domingo, 5 de abril de 2026

EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (97)

Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.


97. La llamada de Mateo (47).
4 de febrero de 1945.

1 Una vez más la plaza del mercado de Cafarnaúm, pero en una hora de mayor calor en que el mercado ha terminado ya y sólo hay algunas personas ociosas hablando y unos niños entregados al juego.
Jesús, en medio de su grupo, viene del lago hacia la plaza, acariciando a los niños que le salen al paso e interesándose por sus confidencias.
Una niña enseña un gran arañazo sangrante en la frente y acusa a su hermanito de habérselo hecho.
“¿Por qué has hecho daño a tu hermana? Eso no está bien”.
“No lo he hecho adrede. Quería coger esos higos. He tomado un palo, pero era demasiado pesado y se me ha caído encima de mi hermana... Los cogía también para ella”.
“¿Es verdad eso, Juana?”.
“Es verdad”
“Como puedes ver, tu hermano no te ha querido hacer daño. Es más, quería darte una satisfacción. Por lo tanto, hacéis ahora inmediatamente las paces y os dais un beso. Los buenos hermanitos y los niños buenos no deben conocer nunca el rencor. ¡Venga!...”.
Los dos niños, llorando, se besan. Lloran los dos: la una por el dolor del arañazo; el otro, por el dolor de haber causado dolor.
Jesús sonríe ante ese beso sazonado de lagrimones. 
“¡Eso es! Ahora que veo que sois buenos, os alcanzo los higos... sin el palo”.
¡Claro! Siendo alto, y con un brazo tan largo, llega sin esfuerzo. Coge y distribuye.
Acude una mujer: “Coge, coge, Maestro. Ahora te traigo pan”.
“No. No es para mí. Es para Juana y Tobiolo. Les apetecía”
“¿Y habéis molestado al Maestro por esto? ¡Qué indiscretos! Perdona, Señor”.
“Mujer, había una paz que hacer... y la he hecho con el objeto mismo de la guerra: los higos. No obstante, los niños no son nunca indiscretos. A ellos les gustan los higos dulces, y a mí... me gustan sus dulces almas inocentes. Me quitan mucha amargura...”.
“Maestro... los que no te quieren son los potentados, pero en cambio nosotros, el pueblo, te queremos; y ellos son pocos, mientras que nosotros somos muchos...”.
“Ya lo sé, mujer. Gracias por tu consuelo. La paz sea contigo. Adiós, Juana. Adiós, Tobiolo. Sed buenos; sin haceros el mal y sin deseároslo. ¿No es verdad?”.
“Sí, sí, Jesús” responden los dos pequeñuelos.

2 Jesús se pone en camino y dice sonriendo: “Ahora que con la ayuda de los higos donde había nubes se ha restablecido la calma, vamos a... ¿A dónde decís que vamos?”.
Los apóstoles no lo saben; unos dicen un lugar, otros otro. Pero Jesús niega meneando la cabeza y ríe.
Pedro dice: “Me rindo. A menos que nos lo digas... Hoy tengo ideas pesimistas. Tú no le has visto, pero al desembarcar estaba Elí, el fariseo... con una cara más larga que de costumbre. ¡Y nos miraba de una forma...!”.
“Déjale que mire”.
“¡Ya! ¡Claro! Pero te aseguro, Maestro, que para hacer las paces con ese no son suficientes dos higos”.
“¿Qué es lo que le he dicho a la madre de Tobiolo?: "He hecho la paz con el mismo objeto de la guerra". Así, trataré de hacer la paz saludando respetuosamente, supuesto que según ellos he ofendido a las personas importantes de Cafarnaúm; así, además, algún otro se sentirá contento”.
“¿Quién?”.
Jesús no responde a la pregunta y continúa diciendo: 
“Probablemente no lo lograré, porque falta en ellos la voluntad de establecer la paz; pero, escuchad: si en todos los litigios el más prudente supiera ceder y, en lugar de empeñarse en llevar razón, tratase de conciliar, aunque fuera dividiendo por la mitad lo que –voy a ponerme en este caso– le perteneciera por derecho, el resultado siempre sería mejor y más santo. No siempre uno hace un daño con intención de hacerlo; hay veces que lo hace sin querer. Pensad siempre esto, y perdonad. Elí y los otros creen servir a Dios con justicia actuando como actúan. Con paciencia y constancia, mucha humildad y delicadeza, trataré de persuadirlos de que ha llegado un tiempo nuevo y de que Dios, ahora, quiere ser servido según lo que Yo enseño. La astucia del apóstol es su delicadeza; su arma, la constancia; su éxito está en el ejemplo y la oración en favor de los que van camino de convertirse”.

3 Ya han llegado a la plaza. Jesús va derecho hacia el banco de las tasas, donde Mateo está haciendo sus cuentas y controlando si corresponden con las monedas (las cuales divide por categorías, metiéndolas en saquitos de distinto color y colocando éstos en un arca de hierro). Dos siervos esperan para transportar el arca a otro lugar.
En el preciso momento en que la sombra proveniente del alto cuerpo de Jesús se extiende sobre el banco, Mateo alza la cabeza para ver quién es el retardatario que viene a pagar. Pedro, mientras tanto, dice, tirando a Jesús de una manga: 
“No hay nada que pagar, Maestro. ¿Qué haces?”.
Pero Jesús no le hace caso. Mira fijamente a Mateo –el cual se ha puesto en pie inmediatamente con un acto reverente–. Otra mirada perforadora no obstante, ya no se trata de la mirada del juez severo de la otra vez; es una mirada de llamada y de amor. Le envuelve, le satura de amor, Mateo se pone colorado, no sabe qué hacer, qué decir…
“Mateo, hijo de Alfeo, ha llegado la hora. Ven. ¡Sígueme!” impone Jesús majestuosamente.
“¿Yo? Maestro, ¡Señor! ¿Pero sabes quién soy? Lo digo por ti, no por mí...”.
“Ven, sígueme, Mateo, hijo de Alfeo” repite más dulce.
“¡Oh!, ¿cómo puedo haber encontrado gracia ante Dios? Yo... Yo...”.
“Mateo, hijo de Alfeo, Yo te he leído el corazón. Ven, sígueme”. La tercera invitación es una caricia.
“¡Enseguida, mi Señor!”. Mateo, llorando, sale de detrás del banco, sin ni siquiera ocuparse de recoger las monedas esparcidas encima, ni de cerrar el arca; nada.
“¿A dónde vamos, Señor?” pregunta ya junto a Jesús. “¿A dónde me llevas?”.
“A tu casa. ¿Quieres recibir en ella al Hijo del hombre?”.
“¡Oh!... pero... pero ¿qué dirán los que te odian?”
“Yo escucho lo que se dice en el Cielo, y allí se dice: "¡Gloria a Dios por un pecador que se salva!", y el Padre dice: "Eternamente la Misericordia se alzará en los Cielos y se cernirá sobre la Tierra, y, puesto que con un eterno amor, con un perfecto amor, Yo te amo, también contigo uso misericordia". Ven. Y que yendo Yo a tu casa ésta se santifique además de tu corazón”.
“Ya la había purificado, por una esperanza que tenía en mi alma... que, no obstante, la razón no podía creer verdadera... ¡Oh, yo con tus santos...!” y mira a los discípulos.
“Sí, con mis amigos. Venid. Os uno. Sed hermanos”
Los discípulos están hasta tal punto estupefactos, que todavía no han encontrado la forma de decir palabra. Caminan en grupo, detrás de Jesús y Mateo, por la plaza toda sol y ya absolutamente vacía de gente y por un breve trecho de calle que arde bajo un sol cegador; no hay ser vivo alguno por las calles, sólo sol y polvo.

4 Entran en casa. Una hermosa casa, con un amplio portal que da a la calle. Un bonito atrio umbroso y fresco, más allá del cual se ve un vasto patio dispuesto como un jardín.
“Entra, Maestro mío. Traed agua y bebidas”
Los criados vienen con ello. Mateo sale a dar las correspondientes órdenes mientras Jesús y los suyos se refrescan. Luego vuelve.
“Ven, Maestro; la sala es más fresca... Ahora vendrán amigos ... Quiero que se haga una gran fiesta. Es mi regeneración... La mía ... ésta es mi circuncisión verdadera... Tú me has circuncidado el corazón con tu amor... Maestro, será la última fiesta... No más fiestas para el publicano Mateo, no más fiestas de este mundo... únicamente la fiesta interior de ser redimido y de servirte a ti... de ser amado por ti... ¡Cuánto he llorado, cuánto, en estos meses!... Hace ya casi tres meses que lloro... No sabía cómo hacer... quería ir... más, ¿cómo ir a ti, que eres Santo, con mi alma sucia?...”.
“La estabas lavando con el arrepentimiento y con la caridad hacia mí y hacia el prójimo. ¿Pedro? Ven aquí”.
Pedro, que de lo asombrado que está aún no ha hablado, se acerca. Los dos hombres, de la misma, más bien avanzada edad, de baja estatura, robustos, están uno frente al otro; y Jesús, entre el uno y el otro, sonriente, hermoso.
“Pedro, muchas veces me has preguntado quién era el desconocido de la bolsa que traía Santiago; hele aquí, le tienes frente a ti”.
“¿Quién? Este lad... ¡Perdona, Mateo! ¿Quién podía pensar que eras tú, que precisamente tú, nuestra desesperación –por tu usura–, fueras capaz, de arrancarte todas las semanas un pedazo de corazón, dando ese rico óbolo?”.
“Sé que os he tasado injustamente. Ved, yo me arrodillo ante todos vosotros y os digo: ¡no me arrojéis de vuestra presencia! El me ha acogido, no seáis más que Él en la severidad”.
Pedro, que se encuentra a Mateo a sus pies, le levanta improvisamente, a pulso, brusca y afectuosamente: “¡Vamos! ¡vamos! Ni a mí ni a los demás. Pídele perdón a Él. Nosotros... ¡bueno hombre!, más o menos somos todos ladrones como tú... ¡Ay! ¡Lo he dicho! ¡Maldita lengua! Es que yo estoy hecho así: lo que pienso, lo digo; lo que tengo en el corazón, lo tengo en los labios. Ven. Vamos a hacer un pacto de paz y de amor” y besa en las mejillas a Mateo.
También lo hacen los demás, con mayor o menor afecto. Digo esto porque Andrés se muestra reservado, por su timidez, y Judas Iscariote como un témpano de hielo (da la impresión, a juzgar por lo antipático y breve que es su abrazo, que estuviera abrazando a un haz de reptiles).

5 Mateo oye ruido y sale.
“No obstante, Maestro –dice Judas Iscariote– me parece que esto no es prudente. Ya te acusan los fariseos de aquí, y Tú... ¡Un publicano entre los tuyos! ¡Primero una meretriz y luego un publicano!... ¿Has decidido destruirte? Si es así, dilo, que...”.
“Que nosotros nos vamos, ¿verdad?” termina Pedro irónico.
“¿Quién está hablando contigo?”.
“Sé que no hablas conmigo, pero yo en cambio sí que hablo con tu señora alma, con tu purísima alma, con tu sabia alma. Ya sé que tú, miembro del Templo, sientes hedor de pecado en nosotros, pobrecillos, que no somos del Templo. Ya sé que tú, judío de pies a cabeza, amalgama de fariseo, saduceo y herodiano, medio escriba y con una pizca de esenio –¿quieres otras nobles palabras?– te sientes mal entre nosotros, como un espléndido sábalo caído por azar en una red llena de jureles. ¡Qué vas a hacerle! El nos ha tomado consigo y nosotros... nos quedamos. Si te sientes mal... vete tú. Respiraremos mejor todos; incluso Él, que, ¿lo ves?, está disgustado por mí y por ti; por mí, porque me falta paciencia y… sí, también caridad, pero más contigo, que no entiendes nada, a pesar de toda tu retahíla de nobles atributos, y que no tienes caridad, ni humildad, ni respeto. No tienes nada, muchacho; sólo una gran vanidad... y quiera Dios que sea inocua”.
Jesús ha dejado que Pedro hablase, permaneciendo erguido en pie, severo, con los brazos cruzados, la boca bien apretada y los ojos... poco recomendables. Al final, dice: 
“¿Has dicho todo, Pedro? ¿Tú también has purificado tu corazón del fermento que había dentro? Bien has hecho. Hoy es Pascua de Ácimos para un hijo de Abraham. La llamada del Cristo es como la sangre del cordero sobre vuestras almas, y donde aquélla se encuentra ya no descenderá la culpa. No descenderá si el que la recibe es fiel a ella. Mi llamada es liberación y debe festejarse sin ningún tipo de fermento”.
A Judas, ni una palabra. Pedro se calla avergonzado.
“El huésped vuelve –dice Jesús–, y con amigos; no le mostremos sino virtud. Quien no sea capaz de tanto, que salga. No seáis como los fariseos, que oprimen con imposiciones que ellos son los primeros en no observar”.

6 Entra Mateo con otros hombres y comienza el banquete. Jesús está en el centro, entre Pedro y Mateo. Hablan de muchas cosas, y Jesús, con paciencia, explica a éste o a aquél cuanto desean. No faltan quejas respecto a los despreciadores fariseos.
“Bueno, pues acercaos a quien no os desprecie, y actuad de modo que al menos los buenos no puedan despreciaros” responde Jesús.
“Tú eres bueno. ¡Pero estás solo!”.
“No. Estos son como Yo, y además... está el Padre Dios que ama a aquel que se arrepiente y que quiere volver a ser amigo suyo. Aunque al hombre le faltaran todas las cosas, si le quedara el Padre, ¿no sería ya plena su alegría?”.
El banquete está ya a los dulces cuando un siervo hace una señal al dueño de la casa y le dice algo.
“Maestro, Elí, Simón y Joaquín solicitan entrar y hablarte. ¿Los quieres ver?”.
“Claro”.
“Pero... mis amigos son publicanos”.
“Y ellos vienen para ver exactamente esto. Dejemos que lo vean. No sería útil esconderlo; no lo sería para el bien, porque el mal agrandaría el episodio hasta decir que aquí había también meretrices. Que entren”.

7 Entran los tres fariseos. Miran a su alrededor con una risa maliciosa y hacen ademán de querer empezar a hablar, pero Jesús, que se ha levantado y ha ido a su encuentro junto con Mateo, se les adelanta. Pone una mano sobre el hombro de Mateo y dice: 
“Yo os saludo, verdaderos hijos de Israel, y os doy una gran noticia que, sin duda, alegrará vuestro corazón de perfectos israelitas. Vosotros deseáis ardientemente que la Ley sea observada por todos los corazones para dar gloria a Dios. Pues aquí tenéis a Mateo, hijo de Alfeo; desde hoy ya no es el pecador, el escándalo de Cafarnaúm. Una oveja sarnosa de Israel se ha curado. ¡Alegraos! Tras él otras ovejas pecadoras se curarán, y vuestra ciudad, por cuya santidad tanto os interesáis, vendrá a ser, como santa, grata al Señor. Él deja todo para servir a Dios. Dad el beso de paz al israelita descarriado que vuelve al seno de Abraham”.
“¿Y retorna con los publicanos? ¿En alegre banquete? ¡Ciertamente, es una conversión propicia! Mira allí, Elí: aquél es Josías, el buscador de hembras”.
“Y aquél, Simón de Isaac, el adúltero”.
“¿Y aquél? Azarías, el dueño de la casa de juego, en la que romanos y judíos juegan, altercan, se emborrachan y buscan mujeres”.
“Pero bueno, Maestro. ¿Sabes al menos quiénes son éstos? ¿Lo sabías?”.
“Lo sabía”.
“Y entonces vosotros, vosotros de Cafarnaúm, vosotros, discípulos, por qué lo habéis permitido? ¡Me sorprende, Simón de Jonás!”.
“¡Y tú, Felipe, conocido también aquí, y tú, Natanael! ¡No salgo de mi asombro! ¡Tú, verdadero israelita! ¿Cómo es que has permitido que tu Maestro comiera con los publicanos y los pecadores?”.
“¿No existe ya el recato en Israel?” –se los ve a los tres completamente escandalizados–.
Jesús dice: “Dejad en paz a mis discípulos. Yo lo he querido, Yo solo”.
“¡Claro!, ¡lógico! Cuando uno quiere meterse a santo sin serlo, cae en seguida en errores imperdonables”.
“Y cuando se educa a los discípulos al no respeto –todavía me quema la carcajada irreverente que me soltó, a mí, Elí el fariseo, éste, judío y del Templo– no se puede sino no tener respeto por la Ley. Se enseña lo que se sabe”.
“Te equivocas, Elí; os equivocáis todos. Se enseña lo que se sabe, es cierto. Y Yo, que sé la Ley, se la enseño a quien no la sabe; por lo tanto, a los pecadores. Yo sé que vosotros ya sois dueños de vuestra alma. Los pecadores no lo son. Yo busco de nuevo su alma, se la doy de nuevo, para que a su vez me la traigan en el estado en que se encuentra: enferma, herida, sucia, para que Yo la atienda y limpie. Para esto he venido. Son los pecadores quienes tienen necesidad del Salvador, y Yo vengo a salvarlos. Comprendedme... y no me odiéis sin motivo”.
Jesús se manifiesta dulce, persuasivo, humilde... Los tres fariseos, por el contrario, son como tres híspidos cardos todo aguijones... y salen con actitudes de disgusto.
“Se han ido... Ahora irán criticándonos por todas partes” murmura Judas Iscariote.
“¡Déjalos! Procura sólo que el Padre no tenga que criticarte. Mateo, no te sientas avergonzado; ni vosotros, amigos suyos. La conciencia nos dice: "No estáis haciendo nada malo". Es suficiente”.
Jesús vuelve a sentarse en su lugar y todo termina.

Continúa...

Nota:

47) Cfr. Mt. 9, 9–11; Mc. 2, 13–17; Lc. 5, 27–32

LA REINA DEL CIELO EN EL REINO DE LA DIVINA VOLUNTAD (30)

Continuamos con la publicación del Capítulo 30 del libro “La Reina del Cielo”, escrito por la Sierva de Dios Luisa Piccarreta, Hija Pequeña de La Divina Voluntad.


Esta obra de Luisa-Piccarreta que fue publicada por primera vez el año 1930, consta de treinta y un Meditaciones que serán publicadas -Dios mediante- cada cinco días.



TRIGESIMA MEDITACION – La Reina del Cielo en el Reino de la Divina Voluntad.

La Maestra de los Apóstoles. Sede y centro de la Iglesia naciente. Barca de Refugio. Pentecostés.

EL ALMA A SU MAMA DEL CIELO:

Soberana del Cielo, yo me siento en tal modo atraída por Ti que cuento los minutos en espera de que tu bondad me llame para darme tus sorprendentes lecciones. Tu ternura de Madre me rapta, y pensando que Tú me amas mi corazón se llena de gozo, de confianza y de esperanza.

¡Oh, sí! Yo estoy segura de que mi Mamá me dará tanto amor y tantas gracias para poder sojuzgar mi voluntad, y que el Querer Divino, gracias a su dulce intercesión, extenderá sus mares de luz en mi alma y pondrá el sello de su FIAT en todos mis actos. ¡Ah, Mamá Santa, no me dejes más sola, sino haz que en mí descienda el Espíritu Santo y queme y consuma todo lo que no pertenece a la Divina Voluntad!

LECCION DE LA REINA DEL CIELO:

Hija mía bendita, tus palabras hacen eco en mi Corazón, y sintiendo que me hieren, Yo pongo en ti mares de gracia y te doy la Vida de la Divina Voluntad. Si tú me eres fiel Yo no te dejaré nunca más, estaré siempre unida a ti para darte en cada acto tuyo, en cada palabra y latido, el alimento del Supremo Querer.

Querida mía, he aquí que nuestro Sumo Bien Jesús parte para el Cielo, donde Él está rogando continuamente ante su Padre Celestial por sus hijos y hermanos que dejó en la tierra. Desde la Patria Celestial Él vigila a todos y ninguno queda fuera de su mirada de misericordia. Su amor hacia estos sus redimidos por Él fue tan grande que dejó a su Mamá en la tierra para que Ella fuera su guía, su ayuda y su consuelo.

Una vez que mi Hijo partió para el Cielo, Yo me recogí con los Apóstoles en el Cenáculo esperando la venida del Espíritu Santo. Todos estaban junto a Mí, orábamos unidos y nada se hacía sin mi consejo. Cuando Yo tomaba la palabra para instruirlos o para narrarles algún particular ignorado de mi Jesús en relación, por ejemplo, de su nacimiento, de sus lágrimas infantiles, de sus amorosos tratos, de los incidentes en Egipto, de las innumerables maravillas de su vida oculta en Nazaret..., ellos tomaban las palabras de mis labios y raptados, las fijaban en su mente y en su corazón.

Hija mía, estando en medio de mis Apóstoles Yo los iluminé más que un sol; para ellos fui el áncora, el timón, la barca donde ellos encontraban refugio y quedaban defendidos de todo peligro. Puedo, por lo tanto, asegurar haber dado a luz la Iglesia naciente y haberla guiado a puerto seguro, como la guío aún ahora.

Hasta que al fin llegó el día de que el Espíritu Santo prometido por mi Hijo descendió... ¡Qué transformación, hija mía, en el día de Pentecostés...!

En cuanto los Apóstoles fueron investidos por el Espíritu Divino adquirieron ciencia maravillosa, fortaleza invencible y amor ardiente; una nueva vida corrió en ellos y los hizo en tal forma valerosos que se esparcieron por todo el mundo para dar a conocer la doctrina de su Maestro Divino aun a costa del martirio.

Yo seguí viviendo con el amado Juan, pero habiendo comenzado la tempestad de la persecución fui obligada a alejarme de Jerusalén. Queridísima hija, has de saber que Yo continúo siempre mi magisterio en la Iglesia. No hay cosa que no descienda de Mí; Yo me vuelco por amor de mis hijos y los nutro con mi alimento materno. Y en estos tiempos quiero mostrar un amor particularísimo haciéndoles conocer cómo toda mi vida fue formada en el Reino de la Divina Voluntad; por eso te invito a venir a mis rodillas, entre mis brazos maternos que como barca te llevarán segura en el mar de la Divina Voluntad. Gracia más grande no sabría hacerte; por eso te pido que contentes a tu Mamá y vengas a vivir en este Reino tan santo. Cuando sientas que tu voluntad quisiera tener algún acto de vida corre inmediatamente a refugiarte en la segura barca de mis brazos diciéndome: “Mamá, mi voluntad me quiere traicionar, yo te la entrego a fin de que Tú me la cambies por la Divina Voluntad”. ¡Oh, cómo seré feliz si puedo decir: “La hija mía es toda mía, porque ella vive también de Voluntad Divina!”

Entonces Yo haré descender al Espíritu Santo a tu alma para que Él queme todo lo que hay de humano con su soplo, impere en ti y te confirme en el Divino Querer.

EL ALMA:

Maestra divina, hoy tu pequeña hija tiene el corazón tan henchido que siente la necesidad de desahogarse en llanto y bañar con sus lágrimas tus manos maternas. Un velo de tristeza me invade porque temo no poder sacar provecho de tus enseñanzas y de tus delicadezas más que maternas. Mamá mía, ayúdame, fortifica mi debilidad, quita mis temores, y yo, abandonándome en tus brazos, tendré la certeza de vivir toda de Voluntad Divina.

PRACTICA:

Para honrarme recitarás siete Gloria en honor al Espíritu Santo y me pedirás que renueve sus prodigios sobre toda la Iglesia.

JACULATORIA:

Mamá Celestial, pon en mi corazón fuego y llamas para que consuman y quemen en mí todo lo que no es Voluntad de Dios.

Continúa...


5 DE ABRIL: SAN VICENTE FERRER


5 de Abril: San Vicente Ferrer

(🕆 1419)

El gloriosísimo y apostólico varón San Vicente Ferrer, nació en la ciudad de Valencia, de la noble familia de los Ferrer, y fue hermano de Bonifacio Ferrer, gran jurista y después Prior General de la Cartuja.

Desde su niñez juntaba el santo a otros muchachos y les decía:

- Oídme, niños, y juzgad si soy buen predicador

Y haciendo la señal de la cruz, refería algunas razones de las que había oído a los Predicadores en Valencia, imitando la voz y los movimientos de ellos tan vivamente, que dejaba admirados a los que le oían.

Llegando a la edad de dieciocho años tomó el hábito del glorioso Santo Domingo, y llegó a ser un perfecto retrato de la vida religiosa.

Hizo sus estudios en los conventos de Barcelona y Lérida, y en esta universidad le graduaron como Maestro en Teología, para dar principio a su carrera apostólica.

Era muy agraciado y de gentil disposición, y habiéndosele aficionado y queriendo traerle a mal algunas mujeres, él las ganaba para Cristo.

En el espacio de dieciocho años solo dejó de predicar quince días, y siempre fue estupendo el fruto de sus sermones, no solo en España, sino también en Francia, Inglaterra, Escocia, Irlanda, Piamonte, Lombardía y buena parte de Italia; y predicando en su lengua valenciana en estas naciones le entendían como si predicara en la lengua de aquellos países, algo que es un don raro y apostólico.

Solamente en España, convirtió más de veinticinco mil judíos y dieciocho mil moros.

Muchos pecadores convertidos y otra gente sin número le seguían de pueblo en pueblo, y eran tantos, que hubo una vez que se hallaban ochenta mil, y hacían procesiones muy devotas y solemnes, disciplinándose terriblemente y derramando mucha sangre en memoria de la Pasión del Señor y en satisfacción de sus pecados, y eran tantos los disciplinantes, que había tiendas de disciplinas como si fuera feria de azotes.

Los milagros que obró el Señor a través de San Vicente fueron tantos, que solo de los cuatro procesos que se hicieron en Aviñón, Tolosa, Nantes y Nápoles, se obtuvieron, sin los demás, ochocientos sesenta.

En España hasta los mismos reyes de Aragón salían a recibirle, lo llamó el emperador Sigismundo, rey de Inglaterra, y hasta el rey de Granada, siendo moro, y todos le miraban como hombre más divino que humano.

A la muerte de Martín de Aragón fue elegido para las Cortes de Aragón, Valencia y Cataluña, y declaró por Rey al infante de Castilla Don Juan el primero.

Finalmente, habiendo este predicador divino abierto el cielo a innumerables almas, dio su espíritu al que para tanta gloria suya le había criado.

Murió a la edad de setenta y cinco años en la ciudad de Nantes, acudiendo tanta gente a reverenciarlo, que por espacio de tres días no se pudo sepultar.



FELICES PASCUAS DE RESURRECCIÓN


¡VENCIÓ A LA MUERTE!
 

sábado, 4 de abril de 2026

ERRORES TEOLÓGICOS DE LE SILLON

La magnitud y los efectos nocivos del espíritu de novedad en la Iglesia no eran tan evidentes en 1902 como lo son hoy, pero sí explica la antipatía hacia la Tradición que manifiesta la jerarquía moderna.

Por la Dra. Carol Byrne


Uno de los primeros ejemplos de un miembro del clero que criticó a Le Sillon por heterodoxia fue el padre Charles Maignen, un sacerdote francés contemporáneo conocido por su oposición a todas las formas de liberalismo en la doctrina social de la Iglesia. Tras una investigación exhaustiva de esta organización, no pudo evitar la conclusión de que los jóvenes miembros de Le Sillon estaban impulsados ​​por una insaciable sed de novedad: Rerum novarum cupido (para usar las palabras iniciales de la encíclica de León XIII), lo que los llevó a preferir una teología “dinámica” en lugar de una “estática” (1).

Padre Charles Maignen

Estas palabras nos resultan familiares ahora porque han sido adoptadas por los defensores de la Nueva Teología y utilizadas para describir la “superioridad” de las nuevas ideas progresistas sobre la Doctrina Tradicional de la Iglesia. 

Algunos años antes de que Pío X condenara el Modernismo, el padre Maignen advirtió que esta tendencia supondría la sentencia de muerte para la Tradición Católica:

“Hasta este momento, la Iglesia había creído que el amor a la novedad era el mayor obstáculo para la fe. La nueva teología lo ha cambiado todo” (2). 

Continuó señalando que la situación respecto a la verdad y la falsedad se había invertido por completo. En aquellos momentos, la Tradición pasó de ser garante de la certeza de la verdad a un mal que debía evitarse e incluso un enemigo que debía combatirse. De repente, “es el apego a la Tradición del pasado, la obstinada negativa a seguir la evolución de una idea” lo que, según la mentalidad modernista, conduciría a la “decadencia… en el orden de la religión” (3).

La magnitud y los efectos nocivos de este espíritu de novedad en la Iglesia no eran, por supuesto, tan evidentes en 1902, cuando el padre Maignen escribió estas líneas, como lo son hoy. Pero sí explica la antipatía hacia la Tradición que manifiesta la jerarquía moderna, influenciada por el concilio Vaticano II y su hermenéutica “dinámica”.

Curiosamente, Romano Amerio ha ilustrado este tipo de pensamiento entre el episcopado francés (herederos de Le Sillon): en su misal dominical de 1983, se solicitaban oraciones “por los fieles que se ven tentados a aferrarse a sus certezas” (4). Esta era una clara alusión dirigida a los tradicionalistas.

El  periodista y político francés Marc Sangnier (creador del movimiento Le Sillon) aplicó una hermenéutica “dinámica” en la construcción de su sociedad ideal para asegurar la mayor autonomía posible para cada ciudadano:

Abogamos por una tradición viva que esté siempre en movimiento, una fuerza evolutiva que nunca regrese a posiciones anteriores; queremos una jerarquía que no sea externa y simbólica, sino interna, que cada día se acerque más a la meta de la aceptación unánime” (5).

En este esquema, tanto la Tradición como la Jerarquía eran simplemente conceptos abstractos. Sin embargo, desempeñarían papeles útiles para el florecimiento de su tipo de democracia: la Tradición para ayudarla a echar raíces y crecer, y la Jerarquía para darle estabilidad y dirección en la vida de la Iglesia. Podemos deducir de estas ideas que Sangnier no tenía un respeto real ni por la Tradición ni por la Jerarquía, sino que simplemente explotó su estatus de autoridad como herramientas para promover sus propias ambiciones.

Alfred Loisy

Lo más condenatorio de todo es que el padre Maignen presentó pruebas de que Le Sillon, en su Revista Le Sillon, promovió la obra del principal defensor del Modernismo, el padre Alfred Loisy y su teoría de la “evolución de la doctrina”; en el mismo número, también había un artículo sobre el padre André de la Barre, SJ, quien profesaba la misma noción de cambio dogmático (6). (Ambos, por cierto, eran profesores del Instituto Católico de París). En el siguiente pasaje se cita del número del 25 de mayo de 1899 de Le Sillon:

“Así como, en el mundo de la naturaleza, las semillas incorporan en sí mismas los elementos nutritivos que han extraído del aire y la tierra que las rodea, así también las semillas del dogma necesitan, para alcanzar su pleno desarrollo, buscar en el entorno circundante de ideas filosóficas o populares cualquier principio que pueda considerarse compatible, y asimilarlo (7).

El padre Maignen señaló el error teológico fundamental en este pasaje que colocaba la Revelación —la fuente del conocimiento y la vida sobrenaturales— al mismo nivel que el proceso natural y orgánico del crecimiento de las plantas, sin distinción de esencia. Esto ilustra la mentalidad modernista, incapaz de aceptar la validez de la Verdad proveniente de lo “superior”, sino que insiste únicamente en adaptar las teorías humanas disponibles en el presente, las cuales cambian según las exigencias de la época.

El autor del artículo de Le Sillon, el padre Maignen, sugirió además que el novedoso concepto de “evolución” debería incorporarse a los estudios teológicos convencionales, siendo el currículo de los seminarios el principal ejemplo.

Otra importante desviación de la ortodoxia católica se publicó en una serie de artículos en Le Sillon a principios de 1899. Los artículos fueron escritos por un joven seminarista anónimo (apenas cuatro meses después de comenzar sus estudios y, probablemente, aún adolescente), quien se arrogó el derecho de juzgar la encíclica Aeterni Patris de León XIII, que abogaba por el resurgimiento de la teología escolástica y el estudio de Santo Tomás de Aquino.

En las páginas de Le Sillon, el seminarista desestimó el valor de la teología escolástica, afirmando que carecía de valor alguno como herramienta de apologética, con el argumento falaz de que “sería incapaz de convencer al hombre moderno” (8). Esto contradecía abiertamente la enseñanza del Papa León XIII, según la cual la escolástica era el modelo por excelencia e indispensable para los estudios teológicos, precisamente porque las mentes incluso de los escépticos más acérrimos, los espíritus más rebeldes y obstinados, se verían obligados (“nectendis mentibus”) a reconocer su perfecta armonía con la razón. Parece probable que el seminarista no hubiera leído la encíclica por sí mismo y simplemente repitiera las ideas de sus maestros modernistas. No obstante, su directa contradicción con la enseñanza de León XIII, que representaba la perspectiva católica tradicional, puede describirse —sin llegar a acusarlo de lesa majestad— como un ataque a la autoridad y dignidad del Sumo Pontífice en su Magisterio.

Continúa...

1) Charles Maignen, Nouveau Catholicisme et Nouveau Clergé (Nuevo catolicismo y nuevo clero), París: Victor Retaux, 1902, pág. 311.

2) Ibid., pág. 303.

3) Ibid.

4) Romano Amerio, Iota Unum: A Study of Changes in the Catholic Church in the Twentieth Century (Iota Unum: Un estudio de los cambios en la Iglesia católica en el siglo XX), Angelus Press, 1996, pág. 339, nota 13.

5) M. Sangnier, L'Esprit Démocratique, pág. 174.

6) André de la Barre, Vie du Dogme Catholique: Autorité – Évolution, París: Lethielleux, 1898, p. 178.

7) C. Maignen, op. cit., pág. 314.

8) Ibid., pág. 323.

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