lunes, 20 de abril de 2026

AVISOS DE LA SABIDURIA A LOS PRINCIPES Y PODEROSOS DE LA TIERRA (2)

Continuamos con la publicación del libro “El Amor de la Sabiduría Eterna” escrito por San Luis María Grignion de Montfort.


Mejor es la Sabiduría que la fuerza. El prudente vale más que el valiente.

1. Escuchen, reyes, y entiendan; apréndanlo, gobernantes del orbe hasta sus confines;

2. presten atención los que dominan los pueblos y alardean de multitud de súbditos:

3. el poder les viene del Señor, y el mando, del Altísimo; El indagará sus obras y explorará sus intenciones;

4. siendo ministros de su reino, no gobernaron rectamente ni guardaron la ley, ni procedieron según la voluntad de Dios.

5. Repentino y estremecedor vendrá contra ustedes, porque a los encumbrados se les juzga implacablemente.

6. A los más humildes se les compadece y perdona, pero los fuertes sufrirán una fuerte pena;

7. el Dueño de todo no se arredra, ni le impone la grandeza; El creó al pobre y al rico y se preocupa por igual de todos,

8. pero a los poderosos les aguarda un control riguroso. 

9. Se lo digo a ustedes, soberanos, a ver si aprenden a ser sabios y no pecan;

10. los que observan santamente su santa voluntad serán declarados santos; los que se la aprendan encontrarán quien los defienda.

11. Ansíen, pues, mis palabras; anhélenlas, y recibirán instrucción.

12 . La Sabiduría es radiante e inmarcesible, la ven sin dificultad los que la aman, y los que van buscándola la encuentran;

13. ella misma se da a conocer a los que la desean.

14. Quien madruga por ella, no se cansa; la encuentra sentada a la puerta.

15. Meditar en ella es prudencia consumada; el que vela por ella, pronto se verá libre de preocupaciones;

16. ella misma va de un lado a otro buscando a los que la merecen; los aborda benigna por los caminos y les sale al paso en cada pensamiento.

17. Su comienzo auténtico es un deseo de instrucción;

18. el afán por la instrucción es amor; el amor es la observancia de las leyes; la custodia de las leyes es garantía de incorruptibilidad;

19. la incorruptibilidad acerca a Dios;

20. por lo tanto, el deseo de la sabiduría conduce al reino.

21. Así que, si les gustan los tronos y los cetros, respeten la sabiduría y reinarán eternamente. (Amen la luz de la sabiduría todos los que gobiernan a los pueblos.)

22. Les voy a explicar lo que es la sabiduría y cuál es su origen, sin ocultarles ningún secreto; me voy a remontar al comienzo de la creación, dándola a conocer claramente, sin pasar por alto la verdad.

23. No haré el camino con la podrida envidia, que con la sabiduría ni se trata.

24. Muchedumbre de sabios salva al mundo y rey prudente da bienestar al pueblo.

25. Por lo tanto, déjense instruir por mi discurso, y sacarán provecho.

Continúa...




EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (100)

Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.


100. En Nazaret en casa del anciano y enfermo Alfeo.
No es fácil la vida del apóstol
.
7 de febrero de 1945. S. Romualdo (49)

1 Jesús va con los suyos por las hermosas colinas de Galilea. Para evitar el Sol, que está todavía alto aunque se dirija ya hacia el ocaso, caminan bajo los árboles (la mayor parte olivos).
“Pasada esa prominencia del terreno está Nazaret” dice Jesús. “Dentro de poco llegamos. A la entrada de la ciudad nos separaremos. Judas y Santiago irán inmediatamente adonde su padre, como desea su corazón. Pedro y Juan distribuirán a los pobres, que estarán ciertamente junto a la fuente, el óbolo. Yo y los demás iremos a casa para la cena, luego proveeremos para el descanso”.
“Nosotros iremos a casa del buen Alfeo. Se lo prometimos la otra vez. Yo, de todas formas, voy a ir sólo para saludarle. Cedo la cama a Mateo que todavía no está acostumbrado a las incomodidades” dice Felipe.
“No. Tú no, que eres anciano. No lo permito. Hasta ahora he disfrutado de un cómodo lecho, y ¡qué sueños tenía en él!: infernales. Créeme: ahora estoy de tal manera en paz, que aunque me eche sobre piedras tengo la impresión de estar durmiendo entre plumas. Es la conciencia la que hace, o no, dormir” responde Mateo.
Surge una competición de caridad con Mateo entre los discípulos Tomás, Felipe y Bartolomé, que –se entiende– son los que la otra vez estuvieron en casa de este Alfeo (el cual, ciertamente, es el padre de Santiago, porque éste está hablando con Andrés y dice: “De todas formas habrá un puesto para ti, como la otra vez, aunque mi padre esté más enfermo”).
Vence Tomás: “Yo soy el más joven del grupo. Yo cedo el lecho. Déjame, Mateo. Poco a poco te acostumbrarás. ¿Crees que me pesa? No. Soy como un enamorado, amor”. Tomás, hombre de unos treinta y ocho años, ríe jovialmente, y Mateo cede.
Nazaret está ya a pocos metros con sus primeras casas.
“Jesús... nosotros ya nos vamos” dice Judas.
“Idos, idos”.
Los dos hermanos se van casi corriendo.
“¡El padre es el padre!” susurra Pedro. “Aunque nos ponga mala cara, no por eso deja de ser de nuestra misma sangre, y la sangre tira más que una soga. Además... me resultan simpáticos tus primos. Son muy buenos”.
“Sí, son muy buenos. Y son humildes, hasta el punto de que ni siquiera se estudian para ver en qué medida lo son. Siempre piensan que cometen deficiencias, porque su espíritu ve lo bueno en todos excepto en ellos mismos. Llegarán muy lejos...”.

2 Ya están en Nazaret. Algunas mujeres ven a Jesús y le saludan, como también lo hacen algunos hombres y niños. Pero aquí no se producen las aclamaciones de los otros lugares al Mesías, aquí se trata de amigos que saludan al Amigo que regresa: unos, más expansivamente; otros, menos. En muchos veo también una irónica curiosidad al observar al grupo heterogéneo que acompaña a Jesús, que no es ciertamente un grupo de dignatarios reales ni de pomposos sacerdotes. Sudados, llenos de polvo del camino, vestidos muy modestamente, menos Judas Iscariote, Mateo, Simón y Bartolomé –y los he puesto por orden decreciente de elegancia–, parecen más un grupo de gente modesta de viaje hacia algún mercado que no seguidores de un rey. Rey que, de por sí, manifiesta su realeza solamente en la imponencia de la estatura y, sobre todo, en la imponencia del aspecto.
Caminan unos metros y luego Pedro y Juan se separan, yendo hacia la derecha, mientras que Jesús con los demás prosigue hasta llegar a una pequeña plaza llena de niños vocingleros que están alrededor de una pila llena de la que sacan agua las madres.

3 Un hombre ve a Jesús y hace un gesto de gozoso asombro. Acelera su paso hacia El y le saluda: “¡Bienvenido de nuevo! ¡No te esperaba tan pronto! Ten: besa a mi último nieto. Es el pequeño José. Ha nacido en tu ausencia” y le pasa un niñito que tiene en los brazos.
“¿Le has puesto por nombre José?”.
“Sí. No me olvido de mi casi pariente y, más que pariente, gran amigo, Ya tengo puestos también a los nietos los nombres que más aprecio: Ana, mi amiga de cuando era niño, y Joaquín. Luego María... ¡Oh, qué fiesta cuando nació! Me acuerdo de cuando me la dieron para que la besase y me dijeron: "¿Ves? Aquel hermoso arco iris fue el puente por el cual Ella descendió del Cielo. Los ángeles utilizan ese camino". Verdaderamente era tan bonita, que parecía un angelito... Ahora aquí tienes a José. Si hubiera sabido que ibas a volver tan pronto, te hubiera esperado para la circuncisión”.
“Te agradezco tu amor hacia mis abuelos y hacia mi padre y mi Madre. Es un niño muy hermoso. Que sea eternamente justo como el justo José”. Jesús le da unos botecitos en sus brazos al pequeñuelo, que dibuja en sus labios risitas llenas de leche.
“Si me esperas voy contigo. Estoy esperando a que se llenen las ánforas. No quiero que mi hija María se fatigue. Es más, mira, voy a hacer esto: les doy los jarros a los tuyos, si los toman, y yo hablo un poco contigo a solas”.
“¡Pues claro que los cogemos! ¡No somos reyes asirios!” exclama Tomás, y es el primero en agarrar un jarro.
“Entonces, mirad, María de José no está en su casa, está donde el cuñado, ¿sabes?, pero la llave está en la mía. Que os la den para entrar en casa, o sea... en el taller”.
“Sí, sí, id; entrad incluso en casa. Luego voy Yo”.
Los apóstoles se marchan y Jesús se queda con Alfeo.
“Quería decirte que... soy verdadero amigo tuyo... y, cuando uno es verdadero amigo y es más viejo y es del lugar, puede hablar. Creo que debo hablar... Yo... no es que quiera aconsejarte... Tú sabes más que yo. Sólo quiero advertirte de que... ¡Oh!, no quiero hacer de espía, ni sacarte a la luz defectos de tus familiares, pero, yo creo en ti, Mesías, y... y me duele el ver que dicen que Tú no eres Tú, o sea, el Mesías; que eres un enfermo; que destruyes a la familia y a los familiares. La ciudad... ya sabes... a Alfeo le consideran mucho y, por lo tanto, la ciudad presta también atención a lo que ésos dicen; y ahora está enfermo, infunde compasión... Algunas veces la compasión incluso sirve para cometer injusticias. Mira, yo estaba presente la tarde en que Judas y Santiago te defendieron y defendieron la libertad suya de seguirte... ¡Qué escena! No sé cómo puede resistir tu Madre. ¿Y la pobre María de Alfeo?... Las mujeres en ciertas situaciones de familia son siempre víctimas”.
“Ahora mis primos están donde su padre...”.
“¿Con su padre? ¡Los compadezco! Ese anciano está completamente fuera de sí y, será la edad y la enfermedad, claro, pero hace cosas de locos. Si no estuviera loco, me daría más pena aún, porque... en ese caso estaría llevando a la perdición a su propia alma”.
“¿Crees que tratará mal a los hijos?”.
“Estoy seguro de ello. Lo siento por ellos y por las mujeres... ¿A dónde vas?”.
“A casa de Alfeo”.
“No, Jesús. No te expongas a que te falten al respeto”.
“Mis primos me quieren por encima de sí mismos y es justo que Yo los pague con un amor igual... En esa casa hay dos mujeres a las que quiero... Voy. No te opongas”. Jesús se dirige veloz hacia la casa de Alfeo, mientras el otro se queda pensativo en medio de la calle.

4 Jesús va veloz. Ya está a la altura del linde del huerto de Alfeo. Llega hasta El un llanto de mujer y unos gritos desaforados de hombre. Jesús acelera el paso, por el huerto todo verde, en los pocos metros que separan la calle de la casa.
Está ya casi en la entrada cuando se asoma a la puerta su Madre y le ve.
“¡Mamá!”. “¡Jesús!” –dos gritos de amor–.
Jesús hace ademán de entrar, pero María dice: “No, Hijo”. Y se pone en el umbral con los brazos abiertos y apretando las manos contra las jambas: una barrera de carne y de amor, y repite: “No, Hijo, no lo hagas”.
“Déjame, Mamá, no ocurrirá nada” –Jesús está tranquilísimo, a pesar de que la acentuada palidez de María le turbe, como es lógico–. Coge su delicada muñeca, separa la mano de la jamba y pasa.
En la cocina, desparramados por el suelo, reducido a una especie de cieno viscoso, están los huevos, los racimos de uvas y el tarro de miel traídos de Caná.
De otra habitación proviene una voz quejumbrosa de anciano, imprecando, acusando, quejándose, en medio de uno de esos arrebatos de cólera seniles que son tan injustos, impotentes, penosos de ver y dolorosos de padecer: “... ¡mi casa destruida, convertida en el hazmerreír de toda Nazaret, y yo aquí, solo, sin ayuda, herido en mi sentimiento, en el respeto, padeciendo necesidades!... ¡Eso es lo que te queda, Alfeo, por haber actuado como un verdadero fiel! ¿Y por qué? ¿Por qué? Por un loco. Un loco que vuelve locos a mis hijos necios. ¡Ay, ay, qué dolores!”.
Se oye también la voz de María de Alfeo, lacrimosa, suplicando: “¡Cálmate, Alfeo, cálmate! ¿Ves como te perjudicas? Voy a ayudarte a meterte en la cama... Siempre bueno tú, siempre justo... ¿A qué viene esto, contigo, conmigo, con esos pobres hijos?...”.
“¡Nada! ¡Nada! ¡No me toques! ¡No quiero! ¡Que son buenos esos hijos? ¡Ya!, ¡ya! ¡Cierto, claro! ¡Son dos ingratos! Primero me hinchan a ajenjo y luego me traen miel. Me traen huevos y fruta... ¡después de alimentarse con mi corazón! ¡Vete, te digo! ¡Fuera! ¡Que venga María, no tú! Ella tiene maña. ¿Dónde está ahora esa mujer débil que no sabe hacerse obedecer por el Hijo?”.
María de Alfeo, arrojada de la presencia de éste, entra en la cocina mientras Jesús estaba para entrar en la habitación de Alfeo. Le ve, se derrumba en sus brazos sollozando desesperada, mientras María, la Virgen, va, humilde y paciente, donde el anciano iracundo.
“No llores, tía; ahora voy Yo”.
“¡No! ¡No te dejes insultar! Está como loco. Tiene el bastón. No. Jesús, no. Ha agredido incluso a sus hijos”.
“No me hará nada”. Y Jesús, con firmeza, si bien dulcemente, aparta a su tía y entra.

5 “Paz a ti, Alfeo”.
El anciano, que iba a meterse en la cama entre mil quejas y reprensiones a María, “porque no tiene maña” (antes decía que sólo Ella tenía maña), se vuelve como movido por un resorte. “¿Aquí? ¿Aquí a burlarte de mí? ¿Hasta esto?”.
“No. A traerte paz. ¿Por qué estás tan inquieto? Te empeoras. Mamá, deja. Le levanto Yo. No te haré daño ni tendrás que esforzarte. Mamá, levanta las cobijas”. Y Jesús coge con cuidado ese montoncillo de huesos que ya está en los estertores, flácido, malo, que llora, mísero, y le apoya con cuidado, como si fuera un recién nacido, sobre la cama. “Eso es, así, como hacía con mi padre. Más alto este almohadón, así estarás más alto y respirarás mejor. Mamá, mete aquí, debajo de los riñones, ese de allí, el pequeño; estará más mullido. Ahora así la luz, que no le dé en los ojos pero que deje entrar el aire puro. Eso es, así. Ahora... he visto una tisana al fuego. Tráela, Mamá, y bien dulce. Estás todo sudado y te estás enfriando. Te sentará bien”.
María sale, obediente.
“Yo... Yo... ¿Por qué eres bueno conmigo?”.
“Porque te quiero, como ya sabes”.
“Yo te quería... pero ahora...”.
“Ahora ya no me quieres. Lo sé. Pero Yo te quiero y me basta. Más adelante me querrás...”.
“Entonces... ¡Ay, ay... qué dolores!... entonces, si es verdad que me quieres, ¿por qué ofendes mis canas?”.
“No te ofendo, Alfeo; de ninguna manera. Te honro”.
"¿Te honro?" Soy el hazmerreír de Nazaret... eso es”.
“¿Por qué dices eso, Alfeo? ¿En qué te hago hazmerreír?”.
“En mis hijos. ¿Por qué son rebeldes? Por ti. ¿Por qué se burla la gente de mí? Por ti”.
“Dime: si Nazaret te alabara por la condición de tus hijos, ¿sentirías el mismo dolor?”.
“¡No! Pero Nazaret no me alaba. Me alabaría si verdaderamente Tú fueras una persona llamada al éxito. Pero, ¿quién no se echaría a reír de haberme dejado por uno poco menos que demente que va por el mundo atrayéndose hacia sí odios y burlas; un pobre, que convive con los pobres? ¡Pobre casa mía! ¡Pobre casa de David! ¡Cómo acabas! ¡Y yo tenía que vivir tanto, para presenciar esta desventura? ¡Verte a ti, vástago último de la gloriosa estirpe, corromperte en una demencia por ser demasiado servil! ¡Ah!, la desventura ha caído sobre nosotros desde el día en que mi apocado hermano se dejó unir a esa mujer insípida pero mandona que le tuvo dominado en todo. Ya lo dije entonces: "José no ha nacido para casarse. Vivirá infeliz". Y así fue. El sabía cómo era y nunca había querido oír hablar de matrimonio. ¡Maldita la ley de las huérfanas herederas! (50) ¡Maldito destino! ¡Maldita boda!”.
La "Virgen heredera" ha vuelto ya con la tisana, a tiempo de oír las jeremiadas de su cuñado. Se la ve todavía más pálida, pero su paciente benevolencia no ha sido perturbada. Se acerca a Alfeo y con una dulce sonrisa le ayuda a beber.
“Eres injusto, Alfeo; pero tienes tanto mal encima, que todo se te perdona” dice Jesús sujetándole la cabeza.
“¡Oh, sí, mucho mal! ¡Dices que eres el Mesías? ¿Haces prodigios! Eso dicen. Si al menos me curases para pagarme por los hijos que te has llevado... Cúrame... y te perdonaré”.
“Perdona a tus hijos, comprende su alma y Yo te aliviaré. Si guardas rencor, no puedo hacer nada (51)”.
“¿Perdonar?”. El anciano se mueve bruscamente; ello, naturalmente, agudiza todos los espasmos, lo cual, de nuevo, le pone hecho una fiera. “¿Perdonar? Jamás! ¡Vete! ¡Fuera, si es para decirme esto! ¡Fuera! Quiero morir sin que me molesten más”.
Se ve en Jesús un gesto resignado. “Adiós, Alfeo. Me voy.... ¿No me queda más remedio que irme? Tío... ¿no me queda más remedio que irme?”.
“Si no haces esto que te pido, sí, vete. Di a esas dos serpientes que su anciano padre muere guardándoles rencor”.
“No, esto no, no pierdas tu alma. No me ames, si quieres, no me creas el Mesías... pero no odies, no odies, Alfeo. Ridiculízame, llámame loco... pero no odies”.
“Pero, ¿por qué me quieres, si yo te estoy insultando?”.
“Porque soy eso que tú no quieres reconocer. Soy el Amor. Mamá, voy a casa”.
“Sí, Hijo mío. Dentro de poco iré yo”.
“Te dejo mi paz, Alfeo. Si me necesitas avísame, a cualquier hora, que Yo vendré”.
Jesús sale, tranquilo como si no hubiera sucedido nada. Sólo está más pálido.
“¡Oh! Jesús, Jesús. Perdónale” gime María de Alfeo.
“Claro, María. Ni siquiera hay necesidad de hacerlo. A uno que sufre, todo se le perdona. Ahora está ya más calmado. La Gracia obra incluso sin que los corazones lo sepan. Además, está tu llanto y, por supuesto, el dolor de Judas y Santiago, y su fidelidad a la vocación. Paz a tu acongojado corazón, tía”. 
La besa y sale al huerto para ir a casa.

6 Cuando está para poner pie en la calle, entran Pedro y, detrás de él, Juan, jadeantes, como quien ha corrido. “¡Maestro! Pero, ¿qué ha sucedido? Santiago me ha dicho: "Ve corriendo a mi casa. ¿Quién sabe qué trato recibirá Jesús!". ¡No, no es así! Ha entrado Alfeo, el de la fuente, y le ha dicho a Judas: "Jesús está en tu casa", y entonces Santiago ha dicho eso... Tus primos están abatidos. Yo no comprendo nada, pero... te veo... y me siento confortado”.
“Nada, Pedro. Un pobre enfermo al que los dolores le hacen ser impaciente. Ya ha terminado todo”.
“¡Oh, me alegro! ¿Y tú, por qué estás aquí?”. Pedro interpela en tono no muy suave a Judas Iscariote, que también ha venido.
“Me parece que también estás tú”.
“Me han pedido que viniera y he venido”.
“También yo he venido. Si el Maestro estaba en peligro, y en su patria, yo, que ya le he defendido en Judea, podía defenderle también en Galilea”.
“Para eso bastamos nosotros. Pero no hay necesidad de ello en Galilea”.
“¡Ja! ¡ja! ¡ja! ¡Exacto! Su patria le echa fuera como si se tratase de una comida indigesta. Bien. Me alegro por ti, que te escandalizaste por un pequeño incidente sucedido en Judea, donde no le conocen. Aquí, sin embargo...” y Judas concluye con un modo de silbar que es un poema de sátira.
“Mira, muchacho. Me siento en pocas condiciones de soportarte. Corta, por tanto, si en algo tienes... algo. Maestro, ¿te han hecho algún daño?”.
“¡No, hombre, no, Pedro mío! Te lo aseguro. Vamos más deprisa a consolar a mis primos”.

7. Van. Entran en el amplio taller. Judas y Santiago están junto al vasto banco de carpintero: Santiago, en pie; Judas, sentado en un taburete, con el codo apoyado en el banco y la cabeza apoyada en la mano.
Jesús va hacia ellos sonriente para darles inmediatamente la certeza de que su corazón los ama: “Alfeo está más sereno ahora. Los dolores se están calmando y todo vuelve a sosegarse. Estad tranquilos también vosotros”.
“¿Le has visto? ¿Y a nuestra madre?”.
“He visto a todos”.
Judas pregunta: “¿También a nuestros hermanos?”.
“No. No estaban”.
“Estaban. No han querido que los vieras. ¡Pero... nosotros! Ni aunque hubiéramos cometido un delito habríamos sido tratados de esa forma. ¡Y nosotros, que volábamos desde Caná por la alegría de volver a verle y traerle lo que a él le gusta! Le queremos y… y ya no nos entiende... ya no nos cree”.
Judas dobla el brazo y llora con la cabeza sobre el banco. Santiago se muestra más fuerte, pero su rostro manifiesta un interno martirio.
“No llores, Judas. Y tú, no sufras”.
“¡Oh! ¡Jesús! Somos hijos... y nos ha maldecido. Pero, aunque esto nos acongoje, no, no volvemos hacia atrás. Somos tuyos, y tuyos seremos, aunque nos amenazaran de muerte para separarnos de ti” exclama Santiago.
“¿Y decías que no eras capaz de heroísmo? Yo lo sabía, pero tú, por ti mismo, ahora lo manifiestas. En verdad, serás fiel incluso contra la muerte. Y tú también”.
Jesús los acaricia... pero ellos sufren. El llanto de Judas llena la bóveda de piedra.

8 Ello me proporciona la manera de ver mejor el alma de los discípulos.
Pedro, cuyo honesto rostro se manifiesta apenado, exclama. “¡Claro! Es una cosa dolorosa... Cosas tristes. Pero, muchachos –y les da unos pequeños zarandeos con afecto–, no todos pueden merecer esas palabras... Yo... yo me doy cuenta de que he sido una persona afortunada en mi llamada. Esa buena mujer que es mi esposa me dice siempre: "Es como si hubiera sido repudiada, porque tú ya no eres mío. Pero digo: '¡Oh, dichoso repudio!' ". Decidlo igualmente vosotros. Perdéis un padre, pero ganáis a Dios”.
El pastor José, desde su innata condición de huérfano, asombrado de que un padre pueda ser motivo de llanto, dice: “Creía ser el más infeliz porque me falta el padre. Me doy cuenta de que es mejor llorarle por muerto que por enemigo”.
Juan se limita a besar y a acariciar a los compañeros.
Andrés suspira y calla. Se consume por el deseo de hablar, pero, como si de una mordaza se tratara, su timidez se lo impide.
Tomás, Felipe, Mateo, Natanael hablan bajo en un rincón, con el respeto propio de quien se encuentra ante un dolor verdadero.
Santiago de Zebedeo ora, apenas perceptiblemente, para que Dios conceda paz.
Simón Zelote –¡Oh, cuánto me agrada su acto!– deja su rincón y viene junto a los dos afligidos, pone una mano sobre la cabeza de Judas, el otro brazo en torno a la cintura de Santiago, y dice: “No llores, hijo. El nos lo había dicho a mí y a ti: "Os uno: a ti, que por mí pierdes un padre; a ti, que tienes corazón de padre sin tener hijos''. Y no entendimos cuánto había de profecía en esas palabras. Pero El sabía. Pues os lo ruego: Soy viejo y siempre he soñado con ser llamado "padre"; aceptadme como tal y yo, mañana y tarde, os bendeciré. Os lo ruego: Aceptadme como tal”.
Los dos hacen un gesto de aceptación entre sollozos aún más fuertes.

9 Entra María y corre hasta donde los dos afligidos. Acaricia la cabeza (de un moreno intenso) de Judas, y a Santiago le acaricia en la mejilla. Está blanca como una azucena.
Judas le toma la mano y la besa, y pregunta: “¿Qué hace?”.
“Duerme, hijo. Vuestra madre os manda su beso” y los besa a ambos.
La voz áspera de Pedro se deja oír bruscamente: “Mira, ven aquí un momento, que quiero decirte una cosa” y le veo a Pedro que aferra con su robusta mano un brazo de Judas Iscariote y se lo lleva afuera, a la calle; y luego vuelve solo.
“¿A dónde le has mandado?” pregunta Jesús.
“¿A dónde? A tomar el aire; si no, acababa dándole yo el aire de otra manera... cosa que no he hecho por atención a ti. ¡Ah... ahora se está mejor! Quien se ríe ante un dolor es un áspid, y yo a las serpientes las aplasto... Aquí estás Tú... y por eso le he mandado sólo a la luz de la luna. No digo que no... pero... yo llegaré incluso a ser un escriba, cosa que sólo Dios puede hacer en mí, que apenas sé que estoy en el mundo... pero él ni con la ayuda de Dios será bueno. Te lo asegura Simón de Jonás. Y no me equivoco. ¡No, no te lo tomes a mal! ¡Qué gran alivio para él el librarse de esta tristeza! Su corazón está más reseco que un adoquín bajo el sol de agosto. ¡Venga, muchachos! Aquí hay una Madre que más dulce que Ella no la tiene ni siquiera el Cielo, aquí hay un Maestro que es más bueno que todo el Paraíso, aquí hay muchos corazones honestos que os aman sinceramente. Las borrascas benefician, hacen caer el polvo. Mañana estaréis más frescos que unas flores, os sentiréis más ligeros que los pájaros, para seguir a nuestro Jesús”.
Y en estas simples y buenas palabras de Pedro todo finaliza.

10 Luego dice Jesús:
“Después de esta visión pondrás la que te di en la primavera de 1944, aquella en que Yo pedía a mi Madre sus impresiones sobre los apóstoles.
Llegados a este punto, sus figuras morales han dado ya suficientes destellos para poder poner aquí esa visión sin crear escándalo en nadie. Yo no necesitaba el consejo de nadie. Pero, cuando estábamos solos, mientras los discípulos estaban acá o allá, en familias amigas o por los caseríos cercanos, durante mis estancias en Nazaret, ¡qué dulce me era el hablar y pedir consejo a mi dulce Amiga, mi Madre, y obtener confirmación, de su boca de gracia y sabiduría, de cuanto ya había visto Yo! No he sido nunca sino "el Hijo" para con Ella. Y entre los nacidos de mujer no hubo una madre más "Madre" que Ella, en todas las perfecciones de las maternas virtudes humanas y morales, ni hubo hijo más "Hijo" que Yo, en el respeto, en la confianza, en el amor.

11 Y ahora, que también vosotros habéis tenido un mínimo de trato con los Doce, de conocimiento de sus virtudes y de sus defectos, de su carácter, de sus luchas, ¿hay todavía alguno que diga que me fue fácil unirlos, elevarlos, formarlos? ¿Hay todavía alguno que juzgue fácil la vida del apóstol, y, por ser un apóstol, o sea, frecuentemente, por creerse tal, juzgue tener derecho a una vida llana, sin dolores, obstáculos, derrotas? ¿Hay todavía alguno que, por el hecho de que me sirva, pretenda que Yo sea su siervo, y que haga milagros sin interrupción en favor suyo, haciendo de su vida una alfombra florida, fácil, humanamente gloriosa? Mi camino, mi trabajo, mi servicio es la cruz, el dolor, las renuncias, el sacrificio. Yo lo hice, háganlo quienes quieren decirse "míos". Esto no va para los Juanes, sino para los doctores insatisfechos y difíciles.

12 Y digo, para los doctores de la argucia, que he usado el término "tío" y "tía", inusitado en las lenguas palestinas, para aclarar y definir una irrespetuosa cuestión sobre mi condición de Unigénito de María y sobre la Virginidad "pre" y "post" parto de mi Madre, quien me tuvo por espiritual y divino connubio y, repítase una vez más, no conoció otras uniones, ni tuvo otros partos: carne inviolada, la cual ni siquiera Yo laceré, cerrada sobre el misterio de un seno–tabernáculo, trono de la Trinidad y del Verbo Encarnado”
.

Continúa...

Notas:

49) S. Romualdo debe ponerse en relación con el nombre del director espiritual, reseñado en la nota 6 de la página 16 del primer volumen, capítulo 2.

50) Cfr. Núm. 26, 33; 27, 1–11; Jos. 17, 3–4.

51) Cfr. Mt. 5, 43–48; Mc. 6, 1–6; Lc. 6, 27–35; pág. 61 not. 27; pág. 95 not. 43.
 
 
 
  

20 DE ABRIL: SANTA INÉS DE MONTEPULCIANO, VIRGEN


20 de Abril: Santa Inés de Montepulciano, virgen

(✞ 1317)

La bienaventurada virgen y esposa de Jesucristo, Santa Inés de Montepulciano, nació en la ciudad de este nombre, que está en la Toscana, de padres muy reconocidos por su nobleza y riqueza.

Desde la cuna comenzó a mostrar su devoción a Jesucristo y a la Santísima Virgen; porque cuando le ponían ante los ojos alguna imagen del Señor o de su Bendita Madre, la miraba y re miraba con visibles demostraciones de gran alegría.

A la edad de nueve años ingresó en el Monasterio de las Saquinas, llamadas así porque traían un escapulario de sayal grosero; y cuando una abadesa de gran prudencia y virtud visitó aquel Monasterio, viendo a la niña Inés dijo:

- No ilustrará menos esta Inés a la Religión con sus virtudes, que la otra Inés romana con su martirio.

A los catorce años mostraba tantos seso y prudencia que no dudaron en encomendarle la administración de las cosas temporales del convento; y a la edad de dieciocho años y con la bendición del Sumo Pontífice Nicolás IV, fue nombrada Superior en el convento que se acababa de fundar en Proceno, en el condado de Orvieto.

Ayunaba todos los días con pan y agua, dormía sobre la tierra desnuda, reclinando la cabeza sobre unas piedras: ¿Quién podría explicar los favores extraordinarios que recibía del cielo, las apariciones de los ángeles, de Santo Domingo, de San Francisco, y de su dulcísimo esposo Jesús con quien familiarmente conversaba con celestial suavidad?

¿Quién podría contar los milagros que obró el Señor por esta santa virgen y el fruto que causó en muchos pensadores con su santa vida y conversación?

Los vecinos de Montepulciano sintieron mucho la ausencia de sor Inés que estaba en Proceno, y acordándose del deseo que tenía la santa siendo niña, de haber convertido en convento de penitencia una casa de mujeres públicas que habían la entrada de la ciudad, determinaron ponerse manos a la obra a todo trance, a trueque de que regresase la santa.

Entonces cedió el amor del retiro al celo de las almas y fundó aquel nuevo Monasterio, estableciendo en él la primitiva Regla de San Agustín, según el instituto y espíritu de Santo Domingo, y en breve tiempo floreció la pureza de muchas santísimas vírgenes, en aquel lugar donde tenían su asiento los vicios más abominables.

Allí hizo la santa brotar un manantial de agua viva, de virtud muy prodigiosa para curar todo género de enfermedades, que hasta hoy se llama el agua de Santa Inés.

Finalmente, a los cuarenta y tres años de su vida, pasó a gozar de la eterna gloria de su divino Esposo, haciendo el Señor glorioso su sepulcro con muchos milagros.

domingo, 19 de abril de 2026

SAN FRANCISCO DE SALES SOBRE LAS PALABRAS INDECOROSAS Y EL RESPETO DEBIDO A LOS DEMÁS

“Cuidado con pronunciar incluso una expresión indecorosa”- nos advierte San Francisco de Sales. 


Sin embargo, hoy en día es común que los católicos crean que pueden usar no solo palabras indecorosas, sino incluso lenguaje soez para argumentar o expresar una opinión contundente. No se dan cuenta del daño que causan esas palabras impuras y groseras, no solo a los demás, sino también a sus propias almas.

Otro defecto que se ha vuelto tan común, especialmente en las redes sociales, es la constante sátira y burla hacia los demás. “Dios aborrece este vicio”, nos advierte San Francisco, y debemos tener cuidado de no mostrar desprecio hacia nuestro prójimo.

San Francisco de Sales

Santiago dice: “Si alguno no ofende en palabra, es hombre íntegro” (3:2). Ten mucho cuidado de no pronunciar jamás ninguna expresión indecorosa; aunque no tengas mala intención, quienes la oigan pueden interpretarla de otra manera.

Una palabra impura que cae sobre una mente débil propaga su infección como una gota de aceite sobre una prenda, y a veces se apodera del corazón, llenándolo de un sinfín de pensamientos lascivos y tentaciones. El cuerpo se envenena por la boca, así también el corazón por el oído; y la lengua que comete el acto es asesina, incluso cuando el veneno que ha infundido es contrarrestado por algún antídoto que preocupa al oyente. No fue culpa del que habló que no matara a esa alma. Ni que nadie responda que no tenía mala intención. Nuestro Señor, que conoce los corazones de los hombres, ha dicho: “De la abundancia del corazón habla la boca” (Mt 12:34).

Y aunque no tengamos malas intenciones, el Maligno tiene muchas, y usará esas palabras ociosas como un arma afilada contra el corazón de algún prójimo.

Se dice que quienes comen la planta llamada angélica siempre tienen un aliento dulce y agradable, y quienes cultivan las virtudes angélicas de pureza y modestia siempre hablarán con sencillez, cortesía y modestia. En cuanto a las conversaciones impuras y frívolas, san Pablo dice que tales cosas ni siquiera deberían mencionarse entre nosotros, pues, como nos dice en otra parte: “No os engañéis, las malas compañías corrompen las buenas costumbres” (1 Cor 15:33).

Aquellas palabras impuras que se dicen disfrazadas y con fingida discreción son las más dañinas de todas; pues así como cuanto más afilada es la punta de un dardo, más profundamente penetra en la carne, así cuanto más afilada es una palabra impía, más penetra en el corazón. Y en cuanto a quienes piensan lucirse diciendo tales cosas, no comprenden el objetivo primordial de la convivencia entre los hombres, que deberían ser como una colmena de abejas que se reúnen para producir miel mediante una conversación buena y útil, en lugar de un nido de avispas que se alimenta de la corrupción.

Si alguna persona impertinente se dirige a usted con un lenguaje indecoroso, muestre su disgusto apartándose o por cualquier otro medio que su criterio le indique.

Una de las peores actitudes posibles es la de satirizar y ridiculizarlo todo. Dios aborrece este vicio y a veces lo ha castigado severamente. Nada se opone tanto a la caridad, mucho más a un espíritu devoto, como el desprecio y la menosprecio del prójimo, y donde hay sátira y burla, allí hay desprecio.

Por lo tanto, el desprecio es un pecado grave, y nuestros doctores espirituales han dicho bien que la burla es el mayor pecado que podemos cometer con palabras contra nuestro prójimo, ya que, aunque lo ofendamos de cualquier otra manera, aún podamos sentir cierto respeto por él en nuestro corazón, sin duda despreciaremos a aquellos a quienes ridiculizamos.

Existe una conversación desenfadada, llena de modestia y alegría, que los griegos llamaban Eutrapelia, y que nosotros deberíamos llamar buena conversación, mediante la cual podemos encontrar una diversión inocente y amable en los pequeños sucesos que nos brindan las imperfecciones humanas. Solo hay que tener cuidado de no dejar que esta alegría apropiada vaya demasiado lejos, hasta que se convierta en burla.

La burla provoca alegría a costa del prójimo; la alegría apropiada y la diversión juguetona nunca pierden de vista una cortesía confiada y amable, que no puede herir a nadie. Cuando los religiosos que lo rodeaban deseaban conversar sobre asuntos serios con San Luis durante las comidas, él solía decir: “No es momento para discusiones serias, sino para charlas informales y momentos de alegría”, por consideración a sus cortesanos. Pero, hija mía, que nuestro tiempo de ocio esté siempre dedicado a ello, de tal manera que podamos alcanzar la eternidad mediante la devoción.


Fragmentos de Introduction to the Devout Life, Rivington & Co., 1876.
Capítulos XXVII y XXX.

Fuente
 

LEÓN EN ARGELIA: LAS MEZQUITAS, UN "ESPACIO DIVINO" DONDE LA GENTE PUEDE ENCONTRAR LA PRESENCIA DE DIOS

El falso evangelio de la fraternidad humana —basado en que, “al fin y al cabo, todos adoramos al mismo Dios”— volvió a asomar su fea cabeza. 

 
 
Aunque tiene mucho mejor gusto y estilo que el “papa” Francisco, el igualmente falso “papa” León XIV —más apropiadamente conocido como Bob Prevost de Chicago— no se diferencia de su predecesor inmediato en cuanto a contenido doctrinal.

Prevost ha finalizado su visita en Argelia como parte de una gira de 11 días por varios países africanos.

El 13 de abril, León XIV visitó la mezquita más grande de África, la tercera más grande del mundo, la llamada Gran Mezquita de Argel. Tras quitarse los zapatos en obediencia a la costumbre musulmana, caminó en silencio junto a su anfitrión, el rector Mohamed Mamoun Al Qasimi.

Tras el breve recorrido, León y Al Qasimi intercambiaron unas palabras de bienvenida. Fue entonces cuando el “papa” soltó un par de bombas:

Gracias por esta reflexión y por estas palabras, tan importantes durante esta visita, desde un lugar que representa el espacio de Dios; un espacio divino y sagrado donde tantas personas vienen a orar para encontrar la presencia del Altísimo, de Dios, en sus vidas. 

Esta tarde oro por ustedes, por el pueblo de Argelia y por todos los pueblos de la tierra, para que la paz y la justicia del Reino de Dios estén también entre nosotros. Y que todos estemos aún más convencidos de la necesidad de promover la paz, la reconciliación, el perdón y la verdadera voluntad de Dios para toda su creación. 

(León XIV, Observaciones de León XIV durante su visita a la Gran Mezquita de Argel, 13 de abril de 2026; subrayado añadido).

Sí, León XIV realmente pronunció estas palabras.

Si bien se puede discutir, al estilo farisaico, sobre el significado exacto y las implicaciones de cada palabra que pronunció, está claro lo que León realmente comunicó aquí, a saber: 

• Que las mezquitas son espacios de Dios, divinos y sagrados

 Que la presencia de Dios se puede encontrar allí

 Y que el Islam no es un obstáculo para el Reino de Dios, sino que puede utilizarse para lograrlo o al menos para vivir en armonía con él.

Eso es lo que la gran mayoría de la gente interpretará de sus palabras, independientemente de si técnicamente se pueden analizar de forma ligeramente distinta. 

Por ejemplo, estrictamente hablando, León no dijo que la presencia de Dios se encuentre en las mezquitas; simplemente dijo que la gente va allí a rezar para encontrar la presencia de Dios en sus vidas. Pero tales distinciones sutiles, como Leon seguramente sabe, pasarán desapercibidas en los titulares y en los reportajes, y por esto no se puede culpar a los medios. 

No, cualquier información inexacta es claramente intencionada. Hablar con doblez para mantener cierta negación plausible mientras se comunica la herejía prevista es un sello distintivo de los falsos “papas” de la Iglesia del concilio Vaticano II.

Uno recuerda rápidamente lo siguiente:

La apostasía avanza: El “cardenal” Tauran en un templo hindú

Bajo el mandato de León XIV, al igual que bajo el de Francisco, la secta del concilio Vaticano II prosigue su programa de apostasía. Poco a poco, los límites se van ampliando hasta desaparecer por completo, hasta que no queda distinción alguna entre la religión verdadera y la falsa, y todo se reduce a que los “hijos de Dios” sigan sus respectivas “tradiciones” religiosas, todas ellas conduciendo al mismo Dios.

Por lo tanto, León no habló de Cristo ni de la Santísima Trinidad, sino simplemente de “el Altísimo” y “Dios”, términos suficientemente genéricos como para ser aceptables para los musulmanes no creyentes.

“Y todo espíritu que destruye a Jesús, no es de Dios; y este es el Anticristo, del cual habéis oído que viene, y que ya está en el mundo” (1 Jn 4:3).

 

NOVENA A LA SANTA FAZ

Rezar una vez al día durante nueve días


Oración:

Oh Señor Jesucristo, al presentarnos ante tu adorable rostro para pedirte las gracias que más necesitamos, te suplicamos ante todo que nos concedas esa disposición interior de no negarnos jamás a lo que nos pides mediante tus santos mandamientos y tus divinas inspiraciones. Amén. 

Oh buen Jesús, que dijiste: “Pide y se te dará, busca y encontrarás, llama y se te abrirá”, concédenos, oh Señor, esa fe que todo lo obtiene, o suple en nosotros lo que nos falte; concédenos, por el puro efecto de tu caridad y para tu gloria eterna, las gracias que necesitamos y que esperamos de tu infinita misericordia. Amén.

Sé misericordioso con nosotros, oh Dios mío, y no rechaces nuestras oraciones, cuando en medio de nuestras aflicciones invocamos tu Santo Nombre y buscamos con amor y confianza tu adorable Rostro. Amén.

Oh Dios todopoderoso y eterno, mira el rostro de tu Hijo Jesús. Te lo presentamos con confianza para implorar tu perdón. El Abogado misericordiosísimo abre su boca para defender nuestra causa; escucha sus clamores, contempla sus lágrimas, oh Dios, y por sus méritos infinitos, escúchalo cuando intercede por nosotros, pobres y miserables pecadores. Amén.

Adorable Rostro de Jesús, mi único amor, mi luz y mi vida, concédeme que te conozca, te ame y te sirva solo a ti, para que pueda vivir contigo, de ti, por ti y para ti. Amén.

Padre Eterno, te ofrezco el adorable Rostro de tu Amado Hijo para el honor y la gloria de tu Nombre, para la conversión de los pecadores y la salvación de los moribundos. 

Oh Divino Jesús, por tu Rostro y tu Nombre, sálvanos. ¡Nuestra esperanza está en la virtud de tu Santo Nombre! Amén.
 

19 DE ABRIL: SAN VICENTE DE COLIBRE, MÁRTIR


19 de Abril: San Vicente de Colibre, mártir

(✞ 303)

En el principio del imperio de Diocleciano estaba en todo el mundo en tanta estimación la fe y la religión cristiana, que los mismos emperadores aunque paganos, daban el gobierno de las provincias a los cristianos, porque hallaban en ellos tanta fidelidad para con los príncipes, que nunca jamás habían experimentado en los de alguna otra profesión de fe. 

Diocleciano se había mostrado favorable a los cristianos mientras tuvo necesidad de sus fuerzas contra los persas, pero viéndose ya triunfante y glorioso, reventó y salió de madre furiosamente aquel odio mortal al nombre de Cristo, que por espacio de dieciocho años estuvo reprimido en su infame corazón, y determinó con Maximin, su compañero, destruir a los cristianos y acabarlos del todo. 

En todas las ciudades del imperio se hallaban las cárceles llenas de cristianos, los cuales eran ajusticiados en las plazas para escarmiento de los demás; y como España estaba sujeta al imperio, le cupo gran parte de esta cruel persecución. 

En este tiempo pues, había en Colibre, pueblo de Cataluña, cerca de Perpiñán, un hombre muy católico, virtuoso y gran siervo de Dios, llamado Vicente. 

Llegó a Colibre Daciano, presidente general de España por los ya mencionados emperadores, y el primer católico que le presentaron fue Vicente, al cual en vano procuró apartar de la fe de Jesucristo, y atraer a la adoración de los falsos dioses; porque le halló siempre firme y constante; y al fin de varios tormentos con que juzgó el tirano amedrentarlo viendo que se cansaba en balde y que Vicente traía escrito contra él, el triunfo, palma y corona, le condenó a morir degollado. 

Vicente ofreció la cerviz a la cuchilla del verdugo y con este suplicio entregó su bendita alma en manos del Señor y alcanzó la corona inmortal de los mártires vencedores. 

sábado, 18 de abril de 2026

PREVOST: DÉBIL ANTE LA DELINCUENCIA Y AUSENTE EN LO QUE RESPECTA A CRISTO

Este tipo es una versión aún peor de Francisco. Lo que viene a continuación sale directamente de la boca de este imbécil.

Por Mundabor


“...bajo el manto de Nuestra Señora de África, se construye la comunión entre cristianos y musulmanes. Aquí el amor maternal de Lalla Meryem reúne a todos como hijos, cada uno rico en su diversidad, unidos por la misma aspiración a la dignidad, al amor, a la justicia y a la paz ... En un mundo donde las divisiones y las guerras siembran dolor y muerte entre las naciones, en las comunidades e incluso en las familias, su forma de vivir juntos, unidos y en paz es un gran signo”.

No hay comunión entre musulmanes y cristianos, idiota. Son infieles que niegan a Cristo y al Espíritu Santo, y hacen muchas otras cosas además.

No hay gran beneficio en la devoción a la Santísima Virgen, si se les escapa toda la esencia de quién es la Santísima Virgen, idiota. Es lo mismo que ser devoto de Santa Elena o de la Madre Teresa. Y aun así, es lo mismo que ser devoto de un santo católico sin ser católico. Mejor que violar cabras, estoy seguro, pero no es nada de lo que haya que enorgullecerse.

No hay ninguna “rica diversidad” entre cristianos e infieles, idiota. Nosotros somos cristianos, ellos son infieles. Este tipo trata el cristianismo como si fuera una opción, y a los cristianos y a los mahometanos como si fueran chocolate y vainilla.

La dignidad, el amor, la justicia y la paz no son valores absolutos, idiota. La base es siempre Cristo. Dignidad en Cristo, amor en Cristo, justicia en Cristo, paz en Cristo. Un cristiano fundamenta todos los valores en Cristo; no ve cómo el hecho de que ambos deseemos la paz “reúne a todos como hijos”. Los no cristianos están ipso facto fuera de la familia cristiana

Por lo tanto, no pueden ser “hermanos” en ningún sentido propio. Bastardos como mucho, a menos que y hasta que alguno de ellos sea recibido dentro de la Iglesia antes de morir. Lo cual es raro, como siempre ha pensado la Iglesia cuando el proselitismo era bueno y los mártires morían para llevar almas a Cristo.

A veces las guerras son necesarias, idiota. Si no fueras un musulmán encubierto, lo sabrías.

Este tipo se las arregló para viajar a un país musulmán, no decir ni una palabra sobre la reciente masacre de cristianos en Nigeria y dejar a Dios al margen. 

Para que lo sepas, nosotros y los mahometanos no adoramos al mismo Dios: nosotros adoramos al Único Dios Verdadero, ellos adoran a un dios falso.
 

LA SAGA DE PACHAMAMA SE HA VUELTO AÚN MÁS OSCURA

Según un nuevo informe, nuestra indignación no solo estaba justificada, sino que yo diría que no estábamos lo suficientemente indignados.

Por Radical Fidelity


¿Recuerdan cuando los enemigos modernistas y liberales de Cristo se burlaban de los católicos indignados por el espectáculo de la Pachamama en Roma, tildándolos de alarmistas? ¿Recuerdan cómo nos dijeron que las figuras talladas que se llevaron a los jardines del Vaticano eran simplemente “símbolos de vida”, “expresiones de la cultura indígena” o gestos inofensivos de “diálogo con la creación”?

Pues bien, ¿saben qué? Según un informe reciente, nuestra indignación no solo estaba justificada, sino que yo diría que no estábamos lo suficientemente indignados.

Nuevas revelaciones provenientes de Sudamérica sugieren que la historia de Pachamama es mucho más oscura que la narrativa cuidadosamente construida que se presentó al mundo durante los controvertidos eventos que rodearon el Sínodo Amazónico en 2019.


Cuanto más se profundiza en el culto a Pachamama, más difícil resulta sostener la idea de que se trata simplemente de “una reverencia inocente por la naturaleza”. Constantemente surgen pruebas de que el universo religioso que rodea a la Pachamama no solo está ligado a la superstición, sino también a rituales que involucran sangre, muerte y ofrendas a poderes que, según se cree, habitan bajo tierra.

En marzo de 2024, un tribunal de La Paz condenó a dos hombres en relación con la desaparición y muerte de una joven, Shirley H.R.A., una madre de dos hijos de 25 años.


Según la fiscalía y la investigación policial, la mujer fue engañada, drogada hasta perder el conocimiento y trasladada a una mina en el municipio de Palca. Allí fue enterrada como ofrenda a la Pachamama, la Madre Tierra, con la esperanza de que el ritual le trajera favores o prosperidad.

Esto no era una especulación de personas ajenas y hostiles, sino la explicación oficial aceptada en la sala del tribunal: se ofreció un ser humano en sacrificio.

La brutalidad del caso contrasta marcadamente con el lenguaje romántico que emplean los usurpadores anticatólicos en Roma, y ​​sus secuaces, para defender estas prácticas. En el caso de esta joven víctima, no había reverencia poética por la naturaleza, ni folclore encantador, ni ritual inofensivo. Solo había una joven madre convertida en objeto de sacrificio para un rito pagano.

Aún más inquietantes son los testimonios que sugieren que tales actos no son meros delitos aislados.

En informes publicados en medios bolivianos, especialistas en rituales conocidos como yatiris han descrito abiertamente cómo aún se realizan ofrendas humanas en ciertos contextos, especialmente en minas y grandes proyectos de construcción. Según estos relatos, la víctima puede ser intoxicada hasta perder el conocimiento, se realiza la ceremonia y el cuerpo es enterrado para que el alma permanezca y custodie el lugar.

Los historiadores de la religión andina explican que la creencia que subyace a estos ritos es que la persona sacrificada se convierte en un protector espiritual del lugar.

Si tengo que explicarte por qué esto es espantoso para cualquier católico verdadero, entonces estás perdido y eres parte del problema.

Estas prácticas suelen entrecruzarse con otra figura venerada en las regiones mineras de Bolivia: un ser siniestro conocido como “El Tío”, que se cree que gobierna el mundo subterráneo de las minas.

El Tío

Los mineros dejan ofrendas a esta figura —alcohol, hojas de coca, cigarrillos y, a veces, sangre animal— con la creencia de que controla su seguridad y la riqueza de las vetas de mineral.

En algunos casos investigados por la fiscalía, se han encontrado cadáveres en contextos que sugieren ofrendas rituales relacionadas con estas creencias. El patrón es escalofriantemente consistente: sangre, tierra, espacios subterráneos y un ser sobrenatural que, según se cree, recompensa a quienes lo alimentan.

Precisamente por eso, la controversia de Pachamama de 2019 no puede descartarse como un malentendido o una reacción exagerada. Durante el Sínodo Amazónico, se colocaron estatuas que representaban a Pachamama en ceremonias en los jardines del Vaticano y posteriormente aparecieron en iglesias de Roma.


A los fieles que protestaron se les dijo que las figuras no eran ídolos, sino que representaban la vida, la fertilidad o a los pueblos amazónicos. Pero las pruebas que ahora surgen de las investigaciones, los testimonios y los casos penales demuestran que el marco religioso que rodea a Pachamama no es simplemente folclore inofensivo, sino abiertamente demoníaco y satánico, con un elemento de sacrificio humano incluido.

Pero esto es lo que quiero que saquen en claro de esta información.

En primer lugar, este es el tipo de personas que han estado ocupando ilegalmente el Vaticano y las estructuras de la Iglesia Católica durante más de 60 años. Hombres tan malvados que permitieron que la imagen tallada de demonios sedientos de sangre entrara en el epicentro de la Iglesia de Cristo y luego te dijeron que eras un ignorante espiritual de mente estrecha y exagerado por estar indignado.


En segundo lugar, según su lógica, este culto no solo es bienvenido en la mesa ecuménica sinodal satánica, sino que esta falsa devoción de sacrificios humanos es también uno de los muchos caminos divinamente sancionados hacia Dios.

Y, por último, buscar la aprobación de este producto sinodal, querer estar en comunión con ellos o pensar que deben legitimarte antes de que puedas ser católico, es diabólicamente surrealista.

Decir que esta es la Iglesia que Cristo fundó, o que estos son los sucesores de los santos Apóstoles, es un grave insulto a Cristo, y si lo haces, deberías hacerte revisar la cabeza.

Nuestra Señora, Corredentora, ruega por nosotros…

Nuestra Señora, Mediadora de todas las gracias, ruega por nosotros…

¡Viva Cristo Rey!

LIBERALISMO CONTRA CRISTO REY: LA BATALLA DECISIVA DE NUESTRA ÉPOCA

Pío XI consideraba que las crisis religiosas, morales, económicas y políticas eran el resultado del intento progresivo del hombre por liberarse de la ley eterna de Dios.

Por Matthew McCusker


El año pasado se conmemoró el centenario del establecimiento de la Fiesta de Cristo Rey por el Papa Pío XI. En su encíclica Quas Primas, promulgada el 11 de diciembre de 1925, el Sumo Pontífice ordenó que esta fiesta se celebrara anualmente el último domingo de octubre, a partir de 1926.

En Quas Primas, Pío XI explicó que la Iglesia a menudo establece fiestas cuando es necesario combatir un error en particular o cuando los fieles necesitan recordar una verdad en particular.

Por ejemplo, explicó que “cuando se entibió la reverencia y culto al Santísimo Sacramento, entonces se instituyó la fiesta del Corpus Christi” y, del mismo modo, “la festividad del Sacratísimo Corazón de Jesús fue instituida cuando las almas, debilitadas y abatidas por la triste y helada severidad de los jansenistas, habíanse enfriado y alejado del amor de Dios y de la confianza de su eterna salvación” [1].

En Quas Primas, el Papa expresó su esperanza en la nueva Fiesta de Cristo Rey:

La celebración de esta fiesta, que se renovará cada año, enseñará también a las naciones que el deber de adorar públicamente y obedecer a Jesucristo no sólo obliga a los particulares, sino también a los magistrados y gobernantes. A éstos les traerá a la memoria el pensamiento del juicio final, cuando Cristo, no tanto por haber sido arrojado de la gobernación del Estado cuanto también aun por sólo haber sido ignorado o menospreciado, vengará terriblemente todas estas injurias; pues su regia dignidad exige que la sociedad entera se ajuste a los mandamientos divinos y a los principios cristianos, ora al establecer las leyes, ora al administrar justicia, ora finalmente al formar las almas de los jóvenes en la sana doctrina y en la rectitud de costumbres (…) [2]

Pío XI, al igual que sus predecesores, consideraba que las crisis religiosas, morales, económicas y políticas del mundo moderno, y el sufrimiento humano que de ellas se deriva, eran principalmente el resultado del intento progresivo del hombre por liberarse de la ley eterna de Dios.

Retomando su primera encíclica, escribe:

... proclamamos Nos claramente no sólo que este cúmulo de males había invadido la tierra, porque la mayoría de los hombres se habían alejado de Jesucristo y de su ley santísima, así en su vida y costumbres como en la familia y en la gobernación del Estado, sino también que nunca resplandecería una esperanza cierta de paz verdadera entre los pueblos mientras los individuos y las naciones negasen y rechazasen el imperio de nuestro Salvador

… Por lo cual, no sólo exhortamos entonces a buscar la paz de Cristo en el reino de Cristo, sino que, además, prometimos que para dicho fin haríamos todo cuanto posible nos fuese. En el reino de Cristo, dijimos: pues estábamos persuadidos de que no hay medio más eficaz para restablecer y vigorizar la paz que procurar la restauración del reinado de Jesucristo [3].

Hablar de restauración es, por supuesto, referirse a algo que existió en el pasado. El Papa León XIII escribió:

“Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. En aquella época la eficacia propia de la sabiduría cristiana y su virtud divina habían penetrado en las leyes, en las instituciones, en la moral de los pueblos, infiltrándose en todas las clases y relaciones de la sociedad. La Religión fundada por Jesucristo se veía colocada firmemente en el grado de honor que le corresponde y florecía en todas partes gracias a la adhesión benévola de los gobernantes y a la tutela legítima de los magistrados … Organizado de este modo, el Estado produjo bienes superiores a toda esperanza ... Todavía subsiste la memoria de estos beneficios y quedará vigente en innumerables monumentos históricos que ninguna corruptora habilidad de los adversarios podrá desvirtuar u oscurecer. […]” [4].

Y en Rerum Novarum, enseñó:

... que la sociedad humana fue renovada desde sus cimientos por las costumbres cristianas; que, en virtud de esta renovación, fue impulsado el género humano a cosas mejores; más aún, fue sacado de la muerte a la vida y colmado de una tan elevada perfección, que ni existió otra igual en tiempos anteriores (…) [5].

Y 40 años después, el Papa Pío XI enseñó:

Existió, efectivamente, en otros tiempos un orden social que, aun no siendo perfecto ni completo en todos sus puntos, no obstante, dadas las circunstancias y las necesidades de la época, estaba de algún modo conforme con la recta razón.

Y si aquel orden cayó, es indudable que no se debió a que no pudiera, evolucionando y en cierto modo ampliándose, adaptarse a las nuevas circunstancias y necesidades, sino más bien a que los hombres, o, endurecidos por el exceso de egoísmo, rehusaron ampliar los límites de ese orden en la medida que hubiera convenido al número creciente de la muchedumbre, o, seducidos por una falsa apariencia de libertad y por otros errores, rebeldes a cualquier potestad, trataron de quitarse de encima todo yugo [6].

Estos Papas se referían a los muchos siglos en que la sociedad occidental era íntegramente católica, y en que quienes ostentaban el poder en el Estado buscaban, en su mayor parte, cumplir con sus obligaciones para con Dios y su Iglesia.

León XIII

La unidad de la cristiandad se rompió con la Reforma, pero fue durante los siglos XVIII y XIX cuando los lazos que mantenían unidas a las sociedades católicas se fueron disolviendo progresivamente.

Y la ideología principal responsable de esta disolución ha sido identificada y condenada por los Romanos Pontífices bajo el nombre de Liberalismo.

Cuando utilizo el término liberalismo en esta charla, lo uso en el sentido en que lo usaban los Papas.

En resumen, el liberalismo es la afirmación de la independencia del hombre frente a cualquier sumisión necesaria a un orden que exista fuera de su propio intelecto y voluntad.

Afirma la supremacía del intelecto humano y de la voluntad humana, y rechaza la necesidad de subordinación al Intelecto Divino y a la Voluntad Divina.

El liberalismo sostiene que es el individuo quien debe determinar por sí mismo qué es verdadero y qué es bueno, y este ejercicio de la libertad es considerado por el liberal como “el mayor bien del hombre”.

Esto contradice directamente la enseñanza de la Iglesia Católica, que sostiene que Dios es la fuente de todo ser, de toda verdad, de toda bondad, y que el mayor bien del hombre se encuentra en contemplarlo por toda la eternidad en la visión beatífica del Cielo.

El liberalismo, -enseña León XIII- “es la soberanía de la razón humana, que, negando la obediencia debida a la divina y eterna razón y declarándose a sí misma independiente, se convierte en sumo principio, fuente exclusiva y juez único de la verdad” [7].

Y continúa:

“Esta es la pretensión de los referidos seguidores del liberalismo; según ellos no hay en la vida práctica autoridad divina alguna a la que haya que obedecer; cada ciudadano es ley de sí mismo. De aquí nace esa denominada moral independiente, que, apartando a la voluntad, bajo pretexto de libertad, de la observancia de los mandamientos divinos, concede al hombre una licencia ilimitada” [8].

Por supuesto, no todos los influenciados por el liberalismo, o quienes sostienen doctrinas derivadas del liberalismo, llegarían necesariamente al extremo de rechazar la ley moral en su totalidad.

Pero esto se debe a la inconsistencia humana. A menudo, no llevamos nuestras creencias hasta sus últimas consecuencias. Sin embargo, todas las formas de liberalismo —religioso, moral, económico y político— tienen su origen último en la declaración de independencia del hombre respecto a la razón divina y eterna de Dios.

Cabe señalar que el liberalismo es totalmente incompatible con la fe católica, que proclama la soberanía absoluta de Dios.


Entre la Iglesia Católica y el liberalismo ha existido un conflicto constante e incesante.

Con raíces en los siglos XVI y XVII, el liberalismo cobró fuerza en el siglo XVIII —la llamada Ilustración— y comenzó a moldear la política de los gobiernos de una manera perjudicial tanto para la Iglesia como para el bienestar de los pueblos a los que supuestamente debían servir.

La Revolución Francesa de 1789 dio inicio a lo que podría llamarse "el largo siglo XIX" y a una serie de guerras y revoluciones que destruyeron el orden cristiano de Europa.

Si bien los liberales modernos pretenden dar la impresión de que los principios liberales se difunden de forma constante y pacífica debido a su supuesta obviedad, la realidad es muy distinta. De hecho, en los países católicos, el liberalismo se impuso generalmente de forma violenta mediante revoluciones, guerras civiles, conspiraciones, sociedades secretas, asesinatos, terrorismo, elecciones fraudulentas, confiscaciones masivas de propiedades y matanzas que, en algunas regiones, llegaron a constituir genocidio.

El siglo XIX, lejos de ser una era de progreso pacífico, fue en gran parte del mundo católico una época de violencia solo superada por las horrendas guerras y revoluciones del siglo XX. Por ejemplo, se libraron guerras civiles en numerosas naciones, entre ellas España, Portugal, Italia, México, Argentina, Uruguay y muchas más.

En cada caso, se trataba de guerras en las que, por un lado, los liberales se enfrentaban a los opositores del liberalismo, por el otro.

Y donde la Iglesia Católica era más fuerte, la violencia utilizada para imponer el liberalismo era mayor.

Por ejemplo, en España, donde la Contrarreforma se había arraigado quizás con más fuerza que en ningún otro lugar, hubo guerras y revoluciones continuas desde la primera década del siglo XIX hasta que concluyó la Guerra Civil Española en 1939.

En México, la primera mitad del siglo XIX estuvo marcada por el conflicto político entre liberales y conservadores, y entre ramas rivales de la masonería. Se produjeron dos guerras civiles a gran escala entre 1857 y 1861, y entre 1862 y 1867, y de 1876 a 1911 una dictadura liberal bajo la cual el nivel de vida de gran parte de la población decayó, en gran medida como resultado de la confiscación y distribución de tierras comunales indígenas por parte del régimen liberal. Luego, a partir de 1911, México sufrió casi tres décadas de sucesivas revoluciones y guerras civiles. El famoso levantamiento cristero, durante el cual los rebeldes católicos se alzaron en nombre de Cristo Rey, fue solo un episodio de un conflicto mucho más extenso.


Por poner otro ejemplo, Italia estuvo unificada bajo un régimen liberal durante las décadas de 1850 y 1860 en un movimiento llamado “Risorgimento” o “Resurgencia”. Según la propaganda liberal, se trató de “un movimiento nacional espontáneo por la libertad y la unidad”.

De hecho, se trató de una serie de conquistas militares de estados italianos independientes, seguidas de plebiscitos fraudulentos en los que el 99% de la población votaría invariablemente a favor de unirse a una Italia unificada, y la resistencia sería reprimida violentamente [9]. Por ejemplo, en el Reino de las Dos Sicilias , uno de los estados incorporados por la fuerza a la nueva Italia, es posible que hasta 60.000 personas hayan sido asesinadas [10]. El fin del “risorgimento” llegó en 1870 con la invasión militar de los Estados Pontificios, la derrota del ejército papal y la ocupación de Roma.

Y creo que no es exagerado decir que todo Occidente hoy en día es territorio ocupado, gobernado por regímenes liberales que se han establecido sobre las ruinas de la cristiandad.

El Orden Católico

Tras haber ofrecido esta breve reseña histórica, me gustaría ahora dar un paso atrás y examinar con más detenimiento los sistemas contrastantes, y totalmente irreconciliables, del catolicismo y el liberalismo.

En primer lugar, quisiera exponer, de la forma más breve y sencilla posible, el orden de la realidad contra el que se rebela el liberalismo.

A continuación, y también brevemente, se abordará cómo el liberalismo se opone a este orden en los ámbitos de la religión y la política. Debido a las limitaciones de tiempo, en esta presentación solo trataré superficialmente el liberalismo económico y moral.

El católico parte de la sencilla verdad de que Dios es el creador de todas las cosas, que sustenta todas las cosas en el ser en cada momento de su existencia, y que Él es el fin último hacia el cual todas las cosas se dirigen.

Todo lo que existe, desde el grano de arena más pequeño hasta el ángel más poderoso, es dirigido hacia su fin propio por la Divina Providencia.

A esta dirección de todas las cosas, por la razón eterna de Dios, la llamamos Ley Eterna.

Y, como enseña Santo Tomás de Aquino, no hay nada, absolutamente nada, que no esté dirigido a su fin por la ley eterna [11].

La Ley Natural

Esto significa que nosotros, los seres humanos, también somos guiados por Dios hacia nuestro fin último mediante la ley eterna.

Pero los seres humanos nos diferenciamos de las demás criaturas materiales porque somos seres racionales con facultades de intelecto y voluntad. Gracias al libre albedrío, tenemos poder sobre nuestras acciones y la libertad de dirigirnos a nosotros mismos.

Por lo tanto, Dios debe dirigir a las criaturas racionales de una manera diferente a como dirige a las demás criaturas, cada una de las cuales es dirigida según la naturaleza específica que les ha dado.

Como todas las criaturas, llevamos la ley eterna de Dios “impresa” en nosotros.

Como enseña San Pablo:

Porque cuando los gentiles, que no tienen la ley, hacen por naturaleza lo que la ley exige, estos que no tienen la ley son ley para sí mismos; pues muestran la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándose o defendiéndose unos a otros en sus pensamientos (Rm 2:14-15).

Esto es lo que llamamos ley natural. Los primeros principios del razonamiento moral que se nos inculcan, mediante los cuales nuestra conciencia juzga lo que debemos hacer y lo que debemos evitar.

Santo Tomás de Aquino

Según Santo Tomás, mediante la ley natural participamos de la razón eterna de Dios, por la cual somos guiados hacia nuestro fin propio.

Y así como Dios gobierna y dirige todas las cosas, también debe dirigirnos a nosotros como seres sociales, y lo hace por medio de autoridades humanas, cuya naturaleza y autoridad derivan de Él.

Existen muchas formas de sociedad, pero solo dos son permanentes y necesarias en el orden natural: la familia y el Estado.

La primera de todas las sociedades, escribió el gran teólogo Cardenal Louis Billot, “es la sociedad instituida por Dios mismo, el Autor de la naturaleza, una sociedad benéfica entre todas las demás, anterior a toda sociedad política, atenta a los afectos más íntimos del corazón humano y exigida por las necesidades más evidentes de nuestra vida moral y física: me refiero a la sociedad doméstica, comúnmente conocida como familia” [12].

Y del Estado, el Papa León XIII enseña:

“Es la misma naturaleza la que exige a voces que la sociedad proporcione a los ciudadanos medios abundantes y facilidades para vivir virtuosamente, es decir, según las leyes de Dios” [13].

Y San Pablo enseña en su carta a los Romanos:

“Sométase toda persona a las autoridades superiores, pues no hay autoridad sino de Dios, y las que existen, por Dios han sido establecidas. Por lo tanto, quien se opone a la autoridad, se opone a lo que Dios ha establecido” (Romanos 13:1-3).

Y continúa:

“Porque él es ministro de Dios, vengador para castigar al que hace el mal. Por lo tanto, sométete, por necesidad, no solo por temor al castigo, sino también por conciencia” (Rm 13: 4-5).

Mucho se podría decir sobre estas dos sociedades, pero lo que deseo destacar aquí es que tanto la familia como el Estado derivan su naturaleza y su autoridad de Dios, quien ha establecido el orden natural del cual son parte necesaria.

Ni su naturaleza ni su autoridad derivan de la voluntad del hombre.

Dado que tanto la autoridad paterna como la política provienen de Dios, exigen nuestra obediencia. Pero precisamente porque toda autoridad proviene de Dios, quienes la ejercen son, como dice san Pablo, ministros de Dios. Ejercen el poder en su nombre y están estrictamente obligados a usarlo únicamente para los fines para los que fue dado, es decir, para el bien de aquellos sobre quienes tienen autoridad.


La familia y el Estado son sociedades naturales, instituidas principalmente para encaminarnos hacia nuestro fin natural.

Pero, por supuesto, también tenemos un fin sobrenatural, que es la felicidad sobrenatural en la visión eterna de Dios.

La sociedad que nos orienta hacia ese fin es la Iglesia Católica, cuya jerarquía ejerce la triple autoridad de enseñar, gobernar y santificar, que deriva directamente de Jesucristo.

Esta sociedad sobrenatural es la sociedad más elevada de la tierra debido a su naturaleza divina —es el Cuerpo Místico del cual Jesucristo es la Cabeza— y a su fin más excelso.

En cierto sentido, la Iglesia y el Estado están separados porque persiguen fines distintos. El Estado trabaja por el bien temporal de una comunidad en particular, mientras que la Iglesia trabaja por el bien sobrenatural de toda la humanidad.

Sin embargo, como se dijo anteriormente, nada escapa al gobierno divino, por lo que ningún aspecto de la vida humana, incluida la dirección del Estado, puede estar fuera de la soberanía de Jesucristo.

Y aquí llegamos al punto principal de conflicto entre el liberalismo y la Iglesia Católica.

El liberalismo, al afirmar la independencia del hombre respecto del orden sobrenatural, sostiene que el Estado debe ser totalmente independiente de la Iglesia.

La Iglesia, por otro lado, al afirmar la soberanía absoluta de Dios, insiste en que la espada temporal del Estado debe ponerse al servicio de la espada espiritual de la Iglesia.

Toda persona tiene la obligación de creer en Dios, de recibir el Evangelio de Jesucristo y de vivir conforme a él. Esta obligación no cesa cuando las personas se reúnen para formar sociedades.

Como enseña el Papa León XIII:

“La razón natural, que manda a cada hombre dar culto a Dios piadosa y santamente, porque de El dependemos, y porque, habiendo salido de El, a El hemos de volver, impone la misma obligación a la sociedad civil” [14].

Esto se debe a que:

“Los hombres no están menos sujetos al poder de Dios cuando viven unidos en sociedad que cuando viven aislados. La sociedad, por su parte, no está menos obligada que los particulares a dar gracias a Dios, a quien debe su existencia, su conservación y la innumerable abundancia de sus bienes. Por esta razón, así como no es lícito a nadie descuidar los propios deberes para con Dios, el mayor de los cuales es abrazar con el corazón y con las obras la Religión, no la que cada uno prefiera, sino la que Dios manda y consta por argumentos ciertos e irrevocables como única y verdadera, de la misma manera los Estados no pueden obrar, sin incurrir en pecado, como si Dios no existiese, ni rechazar la Religión como cosa extraña o inútil, ni pueden, por último, elegir indiferentemente una religión entre tantas” [15].

Y el Estado no es libre de elegir una religión para sí mismo, sino que está obligado a adherirse a la religión que sea verdadera.

León XIII enseña:

“... los Estados no pueden obrar, sin incurrir en pecado, como si Dios no existiese, ni rechazar la Religión como cosa extraña o inútil, ni pueden, por último, elegir indiferentemente una religión entre tantas. Todo lo contrario. El Estado tiene la estricta obligación de admitir el culto divino en la forma con que el mismo Dios ha querido que se le venere” [16]

Por lo tanto, la separación entre Iglesia y Estado, en el sentido liberal del término, es un pecado.

Para resumir esta sección:

Dios es la fuente de toda verdad y de toda autoridad. Él guía a los seres humanos hacia su fin propio, mediante la ley natural escrita en sus corazones y mediante las autoridades que derivan su poder de Él, a saber, la autoridad doméstica, política y eclesiástica.

Es contra estas formas de autoridad divinamente ordenadas que se rebela el liberalismo.

Liberalismo: El orden anticatólico

El principal objetivo a atacar de los regímenes liberales es siempre la Iglesia Católica.

En efecto, el origen histórico del liberalismo se encuentra en la Reforma.


Los reformadores protestantes repudiaron el papel necesario de la autoridad eclesiástica en la enseñanza autorizada del contenido de la revelación divina.

La Reforma sustituyó este principio por el de la “sola scriptura”, lo que condujo a la creciente fragmentación de la fe protestante y a la aceptación generalizada del principio del juicio privado, es decir, que cada individuo debe decidir por sí mismo el significado de la Sagrada Escritura.

Y, en última instancia, el juicio privado llegó a considerarse no solo una necesidad práctica, sino un derecho que debía defenderse contra todos los intentos de las autoridades eclesiásticas o políticas de imponer una interpretación particular de la revelación.

La formulación de la idea de que el individuo tiene derecho a decidir lo que Dios ha revelado fue el comienzo del liberalismo religioso.

Y, a medida que avanzaba el siglo XVIII, esto evolucionó desde la afirmación del derecho individual a interpretar la revelación cristiana hasta el derecho a la completa independencia en materia religiosa, es decir, el derecho a rechazar el cristianismo e incluso la creencia en Dios.

Hoy en día, por supuesto, se considera que toda persona tiene derecho a creer o a no creer lo que elija.

El liberalismo religioso está estrechamente relacionado con el desarrollo del liberalismo político.

El liberalismo religioso afirma la independencia del hombre frente a la sumisión a la autoridad eclesiástica, y el liberalismo político afirma la independencia del hombre frente a la sumisión a la autoridad política, entendida como aquella que deriva su poder de Dios.

El liberalismo afirma que la autoridad del Estado emana del hombre.

En el sistema liberal, el Estado no forma parte de un orden natural querido por Dios, sino que surge de un “contrato social” mediante el cual cada individuo renuncia a cierta libertad a cambio de cierta seguridad.


Los individuos acuerdan convivir en sociedad y no asesinarse entre sí, robarse unos a otros, etcétera.

Pero la autoridad del Estado para hacer cumplir tales leyes deriva de las voluntades humanas individuales que se reúnen de ese modo; de ahí la visión moderna, ahora casi dominante, de que la democracia con un amplio sufragio es la única forma legítima de gobierno.

La Iglesia Católica, por otro lado, considera legítimas todas las formas de gobierno si pueden alcanzar el fin para el que existe el Estado, a saber, el bien común del pueblo sobre el que gobierna.

Según la doctrina liberal, dado que la autoridad del Estado emana de los individuos que lo componen, y no de Dios, el Estado representa la voluntad colectiva del pueblo.

Para el liberal, es la voluntad colectiva del pueblo la que debe determinar las leyes y acciones del Estado, y no la ley eterna de Dios.

Así como la voluntad individual está libre de cualquier obligación de conformarse a un orden ajeno a sí misma, el Estado también lo está.

Por lo tanto, el Estado no está sujeto a ninguna obligación para con Dios y su Iglesia, ni a la observancia de la ley moral misma.

Esta concepción política liberal también implica que debe prevalecer la voluntad de la mayoría, ya que no existe un orden externo al que deban ajustarse las acciones del Estado.

Sobre tales teorías políticas, León XIII enseña:

“Porque, cuando el hombre se persuade que no tiene sobre si superior alguno, la conclusión inmediata es colocar la causa eficiente de la comunidad civil y política no en un principio exterior o superior al hombre, sino en la libre voluntad de cada uno; derivar el poder político de la multitud como de fuente primera. Y así como la razón individual es para el individuo en su vida privada la única norma reguladora de su conducta, de la misma manera la razón colectiva debe ser para todos la única regla normativa en la esfera de la vida pública. De aquí el número como fuerza decisiva y la mayoría como creadora exclusiva del derecho y del deber” [17].

El Papa enseña que esta “mayoría numérica, [es un] verdadero plano inclinado que lleva a la tiranía” [18].

 La historia del siglo XIX lo confirma.

Rebelión contra la Iglesia

El Estado liberal, que afirma representar “la voluntad general del pueblo”, por encima de la cual no existe autoridad superior, no puede tolerar rivales.

Existen dos tipos de sociedades que el Estado liberal considera particularmente amenazantes, porque han sido establecidas por Dios y ejercen un poder que emana de Él.


Estas dos sociedades son la Iglesia Católica y la familia.

Como ya he señalado, la Iglesia Católica es siempre el primer objetivo de las revoluciones liberales. Todas las revoluciones desde la Revolución Francesa se han vuelto furiosas contra la Iglesia.

He aquí un breve extracto que describe lo que le sucedió a la Iglesia en México después de la Guerra de Reforma, una de las guerras civiles que mencioné anteriormente y que podría representar muchas otras persecuciones liberales contra la Iglesia:

“La guerra había terminado, pero el conflicto continuaba… Un historiador acuñó la frase perfecta para este período: ‘El pico de la reforma’. Liberales prominentes literalmente tomaron hachas para destruir altares, fachadas de iglesias, púlpitos y confesionarios. Se recrearon escenas de la Revolución Francesa. Imágenes de santos fueron decapitadas, acribilladas a balazos, quemadas en autos de fe públicos; se robaron los tesoros de la Iglesia, se saquearon los archivos, las libertades eclesiásticas ardieron en llamas. Obispos fueron lapidados y propiedades de la Iglesia subastadas. Monjas que habían pasado toda su vida en clausura fueron repentinamente expulsadas de sus conventos” [19].

Ese fragmento podría repetirse, casi con las mismas palabras, para describir lo que sucedió en todo el mundo católico en el siglo XIX.

A la familia tampoco se le permite disfrutar de una existencia independiente del estado liberal.

El Cardenal Billot escribe:

“La familia también sufrirá los embates del liberalismo, que, en la medida de lo posible, por todos los medios y artimañas, con todos los esfuerzos y recursos a su alcance, busca la destrucción y eliminación de la familia, de modo que bien podría decirse que, para los legisladores de la Revolución, esta era, en verdad, la Cartago que debía ser destruida. Y el liberalismo la destruye primero en sus cimientos. Pues el fundamento de la familia es el matrimonio, y ese matrimonio indisoluble, mediante una obligación indivisible que vincula en común al hombre y a la mujer hasta el final. Además, resulta evidente para todos cuán contraria es tal obligación a la libertad y emancipación del individuo” [20].

Billot continúa diciendo que una de las primeras cosas que hacen los liberales al llegar al poder es legalizar el divorcio, precisamente para socavar la familia desde sus cimientos.


Billot también destaca otros dos métodos que utilizan los liberales: primero, tomar el control de la educación y negar los derechos de los padres como principales educadores de sus hijos; y segundo, utilizar los impuestos sobre la herencia para destruir la familia como una institución que perdura en el tiempo.

En cambio, pretenden que las familias sean sociedades temporales que deban formarse de nuevo en cada generación.

Y, por supuesto, desde la muerte de Billot, los ataques contra la familia han aumentado con métodos cada vez más nuevos y destructivos que incluyen el aborto, la anticoncepción, las amenazas a la autoridad parental, el transgenerismo y muchos más.

En resumen, el liberalismo reconoce únicamente al individuo soberano y a la nación soberana.

Esto conlleva a debilitar o destruir no solo a la familia, sino también a todas las demás sociedades que se interponen entre el individuo y el Estado, dejando a menudo al individuo aislado e indefenso.

Por ejemplo, el liberalismo actúa para destruir o debilitar toda propiedad colectiva y comunal de la tierra y los bienes en favor de la propiedad individual. Esta es una de las razones, además del motivo religioso, del ataque liberal contra la autoridad eclesiástica y, especialmente, contra las Ordenes Religiosas.

Lamentablemente, no es posible profundizar en este tema, ni en el liberalismo económico, debido a las limitaciones de tiempo.

Algunas conclusiones

Dios nos ha dado libre albedrío. Tenemos el poder de elegir el bien o el mal.

Tenemos el poder de pecar. Y el pecado ha sido parte de la condición humana desde la caída.

Pero el liberalismo es algo más que acciones pecaminosas individuales. El liberalismo es el repudio de todo el orden intelectual y moral, porque proclama la independencia del hombre de cualquier obligación de conformar la verdad al intelecto y la voluntad al bien.

Por eso, el sacerdote español Don Félix Sardá y Salveny escribió:

“En el orden de las doctrinas, el liberalismo es la herejía universal y radical, porque las contiene todas; y en el orden de las acciones, es la transgresión universal y radical, porque las autoriza y sanciona todas [21].

En nuestros días, el liberalismo ha entrado en la que bien podría ser su fase final: el intento de liberar no solo de la autoridad eclesiástica y política, sino también de las normas morales y realidades más evidentes del orden natural.

Esto se hace quizás más evidente en el fenómeno del transgenerismo, en el que la voluntad humana afirma su independencia de la naturaleza física del propio cuerpo.

Aquí vemos claras consecuencias de la afirmación de que la voluntad humana está libre de cualquier conformidad necesaria con cualquier orden de la realidad.

¿Cuántas personas creen realmente que un hombre puede decidir por voluntad propia ser mujer o una mujer ser hombre? Pero si no lo creen, ¿por qué gran parte de la clase política lo ha aceptado?


Creo que la respuesta a esa pregunta es que la única forma de rechazar la ideología transgénero sería formular un argumento basado en la obligación del intelecto y la voluntad humanos de ajustarse a la realidad objetiva. Sin embargo, eso atenta contra la esencia misma del liberalismo.

Todo hombre o mujer que desee considerarse libre de la obligación de someterse a un orden que se impone a su intelecto o voluntad debe tener cuidado de no reconocer tal obligación en ningún ámbito de la vida. Consciente o inconscientemente, estos liberales saben que este camino no solo conduce al reconocimiento de la obligación de observar cada precepto de la ley moral, sino que, en última instancia, lleva a la sumisión al Sagrado Magisterio de la Iglesia Católica.

La gran incógnita para nuestra sociedad es si, y cuándo, se volverá a reconocer de forma generalizada la obligación de conformar el intelecto y la voluntad al orden de la realidad.

Las palabras del Cardenal Billot, escritas hace más de un siglo, aún reflejan la situación que enfrentamos hoy, aunque la desintegración social causada por el liberalismo está mucho más avanzada. Él escribe:

“Hay muchos que aún se quedan en la superficie del problema, sin percibir todavía el carácter esencial de la Revolución, que es satánico. Pero también hay otros que profundizan en el asunto y comprenden plenamente que la cuestión religiosa subyace a todas las demás que ahora se agitan; que la plaga del liberalismo político y económico nació del liberalismo ateo y anticristiano del que hemos hablado…; que, en definitiva, el orden social no puede sostenerse ni estabilizarse de ninguna manera hasta que la Iglesia retome la dirección de los asuntos sociales. Cabe esperar, pues, que, con la ayuda de la gracia divina, estas semillas maduren y que estos principios, una vez reconocidos teóricamente, se conviertan en el fundamento de una restauración. Y acogemos con los brazos abiertos dicha restauración, sabiendo que bajo esa legislación pagana, bajo la cual vivimos ahora, los cristianos individuales, ciertamente, aún pueden existir, pero que no puede haber una sociedad verdaderamente cristiana” [22].

Si queremos ver una sociedad cristiana, entonces no hay otra solución que la propuesta por Pío XI hace 100 años en la encíclica Quas Primas:

“Que no solo los particulares, sino también los gobernantes… están obligados a rendir honor y obediencia pública a Cristo”

Notas:

1) Papa Pío XI, Quas Primas nº 22.

2) Papa Pío XI, Quas Primas nº 33.

3) Papa Pío XI, Quas Primas nº 1.

4) Papa León XIII, Immortale Dei nº 9.

5) Papa León XIII, Rerum Novarum nº 21.

6) Papa Pío XI, Quadragesimo Anno nº 97.

7) Papa León XIII, Libertas nº 12.

8)    Papa León XIII, Libertas nº 12.

9) David Gilmour, In Pursuit of Italy (La Persecución en Italia), (Londres, 2011), págs. 191, 198.

10) Gilmour, In Pursuit of Italy, pág. 245.

11) Véase ST II.I, q.93, a.1.

12) Louis Cardinal Billot SJ, Liberalism: A Criticism of its Basic Principles and Divers Forms (El liberalismo: una crítica de sus principios básicos y diversas formas), trad. GB O'Toole, (1922), pág. 40.  

13) Papa León XIII, Libertas nº 14.

14)  Papa León XIII, Immortale Dei nº 3.

15)   Papa León XIII, Immortale Dei nº 3.

16) Papa León XIII, Immortale Dei nº 3.

17) Papa León XIII, Libertas nº 12.

18) Papa León XIII, Libertas nº 12.

19) Enrique Krauze, Mexico: A Biography of Power (México: Una biografía del poder), trad. Henk Heifetz, pág. 170.

20) Billot, Liberalism (Liberalismo), págs. 40-41.

21) Don Félix Sardá y Salveny, El liberalismo es pecado, 7ª edición, (pasaje traducido por el autor).

22) Billot, Liberalism (Liberalismo), pág. 83.