martes, 25 de noviembre de 2014

DISCURSO DE FRANCISCO AL PARLAMENTO EUROPEO (25 DE NOVIEMBRE DE 2014)


VISITA DEL SANTO PADRE

AL PARLAMENTO EUROPEO Y AL CONSEJO DE EUROPA

DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO

AL PARLAMENTO EUROPEO


Estrasburgo, Francia

Martes 25 de noviembre de 2014


Señor Presidente, Señoras y Señores Vicepresidentes,

Señoras y Señores Eurodiputados,

Trabajadores en los distintos ámbitos de este hemiciclo,

Queridos amigos

Les agradezco que me hayan invitado a tomar la palabra ante esta institución fundamental de la vida de la Unión Europea, y por la oportunidad que me ofrecen de dirigirme, a través de ustedes, a los más de quinientos millones de ciudadanos de los 28 Estados miembros a quienes representan. Agradezco particularmente a usted, Señor Presidente del Parlamento, las cordiales palabras de bienvenida que me ha dirigido en nombre de todos los miembros de la Asamblea.

Mi visita tiene lugar más de un cuarto de siglo después de la del Papa Juan Pablo II. Muchas cosas han cambiado desde entonces, en Europa y en todo el mundo. No existen los bloques contrapuestos que antes dividían el Continente en dos, y se está cumpliendo lentamente el deseo de que «Europa, dándose soberanamente instituciones libres, pueda un día ampliarse a las dimensiones que le han dado la geografía y aún más la historia».[1]

Junto a una Unión Europea más amplia, existe un mundo más complejo y en rápido movimiento. Un mundo cada vez más interconectado y global, y, por eso, siempre menos «eurocéntrico». Sin embargo, una Unión más amplia, más influyente, parece ir acompañada de la imagen de una Europa un poco envejecida y reducida, que tiende a sentirse menos protagonista en un contexto que la contempla a menudo con distancia, desconfianza y, tal vez, con sospecha.

Al dirigirme hoy a ustedes desde mi vocación de Pastor, deseo enviar a todos los ciudadanos europeos un mensaje de esperanza y de aliento.

Un mensaje de esperanza basado en la confianza de que las dificultades puedan convertirse en fuertes promotoras de unidad, para vencer todos los miedos que Europa – junto a todo el mundo – está atravesando. Esperanza en el Señor, que transforma el mal en bien y la muerte en vida.

Un mensaje de aliento para volver a la firme convicción de los Padres fundadores de la Unión Europea, los cuales deseaban un futuro basado en la capacidad de trabajar juntos para superar las divisiones, favoreciendo la paz y la comunión entre todos los pueblos del Continente. En el centro de este ambicioso proyecto político se encontraba la confianza en el hombre, no tanto como ciudadano o sujeto económico, sino en el hombre como persona dotada de una dignidad trascendente.

Quisiera subrayar, ante todo, el estrecho vínculo que existe entre estas dos palabras: «dignidad» y «trascendente».

La «dignidad» es una palabra clave que ha caracterizado el proceso de recuperación en la segunda postguerra. Nuestra historia reciente se distingue por la indudable centralidad de la promoción de la dignidad humana contra las múltiples violencias y discriminaciones, que no han faltado, tampoco en Europa, a lo largo de los siglos. La percepción de la importancia de los derechos humanos nace precisamente como resultado de un largo camino, hecho también de muchos sufrimientos y sacrificios, que ha contribuido a formar la conciencia del valor de cada persona humana, única e irrepetible. Esta conciencia cultural encuentra su fundamento no sólo en los eventos históricos, sino, sobre todo, en el pensamiento europeo, caracterizado por un rico encuentro, cuyas múltiples y lejanas fuentes provienen de Grecia y Roma, de los ambientes celtas, germánicos y eslavos, y del cristianismo que los marcó profundamente,[2] dando lugar al concepto de «persona».

Hoy, la promoción de los derechos humanos desempeña un papel central en el compromiso de la Unión Europea, con el fin de favorecer la dignidad de la persona, tanto en su seno como en las relaciones con los otros países. Se trata de un compromiso importante y admirable, pues persisten demasiadas situaciones en las que los seres humanos son tratados como objetos, de los cuales se puede programar la concepción, la configuración y la utilidad, y que después pueden ser desechados cuando ya no sirven, por ser débiles, enfermos o ancianos.

Efectivamente, ¿qué dignidad existe cuando falta la posibilidad de expresar libremente el propio pensamiento o de profesar sin constricción la propia fe religiosa? ¿Qué dignidad es posible sin un marco jurídico claro, que limite el dominio de la fuerza y haga prevalecer la ley sobre la tiranía del poder? ¿Qué dignidad puede tener un hombre o una mujer cuando es objeto de todo tipo de discriminación? ¿Qué dignidad podrá encontrar una persona que no tiene qué comer o el mínimo necesario para vivir o, todavía peor, que no tiene el trabajo que le otorga dignidad?

Promover la dignidad de la persona significa reconocer que posee derechos inalienables, de los cuales no puede ser privada arbitrariamente por nadie y, menos aún, en beneficio de intereses económicos.

Es necesario prestar atención para no caer en algunos errores que pueden nacer de una mala comprensión de los derechos humanos y de un paradójico mal uso de los mismos. Existe hoy, en efecto, la tendencia hacia una reivindicación siempre más amplia de los derechos individuales – estoy tentado de decir individualistas –, que esconde una concepción de persona humana desligada de todo contexto social y antropológico, casi como una «mónada» (μονάς), cada vez más insensible a las otras «mónadas» de su alrededor. Parece que el concepto de derecho ya no se asocia al de deber, igualmente esencial y complementario, de modo que se afirman los derechos del individuo sin tener en cuenta que cada ser humano está unido a un contexto social, en el cual sus derechos y deberes están conectados a los de los demás y al bien común de la sociedad misma.

Considero por esto que es vital profundizar hoy en una cultura de los derechos humanos que pueda unir sabiamente la dimensión individual, o mejor, personal, con la del bien común, con ese «todos nosotros» formado por individuos, familias y grupos intermedios que se unen en comunidad social.[3] En efecto, si el derecho de cada uno no está armónicamente ordenado al bien más grande, termina por concebirse sin limitaciones y, consecuentemente, se transforma en fuente de conflictos y de violencias.

Así, hablar de la dignidad trascendente del hombre, significa apelarse a su naturaleza, a su innata capacidad de distinguir el bien del mal, a esa «brújula» inscrita en nuestros corazones y que Dios ha impreso en el universo creado;[4] significa sobre todo mirar al hombre no como un absoluto, sino como un ser relacional. Una de las enfermedades que veo más extendidas hoy en Europa es la soledad, propia de quien no tiene lazo alguno. Se ve particularmente en los ancianos, a menudo abandonados a su destino, como también en los jóvenes sin puntos de referencia y de oportunidades para el futuro; se ve igualmente en los numerosos pobres que pueblan nuestras ciudades y en los ojos perdidos de los inmigrantes que han venido aquí en busca de un futuro mejor.

Esta soledad se ha agudizado por la crisis económica, cuyos efectos perduran todavía con consecuencias dramáticas desde el punto de vista social. Se puede constatar que, en el curso de los últimos años, junto al proceso de ampliación de la Unión Europea, ha ido creciendo la desconfianza de los ciudadanos respecto a instituciones consideradas distantes, dedicadas a establecer reglas que se sienten lejanas de la sensibilidad de cada pueblo, e incluso dañinas. Desde muchas partes se recibe una impresión general de cansancio, de envejecimiento, de una Europa anciana que ya no es fértil ni vivaz. Por lo que los grandes ideales que han inspirado Europa parecen haber perdido fuerza de atracción, en favor de los tecnicismos burocráticos de sus instituciones.

A eso se asocian algunos estilos de vida un tanto egoístas, caracterizados por una opulencia insostenible y a menudo indiferente respecto al mundo circunstante, y sobre todo a los más pobres. Se constata amargamente el predominio de las cuestiones técnicas y económicas en el centro del debate político, en detrimento de una orientación antropológica auténtica.[5] El ser humano corre el riesgo de ser reducido a un mero engranaje de un mecanismo que lo trata como un simple bien de consumo para ser utilizado, de modo que – lamentablemente lo percibimos a menudo –, cuando la vida ya no sirve a dicho mecanismo se la descarta sin tantos reparos, como en el caso de los enfermos, los enfermos terminales, de los ancianos abandonados y sin atenciones, o de los niños asesinados antes de nacer.

Este es el gran equívoco que se produce «cuando prevalece la absolutización de la técnica»,[6] que termina por causar «una confusión entre los fines y los medios».[7] Es el resultado inevitable de la «cultura del descarte» y del «consumismo exasperado». Al contrario, afirmar la dignidad de la persona significa reconocer el valor de la vida humana, que se nos da gratuitamente y, por eso, no puede ser objeto de intercambio o de comercio. Ustedes, en su vocación de parlamentarios, están llamados también a una gran misión, aunque pueda parecer inútil: Preocuparse de la fragilidad, de la fragilidad de los pueblos y de las personas. Cuidar la fragilidad quiere decir fuerza y ternura, lucha y fecundidad, en medio de un modelo funcionalista y privatista que conduce inexorablemente a la «cultura del descarte». Cuidar de la fragilidad de las personas y de los pueblos significa proteger la memoria y la esperanza; significa hacerse cargo del presente en su situación más marginal y angustiante, y ser capaz de dotarlo de dignidad.[8]

Por lo tanto, ¿cómo devolver la esperanza al futuro, de manera que, partiendo de las jóvenes generaciones, se encuentre la confianza para perseguir el gran ideal de una Europa unida y en paz, creativa y emprendedora, respetuosa de los derechos y consciente de los propios deberes?

Para responder a esta pregunta, permítanme recurrir a una imagen. Uno de los más célebres frescos de Rafael que se encuentra en el Vaticano representa la Escuela de Atenas. En el centro están Platón y Aristóteles. El primero con el dedo apunta hacia lo alto, hacia el mundo de las ideas, podríamos decir hacia el cielo; el segundo tiende la mano hacia delante, hacia el observador, hacia la tierra, la realidad concreta. Me parece una imagen que describe bien a Europa en su historia, hecha de un permanente encuentro entre el cielo y la tierra, donde el cielo indica la apertura a lo trascendente, a Dios, que ha caracterizado desde siempre al hombre europeo, y la tierra representa su capacidad práctica y concreta de afrontar las situaciones y los problemas.

El futuro de Europa depende del redescubrimiento del nexo vital e inseparable entre estos dos elementos. Una Europa que no es capaz de abrirse a la dimensión trascendente de la vida es una Europa que corre el riesgo de perder lentamente la propia alma y también aquel «espíritu humanista» que, sin embargo, ama y defiende.

Precisamente a partir de la necesidad de una apertura a la trascendencia, deseo afirmar la centralidad de la persona humana, que de otro modo estaría en manos de las modas y poderes del momento. En este sentido, considero fundamental no sólo el patrimonio que el cristianismo ha dejado en el pasado para la formación cultural del continente, sino, sobre todo, la contribución que pretende dar hoy y en el futuro para su crecimiento. Dicha contribución no constituye un peligro para la laicidad de los Estados y para la independencia de las instituciones de la Unión, sino que es un enriquecimiento. Nos lo indican los ideales que la han formado desde el principio, como son: la paz, la subsidiariedad, la solidaridad recíproca y un humanismo centrado sobre el respeto de la dignidad de la persona.

Por ello, quisiera renovar la disponibilidad de la Santa Sede y de la Iglesia Católica, a través de la Comisión de las Conferencias Episcopales Europeas (COMECE), para mantener un diálogo provechoso, abierto y trasparente con las instituciones de la Unión Europea. Estoy igualmente convencido de que una Europa capaz de apreciar las propias raíces religiosas, sabiendo aprovechar su riqueza y potencialidad, puede ser también más fácilmente inmune a tantos extremismos que se expanden en el mundo actual, también por el gran vacío en el ámbito de los ideales, como lo vemos en el así llamado Occidente, porque «es precisamente este olvido de Dios, en lugar de su glorificación, lo que engendra la violencia».[9]

A este respecto, no podemos olvidar aquí las numerosas injusticias y persecuciones que sufren cotidianamente las minorías religiosas, y particularmente cristianas, en diversas partes del mundo. Comunidades y personas que son objeto de crueles violencias: expulsadas de sus propias casas y patrias; vendidas como esclavas; asesinadas, decapitadas, crucificadas y quemadas vivas, bajo el vergonzoso y cómplice silencio de tantos.

El lema de la Unión Europea es Unidad en la diversidad, pero la unidad no significa uniformidad política, económica, cultural, o de pensamiento. En realidad, toda auténtica unidad vive de la riqueza de la diversidad que la compone: como una familia, que está tanto más unida cuanto cada uno de sus miembros puede ser más plenamente sí mismo sin temor. En este sentido, considero que Europa es una familia de pueblos, que podrán sentir cercanas las instituciones de la Unión si estas saben conjugar sabiamente el anhelado ideal de la unidad, con la diversidad propia de cada uno, valorando todas las tradiciones; tomando conciencia de su historia y de sus raíces; liberándose de tantas manipulaciones y fobias. Poner en el centro la persona humana significa sobre todo dejar que muestre libremente el propio rostro y la propia creatividad, sea en el ámbito particular que como pueblo.

Por otra parte, las peculiaridades de cada uno constituyen una auténtica riqueza en la medida en que se ponen al servicio de todos. Es preciso recordar siempre la arquitectura propia de la Unión Europea, construida sobre los principios de solidaridad y subsidiariedad, de modo que prevalezca la ayuda mutua y se pueda caminar, animados por la confianza recíproca.

En esta dinámica de unidad-particularidad, se les plantea también, Señores y Señoras Eurodiputados, la exigencia de hacerse cargo de mantener viva la democracia, la democracia de los pueblos de Europa. No se nos oculta que una concepción uniformadora de la globalidad daña la vitalidad del sistema democrático, debilitando el contraste rico, fecundo y constructivo, de las organizaciones y de los partidos políticos entre sí. De esta manera se corre el riesgo de vivir en el reino de la idea, de la mera palabra, de la imagen, del sofisma… y se termina por confundir la realidad de la democracia con un nuevo nominalismo político. Mantener viva la democracia en Europa exige evitar tantas «maneras globalizantes» de diluir la realidad: los purismos angélicos, los totalitarismos de lo relativo, los fundamentalismos ahistóricos, los eticismos sin bondad, los intelectualismos sin sabiduría.[10]

Mantener viva la realidad de las democracias es un reto de este momento histórico, evitando que su fuerza real – fuerza política expresiva de los pueblos – sea desplazada ante las presiones de intereses multinacionales no universales, que las hacen más débiles y las trasforman en sistemas uniformadores de poder financiero al servicio de imperios desconocidos. Este es un reto que hoy la historia nos ofrece.

Dar esperanza a Europa no significa sólo reconocer la centralidad de la persona humana, sino que implica también favorecer sus cualidades. Se trata por eso de invertir en ella y en todos los ámbitos en los que sus talentos se forman y dan fruto. El primer ámbito es seguramente el de la educación, a partir de la familia, célula fundamental y elemento precioso de toda sociedad. La familia unida, fértil e indisoluble trae consigo los elementos fundamentales para dar esperanza al futuro. Sin esta solidez se acaba construyendo sobre arena, con graves consecuencias sociales. Por otra parte, subrayar la importancia de la familia, no sólo ayuda a dar prospectivas y esperanza a las nuevas generaciones, sino también a los numerosos ancianos, muchas veces obligados a vivir en condiciones de soledad y de abandono porque no existe el calor de un hogar familiar capaz de acompañarles y sostenerles.

Junto a la familia están las instituciones educativas: las escuelas y universidades. La educación no puede limitarse a ofrecer un conjunto de conocimientos técnicos, sino que debe favorecer un proceso más complejo de crecimiento de la persona humana en su totalidad. Los jóvenes de hoy piden poder tener una formación adecuada y completa para mirar al futuro con esperanza, y no con desilusión. Numerosas son las potencialidades creativas de Europa en varios campos de la investigación científica, algunos de los cuales no están explorados todavía completamente. Baste pensar, por ejemplo, en las fuentes alternativas de energía, cuyo desarrollo contribuiría mucho a la defensa del ambiente.

Europa ha estado siempre en primera línea de un loable compromiso en favor de la ecología. En efecto, esta tierra nuestra necesita de continuos cuidados y atenciones, y cada uno tiene una responsabilidad personal en la custodia de la creación, don precioso que Dios ha puesto en las manos de los hombres. Esto significa, por una parte, que la naturaleza está a nuestra disposición, podemos disfrutarla y hacer buen uso de ella; por otra parte, significa que no somos los dueños. Custodios, pero no dueños. Por eso la debemos amar y respetar. «Nosotros en cambio nos guiamos a menudo por la soberbia de dominar, de poseer, de manipular, de explotar; no la “custodiamos”, no la respetamos, no la consideramos como un don gratuito que hay que cuidar».[11] Respetar el ambiente no significa sólo limitarse a evitar estropearlo, sino también utilizarlo para el bien. Pienso sobre todo en el sector agrícola, llamado a dar sustento y alimento al hombre. No se puede tolerar que millones de personas en el mundo mueran de hambre, mientras toneladas de restos de alimentos se desechan cada día de nuestras mesas. Además, el respeto por la naturaleza nos recuerda que el hombre mismo es parte fundamental de ella. Junto a una ecología ambiental, se necesita una ecología humana, hecha del respeto de la persona, que hoy he querido recordar dirigiéndome a ustedes.

El segundo ámbito en el que florecen los talentos de la persona humana es el trabajo. Es hora de favorecer las políticas de empleo, pero es necesario sobre todo volver a dar dignidad al trabajo, garantizando también las condiciones adecuadas para su desarrollo. Esto implica, por un lado, buscar nuevos modos para conjugar la flexibilidad del mercado con la necesaria estabilidad y seguridad de las perspectivas laborales, indispensables para el desarrollo humano de los trabajadores; por otro lado, significa favorecer un adecuado contexto social, que no apunte a la explotación de las personas, sino a garantizar, a través del trabajo, la posibilidad de construir una familia y de educar los hijos.

Es igualmente necesario afrontar juntos la cuestión migratoria. No se puede tolerar que el mar Mediterráneo se convierta en un gran cementerio. En las barcazas que llegan cotidianamente a las costas europeas hay hombres y mujeres que necesitan acogida y ayuda. La ausencia de un apoyo recíproco dentro de la Unión Europea corre el riesgo de incentivar soluciones particularistas del problema, que no tienen en cuenta la dignidad humana de los inmigrantes, favoreciendo el trabajo esclavo y continuas tensiones sociales. Europa será capaz de hacer frente a las problemáticas asociadas a la inmigración si es capaz de proponer con claridad su propia identidad cultural y poner en práctica legislaciones adecuadas que sean capaces de tutelar los derechos de los ciudadanos europeos y de garantizar al mismo tiempo la acogida a los inmigrantes; si es capaz de adoptar políticas correctas, valientes y concretas que ayuden a los países de origen en su desarrollo sociopolítico y a la superación de sus conflictos internos – causa principal de este fenómeno –, en lugar de políticas de interés, que aumentan y alimentan estos conflictos. Es necesario actuar sobre las causas y no solamente sobre los efectos.

Señor Presidente, Excelencias, Señoras y Señores Diputados:

Ser conscientes de la propia identidad es necesario también para dialogar en modo propositivo con los Estados que han solicitado entrar a formar parte de la Unión en el futuro. Pienso sobre todo en los del área balcánica, para los que el ingreso en la Unión Europea puede responder al ideal de paz en una región que ha sufrido mucho por los conflictos del pasado. Por último, la conciencia de la propia identidad es indispensable en las relaciones con los otros países vecinos, particularmente con aquellos de la cuenca mediterránea, muchos de los cuales sufren a causa de conflictos internos y por la presión del fundamentalismo religioso y del terrorismo internacional.

A ustedes, legisladores, les corresponde la tarea de custodiar y hacer crecer la identidad europea, de modo que los ciudadanos encuentren de nuevo la confianza en las instituciones de la Unión y en el proyecto de paz y de amistad en el que se fundamentan. Sabiendo que «cuanto más se acrecienta el poder del hombre, más amplia es su responsabilidad individual y colectiva».[12] Les exhorto, pues, a trabajar para que Europa redescubra su alma buena.

Un autor anónimo del s. II escribió que «los cristianos representan en el mundo lo que el alma al cuerpo».[13] La función del alma es la de sostener el cuerpo, ser su conciencia y la memoria histórica. Y dos mil años de historia unen a Europa y al cristianismo. Una historia en la que no han faltado conflictos y errores, también pecados, pero siempre animada por el deseo de construir para el bien. Lo vemos en la belleza de nuestras ciudades, y más aún, en la de múltiples obras de caridad y de edificación humana común que constelan el Continente. Esta historia, en gran parte, debe ser todavía escrita. Es nuestro presente y también nuestro futuro. Es nuestra identidad. Europa tiene una gran necesidad de redescubrir su rostro para crecer, según el espíritu de sus Padres fundadores, en la paz y en la concordia, porque ella misma no está todavía libre de conflictos.

Queridos Eurodiputados, ha llegado la hora de construir juntos la Europa que no gire en torno a la economía, sino a la sacralidad de la persona humana, de los valores inalienables; la Europa que abrace con valentía su pasado, y mire con confianza su futuro para vivir plenamente y con esperanza su presente. Ha llegado el momento de abandonar la idea de una Europa atemorizada y replegada sobre sí misma, para suscitar y promover una Europa protagonista, transmisora de ciencia, arte, música, valores humanos y también de fe. La Europa que contempla el cielo y persigue ideales; la Europa que mira y defiende y tutela al hombre; la Europa que camina sobre la tierra segura y firme, precioso punto de referencia para toda la humanidad.

Gracias.


[1] Juan pablo II, Discurso al Parlamento Europeo, 11 octubre 1988, 5.

[2] Cf. Juan pablo II, Discurso a la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa, 8 octubre 1988, 3.

[3] Cf. Benedicto XVI, Caritas in veritate, 7; Con. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 26.

[4] Cf. Compendio de la doctrina social de la Iglesia, 37, 37.

[5] Cf. Evangelii gaudium, 55.

[6] Benedicto XVI, Caritas in veritate, 71.

[7] Ibíd.

[8] Cf. Evangelii gaudium, 209.

[9] Benedicto XVI, Discurso a los Miembros del Cuerpo diplomático, 7 enero 2013.

[10] Cf. Evangelii gaudium, 231.

[11] Audiencia General, 5 junio 2013.

[12] Gaudium et spes, 34.

[13] Carta a Diogneto, 6.




sábado, 22 de noviembre de 2014

CÓMO FUE LA CAMPAÑA DE CABILDEO DEL CÓNCLAVE QUE PREPARÓ EL CAMINO PARA BERGOGLIO

Bergoglio y su amigote Cormac Murphy-O'Connor
La nueva biografía del papa Francisco revela cómo los reformistas del 'Equipo Bergoglio' presionaron a los cardenales 'por debajo de la mesa' durante del Cónclave del Vaticano.

Por John Bingham

El cardenal Cormac Murphy-O'Connor, el ex líder de la Iglesia Católica Romana en Inglaterra y Gales, ayudó a organizar una campaña de cabildeo entre bambalinas que llevó a la elección del Papa Francisco, según afirma una nueva biografía.

La elección del casi desconocido cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio como jefe de los 1,2 mil millones de católicos del mundo fue una sorpresa para los observadores del Vaticano y para los fieles cuando se hizo el anuncio en marzo del año pasado.

El cónclave para elegir a un sucesor de Benedicto XVI, el primer papa en más de 600 años en dimitir, se consideró abierto, aunque la mayoría predijo que el cardenal italiano Angelo Scola o el cardenal Marc Ouellet de Quebec serían elegidos.

Cuando Bergoglio, de 76 años de edad, se convirtió en Papa sólo en el segundo día de votación, se explicó como una “candidatura de unidad” para evitar el bloqueo entre facciones rivales.

Pero una biografía del Papa Francisco, que se publicará el próximo mes, revela que hubo una “campaña discreta”, pero altamente organizada, de un pequeño grupo de cardenales europeos en apoyo del Cardenal Bergoglio.


El Gran Reformador
, del escritor católico británico Austen Ivereigh, apodó al grupo "Equipo Bergoglio" y dice que los miembros tuvieron cenas privadas y otras reuniones de cardenales en los días previos al cónclave, poniendo silenciosamente su candidato.

El cardenal Bergoglio fue efectivamente el “subcampeón” en el cónclave de 2005, en el que fue elegido Joseph Ratzinger, al haber sido propuesto por una alianza de reformistas principalmente europeos.

Pero más tarde se supo que sus posibilidades de elección se vieron obstaculizadas por lo que equivalía a una campaña de trucos sucios por parte de los opositores de Argentina.

También logró desconectar cualquier campaña en 2005, instó a los simpatizantes a apoyar al cardenal Joseph Ratzinger y dejó claro que no deseaba ser el foco de una facción.

Para 2013, la mayoría de los comentaristas lo habían descartado, en parte debido a su edad, y también porque había señalado que no deseaba interponerse en el camino del cardenal Ratzinger.

Pero el año pasado, el apetito por “la reforma” en el Vaticano y un papa sin vínculos con el establecimiento, ampliamente visto como corrupto y plagado de luchas internas, se había vuelto intenso.

“Reconociendo el momento, la iniciativa fue tomada ahora por los reformadores europeos que en 2005 habían presionado a Bergoglio”, explica Ivereigh, quien una vez fue secretario de prensa del cardenal Murphy-O'Connor, en el libro.

Escribió que el cardenal Murphy-O'Connor, que tenía 80 años y ya no votaba en el cónclave, se unió al cardenal alemán Walter Kasper, cuyo controvertido llamamiento para que se permita a los divorciados volver a casarse fue uno de los puntos principales de División en el sínodo que el Papa Francisco celebró en Roma este año.

El rol del Cardenal Murphy-O'Connor incluía cabildear con sus homólogos norteamericanos y actuar como un enlace para aquellos de los países de la Commonwealth.

“Habían aprendido sus lecciones desde 2005”, explica el Sr. Ivereigh. “Primero se aseguraron el asentimiento de Bergoglio. Cuando se le preguntó si estaba dispuesto, dijo que creía que, en este momento de crisis para la Iglesia, ningún cardenal podría negarse si se le preguntaba.

“Murphy-O'Connor, a sabiendas, le advirtió que 'tuviera cuidado', y que ahora era su turno, y Bergoglio le dijo 'capisco': 'Lo entiendo' ”.

“Luego se pusieron a trabajar, recorriendo las cenas de los cardenales para promocionar a su hombre, argumentando que su edad, de 76 años, ya no debería considerarse un obstáculo, dado que los papas podrían renunciar. Habiendo comprendido desde 2005 la dinámica de un cónclave, sabían que los votos viajaban a aquellos que hacían una fuerte demostración fuera de la puerta”.

Una portavoz del cardenal Murphy-O'Connor dijo que el entonces cardenal Bergoglio no fue contactado con miras a buscar su consentimiento como candidato para el papado.

Un punto de inflexión clave se produjo durante la serie de reuniones cerradas ante el cónclave, conocidas como congregaciones, cuando el Cardenal Bergoglio pronunció un breve pero emotivo discurso sobre el estado de la Iglesia.

Pero, según el libro, una prohibición de las actualizaciones oficiales sobre lo que estaba sucediendo en las congregaciones significaba que la información que surgía se basaba en filtraciones que se concentraban en la lucha interna dentro de la iglesia italiana.

“Por esta razón y porque los organizadores de su campaña se mantuvieron en gran medida por debajo del radar, el coche Bergoglio que comenzó a rodar durante la semana de las congregaciones, no fue detectado por los medios de comunicación y hasta el día de hoy la mayoría [los observadores del Vaticano] creen que no hubo una organización previa para la elección de Bergoglio”, dice Ivereigh.



Telegraph



martes, 18 de noviembre de 2014

BERGOGLIO: "EL MICROCLIMA ECLESIÁSTICO ALEJA DE LA IGLESIA"

En su homilía diaria en Casa Santa Marta, comentando el pasaje evangélico del ciego de Jericó, Bergoglio se refirió a los discípulos «que pretenden acallarlo para evitar que moleste», lo que al final deriva en un «microclima eclesiástico privilegiado», formado «por sacerdotes, obispos y también fieles». 


“El ciego era un hombre que no contaba nada, pero que tenía ganas de salvación, ganas de ser curado, y grita por encima del muro de la indiferencia que lo circunda hasta que vence su apuesta y logra llamar a la puerta del corazón de Jesús. A este hombre se opone el círculo de los discípulos, que pretenden acallarlo para evitar que moleste; actuando de esta manera, alejan al Señor de una periferia.


Esta periferia no podía llegar al Señor, porque este círculo, pero con mucha buena voluntad, cerraba la puerta. Y esto sucede con frecuencia, entre nosotros los creyentes: cuando hemos encontrado al Señor, sin que nosotros nos demos cuenta, se crea este microclima eclesiástico. No sólo los sacerdotes, los obispos, también los fieles: Pero nosotros somos aquellos que están con el Señor. Y de tanto mirar al Señor no vemos las necesidades del Señor: no miramos al Señor que tiene hambre, que tiene sed, que está en prisión, que está en el hospital. Aquel Señor, en el marginado. Y este clima hace mucho mal.

Cuando en la Iglesia los fieles, los ministros, se vuelven un grupo así… no eclesial, sino eclesiástico, de privilegio de cercanía al Señor, tienen la tentación de olvidar al primer amor, ese amor tan bello que todos nosotros hemos tenido cuando el Señor nos ha llamado, nos ha salvado, nos ha dicho: Te quiero mucho. Ésta es una tentación de los discípulos: olvidar el primer amor, o sea olvidar también a las periferias, donde yo estaba antes, incluso si debo avergonzarme.

Pidamos al Señor la gracia que todos nosotros, que tenemos la gracia de haber sido llamados, jamás, jamás, jamás nos alejemos de esta Iglesia. Que jamás entremos en este microclima de los discípulos eclesiásticos, privilegiados, que se alejan de la Iglesia de Dios, que sufre, que pide salvación, que pide fe, que pide la Palabra de Dios. Pidamos la gracia de ser pueblo fiel de Dios, sin pedir al Señor ningún privilegio, que nos aleje del pueblo de Dios.


Alfa y Omega



jueves, 13 de noviembre de 2014

BERGOGLIO: EL REINO DE DIOS CRECE EN SILENCIO, NO ES UN ESPECTÁCULO

En su homilía en la Casa Santa Marta, Bergoglio invitó a “cuidar el reino de Dios que está dentro de nosotros con la oración, la adoración, el servicio de la caridad, silenciosamente”


“El Reino de Dios crece cada día gracias a quien da testimonio de él sin hacer “ruido”, rezando y viviendo con fe sus tareas en la familia, en el trabajo, en su comunidad de pertenencia.

Lo dijo el papa en la homilía de la Misa matinal celebrada el 13 de noviembre de 2014 en la capilla de Casa Santa Marta.

“En el silencio, quizás de una casa donde se llega a fin de mes sólo con medio euro y sin embargo no se deja de rezar y de cuidar a los hijos y a los abuelos: allí está el Reino de Dios”.

“Lejos del clamor, porque el Reino de Dios no llama la atención, exactamente como no la atrae la semilla que crece bajo la tierra”.

El papa habló en su homilía sobre el pasaje del Evangelio de Lucas, donde a la pregunta de los fariseos «¿cuándo vendrá el Reino de Dios?», Jesús replicó: “vendrá un día en el que os dirán: ‘Está allí’, o: ‘Está aquí’; no vayáis, no les sigáis”.

“El Reino de Dios no es un espectáculo. El espectáculo muchas veces es la caricatura del Reino de Dios”.

“¡El espectáculo! Nunca dice el Señor que el Reino de Dios sea un espectáculo. ¡Es una fiesta! Pero es distinto. Es fiesta, cierto, es bellísima. Una gran fiesta. Y el Cielo será una fiesta, pero no un espectáculo. Y nuestra debilidad humana prefiere el espectáculo”.


“Muchas veces, el espectáculo es una celebración –por ejemplo las bodas– a la que se presenta gente que más que a recibir un sacramento viene a hacer el espectáculo de la moda, hacerse ver, la vanidad”.

“En cambio, el Reino de Dios es silencioso, crece dentro. Lo hace crecer el Espíritu Santo con nuestra disponibilidad, en nuestra tierra, que debemos preparar”.

Además, citó las palabras de Jesús, también para el Reino llegará el momento de la manifestación de fuerza, pero será sólo al final de los tiempos.

“El día que hará ruido, lo hará como la descarga del rayo, que brilla de un extremo a otro del cielo. Así será el Hijo del hombre en su día, el día que hará ruido”.

“Y cuando uno piensa en la perseverancia de tantos cristianos que sacan adelante la familia – hombres, mujeres – que cuidan a los hijos, cuidan a los abuelos, y llegan a fin de mes con medio euro solo, pero rezan, allí está el Reino de Dios, escondido, en esa santidad de la vida cotidiana, esa santidad de todos los días”.

“¡Porque el Reino de Dios no está lejos de nosotros, está cerca! Esta es una de sus características: cercanía de todos los días”.

“También cuando describe su vuelta en una manifestación de gloria y de poder, sin embargo, Jesús añade en seguida que antes es necesario que sufra mucho y sea rechazado por esta generación”.

“Esto significa que también el sufrimiento, la cruz, la cruz cotidiana de la vida – la cruz del trabajo, de la familia, de llevar adelante las cosas –esta pequeña cruz cotidiana es parte del Reino de Dios”.


“Pidamos al Señor la gracia de cuidar el reino de Dios que está dentro de nosotros con la oración, la adoración, el servicio de la caridad, silenciosamente”.

“El Reino de Dios es humilde, como la semilla: humilde pero se hace grande, por la fuerza del Espíritu Santo. A nosotros nos toca dejarlo crecer en nosotros, sin vanagloriarnos: dejar que el Espíritu venga, nos cambie el alma y nos lleve adelante en silencio, en paz, en la quietud, en la cercanía a Dios, a los demás, en la adoración a Dios, sin espectáculos”.


Aleteia



martes, 11 de noviembre de 2014

BERGOGLIO: "UN CRISTIANO QUE NO SIRVE SE CONVIERTE EN UN CRISTIANO SIN FUERZA, SIN PROFUNDIDAD"

“Es necesario luchar siempre contra las tentaciones que nos llevan lejos del servicio al prójimo” dijo Bergoglio en la Misa matutina de la Casa Santa Marta. 


El papa dijo “como Jesús, debemos servir sin pedir nada y afirmó que no es bueno adueñarse del servicio, transformándolo en una estructura de poder”.

El papa ha comenzado del Evangelio de hoy hablando sobre el "siervo inútil" para detenerse en lo que significa el servicio para un cristiano. “Jesús habla de este siervo que después de haber trabajado toda la jornada, llega a casa, y en vez de descansar se pone a servir a su señor”.

"Alguno de nosotros le aconsejaría a este siervo ir a un sindicato a buscar ayuda, para ver que hace con un jefe así. Pero Jesús dice: ‘No, el servicio es total', porque Él ha hecho camino con esta actitud de servicio; Él es el siervo. Él se presenta como el siervo, el que vino a servir y no a ser servido: así lo dice, claramente. Y así, el Señor hace presente a los apóstoles el camino de los que han recibido la fe que hace milagros. Sí, esta fe hará milagros sobre el camino del servicio".

"Un cristiano que recibe el don de la fe en el Bautismo pero que no lleva adelante este don por el camino del servicio, se convierte en un cristiano sin fuerza, sin fecundidad. Al final, se convierte en un cristiano para sí mismo, para servirse a sí mismo. Su vida es triste, muchas cosas grandes del Señor, se desperdician. Incluso, el Señor nos dice que el servicio es único, no se pueden servir a dos señores: "O Dios o las riquezas". Nosotros podemos alejarnos de esta actitud de servicio, primero, por pereza. Y esta, entibia el corazón, la pereza te hace cómodo".

"La pereza nos aleja del servicio, y nos lleva a la comodidad, al egoísmo. Hay muchos cristianos así, son buenos, van a Misa, pero el servicio termina allí... Cuando digo servicio, digo todo: servicio a Dios en la adoración, en la oración, en la alabanza, en el servicio al prójimo, cuando debe hacerlo; servicio hasta el final, porque Jesús en esto es fuerte: ‘Así también vosotros, cuando hayáis hecho lo que se os ha ordenado decid: ‘somos siervos inútiles'. Servicio gratuito, sin pedir nada a cambio".

La otra posibilidad de alejarse de la actitud de servicio es adueñarse un poco de las situaciones. Algo que sucedió a los discípulos, a los mismos apóstoles. Alejaban a la gente para que no molestasen a Jesús, pero para estar cómodos ellos. Los discípulos, prosiguió, se adueñaban del tiempo del Señor, se adueñaban del poder del Señor: lo querían para su grupito. Y después, se adueñaban de esta actitud de servicio, transformándolo en una estructura de poder. Algo que se entiende viendo las discusiones que mantenían para ver quien de entre Santiago y Juan era el más grande. La madre, que va a pedirle al Señor que uno de sus hijos sea el primer ministro y el otro el ministro de economía, con todo el poder en sus manos. Esto sucede también hoy cuando los cristianos se convierten en señores: señores de la fe, señores del Reino, dueños de la Salvación. Esto es una tentación para todos los cristianos. Sin embargo, el Señor nos habla de servicio: "servicio en humildad", "servicio en esperanza y esta es la alegría del cristiano".

"En la vida tenemos que luchar mucho contra las tentaciones que nos alejan de esta actitud de servicio. La pereza lleva a la comodidad: servicio a mitad y a adueñarse de la situación, y de siervo nos convertimos en señores, esto conduce a la soberbia, al orgullo, a tratar mal a la gente, a sentirnos importantes ‘porque somos cristianos tenemos la salvación' y muchas cosas más. Que el Señor nos de estas dos gracias grandes: la humildad en el servicio, para que podamos decir: ‘somos siervos inútiles, pero siervos, hasta el final', y la esperanza al esperar la manifestación última, cuando venga el Señor a encontrarnos".


Religion Digital



viernes, 7 de noviembre de 2014

BERGOGLIO: CRISTIANOS PAGANOS, ENEMIGOS DE LA CRUZ DE CRISTO

“Hoy hay cristianos paganos que se comportan como enemigos de la cruz de Cristo”. Lo dijo Bergoglio en la misa de la mañana de este viernes en la Casa Santa Marta.


Bergoglio habló sobre las palabras de San Pablo a los Filipenses y se detuvo en dos grupos de cristianos presentes en la actualidad, como también lo eran en el tiempo de dicho apóstol. “Ambos grupos estaban en la Iglesia, todos juntos, iban a misa el domingo, alababan al Señor, se llamaban cristianos. Entonces, ¿cuál era la diferencia? ¡Los segundos actúan como enemigos de la cruz de Cristo! Son cristianos mundanos, cristianos de nombre, con dos o tres cosas de cristiano, pero nada más. ¡Cristianos paganos!. El nombre cristiano, pero la vida pagana. O, para decirlo de otra manera: Paganos con dos pinceladas de barniz de cristianismo, así aparecen como cristianos, pero son paganos”.

¡También hoy en día hay muchos! También nosotros tenemos que estar atentos a no resbalarnos sobre el camino de los cristianos paganos, cristianos en apariencia. Y la tentación de acostumbrarnos a la mediocridad, la mediocridad de los cristianos, de estos cristianos es típica su ruina, porque el corazón se enfría, se convierte en tibio. Y a los tibios el Señor les dice una palabra fuerte: ‘Porque eres tibio, estoy por vomitarte de mi boca. ¡Es muy fuerte! son enemigos de la Cruz de Cristo. Tienen el nombre, pero no siguen las exigencias de la vida cristiana”.

“Pablo habla así de la ciudadanía de los cristianos. Nuestra ciudadanía está en los cielos. Aquella es eterna. Son ciudadanos del mundo, no de los cielos. Ciudadanos del mundo. ¡Y el apellidos es mundano! ¡Protéjanse de estos! Todos debemos preguntarnos: ¿tendré algo de estos? Tendré algo de la mundanidad dentro de mí? ¿Algo del paganismo?”


“Me gusta alardear? ¿Me gusta el dinero? ¿Me gusta el orgullo, la soberbia? ¿Dónde tengo mis raíces, es decir, de dónde soy ciudadano? ¿Del cielo o de la tierra? ¿Del mundo o del espíritu del mundo? Nuestra ciudadanía está en los cielos, y allí esperamos, como Salvador, al Señor Jesucristo. ¿Y la de ellos? ¡Su suerte final la destrucción! Estos cristianos barnizados, terminarán mal… Pero miren al final: ¿dónde te lleva esa ciudadanía que tienes en tu corazón? Aquella ciudadanía mundana lleva a la ruina, aquella de la Cruz de Cristo al encuentro con Él”.

“Algunos signos en el corazón muestran que se está deslizando hacia la mundanidad. Si tu amas y si estás apegado al dinero, a la vanidad y al orgullo, vas por el mal camino. Si, en cambio, buscas amar a Dios, el servir a los demás, si eres amable, si eres humilde, si usted es el servidor de los demás, va por el buen camino”.

“¿Cómo ha llegado este administrador del Evangelio al punto de engañar, de robar a su amo? ¿Cómo ha llegado de un día para otro? ¡No! Poco a poco. Un día, una propina aquí, al otro día una tangente allí y poco a poco se llega a la corrupción. El camino de la mundanidad de estos enemigos de la cruz de Cristo es así, te conduce a la corrupción! Y luego terminas como este hombre, ¿verdad? Aparentemente robando… ”


El Observador en Linea



jueves, 6 de noviembre de 2014

BERGOGLIO: “ES TRISTE EL PASTOR QUE ABRE LA PUERTA DE LA IGLESIA Y SE QUEDA ALLÍ A ESPERAR"

En su homilía de este jueves, el papa explicó cómo es un buen pastor, un buen cristiano


“El verdadero cristiano no tiene miedo de ensuciarse las manos con los pecadores, de arriesgar incluso su fama, porque tiene el corazón de Dios, que no quiere que nadie se pierda”, afirmó este jueves el papa en la Misa en la Casa Santa Marta.

En el centro de la homilía de Bergoglio estuvieron las dos parábolas de la oveja y la moneda perdidas. Los fariseos y los escribas se escandalizaron porque Jesús “acoge a los pecadores y come con ellos”.

“Era un verdadero escándalo en esa época para esa gente. ¡Imaginemos que existiesen periódicos en esa época!”.

"Pero Jesús vino para esto: para ira a buscar a los que estaban lejos del Señor. Estas dos parábolas nos hacen ver cómo es el corazón de Dios: Dios no se detiene, Dios no va hasta cierto punto. Dios va hasta el fondo, el límite, siempre va al límite, no se detiene a mitad camino de la salvación, como si dijese: ‘He hecho todo, el problema es suyo’. Él va siempre, sale, desciende al campo”.

“Los fariseos y los escribas, sin embargo, se detienen a mitad camino; a ellos les importaba que el balance de los beneficios y de las pérdidas fuese más o menos favorable y con esto estaban tranquilos. ‘Sí, es verdad, he perdido tres monedas, he perdido diez ovejas, pero he ganado mucho… esto no entra en la mente de Dios, Dios no es un negociante, Dios es Padre y va a salvar hasta el final, hasta el límite. Y el amor de Dios es esto”.

“Pero es triste, el pastor a mitad camino. Es triste el pastor que abre la puerta de la Iglesia y se queda allí a esperar; es triste el cristiano que no siente dentro, en su corazón, la necesidad de ir a contar a los otros que el Señor es bueno”.

“¡Cuánta perversión hay en el corazón de los que se creen justos, como estos escribas, estos fariseos. Ellos no quieren ensuciarse las manos con los pecadores. Recordemos eso, eso que pensaban: ‘Si este fuese profeta sabría que ella es una pecadora’. El desprecio. Usaban a la gente, después la despreciaban”.

“Ser un pastor a mitad camino es una derrota. Un pastor debe tener el corazón de Dios, ir hasta el final, porque no quiere que nadie se pierda”.

“El verdadero pastor, el verdadero cristiano tiene este celo dentro: que nadie se pierda. Y por esto no teme ensuciarse las manos. No tiene miedo”.

“Va donde debe ir. Arriesga su vida, arriesga su fama, arriesga el perder su comodidad, su estatus, también perder en la carrera eclesiástica incluso, pero ser un buen pastor”.

“También los cristianos deben ser así. Es muy fácil condenar a los demás, como hacían estos, los publicanos, los pecadores, es muy fácil, pero no es cristiano, ¿eh? No es de hijos de Dios”.

“El Hijo de Dios va al límite, da la vida, como la dio Jesús por los demás. No puede estar tranquilo cuidándose a sí mismo. Su comodidad, su fama, su tranquilidad. Recordad esto: pastores a mitad camino ¡No! ¡Nunca! Cristianos a mitad camino ¡nunca!”.

“Es lo que hizo Jesús. El buen pastor, el buen cristiano sale, siempre está en salida: de sí mismo, hacia Dios, en la oración, en la adoración; está en salida con respecto a los demás para llevarles el mensaje de la salvación”.

“Y el buen pastor, el buen cristiano sabe lo que es la ternura. Estos escribas, fariseos no sabían lo que era cargar sobre sus espaldas la oveja, con esa ternura, y llevarla con las demás a sus sitio. Esta gente no sabía lo que era la alegría”.

Según Francisco, el cristiano y el pastor a mitad camino quizás saben de diversión, de tranquilidad, de cierta paz, pero no de alegría, de la alegría que hay en el Paraíso, esa alegría que viene de Dios, esa alegría que viene del corazón de padre que va a salvar!”.

“‘He escuchado los lamentos de los israelitas y desciendo allí’... Esto es muy bello, no tengáis miedo de que se hable de nosotros porque vamos al encuentro de los hermanos y hermanas que se han alejado del Señor. Pidamos esta gracia para cada uno de nosotros y por nuestra Madre, la Santa Iglesia”.


Aleteia

lunes, 3 de noviembre de 2014

RESCRIPTUM EX AUDIENTIA SS.MI (3 DE NOVIEMBRE DE 2014)


RESCRIPTUM EX AUDIENTIA SS.MI"

SOBRE LA RENUNCIA DE OBISPOS DIOCESANOS Y DE LOS TITULARES DE CARGOS DE NOMBRAMIENTO PONTIFICIO


El Santo Padre Francisco, en la audiencia concedida al Cardenal Secretario de Estado abajo firmante el 3 de noviembre de 2014, aprobó las disposiciones sobre la renuncia de los obispos diocesanos y titulares de cargos nominados por el Papa.

El Santo Padre también estableció que lo deliberado tiene vigencia firme y estable, a pesar de todo lo contrario, incluso digno de mención particular, y entra en vigor el 5 de noviembre de 2014, con la publicación en "L'Osservatore Romano", entonces, en el comentario oficial Acta Apostolicae Sedis .

Vaticano, 3 de noviembre de 2014.

Pietro Card. Parolin

Secretario de Estado


DISPOSICIONES

SOBRE LA RENUNCIA DE OBISPOS DIOCESANOS

Y DE LOS TITULARES DE NOMBRAMIENTOS PONTIFICIOS

El gran peso del ministerio ordenado, para ser entendido como un servicio (diaconía) al santo Pueblo de Dios, exige que quienes están a cargo de llevarlo a cabo pongan en él todas sus energías. En particular, el papel de Obispo, frente a los desafíos de la sociedad moderna, requiere una gran competencia, habilidades y dones humanos y espirituales.

En este sentido, los Padres del Concilio Vaticano II se expresaron así en el decreto Christus Dominus : “Dado que la pastoral de los obispos es tan importante y conlleva serias responsabilidades, se dirige una cálida oración a los obispos diocesanos y a quienes son jurídicamente equivalente a ellos, pues si por su edad demasiado avanzada o por otras razones graves se vuelven menos capaces de cumplir con su cometido, de manera espontánea o por invitación de la autoridad competente, renuncian a su cargo. la autoridad, si acepta la renuncia, proveerá tanto para el adecuado sustento de los renunciantes como para el reconocimiento de sus derechos particulares” (n. 21).

Respondiendo a la invitación que me había hecho el Concilio Vaticano II, mi predecesor, el Beato Pablo VI, promulgó el 6 de agosto de 1966 el Motu proprio Ecclesiae Sanctae (AAS 58 (1966) 757-787) que en el n. 11 de los Pars Prima invitó calurosamente a los obispos y otros equivalentes a ellos a  “presentar espontáneamente, a más tardar a los 75 años, la renuncia al cargo”. Estas disposiciones fueron aceptadas posteriormente por ambos cann. 401-402 y 411 del vigente Código de Derecho Canónico, ambos de los cann. 210-211, 218 y 313 del Código de Cánones de las Iglesias Orientales.

El mismo criterio se siguió también en relación con las funciones propias de los Cardenales, a través del Motu proprio Ingravescentem aetatem del Beato Pablo VI de 21 de noviembre de 1970 (AAS 62 (1970) 810-813) y, más en general, en relación con las funciones de la Obispos que prestan su servicio en la Curia romana, con las sabias disposiciones que San Juan Pablo II quiso insertar en el art. 5 de la Constitución Apostólica Pastor Bonus de 28 de junio de 1988 (AAS 80 (1988) 841-930; cf. también can. 354 CIC).

Teniendo en cuenta todo lo anterior y aceptando las recomendaciones del Consejo de Cardenales que asisten al Santo Padre en la preparación de la reforma de la Curia Romana y en el gobierno de la Iglesia, se establece lo siguiente:

Art. 1. - Se confirma la disciplina vigente en la Iglesia latina y en las diversas Iglesias orientales sui iuris, según la cual los Obispos diocesanos y eparquiales, y sus equivalentes por los cann. 381 §2 CIC y 313 CCEO, así como los Obispos coadjutores y auxiliares, están invitados a presentar la renuncia a su cargo pastoral al cumplir setenta y cinco años.

Art. 2.- La renuncia a los oficios pastorales antes mencionados produce efectos sólo desde el momento en que es aceptada por la Autoridad legítima.

Art. 3.- Con la aceptación de la renuncia a los cargos antes mencionados, los interesados ​​también renuncian a cualquier otro cargo a nivel nacional, conferido por un período de tiempo determinado con motivo del cargo pastoral antes mencionado.

Art. 4.- Digno de aprecio eclesial es el gesto de quienes, movidos por el amor y el deseo de un mejor servicio a la comunidad, estiman necesario por enfermedad u otro motivo grave renunciar al oficio de Pastor antes de llegar a la edad de setenta y cinco años. En tales casos, los fieles están llamados a ser solidarios y comprensivos con los que han sido sus pastores, ayudándolos con prontitud según las exigencias de la caridad y la justicia, según lo dispuesto en el can. 402 §2 CIC.

Art. 5.- En algunas circunstancias particulares la Autoridad competente podrá considerar necesario solicitar a un Obispo que presente la renuncia al cargo pastoral, después de haber dado a conocer los motivos de esta solicitud y haber escuchado atentamente sus razones, en diálogo fraterno.

Art. 6.- Los Cardenales Jefes del Dicasterio de la Curia Romana y los demás Cardenales que ejercen nombramientos papales están igualmente obligados, a la edad de 75 años, a presentar la renuncia de su cargo al Papa, quien, habiendo considerado todo, se procederá.

Art. 7. - Los jefes de dicasterio no cardenales de la Curia romana, los secretarios y obispos que desempeñen otros cargos designados por el Papa pierden su cargo cuando cumplen 75 años; los miembros, habiendo cumplido los ochenta años; sin embargo, los que pertenecen a un Dicasterio por razón de otro cargo, al renunciar a este cargo, también dejan de ser miembros.