sábado, 25 de abril de 2026

25 DE ABRIL: SAN MARCOS, EVANGELISTA Y MÁRTIR


25 de Abril: San Marcos, evangelista y mártir

(✞ 64)

El glorioso evangelista y mártir de Cristo San Marcos fue hebreo de nación, y como algunos autores escriben, de la tribu de Leví y uno de los setenta y dos discípulos del Señor.

Acompañó al apóstol San Pedro, que le llama en sus epístolas hijo carísimo, y por su gran espíritu y gracia en el hablar, le tomó por intérprete para que explicase más copiosamente los profundos misterios de Cristo, que él en pocas palabras anunciaba.

Y como los fieles que por la predicación de San Pedro se habían convertido en Roma, deseaban tener por escrito lo que de él habían oído, rogaron a San Marcos que escribiese el Evangelio de la manera que lo habían oído de la boca de San Pedro; y el santo apóstol lo aprobó y con su autoridad lo confirmó y mandó que se leyese en la iglesia.

Habiendo pasado el santo evangelista algunos años en Roma, tomó la bendición de su padre y maestro San Pedro, y por su orden partió a Egipto, llevando consigo el evangelio que había escrito para predicarle a aquellas gentes bárbaras y supersticiosas.

Descubrió primero aquella luz del cielo a los de Cirene, Pentápoli y otras ciudades; y fue después a Alejandría como la cabeza de toda aquella provincia y más necesitada de aquella divina luz.

Allí edificó una iglesia al Señor con el nombre de San Pedro, su maestro que aún vivía; y fueron tantos los que se convirtieron a la fe de Jesucristo, tanto los judíos que moraban en aquellas partes, como de los mismos egipcios, que rápidamente se formó un admirable cristiandad, en la cual florecían maravillosamente todas las virtudes que el Señor enseñaba en su Santo Evangelio; porque todos los fieles vivían entre sí con gran paz y conformidad, no había entre ellos pobres, porque a todos se daba lo que necesitaban; ni ricos, porque los que lo eran dejaban sus riquezas para uso de los demás, y todos eran entre sí un alma y un corazón.

Otros muchos que habían repudiado a todas las cosas de la tierra poblaban los montes y desiertos de Egipto, y vivían con tan extrema santidad, que no parecían hombres, sino ángeles vestidos de carne mortal.

No pudieron soportar tanta luz los ojos flacos de los gentiles y determinaron dar muerte a San Marcos y destruir sus templos  enemigos de sus dioses un 24 de abril, que era día de domingo para los cristianos, y para los gentiles una fiesta que celebraban a su dios Serapis, hallando al Santo evangelista diciendo Misa, lo atraparon y le echaron una soga al cuello y lo arrastraron por las calles, encerrándole después en la cárcel.

Al llegar la mañana siguiente le arrastraron de nuevo por lugares ásperos y fragosos hasta que el Santo entregó su espíritu al Señor.
 

viernes, 24 de abril de 2026

¿POR QUÉ TANTOS TEMEN EL RESURGIMIENTO CATÓLICO?

Si bien muchas voces se apresuran a explicar (o a minimizar) el aumento de jóvenes que ingresan a la Iglesia, están ignorando la causa más obvia, a saber, la Primera Causa sobrenatural.

Por John Horvat II


A medida que aumenta el número de bautismos de adultos, muchos católicos se alegran ante la perspectiva de lo que se denomina “un renacimiento silencioso”. Es motivo de gran esperanza ver a tantos jóvenes deseosos de aprender más sobre la fe.

También es motivo de gran misterio. Los “obispos” se han declarado desconcertados y perplejos ante la avalancha de nuevos conversos que acudieron a sus iglesias esta Pascua. No encaja en ningún plan de su “nueva evangelización”. Nadie parece tener una explicación de por qué el catolicismo, especialmente el tradicional, se ha vuelto repentinamente popular entre la Generación Z.

Sin embargo, hay quienes podrían considerarse escépticos ante el avivamiento. Les inquieta lo que está sucediendo. Estos críticos minimizan la tendencia, considerándola interesante pero sin trascendencia. Algunos adoptan una actitud de esperar y ver para evitar parecer exagerados. Otros advierten sobre el peligro de politizar la tradición católica, poniendo en duda si el espíritu está realmente presente.

Cuanto más liberales (y progresistas) son los escépticos, más temor se percibe en ellos. Temen que este resurgimiento se descontrole. Por lo tanto, intentan minimizarlo y restarle importancia.

Juego de números

La refutación más común del resurgimiento religioso se basa en cifras. Si bien las diócesis reportan cifras récord de conversiones, los escépticos señalan que por cada nuevo católico entusiasta que se une a la Iglesia, muchos miembros tibios la abandonan. En esta batalla numérica, los que se han alejado de la fe terminarán ganando, y la Iglesia inevitablemente se reducirá. El resurgimiento no representa un cambio radical.

El problema con la refutación basada en cifras es que presupone que todas las conversiones son iguales. No analiza quién realiza la conversión ni por qué.

De hecho, no sorprende que los católicos tibios y a menudo promiscuos, sin formación catequética, estén abandonando la Iglesia en masa; es una tendencia constante desde el concilio Vaticano II. Estos católicos son el grupo demográfico con mayor probabilidad de abandonar la Iglesia, y así lo están haciendo.

Lo que hace que las cifras de conversión sean extraordinarias es que los grupos demográficos menos propensos a unirse a la Iglesia son precisamente estos. Según la narrativa liberal, no deberían sentirse atraídos por la Iglesia, y sin embargo, lo están.

Entran con un entusiasmo y una energía contagiosos, ansiosos por aprender. Se encuentran musulmanes, no cristianos, paganos, ateos, izquierdistas, jóvenes, libertinos, celebridades, élites, científicos, filósofos e intelectuales. Importantes figuras protestantes también se están convirtiendo, sacudiendo los cimientos de muchas congregaciones. Quienes tienen mucho que ganar permaneciendo en el sistema establecido ahora quieren salir. Quieren contar sus historias y evangelizar al mundo.

De hecho, las cifras no son el factor más importante en la recuperación.

Conversión por beneficios

Una segunda forma en que los escépticos refutan la idea de un resurgimiento religioso es desde una perspectiva sociológica. Este método consiste en atribuir las conversiones a factores económicos o sociales. Para ellos, la conversión es casi una decisión de consumo impulsada por los beneficios que recibirán. Un informe del Centro de Investigación Pew, por ejemplo, concluye que “cada vez más personas empiezan a ver la eficacia y las recompensas de la fe y la práctica religiosa”.

Así, algunos observadores poco perspicaces han calificado el proceso de conversión como un “signo de élite” e incluso un símbolo de estatus. Intentan justificar las conversiones afirmando que las personas encontrarán estabilidad, mitigación de riesgos y comunidad en la Iglesia, lo que a su vez contribuye a su prosperidad y estatus como miembros de la élite.

Incluso las personas pobres pueden sentirse atraídas por la Iglesia -piensan- porque la parroquia es un lugar donde pueden relacionarse con personas adineradas, lo que aumenta sus posibilidades de salir de la pobreza. La conversión abre caminos hacia el éxito.

Ross Douthat, del New York Times, afirma que “ir a la iglesia se asocia cada vez más con un mayor nivel educativo, con la ambición y con el ascenso social”. Cree que la gente recordará esta época como un periodo de resurgimiento de la élite” en la religión, no necesariamente uno de fervor.

El acérrimo liberal Padre Thomas Reese advierte contra estas conversiones (en inglés aquí) que podrían conducir a un retorno a la tradición:

Los jóvenes de hoy afirman estar interesados ​​en la espiritualidad y anhelan la comunidad. La Iglesia Católica posee una rica tradición espiritual, pero necesita ir más allá de simplemente reeditar viejas tradiciones. La espiritualidad contemporánea debe respetar los avances en psicología, ciencia y cultura.

Olvidando a Dios

Pero los escépticos olvidan a un personaje fundamental en el proceso de conversión: Dios. Actúan como si Él no existiera.

Dios es siempre el principal agente en toda conversión auténtica. Su gracia obra en el interior de las almas de aquellos a quienes llama. Cuando el converso responde a esta gracia, el alma anhela a Dios con gran fervor y está dispuesta a hacer cualquier cosa para alcanzar la unión con Él, incluso a perder todas las ventajas materiales y a romper valiosos lazos con los amigos.

El alma convertida se vuelve capaz de superar obstáculos, cambiar hábitos arraigados y lograr grandes cosas porque la gracia sobrenatural obra en su interior.

Lo que hace que la actual ola de conversiones sea tan espectacular es que trastoca todos los supuestos, derriba los mitos liberales y reescribe narrativas consideradas intocables durante mucho tiempo.

Algo extraordinario está sucediendo, inquietando a muchos. Incluso podría aterrorizar a quienes han relegado la religión a la irrelevancia. Asusta a los escépticos que no quieren que sus vidas tranquilas se vean interrumpidas por ese “algo” que no pueden definir.

El toque divino

Todo indica que Dios está actuando en la historia, tocando directamente a las almas más insospechadas en las circunstancias más seculares, llamándolas a rechazar las filosofías modernas y posmodernas que una vez habían abrazado con tanto entusiasmo.

En su novela autobiográfica En Route (En ruta), el autor del siglo XIX J.-K. Huysmans presenta la escena en la que el personaje principal, Durtal, un escritor liberal y promiscuo, descarga su pesada conciencia ante un sabio sacerdote anciano. Durtal relata cómo llegó a la Iglesia solo, sin rumbo fijo, tras contemplar su sublime belleza durante sus visitas a otras iglesias. El sacerdote queda asombrado.

La forma en que se ha producido tu conversión no me deja ninguna duda. Ha habido lo que el misticismo llama el toque divino, solo que —nótese esto— Dios ha prescindido de la intervención humana, incluso de la de un sacerdote, para reconducirte al camino que habías abandonado hace más de veinte años.

Quizás esto es lo que temen los escépticos de este resurgimiento: ese toque divino, que actúa independientemente de la acción humana y que lo cambia todo. La perspectiva de este “algo” divino bien puede aterrorizar a quienes se han entregado al pecado y a las pasiones desenfrenadas, aunque se enfrenten a un Dios amoroso que solo desea su bien.

En un mundo liberal organizado como si Dios no existiera, este toque divino resulta inexplicable. No se lo pueden explicar. No debería existir, ni debe existir. Sin embargo, como descubrieron los escépticos romanos, puede cambiar el mundo.
 

DETRÁS DEL MITO DEL NOBLE SALVAJE SE ESCONDE UNA OSCURIDAD INSONDABLE

El persistente mito ilustrado del noble salvaje ha cautivado la imaginación cristiana, a pesar de todas las pruebas en contrario.

Por Auguste Meyrat


Pocos mitos históricos son tan perniciosos y populares como el del “noble salvaje”. Inventado por filósofos franceses como Jean-Jacques Rousseau a finales del siglo XVIII, el “noble salvaje” era visto como un ser humano superior, pues estaba más cerca de la naturaleza y no había sido corrompido por la influencia de la civilización. En su estado primitivo, nunca aprendió a engañar, a poseer propiedades ni a ejercer violencia contra otros. Era fuerte, seguro de sí mismo y libre.

Cabría pensar que la matanza de los antiguos persas, los genocidios de los generales romanos o las incursiones masivas de mongoles, turcos, hunos y sarracenos disiparían de inmediato la idea de que los pueblos menos avanzados y no cristianos exhibían de alguna manera mayor nobleza que los del típico estado cristiano. Al fin y al cabo, como bien deja claro el historiador Tom Holland en su obra maestra Dominion, fue el cristianismo el que redefinió al hombre como “creado a imagen de Dios” y, por lo tanto, merecedor de protección y respeto. Esto tuvo un profundo impacto en el desarrollo de Occidente.

Fuera del Occidente cristiano, era mucho más probable que hombres y mujeres fueran masacrados, esclavizados y sometidos a toda clase de indignidades. Y para quienes leen la historia real, así eran las cosas en América cuando los exploradores europeos contactaron por primera vez con las tribus nativas. Ya fueran los aztecas en Centroamérica, los iroqueses en Norteamérica o los incas en Sudamérica, niveles inimaginables de matanza, explotación e histeria colectiva eran omnipresentes y normales. No existía ninguna fuerza estabilizadora o racionalizadora que pudiera permitir la prosperidad o el progreso.

Para siquiera imaginar esta oscuridad se requiere una gran fortaleza mental. La mutilación, la violación, la tortura e incluso el canibalismo aparecen con frecuencia en los relatos históricos. Para colmo, a menudo no había justificación para ello. Si bien los historiadores modernos suelen atribuir estos crímenes a que los indígenas simplemente defendían su tierra o su forma de vida, los perpetradores nunca lo afirman explícitamente. Aparentemente, cometían estas atrocidades simplemente porque podían. Rara vez existía una estrategia trascendental más allá de aterrorizar al enemigo, robar sus bienes y satisfacer sus deseos.

¿Por qué persiste el mito del buen salvaje y por qué es importante? 

Las respuestas a ambas preguntas giran en torno al cristianismo y su indeleble influencia en la mente y la cultura. Tras la conversión, toda acción requiere una razón, y debe mantenerse un estándar de amor. Se tiene una deuda con el prójimo, que ya no es enemigo, sino vecino y hermano.

Es cierto que los cristianos solían encontrar razones para ir a la guerra, apoderarse de propiedades o incluso infligir terror, pero aun así necesitaban razones. Este no es el caso de las civilizaciones no cristianas, que se regían por las leyes de la naturaleza. El filósofo Thomas Hobbes lo expresó mejor en su Leviatán:

En tales condiciones, no hay lugar para la industria, porque su fruto es incierto; y, en consecuencia, no hay cultivo de la tierra; ni navegación, ni uso de las mercancías que se pueden importar por mar; ni edificios cómodos; ni instrumentos para mover y trasladar cosas que requieren mucha fuerza; ni conocimiento de la faz de la tierra; ni noción del tiempo; ni artes; ni letras; ni sociedad; y lo peor de todo, miedo y peligro constantes de muerte violenta; y la vida del hombre, solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta.

Es notable que Hobbes escribiera esto a mediados del siglo XVII, justo cuando se colonizaban las Américas, y no siglos después, cuando los ataques de los nativos americanos se habían convertido en un recuerdo lejano. Cuando las poblaciones nativas americanas se extinguieron, se integraron con los colonos blancos o se trasladaron a vivir en reservas, los occidentales perdieron la capacidad de concebir una existencia tan brutal. Automáticamente equipararon la ignorancia con la inocencia, la crueldad amoral con la pureza moral y la pobreza material con la riqueza espiritual. Su perspectiva cristiana fomentó esta visión positiva (y la consiguiente culpa colectiva), todo ello encapsulado en la idea del “noble salvaje”.

Sin embargo, esta idea es completamente falsa y oculta una verdad fundamental sobre los pueblos indígenas a lo largo de la historia y en todo el mundo: eran todo lo contrario a nobles. Una vez que se comprende esto, se entiende el gran desafío que enfrentaron los europeos al asentarse en el hemisferio occidental. En la mayoría de los casos, las soluciones pacíficas no eran una opción, y apelar a la razón o la compasión resultaba prácticamente imposible. Trágicamente, la violencia, la dominación y el menosprecio se convirtieron en los únicos medios para someter a las tribus hostiles e imponer la paz en las regiones en disputa.

Reconocer esta triste realidad no significa que debamos celebrarla o condenarla, sino que sin duda debemos aprender de ella. Sin Cristo y su Iglesia, la humanidad es capaz de manifestar una oscuridad increíble, creando un verdadero infierno en la Tierra. Luchar contra tales reinos de oscuridad a menudo se convierte en una tarea ardua, pero es inevitable y Cristo lo ordena: “Por lo tanto, id y haced discípulos en todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Aunque quienes hoy carecemos de la capacidad de empatizar con nuestros antepasados, la caridad exige que al menos nos compadezcamos de ellos y reconozcamos su desafío.

Más allá de esto, deberíamos ser astutos como serpientes y reconsiderar nuestra propia perspectiva del mundo. Muchos conflictos y dilemas morales actuales se reducen a la desconexión entre quienes tienen una visión cristiana y quienes no. Debido a los mitos que se han difundido a través de los medios de comunicación y la educación, quienes se identifican con la perspectiva cristiana simplemente dan por sentada la buena fe y la racionalidad de sus oponentes, cuando el engaño, la maldad y la locura eran la norma, y no la excepción.

Al igual que los cristianos del pasado al decidir cómo actuar ante las fuerzas hostiles, los cristianos de hoy deben considerar lo mismo al evaluar asuntos importantes y tomar decisiones difíciles. También debemos reflexionar sobre si se está haciendo lo suficiente para salvar almas en un mundo caído. Aunque la pasividad y la tolerancia puedan asemejarse a la caridad y la justicia desde una perspectiva, también pueden asemejarse a la complicidad y la mediocridad desde cualquier otra.

Para mejorar el mundo, necesitamos reemplazar el mito del “noble salvaje” con la realidad del buen cristiano. Nuestra fe y los desafíos actuales no exigen menos.
 

INTELIGENCIA ARTIFICIAL: ¿LA FELICIDAD AL ALCANCE DE TU MANO?

La fascinación por los avances tecnológicos no debería impedirnos reflexionar sobre sus limitaciones

Por el padre Pierre-Marie Wagner


Para aclarar qué es la inteligencia artificial, podemos decir que es una máquina cuyo comportamiento y resultados se considerarían inteligentes si hubiera sido creada por un ser humano. La diferencia fundamental con la inteligencia humana radica en que la IA, si bien es capaz de realizar tareas muy complejas, proporcionar respuestas adecuadas, almacenar una cantidad impresionante de datos y mejorar su propia eficiencia, no puede pensar ni abstraer verdaderamente, y es incapaz de tener sentido estético, moral o religioso. Confinada a limitaciones lógicas y matemáticas, la IA carece de emociones, de empatía y es incapaz de comprender la realidad humana a través de la enfermedad, las discusiones, la reconciliación o la contemplación de un bello paisaje. En otras palabras, ninguna IA, por sofisticada que sea, será jamás verdaderamente humana, capaz de consolarte cuando estés triste, capaz de amar. No podrás rezar por su salvación, ni podrás pedirle matrimonio.
 
La Iglesia no es enemiga del progreso; al contrario, ha sido capaz de promover todo aquello que ha sido un factor de civilización. Siguiendo los pasos de Papas anteriores, Pío XII afirma que “La Iglesia ama el progreso humano, y lo favorece. Es innegable que el progreso técnico viene de Dios y, por consecuencia, puede y debe llevar a Dios” [1].

El peligro reside en su uso descontrolado. Pío XII, en este mismo discurso, advierte contra el “espíritu técnico”, una concepción errónea de la vida y del mundo, que nos hace ver en la tecnología únicamente “la perfección de la cultura y la felicidad terrenal” .

Aplicando sus comentarios al uso poco controlado de la IA, podemos señalar dos peligros, entre otros.

La fascinación por lo que parece ser el infinito

Con su empleo múltiple, con la confianza absoluta que inspira, con las inagotables posibilidades que promete, la técnica moderna abre al hombre contemporáneo una visión tan vasta, que para muchos llega a confundirse con el mismo infinito.

Pío XII, Radiomensaje de Navidad, 24/12/1953.

Con la IA, podemos tener respuestas para todo, acceder a todo y todo es sintetizable. Podemos probar cualquier cosa, crear cualquier cosa: imágenes, videos, escenarios. Es estimulante. Esto lleva, según Pío XII, a una “sensación de autosuficiencia y autosatisfacción con respecto a los deseos ilimitados de conocimiento y poder”, fácilmente disponibles o a tan solo unos clics de distancia. Y si bien San Agustín nos recuerda que fuimos creados para Dios y que nuestros corazones están inquietos hasta que descansan en Él, existe la tentación de recurrir a la IA, hipotéticamente capaz de alcanzar habilidades sobrehumanas, y esperar que nos proporcione los medios para encontrarle sentido a esta vida.

Esto se aclara en un documento reciente de la Santa Sede [2], que también señala que “hay que recordar que la IA no es más que un pálido reflejo de la humanidad, ya que ha sido producida por mentes humanas, entrenada a partir de material producido por seres humanos, predispuesta a estímulos humanos y sostenida por el trabajo humano. Cita el Libro de la Sabiduría en relación con los ídolos y las creaciones humanas:

Fue un hombre quien los creó, un hombre que tomó prestado el aliento que los formó. Sin embargo, nadie puede crear un dios como él; siendo mortal, crea algo inerte con manos impías. Siempre es superior a los objetos que adora; comparado con ellos, él ha tenido vida, pero ellos jamás (Sg 15, 16–17).

Para quienes sepan hacer las distinciones necesarias, este documento constituye un buen punto de partida para comprender los retos de la IA.

La renuncia a la propia inteligencia y la pérdida del juicio

De la fascinación por el progreso tecnológico, pasamos a la falta de reflexión personal debido al atractivo de la comodidad. Es porque los humanos estamos dotados de inteligencia que fuimos creados a imagen de Dios. Sin embargo, confiar sistemáticamente nuestro pensamiento o creación artística a la computadora no nos hace más inteligentes ni más artísticos; al contrario. Usada en exceso y sin discernimiento, la IA tiende a reemplazar las capacidades intelectuales y artísticas humanas: “el uso extensivo de la IA en la educación podría provocar una creciente dependencia de los estudiantes con respecto a la tecnología, lo que bloquearía su capacidad para realizar determinadas actividades de forma autónoma y agravaría su dependencia de las pantallas[3]. Además, buscar respuestas prefabricadas sin razonar contribuye a disminuir el juicio.

El peligro no reside en la multiplicación de las máquinas, sino en el número cada vez mayor de hombres acostumbrados, desde la infancia, a no desear nada más que lo que las máquinas pueden proporcionar .

Georges Bernanos, La France contre les robots

El riesgo reside también en que nuestras decisiones dependan de ChatGPT, por ejemplo, y nos volvamos aún más dependientes de la tecnología en nuestras vidas, que, precisamente por eso, se vuelven cada vez menos humanas. La velocidad de ejecución, repitámoslo, es absolutamente fascinante, y la plausibilidad de las afirmaciones que se hacen no debe hacernos olvidar que la IA no entiende lo que escribe, no sabe a quién se dirige, ni le gusta, simplemente porque es incapaz de comprender y desear: es un conjunto de datos reorganizados, que se beneficia de una tecnología superior a la de los mortales comunes, pero que es fría y carente de alma. Esto sin tener en cuenta el peligro real de errores y contenido falso o inexacto generado intencional o accidentalmente en casos denominados “alucinaciones” por la IA. Un sistema generativo puede producir resultados plausibles, y entonces resulta difícil distinguir la verdad de la mentira. Cuidado con tus mejores amigos…

“Dios es la inteligencia infinitamente comprensiva, mientras que el “espíritu técnico” hace todo lo posible por coartar en el hombre la libre expansión de su entendimiento. Pío XII nos da la clave: la inteligencia reside ante todo en Dios, quien otorga a la humanidad la capacidad de conocer, abierta al ser, a la realidad y, por lo tanto, a Dios. Por el contrario, el uso inapropiado o irresponsable de la IA, en este sentido más artificial que la inteligencia, inhibe, en diversos grados y a corto o largo plazo, las capacidades cognitivas y, por ende, la adecuación de la inteligencia a la realidad y, en última instancia, a Dios mismo.

Entonces el Papa ofrece el remedio: “Al técnico, maestro o discípulo, que quiere salvarse de esta disminución de sí, es necesaria no sólo una educación profunda de la mente sino, sobre todo, una formación religiosa que, contra lo que a veces se afirma, es la más apta para defender su pensamiento contra los influjos unilaterales. Entonces se romperá el cerco de su conocimiento, entonces la creación se le presentará iluminada en todas sus dimensiones, especialmente cuando, ante el Nacimiento, se esfuerce por “comprender cuál sea la anchura longitud y altura y profundidad y el conocimiento de la caridad de Cristo” (Ef 3, 18). En caso contrario, la era técnica llevará a cabo su monstruosa obra maestra de transformar al hombre en un gigante del mundo físico, con detrimento de su espíritu, reducido a pigmeo del mundo sobrenatural y eterno”.

Podrían haber encontrado lo que necesitaban si no hubieran estado buscando lo superfluo.

Séneca, Carta XLV

Jamás convenceremos a todos. Pero quienes comprendan esto deberían buscar la gracia y la fortaleza para cultivar su intelecto a través de los libros, aceptando la guía para adquirir una verdadera educación —¡ay, qué rareza!— que nos enseñe a prescindir de las herramientas, a usarlas sin que nos esclavicen. Y, como ya exhortó Séneca, buscar —para ustedes mismos o para sus hijos— una filosofía sólida con sentido de la analogía, como la que aún ofrecen unas pocas buenas escuelas.

Para usar la herramienta correctamente, es prudente entrenar la inteligencia bajo la tutela de verdaderos maestros. En este sentido, la abundancia de información no verificable fomenta el desarrollo de individuos autodidactas, cuya información también es no verificable y, por lo tanto, están mal entrenados, con escaso rigor intelectual (o lógica defectuosa). Una mente sin entrenamiento aceptará como verdadero todo aquello que considere como tal y todo lo que se le presente, incapaz de discernir los distintos grados de verdad en una proposición (fe, certeza, opinión). Dicha mente cree haber comprendido lo que ha leído, pero lo distorsiona e impone su propia comprensión, su propia manera de entender. No necesitábamos IA para encontrar mentes defectuosas, pero sin una formación intelectual adecuada, su número no hará más que aumentar.

Fuente: Apostol n°206, abril de 2026


Notas:

1) Radiomensaje de Navidad, 24/12/1953

2) Antiqua y Nova, 14/01/25

3) Antiqua y Nova, artículo 81
 

24 DE ABRIL: SAN FIDEL DE SIGMARINGA, Mártir


24 de Abril: San Fidel de Sigmaringa, mártir

(✞ 1622)

El apostólico varón y glorioso mártir de Cristo, San Fidel nació de padres nobles y católicos en la ciudad de Sigmaringa que está en la Suevia, en el obispado de Constancia. 

Después de haber estudiado las letras humanas y el derecho civil y canónico en la universidad de Friburgo, se disgustó por los tumultos y peligros del foro, y trocó la toga de abogado por el hábito de los padres capuchinos. 

El día del patriarca San Francisco visitó el tosco sayal del padre de los pobres. 

Celebró su primera Misa con gran concurso y edificación del pueblo, y los Superiores le destinaron al Sagrado Ministerio de la Palabra Divina, y el santo con estilo llano y desnudo de adornos retóricos, pero con gran fuerza de espíritu y eficacia de razones, predicó el divino Evangelio por las principales ciudades de Alemania, ganando para Jesucristo innumerables pecadores. 

Socorría a los pobres con copiosas limosnas que pedía a las personas ricas y caritativas, y habiendo sido inficionado de una enfermedad contagiosa el ejército austríaco que estaba acuartelado en aquellas provincias, asistía a los soldados, curándole las llagas, dándoles de comer con sus propias manos, y administrando los Sacramentos de la Iglesia a los que estaban en peligro de muerte. 

El Señor le llamó para la conversión de los calvinistas Grisones y la Congregación de Propaganda Fide escogió por cabeza y Prefecto de aquella ardua misión a nuestro Santo, el cual con increíbles trabajos redujo a la verdadera fe a muchos herejes, aún de los más principales y nobles del país. 

Más los infernales ministros de Calvino fingiendo que querían también convertirse llamaron un día al Santo para que les predicase la verdad católica en la iglesia de Servis.

Llegó el apostólico misionero a aquel lugar, y habiendo celebrado aquel día la Misa con extraordinario fervor, subió al púlpito donde halló un billete que decía: “Hoy predicarás y no más”

No desmayó el santo con este anuncio de muerte; antes con la misma fuerza de espíritu y apostólica libertad predicaba la verdad católica, cuando de improviso entraron en la iglesia muchos hombres armados. 

Disparó uno de ellos su fusil contra el santo misionero y aunque no acertó a herirle, entendió el santo que era ya llegada la hora suspirada de dar la vida por Cristo, y por la salud de sus hermanos. 

Bajando pues de la sagrada cátedra, se postró delante del altar mayor, donde encomendó su alma en las manos de Dios, y para evitar un nuevo sacrilegio de los herejes, salió de la iglesia por una puerta que estaba al lado de ella. 

Entonces, como lobos sedientos de sangre, se echaron sobre él los herejes y le asesinaron bárbaramente con veintitrés heridas, mientras rogaba, como San Esteban, por los que le daban la muerte.
 

jueves, 23 de abril de 2026

LOS DARWINISTAS Y LOS MODERNISTAS SE EQUIVOCAN SOBRE LOS ORÍGENES DE LA RELIGIÓN

Desde la década de 1960, se han abandonado las teorías simplistas del siglo XIX sobre el desarrollo de la religión.

Por Matthew McCusker



En todas partes del mundo y en todos los periodos de la historia, la humanidad ha practicado lo que se denomina “religión”. La religión es una realidad de la vida humana. Debe haber una razón para ello.

Desde la Ilustración, los estudiosos han argumentado que la religión tiene su origen en la ignorancia y el miedo, y que, a medida que aumente el conocimiento y el dominio del ser humano, la religión se volverá obsoleta y desaparecerá.

Pero, ¿esta teoría está respaldada por las pruebas?

La religión y las necesidades del hombre

En la entrega anterior de esta serie, concluimos que la universalidad de la religión es un hecho que exige explicación.

La religión ha sido fundamental en la vida social e individual durante milenios y aún lo es para gran parte de la población mundial. La inmensa mayoría de los seres humanos ha creído en la existencia de seres sobrenaturales a quienes se debe venerar y obedecer. Un hecho tan sorprendente debe tener una causa proporcional.

Durante la mayor parte de estos siglos, la religión ha sido una parte incuestionable de la vida de la mayoría de las personas. Han vivido y muerto practicando la religión de la comunidad en la que nacieron. La existencia de realidades que trascienden la percepción inmediata de los sentidos se ha dado por sentada.

Durante la Ilustración, estas suposiciones comenzaron a ser cuestionadas. Los pensadores ilustrados argumentaban que las creencias religiosas surgieron porque el ser humano carecía de conocimiento sobre las causas reales de los fenómenos observados en el mundo, especialmente aquellos que eran inusuales o amenazantes.

Las ideas del filósofo escocés David Hume (1711-1776) fueron sumamente influyentes. En su Natural History of Religion (Historia natural de la religión), Hume contrastó lo que consideraba las religiones primitivas y supersticiosas del hombre primitivo con el teísmo más avanzado y filosófico de su época. Sostenía que la sociedad humana había evolucionado desde sus rudimentarios comienzos hasta alcanzar un estado de mayor perfección, y que esto se reflejaba en las creencias religiosas del ser humano.

David Hume

Hume consideraba que el miedo y la ignorancia eran el origen de la creencia en poderes divinos. Escribió:

Las únicas pasiones que pueden influir en tales bárbaros son los afectos cotidianos de la vida humana: la ansiosa búsqueda de la felicidad, el temor a la miseria futura, el terror a la muerte, la sed de venganza, el apetito por la comida y otras necesidades. Agitados por esperanzas y temores de esta naturaleza, especialmente el último, los hombres contemplan con temblorosa curiosidad el curso de los acontecimientos futuros y examinan los diversos y contradictorios sucesos de la vida humana. Y en esta escena desordenada, con ojos aún más desordenados y asombrados, vislumbran los primeros y tenues indicios de divinidad.

Hume argumentó que “el politeísmo o la idolatría debieron ser la primera y más antigua religión de la humanidad” y que el monoteísmo surgió posteriormente.

Consideraba imposible que personas con menor desarrollo tecnológico y, en su opinión, también con menor desarrollo intelectual, pudieran haber poseído conocimientos sobre los principios superiores de la religión. “¿Acaso afirmaremos —escribió— que en épocas más antiguas, antes del conocimiento de las letras o del descubrimiento de cualquier arte o ciencia, los hombres albergaban los principios del teísmo puro?”.

La idea de que la religión evolucionó desde formas primitivas hasta formas más elevadas se convirtió en la predominante en el siglo XIX.

Auguste Comte (1798-1857), fundador de la filosofía del positivismo, sostenía que las sociedades humanas atraviesan tres etapas en su búsqueda de comprensión. En la primera, la “etapa teológica”, los fenómenos se explican principalmente por causas sobrenaturales. En la segunda, la “etapa metafísica”, el ser humano recurre a explicaciones filosóficas abstractas. La etapa final es la “etapa positiva”, en la que el ser humano reconoce que las respuestas deben buscarse mediante el método científico.

Auguste Comte

Comte consideraba que el método positivo podía y debía aplicarse a todos los ámbitos de la investigación, incluida la religión. Creía que la humanidad avanzaba hacia una nueva “religión de la humanidad” e incluso creó un “calendario positivista”, que nombraba los meses y los días en honor a figuras históricas destacadas, para reemplazar el calendario litúrgico que celebraba los misterios cristianos y honraba a los santos.

La influencia de Charles Darwin y la teoría de la evolución

La publicación de El origen de las especies (1859) y El origen del hombre (1871) de Charles Darwin impulsó aún más este enfoque. Durante la segunda mitad del siglo XIX, las ideas evolucionistas trascendieron con creces la biología y tuvieron un enorme impacto en disciplinas tan diversas como la filosofía, la historia, la economía y la política. Cada aspecto de la vida humana se consideraba cada vez más en evolución hacia un estado más perfecto.

Los eruditos con esta mentalidad consideraban el monoteísmo como el resultado de un largo proceso, y muchos anhelaban una era en la que la humanidad abandonaría por completo la religión sobrenatural. Creían que las necesidades que la religión satisfacía serían cubiertas en el futuro por explicaciones científicas y una creciente abundancia material.

Los siguientes son algunos ejemplos de pensadores influyentes posteriores a Darwin:

Herbert Spencer (1820-1903) pensaba que la creencia en fantasmas y el culto a los antepasados ​​eran el origen de la creencia en los dioses.

• Edward Burnett Tylor (1832-1917) creía que la religión se había desarrollado a partir del animismo, entendiendo por animismo la creencia de que los seres espirituales controlaban o influían en las cosas materiales, incluyendo la vida del hombre en este mundo y en el más allá. Tylor sostenía que, a partir de esta base, se desarrollaron el politeísmo y, posteriormente, el monoteísmo.

James George Frazer (1854-1941), en su influyente obra The Golden Bough (La rama dorada), argumentó que la religión se originó en una creencia supersticiosa en la magia, y que a su vez sería desplazada por la ciencia.

Todas estas teorías, y otras similares, compartían la misma convicción central: la humanidad comenzó con formas primitivas y supersticiosas de religión, y luego estas evolucionaron hacia formas más filosóficas.

La herejía del modernismo

Los defensores de la herejía del modernismo también sostienen el enfoque evolucionista de la religión.

El modernista cree que el origen de la religión se encuentra en los movimientos internos del corazón humano. En Pascendi Dominici Gregis, el Papa San Pío X explicó que el modernista sostiene que:

... todo fenómeno vital —y ya queda dicho que tal es la religión— reconoce por primer estimulante cierto impulso o indigencia, y por primera manifestación, ese movimiento del corazón que llamamos sentimiento.

Por esta razón, siendo Dios el objeto de la religión, síguese de lo expuesto que la fe, principio y fundamento de toda religión, reside en un sentimiento íntimo engendrado por la indigencia de lo divino [1].

Podemos observar que los modernistas, al igual que los pensadores darwinistas e ilustrados que los precedieron, consideraban que la religión se originaba en las necesidades y experiencias humanas, más que en la respuesta racional del hombre al mundo que encuentra. Y, como los teóricos anteriores, esto los llevó a postular que las creencias religiosas están en constante evolución y que cada aspecto de la doctrina y la práctica religiosa católicas se ha desarrollado con el tiempo. San Pío X continuó:

En consecuencia, el sentimiento religioso, que brota por vital inmanencia de los senos de la subconsciencia, es el germen de toda religión y la razón asimismo de todo cuanto en cada una haya habido o habrá.

Oscuro y casi informe en un principio, tal sentimiento, poco a poco y bajo el influjo oculto de aquel arcano principio que lo produjo, se robusteció a la par del progreso de la vida humana, de la que es —ya lo dijimos— una de sus formas.

Tenemos así explicado el origen de toda religión, aun de la sobrenatural: no son sino aquel puro desarrollo del sentimiento religioso. Y nadie piense que la católica quedará exceptuada: queda al nivel de las demás en todo. Tuvo su origen en la conciencia de Cristo, varón de privilegiadísima naturaleza, cual jamás hubo ni habrá, en virtud del desarrollo de la inmanencia vital, y no de otra manera. [2]

Este pasaje pone de manifiesto las similitudes entre el modernismo y las teorías evolucionistas anteriores. Todas ellas parten de la premisa de que la religión evolucionó desde formas primitivas hasta otras más avanzadas.

Pero ¿y si esta suposición es simplemente errónea?

Las primeras religiones no eran primitivas ni supersticiosas

Los enfoques evolucionistas de la religión pronto comenzaron a ser cuestionados. A mediados del siglo XX, muchos académicos que trabajaban en los campos de la etnología, la antropología y la prehistoria concluyeron que estas teorías no estaban respaldadas por las pruebas disponibles.

Rechazaron la imposición de supuestos a priori basados ​​en teorías de las ciencias naturales. Insistieron, en cambio, en que la cuestión era histórica y que la mejor manera de abordarla era mediante el estudio minucioso de las religiones primigenias, así como de las creencias y tradiciones de las sociedades indígenas que conservaban una conexión con las religiones más antiguas.

Este enfoque dejó en entredicho las suposiciones de los evolucionistas. La evidencia simplemente no demostraba una evolución progresiva desde nociones primitivas a otras más elevadas en las religiones del mundo. Hoy en día, estas simplistas teorías del siglo XIX no son consideradas creíbles por los académicos.

Muchos de los etnólogos que trabajaron en la primera mitad del siglo XX invirtieron aspectos del esquema evolutivo, argumentando, por ejemplo, que el monoteísmo precedió al politeísmo.

Wilhelm Schmidt

Wilhelm Schmidt, en su libro The Origin and Growth of Religion: Facts and Theories [El origen y el desarrollo de la religión: hechos y teorías] (1931), analizó críticamente las teorías antes mencionadas. Examinó las primeras religiones y concluyó que sus formas primigenias eran monoteístas. Sostuvo que incluso en etapas politeístas posteriores, aún se podían observar indicios de la creencia original en un Dios creador. Muchas de estas religiones creían en un “Dios supremo”, superior a todos los demás dioses, que era la fuente última de todas las cosas.

Esta generación de etnólogos también cuestionó la idea de que los códigos morales más elevados fueran propios de las religiones posteriores, mientras que las primeras religiones eran primitivas y supersticiosas. Argumentaron que, de hecho, las primeras religiones se ajustaban estrechamente a la ley natural, basándose, por ejemplo, en el matrimonio monógamo.

Por ejemplo, en 1950 el etnólogo vienés Wilhelm Koppers escribió:

Desde hace varias décadas, la opinión predominante, casi podríamos decir la opinión generalizada, de los especialistas que abordan el tema, es que la promiscuidad primitiva o el matrimonio grupal deben ser rechazados y sustituidos por una vida familiar monógama normal en la etapa más temprana de la historia del hombre [3].

Continuó:

El conocimiento cada vez mayor de los datos de campo, especialmente aquellos que los etnólogos han recopilado recientemente en cantidad entre las tribus más primitivas, ha excluido la posibilidad de cualquier otra interpretación [4].

Algunos estudiosos también observaron similitudes entre los mitos más antiguos y el libro del Génesis. Muchos pueblos indígenas, en distintas partes del mundo, compartían la creencia en la existencia de un Dios bondadoso que había creado un mundo bueno. Este Dios había creado a dos seres humanos originales, un hombre y una mujer, de quienes descendían todos los demás seres humanos. El hombre, en los primeros tiempos, cometió una terrible ofensa que provocó que Dios se apartara de él, y entonces la muerte y otros males entraron en el mundo.

Schmidt señaló que cuanto más antiguas eran las personas, más enfatizaban que esta falta original era moral. Escribió:

Estas creencias no pueden ser ignoradas por nadie que desee comprender e interpretar adecuadamente las formas posteriores. Es precisamente en estas versiones más antiguas donde se manifiesta con mayor claridad la marcada distinción entre lo que es malo físicamente y lo que es malo moralmente. Generalmente, aquellos pueblos antiguos y primitivos conciben el mal moral, la culpa o el pecado, como primordial, y los males físicos, de los cuales la muerte y las enfermedades que conducen a ella se consideran los mayores, como consecuencia de la falta moral. Todos coinciden también en que la muerte era desconocida antes de la aparición del pecado [5].

Continuó:

Estas teorías son fascinantes, pero lo que nos interesa aquí es que el hombre siempre ha sido religioso, y la religión no se ha desarrollado con el hombre de formas inferiores a superiores, sino que desde el comienzo de la historia humana discernible ha sido de un tipo “superior”: tratando la existencia de un solo Dios, la relación de la humanidad con ese Dios, o la realidad de un orden moral, y las consecuencias de rebelarse contra ese orden [6].

Las conclusiones de académicos como Schmidt suscitaron la hostilidad de los defensores de los orígenes evolucionistas, quienes los acusaron de estar sesgados debido a sus creencias religiosas.

Koppers rechazó enérgicamente esta insinuación y defendió la metodología científica con la que Schmidt y otros investigadores llevaron a cabo su trabajo. Señaló que la escuela evolucionista se veía profundamente amenazada por sus conclusiones, argumentando que, incluso si un pequeño número de sociedades primitivas eran monoteístas, ello descartaría la teoría de la evolución. Escribió:

Este descubrimiento de una creencia ética en un Espíritu Supremo entre las razas más antiguas y primitivas es el que asesta el golpe más duro a la hipótesis de la evolución religiosa [7].

Y continuó:

Bajo ninguna circunstancia, este y los demás hechos relevantes pueden utilizarse para respaldar la tesis opuesta que subyace a las teorías populares de los historiadores evolucionistas de la religión, a saber, que la noción de un Espíritu Supremo es el último eslabón de una larga cadena de desarrollo. Sin embargo, desde el punto de vista evolucionista, esta es la única suposición posible [8].

Aún quedan muchas preguntas sin respuesta sobre la historia de la religión, y los debates sobre sus primeras formas continúan. Las opiniones de etnólogos católicos como Schmidt también han sido cuestionadas. Sin embargo, la idea de la evolución progresiva de la religión ya no es aceptada por los especialistas en la materia.

En 1965, el renombrado antropólogo Sir Edward Evans-Pritchard escribió lo que se ha llamado “la crítica definitiva de las teorías evolucionistas de la religión” [9].

Concluyó:

Considero que todas las teorías que examinaremos juntos no son más que plausibles e incluso, tal como se han propuesto, inaceptables, ya que contienen contradicciones y otras deficiencias lógicas, o porque, como se ha dicho, no pueden probarse ni como verdaderas ni como falsas, o, finalmente, y lo más importante, porque la evidencia etnográfica las invalida [10].

Desde la década de 1960, se han abandonado las teorías simplistas del siglo XIX sobre el desarrollo de la religión.

Hoy en día no existe un consenso claro entre los estudiosos sobre los orígenes de la religión; de hecho, no es una cuestión que reciba mucha atención.

Sin embargo, gracias a la investigación pionera de académicos como Schmidt, ya no es posible suponer que las creencias religiosas “superiores”, como el monoteísmo, sean el resultado de un proceso evolutivo más largo. Como escribió Koppers en 1952:

La escuela evolucionista ha construido, a lo largo del tiempo, numerosas series en las que, independientemente de sus diferencias, un Dios personal aparece como el último eslabón de la cadena. Es mediante la aplicación continua de esta línea de pensamiento que el hombre ha llegado a ser considerado el creador de la divinidad y, finalmente, ha usurpado el lugar de Dios. Hace veinte años todavía era posible publicar un folleto con el título “Cómo Dios fue creado” (por el hombre), no hace falta decirlo.

Hoy, sin embargo, las razas más primitivas de la tierra alzan la voz, como si protestaran unánimemente: Están equivocados. Sus experimentos mentales (o más bien hipótesis) no funcionarán. La creencia en un Dios Padre, transmitida por nuestros antepasados ​​desde tiempos inmemoriales, no puede considerarse una etapa final del desarrollo humano. Debe ser, más bien, el punto de partida, como se muestra en nuestros mitos de la creación: en el principio era Dios Creador [11].

En nuestros días, el mito de la evolución no ha sido desterrado de la mente popular, pero no por ello es menos insostenible.

Si la religión no se ha desarrollado a lo largo del tiempo a partir de creencias rudimentarias y primitivas arraigadas en la ignorancia y el miedo, debemos buscar en otra parte una explicación para la universalidad de la creencia religiosa.

Retomaremos nuestra búsqueda en la próxima entrega de esta serie.


Notas:

1) Papa San Pío X, Pascendi Dominici Gregis, nº 5.

2) Papa San Pío X, Pascendi Dominici Gregis, nº 8.

3)  Wilhelm Koppers, Primitive Man and His World Picture, pág. 55.

4) Wilhelm Koppers, Primitive Man and His World Picture, pág. 55.

5) Schmidt citado en Koppers, Primitive Man, pág. 52.

6 Schmidt citado en Koppers, Primitive Man, pág. 52.

7 Koppers, pág. 178.

8 Koppers, págs. 177-78.

9 Konrad Talmont-Kaminski, Primitive Theories of Religion: Evolutionism after Evans-Pritchard, e-Rhizome, 2020; Vol. 2(1), 1–18.

10 Citado por Talmont-Kaminski

11 Koppers, pág. 180.
 

EL MITO DE LA TRADICIÓN JUDEOCRISTIANA

Una de las expresiones ideológicas que ha hecho más fortuna, al propagarse por mímesis a través de sucesivas generaciones, es la fabulación de la “civilización judeocristiana”. 

Por Santiago Mondejar Flores


Las claves de este paradigma cultural pueden trazarse desde la tesis formulada por el teólogo e historiador alemán Ferdinand Christian Baur en 1831, concerniente a la disensión entre la Iglesia petrina y la paulina, manifestada en la existencia de un conflicto fundamental entre Pedro y Pablo y sus respectivas comunidades durante las primeras fases del cristianismo. Baur sostuvo que Pedro encarnaba la tradición judaica y rigorista, mientras que Pablo representaba una visión eclesial menos legalista y más universalista. El triunfo de la doctrina de Pablo propició la expansión de la Iglesia Católica (καθολικός, universal), y el confinamiento del judaísmo al ámbito de la etnicidad, siguiendo ambas religiones sendas dispares, cuando no antagónicas: el teólogo judío ortodoxo israelí Eliezer Berkovitz llegó a decir que “el judaísmo es judaísmo porque rechaza el cristianismo y el cristianismo es cristianismo porque rechaza el judaísmo
.

No fue sino hasta mediados del siglo pasado que el concepto de “tradición judeocristiana”, logró cierto predicamento al salir a la palestra en la esfera política de los Estados Unidos de América, en el punto álgido de la Guerra Fría, de cuya terminología pasó a formar parte. Los líderes estadounidenses de la segunda posguerra mundial lo emplearon a modo de alegoría de una herencia religiosa compartida, para definir el rol prevalente de Estados Unidos.

Truman y Eisenhower caracterizaron la Guerra Fría como una confrontación de la libertad religiosa y la democracia con al marxismo ateo, sosteniendo que los valores judeocristianos guiaban a Estados Unidos en la promoción de libertad, democracia, paz y tolerancia contra el comunismo (el lema “Una nación bajo Dios” no se añadió al Juramento a la Bandera hasta 1954). El término “tradición judeocristiana” —que se hizo perenne en el discurso de la derecha norteamericana— resurgió con fuerza de la mano de los neoconservadores de la escuela straussiana tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, convirtiéndose en una metáfora política de la dialéctica amigo-enemigo y del explícito 
choque de civilizaciones” [1].

En nuestros días, la expresión “tradición judeocristiana” se ha convertido en epónimo de “valores occidentales”, en cuanto que síntesis del legado de la ética judaica de la justicia y de herencia de la moral cristiana del amor, según Habermas [2]. Como tal, el término ha traspasado los confines de la política anglosajona, incorporándose al léxico político de los países católicos y ortodoxos. Sin embargo, a pesar de que, prima facie, la confluencia entre la doctrina judía y cristiana es políticamente neutra, por inspirarse en afirmaciones genéricas sobre el monoteísmo y la Creación, la idea de la “tradición judeocristiana
 se ha convertido en un mito que cubre con una fina capa de barniz sofístico las profundas distinciones eutáxicas derivadas del judaísmo y de la cristiandad, respectivamente.

Los mitos, no obstante, son importantes, en tanto que, como sostiene el filósofo inglés Anthony Everett [3], por más que los entes de ficción no existan, deben ser considerados referenciales, lo cual les confiere una cierta existencia, habida cuenta de que, si todos pensamos en Hamlet, cabe inferir que todos hemos aprehendido el mismo objeto. Esto es de una relevancia sociopolítica crucial. Tal y como ha explicado elocuentemente el estructuralismo, los elementos culturales como mitos, símbolos y rituales, convergen en complejas redes de significación, en los que hay niveles de realidad muy diferenciados, que requieren lenguajes de otra índole, capaces de dar acceso cognitivo en planos de realidad que no podrían captarse de otra manera.

Dicho de otro modo; los mitos abren nuevos niveles de significado en realidades internas que se corresponden con nuevos niveles de realidades externas, y en consecuencia, los mitos son eficaces para un grupo a causa de su situación interna, siendo el hecho de que sean positivamente verdaderos o no secundario, y es por eso que el ingenioso silogismo del difunto “ateo profesional” Chistotpher Hitchens [4] 
lo que puede afirmarse sin pruebas también puede desestimarse sin pruebas es intrascendente.

Del Testamento de Moisés

El que los mitos históricos judíos tengan o no base en unas raíces históricas veraces, de las que brotó el cristianismo, es irrelevante a efectos del ethos y aun del pathos de una y otra religión, pues lo importante de los mitos es que sirvan como significación cohesionadora del grupo


Que un relato religioso no sea factual no puede usarse como argumento de autoridad para desacreditar toda religión rival por sus presuntas incoherencias, porque, de hecho, ninguna narrativa religiosa es inmune al escrutinio histórico. Lo verdaderamente importante en los relatos míticos, como vemos, es la formación de la identidad colectiva y la articulación de creencias y valores compartidos, que brindan un poderoso mecanismo de legitimación para la acción política, al enmarcarla en un sistema de referencia compartido del que emanan derechos civiles, como el de tierra alodial.

Posiblemente, el epítome de esto sea la nación judía, cuya voluntad de ser halla su raigambre en las figuras de Abraham primero, y de Moisés después. La relevancia troncal de Abraham es las tres ramas de las Religiones del Libro es absoluta. Sin embargo, tan pueril es conferirle carta de naturaleza histórica al patriarca de las creencias abrahámicas, como negar su función arquetípica en el inconsciente colectivo. Del mismo modo, la pretensión de que existan religiosidades puras, que no sean sincréticas en mayor o menor grado, no es sostenible.

Esto es fácilmente verificable en el caso de las religiones abrahámicas: conocemos por la Tanaj hebraica que un sumerio de nombre Abram pasó a llamarse Abraham en torno al siglo XIX a. C, e hizo un pacto con el dios Jehová [5] por el cual Dios prometió a Abraham y a sus prolíficos descendientes heredar la tierra de Canaan en perpetuidad. El relato de este pacto se encuentra en el Bereshit (Libro del Génesis en la Biblia cristiana) del Tanaj, y guarda notables paralelos narrativos con el Eridu Génesis, un antiguo texto sumerio del siglo XVIII a. C., que relata la creación del mundo y el Hombre y un jardín paradisíaco [6], y narra como el dios Enki avisa a Ziusudra de un próximo diluvio, ordenándole fabricar un barco para llevarse a su familia con semillas de todas las especies, en el sobreviven un diluvio de siete días y siete noches, que acaba con la vida en la Tierra.

En lo que difieren radicalmente el Eridu Génesis y el posterior Libro del Génesis judaico es en el giro hacia el monoteísmo en este último, reflejo del proceso de amalgamación de una pluralidad de dioses de origen cananeo (los Elohim, hijos de El y de su consorte Aserah [7]) en una deidad singular. De acuerdo con el relato bíblico, fue uno de estos Elohim (YHWH) quien se le apareció al viejo Abraham para hacer el pacto que le impelió a viajar a Canaán junto a su también anciana esposa Sara, instalándose en la aldea cananea de Salem [8], donde Abraham pagó tributo al rey y sumo sacerdote cananeo Melquisedec, y vio nacer a uno de los hijos que Jehová les había prometido, que se llamó Jacob hasta que le fue dado el nombre Israel tras encararse con Dios [9].

Según esta narrativa, la unificación de las doce tribus de Israel, descendientes del hijo de Abraham, formó el Reino Unido de Israel circa 1050-931 a. C., bajo los sucesivos liderazgos de Saúl, David y Salomón. Tras la muerte de éste, en torno al 931 a. C., el reino se partió entre el Reino de Israel al norte y el Reino de Judá al sur. Esta fragmentación no sólo fue política; aun cuando ambos reinos tenían las mismas raíces religiosas, el Reino de Israel, que incluía a diez de las doce tribus, se desvió a menudo de la adoración exclusiva a Jehová, y toleró prácticas religiosas paganas, incluida la adoración de ídolos y dioses ajenos, lo que propició una apostasía generalizada. En cambio, el Reino de Judá, que incluía a las tribus de Judá [10] y Benjamín en el sur, fue más fiel a Jehová, al que rendía culto en el Templo de Jerusalén. Abraham no vio cumplida en vida la promesa del pacto con Jehová, quien le había dicho que sería padre de una gran nación, y que sus descendientes heredarían el dominio de la tierra prometida de Canaán. Esto no se realizó sino hasta mucho más tarde, y hubo de mediar una solución de continuidad de las promesas hechas a Abraham, con la aparición de la figura de Moisés, demostrándose la fuerza de los mitos para actuar como vector de la historia al prolongarse en el tiempo.

Como en el caso de su predecesor Abrahán, también encontramos en la historia de Moisés elementos narrativos que dan plausibilidad a la influencia de la cultura sumeria en la construcción del relato mosaico: a diferencia de Moisés, la existencia de Sargón de Akkad está respaldada por fuentes escritas de la antigua Mesopotamia, siendo el registro más conocido la 
Crónica de Sargón, un documento del el siglo XXIV a. C. que detalla las campañas militares de Sargón, sus victorias sobre otros reinos y ciudades, y su habilidad para unificar y gobernar un vasto territorio.


Al margen de los registros históricos, conocemos aspectos legendarios que construyeron una mitología de Sargón que comparte notables similitudes narrativas con la de Moisés: la madre de Sargón lo colocó en una cesta y lo dejó a la deriva en el río Éufrates, y la madre de Moisés hizo lo propio con él en el río Nilo. Tanto Sargón como Moisés fueron encontrados y adoptados por figuras de la realeza. Sargón fue descubierto por un jardinero y luego criado por una sacerdotisa real, y Moisés fue encontrado por la hija de un faraón ignoto, y fue criado como príncipe en el palacio real. Ambos han quedado asociados a la promulgación de leyes y a la liberación de sus pueblos, y es posible establecer paralelismos conceptuales entre las “Tablas de los Destinos” [11] sumerias (ṭuppi šīmāti) y las “Tablas de la Ley” (aseret ha’devarim) hebreas, por ser ambas objetos que conectan lo divino con lo humano. Es también fácil trazar la expresión de normas de justicia retributiva [12] como la Ley del Talión en códigos sumerios, como el de Ur-Nammu, que data de alrededor del 2100-2050 a. C. y proviene de la ciudad sumeria de Ur (patria de Abraham).

Esto sugiere cierto grado de “ósmosis social” durante los años del cautiverio hebreo en Babilonia, que tuvo lugar desde la destrucción del Templo de Jerusalén en 586 a. C. por el rey babilonio Nabucodonosor hasta el edicto del persa Ciro el Grande, que permitió a los judíos regresar a Judea y reconstruir el Templo, unos setenta años después.

La plausibilidad de la adición de múltiples capas de tradiciones, experiencias y memorias mesopotámicas en la narrativa bíblica se refuerza al constatar la falta de evidencia que respalde los hechos relatados en el Shemot (Éxodo) de la Torá. No existen pruebas que respalden la esclavización de los judíos en Egipto, ni hay registros oficiales, fuentes primarias o restos arqueológicos que respalden la travesía de 600.000 hombres de a pie, además de mujeres y niños, por el desierto del Sinaí [13]. Los registros egipcios no mencionan la emigración repentina de 1/4 de su población, ni hay indicios de los efectos económicos esperables de una caída demográfica de tamaña magnitud.

Parece razonable suponer que el Éxodo no cuenta un acontecimiento histórico estricto, ni es una ficción arbitraria, sino una amalgama anacrónica de diferentes tradiciones para construir un mito fundacional, posiblemente relacionado con las referencias retroactivas al éxodo que aparece en los capítulos de la profecía de Oseas y Amós, del siglo VIII a. C., y con hechos históricos como las tres oleadas de vuelta de los judíos a su tierra natal después del Edicto de Ciro antes citado (registrado en el 
Cilindro de Ciro), y que tuvo lugar en tres etapas, entre 538 y 457 [14]; la primera liderada por Zorobabel, la segunda por Esdras [15], y la última por Nehemías.

Muchos de los pormenores de la narración bíblica se ajustan mejor a un período posterior en la historia egipcia, situado alrededor de los siglos VII y VI a. C., época en la que se escribió la historia bíblica como ha llegado a nosotros. Algunos eruditos bíblicos como Richard Elliot Friedman [16] sostienen que el principal redactor que dio la forma final a los cinco libros de Moisés fue Esdras, quien es específicamente descrito como 
escriba de la ley del Dios del cielo (Esdras 7:21).

Con todo, el meollo del testamento que dejó Moisés consiste en una alianza mediante la cual Jehová prorroga Su convenio de Abraham, y promete a la nación judía domeñar la humanidad, a cambio de mantenerse herméticamente apartada de otras naciones; obedecer estrictamente las leyes divinas, y de rendir culto exclusivo al dios de Israel.

Las estipulaciones del pacto proliferan especialmente en el Deuteronomio [17] (e.g. 2:25, 7:6, 7:16, 12:2-3, 26:17-19, 28:1, 28:12), pero se encuentran por toda la Torá. Esta abundancia de legalismos contrasta notablemente con la parquedad de metafísica escatológica; la ausencia de una clara doctrina sobre la vida después de la muerte en el Pentateuco, tal y como destacó Sigmund Freud [18].

Es notorio que este enfoque en la relación entre Jehová y su pueblo elegido —minuciosamente centrado en aspectos prácticos de la construcción nacional y en el pietismo— resultó una antropología inmanente, que enfatiza la idea de una recompensa o castigo en esta vida basada en ser lo suficientemente jáver [19] (חָבֵר), y que contiene aspectos de una estrategia evolutiva grupal profundamente enraizada en la mentalidad colectiva del pueblo judío, que ha desplazado la atención lejos de las especulaciones escatológicas hacia el moralismo en la vida cotidiana [20]. Esto se manifiesta en una especie de mecanismo de sustitución, que otorga la inmortalidad al pueblo judío en su conjunto, de modo que cada individuo continúa viviendo a través de su pertenencia al alma colectiva del pueblo judío, y continuará haciéndolo mientras éste perdure.

Del problema del Mal

La carencia de una doctrina soteriológica explícita (esto es, de una antropología transcendental) en el Pentateuco deja sin resolver el problema de la justicia real, porque, parafraseando a Tomás de Aquino, no puede existir una justicia perfecta y completa en esta vida, pues muchas veces los buenos padecen y los malos prosperan; y, por lo tanto, es necesario que haya una vida futura en la que se pueda dar a cada uno según sus obras y se pueda alcanzar una justicia verdadera y completa. Dicho de otra manera, si no hay Juicio Final, todo vale en el mundo terrenal, y el bien y el mal devienen arbitrarios. Como sostuvo Kant [21], la teodicea tradicional [22], aplicada al dios de la Ley Mosaica, es un caso en el que la defensa es peor que la acusación.

Parece que los autores del Libro de Job, escrito a lo largo de varios siglos como literatura sapiencial (hokmah), y que se encuentra después del Libro del Éxodo en el canon bíblico, anticiparon la conclusión que Kant, y abordaron tanto el problema de la relación de Dios con el mal, como el de la relación del Hombre con Dios al sufrir injusticia. Recordemos que el relato bíblico gira en torno a la aparente indiferencia divina ante el sufrimiento humano: Job, hombre justo, próspero y temeroso de Dios, es sometido a diversas pruebas y sufrimientos extremos después de que Satanás cuestionase ante Jehová la integridad de Job, retando a Dios a probar que la lealtad y piedad de Job no procedan de su buena fortuna. Dios recoge el guante, y permite a Satanás poner a prueba a Job, sometiéndole a tremendas desgracias, como la pérdida de sus bienes, la muerte de sus hijos, y la enfermedad. A pesar de su ordalía, Job se mantiene fiel a Jehová, y rechaza repudiarle.


No obstante, abrumado por la angustia, acaba dudando de la justicia divina; se lamenta de la aparente indiferencia de Dios hacia sus padeceres, y le exige una respuesta directa. Pero Dios rechaza el órdago de Job, y, apuntando a lo numinoso, evita decir nada que pueda interpretarse como una teodicea capaz de persuadir a Job de que su sufrimiento obedecía a un propósito teologal. Sin embargo, en la resignación final de Job cabe inferir que se aferra a la teodicea que resulta de racionalizar su sufrimiento como el precio que ha pagado para comprender que Dios no está condicionado por el límite mental del Hombre.

La fuerza simbólica de esta conclusión es tan aterradora
 que nos da pie a barruntar que se hizo imperioso desarrollar una mitología de la esperanza; una fe en la justicia real. El dios del relato del Libro de Job muestra una imagen divina, una representación de Dios que era relevante para cierto tiempo, lugar y personas, y como tal, es una proyección del yo individual y colectivo [23] a la sazón, y hubo, pues, que superar las limitaciones, deficiencias y falta de consciencia que reflejaba la imagen de aquel dios, para transformar radicalmente la concepción de la imagen de Dios, y con ella el arquetipo de la figura del Hombre y su sino.

Algo así solamente puede surgir de una nueva experiencia religiosa, auspiciada por una nueva clase de profeta, capaz de mediar entre Dios y el Hombre. Como señalábamos antes, necesitamos los mitos porque desvelan nuevas dimensiones de sentido en realidades internas que se relacionan con niveles emergentes de realidades externas. El mito de Job [24] no es una excepción a esto: Clemente de Alejandría, primer Doctor de la Iglesia Católica, hizo una exégesis de la piedad de Job como acto profético anunciador de la llegada del Mesías. También Carl Jung [25] interpretó desde la psicología analítica el relato de Job en clave cristológica, creando una alegoría profunda en la que el encaramiento de Job con Jehová muestra la plasticidad de la imagen de Dios, que se desarrolla, modifica y responde al dialogar con el Hombre. Si bien Job termina sobrecogido y reducido al silencio, preserva su dignidad hasta el punto de impulsar a Dios a examinar su propia conciencia.

En la interpretación metafórica de Jung, de esta introspección crítica emana la necesidad de humanizar la imagen que de Dios tenía el Hombre, encarnándose como mortal, para así tomar conciencia del sufrimiento humano. De esta manera, la figura de Jesús el Cristo se presenta como una respuesta simbólica y existencial [26] a la pregunta de Job, que gesta una nueva relación entre Dios y la humanidad. El arcaico Dios tribal, iracundo, celoso y vengativo, se transforma mediante Jesús en Amor (1 Juan 4:8, 
El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor), y se reconcilia con la Sabiduría Divina que los antiguos escribas habían difuminado [27] en su celo por plasmar la idea de un dios incondicionado. Según Jung, esto sucede en la intersección de dos planos: mientras que Jesús, a través de su muerte, resurrección y promesa soteriológica, se convierte en un símbolo de esperanza y liberación frente al sufrimiento y la injusticia, María simboliza el amor incondicional de la madre, para recibir el cual basta con ser, sin necesidad de justificarse. María ocupa además el espacio teológico de la Sabiduría del Libro de los Proverbios, como elemento esencial de la divinidad, que no es en sí misma una divinidad.

Jung se hace así eco de la de la teología sofiánica de la Iglesia Ortodoxa Rusa, cuyo objetivo principal es el estudio y la contemplación de la Sabiduría Divina como atributo de Dios. Serguéi Bulgákov [28], siguiendo la estela de otros pensadores rusos como Vladimir Soloviev y Pavel Florensky, conceptualiza a Sophia como el principio divino femenino (el arquetipo Ánima de Jung); la Sabiduría Divina que integra a las Personas de la Trinidad para encarnar la Palabra [29] en el mundo terrenal a través de María. Destaca igualmente la participación principal de la Virgen [30] en la obra redentora del Mesías, esencial para comprender la plenitud de la Revelación, y formarnos una imagen del pléroma divino que nos permita entender que, de la unidad en la diferencia entre el Padre y el Hijo, se halla la naturaleza misma de la Creación, que el Dios Trinitario, que es Amor, está íntimamente conectado con la Sabiduría creadora, en virtud de la naturaleza misma de Dios.


Por eso, la Navidad se engarza en el arquetipo del niño-dios, simbolizando inocencia, vulnerabilidad y capacidad de transformación. En la figura del niño Jesús reside la promesa de un nuevo comienzo, y habita la esperanza de un mejor porvenir, que subraya la importancia de mantener viva la fe en la posibilidad de cambio y renovación. Por ende, la Navidad afirma el papel del amor materno como símbolo del amor divino, donde el nacimiento de Jesús a través de María representa un acto de amor incondicional de Dios hacia la humanidad. Este amor materno personifica la entrega, protección y cuidado divino expresados a través de su hijo, reflejando la cercanía y vínculo íntimo que Dios busca establecer con la humanidad.

Todos y cada uno de los elementos en estas reflexiones se abordan orgánicamente en el Sermón de la Montaña, auténtico Rubicón de la superación de la idea en las culturas arcaicas de que la Historia se repite en patrones recurrentes en un ciclo eterno de nacimiento, muerte y renacimiento. Por el contrario, el cristianismo, al poner énfasis en la salvación y la redención a lo largo de la Historia, instaura una nueva concepción del tiempo, considerando la historia como una narrativa lineal con un propósito, que alcanzará su culminación cuando Dios juzgue a la humanidad y establezca la Ciudad de Dios [31] como la morada eterna de los justos. Con el Sermón de la Montaña nace, asimismo, el concepto de Persona, en tanto que individuo con dignidad y derechos inherentes, que también era desconocido en la antigüedad.

Del cristianismo nace la noción de que todos los individuos son creados iguales ante Dios, reflejando la creencia de que la dignidad ingénita de cada persona (persona significat illud quod est perfectissimum in tota natura, scilicet subsistens in rationali natura
[32] es valiosa y digna de consideración. Las enseñanzas de Jesús en el Sermón de la Montaña emanan de la naturaleza de las Personas divinas de la Trinidad, y enfatizan la importancia del amor donal y de la justicia social, reconociendo la dignidad de todo ser humano. Esta idea de la persona como única y preciosa contrasta con la noción de las antiguas civilizaciones, donde los individuos eran tratados en base a su valor utilitario, siendo su consideración, privilegios y obligaciones determinados por su función y contribución a la sociedad.

Del Testamento del Mesías

En el Evangelio según San Mateo, los Doce Apóstoles son invocados y nominados después de que Jesús desciende de la montaña en la que acaba de dar un sermón que podemos calificar de paraenesis; la exhortación testamentaria de quien augura su final. El sermón está estructurado en un formato familiar para los judíos, basado en Shavuot, la festividad hebrea que se celebra siete semanas después de la Pascua judía, en el sexto día del mes de Siván. Shavuot marca la entrega de la Torá en el Monte Sinaí, y conmemora el evento en el que el pueblo judío aceptó las enseñanzas y los mandamientos de Dios. En esta celebración, el pueblo participaba en una vigilia de veinticuatro horas, dividida en ocho segmentos de tres horas cada uno, durante los cuales el Salmo 119 proporcionaba loas de la Torá para cada uno de los segmentos. El salmo en sí se compone de ciento setenta y seis versos, repartidos en veintidós secciones, cada una las cuales tiene asignada una las veintidós letras del alfabeto hebreo.


El evangelista se sirvió de esta estructura para transcribir el Sermón de la Montaña, lo que se observa al comparar las ocho Bienaventuranzas en Mateo 5:3-10 con el Salmo 119:1-8. El sermón prosigue entonces con glosas de cada una de las Bienaventuranzas, pero en orden inverso, empezando por la última: 
Bienaventurados los perseguidos por ser justos, porque de ellos será el Reino de los cielos.

El Sermón de la Montaña es de hecho una dialéctica entre Jesús y Moisés, aunque éste nunca sea citado. Desde un buen principio, el sermón establece la legitimidad de Jesús (Mateo 5:1-2), y con esta potestad, da una visión de la Buenaventura en la que Jesús predica dando ejemplo. Jesús vino para cumplir la ley mosaica. Él señaló su unión perfecta con la voluntad divina, y da cumplimiento a la ley en su totalidad —derogó algunas tradiciones no bíblicas, corrigió algunas interpretaciones erróneas, pero no derogó los mandatos legales de la ley mosaica. Jesús entiende la verdadera naturaleza de la ley como la ley de Dios: la ley no es en sí misma Dios, ni Dios es la ley. Él sabe que la verdadera naturaleza de la ley radica en su conexión con Dios, y defiende públicamente la autoridad divina de la ley, enfatizando que Dios es el dador y Señor de la ley; que sólo en comunión con Dios se cumple la ley completamente. Y por eso fue crucificado; no sin antes haber alertado a quien le quiso escuchar de la instrumentación de Dios (reemplazándolo por la ley), y del peligro de caer en la tentación antinomianista.

Es muy difícil seguir el ejemplo personal de Jesús. Difícil de intentar, como en el amor al enemigo y la caridad genuina; difícil de practicar, como en el pacifismo y la castidad, pero aún más difícil si cabe de conceptualizar como marco para la coexistencia terrenal. Aunque la regla de oro [33] (Mateo 7:12) proporciona un ámbito de convivencia más amplio que el principio específico de la no-violencia, lo único que abarca todos los preceptos y vetos del sermón es la escatología-soteriológica. Sabemos, con Reinhold Niebuhr, que la moralidad es insoluble con las instituciones, pero que es practicable por el individuo. Sin embargo, lo escatológico desconcierta tanto a individuos como a instituciones, y por eso, lo que a algunos les resulta hostil del Sermón de la Montaña no es su moralidad, sino su escatología. Muchos otros consideran estas enseñanzas arduas e inalcanzables, y aunque las ven como nobles ideales, las ignoran por utópicas, facilitando de este modo que los intereses particulares prevalezcan, y que la moral acabe reducida a códigos normativos.

El Sermón de la Montaña sólo es inteligible a la luz del principio del amor donal. Mateo destaca que el amor tiene más peso que los ritos y los legalismos: 
[…] habéis descuidado los preceptos de más peso de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad; y estas son las cosas que debíais haber hecho […] (Mateo, 23:23). Pero el amor no es sentimentalismo, sino hacer el bien. Los términos religiosos usados por el evangelista, Mishpatm, Jesed, Emeth (מִשְׁפָּט. חֶסֶד, אֱמֶת), evidencian que Jesús no prescribe una moral de reglas y obligaciones que hayan de cumplirse rigurosamente para alcanzar la salvación; tampoco una eticidad ascética para santones o eremitas, sino una justicia universal para establecer una nueva humanidad unida en el Cristo, que incluya a los gentiles (Efesios 2:11-22, Colosenses 3:11, Hechos 10:34-35).

A diferencia de la autorreferencialidad del judaísmo, y de su antropología existencial, en la que el Hombre es su vida, Jesús presenta una antropología transcendental, en la que el Hombre vive para ser, allende su existencia. El Jesús del Sermón de la Montaña es verdaderamente Dios y verdaderamente humano, sin confusión posible, ni división de las dos naturalezas. Y por eso, Dios no es un sustantivo que haya que definir, sino un Verbo que se ha de vivir [34]. Jesús no habla de sentimientos, sino de nuestras relaciones personales con los desgraciados y con los diferentes, con quien Jesús se identifica, porque son esas relaciones las que revelan quiénes somos de verdad. Las enseñanzas del sermón contienen así el rechazo implícito a la noción de un pueblo elegido asociado a una religión tribal que exige superioridad y excepcionalismo, porque esa visión limitada y excluyente impide entender lo sagrado encarnado en el Mesías universal.

No es posible, en definitiva, detraer al cristianismo de la fuerza simbólica de la celebración plena de Jesús, desde la cuna hasta la cruz, desde la Navidad hasta la Semana Santa, sin vaciarlo de contenido teologal. Es, precisamente por esto, que el uso y abuso del término “tradición judeocristiana” es una frivolidad religiosa que sólo tiene algún sentido para los fariseos del “orden mundial basado en reglas” [35].


Notas:

[1] Huntington S. (1996) The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order. New York: Simon & Schuster.

[2] Habermas, J. (1999) 
Time of Transitions, Polity Press, pp. 150-151.

[3] Everett, A. (2013) The Nonexistent. Oxford: Oxford University Press.

[4] Hitchens, C. (2008) Dios no es bueno. Debate, Buenos Aires.

[5] El nombre de Dios en hebreo es YHWH y se cree que se pronunciaba 
Yahvé. Antes del siglo I d.C., los judíos evitaban pronunciar el nombre divino por temor a violar el segundo mandamiento y lo sustituían por Adonai (Señor) al leer las Escrituras en voz alta. Con el tiempo, algunos judíos comenzaron a colocar los puntos vocálicos de Adonai sobre las consonantes de Jehová h para recordar al lector que debía decir Adonai. En el siglo XIII, los eruditos cristianos tomaron las consonantes de Jehová y las pronunciaron con las vocales de Adonai, lo que resultó en la ortografía latinizada de Jehová. El primer uso registrado de esta ortografía fue realizado por un monje dominico español, Raymundus Martini, en 1270.

[6] Parker, S (1966) Enuma EliA. The Babylonian Epic of Creation. Clardeon Press, Oxford; “paraíso” proviene del persa “pairi-daêzã” (jardín, que en hebreo se dice , jaפַּ, רְדֵּס, “jardès”)

[7] Aserah (también Astarot) era diosa de la fertilidad, y su culto se mantuvo bien después de la adopción del monoteísmo judaico, e.g. Éxodo 34:13, Deuteronomio 7:5, Jueces 3:7, Jueces 6:25-30, Jueces 10:6, 1 Reyes I 14:2, Reyes I 16:33 y Reyes 17:10.

[8] Salem estaba en peleset (la tierra de los filisteos, denominada Palestina por los macedonios en convirtiéndose 332 antes de Cristo). Algunos eruditos sostienen que Salem pasó a llamarse Jerusalem posteriorente.

[9] Génesis 32:28; 
Entonces le dijo: 'Tu nombre ya no será Jacob, sino Israel, porque has luchado con Dios y con los hombres, y has prevalecido' y Génesis 32:30; Y llamó Jacob el nombre de aquel lugar Peniel, porque dijo: 'He visto a Dios cara a cara, y mi vida ha sido preservada'”.

[10] No había judíos antes de Judá, uno de los 12 hijos de Jacob-Isarael.

[11] Dalley, S (1989) Myths from Mesopotamia: Creation, the Flood, Gilgamesh, and Others. Oxford University Press

[12] El artículo 1 del Código de Ur-Nammu establece: “El hombre que cometió el asesinato será asesinado”; Éxodo 21:12 dice: “El que hiera mortalmente a un hombre será castigado con la muerte”.

[13] Éxodo 12:37

[14] Finkelstein. I. (2007) The Quest for the Historical Israel: Debating Archaeology and the History of Early Israel, Society of Biblical Literature, NY, USA.

[15] Esdras es una figura clave en la historia judía postexílica, conocida por su papel en la restauración de la Ley, la preservación de la identidad judía y la implementación de reformas religiosas y sociales. Su contribución a la consolidación de la identidad judía y la observancia de la Ley lo convierten en una figura venerada en la tradición judía. En 458 a.C., Esdras, descendiente de una línea de sacerdotes jehovistas (pertenecía a la tribu levita, designada para funciones sacerdotales en el sistema religioso judío, y fue a Jerusalén acompañado por unos 1.500 seguidores y llevando consigo una versión de la Torá corregida y aumentada durante su estancia en Babilonia, presentándose ante la población local como heredero legítimo de la antigua tradición con aspiraciones teocráticas.

[16] Friedman, R. (1987) Who wrote the Bible?, Prentice Hall, New Jersey.

[17] Dt 2:25 
A partir de este momento, haré que el pánico y el terror se apoderen de todos los pueblos que están bajo el cielo: el que oiga hablar de ti, temblará y se estremecerá de espanto; Dt 7:6 Porque tú eres un pueblo consagrado al Señor, tu Dios: él te eligió para que fueras su pueblo y su propiedad exclusiva entre todos los pueblos de la tierra; Dt 7:16 Destruye entonces a todos esos pueblos que el Señor, tu Dios, pone en tus manos. No les tengas compasión ni sirvas a sus dioses, porque eso sería para ti una trampa; Dt 12:2-3 Harán desaparecer todos los lugares de culto, donde las naciones que ustedes van a desposeer sirven a sus dioses, en las montañas, sobre las colinas y debajo de todo árbol frondoso. Derriben sus altares, rompan sus piedras conmemorativas, prendan fuego a sus postes sagrados, destruyan las imágenes de sus ídolos y borren hasta sus nombres de aquel lugar; Dt 26, 17-19 Hoy tú le has hecho declarar al Señor que él será tu Dios, y que tú, por tu parte, seguirás sus caminos, observarás sus preceptos, sus mandamientos y sus leyes, y escucharás su voz. Y el Señor hoy te ha hecho declarar que tú serás el pueblo de su propiedad exclusiva, como él te lo ha prometido, y que tú observarás todos sus mandamientos, que te hará superior –en estima, en renombre y en gloria– a todas las naciones que hizo; y que serás un pueblo consagrado al Señor, como él te lo ha prometido; Dt 28:1 Si escuchas la voz del Señor, tu Dios, y te empeñas en practicar todos los mandamientos que hoy te prescribo, él te pondrá muy por encima de todas las naciones de la tierra; Dt 28:12 Él te abrirá el cielo –su rico tesoro– para proveer de lluvia a tu tierra en el momento oportuno, y para bendecir todos tus trabajos. Serás acreedor de muchas naciones y deudor de ninguna.

[18] Freud, S. (2015) Moisés y la religión monoteísta. Alianza, Madrid

[19] El término 
jáver se refiere a un judío que cumple con los mandamientos religiosos y es considerado miembro en plena comunión con la comunidad judía. Este término se utiliza para describir a aquellos que se esfuerzan por vivir de acuerdo con las leyes y tradiciones judías.

[20] Hess, M. (1862). Roma y Jerusalén: La Última Cuestión Nacional (Rom und Jerusalem, die Letzte Nationalitätsfrage). Leipzig: Verlag von Otto Wigand.

[21] Kant, (1973) “On die Failure of All Attempted Philosophical Theodicies
, trans. M. Despland, in Michel Despland, Kant on History and Religion. McGill-Queen’s University Press, Montreal, pp. 283-97

[22] La teodicea es la rama de la filosofía que intenta justificar la existencia de un dios bueno y todopoderoso a pesar de la existencia del mal y el sufrimiento en el mundo.

[23] El 
Yo y el Ego se diferencian por su función y estructura en la psique humana. El Yo busca equilibrar demandas internas y externas, integrando impulsos del ello con normas sociales. En cambio, el Ego es la parte consciente que gestiona percepción, pensamiento y decisiones, actuando como mediador entre el Ello y el mundo exterior. Mientras el Yo abarca aspectos conscientes e inconscientes, el Ego se centra en la conciencia y autorreflexión, desempeñando un papel crucial en la adaptación y supervivencia del individuo.

[24] Libro de Job https://www.vatican.va/archive/ESL0506/__PKC.HTM. Nota bene: a diferencia de otros personajes descritos como históricos, Job carece de una genealogía, lo que lleva a Maimónides, amparándose en el Talmud de Babilonia, a especular que la figura de Job es una parábola.

[25] Jung C. (2016) Respuesta a Job. 1a ed. Editorial Sudamericana, Buenos Aires.

[26] 
Cristo manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación. Gaudium et Spes, nº 22

[27] En Proverbios 8:22-26 se habla de la sabiduría personificada como una figura femenina que existía antes de la creación del mundo. Algunos eruditos, como Tikva Frymer-Kensky plantea las hipotéticas conexiones entre Asera y la figura de Sophia en la tradición bíblica en su obra 
In the Wake of the Goddesses: Women, Culture, and the Biblical Transformation of Pagan Myth. En este sentido, Sophia, interpretada como la Sabiduría Divina, podría ser una manifestación evolucionada de la antigua deidad Asera, fusionando elementos culturales previos con nuevos significados teológicos.]

[28] Bulgákov, S (1993) Sophia, the Wisdom of God: An Outline of Sophiology (Library of Russian Philosophy), Lindisfarne Books, England.

[29] Juan 1:1 
1 Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios.

[30] Debe destacarse la devoción a María concentra la fe del pueblo pobre y sencillo: uno de los rasgos más comunes de la fe de los pobres y de la religiosidad popular es la devoción a María. La fe del pueblo está fuertemente marcada por la dimensión mariana en los países católicos y ortodoxos.

[31] San Agustín. (1990) La Ciudad de Dios. Traducido por José María Gil, 2ª edición, BAC.

[32] Santo Tomás dice que 
persona significa lo más perfecto que hay en toda la naturaleza, o sea, el ser subsistente en la naturaleza racional (Suma Teológica, Ia, q. 29, a. 3, in c), por lo que posee “gran dignidad” (ad. 2) que pide ser reconocida y valorada. Ref: https://hjg.com.ar/sumat/a/c29.html

[33] 
Tratad a los demás como queréis ser tratados, porque eso nos enseñan las profetas.

[34] Parábola de los trabajadores de la viña (Mateo 20:1-16) 
Porque el reino de los cielos es semejante a un propietario que salió muy de mañana a contratar obreros para su viña. Después de acordar con los obreros pagarles un denario por día, los envió a su viña. Salió también cerca de la hora tercera y vio a otros que estaban en la plaza desocupados, y les dijo: ‘Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo.’ Y ellos fueron. Salió de nuevo cerca de la hora sexta y de la novena e hizo lo mismo. Al salir cerca de la hora undécima, encontró a otros que estaban desocupados y les dijo: ‘¿Por qué estáis aquí todo el día desocupados?’ Le dijeron: ‘Porque nadie nos ha contratado.’ Les dijo: ‘Id también vosotros a la viña.’ Cuando llegó la noche, el señor de la viña dijo a su mayordomo: ‘Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando desde los últimos hasta los primeros.’ Vinieron los de la hora undécima y recibieron cada uno un denario. Al llegar los primeros, pensaron que recibirían más, pero también ellos recibieron cada uno un denario. Al recibirlo, murmuraban contra el propietario, diciendo: ‘Estos últimos han trabajado una sola hora, y, sin embargo, les has dado la misma paga que a nosotros, que hemos soportado la carga y el calor del día.’ Pero él respondió a uno de ellos: ‘Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No conviniste conmigo en un denario? Toma lo que es tuyo y vete; pero quiero dar a este último, como a ti. ¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? ¿O tienes envidia porque yo soy generoso?’ Así, los últimos serán primeros, y los primeros serán últimos.

[35] La teología del reemplazo o suplantación, sostiene que la Iglesia protestante ha reemplazado o suplantado al pueblo judío como el pueblo elegido de Dios. Según esta perspectiva, las promesas y bendiciones que Dios hizo originalmente al pueblo judío en el Antiguo Testamento ahora se aplican a la religión protestante. La teología de reemplazo tuvo una influencia significativa en el sionismo cristiano durante la época victoriana en Inglaterra en los tiempos del mandato del Primer Ministro Benjamin Disraelí (de ascendencia judía). Las élites financieras judías tuvieron notable influencia en la política británica del siglo XIX, debido a matrimonios entre familias judías adineradas y la antigua aristocracia terrateniente empobrecida en los siglos XVI y XVII. Las ideas que forman teología se extendieron a los Estados Unidos, donde el sionismo cristiano alcanzó popularidad entre los evangélicos durante el siglo XIX y principios del XX, y pasó a formar parte del corpus ideológico de los neoconservadores norteamericanos a finales del siglo XX y principios del XXI.