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domingo, 20 de septiembre de 2026

20 DE SEPTIEMBRE: SAN EUSTAQUIO Y SUS COMPAÑEROS MARTIRES


20 de Septiembre: San Eustaquio y sus compañeros mártires

(✞ 118)

El fortísimo mártir de Cristo san Eustaquio era patricio romano de ilustre linaje; se llamaba Plácido antes de su Bautismo, y tenía el grado de oficial en el ejército del emperador.

Habiendo hecho grandes servicios a Vespasiano y a su hijo Tito en las guerras contra los judíos se retiró a Roma, y saliendo un día de caza, vio un ciervo de extraña grandeza que se le puso delante y traía entre los cuernos un crucifijo rodeado de maravillosa claridad, y oyó una voz que le decía: 

- Plácido, no quiero que me persigas, yo soy Jesús que morí por tu amor y ahora quiero salvarte. 

Plácido echó a correr despavorido y postrado en tierra adoró al Señor, el cual le mandó que fuese al presbítero de los cristianos y se bautizase con su mujer y sus hijos. 

Así lo hizo, cambiando el nombre de Plácido por el de Eustaquio y el de su mujer que se llamaba Taciana por el de Teopista, para que por estos nombres fuesen conocidos por los cristianos y no por los gentiles.

Los dos hijos que tenía Eustaquio se llamaron Agapito y Teopisto. 

Más habiendo cambiado junto con los nombres, las costumbres de la gentilidad, por las muy santas de la Fe que habían abrazado, Eustaquio fue acusado de ser cristiano, y perdió su grado y la renta que era muy grande ya que era uno de los primeros oficiales del ejército. 

Entonces se ausentó a un lugar donde no fuese conocido, y se concertó con un labrador rico para cultivar una de sus haciendas, y en este oficio, andando tras los bueyes, gobernando el arado aquel que había gobernado un ejército, pasó tranquilamente quince años. 

En ese tiempo sucedió Trajano en el imperio, y surgiendo una guerra dificilísima contra los bárbaros de varias naciones que amenazaban caer sobre el imperio, acordándose del valor que había mostrado Plácido en la guerra contra los judíos, le mandó buscar y le hizo general del ejército. 

Marchó pues contra los enemigos con tan feliz suceso que alcanzó sobre ellos insigne victoria y mereció entrar en Roma con los honores del triunfo. 

Pasados los días del regocijo, ordenó el emperador que hiciese un solemne sacrificio de acción de gracias a los dioses. 

Pero el santo general le dijo que lo haría en honra del verdadero Dios a quien se debía la felicidad de su campaña y le declaró que era cristiano; por lo cual bramando de rabia el tirano, le condenó a las fieras, y para que la afrenta fuese tan grande como la honra pasada, mandó que le llevasen casi desnudo hasta el anfiteatro, y le arrojasen con su mujer y sus hijos a las fieras. 

Respetaron ellas a los santos y les lamieron los pies, sin hacerles daño alguno, por lo cual ordenó al bárbaro emperador que fuesen apretados con unos bueyes de bronce, en cuyo espantoso martirio entregaron su espíritu al Creador. 

Reflexión

Ya lo ves; después el triunfo del martirio, esto es lo que sabe dar el mundo a los que le sirven, cuando dejan de servirle por servir a Dios. Pero así alcanzó Eustaquio más ilustre victoria que la que había alcanzado sobre los bárbaros. Y ¿qué tenía que ver el triunfo con que fue recibido en Roma, con la gloria con que entró poco después en el reino de los cielos? Sirvamos pues fielmente a nuestro Señor, aún con el desagrado del mundo, porque solo Dios es santo y Señor nuestro, y fiel en sus promesas y magnífico en sus recompensas. 

Oración

¡Oh Dios! Que nos haces la gracia de que celebremos el nacimiento para el cielo de tus bienaventurados mártires Eustaquio y sus compañeros, concédenos que logremos la dicha de gozar con ellos del júbilo y felicidad eterna. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

Nota Diario7: Estos Santos Mártires fueron removidos del Calendario Romano General universal en 1969 tras la revolución conciliar implementada por el falso papa Pablo VI y su “carta apostólica” Mysterii Paschalis.
 

sábado, 19 de septiembre de 2026

19 DE SEPTIEMBRE: SAN GENARO, OBISPO Y MÁRTIR


19 de Septiembre: San Genaro, Obispo y Mártir

(✞ 305)

En la época de la persecución de los cristianos bajo el emperador romano Diocleciano, a finales del siglo III, San Genaro era obispo de Benevento, en el sur de Italia. Su martirio —que incluyó arresto e interrogatorio— se asemeja en esencia al de otros mártires. Se distingue, sin embargo, por un detalle particular: Genaro y sus siete compañeros fueron enganchados a un carro como si fueran animales de tiro —caballos o asnos— y obligados a arrastrarlo a gran velocidad, llevando consigo al jefe de policía hasta Nápoles. Durante el trayecto, el látigo silbaba constantemente junto a sus oídos; además, a los lados del camino, muchos curiosos los golpeaban, les arrojaban piedras y se burlaban de ellos. Al llegar a Nápoles, estos valientes confesores de la fe fueron arrojados a las fieras. Pero como los animales —menos sedientos de sangre que los seres humanos— perdonaron la vida a los mártires, los verdugos procedieron a decapitarles. Así terminó la vida de San Genaro, aunque, curiosamente, fue con su muerte cuando su historia realmente comenzó.

Desde siempre, los cristianos tuvieron la costumbre de recoger los restos mortales de los mártires, darles sepultura con reverencia y erigir iglesias y altares sobre sus tumbas para celebrar en ellos el Santo Sacrificio. Asimismo, solían empapar un paño en la sangre fresca de los ajusticiados, conservándolo y venerándolo después como una reliquia preciosa.

Con San Genaro sucedió algo más. Durante su ejecución, se hallaba presente una mujer que casualmente llevaba consigo dos frascos pequeños. Cuando brotó la sangre del santo Obispo, ella, con gran presencia de ánimo, llenó ambos frascos hasta algo más de la mitad con la sangre fresca del mártir. Esa misma noche, tras la ejecución, otros cristianos recuperaron también los cuerpos de los mártires. Esto ocurrió en el año 305.

Veinte años más tarde, cuando la era de tres siglos de las catacumbas de la Iglesia llegó a su fin gracias al emperador Constantino, se erigió un templo sobre el lugar de descanso de San Genaro y sus compañeros [Festus (diácono), Desiderius (lector), Sossus (diácono de Miseno), Proculus (diácono de Pozzuoli), Euticius / Eutychius (laico) y Acutius (laico)]. Los restos de los mártires fueron exhumados y depositados en una urna preciosa. Entonces apareció también aquella mujer, trayendo consigo los dos frascos con la sangre de San Genaro, la cual ya se había secado hacía mucho tiempo. Sin embargo, al colocar los frascos sobre el altar, junto a las demás reliquias, la sangre seca que contenían cobró vida, volviéndose líquida y espumosa.

¡Una historia extraordinaria! Pero lo más sorprendente del caso es que, desde el año 325 hasta nuestros días, este fenómeno con la sangre (que tiene lugar el 1 de mayo, el 19 de septiembre y el 16 de diciembre) se repite ante innumerables testigos. Y todos aquellos que deseen verlo pueden presenciar el suceso muy de cerca.

Si alguna vez tus pasos te llevan allí en uno de los tres días mencionados, visita la iglesia de San Genaro en Nápoles. Al ser un visitante, se te asignará un lugar junto al altar para que puedas presenciar los acontecimientos de cerca. Un obispo o un sacerdote te mostrará los dos pequeños frascos que se encuentran tras un vidrio abombado, dentro de una especie de custodia. Ambos están llenos hasta la mitad de sangre coagulada y seca, de un color pardo rojizo. Su contenido no se mueve, ni siquiera al poner el recipiente boca abajo. Sin embargo, cuando el sacerdote se acerca al relicario con los frascos, la sangre sólida se agita, se vuelve líquida, se expande y llena ambos frascos casi hasta el cuello. Podrás ver todo esto con total claridad, aunque nadie sabrá explicarte cómo sucede ni cómo es posible. No obstante, saldrás de allí con una fe más firme en aquello por lo que San Genaro y sus compañeros sufrieron el martirio.

Reflexión

En el mundo antiguo, derramar la sangre de un hombre representaba el símbolo máximo de su derrota. El Imperio Romano cortó la cabeza de Genaro para silenciar su mensaje y demostrar el poder del emperador. Sin embargo, la tradición nos recuerda que, a los ojos de Dios, la sangre entregada por amor nunca se seca, nunca se olvida y nunca muere.

Oración:

Oh Dios, Padre nuestro, que nos concedes la alegría de venerar la memoria de tu santo mártir y obispo Genaro, te pedimos humildemente que nos concedas, por su poderosa intercesión, participar de su misma gloria en el Cielo. Tú que diste a San Genaro el valor de derramar su sangre por amor a Cristo, y que sigues mostrando el signo de su victoria a través del milagro de su sangre viva, mira con bondad nuestras necesidades actuales (aquí se hace la petición particular). Te lo pedimos por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.
 
Nota Diario7: Tras  la “reforma” de 1969, la celebración de San Genaro pasó de ser una fiesta obligatoria para toda la Iglesia universal a una Memoria Libre (o facultativa). Esto significa que los sacerdotes del mundo pueden elegir si celebrar su misa ese día o no. Durante la “reforma”, sí se consideró la opción de retirar a San Genaro del calendario global, pero la enorme devoción popular en Italia (especialmente en Nápoles) y en otras comunidades alrededor del mundo ejerció una resistencia tan fuerte que la Iglesia optó por mantener al santo en el calendario general.
 

viernes, 18 de septiembre de 2026

18 DE SEPTIEMBRE: SAN JOSÉ DE CUPERTINO, SACERDOTE


18 de Septiembre: San José de Cupertino, sacerdote

(✞ 1663)

En su juventud, san José de Cupertino recibió a menudo —y con toda razón— severas palizas de su madre. Pero, ¿acaso puede llegar a ser santo alguien que recibió golpes de sus padres? Sí, es posible. Ahora bien, ¿por qué motivo José de Cupertino recibía tales palizas con tanta frecuencia y severidad, y con justa causa?

Esto ocurría —o resultaba incluso estrictamente necesario— porque José Desa (tal era su nombre familiar), oriundo de la pequeña localidad italiana de Cupertino, cerca de Nápoles, era un muchacho extremadamente indómito y obstinado; un joven terco, ingobernable e inflexible, capaz de romperse la cabeza o de dejarse apalear hasta quedar cubierto de moretones antes que ceder. Como cabe imaginar, el muchacho representaba para su madre tanto un enigma como una fuente de constantes preocupaciones.

La situación cambió cuando José Desa entró como aprendiz en el taller de un zapatero, un hombre de mano ligera que le propinaba frecuentes azotes. Fue entonces cuando aquel joven indómito se transformó poco a poco en un muchacho silencioso que, incomprendido por los demás, se aferraba cada día con mayor fervor al buen Dios; hasta que, finalmente, cambió el taburete de zapatero por una celda en el convento de capuchinos de su localidad natal, para servir como humilde hermano lego a Aquel en quien únicamente hallaba comprensión para sus tribulaciones, tanto internas como externas.

Ocho semanas más tarde, José Desa ya había sido expulsado del monasterio. El motivo de su expulsión fue que el novicio realizaba de forma pésima todas las tareas que se le encomendaban. Esto no sucedía tanto por torpeza o mala voluntad, sino porque se entregaba a la oración con tal fervor que, absorto en ella, olvidaba el trabajo.

Para el joven de diecisiete años, verse obligado a regresar al hogar materno supuso un duro golpe; en el monasterio se había sentido feliz y, al despojarse del hábito, sintió como si le arrancaran la piel del cuerpo. Tal era el dolor que experimentaba.

Durante cinco años, José Desa recorrió diversos monasterios —impulsado por esa obstinación innata que, entretanto, se había transformado en una obstinación santa— solicitando en vano su admisión, hasta que finalmente encontró acogida entre los frailes menores conventuales como hermano servidor. Allí vio por fin colmado el anhelo por la casa del Señor —ese anhelo que, como rezamos en la Misa de hoy, le consumía— y comprendió y sintió plenamente aquellas palabras del canto de entrada: “¡Qué amada y entrañable es tu morada para mí, oh Señor de los Ejércitos!”.

Antes del Evangelio se dice: “La mirada de Dios se posó sobre él con benevolencia; lo levantó de su humilde condición y alzó su cabeza”. Estas palabras prefiguran lo que sucedió después con José Desa, pues no permaneció como hermano lego, sino que llegó a ser sacerdote. A pesar de su gran diligencia, al veterano estudiante le costaba aprender, pero se empeñó con tenacidad en el estudio hasta que, finalmente, en 1628 recibió la ordenación sacerdotal; entonces, gracias a su firme voluntad —orientada exclusivamente a la santidad—, se convirtió en un santo sacerdote que hallaba su mayor deleite en permanecer junto al buen Salvador en el sagrario. Cuando el fuego del amor divino lo inundaba —especialmente durante la celebración del santo sacrificio de la Misa—, sucedía a veces que su cuerpo perdía toda pesadez terrenal y, elevado por el alma, flotaba sobre el suelo. El duque protestante Juan Federico de Brunswick-Lüneburg, quien vio al santo en este estado durante un viaje por Italia, regresó a la Iglesia Madre a consecuencia de ello. José de Cupertino también tenía el don de profecía. 

Una antigua biografía dice lo siguiente sobre san José de Cupertino: “Tras ordenarse sacerdote en 1628, celebró su primera santa Misa con una fe, un amor y una reverencia indescriptibles. Se propuso aspirar a la máxima perfección, vivir en total desapego de lo terrenal y practicar todas las virtudes evangélicas, pero sobre todo negarse a sí mismo por completo y hacer penitencia muy rigurosa. Renunciaba a todo lo que estaba permitido a los religiosos de su orden; de las prendas de vestir, llevaba únicamente el hábito; se apartaba totalmente del trato con las personas y llevaba una vida silenciosa y solitaria en la celda más pequeña y oscura del convento; no consumía carne, ni lácteos, ni vino; se alimentaba solo de hierbas, frutos secos o verduras espolvoreadas con algo amargo; siguiendo el ejemplo de san Francisco, fundador de su Orden, observaba varios ayunos largos y muy rigurosos a lo largo del año. Había semanas en las que solo ingería alimento los jueves y los domingos; dormía muy poco y sobre un lecho duro e incómodo; se flagelaba y llevaba sobre el cuerpo un cilicio sujeto con una cadena de hierro; en resumen, el siervo de Dios trataba a su cuerpo con tal dureza que, con razón, se le llamaba mártir de la penitencia”.

Gracias a la gracia divina, entraba en éxtasis asombrosos y extraordinarios, tan frecuentes que, durante más de treinta años, no se le permitió acudir con los demás hermanos al coro, a las procesiones ni al refectorio, pues su presencia causaba interrupciones. Experimentó el éxtasis en setenta ocasiones, sin contar los éxtasis durante la Santa Misa, la cual, por este motivo, solía prolongarse más de dos horas.

Estos éxtasis y la santidad de su vida le granjearon tal fama que la gente acudía en masa para verle y encomendarse a sus oraciones, cuya eficacia muchos experimentaron al obtener gracias especiales. Sin embargo, esta misma afluencia de gente fue el motivo por el que el vicario de un obispo denunció al santo ante la Inquisición como un hombre peligroso, capaz de introducir novedades y provocar alborotos entre el pueblo. Por ello, en 1638 fue llamado a Nápoles para rendir cuentas; desde allí fue enviado a Roma, donde se examinó su conducta y se la halló irreprochable. No obstante, no se le envió de vuelta a su antiguo convento, sino al de Asís. Allí, por permisión divina, se vio asediado por violentas tentaciones, tanto externas como internas, mediante las cuales su virtud se purificaba cada vez más; pues el superior de aquel convento le recibió con gesto adusto y le trató con gran dureza durante algún tiempo, dirigiéndole continuas y amargas reprimendas y acusándole de soberbia e hipocresía. El santo lo soportó todo con extraordinaria paciencia, humildad y resignación; mas le afligía verse privado repentinamente de todo consuelo celestial. Esta lucha duró dos años. 

“Dios mío —exclamaba a menudo—, llena y posee mi corazón por entero... ¡Jesús, Jesús, atraedme hacia Vos! Ya no puedo permanecer en la tierra”. También incitaba frecuentemente a los demás al amor de Dios. “Amad a Dios —les decía—; quien vive bajo el imperio del amor divino es rico, aunque no se percate de ello”. A las personas angustiadas que acudían a él, les decía: “No quiero escrúpulos ni melancolía; tened rectitud de intención y no temáis nada”.

En Asís, la gente se congregaba en masa en torno al santo; todos querían contemplar las maravillas que el Señor obraba en él. Por ello, el Papa Inocencio X ordenó al inquisidor de Perugia que —para evitar tumultos entre la multitud— trasladara a José discretamente desde el convento de los Hermanos Menores de Asís hasta el convento de los Capuchinos de Pietrarossa, situado en un paraje muy apartado de la montaña. Esto se llevó a cabo el 22 de julio de 1653. Tres meses más tarde, fue trasladado a otro convento capuchino en Fossombrone; el humilde siervo de Dios obedeció las órdenes de sus superiores con la docilidad de un cordero. Durante su estancia allí —que duró cerca de tres años—, apartado de la mirada de los hombres y como muerto para el mundo, llevó una vida de gran retiro y penitencia, fiel a sus costumbres; celebraba Misa a diario en un altar erigido expresamente para él en el convento y vivía en constante comunión con Dios mediante la oración y la contemplación de las cosas celestiales. También allí, para asombro de los religiosos que lo veían, experimentaba frecuentes éxtasis.

Finalmente, le agradó al Papa Alejandro VII, que sucedió a Inocencio X en la sede apostólica, devolver al santo religioso a la Orden Minorita. Por lo tanto, por orden suya, en julio de 1657 fue trasladado del convento de los capuchinos de Fossombrone al convento de los minoritas de Osmo. Por más que el santo estuviera completamente entregado a la voluntad de Dios, fue para él una gran alegría y consuelo poder pasar los días restantes de su vida entre sus Hermanos. Además de su celda, tenía una capilla para él solo donde decía Misa y, según órdenes del Papa, estaba completamente aislado del trato con la gente. Mientras estuvo vivo, no se asoció con nadie más que con el obispo y su vicario, y con el clero del mismo monasterio. Nunca salió de su celda, excepto para visitar a un hermano enfermo y una vez a la iglesia del monasterio; y esto se hacía de noche y con las puertas cerradas. 

En su soledad que solía decir: “Vivo en una ciudad; pero me parece como si viviera en un bosque, o más bien en un paraíso”. Casi siempre estaba encantado con Dios; y algunos de sus arrebatos duraban seis o siete horas. A medida que se acercaba el final de su peregrinación, que el Señor le había revelado especialmente, su corazón se inflamaba cada vez más de amor a Dios y de santos deseos de disolverse y unirse eternamente con el sumo bien del Cielo. Le sobrevino una fiebre violenta que duró aproximadamente un mes; Además, sentía una gran debilidad en el estómago. Por muy debilitado que estuviera por sus penitencias y su enfermedad, realizó el Santo Sacrificio de la Misa con la mayor alegría de su corazón casi hasta el final. Y como sus fuerzas estaban completamente agotadas y el mal iba cada vez peor, comprendió que su última hora se acercaba. Recibía los santos sacramentos con extraordinaria devoción, repitiendo a menudo con el corazón ardiendo de amor: “Deseo que mi alma sea liberada de las ataduras del cuerpo para unirse a Jesucristo. ¡Gracias a Dios y alabanza! ¡Hágase la voluntad de Dios! Jesús crucificado, toma mi corazón y enciende en él el fuego de tu amor”. Se durmió dulcemente en el Señor el 18 de septiembre de 1663. Fue incluido entre los bienaventurados en 1753, siendo canonizado solemnemente en 1767.

Reflexión:

San José de Cupertino alcanzó la santidad transformando su defecto innato —la obstinación— en una obstinación santa. Fue una decisión muy sabia y acertada, pues nadie puede deshacerse de sus inclinaciones innatas, pero cualquiera puede santificarlas y, de este modo, convertirse él mismo en santo.

Oración:

San ​​José de Cupertino, acepta mi oración con bondad. Tú que siempre enfrentaste las dificultades de la vida sin apartarte jamás de la voluntad divina a la que te adheriste con constante fe y compromiso; comprende ahora el estado de ánimo especial en el que me encuentro e intercede ante Nuestro Señor para que me conceda la gracia que tanto necesito, permíteme sentir la presencia divina y ayúdame, con tu ejemplo, a seguir su voluntad. Confiando en tu protección, renuevo con mucha fe mi intención de gratitud y buena voluntad y me encomiendo a tu apoyo. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
 

jueves, 17 de septiembre de 2026

17 DE SEPTIEMBRE: SANTA HILDEGARDA, VIRGEN Y ABADESA


17 de Septiembre: Santa Hildegarda, Virgen y Abadesa de Bingen

(✞ 1179)

Hildegarda nació en 1099 y fue una niña extraordinaria, marcada por la gracia desde temprana edad. Desde los tres años, poseía una visión interior y una profunda comprensión de los asuntos sobrenaturales. Todo aquello que otros aprenden con tanto esfuerzo de la historia bíblica y el catecismo, y todo lo que ocurre de forma invisible y misteriosa perpetuamente entre el Cielo y la tierra, Hildegarda lo veía con claridad. Lo percibía como una luz brillante, a la que llamaba la sombra de la luz.

¿Cómo? ¿Puede una luz convertirse en sombra? Parece que ese fue el caso de Hildegarda, pues a veces veía otra luz, infinitamente más brillante, de modo que, comparada con ella, la luz que habitualmente la iluminaba parecía una sombra. Y bien podría ser que esta segunda luz fuera Dios mismo, la luz eterna. Que esto pudiera ser así se sugiere quizás también por el hecho de que Hildegarda sentía una alegría inefable cuando aparecía la luz más brillante y caía en una profunda tristeza cuando desaparecía. Porque cuanto más cerca está una persona de Dios en la oración y las buenas obras, más alegre y pacífica es, y cuanto más se aleja de Dios por los errores y los pecados, más inquieta y perturbada suele sentirse.

Sin embargo, la visión interior de Hildegarda no la convirtió en una soñadora o fantasiosa poco práctica, ni le impidió en absoluto convertirse en una mujer capaz y una excelente administradora. A los ocho años, se fue a vivir con su tía, la condesa Jutta von Spanheim, quien era abadesa de un convento en Disibodenberg, a seis horas a pie del Rin, en el río Nahe. Allí Hildegarda aprendió a leer y cantar, a usar aguja, hilo, dedal, telar y zurcir; aprendió a hilar, tejer, hacer punto y ganchillo, cocinar, preparar medicinas y cuidar a los enfermos. Así, ella, que también se había hecho monja a los quince años, fue elegida abadesa por unanimidad a los cuarenta años tras la muerte de su tía Jutta, y supo dirigir el monasterio con más alegría que temor al Señor y, por el creciente número de Hermanas, pudo fundar dos monasterios más: uno en el Rupertsberg, cerca de Bingen, a orillas del Rin, y el otro en la margen derecha del Rin, justo enfrente de Eibingen.

Santa Hildegarda fue, por lo tanto, una mujer que, aunque completamente consagrada a Dios, estaba plenamente comprometida con la vida. Y así debe ser, pues la piedad y la practicidad siempre deben ir de la mano, y una sin la otra es imposible, como dice el proverbio: “Ser perezoso en el trabajo y diligente en la oración es como tocar el órgano sin accionar el fuelle”. Ninguna de las dos produce nada que valga la pena.

Para sus hermanas, Santa Hildegarda era como una madre amorosa, fiel, siempre amable y servicial. Y como su corazón albergaba mucho más amor del que sus subordinadas necesitaban, prodigaba esta bondad a los pobres y oprimidos, quienes en aquellos tiempos difíciles acudían en masa a las puertas del convento, llegando incluso a entrar y salir constantemente. Los remedios de la abadesa, preparados por ella misma con hierbas y raíces, eran especialmente apreciados y a menudo resultaban en curaciones milagrosas. Así, Santa Hildegarda, la amorosa madre de sus Hermanas, se convirtió también en una madre benevolente para su pueblo y su nación.

Sin embargo, así como una verdadera madre no permanece en silencio ante el desorden y la rebeldía, Santa Hildegarda actuó con la misma convicción. Sin temor ni vacilación, se presentó ante el Papa y el Emperador y habló con tanta vehemencia y énfasis a obispos, príncipes y a todos aquellos que cometían injusticias, amenazándolos con el juicio divino, que incluso el poderoso emperador Barbarroja tembló ante ella. Así, vemos que la mera amenaza de una mujer justa puede aterrorizar incluso a los hombres más fuertes.
 
Oración:

Señor, fuente de vida y de sabiduría, que has llenado
a Santa Hildegarda de Bingen de espíritu profético, ayúdanos para que con su ejemplo reflexionemos en tus caminos y sigamos tu guía, para que en la oscuridad reconozcamos la luz de tu claridad y estemos en vela para el instante en que Tú quieras encontrarnos. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

17 DE SEPTIEMBRE: SAN PEDRO DE ARBUÉS, MÁRTIR


17 de Septiembre: San Pedro de Arbués, mártir

(✞ 1485)

El valeroso mártir de la Fe, y decoroso ornamento de la Inquisición de España, San Pedro de Arbués, fue hijo de don Antonio Arbués y de doña Sancha Ruiz, y nació en la villa de Epila, a unas seis leguas de Zaragoza.

Alcanzó en la Universidad de Bolonia gran renombre de sabio, y brilló en las dos cátedras del insigne Colegio que había allí fundado Don Egidio Albornoz, Arzobispo de Toledo y Cardenal de la Iglesia romana. 

El grado de Doctor que recibió se hallaba acompañado de singular mención honorífica por sus virtudes, por estas palabras: “Los multiplicados dones de virtudes con que el Altísimo engrandeció la persona del maestro en artes y filosofía Pedro de Arbués, etcétera...”

Le recibieron después con gran honra en la Iglesia Metropolitana de San Salvador de Zaragoza los Canónigos Regulares de la Orden de San Agustín, y como llegase a oídos de los Reyes Católicos la fama de sus grandes letras y virtudes, lo nombraron Inquisidor del Reino de Aragón, en cuyo Santo Oficio mostró admirable discreción, celo y entereza. 

Más habiendo juzgado reos de ciertas horrendas abominaciones a algunos judíos ricos que por sola hipocresía se habían bautizado juntáronse en concilio y enviaron a Córdoba procuradores que se quejasen a los Reyes Católicos del rigor que con los judíos usaba Pedro de Arbués. 

No hicieron caso los Católicos Monarcas de aquellas falsas acusaciones, porque estaban tan satisfechos de la prudencia y santidad del Inquisidor, como cansados de las traiciones de los moros y de la perfidia de los judíos. 

Entonces dieron estos buena suma de oro a un hombre facineroso llamado Juan de Labadia, el cual la repartió con otros dos asesinos llamados Juan Esperán y Vidal Durán. 

Algunos amigos del santo le avisaron de ese peligro, y él les respondió sin turbarse: 

- Ya que no soy buen sacerdote, al menos seré buen mártir. 

Los tres asesinos se escondieron una noche en la Iglesia, al tiempo que solía ir a ella el santo vestido con los hábitos de coro para asistir a Maitines, así que se hincó de rodillas ante el altar mayor para hacer una breve oración, y cayeron sobre él, y le dieron con sus espadas tantas cuchilladas que le dejaron medio muerto. 

Cuando los malvados judíos le daban la muerte, en el coro se cantaba aquel verso que dice: “Cuarenta años me hallé con esta gente y dije: yerran siempre por la ceguedad de su corazón”, y al caer mortalmente herido, exclamó: 

- Muero por Jesucristo, pues muero por su Santa Fe. 

Fue llevado luego a su casa, y al cabo de dos días, pidiendo perdón por sus enemigos, y recibidos con gran devoción los Sacramentos, Dios espíritu al creador a la edad de cuarenta y tres años. 

Toda Zaragoza mostró gran sentimiento ante su muerte, y por espacio de tres días no se celebraron en la Catedral los divinos oficios, y se vistieron de luto a los altares hasta que se purificó el templo de aquella sacrílega violación, y por un año entero se cantaron los oficios en tono fúnebre.

Reflexión

Muy honrado es por Dios con prodigios, y por la Iglesia con universal veneración, el gloriosísimo Inquisidor San Pedro de Arbués, el cual murió a manos de los pérfidos judíos, por el celo de conservar la Fe Católica, que es el mayor beneficio que Dios puede hacer a una nación. Tengamos pues en gran estima esta prenda del cielo; y ya que los gobiernos liberales la posponen a los intereses de la tierra, procuremos guardarla con todo cuidado en nuestras almas. Antes perder la vida que la fe. 

Oración

Concédenos, oh Dios omnipotente, que sigamos con la debida devoción la Fe de tu bienaventurado mártir San Pedro de Arbués, el cual mereció alcanzar la palma del martirio por la confesión de la misma Fe. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

Nota Diario7: Con la “reforma” del calendario litúrgico de 1969, la conmemoración de San Pedro de Arbués dejó de ser obligatoria para todas las parroquias del mundo. En la actualidad, su fiesta se celebra en sus lugares de patronazgo, como la Archidiócesis de Zaragoza, España, o en su localidad natal de Épila.
 

miércoles, 16 de septiembre de 2026

16 DE SEPTIEMBRE: SANTA EUFEMIA DE CALCEDONIA, MÁRTIR


16 de Septiembre: Santa Eufemia de Calcedonia, mártir

(✞ 304)

Santa Eufemia es una santa profundamente venerada tanto en Oriente como en Occidente desde el siglo IV; su cabeza luce la doble corona de la virginidad y el martirio. Su vida transcurrió en Calcedonia, una ciudad costera de Asia Menor situada frente a Constantinopla. En la magnífica iglesia que se erigió sobre su sepulcro ya en el siglo IV, se celebró en el año 451 el célebre cuarto Concilio Ecuménico de Calcedonia, el cual proclamó la doctrina eclesiástica de las dos naturalezas de Cristo —la divina y la humana— unidas en la única persona divina del Dios-Hombre.

Poco sabemos de la rica vida virtuosa de la santa virgen, pero sí conocemos más detalles sobre el conmovedor martirio de esta firme testigo de la fe. El célebre poeta Enodio, fallecido a principios del siglo VI siendo obispo de Pavía, dedica al heroísmo de su virtud los siguientes versos conmemorativos:

Oh Virgen, ¿qué boca o qué pluma podría

alabar como es debido la gloria de tu virtud?

¡Aprende de ella, hombre de fe vacilante!

¡Joven enfermo de virtud, cómo te avergüenza

el luminoso ejemplo de la fuerte Virgen!

Mira: su virtud no conoce la blandura infantil,

ni el sexo débil, ni el ánimo varonil quebrantado.

Su corazón, que como esposa abraza al Espíritu de Cristo,

rompe las ataduras de lo perecedero.

El espíritu, que irradia el poder y el fuego de Dios,

desafía con fuerza y ​​victoria cualquier tormento.

La posteridad conservó los detalles de su martirio gracias al pincel del pintor, que resultó más elocuente que la pluma del historiador. En efecto, tales detalles podían leerse a la vista de todos en las pinturas que adornaban los muros de su iglesia en Calcedonia. El obispo Asterio de Amasia, en el siglo IV, los describió. Él introduce el relato con el siguiente recuerdo piadoso: “Una mujer santa, virgen intacta llamada Eufemia, había consagrado su castidad a Dios. Cuando un día el tirano desató una persecución contra los cristianos piadosos, ella ofreció su vida con alegría y voluntariamente. Sus compatriotas y hermanos en la fe, llenos de admiración por aquella testigo de la fe —glorioso ejemplo de firmeza y santidad—, erigieron un sepulcro cerca del templo. Allí depositaron sus restos y desde entonces le rinden culto público. Celebran el aniversario como una fiesta de alegría común para todo el pueblo congregado. Si bien los ministros consagrados a la interpretación de los misterios divinos honran continuamente su memoria en sus sermones, exhortando con gran énfasis a los fieles reunidos en el culto a considerar cómo ella perseveró y culminó su lucha en el sufrimiento, también el pintor, piadoso y entusiasta, plasmó en el lienzo toda la historia de su martirio con vívida representación, y dispuso que la santa pintura se colgara allí mismo, junto al sepulcro, a la vista de todos”.

Según una tradición fidedigna, “la magnífica obra de arte” representaba con gran fuerza expresiva la gloriosa pasión de la mártir a través de cuatro escenas. La primera mostraba el interrogatorio de la confesora de la fe: “El juez, imponente, está sentado en su sitial y clava una mirada sombría y desafiante en la joven”. Ella permanece ante él y sus asesores vestida con sencillez y tonos oscuros, con la mirada castamente baja hacia el suelo, mostrándose “serena e intrépida”. Dos soldados la custodian, mientras los escribientes sostienen sus tablillas de cera para registrar el interrogatorio y la sentencia. La mano del hombre graba su sentencia de muerte en la cera; la mano de Dios, al mismo tiempo, escribe su nombre en el libro de la vida eterna.

La segunda imagen representaba con conmovedora viveza el suplicio que la santa hubo de soportar: un verdugo le inclina violentamente la cabeza hacia atrás; un segundo le sujeta el rostro con mano brutal; un tercero le arranca cruelmente los dientes con unas tenazas y un martillo. “Involuntariamente rompí a llorar —añade el piadoso observador—, y la compasión me ahogaba la voz”.

La tercera pintura mostraba a la sufriente inquebrantable en la mazmorra: “Allí permanece, abandonada y vestida de oscuro. Extiende ambas manos hacia el cielo e invoca a Dios para que la auxilie en su tribulación. Entonces, sobre la cabeza de la mujer que ora aparece una cruz... símbolo, a mi parecer, de la muerte que le aguarda tras el martirio”.

En la cuarta imagen aparecía representada una hoguera encendida. En medio de las llamas se encuentra la mártir cristiana, con las manos alzadas hacia el cielo. “Su rostro no denota tristeza, sino más bien la alegría de la peregrina a quien, tras la muerte corporal, le aguarda la vida eterna”.

El Martirologio dice: "Ella soportó por Cristo las torturas, la prisión, las fustas, los suplicios de la rueda, las llamas, los pesos, las fieras, las flagelaciones, los filos cortantes, el pez hirviendo... Llevada de nuevo al anfiteatro, para ser entregada a las fieras, después de haber orado al Señor de recibir su alma, una de las fieras la mordió, mientras las otras la lamían los pies, y ella entregó así a Dios su alma inmaculada"

A mediados del siglo VIII, el emperador bizantino Constantino Coprónimo —feroz enemigo de las imágenes de Cristo y de los santos— ordenó profanar la iglesia de Santa Eufemia y arrojar sus restos mortales al mar. No obstante, tras ser hallados por dos hermanos, la emperatriz Irene los restituyó a la iglesia reconstruida, devolviéndolos así a la veneración de los fieles.

Relicario de Santa Eufemia de Calcedonia que actualmente se conserva en la iglesia patriarcal de San Jorge.

Reflexión:

Detengamos un momento más la mirada en la imagen de la mártir que sufre y muere. A ello nos invita, al final, el obispo Asterius, quien nos la describió anteriormente. Y quien siga este consejo comprobará por experiencia propia que, cuanto más se sumerge la mirada contemplativa en la imagen, tanto más difícil resulta expresar con palabras su carácter conmovedor y edificante, y tanto más impulsa a imitar su ejemplo.
 
Oración:

Concédenos, Dios omnipotente, alegrarnos con los méritos de la santa, virgen y mártir Eufemia, y recibir beneficios por nuestras súplicas. Señor, que ella nos alcance tu perdón, pues te agradó siempre por la fortaleza en el martirio y por el mérito de su castidad. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
 
Nota Diario7: Tras la “reforma litúrgica” ejecutada tras el nefasto conciliábulo Vaticano II, la fiesta de Santa Eufemia fue retirada de la liturgia obligatoria global permitiéndose solamente en  las diócesis, iglesias o pueblos donde es patrona (como en Antequera, España, o Rovinj, Croacia), o en los templos dedicados a ella.
 

16 DE SEPTIEMBRE: SAN CIPRIANO, OBISPO Y MARTIR


16 de Septiembre: San Cipriano, Obispo y mártir

(✞ 258)

El santísimo Obispo, sapientísimo Doctor y fortísimo Mártir de Jesucristo, San Cipriano, fue de nacionalidad africana y de ilustre sangre, pues su padre era hombre muy poderoso, senador nobilísimo, y obtuvo en Cartago la dignidad primera de aquel orden.

Desde su niñez, Cipriano se dio a las letras humanas y a la elocuencia y filosofía, y enseñó retórica con grandes loas y fama.

Más, como era gentil, cayó en todos los vicios y liviandades de los mozos paganos, hasta que se casó y tuvo hijos.

Entonces trabó amistad con un santo presbítero llamado Cecilio, el cual con su ejemplo y doctrina le persuadió que se hiciese cristiano, y él lo hizo, con tan particular conocimiento de la merced que recibía de Dios por medio de Cecilio, que siempre lo reverenció como a padre de su alma y maestro de su nueva vida.

El mismo día que se bautizó con el beneplácito y consentimiento de su mujer, se apartó de su compañía, y dejando a ella y a sus hijos todo lo que habían de necesitar para su sustento, repartió sus grandes riquezas a los pobres y comenzó a hacer una vida perfectísima, y a enseñar una doctrina alta y admirable que no parecía sino haberla recibido del cielo.

Porque tras bautizarse, comenzó a pensar y hablar como excelentísimo teólogo, y aunque el mismo decía que procuraba cortar de raíz la elocuencia y el ornato de palabras, sus escritos causan admiración a los grandes maestros.

Fue elegido presbítero de Cartago por aclamación de todo el clero y el pueblo, y poco después, habiendo muerto el Obispo Donato, a una voz escogieron al santo como sucesor en aquella cátedra, sacándolo del retiro en el que se había ocultado.

No se puede fácilmente decir cuán admirablemente resplandeció como antorcha clarísima de la Iglesia africana.

Se hacia amar, temer y reverenciar por todos, y en una terrible pestilencia, en la que los gentiles desamparaban a sus enfermos y huían de Cartago, el santo les visitaba y socorría, convirtiendo gran numero de ellos a la fe de Jesucristo.

Escribió entre otros muchos libros un tratado sobre la unidad de la Fe y otro acerca de la modestia con que habían de vestirse las vírgenes y también una elocuentísima exhortación al martirio.

Habiéndose levantado una terrible persecución que había anunciado el santo, en la cual deseaba morir por la Fe, no pudo alcanzarlo, a pesar de que en el anfiteatro no se oían más que gritos de los idólatras que clamaban: ¡Cipriano a los leones!

Ellos pensaban triunfar sobre los fieles con la muerte del santo Obispo, pero alguien le aconsejó a Cipriano que se escondiese, como lo hizo por el bien de su Iglesia.

Más tarde, se renovó nuevamente la persecución, y entonces, el santo Obispo fue llamado por el tirano Galerio Máximo. Él se presentó ante el tribunal, y a todas las preguntas que le hizo, contestó:

- Soy cristiano y me glorío de serlo.

Juzgando el procónsul que no era conveniente dilatar el martirio del santo prelado, mandó que ese mismo día le cortasen la cabeza.

Reflexión:

A pesar de ser San Cipriano tan sabio y santo Obispo, cayó en un error creyendo que era inválido el Bautismo, siempre que fuese administrado por herejes; en ello creía seguir la Tradición de la Iglesia africana en tiempo en que nada había definido. “Permitió Dios -dice San Agustín- que por el entendimiento humano que es limitado, Cipriano errase para que conociésemos que la infalibilidad no es privilegio de los Doctores esclarecidos, sino de las decisiones de la Iglesia, y de su cabeza visible que es el vicario de Cristo”.

Oración:

Asístenos, Señor, con tu gracia en la festividad del bienaventurado mártir y pontífice San Cipriano, para que su poderosa intercesión nos haga agradable a tu Divina Majestad. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.
 

martes, 15 de septiembre de 2026

15 DE SEPTIEMBRE: SANTA CATALINA DE GÉNOVA, VIUDA


15 de Septiembre: Santa Catalina de Génova, viuda

(✞ 1510)

La heroica enfermera y consoladora de los pobres, Santa Catalina de Génova, fue natural de la ciudad que lleva su nombre, y de la nobilísima casa de los Fieschi.

Deseaba en gran manera imitar el ejemplo de una hermana suya llamada Limbonia, que servía al Señor en un monasterio de monjas agustinianas; más estorbáronselo sus padres, los cuales a todo trance quisieron casarla con un mancebo muy noble y rico de Génova.

Este caballero se llamaba Julián Adorno, y aunque antes de tomar a Catalina por esposa parecía de loables costumbres, se desenfrenó después, de manera que los diez años que vivió en compañía de la santa, fueron para ella diez años de cruel martirio.

Lo ponían fuera de sí la ambición de honrar mundanas, la ficción al juego, y a los deleites sensuales; y aunque la santa con muchas lágrimas pedía al Señor la conversión de su marido, no abrió éste los ojos hasta que el juego y con los vicios, hubo perdido su salud y toda su hacienda y la de su esposa.

Entonces por las oraciones de la santa se convirtió a Dios y entró en la Tercera Orden de San Francisco, y al poco tiempo pasó de esta vida con señales de verdadera contrición y arrepentimiento.

Desde aquel día determinó la santa viuda comenzar a servir a Dios y a los pobres de Jesucristo en el hospital Mayor de Génova, donde por muchos años fue como el ángel consolador de los enfermos.

Era tan grande la Caridad que ardía en su pecho que se extendía a todos los enfermos de la ciudad; de día y de noche los visitaba en sus casas, los animaba y les regalaba cuanto podía, llevando lo que les era menester para remediar sus necesidades.

La ciudad de Génova bendice todavía con singular reconocimiento el nombre de la santa por los portentos de Caridad que obró en los años 1497 y 1501 cuando la pestilencia desolaba la población.

Todos huían por escapar del terrible azote, pero no huyó la santa, antes se quedó como enfermera de los heridos de la peste, acudía a su socorro, y a unos daba la salud del cuerpo, y a otros, disponía a bien morir y alcanzar la eterna salvación del alma.

No se pueden decir ni imaginar las proezas de Caridad que llevó a cabo esta gran Santa. Más si no fueron menos asombrosas sus austeridades y ayunos, porque pasó veintitrés cuaresmas y otros tantos advientos sólo con el pan eucarístico y bebiendo un poco de agua mezclada con sal y vinagre.

Escribió un hermoso diálogo sobre el purgatorio que basta para desengañar a los herejes protestantes que niegan este dogma.

Finalmente, a la edad de setenta y siete años, sabiendo que llegaba su dichosa muerte, recibió el santo viático diciendo:

- Ven, oh querido Esposo de mi alma.

Y llena de méritos y virtudes voló a la gloria del cielo.

Reflexión:

No es maravilla que todos los buenos genoveses alaben y glorifiquen a esta santa heroína de la Caridad y la invoquen con gran fe en las públicas calamidades. En ella se manifiesta el verdadero amor del prójimo, propio de la Caridad cristiana, que en semejantes ocasiones suele llegar hasta el heroísmo, y se distingue del falso amor al prójimo que huye de todo peligro de muerte, faltando a veces aún a las obligaciones y oficios más necesarios de la Caridad y careciendo hasta de palabras de consuelo y esperanza para reanimar los corazones de los enfermos y moribundos.

Oración:

Dígnate, oh Señor, Autor de nuestra salud, escuchar nuestras humildes súplicas, para que así como nos alegramos en la festividad de la bienaventurada Catalina, así imitemos su piedad y afectuosa devoción. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

lunes, 14 de septiembre de 2026

14 DE SEPTIEMBRE: LA EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ


14 de Septiembre: La Exaltación de la Santa Cruz

(Hacia el año 630)

Queriendo nuestro Señor castigar al emperador Focas, príncipe vicioso y desalmado, que mató a Mauricio y le sucedió en el Imperio, movió a Cosroes II, rey de Persia, que le hiciese la guerra y tomase muchas y grandes provincias.

Focas acabó su vida asesinado y sucedióle en el Imperio Heraclio, príncipe muy virtuoso.

Entre tanto Cosroes, tomaba las ciudades por fuerza de armas; hasta que finalmente, vino sobre la Santa Ciudad de Jerusalén, y la tomó y saqueó, y mató en ellas miles de personas, y llevó consigo preso y cautivo a Zacarías, patriarca de Jerusalén, santo varón y excelente prelado y a otro gran número de gente, y tomó el santo madero de la Cruz de Jesucristo, nuestro Redentor, y le llevó a Persia, y le puso encima de su trono real, que era de oro fino, entre muchas perlas y piedras preciosas.

Como Heraclio viese los daños de su imperio, juntó un ejército de gente nueva y bisoña para salir en busca de Cosroes, confiando que Dios le daría victoria sobre el blasfemo e insolente rey.

Trabáronse entre los dos ejércitos crueles batallas, sin declararse la victoria por ninguna de las partes, hasta que pidiendo Heraclio socorrer a la Virgen Santísima, cuya imagen llevaba en la mano derecha, súbitamente se levantó un viento muy recio, con gran lluvia y granizo, que a los cristianos daba en las espaldas y a los persas en los ojos, con lo cual los cristianos quedaron desde aquel día, vencedores.

Cosroes, humillado y vencido, restituyó todas las tierras que había tomado del imperio, y el tesoro de la casa real que poseía su padre, y la Santa Cruz, y todos los cristianos que tenía cautivos.

El emperador Heraclio para dar gracias a Nuestro Señor, ordenó una solemnísima procesión, en la cual llevaba él mismo en sus hombros la Santa Cruz que había estado catorce años en poder de Cosroes.

Pero al entrar con ella en Jerusalén, y llegando a la puerta de la ciudad, no pudo dar un paso adelante.

Entonces el santo patriarca Zacarías le dijo:

- Mira, oh emperador, si es la causa de esto, el llevar tú la Cruz con muy diferente traje y manera que el Señor la llevó por este camino.

Entonces se quitó Heraclio la vestidura imperial y la corona de la cabeza; y con los pies descalzos pudo proseguir con la procesión hasta poner la Sacrosanta Cruz en el mismo lugar de donde Cosroes la había quitado.

Quiso Nuestro Señor establecer aquel triunfo y regalar a su pueblo con grandes maravillas entre las cuales resucitó aquel día un muerto, cuatro paralíticos cobraron salud, quince ciegos la vista, diez leprosos quedaron limpios, y muchos que eran atormentados del demonio quedaron libres y gran número de enfermos con entera salud; a cuyos prodigios pueden añadirse otros infinitos obrados en toda la cristiandad por la virtud de las reliquias de la Santa Cruz, en la cual se nos dio la salud, la redención y la vida eterna.

Reflexión:

Así como Heraclio llevó humildemente sobre sus hombros la Cruz de Jesucristo, así hemos de llevar con humildad y resignación nuestra Cruz conforme a lo que dice el Señor en su Evangelio: Si alguno quisiera venir en pos de mí, tome su cruz y sígame (Luc. XIV). Mostremos pues nuestra paciencia cristiana en las enfermedades, dolores, pobrezas, infamias, falsos testimonios y otras muchas aflicciones semejantes; que estas cosas son para nosotros la Cruz de Cristo, y en sufrirlas por su amor está nuestra virtud, merecimiento y corona.

Oración:

Oh Dios! Que nos alegras en este día con la solemnidad de la Exaltación de la Santa Cruz, te rogamos nos concedas que merezcamos gozar en el cielo el premio de la redención, cuyo misterio hemos conocido en la tierra. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

domingo, 13 de septiembre de 2026

13 DE SEPTIEMBRE: SAN EULOGIO, PATRIARCA DE ALEJANDRÍA


13 de Septiembre: San Eulogio, patriarca de Alejandría

(✞ 608)

El celosísimo defensor de la Iglesia de Jesucristo y patriarca de Alejandría San Eulogio, fue natural de Esmirna y vino al mundo en los calamitosos tiempos en que la herejía de Eutiques, Arrio y Nestorio turbaban la paz de la Iglesia.

Abrazó desde su mocedad la vida monástica en su misma patria; y mientras los herejes Eutiquianos derramaban la ponzoña de sus errores en las cristiandades de Siria y de Egipto, el santo estudiaba con diligencia en el silencio y retiro del monasterio las letras humanas y divinas, y se adelantaba en el ejercicio de todas las virtudes, para defender valerosamente la casa de Dios, y librar de los lobos las ovejas del rebaño de Jesucristo.

Habiendo alcanzado gran caudal de ciencia, y profundo conocimiento a las Sagradas Escrituras y Tradiciones de la Iglesia, explicaba en los Concilios y ante los doctores más sabios y aprobados; y fue sacado de su soledad y ordenado Presbítero, de mano de Atanasio, Patriarca de Antioquía.

Desde aquella sazón contrajo estrecha amistad con San Eutiquio, Patriarca de Constantinopla, y unió sus fuerzas con las de este santo prelado para refrenar la osadía de los herejes.

Había fallecido ya el emperador Justiniano II, después de un reinado de diez años y sucedido en el trono imperial Tiberio Constantino, que fue príncipe virtuoso y enemigo de los herejes, y deseando que ocupase la Silla de Alejandría un pastor sabio y celoso, puso los ojos en nuestro santo, el cual por muerte del Patriarca Juan, fue elegido para la dignidad patriarcal, y resplandeció en ella muchos años como lumbrera de la Iglesia Católica.

A los dos años de su consagración pasó a Constantinopla y acabó con feliz suceso algunos gravísimos negocios para bien de su Iglesia; y como viese en aquella corte a San Gregorio el Magno, trabó con él muy gran amistad, de manera que desde que los dos santos se conocieron y trataron, no parecían tener más que un solo corazón y una sola alma.

Compuso nuestro santo muchos libros de excelente doctrina para refutar las herejías de los acéfalos y confundir las sectas de los Eutiquianos; escribió además otros seis libros para deshacer los errores de los Novacianos de Alejandría, y en el quinto de ellos demuestra muy de propósito, cuán dignos son los santos mártires del culto y veneración que reciben en la Iglesia Católica.

San Gregorio Magno, a cuyo juicio y censura sujetó el santo sus libros, le envío su aprobación diciéndole:

- No he encontrado cosa alguna que no sea admirable en vuestros escritos.

Finalmente, después de haber gobernado santísimamente su Iglesia y trabajado sin cesar por la entereza de la Fe y extirpación de las herejías, poco tiempo después de la muerte de su amigo el Papa San Gregorio, descansó en la paz del Señor, y fue a gozar de la recompensa de sus grandes méritos y trabajos.

Reflexión:

Muy buena y loable era sin duda la amistad y unión que juntaba en uno los corazones de San Eulogio y de San Gregorio; porque no fundándose en carne ni sangre ni en motivo alguno de terrenal interés, sino en Dios y en el aprecio que ambos hacían de la santidad verdadera, se ayudaban mutuamente y se animaban a hacer nuevos progresos en toda virtud y perfección. Más cuando la amistad es de mal linaje y se funda en malas aficiones, es grandemente perjudicial, y a los que traban tales amistades, les hace peores que antes; porque no parece sino que en cada uno de ellos se junta la maldad de todos.

Oración:

Te rogamos, oh Dios omnipotente, que la venerable solemnidad de tu bienaventurado Confesor y Pontífice Eulogio, acreciente en nosotros la gracia de la devoción y la salud eterna. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

sábado, 12 de septiembre de 2026

12 DE SEPTIEMBRE: SAN GUIDO, SACRISTÁN


12 de Septiembre: San Guido, sacristán

(✞ 1012)

El glorioso y devotísimo sacristán San Guido o Guidón, fue hijo de padres tan escasos de bienes como ricos en virtudes cristianas y nació en una aldea de Bramante llamada Anderlecht, por lo cual era conocido con el nombre de santo padre de Anderlecht.

Siendo todavía niño, pasó por el pueblo de Lacke que está a media legua de Bruselas, y entrando en una iglesia, estuvo una larga hora en oración muy fervorosa ante el altar de la Virgen Santísima Nuestra Señora; y al verlo el capellán que gobernaba aquella parroquia, le rogó que se quedase para ser monaguillo de la iglesia.

Fueron a aquella iglesia los padres del santo muchachito, y dando su autorización, él comenzó a cumplir desde aquel día con gran devoción las obligaciones de su oficio.

No podía soportar que se manchasen los manteles de los altares con alguna gota de aceite o de cera, y tenía muy aseadas y bien compuestas todas las cosas del templo; porque decía que así habían de estar las del palacio de Dios.

Decía que las campanas eran la voz del Señor que llamaba a los fieles, y que las velas que arden en el altar representaban la vida de los cristianos que debe gastarse toda en servicio y honra de Jesucristo.

Obedecía puntualmente y reverenciaba con gran acatamiento a los sacerdotes; jamás ponía los ojos en rostro de una mujer, y era tan rara su modestia y compostura que cuantos le hablaban y miraban, le veneraban como a un ángel de la iglesia.

Daba a la oración largas horas antes de acostarse y tomaba después breve descanso en el suelo del templo, y lo que recibía para sustentarse, lo repartía en gran parte entre los pobres.

Le sacó de aquel oficio cierto mercader de Bruselas, diciéndole que podría recibir más grandes limosnas si cambiaba el oficio y tomaba parte en los negocios de su casa.

Así lo hizo el santo, y al poco tiempo, bajando por el río en una nave cargada de mercancías; dio en un banco de arena, y queriendo sacar la nave con un largo madero, hizo tanta fuerza, que lo rompió, y le entró una astilla muy dentro del brazo.

Con este mal suceso, volvió a la iglesia, y postrado a los pies de la Virgen, le rogó con muchísimas lágrimas que le sanase; y antes de levantarse de su oración salió por sí misma aquella astilla del brazo.

Después de haber servido algunos años más en aquella iglesia, pasó los últimos siete años de su vida peregrinando a pie a Roma y mendigando, hizo dos veces el viaje a tierra Santa.

Volviendo a Anderlecht entendió que se acercaba su dichosa muerte.

Una noche, se vio resplandecer con una luz muy clara el aposento donde él oraba, y se oyó una voz del cielo que decía:

- Ven, siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor.

Y en aquella hora, pasó el fidelísimo siervo de Dios de esta vida mortal a la eterna.

Reflexión:

La reverencia con que San Guido trató las cosas del templo, y la edificación que daba a todos los fieles, nos enseña el respeto que se debe a la divina Majestad de Dios, que tiene allí su morada. No permitamos, pues, que se le ofenda con irreverencias, faltas de silencio, inmodestias, miradas licenciosas y trajes profanos; y, si es posible, procuremos que los sacristanes y monaguillos que sirven en el templo, sean tales que muevan a devoción como nuestro Santo, a los que los miren.

Oración:

Oh Dios! Que nos alegras en la solemnidad de tu bienaventurado confesor Guido; concédenos propicio, que los que celebramos su nacimiento para el cielo, imitemos sus virtudes y loables acciones. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

viernes, 11 de septiembre de 2026

11 DE SEPTIEMBRE: SAN PAFNUCIO, OBISPO Y CONFESOR


11 de Septiembre: San Pafnucio, obispo y confesor

(✞ hacia el año 356)

El ilustre confesor de Cristo y venerable Obispo de la Tebaida superior, San Pafnucio, fue natural de Egipto e hijo de padres cristianos y muy virtuosos.

Oyendo desde niño la admirable vida que llevaban los santos anacoretas en los desiertos de la Tebaida, se sintió tocado por el Señor para imitar sus ejemplos; y llegado a la mocedad, dio libelo de repudio a todas las cosas del mundo, para servir solo a Dios en la soledad, debajo de la disciplina y magisterio del gran San Antonio Abad.

Teniendo delante de los ojos aquel perfectísimo ejemplar de todas las virtudes, hizo tan grandes progresos en el camino de la perfección, que extendiéndose la fama de su gran santidad y de sus divinas letras, le obligaron a recibir las Ordenes Sagradas, y poco después de haber sido ordenado como sacerdote, fue elegido por común consentimiento para la Silla Episcopal de la Tebaida.

Gobernaba santísimamente su Iglesia como verdadero Pastor del rebaño de Jesucristo, cuando los tiranos Galerio Maximiano, Marco Aurelio Maximiano y Galerio Valerio Maximino (nacido como Daia) comenzaron las más grandes y sangrientas persecuciones que afligieron aquella santa cristiandad. Entonces fue preso y cargado de cadenas. 

El venerable Obispo Pafnucio fue el primero de los santos confesores a quien cortaron los nervios de la parte trasera de su rodilla izquierda, y le sacaron el ojo derecho y lo condenaron después a trabajar en las minas.

Pero habiendo sucedido a la persecución de los tiranos, la paz que dio a la Iglesia el emperador Constantino, el santo volvió a su Silla de nuevo con celo y con gran júbilo de todos los fieles de su diócesis; los cuales le recibieron como a su amado Obispo y como a valeroso confesor de la fe.

Por este título le hicieron también mucha honra los Padres del Concilio de Nicea, en el cual se halló y señaladamente, el emperador Constantino el Grande, que se holgaba conversando con él largas horas, jamás se despedía del siervo de Dios sin besarle con reverencia el hueco del cual le habían arrancado el ojo.

Gozó el santo del tan gran autoridad en aquel Concilio, que viendo desasosegados los ánimos en cierta controversia de nuevas doctrinas en las cosas de la fe, se levantó y dijo en voz alta:

- Nada se mude. Estad firmes en las Sagradas Tradiciones.

Y todos se aquietaron y le obedecieron. Fue San Pafnucio familiar amigo de San Atanasio y estuvo con él en el Concilio de Tiro, donde al ver seducido por los arrianos al Obispo Máximo, llegó hasta él y tomándolo de la mano, lo sacó de entre ellos diciéndole;

- No puede sufrir entre herejes un Obispo que ha padecido por la fe.

Y oídas las razones de Pafnucio, el obispo Máximo volvió a confesar la Fe Católica.

Finalmente, después de haber gobernado muchos años santamente su Iglesia entregó su espíritu en manos del Creador.

Reflexión:

Por ventura te parecerá cosa extraña que un Obispo como Máximo que había sido confesor de la fe y había padecido por ella como nuestro San Pafnucio, cayese en los errores de los herejes arrianos; pero has de recordar que la Fe es siempre libre en sus actos, y que es sobremanera pestilencial la herejía y maligno su veneno. Para librarnos pues del contagio de toda herejía e impiedad, es menester creer con fortaleza las verdades que nos enseña la Santa Iglesia depositaria legítima de la doctrina de Dios, y estimarlas sobre toda doctrina humana y preferirlas a nuestras propias ideas y discursos; porque es insensata soberbia querer poner la verdad de Dios en tela de juicio y gran presunción el pretender tragar a la ponzoña de los herejes e impíos sin envenenarse.

Oración:

Concédenos, oh Dios Todopoderoso, que la venerable solemnidad del bienaventurado Pafnucio, tu confesor y pontífice, acreciente en nosotros la gracia de la devoción y de la sabiduría eterna. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

jueves, 10 de septiembre de 2026

PECADOS DE OMISIÓN

Las faltas a menudo pasadas por alto que conducen a las almas al purgatorio.

Por Edwin Benson


Al confesarnos, la tendencia es hacer una lista mental de los pecados cometidos y pedirle al sacerdote la absolución. Desafortunadamente, pocos tienen en cuenta los pecados de omisión: aquellas acciones que debieron haberse realizado, pero que no se hicieron, nunca se completaron o fueron justificadas con algún tipo de excusa.

A diferencia de los pecados de comisión —actos malvados cometidos deliberadamente—, que requieren esfuerzo, los pecados de omisión son sorprendentemente fáciles de cometer. 

Regresar diez minutos tarde de un descanso programado en el trabajo, “olvidar” convenientemente un día de precepto, etc., no requiere esfuerzo ni reflexión. Las excusas surgen de inmediato: “todo el mundo lo hace”, “tuve un mal día”, “me merezco un descanso” o “estábamos de vacaciones”, entre muchas otras. Es tan fácil idear tales autojustificaciones que muchas personas las descartan rápidamente de su conciencia.

Sin embargo, los pecados de omisión son tan reales como los pecados de comisión, y estos pecados aumentan significativamente el tiempo que las almas pasan en el Purgatorio.

Aparece un alma del purgatorio

En su libro Purgatory, el padre F.X. Schouppe ofrece numerosos ejemplos de personas virtuosas que se encuentran en ese estado debido a actos que debieron haber realizado, pero no los hicieron. En el capítulo dieciocho, el padre Schouppe menciona al Hermano Juan de Vía, “un religioso santo”, miembro de la Orden de los Frailes Menores, comúnmente conocidos como los franciscanos.

El Hermano Juan trabajaba en una casa franciscana en las Islas Canarias cuando enfermó y tuvo que ser ingresado en la enfermería, donde falleció.

Tras la muerte del Hermano Juan, el enfermero, el Hermano Ascensión, rezaba por el alma del difunto. De repente, una hermosa luz inundó la celda del hermano Ascensión. En la luz, el buen Hermano vio una figura humana, pero no pudo reconocerla. Asombrado, recobró la compostura y le preguntó a la figura quién era y por qué había aparecido en su celda.

Una solicitud

“Soy —respondió la aparición— el espíritu del Hermano Juan de Vía. Te agradezco las oraciones que has elevado al Cielo por mí, y vengo a pedirte un último acto de caridad. Sabe que, gracias a la Divina Misericordia, estoy en el lugar de la salvación, entre los predestinados al Cielo; la luz que me rodea es prueba de ello. Sin embargo, no soy digno de ver el rostro de Dios a causa de una omisión que aún debo expiar. Durante mi vida mortal, por mi propia culpa, omití varias veces rezar el Oficio de Difuntos, cuando así lo prescribía la Regla. Te ruego, querido Hermano, por el amor que le tienes a Jesucristo, que reces esos oficios de tal manera que mi deuda quede saldada y pueda ir a disfrutar de la visión de mi Dios” (1).

Asombrado, el Hermano Ascensión corrió a ver a su Superior. Le describió la visita. Rápidamente, los Hermanos recitaron los oficios que Juan de Vía había omitido.

Los restos del Convento Franciscano de Betancuria, fundado en 1416, donde ocurrieron los hechos.

Los pecados más fáciles

Cuando los demás monjes recitaron los oficios religiosos, el Hermano Juan se apareció de nuevo al Hermano Ascensión. Esta vez, la luz que lo rodeaba era más brillante que en su visita anterior, una señal impactante de que el Hermano Juan gozaba entonces de la felicidad eterna.

¡Qué fácil debió ser para el Hermano Juan de Vía cometer los pecados que lo mantuvieron fuera del Cielo! Quizás tenía prisa porque necesitaba terminar alguna tarea importante. Tal vez había trabajado mucho ese día y omitió el Oficio de Difuntos por el cansancio comprensible. Tal vez se aburrió de rezar las mismas oraciones repetidamente y, descuidadamente, omitió esos pasajes en su libro de oraciones sin darse cuenta de que había hecho algo malo. Es muy posible que se hubiera olvidado por completo de estas omisiones hasta que llegó y encontró las puertas del Cielo temporalmente cerradas para él.

Dado que el padre Schouppe se refería a Juan de Vía como “un religioso santo”, es probable que tales omisiones fueran muy raras. Aparte de eso, los lectores no tienen más información sobre el estado mental del Hermano Juan ni sobre su comportamiento general. Sin embargo, muchos en el mundo moderno tenderían a considerar tales pecados menores de omisión como algo sumamente insignificante, ciertamente no como algo que impediría a alguien entrar al Cielo.

Orando por el perdón de pecados olvidados hace mucho tiempo

Dios permitió que el Hermano Juan se apareciera al Hermano Ascensión porque sus pecados eran insignificantes en comparación con la vida rigurosa y obediente que llevaba. De hecho, la ocasión es notable en parte por su rareza. Sería una insensatez que las personas, por mucha piedad que tengan, supusieran que Nuestro Señor les brindará la misma oportunidad.

Por lo tanto, es conveniente pedirle a Dios que nos recuerde los pecados de omisión como parte de la preparación para el Sacramento de la Confesión. Otra opción sería incluir el Confiteor en la oración diaria mientras se reflexiona sobre los pecados de omisión.

Confieso ante Dios Todopoderoso, ante la Santísima Virgen María, ante el Santísimo Miguel Arcángel, ante el Santísimo Juan el Bautista, ante los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, ante todos los ángeles y santos, y ante vosotros, hermanos, que he pecado gravemente de pensamiento, palabra y obra: por mi culpa, por mi culpa, por mi gravísima culpa. Por tanto, ruego a la Santísima Virgen María, al Santísimo Miguel Arcángel, al Santísimo Juan el Bautista, a los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, a todos los santos y a vosotros, hermanos, que intercedáis por mí ante Dios nuestro Señor.

 Continúa...


Nota:

1) Todas las citas de este artículo (a menos que se mencione otra fuente) corresponden a la versión de 1905 del libro Purgatory del padre FX Schouppe, publicado en Gran Bretaña por Burns, Oates and Washbourne, Ltd. Es de dominio público y está disponible en Internet Archive.

10 DE SEPTIEMBRE: SAN NICOLÁS DE TOLENTINO, CONFESOR


10 de Septiembre: San Nicolás de Tolentino, confesor

(✞ 1246)


El fervorosísimo y religioso sacerdote San Nicolás de Tolentino, ornamento de la Sagrada Orden de San Agustín, nació en la ciudad de Fermo, que está en la provincia de la Marca de Ancona.

Los padres ya eran mayores cuando, cuando un ángel visitó a la madre de nuestro santo y le aconsejó ir a visitar el sagrado cuerpo de San Nicolás, Obispo, que está en la ciudad de Bari en el reino de Nápoles. Fueron entonces en peregrinación hasta aquella tumba y pidieron la gracia divina de un niño.

Todo se cumplió así: porque mientras iba el niño creciendo en edad, así iba adelantándose en virtud y ciencia; y orando un día en el templo vio a Cristo, Nuestro Señor con los ojos corporales. 

A la edad de seis años comenzó a ir a la escuela parroquial y era encargado de la distribución de la limosna a los pobres. A los doce años de edad, ingresó al oblato en el convento local de los ermitaños de Bréttino, que luego tras fundirse, dio origen a Orden de los Agustinos Ermitaños. Hizo votos solemnes cuando tenía menos de diecinueve años.

Treinta años estuvo en el convento de Tolentino sin comer carne ni huevos, ni peces, ni derivados de la leche, ni aún manzanas, ahora estuviese sano, ahora enfermo. 

Visitaba con gran caridad a los enfermos, consolaba a los afligidos, reconciliaba a los discordes, socorría a los pobres y libraba a los cautivos y encarcelados. 

Fue devotísimo de las ánimas del Purgatorio por una visión que tuvo, en la cual vio gran número de ánimas que con gran instancia le pedían el sufragio de sus oraciones y Misas, y habiéndolas dicho, le dieron las gracias por ello. 

El Señor le ilustró con muchos y grandes milagros, porque dio maravillosamente la salud a muchos enfermos que estaban afligidos de varias dolencias, alumbró ciegos y libró muchos endemoniados. 

Toda la vida de San Nicolás fue de hombre perfectísimo y venido del Cielo, y como tal, le favoreció y regaló mucho nuestro Señor. 

Seis meses antes que muriese, a la hora de Maitines, le hacían escuchar música los ángeles; y él entendió que se acercaba la hora de su dichosa muerte, y así la profetizó y avisó de ella a sus Hermanos Religiosos. 

Les rogó que le perdonasen sus faltas y al Prior, que le diese la absolución de todos los pecados, y le administrase los Santos Sacramentos de la Iglesia; los cuales recibió con grandísima devoción y abundancia de lágrimas. 

Después se hizo traer una cruz en la que estaba un pedazo de la de Nuestro Redentor, la cual adoró con profundísima humildad. 

Se regocijaba su espíritu en aquella hora sobremanera; y como los frailes le preguntasen por qué estaba tan contento y alegre respondió: 

- Porque mi Señor Jesucristo, acompañado de su dulce Madre y de nuestro padre San Agustín me convida a la partida, y me dice que me alegre y entre en el gozo de mi Dios. 

Y luego dijo aquellas palabras: 

- En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu. 

Y levantando las manos y los ojos hacia la cruz que tenía presente, con maravillosa tranquilidad dio su alma al Señor a la edad de setenta años.

Se le considera protector de las almas del Purgatorio,​ e intercesor por la justicia, la maternidad, la infancia y la salud. Su protección es invocada por las víctimas de las pestes.

La Iglesia Católica lo canonizó el 5 de junio de 1446, al atribuírsele más de trescientos milagros acaecidos tanto en vida como después de su muerte. Fue el primer agustino canonizado.

Su cuerpo incorrupto fue presentado en 1345.

Reflexión

Léese también en la Vida de los Santos, que hallándose una vez gravemente enfermo, la Virgen Santísima le bendijo unos bocados de pan diciéndole - Pide en caridad, en nombre de mi Hijo, el pan. Cuando lo hayas recibido, lo comerás después de haberlo mojado en agua, y gracias a mi intercesión recuperarás la salud, y comiéndolos San Nicolás, quedó de repente sano. En memoria de esta maravilla todos los años se bendice en el día de su fiesta en las iglesias de su Orden los panecillos que llaman “de San Nicolás”, con ciertas oraciones aprobadas por el papa Eugenio IV, comunicando Dios a estos panecillos, maravillosa virtud contra todo género de enfermedades. 

Oración

Oye, Señor, benignamente las humildes súplicas que te hacemos en la solemnidad de tu bienaventurado confesor Nicolás, para que los que no confiamos en nuestras virtudes, seamos ayudados por los méritos de este santo que fue tan agradable a tus divinos ojos. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.