domingo, 12 de abril de 2026

EL INDIGENISMO TEOLÓGICO DESVIADO

Aquellos frailes “sufrían inevitablemente el error de la Iglesia de su tiempo, un error que no sería superado hasta llegar al concilio Vaticano II” (“El encuentro de la Virgen de Guadalupe y Juan Diego”)

Por el padre José María Iraburu


El indigenismo, el nacionalismo religioso, el pluralismo de religiones, son tendencias relacionadas entre sí, que se han ido acentuando en la Iglesia Católica en los últimos decenios. Los aspectos más negativos de la Teología de la liberación se conectan también con esas tendencias. Suele haber en el trasfondo de ellas una exaltación de las religiones naturales y autóctonas precristianas, que devalúa gravemente a Cristo y a la Iglesia, como sacramento universal de salvación. En ocasiones, la unión sincretista de esas religiosidades naturales –hindúes, budistas, aztecas, incaicas, etc.– con el Evangelio conduce a una falsificación profunda de la fe católica.

Es significativo que entre las intervenciones reprobatorias que la Congregación de la Doctrina de la Fe ha publicado en los últimos años quizás las más numerosas son aquellas que, con una u otra perspectiva, tratan de frenar y superar estos males. Las Notificaciones sobre Anthony De Mello, S. J. (1998), el pluralismo religioso de padre Jacques Dupuis, S. J., las dos Instrucciones de la Congregación sobre la teología de la liberación (1984 y 1986) y la Notificación al padre Ion Sobrino, S. J. (2006; por cierto, doctor honoris causa en 2009 por la Universidad Católica S. J. de Deusto, España), vienen a reprobar ciertas deformaciones de la fe católica, que se presentan, sin embargo, como “expresiones legítimas de un pueblo” o como “exigencias de una religiosidad antigua”.

El Magisterio apostólico ha enfrentado siempre las desviaciones principales que en forma de inculturación exacerbada, de nacionalismos religiosos o de indigenismos desviados, han venido a lesionar la unidad y armonía de la verdad católica. Y en este tema un documento pontificio valioso ha sido, sin duda, el de la Congregación de la Fe, Dominus Iesus; declaración sobre la unicidad y universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia (6-VIII-2000).

Voy a tratar aquí sobre este amplio y complejo tema, pero limitando mucho mi intento: solo analizaré un libro mexicano muy notable sobre la Virgen de Guadalupe.


El libro “El encuentro de la Virgen de Guadalupe y Juan Diego” es quizá el estudio más valioso que sobre los diversos aspectos de este tema se ha escrito (Ed. Porrúa, México 2001, ed. 4ª, 608 págs.; la ed. 1ª es de 1999). No tenía yo conocimiento de este gran libro cuando escribí los “Hechos de los apóstoles de América” (Fundación GRATIS DATE, Pamplona 1992; 2003, ed. 3ª, 557 págs.), obra en la que traté con especial atención la evangelización de México, y dediqué un capítulo a San Juan Diego y Guadalupe.

El origen del libro que analizo ahora es el siguiente. En 1998, la Congregación para las Causas de los Santos, preparando la beatificación y canonización del indio Juan Diego, nombró una comisión de historiadores para que documentaran en cuanto fuera posible la veracidad del Acontecimiento Guadalupano y la santidad del indio vidente. Fue nombrado presidente de la Comisión Histórica el Dr. “padre” Fidel González Fernández, catedrático de historia eclesiástica en la Urbaniana de Roma y profesor en la Gregoriana. También fueron nombrados otros “expertos” auxiliares, el Dr. “padre” Eduardo Chávez Sánchez y el Lic. “padre” José Luis Guerrero Rosado. Son éstos los tres autores que firman el libro que ahora comento. Esta obra tiene principalmente un carácter histórico y en esa condición estriba su valor fundamental. Pero también ofrece con bastante frecuencia consideraciones teológicas, muchas veces atinadas, pero en bastantes casos inadmisibles.


Y precisamente porque el libro es muy importante y de gran valor conviene señalar esos errores. Yo lo hice en primera instancia enviando un informe amplio al Arzobispado de México, que lo pasó a la consideración de los tres autores; y en segunda instancia, acudiendo a la Congregación de la Doctrina de la Fe. Estos intentos fueron amablemente recibidos, pero no produjeron resultado alguno. Transcribo, pues, ahora algunos textos entresacados del libro aludido, destacando yo algunas frases erróneas más significativas.

Excelsa era la religión azteca, y sublime su Dios único

Con gran frecuencia afirman los tres autores de esta obra que los misioneros que llegaron a México no entendieron en absoluto la religiosidad de los mexicanos. Pensaron de ellos que eran politeístas e idólatras, sujetos al influjo del Diablo. Una visión extremadamente negativa y errónea, que vendría causada por el ambiente doctrinal de la época. Los misioneros no llegaron a conocer que el concepto que aquellos indios tenían de Dios “era tan definido, tan depurado y tan rico en su sentido ontológico que podría equipararse –y superar– al pensamiento europeo de su época” (pág. 155); es decir, al pensamiento cristiano sobre Dios.

Por otra parte, la religiosidad náhuatl, siguen afirmando, no era propiamente politeísta. Es cierto que daba nombres y cultos diversos a varios dioses, pero con ello solo venía a personalizar atributos diversos de Dios. En realidad creía en un solo Dios y Señor. Y ese monismo integrador de diversos aspectos de la divinidad “contradice tanto y tan poco al principio monoteístico como la Trinidad cristiana” (pág. 156).


El nombre que daban aquellos mexicanos a Dios como Tlayocoyani, el que se crea a sí mismo, era un “nombre pasmoso, más rico que nuestra palabra Creador, que demuestra que los tlamatinime [los antiguos sabios religiosos] alcanzaron las máximas alturas a que ha podido llegar la mente humana en su reflexión sobre Dios(pág. 159). Más aún, “su idea de Dios era tan o más cristiana que la de sus evangelizadores” (pág. 518).

Tan sublime altura de pensamiento no va, de cierto, muy de acuerdo con el estereotipo de una religión embrutecida y embrutecedora que los españoles acusaron a los indios de profesar, y más sorprendente aún es comprobar que eso [ese pensamiento altísimo de Dios] no era patrimonio de unos pocos, sino que, con sus más y sus menos, así lo entendían todos” (pág. 159).

Los sacrificios humanos eran graves errores, pero también eran “expresiones sublimes” de la religiosidad azteca.

El indio mexicano, nos explican, según sus ideas religiosas míticas, era perfectamente consciente de que ni él, ni la vida, ni el orden cósmico podían subsistir sin los sacrificios sangrientos humanos.

“La sangre, por tanto, el “Agua Divina”, era una necesidad tan imprescindible como el alimento y el aire, y debía procurarla a los dioses por un doble motivo, el agradecimiento y la propia conveniencia” (pág. 522). “Detrás de esos mitos había una lógica impecable […] Era lógico, pues, que no viesen el sacrificio como un asesinato, sino como un privilegio: un favor de parte de quien lo ejecutaba, que venía siendo por ello un bienhechor insigne, y una gracia para quien lo recibía” (pág. 523).

En cierta ocasión, pidieron al Tlatoani de Culhuacán que les entregase a su hija para convertirla en diosa de la guerra. El Tlatoani accedió, sin imaginarse cuan literal era el designio de los aztecas, quienes, con fiel apego a lo declarado, la sacrificaron, convirtiéndola así en diosa, y no contentos con eso, trajeron a su padre para que viniera a adorar al sacerdote que se había revestido de su piel desollada (pág. 74). En este caso se trata de un sacrificio individual. Pero en realidad, como veremos más adelante, eran muchos miles los sacrificios humanos que anualmente habían de ser ofrecidos a los dioses, y más numerosos aún habían de ser en cada acontecimiento extraordinario.


La humanidad y el cosmos tenían, según la “excelsa religiosidad azteca”, una necesidad absoluta de la sangre humana sacrificada a los dioses. Según estos tres autores, esto obligaba a los aztecas a guerrear incansablemente con los pueblos vecinos, con el fin de capturar prisioneros, que serían luego ofrecidos a los dioses en sacrificios. Y por eso, “en la sociedad mexicana, por su continuo guerrear, había muchas más mujeres que hombres” (pág. 206). Los aztecas, en efecto, vivían “en una sociedad poligámica porque las continuas guerras diezmaban su población masculina provocando que hubiese mucho más mujeres que varones, y que las ausencias de estos fuesen no solo largas y sistemáticas, sino con desoladora frecuencia definitivas” (pág. 534).

Se nos asegura, pues, que en la visión religiosa mexicana,ni el Politeísmo era tal, ni los sacrificios humanos un culto diabólico incompatible con la rectitud moral. Uno y otros eran expresiones, todo lo erradas que se quiera, pero coherentes y válidas en su buena fe, de su incondicional entrega a Dios, que fue eso: absoluta, incondicional, desbordante, quizá el caso más completo que conoce la historia de un pueblo todo entero que se entrega tan por entero al servicio de Dios(pág. 523).

Alguna rara vez, no obstante, los tres autores señalan en su libro “ciertos errores graves” de la religiosidad azteca, pero lo hacen sin dejar por eso de considerarla absolutamente excelsa y sublime. Así, por ejemplo, cuando escriben: …“por más que admiremos el excelso concepto que motivaba los sacrificios humanos, éstos eran un innegable atentado contra la propia especie, que ya tenían a esa nobilísima religiosidad mística en un tris de desbocarse en un incontrolable fanatismo patológico y ciego que hubiese terminado devorándose a sí mismo” (pág. 215).

La buena fe de los aztecas era total, y en modo alguno estaban bajo el influjo del Diablo. Los misioneros, se nos dice en esta obra, veían en la religiosidad de los aztecas una idolatría cruel que, bajo el poder del Diablo, les llevaba a reiterar y añadir, en frase de fray Gerónimo Mendieta, “pecados a pecados”. Pero para aquellos indios, arguyen nuestros autores, en su historia precristiana, “no había, ni podía haber, añadiduras de “pecados a pecados” por la irrebatible razón moral de que no puede pecar quien actúa de buena fe. Todo esto era y es obvio, pero Mendieta no lo podía ver entonces, ni lo pudo ver jamás; ni hasta antes del Vaticano II lo pudimos ver nosotros (pág. 518).


Ninguno de aquellos misioneros, siguen diciendo, “ni aún Las Casas, podía aceptar que fuera “inculpable” el desconocimiento de algo tan elemental como el derecho a la vida” (pág. 123). Misioneros y cronistas –Motolinía, Mendieta, Sepúlveda, Sahagún, Durán, López de Gómara–, todos pensaban más o menos lo mismo (págs. 524-525): que detrás de tales aberraciones colectivas tenía que estar la acción de Satanás, padre de la mentira, que tenía engañados a aquellos indios. Y así, por ejemplo, a mediados del siglo XVI, fray Francisco de Aguilar, en su “Relación breve de la Conquista de la Nueva España”, decía que habiendo estudiado los ritos de antiguas religiones de distintos países, “en ninguna de estas he leído ni visto tan abominable modo y manera de servicio y adoración como era la que estos hacían al demonio, y para mí tengo que no hubo reino en el mundo donde Dios nuestro Señor fuese tan deservido, y a donde más se le ofendiese que en esta tierra, y adonde el demonio fuese más reverenciado y honrado(pág. 123).

La “ceguera de los misioneros”, que veían por todas partes influjos diabólicos en la religión mexicana, es denunciada una y otra vez por estos tres autores. Aquellos frailes “sufrían inevitablemente el error de la Iglesia de su tiempo, un error que no sería superado hasta llegar al concilio Vaticano II (cf. 162). Todos los misioneros de entonces, todos, incurrían en esta ceguera. Ni “el mismo comprensivo y tolerante padre Acosta, S. J.”, en su “Historia natural y moral de las Indias”, escapa a esa visión, y en el capítulo 11 expone: “De cómo el demonio ha procurado asemejarse a Dios en el modo de sacrificios y religión y sacramentos”… “Y ante esto [el padre Acosta] considera no que Dios viera con paternal complacencia esa entrega en total buena fe, sino que, efectivamente, el Demonio conseguía subyugar a maravilla a sus víctimas(137).

La evangelización, en estos planteamientos de los misioneros, se presentaba, pues, a juicio de estos tres autores, como una misión imposible, “pues se trataba de dos pueblos [el de los cristianos europeos y el de los mexicanos] totalmente en buena fe y decididos a ser fieles a sus principios hasta la muerte; sin embargo, ese problema no era el peor; el peor era que los mexicanos estaban, si cabe, aun más convencidos de su verdad que los españoles de la suya… (pág. 526).
 

PELIGROS DE LA ÉPOCA (3)

Una gran y constante dificultad que se plantea a los católicos de nuestros días es la definición exacta de la relación entre la iglesia conciliar humanista y la Iglesia Católica. ¿Son idénticas?

Por Catholic Watch


¿Está una contenida de algún modo en la otra o vinculada a ella de alguna manera? ¿Es una de ellas una “enfermedad” o un “cáncer” para la otra? ¿Se trata de “dos religiones en una Iglesia” o de “tendencias” divergentes? ¿Son dos Iglesias diferentes o hay “dos Romas” que, sin embargo, convergen en un mismo “papa” como su cabeza?

“Tenemos al Papa”

Ya se han planteado todo tipo de tesis, aunque en su mayoría solo han servido para justificar la práctica. Del mismo modo que se abordó la iglesia conciliar, se fue construyendo la teoría que mejor se adaptaba a ella. La gran dificultad es siempre la misma: ¡el Papa! La iglesia del hombre es aquella que puede decir 
con orgullo: “¡Tenemos al Papa! Y donde está el Papa, allí está la Iglesia”. Y como en el cuento de “El traje nuevo del emperador”, la gran masa no se atreve a decir que el hombre de blanco que está allí en Roma “no lleva nada puesto”, es decir, que no posee ninguna de las cualidades que le corresponderían como Papa, por eso todos miran fijamente a la Roma “conciliar” como el conejo a la serpiente, dispuestos antes a dejarse devorar que a admitir que, en la actualidad y desde hace ya mucho tiempo, ya no tenemos Papa.

Pero incluso aquellos que están dispuestos -más o menos- a admitirlo son incapaces de trazar una línea clara y explicar que no solo el “papa conciliar” no es papa, sino que tampoco la iglesia conciliar es la Iglesia Católica. Se tejen los arabescos más extravagantes y se inventan los teologismos más extraños, solo para eludir el simple sic et non, el “sí” o el “no”.

Recientemente encontramos en un blog neosedevacantista y semilefebvrista en Internet un nuevo intento de abordar el tema:

“Si hay dos entidades que reclaman ser la Iglesia -se dice allí- la universalidad y la continuidad podrían demostrar cuál es la verdadera Iglesia. Pero, ¿y si la otra entidad es la que parece tener al Pontífice romano?” 

Con la ayuda del “cardenal” Journet (1891-1975) —un “teólogo” al que el propio blog ve con cierto recelo, sobre todo porque actuó como “perito” en el concilio Vaticano II y fue elevado a “cardenal” en 1965 a petición expresa de “Pablo VI” en 1965 para convertirlo en “miembro de pleno derecho” del concilio—, con la ayuda de este “teólogo” se pretende aclarar la cuestión.

El “cardenal” Charles Journet

¿Dónde está la Iglesia Católica Romana, la verdadera Iglesia?

Según hemos oído, Journet distingue en su obra L’Eglise du Verbe Incarné dos formas en que la apostolicidad de la Iglesia puede considerarse un rasgo distintivo de la verdadera Iglesia, dependiendo del grupo de referencia: de un lado, están aquellos “que ya creen que Cristo y los apóstoles trajeron al mundo la religión definitiva”, y, por otro lado, están aquellos que no saben que Cristo y los apóstoles lo hicieron. Para ambos grupos, la apostolicidad sería un medio para identificar a la verdadera Iglesia, pero en ambos casos se trataría de no católicos que la contemplan desde fuera.

Sin embargo, desde hace unos 60 años, los católicos se plantean otra pregunta: si la Iglesia surgida del concilio Vaticano II es la misma que la anterior o es algo diferente. A este respecto, el blog recoge una cita de Joseph Ratzinger del año 1988 que describe con gran lucidez este “fenómeno”: 

“Todo ello lleva a muchas personas a preguntarse si la Iglesia de hoy es realmente la misma que la de ayer, o si se la ha transformado en secreto en algo diferente, sin decírselo a la gente”

¡Cuánta razón! Y Ratzinger sabía sin duda de lo que hablaba.

Sin embargo, esta no es la cuestión que debatían los teólogos de épocas pasadas cuando hablaban de los cuatro caracteres de la Iglesia. Por eso, el autor del blog citado tiene la amabilidad de formular la cuestión con una cita autorreferencial: 

“Nuestro problema no consiste en determinar con exactitud cuál es la verdadera Iglesia. Ya la hemos determinado: es la Iglesia Católica Romana. Nuestro problema consiste en determinar dónde se encuentra la Iglesia Católica Romana y quién pertenece a su jerarquía y quién no. Esta distinción proporciona la clave para la solución”. 

Y en otra cita: 

“Sin embargo, la verdadera pregunta no es exactamente: “¿Cuál es la verdadera Iglesia?”, pues todos los participantes en este debate reconocen que es la Iglesia Católica Romana. La cuestión que nos ocupa aquí es, sin embargo: “¿Dónde está la Iglesia Católica Romana, la verdadera Iglesia?”. Sin duda, la primera pregunta sigue siendo relevante, pues no podemos localizar a la Iglesia sin tener en cuenta los criterios por los que la reconocemos como la verdadera Iglesia. No obstante, estas cuestiones deben distinguirse entre sí y deben permanecer claramente separadas para comprender la crisis en la Iglesia”

De este modo, está dispuesto a admitir que, aunque el debate teológico suele tener por objeto demostrar la existencia de la verdadera Iglesia a los no católicos, tampoco carece de importancia para nuestra cuestión.

Apologética

En realidad, es indiferente si se debate esta cuestión entre los católicos o entre los no católicos. Las características de la Iglesia, así como su fuerza probatoria, siguen siendo siempre las mismas. Solo que el católico —si es que lo es— ya no necesita esas pruebas, al menos no para sí mismo, ya que cree firmemente en esta Iglesia y pertenece a ella. Sin embargo, estos conocimientos le resultan útiles cuando expone o defiende su fe ante los demás, por lo que también son objeto de la “apologética”, que forma parte de la teología fundamental y es estudiada principalmente por católicos (!). Por regla general, los no católicos se interesan menos por los libros de texto católicos y hay que tratar de llegar a ellos a través de los católicos.

Para los católicos, la apologética ha cobrado cada vez más importancia en los últimos tiempos, no solo porque han tenido que defenderse frente a un entorno cada vez más hostil hacia la fe, sino también porque ellos mismos, cada vez más contagiados y desconcertados por el liberalismo que los inunda, han sentido la necesidad de convencerse de la veracidad de su fe mediante pruebas. Hoy en día, cuando hablamos de “católicos”, nos referimos en su mayoría a los descendientes de aquellos “católicos liberales” que ya no solo dudan de la fe, sino que hace tiempo que la han abandonado, por lo que es más necesario que nunca mostrarles de nuevo, mediante medios apologéticos, cuál es la verdadera Iglesia, sí, que existe una verdadera Iglesia y no solo un “sentimiento religioso” cualquiera.

“Ocupada por anticristos”

Pero imaginemos por un momento que tenemos ante nosotros a católicos creyentes, convencidos e informados a quienes, según nos asegura nuestra fuente, no hay que demostrarles que la Iglesia Católica Romana es la verdadera Iglesia de Cristo -pues eso ya lo saben-, sino indicarles dónde se encuentra dicha Iglesia. A decir verdad, no encontramos estas cuestiones tan diferentes, y los medios para responderlas son, de hecho, los mismos. Se trata, a lo sumo, de dos etapas o fases en el mismo camino hacia el conocimiento. Tomemos un ejemplo: la policía tiene la imagen de un ladrón desconocido grabada por una cámara de vigilancia. Por supuesto, el primer paso será determinar quién es realmente ese hombre (o el “autor del delito”, como se dice hoy en día). Pero la policía no se detendrá ahí ni se dará por satisfecha con saber su nombre, sino que querrá detener a esa persona concretamente, es decir, averiguará dónde se encuentra para poder arrestarla. Y es posible que utilice para ello la misma imagen de la cámara de vigilancia con el fin de identificarlo sin lugar a dudas. Sin embargo, es seguro que esta imagen se presentará ante el tribunal cuando se trate de demostrar la autoría del delito.

Del mismo modo, es poco probable que alguien que quiera saber cuál es la verdadera Iglesia se conforme con reconocerla como la Iglesia Católica Romana sin saber dónde se encuentra ni cómo encontrarla. La encontrará basándose en los rasgos distintivos que sabe que la Iglesia Católica posee y debe poseer. Por cierto, la denominación “Iglesia Católica Romana” ya apunta a la entidad concreta y lleva en sí misma el lugar donde se encuentra: en Roma. Así, nuestro ficticio buscador de Dios dirigirá inmediatamente su mirada hacia Roma, para constatar con asombro que los rasgos distintivos que, según su conocimiento adquirido, debe poseer la Iglesia Católica Romana, no se encuentran allí en la actualidad. Si compara la imagen que conoce por su apologética con la de la Roma real actual, no puede sino llegar a la conclusión inevitable de que ambas no coinciden y que, por lo tanto, no puede tratarse de la misma Iglesia. Roma está “ocupada por el Anticristo”, como dijo una vez proféticamente el arzobispo Lefebvre (sin sacar las consecuencias de ello).

Reunidos en torno a la Cátedra de Pedro

Fíjate hasta dónde hemos llegado ya —incluso sin el “cardenal” Journet— con nuestras propias reflexiones. Este señala como criterio decisivo para determinar dónde se encuentran los “verdaderos creyentes”, el hecho de que estén reunidos en torno a Pedro. “Los fieles se reúnen en torno a Pedro; la verdadera universalidad será aquella en cuyo centro se encuentre Pedro; donde esté Pedro, allí estará la Iglesia”, reza una cita que nos ofrece el blog del “cardenal”. Es cierto. Los verdaderos fieles siempre se reúnen en torno a Pedro y a su sucesor en Roma, el Santo Padre. En eso consiste su universalidad o catolicidad, sin importar cuántos sean, sin importar dónde vivan. Pero, ¿qué pasa si en Roma no hay un Santo Padre, sino un intruso que se hace pasar por Papa? Entonces los verdaderos creyentes mantendrán su fidelidad a la Sede de Pedro, que para su pesar y para gran desgracia de todos, lleva mucho tiempo vacante. A esta situación la llamamos “sedevacancia”, y por eso se denomina preferentemente (aunque de forma despectiva) a tales fieles “sedevacantistas”, porque, a falta de un sucesor de Pedro, se agrupan en torno a su silla vacía.

Journet, según nos cuenta, también señala como rasgo distintivo “la apostolicidad ininterrumpida de la doctrina”, es decir, lo que comúnmente se suele llamar “Tradición”. Esto sería un medio para identificar a la verdadera Iglesia tras un cisma o una innovación controvertida. Sin embargo, advierte contra una concepción “demasiado estática” de la Tradición y afirma también aquí: 

“El argumento de la tradición, invocado como signo de apostolicidad, gana así en fuerza probatoria, pero solo mediante el recurso a las promesas hechas a Pedro. El 'quod semper' se concreta mediante el 'quod ab Ecclesia romana'”

Los “tradicionalistas” harían bien en tomar nota de esto de Journet, en lugar de anteponer continuamente su “quod semper” al “quod ab Ecclesia romana” y enfrentarlo a este. Esto no impedirá que el observador atento constate que el “quod ab Ecclesia romana” de la “Roma” actual se desvía significativamente del “quod ab Ecclesia romana” tal y como se ha proclamado incesantemente hasta mediados del siglo pasado, es más, que le contradice diametralmente. Una vez más, tendrá que llegar a la conclusión de que no puede tratarse de la misma “Roma”. Nosotros, sin embargo, permanecemos fieles a Roma, al seguir reuniéndonos en torno a la sede vacante de Pedro. Que nos llamen por ello “sedevacantistas”.

La vid y los sarmientos

Ahora, sin embargo, nuestro informante quiere aplicar sus principios a “nuestra época”, en la que los llamados “papas” se sitúan del lado de una ruptura con la doctrina. Más concretamente, la cuestión para él es si la “verdadera Iglesia de Cristo” debe equipararse con los sedevacantistas, por un lado, o con la iglesia conciliar/sinodal, por otro. Nos parece una pregunta extraña y sin sentido, pues, sin duda, la verdadera Iglesia de Cristo no es idéntica ni a unos ni a otros. Aunque, como hemos visto, la Sede de Roma está actualmente vacante y el católico debe, por lo tanto, vivir necesariamente como sedevacantista, la equiparación de la Iglesia con los sedevacantistas no es admisible ya solo porque este nombre -por su mera connotación negativa- es demasiado impreciso y ambiguo. No existe una entidad claramente definible -como lo es la verdadera Iglesia de Cristo- a la que se pudiera denominar “sedevacantistas”. Como solemos decir: aunque los católicos son hoy necesariamente sedevacantistas, no todos los sedevacantistas son católicos, ni constituyen juntos la Iglesia Católica.

El motivo por el que el autor plantea esta extraña pregunta queda claro cuando, a continuación, define la Iglesia como “la comunidad de los bautizados que profesan la fe católica y están sometidos a los pastores legítimos -siempre que estos existan-”, para añadir: “En otras palabras, la Iglesia está en sus miembros, debidamente ordenados”. En el original: “In other words, the Church is her members, rightly ordered” (énfasis en el original). Debemos oponernos enérgicamente a esto. El todo es más que la suma de sus partes, y, concretamente, un cuerpo es mucho más que la suma de sus miembros. Así también, y sobre todo, el Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia. Este es un organismo sobrenatural que no solo tiene una cabeza visible en la tierra, sino una cabeza invisible en el Cielo (la segunda Persona divina), y que está animado por nada menos que el Espíritu Santo (la tercera Persona divina). Esta raíz sobrenatural es la “vid”, en la que los miembros son injertados como “pámpanos”, tal y como dice el Salvador: “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos. El que permanece en mí, y yo en él, ese da mucho fruto; porque sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15, 5). El Señor advierte expresamente: “Si alguien no permanece en mí, será echado fuera como un sarmiento y se secará; lo recogerán y lo echarán al fuego, y arderá” (v. 6).

Lo decisivo en la Iglesia no son los miembros, las ramas, sino la vid que los sostiene y los une en una comunidad, en un solo cuerpo. Sin esta vid, los miembros no son nada, “no pueden hacer nada”. Quien no permanezca en la vid, “será cortado” y “se secará”. En esta vid de la Iglesia somos injertados por el Bautismo, pertenecemos a ella y permanecemos en ella mediante la fe y la profesión de la verdadera fe, alimentados por los santos Sacramentos, así como por la sumisión a la guía de los pastores legítimos, a saber, el Pontífice Romano. Esto es lo que caracteriza a los católicos, según el Catecismo de San Pío X: 

“La Iglesia Católica es la sociedad o congregación de todos los bautizados que, viviendo en la tierra, profesan la misma fe y ley de Cristo, participan en los mismos Sacramentos y obedecen a los legítimos Pastores, principalmente al Romano Pontífice” (n.º 151).

Catolicismo anónimo

Sin embargo, el autor tiene una razón para disolver la esencia de la Iglesia por completo en la esfera personal de sus miembros. Y es que teme que su interpretación pueda resultar demasiado “radical”. Es cierto que quiere mantener que la iglesia conciliar/sinodal, tomada como tal, no es la Iglesia Católica, y que aquellos hombres que han apostatado de la fe católica y que ocupan el Vaticano -incluidos los supuestos “papas” desde el Vaticano II- son intrusos y usurpadores. Sin embargo, con ello no quiere excluir la posibilidad de que muchos católicos puedan seguir vinculados a esta iglesia conciliar/sinodal, y cuando habla de “nosotros” en relación con la Iglesia, incluye no solo a aquellos que comparten su “análisis de la situación”, sino también a todos aquellos que aún son “católicos de la iglesia conciliar/sinodal” o a aquellos que están fuera de ella, al tiempo que reclaman reconocer la legitimidad de los pseudopapas posconciliares.

El autor cree que esas personas, aunque “puedan estar vinculadas materialmente a la iglesia conciliar/sinodal (al igual que muchas lo estaban materialmente a las obediencias erróneas del Gran Cisma de Occidente), pero sin embargo no pertenecen a ella”, sino que pertenecen más bien “a la Iglesia católica -aunque crean que la iglesia conciliar es la Iglesia y rechacen nuestras conclusiones respecto a la situación actual”. ¿Se refiere ahora al “nuestras” también en el sentido que acaba de definir de “nosotros”? Eso sería muy confuso… Porque entonces estaría afirmando que incluso aquellos que no comparten su “análisis de la situación” tendrían, no obstante, las mismas “conclusiones” que él —y al mismo tiempo, las rechazarían. Pero sea como fuere, se muestra como un “ecumenista” muy generoso, que ha transformado el “cristianismo anónimo” de Karl Rahner en un “catolicismo anónimo”. Así como Rahner veía cristianos por todas partes, incluso en las religiones más remotas, él ve católicos por todas partes, ya sean “conciliares” o cismáticos tradicionales.

Cuerpo visible, alma invisible

Aquí se pone de manifiesto la concepción errónea del autor sobre la Iglesia, que parte de los “pámpanos” y no de la vid. Como hemos dicho, los pámpanos deben estar injertados en la vid para recibir de ella su vida. Esta unión con la vid tiene dos aspectos: uno visible y otro invisible. Si bien la invisible es la decisiva, ya que transmite la unión con el alma de la Iglesia, el Espíritu Santo, y con ello la vida sobrenatural, es precisamente necesaria y, por naturaleza, invisible. Sin embargo, es visible la unión con la vid, es decir, si la rama está unida a ella o no, si está unida al cuerpo de la Iglesia o no. Para ser miembro del cuerpo de la Iglesia, como hemos oído anteriormente, se debe estar bautizado, creer y profesar la doctrina de Jesucristo, participar de los mismos Sacramentos, así como reconocer al Papa y a los demás pastores legítimos de la Iglesia, es decir, obedecerles y someterse a ellos.

¿Qué ocurre entonces con aquellos que no comparten el “análisis de la situación” de nuestro autor, es decir, que no comparten su opinión de que la iglesia conciliar/sinodal, tomada como tal, no es la Iglesia católica, y de que aquellos hombres que han apostatado de la fe católica y que ocupan el Vaticano -incluidos los supuestos “papas” desde el Vaticano II- son intrusos y usurpadores, es decir, “aquellos que creen que la iglesia conciliar es la Iglesia y rechazan nuestras conclusiones respecto a la situación actual”. Estos se encuentran sin duda objetivamente en el error, pues el “análisis de la situación” y la conclusión que necesariamente se deriva de él no se dejan a la discreción de cada uno, y el resultado es claro e inequívoco para todos —no solo para nuestro autor. No se trata de una “opinión”, sino del reconocimiento de la verdad y la realidad. Debido a su error, estas personas son, sí, miembros de una “iglesia”, pero no están injertadas en la vid de la Iglesia de Cristo; no son miembros de la verdadera Iglesia, sino que pertenecen a la iglesia conciliar/sinodal.

La Beata Ana Catalina Emmerich

No creen ni profesan la doctrina de Jesucristo, sino la del concilio Vaticano II; no participan de los mismos Sacramentos que los católicos, sino que celebran el novus ordo, que, en palabras de Ana Catalina Emmerich, es “oscuro, perverso y sin vida”, una “mera separación y desintegración”, una “caja llena de instituciones muertas”, entre las que se cuentan también los “ritos reformados” de esta “iglesia obra de las manos del hombre” (en particular la “ordenación episcopal”); tampoco están sometidos a los pastores legítimos de la Iglesia, no siguen al Vicario de Cristo, sino a los mensajeros de las tinieblas: “Nada vino de arriba a esta Iglesia, todo vino de la tierra y de las tinieblas, y los espíritus planetarios lo implantaron en ella”.

No son miembros del cuerpo de la Iglesia

Reconocemos de buen grado que se trata de una idea demasiado espantosa, sobre todo si se parte de la base de que la mayoría, o al menos un gran número de estos desdichados, actúan “de buena fe” y tienen la firme convicción de pertenecer a la Iglesia Católica Romana. Por eso, nuestro autor también se muestra reacio a ello y formula la opinión que acabamos de escuchar: estas personas, aunque estén “materialmente unidas a la iglesia conciliar/sinodal (al igual que muchos estaban materialmente unidos a las falsas obediencias del Gran Cisma de Occidente)”, pero “sin embargo no pertenecen a ella”, sino que pertenecen más bien “a la Iglesia católica —aunque crean que la Iglesia conciliar es la Iglesia y rechacen nuestras conclusiones respecto a la situación actual”. Sí, llega incluso a afirmar: “Su catolicidad es nuestra catolicidad. Y lo que es más importante, “su” Santa Sede es también “nuestra” Santa Sede”. ¡Debemos oponernos enérgicamente a esto y excluirnos expresamente de su “nuestra”! Porque “nuestra” Santa Sede no es la de la iglesia conciliar/sinodal y, por lo tanto, tampoco la de aquellos que están “vinculados” a ella. “Nuestra” Santa Sede es inmaculada, pura, sin mancha e infalible, y no es la “abominación desoladora en el lugar santo”. ¡Es la “cathedra veritatis”, no la “cathedra pestilentiae”!

Nuestro autor ha cometido aquí varios errores. Por un lado, confunde constantemente el aspecto visible y el invisible de la Iglesia, su “cuerpo” y su “alma”. La Iglesia considera, por ejemplo, a los miembros de las comunidades protestantes fundamentalmente como meros “herejes materiales”, es decir, aquellos que no se adhieren a un error de forma culpable, ni a sabiendas y voluntariamente, ni de manera consciente y obstinada, sino que actúan “de buena fe”. No han aprendido otra cosa desde la infancia y no saben hacerlo mejor. Sin embargo, según el juicio de la Iglesia, no son católicos porque están separados del cuerpo de la Iglesia. No profesan la misma fe, no participan de los mismos Sacramentos y no reconocen a los pastores legítimos de la Iglesia. No son miembros del cuerpo de la Iglesia.

Puede que se encuentren en una ignorancia inocente; puede incluso que, a pesar de su herejía material, estén unidos al alma de la Iglesia debido a obstáculos insuperables. Pero a la Iglesia no le corresponde juzgar sobre ello. Solo puede juzgar según lo visible y, por eso, los protestantes no pertenecen a la Iglesia y están, en gran medida, excluidos de las disposiciones del Derecho canónico. Lo mismo se aplica a aquellos que están materialmente “unidos a la iglesia conciliar/sinodal”. Estos pertenecen sin duda “a ella”, pero no a la Iglesia católica, aunque crean que la iglesia conciliar es la Iglesia, lo que tal vez los disculpe y les permita estar unidos de manera invisible al alma de la Iglesia, pero no de manera visible a su cuerpo. La Iglesia no es solo una comunidad de fe, sino sobre todo una comunidad de confesión. Quien profesa otra fe no pertenece a ella, es decir, a su cuerpo. “Su catolicidad” no es precisamente “nuestra catolicidad”.

Referencia errónea al “cisma occidental”

Esto se aplica a quienes están en la iglesia conciliar/sinodal. “No se puede ser católico [!] en la iglesia conciliar/sinodal”, salvo de manera invisible en el sentido mencionado. Esto se aplica con mayor razón a aquellos que, aunque se supone que están “fuera de la iglesia conciliar/sinodal, reconocen la legitimidad de los pretendientes al papado posconciliares. Estos se encuentran, en cualquier caso, objetivamente en cisma, por muy “bona fide” que sean, y por lo tanto, no pertenecen a la Iglesia. Sí, no solo son cismáticos, sino también heréticos. El papa Pío IX escribe en Quartus Supra

“Las Iglesias orientales tampoco pueden preservar la comunión y la unidad de fe con Nosotros sin estar sometidas al poder apostólico en materia de disciplina. Una enseñanza de este tipo es herética, y no solo porque la definición del poder y la naturaleza del primado papal fue determinada por el Concilio Vaticano ecuménico: la Iglesia Católica siempre lo ha considerado así y lo ha aborrecido”. 

Aquí se condena claramente el “tradicionalismo moderno” como “herético”. Quien se adhiera a él no pertenece —objetiva y visiblemente— a la Iglesia Católica Romana.

La referencia del autor al Cisma occidental es errónea y engañosa. La situación actual es muy diferente. En primer lugar, en aquel entonces había tres papas y no estaba claro quién de ellos —si es que alguno lo era— era el verdadero, sobre todo porque ninguno de ellos era un hereje manifiesto y se trataba de cuestiones puramente jurídicas, por lo que finalmente se llegó a la solución de convencer a los tres de que dimitieran y elegir a un nuevo Papa que fuera inequívoco y que todos reconocieran. En segundo lugar, todos los católicos seguían una de las “obediencias”, es decir, reconocían a un Papa, aunque tal vez fuera el falso. En este sentido, en realidad no se trataba de un cisma, sino solo en un sentido impropio.

Conclusiones necesarias y lógicas

Hoy en día solo hay un “papa” que es considerado como tal por todo el mundo, pero todos los católicos pueden reconocerlo y desenmascararlo fácilmente como un falso papa, ya que proclama enseñanzas erróneas, predica malas costumbres e impone a “su iglesia” una liturgia falsa y una disciplina perniciosa. El vicario de Cristo no puede jamás hacer algo así, ya que sobre él se cumple la promesa de Cristo: “Tú eres Pedro, la roca, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt 16, 18). Todo católico puede y debe llegar a la conclusión de que los “papas conciliares” no son papas verdaderos y legítimos. Si por cualquier motivo no son capaces o no están dispuestos a llegar a esta conclusión, deberían seguir a estos “papas” sin reservas ni dudas; de lo contrario, no podrán evitar la acusación de cisma.

“Si León y sus predecesores desde el concilio Vaticano II son verdaderos papas -escribe el obispo Sanborn en su “boletín” de marzo de este año- entonces de la eclesiología católica romana se derivan lógicamente las siguientes conclusiones: (1) El concilio Vaticano II y todas sus enseñanzas, prácticas y reformas posteriores están necesariamente en consonancia con la fe católica; (2) oponerse a estas cosas sería tanto herético como cismático; (3) ejercer un apostolado paralelo en desprecio de estos papas sería, según el papa Pío IX, cismático, incluso antes de que se produzca una declaración”. Nadie que reconozca a “León” como papa y se le oponga de esta manera puede afirmar ser católico. Y estas conclusiones, lo subrayamos, no son solo “nuestras”, que se pueden compartir o no, sino que son aquellas que se derivan objetiva y lógicamente de la “eclesiología católica romana”.

Ecumenismo católico

Si nuestro autor afirma que los “católicos de la iglesia conciliar/sinodal” y los “católicos fuera de la iglesia conciliar/sinodal”, que sin embargo “reconocen la legitimidad de los pretendientes al papado posconciliares”, son católicos como nosotros, que “su catolicidad es nuestra catolicidad”, y “su Santa Sede es nuestra Santa Sede”, entonces o bien él mismo no es católico o bien se hace culpable de engaño. En el fondo, se encuentra en la senda del ecumenismo del concilio Vaticano II, que considera que incluso los cristianos separados ya pertenecen de alguna manera a la Iglesia. Es cierto que estamos muy lejos de condenar al infierno a todos aquellos que no pertenecen visiblemente a la Iglesia Católica. Solo Dios sabe lo que hay en sus corazones. Pero eso no cambia nada en la verdad objetiva.

Aquí nos encontramos ante otro peligro que amenaza hoy a los católicos. Por miedo a las personas, por temor a la “radicalidad” o por una indulgencia mal entendida, la verdad objetiva se distorsiona y se falsifica en favor de consideraciones subjetivas. Por supuesto, debemos desear la salvación a todos y esperar que la alcancen a pesar de sus extravíos. Por supuesto, debemos tener paciencia y compasión con los que se extravían. Pero precisamente porque sentimos compasión por ellos, debemos decirles la verdad, debemos decirles que se encuentran en un terreno sumamente peligroso para la salvación de sus almas, y más aún porque no ven el peligro y se consideran buenos católicos. De lo contrario, favorecemos el indiferentismo, que los verdaderos Papas siempre han condenado como sumamente perjudicial. Tras los “cismáticos católicos” y los “herejes católicos”, nos encontramos aquí con los “ecumenistas católicos”. Y constatamos con gran tristeza que, de aquellos que hoy se proclaman defensores del catolicismo, probablemente ya ninguno, o casi ninguno, es realmente católico. Esa es la triste consecuencia de nuestra época sin Papa.


12 DE ABRIL: SAN JULIO, PAPA


12 de Abril: San Julio, Papa

(✞ 352)

Al tiempo que murió el glorioso Pontífice San Marcos, pusieron todos los ojos en San Julio, porque por su rara prudencia, doctrinas y excelentes virtudes parecía el más digno de sentarse como Vicario de Cristo en la Silla de San Pedro.

Y bien era menester una entereza y santidad, como la de este insigne Pontífice para defender la causa de San Atanasio, patriarca de Alejandría, contra los herejes arrianos; los cuales con el favor de los emperadores pretendían derribarle, y con él, a toda la Iglesia de Jesucristo.

Volvía San Julio, cuando los herejes nombraron por patriarca a un Gregorio de Capadocia, hombre facineroso, hereje, insolente y atrevido, el cual entrando en la ciudad con mucha gente de guerra y bárbara, hizo un estrago tan extraño y lastimoso en toda aquella población, como si fuera un ejército de enemigos, no perdonando a doncellas ni casadas, ni a viejos ni a niños, ni a seglares ni eclesiásticos, ni cosa sagrada ni profana, ni divina ni humana, con tan gran impiedad y fiereza que no se puede explicar.

Y viendo San Atanasio esta calamidad tan lastimosa, se salió a escondidas de la ciudad y vino a Roma para ver si con la autoridad del Sumo Pontífice podría hallar algún remedio para detener el ímpetu furioso de los herejes y apagar aquel incendio que abrazaba no solo a Alejandría sino también a Egipto y a todas las partes de Oriente.

El Santo Pontífice Julio lo recibió muy bien y celebró un Concilio en Roma en el cual aprobó su inocencia y declaró que era valeroso capitán del Señor, e invencible defensor de la Iglesia, y cuatro años después con el consentimiento del emperador Constante convocó un Concilio ecuménico y universal en Sárdica, el cual contó con trescientos Obispos de todas las Provincias de la Iglesia Occidental, presidiendo en él, Osio, español, Obispo de Córdoba con otros dos legados de la sede apostólica.

Y con la sentencia de este Concilio, y las cartas que el santo Papa Julio escribió a los prelados de Alejandría, volvió San Atanasio a su iglesia, y fue privado de aquella silla el usurpador, a quien acababa de matar el mismo pueblo por no poder sufrir sus desafueros.

Finalmente, habiendo aprobado el Santo Pontífice los veintiún cánones del Concilio general de Sárdica, y dado sabios reglamentos a la Iglesia, que gobernó santísimamente por espacio de quince años, descansó después en la paz del Señor.

Se conserva una excelente carta suya, o de su Concilio, en la cual defiende la verdad con una entereza y vigor digno del Vicario de Cristo.


sábado, 11 de abril de 2026

ROMA PROMUEVE A UNA MONJA HERÉTICA E INVESTIGA UNA ABADÍA CONSERVADORA

Cuando una próspera abadía es objeto de escrutinio mientras siguen saliendo a la luz los expedientes de abusos, el acuerdo con China y la teología de género alemana, el Vaticano moderno revela lo que realmente teme.

Por Chris Jackson


Heiligenkreuz: un monasterio floreciente bajo sospecha

La Abadía de Heiligenkreuz está “llena de jóvenes vocaciones”. Según informa Kathpress, actualmente cuenta con unos 100 monjes, unos 300 estudiantes en su seminario teológico y aproximadamente 40 seminaristas en el Leopoldinum. La innecesaria “visita apostólica”, que ya ha concluido formalmente, incluyó conversaciones con 90 monjes y numerosas personas ajenas a la iglesia. En otras palabras, Roma intervino en uno de los pocos lugares de la Iglesia de habla alemana donde la vida católica aún parece viva.

¿Y qué requería atención, oficialmente? Mejorar la comunicación interna y externa. Reflexionar estratégicamente sobre el futuro de la abadía. Analizar su orientación teológica y espiritual. Seguir trabajando en la guía de los jóvenes hacia la vida monástica y el sacerdocio. Reforzar la identidad y el autoconocimiento. Incluso los informes oficiales de la Iglesia Católica Austriaca, mucho más diplomáticos que el “Silere non possum” (No te preocupes), muestran con suficiente claridad la naturaleza de la intervención. Roma observó un monasterio repleto de monjes, estudiantes, seminaristas, cantos, horas litúrgicas en latín y una seriedad visible, y concluyó que la verdadera urgencia radicaba en su “orientación” y su “autoimagen”.

Luego está la hermana Linda Pocher, un símbolo perfecto del nuevo orden eclesiástico. Lamentablemente, no se trata de una excéntrica marginal que habla desde los márgenes de la vida católica. Francisco la incluyó en repetidas reuniones del Consejo de Cardenales para ayudar a definir el debate sobre el papel de la mujer en la Iglesia, y Vatican News la presentó posteriormente como una voz central detrás de la “desmasculinización” de la iglesia y de mujeres y ministerios en la iglesia sinodal. 

La “hermana” Linda Pocher

La revista jesuita America informó que su proyecto desafiaba abiertamente el marco mariano y petrino de Hans Urs von Balthasar, utilizado durante mucho tiempo para defender el sacerdocio masculino, mientras que Crux informó sobre su declaración pública de que Francisco estaba “muy a favor” del diaconado femenino. Ese es el verdadero contraste que debería verse en la foto. Una monja asociada con la revisión constante del lenguaje católico sobre el ministerio recibe una plataforma en los niveles más altos, mientras que los monjes de Heiligenkreuz, con sus vocaciones, su tomismo y su visible seriedad monástica, son tratados como la parte que necesita “corrección teológica”.

La comedia se torna más oscura al observar el lenguaje que rodea todo el asunto. El dicasterio agradece al abad Maximiliano Heim su “extraordinario florecimiento”. La “visita” se describe como un estímulo para un “desarrollo positivo” a largo plazo. Se elogia a los monjes. Se califica al lugar como espiritual. Todos sonríen mientras se aprieta el cerco. Así es como la iglesia moderna prefiere actuar. No con condenas tajantes, sino con “afecto administrativo”. Roma ha perfeccionado el arte de decir: “¡Qué hermoso monasterio tenéis allí! Sería una lástima que le ocurriera algo”.

Perú: La iglesia que dice escuchar pero no escucha

Ahora comparemos esto con Perú. InfoVaticana informa que una denuncia notariada, fechada el 26 de marzo de 2026, fue entregada personalmente a la nunciatura apostólica en Lima el 31 de marzo y enviada simultáneamente al “cardenal” Fernández en el Dicasterio para la Doctrina de la Fe. La denuncia se refiere al “obispo” Antonio Santarsiero Rosa, secretario general de la Conferencia Episcopal Peruana y obispo de Huacho, y alega abuso sexual sistemático y maltrato psicológico

El falso papa posa junto al acusado de abusos

Según el informe, un testigo afirma haber enviado un informe personal en noviembre de 2024 al entonces “cardenal” Prevost y haber entregado personalmente el mismo informe en la oficina de “León XIV” en diciembre de 2025, sin haber recibido respuesta hasta la fecha. Santarsiero ha negado las acusaciones y ha solicitado el expediente para poder emprender acciones legales si procede. Se trata de alegaciones, no de conclusiones, pero son alegaciones graves, presentadas formalmente y negadas públicamente.

Ese contraste es precisamente la clave. Un monasterio repleto de jóvenes monjes es sometido a un análisis exhaustivo de su “estilo de comunicación” y “perfil teológico”, mientras un “obispo” de alto rango se enfrenta a una denuncia por abuso, con testimonios que afirman que informes previos llegaron a altos cargos romanos, y la imagen pública vuelve a ser confusa, llena de trámites y dilaciones. El aparato conciliar no se cansa de hablar de escuchar, acompañar, transparencia y protección. Sin embargo, cuando el asunto afecta a uno de sus propios funcionarios, la elocuencia se convierte de repente en un discurso vacío y vacío. Es casi imposible ver a través de él.

China: La comunión reducida a una categoría administrativa

La última entrevista de Parolin resulta casi demasiado reveladora. Afirma que la Santa Sede sigue creyendo en la importancia de las Naciones Unidas. Advierte contra el paso de la ley del orden a la ley de la fuerza. Y cuando la conversación gira en torno a la China comunista, insiste en que el acuerdo de 2018 no es ni un concordato ni un tratado diplomático, sino solo una regulación del proceso de nombramiento de obispos. Luego viene la frase que lo dice todo sobre la mentalidad actual del Vaticano: lo fundamental -dice- es que todos los obispos en China, incluidos los nombrados por el Partido Comunista Chino y leales a él, están en comunión con el “papa”. Esto ocurre después de que el acuerdo se renovara en octubre de 2024 por otros cuatro años.

Prevost y Parolin, cómplices en la destrucción de la Iglesia

Ahí tienen toda la eclesiología del declive controlado, en un solo paquete. La comunión ya no se considera fruto de la fidelidad pública a la fe, de la resistencia pública a los enemigos de Cristo ni de la confesión pública bajo presión. Se reduce a un mero indicador de estatus dentro de un expediente diplomático. El que sufre en la clandestinidad desaparece. El confesor desaparece. El mártir desaparece. Todo se convierte en un procedimiento. ¿Están las firmas en regla? ¿Se ha regularizado el mecanismo? ¿Están armonizados los expedientes? Entonces el Vaticano sonríe y lo llama “unidad”. Esto es lo que sucede cuando la clase dirigente de la Iglesia empieza a pensar primero como notarios de la curia y, muy lejanamente, como pastores católicos.

Alemania: La creación, corregida por la Conferencia Episcopal

Si la política hacia China muestra la faceta burocrática de la revolución, Alemania muestra la doctrinal. El “obispo” auxiliar Ludger Schepers, representante de la Conferencia Episcopal Alemana para la “pastoral lgbtq+”, declaró a la agencia KNA que el retorno a los “roles de género” tradicionales es un “camino equivocado” y afirmó que “la diversidad de identidades humanas”, incluyendo las identidades homosexuales y transgénero, forman parte del plan divino de la creación. Asimismo, ridiculizó el fenómeno de las “esposas tradicionales” como “una estética artificial carente de realidad”. Esta postura forma parte ahora del discurso público de un “obispo” al que la Conferencia Episcopal Alemana ha encomendado precisamente esta labor.


Pero la doctrina católica no ha cambiado solo porque Alemania haya perdido la cabeza. El Catecismo sigue enseñando que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados y no pueden aprobarse. Incluso Dignitas infinita, publicada por el propio Vaticano en 2024, rechaza explícitamente la tendencia de la teoría de género hacia la autodefinición desvinculada de la naturaleza intrínseca del cuerpo e insiste en la realidad y la belleza de la diferencia sexual. Así pues, cuando Schepers habla de esta manera, la contradice con el tono conciliador de la pastoral. Y lo hace no desde la periferia, sino desde dentro del aparato episcopal. Roma, sin duda, puede identificar la desorientación teológica cuando quiere. Simplemente parece encontrarla menos alarmante en Alemania que en una abadía cisterciense que todavía produce monjes.

Bolivia: El vertedero y el agujero de la memoria

Luego está Bolivia, donde las denuncias de los supervivientes son tan espantosas que incluso las instituciones laicas de Cataluña las están investigando. EL PAÍS informa que la Comunidad de Supervivientes de Bolivia presentó un informe al Parlamento y al Defensor del Pueblo catalanes describiendo a unos veinte jesuitas abusadores y a cerca de mil víctimas en Bolivia, alegando además encubrimiento por parte de las estructuras jesuitas en Cataluña, Bolivia e incluso Roma. Un informe posterior indica que el Defensor del Pueblo ha incorporado estas denuncias a una investigación en curso y ha solicitado información al colegio jesuita de Barcelona del que procedían algunos de los abusadores trasladados. Crux añade que los jesuitas catalanes han denunciado 145 casos de abuso sexual desde 1948.


Los casos individuales parecen un manual de cobardía clerical. Según informes, Francesc Peris fue trasladado a Bolivia tras denuncias en Cataluña y allí sumó nuevas víctimas. La correspondencia interna, según los informes, demostró que Lluís Tó continuó abusando después de su traslado. El caso de Luis Roma involucró a unas 70 víctimas, según una investigación interna; y EL PAÍS informó que los superiores jesuitas ocultaron tanto la investigación como sus manuscritos. Esto es reubicación institucional y ocultamiento transfronterizo. Sin embargo, la misma Iglesia que mueve montañas para inspeccionar una abadía próspera parece tener siempre razones para retrasar, suavizar o encubrir asuntos como estos.

El verdadero crimen es la vitalidad católica

Esa es la lección que subyace en las cinco historias. Heiligenkreuz es blanco de ataques por gozar de una salud excepcional. Perú muestra la indulgencia reservada a los privilegiados. China evidencia la reducción de la unidad católica a una mera coreografía diplomática. Alemania muestra a un obispo que enseña lo que los propios documentos de la Iglesia rechazan. Bolivia muestra la pervivencia de vicios clericales protegidos por la transferencia, el silencio y la distancia. El intención que subyace en todo esto no es difícil de identificar. La maquinaria posconciliar no teme principalmente la corrupción, la ambigüedad ni siquiera el escándalo. Esos asuntos se pueden controlar. Se pueden relatar. Se pueden integrar en comités, protocolos y sesiones de escucha. Lo que teme es una forma de vida católica que aún parezca inconfundiblemente católica, que atraiga a los jóvenes, que forme hombres y que hable con franqueza.

El problema en Roma no es que ya no pueda distinguir entre salud y enfermedad. El problema es que a menudo trata la salud como la mayor amenaza. Un monasterio que canta, enseña y crece debe ser observado hasta que sea manejable. El expediente de abusos de un “obispo” puede esperar. Un acuerdo nefasto con Pekín puede ser elogiado. Un “prelado” alemán puede revisar la creación en público. El viejo lema liberal era que la Iglesia debía “abrir las ventanas”. Y lo hizo. El humo de Satanás entró. Ahora, cuando una habitación todavía huele a incienso católico, Roma envía a los inspectores.

 

ALGUNOS RESPLANDORES (XIV)

Continuamos con la publicación del capítulo 14 del libro “El Americanismo y la Conjuración Anticristiana” (1899) de Monseñor Henri Delassus.


CAPÍTULO DECIMOCUARTO

ALGUNOS RESPLANDORES

El anticristianismo, que tomó nacimiento con la Iglesia y que desde entonces no dejó de minar sordamente la obra del divino Salvador o trabajar abiertamente para destruirla, tomó con la Revolución un poder y una universalidad que no había tenido nunca; al punto que los judíos, que mantienen activa esta guerra desde hace mil ochocientos años, exultan y dicen que la hora del triunfo tocará por fin para ellos, mientras que, de nuestro lado, hombres eminentes se preguntan si la hora de los últimos esfuerzos del infierno no ha llegado.

Tal perspectiva es muy propia para sembrar el desaliento si no la desesperación en las almas.

Y sin embargo, hoy como en el pasado, no debemos cerrar nuestros corazones a la esperanza; deberíamos esperar, aún cuando tuviéramos la certeza que “el hombre de pecado” aparecerá y reinará sobre toda la superficie de la tierra.

En primer lugar, aún entonces será lícito a cada uno hacer su salvación; y todos los que quieran recibirán gracias proporcionadas a la grandeza de la prueba. Entonces como hoy, las aflicciones serán cortas, y no sólo cortas, sino ligeras en comparación “del peso eterno de gloria que supera toda medida” con que serán recompensados los perseverantes.

Corta para cada uno, la suprema prueba lo será también para el mundo. Según una interpretación bastante común de un pasaje de las Sagradas Escrituras, el reino del anticristo nacido no durará más que tres años y medio. Está bien cuando se podrá decirse con el Salmista:

Vi yo al impío sumamente ensalzado, y empinado como los cedros del Líbano. Pasé de allí a poco, y he aquí que no existía ya; le busqué, más ni rastro alguno de él pude hallar.

Y si cada fiel podrá contar entonces con la gracia de DIOS, la santa Iglesia podrá, en esta lucha suprema, contar con una asistencia de la Santísima Virgen más poderosa que nunca. Lo que nos da la seguridad de ello, es que el tiempo del anticristo debe ser el término de la guerra a muerte, declarada desde el tiempo de los Apóstoles, entre la raza de la Mujer y la raza o sinagoga de Satanás, guerra anunciada desde el comienzo del mundo por estas palabras: “Pondré enemistades entre tú y la Mujer, entre tu raza y la suya”. La Mujer es la Iglesia, pero es también María, Madre de DIOS. Y si la Iglesia puede decir en su oficio que María sola ha triunfado sobre todas las herejías, cunctas haereses sola interemisti in universo mundo, ¿cuál no será el poder de su intervención en esta suprema batalla?

Ya ahora, contra el esfuerzo satánico que sufrimos hoy, esta intervención es manifiesta.

En el momento en que la Revolución iba a entrar en la fase actual, cuando se preparaba la guerra de Italia que tenía como fin la destrucción del poder temporal de los Papas y que debía tener como consecuencia el rebajamiento de la Francia católica, la hegemonía de la Prusia protestante y el triunfo de la judería y de la masonería, en ese mismo momento, al fin de 1854, signum magnum apparuit in caelo, un gran signo apareció en el cielo de la Iglesia: una mujer envuelta del sol, María adornada de la gracia santificante desde el primer instante de su existencia, ¡María concebida sin pecado! Y desde entonces la inmaculada se quedó en nuestro cielo, multiplicando los milagros para decirnos: ¡No temáis nada, estoy con vosotros! Y hoy que los días se han vuelto más malos y las tinieblas más espesas, la voz del Soberano Pontífice, la voz de la atalaya situada por DIOS en la cofa de la barca de Pedro no deja de gritarnos: Respice stellam, voca Mariam. ¡Levantemos las miradas a la estrella! ¡y que de los corazones se eleve poderosa la oración a María! Cada año él invita al mundo entero a recitar el Rosario; cada mañana, en el momento más solemne del día, después de la celebración del santo sacrificio de la Misa, él manda decir, sobre toda la superficie de la tierra, la oración donde María es invocada con San José, el patrón de la santa Iglesia y San Miguel el adversario, el vencedor de Satanás.


Así pues, ni nosotros ni la Iglesia estamos actualmente sin socorro, y lo estaríamos menos todavía si la prueba debiera alcanzar el apogeo predicho desde el comienzo. Pero además no estamos sin alguna esperanza de ver tiempos mejores suceder a la prueba.

Se cree generalmente que el reino del hombre de pecado debe ser la última escena de la vida del mundo y que su derrota y su muerte deben preceder inmediatamente al segundo advenimiento de Nuestro Señor JESUCRISTO, aquel en que él vendrá, en gran majestad, a juzgar a los vivos y los muertos.

Es posible que así sea, pero no es cosa cierta.

El sentimiento de varios intérpretes del Apocalipsis, sentimiento seriamente fundado en la razón, es que el reino del anticristo no será el prefacio del juicio último sino el último esfuerzo del infierno para oponerse al reino universal y en adelante pacífico de Nuestro Señor JESUCRISTO en el mundo rescatado por su sangre (45).

Desde Pentecostés la Iglesia luchó penosamente contra el judaísmo, contra el paganismo, contra el mahometismo, contra el protestantismo y todas las herejías que lo precedieron, y hoy, contra la Revolución. La iniquidad parecerá triunfar finalmente con el anticristo; pero a su vez, él será aplastado y aniquilado. Entonces los judíos, que habían puesto en él toda su esperanza, abrirán los ojos, y viendo el triunfo del verdadero Cristo, lo reconocerán por el Mesías prometido a sus padres; se convertirán en masa, y su ejemplo y sus predicaciones volverán a llevar a la Iglesia a todos los pueblos que la hayan abandonado y a aquéllos mismos que todavía no habían llegado a ella. Al mismo tiempo el dragón, el príncipe de los demonios, será encadenado por largos siglos (46). Nuestro Santo Padre, el Papa, nos hace pedir esta derrota de Satanás y el triunfo del Santa Iglesia todos los días. El triunfo, es decir la renovación de la sociedad cristiana, la perfecta maduración de los principios del Evangelio en todos los pueblos. Triunfante sobre todos sus enemigos, la Iglesia se desplegaría con magnificencia, sin dejar entre tanto, de ser siempre idéntica a sí misma. Esencialmente inmutable, conservaría en su integridad sus dogmas, su disciplina, su autoridad, su jerarquía, sus Sacramentos y sus prácticas; y el imperio de sus leyes se extendería a todo el universo. Sería, como dice el Sr. Pierre Pradié en su libro: El mundo nuevo o El mundo de Jesucristo, “el mismo grano de mostaza con sus elementos primitivos depositados por el Verbo encarnado dentro del hombre y fecundados por el Espíritu Santo en Pentecostés, pero desarrollados y madurados según toda la extensión de la oración del divino Salvador al Padre celestial”.


El pecado no desaparecerá de la tierra, habrá siempre mezcla de buenos y malos, pero, como la sociedad estará organizada y regida según las leyes del Evangelio, los buenos predominarán durante este feliz período que se prolongará durante mil años, es decir durante un tiempo tan largo como indefinido. Y así el nivel pasado sobre el mundo por la Revolución, por las conquistas de la ciencia y por el anticristo, sólo daría a la tierra la preparación final que debe sufrir para presentar un suelo propio para las construcciones divinas.

Por tan terribles trastornos y tan horrendas calamidades, la Providencia, preparando no sé qué de inmenso, habrá triturado y modelado en cierto modo a los hombres para hacerlos aptos para la UNIDAD FUTURA. (de Maistre, VIII 442.)

De todos modos, esté o no esté cercano el reino del mesías talmúdico, llamado también el anticristo, parece bien que después que la Revolución se haya degollado con sus propias manos, lo cual no puede tardar mucho más, se conceda a la tierra una larga época de paz y de prosperidad espiritual.

No transcribiremos aquí las profecías del antiguo Testamento, ni los votos que la santa Liturgia pone sobre nuestros labios cada año del Adviento a la Epifanía, pidiendo la venida del reino de Nuestro Señor JESUCRISTO a todo el mundo y a todos los pueblos.

No repetiremos la gran promesa del Sagrado Corazón anunciando este reino para el tiempo presente ni los presentimientos de los santos para la época que seguiría a la definición de la Inmaculada Concepción, no queremos aquí apelar a las luces sobrenaturales, sino sencillamente a las de la razón.

Escuchemos en primer lugar al hombre de este siglo cuya inteligencia se ha mostrado tan sagaz para sacar de los acontecimientos contemporáneos previsiones sobre un próximo porvenir, que ha podido ser llamado el profeta de los tiempos presentes.

J. de Maistre, que había asistido a la orgía revolucionaria del '93, que había visto la Revolución coronada en la persona de Bonaparte subyugar a Europa, que había llorado comprobando que la restauración de los borbones, lejos de aniquilar el espíritu revolucionario, lo consolidaba y que, desde entonces, anunciaba con una imperturbable seguridad los trastornos de que fuimos testigos en 1830 (47), en 1848, en 1870 y los que la situación actual prepara infaliblemente, J. de Maistre no desesperaba; y no sólo no desesperaba, sino que anunciaba, con igual seguridad, el triunfo del Santa Iglesia, el fin de los cismas y herejías; afirmaba que la obra de unificación operada en el mundo paralelamente al desarrollo del espíritu revolucionario, y por este espíritu mismo, acabaría en la realización de la promesa hecha por Nuestro Señor JESUCRISTO — la víspera de su muerte: “No habrá más que un solo rebaño bajo un solo Pastor”.

Persecución de católicos en Francia

Cuando el suelo de Francia estaba todavía todo húmedo de la sangre de su clero, de su aristocracia y de lo que había de mejor en el pueblo, él decía:

Cuando dos partidos se chocan en una revolución, si uno ve caer por un lado víctimas valiosas, puede apostar que este partido acabará por prevalecer, a pesar de todas las apariencias contrarias. (Obras, 1, 239.)

Los mártires de la Revolución, sus expiaciones, sus méritos y sus oraciones eran uno de los motivos de su confianza, pero tenía muchos más; en el medio mismo de esta “época terrible donde la razón parecía prohibir la esperanza, y donde la esperanza misma se convertía en un tormento para las almas de verse tan postergada en el porvenir”, escribía en 1794 al Sr. conde de Beauregard:

Estoy persuadido de que todo esto acabará, y lo que es más, creo que todo lo que vemos nos lleva AL BIEN por caminos desconocidos. Esta idea me consuela de todo.

Muy pocos hombres son capaces de comprender el prodigio adorable que forzará al mal a limpiar con sus propias manos el lugar que el eterno Arquitecto ya ha medido con su ojo para sus maravillosas construcciones (I, 307).

Esté muy seguro de que el partido satánico (salido a la escena hace tres siglos y más con el Renacimiento, seguido de la Reforma, seguida de la Revolución), sucumbe, que toca a su fin, y que juega de su resto. La impaciencia nos es muy natural pues sufrimos; hace falta sin embargo, tener bastante filosofía para domar los primeros movimientos. Los minutos de los imperios son años del hombre (XIV, 163).

Toda revolución es larga, y larga en la medida en que es vasta, también en la medida de la masa de los elementos puestos en fermentación y de la grandeza del efecto que debe resultar (X, 470).

Si hay alguna cosa desdichadamente evidente, es la inmensa base de la Revolución actual que no tiene otros límites que el mundo (XI, 352.)

Pero la reacción que debe ser igual a la acción, la duración misma de los males anuncia a Ud. una contrarrevolución de la que no tiene idea. (I, 21.)

Tiemblo como Ud., lloro como Ud. sobre todo lo que pasa, y experimento momentos de desaliento pero luego me levanto (Ibidem 194.)

¿Qué pasará? DIOS solo lo sabe, y quizás también el diablo tiene el secreto. En cuanto a mí, estoy siempre lleno de esperanzas. Siempre son las mismas. (VIII, 110).

La Revolución que es completamente satánica, no puede ser matada verdaderamente sino por el principio contrario. La contrarrevolución será angelical, o no la habrá, pero esto no me parece posible (XIV, 149).

Mil razones me prueban que tocamos a una revolución moral y religiosa (la verdadera revolución, de la cual la del '93, vigente hasta hoy, sólo fue el espantoso prefacio) sin la cual el caos no puede ceder a la creación... Todavía no vemos nada porque hasta aquí la Providencia no hizo más que limpiar el lugar; pero nuestros hijos exclamarán con una respetuosa admiración: Fecit magna qui potens est (XIII, 169).

Cuando vean lo que resultó de la conjuración de todos los vicios, se prosternarán llenos de admiración y agradecimiento (X, 444).

Hay, en esta inmensa revolución, cosas accidentales que el razonamiento humano no puede captar perfectamente: pero hay también una marcha general que se hace sentir a todos los hombres que fueron capaces de procurarse ciertos conocimientos. Todo al final se tornará hacia lo mejor (XIII, 176).

Esta inmensa y terrible revolución fue empezada con un furor que no tiene ejemplo contra el catolicismo y a favor de la democracia. El resultado será a favor del catolicismo y contra la democracia (48) (IX, 467).

No hay castigo que no purifique, no hay desorden que EL AMOR ETERNO no torne contra el principio del mal. Es dulce, en medio del vuelco general, presentir los planes de la Divinidad (I, 40).

Me parece que la Providencia diga: Ecce nova facio omnia (X, 405).

Saludo este porvenir que no debo ver (XIV, 233).

Este nova facio, este nuevo orden de cosas, no era otra cosa en su pensamiento y esperanzas, que la unión del género humano en la misma fe religiosa, bajo la conducción de una sola y misma Iglesia, gozando en plenitud de su catolicidad.


¡Ya él veía los elementos de esta unidad prepararse, y cuánto más adelantada está hoy día la obra!

El recogía con alegría los síntomas ya sensibles de una vuelta a la unidad católica en Europa. Decía:

Todos los espíritus religiosos, pertenecientes a cualquier secta, sienten en este momento la necesidad de la unidad... Pero que esta unidad sólo pueda operarse por nosotros (católicos), es una verdad que, aún siendo incontestable, no puede ser admitida sin una larga y terrible resistencia, pues choca contra todos los géneros de orgullo y todos los prejuicios imaginables (XIII, 218).

Desde que estas líneas se escribieron, la necesidad de la unidad se ha hecho sentir de una manera más imperiosa y general. Sería demasiado largo dar aquí las pruebas; están por otra parte en los acontecimientos que se cumplen diariamente dentro de las sectas separadas. Los errores del cisma y de las herejía se hacen cada vez más manifiestos a los ojos de quienes estudian, y éstos se hacen cada vez más sinceros y numerosos; los prejuicios desaparecen poco a poco, aún dentro de las muchedumbres.

Nunca se vieron tantas conversiones en las filas de la sociedad más notables por la ilustración de la ciencia, de la nobleza, y aún de los cargos eclesiásticos, y eso en los países más visibles a los ojos del mundo. Nunca tampoco las llamadas de la Santa Sede a los “hermanos separados” fueron más acuciantes, y nunca se produjeron en circunstancias más favorables para ser escuchadas.

Y lo que hace a esta llamada más particularmente oportuna, es el estado de descomposición en que se encuentran todas las sectas. Lo que la Revolución hizo en la política, la ciencia lo opera dentro de las falsas religiones: las disuelve todas, actualmente, para dejar el campo libre al Evangelio de JESUCRISTO.

Aunque la herejía luterana mucho se afirme en los Lugares Santos con toda la pomposidad del poder imperial, Guillermo II no hará olvidar que el luteranismo ya no es más que el fantasma de una religión. Todos los esfuerzos del potentado para galvanizar a este cadáver sólo manifiestan su disolución.

La iglesia anglicana no está en mejor estado. El “disestablishment” ha empezado y se acabará rápidamente, pues ya se ha convertido en la principal platform de la lucha de los partidos. Las sectas abundan, se multiplicarán al infinito cuando la mano del estado deje de sostener la Iglesia nacional y sus bienes hayan sido dispersados.

La ciencia, este disolvente infalible de todo lo que no es el oro puro de la verdad, todavía no ha hecho en las Iglesias orientales el estrago que ha producido en Alemania e Inglaterra. De Maistre había predicho este orden: “Los cismáticos sólo regresarán a la unidad después de los protestantes” (Del Papa, cap. 2, liv. IV). Pero Rusia ya está muy afectada, y arrastrará a sus satélites.

Y si pasamos de los pueblos cristianos a los pueblos infieles, ¿qué vemos? Los judíos se hacen adrede librepensadores y con un fin confesado que hemos constatado. El islamismo, el budismo, el brahmanismo y el confucianismo están trabajados igualmente por el espíritu nuevo. El fetichismo por fin es perseguido infatigablemente a sus retiros más tenebrosos.


Cuando el libre examen y los principios del '89 hayan acabado de dar la vuelta del mundo -lo que está muy cerca de cumplirse-, no quedará de pie sobre la tierra más que la Santa Iglesia Católica; todo el resto estará en disolución, y todas las miradas se volverán hacia el faro luminoso que Nuestro Señor JESUCRISTO vino a poner en el centro del mundo.

¡A ella los despojos de las naciones!

Mientras que el soplo venido de los abismos infernales hace su obra y pasa a ser, contra la espera de Satanás y por la virtud del Altísimo, un medio de preparación evangélica, el soplo venido del Cenáculo se hace sentir más cálido y potente y se difunde por todas partes.

Nunca el celo para la conversión de los infieles fue tan grande en la Iglesia, excepto en los tiempos apostólicos. Todas las Ordenes Religiosas rivalizan en ardor por ir a predicar el Evangelio a las comarcas más alejadas; y, lo que no se había visto nunca, las mujeres mismas se hacen misioneras, desafiando con un coraje superior a su sexo todos los peligros para ir a llevar, a los ojos encantados de los infieles, el espectáculo de las virtudes cristianas y las luces de la fe que las inspira.

Y mientras los apóstoles trabajan, los fieles rezan. ¡Adveniat regnum tuum! Nunca este grito del divino Salvador, puesto por Él en nuestros labios, salió más ardiente de más corazones.

Pero, se dirá, si la fe es predicada a los infieles y si se manifiestan en los países protestantes y cismáticos deseos de unión religiosa, existe dentro del catolicismo la indiferencia que Ud. ha mostrado creciente, existe la incredulidad manifiesta, y por decirlo, todo el odio por la religión, el odio por el sacerdote, el odio por DIOS mismo que día tras día hace los más lamentables progresos!

Es verdad. Pero para ver si estos progresos no serán detenidos, consideremos separadamente la incredulidad científica, la indiferencia religiosa, y el odio satánico, para llamarlo por su verdadero nombre.

La incredulidad tomó desde el siglo decimoctavo su punto de apoyo en la ciencia. Llegó a su apogeo en los primeros años del siglo presente. Está en retroceso en toda la línea actualmente. En todos los órdenes de ideas y de hechos, la verdad se hace dueña del error, y con un poder tanto más fijo y firme, cuanto que los fundamentos mismos habían sido puestos al desnudo por los adversarios. Así ocurre con todas las ciencias que se relacionan con la teología como con la filosofía, con las ciencias naturales como con las ciencias morales, con la historia como con la economía política. Haría falta otro libro para probar lo que afirmo, pero quienes se mantienen al corriente del movimiento científico saben que digo la verdad. De Maistre había previsto bien este triunfo que sólo está comenzando, pero que se vuelve más consolador de día en día. Había dicho que los esfuerzos de la crítica científica acabarían en tres cosas: el triunfo de la ciencia verdadera sobre la ciencia falsa, la disolución de las iglesias separadas, y la exaltación de la Iglesia Católica. Decía sobre el primer punto:

Los científicos europeos son en este momento especies de conjurados que hicieron de la ciencia una clase de monopolio y no quieren absolutamente que se sepa más o de otra manera que ellos. Pero esta ciencia será incesantemente deshonrada en breve por una posteridad iluminada, que acusará justamente a los adeptos de hoy de no haber sabido sacar de las verdades que DIOS les había entregado las consecuencias más preciosas para el hombre. Entonces toda la ciencia cambiará de cara (V, 238).

Ella ya es irreconocible. Basta comparar las conclusiones actuales de la ciencia en química y biología, en astronomía y geología, en historia y ciencias morales, etc., etc., con lo que eran hace cincuenta años, para ver el inmenso progreso que se ha hecho. Ahora bien, este progreso vale todo en honor y favor de la religión. El Sr. Brunetière lo comprobaba recientemente. Dice:

Hoy ya no admitimos, como se lo hacía hace solo veinticinco años, que la no-creencia o la incredulidad sea una prueba de libertad, de amplitud, de extensión de espíritu. La negación de lo sobrenatural pasaba en aquel tiempo por la condición misma del espíritu científico... y estamos condenados a ver lo sobrenatural reaparecer en la circunferencia de nuestro saber. Se ha reconocido que la fe más sincera como la más humilde y más alta y la ciencia más extensa, y por decirlo todo más moderna, podían coexistir en el mismo cerebro.

El historiador francés Ferdinand Brunetière

Sobre los otros puntos, la disolución de las iglesias separadas y la exaltación de la Iglesia Católica, de Maistre decía:

Todas las iglesias separadas de la Santa Sede al comienzo del siglo XVI pueden compararse con cadáveres helados cuyo frío ha conservado las formas. Este frío es la ignorancia... Pero en cuanto el viento de la ciencia, que es caliente, venga a soplar sobre estas iglesias, pasará lo que debe pasar según las leyes de la naturaleza: las formas antiguas se disolverán y quedará sólo polvo... Si la fe antigua reina todavía en tal o tal país separado, la ciencia no ha llegado todavía, y si la ciencia ha hecho su entrada, la fe ha desaparecido de allí; lo que no se entiende de un cambio súbito sino gradual. Aquí tenemos pues la ley tan segura y tan inviolable como su autor: NINGUNA RELIGIÓN, EXCEPTO UNA, PUEDE SUFRIR LA PRUEBA DE LA CIENCIA.

Este oráculo es más seguro que el de Calchas.

La ciencia es una especie de ácido que disuelve todos los metales, excepto el oro... Lo juro por la eterna verdad y ninguna conciencia europea me contradirá: La ciencia y la fe nunca se aliarán fuera de la unidad (II, 451-453).

¡Esperad, esperad que la afinidad natural de la religión y la ciencia las reúna en la cabeza de un solo hombre de genio! (V, 237).

Y el brillo que la verdadera ciencia echará sobre la verdadera religión será tal que ningún ojo sano podrá defenderse.

El hombre de genio no ha aparecido todavía: es que los elementos de su obra no están todavía todos reunidos. El genio es necesariamente individualidad. Los especialistas y las Universidades católicas le preparan las vías, actualmente pueden sólo eso. ¿Y luego, antes de que venga, no hace falta que la tierra sea fortalecida? El desorden actual de los espíritus y de las instituciones no le sería propicio. DIOS lo hará aparecer a su hora y esta hora sin duda ya no está muy lejos.

Pero la religión tiene que vérselas en nuestro tiempo con otros dos enemigos: la indiferencia religiosa y el odio satánico inspirado por Lucifer. Triunfará de ellos, como la crítica científica.

Y en primer lugar la indiferencia.

Si uno se contenta con mirar a la superficie de las cosas, se persuadirá de que esta indiferencia se acrecienta de un modo desesperante de día en día: hay en eso alguna ilusión.

La indiferencia religiosa ya no tiene hoy el carácter que tenía en el tiempo en que Lamennais la sacudió y la despertó con su poderosa palabra. Entonces era el sueño en la ignorancia, hoy este sueño ha perdido su calma: el neocatolicismo por un lado y el espiritismo por el otro nos revela las agitaciones e inquietudes que lo trabajan. ¡Ojalá sean el anuncio del despertar y de la nueva entrada en funciones de la plena luz!

Otro género de indiferencia se manifiesta ahora, es el abatimiento, es el desaliento de quienes saben y ya no tienen ganas de actuar. No osan más nada, y se osa todo contra ellos. Han perdido completamente la conciencia de la fuerza que da ánimo. El último acto de virilidad católica y francesa fue dado por los dignos magistrados que rompieron su carrera antes que prestarse para obras que su conciencia reprobaba. Me equivoco: hay otro más reciente, enteramente actual, y nos lo dan, para nuestro vergüenza, las mujeres, las santas religiosas que esperan en la paz de DIOS la ruina no sólo de sus casas, sino -lo que es mucho más cruel para su corazón- la ruina de sus obras, antes que traicionar los intereses sagrados que tienen confiados. Fuera de ellas y de las congregaciones de hombres que tomaron las mismas resoluciones, no hay más resistencia al mal, y el desarme es tal que las protestas platónicas mismas han dejado de hacerse oír. Sobre nuestra Francia católica sitiada por el ejército de Satanás con una habilidad, perfidia y poder que ningún siglo conoció, se ha hecho un silencio de muerte. El público mira, el enemigo se burla y va adelante a pasos contados, seguro del aniquilamiento del catolicismo en Francia.


Osamos decir que se equivoca.

Llegará un momento en que la masa de la población clamará ayuda a la religión. Viéndose al punto de tocar el fondo del abismo -si no está escrito que deba perderse allí-, se echará en los brazos del único que puede salvarla, Nuestro Señor JESUCRISTO.

Ya en 1810 J. de Maistre decía considerando el estado del mundo: “No hay más religión sobre la tierra: el género humano no puede quedar en este estado” (V, 231); en 1810 había como hoy hombres de fe y piedad, pero la religión había perdido prácticamente todo imperio sobre los más y sobre la sociedad. A pesar de algunas apariencias contrarias este imperio se ha debilitado más. Tanto que, sintiendo su impotencia y aceptándola, se formó una escuela para decir: No hablemos al pueblo de las esperanzas eternas, ya no es capaz de oír este lenguaje; prometámosle los bienes de este mundo, y luego veremos. El freno de la religión ya no es aceptado por los individuos en la persecución de la fortuna; a duras penas es tolerado en las familias para las relaciones conyugales; está absolutamente excluido del gobierno de los pueblos.

¿Qué resultó de allí? Lo que vemos y lo que estamos llamados a ver: un desbordamiento de crímenes incalculables en número, inauditos en horror, la familia disuelta, la sociedad sacudida hasta en sus fundamentos, amenazada de una ruina inminente.

No más clase intermediaria, como en el '89, para amortiguar el choque; la Revolución lanzará su grito: ¡¡Los que no tienen contra los que tienen!! Un populacho hambriento, devorado por la envidia, acribillado de vicios, se levantará contra la gente de bien. Tan vasta como el orgullo, e igualmente despiadada, se derramará la rabia de quienes no son nada... Ni el ascendiente destruido del sacerdote, ni el del mérito detestado hoy, ni las antiguas costumbres ahora olvidadas, ni las leyes a esta hora aborrecidas, ni la propiedad convertida en objeto de envidia, no hay nada que pueda amortiguar la caída espantosa.

Entonces la indiferencia cesará. O bien el género humano perecerá de las secuelas de su rebelión contra DIOS, o bien, abandonado con la ceguera sistemática del orgullo al torrente de los errores, principio de las desdichas en que se verá sumergido, se esforzará en subir hacia su Salvador y su DIOS. Ya ahora una muchedumbre de hombres están asustados de lo que ven y espantados de lo que oyen; pero querrían salvarse sin DIOS: han puesto allí su punto de honor. Y DIOS los dejará tomarse con calma las lecciones que los acontecimientos contienen. Estas terribles lecciones harán fulgurante la luz y todos estarán forzados a tender los brazos hacia CRISTO, única esperanza de salvación.

El Sr. Blanc de Saint Bonnet, de quien que pedimos las palabras que preceden, decía ya en 1850:

Hemos llegado a la última crisis: a aquella donde los hombres dejan de hablar de la salvación de los gobiernos para ocuparse sólo de la salvación suprema de la sociedad... Fundada sobre quimeras y sostenida por la impostura, la Revolución conduce a los pueblos a su pérdida y la humanidad a su fin... El cristianismo reconstruirá la sociedad moderna, o la verá volar en pedazos... Si los hombres retoman la sociedad, reconstruirán piedra a piedra el cristianismo sin saberlo. En el lugar de cada error, la necesidad los obligará a aportar una verdad. Cuando todas hayan sido recolocadas, se encontrará haberse instituido el cristianismo mismo. Esta revolución reproducirá lo que todos los buenos filósofos y los más grandes legisladores no habrían traído nunca: El cristianismo en la vida civil y política.

Ya vemos dibujarse los primeros lineamentos de esta reconstrucción. Y en medio del desorden actual es una alegría muy grande ver a hombres que no pertenecen a la Iglesia llevados a constatar en muchos puntos la verdad de los dogmas evangélicos y la imperiosa necesidad de hacerlos entrar en la vida práctica de los individuos, de las familias y de los pueblos si quiere escapar de las últimas catástrofes.

Si ya ahora se ve a la ciencia acoger la luz, si la indiferencia empieza a salir de su torpor bajo la presión de los acontecimientos, el orgullo no se rinde y el odio no desarma.

Hay actualmente en el mundo odio contra DIOS, y la resolución de trabajar sin descanso por aniquilar la religión sobre la tierra.

Este odio no es sólo el hecho de algunos monstruos. Es el ligamento de una sociedad que extiende su red en el mundo entero, que pone en el corazón de millares o más bien millones de individuos, con un orgullo satánico, un celo de seducción tan hábil como tenaz, tan extenso en sus medios de acción como ufano de los efectos que producen en todas las clases de la sociedad.

Para eso no hay ningún remedio. DIOS solo puede triunfar en su omnipotencia y en su infinita misericordia. Donoso Cortés dice:

Yo tengo para mí por cosa probada y evidente que el mal acaba siempre por triunfar sobre el bien acá abajo, y que el triunfo sobre el mal es una cosa reservada a DIOS, si pudiera decirse así, personalmente.

Por esta razón no hay período histórico que no vaya a parar a una gran catástrofe. El primer período histórico comienza en la creación y va a parar al diluvio. Y ¿qué significa el diluvio? El diluvio significa dos cosas: significa el triunfo natural del mal sobre el bien y el triunfo sobrenatural de DIOS sobre el mal por medio de una acción directa, personal y soberana.

Empapados todavía los hombres en las aguas del diluvio, la misma lucha comienza otra vez: las tinieblas se van aglomerando en todos los horizontes; a la venida del Señor, todos estaban negros; las nieblas eran nieblas palpables; el Señor sube a la Cruz, y vuelve el día para el mundo. ¿Qué significa esa gran catástrofe? Significa dos cosas: significa el triunfo natural del mal sobre el bien, y el triunfo sobrenatural de DIOS sobre el mal, por medio de una acción directa, personal y soberana.

¿Qué dicen sobre el fin del mundo las Escrituras? Dicen que el anticristo será el dueño del universo, y que vendrá entonces el juicio último con la última catástrofe (49). ¿Qué significará esta catástrofe? Como las demás, significará el triunfo natural del mal sobre el bien y el triunfo sobrenatural de DIOS sobre el mal, por medio de una acción directa, personal y soberana.

¿Podemos esperar esta intervención divina, directa y soberana para poner fin a la Revolución? De Maistre la esperaba, y no veía ninguno otro medio para llegar a ese término. 

El Abad Jean-François Vuarin

En 1819 escribía al Rev. P. Vuarin:

Tiemblo como Ud., lloro como Ud. sobre todo lo que pasa, y siento momentos de desaliento que le he dado a conocer; pero luego me levanto, y le participo las ideas consoladoras que se me presentan.

Ya había escrito en el mismo sentido al Sr. de Beauregard:

Estoy persuadido de que todo eso acabará, y lo que es más, creo que todo lo que vemos nos lleva al bien por caminos desconocidos. Esta idea me consuela de todo. (IX, 60).

Podrán pasar cosas que despisten todas nuestras especulaciones; empero, sin pretender excluir ninguna falta ni desdicha intermediaria, siempre me mantendré seguro de un final ventajoso. (XIII, 64).

No dudo para nada de algún acontecimiento extraordinario, pero la fecha es indescifrable. (X, 405).

El mal es tal que anuncia evidentemente una EXPLOSIÓN DIVINA.

¡Si la extensión y profundidad del mal dan, acrecentándose, una esperanza mejor fundada de la intervención directa de DIOS, ¡cuánto más probable es esta intervención hoy que en 1818!

A nosotros nos toca apresurar este feliz momento por nuestras oraciones y por la acción de un celo tan valiente como iluminado, cada uno en la esfera que la Providencia le haya trazado. El Rev. P. de Broglie decía últimamente:

Depende de nosotros, por nuestro coraje, por el ejercicio de nuestro libre albedrío, apresurar la victoria y hacerla más completa; la salvación de la sociedad, como la salvación individual, no se cumple sin el socorro de la libertad. Pero, por otra parte, ni la época ni la extensión de la liberación depende totalmente de nosotros. Está también la parte de la Providencia, que elige sus días y sus horas y que no podemos forzar a realizar nuestros deseos por legítimos que sean.

Quizás quedemos asombrados nosotros mismos de la rapidez de esta liberación. Quizás deberemos decirnos, con una alegre sorpresa, como antaño el pueblo de Israel comprometido en una lucha semejante por la misma causa: ¿Cómo ha sido rota la vara del exactor? ¿Cómo ha cesado el tributo que el vencedor nos había impuesto?

Quizás, por el contrario, deberemos esperar mucho tiempo y saludar desde lejos este bien que esperamos; quizás no sean nuestros ojos los que lo vean y nuestros sacrificios sólo den fruto en el porvenir, al provecho de una generación más feliz. En todo caso, y esto debe bastarnos, sabemos que nuestros esfuerzos no están perdidos. No lo están para nosotros mismos, pues forman nuestro mérito y nuestra corona. No lo estarán para la causa que defendemos, pues esta causa es eterna.

Continúa...

Notas:

45) Para hallar más desarrollos, ver entre otros los artículos publicados por el P. Gallois, de los Hermanos Predicadores, aparecidos en la Revue byblique y reunidos en un volumen en Lethielleux, bajo este título: L'Apocalypse de saint Jean, ordonnance et interprétation des visions allégoriques et prophétiques de ce livre.

46) Compárese con el texto del Apocalipsis aquí aludido la oración que se dice todos los días después de Misa y que termina con este pedido: “Y tú, Príncipe de la milicia celestial, arroja al infierno con el divino poder a Satanás y los demás espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas”.

47) Escribía en medio de 1820: “La familia real será una vez más expulsada de Francia” (T. XIII, 133, y XIV, 284.) Decía en otra parte: “Es infinitamente probable que los franceses nos den una tragedia más”. (T. XIV, 156.) Desgraciadamente una sería poco.

48) Hoy esta palabra se ha vuelto tan equívoca que debe emplearse distinguiendo cada vez. De Maistre no quiere decir que la contrarrevolución será hecha contra el pueblo, sino que pondrá fin a la herejía que pretende que el poder viene de él y no de DIOS, y que desde hace un siglo se esfuerza en constituir la sociedad sobre este error capital.


49) Hemos dicho que varios intérpretes del Apocalipsis piensan que la derrota del anticristo será, no el último acto del mundo, sino el fin de la época de las persecuciones. No por eso es menos verdadero lo que dice Donoso Cortés, pues el apóstol san Pablo nos dice que “Y entonces se dejará ver aquel perverso, a quien el Señor JESÚS matará con el resuello de su boca, y destruirá con el resplandor de su presencia” (II Tes II, 8.)

 

En revolución (XII) 

Anticristianismo (XIII)