sábado, 2 de mayo de 2026

OLEGARIO GONZÁLEZ DE CARDEDAL Y SU CRISTOLOGÍA (II)

La “Cristología” del “profesor” Olegario González de Cardedal es completamente inadmisible, ya que contiene varias enseñanzas muy dudosas y algunos graves errores.

Por el padre José María Iraburu


Continúo comentando la Cristología del profesor Olegario González de Cardedal, publicada en la BAC, en la colección de manuales de teología Sapientia Fidei, nº 24, Madrid 2001, 601 págs.

La perversión del lenguaje teológico causa graves daños a la fe. Ese terrorismo verbal –la humanidad de Jesús se hace “fantasmagórica” sin la persona humana; la muerte de Cristo “no la quiso Dios”, no era “inherente a su misión”, pues no es Dios “un Dios violento y masoquista”, etc.– indica una teología de calidad intelectual y verbal sumamente precaria. Es una “teología” que oscurece esa ratio fide illustrata, que ha de investigar y expresar, con mucha paz y exactitud, los grandes misterios de la fe. Como hemos visto, González de Cardedal lamenta que “en los últimos tiempos ha tenido lugar una perversión del lenguaje en la soteriología cristiana” al hablar de sacrificio, expiación, etc.; pero no advierte que es él quien, por sí mismo o por la presentación del pensamiento de otros, produce en buena parte esa perversión sin pretenderla.

La crítica, además, que se atreve a realizar del lenguaje soteriológico no afecta solo, como dice, al usado “en los últimos tiempos” (pág. 517) –lo que no sería tan grave–. En realidad su crítica afecta al lenguaje del misterio de la salvación tal como viene expresado por la Revelación desde los profetas de Israel hasta nuestros días, pasando por los evangelistas, San Pablo, la Carta a los Hebreos y el Apocalipsis, los santos Padres, las diversas Liturgias, los escritos de los santos, los Concilios, las encíclicas. Atenta contra “la norma de hablar que la Iglesia, con un prolongado trabajo de siglos, no sin ayuda del Espíritu Santo, ha establecido, confirmándola con la autoridad de los Concilios” (cf. Mysterium fidei 1965, n. 10).

El lenguaje de la fe es perfectamente entendido por los fieles cristianos, porque goza en la Iglesia de una continuidad homogénea y universal. En cambio, las fórmulas teológicas, que “profesores de teología” como González de Cardedal y otros discurren o hacen suyas, ésas son las que el pueblo no entiende o entiende mal, porque es un lenguaje incomparablemente más equívoco. Claro está que el lenguaje bíblico y tradicional sobre la pasión de Cristo puede ser mal entendido. Pero para evitar los errores no habrá que suprimir ese lenguaje, sino explicarlo bien. Y además hay que señalar que es imposible asimilar ese nuevo lenguaje sin renunciar al mismo tiempo a otras muchas expresiones de la Revelación: obediente [al Padre] hasta la muerte“no se haga mi voluntad, sino la tuya”“para que se cumplan las Escrituras”, etc.

La muerte de Cristo, entendida como sacrificio de expiación y reparación, es considerada por el doctor González de Cardedal como una expresión verdadera, pero hoy prácticamente inutilizable. Los términos “sustitución, satisfacción, expiación, sacrificio”, utilizados para expresar el misterio de la redención, son palabras sagradas y primordiales, pero hoy están puestas bajo sospecha. Si esas palabras -dice- han sido degradadas o manchadas, lo que debemos hacer es “levantarlas del suelo” y lavarlas, para que “podamos admirar su valor y ver el mundo en su luz” (535).

Este propósito es justo y prudente, pero él hace precisamente lo contrario. El mundo católico tradicional ha tenido siempre una recta inteligencia de esos términos, que hoy González de Cardedal estima tan equívocos. Ha contemplado y vivido siempre, también hoy, con gran amor la pasión de Cristo como sacrificio de expiación por el pecado de los hombres. Por el contrario, la descripción que hace González de Cardedal de la peligrosidad, al parecer insuperable, que hay en el uso de esos términos, más que purificarlos de posibles sentidos impropios, lo que hace es dejarlos inservibles. De este modo transfiere al campo católico las graves alergias que esos términos producen en el protestantismo liberal y en el modernismo. Veamos, por ejemplo, cómo habla nada menos que del término “sacrificio”:

Sacrificio. Esta palabra suscita en muchos [¿en muchos católicos?] el mismo rechazo que las anteriores [sustitución, expiación, satisfacción]. Afirmar que Dios necesita sacrificios o que Dios exigió el sacrificio de su Hijo sería ignorar la condición divina de Dios, aplicarle una comprensión antropomorfa y pensar que padece hambre material o que tiene sentimientos de crueldad. La idea de sacrificio llevaría consigo inconscientemente la idea de venganza, linchamiento… […] Ese Dios no necesita de sus criaturas: no es un ídolo que en la noche se alimenta de las carnes preparadas por sus servidores” (págs. 540-541).

Le puede la oratoria literaria. Seguimos con el terrorismo verbal y con la impugnación del lenguaje de la fe católica. González de Cardedal, al exponer el sentido de los términos “sustitución, satisfacción, expiación, sacrificio”, no se ocupa tanto en iluminar su sentido católico tradicional –pacíficamente vivido ayer y hoy, diga él lo que diga–, sino en enfatizar su posible acepción errónea. Para ello, da de esos términos la interpretación más inadmisible, la más tosca posible, aquella que, a su juicio, ocasiona “en muchos” unas dificultades casi insuperables para penetrar rectamente el misterio de la muerte de Cristo.

De este modo, esas sagradas palabras, tan fundamentales para la fe y la espiritualidad de la Iglesia, no son purificadas, sino dejadas a un lado como inutilizables. De hecho hoy, en la predicación y en la catequesis, han sido sistemáticamente eliminadas por muchos sacerdotes y laicos “ilustrados”.

“Ciertos términos han cambiado tanto su sentido originario que casi resultan impronunciables. Donde esto ocurra, el sentido común exige que se los traduzca en sus equivalentes reales […] “Quizá la categoría soteriológica más objetiva y cercana a la conciencia actual sea la de “reconciliación” (pág. 543).

Hay alergias verbales que llevan a negar verdades de la fe católica

Hablando como don Olegario, pueden suscitarse alergias ideológicas a ciertas palabras netamente cristianas, bíblicas, tradicionales, litúrgicas, con el peligro real de suscitar al mismo tiempo alergias muy graves a las realidades que esas palabras designan.

Isaías dice que el Siervo de Yavé, como un cordero, “ofrece su vida en sacrificio expiatorio” por el pecado. Jesús, Él mismo, dice que “entrega su cuerpo y derrama su sangre por muchos (upér pollon), para el perdón de sus pecados”. Eso mismo es lo que una y otra vez dice la Carta a los Hebreos –el primer tratado de Cristología compuesto en la Iglesia–. También equivocan su pedagogía didáctica los papas, como Pablo VI, en la encíclica Mysterium fidei (1965, n.4) o Juan Pablo II, en la Ecclesia de Eucharistía (2003, nn. 11-13), cuando dicen con gran frecuencia la palabra sacrificio, presentándola como la clave fundamental del Misterio eucarístico. Todos, por lo visto, aunque dicen la verdad, se expresan en un lenguaje equívoco, muy inadecuado, al menos para el hombre de hoy.

Por eso este “profesor”, para expresar mejor el misterio inefable de la salvación humana, prefiere sus modos personales de expresión a los modos elegidos por el mismo Dios en la Revelación, y guardados y desarrollados por la Iglesia “no sin la ayuda del Espíritu Santo”, a lo largo de una tradición continua y universal.

Resurrección, Apariciones, Ascensión y Parusía de Cristo, quedan también oscurecidas. Considerando González de Cardedal que más allá de la muerte ya no puede hablarse propiamente de “tiempos y lugares” –entendidos éstos, por supuesto, a nuestro modo presente–, llega a la conclusión de que no puede hablarse propiamente de la Ascensión y de la Parusía de Cristo en términos de “hechos nuevos”, distintos de su Resurrección. La verdadera escatología impediría, pues, reconocer un sentido objetivo e histórico a esos acontecimientos, aunque los confesamos en el Credo.

“Esa condición escatológica y esa significación universal, tanto de la muerte como de la resurrección de Jesús, es lo último que quieren explicitar estos artículos del Credo. No son hechos nuevos, que haya que fijar en un lugar y en un tiempo […] Por lo tanto, en realidad, no hay nuevos episodios o fases en el destino de Jesús, que predicó, murió y resucitó. Carece de sentido plantear las cuestiones de tiempo y de lugar, preguntando cuándo subió a los cielos y cuándo bajó a los infiernos, lo mismo que calcularlos con topografías y cronologías, tanto antiguas como modernas. Los artículos del Credo que hacen referencia al Descenso, Ascensión y Parusía de Cristo son, sin embargo, esenciales. Sería herético descartarlos. Ellos nos dicen la eficacia, concreción y repercusión del Cristo muerto y resucitado para nosotros, que somos mundo y tiempo” (171-173).

Con estas palabras, aparentemente tan moderadas, aunque sin viabilidad lógica ni práctica alguna, niega González de Cardedal la historicidad de los acontecimientos postpascuales. Los relatos neotestamentarios y la tradición de la Iglesia han hablado siempre de la Resurrección, las Apariciones, la Ascensión y la Parusía como de hechos históricos distintos, y como acontecimientos sucesivos en el desarrollo del misterio de Cristo. Han señalado sus tiempos y lugares, y por supuesto han hablado de la Parusía como de un hecho todavía no acontecido.

Contra-diciendo el lenguaje de la Biblia, la Tradición y el Magisterio, incurre, pues, González de Cardedal en este tema en los mismos errores ya denunciados anteriormente. Él considera una “perversión del lenguaje religioso” el hecho de expresar los misterios de la fe con términos bíblicos y tradicionales, esto es, con “topografías y cronologías, tanto antiguas como modernas”. Pues bien, una vez más le recordamos que un teólogo no debe impugnar el lenguaje bíblico y tradicional elegido por Dios para expresar los grandes misterios de la fe. No tiene que desprestigiarlo, sino que interpretarlo y explicarlo, defendiéndolo de todo mal entendimiento posible.

La Iglesia ha hablado siempre de la Resurrección, de las Apariciones, de la Ascensión y de la Venida última de Cristo al final de los tiempos con expresiones “topográficas y cronológicas” claramente diferenciadas. Y González de Cardedal no debe ver esas expresiones como antropomorfismos desafortunados, solo admisibles por mentalidades primitivas. Y menos puede permitirse poner en duda la historicidad objetiva de los acontecimientos salvíficos postpascuales atestiguados “cronológica y topográficamente” por los Apóstoles y evangelistas en numerosos textos.

Doctrinas ininteligibles

Según enseña González de Cardedal, “sería herético descartar” en el Credo los artículos que hacen referencia al Descenso, Ascensión y Parusía de Cristo. Podemos, pues, seguir confesándolos, nos lo autoriza; pero siempre que tengamos claro que los “hechos” que profesamos en el Credo no expresan “hechos nuevos”, no son “acontecimientos” reales, que puedan ser situados en “un lugar y tiempo” de la historia…

¿Y así cree este “doctor” que hace más inteligible el misterio de la fe? ¿Quién va a entender al predicador que afirma la verdad de unos hechos, si al mismo tiempo advierte que no han acontecido realmente? El hombre de antes y el de ahora, el creyente y el incrédulo, entienden incomparablemente mejor el lenguaje tradicional del Catecismo, que afirma con toda claridad la historicidad de aquellos hechos salvíficos, cumplidos por Cristo en el tiempo que va de su Resurrección a su Ascensión (n. 659). La Iglesia habla de “el carácter velado de la gloria del Resucitado durante este tiempo […] Esto indica una diferencia de manifestación entre la gloria de Cristo resucitado y la de Cristo exaltado a la derecha del Padre. El acontecimiento a la vez histórico y transcendente de la Ascensión marca la transición de una a otra” (n. 660).

Todos los acontecimientos históricos, por supuesto, han acontecido históricamente en lugares y tiempos determinados. Y aquellos que no tienen ninguna connotación “topográfica y cronológica” no han existido jamás. No habría, pues, por qué incluirlos en el Credo. En conclusión:

La “Cristología” del “profesor” Olegario González de Cardedal es completamente inadmisible, ya que contiene varias enseñanzas muy dudosas y algunos graves errores. Y aún es más inaceptable como texto integrado en una serie de “Manuales de Teología católica”.
 

EL VATICANO MODIFICA UN TEXTO OFICIAL 26 AÑOS DESPUÉS…

¿Qué dijo realmente el “papa” Juan Pablo II? ¿Que Juan el Bautista protegería el “Islam” o “Esta Tierra”?

Por Novus Ordo Watch


El 21 de marzo de 2000, el obispo apóstata polaco Karol Wojtyla, más conocido como el “papa” y “san” Juan Pablo II (1978-2005) , visitaba Jordania como parte de una peregrinación a Tierra Santa.

Ese día visitó el lugar que se considera el sitio del bautismo de Cristo en el río Jordán, y después de haber recitado una oración especial para la ocasión, ofreció unas palabras finales de gratitud y saludo y concluyó con estas palabras (el subrayado es añadido):

Tendré presente en mis oraciones a todo el pueblo de Jordania, tanto cristianos como musulmanes, especialmente a los enfermos y a los ancianos.

Con gratitud invoco abundantes bendiciones sobre Su Alteza el Rey y sobre toda la nación.

¡Dios los bendiga a todos! ¡Dios bendiga a Jordania!

Que San Juan Bautista proteja al Islam y a todo el pueblo de Jordania, y a todos los que participaron en esta celebración, una celebración memorable. Les estoy muy agradecido a todos.

Muchas gracias.

Entre los tradicionalistas, las palabras subrayadas generaron gran controversia en su momento. ¡El “papa” le había pedido a San Juan Bautista que protegiera la religión malvada de los musulmanes!

Al igual que en la actualidad, los apologistas del novus ordo salieron en defensa de su “santo padre” e intentaron tergiversar sus palabras o justificarlas de alguna manera. Si no me falla la memoria, nadie afirmó que la transcripción fuera errónea, que Wojtyla no hubiera pronunciado realmente las palabras atribuidas.

Sin embargo, esa parece ser la afirmación que se está haciendo ahora.

Aunque durante aproximadamente 26 años el Vaticano había publicado las palabras de Juan Pablo II como “Que San Juan Bautista proteja al Islam”, ahora descubrimos que la transcripción disponible en el sitio web oficial del Vaticano ha sido modificada. Las palabras de Juan Pablo II ahora dicen (el subrayado es añadido):

Tendré presente en mis oraciones a todo el pueblo de Jordania, tanto cristianos como musulmanes, especialmente a los enfermos y a los ancianos.

Con gratitud invoco abundantes bendiciones sobre Su Alteza el Rey y sobre toda la nación.

¡Dios los bendiga a todos! ¡Dios bendiga a Jordania!

Que San Juan Bautista proteja esta tierra y a todo el pueblo de Jordania, y a todos los que participaron en esta celebración, una celebración memorable. Les estoy muy agradecido a todos.

Muchas gracias.

Así, el Vaticano sustituyó discretamente la palabra “Islam” por la frase “esta tierra”, eliminando así toda la controversia. La polémica petición de protección de una religión que niega a Cristo se transformó en un deseo indiscutible de proteger el territorio jordano.

Veamos capturas de pantalla de las diferentes versiones. La primera es del año 2000: el texto original publicado (archivado en ingles aquí):


Aunque el Vaticano actualizó el diseño de su sitio web desde entonces, el texto permaneció prácticamente igual (incluido el error ortográfico en “participated”) hasta hace muy poco. La siguiente captura de pantalla muestra el texto tal como aparecía en el sitio web del Vaticano el 15 de octubre de 2025 (archivado en inglés 
aquí):


Lo que dice ahora, y lo que ha estado diciendo al menos desde el 15 de abril de este año (archivado en inglés aquí), es lo siguiente:


No está claro cuándo tuvo lugar exactamente esta revisión, pero, según las capturas de pantalla anteriores, debió haber sido en algún momento entre octubre de 2025 y abril de 2026.

No está claro por qué el Vaticano revisaría esta transcripción más de 25 años después, pero es posible que se tratara simplemente de un error de transcripción que finalmente se haya corregido. Al fin y al cabo, lo justo y correcto sería corregir un error una vez descubierto, sobre todo cuando se trata de un asunto tan serio como las declaraciones públicas de un “papa”.

Se puede aceptar esta explicación, pero entonces surgen otras preguntas.

Si el Vaticano estaba tan empeñado en asegurar que un “papa canonizado” no fuera malinterpretado, ni calumniado ni manchado por un escándalo falso, ¿por qué cambiaron la transcripción en secreto? ¿No sería igual de importante informar al público de la corrección? ¿De qué sirve una transcripción corregida si el público no está informado de su existencia, si no se les informa de que hubo un error escandaloso que ahora ha sido debidamente corregido? ¿Por qué no convocar una rueda de prensa o al menos publicar un anuncio en el boletín diario de noticias del Vaticano? “Nadie enciende una lámpara para ponerla en un lugar escondido, ni debajo de un almud, sino sobre el candelero, para que los que entren vean la luz” (Lc 11,33).

Además, si realmente se trataba de corregir un error genuino, ¿por qué no se corrigió también la palabra “participated”, que obviamente estaba mal escrita? Es un error que cualquier corrector ortográfico automático detectaría.

Debemos dejar claro que esto no es simplemente un problema de internet, como si el término “Islam” solo apareciera en la página web del Vaticano. No, también se publicó de esta forma en las publicaciones impresas del Vaticano.

El libro Alle Radici Della Fede e Della Chiesa (“En las raíces de la fe y de la Iglesia”), publicado por el Vaticano (L'Osservatore Romano) en 2000, contiene fotografías y discursos del viaje de Juan Pablo II a Tierra Santa. En la página 37, encontramos traducidas al italiano sus comentarios en Wadi al-Kharrar. No hace falta saber italiano para ver que allí también se le pide a San Juan Bautista que “proteja el Islam” (protegga l'Islam) y no “esta tierra” (questa terra).


Pero, ¿qué dijo exactamente Juan Pablo II? Seguramente existe una grabación audiovisual del evento que aclare el asunto.

Efectivamente, hay grabaciones de audio y video disponibles en YouTube. El problema es que la calidad de la grabación es bastante mala. Wojtyla tenía un fuerte acento polaco, y su pronunciación de “esta tierra” suena muy parecida a “Islam”, al menos cuando hace viento, y aquel día hacía. Descifrar las palabras del falso papa observando el movimiento de sus labios tampoco es una opción, ya que la cámara cortó la grabación justo en ese momento y, además, un micrófono grande obstruía la visión.

La siguiente recopilación de videos, proporcionada por un usuario de YouTube anti-sedevacantista, ofrece varios fragmentos de Juan Pablo II pronunciando “esta tierra” con su acento polaco. A continuación, los compara con el audio de sus palabras en Wadi al-Kharrar. El resultado, en opinión del autor, es inconcluso. Pero compruébelo usted mismo (enlace al video en inglés 
aquí).

Incluso si asumimos, a modo de hipótesis, que realmente dijo “esta tierra”, ¿por qué nadie en el Vaticano lo sabía? ¿Por qué nadie se percató de que la transcripción era errónea durante más de dos décadas? ¿Y cómo se produjo el error de transcripción en primer lugar?

La respuesta sería que todos creían que no era nada fuera de lo común que Juan Pablo II dijera algo tan escandaloso como “Que San Juan Bautista proteja al Islam”. Tras más de veinte años de maniobras “ecuménicas” e “interreligiosas” por parte de Wojtyla, incluyendo su blasfemia contra San Juan Bautista en una iglesia luterana en 1983 y su beso público al Corán en 1999, nadie se inmutó cuando se informó que había invocado la protección de San Juan Bautista para la religión de Mahoma. Era, básicamente, lo habitual.
 

Y eso por sí solo lo dice todo, independientemente de lo que realmente haya dicho.
 

PROSTITUYENDO EL PLAN DE DIOS

La unidad promovida por los “papas conciliares” no es la verdadera unidad, sino más bien la prostitución del plan de Dios para la humanidad.

Por Lyle J. Arnold, Jr.


Ya sea en referencia a la Biblia, la Tradición, el Magisterio o cualquier otra fuente, un tema recurrente al hablar de Dios es la unidad. Dios, la Santísima Trinidad, es uno. El régimen angélico era uno. La voluntad de Adán y Eva era una con la de Dios. La Iglesia es una.

En todos estos casos, con la excepción de Dios mismo, se produjo una división que se opuso a su designio. Lucifer, el “portador de luz”, la “estrella de la mañana”, se rebeló. Adán y Eva pecaron, y este pecado original debe ser cargado por toda la humanidad.

En cuanto a la Iglesia, desde sus inicios, Satanás buscó dividirla con herejía tras herejía, desde las diversas sectas gnósticas hasta el Gran Cisma que dividió Oriente y Occidente en el siglo XI por la palabra Filioque. En el siglo XVI, el diablo logró otro avance con Lutero, Calvino y Zwinglio, lo que ha generado miles de falsas denominaciones solo en Estados Unidos.


La unidad en el ámbito temporal —las naciones católicas unidas bajo un emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y sujetas al Papa— también era el plan de Dios para que la humanidad alcanzara mejor su gloria y la salvación del hombre.

De esto se deduce que romper la unidad es, por lo tanto, el objetivo perenne de Satanás. Satanás es, por así decirlo, la antítesis de la unidad. En efecto, Satanás vive como una eterna contradicción: por un lado, quiere serlo todo, ser adorado como un dios. Por otro, quiere no ser nada porque, haga lo que haga, eternamente debe pagar su deuda a Dios por su rebelión. Así pues, su guerra contra la unidad es una guerra sin fin, porque no hay unidad en él.

El concilio Vaticano II: Un ataque exitoso a la unidad

¿Quién mejor que Satanás conoce el imperativo Extra Ecclesiam nulla salus, Fuera de la Iglesia no hay salvación? ¿Qué podría surgir, entonces, en la mente frenética de Satanás sino convertir el plan de unidad de Dios —que todos regresen a la única Iglesia verdadera— a su propio propósito diabólico?

Su plan se puso en marcha en el concilio Vaticano II con una nueva doctrina sobre la unidad. Como señala Atila Guimarães en su obra Animus Delendi II, el ecumenismo conciliar tiene como objetivo:

• Relativizar la fe

• Negar la santidad y la unidad de la Iglesia Católica

• Hacer posible la unión de los hombres a pesar de sus distintas profesiones religiosas

• Crear un clima pacifista de diálogo entre los diferentes credos, lo que implica una negación de la defensa de la fe católica (1).

La incesante propaganda “ecuménica” instigada por Pablo VI tras el concilio pretendía alcanzar la unidad de todas las creencias, que en la práctica se dirige inexorablemente hacia una panreligión.


El acontecimiento simbólico que dio origen a este “ecumenismo” fue el beso intercambiado entre Pablo VI y el patriarca cismático Atenágoras en el Huerto de los Olivos el 5 de enero de 1964.

“¿Fue casualidad -pregunta Guimarães- que el lugar elegido para este intercambio fuera el mismo sitio donde Judas, también con un beso, entregó al Hijo de Dios a sus enemigos?” (2).

¿Acaso no vemos en este acto las pérfidas maquinaciones de Satanás?

Unidad prostituida

Juan Pablo II continuó por este camino con los insidiosos encuentros panreligiosos de Asís, junto con repetidos encuentros interreligiosos, disculpas públicas por la labor misionera pasada de la Iglesia e interminables “gestos ecuménicos”.

Benedicto XVI aceleró el “ecumenismo” conciliar rezando en mezquitas, visitando sinagogas, elogiando a Lutero y firmando Declaraciones Comunes con el anglicano Rowan Williams y el patriarca cismático Bartolomé de Constantinopla (ambos en 2006).


Cuando Benedicto renunció, le pasó la antorcha del “ecumenismo” a Francisco I. Fue como si dijera —parafraseando al mismo autor en su artículo sobre esa vergonzosa renuncia—: “Sé que debería haber ido más allá, pero no podía hacerlo todo. Ahora puedes seguir adelante y hacerlo con todo mi apoyo. Te estaré animando desde la distancia”.

Como ya hemos visto, Francisco aceleró el ritmo en cada fase de destrucción de la Iglesia y el Papado. “Para mí, el ecumenismo es una prioridad”, declaró al periódico italiano La Stampa en una entrevista de diciembre de 2013 (3). Un día después de asumir la Sede de Pedro, Francisco se reunió con una docena de líderes judíos en el Vaticano. En enero de 2014, ofreció un “almuerzo kosher” a 15 líderes judíos de Argentina en la Casa Santa Marta.


Francisco nunca perdió la oportunidad de poner en práctica la “dimensión ecuménica” de la “nueva evangelización” anunciada por Benedicto XVI. Incluso llegó a enviar un video de siete minutos a un telepredicador del “evangelio de la prosperidad”, pidiéndole su “bendición” (4).

En un pasaje de su libro Revolución y Contrarrevolución, el profesor Plinio Corrêa de Oliveira ilustra que el proceso revolucionario se transmite como una antorcha en una carrera, donde un corredor se lo pasa al siguiente, y así sucesivamente, para mantener la continuidad hasta que la carrera llegue a su fin:

“La Revolución se ha producido a través de miles de vicisitudes de siglos enteros, llenos de acontecimientos imprevistos de todo tipo. Producir un proceso tan consistente y continuo como el de la Revolución a lo largo de un lapso de tiempo tan vasto e incierto nos parece imposible sin la acción de sucesivas generaciones de conspiradores de una inteligencia y un poder extraordinarios. Pensar que la Revolución podría haber alcanzado su estado actual sin esto es como admitir que cientos de letras arrojadas por una ventana podrían ordenarse espontáneamente en el suelo para formar alguna obra, como la Oda a Satán de Carducci, por ejemplo” (5).

Así es como el liderazgo da unidad a la Revolución. Lo mismo ocurre con la unidad del Progresismo promovida por la sucesión de “papas” que impulsaron el “ecumenismo” del concilio Vaticano II.

Este “ecumenismo” conciliar es lo opuesto a la voluntad de Dios respecto a la unidad. La unidad que Él desea debe estar bajo la égida de la Fe Católica. Todos deben profesar la única Fe que Él legó a la humanidad y que la Santa Madre Iglesia preservó debidamente, hasta que la Iglesia fue usurpada por el Progresismo. La unidad promovida por los “papas conciliares” no es la verdadera unidad, sino más bien la prostitución del plan de Dios para la humanidad.

El falso papa Prevost con el patriarca Bartolome

Que Nuestra Señora del Pronto Socorro nos dé a los Contrarrevolucionarios los medios para transmitir la antorcha de nuestro amor y dedicación a su Causa y a la instauración de su Reinado.


Notas:

1) Atila S. Guimarães, Animus Delendi-II, Los Ángeles: TIA, 2002, p. 299.

2) Ibid., pág. 303

3) “Nunca temas a la ternura”, Vatican Insider online, 7 de abril de 2014.

4) “Pope asks American Charismatic pastors for blessing, The Tablet, 1 de marzo de 2014.

5) Plinio Correa de Oliveira, Revolución y contrarrevolución, New Rochelle, NY, The Foundation for a Christian Civilization, 1980, pp. 53-54.
 

2 DE MAYO: SAN ATANASIO, PATRIARCA DE ALEJANDRÍA


2 de Mayo: San Atanasio, patriarca de Alejandría

(✞ 373)

El valeroso defensor de la fe católica San Atanasio, nació de nobles padres en Alejandría, para ser una de las más brillantes lumbreras del orbe cristiano.

Acabados sus estudios, se retiró por algún tiempo en el yermo, donde conversó con San Antonio Abad, a quien dio dos túnicas para el abrigo y reparo de su cuerpo.

Era todavía diácono cuando asistió al Gran Concilio de Nicea, donde confundió al mismo Arrio en las disputas que tuvo con él; y habiendo fallecido cinco meses después del Concilio, San Alejandro, Obispo de Alejandría, fue elegido Atanasio por común un consentimiento de todo el pueblo.

Los herejes que ya le conocían, se unificaron para derribarle, y en el conciliábulo de Tiro, entre otros cargos, le acusaron de haber violado una mujer, la cual, por persuasión de los arrianos y dineros que le dieron, exclamaba allí mismo que habiendo hospedado a Atanasio, le había quitado por fuerza la virginidad.

Pero luego se conoció el embuste de la mala mujer, porque Timoteo, presbítero de Atanasio, fingiendo que era él mismo Atanasio, le dijo:

- Di mujer, ¿fui yo huésped en tu casa? ¿Yo he mancillado tu castidad?

Y como ella respondiese a grandes voces y con muchas lágrimas fingidas que sí, y lo jurase, y pidiese a los jueces que le castigasen, vino a descubrirse toda aquella mentira, y terminó en risas aquella acusación.

Es imposible decir las calumnias y persecuciones que armaron los herejes contra este santísimo patriarca.

Cuatro emperadores le persiguieron: Constantino Magno con buen celo, pensando que acertaba y Constancio su hijo, Juliano el apóstata y Valente como enemigos de Dios.

Escribió el símbolo que llaman de Atanasio, el cual como regla certísima de nuestra santa fe ha sido recibido y usado por toda la Iglesia.

Padeció largos destierros; cinco mil hombres de guerra entraron para prenderle en su Iglesia, y tuvo que esconderse en los yermos, en una cisterna, donde estuvo seis años, y hasta en la misma sepultura de su padre.

Cuando volvía a su iglesia, te recibían como si viniera del cielo, y era tal el fruto de su predicación y ejemplo, y tan grande la porfía en las gentes sobre el darse a la virtud que como él mismo escribe, cada casa y cada familia parecía una iglesia de Dios.

Así ilustró y defendió la fe cristiana durante medio siglo, y acabó su vida en santa vejez hasta que el Señor fue servido de llevarle para sí y darle el galardón por sus largas penurias.

 

viernes, 1 de mayo de 2026

LA CAÍDA

Continuamos con la publicación del capítulo II del tercer y último Tomo del libro “La Conjuración Anticristiana” de Monseñor Henri Delassus, publicado el año 1910.




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CAPITULO II

LA CAÍDA

I. — EN EL CIELO

El capítulo anterior pudo parecer una digresión, un aperitivo, pero no es así; ha dicho lo que era necesario decir para preparar la mente a la comprensión de todo lo que vendrá a continuación.

Desde el momento de su creación (1), Dios llamó a la innumerable multitud de ángeles a contraer con Él una alianza de amistad tal que, si se mostraban fieles, les llevaría a disfrutar de la visión de su Ser, a contemplarlo cara a cara, a penetrar en su vida íntima y a participar en ella. Su Bondad se les adelantó con amor; a ellos les correspondía el deber de responder a ese gesto.

¿Y qué pasó?

El arcángel San Miguel y los ángeles que escucharon su voz se abrieron con entusiasmo y gratitud al don divino. Lucifer y los ángeles que siguieron su ejemplo rechazaron la generosidad divina.

¿Cómo pudo suceder eso?

Los ángeles, gracias a la superioridad de su inteligencia, veían y comprendían la excelencia del don que se les ofrecía mejor de lo que nosotros podemos hacerlo.

¿Cómo puede despreciarse un don tan excelente, un don verdaderamente divino hasta en su objeto? Este hecho, el más desconcertante que haya existido y que jamás existirá, nos sumerge en lo más profundo de la miseria del ser contingente, por muy sublime que fuera aquel que, por la excelencia de su naturaleza, se encontraba en la cúspide de la jerarquía angelical.

Al otorgar la vida a las criaturas inteligentes, Dios les infunde el deseo de la felicidad. Este impulso las lleva y las orienta hacia Dios, el Bien Supremo, cuando acogen en su interior, mediante una libre correspondencia, el rayo del amor divino; las entrega al mal cuando prefieren a ese amor el ciego impulso del amor propio. A este deseo de felicidad, Dios añadió la Gracia, es decir, una atracción de orden sobrenatural que se superpone a la atracción de orden natural hacia el Bien Supremo.

La vida presente es un don para el hombre, y el primer instante fue concedido al ángel para que la criatura haga ceder en sí misma el yo ante el amor; para que el yo, renunciando al egoísmo, se entregue al Bien supremo. “Al entregarse así, lejos de aniquilarse, el yo, por el milagro de la personalidad, entra por sí mismo en posesión del Bien; está impregnado de él como uno está impregnado de alegría, como el cuerpo está impregnado del aire que respira y que lo envuelve. Pero lo finito, cuya naturaleza tiende a la nada, puede permanecer estéril; y a pesar del impulso divino, convertirse en lo contrario del Amor, caer en el estado contrario a Dios, en el estado de quien se niega a entregarse, de quien no ama. Este egoísmo es posible para el ser que tiene la libertad de hacer uso, como quiera, del don sagrado de la existencia y del poder de negarse al Amor” (2).

Así fue, ¡ay!, la conducta de muchos ángeles, y así es también la conducta de muchos hombres. Creados para la felicidad eterna, se apartaron de ella y siguen apartándose para precipitarse hacia su ruina. A este impulso de independencia de la criatura se le llama superbia (3), δυπερ por encima βια fuerza, y en nuestra lengua, “suficiencia”, es decir, el estado de quien cree bastarse a sí mismo. ¿Acaso la suficiencia o el orgullo no consisten, en quienes los padecen, en el sentimiento de una fuerza exagerada que pretende encontrarlo todo en sí misma?


Santo Tomás de Aquino afirma (4) que todos los ángeles sin excepción, movidos por Dios, realizaron un primer acto bueno que los conducía hacia Dios como autor de la naturaleza. Les quedaba por realizar un segundo acto de amor más perfecto: el acto de caridad, el acto de amor sobrenatural. La gracia los invitaba a ello, los impulsaba a volverse hacia Dios en cuanto objeto de la Bienaventuranza.


San Miguel y aquellos ángeles que lo imitaron, impulsados por un resurgimiento de la gracia recibida, rindieron homenaje a Dios con todo su ser; mediante un acto de amor, unieron su voluntad al don que Dios les ofrecía, y con ese acto alcanzaron su fin sobrenatural.
 
Los demás se encerraron en sí mismos, y Dios no pudo hacer llegar la vida sobrenatural a esos corazones orgullosos; no podía violar en vano su libertad. Debido a su naturaleza puramente espiritual, su voluntad quedó fijada en el mal por ese primer acto. Se les concedió de inmediato lo que habían elegido. Mientras que los espíritus dóciles a la vocación sobrenatural entraban en el cielo de la gloria, disfrutaban inmediatamente de la visión de Dios en sí mismo, en el misterio de las Procesiones divinas que constituyen su Ser; ellos abandonaban incluso el cielo de la gracia y eran relegados para siempre a las regiones inferiores, al Gehena del infierno, castigo de su orgullo.
 
A la cabeza de ellos se encontraba Lucifer, el más perfecto de los ángeles y, por consiguiente, de todos los seres creados. Fueron su sugerencia y su ejemplo los que arrastraron a los demás. Al verse en la cima de la creación, no quiso mirar por encima de sí mismo, buscar su perfección y su bienaventuranza en la unión con una naturaleza superior a la suya, sino que quiso encontrarlas en sí mismo. Se encerró, pues, en su propia naturaleza, queriendo contentarse con disfrutar de sus facultades naturales.

“Espíritu magnífico y desdichado, te has encerrado en ti mismo; admirador de tu propia belleza, esta se ha convertido en una trampa para ti” (5). No solo fue una ingratitud, sino una rebelión contra Dios, a quien corresponde determinar el destino de cada una de sus criaturas.
 
No hay que atribuirle, como señala Santo Tomás, la insensata esperanza de destronar al Ser supremo, o de sentarse tras una dura lucha a su derecha como su igual (6). Solo tenía el deseo de ser semejante a Dios (7), es decir, de poder presentarse como autosuficiente, como alguien que no necesita ser perfeccionado por nada ajeno a sí mismo. Dios se definió a sí mismo: “Yo soy el que soy”. En su orgullo, Lucifer dijo: “Yo soy lo que soy. Dios no espera de ninguna naturaleza superior a la suya un plus de perfección; en eso quiero ser como Él. A mí también me basta con ser lo que soy por mi propia naturaleza y complacerme en ello”. “El demonio no permaneció en la verdad”, dice el Apóstol San Juan (8). La verdad es que incluso su naturaleza la había recibido de Dios y eso lo hacía dependiente de Él.

El orgullo le empujó aún más por ese camino, ya que Dios, al ofrecerle el estado sobrenatural, le revelaba sus designios sobre la naturaleza humana. Lucifer vio que, para entrar en unión con Dios y recibir en esa unión la vida sobrenatural, debía inclinarse ante un ser inferior a él en una de las dos naturalezas que debían componer su persona, el Hijo de Dios hecho Hombre, convertido en Jefe de toda la creación (9); e incluso ante la Mujer que, cooperando en la Encarnación del Verbo, merecería compartir su reinado sobre el universo, Cielo y tierra (10).

  
La culpa de Lucifer, el crimen de su orgullo desmesurado, consiste precisamente en rechazar lo sobrenatural; y la tentación a la que sometió a los ángeles que estaban por debajo de él, tras haber sucumbido él mismo a ella, puede denominarse, con toda propiedad, la tentación del naturalismo. Recordemos esta constatación, nos servirá de guía en el resto de este estudio, pues veremos cómo esa misma tentación se repite en el paraíso terrenal, y luego en el desierto, donde Jesús se retiró tras su bautismo; y es a ella también a la que está sometida la cristiandad desde el siglo XV, por la masonería, el judaísmo y el demonio.
 
En el cielo, esta tentación provocó lo que la Sagrada Escritura denomina: “La gran batalla. Et factum est praelium magnum in caelo. Miguel y sus ángeles lucharon contra el Dragón, y el Dragón y sus ángeles lucharon; pero no pudieron vencer” (11).
 
Es la misma guerra que continúa aquí en la tierra y que, en nuestro caso, se presenta bajo este aspecto: “El antagonismo entre dos civilizaciones”. Para que se comprenda lo que fue en el cielo, y cómo en la tierra tiene como adversarios no solo a hombres contra hombres, sino también a seres humanos contra demonios. “No luchamos solo contra la carne y la sangre, sino contra los príncipes, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos que se mueven en el aire” (12), —es necesario señalar el orden, la jerarquía y la subordinación que Dios ha establecido entre sus criaturas.
 
En el nivel más bajo de la creación encontramos los seres inanimados, que solo tienen existencia; por encima de ellos, los que participan, en diversos grados, de la energía vital; luego, los animales racionales; y en la cima, las inteligencias puras. Sabemos, por nuestra propia experiencia, que los seres inferiores dependen de los seres superiores. Dios, al crear al hombre, dijo: “Que domine sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los animales domésticos y sobre toda la tierra”; y nosotros ejercemos ese dominio.
 
En términos generales, lo mismo ocurre en el Cielo.

No solo existe entre los espíritus puros una diferencia de grados en el parecido con el ser divino, en la participación en su perfección, sino que también hay un intercambio entre los seres superiores y los inferiores, en el que los primeros dan a los segundos.  Esto es lo que explica, en un lenguaje sublime, san Dionisio el Areopagita o, al menos, el autor de los tratados que se le atribuyen.
 
“En este derramamiento liberador de la naturaleza divina -dijo- sobre todas las criaturas, una mayor parte recae sobre los órdenes de la jerarquía celestial, porque, en una interacción más inmediata y directa, la divinidad permite que el esplendor de su gloria fluya hacia ellas de manera más pura y eficaz”. Ahora bien, en toda constitución jerárquica, los grados de perfección dan lugar a grados de subordinación. “El último orden del ejército angélico es elevado a Dios por los augustos poderes de los grados más sublimes. ¿Cuál es el número, cuáles son las facultades de los diversos órdenes que forman los espíritus celestiales? Esto solo lo sabe con precisión Aquel que es el adorable principio de su perfección. La primera jerarquía está gobernada por el soberano iniciador mismo, y moldea a los espíritus subordinados a su imagen divina. No se entrega a los excesos del poder tiránico sobre ellos, sino que, elevándose hacia las cosas celestiales con una impetuosidad bien ordenada, atrae amorosamente a las inteligencias menos elevadas hacia el mismo objetivo. Debe entenderse —y esto lo dice todavía san Dionisio— que la jerarquía superior, más cercana en rango al santuario de la divinidad, gobierna la segunda por medios misteriosos; a su vez, la segunda, que contiene las Dominaciones, las Virtudes y las Potestades, guía la jerarquía de Principados, Arcángeles y Ángeles”. Y esto rige la jerarquía humana para que el hombre pueda elevarse, volverse a Dios y unirse a Él. Así, por la armonía divina y la justa proporción, todos se elevan, uno tras otro, hacia Aquel que es el principio soberano y el fin de todo orden hermoso. Se le llama el Soberano Supremo porque atrae todas las cosas hacia Sí como hacia un centro poderoso, y porque comanda todos los mundos y los gobierna con plena y firme independencia, siendo al mismo tiempo objeto de el deseo y el amor universales. Todas las cosas se someten a su yugo por una inclinación natural y tienden instintivamente hacia Él, atraídas por los poderosos encantos de su amor indomable y dulce (13).

Por lo tanto, es una ley de naturaleza universal que entre las criaturas existe una jerarquía basada en la desigualdad de su participación en la perfección suprema, en la superioridad o inferioridad de la naturaleza que les ha tocado.
 
Los seres de naturaleza inferior, de menor perfección, están subordinados a los de naturaleza superior. Por lo tanto, los ángeles de rango superior ejercen sobre los que están por debajo de ellos lo que Santo Tomás llama Praelatio, una supremacía de autoridad y poder.
 
Esta prelatura pertenecía, por encima de toda la jerarquía de seres, al más sublime de todos los ángeles, a aquel que había recibido el nombre de Lucifer, portador de luz, por el papel que le fue dado en el Cielo y que Areopagita explica así: “Toda gracia excelente, todo don perfecto viene de lo alto y desciende del Padre de las luces. Él es una fuente fecunda y un amplio desbordamiento de luz que llena todas las mentes con su plenitud”.
 
Lucifer, situado en el primer rango, recibió así las primeras corrientes de este río de luz y vida que emana de Dios y de él; estas corrientes se extendieron luego a las esferas inferiores. De ahí su nombre, Lucifer, transmisor de luz.

A él le hubiera gustado conservar la prelatura que lo había glorificado tanto, y luchó por mantenerla en su poder. San Agustín, quien llama a Satanás “Perversus sui amor” (perverso en su amor), dice que en su pecado amó el poder que le pertenecía. “Angelum peccasse amando propriam potestatem” (14).

Quería conservar ese poder a pesar de que su pecado lo había transferido a otros.

Como consecuencia del pecado que él y sus discípulos acababan de cometer, surgió una nueva distinción entre los espíritus puros: algunos eran sobrenaturales, otros no. Ahora bien, lo sobrenatural introdujo a los primeros en un ámbito inaccesible para los segundos, otorgándoles una dignidad y prerrogativas que estos últimos ya no podían alcanzar. Prueba de ello reside en la alabanza que la Santa Iglesia rinde a una criatura humana, pero extraordinariamente sobrenaturalizada: la humanidad del Dios-Hombre. Exultata est super choros angelorum. También sabemos que la Santísima Virgen, Madre de Cristo, fue coronada Reina de los Ángeles.

Lucifer, al ver esto, aún quería mantener y afirmar la supremacía que la excelencia de su naturaleza le otorgaba sobre los demás ángeles. Ellos se resistieron, y surgió el clamor “¿Quis ut Deus?” (¿Quién como Dios?). Esto expresa acertadamente la naturaleza de esta resistencia. Marca una oposición fundamental a las sugerencias naturalistas de que Satanás sembró la discordia entre las huestes celestiales para mantener su dominio sobre sus hermanos. “¿Quién como Dios?”, respondieron. “¿Quién puede afirmar ser autosuficiente, subsistir en sí mismo, encontrar su fin último en sí mismo? Y, por otro lado, ¿quién puede ser superior a la criatura a quien Dios ha elevado a participar de su naturaleza divina? Dios, que está por encima de todo, otorga a la criatura a la que se une por gracia una dignidad que la eleva por encima de todas las demás en el mundo de la naturaleza pura”.

Así pues, las pretensiones de Lucifer y sus seguidores fueron rechazadas. Él, el príncipe de los arcángeles, quedó subordinado, por su orgullo, al último de los ángeles buenos en el orden natural.

Continúa...

Notas:

1) Condens in eis naturam et largiens gratiam. (S. Aug. De natura et gratia).

2) Blanc de Saint-Bonnet: L’ amour et la chute.

3) Initium omnis peccate superbia. Eccli., X, 15.

4) S. T., Pars I, Q. LXIII, art. 5.

5) Bossuet, Elévations, IVª semaine, 2ª Elevation.

6) El ángel que conoce a Dios, no como nosotros mediante el razonamiento, sino, como señala santo Tomás, mediante un conocimiento necesario e infalible que le proviene del conocimiento que tiene de sí mismo —una reproducción de la naturaleza divina, real y exacta, aunque infinitamente distante del modelo divino—, no podía tener tal idea.

7) Yo soy como el Altísimo. Is. XIV: 13, 14.

8) Juan VIII: 44.

9) Primogenitus omnis creaturae. Col. I, 15, 16, 17.
In omnibus Ipse primatum tenens. Ef. I, 20, 21, 22.
Pacificans... sive quae in caelis sunt. Col. I, 20.
Orígenes afirma que Jesús pacificó los cielos al conceder a los ángeles buenos el don de los dones, es decir, la vida sobrenatural. “Il coelis quidem non pro peccato sed pro munere oblatus est” (Hom. 2, Supra caput, 1 et 2, Levit.)

10) Al presentar Dios por segunda vez en la escena del mundo a su Hijo primogénito, dijo: “¡Que todos los ángeles lo adoren!”. Esta segunda presentación, esta nueva revelación hecha por el Padre, se refiere evidentemente a su Hijo situado en un segundo y nuevo estado, es decir, a su Hijo encarnado. Creer en el Hijo de Dios hecho hombre, esperar en él, amarlo, servirlo, adorarlo, tal era la condición de la salvación. Los dos testamentos nos dicen que el precepto se dirigió tanto a los ángeles como a los hombres: está escrito en uno y en otro: Et adorent eum omnea angeli ejus.
“Satanás se estremece ante la idea de postrarse ante una naturaleza inferior a la suya, y sobre todo ante la idea de recibir él mismo de esa naturaleza tan extrañamente privilegiada un aumento actual de luz, de ciencia y de mérito, así como un incremento eterno de gloria y bienaventuranza. Considerándose ofendido en la dignidad de su condición natural, se atrincheró en los derechos y exigencias del orden natural”, Cardenal Pío III, Instrucción sinodal. Véase, Somme théologique, P. I, Q. LXIV, a. I, ad IV. — Suarez dice lo mismo: De malig. ang. L. VII, C. XIII, n. 13 et 18.

11) Apoc. XII: 7.

12) Ef. VI: 12.

13) S. Dionisio Areopagita: De la hiérarchie céleste, Passim.

14) Genesi ad litteram, chap. XV.



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LA DEVOCIÓN A MARÍA BAMBINA

Así como Jesús es adorado en su Divina Infancia, María también es venerada en la suya. 


La contemplación de la infancia de la mujer elegida por Dios al principio de los tiempos (Génesis 3:15) para dar a luz al Salvador es una práctica antigua; la Iglesia incluso celebra su natividad el 8 de septiembre, uno de los tres únicos cumpleaños que reciben este honor, siendo los otros dos los de Jesús y su Precursor (San Juan Bautista). Todos ellos nacieron sin la mancha del pecado original -San Juan fue lleno del Espíritu Santo en el vientre de su madre (Lucas 1:13-17, 44)-, aunque solo Jesús y María fueron concebidos llenos de gracia.

La mayor parte de lo que sabemos de la infancia de la Virgen María proviene de fuentes apócrifas: el Evangelio de la Natividad de María, traducido del hebreo por San Jerónimo (340-420 d. C.) a partir de un manuscrito cuya fecha y origen desconocemos, y el Protoevangelio de Santiago, escrito alrededor del año 125 d. C. De estas obras, conocemos a sus padres, Santa Ana y San Joaquín, y es con ellos, especialmente con su madre, con quienes se suele representar a la niña María. También conocemos la concepción milagrosa de María, su consagración al Templo, etc., y los antiguos cristianos, conociendo estas historias, construyeron iglesias en honor a María y sus padres muy pronto en Jerusalén.

En el año 1007 d. C., en la ciudad de Milán, la iglesia de Santa María Fulcorina fue dedicada al Misterio de la Natividad de María y con el tiempo se convirtió en la catedral de Milán. La catedral actual fue construida y posteriormente consagrada por San Carlos Borromeo en el año 1572 d. C., dedicándose a “Mariae Nascenti” (La Natividad de María). Esta ciudad se convirtió, entonces, en uno de los centros de devoción a la Niña María.

Catedral de Santa María Nascente, Milán, Italia

Ciento sesenta y tres años después, la hermana Isabella Chiara Fornari, superiora de las Hermanas Clarisas de Todi, Italia, realizó una imagen de cera de la Virgen María niña (“María Bambina”). La llevó a Milán, donde pasó a manos de las Hermanas Capuchinas, y fue transmitida de generación en generación dentro de la Orden hasta que un sacerdote la entregó, en 1876, a la Casa Madre de las Hermanas de la Caridad de Milán, donde permanece hasta hoy. Con el paso del tiempo, la imagen de María Bambina se fue deteriorando y decolorando. El color de su “piel” adquirió un tono grisáceo amarillento, por lo que fue mantenida oculta, exhibiéndose únicamente en la Fiesta de la Natividad de María. En esa fiesta, en 1884, la hermana Josephine Woinovich, que sufría un dolor terrible y estaba postrada en cama debido a la parálisis de brazos y pies, pidió que le llevaran la imagen a su lecho para poder rezar mejor a la Virgen María pidiendo su intercesión. Su deseo fue concedido, y su petición inspiró a la Madre General a llevar a María Niña a visitar a las demás hermanas enfermas. Una de ellas se curó milagrosamente, y otras dos se curaron en los meses siguientes.


En enero del año siguiente, la imagen misma fue “sanada” en cierto sentido; sin ayuda humana, el tono gris amarillento de la “piel” fue reemplazado por los tonos naturales de la carne que conserva hasta hoy. La devoción a María se extendió gracias a estos milagros, y el 31 de mayo de 1904 la imagen fue solemnemente coronada por el Cardenal Ferrari. Las parejas comenzaron a venerar la imagen cuando intentaban concebir un hijo, y se convirtió en costumbre regalar a los recién casados ​​una pequeña figura de cera de María Niña el día de su boda. Se puede ver a María Niña en la Casa Madre de las Hermanas de la Caridad, Via Santa Sofía 13, Milán, Italia.

Oración a María Niña

Dios te salve, Niña María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita seas por siempre, y benditos sean tus santos padres Joaquín y Ana, de quienes naciste milagrosamente. 

Madre de Dios, intercede por nosotros.

A tu amparo acudimos, santa y amable Niña María, no desprecies nuestras súplicas en nuestras necesidades, antes bien, líbranos de todo peligro, gloriosa y bendita Virgen.

V. Ruega por nosotros, santa Niña María.

R. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Cristo.

Oremos: Oh Dios todopoderoso y misericordioso, que por la cooperación del Espíritu Santo preparaste el cuerpo y el alma de la Inmaculada Niña María para que fuera digna Madre de tu Hijo, y la preservaste de toda mancha, concédenos que quienes veneramos con todo nuestro corazón su santísima infancia, seamos liberados, por sus méritos e intercesión, de toda impureza de mente y cuerpo, y podamos imitar su perfecta humildad, obediencia y caridad. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
 

CARTA ABIERTA DEL PADRE MATTHEW CLIFTON AL PADRE CHRISTIAN THOUVENOT (2012)


En 2012, el padre Matthew Clifton fue destinado al Distrito Británico de la FSSPX, y dirigió una carta al secretario general de la FSSPX, el padre Christian Thouvenot, que residía en la sede de la Sociedad en Menzingen, Suiza.

Por Sean Johnson


Al igual que la carta anterior de esta serie escrita por el padre Damien Fox, esta sería la única declaración pública del padre Clifton en contra de la reorientación de la Compañía hacia la Roma no convertida.


27 de junio de 2012

Estimado Padre:

En vísperas del vigésimo aniversario de mi ordenación sacerdotal, al tiempo que doy gracias a Dios Todopoderoso y a la Santísima Virgen por la gran gracia y misericordia que me han concedido, me siento impulsado a expresar mis reflexiones sobre los sufrimientos que afligen a nuestra querida Compañía.

Los acontecimientos ocurridos en la Compañía durante los últimos tres meses me han llevado primero a la tristeza y la angustia, y finalmente al desaliento y la ira. Las terribles divisiones que ahora debilitan a nuestra Compañía no son fruto de la rebelión ni de la desobediencia, sino que son claramente el resultado de un cambio radical de principios por parte de nuestros Superiores en relación con Roma. Abandonar la seguridad y la prudencia de la postura adoptada por la Compañía en la última reunión del Capítulo General (2006), a saber, la de rechazar cualquier acuerdo práctico con las autoridades romanas sin una resolución doctrinal de los errores del Concilio Vaticano II, ha resultado ser un desastre. En consecuencia, la Compañía, que siempre fue unida y fuerte, ahora está fracturada y debilitada: hermano contra hermano. No se ha presentado ningún argumento convincente que justifique un cambio de postura tan fundamental: el Santo Padre no ha modificado en absoluto su insistencia en la hermenéutica de la continuidad con respecto a la Tradición y las enseñanzas del último Concilio. Sin embargo, se pretende que aceptemos lo contrario.

Este enfoque no podía sino generar el profundo malestar que ahora afecta a nuestra Sociedad. Además, el abuso del secreto a tan gran escala por parte de nuestros actuales Superiores, junto con el privilegio otorgado a un pequeño grupo de personas de confianza que apoyan la nueva política hacia Roma, ha servido para exacerbar aún más esta dolorosa situación.

Por lo tanto, me resulta evidente que quienes realmente son responsables de la tormenta actual no son quienes han intentado preservar la firmeza de nuestra Sociedad y su profesión inequívoca de la fe católica frente a las autoridades conciliares, sino quienes optaron por abandonar la sensatez de insistir en una verdadera conversión por parte de la Roma modernista antes de contemplar un acuerdo práctico.

En vista de esto, la decisión del Superior General de excluir a uno de sus hermanos obispos (1) (elegido, al igual que él mismo, por Su Gracia el Arzobispo Lefebvre) de la Reunión Capitular de julio, junto con esta negativa a ordenar candidatos de comunidades religiosas que siempre han compartido con nosotros la misma lucha por la Tradición “hasta que se pueda garantizar su lealtad”, son profundamente inquietantes e injustas (2). Recurrir simplemente a sanciones cada vez mayores contra quienes se oponen a la novedad de la nueva política —a la que el Obispo Fellay aludió por primera vez en la edición de marzo de Cor Unum (3). Esto solo servirá para crear aún más división y perjudicar aún más a la Compañía. Por el contrario, estoy profundamente convencido de que solo un retorno a nuestra postura anterior, insistiendo en una verdadera conversión doctrinal por parte de Roma antes de cualquier acuerdo práctico, podrá restaurar la paz y la unidad en nuestra Compañía sacerdotal, siempre fiel al ejemplo y al espíritu de nuestro amado fundador, el arzobispo Marcel Lefebvre.

In Christo sacerdote et Maria Immaculata .

P. Matthew Clifton.


Notas:

1) La referencia alude a la exclusión de Williamson por parte de Fellay del Capítulo General, que se reuniría en un par de semanas.

2) Esta referencia específica se refería a los dominicos de Avrille (Francia), pero se aplicaba a todas las congregaciones religiosas afines: o se unían o buscaban otro obispo para realizar las ordenaciones. Era una extorsión espiritual.

3) Cor Unum es el boletín interno de la FSSPX, distribuido únicamente a los miembros sacerdotales (o religiosos). El artículo en cuestión, del número de marzo de 2012, aparecerá más adelante en esta colección, pero la idea principal era la siguiente: +Fellay, para defender la nueva postura, argumentó que existía una nueva situación en Roma que exigía una nueva respuesta de la FSSPX. Pronto, el “grupo de apologistas” del que habla el padre Clifton comenzaría a publicar artículos como “Ya no podemos ser de 1988”, del padre Simoulin (es decir, justificando el alejamiento de la postura de +Lefebvre, aun cuando fingían fidelidad).
 

1 DE MAYO: SAN FELIPE Y SANTIAGO EL MENOR, APÓSTOLES


1 de mayo: San Felipe y Santiago el Menor, Apóstoles

(✞ 54  - ✞ 62)

El glorioso apóstol de Cristo San Felipe fue natural de Betsaida, donde nacieron asimismo San Andrés y San Pedro.

Luego que San Felipe conoció a Cristo, comenzó a hacer oficio de apóstol, que era traer a otros al conocimiento y amor de Dios; y así trajo a Natanael a Cristo, de quien dijo el Señor que era verdadero israelita y hombre sin doblez ni engaño.

Antes de hacer nuestro Señor el gran milagro de la multiplicación de los panes en el desierto, preguntó a Felipe de dónde compraría pan para sustentar a aquella gran muchedumbre de pueblo, para darnos a entender con su respuesta la falta de pan que había, y la grandeza del milagro del Señor.

Después de la resurrección de Lázaro algunos gentiles vinieron a ver a Jesucristo, y tomaron por medio a San Felipe, declarándole su deseo, y Felipe y Andrés lo dijeron al Señor, el cual hizo gracias al Padre eterno porque ya los gentiles comenzaban a conocerles.

En aquel soberano sermón que el mismo Señor hizo a los apóstoles después de la sagrada cena, le dijo San Felipe:

- Señor, mostradnos al Padre.

Y de estas palabras tomó ocasión el Señor para revelarnos altísimos misterios de su divina naturaleza.

Después de la venida del Espíritu Santo, cupo a San Felipe la provincia de Asia superior, en la cual predicó el Santo Evangelio; de allí pasó a la Escita y por último a la ciudad de Hierápolis, donde los gentiles adoraban por Dios una víbora, y donde echaron mano al santo apóstol, y después de haberle azotado ásperamente, le crucificaron y mataron a pedradas.

Celebramos hoy también la memoria del apóstol Santiago el Menor, que nació en Caná de Galilea, el cual es llamado hermano del Señor, conforme a la costumbre de los hebreos que llamaban hermanos a los que eran primos, y por haber sido llamado al apostolado y después de Santiago, hermano de San Juan, se llama Santiago el menor.

Era apellidado también con el nombre de Justo, porque su vida era un retrato del cielo, y en las facciones del rostro se parecía a Cristo, y así muchos cristianos venían a Jerusalén a ver a Santiago.

Nunca comió carne ni bebió vino, y por tanto estar de rodillas, las tenía duras como de camello; jamás consintió que se le cortase el cabello, ni quiso bañarse ni ser ungido con óleo.

Era tan grande la opinión que tenían los judíos de su santidad, que a él solo le dejaban entrar en el sancto santorum.

San Pedro lo nombró Obispo de Jerusalén y en el primer Concilio que así se celebró dijo su parecer después de San Pedro.

Finalmente, después de haber gobernado la Iglesia de Jerusalén por espacio de treinta años y por haber predicado a Jesucristo en el templo, los fariseos, bramando como leones tomaron piedras contra él y le arrojaron del lugar eminente en el que predicaba, y mientras levantaba las manos al cielo rogando por sus enemigos, uno de ellos le dio con una pértiga en la cabeza, esparciéndole los sucesos por el suelo.

 

jueves, 30 de abril de 2026

RITUAL DE SANGRE: GUILLERMO DE NORWICH (1132–1144)

Guillermo de Norwich (1132–1144) fue un niño aprendiz que vivió en la ciudad inglesa de Norwich y que fue asesinado durante la Pascua de 1144. 
 

La comunidad judía francófona de la ciudad fue indicada como la responsable de su muerte, pero el crimen nunca se resolvió. El caso de Guillermo es el primer ejemplo conocido de libelo de sangre medieval.

La historia del niño está documentada en los escritos de Thomas de Monmouth, un monje benedictino y miembro del priorato de la catedral de Norwich, quien escribió la hagiografía The Life and Miracles of St William of Norwich (La vida y los milagros de San Guillermo de Norwich) en 1150 para solicitar la canonización de Guillermo. El priorato consagró las reliquias de Guillermo en la catedral. Sin embargo, nunca fue canonizado formalmente y el culto en torno a Guillermo cayó en el olvido en el siglo XVI. Sus reliquias se perdieron y casi no queda rastro de la pequeña capilla aislada dedicada a él en Mousehold Heath, situada cerca de donde se encontró su cuerpo.

Los judíos en Norwich

Se cree que la comunidad judía se estableció en Norwich hacia 1135, aunque un judío llamado Isaac aparece registrado en el Domesday Book en 1086. La mayor parte de la comunidad judía vivía en Jewry, el barrio judío de la ciudad, cerca del castillo. Ya por aquellos años, los judíos se encontraban vinculados con el poder y estaban estrechamente conectados con la clase gobernante anglonormanda y se encontraban bajo su protección.

Mapa de Norwich medieval (publicado en 1896). El barrio judío se muestra en rojo, situado cerca de la zona del castillo

Las tensiones entre los anglosajones locales y los normandos bien pudieron haber llevado a la conclusión de que los crímenes cometidos por los judíos francófonos eran encubiertos por los normandos francófonos. Las tensiones fueron particularmente altas durante el reinado de Esteban.

La narración histórica anglosajona

El asesinato de Guillermo de Norwich es mencionado en la  Peterborough Chronicle (Crónica de Peterborough), una versión de la Crónica anglosajona escrita entre 1273 y 1295. La relación cronológicamente ordenada de los hechos ocurridos describe el destino de Guillermo que se registró alrededor de 1155:

En su tiempo, los judíos de Norwich compraron a un niño cristiano antes de Pascua y lo torturaron con las mismas torturas con las que fue torturado nuestro Señor, y el Viernes Santo lo colgaron en una cruz por amor a nuestro Señor, y luego lo enterraron, imaginando que sería ocultado, pero nuestro Señor demostró que era un santo mártir, y los monjes lo recogieron y lo enterraron con reverencia en la iglesia, y a través de nuestro Señor realiza milagros maravillosos y múltiples; y se le llama San Guillermo.

La vida y los milagros de San Guillermo de Norwich

La principal fuente de información sobre Guillermo de Norwich proviene de una única copia de un manuscrito del siglo XII del monje benedictino Thomas de Monmouth, quien llegó a Norwich antes de 1150 para hacerse monje en el priorato de la ciudad, ahora la Catedral de Norwich. La copia que se conserva habría sido realizada menos de 10 años después de que se completara el original.

Iglesia medieval San Juan Bautista en Norwich

En su relato de la vida de Guillermo, Vita et Passione Sancti Willelmi Martyris Norwicensis (Vida y Pasión del Mártir San Guillermo de Norwich) Thomas de Monmouth describió las historias proporcionadas por observadores y testigos de los sucesos que rodearon la muerte de Guillermo, así como información que recibió sobre la comunidad judía de Norwich. Detalló cómo investigó el caso y visitó el lugar del crimen. El relato se presenta en siete libros, los dos primeros de los cuales contienen detalles del asesinato de Guillermo, pruebas que respaldan la acusación de que los judíos lo mataron y que, como mártir, fue canonizado.

Este documento fue legado a la iglesia de Santa María en Brent Eleigh hacia 1700; la iglesia lo vendió a la Biblioteca de la Universidad de Cambridge en 1891. 

Las primeras referencias a Vida y Pasión de San Guillermo de Norwich comenzaron a salir a la luz durante el siglo XVI gracias al anticuario John Leland y el clérigo de Anglia Oriental John Bale. 

La vida de Guillermo como aprendiz

Según relata Thomas de Monmouth, Guillermo nació el 2 de febrero de 1132 en el seno de una pareja local.

Thomas afirma en su investigación que encontró pruebas de que Guillermo era aprendiz de curtidor y desollador (por ello en algunas de sus representaciones gráficas se muestra con un cuchillo en la mano). Su trabajo lo puso en contacto con miembros de la población judía de la ciudad. Un hombre que decía trabajar para el arcediano de Norwich se acercó a su madre y le ofreció a Guillermo un trabajo en las cocinas del arcediano. Ella aceptó y le pagaron tres chelines para que dejara ir a su hijo. Guillermo y el hombre visitaron entonces a la tía de Guillermo, quien le dijo a su hija que los siguiera. La última vez que su familia vio a Guillermo con vida fue el Martes Santo, cuando él y el hombre entraron en la casa de un judío local.

Asesinato y entierro

Thomas relató que Guillermo fue torturado antes de ser asesinado. Su cuerpo fue encontrado el Sábado Santo de 1144 en Thorpe Wood, al norte de la ciudad. Fue visto por una monja, antes de que un leñador, Henry de Sprowston, encontrara a Guillermo. Henry vio que el niño había sido amordazado antes de sufrir una muerte violenta. Se decidió enterrar al niño en tierra no consagrada el Lunes de Pascua. Pero al verlo y reconocerlo los vecinos, se dispuso que el cuerpo fuera enterrado en el lugar del asesinato. Al día siguiente, miembros de la familia de Guillermo, uno de los cuales, Godwin Stuart, que era sacerdote, lo confirmaron como la víctima. Luego fue exhumado y enterrado nuevamente después de una Misa de Réquiem. 

Que sucedió después del crimen

La familia de Guillermo y sus compatriotas ingleses culparon sin dudar a la comunidad judía local por el crimen y exigieron justicia ante el tribunal eclesiástico del obispo Guillermo de Turbeville. El obispo convocó a miembros de la comunidad judía a comparecer ante el tribunal y someterse a un juicio por ordalía, pero el alguacil normando local, John de Chesney, les informó que el tribunal eclesiástico no tenía jurisdicción sobre ellos, ya que no eran cristianos.

A continuación, acogió a los judíos bajo su protección en el castillo de Norwich. Una vez que la situación se calmó, los judíos regresaron a sus hogares. El asunto resurgió dos años después, cuando un miembro de la comunidad judía fue asesinado en un incidente no relacionado. El rey Esteban accedió a investigar el asunto, pero posteriormente decidió no seguir adelante con la investigación.

Mientras tanto, el cuerpo de Guillermo había sido trasladado al cementerio del monasterio y entre los fieles cristianos estaba naciendo el culto en torno al niño como mártir cristiano y, a medida que el culto se desarrollaba, también se difundía la historia de cómo y por qué Guillermo había sido asesinado.

La Veneración de Guillermo de Norwich

En el Santuario de la Catedral de Norwich

El obispo Guillermo, con el objeto de hacer conocer al pueblo la verdad sobre este crimen atroz, animó al monje Thomas de Monmouth a interrogar a la gente del lugar y a escribir un libro con el resultado de sus investigaciones.

Tras ser enterrado en el cementerio de los monjes, el cuerpo de Guillermo fue nuevamente exhumado y trasladado a la catedral de Norwich, siendo colocado en la sala capitular en 1150 y cerca del altar mayor en 1151. La hagiografía de Thomas de Monmouth se dedicó principalmente a aportar pruebas de la santidad de Guillermo. El libro describe luces vistas en el lugar donde fue hallado el cuerpo y curaciones milagrosas ocurridas tras súplicas a Guillermo. Monmouth admitió en su libro que su prior se oponía al culto, argumentando que “había pocas pruebas de la piedad o el martirio de Guillermo”.

Un impulso a la popularidad del santuario ocurrió después de 1376, cuando Guillermo fue adoptado por el Gremio de Peltiers de Norwich, cuyo servicio anual en la Catedral de Norwich incluía a un niño que representaba a Guillermo. Había un gremio de eruditos dedicado a San Guillermo en la ciudad de Bishop's Lynn (ahora King's Lynn).

La capilla de San Guillermo en Mousehold Heath

Una capilla de madera habría sido sido construida en 1168 por el obispo de Norwich, Guillermo de Turbeville, cerca de donde se encontró el cuerpo del niño de 12 años en 1144. Según otra tradición, una capilla dedicada a Santa Catalina fue rededicada a San Guillermo en 1168. La referencia más antigua a esta capilla se encuentra en una bula papal de 1176, donde figuraba entre las posesiones del priorato de la catedral de Norwich y se la denominaba Capilla de Santa Catalina en Thorpe Wood (Capellum Sancte Katerine in Bosco de Thorpe). La última ofrenda en esta capilla se registró en 1506. Se desconoce la fecha exacta de la disolución, pero en 1550 el sitio fue arrendado por la catedral como “el patio de la capilla llamado San Guillermo en el Bosque”.

Guillermo de Norwich según un grabado de Adriaen Collaert

El anticuario de Norfolk, John Kirkpatrick, elaboró ​​un plano del sitio alrededor de 1720. Este plano muestra que en ese momento quedaban pocos restos de la capilla. Actualmente se encuentran en esas tierras dos recintos concéntricos que contienen montículos de escombros de sílex (una forma sedimentaria criptocristalina del mineral cuarzo), que probablemente sean los restos de la capilla y las dependencias de los monjes asociados. Es probable que el recinto exterior rodeara el antiguo cementerio.

Representación en paneles de iglesias

Se pueden ver imágenes de Guillermo de Norwich en iglesias de East Anglia, cerca de Norwich. Un panel de roble pintado que representa a Guillermo y Ágata de Sicilia, antiguamente parte de un coro alto en St John Maddermarket, Norwich, pero que ahora se encuentra en el Museo Victoria y Alberto, donde se muestra al niño sosteniendo un martillo y con tres clavos en la cabeza. 

Guillermo representado en una pintura sobre madera en la iglesia de Santa María Magdalena, Norwich (antes de 1470).

También aparece en los coros altos de las iglesias parroquiales de Worstead (Norfolk), Loddon (Norfolk) y Eye (Suffolk).

Consecuencias hacia los judíos de Inglaterra tras este crimen

Como consecuencia del resentimiento generado por el asesinato del niño Guillermo y la posterior intervención de las autoridades de Norwich, la creciente sospecha de connivencia provocó el repudio hacia los judíos y la población normanda, afines a ellos en la ciudad. La acusación específica de asesinato ritual contra los judíos de Norwich constituye el primer caso registrado de libelo de sangre en la Edad Media.

Tras la muerte de Guillermo se atribuyeron a los judíos varios otros asesinatos de niños, entre ellos el de Haroldo de Gloucester en 1168, el de Roberto de Bury en 1181 y el del pequeño San Hugo de Lincoln en 1255.

Durante el reinado de Ricardo Corazón de León, la actitud hacia los judíos ingleses se volvió cada día menos tolerante. Esto, junto con el aumento de la opinión pública a favor de una Cruzada y la generalización de todos, incluidos los no cristianos, llevó a que la delegación judía que asistió a la coronación de Ricardo en 1189 fuera atacada por la multitud. 

En ese momento se inició un ataque generalizado contra la población judía, que culminó en masacres de judíos en Londres, Bury y York, seguidas de otras en toda Inglaterra. 

Cuando la nobleza normanda de Norwich intentó sofocar los ataques contra la población judía, la pequeña nobleza y los campesinos se rebelaron contra los señores y atacaron a la comunidad judía de Norwich y sus cómplices. El 6 de febrero de 1190 se inició una cacería: los judíos que eran encontrados en sus casas en Norwich y también los que se habían refugiado en el castillo fueron ultimados.

Castillo de Norwich

La hostilidad contra los judíos continuó hasta que, en 1290, Eduardo I los expulsó de Inglaterra. No se les permitió oficialmente reasentarse en Inglaterra hasta después de 1655, cuando el Lord Protector Oliver Cromwell encargó la Conferencia de Whitehall para debatir las propuestas del  rabino y practicante de la Cábala Menasseh ben Israel. Si bien la Conferencia no llegó a un veredicto, se considera que esta reunión de destacados comerciantes, clérigos y abogados ingleses dio pie al inicio del reasentamiento de los judíos en Inglaterra.

La fiesta que recordaba a San Guillermo de Norwich era el 26 de marzo, pero fue eliminada del Calendario Universal.

Teorías posteriores para desvincular a los judíos de este crimen

El primer análisis del asesinato fue escrito en 1896 por el masón “erudito medievalista” británico Montague Rhodes James (famoso por sus relatos sobre fantasmas). Tras observar el uso que Thomas de Monmouth hacía de los testimonios para construir un relato coherente, James argumentó que esos relatos eran invenciones, poco fiables o manipulados para que encajaran en la historia. James sostenía que el carácter ritual del asesinato surgió solo después de que un hombre llamado Teobaldo (un judío converso al cristianismo), deseoso de congraciarse con la comunidad cristiana, promoviera la idea. James sugirió otras causas para la muerte de Guillermo, incluyendo la posibilidad de que fuera un accidente, o que Guillermo fuera asesinado y su asesino (o asesino accidental) escapara a la detección culpando a los judíos del crimen.

El crítico literario judío Joseph Jacobs especuló en 1897 que la familia de Guillermo había celebrado una crucifixión simulada durante la Pascua, en la que Guillermo cayó en un trance cataléptico y murió como consecuencia de ese hecho.

En 1933, el historiador judío Cecil Roth argumentó que un tipo diferente de crucifixión simulada pudo haber dado lugar a las acusaciones contra los judíos. Sugirió que las acusaciones contra los judíos se derivaban de una crucifixión simulada o mascarada que implica la ejecución simulada de Amán durante la fiesta de Purim
 
En 1938, el rabino Jacob R. Marcus comentó sobre Guillermo de Norwich y otros “supuestos casos similares”: “Durante generaciones se ha creído que ningún niño cristiano estaba a salvo en manos judías. Cientos de judíos han sido encarcelados, asesinados o quemados vivos bajo esta acusación. El Papado ha denunciado frecuentemente esta acusación, pero también es cierto que en numerosos casos la acusación de asesinato ritual no se formuló sino con el enérgico apoyo de las autoridades eclesiásticas locales. El autor, Thomas de Monmouth, monje del monasterio benedictino de Norwich, era una persona excepcionalmente crédula. Jessop, uno de los editores de la obra de Thomas, creía que el autor monástico pertenecía a la clase de los "engañadores y engañados". En el caso específico de Guillermo de Norwich, la evidencia, analizada críticamente, lleva a creer que realmente existió y que su cuerpo fue encontrado después de haber muerto violentamente. Sin embargo, todo lo demás pertenece al ámbito de la especulación”.

En 1984, el canadiense Gavin I. Langmuir (ferviente defensor de la causa judía) respaldó otra teoría de que el asesinato fue un crimen sexual, probablemente perpetrado por el autodenominado “cocinero”, señalando que el relato de Thomas de Monmouth habría sugerido que el cuerpo de Guillermo estaba desnudo de la cintura para abajo

La teoría de que Teobaldo mató a Guillermo fue revivida en 1988 por Zefira Rokeah (otra escritora afín a la causa judía). 

También se ha sugerido que el asesino fue “un sádico desconocido” y que la familia de Guillermo, que tenía prejuicios y odio contra los judíos en general, y por ser los judíos aliados de los normandos, tenían esperanzas de obtener la riqueza de los judíos locales para sí mismos (¡cuanta difamación por pensar que los cristianos son igual que ellos!). 

El autor judío Raphael Langham, en 2005 escribió que creía que Teobaldo era un individuo perturbado con odio hacia su propia comunidad y, por lo tanto, el asesino más probable.