TOMO I: LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA
TOMO II: EL AMERICANISMO Y LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA
III. — FRAGMENTO DE UNA CARTA que no lleva más firma que una escuadra, pero que, cotejada con algunas otras escrituras de la misma mano, parece emanar claramente del comité director y tener una autoridad especial. Es del 20 de octubre de 1821:
“En la lucha entablada actualmente entre el despotismo sacerdotal o monárquico y el principio de libertad, hay consecuencias que es necesario sufrir, principios que, ante todo, importa hacer triunfar. Un fracaso estaba dentro de los acontecimientos previstos; no debemos entristecernos por ello más de la cuenta; pero si este fracaso no desalienta a nadie, deberá, en un tiempo dado, facilitarnos los medios para atacar al fanatismo con mayor fruto. Solo se trata de exaltar siempre los espíritus y de aprovechar todas las circunstancias. La intervención extranjera, en cuestiones por así decirlo de policía interior, es un arma efectiva y poderosa que hay que saber manejar con destreza. En Francia, se acabará con la rama mayor [de los Borbones] reprochándole incesantemente haber regresado en los furgones de los cosacos; en Italia, hay que hacer igualmente impopular el nombre del extranjero, de modo que, cuando Roma sea seriamente sitiada por la Revolución, un auxilio extranjero sea, de entrada, una afrenta incluso para los nativos fieles. Ya no podemos marchar hacia el enemigo con la audacia de nuestros padres de 1793. Estamos limitados por las leyes y mucho más aún por las costumbres; pero, con el tiempo, tal vez se nos permita alcanzar la meta que ellos no lograron. Nuestros padres pusieron demasiada precipitación en todo, y perdieron la partida. Nosotros la ganaremos si, conteniendo las temeridades, logramos fortalecer las debilidades.
Es de fracaso en fracaso como se llega a la victoria. Tened, pues, el ojo siempre abierto sobre lo que ocurre en Roma. Desacreditad al clero por todos los medios posibles; haced en el centro de la Catolicidad lo que todos nosotros, individualmente o en cuerpo, hacemos en las facciones. Agitad, salid a la calle sin motivos o con motivos, poco importa, pero agitad. En esta palabra están encerrados todos los elementos del éxito. La conspiración mejor urdida es la que más se mueve y la que compromete a más gente. Tened mártires, tened víctimas; nosotros encontraremos siempre gente que sabrá dar a eso los colores necesarios”.
IV. - CARTA DEL JUDÍO DESIGNADO EN LA SECTA BAJO EL NOMBRE DE PICCOLO-TIGRE. Ella da a los miembros de la Vendita de los Carbonarios, que Piccolo-Tigre había formado en Turín, instrucciones sobre los medios a tomar para reclutar francmasones. Está fechada en enero de 1822:
“Ante la imposibilidad en que nuestros hermanos y amigos se encuentran de decir todavía su última palabra, se ha juzgado bueno y útil propagar por todas partes la luz y dar impulso a todo lo que aspire a moverse. Es con ese fin que no cesamos de recomendaros afiliar a toda especie de gente a toda suerte de congregaciones, cualesquiera que sean, con tal de que el misterio domine en ellas. Italia está cubierta de Cofradías religiosas y de Penitentes de diversos colores. No debéis temer deslizar a algunos de los nuestros en medio de esos rebaños guiados por una devoción estúpida; que estudien con cuidado el personal de esas Cofradías, y vereis que, poco a poco, no faltarán cosechas por hacer.
Bajo el pretexto más fútil, pero jamás político o religioso, cread por vosotros mismos, o mejor aún, haced crear por otros, asociaciones que tengan por objeto el comercio, la industria, la música o las bellas artes. Reunid en un lugar o en otro, incluso en las sacristías o en las capillas, a sus tribus todavía ignorantes; ponedlas bajo la dirección de un sacerdote virtuoso, bien conceptuado, pero crédulo y fácil de engañar; infiltrad el veneno en los corazones elegidos, infiltradlo a pequeñas dosis y como por casualidad: luego, al reflexionar, vosotros mismos os asombrareis de vuestro éxito.
Lo esencial es aislar al hombre de su familia, hacerle perder las costumbres familiares. Él está dispuesto, por la inclinación de su carácter, a huir de los cuidados del hogar, a correr tras los placeres fáciles y las alegrías prohibidas. Le gustan las grandes charlas del café, la ociosidad de los espectáculos. Arrastradlo, enganchadlo, dadle una importancia cualquiera; enseñadle discretamente a hastiarse de sus trabajos diarios, y, mediante esta maniobra, después de haberlo separado de su mujer y de sus hijos, y de haberle mostrado cuán penosos son todos los deberes, le inculcaréis el deseo de otra existencia. El hombre ha nacido rebelde; atizad este deseo de rebelión hasta que se vuelva un incendio, pero que el incendio no estalle todavía. Es una preparación para la gran obra que vosotros debeis comenzar.
Cuando hayáis insinuado en algunas almas el disgusto por la familia y por la religión (lo uno va casi siempre a continuación de lo otro), dejad caer ciertas palabras que provocarán el deseo de estar afiliado a la Logia más cercana. Esta vanidad del ciudadano o del burgués de incorporarse a la Francmasonería tiene algo de tan banal y de tan universal, que siempre estoy admirado ante la estupidez humana. Me asombro de no ver al mundo entero golpear a la puerta de todos los Venerables, y pedir a esos caballeros el honor de ser uno de los obreros elegidos para la reconstrucción del Templo de Salomón. El prestigio de lo desconocido ejerce sobre los hombres una potencia tal, que uno se prepara temblando para las fantasmagóricas pruebas de la iniciación y del banquete fraternal.
Encontrarse miembro de una Logia, sentirse fuera de su mujer y de sus hijos, ser llamado a guardar un secreto que jamás se le confía, es para ciertas naturalezas una voluptuosidad y una ambición. Las Logias bien pueden hoy procrear glotones: pero jamás engendrarán ciudadanos. Se cena demasiado entre los T∴ C∴ F∴ (Très Chers Frères [Muy Queridos Hermanos]) y T∴ R∴ F∴ (Très Respectables Frères [Muy Respetables Hermanos]) de todos los Orientes; pero es un lugar de depósito, una especie de haras [criadero de caballos], un centro por el cual hay que pasar antes de llegar a nosotros. Las Logias no hacen más que un mal relativo, un mal atemperado por una falsa filantropía y por canciones todavía más falsas, como en Francia. Eso es demasiado pastoral y demasiado gastronómico, pero tiene un fin que es necesario alentar sin cesar. Al enseñarle a empuñar el arma junto con la copa, se logra así apoderarse de su voluntad., de la inteligencia y de la libertad del hombre. Se dispone de él, se lo gira, se lo estudia. Se adivinan sus inclinaciones, sus afectos y sus tendencias; cuando está maduro para nosotros, se lo dirige hacia la Sociedad Secreta, de la cual la Francmasonería no puede ser más que la antecámara bastante mal iluminada.
La Alta Vendita desea que, bajo un pretexto u otro, se introduzca en las logias masónicas al mayor número posible de príncipes y personas adineradas. Los príncipes de casas soberanas que no tienen la esperanza legítima de ser reyes por la gracia de Dios, aspiran todos a serlo por la gracia de una revolución. El duque de Orleans es francmasón; el príncipe de Carignano también lo fue. No faltan, ni en Italia ni en otros lugares, quienes anhelan los honores —bastante modestos— del mandil y la paleta simbólicos. Otros están desheredados o proscritos. Halagad a todos estos ambiciosos de popularidad y captadlos para la francmasonería: la Alta Vendita determinará después qué uso útil puede hacer de ellos para la causa del progreso.
Un príncipe que no tiene ningún reino esperándolo es buena suerte para nosotros. Hay muchos de ellos por ahí. Hacedlos masones. La Logia los conducirá al Carbonarismo. Llegará un día en que la Alta Vendita tal vez se digne afiliarlos. Mientras tanto, servirán de pegamento para los tontos, los intrigantes, los habitantes de las ciudades y los necesitados. Estos pobres príncipes harán nuestros asuntos creyendo que sólo trabajan en los suyos. Es una señal magnífica, y siempre hay tontos dispuestos a comprometerse al servicio de una conspiración de la que algún príncipe parece ser el puntal.
Una vez que un hombre —incluso un príncipe, y sobre todo un príncipe— haya comenzado a corromperse, tened la certeza de que difícilmente se detendrá en esa pendiente. Son pocas las reservas morales, incluso entre los más virtuosos, y se avanza muy deprisa en esa progresión. No os alarméis, pues, al ver florecer las Logias mientras al carbonarismo le cuesta reclutar adeptos. Es con las Logias con las que contamos para engrosar nuestras filas; sin saberlo, ellas constituyen nuestro noviciado preparatorio. Disertan interminablemente sobre los peligros del fanatismo, la felicidad de la igualdad social y los grandes principios de la libertad religiosa. Entre banquete y banquete, lanzan anatemas fulminantes contra la persecución. Es más que suficiente para ganar adeptos. Un hombre imbuido de estas bellas ideas no está lejos de nosotros; ya solo falta alistarlo en nuestras filas. Ahí, y solo ahí, reside la ley del progreso social; no os toméis la molestia de buscarla en otra parte.
En las circunstancias actuales, no os quiteis nunca la máscara. Limitaos a merodear en torno al redil católico; pero, como buenos lobos, atrapad al paso al primer cordero que se ofrezca en las condiciones propicias. El burgués tiene su valor, pero el príncipe, aún más. No obstante, que esos corderos no se transformen en zorros, como el infame Carignan. La traición al juramento equivale a una sentencia de muerte, y todos esos príncipes —débiles o cobardes, ambiciosos o arrepentidos— nos traicionan y nos denuncian. Por fortuna, sabían poco —o más bien nada— y no pueden conducir a nadie hasta nuestros verdaderos misterios.
En mi último viaje a Francia, observé con profunda satisfacción que nuestros jóvenes iniciados mostraban un ardor extremo en la difusión del Carbonarismo; sin embargo, considero que están precipitando el movimiento en exceso. A mi juicio, están convirtiendo su odio religioso en un odio político. La conspiración contra la Sede Romana no debería confundirse con otros proyectos. Nos exponemos a ver cómo germinan ambiciones ardientes en el seno de las sociedades secretas; ambiciones que, una vez dueñas del poder, podrían abandonarnos. El camino que seguimos aún no está lo suficientemente trazado como para entregarnos a intrigantes o tribunos. Es preciso descatolizar el mundo, y un ambicioso que ha alcanzado su meta se cuidará muy mucho de apoyarnos. La revolución en la Iglesia implica una revolución permanente, el derrocamiento inevitable de tronos y dinastías. Y un ambicioso no puede desear tales cosas. Nosotros aspiramos a metas más altas y lejanas; procuremos, pues, preservarnos y fortalecernos.
Conspiremos únicamente contra Roma: para ello, aprovechemos todos los incidentes y saquemos partido de todas las eventualidades. Guardémonos, sobre todo, de los excesos de celo. Un buen odio —bien frío, bien calculado, bien profundo— vale más que todos esos fuegos artificiales y todas esas declamaciones de tribuna. En París no quieren entender esto; pero en Londres he visto hombres que captaban mejor nuestro plan y se sumaban a él con mayor provecho. He recibido ofertas considerables: pronto dispondremos de una imprenta en Malta. Así podremos, con total impunidad y seguridad, y bajo pabellón británico, difundir de un extremo a otro de Italia los libros, folletos, etc., que la Vendita considere oportuno poner en circulación.
V. - CARTA DE NUBIUS, EL JEFE DE LA ALTA VENDITA, A VOLPE, fechada el 3 de abril de 1824.
“Hemos cargado sobre nuestros hombros un pesado fardo, querido Volpe. Debemos llevar a cabo la educación inmoral de la Iglesia y lograr, mediante pequeños medios bien graduados aunque algo imprecisos, el triunfo de la idea revolucionaria a través del Papa. En este proyecto, que siempre me ha parecido fruto de un cálculo sobrehumano, avanzamos aún a tientas; pero no llevo ni dos meses en Roma y ya empiezo a acostumbrarme a la nueva vida que me está destinada. Ante todo, debo hacerle una observación mientras usted se encuentra en Forlì infundiendo ánimo a nuestros hermanos: y es que, dicho sea entre nosotros, encuentro en nuestras filas muchos oficiales y pocos soldados.
Hay hombres que se alejan misteriosamente, o que en voz baja hacen a cualquier transeúnte confidencias a medias con las que no revelan nada, pero mediante las cuales —ante oídos inteligentes— podrían muy bien dejar que se adivinara todo. Es la necesidad de inspirar temor o celos a un vecino o a un amigo lo que lleva a algunos de nuestros hermanos a cometer estas indiscreciones censurables. El éxito de nuestra obra depende del más profundo misterio; en la Vendita debemos encontrar al iniciado —como el cristiano de La Imitación— siempre dispuesto a “amar el ser desconocido y el no ser tenido en cuenta”. No es para usted, fidelísimo Volpe, que me permito formular este consejo; no presumo que pueda necesitarlo. Al igual que nosotros, usted debe conocer el valor de la discreción y del olvido de sí mismo frente a los grandes intereses de la humanidad; no obstante, si tras un examen de conciencia se considerase culpable de tal falta, le rogaría que reflexionara seriamente al respecto, pues la indiscreción es la madre de la traición.
Hay un sector del clero que muerde el anzuelo de nuestras doctrinas con una vivacidad asombrosa: se trata del sacerdote que nunca tendrá más ocupación que decir misa, ni más pasatiempo que esperar en un café a que den las dos después del Ave María para irse a dormir. Este sacerdote —el más ocioso de entre todos los ociosos que abarrotan la Ciudad Eterna— parece haber sido creado para servir de instrumento a las sociedades secretas. Es pobre, apasionado, está ocioso y es ambicioso; se sabe desheredado de los bienes de este mundo, se cree demasiado alejado del sol del favor como para poder calentarse los miembros, y tiritando en su miseria murmura contra el reparto injusto de los honores y bienes de la Iglesia. Empezamos a aprovechar esos sordos descontentos que la incuria innata apenas se atrevía a reconocer. A este ingrediente de sacerdotes sin oficio —sin funciones y sin más distintivo que una sotana tan raída como su sombrero, que ha perdido ya toda forma original— añadimos, en la medida de lo posible, una mezcla de sacerdotes corsos y genoveses que llegan a Roma con la tiara en la maleta. Desde que Napoleón nació en su isla, no hay corso que no se crea un Bonaparte pontificio. Esta ambición, que ahora tiene un tinte de vulgaridad, nos ha sido favorable; nos ha abierto caminos que probablemente habrían permanecido desconocidos para nosotros durante mucho tiempo. Nos sirve para consolidar y alumbrar la senda que recorremos, y sus quejas —aderezadas con toda clase de comentarios y maldiciones— nos ofrecen puntos de apoyo en los que jamás habríamos pensado.
La tierra fermenta, el germen se desarrolla, pero la cosecha está aún muy lejana”.
Continúa...
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