lunes, 11 de mayo de 2026

LA DIGNIDAD QUE CUBRE TODOS LOS PECADOS

En nombre de la “dignidad humana”, el pecador es intocable.

Por el Abad Nicolás Cadiet


Con motivo del 15º aniversario de la abolición de la pena de muerte en el estado estadounidense de Illinois, León XIV adoptó la decisión de su predecesor de rechazar la pena capital por principio [1].

Para respaldar su afirmación, se basa en “sus predecesores recientes” que recomendaron hacer justicia y proteger a los ciudadanos sin llegar a tales extremos. En realidad, le resulta difícil basarse en Juan Pablo II para rechazar el principio de la pena de muerte como contrario al Evangelio, puesto que el Catecismo de la Iglesia Católica promulgado en 1992 afirmaba:

La enseñanza tradicional de la Iglesia no excluye […] el uso de la pena de muerte, si es el único medio practicable para proteger eficazmente las vidas humanas del agresor injusto [2].

Catecismo de la Iglesia Católica §2267

La razón esgrimida por Francisco I y luego por León XIV es que “la dignidad de la persona no se pierde, ni siquiera tras la comisión de delitos muy graves”. Es en virtud de este mismo principio que la encíclica Dignitatis humanae afirma que el derecho a la libertad religiosa es inalienable.

El derecho a esta exención de toda restricción [religiosa] persiste incluso en aquellos que no cumplen con la obligación de buscar la verdad y adherirse a ella, ya que es “en virtud de su dignidad” que los hombres deben buscar la verdad por sí mismos.

Declaración Dignitatis humanae §2.

Y sin embargo, el encarcelamiento y el trabajo forzado infligidos a los criminales no parecen inmorales, aunque violen la libertad a la que una persona puede aspirar en virtud de su dignidad. ¿Acaso no fue Dios mismo quien permitió que la muerte entrara en el mundo como castigo por el pecado? ¿Acaso Dios no respeta la dignidad humana? ¿Qué sucedió?

Sucede que uno pierde su dignidad al cometer pecado: “Por el pecado, el hombre se aparta del orden prescrito por la razón; por lo tanto, cae de la dignidad humana” [4]. En otras palabras: “El hombre que abusa del poder que se le ha dado merece perderlo” [5]. Esto es lo que reitera León XIII:

Si el intelecto se adhiere a opiniones falsas, si la voluntad elige el mal y se aferra a él, ninguno de los dos alcanza su perfección; ambos caen de su dignidad innata y se corrompen.

León XIII, encíclica Immortale Dei, 1 de noviembre de 1885.

Sin decirlo explícitamente, hemos pasado de la antigua noción de dignidad, fundada en la semejanza con Dios y la nobleza de vida —una dignidad perdida por el pecado pero que puede recuperarse mediante la conversión y la gracia— a la noción moderna, inspirada en la teoría kantiana, que eleva a la humanidad al fin de toda acción humana [6]. La noción actual de “dignidad” se ha vuelto indiferente al bien y al mal en el castigo de los delitos, indiferente a la verdad y a la falsedad en la tolerancia de los cultos falsos. En última instancia, abarca todos los pecados, y ya no sorprende que los culpables a menudo reciban un trato mejor que las víctimas.


Notas:

1) Mensaje de León XIV por el 15° aniversario de la abolición de la pena de muerte en el Estado de Illinois.

2) Francisco modificó este texto el 1 de agosto de 2018.

3) Romanos 5:12

4) Santo Tomás de Aquino, Summa theologica, IIa IIae q.64 a.2 ad 3.

5) Ibidem IIa IIae q.65 a.3 ad 1.

6) Cf. Guilhem Golfin, Narcisse sans visage, ou la dignité subvertie (Narciso sin rostro, o la dignidad subvertida) en Bernard Dumont, Miguel Ayuso, Danilo Castollano (dir.) La dignité humaine, heurs et malheurs d’un concept malmené (La dignidad humana, alegrías y desgracias de un concepto mal gestionado), París , Pierre-Guillaume Roux, 2020, pp. 61-88.
 

JOSÉ ROMÁN FLECHA Y SU MORAL

Su manual sobre “Moral fundamental” es sumamente complejo y oscuro de pensamiento. No enseña la moral cristiana.

Por el padre José María Iraburu


El doctor José Román Flecha Andrés (León, 1941-), catedrático de Teología Moral, especializado en Bioética, fue vicerrector de la Universidad Pontificia de Salamanca (1989-1990) y decano de la Facultad de Teología (1990-1993), (2002-2005). Ha publicado un gran número de obras.

Sus “manuales de teología moral”, que ahora comento, son la “Teología moral fundamental” (BAC, manuales Sapientia fidei, nº 8, Madrid 1997, 367 págs.) y la “Moral de la persona” (ib., nº 28, 2002, 304 págs.). Estas obras las denuncié –y creo que también otros antes y después– a la Comisión Episcopal de la Doctrina de la Fe primero, a la Congregación romana correspondiente después, y finalmente al Arzobispado de Madrid, pero sin resultado alguno.

La fundamentación casi imposible de la moral

En el primer volumen las dificultades del profesor Flecha para fundamentar la Teología Moral son tan grandes que no logra superarlas. Vamos por partes.

Dios y el alma. La Iglesia enseña que la moral católica ha de fundamentarse en Dios y en la naturaleza de su imagen, el hombre, que es unidad de un cuerpo y de un alma, inmediatamente infundida por Dios (cf. Catecismo 355-366). La Congregación de la Doctrina de la Fe, a este propósito, recuerda que

“la Iglesia emplea la palabra alma, consagrada por el uso de la Sagrada Escritura y de la tradición. Aunque ella no ignora que este término tiene en la Biblia diversas acepciones, opina sin embargo que no se da razón alguna válida para rechazarlo, y considera al mismo tiempo que un término verbal es absolutamente indispensable para sostener la fe de los cristianos” (17-V-1979; cf. Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios 1968, 8).

Flecha no emplea en su obra el término “alma”. Lo rehúye, puede decirse, en forma sistemática. Y si trata brevemente del hombre como imagen de Dios, no lo hace para fundamentar en ello la moral (págs. 149-150).

La ley natural. La Iglesia siempre ha fundamentado la moral en las leyes naturales. Pero tampoco esta fundamentación, según parece, le vale al profesor Flecha para establecer su “Teología Moral Fundamental”. Más bien él estima que se ha hecho un mal uso de la ley natural, en sus diversos modelos históricos, concretamente en sus modelos principales, cosmocéntrico y biologicista (págs. 244-245).

“Se ha olvidado con frecuencia la circunstancia concreta de la persona y las formulaciones morales se han encarnado así en principios abstractos únicos, objetivados e inmutables” (pág. 247). El error principal radica, a su juicio, en que esta moral apela “a una “naturaleza” humana, común e invariable, como base para el encuentro ético. Se trata con frecuencia de una naturaleza entrevista a través de filtros reduccionistas. O bien es demasiado hipostasiada y ahistórica, demasiado objetivada como para tener en cuenta la densidad subjetiva y circunstancial del sentido, la intención y la vivencia personal que constituyen las coordenadas inevitables del comportamiento humano. O bien la naturaleza humana es vista de una forma tan “naturalista” que parece referirse más al campo de la etología que al de la ética. O bien hace pasar por datos normativos, en cuanto naturales, los que son datos puramente culturales” (pág. 134ss).

La naturaleza, pues, da una base en la práctica muy ambigua para fundamentar la moral, porque las maneras de entender esa naturaleza “se encuentran ineludiblemente sujetas al ritmo de la historia y de la cultura”, e incluso “la misma aproximación hermenéutica a los contenidos noéticos de la fe varía notablemente de un momento a otro de la historia” (pág. 138).

Flecha, pues, a la hora de elaborar una “Teología moral fundamental”, denuncia el mal uso hecho de la ley natural, “en sus diversos modelos históricos”. Pero él, una vez señaladas esas desviaciones reales o presuntas, no logra, ni intenta superarlas, sino que más bien, parece renunciar a esa línea de fundamentación, considerándola inviable.

La Sagrada Escritura, los mandamientos. También Flecha halla grandes dificultades para fundamentar la moral en la Sagrada Escritura, el Decálogo y demás mandamientos de la Ley divina revelada: “Los preceptos morales que encontramos en la Biblia –todos o algunos de ellos– parecen depender de la cultura del tiempo y el espacio en que nacieron” (pág. 77). Por lo tanto, si quizá todos los preceptos morales bíblicos dependen de la cultura de la época en que nacieron, no podrán servir de fundamento a una moral objetiva y universal. Eso es evidente. La sagrada Escritura no nos vale, pues, para fundamentar la moral.

¿Una ética cívica universal? ¿Dónde, pues, habrá que poner el fundamento de la moral? ¿Será posible fundamentarla en el consenso de una ética civil? “En esa situación, la “ética civil” constituye la apelación a lo más valioso, libre y liberador de las conciencias ciudadanas” (pág. 141). Y afirma así (141), citando a Marciano Vidal:

“La ética civil pretende realizar el viejo sueño de una moral común para toda la humanidad. En la época sacral y jusnaturalista del pensamiento occidental, ese sueño cobró realidad mediante la teoría de la “ley natural”. Con el advenimiento de la secularidad y teniendo en cuenta las críticas hechas al jusnaturalismo, se ha buscado suplir la categoría ética de la ley natural con la de ética civil. Ésta es, por definición, una categoría moral secular” (Retos morales en la sociedad y en la Iglesia, Estella 1992, 60; cf. Moral de actitudes, I, Madrid 19815, 135-75). 

Y sigue Flecha: 

“Si por ética civil se entiende un mínimo axiológico consensuado y regulado por la legislación, para que la sociedad plural pueda funcionar de forma no sólo pragmática sino humana, la fe cristiana no puede ni debe mostrar reticencias a su llegada” (140).

La fe cristiana, por el contrario, puede y debe mostrar su rechazo a fundamentar la moral en una ética civil de consenso, que ignore la Revelación divina y que prescinda incluso de la ley natural, que a un tiempo expresa la naturaleza de las criaturas y la ley del Creador impresa en ellas. Por eso el mismo profesor Flecha, citando una enseñanza de la Conferencia Episcopal Española, se ve obligado a dar “un toque de atención ante un uso mini-malista de esa apelación” a la conciencia ciudadana de una ética civil (págs. 139-140).

La conciencia. ¿Cómo, pues, y dónde podrán las conciencias personales fundamentar la moral? ¿Ajustando previamente esas conciencias a alguna Ley divina o natural?… El profesor Flecha no entiende la función primaria de la conciencia como la aplicación al caso concreto de una norma moral objetiva y universal. Por eso mismo, insiste poco en la necesidad de formarla adecuadamente en la verdad y la rectitud. Más bien estima que

“habrá que subrayar la autonomía de la conciencia moral, su carácter humanizador, y reivindicar para ella un cierto espontaneísmo que, desde el discernimiento de los valores que entran en conflicto en una determinada situación, supere el rígido esquema intelectualista que fue habitual hasta este siglo” (288-289). Esto recuerda aquello de Schillebeeckx sobre la moral de situación: “Tenemos que poner hoy el acento en la importancia de las normas objetivas tanto como en la necesidad de la creatividad de la conciencia y del sentido de las responsabilidades personales” (Dios y el hombre, Sígueme, Salamanca 1968, cp. 7, C,II, pág. 357).

La expresión “creatividad de la conciencia” es falsa porque la conciencia no crea leyes o valores, sino que interpreta y aplica al caso concreto una norma moral divina, natural, preexistente. En todo caso, nunca la ley moral puede ser creada por la conciencia.

Los valores. ¿Pero, entonces, esa “ética civil”, basada en el testimonio de “las conciencias”, no adolecerá inevitablemente de relativismo y de subjetivismo arbitrario, así como de contradicciones íntimas y de frecuentes cambios históricos? ¿No será necesario que la conciencia se sujete a la orientación de ciertos valores estables?

Flecha pretende, por supuesto, escapar de esas dificultades obvias. Él pretende alcanzar una objetividad para la moral. Pero no queda claro en absoluto qué fundamentos válidos propone para ello. Apela a la majestad de ciertos valores éticos (pág. 213), pero no hay modo de alcanzar esa “majestad de valores” si éstos no son fundamentados en Dios, en Cristo, en la Palabra divina, en el alma, en la naturaleza. Flecha afirma, en la misma página, que se trata de valores objetivos (pág. 233), pero reconoce también que en su aspecto epistemológico son variables (pág. 233), “tienen un carácter histórico y cambiante” (234). ¿Entonces?…

Conflictos de valores. Así las cosas, cómo no, serán inevitables los conflictos de valores, que la conciencia del hombre habrá de resolver. Y la clave para la solución de estos dilemas posibles, previsibles y en cierto modo necesarios habrá de darse en la búsqueda de la felicidad: “es precisamente en relación al anhelo humano de felicidad donde adquiere su final consistencia la apelación a los valores de la ética” (pág. 235)… Absolutamente decepcionante.

Densa y compleja oscuridad. Este manual del profesor Flecha sobre “Moral fundamental” es sumamente complejo y oscuro de pensamiento. Y en más de 350 páginas, dando continuamente “una de cal y otra de arena”, no consigue fundamentar con claridad y firmeza un orden moral a la luz de la razón y de la fe.

Siguiendo el curso de ese pensamiento oscilante, puede decirse que casi todas las afirmaciones ambiguas o erróneas del texto podrían ser salvadas leyéndolas con una mente muy bien formada, con muy buena voluntad y con mucha paciencia. En efecto, rara será en este libro la afirmación ambigua o falsa que el autor no pueda justificar alegando sobre el mismo tema otra afirmación verdadera hecha en distinto lugar.

Esa no es la moral cristiana. Todo lo contrario, porque en ella el camino del hombre es Cristo mismo: “Yo soy la Luz del mundo, y el que me sigue no anda en tinieblas, sino que tendrá luz de vida” (Jn 8,12).

Con el favor de Dios, continuaré el examen de estas dos obras.
 
Continúa...
 

LA TENTACIÓN RENOVADA

Continuamos con la publicación del capítulo III del tercer y último Tomo del libro “La Conjuración Anticristiana” de Monseñor Henri Delassus, publicado el año 1910.


TOMO I: LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA

TOMO II: EL AMERICANISMO Y LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA


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LA TENTACIÓN RENOVADA

CAPÍTULO IV

LA TENTACIÓN DE CRISTO

“Tan pronto como la maldad del diablo nos hubo envenenado con el veneno mortal de su envidia -dijo el Papa San León (1)- el Dios todopoderoso y misericordioso, cuya naturaleza es bondad, cuya voluntad es poder y cuya acción es misericordia, indicó de antemano el remedio que su piedad destinó a sanar a la humanidad; y esto en los primeros días del mundo, cuando declaró a la serpiente que de la Mujer nacería alguien lo suficientemente fuerte como para aplastar su cabeza llena de orgullo y malicia. Anunció con esto que Cristo vendría en nuestra carne, Dios y hombre a la vez, y que, nacido de una Virgen, su nacimiento condenaría a aquel por quien la fuente humana había sido contaminada. Después de haber engañado al hombre con su astucia, el diablo se regocijó al verlo despojado de los bienes celestiales; se regocijó al haber encontrado algún consuelo en su miseria por la compañía de los transgresores, y al haber sido la causa de que Dios, habiendo creado al hombre en un estado tan honorable, hubiera cambiado su disposición hacia él. Por lo tanto, era necesario, amados hermanos, el maravillosa economía de un designio profundo para un Ser Inmutable, cuya voluntad nunca puede dejar de ser buena, para lograr, por medio de un misterio más oculto, los objetivos iniciales de su amor, y para el hombre, llevado al mal por la astucia y la maldad del diablo, para que no perezca, contrario al objetivo que Dios se había fijado para sí mismo”.

En el tiempo señalado por la sabiduría divina, Dios ejecutó este plan de su misericordia, manifestado en el preciso momento de la ofensa y la caída. Envió a su Hijo para expiar el pecado de nuestro padre. Para la humanidad, la justicia se debilitó al convertirse en misericordia; y en la Redención, permanece intacta: Dios perdona, pero la justicia se satisface, puesto que un Dios-Hombre toma el lugar del culpable y expía sus pecados.

Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de un Dios verdadero, tomó forma de esclavo y se apareció ante los demonios como ante los hombres en la humildad de la carne, “en carne semejante a la del pecado, y así fue reconocido como hombre por todo lo que se manifestó en él” (2).

Satanás estaba despierto. Vio a Jesús nacer en el pesebre de Belén y vivir en la oscuridad en la humilde ciudad de Nazaret. No le habían pasado desapercibidos los prodigios que habían rodeado su cuna, pero treinta años pasados ​​en el taller de un carpintero, en sumisión y obediencia, humildad y pobreza, no le parecían los inicios de aquel que derrocaría su imperio (3).

Cuando lo vio salir de su retiro; cuando oyó las palabras de Jesús anunciando que el reino de Dios estaba cerca; cuando vio al Precursor negarse a bautizar a Jesús porque no era digno de desatar las correas de sus sandalias y decir que bautizaría en el Espíritu Santo; cuando, sobre todo, presenció el descenso del Espíritu Santo y oyó la voz del Padre celestial que declaraba: “¡Este es mi Hijo amado!”, comenzó a preguntarse si no se había equivocado hasta entonces, y si este Jesús no era el Hijo de la Mujer que se le había mostrado el día de su primera victoria, a punto de quitarle su imperio y aplastarle la cabeza.

Quería asegurarse de ello; y si Dios lo permitía, debido a las lecciones que de ello resultarían para nosotros (4), pudo probar sus sugerencias y su magia en Jesús como lo había hecho en el paraíso terrenal y en el Cielo (5).

Conocemos el relato del Evangelio. Después de su bautismo, Jesús se retiró al desierto, ayunando durante cuarenta días. Al verlo aquejado de hambre, debido a la debilidad de la carne que había asumido, Satanás aprovechó la oportunidad para tentarlo, para descubrir lo que realmente necesitaba saber mediante una prueba decisiva. “El demonio atacó a Cristo, sobre todo para saber si era el Hijo de Dios”, dice Suárez (6).

Sus primeras palabras revelaron sus pensamientos: “Si eres el Hijo de Dios…”. Señalando las piedras redondeadas con forma de pan que cubrían el suelo, como le había mostrado a Eva el fruto prohibido, le propuso que realizara un milagro que probara su divinidad: convertir las piedras en pan. No se percató de que este milagro, de realizarse, demostraría precisamente lo contrario, pues el hambre podía saciarse por medios naturales y humanos, y buscarla invocando el poder divino era una falta de respeto a Dios. Quizás lo percibió, y entonces su propuesta fue doblemente maliciosa. Sabemos cuál fue la respuesta de Jesús; expresó su respeto por su Padre y por la Palabra que Dios ha establecido como norma de conducta para nosotros, hijos de los hombres, y por el Verbo Encarnado mismo. Por otro lado, dejó al tentador en la ignorancia respecto a su Persona.

La segunda tentación evidenció claramente la angustia de Satanás. En su afán por alcanzar su objetivo, habría aceptado saber, a costa de su propia humillación, si Nuestro Señor era verdaderamente el Hijo de Dios. Si Jesús, al arrojarse del templo como pidió, hubiera contado con la ayuda de los ángeles, habría reconocido, según creía, que era el supremo señor de la jerarquía celestial, para su vergüenza y confusión. Pues habría sido cruel para él ver a Jesús caer del templo como si descendiera del Cielo, sostenido por los ángeles buenos, instrumentos de Dios en el castigo infligido, ante la multitud que llenaba el templo, y presentado con esa pompa y majestad celestiales que habrían cautivado la adoración de los espectadores. Jesús, como la primera vez, disipó esta tentación, que Satanás había encontrado muy seductora, con una sola palabra de las Sagradas Escrituras.

Aún no estaba satisfecho; y nuevamente, usando el poder sobrehumano de los espíritus, amos de la gravedad y el espacio, transportó a Jesús a la cima de una alta montaña. “Cuando se dice que el Dios-Hombre fue transportado por el diablo a una alta montaña o a la ciudad santa -observa San Gregorio, Papa- la mente se resiste a creerlo, y los oídos humanos temen oírlo. Sin embargo, reconoceremos que esto no es inverosímil si comparamos otros hechos con este. Ciertamente, el diablo es el líder de todos los hombres malvados, y todos los impíos son miembros de este líder. ¿Acaso no era Pilato miembro del diablo? ¿Acaso no eran los judíos que persiguieron a Jesucristo y los soldados que lo crucificaron miembros del diablo?”. Por lo tanto, ¿qué tiene de sorprendente que Cristo se dejara llevar por el mismo diablo a una montaña, puesto que voluntariamente sufrió ser crucificado por los miembros del diablo (7)?

Las dos primeras tentaciones no lograron resolver la pregunta que atormentaba al Príncipe de este mundo. Comprendió que sería inútil seguir intentándolo en la misma dirección. Por lo tanto, ante la tercera tentación, dejó de decir: “Si eres el Hijo de Dios”. Abandonando esta pregunta, que sentía que no podía resolver, se propuso otro objetivo.

Desde la catástrofe del paraíso terrenal, había reinado supremo sobre una humanidad degradada y envileada; pero temblaba por su imperio cada vez que recordaba la profecía del Señor: «Una mujer y su hijo te aplastarán la cabeza». Ansioso, espiaba constantemente a los hijos de los hombres, especialmente a aquellos que le parecían los más inteligentes y fuertes, con la esperanza de reclutarlos para su servicio. Jamás había sentido tanta atención por nadie como por este, jamás nadie había parecido destinado a desempeñar un papel tan importante en el mundo. Lo vio entrar en la contienda y comenzar una obra que, sin duda, dado el extraordinario potencial del individuo, tendría una influencia inconmensurable en el curso del mundo, en la dirección de la humanidad. Razonó que, para mantener su imperio, debía apoderarse de ese poder. Así que, tras demostrar su poder llevando a Jesús a la cima del Templo, ejerció una influencia engañosa destinada a seducirlo, si era solo un hombre, y someterlo a su control. Desde la cima de la montaña adonde lo había llevado, le mostró todos los reinos del mundo y su gloria, y dijo: “Te daré todo este poder y la gloria de estos imperios; porque me ha sido dado, y se lo doy a quien quiero”. Me ha sido dado. ¡Ay! Sí, a través de Adán y su pecado. Se lo doy a quien quiero. No. El poder de Lucifer depende enteramente de un simple permiso divino. “Todo esto te lo daré, si te postras y me adoras”. Verás, yo soy el amo del mundo. Conozco tu genio. Te daré el gobierno del universo, bajo mi soberanía, si me juras fe y homenaje..

Sin duda, la predicación de Juan el Bautista, anunciando la cercanía del reino de Dios, había impulsado a Lucifer a tomar medidas para mantener en la tierra el imperio del que había disfrutado durante tantos siglos. Necesitaba un hombre que luchara contra el mensajero de Dios, como él mismo lo había hecho en el cielo contra el arcángel Miguel, para mantener el reinado del naturalismo en la tierra e impedir que el reino de Dios, es decir, lo sobrenatural, se apoderara de ella. Quería comprobar si Jesús podía ser ese hombre. Intentó deslumbrarlo, despertar en él el amor al mundo y a lo que hay en él: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida (8), en resumen, sumergirlo en el naturalismo y, a través de él, mantener a todos los pueblos dentro de él. La palabra de Dios, pronunciada por el Dios-Hombre con la autoridad que le pertenecía, disipó su ilusión: “¡Fuera, Satanás!”. Porque escrito está: “Adorarás al Señor tu Dios, y solo a él”.

“Adorarás al Señor tu Dios y solo a él servirás”. Esto fue lo que aquel que tenía la misión de restaurar la dignidad original de la raza de Adán como hijos de Dios destinados a la bienaventuranza eterna que proporciona la vida sobrenatural vino a enseñarle de nuevo.

La tentación de Nuestro Señor fue uno de los grandes misterios de su vida. En el paraíso terrenal, la humanidad se había convertido en súbdita de Satanás y esclava de la naturaleza. Era esencial que Nuestro Señor, al emprender la obra que su Padre le había encomendado —“llevar muchos hijos a la gloria”—, venciera primero al enemigo que había subyugado a la humanidad y limitado su ambición a esta vida presente y al disfrute de los bienes mundanos. Entonces, como el nuevo Adán, cabeza de una humanidad regenerada, podría otorgarle una bendición más preciosa que la perdida al principio.

Cuando Jesús hubo completado su misión como evangelista, el lunes de Semana Santa, cuando debía cumplir su otra misión —la de redimirnos—, los apóstoles Andrés y Felipe le presentaron a unos gentiles que habían venido a Jerusalén para la celebración de la Pascua y que habían expresado su deseo de ver al Mesías. Ante su petición, Jesús se conmovió profundamente. Vio en ellos y en sus acciones las primicias y la promesa de la conversión del mundo pagano, que sería el fruto de su muerte, la cual acababa de revelar que era inminente. Este pensamiento lo conmovió profundamente. Parecía un preludio de la terrible agonía que ocurriría tres días después en el Huerto de Getsemaní. Clamó: “Mi alma está turbada. ¿Y qué diré? ¿“Padre, sálvame de esta hora”? No, para esto he venido. Padre, glorifica tu nombre”. Y una voz del Cielo dijo: “Yo lo he glorificado, y lo glorificaré de nuevo”. La multitud quedó asombrada. Jesús les dijo: “Esta voz no ha sido dicha por mí, sino por ustedes… Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será expulsado”.

Jesús, en comunión con el Cielo, anunció así la ruina del imperio de Satanás y la inauguración del nuevo Reino, el Reino de Cristo, el Reino de los Cielos, que se fundaría sobre esta ruina mediante su muerte en la cruz.

De este modo, se restauraría el orden sobrenatural, al cual judíos y gentiles, toda la raza de Adán redimida por la sangre del Dios-Hombre, serían invitados nuevamente.

Continúa...

Notas:

1) Segundo sermón sobre la Natividad.

2) Rom. VIII: 3 y Fil. II: 7.
Es tan peligroso decir que Jesucristo no tiene una naturaleza como la nuestra como negar que es igual en gloria a su Padre. Nuestra fe se basa en la autoridad divina, y es una doctrina divina la que profesamos. Estas palabras, que Juan, lleno del Espíritu Santo, proclamó, son ciertas: “En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios”. Lo que el mismo predicador añade es igualmente cierto: “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del Hijo unigénito del Padre”. En ambas naturalezas, el Hijo de Dios es, por lo tanto, el mismo, tomando lo que es nuestro sin perder nada de lo que es suyo. Renovando al hombre en el hombre, permaneció inmutable en sí mismo... por eso, cuando el Hijo unigénito de Dios confiesa que es inferior a su Padre, a quien se declara igual, muestra que verdaderamente tiene ambas naturalezas dentro de sí, pues, por la desigualdad de la que habla, prueba que tiene naturaleza humana; Y por la igualdad que afirma, declara que posee naturaleza divina. (San León, Papa, 7º Sermón de la Natividad).

3) Dios está presente en todas partes; conoce todo lo que se hace y todo lo que se dice, porque está en todas sus criaturas como principio de su ser y de su actividad. Esto no ocurre con los ángeles, sean buenos o malos. Un ángel se encuentra en un lugar según la acción de su poder, que ejerce sobre ese lugar por su voluntad. No está circunscrito allí, como los cuerpos, sino que está definido de tal manera que no se encuentra en otro lugar. Por lo tanto, muchos actos de Jesús, o relacionados con su persona, pudieron haber pasado desapercibidos para Satanás. Es cierto que lo que él mismo desconocía, pudo haberlo sabido a través de uno o más demonios que envió al divino Salvador para que le informaran de todo lo que le concernía.
Además, como observa San Agustín (La Ciudad de Dios, IX, 21), Cristo solo era conocido por los demonios en la medida en que él quería, y solo lo quería en la medida en que era necesario... Cuando consideró prudente ocultarse un poco más profundamente, el príncipe de las tinieblas dudó de él y lo tentó a averiguar si era Cristo.

4) No nos engañemos, cristianos, pensando que a Satanás se le habría permitido tentar al Salvador sin algún consejo divino. (Bossuet, Sermón sobre el Diablo. Primer Domingo de Cuaresma).

5) San Gregorio Magno afirma que no es indigno de nuestro Redentor haberse dejado tentar, pues vino a este mundo para morir. Al contrario, era justo que venciera nuestras tentaciones con las suyas, así como había triunfado sobre nuestra muerte con la suya propia… El Hijo de Dios podía ser tentado por la sugestión, pero el placer jamás penetró en su alma. Por lo tanto, esta tentación del demonio era completamente externa y de ninguna manera interna a él. (Sermón sobre el Evangelio del primer domingo de Cuaresma).

6) In tertiam partem divi Thomae. Q. XLI, art. I, com. II.

7) Sermón del primer domingo de Cuaresma.
San Agustín, en su comentario sobre el Salmo 63, versículo 7, también dice:
Cristo, como hombre, se expuso a las perversas intenciones de los judíos, y como hombre, permitió que lo apresaran. En efecto, no lo habrían podido apresar si no hubiera sido hombre, ni verlo si no hubiera sido hombre, ni golpearlo si no hubiera sido hombre, ni crucificarlo y darle muerte si no hubiera sido hombre. Fue, pues, como hombre que se expuso a todos estos sufrimientos, que no habrían podido afectarle si no hubiera sido hombre. Pero si no hubiera sido hombre, la humanidad no habría sido liberada. Este hombre penetró en lo más profundo de los corazones, es decir, en el secreto de sus corazones, ofreciendo a la mirada de los hombres su humanidad sin revelar su divinidad; ocultando su naturaleza divina, por la cual es igual al Padre.

8) Juan II: 16


  

NUEVOS CONVERSOS Y MISTAGOGIA ANTIGUA

El discipulado y la formación en la fe son esfuerzos que duran toda la vida y que llevan a los católicos a participar en la vida sacramental.

Por David G. Bonagura, Jr.


La Madre Iglesia sigue celebrando el número récord de conversos que se incorporaron a su familia en Pascua. Su tarea ahora, como la de todas las madres, es nutrir a sus hijos para que crezcan en sabiduría, madurez y gracia ante Dios y los hombres. Como bien saben las madres con hijos adultos, esta tarea no tiene fecha de caducidad: la Iglesia dispensa los dones de la salvación a cada hijo hasta su último aliento.

La manera en que la Iglesia lleva a cabo esta tarea, en la práctica, ha variado a lo largo de su dilatada historia. La Iglesia primitiva continuaba impartiendo instrucción formal a los recién bautizados durante la Semana Santa. Antes del bautismo, los catecúmenos recibían enseñanzas sobre la fe; después, eran guiados hacia ella mediante la participación en la vida sacramental.

Esta formación postbautismal se denominaba mistagogía (del griego mystagogos, “conducción a través de los misterios”). Y sigue siendo un modelo para nosotros hoy. Los conversos, transformados por el bautismo en nuevas criaturas —diferentes para siempre de quienes eran antes y miembros para siempre de la familia de Dios— ahora viven la vida de la gracia. Es decir, practican la fe mediante la oración, los sacramentos, el cumplimiento de los mandamientos, evitando el pecado, cultivando las virtudes y realizando actos de caridad.

Pero, ¿cómo van a lograr exactamente los neófitos, muchos de los cuales han llegado al catolicismo sin una educación religiosa, sin una cosmovisión cristiana y sin muchos católicos practicantes a su alrededor que les sirvan de modelo, convertir estas prácticas católicas en una forma de vida coherente?

Por ejemplo, el cumplimiento de los Mandamientos y la evitación del pecado. Lo que la Iglesia Católica considera pecados —como la convivencia, la pornografía, la fecundación in vitro, la gestación subrogada o las relaciones entre personas del mismo sexo— es considerado bueno por el mundo y se practica ampliamente. ¿Cómo se educará a los nuevos fieles para que conozcan la verdad y comprendan que lo que antes creían cierto es, en realidad, una mentira?

¿Y qué hay de la oración, el fundamento de la vida cristiana? ¿Cómo oran de manera constante y habitual? ¿Qué tipo de oración deben practicar y durante cuánto tiempo? ¿Qué hacen cuando experimentan sequedad espiritual o cuando parece que sus oraciones no son respondidas ?

Bautizar a estos conversos y luego desearles lo mejor en su camino católico sin ninguna guía adicional sería como sembrar semillas en terreno rocoso o entre espinos. Y afrontemos la dolorosa realidad: la mayoría de los católicos de hoy, incluso si fueron bautizados de bebés y asistieron a escuelas católicas, saben casi tan poco como la mayoría de los conversos, están igualmente influenciados por nuestra cultura.

Los católicos de nacimiento tienen la misma necesidad y el mismo anhelo que los neófitos: necesitan una catequesis continua, una escuela de vida católica, una guía que los conduzca a la unión con Dios. Y esta mistagogia moderna debe realizarse en comunión con otros; los católicos no están llamados a ser llaneros solitarios que buscan la salvación por su cuenta.

Una mistagogia moderna requiere una inversión considerable de tiempo, recursos y personal, dones que escasean en la Iglesia actual, con sus limitados fondos y pocos sacerdotes. Sin embargo, Dios ha inspirado a algunos de sus hijos con el ingenio y la energía necesarios para hacer posible algo así. Cuando se realiza bien, los frutos han sido abundantes.

FOCUS, un modelo para imitar

FOCUS, o Fraternidad de Estudiantes Universitarios Católicos, es quizás la expresión más destacada de la mistagogía moderna. He tenido la dicha de patrocinar a dos misioneros de FOCUS en los últimos años y recibo actualizaciones mensuales de sus respectivos campus. Las secciones de FOCUS ofrecen una comunidad para que los estudiantes universitarios aprendan y vivan la fe en entornos a menudo hostiles a la religión. Su enfoque entre pares y el esfuerzo a tiempo completo de los misioneros (quienes deben recaudar sus propios fondos para operar como voluntarios) han hecho que FOCUS sea más eficaz que la capellanía universitaria típica. 

Las parroquias que cuentan con grupos de discipulado mistagógico son escasas, pero las que los tienen casi invariablemente rebosan de fervor por la fe, y se caracterizan especialmente por la presencia de familias con niños. En la ciudad de Nueva York, donde varios medios de comunicación seculares han destacado el auge de las conversiones, se observa una intensa actividad espiritual en tres parroquias, todas ellas, no por casualidad, atendidas por Órdenes Religiosas con varios sacerdotes para atender a la multitud que llena los bancos e incluso se congrega fuera de las iglesias.

Mi parroquia ha creado un grupo de este tipo este año escolar. Contrató a Five Loaves Ministries, un apostolado inspirado en FOCUS (cuyo fundador es un antiguo misionero de FOCUS), para brindar acompañamiento a largo plazo en el discipulado familiar. El programa, dirigido por el director de Five Loaves, consta de cuatro eventos principales a lo largo del mes: una reunión de discipulado solo para esposos (con una reunión complementaria solo para esposas), un estudio bíblico para parejas, una comida compartida mensual para familias y una noche de encuentro familiar que incluye una cena seguida de la adoración eucarística con oportunidades para la confesión.

Ocho familias, entre ellas la mía, se han embarcado en este camino. Las bendiciones han sido abundantes. Al principio, la mayoría de las familias asistían a la misa dominical, pero tenían poca formación en la fe. A través de las reuniones de discipulado, hemos aprendido qué es la oración y cómo orar; todos nos hemos comprometido a orar diariamente, y nuestro director nos ayuda a cumplir con ello. Las noches de encuentro nos han acercado directamente al Señor y han introducido la confesión como una práctica regular. Las comidas compartidas han generado amistades basadas en el amor compartido por Jesucristo, tanto entre nosotros como entre nuestros hijos.

Jesús advierte que “la puerta es estrecha y el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan” (Mateo 7:14). Si los nuevos católicos —y también los católicos de nacimiento— han de perseverar en el camino, las parroquias y las capellanías no deben escatimar esfuerzos ni recursos para fundar grupos de discipulado mistagógico para ellos. El futuro de la Iglesia y la salvación de innumerables almas bien pueden depender de ello.

 

11 DE MAYO: SAN MAMERTO, OBISPO


11 de Mayo: San Mamerto, Obispo

(✞ 477)

Entre los santísimos prelados que ilustraron la Iglesia de Dios en el siglo V, uno fue el glorioso San Mamerto, Obispo de Viena en el Delfinado.

En aquel tiempo desolaban todo el país grandes calamidades y azotes del cielo.

Se sucedían unos a otros los terremotos, incendios y guerras: las fieras, llenas de pavor por los temblores de la tierra, dejaban sus cuevas de los montes y se llegaban a las poblaciones con gran espanto de la gente; la cual a vista de estos azotes hacía penitencia de sus pecados y se disponía a la festividad de la Pascua de Resurrección para recibir dignamente la Comunión Pascual, esperando alcanzar el remedio de tantos males.

Concurrieron pues todos contritos a la Iglesia, a celebrar el misterio en la Vigilia de la gloriosa noche: pero habiéndose incendiado varias casas principales de la ciudad, huyeron del templo despavoridos.

Solo el santo Obispo quedó en la Iglesia, implorando con entrañables gemidos la divina misericordia, y fue tan grande la eficacia de sus lágrimas, que rápidamente se apagó aquel gran incendio y los fieles volvieron para continuar su penitencia en los oficios divinos.

En esta ocasión ordenó el santo Obispo tres días de rogativas públicas acompañadas de ayunos y oraciones, en los días que preceden a la fiesta de la Ascensión de nuestro Señor Jesucristo, a los cuales concurrió toda la ciudad con gran compulsión, lágrimas y gemidos, y desde entonces se vieron libres de las calamidades que les oprimían.

San Mamerto también halló las preciosas reliquias de San Julián y San Ferreolo, ilustres mártires que padecieron en la sangrienta persecución de Diocleciano y Maximiano; las cuales trasladó a un magnífico templo que habían construido.

Finalmente, después de haber gobernado santamente su Iglesia algunos años, identificándola con sus virtudes y milagros, murió en la paz del Señor y su sagrado cadáver fue sepultado con gran veneración en la Iglesia de los Santos Apóstoles, extramuros de la ciudad de Viena, desde donde se trasladaron después sus reliquias a la Basílica Constantiniana de Santa Cruz de Orleans.

Así permanecieron en gran veneración hasta el siglo XVI, cuando los hugonotes durante sus sacrílegas irrupciones del año 1562, entrando en Orleans, quemaron la cabeza y huesos del Santo que estaban en diferentes cajas y dispersaron sus cenizas.

 

domingo, 10 de mayo de 2026

RECORDANDO LA VISITA DE UN FALSO PAPA A LA FALSA IGLESIA ANGLICANA

Karol Wojtyla (Juan Pablo II) visitó la Catedral de Canterbury el 29 de mayo de 1982, convirtiéndose en el primer “papa reinante” que se presentó en ese templo del anglicanismo.


Durante este evento signado por la apostasía, Wojtyla tras profesar con los anglicanos su fe bautismal, rezó junto al “arzobispo” anglicano Robert Runcie justamente en el lugar del martirio de Santo Tomás Becket y allí mismo celebraron “un servicio ecuménico” en el cual pronunció una homilía basada en el llamado a “la comunión fundamentada en el amor de Cristo”.

Este vergonzoso acontecimiento ocurrió durante su viaje de seis días al Reino Unido, el cual fue, como siempre, excusado bajo las banderas de la “reconciliación y el “diálogo ecuménico”.

El falso “papa” y el “arzobispo” Robert Runcie participaron en “una oración conjunta” y firmaron “una declaración común”.

Esta visita simbolizó un paso audaz de este falso papa que expuso su apostasía acercándose a la iglesia anglicana y demostrando su rechazo al imperativo católico Extra Ecclesiam nulla salus (Fuera de la Iglesia no hay salvación).

El apóstata Wojtyla orando con el “arzobispo” anglicano Robert Runcie 
 
“Bendición” conjunta con un hombre cuya ordenación no es válida.

MARAVILLAS DEL PODER DE LA SABIDURIA DIVINA (Cap. 3)

Continuamos con la publicación del capítulo 2 del libro “El Amor de la Sabiduría Eterna” escrito por San Luis María Grignion de Montfort.


CAPITULO TERCERO

MARAVILLAS DEL PODER DE LA SABIDURIA DIVINA 

EN LA CREACION DEL MUNDO Y DEL HOMBRE 

EN LA CREACION DEL MUNDO

La Sabiduría eterna comenzó a brillar fuera del seno de Dios cuando después de toda la eternidad- creó la luz, el cielo y la tierra.

Dice san Juan que todo fue creado por la Palabra (1), es decir, por la Sabiduría eterna. Salomón, a su vez, la define como madre y artífice de todas las cosas (2). Nótese bien que no la llama solamente artífice del universo, sino madre del mismo. Porque el artífice no ama ni cuida su obra, como lo hace la madre con su hijo.

Una vez creadas todas las cosas, la Sabiduría permanece en ellas para contenerlas (3), sostenerlas y renovarlas (4). Esta belleza soberanamente recta, después de crear el mundo, estableció el orden maravilloso que reina en él. Y cuanto hay en él, lo escogió, organizó, sopesó, añadió y contó.

Extendió los cielos, colocó ordenadamente el sol, la luna, las estrellas y los planetas, estableció los fundamentos de la tierra, fijó límites y leyes al mar y a los abismos, moldeó las montañas: lo pesó y equilibró todo, hasta las mismas fuentes.

Finalmente -dice ella misma- yo estaba junto a Dios y dictaba leyes con precisión tan perfecta y con variedad tan agradable a la vez, que todo era como un juego con el cual me divertía y complacía a mi Padre (5).

Efectivamente, este inefable juego de la Sabiduría de Dios puede verse en las diferentes criaturas con que pobló el universo.

Porque, sin hablar de las distintas especies de ángeles -casi infinitas en número-, ni del tamaño diferente de los astros, ni de la desigualdad de los temperamentos humanos, ¡qué admirables cambios no vemos en las estaciones y los tiempos! ¡Qué variedad de instintos en los animales! ¡Qué diversidad de especies en las plantas, de hermosura en las flores y de sabor en los frutos! El que es sabio lo comprenderá (6). ¿A quién se ha manifestado la Sabiduría? En efecto, sólo él comprenderá estos misterios de la naturaleza.

La Sabiduría ha revelado estos misterios a los santos, como leemos en sus biografías. Por ello, a veces se maravillaban tanto al contemplar la belleza, suavidad y orden que la divina Sabiduría ha colocado en las cosas más pequeñas, tales como las abejas, las hormigas, la espiga de trigo, una flor, un gusanillo de tierra, que quedaban arrobados y extasiados ante ellas.

EN LA CREACION DEL HOMBRE

El hombre, vivo retrato de la divinidad.

Si el poder y dulzura de la Sabiduría eterna han brillado tanto en la creación, belleza y orden del universo, han fulgurado mucho más en la creación del hombre. Este, en efecto, constituye su obra maestra, la imagen viviente de su belleza y perfecciones, el vaso maravilloso de sus gracias, el tesoro admirable de sus riquezas y su único lugarteniente sobre la tierra: Tú que por tu Sabiduría formaste al hombre para que dominara las criaturas salidas de tus manos (7).

Para gloria de este maravilloso y poderoso artista, sería preciso explicar aquí la belleza y excelencia originales que el hombre recibió de ella en su creación. Pero el pecado infinito que éste cometió (8) -cuyas tinieblas y manchas recayeron también sobre mí, miserable hijo de Eva- ha entenebrecido de tal manera mi entendimiento, que sólo puedo hablar de ella con tremenda imperfección.

Hizo -por decirlo así- una copia o imagen resplandeciente de su inteligencia, de su memoria y voluntad para infundirla en el alma del hombre, para que éste fuera un vivo retrato de la divinidad (9). Encendió en su corazón la hoguera del amor puro de Dios. Formó para él un cuerpo totalmente luminoso, y encerró en él, como en síntesis, las múltiples perfecciones de los ángeles, de los animales y de las demás criaturas.

Todo en el hombre era luminoso, sin tinieblas; hermoso, sin fealdad; puro, sin mancha alguna; armonioso, sin desorden ni defecto o imperfección. Tenía en la inteligencia la luz de la Sabiduría como patrimonio para conocer con perfección a su Creador y a las criaturas. Tenía en el alma la gracia de Dios, para ser inocente y agradar al Altísimo. Estaba dotado de inmortalidad en el cuerpo. Ardía en su corazón el amor puro de Dios -sin temor a la muerte- y amaba a Dios continuamente y por él mismo, sin interrupción ni segundas intenciones. Por último, era tan divino, que vivía constantemente fuera de sí mismo, arrobado en Dios, sin pasiones que vencer ni enemigos que combatir.

¡Oh generosidad de la Sabiduría eterna para con el hombre! ¡Oh feliz estado el del hombre en la inocencia!

Desgracia suprema del pecado…

Pero ¡oh desgracia suprema!… ¡Este vaso de Dios se quiebra en mil pedazos! ¡La hermosa estrella cae por tierra! ¡El radiante sol se cubre de fango! ¡El hombre peca, y al pecar pierde su sabiduría, inocencia, hermosura e inmortalidad! En una palabra: ¡pierde todos los bienes recibidos, mientras le asalta infinidad de males! (10).

Su inteligencia queda embotada y entenebrecida: ya no puede ver nada; su corazón se vuelve de hielo para con Dios: ya no lo ama; su alma queda ennegrecida por el pecado: se asemeja al demonio. Surgen desordenadas las pasiones: ya no es dueño de ellas; no le queda otra compañía que la del demonio: se ha convertido en morada y esclavo suyo. Las criaturas se rebelan y le hacen la guerra.

¡En un momento, el hombre se ha convertido en esclavo del demonio, objeto de la ira divina (11) y víctima del infierno!

Se encuentra tan repugnante a sí mismo, que -avergonzado- corre a esconderse (12). Se siente maldecido y condenado a muerte. Se ve arrojado del paraíso terrenal y pierde su derecho al Cielo. Se ve condenado a llevar una vida carente de esperanza y felicidad y llena de desgracias en esta tierra maldita. Tendrá que morir como un criminal. Después de la muerte será condenado como el diablo- en cuerpo y alma por la eternidad. ¡Y todo esto, para él y su descendencia! (13). Esta fue la espantosa desgracia en que se precipitó el hombre al pecar y ésta, la justa sentencia que la justicia divina pronunció contra él.

En semejante estado, la situación de Adán parece desesperada: ni los ángeles ni las criaturas pueden ayudarle. Nada es capaz de redimirlo, porque era demasiado bello y perfecto en su creación, y a consecuencia del pecado quedaba demasiado asqueroso y repugnante. Se ve arrojado del paraíso y de la presencia de Dios. Tiene conciencia de que la justicia de Dios lo perseguirá a él y a toda su descendencia. Ve que se le cierra el Cielo y se le abre el Infierno, sin que nadie pueda abrirle el primero y cerrarle el segundo.

Continúa...

Notas:

1) Juan 1: 3.

2) Sb 7: 12-21.

3) Sb 1: 7.

4) Sb 7: 27.

5) Pr 8: 30-31.

6) Os 14: 10; ver Sal 107 (106),43: “El inteligente que retenga estos hechos y medite el amor del Señor”.

7) Sb 9: 2: “Formaste al hombre con sabiduría para que dominara todas tus criaturas”. Ver también: Gn 1: 28; Sal 8.

8) Santo Tomás, S. Th. I-II, q.87 a.4.

9) Gn 1: 26.

10) Para el P. de Montfort, el pecado no es otra cosa que la negación del amor, y por lo tanto, del proyecto de la Sabiduría en favor del hombre. Puede verse en la fórmula de consagración, al final del libro, la misma idea (ASE 223).

11) Ef 2: 3.

12) “El hombre y su mujer se escondieron entre los árboles del jardín, para que el Señor no los viera” (Gn 3,8).

13) El autor hace aquí abstracción de la obra redentora. Vemos al hombre abandonado a sí mismo.
 

EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (104)

Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.


104. Aava reconciliada con su marido.
Noticias sobre la muerte de Alfeo y sobre el rescate de Jonás.

11 de febrero de 1945.

1 Jesús se encuentra en esa bellísima ciudad marítima que en el mapa presenta un golfo natural amplio y bien protegido. Este golfo tiene capacidad para muchos navíos, y le hace aún más seguro un fuerte espigón portuario. Debe ser muy usado incluso militarmente, porque veo trirremes romanas con soldados a bordo. Están desembarcando, no sé si por un cambio de turno de tropas o para reforzar la guarnición. El puerto, o sea, la ciudad portuaria, me recuerda vagamente a Nápoles, dominada por los montes vesubianos.
Jesús está sentado dentro de una modesta casa cercana al puerto. Está claro que se trata de una mansión de pescadores –quizás amigos de Pedro, o de Juan, porque veo que ambos se encuentran muy a gusto en la casa y con los que en ella habitan–. No veo al pastor José, y, naturalmente, tampoco veo a Judas Iscariote, que está todavía ausente. Jesús habla con sencillez con los componentes de la familia y con otros que han venido a escucharle. No es, sin embargo, una predicación como tal, son palabras llanas, de consejo, de consuelo; como sólo El puede ofrecer.
Vuelve Andrés, que parece que había salido a algún encargo porque trae en sus manos unos panes. Se acerca todo colorado –concentrar la atención sobre él debe suponerle un verdadero suplicio– y, más que decir, bisbisea: “Maestro, ¿podrías venir conmigo? Se... se trataría de hacer un poco de bien. Sólo Tú puedes”.
Jesús se pone en pie sin preguntar ni siquiera qué bien es ése.

2 Sin embargo, Pedro pregunta: “¿A dónde le llevas? Está muy cansado. Es la hora de la cena. Le pueden esperar mañana”.
“No... es una cosa que hay que hacer en seguida. Es...”.
“¡Habla, gacela espantada! ¿Pero vosotros creéis que un hombre hecho y derecho debe ser así!... ¡Parece un pez enmarañado en la red!”.
Andrés se pone todavía más colorado. Jesús, atrayéndole hacia sí, le defiende: “A mí me gusta así. Déjale. Tu hermano es como agua salubre. Trabaja en lo profundo y sin hacer ruido. Sale de la tierra como un hilo de agua, pero quien se acerca a él queda curado. Vamos, Andrés”.
“Voy también yo. Quiero ver a dónde te lleva” contesta Pedro.
Andrés suplica: “No, Maestro. Yo y Tú solos. Si hay gente, no se puede... Es cosa de corazones...”.
“¿Qué pasa? ¿Ahora te dedicas a hacer de paraninfo?”.
Andrés no le responde a su hermano. Dice a Jesús: “Un hombre quiere repudiar a su esposa y... y yo he intervenido, pero no sé hacerlo. Si hablas Tú... te saldrá bien, porque el hombre no es malo; es... es... él te lo dirá”.
Jesús sale con Andrés sin decir nada más.
Pedro permanece un poco en duda. Luego dice: “Yo también voy; quiero al menos ver a dónde van”. Y sale, a pesar de que los otros le digan que no lo haga.
Andrés va a torcer por una callecita de aspecto popular. Pedro le sigue detrás. Se mete por una placita llena de comadres. Y Pedro detrás. Entra en un portal que da a un amplio patio circundado de casitas bajas y pobres –digo portal porque hay un arco, pero la puerta no existe–. Y Pedro detrás. Jesús entra en una de estas casitas con Andrés. Pedro se aposta fuera.
Una mujer le ve y le pregunta: “¿Eres familia de Aava? ¿Y esos dos también? ¿Habéis venido a llevárosla?”.
“¡Cállate, cotorra! No me deben ver”.
¡Hacer callar a una mujer! Es una cosa difícil. Pedro le lanza una mirada que la fulmina, pero entonces ella va a hablar con otras comadres. El pobre Pedro, en un momento, se encuentra rodeado por un círculo de mujeres, chicos y hombres, que sólo por imponerse silencio unos a otros hacen un rumor que denuncia su presencia. Pedro se consume interiormente, se enfada... pero no sirve de nada.

3 Del interior de la casa se oye la voz llena, hermosa, serena de Jesús, junto a la voz rota de una mujer y junto a la de un hombre, cerrada, ronca.
“Si ha sido siempre buena esposa, ¿por qué repudiarla? ¿Alguna vez te ha faltado?”.
“No, Maestro, ¡te lo juro! Le he querido como a la pupila de mis ojos” gime la mujer.
Y el hombre, breve y duro, dice: “No, no me ha faltado nada más que en ser estéril; y yo quiero hijos. No quiero la maldición de Dios sobre mi nombre (57)”.
“Tu mujer no tiene la culpa de serlo”.
“Me echa la culpa, a mí y a los míos, como si hubiera sido una traición...”.
“Mujer, sé sincera. ¿Sabías que eras estéril?”.
“No. Era y soy en todo como todas. El médico lo ha dicho también. Pero no logro tener hijos”.
“¿Ves como no te ha engañado? Ella también sufre por ello. Responde también tú sinceramente: si ella fuese madre, ¿la repudiarías?”.
“No. Lo juro. No tengo motivo para ello. Sucede que el rabino me lo ha dicho, como también me lo ha dicho el escriba: "La estéril es la maldición de Dios en casa y tú tienes el derecho y el deber de darle libelo de divorcio y no contrariar tu virilidad privándote de hijos". Yo hago lo que la Ley dice”.

4 “No. Escucha. La Ley dice: "No cometas adulterio" (58) y tú estás para cometerlo. El mandamiento inicial es éste y ninguna otra cosa. Y si, por la dureza de vuestros corazones, Moisés concedió el divorcio (59), fue para impedir uniones ilícitas y concubinatos odiosos a Dios. Luego, progresivamente, vuestro vicio trabajó sobre la cláusula de Moisés recabando las malvadas cadenas y las homicidas piedras que son las condiciones actuales de la mujer, víctima siempre de vuestro despotismo, de vuestro capricho, de vuestra sordera y ceguera de afectos. Yo te lo digo: No te es lícito hacer lo que pretendes. Tu acto ofende a Dios. ¿Repudió acaso Abraham a Sara? ¿Y Jacob a Raquel? ¿Y Elcana a Ana? ¿Y Manué a su esposa? ¿Conoces al Bautista? ¿Si? Pues bien, ¿no fue estéril su madre hasta la vejez y después dio a luz al santo de Dios (60), así como también la esposa de Manué dio a luz a Sansón (61), y Ana de Elcana a Samuel (62), y Raquel a José (63), y Sara a Isaac? (64). Dios premia la continencia del esposo, su piedad hacia la estéril, su fidelidad al desposorio, y es un premio celebrado por los siglos, así como también da sonrisa al llanto de las estériles que ya no lo son ni se encuentran humilladas, sino que se hallan gloriosas regocijándose de ser madres. No te es lícito ofender el amor de esta mujer. Sé justo y honesto. Dios te premiará más de lo que mereces”.
“Maestro, sólo Tú hablas así... Yo no sabía. Había preguntado a los doctores y me habían dicho: "Hazlo". Pero no me dijeron ni una palabra respecto a que Dios premie con dones un acto bueno. Estamos en sus manos... y nos cierran los ojos y el corazón con mano de hierro. No soy malo, Maestro. No te enojes conmigo”.
“No te rechazo. Me produces más compasión que esta pobre mujer que está llorando, porque su dolor acabará cuando termine su vida; el tuyo comenzará entonces, y para toda la eternidad. Piénsalo”.
“No, no comenzará. No lo quiero. ¿Me juras por el Dios de Abraham que cuanto dices es verdad?”.
“Yo soy Verdad y Ciencia. Quien cree en mí tendrá en El justicia, sabiduría, amor y paz”.
“Te quiero creer. Sí. Te quiero creer. No sé... siento en ti algo que no hay en los demás. Ahora voy al sacerdote y le digo: "Ya no la repudio. Me quedo con ella, y sólo le pido a Dios que me ayude a sentir menos el dolor de no tener hijos". Aava, no llores. Le diremos al Maestro que vuelva para mantenerme calmado, y tú... sigue queriéndome”.
La mujer llora con más fuerza, por el contraste entre el dolor de antes y la alegría actual.
Jesús, por el contrario, sonríe: “No llores. Mírame. Mírame, mujer”.
Ella levanta la cabeza. Mira su rostro luminoso con su rostro lagrimoso.
“Hombre, ven aquí. Ponte de rodillas junto a tu esposa. Ahora yo os bendigo y santifico vuestra unión. Escuchad: "Señor Dios de nuestros padres, que hiciste a Adán del barro y le diste a Eva como compañera para que poblasen de hombres la tierra educándolos en tu santo temor, desciende con tu bendición y tu misericordia, abre y fecunda las entrañas que el Enemigo tenía cerradas para conducir a un doble pecado de adulterio y de desesperación. Ten piedad de estos dos hijos, Padre santo, Creador supremo. Hazlos felices y santos. Ella, fecunda como una vid; él, protector como el olmo que la sujeta. Desciende, Vida, a dar vida. Desciende, Fuego, a calentar, Desciende, Poderoso, a obrar. ¡Desciende! Haz que para la fiesta de alabanza por las fecundas mieses del próximo año te ofrezcan su vivo manípulo, su primogénito, hijo consagrado a ti, Eterno, que bendices a quienes esperan en ti" (65)”. Jesús ha orado con voz de trueno, con las manos tendidas sobre las dos cabezas inclinadas.

5 La gente no se contiene más y se arremolina en torno; Pedro en primera línea.
“Levantaos. Tened fe y sed santos”.
“¡No te vayas, Maestro!” suplican los dos reconciliados.
“No puedo quedarme. Volveré. Bastantes veces”.
“No te vayas, no te vayas. Háblanos también a nosotros” grita la multitud.
Mas Jesús bendice pero no se detiene. Promete sólo volver pronto. Y, seguido por una pequeña multitud, se dirige hacia su casa hospitalaria.
“Hombre curioso, ¿qué debería hacer contigo?” pregunta por el camino a Pedro.
“Lo que quieras, pero, ahora ya... yo he estado allí...”.
Entran en la casa, despiden a la gente, que comenta las palabras que han oído, y se ponen a cenar.
Pedro se siente todavía curioso. “Maestro, ¿pero realmente tendrán un hijo?”.
“¿Me has visto alguna vez prometer cosas que no se cumplan? ¿Crees que Yo me permito usar la confianza en el Padre para mentir y provocar desilusiones?”.
“No... pero... ¿podrías hacer esto con todos los esposos?”.
“Podría. Pero lo hago sólo donde veo que un hijo puede significar un impulso hacia la santificación. Donde significaría obstáculo, no lo hago”.
Pedro se alborota el pelo entrecano y calla.

6 Entra el pastor José. Está completamente lleno de polvo del camino, como quien hubiera andado mucho.
“¿Tú? ¿Por qué?” pregunta Jesús, después del beso de saludo.
“Tengo cartas para ti. Tu Madre me las ha dado, y una es suya. Aquí están”. Y José entrega tres pequeños rollos de una especie de pergamino fino, atados con una cinta. La más voluminosa de las cartas está incluso cerrada con un sigilo, otra tiene sólo el nudo, la tercera muestra un sigilo roto. “Esta es de tu Madre” dice José, indicando la que tiene el nudo.
Jesús la desenrolla y la lee; primero en voz baja, luego alto. “"A mi amado Hijo, paz y bendición. Ha llegado a mí a la hora prima de las calendas de la luna de Elul un enviado de Betania. Se trata de Isaac, pastor. Le he dado en tu nombre un ósculo de paz, y refrigerio como personal agradecimiento. Me ha traído estas dos cartas que ahora te envío, diciéndome de palabra que el amigo Lázaro de Betania te insta para que condesciendas con lo que te pide. Amado Jesús, mi bendito Hijo y Señor, yo también tendría dos cosas que pedirte. Una, recordarte que me prometiste llamar a tu pobre Mamá para instruirla en la Palabra; la segunda, que no vengas a Nazaret sin haber hablado conmigo antes"”.
Jesús se detiene bruscamente y se alza en pie, yendo a ponerse entre Santiago y Juan. Los abraza estrechamente y termina repitiendo, sin leer, las palabras: “"Alfeo ha vuelto al seno de Abraham la pasada luna llena, con gran duelo de la ciudad..."”, Los dos hijos lloran sobre el pecho de Jesús, que termina: “"...En el último momento te hubiera deseado a su lado, pero Tú estabas lejos. Esto, no obstante, es un consuelo para María, que ve en ello perdón de Dios, y debe dar paz también a mis sobrinos". ¿Habéis oído? Ella lo dice, y Ella sabe lo que, dice”.
“Dame la carta” suplica Santiago.
“No. Te perjudicaría”.
“¿Por qué? ¿Qué puede decir que sea más penoso que la muerte de un padre?...”.
“Que nos ha maldecido” suspira Judas.
“No. No es eso” dice Jesús.
“Lo dices... para no traspasar nuestro corazón. Pero es así”.
“Lee, entonces”.
Y Judas lee: “"Jesús, te ruego, y conmigo María, que no vengas a Nazaret hasta que el duelo no haya terminado. El amor hacia Alfeo hace injustos a los nazarenos respecto a ti, y tu Madre llora por ello. El buen amigo Alfeo me consuela, y pone calma en el pueblo. Ha tenido mucha resonancia lo que han contado Aser e Ismael de la mujer de Cusa, pero Nazaret es ahora un mar agitado por vientos contrarios. Te bendigo, Hijo mío, y te pido paz y bendición para mi alma. Paz a mis sobrinos. Mamá"”.
Los apóstoles hacen comentarios y consuelan a los dos hermanos, que están llorando.

7 Pedro dice: “¿Y esas, no las lees?”.
Jesús hace un gesto de asentimiento y abre la de Lázaro. Llama a Simón Zelote. Leen juntos en un ángulo. Luego abren el otro rollo y lo leen también. Debaten. Veo que Simón trata de persuadirle de algo a Jesús, pero no lo consigue.
Jesús, con los rollos en la mano, se coloca en medio de la estancia y dice: “Oíd, amigos. Somos todos una familia y no hay secretos entre nosotros, y, si tener oculto el mal es piedad, dar a conocer el bien es justicia. Oíd lo que escribe Lázaro de Betania:
"Al Señor Jesús paz y bendición, y paz y salud a mi amigo Simón. He recibido tu carta y, como siervo que soy, he puesto mi corazón, mi palabra y todos mis medios a tu servicio para satisfacerte y tener el honor de serte siervo no inútil. He ido a ver a Doras a su castillo de Judea, a rogarle que me vendiera a su siervo Jonás como Tú deseas. Confieso que, si no hubiera sido petición de Simón, amigo fiel, para ti, no habría afrontado a ese chacal burlón, cruel y funesto. Pero por ti, mi Maestro y Amigo, me siento capaz de afrontar hasta incluso a Satanás. Ello porque pienso que quien trabaja para ti te tiene cercano y está, por tanto, protegido. Y ciertamente he recibido ayuda, porque he vencido, contra todas las previsiones. Dura fue la discusión y humillantes las primeras negativas. Tres veces tuve que agachar la cabeza ante este esbirro con poder. Luego me impuso una espera de días. Finalmente, la carta; digna de un áspid. Yo casi no oso decirte: 'Cede para conseguir el objetivo', porque él no es digno de tu presencia; pero no hay otra forma. He aceptado en tu nombre y he firmado. Si he hecho mal, repréndeme. No obstante –créeme– he tratado de servirte lo mejor que podía. Ayer ha venido un discípulo tuyo, judío, diciendo que venía en tu nombre a saber si había alguna noticia que llevarte. Ha dicho llamarse Judas de Keriot. No obstante, he preferido esperar a Isaac para entregarle la carta. Y me ha extrañado mucho el que hubieras mandado a otros, sabiendo que todos los sábados viene aquí Isaac, para su reposo sabático. No tengo mas que decirte. Sólo, besándote los pies santos, te ruego conducirlos adonde tu siervo y amigo Lázaro, como prometiste. A Simón, salud. A ti, Maestro y Amigo, un ósculo de paz solicitando tu bendición. Lázaro".
Y ahora la otra: "A Lázaro, salud. He decidido. Por una suma doble obtendrás a Jonás. No obstante, pongo estas condiciones, y no pienso cambiar respecto a ellas bajo ningún motivo. Quiero que primero Jonás termine la cosecha de este año, o sea, su entrega se efectuará para la luna de tisri, al final de la luna. Quiero que venga personalmente a recogerle Jesús de Nazaret, al cual le pido que entre bajo mi techo, para conocerle. Quiero pago inmediato a la vista de contrato en regla. Adiós. Doras"”.

8 “¡Qué peste!” grita Pedro. “Pero, ¿quién paga? Quién sabe lo que pide, y nosotros... ¡estamos siempre sin un centésimo!”.
“Simón paga. Para darme esta alegría a mí y al pobre Jonás. No adquiere más que una reliquia de hombre, que de ninguna manera le prestará servicio; pero adquiere un gran mérito en el Cielo”.
“¿Tú? ¡Oh!”. Todos muestran asombro. Hasta los hijos de Alfeo salen de su aflicción por el estupor.
“El es. Es justo que ello sea conocido”.
“Sería también justo saber por qué Judas de Keriot ha ido donde Lázaro. ¿Quién le había enviado? ¿Tú?”.
Jesús no le responde a Pedro. Se muestra muy serio y pensativo. Sale de su meditación sólo para decir: “Preocupaos de que José cene y repose, luego nos retiraremos a descansar. Yo prepararé la contestación para Lázaro... ¿Isaac está todavía en Nazaret?”.
“Me espera”.
“Iremos todos”.
“¡Noo! Tu Madre dice...”. Todos se agitan.
“Callad. Quiero que sea así. Mi Madre habla con su corazón de amor. Yo juzgo con mi razón. Prefiero hacer esto mientras no esté Judas, y deseo tender la mano amiga a mis primos Simón y José, y llorar con ellos antes de que termine el duelo. Luego volveremos a Cafarnaúm, a Genesaret, al lago en definitiva, esperando al final de la luna de Tisrí. Y tomaremos a las Marías con nosotros. Vuestra madre tiene necesidad de amor. Se lo daremos. Y la mía tiene necesidad de paz. Yo soy su paz”.
“¿Crees que en Nazaret?...” pregunta Pedro.
“No creo nada”.
“¡Ah, bueno! Porque si le causasen algún daño o algún dolor... ¡se las tendrían que ver conmigo!” dice Pedro todo agitado.
Jesús le acaricia, pero está absorto en otros pensamientos. Yo diría que está triste. Luego va hacia donde Judas y Santiago, se pone entre los dos y se sienta, teniéndolos abrazados para consolarlos.
Los demás hablan bajo para no turbar su dolor.

Continúa...

Notas:

57) Cfr. Gén. 30, 22–24; Dt. 28, 15–19; 1 Re. 1, 4–8; 2 Re. 6, 20–23; Os. 9, 10–14.

58) Cfr. Ex. 20, 14; Dt. 5, 18.

59) Cfr. Dt. 24, 1–4; Mt. 19, 1–9; Mc. 10, 1–12.

60) Cfr. Lc. 1, 5–19.

61) Cfr. Jue. 13.

62) Cfr. 1 Re. 1, 1–20.

63) Cfr. Gén. 30, 1 y 22–24.

64) Cfr. Gén. 11, 30; 17, 15–21; 21, 1–7.

65) Hermosa plegaria, digna de los Santos Padres y antiguos compositores de oraciones litúrgicas. Alguna cosa semejante, pero tal vez no tan concisa, ni clara, se encuentra, por ejemplo, en el rito bizantino para la bendición de las nupcias.

 

10 DE MAYO: SANTOS GORDIANO Y EPÍMACO, MÁRTIRES y SAN ANTONIO, ARZOBISPO DE FLORENCIA


10 de Mayo: Santos Gordiano y Epímaco, mártires

(✞ 362)

Después que el impiísimo Juliano el Apóstata fue aclamado por su ejército como emperador de Francia, y con la muerte del emperador Constancio, su primo hermano, cobró fuerzas y se vio señor, luego comenzó a quitarse la máscara de piedad con que antes había favorecido y engañado a los cristianos, a los cuales determinó perseguir y destruir, y por otra parte, conservar y ampliar el culto de sus falsos dioses: pero, como pretendía ser tenido por todos como príncipe manso y benigno, y no quería que los que morían por Cristo fuesen honrados como mártires, y ya la Religión se había extendido y florecía mucho por el mundo, temiendo alguna turbación en el imperio, por razón de estado, pretendió con maña destruir a los cristianos, haciendo presidentes y gobernadores de las provincias a hombres crueles y bárbaros, para tirar la piedra -como dicen- y esconder la mano.

Entre los ministros que nombró el Apóstata para destruir la Iglesia de Cristo, uno fue Gordiano, el cual nombrado Vicario de Roma, ejercitaba su crueldad y derramaba la sangre inocente de los cristianos.

Estaba preso con otros muchos un santo presbítero llamado Jenaro. Gordanio tuvo con él largas pláticas, y finalmente tocándole el Señor el corazón, abrió los ojos al rayo de la divina luz y determinó abrazar la Fe; y en efecto, recibió el Bautismo de mano de San Jenaro, entregándole después a Jenaro un ídolo de Júpiter que tenía en su casa, y le quebraron y desmenuzaron y echaron en un lugar inmundo.

Juliano se enteró de lo que estaba pasando y se embraveció al ver que sus principales ministros se estaban volviendo contra él y se hacían cristianos, y quitando a Gordiano el cargo, ordenó al tribuno que le castigase severamente.

Mandándole éste atormentar y azotar y quebrantar los huesos con plomadas, y como el santo mártir diese gracias al Señor por la merced que le hacía en darle el padecer por él, el tribuno le condenó a ser decapitado delante del templo de la diosa Tierra y que echasen el cadáver a los perros.

Pero el Señor ordenó que los perros hambrientos no tocasen el santo cuerpo, sino que más bien le guardasen y defendiesen con ladridos.

Cinco días después, un criado de Gordiano y otros cristianos tomaron el cadáver de noche y le sepultaron en la vía Latina, en una cueva donde antes había sido enterrado San Epímaco, mártir, cuyo martirio también celebra hoy la Iglesia; el cual siendo natural de Alejandría fue preso por el nombre de Jesucristo, y habiendo padecido muchos días excesivos trabajos y molestias en una áspera y dura cárcel, y llevándolas con gran paciencia y alegría, finalmente fue mandado a quemar y sus huesos y cenizas fueron llevados a Roma por algunos cristianos y puestos en aquel sepulcro en que dijimos que después fue sepultado San Gordiano.

Por eso, la Iglesia Católica celebra juntamente el martirio de estos dos Santos en un mismo día.



10 de Mayo: San Antonio, Arzobispo de Florencia


(✞ 1459)

El santísimo prelado San Antonio, o Antonino, que así le llamaban por ser pequeño de cuerpo, nació de honrados padres en Florencia y desde niño mostró que era escogido de Dios.

A la edad de trece años ya había estudiado todo el Derecho Canónico, y luego pidió y alcanzó el hábito de Santo Domingo.

Nunca comía carne y cuando estaba enfermo, traía una cadena de hierro y dormía en el suelo sobre las tablas.

Ordenado sacerdote, llegó a ser Prior de los principales conventos de su Orden en Italia, y siendo ya Vicario general de Roma, y Nápoles, lavaba los platos y utensilios de cocina de sus Hermanos, y barría la casa como el menor de todos.

El Papa Eugenio IV le obligó a aceptar el Obispado de Florencia, bajo pena de excomunión; él fue a pie y descalzo a su iglesia, con tanta amargura de su corazón como regocijo de toda la ciudad, que salió a recibirlo como a santo pastor venido del cielo.

Muy pronto resonó en toda Italia la fama de sus virtudes. En la oración quedaba arrebatado y suspendido en el aire, resplandeciendo su rostro con maravillosa claridad.

Se desentrañaba por los pobres y les daba cuánto tenía; reprimía a los insolentes y poderosos mandándoles hacer penitencias públicas y echaba con gran severidad de las iglesias, a las mujeres que venían a ellas para buscar pareja.

Quejábanse algunos de él porque no excomulgaba por ciertos pecados a sus súbditos; y él, para no decirles la razón que tenía para no hacerlo, por el daño que recibe el alma con la excomunión, mandó traer un pan blanco y dijo sobre él las palabras que se suelen decir en la excomunión, y luego delante de todos el pan se convirtió en carbón, y pronunciando después las palabras de la absolución, el pan negro se convirtió nuevamente en blanco; y con esto entendieron los efectos que hace la excomunión al alma, y que no se debe usar de ella sino como una excepción.

Autorizaba su celestial doctrina con muchos prodigios y le estimaba tanto el Papa, que en su última enfermedad quiso recibir los Sacramentos de su mano y que asistiese a su cabecera; y cuando Nicolao V puso en el catálogo de los santos a San Bernardino de Sena, dijo que así como podía canonizar a San Bernardino muerto, podía canonizar a San Antonino vivo.

Finalmente a los setenta años de su edad expiró pronunciando estas palabras

- Servir a Dios es reinar

Y fue tanta la concurrencia que acudió a su entierro, que no le pudieron dar sepultura hasta pasados ocho días, en los cuales estuvo el santo cuerpo en la iglesia fresco, hermoso, con el rostro como si fuera ya cuerpo glorioso.