martes, 6 de octubre de 2026

LA SOMBRA DE LUTERO EN AMORIS LAETITIA Y LA REUNIÓN DE OBISPOS EN ROMA

Sorprende que León haya elegido Amoris Laetitia para abordar la crisis que atraviesa la familia.

Por Luiz Sérgio Solimeo


León ha convocado a Roma a los presidentes de las conferencias episcopales, del 7 al 14 de octubre, para un encuentro de una semana sobre la exhortación apostólica Amoris laetitia de Francisco. Él afirma: “Reconociendo los cambios que siguen afectando a las familias, he decidido convocar en octubre de 2026 a los Presidentes de las Conferencias Episcopales de todo el mundo, con el fin de proceder, en un clima de escucha recíproca, a un discernimiento sinodal sobre los pasos a dar para anunciar el Evangelio a las familias de hoy, a la luz de Amoris laetitia y teniendo en cuenta lo que se está realizando en las Iglesias locales” (1).

Sorprende que León haya elegido este documento, cuestionado por los cardenales (2), para abordar la crisis que atraviesa la familia, afectada sobre todo por la extensión del divorcio entre los católicos.

Pues, en lugar de insistir en los males morales y sociales del divorcio, como hicieron los Papas del pasado, Amoris laetitia (3) buscó atenuar, o incluso anular, la gravedad del pecado del divorcio y de las nuevas nupcias (4).

Según la Amoris laetitia, en el caso de las “parejas en situación irregular” —término con el que el documento se refiere a los divorciados vueltos a casar—, los factores que eximen a las personas de la culpa del pecado en el fuero interno son tales que ya no cabe presumir que los divorciados vueltos a casar y las parejas que conviven sean pecadores públicos, tal como se lee en el párrafo 301: “Por eso, ya no es posible decir que todos los que se encuentran en alguna situación así llamada «irregular» viven en una situación de pecado mortal, privados de la gracia santificante”.

Y en el n° 305 se afirma: “A causa de los condicionamientos o factores atenuantes, es posible que, en medio de una situación objetiva de pecado —que no sea subjetivamente culpable o que no lo sea de modo pleno— se pueda vivir en gracia de Dios, se pueda amar, y también se pueda crecer en la vida de la gracia y la caridad, recibiendo para ello la ayuda de la Iglesia”.

¿Ya no se está en estado de pecado mortal? ¿Qué es lo que impide seguir asumiendo que las parejas “irregulares” son pecadores públicos? ¿Se trata de algo nuevo con respecto a la doctrina tradicional y a la práctica pastoral de la Iglesia?

El teólogo padre Serafino Lanzetta comentó al respecto: ¿Cómo puede Amoris laetitia formular este nuevo principio sin contravenir lo que siempre ha enseñado la Iglesia? (5).

¿Cómo explicar este cambio si tenemos presentes las palabras del Divino Redentor: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mt 24,35)?

¿Ya no, o solo en algunos casos?

Pero tras afirmar que “ya no se puede decir simplemente” que las personas que viven en adulterio están en pecado mortal (estableciendo así una norma general), AL se contradice al señalar que “En ciertos casos, podría ser también [con] la ayuda de los sacramentos” (n° 305, nota 351).

Ahora bien, si ya no se puede afirmar que los adúlteros viven en pecado, entonces son libres de recibir la absolución sacramental y la comunión, al igual que cualquier fiel en estado de gracia. Esta es una de las contradicciones de Amoris Laetitia (AL) que no ha sido explicada.

Las dubia nunca respondidas

Dado que AL presenta principios morales que chocan con la doctrina católica, cuatro cardenales —Sus Eminencias Raymond L. Burke, Walter Brandmüller, Carlo Caffara y Joachim Meisner— formularon cinco preguntas (dubia) dirigidas a Francisco y al cardenal Gerhard Müller. En ellas consultaban si, tras la publicación de AL, seguía siendo posible seguir la doctrina tradicional de la Iglesia, fundamentada en la Escritura, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia.

Los cardenales preguntaron: 

3. Después de Amoris laetitia n. 301, ¿es posible afirmar todavía que una persona que vive habitualmente en contradicción con un mandamiento de la ley de Dios, como por ejemplo el que prohíbe el adulterio (cfr. Mt 19, 3-9), se encuentra en situación objetiva de pecado grave habitual (cfr. Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, Declaración del 24 de junio del 2000)? (6).

¿Ha cambiado la doctrina?

Para sostener las afirmaciones contradictorias de AL, la única respuesta lógica sería que dicho documento modificó la doctrina de la Iglesia.

Tal parece haber sido la respuesta de Francisco durante el vuelo de regreso desde Grecia. Un periodista le preguntó si ahora existen nuevas posibilidades concretas que no existían antes de la publicación de AL. La respuesta de Francisco fue rotunda: “Puedo decir que sí; punto” (7).

¿Qué son esas “posibilidades concretas” que crea AL sino un cambio en la doctrina católica?

Sin embargo, ningún papa puede cambiar la doctrina de la Iglesia, tal como es evidente y se declaró en el Concilio Vaticano I, en el decreto sobre la infalibilidad pontificia: “
6. Porque el Espíritu Santo fue prometido a los sucesores de Pedro, no para que, por su revelación, pudieran dar a conocer alguna doctrina nueva, sino que, con su ayuda, pudieran guardar religiosamente y exponer fielmente la revelación o depósito de la fe transmitido por los apóstoles” (Denz. 1836) (8).

La sombra de Lutero

Además de los dubia de los cardenales, intelectuales católicos, eclesiásticos y laicos escribieron una carta a Francisco el 16 de julio de 2017, titulada Correctio filialis de haeresibus propagatis (Corrección filial sobre las herejías propagadas) (9).

Tal como se explica en el resumen de la Correctio, los firmantes —inicialmente cuarenta y posteriormente más de doscientos— afirman en su carta “que el Papa, mediante su exhortación apostólica Amoris laetitia y a través de otras palabras, actos y omisiones conexos, ha sostenido de hecho siete posiciones heréticas sobre el matrimonio, la vida moral y la recepción de los sacramentos, y ha provocado que estas opiniones heréticas se propaguen en la Iglesia católica” (10).

El resumen también pone de manifiesto la influencia del modernismo en Amoris laetitia, así como la de los errores de Lutero: “En segundo lugar, nos sentimos obligados en conciencia a referirnos a las simpatías sin precedentes de Su Santidad por Martín Lutero, y a la afinidad entre las ideas de Lutero sobre la ley, la justificación y el matrimonio y aquellas enseñadas o favorecidas por Su Santidad en Amoris Laetitia y en otros sitios”
 (11).

Esta sombra de Lutero en Amoris Laetitia fue claramente reconocida por los entusiastas defensores del documento, como se desprende de un artículo publicado en Avvenire, el periódico de los obispos italianos.

El título del artículo, escrito por Luciano Moia, resume la tesis: “Amoris Laetitia y Lutero: esas sorprendentes convergencias”.

Tras sintetizar el pensamiento del hereje sobre el matrimonio, el autor comenta:

La profundidad de pensamiento y la capacidad de interpretar el valor conyugal como un camino común hacia la salvación permiten establecer una comparación entre lo que Lutero escribió y pensó hace cinco siglos y lo que el Papa Francisco propone hoy en Amoris Laetitia. Puede parecer sorprendente, y algunos considerarán inapropiado el paralelismo; sin embargo, al releer los textos —verdaderamente poco conocidos— del padre de la Reforma sobre el matrimonio, un teólogo brillante como el padre Francesco Pesce no duda en afirmar: “La exhortación apostólica postsinodal Amoris Laetitia presenta numerosos elementos que parecen abrir la posibilidad de articular un diálogo con lo que Lutero planteó y desarrolló en torno al matrimonio” (12).

“Sé pecador y deja que tus pecados sean fuertes”

Para Lutero, la fe es una mera confianza en que ya estamos salvados por los méritos de Cristo. Y, contraviniendo el principio de no contradicción, afirma que la persona permanece santa incluso al pecar. Según su célebre fórmula, el hombre es “simultáneamente pecador y justo” (simul justus et peccator) (13).

Además, en el famoso consejo que Lutero dio a su discípulo Melanchthon en una carta de 1521, afirma: “Sé pecador y deja que tus pecados sean grandes, pero deja que tu confianza en Cristo sea mayor” (14).

La fidelidad en el matrimonio

Esta postura del difunto papa argentino, reiterada por su sucesor agustino, contrasta con la doctrina tradicional de la Iglesia, resumida en las sabias palabras de Pío XI en la encíclica Casti connubii, donde se ensalza la fidelidad de los esposos en el matrimonio:

9. El segundo de los bienes del matrimonio, enumerados, como dijimos, por San Agustín, es la fidelidad, que consiste en la mutua lealtad de los cónyuges en el cumplimiento del contrato matrimonial, de tal modo que lo que en este contrato, sancionado por la ley divina, compete a una de las partes, ni a ella le sea negado ni a ningún otro permitido; ni al cónyuge mismo se conceda lo que jamás puede concederse, por ser contrario a las divinas leyes y del todo disconforme con la fidelidad del matrimonio.

... Pide, además, la fidelidad del matrimonio que el varón y la mujer estén unidos por cierto amor santo, puro, singular; que no se amen como adúlteros, sino como Cristo amó a la Iglesia, pues esta ley dio el Apóstol cuando dijo: “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia”, y cierto que El la amó con aquella, su infinita caridad, no para utilidad suya, sino proponiéndose tan sólo la utilidad de la Esposa (15).

Notas:

1) León XIV, “Mensaje de León con motivo del décimo aniversario de Amoris Laetitia”

2) Véase Luiz Sérgio Solimeo, “La nueva y confusa explicación de 'Amoris Laetitia'”.

3) Francisco, exhortación apostólica postsinodal Amoris laetitia

4) Véase Luiz Sérgio Solimeo, “Debido a sus graves errores, 'Amoris Laetitia' debería ser rechazada”.

5) Entrevista de Michele M. Ippolito, “Padre Lanzetta: “La correctio Filialis es un acto de amor hacia el papa”.

6) Edward Pentin, “Full Text and Explanatory Notes of Cardinals’ Questions on ‘Amoris Laetitia’”

7) John-Henry Westen, Bergoglio dice que la interpretación de schonborn sobre la comunión para los divorciados y vueltos a casar es la última palabra

8) Constitución Dogmática Dei Filio, sesión 4.

9) Véase “Correctio filialis de haeresibus propagatis”.

10) Véase “Correctio filialis de haeresibus propagatis”

11) Véase “Correctio filialis de haeresibus propagatis”

12) Luciano Moia, “Amoris laetitia e Lutero, quegli incroci sorprendenti”, Avvenire, 12 de diciembre de 2024. Véase también: Stefano Fontana, “Luther Exalted by Italian Bishops’ Daily as Precursor of Amoris Laetitia”, NewDailyCompass.com, 16 de diciembre de 2024 .

13) M. Luther, Werke, (Edición Weimar), 56, 272 y 513; Véase Erwin Iserloh, Joseph Glazik y Hubert Jedin, Reformation and Counter Reformation, trad. Anselm Biggs y Peter W. Becker (Londres: Burns & Oates, 1980), 27.

14) “Let Your Sins Be Strong: A Letter From Luther to Melanchthon” 
(Que vuestros pecados sean fuertes: Carta de Lutero a Melanchthon), Carta n° 99, 1 de agosto de 1521, del Wartburg (Segmento), traducida por Erika Bullmann Flores, de: _Dr. Martin Luther's Saemmtliche Schriften, Dr. Johannes Georg Walch, Ed. (St. Louis: Concordia Publishing House, s.f.).

15) Pío XI, encíclica Casti connubii (sobre el matrimonio cristiano), 31 de diciembre de 1930, núm. 9.

LA LEY DE CRISTO Y LA LEY DE LA IGLESIA (1)

Quiso el Señor que en la Iglesia hubiera leyes, para que ningún cristiano ignorase los caminos de la gracia.

Por el padre José María Iraburu


Inicio una serie de artículos que pretenden reafirmar el valor de la Autoridad apostólica en la vida de la Iglesia, y la necesidad de la gran disciplina eclesial, muchas veces cristalizada en cánones conciliares, que afectan tanto a la doctrina y a la moral, como a la pastoral y la liturgia. Actualmente, la anomía generalizada en la doctrina y en toda la vida cristiana personal y comunitaria es en las Iglesias decadentes una de las causas principales de su ruina. Esa gran mayoría de bautizados que creen en unos dogmas sí y en otros no, esos cristianos que se mantienen durante decenios alejados de la Eucaristía, aquellos sacerdotes que realizan sacrilegios en absoluciones colectivas, hasta eliminar prácticamente el Sacramento de la Penitencia en sus diócesis, tantos matrimonios que se establecen sacramentalmente, con el firme propósito de usar anticonceptivos siempre que lo estimen conveniente… Todo esto es horrible.

Pero es un horror que no horroriza. Cuando una situación se establece duraderamente tiende a ser vista como normal, o al menos como inevitable. Pocos se alarman. Pocos llaman a conversión y reforma. Les falta esperanza, no la creen posible. Y a veces ni siquiera necesaria. Estamos entonces ante un pueblo innumerable de bautizados que, alejados de Cristo y de los sucesores de sus Apóstoles, andan abandonados a sí mismos, como ovejas sin pastor; pensando quizá que así debe ser el cristianismo. Pero no. La verdad de los seres está en su principio. Y como iremos comprobando, “al principio no fue así” (Mt 19,8).

Dios rige la vida de los hombres por medio de leyes

Todas las criaturas del universo se realizan en la fidelidad permanente a sus propias leyes íntimas, puestas por el Creador. Y también los hombres, como las demás criaturas, hallamos nuestro bien obedeciendo a Dios en las leyes civiles y religiosas.

Recordemos que la ley eterna es el plan de gobierno universal que existe en la mente de Dios. La ley natural, a través de la naturaleza misma del hombre y del mundo creado, revela esa ley eterna. Y la ley positiva, civil o religiosa, viene a determinar, según tiempos y circunstancias, las derivaciones socialmente convenientes de la naturaleza y de la gracia.

El Señor gobierna a los hombres por medio de autoridades humanas, civiles y religiosas, por Él constituidas. La autoridad de Dios es la fuerza providencial amorosa e inteligente, que todo lo acrecienta con su dirección e impulso. La misma palabra auctoritas deriva de auctor, creador, promotor, y de augere, acrecentar, suscitar un progreso. Dios, evidentemente, es el Autor por excelencia, la Autoridad suprema, porque es el creador y dinamizador perenne del universo. Y produce el bien actuando en colaboración de autoridades humanas.

Dios ha constituido a Cristo como Rey del universo, Señor de todo, Pantocrator. Le ha sido dado a Jesucristo “todo poder en el cielo y en la tierra” (Mt 28,18). De Él, pues, el “Primogénito de toda criatura” (Col 1,15), proceden ahora todas las autoridades creadas: padres, maestros, gobernantes civiles y, por supuesto, pastores de la Iglesia, que, “enviados” por Él, han sido constituidos por el Espíritu Santo “para pastorear la Iglesia de Dios” (Hch 20,28).

Por lo tanto, en la Iglesia, la autoridad pastoral es una fuerza espiritual necesaria, acrecentadora, estimulante, unificadora, fuente de inmensos bienes. Y su inhibición es la causa de los peores males. “Herido el pastor” –o al menos paralizado y sujeto–, “se dispersan las ovejas del rebaño” (Zac 13,7; Mt 26,31).

La ley de Moisés en Israel es “santa, ciertamente, y los mandamientos son santos, justos y buenos” (Rm 7,12). El mismo Dios ha dado a su Pueblo elegido admirables decretos, revelándole los sagrados caminos que llevan a la salvación (Dt 5,27; 30,15s; Sal 15,11; Sir 17,6-9). Israel no se cansa de dar gracias a Dios, cantando su gloria, por la maravilla de las leyes que le ha concedido (p. ej., Sal 118, el más largo del Salterio).

Los judíos espirituales, aplicándose al cumplimiento de la Ley, se hicieron grandes en la virtud, y al mismo tiempo comprendieron que necesitaban absolutamente un Mesías salvador, pues con sus solas fuerzas humanas no alcanzaban a conocer ni a cumplir perfectamente la voluntad divina. Ellos fueron los que, conociendo su impotencia gracias a la ley, desde el fondo de los siglos ansiaron a Jesús, el Salvador, y aceleraron con sus constantes oraciones el tiempo de su venida. Para los judíos carnales, por el contrario, “el precepto, que era para vida, fue para muerte” (Rm 7,10). Y esto de tres modos:

1. –El Israel carnal, incapaz de cumplir la Ley, pero obstinado en salvarse por ella, no pide y espera un Mesías, no se salva poniendo la esperanza en la promesa de su venida. Elige, pues, el camino de la mentira: cumple la Ley de un modo sólo exterior, vaciándola de su espíritu. Es lo que Jesús denuncia con terribles palabras: sepulcros blanqueados, hipócritas, que cuelan un mosquito y se tragan un camello (Mt 23).

2. –Además, escribas y fariseos, sentados durante siglos en la cátedra de Moisés, han desfigurado la Ley, pura y santa, sepultándola bajo un cúmulo de preceptos humanos (Mt 5,19; 22,36; 23,1-4; Mc 7,8-9). Han mezclado groseramente la sabiduría humana con la de Dios, han enmarañado la simplicidad de la Ley, sacando de ella 613 mandatos particulares –248 positivos, 365 prohibitivos–, y han transformado así los preceptos de Yahvé en “un yugo insoportable” (Hch 15,10). Por otra parte, “atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los otros, pero ellos ni con un dedo hacen por moverlas” (Mt 23,4). Conocen mil artimañas para escaparse de la verdadera observancia, y las enseñan a otros (23,16 33; Mc 7,5-13).

3. –Y esos dos pecados conducen a un tercero, el más grave. Los judíos carnales, los que quieren salvarse por la Ley, por sus fuerzas propias, en una moral de obras, rechazan la fe en Cristo, la salvación por gracia (Gal 5,4). No comprenden que Yahvé dio a hombres pecadores la Ley no sólo para que ellos mejoraran esforzándose en cumplirla, sino sobre todo para que por ella conocieran su pecado, y no pudiendo observarla plenamente, ansiaran al Salvador mesiánico. Pero no fue así. Por el contrario, cuando se produjo ante sus ojos la epifanía de Jesús, no supieron ver en él –pobre, humilde, crucificado– al Enviado de Dios, a aquél de quien hablaron Moisés y los profetas. Prefirieron permanecer como “discípulos de Moisés”, rechazando al Mesías que el mismo Moisés había anunciado (Jn 5,45-47; 9,28; Lc 24,27).

La ley de Cristo gobierna la Iglesia

Nuestro Señor Jesucristo, Él mismo, personalmente, es la ley nueva de la Nueva Alianza. “Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Id, y haced que todos los pueblos sean discípulos míos, enseñándoles a cumplir todo lo que yo os he mandado” (Mt 28,18-20). En la iconografía clásica del Pantocrator siempre tiene Cristo en su mano izquierda el libro de los Evangelios, su ley propia, que ha de aplicarse fielmente, según indica con autoridad plena su mano derecha.

Y aquello mismo que los rabinos judíos decían de la Ley mosaica –que era luz, agua, pan, camino, verdad, vida–, todo eso lo dice Jesús de sí mismo. Él es el Señor del sábado (Mt 12,8; Lc 13,10-17). Él viene a perfeccionar la Ley de Moisés, no a destruirla (Mt 5,17-43). Y ahora todos estamos sujetos a “la Ley de Cristo” (Gal 6,2; 1Cor 9,21).

La Ley de Cristo es una ley interior, “escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; y no en tablas de piedra, sino en las tablas de carne de vuestros corazones” (2Cor 3,3). Es, pues, ley del Espíritu Santo, a un tiempo luz y fuerza de nuestras almas. En efecto, la letra mata, pues muestra el deber, sin dar fuerzas para cumplirlo, mientras que “el Espíritu vivifica” (3,6). Todo precepto de Cristo es la formulación exterior de lo que Él quiere obrar en nuestro interior por la luz y moción del Espíritu Santo.

La Ley de Cristo es la caridad de Dios, difundida en nuestros corazones por la fuerza del Espíritu Santo (Rm 5,5). Es ley sencilla y universal, que en dos mandatos lo encierra todo (Mt 22,37-40), y que está vigente en todos los pueblos y en todos los siglos. Es una ley liberadora, pues “para que gocemos de libertad, Cristo nos ha hecho libres” (Gal 5,1), redimiéndonos de la esclavitud de la Ley (3,13; 4, 5). Es, en fin, una ley nueva, que fundamenta una Nueva Alianza entre Dios y los hombres.

¿Y ahora, qué? “¿Pecaremos porque no estamos bajo la Ley, sino bajo la gracia? De ningún modo” (Rm 6,15). La Ley nueva de Cristo no viene a abolir, sino a perfeccionar la Ley antigua, y es mucho más santificante que ésta. La Ley y los profetas llegaron hasta Juan el Bautista; y desde entonces, en Jesucristo, plenitud evangélica de la ley divina, vivimos la novedad santa del Reino de Dios (Lc 16,16).

Cristo funda en su Iglesia una sagrada autoridad apostólica con poder para establecer leyes. Confiere a Simón Pedro “las llaves del reino de los cielos” (Mt 16,19), y comunica a él y a todos los Apóstoles (18,18) una fuerza espiritual permanente para atar y desatar (16,19; 18,18; cf. Jn 20,22-23): “todo lo que atareis en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desatareis en la tierra, quedará desatado en el cielo”.

El conjunto de la frase es, en todos sus términos, netamente semítico. Las llaves de la casa las tiene el intendente puesto para gobernarla, para abrir o cerrar; en términos judíos, para declarar lo que es lícito o prohibido; para abrir a un hombre las puertas de la casa, de la comunidad, o para expulsarlo de ella. Atar y desatar es una expresión que tiene significados semejantes: indica la autoridad para perdonar sacramentalmente los pecados y el poder espiritual que en el nombre del Señor tienen los Apóstoles para gobernar la Casa de Dios.

La Autoridad apostólica gobierna día a día a los fieles de Cristo, y les da también leyes, normalmente generadas en cánones acordados en Concilios. La autoridad apostólica, es cierto, no juzga la conciencia misma de los fieles (de internis neque Ecclesia iudicat). Pero puede y debe gobernar la comunidad cristiana; así como también puede y debe ejercitar pastoralmente un poder legislativo y judicial. Quiso el Señor que en la Iglesia hubiera leyes, para que ningún cristiano ignorase los caminos de la gracia, ni siquiera aquéllos que, por su gran inmadurez espiritual, no los conocen por la sola luz interior del Espíritu Santo. No hay, pues, contraposición alguna en la Iglesia de Cristo entre ley y gracia, porque la ley eclesial es una gracia del Señor.

Los Apóstoles, desde el principio, ejercieron su autoridad en la Iglesia y establecieron leyes. En Jerusalén se tomaron acuerdos disciplinares obligatorios (Hch 15,22-29). Pedro juzgó a Ananías y Safira, y también a Simón (5,1-11; 8,18-25). Pablo declaró con gran firmeza que tenía autoridad de Cristo para mandar y castigar (1Cor 4,18-21; 2Cor 10,4-8; 13,10; Fil 8). En no pocas ocasiones, los Apóstoles mandaron, juzgaron y castigaron, y llegaron a excomulgar en los casos más graves, cumpliendo así el mandato de Jesús (Mt 16,19; 18,15-18; Jn 20,22-23; Rm 16,17; 1Cor 5,1-13; 2Tes 3,6.14; 1Tim 5,19-20; Tit 3,10; 1Jn 2,1819; 2 Jn 10-11; 3Jn 9s; Apoc 1-3).

San Pablo establece Pastores sagrados con autoridad apostólica en todas las Iglesias que va fundando: “constituyeron presbíteros en cada iglesia por la imposición de las manos, orando y ayunando” (14,23). Y es significativo que, siendo él tan celoso defensor de la libertad personal de los cristianos, “redimidos por Cristo de la maldición de la ley” (Gal 3,13), se muestra igualmente celoso por la observancia de las leyes apostólicas de la Iglesia. El Apóstol, acompañado de sus colaboradores, “atravesando las ciudades, les comunicaba los decretos dados por los apóstoles y presbíteros de Jerusalén, encargándoles que los guardasen” (Hch 16,4).

Continúa...
  

MAS DOCUMENTOS SOBRE LAS SOCIEDADES SECRETAS (5)

Continuamos con la publicación del tercer y último Tomo del libro “La Conjuración Anticristiana” de Monseñor Henri Delassus, publicado el año 1910.


TOMO I: LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA

TOMO II: EL AMERICANISMO Y LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA


XV. — CARTA DE BEPPO ESCRITA DESDE LIVORNO A NUBIUS, con fecha del 2 de noviembre de 1844.

Avanzamos a grandes pasos y cada día incorporamos a la conspiración a nuevos y fervientes neófitos. Fervet opus; pero lo más difícil queda aún no solo por hacer, sino incluso por esbozar. Hemos ganado —y sin demasiada dificultad— a monjes de todas las órdenes, a sacerdotes de casi todas las condiciones y a algunos monseñores intrigantes o ambiciosos. Quizás no sea lo mejor ni lo más respetable, pero eso no importa. Para el fin que perseguimos, un Fratre, a los ojos del pueblo, es siempre un religioso; un prelado será siempre un prelado. Hemos fracasado rotundamente con los jesuitas. Desde que conspiramos, ha sido imposible echar el guante a un ignaciano, y habría que averiguar la razón de tal obstinación unánime. No creo en la sinceridad de su fe ni en su devoción a la Iglesia; ¿por qué, entonces, no hemos logrado hallar ni una sola fisura en su armadura? No tenemos jesuitas con nosotros, pero siempre podemos decir —y hacer que se diga— que los hay, y el resultado sería exactamente el mismo. No ocurrirá lo mismo con los Cardenales; todos han escapado a nuestras redes. Las adulaciones mejor urdidas no han servido de nada, de modo que, a estas alturas, no hemos avanzado nada desde el principio. Ningún miembro del Sacro Colegio ha caído en la trampa. Aquellos a quienes hemos sondeado y examinado han reaccionado —ante la primera mención de las sociedades secretas y su poder— haciendo gestos de exorcismo, como si el diablo fuera a llevárselos a la montaña; Y, al morir Gregorio XVI (lo cual sucederá próximamente), nos encontramos como en 1823, a la muerte de Pío VII.

¿Qué hacer en esta coyuntura? Renunciar a nuestro proyecto ya no es posible, so pena de caer en un ridículo indeleble. Esperar ganar la lotería sin haber comprado siquiera un número me parece algo demasiado maravilloso; seguir aplicando el sistema sin poder albergar ni la más remota esperanza de éxito me da la sensación de estar intentando lo imposible. Estamos llegando al final de nuestros esfuerzos. La Revolución avanza al galope, trayendo consigo interminables disturbios, ambiciosos sin talento y convulsiones estériles; y nosotros, que habíamos preparado todo esto, que habíamos intentado ofrecer a esta revolución una válvula de escape suprema, nos sentimos impotentes en el momento de ejercer una acción decisiva. Todo se nos escapa de las manos; lo único que queda es la corrupción, lista para ser explotada por otros. El futuro Papa, sea quien sea, jamás vendrá a nosotros; ¿podremos nosotros acudir a él? ¿Acaso no será como sus predecesores y sucesores, y no actuará como ellos? En tal caso, ¿seguiremos en la brecha aguardando un milagro? Ese tiempo ya pasó, y nuestra única esperanza reside en lo imposible. A la muerte de Gregorio, nuestro proyecto quedará aplazado indefinidamente. La Revolución, cuya hora se acerca en todas partes, tal vez dé un nuevo rumbo a las ideas. Transformará y modificará las cosas; pero, a decir verdad, no seremos nosotros a quienes eleve. Nos hemos encerrado demasiado en la penumbra y en las sombras; al no haber triunfado, nos veremos relegados al olvido por aquellos que saquen partido de nuestra labor y de sus resultados. No logramos nuestro objetivo, ni podemos lograrlo; Hay que sucumbir, pues, y resignarse al más cruel de los espectáculos: el de ver el triunfo del mal que uno ha causado, y no compartir ese triunfo.

XVI. — CARTA DEL CARDENAL BERNETTI A UNO DE SUS AMIGOS, fechada el 4 de agosto de 1845.

Cardenal Tomasso Bernetti

A menudo le he hablado de mis temores sobre el estado de las cosas. El Papa y el gobierno buscan un remedio para el mal, una salida al contagio; pero ambos avanzan sin que se pueda detener el curso de este torrente desconocido. Se agitan a nuestro alrededor cosas vagas y misteriosas. Se ve mucho mal y muy poco bien. Nuestro joven clero está imbuido de doctrinas liberales, y las ha asimilado por el lado equivocado. Los estudios serios están abandonados. Por más que se anime a los alumnos, se recompense a los profesores y se prometan a unos y otros las gracias que el Santo Padre siempre está dispuesto a conceder, nada de esto mejora el estado de los ánimos. Los jóvenes trabajan para cumplir con sus futuras funciones; pero, al igual que en los tiempos gloriosos de Roma, no es ese trabajo lo que constituye su felicidad ni su ambición. Se preocupan muy poco por llegar a ser teólogos eruditos, casuistas serios o doctores versados ​​en todas las complejidades del derecho canónico. Son sacerdotes, pero aspiran a ser hombres, y resulta insólito todo lo que mezclan de fe católica y extravagancia italiana bajo ese título de “hombre”, que enarbolan con un énfasis burlesco. La mano de Dios nos castiga; humillémonos y lloremos. Sin embargo, esta perversión humana de la juventud no es todavía lo que más preocupa y atormenta aquí.

Esa parte del clero que, tras nosotros, accede naturalmente a los asuntos y que ya nos empuja hacia la tumba —reprochándonos tácitamente haber vivido demasiado—, ¡pues bien!, esa parte del clero está mil veces más contaminada por el vicio liberal que la juventud. La juventud carece de experiencia; se deja seducir y actúa como un novicio que escapa de la regla de su convento para disfrutar de un par de horas de sol, antes de regresar al claustro; pero en los hombres de edad madura, tales tendencias resultan más peligrosas. La mayoría no comprende ni el carácter ni la realidad de los tiempos actuales, y se dejan llevar por sugestiones que, inevitablemente, provocarán grandes crisis para la Iglesia. Todas las personas valiosas o talentosas a las que se recurre se convierten de inmediato en blanco de la execración pública. En cambio, los estúpidos, los débiles y los cobardes se ven ipso facto rodeados de un aura de popularidad que no hará sino añadir un toque de ridículo a su figura. Sé que en el Piamonte, en la Toscana, en las Dos Sicilias y en el reino lombardo-véneto sopla el mismo espíritu de discordia entre el clero. Desde Francia nos llegan noticias lamentables. Se rompe con el pasado para convertirse en hombres nuevos. El espíritu de facción sustituye al amor al prójimo; el orgullo individual —que ciertos talentos mal empleados anteponen al amor de Dios— crece en las sombras. Llegará el día en que todas esas minas, cargadas de pólvora constitucional y progresista, estallen. ¡Quiera el Cielo que, tras haber presenciado tantas revoluciones y tantos desastres, no tenga que ser testigo de nuevas desgracias para la Iglesia! La barca de Pedro saldrá a flote, sin duda alguna; Pero envejezco, sufro desde hace mucho tiempo y siento la necesidad de recogerme en paz antes de ir a rendir cuentas a Dios de una vida tan atormentada al servicio de la Sede Apostólica. ¡Que se haga su divina voluntad, y todo será para bien!

XVII. — CARTA DE UN AGENTE DE LAS SOCIEDADES SECRETAS, en 1845.

Actualmente existen diversos partidos en Italia. El primero se conforma con cualquier cosa. Tras él viene el que desea ir más allá; busca reformas progresivas pero continuas, no solo en la administración, sino también en la política. Detrás de ellos se sitúa el llamado partido italiano, que presiona tanto al primero como al segundo y acepta cualquier cosa con tal de avanzar; este partido disimula, disfraza y oculta su objetivo final: la unidad italiana. En medio de todas estas facciones existe otra división o subdivisión: me refiero al clero, para el cual Gioberti representa lo mismo que Mazzini para el partido italiano.


El sacerdote italiano Vincenzo Gioberti

Gioberti, en su calidad de sacerdote, habla a los demás clérigos en su propio lenguaje; cabe señalar que nos llegan noticias de todas partes indicando que, tanto en el clero secular como en el regular, las doctrinas de libertad —con el Papa encabezando dicha libertad y la independencia italiana— seducen a muchos, hasta el punto de convencerlos de que el catolicismo es una doctrina esencialmente democrática. Este sector gana adeptos día a día entre el clero; se aguarda con impaciencia la nueva obra de Gioberti, dirigida precisamente a los sacerdotes. El libro —o más bien los cinco volúmenes— de Gioberti aún no ha visto la luz; Mazzini espera su publicación con gran interés para comentarlo en el último capítulo de su propia obra, próxima a aparecer, que llevará por título Des Partis en Italie (Los partidos en Italia, o l'Italie avec ses princes (Italia con sus príncipes) o  l'Italie avec le Pape (Italia con el Papa).

XVIII. — CARTA DIRIGIDA DESDE LIVORNO A NUBIUS POR “EL PEQUEÑO TIGRE”, quien aún desconoce el retiro forzoso de su jefe. 5 de enero de 1846.

El viaje que acabo de realizar por Europa ha sido tan feliz y productivo como esperábamos. En adelante, solo nos queda ponerme manos a la obra para llegar al desenlace de la comedia. He encontrado por todas partes ánimos muy propensos a la exaltación; todos reconocen que el viejo mundo se resquebraja y que el tiempo de los reyes ha pasado. La cosecha que he recogido ha sido abundante; en este pliego encontrará los primeros frutos, de los cuales no hace falta que me envíe recibo alguno, pues poco me gusta llevar cuentas con mis amigos —o mejor dicho, con mis hermanos—. La cosecha obtenida debe dar sus frutos y, a juzgar por las noticias que aquí recibo, nos acercamos a la época tan anhelada. La caída de los tronos no me ofrece duda alguna, tras haber estudiado —en Francia, Suiza, Alemania e incluso en Rusia— la labor de nuestras Sociedades. El asalto que, en cuestión de pocos años —o tal vez meses—, se lanzará contra los príncipes de la tierra los sepultará bajo los escombros de sus ejércitos impotentes y de sus monarquías caducas. Por doquier reina el entusiasmo entre los nuestros, mientras que entre los enemigos imperan la apatía o la indiferencia. Es una señal segura e infalible de éxito; mas esta victoria, que será tan fácil, no es aquella que motivó todos los sacrificios que hemos realizado. Existe otra más valiosa y duradera, que anhelamos desde hace mucho tiempo. Sus cartas y las de nuestros amigos de los Estados Pontificios nos permiten albergar esa esperanza; es la meta a la que aspiramos, el objetivo que queremos alcanzar. En efecto, ¿qué hemos pedido como recompensa por nuestros esfuerzos y sacrificios?

No se trata de una revolución en una región u otra; eso se consigue siempre que uno realmente se lo propone. Para acabar definitivamente con el viejo mundo, creímos necesario sofocar el germen católico y cristiano; y usted, con la audacia del genio, se ofreció para golpear en la cabeza —con la honda de un nuevo David— al Goliat pontificio. Está muy bien, pero ¿cuándo asestará el golpe? Estoy impaciente por ver a las Sociedades secretas enfrentándose a esos cardenales del Espíritu Santo, pobres naturalezas marchitas a las que nunca conviene sacar del círculo en que la impotencia o la hipocresía las mantiene encerradas.

A lo largo de mis viajes he visto muchas cosas y muy pocos hombres. Tendremos una multitud de colaboradores abnegados, pero ni una sola cabeza ni una espada capaces de ejercer el mando: el talento es más escaso que el celo. Ese buen Mazzini, a quien he encontrado en diversas ocasiones, lleva siempre en la mente y en los labios su sueño de una humanidad unificada. Pero, dejando a un lado sus pequeños defectos y su manía de ordenar asesinatos, hay cosas buenas en él. Su misticismo cautiva la atención de las masas, que no comprenden nada de sus aires de profeta ni de sus discursos de iluminado cosmopolita. Nuestras imprentas en Suiza marchan bien; producen los libros tal como los deseamos, aunque resultan algo costosos. He destinado una parte considerable de los fondos recaudados a esta propaganda necesaria. El resto lo emplearé en las Legaciones. Estaré en Bolonia hacia el día 20 de este mes; allí podrá hacerme llegar sus instrucciones a la dirección habitual. Desde allí me desplazaré a los lugares donde usted considere que mi presencia resulta más necesaria. Dígame qué hacer; estoy listo para ejecutarlo.

XIX. — En un breve dirigido a Crétineau-Joly el 25 de febrero de 1861, Pío IX consagró, por así decirlo, la autenticidad de los documentos que se acaban de leer.

Querido hijo: salud y bendición apostólica

Habéis contraído méritos especiales para Nuestra gratitud al concebir, hace dos años, el proyecto de redactar una obra —recientemente terminada y de nuevo impresa— destinada a mostrar, mediante documentos, cómo la Iglesia Romana, siempre blanco de la envidia y el odio de los malvados, permanece triunfante en medio de las revoluciones políticas de nuestro siglo. Por ello, hemos recibido con alegría los ejemplares que Nos habéis ofrecido, y os expresamos Nuestro sincero agradecimiento por tan afectuosa atención. Por otra parte, los tiempos transcurridos desde entonces —tiempos, ¡ay!, tan tristes y crueles, tan funestos para esta Sede de Pedro y para la Iglesia— no pueden perturbar Nuestra alma, pues defendemos la causa de Dios; causa por la que nuestros predecesores sufrieron prisión y destierro, dejándonos así un noble ejemplo a seguir. Supliquemos, pues, al Señor Todopoderoso que Nos fortalezca con su virtud y escuche las oraciones que la Iglesia, para disipar esta terrible tempestad, eleva por doquier con un solo corazón. Os confirmamos Nuestro afecto particular con la bendición apostólica —prenda de toda gracia celestial— que os otorgamos, querido hijo, a vos y a toda vuestra familia, con la afectuosa efusión de Nuestro corazón paternal.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 25 de febrero de 1861, año decimocuarto de nuestro pontificado.

Pío IX, Papa.

XX. — La gran obra que se había encomendado a la Alta Vendita ya en 1820 no concluyó con la ocupación de Roma por los piamonteses: su continuación quedó en otras manos. Veinte años después de la caída del poder temporal, Lemmi, Gran Maestro de la Francmasonería en Italia, dirigió el siguiente documento a todas las logias de la península.

De T. ∴, 10 de octubre de 1890.

A los Venerables H∴ de las Logias Italianas,

El edificio que los H∴ están erigiendo en el mundo no podrá considerarse en buen camino mientras los H∴ de Italia no hayan ofrecido a la humanidad los escombros resultantes de la destrucción del gran enemigo.

La organización avanza rápidamente en Italia... Hemos aplicado el cincel al último refugio de la superstición, y la lealtad del H∴ del grado 33∴ que encabeza el poder político (Crispi) nos garantiza que el Vaticano caerá bajo nuestro martillo vivificador... Los últimos esfuerzos encontrarán mayores obstáculos por parte del jefe de los sacerdotes y de sus fanáticos esclavos... El G∴ O∴ invoca al genio de la Humanidad para que todos los H∴ trabajen con todas sus fuerzas en dispersar las piedras del Vaticano, a fin de construir con ellas el templo de la nación emancipada.

El G∴ O∴ del valle del Tíber

Continúa...

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6 DE OCTUBRE: SAN BRUNO, FUNDADOR


6 de Octubre: San Bruno, confesor

(✞ 1101)

San Bruno, fundador de la Cartuja, fue alemán de nación, hijo de nobles padres, y nació en la ciudad de Colonia. 

Le enviaron a la universidad de París, donde estudió filosofía y teología sagrada, en la cual se aventajó tanto de sus otros compañeros que vino a ser maestro excelente, varón docto y de fama, y canónigo de la ciudad de Reims.

Sucedió en ese tiempo en París una cosa notable y espantosa, que refieren muchos autores, entre los cuales el que escribió la vida de nuestro Santo en el año 1150, es decir, cuarenta y nueve años después de su muerte. 

Entre otros insignes doctores de aquella Universidad había uno muy amigo de Bruno, de gran opinión de virtud y letras; al morir éste, y estando en la iglesia haciéndole las exequias acostumbradas, al tiempo que uno de los clérigos cantaba aquella lección de Job que dice: Responde mihi, quantas habea iniquitates? que quiere decir: “Respóndeme, ¿Cuántas son mis maldades?” El cuerpo del difunto que estaba en medio de la iglesia, levantó la cabeza y con una voz espantosa dijo: “Por justo juicio de Dios soy acusado”, y acabando de decir estas palabras, reclinó su cabeza como antes. 

Se asombraron los circunstantes, y determinaron no enterrarle hasta el día siguiente para ver lo que sucedía; y el día siguiente volvió a hablar el difunto y dijo: “Por justo juicio de Dios soy juzgado”; y como fuese grande la turbación de todos los presentes, acordaron dejarlo hasta el tercer día, en que con voz más espantosa y tremenda exclamó: Por justo juicio de Dios soy condenado. 

Muchos se movieron a hacer penitencia por sus pecados con este terrible juicio, y uno de ellos fue San Bruno, el cual tocado por la mano de Dios, determinó morir en vida para no morir eternamente, y con seis de sus amigos partió a Grenoble en el Delfinado, donde el santo Obispo Hugo les cedió el asperísimo desierto llamado la Cartuja. 

Allí fundaron su Sagrada Orden, viviendo más como ángeles que como hombres; y muchas veces el mismo San Hugo iba a morar entre ellos con gran humildad y gozo de su espíritu. 

Habiendo sucedido en el pontificado Urbano II, que había sido discípulo de Bruno, le llamó a Roma para aprovecharse de sus consejos: más al partirse el pontificado para Francia, el santo le suplicó que le diese licencia para retirarse a un desierto de Calabria tan áspero como el de la Cartuja; y en aquel yermo llamado Torre, en el territorio de Esquilache, pasó el resto de su vida con muchos otros solitarios que se llegaron a él deseosos de imitar su admirable perfección. 

Finalmente, habiendo enriquecido la Santa Iglesia con la nueva y celestial familia de los gloriosos hijos de la Cartuja, tan célebre por la multitud de Santos y eminentes prelados que de ella han salido, cubierto de cilicio, y con un crucifijo arrimado a los labios, antes de cumplir los cincuenta años años entregó su espíritu en las manos del Creador. 

Reflexión: 

¿Quién no ve en la vida de este santísimo confesor los caminos maravillosos que el Señor toma para llevar almas al cielo? Condenóse por justo juicio de Dios el letrado soberbio y vano, e hizo conocer su condenación de un modo tan espantoso que movidos con tal ejemplo, muchos se salvaron; y además, esta revelación hizo que nuestro santo fundase una Orden de solitarios y penitentes, que ha sido de gran ejemplo en la Iglesia de Dios.

Oración: 

Te suplicamos, Señor, que seamos ayudados con la intercesión de tu glorioso confesor San Bruno, para que los que con nuestras culpas hemos ofendido gravemente a tu divina Majestad alcancemos por sus méritos y oraciones la remisión de nuestros pecados. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.
 

lunes, 5 de octubre de 2026

SEGUNDA CARTA DEL PADRE RINGROSE: LA LUZ AMARILLA

En esta carta del año 2012, el padre Ringrose explica su rechazo a la invitación para reunirse con el padre Rostand, Superior del Distrito de EE. UU. de la FSSPX.

Por Sean Johnson


En mis comentarios introductorios a la primer entrega de esta subsección, mencioné que el Superior del Distrito de EE. UU. de la FSSPX intentó reconquistar al padre Ringrose proponiéndole una reunión, la cual Ringrose rechazó.

Esta es esa carta, que incluye una mención más explícita del permiso cauteloso para asistir a las misas de la FSSPX en medio del debilitamiento de la confesión de fe en la Sociedad, como consecuencia de las negociaciones de quid pro quo en busca de un acuerdo práctico.

La respuesta de la FSSPX a esta carta fue instalarse en el vecindario, al estilo de los indultos, y establecer una capilla competidora.

9 de noviembre de 2012

Estimado Padre Rostand:

Le agradezco su carta del 12 de octubre, en la que se ofrece a reunirse conmigo para discutir la situación en la Sociedad de San Pío X. Si bien agradezco mucho su amable ofrecimiento, no creo que dicha reunión tenga un propósito significativo, ya que los problemas provienen de la alta dirección de la Sociedad, y usted no está en posición de cambiar eso.

Es cierto que he apoyado firmemente a la Sociedad durante muchos años. Este apoyo se basaba en que mi misión como sacerdote y la de la Sociedad eran una sola: ayudar a las almas a aferrarse a la fe católica en este tiempo en que parece haber sido abandonada por la Roma posterior al Concilio Vaticano II.

Ahora debo ser más cauto y reservado en ese apoyo. Me alarma que el Superior General afirme que el 95% del Vaticano II es aceptable. Me asombra que la dirección de la Sociedad responda a tres de sus obispos sugiriendo que están convirtiendo los errores del Vaticano II en una “superherejía”. Me decepciona que la respuesta de la Sociedad al Concilio de Asís III haya sido tan débil e insuficiente. Me entristece la injusta disciplina que la Sociedad ha impuesto a los sacerdotes que siguen el ejemplo del arzobispo Lefebvre, y me indigna el trato que ha recibido el obispo Williamson, no solo su reciente expulsión, sino también el trato indigno que ha recibido en los últimos años.

Antes de este año, cuando un feligrés me preguntaba sobre la Sociedad, siempre la veía con buenos ojos. Dadas las recientes acciones de la Sociedad, aún no la veo con malos ojos, pero sí con cautela. La situación cambiará cuando la Sociedad se deje absorber por la Iglesia conciliar, a la que el arzobispo Lefebvre se resistió con tanta vehemencia.

Con gran tristeza escribo estas palabras. Hay muchos sacerdotes buenos, celosos y fieles entre las filas de la Sociedad. A muchos de ellos los conozco personalmente y los admiro. Muchas almas dependen de ellos. Es por amor a la Sociedad que temo por su futuro. Temo que esté en un camino autodestructivo. Puede que la dirección piense que un acuerdo está descartado, pero me temo que Roma no piensa así.

Ruego para que la Sociedad retome la misión que le encomendó el Arzobispo Lefebvre sin concesiones ni titubeos. Cuando lo haga, contará con mi apoyo incondicional.

Que Dios lo bendiga y la Virgen lo proteja.

Fraternalmente,

Rev. Ronald J. Ringrose
 

DALAI LEON SUELTA LAS TONTERÍAS DE SIEMPRE Y CONTRADICE LA BIBLIA

Las últimas tonterías generadas por IA que alguien le dijo a León que dijera a los periodistas para intentar parecer intelectual...



Realmente espero que los futuros Papas sensatos (que volverán algún día) anuncien que ya no habrá ningún “papa” charlando en el avión. Lo cierto es que esto se ha convertido en un espectáculo de ego desmesurado, explotado por personas que, de entrada, tienen un ego enorme. El Payaso Malvado empezó con el circo, y el Dalai León lo continúa sin vergüenza alguna.

Aquí tienes el ejemplo más reciente. Es difícil imaginar a adultos diciendo cosas así. Si tu abuela dijera eso en la mesa, la gente sensata lo descartaría como la típica palabrería desinformada de la vejez. Pero tu abuela no es el “papa”.

Analicemos los puntos uno por uno.

Casi milagros baratos

Fueron cuatro días repletos de bendiciones. “Casi milagros”. Esto es lo que dice un hombre que no cree en los milagros. Esta gente suele ser comunista. “El milagro de la generosidad”, “el milagro de la paz”, “el milagro de la inclusión”, ya sabes. Un milagro es extremadamente raro. Dios no crea cuatro días llenos de “casi milagros” para complacer a este viejo ávido de atención. Este tipo no tiene fe.

Estupidez sistémica

Dalai León adora hablar con términos de izquierda. “Sistemas de poder”, y cosas por el estilo. He escrito artículos sobre esto. Cuando estuvo en Francia, León volvió a meter la pata y les dijo a algunas víctimas de abuso que existe una naturaleza “sistémica” del abuso en la Iglesia. Esto hace que la Iglesia sea intrínsecamente mala; que, una vez más, es el lenguaje de los izquierdistas, un lenguaje que León ha hecho suyo. Como era de esperar, este “papa” tan abiertamente anticlerical provocó cierta sorpresa incluso entre periodistas aduladores que quieren que el “papa” sea al menos vagamente católico. Entre nosotros: estoy bastante seguro de que León piensa confusamente como lo hacen muchas personas anticlericales, que la Iglesia es intrínsecamente mala; aun así, se da cuenta de que no puede decirlo en voz alta. Cuando eso sucede, tiene que retractarse. Verás, algunas organizaciones son sistemáticamente abusivas, pero no la Iglesia. Ahhh. Ahora todo está claro. ¿Por qué estos sacerdotes del concilio Vaticano II le han permitido entrar a la Iglesia? Crean un “problema humano”, ¿entiendes?

“Las guerras ya no tienen sentido”

Esto es pura estupidez de León. Un disparate de cinco años. Un sinsentido en su máxima expresión. Para empezar, la Biblia contradice a este cretino. Hay un tiempo para la paz y un tiempo para la guerra. ¡Infórmate, León! ¿Acaso quiere decir que el mundo ha cambiado tanto que los principios cristianos fundamentales ya no se aplican? Sí, estoy seguro de que piensa eso, porque es un modernista de pura cepa además de tonto. Aun así: el mundo no cambia, las cuestiones morales no cambian, lo correcto y lo incorrecto no cambian. Si así fuera, tendríamos que declarar la Biblia obsoleta y pedirle al Dalai León que nos dé un producto nuevo y fresco. Que, creo, es precisamente lo que él piensa que puede hacer.

La ilusión del rearme

Ah, aquí hay otro eslogan fácil para los minus habens. El rearme no es una ilusión. Es muy, muy real. ¡Las guerras se ganan con rearmes, León! ¡Pregúntale a Roosevelt y Stalin! Bueno, en realidad no: ¡pregúntale a Putin! Esta es otra tontería generada por IA que alguien le dijo a León que dijera a los periodistas para intentar parecer intelectual. Por supuesto, todos sus amigos de la OTAN están hablando, como lo habrás imaginado, de rearme.

“La Iglesia rechaza la violencia y las armas...”

…lo dice el hombre que tiene una gran cantidad de guardias extremadamente bien entrenados y bien armados; cuyos predecesores tuvieron ejércitos y libraron guerras; cuyos antepasados ​​cristianos lucharon contra árabes y otomanos. ¡Qué idiota!

“Rusia y Ucrania deben sentarse a dialogar”

Ahora todo es demasiado fácil, León, ¿no crees? Recuerdo muy bien al León del pasado, tan claramente antirruso, que te hacía entender de veinte maneras diferentes que estaba del lado de los nazis. Ahora que Ucrania no tiene economía, ni misiles, ni dinero, ni internet, ni ropa interior, León de repente trata a Rusia y a Ucrania como iguales que deben “dialogar”. Demasiado poco y demasiado tarde, maricón. Las cosas seguirán su curso. Este conflicto terminará cuando Rusia lo diga, y en los términos de Rusia. Siento desilusionarte, maricón.

La IA y dormir por la noche

Esto sí que es un buen indicio de la decadencia de los tiempos modernos. Un “papa” le dice a los periodistas lo que “siente” sobre el avance tecnológico. A este tipo no le preocupan las almas, le preocupan los avances tecnológicos. ¿Te imaginas al Papa Pío X hablándonos de si duerme por las noches a causa de esas cosas nuevas y extrañas que son los coches? Este es un “papa” que no ejerce de papa; pero vaya, sí que sabe decir tonterías.

Podría extenderme más (por ejemplo, podría hablar de lo débil que fue la oposición de León a la eutanasia, justo cuando algunos de sus seguidores quieren introducirla con la excusa de “controlar” el proceso), pero creo que esto es suficiente para un día de León.

En general, lo que emerge es un hombre completamente carente de inteligencia, totalmente fuera de lugar pero muy enamorado de sí mismo, sin amor por la Iglesia ni por Cristo, con una actitud completamente informal incluso hacia los principios cristianos, con una confusión que se debe, en parte, a la pura ignorancia pero, en mucha mayor parte, a su deber de ser instruido, a su verdadero deseo de ser un malnacido, siempre y cuando obtenga la atención que tanto anhela.

Bueno, esto también pasará.

¿Qué le importa al roble si una ardilla se frota contra él?
 

LAS HORAS DE LA PASION DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO (15)

Continuamos con la publicación del capítulo 15 del libro “Las horas de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo” escrito por la mística Luisa Piccarreta (1865 - 1947) entre los años 1913 y 1914.


Para conocer la historia de Luisa Piccarreta ingrese aquí.


Decimaquinta Hora: De las 7 a las 8 de la mañana

Jesús ante Pilato y Pilato lo manda a Herodes

Encadenado Bien mío, tus enemigos unidos a los sacerdotes, te presentan ante Pilato y fingiendo santidad y escrupulosidad, ya que están por celebrar la Pascua, permanecen fuera en el atrio. Y tú, Amor mío, viendo el fondo de su malicia, reparas por todas las hipocresías de quienes son religiosos. También yo reparo contigo.

Pero mientras tú te ocupas de hacerles bien, ellos por el contrario dan inicio a sus acusaciones ante Pilato, vomitando todo el veneno que tienen contra ti. Pero Pilato, mostrándose insatisfecho por las acusaciones que te hacen y para poder condenarte con motivo, te llama aparte y a solas te examina y te pregunta:

“¿Eres tú el Rey de los Judíos?”.

Y tú, Jesús mío, verdadero Rey mío, respondes:

“Mi Reino no es de este mundo, de lo contrario, miles de legiones de ángeles me defenderían”.

Y Pilato, conmovido por la suavidad y la dignidad de tus palabras, sorprendido, te dice:

“¿Cómo, tú eres Rey?”.

Y tú:

“Yo lo soy, como tú dices, y he venido al mundo para enseñar la verdad”.

Y Pilato, sin querer saber más y convencido de tu inocencia, sale a la terraza y dice:

“Yo no encuentro culpa alguna en este hombre”.

Los judíos, enfurecidos, te acusan de tantas otras cosas y tú callas, no te defiendes, y reparas las debilidades y las injusticias de los jueces cuando se hallan ante los poderosos de la tierra, y ruegas por los oprimidos y los abandonados.

Entonces, viendo Pilato la rabia de tus enemigos, para desentenderse, te envía a Herodes.

Divino Rey mío, quiero repetir tus oraciones, tus reparaciones y quiero acompañarte hasta donde se encuentra Herodes. Tus enemigos enfurecidos quisieran devorarte vivo, y en medio de insultos, de burlas y risas te hacen llegar ante Herodes.

Herodes se llena de orgullo y te hace muchas preguntas, pero tú no respondes y ni siquiera lo miras. Y Herodes irritado por no poder satisfacer su curiosidad y sintiéndose humillado por tu prolongado silencio, declara públicamente que tú eres un loco sin juicio, y ordena que como tal seas tratado, y para burlarse de ti, manda que te pongan una vestidura blanca y te entrega a los soldados para que te maltraten del peor modo posible.

Inocente Jesús mío, nadie puede hallar culpa alguna en ti, solamente los Judíos, porque su afectada religiosidad no merece que resplandezca en sus mentes la luz de la verdad.

Jesús mío, Sabiduría infinita, ¡cuánto te cuesta haber sido declarado loco! Los soldados abusando de ti, te arrojan al suelo, te pisotean, te escupen, se burlan de ti, te dan bastonazos y recibes tantos golpes que te sientes morir. Son tantas y tales las penas, los oprobios y las humillaciones que recibes, que los ángeles lloran y con sus alas se cubren el rostro para no seguir viendo.

Yo también, mi loco Jesús, quiero decirte loco, pero loco de amor. Y es tan grande tu locura de amor, que en vez de ofenderte, oras y reparas por las ambiciones de los reyes que desean poseer más reinos para ruina de los pueblos; por las destrucciones que provocan, por toda la sangre que se derrama por su causa, por sus caprichos, por todos sus pecados de curiosidad y por todos los pecados que se cometen en las cortes y en la milicia.

¡Oh Jesús mío, qué impresión causa el verte orar y reparar en medio de tantos ultrajes! Tus palabras hacen eco en mi corazón y voy siguiendo lo que tú haces. Y ahora deja que me ponga a tu lado, que tome parte en tus penas y que te consuele con mi amor; y alejando de ti a tus enemigos, te tomo entre mis brazos para darte fuerzas y besarte la frente.

Dulce Amor mío, veo que no te dejan en paz y Herodes te envía de nuevo a Pilato. Si la venida ha sido dolorosa, el regreso es aún más trágico, pues los judíos se encuentran más enfurecidos que antes y están resueltos a hacerte morir a cualquier precio.

Por eso, antes de que salgas del palacio de Herodes quiero besarte en señal de mi amor en medio de tantas penas; y tú fortifícame con tu beso y con tu bendición y así te seguiré ante Pilato.

Reflexiones y prácticas 

Cuando Jesús es presentado a Pilato, aún hallándose en medio a tantos insultos y desprecios, es siempre dulce, no desdeña a nadie y quiere que en todos resplandezca la luz de la verdad. Y nosotros, ¿sentimos que nos comportamos del mismo modo con todos? ¿Tratamos de vencer nuestras malas inclinaciones cuando alguien no nos simpatiza? Cuando tratamos con los demás, ¿hacemos lo posible por dar a conocer a Jesús y hacer que resplandezca en ellos la luz de la verdad?

“¡Oh Jesús, dulce vida mía!, pon sobre mis labios tu palabra y haz que yo siempre hable con tu misma boca”.

Cuando Jesús se hallaba ante Herodes, estaba en silencio y vestido como si fuera un loco, sufriendo penas inauditas. Y nosotros, cuando recibimos alguna calumnia o burla, algún insulto o desprecio, ¿nos ponemos a pensar que Jesús quiere hacernos semejantes a él? Cuando sufrimos, cuando nos hacen algo y en todo lo que siente nuestro corazón, ¿nos damos cuenta de que es Jesús que tocándonos nos hace sufrir y que nos está transformando en sí mismo dándonos su semejanza? Y cuando el sufrimiento vuelve a nosotros, ¿pensamos que Jesús al vernos, todavía no está contento con nosotros y por eso nos abraza para poder asemejarnos totalmente a sí mismo? Siguiendo el ejemplo de Jesús ¿podemos decir que poseemos el dominio sobre nosotros mismos? ¿Que en las contrariedades en vez de responder preferimos callar? ¿Nos dejamos vencer alguna vez por la curiosidad?

En cada pena que podamos sufrir, es necesario que pongamos la intención de que ésta es una vida que le damos a Jesús para pedir almas; y poniendo a las almas en la Voluntad de Dios, nuestro dolor crea como un cerco en el que encerramos a Dios y a las almas para unirlas todas a Jesús.

“Amor mío y Todo mío, toma tú mismo posesión de mi corazón y tenlo siempre entre tus manos, para que en toda circunstancia pueda copiar en mí tu gran paciencia”.

Continúa...

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EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (133)

Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.


133. El trabajo oculto de Andrés. Una carta a Jesús de su Madre.
Jesús debe dejar Aguas Claras.

18 de marzo de 1945.


1 Aguas Claras sin peregrinos... Produce una extraña sensación verla así, sin signos de que alguien se haya hospedado o, al menos, consumido su comida en la era o bajo el cobertizo. Sólo limpieza y orden, hoy, sin ninguna de esas señales que de sí deja una fuerte confluencia de gente.
Los discípulos ocupan su tiempo en trabajos manuales: unos, trenzando mimbres para hacer nuevas trampas para los peces; otros, ocupados en pequeños trabajos de desmonte del terreno y de canalización del agua de los tejados para que no se estanque en la era. Jesús está en pie, en un prado, echando migas de pan a los gorriones. Hasta donde alcanza la vista, no hay ni un ser viviente, a pesar de que el día esté sereno.
Andrés se dirige hacia Jesús, de vuelta de algo que le han encomendado: “Paz a ti, Maestro”.
“Y a ti, Andrés. Ven aquí un poco conmigo. Tú puedes estar con los pajarillos. Eres como ellos. ¿Te das cuenta?: cuando ellos saben que quien se les acerca los quiere, pierden el miedo. Mira lo confiados que son, y seguros y alegres. Primero estaban casi junto a mis pies, ahora estás tú y están alerta... Mira, mira... mira ese gorrión, es más audaz y se está acercando, ha comprendido que no hay ningún peligro. Y detrás de él vienen los otros. ¿Ves cómo comen? ¿No es igual que para nosotros, que somos hijos del Padre? El nos sacia de su amor. Y, cuando estamos seguros de ser amados y de que nos ha invitado a su amistad, ¿por qué tener miedo de El y de nosotros? Su amistad debe hacernos audaces incluso entre los hombres. Cree esto: sólo el malhechor debe tener miedo de sus semejantes; no el justo, como tú eres”.
Andrés se ha puesto colorado, y no habla.
Jesús le arrima hacia sí y dice sonriendo: 
“Habría que uniros a ti y a Simón en un mismo néctar, diluiros y luego daros de nuevo forma. Seríais perfectos. Con todo... si te dijera que, a pesar de ser tan distinto al principio, serás perfectamente igual a Pedro al final de tu misión, ¿lo creerías?”.
“Si Tú lo dices, es cierto. Ni siquiera me pregunto cómo podrá ser, porque todo lo que Tú dices es verdad. Me alegraré de ser como Simón, mi hermano, porque es un hombre justo y te hace feliz. ¡Simón vale! Me siento muy contento de que sea una persona que vale. Valiente, fuerte. ¡Bueno, también los demás!...”.
“Y ¿tú, no?”.
“¡Yo?... Tú eres el único que puede estar contento de mí...”.

2 “Y darme cuenta de que trabajas silenciosamente y con más profundidad que los otros. Porque en los doce hay quien llama la atención en forma proporcionada a su trabajo, hay quien la llama mucho más de cuanto trabaja, y hay quien sólo trabaja, sin llamar la atención; un trabajo humilde, activo, ignorado... los otros pueden creer que éste no hace nada, más Aquel que ve sabe las cosas. Existen estas diferencias porque aún no sois perfectos, y existirán siempre entre los futuros discípulos, entre aquellos que vengan después de vosotros, hasta el momento en que el ángel proclame con voz de trueno: "El tiempo ha terminado". Siempre habrá ministros del Cristo en que estarán nivelados lo que hacen y la atracción hacia ellos de las miradas del mundo: los maestros. Y existirán, por desgracia, aquellos que serán sólo rumor y gesto externos, sólo externos, los falsos pastores de poses histriónicas... ¿Sacerdotes?; no: mimos. Nada más. No es el gesto el que hace al sacerdote, y tampoco el hábito. No hacen al sacerdote ni su cultura terrena ni las relaciones influyentes de este mundo; es su alma, un alma tan grande que anule la carne. Todo espíritu mi sacerdote... así le sueño, así serán mis santos sacerdotes. El espíritu no tiene voz, ni pose de trágico; es inconsistente porque es espiritual y, por lo tanto, no puede llevar peplos o máscaras; es lo que es: espíritu, llama, luz, amor; habla a los espíritus, habla con la castidad de las miradas, de los hechos, de las palabras, de las obras. El hombre mira, y ve a un semejante suyo. Pero, más allá de la carne, y por encima de ella, ¿qué ve?: algo que le hace detenerse en su caminar apresurado, meditar y concluir: "Este hombre, semejante a mí, tiene de hombre sólo el aspecto; el alma es de ángel". Y, si se trata de un incrédulo, concluirá: "Por él creo que hay un Dios y un Cielo"; y, si es lujurioso, dice: "Este, igual a mí, tiene ojos de Cielo; freno mi sentido para no profanarlos"; si se trata de un avaro, decidirá: "Por el ejemplo de éste, que no tiene apego a las riquezas, yo ceso de ser avaro"; si es un iracundo, una persona violenta, en presencia del manso se vuelve un ser más sereno. Todo esto puede hacer un sacerdote santo. Y, créelo, siempre existirán, entre los sacerdotes santos, los que sepan incluso morir por amor a Dios y al prójimo, y hacerlo tan silenciosamente (después de haber ejercitado la perfección durante toda la vida también silenciosamente), que el mundo ni siquiera se dé cuenta de ellos. Pero, si el mundo no acaba siendo enteramente un lupanar y un lugar de idolatría, será por éstos, los héroes del silencio y de la laboriosidad fiel. Y tendrán tu sonrisa, pura y tímida. Porque siempre habrá Andreses; ¡por gracia de Dios por suerte para el mundo, los habrá!”.
“Yo no creía merecer estas palabras... No había hecho nada para suscitarlas...”.
“Me has ayudado a llevar hacia Dios a un corazón; y es el segundo que conduces hacia la Luz”.
“¿Por qué ha hablado? Me había prometido...”.
“Nadie ha hablado. Pero Yo sé las cosas. Cuando los compañeros duermen, cansados, tres son los que están en vela en Aguas Claras: el apóstol de silencioso y activo amor hacia los hermanos pecadores; la criatura a la que su alma aguijonea hacia la salvación; y el Salvador que ora y vela, que espera y tiene esperanza... Mi esperanza es ésta: que un alma encuentre su salud... Gracias, Andrés. Sigue así. Bendito seas por ello”.
“¡Maestro!... Pero no digas nada a los otros... A solas, hablándole a una leprosa en una playa desierta, hablándole aquí a una mujer cuyo rostro no veo, algo sé hacer. Pero, si los otros lo saben, especialmente Simón (y quiere venir)... yo ya no sé hacer nada... No vengas ni siquiera Tú... porque me avergüenzo de hablar delante de ti”.
“No iré contigo. Jesús no irá, pero el Espíritu de Dios ha ido siempre contigo. Vamos a casa. Nos están llamando para la comida”.
Y todo cesa entre Jesús y el manso discípulo.

3 Están aún comiendo y ya han encendido las lámparas, porque la tarde desciende muy presurosa. El cierzo incita a tener cerrada la puerta. Llaman. Se oye la voz alegre de Juan.
“¡Nos alegramos de que hayáis regresado!”.
“¡Habéis tardado poco!”.
“¿Qué novedades hay, entonces?”.
“¡Qué cargados venís!”.
Todos hablan al mismo tiempo, mientras se ayuda a los tres a liberarse de las pesadísimas sacas que traen sobre los hombros.
“¡Despacio!”.
“¡Dejadnos saludar al Maestro!”.
“¡Un momento!”.
(Un alboroto alegre, familiar, por la alegría de estar juntos).
“¡Hola, amigos! Dios os ha dado días tranquilos”.
“Sí, Maestro, mas no tranquilas noticias. Lo preveía” dice Judas Iscariote.
“¿Qué pasa? ¿Qué pasa?...”. Se ha creado un ambiente de curiosidad.
“Dejadles primero que tomen algo y repongan fuerzas” dice Jesús.
“No, Maestro. Primero te damos lo que tenemos para ti y para los demás. Y, primero... Juan, da la carta”.
“La tiene Simón. Yo temía estropearla entre la carga”.
El Zelote, que ha estado luchando hasta ese momento con Tomás, que quería traerle agua para sus pies cansados, acude diciendo: “Aquí la tengo, en la bolsa del cinturón” y abre el bolsillo interno de su ancho cinturón de cuero rojo y extrae de él un rollo ya aplastado.
“Es de tu Madre. Estando cerca de Betania, encontramos a Jonatán que estaba yendo a casa de Lázaro con la carta y otras muchas cosas. Jonatán va a Jerusalén porque Cusa está poniendo en orden su palacio... Quizás Herodes va a Tiberíades... y Cusa no quiere que su mujer esté cerca de Herodías” explica el Iscariote mientras Jesús desata los nudos del rollo y desenrolla.
Los apóstoles cuchichean mientras Jesús lee con feliz sonrisa las palabras de su Madre.

4 “Escuchad –dice luego–, también hay algo para los galileos. Mi Madre escribe:
"A Jesús, mi dulce Hijo y Señor, paz y bendición.
Jonatán, siervo de su Señor, me ha traído, de parte de Juana, unos obsequiosos regalos; ella pide a su Salvador, para sí, para su esposo y para toda su casa, la bendición. Jonatán me dice que él, por orden de Cusa, va a Jerusalén, habiendo recibido la indicación de abrir de nuevo el palacio de Sión. Yo bendigo a Dios por esto, porque así puedo hacerte llegar mis palabras y mi bendición. Igualmente, María de Alfeo y Salomé envían a sus hijos besos y bendiciones. Y, dado que Jonatán ha sido extremadamente bueno, también hay saludos de la mujer de Pedro para su marido lejano, y, para Felipe y Natanael, de sus familiares. Todas vuestras mujeres, queridos hombres que os encontráis lejos, bien con la aguja, bien con el telar, y con el trabajo de la huerta, os envían ropa para estos meses de invierno, y dulce miel, aconsejándoos que la toméis con agua bien caliente en las húmedas noches. Cuidad de vosotros mismos. Esto es lo que las madres y esposas me dicen que os diga, y yo lo transmito; también a mi Hijo. No por nada nos hemos sacrificado, creedlo. Disfrutad de los humildes presentes que nosotras, discípulas de los discípulos de Cristo, damos a los siervos del Señor; dadnos sólo la alegría de saber que estáis sanos.
Ahora, amado Hijo mío, pienso que, desde hace casi un año, ya no eres todo mío. Y me parece haber vuelto al tiempo en que sabía, sí, que Tú ya habías venido, porque sentía tu pequeño corazón latir en mi seno, pero también podía decir que no habías venido todavía, porque estabas separado de mí por una barrera que me impedía acariciar tu amado cuerpo, y sólo podía adorar tu espíritu. ¡Oh, mi querido Hijo y adorable Dios!, también ahora sé que vives y que tu corazón late con el mío, jamás separado de mí aunque esté separado; pero, no te puedo acariciar, oír, servir, venerar, Mesías del Señor y de su pobre sierva.
Juana quería que fuese donde ella para que yo no estuviera sola en la fiesta de las Luminarias. Pero he preferido quedarme aquí con María a encender las lámparas; por mí y por ti. Pero aunque fuera la mayor de las reinas de la Tierra y pudiera encender mil, diez mil lámparas, estaría en la obscuridad, porque Tú no estás aquí. Mientras que, por el contrario, estaba en la perfecta luz en aquella obscura gruta cuando te tuve en mi corazón, Luz mía y Luz del mundo. Será la primera vez que me diré: 'Mi Niño hoy tiene un año más' sin tener a mi Niño. Y será más triste que tu primer cumpleaños en Matarea. Mas Tú llevas a cabo tu misión y yo la mía, y ambos hacemos la voluntad del Padre y trabajamos para la gloria de Dios: esto enjuga toda lágrima.
Querido Hijo, comprendo lo que haces por lo que me dicen. Como las olas desde mar abierto llevan la voz de alta mar hasta un solitario y cerrado entrante, así el eco de tu santo trabajo por la gloria del Señor llega a la tranquila casita nuestra, a oídos de tu Madre, siendo para Ella causa de júbilo, mas también de temblor; porque, si todos hablan de ti, no todos lo hacen con igual corazón. Vienen amigos, y personas que han recibido algún bien, a decirme: 'Bendito sea el Hijo de tu vientre', y vienen enemigos tuyos a herir mi corazón diciendo: '¡Sea anatema!'. Mas por éstos yo ruego, porque son unos infelices; más que los paganos, que vienen a preguntarme: '¿Dónde está el mago, el divino?', y no saben que dicen una gran verdad, dentro de su error, porque verdaderamente Tú eres sacerdote y grande, que es el sentido de esa palabra para la antigua lengua, y divino eres, mi Jesús. Y yo te los mando, diciendo: 'Está en Betania'. Porque es lo que sé que tengo que decir, hasta que Tú no lo ordenes de otra manera. Y ruego por estos que vienen a buscar salud para lo que muere, a fin de que encuentren salud para el espíritu eterno. Y, te lo suplico, no te aflijas por mi dolor: queda compensado por la gran alegría que me producen las palabras de los sanados de alma y de carne.
Pero María sufrió y sufre todavía un dolor más fuerte que el mío. No me hablan sólo a mí. José de Alfeo quiere que sepas que, durante un reciente viaje suyo de negocios a Jerusalén, le pararon y le amenazaron por causa tuya. Eran hombres del Gran Consejo. Yo creo que algún grande de aquí les dio la referencia, porque, si no, ¿quién podía conocer a José como cabeza de familia (195), y hermano tuyo? Yo te digo esto por obediencia de mujer. Pero por mí te digo: quisiera estar a tu lado, para confortarte. De todas formas, actúa Tú, Sabiduría del Padre, sin tener en cuenta mi llanto. Simón, tu hermano, quería casi ir a ti, después de este hecho; y quería ir conmigo, pero, la estación en que estamos le ha retenido, y más aún el temor de no encontrarte, porque nos dijeron, en tono de amenaza, que Tú donde estás no puedes permanecer.
¡Hijo, Hijo mío, adorado y santo Hijo mío!, estoy con los brazos alzados como Moisés (196) en el monte para rogar por ti, que estás batallando contra los enemigos de Dios y tuyos, mi Jesús al que el mundo no ama.
Aquí ha muerto Lía de Isaac. Lo he sentido mucho porque fue siempre buena amiga mía. Pero el padecimiento mayor eres Tú, lejano y no amado.
Yo te bendigo, Hijo mío, y, como yo te doy paz y bendición, te ruego dársela Tú a Mamá"
”.

5 “¡Llegan hasta esa casa esos desvergonzados!” grita Pedro.
Y Judas Tadeo exclama: “José... podía haberse guardado para sí lo sucedido. Pero... ¡le ha llenado de satisfacción el poder comunicarlo!”.
“Grito de hiena no asusta a los vivos” sentencia Felipe.
“Lo malo es que no son hienas, son tigres; buscan presa viva” dice el Iscariote. Y, volviéndose al Zelote: “Refiere tú lo que hemos sabido”.
“Sí, Maestro. El temor de Judas está justificado. Hemos estado donde José de Arimatea y donde Lázaro; allí abiertamente, como amigos tuyos. Después, yo y Judas –corno si yo fuera un amigo suyo de la infancia– hemos estado donde algunos amigos suyos de Sión... Bueno, pues José y Lázaro te dicen que dejes este lugar en seguida y vayas adonde ellos durante estas fiestas. Cede, Maestro; es por tu bien. Además, los amigos de Judas dijeron: "Mira que ya se ha decidido ir a sorprenderle para inculparle. Precisamente en estos días de fiestas en que no hay gente. Que se retire durante un tiempo, para que queden eludidas estas víboras. La muerte de Doras ha estimulado su veneno y su miedo, porque además de sentir odio tienen miedo. El miedo les hace ver lo que no existe y el odio les hace incluso mentir"”.
“¡Todo, pero es que saben todo de nosotros! ¡Es odioso! ¡Y todo lo alteran, todo lo exageran! Y, cuando les parece que no hay todavía suficiente para maldecir, se lo inventan. Yo me siento asqueado y abatido. Me viene el deseo de expatriarme, de marcharme...; no sé... lejos... fuera de este Israel que no es sino pecado...”. Se le ve deprimido al Iscariote.
“¡Judas, Judas!, una mujer para dar a un hombre al mundo trabaja nueve lunas; tú, para dar al mundo el conocimiento de Dios, ¿querrías emplear menos tiempo? Se necesitarán no nueve lunas, sino milenios de lunas; del mismo modo que la luna nace y muere en cada lunación, manifestándose a nosotros como acabada de nacer, luego llena, luego menguada... sucederá así siempre en el mundo, mientras exista: habrá fases crecientes, llenas y decrecientes, de religión. Mas, aun cuando parezca muerta, tendrá vida, como la luna, que está aun cuando parece que haya llegado a su fin. Y quien haya trabajado en esta religión, recibirá el consiguiente pleno mérito, a pesar de que sólo una exigua minoría de almas fieles quede sobre la Tierra. ¡Venga, venga! Nada de fáciles entusiasmos en los triunfos ni de fáciles depresiones en las derrotas”.
“No obstante... deja este lugar. No somos nosotros fuertes todavía y sentimos que frente al Sanedrín tendríamos miedo; yo al menos... los otros, no lo sé... pero, hacer la prueba lo considero una imprudencia. Nosotros no tenemos el corazón de los tres jóvenes de la corte de Nabucodonosor (197)”.
“Sí, Maestro, es mejor”.
“Es prudente”.
“Judas tiene razón”.
“Mira cómo también tu Madre y tus familiares...”.
“Y Lázaro y José”.
“Hagámosles venir en vano”.
Jesús extiende los brazos y dice: “Hágase como queréis; pero luego se vuelve aquí, Veréis cuántos vienen. Yo ni fuerzo ni tiento vuestra alma; efectivamente, no la siento preparada...  Bueno... veamos los trabajos que han hecho las mujeres”.

6 Pero mientras todos, con ojos risueños y voces de alegría, extraen de las sacas los paquetes con la ropa, las sandalias o los alimentos de las madres y de las esposas, y tratan de interesarle a Jesús para que admire tanta gracia de Dios, El permanece triste y absorto. Lee una y otra vez la carta materna. Se ha retirado con una lamparita al rincón más alejado de la mesa en que están la ropa, las manzanas, recipientes de metal, pequeños quesos... y, haciendo con una mano de visera para los ojos, parece meditar, pero en realidad está sufriendo.
“Mira, Maestro, mi esposa, ¡pobrecilla!, ¡qué prenda tan linda, y qué manto con capucha me ha hecho! Quién sabe lo que le habrá costado hacerlo, porque no es tan experta como tu Madre” dice Pedro, que está rebosante de alegría, con los brazos cargados de sus tesoros.
“Bonitos, sí, bonitos. Es una esposa excelente” dice cortésmente Jesús... pero con el ojo lejos de lo que le ha mostrado.
“A nosotros nuestra madre nos ha hecho dos túnicas dobles. ¡Pobre mamá! ¿Te gustan, Jesús? Es un color bonito, ¿no es verdad?” dice Santiago de Zebedeo.
“Muy bonito, Santiago; te estará bien”.
“Mira, estoy seguro de que estos cinturones los ha hecho tu Madre; es Ella la que borda así. Y este velo doble para cubrir del sol yo también digo que lo ha hecho María; es igual que el tuyo. La túnica no; ciertamente ha sido nuestra madre la que la ha confeccionado. ¡Pobre mamá! Después de tanto como ha llorado este verano, ve menos y frecuentemente se le rompe el hilo. ¡Qué buena es!”. Judas de Alfeo besa la gruesa túnica de color rojo–marrón.

7 “No estás alegre, Maestro” observa por fin Bartolomé. “Ni siquiera miras lo que te han mandado”.
“No puede estarlo” arguye Simón Zelote.
“Estoy pensando... Pero.... Volved a hacer los paquetes. Ponedlo todo en orden. No es este el momento de que nos prendan, y no nos prenderán. Bien entrada la noche, con el claro de la luna, iremos hacia Doco y luego a Betania”.
“¿Por qué a Doco?”.
“Porque allí hay una mujer que se está muriendo y espera de mí la curación”.
“¿No pasamos por casa del encargado?”.
“No, Andrés, por ningún sitio. Así nadie tendrá necesidad de mentir diciendo que no sabe dónde estamos. Si vuestra preocupación es que no nos persigan, la mía es no crear complicaciones a Lázaro”.
“Pero Lázaro te espera”.
“Y vamos donde él. O, mejor,... Simón, ¿me hospedas en la casa de tu viejo siervo?”.
“Con mucho gusto, Maestro. Tú ya sabes todo. Por lo tanto, puedo decirte en nombre de Lázaro, de mí mismo y de quien vive en ella, que esa casa es tuya”.
“Vamos. Rápido. Para estar en Betania antes del sábado”.
Y, mientras todos se dispersan, con lámparas, para hacer lo que la improvisa partida requiere, Jesús se queda solo.
Vuelve Andrés, se acerca a su Jesús y dice: “¿Y esa mujer? Me duele abandonarla ahora que parecía que iba a venir... Es prudente... ya lo has visto...”.
“Vete a decirle que dentro de un tiempo volveremos y que mientras tanto recuerde tus palabras...”.
“Las tuyas, Señor. Yo he dicho sólo las tuyas”.
“Ve. Date prisa. Y mira que ninguno te vea. Verdaderamente en este mundo de malos deben tomar aspecto de pérfidos los inocentes...”.
Todo me cesa aquí, en esta gran verdad.

Continúa...

Notas:

195) Aparece corregido por MV como uno de los cabezas de familia en una copia mecanografiada. De los cuatro hijos de Alfeo, Simón es llamado el mayor en varios lugares de la Obra, y el mismo Jesús le declara cabeza de familia cuando la muerte de Alfeo, en 105.3. Sin embargo, José es llamado en repetidas ocasiones cabeza o anciano, y al menos en dos pasajes (437.1 y 441.5) hasta casi se le reconoce el derecho de primogenitura. Por algunos contextos podría pensarse que José, que no figura como casado, hubiera asumido en el seno de la familia originaria una posición preeminente respecto a su hermano Simón, primogénito pero débil de carácter, y casado y por lo tanto ya cabeza de familia en su propia casa.

196) Cfr. Ex. 17, 8–16.

197) Cfr. Dan. 3, 1–97.

 
 
El Poema del Hombre-Dios (105)