sábado, 30 de mayo de 2026

MAGNIFICA HUMANITAS CULPA A LA IGLESIA POR LA ESCLAVITUD Y AFIRMA QUE LA IGLESIA CATÓLICA NO TIENE EL MONOPOLIO DE LA VERDAD

Desde elogiar las religiones falsas como “grandes caminos espirituales”, hasta el “discernimiento sinodal” y la dignidad humana sin Cristo Rey, Magnifica Humanitas lo deja todo claro.

Por Chris Jackson


El 15 de mayo de 2026, en el 135 aniversario de Rerum Novarum, León XIV firmó su primera encíclica, Magnifica humanitas, “sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial”. El Vaticano la presentó públicamente el 25 de mayo como una importante encíclica social para la era digital.

El título ya delata el mal.

Magnifica humanitas. Magnificent humanities. The grandeur of man. The splendor of the human person.

Una encíclica católica sobre inteligencia artificial podría haber comenzado con Dios, la creación, el pecado original, los límites de la naturaleza caída, la tentación demoníaca de “ser como dioses” y los derechos públicos de Cristo Rey sobre toda invención humana. Podría haber advertido que la tecnología moderna se vuelve especialmente peligrosa cuando cae en manos de hombres que han rechazado la gracia, la ley, la naturaleza, la jerarquía, la penitencia y el fin último del hombre.

En cambio, nos encontramos con la familiar estructura posconciliar: Cristo aparece, pero el hombre sigue siendo el centro de atención. La gracia aparece, pero como una especie de elevación del potencial humano. El pecado aparece, pero generalmente en su dimensión social, estructural y humanitaria. La Iglesia habla, pero con demasiada frecuencia como un socio moral preocupado por la civilización global, en lugar de como la maestra de las naciones encomendada por Dios.

Esa es la verdadera historia de Magnifica humanitas.

La encíclica denuncia la reducción del ser humano a datos, rendimiento, utilidad y función económica. Advierte que la tecnología nunca es moralmente neutral. Condena la explotación, la trata de personas, el aborto, la eutanasia, la manipulación digital, las armas autónomas y la mercantilización de las personas vulnerables.

Pero este documento hace algo mucho más peligroso que repetir las obvias preocupaciones morales sobre Silicon Valley. Toma la crisis de la inteligencia artificial y la utiliza para reafirmar toda la religión posconciliar: la dignidad humana sin el reinado social de Cristo, el diálogo sin conversión, la paz sin el orden católico, la verdad sin la exclusiva comisión divina de la Iglesia y un “crecimiento” histórico que somete a la Esposa de Cristo al juicio de las modas morales modernas.

Para cuando la encíclica llega a su disculpa por la esclavitud, el daño ya está hecho. Las bases se sentaron desde el principio.

Babel, condenada por los capellanes de Babel

La imagen bíblica predominante es Babel. Leon contrasta la torre del orgullo, la dominación, la uniformidad y la autosuficiencia tecnológica con Jerusalén, la ciudad reconstruida en comunión y responsabilidad compartida bajo la guía de Dios.


A primera vista, esto suena contundente. La imagen es bastante obvia. Silicon Valley está construyendo una verdadera torre de Babel con centros de datos, bases de datos biométricas, algoritmos predictivos, redes neuronales, monedas digitales, arquitectura de vigilancia y máquinas entrenadas para imitar la mente humana mientras el alma humana queda en el olvido.

Pero la encíclica nunca escapa al mundo que condena.

León denuncia la Babel tecnológica y recurre al mismo vocabulario que construyó la Babel eclesiástica después del concilio Vaticano II: diálogo, pluralismo, fraternidad, discernimiento compartido, derechos humanos, instituciones multilaterales, sinodalidad, ecología integral, la “civilización del amor” y la autonomía de las realidades terrenales.

La antigua torre fue construida por hombres que anhelaban la unidad sin obediencia a Dios. La torre moderna es construida por hombres que buscan la paz sin la realeza de Cristo, la dignidad sin el bautismo, la fraternidad sin la verdadera Iglesia y el orden mundial sin la conversión de las naciones

Magnifica humanitas observa el alzamiento de la torre tecnológica y propone, como solución, el vocabulario teológico de los últimos sesenta años de rendición.

Se fija en la máquina. Pero no percibe la apostasía que hay detrás de ella.

El documento advierte contra el transhumanismo y el posthumanismo, contra el intento de superar los límites humanos mediante el poder tecnológico. Sin embargo, la teología posconciliar lleva décadas enseñando al hombre moderno a concebirse principalmente en términos de dignidad, creatividad, libertad, experiencia, conciencia, diálogo, desarrollo y devenir histórico. Entonces, todos se sorprenden cuando ese mismo hombre, catequizado en la religión de la autorrealización, decide que incluso la naturaleza misma debe someterse a su voluntad.

La crisis de la IA no surgió de la nada. Proviene de una civilización que rechazó la ley de Dios y luego descubrió que podía fabricar sustitutos para la providencia, la memoria, el juicio, la imaginación, la autoridad y, finalmente, para el propio ser humano.

La encíclica ve el rostro del ídolo pero se niega a destruir el altar.

La corona perdida

La ausencia central en Magnifica humanitas no es una mera falta de lenguaje religioso. Se menciona a Cristo. Se menciona la Encarnación. Se menciona la Gracia. Se menciona la Eucaristía. Se utiliza la Sagrada Escritura.

Eso empeora el problema.

Cristo está presente, pero con demasiada frecuencia como el revelador de la dignidad humana, el sanador de las heridas sociales, el garante de la fraternidad, el compañero de la humanidad, la fuente de una civilización más humana. Se le invoca como el patrocinador divino de una mejor antropología.

Lo que desaparece es Cristo Rey.


Antes del concilio, la Iglesia no abordaba las cuestiones sociales preguntándose cómo el Evangelio podía profundizar el proyecto humanitario compartido de la humanidad. Proclamaba que todo hombre, familia, ley, gobernante, economía, institución, escuela, tribunal y nación debía someterse al reinado de Jesucristo.

Pío XI no escribió Quas Primas para que los futuros clérigos redujeran la realeza de Cristo a una espiritualidad privada, un tema litúrgico o un símbolo poético. Enseñó que los males de la época moderna provenían de la exclusión de Cristo y su ley de la vida pública. No podía existir una paz duradera mientras los estados y los ciudadanos rechazaran el gobierno del Salvador.

Esa doctrina debería haber resonado con fuerza en cualquier encíclica católica sobre inteligencia artificial.

La IA no es peligrosa simplemente porque amenaza la dignidad humana. Es peligrosa porque el hombre caído, tras destronar a Cristo, ahora posee instrumentos que amplifican su rebelión. El orgullo, la lujuria, la codicia, las mentiras, la vigilancia, el sacrilegio y la apostasía pueden proliferar.

El problema no reside simplemente en que el hombre pueda quedar reducido a datos. El horror más profundo es que el hombre, ya en rebelión contra Dios, ahora dispone de máquinas capaces de organizar esa rebelión con una precisión aterradora.

Magnifica humanitas busca tecnología ética, innovación responsable, protección para los trabajadores, paz entre las naciones, comunicación veraz y salvaguardias para los vulnerables.

¿Bajo el reinado de qué rey?

¿Según qué ley?

¿Para qué fin último?

La encíclica vuelve una y otra vez a la dignidad humana, la fraternidad, el diálogo, el desarrollo integral, el bien común y la responsabilidad social. La antigua Iglesia dio la respuesta que hizo temblar a los demonios:

Cristo debe reinar.

Sin esa corona, cada párrafo que suene católico se vuelve inestable. La doctrina social se desvanece. La preocupación moral se desvía. El lenguaje humanitario se expande hasta llenar el espacio que debería ocupar el orden sobrenatural.

La máquina conciliar sigue en marcha

El primer capítulo explica al lector cómo funciona toda la encíclica. La Iglesia “recorre” la historia. Interpreta los signos de los tiempos. Respeta la autonomía de las realidades terrenales. Se involucra con la ciencia. Escucha. Discierne. Permite que la historia se convierta en un espacio donde el Espíritu le enseña el poder humanizador del Evangelio.

Ahí está el núcleo sinodal.

Esta es la máquina conciliar, funcionando exactamente como fue diseñada.


La Iglesia ya no se presenta como la maestra divina de la humanidad, exhortando a las naciones a arrepentirse, bautizarse, someterse a Cristo y entrar en el único arca de la salvación. Ahora se presenta como compañera de peregrinación del hombre moderno, intérprete moral de la experiencia humana, colaboradora en el discernimiento global, voz religiosa en el diálogo universal de la humanidad.

Así es como Magnifica humanitas llega a la asombrosa afirmación de que “la Iglesia “no quiere levantar la bandera de la posesión de la verdad”, porque la verdad es “un bien que hay que compartir” (MH 25).

No hay necesidad de suavizar esto.

Esa frase es una vergüenza.

La Iglesia Católica no posee la verdad como un comerciante posee su inventario. Posee la verdad porque Cristo se la confió. La custodia. La define. La enseña. Condena su falsificación. La transmite sin corrupción. Solo ella fue fundada por el Verbo Encarnado para enseñar a todas las naciones en su nombre.

Los mártires no murieron porque la Iglesia fuera una participante sincera en la búsqueda común de la verdad por parte de la humanidad. Los misioneros no cruzaron océanos porque las religiones falsas fueran “caminos espirituales” afines. Los Padres de la Iglesia no anatematizaron la herejía porque la verdad era un diálogo compartido. Los Papas no condenaron el indiferentismo porque todas las partes “poseían fragmentos de un mosaico religioso más amplio”.

Mortalium Animos hablaba con la voz católica: la unión de los cristianos solo puede promoverse promoviendo el regreso a la única Iglesia de Cristo de aquellos que están separados de ella (MA 10), no mediante negociaciones religiosas entre comunidades rivales. La Iglesia no aprende la verdad revelada de la historia, del pluralismo, del diálogo interreligioso ni de las inquietudes del hombre moderno. Enseña porque Dios ha hablado.

La antigua voz desenmascara la voz posconciliar como extraña.

Cuando León afirma que la Iglesia “no quiere levantar la bandera de la posesión de la verdad”, le da a la revolución su lema.

La dignidad humana como culto al yo

La encíclica distingue entre dignidad moral, social, existencial y ontológica. Afirma la vida desde la concepción hasta la muerte natural. Condena el aborto, la eutanasia, el asesinato de inocentes, la trata de personas, la esclavitud, la explotación y la mercantilización de las personas.

Pero el verdadero problema reside en la categoría de gobierno.


Todo se enmarca dentro de la “dignidad humana”. La creación, la encarnación, la gracia, la Eucaristía, el trabajo, la política, la tecnología, la paz, la guerra, la verdad, la migración, la economía y la vida digital pasan por el mismo filtro posconciliar: la grandeza de la persona humana.

Así es como la doctrina católica se invierte sin ser negada formalmente.

Por eso el título importa.

Magnifica humanitas.

Magnífica humanidad.

La frase casi suplica por el Narciso de Caravaggio: el hombre inclinado sobre el agua, contemplando su propia belleza reflejada, incapaz de alzar la vista. La iglesia posconciliar insiste en que esto es reverencia a la imagen de Dios. Pero tras sesenta años de este discurso, la imagen ha eclipsado al Prototipo.

La Iglesia existe para salvar almas. Existe para predicar la verdadera fe, administrar los sacramentos, condenar el error, perdonar los pecados, formar santos, disciplinar a los malvados, defender a los débiles y llevar a los hombres al Cielo.

Su existencia no se limita a cantar himnos a la grandeza humana.

La humanidad no se salva al ser magnificada. La humanidad se salva al ser crucificada con Cristo, lavada en el bautismo, absuelta en la confesión, alimentada con el verdadero Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor, enseñada en la verdadera doctrina y sometida al Rey cuyo yugo es el único que otorga la libertad.

La mentalidad posconciliar no puede resistir la tentación de convertir la fe en un espejo. Exhibe a Cristo y, de alguna manera, aún logra admirar al hombre.

Las falsas religiones como “grandes caminos espirituales”

Casi al final de la encíclica, León escribe que “en el centro de los grandes caminos espirituales se encuentra un mensaje de paz”, elogia el “espíritu de Asís” y presenta el diálogo interreligioso como decisivo para rechazar la violencia religiosa (MH 223).

Esta es toda la religión posconciliar en miniatura.

Las falsas religiones no son “grandes caminos espirituales”. Son sistemas de error, mezclas de verdad natural y oscuridad sobrenatural, anhelo humano y engaño demoníaco, fragmentos de memoria y estructuras de rebelión. Las verdades naturales que conservan ya pertenecen a Dios. La gracia que llega a las almas fuera de la unidad católica visible lo hace a través de Cristo y su Iglesia, nunca a través de la falsa religión en sí.


Aquí es donde siempre conduce el “espíritu de Asís”. Una vez que las religiones falsas se unen como aliadas en un proyecto espiritual común, Cristo deja de ser tratado públicamente como el único Salvador y Rey de las naciones. Se convierte en la contribución cristiana a la búsqueda compartida de la paz por parte de la humanidad.

Eso podría impresionar a los diplomáticos y también complacer a las Naciones Unidas. Podría tranquilizar a periodistas, rabinos, imanes, monjes, académicos laicos y organizadores de conferencias del Vaticano.

Pero es veneno para la misión católica.

La paz de Cristo no surge de la convergencia de “grandes caminos espirituales”. Proviene de la conversión a la única fe verdadera, la sumisión a la verdadera Iglesia y el reinado del verdadero Rey. Cualquier paz construida sobre el indiferentismo religioso no es la paz de Cristo. Es una tregua entre errores, en la que se pide a la verdad católica que arribe su bandera en aras de una convivencia cordial.

Una vez que el diálogo reemplaza la conversión como postura dominante, todo el mandato misionero se vuelve menos relevante. La Iglesia aún puede mencionar a Cristo, pero ya no se le predica como el Rey necesario ante quien toda rodilla debe doblarse. Se convierte en el símbolo religioso más hermoso dentro de un diálogo humanista global.

Y ese es el gran fraude de Magnifica humanitas: denuncia la Babel digital mientras habla el lenguaje de la Babel teológica que hizo posible la crisis moderna.

La apología de la esclavitud: La gran traición

El pasaje más vergonzoso de Magnifica humanitas no es simplemente el análisis de la esclavitud, sino la disposición de León a presentar la historia de la Iglesia como si la Esposa de Cristo tuviera que ser educada moralmente por el mundo moderno.

Ese es el escándalo.

La encíclica no se limita a condenar la esclavitud, la trata de personas, el secuestro de hombres, la esclavitud racial y la degradación de los seres humanos a meros instrumentos de lucro. Pero la Iglesia ya lo había hecho. Gregorio XVI, en In Supremo Apostolatus, condenó la trata de esclavos de “negros y de todos los demás hombres”, citó condenas papales anteriores, prohibió la reducción de personas a la servidumbre y reprobó la trata como “absolutamente indigna del nombre cristiano”. León XIII, en In Plurimis, enseñó que la esclavitud era contraria a lo que Dios y la naturaleza habían ordenado originalmente, alabó la abolición en Brasil y presentó a la Iglesia como la enemiga histórica de la crueldad pagana y la protectora de los oprimidos.

Esa fue la respuesta católica.

La Iglesia no necesitaba que León XIV apareciera en 2026 y se disculpara en su nombre, como si fuera el presidente de una ONG avergonzado después de que un consultor le entregara una auditoría de diversidad.

La Iglesia preconciliar no consideró su enseñanza sobre la esclavitud como un fracaso moral. Distinguía. Enseñaba. Condenaba los abusos. Se oponía al rapto de personas, a la esclavitud racial, a la trata de esclavos, a la crueldad, al trato de las personas como objetos y a la negación de la dignidad natural y sobrenatural. También reconocía, como las Escrituras y la civilización cristiana habían reconocido desde hacía mucho tiempo, que ciertas formas de servidumbre existían bajo el derecho internacional, especialmente en contextos de guerra, castigo, deuda y orden social. Esta distinción puede ofender al sentimentalismo moderno, pero es precisamente la distinción que exige la apologética católica básica.


La táctica del argumento anticatólico moderno consiste en reducir toda forma de servidumbre histórica a la imagen moderna de la esclavitud racial en las plantaciones, para luego acusar a la Iglesia de haber “apoyado la esclavitud”. La respuesta católica siempre ha sido rechazar esta ambigüedad. La esclavitud pagana trataba al hombre como una cosa. La doctrina cristiana insistía en que el esclavo seguía siendo un hombre, un hermano en Cristo, poseedor de derechos, sujeto de deberes y un alma por la que Cristo murió. León XIII afirma precisamente esto cuando contrasta el trato pagano a los esclavos como propiedad con la insistencia de la Iglesia en su dignidad, protección, fraternidad cristiana y eventual liberación.

León XIV destruye esa defensa.

No se limita a reconocer que los católicos pecaron. Por supuesto que pecaron. Los príncipes católicos pecaron. Los comerciantes católicos pecaron. Las instituciones católicas pecaron. Hombres malvados utilizaron categorías legales, poder político, avaricia económica e incluso, a veces, lenguaje religioso para justificar crímenes contra los débiles. Nada de esto implica culpar a la Iglesia como maestra ni afirmar que la inmaculada Esposa de Cristo descubrió gradualmente, tras dieciocho siglos, que su propia doctrina era “totalmente incompatible” con la esclavitud.

Pero esa es precisamente la impresión que da Magnifica humanitas.

El resultado fue inmediato y predecible. La prensa secular no supo distinguir con precisión entre doctrina, disciplina, abuso, servidumbre, secuestro de hombres, esclavitud y circunstancias históricas. Simplemente escuchó lo que León XIV les ofreció: “El Papa pide disculpas por el papel del Vaticano en la legitimación de la esclavitud”. La AP lo describió como “una disculpa histórica” por el papel de la Santa Sede “en la legitimación de la esclavitud” y por “no haberla condenado durante siglos”.

Ahí está. Los enemigos de la Iglesia no tuvieron que afilar el cuchillo. León se lo afiló.

Por eso este pasaje es tan pernicioso. Convierte la historia católica en una parábola moralizante donde la conciencia moderna se sitúa por encima de la Iglesia, y esta, con humildad, confiesa haber tardado en comprender la dignidad humana. Esto no es humildad, sino autoacusación institucional disfrazada de honestidad pastoral.

Y lo que es peor, sienta un precedente.

Hoy se le dice a la Iglesia que “tardó en abolir la esclavitud”. Mañana se le dirá que tardó en defender la libertad religiosa. Luego se le dirá que tardó en defender el divorcio. Y que tardó en defender la anticoncepción. Y que tardó en defender la homosexualidad. Y que tardó en defender la ordenación de mujeres. Y que tardó en defender la “identidad de género”. Y también que tardó en defender todas las doctrinas que el mundo moderno detesta.

Una vez que se presenta a la Iglesia como una institución que necesitó dieciocho siglos para descubrir el significado moral de sus propios principios, toda enseñanza establecida se convierte en candidata a ser objeto de futuras controversias. Las herejías ya no necesitan refutar la doctrina; simplemente deben esperar a que se produzca “un mayor entendimiento”.

Esa es la verdadera función de esta disculpa. No defiende a la Iglesia. La desarma.

La interpretación católica de la esclavitud debería haber sido la opuesta. León debería haber afirmado claramente: la Iglesia siempre poseyó los principios que condenan la reducción del hombre a bestia de carga. Enseñó la unidad natural de la raza humana, la igualdad sobrenatural de las almas bautizadas, los deberes de los amos, los derechos de los sirvientes, la maldad de la crueldad, la perversidad del rapto de personas y la obligación de la caridad. Sus santos rescataron cautivos. Sus Papas condenaron la trata de esclavos. Su doctrina destruyó la esclavitud pagana de raíz al negar su mentira central: que un hombre pueda poseer a otro como una cosa.

Esa es la historia que contó León XIII.

Pero León XIV cuenta la historia que los enemigos de la Iglesia querían.

Por eso, esta sección de Magnifica humanitas no es simplemente débil, descuidada o ingenua desde el punto de vista histórico. Es una traición pública a la apologética católica, un argumento perfecto para los anticatólicos y una insinuación blasfema contra la indefectibilidad de la enseñanza moral de la Iglesia.

La traición de León a la teoría de la guerra justa por un regreso al pacifismo de los años 60

El tratamiento que la encíclica da a la guerra se relaciona con el pasaje sobre la esclavitud. Es la misma estrategia, pero en clave distinta.

León XIV no se limita a advertir contra la guerra temeraria, las armas autónomas, la escalada bélica, la matanza de civiles o la conversión tecnológica de los seres humanos en meros objetivos. El escándalo reside en que trata la doctrina tradicional de la guerra justa como si se hubiera convertido en una vergüenza: otra reliquia de la antigua Iglesia que ahora debe ser “actualizada” porque, supuestamente, la modernidad le ha enseñado a la Iglesia a ser “más humana”.


Ahí está de nuevo: de vuelta a la década de los '60, de vuelta a los “signos de los tiempos”, de vuelta al mundo adoctrinando a la Iglesia, de vuelta a la misma mentira posconciliar desgastada de que la doctrina católica siempre llega un poco tarde, es un poco tosca, es un poco insuficiente, hasta que la “conciencia humanista moderna” llega para terminar el trabajo.

Este es el mismo veneno que la apología de la esclavitud.

En la sección sobre la esclavitud, se presenta a la Iglesia como si hubiera tenido que alcanzar la claridad moral tras siglos de enseñanzas ambiguas. En la sección sobre la guerra, se da a entender que la doctrina de la guerra justa ha quedado obsoleta, como si la antigua tradición moral católica fuera ahora demasiado primitiva para los drones, las armas nucleares, las instituciones globales y la diplomacia moderna.

¡Qué arrogancia!

La doctrina de la guerra justa no es una moda diplomática de la Edad Media ni un vestigio lamentable de una época más dura. Se fundamenta en el derecho natural, se refina en la teología católica y está intrínsecamente ligada a la verdad fundamental de que los gobernantes tienen el deber de defender a los inocentes, castigar los males graves, resistir la agresión y preservar el orden social.

La paz es la tranquilidad del orden. Donde no hay orden, no hay paz. Donde los agresores son recompensados ​​y los asesinos, tiranos, terroristas, invasores y perseguidores aprenden que la respuesta cristiana es la negociación interminable, no hay paz. Solo queda el silencio pasajero de las víctimas que han quedado indefensas.

La antigua Iglesia comprendía esto porque comprendía al hombre caído. No imaginaba que todo enemigo pudiera convertirse mediante el “diálogo”, todo tirano suavizarse con la “fraternidad”, toda guerra prevenirse con “conferencias”, todo agresor contenerse con “llamamientos morales”, o toda crisis internacional resolverse con diplomáticos felicitándose mutuamente en salas con aire acondicionado.

La antigua Iglesia sabía que el hombre está herido por el pecado original, que la autoridad tiene un motivo para usar la espada y que la justicia a veces exige castigo. Sabía que la caridad hacia los inocentes puede requerir el uso de la fuerza contra los malvados.

El lenguaje de León XIV elimina ese realismo y lo reemplaza con el globalismo sentimental de la posguerra: negociar, dialogar, desarmar, fortalecer las instituciones multilaterales, confiar en el consenso internacional, construir la fraternidad y seguir fingiendo que las Naciones Unidas son el vestíbulo del Reino de Dios.

Esto es catolicismo de izquierda de los años 60 con una nueva capa de barniz humanitario.

Y, una vez más, los enemigos de la Iglesia obtienen exactamente lo que desean. Ahora pueden decir: incluso Roma admite que la teoría de la guerra justa está desfasada. Incluso Roma admite que el antiguo marco moral ya no funciona. Incluso Roma admite que la tradición católica debe ser corregida por la conciencia moderna.

Esa es la traición.

La Iglesia debería juzgar al mundo moderno. En cambio, León XIV deja que el mundo moderno juzgue a la Iglesia.

Una encíclica católica debería haber afirmado claramente que las armas modernas crean nuevos y graves peligros, pero no anulan la ley natural. Las nuevas tecnologías pueden hacer que ciertos actos sean más peligrosos, más temerarios, más desproporcionados o más difíciles de justificar. No pueden borrar el deber moral de la autoridad legítima de defender a los inocentes y castigar las graves injusticias.

Las máquinas cambiaron. El hombre no.

El pecado, la tiranía, la agresión y la necesidad de que los gobernantes defiendan a los débiles no quedaron obsoletos. Por lo tanto, la doctrina de la guerra justa tampoco quedó obsoleta.

Lo que se ha vuelto obsoleto, al parecer, es el valor posconciliar para enseñarlo sin pedir disculpas.

Por eso esta sección es tan nefasta. Al igual que la apología de la esclavitud, pone a la tradición católica en el banquillo de los acusados ​​y deja que la modernidad juzgue. Sugiere que la antigua claridad moral de la Iglesia debe ahora sonrojarse ante la complejidad de la época.

No.

La época debería sonrojarse ante la Iglesia.

El problema del mundo no es que haya superado la doctrina de la guerra justa. El problema es que no ha superado nada. Sigue siendo Caín, Babel, Pilato, César y Judas.

La respuesta de la Iglesia no debe ser divagar sobre categorías obsoletas mientras los dirigentes globales aplauden. Su respuesta debe ser predicar la ley moral con autoridad: paz bajo Cristo, justicia bajo Cristo, gobernantes bajo Cristo, ejércitos bajo Cristo, y toda arma, tratado, nación y tribunal bajo el juicio de Cristo Rey.

La crítica a la IA condena la máquina conciliar

Lo más condenatorio de Magnifica humanitas es que su crítica a la inteligencia artificial describe el mismo sistema religioso que produjo el documento.

León XIV advierte contra los sistemas que procesan la realidad mediante procedimientos, eficiencia, resultados controlados, consenso sintético y control tecnológico. Advierte que los algoritmos pueden manipular los deseos, simular el pensamiento, aplanar la persona humana y fabricar acuerdos.

Exactamente.

Ahora miremos a la iglesia posconciliar.

¿Qué es la sinodalidad sino un algoritmo teológico?


Recopila “experiencias”. Procesa “voces”. Identifica “tensiones”. Sopesa el “discernimiento”. Publica una “síntesis”. Anuncia que el “Espíritu Santo” está guiando a la Iglesia exactamente hacia donde los teólogos progresistas, los burócratas del Vaticano y los obispos alemanes querían ir antes de que comenzara el proceso.

Luego, se invita a todos a admirar “el milagro de la escucha”.

La máquina habla de participación, pero el resultado está controlado. Habla de apertura, pero las conclusiones aceptables ya están preestablecidas. Habla de diálogo, pero la tradición entra en escena como materia prima para ser reprocesada. Habla del Espíritu, pero de alguna manera el Espíritu sigue sonando como un informe de comité redactado por teólogos europeos y consultores de ONG.

Esto no es casualidad. Este es el método.

La inteligencia artificial es peligrosa porque puede imitar el pensamiento sin sabiduría. El aparato posconciliar es peligroso porque imita la continuidad católica sin la sumisión católica. Conserva las palabras. Conserva los gestos. Conserva las citas. Conserva el ambiente sacramental. Luego, introduce la doctrina en la máquina y produce un “desarrollo pastoral”.

La encíclica advierte contra la creación de una realidad sintética. Esta advertencia cala hondo, más de lo que León parece comprender. Durante sesenta años, el sistema posconciliar ha fabricado un catolicismo sintético: vocabulario católico sin fuerza católica, imaginería cristiana sin conquista cristiana, referencias bíblicas sin juicio bíblico, lenguaje sacramental sin urgencia sobrenatural.

Todo el proceso funciona como un chatbot doctrinal entrenado con fuentes católicas y supuestos liberales modernos. Suena lo suficientemente familiar como para tranquilizar a los distraídos. Menciona a Cristo. Cita las Escrituras. Habla de la gracia, la Eucaristía, la verdad, la dignidad y los pobres. Pero el resultado siempre se suaviza, se simplifica, se traduce y se redirige hacia el ser humano.

Por eso, Magnifica humanitas es más que una advertencia sobre la IA.

Es un autorretrato.

León advierte que algún día las máquinas podrían imitar la mente humana.

Su encíclica imita la mentalidad católica.
 

ELECCION DE LA VERDADERA SABIDURIA (Cap. 7)

Continuamos con la publicación del capítulo 7 del libro “El Amor de la Sabiduría Eterna” escrito por San Luis María Grignion de Montfort.


CAPITULO SEPTIMO

ELECCION DE LA VERDADERA SABIDURIA

Dios tiene su Sabiduría. Y es la única Sabiduría verdadera y digna de que la amemos y busquemos como un gran tesoro. Pero también el mundo depravado tiene la suya. Y a ésta debemos condenarla y detestarla como malvada y perversa. Los filósofos también tienen su sabiduría. Esta merece nuestro desprecio porque es inútil y, con frecuencia, peligrosa para la salvación (1).

Hemos hablado hasta aquí de la Sabiduría de Dios a las almas perfectas como dice el Apóstol (2). Pero, ante el temor de que se dejen engañar por el oropel de la sabiduría mundana, mostremos la impostura y malignidad de esta última.

1 - LA SABIDURIA MUNDANA

La sabiduría mundana es aquella de la cual se ha dicho: Anularé el saber de los sabios (3) según el mundo. La sabiduría de la carne es enemiga de Dios (4). Esta sabiduría no baja de lo alto; ésa es terrestre, animal y diabólica (5).

Consiste esta sabiduría mundana en una perfecta armonía con las máximas y modas del mundo; en una tendencia continua a la grandeza y estimación; en la búsqueda constante y solapada de los propios caprichos e intereses; pero no de modo patente y provocador con algún pecado escandaloso, sino de manera habilidosa, astuta y engañosa; de lo contrario, ya no sería sabiduría ni siquiera según el mundo, sino libertinaje.

Sabio según el mundo es:

- quien sabe desenvolverse en sus negocios y consigue sacar ventaja de todo, sin dar la impresión de proponérserlo;

- quien domina el arte de fingir y engañar astutamente, sin que nadie se dé cuenta;

- quien conoce perfectamente los gustos y cumplidos del mundo;

- quien sabe amoldarse a todos para conseguir sus propósitos, sin preocuparse ni poco ni mucho de la honra y gloria de Dios;

- quien armoniza secreta pero funestamente la verdad con la mentira, el Evangelio con el mundo, la virtud con el pecado y a Jesucristo con Belial;

- quien desea pasar por honesto, pero no por devoto;

- quien desprecia, interpreta torcidamente o condena con facilidad las prácticas piadosas que no se acomodan a las suyas. Finalmente, sabio según el mundo es quien, guiándose sólo por la luz de los sentidos y de la razón humana, trata únicamente de salvar las apariencias de cristiano y hombre de bien, sin preocuparse en lo más mínimo por agradar a Dios y expiar, por la penitencia, los pecados que ha cometido contra la divina Majestad.

Tiene siete móviles que considera inocentes y en los cuales se apoya para llevar una vida tranquila: la honra y la fama, el qué dirán, la moda, la buena mesa, el interés personal, la afectación en los modales, el chiste fino.

Tiene virtudes particulares que le valen ser canonizado por los mundanos: la valentía, la delicadeza, la diplomacia, la sagacidad, la galantería, la cortesía, la jovialidad. Mira, en cambio, como pecados enormes la insensibilidad, la simplicidad, la pobreza, la rusticidad, la mojigatería.

Sigue con la mayor fidelidad los mandamientos dictados por el mundo: 

Conoce bien el mundo;

Vive como hombre honrado;

Conduce bien tus negocios;

Conserva bien lo que tienes;

Procura salir del polvo; 

Procura ganar amigos;

Frecuenta la alta sociedad;

Come y bebe bien;

No seas causa de melancolía;

Evita la singularidad, la rusticidad y la mojigatería.

Nunca ha estado el mundo tan corrompido como hoy, porque nunca había sido tan sagaz, prudente y astuto a su manera. Utiliza tan hábilmente la verdad para inspirar el engaño; la virtud, para autorizar el pecado; las máximas de Jesucristo, para justificar las suyas…, que incluso los más sabios según Dios, son víctimas de sus mentiras.

¡El número de los necios es infinito! (6). Es decir, el número de los sabios según el mundo -que resultan necios según Dios- es infinito.

2 - TRIPLE ASPECTO DE LA SABIDURIA MUNDANA

La sabiduría terrena de que habla Santiago, es el amor a los bienes de la tierra. Los sabios del mundo profesan secretamente esta sabiduría cuando apegan el corazón a sus posesiones; cuando todo lo encaminan a enriquecerse; cuando promueven juicios y litigios inútiles para adquirir o conservar sus riquezas; cuando -la mayor parte del tiempo- no piensan, hablan ni actúan sino con miras a conseguir o conservar algún bien temporal; mientras sólo a la ligera, para salir del paso, a intervalos y para cubrir las apariencias, se aplican a procurar la propia salvación y a utilizar los medios para alcanzarla, como son la confesión, la comunión, la oración, etcétera.

La sabiduría carnal es el amor al placer. Los sabios del mundo la profesan cuando no buscan sino el gozo de los sentidos; cuando aman la buena mesa; cuando alejan de sí todo lo que puede mortificar o incomodar el cuerpo, como ayunos, austeridades, etc.; cuando habitualmente sólo piensan en comer, beber, jugar, reír, divertirse y pasarlo lo mejor posible; cuando buscan la molicie en el dormir, los juegos divertidos, los festines agradables y las alegres compañías. Tras haber gozado sin escrúpulo de todas estas satisfacciones conseguidas, sin disgustar al mundo ni perjudicar la salud, buscan al confesor menos escrupuloso -así llaman a esos confesores relajados que no cumplen con su deber- para recibir de él, a bajo precio, la paz de su vida muelle y afeminada y la indulgencia plenaria de todos sus pecados. He dicho “a bajo precio” porque estos sabios según la carne no apetecen, ordinariamente, por penitencia sino alguna oración o limosna y detestan cuanto puede afligir el cuerpo.

La sabiduría diabólica es el amor y estima de los honores. Los sabios según el mundo la profesan cuando aspiran -aunque secretamente- a las grandezas, honores, dignidades y cargos importantes; cuando buscan hacerse notar, estimar, alabar y aplaudir por los hombres; cuando en sus trabajos, afanes, palabras y acciones sólo ambicionan la estimación y la alabanza de los hombres al querer pasar por buenos cristianos, sabios eminentes, ilustres militares, expertos jurisconsultos, personas infinitamente meritorias y excepcionales o de gran consideración; cuando no soportan que se les humille o reprenda; cuando ocultan sus propios defectos y alardean de lo bueno que poseen.

Con Jesucristo Nuestro Señor, la Sabiduría encarnada, debemos detestar y condenar estas tres clases de falsa sabiduría para adquirir la verdadera. Esta no busca el provecho propio, no arraiga en el terreno ni en el corazón de quienes viven cómodamente, y aborrece todo lo grande y espectacular a los ojos de los hombres.

3 - LA SABIDURIA NATURAL

Además de la sabiduría mundana -reprensible y perniciosa-, existe también una sabiduría natural entre los filósofos.

Los antiguos egipcios y griegos la buscaron con gran empeño. Los griegos buscan saber (7). Los que alcanzaban esta sabiduría recibían el nombre de magos o sabios. Consiste en un conocimiento eminente de la naturaleza en sus principios. Fue comunicada en plenitud a Adán en su estado de inocencia y otorgada con abundancia a Salomón. En el correr de los tiempos, algunos hombres ilustres recibieron parte de ella, como refiere la historia.

Los filósofos ponderan los principios de su filosofía, como medio para adquirir dicha sabiduría. Los alquimistas encomian los secretos de su cábala, como capaz de descubrir la piedra filosofal, en la cual se imaginan que está encerrada esta sabiduría (8).

En verdad, la filosofía de la Escuela, estudiada cristianamente, abre el entendimiento y lo capacita para las ciencias superiores (9). Pero jamás podrá comunicar la pretendida sabiduría natural, tan alabada en la antigüedad.

La química o alquimia -en otras palabras, la ciencia de disolver los cuerpos naturales y reducirlos a sus principios, es aún más vana y peligrosa. Esta ciencia, aunque cierta en sí misma, ha embaucado y engañado a infinidad de gentes con relación al fin que se proponía. Y no abrigo la menor duda -lo digo por experiencia personal- de que el demonio se sirve hoy de ella para hacer perder el dinero, el tiempo, la gracia y hasta el alma so pretexto de hallar la piedra filosofal. No hay ciencia que prometa las mayores realidades con los medios más artificiosos.

Promete la piedra filosofal o unos polvos que llaman “de proyección”, los que, arrojados sobre cualquier metal en estado de fusión, lo transforman en oro o plata, devuelven la salud o sanan las enfermedades, e incluso prolongan la vida y realizan una infinidad de portentos, que los iletrados consideran como divinos y milagrosos.

Legitiman sus afirmaciones:

1) Con la historia de Salomón, quien -aseguran ellos- recibió el secreto de la piedra filosofal, y a quien atribuyen un libro secreto, pero falso y pernicioso, intitulado “La clave de Salomón” (10).

2) Con la historia de Esdras, a quien Dios habría dado a beber un elíxir celestial que le habría comunicado la sabiduría, como se cuenta en el séptimo libro de Esdras (11).

3) Con la historia de Raimundo Lulio y otros grandes filósofos, quienes aseguran- encontraron la susodicha piedra filosofal (12).

4) Por último, para encubrir mejor su engaño bajo un velo de piedad, dicen que es un don de Dios, que no lo concede sino a quienes se lo piden por largo tiempo y lo merecen con sus esfuerzos y plegarias.

He recordado los desvaríos e ilusiones de esta vana ciencia para que no te dejes engañar como tantos otros, pues conozco a algunos que, después de gastos inútiles y grandes pérdidas de tiempo en busca de este secreto bajo los pretextos más bellos y piadosos del mundo y en la forma más devota, han tenido, finalmente, que arrepentirse, reconociendo sus engaños e ilusiones.

Personalmente, no admito la posibilidad de la piedra filosofal. El sabio Del Río (13) defiende y prueba su posibilidad. Otros la niegan. Sea de ello lo que fuere, no es conveniente, sino peligroso para un cristiano, el dedicarse a buscarla. Sería injuriar a Jesucristo, la Sabiduría encarnada, en quien se esconden todos los secretos del saber y del conocer (14), todos los bienes de la naturaleza, de la gracia y de la gloria. Sería desobedecer al Espíritu Santo, que dice: No te preocupes por lo que te excede (15).

4 - CONCLUSION

Quedémonos, pues, con Jesucristo, la Sabiduría eterna y encarnada, fuera de la cual todo es extravío, mentira y muerte: Yo soy el camino, la verdad y la vida (16).

Veamos los efectos de esta Sabiduría en las almas.

Continúa...


Notas:

1) No pretende el P. de Montfort negar el valor del estudio de la filosofía y ciencias naturales. Sólo que, en comparación con la ciencia de Jesucristo y la de la caridad (ver 1 Cor 12,2.8; GS 15), son como basura (ver Flp 3,8).

2) 1 Cor 2,6.

3) 1 Cor 1,19.

4) Rm 8,9.

5) St 3,15.

6) Ecle 1,15.

7) 1 Cor 1,22.

8) La alquimia, como ciencia oculta, floreció durante la Edad Media. Pretendía buscar la fórmula para convertir en oro todos los metales y el remedio universal de todas las enfermedades físicas.

9) “La Filosofía es sierva de la teología”, decían los maestros de las universidades católicas.

10) Quiere la Cábala contar entre sus sabios a Salomón. “La Clave de Salomón” forma parte del “Libro de la creación” (Sépher Yezirah). Este, junto con el “Libro de la luz” (Sépher Zorah), constituye el manual de la Cábala.

11) Libro apócrifo.

12) Hubo algunos pensadores cristianos, entre ellos Raimundo Lulio (+ 1315), que (por los siglos XV-XVI) padecieron la influencia de la Cábala.

13) Martín Antonio del Río, s.j. (1551-1608), quien en su libro Disquisitionum magicarum libri sex (1599) defiende la eficacia de la alquimia.

14) Col 2,3.

15) Eclo 3,22.

16) Jn 14,6.

 

EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (108)

Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.


108. Discurso a los vendimiadores y curación del niño paralítico.
14 de febrero de 1945.

1 Todos los campos de Galilea están en el festivo trabajo de la vendimia. Los hombres, encaramados sobre altas escaleras, recogen uva de las pérgolas y de las parras; las mujeres, en cestos, sobre la cabeza, llevan racimos de oro y rubí a donde esperan los pisauvas. Cantos, risas, bromas corren de loma a loma, de huerto a huerto, junto al olor de mostos y a un gran zumbar de abejas que parecen ebrias de tan veloces y danzarinas como van de los sarmientos aún restantes, aún ricos de racimos, a los cestos y a los tinos donde se pierden los granos, que ellas buscan, en el caldo turbio de los mostos. Los niños –cual faunos, pringados de zumo– trisan como golondrinas corriendo por la hierba, por los patios, por los caminos.
Jesús se dirige hacia un pueblo que está a poca distancia del lago y que, a pesar de ello, es de llanura. Parece un amplio álveo entre dos lejanos sistemas montañosos orientados hacia el Norte. La llanura está bien regada, porque la atraviesa un río –creo que es el Jordán–. Jesús pasa por la calzada principal. Muchos le saludan con el grito: “¡Rabí! ¡Rabí!”. Jesús pasa bendiciendo.
Antes de llegar al pueblo hay una rica propiedad, al principio de la cual un matrimonio anciano está esperando al Maestro. “Entra. Cuando el trabajo cese, todos acudirán aquí para oírte. ¡Cuánta alegría llevas contigo! Emana de ti y se extiende como la savia por los sarmientos, y se transforma en vino de gozo para los corazones. ¿Aquélla es tu Madre?” dice el dueño de la casa.

2 “Es Ella. Os la he traído porque ahora también forma parte del grupo de mis discípulos; el último recibido, el primero en orden de fidelidad. Es el Apóstol. Me predicó aún antes de que Yo naciera... Madre, ven. Un día –eran los primeros tiempos en que evangelizaba– esta madre fue tan dulce con tu Hijo cansado, que hizo que no llorase tu recuerdo”.
“Que el Señor te otorgue su don, mujer piadosa”.
“Ya lo poseo porque tengo al Mesías y te tengo a ti. Ven. La casa es fresca y la luz que hay en ella es moderada. Podrás descansar. Estarás fatigada”.
“Sólo me supone cansancio el odio del mundo. ¡Seguirle y oírle...! Ha sido mi deseo desde la más lejana infancia”.
“¿Sabías que eras la futura Madre del Mesías?”.
“¡Oh, no! Sí esperaba vivir tanto como para poder oírle y servirle; última entre sus evangelizados, pero fiel, ¡fiel!”.
“Le oyes y le sirves, y eres la primera. Yo también soy madre y tengo hijos sabios; cuando los oigo hablar, mi corazón salta de orgullo. ¿Qué sientes Tú oyéndole a El?”.
“Un delicado éxtasis. Me sumerjo en mi nada, y la Bondad –que es El mismo– me eleva consigo. Entonces veo con simple mirada la Verdad eterna y Ella se hace carne y sangre de mi espíritu”.
“¡Bendito corazón tuyo! Es puro, por ello comprende así al Verbo. Nosotros somos más duros porque estamos llenos de culpas...”.
“Quisiera dar a todos mi corazón para esto, para que el amor fuera en ellos luz para comprender. Porque, créelo, es el amor –y yo soy su Madre y por lo tanto, en mí es natural el amor– lo que hace fácil toda empresa”.
Las dos mujeres siguen hablando, la anciana junto a la muy joven, siempre muy joven Madre de mi Señor; mientras, Jesús habla con el dueño de la casa, junto a los tinos, donde grupos y más grupos de vendimiadores vuelcan racimos y más racimos. Los apóstoles, sentados a la sombra de una pérgola de jazmines, saborean con buen apetito uva y pan.

3 Ya declina el día y el trabajo cesa lentamente. Todos los colonos están ya en el amplio patio rústico, donde hay un fuerte olor de uvas pisadas. De casas cercanas vienen también otros campesinos.
Jesús sube por una pequeña escalera que da a un ala: una galería de arcos bajo la cual se conservan sacos de productos agrícolas y herramientas. ¡Cómo sonríe Jesús subiendo esos pocos peldaños! Le veo sonreír entre el ondear de sus esponjosos cabellos agitados por una brisa vespertina. Y quisiera saber por qué sonríe de forma tan luminosa. La alegría de esta sonrisa entra en mi corazón, muy triste hoy, como ese vino de que hablaba el dueño de la casa, confortándole.
(No es la primera cosa que hoy me consuela. Ya desde esta mañana –y usted me había visto llorar a causa de un siempre vivo dolor de espíritu– El, durante la Comunión, se me había aparecido como de costumbre cuando usted dice: Ecce Agnus Dei”. Pero no se había limitado a mirarle con amor, Padre, y a sonreírme a mí. Se había separado de su lado, a la izquierda de la cama, y había pasado a la derecha con su paso largo, ligeramente flexionado hacia adelante, y había venido a la derecha, haciéndome caricias, sensibles, con sus largas manos y diciéndome: “¡No llores!”.... Mas ahora su sonrisa me inunda de paz).
Se vuelve. Se sienta en el último peldaño, en el punto más alto de la escalera, que se transforma en una tribuna para los más afortunados oyentes, es decir, para los dueños de la casa, para los apóstoles y para María, la cual, siempre humilde, ni siquiera había tratado de subir a ese puesto de honor, sino que la había conducido a él la señora. Está sentada justamente un peldaño más abajo que Jesús, de manera que su cabeza está a la altura de las rodillas de su Hijo, y, estando sentada de lado, Ella le puede mirar a la cara, con su mirada de paloma enamorada. El delicado perfil de María destaca nítido como en un mármol contra el muro oscuro de la rústica galería.
Más abajo están los apóstoles y los dueños de la casa. En el patio, todos los aldeanos: unos en pie, otros sentados en el suelo, otros encaramados en los lagares o en las higueras que hay en los cuatro ángulos del patio.

4 Jesús habla lentamente, hundiendo la mano en un amplio saco de trigo colocado detrás de las espaldas de María; parece como si estuviera jugando con esos granos o los estuviera acariciando con gusto, mientras con la derecha gesticula sosegadamente.
“Me han dicho: "Ven, Jesús, a bendecir el trabajo del hombre". Heme aquí. En nombre de Dios lo bendigo. Efectivamente, todo trabajo, si es honesto, merece bendición por parte del Señor eterno. Pero he dicho esto: la primera condición para obtener de Dios bendición es ser honestos en todas las acciones.
Veamos juntos cuándo y cómo las acciones son honestas. Lo son cuando se cumplen teniendo presente en el espíritu al eterno Dios. ¿Puede acaso pecar uno que diga: "Dios me está mirando. Dios tiene sus ojos puestos en mí, y no pierde ni un detalle de mis acciones"? No. No puede. Porque pensar en Dios es un pensamiento saludable y le impide al hombre pecar más, que cualquier amenaza humana.
¿Pero al eterno Dios se le debe sólo temer? No. Escuchad. Os fue dicho: "Teme al Señor tu Dios" (78). Y los Patriarcas temblaron, y temblaron los Profetas cuando el Rostro de Dios, o un ángel del Señor (79), se apareció a sus espíritus justos. Y ciertamente es verdad que en tiempo de cólera divina la aparición de lo sobrenatural debe hacer temblar el corazón. ¿Quién, aun siendo puro como un párvulo, no tiembla ante el Poderoso, ante cuyo fulgor eterno están en actitud de adoración los ángeles, rostro en tierra en el aleluya paradisíaco? Dios atenúa con un piadoso velo el insostenible fulgor de un ángel, para concederle al ojo humano poder mirarle sin que se le queden abrasadas pupila y mente. ¿Qué será entonces ver a Dios?
Pero esto es así mientras dura la ira. Cuando ésta queda substituida por la paz y el Dios de Israel dice: "He jurado y mantengo mi pacto. He ahí a quien envío, y soy Yo, aun no siendo Yo sino mi Palabra que se hace Carne para ser Redención", entonces el amor debe suceder al temor, y sólo amor debe dársele al eterno Dios, con alegría, porque el tiempo de paz ha llegado para la Tierra; la paz ha llegado entre Dios y el hombre. Cuando los primeros vientos de la primavera esparcen el polen de la flor de la vid, el agricultor debe temer aún, dado que la intemperie y los insectos pueden tenderle al fruto muchas insidias, mas cuando llega la feliz hora de la vendimia, ¡Ah!, entonces cesa todo temor y el corazón se regocija por la certeza de la cosecha.
El Vástago de la estirpe de Jesé (80), habiendo sido previamente anunciado por las palabras de los Profetas, ha venido; ahora está entre vosotros. El es Racimo opimo que os trae el zumo de la Sabiduría eterna y no pide sino ser cogido y exprimido y ser así Vino para los hombres. El es Vino de alegría sin fin para aquellos que se nutran con El. Pero, ¡Ay de aquellos que habiendo tenido a su alcance este Vino lo hayan rechazado, y tres veces desdichados aquellos que después de haberse nutrido con El lo hayan rechazado o mezclado en su interior con la comida de Satanás!

5 Y así vuelvo al primer concepto. La primera condición para obtener la bendición de Dios, tanto en las obras del espíritu como en las del hombre, es la honestidad de propósitos.
Honesto es el que dice: "Sigo la Ley, no para obtener de ella alabanza por parte de los hombres, sino por fidelidad a Dios". Honesto es aquel que dice: "Sigo a Cristo, no por los milagros que hace, sino por los consejos que me da de vida eterna". Honesto es quien dice: "Trabajo, no por ávido lucro, sino porque también el trabajo ha sido puesto por Dios como medio de santificación por su valor formativo, mortificante, preservativo, elevante; trabajo para poder ayudar a mi prójimo; trabajo para poder hacer resplandecer los prodigios de Dios, que de un granito minúsculo hace una macolla de espigas, de una semilla de uva hace una gran cepa, de la semilla de un fruto hace un árbol, y de mí, hombre, pobre nada, sacado de la nada por voluntad suya, hace un ayudante suyo en la obra infatigable de perpetuar los cereales, vides y árboles frutales, como en la de poblar la Tierra de hombres".
Hay personas que trabajan como acémilas, pero sin otra religión aparte de la de aumentar sus riquezas. ¿Que muere de aprietos y cansancio delante de él el compañero que ha sido menos favorecido por la suerte? ¿Que se mueren de hambre los hijos de este miserable? ¿Y qué le importa al ávido acumulador de riquezas? Hay otros todavía más duros, que no trabajan pero obligan a trabajar, y atesoran con el sudor ajeno. Y hay otros que dilapidan lo que avaramente arrebatan al esfuerzo ajeno. En verdad, en éstos el trabajo no es honesto. Y no digáis: "Y a pesar de todo Dios los protege". No. No los protege. Hoy gozarán de una hora de triunfo, pero no pasará mucho tiempo sin que los alcance la severidad divina, que, en el tiempo o en la eternidad, les recordará este precepto: "Yo soy el Señor tu Dios, ámame sobre todas las cosas y ama a tu prójimo como a ti mismo" (81). ¡Oh, entonces, verdaderamente, si esas palabras resuenan eternamente, serán más tremendas que los rayos del Sinaí (82)!

6 Muchas, demasiadas son las palabras que se os dicen. Yo os digo sólo éstas: "Amad a Dios. Amad al prójimo". Son como el trabajo que hace fecundo al sarmiento, realizado con la vid en primavera. El amor a Dios y al prójimo es como la grada que limpia el suelo de las hierbas nocivas del egoísmo y de las malas pasiones; es como la azada que excava un círculo en torno a la cepa para que quede aislada del contagio de hierbas parásitas y nutrida con frescas aguas de riego; es como cizalla que elimina lo superfluo para condensar la energía y dirigirla hacia donde dará fruto; es lazo que aprieta y sostiene junto al robusto palo; es, finalmente, sol que madura los frutos de la buena voluntad haciendo de ellos frutos de vida eterna.
Exultáis ahora porque el año ha sido bueno, ricas las mieses y opima la vendimia. Pero en verdad os digo que este júbilo vuestro es menos que un diminuto granito de arena en relación con el júbilo sin medida que será vuestro cuando el eterno Padre os diga: "Venid, fecundos sarmientos míos injertados en la verdadera Vid. Vosotros os prestasteis a toda operación, aunque fuera penosa, con tal de dar abundante fruto, y ahora venís a mí cuajados de los zumos dulces del amor a mí y al prójimo. Floreced en mis jardines durante toda la eternidad".
Tended a este eterno goce. Perseguid con fidelidad este bien. Agradecidos, bendecid al Eterno, que os ayuda a alcanzarlo. Bendecidle por la gracia de su Palabra, bendecidle por la gracia de la buena cosecha. Amad con gratitud al Señor y no tengáis miedo. Dios da el ciento por uno a quien le ama”.
Jesús habría terminado, pero todos gritan: “¡Bendícenos, bendícenos! ¡Danos tu bendición!”.
Jesús se levanta, extiende los brazos y dice con voz de trueno: “Que el Señor os bendiga y guarde, os muestre su faz y tenga piedad de vosotros. Que el Señor vuelva hacia vosotros su rostro y os dé su paz. Que el nombre del Señor esté en vuestros corazones, en vuestras casas y en vuestros campos (83)”.

7 La multitud, la pequeña multitud reunida, prorrumpe en un griterío de alegría y de aclamaciones al Mesías, más luego calla y se abre para dejar pasar a una madre que lleva en brazos a un niño paralítico de unos diez años. Ella le coloca echado a los pies de la escalera, como si se lo ofreciera a Jesús.
“Es una criada mía. Su hijo varón se cayó el año pasado desde la terraza y se partió la columna. Toda la vida tendrá que yacer sobre la espalda” explica el dueño de la casa.
“Ha esperado en ti todos estos meses...” añade la dueña.
“Dile que se acerque”.
Pero la pobre mujer está tan emocionada, que parece como si tuviera ella la parálisis. Tiembla toda y se le enredan los pies en el largo vestido al subir los altos escalones con su hijo en brazos.
María, piadosa, se pone en pie y baja hacia ella. “Ven. No temas. Mi Hijo te quiere. Dame a tu niño. Así podrás subir mejor. Ven, hija. Yo también soy madre” (y le coge el niño, al cual sonríe dulcemente). Y sube con el peso de esta conmovedora carga sobre sus brazos. La madre del niño la sigue, llorando.
Ya está María ante Jesús. Se arrodilla y dice: “¡Hijo! ¡Por esta madre!”. No dice nada más.
Jesús ni siquiera solicita su consabido "¿qué deseas que te haga? ¿Crees que puedo hacerlo?". No. Hoy sonríe y dice: “Mujer, ven aquí”.
La mujer se coloca justo junto a María. Jesús le pone una mano sobre la cabeza y se limita a decir: “Alégrate”. Aún no ha terminado de decir esta palabra y el niño, que hasta ahora había estado extendido como un cuerpo muerto, colgándole las piernas en brazos de María, se sienta como impulsado por un resorte y prorrumpe en un grito de alegría “¡Mamá!”, y corre a refugiarse en el pecho materno.
Los gritos de hosanna parece como si quisieran penetrar en el cielo completamente rojo del atardecer.
La mujer, con su hijo apretado contra el corazón, no sabiendo qué decir, lo pregunta: “Qué… qué tengo que hacer para decirte que soy feliz?”. A lo que Jesús, que sigue acariciándola, contesta: “Ser buena, amar a Dios y a tu prójimo, educar en este amor a tu hijo”.
Pero la mujer no se muestra todavía satisfecha. Quisiera... quisiera... y, por fin, pide: “Dadle un beso Tú y tu Madre a mi niño”.
Jesús se inclina y le besa, y María también. Y mientras la mujer se marcha feliz, entre las aclamaciones de un cortejo de amigos, Jesús le explica a la dueña de casa: “No ha hecho falta más. El estaba en los brazos de mi Madre. Incluso sin mediar palabra alguna le habría curado, porque Ella se siente feliz cuando puede consolar una aflicción, y Yo deseo hacerla feliz”.
Entonces Jesús y María se intercambian una de esas miradas cuyo significado es tan profundo, que sólo quien las ha visto las puede entender.

Continúa...

Notas:

78) Cfr. por ej. Lev. 19, 14 y 32; 25, 17 y 36; Dt. 6, 13; 10, 12 y 20.

79) Cfr. por ej. Gén. 17, 1–4; 32, 25–31; Ex. 3, 1–6; 33, 18–23; Dt. 18, 16; Jue. 6, 11–24; 13, 8–25; 3 Re. 19, 9–18; Is. 6, 1–5; Dan. 8, 15–27; 10, 1–19. Sería, sin embargo, un error pensar que en el Antiguo Testamento prevaleció el temor o el error. Cfr. por ej. Ex. 33, 11; Núm. 12, 7–8; Dt. 34, 10.

80) Cfr. Is. 11, 1–12.

81) Cfr. Dt. 6, 4–9; Lev. 19, 18.

82) Cfr. Ex. 19, 16; 20, 21.

83) Cfr. Núm. 6, 22–27. Una fórmula de bendición que Dios inspiró a Moisés para que con ella bendijese al pueblo.


 
 
El Poema del Hombre-Dios (105) 




30 DE MAYO: SAN FERNANDO, REY DE CASTILLA Y DE LEÓN

30 de Mayo: San Fernando, rey de Castilla y de León

(✞ 1252)

El gloriosísimo rey San Fernando fue hijo de don Alfonso IX y de doña Berenguela, la cual le crió con sus pechos, y así, con la leche, parece que mamó sus santas virtudes.

Jamás dejó de obedecerla como a una madre; y como algunos de los ricos hombres murmuraran que después de ser rey estaría tan rendido a su madre, dijo el santo:

- Cuando deje de ser su hijo, dejaré de serle obediente.

Poseía en altísimo grado todas las prendas reales, y con sus virtudes tenía tan ganados a sus vasallos, que era más rey de sus corazones que de las ciudades de su reino.

Tomó en sus manos la espada para hacer guerra a los moros que tiranizaban gran parte de España; pacificó los reinos de Castilla y de León, hizo tributarios a los reinos de Valencia y de Granada, conquistó los de Murcia, Córdoba, Jaén y Sevilla, y varios príncipes de África solicitaron su amistad con decentes partidos.

En treinta y cinco años que peleó se contaron siempre sus batallas por sus victorias y sus empresas por sus triunfos.

- Nunca desnudé la espada -decía él- ni cerqué ciudad ni castillo, ni salí a empresa, que no fuese mi único motivo el dilatar la fe de Cristo; y por la mayor gloria y servicio de Dios.

Fernando no rehusaba ningún trabajo de la guerra, como si fuera soldado particular, hasta dormir en el duro suelo, y hacer las centinelas por su turno con los demás soldados en el sitio de Sevilla.

Cuidaba mucho del alivio de sus vasallos, y no quería imponer nuevos tributos; y cuando se lo aconsejaban sus ministros con buen pretexto de hacer guerra a los moros, respondía:

- Más temo las maldiciones de una viejecilla pobre de mi reino, que a todos los moros de África.

Ganada la ciudad de Sevilla, dispuso una solemísima procesión de toda la gente lucida del ejército, de la nobleza, del clero y de los obispos, viniendo al fin la venerable efigie de nuestra Señora de los Reyes en un carro triunfal de plata.

Los templos y oratorios que edificó en honor a la Virgen Santísima pasaron de dos mil.

Finalmente después de un gloriosísimo reinado, conociendo el santo monarca que llegaba a su fin, antes de que lo mandasen los médicos, se confesó para morir y pidió la Sagrada Eucaristía, la cual recibió arrojándose de la cama y postrándose sobre la tierra con una soga al cuello.

Se despidió después de la reina Juana y de sus hijos, pidió humildemente a los circunstantes que si tenían alguna queja de él, le perdonasen; y respondiendo que no tenían ninguna que perdonar, alzó ambas manos al cielo diciendo:

- Desnudo nací y vine a la tierra y desnudo vuelvo a ella.

Mandó luego que cantasen el tedeum, y en el segundo verso que dice “A ti eterno Padre venera toda la tierra”, inclinó la cabeza y entregó su espíritu a Dios.

Reflexión:

Dicen los historiadores: “Cuando murió el Rey Don Fernando en todo el reino hubo un gran sentimiento, los hombres se mesaban las barbas y las mujeres principales se arrancaban los cabellos, y sin atender al decoro de las personas, salían por las calles llorando y poblando de clamores el aire. Todos oraban y decían: 'Ojalá no hubiese nacido o no hubiese muerto el príncipe'. Y hasta el mismo Alhamar mandó cien moros con antorchas encendidas a sus exequias”. No nos olvidemos pues de rogar incesantemente en nuestras oraciones al Señor que nos dé Reyes o gobernadores como San Fernando, que merezcan las bendiciones y no las maldiciones de sus pueblos.

Oración:

Oh Dios, que concediste al Bienaventurado Fernando, tu confesor, que pelease tus batallas y que venciese a los enemigos de tu fe, concédenos por su intercesión la victoria sobre nuestros enemigos corporales y espirituales. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

 

viernes, 29 de mayo de 2026

UNA ORACIÓN MUY ÚTIL PARA TIEMPOS DIFÍCILES

Compartimos una oración de prodigiosa eficacia, compuesta por San Agustín para tiempos de tribulación. 


Señor Jesucristo, Dios verdadero y amantísimo, que desde el seno del Padre Todopoderoso eterno fuiste enviado al mundo para absolver pecados, redimir a los afligidos, liberar cautivos, reunir a los errantes, guiar a los peregrinos a su patria, tener compasión de los verdaderamente arrepentidos, consolar a los oprimidos y atribulados; dígnate absolverme y librarme a mi, ..... , tu criatura, de la aflicción y tribulación en que me encuentro, porque recibiste de Dios Padre Todopoderoso la raza humana para redimirla; y habiéndote hecho hombre, adquiriste maravillosamente el Paraíso para nosotros con tu preciosa Sangre, estableciendo la paz completa entre ángeles y hombres.

Por lo tanto, dígnate, Señor, introducir y confirmar la perfecta concordia entre mis enemigos y yo, y haz que tu paz, tu gracia y tu misericordia resplandezcan sobre mí; mitigando y extinguiendo todo el odio y la furia que mis adversarios puedan tener contra mí, como hiciste con Esaú, quitando toda la aversión que tenía contra su hermano Jacob.

Extiende, Señor Jesucristo, sobre mí, .... , tu criatura, tu brazo y tu gracia, y dígnate librarme de todos los que me odian, como libraste a Abraham de la mano de los caldeos; a su hijo Isaac, de la consumación del sacrificio; a José, de la tiranía de sus hermanos; a Noé, del diluvio universal; a Lot, del fuego de Sodoma; a Moisés y Aarón, tus siervos, y al pueblo de Israel, del poder del faraón y de la esclavitud de Egipto; a David, de las manos de Saúl y del gigante Goliat; a Susana, del crimen y del falso testimonio; a Judit, del orgulloso e impuro Holofernes; a Daniel, de la trampa de los leones; a los tres jóvenes Sadrac, Mesac y Abednego, del horno de fuego; a Jonás, del vientre de la ballena; a la hija de la mujer cananea, del tormento del diablo; a Adán, de los dolores del infierno; a Pedro, de las olas del mar; y a Pablo, desde las prisiones.

Oh, Señor Jesucristo, el más amantísimo, Hijo del Dios viviente, escúchame a mí, .... , tu criatura, y ven pronto en mi auxilio, por tu encarnación, por tu nacimiento, por el hambre, por la sed, por el frío, por el calor; por los trabajos y las aflicciones; por los escupitajos y los golpes; por los azotes y la corona de espinas; por los clavos, la hiel y el vinagre; y por la cruel muerte que sufriste por mí; por la lanza que traspasó tu costado, y por las siete palabras que pronunciaste en la cruz, primero a Dios Padre Todopoderoso: Perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen. Luego al buen ladrón, que fue crucificado contigo: En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el Paraíso. Luego al mismo Padre: Elí, Elí, lama sabactani, que significa: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Luego a tu Madre: Mujer, he ahí a tu hijo. Luego al Discípulo: He ahí a tu madre, mostrando que cuidabas de tus amigos. Entonces dijiste: Tengo sed, porque deseaste nuestra salvación y la de las almas santas que estaban en el limbo. Luego dijiste a tu Padre: En tus manos encomiendo mi espíritu. Y finalmente exclamaste, diciendo: Consumado está, porque todos tus trabajos y sufrimientos habían sido consumados.

Por todo esto te suplico, por tu descenso al limbo, por tu gloriosa Resurrección, por los frecuentes consuelos que diste a tus discípulos, por tu admirable ascensión, por la venida del Espíritu Santo, por el terrible día del juicio; así como por todos los beneficios que he recibido de tu bondad (porque me creaste de la nada, me redimiste, me concediste tu santa fe, me fortaleciste contra las tentaciones del diablo y me prometiste la vida eterna); Por todo esto, mi Redentor, mi Señor Jesucristo, te pido humildemente que me defiendas ahora y siempre del malvado adversario y de todo peligro; para que después de esta vida presente merezca gozar de tu divina presencia en la bienaventuranza.

Sí, Dios mío y Señor mío, ten misericordia de mí, criatura miserable, todos los días de mi vida. Oh Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob, ten misericordia de mí, .... , tu criatura, y envía en mi auxilio a tu santo Arcángel Miguel, para que me guarde y defienda de todos los enemigos malignos, carnales y espirituales, visibles e invisibles.

Y tú, San Miguel, Arcángel de Cristo, defiéndeme en la batalla final, para que no perezca en el terrible juicio.

Arcángel de Cristo, San Miguel, te ruego, por la gracia que has ganado, y por nuestro Señor Jesucristo, que me libres de todo mal y del peligro final en la última hora de la muerte. 

San Miguel, San Gabriel, San Rafael y todos los demás Ángeles y Arcángeles de Dios, socorred a esta criatura miserable: os ruego humildemente que me prestéis vuestra ayuda, para que ningún enemigo me cause daño, ya sea en el camino, en el fuego, despierto, dormido, hablando o en silencio; tanto en la vida como en la muerte.

Aquí está la cruz † del Señor; huid, enemigos adversos. El león de la tribu de Judá, descendiente de David, ha vencido. Aleluya. Salvador del mundo, sálvame; Salvador del mundo, ayúdame. Tú que, por tu Sangre y tu Cruz, me redimiste, sálvame y defiéndeme hoy y siempre.

Agios o Theos † Agios Ischyrós † Agios Athánatos † Eleison imas. Santo Dios, † Dios Poderoso, † Dios Inmortal, † ten misericordia de nosotros. Cruz de Cristo † sálvame. Cruz de Cristo † protégeme. Cruz de Cristo † defiéndeme. En el nombre del Padre † y del Hijo † y del Espíritu Santo. Amén.


Traducida de las Horas de Nuestra Señora del Cisterciense, impresas en Venecia en 1728. Devocional de las Horas Marianas, págs. 387-9.