martes, 31 de octubre de 2023

RESCATANDO DEL OLVIDO AL PADRE MICHAEL MÜLLER CSSR

El padre Michael Müller CSSR fue un heroico sacerdote del siglo XIX silenciado injustamente por defender la Doctrina Católica.


Su vida

Michael Müller nació el 18 de diciembre de 1825 en Brueck, en la diócesis alemana de Treves. Fue en el Gymnasium de Treves donde oyó hablar por primera vez de la Congregación del Santísimo Redentor y del celo apostólico de sus miembros. Convencido de su vocación apostólica, ingresó en el noviciado redentorista de Bélgica. Emitió sus primeros votos y prosiguió sus estudios en Holanda. Bajo la dirección espiritual personal del Venerable José Passerat, discípulo y sucesor de San Clemente María Hofbauer como Vicario General, Müller se impregnó de la espiritualidad del Fundador de los Redentoristas, San Alfonso.

En 1851, el padre Müller fue uno de los once clérigos y sacerdotes elegidos por el Provincial de los Redentoristas americanos para ser enviados a Estados Unidos. Completó sus estudios teológicos en Cumberland, Maryland, y fue ordenado el 26 de marzo de 1853 por el gran obispo redentorista de Filadelfia, San Juan Nepomuceno Neumann, autor original de lo que se convirtió en el Catecismo de Baltimore y acérrimo enemigo de la herejía.

Tras su ordenación, el padre Müller fue encargado de la atención espiritual de los estudiantes profesos de Cumberland. El nombramiento para tal cargo demuestra la gran confianza que sus superiores depositaron en su sólida piedad y prudencia. Tres años más tarde, fue nombrado Superior y Maestro de Novicios en la fundación de la Congregación en Annapolis, Maryland. (Fue Müller quien reconstruyó el monasterio y el convento que hoy forman una de las principales atracciones de la capital de Maryland). En los años siguientes, sirvió a las comunidades redentoristas de América en diversos cargos, incluido el de Consultor del Provincial. “En todos estos lugares -señala un biógrafo- el Padre Müller mostró un celo incansable por el bienestar de las almas confiadas a su cuidado y por el mantenimiento de una disciplina regular”.

Como se ha dicho, había entrado en la Congregación con el ardiente fervor de un apóstol y un gran celo por la salvación de las almas. Sin embargo, al no estar dotado para la elocuencia de la predicación, tan necesaria para un misionero, ejerció ese fervor con la pluma. A mediados de la década de 1860, comenzó su carrera de escritor con varias obras ascéticas, entre ellas The Blessed Eucharist: Our Greatest Treasure (La Sagrada Eucaristía, nuestro mayor tesoro). Sus escritos dieron a conocer mejor a los Redentoristas y, de hecho, gracias a sus magistrales catecismos y especialmente a su serie de nueve volúmenes titulada God, The Teacher of Mankind (Dios, maestro de la humanidad), el nombre de Michael Müller se convirtió en una palabra familiar en las rectorías parroquiales. Las más de treinta y cinco obras que produjo le convirtieron en uno de los teólogos más destacados y leídos de América.


Su Defensa de la Doctrina

En 1875, Michael Müller publicó un libro de estilo catequético titulado Familiar Explanation of Christian Doctrine (Explicación familiar de la doctrina cristiana), que llevaba el imprimátur del arzobispo Roosevelt Bayley de Baltimore, y que había sido examinado por varios teólogos prominentes. Elogiado por muchos sacerdotes, obispos y laicos, el libro se vendió muy bien.

En él exponía la doctrina fundamental de la fe, extra Ecclesiam nulla salus, con tanta fuerza como lo había hecho el ya fallecido obispo de Filadelfia, San Juan Neumann, en su anterior catecismo:
P. ¿Quién se salvará entonces?

R. Cristo ha declarado solemnemente que sólo se salvarán aquellos que hayan hecho la voluntad de Dios en la tierra, tal como se explica, no por interpretación privada, sino por la enseñanza infalible de la Iglesia Católica Romana.

P. Pero, ¿no es una doctrina muy poco caritativa decir que nadie puede salvarse fuera de la Iglesia?

A. Por el contrario, es un gran acto de caridad afirmar enfáticamente que fuera de la Iglesia Católica no hay salvación posible; porque Jesucristo y Sus Apóstoles han enseñado esta Doctrina en un lenguaje muy claro...
Más de ochenta páginas de la Explicación familiar están dedicadas a explicar claramente por qué es imposible salvarse fuera de la Iglesia. Mostrando, por ejemplo, que la Fe Católica está fundada en la autoridad divina, mientras que la fe Protestante está basada solamente en la autoridad humana, el Padre Müller concluye:
P. ¿Tienen los protestantes alguna fe en Cristo?

R. Nunca la han tenido.

P. ¿Por qué?

R. Porque nunca vivió un Cristo como el que ellos imaginan y en el que creen.

P. ¿En qué Cristo creen?

R. En uno a quien pueden hacer mentiroso impunemente, cuyas doctrinas pueden interpretar como les plazca, y a quien no le importa lo que un hombre crea, siempre que sea un hombre honesto ante el público.

P. ¿Salvará a los protestantes tal fe en tal Cristo?

R. Ningún hombre sensato afirmará semejante absurdo.

P. ¿Qué se sigue de esto?

R. Que mueren en sus pecados y se condenan.
En otro lugar, el autor explica que no debemos juzgar quien ha muerto o no en sus pecados, pues nadie sabe lo que pasa entre Dios y las almas de los hombres en el momento de la muerte. Müller insiste también en que si un hombre busca sinceramente la verdad, Dios, en su infinita misericordia, le proporcionará los medios necesarios para salvar su alma, “enviando un ángel si es necesario”. El Padre Müller simplemente estaba reiterando la enseñanza de la Iglesia sobre el asunto, tal como fue definida solemnemente por los papas, que los católicos fieles nunca cuestionaron - hasta el Siglo XIX.


Respecto a la salvación para quienes están fuera de la Iglesia católica , el padre Müller escribió: “La Iglesia, por lo tanto, no es un cuerpo religioso entre muchos; es el único cuerpo religioso, inherente al orden divino de la creación [...] La lección, por lo tanto, sobre la Iglesia debe ser clara y sólida, y profundamente impresa en todos los que desean ser salvados; todos deben aprender y entender que sólo la Iglesia Católica es la Maestra de Dios, y las razones por las que la salvación fuera de ella es imposible.

Escribió sobre el concepto de ignorancia invencible o inculpable: “la ignorancia inculpable de los principios fundamentales de la fe excusa a un pagano del pecado de infidelidad, y a un protestante del pecado de herejía; porque tal ignorancia invencible, siendo sólo una simple privación involuntaria, no es pecado”.

Pero tal ignorancia nunca ha sido medio de salvación. Del hecho de que una persona que vive de acuerdo con los dictados de su conciencia, y que no puede pecar contra la Verdadera Religión a causa de ser ignorante de ella, muchos han sacado la falsa conclusión de que tal persona es salva, o, en otras palabras, está en el estado de gracia santificante, convirtiendo así la ignorancia en un medio de salvación o justificación”. 

La ignorancia inculpable nunca ha sido medio de gracia ni de salvación, ni siquiera para los ignorantes inculpables que viven a la altura de su conciencia. Pero de esta clase de ignorantes decimos, con Santo Tomás de Aquino, que Dios en su misericordia conducirá a estas almas al conocimiento de las verdades necesarias para la salvación, incluso les enviará un ángel, si es necesario, para instruirlas, antes que dejarlas perecer sin culpa. Si aceptan esta gracia, se salvarán como católicos”.


Controversia con los paulistas

La “controversia Müller” se precipitó cuando un obispo protestante anticatólico, Arthur C. Coxe, del oeste de Nueva York, atacó la Explicación familiar como prueba de la “falsa enseñanza de la Iglesia”

El pastor protestante Arthur C. Coxe

Impulsado por el ataque de Coxe, el 26 de enero de 1888 apareció un artículo en el periódico paulista Buffalo Catholic Union and Times. Era un ataque directo al padre Müller, y utilizado por los paulistas como disculpa ante los protestantes por la insistencia de Müller con la Doctrina extra Ecclesiam nulla salus. Su autor acusaba a Müller de “tergiversar la enseñanza de la Iglesia” y afirmaba que “los protestantes creen precisamente lo que la Iglesia Católica enseña sobre Cristo”. Aún más insidioso, el director de este periódico, el padre padre Cronin, C.S.P., al respaldar el artículo, se jacta del autor como “el sacerdote más prominente de los Estados Unidos”. ¿Quién iba a saberlo, ya que este “sacerdote más prominente” se escondía en el anonimato, firmando simplemente como “W”?

Que un clérigo protestante atacara esta Doctrina de la Iglesia era algo de esperar. Pero que un presunto “sacerdote católico” lo hiciera, y que un periódico católico dirigido por una congregación religiosa no sólo publicara, sino que avalara, tal desafiante contradicción del Supremo Magisterio, hasta ahora sería un escándalo impensable. En este caso concreto, sin embargo, no fue del todo sorprendente.

Isaac Hecker, un liberal infiltrado, ordenado sacerdote de la Iglesia Católica el año 1849

La Congregación de San Pablo, más conocida como los “Paulistas”, fue fundada en 1858 por Isaac Hecker, un converso estadounidense. En su libro The Emergence of Liberal Catholicism in America, Robert D. Cross describe así el espíritu de la congregación: “Aún más liberales, y quizá más americanos [que los sulpicianos], eran los paulistas”. El propio Hecker, dice Cross, “había sido el primer heraldo del espíritu liberal” y “fue expulsado de la Orden Redentorista porque estaba demasiado apegado a los principios americanos de indiferentismo religioso”. Resulta especialmente irónico que Hecker, tras completar sus estudios en Holanda en 1851, regresara a América junto con un grupo de redentoristas entre los que se encontraba nuestro héroe Michael Müller.

El 22 de marzo de 1888, el Buffalo Catholic Union and Times publicó otro ataque contra Müller y el Dogma de la Fe. Titulado “¿Tienen los protestantes fe divina?” por el autor paulista, el padre Alfred Young, el artículo afirmaba que la fe real de los protestantes, que son de buena fe, es idéntica a la nuestra en su cualidad esencial. Yo fui una vez protestante -afirmaba- y mi fe era tan verdadera y teológicamente divina como lo es hoy, y al convertirme al catolicismo no sufrió ningún cambio, y claramente no podía sufrir ninguno”. Esto lo decía un “sacerdote converso” que también señaló que había creído como protestante “que la Iglesia Católica Romana era la iglesia del anticristo, que era la mujer escarlata de Babilonia y el Papa el hombre de pecado; que enseñaba falsas doctrinas; que era la gran enemiga de toda verdad cristiana, moralidad y amor a Dios”.

Si un hombre es sincero en sus creencias religiosas, insistió Young, “ese hombre es católico a los ojos de Dios, y es católico a los ojos de la Iglesia, no importa cómo se llame a sí mismo, y aunque uno muera piadosamente como episcopaliano, presbiteriano, metodista, baptista o lo que sea, San Pedro le dejará entrar en el cielo como católico”. En otras palabras, “a Dios no le importa -dice Young- que un hombre profese una herejía que es contraria a Su Verdad revelada y a la autoridad infalible que Él estableció en la tierra. La implicación de Young es que “la sinceridad” es más poderosa incluso que Dios, ¡ya que supuestamente puede hacer que el error sea “idéntico” a la Fe Católica!

De hecho, Young no era un inconformista del espíritu paulista heredado de Isaac Hecker. De nuevo citamos a Cross, un protestante liberal que admiraba ese espíritu: “Aquellos paulistas que eran conversos y sentían la continuidad de sus aspiraciones religiosas resentían cualquier implicación de que en sus días protestantes habían estado más allá de los límites de la salvación. Cuando Hecker se hizo católico, se dijo a sí mismo: 'Mira, Hecker, si alguien dice que es más católico que tú, derríbalo'. Yo he sido católico de corazón toda mi vida y no lo sabía'”. Un “católico” así sólo podría tomarse en serio este absurdo si no creyera que no hay salvación fuera de la Iglesia católica. Pero entonces, puesto que la Iglesia profesa de hecho, que no hay salvación posible fuera de ella, ¿por qué alguien así, descreyendo de ella, querría insistir en llamarse católico?


Su defensa del dogma de la fe

San Pablo enseña que, “sin fe, es imposible agradar a Dios”. ¿Cualquier fe? No, dice el Apóstol: “Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo”. La Verdadera Fe, por lo tanto, es una Fe divina, que encarna todas las verdades reveladas por Dios. Esa Fe divina sólo puede existir en la única Iglesia que Él fundó, cuya autoridad docente infalible Él estableció y garantizó, diciendo: “El que a vosotros oye, a Mí me oye”. Pues en materia de Fe y de Moral, la Iglesia sólo puede enseñar lo que Dios ha revelado. Deus revelans et Ecclesia proponens.

“Escuchad a la Iglesia”, ordena Nuestro Señor. Sin embargo, los protestantes desafían a la Iglesia. ¿Puede alguien decir que lo hacen “sinceramente”, sobre todo cuando la gracia del Sacramento del Bautismo, que recibieron, les impulsa siempre a las verdades de la Fe Católica? Si los protestantes llegan a creer ciertos misterios de nuestra Santa Fe Católica, no lo hacen por su creencia en la autoridad infalible de la Iglesia, sino sólo por su propia autoridad humana. Esto no es fe en absoluto; ni puede de ninguna manera llamarse sincera.

En respuesta a la teología herética propugnada por los paulistas, el padre Müller comenzó a preparar un panfleto para refutar sus graves errores.

El resultado fue un libro de gran tamaño titulado The Catholic Dogma: Outside the Church There is Positively no Salvation (El Dogma Católico: Fuera de la Iglesia no hay Positivamente Salvación). Publicado por los Hermanos Benzinger en julio de 1888, su propósito se explicaba en la Introducción de Mueller:
Ahora bien, ¿no es algo muy chocante ver tales errores condenables y opiniones perversas proclamadas como “Doctrina Católica” en un “periódico católico”, y en libros escritos y publicados recientemente por “católicos”?

Por lo tanto, hemos considerado nuestro deber hacer una presentación fuerte, vigorosa e intransigente de la gran y fundamental verdad, la misma valla y barrera de la verdadera religión, “FUERA DE LA IGLESIA POSITIVAMENTE NO HAY SALVACIÓN”, contra esos católicos blandos, débiles, tímidos y liberalizadores, que se esfuerzan por explicar todos los puntos de la Fe Católica “ofensivos para los no católicos”, y hacer parecer que no hay ninguna cuestión de vida y muerte, de cielo e infierno, involucrada en las diferencias entre nosotros y los protestantes.
“Ahora, para mostrar claramente y comprender bien sus graves errores -escribe Müller, refiriéndose a ese anónimo ‘sacerdote más prominente’ de los EE.UU.,- debemos exponer claramente el punto en cuestión. Este punto es: 'Fuera de la Iglesia Católica Romana no hay salvación'. Los herejes están fuera de la Iglesia Católica Romana; por lo tanto, si mueren como herejes, están perdidos para siempre.

El Dogma Católico es un estudio exhaustivo de los escritos de los Padres y Doctores de la Iglesia sobre la cuestión de la salvación y prueba irrefutablemente que no hay salvación fuera de la unidad de la Iglesia. En el Prefacio, el Padre Müller cita al gran comentarista de las Escrituras, Cornelius a Lapide, sobre cómo los Doctos Teólogos han enseñado ésta y todas las Doctrinas de la Iglesia:
“Proponen cada dogma, especialmente el importantísimo dogma “Fuera de la Iglesia no hay salvación”, con las palabras de la Iglesia y lo explican tal como ella lo entiende; tienen sumo cuidado en no debilitar en lo más mínimo el significado de este gran dogma, por la vía de proponerlo o explicarlo”.
En el número de agosto de Catholic World, otra publicación paulista, el padre Walter Elliot arremetió contra El Dogma Católico. 

El hereje paulista Walter Elliot

Müller, en respuesta, abordó el escándalo en el mismo foro público presentando un desafío formal a los discípulos liberales de Hecker. Entre el 15 de septiembre y el 1 de diciembre de 1888, se desató un debate sobre el dogma Extra Ecclesiam nulla salus en las páginas del New York Freeman's Journal, con el padre Michael Müller a un lado y los padres Young y Elliot al otro.

A falta de espacio para mostrar los intercambios entre los dos bandos opuestos, bastará con decir que cada uno fue previsiblemente coherente con las mismas posiciones y estrategias respectivas ya vistas. El bando paulista mostró tediosos sofismas sentimentalistas como teología; mientras que el padre Müller invocó inimpugnables enseñanzas de la Iglesia.

En la edición del 29 de septiembre, Müller cortó por lo sano el subterfugio de la calificación paulista que hacía que la Doctrina “significara cualquier otra cosa menos lo que las palabras implican literalmente”, cuando se centró en la verdadera cuestión en discusión: “Fuera de la Iglesia Católica no hay positivamente salvación”. Esta es una verdad revelada por Dios a Su Iglesia como cualquier otro Dogma Católico, y con toda seguridad Él sabe a quién admite y a quién no en el cielo. En nuestra obra [El Dogma Católico], hemos proporcionado a cada católico las mejores armas para defender la gran verdad en cuestión, que nunca fue puesta en duda en ningún siglo excepto en el nuestro, en el que los católicos de mentalidad liberal y los conversos que fueron recibidos en la Iglesia sin tener el don de la fe, han tratado de explicar el gran Dogma, o hacer creer que ciertos hombres pertenecen a la Iglesia que nunca pertenecieron a ella, y se salvan por invencible ignorancia”.

El difunto historiador provincial redentorista, el padre Michael J. Curley, hizo una crónica de esta controversia mucho después de que estallara el caso del padre Feeney en Boston. Obviamente influenciado por la notoriedad de la controversia del Padre Feeney, Curley no mostró ninguna simpatía por la defensa del Dogma de Fe por parte del Padre Müller. Sin embargo, da fe del interés favorable suscitado por la contribución del teólogo redentorista en el Freeman's Journal: “Muchos sacerdotes y otras personas aplaudieron los artículos de Müller creyendo que ya era hora de que alguien hablara en contra de lo que consideraban la creciente ola de liberalismo dentro de la Iglesia”.


Curley añadió que el editor del Freeman's Journal “fue informado de que los artículos de Müller habían hecho mucho bien y que había recibido [muchos] mensajes al respecto”.


El Padre Müller amordazado

“Como la controversia continuaba de manera acalorada”, escribió el padre Curley, “Schauer [el provincial redentorista] puso fin a las polémicas posteriores de su súbdito, el padre Müller, y planeó, o pensó en, enviar el asunto al superior general. Pero incluso antes de enviar el polémico asunto... los Redentoristas habían estado leyendo el Freeman's Journal y no estaban de acuerdo con la teología de Müller”.

El padre Nicholas Mauron, superior general, escribió a Schauer diciendo que “las polémicas personales de Müller no podían permitirse”. Curley escribió que el padre Mauron “deploraba algunas expresiones fuertes en el debate publicado y ordenó que se le prohibiera [a Müller] esta forma de polémica”.

Es cierto que el Padre Müller había utilizado un lenguaje fuerte. Exasperado por la inflexible indiferencia de Young y Elliot hacia las enseñanzas sagradas, el sacerdote les llamó lo que demostrablemente eran: deshonestos, anticatólicos, mentirosos y herejes. Pero el Sumo Sacerdote Eterno, Jesucristo, también utilizó un lenguaje fuerte - “sepulcros blanqueados”, “hipócritas”, “raza de víboras”, etc.- al condenar a los fariseos por sus escándalos. Acusar al Padre Müller de “polémica personal” fue superficial y absurdo. Estaba defendiendo la solemne enseñanza de la Iglesia sobre la cuestión de la salvación contra la negación pública de herejes con alzacuellos romanos.

Como escribió Müller en su artículo del 6 de octubre, titulado “La salvación es imposible fuera de la Iglesia”:

“Es este artículo de fe, no las razones que dimos para su verdad, lo que constituye la principal controversia que [los escritores paulistas] han provocado... Es una verdad revelada por Dios y propuesta por la Iglesia para nuestra fe... y por lo tanto como la Iglesia enseña, Fuera de Ella no hay positivamente salvación para nadie ... Cualquiera que se atreva a pensar en su corazón de otro modo que el que la Iglesia ha definido, debe saber que está condenado por su propio juicio, que ha naufragado en la fe y que se ha apartado de la unidad de la Iglesia”.

Sin embargo, el provincial redentorista Schauer cumplió las órdenes del Superior General, padre Nicholas Mauron de silenciar a Michael Müller y visitó al superior paulista, el padre Deshon. Deshon accedió a interrumpir el debate, pero sólo después de que se publicara un artículo más de Young. A Müller, mientras tanto, se le impidió publicar más artículos. Por lo tanto, con la concesión de Schauer a los paulistas, se les permitió quedarse con la última palabra, que fue el último artículo de Young, el 1 de diciembre. Para añadir insulto a la gran injuria, los paulistas violaron incluso este desafortunado acuerdo, ya que Elliot siguió con una crítica mordaz de “El Dogma Católico” de Müller. Al padre Müller no se le permitió responder.


Estrategias paralelas

Como Cornelius à Lapide afirmó anteriormente, cualquier artículo de la Fe debe ser interpretado en el mismo sentido estricto en que la Iglesia lo ha propuesto. Ciertamente, ningún Doctor de la Iglesia, ningún concilio ecuménico, ningún Santo y ningún Papa ha interpretado jamás esta Doctrina tan estrictamente, tan literalmente, como lo hizo el Padre Müller.

¿Cómo, entonces, se puede justificar lo que el padre Michael Curley relató sobre este caso? Lo que Mauron realmente “deploró” de la exposición del Padre Müller -dejando a un lado toda discusión sobre el “lenguaje fuerte”- fue el hecho de que “Müller había discrepado con el teólogo jesuita Hurter”, no distinguiendo a los herejes que supuestamente eran de “buena fe”? Esto simplemente no es cierto. Müller insistió, como lo hace la Iglesia, en que la ignorancia nunca puede ser un medio de salvación. En cualquier caso, la medida de la ortodoxia del Padre Müller eran los pronunciamientos infalibles de la Iglesia, o al menos los escritos de los Padres y Doctores y Santos de la Iglesia, no la opinión de algún teólogo de hoy en día.

No obstante, Mauron pidió que “teólogos reconocidos” examinaran la cuestión e informaran sobre el fondo del asunto, “no sea que cualquier otra declaración traiga la censura a Müller, e indirectamente la culpa a los Redentoristas”. ¿No traiciona tal pensamiento los prejuicios contra el sacerdote antes del examen e, implícitamente, una falta de fe en la Doctrina tal como ha sido definida?

Curley escribió que “Schauer sometió la doctrina Müller a dos teólogos redentoristas que entonces enseñaban en Ilchester...” (Énfasis añadido.) Aquí tenemos de nuevo otro paralelismo entre los casos Müller y Feeney: En la década de 1950, los opositores al Dogma de Fe lo llamaban la “doctrina Feeney”, dando a entender que era la creencia privada de una persona.

Los teólogos seleccionados para realizar el examen fueron los padres John Saftig y Joseph Henning. Saftig utilizó más de cien páginas de alemán tajante y discursivo para condenar la “teología de Müller”. Henning, que escribió ocho páginas en inglés, fue más moderado.

“Extra Ecclesiam nulla salus”, comienza Henning, “es un dogma definido en el IV Concilio de Letrán (1215) en la Professio Fidei, prescrito por Inocencio III a los valdenses, y en la bula de Eugenio IV Cantate Domino. Cuando el Concilio y los Papas definen que fuera de la Iglesia no hay salvación, sólo pueden querer decir una cosa, y es... que no hay salvación fuera de la sociedad orgánica visible llamada Santa Iglesia Católica Romana. El argumento en su forma más simple es el siguiente:

No hay salvación fuera de la Iglesia de Cristo.

La Iglesia Católica Romana es la Iglesia de Cristo.

Por lo tanto, fuera de la Iglesia Católica Romana no hay salvación.

¿Podría discutirse esta perfecta lógica tomista y la estricta conformidad con la enseñanza infalible de la Iglesia? ¿Y no era esto exactamente lo que el Padre Müller había dicho una y otra vez? Creyendo que las enseñanzas de la Iglesia eran las de Jesucristo mismo, y que todos debían conformar su fe a todas esas enseñanzas, ¿podía un católico por lo tanto, proponer que uno puede salvarse fuera de la Iglesia “orgánica visible”? Obviamente, no sin repudiar la Fe.

Sin embargo, eso es exactamente lo que este teólogo procedió a hacer en las siete páginas restantes de su informe, proponiendo la misma posición expuesta por los paulistas liberales, Young y Elliot - a saber, que si los protestantes son de “buena fe”, Dios los aceptará como católicos. Increíblemente, Henning presenta esta teorización como “Doctrina Católica”. A pesar de que no hay absolutamente ninguna autoridad solemne, o incluso una autoridad relativa (como un Padre o Doctor), en la Iglesia para darle un apoyo precedente. A pesar de que toda esa autoridad, incluida la de los Padres y Doctores de la Iglesia, la contradice claramente. Y aunque Henning expone sus propias dudas al respecto, diciendo: “Si tales casos existen en la realidad o no, ningún hombre puede saberlo, ya que sólo Dios sabe si existen los bona-fides (los de buena fe). Una cosa sigue siendo cierta, y es que fuera de la Iglesia Católica no hay salvación” (!!).

¿Importaba a los superiores redentoristas que los mismos “teólogos responsables” convocados para juzgar la “teología de Müller” pusieran así en duda la ortodoxia de su propia teología interpretativa? Parecería que la censura del padre Müller era una conclusión predeterminada a pesar del resultado del “examen”.

La orden dada al Padre Müller fue que dejara de escribir artículos; y él la obedeció. Sin embargo, continuó publicando su libro “El Dogma Católico”, inquietando así a algunos en las altas esferas. Según Curley, el Santo Oficio comenzó a investigar el asunto. El resultado fue que, en 1897, el nuevo Superior General de los Redentoristas, el padre Matthias Raus, escribió al padre Müller. A continuación reproducimos la traducción de la mayor parte de la carta, escrita en latín:
Reverendo Padre:

He oído decir al Reverendísimo Padre Visitador que ni él ni el Padre Provincial pueden influir en usted para que se abstenga de publicar sus escritos, en los que sigue defendiendo la tesis que una y otra vez se le ha ordenado que deje de defender. En verdad debo confesar que no creí que fuera usted tan testarudo de mente y espíritu como para estimar tan a la ligera los mandatos de sus Superiores, tantas veces repetidos. Y eso sobre todo después de que (como se le ha indicado) la propia Sagrada Congregación del Santo Oficio le haya dado la misma prohibición.
Como se ha señalado, el padre Curley sí mencionó al Santo Oficio implicándose en este asunto. Pero en ninguna parte de su libro, meticulosamente documentado, se hace referencia a ningún documento específico de la Sagrada Congregación en relación con esta controversia.

La carta continúa:
Y así os ordeno, en virtud de la santa obediencia, que habéis prometido mostrar, habiendo profesado abiertamente vuestros votos entre nosotros, que no difundáis ningún escrito entre el pueblo ni hagáis nada en público; y sabed que, si hacéis lo contrario (lo que Dios no permita) pecaréis gravísimamente, y mereceréis ser expulsado de la Congregación.
La estrategia del caso Müller fue: Invocar la obediencia y amenazar con la expulsión de la comunidad religiosa, para acallar la defensa “obstinada” de un artículo de la Fe.

El principio fundamental es que sólo se debe obediencia en la medida en que la orden sea lícita. Claramente, es ilegal ordenar el silencio de quien defiende la Fe, especialmente cuando está siendo atacada. Asimismo, obedecer tal orden podría ser tan gravemente ofensivo para Dios como la orden misma.


La raíz del mal

¿Es posible que tantos Teólogos, Superiores Religiosos, Prelados y otros puedan estar todos equivocados en un asunto así? En el siglo IV, San Atanasio, Doctor de la Iglesia, se opuso prácticamente solo - Atanasio contra mundum - a la herejía arriana, que la inmensa mayoría de la jerarquía eclesiástica abrazaba, y fue perseguido sin piedad, incluso excomulgado. Por lo demás, cuando los doctos escribas y fariseos condenaban a Nuestro Señor, ¿cuántos de entre ellos defendieron al Salvador?

Pero el misterio persiste: ¿Cómo pudo suceder que la defección de esta Doctrina se convirtiera en pandemia durante los siglos XIX y XX? 


Al menos parte de la respuesta fue dada por la Reina del Cielo en La Sallette, más de cuarenta años antes de la controversia Müller. En el mensaje de Nuestra Señora al mundo, ella reveló:
... un gran número de sacerdotes y miembros de órdenes religiosas se separarán de la verdadera religión; entre estas personas habrá incluso obispos...
En el año 1864, Lucifer junto con un gran número de demonios serán desatados del infierno; acabarán con la fe poco a poco, incluso en aquellos dedicados a Dios. Los cegarán de tal manera que, a menos que sean bendecidos con una gracia especial, estas personas tomarán el espíritu de estos ángeles del infierno; varias instituciones religiosas perderán toda fe y perderán muchas almas...

Habiendo sido olvidada la verdadera fe en el Señor, cada individuo querrá estar por su cuenta...

Roma perderá la fe y se convertirá en la sede del Anticristo.
La Santísima Virgen dijo también: 
“Por todas partes habrá prodigios extraordinarios, ya que la verdadera fe se ha desvanecido y la falsa luz ilumina a los pueblos. Ay de los Príncipes de la Iglesia...” 
Melania, la joven vidente a la que se confió este mensaje, comentó en 1899 algunos de los “prodigios” malignos descritos por Nuestra Señora, diciendo que su explicación “algún día saldrá a la luz mediante un examen minucioso de los archivos luciferinos de la masonería (Énfasis añadido.)

La Masonería conspiradora, en su objetivo de destruir la Fe Católica y reemplazarla con los preceptos masónicos de la “Ilustración”, hizo de la erradicación de la Doctrina Extra Ecclesiam nulla salus una alta prioridad

Se sabe que el cardenal Rampolla, Secretario de Estado del Vaticano en la época en que el Santo Oficio se involucró en el caso Müller, era masón. En el Cónclave de 1903, Rampolla, a quien el Papa San Pío X describió más tarde como un “hombre miserable” al enterarse de sus vínculos masónicos, estuvo a pocos votos de ser elegido Papa.

Para una comparación final entre los casos de Müller y Feeney, observamos que, en 1899, el Papa León XIII publicó su encíclica, Testem Benevolentiae, condenando la herejía del americanismo. El Papa se inspiró para publicarla después de leer una biografía elogiosa del fundador paulista, Isaac Hecker, escrita nada menos que por el padre Walter Elliot, uno de los principales antagonistas de Müller. La encíclica condenaba a quienes “sostienen que es oportuno ganar a los que están en desacuerdo, si ciertos temas de Doctrina se pasan por alto como de menor importancia, o se suavizan tanto que no conservan el mismo sentido que la Iglesia siempre sostuvo. Obviamente, se trataba de una defensa del Dogma de Fe tal y como lo presentaba el Padre Müller. Pero el hecho de que el Papa no actuara contra los culpables de esta herejía, y su terminología general, dejaron suficiente ambigüedad para que los “escapistas espirituales” se burlaran impunemente de la condena.

En consecuencia, el padre Müller tuvo que cargar con el estigma de los ultrajes cometidos contra su nombre; y el mundo católico no prestó prácticamente ninguna atención a este tema.


Los últimos días de Mueller

Cuando el padre Müller recibió el interdicto de Raus, su salud ya se estaba debilitando rápidamente. En su quincuagésimo año como miembro de la Congregación del Santísimo Redentor, regresó a Annapolis. Allí fue recibido con una bienvenida que lo conmovió tanto que, cuando intentó expresar su agradecimiento, sólo pudo derramar lágrimas.


Tras soportar una enfermedad debilitante durante varios meses, el fiel y heroico campeón de la fe puso fin a sus días mortales el 28 de agosto de 1899. Era la fiesta del gran Doctor de la Iglesia, San Agustín, que escribió:
Nadie puede tener la salvación sino en la Iglesia Católica. Fuera de la Iglesia Católica se puede tener cualquier cosa menos la salvación. Puede tener el honor, puede tener el bautismo, puede tener el Evangelio, puede creer y predicar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; pero no puede encontrar la salvación en ningún otro lugar que no sea la Iglesia Católica.

Sus Obras 

La Santísima Eucaristía: Nuestro mayor tesoro (1868)

Reglas de oro para dirigir comunidades religiosas, seminarios, colegios, escuelas, familias, etc. (1871)

Oración: la clave de la salvación (1874)

Explicación familiar de la doctrina cristiana (1875)

Devoción del Santo Rosario (1876)

Triunfo del Santísimo Sacramento: o historia de Nicola Aubry (1877)

El hijo pródigo o el regreso del pecador a Dios.

Educación en escuelas públicas

Dios Maestro de la Humanidad (1877) en nueve volúmenes:
Volumen I. La Iglesia y sus enemigos.
Volumen II. El Credo de los Apóstoles.
Volumen III. El primer y mayor mandamiento.
Volumen IV. Continuó la explicación de los Mandamientos.
Volumen V. Dignidad, Autoridad y Deberes de los Padres, Poderes Eclesiásticos y Civiles. Su enemigo.
Volumen VI. Gracia y los Sacramentos.
Volumen VII. El Santo Sacrificio de la Misa.
Volumen VIII. Sagrada Eucaristía y Penitencia.
El dogma católico: Extra Ecclesiam Nullus Omnino Salvatur 1888


HALLOWEEN ESCONDE UNA TRAMPA MORTAL

El vicepresidente de la Asociación Internacional de Exorcistas ha hecho un drástica advertencia.


“Me dirijo en particular a los padres, a los progenitores y a los responsables de la educación de los niños y de los jóvenes, de su formación para la vida. Que sepan que el designio de llevar a sus hijos a los brazos del enemigo de Cristo y de la humanidad en general está siempre al acecho”, señala en carta pública padre Francesco Bamonte.

“Halloween está de nuevo a la vuelta de la esquina, y desde hace algún tiempo la maquinaria comercial y consumista ofrece todo tipo de artilugios para niños y jóvenes. Pero la noche del 31 de octubre es cualquier cosa menos una fiesta o una broma”. Así lo advierte tras años de experiencia el connotado sacerdote italiano Francesco Bamonte, vicepresidente de la Asociación Internacional de Exorcistas.

En un comunicado de prensa que acaba de hacer público, el padre Bamonte es explícito y drástico en la conclusión de su análisis: “Halloween esconde una trampa mortal”, advierte.

El sacerdote identifica cómo algunos sitios web infantiles -donde se describen personajes y escenarios de terror-, tienen incluso enlaces que llevan directamente a páginas de satanismo y magia negra. Y ¿cuál sería la razón de esta perversa práctica? ….

“Se debe a que quienes planifican y difunden socialmente el mal saben que, acostumbrando a los niños a los símbolos y contenidos del lenguaje esotérico y ocultista, cuando se conviertan en jóvenes y adultos se acercarán de forma natural y familiar al ocultismo; visto por los colaboradores del diablo como una alternativa a oponer al cristianismo para las nuevas generaciones”, comenta padre Bamonte.

“Halloween -dice- no es un carnaval de otoño. Recuerda que sigue siendo la representación secularizada y sincretista de una celebración pagana: la fiesta de Samhain, de origen celta, durante la cual -en las noches entre finales de octubre y principios de noviembre, coincidiendo con el Año Nuevo de los celtas- los druidas realizaban sacrificios animales y humanos, así como ritos propiciatorios. Su supuesta cristianización a través del Día de Todos los Santos no sólo es una justificación endeble, sino falsa y peligrosa”, señala el exorcista.

En su comunicado padre Bamonte recuerda que “Halloween también se ha convertido repetidamente en escenario de tragedias y masacres en todo el mundo. Algo que no es un hecho casual. Me gustaría recordar -argumenta Bamonte- los crímenes cometidos en torno a Halloween desde hace al menos medio siglo, como -en años más recientes- el tristemente famoso asesinato de Perugia. También se producen desapariciones de niños en torno a la 'fiesta'. Así como se multiplican los actos de blasfemia y sacrilegio contra la fe y los símbolos cristianos. Todo ello contribuye a definir el marco no sólo ocultista y demoníaco, sino íntimamente violento de Halloween, que deriva de los ritos de Samhain, favorecidos por los satanistas para la celebración y exaltación de las fuerzas del mal enemigas de la humanidad”.

Al respecto, el exorcista trae a colación la masacre ocurrida en Seúl (Corea del Sur) el año pasado. La noche del 29 de octubre de 2022, durante las celebraciones de Halloween en el distrito de Itaewon, al menos 158 personas, en su mayoría jóvenes, murieron aplastadas. Cuatro de las víctimas eran adolescentes, 95 eran veinteañeros, 32 treintañeros y 9 personas de más de cuarenta años. 

“Los satanistas -revela padre Francesco Bamonte- acogieron esta tragedia con gran satisfacción, entre otras cosas porque sabemos que en vísperas de Halloween 'rezan' a Satán para que ocurra algún hecho sangriento en particular. Al mismo tiempo, con esto no pretendemos establecer una correlación directa entre ese trágico suceso y las 'oraciones' diabólicas, pero no podemos dejar de señalar que esa enorme multitud, en un espacio tan reducido, estaba celebrando Halloween”, reflexiona.

El sacerdote italiano recuerda otro dato quizá no muy conocido por algunos… Y es que los devotos del Maligno, en esa noche de Halloween como en las anteriores y posteriores, en el curso de los perversos rituales que realizan en honor de Satán, “le ofrecen los juegos, diversiones y 'energías' de todos aquellos que, al celebrar Halloween, evocan más o menos conscientemente el mundo de las tinieblas. De hecho, están convencidos de que esto refuerza el poder del diablo tanto en la sociedad como en ellos mismos, que lo evocan, ofreciéndole e incluso sacrificándole la vida del prójimo”, denuncia el padre Bamonte.

En su declaración pública, el vicepresidente de la Asociación Internacional de Exorcistas hace un directo llamado a los padres y responsables del cuidado de niños y jóvenes:

“… Nosotros, sacerdotes exorcistas, no nos cansamos de advertir contra esta macabra ocasión, que no sólo está relacionada con conductas inmorales o peligrosas, sino también con la ligereza de diversiones consideradas 'inofensivas', no sólo se puede preparar el terreno para una futura acción extraordinaria del demonio, sino que le permite minar y desfigurar el alma de los jóvenes. Me dirijo en particular a los padres, a los progenitores y a los responsables de la educación de los niños y de los jóvenes, de su formación para la vida. Que sepan que el designio de llevar a sus hijos a los brazos del enemigo de Cristo y de la humanidad en general está siempre al acecho. Especialmente en estos días”.



AIE

¿SE ACABÓ EL AMOR?

Los tiernos gestos que Francisco mostró hacia su ex secretario privado


Las fotos muestran a Bergoglio tomándole tiernamente las manitas en público a Gonzalo e intercambiando “miradas cariñosas” con  el uruguayo. 


Lo que sea que signifique esta muestra pública de afecto queda al discernimiento y al criterio de cada uno. Gonzalo ha dicho en una entrevista que “el papa es un faro para su vida sacerdotal”.


Miradas que hablan. El “padre” Aemilius, de 41 años, conocido del cardenal Jorge Mario Bergoglio cuando era arzobispo de Buenos Aires, fue invitado por Francisco para ser su “secretario personal”, cargo que ocupó desde el 26 de enero de 2020 hasta julio de 2023.



Pero... el carilindo Gonzalo ya no está

Dicen que Bergoglio (no se sabe porqué causa) prefiere que sus secretarios permanezcan con él sólo cinco años, pero en esta ocasión, el joven Adonis elegido por Bergoglio apenas estuvo a su lado 3 años y medio... ¿qué habrá ocurrido? ¿una ruptura? ¿una traición? Quizás nunca lo sabremos.


Recordemos que su anterior secretario personal fue el argentino “monseñor” Fabián Pedacchio, de 49 años, que ocupó ese cargo desde 2013 hasta que Bergoglio mandó a llamar a Aemilius


A juzgar por el gesto de Bergoglio junto a su nuevo “secretario personal”, el “padre” Daniel Pellizon, de 40 años, ahora no se lo ve muy feliz.




lunes, 30 de octubre de 2023

OBJECIONES CONTRA LA RELIGIÓN (11)

Si la religión es cosa tan buena, ¿cómo hay algunos sabios y hombres de talento que no creen en ella?

Por Monseñor de Segur (1820-1881)


Porque para creer en la Religión no son bastantes todos los talentos y todas las sabidurías del mundo, sino que se necesita, además, haber recibido de Dios la humildad de espíritu y la rectitud de corazón indispensables para tener fe.

Y cabalmente esta humildad de espíritu y esta rectitud de corazón suelen ser lo primero que falta a los pocos sabios que hay sin Religión. De ellos hay algunos que, enteramente entregados a su pasión de saber, no solamente ignoran la Religión, sino que ni siquiera piensan que tal Religión existe, y mientras se pasan toda su vida mirando las estrellas, examinando las hierbas de los campos o inventando máquinas, no dedican un rato siquiera a pensar que tienen un alma, ni se acuerdan para nada del Dios Bueno y Omnipotente que ha criado aquellas estrellas, que hace crecer aquellas hierbas en los campos y que les dio el entendimiento que les sirve para inventar aquellas máquinas. Esta clase de sabios, embebidos en sus estudios, se avergonzarían, si cayeran en la cuenta, al ver que de las cosas más importantes a un hombre saben menos que un niño de la escuela que aprenda bien el catecismo. Así es que cuando alguna vez, por casualidad, hablan de Religión, dicen disparates tan gordos como diría un patán hablando de medicina. Otros hay, ya en mayor número, que no son tan ignorantes en punto a la Religión, pero que rebosando de orgullo, quieren tratar a Dios de igual a igual, y tienden a menos creer los misterios de nuestra fe, porque no los entienden. Ellos dicen que no quieren admitir lo que su razón no puede penetrar: como si la razón del hombre penetrase siempre todo lo que admite por verdadero, como si no creyéramos todos, y no creyeran ellos mismos muchas cosas que ni entienden ni podrán nunca entender. Y si no, que digan cómo sucede que, de una cosa tan pequeña como es una bellota, sale un árbol tan grande como es una encina, que digan cómo la clara y la yema de un huevo llegan a convertirse en la carne, los huesos y las plumas del ave que sale de él después de empollado. Ellos no pueden menos que creer, y lo creen, que de la bellota se forme la encina y del huevo el ave; pero en cuanto a entender cómo esto sucede, no lo entienden.

Pues del propio modo, aunque no entienden los misterios de la Religión, debía bastarles ver las grandes verdades que en ellos se encierran y los grandes bienes que se producen en el mundo, para creerlos sin más averiguación. Pero no, señor; les parece más bonito desmentir al mismo Dios que se los ha enseñado, y, rebeldes contra Jesucristo, no ven que su mismo orgullo les quita el entendimiento en este mundo, y los priva de la eterna luz del otro.

Estos tales son los que dicen que la Religión es cosa buena allá para la gentecilla de poco más o menos; pero que, para ellos, sabios profundos y hombres de gran caletre, está de más el emplearse en esas niñerías... ¡Niñerías le llaman a saber si hay un Dios Todopoderoso, si tenemos un alma inmortal, que le ha de dar cuenta de lo que hemos pensado, hablado y obrado en esta vida! ¡Si hemos de ser premiados por nuestras buenas obras y castigados por las malas! ¡Si el Hijo de Dios derramó su sangre por redimirnos y salvarnos! ¡Si su gracia soberana nos ayuda con amor a sobrellevar las miserias de esta vida y a ganar el cielo prometido...! A esto le llaman niñerías esos que a sí mismos se llaman sabios. ¿Qué te parece a ti de esta sabiduría?

¿Sabes lo que casi siempre pasa con estos tales sabios, y en lo que consiste su orgullo presuntuoso y necio? Pues es en que, por lo general, tienen vicios y hacen cosas que la Religión condena y castiga, y ellos no quieren confesar esta religión que reforma sus malas inclinaciones, que los acusa por sus vicios y que los amenaza con penas sin término. Esta es la verdad, hijito, y atente a la experiencia: verás como yo no te engaño.

Ahora ya comprenderás por qué hay algunos hombres de saber y de talento que viven sin Religión. Pero estos tales son muchos menos de los que quizás hayas oído decir; y, sobre todo, son casi insignificantes, si los comparas con los muchísimos y eminentes sabios que en todos tiempos han defendido y enseñado y practicado nuestra Santa Religión. Vuelve a leer lo que en nuestra primera conversación te dejé dicho, y los nombres que allí te cito de personas ilustradísimas y santas que han confesado a Jesucristo. Aquellas son, hijo mío, una parte muy pequeña de todas las que pudiera citarte, y todavía serían necesarios muchos miles de libros como este para escribir en ellos todos los nombres de las personas, ilustres por sus grandes talentos, por su profundísimo saber y sus ejemplarísimas virtudes, que vienen a reducir casi a nada el insignificante número de esos sabios y hombres de talento que dices tú sin religión.

Pero todavía te diré una verdad que rebaja aún más este número, y es que, de esos mismos que la echan de irreligiosos, cuando les viene encima una desgracia, y, más aún, cuando ven cerca a la muerte, inclinan su cabeza y piden con ansia los auxilios de la misma Religión contra la cual han blasfemado tanto.

Difícil es que no hayas oído hablar del francés Voltaire. Este fue un hombre de gran talento y de saber no escaso, que se hizo muy famoso en el siglo pasado por sus burlas y blasfemias contra la Religión cristiana: todo lo que sabía, todo su talento, toda su vida la consagró a escandalizar y escarnecer a los cristianos, que no parecía, sino que el mismo demonio obraba en su persona.

Pues bien; este hombre, tan célebre por su odio y su desprecio de la Religión, habiendo caído enfermo en París, y creyendo llegada a su última hora, pidió deprisa y corriendo a un sacerdote que lo confesase. Le pasó aquel ataque, y, juntamente con el temor a la muerte, se olvidó del Dios a quien había invocado. Pero el ataque le repitió al mes, y vuelta nuestro hombre a pedir los auxilios de la Religión: solo que ya esta vez los amigotes que le rodeaban y que habían celebrado grandemente sus impiedades, se compusieron de modo que no dejaron penetrar en la alcoba del enfermo al sacerdote. ¡Ya se ve! Para aquellos señores que habían encomiado tanto las bufonerías blasfemas de su maestro, y que, en la ocasión más crítica de probar su desprecio de la Religión, le veían reclamar sus auxilios, era asunto de vanidad y gran interés el que no se dijera de ellos que habían estado toda su vida aplaudiendo infamias de que se retractaba el mismo que se las había hecho aplaudir. Por eso impidieron la entrada del sacerdote, y lograron que el desdichado enfermo muriese maldiciendo de ellos y en una desesperación espantosa.

Te advierto que todo esto se sabe por el testimonio del mismo sacerdote que fue llamado, y por el médico que asistió al famoso impío hasta su último instante.

Pues oye ahora otros pormenores relativos a una persona, cuyo nombre te es muy conocido, porque ha sido enemigo de tu patria. Te hablo de Napoleón, de aquel que pretendió dominar a todo el mundo entero. Este fue uno de los que, cegados por su ambición, obran muchas veces poco conforme a los preceptos cristianos; pero jamás dejó de conservar en el fondo de su alma la fe de sus padres y el mayor respeto a la Religión. “Yo soy -decía- católico, apostólico, romano; mi hijo lo es también, y tendría un pesar muy grande en que no pudiera hacerlo también mi nieto. De todos los bienes -añadía- que yo he hecho a Francia, el mayor es haber restablecido en ella la Religión Católica. Sin la Religión, ¿qué sería de los hombres? Se harían pedazos unos a otros por llevarse cada cual la mujer más hermosa y por comerse la pera más gorda”.

Dios quiso un día humillar la arrogancia de este conquistador ambicioso, y haciéndole perder en una sola batalla el poder y el trono, permitió que sus enemigos le encerraran en la isla de Santa Elena. Allí fue donde más pensó en la Religión Católica que había mamado; y con su inmenso talento comprendió y confesó que era la única Verdadera y Santa. Frecuentemente hablaba de ella con el sacerdote a quien había llamado para que le dispensara en aquel destierro sus auxilios espirituales; oía Misa diaria en su capilla, y tenía sumo cuidado en encargar a su cocinero que no le sirviese carnes en los días de vigilia. Las personas que le acompañaban estaban maravilladas del fervor y grandeza con que proponía y explicaba las verdades fundamentales del Catolicismo.

Cuando le anunciaron que su muerte estaba cerca, despidió a sus médicos; y habiendo mandado llamar a su capellán, el presbítero Vignali, le dijo estas solemnes palabras: “Padre capellán, yo creo en Dios, y quiero, a la hora de mi muerte, recibir los auxilios de la Santa Religión en que he nacido”. Efectivamente, el Emperador se confesó, y cuando después hubo recibido el Viático y la Extremaunción, dijo al general Montholon, que era uno de los que le acompañaban en la isla: “no puede usted figurarse, general, qué gozo tan grande me causa haber cumplido mis obligaciones de cristiano: cuando le llegue a usted su última hora, quiera Dios concederle tanta dicha como a mí... Cuando estaba yo en el trono, había descuidado bastante este negocio, porque las glorias del mundo me tenían embebido. Pero, con todo, jamás he renegado de mi fe: cada vez que oía una campana o veía un sacerdote, sentía dentro de mí un gozo inexplicable. He cometido la cobardía de ocultar a todo el mundo estos sentimientos, como si hubiera sido una deshonra; pero ahora me acuso públicamente de esta flaqueza, y quiero alabar a Dios y pedirle misericordia”.

Dicho esto, mandó que en el cuarto inmediato a su alcoba le pusieran un altar con el Santísimo Sacramento, donde se celebraron las Cuarenta Horas; y mientras se celebraban dio el último aliento.

Así murió Napoleón, el que juzgaba estrecha la tierra para su ambición y orgullo; El capitán más ilustre que ha tenido la Francia, y uno de los hombres más eminentes por su valor y talento que ha tenido el mundo.

Y con estos ejemplos y tantos otros como pudieran añadírseles, ¿qué valor tienen, dime, las necias o interesadas muestras de otro hombre notable por su talento o su ciencia?

Créeme, hijo mío, no es verdadero sabio ni tiene verdadero talento el hombre que vive sin Religión; cuando oigas a alguno hablar contra ella, ten por cierto que, o no la conoce o tiene interés en desacreditarla para dar rienda suelta a las pasiones y vicios.



CUARTA PARTE DEL LIBRO "VIDAS DE LOS HERMANOS" (CAPÍTULO XVI)

Continuamos con la publicación de la Cuarta Parte del antiguo librito (1928) escrito por el fraile dominico Paulino Álvarez (1850-1939) de la Orden de Predicadores.


DE CÓMO LOS DEMONIOS CASTIGABAN A ALGUNOS HERMANOS RELIGIOSOS

I. En los principios de la Orden, a un cierto Hermano que de Bolonia había ido a Favenza y allí sin permiso había recibido cuarenta sueldos y una correa, y vuelto a Bolonia no lo había confesado, durmiendo una noche antes de Maitines, le arremetieron los demonios y le llevaron a una viña, que poco antes habían comprado los Hermanos, donde le azotaron fuertemente hasta romper muchas varas sobre sus costillas, dejándole medio muerto. Al salir de Maitines oyeron los Hermanos las voces que el infeliz daba, y acercándose le hallaron el cuerpo todo acardenalado, y la cabeza y la cara heridas, y las manos hinchadas, de las cuales cosas nunca se vio por completo curado.

II. A otro Hermano, en Génova, que con su Prior había tenido palabras duras y casi rebeldes, y que de noche se había retirado al dormitorio sin reconciliarse, cogiéronle también los demonios y con muchas y gruesas varas le azotaron, dejándole en tal condición que apenas pudo irse a la cama. Quedó por algún tiempo postrado enseñando las heridas de los golpes, y en prueba de lo ocurrido los mismos Hermanos hallaron muchos fragmentos de los garrotes con que los demonios le habían azotado.

III. En el convento de Bolonia acaeció asimismo que un Hermano lego, que el demonio entró en su cuerpo y de terrible manera comenzó repetidamente a atormentarle. Levantáronse los demás conversos, que ya estaban acostados, y llamaron a su Maestro y después al Bienaventurado Domingo que entonces estaba en casa. Mandó el Santo que fuera llevado a la Iglesia el Hermano paciente, como se hizo, si bien no podían apenas entre diez sujetarle. Desde la misma puerta de la Iglesia dio un soplo con que apagó todas las lámparas. Continuando en atormentarle de mil maneras el demonio, díjole el Bienaventurado Domingo: 

-Te conjuro por Cristo que me digas por qué tanto atormentas a este Hermano, y cómo y cuándo entraste en él. 

Respondió el demonio:

- Le atormento porque lo merece; pues ha bebido en la ciudad sin licencia y sin la señal de la cruz. Entonces entré en él bajo la forma de un mosquito, o más bien, él me bebió con el vino. 

Mientras así contestaba, hicieron la señal a Maitines, y dijo el demonio:

- Me marcho; ya no puedo estar aquí, porque se levantan los encapuchados a alabar a Dios. 

Y marchando, dejó al Hermano tendido en tierra como muerto. Lleváronle los Hermanos a la enfermería y por la mañana se levantó sano sin saber lo que le había sucedido. Contóle esto al Maestro uno de los Hermanos que presentes estuvieron.

IV. En el convento de Sena, Toscana, hubo un Hermano culpado del vicio de propiedad, el cual cayó un día, sin que nadie le tocase, de una alta peña que junto a la enfermería estaba, y después de caído vio cerca de sí una sombra negra que le decía:

- Juicio de Dios es, juicio de Dios es.

Aunque magullado, contó al Prior lo que había visto y oído, y pasó un año entero sin convalecer por completo de la caída. Por último, añadiendo pecados a pecados, concluyó por salir de la Orden.


Continúa...


DERRIBAR EL EDIFICIO JERÁRQUICO (CXV)

Después del Vaticano II y la supresión de las Órdenes Menores, se ha vuelto cada vez más claro que existe una confusión general sobre qué es realmente el sacerdocio sacramental y cómo debe entenderse en relación con los fieles.

Por la Dra. Carol Byrne


Este es el caso no sólo entre los laicos sino también entre muchos sacerdotes.

El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que “existe entre todos los fieles una verdadera igualdad de dignidad y de actividad, en virtud de la cual todos cooperan en la edificación del Cuerpo de Cristo, cada uno según su propia función y condición” (1)

La causa fundamental de esta confusión se puede encontrar en el Decreto del Vaticano II sobre el ministerio y la vida de los sacerdotes, que reconsideró el sacerdocio sacramental en el contexto general del ministerio activo de todos los fieles en la Iglesia y el mundo. En otras palabras, el principio operativo es el “sacerdocio de todos” genérico en el que el sacerdote ordenado es sólo un elemento, que no posee un estatus superior al de cualquier otro. Desde entonces se hizo todo lo posible para evitar mencionar la superioridad de los primeros sobre los segundos.

Pero este nuevo paradigma era extraño al dogma definido en el Vaticano I de la Constitución de la Iglesia como una monarquía en la que el Papa tiene la autoridad suprema de jurisdicción sobre la Iglesia universal. Ahora, sin embargo, tocar siquiera esta verdad –y mucho menos diferenciar distintos grados de dignidad y santidad entre los fieles– es provocar acusaciones de “clericalismo”, “triunfalismo” y “juridicismo”. Es significativo que estas fueran las mismas acusaciones lanzadas por los obispos progresistas durante la primera sesión del Vaticano II cuando se discutía el Esquema original sobre la Constitución de la Iglesia, De Ecclesia

Los siguientes ejemplos, tomados de las Acta Synodalia del Concilio (2), son un resumen de las razones que dieron para rechazar el Esquema:
◆ Estaba caracterizado por el “clericalismo”, el “triunfalismo”, el “juridismo” y un estilo “pomposo” propio de documentos magisteriales obsoletos (3)

◆ Insistía demasiado en los derechos y privilegios de la Iglesia, en lugar de reconocer el derecho de otras religiones a la libertad de conciencia (4)

◆ El espíritu de “ecumenismo” faltaba en el Esquema, que mostraba una actitud “arrogante” hacia otras religiones al exigir su sumisión a la fe católica (5)

◆ El concepto “jurídico” del Esquema del Papa como “gobernante” de los obispos debía abandonarse porque no se ajustaba a las Escrituras ni a la realidad (6)

◆ La Iglesia no debía ser vista como una “pirámide” con el Papa en la cúspide, y su gobierno debía estar descentralizado (7)

◆ Los laicos no debían estar subordinados a la Jerarquía y no le debían sumisión: su misión proviene directamente de Dios (8)

◆ Las referencias del Esquema a la “Iglesia Militante” eran “deplorables”, y se pensaba que la metáfora de la Jerarquía como “un ejército alineado para la batalla” falsificaba el Evangelio de Cristo, quien predicó un mensaje de amor (9).
Podemos ver por el tenor agresivo y el contenido hostil de estas críticas que los progresistas –que, irónicamente, formaron “un ejército alineado para la batalla”no tenían intención de defender a la Iglesia Católica antes, durante ni después del Concilio. Los insultos y las etiquetas despectivas revelaron mucho más sobre los atacantes que sobre los atacados.


Semillas de apostasía

Estos ataques, entonces, fueron nada menos que una “manifestación de denuncia” contra los derechos y privilegios históricos de la Iglesia Católica como única Religión verdadera, y contra su Constitución divinamente deseada que investía al Papado con autoridad suprema y universal en Doctrina y gobierno. Todos los principios falsos antes mencionados habían sido denunciados por el Magisterio anterior al Vaticano II.

En particular, el Papa Pío IX condenó solemnemente la “libertad religiosa” en su encíclica Quanta cura (1864). Se refirió a ella como 
“esa opinión errónea, más fatal en sus efectos sobre la Iglesia Católica y la salvación de las almas, llamada por nuestro predecesor Gregorio XVI una 'locura'... 'una libertad de perdición'”
Pio IX condenó todo actos de rebelión contra el poder eclesiástico, especialmente el poder supremo del Papa y su jurisdicción universal.

Pablo VI regala la tiara papal el 13 de noviembre de 1964

Sin embargo, estas fueron las ideas clave que prevalecieron en el Concilio, durante el cual Pablo VI dejó a un lado su tiara papal, el símbolo por excelencia de la unión de sus poderes espirituales y temporales, en deferencia a aquellos que objetaban su munus regendi. Este gesto público habla más que las palabras.

Porque aunque no abolió la ceremonia de coronación –de hecho, la mantuvo específicamente (10)– dio la impresión de que estaba renunciando a su soberanía no sólo sobre la Iglesia sino también sobre los reyes y reinas terrenales; y al mismo tiempo permitió que los progresistas del Concilio que desafiaron la supremacía papal creyeran que sus ideas subversivas algún día serían aprobadas legítimamente por la Iglesia.

Y así resultó que todos sus sucesores en el trono de Pedro se negaron a llevar la Triple Corona. Su sucesor inmediato, Juan Pablo I, reemplazó la ceremonia de coronación con un rito de “inauguración”.


Juan Pablo II respaldó la rebelión conciliar

En lugar de denunciar las críticas hechas en el Concilio como equivocadas e injustas, y a sus perpetradores como neomodernistas, Juan Pablo II respaldó su mensaje en su primera homilía, predicada en la misa de inauguración de su pontificado, el 22 de octubre de 1978:
“En siglos pasados, cuando el Sucesor de Pedro tomaba posesión de su Sede, se colocaba sobre su cabeza la Triple Corona, la Tiara. El último coronado de este modo fue el Papa Pablo VI en 1963. Sin embargo, tras el solemne rito de la coronación no volvió a utilizar la Triple Corona, y dejó a sus Sucesores la libertad de decidir al respecto.

El Papa Juan Pablo I, cuyo recuerdo está tan vivo en nuestros corazones, no quiso la Triple Corona, y hoy tampoco la quiere su Sucesor”.
Estas palabras contienen la evidencia en blanco y negro de que los “papas” posconciliares creían que tenían el poder de descartar un rito solemne que había sido utilizado en la Iglesia durante más de 800 años porque ellos, personalmente, “no lo querían”. Ningún otro Papa en la Historia de la Iglesia había expresado jamás tal actitud hacia la Liturgia que, como es bien sabido, no es de su propiedad personal para hacer con ella lo que quiera.

Hasta el Vaticano II, el consenso común entre ellos era que el poder de los Papas sobre la Liturgia estaba delimitado en el sentido de que estaba subordinado a la Sagrada Tradición. Su objetivo principal era salvaguardar el Patrimonio Litúrgico que había sido transmitido como verdadera expresión de la Fe Católica.

La aversión de Juan Pablo II por la tiara tampoco dio señales de disminuir con el tiempo. En 1996, cuando emitió la Constitución Apostólica Universi Dominici gregis, que regulaba la elección de un nuevo Papa, eliminó cualquier referencia a una ceremonia de coronación.


“Papas” que traicionan su propio cargo

A lo largo de la homilía, no hizo mención alguna del “poder supremo” que le fue conferido personalmente como sucesor de Pedro, Doctrina que forma parte del depósito revelado de la Fe. Habló en lugar del “poder del Señor” ejercido por todos:
“Tal vez en el pasado pusimos la Triple Corona sobre la cabeza del Papa para expresar con tal símbolo que todo el orden jerárquico de la Iglesia de Cristo, todo el ‘poder sagrado’ de Cristo ejercido en la Iglesia, no es otra cosa que servicio, servicio que tiene un solo objetivo: que todo el Pueblo de Dios participe en esta triple misión de Cristo, y permanezca siempre bajo el poder del Señor”
Francisco, visiblemente 'disgustado', recibe una tiara de manos del Primer Ministro de Macedonia; él jamás lo usó

Pero si el “poder supremo”, simbolizado por la Triple Corona, es propiedad de todos, esto implica que no fue otorgado a un solo hombre. Y así se niega tácitamente la unicidad del Soberano Pontífice.

La conclusión obvia que se puede extraer de esta homilía es que Juan Pablo II deseaba acabar con la Doctrina de la Supremacía Papal y reemplazarla por un sistema de reparto del poder vaciado de su contenido católico. De hecho, no hay rastro en la homilía de un deseo de aceptar como primera prioridad la Verdad sobre la Supremacía Papal que nos llegó desde la Revelación y que la Iglesia nos ha transmitido en el Rito de la Coronación.

Evidentemente, Juan Pablo II prefirió la falsa Triple Corona de la “libertad religiosa”, la “colegialidad” y el “ecumenismo” fabricada en el Concilio por quienes cuestionaban la tradicional condena de la Iglesia a todas estas cuestiones.

Continúa...


Notas:

1) El Catecismo de la Iglesia Católica § 872 se hace eco de Lumen gentium §§ 31, 32.

2) Acta Synodalia Sacrosancti Concilii Oecumenici Vaticani II: Primera sesión, Parte IV, 1-7, diciembre de 1962.

3) El Obispo Emile De Smedt de Brujas.

4) El cardenal Alfrink, arzobispo de Utrecht; el cardenal Ritter, Arzobispo de San Luis; el cardenal Suenens, arzobispo de Bruselas-Malinas.

5) El Obispo Jan van Cauwelaert de Inongo, Congo.

6) El arzobispo Guerry de Cambrai; el arzobispo Emile Blanchet, rector del Instituto Católico de París; Mons. Ancel, Auxiliar de Lyon.

7) El Obispo Rupp de Mónaco

8) El arzobispo François Marty de Reims; Obispo Huyghe de Arras

9) Maximos IV Sayegh (o Saigh) de Antioquía de los Melquitas; el cardenal Frings de Colonia

10) En el § 92 de su Constitución Apostólica, Romano Pontifici eligendo (1975), que rige la elección de los Papas, mencionó la coronación como parte de la ceremonia.


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