viernes, 6 de noviembre de 2026

VERDADERA PROFECÍA

¿Cómo se vincula la destrucción de Jerusalén con el fin del mundo?

Por el padre Hermann Weinzierl (✞ 2024)


El Gran Mensaje de La Salette es, sin duda, una ayuda para comprender el Apocalipsis del Santo Apóstol Juan. Tras examinar la historia de la pastora Melanie, la vidente de La Salette, y explorar el mensaje de La Salette como un signo de contradicción, en la tercera parte de nuestro trabajo aprenderemos a comprender e interpretar la verdadera profecía.

El Gran Mensaje de La Salette es único. Probablemente, esta sea también la razón por la que muchos católicos modernos lo rechazan. En La Salette, la Madre de Dios, entre lágrimas, resume todo lo que un católico necesita saber para el futuro en tan solo cinco páginas A4. ¡Qué contraste con los numerosos mensajes falsos en los que las apariciones llenan libros enteros con supuestos mensajes! En Lourdes, María dirá incluso menos que en La Salette, porque todo lo importante ya ha sido dicho, y lo que hay que repetir una y otra vez se resume en estas pocas palabras: ¡Ora y arrepiéntete!

Cuanto más se profundiza en el Gran Mensaje de La Salette, más se descubre un hecho sorprendente: no existe un comentario verdaderamente útil sobre las palabras de la Madre de Dios que llora. Ocasionalmente, se encuentra un enfoque bueno e interesante, pero luego se cae en una superficialidad asombrosa, como si se intentara desesperadamente negar la seriedad del mensaje. Ya hemos visto que Leon Bloy luchó en vano toda su vida para que el mensaje recibiera la atención que merecía. El aspecto más llamativo del Gran Mensaje son, sin duda, las numerosas referencias o paralelismos con el Apocalipsis. Se lee, por ejemplo, sobre los diez reyes, sobre Enoc y Elías, las plagas y las copas de la ira, la abominación de la desolación en los lugares santos, y sobre la venida del Anticristo. Cabría esperar que el lector recurriera a las Sagradas Escrituras y consultara el Libro del Apocalipsis para comprender las referencias del Gran Mensaje, ¡pero no, nada de eso! En cualquier caso, al menos en los países de habla alemana, no tenemos conocimiento de ningún comentario que tome en serio las referencias apocalípticas del Gran Mensaje e intente interpretarlas en consecuencia.

Peculiaridad de la profecía

Antes de abordar esto, debemos señalar una característica esencial de la profecía, especialmente de la Profecía del Fin de los Tiempos. El gran modelo para todas estas profecías —incluido el Libro del Apocalipsis— es el discurso de Jesucristo sobre el Fin de los Tiempos.

La ocasión para estos discursos fue un paseo que el Salvador dio con sus discípulos por el Monte de los Olivos. Los discípulos contemplaron las magníficas estructuras del complejo del Templo, uno de los edificios más impresionantes del mundo en aquel entonces. Ante esta visión, uno de los discípulos exclamó con asombro: “¡Mira, Maestro! ¡Qué piedras tan magníficas y qué forma tan espléndida!”. Jesús respondió: “¡Miren todos estos edificios! ¡No quedará piedra sobre piedra!”. Estas palabras de Jesús fueron pronunciadas camino al Monte de los Olivos, mientras cruzaban el valle del Cedrón por la ladera oriental del monte. Jesús se detuvo y se sentó frente al Templo, cuya imponente silueta se alzaba contra el cielo bajo los rayos del sol poniente. Las palabras de Jesús prácticamente exigían una explicación. Cuatro de sus discípulos más cercanos, Pedro, Santiago, Juan y Andrés, se apresuraron a preguntar: “Dinos, ¿cuándo sucederán estas cosas y cuál será la señal de tu venida?”. (Compárese con Mt. 24:1-51; Marc. 13:1-37; Luc. 21:5-6).

El maestro divino ofreció la respuesta, vinculando la destrucción de Jerusalén con el fin del mundo. La destrucción de Jerusalén se convierte en el modelo, el símbolo, de los acontecimientos del fin del mundo. Este mismo fenómeno se observa en muchas profecías: el futuro cercano se conecta con el lejano, porque lo conocido ayuda a comprender mejor lo desconocido.

Escuchemos una explicación del Cardenal Billot en su libro La Parusía (Cardenal Louis Billot, La Parusía, Pro Fide Catholika, Durach 1991). El Cardenal señala primero una distinción que debe tenerse en cuenta:

Si ahora comparamos la profecía con la observación histórica: ¿cuál es la diferencia esencial? Radica en la perspectiva. Tanto la historia como la profecía se basan en puntos de vista diferentes. La perspectiva de la historia se sitúa en el plano en el que se desarrollan los acontecimientos de este mundo. ¿Quién no sabe que las mismas cosas y circunstancias se ven diferentes desde distintos puntos de vista, y que uno ve solo una pequeña sección de cerca, mientras que, por ejemplo, uno obtiene una visión general completa desde un avión? Diferente, entonces, es la perspectiva en un avión, diferente es la vista de pájaro, diferente es la vista desde un valle, diferente es la vista desde la cima de una alta montaña. La historia tiene su puesto de observación en el 'plano' (del tiempo); sigue los acontecimientos paso a paso. Se presenta secuencialmente, sin saltarse los intervalos, en igual número de imágenes claramente distintas.

La profecía, por otro lado, reside en esas altas 'cimas' que se elevan por encima de todo el curso del tiempo. Está iluminada únicamente por el sol de la presciencia de Dios. Por eso los teólogos que dicen... "La profecía, a diferencia de la historia, ve los acontecimientos en el espejo de la eternidad, es decir, en las ideas que representan esta duración eterna de Dios, en cuya visión los períodos de tiempo más largos aparecen como en un instante; porque mil años son como un solo día ante Dios". (p. 12 y ss.).

Cada acontecimiento histórico permite distintas perspectivas. En los relatos históricos, solo se mencionan los hechos que se sitúan en el plano en el que se desarrollan los acontecimientos de este mundo; es decir, aquellos a los que el historiador tiene fácil acceso por medios naturales. Pero cuando Dios narra la historia, lo hace como historia de la salvación. Dios, “a diferencia de la historia, muestra los acontecimientos en el espejo de la eternidad”. Visto desde la eternidad, sin embargo, el mundo, y también los acontecimientos de nuestro mundo, se ven completamente diferentes. Como señala el cardenal Billot, “el objeto de la profecía como tal es el futuro, no el pasado ni el presente”. El futuro está oculto al conocimiento humano.

“El futuro solo puede leerse en la infinita presciencia de Dios, en los planes de su soberana providencia, en las disposiciones de su sabiduría ordenadora, finalmente en los decretos eternos que rigen cada acontecimiento a lo largo de los siglos, y en las profundidades divinas donde se ocultan. Y puesto que los planes divinos son objeto de la profecía, no sorprende que esta no se limite a tratar hechos concretos, sino que aborde las interconexiones de los acontecimientos que el orden del plan divino les confiere.

En este orden, en el plan de la divina providencia, o en la disposición de la sabiduría infinita, donde cada economía de las cosas se organiza con maestría y arte sin parangón, los acontecimientos se comportan y se conectan de una manera muy distinta a la simple cronología simultánea. Existe en ello una conexión que uno buscaría en vano en otro lugar, porque pertenece exclusivamente al poder divino. Hay una conexión en la historia de la salvación que consiste en que el modelo y lo que significa en el modelo se perciben como uno solo, de modo que los acontecimientos anteriores son imágenes proyectadas de los que siguen, que son como el esbozo de la imagen final que sugieren” (p. 13 y ss.).

En el plan de la divina providencia, existen muchos caminos ocultos que nuestro entendimiento humano no puede comprender. Solo podemos maravillarnos de que Dios “disponga de todo con maestría y arte incomparables”. Esta verdad se revela repetidamente en las Sagradas Escrituras cuando Dios moldea modelos dentro de la historia humana cuyo verdadero significado solo se revela siglos después. Por ejemplo, cuando san Pablo explica en su primera carta a los Corintios: “No quiero, hermanos, que permanezcáis en la ignorancia: nuestros padres estuvieron todos bajo la nube, todos atravesaron el mar, todos fueron bautizados en la nube y en el mar en relación con Moisés, todos comieron el mismo alimento espiritual y todos bebieron la misma bebida espiritual; pues bebían de la roca espiritual que los seguía: la roca era Cristo” (1 Cor. 10:1ss). De repente, todos estos acontecimientos del pueblo de Israel durante el Éxodo de Egipto se conectan directamente con el divino Redentor, y el éxodo del pueblo de la esclavitud en Egipto se convierte en un símbolo de la redención del alma a través del divino Salvador.

Esta conexión, por supuesto, está oculta a los ojos humanos; solo se revela a la omnisciencia divina, como también subraya el Cardenal Billot: “El objeto de la profecía es visto por el profeta en el espejo de la eternidad y contemplado por él en las armonías del plan de la providencia divina. Así, se vinculan acontecimientos, personas y hechos que no ocurren de esta manera en la secuencia histórica, pero de esta forma, el modelo y el cumplimiento se ven como en una sola mirada. Así, Jesús ve el fin de Jerusalén como una anticipación ejemplar del fin del mundo, y este es el hecho fundamental. Así, el profeta Daniel ve en Antíoco un precursor del Anticristo, que vendrá al final (Dan. 11 f.). San Jerónimo dice al respecto: "En la Sagrada Escritura, es costumbre que la verdad se confirme con acontecimientos futuros. Así, el Salmo 71 lleva el título “Sobre Salomón”. Sin embargo, no todo lo que allí se dice se aplica a Salomón. Pero la profecía se cumple en Salomón como una silueta de la verdad, para luego cumplirse plenamente en el Redentor” (Cf. Jerónimo: In Danielem, capítulo XI) (p. 14 y ss.).

Una vez que se toma en serio este hecho respecto a las profecías, también se perciben las dificultades para interpretar los textos. El cardenal Billot es consciente de la objeción obvia: “Si se mezclan elementos muy dispares entre sí, se introduce confusión y oscuridad en la profecía, cuyo verdadero significado resulta muy difícil de comprender para gran parte de la población, si es que llegan a comprenderla. Pero si se considera la naturaleza de la profecía, esta dificultad desaparece. La profecía presenta la historia desde la perspectiva de la eternidad y también se refiere al futuro, que —por razones comprensibles— siempre debe permanecer oculto para nosotros hasta cierto punto. La historia se despliega ante nosotros con toda su claridad, mientras que la profecía permanece siempre envuelta en un cierto claroscuro”.

Esto se aplica especialmente al Libro del Apocalipsis del apóstol Juan, del cual San Jerónimo afirma: “El Apocalipsis de Juan encierra tantos secretos como palabras. Sin embargo, poco he dicho en comparación con lo que el libro merece: en cada palabra se ocultan múltiples revelaciones” (San Jerónimo, Carta 103 a Paulino, Capítulo VII). Por consiguiente, todo intérprete serio de estos textos verdaderamente misteriosos será sumamente cauteloso, para no enredarse en este juego de luces y sombras y presentar como conocimiento esclarecedor lo que en última instancia no es más que arrogancia y el dudoso fruto de una curiosidad mal encauzada.

En consecuencia, el cardenal Billot nos recuerda: “Las profecías no se dan para satisfacer la vana curiosidad de los hombres, sino con propósitos dignos de Dios. Estos pueden ser: que Dios nos prepare para ciertos acontecimientos, o que, habiendo sido advertidos con antelación, podamos salvarnos de la catástrofe anunciada. En ambos casos, basta con que conozcamos el acontecimiento en sus rasgos generales, especialmente sus señales. No es necesario que conozcamos todos los detalles. Esto demuestra también que Dios ejerce su dominio tanto sobre el mundo moral como sobre el físico, un dominio en virtud del cual nada sucede, ni en asuntos pequeños ni en grandes, que no esté previsto, ordenado y querido por Dios: "Todo esto tenía que suceder para que se cumplieran las Escrituras"”.

El llanto del Redentor, el llanto de Nuestra Señora

Partiendo de estas ideas, adentrémonos en el Gran Mensaje de La Salette. Sin duda, como ya hemos mencionado brevemente, este mensaje es escatológico; es decir, se refiere a los últimos tiempos de nuestra historia, al período previo al fin del mundo, conocido como el “Fin de los Tiempos”, la “Era Apocalíptica”. El marco elegido por la Madre de Dios y la impactante manera de su aparición son ya indicadores significativos.

En el editorial que acompaña al libro de Johannes Maria Höcht, Die Große Botschaft von La Salette (El gran mensaje de La Salette), Arnold Guillet introduce el tema del libro con la siguiente conmovedora reflexión: “En La Salette, María usó la última arma de una mujer y madre, sus lágrimas: lloró como su hijo lloró una vez al ver Jerusalén. No conozco ningún acontecimiento en la historia de la Iglesia que me conmueva más profundamente que este acontecimiento histórico de La Salette. María, la Reina del Cielo, llega al valle más remoto de los altos Alpes, se sienta y llora, y encarga a dos niños pastores que le digan a su pueblo por qué llora. Llora porque debe ver cómo el mundo rechaza el amor de su hijo. Pero también ve a dónde conduce esta apostasía masiva, a saber, a la condenación eterna del infierno. Su amor por sus hijos es tan grande, y el misterio de la maldad tan terrible, que las lágrimas le brotan de los ojos, que hace un último y desgarrador llamado a sus hijos para que regresen y se arrepientan, porque ya no es capaz de contener al brazo castigador del hijo de Dios”. Jesús no lloró sin razón, pues vio la deserción de su pueblo, al que anhelaba reunir, como una gallina reúne a sus polluelos (“Pero no quisisteis”). Jesús previó en espíritu la destrucción de Jerusalén, que se llevaría a cabo una generación después, en el año 70, por los romanos… El juicio que entonces cayó sobre Jerusalén fue el más terrible en la historia de Israel. En el Monte de los Olivos, a la vista de la ciudad santa, fue Jesús quien lloró; aquí, en el alto valle de los Alpes franceses, es María quien llora. El juicio que siguió a las lágrimas de Jesús fue terrible; el juicio que seguirá a las lágrimas de su madre será mucho más terrible. “Al primer golpe de su espada iracunda, las montañas y la naturaleza temblarán de terror… La naturaleza anhela venganza por la humanidad y tiembla de miedo, anticipando lo que le sucederá a la tierra plagada de crímenes”. Estas son palabras de fuerza apocalíptica; “Solo alguien que tiene poder puede hablar así” (Johannes Maria Höcht, Die Große Botschaft von La Salette, Christiana-Verlag Stein am Rhein, 1983, págs. 7 y ss.).

Como ocurre con la mayoría de los comentarios, todo queda, pues, en una mera alusión al poder apocalíptico de las palabras de aquella que llora en el monte de La Salette. Ni siquiera la conexión, aparentemente obvia, con el llanto de Cristo sobre Jerusalén se explora a fondo. ¿Por quién llora el divino Redentor ante esta ciudad, estas casas, este templo? ¿Qué es lo que conmueve tan profundamente el corazón del divino Redentor que hace que las lágrimas lleguen al Salvador del mundo? Él llora por el pueblo elegido de la Antigua Alianza, que no ha reconocido a Él, el Hijo de Dios —es más, que exigirá Su crucifixión— y que, por ello, ya no sabe lo que conduce a su paz: “Al acercarse y ver la ciudad, lloró sobre ella y dijo: "¡Si tan solo tú, incluso tú, hubieras comprendido en este día lo que te traería paz! Pero ahora está oculto a tus ojos. Porque vienen días en que tus enemigos te levantarán un muro, te cercarán y te acorralarán por todos lados. Te derribarán a ti y a tus hijos que están dentro de ti, y no dejarán piedra sobre piedra, porque no reconociste el tiempo de tu visitación"” (Lucas 19:41-44).

El pueblo del Antiguo Pacto falló en el momento crucial, por eso San Pablo afirma: “Lo que Israel buscaba, no lo ha alcanzado. Solo los elegidos lo han alcanzado; los demás, en cambio, fueron endurecidos. Como está escrito: "Dios les dio un espíritu de aturdimiento, ojos para no ver y oídos para no oír, hasta el día de hoy"” (Romanos 11:7-8). Esto no se trata de individuos, ni de tal o cual persona del pueblo de Israel; se trata del hecho de que todo el liderazgo de Israel fracasó y arrastró a gran parte del pueblo a la ruina, lo cual se manifiesta visiblemente en la destrucción de Jerusalén. Jesús llora por este terrible fracaso, que a su vez significa una terrible culpa y, en última instancia, dispersa al pueblo de Israel por todo el mundo. Desconocemos la bendición que habría sido si todo Israel hubiera reconocido al Mesías enviado por Dios. San Pablo apenas lo insinúa cuando sugiere: “Si sus transgresiones significan riqueza para el mundo, y su fracaso riqueza para los gentiles, ¡cuánto más significará su plenitud!” (Romanos 11:12). Solo el corazón del divino Redentor puede comprender la magnitud del drama del rechazo de Israel. ¡Qué inmensamente doloroso es para este corazón divino de Jesús darse cuenta: “¡Si tan solo tú, incluso tú, hubieras comprendido en este día lo que te traería paz! Pero ahora está oculto a tus ojos”!

En La Salette, María llora. No está en el Monte de los Olivos, sino en lo alto de los Alpes, contemplando Francia y toda Europa: el Occidente, antes cristiano, cuna de la Iglesia Católica Romana. ¿Pero por quién llora María? El paralelismo con el llanto de Jesús en el Monte de los Olivos es bastante evidente. ¿Pero es cierto lo que afirma Arnold Giullet: “Llora porque tiene que ver cómo el mundo rechaza el amor de su Hijo. Pero también ve adónde conduce esta apostasía masiva, a saber, a la condenación eterna del infierno”? Que el mundo rechace el amor de su Hijo no es, desde luego, nada inusual ni extraordinario. Nuestro Maestro Divino lo subraya varias veces: “En verdad os digo que vosotros lloraréis y os lamentaréis, pero el mundo se alegrará…” (Juan 16:20). O también: “Padre justo, el mundo no te conoció; yo sí te conocí, y estos supieron que tú me enviaste” (Juan 17:25). Y justo al comienzo del Evangelio de Juan: “Él estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de él, pero el mundo no lo conoció” (Juan 1:10).

Por supuesto, María no llora porque el mundo ya no ame a su Hijo, sino porque el pueblo elegido de la Nueva Alianza, es decir, los católicos, ya no lo aman, sino que lo ofenden cada vez más con su infidelidad e impiedad. Así como los israelitas, el pueblo de la Antigua Alianza, se endurecieron y finalmente se apartaron de la misión que Dios les había encomendado, así sucede de nuevo al final de los tiempos, pero esta vez con el pueblo de la Nueva Alianza. No es el mundo, que ni siquiera conoce al Padre, sino que son los católicos quienes se están apartando de la fe. O, para ser más precisos: ¡la jerarquía está arrastrando a todo el pueblo al abismo de la herejía! En la Antigua Alianza, eran los fariseos y saduceos, los sumos sacerdotes con el Sanedrín, y en la Nueva Alianza, son los obispos y el Papa.

Por lo tanto, en el Monte de los Olivos, el divino Redentor llora por Jerusalén, y su Madre llora en el monte de La Salette por la nueva Jerusalén, es decir, la Iglesia. Pues san Pablo explica en su Carta a los Gálatas: “Agar representa el monte Sinaí en Arabia, que es como la Jerusalén actual, que vive en esclavitud con sus hijos. La mujer libre representa la Jerusalén celestial, y ella es nuestra Madre” (Gálatas 4:25-26). Ahora bien, la Iglesia militante enfrenta muchas pruebas en este mundo, y los católicos deben demostrar su valía frente a numerosas tentaciones. Estas tentaciones aumentan en los últimos tiempos, como lo demuestra vívidamente el Libro del Apocalipsis de San Juan Apóstol.

El modelo: La caída de Jerusalén

Será como en la época de la caída de Jerusalén, cuando todos los judíos incrédulos se atrincheraron en la ciudad, creyendo que allí estarían a salvo, cuando en realidad estaban destinados a perecer de la manera más terrible. Los romanos primero sitiaron la ciudad, luego la sometieron al hambre y finalmente la conquistaron, la incendiaron y la redujeron a cenizas. Los judeocristianos que vivían en aquel entonces, según la profecía de nuestro Señor Jesucristo, abandonaron la ciudad y huyeron a las montañas. Examinemos con más detalle esta prefiguración de los acontecimientos del fin de los tiempos para comprender mejor la realidad actual, pues, después de todo, nos encontramos en medio de estos últimos tiempos.

Fue en el año 66 d. C. cuando el procurador romano Gesio Floro exigió 17 talentos del tesoro del Templo. Los judíos se negaron y capturaron la fortaleza Antonia, masacrando a su guarnición. Su acción posterior, que incluyó la suspensión de la ofrenda diaria al emperador en el Templo, equivalió a una declaración de guerra. Inicialmente, los judíos lograron algunos éxitos en esta guerra, pero el poderío mundial de Roma no podía permitir que se quedaran de brazos cruzados. El emperador Nerón nombró al general Tito Flavio Vespasiano comandante y lo envió a Tierra Santa con tres legiones y 50.000 tropas auxiliares. En muy poco tiempo, Galilea fue conquistada, la tierra devastada y su población masacrada o hecha prisionera y esclavizada. Sin embargo, el suicidio de Nerón detuvo el avance. Después de que Vespasiano fuera proclamado emperador por las tropas en Oriente, zarpó de regreso a Roma y cedió el mando supremo a su hijo Tito.

Esta vacilación, motivada por razones políticas, por parte de las tropas romanas aumentó la confianza de los judíos en la inexpugnabilidad de Jerusalén hasta un grado sin precedentes. Inevitablemente, esto nos recuerda la época del profeta Jeremías, quien recibió la comisión del Señor: “Ponte a la puerta del templo del Señor y proclama allí esta palabra: Oigan la palabra del Señor, todos los judíos que entran por estas puertas para adorar al Señor: Esto dice el Señor Todopoderoso, el Dios de Israel: Enmienden sus caminos y sus obras, y les permitiré habitar en este lugar. No crean la mentira: ¡El templo del Señor! ¡El templo del Señor! ¡Este es el templo del Señor!” (Jeremías 7:2-4).

En su engaño, los judíos se atrincheraron en la ciudad, creyendo que allí podrían resistir a los romanos. Tito inició el asedio en la primavera del año 70 d. C. con las formalidades habituales: los romanos exigieron la rendición de la ciudad, a lo que los judíos, por supuesto, se negaron con orgullo y desdén. Tras solo dos semanas, los romanos lograron abrir una brecha en la tercera muralla y avanzar hacia la segunda. Cinco días después, la segunda muralla también fue derribada, y los romanos se encontraban frente a la última. Cuando Tito supo que la ciudad se abastecía desde el campo a través de entradas secretas y pasadizos subterráneos, mandó construir una muralla de 8,2 km de longitud en el tiempo récord de tres días, aislando completamente la ciudad de los alrededores. Mandó crucificar a todos los refugiados capturados. A veces, había 500 al día. La ciudad se estaba muriendo de hambre gradualmente, y nadie tenía fuerzas ni tiempo para enterrar a los muertos. Por lo tanto, simplemente los arrojaban por encima de la muralla, donde se amontonaban formando verdaderas montañas de cadáveres.

Tenemos un relato de primera mano de los últimos días de la batalla por Jerusalén. Josefo Flavio lo relata en el Libro 6 de Jüdischen Krieges (La guerra judía):

Mientras tanto, los soldados ya habían prendido fuego a las puertas, y la plata fundida por todas partes permitió que las llamas accedieran a la estructura de madera, desde donde estallaron con un rugido crepitante y envolvieron los salones. Pero cuando los judíos de los alrededores vieron el fuego ardiendo, su fuerza y ​​coraje los abandonaron; por puro terror, nadie se atrevió a resistir, sino que se quedaron allí como paralizados, observando. Por muy devastador que fuera el fuego para ellos, no consideraron en lo más mínimo cambiar de opinión; al contrario, se volvieron aún más resentidos con los romanos. El fuego ardió todo el día y la noche siguiente; pues los romanos solo podían prender fuego a los pórticos uno por uno, no todos a la vez. Al día siguiente, Tito ordenó a parte del ejército que extinguiera el fuego y, al mismo tiempo, mandó construir un camino adecuado en las puertas para facilitar el ascenso de las legiones. Luego convocó a los seis oficiales más distinguidos... y celebró un consejo de guerra con todos ellos respecto al Templo. Unos opinaban que debía aplicarse el rigor de la guerra sin restricciones, pues mientras el Templo —ese punto de reunión de todos los judíos— permaneciera en pie, ellos nunca dejarían de pensar en la rebelión. Otros, por su parte, sostuvieron que, si los judíos abandonaban el Templo y nadie empuñaba ya la espada para defenderlo, debía conservarse; pero si, por el contrario, persistían en su resistencia, debía ser incendiado, pues en tal caso no sería ya un Templo, sino una fortaleza. Además, en este último caso, no serían los romanos los culpables de impiedad, sino solo aquellos que los hubieran obligado a hacerlo. Tito, sin embargo, sostenía que incluso si los judíos se defendían desde dentro del Templo, su venganza no debía desatarse contra objetos inanimados en lugar de personas, y bajo ninguna circunstancia debía entregarse a las llamas una estructura tan magnífica… Entonces, el César [Tito] disolvió la asamblea y ordenó a los oficiales que permitieran descansar a sus tropas para que pudieran atacar con mayor fuerza en las próximas batallas; solo de entre las cohortes seleccionó a un cierto número de hombres que debían abrirse paso entre los escombros y extinguir el fuego.

Al día siguiente se produjo un forcejeo entre la guarnición del Templo y los destacamentos encargados de sofocar el incendio en los edificios del atrio interior. Cuando estos últimos persiguieron a los judíos que se retiraban y lograron llegar hasta el edificio del Templo, uno de los soldados —sin esperar orden alguna ni considerar las graves consecuencias de su acto, y como si obedeciera a un impulso superior— tomó una antorcha encendida y, alzado por un compañero, la arrojó al interior a través de la ventana dorada por la que, desde el norte, se accedía a las estancias que rodeaban el Templo. Tan pronto como las llamas se avivaron, los judíos —ante la magnitud de la desgracia— lanzaron un grito desgarrador y, sin reparar en el peligro ni escatimar fuerzas, acudieron desde todas partes para combatir el fuego; pues el Templo corría el riesgo de perecer, lo que hasta entonces habían intentado evitar que llegara al extremo.

Un mensajero le dio la noticia a Tito. Este se levantó de un salto de su lecho en la tienda, donde descansaba tras el combate, y corrió —tal como estaba— hacia el templo para intentar detener el incendio; tras él, todos los oficiales y las legiones, presas del desconcierto. Como era de esperar ante el movimiento desordenado de una multitud semejante, se produjo un tumulto aterrador, acompañado de un estruendo ensordecedor. El César intentó, mediante gritos y gestos, hacer comprender a los combatientes que debían apagar el fuego; pero estos no oyeron sus llamadas, ahogadas por los gritos aún más fuertes de los demás, ni prestaron atención a sus señas, pues estaban totalmente dominados, en parte por la excitación de la batalla y en parte por su propia furia. Ni las exhortaciones pacíficas ni las amenazas lograron contener la embestida impetuosa de las legiones: solo la ira dictaba las acciones. En las entradas se produjo un amontonamiento tan terrible que muchos fueron pisoteados por sus propios compañeros; otros, al caer sobre los escombros de los pórticos —que aún ardían y humeaban—, corrieron la misma suerte que los vencidos. Al llegar cerca del templo, actuaron como si ni siquiera oyeran las órdenes del general y gritaron a los que estaban delante que arrojaran fuego al interior del santuario. Por lo demás, los insurrectos habían perdido toda esperanza de contener el incendio; pues, por todas partes, eran masacrados o puestos en fuga. Asimismo, grupos enteros de ciudadanos —víctimas indefensas y débiles— caían bajo la espada allí donde el enemigo los alcanzaba. Especialmente en torno al altar, los muertos se amontonaban en gran número: la sangre fluía a raudales por sus escalones, y los cadáveres de quienes habían sido asesinados en lo alto rodaban pesadamente por sus muros.

Cuando César ya no pudo contener el ímpetu de sus soldados, que se habían vuelto como locos, y las llamas se extendían cada vez más, entró con sus oficiales en el Lugar Santísimo y contempló lo que allí había. Halló que todo superaba con creces la fama de la que gozaba entre los extranjeros, y que correspondía plenamente a la opinión —casi jactanciosa— que los lugareños tenían de ello. Por otra parte, dado que el fuego aún no había llegado a las estancias más recónditas, sino que solo estaba consumiendo las dependencias adyacentes al templo, consideró —y con razón— que la obra aún podía salvarse. Así pues, salió al exterior y no solo trató personalmente de instar a los soldados a apagar el incendio, sino que también ordenó al centurión Liberalis, de su guardia personal, que obligara a los más recalcitrantes a obedecer mediante golpes de vara. Sin embargo, el resentimiento, el odio hacia los judíos y el frenesí combativo general resultaron ser más fuertes que el respeto hacia el César y el temor a su poder punitivo. A la mayoría, no obstante, les impulsaba la perspectiva del botín, pues estaban firmemente convencidos de que, dado que por fuera todo parecía estar hecho de oro, el interior debía estar repleto de tesoros de toda clase. Mientras el César salía a toda prisa para contener a los soldados, uno de los que habían penetrado en el interior prendió fuego, en la oscuridad, a los goznes de la puerta; al brotar entonces la llama repentinamente también desde dentro, los oficiales se retiraron junto con el César, y nadie se tomó ya la molestia de impedir que los soldados que luchaban en torno al santuario siguieran provocando incendios. De este modo, contra la voluntad de Tito, el Templo fue pasto de las llamas”. (Jüdischen Krieges VI, 4,1-7).

Así pues, se cumplió la profecía de nuestro Señor Jesucristo sobre la destrucción de Jerusalén, destrucción de Jerusalén que, como he dicho, le sirve de modelo, de símbolo del fin del mundo, porque ciertamente fue vivida como tal por la gran cantidad de personas que se encontraban en la Jerusalén sitiada.

Los gritos de dolor

Añadamos una reflexión más que profundiza en nuestra consideración. Nuestro divino Salvador pronunció esta profecía en la última semana de su vida terrenal, es decir, después del Domingo de Ramos y antes de su amargo sufrimiento y muerte. El Domingo de Ramos, la multitud preparó una entrada triunfal y una cálida bienvenida para el divino Salvador en Jerusalén. Con palmas en las manos, clamaban al Señor con cánticos incesantes: “¡Bendito el rey que viene en el nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!” (Lucas 19:38). El pueblo estaba sumamente entusiasmado, por lo que Mateo observa: “Toda la ciudad se llenó de júbilo” (Mateo 21:10). San Lucas añade: “Todo el pueblo ansiaba oírle” (Lucas 19:48). Cuando Jesús expulsó a los mercaderes del templo, comenzó a enseñar al pueblo. Los fariseos y saduceos también enviaron a sus hombres para tenderle una trampa con un discurso. Sin embargo, puesto que fracasaron, Él vio a través de sus engañosos pensamientos y planes, y nuestro Señor Jesucristo les dio su merecido castigo a sus adversarios. Con suma vehemencia, atacó públicamente a los guardianes de la ley, como relata san Mateo en el capítulo 23:

“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! Porque cerráis el reino de los cielos a la gente. Porque vosotros mismos ni entráis ni dejáis entrar a los que quisieran entrar”.

“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! Recorréis mar y tierra para ganar a un solo prosélito, y cuando lo lográis, lo convertís en un hijo del infierno, el doble de malo que vosotros”.

“¡Ay de vosotros, guías ciegos! Decís: “Si alguien jura por el templo, no es válido, pero quien jura por el oro del templo queda atado”. ¡Necios y ciegos! ¿Qué es más importante, el oro o el templo que santifica el oro?”.

“¡Ay de vosotros, hipócritas! Atáis cargas pesadas e insoportables y las ponéis sobre los hombros de la gente, pero vosotros mismos no movéis un dedo”.

“¡Ay de vosotros, fariseos hipócritas! Limpiáis por fuera la copa y el plato, pero por dentro están llenos de robo y depravación”.

“¡Ay de vosotros, glotones! Despilfarráis las casas de las viudas y luego oráis largamente por ellas”.

“¡Ay de vosotros, lobos con piel de cordero! ¡Ay de vosotros, ciegos líderes del pueblo! ¿Quién os salvará del juicio venidero?”

Cuando uno escucha estas palabras y las toma en serio, se ve abrumado por un gran asombro y también por cierto temor. ¿Cómo pudieron las autoridades de aquel tiempo ser tan ciegas? ¿Cómo pudieron ser tan perversas en su pensamiento como para permitir que el Hijo de Dios fuera crucificado? Este es el “misterio de la iniquidad” que ya está en acción: personas que, de forma explícita, consciente y deliberada, se resisten a Dios y a su gracia. Esta ceguera y maldad de los guardianes de la ley persistirán hasta la destrucción de Jerusalén, ¡hasta el juicio final! Los judíos se precipitan hacia su perdición porque, en su engaño, creen que incluso pueden desafiar y derrotar al poder mundial de Roma. Ciertamente, se puede afirmar con razón que estos “líderes ciegos del pueblo” fueron los principales responsables de esta miseria y sus consecuencias. Solo así se pueden explicar las palabras extremadamente duras de nuestro divino Salvador. Es su último intento de conmover los corazones endurecidos y llevarlos a la comprensión. Pero en el fondo, sabía que sus palabras no lograrían nada; Jerusalén perecería.

Volvamos a examinar La Salette. Vimos que María también lloró por la Nueva Jerusalén. Sus advertencias fueron ignoradas, al igual que las de nuestro Señor en aquel entonces. Resulta sorprendente que incluso la Madre de Dios, entre lágrimas, dirija sus lamentos contra los líderes ciegos del pueblo de la Nueva Alianza.

“Los sacerdotes, siervos de mi Hijo, se han convertido en focos de impureza por sus vidas perversas, su irreverencia, su falta de piedad en la celebración de los santos misterios, por su amor al dinero, los honores y los placeres. Sí, los sacerdotes están atrayendo la venganza, y la venganza se cierne sobre sus cabezas”.

“Los líderes, los jefes del pueblo de Dios, han descuidado la oración y la penitencia, y el demonio ha oscurecido sus mentes; se han convertido en estrellas errantes, que el antiguo diablo arrastra tras ellos con su cola para destruirlos”.

“El número de sacerdotes y religiosos que se aparten de la verdadera religión será grande; entre estas personas habrá incluso obispos”.

“En el año 1864, Lucifer será liberado del infierno con una gran multitud de demonios. Estos extinguirán gradualmente la fe, incluso en las personas consagradas a Dios. Las cegarán de tal manera que, a menos que reciban una gracia especial, aceptarán el espíritu de estos ángeles malignos. Muchas casas religiosas perderán completamente la fe y arrastrarán consigo a muchas almas a su perdición”.

“Habrá iglesias donde se servirá a estos espíritus malignos. Algunas personas serán trasladadas de un lugar a otro por estos espíritus malignos, e incluso sacerdotes, porque no se dejan guiar por el espíritu bueno, que es un espíritu de humildad, amor y celo por la gloria de Dios”.

“¡Tiembla, tierra, y vosotros que habéis hecho votos de servir a Jesucristo y os adoráis interiormente a vosotros mismos, temblad! Porque Dios está a punto de entregaros en manos de sus enemigos, puesto que los lugares santos están corrompidos. Muchos monasterios ya no son casas de Dios, sino prados de Asmodeo (es decir, el demonio de la lujuria) y sus seguidores”.

Estas palabras calaron hondo, y eran precisamente las que la mayoría de los sacerdotes y obispos no querían oír. Pero al menos Pío IX las escuchó, ¡y creyó! Aunque la situación del clero aún no era tan desesperada como lo es hoy, la pastora de La Salette ya no podía ocultar el dolor que le causaba ver al clero. El 10 de julio de 1882, escribió desde Castellammare:

“…La guerra que el clero libra contra el misterio no me sorprende; la persecución de Cristo y su Iglesia ya no me asombra. No temo a los perseguidores de la religión, no temo a los impíos, a los masones, ni a los ateos, etc. Lo que temo es la falta de fe entre la mayoría del clero francés.

Si los primeros apóstoles del Salvador aún vivieran, habrían luchado, habrían luchado hasta el derramamiento de sangre, para apoyar la causa de su divino Maestro…

El misterio solo ofrece la observancia de la ley de Dios y no se complace en el desprecio de esa misma ley, y amenaza con castigo y flagelación a quienes transgreden esta santa ley.

Además, ¿acaso no sabemos que nuestro Señor fue condenado y crucificado por los sacerdotes? ¿No fueron los sacerdotes quienes recibieron los reproches más amargos del Hijo de Dios? E incluso hoy, los sacerdotes son la causa de toda nuestra desgracia porque no son fieles a su vocación.

El clero francés es (Salvo contadas excepciones) orgulloso, codicioso, arrogante y en gran medida irreligioso, está lleno de vanidad y ambición; Dios lo humillará en su misericordia y pondrá a prueba su fe…

Los sacerdotes lo dejan todo pasar y no dicen nada. No quieren convertirse en mártires por su celo… ¿Acaso obedecen el primer mandamiento, que nos ordena amar a Dios por encima de todas las cosas? Especialmente por encima del dinero…

Esta descripción de la situación actual está sin duda inspirada en las palabras de nuestra Madre Celestial, que lloraba. Es llamativo que Melanie también se refiera a la época de Jesús y nos recuerde: “Además, ¿acaso no sabemos que nuestro Señor fue condenado y crucificado por los sacerdotes? ¿No fueron los sacerdotes quienes recibieron los reproches más amargos del Hijo de Dios? Y aún hoy, los sacerdotes son la causa de todas nuestras desgracias porque no son fieles a su vocación”.

¿Cuál es la situación actual? ¿Acaso no se abrieron todas las compuertas tras el llamado “concilio”, y no fue todo el clero arrastrado a un torbellino de apostasía? ¿Cómo fue posible, prácticamente de la noche a la mañana, reestructurar toda la Iglesia de Jesucristo y transformarla en una iglesia artificial? Permítanme citar también una carta del pastor de La Salette:

San Bernabé, 2 de enero de 1892:

“…La Iglesia siempre perdurará, así lo ha dicho Nuestro Señor. Pero ¿cuántos traidores, cuántos apóstatas, individuos corruptos y sectarios hay entre los miembros docentes (obispos y sacerdotes) de la Iglesia, que llevan el carácter o la marca de la bestia de diez cuernos, de la que habla San Juan en su visión de Patmos? Esta bestia parece un cordero que emerge de la tierra, pero ¿no es acaso la imagen del clero infiel? Creo firmemente que sí. Bienaventurados todos los que permanecen en gracia con Dios, porque quienes la experimenten verán cosas tristes y terribles. Todavía no estamos al principio del fin…”

Como podemos ver, de repente nos encontramos en medio del Libro del Apocalipsis de San Juan, pero también en medio de la realidad actual: “Hay miembros corruptos y sectarios (obispos y sacerdotes) entre los miembros docentes de la Iglesia que tienen el carácter o la marca de la bestia de diez cuernos, de la que habla San Juan en su visión de Patmos”. Quien se niegue a reconocer que no se trata solo de unos pocos, sino de la gran mayoría del alto clero, ya está perdido. Porque ahora sabemos con certeza que ni siquiera las aflicciones de la Madre Celestial han servido de nada; la caída de la Nueva Jerusalén avanza inexorablemente, en la medida en que Dios lo permite. Y Dios permite mucho más de lo que jamás hubiéramos imaginado, pues estamos viviendo el tiempo del eclipse de la Iglesia: “La Iglesia se oscurece”. Sin embargo, para este tiempo, el Gran Mensaje de La Salette nos ha sido dado desde el Cielo como ayuda.
 

UNA MIRADA AL CARÁCTER PERVERTIDO DE MARTÍN LUTERO

Una perspectiva sobre el hombre que no pudo reformar su propia vida y, sin embargo, pretendía ser un "reformador de la Iglesia".

Por Catholic Apologetics Insight


Hoy nos tomamos un momento para examinar el verdadero carácter del hombre al que los protestantes consideran el Gran Reformador.

A menudo se presenta a Martín Lutero como un valiente reformador cristiano que se opuso sin temor a la corrupción y defendió el Evangelio contra la tiranía eclesiástica.
Sin embargo, un análisis serio de sus escritos, decisiones y conducta revela una imagen considerablemente diferente.
Esto no significa que todo lo que Lutero enseñó fuera falso simplemente por sus defectos personales, ni que todas las acusaciones históricas en su contra sean fiables; más bien, es una pregunta que vale la pena plantearse: ¿Qué revela realmente el registro histórico sobre el carácter del hombre que afirmaba estar reformando la cristiandad?

Sus graves defectos de carácter confirman que no era capaz de liderar una reforma, como ni siquiera era capaz de reformarse a sí mismo.

Al reunir las pruebas, uno se encuentra no solo con un teólogo polémico, sino con un hombre capaz de una invectiva extraordinaria, oportunismo político, intolerancia religiosa, lenguaje grosero y obsceno, aprobación del matrimonio bígamo de un príncipe y una retórica que incita a la destrucción violenta de sus oponentes.

En la mayor parte de este artículo, utilizaremos fuentes protestantes o, al menos, fuentes históricamente indiscutibles para evitar ser acusados ​​de tener un sesgo católico contra este hombre.

Comencemos por observar los hechos objetivos.

1. Lutero y los campesinos alemanes

Quizás en ningún otro lugar se evidencia más la complejidad del carácter de Lutero que en la Guerra de los Campesinos Alemanes de 1524-1525.

Los campesinos no eran simplemente una turba homogénea de asesinos. Sus quejas incluían rentas y tributos excesivos, restricciones a los derechos tradicionales, obligaciones laborales y otros abusos por parte de los gobernantes y terratenientes locales. El propio Lutero reconoció que los príncipes y nobles habían contribuido sustancialmente a la crisis.

En su Encíclica sobre la paz, Lutero reprendió explícitamente a las clases dominantes, culpando a los príncipes y señores de haber contribuido a la rebelión mediante la opresión de los pobres. Los acusó de explotar al pueblo mientras vivían en el lujo y la extravagancia.

Ese es un dato importante.

Por lo tanto, no se puede afirmar honestamente que Lutero creyera que los campesinos simplemente habían inventado quejas imaginarias.

Pero entonces llegó el punto de inflexión.

A medida que la rebelión se tornaba cada vez más violenta, Lutero cambió drásticamente su tono.

En mayo de 1525 publicó:

Contra las hordas asesinas y ladronas de campesinos

Condenó a los rebeldes por asesinato, robo, saqueo y rebelión contra la autoridad legítima. Existían razones de peso para condenar estos crímenes: algunos sectores de la rebelión cometieron atrocidades, atacaron monasterios y castillos, y asesinaron a sus oponentes.

Pero Lutero fue mucho más allá de simplemente condenar la violencia.

Instó a las autoridades seculares a aplastar la rebelión con una fuerza extrema, describiendo a los rebeldes como personas que habían perdido el derecho a la vida y exhortando a las autoridades a acabar con ellos. Llegó incluso a declarar que quienes murieran luchando contra los rebeldes podrían ser considerados mártires ante los ojos de Dios.

Su retórica incluía la infame comparación de los rebeldes con perros rabiosos que debían ser exterminados.

Lutero escribió:

“Por lo tanto, quien pueda, que golpee, mate y apuñale, en secreto o abiertamente, recordando que nada puede ser más venenoso, dañino o diabólico que un rebelde” - Martín Lutero, Against the Robbing and Murdering Hordes of Peasants [Contra las hordas campesinas ladronas y asesinas] (1525), en Luther’s Works [Obras de Lutero], Edición americana, vol. 46, The Christian in Society IV [El cristiano en la sociedad IV], págs. 49-50

Y las consecuencias fueron catastróficas.

La Guerra de los Campesinos involucró a unos 300.000 participantes, mientras que las estimaciones de muertos oscilan entre 70.000 y 100.000. La inmensa mayoría de los fallecidos eran campesinos. Sin embargo, el número exacto no es el objetivo de este análisis, sino el apoyo perverso que Lutero brindó a tales acciones.

El punto crucial

La postura de Lutero no era simplemente:

“Los campesinos están cometiendo delitos; castiguen a los culpables”.

Hizo un llamamiento a las autoridades para que aplastaran la rebelión con violencia, al tiempo que empleaba una retórica que incitaba a una represión despiadada.

Y aquí reside una ironía sorprendente.

Tan solo unas semanas antes, Lutero les había dicho a los príncipes que ellos mismos eran responsables de haber creado la crisis.

La secuencia fue esencialmente:

Los príncipes oprimen al pueblo → Lutero condena la opresión de los príncipes → el pueblo se rebela → la rebelión se torna violenta → Lutero insta a los príncipes a destruir a los rebeldes.

2. El propio Lutero admitió que los príncipes habían provocado la rebelión.

Este punto resulta particularmente perjudicial para las representaciones simplistas de Lutero.

Inicialmente no dijo:

“Los campesinos son malvados y los príncipes son inocentes”.

Todo lo contrario.

Les dijo a los gobernantes:

“No tenemos a nadie en la tierra a quien agradecer esta desastrosa rebelión, excepto a vosotros, príncipes y señores”.

Los acusó de explotar al pueblo llano y de vivir con lujos mientras los pobres sufrían.

Así pues, Lutero reconoció que existía una grave injusticia en la raíz misma de la rebelión.

Sin embargo, cuando la rebelión escapó al control de las autoridades, su retórica se volvió extraordinariamente severa.

Esto plantea una importante cuestión apologética:

¿Qué ocurre cuando un reformador que condena la opresión de repente se vuelve dependiente de las mismas autoridades políticas que ha condenado?

La Reforma de Lutero dependió en gran medida de la protección de los príncipes alemanes.

Esa realidad política no debe ignorarse sin más al evaluar sus acciones.

3. El príncipe que quería dos esposas

Uno de los episodios más embarazosos de la última etapa de la carrera de Lutero tuvo que ver con Felipe I, landgrave de Hesse.

Felipe ya estaba casado con Cristina de Sajonia.

Sin embargo, quería casarse con Margarethe von der Saale.

Recurrió a destacados teólogos protestantes, entre ellos Lutero, Melanchthon y Bucer.

Los teólogos finalmente aprobaron el acuerdo en condiciones sumamente inusuales.

Felipe se casó con Margarita el 4 de marzo de 1540, estando aún casado con Cristina.

No se trataba simplemente de que Lutero dijera:

“La bigamia es buena para todos”.

La realidad histórica es más compleja.

Lutero sostenía que la monogamia era la norma cristiana habitual, pero aceptaba la posibilidad de una excepción extraordinaria en el caso de Felipe e insistía en que el acuerdo permaneciera en secreto.

Un erudito luterano que escribe sobre este punto afirma: “Este doble matrimonio no solo fue el mayor escándalo, sino la mayor mancha en la historia de la Reforma y en la vida de Lutero” (J. Kostlin, Life of Luther [Vida de Lutero], Stuttgart: 1901, 2, 481, 486).

Lo peor de todo fue el engaño.

Cuando el escándalo amenazaba con hacerse público, el consejo de Lutero fue ocultar el acuerdo. Los relatos históricos indican que se le ordenó a Felipe que negara el segundo matrimonio si fuera necesario.

Así pues, el episodio plantea tres preguntas incómodas:

¿Por qué se le permitió a un gobernante cristiano casarse en un segundo matrimonio excepcional?

¿Por qué se mantuvo el acuerdo en secreto?

¿Por qué se recurrió al engaño para ocultarlo?


El hombre que había atacado las tradiciones católicas por supuestamente comprometer la pureza del cristianismo, ahora estaba involucrado en un acuerdo secreto que violaba claramente la disciplina matrimonial cristiana ordinaria.

¡Recuerden que fueron Lutero y los primeros protestantes quienes afirmaron estar en un plano moral mucho más elevado que los católicos corruptos!

Como señala el historiador protestante Ronald Bainton:

Existen varios incidentes que uno preferiría mantener en secreto… El más notorio fue su actitud ante la bigamia del landgrave Felipe de Hesse… Lutero aconsejó una mentira… La solución que Lutero propuso al problema solo puede calificarse de lamentable subterfugio. (Roland Bainton, 
Here I Stand: A Life of Martin Luther [Aquí estoy: Una vida de Martín Lutero], Nueva York: Mentor, 1950, págs. 292-293)

4. El lenguaje de Lutero

Otra característica importante del carácter de Lutero es su extraordinario uso de un lenguaje vulgar, escatológico y abusivo.

Esto no es simplemente una 
polémica acusación católica.

Los estudios académicos modernos han examinado específicamente la retórica invectiva de Lutero y destacan su uso reiterado de insultos basados en animales, terminología escatológica y un lenguaje que asocia a sus oponentes con el diablo.

Sus oponentes se transformaban regularmente en:

• cerdos, cerdas, asnos, cabras, demonios, mentirosos, asesinos, hipócritas.

Y Lutero a menudo recurría a un lenguaje considerablemente más obsceno aún.

Sus posteriores ataques contra el papado se hicieron particularmente notorios.


En su obra Contra el papado de Roma, fundado por el diablo (1545), Lutero empleó insultos deliberadamente escatológicos contra el Papa y la institución papal. Los estudiosos han documentado el uso reiterado de imágenes escatológicas y terminología obscena en estos escritos.

No se trató simplemente de un desliz aislado. Diversos estudios han demostrado que el lenguaje escatológico era una característica recurrente del vocabulario polémico de Lutero desde una etapa relativamente temprana de su carrera.

Eso no significa que los escritores del siglo XVI fueran universalmente educados. Desde luego, no lo eran.

Tanto los polemistas católicos como los protestantes y los humanistas podían escribir con gran virulencia.

Sin embargo, la frecuencia y la intensidad con las que Lutero emplea este tipo de lenguaje resultan, desde una perspectiva histórica, lo suficientemente singulares como para que los estudiosos modernos les hayan prestado una atención considerable.

Hablando de este período de su vida, el historiador protestante Roland H. Bainton, en su libro sobre Lutero Here I Stand (Aquí estoy), relata que a medida que pasaba el tiempo en la vida de Lutero, su carácter personal se fue pervirtiendo cada vez más:

Los conflictos y las fatigas de aquellos años dramáticos habían mermado su salud y lo habían convertido prematuramente en un anciano irascible, petulante, malhumorado, desenfrenado y, a veces, francamente grosero. Sin duda, esta es otra razón por la que los biógrafos prefieren ser breves al tratar este período. Hay varios incidentes sobre los que uno preferiría guardar silencio… (Here I Stand: The life of Martin Luther, Nueva York: New American Library, 1950, pág. 292).

5. Su trato hacia sus oponentes

Por lo tanto, el problema de Lutero no era simplemente que perdía los estribos de vez en cuando.

Su método polémico a menudo implicaba deshumanizar a sus oponentes.

En lugar de simplemente decir:

“Esta doctrina es falsa”.

En repetidas ocasiones describió a sus oponentes como:

demonios, cerdos, asnos, asesinos, hipócritas y enemigos de Dios.

Esto es especialmente significativo si se tiene en cuenta su afirmación de estar restaurando la verdad cristiana.

La controversia cristiana ciertamente existía mucho antes de Lutero.

San Jerónimo, por ejemplo, podía ser feroz en las controversias.

Pero el ideal cristiano permanece:

“Que vuestro hablar sea siempre con gracia”
— Colosenses 4:6

y:

“El siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable con todos”
— 2 Timoteo 2:24

La cuestión, por lo tanto, no es si a Lutero se le permitía criticar el error.

Sin duda, se le permitía.

La cuestión es si el desprecio habitual, la obscenidad, la difamación personal y la retórica violenta son compatibles con el carácter que se espera de un maestro cristiano.

Un notable colega protestante suizo, el “reformador” Heinrich Bullinger (1504-1575 d.C.), al escribir sobre esta realidad con respecto al carácter de Martín Lutero, afirmó abiertamente:

“Todos deben asombrarse del espíritu áspero y presuntuoso de este hombre… La posteridad opinará que Lutero fue… un hombre dominado por pasiones criminales. Su ruda hostilidad podría pasar desapercibida si hubiera mantenido intacto el respeto por las Sagradas Escrituras… Lo que ya ha ocurrido nos lleva a temer que este hombre acabará acarreando una gran desgracia a la Iglesia” (Letter to Martin Bucer, 8 de diciembre de 1543; en Hartmann Grisar, Luther, traducido por E. M. Lamond, editado por Luigi Cappadelta, 6 volúmenes, Londres: Kegan Paul, Trench, Trubner and Co., 1917; V, 409 y III, 417).

De hecho, Juan Calvino, al escribirle a Heinrich Bullinger sobre Lutero, él mismo escribe abiertamente:

“He oído que Lutero finalmente ha estallado en feroces invectivas, no tanto contra ti como contra todos nosotros (en referencia a Luther’s Short Confession Concerning the Supper [Breve Confesión de Lutero sobre la Cena])... Pero si bien está dotado de virtudes excepcionales, también padece graves defectos. Ojalá se hubiera esforzado por refrenar ese temperamento inquieto e inestable, tan propenso a desbordarse en todas direcciones. Desearía, además, que siempre hubiera dirigido los frutos de esa vehemencia natural contra los enemigos de la verdad, y que no hubiera lanzado su furia a veces también contra los siervos del Señor. Ojalá hubiera sido más observador y cuidadoso al reconocer sus propios vicios. Los aduladores le han hecho mucho daño, puesto que es propenso a la autocomplacencia. Sin embargo, nos corresponde reprender cualquier defecto que lo aqueje, de tal manera que podamos, al mismo tiempo, ser indulgentes con él por estas notables cualidades con las que ha sido dotado”. - 25 de noviembre de 1544; Carta CXXII, ibid., 432-433

6. El hombre que predicaba la libertad cristiana también podía exigir una coerción severa: la manifiesta hipocresía de este hombre.

Sin desviarnos de nuestro propósito principal, cabe destacar que existe otra sorprendente paradoja entre lo que Lutero afirmaba y lo que hacía.

La Reforma de Lutero proclamó la libertad cristiana.

Sin embargo, los escritos de Lutero apelaban repetidamente a los gobernantes seculares para que impusieran la conformidad religiosa.

Hacia 1523-1524, la Reforma ya no era simplemente una disputa entre Lutero y el papado. Se estaban produciendo cambios en el culto, las casas religiosas, la vida clerical y la sociedad civil.

Lutero recurrió cada vez más a los gobernantes territoriales y a las autoridades municipales para regular la implementación práctica de la reforma. Esto es significativo porque Lutero había criticado anteriormente la autoridad eclesiástica por considerarla tiránica; sin embargo, surgió de inmediato la pregunta: ¿Quién tiene la autoridad para determinar qué constituye una reforma legítima?

Esa cuestión se volvió particularmente acuciante cuando los reformadores más radicales comenzaron a ir mucho más allá que Lutero.

Esto se hace especialmente evidente en sus escritos posteriores sobre judíos, opositores religiosos y súbditos rebeldes.

El patrón es revelador:

Cuando la autoridad eclesiástica se opuso a Lutero, la resistencia a la autoridad podía convertirse en un deber cristiano.

Cuando los gobernantes seculares apoyaron a Lutero, la obediencia a esos gobernantes se convirtió en una obligación divina.

En su Address to the Christian Nobility (Discurso a la Nobleza Cristiana) de 1520, Lutero apeló directamente a los gobernantes seculares para que reformaran la Iglesia.

Hacia la década de 1530, los gobernantes seculares se habían vuelto esenciales para el mantenimiento de las iglesias luteranas.

Esto tiene una importancia histórica porque la Reforma no supuso la desaparición de la participación política en la religión.

En cambio, la autoridad cambió. Bajo el catolicismo medieval, la autoridad eclesiástica y la autoridad secular eran distintas pero estaban entrelazadas.

Bajo el territorialismo luterano, el príncipe cristiano se convirtió cada vez más en el protector y administrador de la iglesia territorial.

Ese es uno de los desarrollos institucionales fundamentales de la Reforma.

Al escribir sobre este aspecto del uso de la fuerza civil por parte de Lutero para imponer sus puntos de vista teológicos, el historiador protestante Ronald Banton escribe:

En 1530, Lutero defendió la idea de que dos delitos debían castigarse incluso con la muerte: la sedición y la blasfemia. Lutero consideraba la mera abstención de cargos públicos y del servicio militar como sedición, y el rechazo de un artículo del Credo de los Apóstoles como blasfemia. En un memorándum de 1531, redactado por Melanchthon y firmado por Lutero, el rechazo del ministerio se describía como una blasfemia insoportable, y la desintegración de la Iglesia como sedición contra el orden eclesiástico. En un memorándum de 1536, también redactado por Melanchthon y firmado por Lutero, se eliminó la distinción entre los anabaptistas pacíficos y los revolucionarios. - Roland Bainton, Here I Stand: A Life of Martin Luther, Nueva York: Mentor, 1950, pág. 295.

7. La retórica violenta de Lutero no fue simplemente un arrebato momentáneo.

Se podría intentar descartar todo esto como mera retórica del siglo XVI.

Esa explicación tiene cierta validez: el siglo XVI fue una época extraordinariamente violenta, y los escritores polémicos de diferentes confesiones podían emplear un lenguaje que hoy suena chocante.

Pero eso no lo explica todo.

Los estudios modernos han constatado específicamente que la invectiva de Lutero es una característica recurrente y significativa de su retórica, en lugar de una mera aberración aislada.

Por lo tanto, el problema no es:

“¿Alguna vez dijo Lutero algo grosero?”

Obviamente lo hizo. La cuestión histórica es:

¿Por qué ese lenguaje estaba tan profundamente arraigado en su método polémico?

El conocido “reformador” protestante y contemporáneo de Lutero, Huldreich Zwingli, escribió en su carta fundacional:

“¡Que me pierda si no supera a Faber en necedad, a Eck en impureza, a Cochlaeus en descaro y, en resumen, a todos los viciosos en vicios!” - Letter to Conrad Sam of Ulm, 30 de agosto de 1528; en Grisar, III, 277.

8. Un patrón preocupante

Al comparar estos episodios, se hace visible un patrón consistente.

Hacia sus oponentes teológicos: Insultos, burlas y obscenidades.

Hacia el papado: Abuso escatológico y retórica deshumanizadora.

Hacia los campesinos rebeldes: Llamamientos a una represión violenta y despiadada.

Hacia los príncipes: Condena de su opresión, seguida de dependencia de su protección política.

Hacia Felipe de Hesse: Permiso excepcional para un segundo matrimonio y secretismo en torno al mismo.

Notas de Juan Calvino:

El mismísimo Juan Calvino, conocido “reformador” protestante, no tenía mucho bueno que decir sobre el verdadero carácter de Lutero. De hecho, en una carta dirigida a Felipe Melanchthon, la mano derecha de Lutero, Calvino declaró abiertamente:

Tu Pericles [Lutero] se deja llevar más allá de todos los límites debidos en su amor por los truenos... Pero dirás que su carácter es vehemente y su impetuosidad incontrolable; como si esa misma vehemencia no se desatara con mayor violencia cuando todos se muestran igualmente indulgentes con él y le permiten salirse con la suya sin cuestionarlo. Si este ejemplo de tiranía autoritaria ha brotado ya como la flor temprana en la primavera de una Iglesia renacida, ¿qué podemos esperar en poco tiempo, cuando las cosas hayan caído en una condición mucho peor? (28 de junio de 1545; Letter CXXXVI en Selected Works of John Calvin: Tracts and Letters
, editado por Henry Beveridge y Jules Bonnet, Volumen 4: Letters, Part 1: 1528-1545, traducido por David Constable, Filadelfia: Presbyterian Board of Publication, 1858; reimpreso por Baker Book House [Grand Rapids, Michigan], 1983, 466-467)

Independientemente del juicio que uno emita finalmente sobre la teología de Lutero, este no es un retrato moral sencillo.

El quid de la cuestión

¡Aquí no afirmamos que Martín Lutero fuera un mal hombre, por lo tanto, el catolicismo es verdadero!

Eso sería un error lógico.

El caso católico no depende de la moral personal de Lutero.

Más bien, lo que estamos señalando aquí es lo siguiente:

Si Lutero afirmaba ser un reformador de la Iglesia de Cristo designado por Dios, entonces su carácter, métodos y conducta constituyen pruebas históricamente relevantes a la hora de evaluar su pretensión de autoridad moral y espiritual.

Y vale la pena destacar el contraste con el cristianismo católico.

La Iglesia Católica no enseña que un hombre se convierta en la máxima autoridad religiosa simplemente porque posea dones retóricos extraordinarios, conocimiento bíblico o convicción personal.

Un reformador cristiano sigue sujeto a:

• la Tradición Apostólica,

• la autoridad de la Iglesia,

• la ley moral,

• la caridad cristiana,

• la disciplina eclesiástica legítima,

• y la obligación de controlar la lengua.

Lutero rechazó la autoridad de la jerarquía católica.

Pero rechazar una autoridad no convierte automáticamente a uno mismo en una persona autoritaria o virtuosa, por decir lo menos.

Conclusión: ¿Reformar la Iglesia o revelar al reformador?

Martín Lutero fue, sin duda, un hombre de enorme influencia histórica.

Poseía una considerable capacidad intelectual, un dominio formidable del lenguaje y una extraordinaria habilidad para comunicar sus convicciones.

Pero esas cualidades no deben hacernos pasar por alto los aspectos más oscuros de su carácter.

El registro histórico también contiene:

retórica violenta, invectivas personales habituales, lenguaje escatológico y obsceno, apoyo a la represión violenta de la Revuelta Campesina, participación en el extraordinario caso del matrimonio bígamo de Felipe de Hesse y recomendaciones profundamente hostiles hacia los judíos.

La Guerra de los Campesinos resulta particularmente reveladora porque el propio Lutero reconoció inicialmente que los príncipes habían contribuido a crear la crisis mediante la opresión, pero posteriormente pidió que la rebelión fuera aplastada con una violencia extraordinaria.

Y la ironía es difícil de pasar por alto:

El hombre que acusó a la Iglesia Católica de corrupción se convirtió en defensor de los príncipes.

El hombre que predicó la libertad cristiana exigió una coerción severa contra sus oponentes.

El hombre que afirmó restaurar la moral cristiana sancionó un segundo matrimonio excepcional.

El hombre que afirmó hablar en nombre del Evangelio recubrió repetidamente su controversia con un lenguaje de odio y obscenidad extraordinarios.

Nada de esto prueba por sí mismo que la Iglesia Católica sea verdadera.

Pero sí destruye la imagen simplista que los protestantes tienen de Lutero como un defensor casi heroico e intachable de la verdad cristiana.

El verdadero Lutero era considerablemente más complejo —y considerablemente más oscuro— que el retrato edulcorado que a menudo se presenta en la historia popular protestante.


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LA LEY DE CRISTO Y LA KOINONÍA DE BIENES

Los Padres antiguos estiman que la comunicación de bienes, prefigurada en el Antiguo Testamento y plenamente realizada en el Nuevo, es parte de la doctrina moral católica.

Por el padre José María Iraburu


Vino nuevo en odres nuevos (Mt 9,17). 

Al recibir el don del Espíritu Santo, que renueva la faz de la tierra, se inicia entre los cristianos una vida nueva, según Cristo, el nuevo Adán. Y es una vida nueva no solamente en lo interior, sino también en lo exterior. Es decir, no solamente da lugar a hombres nuevos, sino también a comunidades nuevas, que realizan modos muy perfectos de convivencia, desconocidos por el mundo secular.

La comunidad apostólica de Jerusalén es descrita por San Lucas en los Hechos de los apóstoles en varios cuadros sintéticos (2,42-47; 4,32-35; 5,12-16), que vienen a desarrollar este precioso verso inicial: los creyentes bautizados “perseveraban en oír la enseñanza de los apóstoles y en la unión (koinonía), en la fracción del pan y en las oraciones” (2,42). La Iglesia apostólica naciente es, pues, una comunidad apostólica, fraterna, eucarística y orante. El término “koinonía” aparece en los Hechos únicamente en ese versículo, donde significa al mismo tiempo dos aspectos unidos entre sí: la comunión fraternal de los cristianos tanto en los corazones como en los bienes materiales.

–“La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y un alma sola” (4,32). Éste es, sin duda, el primer efecto de la koinonía. Todos los que han creído en Cristo “perseveran en un mismo espíritu, luchando con una sola alma por la fe del Evangelio” (Flp 1,27). Todos, “permaneciendo bien unidos, tienen un mismo amor, un mismo ánimo, un mismo pensamiento” (Hch 2,2; cf. 4,2; 2Cor 13,11; Rm 12,16; 15,5).

“Cada día, perseveraban unánimemente (homothymadon) en el Templo” (2,46), y “se juntaban unánimes en el pórtico de Salomón” (5,12). Esta unión profunda de todos se expresa especialmente ante Dios, en el Templo, cuando se reúnen para orar: “todos perseveraban unánimes en la oración” (1,14; cf. 2,42; 2,1.44; 4,24; Rm 15,5-6). Parece captarse en estas frases un eco de las palabras de Jesús: “si dos de vosotros se unen en la tierra para pedir algo, lo recibirán de mi Padre, que está en los cielos” (Mt 18,19). Es propio, pues, de cuantos viven de un solo Espíritu estar acordes en un mismo espíritu, e incluso, físicamente, reunirse con asiduidad en un mismo lugar, sobre todo para orar.

–“Todos los creyentes vivían unidos, teniendo todos sus bienes en común” (2,44). La unión de caridad eclesial entre los fieles llevaba derechamente a la comunión de bienes materiales: “la muchedumbre de los que habían creído tenía un corazón y un alma sola; y nadie consideraba sus bienes como propios, sino que lo tenían todo en común (panta koina)” (4,32). Nótese que habla San Lucas de “sus bienes”: es decir, los cristianos mantienen la propiedad de lo que es suyo. Pero por la caridad fraterna, los bienes personales vienen a hacerse comunes, no por la enajenación de los mismos, sino por la caridad comunicativa con que los usan sus propietarios.

“Vendían sus propiedades y sus bienes, y los distribuían entre todos según las necesidades de cada uno” (2,45). De este modo, “no había entre ellos ningún pobre, porque cuantos eran dueños de haciendas o casas las vendían, llevaban el precio de lo vendido y lo depositaban a los pies de los apóstoles, y a cada uno se le repartía según su necesidad” (4,34-35). San Lucas aquí, simplificando la realidad, presenta como regla general algunos hechos especialmente caritativos, que manifiestan el espíritu común existente. De hecho, él mismo propone el ejemplo de Bernabé como una generosidad excepcional: “poseía un campo, lo vendió y llevó el precio, y lo puso a los pies de los apóstoles” (4,37). Despojarse de los bienes propios no era una obligación. San Pedro no reprocha a Ananías y Safira haber retenido para sí parte de sus bienes, sino por haber mentido a Dios y a la Iglesia (5,1-11).

Hubo, sin embargo, muchos casos de comunicación de bienes en la primera Iglesia. Así es cómo los primeros cristianos practicaban sencillamente el ideal evangélico de renunciar a todo, propuesto directamente por Cristo a todos sus discípulos (Lc 5,11.28; 14,33; 18,22): a todos, no solamente a los que más tarde serán monjes y religiosos, y harán voto de pobreza, teniéndolo todo en común.

La koinonía se establece entre los que son “hermanos” en Cristo

La koinonía se produce dentro concretamente de la comunidad de “los que han creído” (Hch 2,42; 4,32), es decir, entre aquellos que son “hermanos” y forman en esta tierra la Familia de Dios. San Pablo, por ejemplo, exhorta: “hagamos bien a todos, pero especialmente a los hermanos en la fe” (Gál 6,10). Entre los cristianos, pues, ya no vive cada uno para sí, buscando sus propios intereses, sino que, unidos todos por la caridad trinitaria, cada uno está atento a las necesidades de los demás (Rm 15,2; 1Cor 10,24.33; Flp 2,4).

La koinonía se da también entre unas y otras comunidades cristianas

Todas las Iglesias están unidas entre sí, e intercambian sus bienes como un líquido entre vasos comunicantes. Quienes han bebido de un mismo Espíritu y se alimentan de un mismo Pan, forman un solo Cuerpo de Cristo. Y así como comparten en común la gracia, las penas y las alegrías, así participan también en la koinonía de los bienes materiales (cf. 1Cor 12,13.26).

El término koinonía se usa, pues, para designar la comunión eclesial de bienes, practicada, p. ej., en las Iglesias de Macedonia y Acaya, que “tuvieron a bien establecer alguna koinonía en favor de los pobres de los santos en Jerusalén” (Rm 15,26; cf. 26-28). Esas Iglesias pedían con insistencia “la koinonía de la diaconía en favor de los santos” (2Cor 8,4).

La colecta en favor de los cristianos de Jerusalén es una temprana y clara manifestación de que la koinonía cristiana se extiende entre las Iglesias hermanas: Roma, Acaya, Galacia, Corinto (1Cor 16,1-4; 2Cor 8-9; Rm 15,25-32). La ocasión de la colecta es la escasez que sufren los hermanos de Jerusalén. Pero la causa profunda de esa ayuda económica es el amor de Cristo: es preciso que se exprese socialmente en la Iglesia aquella entrega amorosa que el Hijo divino hizo de sí mismo en la encarnación y en la pasión, pues Él, “siendo rico, se hizo pobre, para enriquecernos en su pobreza” (2Cor 8,9 = siendo Dios, se hizo hombre, para deificarnos en su encarnación).

En el lenguaje del Apóstol (2Cor 8-9) queda, por lo tanto, claro que la colecta no es una mera filantropía natural, sino una caridad eclesial profundamente cultual y religiosa. “Esta obra de caridad” (2Cor 8,19), dice, vendrá a ser una “eucaristía” (9.11-15) que, por medio de “este ministerio sagrado”, suscitará a su vez “copiosa acción de gracias” en los ayudados. Y así, la abundancia de unos será remedio para la escasez de otros, de tal modo que se logre una “igualdad (isotes)” (8,13). Por eso, la secularización actual de tantas obras benéficas católicas queda muy lejos de los primeros planteamientos evangélicos y apostólicos.

La Iglesia es una comunidad distinta y mejor que el mundo secular en que vive

Al realizar una admirable koinonía de almas y de bienes, por una parte, la comunión de la Iglesia se diferencia netamente del orden social vigente, y por otra, consigue, para la gloria de Dios y por su gracia, una forma de vida excelente. Por eso, refiere San Lucas, “nadie de los otros se atrevía a unirse a ellos [distintos]; pero el pueblo los tenía en gran estima [mejores], y crecían más y más los creyentes, en gran muchedumbre de hombres y mujeres [atrayentes]” (Hch 5,13-14). Es decir, en medio del orden judío, aparece la Iglesia como una comunidad diferenciada y atrayente (4,33), que va incorporando aceleradamente nuevos miembros (6,7).

No hay pretensión política alguna en aquella primera comunidad cristiana de Jerusalén. Ella crea de hecho un nuevo orden social, lo crea ya, sin esperar a que la sociedad cambie a mejor. Pero, por supuesto, no se presenta –algo imposible entonces– como un programa político de renovación para el conjunto de la sociedad. Y la koinonía de bienes en favor de los hermanos pobres cobra en la primera comunidad apostólica tal importancia que pronto viene a requerir un ministerio propio, el de la diaconía (Hch 6,1-6). En este sentido, la historicidad de la diaconía corrobora la historicidad de la koinonía. También los diezmos, a lo largo de los siglos, expresan en la Iglesia ese mismo espíritu.

Muchos, sin embargo, tratan de politizar la ejemplaridad de la primera Iglesia, la de Jerusalén. Lo hacen, p. ej., los socialistas utópicos decimonónicos, Saint-Simon, Owen, Cabet, que sienten una admiración muy grande por Cristo y por la primera comunidad apostólica, en la que ven la plena realización de sus ideales comunitarios. Algunos de los primeros lemas del socialismo utópico comunitario, como “a cada uno según su necesidad”, están tomados precisamente del libro de los Hechos.

La koinonía cristiana de bienes existió realmente en Jerusalén, y fue modelo realizado por otras Iglesias. No fue, pues, una mera idealización del autor de los Hechos, sin base real. No fue tampoco un caso aislado, puramente carismático, sin valor ejemplar. Y ambas cosas, que van unidas, las podemos verificar por cuatro vías:

1.–La tradición antigua llama “vita apostolica” a esa comunión de la primera comunidad eclesial, que afecta a corazones y bienes materiales. Se afirma así la clara conciencia que la Tradición tiene de que la koinonía fue la forma de vida comunitaria predicada, procurada y organizada por los Apóstoles. Jesús y los Doce son el comienzo de la koinonía cristiana:

Escribe L. Cerfaux: “Ese tipo de vida llevó en la Tradición, hasta el siglo XII, el bello nombre de “vida apostólica”, vita apostolica, queriendo decir: la vida de los Apóstoles, la que ellos enseñaron a sus discípulos inmediatos; y se pensaba en la comunidad de bienes y de caridad que animó la Iglesia apostólica de Jerusalén. No se puede reprochar, pues, a los Apóstoles haberse alejado en esto del pensamiento de Jesús. Si enseñaron a los cristianos de Jerusalén a practicar la vida común, es porque sabían que respondía al ideal del Maestro. Más aún: es porque ellos mismos habían vivido esta vida con Jesús [tenían una bolsa común, Jn 12,6; 13,29, y varias mujeres les asistían con sus bienes, Lc 8,1-3]. La vida común y apostólica nació, pues, de las mismas entrañas del cristianismo; derivó de los principios de Jesús” (La puissance de la foi; la communauté apostolique, Cerf, París 1968, págs. 42-46).

2.–Los grandes maestros espirituales de la Iglesia han considerado siempre la koinonía de Jerusalén como un ideal permanente, tanto en su unidad de almas, como en su comunidad de bienes. Ascetas y místicos, comunidades religiosas monásticas, Orígenes, Epifanio, Antonio, Basilio, Jerónimo, Agustín, Casiano, todos, hasta nuestros días, ven en la primera Jerusalén cristiana un modelo ideal, que al paso de los siglos es continuamente iluminador y ejemplar. Los Padres antiguos, concretamente, estiman que la comunicación de bienes, prefigurada en el Antiguo Testamento y plenamente realizada en el Nuevo, es parte de la doctrina moral católica.

3.–La koinonía de Jerusalén, por la que se da una cierta comunicación de bienes materiales, no fue un caso aislado, una especie de milagro, como otros, realizados por Dios en los comienzos de la Iglesia, que no constituiría un precedente significativo y orientador para nosotros. Por el contrario, la comunicación de bienes se vive en Jerusalén y también en las Iglesias de los primeros siglos: “¡no os olvidéis de la beneficencia y la koinonía!” (Heb 13,16). Son muchos los documentos cristianos antiguos que exhortan a la koinonía de bienes; pero no lo harían si, en alguna medida, no se estuviera ya viviendo en las Iglesias.

La Dídaque, por ejemplo, en la segunda mitad del siglo I, la recomienda con la formula clásica: “no rechazarás al necesitado, sino que comunicarás en todo con tu hermano, y de nada dirás que es tuyo propio; pues, si os comunicáis en los bienes inmortales ¿cuánto más en los mortales?” (IV,8). El mismo consejo, con palabras muy semejantes, lo hallamos en San Ignacio de Antioquía (A Policarpo 4,3), en la Carta de Bernabé (XIX,8), en el Pastor de Hermas (compar. II; V,3,7), en Clemente de Alejandría (Stromata II,84,4; 85,3; 86,4; Quis dives salvetur 13,1-6), y en el año 380 en las Constituciones apostólicas (II,25).

4.–La realidad de la koinonía se demuestra también porque es un dato aducido por los Apologistas antiguos en favor de los cristianos. No se atreverían a usar ese argumento de ejemplaridad, si éste no estuviera confirmado por la realidad social cristiana que los paganos conocían.

En la primera mitad del s. II, Arístides, filósofo ateniense, en su Apología, afirma que los cristianos “se aman unos a otros; y el que tiene, da sin pena al que no tiene. Y si entre ellos hay alguno que esté pobre o necesitado, y ellos no tienen abundancia de medios, ayunan dos o tres días para satisfacer la falta de sustento preciso para los necesitados. Viven recta y modestamente, como se lo mandó el Señor Dios” (XIV,8; también la Didascalia 5,1,4, ordena ayunar para ayudar a los que están en necesidad).

A mediados del s. II, en su I Apología, aduce San Justino, filósofo palestino, el mismo dato y argumento: “Los que antes amábamos por encima de todo el dinero y el acrecentamiento de nuestros bienes, ahora ponemos en común lo que tenemos, y de ello damos parte a todo el que está necesitado. Los que nos odiábamos y matábamos unos a otros, y no compartíamos el hogar con quienes no fueran de nuestra propia raza por la diferencia de costumbres, ahora, después de la aparición de Cristo, vivimos todos juntos, y los que tenemos socorremos a todos los necesitados, y nos asistimos siempre unos a otros” (XIV,2-3; cf. 15,10; 67,1-6). Estos datos, como digo, no podrían ser aducidos si, al menos en buena parte, no se estuvieran viviendo realmente en las Iglesias cristianas.

El Evangelio más ignorado es el de la pobreza y comunicación de bienes

Hay Evangelios, como el de la castidad, que con frecuencia se viven mal, pero que al menos son generalmente conocidos por los cristianos. Pero este Evangelio, el de la pobreza –la peligrosidad de las riquezas, el grave deber de ayudar a los pobres, evitando todo gasto superfluo– aunque tiene una cierta actualidad verbal, y a veces ideológica, apenas llega a configurar la vida de los cristianos. Fuera de los religiosos, que todo lo tienen en común, sólo algún grupo laico importante vive seriamente el diezmo o algún modo real de comunicación de bienes. Pero la inmensa mayoría de los bautizados y de sus asociaciones, incluidos los más ortodoxos y devotos, en todo lo referente a propiedad y nivel económico de vida, simplemente “se conforman al siglo presente” (Rm 12,2), y apenas se distinguen en nada de los paganos. Con toda tranquilidad de conciencia –cada uno debe vivir según su estado social propio–, vierten el vino nuevo del Evangelio en los odres viejos del mundo. Y se pierden vino y odres. Se resisten a Cristo, no le dejan manifestarse al mundo no solo a través de hombres nuevos, sino también de comunidades nuevas.

Pero “al principio no fue así” (Mt 19,8). La Madre Iglesia engendraba con Cristo hombres nuevos y nuevas comunidades, bien diferenciadas del mundo secular, mejores y atrayentes. Actualmente el mapa de los países más ricos coincide con el mapa de las naciones más descristianizadas.