lunes, 30 de marzo de 2026

BIENAVENTURADOS LOS QUE LLORAN

Queremos unirnos a ella en su dolor, aprender de ella a llorar por la agonía de Cristo, que es llorar por el pecado.

Por el padre Paul D. Scalia


Toda la Cuaresma es un ejercicio de santo dolor. No sabemos llorar como debemos, especialmente por nuestros pecados. Por eso, necesitamos estos 40 días de penitencia para aprender a sentir dolor de la manera correcta. Necesitamos aprender la contrición genuina. Necesitamos no minimizar la gravedad de nuestros pecados, ni dramatizarlos como si no existiera un Redentor. Sentir pena por nuestros pecados, no por vergüenza (“¡No puedo creer que haya hecho eso!”), ni solo por miedo al infierno, sino porque han herido a Aquel que nos ama perfectamente y, por lo tanto, merece ser amado.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Esa es la bienaventuranza de Cuaresma. Queremos saber cómo llorar nuestros pecados, los pecados de los demás, el mundo caído y, sobre todo, a Cristo mismo. Queremos experimentar la bienaventuranza de ese duelo que nos libera del pecado.

Bienaventurados los que lloran… Jesús ejemplifica esta bienaventuranza. Él fue quien lloró primero y de manera perfecta. La semana pasada escuchamos que lloró ante la tumba de Lázaro. Lo hizo porque había perdido a un amigo, porque el pecado entró en el mundo y, con él, la muerte. Pero también lloró para darnos un ejemplo de duelo.

Porque serán consolados. Jesús también muestra la recompensa de la Bienaventuranza. Al llorar ante la tumba de Lázaro, nos enseña a llorar. Al resucitar a Lázaro, nos da una imagen y un anticipo de la recompensa prometida a todos.

El llanto del Señor por Lázaro y su resurrección nos preparan para el relato actual de su Pasión, en el que encontramos la perfección de su duelo y la santificación del nuestro. En el Huerto, Jesús anunció el comienzo de su Pasión diciendo: “Mi alma está triste hasta la muerte”. Dios se hizo hombre, asumió nuestra naturaleza pasible, para poder sufrir y morir por nuestros pecados. Es significativo que el primer sufrimiento que experimentó fuera la tristeza del alma. “Su pasión comenzó desde dentro”, dijo John Henry Newman.

La causa de su dolor son nuestros pecados. Sufrió agonía, sí, porque anticipaba los sufrimientos físicos que le esperaban. Pero su mayor agonía era interior, en el dolor que permitió que lo invada a causa de nuestra rebelión contra Dios. Era el dolor del Santo, que no conoció pecado. Era un dolor exacerbado por nuestra falta de dolor: por justificar, minimizar o simplemente negar el pecado.

Bienaventurado el que llora. Jesús es el Varón de Dolores. También es bienaventurado -feliz- porque cumple la voluntad del Padre. De hecho, llora porque asume la culpa y el castigo por nuestro pecado en obediencia al Padre. Su llanto demuestra su unidad con el Padre, su participación en el plan del Padre para confrontar y erradicar el pecado.

Porque serán consolados. Jesús promete consuelo a quienes lloran. Así también, recibe consuelo incluso en su Pasión. El Sumo Sacerdote le hace jurar y le ordena que diga si Él es “el Cristo, el Hijo de Dios”. Es la pregunta crucial, aquello que Él ha venido a revelar y proclamar.

Quizás en medio de todo su dolor y sufrimiento, Jesús encontró un leve consuelo en esa oportunidad de afirmar solemnemente su identidad. Con gozo confirmó su filiación y, por lo tanto, reveló también al Padre: “Tú lo has dicho. Pero yo te digo: De ahora en adelante verás al Hijo del Hombre sentado a la derecha del Poder y viniendo en las nubes del Cielo”.

Toda la Cuaresma es un ejercicio de santa tristeza. La tristeza que deseamos se resume bellamente en el versículo 13 del Stabat Mater:

Déjame unir mis lágrimas a las tuyas,
llorando a Aquel que lloró por mí,
todos los días que viva.

Llorando a Aquel que lloró por mí… Bienaventurados los que lloran, porque el Bienaventurado ya lloró. Somos bienaventurados al poder compartir el dolor de Aquel que lloró por nosotros. Debemos llorarlo porque su alma primero se entristeció hasta la muerte.

Todos los días que viva. No, nuestro duelo no siempre puede ser tan intenso como durante la Cuaresma. Pero tal dolor debe ser una constante en la vida católica. En efecto, cuanto más profundizamos en este dolor por el pecado, más nos regocijamos en el perdón del Señor y más nos consuela.

Por supuesto, este versículo comienza recordándonos que ya existe alguien cuyo dolor ha sido perfeccionado por el suyo. A María le cantamos: “Déjame compartir tus lágrimas”. Queremos unirnos a ella en su dolor, aprender de ella a llorar por la agonía de Cristo, que es llorar por el pecado.

En la Forma Extraordinaria, el Viernes de la Semana Santa (el viernes anterior al Domingo de Ramos) conmemora a Nuestra Señora de los Dolores. Hay un vestigio de esa Misa en la oración alternativa de la Forma Ordinaria del viernes: Oh Dios, que en este tiempo concedes a tu Iglesia la gracia de imitar devotamente a la Santísima Virgen María al contemplar la Pasión de Cristo.

Tal es la mentalidad de la Iglesia, que el dolor de María se ha perfeccionado y que esta semana debemos acercarnos a ella para aprender de ella.
 

LA IGLESIA CATÓLICA Y LA EUTANASIA

La eutanasia es el asesinato de una persona inocente y, como tal, está condenada por la ley natural y el quinto mandamiento de Dios.

Por el padre François Castel


Desde hace algunos años, hemos presenciado una ofensiva a favor de la legalización de la eutanasia. Los métodos son bien conocidos; ya que se han utilizado para aprobar leyes a favor del aborto, el “matrimonio” entre personas del mismo sexo y otras leyes propias de la cultura de la muerte.

El proceso comienza con la presentación de un proyecto de ley a la asamblea, sin esperanza de que sea aprobado, sino simplemente para otorgarle cierta legitimidad e iniciar el debate. El siguiente paso consiste en influir en la opinión pública mediante la desinformación, sugiriendo que la ausencia de una ley que regule esta práctica tiene consecuencias desastrosas para la sociedad; publicando manifiestos de autoproclamadas “autoridades morales” que abogan por la legalización de la práctica deseada; y sensacionalizando algunos casos elegidos por su impacto emocional. Una vez alcanzado el consenso a favor de la práctica, se presenta nuevamente un proyecto de ley a los miembros de la asamblea nacional, quienes lo aprueban sin reservas.

Durante todo este tiempo, el debate se ha mantenido deliberadamente en un plano emocional para sembrar confusión e impedir un análisis sereno de los principios. Por lo tanto, lejos de las emociones deliberadamente avivadas en torno al tema, debemos analizar con calma e imparcialidad los principios que rigen la eutanasia. Comencemos por definir claramente los términos para clarificar la cuestión.

Definición de términos

En términos generales, la eutanasia se refiere al acto de poner fin a la vida de una persona gravemente enferma.

Eutanasia activa y pasiva

La eutanasia activa es, de hecho, la eutanasia propiamente dicha: realizar un acto que provoca la muerte del paciente. La otra se denomina eutanasia pasiva porque no quita la vida al paciente; consiste en abstenerse de realizar uno o más actos necesarios o útiles para preservar su vida. En resumen, la eutanasia activa es la muerte del paciente, mientras que la eutanasia pasiva implica más bien la omisión de asistencia a una persona en peligro.

Muchos autores rechazan esta distinción. Para ellos, la eutanasia se realiza tanto por acción como por omisión, siempre que exista la intención de acabar con la vida del paciente. Adoptaremos esta perspectiva, que nos parece más acorde con la realidad, y por lo tanto, hablaremos de eutanasia por omisión de cuidados. Se establece entonces una distinción entre los cuidados ordinarios (como la alimentación), cuya negativa equivale a la eutanasia, y los cuidados extraordinarios, que pueden omitirse legítimamente. Volveremos sobre este punto más adelante.

Por lo tanto, utilizaremos la definición de Patrick Verspieren, que coincide con la de los expertos legales:

La eutanasia consiste en causar la muerte de forma consciente y voluntaria; la eutanasia es el acto u omisión que provoca deliberadamente la muerte del paciente con el fin de poner fin a su sufrimiento.

Eutanasia y suicidio

Cuando el propio paciente decide poner fin a su vida, ya no se trata de eutanasia, sino simplemente de suicidio. La eutanasia solo debe utilizarse cuando la decisión de terminar con la vida la toma una persona distinta al paciente, como un familiar o el médico tratante.


También hablamos de suicidio asistido cuando, a petición del paciente, un tercero le ayuda a poner fin a su vida, o incluso le mata directamente a petición suya. Pero sigue siendo suicidio.

Principio de resolución

La eutanasia es el asesinato de una persona inocente y, como tal, está condenada por la ley natural y el quinto mandamiento de Dios. Solo Dios tiene poder sobre la vida, que Él da y quita según su voluntad. Solo concede este derecho a la humanidad en el caso de los culpables que representan un peligro para los demás. En estos casos, se puede poner fin a la vida en defensa propia. Se trata de casos de legítima defensa, guerra y sentencia de muerte dictada por un tribunal competente. Esta es la única excepción. La eutanasia afecta a personas inocentes y, por lo tanto, es siempre intrínsecamente mala. Esto es válido independientemente de quién decida llevarla a cabo: el Estado, un vecino o incluso la propia persona que tiene la vida (suicidio).

El Estado no puede arrogarse el derecho a la vida o a la muerte sobre sus ciudadanos

“Ciertamente, el individuo es una parte que debe cooperar por el bien del conjunto, pero, por otro lado, trasciende este conjunto por su dignidad como persona y su destino eterno. Por lo tanto, la sociedad no puede “deshacerse de lo inútil” sin caer en el totalitarismo, que convierte al “conjunto” en absoluto”. Obispo Bernard Tissier de Mallerais en le Respect de la vie (Respeto a la vida), Ediciones Fideliter, pág. 112.

Este principio condena también el suicidio, sea asistido o no, porque, como dice San Agustín: “¿Acaso quien se quita la vida no asesina a un hombre?”. “La vida -dice Santo Tomás de Aquino- es un don de Dios concedido al hombre, y que siempre está sujeta al poder de Aquel que “da la vida y la muerte” (Deut. 32:39). Por lo tanto, quien se priva de la vida peca contra Dios, del mismo modo que peca (...) quien se arroga el derecho de juzgar un caso que no le corresponde. Decidir sobre la vida o la muerte le corresponde solo a Dios” (IIa IIae, Q. 64, a. 5)

Respuestas a algunas objeciones

Ante la universalidad de este principio que protege la vida de los inocentes, los defensores de la eutanasia solicitan una excepción, justificada -según argumentan- por la necesidad de evitar a los enfermos un sufrimiento intolerable o una pérdida insoportable de dignidad. Antes de abordar estas dos objeciones por separado, cabe señalar que matar a una persona inocente es un acto intrínsecamente malo. Por lo tanto, no puede haber excepción, ya que nunca está permitido hacer el mal, ni siquiera en nombre del bien.

Sufrimiento intolerable

Se nos dice que la eutanasia busca evitar a los pacientes un gran sufrimiento innecesario, ya que su enfermedad es incurable. Esta afirmación es engañosa. Implica que el sufrimiento del paciente no puede aliviarse y que la eutanasia es la única forma de ponerle fin. Sin embargo, esto es falso. Muchos médicos afirman lo contrario. Por ejemplo, el profesor Julien Israël, oncólogo y miembro de la Academia de Ciencias Morales y Políticas, escribe: “No hay dolor ni sufrimiento físico que la medicina actual no pueda controlar y aliviar. Les aseguro que una combinación de tratamientos locales, tratamientos generales y antidepresivos permite que el paciente permanezca libre de dolor”.


Ciertamente, aún queda mucho por hacer para brindar una atención adecuada a todos los pacientes. Pero, ¿acaso la solución no reside en mejorar esta situación mediante el desarrollo de los cuidados paliativos? La eutanasia es una respuesta totalmente desproporcionada al sufrimiento del paciente, quien, además, generalmente no la desea. El Dr. Théo Klein afirma que “los pacientes que realmente piden la muerte son extremadamente raros y, una vez aliviado su sufrimiento, no vuelven a solicitarla”.

Esta petición suele provenir de personas cercanas al moribundo que, habiendo aceptado la inevitabilidad del final, desean que este termine cuanto antes. Piden la eliminación de la otra persona para protegerse de una imagen que les desagrada. Ciertamente, no es fácil presenciar impotente el deterioro de un ser querido; acompañarlo y apoyarlo requiere una inversión significativa, tanto emocional como material; pero ¿podemos, por lo tanto, privarlo de sus últimos momentos de vida poniendo fin a ella prematuramente? Eso es elegir egoístamente el camino fácil; para evitar enfrentar el problema, lo hacemos desaparecer. ¿Está la eutanasia al servicio del paciente o de su familia y la sociedad? La pregunta merece ser planteada. En cualquier caso, estamos lejos de las “nobles intenciones” que esgrimen quienes promueven la eutanasia.

Además, estas afirmaciones niegan todo valor al sufrimiento, algo que un cristiano no puede aceptar. La Pasión de Nuestro Señor Jesucristo le enseña que el sufrimiento ofrecido a Dios en sumisión a su voluntad tiene un gran valor a sus ojos. Permite al enfermo expiar los errores de su vida. De hecho, uno de los propósitos del Sacramento de la Unción de los Enfermos es ayudarles a sobrellevar el sufrimiento en este estado de ánimo, en lugar de intentar evitarlo a toda costa.

El sufrimiento también puede ser maravillosamente fructífero. Dios nos lo ha enseñado a través del ejemplo de varias santas, como Santa Rafqa (1832-1914). A los 53 años, su vida se convirtió en una verdadera prueba que duraría 29 años. Comenzó a sufrir dolores insoportables en la cabeza y los ojos, hasta el punto de no poder soportar la luz, y quedó completamente ciega en 1899. A partir de 1906, sus huesos se dislocaron uno a uno. Para 1911, no era más que un montón de huesos, que sus hermanas (era monja) movían envueltos en una sábana por temor a que se le cayeran. 

Santa Rafqa

Vivió así durante tres años sin quejarse jamás. Su fe la ayudó a encontrarle sentido a su vida de sufrimiento, que logró convertir en algo sumamente fructífero gracias a las gracias que recibió de Dios. Hoy en día, nuestra sociedad moderna sugeriría que uno termine con su vida, considerado inútil y sin valor; ¿acaso eso es realmente progreso?

Una pérdida de dignidad insoportable

Los defensores de la eutanasia reivindican lo que denominan el derecho a morir en nombre del respeto a la dignidad humana, argumentando que esta se ve comprometida por un estado insoportable de deterioro físico y mental causado por la enfermedad. Sin embargo, la dignidad humana no se juzga por las funciones biológicas. No se pierde por la disminución de las capacidades físicas. “La vida terrenal encuentra su sentido en la vida eterna; incluso sufriendo o inconsciente, la persona conserva su dignidad como ser creado a imagen y semejanza de Dios, la dignidad de un “ser de eternidad. Por eso -dijo Pío XII (a los cirujanos, el 13 de febrero de 1945)- el médico despreciará cualquier sugerencia que se le haga de destruir la vida, por frágil e inútil que parezca desde el punto de vista humano”.

Negativa a recibir atención médica

La eutanasia también puede llevarse a cabo omitiendo los cuidados necesarios para preservar la vida. Pío XII nos explica hasta qué punto esta omisión es culpable:

La razón natural y la moral cristiana establecen que el hombre (y cualquier persona encargada del cuidado de su prójimo) tiene el derecho y el deber, en caso de enfermedad grave, de tomar las medidas necesarias para preservar la vida y la salud. Este deber, que se debe a sí mismo, a Dios, a la comunidad humana y, con mayor frecuencia, a ciertas personas específicas, surge de la caridad bien ordenada, la sumisión al Creador, la justicia social e incluso la justicia estricta, así como la piedad hacia su familia, pero generalmente solo lo obliga a utilizar medios ordinarios (según las circunstancias de las personas, los lugares, los tiempos y la cultura), es decir, medios que no impongan ninguna carga extraordinaria para uno mismo ni para los demás.

Una obligación más estricta resultaría demasiado gravosa para la mayoría de las personas y dificultaría la adquisición de bienes superiores. La vida, la salud y toda actividad mundana están, de hecho, subordinadas a fines espirituales.

Además, no está prohibido hacer más de lo estrictamente necesario para preservar la vida y la salud, siempre que no se descuiden deberes más serios. Pío XII, Discurso del 24 de noviembre de 1957

Los peligros de una ley sobre la eutanasia

Admitir siquiera una sola excepción a un principio es ponerlo en tela de juicio y abrir la puerta al abuso. Se incumplirá rápidamente ante el menor motivo. Tal fue el caso del aborto, que se aceptó como “una excepción” al principio de respeto a la vida del inocente. Inicialmente, solo se autorizaba en circunstancias excepcionales. Ahora está tan arraigado en la sociedad que se reconoce como “un derecho de la mujer”. Tal deriva no puede impedir la práctica de la eutanasia en una sociedad donde la esperanza de vida aumenta constantemente, junto con el sufrimiento y las múltiples dependencias que conlleva, lo que supondrá una carga cada vez mayor para el presupuesto sanitario, de ahí ciertas tentaciones…

Incitación al suicidio

Existe un riesgo real de que una ley que autorice la eutanasia, o incluso el suicidio asistido, se convierta en un verdadero incentivo para el suicidio.


En efecto, es importante comprender que una persona gravemente enferma atraviesa periodos de profunda desesperación, a menudo acompañados de pensamientos suicidas. La práctica habitual al tratar con una persona con tendencias suicidas (recluso, paciente psiquiátrico) consiste en retirar cualquier medio para suicidarse y vigilarla para evitar que actúe según sus impulsos. En este caso, no solo no se hace nada de esto, sino que además se le ofrece al paciente toda la ayuda necesaria para que pueda suicidarse con éxito.

El paciente también es muy sensible al hecho de que se está convirtiendo en una carga para quienes lo rodean. Por lo tanto, será particularmente vulnerable a la presión de estos, quienes podrían verse tentados a animarlo a aprovecharse de dicha ley. Está costando caro a la sociedad; es una carga para sus seres queridos; ¿y todo para qué? ¿Para prolongar unos días una vida que ya no puede disfrutar? ¿No sería mejor para todos, incluido él mismo, si decidiera poner fin a todo esto sin más dilación?

Conclusión

La eutanasia es el asesinato de una persona inocente. Como tal, es intrínsecamente mala y, por lo tanto, nunca está permitida. Su legalización representaría un paso más en la afirmación de la libertad absoluta de la persona humana, quien debe poder “elegir su vida y elegir su muerte” (tema del congreso celebrado por la ADMD – Asociación por el Derecho a Morir con Dignidad, Niza, 21-23 de septiembre de 1984). De este modo, se afirmaría su libertad —incluso ante Dios— al negarse a permitir que se les imponga una muerte contra su voluntad.


Fragmento de La Sainte Ampoule n° 153 de junio de 2007
 

EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (96)

Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.


96. Jesús responde a la acusación de haber curado en sábado a la Beldad de Corozaín.
3 de febrero de 1945.

1 Jesús está en Betsaida. Habla de pie en la barca en que ha venido, que está casi encallada en la arena de la orilla, atada a una estaca de un pequeño espigón rudimentario. Mucha gente, sentada en semicírculo sobre la arena, le está escuchando. Jesús acaba de empezar su discurso.
“...en esto veo que me amáis también vosotros los de Cafarnaúm, que me habéis seguido dejando negocios y comodidades con tal de oír la palabra que os adoctrina. Sé también que ello, más que el hecho de dejar de lado esos negocios –con el consiguiente perjuicio a vuestra bolsa– os acarrea burlas e incluso menoscabo social. Sé que Simón, Elí, Urías y Joaquín se muestran contrarios a mí; hoy contrarios, mañana enemigos. Y os digo –porque no engaño a nadie, ni quiero engañaros a vosotros, mis fieles amigos– que, para perjudicarme, para proporcionarme dolor, para vencerme aislándome, ellos, los poderosos de Cafarnaúm, usaran todos los medios... Tanto insinuaciones como amenazas, tanto el escarnio como la calumnia. Todo usará el Enemigo común para arrancar almas a Cristo convirtiéndolas en presa propia. Os digo: Quien persevere se salvará; más os digo también: Quien ame más la vida y el bienestar que la salud eterna es libre de marcharse, de dejarme, de ocuparse de la pequeña vida y del transitorio bienestar. Yo no retengo a nadie.

2 El hombre es un ser libre. Yo he venido a liberar aún más al hombre. Liberarle del pecado – para el espíritu– y de las cadenas de una religión deformada, opresiva, que no hace sino sofocar bajo ríos de cláusulas, de palabras, de preceptos, la verdadera palabra de Dios, limpia, concisa, luminosa, fácil, santa, perfecta. Mi venida es criba de las conciencias. Yo recojo mi trigo en la era y lo trillo con la doctrina de sacrificio y lo cierno con el cernedor de su propia voluntad. La cascarilla, el sorgo, la veza, la cizaña, volarán ligeros e inútiles, para caer pesados y nocivos y ser alimento de volátiles; en mi granero no entrará sino el trigo selecto, puro, consistente, bueno. El trigo son los santos.
Desde hace siglos existe un duelo entre el Eterno y Satanás. Satanás, enorgullecido por su primera victoria sobre el hombre, le dijo a Dios: "Tus criaturas serán mías para siempre. Ni siquiera el castigo, ni la Ley que quieres darles, nada, las hará capaces de ganarse el Cielo, y esta Morada tuya, de la cual me expulsaste (a mí, que soy el único inteligente entre los seres creados por ti), esta Morada, se te quedará vacía, inútil, triste como todas las cosas inútiles". Y el Eterno respondió al Maldito: "Podrás esto mientras tu veneno, solo, reine en el hombre. Pero Yo mandaré a mi Verbo y su palabra neutralizará tu veneno, sanará los corazones, los curará de la demencia con que los has manchado o convertido en diablos, y volverán a Mí. Como ovejas que, descarriadas, vuelven a encontrar al pastor, volverán a mi Redil, y el Cielo será poblado: para ellos lo he hecho. Rechinarán tus horribles dientes de impotente rabia, allí, en tu hórrido reino, prisionero y maldito; sobre ti los ángeles volcarán la piedra de Dios y la sellarán. Tinieblas y odio os acompañarán a ti y a los tuyos; los míos tendrán, sin embargo, luz y amor, canto y felicidad, libertad infinita, eterna, sublime". Satanás, con risotada burlesca juró: "Juro por mi Gehena que vendré cuando llegue la hora. Omnipresente estaré junto a los evangelizados, y veremos si eres Tú el vencedor o lo soy yo".
Sí, para cribaros, Satanás os insidia y Yo os cerco. Los contendientes somos dos: Yo y él; vosotros estáis en el medio. El duelo del Amor y el Odio, de la Sabiduría y la Ignorancia, de la Bondad y el Mal, está sobre vosotros y en torno a vosotros. Yo soy suficiente para repeler los malvados golpes dirigidos a vosotros. Me coloco en medio entre el arma satánica y vuestro ser y acepto ser herido en lugar de vosotros, porque os amo. Pero, en vuestro interior, vosotros debéis repeler, con vuestra voluntad, los golpes, corriendo hacia mí, poniéndoos en mi Camino, que es Verdad y Vida. Quien no anhela el Cielo no lo tendrá. Quien no es apto para ser discípulo del Cristo será como cascarilla ligera que el viento del mundo se llevará consigo. Los enemigos del Cristo son semilla nociva que renacerá en el reino satánico.

3 Sé por qué habéis venido, vosotros de Cafarnaúm. Y tengo la conciencia tan libre del pecado que se me atribuye –y en nombre del cual, inexistente, se murmura a mis espaldas, insinuándoos que oírme y seguirme significa complicidad con el pecador–, que no temo dar a conocer la razón de ello a estos de Betsaida.
Entre vosotros, habitantes de Betsaida, hay algunos ancianos que no se han olvidado, por distintas razones, de la Beldad de Corozaín; hay hombres que pecaron con ella, hay mujeres que por su causa lloraron. Lloraron y –aún no había venido Yo a decir: "¡Amad a quien os perjudica!"– lloraron, para después regocijarse cuando vinieron a saber que la había mordido la podredumbre que rezumaba de sus entrañas impuras hacia afuera de su espléndido cuerpo, figura de aquella lepra más grave que le había roído su alma de adúltera, homicida y meretriz. Adúltera setenta veces siete, con cualquiera, con tal de que tuviese el nombre "hombre" y tuviese dinero. Homicida siete veces siete de sus concepciones ilegítimas; meretriz sólo por vicio, ni siquiera por necesidad.
¡Os comprendo, esposas traicionadas! Comprendo vuestro regocijo, cuando se os dijo: "Las carnes de la Beldad están más fétidas y descompuestas que las de un animal muerto tendido en la cuneta de una vía transitada, presa de cuervos y gusanos". Más Yo os digo: sabed perdonar. Dios ha llevado a cabo vuestra venganza; luego ha perdonado. Perdonad también vosotras. Yo la he perdonado en vuestro nombre, porque sé que sois buenas, mujeres de Betsaida que me saludáis gritando: "¡Bendito sea el Cordero de Dios! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!". Si soy Cordero y me reconocéis como tal, sí vengo a estar entre vosotras –Yo, Cordero–, vosotras debéis transformaros todas en ovejas mansas, incluso aquellas a las que un lejano, ya lejano dolor de esposa traicionada, enviste de instintos como los de una fiera que defiende su guarida. Yo, siendo Cordero, no podría permanecer entre vosotras si os comportarais como tigres y hienas.
Aquel que viene en el Nombre santísimo de Dios a recoger a justos y a pecadores para conducirlos al Cielo ha ido también adonde la arrepentida y le ha dicho: "Quedas limpia. Ve. Expía". Esto lo ha hecho en sábado. De esto se me acusa. Acusación oficial. La segunda acusación es el hecho de haberme acercado a una meretriz –una mujer que fue meretriz; en ese momento no era sino un alma que lloraba su pecado–.
Pues bien, digo: Lo he hecho y seguiré haciéndolo. Traedme el Libro, escrutadlo, estudiadlo desentrañad su contenido. Encontrad, si os resulta posible, un punto que prohíba al médico atender a un enfermo, a un levita ocuparse del altar, a un sacerdote no escuchar a un fiel... sólo porque sea sábado. Yo, si lo encontráis y me lo mostráis, diré, dándome golpes de pecho: "Señor, he pecado en tu presencia y en presencia de los hombres. No soy digno de tu perdón, pero si Tú quieres mostrarte compasivo con tu siervo, te bendeciré mientras dure mi soplo vital". Porque esa alma era una enferma, y los enfermos tienen necesidad del médico; era un altar profanado y tenía necesidad de ser purificado por un levita; era un fiel que se dirigía a llorar al Templo verdadero del Dios verdadero y tenía necesidad del sacerdote que en él le introdujera. En verdad os digo que Yo soy el Médico, el Levita, el Sacerdote. En verdad os digo que, si no cumplo con mi deber perdiendo siquiera una sola de las almas que sienten anhelo de salvación, no salvándola, Dios Padre me pedirá cuentas y me castigará por esta alma perdida.
Este sería mi pecado, según los grandes de Cafarnaúm; habría podido esperar, para hacerlo, al día siguiente del sábado. Sí. Pero, ¿por qué retardar otras veinticuatro horas la readmisión en la paz de Dios de un corazón contrito? En ese corazón había humildad verdadera, cruda sinceridad, dolor perfecto. Yo leí en ese corazón. La lepra estaba todavía en su cuerpo, más el corazón ya no la padecía debido al bálsamo de años de arrepentimiento, de lágrimas, de expiación. Ese corazón, para que Dios se acercara a él –sin que esta cercanía contaminase el aura santa que circunda a Dios–, no tenía necesidad sino de que Yo volviera a consagrarle. Lo he hecho. Ella salió del lago limpia en la carne, sí, pero aún más limpia en el corazón.

4 ¡Cuántos, cuántos de los que han entrado en las aguas del Jordán obedeciendo al mandato del Precursor no han salido tan limpios como ella! Porque el bautismo de éstos no era el acto voluntario, sentido, sincero, de un espíritu que deseara prepararse a mi venida, sino sólo una forma de aparecer perfectos en santidad ante los ojos del mundo; por lo tanto, era hipocresía y soberbia: dos culpas que aumentaban el cúmulo de culpas preexistentes en su corazón. El bautismo de Juan no es más que un símbolo. Os quiere decir: "Limpiaos de la soberbia humillándoos llamándoos pecadores; de las lujurias, lavándoos sus escorias". Es el alma la que debe ser bautizada con vuestra voluntad, para estar limpia en el banquete de Dios. No existe ninguna culpa tan grande que no pueda ser lavada, primero por el arrepentimiento, luego por la Gracia, finalmente por el Salvador (44). No hay pecador tan grande que no pueda alzar el rostro humillado y sonreír a una esperanza de redención. Es suficiente su completitud en la renuncia a la culpa, su heroicidad en el resistir a la tentación, su sinceridad en la voluntad de renacer.

5 Voy a manifestaros una verdad que a mis enemigos les parecería una blasfemia; pero vosotros sois mis amigos. Hablo especialmente para vosotros, mis discípulos ya elegidos, aunque también para todos los que me estáis escuchando. Os digo que los ángeles, espíritus puros y perfectos, que viven en la luz de la Santísima Trinidad, gozosos en ella, dentro de su perfección, padecen –y así lo reconocen– una inferioridad respecto a vosotros, hombres lejanos del Cielo. Su inferioridad es el no poderse sacrificar, no poder sufrir para cooperar en la redención del hombre. Y –¿qué os parece?– Dios no toma a un ángel suyo para decirle "sé el Redentor de la Humanidad", sino que toma a su Hijo. Y sabiendo que, a pesar de ser incalculable el Sacrificio e infinito su poder, todavía le falta algo –y es bondad paterna que no quiere hacer diferencia entre el Hijo de su amor y los hijos de su poder– a la suma de los méritos destinados a ser contrapuestos a la suma de los pecados que de hora en hora la Humanidad acumula; sabiendo esto, no toma a otros ángeles para colmar la medida (45) y no les dice "sufrid para imitar al Cristo", sino que os lo dice a vosotros, a vosotros, hombres. Os dice: "Sufrid, sacrificaos, sed semejantes a mi Cordero, sed corredentores…". ¡Oh…, veo cohortes de ángeles que, dejando por un instante de volar en el éxtasis adorante entorno al Fulcro Trino, se arrodillan, vueltos hacia la tierra, y dicen: "¡Benditos vosotros, que podéis sufrir con Cristo y por el eterno Dios nuestro y vuestro!"!
Muchos no comprenderán todavía esta grandeza; es demasiado superior al hombre. Pero cuando la Hostia sea inmolada, cuando el Trigo eterno torne a la vida para nunca más morir, después de recogerle, trillarle, mondarle y sepultarle en las entrañas de la tierra, entonces vendrá el Iluminador superespiritual e iluminará a los espíritus (incluso a los más obtusos, que, a pesar de serlo, hayan permanecido fieles al Cristo Redentor). Entonces comprenderéis que no he blasfemado, sino que os he anunciado la más alta dignidad del hombre: la de ser corredentor, a pesar de que antes no fuera más que un pecador. 

6 Mientras tanto preparaos a ella con pureza de corazón y de propósitos. Cuanto más puros seáis, más comprenderéis; porque la impureza –del tipo que sea– es en todo caso humo que obnubila y grava vista e intelecto.
Sed puros. Comenzad a serlo por el cuerpo para pasar al espíritu. Comenzad por los cinco sentidos para pasar a las siete pasiones. Comenzad por el ojo, sentido que es rey y que abre el camino a la más mordiente y compleja de las hambres. El ojo ve la carne de la mujer y apetece la carne. El ojo ve la riqueza de los ricos y apetece el oro. El ojo ve la potencia de los gobernantes y apetece el poder. Tened ojo sereno, honesto, morigerado, puro, y tendréis deseos serenos, honestos, morigerados y puros. Cuanto más puro sea vuestro ojo, más puro será vuestro corazón. Estad atentos a vuestro ojo, ávido descubridor de los pomos tentadores. Sed castos en las miradas, si queréis ser castos en el cuerpo.
Si tenéis castidad de carne, tendréis castidad de riqueza y de poder; tendréis todas las castidades y seréis amigos de Dios. No temáis ser objeto de burlas por ser castos, temed sólo ser enemigos de Dios.
Un día oí decir: "El mundo se burlará de ti, considerándote mentiroso o eunuco, si muestras no tender hacia la mujer". En verdad os digo que Dios ha puesto el vínculo matrimonial para elevaros a imitadores suyos procreando, a ayudantes suyos poblando los Cielos. Pero existe un estado más alto, ante el cual los ángeles se inclinan viendo su sublimidad sin poderla imitar. Un estado que, si bien es perfecto cuando dura desde el nacimiento hasta la muerte, no se encuentra cerrado para aquellos que, no siendo ya vírgenes, arrancan su fecundidad, masculina o femenina, anulan su virilidad animal para hacerse fecundos y viriles sólo en el espíritu. Se trata del eunuquismo sin imperfección natural ni mutilación violenta o voluntaria, el eunuquismo que no impide acercarse al altar; es más, que, en los siglos venideros, servirá al altar (46) y estará en torno a él. Es el eunuquismo más elevado, aquel cuyo instrumento amputador es la voluntad de pertenecer a Dios sólo, y conservarle castos el cuerpo y el corazón para que eternamente refuljan con la candidez que el Cordero aprecia.

7 He hablado para el pueblo y para los elegidos de entre el pueblo. Ahora, antes de entrar a partir el pan y condividir la sal en la casa de Felipe, os bendigo a todos; a los buenos, como premio; a los pecadores, para animarlos a acercarse a Aquel que ha venido a perdonar. La paz sea con todos vosotros”.
Jesús desciende de la barca y pasa entre la multitud que se le agolpa en torno. En la esquina de una casa está todavía Mateo, quien ha escuchado desde allí al Maestro, no atreviéndose a más. Cuando llega a ese punto, Jesús se detiene y, como bendiciendo a todos, bendice una vez más, mira a Mateo, y luego reemprende la marcha entre el grupo de los suyos, seguido por el pueblo; y desaparece en una casa.
Todo termina.

Continúa...

Notas:

44) Nótese que en el contexto se trata también del bautismo de Juan, rito penitencial que precedió al bautismo cristiano y a la Pasión de Cristo; y también nótese que el arrepentimiento puede nacer también de la sola voluntad que recibe moción del Espíritu Santo, buena voluntad y arrepentimiento, fundamento humano insustituible de toda conversión.

45) Cfr. Col. 1, 24.

46) Cfr. Lev. 21, 16–24; Mt. 19, 10–12; 1 Cor. 7, 1 y 7–8 y 32–34.


LA REINA DEL CIELO EN EL REINO DE LA DIVINA VOLUNTAD (29)

Continuamos con la publicación del Capítulo 29 del libro “La Reina del Cielo”, escrito por la Sierva de Dios Luisa Piccarreta, Hija Pequeña de La Divina Voluntad.


Esta obra de Luisa-Piccarreta que fue publicada por primera vez el año 1930, consta de treinta y un Meditaciones que serán publicadas -Dios mediante- cada cinco días.


VIGESIMA NOVENA MEDITACION – La Reina del Cielo en el Reino de la Divina Voluntad.

La hora del triunfo. Apariciones de Jesús.

Los Apóstoles, que habían huido, regresan en derredor de la Santísima Virgen como a su arca de salvación y como a su medianera de perdón. La Ascensión.

EL ALMA A SU MADRE CELESTIAL:

Madre admirable, heme aquí de nuevo sobre tus rodillas maternas para unirme a Ti en la fiesta y en el triunfo de la Resurrección de nuestro querido Jesús. ¡Qué hermoso es hoy tu aspecto; es todo amabilidad, todo dulzura y todo alegría! En verdad me parece verte resucitada junto con Jesús. ¡Ah, Mamá Santa, en medio de tanta alegría y triunfo no olvides a tu hija! Encierra en mi alma el germen de la Resurrección de Jesús, a fin de que en virtud de ella yo resurja plenamente en la Divina Voluntad y así viva unida siempre a Ti y a mi dulce Salvador.

LECCION DE LA REINA DEL CIELO:

Hija bendita de mi corazón materno, grande fue mi alegría y mi triunfo en la Resurrección de mi Hijo Divino. Yo me sentí renacida y resucitada en Él; todos mis dolores se cambiaron en gozos y en mares de gracia, de luz, de amor y de perdón para las criaturas que habían sido confiadas a mi maternidad por Jesús en el supremo momento de su agonía y que Yo había sellado en mi Corazón con el indeleble sello de mis martirios.

Debes saber, querida mía, que después de la muerte de mi dulce Hijo, Yo me retiré al Cenáculo junto con el amado Juan y con Magdalena. Mi Corazón sufría mucho al ver que únicamente Juan estaba Conmigo, y en mi dolor preguntaba: “Y los demás Apóstoles... ¿dónde están?”

En cuanto ellos supieron que Jesús había resucitado, tocados por gracias especiales se conmovieron y llorando vinieron uno por uno a Mí, y me pidieron perdón con lágrimas por haber abandonado a su Maestro con su huida vil. Yo los acogí maternalmente en el arca de refugio y de salvación de mi corazón; aseguré a cada uno el perdón de mi Hijo y les di valor para no temer, pues su suerte estaba en mis manos por haberlos recibido como hijos míos.

Si bien Yo estuve presente en la Resurrección de Jesús, no dije nada a ninguno esperando que Él mismo se manifestara a todos glorioso y triunfante. La primera que lo vio fue la afortunada Magdalena, después lo vieron las piadosas mujeres, quienes llenas de alegría vinieron a anunciarme que lo habían contemplado resucitado y que el sepulcro estaba vacío, y mientras Yo las escuchaba con semblante de triunfo las confirmaba en la fe de la Resurrección.

Durante ese día casi todos los Apóstoles vieron a su Maestro adorado y cada uno de ellos exultó por haber sido llamado a su seguimiento. Este cambio de comportamiento, querida hija, simboliza y demuestra a lo vivo la triste inconstancia a la que está sujeto el hombre que se deja sojuzgar por su propia voluntad. En realidad ella fue la causa por la que los Apóstoles huyeron abandonando a su Señor, y por la que sintieron tal temor que debieron ocultarse y... aún negarlo, como sucedió con Pedro. Pero si en cambio ellos hubieran estado dominados por la Divina Voluntad, no sólo no se hubieran alejado de su Maestro, sino que, valerosos e intrépidos, habrían permanecido siempre a su lado, sintiéndose honrados en dar su propia vida para defenderlo!

Mi amado Jesús después de la Resurrección estuvo aún en la tierra por cuarenta días y continuamente se aparecía a los Apóstoles y a los discípulos para confirmarlos en la fe y para aumentar su certeza en la Resurrección, y cuando no estaba con los Apóstoles permanecía Conmigo en el Cenáculo rodeado por las santas almas que había sacado del Limbo.

Mi amado Jesús después de la Resurrección estuvo aún en la tierra por cuarenta días y continuamente se aparecía a los Apóstoles y a los discípulos para confirmarlos en la fe y para aumentar su certeza en la Resurrección, y cuando no estaba con los Apóstoles permanecía Conmigo en el Cenáculo rodeado por las santas almas que había sacado del Limbo.

Transcurridos los cuarenta días, mi dulce Jesús enseñó por última vez a sus Apóstoles y después de haberme elegido como su Maestra y Guía y de haber prometido el envío del Espíritu Santo, bendiciéndonos a todos tomó el vuelo hacia el Cielo con el cortejo maravilloso de las almas por Él liberadas. ¡Yo también tuve el gozo indecible de seguirlo y asistir a la gran fiesta preparada para Él en el Cielo! Para Mí la Patria Celestial no era desconocida y sin mi presencia, la fiesta de mi Hijo no hubiera podido ser completa.

Querida hija, todo lo que has escuchado y admirado no ha sido otra cosa que efecto de la Potencia del Divino Querer obrante en Mí y en mi Hijo. ¿Comprendes ahora la razón por la cual Yo ardo en el deseo de encerrar en ti la vida obrante del Divino Querer? Todas las criaturas poseen el Divino Querer pero lo tienen sofocado, como si fuera su siervo, mientras que si le dieran vida en ellos, Él podría obrar prodigios de santidad y de gracia y realizar en ellos obras dignas de su Potencia; pero está, en cambio, obligado a permanecer inoperante, su acción está limitada y obstaculizada y las más de las veces en realidad impedida!

Por eso sé atenta y coopera con todas tus fuerzas a fin de que el Cielo de la Divina Voluntad se extienda en ti y con su poder obre como quiera todo lo que quiera.

EL ALMA:

Mamá Santísima, tus bellas lecciones me arrebatan y despiertan en mí el vehemente deseo de poseer la vida operante de la Divina Voluntad en mi alma. Sí, Mamá queridísima, quiero ser también yo inseparable de mi Jesús y de Ti! Pero para tener la mayor seguridad te pido que tomes a tu cargo el trabajo de mantener mi voluntad encerrada en tu materno Corazón; de otra manera las mías serán siempre solamente palabras que nunca se convertirán en hechos. Por ésto, a Ti me encomiendo y de Ti espero todo.

PRACTICA:

Para honrarme harás una visita a Jesús Sacramentado como obsequio a su Ascensión al Cielo y le pedirás que te haga ascender en su Divina Voluntad.

JACULATORIA: 

Mamá Querida, con tu poder triunfa en mi alma y hazme renacer en la Voluntad de Dios.

Continúa...


30 DE MARZO: SAN JUAN CLÍMACO, ABAD


30 de Marzo: San Juan Clímaco, Abad

(✞ 605)

El glorioso abad del Monte Sinaí San Clímaco fue, según lo que se cree, natural de Palestina, y siendo mozo de dieciséis años bien enseñado en las letras humanas, se ofreció a Cristo Nuestro Señor en agradable sacrificio, retirándose del mundo en un monasterio del Monte Sinaí, donde por espacio de diez años brilló a los ojos de los monjes como perfecto dechado de todas las virtudes.

Pasó después a la vida solitaria y escogió un lugar llamado Tola, que estaba al pie del monte y a dos leguas de la iglesia de la Santísima Virgen que el emperador Justiniano, había hecho edificar para los monjes que moraban en las rocas y asperezas del Sinaí.

En aquella ermita vivió Juan por espacio de cuarenta años, con tan grande santidad, que todos le llamaban el Ángel del desierto. El Señor lo levantaba al estado angelical por la oración continua; y no pocas veces le dieron elevado de la tierra y suspendido en el aire resplandeciendo en su rostro la gracia de Dios y las delicias celestiales que estaba gozando su alma.

Al fin el Señor lo sacó de su ermita para que fuese el abad y maestro de todos los monjes del Sinaí, y por el ruego y la súplica de ellos escribió el famoso libro llamado Escala Espiritual, en el cual se describen treinta escalones por donde pueden subir los hombres a la cumbre de la perfección.

Su lenguaje santo es por sentencias y admirables ejemplos.

Dice que en un monasterio de Egipto donde moraban trescientos treinta monjes y no había más un alma y un corazón; y que a pocos pasos de este monasterio había otro que se llamaba La Cárcel, donde voluntariamente se encerraban los que después de la profesión habían confesado alguna grave culpa, y hacían tan asombrosas penitencias, que no se pueden leer sin llenarse los ojos de lágrimas y temblar las carnes de horror.

Se encomendaba a las oraciones de este varón santísimo el venerable Pontífice San Gregorio Magno, y el abad Raytú, en una epístola que también le escribió le pone este título: “Al admirable varón, igual a los ángeles, Padre de Padres, y doctor excelente, salud en el Señor”. 

Habiendo pasado el santo sesenta y cuatro años en el desierto, a los ochenta años de edad, entregó su alma purísima y preciosísima al Señor.
 

domingo, 29 de marzo de 2026

LA RELIGIÓN ES UN HECHO DE LA VIDA QUE INCLUSO LOS ATEOS DEBEN ACEPTAR

Si queremos demostrar que la Iglesia Católica realmente profesa la religión verdadera, primero debemos equiparnos con una comprensión clara de lo que realmente es la religión”.

Por Matthew McCusker


En todo el mundo, en todo momento y lugar, encontramos evidencia de que los seres humanos son religiosos. Pero ¿qué es exactamente la religión? ¿Y cómo nos ayuda comprender la naturaleza de la religión a demostrar que la religión católica es verdadera?

Comenzaremos a explorar estas preguntas en este artículo, que forma parte de una serie más larga que reivindica las afirmaciones de la Iglesia Católica.

Introducción

La entrega más reciente describió cómo la ciencia de la Teología Fundamental utiliza tanto la filosofía como la historia para establecer los fundamentos de la religión católica.

Ese artículo explicaba que la Teología Fundamental comienza con un estudio o “tratado”, a menudo llamado “La Verdadera Religión”, porque “se propone demostrar que existe en la tierra una sola religión revelada por Dios y destinada a todos los hombres. Esa religión es la que nos trajo Jesucristo, un auténtico mensajero de Dios; y esa religión es, en concreto, la religión que profesa la Iglesia Católica” [1].

Para demostrar que la Iglesia Católica profesa la verdadera religión, primero debemos comprender claramente qué es la “religión”. Si no sabemos qué entendemos por “religión”, ¿cómo podemos determinar si una religión es verdadera?

Que es la religión 

Anteriormente en esta serie, cuando nos preguntamos si Dios existe, tomamos la idea generalmente aceptada de Dios como punto de partida de nuestra investigación. El mismo enfoque puede aplicarse a la “religión”. Es decir, podemos empezar por preguntarnos qué es lo que los hombres concuerdan en llamar “religión”.

El teólogo Monseñor Gerard Van Noort escribió:

Nadie, ni siquiera un ateo, ignora la existencia de la religión. La religión es tan común como los árboles, y como estos, crece en una infinita variedad de formas, tamaños y colores por todo el mundo. Y así como algunos árboles son gigantescos y otros pequeños; algunos florecientes y otros atrofiados; algunos hermosos y otros grotescos, así ocurre también con las diversas formas de la religión [2].

Y el filósofo AM Woodbury SM señaló:

Nadie puede negar hoy la existencia de hechos religiosos. Pues entre diversos pueblos, diversas religiones han florecido y siguen floreciendo, y de hecho, de forma tan universal, que la raza humana, vista en general, debe considerarse genuinamente religiosa [3].

Los sistemas de creencias y prácticas como el cristianismo, el islam, el judaísmo, el hinduismo, el sijismo, el budismo y muchos otros son universalmente denominados religiones.

El uso del término “religión” para abarcar sistemas diferentes, y a menudo contradictorios, de creencias y prácticas indica que todos esos sistemas deben considerarse como si tuvieran algo en común, que no comparten los sistemas a los que nos referimos con otros términos, como “filosofía” o “ideología”.

Creo que será indiscutible afirmar que todos los sistemas de creencias denominados “religiones” tienen algo muy obvio en común: todos profesan tener algo que decir sobre Dios, los dioses u otras fuerzas espirituales. La religión se ocupa de la relación entre los hombres y estos poderes espirituales y siempre tiene un aspecto práctico, guiando a los hombres sobre cómo relacionarse con seres sobrenaturales mediante la oración, los rituales y la regulación de sus acciones. Las religiones también abordan invariablemente, en cierta medida, el destino del hombre después de la muerte; esto es fundamental en muchas religiones, mientras que en otras es menos prominente.

Woodbury resumió estos aspectos clave de la religión de la siguiente manera:

Las diversas religiones se esfuerzan por resolver el problema de nuestro fin: pues enseñan que además de este mundo visible, existe otro invisible, al que podemos llegar si tenemos comunicación con un ser o seres superiores que se consideran existentes allí [4].

La Catholic Encyclopedia (Enciclopedia Católica) también señala:

En toda forma de religión está implícita la convicción de que el Ser (o seres) misterioso y sobrenatural tiene control sobre las vidas y destinos de los hombres [5].

Otro aspecto de la religión es evidente en esta etapa preliminar, de sentido común, de nuestra investigación: cada religión es practicada por más de una persona; es un esfuerzo comunitario, no una filosofía o práctica personal. La religión también, casi universalmente, implica alguna forma de jerarquía o mediación con lo divino, siendo comunes las formas de sacerdocio.

A lo largo de la historia de la humanidad, la religión ha estado, para la gran mayoría de los seres humanos, plenamente integrada en su vida social, uniendo comunidades enteras en la práctica de la misma religión. Ser miembro de una sociedad y practicar la religión de esa sociedad ha sido, por lo general, una misma cosa.

En algunas sociedades, como el Imperio Romano, se toleraba la práctica de diferentes religiones siempre que la religión oficial del Estado no se viera amenazada. Formas similares de tolerancia se desarrollaron en Europa tras la Reforma. Sin embargo, la noción de que la creencia religiosa de una persona es completamente distinta de su pertenencia al Estado, de modo que este puede (o incluso debe) no tener religión, mientras que los ciudadanos eligen libremente su propio sistema de creencias, sería completamente ajena a la gran mayoría de los seres humanos de todos los tiempos.

Un examen más detallado de las religiones históricas

En la sección anterior, hemos identificado elementos clave que todos los sistemas que llamamos “religiones” parecen compartir. Sin embargo, se puede aprender mucho más sobre la naturaleza de la religión mediante un estudio riguroso de las formas de religión existentes e históricas.

La teóloga Michaele Nicolau, SJ, explicó que “la investigación sobre la religión se realiza examinando de manera histórica y etnológica, es decir, con la ayuda de la comparación de las lenguas, las culturas, las formas sociales, las relaciones de los hombres con el ser supremo y con los seres superiores, de los cuales uno profesa depender y con los cuales desea cooperar” [6].

No es posible explorar en detalle aquí la vasta erudición sobre religión, pero sus hallazgos clave han sido resumidos sucintamente por Nicolau:

La investigación sobre la religión de todos los pueblos demuestra que la convicción de la existencia de un poder personal suprasensible es válida en todas partes, y que debe ser reverenciado, apaciguado e invocado. Hacia él deben cumplirse la fe y ciertos deberes, y por doquier se encuentran ritos y ceremonias mediante los cuales se ejerce el culto a este poder numinoso. En resumen: en todas partes, entre las naciones, existe un complejo de verdades, deberes e instituciones que rigen las relaciones del hombre con el Ser Supremo; en todas partes este vínculo moral pone al hombre en contacto con este Ser [7].

Según Woodbury, existen tres elementos clave presentes en todas las religiones, aunque se manifiesten de formas significativamente diferentes. Estos elementos son:

• Doctrina

• Ley

• Culto

Todas las religiones tienen doctrina o dogma; es decir, sostienen ciertas cosas como verdaderas respecto a Dios, los dioses, el más allá o el destino final del hombre. Las religiones difieren significativamente en cuanto a la sofisticación con la que formulan y expresan su contenido doctrinal, y los medios por los que lo profesan, enseñan e imponen. No obstante, todas las religiones tienen cierto contenido doctrinal; profesan o asumen como cierto algo sobre el orden sobrenatural.

En segundo lugar, todas las religiones se ocupan de las acciones y el comportamiento humanos. Todas proponen reglas o leyes que el hombre debe seguir para relacionarse correctamente con Dios o los dioses. Algunas religiones tienen amplios códigos morales, otras no, pero ninguna religión es indiferente a las acciones de quienes la profesan.

Finalmente, todas las religiones implican algún tipo de ritual u oración. Estos ritos varían ampliamente, pero invariablemente implican alguna forma de adoración a la divinidad y suelen ir acompañados de actos como la intercesión y la acción de gracias. Las formas de adoración sacrificial son extremadamente comunes. Muchas religiones, especialmente aquellas donde se ofrece algún tipo de sacrificio, cuentan con una clase de sacerdotes o sacerdotisas que celebran ritos públicos de adoración.

Es importante reiterar que afirmar la presencia universal de la doctrina, la ley y el ritual no significa afirmar que todas las religiones enseñen, en última instancia, las mismas doctrinas, propongan el mismo código moral o practiquen los mismos ritos. Tampoco significa afirmar que su doctrina, normas y ritos sean todos buenos y verdaderos. Simplemente significa afirmar que estos elementos pueden encontrarse, en cierta medida, en todos esos sistemas de creencias y prácticas que llamamos religiones.

La universalidad de la religión exige una explicación

En sus Choruses from “The Rock” (Coros de “La Roca”), el poeta TS Eliot expresó bellamente la lucha del hombre por la verdad religiosa:

Y cuando había hombres, en sus diversos caminos, luchaban en tormento hacia DIOS

Ciegamente y en vano, porque el hombre es una cosa vana, y el hombre sin DIOS es una semilla en el viento, llevada de un lado a otro, y sin encontrar lugar donde alojarse y germinar.

Siguieron la luz y la sombra, y la luz los condujo hacia la luz y la sombra los condujo hacia la oscuridad.

Adorar serpientes o árboles, adorar demonios antes que nada: llorar por una vida más allá de la vida, por un éxtasis que no sea de la carne.

En todos los continentes, entre todos los pueblos y en todas las épocas, los seres humanos han buscado el conocimiento sobre el poder divino que gobierna y dirige el mundo. Se han esforzado no solo por poseer conocimiento, sino por organizar sus vidas según ese conocimiento. Han adorado, orado y ofrecido sacrificios. Han ordenado sus vidas según normas que consideran agradables al poder divino; han buscado ayuda en medio de los sufrimientos de esta vida y han abrigado la esperanza de que una vida mejor les aguardara después de la muerte.

Esta universalidad de la religión es un hecho que exige explicación, según el principio de que “todo efecto debe tener una causa proporcional”.

Ahora que hemos establecido que el hombre es un ser religioso, estamos listos para preguntarnos por qué es así. Debe haber una explicación que explique adecuadamente el fenómeno observado.

Ésta es la pregunta que abordaremos en la próxima entrega.

Notas:

1) Monseñor G. Van Noort, Dogmatic Theology Volume I: The True Religion, traducido y revisado, John Castelot y William Murphy (6ª edición), pág. xlvii.

2) Van Noort, The True Religion, p2-3.

3) AM Woodury SM, Lecture notes on Apologetics, A18. Consultado en: https://www.austinwoodbury.com.

4) Woodbury, Apologetics, A18.

5) “Religion”, Catholic Encyclopedia.

6) Michaele Nicolau SJ, Sacrae Theologiae Summa IA , trad. Kenneth Baker SJ, p66.

7) Nicolau, STS IA, pág. 67.
 

CONFESORES DE LA FE QUE COMBATIERON LOS ERRORES DE SU TIEMPO

Aquellos que descalifican y persiguen a los maestros católicos que defendieron la fe y que combatieron las herejías, deben saber que se sitúan fuera de la tradición católica y están contra ella.

Por el padre José María Iraburu


La historia nos muestra que muchos Concilios se reunieron para condenar herejías o reprobar herejes. El I Concilio de Constantinopla, ecuménico (381), en su canon 1º, “anatematiza toda herejía, y en particular la de eunomianos o anomeos, la de arrianos o eudoxianos, la de semiarrianos o pneumatómacos, la de sabelinos, marcelianos, fotinianos y apolinaristas”. Se trataba de herejías entonces activas.

Es además tan frecuente en los Concilios reiterar las condenaciones de las herejías pasadas, que el papa Gelasio I (492-496) prohibió esa costumbre: “¿Acaso nos es lícito desatar lo que fue ya condenado por los Venerables Padres y volver a tratar los criminales dogmas por ellos arrancados?” (Cta. al Ob. Honorio). En todo caso, como las herejías seguían produciéndose con el paso de los siglos, aunque a veces solo fueran reformulaciones de antiguos errores, una y otra vez, los Papas y los Concilios tuvieron de pronunciarse contra Orígenes, contra Prisciliano, contra los errores de begardos y beguinas, etc. Simplemente: el número de condenaciones era igual al número de herejías.

Pues bien, si la Iglesia fundamenta su Magisterio siempre en la Biblia y en la Tradición, ha de observar y observa fielmente esta norma tradicional. El Papa y los obispos, los sacerdotes y teólogos, todos los fieles, cada uno en su modo y medida, han de confesar la fe católica y han de combatir los errores contrarios.

Han de ser combatidos de modo especial “los errores contemporáneos”. Es cierto que también las herejías del pasado, al menos las principales, mantienen siempre alguna vigencia o peligro, y deben ser rechazadas. Pero, sin duda, la mayor virulencia del error suele darse en cada época en los errores presentes, en buena parte a causa de su fascinante novedad. Los errores, cuando se hacen viejos, pierden mucho de su peligroso atractivo. Por eso, todos los fieles, y muy especialmente Obispos, teólogos y párrocos, han de estar vigilantes para apagar cuanto antes el fuego herético que pueda encenderse en algún lado, para evitar que se extienda y haga un gran incendio. Si dejan que el fuego se extienda y se haga cada vez más fuerte, puede llegar un momento en que ya el incendio no pueda ser combatido, y solo termine y se apague por sí mismo, cuando todo haya sido arrasado y no quede ya nada por consumir.

Podemos recordar el ejemplo de San Agustín (354-430). El Santo Doctor, Obispo de Hipona –una pequeña diócesis del norte de África–, combatió con todas sus fuerzas los errores que en sus años amenazaban la verdad católica. En una época en que las noticias se difundían mucho más lentamente que hoy, él combatió, por ejemplo, muy duramente contra los errores que estaba difundiendo, especialmente en Roma, el monje irlandés Pelagio, estrictamente contemporáneo suyo (354-427).

Y así lo hizo, asistido por Dios, para bien de la Iglesia, aunque aquellos errores sobre el pecado original y la necesidad de la gracia sobrenatural fueran en un principio aprobados por el Obispo de Jerusalén, por el de Cesarea, por el sínodo de Dióspolis (415), e incluso en primera instancia por el Papa Zósimo, engañado por una confesión falsa hecha por Pelagio; aunque le condenó después. Todos éstos, mal informados, no habían descubierto todavía la gravísima malicia del pelagianismo, cuando, por otra parte, la Iglesia no había formulado aún una doctrina dogmática clara y precisa sobre esos temas. Y ejemplos como éste podrían multiplicarse indefinidamente. La impugnación de los errores presentes es un dato unánime de la Tradición Católica.

Todos los santos combatieron los errores de su tiempo, al menos aquellos que por su misión dentro de la Iglesia estaban especialmente comprometidos a librar esa lucha. Todos combatieron los errores y las desviaciones morales de su tiempo, atrayendo frecuentemente sobre sí muy graves penalidades, persecuciones, exilios, cárcel, muerte. Fueron, pues, mártires de Cristo, ya que dieron en el mundo y en la Iglesia “el testimonio de la verdad” con todas sus fuerzas: sin “guardar su vida” cautelosamente; sin tener a veces el apoyo de los demás Obispos; sin esperar la declaración de un Concilio –aunque ellos lo promovían cuando era preciso–; faltos en ocasiones de la misma confortación del Obispo de Roma.

En el año 359, después de los conciliábulos de Rímini y Seleucia, escribió espantado San Jerónimo: “ingemuit totus orbis et arianum se esse miratus est” (Adv. Lucif.). En ese tiempo, efectivamente, el arrianismo, negando la divinidad de Jesucristo, había invadido gran parte de la Iglesia. Y en aquella crisis, una de las más graves de la historia de la Iglesia, fue decisivo el testimonio de la fe católica dado por unos pocos, como el Obispo de Poitiers, San Hilario (315-368) y San Atanasio (295-373), Obispo de Alejandría (328-373), que cinco veces se vió expulsado de su sede por los arrianos (335-337, 339-346, 356-363, 363, 365-366), habiendo de sufrir destierro, violencias, calumnias, desprestigios y toda clase de sufrimientos físicos y morales. Fueron fieles discípulos del Maestro crucificado y de los Apóstoles mártires. No se vieron frenados en su celo pastoral ni por personalidades fascinantes, ni por Centros teológicos prestigiosos, ni por príncipes o emperadores, ni por levantamientos populares. Y gracias a su martirio –gracias a Dios, que los sostuvo– la Iglesia Católica permanece en la fe católica.

El Oficio de lectura de la Liturgia de las Horas, en el Propio de los Santos, da una mínima biografía de cada uno. Y merece la pena señalar que, cuando trata sobre todo de santos pastores o teólogos, casi siempre recuerda, como mérito destacado, que “combatieron los errores de su tiempo”. Los cito abreviadamente, y compadeciéndome de los lectores, 1º-divido el texto en cuatro cómodos párrafos, que abarcan cada uno cinco siglos y 2º-declaro no obligatoria su lectura. (Y todavía habrá alguno que se queje).

San Justino (+165; 1-VI), “escribió diversas obras en defensa del cristianismo… Abrió en Roma una escuela donde sostenía discusiones públicas. Fue martirizado”. 
San Ireneo (+200; 28-VI), Obispo y Mártir, autor de Adversus hæreses, “escribió en defensa de la fe católica contra los errores de los gnósticos”. 
San Calixto I (+222; 14-X), antiguo esclavo, Papa y Mártir, “combatió a los herejes adopcionistas y modalistas”. 
San Antonio Abad (+356; 17-I), padre de los monjes, apoyó “a San Atanasio en sus luchas contra los arrianos”. 
San Hilario (+367; 13-I), Obispo y Doctor de la Iglesia, “luchó con valentía contra los arrianos y fue desterrado por el emperador Constancio”. 
San Atanasio (+373; 2-V), Obispo y Doctor de la Iglesia, “peleó valerosamente contra los arrianos, lo que le acarreó incontables sufrimientos, entre ellos varias penas de destierro”. 
San Efrén (+373; 9-VI), Diácono y Doctor de la Iglesia, fue “autor de importantes obras, destinadas a la refutación de los errores de su tiempo”. 
San Basilio (+379; 2-II), Obispo y Doctor de la Iglesia, “combatió a los arrianos”. 
San Cirilo de Jerusalén (+386; 18-III), Obispo y Doctor de la Iglesia, “por su actitud en la controversia arriana, se vio más de una vez condenado al destierro… [pues] explicaba a los fieles la doctrina ortodoxa, la Sagrada Escritura y la Tradición”. 
San Eusebio de Vercelli (+371; 2-VIII), Obispo, “sufrió muchos sinsabores por la defensa de la fe, siendo desterrado por el emperador Constancio. Al regresar a su patria, trabajó asiduamente por la restauración de la fe, contra los arrianos”. 
San Dámaso (+384; 11-XII), Papa, “hubo de reunir frecuentes sínodos contra los cismáticos y herejes”. 
San Ambrosio (+397; 7-XII), Obispo y Doctor de la Iglesia, “defendió valientemente los derechos de la Iglesia y, con sus escritos y su actividad, ilustró la doctrina verdadera, combatida por los arrianos”. 
San Juan Crisóstomo (+407; 13-IX), Obispo y Doctor de la Iglesia, en Constantinopla, se esforzó “por llevar a cabo una estricta reforma de las costumbres del clero y de los fieles. La oposición de la corte imperial y de los envidiosos lo llevó por dos veces al destierro. Acabado por tantas miserias, murió [desterrado] en Comana, en el Ponto”. 
San Agustín (+430; 28-VIII), Obispo y Doctor de la Iglesia, “por medio de sus sermones y de sus numerosos escritos contribuyó en gran manera a una mayor profundización de la fe cristiana contra los errores doctrinales de su tiempo”. 
San Cirilo de Alejandría (+444; 27-VI, Obispo y Doctor de la Iglesia, “combatió con energía las enseñanzas de Nestorio y fue la figura principal del Concilio de Éfeso”. 
San León Magno (+461; 10-XI), Obispo y Doctor de la Iglesia, “combatió valientemente por la libertad de la Iglesia, sufriendo dos veces el destierro”.

San Hermenegildo (+586; 13-IV) “es el gran defensor de la fe católica de España contra los durísimos ataques de la herejía arriana… Su verdadera gloria consiste en haber padecido el martirio por negarse a recibir la comunión arriana y en ser, de hecho, el primer pilar de la unidad religiosa de la nación”. 
San Martín I (+656; 13-III), Papa y Mártir, “celebró un Concilio en el que fue condenado el error monotelita. Detenido por el emperador Constante el año 653 y deportado a Constantinopla, sufrió lo indecible; por último fue trasladado al Quersoneso, donde murió”. 
San Ildefonso (+667; 23-I), Obispo de Toledo, hizo “una gran labor catequética defendiendo la virginidad de María y exponiendo la verdadera doctrina sobre el bautismo”. 
San Juan Damasceno (+mediados VIII; 4-XII), Doctor de la Iglesia, “escribió numerosas obras teológicas, sobre todo contra los iconoclastas”.

San Romualdo (+1027; 19-VI), abad, “luchó denodadamente contra la relajación de costumbres de los monjes de su tiempo”.
San Gregorio VII (+1085; 25-V), Papa, trabajó “en la obra de reforma eclesiástica… con gran denuedo… Su principal adversario fue el emperador Enrique IV. Murió desterrado en Salerno”.
San Anselmo (+1109; 21-IV), Obispo y Doctor de la Iglesia, “combatió valientemente por la libertad de la Iglesia, sufriendo dos veces el destierro”. 
Santo Tomás Becket (+1170; 29-XII), Obispo y Mártir, “defendió valientemente los derechos de la Iglesia contra el rey Enrique II, lo cual le valió el destierro a Francia durante seis años. Vuelto a la patria, hubo de sufrir todavía numerosas dificultades, hasta que los esbirros del rey lo asesinaron”. 
San Estanislao (+1079; 11-IV), Obispo y Mártir, “fue asesinado por el rey Boleslao, a quien había increpado por su mala conducta”. 
Santo Domingo de Guzmán (+1221; 8-VIII), fundador de la Orden de Predicadores, “con su predicación y con su vida ejemplar, combatió con éxito la herejía albigense”. 
San Antonio de Padua (+1231; 13-VI), Doctor de la Iglesia, se dedicó a la predicación, “convirtiendo muchos herejes”. 
San Vicente Ferrer (+1419; 5-IV), “como predicador recorrió muchas comarcas con gran fruto, tanto en la defensa de la verdadera fe como en la reforma de costumbres”. 
San Juan de Capistrano (+1456; 23-X), sacerdote de los Frailes Menores, hizo su apostolado por toda Europa, “trabajando en la reforma de costumbres y en la lucha contra las herejías”. 
San Casimiro (+1484; 4-III), hijo del rey de Polonia, fue “gran defensor de la fe”.

San Juan Fisher (+1535; 22-VI), Obispo y Mártir, “escribió diversas obras contra los errores de su tiempo”. 
Santo Tomás Moro (+1535; 22-VI), “escribió varias obras sobre el arte de gobernar y en defensa de la religión”. Igual que San Juan Fisher, por oponerse a los errores y abusos del rey Enrique VIII, fue decapitado en 1535. 
San Pedro Canisio (+1597; 21-XII), Doctor de la Iglesia, “destinado a Alemania, desarrolló una valiente labor de defensa de la fe católica con sus escritos y predicación”. 
San Roberto Belarmino (+1621; 17-IX), Obispo y Doctor de la Iglesia, “sostuvo célebres disputas en defensa de la fe católica [frente a los protestantes] y enseñó teología en el Colegio Romano”. 
San Fidel de Sigmaringa (+1622; 24-IV): “la Congregación de la Propagación de la Fe le encargó fortalecer la recta doctrina en Suiza. Perseguido de muerte por los herejes, sufrió el martirio”. 
San Pedro Chanel (+1841; 28-IV), misionero: “en medio de dificultades de toda clase, consiguió convertir a algunos paganos, lo que le granjeó el odio de unos sicarios que le dieron muerte”. 
San Pío X (+1914; 21-VIII), “tuvo que luchar contra los errores doctrinales que en ella [la Iglesia] se infiltraban”. 
Y a esta desmesurada lista aún habría que añadir muchísimos nombres, como el de 
San Francisco de Sales (+1622), y sus “Controversias” con los calvinistas.
Beato Pío IX (+1878), autor del Syllabus, “colección de errores modernos”.

Digámoslo claramente: es una vergüenza que haya católicos hoy que se avergüencen de los defensores de la fe. Aquellos círculos de la Iglesia de nuestro tiempo, sean “teológicos”, “populares” o “episcopales”, que sistemáticamente descalifican y persiguen a los maestros católicos que defendieron la fe de la Iglesia y que combatieron abiertamente las herejías, deben enterarse de que se sitúan fuera de la tradición católica y contra ella. Deben saber que en la guerra que hay entre la verdad y la mentira, aunque no lo pretendan conscientemente, ellos, muy moderados, se ponen del lado de la mentira y son los peores adversarios de los defensores de la verdad, pues dejan a éstos como si fueran “fanáticos”. Incluso cuando esos mismos moderados, en el mejor supuesto, estén entre quienes predican la verdad, también hacen daño, porque no impugnan públicamente los errores.