miércoles, 1 de abril de 2026

LA RUSIA DE CRISTO Y LA RUSIA DE LA REVOLUCIÓN

Una nación rica influenciada por su pasado católico está esperando resurgir

Por el prof. Plinio Corrêa de Oliveira


Antes de Pedro el Grande, Rusia estaba construyendo lenta y dolorosamente una civilización espléndida, profundamente marcada -en muchos aspectos- por la influencia cristiana y que revelaba, al mismo tiempo, un alma nacional magníficamente rica y original.

“Lenta y dolorosamente”, decimos, porque el núcleo de la cultura y la civilización rusas debería ser la Iglesia Católica, y el Cisma, que separó al Imperio moscovita de la única Viña verdadera de Jesucristo, dañó gravemente el desarrollo recto y pleno de ese país.

Más tarde, la acción de Pedro el Grande –beneficiosa en muchos aspectos desvió la cultura rusa hacia una dirección cosmopolita (o, al menos, precosmopolita). Pero, desde los tiempos de la Rusia católica, persisten muchas tradiciones, con una vitalidad notable. Esas tradiciones muestran que la Providencia no abandonó a la gran nación eslava y que las preciosas raíces de la civilización cristiana permanecen allí esperando la hora de que Dios produzca frutos abundantes después de su reconciliación con Roma.

Toda esta línea de pensamiento está representada simbólicamente en la mitra en forma de corona del siglo XVIII, usada por dignatarios eclesiásticos en ceremonias oficiales. La primera impresión que da es de riqueza. Un análisis cuidadoso muestra cómo esta riqueza fue ennoblecida y ordenada por un sentido de armonía y proporción, marcado por un buen gusto y un tono de majestad que son evidentes. Esta es una espléndida manifestación de la alta idea que tiene el pueblo ruso de la sublime dignidad del Sacerdocio y de la Religión.

Todos los elementos positivos del antiguo y legendario ruso brillan aquí admirablemente.

Nikita Serguéievich Jrushchov, dirigente de la Unión Soviética durante una parte de la Guerra Fría.

Una sonrisa burda de calidez poco convincente y una expresión, porte y actitud extremadamente vulgares caracterizan al dictador omnipotente de este pueblo masivo e infeliz de esclavos al que el comunismo ha reducido a Rusia.

Es el símbolo de la nueva era, donde todos los elementos superiores de la cultura son negados y dejados de lado y, bajo el signo del materialismo más craso, sólo la fuerza y la tecnología son reconocidas oficialmente como valores.

Es la Revolución atea e igualitaria en todo su horror.

Estas consideraciones nos llevan a orar a Nuestra Señora Patrona de Rusia, pidiéndole que libere a esa nación de su Cisma y Ateísmo. Entonces, en el seno de la Iglesia Católica, podrá florecer nuevamente un orden de cosas profundamente contrarrevolucionario.

Catolicismo n. 101 - Mayo de 1959
 

LA CUARESMA BAJO EL YUGO DE FALSOS PASTORES

Cuando el santuario queda en la oscuridad, la jerarquía se deshonra y Roma se arrodilla cuando debería reprender, Cristo sigue juzgando, recordando y guiando a los suyos.

Por Chris Jackson



El clamor de la Semana Santa

La Semana Santa comienza con una súplica que suena casi indecentemente directa en una época de mensajes controlados y eufemismos eclesiásticos.

Hazme justicia, oh Dios, y libra mi batalla contra un pueblo infiel; líbrame del hombre engañoso e impío.

No hay ningún barniz de relaciones públicas en esa oración. La Iglesia la pone en nuestros labios porque hay épocas en las que los fieles se ven, de hecho, rodeados de traición, de fraude espiritual, de hombres que hablan con el vocabulario de la religión mientras la vacían desde dentro. La liturgia no nos dice que finjamos que tal situación es normal, ni nos pide que halaguemos a la autoridad corrupta, ni nos invita a bautizar la traición con adjetivos más suaves. Nos enseña a apelar, por encima de los hombres, a Dios mismo.

Por eso estos textos caen con tanta fuerza en este momento.

A los católicos tradicionales se les dice, día tras día, que se calmen, que sean estratégicos, que eviten reaccionar de forma exagerada, que dejen de fijarse en lo que sus propios ojos ven claramente. Los obispos castigan la reverencia mientras sonríen ante la irreverencia. Nuestra antigua religión solo se tolera bajo condiciones de cuarentena y supervisión. Los hombres que pasaron años despotricando contra Francisco descubren de repente las virtudes de la paciencia, la prudencia y los matices en cuanto el problema pasa a ser León. La misma clase mediática que antes sabía reconocer un escándalo de un solo vistazo ahora sufre de cataratas cada vez que el escándalo se muestra en la nueva sotana blanca.

Así que la Iglesia nos ofrece el Salmo 42.

Una súplica por el juicio.

Porque a veces los fieles no están confundidos. A veces les están mintiendo.

“Envía tu luz y tu verdad”

El Introito no se limita a la queja. Se eleva hacia una segunda súplica.

Envía tu luz y tu fidelidad; ellas me guiarán y me llevarán a tu monte santo, a tu morada.

Esa línea nos dice de dónde viene la liberación. No viene de la astucia de los comentaristas, del periodismo pagado o de la garantía de que todo sigue intacto desde el punto de vista institucional. La luz de Dios y la verdad de Dios deben guiarnos. Si la época es oscura, entonces los fieles sobreviven aferrándose con más fuerza a lo que no cambia.

Esta es una de las razones por las que la antigua Misa es tan importante en una época como la nuestra. No es simplemente hermosa. Es moralmente esclarecedora. Entrena al alma para esperar que el culto esté ordenado hacia lo alto, que el lenguaje sea exacto, que el sacrificio sea central y que Dios sea Dios. Una vez que el hombre ha aprendido eso, la niebla posconciliar se vuelve más difícil de soportar e imposible de confundir con la salud religiosa.

La Iglesia de hoy está llena de hombres que quieren gobernar sin doctrina, apaciguar sin corregir y conservar una cáscara de simbolismo católico mientras la vacían de sus pretensiones exclusivas. Por eso la Pasión es un regalo tan grande. Nos recuerda que la única forma de salir de la confusión eclesiástica es a través de la luz divina, no de las maniobras institucionales.

Y esa luz a menudo humilla a los hombres.

Revela lo que esperaban ocultar.

Esta semana se ha informado de que el entonces “padre” Robert Prevost, ahora “León XIV”, apareció entre los participantes arrodillados y postrados en una ceremonia de 1995 descrita como una “Celebración del Rito de la Pachamama”.


Ahí lo tenemos. La crisis moderna en miniatura.

El hombre que ahora se presenta a los católicos como “guardián de la unidad” estaba, ya en plena madurez, de rodillas y postrado en un rito calificado explícitamente en las propias actas del evento como “Celebración del Rito de la Pachamama”. Ese hecho ya lo dice todo. La podredumbre no nació ayer. Se formó en los laboratorios de la inculturación, el liberalismo, la ecoteología y el largo experimento posconciliar de diluir el culto católico con los símbolos y espíritus del mundo.

No es de extrañar que la crisis se sienta tan profunda. Hombres como este no fueron accidentes. Fueron producidos.

La Sangre que realmente salva

La Epístola a los Hebreos atraviesa de lleno toda la religión falsificada.

Cristo entró en el lugar santo de una vez por todas, no con la sangre de animales, sino con su propia Sangre, habiendo obtenido la redención eterna. Él es el verdadero Sumo Sacerdote. No media en una vaga armonía cósmica. No reúne a las tribus de la tierra para un ritual de simbolismo compartido. Se ofrece a sí mismo al Padre como víctima inmaculada y purifica las conciencias de las obras muertas.

Obras muertas. Esa frase debería doler.

Porque la Iglesia moderna se ha llenado de obras muertas. Asambleas interminables, sesiones de escucha, gestos simbólicos, inclusión coreografiada, devociones ecológicas, ceremonias horizontales disfrazadas de renovación. Generan ruido, titulares y burocracia. No purifican la conciencia. No convierten a las naciones. No expulsan a los ídolos. No salvan.

La Sangre de Cristo sí lo hace.

Por eso los católicos fieles deben resistir la tentación de medir la realidad por el triunfo visible. Los revolucionarios tienen oficinas, micrófonos, presupuestos, conferencias, dicasterios y aplausos. Pero no pueden fabricar ni una gota de sangre redentora. No pueden sustituir el Calvario por el acompañamiento, mejorar el Sacrificio ni superar a la Cruz.

La Carta a los Hebreos nos recuerda lo que es permanente cuando todo lo visible parece comprometido. La Iglesia vive porque Cristo se ofreció a sí mismo. La fe sobrevive porque el Mediador es fiel, no porque lo sean los prelados. Nuestra esperanza descansa en un sacerdocio que no puede fallar, incluso cuando los hombres que pretenden gobernar en nombre de Cristo deshonran su cargo.

“Mucho me han oprimido desde mi juventud”

Esta frase del Tractatus podría ser la que mejor refleje el sentir de muchos católicos comprometidos en estos momentos.

Mucho me han oprimido desde mi juventud. Sin embargo, no han prevalecido contra mí.

Esa es la historia del remanente. Fue cierto en Israel. Es cierto en la Iglesia. Los fieles son oprimidos por paganos desde fuera, luego por mercenarios desde dentro, y después por hombres respetables que insisten en que la paz exige silencio. Los surcos son profundos. La espalda está marcada. Los aradores son reales.

Pero no han prevalecido.

Esa última línea es el eje. Es lo que impide que el dolor se convierta en desesperación.

No han prevalecido, aunque se apoderaron de las iglesias.

No han prevalecido, aunque reescribieron los ritos.

No han prevalecido, aunque se burlaron de la antigua fe tachándola de rígida.

No han prevalecido, aunque llamaron “diálogo” a los gestos idólatras y “acompañamiento” al sacrilegio.

No han prevalecido, aunque enseñaron a generaciones a aplaudir cuando deberían temblar.

¿Por qué no?

Porque no les corresponde a ellos reinventar la Iglesia. No les corresponde a ellos deconstruir la Misa. No les corresponde a ellos feminizar el sacerdocio, psicologizarlo y subordinarlo a cualquier ideología pasajera. Cristo ya ha dictado el veredicto final de esta historia. La Pasión no es el desfile de la victoria de los malvados. Es el lento desvelamiento de cómo Dios los derrota.

El Tracto dice que los labradores hicieron largos surcos. Cualquiera que haya observado los últimos sesenta años sabe cuán profundos son esos surcos. Pero luego viene la frase que tranquiliza el alma:

El Señor justo ha cortado las cuerdas de los malvados.

No “puede cortar”. Ha cortado.

En principio, en la promesa, en la ley interior de la divina providencia, su proyecto ya está condenado. Pueden ocupar. Pueden acosar. Pueden humillar. Pueden obligar a los fieles a acudir a sus capillas, gimnasios escolares, espacios prestados, altares laterales y catacumbas. Aun así, sus cuerdas están cortadas. No son dueños del futuro. Solo hacen ruido en el camino hacia su propio juicio.

Cristo en el Templo, Cristo en el Eclipse

El Evangelio nos presenta una de las grandes escenas de confrontación de toda la Escritura. Nuestro Señor se encuentra en el templo y se limita a decir la verdad. Eso por sí solo basta para provocar furia. Les dice a sus oyentes que no conocen a Dios. Les dice que si Él negara lo que sabe, sería como ellos, un mentiroso. Entonces pronuncia la frase que lo cambia todo:

“Antes de que Abraham existiera, yo soy”.

Este es el punto en el que termina la mediación. El problema ya no es un malentendido. Es el odio hacia la verdad expresada sin rodeos. Empiezan a coger piedras.

Eso, también, es nuestra época.

Lo que enfurece a los enemigos de la tradición no es simplemente una preferencia por el latín o los encajes. Es la supervivencia de todo un mundo teológico que no pueden controlar. La antigua fe sigue diciendo que a Dios hay que adorarlo, no reinventarlo. Sigue diciendo que la adoración tiene un objeto fijo y una dirección fija. Sigue diciendo que la revelación juzga a las culturas, en lugar de tomar prestados dioses de ellas. Sigue diciendo que las palabras importan, que la doctrina importa, que el sacrificio importa, que el sacerdocio importa, y que la condenación eterna no es una metáfora.

Los hombres pueden tolerar la nostalgia ritual. No pueden tolerar las pretensiones divinas.

Y así, Cristo se oculta y sale del templo.

Esa frase es terrible y consoladora a la vez. Terrible, porque describe un juicio. Consoladora, porque explica nuestro dolor. Cuando el templo se vuelve hostil a la verdad, cuando la religión oficial deshonra al Hijo mientras habla piadosamente del Padre, se produce una especie de eclipse. Cristo sigue siendo Dios. Cristo sigue siendo Rey. Cristo sigue estando presente entre los suyos. Pero hay una retirada de la gloria manifiesta. El santuario permanece en pie mientras que la Presencia es tratada como una molestia.

Así es como muchos católicos experimentan el páramo posconciliar. Las estructuras permanecen. Los títulos permanecen. Las ceremonias continúan. Sin embargo, algo se ha ido de la cara pública de la institución. No porque Cristo haya fallado, sino porque los hombres lo expulsaron al rechazar su palabra.

La Cuaresma comprende esa sensación mejor que algunos comentaristas.

Gobernados en el cuerpo, protegidos en la mente

La colecta es breve y, por eso mismo, más penetrante.

Pedimos que, por la gracia de Dios, seamos gobernados en el cuerpo y, por su protección, protegidos en la mente.

Guardado en la mente. Ahí está la batalla.

Esta crisis no se limita a la liturgia, los nombramientos y los escándalos públicos. Se trata de una colonización mental. Se presiona a los fieles para que normalicen lo que sus padres habrían calificado como intolerable. Se les dice que el escándalo es complejidad, que la contradicción es desarrollo y que los gestos paganos son acercamiento pastoral. Tras repetirlo lo suficiente, el alma se cansa. La mente comienza a decaer. Uno empieza a preguntarse si el juicio claro en sí mismo es algún tipo de vicio.

Por eso rezamos por la protección de la mente.

Aferraos a eso. En una época deshonesta, la cordura es una gracia.

Ver a un hombre arrodillado en un rito llamado “Celebración del Rito de la Pachamama” y decir que esto revela algo podrido en la formación posconciliar del clero no es odio, sino cordura. Observar que los “obispos” que persiguen la Misa Tradicional mientras toleran toda novedad no son guardianes fieles, sino agentes de la desfiguración, es percepción moral. Darse cuenta de que la clase conservadora profesional se ha vuelto selectiva en su valentía no es imprudencia. Es la verdad.

Pídele a Dios que proteja tu mente de acostumbrarse al absurdo.

Los lazos de la maldad

Cada católico debe llevar sus propios pecados al altar, pero también nos señala el momento actual que vivimos en medio de redes de concesiones, hábitos de cobardía, lealtades de conveniencia y ataduras de maldad que mantienen unido al régimen postconciliar.

Algunos están atados por la ambición.

Otros, por el miedo.

Otros, por los sueldos.

Algunos, por el acceso.

Algunos, por la vieja tentación de permanecer dentro de la sala donde se toman las decisiones, aunque el precio sea el silencio mientras el santuario es vandalizado.


Dios también puede romper esos lazos. Lo ha hecho antes. Y aún puede hacerlo de maneras sorprendentes. Los hombres que hoy susurran pueden hablar mañana. Los hombres que hoy defienden lo indefendible pueden ver cómo sus excusas se pudren en sus bocas. Los hombres que hoy están embriagados por el cargo pueden convertirse en monumentos de la deshonra en la historia de la Iglesia.

No imagines que Dios es pasivo porque es paciente.

“Quédate con nosotros, oh Señor”

La postcomunión es donde este domingo finalmente se calma el corazón.

Quédate a nuestro lado, oh Señor, Dios nuestro, y protege con tu ayuda eterna a aquellos a quienes has dado nuevas fuerzas a través de tu sacramento.

Eso es toda la vida cristiana en una época oscura. No es optimismo, ni ingenuidad, ni negación. Es ayuda.

Quédate a nuestro lado.

Los fieles de todas las épocas han tenido que rezar esto bajo el yugo de gobernantes malvados, clérigos corruptos, eruditos cobardes y élites traicioneras. Las nuestras no son las primeras heridas de la Iglesia. Simplemente son nuestras. Y como son nuestras, se sienten recientes e insoportables. Pero la vida sacramental se nos ha dado precisamente para esto: para mantener vivas las almas cuando la imagen pública de la religión se vuelve humillante.

Así que tened valor en este tiempo de Pasión.

Cristo no ha cedido su sacerdocio a los ecoteólogos.

Su Sangre no ha perdido su poder aunque los “obispos” hayan perdido el valor.

Su palabra no se ha vuelto falsa aunque los mentirosos ocupen cargos.

Su Iglesia no ha muerto aunque los impostores decoren las ruinas.

Los enemigos de Dios pueden arar profundos surcos. Pueden arrodillarse ante ídolos en Brasil, ascender en el sistema y ser aclamados como “guardianes de la comunión”. Pueden pasar décadas recompensando la transigencia y castigando la fidelidad. Aun así, no tienen la última palabra.

Antes del agustino, antes de Brasil, antes del concilio, antes de la última oleada de mediocridad episcopal, antes de cada artículo cobarde que insta a los fieles a rebajar sus expectativas, estaba Cristo diciendo lo que sigue diciendo ahora:

Antes de que Abraham existiera, yo soy.

Por eso la Cuaresma sigue dando esperanza.

Porque la Iglesia está pasando por una humillación bajo hombres que cambian, maniobran, adulan, ocultan y caen. Pero Aquel que habla en el Evangelio no cambia, no maniobra, no adula, no oculta y no cae.

Está oculto por un tiempo.

Nunca está ausente.

Y cuando Él juzgue, cada falso pastor descubrirá finalmente de quién era este templo desde siempre.

1 DE ABRIL: SAN HUGO, OBISPO DE GRENOBLE


1 de Abril: San Hugo, Obispo de Grenoble

(✞ 1132)

El glorioso San Hugo nació de nobles y virtuosos padres, en Castel-Nuovo, en la ciudad de Valencia.

Su padre Odilón, caballero y militar acabó santamente su vida en la Cartuja siendo de cien años edad y recibió los Sacramentos de manos de su hijo Obispo.

El mismo consuelo alcanzó su virtuosa madre.

San Hugo tenía 27 años cuando el legado del Papa le premió para que aceptase el Obispado de Grenoble, y se fue con él a Roma para ser consagrado del sumo Pontífice Gregorio VII. En ese momento estaba en Roma la condesa Matilde, señora no menos piadosa que poderosa, la cual le presentó grandes dones y todo lo necesario para la consagración.

San Hugo halló muy lleno de espinas y malezas el campo de aquella Iglesia de Grenoble, los clérigos llevaban vida relajada, los legos estaban enredados en negociados y usuras, los hombres sin fidelidad, las mujeres sin vergüenza, los bienes de la iglesia enajenados, y todas las cosas en suma confusión por lo cual a los dos años, pareciéndole al santo que tenía poco fruto, tomó el hábito de monje de la Orden de San Benito y pasó un año de noviciado en el monasterio llamado Domus Dei (Casa de Dios). Pero cuando se enteró el Papa le mandó volver a su obispado, y él obedeció con presteza y resignación.

Pasados tres años, fue al santo Obispo, guiado por Dios, San Bruno con otros seis compañeros, para comenzar en su diócesis la Sagrada Orden de la Cartuja, y les acogió, animó y acompañó hasta un lugar fragoso y áspero, que se llamaba la Cartuja, donde dieron principio a su Santo Instituto, y San Hugo muchas veces se iba también a aquel lugar sagrado y se quedaba con ellos y les servía en las cosas más viles y bajas de la casa.

Por sus muchos ayunos, oraciones y estudios, Nuestro Señor le probó con un dolor de cabeza y de estómago muy grande, que le duró cuarenta años.

Se hacía leer la Sagrada Escritura en la mesa y prorrumpía en lágrimas con tanta abundancia que le era necesario dejar la comida, o que se dejase la lección.

No perdonó su anillo ni un cáliz de oro que tenía, para remediar la necesidad de los pobres.

Siendo ya viejo, fue en persona a Roma y suplicó a Honorio II que le descargase del Obispado; después hizo la misma instancia ante Inocencio II, más el Papa con razón le negó lo que pedía, porque cuando el santo entró en su Iglesia, la halló muy estragada y perdida y acrecentada en todo.

Finalmente, a los ochenta años de edad el Señor le llevó para sí y le dio el premio de la retribución.


martes, 31 de marzo de 2026

ESCRITOS DEL PADRE HELMUTS LIBIETIS “EL MARTILLO” (7)

El padre Libietis, quien dejó la FSSPX en 2012, compuso una serie de siete brillantes escritos. Publicamos el último artículo de esta serie.

Por Sean Johnson




Parte 6: Las semillas crecen altas


El camino de Dios, no el nuestro

En el libro de Isaías leemos: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos —dice el Señor—. Como los Cielos son exaltados sobre la tierra, así mis caminos son exaltados sobre vuestros caminos, y mis pensamientos sobre vuestros pensamientos” (Isaías 55:8-9).

Según nuestra forma de pensar, si alguien está a cargo de algo, se le debe dejar trabajar solo y confiarle todas las decisiones necesarias para que las cosas sucedan. De manera similar, en la trascendental situación de una posible “unión con Roma”, se oyen frases como: “¡El obispo Fellay es el único con la "gracia de Estado" para tomar la decisión!”. O ahora, desde el Capítulo General de julio de 2012, parece que esta “gracia de Estado” se ha “transferido” al Capítulo General, que ahora votará sobre cualquier posible “unión con Roma”. Sin embargo, nuestros caminos no siempre son los caminos de Dios, y los caminos de Dios, lamentablemente, no son nuestros caminos.

Aunque la Providencia divina pone a ciertas personas al frente de ciertas empresas y les otorga la autoridad para cumplir con sus deberes, a veces Dios interfiere en sus planes guiando a esos líderes desde abajo, ¡incluso desde muy abajo! Existen numerosos ejemplos a lo largo del Antiguo y el Nuevo Testamento. “Dios escogió lo necio del mundo para avergonzar a los sabios, y lo débil del mundo para avergonzar a los fuertes” (1 Corintios 1:27). 

La Sagrada Escritura afirma, por boca de San Pedro —el líder elegido por Jesús—, que “Dios no hace acepción de personas” (Hechos 10:34). Jesús podría haberse aparecido directamente a sus líderes —los apóstoles— inmediatamente después de su resurrección, pero les habla a través de María Magdalena, quien fue enviada con un mensaje para aquellos que ocupaban un puesto superior al suyo. El líder es corregido por un subordinado, como cuando San Pedro fue corregido por San Pablo: “Pero cuando Cefas (Pedro) llegó a Antioquía, me opuse a él cara a cara, porque era digno de reproche” (Gálatas 2:11). 

Papas y reyes han recibido consejos de simples mortales en asuntos importantes: Santa Catalina de Siena aconsejó a los Papas; Santa Juana de Arco aconsejó al rey; Santa Margarita María escribió al rey Luis XIV de Francia pidiéndole que consagrara Francia al Sagrado Corazón de Jesús y colocara el Sagrado Corazón en la bandera francesa; el rey se negó a hacer ambas cosas. En tiempos recientes, la hermana Lucía de Fátima aconsejó a Papas y obispos que consagraran Rusia al Inmaculado Corazón, pero fue en vano. Algunos escucharon estos consejos “desde abajo”, otros no. ¡La historia muestra elocuentemente las consecuencias de escuchar y de no escuchar!

¿Por qué Dios coloca a almas escogidas en altas posiciones y luego busca aconsejarlas a través de sus subordinados? Es un ejercicio de humildad y dependencia de los misteriosos designios de la Divina Providencia, más que una vana dependencia de uno mismo, que a menudo implica una independencia implícita de Dios. De igual modo, a lo largo de la historia de la Iglesia, Papas y obispos han recurrido a las abundantes fuentes de sabiduría que se encuentran en las diversas Ordenes Religiosas, no solo en busca de consejo, sino muy a menudo en busca de ayuda para afrontar las numerosas preocupaciones y ansiedades que enfrentaban. ¡Esto es humildad y caridad en acción! ¡Esto forma parte de la comunión de los santos!

Se habla mucho de una “decisión prudente” respecto a esta posible “unión con Roma”. Según Santo Tomás de Aquino, la prudencia es una virtud indispensable para el ser humano. La prudencia es el conocimiento de cómo actuar, de cómo llevar una vida recta. La prudencia no es un mero conocimiento de lo que son las cosas (de lo que es así), sino de cómo actuar (de qué hacer). Como dice Aristóteles, la prudencia da órdenes. La prudencia manda. En realidad, no sustituye la voluntad. Muestra con certeza y autoridad cómo debe elegir la voluntad. La prudencia no es solo una virtud privada, que se centra únicamente en la buena conducta individual; también sirve al bien común. La prudencia política debe residir, por un lado, en los gobernantes y legisladores, y por otro, en los ciudadanos. La verdadera prudencia, como virtud, solo se encuentra en los buenos. El pecado grave la expulsa. Una persona pecadora, en su vida perversa, puede ejercer una astucia que aparenta ser prudencia, pero no es genuina. Una persona en estado de gracia posee prudencia, pues tiene caridad, y la caridad no puede existir sin ella.

Los componentes de la prudencia son: memoria, entendimiento, docilidad, astucia, razón, previsión, circunspección y cautela. El recuerdo de las experiencias pasadas es esencial. Si olvidamos los acontecimientos pasados, es improbable que nos dejemos guiar por ellos. El entendimiento, como conocimiento profundo de las cosas, es manifiestamente necesario para una acción prudente. La docilidad, o disposición para aprender de otros, hace que la experiencia sea fructífera. Una persona terca y obstinada nunca es prudente. La astucia, no en un sentido negativo como la vileza, sino como la rápida evaluación de lo que es apropiado en una situación, es necesaria para una persona prudente. La recta razón, no como la mente pensante que guía la voluntad, sino como el uso correcto de esa mente, es claramente necesaria. La previsión, o la visión clara de cómo las contingencias futuras pueden influir en la ocasión presente, o pueden depender de cómo se afronte la situación actual, es parte de la prudencia. La circunspección (circa "alrededor" y spectara "mirar") examina todas las posibilidades y perspectivas. Ve lo que es apropiado aquí y ahora en las circunstancias existentes. La cautela busca evitar el mal, especialmente el mal que se disfraza de bien.

El siguiente consejo, publicado originalmente en portugués por la casa madre benedictina del Monasterio de Santa Cruz, Nova Friburgo, Brasil, el 20 de abril de 2012, por Arsenius (un monje benedictino), muestra una postura prudente ante la cuestión de la “unión con Roma”. Por ello, fue aceptado y publicado por la Orden Dominicana tradicional de Avrillé, Francia, en su número de verano de 2012 (n.º 81) de Le Sel de la Terre (La Sal de la Tierra). Así pues, podemos afirmar que lo siguiente refleja tanto el pensamiento como la enseñanza de los benedictinos tradicionales del Monasterio de Santa Cruz de Nova Friburgo, Brasil, como de la Orden Dominicana tradicional de Avrillé, Francia. Esperemos que también se convierta en la postura prudente de la Sociedad de San Pío X en sus futuras y prudentes relaciones con la Roma modernista.

EL CONSEJO DE LOS BENEDICTINOS Y LOS DOMINICANOS EN SUS TRATOS CON LA ROMA MODERNISTA

Considerando... 

(1) Que el arzobispo Lefebvre se opuso a Dom Gerard [superior de los benedictinos tradicionales en Francia] cuando quiso hacer un acuerdo con las autoridades modernistas en Roma. Fue un acuerdo sobre el cual Dom Gerard dijo que Roma estaba dando todo y no pedía nada; 

(2) Que el mismo arzobispo Lefebvre dijo, después de las consagraciones, que, de ahora en adelante, firmaría un acuerdo con Roma solo si las autoridades romanas estaban de acuerdo con varios documentos de la Iglesia que condenaban los errores modernos; 

(3) Que, además, el arzobispo Lefebvre se había arrepentido de haber firmado un protocolo de acuerdo con el Vaticano para obtener permiso para consagrar obispos, porque concluyó que las intenciones de las autoridades romanas no eran buenas; 

(4) Que, más tarde, el arzobispo Lefebvre le dijo al futuro Benedicto XVI, entonces cardenal Ratzinger, que no podía estar de acuerdo con él, y que nosotros, los tradicionalistas, estábamos tratando de cristianizar el mundo, mientras que él, el cardenal, y los demás progresistas estaban trabajando para descristianizar el mundo; 

(5) Que la Fraternidad de San Pedro, que había recibido de Roma el derecho a celebrar la Misa tradicional exclusivamente, se vio, posteriormente, obligada a aceptar el hecho de que sus miembros ahora también pueden celebrar la Nueva Misa; 

(6) Que el arzobispo Lefebvre dijo que no estaba de acuerdo en que nos pusiéramos bajo la autoridad de aquellos que no profesan la fe en su integridad; 

(7) Que en tiempos de guerra, seguir cuidadosamente las leyes positivas (por ejemplo, las leyes de tránsito) puede ser imprudente y, en algunos casos, puede llevar al suicidio; 

(8) Que la experiencia muestra que muy pocos saben cómo volver atrás cuando las autoridades romanas no cumplen sus promesas (véase el caso de la Fraternidad de San Pedro); 

(9) Que el estar “reconciliados” con Roma produce el resultado de dejar de considerar a las autoridades romanas (progresistas) como enemigos contra los que debemos luchar;

(10) Que el arzobispo Lefebvre dijo que los progresistas son similares a los infectados con una enfermedad contagiosa, y por lo tanto deben ser evitados, para no enfermarse como ellos.

(11) Que en todas partes del mundo los fieles están en un “estado de necesidad”, que les da el derecho de recurrir a sacerdotes que se adhieren a la doctrina católica integral, y también a recibir los Sacramentos y asistir a la Misa según los ritos tradicionales, y que los sacerdotes tienen el deber de caridad de ir a ayudar a estos fieles, incluso sin el permiso del obispo local.

Juzgamos... 

(1) Que si el arzobispo Lefebvre aún viviera, no llegaría a ningún acuerdo con las autoridades romanas, incluso si nos lo ofrecieran, e incluso si no nos pidieran nada, a menos que las autoridades primero condenaran los errores modernos que se han infiltrado en el seno de la Iglesia, y que han sido condenados por Papas anteriores; 

(2) Que incluso hoy el arzobispo Lefebvre todavía no podría estar de acuerdo con Benedicto XVI, porque todavía tiene el mismo pensamiento que tenía como cardenal; 

(3) Que no podemos confiar en las promesas hechas por hombres que retiran las garantías que previamente habían dado a favor de la Tradición; 

(4) Que, como el propio arzobispo Lefebvre había juzgado, no debemos someternos a la obediencia de quienes no profesan la fe en su integridad; 

(5) Que en medio de esta terrible guerra en la que nos encontramos (entre la Santa Iglesia y el modernismo, entre la verdad y el error, entre la luz y la oscuridad), buscar la regularización de nuestra situación es un acto temerario y suicida: es entregarnos al enemigo; 

(6) Que sería, de alguna manera, tentar a Dios, al ponernos en una situación que probablemente: 

(a) nos llevará a ceder puntos importantes cuando las autoridades romanas progresistas nos lo pidan; 

(b) nos impedirá tratar a ciertas autoridades como enemigos contra los que luchar; 

(c) nos dejará “contaminados” por el progresismo; 

(7) Que sería un error limitar nuestro campo de acción a aquellos lugares para los que contáramos con permiso de las autoridades romanas o de los obispos diocesanos, y no poder acudir a los fieles que nos llaman, porque en tales lugares podríamos no tener permiso oficial para ejercer el ministerio sacerdotal, ya que no se consideraría un grave y general “estado de necesidad”. 

Objeción… 

Se podría objetar que el arzobispo Lefebvre conocía muy bien todo lo que hemos dicho y, sin embargo, en varias ocasiones, expresó su deseo de que la situación de la Compañía se regularizara ante las autoridades romanas. 

Respondemos…

... que incluso si esto fuera cierto, no obstante, desde mayo de 1988, el arzobispo Lefebvre ya no expresó ese deseo y, por el contrario, desde entonces adoptó la postura de que todos los acuerdos con las autoridades romanas debían ir precedidos de una profesión de fe por parte de Roma respecto a los grandes documentos antiliberales del Magisterio, como Pascendi, Quanta cura, etc. Mantuvo esa nueva posición hasta su muerte. El motivo que llevó a este cambio fue el hecho de que podía ver claramente que la Roma neomodernista no tiene intención de proteger ni apoyar la Tradición católica.

Conclusión ... 

¿Unión legal con Roma? Sí, pero en la integridad de la fe católica, fuera de la cual no hay salvación, y con la libertad de cumplir nuestros deberes para con Dios y el prójimo.
 
FIN DE LA SERIE


EN REVOLUCIÓN (XII)

Continuamos con la publicación del capítulo 12 del libro “El Americanismo y la Conjuración Anticristiana” (1899) de Monseñor Henri Delassus.


CAPÍTULO DUODÉCIMO

EN REVOLUCIÓN

Hemos seguido hasta aquí, en el curso de este estudio, dos movimientos paralelos.

Uno y otro parten de los mismos principios, los famosos principios del '89.

Los judíos nos han dicho: “El desarrollo y la realización de los principios modernos son las condiciones más enérgicamente vitales para la extensión expansiva y el más alto desarrollo del judaísmo” (concilio judío de 1869); y trabajan activamente y con gran éxito para propagar estos principios por la prensa y procurar su realización por las leyes que los Parlamentos votan bajo su dictado.

De su lado, los americanistas nos dicen: “Las ideas estadounidenses son las que DIOS quiere ver en todos los pueblos civilizados de nuestro tiempo”. Ellos también trabajan activamente para hacer pasar estas ideas al orden de los hechos, no sólo en ellos, sino en nosotros.

Es que judíos y Americanistas creen unos y otros haber recibido una misión del Cielo. Los judíos no se equivocan: su conservación tan extraordinaria y los oráculos de los Libros santos nos dicen que su papel en la historia del mundo no ha acabado.

Los americanistas se hacen sin duda ilusión, pero esta ilusión la tienen y la anuncian. Mons. Ireland dice:

La influencia de Estados Unidos se extiende a lo lejos entre las naciones, tanto para la solución de los problemas sociales y políticos como para el desarrollo de la industria y el comercio. No hay país del mundo que no tome de nosotros ideas y aspiraciones.

El espíritu de la libertad estadounidense despliega su prestigio a través de los océanos y mares, y prepara el terreno para plantar allí las ideas y costumbres estadounidenses. Esta influencia crecerá con el progreso de la nación.

El centro de gravedad de la actividad humana se desplaza rápidamente, y en un porvenir que no está lejos, ESTADOS UNIDOS CONDUCIRÁ EL MUNDO.

Y en otra parte:

En el curso de la historia, la Providencia eligió alternativamente distintas naciones para que sirviesen de guía y de modelo al progreso de la humanidad. Cuando se abrió la época cristiana, era Roma todopoderosa la que llevaba la vanguardia. España tomaba la dirección del mundo en el momento en que Estados Unidos se aprestaba a entrar en la familia de los pueblos civilizados. Ahora que empieza a despuntar en el horizonte la época más grande que se haya visto jamás, ¿qué nación va a elegir la Providencia para que guie los destinos de la humanidad?

ESTA NOBLE NACIÓN LA VEO APARECER ANTE MÍ. Gigante de estatura, graciosa en todos sus rasgos, llena de vida en la frescura y la mañana de su juventud, digno como una matrona en la prudencia de su paso, cabellos ondulantes al soplo querido de la libertad, es ella, no puede dudarse viéndola, quien es la reina, la conquistadora, la dueña, la INSTITUTRIZ DE LOS SIGLOS VENIDEROS. El Creador ha confiado a su guarda un inmenso continente cuyas riberas bañan dos océanos, un continente rico en todos los dones de la naturaleza y que posee a la vez minerales útiles y preciosos, un suelo fértil, un aire salubre y el ornato de espléndidos paisajes. Durante largos siglos mantuvo en reserva este país de predilección, esperando el momento propicio, en las evoluciones de la humanidad, para darlo a los hombres cuando serían dignos de recibirlo. Sus hijos le vinieron de todos los países, trayendo con ellos los frutos más maduros de reflexión, trabajo y esperanza. Añadieron altas inspiraciones e impulsos generosos, y de esta manera construyeron un mundo nuevo, un mundo que encarna en sí las esperanzas, ambiciones y sueños de los sacerdotes y visionarios de la humanidad. Su audacia en la persecución del progreso, las ofrendas que aporta al altar de la libertad, parecen ilimitadas; y por todas partes, en su vasta extensión, la prosperidad, el orden y la paz despliegan sus alas protectoras.

¡LA NACIÓN DEL PORVENIR! ¿necesito nombrarla? Nuestros corazones tiemblan de amor por ella.

Oh mi país, eres tú, 
Dulce tierra de libertad, 
eres tú mismo que canto.

¡Quiera DIOS que este oráculo sea falso! Porque si verdaderamente Estados Unidos es “la nación del porvenir”, si está llamado a “conducir el mundo”, “a guiar los destinos de la humanidad” “al soplo querido de la libertad”, “en la persecución de un progreso que parece ilimitado”, y si este progreso es el único mencionado aquí, “el desarrollo de la industria y del comercio, la solución de los problemas sociales y políticos” según los principios de 89, es decir el progreso material y la independencia del hombre, el mundo verá, no la época “más grande” sino la más desastrosa que se haya visto jamás.


De todos modos, los judíos, para conseguir cumplir su destino, “penetran en todos los pueblos y quieren penetrar en todas las religiones”; se emplean en hacer desaparecer Papas y Césares para establecer sobre las ruinas de las patrias y religiones “un israelitismo liberal y humanitario”.

Los pensamientos de los americanistas no van tan lejos. Sin embargo nos dicen: “Es el privilegio que DIOS dio a Estados Unidos destruir estas tradiciones de celos nacionales que perpetuáis en Europa, para fundirlas todas en la unidad estadounidense”. Y por otra parte, no dejan de exhortarnos a “bajar las barreras” que impiden a infieles, racionalistas y protestantes entrar en tropel en la Iglesia. Ya en 1861 -coincidencia curiosa- los Archivos Israelitas hablaban, ellos también, de “hacer caer las barreras que separan lo que debe reunirse un día”.

Siendo uno mismo el punto de partida y paralela la marcha, parece pues que por ambas partes deba llegarse, si no al mismo fin, por lo menos a los mismos resultados. El fin de los Archivos Israelitas éstos, lo determinan así: “Hacer reconocer que todas las religiones cuya base es la moral y cuya cumbre es DIOS, son hermanas y deben estar unidas entre sí”. (Arch. Isr., XXV, p. 514 a 520.) ¿No parece que estas palabras hayan trazado treinta y cinco años antes el programa del congreso de las religiones, tal y como Mons. Keane debía formularlo:

¿Por qué no acabarían los congresos religiosos en un congreso internacional de las religiones donde todos vendrían a unirse en una tolerancia y caridad mutuas y donde TODAS LAS FORMAS DE RELIGIÓN se levantarían juntas contra todas las formas de irreligión?

¿Queremos decir que hay acuerdo entre judíos y Americanistas para sustituir al catolicismo esta “Iglesia universal” y esta “religión democrática” cuyo advenimiento es preparado por la Alianza Israelita Universal? No desde luego. Pero todas las veces que un error se produjo en el mundo, siempre hubo quienes lo inventaron y quienes se dejaron seducir por el lado especioso que presentaba. Cegados por las apariencias de belleza y bondad, de verdad y justicia de que todos los errores retienen algo y de que saben engalanarse, éstos fueron con ojos cerrados al abismo cavado por aquéllos.

Quienes inventan los errores de doctrina o conducta, están a menudo muy lejos de ver antes que nada adónde serán arrastrados ellos mismos y adónde arrastrarán a los demás. De Maistre hacía esta observación a propósito de los solitarios de Port-Royal que eran, dice, “en el fondo gente muy honrada aunque extraviada por el partidismo”, y ciertamente estaban muy lejos, lo mismo que todos los innovadores del universo, de prever las consecuencias de un primer paso. Los americanistas son seguramente gente tan honrada como aquellos Señores de Port-Royal; pero, como ellos, son y quieren ser innovadores, no sólo para ellos y en ellos, sino en todos y por todas partes: tienen, dicen, “que dar al mundo entero una gran lección”.

¿Adónde nos arrastrarán si los escuchamos? ¿Cuáles pueden ser las consecuencias de la acción que quieren ejercer?


No es muy difícil entreverlo. Ellos se adornan con estos principios a los cuales los judíos atribuyen la preponderancia que su raza tomó en Francia y por todas partes; ellos pretenden tener la misión de diseminarlos en el mundo. ¿No temen ayudar a Israel a alcanzar el fin que persigue: sembrar la indiferencia religiosa en todos los corazones para hacer encallar el mundo en el israelitismo liberal y humanitario?

La evolución religiosa que saludan y que esperan; la formación nueva del clero y la organización de congresos eclesiásticos independientes de la autoridad, en vista de secundar esta evolución; la reunión de congresos de las religiones donde la Iglesia de JESUCRISTO es puesta en pie de igualdad con todas las sectas: ¿qué podría ser más favorable a los designios de Israel y más apropiado para encauzarnos suavemente hacia la Jerusalén de nuevo orden?

¿No hay allí materia de reflexión para quienes, más inconsideradamente, prestaron oídos a los sembradores de novedades? Pero otra consideración, tal vez más capaz aún de conmoverlas, llama su atención.

La mala semilla, como la buena, fructifica tanto más cuanto mejor preparado encuentra el terreno donde se la echa.

¿En qué estado el mundo se encuentra actualmente? ¿Qué disposiciones aporta con respecto a los designios de los judíos y las ideas estadounidenses?

Ya dijimos que sólo está demasiado impregnado de los principios del '89 y que todo conspira a intoxicarlo de ellos más todavía. Pero necesitamos avanzar más lejos en la consideración del estado actual del mundo si queremos hacernos una justa idea de la grandeza e inminencia del peligro judío y de la imprudencia que hay en darle, actualmente, una ayuda, por débil que sea.

Desde hace un siglo entramos y venimos evolucionando en un período de la historia del mundo que recibió un nombre sin precedentes: La Revolución.

¿Qué es la Revolución? ¿Es un hecho, una fecha, una forma de gobierno? ¿Es 1789, 1830, 1848 o 1871? No. Los acontecimientos que señalaron estas diferentes épocas son meros efectos cuya causa es la Revolución.

La Revolución no es tampoco uno u otro de estos jefes llamados Mirabeau, Danton, Robespierre, Garibaldi, Gambetta. Éstos son hijos, instrumentos de la Revolución, pero pueden personificarla.

La Revolución no es tampoco necesariamente la República. Considerada en su esencia, la República puede ser legítima y tan pura de toda alianza con la Revolución como la forma monárquica.

El principio generador de la Revolución es La Declaración de los Derechos del hombre con la que se pretendió establecer la independencia del hombre con respecto a todo poder humano y divino. La Revolución es la idea, el espíritu, la doctrina, en cuya virtud el hombre sustituye en todo con su voluntad y pasiones los derechos de DIOS.

Quien lea los textos y discursos de los jefes revolucionarios quedará convencido de la justeza de esta definición. “La Revolución -decía Blanqui- es una sola cosa con el ateísmo”. Otros dijeron: “La Revolución es la lucha entre el hombre y DIOS; es el triunfo del hombre sobre DIOS”.


Los hombres cortos de vista creen que la Revolución empezó en 1789 y que terminó con el consulado nacido en 1802: se equivocan. Hace falta decir todavía hoy y sobre todo hoy lo que J. de Maistre decía bajo la Restauración:

Este Bacante a la que llaman la Revolución francesa, todavía no ha hecho más que mudarse de traje.

Y en otra parte:

La Revolución está levantada; y no sólo está levantada, sino que marcha, corre y cocea. La única diferencia que percibo entre esta época y la del gran Robespierre, es que entonces las cabezas caían y HOY DAN VUELTAS.

Dice además:

¡Cuántas veces, desde el origen de esta espantosa revolución, tuvimos todas las razones del mundo para decir: Acta est fabula!... ¡Que lejos estamos del último acto o de la última escena de esta espantosa tragedia!... Nada anuncia el fin de las catástrofes y todo anuncia, al contrario, que deben durar... Las cosas se arreglan para el trastorno general del globo... Lo que se prepara en el mundo ahora es uno de los más maravillosos espectáculos que la Providencia haya dado jamás a los hombres. Es el combate a ultranza del cristianismo y el filosofismo. —Lo que hemos visto y que nos parece tan grande, no es, empero, más que un preparativo necesario. ¿No hace falta fundir el metal antes de echar la estatua? Estas grandes Operaciones son de una duración enorme. Tenemos quizás para dos siglos. (Passim.)

Hace un siglo que estas palabras proféticas fueron escritas. ¡Qué no hemos visto desde entonces, y qué no debemos ver todavía!

No, la Revolución no se ha acabado; y no se ha acabado porque aún no ha llegado a término: no ha realizado todavía sus designios propios ni el designio que DIOS tenía permitiéndola. Sus designios propios consisten en el aniquilamiento del cristianismo. De Maistre dice:

La Revolución francesa ha recorrido sin duda un período cuyos momentos no se parecen todos; sin embargo su carácter general no ha variado... Este carácter es un carácter satánico que la distingue de todo lo que se ha visto y quizás de todo lo que se verá. Es una insurrección contra Dios.

Desde hace un siglo esta definición no ha dejado de justificarse cada vez mejor. La insurrección contra DIOS y contra su Iglesia es siempre la característica del movimiento revolucionario: las leyes canallescas están para atestiguarlo.

Estamos en revolución. ¡Cuán circunspectos debería hacernos este solo hecho para no decir nada, no hacer nada que pudiere de alguna manera favorecer un movimiento que no es nada menos que una insurrección contra DIOS!

Esta circunspección no nos es menos imperiosa si, después de considerar lo que la Revolución es en el espíritu de los hombres que la hacen y de Satanás que los inspira, nos volvemos del lado de DIOS y nos preguntamos en qué designios puede haberla permitido.


Todos los espíritus superiores que estudiaron este siglo juzgaron que la Revolución marcaba una fase decisiva de la humanidad.

No podemos dar aquí que más que algunas migas de los pensamientos de algunos sobre este punto; bastarán para el fin que nos proponemos. Llamando a estos testigos de todos los campos, comprobaremos que todos tienen una misma voz, que hacen oír las mismas previsiones. Proudhon dice:

Hemos llegado a una de las épocas donde la sociedad desdeñosa del pasado está atormentada por el porvenir (39)... Pide un signo de salvación o busca en el espectáculo  de las revoluciones, como en las entrañas de una víctima, el secreto de sus destinos.

Chateaubriand:

Todo anuncia que una gran revolución general se opera en la sociedad humana, y los que debería estar más persuadidos de ello parecen creer que todo va como hace mil años.

Guizot:

La sociedad ofrece la imagen del caos tan bien definido por estas palabras: Cada cosa no está en su lugar y no hay un lugar para cada cosa.

Lamennais:

Estamos en la espera de grandes acontecimientos, ciertos en sí mismos, inciertos sólo en cuanto a la época en que se producirán.

Ballanche:

Hemos llegado a una edad crítica del espíritu humano, a una época de fin y de renovación.

Pero J. de Maistre es a quien hay que oír; nadie como él se aplicó a estudiar el estado actual del mundo, nadie lo ha escudriñado con un genio más poderoso. Aquí también 
sólo podemos dar algunas frases tomadas de aquí y de allá.

Todo anuncio que Europa toca a una revolución de la cual la que hemos visto sólo fue el terrible e indispensable preliminar. (Del Papa).

Por mucho tiempo tomamos la Revolución francesa por un acontecimiento. Nos equivocábamos: es una época. (Carta al Sr. de Costa).

Todo lleva a creer que los asuntos de Francia (y la liberación de los judíos era uno de los que debían tener consecuencias más graves), se atan a acontecimientos generales e inmensos que se preparan y cuyos elementos son visibles a quien mira bien; pero este misterioso abismo me hace perder la cabeza. (Carta a su hija Constancia).

Tenemos que mantenernos listos para un acontecimiento inmenso en el orden divino hacia el cual marchamos con una velocidad acelerada que debe sacudir a todos los observadores.... franquear todos los obstáculos. (Veladas de San Petersburgo).

El universo entero está en trabajo. (Carta al Sr. de Rossi).

Estamos en una de las más grandes épocas del universo. (Al mismo).

Esto es lo que ven y piensan los espíritus superiores. Los demás, como dice Chateaubriand, parecen creer que todo va como hace mil años.

¿Cuál es entonces “el acontecimiento divino hacia el cual marchamos con una velocidad acelerada?” ¿En qué debe acabar “la conmoción general” que está cumpliéndose desde hace un siglo?

¿De qué “está en trabajo el universo”?

Es el secreto de DIOS en cuanto al resultado final; pero ya vemos dibujarse algo muy distintamente.

“La Providencia, preparando no sé qué de inmenso, viene aplicando tan terribles trastornos y tan horrendas calamidades para triturar y modelar a los hombres para hacerlos propios para formar la UNIDAD FUTURA. Es imposible desconocer el movimiento divino al cual cada uno de nosotros está obligado a cooperar en la medida de sus fuerzas” (T. VIII, p. 442).

“La Providencia no tantea nunca y no es en vano que agita el mundo. Todo anuncia que marchamos hacia una GRAN UNIDAD que debemos saludar desde lejos” (IV, 127).

“Por mucho tiempo sólo veremos ruinas. No se trata de nada menos que de una FUSIÓN del género humano... Lo que hay de seguro es que el universo marcha hacia una GRAN UNIDAD que no es fácil percibir ni definir” (XI, 33).

“Nada más sublime que la obra que se ejecuta bajo nuestros ojos en el universo y nada tan vil como los obreros” (X, 468).

¿Quién no admiraría el poder de este genio que, en medio de la confusión, de los horrores y de las ruinas del '93 y de los años que siguieron, sabía ver en tan neta claridad el movimiento impreso al género humano, y designarlo con seguridad tan firme? Todo lo que ha pasado desde hace un siglo, ¿no vino a confirmar estas vistas y manifestar cada día más el designio de la Providencia de acercar unos a otros los miembros dispersos de la familia humana?


De Maistre sabía descubrir esta marcha hacia la unidad hasta en las más mínimas cosas. Hablando accidentalmente de los alimentos nuevos que Asia enviaba a Europa, hacía decir a uno de los interlocutores de las Veladas de San Petersburgo:

No hay azar en el mundo, y sospecho desde hace mucho tiempo que la comunicación de alimentos y de bebidas entre los hombres, se debe de cerca o de lejos a alguna obra secreta que se opera en el mundo a nuestras espaldas.

Otra vez, atribuía al mismo designio la dispersión operada por la Revolución:

No pienso nunca sin admiración en esta tromba política que ha venido a arrancar de sus lugares a millares de hombres destinados a no conocerse nunca, para hacerlos arremolinarse juntos como el polvo de los campos.

Añadía: 

Si la mezcla de los hombres es notable, la comunicación de las lenguas no lo es menos.

Y citaba esta frase de un libro que acababa de tomar en la Academia de San Petersburgo:

No vemos todavía de qué sirven nuestros trabajos sobre las lenguas, pero pronto nos enteraremos. No es sin un gran designio de la Providencia que lenguas absolutamente desconocidas en Europa hace dos siglos hayan sido puestas al alcance de todo el mundo hoy día. Es lícito ya sospechar este designio.

Y más lejos:

Añadid que los más largos viajes han dejado de asustar la imaginación; que el Oriente entero cede manifiestamente al ascendiente europeo; que la Media Luna, prensada sobre sus dos puntos, en Constantinopla y en Delhi, debe necesariamente estallar por el medio; que los acontecimientos han dado en Inglaterra quinientas leguas de fronteras con el Tibet y China, y tendréis una idea de lo que se prepara... Todo anuncia que marchamos hacia una gran unidad que debemos saludar desde lejos, para servirme de un giro religioso.

El movimiento de los espíritus no lo conmovía menos. Escribía en 1818:

Todos los espíritus religiosos, cualquiera que sea la sociedad a la que pertenezcan, sienten en este momento la necesidad de la unidad sin la cual toda religión se escapa como humo.

Esta necesidad de unidad religiosa se ha extendido y acrecentado en poder desde que estas líneas fueron escritas. No sólo se han multiplicado los regresos al redil: ¿no se ha visto a un partido poderoso pedir la incorporación en bloque de la iglesia anglicana en la Iglesia Católica? ¿No se han manifestado vistas semejantes en Rusia? Y las aspiraciones de los neocristianos y el proyecto judío de una “religión universal”, si no proceden de esta misma necesidad que, de día en día, se hace más imperiosa, por lo menos se apoyan en ella.

Hace ochenta, noventa, cien años que J. de Maistre dirigía las miradas de sus lectores al impulso que la divina Providencia daba entonces al mundo. Era sólo una partida: luego, el movimiento se aceleró, no sólo desde el punto de vista religioso, como acabamos de decir, sino, ¡en todos los sentidos! Cuando de Maistre hablaba así, no podía sospechar el vapor ni la electricidad ni el empleo que de ellos se haría para poner todos los puntos del universo, y puede decirse a todos los hombres, en comunicaciones tan frecuentes como rápidas los unos con los otros. Por nuestra parte hemos visto la extensión prodigiosa de la industria y del comercio internacional. Hemos asistido al descubrimiento de las últimas tierras ocultas a los ojos de la civilización y a su entrada tan rápida en el movimiento europeo. Vemos África penetrada por todas partes y la raza de Cam entera capturada por la de Jafet. Vemos por fin un trabajo análogo hacerse en los espíritus: la política tiende a la unidad por la fundación de las grandes monarquías o de las repúblicas universales, la industria por las sociedades anónimas, la economía política por la asociación, la mutualidad, y también por el socialismo; el amor de la patria se debilita, ya no se habla más que de universal fraternidad y de ideas humanitarias.

Si fue posible a de Maistre hace casi un siglo afirmar un movimiento de concentración del género humano, este movimiento se impone a los espíritus más desatentos, y puede decirse que esta concentración llegará a término.

Más que nunca la humanidad quiere ser una, según el voto del poeta: Et cuncti gens una sumus.

He aquí el hecho saliente de este siglo que hombres de genio habían previsto y anunciado desde los primeros síntomas y que vemos cumplirse. Aquí tenemos en el orden natural el hecho más considerable, quizás, que se haya producido desde el origen del mundo. Este hecho, no podemos dudarlo, se conecta íntimamente a alguna obra secreta que se prepara y se opera ya en el mundo de las almas. Pues, como dice de Maistre, para todo hombre que tiene el ojo sano y quiere mirar, no hay nada tan visible como el nexo de los dos mundos.

Para los judíos este algo será “la Jerusalén de nuevo orden”, “la Iglesia democrática”, “la Iglesia universal” donde con “todas las barreras rebajadas”, los hombres se encontrarán del Oriente y Occidente en “el librepensamiento religioso”.

Los verdaderos cristianos esperan que este algo sea en efecto la Iglesia universal, pero la verdadera Iglesia de DIOS, justificando desde entonces su nombre de Católica ya no sólo porque se extiende del origen del mundo a su fin y de una extremidad a otra de la tierra, sino porque abrazará, en efecto, en su seno, a todas las naciones y hará reinar sobre ellas toda la fe en todas sus enseñanzas, la obediencia a todas sus leyes, la misma divina caridad.

Una vez más, ¡qué circunspección no debe mostrar el cristiano digno de este nombre en la hora presente para no decir nada, no hacer nada que pueda, de cerca o de lejos, inclinar la balanza de los destinos del mundo hacia la solución judía! Nunca ha sido más necesario hacer pasar por el tamiz de la fe las novedades que se presentan, pues nunca las consecuencias que pueden acarrear han parecido más temibles.

Esta necesidad se impondrá más aún, esperamos, al espíritu que quiera terminar de considerar con nosotros el estado presente de la sociedad y del mundo.

Continúa...

Nota:

32) ¡Porvenir! ¡Porvenir! gritan los americanistas en seguimiento de Lamennais. ¡Hacia el porvenir! (título de una obra del Rev. P. Naudet), se abalanzan los demócratas, y con aspiraciones más audaces los socialistas. Y los verdaderos hijos de salvación Dios elevan al mismo tiempo hacia el Cielo su oración más ardiente que nunca: ¡Adveniat regnum tuum! ¡Veni, Domine Jesu!
 

31 DE MARZO: BEATO AMADEO, DUQUE DE SABOYA


31 de Marzo: Beato Amadeo, duque de Saboya

(✞ 1472)

El glorioso y caritativo príncipe Beato Amadeo fue hijo de Luis II y de Ana, hija del rey de Chipre. En medio del fausto de la Corte conservó siempre su corazón sin mancillar y era de condición tan apacible, que se hacía dueño de todos los corazones.

A los diecisiete años fue casado con Violante, hija de Carlos VII de Francia, y habiendo sucedido a su padre en el trono, las virtudes que como a príncipe le adornaban, tomaron nuevo brillo con la diadema.

Derrotó a los turcos, y no se mostró menos valeroso en las victorias y piadoso con los vencidos.

Tuvo gran cuidado de que sus hijos, los príncipes, se criasen en toda virtud y como convenía a su novilísima sangre; y no había a la sazón en Europa, corte más brillante ni mejor ordenada que la suya, ni reino en que más floreciese la paz, la justicia, la virtud y la prosperidad; de manera que su reinado se llamó el siglo de oro.

No paso el santo rey un solo día en que no hiciese algún particular beneficio, y mereciese las bendiciones del cielo y el reconocimiento y amor de sus vasallos.

Empleó todo su tesoro en fundar asilos de beneficencia, y en aliviar por su mano las miserias de los que padecían.

Llamábanle el padre de los menesterosos, y a su palacio, el jardín de los pobres.

Habiéndole dicho un día que las excesivas limosnas que repartía agotaban todas sus rentas, respondió muy alegre el magnífico príncipe:

- Me huelgo mucho de lo que me decís, aquí tenéis el precioso collar de mi Orden, vendedle y socorred también con el precio de él a mis queridos pobres: derramad generosamente en su alivio vuestras limosnas y el Señor derramará copiosamente sobre vosotros sus bendiciones. Haced justicia sin acepción de personas, y poned todo vuestro estudio en hacer que florezca la Religión Católica y sea Dios servido en todo el reino.

Finalmente, habiendo recibido con singular edificación y lágrimas de todos, los santos Sacramentos, trocó la diadema terrenal por la corona eterna de los cielos, y el Señor acreditó su santidad con tantos prodigios, que el obispo de Vercelli, donde murió el santo, refiere ciento treinta y ocho casos, todos muy ilustres, especialmente en los que adolecían de accidentes epilépticos; y San Francisco de Sales aseguró al Papa Paulo V que todos los días obraba Dios nuevos milagros en el sepulcro del santo duque.
 

lunes, 30 de marzo de 2026

BIENAVENTURADOS LOS QUE LLORAN

Queremos unirnos a ella en su dolor, aprender de ella a llorar por la agonía de Cristo, que es llorar por el pecado.

Por el padre Paul D. Scalia


Toda la Cuaresma es un ejercicio de santo dolor. No sabemos llorar como debemos, especialmente por nuestros pecados. Por eso, necesitamos estos 40 días de penitencia para aprender a sentir dolor de la manera correcta. Necesitamos aprender la contrición genuina. Necesitamos no minimizar la gravedad de nuestros pecados, ni dramatizarlos como si no existiera un Redentor. Sentir pena por nuestros pecados, no por vergüenza (“¡No puedo creer que haya hecho eso!”), ni solo por miedo al infierno, sino porque han herido a Aquel que nos ama perfectamente y, por lo tanto, merece ser amado.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Esa es la bienaventuranza de Cuaresma. Queremos saber cómo llorar nuestros pecados, los pecados de los demás, el mundo caído y, sobre todo, a Cristo mismo. Queremos experimentar la bienaventuranza de ese duelo que nos libera del pecado.

Bienaventurados los que lloran… Jesús ejemplifica esta bienaventuranza. Él fue quien lloró primero y de manera perfecta. La semana pasada escuchamos que lloró ante la tumba de Lázaro. Lo hizo porque había perdido a un amigo, porque el pecado entró en el mundo y, con él, la muerte. Pero también lloró para darnos un ejemplo de duelo.

Porque serán consolados. Jesús también muestra la recompensa de la Bienaventuranza. Al llorar ante la tumba de Lázaro, nos enseña a llorar. Al resucitar a Lázaro, nos da una imagen y un anticipo de la recompensa prometida a todos.

El llanto del Señor por Lázaro y su resurrección nos preparan para el relato actual de su Pasión, en el que encontramos la perfección de su duelo y la santificación del nuestro. En el Huerto, Jesús anunció el comienzo de su Pasión diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte”. Dios se hizo hombre, asumió nuestra naturaleza pasible, para poder sufrir y morir por nuestros pecados. Es significativo que el primer sufrimiento que experimentó fuera la tristeza del alma. “Su pasión comenzó desde dentro”, dijo John Henry Newman.

La causa de su dolor son nuestros pecados. Sufrió agonía, sí, porque anticipaba los sufrimientos físicos que le esperaban. Pero su mayor agonía era interior, en el dolor que permitió que lo invada a causa de nuestra rebelión contra Dios. Era el dolor del Santo, que no conoció pecado. Era un dolor exacerbado por nuestra falta de dolor: por justificar, minimizar o simplemente negar el pecado.

Bienaventurado el que llora. Jesús es el Varón de Dolores. También es bienaventurado -feliz- porque cumple la voluntad del Padre. De hecho, llora porque asume la culpa y el castigo por nuestro pecado en obediencia al Padre. Su llanto demuestra su unidad con el Padre, su participación en el plan del Padre para confrontar y erradicar el pecado.

Porque serán consolados. Jesús promete consuelo a quienes lloran. Así también, recibe consuelo incluso en su Pasión. El Sumo Sacerdote le hace jurar y le ordena que diga si Él es “el Cristo, el Hijo de Dios”. Es la pregunta crucial, aquello que Él ha venido a revelar y proclamar.

Quizás en medio de todo su dolor y sufrimiento, Jesús encontró un leve consuelo en esa oportunidad de afirmar solemnemente su identidad. Con gozo confirmó su filiación y, por lo tanto, reveló también al Padre: “Tú lo has dicho. Pero yo te digo: De ahora en adelante verás al Hijo del Hombre sentado a la derecha del Poder y viniendo en las nubes del Cielo”.

Toda la Cuaresma es un ejercicio de santa tristeza. La tristeza que deseamos se resume bellamente en el versículo 13 del Stabat Mater:

Déjame unir mis lágrimas a las tuyas,
llorando a Aquel que lloró por mí,
todos los días que viva.

Llorando a Aquel que lloró por mí… Bienaventurados los que lloran, porque el Bienaventurado ya lloró. Somos bienaventurados al poder compartir el dolor de Aquel que lloró por nosotros. Debemos llorarlo porque su alma primero se entristeció hasta la muerte.

Todos los días que viva. No, nuestro duelo no siempre puede ser tan intenso como durante la Cuaresma. Pero tal dolor debe ser una constante en la vida católica. En efecto, cuanto más profundizamos en este dolor por el pecado, más nos regocijamos en el perdón del Señor y más nos consuela.

Por supuesto, este versículo comienza recordándonos que ya existe alguien cuyo dolor ha sido perfeccionado por el suyo. A María le cantamos: “Déjame compartir tus lágrimas”. Queremos unirnos a ella en su dolor, aprender de ella a llorar por la agonía de Cristo, que es llorar por el pecado.

En la Forma Extraordinaria, el Viernes de la Semana Santa (el viernes anterior al Domingo de Ramos) conmemora a Nuestra Señora de los Dolores. Hay un vestigio de esa Misa en la oración alternativa de la Forma Ordinaria del viernes: Oh Dios, que en este tiempo concedes a tu Iglesia la gracia de imitar devotamente a la Santísima Virgen María al contemplar la Pasión de Cristo.

Tal es la mentalidad de la Iglesia, que el dolor de María se ha perfeccionado y que esta semana debemos acercarnos a ella para aprender de ella.