domingo, 22 de febrero de 2026

REDOBLANDO LAS REFORMAS DE FRANCISCO

León sigue la misma dirección que Francisco en su gestión del Dicasterio para los Obispos y en su disposición a nombrar mujeres para altos cargos administrativos.

Por Phil Lawler
 
 
Al convertirse en prefecto del Dicasterio para los Obispos, el entonces “cardenal” Prevost heredó los miembros de dicho dicasterio nombrados por Francisco. Si el “nuevo pontífice” hubiera querido cambiar la composición del grupo y, por ende, el tipo de “clérigos” elegidos por Bergoglio para convertirse en “obispos diocesanos”, podría haberlo hecho la semana pasada, al realizar sus propios nombramientos para el dicasterio. Pero no lo hizo.

En lugar de elegir a su propio equipo, León confirmó a treinta de los treinta y un miembros del dicasterio elegidos por Francisco. (La única excepción fue una religiosa que, a sus 81 años, había superado la edad de elegibilidad). Los únicos estadounidenses en el panel son los cardenales Blase Cupich, de Chicago, y Joseph Tobin, de Newark. Así que los católicos que se han estado preguntando si “el nuevo papa” nombrará un tipo diferente de “obispos” ya no deberían dudarlo.

Para cubrir la vacante en el dicasterio, León tomó otra decisión que reafirmó firmemente la dirección tomada por Francisco: nombró a la “hermana” Simona Brambilla, quien, casualmente, fue la controvertida elección de Francisco para “prefecta” del Dicasterio para los Religiosos (oficialmente conocido como Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica). Este nombramiento, en octubre de 2023, supuso un gran impacto para la curia romana; por primera vez, una mujer estaba al frente de un dicasterio vaticano.

Todos los cargos de la curia romana están a disposición del “pontífice”, ayudándolo a llevar a cabo su labor de guiar y gobernar la Iglesia universal. Sin embargo, dado que en la práctica los dicasterios vaticanos ejercen cierta autoridad de gobierno propia, los puestos de liderazgo se habían reservado tradicionalmente para los obispos, quienes, como sucesores de los Apóstoles, tenían autoridad para participar con el romano pontífice en el gobierno de la Iglesia. El concilio Vaticano II confirmó que los jefes de las principales congregaciones vaticanas (como se las llamaba entonces) debían ser siempre cardenales, miembros del organismo encargado de asesorar al pontífice. La exclusión de las mujeres (y de los hombres laicos) de estos cargos no era una cuestión de “discriminación”, sino un reconocimiento de la autoridad única que confiere el sacramento de la ordenación episcopal.

Sin embargo, en 2022, Francisco anuló esa política. En Praedicate Evangelium, la constitución apostólica con la que reformó la curia romana, estableció una distinción entre los poderes sacramentales conferidos por la ordenación y los poderes de gobierno, que podían ser ejercidos por alguien no ordenado. Como con muchos otros cambios introducidos por Francisco, Praedicate Evangelium no explicó completamente la distinción entre ambos roles. Sin embargo, el documento sí aclaró que tanto mujeres como laicos podían ser nombrados prefectos, al menos para cargos no directamente relacionados con la administración de los sacramentos.

Dado que el nombramiento de la “hermana” Brambilla había suscitado dudas y recelo en Roma, algunos observadores del Vaticano cuestionaron si León confirmaría su puesto en el Dicasterio para los Religiosos. Esa pregunta también ha sido respondida.

De hecho, el 16 de febrero Vatican News publicó un ensayo del cardenal Marc Ouellet, que ofrece una reflexión “teológica” sobre el nombramiento de una religiosa para dirigir un dicasterio. El “cardenal” Ouellet (quien, como recordarán los lectores, precedió al papa León como “prefecto” del Dicasterio para los Obispos) reconoció que “esta iniciativa contradice la costumbre ancestral de confiar cargos de autoridad a ministros ordenados”. No obstante, ofreció su pleno apoyo al “gesto profético del papa Francisco”.

La práctica tradicional de reservar los altos cargos curiales a los obispos, escribió el “cardenal”, “no significa que el sacramento del Orden Sagrado sea la fuente exclusiva de todo gobierno en la Iglesia”. El papa Francisco, explicó, veía “la autoridad del Espíritu Santo actuando más allá del vínculo establecido entre el ministerio ordenado y el gobierno de la Iglesia”.

La interpretación tradicional de la autoridad dentro de la Iglesia, basada en la creencia de que la guía del Espíritu Santo se confiere de manera especial mediante la ordenación episcopal, se establece claramente en el Catecismo y el Código de Derecho Canónico. Sin embargo, el “cardenal” Ouellet argumenta que esta interpretación podría reflejar una comprensión inadecuada de cómo el Espíritu Santo obra a través del Pueblo de Dios. Escribe:
“El enfoque canónico no parece inclinado a considerar al Espíritu Santo como otra cosa que el garante global de la Institución; parece carecer de medios para discernir los signos del Espíritu, sus mociones personales y comunitarias, los carismas particulares con los que dota a los miembros del Cuerpo de Cristo…”

El cardenal argumenta que no todas las funciones del gobierno del Vaticano requieren la autoridad conferida por la ordenación sacramental: “por ejemplo, en la gestión de recursos humanos, la administración de justicia, el discernimiento cultural y político, la administración financiera y el diálogo ecuménico”. Muchos laicos católicos podrían pensar que podrían desempeñar un mejor trabajo que los obispos en esos campos, y muchos podrían tener razón. Pero el hecho de que algunos laicos católicos puedan estar mejor capacitados que los obispos para ciertas responsabilidades de gobierno deja abierta la pregunta de dónde termina la competencia profesional y dónde comienza la guía del Espíritu Santo. Esta innovación, como tantas otras introducidas por Francisco, ha planteado nuevas preguntas sobre la naturaleza de la autoridad de la Iglesia, y las ha dejado sin respuesta.

 

MÜLLER CONTRA LA FSSPX

El “tradicionalista” Gerhard Müller amenaza a la FSSPX en defensa del Novus Ordo y del concilio Vaticano II 


Nota: Los textos destacados son de Diario7

La Fraternidad San Pío X y su unidad con la Iglesia

Por el cardenal Gerhard Müller

El Consejo General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X publicó el 18 de febrero de 2026, durante su reunión en Menzingen, una respuesta al cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

En ella se hace referencia al largo camino de intenso diálogo de la Santa Sede con la Fraternidad hasta la fecha mágica del 6 de junio de 2017. A continuación, se atribuye con dureza la culpa exclusiva al final de este diálogo, que en su opinión era esperanzador, con la afirmación: “Pero todo terminó finalmente de manera drástica por una decisión unilateral del prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal Müller, quien, a su manera, estableció solemnemente los requisitos mínimos necesarios para la plena comunión con la Iglesia católica, en la que incluyó explícitamente todo el Concilio y lo “posconciliar”.

Dado que se trata del gran bien que es la unidad de la Iglesia católica, que todos profesamos en nuestra fe, las sensibilidades personales deben quedar en segundo plano.

La historia de la Iglesia nos enseña cómo, a diferencia de las herejías, también entre los católicos ortodoxos surgieron y se consolidaron cismas. Las razones fueron las insuficiencias humanas, las pretensiones teológicas y también la falta de sensibilidad de la autoridad legítima. Recordemos a los donatistas, con los que tuvo que lidiar San Agustín, la controversia sobre el jansenismo, que condujo al cisma de Utrecht con la consagración episcopal ilegítima de Cornelius Steenoven (15 de octubre de 1724), y también a los Católicos Antiguos, después del Concilio Vaticano I con la consagración episcopal ilegítima de Hubert Reinkens (11.8.1873), aunque este grupo, por supuesto, cayó en la herejía con la negación formal del dogma de la infalibilidad del Papa romano y su primacía jurisdiccional.

Pero existen criterios claros para la ortodoxia católica y la plena pertenencia a la Iglesia católica, formulados ya desde el obispo mártir Ignacio de Antioquía (a principios del siglo I) y precisados desde entonces, especialmente en el Concilio de Trento contra los protestantes. Esto incluye esencialmente la plena comunión con la Iglesia universal y, en particular, con el colegio episcopal, que tiene en el Papa romano, como sucesor personal de San Pedro, su principio y fundamento perpetuo y visible de unidad en la verdad revelada. Aunque otras comunidades eclesiales puedan afirmar que son católicas porque coinciden total o casi totalmente con la fe de la Iglesia católica, no son católicas si no reconocen y practican formalmente al Papa como la máxima autoridad y la unidad sacramental y canónica con él.

No hay duda de que la Fraternidad San Pío X coincide en cuanto al contenido con la fe católica (aparte del Concilio Vaticano II, que sin embargo interpreta erróneamente como una desviación de la tradición). Y si no reconocen el Concilio Vaticano II en su totalidad o en parte, se encuentran en contradicción consigo mismos, ya que afirman con razón que el Concilio Vaticano II no presentó ninguna nueva doctrina en forma de dogma definido que todos los católicos debieran creer. El propio concilio se basa en la clara conciencia de que se inscribe en la serie de todos los concilios ecuménicos, y en particular del Concilio de Trento y del Concilio Vaticano I. Se trataba únicamente de exponer de nuevo y de forma más profunda a los fieles, en su contexto global, la doctrina siempre válida sobre la revelación divina (Dei verbum) y la Iglesia del Dios trino (Lumen gentium). Tampoco se pretendía reformar la liturgia, como si estuviera obsoleta. Contrariamente a la narrativa progresista, la Iglesia no necesita someterse a ningún tratamiento médico de rejuvenecimiento, como si se tratara de un proceso de envejecimiento biológico. Porque fue fundada por Cristo de una vez por todas, ya que en su persona divina toda novedad ha venido al mundo de manera insuperable y permanece presente en la doctrina, la vida y la liturgia de la Iglesia hasta su regreso al final de la historia (Ireneo de Lyon, Contra las herejías IV, 34, 1). La Iglesia, como cuerpo de Cristo y templo del Espíritu Santo, es joven y viva hasta el día del Juicio Final (aunque algunos en ella parezcan viejos por su incredulidad y pecado, es decir, por no querer vencer al viejo Adán que hay en ellos).

Precisamente la sustancia de los sacramentos y su forma esencial nos son dadas y están fuera del alcance de cualquier intervención de la Iglesia (Concilio de Trento, Decreto sobre la comunión bajo una sola forma, 2.º cap.: DH 1728), mientras que la autoridad eclesiástica está facultada para determinar su forma ritual, pero no de manera arbitraria y autoritaria, sino con gran consideración por las tradiciones eclesiásticas desarrolladas y la sensibilidad y el sentido de la fe de los fieles. Por lo tanto, a la inversa, es teológicamente falsa la afirmación de que la liturgia latina según el Misal y el Ritual Romano (según el rito antiquior) es ilegítima, porque la ley de la oración es la ley de la fe (Ps-Coelestin, Indiculus, cap. 8: DH 246).

Este principio se refiere al contenido de la fe, que se expresa en los sacramentos, y no a su forma ritual externa, de la que existen muchas variaciones a lo largo de la historia de la Iglesia hasta hoy. En este sentido, todo católico puede criticar el motu proprio Traditionis custodes (2021) y su aplicación, a menudo indigna, por parte de obispos intelectualmente sobrecargados, así como su deficiente argumentación teológica y su imprudencia pastoral. Pero también la duda de que la Santa Misa según el Misal de Pablo VI (por ejemplo, debido a la posibilidad de la concelebración, la orientación del altar, el uso de la lengua vernácula) contradice la tradición de la Iglesia como criterio normativo de interpretación de la Revelación (y está impregnada de ideas masónicas) es teológicamente errónea e indigna de un católico serio. El abuso real de la liturgia (misas de carnaval, la bandera atea del arcoíris en la iglesia, cambios arbitrarios según el gusto personal) no es culpa del rito del Novus Ordo ni del Concilio, sino de aquellos que, por ignorancia o frivolidad, se hacen gravemente culpables ante Dios y la Iglesia por estas blasfemias y abusos litúrgicos.

Tampoco se puede esperar que un católico auténtico acepte sin crítica todos los documentos que provienen de Roma o de una autoridad episcopal. Ya Ireneo de Lyon, Cipriano de Cartago, Agustín, Bernardo de Claraval, Catalina de Siena, el cardenal Bellarmino, el obispo Ketteler de Maguncia frente a Pío IX) y muchos otros se quejaron con razón de algunas declaraciones y acciones (como las privaciones autoritarias masivas de derechos de muchas comunidades religiosas durante el último pontificado, que fueron arbitrariamente puestas bajo comisariado).

Así, los obispos ortodoxos también se han escandalizado por documentos más recientes en los que se han mezclado de forma diletante argumentos dogmáticos y pastorales, o en los que se han hecho declaraciones poco meditadas, como –relativizando a Cristo– todas las religiones son caminos hacia Dios, mientras que, en lo que respecta a Maria Corredemptrix et Matrix omnium gratiarum, se ha insistido de nuevo en la mediación única de Cristo, sin tener en cuenta la doctrina de la Iglesia sobre la cooperación de María en la obra salvífica de Cristo. Esto ocurre siempre que los obispos prestan más atención a los efectos mediáticos que a servirse previamente de la teología científica y creyente y a anunciar “a tiempo y a destiempo” (2 Tim 4,2) la Palabra de Dios y la verdad de la fe.

Pero, teniendo en cuenta toda la historia de la Iglesia y de la teología, estoy plenamente convencido de que la Iglesia no puede ser vencida por nada ni por nadie, ni por las luchas externas ni por las confusiones internas.

Con razón, no solo la Fraternidad San Pío X, sino también la mayoría de los católicos, lamentan que, con el pretexto de la renovación de la Iglesia –con el proceso de autosecularización–, también hayan penetrado en la Iglesia grandes incertidumbres en cuestiones dogmáticas e incluso herejías. Pero también en los 2000 años de historia de la Iglesia, las herejías, desde el arrianismo hasta el modernismo, solo fueron superadas por aquellos que permanecieron en la Iglesia y no se apartaron del lado del Papa.

Si la Fraternidad San Pío X quiere tener un efecto positivo en la historia de la Iglesia, no puede luchar desde fuera por la verdadera fe contra la Iglesia unida al Papa, sino solo dentro de la Iglesia y junto al Papa y todos los obispos, teólogos y fieles ortodoxos. De lo contrario, su protesta no tendrá ningún efecto y será utilizada con sarcasmo por los grupos heréticos para acusar a los católicos ortodoxos de tradicionalismo estéril y fundamentalismo intolerante. Esto se puede estudiar especialmente en el llamado Camino Sinodal, donde se trata, de hecho, de introducir enseñanzas heréticas, en particular la adopción de antropologías ateas, y una especie de constitución eclesiástica anglicana (con una dirección eclesiástica autoproclamada formada por obispos débiles y funcionarios laicos ideológicamente obstinados y ávidos de poder). Esto contradice diametralmente la constitución sacramental y apostólica de la Iglesia católica (Concilio de Trento, Decreto sobre el sacramento del orden, cap. 4: DH 1767-1770; Vaticano II, Lumen gentium, art. 18-29). Una Iglesia nacional alemana establecida por estatutos humanos, que solo reconociera simbólicamente al Papa como jefe honorífico, ya no sería católica y pertenecer a ella no sería necesario para la salvación. Porque, como dice san Agustín: “Quien no ama la unidad de la Iglesia, no posee el amor de Dios. Por esta razón, se dice con razón: solo en la Iglesia católica se recibe el Espíritu Santo” (De baptismo 3, 21).

En cualquier caso, ningún grupo individual, como en su día los donatistas (los pars Donati), puede oponerse a la totalidad de la Iglesia católica, a la aceptación de la doctrina definida, invocando su propia conciencia subjetiva de la verdad. Entonces habría que tener la honestidad de renunciar por completo a su unidad, pero también asumir consecuentemente el odio de un cismático. El Concilio Vaticano II no proclamó ningún dogma nuevo, sino que presentó la doctrina dogmática, siempre válida, para que se creyera de nuevo en un contexto histórico-cultural diferente. Aquí no hay que interpretar nada a partir de premisas subjetivas, sino que cada católico debe informarse sobre la doctrina de la Iglesia y, si es necesario, dejarse corregir. Lo que no concierne a la doctrina vinculante de la fe y la moral queda abierto al libre debate teológico. Para la hermenéutica global de la fe de la Iglesia, la Sagrada Escritura, la Tradición Apostólica y el magisterio (infalible) del Papa y los obispos (especialmente en el Concilio Ecuménico) son las normas definitivas para la comprensión de la fe revelada. Los documentos magisteriales que reclaman una obligatoriedad gradual deben interpretarse según el sistema probado de los grados de certeza teológica.

Ningún católico ortodoxo puede alegar motivos de conciencia si se sustrae a la autoridad formal del Papa en relación con la unidad visible de la Iglesia sacramental para establecer un orden eclesiástico que no está plenamente en comunión con él en forma de una Iglesia de emergencia, lo que correspondería al argumento protestante del siglo XVI. Una actitud tan cismática no puede invocar una situación de emergencia que solo puede afectar a la salvación individual de unos pocos o incluso de muchos. Quien se ve afectado por una excomunión injusta, como le sucedió incluso a la santa doctora de la Iglesia Hildegarda de Bingen, debe procesarlo espiritualmente en su interior por el bien de la Iglesia, sin poner en tela de juicio la unidad de la Iglesia mediante la desobediencia. Todos los católicos darán la razón al joven Martín Lutero en su lucha contra el indigno comercio de indulgencias y la secularización de la Iglesia, pero lo criticarán duramente por desobedecer la amenaza de excomunión, rechazar la autoridad eclesiástica y anteponer su juicio al de la Iglesia en la interpretación del Revelación.
 
La conciencia bien formada de un católico, y especialmente la de un obispo válidamente consagrado y la de quien va a recibir la consagración episcopal, nunca impartirá ni recibirá las órdenes sagradas contra el sucesor de San Pedro, a quien el mismo Hijo de Dios ha confiado el gobierno de la Iglesia universal, cometiendo así un grave pecado contra la unidad, la santidad, la catolicidad y apostolicidad de la Iglesia de Cristo reveladas por Dios.

Entonces también se encontrará una solución justa para su estatus canónico, por ejemplo, dotando a su prelado de jurisdicción ordinaria sobre la fraternidad, que dependerá directamente del Papa (quizás sin la mediación de una autoridad de la Curia). Pero estas son conclusiones canónicas y prácticas que solo son válidas si concuerdan dogmáticamente con la eclesiología católica. La Fraternidad San Pío X, como cualquier otro católico ortodoxo, debe hacer suya en conciencia la doctrina del Concilio Vaticano I y guiar sus acciones por ella: “Por lo tanto, enseñamos y declaramos que, en virtud del mandato del Señor, la Iglesia romana tiene sobre todas las demás el principado del poder ordinario, y que este verdadero poder jurisdiccional episcopal del Papa romano es inmediato, frente al cual los pastores y los fieles, y los pastores de cualquier rito y rango, tanto cada uno en particular como todos en conjunto, están obligados a la subordinación jerárquica y a la verdadera obediencia, no solo en las cosas relativas a la fe y las costumbres, sino también en aquellas que conciernen a la disciplina y el gobierno de la Iglesia extendida por todo el mundo; de modo que, mediante la conservación de la unidad tanto de la comunión como de la misma profesión de fe con el Papa romano, la Iglesia de Cristo es un rebaño bajo un único pastor supremo. Esta es la doctrina de la verdad católica, de la que nadie puede apartarse sin perjuicio para su fe y su salvación” (I Concilio Vaticano, Constitución dogmática sobre la Iglesia Pastor aeternus, cap. 3: DH 3060).

EL FENÓMENO THERIAN, PAROXISMO DE LA DEGENERACIÓN SOCIAL

La monstruosidad del therianismo constituye un pecado mortal y una grave ofensa a Dios creador

Por el padre Dr. Mn. Jaime Mercant Simó


Resulta cada vez más palmario que nuestra sociedad occidental no está simplemente enferma, sino que ya, alejada abismalmente del antiguo “orden cristiano”, manifiesta sus últimos estertores. Uno de los síntomas más recientes de su decadencia, próxima ésta al ocaso, es el llamado fenómeno “therian”, presentado como una especie de “subcultura”; de hecho, lo es, habida cuenta de que estriba en una visión existencial de índole “subinteligente”.

Asimismo, me parece curioso que pase inadvertido que dicho “fenómeno bestial” ―nunca mejor dicho― sea una derivación del “arte degenerado”, producto éste de una mentalidad degenerada, para un público degenerado. En efecto, este “bestiario urbano” realiza, para reafirmar su “brutal identidad”, una serie de “performances” callejeras. En este sentido, estos sujetos deben creer que están siendo creativos, cuando no hacen otra cosa que entrar en una voluntaria dinámica de autodeshumanización y, por ende, de autoexclusión social. Me gustaría saber si también están renunciando, aunque tácitamente, a sus derechos civiles. Esto último sería lo más coherente, dado que únicamente el hombre es un “animal social” ―como decía Aristóteles―, debido a que es “animal racional y libre”, y, por lo tanto, sólo él es sujeto de deberes y derechos. Por consiguiente, rechazando la racionalidad, se renuncia a la socialidad; rechazando los deberes, se está renunciando a los derechos.

Cabe decir que “animales” lo somos todos nosotros; éste es nuestro “género próximo”. El problema de esta gente enajenada es que renuncia a la “diferencia específica”, o sea, a la “racionalidad”, la cual, por cierto, no anula la “animalidad”, sino que la perfecciona y eleva.

Sea como fuere, es evidente que los therianistas padecen un serio “colapso de la inteligencia”; deben pensar que, mediante este grotesco modo de vida, serán más “animales”, cuando, de hecho, lo único que consiguen, además de hacer el ridículo, es negar la dimensión espiritual que los hace animales todavía más perfectos. Así, pues, con esta opción por la “animalidad irracional” en detrimento de la “animalidad racional”, este “bestiario” demuestra un gusto morboso por la “bajura”; sus malsanas preferencias pseudoartísticas les alejan de lo bello, lo cual, en este mundo, se encuentra, de modo eminente, en el hombre, creado a “imagen y semejanza” de Dios.

En definitiva, la monstruosidad del therianismo constituye un pecado mortal y una grave ofensa a Dios creador; es, además, “radical y metafísicamente” inmoral, puesto que, por medio de lo que es horrendo, nunca puede alcanzarse el bien moral. El verdadero arte, para ser tal, es aquel que busca lo bueno a través de lo bello, lo divino mediante lo racional y humano.

 

22 DE FEBRERO: LA CÁTEDRA DE SAN PEDRO EN ANTIOQUÍA


 La cátedra de San Pedro en Antioquía 

(Año 40 dC)

La Cátedra de San Pedro en Antioquía la celebra la Santa Iglesia para declararnos el beneficio que el mundo recibió en la institución de la Cátedra Apostólica, y en la potestad que Cristo nuestro Señor dio al Príncipe de los Apóstoles, cuando le hizo su Vicario y piedra fundamental de la Iglesia. 

Después que el Señor subió a los cielos, el glorioso apóstol San Pedro comenzó a ejercer su oficio de Pastor universal, presidiendo en los concilios de Jerusalén y hablando como lengua de todos los otros apóstoles, más pasando luego por Siria, entró en la ciudad de Antioquía, que era la metrópolis de las demás, dónde por divina ordenación había que poner su primera Cátedra.

Allí padeció al principio muchas y graves tribulaciones, y fue escarnecido, afrentado, encarcelado y perseguido por los que eran enemigos de la luz y de la verdad, pero después que recibieron el Evangelio, y salieron de la ceguera en la que estaban, le honraron mucho y aún edificaron un templo al Dios Verdadero y pusieron en él una Cátedra en que el Santo Apóstol se sentase para predicarles y satisfacer a sus dudas y declararles cuál era la verdadera Doctrina de Dios.

Y fueron tantos los que se convirtieron, que allí comenzaron los fieles a llamarse Cristianos, llamándose antes con el nombre de Discípulos.

Siete años estuvo San Pedro en Antioquía, aunque no siempre moraba en aquella ciudad, sino que como Pastor universal visitaba las otras Iglesias.

Traspasó después su Silla apostólica a la ciudad de Roma, que era señora del mundo, y abrazaba en sí, como dice San León, a todos los monstruos de los falsos dioses que en las otras provincias la ciega gentilidad adoraba; para que resplandeciese la nueva luz del Evangelio en aquel abismo tan profundo y de tanta oscuridad, y conquistada la cabeza y el alcázar del imperio romano, más fácilmente se sujetasen las demás ciudades y provincias al suave yugo de la Fe de Cristo, que había venido del cielo para alumbrar y salvar a todos los hombres.

Y así nuestro Señor fue declarado Rey en aquel título que en tres lenguas: hebrea, griega y latina, se puso sobre el glorioso estandarte de la cruz, ordenó que el Príncipe de los Apóstoles, San Pedro, predicase como Vicario de Cristo, primero a los judíos, después a los griegos y finalmente a los romanos, para que se entendiese que era Pastor universal de todos, y que lo son sus sucesores.



sábado, 21 de febrero de 2026

LE SILLÓN Y EL MISTICISMO DE LA DEMOCRACIA

¿Cuál fue la razón fundamental por la que Pío X acabó suprimiendo Le Sillon?

Por la Dra. Carol Byrne


Un testigo contemporáneo, N. Ariès, quien conocía personalmente Le Sillon, escribió una crónica extremadamente detallada de su constitución, objetivos y actividades desde su inicio hasta su supresión por el Papa Pío X en 1910. De esta fuente de primera mano se desprende que se exigió un compromiso total de la Joven Guardia con la causa de la democracia. Una especie de Orden de Caballería se convirtió en una imposición democrática. Bajo la dirección espiritual de Sangnier, se sometieron a una ceremonia llamada “veillée d'armes” (vigilia de armas) (1), la primera de las cuales se celebró, según su propio relato, el 20 de diciembre de 1901 en la cripta del Sacré-Cœur de París.

Arrodillados ante el altar, los nuevos reclutas debían jurar dedicar sus vidas por completo a Le Sillon y a la causa de la democracia (2). Henry du Roure, quien quizás fuera el lugarteniente más cercano de Marc Sangier, declaró que el homenaje se le rindió al propio Sangnier como soberano de los nuevos caballeros: Sintieron “la necesidad de creer en la visión providencial de Marc y jurarle una confianza absoluta e incondicional” (3).

Según Mons. Eugène Beaupin, ex capellán de la Joven Guardia, la fórmula de oración que acompañaba al homenaje fue compuesta por el propio Sangnier (4). Sin embargo, no era una oración de fe, sino de presunción. Fue redactada sutilmente para transmitir la seguridad de que Dios tiene que conceder un resultado exitoso para la Joven Guardia porque eran “buenos soldados de Cristo” y porque sus planes de “democratizar” la Iglesia seguramente harían que el Reino de Dios viniera a la tierra.
 
También sabemos por las palabras de Louis Cousin, quien estuvo al tanto de la formación temprana de la Joven Guardia en el Stanislas College, que se referían a su trabajo por la democracia como una “causa sagrada” por la que se les exhortaba a dar toda su vida, incluso hasta la muerte, con la promesa de la inmortalidad (5). En este punto, un espíritu confuso entró en los procedimientos, lo que influyó en los jóvenes para rechazar el control jerárquico como “paternalismo” y avivó las llamas de la independencia y la autosuficiencia.

Marc Sagnier pronunciando un discurso

Ariès observó que, desde el momento en que se unieron a Le Sillon, la personalidad de los Jóvenes Guardias experimentó un cambio con una obsesión, “idée fixe”, sobre su papel como promotores de la democracia. Se dedicaron a un programa de actividades de alta demanda que estaba diseñado para evitar que pasaran tiempo solos o pensaran por sí mismos. Esta constante ronda de actividades incluía distribuir el periódico de Le Sillon con regularidad e infaliblemente en las puertas de las iglesias, asistir a círculos de estudio, organizar interminables reuniones y congresos locales, colocar carteles, dirigir un comité de propaganda y una oficina de trabajo social y, en general, mantener el “espíritu de Le Sillon”.

Como su líder, Sangnier aceptaba la adulación de sus seguidores comprometidos al mismo tiempo que exigía la total aceptación de su ideología modernista
Era el deseo de Sangnier que tuvieran como lema Conciencia y Responsabilidad, palabras susceptibles de infinita maleabilidad.

Esta nueva Orden de Caballería se convirtió en una herramienta eficiente para lograr el proyecto de Sangnier. Adoctrinó a los jóvenes reclutas militantes para que creyeran que habían sido “llamados” a una “vocación” para luchar la “buena batalla”; y su responsabilidad era llevar a cabo sus órdenes al pie de la letra.

Pero el combate era para promover valores modernistas y progresistas (democracia, libertad e igualdad) dentro de la Iglesia. No pasó mucho tiempo antes de que la orientación exclusiva de Le Sillon hacia la democracia se identificara con la fe católica.

Otro testimonio importante, esta vez de un miembro de Le Sillon, dio una visión interna de la organización. El periodista y comentarista social, Joseph Folliet, señaló que, como resultado de lo que él llamó esta “confusión político-religiosa”, nadie, incluidos los propios sillonistas, podía estar seguro de si Le Sillon era un “movimiento religioso con tendencias sociales y políticas o un movimiento político de inspiración religiosa” (6). De cualquier manera, la credibilidad de la Iglesia como una organización de origen sobrenatural se vería comprometida.

En este sentido, el perspicaz análisis de Folliet arroja luz sobre la razón fundamental por la que Pío X acabó suprimiendo Le Sillon, y merece la pena citarlo extensamente, en traducción:

“El peligro de confusión era que se produjera una especie de naturalismo humanitario que acabaría poniendo a Cristo y a la Iglesia al servicio de la democracia, es decir, acabaría subordinando lo espiritual a lo temporal…

Creemos que la raíz de esta confusión y peligro reside en el antiintelectualismo de Le Sillon, su desdén por las explicaciones y definiciones precisas, su negativa a aceptar doctrinas con aristas muy definidas, expresadas con demasiada firmeza. “Ve adonde te lleve la vida” es una buena fórmula, pero puede entenderse de dos maneras opuestas; también debemos esforzarnos por vivir la vida, lo cual no puede hacerse sin un mínimo de claridad intelectual y razonamiento lógico. El Movimiento Sillonista carecía de fuerza [doctrinal], una deficiencia aún más perjudicial porque era un movimiento para jóvenes, algunos de ellos muy jóvenes, apasionados, activos, entusiastas, inclinados a dar rienda suelta a sus emociones… Su imprecisión de pensamiento los llevaría, si no al error, al menos a una confusión doctrinal (7).

La evaluación de Folliet era correcta, pero no fue suficiente. Es cierto que los sillonistas no tenían ningún interés en promover la objetividad y la verdad, pero describirlos como doctrinalmente confusos es quedarse corto. De hecho, algunos clérigos, sacerdotes y obispos en diversas partes de Francia los acusaron de promover abiertamente el error doctrinal y de extraviar a muchos jóvenes.

Tampoco tenían intención de obedecer a los obispos. Cuando, por ejemplo, el obispo de Quimper prohibió a sus sacerdotes tener nada que ver con Le Sillon, Marc Sagnier replicó que no debían hacer caso de su orden y añadió: “Pueden acusarme de anarquista, pero eso me importa un bledo” (8).

Continúa...

Notas:

1) La ceremonia de la veillée d'armes, originaria de las órdenes de caballería medievales, era un paso significativo hacia la caballería. Antes de recibir la distinción, el futuro caballero se sometía a una vigilia nocturna de meditación y oración para asegurar su preparación para la batalla.

2) N. Ariès, “Le Sillon” et le Mouvement Démocratique, París: Nouvelle Librairie Nationale, 1910, p. 226 .

3) Hughes Petit, L'Eglise, le Sillon, et l'Action Française, París: Nouvelles Édtions Latines, 1998, p. 17.

4) Eugène Beaupin, “La vie religieuse au Sillon” (La vida religiosa en Le Sillon), Chronique Sociale de France, vol. 60, núm. 2, marzo-abril de 1950, p. 77.

5) L. Cousin, op. cit. , pág. 26.

6) Joseph Folliet, “Essai de jugement équitable sur le Sillon” (Un juicio imparcial de Le Sillon), ibid. , pag. 126

7) Ibid.

8) Adrien Dansette, “Religious History of Modern France” (Historia religiosa de la Francia moderna), vol. 2, Herder, Friburgo-Nelson, Edimburgo-Londres, 1961, p. 284

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85ª Parte: Cuando los Santos se marchan
86ª Parte: El hallazgo de la Santa Cruz
87
ª Parte: Abolida para complacer a los protestantes: La Fiesta del Hallazgo de la Santa Cruz
95ª Parte: Un pedazo de Palestina en Loreto
97ª Parte: No hay objeciones válidas contra la Tradición de Loreto
100ª Parte: 'La acción de la Misa es realizada solo por el clero'
104ª Parte: Las Órdenes Menores puestas a merced del “espíritu de la época”
110ª Parte: Actitudes ante las Órdenes Menores antes y después del Movimiento Litúrgico 
118ª Parte: El fantasma del “clericalismo”
123ª Parte: “Infalibilidad del Pueblo” versus Infalibilidad Papal
124ª Parte: La “Iglesia que escucha”
125ª Parte: Los Jesuitas Tyrrell y Bergoglio degradan el Papado
126ª Parte: Rehacer la Iglesia a imagen y semejanza del mundo
131ª Parte: Comparación de la formación en el Seminario anterior y posterior al vaticano II
132ª Parte: El Vaticano II y la formación sacerdotal
134ª Parte: Francisco: No a la “rigidez” en los Seminarios
135ª Parte: El secretario de seminarios
142
ª Parte: El legado antiescoléstico de Ratzinger
144ª Parte: Una previsible crisis de Fe Eucarística
145ª Parte: El papel de Ratzinger en el rechazo de los documentos originales del Vaticano II
146ª Parte: El Santo Oficio fue destruido por Ratzinger149ª Parte: El modernismo en la raíz de la confusión teológica actual