viernes, 19 de diciembre de 2014

BERGOGLIO: LA IGLESIA ES MADRE COMO MARÍA, NO EMPRESARIA

“La Iglesia es estéril cuando va por el camino de la hipocresía y del fariseísmo, solo cuando “se abre a la novedad de Dios” es fecunda y madre”, afirmó este viernes el papa durante la Misa en la Casa Santa Marta.


Según Radio Vaticana, el papa celebró este viernes la última Misa en Santa Marta de este año, en la que participó un grupo de fieles. En su homilía destacó la “nueva Creación”, que representa el nacimiento de Jesús y que hace nuevas todas las cosas.

Así, reflexionó sobre las lecturas del día que narran los nacimientos milagrosos de Sansón y Juan Bautista. Recordó que “en el Pueblo de Israel era casi una maldición no tener hijos” y que en la Biblia encontramos a tantas mujeres estériles en las que “el Señor hace el milagro”.

Además, Bergoglio destacó que “la Iglesia nos hace ver este símbolo de la esterilidad precisamente antes del nacimiento de Jesús, y también de parte de una mujer incapaz de tener un hijo por su decisión de permanecer virgen”.

Éste es “el signo de la humanidad incapaz de dar un paso más”, comentó Bergoglio. Y añadió que “la Iglesia quiere hacernos reflexionar sobre la humanidad estéril”.

“De la esterilidad, el Señor es capaz de volver a comenzar una nueva descendencia, una nueva vida. Y éste es el mensaje de hoy. Cuando la humanidad está extenuada, ya no puede caminar, viene la gracia y viene el Hijo, y viene la Salvación. Y aquella creación agotada deja lugar a la nueva Creación…”.

“Esta ‘segunda’ Creación cuando la Tierra está agotada es el mensaje de hoy”. Dijo que “nosotros esperamos a Aquel que es capaz de recrear todas las cosas, de hacer nuevas las cosas. Esperamos la novedad de Dios. Es Navidad, la novedad de Dios que vuelve a hacer, de modo maravilloso la Creación, y todas las cosas”.

Bergoglio indicó que tanto la esposa de Manoach, madre de Sansón, como Isabel, serán madres gracias a la acción del Espíritu del Señor. Y se preguntó qué mensaje nos dejan estas lecturas. “Abrámonos al Espíritu de Dios. Nosotros, solos, no somos capaces. Es Él quien puede hacer las cosas”, invitó.

“También esto me hace pensar en nuestra madre Iglesia; también en tantas esterilidades que tiene nuestra madre Iglesia: cuando, por el peso de la esperanza en los mandamientos, aquel pelagianismo que todos nosotros llevamos en los huesos, se vuelve estéril. Se cree capaz de dar a luz… no, ¡no puede! La Iglesia es madre, y se hace madre sólo cuando se abre a la novedad de Dios, a la fuerza del Espíritu. Cuando se dice a sí misma: ‘Yo hago todo, pero, he terminado, ¡no puedo avanzar más!’, viene el Espíritu”.

“Y también hoy es un día para rezar por nuestra madre Iglesia, por tantas esterilidades en el pueblo de Dios. Esterilidad de egoísmos, de podercuando la Iglesia cree que puede todo, que se adueña de las conciencias de la gente, de ir por el camino de los Fariseos, de los Saduceos, por el camino de la hipocresía, la Iglesia es estéril. Rezar. Que nuestra Iglesia abierta al don de Dios lo haga en esta Navidad, que se deje sorprender por el Espíritu Santo y que sea una Iglesia que haga hijos, una Iglesia madre. Madre. Tantas veces yo pienso que la Iglesia en algunos lugares, más que madre es una empresaria, señaló.

Por ello, “viendo esta historia de esterilidad del pueblo de Dios y tantas historias en la historia de la Iglesia que la han hecho estéril pidamos al Señor, hoy, mirando el Pesebre, la gracia de la fecundidad de la Iglesia. Que ante todo, la Iglesia sea madre, como María”.


ACI Prensa




lunes, 15 de diciembre de 2014

BERGOGLIO: “CRISTIANOS DEBILES HASTA EL PUNTO DE LA PODREDUMBRE”


Homilía en Santa Marta: Misericordia y Perdón

“Jesús nos hace misericordiosos con la gente, mientras que quien tiene el corazón débil porque no está fundado en Cristo corre el riesgo de ser rígido en la disciplina exterior, pero hipócrita y oportunista dentro” dijo Bergoglio en la homilía matutina de este lunes en la Casa Santa Marta.

En el centro de la homilía del papa estuvo el evangelio del día, en el que los jefes de los sacerdotes preguntan a Jesús con qué autoridad actúa de esta forma. “Es una pregunta” -explica- “que demuestra el corazón hipócrita de esta gente: ‘a ellos no les interesaba la verdad’, buscaban sólo sus intereses e iban según el viento: ‘Conviene ir aquí, conviene ir allí...’ ¡eran banderillas, ¿eh? ¡Todos! Todos”.

“Sin consistencia, un corazón sin consistencia; y así lo negociaban todo: negociaban la libertad interior, negociaban la fe, negociaban la patria... todo, menos las apariencias. A ellos les importaba salir bien de las situaciones”, explicó, “eran oportunistas, aprovechaban las situaciones”.

“Y sin embargo,” - prosiguió el Papa - “alguno de vosotros podría decirme: ‘Pero padre, esta gente era observante de la ley: el sábado no caminaban más de cien metros -o no sé cuánto se podía hacer- pero nunca, nunca iban a la mesa sin lavarse las manos o hacer las abluciones; eran gente muy observante, muy segura de sus costumbres'”.

“Sí, es verdad, pero en las apariencias” -aseguró Francisco-. “Eran fuertes, pero hacia fuera. Estaban enyesados. El corazón era muy débil, no sabían en qué creían. Y por esto su vida era, la parte exterior, toda regulada, pero el corazón iba de un lado a otro: un corazón débil y una piel enyesada, fuerte, dura.

“Jesús al contrario, nos enseña que el cristiano debe tener el corazón fuerte, el corazón firme, el corazón que crece sobre la roca, que es Cristo, y después en el modo de ir, ir con prudencia: En este caso hago esto pero... es la forma de ir, pero no se negocia el corazón, no se negocia la roca. ¡La roca es Cristo, no se negocia!”.

“Este es el drama de la hipocresía de esta gente. Y Jesús no negociaba nunca su corazón de Hijo del Padre, sino que era muy abierto a la gente, buscando caminos para ayudar. ‘¡Pero esto no se puede hacer: nuestra disciplina, nuestra doctrina dice que no se puede hacer!' decían ellos. ‘¿Por qué tus discípulos comen el trigo en el campo, cuando caminan, el día del sábado? ¡No se puede hacer!'. Eran tan rígidos en sus disciplinas: ‘No, la disciplina no se toca, es sagrada'”.

El papa Francisco recordó el momento en el que “Pío XII nos liberó de esa cruz tan pesada que era el ayuno eucarístico”.

“Alguno de vosotros quizás se acuerda. No se podía ni beber un sorbo de agua. ¡Ni eso! Y para lavarse los dientes, se tenía que hacer de manera que el agua no se tragara. Yo mismo de niño iba a confesarme de haber tomado la comunión, porque creía que una gota de agua había ido adentro. ¿Es verdad o no? Es verdad”, afirmó.

“Cuando Pío XII cambió la disciplina -‘¡Ah, herejía! ¡No! ¡Ha tocado la disciplina de la Iglesia!'- muchos fariseos se escandalizaron. Muchos. Porque Pío XII había hecho como Jesús: ha visto la necesidad de la gente. ‘¡Pobre gente, con tanto calor!'. Estos sacerdotes que decían tres misas, la última a la una, después del mediodía, en ayunas. La disciplina de la Iglesia”.

“Y estos fariseos eran así -‘nuestra disciplina'- rígidos en la piel”, pero, como Jesús les dice, ‘putrefactos en el corazón, débiles, débiles hasta la podredumbre, tenebrosos en el corazón”, prosiguió. “Este es el drama de esta gente” y Jesús denuncia la hipocresía y el oportunismo.

“También nuestra vida puede volverse así, también nuestra vida” -advirtió-. “Y algunas veces os confieso una cosa, cuando he visto a un cristiano, a una cristiana así, con el corazón débil, no firme, no firme en la roca -Jesús- y con tanta rigidez fuera, he pedido al Señor: ‘Señor, tírale una cáscara de banana delante, para que se pegue un buen resbalón, se avergüence de ser pecador, y así te encuentre, que Tú eres el Salvador'”.

“Eh, muchas veces un pecado nos hace avergonzar tanto y encontrarnos con el Señor, que nos perdona” -concluyó-, “como estos enfermos que estaban aquí e iban al Señor para curarse”.


Periodista Digital


martes, 9 de diciembre de 2014

BERGOGLIO: "LA IGLESIA ES MADRE, NO VALE UN ORGANIGRAMA PERFECTO"

La alegría de la Iglesia es ser madre, ir a buscar a las ovejas perdidas. Lo afirmó el papa en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta. 


Bergoglio basó su homilía en la primera lectura en la que el profeta Isaías habla del fin de la tribulación de Israel después del exilio en Babilonia. "El pueblo tiene necesidad de consuelo. La misma presencia del Señor consuela. Una consolación que también existe en la tribulación".

“Y sin embargo, nosotros, habitualmente huimos de la consolación; tenemos desconfianza; estamos más cómodos en nuestras cosas, más cómodos también en nuestras faltas, en nuestros pecados. Ésta es tierra nuestra. En cambio, cuando viene el Espíritu y viene la consolación nos conduce a otro estado que nosotros no podemos controlar: es precisamente el abandono en la consolación del Señor”.

Bergoglio subrayó que "la consolación más fuerte es la de la misericordia y la del perdón". Y aludió al final del capítulo 16 de Ezequiel, cuando "después del elenco de tantos pecados del pueblo", dice: "Pero yo no te abandono; yo te daré más; ésta será mi venganza: la consolación y el perdón, así es nuestro Dios. Por esto, es bueno repetir: déjense consolar por el Señor, es el único que puede consolarnos".

Si bien "estamos habituados a alquilar consolaciones pequeñas, un poco hechas por nosotros, pero que después no sirven". Y al detenerse sobre el Evangelio del día, tomado de San Mateo, sobre la parábola de la oveja perdida, Bergolio dijo:

"Yo me pregunto cuál es la consolación de la Iglesia. Así como cuando una persona es consolada; cuando siente la misericordia y el perdón del Señor, la Iglesia hace fiesta, es feliz cuando sale de sí misma. En el Evangelio, ese pastor que sale, va a buscar aquella oveja perdida, podía hacer la cuenta de un buen comerciante: por, 99, si pierde una no hay problema; el balance... Ganancias, pérdidas... Pero va bien, podemos ir así. No. Tiene corazón de pastor. Sale a buscarla hasta que la encuentra y allí hace fiesta, está feliz".

"La alegría de salir para buscar a los hermanos y a las hermanas que están lejos. Ésta es la alegría de la Iglesia. Allí la Iglesia se convierte en madre, se hace fecunda":

"Cuando la Iglesia no hace esto, cuando la Iglesia se detiene en sí misma, se cierra en sí misma, tal vez se ha organizado bien, un organigrama perfecto, todo en su lugar, todo limpio, pero falta la alegría, falta la fiesta, falta la paz, y así se convierte en una Iglesia desalentada, ansiosa, triste, una Iglesia que tiene más de solterona que de madre, y esta Iglesia no sirve, es una Iglesia de museo. La alegría de la Iglesia es dar a luz; la alegría de la Iglesia es salir de sí misma para dar vida; la alegría de la Iglesia es ir a buscar aquellas ovejas que están perdidas; la alegría de la Iglesia es precisamente aquella ternura del pastor, la ternura de la madre".

Bergoglio dijo que en el final del pasaje de Isaías "se retoma esta imagen: como un pastor él hace pastorear al rebaño y con su brazo lo reúne. Ésta es la alegría de la Iglesia: salir de sí misma y llegar a ser fecunda":

"Que el Señor nos de la gracia de trabajar, ser cristianos alegres en la fecundidad de la madre Iglesia y nos libre de caer en la actitud de ser cristianos tristes, impacientes, desalentados, ansiosos, que tienen todo perfecto en la Iglesia, pero no tienen ‘niños'. Que el Señor nos consuele con la consolación de una Iglesia madre que sale de sí misma y nos consuele con la consolación de la ternura de Jesús y de su misericordia en el perdón de nuestros pecados".





lunes, 8 de diciembre de 2014

CELEBRACIÓN DE LA XLVIII JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ "NO ESCLAVOS, SINO HERMANOS" (8 DE DICIEMBRE DE 2014)


MENSAJE DEL SANTO PADRE

FRANCISCO

PARA LA CELEBRACIÓN DE LA

XLVIII JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ


1 DE ENERO DE 2015


NO ESCLAVOS, SINO HERMANOS

1. Al comienzo de un nuevo año, que recibimos como una gracia y un don de Dios a la humanidad, deseo dirigir a cada hombre y mujer, así como a los pueblos y naciones del mundo, a los jefes de Estado y de Gobierno, y a los líderes de las diferentes religiones, mis mejores deseos de paz, que acompaño con mis oraciones por el fin de las guerras, los conflictos y los muchos de sufrimientos causados por el hombre o por antiguas y nuevas epidemias, así como por los devastadores efectos de los desastres naturales. Rezo de modo especial para que, respondiendo a nuestra común vocación de colaborar con Dios y con todos los hombres de buena voluntad en la promoción de la concordia y la paz en el mundo, resistamos a la tentación de comportarnos de un modo indigno de nuestra humanidad.

En el mensaje para el 1 de enero pasado, señalé que del «deseo de una vida plena… forma parte un anhelo indeleble de fraternidad, que nos invita a la comunión con los otros, en los que encontramos no enemigos o contrincantes, sino hermanos a los que acoger y querer».[1] Siendo el hombre un ser relacional, destinado a realizarse en un contexto de relaciones interpersonales inspiradas por la justicia y la caridad, es esencial que para su desarrollo se reconozca y respete su dignidad, libertad y autonomía. Por desgracia, el flagelo cada vez más generalizado de la explotación del hombre por parte del hombre daña seriamente la vida de comunión y la llamada a estrechar relaciones interpersonales marcadas por el respeto, la justicia y la caridad. Este fenómeno abominable, que pisotea los derechos fundamentales de los demás y aniquila su libertad y dignidad, adquiere múltiples formas sobre las que deseo hacer una breve reflexión, de modo que, a la luz de la Palabra de Dios, consideremos a todos los hombres «no esclavos, sino hermanos».

A la escucha del proyecto de Dios sobre la humanidad

2. El tema que he elegido para este mensaje recuerda la carta de san Pablo a Filemón, en la que le pide que reciba a Onésimo, antiguo esclavo de Filemón y que después se hizo cristiano, mereciendo por eso, según Pablo, que sea considerado como un hermano. Así escribe el Apóstol de las gentes: «Quizá se apartó de ti por breve tiempo para que lo recobres ahora para siempre; y no como esclavo, sino como algo mejor que un esclavo, como un hermano querido» (Flm 15-16). Onésimo se convirtió en hermano de Filemón al hacerse cristiano. Así, la conversión a Cristo, el comienzo de una vida de discipulado en Cristo, constituye un nuevo nacimiento (cf. 2 Co 5,17; 1 P 1,3) que regenera la fraternidad como vínculo fundante de la vida familiar y base de la vida social.

En el libro del Génesis, leemos que Dios creó al hombre, varón y hembra, y los bendijo, para que crecieran y se multiplicaran (cf. 1,27-28): Hizo que Adán y Eva fueran padres, los cuales, cumpliendo la bendición de Dios de ser fecundos y multiplicarse, concibieron la primera fraternidad, la de Caín y Abel. Caín y Abel eran hermanos, porque vienen del mismo vientre, y por lo tanto tienen el mismo origen, naturaleza y dignidad de sus padres, creados a imagen y semejanza de Dios.

Pero la fraternidad expresa también la multiplicidad y diferencia que hay entre los hermanos, si bien unidos por el nacimiento y por la misma naturaleza y dignidad. Como hermanos y hermanas, todas las personas están por naturaleza relacionadas con las demás, de las que se diferencian pero con las que comparten el mismo origen, naturaleza y dignidad. Gracias a ello la fraternidad crea la red de relaciones fundamentales para la construcción de la familia humana creada por Dios.

Por desgracia, entre la primera creación que narra el libro del Génesis y el nuevo nacimiento en Cristo, que hace de los creyentes hermanos y hermanas del «primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8,29), se encuentra la realidad negativa del pecado, que muchas veces interrumpe la fraternidad creatural y deforma continuamente la belleza y nobleza del ser hermanos y hermanas de la misma familia humana. Caín, además de no soportar a su hermano Abel, lo mata por envidia cometiendo el primer fratricidio. «El asesinato de Abel por parte de Caín deja constancia trágicamente del rechazo radical de la vocación a ser hermanos. Su historia (cf. Gn 4,1-16) pone en evidencia la dificultad de la tarea a la que están llamados todos los hombres, vivir unidos, preocupándose los unos de los otros».[2]

También en la historia de la familia de Noé y sus hijos (cf. Gn 9,18-27), la maldad de Cam contra su padre es lo que empuja a Noé a maldecir al hijo irreverente y bendecir a los demás, que sí lo honraban, dando lugar a una desigualdad entre hermanos nacidos del mismo vientre.

En la historia de los orígenes de la familia humana, el pecado de la separación de Dios, de la figura del padre y del hermano, se convierte en una expresión del rechazo de la comunión traduciéndose en la cultura de la esclavitud (cf. Gn 9,25-27), con las consecuencias que ello conlleva y que se perpetúan de generación en generación: rechazo del otro, maltrato de las personas, violación de la dignidad y los derechos fundamentales, la institucionalización de la desigualdad. De ahí la necesidad de convertirse continuamente a la Alianza, consumada por la oblación de Cristo en la cruz, seguros de que «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia... por Jesucristo» (Rm 5,20.21). Él, el Hijo amado (cf. Mt 3,17), vino a revelar el amor del Padre por la humanidad. El que escucha el evangelio, y responde a la llamada a la conversión, llega a ser en Jesús «hermano y hermana, y madre» (Mt 12,50) y, por tanto, hijo adoptivo de su Padre (cf. Ef 1,5).

No se llega a ser cristiano, hijo del Padre y hermano en Cristo, por una disposición divina autoritativa, sin el concurso de la libertad personal, es decir, sin convertirse libremente a Cristo. El ser hijo de Dios responde al imperativo de la conversión: «Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hch 2,38). Todos los que respondieron con la fe y la vida a esta predicación de Pedro entraron en la fraternidad de la primera comunidad cristiana (cf. 1 P 2,17; Hch 1,15.16; 6,3; 15,23): judíos y griegos, esclavos y hombres libres (cf. 1 Co 12,13; Ga 3,28), cuya diversidad de origen y condición social no disminuye la dignidad de cada uno, ni excluye a nadie de la pertenencia al Pueblo de Dios. Por ello, la comunidad cristiana es el lugar de la comunión vivida en el amor entre los hermanos (cf. Rm 12,10; 1 Ts 4,9; Hb 13,1; 1 P 1,22; 2 P 1,7).

Todo esto demuestra cómo la Buena Nueva de Jesucristo, por la que Dios hace «nuevas todas las cosas» (Ap 21,5),[3] también es capaz de redimir las relaciones entre los hombres, incluida aquella entre un esclavo y su amo, destacando lo que ambos tienen en común: la filiación adoptiva y el vínculo de fraternidad en Cristo. El mismo Jesús dijo a sus discípulos: «Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,15).

Múltiples rostros de la esclavitud de entonces y de ahora

3. Desde tiempos inmemoriales, las diferentes sociedades humanas conocen el fenómeno del sometimiento del hombre por parte del hombre. Ha habido períodos en la historia humana en que la institución de la esclavitud estaba generalmente aceptada y regulada por el derecho. Éste establecía quién nacía libre, y quién, en cambio, nacía esclavo, y en qué condiciones la persona nacida libre podía perder su libertad u obtenerla de nuevo. En otras palabras, el mismo derecho admitía que algunas personas podían o debían ser consideradas propiedad de otra persona, la cual podía disponer libremente de ellas; el esclavo podía ser vendido y comprado, cedido y adquirido como una mercancía.

Hoy, como resultado de un desarrollo positivo de la conciencia de la humanidad, la esclavitud, crimen de lesa humanidad,[4] está oficialmente abolida en el mundo. El derecho de toda persona a no ser sometida a esclavitud ni a servidumbre está reconocido en el derecho internacional como norma inderogable.

Sin embargo, a pesar de que la comunidad internacional ha adoptado diversos acuerdos para poner fin a la esclavitud en todas sus formas, y ha dispuesto varias estrategias para combatir este fenómeno, todavía hay millones de personas –niños, hombres y mujeres de todas las edades– privados de su libertad y obligados a vivir en condiciones similares a la esclavitud.

Me refiero a tantos trabajadores y trabajadoras, incluso menores, oprimidos de manera formal o informal en todos los sectores, desde el trabajo doméstico al de la agricultura, de la industria manufacturera a la minería, tanto en los países donde la legislación laboral no cumple con las mínimas normas y estándares internacionales, como, aunque de manera ilegal, en aquellos cuya legislación protege a los trabajadores.

Pienso también en las condiciones de vida de muchos emigrantes que, en su dramático viaje, sufren el hambre, se ven privados de la libertad, despojados de sus bienes o de los que se abusa física y sexualmente. En aquellos que, una vez llegados a su destino después de un viaje durísimo y con miedo e inseguridad, son detenidos en condiciones a veces inhumanas. Pienso en los que se ven obligados a la clandestinidad por diferentes motivos sociales, políticos y económicos, y en aquellos que, con el fin de permanecer dentro de la ley, aceptan vivir y trabajar en condiciones inadmisibles, sobre todo cuando las legislaciones nacionales crean o permiten una dependencia estructural del trabajador emigrado con respecto al empleador, como por ejemplo cuando se condiciona la legalidad de la estancia al contrato de trabajo... Sí, pienso en el «trabajo esclavo».

Pienso en las personas obligadas a ejercer la prostitución, entre las que hay muchos menores, y en los esclavos y esclavas sexuales; en las mujeres obligadas a casarse, en aquellas que son vendidas con vistas al matrimonio o en las entregadas en sucesión, a un familiar después de la muerte de su marido, sin tener el derecho de dar o no su consentimiento.

No puedo dejar de pensar en los niños y adultos que son víctimas del tráfico y comercialización para la extracción de órganos, para ser reclutados como soldados, para la mendicidad, para actividades ilegales como la producción o venta de drogas, o para formas encubiertas de adopción internacional.

Pienso finalmente en todos los secuestrados y encerrados en cautividad por grupos terroristas, puestos a su servicio como combatientes o, sobre todo las niñas y mujeres, como esclavas sexuales. Muchos de ellos desaparecen, otros son vendidos varias veces, torturados, mutilados o asesinados.

Algunas causas profundas de la esclavitud

4. Hoy como ayer, en la raíz de la esclavitud se encuentra una concepción de la persona humana que admite el que pueda ser tratada como un objeto. Cuando el pecado corrompe el corazón humano, y lo aleja de su Creador y de sus semejantes, éstos ya no se ven como seres de la misma dignidad, como hermanos y hermanas en la humanidad, sino como objetos. La persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, queda privada de la libertad, mercantilizada, reducida a ser propiedad de otro, con la fuerza, el engaño o la constricción física o psicológica; es tratada como un medio y no como un fin.

Junto a esta causa ontológica –rechazo de la humanidad del otro­– hay otras que ayudan a explicar las formas contemporáneas de la esclavitud. Me refiero en primer lugar a la pobreza, al subdesarrollo y a la exclusión, especialmente cuando se combinan con la falta de acceso a la educación o con una realidad caracterizada por las escasas, por no decir inexistentes, oportunidades de trabajo. Con frecuencia, las víctimas de la trata y de la esclavitud son personas que han buscado una manera de salir de un estado de pobreza extrema, creyendo a menudo en falsas promesas de trabajo, para caer después en manos de redes criminales que trafican con los seres humanos. Estas redes utilizan hábilmente las modernas tecnologías informáticas para embaucar a jóvenes y niños en todas las partes del mundo.

Entre las causas de la esclavitud hay que incluir también la corrupción de quienes están dispuestos a hacer cualquier cosa para enriquecerse. En efecto, la esclavitud y la trata de personas humanas requieren una complicidad que con mucha frecuencia pasa a través de la corrupción de los intermediarios, de algunos miembros de las fuerzas del orden o de otros agentes estatales, o de diferentes instituciones, civiles y militares. «Esto sucede cuando al centro de un sistema económico está el dios dinero y no el hombre, la persona humana. Sí, en el centro de todo sistema social o económico, tiene que estar la persona, imagen de Dios, creada para que fuera el dominador del universo. Cuando la persona es desplazada y viene el dios dinero sucede esta trastocación de valores».[5]

Otras causas de la esclavitud son los conflictos armados, la violencia, el crimen y el terrorismo. Muchas personas son secuestradas para ser vendidas o reclutadas como combatientes o explotadas sexualmente, mientras que otras se ven obligadas a emigrar, dejando todo lo que poseen: tierra, hogar, propiedades, e incluso la familia. Éstas últimas se ven empujadas a buscar una alternativa a esas terribles condiciones aun a costa de su propia dignidad y supervivencia, con el riesgo de entrar de ese modo en ese círculo vicioso que las convierte en víctimas de la miseria, la corrupción y sus consecuencias perniciosas.

Compromiso común para derrotar la esclavitud

5. Con frecuencia, cuando observamos el fenómeno de la trata de personas, del tráfico ilegal de los emigrantes y de otras formas conocidas y desconocidas de la esclavitud, tenemos la impresión de que todo esto tiene lugar bajo la indiferencia general.

Aunque por desgracia esto es cierto en gran parte, quisiera mencionar el gran trabajo silencioso que muchas congregaciones religiosas, especialmente femeninas, realizan desde hace muchos años en favor de las víctimas. Estos Institutos trabajan en contextos difíciles, a veces dominados por la violencia, tratando de romper las cadenas invisibles que tienen encadenadas a las víctimas a sus traficantes y explotadores; cadenas cuyos eslabones están hechos de sutiles mecanismos psicológicos, que convierten a las víctimas en dependientes de sus verdugos, a través del chantaje y la amenaza, a ellos y a sus seres queridos, pero también a través de medios materiales, como la confiscación de documentos de identidad y la violencia física. La actividad de las congregaciones religiosas se estructura principalmente en torno a tres acciones: la asistencia a las víctimas, su rehabilitación bajo el aspecto psicológico y formativo, y su reinserción en la sociedad de destino o de origen.

Este inmenso trabajo, que requiere coraje, paciencia y perseverancia, merece el aprecio de toda la Iglesia y de la sociedad. Pero, naturalmente, por sí solo no es suficiente para poner fin al flagelo de la explotación de la persona humana. Se requiere también un triple compromiso a nivel institucional de prevención, protección de las víctimas y persecución judicial contra los responsables. Además, como las organizaciones criminales utilizan redes globales para lograr sus objetivos, la acción para derrotar a este fenómeno requiere un esfuerzo conjunto y también global por parte de los diferentes agentes que conforman la sociedad.

Los Estados deben vigilar para que su legislación nacional en materia de migración, trabajo, adopciones, deslocalización de empresas y comercialización de los productos elaborados mediante la explotación del trabajo, respete la dignidad de la persona. Se necesitan leyes justas, centradas en la persona humana, que defiendan sus derechos fundamentales y los restablezcan cuando son pisoteados, rehabilitando a la víctima y garantizando su integridad, así como mecanismos de seguridad eficaces para controlar la aplicación correcta de estas normas, que no dejen espacio a la corrupción y la impunidad. Es preciso que se reconozca también el papel de la mujer en la sociedad, trabajando también en el plano cultural y de la comunicación para obtener los resultados deseados.

Las organizaciones intergubernamentales, de acuerdo con el principio de subsidiariedad, están llamadas a implementar iniciativas coordinadas para luchar contra las redes transnacionales del crimen organizado que gestionan la trata de personas y el tráfico ilegal de emigrantes. Es necesaria una cooperación en diferentes niveles, que incluya a las instituciones nacionales e internacionales, así como a las organizaciones de la sociedad civil y del mundo empresarial.

Las empresas,[6] en efecto, tienen el deber de garantizar a sus empleados condiciones de trabajo dignas y salarios adecuados, pero también han de vigilar para que no se produzcan en las cadenas de distribución formas de servidumbre o trata de personas. A la responsabilidad social de la empresa hay que unir la responsabilidad social del consumidor. Pues cada persona debe ser consciente de que «comprar es siempre un acto moral, además de económico».[7]

Las organizaciones de la sociedad civil, por su parte, tienen la tarea de sensibilizar y estimular las conciencias acerca de las medidas necesarias para combatir y erradicar la cultura de la esclavitud.

En los últimos años, la Santa Sede, acogiendo el grito de dolor de las víctimas de la trata de personas y la voz de las congregaciones religiosas que las acompañan hacia su liberación, ha multiplicado los llamamientos a la comunidad internacional para que los diversos actores unan sus esfuerzos y cooperen para poner fin a esta plaga.[8] Además, se han organizado algunos encuentros con el fin de dar visibilidad al fenómeno de la trata de personas y facilitar la colaboración entre los diferentes agentes, incluidos expertos del mundo académico y de las organizaciones internacionales, organismos policiales de los diferentes países de origen, tránsito y destino de los migrantes, así como representantes de grupos eclesiales que trabajan por las víctimas. Espero que estos esfuerzos continúen y se redoblen en los próximos años.

Globalizar la fraternidad, no la esclavitud ni la indiferencia

6. En su tarea de «anuncio de la verdad del amor de Cristo en la sociedad»,[9] la Iglesia se esfuerza constantemente en las acciones de carácter caritativo partiendo de la verdad sobre el hombre. Tiene la misión de mostrar a todos el camino de la conversión, que lleve a cambiar el modo de ver al prójimo, a reconocer en el otro, sea quien sea, a un hermano y a una hermana en la humanidad; reconocer su dignidad intrínseca en la verdad y libertad, como nos lo muestra la historia de Josefina Bakhita, la santa proveniente de la región de Darfur, en Sudán, secuestrada cuando tenía nueve años por traficantes de esclavos y vendida a dueños feroces. A través de sucesos dolorosos llegó a ser «hija libre de Dios», mediante la fe vivida en la consagración religiosa y en el servicio a los demás, especialmente a los pequeños y débiles. Esta Santa, que vivió entre los siglos XIX y XX, es hoy un testigo ejemplar de esperanza[10] para las numerosas víctimas de la esclavitud y un apoyo en los esfuerzos de todos aquellos que se dedican a luchar contra esta «llaga en el cuerpo de la humanidad contemporánea, una herida en la carne de Cristo».[11]

En esta perspectiva, deseo invitar a cada uno, según su puesto y responsabilidades, a realizar gestos de fraternidad con los que se encuentran en un estado de sometimiento. Preguntémonos, tanto comunitaria como personalmente, cómo nos sentimos interpelados cuando encontramos o tratamos en la vida cotidiana con víctimas de la trata de personas, o cuando tenemos que elegir productos que con probabilidad podrían haber sido realizados mediante la explotación de otras personas. Algunos hacen la vista gorda, ya sea por indiferencia, o porque se desentienden de las preocupaciones diarias, o por razones económicas. Otros, sin embargo, optan por hacer algo positivo, participando en asociaciones civiles o haciendo pequeños gestos cotidianos –que son tan valiosos–, como decir una palabra, un saludo, un «buenos días» o una sonrisa, que no nos cuestan nada, pero que pueden dar esperanza, abrir caminos, cambiar la vida de una persona que vive en la invisibilidad, e incluso cambiar nuestras vidas en relación con esta realidad.

Debemos reconocer que estamos frente a un fenómeno mundial que sobrepasa las competencias de una sola comunidad o nación. Para derrotarlo, se necesita una movilización de una dimensión comparable a la del mismo fenómeno. Por esta razón, hago un llamamiento urgente a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, y a todos los que, de lejos o de cerca, incluso en los más altos niveles de las instituciones, son testigos del flagelo de la esclavitud contemporánea, para que no sean cómplices de este mal, para que no aparten los ojos del sufrimiento de sus hermanos y hermanas en humanidad, privados de libertad y dignidad, sino que tengan el valor de tocar la carne sufriente de Cristo,[12] que se hace visible a través de los numerosos rostros de los que él mismo llama «mis hermanos más pequeños» (Mt 25,40.45).

Sabemos que Dios nos pedirá a cada uno de nosotros: ¿Qué has hecho con tu hermano? (cf. Gn 4,9-10). La globalización de la indiferencia, que ahora afecta a la vida de tantos hermanos y hermanas, nos pide que seamos artífices de una globalización de la solidaridad y de la fraternidad, que les dé esperanza y los haga reanudar con ánimo el camino, a través de los problemas de nuestro tiempo y las nuevas perspectivas que trae consigo, y que Dios pone en nuestras manos.

Vaticano, 8 de diciembre de 2014

FRANCISCO

[1] N. 1.

[2] Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2014, 2.

[3] Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 11.

[4] Cf. Discurso a la Asociación internacional de Derecho penal, 23 octubre 2014: L’Osservatore Romano, Ed. lengua española, 31 octubre 2014, p. 8.

[5] Discurso a los participantes en el encuentro mundial de los movimientos populares, 28 octubre 2014: L’Osservatore Romano, Ed. lengua española, 31 octubre 2014, p. 3.

[6] Cf. Pontificio Consejo para la Justicia y la Paz, La vocazione del leader d’impresa. Una riflessione, Milano e Roma, 2013.

[7] Benedicto XVI, Cart. enc. Caritas in veritate, 66.

[8] Cf. Mensaje al Sr. Guy Ryder, Director general de la Organización internacional del trabajo, con motivo de la Sesión 103 de la Conferencia de la OIT, 22 mayo 2014: L’Osservatore Romano, Ed. leng. española 6 junio 2014, p. 3.

[9] Benedicto XVI, Carta. enc. Caritas in veritate, 5.

[10] «A través del conocimiento de esta esperanza ella fue“redimida”, ya no se sentía esclava, sino hija libre de Dios. Entendió lo que Pablo quería decir cuando recordó a los Efesios que antes estaban en el mundo sin esperanza y sin Dios» (Benedicto XVI, Carta. enc. Spe salvi, 3).

[11] Discurso a los participantes en la II Conferencia internacional sobre la Trata de personas: Church and Law Enforcement in partnership, 10 abril 2014: L’Osservatore Romano, Ed. leng. española 11 abril 2014, p. 9; cf. Exhort. ap. Evan
gelii gaudium, 270.

[12] Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 24; 270.




martes, 25 de noviembre de 2014

DISCURSO DE FRANCISCO AL PARLAMENTO EUROPEO (25 DE NOVIEMBRE DE 2014)


VISITA DEL SANTO PADRE

AL PARLAMENTO EUROPEO Y AL CONSEJO DE EUROPA

DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO

AL PARLAMENTO EUROPEO


Estrasburgo, Francia

Martes 25 de noviembre de 2014


Señor Presidente, Señoras y Señores Vicepresidentes,

Señoras y Señores Eurodiputados,

Trabajadores en los distintos ámbitos de este hemiciclo,

Queridos amigos

Les agradezco que me hayan invitado a tomar la palabra ante esta institución fundamental de la vida de la Unión Europea, y por la oportunidad que me ofrecen de dirigirme, a través de ustedes, a los más de quinientos millones de ciudadanos de los 28 Estados miembros a quienes representan. Agradezco particularmente a usted, Señor Presidente del Parlamento, las cordiales palabras de bienvenida que me ha dirigido en nombre de todos los miembros de la Asamblea.

Mi visita tiene lugar más de un cuarto de siglo después de la del Papa Juan Pablo II. Muchas cosas han cambiado desde entonces, en Europa y en todo el mundo. No existen los bloques contrapuestos que antes dividían el Continente en dos, y se está cumpliendo lentamente el deseo de que «Europa, dándose soberanamente instituciones libres, pueda un día ampliarse a las dimensiones que le han dado la geografía y aún más la historia».[1]

Junto a una Unión Europea más amplia, existe un mundo más complejo y en rápido movimiento. Un mundo cada vez más interconectado y global, y, por eso, siempre menos «eurocéntrico». Sin embargo, una Unión más amplia, más influyente, parece ir acompañada de la imagen de una Europa un poco envejecida y reducida, que tiende a sentirse menos protagonista en un contexto que la contempla a menudo con distancia, desconfianza y, tal vez, con sospecha.

Al dirigirme hoy a ustedes desde mi vocación de Pastor, deseo enviar a todos los ciudadanos europeos un mensaje de esperanza y de aliento.

Un mensaje de esperanza basado en la confianza de que las dificultades puedan convertirse en fuertes promotoras de unidad, para vencer todos los miedos que Europa – junto a todo el mundo – está atravesando. Esperanza en el Señor, que transforma el mal en bien y la muerte en vida.

Un mensaje de aliento para volver a la firme convicción de los Padres fundadores de la Unión Europea, los cuales deseaban un futuro basado en la capacidad de trabajar juntos para superar las divisiones, favoreciendo la paz y la comunión entre todos los pueblos del Continente. En el centro de este ambicioso proyecto político se encontraba la confianza en el hombre, no tanto como ciudadano o sujeto económico, sino en el hombre como persona dotada de una dignidad trascendente.

Quisiera subrayar, ante todo, el estrecho vínculo que existe entre estas dos palabras: «dignidad» y «trascendente».

La «dignidad» es una palabra clave que ha caracterizado el proceso de recuperación en la segunda postguerra. Nuestra historia reciente se distingue por la indudable centralidad de la promoción de la dignidad humana contra las múltiples violencias y discriminaciones, que no han faltado, tampoco en Europa, a lo largo de los siglos. La percepción de la importancia de los derechos humanos nace precisamente como resultado de un largo camino, hecho también de muchos sufrimientos y sacrificios, que ha contribuido a formar la conciencia del valor de cada persona humana, única e irrepetible. Esta conciencia cultural encuentra su fundamento no sólo en los eventos históricos, sino, sobre todo, en el pensamiento europeo, caracterizado por un rico encuentro, cuyas múltiples y lejanas fuentes provienen de Grecia y Roma, de los ambientes celtas, germánicos y eslavos, y del cristianismo que los marcó profundamente,[2] dando lugar al concepto de «persona».

Hoy, la promoción de los derechos humanos desempeña un papel central en el compromiso de la Unión Europea, con el fin de favorecer la dignidad de la persona, tanto en su seno como en las relaciones con los otros países. Se trata de un compromiso importante y admirable, pues persisten demasiadas situaciones en las que los seres humanos son tratados como objetos, de los cuales se puede programar la concepción, la configuración y la utilidad, y que después pueden ser desechados cuando ya no sirven, por ser débiles, enfermos o ancianos.

Efectivamente, ¿qué dignidad existe cuando falta la posibilidad de expresar libremente el propio pensamiento o de profesar sin constricción la propia fe religiosa? ¿Qué dignidad es posible sin un marco jurídico claro, que limite el dominio de la fuerza y haga prevalecer la ley sobre la tiranía del poder? ¿Qué dignidad puede tener un hombre o una mujer cuando es objeto de todo tipo de discriminación? ¿Qué dignidad podrá encontrar una persona que no tiene qué comer o el mínimo necesario para vivir o, todavía peor, que no tiene el trabajo que le otorga dignidad?

Promover la dignidad de la persona significa reconocer que posee derechos inalienables, de los cuales no puede ser privada arbitrariamente por nadie y, menos aún, en beneficio de intereses económicos.

Es necesario prestar atención para no caer en algunos errores que pueden nacer de una mala comprensión de los derechos humanos y de un paradójico mal uso de los mismos. Existe hoy, en efecto, la tendencia hacia una reivindicación siempre más amplia de los derechos individuales – estoy tentado de decir individualistas –, que esconde una concepción de persona humana desligada de todo contexto social y antropológico, casi como una «mónada» (μονάς), cada vez más insensible a las otras «mónadas» de su alrededor. Parece que el concepto de derecho ya no se asocia al de deber, igualmente esencial y complementario, de modo que se afirman los derechos del individuo sin tener en cuenta que cada ser humano está unido a un contexto social, en el cual sus derechos y deberes están conectados a los de los demás y al bien común de la sociedad misma.

Considero por esto que es vital profundizar hoy en una cultura de los derechos humanos que pueda unir sabiamente la dimensión individual, o mejor, personal, con la del bien común, con ese «todos nosotros» formado por individuos, familias y grupos intermedios que se unen en comunidad social.[3] En efecto, si el derecho de cada uno no está armónicamente ordenado al bien más grande, termina por concebirse sin limitaciones y, consecuentemente, se transforma en fuente de conflictos y de violencias.

Así, hablar de la dignidad trascendente del hombre, significa apelarse a su naturaleza, a su innata capacidad de distinguir el bien del mal, a esa «brújula» inscrita en nuestros corazones y que Dios ha impreso en el universo creado;[4] significa sobre todo mirar al hombre no como un absoluto, sino como un ser relacional. Una de las enfermedades que veo más extendidas hoy en Europa es la soledad, propia de quien no tiene lazo alguno. Se ve particularmente en los ancianos, a menudo abandonados a su destino, como también en los jóvenes sin puntos de referencia y de oportunidades para el futuro; se ve igualmente en los numerosos pobres que pueblan nuestras ciudades y en los ojos perdidos de los inmigrantes que han venido aquí en busca de un futuro mejor.

Esta soledad se ha agudizado por la crisis económica, cuyos efectos perduran todavía con consecuencias dramáticas desde el punto de vista social. Se puede constatar que, en el curso de los últimos años, junto al proceso de ampliación de la Unión Europea, ha ido creciendo la desconfianza de los ciudadanos respecto a instituciones consideradas distantes, dedicadas a establecer reglas que se sienten lejanas de la sensibilidad de cada pueblo, e incluso dañinas. Desde muchas partes se recibe una impresión general de cansancio, de envejecimiento, de una Europa anciana que ya no es fértil ni vivaz. Por lo que los grandes ideales que han inspirado Europa parecen haber perdido fuerza de atracción, en favor de los tecnicismos burocráticos de sus instituciones.

A eso se asocian algunos estilos de vida un tanto egoístas, caracterizados por una opulencia insostenible y a menudo indiferente respecto al mundo circunstante, y sobre todo a los más pobres. Se constata amargamente el predominio de las cuestiones técnicas y económicas en el centro del debate político, en detrimento de una orientación antropológica auténtica.[5] El ser humano corre el riesgo de ser reducido a un mero engranaje de un mecanismo que lo trata como un simple bien de consumo para ser utilizado, de modo que – lamentablemente lo percibimos a menudo –, cuando la vida ya no sirve a dicho mecanismo se la descarta sin tantos reparos, como en el caso de los enfermos, los enfermos terminales, de los ancianos abandonados y sin atenciones, o de los niños asesinados antes de nacer.

Este es el gran equívoco que se produce «cuando prevalece la absolutización de la técnica»,[6] que termina por causar «una confusión entre los fines y los medios».[7] Es el resultado inevitable de la «cultura del descarte» y del «consumismo exasperado». Al contrario, afirmar la dignidad de la persona significa reconocer el valor de la vida humana, que se nos da gratuitamente y, por eso, no puede ser objeto de intercambio o de comercio. Ustedes, en su vocación de parlamentarios, están llamados también a una gran misión, aunque pueda parecer inútil: Preocuparse de la fragilidad, de la fragilidad de los pueblos y de las personas. Cuidar la fragilidad quiere decir fuerza y ternura, lucha y fecundidad, en medio de un modelo funcionalista y privatista que conduce inexorablemente a la «cultura del descarte». Cuidar de la fragilidad de las personas y de los pueblos significa proteger la memoria y la esperanza; significa hacerse cargo del presente en su situación más marginal y angustiante, y ser capaz de dotarlo de dignidad.[8]

Por lo tanto, ¿cómo devolver la esperanza al futuro, de manera que, partiendo de las jóvenes generaciones, se encuentre la confianza para perseguir el gran ideal de una Europa unida y en paz, creativa y emprendedora, respetuosa de los derechos y consciente de los propios deberes?

Para responder a esta pregunta, permítanme recurrir a una imagen. Uno de los más célebres frescos de Rafael que se encuentra en el Vaticano representa la Escuela de Atenas. En el centro están Platón y Aristóteles. El primero con el dedo apunta hacia lo alto, hacia el mundo de las ideas, podríamos decir hacia el cielo; el segundo tiende la mano hacia delante, hacia el observador, hacia la tierra, la realidad concreta. Me parece una imagen que describe bien a Europa en su historia, hecha de un permanente encuentro entre el cielo y la tierra, donde el cielo indica la apertura a lo trascendente, a Dios, que ha caracterizado desde siempre al hombre europeo, y la tierra representa su capacidad práctica y concreta de afrontar las situaciones y los problemas.

El futuro de Europa depende del redescubrimiento del nexo vital e inseparable entre estos dos elementos. Una Europa que no es capaz de abrirse a la dimensión trascendente de la vida es una Europa que corre el riesgo de perder lentamente la propia alma y también aquel «espíritu humanista» que, sin embargo, ama y defiende.

Precisamente a partir de la necesidad de una apertura a la trascendencia, deseo afirmar la centralidad de la persona humana, que de otro modo estaría en manos de las modas y poderes del momento. En este sentido, considero fundamental no sólo el patrimonio que el cristianismo ha dejado en el pasado para la formación cultural del continente, sino, sobre todo, la contribución que pretende dar hoy y en el futuro para su crecimiento. Dicha contribución no constituye un peligro para la laicidad de los Estados y para la independencia de las instituciones de la Unión, sino que es un enriquecimiento. Nos lo indican los ideales que la han formado desde el principio, como son: la paz, la subsidiariedad, la solidaridad recíproca y un humanismo centrado sobre el respeto de la dignidad de la persona.

Por ello, quisiera renovar la disponibilidad de la Santa Sede y de la Iglesia Católica, a través de la Comisión de las Conferencias Episcopales Europeas (COMECE), para mantener un diálogo provechoso, abierto y trasparente con las instituciones de la Unión Europea. Estoy igualmente convencido de que una Europa capaz de apreciar las propias raíces religiosas, sabiendo aprovechar su riqueza y potencialidad, puede ser también más fácilmente inmune a tantos extremismos que se expanden en el mundo actual, también por el gran vacío en el ámbito de los ideales, como lo vemos en el así llamado Occidente, porque «es precisamente este olvido de Dios, en lugar de su glorificación, lo que engendra la violencia».[9]

A este respecto, no podemos olvidar aquí las numerosas injusticias y persecuciones que sufren cotidianamente las minorías religiosas, y particularmente cristianas, en diversas partes del mundo. Comunidades y personas que son objeto de crueles violencias: expulsadas de sus propias casas y patrias; vendidas como esclavas; asesinadas, decapitadas, crucificadas y quemadas vivas, bajo el vergonzoso y cómplice silencio de tantos.

El lema de la Unión Europea es Unidad en la diversidad, pero la unidad no significa uniformidad política, económica, cultural, o de pensamiento. En realidad, toda auténtica unidad vive de la riqueza de la diversidad que la compone: como una familia, que está tanto más unida cuanto cada uno de sus miembros puede ser más plenamente sí mismo sin temor. En este sentido, considero que Europa es una familia de pueblos, que podrán sentir cercanas las instituciones de la Unión si estas saben conjugar sabiamente el anhelado ideal de la unidad, con la diversidad propia de cada uno, valorando todas las tradiciones; tomando conciencia de su historia y de sus raíces; liberándose de tantas manipulaciones y fobias. Poner en el centro la persona humana significa sobre todo dejar que muestre libremente el propio rostro y la propia creatividad, sea en el ámbito particular que como pueblo.

Por otra parte, las peculiaridades de cada uno constituyen una auténtica riqueza en la medida en que se ponen al servicio de todos. Es preciso recordar siempre la arquitectura propia de la Unión Europea, construida sobre los principios de solidaridad y subsidiariedad, de modo que prevalezca la ayuda mutua y se pueda caminar, animados por la confianza recíproca.

En esta dinámica de unidad-particularidad, se les plantea también, Señores y Señoras Eurodiputados, la exigencia de hacerse cargo de mantener viva la democracia, la democracia de los pueblos de Europa. No se nos oculta que una concepción uniformadora de la globalidad daña la vitalidad del sistema democrático, debilitando el contraste rico, fecundo y constructivo, de las organizaciones y de los partidos políticos entre sí. De esta manera se corre el riesgo de vivir en el reino de la idea, de la mera palabra, de la imagen, del sofisma… y se termina por confundir la realidad de la democracia con un nuevo nominalismo político. Mantener viva la democracia en Europa exige evitar tantas «maneras globalizantes» de diluir la realidad: los purismos angélicos, los totalitarismos de lo relativo, los fundamentalismos ahistóricos, los eticismos sin bondad, los intelectualismos sin sabiduría.[10]

Mantener viva la realidad de las democracias es un reto de este momento histórico, evitando que su fuerza real – fuerza política expresiva de los pueblos – sea desplazada ante las presiones de intereses multinacionales no universales, que las hacen más débiles y las trasforman en sistemas uniformadores de poder financiero al servicio de imperios desconocidos. Este es un reto que hoy la historia nos ofrece.

Dar esperanza a Europa no significa sólo reconocer la centralidad de la persona humana, sino que implica también favorecer sus cualidades. Se trata por eso de invertir en ella y en todos los ámbitos en los que sus talentos se forman y dan fruto. El primer ámbito es seguramente el de la educación, a partir de la familia, célula fundamental y elemento precioso de toda sociedad. La familia unida, fértil e indisoluble trae consigo los elementos fundamentales para dar esperanza al futuro. Sin esta solidez se acaba construyendo sobre arena, con graves consecuencias sociales. Por otra parte, subrayar la importancia de la familia, no sólo ayuda a dar prospectivas y esperanza a las nuevas generaciones, sino también a los numerosos ancianos, muchas veces obligados a vivir en condiciones de soledad y de abandono porque no existe el calor de un hogar familiar capaz de acompañarles y sostenerles.

Junto a la familia están las instituciones educativas: las escuelas y universidades. La educación no puede limitarse a ofrecer un conjunto de conocimientos técnicos, sino que debe favorecer un proceso más complejo de crecimiento de la persona humana en su totalidad. Los jóvenes de hoy piden poder tener una formación adecuada y completa para mirar al futuro con esperanza, y no con desilusión. Numerosas son las potencialidades creativas de Europa en varios campos de la investigación científica, algunos de los cuales no están explorados todavía completamente. Baste pensar, por ejemplo, en las fuentes alternativas de energía, cuyo desarrollo contribuiría mucho a la defensa del ambiente.

Europa ha estado siempre en primera línea de un loable compromiso en favor de la ecología. En efecto, esta tierra nuestra necesita de continuos cuidados y atenciones, y cada uno tiene una responsabilidad personal en la custodia de la creación, don precioso que Dios ha puesto en las manos de los hombres. Esto significa, por una parte, que la naturaleza está a nuestra disposición, podemos disfrutarla y hacer buen uso de ella; por otra parte, significa que no somos los dueños. Custodios, pero no dueños. Por eso la debemos amar y respetar. «Nosotros en cambio nos guiamos a menudo por la soberbia de dominar, de poseer, de manipular, de explotar; no la “custodiamos”, no la respetamos, no la consideramos como un don gratuito que hay que cuidar».[11] Respetar el ambiente no significa sólo limitarse a evitar estropearlo, sino también utilizarlo para el bien. Pienso sobre todo en el sector agrícola, llamado a dar sustento y alimento al hombre. No se puede tolerar que millones de personas en el mundo mueran de hambre, mientras toneladas de restos de alimentos se desechan cada día de nuestras mesas. Además, el respeto por la naturaleza nos recuerda que el hombre mismo es parte fundamental de ella. Junto a una ecología ambiental, se necesita una ecología humana, hecha del respeto de la persona, que hoy he querido recordar dirigiéndome a ustedes.

El segundo ámbito en el que florecen los talentos de la persona humana es el trabajo. Es hora de favorecer las políticas de empleo, pero es necesario sobre todo volver a dar dignidad al trabajo, garantizando también las condiciones adecuadas para su desarrollo. Esto implica, por un lado, buscar nuevos modos para conjugar la flexibilidad del mercado con la necesaria estabilidad y seguridad de las perspectivas laborales, indispensables para el desarrollo humano de los trabajadores; por otro lado, significa favorecer un adecuado contexto social, que no apunte a la explotación de las personas, sino a garantizar, a través del trabajo, la posibilidad de construir una familia y de educar los hijos.

Es igualmente necesario afrontar juntos la cuestión migratoria. No se puede tolerar que el mar Mediterráneo se convierta en un gran cementerio. En las barcazas que llegan cotidianamente a las costas europeas hay hombres y mujeres que necesitan acogida y ayuda. La ausencia de un apoyo recíproco dentro de la Unión Europea corre el riesgo de incentivar soluciones particularistas del problema, que no tienen en cuenta la dignidad humana de los inmigrantes, favoreciendo el trabajo esclavo y continuas tensiones sociales. Europa será capaz de hacer frente a las problemáticas asociadas a la inmigración si es capaz de proponer con claridad su propia identidad cultural y poner en práctica legislaciones adecuadas que sean capaces de tutelar los derechos de los ciudadanos europeos y de garantizar al mismo tiempo la acogida a los inmigrantes; si es capaz de adoptar políticas correctas, valientes y concretas que ayuden a los países de origen en su desarrollo sociopolítico y a la superación de sus conflictos internos – causa principal de este fenómeno –, en lugar de políticas de interés, que aumentan y alimentan estos conflictos. Es necesario actuar sobre las causas y no solamente sobre los efectos.

Señor Presidente, Excelencias, Señoras y Señores Diputados:

Ser conscientes de la propia identidad es necesario también para dialogar en modo propositivo con los Estados que han solicitado entrar a formar parte de la Unión en el futuro. Pienso sobre todo en los del área balcánica, para los que el ingreso en la Unión Europea puede responder al ideal de paz en una región que ha sufrido mucho por los conflictos del pasado. Por último, la conciencia de la propia identidad es indispensable en las relaciones con los otros países vecinos, particularmente con aquellos de la cuenca mediterránea, muchos de los cuales sufren a causa de conflictos internos y por la presión del fundamentalismo religioso y del terrorismo internacional.

A ustedes, legisladores, les corresponde la tarea de custodiar y hacer crecer la identidad europea, de modo que los ciudadanos encuentren de nuevo la confianza en las instituciones de la Unión y en el proyecto de paz y de amistad en el que se fundamentan. Sabiendo que «cuanto más se acrecienta el poder del hombre, más amplia es su responsabilidad individual y colectiva».[12] Les exhorto, pues, a trabajar para que Europa redescubra su alma buena.

Un autor anónimo del s. II escribió que «los cristianos representan en el mundo lo que el alma al cuerpo».[13] La función del alma es la de sostener el cuerpo, ser su conciencia y la memoria histórica. Y dos mil años de historia unen a Europa y al cristianismo. Una historia en la que no han faltado conflictos y errores, también pecados, pero siempre animada por el deseo de construir para el bien. Lo vemos en la belleza de nuestras ciudades, y más aún, en la de múltiples obras de caridad y de edificación humana común que constelan el Continente. Esta historia, en gran parte, debe ser todavía escrita. Es nuestro presente y también nuestro futuro. Es nuestra identidad. Europa tiene una gran necesidad de redescubrir su rostro para crecer, según el espíritu de sus Padres fundadores, en la paz y en la concordia, porque ella misma no está todavía libre de conflictos.

Queridos Eurodiputados, ha llegado la hora de construir juntos la Europa que no gire en torno a la economía, sino a la sacralidad de la persona humana, de los valores inalienables; la Europa que abrace con valentía su pasado, y mire con confianza su futuro para vivir plenamente y con esperanza su presente. Ha llegado el momento de abandonar la idea de una Europa atemorizada y replegada sobre sí misma, para suscitar y promover una Europa protagonista, transmisora de ciencia, arte, música, valores humanos y también de fe. La Europa que contempla el cielo y persigue ideales; la Europa que mira y defiende y tutela al hombre; la Europa que camina sobre la tierra segura y firme, precioso punto de referencia para toda la humanidad.

Gracias.


[1] Juan pablo II, Discurso al Parlamento Europeo, 11 octubre 1988, 5.

[2] Cf. Juan pablo II, Discurso a la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa, 8 octubre 1988, 3.

[3] Cf. Benedicto XVI, Caritas in veritate, 7; Con. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 26.

[4] Cf. Compendio de la doctrina social de la Iglesia, 37, 37.

[5] Cf. Evangelii gaudium, 55.

[6] Benedicto XVI, Caritas in veritate, 71.

[7] Ibíd.

[8] Cf. Evangelii gaudium, 209.

[9] Benedicto XVI, Discurso a los Miembros del Cuerpo diplomático, 7 enero 2013.

[10] Cf. Evangelii gaudium, 231.

[11] Audiencia General, 5 junio 2013.

[12] Gaudium et spes, 34.

[13] Carta a Diogneto, 6.




sábado, 22 de noviembre de 2014

CÓMO FUE LA CAMPAÑA DE CABILDEO DEL CÓNCLAVE QUE PREPARÓ EL CAMINO PARA BERGOGLIO

Bergoglio y su amigote Cormac Murphy-O'Connor
La nueva biografía del papa Francisco revela cómo los reformistas del 'Equipo Bergoglio' presionaron a los cardenales 'por debajo de la mesa' durante del Cónclave del Vaticano.

Por John Bingham

El cardenal Cormac Murphy-O'Connor, el ex líder de la Iglesia Católica Romana en Inglaterra y Gales, ayudó a organizar una campaña de cabildeo entre bambalinas que llevó a la elección del Papa Francisco, según afirma una nueva biografía.

La elección del casi desconocido cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio como jefe de los 1,2 mil millones de católicos del mundo fue una sorpresa para los observadores del Vaticano y para los fieles cuando se hizo el anuncio en marzo del año pasado.

El cónclave para elegir a un sucesor de Benedicto XVI, el primer papa en más de 600 años en dimitir, se consideró abierto, aunque la mayoría predijo que el cardenal italiano Angelo Scola o el cardenal Marc Ouellet de Quebec serían elegidos.

Cuando Bergoglio, de 76 años de edad, se convirtió en Papa sólo en el segundo día de votación, se explicó como una “candidatura de unidad” para evitar el bloqueo entre facciones rivales.

Pero una biografía del Papa Francisco, que se publicará el próximo mes, revela que hubo una “campaña discreta”, pero altamente organizada, de un pequeño grupo de cardenales europeos en apoyo del Cardenal Bergoglio.


El Gran Reformador
, del escritor católico británico Austen Ivereigh, apodó al grupo "Equipo Bergoglio" y dice que los miembros tuvieron cenas privadas y otras reuniones de cardenales en los días previos al cónclave, poniendo silenciosamente su candidato.

El cardenal Bergoglio fue efectivamente el “subcampeón” en el cónclave de 2005, en el que fue elegido Joseph Ratzinger, al haber sido propuesto por una alianza de reformistas principalmente europeos.

Pero más tarde se supo que sus posibilidades de elección se vieron obstaculizadas por lo que equivalía a una campaña de trucos sucios por parte de los opositores de Argentina.

También logró desconectar cualquier campaña en 2005, instó a los simpatizantes a apoyar al cardenal Joseph Ratzinger y dejó claro que no deseaba ser el foco de una facción.

Para 2013, la mayoría de los comentaristas lo habían descartado, en parte debido a su edad, y también porque había señalado que no deseaba interponerse en el camino del cardenal Ratzinger.

Pero el año pasado, el apetito por “la reforma” en el Vaticano y un papa sin vínculos con el establecimiento, ampliamente visto como corrupto y plagado de luchas internas, se había vuelto intenso.

“Reconociendo el momento, la iniciativa fue tomada ahora por los reformadores europeos que en 2005 habían presionado a Bergoglio”, explica Ivereigh, quien una vez fue secretario de prensa del cardenal Murphy-O'Connor, en el libro.

Escribió que el cardenal Murphy-O'Connor, que tenía 80 años y ya no votaba en el cónclave, se unió al cardenal alemán Walter Kasper, cuyo controvertido llamamiento para que se permita a los divorciados volver a casarse fue uno de los puntos principales de División en el sínodo que el Papa Francisco celebró en Roma este año.

El rol del Cardenal Murphy-O'Connor incluía cabildear con sus homólogos norteamericanos y actuar como un enlace para aquellos de los países de la Commonwealth.

“Habían aprendido sus lecciones desde 2005”, explica el Sr. Ivereigh. “Primero se aseguraron el asentimiento de Bergoglio. Cuando se le preguntó si estaba dispuesto, dijo que creía que, en este momento de crisis para la Iglesia, ningún cardenal podría negarse si se le preguntaba.

“Murphy-O'Connor, a sabiendas, le advirtió que 'tuviera cuidado', y que ahora era su turno, y Bergoglio le dijo 'capisco': 'Lo entiendo' ”.

“Luego se pusieron a trabajar, recorriendo las cenas de los cardenales para promocionar a su hombre, argumentando que su edad, de 76 años, ya no debería considerarse un obstáculo, dado que los papas podrían renunciar. Habiendo comprendido desde 2005 la dinámica de un cónclave, sabían que los votos viajaban a aquellos que hacían una fuerte demostración fuera de la puerta”.

Una portavoz del cardenal Murphy-O'Connor dijo que el entonces cardenal Bergoglio no fue contactado con miras a buscar su consentimiento como candidato para el papado.

Un punto de inflexión clave se produjo durante la serie de reuniones cerradas ante el cónclave, conocidas como congregaciones, cuando el Cardenal Bergoglio pronunció un breve pero emotivo discurso sobre el estado de la Iglesia.

Pero, según el libro, una prohibición de las actualizaciones oficiales sobre lo que estaba sucediendo en las congregaciones significaba que la información que surgía se basaba en filtraciones que se concentraban en la lucha interna dentro de la iglesia italiana.

“Por esta razón y porque los organizadores de su campaña se mantuvieron en gran medida por debajo del radar, el coche Bergoglio que comenzó a rodar durante la semana de las congregaciones, no fue detectado por los medios de comunicación y hasta el día de hoy la mayoría [los observadores del Vaticano] creen que no hubo una organización previa para la elección de Bergoglio”, dice Ivereigh.



Telegraph



martes, 18 de noviembre de 2014

BERGOGLIO: "EL MICROCLIMA ECLESIÁSTICO ALEJA DE LA IGLESIA"

En su homilía diaria en Casa Santa Marta, comentando el pasaje evangélico del ciego de Jericó, Bergoglio se refirió a los discípulos «que pretenden acallarlo para evitar que moleste», lo que al final deriva en un «microclima eclesiástico privilegiado», formado «por sacerdotes, obispos y también fieles». 


“El ciego era un hombre que no contaba nada, pero que tenía ganas de salvación, ganas de ser curado, y grita por encima del muro de la indiferencia que lo circunda hasta que vence su apuesta y logra llamar a la puerta del corazón de Jesús. A este hombre se opone el círculo de los discípulos, que pretenden acallarlo para evitar que moleste; actuando de esta manera, alejan al Señor de una periferia.


Esta periferia no podía llegar al Señor, porque este círculo, pero con mucha buena voluntad, cerraba la puerta. Y esto sucede con frecuencia, entre nosotros los creyentes: cuando hemos encontrado al Señor, sin que nosotros nos demos cuenta, se crea este microclima eclesiástico. No sólo los sacerdotes, los obispos, también los fieles: Pero nosotros somos aquellos que están con el Señor. Y de tanto mirar al Señor no vemos las necesidades del Señor: no miramos al Señor que tiene hambre, que tiene sed, que está en prisión, que está en el hospital. Aquel Señor, en el marginado. Y este clima hace mucho mal.

Cuando en la Iglesia los fieles, los ministros, se vuelven un grupo así… no eclesial, sino eclesiástico, de privilegio de cercanía al Señor, tienen la tentación de olvidar al primer amor, ese amor tan bello que todos nosotros hemos tenido cuando el Señor nos ha llamado, nos ha salvado, nos ha dicho: Te quiero mucho. Ésta es una tentación de los discípulos: olvidar el primer amor, o sea olvidar también a las periferias, donde yo estaba antes, incluso si debo avergonzarme.

Pidamos al Señor la gracia que todos nosotros, que tenemos la gracia de haber sido llamados, jamás, jamás, jamás nos alejemos de esta Iglesia. Que jamás entremos en este microclima de los discípulos eclesiásticos, privilegiados, que se alejan de la Iglesia de Dios, que sufre, que pide salvación, que pide fe, que pide la Palabra de Dios. Pidamos la gracia de ser pueblo fiel de Dios, sin pedir al Señor ningún privilegio, que nos aleje del pueblo de Dios.


Alfa y Omega



jueves, 13 de noviembre de 2014

BERGOGLIO: EL REINO DE DIOS CRECE EN SILENCIO, NO ES UN ESPECTÁCULO

En su homilía en la Casa Santa Marta, Bergoglio invitó a “cuidar el reino de Dios que está dentro de nosotros con la oración, la adoración, el servicio de la caridad, silenciosamente”


“El Reino de Dios crece cada día gracias a quien da testimonio de él sin hacer “ruido”, rezando y viviendo con fe sus tareas en la familia, en el trabajo, en su comunidad de pertenencia.

Lo dijo el papa en la homilía de la Misa matinal celebrada el 13 de noviembre de 2014 en la capilla de Casa Santa Marta.

“En el silencio, quizás de una casa donde se llega a fin de mes sólo con medio euro y sin embargo no se deja de rezar y de cuidar a los hijos y a los abuelos: allí está el Reino de Dios”.

“Lejos del clamor, porque el Reino de Dios no llama la atención, exactamente como no la atrae la semilla que crece bajo la tierra”.

El papa habló en su homilía sobre el pasaje del Evangelio de Lucas, donde a la pregunta de los fariseos «¿cuándo vendrá el Reino de Dios?», Jesús replicó: “vendrá un día en el que os dirán: ‘Está allí’, o: ‘Está aquí’; no vayáis, no les sigáis”.

“El Reino de Dios no es un espectáculo. El espectáculo muchas veces es la caricatura del Reino de Dios”.

“¡El espectáculo! Nunca dice el Señor que el Reino de Dios sea un espectáculo. ¡Es una fiesta! Pero es distinto. Es fiesta, cierto, es bellísima. Una gran fiesta. Y el Cielo será una fiesta, pero no un espectáculo. Y nuestra debilidad humana prefiere el espectáculo”.


“Muchas veces, el espectáculo es una celebración –por ejemplo las bodas– a la que se presenta gente que más que a recibir un sacramento viene a hacer el espectáculo de la moda, hacerse ver, la vanidad”.

“En cambio, el Reino de Dios es silencioso, crece dentro. Lo hace crecer el Espíritu Santo con nuestra disponibilidad, en nuestra tierra, que debemos preparar”.

Además, citó las palabras de Jesús, también para el Reino llegará el momento de la manifestación de fuerza, pero será sólo al final de los tiempos.

“El día que hará ruido, lo hará como la descarga del rayo, que brilla de un extremo a otro del cielo. Así será el Hijo del hombre en su día, el día que hará ruido”.

“Y cuando uno piensa en la perseverancia de tantos cristianos que sacan adelante la familia – hombres, mujeres – que cuidan a los hijos, cuidan a los abuelos, y llegan a fin de mes con medio euro solo, pero rezan, allí está el Reino de Dios, escondido, en esa santidad de la vida cotidiana, esa santidad de todos los días”.

“¡Porque el Reino de Dios no está lejos de nosotros, está cerca! Esta es una de sus características: cercanía de todos los días”.

“También cuando describe su vuelta en una manifestación de gloria y de poder, sin embargo, Jesús añade en seguida que antes es necesario que sufra mucho y sea rechazado por esta generación”.

“Esto significa que también el sufrimiento, la cruz, la cruz cotidiana de la vida – la cruz del trabajo, de la familia, de llevar adelante las cosas –esta pequeña cruz cotidiana es parte del Reino de Dios”.


“Pidamos al Señor la gracia de cuidar el reino de Dios que está dentro de nosotros con la oración, la adoración, el servicio de la caridad, silenciosamente”.

“El Reino de Dios es humilde, como la semilla: humilde pero se hace grande, por la fuerza del Espíritu Santo. A nosotros nos toca dejarlo crecer en nosotros, sin vanagloriarnos: dejar que el Espíritu venga, nos cambie el alma y nos lleve adelante en silencio, en paz, en la quietud, en la cercanía a Dios, a los demás, en la adoración a Dios, sin espectáculos”.


Aleteia



martes, 11 de noviembre de 2014

BERGOGLIO: "UN CRISTIANO QUE NO SIRVE SE CONVIERTE EN UN CRISTIANO SIN FUERZA, SIN PROFUNDIDAD"

“Es necesario luchar siempre contra las tentaciones que nos llevan lejos del servicio al prójimo” dijo Bergoglio en la Misa matutina de la Casa Santa Marta. 


El papa dijo “como Jesús, debemos servir sin pedir nada y afirmó que no es bueno adueñarse del servicio, transformándolo en una estructura de poder”.

El papa ha comenzado del Evangelio de hoy hablando sobre el "siervo inútil" para detenerse en lo que significa el servicio para un cristiano. “Jesús habla de este siervo que después de haber trabajado toda la jornada, llega a casa, y en vez de descansar se pone a servir a su señor”.

"Alguno de nosotros le aconsejaría a este siervo ir a un sindicato a buscar ayuda, para ver que hace con un jefe así. Pero Jesús dice: ‘No, el servicio es total', porque Él ha hecho camino con esta actitud de servicio; Él es el siervo. Él se presenta como el siervo, el que vino a servir y no a ser servido: así lo dice, claramente. Y así, el Señor hace presente a los apóstoles el camino de los que han recibido la fe que hace milagros. Sí, esta fe hará milagros sobre el camino del servicio".

"Un cristiano que recibe el don de la fe en el Bautismo pero que no lleva adelante este don por el camino del servicio, se convierte en un cristiano sin fuerza, sin fecundidad. Al final, se convierte en un cristiano para sí mismo, para servirse a sí mismo. Su vida es triste, muchas cosas grandes del Señor, se desperdician. Incluso, el Señor nos dice que el servicio es único, no se pueden servir a dos señores: "O Dios o las riquezas". Nosotros podemos alejarnos de esta actitud de servicio, primero, por pereza. Y esta, entibia el corazón, la pereza te hace cómodo".

"La pereza nos aleja del servicio, y nos lleva a la comodidad, al egoísmo. Hay muchos cristianos así, son buenos, van a Misa, pero el servicio termina allí... Cuando digo servicio, digo todo: servicio a Dios en la adoración, en la oración, en la alabanza, en el servicio al prójimo, cuando debe hacerlo; servicio hasta el final, porque Jesús en esto es fuerte: ‘Así también vosotros, cuando hayáis hecho lo que se os ha ordenado decid: ‘somos siervos inútiles'. Servicio gratuito, sin pedir nada a cambio".

La otra posibilidad de alejarse de la actitud de servicio es adueñarse un poco de las situaciones. Algo que sucedió a los discípulos, a los mismos apóstoles. Alejaban a la gente para que no molestasen a Jesús, pero para estar cómodos ellos. Los discípulos, prosiguió, se adueñaban del tiempo del Señor, se adueñaban del poder del Señor: lo querían para su grupito. Y después, se adueñaban de esta actitud de servicio, transformándolo en una estructura de poder. Algo que se entiende viendo las discusiones que mantenían para ver quien de entre Santiago y Juan era el más grande. La madre, que va a pedirle al Señor que uno de sus hijos sea el primer ministro y el otro el ministro de economía, con todo el poder en sus manos. Esto sucede también hoy cuando los cristianos se convierten en señores: señores de la fe, señores del Reino, dueños de la Salvación. Esto es una tentación para todos los cristianos. Sin embargo, el Señor nos habla de servicio: "servicio en humildad", "servicio en esperanza y esta es la alegría del cristiano".

"En la vida tenemos que luchar mucho contra las tentaciones que nos alejan de esta actitud de servicio. La pereza lleva a la comodidad: servicio a mitad y a adueñarse de la situación, y de siervo nos convertimos en señores, esto conduce a la soberbia, al orgullo, a tratar mal a la gente, a sentirnos importantes ‘porque somos cristianos tenemos la salvación' y muchas cosas más. Que el Señor nos de estas dos gracias grandes: la humildad en el servicio, para que podamos decir: ‘somos siervos inútiles, pero siervos, hasta el final', y la esperanza al esperar la manifestación última, cuando venga el Señor a encontrarnos".


Religion Digital



viernes, 7 de noviembre de 2014

BERGOGLIO: CRISTIANOS PAGANOS, ENEMIGOS DE LA CRUZ DE CRISTO

“Hoy hay cristianos paganos que se comportan como enemigos de la cruz de Cristo”. Lo dijo Bergoglio en la misa de la mañana de este viernes en la Casa Santa Marta.


Bergoglio habló sobre las palabras de San Pablo a los Filipenses y se detuvo en dos grupos de cristianos presentes en la actualidad, como también lo eran en el tiempo de dicho apóstol. “Ambos grupos estaban en la Iglesia, todos juntos, iban a misa el domingo, alababan al Señor, se llamaban cristianos. Entonces, ¿cuál era la diferencia? ¡Los segundos actúan como enemigos de la cruz de Cristo! Son cristianos mundanos, cristianos de nombre, con dos o tres cosas de cristiano, pero nada más. ¡Cristianos paganos!. El nombre cristiano, pero la vida pagana. O, para decirlo de otra manera: Paganos con dos pinceladas de barniz de cristianismo, así aparecen como cristianos, pero son paganos”.

¡También hoy en día hay muchos! También nosotros tenemos que estar atentos a no resbalarnos sobre el camino de los cristianos paganos, cristianos en apariencia. Y la tentación de acostumbrarnos a la mediocridad, la mediocridad de los cristianos, de estos cristianos es típica su ruina, porque el corazón se enfría, se convierte en tibio. Y a los tibios el Señor les dice una palabra fuerte: ‘Porque eres tibio, estoy por vomitarte de mi boca. ¡Es muy fuerte! son enemigos de la Cruz de Cristo. Tienen el nombre, pero no siguen las exigencias de la vida cristiana”.

“Pablo habla así de la ciudadanía de los cristianos. Nuestra ciudadanía está en los cielos. Aquella es eterna. Son ciudadanos del mundo, no de los cielos. Ciudadanos del mundo. ¡Y el apellidos es mundano! ¡Protéjanse de estos! Todos debemos preguntarnos: ¿tendré algo de estos? Tendré algo de la mundanidad dentro de mí? ¿Algo del paganismo?”


“Me gusta alardear? ¿Me gusta el dinero? ¿Me gusta el orgullo, la soberbia? ¿Dónde tengo mis raíces, es decir, de dónde soy ciudadano? ¿Del cielo o de la tierra? ¿Del mundo o del espíritu del mundo? Nuestra ciudadanía está en los cielos, y allí esperamos, como Salvador, al Señor Jesucristo. ¿Y la de ellos? ¡Su suerte final la destrucción! Estos cristianos barnizados, terminarán mal… Pero miren al final: ¿dónde te lleva esa ciudadanía que tienes en tu corazón? Aquella ciudadanía mundana lleva a la ruina, aquella de la Cruz de Cristo al encuentro con Él”.

“Algunos signos en el corazón muestran que se está deslizando hacia la mundanidad. Si tu amas y si estás apegado al dinero, a la vanidad y al orgullo, vas por el mal camino. Si, en cambio, buscas amar a Dios, el servir a los demás, si eres amable, si eres humilde, si usted es el servidor de los demás, va por el buen camino”.

“¿Cómo ha llegado este administrador del Evangelio al punto de engañar, de robar a su amo? ¿Cómo ha llegado de un día para otro? ¡No! Poco a poco. Un día, una propina aquí, al otro día una tangente allí y poco a poco se llega a la corrupción. El camino de la mundanidad de estos enemigos de la cruz de Cristo es así, te conduce a la corrupción! Y luego terminas como este hombre, ¿verdad? Aparentemente robando… ”


El Observador en Linea



jueves, 6 de noviembre de 2014

BERGOGLIO: “ES TRISTE EL PASTOR QUE ABRE LA PUERTA DE LA IGLESIA Y SE QUEDA ALLÍ A ESPERAR"

En su homilía de este jueves, el papa explicó cómo es un buen pastor, un buen cristiano


“El verdadero cristiano no tiene miedo de ensuciarse las manos con los pecadores, de arriesgar incluso su fama, porque tiene el corazón de Dios, que no quiere que nadie se pierda”, afirmó este jueves el papa en la Misa en la Casa Santa Marta.

En el centro de la homilía de Bergoglio estuvieron las dos parábolas de la oveja y la moneda perdidas. Los fariseos y los escribas se escandalizaron porque Jesús “acoge a los pecadores y come con ellos”.

“Era un verdadero escándalo en esa época para esa gente. ¡Imaginemos que existiesen periódicos en esa época!”.

"Pero Jesús vino para esto: para ira a buscar a los que estaban lejos del Señor. Estas dos parábolas nos hacen ver cómo es el corazón de Dios: Dios no se detiene, Dios no va hasta cierto punto. Dios va hasta el fondo, el límite, siempre va al límite, no se detiene a mitad camino de la salvación, como si dijese: ‘He hecho todo, el problema es suyo’. Él va siempre, sale, desciende al campo”.

“Los fariseos y los escribas, sin embargo, se detienen a mitad camino; a ellos les importaba que el balance de los beneficios y de las pérdidas fuese más o menos favorable y con esto estaban tranquilos. ‘Sí, es verdad, he perdido tres monedas, he perdido diez ovejas, pero he ganado mucho… esto no entra en la mente de Dios, Dios no es un negociante, Dios es Padre y va a salvar hasta el final, hasta el límite. Y el amor de Dios es esto”.

“Pero es triste, el pastor a mitad camino. Es triste el pastor que abre la puerta de la Iglesia y se queda allí a esperar; es triste el cristiano que no siente dentro, en su corazón, la necesidad de ir a contar a los otros que el Señor es bueno”.

“¡Cuánta perversión hay en el corazón de los que se creen justos, como estos escribas, estos fariseos. Ellos no quieren ensuciarse las manos con los pecadores. Recordemos eso, eso que pensaban: ‘Si este fuese profeta sabría que ella es una pecadora’. El desprecio. Usaban a la gente, después la despreciaban”.

“Ser un pastor a mitad camino es una derrota. Un pastor debe tener el corazón de Dios, ir hasta el final, porque no quiere que nadie se pierda”.

“El verdadero pastor, el verdadero cristiano tiene este celo dentro: que nadie se pierda. Y por esto no teme ensuciarse las manos. No tiene miedo”.

“Va donde debe ir. Arriesga su vida, arriesga su fama, arriesga el perder su comodidad, su estatus, también perder en la carrera eclesiástica incluso, pero ser un buen pastor”.

“También los cristianos deben ser así. Es muy fácil condenar a los demás, como hacían estos, los publicanos, los pecadores, es muy fácil, pero no es cristiano, ¿eh? No es de hijos de Dios”.

“El Hijo de Dios va al límite, da la vida, como la dio Jesús por los demás. No puede estar tranquilo cuidándose a sí mismo. Su comodidad, su fama, su tranquilidad. Recordad esto: pastores a mitad camino ¡No! ¡Nunca! Cristianos a mitad camino ¡nunca!”.

“Es lo que hizo Jesús. El buen pastor, el buen cristiano sale, siempre está en salida: de sí mismo, hacia Dios, en la oración, en la adoración; está en salida con respecto a los demás para llevarles el mensaje de la salvación”.

“Y el buen pastor, el buen cristiano sabe lo que es la ternura. Estos escribas, fariseos no sabían lo que era cargar sobre sus espaldas la oveja, con esa ternura, y llevarla con las demás a sus sitio. Esta gente no sabía lo que era la alegría”.

Según Francisco, el cristiano y el pastor a mitad camino quizás saben de diversión, de tranquilidad, de cierta paz, pero no de alegría, de la alegría que hay en el Paraíso, esa alegría que viene de Dios, esa alegría que viene del corazón de padre que va a salvar!”.

“‘He escuchado los lamentos de los israelitas y desciendo allí’... Esto es muy bello, no tengáis miedo de que se hable de nosotros porque vamos al encuentro de los hermanos y hermanas que se han alejado del Señor. Pidamos esta gracia para cada uno de nosotros y por nuestra Madre, la Santa Iglesia”.


Aleteia

domingo, 26 de octubre de 2014

BERGOGLIO: "HAY TRES TIPOS DE CRISTIANOS. LOS PEORES SON LOS GRISES"

Bergoglio dijo que hay “cristianos luminosos”, aquellos que sirven a Dios, “cristianos oscuros”, que llevan una vida de pecado y, por último, están los que el Papa llamó “cristianos grises”.


En su homilía en Casa Santa Marta, Francisco explicó que hay tres tipos de cristianos.

“¿Es palabra hipócrita? ¿Un poco de acá, un poco de allá, para estar bien con todos? ¿Es una palabra vacía, sin sustancia, llena de vacuidad? ¿Es una palabra vulgar, trivial, es decir mundana? ¿Una palabra sucia, obscena? Estas cuatro palabras no son las de los hijos de la luz, no vienen del Espíritu Santo, no vienen de Jesús, no son palabras evangélicas… este modo de hablar, hablar siempre de cosas sucias o de mundanidad o de vacuidad o hablar hipócritamente”.

“Lo dice Pablo: ‘Háganse imitadores de Dios: caminen en la caridad; caminen en la bondad; caminen en la mansedumbre. Quien camina así… ‘Sean misericordiosos – dice Pablo – perdonándose recíprocamente, como Dios los ha perdonado a ustedes en Cristo. Háganse, por lo tanto, imitadores de Dios y caminen en la caridad’, es decir, caminen en la misericordia, en el perdón, en la caridad. Ésta es la palabra de un hijo de la luz”.

“Son los cristianos grises. Y estos cristianos grises una vez están de esta parte, y otra vez de aquella. La gente dice de éstos: ‘Pero esta persona ¿está bien con Dios o con el diablo?’ ¡Eh! Siempre en el gris. Son los tibios. No son ni luminosos ni oscuros. Y a éstos Dios no los ama. En el Apocalipsis, el Señor a estos cristianos grises les dice: ‘Pero no, tú no eres ni caliente, ni frío. Ojalá fueras caliente o frío. Pero porque eres tibio – tan gris – estoy por vomitarte de mi boca’. El Señor es fuerte con los cristianos grises. ‘Yo soy cristiano, ¡pero sin exagerar!’ dicen, y hacen tanto mal, porque su testimonio cristiano es un testimonio que, al final, siembra confusión, siembra un testimonio negativo”.


Primeros Cristianos




jueves, 16 de octubre de 2014

EL VATICANO CAMBIA LA TRADUCCIÓN DE "BIENVENIDA" A "PROPORCIONAR" A LOS HOMOSEXUALES EN EL INFORME DEL SÍNODO


El Vaticano ha revisado la traducción al inglés de algunas palabras clave en la controvertida sección sobre la homosexualidad del informe provisional del lunes del Sínodo sobre la Familia, en un aparente esfuerzo por calmar las preocupaciones de los padres sinodales de habla inglesa.

Por Patrick B. Craine


Pero los reporteros cuestionaron la revisión en la conferencia de prensa de hoy, argumentando que la traducción original fue más fiel a la versión italiana oficial. El padre Federico Lombardi, director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, no impugnó los cargos de los reporteros, sino que los invitó a enviar sus críticas.

Incluso en la nueva traducción, muchos de los aspectos controvertidos de los párrafos permanecen, incluido el lenguaje que pregunta si la Iglesia es capaz de "aceptar y valorar la orientación sexual [de los homosexuales]".

Sin embargo, la nueva traducción en inglés ahora habla de "proveer" a los homosexuales en lugar de "darles la bienvenida", esta última es una traducción más literal de "accogliere", la palabra en la versión oficial italiana de la relatio.

En su respuesta a los desafíos de los reporteros, el padre Lombardi destacó que la versión oficial es la italiana. Dijo que algunos habían señalado errores en la traducción original al inglés, por lo que la Secretaría General, que está ejecutando el Sínodo, hizo las revisiones y la oficina de prensa las publicó.

Dijo que "la gente no debe preocuparse demasiado acerca de la traducción", porque el ínterin Relatio sólo es un documento de trabajo; el informe final del sábado es lo que importa.

Podría muy bien ser una “tercera versión” de la traducción del Relatio, dijo.

"Se cometen algunos errores", agregó. "Gracias por hacérmelo saber."


Hablar de "proveer" a los homosexuales podría sugerir una necesidad de cuidado pastoral, en el sentido de potencialmente ayudar a la persona a vencer el pecado, lo que no está implícito en la palabra "acoger".

Los dos reporteros que plantearon el tema hoy enfatizaron la importancia de la distinción. Nicole Winfield, de The Associated Press, dijo que uno "proporciona" a un perro callejero arrojándole algo de comida, mientras que "bienvenida" significa que está admitido a pasar por la puerta.


La traducción revisada


Proporcionar a las personas homosexuales


50. Los homosexuales tienen dones y cualidades para ofrecer a la comunidad cristiana. ¿Somos capaces de proveer para estas personas, garantizándoles [...] un lugar de compañerismo en nuestras comunidades? A menudo, quieren encontrarse con una Iglesia que les ofrece un hogar acogedor. ¿Son nuestras comunidades capaces de esto, aceptando y valorando su orientación sexual, sin comprometer la doctrina católica sobre la familia y el matrimonio?

51. La cuestión de la homosexualidad requiere una reflexión seria sobre cómo idear enfoques realistas para el crecimiento afectivo, el desarrollo humano y la maduración en el Evangelio, al tiempo que integra el aspecto sexual, todo lo cual constituye un desafío educativo importante. Además, la Iglesia afirma que las uniones entre personas del mismo sexo no pueden considerarse en el mismo nivel que el matrimonio entre el hombre y la mujer. Tampoco es aceptable presionar a la perspectiva del pastor o que los organismos internacionales hagan que la ayuda financiera dependa de la introducción de regulaciones basadas en la ideología de género.

52. Sin negar los problemas morales asociados con las uniones homosexuales, hay casos en que la asistencia mutua hasta el punto del sacrificio es un apoyo valioso en la vida de estas personas. Además, la Iglesia presta especial atención a los niños que [...] viven con parejas del mismo sexo y subraya que las necesidades y los derechos de los más pequeños siempre deben tener prioridad.


La traducción original

Acogiendo con beneplácito las personas homosexuales

50. Los homosexuales tienen dones y cualidades para ofrecer a la comunidad cristiana: ¿somos capaces de dar la bienvenida a estas personas, garantizándoles un espacio fraternal en nuestras comunidades? A menudo desean encontrarse con una iglesia que les ofrece un hogar acogedor. ¿Son nuestras comunidades capaces de proporcionar eso, aceptando y valorando su orientación sexual, sin comprometer la doctrina católica sobre la familia y el matrimonio?

51. La cuestión de la homosexualidad conduce a una seria reflexión sobre cómo elaborar caminos realistas de crecimiento afectivo y madurez humana y evangélica que integren la dimensión sexual: aparece, por lo tanto, como un desafío educativo importante. Además, la Iglesia afirma que las uniones entre personas del mismo sexo no pueden considerarse en el mismo pie que el matrimonio entre el hombre y la mujer. Tampoco es aceptable que se ejerza presión sobre los pastores o que los organismos internacionales hagan que la ayuda financiera dependa de la introducción de regulaciones inspiradas en la ideología de género.

52. Sin negar los problemas morales relacionados con las uniones homosexuales, hay que señalar que hay casos en los que la ayuda mutua hasta el punto del sacrificio constituye un apoyo precioso en la vida de los socios. Además, la Iglesia presta especial atención a los niños que viven con parejas del mismo sexo, enfatizando que las necesidades y los derechos de los más pequeños siempre deben tener prioridad.


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