lunes, 23 de febrero de 2026

SARAH SE SUMA A LA CRUZADA CONTRA LA FSSPX

El “tradicionalista” Robert Sarah se quita la máscara y muestra su apoyo a la falsa iglesia conciliar.


Publicamos el texto compartido por Diane Montagna en sus redes sociales.

Nota: Los textos destacados son de Diario7 

¡Antes de que sea demasiado tarde!

Un llamado a la unidad por el cardenal Robert Sarah

“Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16). Con estas palabras, Pedro, interrogado por el Maestro junto con los demás discípulos sobre la fe que profesa en Él, expresa en resumen el patrimonio que la Iglesia, mediante la sucesión apostólica, ha salvaguardado, profundizado y transmitido durante dos mil años. “Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, es decir, el único Salvador”. Estas palabras, tan claras y contundentes, pronunciadas por el Papa León XIV sobre la fe de Pedro al día siguiente de su elección, aún resuenan en mi alma. El Santo Padre resume así el misterio de la fe que los obispos, como sucesores de los Apóstoles, nunca deben dejar de proclamar y recordar. Cristo no es solo nuestro único Salvador; es nuestra única salvación. Su Nombre es el único por el cual podemos ser salvos.

Pero ¿dónde podemos encontrar a Jesucristo, el único Redentor? San Agustín nos responde con claridad: “Donde está la Iglesia, allí está Cristo”. Sabemos que no hay salvación fuera de la Iglesia. Por eso, nuestra preocupación por la salvación de las almas se expresa en nuestra constante solicitud por guiarlas hacia la única fuente: Cristo, que se entrega en y a través de la Iglesia.

La Iglesia es, por lo tanto, el lugar de la fe, el lugar donde se transmite la fe y donde, mediante el Bautismo, nos sumergimos en el misterio pascual de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. Este misterio nos libera de la prisión del pecado y de todas nuestras divisiones, y nos introduce en la comunión del Dios Trino. En la única Iglesia existe un centro, un punto de referencia necesario: la Iglesia de Roma, gobernada por el Sucesor de Pedro, “el primero de los Doce”.

El Concilio Vaticano II, en su Constitución dogmática sobre la Iglesia, Lumen Gentium, declara:

“Predicando por doquier el Evangelio (cf. Mc 16,20), acogido por quienes lo escuchan mediante la acción del Espíritu Santo, los Apóstoles congregan la Iglesia universal, que el Señor fundó sobre los Apóstoles y edificó sobre el bienaventurado Pedro, su cabeza, siendo la piedra angular suprema Cristo Jesús mismo (cf. Ap 21,14; Mt 16,18; Ef 2,20)” (LG 19).

Esta formulación traduce directamente el pensamiento de Jesús, como si estuviera grabado en los mismos nombres de “Kephas” y de los Doce, dada la profundidad de sus resonancias bíblicas. Simón Pedro, quien ya ocupa en el Evangelio una posición preeminente entre los Doce, trae al Resucitado los peces de su red. Jesús entonces le confía solemnemente la tarea de pastorear su rebaño. La Iglesia es una. Es la Iglesia que Cristo confió a Pedro y a los Doce. De hecho, la Iglesia es, fundamentalmente, según la expresión de Marcos y Lucas, “Pedro y los que están con él” (Mc 1,36; Lc 9,32). Por lo tanto, se le da la primacía a Pedro, y así se puede ver una sola Iglesia y una sola Cátedra… ¿Puede quien abandona la Cátedra de Pedro seguir pretendiendo pertenecer a la Iglesia de Cristo?

Por este motivo, deseo expresar mi grave preocupación y mi profundo dolor al conocer el anuncio de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, fundada por Monseñor Lefebvre, de su intención de proceder a ordenaciones episcopales sin mandato pontificio.

Se nos dice que esta decisión de desobedecer la ley de la Iglesia está motivada por la ley suprema de la salvación de las almas: suprema lex, salus animarum. Pero la salvación es Cristo, y Él se da solo dentro de la Iglesia. ¿Cómo puede alguien pretender guiar a las almas a la salvación por caminos distintos a los que Él mismo nos ha indicado? ¿Es realmente querer la salvación de las almas desgarrar el Cuerpo Místico de Cristo de una manera quizás irreversible? ¿Cuántas almas corren el riesgo de perderse por este nuevo desgarro en la vestidura sin costuras de la Iglesia?

Se nos dice que este acto pretende defender la Tradición y la integridad del Depósito de la Fe. Sé muy bien cómo a veces se menosprecia el Depósito de la Fe, incluso por quienes tienen la misión de defenderlo. Ciertamente, hoy deberíamos tener una conciencia más viva de que existe una continuidad ininterrumpida en la vida de la Iglesia —en la proclamación de Dios, en la celebración de los sacramentos— que nos llega y que llamamos Tradición. Nos da la garantía de que lo que creemos es el mensaje original de Cristo predicado por los Apóstoles. El núcleo de la proclamación original es el acontecimiento de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor Jesús, del cual brota todo el patrimonio de la fe. De este modo, mientras la Sagrada Escritura contiene la Palabra de Dios, la Tradición de la Iglesia la preserva y la transmite fiel e íntegramente, para que hombres y mujeres de todas las épocas puedan acceder a sus inmensas riquezas y enriquecerse con sus tesoros. Así, la Iglesia “perpetúa y transmite a cada generación, en su doctrina, en su vida y en su culto, todo lo que ella misma es, todo lo que cree”.

Pero también sé, y creo firmemente, que en el corazón de la fe católica reside nuestra misión de seguir a Cristo, quien se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. ¿Puede uno realmente prescindir de seguir a Cristo en su humildad, incluso hasta la cruz? ¿No es una traición a la Tradición refugiarse en medios meramente humanos para preservar nuestras obras, aunque sean buenas?

Nuestra fe sobrenatural en la indefectibilidad de la Iglesia puede llevarnos a decir con Cristo: “Mi alma está triste hasta la muerte” (Mt 26,38), al ver las traiciones y la cobardía de un número cada vez mayor de prelados de alto rango que enseñan no el Depósito de la Fe, sino sus propias opiniones y su visión personal en materia de doctrina y moral. Pero nunca puede llevarnos a renunciar a la obediencia a la Iglesia. Santa Catalina de Siena, quien no dudó en reprender a los cardenales e incluso al Papa, declara: “Obedeced siempre al pastor de la Iglesia, pues él es el guía que Cristo ha establecido para guiar las almas hacia sí”. El bien de las almas nunca se logrará con la desobediencia deliberada, pues el bien de las almas es una realidad sobrenatural. No reduzcamos la salvación a un juego mundano de presión mediática.

¿Quién nos dará la certeza de estar verdaderamente en contacto con la fuente de la salvación? ¿Quién garantizará que no hemos tomado nuestra propia opinión como la verdad? ¿Quién nos protegerá del subjetivismo? ¿Quién nos asegurará que aún nos alimentamos de la única Tradición que nos viene de Cristo? ¿Quién garantizará que no nos adelantamos a la Providencia, sino que la seguimos, dejándonos guiar por sus impulsos? A estas angustiosas preguntas, solo hay una respuesta: la que Cristo dio a los Apóstoles: “Quien os escucha a vosotros, a mí me escucha. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados, y a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Lc 10,16; Jn 20,23). ¿Cómo puede uno asumir la responsabilidad de distanciarse de esta única certeza? Se nos dice que esto se hace en fidelidad al Magisterio anterior, pero ¿quién puede garantizarnos esto excepto el propio Sucesor de Pedro? Aquí hay una cuestión de fe. Surge para todos aquellos que cuestionan el dogma y la moral en nombre de las ideologías de moda. También surge para quienes afirman defender la Tradición.

“Quien obedece al Papa, representante de Cristo en la tierra, no se separará de la Sangre del Hijo de Dios”, dijo Santa Catalina de Siena. No se trata de fidelidad mundana o ideológica a un hombre y a sus ideas personales. No se trata de ser partidarios de un hombre. No se trata de papolatría ni de culto a la personalidad en torno al Papa. No se trata de obedecer al Papa en la medida en que expresa sus ideas, opiniones o posturas ideológicas personales sobre graves cuestiones doctrinales y morales. Se trata de obedecer al Papa que dice, como Jesús: “Mi doctrina no es mía, sino de aquel qué me envió” (Jn 7,16). Se trata de una comprensión sobrenatural de la obediencia canónica, que garantiza nuestro vínculo con Cristo mismo. Esta es la única garantía de que nuestra lucha por la fe, la moral católica y la tradición litúrgica no se desvíe hacia la ideología. Cristo no nos ha dado otra señal segura. Abandonar la barca de Pedro y organizarse de forma autónoma, en un círculo cerrado como una secta, es entregarse a las olas de la tormenta.

Sé bien que a menudo, incluso dentro de la propia Iglesia, hay lobos disfrazados de corderos. ¿Acaso Cristo mismo no nos advirtió de esto? Pero la protección más segura contra el error y la herejía sigue siendo nuestro apego sobrenatural y canónico al Sucesor de Pedro. “Si ciertos pastores o líderes son malvados, no rechacen la Iglesia: es la que Cristo fundó, y él nunca permitirá que perezca. Es Cristo mismo quien quiere que permanezcamos en unidad, y que incluso heridos por los escándalos de pastores malvados, no abandonemos a la Iglesia”, dice san Agustín.

Quisiera concluir recordando el sufrimiento de Cristo en el Huerto de los Olivos y su grito de sed en la cruz. ¿Cómo puede uno permanecer insensible a la angustiada oración de Jesús: “Padre, que sean uno, como nosotros somos uno” (Jn 17,22)? ¿Cómo puede uno no conmoverse ante este grito de Jesús, que desea nuestra unidad, y aun así seguir desgarrando su Cuerpo con el pretexto de salvar almas? ¿No es Él —Jesús— quien salva? ¿Somos nosotros y nuestras estructuras quienes salvamos almas? ¿No es a través de nuestra unidad que el mundo creerá y se salvará? Esta unidad es, en primer lugar, la de la fe católica; es también la de la caridad; y, finalmente, la de la obediencia.

Quisiera recordar que San Pío de Pietrelcina fue injustamente condenado en vida por hombres de la Iglesia. Durante doce años, se le prohibió confesar. Aunque Dios le había concedido una gracia especial para ayudar a las almas de los pecadores, ¡se le prohibió confesar! ¿Qué hizo? ¿Desobedeció en nombre de la salvación de las almas? ¿Se rebeló en nombre de la fidelidad a Dios? No, guardó silencio. Abrazó la obediencia crucificante, seguro de que su humildad sería más fructífera que la rebelión. Escribió: “El buen Dios me ha hecho comprender que la obediencia es lo único que le agrada, y para mí el único medio de esperar la salvación y cantar la victoria”.

Así, también nosotros podemos afirmar que la mejor manera de defender la fe, la Tradición y la liturgia auténtica será siempre seguir a Cristo obediente. Cristo nunca nos ordenará romper la unidad de la Iglesia. Como dice San Juan Crisóstomo: “La unidad de la Iglesia, preservada por el Espíritu Santo, es más preciosa que todas las riquezas de este mundo”.

LA NORMALIZACIÓN DEL PENSAMIENTO DELIRANTE

En muchos sentidos, el pensamiento delirante se ha convertido en una característica principal de la mente moderna.

Por William Kilpatrick


A veces me pregunto cómo tanta gente puede negar el peligro que representa el Islam para el resto del mundo.

La evidencia textual, histórica y estadística de que el islam es una religión agresiva es abrumadora, pero muy pocos están dispuestos a analizarla. Por un lado, hay muchísima evidencia contundente, y por otro, muchísimas ilusiones: sacerdotes, primeros ministros y celebridades de Hollywood nos aseguran que el islam es más pacífico que el cristianismo, más feminista que Gloria Steinem y más solidario que la Cruz Roja.

Es la definición clásica de delirio: “una creencia falsa o un juicio erróneo sostenido con convicción a pesar de la evidencia irrefutable de lo contrario”. Pero, como he llegado a comprender, este pensamiento delirante no es específico de la crisis que plantea el islam. Más bien, forma parte de un patrón más amplio. En muchos sentidos, el pensamiento delirante se ha convertido en una característica principal de la mente moderna.

Tomemos el tema transgénero. De repente, un porcentaje significativo de nuestras élites sociales e intelectuales ha sucumbido a la ilusión de que una niña puede ser un niño, y un niño puede ser una niña, o lo que él, ella o elle desee ser. Esto no es simplemente una rebelión contra las convenciones sociales, es una rebelión contra la realidad. Es un rechazo a la biología básica.

Bruce Jenner

El aspecto más inquietante de la moda de la “fluidez de género” no es que haya gente joven y no tan joven (por ejemplo, Bruce Jenner) que esté muy confundida acerca de su sexo, sino que haya legiones de profesionales (médicos, psicólogos, profesores) dispuestos a confirmarles su delirio e incluso a inyectarles bloqueadores de la pubertad y hormonas cruzadas.

Aún más siniestro, existen autoridades que buscan castigar a quienes no honran este delirio. Por ejemplo, el Senado de California aprobó hace unos años un proyecto de ley para multar e incluso encarcelar a los trabajadores de residencias de ancianos que no se dirijan a los pacientes con su pronombre preferido. Mientras tanto, la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de Nueva York emitió una “guía” para los dueños de negocios que les exige usar el pronombre preferido de una persona o enfrentar una multa de $125.
000 por “uso incorrecto del género”.

Otro ejemplo es la sofisticada y moderna Manhattan: te pueden multar por “confundir el género”. Imagínate. Si Max, el portero, quiere que lo llamen “Maxima”, es mejor que lo aceptes o te arriesgas a la bancarrota. Y si el jueves decide que es Maximiliano I, Emperador de México, sería prudente que lo llamaras “Su Majestad Imperial”, solo para quedar bien con la Comisión de Derechos Humanos. En resumen, estás a merced de Max y sus múltiples identidades.

Existen varios paralelismos con lo que se ha convertido en la respuesta estándar al islam. Al igual que con el transgenerismo, observamos una negación oficial de la realidad: el terrorismo islámico “no tiene nada que ver con el islam”, los terroristas (que son solo unos pocos) “malinterpretan su fe”, “los valores islámicos son idénticos a los cristianos”, etc.

Del mismo modo, así como no se se permite llamar “él” a Bruce Jenner, no debes decir “terror islámico radical” o “invasión migratoria” o cualquier otra palabra que pueda ser “ofensiva” para los musulmanes. Si cometes un “desliz” y usas un lenguaje “islamofóbico”, puedes esperar las mismas consecuencias que seguirían si llamaras a Maxima, “Max” en el día equivocado de la semana, es decir, puedes sufrir ostracismo, pérdida de trabajo y una multa cuantiosa. Años antes de que la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de Nueva York comenzara a vigilar las palabras “transgresoras”, el columnista Mark Steyn fue llevado ante tres comisiones canadienses de derechos humanos por “difamación de la religión”. ¿Su delito? En un artículo para Macleans, señaló el hecho fácilmente verificable de que las tasas de natalidad musulmana en Europa estaban superando a las de los europeos nativos.
 
Pero Steyn no está solo. Decenas de europeos prominentes se han enfrentado a juicios similares, no por haber dicho nada falso sobre el islam, sino por hacer declaraciones veraces que los musulmanes consideraron “ofensivas”. Ese tipo de trato transmite un mensaje, y la mayoría de la gente no tiene problemas para comprenderlo. Ya sea que se trate del islam o de ideología de género, no es prudente decir lo que se piensa. Por ejemplo, aunque la mayoría de los adultos saben que los niños no pueden ser niñas, y viceversa, la mayoría se sienten demasiado intimidados para decir lo contrario, excepto ante amigos y familiares de confianza.

Como observa Matthew Hanley en un incisivo artículo sobre el tema (en inglés aquí), este tipo de discurso forzado es “degradante”; además, “obligar a otros a aceptar algo que saben que es mentira es un sello distintivo del totalitarismo”. Es cierto que algunas personas no saben que es mentira porque han sido condicionadas en la escuela y la universidad para creer que los niños pueden ser niñas, que el “matrimonio” entre personas del mismo sexo es equivalente al matrimonio heterosexual y que el islam es responsable de la mayoría de los grandes avances culturales y científicos de la historia. El hecho de que tantas personas crean en estas mentiras es testimonio de la sutil toma de control totalitaria de nuestro sistema educativo.

El avance totalitario lleva ya bastante tiempo en marcha. Recuerdo a un colega de la universidad que, a principios de los noventa, me comentó con entusiasmo que la gran novedad en teoría educativa era el “constructivismo”. En realidad, el constructivismo ya había sido tendencia en los círculos educativos durante al menos un par de décadas antes de su revelación personal. Es la idea de que no existen verdades objetivas y, por lo tanto, cada individuo tiene que construir su propia realidad. Según esta escuela de pensamiento, Huckleberry Finn no tiene un significado objetivo, solo el significado que tú lees. Si decides que Huckleberry Finn es una historia sobre un adolescente transgénero que busca “su verdadero género” (tus profesores te animarán a que lo hagas), entonces ese es el significado de Huckleberry Finn. Lo que su autor, Mark Twain, tuviera en mente es irrelevante.


Estas teorías educativas “a tu gusto” surgieron junto con el movimiento de la autoestima que comenzó a extenderse por escuelas, universidades y seminarios en las décadas de 1960 y 1970. El auge de la autoestima surgió del trabajo de Carl Rogers, pionero de la terapia no directiva ni prejuiciosa. Rogers enseñó que debemos confiar en nuestro yo interior, que la moral es subjetiva y que lo que es correcto para ti no necesariamente lo es para mí. En sus últimos años, a medida que desarrollaba un interés por el pensamiento oriental, Rogers comenzó a dudar de la existencia de la realidad objetiva. Llegó a creer que la realidad era algo que cada persona creaba para sí misma.

Tras Rogers, la educación cambió por completo su rumbo: de explorar el mundo a explorar el yo; de lidiar con realidades objetivas como las matemáticas, la historia y la geografía a descubrir cada rincón del yo subjetivo. La educación no directiva fue el preludio de lo que tenemos hoy: en el caso de la ideología de género, el triunfo de los sentimientos sobre los hechos biológicos, y, en el caso del islam, el triunfo de las narrativas positivas sobre las realidades históricas.

Otra realidad objetiva que fue cuestionada durante la era de la autoestima fue la existencia de Dios, o, más precisamente, la existencia del Dios que se revela en el Antiguo y el Nuevo Testamento: el Dios que exige al individuo. En su lugar, muchos lo sustituyeron por formas vagas de espiritualidad, propias de la Nueva Era. O bien eso, o bien comenzaron a concebir a Dios como un sirviente de sus necesidades emocionales: un terapeuta celestial que todo lo comprende y que solo quiere que todos se sientan bien consigo mismos.

Aquí se aplica la famosa máxima atribuida a Chesterton: “El primer efecto de no creer en Dios es creer en cualquier cosa”. Una vez que se pierde de vista la realidad objetiva central del universo, es fácil perder de vista todas las demás realidades, y se termina creyendo en cualquier cosa, por muy contradictorio que sea ese “cualquier cosa”. Se podría creer que las parejas del mismo sexo están realmente casadas, se podría creer que los hombres pueden convertirse en mujeres. Incluso se podría creer -que Dios te ayude- que el islam es una religión de paz.
 

CÓMO EL SUFRIMIENTO DE LOS VIVOS PUEDE BENEFICIAR A LAS POBRES ALMAS DEL PURGATORIO

El ejemplo de Santa Liduvina: Conocer el Purgatorio es esencial para que las almas eviten los dolores de este lugar de expiación.

Por Edwin Benson


Incluso durante su vida, a santa Liduvina de Scheidam (1380-1433) se le atribuyeron numerosas curaciones en la región de Holanda donde vivió. Parecía que la única persona a la que no podía curar era a sí misma. A los quince años, se cayó mientras patinaba sobre hielo y se rompió una costilla. La lesión no solo nunca sanó del todo, sino que gradualmente perdió la movilidad de la mayor parte de su cuerpo. Con la edad, sus dolores se intensificaron y la parálisis finalmente se extendió a todo su cuerpo.

Hoy en día, algunos historiadores médicos concluyen que Lidwina sufrió el primer caso conocido de esclerosis múltiple.

El santo y el pecador

Los sufrimientos de Liduvina solo la hicieron más santa. A medida que sus fuerzas físicas menguaban, sus oraciones cobraban intensidad y poder. Empezó a tener visiones que la llevaban a lugares que nunca había visitado en persona. Tras el fin de la visión, sus recuerdos eran tan precisos que podía describirlos con precisión y detalle. A medida que se difundían las historias de estos acontecimientos, recibía muchas visitas que solicitaban sus oraciones.

Poco después de su muerte, Fray Juan Brugman escribió una biografía de Liduvina, cuya tumba ya se estaba convirtiendo en un destino de peregrinación. En este libro, registró por primera vez la visión que se describe a continuación.

Cierto día, Liduvina conoció a un pecador impenitente. No se registra la naturaleza exacta de sus pecados. El padre Schouppe simplemente dice que estaba “enredado en las corrupciones del mundo” (1).

Como solía hacer, Liduvina ofreció sus oraciones y algunos de sus sufrimientos por este joven. Después de un tiempo, él comprendió la magnitud de sus pecados. A instancias de Liduvina, acudió a un sacerdote, se confesó sinceramente y recibió la absolución. Parecía estar en camino a una vida mejor cuando falleció repentinamente.

Sufrir para liberar un alma

Liduvina no cometió el error que tanta gente moderna comete, dando por sentado que la confesión del hombre lo libraba de todas las consecuencias de sus pecados. Continuó orando por él.

Tiempo después de la muerte del hombre, Liduvina tuvo una visión del Purgatorio, guiada por su ángel guardián. Le preguntó a su ángel si el hombre estaba en el Purgatorio. “Sí -respondió el ángel- y sufre mucho”. El ángel entonces le preguntó: “¿Estarías dispuesta a soportar un poco de dolor para aliviar el suyo?”.

Para los oídos modernos, tal petición suena extrema. El sufrimiento de Liduvina ya era intenso. ¿Por qué el ángel le pediría que sufriera aún más? La mayoría de la gente se alejaría de tal petición. La mayoría preguntaría: “¿Cuánto dolor debo soportar?”.

“¿Reconoces esa voz?”, preguntó el ángel. “¡Ay! Sí”, respondió Lidwina. El ángel entonces le preguntó: “¿Deseas ver esa alma?”. De alguna manera, aunque no se sabe si fue por gestos o palabras, Liduvina respondió que sí.

Lamentos ardientes

El ángel llamó al hombre. De inmediato, Liduvina vio su espíritu. Estaba envuelto en llamas tan brillantes que parecían metal al rojo vivo de un horno de fusión, pero pudo distinguir su figura y apenas oír su voz desdichada. “Oh, Liduvina, sierva de Dios -dijo- ¿quién me permitirá contemplar el rostro del Altísimo?”.

Ante la lastimera visión y la voz agonizante del hombre, Liduvina sintió un escalofrío de horror. Llegada a su límite, despertó de su éxtasis místico.
 
Cuando despertó, había otras personas en la habitación. Podían ver fácilmente el miedo que recorría el cuerpo de Liduvina, a pesar de su parálisis.

¡Qué espantosas son las cárceles del Purgatorio! -exclamó Liduvina con cansancio- Fue para ayudar a las almas que accedí a descender allí. Sin este motivo, aunque me dieran el mundo entero, no soportaría el terror que inspiraba ese horrible espectáculo.

El largo camino al Cielo

Liduvina redobló sus esfuerzos por el alma de aquel hombre. Unos días después, volvió a ver a su ángel guardián. Su rostro reflejaba una alegría que no había existido cuando se encontraron junto al pozo. El ángel le dijo que el hombre había sido liberado del pozo y había entrado en las regiones más comunes del Purgatorio.

La noticia animó a Liduvina, pero seguía insatisfecha. Sin duda, se alegraba de que los intensos tormentos que solo él soportaba hubieran terminado. Sin embargo, sabía muy bien que incluso el Purgatorio “ordinario” es un lugar de gran sufrimiento. Continuó rezando y ofreciendo sus sufrimientos por aquel hombre. Tiempo después, aunque no se sabe cuánto tiempo pasó, vio las puertas del Cielo abrirse para recibirlo.

De esta narración se desprenden al menos dos lecciones. La primera es el inmenso valor de las oraciones de los vivos por las pobres almas.

Sufrimiento vs. Egoísmo

La segunda se refiere a los sufrimientos temporales de quienes están en la tierra. El mundo moderno considera el sufrimiento como una desgracia inútil que debe aliviarse de inmediato. Nadie podría negar que Santa Liduvina no merecía sufrir como lo hizo. Sin embargo, aceptó sus penas y las ofreció por ciertas almas cuyos sufrimientos en el Purgatorio superaban con creces los suyos en la tierra.

Comparemos su reacción al dolor con la de un industrial inmensamente rico cuyo nombre no mencionaremos. Este hombre, muy famoso en su época, era el líder de su comunidad, había viajado por el mundo y vivía en una gran mansión rodeada de exuberantes jardines. Al llegar a la vejez, contrajo una enfermedad debilitante que, tanto él como sus médicos, sabían que lo mataría tras unos años de dolor y debilitamiento. No queriendo afrontar un final tan prolongado, decidió suicidarse. Su vacío espiritual queda ilustrado por la breve nota que dejó: “Mi trabajo ha terminado. ¿Por qué esperar?”.

Es una lástima inmensa que no siguiera el ejemplo de Santa Liduvina. El sufrimiento no solo habría beneficiado su propia alma, sino también la de muchos otros. Algunos, como el beneficiario de Liduvina, podrían haber escapado de los sufrimientos del Purgatorio. Otros, aún en la tierra, podrían haber visto su ejemplo y beneficiarse de él.

¡Elijamos los sufrimientos temporales de la tierra para que nosotros y nuestros seres queridos podamos alcanzar las alegrías eternas del Cielo!

Nota:

1) Todas las citas de este artículo utilizan la versión de 1905 del Purgatorio del Padre FX Schouppe, publicada en Gran Bretaña por Burns, Oates y Washbourne, Ltd. Es de dominio público y está disponible a través de Internet Archive.
 
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LOS NUEVOS ESTATUTOS MARIANOS REFLEJAN LA HEREJÍA DEL MODERNISMO

La Iglesia Católica es la única que ofrece el verdadero culto al Sagrado Corazón de Jesús a través del Inmaculado Corazón de María

Por Matthew McCusker


Los nuevos estatutos aprobados por el Vaticano se refieren a las devociones marianas como “expresiones del corazón humano” y las reformulan en términos de objetivos políticos humanos.

Estos objetivos incluyen el “diálogo entre culturas”, el “desarrollo integral de la persona humana en armonía con el medio ambiente” y la “fraternidad universal en la solidaridad, la justicia y la paz mundial”.

La reordenación de la devoción mariana hacia objetivos políticos “progresistas” se deriva directamente de la adopción del principio modernista de que “los orígenes del culto, las devociones, las peregrinaciones” se encuentran en “el corazón humano”.

El modernismo y los orígenes de la devoción religiosa

El preámbulo de los “nuevos estatutos” de la Pontificia Academia Mariana Internacional establece que la Academia considera con favor “las expresiones del corazón humano… que se manifiestan a través del culto, las devociones, las peregrinaciones y todas las formas artísticas”.

Esta formulación encapsula la doctrina modernista identificada y condenada por el Papa San Pío X en su carta encíclica de 1907 Pascendi Domenici Gregis.

El fundamento del modernismo es la convicción de que el intelecto humano no puede asentir con certeza a ninguna proposición que esté más allá del alcance de los fenómenos sensoriales.

Esto significa que el modernista debe rechazar la enseñanza de la Iglesia Católica de que la Religión Católica fue revelada al hombre por un Dios trascendente.

La explicación alternativa que proponen los modernistas es que todas las doctrinas religiosas tienen su origen en los “sentimientos del corazón humano”, es decir, en los sentimientos y experiencias internas del hombre.

La posición modernista fue resumida por San Pío X de la siguiente manera:

En efecto, todo fenómeno vital —y ya queda dicho que tal es la religión— reconoce por primer estimulante cierto impulso o indigencia, y por primera manifestación, ese movimiento del corazón que llamamos sentimiento.

Por esta razón, siendo Dios el objeto de la religión, síguese de lo expuesto que la fe, principio y fundamento de toda religión, reside en un sentimiento íntimo engendrado por la indigencia de lo divino [1].

El Papa continuó:

En consecuencia, el sentimiento religioso, que brota por vital inmanencia de los senos de la subconsciencia, es el germen de toda religión y la razón asimismo de todo cuanto en cada una haya habido o habrá [2].

En otras palabras, las doctrinas y prácticas religiosas son manifestaciones o expresiones de los sentimientos del corazón humano.

Éste es el contexto teológico en el que debe entenderse la afirmación citada de los “estatutos” del Vaticano.

El “culto al hombre”

La doctrina modernista, que sostiene que toda religión se origina en el corazón humano, cambia así el culto debido a Dios por el culto al hombre. Toda religión, desde la perspectiva modernista, sirve en última instancia al hombre.
 
Por lo tanto, en la siguiente frase de los “estatutos”, el Vaticano orienta la devoción mariana hacia fines políticos humanos. El Vaticano “se compromete a que el estudio y la piedad marianos no se reduzcan a un devocionalismo estéril, sino que den vida a lugares marianos que promuevan el bienestar y el desarrollo integral de la persona humana en armonía con el medio ambiente”.

Para el modernista, es imposible que un ser humano obtenga el verdadero conocimiento de un Dios trascendente ni se comunique directamente con él en la oración. Por lo tanto, la auténtica devoción católica se descarta como “devocionalismo estéril”. Esto se desprende lógicamente de la filosofía modernista que sustenta el texto. Siendo Dios incognoscible e inalcanzable, todas las devociones tradicionales deben considerarse “estériles”. No pueden alcanzar ningún fin ni producir ningún fruto.

La devoción mariana solo puede adquirir un propósito renovado cuando se orienta al servicio de los seres humanos. Por lo tanto, la Academia Pontificia “renovada” debe servir a la “fraternidad universal en la solidaridad, la justicia y la paz mundial”. La “mariología”, por su parte, será “una presencia necesaria para el diálogo entre culturas, capaz de nutrir la fraternidad y la paz”.

El enfoque adoptado hacia la devoción mariana en los “nuevos estatutos” refleja el adoptado hacia la devoción al Sagrado Corazón en Dilexit Nos.

En ese texto, Francisco presentó el Sagrado Corazón como una representación simbólica del corazón humano, entendido en el sentido modernista. De esta manera, propuso al hombre como objeto de culto bajo un símbolo vaciado de su significado tradicional.

Se puede encontrar un análisis completo y en profundidad de los fundamentos modernistas de Dilexit Nos aquí.

Dos religiones contradictorias

La Iglesia Católica enseña que la Religión Católica tiene su origen en Dios y nos conduce a Él. La Religión Católica, en última instancia, lleva al hombre a la felicidad perfecta en la visión eterna de Dios.

Los modernistas enseñan que la Religión Católica se origina en el hombre y conduce de vuelta al hombre. Por lo tanto, la religión modernista aleja de Dios y conduce a la muerte eterna.

El catolicismo y el modernismo conducen a extremos exactamente opuestos, pero el modernismo lo hace conservando formas externas de la doctrina y la práctica católicas, que están vacías de su verdadero significado.

Por eso, en 1907, el Papa San Pío X condenó a los modernistas como “los más perniciosos de todos los adversarios de la Iglesia” y lanzó una dura advertencia:

como ya hemos dicho, ellos traman la ruina de la Iglesia, no desde fuera, sino desde dentro: en nuestros días, el peligro está casi en las entrañas mismas de la Iglesia y en sus mismas venas; y el daño producido por tales enemigos es tanto más inevitable cuanto más a fondo conocen a la Iglesia. Añádase que han aplicado el hacha no a las ramas, ni tampoco a débiles renuevos, sino a la raíz misma; esto es, a la fe y a sus fibras más profundas. Mas una vez herida esa raíz de vida inmortal, se empeñan en que circule el virus por todo el árbol, y en tales proporciones que no hay parte alguna de la fe católica donde no pongan su mano, ninguna que no se esfuercen por corromper [3].

Los modernistas presentan una falsa devoción mariana y una falsa devoción a Cristo, en lugar de las establecidas y cultivadas por el Sagrado Magisterio de la Iglesia Católica. En lugar del culto que conduce a la vida eterna, sustituyen un programa político estéril que ni siquiera logrará el verdadero bienestar temporal del hombre.
 
En 1916, el reverendo Maciej Sieniatycki, sacerdote polaco y profesor de teología dogmática, previó las consecuencias si los católicos no atendían las advertencias del Papa San Pío X. Escribió:

Una Iglesia surgida según principios modernistas —si es que tales principios pudieran crear una verdadera comunidad religiosa, lo cual es muy dudoso— ya no sería la Iglesia de Cristo, sino una creación del siglo XX, basada en principios en parte protestantes, pero principalmente arraigados en una ideología de agnosticismo y positivismo, con fantasías místicas. Esta nueva iglesia podría tener un papa y obispos, pero serían meros títeres; podría hablar de dogmas, revelaciones y religión sobrenatural, pero estos serían términos desprovistos de su antiguo significado, palabras sin sustancia. ¿Cómo podría entonces afirmarse con certeza que la antigua Iglesia no cambió, sino que solo mejoró? Jamás; la Iglesia anterior sería destruida, y sobre sus ruinas se alzaría una asamblea religiosa del siglo XX que comenzaría su era con la llegada de los modernistas [4].

La Iglesia Católica, por supuesto, no puede ser destruida. Fue fundada por Jesucristo y dotada de los atributos de infalibilidad e indefectibilidad que conservará hasta la Segunda Venida. Pero puede disminuir temporalmente su tamaño o desaparecer de la vista, de la misma manera que el sol puede ser eclipsado brevemente por la luna, permaneciendo inmutable y sin dejar de emitir su luz.
 
La falsa devoción mariana y las corrupciones idólatras del Sagrado Corazón no proceden de la Iglesia Católica sino de los seguidores de la “nueva iglesia” de los modernistas que han usurpado el poder en el Vaticano.

Elijamos permanecer fieles a la Iglesia Católica, que es la única que ofrece el verdadero culto al Sagrado Corazón de Jesús a través del Inmaculado Corazón de María.

Notas:

1) Papa San Pío X, Pascendi Domenici Gregis, n° 5.

2) Papa San Pío X, Pascendi Domenici Gregis, n° 8.

3) Papa San Pío X, Pascendi Domenici Gregis, n° 2.

4) Padre Maciej Sieniatycki, profesor de Teología Dogmática, Przegląd Powszechny (1916). (Traducción al inglés del obispo Pierre Roy de la Misión Notre-Dame-de-Joie, New Brunswick.
 

23 DE FEBRERO: SAN SERENO DE SIRMIO, MONJE Y MÁRTIR


San Sereno de Sirmio,  Monje y mártir

(✝ 307)

El glorioso anacoreta y mártir San Sereno, era de nacionalidad griega, y traía en su genealogía espiritual a aquel gran celador de la honra de Dios y santísimo profeta Elías, cuyos discípulos y descendientes, desterrándose por los desiertos, vivían sobre la tierra como ángeles en carne humana.

San Sereno moraba en Sirmio de Panonia (actual Sremska Mitrovica en Serbia), donde tenía un huerto que labraba y cultivaba para proveer a su necesario sustento, gastando el resto del tiempo en la contemplación de las cosas celestiales.

Vino un día al huerto del santo una mujer hermosa y ligera, esposa de un gran amigo del emperador, y viendo allí unas flores bellísimas, que el santo había plantado para su honesta recreación, se puso a cortarlas, imaginando que por ser ella una señora tan principal, tenía autoridad para todo, y no había de reparar en el disgusto que causaba al humilde solitario, a quien, como mujer mundana, miraba con sumo desprecio.

Más nuestro santo le echó en cara su descortesía, y el ir a aquella hora, sola, sin preservar su honestidad y modestia,  reprendiendola ásperamente y diciéndole que no le convenía a su persona y calidad entrar en el huerto de un solitario monje, y luego con una santa ira, la echó afuera.

La mujer, que así se vio a su parecer despreciada, escribió una carta a su marido, desacreditando la virtud del honestisimo Monje con una atroz calumnia.

El marido celoso se irritó sobremanera, y acusó a Sereno delante del emperador, el cual mandó  a capturar al monje y que se hiciese investigación de aquel supuesto crimen para que, de hallarse culpable, se castigase al reo como se merecía.

Sereno fue llevado ante el juez para juzgarle por su desmán. Los soldados apresaron a Sereno y le llevaron ante el Gobernador, quien le interrogó:

– ¿Cómo te llamas?

– Me llamo Sereno.

– ¿En qué te empleas?

– En el oficio de jardinero.

– ¿Cómo has tenido la insolencia de ofender a la mujer de un noble?

– Jamás he hecho ofensa alguna a ninguna mujer.

– Daré orden que te atormenten hasta que confieses que insultaste a aquella señora cuando la viste pasearse en tu jardín.

– Acuérdome muy bien que vino una señora, ya hace algún tiempo, a una hora intempestiva, con ánimo de pasearse, según decía. Verdad es que me tomé la libertad de decirle que era contra el orden y contra la decencia el que una persona de su sexo, y de su alcurnia saliese a una hora como aquella de su casa.

Tras su testimonio tan lleno de sinceridad, el juez comprendió su inocencia y le absolvió.

Entonces, el perverso marido, por instigación de la mala mujer, lo acusó y denunció por cristiano y enemigo capital de los dioses del imperio, por lo cual Maximiliano le mandó a detener de nuevo y le quiso obligar a ofrecer sacrificio a los ídolos o al menos, a hincar la rodilla para adorarlos.

El santo se negó a esta sacrílega veneración de los demonios, y como perseverase constante en la confesión de Jesucristo, sin que las amenazas le hicieran quebrantar su fe, mandó el tirano que le cortasen la cabeza, y en este suplicio recibió el santo la corona del martirio y de su virginal honestidad.


San Sereno es llamado Saint Cerneuf en francés y una bellísima iglesia está dedicada a él en Billom (Francia).



domingo, 22 de febrero de 2026

REDOBLANDO LAS REFORMAS DE FRANCISCO

León sigue la misma dirección que Francisco en su gestión del Dicasterio para los Obispos y en su disposición a nombrar mujeres para altos cargos administrativos.

Por Phil Lawler
 
 
Al convertirse en prefecto del Dicasterio para los Obispos, el entonces “cardenal” Prevost heredó los miembros de dicho dicasterio nombrados por Francisco. Si el “nuevo pontífice” hubiera querido cambiar la composición del grupo y, por ende, el tipo de “clérigos” elegidos por Bergoglio para convertirse en “obispos diocesanos”, podría haberlo hecho la semana pasada, al realizar sus propios nombramientos para el dicasterio. Pero no lo hizo.

En lugar de elegir a su propio equipo, León confirmó a treinta de los treinta y un miembros del dicasterio elegidos por Francisco. (La única excepción fue una religiosa que, a sus 81 años, había superado la edad de elegibilidad). Los únicos estadounidenses en el panel son los cardenales Blase Cupich, de Chicago, y Joseph Tobin, de Newark. Así que los católicos que se han estado preguntando si “el nuevo papa” nombrará un tipo diferente de “obispos” ya no deberían dudarlo.

Para cubrir la vacante en el dicasterio, León tomó otra decisión que reafirmó firmemente la dirección tomada por Francisco: nombró a la “hermana” Simona Brambilla, quien, casualmente, fue la controvertida elección de Francisco para “prefecta” del Dicasterio para los Religiosos (oficialmente conocido como Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica). Este nombramiento, en octubre de 2023, supuso un gran impacto para la curia romana; por primera vez, una mujer estaba al frente de un dicasterio vaticano.

Todos los cargos de la curia romana están a disposición del “pontífice”, ayudándolo a llevar a cabo su labor de guiar y gobernar la Iglesia universal. Sin embargo, dado que en la práctica los dicasterios vaticanos ejercen cierta autoridad de gobierno propia, los puestos de liderazgo se habían reservado tradicionalmente para los obispos, quienes, como sucesores de los Apóstoles, tenían autoridad para participar con el romano pontífice en el gobierno de la Iglesia. El concilio Vaticano II confirmó que los jefes de las principales congregaciones vaticanas (como se las llamaba entonces) debían ser siempre cardenales, miembros del organismo encargado de asesorar al pontífice. La exclusión de las mujeres (y de los hombres laicos) de estos cargos no era una cuestión de “discriminación”, sino un reconocimiento de la autoridad única que confiere el sacramento de la ordenación episcopal.

Sin embargo, en 2022, Francisco anuló esa política. En Praedicate Evangelium, la constitución apostólica con la que reformó la curia romana, estableció una distinción entre los poderes sacramentales conferidos por la ordenación y los poderes de gobierno, que podían ser ejercidos por alguien no ordenado. Como con muchos otros cambios introducidos por Francisco, Praedicate Evangelium no explicó completamente la distinción entre ambos roles. Sin embargo, el documento sí aclaró que tanto mujeres como laicos podían ser nombrados prefectos, al menos para cargos no directamente relacionados con la administración de los sacramentos.

Dado que el nombramiento de la “hermana” Brambilla había suscitado dudas y recelo en Roma, algunos observadores del Vaticano cuestionaron si León confirmaría su puesto en el Dicasterio para los Religiosos. Esa pregunta también ha sido respondida.

De hecho, el 16 de febrero Vatican News publicó un ensayo del cardenal Marc Ouellet, que ofrece una reflexión “teológica” sobre el nombramiento de una religiosa para dirigir un dicasterio. El “cardenal” Ouellet (quien, como recordarán los lectores, precedió al papa León como “prefecto” del Dicasterio para los Obispos) reconoció que “esta iniciativa contradice la costumbre ancestral de confiar cargos de autoridad a ministros ordenados”. No obstante, ofreció su pleno apoyo al “gesto profético del papa Francisco”.

La práctica tradicional de reservar los altos cargos curiales a los obispos, escribió el “cardenal”, “no significa que el sacramento del Orden Sagrado sea la fuente exclusiva de todo gobierno en la Iglesia”. El papa Francisco, explicó, veía “la autoridad del Espíritu Santo actuando más allá del vínculo establecido entre el ministerio ordenado y el gobierno de la Iglesia”.

La interpretación tradicional de la autoridad dentro de la Iglesia, basada en la creencia de que la guía del Espíritu Santo se confiere de manera especial mediante la ordenación episcopal, se establece claramente en el Catecismo y el Código de Derecho Canónico. Sin embargo, el “cardenal” Ouellet argumenta que esta interpretación podría reflejar una comprensión inadecuada de cómo el Espíritu Santo obra a través del Pueblo de Dios. Escribe:
“El enfoque canónico no parece inclinado a considerar al Espíritu Santo como otra cosa que el garante global de la Institución; parece carecer de medios para discernir los signos del Espíritu, sus mociones personales y comunitarias, los carismas particulares con los que dota a los miembros del Cuerpo de Cristo…”

El cardenal argumenta que no todas las funciones del gobierno del Vaticano requieren la autoridad conferida por la ordenación sacramental: “por ejemplo, en la gestión de recursos humanos, la administración de justicia, el discernimiento cultural y político, la administración financiera y el diálogo ecuménico”. Muchos laicos católicos podrían pensar que podrían desempeñar un mejor trabajo que los obispos en esos campos, y muchos podrían tener razón. Pero el hecho de que algunos laicos católicos puedan estar mejor capacitados que los obispos para ciertas responsabilidades de gobierno deja abierta la pregunta de dónde termina la competencia profesional y dónde comienza la guía del Espíritu Santo. Esta innovación, como tantas otras introducidas por Francisco, ha planteado nuevas preguntas sobre la naturaleza de la autoridad de la Iglesia, y las ha dejado sin respuesta.

 

MÜLLER CONTRA LA FSSPX

El “tradicionalista” Gerhard Müller amenaza a la FSSPX en defensa del Novus Ordo y del concilio Vaticano II 


Nota: Los textos destacados son de Diario7

La Fraternidad San Pío X y su unidad con la Iglesia

Por el cardenal Gerhard Müller

El Consejo General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X publicó el 18 de febrero de 2026, durante su reunión en Menzingen, una respuesta al cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

En ella se hace referencia al largo camino de intenso diálogo de la Santa Sede con la Fraternidad hasta la fecha mágica del 6 de junio de 2017. A continuación, se atribuye con dureza la culpa exclusiva al final de este diálogo, que en su opinión era esperanzador, con la afirmación: “Pero todo terminó finalmente de manera drástica por una decisión unilateral del prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal Müller, quien, a su manera, estableció solemnemente los requisitos mínimos necesarios para la plena comunión con la Iglesia católica, en la que incluyó explícitamente todo el Concilio y lo “posconciliar”.

Dado que se trata del gran bien que es la unidad de la Iglesia católica, que todos profesamos en nuestra fe, las sensibilidades personales deben quedar en segundo plano.

La historia de la Iglesia nos enseña cómo, a diferencia de las herejías, también entre los católicos ortodoxos surgieron y se consolidaron cismas. Las razones fueron las insuficiencias humanas, las pretensiones teológicas y también la falta de sensibilidad de la autoridad legítima. Recordemos a los donatistas, con los que tuvo que lidiar San Agustín, la controversia sobre el jansenismo, que condujo al cisma de Utrecht con la consagración episcopal ilegítima de Cornelius Steenoven (15 de octubre de 1724), y también a los Católicos Antiguos, después del Concilio Vaticano I con la consagración episcopal ilegítima de Hubert Reinkens (11.8.1873), aunque este grupo, por supuesto, cayó en la herejía con la negación formal del dogma de la infalibilidad del Papa romano y su primacía jurisdiccional.

Pero existen criterios claros para la ortodoxia católica y la plena pertenencia a la Iglesia católica, formulados ya desde el obispo mártir Ignacio de Antioquía (a principios del siglo I) y precisados desde entonces, especialmente en el Concilio de Trento contra los protestantes. Esto incluye esencialmente la plena comunión con la Iglesia universal y, en particular, con el colegio episcopal, que tiene en el Papa romano, como sucesor personal de San Pedro, su principio y fundamento perpetuo y visible de unidad en la verdad revelada. Aunque otras comunidades eclesiales puedan afirmar que son católicas porque coinciden total o casi totalmente con la fe de la Iglesia católica, no son católicas si no reconocen y practican formalmente al Papa como la máxima autoridad y la unidad sacramental y canónica con él.

No hay duda de que la Fraternidad San Pío X coincide en cuanto al contenido con la fe católica (aparte del Concilio Vaticano II, que sin embargo interpreta erróneamente como una desviación de la tradición). Y si no reconocen el Concilio Vaticano II en su totalidad o en parte, se encuentran en contradicción consigo mismos, ya que afirman con razón que el Concilio Vaticano II no presentó ninguna nueva doctrina en forma de dogma definido que todos los católicos debieran creer. El propio concilio se basa en la clara conciencia de que se inscribe en la serie de todos los concilios ecuménicos, y en particular del Concilio de Trento y del Concilio Vaticano I. Se trataba únicamente de exponer de nuevo y de forma más profunda a los fieles, en su contexto global, la doctrina siempre válida sobre la revelación divina (Dei verbum) y la Iglesia del Dios trino (Lumen gentium). Tampoco se pretendía reformar la liturgia, como si estuviera obsoleta. Contrariamente a la narrativa progresista, la Iglesia no necesita someterse a ningún tratamiento médico de rejuvenecimiento, como si se tratara de un proceso de envejecimiento biológico. Porque fue fundada por Cristo de una vez por todas, ya que en su persona divina toda novedad ha venido al mundo de manera insuperable y permanece presente en la doctrina, la vida y la liturgia de la Iglesia hasta su regreso al final de la historia (Ireneo de Lyon, Contra las herejías IV, 34, 1). La Iglesia, como cuerpo de Cristo y templo del Espíritu Santo, es joven y viva hasta el día del Juicio Final (aunque algunos en ella parezcan viejos por su incredulidad y pecado, es decir, por no querer vencer al viejo Adán que hay en ellos).

Precisamente la sustancia de los sacramentos y su forma esencial nos son dadas y están fuera del alcance de cualquier intervención de la Iglesia (Concilio de Trento, Decreto sobre la comunión bajo una sola forma, 2.º cap.: DH 1728), mientras que la autoridad eclesiástica está facultada para determinar su forma ritual, pero no de manera arbitraria y autoritaria, sino con gran consideración por las tradiciones eclesiásticas desarrolladas y la sensibilidad y el sentido de la fe de los fieles. Por lo tanto, a la inversa, es teológicamente falsa la afirmación de que la liturgia latina según el Misal y el Ritual Romano (según el rito antiquior) es ilegítima, porque la ley de la oración es la ley de la fe (Ps-Coelestin, Indiculus, cap. 8: DH 246).

Este principio se refiere al contenido de la fe, que se expresa en los sacramentos, y no a su forma ritual externa, de la que existen muchas variaciones a lo largo de la historia de la Iglesia hasta hoy. En este sentido, todo católico puede criticar el motu proprio Traditionis custodes (2021) y su aplicación, a menudo indigna, por parte de obispos intelectualmente sobrecargados, así como su deficiente argumentación teológica y su imprudencia pastoral. Pero también la duda de que la Santa Misa según el Misal de Pablo VI (por ejemplo, debido a la posibilidad de la concelebración, la orientación del altar, el uso de la lengua vernácula) contradice la tradición de la Iglesia como criterio normativo de interpretación de la Revelación (y está impregnada de ideas masónicas) es teológicamente errónea e indigna de un católico serio. El abuso real de la liturgia (misas de carnaval, la bandera atea del arcoíris en la iglesia, cambios arbitrarios según el gusto personal) no es culpa del rito del Novus Ordo ni del Concilio, sino de aquellos que, por ignorancia o frivolidad, se hacen gravemente culpables ante Dios y la Iglesia por estas blasfemias y abusos litúrgicos.

Tampoco se puede esperar que un católico auténtico acepte sin crítica todos los documentos que provienen de Roma o de una autoridad episcopal. Ya Ireneo de Lyon, Cipriano de Cartago, Agustín, Bernardo de Claraval, Catalina de Siena, el cardenal Bellarmino, el obispo Ketteler de Maguncia frente a Pío IX) y muchos otros se quejaron con razón de algunas declaraciones y acciones (como las privaciones autoritarias masivas de derechos de muchas comunidades religiosas durante el último pontificado, que fueron arbitrariamente puestas bajo comisariado).

Así, los obispos ortodoxos también se han escandalizado por documentos más recientes en los que se han mezclado de forma diletante argumentos dogmáticos y pastorales, o en los que se han hecho declaraciones poco meditadas, como –relativizando a Cristo– todas las religiones son caminos hacia Dios, mientras que, en lo que respecta a Maria Corredemptrix et Matrix omnium gratiarum, se ha insistido de nuevo en la mediación única de Cristo, sin tener en cuenta la doctrina de la Iglesia sobre la cooperación de María en la obra salvífica de Cristo. Esto ocurre siempre que los obispos prestan más atención a los efectos mediáticos que a servirse previamente de la teología científica y creyente y a anunciar “a tiempo y a destiempo” (2 Tim 4,2) la Palabra de Dios y la verdad de la fe.

Pero, teniendo en cuenta toda la historia de la Iglesia y de la teología, estoy plenamente convencido de que la Iglesia no puede ser vencida por nada ni por nadie, ni por las luchas externas ni por las confusiones internas.

Con razón, no solo la Fraternidad San Pío X, sino también la mayoría de los católicos, lamentan que, con el pretexto de la renovación de la Iglesia –con el proceso de autosecularización–, también hayan penetrado en la Iglesia grandes incertidumbres en cuestiones dogmáticas e incluso herejías. Pero también en los 2000 años de historia de la Iglesia, las herejías, desde el arrianismo hasta el modernismo, solo fueron superadas por aquellos que permanecieron en la Iglesia y no se apartaron del lado del Papa.

Si la Fraternidad San Pío X quiere tener un efecto positivo en la historia de la Iglesia, no puede luchar desde fuera por la verdadera fe contra la Iglesia unida al Papa, sino solo dentro de la Iglesia y junto al Papa y todos los obispos, teólogos y fieles ortodoxos. De lo contrario, su protesta no tendrá ningún efecto y será utilizada con sarcasmo por los grupos heréticos para acusar a los católicos ortodoxos de tradicionalismo estéril y fundamentalismo intolerante. Esto se puede estudiar especialmente en el llamado Camino Sinodal, donde se trata, de hecho, de introducir enseñanzas heréticas, en particular la adopción de antropologías ateas, y una especie de constitución eclesiástica anglicana (con una dirección eclesiástica autoproclamada formada por obispos débiles y funcionarios laicos ideológicamente obstinados y ávidos de poder). Esto contradice diametralmente la constitución sacramental y apostólica de la Iglesia católica (Concilio de Trento, Decreto sobre el sacramento del orden, cap. 4: DH 1767-1770; Vaticano II, Lumen gentium, art. 18-29). Una Iglesia nacional alemana establecida por estatutos humanos, que solo reconociera simbólicamente al Papa como jefe honorífico, ya no sería católica y pertenecer a ella no sería necesario para la salvación. Porque, como dice san Agustín: “Quien no ama la unidad de la Iglesia, no posee el amor de Dios. Por esta razón, se dice con razón: solo en la Iglesia católica se recibe el Espíritu Santo” (De baptismo 3, 21).

En cualquier caso, ningún grupo individual, como en su día los donatistas (los pars Donati), puede oponerse a la totalidad de la Iglesia católica, a la aceptación de la doctrina definida, invocando su propia conciencia subjetiva de la verdad. Entonces habría que tener la honestidad de renunciar por completo a su unidad, pero también asumir consecuentemente el odio de un cismático. El Concilio Vaticano II no proclamó ningún dogma nuevo, sino que presentó la doctrina dogmática, siempre válida, para que se creyera de nuevo en un contexto histórico-cultural diferente. Aquí no hay que interpretar nada a partir de premisas subjetivas, sino que cada católico debe informarse sobre la doctrina de la Iglesia y, si es necesario, dejarse corregir. Lo que no concierne a la doctrina vinculante de la fe y la moral queda abierto al libre debate teológico. Para la hermenéutica global de la fe de la Iglesia, la Sagrada Escritura, la Tradición Apostólica y el magisterio (infalible) del Papa y los obispos (especialmente en el Concilio Ecuménico) son las normas definitivas para la comprensión de la fe revelada. Los documentos magisteriales que reclaman una obligatoriedad gradual deben interpretarse según el sistema probado de los grados de certeza teológica.

Ningún católico ortodoxo puede alegar motivos de conciencia si se sustrae a la autoridad formal del Papa en relación con la unidad visible de la Iglesia sacramental para establecer un orden eclesiástico que no está plenamente en comunión con él en forma de una Iglesia de emergencia, lo que correspondería al argumento protestante del siglo XVI. Una actitud tan cismática no puede invocar una situación de emergencia que solo puede afectar a la salvación individual de unos pocos o incluso de muchos. Quien se ve afectado por una excomunión injusta, como le sucedió incluso a la santa doctora de la Iglesia Hildegarda de Bingen, debe procesarlo espiritualmente en su interior por el bien de la Iglesia, sin poner en tela de juicio la unidad de la Iglesia mediante la desobediencia. Todos los católicos darán la razón al joven Martín Lutero en su lucha contra el indigno comercio de indulgencias y la secularización de la Iglesia, pero lo criticarán duramente por desobedecer la amenaza de excomunión, rechazar la autoridad eclesiástica y anteponer su juicio al de la Iglesia en la interpretación del Revelación.
 
La conciencia bien formada de un católico, y especialmente la de un obispo válidamente consagrado y la de quien va a recibir la consagración episcopal, nunca impartirá ni recibirá las órdenes sagradas contra el sucesor de San Pedro, a quien el mismo Hijo de Dios ha confiado el gobierno de la Iglesia universal, cometiendo así un grave pecado contra la unidad, la santidad, la catolicidad y apostolicidad de la Iglesia de Cristo reveladas por Dios.

Entonces también se encontrará una solución justa para su estatus canónico, por ejemplo, dotando a su prelado de jurisdicción ordinaria sobre la fraternidad, que dependerá directamente del Papa (quizás sin la mediación de una autoridad de la Curia). Pero estas son conclusiones canónicas y prácticas que solo son válidas si concuerdan dogmáticamente con la eclesiología católica. La Fraternidad San Pío X, como cualquier otro católico ortodoxo, debe hacer suya en conciencia la doctrina del Concilio Vaticano I y guiar sus acciones por ella: “Por lo tanto, enseñamos y declaramos que, en virtud del mandato del Señor, la Iglesia romana tiene sobre todas las demás el principado del poder ordinario, y que este verdadero poder jurisdiccional episcopal del Papa romano es inmediato, frente al cual los pastores y los fieles, y los pastores de cualquier rito y rango, tanto cada uno en particular como todos en conjunto, están obligados a la subordinación jerárquica y a la verdadera obediencia, no solo en las cosas relativas a la fe y las costumbres, sino también en aquellas que conciernen a la disciplina y el gobierno de la Iglesia extendida por todo el mundo; de modo que, mediante la conservación de la unidad tanto de la comunión como de la misma profesión de fe con el Papa romano, la Iglesia de Cristo es un rebaño bajo un único pastor supremo. Esta es la doctrina de la verdad católica, de la que nadie puede apartarse sin perjuicio para su fe y su salvación” (I Concilio Vaticano, Constitución dogmática sobre la Iglesia Pastor aeternus, cap. 3: DH 3060).

EL FENÓMENO THERIAN, PAROXISMO DE LA DEGENERACIÓN SOCIAL

La monstruosidad del therianismo constituye un pecado mortal y una grave ofensa a Dios creador

Por el padre Dr. Mn. Jaime Mercant Simó


Resulta cada vez más palmario que nuestra sociedad occidental no está simplemente enferma, sino que ya, alejada abismalmente del antiguo “orden cristiano”, manifiesta sus últimos estertores. Uno de los síntomas más recientes de su decadencia, próxima ésta al ocaso, es el llamado fenómeno “therian”, presentado como una especie de “subcultura”; de hecho, lo es, habida cuenta de que estriba en una visión existencial de índole “subinteligente”.

Asimismo, me parece curioso que pase inadvertido que dicho “fenómeno bestial” ―nunca mejor dicho― sea una derivación del “arte degenerado”, producto éste de una mentalidad degenerada, para un público degenerado. En efecto, este “bestiario urbano” realiza, para reafirmar su “brutal identidad”, una serie de “performances” callejeras. En este sentido, estos sujetos deben creer que están siendo creativos, cuando no hacen otra cosa que entrar en una voluntaria dinámica de autodeshumanización y, por ende, de autoexclusión social. Me gustaría saber si también están renunciando, aunque tácitamente, a sus derechos civiles. Esto último sería lo más coherente, dado que únicamente el hombre es un “animal social” ―como decía Aristóteles―, debido a que es “animal racional y libre”, y, por lo tanto, sólo él es sujeto de deberes y derechos. Por consiguiente, rechazando la racionalidad, se renuncia a la socialidad; rechazando los deberes, se está renunciando a los derechos.

Cabe decir que “animales” lo somos todos nosotros; éste es nuestro “género próximo”. El problema de esta gente enajenada es que renuncia a la “diferencia específica”, o sea, a la “racionalidad”, la cual, por cierto, no anula la “animalidad”, sino que la perfecciona y eleva.

Sea como fuere, es evidente que los therianistas padecen un serio “colapso de la inteligencia”; deben pensar que, mediante este grotesco modo de vida, serán más “animales”, cuando, de hecho, lo único que consiguen, además de hacer el ridículo, es negar la dimensión espiritual que los hace animales todavía más perfectos. Así, pues, con esta opción por la “animalidad irracional” en detrimento de la “animalidad racional”, este “bestiario” demuestra un gusto morboso por la “bajura”; sus malsanas preferencias pseudoartísticas les alejan de lo bello, lo cual, en este mundo, se encuentra, de modo eminente, en el hombre, creado a “imagen y semejanza” de Dios.

En definitiva, la monstruosidad del therianismo constituye un pecado mortal y una grave ofensa a Dios creador; es, además, “radical y metafísicamente” inmoral, puesto que, por medio de lo que es horrendo, nunca puede alcanzarse el bien moral. El verdadero arte, para ser tal, es aquel que busca lo bueno a través de lo bello, lo divino mediante lo racional y humano.

 

22 DE FEBRERO: LA CÁTEDRA DE SAN PEDRO EN ANTIOQUÍA


 La cátedra de San Pedro en Antioquía 

(Año 40 dC)

La Cátedra de San Pedro en Antioquía la celebra la Santa Iglesia para declararnos el beneficio que el mundo recibió en la institución de la Cátedra Apostólica, y en la potestad que Cristo nuestro Señor dio al Príncipe de los Apóstoles, cuando le hizo su Vicario y piedra fundamental de la Iglesia. 

Después que el Señor subió a los cielos, el glorioso apóstol San Pedro comenzó a ejercer su oficio de Pastor universal, presidiendo en los concilios de Jerusalén y hablando como lengua de todos los otros apóstoles, más pasando luego por Siria, entró en la ciudad de Antioquía, que era la metrópolis de las demás, dónde por divina ordenación había que poner su primera Cátedra.

Allí padeció al principio muchas y graves tribulaciones, y fue escarnecido, afrentado, encarcelado y perseguido por los que eran enemigos de la luz y de la verdad, pero después que recibieron el Evangelio, y salieron de la ceguera en la que estaban, le honraron mucho y aún edificaron un templo al Dios Verdadero y pusieron en él una Cátedra en que el Santo Apóstol se sentase para predicarles y satisfacer a sus dudas y declararles cuál era la verdadera Doctrina de Dios.

Y fueron tantos los que se convirtieron, que allí comenzaron los fieles a llamarse Cristianos, llamándose antes con el nombre de Discípulos.

Siete años estuvo San Pedro en Antioquía, aunque no siempre moraba en aquella ciudad, sino que como Pastor universal visitaba las otras Iglesias.

Traspasó después su Silla apostólica a la ciudad de Roma, que era señora del mundo, y abrazaba en sí, como dice San León, a todos los monstruos de los falsos dioses que en las otras provincias la ciega gentilidad adoraba; para que resplandeciese la nueva luz del Evangelio en aquel abismo tan profundo y de tanta oscuridad, y conquistada la cabeza y el alcázar del imperio romano, más fácilmente se sujetasen las demás ciudades y provincias al suave yugo de la Fe de Cristo, que había venido del cielo para alumbrar y salvar a todos los hombres.

Y así nuestro Señor fue declarado Rey en aquel título que en tres lenguas: hebrea, griega y latina, se puso sobre el glorioso estandarte de la cruz, ordenó que el Príncipe de los Apóstoles, San Pedro, predicase como Vicario de Cristo, primero a los judíos, después a los griegos y finalmente a los romanos, para que se entendiese que era Pastor universal de todos, y que lo son sus sucesores.



sábado, 21 de febrero de 2026

LE SILLÓN Y EL MISTICISMO DE LA DEMOCRACIA

¿Cuál fue la razón fundamental por la que Pío X acabó suprimiendo Le Sillon?

Por la Dra. Carol Byrne


Un testigo contemporáneo, N. Ariès, quien conocía personalmente Le Sillon, escribió una crónica extremadamente detallada de su constitución, objetivos y actividades desde su inicio hasta su supresión por el Papa Pío X en 1910. De esta fuente de primera mano se desprende que se exigió un compromiso total de la Joven Guardia con la causa de la democracia. Una especie de Orden de Caballería se convirtió en una imposición democrática. Bajo la dirección espiritual de Sangnier, se sometieron a una ceremonia llamada “veillée d'armes” (vigilia de armas) (1), la primera de las cuales se celebró, según su propio relato, el 20 de diciembre de 1901 en la cripta del Sacré-Cœur de París.

Arrodillados ante el altar, los nuevos reclutas debían jurar dedicar sus vidas por completo a Le Sillon y a la causa de la democracia (2). Henry du Roure, quien quizás fuera el lugarteniente más cercano de Marc Sangier, declaró que el homenaje se le rindió al propio Sangnier como soberano de los nuevos caballeros: Sintieron “la necesidad de creer en la visión providencial de Marc y jurarle una confianza absoluta e incondicional” (3).

Según Mons. Eugène Beaupin, ex capellán de la Joven Guardia, la fórmula de oración que acompañaba al homenaje fue compuesta por el propio Sangnier (4). Sin embargo, no era una oración de fe, sino de presunción. Fue redactada sutilmente para transmitir la seguridad de que Dios tiene que conceder un resultado exitoso para la Joven Guardia porque eran “buenos soldados de Cristo” y porque sus planes de “democratizar” la Iglesia seguramente harían que el Reino de Dios viniera a la tierra.
 
También sabemos por las palabras de Louis Cousin, quien estuvo al tanto de la formación temprana de la Joven Guardia en el Stanislas College, que se referían a su trabajo por la democracia como una “causa sagrada” por la que se les exhortaba a dar toda su vida, incluso hasta la muerte, con la promesa de la inmortalidad (5). En este punto, un espíritu confuso entró en los procedimientos, lo que influyó en los jóvenes para rechazar el control jerárquico como “paternalismo” y avivó las llamas de la independencia y la autosuficiencia.

Marc Sagnier pronunciando un discurso

Ariès observó que, desde el momento en que se unieron a Le Sillon, la personalidad de los Jóvenes Guardias experimentó un cambio con una obsesión, “idée fixe”, sobre su papel como promotores de la democracia. Se dedicaron a un programa de actividades de alta demanda que estaba diseñado para evitar que pasaran tiempo solos o pensaran por sí mismos. Esta constante ronda de actividades incluía distribuir el periódico de Le Sillon con regularidad e infaliblemente en las puertas de las iglesias, asistir a círculos de estudio, organizar interminables reuniones y congresos locales, colocar carteles, dirigir un comité de propaganda y una oficina de trabajo social y, en general, mantener el “espíritu de Le Sillon”.

Como su líder, Sangnier aceptaba la adulación de sus seguidores comprometidos al mismo tiempo que exigía la total aceptación de su ideología modernista
Era el deseo de Sangnier que tuvieran como lema Conciencia y Responsabilidad, palabras susceptibles de infinita maleabilidad.

Esta nueva Orden de Caballería se convirtió en una herramienta eficiente para lograr el proyecto de Sangnier. Adoctrinó a los jóvenes reclutas militantes para que creyeran que habían sido “llamados” a una “vocación” para luchar la “buena batalla”; y su responsabilidad era llevar a cabo sus órdenes al pie de la letra.

Pero el combate era para promover valores modernistas y progresistas (democracia, libertad e igualdad) dentro de la Iglesia. No pasó mucho tiempo antes de que la orientación exclusiva de Le Sillon hacia la democracia se identificara con la fe católica.

Otro testimonio importante, esta vez de un miembro de Le Sillon, dio una visión interna de la organización. El periodista y comentarista social, Joseph Folliet, señaló que, como resultado de lo que él llamó esta “confusión político-religiosa”, nadie, incluidos los propios sillonistas, podía estar seguro de si Le Sillon era un “movimiento religioso con tendencias sociales y políticas o un movimiento político de inspiración religiosa” (6). De cualquier manera, la credibilidad de la Iglesia como una organización de origen sobrenatural se vería comprometida.

En este sentido, el perspicaz análisis de Folliet arroja luz sobre la razón fundamental por la que Pío X acabó suprimiendo Le Sillon, y merece la pena citarlo extensamente, en traducción:

“El peligro de confusión era que se produjera una especie de naturalismo humanitario que acabaría poniendo a Cristo y a la Iglesia al servicio de la democracia, es decir, acabaría subordinando lo espiritual a lo temporal…

Creemos que la raíz de esta confusión y peligro reside en el antiintelectualismo de Le Sillon, su desdén por las explicaciones y definiciones precisas, su negativa a aceptar doctrinas con aristas muy definidas, expresadas con demasiada firmeza. “Ve adonde te lleve la vida” es una buena fórmula, pero puede entenderse de dos maneras opuestas; también debemos esforzarnos por vivir la vida, lo cual no puede hacerse sin un mínimo de claridad intelectual y razonamiento lógico. El Movimiento Sillonista carecía de fuerza [doctrinal], una deficiencia aún más perjudicial porque era un movimiento para jóvenes, algunos de ellos muy jóvenes, apasionados, activos, entusiastas, inclinados a dar rienda suelta a sus emociones… Su imprecisión de pensamiento los llevaría, si no al error, al menos a una confusión doctrinal (7).

La evaluación de Folliet era correcta, pero no fue suficiente. Es cierto que los sillonistas no tenían ningún interés en promover la objetividad y la verdad, pero describirlos como doctrinalmente confusos es quedarse corto. De hecho, algunos clérigos, sacerdotes y obispos en diversas partes de Francia los acusaron de promover abiertamente el error doctrinal y de extraviar a muchos jóvenes.

Tampoco tenían intención de obedecer a los obispos. Cuando, por ejemplo, el obispo de Quimper prohibió a sus sacerdotes tener nada que ver con Le Sillon, Marc Sagnier replicó que no debían hacer caso de su orden y añadió: “Pueden acusarme de anarquista, pero eso me importa un bledo” (8).

Continúa...

Notas:

1) La ceremonia de la veillée d'armes, originaria de las órdenes de caballería medievales, era un paso significativo hacia la caballería. Antes de recibir la distinción, el futuro caballero se sometía a una vigilia nocturna de meditación y oración para asegurar su preparación para la batalla.

2) N. Ariès, “Le Sillon” et le Mouvement Démocratique, París: Nouvelle Librairie Nationale, 1910, p. 226 .

3) Hughes Petit, L'Eglise, le Sillon, et l'Action Française, París: Nouvelles Édtions Latines, 1998, p. 17.

4) Eugène Beaupin, “La vie religieuse au Sillon” (La vida religiosa en Le Sillon), Chronique Sociale de France, vol. 60, núm. 2, marzo-abril de 1950, p. 77.

5) L. Cousin, op. cit. , pág. 26.

6) Joseph Folliet, “Essai de jugement équitable sur le Sillon” (Un juicio imparcial de Le Sillon), ibid. , pag. 126

7) Ibid.

8) Adrien Dansette, “Religious History of Modern France” (Historia religiosa de la Francia moderna), vol. 2, Herder, Friburgo-Nelson, Edimburgo-Londres, 1961, p. 284

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