sábado, 11 de abril de 2026

ROMA PROMUEVE A UNA MONJA HERÉTICA E INVESTIGA UNA ABADÍA CONSERVADORA

Cuando una próspera abadía es objeto de escrutinio mientras siguen saliendo a la luz los expedientes de abusos, el acuerdo con China y la teología de género alemana, el Vaticano moderno revela lo que realmente teme.

Por Chris Jackson


Heiligenkreuz: un monasterio floreciente bajo sospecha

La Abadía de Heiligenkreuz está “llena de jóvenes vocaciones”. Según informa Kathpress, actualmente cuenta con unos 100 monjes, unos 300 estudiantes en su seminario teológico y aproximadamente 40 seminaristas en el Leopoldinum. La innecesaria “visita apostólica”, que ya ha concluido formalmente, incluyó conversaciones con 90 monjes y numerosas personas ajenas a la iglesia. En otras palabras, Roma intervino en uno de los pocos lugares de la Iglesia de habla alemana donde la vida católica aún parece viva.

¿Y qué requería atención, oficialmente? Mejorar la comunicación interna y externa. Reflexionar estratégicamente sobre el futuro de la abadía. Analizar su orientación teológica y espiritual. Seguir trabajando en la guía de los jóvenes hacia la vida monástica y el sacerdocio. Reforzar la identidad y el autoconocimiento. Incluso los informes oficiales de la Iglesia Católica Austriaca, mucho más diplomáticos que el “Silere non possum” (No te preocupes), muestran con suficiente claridad la naturaleza de la intervención. Roma observó un monasterio repleto de monjes, estudiantes, seminaristas, cantos, horas litúrgicas en latín y una seriedad visible, y concluyó que la verdadera urgencia radicaba en su “orientación” y su “autoimagen”.

Luego está la hermana Linda Pocher, un símbolo perfecto del nuevo orden eclesiástico. Lamentablemente, no se trata de una excéntrica marginal que habla desde los márgenes de la vida católica. Francisco la incluyó en repetidas reuniones del Consejo de Cardenales para ayudar a definir el debate sobre el papel de la mujer en la Iglesia, y Vatican News la presentó posteriormente como una voz central detrás de la “desmasculinización” de la iglesia y de mujeres y ministerios en la iglesia sinodal. 

La “hermana” Linda Pocher

La revista jesuita America informó que su proyecto desafiaba abiertamente el marco mariano y petrino de Hans Urs von Balthasar, utilizado durante mucho tiempo para defender el sacerdocio masculino, mientras que Crux informó sobre su declaración pública de que Francisco estaba “muy a favor” del diaconado femenino. Ese es el verdadero contraste que debería verse en la foto. Una monja asociada con la revisión constante del lenguaje católico sobre el ministerio recibe una plataforma en los niveles más altos, mientras que los monjes de Heiligenkreuz, con sus vocaciones, su tomismo y su visible seriedad monástica, son tratados como la parte que necesita “corrección teológica”.

La comedia se torna más oscura al observar el lenguaje que rodea todo el asunto. El dicasterio agradece al abad Maximiliano Heim su “extraordinario florecimiento”. La “visita” se describe como un estímulo para un “desarrollo positivo” a largo plazo. Se elogia a los monjes. Se califica al lugar como espiritual. Todos sonríen mientras se aprieta el cerco. Así es como la iglesia moderna prefiere actuar. No con condenas tajantes, sino con “afecto administrativo”. Roma ha perfeccionado el arte de decir: “¡Qué hermoso monasterio tenéis allí! Sería una lástima que le ocurriera algo”.

Perú: La iglesia que dice escuchar pero no escucha

Ahora comparemos esto con Perú. InfoVaticana informa que una denuncia notariada, fechada el 26 de marzo de 2026, fue entregada personalmente a la nunciatura apostólica en Lima el 31 de marzo y enviada simultáneamente al “cardenal” Fernández en el Dicasterio para la Doctrina de la Fe. La denuncia se refiere al “obispo” Antonio Santarsiero Rosa, secretario general de la Conferencia Episcopal Peruana y obispo de Huacho, y alega abuso sexual sistemático y maltrato psicológico

El falso papa posa junto al acusado de abusos

Según el informe, un testigo afirma haber enviado un informe personal en noviembre de 2024 al entonces “cardenal” Prevost y haber entregado personalmente el mismo informe en la oficina de “León XIV” en diciembre de 2025, sin haber recibido respuesta hasta la fecha. Santarsiero ha negado las acusaciones y ha solicitado el expediente para poder emprender acciones legales si procede. Se trata de alegaciones, no de conclusiones, pero son alegaciones graves, presentadas formalmente y negadas públicamente.

Ese contraste es precisamente la clave. Un monasterio repleto de jóvenes monjes es sometido a un análisis exhaustivo de su “estilo de comunicación” y “perfil teológico”, mientras un “obispo” de alto rango se enfrenta a una denuncia por abuso, con testimonios que afirman que informes previos llegaron a altos cargos romanos, y la imagen pública vuelve a ser confusa, llena de trámites y dilaciones. El aparato conciliar no se cansa de hablar de escuchar, acompañar, transparencia y protección. Sin embargo, cuando el asunto afecta a uno de sus propios funcionarios, la elocuencia se convierte de repente en un discurso vacío y vacío. Es casi imposible ver a través de él.

China: La comunión reducida a una categoría administrativa

La última entrevista de Parolin resulta casi demasiado reveladora. Afirma que la Santa Sede sigue creyendo en la importancia de las Naciones Unidas. Advierte contra el paso de la ley del orden a la ley de la fuerza. Y cuando la conversación gira en torno a la China comunista, insiste en que el acuerdo de 2018 no es ni un concordato ni un tratado diplomático, sino solo una regulación del proceso de nombramiento de obispos. Luego viene la frase que lo dice todo sobre la mentalidad actual del Vaticano: lo fundamental -dice- es que todos los obispos en China, incluidos los nombrados por el Partido Comunista Chino y leales a él, están en comunión con el “papa”. Esto ocurre después de que el acuerdo se renovara en octubre de 2024 por otros cuatro años.

Prevost y Parolin, cómplices en la destrucción de la Iglesia

Ahí tienen toda la eclesiología del declive controlado, en un solo paquete. La comunión ya no se considera fruto de la fidelidad pública a la fe, de la resistencia pública a los enemigos de Cristo ni de la confesión pública bajo presión. Se reduce a un mero indicador de estatus dentro de un expediente diplomático. El que sufre en la clandestinidad desaparece. El confesor desaparece. El mártir desaparece. Todo se convierte en un procedimiento. ¿Están las firmas en regla? ¿Se ha regularizado el mecanismo? ¿Están armonizados los expedientes? Entonces el Vaticano sonríe y lo llama “unidad”. Esto es lo que sucede cuando la clase dirigente de la Iglesia empieza a pensar primero como notarios de la curia y, muy lejanamente, como pastores católicos.

Alemania: La creación, corregida por la Conferencia Episcopal

Si la política hacia China muestra la faceta burocrática de la revolución, Alemania muestra la doctrinal. El “obispo” auxiliar Ludger Schepers, representante de la Conferencia Episcopal Alemana para la “pastoral lgbtq+”, declaró a la agencia KNA que el retorno a los “roles de género” tradicionales es un “camino equivocado” y afirmó que “la diversidad de identidades humanas”, incluyendo las identidades homosexuales y transgénero, forman parte del plan divino de la creación. Asimismo, ridiculizó el fenómeno de las “esposas tradicionales” como “una estética artificial carente de realidad”. Esta postura forma parte ahora del discurso público de un “obispo” al que la Conferencia Episcopal Alemana ha encomendado precisamente esta labor.


Pero la doctrina católica no ha cambiado solo porque Alemania haya perdido la cabeza. El Catecismo sigue enseñando que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados y no pueden aprobarse. Incluso Dignitas infinita, publicada por el propio Vaticano en 2024, rechaza explícitamente la tendencia de la teoría de género hacia la autodefinición desvinculada de la naturaleza intrínseca del cuerpo e insiste en la realidad y la belleza de la diferencia sexual. Así pues, cuando Schepers habla de esta manera, la contradice con el tono conciliador de la pastoral. Y lo hace no desde la periferia, sino desde dentro del aparato episcopal. Roma, sin duda, puede identificar la desorientación teológica cuando quiere. Simplemente parece encontrarla menos alarmante en Alemania que en una abadía cisterciense que todavía produce monjes.

Bolivia: El vertedero y el agujero de la memoria

Luego está Bolivia, donde las denuncias de los supervivientes son tan espantosas que incluso las instituciones laicas de Cataluña las están investigando. EL PAÍS informa que la Comunidad de Supervivientes de Bolivia presentó un informe al Parlamento y al Defensor del Pueblo catalanes describiendo a unos veinte jesuitas abusadores y a cerca de mil víctimas en Bolivia, alegando además encubrimiento por parte de las estructuras jesuitas en Cataluña, Bolivia e incluso Roma. Un informe posterior indica que el Defensor del Pueblo ha incorporado estas denuncias a una investigación en curso y ha solicitado información al colegio jesuita de Barcelona del que procedían algunos de los abusadores trasladados. Crux añade que los jesuitas catalanes han denunciado 145 casos de abuso sexual desde 1948.


Los casos individuales parecen un manual de cobardía clerical. Según informes, Francesc Peris fue trasladado a Bolivia tras denuncias en Cataluña y allí sumó nuevas víctimas. La correspondencia interna, según los informes, demostró que Lluís Tó continuó abusando después de su traslado. El caso de Luis Roma involucró a unas 70 víctimas, según una investigación interna; y EL PAÍS informó que los superiores jesuitas ocultaron tanto la investigación como sus manuscritos. Esto es reubicación institucional y ocultamiento transfronterizo. Sin embargo, la misma Iglesia que mueve montañas para inspeccionar una abadía próspera parece tener siempre razones para retrasar, suavizar o encubrir asuntos como estos.

El verdadero crimen es la vitalidad católica

Esa es la lección que subyace en las cinco historias. Heiligenkreuz es blanco de ataques por gozar de una salud excepcional. Perú muestra la indulgencia reservada a los privilegiados. China evidencia la reducción de la unidad católica a una mera coreografía diplomática. Alemania muestra a un obispo que enseña lo que los propios documentos de la Iglesia rechazan. Bolivia muestra la pervivencia de vicios clericales protegidos por la transferencia, el silencio y la distancia. El intención que subyace en todo esto no es difícil de identificar. La maquinaria posconciliar no teme principalmente la corrupción, la ambigüedad ni siquiera el escándalo. Esos asuntos se pueden controlar. Se pueden relatar. Se pueden integrar en comités, protocolos y sesiones de escucha. Lo que teme es una forma de vida católica que aún parezca inconfundiblemente católica, que atraiga a los jóvenes, que forme hombres y que hable con franqueza.

El problema en Roma no es que ya no pueda distinguir entre salud y enfermedad. El problema es que a menudo trata la salud como la mayor amenaza. Un monasterio que canta, enseña y crece debe ser observado hasta que sea manejable. El expediente de abusos de un “obispo” puede esperar. Un acuerdo nefasto con Pekín puede ser elogiado. Un “prelado” alemán puede revisar la creación en público. El viejo lema liberal era que la Iglesia debía “abrir las ventanas”. Y lo hizo. El humo de Satanás entró. Ahora, cuando una habitación todavía huele a incienso católico, Roma envía a los inspectores.

 

ALGUNOS RESPLANDORES (XIV)

Continuamos con la publicación del capítulo 14 del libro “El Americanismo y la Conjuración Anticristiana” (1899) de Monseñor Henri Delassus.


CAPÍTULO DECIMOCUARTO

ALGUNOS RESPLANDORES

El anticristianismo, que tomó nacimiento con la Iglesia y que desde entonces no dejó de minar sordamente la obra del divino Salvador o trabajar abiertamente para destruirla, tomó con la Revolución un poder y una universalidad que no había tenido nunca; al punto que los judíos, que mantienen activa esta guerra desde hace mil ochocientos años, exultan y dicen que la hora del triunfo tocará por fin para ellos, mientras que, de nuestro lado, hombres eminentes se preguntan si la hora de los últimos esfuerzos del infierno no ha llegado.

Tal perspectiva es muy propia para sembrar el desaliento si no la desesperación en las almas.

Y sin embargo, hoy como en el pasado, no debemos cerrar nuestros corazones a la esperanza; deberíamos esperar, aún cuando tuviéramos la certeza que “el hombre de pecado” aparecerá y reinará sobre toda la superficie de la tierra.

En primer lugar, aún entonces será lícito a cada uno hacer su salvación; y todos los que quieran recibirán gracias proporcionadas a la grandeza de la prueba. Entonces como hoy, las aflicciones serán cortas, y no sólo cortas, sino ligeras en comparación “del peso eterno de gloria que supera toda medida” con que serán recompensados los perseverantes.

Corta para cada uno, la suprema prueba lo será también para el mundo. Según una interpretación bastante común de un pasaje de las Sagradas Escrituras, el reino del anticristo nacido no durará más que tres años y medio. Está bien cuando se podrá decirse con el Salmista:

Vi yo al impío sumamente ensalzado, y empinado como los cedros del Líbano. Pasé de allí a poco, y he aquí que no existía ya; le busqué, más ni rastro alguno de él pude hallar.

Y si cada fiel podrá contar entonces con la gracia de DIOS, la santa Iglesia podrá, en esta lucha suprema, contar con una asistencia de la Santísima Virgen más poderosa que nunca. Lo que nos da la seguridad de ello, es que el tiempo del anticristo debe ser el término de la guerra a muerte, declarada desde el tiempo de los Apóstoles, entre la raza de la Mujer y la raza o sinagoga de Satanás, guerra anunciada desde el comienzo del mundo por estas palabras: “Pondré enemistades entre tú y la Mujer, entre tu raza y la suya”. La Mujer es la Iglesia, pero es también María, Madre de DIOS. Y si la Iglesia puede decir en su oficio que María sola ha triunfado sobre todas las herejías, cunctas haereses sola interemisti in universo mundo, ¿cuál no será el poder de su intervención en esta suprema batalla?

Ya ahora, contra el esfuerzo satánico que sufrimos hoy, esta intervención es manifiesta.

En el momento en que la Revolución iba a entrar en la fase actual, cuando se preparaba la guerra de Italia que tenía como fin la destrucción del poder temporal de los Papas y que debía tener como consecuencia el rebajamiento de la Francia católica, la hegemonía de la Prusia protestante y el triunfo de la judería y de la masonería, en ese mismo momento, al fin de 1854, signum magnum apparuit in caelo, un gran signo apareció en el cielo de la Iglesia: una mujer envuelta del sol, María adornada de la gracia santificante desde el primer instante de su existencia, ¡María concebida sin pecado! Y desde entonces la inmaculada se quedó en nuestro cielo, multiplicando los milagros para decirnos: ¡No temáis nada, estoy con vosotros! Y hoy que los días se han vuelto más malos y las tinieblas más espesas, la voz del Soberano Pontífice, la voz de la atalaya situada por DIOS en la cofa de la barca de Pedro no deja de gritarnos: Respice stellam, voca Mariam. ¡Levantemos las miradas a la estrella! ¡y que de los corazones se eleve poderosa la oración a María! Cada año él invita al mundo entero a recitar el Rosario; cada mañana, en el momento más solemne del día, después de la celebración del santo sacrificio de la Misa, él manda decir, sobre toda la superficie de la tierra, la oración donde María es invocada con San José, el patrón de la santa Iglesia y San Miguel el adversario, el vencedor de Satanás.


Así pues, ni nosotros ni la Iglesia estamos actualmente sin socorro, y lo estaríamos menos todavía si la prueba debiera alcanzar el apogeo predicho desde el comienzo. Pero además no estamos sin alguna esperanza de ver tiempos mejores suceder a la prueba.

Se cree generalmente que el reino del hombre de pecado debe ser la última escena de la vida del mundo y que su derrota y su muerte deben preceder inmediatamente al segundo advenimiento de Nuestro Señor JESUCRISTO, aquel en que él vendrá, en gran majestad, a juzgar a los vivos y los muertos.

Es posible que así sea, pero no es cosa cierta.

El sentimiento de varios intérpretes del Apocalipsis, sentimiento seriamente fundado en la razón, es que el reino del anticristo no será el prefacio del juicio último sino el último esfuerzo del infierno para oponerse al reino universal y en adelante pacífico de Nuestro Señor JESUCRISTO en el mundo rescatado por su sangre (45).

Desde Pentecostés la Iglesia luchó penosamente contra el judaísmo, contra el paganismo, contra el mahometismo, contra el protestantismo y todas las herejías que lo precedieron, y hoy, contra la Revolución. La iniquidad parecerá triunfar finalmente con el anticristo; pero a su vez, él será aplastado y aniquilado. Entonces los judíos, que habían puesto en él toda su esperanza, abrirán los ojos, y viendo el triunfo del verdadero Cristo, lo reconocerán por el Mesías prometido a sus padres; se convertirán en masa, y su ejemplo y sus predicaciones volverán a llevar a la Iglesia a todos los pueblos que la hayan abandonado y a aquéllos mismos que todavía no habían llegado a ella. Al mismo tiempo el dragón, el príncipe de los demonios, será encadenado por largos siglos (46). Nuestro Santo Padre, el Papa, nos hace pedir esta derrota de Satanás y el triunfo del Santa Iglesia todos los días. El triunfo, es decir la renovación de la sociedad cristiana, la perfecta maduración de los principios del Evangelio en todos los pueblos. Triunfante sobre todos sus enemigos, la Iglesia se desplegaría con magnificencia, sin dejar entre tanto, de ser siempre idéntica a sí misma. Esencialmente inmutable, conservaría en su integridad sus dogmas, su disciplina, su autoridad, su jerarquía, sus Sacramentos y sus prácticas; y el imperio de sus leyes se extendería a todo el universo. Sería, como dice el Sr. Pierre Pradié en su libro: El mundo nuevo o El mundo de Jesucristo, “el mismo grano de mostaza con sus elementos primitivos depositados por el Verbo encarnado dentro del hombre y fecundados por el Espíritu Santo en Pentecostés, pero desarrollados y madurados según toda la extensión de la oración del divino Salvador al Padre celestial”.


El pecado no desaparecerá de la tierra, habrá siempre mezcla de buenos y malos, pero, como la sociedad estará organizada y regida según las leyes del Evangelio, los buenos predominarán durante este feliz período que se prolongará durante mil años, es decir durante un tiempo tan largo como indefinido. Y así el nivel pasado sobre el mundo por la Revolución, por las conquistas de la ciencia y por el anticristo, sólo daría a la tierra la preparación final que debe sufrir para presentar un suelo propio para las construcciones divinas.

Por tan terribles trastornos y tan horrendas calamidades, la Providencia, preparando no sé qué de inmenso, habrá triturado y modelado en cierto modo a los hombres para hacerlos aptos para la UNIDAD FUTURA. (de Maistre, VIII 442.)

De todos modos, esté o no esté cercano el reino del mesías talmúdico, llamado también el anticristo, parece bien que después que la Revolución se haya degollado con sus propias manos, lo cual no puede tardar mucho más, se conceda a la tierra una larga época de paz y de prosperidad espiritual.

No transcribiremos aquí las profecías del antiguo Testamento, ni los votos que la santa Liturgia pone sobre nuestros labios cada año del Adviento a la Epifanía, pidiendo la venida del reino de Nuestro Señor JESUCRISTO a todo el mundo y a todos los pueblos.

No repetiremos la gran promesa del Sagrado Corazón anunciando este reino para el tiempo presente ni los presentimientos de los santos para la época que seguiría a la definición de la Inmaculada Concepción, no queremos aquí apelar a las luces sobrenaturales, sino sencillamente a las de la razón.

Escuchemos en primer lugar al hombre de este siglo cuya inteligencia se ha mostrado tan sagaz para sacar de los acontecimientos contemporáneos previsiones sobre un próximo porvenir, que ha podido ser llamado el profeta de los tiempos presentes.

J. de Maistre, que había asistido a la orgía revolucionaria del '93, que había visto la Revolución coronada en la persona de Bonaparte subyugar a Europa, que había llorado comprobando que la restauración de los borbones, lejos de aniquilar el espíritu revolucionario, lo consolidaba y que, desde entonces, anunciaba con una imperturbable seguridad los trastornos de que fuimos testigos en 1830 (47), en 1848, en 1870 y los que la situación actual prepara infaliblemente, J. de Maistre no desesperaba; y no sólo no desesperaba, sino que anunciaba, con igual seguridad, el triunfo del Santa Iglesia, el fin de los cismas y herejías; afirmaba que la obra de unificación operada en el mundo paralelamente al desarrollo del espíritu revolucionario, y por este espíritu mismo, acabaría en la realización de la promesa hecha por Nuestro Señor JESUCRISTO — la víspera de su muerte: “No habrá más que un solo rebaño bajo un solo Pastor”.

Persecución de católicos en Francia

Cuando el suelo de Francia estaba todavía todo húmedo de la sangre de su clero, de su aristocracia y de lo que había de mejor en el pueblo, él decía:

Cuando dos partidos se chocan en una revolución, si uno ve caer por un lado víctimas valiosas, puede apostar que este partido acabará por prevalecer, a pesar de todas las apariencias contrarias. (Obras, 1, 239.)

Los mártires de la Revolución, sus expiaciones, sus méritos y sus oraciones eran uno de los motivos de su confianza, pero tenía muchos más; en el medio mismo de esta “época terrible donde la razón parecía prohibir la esperanza, y donde la esperanza misma se convertía en un tormento para las almas de verse tan postergada en el porvenir”, escribía en 1794 al Sr. conde de Beauregard:

Estoy persuadido de que todo esto acabará, y lo que es más, creo que todo lo que vemos nos lleva AL BIEN por caminos desconocidos. Esta idea me consuela de todo.

Muy pocos hombres son capaces de comprender el prodigio adorable que forzará al mal a limpiar con sus propias manos el lugar que el eterno Arquitecto ya ha medido con su ojo para sus maravillosas construcciones (I, 307).

Esté muy seguro de que el partido satánico (salido a la escena hace tres siglos y más con el Renacimiento, seguido de la Reforma, seguida de la Revolución), sucumbe, que toca a su fin, y que juega de su resto. La impaciencia nos es muy natural pues sufrimos; hace falta sin embargo, tener bastante filosofía para domar los primeros movimientos. Los minutos de los imperios son años del hombre (XIV, 163).

Toda revolución es larga, y larga en la medida en que es vasta, también en la medida de la masa de los elementos puestos en fermentación y de la grandeza del efecto que debe resultar (X, 470).

Si hay alguna cosa desdichadamente evidente, es la inmensa base de la Revolución actual que no tiene otros límites que el mundo (XI, 352.)

Pero la reacción que debe ser igual a la acción, la duración misma de los males anuncia a Ud. una contrarrevolución de la que no tiene idea. (I, 21.)

Tiemblo como Ud., lloro como Ud. sobre todo lo que pasa, y experimento momentos de desaliento pero luego me levanto (Ibidem 194.)

¿Qué pasará? DIOS solo lo sabe, y quizás también el diablo tiene el secreto. En cuanto a mí, estoy siempre lleno de esperanzas. Siempre son las mismas. (VIII, 110).

La Revolución que es completamente satánica, no puede ser matada verdaderamente sino por el principio contrario. La contrarrevolución será angelical, o no la habrá, pero esto no me parece posible (XIV, 149).

Mil razones me prueban que tocamos a una revolución moral y religiosa (la verdadera revolución, de la cual la del '93, vigente hasta hoy, sólo fue el espantoso prefacio) sin la cual el caos no puede ceder a la creación... Todavía no vemos nada porque hasta aquí la Providencia no hizo más que limpiar el lugar; pero nuestros hijos exclamarán con una respetuosa admiración: Fecit magna qui potens est (XIII, 169).

Cuando vean lo que resultó de la conjuración de todos los vicios, se prosternarán llenos de admiración y agradecimiento (X, 444).

Hay, en esta inmensa revolución, cosas accidentales que el razonamiento humano no puede captar perfectamente: pero hay también una marcha general que se hace sentir a todos los hombres que fueron capaces de procurarse ciertos conocimientos. Todo al final se tornará hacia lo mejor (XIII, 176).

Esta inmensa y terrible revolución fue empezada con un furor que no tiene ejemplo contra el catolicismo y a favor de la democracia. El resultado será a favor del catolicismo y contra la democracia (48) (IX, 467).

No hay castigo que no purifique, no hay desorden que EL AMOR ETERNO no torne contra el principio del mal. Es dulce, en medio del vuelco general, presentir los planes de la Divinidad (I, 40).

Me parece que la Providencia diga: Ecce nova facio omnia (X, 405).

Saludo este porvenir que no debo ver (XIV, 233).

Este nova facio, este nuevo orden de cosas, no era otra cosa en su pensamiento y esperanzas, que la unión del género humano en la misma fe religiosa, bajo la conducción de una sola y misma Iglesia, gozando en plenitud de su catolicidad.


¡Ya él veía los elementos de esta unidad prepararse, y cuánto más adelantada está hoy día la obra!

El recogía con alegría los síntomas ya sensibles de una vuelta a la unidad católica en Europa. Decía:

Todos los espíritus religiosos, pertenecientes a cualquier secta, sienten en este momento la necesidad de la unidad... Pero que esta unidad sólo pueda operarse por nosotros (católicos), es una verdad que, aún siendo incontestable, no puede ser admitida sin una larga y terrible resistencia, pues choca contra todos los géneros de orgullo y todos los prejuicios imaginables (XIII, 218).

Desde que estas líneas se escribieron, la necesidad de la unidad se ha hecho sentir de una manera más imperiosa y general. Sería demasiado largo dar aquí las pruebas; están por otra parte en los acontecimientos que se cumplen diariamente dentro de las sectas separadas. Los errores del cisma y de las herejía se hacen cada vez más manifiestos a los ojos de quienes estudian, y éstos se hacen cada vez más sinceros y numerosos; los prejuicios desaparecen poco a poco, aún dentro de las muchedumbres.

Nunca se vieron tantas conversiones en las filas de la sociedad más notables por la ilustración de la ciencia, de la nobleza, y aún de los cargos eclesiásticos, y eso en los países más visibles a los ojos del mundo. Nunca tampoco las llamadas de la Santa Sede a los “hermanos separados” fueron más acuciantes, y nunca se produjeron en circunstancias más favorables para ser escuchadas.

Y lo que hace a esta llamada más particularmente oportuna, es el estado de descomposición en que se encuentran todas las sectas. Lo que la Revolución hizo en la política, la ciencia lo opera dentro de las falsas religiones: las disuelve todas, actualmente, para dejar el campo libre al Evangelio de JESUCRISTO.

Aunque la herejía luterana mucho se afirme en los Lugares Santos con toda la pomposidad del poder imperial, Guillermo II no hará olvidar que el luteranismo ya no es más que el fantasma de una religión. Todos los esfuerzos del potentado para galvanizar a este cadáver sólo manifiestan su disolución.

La iglesia anglicana no está en mejor estado. El “disestablishment” ha empezado y se acabará rápidamente, pues ya se ha convertido en la principal platform de la lucha de los partidos. Las sectas abundan, se multiplicarán al infinito cuando la mano del estado deje de sostener la Iglesia nacional y sus bienes hayan sido dispersados.

La ciencia, este disolvente infalible de todo lo que no es el oro puro de la verdad, todavía no ha hecho en las Iglesias orientales el estrago que ha producido en Alemania e Inglaterra. De Maistre había predicho este orden: “Los cismáticos sólo regresarán a la unidad después de los protestantes” (Del Papa, cap. 2, liv. IV). Pero Rusia ya está muy afectada, y arrastrará a sus satélites.

Y si pasamos de los pueblos cristianos a los pueblos infieles, ¿qué vemos? Los judíos se hacen adrede librepensadores y con un fin confesado que hemos constatado. El islamismo, el budismo, el brahmanismo y el confucianismo están trabajados igualmente por el espíritu nuevo. El fetichismo por fin es perseguido infatigablemente a sus retiros más tenebrosos.


Cuando el libre examen y los principios del '89 hayan acabado de dar la vuelta del mundo -lo que está muy cerca de cumplirse-, no quedará de pie sobre la tierra más que la Santa Iglesia Católica; todo el resto estará en disolución, y todas las miradas se volverán hacia el faro luminoso que Nuestro Señor JESUCRISTO vino a poner en el centro del mundo.

¡A ella los despojos de las naciones!

Mientras que el soplo venido de los abismos infernales hace su obra y pasa a ser, contra la espera de Satanás y por la virtud del Altísimo, un medio de preparación evangélica, el soplo venido del Cenáculo se hace sentir más cálido y potente y se difunde por todas partes.

Nunca el celo para la conversión de los infieles fue tan grande en la Iglesia, excepto en los tiempos apostólicos. Todas las Ordenes Religiosas rivalizan en ardor por ir a predicar el Evangelio a las comarcas más alejadas; y, lo que no se había visto nunca, las mujeres mismas se hacen misioneras, desafiando con un coraje superior a su sexo todos los peligros para ir a llevar, a los ojos encantados de los infieles, el espectáculo de las virtudes cristianas y las luces de la fe que las inspira.

Y mientras los apóstoles trabajan, los fieles rezan. ¡Adveniat regnum tuum! Nunca este grito del divino Salvador, puesto por Él en nuestros labios, salió más ardiente de más corazones.

Pero, se dirá, si la fe es predicada a los infieles y si se manifiestan en los países protestantes y cismáticos deseos de unión religiosa, existe dentro del catolicismo la indiferencia que Ud. ha mostrado creciente, existe la incredulidad manifiesta, y por decirlo, todo el odio por la religión, el odio por el sacerdote, el odio por DIOS mismo que día tras día hace los más lamentables progresos!

Es verdad. Pero para ver si estos progresos no serán detenidos, consideremos separadamente la incredulidad científica, la indiferencia religiosa, y el odio satánico, para llamarlo por su verdadero nombre.

La incredulidad tomó desde el siglo decimoctavo su punto de apoyo en la ciencia. Llegó a su apogeo en los primeros años del siglo presente. Está en retroceso en toda la línea actualmente. En todos los órdenes de ideas y de hechos, la verdad se hace dueña del error, y con un poder tanto más fijo y firme, cuanto que los fundamentos mismos habían sido puestos al desnudo por los adversarios. Así ocurre con todas las ciencias que se relacionan con la teología como con la filosofía, con las ciencias naturales como con las ciencias morales, con la historia como con la economía política. Haría falta otro libro para probar lo que afirmo, pero quienes se mantienen al corriente del movimiento científico saben que digo la verdad. De Maistre había previsto bien este triunfo que sólo está comenzando, pero que se vuelve más consolador de día en día. Había dicho que los esfuerzos de la crítica científica acabarían en tres cosas: el triunfo de la ciencia verdadera sobre la ciencia falsa, la disolución de las iglesias separadas, y la exaltación de la Iglesia Católica. Decía sobre el primer punto:

Los científicos europeos son en este momento especies de conjurados que hicieron de la ciencia una clase de monopolio y no quieren absolutamente que se sepa más o de otra manera que ellos. Pero esta ciencia será incesantemente deshonrada en breve por una posteridad iluminada, que acusará justamente a los adeptos de hoy de no haber sabido sacar de las verdades que DIOS les había entregado las consecuencias más preciosas para el hombre. Entonces toda la ciencia cambiará de cara (V, 238).

Ella ya es irreconocible. Basta comparar las conclusiones actuales de la ciencia en química y biología, en astronomía y geología, en historia y ciencias morales, etc., etc., con lo que eran hace cincuenta años, para ver el inmenso progreso que se ha hecho. Ahora bien, este progreso vale todo en honor y favor de la religión. El Sr. Brunetière lo comprobaba recientemente. Dice:

Hoy ya no admitimos, como se lo hacía hace solo veinticinco años, que la no-creencia o la incredulidad sea una prueba de libertad, de amplitud, de extensión de espíritu. La negación de lo sobrenatural pasaba en aquel tiempo por la condición misma del espíritu científico... y estamos condenados a ver lo sobrenatural reaparecer en la circunferencia de nuestro saber. Se ha reconocido que la fe más sincera como la más humilde y más alta y la ciencia más extensa, y por decirlo todo más moderna, podían coexistir en el mismo cerebro.

El historiador francés Ferdinand Brunetière

Sobre los otros puntos, la disolución de las iglesias separadas y la exaltación de la Iglesia Católica, de Maistre decía:

Todas las iglesias separadas de la Santa Sede al comienzo del siglo XVI pueden compararse con cadáveres helados cuyo frío ha conservado las formas. Este frío es la ignorancia... Pero en cuanto el viento de la ciencia, que es caliente, venga a soplar sobre estas iglesias, pasará lo que debe pasar según las leyes de la naturaleza: las formas antiguas se disolverán y quedará sólo polvo... Si la fe antigua reina todavía en tal o tal país separado, la ciencia no ha llegado todavía, y si la ciencia ha hecho su entrada, la fe ha desaparecido de allí; lo que no se entiende de un cambio súbito sino gradual. Aquí tenemos pues la ley tan segura y tan inviolable como su autor: NINGUNA RELIGIÓN, EXCEPTO UNA, PUEDE SUFRIR LA PRUEBA DE LA CIENCIA.

Este oráculo es más seguro que el de Calchas.

La ciencia es una especie de ácido que disuelve todos los metales, excepto el oro... Lo juro por la eterna verdad y ninguna conciencia europea me contradirá: La ciencia y la fe nunca se aliarán fuera de la unidad (II, 451-453).

¡Esperad, esperad que la afinidad natural de la religión y la ciencia las reúna en la cabeza de un solo hombre de genio! (V, 237).

Y el brillo que la verdadera ciencia echará sobre la verdadera religión será tal que ningún ojo sano podrá defenderse.

El hombre de genio no ha aparecido todavía: es que los elementos de su obra no están todavía todos reunidos. El genio es necesariamente individualidad. Los especialistas y las Universidades católicas le preparan las vías, actualmente pueden sólo eso. ¿Y luego, antes de que venga, no hace falta que la tierra sea fortalecida? El desorden actual de los espíritus y de las instituciones no le sería propicio. DIOS lo hará aparecer a su hora y esta hora sin duda ya no está muy lejos.

Pero la religión tiene que vérselas en nuestro tiempo con otros dos enemigos: la indiferencia religiosa y el odio satánico inspirado por Lucifer. Triunfará de ellos, como la crítica científica.

Y en primer lugar la indiferencia.

Si uno se contenta con mirar a la superficie de las cosas, se persuadirá de que esta indiferencia se acrecienta de un modo desesperante de día en día: hay en eso alguna ilusión.

La indiferencia religiosa ya no tiene hoy el carácter que tenía en el tiempo en que Lamennais la sacudió y la despertó con su poderosa palabra. Entonces era el sueño en la ignorancia, hoy este sueño ha perdido su calma: el neocatolicismo por un lado y el espiritismo por el otro nos revela las agitaciones e inquietudes que lo trabajan. ¡Ojalá sean el anuncio del despertar y de la nueva entrada en funciones de la plena luz!

Otro género de indiferencia se manifiesta ahora, es el abatimiento, es el desaliento de quienes saben y ya no tienen ganas de actuar. No osan más nada, y se osa todo contra ellos. Han perdido completamente la conciencia de la fuerza que da ánimo. El último acto de virilidad católica y francesa fue dado por los dignos magistrados que rompieron su carrera antes que prestarse para obras que su conciencia reprobaba. Me equivoco: hay otro más reciente, enteramente actual, y nos lo dan, para nuestro vergüenza, las mujeres, las santas religiosas que esperan en la paz de DIOS la ruina no sólo de sus casas, sino -lo que es mucho más cruel para su corazón- la ruina de sus obras, antes que traicionar los intereses sagrados que tienen confiados. Fuera de ellas y de las congregaciones de hombres que tomaron las mismas resoluciones, no hay más resistencia al mal, y el desarme es tal que las protestas platónicas mismas han dejado de hacerse oír. Sobre nuestra Francia católica sitiada por el ejército de Satanás con una habilidad, perfidia y poder que ningún siglo conoció, se ha hecho un silencio de muerte. El público mira, el enemigo se burla y va adelante a pasos contados, seguro del aniquilamiento del catolicismo en Francia.


Osamos decir que se equivoca.

Llegará un momento en que la masa de la población clamará ayuda a la religión. Viéndose al punto de tocar el fondo del abismo -si no está escrito que deba perderse allí-, se echará en los brazos del único que puede salvarla, Nuestro Señor JESUCRISTO.

Ya en 1810 J. de Maistre decía considerando el estado del mundo: “No hay más religión sobre la tierra: el género humano no puede quedar en este estado” (V, 231); en 1810 había como hoy hombres de fe y piedad, pero la religión había perdido prácticamente todo imperio sobre los más y sobre la sociedad. A pesar de algunas apariencias contrarias este imperio se ha debilitado más. Tanto que, sintiendo su impotencia y aceptándola, se formó una escuela para decir: No hablemos al pueblo de las esperanzas eternas, ya no es capaz de oír este lenguaje; prometámosle los bienes de este mundo, y luego veremos. El freno de la religión ya no es aceptado por los individuos en la persecución de la fortuna; a duras penas es tolerado en las familias para las relaciones conyugales; está absolutamente excluido del gobierno de los pueblos.

¿Qué resultó de allí? Lo que vemos y lo que estamos llamados a ver: un desbordamiento de crímenes incalculables en número, inauditos en horror, la familia disuelta, la sociedad sacudida hasta en sus fundamentos, amenazada de una ruina inminente.

No más clase intermediaria, como en el '89, para amortiguar el choque; la Revolución lanzará su grito: ¡¡Los que no tienen contra los que tienen!! Un populacho hambriento, devorado por la envidia, acribillado de vicios, se levantará contra la gente de bien. Tan vasta como el orgullo, e igualmente despiadada, se derramará la rabia de quienes no son nada... Ni el ascendiente destruido del sacerdote, ni el del mérito detestado hoy, ni las antiguas costumbres ahora olvidadas, ni las leyes a esta hora aborrecidas, ni la propiedad convertida en objeto de envidia, no hay nada que pueda amortiguar la caída espantosa.

Entonces la indiferencia cesará. O bien el género humano perecerá de las secuelas de su rebelión contra DIOS, o bien, abandonado con la ceguera sistemática del orgullo al torrente de los errores, principio de las desdichas en que se verá sumergido, se esforzará en subir hacia su Salvador y su DIOS. Ya ahora una muchedumbre de hombres están asustados de lo que ven y espantados de lo que oyen; pero querrían salvarse sin DIOS: han puesto allí su punto de honor. Y DIOS los dejará tomarse con calma las lecciones que los acontecimientos contienen. Estas terribles lecciones harán fulgurante la luz y todos estarán forzados a tender los brazos hacia CRISTO, única esperanza de salvación.

El Sr. Blanc de Saint Bonnet, de quien que pedimos las palabras que preceden, decía ya en 1850:

Hemos llegado a la última crisis: a aquella donde los hombres dejan de hablar de la salvación de los gobiernos para ocuparse sólo de la salvación suprema de la sociedad... Fundada sobre quimeras y sostenida por la impostura, la Revolución conduce a los pueblos a su pérdida y la humanidad a su fin... El cristianismo reconstruirá la sociedad moderna, o la verá volar en pedazos... Si los hombres retoman la sociedad, reconstruirán piedra a piedra el cristianismo sin saberlo. En el lugar de cada error, la necesidad los obligará a aportar una verdad. Cuando todas hayan sido recolocadas, se encontrará haberse instituido el cristianismo mismo. Esta revolución reproducirá lo que todos los buenos filósofos y los más grandes legisladores no habrían traído nunca: El cristianismo en la vida civil y política.

Ya vemos dibujarse los primeros lineamentos de esta reconstrucción. Y en medio del desorden actual es una alegría muy grande ver a hombres que no pertenecen a la Iglesia llevados a constatar en muchos puntos la verdad de los dogmas evangélicos y la imperiosa necesidad de hacerlos entrar en la vida práctica de los individuos, de las familias y de los pueblos si quiere escapar de las últimas catástrofes.

Si ya ahora se ve a la ciencia acoger la luz, si la indiferencia empieza a salir de su torpor bajo la presión de los acontecimientos, el orgullo no se rinde y el odio no desarma.

Hay actualmente en el mundo odio contra DIOS, y la resolución de trabajar sin descanso por aniquilar la religión sobre la tierra.

Este odio no es sólo el hecho de algunos monstruos. Es el ligamento de una sociedad que extiende su red en el mundo entero, que pone en el corazón de millares o más bien millones de individuos, con un orgullo satánico, un celo de seducción tan hábil como tenaz, tan extenso en sus medios de acción como ufano de los efectos que producen en todas las clases de la sociedad.

Para eso no hay ningún remedio. DIOS solo puede triunfar en su omnipotencia y en su infinita misericordia. Donoso Cortés dice:

Yo tengo para mí por cosa probada y evidente que el mal acaba siempre por triunfar sobre el bien acá abajo, y que el triunfo sobre el mal es una cosa reservada a DIOS, si pudiera decirse así, personalmente.

Por esta razón no hay período histórico que no vaya a parar a una gran catástrofe. El primer período histórico comienza en la creación y va a parar al diluvio. Y ¿qué significa el diluvio? El diluvio significa dos cosas: significa el triunfo natural del mal sobre el bien y el triunfo sobrenatural de DIOS sobre el mal por medio de una acción directa, personal y soberana.

Empapados todavía los hombres en las aguas del diluvio, la misma lucha comienza otra vez: las tinieblas se van aglomerando en todos los horizontes; a la venida del Señor, todos estaban negros; las nieblas eran nieblas palpables; el Señor sube a la Cruz, y vuelve el día para el mundo. ¿Qué significa esa gran catástrofe? Significa dos cosas: significa el triunfo natural del mal sobre el bien, y el triunfo sobrenatural de DIOS sobre el mal, por medio de una acción directa, personal y soberana.

¿Qué dicen sobre el fin del mundo las Escrituras? Dicen que el anticristo será el dueño del universo, y que vendrá entonces el juicio último con la última catástrofe (49). ¿Qué significará esta catástrofe? Como las demás, significará el triunfo natural del mal sobre el bien y el triunfo sobrenatural de DIOS sobre el mal, por medio de una acción directa, personal y soberana.

¿Podemos esperar esta intervención divina, directa y soberana para poner fin a la Revolución? De Maistre la esperaba, y no veía ninguno otro medio para llegar a ese término. 

El Abad Jean-François Vuarin

En 1819 escribía al Rev. P. Vuarin:

Tiemblo como Ud., lloro como Ud. sobre todo lo que pasa, y siento momentos de desaliento que le he dado a conocer; pero luego me levanto, y le participo las ideas consoladoras que se me presentan.

Ya había escrito en el mismo sentido al Sr. de Beauregard:

Estoy persuadido de que todo eso acabará, y lo que es más, creo que todo lo que vemos nos lleva al bien por caminos desconocidos. Esta idea me consuela de todo. (IX, 60).

Podrán pasar cosas que despisten todas nuestras especulaciones; empero, sin pretender excluir ninguna falta ni desdicha intermediaria, siempre me mantendré seguro de un final ventajoso. (XIII, 64).

No dudo para nada de algún acontecimiento extraordinario, pero la fecha es indescifrable. (X, 405).

El mal es tal que anuncia evidentemente una EXPLOSIÓN DIVINA.

¡Si la extensión y profundidad del mal dan, acrecentándose, una esperanza mejor fundada de la intervención directa de DIOS, ¡cuánto más probable es esta intervención hoy que en 1818!

A nosotros nos toca apresurar este feliz momento por nuestras oraciones y por la acción de un celo tan valiente como iluminado, cada uno en la esfera que la Providencia le haya trazado. El Rev. P. de Broglie decía últimamente:

Depende de nosotros, por nuestro coraje, por el ejercicio de nuestro libre albedrío, apresurar la victoria y hacerla más completa; la salvación de la sociedad, como la salvación individual, no se cumple sin el socorro de la libertad. Pero, por otra parte, ni la época ni la extensión de la liberación depende totalmente de nosotros. Está también la parte de la Providencia, que elige sus días y sus horas y que no podemos forzar a realizar nuestros deseos por legítimos que sean.

Quizás quedemos asombrados nosotros mismos de la rapidez de esta liberación. Quizás deberemos decirnos, con una alegre sorpresa, como antaño el pueblo de Israel comprometido en una lucha semejante por la misma causa: ¿Cómo ha sido rota la vara del exactor? ¿Cómo ha cesado el tributo que el vencedor nos había impuesto?

Quizás, por el contrario, deberemos esperar mucho tiempo y saludar desde lejos este bien que esperamos; quizás no sean nuestros ojos los que lo vean y nuestros sacrificios sólo den fruto en el porvenir, al provecho de una generación más feliz. En todo caso, y esto debe bastarnos, sabemos que nuestros esfuerzos no están perdidos. No lo están para nosotros mismos, pues forman nuestro mérito y nuestra corona. No lo estarán para la causa que defendemos, pues esta causa es eterna.

Continúa...

Notas:

45) Para hallar más desarrollos, ver entre otros los artículos publicados por el P. Gallois, de los Hermanos Predicadores, aparecidos en la Revue byblique y reunidos en un volumen en Lethielleux, bajo este título: L'Apocalypse de saint Jean, ordonnance et interprétation des visions allégoriques et prophétiques de ce livre.

46) Compárese con el texto del Apocalipsis aquí aludido la oración que se dice todos los días después de Misa y que termina con este pedido: “Y tú, Príncipe de la milicia celestial, arroja al infierno con el divino poder a Satanás y los demás espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas”.

47) Escribía en medio de 1820: “La familia real será una vez más expulsada de Francia” (T. XIII, 133, y XIV, 284.) Decía en otra parte: “Es infinitamente probable que los franceses nos den una tragedia más”. (T. XIV, 156.) Desgraciadamente una sería poco.

48) Hoy esta palabra se ha vuelto tan equívoca que debe emplearse distinguiendo cada vez. De Maistre no quiere decir que la contrarrevolución será hecha contra el pueblo, sino que pondrá fin a la herejía que pretende que el poder viene de él y no de DIOS, y que desde hace un siglo se esfuerza en constituir la sociedad sobre este error capital.


49) Hemos dicho que varios intérpretes del Apocalipsis piensan que la derrota del anticristo será, no el último acto del mundo, sino el fin de la época de las persecuciones. No por eso es menos verdadero lo que dice Donoso Cortés, pues el apóstol san Pablo nos dice que “Y entonces se dejará ver aquel perverso, a quien el Señor JESÚS matará con el resuello de su boca, y destruirá con el resplandor de su presencia” (II Tes II, 8.)

 

En revolución (XII) 

Anticristianismo (XIII)



11 DE ABRIL: SAN LEÓN EL MAGNO, PAPA Y DOCTOR


11 de Abril: San León el Magno, Papa y Doctor

(✞ 461)


El muy grande y santísimo Pontífice León, primero de este nombre, fue romano de nacimiento, hijo de Quinciano, originario de Toscana.

Siendo a un acólito, llevó a los Obispos de África las Letras Apostólicas del Papa Zósimo que condenaba a los herejes Pelagio y Celestio, y en esa ocasión trabó amistad con San Agustín, y cuando fue ordenado Diácono, el Papa San Celestino le hizo su secretario.

Después Sixto III lo mandó a las Galias, donde compuso ciertas diferencias muy graves que había entre Accio y Alvino, generales del ejército romano, y que amenazaban la ruina del imperio, y como en esos momentos murió el Papa, fue San León recibido en Roma con grandes aplausos, y reverenciado como Vicario de Cristo en la Silla de San Pedro.

En aquel tiempo muchos herejes maniqueos, donatistas, arrianos y priscilianistas inficionaban la Iglesia del Señor, y en Oriente las herejías de Nestorio, de Eutiques y Dióscoro procuraban turbar y oscurecer la Fe Católica; más el santo Pontífice arrancó estas malezas del campo de la Iglesia (desterrando a los maniqueos de toda la cristiandad, y condenando al hereje Juliano, cabeza de los pelagianos (el cual murió de mala muerte en país remoto), y convenciendo a los priscilianistas de España, con las epístolas que envío a los Obispos españoles.

Y para acabar de una vez con los errores y herejías de Oriente, procuró con gran fuerza y eficacia que se celebrase el Concilio Cancedonense, en el cual hubo seiscientostreinta obispos y que estando presentes sus legados, fueran condenados en él Eutiques y Dióscoro, y establecida la Santa Fe Católica.

En el tiempo de San León, por los pecados del mundo hubo grandes calamidades, porque Atila, rey de los hunos, que se llamaba Azote de Dios, entrando ya por Italia, arruinando y destruyendo todo lo que hallaba, determinó con su ejército copiosísimo acometer contra Roma, y destruirla y hacerse señor de Italia. Entonces, el santo Pontífice León, armado de espíritu del cielo, salió al encuentro de Atila, vestido de pontifical, y estando todo el senado de Roma postrado delante del rey bárbaro, le habló con tanta gravedad, prudencia y elocuencia que le persuadió de no cintinuar adelante y dejar aquel mal intento y salir de Italia.

Y cuando algunos años después Genserico, rey de los vándalos, entró en Roma, mandó sus ruegos el santo Pontífice, que no quemase la ciudad, ni matase a nadie, ni saquease las principales Iglesias.

Finalmente, después de haber rescatado el santo Papa a muchos cautivos, y reparado los templos y dejado con sus muchas y buenas obras muy floreciente la cristiandad, a los setenta años de su vida y veintiún años de su Pontificado, pasó a recibir la corona inmortal por sus altos merecimientos en la eterna bienaventuranza.


viernes, 10 de abril de 2026

EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (98)

Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.


98. Encuentro con la Magdalena en el lago y lección a los discípulos cerca de Tiberíades.
5 de febrero de 1945.

1 Jesús y todos los suyos –ya son trece más Él– están, siete en cada barca, en el lago de Galilea. Jesús va en la barca de Pedro, la primera, junto con Pedro, Andrés, Simón, José y los dos primos. En la otra van los dos hijos de Zebedeo con los demás, o sea, Judas Iscariote, Felipe, Tomás, Natanael y Mateo.
Las barcas avanzan a vela, ligeras, impulsadas por un viento fresco de bóreas que apenas encrespa el agua en muchos, pequeños pliegues ligerísimamente marcados por un hilo de espuma que dibuja un tul sobre el azul turquesa del hermoso lago sereno. Avanzan, dejándose detrás dos estelas que en la base se besan, confundiendo sus espumas joviales en una única risa de aguas, porque casi navegan en conserva (la barca de Pedro apenas unos dos metros más adelante).
De barca a barca, a pocos metros la una de la otra, hay intercambio de palabras y de comentarios que me hacen pensar que los galileos están ilustrando y explicando a los judíos los puntos del lago, con su comercio, con las personalidades que allí residen, las distancias desde el lugar de partida y de llegada, o sea, Cafarnaúm y Tiberíades. Las barcas no pescan, están sólo preparadas para el transporte de las personas.
Jesús está sentado a proa. Se ve claramente que goza de la belleza que le circunda, del silencio, de todo ese azul puro de cielo y de aguas a las que hacen de anillo márgenes verdes, sembradas de pueblos del todo blancos entre el verdor. Se abstrae de lo que dicen los discípulos, muy hacia delante en la proa, casi echado encima de un atado de velas, con la cabeza frecuentemente inclinada hacia ese espejo de zafiro que es el lago, como si estudiara el fondo y se interesase de cuanto vive en esas aguas limpísimas. Pero, ¿quién sabe en qué estará pensando?...
Pedro en dos ocasiones le pregunta para saber si el Sol le molesta (que, alzado ya del todo desde Oriente, coge en pleno la barca bajo su rayo, aún no abrasador pero sí caliente); otra vez le dice si quiere pan y queso como los demás. Jesús no quiere nada, ni toldo ni pan; y Pedro le deja en paz.

2 Un grupito de pequeñas barcas de recreo, casi chalupas pero con gran exuberancia de baldaquinos purpúreos y de blandos almohadones, corta el camino transversalmente a las barcas de los pescadores. Música, carcajadas, perfumes, pasan con ellas.
Están llenas de hermosas mujeres y de vividores romanos y palestinos, pero más romanos, o por lo menos no palestinos, porque alguno debe ser griego; al menos así deduzco de las palabras de un joven delgado, espigado, moreno como una aceituna casi madura, todo peripuesto, con un vestido rojo corto, delimitado en la parte baja por una pesada greca y sujeto a la cintura por un cinturón que es una obra maestra de orfebre: “¡Hélade es hermosa! Mas ni siquiera mi olímpica patria tiene este azul y estas flores. Ciertamente no asombra que las diosas la hayan abandonado para venir aquí. Deshojemos sobre las diosas, ya no griegas sino judías, las flores, las rosas, los dones...” –y esparce sobre las mujeres de su barca pétalos de espléndidas rosas y echa otros en la barca de al lado–.
Responde un romano: “¡Deshoja, deshoja, griego!, que Venus está conmigo. Yo no deshojo, yo cojo las rosas en esta hermosa boca; es más dulce”. Y se inclina a besar, en la boca abierta a la risa, a María de Magdala, semiechada sobre los almohadones y con la cabeza rubia apoyada en el regazo del romano.
En este momento ya las barcas grandes tienen literalmente encima a las barcas pequeñas, y por poco no se chocan, o por la impericia de los bogadores o por juego del viento.
“¡Tened cuidado, si queréis seguir viviendo!” grita Pedro enfurecido, mientras vira, dando un golpe de pértiga para evitar la embestida. Insultos de hombres y gritos de susto de las mujeres van de barca a barca.
Los romanos insultan a los galileos diciendo: “¡Apartaos, perros judíos”.
Para Pedro y los demás galileos no cae en saco roto el insulto y Pedro especialmente, rojo como un gallito, erguido en el extremo del borde de la barca, que cabecea fuertemente, con las manos en las caderas, responde con aspereza a romanos, griegos, hebreos y hebreas; es más, a éstas les dedica toda una colección de apelativos honoríficos que dejo en la pluma.
El altercado dura hasta que la maraña de quillas y de remos no se ha disuelto y cada uno sigue por su camino.

3 Jesús en todo este tiempo no ha cambiado de posición. Ha permanecido sentado, ausente, sin miradas, sin palabras hacia las barcas o hacia sus ocupantes. Apoyado sobre un codo, ha seguido mirando la ribera lejana como si nada sucediese. Le arrojan una flor, incluso; no sé quién; claramente, una mujer, porque oigo una risita femenina acompañar al acto. Pero Él... nada. La flor le va a parar casi en el rostro y cae sobre las tablas, terminando bajo los pies del enfurecido Pedro.
Cuando las barquichuelas están para alejarse, veo que la Magdalena se alza en pie y sigue la indicación que le señala una compañera de vicio, o sea, apunta sus ojos espléndidos hacia el rostro sereno y lejano de Jesús. ¡Cuán lejano del mundo este rostro!...

4 “Dime, Simón -pregunta Judas Iscariote- Responde, tú que eres judío como yo. ¿Esa guapísima rubia que estaba en el regazo del romano, la que se ha puesto en pie hace poco, no es la hermana de Lázaro de Betania?”.
“No sé nada -responde secamente Simón Cananeo- He vuelto al mundo de los vivos hace poco y esa mujer es joven...”.
“¡Supongo que no irás a decirme que no conoces a Lázaro de Betania! Sé perfectamente que eres amigo suyo y que has estado donde él con el Maestro”.
“¿Y si eso fuera así?”
“Dado que es así, digo yo, tienes que conocer también a la pecadora que es hermana de Lázaro. ¡La conocen hasta las tumbas! Hace diez años que da que hablar de sí. Apenas fue púber, comenzó a ser ligera. ¡Pero, desde hace más de cuatro años!... No es posible que ignores el escándalo, aunque estuvieras en el "valle de los muertos". Habló de ello toda Jerusalén. Lázaro se encerró entonces en Betania... Bueno, hizo bien. Nadie habría vuelto a poner el pie en su espléndido palacio de Sión por el que ella pasaba. Quiero decir: ninguno que fuera santo. En los pueblos... ¡Ya se sabe!... Y además, ahora ella está por todas partes, menos en su casa... Ahora está, seguro, en Magdala... Estará metida en algún otro nuevo amor.. ¿No contestas? ¿Puedes decirme que no es verdad?”.
“No rebato. Callo”.
“¿Entonces es ella? ¡Tú también la has reconocido!”.
“La vi entonces, cuando era niña y pura. Ahora vuelvo a verla... No obstante, la reconozco. Impúdicamente reproduce la efigie de su madre, una santa”.
“Y entonces, ¿por qué casi negabas que fuera la hermana de tu amigo?”.
“Especialmente si somos honestos tratamos de mantener cubiertas nuestras llagas y las de aquellos que amamos”.
Judas se ríe forzadamente.

5 “Así es, Simón. Y tú eres una persona honesta” observa Pedro.
“¿Tú la habías reconocido? A Magdala, a vender tu pescado, ciertamente vas. ¡Quién sabe cuántas veces la habrás visto!...”.
“Muchacho, debes saber que cuando uno tiene las espaldas cansadas por un trabajo honesto, las hembras no apetecen; se desea sólo el lecho honesto de nuestra esposa”.
“¡Ya! Pero, a todos les gusta la buena mercancía; al menos se mira, aunque sólo sea”.
“¿Para qué? ¿Para decir: "No es alimento para tu mesa"? No, mira: del lago y del oficio he aprendido varias cosas, y una de ellas es ésta: que pez de agua dulce y de fondo no está hecho para agua salada y curso vertiginoso”.
“¿Qué quieres decir?”.
“Quiero decir que cada cual debe estar en su lugar, para no morir de mala manera”.
“¿Te hacía morir la Magdalena?”.
“No. Tengo piel dura. Pero... dime: ¿te sientes mal tú?”.
“¿Yo?... ¡Ni siquiera la he mirado!...”.
“¡Embustero! Me apostaría algo a que te estabas royendo por no estar en esta primera barca y tenerla más cerca... Incluso me habrías soportado a mí con tal de estar más cerca... Es tan cierto lo que digo, que me honras con tu palabra, por gracia suya, después de tantos días de silencio”.
“¿Yo? ¡Pero si ni siquiera me hubiera visto! ¡Ella miraba continuamente al Maestro!”.
“¡Ja!, ¡ja!, ¡ja!, ¡y dice que no estaba mirándola! ¿Cómo has podido ver a dónde miraba, si no la estabas mirando?”.
Todos se ríen ante la observación de Pedro, menos Judas, Jesús y el Zelote.

6 Jesús pone fin a la discusión –que ha aparentado no oír– preguntándole a Pedro: “¿Aquélla es Tiberíades?”.
“Sí, Maestro; ahora hago la maniobra de acostamiento”.
“Espera. ¿Puedes meterte en aquel seno de aguas tranquilas? Quisiera hablaros sólo a vosotros”.
“Mido el fondo y te lo sé decir”. –Pedro introduce una larga pértiga y va lento hacia la ribera–. “Se puede, Maestro. ¿Me acerco todavía más a la orilla?”.
“Lo más que puedas. Hay sombra y soledad. Me gusta”.
Pedro va casi hasta tocar con la orilla. La tierra está a una distancia de unos quince metros al máximo. “Ahora tocaría”.
“Párate. Y vosotros acercaos lo más posible y escuchad”.
Jesús deja su lugar y viene a sentarse en el centro de la barca, sobre un asiento que va de lado a lado; de frente tiene la otra barca, en torno a sí los otros de la suya.
“Escuchad. Os parecerá que Yo de vez en cuando me abstraigo de vuestras conversaciones y que, por lo tanto, soy un maestro negligente que no está atento a su propio grupo de discípulos. Sabed que mi alma no os deja ni un momento.
¿Habéis visto alguna vez a un médico estudiando a un enfermo que padece un mal aún dudoso y que presenta síntomas que no casan? No le pierde de vista, después de hacerle un reconocimiento, le tiene bajo vigilancia, tanto durante el sueño como durante la vigilia, mañana y tarde, cuando calla y cuando habla, porque todo puede ser síntoma y guía para descifrar el morbo escondido y para indicar una terapia. Lo mismo hago Yo con vosotros. Os tengo ligados con hilos invisibles pero sensibilísimos que se injertan en mí y me transmiten hasta las más leves vibraciones de vuestro yo. Dejo que os creáis libres, para que os manifestéis cada vez más conforme a lo que sois, lo cual sucede cuando un escolar, o un maníaco, cree que ya no le ve quien le está vigilando.

7 Vosotros sois un grupo de personas, pero formáis un núcleo, o sea, una cosa sola. Por lo tanto, sois un complejo que se forma como ente, y que debe ser estudiado en sus características singulares, más o menos buenas, para formarle, amalgamarle, quitarle las aristas, enriquecer sus lados poliédricos y hacer de él una única cosa perfecta. Por lo tanto, Yo os estudio; me sois objeto de estudio incluso cuando dormís. ¿Qué sois vosotros? ¿Qué tenéis que llegar a ser? Vosotros sois la sal de la tierra; tales debéis llegar a ser: sal de la tierra. Con la sal se preservan las carnes de la corrupción y no sólo la carne, sino muchos otros alimentos. Pero, ¿acaso podría la sal salar si no fuera salada? Yo quiero salar el mundo con vosotros, para sazonarlo que dé sabor celeste. Pero, ¿cómo podéis salar si me perdéis sabor?
¿Qué os hace perder sabor celeste? Lo que es humano. El agua del mar, del verdadero mar, no es buena para beber por lo salada que es, ¿no es verdad? Y a pesar de todo, si uno coge una copa de agua de mar y la echa en una hidria de agua dulce, puede beber, porque el agua de mar está tan diluida que ha perdido su acritud. La humanidad es como el agua dulce que se mezcla con vuestra salinidad celeste. Aún más; suponiendo que se pudiera derivar un río del mar e introducirlo en el agua de este lago, ¿acaso podrías volver a encontrar ese hilo de agua salada? No. Habría quedado perdido entre tanta agua dulce. Esto sucede con vosotros cuando hundís vuestra misión, mejor dicho, la sumergís, en mucha humanidad.
Sois hombres. Sí. Lo sé. Pero ¿y Yo quién soy? Yo soy Aquel que tiene consigo toda la fuerza. Y ¿qué hago Yo? Os comunico esta fuerza, puesto que os he llamado. Pero ¿para qué sirve que os la comunique si la desparramáis bajo avalanchas de sentido y de sentimientos humanos?
Vosotros sois, debéis ser, la luz del mundo. Os he elegido: Yo, Luz de Dios, entre los hombres, para continuar iluminando al mundo una vez que haya vuelto al Padre. Pero, ¿podéis iluminar si no sois más que unos candiles apagados o humeantes? No. Es más, con vuestro humo –peor es el humo vagaroso que la absoluta muerte de una mecha– entenebreceríais ese vestigio de luz que aún pueden tener los corazones. ¡Oh, desdichados aquellos que buscando a Dios se dirijan a los apóstoles y en vez de luz obtengan humo! Sacarán de ello escándalo y muerte. Ahora bien, los apóstoles indignos recibirán maldición y castigo.

8 ¡Habéis sido llamados para grandes cosas, pero al mismo tiempo tenéis un grande, tremendo compromiso! Acordaos de que aquel a quien más se le da más está obligado a dar. Y a vosotros se os da el máximo, en instrucción y en don. Sois instruidos por mí, Verbo de Dios, y recibís de Dios el don de ser "los discípulos" o sea, los continuadores del Hijo de Dios. Quisiera que esta elección vuestra fuera siempre objeto de vuestra meditación, y que continuarais escrutándoos y sopesándoos... y si uno siente que es apto para ser fiel –no quiero siquiera decir: "si uno no se siente más que pecador e impenitente"; digo sólo: "si uno se siente apto para ser sólo un fiel"– pero no siente en sí nervio de apóstol, que se retire.
El mundo, para sus amantes, es muy vasto, bonito, suficiente, vario. Ofrece todas la flores y todos los frutos aptos para el vientre y para el sentido. Yo no ofrezco más que una cosa: la santidad. Esta, en la tierra, es la cosa más angosta, pobre, abrupta, espinosa, perseguida que hay. En el Cielo su angostura se vuelve inmensidad; su pobreza, riqueza; su espinosidad, alfombra florida; su escabrosidad, sendero liso y suave; su persecución, paz y felicidad. Pero aquí ser santo supone un esfuerzo heroico. Yo no os ofrezco mas que esto.
¿Queréis permanecer conmigo? ¿No os sentís capaces de hacerlo? ¡Oh, no os miréis asombrados o apenados! Aún muchas veces me oiréis hacer esta pregunta. Cuando la oigáis, pensad que mi corazón al hacerla llora, porque se siente herido por vuestra sordera ante la vocación. Examinaos, entonces, y luego juzgad con honestidad y sinceridad, y decidid. Decidid para no ser réprobos. Decid: "Maestro, amigos, me doy cuenta de que no estoy hecho para este camino. Os doy un beso de despedida y os digo: rogad por mí". Mejor es esto que no traicionar, Mejor esto…
¿Qué decís? ¿A quién, traicionar? ¿A quién? A mí. A mi causa, o sea, a la causa de Dios, porque Yo soy uno con el Padre, y a vosotros. Sí. Os traicionaríais. Traicionaríais vuestra alma, dándosela a Satanás. ¿Queréis seguir siendo hebreos? Pues Yo no os fuerzo a cambiar. Pero no traicionéis. No traicionéis a vuestra alma, al Cristo y a Dios. Os juro que ni Yo ni mis fieles os criticarán, como tampoco os señalarán con el dedo para desprecio de las turbas fieles. Hace poco un hermano vuestro ha dicho una gran palabra: "Nuestras llagas y las de los que amamos, uno trata de mantenerlas escondidas". Pues bien, quien se separase sería una llaga, una gangrena que, nacida en nuestro organismo apostólico, se desprendería por necrosis completa, dejando un signo doloroso que con todo cuidado mantendríamos escondido.

9 No. No lloréis, vosotros, los mejores, no lloréis. Yo no os guardo rencor, ni soy intransigente por veros tan lentos. Os acabo de tomar y no puedo pretender que seáis perfectos. Pero es que ni siquiera lo pretenderé dentro de unos años, después de decir cien y doscientas veces inútilmente las mismas cosas... Es más, escuchad: pasados unos años, seréis, al menos algunos, menos ardorosos que ahora que sois neófitos. La vida es así... la humanidad es así... Pierde el ímpetu después del arranque inicial. Pero –Jesús se levanta improvisadamente– os juro que Yo venceré. Depurados por natural selección, fortificados por una mixtura sobrenatural, vosotros, los mejores, seréis mis héroes, los héroes del Cristo, los héroes del Cielo. El poder de los Césares será polvo respecto a la realeza de vuestro sacerdocio. Vosotros, pobres pescadores de Galilea, vosotros, ignotos judíos, vosotros, números entre la masa de los hombres presentes, seréis más conocidos, aclamados, venerados, que César, y que todos los Césares que tuvo y que tendrá la tierra. Vosotros conocidos, vosotros benditos en un próximo futuro y en el más remoto de los siglos, hasta el fin del mundo.
Para este sublime destino os elijo, a vosotros, que sois honestos en la voluntad, y para que seáis capaces de él os doy las líneas esenciales de vuestro carácter de apóstoles.

10 Estad siempre vigilantes y preparados. Vuestros lomos estén ceñidos, siempre ceñidos, y vuestras lámparas encendidas, como es propio de quienes de un momento a otro tienen que partir o acudir al encuentro de uno que llega. Y la verdad es que vosotros sois, seréis, hasta que la muerte os detenga, los incansables peregrinos que van en busca de los errantes; y hasta que la muerte la apague, vuestra lámpara debe ser mantenida alta y encendida para indicar el camino a los extraviados que van hacia el redil de Cristo.
Tenéis que ser fieles al Dueño que os ha colocado en cabeza para este servicio. Será premiado aquel siervo al que el Dueño encuentre siempre vigilante y la muerte lo sorprenda en estado de gracia. No podéis, no debéis decir: "Soy joven. Tengo tiempo de hacer esto o aquello y luego pensar en el Dueño, en la muerte, en mi alma". Mueren tanto los jóvenes como los viejos, los fuertes como los débiles, y viejos y jóvenes, fuertes y débiles, están igualmente sujetos al asalto de la tentación. Tened en cuenta que el alma puede morir antes que el cuerpo y podéis llevar en vuestro caminar, sin saberlo, un alma putrefacta. ¡Es tan insensible el morir de un alma! Como la muerte de una flor: sin un grito, sin una convulsión... inclina sólo su llama como corola cansada y se apaga. Después, mucho después alguna vez, inmediatamente después otras veces, el cuerpo advierte que lleva dentro un cadáver verminoso, y se vuelve loco de espanto, y se mata por huir de ese connubio... ¡Oh, no huye! Cae exactamente con su alma verminosa sobre un bullir de sierpes en la Gehena.
No seáis deshonestos como intermediarios o leguleyos que se ponen de parte de dos clientes opuestos, no seáis falsos como los políticos que llaman "amigo" a éste y a aquél, y luego son enemigos de ambos. No penséis actuar de dos modos. De Dios nadie se burla. A Dios no se le engaña. Comportaos con los hombres como os comportáis con Dios, porque una ofensa hecha a los hombres es como si hubiera sido hecha a Dios. Desead ser vistos por Dios como deseáis ser vistos por los hombres.

11 Sed humildes. No podéis acusar a vuestro Maestro de no serlo. Yo os doy el ejemplo. Haced como hago Yo. Humildes, dulces, pacientes. El mundo se conquista con esto, no con violencia y fuerza. Sed fuertes y violentos contra vuestros vicios, eso si; arrancadlos de raíz, a costa incluso de dejaros desgarrados pedazos de corazón. Hace unos días os he dicho que vigiléis las miradas, mas no lo sabéis hacer. Os digo: sería mejor que os quedarais ciegos arrancándoos los ojos inmoderados, que acabar siendo lujuriosos.
Sed sinceros. Yo soy la Verdad en las cosas excelsas y en las humanas. Deseo que también vosotros seáis auténticos. ¿Por qué andarse con engaños conmigo o con los hermanos o con el prójimo? ¿Por qué jugar con engaño? ¡Tan orgullosos como sois, y no tenéis el orgullo de decir: "Quiero que no me puedan considerar mentiroso"? Y sed auténticos con Dios. ¿Creéis que le engañáis con formas de oraciones largas y vistosas? ¡Pobres hijos! ¡Dios ve el corazón!
Haced el bien castamente. Me refiero también a la limosna. Un publicano ha sabido hacerlo antes de su conversión. ¿Y vosotros no vais a saberlo hacer? Sí, te alabo, Mateo, por la casta ofrenda semanal de la que sólo Yo y el Padre sabíamos que era tuya. Y te cito como ejemplo. Esto también es castidad, amigos. No descubrir vuestra bondad, de la misma forma que no desvestiríais a una hija vuestra adolescente ante los ojos de una multitud. Sed vírgenes al hacer el bien. El acto bueno es virgen cuando resulta exento de connubio con pensamiento de alabanza y de estima, o exento de soberbia.
Sed fieles esposos de vuestra vocación a Dios. No podéis servir a dos señores. El lecho nupcial no puede acoger a dos esposas contemporáneamente. Dios y Satanás no pueden compartir vuestros amorosos abrazos. El hombre no puede, como tampoco lo pueden ni Dios ni Satanás, compartir un triple abrazo en antítesis entre los tres que se lo dan.
Manteneos al margen de hambre de oro, como de hambre de carne; de hambre de carne, como de hambre de poder. Satanás os ofrece esto. ¡Oh, sus falaces riquezas! Honores, éxito, poder, abundancias: mercados obscenos cuya moneda es vuestra alma.
Contentaos con lo poco. Dios os da lo necesario. Basta. Esto os lo garantiza, de la misma forma que se lo garantiza al ave del cielo, y vosotros valéis mucho más que los pájaros. Mas Dios quiere de vosotros confianza y morigeración. Si tenéis confianza, no os defraudará; si tenéis morigeración, su don diario os bastará.

12 No seáis paganos, siendo, de nombre, de Dios. Paganos son aquellos que, más que a Dios, aman el oro y el poder para aparecer como semidioses. Sed santos y seréis semejantes a Dios eternamente.
No seáis intransigentes. Todos sois pecadores; por lo tanto, quered ser con los demás como querríais que los demás fueran con vosotros, o sea, llenos de compasión y perdón.
No juzguéis. ¡Oh, no juzguéis! Ya veis –a pesar de que hace poco que estáis conmigo– cuántas veces, siendo inocente, he sido ilícitamente mal juzgado y acusado de pecados inexistentes. El mal juicio es ofensa, y sólo los verdaderos santos no devuelven ofensa por ofensa. Por lo tanto, absteneos de ofender para no ser ofendidos. Así no faltaréis ni a la caridad, ni a la santa, amable, suave humildad, la enemiga de Satanás junto con la castidad.
Perdonad, perdonad siempre. Decid: "Perdono, Padre, para que Tú perdones mis infinitos pecados".
Haceos mejores cada hora que pase, con paciencia, con firmeza, con heroicidad. ¿Quién puede deciros que llegar a ser bueno no sea penoso? Es más, os digo: es el mayor entre los esfuerzos. Pero el premio es el Cielo; por lo tanto, merece la pena consumirse en este esfuerzo.

13 Y amad. ¡Oh, ¿qué palabra debería decir para induciros al amor?! No existe ninguna que sea adecuada para convertiros a él, ¡Oh, pobres hombres a los que Satanás azuza! Entonces, he aquí que Yo digo: "Padre, acelera la hora del lavacro. Esta tierra está seca. Este rebaño tuyo está enfermo. Más hay un rocío que puede aplacar la aridez y limpiar. Abre, abre su fuente. Ábreme a mí, ábreme. Padre, Yo ardo por hacer tu deseo, que es el mío y el del Amor Eterno. ¡Padre!, ¡Padre!, ¡Padre! Dirige tu mirada sobre tu Cordero y sé Tú su Sacrificador"”.
Jesús se manifiesta realmente inspirado. Erguido en pie, con los brazos extendidos en cruz, el rostro hacia el cielo, con el azul del lago detrás, con su vestido de lino, parece un arcángel orante.
Se me anula la visión en el momento de este acto suyo.

Continúa...