martes, 16 de junio de 2026

GRANDES REBAJAS DEL CRISTIANISMO: EL PELAGIANISMO ACTUAL (2)

Una vez que la apostasía hizo que gran parte de las antiguas naciones cristianas abandonaran su fe en Cristo, la cultura de Occidente permanece cerrada, sin el auxilio sobrenatural de Dios. 

Por el padre José María Iraburu


El hombre a solas con el hombre

Una vez que la apostasía hizo que gran parte de las antiguas naciones cristianas abandonaran su fe en Cristo, la cultura de Occidente permanece cerrada en el inmanentismo del hombre solo, sin la gracia, sin el auxilio sobrenatural de Dios. Y solo le queda entonces, en la onda de la Ilustración, profesar el mito del progreso necesario, Fichte, Herder, Comte, Hegel, o después de los horrores del siglo XX, hundirse en la náusea de Sartre y compañeros. Pero miremos dentro de la misma Iglesia.

Si buscamos actualizaciones del pelagianismo, vamos a dar en algunos autores de los que ya he tratado: Teilhard de Chardin, S. J., Anthony De Mello, S. J., con su Autoliberación interior, una obra que encabeza cientos de otros títulos semejantes, o topamos con Schillebeeckx y las devaluaciones del pecado original en el Catecismo holandés… Señalaré aquí al respecto dos autores más.

Karl Rahner, S. J. (1904-1984) sugirió una rehabilitación del monje británico Pelagio. Ya desde los años 1930 afirmaba Rahner la vinculación necesaria de lo sobrenatural a la naturaleza humana. Rahner presentó abiertamente la teología de lo sobrenatural no gratuito. Algunas doctrinas semejantes se hallan en la obra Surnaturel (1946) del P. Henry de Lubac, S. J. Pero no es éste el lugar apropiado para examinar a fondo estas tesis. Recuerdo aquí solamente al cardenal José Siri (1906-1989), que en su obra Getsemaní; reflexiones sobre el movimiento teológico contemporáneo (CETE, Toledo 1981), refuta la teología de Rahner en su teología de la gracia:

“Rahner concluye que la gracia es el cumplimiento de nuestra esencia. Partiendo de una visión de las cosas que, quiérase o no, rechaza de facto la verdadera gratuidad del orden sobrenatural, llega él a colocar a Cristo y a Dios en las cosas: "Dios y la gracia de Cristo están en el todo, como la esencia secreta de toda realidad"” (pág. 87). Según estas tesis, entiende Rahner que “el dogma [de la Inmaculada Concepción] en ningún modo significa que el nacimiento de un ser humano esté acompañado por algo contaminante, por una mancha, y que para evitarla, un privilegio fuese necesario a María” (págs. 89-90). Esta doctrina, comenta el card. Siri, “conduce hasta la doctrina del cristiano anónimo, hasta la doctrina de la muerte de Dios, de la secularización, de la desmitización, de la liberación y tantas otras” (92). La doctrina rahneriana sobre la gracia se aproxima al pensamiento de Pelagio, para el cual el mismo libre arbitrio dado por Dios al hombre es la gracia. José Antonio Sayés, coincidiendo con el análisis de Siri, en La esencia del cristianismo; diálogo con K. Rahner y H. U. Von Balthasar (Cristiandad, Madrid 2005, 132-140) examina con gran claridad las tesis neo-pelagianas de Rahner.

Hans Küng (1928-), ya alejado por la Iglesia de la docencia católica (Congregación de la Fe, Declaración 15-XII-1979), publicó un best-seller, escasamente refutado por los teólogos católicos (Projekt Weltethos, Piper, Munich 1990: Proyecto de una ética mundial, Trotta, Madrid 1991; 6ª ed, 2003). Lógicamente, la obra fue inmediatamente adoptada por la UNESCO como texto básico para un Congreso mundial sobre la moral. Su enseñanza se asemeja a la Declaración de una Ética Mundial (Parlamento de las Religiones del Mundo, Chicago, IX-1993). Küng fue presidente de la Fundación por una Ética mundial (Weltethos), en la que caben todos, menos los católicos.

“¿Rehabilitar a Pelagio? De nuevo en auge el hereje del siglo V. Se quiere suprimir el dogma del pecado original. Cómo se vuelven pelagianos los católicos”. Este es el título que aparece en una portada de la revista 30 Días (1-1991). En ella se cita a Augusto del Noce: “el intento filosófico más importante del mundo moderno [ha sido] elaborar una religión de la que se excluyera lo sobrenatural”. Es un intento que viene ya de atrás. En 1793 el señor Kant escribe La Religión dentro de los límites de la sola razón.

“Podemos reconocer –escribe el profesor Francisco Canals– que en nuestros días, tras siglos de pensamiento y cultura ya emancipados de la inspiración cristiana, y mientras sería muy difícil advertir en los católicos el peligro de un pesimismo jansenista o de un predestinacionismo fatalista, es bastante general la ignorancia sobre los puntos más centrales de la salvación del hombre por la gracia de Jesucristo” (En torno al diálogo católico protestante, Herder, Barcelona 1966, 68).

El pelagianismo, hoy sobreabundante en la Iglesia, se da en múltiples versiones. Señalaré algunas principales.

Pelagianismo roussoniano


Sonriente, buenista, que mantiene un optimismo a ultranza –pase lo que pase en el mundo y en la Iglesia–, positivo, creativo, eufórico, energético, activista, “todo el mundo es bueno”. Ramalazos de él, al menos, afectan también a buenas personas y obras católicas. Silencio discreto sobre “el pecado del mundo”, pero sobre todo acerca de la condición caída de la naturaleza humana. Silencio sobre la necesidad urgente y absoluta de la gracia de Cristo. Revistas católicas que apenas hablan de Dios y de la salvación: “querer es poder”, “diez normas para mantener unido el matrimonio” –todas puramente naturales–, noticias positivas. Postales, carteles, calendarios, a veces de obras religiosas, con imágenes de gente feliz, hermosa y de buena salud, que van acompañados de frases sublimes, casi nunca tomadas de la Escritura o de los santos: “sonriendo transformamos el mundo” (Anthony Morgan-Klaus). Todo ese positivismo, ya me perdonarán, nada tiene que ver con la alegría cristiana, hecha de amor a Dios y al prójimo, y de esperanza de la vida eterna. Todo eso, hoy tan frecuente, es simple pelagianismo puro y duro.

Ovidio (+17), poeta pagano contemporáneo de Cristo, estaría en condiciones de desengañar a los actuales cristianos pelagiano-roussonianos, porque él sabía lo que hoy parecen ignorar no pocos teólogos y laicos ilustrados: “video meliora proboque, deteriora sequor” (veo lo que es mejor y lo apruebo, pero sigo lo peor) Metamorfosis VII, 20; = Rm 7,15). El hombre, afectado por el pecado original, está siempre entre el bien y el mal, y sin el auxilio sobrenatural de la gracia de Cristo está perdido.

Pelagianismo de terapias naturales


Espera lograr la perfección del hombre mediante la aplicación de métodos psico-somáticos. Reuniones y libros de Autoayuda, de Autoliberación interior. (Bueno está el hombre para auto-liberarse…) No suelen faltar en estos libros y grupos frecuentes dosis orientalistas. El budismo, al no creer en un Dios personal, no puede sino pretender una salvación autónoma, en la que sea el hombre quien salva al hombre. En los últimos decenios es cada vez más frecuente que en Comunidades religiosas, Casas de Ejercicios, Centros de Espiritualidad, junto a reuniones bíblicas o ejercicios espirituales, se oferte también una serie muy variada de terapias naturales: eneagrama, meditación transcendental, reiki, técnicas individuales o comunitarias de autorrealización, yoga, zen, energía positiva, rebirthing, dinámicas de grupo, sofrología, yosoki, etc. etc. etc. New Age. Palitos de incienso, en salas con moqueta y luz indirecta, donde a veces quedó colgado un crucifijo, una imagen de la Virgen María… “Traer ropa y calzado cómodos”. Transcribo de la propaganda de algunos de estos Centros:

“Una técnica liberadora de las tensiones psíquicas y de la dispersión mental como camino que facilita el sereno acceso a la identidad personal. Una paciente y sosegada escucha del lenguaje del cuerpo, como recuperación del silencio y de la unidad. Escuchar la experiencia, ver la realidad como es (vispassana)”. “Los retiros [les llaman retiros] de yoga, reiki y sofrología caycediana son encuentros de trabajo y profundización personal, así como de iniciación en estos procesos de crecimiento, que generan una profunda paz y bienestar, así como una gran revitalización, equilibrando la energía, despertando la consciencia, serenando la mente, armonizando los chacras [esto es importante], despertando la vida del ser, elevando el alma, ayudando a crecer y dar los pasos necesarios en el momento de la vida en que cada uno se encuentra… Desomatiza lo negativo, somatiza lo positivo. Equilibra todo el sistema energético, generando un agradable estado de cálido bienestar y confianza interior. Actualiza las potencialidades dormidas o paralizadas. En un ambiente tranquilo y apacible, como es el monasterio de N. N… Comida vegetariana”… Página web, números de teléfono, e-mail de contacto. Organización perfecta. Y a veces los dichos cursillos son caros. Pero merece la pena: lo que vale, cuesta.

De todo esto nada supieron los pobres San Benito, San Francisco de Asís, San Ignacio de Loyola, San Juan de la Cruz… Y el diablo ahora lo fomenta con entusiasmo. Lo que hunde al diablo en la miseria es la Misa, el rosario, la oración, el agua bendita, el signo de la Cruz, las jaculatorias, la frecuencia de la confesión, la dirección espiritual –y más si es con obediencia–, la lectura de la Biblia y de autores espirituales, la práctica de las virtudes y de las obras de misericordia, visitar enfermos, ayudar a pobres, etc., las novenas, etc. Ésas son las cosas que lo matan. En cambio con estas otras el diablo se fortalece y está feliz. Lo suyo es el pelagianismo.

Pelagianismo sincretista


Notemos que la verdad es refractaria a todos y a cada uno de los errores. Por el contrario, los errores, aunque a veces sean contradictorios entre sí, muestran una singular capacidad de amalgama y de unidad operativa. La Ética mundial ya aludida engloba innumerables filosofías, terapias y religiones, muchas veces inconciliables entre sí; pero que, sin embargo, se concilian amistosamente y concelebran juntos. Y si consiguen la presencia de algún monje vestido de color naranja, pongamos, su santidad Darwha Mira Ramchandani, tanto mejor; aunque no sea indio, que a lo mejor, por ejemplo, es un señor de Murcia, don Ernesto Paniagua; también les vale. Es lo que digo: pueden juntarse todas estas diversidades en comunes celebraciones llenas de color y falso entusiasmo. Y es que en realidad hay algo que les une profundamente: el rechazo unánime de Cristo y de su gracia. Pongo un ejemplo tomado de un diario:

“Por cuarto año consecutivo, en el Colegio [católico] de los Padres N. N., el día 29 de enero, aniversario de la muerte de Gandhi, se celebrará un Encuentro por la Paz y la Reconciliación”. Se invita a todos, cristianos, creyentes no-cristianos, ateos. Hay que sumar, y no restar. En la fotografía del Evento se aprecia en el amplio patio del Colegio la palabra PAZ, configurada por unos ochocientos alumnos, debidamente ordenados por sus profesores, algunos de ellos religiosos… ¿No es conmovedor? Según dicen, “son estos pequeños gestos los que tienen fuerza para crear un mundo nuevo”… En el fondo del patio, a espaldas de todos los alumnos, se alcanza a ver una imagen de la Virgen, puesta allí hace cincuenta años. Ella es la Madre del único Príncipe de la paz, de esa paz que, ciertamente, el mundo no puede dar (Jn 14,27). Ni siquiera Gandhi, que ya está muerto.

Pelagianismo liberacionista


Ceñudo y tenso, como no podría ser de otro modo. Che Guevara. Mayo de 1968. Teología de la Liberación. El Jesús de Pasolini, de ceja única. Cuando la Congregación de la Fe, presidida por el cardenal Ratzinger, publica la instrucción Libertatis nuntius, sobre algunos aspectos de la teología de la liberación (6-VIII-1984), advierte que “solamente recurriendo a las capacidades éticas de la persona y a la perpetua necesidad de conversión interior [imposibles sin la gracia] se obtendrán los cambios sociales que estarán verdaderamente al servicio del hombre… La inversión entre moralidad y estructuras conlleva una antropología materialista, incompatible con la verdad del hombre” (XI,8). Sin la gracia de Cristo, sin la oración de petición y los sacramentos, sin el Espíritu Santo –el único que puede “renovar la faz de la tierra”–, el intento liberacionista se hace estéril, torvo, amargo, violento: revolución, atentados, lucha de clases, infiltraciones culturales por la vía Gramsci, etc., sufrimientos y ruina del pueblo.

La Unión Soviética, con todo el poder concentrado en un partido gobernante entre 1917 y 1989, no consigue producir “el hombre nuevo”. Y no lo hubiera conseguido en un par de siglos más de adoctrinamiento en escuelas y universidades estatales, reuniones obligadas de grupos, marchas, pancartas enormes, estatuas e imágenes de hombres macizos y mujeres musculosas, animales humanos pletóricos de fuerzas positivas y reivindicativas. Algo semejante es preciso decir de la teología de la liberación. Es cierto que se expresa en formas muy diversas, “algunas son auténticas, otras ambiguas y otras, en fin, representan un grave peligro para la fe y para la vida teologal y moral de los cristianos… La concepción totalmente politizada del cristianismo, a la que conducen estas teologías, deja sin contenido los misterios de la fe y de la moral cristiana” (Libertatis nuntius, síntesis previa, VI).

Algunas ONG de inspiración cristiana

A veces son sumamente beneméritas (por eso prefiero no citarlas por su nombre) y tienen también sus ramalazos pelagianos roussonianos o/y liberacionistas. Recibiendo a veces el 90 % de sus recursos del pueblo cristiano, concretamente de la colecta de las Misas, apenas nunca citan en sus propagandas a Cristo, frases evangélicas, motivaciones de fe, de caridad, sino que “secularizan” tanto su fisonomía –quizá para recibir también ayudas de los no-cristianos– que apenas parecen ONG cristianas. Y eso es muy lamentable. No está nada bien distribuir una gran abundancia de donativos, ocultando en la práctica al Donante principal, a Cristo, que por su gracia ha movido precisamente en la Misa –“éste es mi cuerpo que se entrega”– el corazón de esos benditos cristianos donantes.
 
San Jerónimo (342-420) fue, con San Agustín, quien con más fuerza combatió la herejía pelagiana (Diálogos contra los pelagianos, libri III: 415). Cuando aún vivía Pelagio, escribió en el año 414 contra su doctrina una carta durísima, en la que vencía todas sus tinieblas con la luz de la Palabra divina (Patrologia latina, Migne 21,1147-1161). Y terminó rogándole al amigo destinatario de la carta, y a los que se reúnen en su santa casa:

“que no acojan a través de aquellos homúnculos [pelagianos] el excremento o, por decir poco, la infamia de tan graves herejías. Allí donde se alaba la virtud y la santidad, que no tenga morada la vergüenza de la presunción diabólica y de una compañía obscena. Sepan los que prestan ayuda a hombres de esa calaña, que recogen a una multitud de herejes, y que son enemigos de Cristo y alimentan a Sus adversarios”.
 

LA DIMISIÓN DEL PADRE ROLAND DE MERODE (2014)

El padre de Merode es un belga ordenado por el arzobispo Lefebvre en 1984 y que presentó su renuncia a la FSSPX el 19 de marzo de 2014.

Por Sean Johnson


El padre de Merode es un belga ordenado por el arzobispo Lefebvre en 1984. No sé mucho sobre él, aparte de que parece haber sido asignado al Distrito Asiático en la década de 1990, sirviendo en Filipinas y Sri Lanka, y al menos hasta 2011 era el prior de la capilla de la FSSPX en Lourdes hasta el momento de su renuncia.

Poco después de unirse a la Resistencia, se convirtió en coordinador de la extinta USML (Unión Sacerdotal Marcel Lefebvre) en Francia y posiblemente en los territorios circundantes, que había intentado aportar algún tipo de estructura flexible a los sacerdotes que operaban en la naciente Resistencia.

Hasta donde sé, sigue estando entre los sacerdotes de la Resistencia que operan en Europa, pero no tengo conocimiento de ninguna declaración pública al respecto en los últimos años.

En la carta de renuncia que figura a continuación, se dirige al padre Regis de Cacqueray (entonces Superior del distrito francés) y le informa de su partida.


19 de marzo de 2014

Estimado Padre:

Durante los últimos dos años y medio, con una creciente inquietud, he soportado el flujo constante de textos, ríos de conferencias, estudios y declaraciones, todos ambiguos o incluso contradictorios, que Menzingen y Suresnes (1) nos arrojan sin cesar. En varias ocasiones he tenido la oportunidad de comunicarle mi inquietud y mis objeciones, pero jamás he recibido una respuesta clara, ni de usted ni de sus colaboradores, que pudiera calmar mis temores.

Sin embargo, existe una respuesta clara que no ha sido citada ni destacada en ningún lugar desde al menos 2012. Se encuentra en la carta de nuestro venerable fundador a los cuatro futuros obispos:

“Les conferiré esta gracia [el episcopado] con la confianza de que pronto la Sede de Pedro será ocupada por un sucesor de Pedro perfectamente católico, en cuyas manos podrán depositar la gracia de su episcopado para que él la confirme”.

¿Por qué un principio de acción tan simple, claro y firme como este? Porque:

“La Sede de Pedro y los puestos de autoridad en Roma están ocupados por anticristos, y la destrucción del reinado de Nuestro Señor se persigue rápidamente en el interior mismo de su cuerpo místico aquí en la tierra…”.

Entonces, ¿por qué seguimos buscando un acuerdo o, como dice el obispo Fellay, un reconocimiento canónico? ¿Para someternos a la autoridad de los anticristos y, por lo tanto, ponernos en peligro de perder la fe?

La fe da certeza, no extravía las mentes en un laberinto de sutiles ambigüedades. Por lo tanto, para liberarme de esta atmósfera de ambigüedades difusas que no mejora, he decidido renunciar a mi cargo como prior de Lourdes a partir de mañana, 20 de marzo de 2014.

La segunda razón que me lleva a separarme del rumbo actual de la Compañía es la grave injusticia moral que mis superiores actuales han infligido a todos aquellos sacerdotes que han tenido el valor de denunciar el peligro de llegar a un acuerdo comprometedor o de buscar el reconocimiento canónico sin un acuerdo doctrinal. Han sido obligados a marcharse o, peor aún, han sido sometidos a un juicio simulado injusto seguido de castigos desproporcionados. Por consiguiente, deseo trabajar para establecer una estructura que permita a aquellos sacerdotes que han sido expulsados ​​a la calle recuperar una vida sacerdotal comunitaria normal y un ministerio que responda a su celo por la salvación de las almas.

El simple hecho de haber invitado al P. Salenave, quien no está bajo ninguna sanción en Francia, a celebrar la Misa el domingo 8 de marzo en Pau, como ayuda y para que pudiera confesarme, provocó que usted suprimiera inmediatamente mi apostolado en Pau. Veo en ello la prueba de que mi labor de reunir a estos sacerdotes aislados y descontentos no será aceptada por mis superiores. Por lo tanto, me dedicaré a esta labor, a partir de mañana, y fuera de las estructuras de la actual FSSPX.

Por favor, Padre, le pido que no intente contactarme por el momento, sino que lo deje para el futuro, si llega el momento oportuno.

Ruegue por mí, como yo ruego por usted,

P. R. de Merode.


Notas:

1) Sede del distrito francés.
 

VÍCTIMAS DE LA EXPIACIÓN Y LA SALVACIÓN

Continuamos con la publicación del capítulo IX del tercer y último Tomo del libro “La Conjuración Anticristiana” de Monseñor Henri Delassus, publicado el año 1910.


TOMO I: LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA

TOMO II: EL AMERICANISMO Y LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA

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CAPÍTULO IX

VÍCTIMAS DE LA EXPIACIÓN Y LA SALVACIÓN

Nuestro Señor Jesucristo, que vive siempre para interceder por nosotros, también muere continuamente en el altar para aplacar la justicia infinita por nosotros. No está solo al realizar este sacrificio de expiación. Monjes y monjas acuden a encerrar sus vidas cerca del sagrario, y cada día mezclan la pequeña gota de agua de sus sacrificios con el vino del sacrificio del Redentor, para que, como dice san Pablo, puedan realizar en su carne lo que debe añadirse a los sufrimientos de Cristo, por la Iglesia, que es su cuerpo. Tomemos como ejemplo al cartujo; evitemos algunas de las mortificaciones que su regla le impone: levantarse por la noche para el rezo del Oficio Divino, el cilicio que lleva puesto continuamente, los golpes, las contusiones de la disciplina, la abstinencia perpetua de carne, el ayuno desde el 15 de septiembre de cada año hasta Pascua, la abstinencia de productos lácteos durante el Adviento y la Cuaresma y todos los viernes del año, la abstinencia de pan y agua una vez por semana, etc.
 
En estos tiempos, nos hemos acostumbrado a ver el ingreso en conventos de hombres y mujeres dedicados a la contemplación y la penitencia como una obra egoísta de salvación individual. Es bueno recordar a aquellas almas capaces de heroísmo en este tiempo que esta es la principal labor social, pues es allí donde reside y siempre residirá el gran poder contra el autor de todos los males que afligen a la sociedad (1). Como dice san Pablo, no solo debemos luchar contra la carne y la sangre, sino también contra los principados, contra las potestades, contra los poderes de este mundo de tinieblas, contra las fuerzas espirituales del mal en las regiones celestiales (2). Y por eso nuestro Señor nos dio este consejo: que los grandes demonios solo pueden ser expulsados ​​con el ayuno y la oración (3).
 
La vida mortificada de los religiosos y religiosas, y de quienes los imitan en mayor o menor medida en el mundo, ejerce una influencia crucial en el curso de los acontecimientos; el infierno lo sabe bien, y los políticos sectarios lo perciben. Parece como si un espíritu satánico les susurrara al oído: “Ahí residen vuestros adversarios más formidables”. Así, su primer acto al llegar al poder es cerrar los santuarios de oración y penitencia. Afortunadamente para nosotros, los carmelitas, los trapenses y los cartujos no son destruidos por el exilio; continúan su labor en el extranjero, y esto es siempre para Francia como para la Iglesia. “Una de las consideraciones más dignas de toda la inteligencia humana -dijo Joseph de Maistre- aunque, de hecho, la gente común le presta muy poca atención, es que la persona justa, al sufrir voluntariamente, no solo satisface su propia conciencia, sino también, por reversibilidad, la culpa del culpable. Esta es una de las verdades más grandes e importantes del orden espiritual”. En sus Eclaircissements sur les sacrifices (Aclaraciones sobre los Sacrificios), afirma además: “Ninguna nación ha dudado jamás de la virtud expiatoria del derramamiento de sangre. Sin embargo, ni la razón ni la locura podrían haber inventado esta idea, y mucho menos haberla hecho generalmente aceptada. Tiene sus raíces en lo más profundo de la naturaleza humana, y la historia, en este punto, no presenta la más mínima discrepancia. Se creía, como se ha creído, como siempre se creerá, que el inocente podía pagar por el culpable. Tal ha sido la creencia constante de toda la humanidad. Ha variado en la práctica, según el carácter de los pueblos y sus religiones; pero el principio siempre permanece. En particular, todas las naciones coinciden en la maravillosa eficacia del sacrificio voluntario del inocente que se consagra a la divinidad como víctima propiciatoria”. Los hombres siempre han otorgado un valor infinito a esta sumisión del justo que acepta el sufrimiento; es por esta razón que Séneca, después de haber pronunciado sus famosas palabras: “Mirad al gran hombre luchando contra la desgracia, estos dos luchadores son dignos de ocupar la mirada de Dios -añade inmediatamente- especialmente si él la provocó”.


Orígenes, hablando del Cordero de Dios que quita los pecados del mundo, dice: “Sirvió como expiación según ciertas leyes misteriosas del universo, habiéndose sometido voluntariamente a la muerte por amor a la humanidad, y nos redimió con su sangre de las manos de aquel que nos había seducido y a quien fuimos vendidos por el pecado”. De esta Redención general realizada por el gran sacrificio, Orígenes pasa a aquellas redenciones particulares, que podrían considerarse disminuidas, pero que aún se adhieren al mismo principio. “Otras víctimas -dice- son similares a esta. Me refiero a los generosos mártires que también dieron su sangre… Su muerte destruye poderes malignos; provee una ayuda maravillosa para un gran número de personas, en virtud de un poder que no se puede nombrar”.

El cristianismo se fundamenta por completo en el dogma de la expiación, de la redención a través del sufrimiento. El Salvador de la humanidad actuó poco -observa el Cardenal Pie- y sufrió mucho. El Evangelio es conciso sobre su vida, extenso sobre su pasión. Su gran obra fue morir; es a través de su muerte que dio vida al mundo. Ahora bien, si esta es la primera y más fundamental verdad del credo cristiano, entonces es también la primera ley moral del cristianismo que los discípulos, y especialmente los apóstoles del Crucificado, continúen el misterio de sus sufrimientos.
 
Todos, religiosos o seculares, pueden contribuir con su pequeña o gran parte a esta obra de expiación y salvación; aunque no todos de la misma manera. Todo cristiano debe vivir una vida verdaderamente cristiana; Sin embargo, la vida cristiana no pasa sin mortificación, y en virtud de la comunión de los santos, toda mortificación, todo sacrificio tiene sus repercusiones en el cuerpo de la Iglesia, para expiación del pecado, y también para quitar de las tentaciones su fuerza de seducción.

Por encima de la vida meramente cristiana, existe un estado místico al que no se debe acceder por propia voluntad, sino solo por el llamado de Dios, guiado y reconocido por un sabio director.

Esta recomendación es importante. No es raro ver almas que se dirigen al Maestro Divino con una petición de sufrimiento en un arrebato de fervor. Dios no siempre concede esta petición. Él sabe, en su presciencia, que a pesar de la sinceridad de su súplica, estas almas no son capaces de convertir sus deseos en acción. Además, estos deseos pueden darles la ilusión de haber alcanzado la perfección.
 
En el estado místico que surge de la predestinación divina, el alma se une íntimamente al Cordero divino sacrificado para la salvación del mundo; sufre con Él, ya sea infligiendo a su cuerpo los tormentos inspirados por Dios o aceptando, con un corazón amoroso, aquellos que Dios le inflige directamente. Las vidas de los santos están llenas de relatos relacionados con uno u otro de estos casos. 


En cuanto a la primera, tomemos este ejemplo entre miles: Santa Coleta, a quien Nuestro Santo Padre el Papa Pío X acaba de incluir en el calendario de fiestas que celebra la Iglesia universal. Llamada a reformar la Orden Franciscana, se sometió a expiaciones cuyo recuerdo estremece. Su lecho consistía en unos pocos sarmientos; su almohada, un trozo de madera. “Ella se vistió -dice el manuscrito de Thonon- con una camisa de cilicio áspera e inhumana; ciñó su frágil cuerpo con tres crueles cadenas de hierro que le rozaban dolorosamente la carne inocente”.
 
La Venerable Catalina Emmerich, que vivió de 1774 a 1824 (4), nos ofrece un ejemplo reciente de expiación pasiva. Nos detendremos en ella porque esta mujer extática tenía la misión específica, como veremos, de combatir la masonería y sus obras.
 
El día de su Primera Comunión, Jesús la inspiró a ofrecerse como víctima por la Iglesia. Al recibir el Sacramento de la Confirmación, se le indicó que la gracia del Espíritu Santo le daría la fuerza para mantenerse fiel a la resolución que había tomado tras esta inspiración: sufrir lo que Dios le hiciera sufrir en expiación por los crímenes de los que son culpables los cristianos. Desde entonces, comenzó a ofrecer a Dios sus acciones y sufrimientos por diversos fines católicos. Por ejemplo, cuando arrancaba la maleza en el campo de su padre, imploraba al Señor que arrancara de raíz la maleza que el enemigo había sembrado en el campo de la Iglesia. Cuando las ortigas que recogía le escocían las manos, suplicaba al Señor que no permitiera que los pastores de almas se desanimaran por las dificultades y sufrimientos que afrontaban al cultivar la viña del Señor.
 
Pero estas fueron meras pruebas de aprendizaje. Poco después, suplicó al Señor que le confiara las expiaciones que exigía la justicia divina. Aceptado su sacrificio, soportó, a lo largo de su vida, con increíble paciencia, sufrimientos indescriptibles de toda índole. A los veinticuatro años, Jesús le permitió participar del tormento de la corona de espinas. Esto ocurrió en 1798, justo cuando Bonaparte encarceló al papa Pío VI y se apoderó de los Estados Pontificios. Posteriormente, recibió y llevó durante el resto de su vida los demás estigmas de la Pasión.
 
Ana-Catalina Emmerich

Esta joven campesina de la aldea de Flamske completó el pensamiento de aquellos dos genios, Orígenes y de Maistre, que citamos anteriormente, y lo hizo con un estilo no menos noble que el de ellos: “Vi -dijo un día- la gracia del Espíritu Santo fluyendo a través de las acciones de los Apóstoles, los discípulos, los mártires, todos los santos: vi cómo sufrieron por amor a Jesús, cómo sufrieron en Jesús y en la Iglesia, que es su cuerpo; vi cómo se convirtieron así en canales vivos del río de gracia de su Pasión reconciliadora. Además, como ellos sufrieron en Jesús, Jesús sufrió en ellos, y de Jesús procedían sus méritos, que transmitieron a la Iglesia. Vi cuántas conversiones efectuaron los mártires: eran como canales excavados por el sufrimiento para llevar la sangre viva del Redentor a miles de corazones”. Con estas palabras, resumió todo el misterio de su propia vida y la de tantas otras esposas de Cristo.
 
En su época, es decir, a principios del siglo pasado, por mencionar solo nuestra época, otros habían recibido la misma vocación. Ella misma nos lo cuenta: “La Madre de Dios distribuyó esta labor (de luchar contra los secuaces de Satanás y expiar sus crímenes) entre siete personas, la mayoría mujeres. Vi entre ellas a la estigmatizada de Cagliari, a Rosa María Serra y a otras que no puedo nombrar, a un franciscano del Tirol y a un sacerdote que vivía en una casa religiosa en las montañas, quien sufre enormemente por el mal que se comete en la Iglesia”. Y en otro lugar: “Vi a seis personas trabajando conmigo para la Iglesia, de la misma manera que yo trabajo, tres hombres y tres mujeres. Eran la estigmatizada de Cagliari, Rosa María Serra, y una persona muy enferma, afligida por grandes dolencias físicas; el franciscano del Tirol, a quien he visto muy a menudo unido en intención conmigo; luego un joven clérigo que vivía en una casa donde residían varios otros sacerdotes, en un país montañoso. Debe ser un alma excepcional; está en una aflicción inefable debido al estado actual de la Iglesia, y tiene que soportar dolores extraordinarios, que Dios le favorece. Cada noche, le dirige una ferviente oración, para que se digne hacerlo sufrir por todo el mal que se hace ese día en la Iglesia. El tercero es un hombre de alto rango, casado, con muchos hijos, una esposa malvada y extravagante, y una casa grande. Vive en una gran ciudad donde hay católicos, protestantes, jansenistas y librepensadores. Todo está perfectamente ordenado en su casa: es muy caritativo con los pobres y soporta con gran nobleza todo lo que su malvada esposa le hace sufrir” (5). Catalina añade: “Todavía veo a cien mil hombres creyentes cumpliendo con su deber con sencillez”.
 
Lo que la Venerable dice de estos cien mil, y en particular de este hombre rico, que contribuyó con ella a reparar las iniquidades del mundo y a aplacar la Justicia Divina, es verdaderamente admirable y muy reconfortante. No dice que se impusieran penitencias a sí mismos, sino que cumplieron fielmente con sus deberes y soportaron pacientemente las dificultades que la Providencia había puesto en sus manos. De este modo, obtuvieron el derecho de Dios a incluirlos entre aquellos que no solo se justifican a sí mismos, sino que enmiendan los pecados ajenos y acuden en ayuda de la Santa Iglesia en las dificultades que le causan los impíos.
 
Santa Liduvina

En cada hora de prueba para la Iglesia, Dios ha derramado este espíritu de reparación, y siempre ha sido acogido por muchos fieles según la medida de su caridad y también según la gracia que les fue concedida. Siempre, incluso en momentos de crisis, ha habido almas más generosas, más heroicas, para responder al llamado divino y aceptar la misión de las víctimas. El autor de la vida de San Liduvina, Huysmans, lo dice muy bien: “Dios siempre ha hallado, a lo largo de los siglos, santos que han consentido en pagar, mediante el sufrimiento, el rescate por los pecados y las faltas. Esta ley de mantener un equilibrio entre el bien y el mal es singularmente misteriosa cuando se la considera; pues, al establecerla, el Todopoderoso parece haber querido poner límites él mismo y contener su Omnipotencia. Para que esta regla se aplique, Jesús debe ciertamente pedir la cooperación de la humanidad, y la humanidad no debe negarse a prestarla. Para expiar los pecados de algunos, exige las oraciones y mortificaciones de otros; Y esta es verdaderamente la gloria de la pobre humanidad: Dios nunca fue engañado”. El autor de estas líneas ha relatado, para asombro de la gente de nuestro tiempo, la terrible y prolongada agonía de la Virgen de Schiedam, y se ha preocupado de antemano por describir el estado espantoso en el que se encontraba Europa en el momento en que esta santa consintió en ser víctima por ella, es decir, a finales del siglo XIV y principios del XV, cuando la cristiandad comenzaba a descarriarse.
 
Casi al mismo tiempo, aunque un poco antes, Santa Brígida atendió las necesidades de la Iglesia de una manera diferente. Ella, una mujer humilde, tuvo que combatir públicamente la corrupción de la época con palabras y acciones. Se la veía viajando por toda Europa, exhortando al pueblo a la paciencia, reformando la moral del clero y los religiosos, e imponiendo a obispos, príncipes y reyes normas de vida marcadas por la sabiduría divina. Durante treinta años, instó a los papas de Aviñón a romper sus cadenas y regresar a Roma. Su vida parece más activa que pasiva; sin embargo, la enumeración de sus penitencias —como dice Vastovio— nos estremecería y nos parecería inventada, si no supiéramos que el amor divino eleva el alma por encima de sí misma. A estas penitencias corporales se sumaron los tormentos del alma. Experimentó dificultades casi insuperables para aparecer en público y denunciar, como se le había ordenado, los crímenes de príncipes y pueblos. “Ve a Roma -le había dicho Nuestro Señor- y quédate en esa ciudad hasta que hayas podido hablar con el Papa y el Emperador y comunicarles lo que te diré en su nombre”. La Santísima Virgen le había anunciado el Cisma de Occidente a Brígida y le había ordenado que transmitiera al Cardenal Albani lo que le dictaba: “Informo al Cardenal por medio de usted que, en el lado derecho de la Santa Iglesia, los cimientos están considerablemente debilitados, de modo que la bóveda superior está agrietada en varios puntos y amenaza con derrumbarse, de manera que muchos de los que pasan por debajo pierden la vida. La mayoría de las columnas, que deberían estar erguidas, ya están inclinadas hacia el suelo, y el pavimento está tan deteriorado que los ciegos se caen al entrar”. A veces, lo mismo les sucede a quienes ven bien: caen como los ciegos al tropezar con baches. Esta situación hace que la Iglesia sea muy peligrosa; y las consecuencias se verán pronto: pues (la parte derecha) sufrirá un derrumbe total si no se repara. La caída será tan estruendosa que se oirá en toda la cristiandad. Pero estas cosas deben entenderse en un sentido espiritual, es decir, no en el sentido de una iglesia material, sino de la Iglesia en su conjunto.


¡Cuántas otras víctimas voluntarias podríamos mencionar a lo largo de la historia de la Iglesia! En nuestro tiempo, vimos, entre muchas otras, a Louise Lateau, cuyos éxtasis y estigmas han presenciado muchos de nuestros lectores. La Madre María Teresa fundó una congregación cuyo único propósito, podría decirse, es la adoración reparadora.
 
Ante los monstruosos excesos del mal, la gracia de Dios ha despertado en muchos corazones fieles un inmenso deseo de compensar, mediante la devoción de su amor, las ofensas de la impiedad. Así, otras obras han surgido de este gran pensamiento de reparación. Cada una tiene su propósito; ¡tantos pecados hay que expiar! Cada una tiene su carácter particular, apareciendo en el lugar y el momento que Dios ha dispuesto en ese maravilloso jardín de las almas donde las flores se multiplican infinitamente sin ser jamás exactamente iguales. Nuestro Señor permite que todas estas asociaciones reparadoras participen activamente en sus sufrimientos, y todas juntas, unidas a la Iglesia, dice san Pablo, reproducen en su plenitud el misterio de su vida y muerte.
 
Mientras algunos blasfeman, otros gritan y lloran: unus orans et umus maledicens. Mientras algunos insultan a Cristo y a su Iglesia, otros se inmolan junto a la santa Víctima.

La patrona de todas estas almas expiatorias es Nuestra Señora de los Dolores. El 29 de diciembre de 1819, Jesús le reveló a Catalina Emmerich el sufrimiento de su Madre en la hora de su Pasión y le dijo: “Si quieres ayudar, sufre así”. Tras el regreso de su Hijo al Cielo, María permaneció en la tierra hasta que, bajo su protección, la Iglesia se fortaleció y pudo sellar la victoria de la Cruz con la sangre de los mártires.

Desde entonces, y hasta la segunda venida del Señor, jamás ha permitido que la Iglesia carezca de miembros que, siguiendo su ejemplo, se conviertan, mediante su sacrificio voluntario, en fuentes de perdón y bendición para la comunidad cristiana. Es, pues, esta Madre de la Misericordia quien, según las necesidades y méritos de la Iglesia, encomienda a instrumentos escogidos la tarea que deben cumplir para combatir victoriosamente a Satanás y a quienes se someten a su dominio: Inimicitias ponam inter te et mulierem et semen tuum et semen Illius.

Continúa...


Notas:

1) En su discurso durante la consagración de la Iglesia del Sagrado Corazón en Belén-les-Anvers, el obispo Mermillod se dirigió acertadamente a las "Hijas del Corazón de Jesús", encargadas de la tarea de orar en este santuario: "Sin las almas sacrificiales y consoladoras que unen sus sacrificios al de Jesús en el altar, el mundo se desmoronaría. Presencié una escena sublime en Alemania: La Última Misa se celebra en la tierra. En el Cielo, el Padre Eterno espera su consumación; los ángeles del juicio, apoyados en sus trompetas, se preparan para ejecutar las órdenes del Altísimo y convocar al mundo a la gran asamblea de la eternidad. Y, sin embargo, la Hostia y el Cáliz, elevados por el sacerdote, aún suspenden el cumplimiento de la sentencia suprema. Cuando se beba la última gota del cáliz, Dios dirá: 'La sangre de mi Hijo ha dejado de fluir en la tierra; las inmolaciones de las almas justas, unidas a las de la gran Víctima del altar, se han completado. Todo está bien. Se acabó, ya no hay tiempo'. Así, en su unión con Jesucristo, las almas justas que fueron inmoladas sostienen el mundo.

2) Ef. VI: 2

3) Marc, IV-28

4) Catalina Emmerich era hija de campesinos pobres y piadosos de la aldea de Flamske, cerca de Coesfeld, localidad de la diócesis de Münster. Tuvo varios historiadores, todos alemanes. Sus obras han sido traducidas al francés: el Dr. Krobbe, deán de la catedral de Münster; el padre Thomas Wegéner, postulador en su proceso de beatificación; y el padre Schmoeger, redentorista; la obra de este último consta de tres volúmenes en octavo.
Dom Guéranger rindió este homenaje a esta sierva de Dios y a la misión que se le encomendó: “Al leer estas visiones, que en su conjunto son de gran belleza y que con frecuencia llevan la impronta de una luz sobrehumana, es inevitable reconocer una acción providencial que se ejerció primero en las regiones de Europa donde el naturalismo había causado mayores estragos, antes de llegar hasta nosotros y ayudarnos poderosamente a reavivar esta fe piadosa que había languidecido durante mucho tiempo”.
El 9 de mayo de 1909, la Sagrada Congregación de Ritos se reunió en el Vaticano para examinar los escritos de la Venerable Ana Catalina Emmrich, con vistas a su beatificación.

5) San Juan de la Cruz hace esta observación: “Las penitencias que él elige no pueden producir en el alma los mismos frutos que la cruz de la Providencia; y vemos a personas de gran austeridad incapaces de soportar una contradicción”.


16 DE JUNIO: SAN JUAN FRANCISCO DE REGIS, CONFESOR


16 de Junio: San Juan Francisco de Regis, confesor

(✞ 1640)

El fervorosísimo misionero de los pobres Juan Francisco de Regis, de la Compañía de Jesús, fue natural de una aldea de Francia llamada Fontcuberta, que está en el obispado de Narbona.

Nació de padres nobles y ricos, y desde su niñez fue muy inclinado a socorrer a los pobres.

Habiendo entrado en la Compañía de Jesús a los diecinueve años de edad, hizo tales progresos en la virtud, que le llamaban “la Regla viva de San Ignacio”.

Bien enseñado en las letras humanas y divinas y ya ordenado como sacerdote, fue destinado al apostólico ministerio de evangelizar a los pobres.

Predicaba dos y tres veces por día; dormía dos o tres horas en el duro suelo, su alimento de todos los días era pan y agua, y en los últimos diez años de su vida jamás se quitó el áspero cilicio con que traía afligida su carne.

Partía a sus misiones en tiempos de hielos muy rigurosos, llegándole la nieve algunas veces a la rodilla y otras veces, hasta la cintura; pero como él estaba tan abrasado de amor a Dios y deseoso de padecer por la eterna salud de las almas, todo lo llevaba con paciencia y con alegría.

Jamás los rigores del frío, los vientos, los precipicios y la aspereza de las montañas fueron un estorbo para sus intentos.

No hubo pueblo, aldea, choza ni cabaña en los obispados de Puy, Viena, Valencia y Viviers, donde no predicase la divina palabra.

En Fai dio vista a dos ciegos; en Marlhes libró a un furioso endemoniado, en Montfancon asistió con admirable caridad a los apestados y por sus oraciones cesó el contagio; y durante una gran hambruna y carestía que afligió en Puy, multiplicó tres veces el trigo destinado para el sustento de los pobres.

Había fundado en varias principales ciudades algunas casas de recogimiento para las mujeres arrepentidas; no es fácil decir los malos tratamientos que por esta causa padeció, porque fue calumniado, abofeteado, azotado, arrastrado y no pocas veces perseguido de muerte.

Lo llamaron una vez unos hombres de vida licenciosa diciendo que se querían confesar con él; más el santo sabiendo por divina revelación que llevaban intención de matarle, les habló con tanto espíritu de Dios, que en efecto, confesaron con grandes sentimientos y lágrimas sus pecados.

Finalmente, después de haber convertido a penitencia a innumerables herejes calvinistas y pecadores, y alcanzándoles la gracia señaladísima de la perseverancia, a los cuarenta y cuatro años de edad descansó en la paz del Señor.

Su muerte fue muy llorada por todos, especialmente por los pobres, de los cuales siempre iba rodeado diciendo que eran la porción más escogida del rebaño de Jesucristo.

Fue canonizado el 16 de junio de 1737 por Clemente XII.

Relicario de San Juan Francisco de Régis en la Basílica de Saint-Régis en Lalouvesc

Reflexión:

El Señor ha querido ilustrar el sepulcro de San Juan Francisco de Regis con innumerables y estupendos prodigios. La Basílica dedicada a San Juan Francisco de Regis donde descansan los restos del santo, se encuentra en la aldea de Lalouvesc, que es una población célebre por el concurso de peregrinos que acuden de muchas provincias para hallar remedio para toda suerte de enfermedades; y el feliz suceso de tantas curaciones milagrosas que el santo está obrando atrae peregrinos de muchas otras regiones apartadas. Al pie de aquel famoso sepulcro pueden también hallar seguramente los incrédulos, la fe y la salud de sus almas, viendo por sus ojos las maravillas que obra el Señor para acreditar la gloria de aquel gran Santo.

Oración:

¡Oh Dios! Que adornaste con admirable caridad y con una invencible paciencia a tu confesor, el bienaventurado Juan Francisco, para que pudiese sufrir tantos trabajos por la salvación de las almas; concédenos benigno, que enseñados por sus ejemplos y protegidos por su intercesión, merezcamos el premio de la vida eterna. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

 

lunes, 15 de junio de 2026

RITUAL DE SANGRE: EL NIÑO NN EN BLOIS, FRANCIA (1171)

Este es un caso particularmente extraño ya que no conocemos el nombre de la víctima, únicamente tenemos una fecha: el 26 de mayo de 1171 y un lugar: Blois (Francia).


Introducción

Este es un caso particularmente extraño, ya que sólo quienes controlan los hechos históricos que llegan hasta nuestros días y los que son borrados deliberadamente para que falten piezas del rompecabezas del pasado, son quienes tienen el acceso a cierta información.

Decimos “particularmente extraño” ya que no tenemos el nombre de la víctima, únicamente una fecha: el 26 de mayo de 1171, y un lugar: Blois, la ciudad capital del departamento de Loir y Cher, en la región del Centro-Valle del Loira, situada en las orillas del río Loira entre las ciudades de Orleans y Tours.

Hay una sola referencia a la víctima encontrada después de una ardua investigación: el cuerpo de un niño fue hallado en el río. Y ese dato se encuentra sólo en un sitio entre cientos de sitios revisados. La negación del hecho es absoluta. Y la victimización de “ellos” es la bandera común en todos esos sitios visitados. 

Resulta muy llamativo que no se encuentre ningún relato documentado en escritos de clérigos contemporáneos a los sucesos como en los otros casos de, como ellos lo denominan “libelo de sangre” -recordemos lo que significa la palabra “libelo”: una calumnia o difamación contra un grupo de personas en particular- ya que esa supuesta “leyenda” o “invención medieval” desató una tragedia en la que murieron en la hoguera todos los integrantes de la pequeña comunidad judía que vivía en la ciudad de Blois, entre treinta y cuarenta personas.

Primero, ubiquémonos en la época. Todo, absolutamente todo lo que ocurría era documentado en archivos eclesiásticos, ya que la Iglesia en esos tiempos regía en todos los ámbitos: Nacimientos, casamientos, decesos, hechos políticos y sociales. Entonces, ¿es posible que toda la locura desatada por aquellos días fuera solamente por una “leyenda” como nos cuentan hoy?

Segundo, el único registro que llega a nuestros días es el relato de un rabino (en inglés aquí), que reproduciremos a continuación con las palabras que provocan controversia en letra itálica.

Los mártires de Blois

(alrededor de 1171)

Por Nissan Mindel

El 20 de Siván se conmemora el martirio de los judíos de Blois, víctimas de la primera acusación de asesinato ritual en Francia, hace más de 800 años.

Blois es una ciudad francesa a orillas del río Loira, cerca de Orleans. No es una ciudad grande (su población actual ronda los 25.000 habitantes), pero tiene la particularidad de ser una de las pocas ciudades de Francia, e incluso de toda Europa, donde no ha existido una comunidad judía en los últimos 800 años. Los judíos simplemente rehuían aquel horrible lugar, donde la comunidad judía fue cruelmente aniquilada a raíz de una falsa acusación de asesinato ritual en 1171.


Muchas han sido las falsas acusaciones formuladas por los enemigos de los judíos como pretexto para matarlos y robarles. Pero ninguna fue más perversa que la acusación de que los judíos necesitaban sangre cristiana para el matzá de la Pascua o para otros rituales extraños y ficticios. La primera de estas acusaciones se formuló en Norwich, Inglaterra, en 1144. Se repitió en varias otras ciudades británicas en años posteriores. Desde allí se extendió a Europa continental, donde el libelo de sangre en Blois fue el primero de muchos que le siguieron periódicamente, hasta tiempos más recientes (el caso Beilis en 1911), en prácticamente todos los territorios cristianos. Esta vil calumnia costó la vida a cientos, quizás miles, de hombres, mujeres y niños judíos inocentes. Pero el odio que engendró entre los cristianos hacia los judíos fue una de las principales causas del sufrimiento y la persecución de los judíos en tierras cristianas a lo largo de los siglos.

La historia de la quema de más de treinta judíos (cuarenta, según algunos relatos), hombres y mujeres, en Blois fue registrada por el rabino Efraín de Bonn, un gran erudito talmúdico (uno de los Tosafistas) y poeta religioso, que vivió en aquella época. El rabino Efraín ben Yaakov (nacido en 1132 y fallecido alrededor del año 1200) también presenció las terribles masacres perpetradas contra los judíos por los cruzados. Registró todas esas tragedias y el heroísmo de los mártires, y compuso oraciones penitenciales y lamentos en su memoria. El siguiente relato de los Mártires de Blois está tomado de su obra histórica:

Sucedió en el año 4931 (1171). En aquel entonces vivían en Blois unos cuarenta judíos. Uno de ellos, Isaac ben Eleazar, cabalgó hasta el río un jueves al atardecer, poco antes de Pésaj. Casualmente, un mozo de cuadra llegó al mismo tiempo para dar de beber al caballo de su amo. El judío llevaba sobre su pecho una piel sin curtir, pero una de las esquinas se había soltado y sobresalía de su abrigo. Cuando, en la penumbra, el caballo del mozo vio el lado blanco de la piel, se asustó y retrocedió de un salto, y no pudo llevarlo hasta el agua.

El siervo cristiano era un simple campesino que a menudo oía al sacerdote predicar en la iglesia que los judíos usaban sangre cristiana para el pan y el vino de la Pascua, advirtiendo a todos sus feligreses que vigilaran a sus hijos durante la Pascua. Ahora, cuando su caballo se asustó, regresó rápidamente junto a su amo y le dijo: “Oiga, señor, lo que hizo cierto judío. Mientras cabalgaba detrás de él hacia el río para darle de beber a su caballo, lo vi arrojar al agua a un niño cristiano, al que los judíos habían matado. Al ver esto, me horroricé y regresé rápidamente por temor a que me matara también. ¡Incluso el caballo que montaba se asustó tanto con el chapoteo del agua cuando arrojó al niño, que no quiso beber!”.

El sirviente sabía que su amo se alegraría de la desgracia de los judíos, pues odiaba a cierta judía influyente en la ciudad. No se equivocaba, pues su amo dijo: “Ahora podré vengarme de esa mujer y del resto de los judíos”.

A la mañana siguiente, el amo cabalgó hasta el gobernante de la ciudad, Teobaldo, hijo de Teobaldo, conde de Blois (yerno del rey Luis VII de Francia). Los cristianos lo llamaban “Teobaldo el Bueno” (1), pero era un hombre malvado y cruel.

Cuando el gobernante oyó la acusación, se enfureció y mandó apresar a todos los judíos de Blois y encarcelarlos, donde los encadenaron. En un principio, la única excepción fue aquella influyente judía, Pulcelina (2), a quien el conde admiraba por su sabiduría y belleza.  Ella solía obtener favores del gobernante para los comerciantes judíos de Blois. Pero la esposa del conde (Alix, hija del rey) dio órdenes estrictas a los sirvientes de que no le permitieran hablar con su marido por temor a que lo hiciera cambiar de opinión.

El gobernante no tenía pruebas contra los judíos, salvo las de aquel mozo de cuadra tan ingenuo. El conde estaba dispuesto a negociar con los judíos y liberarlos a cambio de un cuantioso rescate. Envió a un judío a las comunidades vecinas para preguntarles cuánto estarían dispuestos a pagar por la liberación de sus hermanos. Los judíos consultaron con los rehenes prisioneros, quienes les aconsejaron ofrecer solo cien libras, además de las deudas pendientes con los deudores cristianos, que ascendían a ciento ochenta libras. Los judíos encarcelados advirtieron a sus hermanos en otras comunidades que no pagaran un rescate elevado por sus vidas, para evitar que los cristianos consideraran rentable encarcelar judíos para pedir rescate.

Sin embargo, las negociaciones fracasaron, pues el obispo llegó al lugar e insistió en que los judíos debían ser condenados a muerte y que él “demostraría” su culpabilidad.

El sacerdote ordenó al conde que sometiera al testigo a la ordalía del agua para comprobar si había dicho la verdad. La prueba consistiría en lo siguiente: se llenaría un gran tanque de agua y se introduciría en él al sirviente que “vio” al judío arrojar al niño al río. Si flotaba, sus palabras eran ciertas; si se hundía, había mentido.

El conde de Blois ordenó que la prueba se llevara a cabo de inmediato. El sacerdote había dispuesto de antemano que el sirviente no se hundiera en el agua. Así era la justicia en aquellos tiempos. Los judíos fueron declarados culpables basándose en la ordalía del agua y condenados a morir quemados vivos.

Teobaldo de Blois

Por orden del malvado gobernante, fueron apresados ​​y encerrados en una casa de madera rodeada de espinos y leña. Mientras los sacaban, les dijeron: “Podéis salvar vuestras vidas si abandonáis vuestra religión y aceptáis la nuestra”. Los judíos se negaron. Fueron golpeados y torturados para obligarlos a aceptar la religión cristiana, pero aun así se negaron. En cambio, se animaron mutuamente a mantenerse firmes y a morir por la santificación del Nombre de D-os (3).

Por orden del Conde, dos de los judíos más prominentes, ambos kohanim (4), el rabino Yechiel, hijo del rabino David haKohen, y el rabino Yekuthiel, hijo del rabino Judah haKohen, fueron apresados ​​y atados a una sola estaca para ser quemados frente a los demás, con el fin de forzar su conversión. Ambos eran hombres santos y piadosos, de gran erudición en la Torá, discípulos de Rabbeinu Yaakov Tam y Rabbeinu Shmuel ben Meir, nieto de Rashi. Un tercer judío prominente, el rabino Judah, hijo de Aarón, también fue atado a la estaca con ellos. Por orden del gobernante, se prendió fuego a las leñas. El fuego se extendió a las cuerdas que ataban sus manos, rompiéndolas. Los tres judíos salieron del fuego y gritaron a los cristianos que se habían reunido para presenciar su muerte: “¡Según vuestras propias leyes, debéis dejarnos libres, pues veis que hemos sobrevivido a la prueba del fuego!”. Lucharon por escapar, pero fueron atrapados y empujados de vuelta a la casa que se estaba incendiando. Salieron de nuevo, agarraron a uno de los verdugos y lo arrastraron hacia el fuego. Cuando llegaron junto a las llamas, los soldados armados se reagruparon, rescataron al cristiano de sus manos, los mataron con sus espadas y arrojaron sus cuerpos al fuego.

Un judío llamado Rabí Baruch ben David haKohen se encontraba allí y presenció todo con sus propios ojos. Vivía en el territorio de aquel gobernante y había acudido para negociar la liberación de los judíos de Blois, pero lamentablemente no lo logró. Sin embargo, consiguió un acuerdo por el cual pagó mil libras para salvar a los demás judíos de aquel gobernante maldito. También salvó los rollos de la Torá y otros libros sagrados.

Esta terrible atrocidad ocurrió el miércoles 20 de Siván del año 4931 (26 de mayo de 1171). Todos los hechos fueron documentados por los judíos de Orleans, ciudad cercana a la de los mártires, y dados a conocer a Rabbeinu Yaakov ben Rabbi Meir, nieto de Rashi y el rabino más importante de su época.

En esa carta también se relata que, mientras las llamas se elevaban, los mártires comenzaron a cantar al unísono una melodía que empezó suavemente pero terminó con voz potente. “Los cristianos vinieron y nos preguntaron: "¿Qué clase de canción es esta? ¡Nunca habíamos oído una melodía tan dulce!"” Lo sabíamos bien, pues se trataba del himno Oleinu: “Es nuestro deber alabar al S-ñor de todos... porque Él no nos ha hecho como las naciones de la tierra...”

El rabino Efraín de Bonn relata el asombroso hecho, atestiguado por el rabino Baruch, de que los cuerpos de los mártires no fueron consumidos por el fuego; solo sus almas fueron liberadas. Al verlo, la multitud quedó asombrada y se decían unos a otros: “Verdaderamente, estos son santos”. Durante mucho tiempo, a los treinta y un (o treinta y dos) mártires de Blois no se les permitió ser enterrados. Permanecieron al pie de la colina, en el mismo lugar donde fueron quemados. Solo más tarde llegaron judíos y sepultaron sus restos.

El rabino Efraín añade el lamento angustiado: “¡Oh, hijas de Israel, llorad por las almas que fueron quemadas para la santificación del Nombre, y que vuestros hermanos, toda la Casa de Israel, lloren la quema!”.

Todas las comunidades de Francia, Inglaterra y Renania adoptaron el 20 de Siván como día de luto y ayuno. Esto fue confirmado por Rabbeinu Yaakov ben Meir, quien les escribió cartas informándoles que era apropiado fijar ese día como día de ayuno de veinticuatro horas. (Rabbeinu Yaakov Tam falleció en la tercera semana después del Kiddush Hashem (5) en Blois).

Notas:

1) Teobaldo V de Blois (1130 - 1191) fue un importante aristócrata y noble francés que gobernó como Conde de Blois entre 1151 y 1191. Recibió el sobrenombre de “el Bueno” (Thibaut le Bon) debido a su reputación como un administrador justo de sus tierras, promotor de leyes locales y defensor de las instituciones eclesiásticas en sus dominios de Blois y Chartres.

2) Pulcelina  (también conocida como Polcelina o Pucellina) fue una destacada y poderosa prestamista judía en Blois. En 1171, fue quemada en la hoguera junto con más de 30 judíos, acusada del asesinato de un niño cristiano. Las representaciones literarias de Pulcelina la convirtieron en una trágica heroína romántica que mantuvo una relación amorosa fallida con el conde Thibaut.

3) En el judaísmo, no escribir ni pronunciar el nombre completo de Dios es una muestra de profundo respeto y reverencia. 

4) Kohanim: miembros de la familia sacerdotal dentro del judaísmo.

5) Kiddush Hashem (del hebreo קידוש השם) se traduce literalmente como “Santificación del Nombre”.
 

ENCANTADORA BELLEZA E INEFABLE DULZURA DE LA SABIDURIA ENCARNADA (Cap. 10)

Continuamos con la publicación del capítulo 10 del libro “El Amor de la Sabiduría Eterna” escrito por San Luis María Grignion de Montfort.


CAPITULO DECIMO

ENCANTADORA BELLEZA E INEFABLE DULZURA DE LA SABIDURIA ENCARNADA (1)

La Sabiduría se encarnó con la única finalidad de atraer a su amor e imitación los corazones humanos. Por ello se ha complacido en adornarse con todas las amabilidades y dulzuras humanas más atrayentes y delicadas, sin defecto ni fealdad alguna.

1 - LA SABIDURIA ES DULCE EN SU ORIGEN

Considerada en su origen, la Sabiduría es toda bondad y dulzura. Es el don del amor del Padre eterno y fruto del amor del Espíritu Santo. El amor nos la da y el amor la forma: Tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único (2). De suerte que es toda amor, o mejor, el amor mismo del Padre y del Espíritu Santo.

Nació de la más dulce, tierna y hermosa de todas las madres, la divina María (3). ¿Quieres conocer la dulzura de Jesús? Trata de conocer antes la dulzura de María, su Madre, a quien se asemeja en la dulzura del temperamento. Jesús es el Hijo de María, y por ello no puede haber en El arrogancia, ni severidad, ni fealdad. Infinitamente menos aún que en su Madre, por cuanto es la Sabiduría eterna, la dulzura y la belleza personificadas.

2 - LA SABIDURIA ES DULCE, SEGUN LOS PROFETAS

Los profetas, a quienes fue revelada de antemano la Sabiduría encarnada, la llaman oveja y cordero manso (4). Predicen que, gracias a su dulzura, la caña cascada no la quebrará, el pabilo vacilante no lo apagará (5); es decir, que su bondad será tal que, aun cuando un desdichado pecador se halle medio destrozado, enceguecido y extraviado por sus pecados y ya con un pie en el infierno, Ella no consumará su perdición, a no ser que le obliguen a ello.

San Juan Bautista, que vivió cerca de treinta años en el desierto para merecer con sus austeridades el conocimiento y el amor a la Sabiduría encarnada, tan pronto la vio, exclamó -mostrándola con el dedo a sus discípulos-: Este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo (6). No dice, en efecto, como hubiera debido: "Este es el Altísimo, éste es el Rey de la gloria, éste es el Omnipotente…", sino que, conociéndola mejor que nadie la ha conocido ni conocerá jamás, exclama: "Este es el Cordero de Dios. Ahí viene la Sabiduría eterna, que para conquistar nuestros corazones y borrar nuestros pecados ha compendiado en sí todas las dulzuras divinas y humanas, celestes y terrenas".

3 - LA SABIDURIA ES DULCE EN SU NOMBRE

Y ¿qué nos indica el nombre de Jesús -que es el nombre propio de la Sabiduría encarnada- sino una caridad ardiente, un amor infinito y una dulzura encantadora? ¡Jesús, Salvador, es decir, el que salva al hombre, aquel cuya característica es amar y salvar al hombre!

Nada se canta más suave,

nada se oye con más gozo,

nada se piensa más dulce

que Jesús, Hijo de Dios (7).

¡Oh! ¡Cuán dulce es al oído y al corazón de los predestinados el nombre de Jesús!

Dulce miel en la boca,

melodía en el oído,

júbilo en el corazón (8).

4 - LA SABIDURIA ES DULCE EN SU SEMBLANTE

"Jesús es dulce en el semblante, dulce en las palabras, dulce en las acciones" (9). El amabilísimo Salvador tenía un rostro tan dulce y bondadoso, que cautivaba los ojos y los corazones de cuantos le veían. Los pastores que fueron a visitarlo en el pesebre quedaron tan encantados de la dulzura y hermosura de su semblante, que hubieran permanecido días enteros contemplándolo, como fuera de sí mismos. Los reyes -aun los más arrogantes-, tan pronto como vieron los rasgos maravillosos de tan hermoso Niño, depusieron su altivez y se postraron sin dificultad a los pies de su cuna. ¡Cuántas veces se dijeron uno a otro: "Amigos, ¡qué agradable es estar aquí! ¡No existen en nuestros palacios delicias semejantes a las que se experimentan en este establo al contemplar al querido Niño Dios!"

Siendo Jesús muy joven, las personas afligidas y los niños del contorno iban a verle para alegrarse con él y se decían uno a otro: "¡Vamos a ver al Niño Jesús, al Hijo maravilloso de María!" La belleza y majestad de su semblante -decía San Juan Crisóstomo- (10) eran tan dulces e imponentes a la vez, que cuantos lo veían no podían menos de amarlo. Reyes hubo de países muy remotos que quisieron poseer su efigie. Dicen que el Señor mismo, por especial favor, la hizo enviar al rey Abogaro. Y aseguran algunos autores que los soldados romanos y los judíos le velaron el rostro a Jesús para abofetearlo y maltratarlo con mayor libertad, porque sus ojos y su semblante despedían tan suave y encantadora luz, que desarmaba aun a los más crueles.

5 - LA SABIDURIA ES DULCE EN SUS PALABRAS

Jesús es dulce en las palabras. Mientras vivía en la tierra, conquistaba a todo el mundo con la dulzura de sus palabras. Jamás se le oyó gritar ni disputar acaloradamente. Precisamente así lo habían anunciado los profetas: No gritará, no clamará, no voceará por las calles (11). Quienes lo escuchaban desapasionadamente, se sentían tan penetrados por las palabras que salían de su boca, que exclamaban: ¡Nadie ha hablado nunca como ese hombre! (12) Y sus propios enemigos, sorprendidos de su elocuencia y sabiduría, se preguntaban: ¿De dónde saca éste ese saber? (13). Nadie ha hablado nunca con tanta dulzura y gracia. ¿De dónde saca tanta sabiduría en sus palabras?

Las personas humildes dejaban a millares sus hogares y familias para ir a escucharlo hasta en los desiertos y pasaban días y días sin comer ni beber, saciándose únicamente con la dulzura de sus palabras. Dulzura con la cual atrajo en seguimiento suyo a los apóstoles como con un imán, curó a los enfermos más incurables, consoló a los afligidos. Bastó que dijera a la atribulada Magdalena la sola palabra: ¡María!, para que ella quedara colmada de dicha y de dulzura (14).

Continúa...

Notas:

1) La dulzura de la Sabiduría es uno de los temas predilectos de Montfort.

2) Jn 3,16.

3) La expresión María divina puede parecer sorprendente. Quiere subrayar la cercanía de la Madre de la Sabiduría a la divinidad: es morada de Dios, templo de Dios, ciudad de Dios, paraíso de Dios… (Ver VD 2ss; 264.)

4) Jn 11,19.

5) Is 42,3.

6) Jn 1,29.

7) Del himno "Iesu dulcis memoria", atribuido, sin razón, a San Bernardo (ver PL 184,1307).

8) San Bernardo, Sermo 15 in Cantica: PL 183,847.

9) Ver san Agustín, Enarratio in Ps. 44,3: "Iesus dulcis in facie, dulcis in ore, dulcis in opere."

10) Homilia 27 in Matthaeum, n 2: PG 57,346.

11) Is 42,2.

12) Jn 7,46.

13) Mt 13,54.

14) Jn 20,16.