jueves, 5 de noviembre de 2026

ANTICIPANDO LOS DOLORES DEL PURGATORIO CON ABSOLUTA CONFIANZA EN DIOS

La buena voluntad no es una virtud insignificante. Para tenerla, los cristianos deben someterse a la fuente de todo bien: a Dios mismo.

Por Edwin Benson


Al comenzar la segunda parte de su magnífico libro, Purgatory, el padre FX Schouppe, SJ, hace una declaración un tanto sorprendente: “¡Buena voluntad! Eso lo es todo”.

Esta afirmación resulta aún más confusa si se tiene en cuenta que el padre Schouppe dedicó la primera parte de su libro a hablar de los rigores del Purgatorio. Advierte que muchas personas que llevaron una vida virtuosa sufrieron los castigos del Purgatorio durante largos años por pecados que, a ojos modernos, parecen relativamente menores.

¿Qué hace que la buena voluntad sea buena?

Entonces, de repente, el buen padre cambia de enfoque y afirma que la cualidad más importante es la buena voluntad. ¿Cómo se puede conciliar semejante cambio?

En realidad, el cambio aparente no requiere reconciliación, sino redefinición.

En el lenguaje moderno, la palabra "buena voluntad" tiene dos definiciones . Una se relaciona con el mundo empresarial y no es relevante para este tema. La otra es "un sentimiento amable de aprobación y apoyo: interés o preocupación benevolente, consentimiento entusiasta o esfuerzo voluntario".

Por lo tanto, es razonable pedir la definición de buena voluntad del Padre Schouppe. En este sentido, es muy directo cuando dice: “Tened buena voluntad, someteos a la Voluntad de Dios, poned Su Santa Ley por encima de todo, servid al Señor con todo vuestro corazón, y Él os brindará una ayuda tan poderosa que entraréis al Paraíso con asombrosa facilidad” (1).

Adoptar la voluntad de Dios como propia

En el mundo del Padre Schouppe, la buena voluntad no es una virtud insignificante. Para tenerla, los cristianos deben someterse a la fuente de todo bien: a Dios mismo. Su voluntad debe convertirse en la suya. Nótese que esta última frase no contiene la expresión gramaticalmente más correcta “su voluntad”. Dios es Uno; por lo tanto, Su Voluntad es Una. En este contexto, la buena voluntad no es un esfuerzo individual.

El padre Schouppe continúa: “La buena voluntad consiste, propiamente hablando, en someter y conformar nuestra voluntad a la de Dios, que es la regla de toda buena voluntad; y esta buena voluntad alcanza su máxima perfección cuando abrazamos la Voluntad Divina como el bien soberano, incluso cuando impone los mayores sacrificios, el sufrimiento más agudo. ¡Oh, estado admirable!”.

Los cristianos alcanzan este “estado admirable” cuando parecen “perder la sensación de dolor, y esto porque el alma está animada por el espíritu del amor; y, como dice San Agustín, cuando amamos no sufrimos, o, si sufrimos, amamos el sufrimiento. Aut si laboratur, labor ipse amatur ” (Si uno trabaja, el trabajo mismo es amado).

San Claudio de la Colombière

El padre Schouppe explica esta idea citando el ejemplo de San Claudio de la Colombière (1641-1682).

Al principio, la carrera sacerdotal de San Claudio fue bastante normal. Enseñó en una escuela jesuita en Lyon y se labró una reputación por su predicación. Sin embargo, en 1675 fue nombrado rector de la comunidad jesuita. En ese cargo, sus funciones incluían la dirección espiritual de las Hermanas de la Visitación, que vivían cerca. Una de esas hermanas era la vidente Santa Margarita María Alacoque, conocida por promover la devoción al Sagrado Corazón de Jesús .

Tan solo un año después, fue enviado a Inglaterra para servir como pastor de la duquesa de York, una católica devota cuyo padre era duque italiano. Siendo católica en la corte protestante de su cuñado, Carlos II, la vida de la duquesa —y la de su confesor— fueron objeto de intrigas. Por ello, San Claudio fue arrestado por supuesta pertenencia a la ficticia “Conspiración Papista” para asesinar al rey. Confinado en condiciones inhumanas en la prisión de King's Bench, la salud de San Claudio se deterioró antes de que la influencia de la Corona francesa asegurara su regreso a Lyon. Más de veinte de sus compañeros jesuitas en prisión murieron allí.

No hay por qué temer

Como señaló el padre Schouppe, San Claudio no temía al Purgatorio. Su único pesar era no haber podido merecerlo sin desagradar a Dios. “Pero -continuó el santo- ya que he merecido ir allí, me complace ir y satisfacer su justicia de la manera más rigurosa imaginable, incluso hasta el Día del Juicio. Sé que los tormentos que allí se sufren son horribles, pero sé que honran a Dios y no pueden causar daño a las almas”.

Increíblemente, San Claudio encontró al menos un gran consuelo al contemplar el Purgatorio: “Allí tenemos la certeza de no oponernos jamás a la voluntad de Dios; de no resentirnos jamás ante su severidad; de amar incluso los rigores de su justicia y esperar con paciencia hasta que sea completamente aplacada”.

San Claudio no solo aceptó este castigo, sino que voluntariamente cedió a otros las oraciones con las que pudiera beneficiar. “Por lo tanto, he entregado de todo corazón todas mis satisfacciones a las almas del Purgatorio, e incluso lego a otros todos los sufragios que se ofrecerán por mí después de mi muerte, para que Dios sea glorificado en el Paraíso por las almas que hayan merecido ser elevadas a un grado de gloria superior al mío”.

“Por lo tanto -concluye el Padre Schouppe en este capítulo- tengamos un gran amor a Dios, una gran caridad, y tendremos poco temor al Purgatorio. El Espíritu Santo da testimonio en lo más profundo de nuestros corazones de que, siendo hijos de Dios, no tenemos por qué temer los castigos de un Padre”.

Nota:

Todas las citas de este artículo (a menos que se mencione otra fuente) corresponden a la versión de 1905 del libro Purgatory del padre FX Schouppe, publicada en Gran Bretaña por Burns, Oates and Washbourne, Ltd. Es de dominio público y está disponible a través de Internet Archive.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

LAS HORAS DE LA PASION DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO (21)

Continuamos con la publicación del capítulo 21 del libro “Las horas de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo” escrito por la mística Luisa Piccarreta (1865 - 1947) entre los años 1913 y 1914.


Para conocer la historia de Luisa Piccarreta ingrese aquí.


Vigésima Primera Hora: De la 1 a las 2 de la tarde

La segunda hora de Agonía en la cruz


La segunda palabra:

“¡Hoy estarás conmigo en el Paraíso!”

Crucificado Amor mío, mientras contigo hago oración, la fuerza arrebatadora de tu amor y de tus penas mantiene mi mirada fija en ti; pero siento que se me rompe el corazón por el dolor al verte sufrir tanto. Tú estás delirando de amor y de dolor y las llamas que abrasan tu Corazón se elevan tanto que están a punto de hacerte cenizas; tu amor reprimido es más fuerte que la misma muerte y tú, queriendo darle desahogo a tu amor, mirando al ladrón que se encuentra a tu derecha, se lo robas al infierno; le tocas el corazón con tu gracia y cambia totalmente; te reconoce, confiesa que tú eres Dios, y lleno de contrición dice:

“¡Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino!”.

Y tú no vacilas en responderle:

“¡Hoy estarás conmigo en el paraíso!”.

Y se convierte así en el primer triunfo de tu amor. Pero me doy cuenta que tu amor no solamente le roba el corazón a este ladrón, sino también a tantos moribundos. ¡Ah!, tú pones a su disposición tu sangre, tu amor, tus méritos y haces uso de todos tus artificios y estratagemas divinos para tocarles el corazón y cautivarlos a todos para ti. ¡Pero también aquí tu amor se ve obstaculizado! ¡Cuántos rechazos, cuántas desconfianzas, cuántas desesperaciones! ¡Es tan grande tu dolor que de nuevo te reduce al silencio!

¡Oh Jesús mío!, quiero reparar por todos aquellos que se desesperan despreciando tu divina misericordia en el momento de su muerte. Dulce Amor mío, inspírales a todos fe y confianza ilimitada en ti, especialmente a quienes se hallan angustiados en su agonía, y en virtud de esta palabra tuya concédeles luz, fuerza y ayuda para poder morir santamente y volar de la tierra al cielo. En tu santísimo cuerpo, en tu sangre, en tus llagas, contienes a todas las almas, ¡oh Jesús!, así pues, por los méritos de tu preciosísima sangre, no permitas que ni siquiera una sola alma se pierda. Que también hoy tu sangre unida a tu voz les grite a todos:

“¡Hoy estaréis conmigo en el paraíso!”.

La tercera palabra:

A María Santísima: “Mujer, he ahí a tu hijo”.

A Juan: “He ahí a tu Madre”.

Crucificado Jesús mío, tus penas aumentan cada vez más. ¡Ah, sobre esta cruz tú eres el verdadero Rey de los dolores! No se te escapa ni una sola alma en medio de tantas penas, más aún, a cada una le das tu misma vida. Pero las criaturas se resisten a recibir tu amor, lo desprecian y no lo toman en consideración; y tu amor, no pudiendo desahogarse, se hace cada vez más intenso y te tortura en modo inaudito; y en medio de estas torturas se pone a investigar para ver qué más le puede dar al hombre para vencerlo, y te hace decir:

“¡Oh alma, mira cuánto te he amado! ¡Si no quieres tener piedad de ti misma, ten piedad al menos de mi amor!”

Mientras tanto, viendo que ya no tienes nada que darle, habiéndole dado todo, vuelves tu débil mirada hacia tu Madre. También ella está más que moribunda a causa de tus penas y es tan grande el amor que la tortura, que la tiene crucificada junto contigo. Madre e Hijo se comprenden; y tú das un suspiro de satisfacción y te consuelas al ver que todavía puedes darles a las criaturas a tu Madre; y viendo en Juan a todo el género humano, con una voz tan tierna que enternece a todos los corazones, le dices a tu Madre: “¡Mujer, he ahí a tu hijo!”.

Y a Juan: “¡He ahí a tu Madre!”.

Tu voz penetra en su Corazón materno y junto con la voz de tu sangre sigues diciendo:

“Madre mía, a ti te confío todos mis hijos. ¡Así como me amas a mí, ámalos también a ellos! Que todos tus cuidados y ternuras maternas sean para mis hijos. Tú me los salvarás a todos”.

Tu Madre Santísima acepta. Y mientras tanto, son tan intensas tus penas, que de nuevo te reducen al silencio.

¡Oh Jesús mío!, quiero reparar todas las ofensas que se le hacen a la Santísima Virgen, las blasfemias y las ingratitudes de tantos que no quieren reconocer los inmensos beneficios que nos has dado dándonosla por Madre. ¿Cómo podremos agradecerte este beneficio tan grande?

Recurro a tu misma fuente, ¡oh Jesús!, y te ofrezco tu sangre, tus llagas y el amor infinito de tu Corazón. ¡Oh Virgen Santísima, qué conmoción tan grande sientes al oír la voz de tu amado Jesús que te deja como Madre de todos nosotros!

Te doy gracias, Virgen bendita, y para darte gracias como mereces te ofrezco la misma gratitud de tu Jesús. ¡Oh dulce Madre!, protégenos, cuídanos, no dejes que jamás te ofendamos en lo más mínimo, tennos siempre abrazados a Jesús y con tus manos átanos a él, de manera que nunca más podamos volver a huir de él. Quiero reparar con tus mismas intenciones todas las ofensas que le hacen a Jesús y las que te hacen a ti también, ¡oh dulce Madre mía!

¡Oh Jesús mío!, mientras sigues sumergido en tantas penas, tú abogas aún más por la causa de la salvación de las almas. Pero yo no me quedaré indiferente; quiero levantar el vuelo hacia tus llagas como una paloma y besarlas, curarlas y arrojarme dentro de tu sangre, para poder decir contigo: “¡Almas, almas!”. Quiero sostener tu cabeza traspasada y adolorida, para repararte y pedirte misericordia, amor y perdón para todos.

¡Oh Jesús mío!, reina en mi mente y sánala por medio de las espinas que traspasan tu cabeza y no permitas que penetre ninguna turbación en mí. Frente majestuosa de mi Jesús, te beso: atrae todos mis pensamientos a que te contemplen y te comprendan. Ojos dulcísimos de mi Sumo Bien, mírenme, aunque estén cubiertos de sangre: miren mi miseria, mi debilidad, mi pobre corazón y háganme experimentar los maravillosos efectos de su mirada divina. Oídos de mi Jesús ensordecidos por los insultos y las blasfemias de los impíos, pero también siempre atentos para escucharnos, ¡ah!, escuchen esta oración y no desprecien mis reparaciones. ¡Sí, oh Jesús, escucha el grito de mi corazón, que sólo se calmará cuando me lo hayas colmado de tu amor!

Rostro hermosísimo de mi Jesús, muéstrate, haz que te vea, para que pueda separar mi corazón de todo y de todos; que tu belleza me enamore continuamente y me tenga para siempre arrobado en ti. Boca dulcísima de mi Jesús, háblame, haz que tu voz haga eco siempre en mí y que la potencia de tu palabra destruya en mí todo lo que no es Voluntad de Dios, todo lo que no es amor.

¡Oh Jesús!, extiendo mis brazos para abrazarte y tú extiende los tuyos para abrazarme. ¡Oh mi Bien!, haz que sea tan fuerte este abrazo de amor que ninguna fuerza humana pueda separarnos, y así abrazados, apoyaré mi rostro sobre tu Corazón, y luego, lleno de confianza, te besaré y tú me darás el beso de tu amor. De este modo, harás que respire tu aliento dulcísimo, tu amor, tu Voluntad, tus penas y toda tu vida divina.

Hombros santísimos de mi Jesús, siempre fuertes y constantes en el sufrir por amor a mí, denme fuerza, constancia y heroísmo para sufrir por amor a ti, oh Jesús. No permitas, mi dulce Bien, que yo sea inconstante en el amor, antes bien, dame tu inmutabilidad.

Pecho incendiado de mi Jesús, dame tus llamas, tú ya no puedes contenerlas y mi corazón las busca con ansia a través de esa sangre y de esas llagas. Son las llamas de tu amor lo que más te atormenta, ¡oh Jesús! ¡Oh mi dulce Bien!, dame tus llamas: ¿No te mueve a compasión un alma tan fría y tan pobre en el amor?

Manos santísimas de mi Jesús que han creado el Cielo y la tierra, reducidas ya al grado de no poder moverse más. ¡Oh Jesús mío!, continúa tu creación, la creación del amor. Crea en todo mi ser vida nueva, vida divina; pronuncia tus palabras sobre mi corazón y transfórmalo completamente en el tuyo.

Pies santísimos de mi Jesús, no me dejen nunca solo; háganme correr siempre con ustedes y que no vaya yo a dar ni un solo paso lejos de ustedes. Jesús, con mi amor y con mis reparaciones quiero darte alivio por todos los dolores que sufres en tus santísimos pies.

Crucificado Jesús mío, adoro tu preciosísima sangre y beso una por una tus llagas, queriendo sepultar en ellas todo mi amor, mis adoraciones y mis más fervientes reparaciones. Que tu sangre sea para todas las almas luz en las tinieblas, consuelo en sus penas, fuerza en su debilidad, perdón en la culpa, ayuda en las tentaciones, defensa en los peligros, apoyo a la hora de su muerte y alas que las conduzcan de este mundo al cielo.

¡Oh Jesús!, vengo a ti y hago de tu Corazón mi nido y mi morada. Desde tu Corazón, dulce Amor mío, llamaré a todos para que vengan a ti; y si alguno quisiera acercarse para ofenderte, yo expondré mi pecho y no permitiré que te hiera; es más, lo encerraré en tu Corazón, le hablaré de tu amor y haré que sus ofensas se conviertan en amor.

¡Oh Jesús!, jamás dejes que yo vuelva a salir de tu Corazón; aliméntame con las llamas de tu amor y dame vida con tu vida, para poder amarte como tú mismo anhelas ser amado.

La cuarta palabra:

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.

Penante Jesús mío, mientras estoy abrazado fuertemente a tu Corazón y abandonado del todo en él, contando tus penas, veo que tu santísima humanidad se ve invadida por una terrible convulsión; tus miembros tiemblan como si quisieran separarse unos de otros, y en medio de las contorsiones que sufres por los atroces espasmos de tu agonía, gritas fuertemente:

“¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?”.

Y al oír este grito todos tiemblan, las tinieblas se hacen más densas y tu Madre Santísima, petrificada, se pone pálida y se desmaya. ¡Vida mía y Todo mío! ¡Oh Jesús!, pero, ¿qué es lo que veo? ¡Ah!, tu muerte está cerca y tus mismas penas, siempre fieles a ti, están por abandonarte. Y entre tanto, después de tanto sufrir, con sumo dolor te das cuenta de que no todas las almas están incorporadas a ti, sino por el contrario, ves que muchas se perderán y sientes su dolorosa separación como si ellas mismas se arrancaran de tus miembros. Y tú, debiendo darle satisfacción a la divina justicia también por ellas, sientes la muerte de cada una, sientes las mismas penas que ellas deberán sufrir en el infierno, y les gritas con fuerza a todos esos corazones:

“¡No me abandonen! Si quieren que yo sufra más todavía, estoy dispuesto, pero no se separen de mi humanidad. ¡Este es el dolor de los dolores, ésta es la muerte de las muertes! ¡Todo lo demás sería nada para mí si no tuviera que sufrir esta separación! ¡Ah, piedad de mi sangre, de mis llagas, de mi muerte! Este grito será continuo en su corazón: ¡Ah, no me abandonen!”.

¡Amor mío, cuánto te compadezco! Te estás sofocando; tu santísima cabeza ha caído ya sobre tu pecho; la vida te está abandonando...

Amor mío, me siento morir; también yo quiero gritar contigo: “¡Almas, almas!”. No me separaré de tu cruz y de tus llagas para pedirte almas; y si tú quieres, entraré en los corazones de las criaturas, los rodearé con tus penas para que no se me escapen y si me fuera posible quisiera ponerme a la puerta del infierno para hacer que retrocedan las almas que están destinadas a este puesto y conducirlas a tu Corazón.

Pero tú agonizas y callas, y yo lloro porque veo que estás por morir. ¡Oh Jesús mío!, te compadezco, estrecho tu Corazón fuertemente al mío, lo beso y lo miro con toda la ternura de la que ahora soy capaz, y para procurarte un mayor alivio, hago mía la ternura divina y con ella quiero compadecerte, quiero convertir mi corazón en un río de dulzura y derramarlo en el tuyo, para endulzar la amargura que sientes por la perdición de tantas almas.

Verdaderamente es muy doloroso este grito, ¡oh Jesús mío!; más que el abandono del Padre, es la perdición de las almas que se alejan de ti lo que hace que se te escape del Corazón este doloroso lamento.

¡Oh Jesús mío!, aumenta en todos tu gracia para que nadie se pierda; y que mi reparación sea a favor de aquellas almas que deberían perderse, para que no se pierdan. Te ruego además, ¡oh Jesús mío!, por este extremo abandono, que ayudes a tantas almas que te aman y que tú, para hacer que te acompañen en tu abandono, parece que las privas de ti dejándolas en las tinieblas; que sus penas sean, ¡oh Jesús!, como plegarias que llamen a todas las almas a tu lado y que conforten tu dolor.

Reflexiones y prácticas

Jesús perdona al buen ladrón y con tanto amor, que de inmediato se lo lleva consigo al cielo y nosotros, ¿pedimos siempre por las almas de los moribundos que tienen necesidad de una oración para que se cierre el infierno y se abran las puertas del cielo para ellos?

Las penas de Jesús sobre la cruz crecen, van en aumento, pero él, olvidándose de sí mismo, ruega siempre por nosotros; no se queda con nada para sí mismo, sino que nos lo da todo, incluyendo a su Madre Santísima, como el don más preciado de su Corazón. Y nosotros, ¿le damos todo a Jesús?

En todo lo que hacemos, en nuestras oraciones, en nuestras acciones y en todo, ¿ponemos siempre la intención de absorber nuevo amor en nosotros, para que luego se lo podamos devolver a Jesús? Debemos hacerlo nuestro para darlo, para que todo lo que hagamos lleve el sello de lo que hace Jesús.

Cuando el Señor nos da fervor, luz y amor, ¿nos servimos de ello para el bien de los demás? ¿Tratamos de encerrar a las almas en esta luz y en este fervor para inducir al Corazón de Jesús a amarlas? O bien, llenos de egoísmo, ¿nos quedamos con sus gracias solamente para nosotros?

“¡Oh Jesús mío!, que cada pequeña chispa de amor que sienta en mi corazón se transforme en un incendio que incendie todos los corazones de las criaturas y los encierre en tu Corazón”.

¿Cómo aprovechamos el gran don que nos dio al darnos a su Madre Santísima? ¿Hacemos nuestro el amor de Jesús, sus ternuras y todo lo que él hacía, para contentar a su Madre? ¿Podemos decir que nuestra divina Madre puede hallar en nosotros la alegría que hallaba en su hijo Jesús? ¿Estamos siempre cerca de ella como hijos fieles, le obedecemos e imitamos sus virtudes? ¿Hacemos todo lo que está de nuestra parte para no huir de sus miradas a fin de que nos tenga siempre abrazados como a Jesús? ¿Le pedimos a nuestra Madre Santísima que nos guíe en todo lo que hacemos, para poder obrar santamente como verdaderos hijos suyos bajo su mirada piadosa?

Y para poder darle la alegría que le daba su Hijo, ¿le pedimos a Jesús que nos dé todo ese amor con el que él mismo amaba a su Madre Santísima, la gloria que le daba continuamente, su ternura y todas sus finezas de amor? Hagamos nuestro todo esto y digámosle a nuestra amadísima Madre Celestial: “Dentro de nosotros tenemos a Jesús, y para hacerte feliz y para que puedas hallar en nosotros lo mismo que hallabas en Jesús, te lo damos todo. Además, ¡oh dulce Madre!, queremos darle a Jesús todas las alegrías que él hallaba en ti, por eso queremos entrar en tu Corazón y tomar tu amor, todas tus alegrías, todas tus ternuras y cuidados maternos, para dárselos a Jesús. Madre Santa, que tus manos sean las cadenas que nos tengan encadenados a ti y a Jesús”.

Jesús no se detiene ante nada: amándonos sumamente, quiere salvarnos a todos y si le fuera posible, quisiera arrancarle todas las almas al infierno a costa de cualquier pena. Pero a pesar de todo se da cuenta de que hay almas que quieren zafarse de sus brazos y no pudiendo contener su dolor, exclama: “Dios mío, Dios mío, ¿porqué me has abandonado?”. ¿Podemos decir que nuestro amor por las almas es semejante al de Jesús? Nuestras oraciones, nuestras penas, nuestros más pequeños actos, ¿están todos unidos a los actos y a las oraciones de Jesús para arrancarle almas al infierno? ¿De qué manera compadecemos a Jesús en este inmenso dolor? Si nuestra vida se pudiera consumar en un holocausto continuo no sería suficiente para compadecer este dolor. Cada pequeño acto, cada pena, cada pensamiento que unimos a Jesús, puede servir para que le arranquemos almas al infierno y así no caigan en él. Unidos a Jesús, tendremos en nuestras manos su mismo poder; si en cambio no hacemos todos nuestros actos unidos a él, no podrán servir ni siquiera para salvar a una sola alma del infierno.

“Amor mío y Todo mío, tenme abrazado fuertemente a tu Corazón, para poder sentir de inmediato cuando un pecador está por darte el dolor de apartarse de ti y así poder hacer mi parte inmediatamente”.

“¡Oh Jesús mío!, que tu amor tenga atado mi corazón, para que, encendido por tu fuego, pueda sentir el amor con el que tú mismo amas a las almas. Cuando yo sufra algún dolor, alguna pena o amargura, ¡oh Jesús!, haz entonces que tu justicia se desahogue sobre mí y toma de mí la satisfacción que quieres; pero, ¡oh Jesús!, que el pecador se salve y que mis penas sean el vínculo que las tenga atadas a ti y que mi alma tenga el consuelo de ver que tu justicia está satisfecha”.

Continúa...

Artículos relacionados:

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (139)

Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.


139. En los montes de las cercanías de Emaús.
El carácter de Judas Iscariote y las cualidades de los buenos.

17 de abril de 1945.

1 Jesús se encuentra con los suyos en un lugar muy montañoso. El camino es incómodo y escabroso y a los más ancianos se les hace muy duro; sin embargo, los jóvenes se muestran muy contentos en torno a Jesús y suben ágiles, conversando entre sí.
El pensamiento de volver a Galilea tiene alborozados a los dos primos, los dos hijos de Zebedeo, y a Andrés, y su alegría es tal, que conquista también al Iscariote, que desde hace un tiempo se encuentra en las mejores disposiciones de espíritu. Se limita a decir: -Bueno, Maestro, pero, para Pascua, cuando se va al Templo... ¿vas a volver a Keriot? Mi madre sigue esperando a que vayas. Me lo ha hecho saber. E igualmente mis paisanos...
-Por supuesto. Ahora, aunque quisiéramos, la estación está demasiado desapacible como para meterse por esos caminos intransitables. Daos cuenta de lo fatigoso que resulta incluso aquí; y, si no hubiese sido por esa imposición, no habría emprendido ahora el camino... Pero ya no se podía estar... Jesús guarda silencio, pensativo.
-¿Y después, quiero decir por Pascua, se podrá ir? Yo quisiera enseñar tu gruta a Santiago y a Andrés- dice Juan.
-¿Te olvidas del amor de Belén hacia nosotros?- pregunta el Iscariote. -O, mejor dicho, hacia el Maestro-.
-No. Pero iría yo con Santiago y Andrés. Jesús podría estar en Yuttá o en tu casa...
-¡Oh..., esto me satisface! ¿Lo harás así, Maestro? Ellos van a Belén, Tú estás conmigo en Keriot. Realmente conmigo solo nunca has estado... y siento grandes deseos de tenerte enteramente para mí...
-¿Estás celoso? ¿No sabes que Yo os amo a todos de la misma forma? ¿No crees que Yo estoy con todos vosotros aun cuando parezco lejano?
-Sé que nos quieres. Si no nos quisieras, deberías ser mucho más severo, conmigo al menos. Creo que tu espíritu nos asiste continuamente. Pero no somos del todo espíritu; está también el hombre, con sus amores de hombre, sus deseos, sus añoranzas. Jesús mío, yo sé que no soy el que más te hace feliz, pero creo que Tú sabes lo vivo que está en mí el deseo de agradarte y el recuerdo amargo de todas las horas que te pierdo por mi miseria...
-No, Judas. No te pierdo. Estoy más cerca de ti que de los demás, precisamente porque conozco quién eres.

2 -¿Qué soy, mi Señor? Dilo. Ayúdame a entender qué soy. Yo no me entiendo. Me da la impresión de ser como una mujer turbada por deseos de concebir. Tengo apetitos santos y apetitos depravados. ¿Por qué? ¿Qué soy yo?
Jesús le mira con una mirada indefinible. Está apenado. Pero es una tristeza embebida de piedad, de mucha piedad. Parece un médico que constatara el estado de un enfermo y que supiera que se trata de un enfermo que no puede curarse... Pero no habla.
-Dilo, Maestro mío. Tu juicio sobre el pobre Judas será siempre el menos severo de todos. Y, además... estamos entre hermanos. No me importa que sepan de qué estoy hecho. Es más, sabiéndolo de ti, corregirán su juicio y me ayudarán. ¿No es verdad?
Los otros se sienten violentos y no saben qué decir. Miran al compañero, miran a Jesús.
Jesús pone a su lado a Judas Iscariote, en el lugar donde antes estaba su primo Santiago, y dice: -Tú eres simplemente un desordenado. Tienes en ti todos los mejores elementos, pero no los tienes bien fijados, y el más mínimo soplo de viento los echa por tierra. Hace poco hemos pasado por aquella estrechura, nos han mostrado el daño que han hecho a las pobres casas de aquel pueblecito el agua, la tierra y los árboles. El agua, la tierra, los árboles son cosas útiles y benditas, ¿no es, acaso, verdad? Bueno, pues, a pesar de todo, han resultado malditas. ¿Por qué? Porque el agua del torrente no tenía un curso ordenado, sino que, incluso por indolencia del hombre, se había excavado otros lechos siguiendo su capricho, lo cual era bonito mientras no había ventiscas. Esa agua clara que irrigaba el monte con pequeños regatos –collares de diamantes o de esmeraldas, según reflejasen la luz o la sombra de los bosques– era como una obra de joyero. Y el hombre gozaba de ello, porque las cantarinas venas de agua eran útiles para sus pequeños campos; como también eran hermosos los árboles nacidos, por avatares de los vientos, en caprichosos grupos, ora aquí, ora allá, dejando claros llenos de sol. También era hermosa la tierra esponjosa, depositada por quién sabe qué lejanos aluviones entre unas ondulaciones y otras del monte; tierra verdaderamente fértil para los cultivos. Pero ha sido suficiente que llegaran las ventiscas de hace un mes para que los caprichosos surcos del torrente se unieran y, desordenadamente, se desbordaran siguiendo otro curso, llevándose los desordenados árboles y arrastrando hacia abajo las desordenadas acumulaciones de tierra. Si las aguas hubieran sido reguladas, si los árboles hubieran estado agrupados en bosques ordenados, si se hubiera asegurado en manera ordenada la tierra con las oportunas protecciones, entonces esos tres elementos, la madera, el agua y la tierra, que son buenos, no se habrían transformado en causas de destrucción y muerte para ese pueblecito. Tú tienes inteligencia, intrepidez, instrucción, prontitud, prestancia, tienes muchas cosas, muchas, pero están salvajemente dispuestas en ti; y tú dejas que estén así. Mira, necesitas un trabajo paciente y constante sobre ti mismo, para poner orden –que al final se traduce en una vigorosidad– en tus cualidades, de forma que, cuando llegue la ventisca de la tentación, lo bueno que tienes en ti no se transforme en un mal para ti y para los demás.
-Tienes razón, Maestro. Cada cierto tiempo sufro la acción de un viento que me altera profundamente, y entonces todo se enreda. Dices que yo podría...
-La voluntad lo es todo, Judas.

3 -Pero hay tentaciones que son tan punzantes... Uno se oculta, por miedo a que el mundo se las lea en el rostro.
-¡Ese es el error! Ese sería precisamente el momento de no esconderse, sino de buscar el mundo, el de los buenos, para recibir su ayuda. Además, el contacto con la paz de los buenos calma la fiebre. Y buscar también el mundo de los criticadores, porque, debido a ese orgullo que impulsa a ocultarse para que no le lean a uno su ánimo tentado, ello sería un impulso ante la debilidad moral, y no se caería.
-Tú fuiste al desierto...
-Porque podía hacerlo, Pero ¡Ay de aquellos que están solos, si no son, en su soledad, multitud contra la multitud!
-¿Cómo? No comprendo.
-Multitud de virtudes contra multitud de tentaciones. Cuando la virtud es poca, hay que hacer como esta débil hiedra: agarrarse a las ramas de árboles vigorosos, para subir.
-Gracias, Maestro. Yo me agarro a ti y a los otros compañeros. Ayudadme todos. Vosotros sois todos mejores que yo.
-Ha sido mejor el ambiente sobrio y honesto en que hemos crecido, amigo. Pero ahora tú estás con nosotros, y te queremos. Verás... No es por criticar a Judea, pero, créelo, en Galilea hay, al menos en nuestros pueblos, menos riqueza y menos corrupción. Tiberíades, Magdala, otros lugares de regocijo, están cercanos; pero, nosotros vivimos con "nuestra" alma simple, tosca si quieres, pero laboriosa, santamente contenta de lo que Dios nos concede- dice Santiago de Alfeo.
-Pero ten en cuenta, Santiago, que la madre de Judas es una santa mujer. Se le ve la bondad escrita en la cara- objeta Juan.
Judas de Keriot, contento por esta alabanza, le sonríe; y su sonrisa aumenta cuando Jesús confirma: -Es así, como has dicho, Juan; es una santa criatura.
-¡Sí! ¡Ya! Pero mi padre soñaba con hacer de mí una persona grande en el mundo, y me separó muy pronto y demasiado profundamente de mi madre...

4 -Pero, ¿qué es lo que tenéis que decir, que no paráis de hablar?- pregunta desde lejos Pedro. -¡Paraos! ¡Esperadnos! No le veo la gracia a ir así, sin pensar que yo tengo las piernas cortas.
Se detienen hasta que el otro grupo los alcanza.
-¡Uf! ¡Cuánto te quiero, barquita mía! Aquí se hace esfuerzos de esclavos... ¿Qué decíais?
-Hablábamos de las cualidades para ser buenos- responde Jesús.
-Y ¿a mí no me las dices, Maestro?
-Claro que sí: orden, paciencia, constancia, humildad, caridad... ¡He hablado de ellas muchas veces!
-Del orden no. ¿Qué tiene que ver con ello?
-El desorden no es nunca una buena cualidad. Se lo he explicado a tus compañeros. Ellos te lo dirán. Y le he puesto el primero; mientras que he puesto la última a la caridad, porque son los dos extremos de la recta de la perfección. Ahora bien, como tú sabes, una recta, puesta horizontalmente, no tiene principio, como tampoco tiene fin. Ambos extremos pueden ser principio y pueden ser fin, mientras que de una espiral, o de cualquier otra figura no cerrada en sí misma, hay siempre un principio y un fin. La santidad es lineal, simple, perfecta, y no tiene sino dos extremos, como la recta.
.Es fácil hacer una recta...
-¿Tú crees? Te equivocas. En un dibujo, complicado incluso, puede pasar inadvertido algún defecto; pero en la recta en seguida se ve cualquier falta, o de inclinación o de incertidumbre. José, enseñándome el oficio, insistía mucho en que fueran derechas las tablas y con razón me decía: "¿Ves, hijo mío? En una moldura o en un trabajo de torno todavía puede pasar una leve imperfección, porque el ojo (si no es expertísimo), si observa un punto no ve el otro. Pero si una tabla no está derecha como se debe, ni siquiera el trabajo más simple, como puede ser una pobre mesa de campesinos, sale bien. Estará arqueada, hacia abajo o hacia arriba. No sirve sino para el fuego". Podemos decir esto también respecto a las almas. Para que no suceda que no se sirva sino para el fuego infernal, es decir, para conquistar el Cielo, hay que ser perfecto como una tabla debidamente cepillada y escuadrada. Quien empieza su trabajo espiritual con desorden, comenzando por las cosas inútiles, saltando, como un ave inquieta, de esto a aquello, al final, cuando quiere reunir las partes de su trabajo, ya no puede, no encajan. Por lo tanto, orden. Por lo tanto, caridad. Luego, manteniendo fijos en las dos mordazas estos extremos, de forma que no se escapen nunca, trabajar en todo lo restante, ya se trate de molduras o de tallas. ¿Has comprendido?

5 -Sí, he comprendido-. Pedro se mastica en silencio su lección y, al improviso, concluye: -Entonces mi hermano vale más que yo. El es verdaderamente ordenado. Paso a paso, en silencio, tranquilo. Da la impresión de que no se moviera, y, sin embargo... Yo desearía hacer muchas cosas y en poco tiempo. Y no hago nada. ¿Quién me ayuda?
-Tu buen deseo. No temas, Pedro. Tú también haces. Te haces.
-¿Y yo?
-También tú, Felipe.
-¿Y yo? Tengo la impresión de no ser realmente capaz de nada.
-No, Tomás. Tú también te trabajas. Todos, todos os trabajáis. Sois árboles silvestres, pero los injertos os van cambiando en modo lento y seguro, y Yo tengo en vosotros mi alegría.
-Eso. Estamos tristes y Tú nos consuelas. Somos débiles y Tú nos fortaleces. Somos miedosos y nos infundes valor. Para todos y para todos los casos, tienes preparado el consejo y el conforte. Maestro, Tú siempre estás preparado y siempre eres bueno, ¿cuál es el secreto?
-Amigos míos, he venido para esto, sabiendo ya lo que me encontraría y lo que debía hacer. Sin sufrir ilusiones no se tienen desilusiones; por lo tanto, no se pierde energía, se va adelante. Recordad esto, para cuando también vosotros tengáis que trabajar al hombre animal para hacer de él el hombre espiritual.

Continúa...

 
 
El Poema del Hombre-Dios (105) 



 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
  

 
 
 

 
 
 
 
 

 
 
 
 
 
 
 
 
 

5 DE NOVIEMBRE: SANTA BERTILA, ABADESA


5 de Noviembre: Santa Bertila, abadesa

(✞ 692)

La ejemplarísima abadesa santa Bertila, fue francesa de nación, hija de padres muy nobles e ilustres, en el territorio de Soissons.

Desde su niñez era muy inclinada a toda piedad, y deseosa de toda virtud.

Era en extremo retirada, modesta y sincera en su trato; huía de todo vano entretenimiento y cualquier estorbo que la pudiese distraer de sus santos intentos de servir a Dios nuestro Señor y de gozar de su dulce trato en la oración.

Llegando a la adultez, anhelaba la mayor perfección y aunque en la casa de sus padres podía gozar de todos los bienes y gustos del mundo, lo hallaba todo tan sin sustancia que generosamente se dio a buscar un solo y perfecto bien, en el que hallase una satisfacción y paz cabal.

Fue grande el cuidado que nuestro Señor tuvo con su sierva; y su divina y dulcísima disposición la guiaba por las seguras sendas de una vida santísima.

Entendiendo pues, sus padres, que estaba tocada por Dios, la llevaron al monasterio de Jonarre, que estaba a cuatro leguas de Meaux, en donde la abadesa Santa Telchildes y todas sus monjas la recibieron con singulares muestras de gozo.

Allí consagró a Dios todos sus adornos, se despojó de todos los vestidos de seda, de los anillos y joyas preciosas, se cortó las trenzas de sus hermosos cabellos y trocó los atavíos mundanos por el hábito pobre de sierva de Jesucristo.

Se encendió con una emulación santa y generosa en imitar a sus religiosas hermanas; ni había acción virtuosa, que no tratase de copiar en sí misma, absorbiendo y convirtiendo en sí, como cuidadosa abeja, lo más precioso y escogido de cada flor.

Servía a sus hermanas enfermas con dulcísima caridad en los oficios más humildes, enseñaba toda virtud a las niñas nobles que se educaban en el monasterio; y recibiendo a las personas que la visitaban, derramaba un perfume de santidad que parecía del cielo.

Tenía el cargo de priora, cuando la esposa de Clodoveo reedificó la abadía de Chelles y fue nombrada, con aprobación común, primera abadesa de aquel monasterio.

Fueron muchas las señoras y doncellas ilustres que, por su ejemplo y conversación, se movieron a dejar las cosas del mundo y abrazarse con la pobreza y humildad de Jesucristo; y entre otras princesas extranjeras, tomó el hábito de su mano, Hereswita, reina de los ingleses orientales, y más tarde también Batilde, viuda de Clodoveo II.

Finalmente, habiendo Bertila gobernado santísimamente aquel monasterio por espacio de cuarenta y seis años, y habiendo llegado a una ancianidad venerable por los méritos y los días, entre tiernas lágrimas de todas sus hijas y abrazada con una imagen de su Redentor crucificado, entregó su espíritu en las manos de Dios.

Reflexión:

Toda mortificación y austeridad se hace leve cuando se ama a Dios y se desea contemplar la claridad y hermosura de su Divino rostro. Así lo vemos en toda la vida de Santa Bertila. Si: cuando hay amor por Dios, los ayunos no se cumplen ya con repugnancia, los trabajos de cada día ya no tienen nada de penosos, la separación de los amigos y parientes no inspira ya tristeza, y un alma así dispuesta, llena de desprecio por todas las cosas presentes, animada por un solo deseo que la arrebata sobre todo, merece la muerte de amor, la muerte del justo.

Oración:

Óyenos, oh Dios Salvador nuestro, para que así como nos alegramos en la fiesta de tu bienaventurada virgen Bertila, así aprendamos de ella el afecto de su piadosa devoción. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

miércoles, 4 de noviembre de 2026

OTRO ANIVERSARIO DE ASÍS

Cuatro décadas después de que Buda estuviera en el Tabernáculo, León dice que deberíamos “unirnos espiritualmente” con paganos y herejes.

Por Chris Jackson


Asís: El escándalo que Roma quiere que los católicos celebren

El 27 de octubre de 1986, monjes budistas entraron en la iglesia católica de San Pietro en Asís, colocaron una estatua de Buda en el altar sobre el sagrario, quemaron incienso ante ella y recitaron sus oraciones.

gracias a la iniciativa de Karol Wojtyla un aquelarre pagano se reunió en el “Primer encuentro interreligioso de Asís”

Detalle del cilindro de vidrio con la estatua dorada de Buda

Las fotografías han sobrevivido. Quien se pregunte por qué los católicos tradicionalistas hablan de Asís con repugnancia debería mirar esas fotos antes de escuchar otra disertación sobre las virtudes del “diálogo”.

Un altar católico, consagrado para la Santa Misa, había sido utilizado para un rito no cristiano. En la capilla de San Giorgio, un chamán crow de Montana oraba a la “Madre Tierra” mientras sostenía una pipa ceremonial de la paz. El Washington Post informó sobre la ceremonia crow y los cánticos budistas en San Pietro a la mañana siguiente. En otros lugares, sacerdotes sintoístas realizaban sus propios ritos.

El organizador de este espectáculo fue Juan Pablo II, quien había invitado a representantes de las religiones del mundo a Asís para una “Jornada de Oración por la Paz”.

Sus defensores han repetido la misma explicación desde entonces: las religiones se reunían para orar, no para orar juntas. Cada tradición tenía su propio espacio de oración; las oraciones finales eran secuenciales. Esta distinción describe con precisión los acuerdos oficiales. Sin embargo, no explica por qué las iglesias católicas se abrieron para cultos no cristianos en primer lugar.

Al parecer, una estatua de Buda sobre un tabernáculo católico resulta menos escandalosa si los monjes que ocupan la iglesia rezan en un edificio separado del de los católicos.

¡Qué alivio! El Primer Mandamiento puede volver a su programación habitual.

Para ser precisos, no hay pruebas de que Juan Pablo II colocara personalmente la estatua en el altar ni de que autorizara específicamente ese acto. Fueron los budistas quienes la instalaron. Pero no se puede eludir la responsabilidad del suceso en su conjunto desviando la atención hacia quién organizó el escenario. El problema central radicaba en invitar a religiones contrarias a la Fe Católica a ofrecer sus devociones bajo los auspicios de una iniciativa papal, utilizando edificios sagrados católicos como sede.

El arzobispo Marcel Lefebvre previó el peligro antes de que se produjera la reunión. Tras Asís, él y el obispo Antônio de Castro Mayer emitieron una declaración conjunta el 2 de diciembre de 1986, condenándola como una ofensa sin precedentes contra el verdadero Dios y la identidad misionera de la Iglesia. Su acusación fue severa: Roma había alentado a los seguidores de religiones falsas a rezar según sus propias creencias mientras el mundo observaba.

Su crítica se fundamentaba en el Primer Mandamiento y en la enseñanza perenne de que Jesucristo es el único Redentor. El Mortalium Animos de Pío XI había advertido contra los planes de “unidad religiosa” que oscurecían la singularidad de la verdad católica. Asís ofreció un espectáculo aún más asombroso: ritos religiosos no cristianos celebrados en iglesias católicas en un evento convocado por el hombre que se atribuía la autoridad de Pedro.

Juan Pablo II lo calificó como “un día de gracia para el mundo” en su discurso de clausura. ¡Un día de gracia! Una imagen de Buda sobre el sagrario, una oración a la “Madre Tierra” en una capilla católica, y el organizador del evento agradeciendo a Dios por ello.

Cuarenta años después, Robert Prevost desea que los fieles conmemoren el experimento. En su Ángelus del 25 de octubre, León XIV invitó a los católicos a “unirse espiritualmente” con los líderes religiosos reunidos para el aniversario. Su propia visita, prevista para entonces, fue cancelada por recomendación médica; sin embargo, pero su respaldo al espíritu de Asís se mantuvo intacto.

Quienes en su momento nos aseguraron que el espectáculo jamás fomentaría el indiferentismo religioso, deberían explicar qué sucedió después.
 

ROCHE DESCARTA CUALQUIER RETORNO A LA MISA TRADICIONAL

¿Hasta dónde llegará Roma para hacer desaparecer la Misa Tradicional? Las declaraciones del “cardenal” Roche dejan pocas dudas sobre la determinación de sus adversarios.


“No va a cambiar Traditionis custodes. No va a volver Summorum Pontificum”. 

Para el “cardenal” Arthur Roche, el futuro de la Misa Tradicional bajo León XIV no ofrece ninguna duda. El “prefecto” del Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos descarta cualquier retorno a las disposiciones adoptadas por Benedicto XVI en 2007 y defiende las restricciones impuestas por Francisco en julio de 2021.

Entrevistado por el periodista Thomas Edwards sobre el creciente interés de los jóvenes católicos por la liturgia tradicional, Roche no parece ver en ello un motivo para reconsiderar la política romana. Por el contrario, invoca varias intervenciones recientes de León XIV, en particular sus palabras dirigidas a sacerdotes y religiosos en Notre-Dame de París, así como sus catequesis dedicadas a la constitución conciliar Sacrosanctum Concilium.

Según Roche, León XIV invita a los católicos a superar sus preferencias personales para preservar la unidad de la Iglesia, reunida “como una familia, como un grupo, y no simplemente como individuos”. Pero ¿puede reducirse el apego a la Misa Tradicional a una simple cuestión de gustos?

¿Los obispos pidieron las restricciones?

La entrevista abordó una de las principales justificaciones que dio Francisco para promulgar Traditionis custodes: los resultados de una “consulta a los obispos de todo el mundo” sobre la aplicación del motu proprio de Benedicto XVI.

En 2025, la periodista Diane Montagna publicó documentos que mostraban que la mayoría de los obispos que respondieron a esa consulta no recomendaba modificar Summorum Pontificum. El periodista planteó esta contradicción a Roche, quien mantiene que los obispos deseaban cambios. “No me cabe duda, y no dejo de oírlo de boca de los obispos”, respondió, sin detenerse en los documentos que se han hecho públicos.

Roche considera que los grupos tradicionalistas ocupan un lugar desproporcionado en los debates, porque hacen mucho más ruido que el resto de la Iglesia y, por ello, atraen más la atención de los medios de comunicación.

Summorum Pontificum, un anzuelo para la FSSPX

A continuación, abordó el tema de las intenciones de Benedicto XVI en 2007. Según él, Summorum Pontificum debía favorecer principalmente un acercamiento con la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, con vistas a regularizar su situación canónica. Al no haberse alcanzado este objetivo, el texto habría sido utilizado en algunas regiones para favorecer la liturgia antigua en detrimento de la surgida del concilio.

Sin embargo, esta interpretación no da cuenta plenamente de las intenciones de Benedicto XVI. En su Carta a los obispos del 7 de julio de 2007, el papa pretendía favorecer una reconciliación dentro de la Iglesia y recordaba que lo que había sido sagrado para las generaciones anteriores seguía siendo sagrado y grande para las generaciones presentes. Pero esta apertura tenía graves limitaciones: seguía supeditada a la aceptación íntegra del concilio Vaticano II y de la legitimidad de la reforma litúrgica, condiciones doctrinales inaceptables para la Fraternidad Sacerdotal San Pío X.

Roche no se preocupó demasiado por estos matices. Para él, no es posible oponerse a la adhesión al concilio. Y advirtio: “Si uno rechaza, si uno se resiste, se aleja del centro del catolicismo”.

“¿Cuál es el problema? ¿Qué más quieren?”

El periodista preguntó entonces a Roche si aconsejaría a los fieles apegados al rito tradicional asistir también a la nueva misa. “Creo que no se debería asistir exclusivamente a esa misa”, respondió.

A continuación, relató sus conversaciones con grupos de católicos tradicionales. Algunos le reprochaban a Francisco su falta de benevolencia hacia ellos. Roche replicó que siempre tienen la posibilidad de celebrar según el rito antiguo, antes de preguntarles: “¿Cuál es su problema? ¿Qué más quieren?” Según dijo, sus interlocutores generalmente no saben qué responder.

No obstante, Roche consideró que algunos sectores tradicionalistas aspiran, como cree advertir en sus publicaciones en Internet, a una Iglesia que no esté obligada a adherirse al concilio Vaticano II. Por ello, invitó a todos los católicos, cualesquiera que sean sus sensibilidades, a examinar su conciencia a la luz de la enseñanza de la Iglesia y no en función de sus preferencias personales. Un llamamiento singular, cuando precisamente lo que está en cuestión es la ruptura de Vaticano II con la enseñanza tradicional de la Iglesia. Quizá el examen de conciencia debería comenzar en Roma.

Roche invocó dos encíclicas de Pío XII, Mystici Corporis y Mediator Dei, que presenta como fundamentos de la constitución conciliar Sacrosanctum Concilium. Pero, aunque esta última no rompía abiertamente con la doctrina católica, la reforma elaborada posteriormente por el Consilium de Mons. Annibale Bugnini fue mucho más allá de las intenciones expresadas por los padres conciliares. Mons. Athanasius Schneider lo recordó recientemente, señalando que el proyecto presentado en 1967 había sido rechazado por la mayoría de los padres conciliares. Sin embargo, es precisamente esta reforma, promulgada por Pablo VI en 1969 y caracterizada por un espíritu ecuménico, la que Roche presenta, mediante una auténtica artimaña, como la prolongación natural de la doctrina de Pío XII.

El periodista insistió entonces en la vitalidad de las comunidades apegadas a la Misa Tradicional, especialmente entre los jóvenes. Señaló que en ellas se encuentra una sólida comprensión del misterio eucarístico y una práctica frecuente de la confesión. ¿Por qué no habría de procurar la Iglesia fomentar este impulso?

Roche respondió preguntando si esas mismas disposiciones no se encuentran también entre los fieles de la nueva misa. Se negó a reconocer una diferencia notable en la práctica religiosa. “¿Es diferente el nivel de fe? No lo he visto. Como pastor, nunca lo he visto”, afirmó.

¿Se conservó realmente el latín después del concilio?

Thomas Edwards también preguntó a Roche por la distancia entre algunas disposiciones de Sacrosanctum Concilium y su aplicación en las décadas siguientes.

La constitución conciliar pedía, en particular, que se conservara el uso del latín en los ritos latinos y recordaba que ningún sacerdote podía, por iniciativa propia, añadir, suprimir o modificar nada en la liturgia. Sin embargo, estas disposiciones apenas resistieron los cambios que siguieron al concilio.

Roche rechazó la idea de que el misal promulgado por Pablo VI en 1969 pueda considerarse infiel a las disposiciones conciliares. Habló de una “interpretación errónea”. Incluso aseguró que, a lo largo de sus 51 años de sacerdocio y sus 25 años de episcopado, nunca ha conocido una diócesis en la que estuvieran ausentes los elementos exigidos por el concilio.

Para ilustrar su argumento, citó a Mons. Gordon Wheeler, obispo de Leeds, quien había pedido que, después del concilio, la nueva misa se celebrara en latín todos los domingos en al menos una iglesia de cada decanato. Se trata de un ejemplo bastante aislado frente a la desaparición casi generalizada del latín de la vida parroquial en todo el mundo católico y a la multiplicación de las innovaciones litúrgicas. Es difícil llevar más lejos la negación de la realidad.

Para Roche, la reforma no desnaturalizó en absoluto la misa. Sostuvo que su estructura fundamental permaneció intacta y que el nuevo misal se enriqueció gracias a fuentes litúrgicas antiguas que no estaban disponibles cuando se codificó el rito romano en el siglo XVI. Pero esta defensa pasa completamente por alto las graves ambigüedades doctrinales introducidas por la reforma, en particular la desaparición del carácter sacrificial y propiciatorio de la Misa en favor de una concepción más cercana a la teología protestante.

“Quince minutos, del amito al amito”

La entrevista adquirió luego un tono más personal. El periodista observó que la generación de Roche creció convencida de que el concilio Vaticano II abría una nueva época para la Iglesia. Hoy, por el contrario, muchos jóvenes católicos vuelven la mirada hacia la liturgia anterior al concilio y desean recuperarla.

Roche aceptó este paralelismo y contó un recuerdo de su infancia, cuando era monaguillo. Antes de celebrar, un sacerdote, el padre Quinton, le daba esta indicación: “Recuerda: quince minutos, del amito al amito”. El tiempo asignado comprendía, por lo tanto, no solo la celebración de la misa, sino también el tiempo necesario para ponerse y quitarse los ornamentos sacerdotales.

Con esta anécdota, Roche sugirió que las misas tradicionales no siempre se celebraban con la solemnidad que algunos fieles les atribuyen hoy. Añadió que las misas cantadas y las misas solemnes con diácono y subdiácono eran poco frecuentes en la mayoría de las parroquias inglesas.

Pero recurrir a la celebración apresurada de algunos sacerdotes para desacreditar la Misa Tradicional constituye un sofisma: la negligencia de quienes celebran no pone en entredicho el rito en sí mismo. Sobre todo, esta anécdota eludió el verdadero problema: las graves ambigüedades doctrinales del nuevo rito, independientemente de cómo se celebre.

Roche prosiguió su defensa de la reforma citando a san Pablo y a los desórdenes litúrgicos que se produjeron en la comunidad de Corinto. El Apóstol, recordó, transmitió lo que él mismo había recibido del Señor. Insistió en la unidad de la Iglesia en torno a la Eucaristía y afirmó que esto “no es algo que uno pueda elegir a su conveniencia”. Este llamamiento voluntarista a la unidad institucional pasa por alto la razón de ser de la Iglesia: transmitir íntegramente la fe recibida de los Apóstoles, de la cual la liturgia es también expresión. ¿De qué sirve reclamar la unidad eclesial cuando se traiciona aquello que la fundamenta?

Roche recordó asimismo una entrevista anterior concedida a The Tablet, en la que le preguntaron si era necesario asistir a misa todos los domingos para ser católico, a lo que respondió afirmativamente. El catolicismo, explicó, no es una simple concepción intelectual, sino que compromete toda la vida del fiel. “Quien lo practica solo cuando le conviene -concluyó- eso no es catolicismo. Eso es protestantismo”.

Es irónico: Roche denuncia el protestantismo mientras defiende una reforma litúrgica profundamente marcada por su influencia. Y la obligación dominical no puede servir de pretexto para imponer a los fieles una liturgia que pone en peligro su fe.

La FSSPX “no tiene jurisdicción”

La entrevista abordó también la situación de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, contra la que Roche formuló varias acusaciones. Interrogado sobre la posibilidad de una regularización canónica, el prefecto aseguró que sigue habiendo un camino abierto, antes de recordar que todo cristiano debe convertirse diariamente, incluido él mismo. Una manera de reducir una vez más las dificultades entre Roma y la Fraternidad a una cuestión de disposición personal, sin abordar las divergencias doctrinales que constituyen el núcleo del problema.

El tono se endureció cuando el periodista le preguntó sobre la validez de las confesiones y los matrimonios celebrados por los sacerdotes de la Fraternidad. A la pregunta de si consideraba inválidos estos sacramentos, Roche respondió sin vacilar: “Sí. Porque no tienen jurisdicción, no tienen autoridad”. Una condena tajante que pasó por alto tanto las concesiones otorgadas por Roma como los argumentos canónicos en los que la Fraternidad fundamenta su ministerio.

En 2015, con ocasión del Jubileo extraordinario de la Misericordia, Francisco concedió a los sacerdotes de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X la facultad de absolver válida y lícitamente a los fieles. Mediante la carta apostólica Misericordia et misera, publicada el 20 de noviembre de 2016, prolongó esta facultad sin límite de duración. En abril de 2017, la Comisión Pontificia Ecclesia Dei también estableció disposiciones que permitían a los ordinarios del lugar conceder las delegaciones necesarias para asistir a los matrimonios de los fieles que frecuentaban las capillas de la Fraternidad.

Pero las consagraciones episcopales del 1 de julio de 2026 provocaron una nueva ofensiva romana. Al día siguiente, se impuso un decreto de excomunión a los obispos implicados, mientras que una nota del Dicasterio para la Doctrina de la Fe pretendía poner en duda la validez de las confesiones y los matrimonios celebrados por los sacerdotes de la Fraternidad.

Ahora bien, la Fraternidad cuestiona, ante todo, las propias excomuniones: las consagraciones se realizaron en estado de necesidad, para garantizar la transmisión del sacerdocio y la salvaguardia de la fe. El 11 de julio presentó un recurso canónico contra el decreto, cuyo efecto suspensivo invoca en virtud del canon 1353. En cuanto a las facultades concedidas por Francisco para las confesiones, esta pretensión tropieza con una dificultad canónica importante: dichas facultades fueron concedidas por el propio papa. Una nota de un dicasterio, sin aprobación pontificia específica, no puede revocarlas.

Pero, aun en el caso de que estas concesiones fueran revocadas, la Fraternidad volvería simplemente a la situación anterior, con los mismos fundamentos canónicos que siempre ha invocado: la jurisdicción de suplencia para las confesiones, debido al estado de necesidad de las almas, y las disposiciones extraordinarias del derecho de la Iglesia para los matrimonios, cuando se cumplen las condiciones exigidas.

Roche conoce esta postura. Él mismo recordó las facultades concedidas por Francisco durante el Año de la Misericordia, cuya generosidad destacó, pero reprochó a la Fraternidad haber afirmado que sus confesiones ya eran válidas antes de recibirlas. “O se cree en la Iglesia o no se cree en ella”, sentenció.

La acusación no da en el blanco. La Fraternidad Sacerdotal San Pío X reconoce la autoridad del Sumo Pontífice y su poder para conceder facultades sacramentales, pero recuerda que el derecho de la Iglesia contempla disposiciones excepcionales para asegurar la salvación de las almas. Invocar estas disposiciones ante una crisis que pone en peligro la fe y la vida sacramental de los fieles no equivale a negar la autoridad del papa.

En lugar de debatir sobre este estado de necesidad, Roche se limitó a oponer una afirmación de autoridad. A continuación, contó que él mismo se confiesa cada quince días en la basílica de San Pedro, donde espera su turno entre los penitentes. Cuesta ver qué relación guarda esto con la validez de los sacramentos administrados por los sacerdotes de la Fraternidad, y aún menos qué aporta semejante confidencia a este debate canónico.

El Corán en la misa: ¿abuso litúrgico o profanación?

El periodista preguntó después a Roche por los abusos litúrgicos y le planteó otra controversia: una misa de inicio de curso celebrada en la Universidad Católica de Lovaina, en Bélgica, durante la cual se cantó un pasaje del Corán y un laico pronunció la homilía. Según la universidad, estas iniciativas se tomaron consultando a los obispos locales.

Esta vez, Roche no intentó defender la celebración. Consideró esas prácticas “completamente erróneas” y dijo que veia en ellas un desconocimiento de la naturaleza de la misa y una liturgia remodelada al ritmo de las adaptaciones sociales y las modas carentes de fundamento teológico.

Pero ¿puede reducirse a simples “prácticas erróneas” la introducción del Corán en el corazón del santo sacrificio de la misa? Se trata de una grave profanación de la liturgia, tanto más escandalosa cuanto que se ha venido produciendo en Lovaina desde hace casi diez años con el beneplácito de las autoridades eclesiásticas, sin que ninguna sanción haya puesto fin a ella. ¡Qué contraste con el rigor que Roma despliega contra los católicos que pretenden conservar la liturgia tradicional para salvaguardar su fe!

Cinco años al servicio de la reforma conciliar

Recordando sus años al frente del Dicasterio para el Culto Divino, Roche mencionó entre sus mejores recuerdos el privilegio de haber trabajado con dos papas en la aplicación de la reforma litúrgica surgida del concilio Vaticano II.

Roche ya ha presentado su renuncia por motivos de edad, pero no considera que su misión haya concluido. Sigue siendo miembro de varios dicasterios romanos y pretende continuar ejerciendo su ministerio sacerdotal mientras sus fuerzas se lo permitan. “Una vocación no es un trabajo. Es una forma de vida”, afirmó.

La salida de Roche difícilmente modificará la línea de Roma. Él aseguró que León XIV no dará marcha atrás en Traditionis custodes, mientras que sus declaraciones sobre la Fraternidad Sacerdotal San Pío X muestran que la ofensiva contra la Misa Tradicional se inscribe en un conflicto doctrinal mucho más profundo.

Queda una pregunta mucho más grave que la de quién lo sucederá: ¿hasta dónde llegará Roma para sofocar la Misa que celebró durante siglos, sin atreverse a prohibirla formalmente, lo cual sería ilegítimo?