viernes, 6 de noviembre de 2026

UNA MIRADA AL CARÁCTER PERVERTIDO DE MARTÍN LUTERO

Una perspectiva sobre el hombre que no pudo reformar su propia vida y, sin embargo, pretendía ser un "reformador de la Iglesia".

Por Catholic Apologetics Insight


Hoy nos tomamos un momento para examinar el verdadero carácter del hombre al que los protestantes consideran el Gran Reformador.

A menudo se presenta a Martín Lutero como un valiente reformador cristiano que se opuso sin temor a la corrupción y defendió el Evangelio contra la tiranía eclesiástica.
Sin embargo, un análisis serio de sus escritos, decisiones y conducta revela una imagen considerablemente diferente.
Esto no significa que todo lo que Lutero enseñó fuera falso simplemente por sus defectos personales, ni que todas las acusaciones históricas en su contra sean fiables; más bien, es una pregunta que vale la pena plantearse: ¿Qué revela realmente el registro histórico sobre el carácter del hombre que afirmaba estar reformando la cristiandad?

Sus graves defectos de carácter confirman que no era capaz de liderar una reforma, como ni siquiera era capaz de reformarse a sí mismo.

Al reunir las pruebas, uno se encuentra no solo con un teólogo polémico, sino con un hombre capaz de una invectiva extraordinaria, oportunismo político, intolerancia religiosa, lenguaje grosero y obsceno, aprobación del matrimonio bígamo de un príncipe y una retórica que incita a la destrucción violenta de sus oponentes.

En la mayor parte de este artículo, utilizaremos fuentes protestantes o, al menos, fuentes históricamente indiscutibles para evitar ser acusados ​​de tener un sesgo católico contra este hombre.

Comencemos por observar los hechos objetivos.

1. Lutero y los campesinos alemanes

Quizás en ningún otro lugar se evidencia más la complejidad del carácter de Lutero que en la Guerra de los Campesinos Alemanes de 1524-1525.

Los campesinos no eran simplemente una turba homogénea de asesinos. Sus quejas incluían rentas y tributos excesivos, restricciones a los derechos tradicionales, obligaciones laborales y otros abusos por parte de los gobernantes y terratenientes locales. El propio Lutero reconoció que los príncipes y nobles habían contribuido sustancialmente a la crisis.

En su Encíclica sobre la paz, Lutero reprendió explícitamente a las clases dominantes, culpando a los príncipes y señores de haber contribuido a la rebelión mediante la opresión de los pobres. Los acusó de explotar al pueblo mientras vivían en el lujo y la extravagancia.

Ese es un dato importante.

Por lo tanto, no se puede afirmar honestamente que Lutero creyera que los campesinos simplemente habían inventado quejas imaginarias.

Pero entonces llegó el punto de inflexión.

A medida que la rebelión se tornaba cada vez más violenta, Lutero cambió drásticamente su tono.

En mayo de 1525 publicó:

Contra las hordas asesinas y ladronas de campesinos

Condenó a los rebeldes por asesinato, robo, saqueo y rebelión contra la autoridad legítima. Existían razones de peso para condenar estos crímenes: algunos sectores de la rebelión cometieron atrocidades, atacaron monasterios y castillos, y asesinaron a sus oponentes.

Pero Lutero fue mucho más allá de simplemente condenar la violencia.

Instó a las autoridades seculares a aplastar la rebelión con una fuerza extrema, describiendo a los rebeldes como personas que habían perdido el derecho a la vida y exhortando a las autoridades a acabar con ellos. Llegó incluso a declarar que quienes murieran luchando contra los rebeldes podrían ser considerados mártires ante los ojos de Dios.

Su retórica incluía la infame comparación de los rebeldes con perros rabiosos que debían ser exterminados.

Lutero escribió:

“Por lo tanto, quien pueda, que golpee, mate y apuñale, en secreto o abiertamente, recordando que nada puede ser más venenoso, dañino o diabólico que un rebelde” - Martín Lutero, Against the Robbing and Murdering Hordes of Peasants [Contra las hordas campesinas ladronas y asesinas] (1525), en Luther’s Works [Obras de Lutero], Edición americana, vol. 46, The Christian in Society IV [El cristiano en la sociedad IV], págs. 49-50

Y las consecuencias fueron catastróficas.

La Guerra de los Campesinos involucró a unos 300.000 participantes, mientras que las estimaciones de muertos oscilan entre 70.000 y 100.000. La inmensa mayoría de los fallecidos eran campesinos. Sin embargo, el número exacto no es el objetivo de este análisis, sino el apoyo perverso que Lutero brindó a tales acciones.

El punto crucial

La postura de Lutero no era simplemente:

“Los campesinos están cometiendo delitos; castiguen a los culpables”.

Hizo un llamamiento a las autoridades para que aplastaran la rebelión con violencia, al tiempo que empleaba una retórica que incitaba a una represión despiadada.

Y aquí reside una ironía sorprendente.

Tan solo unas semanas antes, Lutero les había dicho a los príncipes que ellos mismos eran responsables de haber creado la crisis.

La secuencia fue esencialmente:

Los príncipes oprimen al pueblo → Lutero condena la opresión de los príncipes → el pueblo se rebela → la rebelión se torna violenta → Lutero insta a los príncipes a destruir a los rebeldes.

2. El propio Lutero admitió que los príncipes habían provocado la rebelión.

Este punto resulta particularmente perjudicial para las representaciones simplistas de Lutero.

Inicialmente no dijo:

“Los campesinos son malvados y los príncipes son inocentes”.

Todo lo contrario.

Les dijo a los gobernantes:

“No tenemos a nadie en la tierra a quien agradecer esta desastrosa rebelión, excepto a vosotros, príncipes y señores”.

Los acusó de explotar al pueblo llano y de vivir con lujos mientras los pobres sufrían.

Así pues, Lutero reconoció que existía una grave injusticia en la raíz misma de la rebelión.

Sin embargo, cuando la rebelión escapó al control de las autoridades, su retórica se volvió extraordinariamente severa.

Esto plantea una importante cuestión apologética:

¿Qué ocurre cuando un reformador que condena la opresión de repente se vuelve dependiente de las mismas autoridades políticas que ha condenado?

La Reforma de Lutero dependió en gran medida de la protección de los príncipes alemanes.

Esa realidad política no debe ignorarse sin más al evaluar sus acciones.

3. El príncipe que quería dos esposas

Uno de los episodios más embarazosos de la última etapa de la carrera de Lutero tuvo que ver con Felipe I, landgrave de Hesse.

Felipe ya estaba casado con Cristina de Sajonia.

Sin embargo, quería casarse con Margarethe von der Saale.

Recurrió a destacados teólogos protestantes, entre ellos Lutero, Melanchthon y Bucer.

Los teólogos finalmente aprobaron el acuerdo en condiciones sumamente inusuales.

Felipe se casó con Margarita el 4 de marzo de 1540, estando aún casado con Cristina.

No se trataba simplemente de que Lutero dijera:

“La bigamia es buena para todos”.

La realidad histórica es más compleja.

Lutero sostenía que la monogamia era la norma cristiana habitual, pero aceptaba la posibilidad de una excepción extraordinaria en el caso de Felipe e insistía en que el acuerdo permaneciera en secreto.

Un erudito luterano que escribe sobre este punto afirma: “Este doble matrimonio no solo fue el mayor escándalo, sino la mayor mancha en la historia de la Reforma y en la vida de Lutero” (J. Kostlin, Life of Luther [Vida de Lutero], Stuttgart: 1901, 2, 481, 486).

Lo peor de todo fue el engaño.

Cuando el escándalo amenazaba con hacerse público, el consejo de Lutero fue ocultar el acuerdo. Los relatos históricos indican que se le ordenó a Felipe que negara el segundo matrimonio si fuera necesario.

Así pues, el episodio plantea tres preguntas incómodas:

¿Por qué se le permitió a un gobernante cristiano casarse en un segundo matrimonio excepcional?

¿Por qué se mantuvo el acuerdo en secreto?

¿Por qué se recurrió al engaño para ocultarlo?


El hombre que había atacado las tradiciones católicas por supuestamente comprometer la pureza del cristianismo, ahora estaba involucrado en un acuerdo secreto que violaba claramente la disciplina matrimonial cristiana ordinaria.

¡Recuerden que fueron Lutero y los primeros protestantes quienes afirmaron estar en un plano moral mucho más elevado que los católicos corruptos!

Como señala el historiador protestante Ronald Bainton:

Existen varios incidentes que uno preferiría mantener en secreto… El más notorio fue su actitud ante la bigamia del landgrave Felipe de Hesse… Lutero aconsejó una mentira… La solución que Lutero propuso al problema solo puede calificarse de lamentable subterfugio. (Roland Bainton, 
Here I Stand: A Life of Martin Luther [Aquí estoy: Una vida de Martín Lutero], Nueva York: Mentor, 1950, págs. 292-293)

4. El lenguaje de Lutero

Otra característica importante del carácter de Lutero es su extraordinario uso de un lenguaje vulgar, escatológico y abusivo.

Esto no es simplemente una 
polémica acusación católica.

Los estudios académicos modernos han examinado específicamente la retórica invectiva de Lutero y destacan su uso reiterado de insultos basados en animales, terminología escatológica y un lenguaje que asocia a sus oponentes con el diablo.

Sus oponentes se transformaban regularmente en:

• cerdos, cerdas, asnos, cabras, demonios, mentirosos, asesinos, hipócritas.

Y Lutero a menudo recurría a un lenguaje considerablemente más obsceno aún.

Sus posteriores ataques contra el papado se hicieron particularmente notorios.


En su obra Contra el papado de Roma, fundado por el diablo (1545), Lutero empleó insultos deliberadamente escatológicos contra el Papa y la institución papal. Los estudiosos han documentado el uso reiterado de imágenes escatológicas y terminología obscena en estos escritos.

No se trató simplemente de un desliz aislado. Diversos estudios han demostrado que el lenguaje escatológico era una característica recurrente del vocabulario polémico de Lutero desde una etapa relativamente temprana de su carrera.

Eso no significa que los escritores del siglo XVI fueran universalmente educados. Desde luego, no lo eran.

Tanto los polemistas católicos como los protestantes y los humanistas podían escribir con gran virulencia.

Sin embargo, la frecuencia y la intensidad con las que Lutero emplea este tipo de lenguaje resultan, desde una perspectiva histórica, lo suficientemente singulares como para que los estudiosos modernos les hayan prestado una atención considerable.

Hablando de este período de su vida, el historiador protestante Roland H. Bainton, en su libro sobre Lutero Here I Stand (Aquí estoy), relata que a medida que pasaba el tiempo en la vida de Lutero, su carácter personal se fue pervirtiendo cada vez más:

Los conflictos y las fatigas de aquellos años dramáticos habían mermado su salud y lo habían convertido prematuramente en un anciano irascible, petulante, malhumorado, desenfrenado y, a veces, francamente grosero. Sin duda, esta es otra razón por la que los biógrafos prefieren ser breves al tratar este período. Hay varios incidentes sobre los que uno preferiría guardar silencio… (Here I Stand: The life of Martin Luther, Nueva York: New American Library, 1950, pág. 292).

5. Su trato hacia sus oponentes

Por lo tanto, el problema de Lutero no era simplemente que perdía los estribos de vez en cuando.

Su método polémico a menudo implicaba deshumanizar a sus oponentes.

En lugar de simplemente decir:

“Esta doctrina es falsa”.

En repetidas ocasiones describió a sus oponentes como:

demonios, cerdos, asnos, asesinos, hipócritas y enemigos de Dios.

Esto es especialmente significativo si se tiene en cuenta su afirmación de estar restaurando la verdad cristiana.

La controversia cristiana ciertamente existía mucho antes de Lutero.

San Jerónimo, por ejemplo, podía ser feroz en las controversias.

Pero el ideal cristiano permanece:

“Que vuestro hablar sea siempre con gracia”
— Colosenses 4:6

y:

“El siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable con todos”
— 2 Timoteo 2:24

La cuestión, por lo tanto, no es si a Lutero se le permitía criticar el error.

Sin duda, se le permitía.

La cuestión es si el desprecio habitual, la obscenidad, la difamación personal y la retórica violenta son compatibles con el carácter que se espera de un maestro cristiano.

Un notable colega protestante suizo, el “reformador” Heinrich Bullinger (1504-1575 d.C.), al escribir sobre esta realidad con respecto al carácter de Martín Lutero, afirmó abiertamente:

“Todos deben asombrarse del espíritu áspero y presuntuoso de este hombre… La posteridad opinará que Lutero fue… un hombre dominado por pasiones criminales. Su ruda hostilidad podría pasar desapercibida si hubiera mantenido intacto el respeto por las Sagradas Escrituras… Lo que ya ha ocurrido nos lleva a temer que este hombre acabará acarreando una gran desgracia a la Iglesia” (Letter to Martin Bucer, 8 de diciembre de 1543; en Hartmann Grisar, Luther, traducido por E. M. Lamond, editado por Luigi Cappadelta, 6 volúmenes, Londres: Kegan Paul, Trench, Trubner and Co., 1917; V, 409 y III, 417).

De hecho, Juan Calvino, al escribirle a Heinrich Bullinger sobre Lutero, él mismo escribe abiertamente:

“He oído que Lutero finalmente ha estallado en feroces invectivas, no tanto contra ti como contra todos nosotros (en referencia a Luther’s Short Confession Concerning the Supper [Breve Confesión de Lutero sobre la Cena])... Pero si bien está dotado de virtudes excepcionales, también padece graves defectos. Ojalá se hubiera esforzado por refrenar ese temperamento inquieto e inestable, tan propenso a desbordarse en todas direcciones. Desearía, además, que siempre hubiera dirigido los frutos de esa vehemencia natural contra los enemigos de la verdad, y que no hubiera lanzado su furia a veces también contra los siervos del Señor. Ojalá hubiera sido más observador y cuidadoso al reconocer sus propios vicios. Los aduladores le han hecho mucho daño, puesto que es propenso a la autocomplacencia. Sin embargo, nos corresponde reprender cualquier defecto que lo aqueje, de tal manera que podamos, al mismo tiempo, ser indulgentes con él por estas notables cualidades con las que ha sido dotado”. - 25 de noviembre de 1544; Carta CXXII, ibid., 432-433

6. El hombre que predicaba la libertad cristiana también podía exigir una coerción severa: la manifiesta hipocresía de este hombre.

Sin desviarnos de nuestro propósito principal, cabe destacar que existe otra sorprendente paradoja entre lo que Lutero afirmaba y lo que hacía.

La Reforma de Lutero proclamó la libertad cristiana.

Sin embargo, los escritos de Lutero apelaban repetidamente a los gobernantes seculares para que impusieran la conformidad religiosa.

Hacia 1523-1524, la Reforma ya no era simplemente una disputa entre Lutero y el papado. Se estaban produciendo cambios en el culto, las casas religiosas, la vida clerical y la sociedad civil.

Lutero recurrió cada vez más a los gobernantes territoriales y a las autoridades municipales para regular la implementación práctica de la reforma. Esto es significativo porque Lutero había criticado anteriormente la autoridad eclesiástica por considerarla tiránica; sin embargo, surgió de inmediato la pregunta: ¿Quién tiene la autoridad para determinar qué constituye una reforma legítima?

Esa cuestión se volvió particularmente acuciante cuando los reformadores más radicales comenzaron a ir mucho más allá que Lutero.

Esto se hace especialmente evidente en sus escritos posteriores sobre judíos, opositores religiosos y súbditos rebeldes.

El patrón es revelador:

Cuando la autoridad eclesiástica se opuso a Lutero, la resistencia a la autoridad podía convertirse en un deber cristiano.

Cuando los gobernantes seculares apoyaron a Lutero, la obediencia a esos gobernantes se convirtió en una obligación divina.

En su Address to the Christian Nobility (Discurso a la Nobleza Cristiana) de 1520, Lutero apeló directamente a los gobernantes seculares para que reformaran la Iglesia.

Hacia la década de 1530, los gobernantes seculares se habían vuelto esenciales para el mantenimiento de las iglesias luteranas.

Esto tiene una importancia histórica porque la Reforma no supuso la desaparición de la participación política en la religión.

En cambio, la autoridad cambió. Bajo el catolicismo medieval, la autoridad eclesiástica y la autoridad secular eran distintas pero estaban entrelazadas.

Bajo el territorialismo luterano, el príncipe cristiano se convirtió cada vez más en el protector y administrador de la iglesia territorial.

Ese es uno de los desarrollos institucionales fundamentales de la Reforma.

Al escribir sobre este aspecto del uso de la fuerza civil por parte de Lutero para imponer sus puntos de vista teológicos, el historiador protestante Ronald Banton escribe:

En 1530, Lutero defendió la idea de que dos delitos debían castigarse incluso con la muerte: la sedición y la blasfemia. Lutero consideraba la mera abstención de cargos públicos y del servicio militar como sedición, y el rechazo de un artículo del Credo de los Apóstoles como blasfemia. En un memorándum de 1531, redactado por Melanchthon y firmado por Lutero, el rechazo del ministerio se describía como una blasfemia insoportable, y la desintegración de la Iglesia como sedición contra el orden eclesiástico. En un memorándum de 1536, también redactado por Melanchthon y firmado por Lutero, se eliminó la distinción entre los anabaptistas pacíficos y los revolucionarios. - Roland Bainton, Here I Stand: A Life of Martin Luther, Nueva York: Mentor, 1950, pág. 295.

7. La retórica violenta de Lutero no fue simplemente un arrebato momentáneo.

Se podría intentar descartar todo esto como mera retórica del siglo XVI.

Esa explicación tiene cierta validez: el siglo XVI fue una época extraordinariamente violenta, y los escritores polémicos de diferentes confesiones podían emplear un lenguaje que hoy suena chocante.

Pero eso no lo explica todo.

Los estudios modernos han constatado específicamente que la invectiva de Lutero es una característica recurrente y significativa de su retórica, en lugar de una mera aberración aislada.

Por lo tanto, el problema no es:

“¿Alguna vez dijo Lutero algo grosero?”

Obviamente lo hizo. La cuestión histórica es:

¿Por qué ese lenguaje estaba tan profundamente arraigado en su método polémico?

El conocido “reformador” protestante y contemporáneo de Lutero, Huldreich Zwingli, escribió en su carta fundacional:

“¡Que me pierda si no supera a Faber en necedad, a Eck en impureza, a Cochlaeus en descaro y, en resumen, a todos los viciosos en vicios!” - Letter to Conrad Sam of Ulm, 30 de agosto de 1528; en Grisar, III, 277.

8. Un patrón preocupante

Al comparar estos episodios, se hace visible un patrón consistente.

Hacia sus oponentes teológicos: Insultos, burlas y obscenidades.

Hacia el papado: Abuso escatológico y retórica deshumanizadora.

Hacia los campesinos rebeldes: Llamamientos a una represión violenta y despiadada.

Hacia los príncipes: Condena de su opresión, seguida de dependencia de su protección política.

Hacia Felipe de Hesse: Permiso excepcional para un segundo matrimonio y secretismo en torno al mismo.

Notas de Juan Calvino:

El mismísimo Juan Calvino, conocido “reformador” protestante, no tenía mucho bueno que decir sobre el verdadero carácter de Lutero. De hecho, en una carta dirigida a Felipe Melanchthon, la mano derecha de Lutero, Calvino declaró abiertamente:

Tu Pericles [Lutero] se deja llevar más allá de todos los límites debidos en su amor por los truenos... Pero dirás que su carácter es vehemente y su impetuosidad incontrolable; como si esa misma vehemencia no se desatara con mayor violencia cuando todos se muestran igualmente indulgentes con él y le permiten salirse con la suya sin cuestionarlo. Si este ejemplo de tiranía autoritaria ha brotado ya como la flor temprana en la primavera de una Iglesia renacida, ¿qué podemos esperar en poco tiempo, cuando las cosas hayan caído en una condición mucho peor? (28 de junio de 1545; Letter CXXXVI en Selected Works of John Calvin: Tracts and Letters
, editado por Henry Beveridge y Jules Bonnet, Volumen 4: Letters, Part 1: 1528-1545, traducido por David Constable, Filadelfia: Presbyterian Board of Publication, 1858; reimpreso por Baker Book House [Grand Rapids, Michigan], 1983, 466-467)

Independientemente del juicio que uno emita finalmente sobre la teología de Lutero, este no es un retrato moral sencillo.

El quid de la cuestión

¡Aquí no afirmamos que Martín Lutero fuera un mal hombre, por lo tanto, el catolicismo es verdadero!

Eso sería un error lógico.

El caso católico no depende de la moral personal de Lutero.

Más bien, lo que estamos señalando aquí es lo siguiente:

Si Lutero afirmaba ser un reformador de la Iglesia de Cristo designado por Dios, entonces su carácter, métodos y conducta constituyen pruebas históricamente relevantes a la hora de evaluar su pretensión de autoridad moral y espiritual.

Y vale la pena destacar el contraste con el cristianismo católico.

La Iglesia Católica no enseña que un hombre se convierta en la máxima autoridad religiosa simplemente porque posea dones retóricos extraordinarios, conocimiento bíblico o convicción personal.

Un reformador cristiano sigue sujeto a:

• la Tradición Apostólica,

• la autoridad de la Iglesia,

• la ley moral,

• la caridad cristiana,

• la disciplina eclesiástica legítima,

• y la obligación de controlar la lengua.

Lutero rechazó la autoridad de la jerarquía católica.

Pero rechazar una autoridad no convierte automáticamente a uno mismo en una persona autoritaria o virtuosa, por decir lo menos.

Conclusión: ¿Reformar la Iglesia o revelar al reformador?

Martín Lutero fue, sin duda, un hombre de enorme influencia histórica.

Poseía una considerable capacidad intelectual, un dominio formidable del lenguaje y una extraordinaria habilidad para comunicar sus convicciones.

Pero esas cualidades no deben hacernos pasar por alto los aspectos más oscuros de su carácter.

El registro histórico también contiene:

retórica violenta, invectivas personales habituales, lenguaje escatológico y obsceno, apoyo a la represión violenta de la Revuelta Campesina, participación en el extraordinario caso del matrimonio bígamo de Felipe de Hesse y recomendaciones profundamente hostiles hacia los judíos.

La Guerra de los Campesinos resulta particularmente reveladora porque el propio Lutero reconoció inicialmente que los príncipes habían contribuido a crear la crisis mediante la opresión, pero posteriormente pidió que la rebelión fuera aplastada con una violencia extraordinaria.

Y la ironía es difícil de pasar por alto:

El hombre que acusó a la Iglesia Católica de corrupción se convirtió en defensor de los príncipes.

El hombre que predicó la libertad cristiana exigió una coerción severa contra sus oponentes.

El hombre que afirmó restaurar la moral cristiana sancionó un segundo matrimonio excepcional.

El hombre que afirmó hablar en nombre del Evangelio recubrió repetidamente su controversia con un lenguaje de odio y obscenidad extraordinarios.

Nada de esto prueba por sí mismo que la Iglesia Católica sea verdadera.

Pero sí destruye la imagen simplista que los protestantes tienen de Lutero como un defensor casi heroico e intachable de la verdad cristiana.

El verdadero Lutero era considerablemente más complejo —y considerablemente más oscuro— que el retrato edulcorado que a menudo se presenta en la historia popular protestante.


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LA LEY DE CRISTO Y LA KOINONÍA DE BIENES

Los Padres antiguos estiman que la comunicación de bienes, prefigurada en el Antiguo Testamento y plenamente realizada en el Nuevo, es parte de la doctrina moral católica.

Por el padre José María Iraburu


Vino nuevo en odres nuevos (Mt 9,17). 

Al recibir el don del Espíritu Santo, que renueva la faz de la tierra, se inicia entre los cristianos una vida nueva, según Cristo, el nuevo Adán. Y es una vida nueva no solamente en lo interior, sino también en lo exterior. Es decir, no solamente da lugar a hombres nuevos, sino también a comunidades nuevas, que realizan modos muy perfectos de convivencia, desconocidos por el mundo secular.

La comunidad apostólica de Jerusalén es descrita por San Lucas en los Hechos de los apóstoles en varios cuadros sintéticos (2,42-47; 4,32-35; 5,12-16), que vienen a desarrollar este precioso verso inicial: los creyentes bautizados “perseveraban en oír la enseñanza de los apóstoles y en la unión (koinonía), en la fracción del pan y en las oraciones” (2,42). La Iglesia apostólica naciente es, pues, una comunidad apostólica, fraterna, eucarística y orante. El término “koinonía” aparece en los Hechos únicamente en ese versículo, donde significa al mismo tiempo dos aspectos unidos entre sí: la comunión fraternal de los cristianos tanto en los corazones como en los bienes materiales.

–“La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y un alma sola” (4,32). Éste es, sin duda, el primer efecto de la koinonía. Todos los que han creído en Cristo “perseveran en un mismo espíritu, luchando con una sola alma por la fe del Evangelio” (Flp 1,27). Todos, “permaneciendo bien unidos, tienen un mismo amor, un mismo ánimo, un mismo pensamiento” (Hch 2,2; cf. 4,2; 2Cor 13,11; Rm 12,16; 15,5).

“Cada día, perseveraban unánimemente (homothymadon) en el Templo” (2,46), y “se juntaban unánimes en el pórtico de Salomón” (5,12). Esta unión profunda de todos se expresa especialmente ante Dios, en el Templo, cuando se reúnen para orar: “todos perseveraban unánimes en la oración” (1,14; cf. 2,42; 2,1.44; 4,24; Rm 15,5-6). Parece captarse en estas frases un eco de las palabras de Jesús: “si dos de vosotros se unen en la tierra para pedir algo, lo recibirán de mi Padre, que está en los cielos” (Mt 18,19). Es propio, pues, de cuantos viven de un solo Espíritu estar acordes en un mismo espíritu, e incluso, físicamente, reunirse con asiduidad en un mismo lugar, sobre todo para orar.

–“Todos los creyentes vivían unidos, teniendo todos sus bienes en común” (2,44). La unión de caridad eclesial entre los fieles llevaba derechamente a la comunión de bienes materiales: “la muchedumbre de los que habían creído tenía un corazón y un alma sola; y nadie consideraba sus bienes como propios, sino que lo tenían todo en común (panta koina)” (4,32). Nótese que habla San Lucas de “sus bienes”: es decir, los cristianos mantienen la propiedad de lo que es suyo. Pero por la caridad fraterna, los bienes personales vienen a hacerse comunes, no por la enajenación de los mismos, sino por la caridad comunicativa con que los usan sus propietarios.

“Vendían sus propiedades y sus bienes, y los distribuían entre todos según las necesidades de cada uno” (2,45). De este modo, “no había entre ellos ningún pobre, porque cuantos eran dueños de haciendas o casas las vendían, llevaban el precio de lo vendido y lo depositaban a los pies de los apóstoles, y a cada uno se le repartía según su necesidad” (4,34-35). San Lucas aquí, simplificando la realidad, presenta como regla general algunos hechos especialmente caritativos, que manifiestan el espíritu común existente. De hecho, él mismo propone el ejemplo de Bernabé como una generosidad excepcional: “poseía un campo, lo vendió y llevó el precio, y lo puso a los pies de los apóstoles” (4,37). Despojarse de los bienes propios no era una obligación. San Pedro no reprocha a Ananías y Safira haber retenido para sí parte de sus bienes, sino por haber mentido a Dios y a la Iglesia (5,1-11).

Hubo, sin embargo, muchos casos de comunicación de bienes en la primera Iglesia. Así es cómo los primeros cristianos practicaban sencillamente el ideal evangélico de renunciar a todo, propuesto directamente por Cristo a todos sus discípulos (Lc 5,11.28; 14,33; 18,22): a todos, no solamente a los que más tarde serán monjes y religiosos, y harán voto de pobreza, teniéndolo todo en común.

La koinonía se establece entre los que son “hermanos” en Cristo

La koinonía se produce dentro concretamente de la comunidad de “los que han creído” (Hch 2,42; 4,32), es decir, entre aquellos que son “hermanos” y forman en esta tierra la Familia de Dios. San Pablo, por ejemplo, exhorta: “hagamos bien a todos, pero especialmente a los hermanos en la fe” (Gál 6,10). Entre los cristianos, pues, ya no vive cada uno para sí, buscando sus propios intereses, sino que, unidos todos por la caridad trinitaria, cada uno está atento a las necesidades de los demás (Rm 15,2; 1Cor 10,24.33; Flp 2,4).

La koinonía se da también entre unas y otras comunidades cristianas

Todas las Iglesias están unidas entre sí, e intercambian sus bienes como un líquido entre vasos comunicantes. Quienes han bebido de un mismo Espíritu y se alimentan de un mismo Pan, forman un solo Cuerpo de Cristo. Y así como comparten en común la gracia, las penas y las alegrías, así participan también en la koinonía de los bienes materiales (cf. 1Cor 12,13.26).

El término koinonía se usa, pues, para designar la comunión eclesial de bienes, practicada, p. ej., en las Iglesias de Macedonia y Acaya, que “tuvieron a bien establecer alguna koinonía en favor de los pobres de los santos en Jerusalén” (Rm 15,26; cf. 26-28). Esas Iglesias pedían con insistencia “la koinonía de la diaconía en favor de los santos” (2Cor 8,4).

La colecta en favor de los cristianos de Jerusalén es una temprana y clara manifestación de que la koinonía cristiana se extiende entre las Iglesias hermanas: Roma, Acaya, Galacia, Corinto (1Cor 16,1-4; 2Cor 8-9; Rm 15,25-32). La ocasión de la colecta es la escasez que sufren los hermanos de Jerusalén. Pero la causa profunda de esa ayuda económica es el amor de Cristo: es preciso que se exprese socialmente en la Iglesia aquella entrega amorosa que el Hijo divino hizo de sí mismo en la encarnación y en la pasión, pues Él, “siendo rico, se hizo pobre, para enriquecernos en su pobreza” (2Cor 8,9 = siendo Dios, se hizo hombre, para deificarnos en su encarnación).

En el lenguaje del Apóstol (2Cor 8-9) queda, por lo tanto, claro que la colecta no es una mera filantropía natural, sino una caridad eclesial profundamente cultual y religiosa. “Esta obra de caridad” (2Cor 8,19), dice, vendrá a ser una “eucaristía” (9.11-15) que, por medio de “este ministerio sagrado”, suscitará a su vez “copiosa acción de gracias” en los ayudados. Y así, la abundancia de unos será remedio para la escasez de otros, de tal modo que se logre una “igualdad (isotes)” (8,13). Por eso, la secularización actual de tantas obras benéficas católicas queda muy lejos de los primeros planteamientos evangélicos y apostólicos.

La Iglesia es una comunidad distinta y mejor que el mundo secular en que vive

Al realizar una admirable koinonía de almas y de bienes, por una parte, la comunión de la Iglesia se diferencia netamente del orden social vigente, y por otra, consigue, para la gloria de Dios y por su gracia, una forma de vida excelente. Por eso, refiere San Lucas, “nadie de los otros se atrevía a unirse a ellos [distintos]; pero el pueblo los tenía en gran estima [mejores], y crecían más y más los creyentes, en gran muchedumbre de hombres y mujeres [atrayentes]” (Hch 5,13-14). Es decir, en medio del orden judío, aparece la Iglesia como una comunidad diferenciada y atrayente (4,33), que va incorporando aceleradamente nuevos miembros (6,7).

No hay pretensión política alguna en aquella primera comunidad cristiana de Jerusalén. Ella crea de hecho un nuevo orden social, lo crea ya, sin esperar a que la sociedad cambie a mejor. Pero, por supuesto, no se presenta –algo imposible entonces– como un programa político de renovación para el conjunto de la sociedad. Y la koinonía de bienes en favor de los hermanos pobres cobra en la primera comunidad apostólica tal importancia que pronto viene a requerir un ministerio propio, el de la diaconía (Hch 6,1-6). En este sentido, la historicidad de la diaconía corrobora la historicidad de la koinonía. También los diezmos, a lo largo de los siglos, expresan en la Iglesia ese mismo espíritu.

Muchos, sin embargo, tratan de politizar la ejemplaridad de la primera Iglesia, la de Jerusalén. Lo hacen, p. ej., los socialistas utópicos decimonónicos, Saint-Simon, Owen, Cabet, que sienten una admiración muy grande por Cristo y por la primera comunidad apostólica, en la que ven la plena realización de sus ideales comunitarios. Algunos de los primeros lemas del socialismo utópico comunitario, como “a cada uno según su necesidad”, están tomados precisamente del libro de los Hechos.

La koinonía cristiana de bienes existió realmente en Jerusalén, y fue modelo realizado por otras Iglesias. No fue, pues, una mera idealización del autor de los Hechos, sin base real. No fue tampoco un caso aislado, puramente carismático, sin valor ejemplar. Y ambas cosas, que van unidas, las podemos verificar por cuatro vías:

1.–La tradición antigua llama “vita apostolica” a esa comunión de la primera comunidad eclesial, que afecta a corazones y bienes materiales. Se afirma así la clara conciencia que la Tradición tiene de que la koinonía fue la forma de vida comunitaria predicada, procurada y organizada por los Apóstoles. Jesús y los Doce son el comienzo de la koinonía cristiana:

Escribe L. Cerfaux: “Ese tipo de vida llevó en la Tradición, hasta el siglo XII, el bello nombre de “vida apostólica”, vita apostolica, queriendo decir: la vida de los Apóstoles, la que ellos enseñaron a sus discípulos inmediatos; y se pensaba en la comunidad de bienes y de caridad que animó la Iglesia apostólica de Jerusalén. No se puede reprochar, pues, a los Apóstoles haberse alejado en esto del pensamiento de Jesús. Si enseñaron a los cristianos de Jerusalén a practicar la vida común, es porque sabían que respondía al ideal del Maestro. Más aún: es porque ellos mismos habían vivido esta vida con Jesús [tenían una bolsa común, Jn 12,6; 13,29, y varias mujeres les asistían con sus bienes, Lc 8,1-3]. La vida común y apostólica nació, pues, de las mismas entrañas del cristianismo; derivó de los principios de Jesús” (La puissance de la foi; la communauté apostolique, Cerf, París 1968, págs. 42-46).

2.–Los grandes maestros espirituales de la Iglesia han considerado siempre la koinonía de Jerusalén como un ideal permanente, tanto en su unidad de almas, como en su comunidad de bienes. Ascetas y místicos, comunidades religiosas monásticas, Orígenes, Epifanio, Antonio, Basilio, Jerónimo, Agustín, Casiano, todos, hasta nuestros días, ven en la primera Jerusalén cristiana un modelo ideal, que al paso de los siglos es continuamente iluminador y ejemplar. Los Padres antiguos, concretamente, estiman que la comunicación de bienes, prefigurada en el Antiguo Testamento y plenamente realizada en el Nuevo, es parte de la doctrina moral católica.

3.–La koinonía de Jerusalén, por la que se da una cierta comunicación de bienes materiales, no fue un caso aislado, una especie de milagro, como otros, realizados por Dios en los comienzos de la Iglesia, que no constituiría un precedente significativo y orientador para nosotros. Por el contrario, la comunicación de bienes se vive en Jerusalén y también en las Iglesias de los primeros siglos: “¡no os olvidéis de la beneficencia y la koinonía!” (Heb 13,16). Son muchos los documentos cristianos antiguos que exhortan a la koinonía de bienes; pero no lo harían si, en alguna medida, no se estuviera ya viviendo en las Iglesias.

La Dídaque, por ejemplo, en la segunda mitad del siglo I, la recomienda con la formula clásica: “no rechazarás al necesitado, sino que comunicarás en todo con tu hermano, y de nada dirás que es tuyo propio; pues, si os comunicáis en los bienes inmortales ¿cuánto más en los mortales?” (IV,8). El mismo consejo, con palabras muy semejantes, lo hallamos en San Ignacio de Antioquía (A Policarpo 4,3), en la Carta de Bernabé (XIX,8), en el Pastor de Hermas (compar. II; V,3,7), en Clemente de Alejandría (Stromata II,84,4; 85,3; 86,4; Quis dives salvetur 13,1-6), y en el año 380 en las Constituciones apostólicas (II,25).

4.–La realidad de la koinonía se demuestra también porque es un dato aducido por los Apologistas antiguos en favor de los cristianos. No se atreverían a usar ese argumento de ejemplaridad, si éste no estuviera confirmado por la realidad social cristiana que los paganos conocían.

En la primera mitad del s. II, Arístides, filósofo ateniense, en su Apología, afirma que los cristianos “se aman unos a otros; y el que tiene, da sin pena al que no tiene. Y si entre ellos hay alguno que esté pobre o necesitado, y ellos no tienen abundancia de medios, ayunan dos o tres días para satisfacer la falta de sustento preciso para los necesitados. Viven recta y modestamente, como se lo mandó el Señor Dios” (XIV,8; también la Didascalia 5,1,4, ordena ayunar para ayudar a los que están en necesidad).

A mediados del s. II, en su I Apología, aduce San Justino, filósofo palestino, el mismo dato y argumento: “Los que antes amábamos por encima de todo el dinero y el acrecentamiento de nuestros bienes, ahora ponemos en común lo que tenemos, y de ello damos parte a todo el que está necesitado. Los que nos odiábamos y matábamos unos a otros, y no compartíamos el hogar con quienes no fueran de nuestra propia raza por la diferencia de costumbres, ahora, después de la aparición de Cristo, vivimos todos juntos, y los que tenemos socorremos a todos los necesitados, y nos asistimos siempre unos a otros” (XIV,2-3; cf. 15,10; 67,1-6). Estos datos, como digo, no podrían ser aducidos si, al menos en buena parte, no se estuvieran viviendo realmente en las Iglesias cristianas.

El Evangelio más ignorado es el de la pobreza y comunicación de bienes

Hay Evangelios, como el de la castidad, que con frecuencia se viven mal, pero que al menos son generalmente conocidos por los cristianos. Pero este Evangelio, el de la pobreza –la peligrosidad de las riquezas, el grave deber de ayudar a los pobres, evitando todo gasto superfluo– aunque tiene una cierta actualidad verbal, y a veces ideológica, apenas llega a configurar la vida de los cristianos. Fuera de los religiosos, que todo lo tienen en común, sólo algún grupo laico importante vive seriamente el diezmo o algún modo real de comunicación de bienes. Pero la inmensa mayoría de los bautizados y de sus asociaciones, incluidos los más ortodoxos y devotos, en todo lo referente a propiedad y nivel económico de vida, simplemente “se conforman al siglo presente” (Rm 12,2), y apenas se distinguen en nada de los paganos. Con toda tranquilidad de conciencia –cada uno debe vivir según su estado social propio–, vierten el vino nuevo del Evangelio en los odres viejos del mundo. Y se pierden vino y odres. Se resisten a Cristo, no le dejan manifestarse al mundo no solo a través de hombres nuevos, sino también de comunidades nuevas.

Pero “al principio no fue así” (Mt 19,8). La Madre Iglesia engendraba con Cristo hombres nuevos y nuevas comunidades, bien diferenciadas del mundo secular, mejores y atrayentes. Actualmente el mapa de los países más ricos coincide con el mapa de las naciones más descristianizadas. 
 

CARTA DE SIMONINI A BARRUEL

Continuamos con la publicación del tercer y último Tomo del libro “La Conjuración Anticristiana” de Monseñor Henri Delassus, publicado el año 1910.


TOMO I: LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA

TOMO II: EL AMERICANISMO Y LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA
 

III - CARTA DE SIMONINI A BARRUEL

Entre los documentos que dejó Barruel se encuentra una copia, realizada por él mismo, de una carta que le fue enviada desde Florencia el 5 de agosto de 1806 y que llegó a París el día 20. El original, como veremos, fue enviado al Papa Pío VII. Se hicieron otras copias auténticas, las cuales fueron remitidas a varios obispos. Un corresponsal de La Vérité halló una de ellas, hace unos veinte años, en los archivos de un obispado, y envió una copia a la redacción el 2 de octubre de 1893.

El obispo de dicha diócesis había facilitado este documento, en 1822, a un célebre converso, anotando al principio: “Nota: No es necesario que me devuelva esta copia, que el Sr. M*** me ha rogado que le haga llegar”.

Quien recibió esta comunicación devolvió el documento al obispo el 9 de mayo de 1822, junto con una carta —cuyo original se conserva en el mismo archivo— en la que se leen estas líneas: “Tengo el honor de devolver a Vuestra Grandeza los papeles que ha tenido a bien comunicarme de parte del Sr. M***. La carta de Florencia, relativa a los judíos, ya me era conocida; el marqués de Montmorency me la había mostrado en París...”

La Civiltà Cattolica la publicó en su número del 21 de octubre de 1881, y señala que el original de la carta de Simonini, así como la carta de envío de Barruel al Papa, se encuentran en los archivos del Vaticano.

He aquí este documento:

J. ✝ M. Florencia, 5 de agosto de 1806.

Señor: hace pocos meses tuve la fortuna de conocer su excelente obra titulada Mémoires des Jacobins. La he leído —o, mejor dicho, devorado— con un placer indescriptible, y de ella he extraído grandes enseñanzas y luces para mi propia conducta; tanto más cuanto que en ella he hallado descritos con exactitud un sinfín de sucesos de los que fui testigo ocular a lo largo de mi vida, sin haber llegado entonces a comprenderlos bien. Reciba, pues, de un militar ignorante —como es mi caso—, mis más sinceras felicitaciones por su obra, a la que bien puede calificarse, con toda justicia, como la obra por excelencia del siglo pasado. ¡Qué bien ha desenmascarado usted a esas sectas infames que preparan el camino al Anticristo y que son enemigas implacables no solo de la religión cristiana, sino de todo culto, de toda sociedad y de todo orden! Hay, sin embargo, una de ellas a la que apenas ha aludido. Quizás lo haya hecho a propósito, por ser la más conocida y, por consiguiente, la menos temible. Pero, a mi juicio, constituye hoy la fuerza más formidable, si se consideran sus inmensas riquezas y la protección de la que goza en casi todos los Estados de Europa. Comprenderá usted, señor, que me refiero a la secta judaica. Aparenta estar, en todos los aspectos, separada y enemiga de las otras sectas; pero, en realidad, no es así. En efecto, basta con que una de ellas se muestre enemiga del nombre cristiano para que la favorezca, la subvencione y la proteja. ¿Y acaso no la hemos visto —y no la vemos todavía— prodigar su oro y su plata para sostener y moderar a los sofistas modernos, a los francmasones, a los jacobinos y a los iluminados? Los judíos, por tanto, con todos los demás sectarios, forman una sola facción, para aniquilar, si es posible, el nombre cristiano. Y no crea, señor, que todo esto es una exageración por mi parte. No expongo nada más que lo que me dijeron los propios judíos, y así es como: mientras el Piamonte, de donde soy nativo, estaba en revolución, tuve ocasión de frecuentarlos y de tratar confidencialmente con ellos. Ellos fueron, sin embargo, los primeros en buscarme, y yo, como no era entonces escrupuloso, fingí entablar una estrecha amistad con ellos, y logré decirles, rogándoles el más estricto secreto, que había nacido en Livorno, de una familia hebrea, pero que, cuando aún era un niño, había sido criado por no sé quién; que ni siquiera sabía si estaba bautizado, y que, aunque por fuera vivía y hacía como los católicos, por dentro pensaba como los de mi nación, a quienes siempre había conservado un tierno y secreto amor. Entonces me hicieron las más grandes ofertas y me brindaron toda su confianza; me prometieron nombrarme general si aceptaba ingresar en la secta de los francmasones. Me mostraron sumas de oro y plata que —según me dijeron— distribuían entre quienes se unían a su causa, e insistieron en regalarme tres armas decoradas con los símbolos de la francmasonería; las acepté para no desairarlos y para animarlos, cada vez más, a revelarme sus secretos. He aquí, pues, lo que los judíos más destacados y adinerados me comunicaron en diversas ocasiones:

1º Que Manes y el infame “Viejo de la Montaña” habían salido de su nación; 

2º que los francmasones y los iluminados habían sido fundados por dos judíos —cuyos nombres me dijeron, pero que, por desgracia, se me han borrado de la memoria; 

3º que, en una palabra, de ellos derivaban todas las sectas anticristianas que hoy abundan tanto en el mundo, contando entre sus filas a varios millones de personas de ambos sexos, de toda clase, rango y condición;

4º que, solo en Italia, contaban con más de 800 partidarios entre el clero —tanto secular como regular—, incluidos muchos párrocos, profesores públicos, prelados, algunos obispos y varios cardenales; y que, en poco tiempo, esperaban incluso lograr que un Papa se uniera a su causa (lo cual, suponiendo que se tratara de un cismático, resulta posible); 

5º que, de igual modo, en España tenían un gran número de partidarios, incluso dentro del clero, a pesar de que en aquel reino seguía vigente la maldita Inquisición;

6º que la familia de los Borbones era su mayor enemiga, y que esperaban aniquilarla en el transcurso de unos pocos años;

7º que, para engañar mejor a los cristianos, ellos mismos fingían ser cristianos, viajando de un país a otro con certificados de bautismo falsos que compraban a ciertos párrocos codiciosos y corruptos;

8º que esperaban, mediante el uso de dinero e intrigas, conseguir que todos los gobiernos establecieran un registro civil, tal como ya había sucedido en varios países;

9º Que, al poseer los derechos de ciudadanos al igual que los demás, comprarían tantas casas y tierras como pudieran y, mediante la usura, lograrían muy pronto despojar a los cristianos de sus bienes inmuebles y de sus tesoros. Esto comienza a confirmarse en la Toscana, donde los judíos practican impunemente la usura más exorbitante y realizan inmensas y continuas adquisiciones, tanto en el campo como en las ciudades; 

10º Que, por consiguiente, se proponían —en menos de un siglo— convertirse en los dueños del mundo, abolir todas las demás sectas para imponer la suya, transformar las iglesias de los cristianos en sinagogas y reducir a los cristianos restantes a una verdadera esclavitud.

He aquí, señor, los pérfidos planes de la Nación Judía, que he escuchado con mis propios oídos. Sin duda, es imposible que logren llevarlos todos a cabo, pues son contrarios a las promesas infalibles de Jesucristo a su Iglesia, así como a diversas profecías que anuncian claramente que este pueblo, ingrato y obstinado, debe permanecer errante y vagabundo —sumido en el desprecio y la esclavitud— hasta que reconozca al verdadero Mesías, a quien crucificó, y se convierta, en estos últimos tiempos, en consuelo para la Iglesia al abrazar la fe. No obstante, pueden causar un gran daño si los gobernantes continúan favoreciéndolos, como han venido haciendo desde hace muchos años. Sería, pues, muy deseable que una pluma enérgica y superior, como la suya, lograra abrir los ojos a dichos gobiernos, instruyéndolos para que devuelvan a este pueblo a la abyección que le corresponde; estado en el cual nuestros antepasados ​​—más sagaces y juiciosos que nosotros— siempre se ocuparon de mantenerlos. A ello le invito, señor, en mi nombre particular, rogándole que perdone a un italiano, a un militar, por los errores (gramaticales) que pueda hallar en esta carta. Le deseo, de la mano de Dios, la más amplia recompensa por los escritos esclarecedores con los que ha enriquecido a su Iglesia; y ruego al Señor que inspire, en quienes lean sus obras, la más alta estima y el más profundo respeto hacia usted. Con estos sentimientos, tengo el honor de ser, señor, su más humilde y obediente servidor.

Jean-Baptiste Simonini.

P. D. — Si, en este país, puedo serle útil en algo, y si necesita más aclaraciones sobre el contenido de la presente, hágamelo saber y será atendido.

Notas añadidas por el Sr. Barruel a la copia de esta carta:

N. B. 1. — Si se reflexiona sobre ello, el objeto de esta carta parecería increíble; ¡y cuántas pruebas —imposibles de obtener— exigiría, desde el punto de vista de una sana crítica! Me guardé muy mucho de publicar nada semejante. No obstante, creí oportuno comunicársela al cardenal Fesch, para que hiciera con ella, ante el Emperador, el uso que considerase conveniente. Hice lo propio con el señor Desmaretz, a fin de que hablara de ello con el jefe de la policía, si lo consideraba útil.

Creo que hice bien en no publicar nada semejante.

Al dar a conocer esta carta a todas esas personas, mi objetivo era contrarrestar el efecto que pudiera tener el Sanedrín convocado en París por el Emperador. La misiva causó una impresión aún mayor en el señor Desmaretz, quien por aquel entonces se hallaba investigando la conducta de los judíos —quienes, según me comentó, se comportaban en Alsacia de forma mucho peor que en la Toscana—. Él habría querido quedarse con el original, pero me negué; decidí, en cambio, enviárselo al Papa —tal como hice—, rogándole que realizara las averiguaciones pertinentes sobre el señor Simonini, a fin de determinar el grado de credibilidad que merecía su carta. Meses más tarde, Su Santidad me hizo saber, a través de su secretario, el abate Tetta, que todo apuntaba a la veracidad y rectitud de aquel hombre que me había revelado todo aquello de lo que decía haber sido testigo. Posteriormente, al no permitirme las circunstancias mantener contacto con el señor Simonini, consideré oportuno guardar un profundo silencio respecto al contenido de su carta, plenamente convencido de que, si no se me creía, era preferible —o incluso mejor— no haber dicho nada en absoluto.

N. B. 2. — A la llegada del rey, le hice llegar una copia de la carta.

Para comprender este odio de los judíos hacia los reyes de Francia, hay que remontarse a Felipe el Hermoso, quien, en el año 1306, expulsó de Francia a todos los judíos y se apoderó de todos sus bienes. De ahí, más tarde, la causa común con los templarios. — Origen del grado de Kadosch.

N. B. 3. — Supe, por medio de un francmasón iniciado en los grandes misterios de la secta, que había muchos judíos, sobre todo en los altos grados.

¿Acaso no se ha cumplido todo lo que figura en esta carta, escrita en los primeros días del siglo XIX, y no está acaso ante nuestros ojos al comenzar el siglo XX?

¿Quién dirá hasta qué punto han aumentado las riquezas de los judíos y qué influencia ejercen hoy en todos los Estados de Europa?

¿No es, además, evidente que protegen, favorecen y sobornan todo lo que es enemigo del nombre cristiano?

El estatus legal que les permite poseer simultáneamente dos nacionalidades —la propia y la del país en el que se han instalado— lo han obtenido, sucesivamente, de todos los gobiernos que han acogido en su seno los principios del 89.

El uso que hacen de esta situación lo vemos más que claramente. Se lo propusieron y lo están llevando a cabo: despojar a aquellos que, con tanta buena voluntad, les abrieron los brazos.

Y, tal como predijeron, en menos de un siglo se han convertido en nuestros amos: vislumbran el día en que serán los amos del mundo.

Tal como deseaban, la familia de los Borbones ha sido expulsada de todos los Estados en los que reinaba.

En el ámbito religioso, no han conseguido todo lo que deseaban. Pero, ¿qué es lo que no han hecho?

Por último, ¿no resulta siniestramente interesante comparar lo que se dice en este documento —“no desesperan de tener, dentro de poco, un papa de su partido”— con el motivo principal por el cual se constituyó la Alta Vendita, unos veinticinco años después del envío de esta carta? ¿Por qué no releer, más arriba, los escritos de Nubius y de los otros conspiradores?

Continúa...

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6 DE NOVIEMBRE: SAN LEONARDO, SOLITARIO Y CONFESOR


6 de Noviembre: San Leonardo, solitario y confesor

(✞ 559)

El admirable solitario San Leonardo nació en Francia de padres nobles e ilustres y muy favorecidos del Rey Clodoveo, del cual se dice que, para honrarlos, estaba dispuesto a ayudarlo con energía y resolución. 

Leonardo se hizo discípulo de San Remigio, varón santísimo, por cuya predicación el rey Clodoveo había abrazado la fe cristiana. 

Por la buena instrucción de varón tan insigne y divino, creció nuestro Leonardo en toda virtud y comenzó a resplandecer con maravillosa fama de santidad, por la cual, movido el rey, le rogó que fuese a su corte, y le ofreció preeminentes dignidades de las cuales él no hizo caso, porque era amigo de la quietud y deseaba atender a Dios y al provecho de los prójimos, como lo hizo, predicando el Evangelio en Orleans y en otras partes de la Aquitania, en donde por aquel tiempo había aún muchos gentiles. 

Para que mejor pudiese hacerlo, el Señor lo honraba, y obraba por él muchos milagros, echando los demonios de los cuerpos y sanando a los sordos, rengos y ciegos, y a otros enfermos. 

Cumplida esta misión, se escondió en la soledad de un bosque; más, avisado por el Rey, que la reina se hallaba en grave peligro de muerte, fue a la corte donde aplicó una gracia de salud a la agonizante, y la dejó completamente sana. 

Agradecido el rey, le ofreció muchos vasos de oro y plata, y grandes tesoros, los cuales él no quiso recibir, rogando al rey que los repartiese a los pobres y con aquella limosna comprase el cielo. 

Le ofreció, después todo, aquel bosque donde el santo moraba y solo aceptó una parte de él en la cual edificó un monasterio. 

Allí vivió con maravillosa abstinencia y oración; y como faltase agua para los monjes, el Señor, ante los ruegos del santo, les proveyó de una fuente muy copiosa que hasta el día de hoy da de beber a los moradores de aquel lugar. 

Se extendió la fama de sus virtudes y milagros por toda Francia, Inglaterra y Alemania; y señaladamente, el maravilloso poder para librar los presos de la cárcel y sacarlos de ella y traerlos a su casa. 

Muchos que habían estado presos, venían de remotas partes a traerle sus grillos, esposas y cadenas, suplicándole los admitiese en su compañía y se sirviese de ellos como de esclavos, más el santo era tan humilde que les servía a ellos, y les enseñaba a servir al Señor, y les daba parte de aquel campo que había recibido del Rey para que lo cultivasen y viviesen de su trabajo. 

Finalmente, después de una vida santísima y admirable, dio su bendita alma al Señor, el cual le honró con los mismos milagros que había hecho por él en vida; y fueron tantos, que casi no se podían contar las esposas, grillos y cadenas y otros instrumentos penales que estaban colgados alrededor de su sepulcro. 

Reflexión: 

No estimó Leonardo el oro y la plata, sino que cifro toda su esperanza en los bienes del cielo. Muchos, dominados por el amor terrenal vano, sufren con pena que se les arrebate o difiera el gozo de un bien corruptible, en el cual creen hallar el descanso del corazón. Si deseas la verdadera paz del espíritu, pon tu felicidad solo en Dios; sin el cual las alegrías son llanto; las dulzuras, hiel; las riquezas, espinas; los deleites, tormentos. 

Oración: 

Recomiéndanos Señor, la intersección del bienaventurado Leonardo, a fin de que logremos con su patrocinio, lo que no podemos alcanzar por nuestros méritos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén. 
 

jueves, 5 de noviembre de 2026

ANTICIPANDO LOS DOLORES DEL PURGATORIO CON ABSOLUTA CONFIANZA EN DIOS

La buena voluntad no es una virtud insignificante. Para tenerla, los cristianos deben someterse a la fuente de todo bien: a Dios mismo.

Por Edwin Benson


Al comenzar la segunda parte de su magnífico libro, Purgatory, el padre FX Schouppe, SJ, hace una declaración un tanto sorprendente: “¡Buena voluntad! Eso lo es todo”.

Esta afirmación resulta aún más confusa si se tiene en cuenta que el padre Schouppe dedicó la primera parte de su libro a hablar de los rigores del Purgatorio. Advierte que muchas personas que llevaron una vida virtuosa sufrieron los castigos del Purgatorio durante largos años por pecados que, a ojos modernos, parecen relativamente menores.

¿Qué hace que la buena voluntad sea buena?

Entonces, de repente, el buen padre cambia de enfoque y afirma que la cualidad más importante es la buena voluntad. ¿Cómo se puede conciliar semejante cambio?

En realidad, el cambio aparente no requiere reconciliación, sino redefinición.

En el lenguaje moderno, la palabra "buena voluntad" tiene dos definiciones . Una se relaciona con el mundo empresarial y no es relevante para este tema. La otra es "un sentimiento amable de aprobación y apoyo: interés o preocupación benevolente, consentimiento entusiasta o esfuerzo voluntario".

Por lo tanto, es razonable pedir la definición de buena voluntad del Padre Schouppe. En este sentido, es muy directo cuando dice: “Tened buena voluntad, someteos a la Voluntad de Dios, poned Su Santa Ley por encima de todo, servid al Señor con todo vuestro corazón, y Él os brindará una ayuda tan poderosa que entraréis al Paraíso con asombrosa facilidad” (1).

Adoptar la voluntad de Dios como propia

En el mundo del Padre Schouppe, la buena voluntad no es una virtud insignificante. Para tenerla, los cristianos deben someterse a la fuente de todo bien: a Dios mismo. Su voluntad debe convertirse en la suya. Nótese que esta última frase no contiene la expresión gramaticalmente más correcta “su voluntad”. Dios es Uno; por lo tanto, Su Voluntad es Una. En este contexto, la buena voluntad no es un esfuerzo individual.

El padre Schouppe continúa: “La buena voluntad consiste, propiamente hablando, en someter y conformar nuestra voluntad a la de Dios, que es la regla de toda buena voluntad; y esta buena voluntad alcanza su máxima perfección cuando abrazamos la Voluntad Divina como el bien soberano, incluso cuando impone los mayores sacrificios, el sufrimiento más agudo. ¡Oh, estado admirable!”.

Los cristianos alcanzan este “estado admirable” cuando parecen “perder la sensación de dolor, y esto porque el alma está animada por el espíritu del amor; y, como dice San Agustín, cuando amamos no sufrimos, o, si sufrimos, amamos el sufrimiento. Aut si laboratur, labor ipse amatur ” (Si uno trabaja, el trabajo mismo es amado).

San Claudio de la Colombière

El padre Schouppe explica esta idea citando el ejemplo de San Claudio de la Colombière (1641-1682).

Al principio, la carrera sacerdotal de San Claudio fue bastante normal. Enseñó en una escuela jesuita en Lyon y se labró una reputación por su predicación. Sin embargo, en 1675 fue nombrado rector de la comunidad jesuita. En ese cargo, sus funciones incluían la dirección espiritual de las Hermanas de la Visitación, que vivían cerca. Una de esas hermanas era la vidente Santa Margarita María Alacoque, conocida por promover la devoción al Sagrado Corazón de Jesús .

Tan solo un año después, fue enviado a Inglaterra para servir como pastor de la duquesa de York, una católica devota cuyo padre era duque italiano. Siendo católica en la corte protestante de su cuñado, Carlos II, la vida de la duquesa —y la de su confesor— fueron objeto de intrigas. Por ello, San Claudio fue arrestado por supuesta pertenencia a la ficticia “Conspiración Papista” para asesinar al rey. Confinado en condiciones inhumanas en la prisión de King's Bench, la salud de San Claudio se deterioró antes de que la influencia de la Corona francesa asegurara su regreso a Lyon. Más de veinte de sus compañeros jesuitas en prisión murieron allí.

No hay por qué temer

Como señaló el padre Schouppe, San Claudio no temía al Purgatorio. Su único pesar era no haber podido merecerlo sin desagradar a Dios. “Pero -continuó el santo- ya que he merecido ir allí, me complace ir y satisfacer su justicia de la manera más rigurosa imaginable, incluso hasta el Día del Juicio. Sé que los tormentos que allí se sufren son horribles, pero sé que honran a Dios y no pueden causar daño a las almas”.

Increíblemente, San Claudio encontró al menos un gran consuelo al contemplar el Purgatorio: “Allí tenemos la certeza de no oponernos jamás a la voluntad de Dios; de no resentirnos jamás ante su severidad; de amar incluso los rigores de su justicia y esperar con paciencia hasta que sea completamente aplacada”.

San Claudio no solo aceptó este castigo, sino que voluntariamente cedió a otros las oraciones con las que pudiera beneficiar. “Por lo tanto, he entregado de todo corazón todas mis satisfacciones a las almas del Purgatorio, e incluso lego a otros todos los sufragios que se ofrecerán por mí después de mi muerte, para que Dios sea glorificado en el Paraíso por las almas que hayan merecido ser elevadas a un grado de gloria superior al mío”.

“Por lo tanto -concluye el Padre Schouppe en este capítulo- tengamos un gran amor a Dios, una gran caridad, y tendremos poco temor al Purgatorio. El Espíritu Santo da testimonio en lo más profundo de nuestros corazones de que, siendo hijos de Dios, no tenemos por qué temer los castigos de un Padre”.

Nota:

Todas las citas de este artículo (a menos que se mencione otra fuente) corresponden a la versión de 1905 del libro Purgatory del padre FX Schouppe, publicada en Gran Bretaña por Burns, Oates and Washbourne, Ltd. Es de dominio público y está disponible a través de Internet Archive.