viernes, 21 de agosto de 2026

EL JARDÍN DEL “PAPA” SE VUELVE 100% ORGÁNICO

Para quienes esperaban que este hombre siguiera la línea de quien tomó su nombre, el Papa León XIII, lamentamos informarles que estamos ante un Francisco II.


Noticias insólitas llegan desde el Vaticano. El sitio Vatican News ha publicado una noticia que deja perplejos a los católicos tradicionales que defienden a este nuevo usurpador del Trono de Pedro y lo llaman “Papa León XIV”.

¿Resolver los casos de abuso? No es importante. ¿Limpiar de tantas “mariposas” sueltas el Vaticano y todas las iglesias “en comunión” con la iglesia sinodal? No es importante. ¿Poner fin a tanta locura litúrgica que está ocurriendo ahora mismo en los templos? No es importante. ¿Buscar una solución a la caída de las vocaciones religiosas? No es importante. ¿Volver a ser la Iglesia Católica que los fieles necesitan? ¡Ni lo menciones!

Veamos la “noticia”:

El jardín papal, situado junto al monasterio Mater Ecclesiae en los Jardines Vaticanos, se convirtió en un espacio 100% orgánico al ser gestionado según el principio del “cuidado de la Creación”, tal como se establece en la encíclica Laudato si' del “papa Francisco”.

Siguiendo el enfoque expuesto en la encíclica del “papa Francisco” sobre el medio ambiente, el objetivo del cultivo no es la máxima producción, sino el respeto por los ciclos de crecimiento natural de cada planta y por el suelo.

El “papa León XIV” hizo hincapié el pasado mes de noviembre en este “cuidado de la Creación” al dirigirse a los agrónomos y profesionales forestales italianos.

Les instó a considerar su trabajo como una forma concreta de caridad hacia nuestra madre Tierra y hacia las generaciones que vendrán, porque “la tierra no es una posesión, sino un don”.

Sigamos viendo los detalles de este “avance innovador” en los jardines vaticanos según Vatican News:

Cultivo que “respeta la tierra”

Antiguamente, en el jardín se utilizaba estiércol procedente de las Villas Pontificias de Castel Gandolfo.

Actualmente, solo se utiliza fertilizante granulado certificado, seleccionado según la estación del año y las necesidades de las plantas que se cultivan.

Las buenas prácticas agrícolas también reducen la necesidad de productos fitosanitarios, ya que el número y la actividad de las plagas se mantienen por debajo del umbral a partir del cual pueden causar daños.

Cada intervención se registra en un “libro de registro de campo”, tal como lo exigen las regulaciones para los tratamientos sujetos a certificación obligatoria, mientras que las sustancias naturales no requieren registro.

La fertilidad del suelo se mantiene mediante técnicas específicas, incluida la rotación de cultivos, con leguminosas como las judías verdes, que fijan el nitrógeno de forma natural.

Este año también se está probando un fertilizante a base de algas marinas en los tomates.

Las plántulas se traen del exterior y ya han sido tratadas con métodos naturales. Se prefiere comprar plántulas a mantener un vivero propio para limitar el riesgo de propagación de enfermedades que podrían comprometer toda la cosecha. Sin embargo, ya se están estudiando planes para un vivero propio, junto con un invernadero para bonsáis.
 
La parcela está bajo la supervisión del Servicio de Jardines y Medio Ambiente, dirigido por el experto forestal Stefano Giampaolo, perteneciente a la Dirección de Infraestructuras y Servicios de la Gobernación del Estado de la Ciudad del Vaticano, liderada por el director Salvatore Farina.

Día tras día, un jardinero experimentado, Gilberto Bianchi, cuida el jardín que se extiende por cuatro terrazas que abarcan algo menos de 400 metros cuadrados de tierra cultivable.

Desde hace algún tiempo, cuenta con la ayuda de un grupo de jóvenes trabajadores, a quienes va transmitiendo gradualmente su valiosa experiencia, para que este conocimiento —compuesto por pequeños gestos cotidianos— no se pierda, sino que se conserve, como ocurría siglos atrás cuando el conocimiento se transmitía de un monasterio a otro.

Las religiosas que lo asisten le indican periódicamente qué cultivos son necesarios, teniendo en cuenta la estación y lo que la tierra puede ofrecer en ese momento. El riego sigue siendo completamente manual hasta el día de hoy.

Solo productos de temporada

El calendario de cultivo se ajusta estrictamente a las estaciones: ajo fresco, albahaca, plantones, chiles —incluida una variedad peruana famosa por su intensidad—, cítricos y calabazas, que maduran hasta noviembre.

Este año, a petición de las hermanas, también se plantaron las primeras plantas de kiwi. Entre finales de agosto y principios de septiembre comienza la siembra de invierno, con col rizada, brócoli, espinacas y lechuga.

Mayo es el mes más productivo para el jardín.

El verano es la estación más difícil debido al calor, ya que los tomates, las berenjenas, los pimientos, las judías verdes, los calabacines y los pepinos, incluida una variedad de Apulia, llegan al final de su ciclo de crecimiento.

Los cítricos del jardín tienen unos 150 años. Con el paso del tiempo, se les han injertado diferentes variedades, algunas de las cuales ya no se encuentran en el mercado. Cultivada sin tratamientos químicos, la fruta se puede comer incluso con la cáscara. Las monjas aún la utilizan para hacer mermeladas, cáscara confitada y galletas, algunas de las cuales se ofrecen a los huéspedes y otras se venden.

A lo largo de los años, los productos de esta pequeña parcela también han abastecido a instituciones benéficas como Casa Dono di Maria, un servicio cuyas actividades se están reactivando con renovada energía y compromiso.


Después de la payasada de bendecir un trozo de hielo, ¿qué nueva tontería se le podía ocurrir al papa ecológico 2.0? Ya lo estamos viendo...

GRACIA Y LIBERTAD: SANTO TOMÁS DE AQUINO

El pensamiento de Santo Tomás se expresa en un lenguaje muy claro y preciso, que nos comunica el veritatis splendor.

Por el padre José María Iraburu


Santo Tomás de Aquino (1225-74) nació de familia noble en el castillo de Roccasecca, en la provincia de Nápoles, del reino de Sicilia. Educado como oblato benedictino (1230-1239), ingresó en la Orden de Predicadores y estudió en Nápoles, París y Colonia, donde tuvo por maestro a San Alberto Magno. Fue ante todo un religioso santo, de altísima oración contemplativa. Y partiendo siempre de la Escritura, de los Padres y de los Concilios, logró, con la ayuda de la filosofía aristotélica, convenientemente evangelizada, una maravillosa síntesis filosófica y teológica.

Durante siglos los Papas han recomendado atenerse a su magisterio. Así lo dispuso también el concilio Vaticano II (OT 16). Y en 1983 el Código de Derecho Canónico ordenó que la teología dogmática, fundada en la Biblia y la Tradición, fuera estudiada “teniendo principalmente como maestro a Santo Tomás” (c.252,3). Por eso es llamado el Doctor común, porque extiende su luz a todas las escuelas católicas de pensamiento. La iconografía del Doctor angélico suele poner en su pecho el sol de la Eucaristía, centro de su doctrina y devoción. Canonizado en 1323, fue declarado Doctor de la Iglesia en 1567, y Patrón de las universidades y centros católicos de estudio en 1880.

La causalidad universal de Dios, “en quien vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17,28) tanto en el orden natural como en el sobrenatural, es sin duda una de las verdades más importantes de la razón y de la fe, y una de las más ignoradas por los cristianos de hoy (Catecismo 318). Él mueve los astros en sus órbitas, hace crecer las plantas, da vida y movimiento a los animales, y, por supuesto, da ser, vida y movimiento a los hombres, sus criaturas más preciosas en el mundo visible.

Santo Tomás: “Dios es propiamente en todas las cosas la causa del ser mismo en cuanto tal, que es en ellas lo más íntimo de todo, y por lo tanto, Dios obra en lo más íntimo de todas las cosas” (Summa Theologicæ I,105,5). “En cualquier género de causas, la causa primera es más causa que la segunda, ya que la causa segunda no es causa sino movida por la causa primera… Por lo tanto, el supremo Agente actúa todas las acciones de los agentes inferiores, moviéndolos todos a sus acciones propias” (CGentes 3,17). Así pues, “no sólo recibimos de Dios la virtud de querer [la voluntad libre], sino también la operación. Dios es por lo tanto, causa en nosotros no solamente de la voluntad, sino también de su querer” (ib. 3,84). Parece evidente que aquello que “no tiene por sí mismo el ser, tampoco tiene por sí solo el poder obrar” (In Sent. d.37, q.2 ad 2). Y si esto es obvio en el plano natural, a fortiori lo es en el plano sobre-natural.

Dios nos salva con la gracia habitual y nos asiste siempre con sus gracias actuales. De ningún modo los hombres en nuestros actos libres nos auto-excluimos de la causalidad de Dios, que es universal.

“El hombre necesita para vivir rectamente un doble auxilio [de Dios]. Por un lado, un don habitual [la gracia santificante] por el cual la naturaleza caída sea restaurada y, así restaurada [sanada y elevada], sea capaz de hacer obras meritorias de vida eterna, que exceden las posibilidades de la naturaleza. Y por otro lado, necesita el auxilio de la gracia [actual] para ser movida por Dios a obrar… ya que ningún ser creado puede producir cualquier acto a no ser por la virtud de la moción divina” (STh I,109,9). Por lo tanto, “la acción del Espíritu Santo, mediante la cual nos mueve y protege, no se limita al efecto del don habitual [gracia santificante, virtudes y dones], sino que además nos mueve y protege juntamente con el Padre y el Hijo” (I,105,5 ad 2m). Esta doctrina expresa la enseñanza de la Biblia y de los Concilios, como ya vimos (aquí y aquí), en la que se afirma que es Dios quien obra siempre en nosotros y con nosotros el querer y el obrar el bien, y que es la gracia la que causa la obediencia de nuestra voluntad (Flp 2,13; Indículo, c. 6; Orange II, c. 6; Trento ses. 6,16). No parece, pues, compatible con esa enseñanza la de Molina, según el cual, infundido el hábito de la gracia, “es suficiente el concurso general de Dios para realizar actos sobrenaturales de fe”, esperanza y caridad (Concordia q.14, a.13, resp.8).

La moción de Dios no suprime la libertad del hombre, sino que la causa y activa. Es posible el pecado, la resistencia a la gracia, en la medida en que Dios lo permite. Y la docilidad del hombre a la gracia es un acto libre y meritorio asistido por la gracia. Por eso, como enseña Trento, “no puede decirse que el hombre mismo no hace nada en absoluto al recibir aquella inspiración, puesto que puede también rechazarla; pero tampoco sin la gracia de Dios puede moverse, por su libre voluntad, a ser justo ante Él” (ses.6, 5). Dice Santo Tomás: “Dios no nos justifica sin nosotros, porque por el movimiento de la libertad, mientras somos justificados, consentimos en la justicia de Dios. Sin embargo, aquel movimiento no es causa de la gracia, sino su efecto. Y por lo tanto, toda la operación pertenece a la gracia” (I-II,111, 2 ad 2m).

Y aquí lo explica más: “El libre albedrío es causa de su propio movimiento, pues el hombre se mueve a sí mismo a obrar por su libre albedrío. Ahora bien, la libertad no requiere necesariamente que el sujeto libre sea la primera causa de sí mismo; como tampoco se requiere para que una causa sea causa de otra el que sea su causa primera. Dios es la causa primera que mueve, tanto a la causas naturales [no libres], como a las causas voluntarias [libres]. Y de igual manera que al mover a las causas naturales no impide que sus actos sean naturales, así al mover a la voluntarias tampoco impide que sus acciones sean voluntarias [esto es, libres], sino que más bien hace que lo sean, pues Él obra en cada criatura según su propio modo de ser” (I,83,1 ad 3m).

La gracia es eficaz por sí misma, intrínsecamente

El paso del teocentrismo cristiano bíblico y tradicional al antropocentrismo moderno deja a la mayoría de los cristianos ignorantes de esta verdad grandiosa. Cuántas veces los creyentes, psicológicamente, se captan hoy a sí mismos como si fueran causa de su ser, o como si al menos fueran causa de su propio actuar.

Así pensaba Leonardo Leys, S. J., Lessius (1554-1623), profesor en Lovaina, molinista puro, para quien el sí o el no de la voluntad a la gracia “nace de la elección sola de la libertad, y no de la diversidad del auxilio preveniente” de la gracia (“ex sola libertate illud discrimen oritur, ita ut non ex diversitate auxilii prævenientis”) (De gratia efficaci). Si así fuera, la libertad humana es la que haría eficaz la gracia divina.

La enseñanza de la Escritura y de los Concilios, ya recordada (aquí y aquí), nos asegura que no es el acto autónomo de la libertad el que da eficacia a la gracia, sino que, como dice Trento, es “Cristo Jesús, como cabeza sobre los miembros, quien continuamente (iugiter) influye su virtud [gracia] sobre los justificados, virtud que antecede siempre a sus buenas obras, las acompaña y sigue” (Ses. 6,16). De otro modo la Causa divina, primera y universal, no sería también causa primera del acto libre del hombre, no produciría todo el ser y todas las diferencias del ser. Y el acto humano libre, lo más precioso del universo creado, le quedaría substraido, y sólo tendría su causa en el hombre. Lo cual es un gravísimo error filosófico y teológico.

Cito a dos Doctores de la Iglesia. San Roberto Belarmino, S. J. (1542-1621), como ya vimos (aquí), condena como gran error pensar que “la eficacia de la gracia se constituye por el asentimiento y la cooperación humana”. Y San Alfonso María de Ligorio (1696-1787), afirma igualmente la existencia de “la gracia intrínsecamente eficaz con la que nosotros infaliblemente, aunque libremente, obramos el bien… No puede negarse que San Agustín y Santo Tomás han enseñado la doctrina de la eficacia de la gracia por sí misma y por su propia naturaleza” (Tratado de la oración… II p., cp. IV).

El dominico Billuart (1685-1757), señala las diversas explicaciones teológicas de esta realidad, y concluye: “pero que la gracia es eficaz por sí misma e intrínsecamente, lo enseñamos los tomistas como un dogma teológico íntimamente conexo con los principios de la fe…, y con nosotros todas las escuelas, a excepción de la molinista” (De Deo, dis. VIII, a.5). El padre Ch. Baumgartner, S. J.: “siempre que obramos bien, la razón última no es la elección humana, sino la elección y predilección divinas… Si la gracia de Dios es eficaz, la razón última de esta eficacia no puede venir del consentimiento del hombre, sino de la voluntad y del amor de Dios” (La gracia de Cristo, Herder, Barcelona 1968, 371, 396).

Solo Dios puede mover y cambiar infaliblemente la libertad humana sin violentarla

“El corazón del rey, como una corriente de agua, está en manos de Dios, que lo puede dirigir a donde quiera” (Prov 21,1). La Escritura, los Concilios, la Liturgia enseñan esta verdad con gran frecuencia, concretamente en oraciones de petición.
 
Sin embargo, “algunos, que no entienden cómo Dios puede causar la moción de la voluntad en nosotros sin lesionar la libertad de la voluntad, interpretan mal [estas enseñanzas de la Escritura], entendiendo que Dios causa en nosotros el querer y el obrar en cuanto que causa en nosotros la virtud de querer [virtutem volendi, la voluntad], pero no en cuanto que nos haga querer eso o lo otro… Éstos resisten evidentemente la enseñanza de las Sagradas Escrituras. Isaías dice: “tú obras, Señor, en nosotros todo lo que nosotros hacemos” (26,12). Por lo  tanto, no solamente tenemos de Dios la virtud de la voluntad, sino también el querer” (CGentes 3,84). “Dios, sin duda, mueve la voluntad inmutablemente, por la eficacia de su fuerza motora; pero por la naturaleza de la voluntad movida, que está abierta a diversas acciones, no le impone una necesidad, sino que permanece libre” (De malo 6 ad 3m).

Esta acción causal de Dios en la libertad humana es única. “Solo Dios puede mover la voluntad como agente sin violentarla” (CGentes 3,88); “solo Dios puede inclinar la voluntad, cambiándola de esto a lo otro, según su voluntad” (De veritate 22,9). Por eso cuando pedimos en la liturgia, “mueve, Señor, los corazones de tus hijos” (dom. 34, T. Orden.), no le suplicamos que violente nuestra libertad personal, sino que por su gracia la libere de sus cautividades, y de este modo “podamos libremente cumplir su voluntad” (ib. 32).

Dios no ama igualmente a todos los hombres. Y si alguien es más santo, es porque ha sido más amado por Dios. Es evidente que las criaturas existen porque Dios las ama: “Tú amas todo cuanto existe, y nada aborreces de lo que has hecho, que no por odio hiciste cosa alguna” (Sab 11,25). También es evidente que entre los seres creados, concretamente entre los hombres, hay unos mejores que otros, hay unos que tienen más bienes que otros. ¿Y de dónde viene que unas personas sean mucho más buenas que otras? Del amor de Dios. Dios no ama igualmente a todos los hombres. Y si uno es más bueno, es porque ha sido más amado por Dios.

Recuerdo un principio previo. El amor de Dios es muy diferente del amor de las criaturas. El amor de éstas es causado por los bienes del objeto amado: “la voluntad del hombre se mueve [a amar] por el bien que existe en las cosas” o personas. Por el contrario, “de cualquier acto del amor de Dios se sigue un bien causado en la criatura” (STh I-II,110, 1).

El amor de Dios es infinitamente gratuito, es un amor difusivo de su propia bondad: Dios ama porque Él es bueno. Así la luz ilumina por su propia naturaleza luminosa, no por la condición de los objetos iluminados. Y amando Dios a las criaturas, causa en ellas todos los bienes que en ellas pueda haber. Consecuentemente, si todos los hombres en alguna medida han recibido bienes de Dios, aquellos que han recibido más y mayores bienes los deben todos a un mayor amor de Dios hacia ellos.

Los santos, en sus autobiografías, dan con frecuencia testimonio agradecido de esta gran verdad, y a Dios atribuyen todo el bien que ellos tienen, que ciertamente es mucho mayor que el de otros hombres. “El Señor ha hecho en mí maravillas” (Lc 1,49). “¿Quién es el que a ti te hace preferible? ¿Qué tienes tú, que no hayas recibido?… Gracias a Dios soy lo que soy” (1Cor 4,7; 15,10).

Por lo tanto, Dios no ama más a una persona porque sea más perfecta y santa, sino que ésta es más santa y perfecta porque ha sido más amada por Dios. Esta verdad es constantemente proclamada en la Escritura. En ella resplandece el amor especial de Dios por su pueblo elegido, Israel, “el más pequeño” de todos los pueblos (Dt 7,6-8); por María, haciéndola inmaculada ya antes de nacer; por los cristianos, “elegidos de Dios, santos, amados” (Col 3,12); por “el discípulo amado”, etc. Por eso Santo Tomás enseña que,

por parte del acto de la voluntad, Dios no ama más unas cosas que otras, porque lo ama todo con un solo y simple acto de voluntad, que no varía jamás. Pero por parte del bien que se quiere para lo amado, en este sentido amamos más a aquel para quien queremos un mayor bien, aunque la intensidad del querer sea la misma… Así pues, es necesario decir que Dios ama unas cosas más que a otras, porque como su amor es causa de la bondad de los seres, no habría unos mejores que otros si Dios no hubiese querido bienes mayores para los primeros que para los segundos” (STh I,20, 3). Es éste un principio teológico fundamental, que aplica el santo Doctor al misterio de la predestinación (I,23, 4-5) y a toda su teología de la gracia (I-II,109-114).

Son muchos los cristianos que hoy ignoran estas grandes verdades, pues casi nunca les son predicadas. Y por eso se desconciertan cuando las oyen. Pero un cristiano que apenas las conozca, conoce mal, muy mal, el misterio de Dios y el de su gracia. Apenas entiende la maravilla sobrenatural de la vida cristiana.
 

DOCTRINA DEL ILLUMINISMO

Continuamos con la publicación del capítulo XXII del tercer y último Tomo del libro “La Conjuración Anticristiana” de Monseñor Henri Delassus, publicado el año 1910.


TOMO I: LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA

TOMO II: EL AMERICANISMO Y LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA


DOCTRINA DEL ILLUMINISMO

Esta doctrina, insinuada en los grados inferiores, solo se expone con claridad en los misterios posteriores: los del Mago y el Hombre-Rey; y allí se transmite únicamente de forma oral. Esta parte del código no está impresa; según el propio Weishaupt, solo existen tres ejemplares manuscritos, uno para cada inspector.

Sin embargo, se encontró a un hombre dispuesto a revelarlo. “A este hombre —dijo Barruel— lo conozco. Sé la confianza pública que inspiraría si revelara su nombre, pero también sé que las dagas y los venenos del Iluminismo lo perseguirían hasta las Islas Orcadas si la secta descubriera su refugio. Se le debe discreción, y tendré cuidado de no violarla. Se le puede llamar Biederman, que significa hombre de honor”.

“Lo único que puedo decir es que el deseo de desentrañar las conspiraciones de la secta y encontrar lo que él consideraba la verdadera manera de prevenir sus consecuencias fue la única fuerza motriz de este adepto a través de las pruebas que tuvo que soportar. Tras superar todos los rangos, finalmente llegó a los misterios finales. Estos se dividen en dos partes. Una concierne a la religión: son los misterios revelados a los Magos; la otra es política y está reservada para el rango de Hombre-Rey”.

I. — LA DOCTRINA ENSEÑADA A LOS MAGOS

Según Weishaupt (Ecrits originaux, vol. II, carta 15 a Catón), el grado de Epopte, o Sacerdote Iluminado, presenta el Evangelio al iniciado como una máscara religiosa tomada prestada por Cristo para establecer en la tierra el reino de la libertad y la igualdad.

Habiendo llevado la impiedad de sus Epoptes a tal extremo, ¿qué más podía hacer por sus Magos en los misterios mayores sino borrar el nombre mismo de la religión, el nombre de Dios mismo, para que toda religión pareciera irreconciliable con estos misterios? “Envíame al H∴ Vicmenius”, escribió Weishaupt a Catón (Vol. II, Carta 15), “quiero curarlo de la teosofía y prepararlo para nuestro propósito”. Y Knigge, después de explicar lo que había hecho, según las instrucciones de Weishaupt, para demostrar, en el grado de Epopte, que Cristo no tenía otro propósito que establecer una religión puramente natural, añade: “En los misterios posteriores, tenemos que descubrir este fraude piadoso, probar el origen de todas las mentiras religiosas, exponer su totalidad y su conexión” (Ecrits Originaux, Vol. II, Carta 1 de Philm. a Catón).

II. — DOCTRINA ENSEÑADA AL HOMBRE-REY

Contra la soberanía — “El segundo grado de los grandes misterios”, dice Biederman, “enseña que todo campesino, todo burgués, todo padre de familia es soberano como lo eran los hombres bajo la vida patriarcal, a la que la humanidad debe regresar, y que, en consecuencia, toda autoridad, toda magistratura, debe ser destruida.

Contra la propiedad — Ya en los misterios menores, se le decía al iniciado: “Felices aquellos que han sabido mantenerse en el estado original”. En los misterios mayores, se añade: “Pero pronto una semilla de desgracia creció en sus corazones; y su paz, su felicidad, se desvanecieron. A medida que las familias se multiplicaban, los medios necesarios para su sustento comenzaron a escasear. La vida nómada cesó, nació la propiedad, los hombres eligieron una morada fija, la agricultura los acercó, la libertad se arruinó en sus cimientos y la igualdad desapareció”. La vida patriarcal a la que debemos regresar para disfrutar nuevamente de la libertad y la igualdad requiere, por lo tanto, el cese de la agricultura, la destrucción de las moradas fijas y la abolición de toda propiedad.

Contra la autoridad paterna — Incluso en los rangos inferiores, el Hierofante había aprendido a blasfemar contra el amor a la familia incluso más que contra el amor a la patria, porque este amor a la familia es un principio más inmediato de egoísmo desastroso. En los misterios finales, los lazos de la naturaleza se rompen, al igual que los de los gobiernos y la religión. El niño debe olvidar a su padre en cuanto pueda correr solo hacia su presa.

Estas doctrinas monstruosas no desaparecieron con la Ilustración; se transmitieron de sociedad secreta en sociedad secreta; y en nuestros días no solo seguimos oyendo que se profesan, sino que vemos esfuerzos continuos para aniquilar toda religión, disolver toda propiedad, transferir al Estado toda la autoridad que Dios dio a los padres, hacer desaparecer la institución divina de la familia.

El Hierofante anunció así el triunfo de esta doctrina a aquel a quien iniciaba: “Nuestro único objetivo es este mejor orden de cosas (una sociedad sin soberanía, sin propiedad, sin autoridad paternal) por el cual trabajamos sin cesar. Todos los esfuerzos de los príncipes por obstaculizar nuestro progreso serán completamente inútiles. Esta chispa puede seguir humeando bajo las cenizas durante mucho tiempo; pero ciertamente llegará el día de la conflagración… (Han pasado doscientos años desde que se pronunciaron estas palabras. ¿Acaso no están a punto de cumplirse?) Se ha sembrado la semilla de la que debe brotar un nuevo mundo; sus raíces se están extendiendo; ya se han vuelto demasiado fuertes, demasiado extensas, como para que no llegue el momento de los frutos. Quizás aún debamos esperar mucho tiempo; pero tarde o temprano la naturaleza comenzará su obra: devolverá a la humanidad la dignidad que fue su destino desde el principio… Hasta que la naturaleza haya madurado su gran revolución, ¿consideraría usted censurable que una sociedad (Iluminismo, Francmasonería) se pusiera en posición de hacer que los monarcas del mundo sean incapaces de hacer el mal, incluso… ¿Si así lo desearan? ¿Una sociedad cuyo poder universal impediría que todos los gobernantes abusaran de su poder (para mantener la religión, la familia y la propiedad)?”
 
Continúa...

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21 DE AGOSTO: SANTA JUANA FRANCISCA DE CHANTAL, FUNDADORA


21 de Agosto: Santa Juana Francisca de Chantal, fundadora

(✝ 1641)

La santa fundadora de las Religiosas de la Visitación, Juana Francisca Fremiot de Chantal, nació en la ciudad de Dijón, cabeza del ducado de Borgoña, en el reino de Francia.

El padre de Juana Francisca era presidente del Parlamento de Borgoña, y cuando un caballero que profesaba la secta infernal de Calvino, le visitase y acariciase a la santa niña y le diese algunos regalos, ella los arrojó al fuego diciendo:

- Ved cómo arderán en el infierno los herejes que no vuelvan a la verdadera Fe Católica.

A un criada entrada ya en años que procuraba apartarla de las cosas de Dios y aficionarla a las del mundo reprendió ásperamente diciéndole que no quería que de allí en adelante le sirviese en cosa alguna.

Siendo ya de edad competente la casó su padre con el barón de Chantal, con quien vivió como perfecta casada.

Jamás recibía visitas de caballeros en ausencia de su marido; y cuanto podía ahorrar en atavíos y regalos superfluos, lo daba a los pobres. 

Llevó con perfecta resignación, ocho años después de la muerte de su marido, herido involuntariamente por un compañero con quien había salido a cazar; y los malos tratamientos que por espacio de siete años recibió en la casa de su suegro, de una antigua criada que se burlaba de su piedad y la trataba como a una esclava, y las tentaciones gravísimas que permitió el Señor que la purificasen como el oro en el crisol, de las cuales escribió la sierva de Dios que la afligían tanto, que cualquiera hora del día trocara de buena gana por la hora de la muerte.

Hizo voto de perpetua castidad; y al pedirla por esposa cierto caballero rico y noble, con una lámina candente se grabó ella en el pecho el nombre de Jesús, al cual escogió como perpetuo y divino Esposo.

Fundó después la Congregación de la Visitación de María por consejo de su director espiritual San Francisco de Sales, el cual la mudó mas tarde en Orden de clausura y votos solemnes, y dio a las Religiosas la Regla de San Agustín y otras constituciones llenas de celestial sabiduría, asentando conocimientos de su nuevo instituto de caridad y humildad, y el amor de Dios, como el alma de toda su vida religiosa. 

Y prendió tanto fuego este amor divino en el corazón de la santa fundadora, que se obligó con voto a obrar siempre lo que entendiese ser más perfecto y agradable al Señor; y Dios en retorno ilustró a su sierva con esclarecidos dones de profecía, de discreción de espíritus y de milagros, y con la veneración de los príncipes, de los reyes, de los obispos y de los santos. 

Finalmente habiendo renunciado la santa al cargo de superiora y rehusado siempre el nombre de fundadora, a la edad de sesenta y ocho años enfermó de muerte, y pronunciando tres veces el adorable nombre de Jesús, entregó su alma a su divino Esposo.

Reflexión

¿Quién no admira en la vida de Santa Juana Francisca, un vivo retrato de la mujer fuerte? Y a la vista de semejante ejemplo de fortaleza, ¿quién no atropellará por dificultades mucho menores que se le atraviesan en el camino de la virtud? ¿Por ventura ha de ser recibido el triunfo de un soldado que arrojó las armas y huyó de los enemigos? ¿O ha de entregar la puerta triunfal del cielo el Cristiano que arrojó a los enemigos de su alma? 

Oración

Oh Dios omnipotente y misericordioso, que diste un admirable espíritu de fortaleza a la bienaventurada Juana Francisca, y que por medio de ella quisiste ilustrar tu Iglesia con una nueva familia, concédenos tu gracia para vencer las dificultades que se nos atraviesen en tu servicio. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén. 

jueves, 20 de agosto de 2026

LA ASOCIACIÓN BÍBLICA CATÓLICA ELIGE A UNA JUDÍA COMO PRESIDENTE

Continúa la infiltración judía y Roma no se ha pronunciado al respecto.


Compartimos la publicación de Camillo Barone en el National Catholic Reporter.


Cuando Amy-Jill Levine supo que estaba siendo considerada para la presidencia de la Asociación Bíblica Católica de América, la veterana erudita del Nuevo Testamento se preguntó si le estaban haciendo una broma.

"Cuando el presidente del comité de nominaciones me informó de esto el año pasado, le escribí a otro miembro del comité y le pregunté: '¿Es una broma?', porque estaba atónita", dijo Levine, añadiendo, "Me siento honrada y agradecida".

La noticia se hizo oficial en la asamblea general anual de la asociación celebrada en Baltimore el 20 de julio de 2026, donde los miembros ratificaron a Levine como presidenta para el período 2026-2027, convirtiéndola en la primera académica judía en ocupar ese cargo en la historia de la organización.

Su elección marca un momento significativo para una organización creada en 1936 por eruditos bíblicos católicos estadounidenses. Inicialmente concebida para revisar el Nuevo Testamento en inglés utilizado por los católicos, la asociación amplió gradualmente su misión para incluir la investigación académica, las publicaciones especializadas y la difusión de la erudición bíblica a un público más amplio. Comenzó con 50 miembros fundadores y, para 2024, contaba con más de 1070 miembros en todo el mundo. Si bien la fe sigue siendo fundamental para su misión, la asociación incluye a académicos católicos, no católicos y judíos.

Levine afirmó que considera su elección un reconocimiento a casi cinco décadas de participación en la asociación. Ha formado parte de numerosos comités, trabajado como consultora y ejercido durante 12 años como editora de reseñas de libros para "The Catholic Biblical Quarterly". Los registros de la organización la incluyen como miembro de pleno derecho desde 1988, además de haber sido editora asociada, consultora, editora de reseñas de libros y vicepresidenta.

"En parte, es un reconocimiento a las muchísimas horas que he dedicado al trabajo de la asociación, y agradezco enormemente que ese trabajo haya sido reconocido", dijo.

Levine es la distinguida profesora rabina Stanley M. Kessler de Nuevo Testamento y Estudios Judíos en la Universidad Internacional de Hartford para la Religión y la Paz, en Hartford, Connecticut, y profesora emérita de la Universidad de Vanderbilt en Nashville, Tennessee. Ha escrito y editado obras como The Misunderstood Jew (El judío incomprendido), The Bible With and Without Jesus (La Biblia con y sin Jesús) y The Jewish Annotated New Testament (El Nuevo Testamento judío anotado). En 2019, se convirtió en la primera académica judía en impartir clases sobre el Nuevo Testamento en el Instituto Bíblico Pontificio de Roma, y ​​fue elegida miembro de la Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias en 2021.

Entre algunos de sus planes está su deseo de que la asociación haga frente a las interpretaciones antisemitas de las Escrituras cristianas y ayudar a garantizar que la investigación bíblica contemporánea llegue a sacerdotes, maestros y predicadores.

"El problema radica en hacer llegar el material académico a manos de los sacerdotes y predicadores", dijo Levine.

Según argumentó, muchos clérigos siguen basándose en enseñanzas adquiridas durante su formación en el seminario hace décadas, en lugar de en investigaciones más recientes sobre el contexto judío de Jesús, los fariseos y los Evangelios. También expresó su preocupación por el uso de inteligencia artificial por parte del clero para elaborar sermones, argumentando que dichos sistemas pueden reproducir estereotipos antisemitas.

"Me gustaría que este mejor material llegara a manos de quienes se dirigen a los feligreses, a quienes imparten estudios bíblicos a adolescentes o niños pequeños en las escuelas parroquiales, y que se generalizara", dijo.

Durante uno de sus tres encuentros con Francisco en el Vaticano, Levine y profesor de Estudios Judaicos Marc Zvi Brettler le obsequiaron un ejemplar de The Jewish Annotated New Testament, el volumen que coeditaron para ayudar a los lectores a comprender el Nuevo Testamento dentro de su contexto histórico y cultural judío.

Levine recordó que Francisco "extendió la mano, me tomó la mano y luego la de Marc, y dijo: 'Esto es muy importante, por favor, continúa con tu trabajo'. Después, tomó el libro y le dijo a su ayudante: 'Por favor, guárdalo donde pueda usarlo'".

Para Levine, su enfoque histórico no menoscaba la fe católica. Por el contrario, afirma, puede profundizar la teología católica "al tomar con suma seriedad la humanidad de esta persona [Jesucristo] a quien la Iglesia proclama como Dios.
 

LAS HORAS DE LA PASION DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO (6)

Continuamos con la publicación del capítulo 6 del libro “Las horas de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo” escrito por la mística Luisa Piccarreta (1865 - 1947) entre los años 1913 y 1914.


Para conocer la historia de Luisa Piccarreta ingrese aquí.


Sexta Hora: De las 10 a las 11 de la noche

La segunda hora de Agonía en el Huerto de Getsemaní

¡Oh dulce Jesús mío!, ya desde hace una hora estás en este huerto. El amor ha tomado la supremacía sobre todo, haciéndote sufrir todo junto lo que los verdugos te harán sufrir en el curso de tu amarguísima pasión; es más, ha llegado a suplir y a hacerte sufrir todo lo que ellos no podrán hacer en las partes más íntimas de tu divina persona.

¡Oh Jesús mío!, veo que tus pasos vacilan, mas sin embargo, quieres caminar. Dime, Bien mío, ¿a dónde quieres ir? ¡Ah!, ya comprendo, vas en busca de tus amados discípulos; yo quiero acompañarte para sostenerte por si tú vacilas. Pero, ¡oh Jesús mío, tu Corazón se encuentra con otra triste amargura!, ellos duermen, y tú, siempre piadoso, los llamas, los despiertas y con amor paternal los reprendes y les recomiendas la vela y la oración; y al regresar al huerto llevas ya otra herida en el Corazón, y en esta herida, oh Amor mío, veo todas las heridas que recibes de las almas consagradas, que por tentación, por el estado de ánimo en que se encuentran o por la falta de mortificación, en vez de abrazarse a ti, en vez de velar y orar, se abandonan a sí mismas, y por el sueño, en vez de progresar en el amor y unirse más a ti, retroceden... ¡Cuánto te compadezco, oh Amor apasionado!, y te reparo por todas las ingratitudes de quienes te son más fieles. Estas son las ofensas que más entristecen tu Corazón adorable y es tal y tanta la amargura, que te hacen delirar.

Pero, ¡oh Amor infinito!, tu amor, que ya hierve entre tus venas, triunfa sobre todo y olvida todo. Te veo postrado por tierra y oras, te ofreces, reparas y tratas de glorificar al Padre en todo, por todas las ofensas que recibe de parte de todas las criaturas. También yo, ¡oh Jesús mío!, me postro junto contigo y unido a ti quiero hacer lo mismo que tú haces.

¡Oh Jesús, delicia de mi corazón!, veo que toda la multitud de nuestros pecados, de nuestras miserias, de nuestras debilidades, de los más enormes delitos y de las más negras ingratitudes, te salen al encuentro y se arrojan sobre ti, te aplastan, te hieren, te muerden; y tú, ¿qué haces? La sangre que te hierve entre las venas hace frente a todas estas ofensas, rompe las venas y empieza a salir abundantemente, hasta bañar todo tu cuerpo y correr por tierra, dando sangre por cada ofensa, vida por cada muerte... ¡Ah, Amor mío, hasta qué estado has quedado reducido! ¡Estás por expirar! ¡Oh Bien mío, dulce Vida mía, no te mueras!, levanta tu rostro de esa tierra bañada con tu preciosísima sangre; ven a mis brazos y haz que yo muera en tu lugar... Pero, oigo la voz temblorosa y moribunda de mi dulce Jesús que dice:

“Padre, si es posible, pase de mí este cáliz; mas, hágase, no mi voluntad, sino la tuya”.

Es la segunda vez que oigo estas palabras de mi dulce Jesús. Pero, ¿qué es lo que me quieres dar a entender al decir: “Padre, si es posible pase de mí este cáliz”? ¡Oh Jesús!, se presentan ante ti todas las rebeliones de las criaturas; ves rechazado por casi todos ese “hágase tu Voluntad” que debía ser la vida de cada criatura, quienes en vez de encontrar la vida, hallan la muerte; y tú, queriendo darles la vida a todos y hacer una solemne reparación al Padre por todas las rebeliones de las criaturas, por tres veces repites:

“Padre, si es posible, pase de mí este cáliz”, es decir, que las almas al apartarse de nuestra Voluntad se pierdan; este cáliz es para mí muy amargo, mas sin embargo, “Non mea voluntas sed tua Fiat”.

Pero mientras dices esto, es tal y tan grande tu dolor, que te reduce hasta el extremo, te hace agonizar y estás a punto de dar el último respiro...

¡Oh Jesús mío, Bien mío!, ya que estás entre mis brazos, también yo quiero unirme a ti; quiero repararte y compadecerte por todas las faltas y los pecados que se cometen contra tu Santísima Voluntad y al mismo tiempo quiero suplicarte que yo siempre haga en todo tu Voluntad. Que tu Voluntad sea mi respiro, mi aire, mi palpitar, mi corazón, mi pensamiento, mi vida y mi muerte... Pero, ¡no te mueras, oh Jesús mío! ¿A dónde podría ir sin ti? ¿A quién recurriría, quién podría ayudarme? Todo acabaría para mí. ¡Ah, no me dejes!, tenme como quieras, como a ti más te guste, pero tenme siempre, siempre contigo; que jamás vaya a suceder ni por un instante que me quede separado de ti. Déjame mejor endulzar tus amarguras, repararte y compadecerte por todos, porque veo que todos los pecados de toda clase pesan sobre ti.

Por eso, Amor mío, beso tu santísima cabeza, pero, ¿qué es lo que veo? ¡Ah!, son todos los malos pensamientos, y tú sientes horror por cada uno de ellos. Cada pensamiento malo es una espina que hiere cruelmente tu sacratísima cabeza y que no se podrá comparar con la corona de espinas que te pondrán los judíos. ¡Cuántas coronas de espinas ponen en tu cabeza los malos pensamientos de las criaturas! Tanto, que te sigue saliendo sangre por todas partes, por la frente y hasta por los cabellos. ¡Oh Jesús mío!, quisiera ponerte una corona de gloria por cada pensamiento malo y, para darte alivio, te ofrezco todas las inteligencias angélicas y tu misma inteligencia divina para ofrecerte compasión y reparación por todos.

¡Oh Jesús!, beso tus ojos piadosos, y en ellos veo todas las malas miradas de las criaturas, las cuales hacen correr sobre tu rostro lágrimas de sangre; te compadezco y quisiera dar alivio a tu vista poniéndote delante todos los gustos que se pueden encontrar en el cielo y en la tierra.

Jesús, Bien mío, beso tus sacratísimos oídos, pero, ¿qué es lo que oigo? ¡Ah!, es el eco de las horribles blasfemias, de los gritos de venganza y de las calumnias; no hay una sola voz que no haga eco en tus castísimos oídos. ¡Oh Amor insaciable!, te compadezco y quiero consolarte haciendo repercutir en tus oídos el eco de todas las armonías del Cielo, la dulcísima voz de tu querida Madre Santísima, el tono encendido de amor de la Magdalena y el de todas las almas que te aman.

Jesús, Vida mía, quiero darte un beso aún más ferviente en tu divino rostro, cuya belleza no tiene par. ¡Ah!, este es el rostro ante el cual los ángeles no se atreven a levantar la mirada, siendo tal y tanta su belleza que los extasía. Y sin embargo, las criaturas lo cubren de salivazos, lo colman de bofetadas y lo pisotean. ¡Amor mío, qué osadía! Quisiera gritar tanto hasta llegar a hacerlos huir. Te compadezco y, para reparar por todos estos insultos, me dirijo a la Sacrosanta Trinidad, para pedirle al Padre y al Espíritu Santo sus besos y las inimitables caricias de sus manos creadoras. Me dirijo también a tu Madre Celestial para que me dé sus besos, las caricias de sus manos maternas y sus profundas adoraciones, y todas las adoraciones de las almas consagradas a ti, y te lo ofrezco todo para repararte por las ofensas hechas a tu santísimo rostro.

¡Dulce Bien mío!, beso tu dulcísima boca, pero, ¿qué veo? ¡Ah!, veo que tú sientes la amargura de las blasfemias, la náusea de las borracheras y de la glotonería, de las murmuraciones, de las conversaciones obscenas, de las oraciones mal hechas, de las malas enseñanzas y de todo el mal que hace el hombre con su lengua. Jesús, te compadezco, y quiero endulzar tu boca ofreciéndote todas las alabanzas angélicas y el buen uso que hacen tantas criaturas de la lengua.

Oprimido Amor mío, beso tu cuello; lo veo cargado de cuerdas y de cadenas por los apegos y los pecados de las criaturas; te compadezco y para darte alivio te ofrezco la unión inseparable de las Divinas Personas; y fundiéndome en esta unión, te abrazo por el cuello y formando una dulce cadena de amor quiero alejar de ti las ataduras de todos los apegos que casi te sofocan, y para endulzar tu amargura te estrecho fuertemente a mi corazón.

Fortaleza Divina, beso tus santísimos hombros y veo que están todos lacerados, y hasta tus carnes arrancadas a pedazos a causa de los escándalos y de los malos ejemplos de las criaturas. Te compadezco y para darte alivio te ofrezco tus santos ejemplos, los de tu Madre y Reina y los de todos tus santos; y yo, Jesús mío, recorriendo con mis besos cada una de estas llagas, quiero encerrar en ellas a todas las almas que, por motivo de algún escándalo, han sido arrancadas de tu Corazón, y sanar así las carnes de tu santísima humanidad.

Fatigado Jesús mío, beso tu pecho herido por las frialdades, las tibiezas, las faltas de correspondencia y las ingratitudes de las criaturas. Te compadezco y para darte alivio te ofrezco el amor recíproco del Padre y del Espíritu Santo y la perfecta correspondencia que existe entre las tres Divinas Personas; y yo, oh Jesús mío, sumergiéndome en tu amor, quiero protegerte, para poder impedir que las criaturas te sigan hiriendo con estos pecados y haciendo mío todo tu amor quiero herirlas con él, para que jamás vuelvan a tener la osadía de ofenderte, y también quiero depositarlo en tu pecho para consolarte y sanarte.

¡Oh Jesús mío!, beso tus manos creadoras, en ellas veo todas las malas acciones de las criaturas que, como si fueran clavos, traspasan tus manos santísimas, de modo que no quedas crucificado sólo con tres clavos, como en la cruz, sino con tantos clavos por cuantas malas acciones hacen las criaturas. Te compadezco y para darte alivio te ofrezco todas las obras santas, el valor de los mártires al dar su sangre y su vida por amor a ti. Quisiera, en fin, Jesús mío, ofrecerte todas las buenas obras, para quitarte todos los clavos de las obras malas.

Jesús, beso tus santísimos pies siempre incansables en busca de almas; en ellos encierras todos los pasos de las criaturas, pero sientes que se te escapan muchas y tú quisieras detenerlas; por cada uno de sus malos pasos sientes un clavo y tú quieres servirte de esos mismos clavos para clavarlas a tu amor; y es tal y tan intenso el dolor que sientes y el esfuerzo que haces por clavarlas a ti, que tiemblas de pies a cabeza. Jesús, mi todo y mi alegría, te compadezco, y para consolarte te ofrezco los pasos de los religiosos buenos que exponen su vida para salvar almas.

¡Oh Jesús!, beso tu Corazón; tú sigues en agonía y no por lo que te harán sufrir los judíos, sino por el dolor que te causan todas las ofensas de las criaturas. En esta hora tú quieres darle la supremacía al amor, el segundo lugar a todos los pecados por los cuales expías, reparas, glorificas al Padre y aplacas a la divina justicia, y el tercer lugar a los judíos. Con esto das a entender que la pasión que te harán sufrir los judíos no será más que una representación de la doble amarguísima pasión que te hacen sufrir el amor y el pecado; y es por eso que veo todo concentrado en tu Corazón: la lanza del amor, la del pecado y esperas la tercera, la de los judíos... Y tu Corazón, sofocado por el amor, sufre dolores inauditos, impacientes anhelos de amor, deseos que te consumen, pálpitos de fuego que quisieran darle vida a cada corazón. Es precisamente aquí, en tu Corazón, en donde sientes todo el dolor que te causan las criaturas, que con sus malos deseos, sus afectos desordenados y los latidos de su corazón profanados, en vez de buscar tu amor, buscan otros amores.

¡Jesús mío, cuánto sufres! Desfalleces sumergido por los mares de nuestras iniquidades; te compadezco y quiero endulzar la amargura de tu Corazón traspasado por tres veces, ofreciéndote las dulzuras eternas y el dulcísimo amor de tu querida Madre Santísima.

Y ahora, oh Jesús mío, haz que mi pobre corazón tome vida de tu Corazón, para que ya no viva más que con tu Corazón y para que en cada ofensa que recibas, mi corazón se encuentre siempre preparado para consolarte, para darte alivio y para ofrecerte un acto de amor ininterrumpido.

Reflexiones y prácticas

Durante la segunda hora en el huerto de Getsemaní se presentan ante Jesús todos los pecados de todos los tiempos: presentes, pasados y futuros, y él toma sobre de sí todos estos pecados para darle al Padre gloria completa. Así que, Jesucristo expió y lloró, y sintió en su Corazón todos nuestros estados de ánimo sin que jamás haya dejado la oración. Y nosotros, en cualquier estado de ánimo en que nos encontramos, ya sea fríos o duros, o tentados, ¿hacemos siempre oración? ¿Le ofrecemos a Jesús todos los sufrimientos de nuestra alma para reparar y darle alivio, y así reproducir su vida en nosotros, pensando que cualquier estado de ánimo es un sufrimiento suyo? Siendo un sufrimiento de Jesús debemos ofrecérselo para compadecerlo y darle alivio; y si fuera posible, debemos decirle: “Tú has sufrido demasiado, descansa, nosotros sufriremos en tu lugar”.

¿Nos desalentamos, o con buen ánimo estamos a los pies de Jesús ofreciéndole todo lo que sufrimos para que pueda hallar en nosotros su misma humanidad? Es decir, ¿le servimos a Jesús de humanidad? ¿Qué es lo que hacía la humanidad de Jesús? Glorificaba a su Padre, expiaba, pedía la salvación de las almas, y nosotros, ¿en todo lo que hacemos tenemos estas tres intenciones de Jesús, de manera que podamos encerrar en nosotros toda su humanidad? Cuando nos encontramos en alguna oscuridad, ¿ponemos la intención de hacer que la luz de la verdad ilumine a otros? Y cuando oramos con fervor, ¿ponemos la intención de derretir el hielo de tantos corazones endurecidos por la culpa?

“Jesús mío, para compadecerte y poder darte alivio por el abatimiento total en el que te encuentras, me elevo hasta el cielo y hago mía tu misma Divinidad, y poniéndola a tu alrededor, quiero alejar de ti todas las ofensas de las criaturas. Quiero ofrecerte tu misma belleza para alejar de ti la monstruosidad del pecado; tu santidad para alejar el horror de todas esas almas que por estar muertas a la gracia te hacen sentir tanta repugnancia; tu paz para alejar de ti todas las discordias, las rebeliones y las perturbaciones de todas las criaturas; tus armonías para hacer descansar tu oído por la multitud de las malas palabras”.

“Jesús mío, es mi intención ofrecerte tantos actos divinos de reparación por cuantas ofensas te asaltan como si quisieran darte muerte; y yo, con tus mismos actos quiero darte vida. Y luego, oh Jesús mío, quiero arrojar una oleada de tu Divinidad sobre todas las criaturas, para que apenas las toque ya no vuelvan a tener la osadía de ofenderte. Solamente así podré compadecerte por todas las ofensas que recibes de parte de todas las criaturas”.

“¡Oh Jesús, dulce Vida mía!, que mis oraciones y mis sufrimientos se eleven siempre hacia el cielo, para hacer que llueva sobre todos la luz de la gracia y para que pueda absorber en mí tu misma vida”.

Continúa...

EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (124)

Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.


124. Se da alojamiento a la "velada" en la casita de Aguas Claras.
5 de marzo de 1945.

1 El día está tan horrible, que no hay ningún peregrino. Llueve a cántaros y la era se ha transformado en un estanque poco profundo en que flotan hojas secas, venidas quién sabe de dónde, traídas por el viento que silba y zarandea puertas y ventanas. En la cocina, mas tétrica que nunca –porque para impedir que entre la lluvia se debe tener apenas entornada la puerta–, quien está se ahúma, lagrimea y tose, pues el viento rechaza hacia dentro el humo.
“Tenía razón Salomón” (135) sentencia Pedro. “Tres cosas echan al hombre: la mujer reñidora (que yo ya la he dejado riñendo en Cafarnaúm con los otros yernos), la chimenea que hace humo y el techo que deja colar el agua. Nosotros tenemos estas dos últimas cosas... Pero mañana me voy a ocupar yo de esta chimenea. Voy arriba al tejado, y tú y tú y tú (Santiago, Juan y Andrés) venís conmigo. Haremos con unas pizarras un realce y un techo a la chimenea”.
“¿Y dónde encuentras las pizarras?” pregunta Tomás.
“En el cobertizo. Si llueve allí, no es una hecatombe; pero aquí... ¿Te duele el que tus alimentos dejen de decorarse con lágrimas tiznadas de hollín?”.
“¡Fíjate tú! ¡Ojalá lo lograras! Mira cómo estoy tiznado. Me llueve encima de la cabeza cuando estoy aquí en el fuego”.
“Pareces un monstruo egipcio” dice Juan riéndose.
Efectivamente, Tomás presenta sobre su rostro lleno y afable unas caprichosas comas negras. El primero que se ríe es él mismo, que está siempre alegre, y Jesús también se ríe, porque justamente mientras está hablando, otra gota cargada de hollín le cae en la nariz y le pone negra la punta.

2 “Tú que eres experto de tiempo, ¿qué opinas? –le pregunta a Pedro Judas Iscariote, que está completamente cambiado desde hace unos días–. ¿Va a durar mucho así?”.
“Un momento y te lo digo; voy a hacer de astrólogo” contesta Pedro. Va hacia la puerta, la abre un poco más, saca la cabeza y una mano y dictamina: “Viento bajo y del meridión, calor y calina... ¡En fin! Pocas...”. Pedro calla, se vuelve a meter despacio y entorna la puerta, y da un momento un vistazo hacia afuera.
“¿Qué pasa?” preguntan tres a cuatro.
Pedro, por toda respuesta, hace señal con la mano de que se callen. Mira. Luego dice en voz baja: “Está esa mujer; ha bebido agua del pozo y ha cogido un haz de leña que había en el patio. Está empapada de agua; está claro que no arde... Se está yendo. Voy detrás de ella. Quiero ver...”. Ha salido con cautela.
“Pero, ¿dónde estará, que está siempre aquí cerca?” pregunta Tomás.
“¡Y estar aquí con este tiempo!” dice Mateo.
“Al pueblo seguro que va, porque anteayer estaba allí comprando pan” dice Bartolomé.
“¡Con qué constancia se mantiene velada!” observa Santiago de Alfeo.
“Tiene un gran constancia, o un fuerte motivo” concluye Tomás.
“¿Sería ésta a la que se refería ayer aquel judío?” pregunta Juan. “¡Son siempre tan falsos!...”.
Jesús sigue en silencio, como si fuera sordo. Todos le miran con la certeza de que El sabe; pero El está trabajando un trozo de madera blanda con un cuchillo afilado; poco a poco, el trozo de madera se va transformando en un cómodo tenedor grande, para extraer las verduras del agua hirviendo. Una vez que ha terminado ofrece el fruto de su trabajo a Tomás, que está plenamente dedicado a la cocina.

3 “Eres genial, Maestro. ¿No nos dices quién es?”.
“Un alma. Para mí sois todos "almas". Nada más. Hombres, mujeres, ancianos, niños: almas, almas, almas: almas cándidas, los párvulos; almas azules, los niños; almas rosadas, los jóvenes; almas de oro, los justos; almas empecinadas, los pecadores. Pero, sólo almas, sólo almas. Y Yo sonrío a las almas cándidas, porque me parece como si sonriera a los ángeles; descanso entre las flores rosadas y azules de los adolescentes buenos; me alegro de las almas tan valiosas de los justos; y me canso, sufriendo, para dar valor y esplendor a las almas de los pecadores. ¿Los rostros?... ¿Los cuerpos?... Nada. Yo os conozco y os identifico por vuestras almas”.
“¿Y ella, qué alma es?” pregunta Tomás.
“Un alma menos curiosa que la de mis amigos, porque no indaga, no pregunta; va y viene, sin hablar y sin mirar”.
“Yo creía que era una prostituta o una leprosa, pero he cambiado de opinión, porque... Maestro, ¿no me amonestas si te digo una cosa?” pregunta Judas Iscariote yendo a colocarse sentado en el suelo, apoyado en las rodillas de Jesús, completamente distinto a lo normal: humilde, bueno, hasta más guapo con este aire suyo modesto que no cuando es el pomposo y jactancioso Judas.
“No te amonestaré. Habla”.
“Yo sé dónde vive. Una vez, de noche, la seguí... fingiendo que salía a coger agua, porque me he dado cuenta que de noche viene siempre al pozo... Una mañana encontré por el suelo una horquilla de plata... justo en el borde del pozo... y comprendí que la había perdido ella. Pues bien, está en un chamizo en el bosque; quizás lo utilizan los campesinos; de todas formas, está medio destartalado. Ella le ha puesto encima como techo unos ramajes; quizás ese haz lo quiere para eso. Es una hura. No sé cómo puede estar allí. Casi ni cabría un perro grande, o un minúsculo borriquito. Era una noche de luna y pude ver bien. Está medio sepultado entre las zarzas, pero dentro... está vacío y no tiene puerta. Por eso mismo he cambiado de opinión y he comprendido que no es una prostituta”.
“No debías haberlo hecho. Sé sincero: ¿no hiciste nada más?”.
“No, Maestro. Habría deseado verla, porque ya en Jericó me percaté de su presencia, y creo reconocer su paso, muy leve, con el que va velozmente a donde quiere. También su figura debe ser flexuosa y… bonita. Sí, se adivina, a pesar de todos esos indumentos... Pero no osé espiarla cuando se acostó en el suelo. Quizás se quitó el velo. Pero la respeté...”.
Jesús le mira muy fijamente y le dice: “Y ello te hizo sufrir... Mas has dicho la verdad, y Yo te digo que estoy contento de ti. La próxima vez te costará menos el ser bueno. Todo consiste en dar el primer paso. ¡Muy bien, Judas!” y le acaricia.

4 Vuelve Pedro de la calle: “¡Maestro! ¡Esa mujer está loca! ¿Pero Tú sabes dónde está? Casi en la orilla del río, en una casetita de madera en un soto. Quizás antes la utilizaba algún pescador o algún leñador; ¡quién sabe! Nunca me habría imaginado que en ese lugar húmedo, hundido en un foso, bajo una maraña de zarzas, hubiera una pobre mujer. Le he dicho: "Habla, sé sincera: ¿estás leprosa?". Ella me ha respondido en voz muy baja: "No". "Júralo", he dicho, y ella: "Lo juro". "Mira que si lo estás y no lo dices y te acercas a la casa y yo vengo a saber que eres inmunda, hago que te apedreen. Si lo que pasa es que te persiguen, o eres una ladrona o una asesina, y estás aquí por miedo a nosotros, no temas ningún mal. Ahora sal de ahí. ¿No ves que estás en el agua? ¿Tienes hambre? ¿Tienes frío? Estás temblando. Soy viejo, ¿no lo ves? No te estoy haciendo la corte. Viejo y honesto. Por lo tanto, haz caso a lo que te digo". Así me he expresado, pero no ha querido venir. Nos la encontraremos muerta porque está realmente dentro del agua”.
Jesús está pensativo; mira a los doce rostros que le están mirando... y dice: “¿Qué creéis que debe hacerse?”.
“¡Maestro, decide Tú!”.
“No. Quiero que juzguéis vosotros. Se trata de una cuestión en la que está implicada también vuestra fama, y Yo no debo violentar vuestro derecho a tutelarla”.
“En nombre de la misericordia yo digo que no se la puede dejar allí” dice Simón.
Bartolomé, por su parte: “Yo por hoy la metería en la estancia de los peregrinos ¿Van ellos, no?, pues entonces puede ir ella también”.
“Al fin y al cabo, es una criatura como todas las demás” comenta Andrés.
“Y, además, hoy no viene nadie, y por lo tanto...” observa Mateo.
“Yo propondría darle alojamiento por hoy, y mañana decírselo al encargado; es una buena persona” dice Judas Tadeo.
“¡Tienes razón! ¡Sí señor! Tiene muchos establos, y algunos de ellos vacíos. ¡Siempre un establo será un palacio comparado con esa barquichuela hundida!” exclama Pedro.
“Vete a decírselo entonces” incita Tomás.
“Los jóvenes no han hablado todavía” observa Jesús.
“Yo estoy de acuerdo con lo que Tú hagas” dice el primo Santiago. El otro Santiago y su hermano, a una sola voz, dicen: “Nosotros también”.
“A mí me preocupa solamente la mala suerte de que vaya a venir por aquí algún fariseo” dice Felipe.
“¡Oh!, aunque subiéramos a las nubes, ¿tú crees que no harían llegar a nosotros sus acusaciones? No acusan a Dios porque le tienen lejos; pero, si pudieran tenerle cerca, como Abraham, Jacob y Moisés le tuvieron, le harían objeto de sus reproches... ¿Quién hay, para ellos, sin culpa?” dice Judas de Keriot.
“Pues entonces id a decirle que venga a alojarse en esa estancia. Ve tú, Pedro, con Simón y Bartolomé: sois ancianos, con lo cual se sentirá menos violenta esa mujer. Decidle también que la proveeremos de comida caliente y de un vestido seco; el que dejó aquí Isaac. ¿Veis como todo tiene una utilidad?... incluso un vestido de mujer dado a un hombre...”.
Los jóvenes se ríen porque con el vestido en cuestión debe haber habido algún hecho gracioso.
Los tres ancianos se marchan... y vuelven al cabo de un rato.
“Ha costado lo suyo... pero, al final, ha venido. Le hemos jurado que no la molestaríamos en ningún momento; ahora le llevo paja y el vestido. Dame las verduras y un pan; hoy no tiene nada que llevarse a la boca. Claro... ¿quién se mueve de casa con este diluvio?”. El buen Pedro se dirige a donde la mujer con sus tesoros.

5 “Y ahora una orden para todos: por ningún motivo se va a esa estancia. Mañana tomaremos las decisiones oportunas. Acostumbraos a hacer el bien por el bien, sin curiosidades o deseos de recibir del bien realizado un motivo de diversión o cualquier otra cosa. ¿Lo veis? Os quejabais de que hoy no se haría nada útil. Hemos amado al prójimo. ¿Podíamos hacer algo mayor que esto? Si –y así es– ésta mujer es una infeliz, ¿no podrá, acaso, nuestra ayuda proporcionarle un alivio, un calor, una protección mucho más profunda que el poco alimento, el mísero vestido, el techo sólido, que le hemos dado? Si es una culpable, una pecadora, una criatura que busca a Dios, ¿nuestro amor no será, acaso, la más hermosa lección, la más poderosa palabra, el más claro indicador del camino de Dios?”.
Pedro entra despacito y se pone a escuchar a su Maestro.
“Mirad, amigos. Muchos maestros tiene Israel, que no hacen más que hablar y hablar... Bueno, pues las almas no cambian. ¿Por qué? Porque las almas no sólo oyen las palabras de sus maestros, sino que también ven sus acciones. Pues bien, éstas destruyen a aquéllas. Y las almas se quedan en la posición en que estaban, si es que no retroceden incluso. Mas cuando un maestro hace lo que dice y se comporta santamente en todas sus acciones, aunque sólo lleve a cabo acciones materiales –como dar un pan, un vestido, un lugar de alojamiento a la carne doliente del prójimo– obtiene el que las almas vayan adelante y lleguen a Dios, porque son sus mismas acciones las que dicen a los hermanos: "Dios existe; aquí está Dios". ¡Oh.... el amor! En verdad os digo que quien ama se salva a si mismo y salva a los demás”.
“Así es, como Tú dices, Maestro. Esa mujer me ha dicho: "Bendito sea el Salvador y Aquel que le ha enviado, y todos vosotros con El"; y a mí, mísero hombre, me ha querido besar los pies; y lloraba tras su tupido velo... ¡En fin!... Esperemos que no venga ningún fisgón de Jerusalén... Si no... ¡vamos aviados!”.
“Es suficiente que nuestra conciencia nos salve del juicio de nuestro Padre” dice Jesús; luego bendice y ofrece los alimentos y se sienta a la mesa.
Todo termina.

Continúa...

Nota:

135) Cosa similar se lee en Prv. 25, 24.

 
 
El Poema del Hombre-Dios (105)