demás medios de comunicación social, recordamos que Cristo es "el comunicador perfecto" [54], la norma y el modelo del enfoque de la comunicación de la Iglesia, así como el contenido que la Iglesia está obligada a comunicar. "Que los católicos comprometidos en el mundo de la comunicación social prediquen la verdad de Jesús cada vez con más audacia desde las azoteas, para que todos los hombres escuchen el amor que es el corazón de la autocomunicación de Dios en Jesucristo, el mismo ayer, hoy y siempre" [55].

Ciudad del Vaticano, 22 de febrero de 2002, Fiesta de la Cátedra de San Pedro Apóstol.

John P. Foley
Presidente

Pierfranco Pastore
Secretario

[1] Juan Pablo II, carta encíclica Laborem Exercens, n. 25; cf. Concilio Vaticano II, Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et Spes, n. 34.

[2] Concilio Vaticano II, Decreto sobre los medios de comunicación social Inter Mirifica, n. 1.

[3] Por ejemplo, Inter Mirifica; los Mensajes del Papa Pablo VI y del Papa Juan Pablo II con ocasión de las Jornadas Mundiales de la Comunicación; Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales, Instrucción pastoral Communio et Progressio, Pornografía y violencia en los medios de comunicación: Una respuesta pastoral, Instrucción pastoral Aetatis Novae, Ética en la publicidad, Ética en las comunicaciones.

[4] Pornografía y violencia en los medios de comunicación social, n. 30.

[5] Communio et Progressio, n. 2.

[6] Juan Pablo II, Mensaje para la 34ª Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, 4 de junio de 2000.

[7] Communio et Progressio, n. 10.

[8] Concilio Vaticano II, Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et Spes, 39.

[9] Inter Mirifica, 2.

[10] Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales, Ética en Internet.

[11] Aetatis Novae, 8.

[12] Ibid.

[13] Ética en las comunicaciones, n. 3.

([14] Cf. Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática sobre la Divina Revelación Dei Verbum, n. 10.

[15] Aetatis Novae, n. 10.

[16] Ética en las comunicaciones, n. 26.

[17] Communio et Progressio, 128.

[18] Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi, n. 45.

[19] Encíclica Redemptoris Missio, n. 37.

[20] Aetatis Novae, n. 2.

[21] Juan Pablo II, Mensaje para la 35ª Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, n. 3, 27 de mayo de 2001.

[22] Aetatis Novae, n. 9.

[23] Ética en las comunicaciones, n. 11.

[24] Cf. Communio et Progressio, n. 15.

[25] Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium, n. 37.

[26] Communio et Progressio, n. 116.

[27] Ibídem, n. 117.

[28] Cf. Canon 212.2, 212.3.

[29] Cf. Aetatis Novae, n. 10; Ética en las comunicaciones, n. 26.

[30] Aetatis Novae, n. 10.

[31] Ética en las Comunicaciones, n. 26.

[32] Ética en las Comunicaciones, n. 25.

[33] Aetatis Novae, n. 28.

[34] Communio et Progressio, n. 107.

[35] Juan Pablo II, Mensaje para la XXIV Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, 1990.

[36] Cf. Ética en Internet.

[37] Juan Pablo II, Mensaje para la 35ª Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, n. 3.

[38] Pornografía y violencia en los medios de comunicación social, n. 7.

[39] Aetatis Novae, 8.

[40]Cf. Juan Pablo II, Carta apostólica Novo Millennio Ineunte, n. 39.

[41] Cf. Juan Pablo II, Discurso a los obispos de los Estados Unidos, n. 5, Los Ángeles, 16 de septiembre de 1987.

[42] Juan Pablo II, Mensaje para la XXIV Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, 1990.

[43] Cf. Aetatis Novae, nn. 23-33.

[44] Ética en las comunicaciones, n. 26.

[45] Mensaje para la XXIV Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, 1990.

[46] Mensaje para la 34ª Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, 2000.

[47] Communio et Progressio, n. 107.

[48] Aetatis Novae, n. 28.

[49] Ética en las comunicaciones, n. 25.

[50] Cf. Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Familiaris consortio, n. 76.

[51] Ética en las comunicaciones, n. 25.

[52] Cf. Ética en Internet, nn. 10, 17.

[53] Juan Pablo II, Discurso al Secretario General de la ONU y al Comité Administrativo de Coordinación de las Naciones Unidas, n. 2, 7 de abril de 2000.

[54] Communio et Progressio, n. 11.

[55] Mensaje para la 35ª Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, n. 4.