jueves, 17 de septiembre de 2026

NOTA “UN CAMINO DE ESPERANZA” (16 DE SEPTIEMBRE DE 2026)


DICASTERIO PARA LA DOCTRINA DE LA FE

DICASTERIO PARA LA PROMOCIÓN DE LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS

DICASTERIO PARA EL DIÁLOGO INTERRELIGIOSO

NOTA

UN CAMINO DE ESPERANZA

Sesenta años de diálogo y fraternidad interreligiosa
a la luz de la Declaración conciliar Nostra aetate

I. Introducción

1. El 28 de octubre de 1965, la Declaración del Concilio Vaticano II Nostra aetate, “sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas”, abría un nuevo capítulo en la historia de las relaciones entre católicos, judíos y creyentes de otras confesiones y tradiciones espirituales. Mucho más que un simple texto, supuso un cambio profundo en la comprensión y la expresión de la relación de la Iglesia con los creyentes de otras religiones. En dicha Declaración, la Iglesia afirmaba, explícitamente, que “no rechaza nada de lo que en estas religiones es verdadero y santo”, invitando a los fieles a considerar con estima y respeto esos “modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas” [1]. Redactada en el contexto de la vitalidad creativa y fraterna del Concilio, mantiene una gran actualidad en un mundo marcado, por un lado, por actitudes generalizadas de aislamiento y, por otro, por una búsqueda de la convivencia en el marco de una ciudadanía universal basada en la fraternidad y el reconocimiento mutuo.

2. Desde esta perspectiva, Nostra aetate se inscribe en la misma línea que la otra Declaración conciliar Dignitatis humanae, centrada en el derecho a la libertad religiosa. Ninguna relación respetuosa con las demás religiones es sincera ni viable sin un respeto simultáneo por la libertad religiosa ajena: “Esta exigencia de libertad en la sociedad humana se refiere sobre todo a los bienes del espíritu humano, principalmente a los que afectan al libre ejercicio de la religión en la sociedad” [2]. Esta convicción nos lleva a reclamar la misma libertad para los cristianos en los países donde son minoría [3].

3. Sesenta años después de su publicación, Nostra aetate sigue inspirando las decisiones pastorales y teológicas de la Iglesia y alimentando ese diálogo que es la forma misma del darse de la vida humana y que se ha vuelto cada vez más indispensable en las sociedades de nuestro tiempo. Sin embargo, dicho diálogo constituye también un desafío permanente: ¿cómo conjugar la fidelidad a la identidad cristiana y la apertura sincera a la alteridad? ¿Cómo vivir concretamente la llamada a una fraternidad universal en sociedades marcadas por una creciente diversidad cultural y religiosa, por la guerra y la violencia, y caracterizadas por un impulso cada vez mayor hacia la secularización? Este documento conmemorativo pretende repasar las etapas esenciales del diálogo interreligioso tras Nostra aetate, evaluar sus logros y retos, y esbozar algunas perspectivas para el futuro.

Origen y alcance de Nostra aetate. Una respuesta al Holocausto

4. La Declaración Nostra aetate surgió tras la Segunda Guerra Mundial e inicialmente no se refería al diálogo con las otras religiones, sino que se planteaba como respuesta a las trágicas consecuencias del antisemitismo que culminó con el Holocausto. San Juan XXIII, que ya era muy sensible a esta temática, tras un encuentro con el judío Jules Isaac, que fue posible gracias a la mediación de la fundadora del Secretariado de Actividades Ecuménicas, María Vingiani, encargó al cardenal Augustin Bea la redacción de un texto conciliar destinado a sanar y renovar la relación entre la Iglesia y el pueblo judío. Dicho proyecto se desarrolló en las sesiones del Concilio Vaticano II y encontró su forma concreta en un texto que, como la semilla de mostaza del Evangelio (cf. Mc 4,31-32), ha crecido más allá de toda previsión, hasta convertirse en un gran árbol que ha abarcado, además de la relación con el judaísmo, el diálogo con las distintas religiones. En él se reconoce el designio de una acogida cada vez más universal, que la Iglesia desea ofrecer a los hermanos y hermanas de otras tradiciones religiosas, en el respeto y en la búsqueda compartida de la verdad.

5. El diálogo católico-judío, en su forma oficial e institucional, hunde sus raíces en el nº 4 de la Declaración. Se trata de la primera expresión magisterial que reconoce claramente las raíces judías del cristianismo. En ella se hace referencia al pasaje de Rm 9,4-5, en el que se afirma que a los israelitas pertenecen los patriarcas y que Cristo procede de ellos según la carne. La Declaración afirma también que “los Apóstoles, cimientos y columnas de la Iglesia, nacieron del pueblo judío, así como muchísimos de aquellos primeros discípulos que anunciaron al mundo el Evangelio de Cristo” [4]. A este respecto, al hablar de la persona de Jesús, un documento de la Comisión para las Relaciones Religiosas con el Judaísmo del Secretariado para la Unión de los Cristianos (hoy Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos) especifica que: “Jesús era judío y no ha dejado nunca de serlo […]. Jesús era plenamente un hombre de su tiempo y de su ambiente judío palestino del siglo primero, cuyas angustias y esperanzas ha compartido. Esta afirmación no es más que una acentuación de la realidad de la Encarnación, y del sentido mismo de la historia de la salvación, como nos ha sido revelado en la Biblia (cf. Rom 1,3-4; Gál 4,4-5)” [5]. Por decirlo con palabras del evangelista Juan (cf. Jn 1,14), según la reinterpretación del teólogo protestante K. Barth, el Verbo se hizo “carne judía” [6] y vino a habitar entre nosotros. Esta morada de Jesús es el judaísmo de su tiempo, que constituye el terreno originario a partir del cual se desarrolló la Ecclesia ex circumcisione y, posteriormente, la Ecclesia ex gentibus (véase al respecto el mosaico de la basílica de Santa Sabina en Roma).

El diálogo con las religiones

6. Desde la apertura del Concilio Vaticano II, en 1962, san Juan XXIII, considerado el “precursor del diálogo” [7], invitó explícitamente a promover no solo la unidad de los cristianos, sino también una fraternidad más amplia con los creyentes de otras religiones, basada en la “estima y el respeto” [8] recíprocos. Esta visión, auténticamente humana y profundamente evangélica, se impuso progresivamente con evidencia teológica y pastoral: el encuentro respetuoso con el otro es una condición indispensable para vivir plenamente el Evangelio. Pocos meses después, en la encíclica Pacem in terris, el Pontífice invitó a todos a respetar la dignidad de cada uno [9].

7. San Pablo VI confirmó esta orientación en la encíclica Ecclesiam suam, invitando a la Iglesia a “entablar un diálogo con el mundo en el que le toca vivir” [10]. Según dicha encíclica, la Iglesia está llamada a emprender con renovado fervor un “diálogo con todos los hombres de buena voluntad, tanto dentro como fuera de su ámbito propio” [11], sin excluir a nadie, pero respetando las particularidades y las dinámicas propias de los distintos contextos del diálogo. La visión de un diálogo estructurado metodológicamente en distintos círculos —el diálogo por la paz, el diálogo con los creyentes en Dios y el diálogo con los hermanos cristianos separados [12]— ha resultado ser programática para el desarrollo del diálogo ecuménico, interreligioso e intercultural en el período posconciliar. Este enfoque se considera un componente esencial de la misión de la Iglesia, basado en la claridad doctrinal, en la escucha sincera y en un profundo respeto hacia los interlocutores de los cristianos [13]. Así, la Iglesia afirma con claridad: el camino del diálogo no es ni una estrategia circunstancial ni una renuncia a la propia identidad, sino un auténtico camino evangélico.

8. La singularidad de la contribución de Nostra aetate fue subrayada por san Pablo VI con motivo de la clausura del Concilio Vaticano II: “Y queremos, ante esta manifestación del rostro embellecido de la Iglesia católica, dirigir nuestra mirada hacia nuestros queridos hermanos cristianos, que aún se encuentran separados de su plena comunión; queremos asimismo dirigir nuestra mirada hacia los seguidores de otras religiones, entre todos aquellos a quienes nos une el parentesco con Abraham, especialmente los judíos, no como objeto de reprobación o desconfianza, sino de respeto, amor y esperanza. De hecho, la Iglesia avanza en la firmeza de la verdad y de la fe, y en la expansión de la justicia y de la caridad. Así vive la Iglesia” [14] .

9. Nostra aetate pone de relieve un principio esencial. El respeto y la estima son los fundamentos imprescindibles del diálogo interreligioso y de las relaciones con el judaísmo, que permiten superar las actitudes de exclusión, desprecio o indiferencia que durante mucho tiempo habían prevalecido: “No podemos invocar a Dios, Padre de todos, si nos negamos a comportarnos fraternalmente con algunos hombres, creados a imagen de Dios. […] La Iglesia, por consiguiente, reprueba como ajena al espíritu de Cristo cualquier discriminación o vejación por motivos de raza o color, de condición o religión” [15]. En este sentido, la Declaración se inscribe en la antropología de la relación de Gaudium et spes, en la que el otro no es percibido como una amenaza, sino que se le reconoce como un interlocutor con el que construir, en un espíritu de reciprocidad, una sociedad más justa y fraterna.

10. Tanto el judaísmo actual como el cristianismo contemporáneo se basan en la Palabra revelada en el Antiguo Testamento y tienen sus raíces en el judaísmo de la época de Jesús. Este último, tras la destrucción del templo de Jerusalén en el año 70 d. C., se transformó con el tiempo sobre todo en judaísmo rabínico, mientras que el cristianismo primitivo se desarrolló a partir del movimiento iniciado por Jesús y sus discípulos, distinguiéndose de las diversas formas de judaísmo a lo largo del tiempo. Con Jesús, que era judío, los primeros cristianos adoptaron efectivamente principios del judaísmo de la época y los adaptaron a la nueva situación post-pascual. La Declaración Nostra aetate afirma: “Por consiguiente, como el patrimonio espiritual común a cristianos y judíos es tan grande, este Sagrado Concilio quiere fomentar y recomendar el conocimiento y la estima mutuos, que son resultado, sobre todo, de los estudios bíblicos y teológicos y de los diálogos fraternos” [16]. Este rico patrimonio común constituye una base sólida, un verdadero tesoro para el diálogo judeocristiano.

11. Pero lo que Jesús aportó al cristianismo como herencia judía forma parte de la estructura teológica del propio cristianismo. En la sección titulada Temas fundamentales de las Escrituras del pueblo judío y su acogida en la fe en Cristo (nn. 19-65), el documento de la Pontificia Comisión Bíblica del 24 de mayo de 2001, El pueblo judío y sus Sagradas Escrituras en la Biblia cristiana, hace referencia a los principales aspectos bíblicos y a su interpretación. Se trata de un texto de gran valor.

12. De hecho, que el Dios de Israel se haya revelado en su Palabra, dirigiéndose así a los seres humanos, es una convicción común entre judíos y cristianos. Que Dios, como creador del cielo y de la tierra, haya creado el espacio vital para el ser humano, que delimite y preserve dicho espacio, que el ser humano, en cuanto “imagen de Dios” (cf. Gn 1,26-27), sea su administrador y deba asumir la debida responsabilidad frente a la creación, y que sea responsable del bien de sus hermanos, especialmente de los pobres, son verdades comunes tanto al judaísmo como al cristianismo [17]. Toda enseñanza ética sobre la relación correcta del ser humano con Dios, con el mundo que le rodea y con el prójimo tiene su origen en Dios mismo y en la dignidad de cada persona, derivada de ser “imagen de Dios”: al igual que el judaísmo rabínico, también el cristianismo ha adoptado los “Diez Mandamientos”. Estos se han convertido asimismo en un patrimonio moral reconocido por muchas personas. El doble mandamiento del amor de Jesús, es decir, amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo (cf. Mc 12,30-31; Mt 22,37-39; Lc 10,27), se extrae del Primer Testamento, aunque allí los dos mandamientos no hayan sido explícitamente puestos en relación (cf. Dt 6,5 y Lv 19,18). Por ello, el Papa Benedicto XVI consideraba a los judíos como nuestros “padres en la fe” [18] y subrayaba que el diálogo entre las dos religiones debe comenzar por la gratitud de los cristianos hacia los judíos, ya que, a pesar de las dificultades por las que han pasado, han conservado la fe en el Dios único. Por lo tanto, el entonces cardenal Ratzinger podía afirmar que “el diálogo, para ser fructífero, debe comenzar con una oración a nuestro Dios para que nos conceda, ante todo a nosotros los cristianos, una mayor estima y amor hacia este pueblo, los israelitas” [19] .

13. Teniendo en cuenta este rico patrimonio espiritual común a judíos y cristianos, es fácil comprender que el diálogo judeocristiano no puede considerarse una práctica secundaria para los cristianos, cuyo único objetivo sea solamente conocer mejor el judaísmo, o cultivar relaciones diplomáticas o incluso simplemente la amistad con el pueblo judío: se trata más bien de tomar plena conciencia de la propia identidad originaria. La alianza de Dios con el pueblo judío es irrevocable [20] y esto interpela constantemente a la Iglesia. Esto no significa para los cristianos que existan dos caminos de salvación [21] ni que la alianza con el pueblo judío sea paralela al camino de salvación cristiano: la Iglesia enseña que Cristo es el único redentor [22]. Sin embargo, dicha alianza irrevocable tiene un significado teológico. Cuanto más conoce y ama un cristiano las raíces judías de su propia tradición, mejor se comprende a sí mismo en su práctica de la fe y se fortalece su identidad religiosa, aunque, para que esto suceda, es esencial que el cristiano conozca bien su propia tradición de fe y esté bien arraigado en ella. Cuando, en referencia al judaísmo, afirmamos que no podemos prescindir unos de otros, ello implica que, también, la religiosidad de los judíos actuales —y no solo la vinculada al Primer Testamento— es relevante para los cristianos. Así se expresaba el Papa Francisco: “Dios sigue obrando en el pueblo de la Antigua Alianza” [23]. La religiosidad judía, de hecho, puede considerarse como un efecto de la Palabra revelada, siempre viva y eficaz, que ellos han acogido, y por esta razón se trata de un valor actual y dinámico, que siempre puede enriquecernos (cf. Rm 11,29). Por lo tanto, reviste una importancia fundamental la profundización bíblica, exegética, litúrgica y teológica de la relación con el judaísmo, según los principios expuestos en las constituciones conciliares Dei Verbum y Lumen gentium.

14. Esa solidaridad con el pueblo judío incluye también la lucha común contra el antisemitismo. Ya Nostra aetate declara claramente que la Iglesia “deplora los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo de que han sido objeto los judíos de cualquier tiempo y por parte de cualquier persona” [24], confirmando y, al mismo tiempo, dando un paso más allá de lo ya declarado por la Suprema Sagrada Congregación del Santo Oficio el 25 de marzo de 1928 [25]. El antisemitismo se ha manifestado de formas crueles a lo largo de la historia, incluso en nuestros tiempos, pero su momento más oscuro lo representa sin duda el acontecimiento del Holocausto. A este respecto, siguen siendo muy precisas y contundentes las palabras pronunciadas por Benedicto XVI durante la Audiencia General del 28 de enero de 2009, al día siguiente de la celebración anual del Día de la Memoria: “En estos días en los que recordamos el Holocausto, me vienen a la memoria las imágenes recogidas en mis repetidas visitas a Auschwitz, uno de los campos de concentración en los que se consumó la brutal matanza de millones de judíos, víctimas inocentes de un ciego odio racial y religioso. A la vez que renuevo con afecto la expresión de mi plena e indiscutible solidaridad con nuestros hermanos destinatarios de la Primera Alianza, espero que la memoria del Holocausto impulse a la humanidad a reflexionar sobre el imprevisible poder del mal cuando conquista el corazón del hombre. Que el Holocausto sea, para todos, una advertencia contra el olvido, la negación o el reduccionismo, porque la violencia hecha contra un solo ser humano es violencia contra todos. Ningún hombre es una isla, escribió un conocido poeta. Que el Holocausto enseñe, tanto a las personas mayores como a las nuevas generaciones, que sólo el fatigoso camino de la escucha y del diálogo, del amor y del perdón, conduce a los pueblos, las culturas y las religiones del mundo a la anhelada meta de la fraternidad y de la paz en la verdad. ¡Que la violencia nunca más humille la dignidad del hombre!” [26] .

15. Los conflictos que han estallado en los últimos años en Oriente Medio también han dejado su huella en el diálogo judeocristiano. Muchos puentes de comunicación se han tambaleado y siguen siendo puestos a prueba por las diferentes interpretaciones de los acontecimientos sucedidos, a menudo no unívocas incluso dentro de las respectivas comunidades religiosas. Sin embargo, los pilares del diálogo entre creyentes, erigidos a lo largo de sesenta años de trabajo conjunto, se han mantenido firmes. Sobre ellos es posible y necesario seguir construyendo, inspirándonos una vez más en las recomendaciones de los Padres conciliares de crecer en el conocimiento y el aprecio mutuos mediante “sobre todo, de los estudios bíblicos y teológicos y de los diálogos fraternos” [27].

II. Desarrollo posconciliar: una continuidad enriquecida por los Papas sucesivos

San Pablo VI

16. La nueva actitud de la Iglesia hacia las demás confesiones y tradiciones religiosas surgida del Concilio Vaticano II, es situada por san Pablo VI en el marco del “diálogo con el mundo” esbozado en la encíclica Ecclesiam suam, y viene posteriormente desarrollada en el magisterio sucesivo. Como recuerda el Pontífice en la encíclica Populorum progressio, “el desarrollo no se reduce al simple crecimiento económico. Para ser auténtico, debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo el hombre” [28]. De ello se deriva una firme invitación a la fraternidad, respaldada por un diálogo constante con las culturas, las religiones y las conciencias, con vistas a un desarrollo solidario, abierto a la trascendencia y orientado a la fraternidad universal [29]. En esta perspectiva, san Pablo VI dio un impulso decisivo al diálogo interreligioso, integrándolo en las propias estructuras de la Curia Romana.

17. Por ello, ya en 1964, el Papa había instituido el Secretariado para los No Cristianos, que hoy se ha convertido en el Dicasterio para el Diálogo Interreligioso [30]. Surgido en pleno período conciliar, antes incluso de la promulgación de Nostra aetate y de la carta encíclica Ecclesiam suam, este organismo se encargó de orientar, apoyar y coordinar las relaciones de la Iglesia con los seguidores de otras religiones. Aún hoy se dedica a promover “entre todos los hombres una verdadera búsqueda de Dios” [31].

18. San Pablo VI subrayó con firmeza que las religiones no cristianas ya no debían percibirse como adversarias, sino como compañeras de camino y “ de una amistad futura y ya iniciada” [32]. En la misma línea, una década más tarde se crearon dos comisiones específicas: una para las relaciones religiosas con el judaísmo y otra para las relaciones con el islam [33], con el objetivo de profundizar en el encuentro con judíos y musulmanes y reforzar la colaboración, también en relación con las demás confesiones cristianas [34]. Por voluntad de san Pablo VI, el diálogo se ha arraigado en las instituciones de la Iglesia, pero también en su corazón misionero. Se ha convertido en un componente relevante de la vida cristiana: un auténtico estilo de testimonio evangélico, en armonía con un mundo cada vez más marcado por la pluralidad de creencias y culturas.

San Juan Pablo II

19. San Juan Pablo II dio gran visibilidad a la intuición conciliar del diálogo interreligioso. Su labor para poner en práctica los principios de Nostra aetate fue determinante, en particular con la organización del histórico encuentro de Asís, el 27 de octubre de 1986. Por primera vez, líderes religiosos de todo el mundo se reunieron, cada uno expresando su propia fe, para orar por la paz. Este momento, profundamente simbólico, fue un llamamiento claro y contundente a considerar las religiones ya no como fuentes de división, sino como actores esenciales de una paz duradera, basada en el respeto mutuo y la cooperación fraterna [35]. Al término de aquella Jornada Mundial de Oración, ante los representantes de las distintas religiones, el Papa declaró: “Quizá nunca antes en la historia de la humanidad haya resultado tan evidente para todos el vínculo intrínseco entre una actitud auténticamente religiosa y el gran bien de la paz […] La humanidad ha entrado en una era de mayor solidaridad y de aspiración a la justicia social” [36].

20. En cuanto al diálogo con los judíos, san Juan Pablo II, cuando visitó la sinagoga de Roma el 13 de abril de 1986, pudo afirmar ante sus interlocutores judíos que “la religión judía no nos es ajena, sino que, en cierto modo, es intrínseca a nuestra religión. Por lo tanto, mantenemos con ella unas relaciones que no tenemos con ninguna otra religión. Sois nuestros hermanos predilectos y, en cierto modo, se podría decir que sois nuestros hermanos mayores” [37]. Dado que Jesús era judío, la Iglesia y el judaísmo mantienen una relación única, una relación que no existe con respecto a las demás religiones.

21. Además, san Juan Pablo II, al promover lo que más tarde se denominó “la lógica de Asís” [38], compartía con san Pablo VI la conciencia de la necesidad de aclarar algunos aspectos de la relación entre diálogo y evangelización. Su pontificado estuvo marcado por la publicación de varios documentos fundamentales, como Diálogo y misión (1984) del Secretariado para los No Cristianos [39] y la carta encíclica Redemptoris missio (1990), que reafirma el valor permanente del mandato misionero, seguida de Diálogo y anuncio (1991), redactado por el Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso en colaboración con la Congregación para la Evangelización de los Pueblos [40].

22. En consonancia con el Concilio Vaticano II, estos textos articulan dos exigencias inseparables, cuya actualidad sigue vigente. A quienes se vean tentados a insistir exclusivamente en la obligación de anunciar a Cristo, se les recuerda que la Declaración Nostra aetate incluye la necesidad del diálogo con las demás tradiciones religiosas, ya que este “forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia” [41]. A quienes, por el contrario, tienden a relativizar su identidad, la misma Declaración les recuerda la exigencia de fidelidad a Jesucristo, “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6) [42]. El diálogo presupone, por lo tanto, una clara conciencia de la propia identidad religiosa y cultural, junto con una apertura real a la alteridad, condición indispensable para la convivencia en las sociedades pluralistas. Debe estar libre de ambigüedades, evitando el relativismo y el sincretismo, en el respeto a la máxima identidad y en el compromiso con el máximo diálogo.

23. Una de las principales preocupaciones del pontificado de san Juan Pablo II fue, sin duda, la promoción de un verdadero “diálogo entre las culturas” [43]al servicio de la paz en el mundo, sobre todo ante los cada vez más numerosos episodios de violencia cometidos en nombre de Dios. A principios del año 2000, el Pontífice reiteró con firmeza que corresponde a las personas de fe demostrar que las religiones no son un obstáculo para la paz, sino que constituyen un elemento esencial de la misma. Toda instrumentalización de la religión con fines violentos es una grave distorsión de su esencia. La religión nunca debe ser un pretexto para los conflictos: “La religión y la paz van juntas: desencadenar una guerra en nombre de la religión es una contradicción evidente” [44]. De ahí el claro llamamiento a los responsables religiosos: les corresponde a ellos dar testimonio, con hechos y con compromiso, que es su propia fe la que les impulsa a trabajar por la paz.

Benedicto XVI

24. Siempre en el espíritu de Nostra aetate y con motivo del vigésimo aniversario del encuentro de Asís, en 2006, el Papa Benedicto XVI reiteró que “no podemos invocar a Dios como Padre de todos si nos negamos a comportarnos como hermanos con algunos hombres creados a imagen de Dios” [45], porque la fe en Dios no puede sino fomentar relaciones de fraternidad universal entre todos los seres humanos [46]. La perseverancia en el diálogo interreligioso pretende ser la demostración de que el fundamentalismo es una falsificación de las religiones, que se opone a su vocación más profunda. En un conocido discurso, retomando las palabras de un emperador bizantino, afirmó que “la difusión de la fe mediante la violencia es algo irracional. La violencia está en contradicción con la naturaleza de Dios y la naturaleza del alma” [47].

25. Al vincular estrechamente la búsqueda de la paz con las exigencias de la razón y la verdad, Benedicto XVI afirmó con constancia que ninguna religión o cultura puede justificar legítimamente el fanatismo o el recurso a la violencia. Por ello, los creyentes deben seguir encontrándose y tienen el deber común de servir a la verdad y, por lo tanto, a la humanidad. En particular, “el diálogo interreligioso e intercultural entre cristianos y musulmanes no puede reducirse a una opción temporánea. En efecto, es una necesidad vital, de la cual depende en gran parte nuestro futuro” [48].

26. Por otra parte, el diálogo debe desarrollarse también con las culturas, las ciencias y las instituciones políticas, con vistas a una comprensión más profunda del ser humano en toda su complejidad. Este diálogo “ampliado” tiene como finalidad el desarrollo integral de la persona y la armonía de la sociedad. Porque, en realidad, el verdadero peligro no reside tanto en el enfrentamiento entre bloques religiosos, sino el que se produce entre culturas incapaces de comprenderse y de dialogar.

Francisco

27. El Papa Francisco ha continuado con la aplicación de Nostra aetate siguiendo las enseñanzas de sus predecesores, afirmando que “el diálogo puede ser favorecido si se conjugan bien tres indicaciones fundamentales: el deber de la identidad, la valentía de la alteridad y la sinceridad de las intenciones” [49]. El diálogo con las demás tradiciones religiosas debe caracterizarse por una actitud de apertura en la verdad y en la caridad [50], “a pesar de los diversos obstáculos y dificultades”. Y ha reiterado que dicho diálogo es “una condición necesaria para la paz en el mundo, y por lo tanto, es un deber para los cristianos, así como para otras comunidades religiosas” [51].

28. Y en cuanto a las características específicas del diálogo con los judíos, el Papa Francisco, desde el inicio de su pontificado, se ha referido al fundamento teológico del diálogo judeocristiano, cuando afirmó, basándose en Nostra aetate: “Este fundamento es teológico, y no simplemente una expresión de nuestro deseo de respeto y estima recíprocos; por lo tanto, es importante que nuestro diálogo esté siempre profundamente marcado por la conciencia de nuestra relación con Dios” [52].

29. Revisten una gran importancia los tres párrafos dedicados a la relación con el judaísmo en la exhortación apostólica Evangelii gaudium [53], que constituye el documento fundamental para interpretar su pontificado. Algunos de los temas que el Pontífice ha querido destacar para definir la comprensión de la relación entre la Iglesia católica y el judaísmo son: la acogida de la Palabra revelada junto con el pueblo judío, para ayudarnos “mutuamente a desentrañar las riquezas de la Palabra” [54], el diálogo y la amistad como parte de la vida de los discípulos de Jesús, el malestar por las terribles persecuciones de las que fue objeto el pueblo judío, especialmente aquellas en las que participaron los cristianos, así como el hecho de compartir muchas convicciones éticas y la preocupación común por la justicia y el desarrollo de los pueblos.

30. Con el Papa Francisco, el diálogo interreligioso ha entrado en una nueva fase, profundamente impregnada de la visión de la “fraternidad universal” [55], en el sentido propio de fraternidad que se encuentra en san Francisco de Asís. Como se lee en la encíclica Fratelli tutti, “la fe colma de motivaciones inauditas el reconocimiento del otro, porque quien cree puede llegar a reconocer que Dios ama a cada ser humano con un amor infinito” [56]. En continuidad con el principio según el cual “la unidad es superior al conflicto” [57], el Pontífice afirma: “la cultura del diálogo como camino; la colaboración común como conducta; el conocimiento recíproco como método y criterio” [58]. Ante la tentación de fragmentar el mundo en universos culturales y religiosos herméticos, el Papa Francisco ha exhortado a derribar los “muros de separación” [59] y a optar decididamente por el encuentro: “El aislamiento, no; cercanía, sí. Cultura del enfrentamiento, no; cultura del encuentro, sí” [60].

31. Las personas y los pueblos solo pueden dar buenos frutos si aceptan abrirse a los demás con creatividad y generosidad. En esta perspectiva, el Papa Francisco ha recordado también que es imposible comprenderse plenamente a uno mismo, o captar en profundidad la realidad de su propio país, de su propia Iglesia o de su propia comunidad, sin un diálogo respetuoso con quien es diferente. La alteridad se convierte entonces en una fuente de enriquecimiento mutuo, a condición de que las otras confesiones o tradiciones espirituales y culturas no se perciban como amenazas.

32. Sin embargo, hay que recordar que el “"diálogo" no es una fórmula mágica” [61]. No surge por sí solo, y quienes se comprometen con él no deben ser ingenuos ni idealistas ciegos: están llamados a ser los “héroes del futuro” [62]. Al rechazar tanto el repliegue identitario como la lógica de la agresividad, emprenden un camino intermedio, exigente pero fecundo: el de la construcción paciente de la fraternidad humana [63]. Un principio fundamental debe guiar siempre su actuación: la conciencia de que creer en Dios y adorarlo no garantiza necesariamente una vida conforme a su voluntad [64]. De ahí la importancia de un criterio de discernimiento universal que puede encontrarse en los textos sagrados de las distintas religiones: la acogida o el rechazo de la persona herida al borde del camino. La atención concreta a los más vulnerables es el indicador esencial para evaluar la corrección de cualquier proyecto, ya sea político, económico, social, académico, religioso o cultural. El pobre —en todas sus formas de precariedad— es la brújula que nos permite saber si avanzamos en la dirección correcta [65].

León XIV

33. En su primer mensaje al Cuerpo Diplomático, el Papa León XIV recordó las tres palabras clave que deben acompañar toda forma de diálogo: paz, justicia y verdad [66]. Siguiendo los pasos de sus predecesores, el Papa León XIV conmemoró a continuación el sexagésimo aniversario de la declaración Nostra aetate, afirmando que, con este documento, “se plantó una semilla de esperanza para el diálogo interreligioso” [67]. El Pontífice también recordó que ha habido mártires del diálogo, que dieron su vida para oponerse a la violencia y al odio [68]. Además, subrayó que “podemos guiar a nuestros pueblos para que se conviertan en profetas de nuestro tiempo: voces que denuncien la violencia y la injusticia, que sanen las divisiones y proclamen la paz para todos nuestros hermanos y hermanas” [69].En la audiencia general del 29 de octubre de 2025, dedicada a Nostra aetate, el Santo Padre reiteró finalmente: “Este luminoso documento nos enseña a tratar a los seguidores de otras religiones no como extraños, sino como compañeros de viaje en el camino hacia la verdad; a honrar las diferencias afirmando nuestra humanidad común; y a discernir, en toda búsqueda religiosa sincera, un reflejo del único Misterio divino que abarca toda la creación” [70].

34. El Papa León XIV, en su primer discurso ante los representantes de otras Iglesias y comunidades eclesiales, así como de otras religiones, el 19 de mayo de 2025, resume la esencia del diálogo judeocristiano y subraya también la importancia del diálogo teológico: “Debido a las raíces judías del cristianismo, todos los cristianos tienen una relación particular con el judaísmo. La Declaración conciliar Nostra aetate (cf. n. 4) subraya la grandeza del patrimonio espiritual común entre cristianos y judíos, alentando al conocimiento y la estima mutuos. El diálogo teológico entre cristianos y judíos sigue siendo siempre importante y es muy valioso para mí. Incluso en estos tiempos difíciles, marcados por conflictos y malentendidos, es necesario continuar con entusiasmo este diálogo tan valioso” [71]. Cristianos y judíos, al no poder prescindir unos de otros, deberían recorrerlo juntos hasta el fin de los tiempos terrenales. Y juntos deberían esperar el día, “conocido solo por Dios, en el que todos los pueblos con una sola voz invocarán al Señor y “le servirán bajo un mismo yugo” (Sof 3,9)” [72].

35. El tema del diálogo con las distintas religiones, que hay que promover y cultivar, viene claramente recogido, entre otros, en la declaración conjunta con el Patriarca Ecuménico Bartolomé I del 29 de noviembre de 2025: “rechazamos cualquier uso de la religión y del nombre de Dios para justificar la violencia. Creemos que el auténtico diálogo interreligioso, lejos de ser causa de sincretismo y confusión, es esencial para la coexistencia de pueblos de distintas tradiciones y culturas. Conscientes del 60 aniversario de la Declaración Nostra aetate, exhortamos a todos los hombres y mujeres de buena voluntad a trabajar juntos para construir un mundo más justo y solidario, y a cuidar la creación que Dios nos ha confiado. Sólo así la familia humana podrá superar la indiferencia, el afán de dominación, la codicia de lucro y la xenofobia” [73]. En esta perspectiva, el diálogo que se abre en la estela de Nostra aetate no es un ejercicio meramente teórico, sino un compromiso ético y espiritual compartido, orientado a la paz, a la justicia y a la custodia de la casa común.

36. Sobre todo en el contexto internacional actual, lamentablemente marcado por numerosas guerras que causan cada día numerosas víctimas y situaciones de enorme e injusto sufrimiento, el Papa León XIV ha querido reiterar el papel decisivo del diálogo entre las religiones a la hora de rechazar la lógica de la violencia: “Quien utiliza el nombre de Dios para legitimar el terrorismo, la violencia o la guerra traiciona su rostro; luchar en nombre de la religión significa, en realidad, golpear a la religión misma. El “espíritu de Asís”, promovido por san Juan Pablo II y continuado en el compromiso del Papa Francisco —por ejemplo, en el diálogo con el Gran Imán de al-Azhar—, muestra que los creyentes pueden volver a beber de las fuentes más auténticas de sus tradiciones espirituales, donde no hay lugar para el odio sacralizado” [74].

III. Los frutos y los retos de la Declaración Nostra aetate hoy

Frutos visibles y silenciosos

37. Sesenta años después de su promulgación, son evidentes los frutos que Nostra aetate ha aportado a las relaciones con el judaísmo y al diálogo con el islam y las demás religiones. En lo que respecta a estas últimas, por citar algunos ejemplos, durante este tiempo la Iglesia católica ha dialogado y colaborado —en diversos ámbitos y a distintos niveles— con los seguidores del hinduismo, el budismo, el jainismo, el sijismo, el sintoísmo, el taoísmo, el confucianismo y el zoroastrismo, además de con las religiones tradicionales, en particular las africanas.

38. Uno de los efectos más significativos de Nostra aetate ha sido, sin duda, una transformación de la mirada que ha tenido importantes consecuencias. Se han establecido relaciones duraderas de amistad entre responsables religiosos, se han puesto en marcha proyectos educativos y sociales conjuntos y se han publicado declaraciones comunes ante tragedias humanitarias, guerras o crisis medioambientales [75]. Donde hace un tiempo reinaban el rechazo, la desconfianza o la ignorancia, estos gestos concretos han contribuido a construir una cultura del diálogo y una “cultura del encuentro” [76]. La revista Pro Dialogo, publicada por el Dicasterio para el Diálogo Interreligioso, se hace eco regularmente de estas numerosas iniciativas, recogiendo y difundiendo los múltiples frutos de estos encuentros en todo el mundo. Por otra parte, el Dicasterio para el Diálogo Interreligioso envía mensajes de felicitación a los amigos de otras tradiciones religiosas con motivo de sus principales fiestas, con el fin de revitalizar y fortalecer los lazos de estima mutua y colaboración. Lo mismo hace la Comisión para las Relaciones Religiosas con el Judaísmo.

39. Como consecuencia de la reflexión teológica y de la evolución pastoral del diálogo interreligioso, siguiendo la intuición original de san Pablo VI, el diálogo [77] se lleva a cabo ahora en diversos ámbitos, recogidos en el documento titulado Diálogo y Anuncio: el diálogo en la vida, que abarca la cotidianidad multi-religiosa, tanto en los pueblos como en las ciudades, grandes y pequeñas; el diálogo en la acción, con iniciativas comunes que los seguidores de las distintas religiones pueden emprender de común acuerdo; el diálogo teológico —llevado a cabo por expertos—, que consiste en el intercambio de conocimientos religiosos en un plano predominantemente doctrinal; por último, el diálogo de la experiencia religiosa, impulsado sobre todo por los monjes y monjas adheridos al Diálogo Interreligioso Monástico [78].

40. Entre los frutos del diálogo iniciado con Nostra aetate cabe destacar la Red de Mujeres para el Diálogo Interreligioso, promovida por el Dicasterio para el Diálogo Interreligioso con el fin de ampliar la participación de las mujeres, y la colaboración de varias décadas entre dicho Dicasterio y la Comisión para el Diálogo Interreligioso del Consejo Ecuménico de Iglesias, que ha dado lugar a documentos importantes como Testimonio cristiano en un mundo multi-religioso: Recomendaciones de conducta (2011).

41. Estos frutos a menudo se viven también en el silencio y la discreción, arraigados en la vida cotidiana. Sacerdotes, religiosos y laicos viven hoy en barrios multi-religiosos donde el simple hecho de convivir en paz, de estar presentes los unos para los otros —como vecinos— ya es un testimonio. Las parejas interreligiosas, los grupos de jóvenes y las comunidades locales inventan constantemente nuevas formas de convivencia. Todos estos resultados, a veces embrionarios, invisibles pero fecundos, encarnan la intuición de Nostra aetate: vivir en el mundo como testigos del amor de Dios, en diálogo con todos.

42. En continuidad con la intuición de Nostra aetate y con la enseñanza del Magisterio reciente, se auspicia la promoción, con renovado discernimiento, de conversaciones y formas de colaboración también con miembros de los “nuevos movimientos religiosos” y con los representantes de las nuevas experiencias religiosas. Estos encuentros fraternos, que no pueden entenderse ni como diálogo ecuménico ni como diálogo interreligioso, basados en la claridad de la propia identidad y en el respeto mutuo, pueden ofrecer oportunidades concretas para trabajar juntos en la promoción de valores compartidos y en la búsqueda del bien común. Además, pueden contribuir a una comprensión más profunda de las aspiraciones espirituales contemporáneas, ampliando los espacios de testimonio, de conocimiento mutuo y de cooperación al servicio de la dignidad humana, la paz social y el cuidado de la creación.

43. Por último, cabe destacar la creciente conciencia crítica ante las manifestaciones de islamofobia, que no distinguen adecuadamente los casos de fundamentalismo y violencia de la convivencia pacífica de los otros creyentes musulmanes que se integran y trabajan en los países que los acogen. Debemos dar las gracias a las comunidades cristianas que han crecido en un espíritu de acogida y también de mejor conocimiento y estima hacia los creyentes musulmanes que, como recuerda Nostra aetate, “adoran al único Dios vivo y subsistente, misericordioso y omnipotente, Creador del cielo y de la tierra, que habló a los hombres, a cuyos ocultos designios procuran someterse por entero, como se sometió a Dios Abrahán, a quién la fe islámica se refiere de buen grado. […]. Aprecian, por tanto, la vida moral y veneran a Dios sobre todo con la oración, las limosnas y el ayuno” [79].

Resistencias y malentendidos persistentes

44. A pesar de estos progresos, las dificultades del diálogo permanecen. En algunos ambientes se sigue dudando de su conveniencia, temiendo un relativismo doctrinal o a una dilución de la identidad religiosa. Persisten, incluso después del documento Diálogo y Anuncio, incomprensiones sobre la naturaleza misma del diálogo. Algunos aún se preguntan si se trata de un problema pastoral, de un acto de caridad, de un intercambio teológico o de la necesidad de un compromiso político por el bien común.

45. Fuera de los límites eclesiales, los malentendidos no son menores. En algunas regiones, las relaciones entre creyentes de diferentes religiones son históricamente conflictivas, y el recuerdo de antiguas heridas dificulta la confianza mutua, a pesar de la exhortación de la Declaración Nostra aetate “a que, olvidando lo pasado, ejerzan sinceramente la comprensión mutua” [80], en particular entre cristianos y musulmanes. A este respecto, cabe recordar las palabras del Papa Francisco: “Para sostener el diálogo con el Islam es indispensable la adecuada formación de los interlocutores, no sólo para que estén sólida y gozosamente radicados en su propia identidad, sino para que sean capaces de reconocer los valores de los demás, de comprender las inquietudes que subyacen a sus reclamos y de sacar a luz las convicciones comunes. Los cristianos deberíamos acoger con afecto y respeto a los inmigrantes del Islam que llegan a nuestros países, del mismo modo que esperamos y rogamos ser acogidos y respetados en los países de tradición islámica. ¡Ruego, imploro humildemente a esos países que den libertad a los cristianos para poder celebrar su culto y vivir su fe, teniendo en cuenta la libertad que los creyentes del Islam gozan en los países occidentales!” [81]. Por otra parte, el auge de los fundamentalismos, la permanencia de los prejuicios, la manipulación política de las pertenencias religiosas o la violencia en nombre de Dios socavan los propios cimientos del diálogo. En las sociedades secularizadas, la palabra religiosa se ve a veces marginada o instrumentalizada, reducida a folclore, a opinión subjetiva o totalmente oscurecida.

46. El camino sigue siendo exigente: requiere humildad, valentía y discernimiento. Para el cristiano, esta exigencia no es sorprendente, porque el verdadero creyente no se deja llevar por la arrogancia; “al contrario, la verdad lo hace humilde, sabiendo que, más que poseerla nosotros, es ella la que nos abraza y nos posee. Lejos de volvernos rígidos, la seguridad de la fe nos pone en camino y hace posible el testimonio y el diálogo con todos” [82]. Este diálogo requiere a menudo una “paciencia inagotable” [83] y no puede reducirse a un simple consenso genérico. Arraigado en la misión evangelizadora de la Iglesia —de la que es una dimensión esencial—, presupone un compromiso sincero, un conocimiento profundo del otro y el reconocimiento de la libertad de conciencia como fundamento de toda relación auténtica [84]. No se trata, por lo tanto, de renunciar a la verdad, sino de anunciarla de manera evangélica: con estima, escucha y caridad. Es un verdadero compartir de lo que habita en el propio corazón: “Hablar de Cristo, con el testimonio o la palabra, de tal manera que los demás no tengan que hacer un gran esfuerzo para quererlo, este es el mayor deseo de un misionero de alma. No hay proselitismo en esta dinámica de amor, son las palabras del enamorado que no molestan, que no imponen, que no obligan, sólo mueven a los otros a preguntarse cómo es posible tal amor. Con el máximo respeto ante la libertad y la dignidad del otro, el enamorado sencillamente espera que le permitan narrar esa amistad que le llena la vida” [85].

47. Por último, pero sin duda no por ello menos importante, es necesario poner de relieve las persecuciones que sufren los cristianos en diversas partes del mundo a manos de grupos religiosos extremistas. Toda persecución por motivos religiosos constituye siempre una violación de la dignidad humana, ante la cual es urgente encontrar una respuesta común que, en el espíritu de Nostra aetate, promueva en todos y hacia todos respeto, diálogo y convivencia pacífica.

Una pedagogía del diálogo que hay que profundizar

48. Ante los retos actuales, la Iglesia está llamada a renovar e intensificar su pedagogía del diálogo. Esto supone, ante todo, una formación profunda en los seminarios, en los institutos teológicos y en los itinerarios pastorales. Ya no basta con proclamar la importancia del diálogo: ahora hay que vivirlo, proporcionar a los fieles las herramientas para participar en él de manera informada, crítica y serena. El conocimiento de las religiones, la historia de las relaciones interreligiosas, la elaboración de directrices para el diálogo y la promoción de la alfabetización religiosa (religious literacy) son factores que favorecen y sostienen el encuentro y el diálogo interreligioso, del mismo modo que es necesario integrar la comprensión de las cuestiones culturales y geopolíticas contemporáneas en la formación cristiana.

49. Paralelamente, hay que valorar las iniciativas concretas llevadas a cabo en las Iglesias locales, que están en primera línea. Son ellas las que, sobre el terreno, desarrollan las formas más creativas y valientes de encuentro: comisiones de diálogo, proyectos comunes, acciones educativas o humanitarias, celebraciones compartidas. Al recopilar, compartir y poner en red estas experiencias, la Iglesia universal no solo puede enriquecerse, sino también identificar y orientar nuevos caminos pastorales.

50. También debe prestarse especial atención a la dimensión espiritual del diálogo. Porque lo que se persigue no es un simple ejercicio intelectual, sino un encuentro auténtico, un encuentro con una alteridad creyente, en un espíritu de paz, amistad y búsqueda compartida de la verdad y del bien [86]. El diálogo sincero excluye toda forma de instrumentalización. Su objetivo es el entendimiento mutuo, el descubrimiento de lo que es justo y auténtico para todos. Dialogar, en el espíritu de Nostra aetate, presupone, por tanto, una mirada contemplativa dirigida al “otro diferente”: “Acercarse, expresarse, escucharse, mirarse, conocerse, tratar de comprenderse, buscar puntos de contacto, todo eso se resume en el verbo "dialogar"” [87].

51. En este sentido, el diálogo interreligioso puede convertirse en una ocasión para una mayor fidelidad al amor universal de Dios, manifestado en Jesucristo. Transforma a las personas, a las comunidades y, a veces, incluso a las estructuras eclesiales. Lejos de ser un tema marginal, es un ámbito teológico, donde el Espíritu Santo quiere hacerse sentir, a través del encuentro con el otro [88].

IV. Perspectivas y orientaciones para el futuro del diálogo interreligioso

52. El futuro del diálogo interreligioso exige hoy una reflexión renovada y compromisos especialmente claros. Si bien las décadas posteriores al Concilio Vaticano II permitieron establecer relaciones más serenas entre las distintas tradiciones religiosas, los cambios geopolíticos, culturales y ecológicos de los últimos años plantean retos sin precedentes. Las tensiones identitarias, el aislamiento de las comunidades, las ideologías fundamentalistas, los conflictos con connotaciones religiosas, la manipulación política del hecho religioso, pero también la creciente indiferencia en muchos países hacia cualquier forma de espiritualidad, obligan a renovar las formas del diálogo en un mundo en rápida transformación.

53. En realidad, no se trata de fundar una gran religión mundial en la que todas las creencias queden niveladas. Esa posibilidad debe descartarse por respeto a uno mismo y a los demás. Se trata, en cambio, de construir una sociedad fraterna capaz de aceptar las diferencias. Esta intención sigue siendo el núcleo del diálogo interreligioso, tal y como ya lo era en la Declaración Nostra aetate y en los esfuerzos en este sentido que han caracterizado las décadas posteriores a su promulgación. Dialogar no consiste solo en exponer las propias doctrinas o en comparar las propias visiones del mundo; hoy, frente a quienes fomentan divisiones y preparan conflictos, los creyentes de las distintas tradiciones y, en primer lugar sus líderes, conscientes de sus diferencias irreconciliables, están llamados a buscar, con lucidez y esperanza, las condiciones para una convivencia pacífica.

54. Para alcanzar ese objetivo, es necesario llevar a cabo una verdadera transformación de las mentalidades: abandonar las lógicas de defensa, hostilidad o conquista, para adoptar una actitud abierta, benévola y valiente. Los modelos monolíticos y aislados, que fomentan una visión cerrada de la realidad, resultan cada vez más inadecuados y, en última instancia, son fuente de violencia y sufrimiento para los más débiles. La defensa intransigente de la propia posición y el proselitismo, como única forma de encuentro con “el otro”, ya no tienen sentido en un mundo que se asemeja cada vez más a una aldea global interconectada y en continuo fermento. Así lo recordó el Papa Francisco en 2019, en la Universidad Chulalongkorn de Bangkok, ante responsables religiosos budistas, musulmanes, hindúes, sijs y cristianos: “Se acabaron las épocas donde la lógica de la insularidad podía predominar en la concepción del tiempo y del espacio, e imponerse como mecanismo válido para la resolución de conflictos. Hoy es tiempo de atreverse a imaginar la lógica del encuentro y del diálogo mutuo como camino, la colaboración común como conducta y el conocimiento recíproco como método y criterio. Y, de este modo, ofrecer un nuevo paradigma para la resolución de conflictos, contribuir al entendimiento entre las personas y salvaguardar la creación. Creo que, en este campo, las religiones, así como las universidades, sin necesidad de renunciar a las propias notas esenciales y dones particulares, tenemos mucho para aportar y ofrecer; todo lo que hagamos en este sentido es un paso significativo para garantizar a las generaciones más jóvenes su derecho al futuro, y será también un servicio a la justicia y un servicio a la paz” [89].

55. En las antípodas de esas actitudes rígidas que pretenden resolver los conflictos por la fuerza, es el momento de promover una nueva ética del diálogo: una cultura de la complejidad, de la flexibilidad y de la amistad. Ya no se trata de temer o de mantener a distancia al “otro creyente”, a la otra civilización, a la otra forma de pensar, sino de atreverse al encuentro. Aquel que antes se percibía como una amenaza, un enemigo al que temer, respetar desde la distancia o incluso destruir, puede convertirse en un interlocutor, un aliado, un amigo, incluso un “peregrino de la verdad” [90] con quien compartir un tramo del camino. Las civilizaciones y las religiones pueden, sin duda, entrar en tensión, pero también pueden entrar en resonancia, en una dinámica creativa, sabiendo transformar la diversidad en solidaridad. La alteridad ya no debe vivirse como un obstáculo, sino como un reto que afrontar. En un mundo encerrado en la asfixia de la inmanencia, los creyentes, pertenecientes a diferentes religiones, no quieren renunciar a presentar al mundo la verdad de la trascendencia y el amor de Dios por todos los seres humanos. Esto es importante especialmente en una época en la que, a veces, “se desprecian los escritos que han surgido en el ámbito de una convicción creyente, olvidando que los textos religiosos clásicos pueden ofrecer un significado para todas las épocas, tienen una fuerza motivadora que abre siempre nuevos horizontes, estimula el pensamiento, amplía la mente y la sensibilidad” [91].

56. Un modelo de diálogo más rico y articulado no solo es, por tanto, deseable para el futuro, sino que ya se encuentra en germen, tanto en el seno de la Iglesia como en sus relaciones con otras tradiciones religiosas. Este modelo, de múltiples facetas, podría compararse con un poliedro: exige confrontarse con varias dimensiones al mismo tiempo, mostrar paciencia, lucidez, pero también imaginación y creatividad [92]. Es en esta interacción donde se construye un futuro común, en el que la paz y la amistad ya no son utopías, sino frutos maduros del encuentro.

V. Conclusión

57. Sesenta años después de la Declaración Nostra aetate, la Iglesia católica contempla el camino recorrido con profunda gratitud. En seis décadas, este texto, breve pero audaz, ha transformado radicalmente el rostro de las relaciones interreligiosas. La Iglesia ha pasado de una actitud a menudo reservada o distante a un valiente camino de diálogo sincero, de encuentro respetuoso y de cooperación fraterna. Este legado constituye ya un patrimonio vivo e irrenunciable, que sigue interpelando a los creyentes de hoy y los compromete a continuar esta aventura humana y espiritual, tan vital para nuestro tiempo.

58. En un mundo a la vez profundamente interconectado y fragmentado, el mensaje de Nostra aetate sigue siendo, por tanto, de gran actualidad. La fraternidad entre creyentes de diferentes tradiciones religiosas no es un simple ideal, sino una exigencia moral, espiritual y social. Ante los retos actuales —extremismos religiosos, migraciones globales, secularización, crisis ecológicas y sociales—, las religiones están llamadas a transformar el mundo y la sociedad para que se conviertan en expresiones fraternas de la voluntad de Dios. Esta tarea pasa necesariamente por una educación renovada en el diálogo, especialmente entre las generaciones más jóvenes, para superar los miedos y los prejuicios y arraigar una verdadera cultura del encuentro.

59. Al celebrar el 60 aniversario de la Declaración Nostra aetate, la Iglesia reafirma con convicción su determinación de proseguir este exigente camino, a la escucha del Espíritu Santo, siempre activo en la historia de la humanidad y en las diversas culturas y religiones de los pueblos, en las que, según modalidades que solo Él conoce, enciende la llama de la sabiduría y dispensa sus múltiples dones. La Iglesia invita a todos a convertirse en “constructores de puentes, no de muros” [93], artesanos de la paz y de la fraternidad, capaces de acoger al otro en su diferencia, de reconocer sus riquezas espirituales y de colaborar en la construcción de una sociedad más justa y más humana. Tal y como deseó el Papa León XIV: “El testimonio de nuestra fraternidad, que espero podamos mostrar con gestos eficaces, contribuirá sin duda a edificar un mundo más pacífico, tal y como desean en lo más profundo de su corazón todos los hombres y mujeres de buena voluntad” [94] .

60. Hoy más que nunca, es necesario avanzar con determinación en esta dirección, sostenidos por la gracia de Dios y por el tesoro espiritual de las tradiciones religiosas. Nostra aetate, hace sesenta años, “trajo esperanza al mundo que salía de la Segunda Guerra Mundial. Hoy estamos llamados a refundar esa esperanza en nuestro mundo devastado por la guerra y en nuestro entorno natural degradado” [95]. Este camino de esperanza sigue abierto, y todos estamos invitados a recorrerlo juntos, con valentía.

El Sumo Pontífice León XIV, en la Audiencia concedida el día 22 de junio de 2026 a los suscritos, Prefectos y Secretarios del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, del Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y del Dicasterio para el Diálogo Interreligioso, ha aprobado la presente Nota y ha ordenado su publicación.

Dado en Roma, en las sedes del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, del Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y del Dicasterio para el Diálogo Interreligioso, el 16 de septiembre de 2026, memoria litúrgica de los santos Cornelio, Papa, y Cipriano, Obispo, mártires.

Card. Víctor Manuel Fernández
Prefecto

Card. Kurt Koch
Prefecto

Card. George Jacob Koovakad
Prefecto

Mons. Armando Matteo
Secretario

S.E. Mons. Flavio Pace
Secretario

Mons. Indunil Janakaratne Kodithuwakku Kankanamalage
Secretario

Ex Audientia Die 22 de junio de 2026
León PP XIV


[1] Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Nostra aetate (28 octubre 1965), 2: AAS 58 (1966), 741.

[2] Id., Decl. Dignitatis humanae (7 diciembre 1965), 1: AAS 58 (1966), 929-930.

[3] Cf. Francisco, Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 253: AAS 105 (2013), 1121.

[4] Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Nostra aetate (28 octubre 1965), 4: AAS 58 (1966), 742.

[5] Comisión para las Relaciones Religiosas con el Judaísmo, Notas para una correcta presentación de los judíos y el Judaísmo en la predicación y la catequesis de la Iglesia Romana (24 junio 1985), III, 1: EV 9, 1639.

[6] Cf. K. Barth, Die Kirchliche Dogmatik, IV/1, 1953, 181.

[7] J.-L. Tauran, Cinquant’anni di dialogo interreligioso: Pro Dialogo 151-52 (2016), 71.

[8] Juan XXIII, Discurso con motivo de la apertura solemne del Concilio Ecuménico Vaticano II (11 octubre 1962), 8.2: AAS 54 (1962), 794.

[9] Cf. Juan XXIII, Carta enc. Pacem in terris (11 abril 1963), 158: AAS 55 (1963), 299.

[10] Pablo VI, Carta Ecclesiam suam (6 agosto 1964), 34: AAS 56 (1964), 639.

[11] Ibid., 43: AAS 56 (1964), 649.

[12] Cf. ibid., 48-52: AAS 56 (1964), 654-657.

[13] Cf. ibid., 38: AAS 56 (1964), 644-645: Como afirma el Santo Padre, el diálogo es “un modo de ejercitar la misión apostólica; es un arte de comunicación espiritual”. El Pontífice define también las características: en primer lugar, la claridad; después, la dulzura: “El diálogo no es orgulloso, no es hiriente, no es ofensivo. Su autoridad es intrínseca por la verdad que expone. […] Es pacífico, evita los modos violentos, es paciente, es generoso”. Luego está la confianza; y, por último, la prudencia pedagógica para tener en cuenta las condiciones psicológicas y morales del oyente.

[14] Id., Homilía con motivo de la promulgación de cinco documentos conciliares del Vaticano II (28 octubre 1965): AAS 57 (1965), 903.

[15] Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Nostra aetate (28 octubre 1965), 5: AAS 58 (1966), 743-744.

[16] Ibid., 4: AAS 58 (1966), 743.

[17] Cf. N. Hofmann, Nella “Giornata dell’ebraismo. Tradizioni, valori e impegni comuni”, L’Osservatore Romano, 17 enero 2023, 5.

[18] Cf. Benedicto XVI, Discurso a los miembros de la Conferencia de Presidentes de las principales organizaciones judías estadounidenses (12 febrero 2009): Insegnamenti, V/1 (2009), 235; Benedicto XVI – P. Seewald, Luz del mundo. El Papa, la Iglesia y los signos de los tiempos, Barcelona 2010, 95.

[19] J. Ratzinger, L’eredità d’Abramo: dono di Natale, L’Osservatore Romano, 29 diciembre 2000, 1.

[20] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 121.

[21] Cf. Comisión para las Relaciones Religiosas con el Judaísmo, Notas para una correcta presentación de los judíos y el Judaísmo en la predicación y la catequesis de la Iglesia Romana (24 junio 1985), I, 7: EV 9, 1623.

[22] Véase: Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, “Porque los dones y la llamada de Dios son irrevocables” (Rom 11,29). Reflexiones sobre cuestiones teológicas relativas a las relaciones entre católicos y judíos con motivo del 50º aniversario de Nostra aetate (n. 4) (10 diciembre 2015), 35: EV 31, 2055; Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. Dominus Iesus (6 agosto 2000): AAS 92 (2000) 742-765.

[23] Francisco, Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 249: AAS 105 (2013), 1120.

[24] Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Nostra aetate (28 octubre 1965), 4: AAS 58 (1966), 743.

[25] Cf. AAS 20 (1928), 103-104.

[26] Benedicto XVI, Audiencia General (28 enero 2009), Insegnamenti, V/1 (2009), 157.

[27] Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Nostra aetate (28 octubre 1965), 4: AAS 58 (1966), 743.

[28] Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio (26 marzo 1967), 14: AAS 59 (1967), 264.

[29] Cf. ibid., 42: AAS 59 (1967), 278.

[30] El Secretariado para los No Cristianos fue instituido por san Pablo VI el 19 de mayo de 1964 mediante la Carta apostólica en forma de “Motu proprio” Progrediente Concilio (cf. AAS 56 [1964], 560), con el fin de prestar atención "a quienes carecen de la religión cristiana, y a quienes también parecen referirse las palabras del Señor: “Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer” (Jn 10,16)” (ibid.). Su creación se hace necesaria “sobre todo en estos tiempos en los que se están desarrollando múltiples relaciones entre los hombres de todas las razas, lenguas y religiones” (ibid.). En 1988, la Secretaría pasó a denominarse Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso (cf. Juan Pablo II, Const. ap. Pastor Bonus [28 junio 1988], arts. 159-162: AAS 80 [1988], 902) y, posteriormente, en 2022, el de Dicasterio para el Diálogo Interreligioso (cf. Francisco, Const. ap. Praedicate Evangelium [19 marzo 2022], arts. 147-152: AAS 114 [2022], 426-427).

[31] Francisco, Const. ap. Praedicate Evangelium (19 marzo 2022), art. 149 §1: AAS 114 (2022), 426.

[32] Pablo VI, Alocución de apertura de la III Asamblea General del Sínodo de los Obispos (27 septiembre 1974): AAS 66 (1974), 561.

[33] La Comisión para las Relaciones Religiosas con el Judaísmo y la Comisión para las Relaciones Religiosas con los Musulmanes se crearon el mismo día, el 22 de octubre de 1974.

[34] Cf. P. Rossano, Le cheminement du dialogue interreligieux de Nostra aetateà nos jours: Pro Dialogo 74 (1991), 131-142; S. Schmidt, Cardinal Bea and Interreligious Dialogue, Pro Dialogo 74 (1991), 143-149.

[35] Véase Juan Pablo II, Audiencia general (22 octubre 1986), 5: Insegnamenti, IX/2 (1986), 1147: “Después de haber sido muchas veces causa de divisiones, todas quisieran ahora tener un papel decisivo en la construcción de la paz mundial”.

[36] Juan Pablo II, Discurso a los representantes de las Iglesias cristianas, de las comunidades eclesiales y de las religiones del mundo reunidos en Asís (27 octubre 1986), 6.8: Insegnamenti, IX/2 (1986), 1268.1269.

[37] Id., Discurso con motivo del encuentro con la comunidad judía en la sinagoga de la ciudad de Roma (13 abril 1986), 4: Insegnamenti, IX/1 (1986), 1027.

[38] Id., Mensaje con motivo de la XXI Jornada Mundial de la Paz (1 enero 1988), 4: AAS 80 (1988), 284-285.

[39] El documento Diálogo y misión constituye una referencia esencial para comprender la visión de la Iglesia sobre el diálogo interreligioso. En él se afirma que el diálogo es una dimensión integrante de la misión evangelizadora de la Iglesia, precisando, no obstante, que no sustituye al anuncio explícito de Cristo, sino que lo acompaña y lo enriquece. El documento distingue cuatro niveles complementarios: el diálogo de la vida, que consiste en una convivencia respetuosa y fraterna entre creyentes de diferentes religiones; el diálogo de las obras, basado en una colaboración concreta al servicio de la justicia y la paz; el diálogo teológico, que favorece los intercambios intelectuales y doctrinales entre especialistas y responsables religiosos; y, por último, el diálogo espiritual, basado en un auténtico encuentro de las tradiciones religiosas en la oración y la contemplación. Al precisar estos niveles, el texto sienta así las bases para un compromiso concreto y diversificado de la Iglesia en el seno de las sociedades pluralistas.

[40] El documento Diálogo y anuncio profundiza en la reflexión sobre la relación entre el diálogo interreligioso y el anuncio explícito del Evangelio. Aunque recuerda claramente que el anuncio de Cristo sigue siendo el corazón de la misión cristiana, subraya que el diálogo interreligioso no solo es compatible con este anuncio, sino que constituye una dimensión esencial y complementaria del mismo. El diálogo se presenta como un auténtico recorrido espiritual, un medio privilegiado para que los cristianos den testimonio de su fe en el respeto y la escucha sincera del otro. El documento insiste en que el diálogo y el anuncio nunca están en oposición: son más bien dos vías complementarias de una única misión eclesial, arraigada en el amor de Dios y en el profundo reconocimiento de la dignidad y la libertad de cada persona.

[41] Juan Pablo II, Carta enc. Redemptoris missio (7 diciembre 1990), 55: AAS 83 (1991), 302.

[42] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Nostra aetate (28 octubre 1965), 2: AAS 58 (1966), 741.

[43] Juan Pablo II, Mensaje con motivo de la XXXIV Jornada Mundial de la Paz (1 enero 2001): AAS 93 (2001), 234-247.

[44] Id., Discurso a los participantes en la ceremonia de clausura de la Asamblea interreligiosa (28 octubre 1999), 3: Insegnamenti, XXII/2 (1999), 653.

[45] Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Nostra aetate (28 octubre 1965), 5: AAS 58 (1966), 743.

[46] Cf. Benedicto XVI, Carta a Su Excelencia Monseñor Domenico Sorrentino con motivo del XX aniversario del Encuentro interreligioso de oración por la paz (2 septiembre 2006): AAS 98 (2006), 750.

[47] Id., Discurso con motivo del encuentro con los representantes del mundo científico (12 septiembre 2006): Insegnamenti, II/2 (2006), 259.

[48] Id., Discurso a los representantes de algunas comunidades musulmanas (20 agosto 2005): Insegnamenti, I (2005), 448. Cf. id., Discurso a los embajadores de los países de mayoría musulmana acreditados ante la Santa Sede y a algunos representantes de las comunidades musulmanas en Italia [25 septiembre 2006]: AAS 98 [2006], 705.

[49] Francisco, Discurso a los participantes en la Conferencia Internacional por la Paz (28 abril 2017): AAS 109 (2017), 495.

[50] Cf. Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso, Diálogo en la verdad y caridad. Orientaciones pastorales para el diálogo interreligioso (19 mayo 2014): EV 30, 843-928.

[51] Francisco, Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 250: AAS 105 (2013), 1120.

[52] Id., Discurso a la delegación del “American Jewish Committee” (13 febrero 2014): Insegnamenti, II/1 (2014), 166.

[53] Cf. Id., Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 247-249: AAS 105 (2013), 1119-1120.

[54] Ibid., 249: AAS 105 (2013), 1120.

[55] Cf. Documento firmado por el Papa Francisco y Ahmad Al-Tayyeb sobre la fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común (4 febrero 2019): AAS 111 (2019), 349-356.

[56] Francisco, Carta enc. Fratelli tutti (3 octubre 2020), 85: AAS 112 (2020), 998.

[57] Id., Carta enc. Lumen Fidei (29 junio 2013), 55: AAS 105 (2013), 592. Cf. id., Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 226-230: AAS 105 (2013), 1112-1113.

[58] Id., Carta enc. Fratelli tutti (3 octubre 2020), 285: AAS 112 (2020), 1073, que cita el Documento firmado por el Papa Francisco y Ahmad Al-Tayyeb sobre la fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común (4 febrero 2019): AAS 111 (2019), 350.

[59] Id., Discurso con motivo del coloquio “La Teología después de Veritatis Gaudium en el contexto del Mediterráneo” (21 junio 2019): AAS 111 (2019), 1098.

[60] Id., Carta enc. Fratelli tutti (3 octubre 2020), 30: AAS 112 (2020), 980.

[61] Id., Discurso con motivo del coloquio “La Teología después de Veritatis Gaudium en el contexto del Mediterráneo” (21 junio 2019): AAS 111 (2019), 1101.

[62] Id., Carta enc. Fratelli tutti (3 octubre 2020), 202: AAS 112 (2020), 1041.

[63] Cf. ibid., 199: AAS 112 (2020), 1040.

[64] Cf. ibid., 74: AAS 112 (2020), 995.

[65] Cf. ibid., 69: AAS 112 (2020), 993.

[66] Cf. León XIV, Audiencia al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede (16 mayo 2025): L’Osservatore Romano, 16 mayo 2025, 1-3.

[67] Id., Discurso con motivo del 60º aniversario de Nostra aetate “Caminando juntos en la esperanza” (28 octubre 2025): L’Osservatore Romano, 29 octubre 2025, 4.

[68] Cf. ibid.,4-5.

[69] Ibid., 5.

[70] Id., Audiencia general. Catequesis con motivo del 60º aniversario de la Declaración conciliar Nostra aetate (29 octubre 2025): L’Osservatore Romano, 29 octubre 2025, 2.

[71] Id., Discurso a los representantes de otras Iglesias y comunidades eclesiales y de otras religiones (19 mayo 2025): L’Osservatore Romano, 19 mayo 2025, 6.

[72] Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Nostra aetate (28 octubre 1965), 4: AAS 58 (1966), 743.

[73] Declaración conjunta firmada por el Papa León XIV y el Patriarca ecuménico (Estambul, 29 noviembre 2025): L’Osservatore Romano, 29 noviembre 2025, 3.

[74] León XIV, Carta enc. Magnifica humanitas (15 mayo 2026), 223, que cita a Francisco, Llamamiento a la paz en Asís con motivo de la Jornada Mundial de Oración por la Paz. “Sed de paz. Religiones y culturas en diálogo” (20 septiembre 2016): AAS 108 (2016), 1124.

[75] Cf. Documento firmado por el Papa Francisco y Ahmad Al-Tayyeb sobre la fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común (Abu Dabi, 4 febrero 2019); Declaración final del VII Congreso de líderes de las religiones mundiales y tradicionales (Nur-Sultán, 15 septiembre 2022); Declaración conjunta de Istiqlal firmada por el Papa Francisco y el gran imán Nasaruddin Umar (Yakarta, 5 septiembre 2024). Todos estos textos dan testimonio del compromiso continuo con el entendimiento mutuo, la colaboración concreta y la convivencia pacífica entre personas de diferentes tradiciones religiosas.

[76] Francisco, Discurso en la sesión de clausura de los “Encuentros del Mediterráneo” (23 septiembre 2023): AAS 115 (2023), 1146.

[77] Hablando del contexto del pluralismo religioso, el diálogo significa “el conjunto de las relaciones inter-religiosas, positivas y constructivas, con personas y comunidades de otras confesiones tendentes a un conocimiento y enriquecimiento recíproco” en la obediencia a la verdad y el respeto a la libertad” (Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso – Congregación para la Evangelización de los Pueblos, Instr. Diálogo y anuncio [19 mayo 1991], 9: AAS 84 [1992], 417-418; que cita al Secretario para los No Cristianos, La actitud de la Iglesia hacia los seguidores de otras religiones: Reflexiones y orientaciones sobre el diálogo y la misión: Boletín del Secretariado para los No Cristianos 56 [1984/2], 13).

[78] Cf. Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso – Congregación para la Evangelización de los Pueblos, Instr. Diálogo y anuncio (19 mayo 1991), 42: AAS 84 (1992), 428.

[79] Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Nostra aetate (28 octubre 1965), 3: AAS 58 (1966), 741.

[80] Ibid., 3: AAS 58 (1966), 742.

[81] Francisco, Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 253: AAS 105 (2013), 1121.

[82] Id., Carta enc. Lumen Fidei (29 junio 2013), 34: AAS 105 (2013), 577.

[83] G. C. Anawati, O. P., Excursus on Islam, en H. Vorgrimler, ed., Commentary on the Documents of Vatican II, vol. III (Londres 1969), 154.

[84] Cf. Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso – Congregación para la Evangelización de los Pueblos, Instr. Diálogo y anuncio (19 mayo 1991), 77: AAS 84 (1992), 441-442.

[85] Francisco, Carta enc. Dilexit nos (24 octubre 2024), 210: AAS 116 (2024), 1435-1436.

[86] Cf. id., Carta enc. Fratelli tutti (3 octubre 2020), 271: AAS 112 (2020), 1066.

[87] Ibid., 198: AAS 112 (2020), 1039.

[88] Cf. Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso – Congregación para la Evangelización de los Pueblos, Instr. Diálogo y anuncio (19 mayo 1991), 38: AAS 84 (1992), 427.

[89] Francisco, Discurso en el encuentro con líderes cristianos y de otras religiones (22 noviembre 2019): AAS 111 (2019), 1957.

[90] Benedicto XVI, Intervención en la Jornada de reflexión, diálogo y oración por la paz y la justicia en el mundo “Peregrinos de la verdad, peregrinos de la paz” (Asís, 27 octubre 2011): Insegnamenti, VII/2 (2011), 514.

[91] Francisco, Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 256: AAS 105 (2013), 1123.

[92] Cf. ibid., 236: AAS 105 (2013), 1115.

[93] Id., Mensaje Urbi et orbi (21 abril 2019): AAS 111 (2019), 731.

[94] León XIV, Discurso a los Representantes de otras Iglesias y comunidades eclesiales y de otras religiones (19 mayo 2025): L’Osservatore Romano, 19 mayo 2025, 6.

[95] Id., Audiencia general. Catequesis con motivo del 60º aniversario de la Declaración conciliar Nostra aetate (29 octubre 2025): L’Osservatore Romano, 29 octubre 2025, 3.
 

LIBROS PROHIBIDOS

Ahora dicen que Fátima fue un “engaño diabólico” y que el “Gran Mensaje” de La Salette fue incluso incluido por Roma en el “Indice de libros prohibidos”...

Por Antimodernist


Uno de los fenómenos más notables del “woke” es la velocidad a la que se producen vertiginosos giros de 360 grados. Durante décadas, la corriente política dominante —especialmente la de izquierdas— estuvo orientada hacia la paz y el desarme, oponiéndose a la guerra y abogando por la reconciliación y el entendimiento entre los pueblos, entre otras cosas. En muy poco tiempo, la situación ha dado un vuelco total. 

De repente, la consigna es la “capacidad bélica” y el rearme; el enemigo se encuentra una vez más en el Este y debe ser aniquilado sin piedad. Curiosamente, son precisamente aquellas personas que antaño defendían el pacifismo quienes ahora tocan las trompetas de la guerra; ¡y ay de aquel que se atreva a objetar algo al respecto! Y todo ello sucede, por así decirlo, de la noche a la mañana.

Tradicionalistas woke

Sorprendentemente, ese mismo tipo de “woke” —aunque con contenidos algo distintos— se encuentra también en los círculos de los tradicionalistas y los sedevacantistas. En los últimos años abundan los giros de 360 grados en estos ámbitos (como, por ejemplo, el asombroso cambio reciente de la Fraternidad de San Pío X: de una postura conciliadora y “superblanda” a un cisma de línea “superdura”). 

Uno de estos cambios afecta a las grandes apariciones de la Santísima Virgen en la era moderna reconocidas por la Iglesia. Si bien durante décadas fue costumbre piadosa en los círculos católicos tradicionales venerarlas, escuchar con el corazón abierto el mensaje de la Madre de Dios y meditar sobre él para seguir sus enseñanzas, la situación ha dado un vuelco total, especialmente en lo que respecta a los sucesos de Fátima (1917) y La Salette (1846).

Precisamente estas apariciones revestían una importancia especial para tradicionalistas y sedevacantistas, pues en ellas hallaban los indicios más claros de la crisis de la Iglesia. Sin embargo, ahora ya no quieren saber nada de ellas. Se dice que Fátima fue un “engaño diabólico” y que el “Gran Mensaje” de La Salette —antaño tan citado— fue incluso incluido por Roma en el “Indice de libros prohibidos”, por considerarse grave y peligroso. 

Para cualquier buen católico es indiscutible que se debe obedecer a Roma; al menos en lo referente al “Gran Mensaje” de La Salette, aunque no en la cuestión de la autenticidad de Fátima, donde Roma se habría equivocado manifiestamente. Resulta sorprendente la “fidelidad a Roma” que muestran de repente esas mismas personas que, por ejemplo, defienden las consagraciones episcopales ilícitas de la Fraternidad de San Pío X, mientras al mismo tiempo demonizan La Salette porque, hace un siglo, algo relacionado con ella figuró en el Índice.

Eclipse solar

Recientemente apareció en un blog “sedevacantista” de tendencia lefebvriana una publicación sobre la “crisis de la Iglesia” titulada The Passion and the Eclipse (La Pasión y el Eclipse). Siguiendo el estilo propio de los lefebvrianos, se establecía un paralelismo entre la “crisis de la Iglesia” y la Pasión de Cristo, destacando especialmente el extraordinario eclipse solar que, según el Evangelio, acompañó a la muerte de Cristo en la cruz. El pasaje de Lucas dice literalmente: Et obscuratus est sol (el sol se oscureció) (Lc 23, 45). El autor señala que esta expresión, obscuratus est sol, es precisamente el término astronómico utilizado a menudo en la Edad Media para referirse a un eclipse solar. En griego, la expresión es toû hēlíou eklipóntos, derivada del verbo ekleípō, del cual a su vez proviene la palabra ékleipsis, es decir, “eclipse”.

Según el autor, este “eclipse” ocurrido durante la Pasión de Cristo constituye la imagen perfecta de la “crisis de la Iglesia”. Al igual que aquella, esta crisis fue extraordinaria en todos los sentidos y se prolongó durante un tiempo inusualmente largo. Se puede comparar acertadamente a la Iglesia católica con el sol y a la “luna oscura” con la “secta modernista”, la cual se ha colocado en el lugar del sol y lo oscurece, de modo que para el observador solo permanece visible un tenue resplandor —la “corona”—, que nuestro intérprete equipara con aquellos pocos lugares donde todavía se encuentran “la verdadera Misa y la verdadera doctrina”.

“Condenado por la Iglesia”

No queremos entrar más aquí en sus otras especulaciones sobre este tema. Sin embargo, lo que inmediatamente me vino a la mente fueron las palabras de Nuestra Señora de La Salette: “L’Église será éclipsée” (La Iglesia será eclipsada). Por supuesto, esperamos que el autor mencionara esto. En cambio, encontramos la siguiente nota al final de su ensayo: Sin contar las visiones de Ana Catalina Emmerich (que no son ni aprobadas ni condenadas por la Iglesia), este artículo no pretende promover ningún mensaje sobrenatural ni libros que contengan tales elementos, y especialmente no aquellos condenados por la Iglesia. ¡Mira ahí! 

El “Descargo de responsabilidad” sigue: Sabemos que en la actualidad abundan los mensajes falsos. Si alguno menciona el mismo fenómeno, eso no significa que la analogía presentada en este artículo sea falsa (ni que esos mensajes sean verdaderos), ya que incluso en los falsos mensajes sobrenaturales suele haber elementos de verdad que los hacen más creíbles”.

Parece creer que se ha librado hábilmente de la situación. A nosotros, en cambio, nos parece bastante cobarde e imprudente. Porque ciertamente no llegó a su comparación entre la “crisis de la iglesia” y el eclipse solar más que a través de la declaración de Nuestra Señora de La Salette, en la que todos pensarán involuntariamente cuando habla. Él mismo demostró que esto está completamente de acuerdo con la Sagrada Escritura y con nuestra fe. Esto podría ampliarse mucho más, pero éste no es el lugar para ello. Sin embargo, al introducir luego el prejuicio “woke” con los libros “condenados por la iglesia”, con los que se refiere claramente a La Salette, y además insinuar que se trata de un “falso mensaje sobrenatural”, se hace increíble. Dadas las circunstancias, hubiera sido mejor si no hubiera escrito ese artículo.

Las prohibiciones

Nosotros, por nuestra parte, a menudo hemos hecho referencia explícita a estas palabras de Nuestra Señora de La Salette —que consideramos totalmente auténticas— y seguimos haciéndolo. Pero, ¿acaso esto no nos resta credibilidad y contradice nuestra propia postura? Por un lado, acusamos a los tradicionalistas “woke” y a los sedevacantistas de mantener una visión muy selectiva de la “lealtad a Roma”, pero ¿somos nosotros acaso mejores? Pues, ¿no es un hecho que “el 21 de diciembre de 1915... bajo el pontificado de Benedicto XV, se prohibió —bajo pena de excomunión (o suspensión para los sacerdotes)— el disserere ac pertractare [discusión y examen detallado] del "llamado secreto de La Salette", específicamente por escrito” y que “el 9 de mayo de 1923... bajo Pío XI, la reimpresión (sin alteraciones) del "Gran Mensaje" de Melanie, publicado en 1922, fue efectivamente incluida en el Index Librorum Prohibitorum (Índice de libros prohibidos) y "condenada"”?

En primer lugar, cabe hacer algunas precisiones sobre este relato, que hemos extraído de la obra del Dr. Ludwig Neidhart Die Marienerscheinung von La Salette (La aparición mariana de La Salette). Él aporta oportunamente los textos originales en latín de las Acta Apostolicae Sedis. El primer documento, de 1915, no se refiere a la mera “presentación o recitación” del texto; más bien, prohíbe el disserere ac pertractare del mismo, es decir, su discusión y examen en profundidad, particularmente por escrito. La pena conminada no es la “excomunión” —lo cual carecería de sentido, dado que los laicos comunes serían excomulgados mientras que el clero solo sería suspendido—, sino el “interdicto”, concretamente la prohibición de recibir los sacramentos (sin quedar, no obstante, excluidos de la comunidad eclesial). En 1923, un folleto específico que contenía el “Gran Mensaje” fue condenado e incluido en el Índice.

El “Index librorum prohibitorum”

Existía, pues, una prohibición de debatir públicamente sobre el “Gran Mensaje”, así como sobre un opúsculo que lo reproducía. Esta medida no afectaba en absoluto, en primer lugar, a la aparición del 19 de septiembre de 1846 —reconocida por la Iglesia— con su “pequeño mensaje”, ni, en segundo lugar, a la cuestión de la autenticidad o falsedad del propio “Gran Mensaje”; tal como confirmó el cardenal Merry del Val en una carta del 7 de febrero de 1916 dirigida al obispo de Grenoble, en la que aseguraba, en nombre del Santo Oficio, que el decreto del 21 de septiembre de 1915 no pretendía “emitir juicio ni opinión alguna” sobre el hecho de la aparición. No obstante, persiste el hecho de que un pequeño libro que contenía el texto del “Gran Mensaje” de La Salette figuraba en el Index de libros prohibidos, lo cual nos brinda la oportunidad de examinar dicho índice, su sentido y su contenido, para comprender de qué se trata realmente. Pues, como ya hemos observado, es preciso actuar con gran rigor en este asunto si uno está verdaderamente interesado en la verdad y no busca simplemente confirmar prejuicios preexistentes.

Consultemos, pues, en primer lugar, el Lexikon für Theologie und Kirche (LThK) de Buchberger (volumen 5, Friburgo de Brisgovia, 1933) para ver qué nos dice sobre el célebre —y a menudo denostado— Index librorum prohibitorum. Leemos allí: “Lista de libros expresamente prohibidos por la Santa Sede. La elaboración de tales listas es propia de la Edad Moderna” (col. 380). Esto no nos sorprende, ya que el problema de la proliferación de libros peligrosos surgió precisamente con la invención de la imprenta en la Edad Moderna. Hasta entonces, existía otra práctica para tratar los escritos indeseables: “Siguiendo el ejemplo de los cristianos de Éfeso (Hch 19, 19), y hasta la invención de la imprenta de tipos móviles, tanto en el derecho civil (...) como en la práctica eclesiástica, se eliminaban mediante la quema los escritos heréticos o, de otro modo, peligrosos. Esta postura fue mantenida incluso por el Concilio de Constanza (6 de julio de 1415), el V Concilio de Letrán (1515), León X en la bula Exsurge (15 de junio de 1520) y la Reichstag von Worms (Dieta de Worms). En este contexto, los índices de libros prohibidos (...) parecían superfluos” (ibid.).

El surgimiento del Índice

Sin embargo, los tiempos cambiaron. “La rápida difusión de los libros impresos llevó tanto a la Iglesia como a las autoridades civiles a adoptar nuevas medidas para cumplir con su deber de proteger a los fieles frente a la seducción del error y el vicio. Dichas medidas consistieron en la instauración de la licencia eclesiástica de impresión y del Índice. Las autoridades civiles se habían adelantado en esta práctica: tal fue el caso de Enrique VIII en Inglaterra (Índice de 1526, con 20 ediciones hasta 1546) y de Carlos V en los Países Bajos (1529, con ediciones ampliadas publicadas por la Universidad de Lovaina en 1546 y años posteriores); asimismo, la Sorbona en Francia (seis ediciones progresivamente ampliadas entre 1544 y 1556), España (desde 1551) y los Estados italianos (empezando por Lucca en 1545). Es bien sabido que también los príncipes protestantes de Alemania ejercían una estricta censura de libros (...); no obstante, no se tiene constancia de la existencia de un Índice propiamente dicho” (ibid.). Los “malvados” Papas romanos no fueron los inventores del Índice ni ostentaron el monopolio sobre el mismo; simplemente adoptaron una práctica que ya se aplicaba en otros lugares. Sucedió de la siguiente manera: “En Roma, tras la reorganización del Santo Oficio (1542), Pablo IV publicó el primer Índice en 1559 (junto con un anexo atenuante titulado De libris orthodoxorum patrum); sin embargo, este no llegó a tener relevancia, ya que el Concilio de Trento (sesión XVIII) encomendó la tarea del Índice a una comisión propia; al finalizar el Concilio (…), la laboriosa obra de dicha comisión fue entregada al Papa para su redacción definitiva. De hecho, Pío IV publicó el Índice el 24 de marzo de 1564 mediante la constitución Dominici gregis custodia; además de las diez reglas tridentinas sobre la censura de libros, el documento incluía una lista de libros prohibidos clasificados en tres categorías (autores cuyas obras están prohibidas en su totalidad, obras individuales y libros anónimos). Su actualización se encomendó a la Congregación del Índice, creada por Pío V en marzo de 1571 y confirmada solemnemente por Gregorio XIII el 13 de septiembre de 1572 (organismo suprimido el 25 de marzo de 1917 al fusionarse con el Santo Oficio)” (cols. 380-381). Por lo tanto, hasta 1917 existió una “Congregación del Índice” específica.

Evolución posterior

Naturalmente, el Índice no quedó cerrado en absoluto con su primera edición ni con la ampliación de 1571, ya que la publicación de nuevos libros continuaba sin pausa e incluso cobraba impulso. Por ello, fue necesario ampliarlo y reeditarlo constantemente. “Entre las más de 40 nuevas ediciones cabe mencionar: la finalizada por Sixto V entre 1585 y 1590 pero no publicada (...); la de Clemente VIII de 1596; la de Alejandro VII de 1664 (abreviada en 1665), que abandonó la clasificación por categorías; la de Benedicto XIV de 1758, que incluía su constitución Sollicita ac provida del 9 de junio de 1753 —una instrucción para la Congregación del Índice destinada a garantizar un examen lo más objetivo posible de los libros denunciados—; y, finalmente, el Index librorum prohibitorum SS. D. N. Leonis XIII jussu et auctoritate recognitus et editus (Roma, 1900). Este último contenía, además de la constitución de Benedicto XIV, las disposiciones generales de la constitución Officiorum ac munerum del 25 de enero de 1897 sobre la censura de libros” (col. 381). El siglo XX planteó nuevas exigencias: “Desde 1929 (la última edición oficial de entonces), el Index se publica en las lenguas culturales modernas. Su primera parte contiene, además de un prefacio histórico, las normas generales del Index (cánones 1385 a 1405 del CIC), la instrucción del Santo Oficio del 3 de mayo de 1927 sobre literatura lasciva y los decretos del Santo Oficio del 29 de enero de 1914 y del 29 de diciembre de 1926 relativos a la condena de ciertas obras de Ch. Maurras y de la revista L’Action Française. La segunda parte —el Index propiamente dicho de León XIII, actualizado continuamente en las ediciones más recientes— recoge por orden alfabético (incluyendo obras anónimas identificadas) una lista de unos 6500 títulos de libros (aproximadamente 2500 para los siglos XVII y XVIII, 1300 para el XIX y unos 140 para el XX). Además de su rigor bibliográfico, esta parte refleja una notable reducción del contenido: se han omitido todos los libros anteriores a 1600 (es decir, todo el Index tridentino), aunque ello no implica que estén permitidos; entre las obras posteriores, se han excluido algunos títulos de importancia literaria, ediciones comentadas del Concilio de Trento, publicaciones que en su día se prohibieron por razones de oportunidad y aquellas que hoy carecen de relevancia alguna” (ibid.).

El Index en el siglo XX

La enciclopedia ofrece la siguiente valoración: “La importancia del Indice no debe ni subestimarse ni sobreestimarse. En virtud de la obediencia eclesiástica, obliga en conciencia a todos aquellos que carecen de permiso de la Iglesia para leer libros prohibidos, incluso cuando no existe peligro de seducción. (…) La prohibición no conlleva una censura [pena canónica], salvo en el caso de libros de apóstatas, herejes y cismáticos que defiendan la apostasía, la herejía o el cisma, así como de aquellos libros prohibidos expresamente bajo censura mediante un documento apostólico (can. 2318 § 1). Por otra parte, el Indice no constituye un catálogo exhaustivo de los libros prohibidos por la Iglesia, en el sentido de contenerlos todos o siquiera los más peligrosos. Esto podía aplicarse al Indice tridentino, pero cada vez menos a los posteriores; algunas lenguas (las eslavas) no están representadas en absoluto, y la literatura de masas más reciente apenas se tiene en cuenta. Al basarse en denuncias fortuitas, en tiempos recientes abarca casi exclusivamente publicaciones sobre cuestiones teológicas y eclesiástico-políticas peligrosas. El Índice propiamente dicho va perdiendo importancia frente a las normas que lo regulan. – La prohibición del Indice, que se emite de forma absoluta o bajo la fórmula donec corrigatur (hasta su corrección), afecta únicamente al contenido objetivo del libro, no a la intención subjetiva del autor; es, en sí misma, susceptible de reforma (véase, por ejemplo, el caso de Galileo), pero obliga a la sumisión en los términos en que fue promulgada (laudabiliter se subjecit; fórmula endurecida recientemente: ac damnatos libros reprobavit)” (cols. 381-382). 

Wikipedia resume la historia completa del Indice de la siguiente manera: “En el siglo XVI existían varios catálogos de libros prohibidos por autoridades políticas y eclesiásticas. El catálogo de la Inquisición romana de 1559 fue el primero en llevar el nombre de Index y en pretender una validez universal. En 1562 se creó una comisión para gestionar el Indice y, en 1564, el Papa Pío IV lo promulgó como directriz para los futuros censores. En 1571 se fundó para este fin la Congregatio indicis librorum prohibitorum (Congregación del Indice de libros prohibidos). Se prohibían todos los libros heréticos, supersticiosos y obscenos, así como todas las ediciones y traducciones de la Biblia que no hubieran sido expresamente aprobadas. El Index Romanus se publicó hasta 1948 (con actualizaciones hasta 1962) y llegó a incluir 6000 libros. La publicación del Indice cesó tras el concilio Vaticano II, en 1965 o 1966”.

El procedimiento y el fin del Indice

Sobre el procedimiento habitual, la enciclopedia en línea informa: “El proceso ordinario de inclusión en el Indice comenzaba con la denuncia de un libro, que podía provenir de la propia Curia o del exterior. A menudo, el lugar de la primera edición bastaba para suscitar una sospecha inicial. En una fase preliminar, el secretario de la Congregación, junto con dos expertos, evaluaba si procedía iniciar un proceso de censura contra la obra. El tratado de Adolph Freiherr von Knigge Über den Umgang mit Menschen (Sobre el trato con las personas) es un ejemplo de escritos que no fueron objeto de mayor examen tras esta fase preliminar”. A continuación, podía iniciarse el “procedimiento principal”. Este “consistía en uno —o dos, en el caso de autores católicos— informes escritos, que eran evaluados por un órgano especializado (los consultores) y debatidos en una reunión. Al finalizar la sesión, se formulaba una propuesta de resolución que se presentaba al colegio cardenalicio de la Inquisición. Los cardenales decidían si el libro debía clasificarse como peligroso o inofensivo, tras lo cual el Papa tomaba la decisión definitiva sobre su inclusión en el Indice”. “El procedimiento podía concluir con tres posibles dictámenes”: la “inclusión en el Indice con la consiguiente publicación de la resolución”, la “no inclusión sin que se hiciera público que había existido un proceso de censura” o la “solicitud de un nuevo informe”. “En diversas ocasiones se retiraron libros del Indice, especialmente durante las grandes reformas de 1752 y 1900; de este modo, dejaban de considerarse prohibidos”. Leemos además: “La última edición oficial del Index librorum prohibitorum apareció en 1948, con suplementos hasta 1962. En su etapa final, el Indice contenía más de 6000 títulos incompatibles con la doctrina de la fe o la moral de la Iglesia. Entre los ejemplos más conocidos figuran las historias de amor de Honoré de Balzac, las canciones de Pierre-Jean de Béranger, siete obras de René Descartes, dos obras de Denis Diderot (incluida la Encyclopédie) y las historias de amor de Alexandre Dumas padre y Alexandre Dumas hijo. Asimismo, se incluyen cuatro obras de Heinrich Heine, la Crítica de la razón pura de Immanuel Kant, El segundo sexo de Simone de Beauvoir, la obra completa de Maurice Maeterlinck y casi todos los escritos de Voltaire. Jean-Paul Sartre fue uno de los últimos en ser incluidos en el Índice”. También conocemos detalles sobre el fin del “Índice”: “El Índice fue suspendido en 1965 [“abolición de facto”] y posteriormente suprimido en 1966 [“abolición formal”] bajo el pontificado de Pablo VI. Una de las razones fue que mantenerlo actualizado resultaba inviable dada la cantidad —ya inabarcable— de libros, escritos, películas y formatos de radio y televisión”. 

Cabe esperar que personas tan ejemplarmente “obedientes” como el señor Neidhart tengan siempre a mano, naturalmente, una de las últimas ediciones del “Índice” y sigan sus normas al pie de la letra, evitando cuidadosamente, por ejemplo, los escritos de Descartes y Kant incluidos en la lista.

El sentido del Índice

Como católicos, naturalmente nos esforzamos por escuchar a la Iglesia. Como dice el himno eclesiástico: “Firme ha de permanecer mi alianza bautismal; quiero escuchar a la Iglesia. Que ella me vea siempre fiel y obediente a sus enseñanzas”. No se trata solo de acatar mandatos y prohibiciones explícitos, sino de aprender a pensar y sentir con la Iglesia: el sentire cum Ecclesia. Lo mismo ocurre en este caso. Por ello, queremos analizar cómo debemos abordar hoy el “Índice” y la prohibición de libros, dado que actualmente, por desgracia, carecemos de pastores que nos indiquen qué hacer concretamente. Como hemos oído, la importancia del “Índice” “no debe ni subestimarse ni sobreestimarse”. “Obliga en conciencia, en virtud de la obediencia eclesiástica, a todos aquellos que no cuentan con el permiso de la Iglesia para leer libros prohibidos, incluso cuando no exista peligro de seducción”. Pero ¿cómo debemos proceder exactamente, dado que hace más de sesenta años que no se publican ediciones actualizadas del “Índice”? ¡Qué alud incesante de escritos y medios nocivos se ha abatido sobre nosotros desde entonces!

Según nuestras fuentes, el “Índice” surgió a comienzos de la Edad Moderna, cuando, tras la invención de la imprenta, la producción y difusión de nuevos libros experimentó un auge enorme. Los círculos “reformistas” comprendieron rápidamente las ventajas de este nuevo procedimiento y lo utilizaron para divulgar sus ideas entre el pueblo. “En el siglo XVI, la impresión de los escritos de Martín Lutero representaba casi un tercio de la tirada total”, nos informa Wikipedia. “Sin embargo, la rápida difusión de libros impresos llevó tanto a la Iglesia como a las autoridades civiles a adoptar nuevas medidas para cumplir con su deber de proteger a los fieles frente a la seducción del error y el vicio” (LThK, véase más arriba); así fue como se llegó a la prohibición de libros, primero en el ámbito civil y posteriormente también en el eclesiástico. En aquella época, esto parecía ser un medio eficaz y, por ello, fue adoptado de manera especial por la Iglesia romana, “Madre y Maestra” de todos los fieles.
 
Continúa...