miércoles, 25 de febrero de 2026

SÓLO UNA CONVERSACIÓN DE CAFÉ

- Vamos, monseñor, supongo que usted cree que la Biblia no es más que un cuento de hadas anticuado, ¿verdad?

Por monseñor Rob Mutsaerts


- Eso depende de lo que entiendas por cuento de hadas. Si te refieres a una historia que ha perdurado durante siglos, que moldea a la gente y contiene lecciones morales, entonces sí, es un cuento de hadas de primera clase.

- Pero en serio, serpientes parlantes, milagros, aguas que se separan... No puede tomarlo literalmente, ¿verdad?

- Si una historia contiene algo sobrenatural, ¿eso la convierte automáticamente en falsa?

- No es automático, pero es sospechoso.

- Lo entiendo. Pero supongamos que Dios existe, entonces sería sospechoso que no ocurriera nada sobrenatural. Entonces la historia sobre Dios sería, curiosamente, completamente mundana.

- Mmm. Pero sigue siendo una antigüedad. En aquel entonces, la gente no sabía nada de ciencia.

- Newton también es una antigüedad. Pitágoras también lo es. Pero aún así, seguimos verificando sus teoremas. Que sea algo viejo no es un argumento contra la verdad.

- De acuerdo, pero la diferencia es que esas teorías se pueden comprobar.

- Claro. Pero no todo lo real cabe en un tubo de ensayo. La belleza, por ejemplo. La justicia. La música que te conmueve. Puedes medir lo que hacen las ondas sonoras, pero no por qué te conmueve una canción.

- ¿Está poniendo la fe en la misma categoría que el arte?

- Más bien, como una combinación de historia, moral y significados. La Biblia se desarrolla entre personas reales, ciudades reales, reinos reales. No comienza con...“Había una vez”, sino con nombres, lugares y fechas.

- Sí, pero ¿no pudo un escritor simplemente completar con esos datos para parecer creíble?

- Es posible. Pero entonces tienes que explicarme por qué los arqueólogos siguen desenterrando cosas que coinciden con esas “historias inventadas”. Eso ocurre con una frecuencia sorprendente. Bastante extraño para ser un cuento de hadas.

- Sin embargo, para mí, la religión sigue siendo cosa del pasado. Hemos avanzado.

- Hemos avanzado... ¿en qué?

- Bueno, en la ciencia, los derechos humanos, la moral.

- Es interesante que menciones los derechos humanos. La idea de que todas las personas son iguales, ¿sabes de dónde proviene?

- ¿De la época de la Ilustración?

- También. Pero se basó en el cristianismo, en la idea de que cada persona es creada a imagen de Dios. Eso fue revolucionario en la antigüedad. Antes de eso, el valor se medía principalmente por el estatus. Por ejemplo, se consideraba perfectamente normal tener esclavos.

- ¿Entonces está diciendo que mi moral moderna es en realidad un legado cristiano?

- Digo que has heredado más de lo que crees. Como alguien que está enojado con sus padres, pero vive en la casa de ellos y se come todo lo que hay en el refrigerador de ellos.

- Ouch. Eso fue un golpe.

- Ni lo menciones.

- Pero entonces mire toda la miseria que causa la religión: guerras, poder, abusos.

- Claro. Ahora mira toda la miseria causada por la política, la ideología, el dinero y el nacionalismo. Basta con mirar el siglo XX, con millones de víctimas de la Rusia y la China comunistas. Todos regímenes ateos, por cierto. No se puede decir realmente que hayamos avanzado moralmente, ¿verdad? El problema me parece bastante sencillo: la persona.

- ¿Entonces la fe no es el problema sino la persona?

- La Biblia diría: ese es precisamente el punto. Ese es incluso uno de sus principios fundamentales: que la humanidad está moralmente quebrantada. Francamente, creo que es una de las frases más realistas jamás escritas.

- No puedo negarlo cuando veo las noticias diarias.

- Exactamente. El mensaje de la Biblia no es “el hombre es grande”, sino “el hombre necesita salvación”. Ese no es lenguaje de un cuento de hadas; es un diagnóstico.

- Pero entonces ¿por qué todas esas historias extrañas?

- Porque las historias se recuerdan mejor que las fórmulas. También se recuerdan mejor las películas que las críticas. Y ojo: los héroes bíblicos rara vez son perfectos. Mienten, fallan y fracasan. Es una propaganda extraña si se quisiera inventar algo. Los cuentos de hadas normales hacen brillar a sus héroes. La Biblia los humaniza.

- Para ser honesto, nunca me di cuenta de eso.

- Míralo de esa manera. Es sorprendentemente poco refinado.

- ¿Pero usted realmente cree que es verdad?

- Sí. Pero no porque apague mi mente. Creo justamente porque la uso. Para mí, todo encaja: la visión del ser humano, la moral, la historia, la experiencia. Explica más de lo que niega.

- No sé si yo lo tengo tan claro.

- No hace falta. Por ahora basta con que busques con honestidad. No intento convencerte, solo invitarte a que no descartes el libro tan rápidamente.

- ¿Entonces no me va a dar un sermón?

- Solo si pides otro café. A veces ocurren milagros.

- Mira, eso sí que lo creo.

- Ves?, estamos progresando.
 

EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (89)

Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.


89. Adiós a Jonás y llegada de Jesús a Nazaret.
27 de enero de 1945

1 Apenas un atisbo de luz. En la puerta de una mísera cabaña –y hablo así porque llamarla casa sería demasiado honor– están Jesús con los suyos y con Jonás y otros míseros campesinos como él. Es la hora de la despedida.
“¿No te volveré a ver, Señor mío?” pregunta Jonás. 
Tú has traído la luz a nuestros corazones. Tu bondad ha hecho de estas jornadas una fiesta que durará toda la vida. Ya has visto cómo nos tratan. El jumento recibe más cuidados que nosotros, y se trata más humanamente al árbol: son dinero; nosotros somos sólo ruedas de molino que proporcionan ganancia, y se nos utiliza hasta que morimos por exceso de uso. Pero tus palabras han sido como muchas caricias de alas. El pan nos ha parecido más abundante y mejor, porque Tú lo saboreabas con nosotros, este pan que él no da a sus perros. Vuelve a compartirlo con nosotros, Señor. Sólo porque eres Tú, oso decir esto. Para cualquier otro significaría una ofensa el ofrecer un cobijo y un alimento que hasta el mendigo desdeña. Pero Tú....
Pero Yo encuentro en ellos un perfume y un sabor celestes, porque hay en ellos fe y amor. Vendré, Jonás. Vendré. Quédate donde estás, atado al carro como un animal de tiro. Que el lugar en que estás sea tu escalera de Jacob (26). Ciertamente entre el Cielo y tú vienen y van los ángeles con la atención puesta en recoger todos tus méritos y llevárselos a Dios. Pero Yo vendré a ti, a consolar tu espíritu. Permanecedme todos fieles. ¡Oh! Quisiera daros una paz que fuera también humana, pero no puedo (27). Tengo que deciros: sufrid aún. Y ello es triste para Uno que ama....
Señor, si Tú nos amas, ya no es sufrir. Antes no teníamos a nadie que nos amara... ¡Oh, si pudiera, yo al menos, ver a tu Madre!.
No te angusties. Yo te la traeré. Cuando más suave esté el clima, vendré con Ella. No des pie a castigos inhumanos por la prisa de verla. Sabe esperarla como se espera el surgir de una estrella, de la primera estrella. Aparecerá ante ti improvisamente, exactamente como la estrella vespertina que ahora no se ve e inmediatamente después titila en el cielo. Y piensa que, ya incluso desde ahora, Ella esparce sus dones de amor sobre ti. Adiós a todos vosotros. Mi paz os sirva de tutela contra las crueldades de quien os aflige. Adiós, Jonás. No llores. Has esperado muchos años con fe paciente, te prometo ahora una espera muy breve. No llores. No te dejaré solo. Tu bondad enjugó mi llanto infantil (28); ¿no es suficiente la mía para enjugar el tuyo?.
Sí... pero Tú te marchas... y yo me quedo....
Amigo, Jonás, no me hagas partir abatido por el peso de no poderte consolar (29)....
No lloro, Señor... Pero ¿cómo voy a poder vivir sin verte ahora que sé que estás vivo?.
Jesús acaricia una vez más al anciano desolado y luego se separa; mas, en el límite de la mísera era, erguido, abre los brazos bendiciendo la campiña. Luego se pone en camino.
¿Qué significa lo que has hecho, Maestro? pregunta Simón, que ha notado el insólito gesto.
He puesto un sigilo sobre todas las cosas, para que los malvados no puedan, dañándolas, perjudicar a esos desdichados. Más no podía (30)....

Maestro... adelantémonos. Quisiera decirte una cosa, sin que nos oigan.
Se separan aún más del grupo y Simón habla.
Quería decirte que Lázaro tiene orden de usar la suma para socorrer a todos aquellos que recurran a él en nombre de Jesús. ¿No podríamos libertar a Jonás? Ese hombre está deshecho, su única alegría es tenerte. Démosela. ¿Qué puedes esperar de su labor aquí? Tu discípulo sería libre en esta llanura tan hermosa, y tan desolada. Aquí los más ricos de Israel tienen tierras óptimas, que exprimen explotando cruelmente a los trabajadores, exigiéndoles el ciento por uno. Lo sé desde hace años. Poco tiempo podrás permanecer aquí, porque en este lugar impera la secta de los fariseos, que creo que nunca será amiga tuya. Los más infelices en Israel son estos trabajadores oprimidos y sin luz. Ya lo has oído: ni siquiera para la Pascua gozan de paz y oración, mientras los crueles patrones, con grandes gestos y estudiadas actitudes, se ponen en primera fila entre los fieles. Tendrán al menos la alegría de saber que Tú vives, la alegría de oír tus palabras, repetidas por uno que no alterará de ellas ni una jota. Si te parece bien, Maestro, ordena, y Lázaro actuará.

3 Simón, Yo ya había comprendido por qué te desprendías de todo. No desconozco el pensamiento del hombre. Y éste ha sido uno de los motivos por los que te he amado. Haciendo feliz a Jonás, haces feliz a Jesús. ¡Ah, cómo me angustia ver sufrir a los buenos! Mi condición de pobre y de despreciado por el mundo no me angustia sino por esto. Judas, si me oyera, diría: "Pero, ¿no eres Tú el Verbo de Dios? Ordena, y las piedras se convertirán en oro y pan para los menesterosos". Repetiría la insidia de Satanás (31). Bien deseo Yo saciar las hambres, pero no como quisiera Judas. Todavía estáis demasiado poco formados como para entender la profundidad de cuanto digo. Pero a ti te lo digo: si Dios remediase todo, cometería una substracción para con sus amigos; los privaría de la facultad de ser misericordiosos, y de obedecer, por lo tanto, al mandamiento del amor. Mis amigos tienen que tener este signo de Dios en común con El: la santa misericordia, que se manifiesta en obras y en palabras. Y las infelicidades ajenas proporcionan a mis amigos la manera de ejercitarla. ¿Has comprendido este pensamiento?.
Es profundo. Lo medito. Y me humillo, comprendiendo lo obtuso que soy y lo grande que es Dios, el cual quiere que tengamos la totalidad de sus atributos más dulces, para llamarnos hijos suyos. Dios se me revela en su multiforme perfección por cada una de las luces que Tú difundes en mi corazón. Día tras día, como quien camina por un lugar desconocido, aumento mi conocimiento de esta inmensa Cosa que es la Perfección que quiere llamarnos "hijos", y me parece estar ascendiendo como un águila, o sumergiéndome como un pez, en dos profundidades sin confín como son el cielo y el mar, y subo cada vez más, y me sumerjo cada vez más, sin tocar nunca el límite. Pero entonces, ¿qué es Dios?.
Dios es la inalcanzable Perfección, Dios es la cumplida Belleza, Dios es la infinita Potencia, Dios es la incomprensible Esencia, Dios es la insuperable Bondad, Dios es la indestructible Compasión, Dios es la inconmensurable Sabiduría, Dios es el Amor hecho Dios. ¡Es el Amor! ¡Es el Amor! Dices que cuanto más conoces a Dios en su perfección, más te parece ascender o sumergirte en dos profundidades sin confín, de azul sin sombras... Cuando comprendas qué es el Amor hecho Dios, ya no subirás, ya no te sumergirás en ese azul sino en un remolino incandescente de llamas, y serás aspirado hacia una felicidad que te será muerte y vida. Tendrás a Dios, con completa posesión, cuando, por tu voluntad, hayas logrado comprenderle y merecerle. Entonces quedarás fijo en su perfección.
¡Señor!... –Simón se siente desbordado–.

4 Se hace silencio. Llegan al camino. Jesús se detiene a esperar a los otros.
Cuando el grupo se completa de nuevo, Leví se arrodilla: 
Debo dejarte, Maestro, pero tu siervo te eleva una súplica: Llévame adonde tu Madre. Este es huérfano como yo. No me niegues a mí lo que a él le das, para poder ver un rostro de madre....
Ven. Yo doy en nombre de mi Madre lo que en nombre de mi Madre se pide...

5 ...Jesús está solo. Camina rápido entre bosques de olivos cargados de aceitunas ya bien formadas. El Sol, a pesar de que esté declinando, asaetea la copa gris–verde de los árboles preciosos y pacíficos, pero no taladra el entramado de sus ramas sino con diminutos ojitos de luz. La calzada principal, por el contrario, encajonada entre dos pendientes, es una cinta de polvorienta incandescencia deslumbrante.
Jesús camina y sonríe. Llega a un tajo del terreno... y sonríe aún más vivamente. Allí está Nazaret... De tanto como la oprime la incandescencia del sol, parece como si vibrara. Jesús baja aún más veloz. Llega a la calzada ya sin preocuparse del sol. Parece volar, de lo presuroso que va, con el manto –colocado como protección sobre la cabeza– hinchado y palpitando a los lados y detrás de El. La calzada está desierta y silenciosa hasta las primeras casas. Allí, alguna voz de niño o de mujer se oye venir desde el interior de las casas o desde los huertos, que suspenden incluso sobre la calzada las frondas de sus árboles. Jesús se aprovecha de estas manchas de sombra para rehuir el implacable sol. Gira por una callecita cuya mitad está en sombra. Allí hay mujeres que se arremolinan junto a un pozo fresco. Casi todas le saludan, manifestando con voces agudas su alegría porque haya vuelto.
Paz a todas vosotras... Pero... guardad silencio. Quiero dar una sorpresa a mi Madre.
Su cuñada se ha marchado ahora con una jarra fresca, pero tiene que volver; se han quedado sin agua. El manantial está seco, o se pierde en el suelo ardiente antes de llegar a tu huerto; no sabemos. María de Alfeo lo decía ahora. Mira, allí viene.
La madre de Judas y Santiago viene con un ánfora sobre la cabeza y otra en cada mano. No ve inmediatamente a Jesús y grita: 
De este modo me doy más prisa. María está toda triste, porque sus flores se mueren de sed. Son todavía las de José y Jesús, y siente desgajársele el corazón viéndolas languidecer.
Pero ahora que me ve a mí... dice Jesús, apareciendo desde detrás del grupo.
¡Oh, mi Jesús! ¡Bendito Tú! Voy a decírselo....
No. Voy Yo. Dame las ánforas.
La puerta está sólo entornada. María está en el huerto. ¡Oh, qué contenta se pondrá! Hablaba de ti también esta mañana. ¡Pero, haber venido con este sol!... ¡Estás todo sudado! ¿Estás solo?.
No. Con amigos. Yo me he adelantado para ver antes a mi Madre. ¿Y Judas?.
Está en Cafarnaúm. Va frecuentemente.... María no habla más, pero sonríe mientras seca con su velo el rostro humedecido de Jesús.

6 Las ánforas ya están llenas. Jesús, usando su cinturón, se carga dos de ellas equilibradamente sobre los hombros, y la otra la lleva en la mano.
Camina, vuelve una esquina, llega a la casa, empuja la puerta, entra en la pequeña habitación, que parece oscura en relación al fuerte sol exterior, levanta despacio la cortina que cubre la puerta del huerto, observa.
María está en pie junto a un rosal, dando la espalda a la casa, compungida por la sedienta planta. Jesús posa el ánfora en el suelo, y el cobre suena al golpear contra una piedra. 
¿Ya aquí, María? dice la Madre sin volverse. ¡Ven, ven! ¡Mira este rosal!, y estas pobres azucenas; morirán todas, si no las socorremos. Trae también unas cañitas para sujetar este tallo que se está cayendo.
Te llevo todo, Mamá.
María se vuelve de repente. Se queda atónita un segundo; luego, dando un grito, corre con los brazos abiertos hacia el Hijo, el cual ya ha abierto los suyos y la espera con una sonrisa que es toda amor.
¡Hijo mío!.
¡Mamá! ¡Querida mamá!.
La manifestación de afecto es larga, suave, y María está tan contenta que no ve, no siente lo sudado que está Jesús. Pero luego se da cuenta: 
¿Por qué, Hijo, a esta hora? Estás como la púrpura y sudando como una esponja. Ven, ven dentro; que Mamá te seque y te refresque. Ahora te traigo una túnica nueva y sandalias limpias. ¡Pero Hijo! ¡Hijo! ¿Por qué vas por los caminos con este sol? ¡Las plantas se mueren por el calor y Tú, Flor mía, por los caminos...!.
¡Para llegar antes, Mamá!.
¡Oh, querido mío! ¿Tienes sed? Claro que sí. Ahora te preparo....
Sí. De tu beso, Mamá. De tus caricias. Déjame estar así, con la cabeza en tu hombro, como cuando era pequeño... ¡Oh! ¡Mamá! ¡Cuánto te hecho de menos!.
¡Pero dime que vaya, Hijo, y yo iré! ¿Qué te ha faltado por causa de mi ausencia?: ¿comida de tu agrado?, ¿ropa fresca?, ¿cama bien hecha? ¡Oh, dime, mi Dicha, ¿qué te ha faltado?! Tu sierva, ¡Oh mi Señor!, tratará de poner remedio.
Nada aparte de ti....
Jesús, que ha vuelto a entrar en la casa de la mano de su Madre, se ha sentado en el arquibanco que está junto a la pared y ahora mira fijamente a María. La tiene de frente, ceñida con sus brazos. Tiene apoyada la cabeza contra su corazón, y de vez en cuando la besa. Dice: 
Déjame que te mire. Déjame llenar mi vista de ti, ¡Mamá mía santa!.
Antes la túnica. No es bueno estar tan mojado. Ven.
Jesús obedece. 

7 Cuando vuelve con una túnica fresca, el coloquio continúa, delicado.
He venido con discípulos y amigos. Pero los he dejado en el bosque de Melca. Vendrán mañana a la aurora. Yo... no podía esperar más. ¡Mamá mía!..., y le besa las manos. María de Alfeo se ha retirado para dejarnos solos; ella también ha entendido mi sed de ti. Mañana... mañana tú serás de mis amigos y Yo de los nazarenos. Pero hoy tú eres mi Amiga y Yo el tuyo (32). Te he traído... ¡Oh, Mamá!, he encontrado a los pastores de Belén, y te he traído a dos de ellos: son huérfanos y tú eres la Madre, la Madre de todos, y más aún de los huérfanos. Y te he traído también a uno que tiene necesidad de ti para vencerse a sí mismo; y a otro que es un justo y ha llorado; bueno,... y a Juan... Y el recuerdo de Elías, de Isaac, Tobías (ahora Matías), Juan y Simeón. Jonás es el más infeliz. Te llevaré donde él; lo he prometido. Seguiré buscando a otros. Samuel y José están en la paz de Dios.
¿Estuviste en Belén?.
Sí, Mamá. Llevé allí a los discípulos que tenía conmigo. Te traigo estas florecillas, nacidas entre las piedras de la entrada.
¡Oh! –María coge los tallitos secos y los besa–. ¿Y Ana?.
Murió en la matanza de Herodes.
¡Pobrecilla! ¡Te quería mucho!.
Los betlemitas sufrieron mucho y no han sido justos con los pastores. Han sufrido mucho....
¡Pero contigo por entonces fueron buenos!.
Sí. Por esto se los debe compadecer. Satanás está envidioso de aquella bondad suya y los instiga al mal. He estado también en Hebrón. Los pastores, perseguidos....
¡¿Tanto?!.
Si. Los ayudó Zacarías, y, gracias a él, pudieron tener patrones y pan, aunque estos patrones fueran duros. Pero son almas de justos, y de las persecuciones y de las heridas se han hecho piedras de santidad. Los he reunido. He curado a Isaac y... y he dado mi Nombre a un niñito... En Yuttá, donde Isaac se consumía y donde ha renacido, hay ahora un grupo inocente que se llama María, José y Jesús....
¡Oh, tu Nombre!.
Y el tuyo, y el del Justo. Y en Keriot, patria de un discípulo, un fiel israelita murió contra mi corazón, por la alegría de haberme encontrado... 

8 Y también... ¡tengo tantas cosas que contarte..., mi perfecta Amiga, Madre dulce! Pero antes de nada, te lo suplico, te pido que tengas mucha piedad con los que vendrán mañana. Escucha: me aman... pero no son perfectos. Tú, Maestra de virtud... ¡Madre, ayúdame a hacerlos buenos... Yo quisiera salvarlos a todos...!. Jesús se ha deslizado a los pies de María. Ahora Ella aparece en su majestuosidad de Madre.
¡Hijo mío! ¿Qué puede hacer tu pobre Mamá que Tú no hagas?.
Santificarlos... Tu virtud santifica. Te los he traído aposta. Mamá... un día, ante la urgencia de santificar a los espíritus, viendo en ellos voluntad de redención, te diré: 'Ven'. Yo solo no podré... Tu silencio será tan activo como mi palabra. Tu pureza ayudará a mi potencia. Tu presencia mantendrá distante a Satanás... Tu Hijo, Mamá, sabiendo que estás cerca, encontrará fuerzas. Vendrás, ¿no es cierto, mi dulce Madre?.
¡Jesús! ¡Amor! ¡Hijo! No te siento feliz... ¿Qué te pasa, Criatura de mi corazón? ¿Ha sido duro contigo el mundo? ¿No? Creerlo me es motivo de consuelo... pero... ¡Oh! Sí. Iré. A donde Tú quieras, como Tú quieras, cuando Tú quieras, incluso ahora, bajo el sol, bajo las estrellas, o con hielo o entre aguaceros. ¿Me quieres contigo?: aquí me tienes.
No. Ahora no. Pero un día... ¡Qué dulce es la casa! ¡Y tu caricia! Déjame dormir así, con la cabeza en tus rodillas. ¡Estoy muy cansado! Sigo siendo tu Hijito.... Y Jesús realmente se duerme, cansado, derrengado, sentado en la estera, con la cabeza en el regazo de su Madre, mientras Ella le acaricia en el pelo, feliz.

Continúa...

Notas:

27) Expresión que se justifica y se ilustra con algunos pasos evangélicos, por ej. Mt. 10, 34–39; 16, 24–28; Mc. 8, 34 – 9, 1; Lc. 9, 23–27; 12, 51–53; 14, 25–27; 22, 41–44; 24, 25–27; Ju. 12, 24–26; Flp. 2, 8–9. Jesús se doblegó ante la voluntad del Padre eterno, llevó la cruz y por eso fue glorificado. A los discípulos verdaderos no les puede caber suerte diferente.

28) Esto es: de recién nacido.

29) Cfr. not. 27.

30) Véase la misma not. ant.

31) Cfr. Mt. 4, 3; Lc. 4, 3.

32) “Tú eres mi Amiga y Yo el tuyo”… expresión que debe entenderse bajo la luz del Antiguo Testamento del Cantar de los Cantares y la de los Santos Padres refiriéndose a Jesús, el nuevo Adán y María la nueva Eva.

LA REINA DEL CIELO EN EL REINO DE LA DIVINA VOLUNTAD (22)

Continuamos con la publicación del Capítulo 22 del libro “La Reina del Cielo”, escrito por la Sierva de Dios Luisa Piccarreta, Hija Pequeña de La Divina Voluntad.


Esta obra de Luisa-Piccarreta que fue publicada por primera vez el año 1930, consta de treinta y un Meditaciones que serán publicadas -Dios mediante- cada cinco días.


VIGESIMA SEGUNDA MEDITACION

El FIAT Divino pide a la Reina del Cielo el heroico sacrificio de ofrecer al Niño Jesús por la salvación del género humano. Huida a Egipto, exilio y regreso a Nazaret.

EL ALMA A SU MADRE CELESTIAL:

Mamá Santa, heme aquí para acompañarte al templo, al que vas para cumplir el más grande de los sacrificios, el sacrificio de ofrecer al Celeste Niño por la salvación de todas las criaturas. ¡Y no obstante, terrible es decirlo, muchas se perderán!


¡Ah, Mamá mía, pon al pequeño Jesús en mi corazón y yo te prometo solemnemente amarlo siempre y tenerlo como vida de mi pobre alma!.

LECCION DE LA REINA DEL CIELO:

Hija mía querida, sé atenta a mis lecciones y escúchame: sabes que desde hace cuarenta días estábamos en la gruta de Belem, primera habitación de mi Hijo acá abajo y en la que tantas maravillas se realizaron.

¿Quién te podrá decir, hija mía, lo que sucedió entre Jesús y Yo durante ese sagrado tiempo? El Celestial Niño que había bajado del Cielo a la tierra en una hoguera de amor buscaba a su Mamá constantemente para poner en su Corazón la Gracia que no podía ya contener y la buscaba como refugio de sus actos y de su Vida. Cada latido de su Corazón, cada respiro, cada movimiento, cada lágrima eran como tantas llamas que me herían continuamente y me hacían presa feliz de su mismo amor. Ya la circuncisión había hecho en mi Corazón desgarros profundos, pero ahora, viendo que sus actos eran fundidos con los míos y que su Vida era la mía, Yo me sentía como nunca Reina y Madre de amor.

Transcurridos aquellos días benditos, mi dulce Unigénito, sintiéndose más que nunca vencido por su infinita ternura, quiso obedecer la ley y presentarse al Templo, para ofrecerse por la salvación de cada uno de todos los hombres. Era la Divina Voluntad la que nos llamaba al gran sacrificio y Nosotros obedecimos inmediatamente.

Hija mía, cuando el FIAT Divino encuentra pronta correspondencia en la ejecución de sus quereres pone a disposición del hombre su misma fuerza divina, su misma santidad, su misma potencia creadora y comunica al acto y al sacrificio realizado un valor infinito, capaz de pagar y satisfacer por todos.

Esta era la primera vez que San José y Yo salíamos con el dulce Niño y por eso lo envolvimos con amoroso cuidado para defenderlo de los rigores del invierno. Y después de haber agradecido a Dios por los grandes misterios que se realizaron en la sagrada cueva dejamos Belem para encaminarnos a Jerusalén.

Habiendo llegado al Templo y habiendo presentado las ofrendas rituales adoramos profundamente a la Divina Majestad y he aquí que viene a atendernos el Sumo Sacerdote Simeón, quien iluminado por Dios reconoció y adoró en mi Hijo al Verbo hecho carne. Exultando de gozo lo recibió de mis manos y levantando los ojos al cielo lo ofreció como víctima al Padre Eterno por la salvación de todo el género humano. Después, dirigiéndose a Mí con palabras inspiradas, predijo todos mis dolores.

¡Oh, cómo quedó desgarrado mi Corazón de Madre ante el anuncio de la fatal tragedia que un día habría de suceder a mi Hijo! Cada palabra que el FIAT Supremo hacía resonar en mi alma repercutía en Mí con vibrante y doloroso sonido y era semejante a una espada cortante que me traspasaba y me laceraba hasta las más íntimas fibras. Sobre todo fue muy penoso para Mí escuchar que este celestial Niño habría sido puesto no sólo para salvación sino también para ruina de muchos y signo de grandes contradicciones. Si el Querer Divino no me hubiera sostenido, Yo habría muerto al instante de puro dolor; sin embargo, me dio vida para empezar a formar en Mí el Reino de los dolores del Reino de su Voluntad Divina.

Y así, con mis propios martirios, Yo adquirí verdaderamente la moneda para pagar la deuda de mis hijos, tanto buenos como ingratos.

Cuando habían pasado apenas pocos días del rito de la presentación fui golpeada por un nuevo y acerbo dolor: el rey Herodes habiendo sabido por medio de los Santos Reyes a su paso por Jerusalén que el Rey de Israel había nacido, por temor a perder su trono dio la cruel orden de matar a todos los niños y así entre ellos matar a mi dulce Jesús, mi querida Vida.

Querida hija, ¡qué dolor!, ¡se quería hacer morir a Aquél que había venido a dar Vida a todos y a traer al mundo la nueva era de paz, de felicidad y de gracia! ¡Qué ingratitud, qué perfidia...! ¡Ah!, hija mía, ¿comprendes ahora hasta dónde puede llegar la ceguera de la voluntad humana? Esta puede ser tan feroz hasta querer atar las manos de su mismo Creador y pretender hacerse dueña de la Vida de quien la ha creado! Por eso, compadéceme y trata de consolar el llanto de mi dulce Niño. El gime por la ingratitud de los hombres, quienes ya lo quieren muerto, siendo que apenas ha nacido. Para poderlo salvar de la matanza fuimos compelidos a huir con el querido San José, quien había sido advertido por el ángel que huyéramos a Egipto. Tú, ahora, acompáñanos, querida hija, no nos dejes solos y Yo continuaré dándote mis lecciones sobre los graves males que son causados por la voluntad humana.

Has de saber que el hombre en cuanto se sustrajo a la Divina Voluntad perdió todos los derechos, no supo más a dónde dirigir sus pasos, se convirtió en un pobre exiliado y en un peregrino errante.

Hija mía, ¿ves cuánto te amó mi querido Niño? En los primeros albores de su vida El se refugia en tierra extranjera para liberarte del exilio en el cual te confinó el querer humano y para hacerte vivir no ya en país extranjero sino en la Patria que Dios te concedió al crearte, es decir, en el Reino del FIAT Supremo!

Entonces llegamos a Egipto y ahí permanecimos por varios años, hasta que el ángel del Señor advirtió nuevamente a San José que podíamos regresar a la casa de Nazaret, pues el impío tirano había muerto.

Ahora escucha, hija mía, Egipto simboliza a la voluntad humana, tierra llena de ídolos. Por todas partes por donde pasaba el pequeño Jesús echaba por tierra los falsos dioses y los arrojaba al infierno. ¡Cuántos ídolos no posee también la miserable tierra de la voluntad humana! Ídolos de vanagloria, ídolos de amor propio, ídolos de pasiones...; por eso, si tú no quieres dejarte tiranizar por ellos, sé atenta y escucha a tu Mamá: vive solamente de Voluntad Divina y Esta, como Jesús en Egipto, te liberará de la esclavitud de los falsos dioses, ídolos de tu corazón, los echará por tierra para siempre y te hará santamente feliz.

EL ALMA:

Mamá Dulcísima, ¡cuánto te agradezco que hayas querido hacerme comprender el gran mal que está encerrado en el querer humano! Por el dolor que sufriste en el exilio en Egipto te pido que hagas salir mi alma del exilio de mi voluntad y me hagas volver al querido Reino del Divino Querer.

PRACTICA:

Para honrarme me ofrecerás tus acciones y tus penas unidas a las mías, pidiendo al Niño Jesús que entre en el egipto de tu corazón para cambiarlo todo en Voluntad de Dios.

JACULATORIA:

Mamá mía, encierra al pequeño Jesús en mi corazón para que ahí El forme el reino de la Divina Voluntad.

Continúa...
 

25 DE FEBRERO: SAN TARASIO, OBISPO DE CONSTANTINOPLA



25 de febrero: San Tarasio de Constantinopla

(✝ 806)

Nació el Santísimo Obispo Tarasio en la ciudad de Constantinopla de padres tan ilustres por su nobleza como por su Religión y piedad.

Criaron al niño con gran cuidado y entre otros buenos consejos que le daba la madre, no cesaba de advertirle que huyese de toda mala compañía. Por esta causa cuando terminó sus estudios, resplandeció a los ojos de todos por sus virtudes y talentos, y se vio ensalzado hasta la dignidad de cónsul y de primer consejero del reino, en el imperio de Constantino y de la emperatriz Irene su madre.

En la corte, en un ambiente de sensualidad y halagos, había sabido llevar una vida casi monacal. No se envaneció con el falso brillo de la gloria del mundo, ni los atractivos de la corte menoscabaron un punto la entereza de su inocencia y de sus laudables costumbres, y así, por una maravillosa disposición del cielo, a la cual no pudo resistirse el santo, pasó del palacio del emperador a la cátedra patriarcal de Constantinopla, siendo consagrado Obispo el día de la Natividad del Señor, del año 784, para nacer de nuevo y comenzar desde aquel día una nueva vida.

Sacó de su palacio todas las alhajas y muebles preciosos, era el último que se acostaba y el primero que se levantaba, y se mostraba padre de todos, siendo los pobres sus hijos más amados y favorecidos.

Pero a los herejes siempre los aborreció y persiguió como enemigos de Dios y de la Verdad Divina, y empleó todas sus fuerzas para domar las sacrílega osadía de los iconoclastas que por aquellos años, destruían con supersticioso furor las santas imágenes.

Su vida fue un modelo de perfecto desinterés para el clero y el pueblo. En su casa y en su mesa no había nada de la magnificencia que ostentaban sus predecesores. Consagrado al servicio del prójimo, Tarasio apenas permitía que sus criados le sirviesen. Dormía muy poco y en sus ratos de ocio se entregaba a la oración y la lectura espiritual. Prohibió al clero el uso de vestidos preciosos y se mostró particularmente severo por lo que se refiere al teatro. Con frecuencia repartía personalmente alimentos a los pobres; para que nadie se sintiese abandonado, visitaba todos los hospitales y obras de beneficencia en Constantinopla.

A instancias del santo se congregó el séptimo Concilio general, al cual asistió, ocupando en él el primer lugar después de los legados del Papa.

Algunos años más tarde, el emperador Constantino V se enamoró de Teódota, una dama de honor de su esposa, la emperatriz María. La emperatriz madre, Irene le había obligado a casarse con María, de la que el emperador decidió divorciarse. Para ello, intentó ganarse la voluntad del patriarca y le envió a un mensajero para anunciarle que la emperatriz quería envenenarlo. Tarasio respondió al mensajero: 

- Di al emperador que estoy dispuesto a morir antes que ayudarle a realizar su propósito. 

Entonces el emperador trató de ganarle por medio de halagos. Llamó, pues, al patriarca y le dijo: 

- A ti no puedo ocultarte nada, pues te considero como a mi padre. Es indudable que la Iglesia permitirá que me divorcie de una mujer que ha intentado envenenarme. La emperatriz María merece la muerte o la prisión perpetua.

El emperador mostró a Tarasio un vaso con veneno que, según él, la emperatriz había tratado de hacerle beber. Pero el patriarca no se dejó engañar, y replicó que estaba cierto de que Constantino quería divorciarse de la emperatriz porque estaba enamorado de Teódota; además le manifestó que, aun en el caso de que la emperatriz María fuese realmente culpable, el nuevo matrimonio constituiría un adulterio. 

El monje Juan, que se hallaba también presente, habló con gran valentía en el mismo sentido que el patriarca; el emperador furioso, les mandó retirarse de su presencia. Después echó a la emperatriz María fuera del palacio y la obligó a tomar el velo. 

Como Tarasio se negase a casarle con Teódota, el matrimonio se llevó a cabo ante el abad José, un personaje de la Iglesia de Constantinopla. En adelante Tarasio tuvo que soportar el resentimiento de Constantino, quien le persiguió durante el resto de su reinado.

Se cuenta que el emperador hacía seguir al patriarca en todos sus movimientos, que había prohibido a todos que hablasen con él sin su permiso y que desterró a muchos de los amigos y servidores de Tarasio por dirigirle la palabra. Entre tanto, la emperatriz Irene que quería seguir gobernando, se ganó a los principales personajes de la corte y el ejército, encarceló a su hijo y le mandó sacar los ojos. Irene gobernó durante cinco años, hasta que fue depuesta por Nicéforo, quien usurpó el imperio y la desterró a la isla de Lesbos.

Bajo el reinado de Nicéforo, Tarasio desempeñó sin contratiempos sus deberes pastorales. En su última enfermedad no dejó de celebrar el santo sacrificio, mientras pudo moverse. Poco antes de morir, Tarasio tuvo una visión en la que, según cuenta su biógrafo, que se hallaba con él en ese momento, el prelado parecía responder a las acusaciones de un grupo de hombres que juzgaban cada una de las acciones de su vida. Tarasio se mostraba sumamente agitado al responder a las acusaciones. Esto atemorizó mucho a todos los presentes, pues la vida del patriarca había sido muy íntegra. Pero a la agitación sucedió una gran serenidad y San Tarasio entregó su alma a Dios en medio de una gran paz, después de haber gobernado al patriarcado durante veintiún años.



martes, 24 de febrero de 2026

MONSEÑOR VIGANÒ: SATISFACCIÓN POR LA RESPUESTA DE LA FSSPX

Declaración después de la respuesta del Superior General de la FSSPX al prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe

Por monseñor Carlo Maria Viganò

Expreso mi satisfacción por la respuesta del Consejo General de la Fraternidad San Pío X al Prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe. Reafirma décadas de coherencia, sin ceder a las presiones y propuestas de la iglesia conciliar y sinodal. Tiene el mérito de demostrar ingeniosamente la paradoja de quienes, con palabras, predican el “diálogo” y la “inclusión”, pero en la práctica demuestran una doble moral según a quién se dirijan.

El padre Davide Pagliarani pide provocativamente a Tucho Fernández que conceda a la FSSPX la misma “flexibilidad pastoral” que ha demostrado en otros casos, a sabiendas de que el “pastoralismo” de los funcionarios sinodales es una pretensión retórica hipócrita.

Sus palabras evocan las del arzobispo Lefebvre a Pablo VI: “Hagamos la experiencia de la Tradición” (11 de septiembre de 1976). Se trata del “argumentum ex concessis”, una técnica retórica y lógica en la que un interlocutor utiliza las afirmaciones del oponente para construir su propio argumento, con el fin de refutar o demostrar que la postura del oponente es errónea.

El padre Pagliarani le recuerda a Tucho Fernández que la Compañía no pretende aceptar la hipótesis de un “mínimo común denominador” que suavice las obvias diferencias doctrinales; y que la tarea de la Jerarquía es salvaguardar la integridad del Depositum Fidei, no podarlo para evitar fricciones. Y precisamente en virtud de este principio, el Superior General demuestra lo absurdo de entablar un debate sobre el plano de la Caridad, ignorando la Verdad.

Una hermosa lección —muy elegante y no exenta de un toque de sana ironía— que recuerda a Tucho Fernández que el papel del Prefecto de la antigua Santa Inquisición no consiste en traicionar la fe en nombre de una unidad que solo puede fundarse única y exclusivamente en la integridad de la fe católica.

Si Tucho Fernández realmente cree que el enfoque pastoral tiene alguna posibilidad, debe demostrarlo actuando de manera coherente con lo que afirma, algo que Tucho, al igual que el cardenal Müller, descarta a priori, elevando el concilio Vaticano II a un fetiche intocable.

Ahora la pelota está en el tejado de Tucho y León. Lo único que pueden hacer es declarar un “cisma” y salvar así definitivamente a la Fraternidad San Pío X de cualquier contaminación por los errores de la iglesia conciliar y sinodal. El cisma existe: pero es el de una “iglesia” dispuesta a negar todos los dogmas católicos para salvar el superdogma conciliar y sinodal.

Como dije con esperanza en una entrevista reciente con Stephen Kokx: Tucho y León están ahora “acorralados”, o como dirían en Chiclayo: “Entre la espada y la pared”. Deo gratias.

+ Carlo Maria Viganò, Arzobispo

Viterbo, 20 de febrero de 2026

Miércoles de Ceniza

MEDJUGORE APOYA A SARAH, NIEGA A MÜLLER Y REGAÑA A LA FSSPX

Mientras tanto, León elogia a los verdaderos cismáticos como un “mosaico maravilloso”.

Por Chris Jackson


El movimiento de Sarah en “la barca de Pedro”

La súplica pública de Sarah insta a la FSSPX a evitar las consagraciones, advirtiendo que “abandonar la barca de Pedro y organizarnos autónomamente” es entregarse a la tormenta


A primera vista, el argumento parece simple: Cristo fundó una sola Iglesia, que tiene un centro visible, la Sede Romana, y, por lo tanto, la separación de ese centro pone en peligro las almas.

Pero observemos cómo está construido el argumento.

Comienza anclando todo el asunto en la confesión de Pedro y la continuidad de la sucesión apostólica, para luego vincular inmediatamente dicha continuidad con la “Iglesia de Roma”, gobernada por el sucesor de Pedro como “punto de referencia obligatorio”. A continuación, desarrolla una segunda línea clave: “La salvación es Cristo, y solo se da en la Iglesia”.

Observen lo que sucede. Se supone que la pregunta gira en torno a una emergencia concreta, obispos y consagraciones, jurisdicción y las realidades prácticas de la supervivencia de la Tradición. En cambio, traslada el debate a un plano moral donde se presenta a la FSSPX como una facción que se elige a sí misma en lugar de elegir a Cristo, “desgarrando el cuerpo místico” y poniendo en peligro las almas mediante la división.

Así, Sarah se presenta como el hombre que defiende el orden sobrenatural contra los medios humanos, advirtiendo contra el subjetivismo e insistiendo en que el apego canónico es la única garantía de que la lucha por la fe y la liturgia no se convierta en ideología. La carga emocional del argumento es esta: puedes soportar lobos en tu interior, puedes sufrir cobardía en tu interior, incluso puedes sufrir escándalo en tu interior, pero sigues estando dentro.

Ese es precisamente el truco. El aparato posconciliar hace las paces con el pluralismo doctrinal y el caos litúrgico, y luego trata el acto de rechazar ese caos como “ideología”. La palabra “obediencia” se convierte en un símbolo sacramental, independientemente de lo que se obedezca.

La obediencia canónica es un medio, no un amuleto mágico

El llamado de Sarah funciona porque parte de verdades que los católicos ya consideran preciadas. La confesión de Pedro. La sucesión apostólica. Cristo como único Salvador. La Iglesia como el arca de salvación. Nada de eso es la disputa. La disputa es el engaño que sigue, donde “la Iglesia” se reduce discretamente a “quienquiera que ocupe actualmente el micrófono romano”, y la “unidad” a “sumisión a las exigencias del régimen actual”.


Cuando pregunta: “¿Dónde podemos encontrar a Jesucristo, el único Redentor?” y cita a Agustín, la respuesta sigue siendo la misma: Cristo se encuentra en su Iglesia, en la fe católica en su integridad, en los sacramentos que Él instituyó, en el culto que la Iglesia recibió y transmitió. El problema es que Sarah se desliza de esa definición sobrenatural a un silogismo práctico donde el apego a la administración romana actual se convierte en “la única garantía” de tener a Cristo. Esa decisión habría tenido sentido en una época en que Roma funcionaba como Roma. Se vuelve peligrosa cuando Roma se utiliza como motor de ambigüedad doctrinal, demolición litúrgica y un lenguaje “ecuménico” que trata la ruptura como “mosaico”.

La afirmación de que “dentro de la Iglesia hay un centro, un punto de referencia obligatorio… gobernado por el Sucesor de Pedro” también es cierta en sentido estricto: el papado es una institución divina, y la Sede Romana es el principio visible de unidad. Sin embargo, el papado existe para proteger lo que Pedro confesó, no para reutilizarlo, suavizarlo ni tratarlo como un elemento negociable en un proyecto de “herencia compartida”. Un papa está ligado al depósito. El oficio no transforma la novedad en Tradición. Así, cuando Sarah enmarca el asunto de la FSSPX como “abandonar la barca de Pedro”, asume precisamente el punto en disputa: que el ocupante actual y la dirección actual representan la barca de Pedro en el sentido católico, en lugar de un barco que ondea banderas católicas mientras arroja el cargamento católico por la borda.

Su repetido estribillo, “la salvación es Cristo, y solo se da en la Iglesia”, se utiliza de la misma manera. La FSSPX no propone una segunda Iglesia, un segundo Cristo ni una economía sacramental paralela e independiente del catolicismo. El argumento, como siempre lo han planteado, es la continuidad de emergencia: preservar la sucesión episcopal y la vida sacramental de los católicos apegados a la Tradición en condiciones donde Roma alterna entre la hostilidad, la manipulación y la contención. Sarah responde con una propuesta diferente a la que se debate. Describe una secta autónoma que asegura sus propias “obras”. El caso de la FSSPX, independientemente de su prudencia, se presenta como una medida extraordinaria destinada a mantener la vida católica disponible cuando el aparato oficial la trata como un problema a gestionar.

Por eso sus preguntas retóricas sobre la “división irreversible” resultan más bien intimidación moral que análisis. La división puede ser pecaminosa. También se puede soportar por la fe cuando las autoridades usan su influencia para obligar a los católicos a ceder doctrinal y litúrgicamente. La historia de la Iglesia ya contiene las categorías que Sarah se niega a invocar aquí: crisis donde la fidelidad parecía “desobediencia” a los ojos burocráticos. Los santos que se resistieron a las mayorías arrianistas también fueron acusados ​​de desgarrar la unidad. En esos momentos, la pregunta decisiva nunca fue “¿Quién tiene el papeleo?”, sino “¿Quién mantiene la fe íntegra?”.

La afirmación más frágil de Sarah es su promesa de certeza: el apego canónico al sucesor de Pedro como “la mejor protección contra el error”, la “única garantía”, la “única señal segura”. Esa afirmación se derrumba bajo el peso de la memoria católica vivida. El estatus canónico nunca ha sido una garantía de ortodoxia. Episcopados enteros pueden corromperse. Los concilios pueden estar llenos de cobardes. Los tribunales pueden promover aduladores. Incluso un papa puede fallar en su deber, y los teólogos han tratado durante mucho tiempo la cuestión de un hereje manifiesto que ocupa la Sede Romana como un problema real con consecuencias reales, no como una fantasía impensable. Un vínculo canónico es precioso porque te conecta con una autoridad viva que transmite lo que recibió. Una vez que la autoridad comienza a tratar la fe recibida como arcilla, el “apego canónico” se convierte en la cadena exacta por la que las almas son arrastradas a la confusión.

Su apelación a Santa Catalina de Siena funciona de manera similar. Catalina exigió obediencia porque asumió que el pastor seguía guiando las almas hacia el Cristo perenne, incluso en medio de la corrupción y el desorden. Su obediencia nunca fue excusa para la rendición doctrinal. Citar a Catalina para exigir sumisión a un programa posconciliar que reconfigura la doctrina y el culto es como citar el juramento de un cirujano para justificar un cuchillo de carnicero. Las palabras siguen siendo santas. La aplicación se vuelve obscena.

El ejemplo del Padre Pío es emocionalmente potente y estratégicamente engañoso. El Padre Pío sufrió un castigo disciplinario injusto; nunca se le pidió que abrazara una fe falsa, santificara una liturgia falsa ni tratara el escándalo como un “mosaico”. La sumisión de un santo bajo una restricción injusta dentro de un marco ortodoxo no resuelve la cuestión de la resistencia de los católicos a un proyecto de décadas que deforma el culto, desdibuja el dogma y bendice el mismo “pluralismo” que una vez definió el cisma. La obediencia es una virtud cuando sirve a la verdad y al orden bajo Dios. Se convierte en un vicio cuando sirve como lubricante para la revolución.

Tras toda la súplica de Sarah se esconde la inversión romana moderna: la unidad como valor supremo y la precisión doctrinal como obstáculo para la caridad. Por eso puede hablar con tanta serenidad de los lobos “incluso dentro de la propia Iglesia”, como si los lobos dentro del redil fueran un precio tolerable para seguir registrados. Sin embargo, los lobos son la razón de la emergencia. Una “visión sobrenatural de la obediencia canónica” que exige silencio mientras se desprecia el depósito se asemeja menos a la fe y más a un quietismo revestido de eclesiología.

Así que la refutación a Sarah es dolorosamente simple. Los católicos deben obediencia a la autoridad legítima precisamente porque esta se ordena a Cristo y a su revelación. Cuando la autoridad trata la revelación como algo maleable y la Tradición como una pieza de museo, la apelación a la “obediencia” se convierte en una trampa. La Iglesia sigue siendo el arca de la salvación. La pregunta es si la Roma actual actúa como el timonel del arca o como la tormenta misma.

Medjugorje y el “conservador” que sigue el juego

La participación de Sarah en Medjugorje disminuye su credibilidad como supuesto “guardián tradicional”.


Un artículo de Crux describe Medjugorje como una supuesta aparición en curso que comenzó en 1981, fue largamente cuestionada, y sin embargo, ahora es considerada como un motor masivo de peregrinaciones. También señala que Francisco efectivamente dio luz verde a las peregrinaciones en 2019 mientras continuaba el análisis del fenómeno.

Luego apareció Sarah como “el hombre de la liturgia” celebrando la misa de apertura para la reunión de jóvenes y predicando en ese entorno.

Como señala Fatima.org:

…los “videntes” de Medjugorje han difundido herejía tras herejía que atribuyen a la Madre de Dios, incluyendo estas:

“Todas las religiones son iguales ante Dios”, dice la Virgen.

La Virgen: “No dispongo de todas las gracias… Jesús prefiere que le dirijais vuestras peticiones directamente a Él, en lugar de a través de un intermediario”.

“En Dios no hay divisiones ni religiones; sois vosotros en el mundo quienes habéis creado las divisiones”.

“Dios dirige todas las denominaciones como un rey dirige a sus súbditos, por medio de sus ministros”.

“La religión de cada uno debe ser respetada, y debéis preservar la vuestra para vosotros y para vuestros hijos”.

La Virgen añadió: “Son ustedes quienes están divididos en esta tierra. Los musulmanes y los ortodoxos, al igual que los católicos, son iguales ante mi Hijo y ante mí , pues todos ustedes son mis hijos”.

Esto expone el problema más profundo: el mismo sistema que invoca el “derecho canónico” y la “unidad” como un garrote contra los tradicionalistas puede tolerar, e incluso capitalizar, una atmósfera permanente de cultura de revelación herética privada cuasi aprobada, con su propia industria de peregrinaciones y mensajes.

Así, la función “conservadora” se hace más evidente. No significa necesariamente alguien que imponga líneas duras. A menudo significa alguien que las impondrá selectivamente allí donde el sistema realmente las quiere: contra el remanente tradicional que se niega a tratar la nueva orientación del Vaticano II como algo “normal”.

Müller y el lema del Vaticano II

Müller es otro “campeón” sostenido por Trad Inc mientras actúa como oposición controlada.


La última declaración de Müller sobre la FSSPX es consecuente: la FSSPX debe permanecer “con el papa”, dentro de la institución, y cualquier postura que se asemeje a una mentalidad de “No Kirche” se considera un cisma de principio, incluso si está motivada por una crisis. A continuación, remata el asunto con una cita contundente de Pastor aeternus del Vaticano I sobre la jurisdicción inmediata del Papa y la obligación de “subordinación jerárquica y verdadera obediencia”.

He aquí la dinámica clave: el Vaticano II se presenta como el nuevo juramento de lealtad, mientras que la antigua textura dogmática se convierte en vocabulario negociable. La propia teología de Müller diluye la transubstanciación en “transcomunicación” y convierte la sustancia en algo así como un simbolismo comunitario.

El mismo hombre que exige sumisión a toda la estructura conciliar todavía puede ser comercializado como “el héroe antimodernista” porque denuncia los pecados de moda en las entrevistas.

Así de bajo ha caído el listón de Trad Inc. para los defensores de la curia. El nuevo criterio es el rendimiento mediático, más que la fidelidad a un dogma definido.

El argumento de Müller sobre la “unidad con el Papa”
una cuerda hecha de definiciones y suposiciones

El ensayo de Müller tiene una idea central, que se repite con diferentes contextos históricos: la unidad con el Papa es un criterio formal de la catolicidad; por lo tanto, cualquier intento de actuar sin el mandato papal “desde fuera” conlleva el riesgo de cisma; por lo tanto, la FSSPX debe someterse “sin condiciones previas” y todo lo demás es una protesta estéril. En teoría, esto suena a Vaticano I. En la práctica, solo funciona si se introduce discretamente una segunda premisa que nunca demuestra: que el actual régimen romano funciona como siempre ha funcionado la Sede Romana, y que el Vaticano II y su línea de productos “posconciliares” son simplemente la misma fe católica reformulada en una nueva clave cultural.


Ahí es donde el argumento se desmorona. Sus citas son ortodoxas. Su aplicación es modernista.

1. La “unidad formal” es real, pero no se autentica por sí sola.

Müller afirma que las comunidades pueden estar “casi en su totalidad” alineadas con el contenido católico y aun así no ser católicas si no reconocen formalmente al papa como máxima autoridad y practican la unidad sacramental y canónica con él. Esto es cierto en términos generales como afirmación eclesiológica general. Pero también es incompleto, porque la “unidad formal” está ordenada a la profesión de la fe católica en su integridad. Un vínculo jurídico con Roma es un medio de unidad porque Roma está destinada a ser la guardiana del depósito, la regla de fe, el centro que confirma a los hermanos. Si el aparato romano se utiliza para normalizar la ambigüedad doctrinal, degradar el culto y tratar ideas previamente condenadas como “opciones pastorales”, entonces el vínculo se vuelve moral y espiritualmente complejo.

Müller pretende tratar la comunión con León XIV como una cuestión puramente formal, aislada del contenido que se impone a través de la maquinaria de la autoridad. Sin embargo, su propio ensayo admite que, “con el pretexto de la renovación”, han surgido incertidumbres e incluso errores, que los obispos buscan el impacto mediático, que se han producido declaraciones que relativizan a Cristo, que la confusión es real. Tras reconocer la enfermedad, insiste en que la cura es el canal mismo por el que se transmite.

2. Su lección de historia elige la moraleja equivocada.

Analiza a los donatistas, jansenistas, antiguos católicos y a Lutero, y advierte que pueden formarse cismas entre los “ortodoxos” debido a la terquedad humana y la “rectitud teológica”. Bien. Pero la crisis arriana es el elefante en el bazar, y la trata con la simplificación posconciliar habitual: las herejías fueron superadas por quienes se mantuvieron “con el papa”, por lo tanto, nunca se apartaron del papa.

En crisis reales, la pregunta nunca fue “¿Estás cerca del centro administrativo romano?”. La pregunta era “¿Mantienes la fe íntegra?”. Durante el arrianismo, gran parte de la jerarquía se derrumbó, se perfeccionaron las fórmulas y la ortodoxia sobrevivió gracias a hombres tratados como disruptivos. A veces, estos hombres fueron disciplinados. A veces, aislados. En ocasiones, el problema residía precisamente en obispos que se escudaban en la “unidad” mientras saboteaban la doctrina. Los ejemplos de Müller advierten contra el juicio privado. No abordan el escenario que él se niega a contemplar: un aparato institucional que utiliza su autoridad para generalizar la novedad.

3. El Vaticano II sin “nuevos dogmas” es una evasiva, y Müller lo sabe

Müller reprende a la FSSPX por su inconsistencia: si el Vaticano II no definió ningún dogma nuevo, ¿por qué resistirse? Porque la definición dogmática no es la única forma en que un concilio puede contaminar un pozo. Un concilio puede reconfigurar la orientación de la Iglesia mediante formulaciones ambiguas, silencios estratégicos y marcos pastorales novedosos que luego se propagan a través de la catequesis, la liturgia, los nombramientos episcopales, el ecumenismo y la disciplina.

La defensa que Müller hace del Vaticano II es la línea habitual: se mantuvo en continuidad, se limitó a reafirmar la enseñanza perenne, no pretendió una reforma litúrgica como si la liturgia estuviera obsoleta, y las narrativas progresistas son distorsiones. Puede que así sea como se presenta el concilio. Pero no puede explicar la realidad derivada que él mismo admite tácitamente: la autosecularización, la confusión doctrinal y la introducción de errores “con el pretexto de la renovación”. Si los textos del concilio fueran tan inmunes a la mala interpretación como él sugiere, las últimas seis décadas serían un milagro inexplicable de mala interpretación uniforme. En algún momento, el católico honesto debe preguntarse si la “mala interpretación” ha sido una excusa conveniente para una dirección manipulada.

4. “El Novus Ordo está bien; los abusos son el problema” es una evasión por abstracción.

Müller afirma que el antiguo rito romano es legítimo y que los obispos pueden ser criticados por la injustificada dureza de Traditionis Custodes y su implementación. Por otro lado, califica las sospechas sobre el Misal de Pablo VI de “teológicamente absurdas” e “indignas”, considerando las críticas como discursos conspirativos que culpan al rito mismo en lugar de a los abusos.

Esta es la trampa clásica: conceder el derecho a quejarse de la implementación mientras se exige la aceptación del sistema que la genera. La destrucción litúrgica se trata como una serie de desafortunados accidentes locales, en lugar del fruto predecible de una reforma cuya arquitectura se construyó para maximizar las opciones, minimizar la separación sagrada y hacer que el culto sea adaptable. Cuando se construye un rito que puede celebrarse de cara al pueblo, en la lengua vernácula, con un altar de mesa, con un calendario elaborado por un comité y nuevos textos de ofertorio, y se hace en un momento cultural ya ebrio de modernidad, no sorprende la aparición de misas de payasos y teatralidades arcoíris. Los abusos no son aleatorios. Son lo que la nueva flexibilidad facilita.
 
Incluso si se concede validez, “válido” no es el estándar católico completo. El culto forma a los católicos. Un rito que habitúa la horizontalidad y trata el lenguaje sacrificial romano heredado como opcional inevitablemente corroerá la creencia. Müller intenta mantener la discusión en el nivel de la “sustancia” sacramental abstracta, ignorando la función catequética y espiritual de la forma del rito.

5. Su cita del Vaticano I es correcta, y su conclusión es todavía demasiado simple.

Cita Pastor aeternus sobre la jurisdicción ordinaria e inmediata del Papa y la obligación de verdadera obediencia, incluso en la disciplina y el gobierno. Los católicos lo aprueban. Pero el Vaticano I no enseña que un Papa pueda exigir absolutamente nada, ni que todo acto de autoridad sea sabio, justo u ordenado a los fines de la Iglesia. Tampoco enseña que los fieles deban renunciar a su razón y conciencia ante mandatos que, en la práctica, obligan a participar en un programa que erosiona el depósito.

La tradición que Müller evoca incluye principios que deja en el tintero: la obediencia se rige por la fe; la autoridad es ministerial, no absoluta; y la salvación de las almas es la ley suprema precisamente porque es el fin del poder eclesiástico. El papa es garante de la unidad en la verdad revelada. Si su cargo se utiliza para desdibujar la verdad revelada, la apelación a la “unidad” se convierte en chantaje retórico.

6. “Sin Iglesia, no hay llamamiento de emergencia” ignora la realidad de los remedios proporcionados por la Iglesia.

Müller insiste en que ningún grupo puede establecer una “no Iglesia” y que ningún “estado de necesidad” puede justificar la creación de un orden paralelo. Sin embargo, también esboza cómo se podría encontrar una solución canónica una vez que la FSSPX se someta sin condiciones, tal vez a través de un prelado con jurisdicción ordinaria directamente bajo el papa. Eso es revelador. Todo el debate gira realmente en torno al poder de influencia. Roma quiere primero la sumisión y luego las concesiones. La FSSPX quiere primero las garantías y luego la regularización.

Lo que falta es la obvia cuestión moral: si el aparato romano ha demostrado repetidamente que usará mecanismos canónicos para sofocar la Tradición, ¿por qué se consideraría la sumisión como condición previa para la seguridad? Esto se parece menos a la eclesiología y más a confiarle el código de incendios al pirómano.

7. Su propio ensayo condena lo que exige que toleres.

Müller describe el camino sinodal como un proyecto para introducir la herejía, adoptar antropologías ateas y construir una constitución de estilo anglicano con obispos débiles y laicos ideologizados. Afirma que una iglesia así dejaría de ser católica y que su membresía no sería salvífica. Esta es una admisión extraordinaria: reconoce que las estructuras y las reivindicaciones formales pueden vaciarse, que la “comunión simbólica con Roma” puede enmascarar la apostasía y que las etiquetas católicas institucionales pueden quedar vacías cuando se reemplaza la doctrina.

Pero una vez que lo admite, su confianza en “quédate con el Papa y estarás a salvo” pierde fuerza. La crisis moderna radica precisamente en que Roma a menudo ha tolerado, permitido y recompensado las mismas corrientes que Müller condena, mientras disciplina a quienes se resisten a la nueva dirección. La solución que propone es redoblar los esfuerzos en la misma maquinaria.

8. La réplica tradicional en una frase

El artículo de Müller es una catedral de citas correctas, construida sobre una base que nunca examina: que el uso de la autoridad por parte del régimen posconciliar está intrínsecamente alineado con el fin de la Iglesia. Si esta suposición falla, toda la conclusión de “someterse sin condiciones” pasa de ser la unidad católica a convertirse en cautiverio institucional.
 
Müller les dice a los católicos tradicionales que deben luchar “dentro de la Iglesia” y no “desde fuera”, como si la crisis fuera simplemente una discusión entre amigos. La crisis radica en que quienes controlan los micrófonos, los seminarios, los nombramientos episcopales y la ley litúrgica son a menudo quienes fomentan la misma confusión que él admite que existe.

Por qué Gerhard Ludwig Müller no tiene legitimidad para vigilar la “unidad”


Como escribí en mi artículo del 17 de septiembre de 2025, “El espejismo de Müller”, el cardenal Müller no tiene por qué dar sermones a nadie sobre teología católica, y mucho menos sobre la FSSPX:

La transubstanciación reemplazada

En sus manuales de teología, Müller insiste en que “cuerpo y sangre” no se refieren al Cristo físico bajo los accidentes del pan y el vino. En cambio, propone la “transcomunicación”: la presencia de Cristo se transmite simbólicamente, es comunicable a través de la percepción, un “símbolo de realidad”. La sustancia ya no es realidad metafísica, sino “alimento” y “comunidad humana”. Desestima la cuestión del momento en que ocurre la conversión por considerarla irrelevante.

Esta es precisamente la maniobra contra la que advirtió Pío XII en Humani Generis: sustituir el lenguaje claro de sustancia-accidente del Concilio de Trento por fenomenologías flexibles que vacían el dogma conservando su vocabulario. El altar se desaloja bajo la apariencia de profundidad.

La virginidad de María desmantelada

Peor aún, la Dogmática Católica de Müller reduce la virginidad perpetua de la Madre de Dios a “horizontes” metafóricos. Niega rotundamente que la doctrina implique la integridad corporal de María durante el parto. Ha desaparecido la virginitas in partu milagrosa definida por los Padres y Papas, sustituida por la reflexión sobre la “salvación escatológica” y la “relación personal” de María con Jesús.

Cita con aprobación la notoria minimización del dogma hecha por Karl Rahner, tan notoria que el Santo Oficio censuró a Rahner por ello en 1962. Sin embargo, Müller, aclamado como un “guardián de la ortodoxia”, recicla el mismo error que el magisterio preconciliar condenó.

Contraste esto con Santo Tomás y San Agustín, quienes afirman que Cristo nació del útero, como la luz atraviesa el cristal. Esa es la fe de la Iglesia. Müller, en cambio, la sumerge en un galimatías trascendental.

Resurrección reducida

La Resurrección no sale mejor parada. En su Dogmatik de 2010, Müller insiste en que ninguna cámara podría haberla registrado; el acontecimiento no fue histórico en el sentido habitual, sino una “consumación trascendental”. Lo que es históricamente verificable, afirma, no es la tumba vacía ni Cristo resucitado, sino únicamente la fe de los discípulos.

Esto es una reducción modernista. Reformula la Resurrección como una experiencia subjetiva de fe, precisamente la táctica que Pío X expuso en Pascendi: la “comunicación de una experiencia original”. Si se cree porque Pedro creyó, pero la tumba histórica no importa, entonces el cristianismo se reduce a un mito.

El doble rasero se hace explícito en el tono ecuménico de León

León XIV se dirigió recientemente a los sacerdotes y monjes de las iglesias ortodoxas orientales.


León dio la bienvenida a los representantes de las comunidades armenia, copta, etíope, eritrea, malankara y sirio-ortodoxa y describió la visita como una bendición y un aprendizaje mutuo. Calificó sus diferencias como un “maravilloso mosaico de nuestra herencia cristiana compartida” e instó a todos a “desarmarse”, incluyendo “desarmarse de la necesidad de tener razón” y de “juzgar a los demás”

Léalo nuevamente teniendo en cuenta las advertencias de Sarah y Müller.

Cuando el tema son las iglesias fuera de la comunión, el lenguaje se torna cálido, estético, terapéutico: mosaico, herencia, desarme, fermento para la paz. Cuando el tema es la FSSPX protegiendo la continuidad sacramental y la sucesión episcopal de los católicos tradicionales, el lenguaje se vuelve moralizado y jurídico: desobediencia, división, peligro para las almas, abandonar la barca de Pedro.

Esta es una teología rectora. El centro posconciliar considera la unidad como un horizonte ecuménico y la obediencia como un mecanismo disciplinario interno. El rostro exterior sonríe al cisma como “herencia”. El rostro interior exige sumisión a los católicos que aún esperan que Roma suene como Roma.

¿Por qué se elogia la separación como un “mosaico” mientras que la resistencia tradicional es amenazada como una catástrofe?

“Oposición controlada” como descripción del puesto

Juntamos todas las piezas y los roles empiezan a parecer casi predefinidos.

Sarah aporta el lenguaje espiritual de la obediencia, los santos y la unidad, dirigido específicamente al mundo tradicional. Müller aporta el martillo jurídico y eclesiológico, citando el Vaticano I de una manera que trata las exigencias del régimen actual como automáticamente idénticas a la unidad católica. León XIV aporta la “suavidad ecuménica” que redefine la unidad como reconocimiento mutuo, incluso donde existe una verdadera ruptura doctrinal.

Trad Inc. presenta entonces a Sarah y Müller como “nuestros hombres”, los “conservadores amistosos” en las altas esferas, la prueba de que la institución aún tiene pulso. Estos hombres son presentados como “defensores de la Tradición” mientras actúan como gestores de la oposición.

El escándalo más profundo reside en que el sistema ha aprendido a absorber la estética conservadora sin ceder un ápice de su trayectoria conciliar. Puede tolerar a un cardenal que elogia el silencio y la liturgia, siempre que desvíe la ira tradicional del fundamento conciliar y la devuelva al cauce seguro de la “obediencia”. Puede tolerar a un teólogo con reputación de firme, siempre que trate al Vaticano II como “intocable” y utilice el Vaticano I como garrote para forzar el cumplimiento del acuerdo posconciliar.

¿Dónde deja esto a los católicos tradicionales?

Aquí hay un mapa de la trampa.

Si se aceptan las nuevas normas, se puede criticar la “implementación indigna”, quejarse de los “obispos abrumados” e incluso lamentar los abusos litúrgicos, y aun así ser considerado “leal”. Si se trata la ruptura conciliar en sí misma como el problema, la conversación se centra inmediatamente en la “unidad”, la “obediencia” y la “barca de Pedro”.

Por eso la cuestión de la FSSPX provoca tanta ansiedad en estos “guardianes”. Las consagraciones episcopales son un acto concreto que dice: la crisis no es superficial, y la supervivencia de la Tradición no puede dejarse en manos de comités, dicasterios ni de la siguiente ronda de “diálogo”. Obliga a todos a decidir si la continuidad visible de la Iglesia está siendo protegida por las mismas estructuras que ahora se utilizan para sofocarla.

Y por eso la retórica “ecuménica” de León es tan dura. El “hombre central” puede elogiar a los cismáticos como un “mosaico maravilloso”, mientras que a los católicos tradicionales internos se les advierte que la resistencia es una “división irreversible”. Una vez que se comprende eso, deja de sorprender el comportamiento de los cardenales “conservadores”. Están haciendo el trabajo que se les permite hacer: Mantener las ovejas tradicionales en el corral.