CAPITULO DECIMOSEPTIMO
CUARTO MEDIO PARA ALCANZAR LA SABIDURIA:
UNA VERDADERA Y TIERNA DEVOCION A LA SANTISIMA VIRGEN
1 - TE ES NECESARIA UNA VERDADERA DEVOCION A MARIA
Nadie, fuera de María, encontró gracia delante de Dios para sí misma y para toda la humanidad; nadie sino Ella tuvo el poder de encarnar y dar a luz a la Sabiduría Eterna; y nadie, fuera de ella, puede, aun hoy -por decirlo así-, encarnarlo en los predestinados gracias a la operación del Espíritu Santo (2).
Los patriarcas, los profetas y los santos del Antiguo Testamento gimieron, suspiraron e imploraron la encarnación de la Sabiduría Eterna, pero ninguno pudo merecerla (3). Sólo María, por la sublimidad de sus virtudes, fue encontrada digna de subir hasta el trono de la divinidad y merecer ese bien infinito (4). Vino a ser Madre, Señora y Trono de la divina Sabiduría.
María es la dignísima Madre de la Sabiduría, porque la encarnó y dio a luz como fruto de sus entrañas: Y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús (5).
Por ello podemos afirmar con toda verdad que en todo lugar donde esté Jesús-en el Cielo, en la tierra, en los sagrarios o en los corazones- es fruto y obra de María y que sólo María es el árbol de vida, y Jesús su único fruto.
Por consiguiente, quien desee este fruto maravilloso en el corazón, debe poseer el árbol que lo produce. ¡Si deseas tener a Jesús, debes tener a María! (6).
María es Señora de la Sabiduría. No porque sea superior o igual a la Sabiduría, que es verdadero Dios. Blasfemo sería pensarlo o decirlo. Sino porque Dios Hijo, la Sabiduría encarnada, se ha sometido perfectamente a María, su Madre; porque El le ha otorgado un incomprensible poder maternal y natural sobre sí mismo, no solamente durante la vida terrena, sino también en el Cielo, ya que la gloria no destruye a la naturaleza, sino que la perfecciona. De suerte que Jesús es en el Cielo, más que nunca, Hijo de María, y María, Madre de Jesús (7). Y en cuanto tal, María tiene autoridad sobre El. Y El, en cierto modo, le está sometido, porque así lo quiere. Esto significa que María, por su plegaria poderosa y su divina maternidad, obtiene de Jesús todo cuanto quiere, lo comunica a quien quiere y lo produce cada día en quien Ella quiere (8).
¡Oh! ¡Qué dichoso es quien se ha granjeado la benevolencia de María! Puede estar seguro de poseer muy pronto la Sabiduría. Porque María, que ama a los que la aman (9), le comunica sus dones a manos llenas, especialmente el que encierra a todos los demás: Jesús, fruto de su vientre.
Si podemos decir con toda verdad que, en cierto sentido, María es Señora de la Sabiduría encarnada, ¿qué diremos de su poder sobre las gracias y dones de Dios y de la libertad de que goza para distribuirlos a quien le plazca? Dicen los santos Padres que María es el océano inmenso de todas las gracias de Dios, el magnífico almacén de sus bondades, el tesoro inagotable del Señor y la tesorera y distribuidora de todos sus dones (10).
Habiéndole dado su propio Hijo, el Padre quiere -al mismo tiempo- que lo recibamos todo de Ella, y no desciende a la tierra don celestial alguno, que no pase por sus manos como por un canal.
Todo lo hemos recibido de su plenitud. Y si hay en nosotros alguna gracia, alguna esperanza de salvación, es don de Dios que nos llega por María. Tan dueña es Ella de los bienes de Dios, que da a quien quiere, cuanto quiere, cuando quiere y como quiere todas las gracias de Dios, todas las virtudes de Jesucristo y todos los dones del Espíritu Santo, todos los bienes de la naturaleza, de la gracia y de la gloria. Son éstos, pensamientos y expresiones de los Santos Padres, cuyos textos latinos no transcribo para abreviar (11).
Pero sean cuales fueren los dones que nos otorgue nuestra soberana y amable Princesa, Ella no se da por satisfecha hasta darnos la Sabiduría Encarnada, su Hijo Jesús, y vive buscando personas dignas de la Sabiduría (12) para comunicársela.
María es, además, el Trono regio de la Sabiduría eterna. En quien la Sabiduría manifiesta sus grandezas, ostenta sus tesoros y encuentra sus delicias. Y no hay otro lugar en el Cielo y en la tierra donde la Sabiduría Eterna derroche tanta magnificencia y se complazca tanto, como en la incomparable María.
Por ello, los Santos Padres (13) la definen como santuario de la divinidad, descanso y complacencia de la Santísima Trinidad, trono de Dios, ciudad de Dios, altar de Dios, templo de Dios, mundo y paraíso de Dios. Epítetos y alabanzas que resultan verdaderas en relación con las múltiples maravillas que el Altísimo ha realizado en María.
Es así como sólo por María podrás obtener la Sabiduría. Pero, si llegamos a recibir un don tan sublime como el de la sabiduría, ¿dónde lo colocaremos? ¿Qué casa, qué lugar, qué trono ofreceremos a una Reina tan pura y resplandeciente, ante la cual los rayos del sol no son sino fango y tinieblas? Quizás respondas que la Sabiduría sólo busca nuestro corazón, y que basta ofrecérselo y colocarla en él.
¿Ignoras, quizás, que nuestro corazón está manchado e impuro, es carnal y está lleno de múltiples pasiones, y, por lo tanto, es indigno de hospedar a tan santo y noble huésped? (14). Y, aun cuando tuviéramos cien mil corazones como el nuestro y se los ofreciéramos para que le sirvan de trono, con todo derecho podría despreciar nuestro ofrecimiento, permanecer sorda a nuestras solicitudes, acusarnos de temeridad e insolencia por pretender alojarla en lugar tan infecto e indigno de su majestad (15).
¿Qué hacer, pues, para que nuestro corazón sea digno de la Sabiduría? Aquí está el gran consejo, el secreto admirable: ¡Introduzcamos -por decirlo así- a María en nuestra casa (16), consagrándonos a Ella como servidores y esclavos suyos! ¡Desprendámonos, en sus manos y en honor suyo, de todo cuanto más amamos, sin reservarnos nada! Y esta bondadosa Señora, que jamás se deja vencer en generosidad, se dará a nosotros de manera incomprensible, pero real. Entonces, la Sabiduría Eterna vendrá a morar en Ella, como en su trono más glorioso.
María es el imán sagrado que dondequiera que esté atrae tan fuertemente a la Sabiduría Eterna, que ésta no puede resistir. Es el imán que la atrajo a la tierra para los hombres, y la sigue atrayendo todos los días a cada una de las personas en que Ella mora. Si logramos tener a María en nosotros, fácilmente y en poco tiempo, gracias a su intercesión, alcanzaremos también la divina Sabiduría.
Entre todos los medios que existen para poseer a Jesucristo, María es el más seguro, fácil, corto y santo. Aunque hiciéramos las más espantosas penitencias, emprendiéramos los viajes más penosos y los trabajos más pesados; aun cuando derramáramos nuestra sangre para adquirir la divina Sabiduría, si nuestros esfuerzos no están acompañados de la intercesión de la Santísima Virgen y de la devoción a Ella, serán poco menos que incapaces e inútiles para alcanzarla. Pero si María pronuncia una palabra en favor nuestro, si su amor mora en nosotros, si nos hallamos marcados con el sello de los fieles servidores que observan sus caminos, pronto y sin fatiga obtendremos la divina Sabiduría.
Observa que María no es solamente la Madre de Jesús, Cabeza de los elegidos, sino también la Madre de todos sus miembros; de hecho, Ella los engendra, los lleva en su seno y los hace nacer a la gloria, mediante la gracia de Dios que Ella les comunica.
Esta doctrina pertenece a los Santos Padres -entre otros, a San Agustín-, quien dice que los elegidos moran en el seno de María y que Ella los da a luz cuando entran en la gloria (17).
Además, solamente a María ha dicho Dios que habite en Jacob, tome por herencia a Israel y arraigue en los elegidos y predestinados (18).
De estas verdades debemos deducir que:
1) en vano nos gloriamos de ser hijos de Dios y discípulos de la Sabiduría, si no somos hijos de María;
2) para entrar en el número de los elegidos es necesario que María habite y arraigue en nosotros, por medio de una tierna y sincera devoción hacia Ella;
3) oficio de María es engendrar en nosotros a Jesucristo, y a nosotros en El, hasta la perfección y madurez totales (19), de suerte que puede decir de sí misma, con mayor verdad que San Pablo: Hijos míos, otra vez me causan dolores de parto hasta que Cristo tome forma en ustedes (20).
2 - EN QUE CONSISTE LA VERDADERA DEVOCION A MARIA
Deseoso de hacerte devoto de la Santísima Virgen, quizás me preguntes en qué consiste la verdadera devoción a Ella.
Te respondo en dos palabras: consiste en un gran aprecio de sus grandezas, en un reconocimiento sincero de sus beneficios, en un celo inmenso por su gloria, en una invocación continua de su ayuda, en una total dependencia de su autoridad, en una firme y tierna confianza en su bondad maternal (21).
Cuídate mucho de las falsas devociones a la Santísima Virgen. De ellas se sirve el demonio para engañar y llevar a la condenación a muchas almas. No me detengo a describirlas. Me contentaré con afirmar que la verdadera devoción a la Santísima Virgen es siempre interior, sin hipocresía ni superstición; tierna, sin indiferencia ni escrúpulos; constante, sin alteraciones ni infidelidad; santa, sin presunción ni desorden.
Cuidado, pues, con pertenecer:
- al número de los devotos hipócritas, que hacen consistir su devoción únicamente en las palabras y en lo exterior;
- al número de los devotos críticos y escrupulosos, que temen honrar demasiado a la Santísima Virgen y deshonrar al Hijo al honrar a la Madre;
- al número de los devotos indiferentes e interesados, que no tienen amor tierno a la Santísima Virgen y filial confianza en Ella y sólo recurren a María para obtener o conservar bienes temporales;
- a los devotos inconstantes y superficiales, que son devotos de la Santísima Virgen sólo a su capricho y a intervalos y abandonan su servicio cuando llega la tentación;
- ni, finalmente, a los devotos presuntuosos, que, bajo el velo de algunas devociones exteriores, esconden un corazón corrompido por el pecado y se hacen la ilusión de que, gracias a estas prácticas de devoción a la Santísima Virgen, no morirán sin confesión y se salvarán, por más pecados que cometan.
No descuides alistarte en las cofradías de la Santísima Virgen, especialmente en la del Santísimo Rosario, cumpliendo los compromisos que conllevan, y que son muy eficaces para la salvación.
Pero la más perfecta y útil de todas las devociones a la Santísima Virgen es la de consagrarte totalmente a Ella -y a Jesucristo por medio de Ella- en calidad de esclavos, haciéndole entrega total y perpetua del propio cuerpo, alma, bienes interiores y exteriores, satisfacciones y méritos de las buenas obras, y del derecho de disponer de ellas y, en fin, de todos los bienes recibidos en el pasado, de los que posees en el presente y poseerás en el futuro.
Dado que son muchos los libros que tratan de esta devoción, básteme afirmar que no he encontrado jamás una práctica de devoción a la Santísima Virgen más sólida que ésta -porque se apoya en el ejemplo de Jesucristo-, ni que dé más gloria a Dios, sea más saludable al alma, más terrible a los enemigos de la salvación, más suave y fácil.
Esta devoción, debidamente practicada, no sólo atrae al alma a Jesucristo, la Sabiduría eterna, sino que la mantiene y conserva en ella hasta la muerte. Pues, te pregunto, ¿de qué nos servirá buscar mil secretos y gastar mil esfuerzos para alcanzar el tesoro de la Sabiduría si, después de recibirlo, tenemos la desgracia de perderlo por nuestra infidelidad, como le sucedió a Salomón? El era tan sabio como quizás nosotros no llegaremos a serlo jamás. Era, por consiguiente, más fuerte e iluminado. Y, sin embargo, fue engañado y vencido y cayó en el pecado y la locura, dejando a sus sucesores doblemente asombrados: ante sus luces y sus tinieblas, ante su sabiduría y la insensatez de sus pecados. Si su ejemplo y sus escritos animaron a todos sus descendientes a desear y buscar la Sabiduría, podemos decir que su caída, o la duda bien fundada que de ella tenemos, ha retraído a una multitud de personas de buscar una realidad tan hermosa en verdad, pero tan fácil de perder.
Para ser, pues -en cierta forma-, más sabios que Salomón, coloquemos en manos de María cuanto poseemos y el mismo tesoro de los tesoros que es Jesucristo, con el fin de que Ella nos lo conserve. Somos vasos demasiado frágiles; no pongamos en ellos tan precioso tesoro ni este celestial maná. Muchos enemigos nos rodean y son demasiado astutos y experimentados; no confiemos en nuestra prudencia ni en nuestra fuerza. La dolorosa experiencia que tenemos ya de nuestra inconstancia y natural ligereza, nos obligan a desconfiar de nuestra prudencia y fervor.
María es prudente; pongámoslo todo en sus manos. Ella sabrá disponer de nosotros y de cuanto nos pertenece para mayor gloria de Dios.
María es caritativa; nos ama como a hijos y servidores suyos. Ofrezcámosle todo. No perderemos nada, ya que todo lo hará redundar en provecho nuestro.
María es generosa; devuelve más de lo que se le confía. Démosle cuanto poseemos sin reserva alguna y recibiremos el ciento por uno: por cien huevos, un buey, según reza el refrán.
María es poderosa; nadie puede arrebatarle lo que se le ha confiado en depósito. Pongámonos en sus manos, que Ella nos defenderá y nos hará triunfar sobre nuestros enemigos.
María es fiel; no deja perder ni extraviar lo que se le confía. Es la Virgen fiel por excelencia a Dios y a los hombres. Conservó cuanto Dios le había confiado, sin perder ni una partícula, y sigue conservando con particular esmero a quienes se colocan bajo su protección y cuidado.
Confiémoslo, pues, todo a su fidelidad. Agarrémonos a Ella como a una columna que nadie puede derribar, como a un áncora que nadie puede arrancar o, mejor, como a la montaña de Sion, a la que nadie puede conmover (22). Por muy ciegos, débiles e inconstantes que seamos por naturaleza y por muy numerosos y malignos que sean nuestros enemigos, jamás seremos engañados, ni nos extraviaremos, ni tendremos la desdicha de perder la gracia de Dios y el infinito tesoro de la Sabiduría eterna.
CONSAGRACIÓN de sí mismo a Jesucristo, la Sabiduría Encarnada, por medio de María (23).
¡Oh Sabiduría Eterna y Encarnada, oh amabilísimo y adorable Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, Hijo único del Padre eterno y de María, siempre Virgen!
Te adoro profundamente en el seno y esplendores del Padre, durante la eternidad, y en el seno virginal de María, tu dignísima Madre, en el tiempo de la encarnación.
Te doy gracias por haberte anonadado, tomando forma de esclavo (24) para liberarme de la cruel esclavitud del demonio.
Te alabo y glorifico por haberte sometido libremente y en todo a María, tu Madre santísima, para hacerme por Ella tu esclavo fiel.
Pero, ¡ay! Ingrato e infiel como soy, no he cumplido contigo los votos y promesas que tan solemnemente te hice en el bautismo, no he cumplido mis obligaciones ni merezco llamarme hijo ni esclavo tuyo.
Y no habiendo en mí nada que no merezca tu cólera y rechazo, no me atrevo a acercarme por mí mismo a tu santísima y augusta Majestad.
Por ello, acudo a la intercesión y misericordia de tu santísima Madre. Tú me la has dado como Mediadora ante ti. Yo espero alcanzar de ti, por mediación suya, la contrición y el perdón de mis pecados y la adquisición y conservación de la Sabiduría.
Te saludo, pues, ¡oh María inmaculada!, tabernáculo viviente de la divinidad, en donde la Sabiduría Eterna, escondida, quiere ser adorada por ángeles y hombres.
Te saludo, ¡oh Reina del Cielo y de la tierra! A tu imperio está sometido cuanto hay debajo de Dios.
Te saludo, ¡oh Refugio seguro de los pecadores!; todos experimentan tu gran misericordia.
Atiende mis deseos de alcanzar la divina Sabiduría, y recibe para ello los votos y ofrendas que en mi bajeza te vengo a presentar.
Yo, N.N., pecador infiel, renuevo y ratifico hoy en tus manos los votos de mi bautismo; renuncio para siempre a Satanás, a sus pompas y a sus obras, y me consagro totalmente a Jesucristo, la Sabiduría encarnada, para llevar mi cruz en su seguimiento todos los días de mi vida y a fin de serle más fiel de lo que he sido hasta ahora.
Te escojo hoy, en presencia de toda la corte celestial, por mi Madre y Señora; Te entrego y consagro, en calidad de esclavo, mi cuerpo y mi alma, mis bienes interiores y exteriores, y hasta el valor de mis buenas acciones pasadas, presentes y futuras.
Dispón de mí y de cuanto me pertenece, sin excepción, según tu voluntad, para la mayor gloria de Dios en el tiempo y la eternidad.
Recibe, ¡oh Virgen benignísima!, esta humilde ofrenda de mi esclavitud; en honor y unión de la sumisión que la Sabiduría Eterna ha querido tener para con tu maternidad; en honor del poder que ambos tenéis sobre este gusanillo y miserable pecador, y en acción de gracias por los privilegios con los que la Santísima Trinidad ha querido favorecerte.
Protesto que de hoy en adelante quiero, como verdadero esclavo tuyo, buscar tu honor y obedecerte en todo.
¡Oh Madre admirable! Preséntame a tu querido Hijo, en calidad de eterno esclavo, a fin de que, habiéndome rescatado por tu mediación, me reciba ahora de tu mano.
¡Oh Madre de misericordia! Alcánzame la verdadera Sabiduría de Dios, colocándome para ello entre aquellos a quienes amas, enseñas, diriges, nutres y proteges, como a tus verdaderos hijos y esclavos.
¡Oh Virgen fiel! Haz que yo sea en todo tan perfecto discípulo, imitador y esclavo de la Sabiduría encarnada, Jesucristo, tu Hijo, que logre llegar, por tu intercesión y a ejemplo tuyo, a la plenitud de su edad sobre la tierra y de su gloria en el Cielo. Amén.
El que pueda con eso, que lo haga (25).
Quien sea sabio, que lo entienda,
quien sea inteligente, que lo comprenda (26).
FIN DEL LIBRO “EL AMOR DE LA SABIDURÍA ETERNA”
Notas:
1) Condensa aquí San Luis María la doctrina que más ampliamente expondrá en El Secreto de María y en el Tratado de la Verdadera Devoción…
2) Ver Lc 1,35.
3) Ver ASE 104.
4) San Gregorio Magno, In librum primum Regum expositio I, c 1, n 5: PL 79,25; San Bernardo, Sermo de aquaeductu, PL 183,441.
5) Lc 1,42; ver VD 33.44.77.164.218.249.261.
6) "Si queremos ser cristianos, debemos ser marianos". (Pablo VI, 24-3 1970.)
7) VD 27.39.164.165.
8) VD 17.27-28.
9) Ver Pr 8,17.
10) Ver SM 9-14; VD 23-26.
11) VD 26.
12) Sb 6,16.
13) VD 262 y nota.
14) SM 72-74; VD 79.81.213.245.
15) Recuérdese lo dicho en Jn 15,5 y GS 13. La afirmación del P. de Montfort no quiere contradecir en forma alguna lo que sabemos sobre la dignidad de la persona humana (Ver DH 1).
16) Jn 19,27.
17) Ver VD 30-33 y notas.
18) Ver SM 15; VD 29-36.
19) Ver Ef 4,13.
20) Gal 4,19; ver SM 16-17; VD 33.218.
21) SM 25; VD 115-118.
22) Ver Sl 125(124),1; 46(45),6.
23) Existen contactos entre esta Consagración y las del Jesuita P. Nepveu ("Exercices intérieurs").
24) Filp 2,7.
25) Mt 19,12.
26) Os 14,10





