miércoles, 7 de octubre de 2026

LA ESCOLIOSIS DE LUTERO (O LA DISONANCIA COGNITIVA PROTESTANTE)

Los protestantes sienten la necesidad de citar las Escrituras casi con la misma frecuencia con la que León se cita a sí mismo...

Por Mundabor


Siempre resulta muy extraño leer los escritos religiosos de los protestantes. En primer lugar, tienen todo ese asunto de los “ministros” y el “ministerio”. Luego, sienten la necesidad de citar las Escrituras casi con la misma frecuencia con la que León se cita a sí mismo, como si Satanás no fuera capaz de citar las Escrituras también. Por último, siempre se percibe una teología sesgada que me recuerda a un hombre que camina con el cuerpo fuertemente inclinado hacia un lado.

Según la visión distorsionada del protestante, basta con tener fe para salvarse. No hace falta nada más. Sola fide. Solo tienen una cosa que hacer, y fracasan en ello. Es algo digno de mención. Se trata de un fracaso absoluto —del 100%— en una tarea sumamente sencilla que ellos mismos se han impuesto, y todo ello a nivel de fenómeno de masas.

Esto debería, por supuesto, llevar a algunos de nuestros hermanos protestantes a plantearse ciertas preguntas críticas: si a mí —y a todos los que conozco— nos resulta tan natural dudar de lo que constantemente nos decimos unos a otros, ¿podría ser que haya algún problema? Si tenemos que gritar continuamente que somos salvos por creer, mientras agitamos en el aire una Biblia pesada, ¿podría ser que el sistema de creencias no merezca tanta fe? Si veo que necesito un enfoque constantemente emocional para mi fe, y observo que los católicos tienen un planteamiento más lógico, varonil y sólido —frente a mi esfuerzo constante por exteriorizar emociones—, ¿podría ser que esté en la congregación equivocada?

Los católicos no andan agitando Biblias. Permanecen de pie en la iglesia y proclaman, con voz normal, sin alardes emocionales y con precisión militar: “Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso...”. No necesitan el despliegue emocional. Se mantienen firmes. Su sistema de creencias es tan sólido como sus bancos y no exige ningún tipo de frenesí.

La respuesta a esas preguntas es algo que yo mismo puedo dar a cualquier hermano protestante separado, gratis et amore Dei: sí, estás equivocado. Sí, tu sistema de creencias está grotescamente deformado, tal como tú mismo percibes. Sí, tus constantes dudas no son más que el resultado de lo absurdo de tu creencia. Sigues ese sistema de creencias porque es muy fácil y parece ofrecerte una tranquilidad muy sencilla; pero, en el fondo, sabes que es mentira, y una parte de ti nunca dejará de recordártelo. Te estás comportando —y lamento tener que decirlo— simplemente como una niña pequeña, presa de una locura de sola fide tan alejada del sentido común y de toda la experiencia humana que ni siquiera la parte más inteligente de ti —esa a la que nunca quieres escuchar— llega a creerlo.

El protestante es como aquel individuo que camina constantemente inclinado hacia la izquierda. Le duele la espalda todo el tiempo, pero le han dicho que esa es la forma correcta de caminar, y que aquellos que caminan erguidos —y que, aun sabiéndose pecadores, viven en armonía consigo mismos— están obviamente equivocados: son papistas esclavizados por la Ramera de Babilonia (quizás él sostenga una creencia más moderada, pero la esencia es la misma). Con el paso de los años, desarrolla una “escoliosis luterana” que puede llegar a ser incurable. Quién sabe cuántos mueren tan encorvados que ya no pueden atravesar las Puertas del Cielo.

La fe sola no salva. Lo que salva son las obras que nacen de la fe. “La fe por sí misma, si no tiene obras, está muerta”. Necesitamos la gracia tanto para la fe como para las obras que de ella se derivan. Por nosotros mismos, nada podemos hacer. Pero nuestra fe —que recibimos por gracia— no es estéril; da frutos. La fe que otorga la gracia de Dios, si es una fe viva, se traducirá en obras. Por eso se reconoce al buen árbol no por su fe, sino por sus frutos. Estos son los frutos que produce la fe viva, algo muy distinto a agitar biblias en el aire. Esto último es, en sí mismo, puro espectáculo; sin frutos, está muerto. ¿No resulta este razonamiento tan natural, tan lógico y tan fundamentalmente sólido como para disipar las distorsiones de aquel hombre encorvado?

Fíjate en lo natural que resulta esto, en qué medida se ajusta al sentido común. El catolicismo suele guardar una maravillosa coherencia con el sentido común. Es un sistema de creencias que funciona. Es tan lógico y directo como caminar en línea recta. Conecta con aquello que las personas saben que es verdad en lo más profundo de su ser y les ayuda a percibir mejor esta armonía fundamental. Ciertamente, la verdad debe aprenderse; ciertamente, la verdad se recibe. Pero parte de ese aprendizaje consiste precisamente en descubrir cómo todo encaja y resulta ser lo mejor para el alma.

Esto no ocurre con los protestantes. Constantemente intentan alcanzar un estado de “fe” a través de las emociones, agitando sus biblias al estilo de Joel Osteen; pero, en el fondo —tal como señala el enlace anterior—, muchos de ellos se sienten incómodos.

En el fondo, saben que se están contando una mentira.
 

SINCRETISMO, MASONERÍA EN LA IGLESIA Y EL DIARIO PÓSTUMO DE BERGOGLIO

Ottawa incorporó la “purificación con humo”, el “cardenal” Ryś convierte al Vaticano II en el filtro de toda la Tradición y Tucho publicará a Francisco.

Por Chris Jackson


El 30 de septiembre ocurrió algo “extraordinario” en el interior de la Basílica Catedral de Notre-Dame, en Ottawa.

Antes de dar paso a la liturgia eucarística, se incorporaron prácticas ceremoniales indígenas a la celebración con motivo del “Día Nacional de la Verdad y la Reconciliación” de Canadá. Se llevó a cabo un “rito de purificación” —conocido como smudging—, durante el cual se ahumó al “clero” situado en el presbiterio, con el humo de hierba dulce, cedro, salvia y tabaco. A continuación, se realizó una oración dirigida a los cuatro puntos cardinales, mientras los fieles se volvían en la dirección correspondiente. Más tarde, durante la oración de los fieles, tuvieron lugar rituales con plumas.

La Arquidiócesis de Ottawa-Cornwall había anunciado previamente que participantes indígenas “compartirían su cultura y espiritualidad” en la catedral. Esas son las palabras de la Arquidiócesis de Ottawa-Cornwall.


¿Compartir cultura y espiritualidad? Cuando se utiliza el humo para la purificación, se dirigen oraciones hacia las cuatro direcciones sagradas y la propia Arquidiócesis describe lo que entra en la catedral como “espiritualidad”, hemos trascendido el ámbito de la artesanía y la gastronomía indígenas. Hemos entrado en el terreno de la religión.

Y aquí es donde el instinto posconciliar resulta tan revelador. Las prácticas religiosas precristianas se tratan como “tesoros” que aguardan su incorporación al catolicismo. El instinto católico más antiguo —convertir, bautizar, rechazar ídolos falsos y aquello que no puede conciliarse con el Primer Mandamiento— parece ahora casi indecente de mencionar.

El humo tiene un significado

No tenemos que especular sobre si el rito de purificación con humo (smudging) es meramente decorativo, la Diócesis de Raleigh ya respondió a esa pregunta.

El 11 de julio, la diócesis celebró su primer “evento multicultural” en honor a Santa Kateri Tekakwitha en la iglesia de la Santa Cruz (Holy Cross) en Durham. Según su propio relato, Richard Duran, miembro de la tribu Pascua Yaqui, dirigió el rito de purificación, en el cual se compartió humo purificador con los participantes “como un acto de oración y conexión espiritual”. A continuación, David Miller ofreció una oración a los cuatro puntos cardinales. (Diócesis de Raleigh)

Mira atentamente esas palabras: Oración. Conexión espiritual. Humo purificador. La propia diócesis aportó el vocabulario teológico.

Precisamente por eso fracasa la respuesta fácil de que “es solo cultura”. Los propios organizadores no lo describen de esa manera.

Además, el evento de Raleigh no se limitó en absoluto a una conmemoración histórica. El anuncio diocesano había prometido “oración indígena y litúrgica”, así como música y danzas tradicionales (Diócesis de Raleigh).

No se llegó a esto por accidente. Fue algo programado.

Una cruel ironía hacia Kateri

Hay algo casi grotescamente irónico en situar a Kateri Tekakwitha en el centro de semejante espectáculo.


Kateri se convirtió, rechazó los falsos ídolos y se hizo católica.

Esa frase suena hoy vergonzosamente “primitiva”, lo cual tal vez explique por qué es necesario repetirla.

Ella cruzó una frontera.

El catolicismo le planteó una exigencia que trascendía la ascendencia, la tribu y las costumbres religiosas tribales heredadas. Su santidad no consistió en lograr una “convivencia armoniosa” entre el catolicismo y todas las prácticas precristianas que la rodeaban. Ella abrazó a Cristo.

Sin embargo, en 2026, los herederos institucionales de los misioneros que bautizaron a los conversos indígenas organizan celebraciones en honor a una santa indígena que incluyen rituales de purificación con humo y oraciones a los cuatro puntos cardinales.

Imagínate explicar esta lógica retrocediendo en el tiempo.

Misionero: “Hemos venido a predicar a Jesucristo”.

Liturgista moderno: “Maravilloso. Y después tendremos el ritual de purificación con humo”.

Hubo un tiempo en que la Iglesia penetraba en culturas paganas para convertirlas. Ahora, elementos de los rituales religiosos de esas culturas entran en las iglesias católicas “para enriquecernos”.

El “cardenal” Ryś dice en voz alta lo que antes se callaba

Mientras Ottawa y Raleigh muestran la práctica, el “cardenal” Grzegorz Ryś ha aportado la teoría.

Grzegorz Ryś

El “arzobispo” de Cracovia afirmó el 3 de octubre que los católicos deben leer “toda la Tradición de la Iglesia” a la luz del Vaticano II.

El texto original en polaco es aún más claro que las paráfrasis que circulan por internet:

“Toda la Tradición de la Iglesia debe leerse a la luz de la enseñanza del Concilio. Entonces estamos en la Iglesia”.

Añadió que le preocupa profundamente el rechazo al concilio e insistió en que el Vaticano II representó un retorno a la corriente más antigua de la Tradición: aquella que, según Ryś, “marca la pauta” (Instytut Gość Media).

Se trata de una inversión asombrosa. 

Un concilio católico se inscribe dentro de la Tradición pero la Tradición no se inscribe dentro de un concilio.

La Fe existía antes del 11 de octubre de 1962.

Los Padres, Doctores, Concilios, Liturgias, condenas, Encíclicas, Catecismos, Santos, el Derecho Canónico y la práctica misionera de casi dos milenios constituyen la herencia a la luz de la cual debe entenderse cualquier concilio posterior.

Pero Ryś invierte la jerarquía.

Todo lo anterior al Vaticano II debe pasar ahora por el filtro del Vaticano II. De repente, el concilio deja de ser un capítulo de la Tradición para convertirse en el intérprete autorizado de la misma. Y eso explica por qué se hacen cosas contradictorias.

Se puede acoger una ceremonia de purificación precristiana porque la teología posconciliar de la inculturación del Vaticano II le abrió espacio. Un instinto católico tradicional, que simplemente rechaza tal sincretismo religioso, pasa a ser visto con sospecha por no haber “comprendido” el concilio.

El pasado anterior a 1965 queda sometido a juicio.

Al parecer, Cristo Rey necesitaba una actualización


Ryś fue más allá.

Al hablar de Acción Católica, contrastó su antigua espiritualidad, centrada en Cristo Rey, con la espiritualidad que el concilio Vaticano II supuestamente orientó hacia Cristo Siervo.

Afirmó que el antiguo modelo no puede simplemente copiarse y que Acción Católica requiere una “perspectiva completamente nueva” (Instytut Gość Media).

El quid de la cuestión es fácil de pasar por alto, ya que ambos títulos son ciertos: Cristo es Siervo y también Cristo es Rey. El problema radica en el efecto que cada imagen tiene al ocupar un lugar central en la teología pública católica.

Cristo Rey gobierna. Su ley vincula a hombres y naciones. La Verdad posee derechos porque Él posee derechos. La religión abarca mucho más que la espiritualidad personal. El Estado no habita un universo moralmente neutral en el que Dios espera pacientemente fuera.

Cristo Siervo, separado de Cristo Rey, puede transformarse en algo mucho más útil para el mundo moderno: un símbolo religioso de adaptación, solidaridad, diálogo y servicio.

Un Rey manda. Un siervo facilita.

Esa diferencia difícilmente es casual.

Ryś incluso planteó las alternativas en términos políticos: o la Iglesia quiere ser socialmente “dominante”, o adopta la posición de servidora (Instytut Gość Media). Pero el catolicismo nunca enseñó que la realeza de Cristo implicara que los sacerdotes debieran administrar los departamentos de estacionamiento municipales. En realidad, significaba que pertenecen a Cristo.

La retórica católica moderna a menudo desvirtúa la doctrina caricaturizándola.

La trampa de la “iglesia abierta”

Ryś ofreció entonces otra frase que merece ser recordada:

Una iglesia abierta -argumentó- es una iglesia misericordiosa; una iglesia cerrada es una iglesia despiadada (Instytut Gość Media).

Esta es la trampa del vocabulario en la que se basa gran parte del proyecto posconciliar: Abierta. Misericordiosa. Atenta. Acompañante. ¿Quién quiere ser cerrado, cruel, sordo y rechazar? La conclusión llega antes que el argumento.

Sin embargo, el cristianismo está lleno de puertas cerradas. El Credo excluye su contradicción. El Bautismo marca un límite. El Primer Mandamiento excluye la falsa adoración. Nuestro Señor mismo distinguió el camino angosto del ancho.

San Pablo trazó líneas doctrinales con mucha menos ansiedad que la típica sesión de escucha diocesana. La misericordia le dice la verdad al pecador porque su salvación importa. La “apertura” eclesiástica moderna opera con demasiada frecuencia negándose a nombrar aquello de lo que se requiere conversión. De ahí nace el extraño espectáculo en Ottawa.

Nadie necesita convertirse con humo.

La catedral católica puede acoger todo.

La antigua gramática misionera casi ha desaparecido.

Lisicki califica a la nueva religión como “masónica”

El periodista Paweł Lisicki percibe el mismo problema en el énfasis reiterado de León XIV en la fraternidad, la paz y la dignidad humana.

Paweł Lisicki

Su lenguaje es deliberadamente explosivo. Describe el marco ideológico de la nueva religión surgida del concilio Vaticano II como esencialmente “100 % masónica”: una religión reorganizada en torno a la fraternidad universal en lugar de la Realeza de Cristo, la verdad sobrenatural y la conversión de las naciones.

Tal acusación debe entenderse con precisión.

Calificar una idea como masónica no implica afirmar que León asiste en secreto a una logia vistiendo un mandil. El argumento de Lisicki se refiere a la genealogía intelectual y al ordenamiento teológico.

Históricamente, la masonería exaltó una fraternidad humana universal capaz de trascender las divisiones confesionales. El catolicismo respondió que una fraternidad desgajada de la verdad revelada conduce al indiferentismo religioso.

Hoy en día se oye presentar el catolicismo una y otra vez como si su función pública suprema fuera aportar energía teológica a la paz, la convivencia y la dignidad humana. Estos elementos pueden constituir bienes auténticos, pero no pueden convertirse en la cúspide del catolicismo.

Cristo no fundó su Iglesia meramente para lograr que la humanidad fuera más amable consigo misma; Él vino a salvar a los pecadores. La distinción es importante porque la jerarquía de los valores determina la misión. Cuando imperan la salvación y la verdad, la paz posee un orden; cuando imperan la paz y la fraternidad, la verdad incómoda se convierte en un obstáculo para la armonía. Y, una vez que esto sucede, lo ocurrido en Ottawa cobra todo el sentido.

¿Por qué rechazar el rito espiritual de otro pueblo cuando las tradiciones religiosas pueden, en cambio, convertirse en aliadas en la fraternidad?

El Primer Mandamiento empieza a sonar descortés.

La extraña religión de la “dignidad humana”

La acusación más profunda de Lisicki es que la retórica eclesiástica moderna ha desplazado el centro de la atención de Dios al hombre. La gloria de Dios cede el paso a la “dignidad humana”.


Una vez más: la dignidad humana es real; el catolicismo nunca ha enseñado lo contrario. La cuestión radica en el origen de dicha dignidad. La respuesta católica comienza en Dios: la creación a su imagen, el destino sobrenatural y la redención por Cristo. La religión humanista moderna suele partir de una dignidad humana autónoma para luego reclutar al catolicismo con el fin de santificar esta conclusión.

El orden de los factores ha cambiado.

Esto ayuda a explicar por qué la figura de Cristo Rey resulta incómoda, mientras que la de Cristo Siervo resulta útil. Un Rey orienta al hombre hacia Dios; un siervo puede presentarse como Dios orientándose a sí mismo hacia el hombre. Una visión es teocéntrica. La otra postura se desliza muy fácilmente hacia el antropocentrismo, aun conservando el vocabulario cristiano.

Ahí tienes tu revolución en miniatura.

Y Tucho recibe el diario de Francisco

Luego llega la última aventura literaria del Vaticano.

El 24 de noviembre, la Librería Editora Vaticana publicará The Private Diary of Pope Francis (El diario privado del Papa Francisco).

El libro presenta notas que Jorge Mario Bergoglio llevó desde el 20 de diciembre de 1992 hasta el 18 de agosto de 2024, abarcando sus años como “obispo” y “cardenal”, los cónclaves de 2005 y 2013, y casi la totalidad de su “pontificado” como Francisco.

El volumen se publicará simultáneamente en cinco idiomas y en 94 países.


Y el hombre elegido para presentar y comentar las notas privadas de Francisco es el “cardenal” Víctor Manuel Fernández (Vatican News).

Tucho.

Porque, al parecer, la historia a veces escribe su propia sátira.

El prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe —cuyo historial literario incluye Sáname con tu boca: El arte de besar— guiará ahora a los lectores a través de la vida interior de Bergoglio.

Sin embargo, hay un matiz más interesante.

En 2024, Francisco dijo al periodista Javier Martínez-Brocal que tenía la intención de destruir personalmente sus notas más íntimas, en lugar de dejar que otra persona lo hiciera tras su muerte. America volvió a mencionar este detalle tras el anuncio del diario (America Magazine)

Esto no significa que el Vaticano haya violado los deseos de Francisco. Es posible que el diario que se publica sea distinto de aquellas notas profundamente personales que él pretendía destruir.

Aun así, la imagen que proyecta la situación no tiene precio.

Francisco: Tengo la intención de destruir mis notas íntimas.

El Vaticano después de Francisco: Lanzamiento mundial del diario en noventa y cuatro países. Tucho a cargo de los comentarios.

Estas historias tratan sobre lo mismo

A primera vista, una ceremonia de purificación con humo (smudging) en Canadá, un evento dedicado a Santa Kateri en Carolina del Norte, un “cardenal” polaco hablando sobre el Vaticano II, un comentarista polaco denunciando la teología humanitaria de León y el diario póstumo de Francisco parecen cinco noticias “católicas” inconexas.

No lo son. Todas ellas tienen que ver con la autoridad y la memoria católica. ¿Quién tiene derecho a decirles a los católicos qué significa su propia tradición? ¿Quién decide qué elementos heredados requieren “purificación” y qué elementos externos pueden ser “acogidos”? 

Ryś ofrece la respuesta con una claridad inusual: toda la Tradición debe leerse a través del Vaticano II. Una vez aceptado ese principio, la extraña asimetría se vuelve comprensible. El antiguo mundo católico ya no se puede aceptar tal cual es. Debe ser interpretado. Adaptado. Recontextualizado. Purificado del triunfalismo. Purificado del exclusivismo. Purificado de una concepción errónea de la Realeza de Cristo.

Mientras tanto, las prácticas que llegan desde fuera del cristianismo se encuentran con un vocabulario muy diferente: diálogo, inculturación, reconciliación, espiritualidad, escucha, sanación.

La sospecha mira hacia adentro.

Cuando la herencia católica entra en escena es mirada como una acusada, pero la espiritualidad no católica entra como una invitada.

El verdadero problema es acumulativo y eclesiológico.

¿Cómo puede la institución visible mostrar lo opuesto a lo que animaba a la autoridad católica antes del concilio y, al mismo tiempo, insistir en que nada fundamental ha cambiado?

La Iglesia de antaño enviaba misioneros para convertir a los pueblos de otras religiones. La nueva estructura invita a elementos religiosos de esas culturas a sus espacios sagrados. 

La Iglesia de antaño proclamaba la Realeza de Cristo sobre las sociedades. Ahora un “destacado cardenal” contrapone aquella espiritualidad al énfasis conciliar —supuestamente “superior”— en Cristo Siervo. La Iglesia de antaño interpreta los Concilios a la luz del Depósito de la Fe recibido. Ryś afirma que toda la Tradición debe leerse a través del Vaticano II.

Llega un momento en que los católicos tienen derecho a preguntarse si la palabra “desarrollo” se ha convertido en un término mágico que implica que la propia inversión de los hechos demuestra continuidad. Por eso persiste la crisis.

A quienes plantean estas preguntas se les dice constantemente que dejen de fijarse en escándalos aislados y que comprendan la teología de fondo. Observemos esa teología de fondo.

Ahí es donde el problema se agrava. El humo de Ottawa acabará disipándose. La oración a los cuatro puntos cardinales llegará a su fin. Los bailarines volverán a sus hogares. Pero la eclesiológica que permitió que tales cosas parecieran “naturales” permanecerá.

Y el “cardenal” Ryś nos ha proporcionado amablemente su norma rectora:

Leerlo todo a través del Concilio.

Una vez que se comprende esto, el humo empieza a cobrar mucho más sentido.
 

UN SIGNO DE CONTRADICCIÓN

¿Qué ocurrió con la vida de Melanie Calvat (la vidente de La Salette) tras revelar los mensajes de la Madre de Dios?

Por Antimodernist


El gran mensaje de La Salette es, sin duda, una ayuda para comprender el Apocalipsis de san Juan Apóstol. Por ello, en una breve serie de artículos, intentaremos conocerlo más a fondo. En la primera parte de nuestro trabajo sobre la aparición de La Salette, centramos nuestra atención en la vidente, en quien se cumplieron las palabras de nuestro divino Maestro: “Acordaos de la palabra que os dije: El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra” (Jn 15,20). A lo largo de toda su vida, Melanie fue perseguida, calumniada, incomprendida y objeto de burlas a causa de su misión celestial. No obstante, Dios dispuso que pudiera vivir con relativa tranquilidad durante los primeros años posteriores a la aparición —bajo la protección de Mons. Philibert de Bruillard, obispo de Grenoble y “una de las figuras más ilustres del alto clero francés, así como una de las excepciones más nobles dentro del episcopado acomodaticio y burocratizado de su época”—, permitiendo así que la fe en La Salette se arraigara lo suficiente en el pueblo como para resistir las duras tormentas que habrían de venir. “Su porte aristocrático se veía suavizado por una generosidad tan afable que gozaba de gran aprecio entre los pobres. Sus conocimientos teológicos lo convertían, de hecho, en maestro de sus sacerdotes. Su conocimiento de las almas se fundamentaba en una experiencia larga y concienzuda” (Gouin, Paul: Melanie, die Hirtin von La Salette, Stein am Rhein 1982, págs. 90 y ss.).
 
Fue también monseñor Philibert de Bruillard quien ordenó y dirigió la investigación de los sucesos de La Salette. 

“Una vez informado sobre el suceso de La Salette y la situación de los niños, asumió la responsabilidad de su educación e incluso asignó una pequeña pensión a los padres de Melanie. No quiso emitir juicio alguno sobre la aparición sin haber tomado antes todas las precauciones necesarias para un examen imparcial. En diciembre de 1846, el obispo de Bruillard constituyó dos comisiones —una integrada por canónigos y la otra por profesores— con el encargo de examinar, de forma independiente, toda la documentación de la investigación y de redactar sendos informes sin consultar entre sí.
El examen de los interrogatorios a los niños y de las circunstancias de la aparición se prolongó durante siete meses. Posteriormente, se reunió una comisión única de dieciséis miembros, presidida por el obispo, que celebró ocho sesiones. Fue entonces cuando se manifestó de forma amenazadora la oposición al reconocimiento del milagro. El principal detractor era el párroco de Saint Joseph de Grenoble, el abate Cartellier. El obispo de Bruillard, lejos de contradecirle, le pidió que explicara con mayor detalle sus objeciones. El 8 de enero de 1848 le escribió: "Espero que me comunique por escrito, y a ser posible con prontitud, los datos que haya averiguado sobre los niños y que arrojen dudas sobre sus declaraciones o los hagan sospechosos a sus ojos..." (Acta Cap. n° 44).
Al no hallar pruebas que respaldaran sus insinuaciones, el abate Cartellier recurrió a un método —empleado muchas veces después de él— que consistía en desacreditar a los niños. Melanie, en particular —menos afable y más enigmática que Maximin—, se convirtió en el blanco de insinuaciones vagas pero insidiosas que circulaban de unos a otros; comentarios que no tardaban en difamarla o en alterar el testimonio. No obstante, la investigación condujo a una carta pastoral acorde con la doctrina de la Iglesia, mediante la cual el obispo de Bruillard concluyó que la aparición era una realidad milagrosa y autorizó las peregrinaciones a La Salette. Esta carta pastoral, fechada el 19 de septiembre de 1851, fue proclamada desde los púlpitos de toda la diócesis de Grenoble el 16 de noviembre de 1851” (Ibid., p. 92).

Ya hemos oído decir a Léon Bloy que la vida de Melanie fue inusual desde el principio; es decir, estuvo marcada por gracias extraordinarias. Esto se manifestó sobre todo en los numerosos y excepcionales sufrimientos que la joven tuvo que soportar desde su infancia y que persistieron hasta su muerte. He aquí un breve episodio ocurrido tras la aparición.

La reacción del padre ante la vocación de Melanie

Corría el mes de octubre de 1851; Melanie había decidido ingresar en un convento. Sin embargo, su padre se dirigió a Corps, sacó a Melanie del convento por la fuerza y ​​se la llevó de vuelta a casa. Posteriormente, intentó por todos los medios disuadirla de su propósito de entrar en un convento. La encerró en la casa y montó guardia ante la puerta con el fusil bajo el brazo. Melanie pasó cuatro días sin comer ni dormir. Aguardaba el momento propicio para escapar, pero tal oportunidad no llegó a presentarse. Un día, tras rezar con sus hermanos, les dijo: “Hagan lo que hagan para retenerme, no lo conseguirán; me encerraré en un convento. Quiero ser religiosa; prefiero morir antes que permanecer en este océano de crímenes que inunda la tierra” (Ibid., p. 99). Los niños contaron lo sucedido a su padre, quien se enfureció de tal manera que cargó el fusil, agarró a Melanie, salió con ella de la casa, se colocó frente a ella y, finalmente, disparó. Milagrosamente, la bala pasó por debajo del brazo de Melanie sin llegar a herirla.

Cuando un caballero de París se enteró del incidente, se apresuró a visitar al padre. Como este le debía 600 francos, le propuso condonar la deuda a cambio de que le vendiera a Melanie. El padre aceptó el trato. Un informe al respecto señala: “Melanie se sentía muy feliz de guardar cierto parecido con nuestro Salvador. Desde ese momento, pudo moverse con mayor libertad. Al día siguiente partió hacia Grenoble para presentarse ante el obispo Philibert de Bruillard, quien la envió a Corenc” (Ibid., p. 100).

Resulta difícil de creer: el padre vende a su propia hija a cambio de la condonación de una deuda de 600 francos. Sin embargo, Melanie se sentía feliz, pues ello le permitía asemejarse al divino Salvador, quien fue vendido por treinta monedas de plata. Así transcurriría toda la vida de Melanie: por amor a Dios y al mensaje de Nuestra Señora, viviría de un lado a otro, siendo rechazada y maltratada.

Tratamiento que recibió Melanie por parte del obispo de Grenoble

Con la dimisión y la muerte del obispo Philibert de Bruillard, Melanie perdió a su protector terrenal. El sucesor del obispo estaba lleno de un espíritu completamente diferente, completamente anticristiano. Melanie escribió: “La pensión que Mons. de Bruillard siempre había pagado por mí a las Hermanas de la Providencia fue suspendida cuando llegó Mons. Ginoulhiac. Todo cambió. Yo era supernumeraria. Alabo la misericordia de Dios, que me dejó en mi nada. Como la lluvia reconfortante ata a la tierra el polvo que el viento ha esparcido... así las humillaciones, las persecuciones y las privaciones hacen que el alma regrese a su nada...” (ibid. p. 105 y siguientes).

Aunque el obispo Ginoulhiac gozaba de fama de buen administrador, profesaba —como muchos en aquella época— una fe ilustrada. Tras la revolución de 1848, Napoleón III se esforzó por restaurar el Imperio, hecho del que todos esperaban una nueva era de paz. El nuevo obispo no ocultaba sus inclinaciones bonapartistas, lo que naturalmente agradaba al régimen y despertaba ciertas expectativas. A raíz de estas expectativas políticas, los secretos de los niños pastores causaban al prelado una preocupación considerable. Ya se había intentado sonsacar a Maximin su secreto, pero en vano. Se temía, en efecto, que los secretos de La Salette no contribuyeran precisamente a alentar las intenciones de los monárquicos; más bien se temía que pudieran suscitar entre los católicos una oposición dirigida contra el gobierno imperial. Dado que también Mélanie guardaba celosamente su secreto, él veía en la presencia de ella un peligro para el orden establecido en su diócesis.

Este obispo de Grenoble encajaba perfectamente con la descripción que hizo Melanie en una carta fechada en Castellamare el 23 de junio de 1883: “Las personas que pertenecen al diablo realizan las obras del diablo. Son las almas cristianas —las luces de la Iglesia, la sal de la tierra— las que ya no cumplen con sus deberes. ¡Oh!, no me canso de repetir que las columnas de la Iglesia se han convertido en piedra de escándalo para los fieles... Pero la luna se oscurecerá y las estrellas caerán; sin embargo, la luna recibe su luz del sol, al igual que los príncipes de la Iglesia reciben su luz divina de Jesucristo para transmitirla a los fieles. Pero si la fe decae en ellos, los fieles quedan sin alimento espiritual. Dios, Creador y Sustentador del universo, es mucho más poderoso que el infierno; por consiguiente, si Dios está con las almas buenas, los malvados nada pueden hacer. Ya no se reza, y cuando se hace, es solo con los labios. Los fieles no rezan porque no ven rezar a sus pastores. Los sacerdotes piadosos solo deben abandonar el santo altar para visitar a los enfermos y a los afligidos. Si no hacemos penitencia, todos nos perderemos”.

No es difícil percibir cómo en las palabras de esta carta resuenan las advertencias de la Madre de Dios. El gran mensaje de La Salette es, muy especialmente, una exhortación dirigida a los sacerdotes y un anuncio previo de la gran apostasía, sobre todo entre obispos y presbíteros. Esta apostasía de los pastores arrastrará a una gran parte del rebaño a la perdición eterna. ¡Qué responsabilidad tan aterradora recae sobre los pastores de la Santa Iglesia!: “Son las almas cristianas —las luces de la Iglesia, la sal de la tierra— las que ya no cumplen con sus deberes. ¡Oh!, no me canso de repetir que las columnas de la Iglesia se han convertido en piedras de tropiezo para los fieles”. Esto ya era válido entonces para muchos pastores, aunque también existían numerosos obispos y sacerdotes ejemplares que aspiraban a la santidad. ¿Cómo se lamentaría y qué advertencias lanzaría Melanie hoy en día?

Melanie bajo la tutela del obispo de Castellammare

Pero volvamos a Melanie y al sucesor del obispo de Bruillard. Melanie relató una visita que el obispo Fava realizó al obispo Francesco Saverino Petagna, de Castellammare, a finales de 1878. Sin embargo, la visita no iba dirigida al obispo Petagna; más bien —tal como monseñor Petagna le comunicó a Melanie—: “El obispo de Grenoble exige, con tono de imperiosa autoridad, obligarla a usted a trasladarse a su diócesis...”. Nada más llegar al palacio episcopal, se encontró con unos ancianos canónigos que lloraban y decían: “Habría sido mejor que se hubiera quedado en su diócesis y no hubiera venido aquí a matar a nuestro obispo. Si no hubiera llevado sotana, lo habríamos tomado por un gendarme, dada la actitud soberbia e imperiosa que mostraba”. Otros canónigos le suplicaron a Melanie: “Por caridad, haga que cesen las crueles exigencias del obispo de Grenoble hacia monseñor Petagna, quien ya está bastante enfermo”.

Como el obispo se encontraba ya muy achacoso, Melanie asumió la tarea de compartir la mesa con los invitados. Vale la pena detenerse un poco en el relato de Melanie sobre aquel almuerzo: “Al mediodía llegó el obispo de Grenoble acompañado por el padre Berthier. Sus primeras palabras fueron: "He venido a Roma por tres motivos: para obtener la aprobación de mi regla para los padres y las hermanas; después, para conseguir el título de basílica para la iglesia del monte de La Salette y, por último, para encargar una nueva estatua de la Virgen basada en el modelo que he traído; pues verá, ninguna estatua representa realmente bien a la Santísima Virgen, quien no debió de llevar ni pañuelo ni delantal; todo el mundo se fija en ello y desaprueba esa indumentaria campesina. ¡El modelo que he mandado hacer es mucho mejor! Sobre todo, no llevará cruz, pues verá, eso angustia a los peregrinos, y es de suponer que la Santísima Virgen no llevara ninguna cruz..."”. Omito más detalles, ya que mi pluma se resiste a poner por escrito todo lo que dijo el obispo. Yo estaba espantada; apenas pude decir: “Y en el pedestal de su estatua, Excelencia, ¿hará grabar en grandes letras: "La Virgen según la visión de Mons. Fava"”? (Gouin, Paul: Melanie, die Hirtin von La Salette (Melanie, la pastora de La Salette), Stein am Rhein 1982, p. 145).

Tal descaro deja a uno sin palabras. “El obispo de Grenoble no solo exige —con un tono de autoridad imperiosa—” que Melanie acuda a su diócesis, sino que, con esa misma autoridad, dicta a la Madre de Dios cómo debe aparecer, qué debe vestir y qué debe hacer. No le parece adecuado el pañuelo al cuello, ni el delantal, ni el atuendo campesino, y mucho menos la cruz, que —según él— solo asustaría y acongojaría a los peregrinos. Resulta difícil de creer que un obispo católico piense y diga tales cosas. Una actitud tan impropia no puede quedar sin consecuencias. Pero sigamos adelante: “Nos llamaron a la mesa. Tras la comida, el obispo de Grenoble abrió la puerta del balcón para contemplar los alrededores y, sobre todo, el Vesubio, que teníamos frente a nosotros. Su Excelencia me preguntó quiénes eran nuestros vecinos. Le respondí que estábamos solos. "¡Oh! Se alojan ustedes como príncipes". Luego recorrió todas las estancias. Salió a la terraza, que servía de lugar de esparcimiento para mis alumnos cuando no llovía. Contempló durante un buen rato el Vesubio, el mar y el paisaje; después regresó al interior, no sin antes haber abierto y examinado mi despacho. Al ver una gran cantidad de cartas sobre mi escritorio, me dijo: "¡Pero si su correspondencia es mucho más abundante que la mía! ¿De dónde recibe todas estas cartas?". "De toda Europa, Excelencia...". "¡Vive usted en un palacio magnífico! Puede pasear por aquí sin necesidad de salir a la calle"”.

¿Es posible que un obispo de la Iglesia Católica sea tan grosero? Un hombre sin ningún tacto, porque sus comentarios eran, en última instancia, un insulto al anfitrión, al obispo Petagna, que cuidaba de Melanie en todo, pero, por supuesto, también a Melanie. También era evidente que este obispo era completamente secular y sin espíritu sobrenatural. También resultaba comprensible que un obispo así, que incluso detestaba la vestimenta de la aparición, naturalmente no quería escuchar nada sobre el Gran Mensaje, que afirmaba: "Las cabezas, los líderes del pueblo de Dios, han descuidado la oración y la penitencia, y el demonio ha oscurecido su entendimiento; se han convertido en estrellas errantes, que el viejo diablo arrastra detrás de sí con su cola para destruirlas".

El obispo de Grenoble era, evidentemente, uno de esos pastores del pueblo de Dios cuya mente fue oscurecida por el demonio y que, por ello, se imaginaba que el Cielo debía ajustarse a él —al obispo— y no a la inversa. Dejemos que Melanie continúe su relato:

“Transcurridos tres cuartos de hora o una hora, Su Gracia dijo que quería saludar al obispo Petagna antes de volver a tomar el tren hacia Roma.
A última hora de la tarde, para mi gran sorpresa, llegó una persona enviada por mi bondadoso obispo para comunicarme que él tenía algo que decirme. Pregunté a esa persona si el obispo de Grenoble ya se había marchado. Afortunadamente, estaba a punto de irse cuando llegó un mensajero y entregó a monseñor Petagna un sobre procedente de Roma que debía serle entregado a usted. Entonces volvió a entrar aquel "obispo carbonario" (miembro de una sociedad secreta revolucionaria italiana activa entre 1820 y 1841); quería saber a toda costa qué contenía aquel mensaje. Causó un gran disgusto a nuestro obispo. Partí con aquella misma persona hacia la residencia episcopal. Al llegar a la puerta, le dije: "Sin duda, el obispo de Grenoble se ha quedado; entre y dígale al obispo Petagna que la persona en cuestión le está esperando". Y así lo hicimos. Mi bondadoso obispo salió con el mensaje y, en voz baja, me dijo más o menos lo siguiente: "El Santo Padre desea hablar con usted; he aquí el contenido del mensaje en lo que a usted respecta: si Melanie no está enferma y puede venir a Roma, Su Santidad desea hablar con ella. Si no puede viajar, debe enviar todo lo relacionado con la fundación de la nueva Orden de los Apóstoles de los Últimos Tiempos". Pregunté a Su Eminencia cuándo quería que partiera. "Hoy es domingo —dijo—, y además es demasiado pronto, pues aún tiene que hacer preparativos; es..."”. No hay prisa.
En ese instante se acercó el obispo de Grenoble y dijo: "Señor obispo, creo que usted le ha comunicado a Melanie todo el contenido del mensaje; puede dármelo a conocer a mí también". Y mi bondadoso obispo respondió en tono humilde: "Perdone, Monseñor; el mensaje contiene cosas para ella (Melanie) y para mí... pero lo que no es ningún secreto es que se la reclama en Roma". "Ah, ¿sí? ¿Y sabe por qué? ¿Qué hará allí?". Entonces mi bondadoso obispo guardó silencio. "Pues excelente; entonces partiremos juntos esta misma noche".
Yo intervine diciendo: "Yo no viajo en domingo".
A lo que Monseñor Fava, obispo de Grenoble, replicó: "¡Pero debe usted obedecer al Papa!". —
"El Santo Padre no me ha comunicado que deba viajar inmediatamente después de recibir su mensaje".
Entonces miró a mi obispo y le dijo: "Debe usted darle la orden de viajar conmigo esta noche, Excelencia". — "Señor obispo, ella no puede marcharse así como así. Si tiene algo que preparar, hay que darle tiempo para ello, ¿no le parece?". — "¡Debe obedecer, obedecer! ¡Sabe que soy el obispo de Grenoble! ¡Tengo mucho que comunicarle, mucho que decirle y también mucho que preguntarle! No ponga reparos: esta noche a las diez debemos tomar el tren a Roma. Así que estará allí, ¿verdad?". — "No lo sé, Excelencia". —
"¡Pero es necesario!". "—¡Señor obispo —exclamó—, oblíguela, déle la orden de marcharse conmigo!". Mi bondadoso obispo, pálido como la muerte, le respondió: "No domino el arte de dar órdenes a alguien que obedece ante la más mínima señal"...
Desde aquel día, el obispo Petagna no volvió a levantarse de la cama, y ​​entre el pueblo se decía que el obispo de Grenoble era el culpable de su muerte... (Gouin, Paul: Melanie, die Hirtin von La Salette, Stein am Rhein 1982, págs. 145 y sig.).

La estancia de Melanie en Roma

Es fácil comprender que un hombre así no retrocediera ante intrigas, sobornos, mentiras y calumnias, y no sorprende que la estancia en Roma se convirtiera para Melanie en un verdadero calvario. Si bien Melanie resistió todos los ataques y tentaciones, su salud se resintió gravemente. “Una de las monjas salesianas, sor Placidia —que no se anda con rodeos—, se atrevió a decirle a la superiora que el Santo Padre les había confiado a Melanie gozando de buena salud y que ahora parecía un cadáver; le recordó a la superiora su responsabilidad. En resumen: la superiora escribió al cardenal Ferrieri, tras lo cual llegó la orden del Santo Padre de que se la deje marchar y se la envíe de vuelta a Castellamare. Ella dispuso que se entregaran al cardenal Ferrieri las disposiciones de la Regla —que había redactado íntegramente en italiano—; sin embargo, solo vio a monseñor Bianchi” (Ibid., p. 149), quien, evidentemente, se dejó comprar y utilizar por monseñor Fava.

Aunque el Gran Mensaje de La Salette no pudo ser completamente suprimido debido a las actividades subversivas de este prelado demonizado, Melanie fue aún más calumniada y desacreditada. Por su parte, la vidente de La Salette relató: “...me quedé muy sorprendida cuando el Santo Padre me hizo saber que podía regresar a Castellamare, y también cuando Mons. Bianchi acudió a la sala de visitas para reiterar que debía volver a Castellamare. Le pedí permiso para ver al Papa. Mi petición le hizo dudar. Cuando pregunté en primer lugar por el estado de salud del Santo Padre, me había dicho que se encontraba en excelente forma; sin embargo, ahora me decía que estaba algo indispuesto. Entonces le comuniqué que esperaría unos días, pues necesitaba hablar con él. Él me respondió que aquello era inútil, ya que el Papa estaba enfermo y no se recuperaría tan pronto... Si tuviera que decir qué había sucedido —si el Papa había cambiado de opinión o de voluntad—, no sabría decirlo. Mi convicción personal es que debieron de calumniarme ante el Papa. Mons. Bianchi y el obispo Fava debieron de urdir una conspiración... En el Juicio Final sabremos todo sobre esta trama que oscureció la luz...” (Ibid., p. 160).

En cambio, no hace falta esperar al Juicio Final para saber qué le sucedió a Mons. Fava en el momento de su muerte. Una mañana, el obispo de Grenoble fue hallado muerto en el suelo. Estaba desvestido, con los brazos completamente retorcidos y los puños cerrados; además, su mirada feroz sugería que había visto algo abominable en el instante de morir. No es difícil adivinar qué fue aquello tan aterrador que tuvo que contemplar este “obispo carbonario” —es decir, masón— al morir.

El destino de algunos detractores del Gran Mensaje

También en el caso de otros detractores de La Salette se puso de manifiesto que Dios no permite que se burlen de Él, y mucho menos de su Madre. Tras la aparición, muchos dignatarios se afanaron por sonsacarles prematuramente su secreto a los niños videntes. Uno de ellos fue el arzobispo parisino Darbois. El 4 de diciembre de 1868, hizo convocar a Maximino a su residencia para sonsacarle su “secreto”, pero Maximino se mantuvo firme. Durante todos sus interrogatorios no dejó escapar ni la más mínima pista. Esto enfureció tanto al arzobispo que se burló de las palabras de la “hermosa mujer”: “Su forma de hablar era estúpida, y su secreto debe ser bastante estúpido también”. Maximino se horrorizó por la falta de respeto del arzobispo y le profetizó con profunda seriedad, como lo hizo una vez el profeta Jeremías: "El hecho de que la Santísima Virgen se me haya aparecido en La Salette y me haya hablado es tan cierto como que dentro de tres años serás fusilado por la chusma". Y efectivamente, el 4 de abril de 1871, el arzobispo fue arrestado por la Comuna de París y llevado a la prisión de Mazat. De allí fue trasladado el 22 de mayo a la prisión de Grand Roquette, donde los condenados a muerte esperaban su ejecución. Finalmente, el 24 de mayo, el arzobispo fue conducido al patio de la prisión, en medio de insultos, burlas y risas burlonas, donde fue fusilado por los soldados. Sólo cayó tras la segunda volea. Como escribe el profesor Konzionator, su cuerpo fue mutilado como si fuera un ganado, arrojado en un carro y luego tirado a un foso junto con otras personas ejecutadas en el cementerio de Père la Chaise. Cabe destacar también lo siguiente: estando en prisión, se le planteó al arzobispo la posibilidad de ser liberado gracias a la ayuda de cómplices, pero, al parecer, él declaró al respecto: "Todo es en vano, me fusilarán. Maximino me lo predijo hace tres años". De camino a la ejecución, el arzobispo le dijo a su vicario general Petit: "¿Recuerdas la profecía de Maximino?" Es de esperar que la profecía de Maximino haya ayudado al arzobispo de París a adquirir perspicacia, arrepentimiento y conversión, de modo que haya logrado la salvación eterna de su alma precisamente gracias al juicio divino.

Resulta muy llamativo que varios sacerdotes y obispos, que fueron adversarios especialmente acérrimos de La Salette, sufrieran más tarde amargos golpes del destino y humillaciones. Por ejemplo, un sacerdote escribió a Mons. Ernest Rigaud, el intrépido defensor de La Salette: “Usted está loco”. Seis meses después, él mismo acabó en un manicomio. Otro obispo que también llamó loco a Mons. Rigaud en una carta terminó perdiendo la razón. A otro obispo, que intentó por todos los medios impedir en su diócesis la devoción a Nuestra Señora de La Salette, se le gangrenó el pie y murió a consecuencia de esa enfermedad.

Como ya hemos mencionado brevemente, el sucesor del obispo de Bruillard también se opuso a La Salette debido a sus inclinaciones bonapartistas. Monseñor Ginoulhiac, para complacer a Napoleón III, logró que Melanie ingresara en un convento de Inglaterra, lo que le impidió cumplir la misión que la Virgen le había encomendado. (Más tarde, por orden del Papa Pío IX, tuvo que ser liberada del convento inglés). Melanie relató lo siguiente:

“El obispo de Grenoble respondió a las personas que le pedían cuentas por su comportamiento hacia los dos pastores... (aquí faltan algunas palabras)

1. Que su amor propio se había visto herido por la negativa de los pastores a revelarle sus secretos, y que estaba decidido a vengarse de tal ofensa;

2. Que deseaba ganarse el favor de Napoleón y que había expulsado a la pastora para lograr posteriormente que el emperador lo elevara a la dignidad de arzobispo o cardenal, etc.” (Gouin, Paul: Melanie, die Hirtin von La Salette [Melanie, la pastora de La Salette], Stein am Rhein 1982, p. 111).

Poco tiempo después, el obispo Ginoulhiac perdió la razón y murió. En el manicomio jugaba constantemente con muñecas, tal como suelen hacer las niñas pequeñas. Un espectáculo lamentable, un estremecedor castigo divino para este siervo infiel de la Santa Iglesia.

Dios protege y difunde el mensaje, pero la Francia galicana...

Como hemos visto, la Madre de Dios tuvo dificultades con sus hijos, que no querían escuchar sus advertencias. Si los Papas no hubieran respaldado una y otra vez La Salette con toda su autoridad, es probable que todo hubiera acabado silenciándose y, finalmente, cayendo en el olvido. Sin embargo, bajo la dirección y con el permiso de impresión del obispo Salvatore Luigi Zola, el 15 de noviembre de 1879 se publicó el relato completo de la aparición. Este sencillo folleto fue acogido en Roma inicialmente sin objeción alguna. La situación fue distinta en Francia, tal como relató Melanie en una carta: “Obispos franceses, entre ellos el de Nimes y otro más, de cuya diócesis ya no recuerdo el nombre, escribieron a la Sagrada Congregación de Obispos y Religiosos advirtiendo de que era absolutamente necesario retirar esos libros (el folleto de Lecce) de manos de los fieles e impedir su difusión, pues, de lo contrario, toda Francia dejaría de contribuir al Óbolo de San Pedro” (Ibid., p. 161).

Sin embargo, dado que en aquella época Roma también buscaba llegar a un entendimiento con los obispos franceses, la consigna principal era la “reconciliación”. Por ello, la Curia romana tenía gran interés en mejorar las relaciones con los gobiernos republicanos, y muy especialmente con el de Francia. Francia había mantenido una postura galicana tan obstinada durante tanto tiempo que el episcopado francés apenas se mantenía unido a la Iglesia romana por un hilo muy fino. Así pues, no se quería correr riesgos ni hacer nada que pudiera generar nuevas tensiones.

De este modo, Melanie recibió requerimientos oficiosos para que dejara de escribir, y también se presionó a sus protectores y amigos para que no difundieran sus escritos, aunque ningún prefecto de una congregación romana intervino directamente. Por ejemplo, el cardenal Caterini, secretario del Santo Oficio, instruyó a monseñor Sarnelli, obispo de Castellammare, para que instara a Melanie a no escribir ni hacer comentarios sobre lo ya escrito. Incluso monseñor Zola fue reprendido. ¿Cuál era el motivo? Melanie lo explica en una carta fechada el 31 de marzo de 1895 dirigida a M. Schmid:

“Esto es confidencial. Fue en los años 1880 o 1881, creo, cuando el cardenal Caterini escribió a monseñor Zola para decirle que no siguiera confesándome ni dirigiéndome espiritualmente... Monseñor Zola acudió a Roma a ver a dicho cardenal, le dijo que había recibido su carta y se lo agradecía, y añadió que iba a presentarse ante el Santo Padre para renunciar a su cargo de obispo de Lecce. "¿Y por qué?", ​​preguntó Caterini.
"Si no soy capaz de dirigir el alma de una mujer sencilla como la pastora de La Salette, mucho menos capaz seré de dirigir una diócesis tan importante como la de Lecce".
"¡Pero, Excelencia! Le ruego que no cause ese sufrimiento al Santo Padre; ya sufre bastante de por sí. ¡Prométame que no le causará esa gran pena! Escribí aquella carta bajo la presión de las circunstancias. ¡Mire mi escritorio! Vea esas montañas de cartas que llegan cada día desde Francia en contra de Melanie. Se quejan de que goza de demasiada libertad, de que escribe cosas que infunden temor... nos instan a poner fin al desorden que ha provocado su libro", etc.” (Ibid., p. 162).

Así era la situación de Roma y Francia en aquella época. El Gran Mensaje suponía un obstáculo para la gran política europea; por ello, debía mantenerse en secreto. Sin embargo, hasta el día de hoy se siguen difundiendo muchas mentiras sobre Melanie y el propio mensaje, falsedades que fueron propagadas en su momento por los enemigos de La Salette.

A través de noticias llegadas de Roma, Monseñor Zola y Melanie supieron que los prefectos de las Congregaciones y el Santo Padre desconocían la existencia de la carta de Caterini. Al parecer, dicha carta había sido solicitada por la facción contraria a La Salette, y el cardenal había cedido ante la creciente presión. Se dice que las autoridades romanas presentaron sus disculpas a Monseñor Zola.

El final de la vida de Melanie

Al repasar todas estas historias asombrosas, solo cabe concluir que aún habría mucho por lo que pedir perdón. Sin embargo, naturalmente ya es demasiado tarde para ello, pues las personas implicadas fallecieron hace mucho tiempo y el daño causado es, probablemente, irreparable. No obstante, una cosa es segura: tanto amigos como adversarios, creyentes y no creyentes, tuvieron que rendir cuentas de sus obras ante su Juez divino.

Una persona que sin duda pudo afrontar esto sin miedo ni reparos fue Melanie, la pastora de La Salette. Ella, que había recorrido diversos lugares a lo largo de su vida por causa de su Madre celestial y Señora —obligada a ello por las circunstancias impuestas por los demás—, encontró finalmente su último hogar en Italia, concretamente en Altamura. Al llegar a la estación, no había nadie para recibirla, pues se habían olvidado de ella. Así pues, emprendió penosamente el camino hacia la ciudad con las piernas y las manos hinchadas, en busca de un hotel. Tras pasar por varios alojamientos provisionales, aceptó la hospitalidad de la “Signora Emilia Giannuzzi” solo cuando se vio obligada a abandonar el lugar donde se alojaba. La señora la llevó al campo. A su regreso, el obispo Cecchini dispuso que se alojara en el convento de la Visitación de María. Melanie solo anhelaba su preciada soledad y su amada pobreza. A finales de agosto, encontró por fin su propio hogar en el número 87 de la Estramurale (es decir, fuera de las murallas), a los pies del Monte Calvario. ¡Qué designio de la divina Providencia!: la última etapa de la vida de la pastora de La Salette transcurrió fuera de las murallas, a los pies del monte Calvario, donde nuestro divino Redentor murió por nosotros.

Melanie estaba sola otra vez, pero los sonidos del mundo todavía la llegaban. La pastora de La Salette todavía era lo suficientemente buena para recoger limosnas y donaciones, como sabían sus hermanas, ¡e incluso una tal Madame Guignier hacía profecías en nombre de Melanie!

Todas las mañanas Melanie bajaba a la catedral para asistir a la Santa Misa. Sin embargo, el 15 de diciembre no se presentó en la catedral. El obispo Cecchini se inquietó y envió a su chambelán a investigar. Todo estaba cerrado. Se avisó al ayuntamiento y se derribó la puerta. Melanie yacía muerta en el suelo de su habitación, completamente vestida y con una expresión pacífica en su rostro.

Se cumplió todo lo que ella había predicho ya en febrero de 1903. Sucedió en Diou. La señorita Marie Babin, que la atendía, se llevó consigo la llave de la casa por precaución y le dijo a Melanie a modo de explicación: “¡Por si acaso usted muriera completamente sola y nadie se enterara! Habría que derribar la puerta y la encontrarían muerta”. Melanie respondió: “Pues sí, de esa manera moriré yo también... pero no aquí... moriré en Italia, un país que no conozco, en una tierra casi inhóspita, pero donde no se blasfema y donde se ama a Dios. Estaré sola. Una buena mañana se darán cuenta de que mis contraventanas están cerradas, forzarán la puerta y me encontrarán muerta” (Ibid., p. 204).

Así sucedió exactamente. La pastora de La Salette entró en la eternidad en soledad, aunque ciertamente fue acogida y acompañada por su Señora celestial, pues toda su vida había estado al servicio de ella. En cualquier caso, no fue culpa de Melanie que el mensaje de la Virgen que lloraba en La Salette fuera tan poco conocido y seguido.

Pero veremos qué clase de mensaje era aquel que el mundo no quiso escuchar en la siguiente parte de nuestras reflexiones sobre el Gran Mensaje de La Salette.
 

7 DE OCTUBRE: SAN MARCOS, PAPA Y CONFESOR


7 de Octubre: San Marcos, Papa y confesor

(✞ 340)

Fue el venerable pontífice San Marcos natural de Roma, hijo de Prisco, patricio romano; y como resplandeciese con la luz de su doctrina y ejemplos en la Iglesia del Señor y en aquellos tiempos de persecuciones y martirios, se mostrase digno siervo de Cristo y sacerdote celoso de su rebaño, habiendo fallecido el Papa San Silvestre, de tan gloriosa memoria, todos pusieron los ojos en San Marcos, y le eligieron en su lugar para ocupar la Silla de San Pedro.

Gobernó este Santo Pontífice de la Iglesia de Jesucristo en la paz de que gozó con el favor del emperador Constantino, y aunque vivió poco tiempo, hizo muchas cosas de gran utilidad y edificación para toda la cristiandad, y señaladamente para Roma, resistiendo con invencible entereza a los herejes arrianos que se iban multiplicando, y decía que podían causar mayor estrago en la Iglesia que las persecuciones sangrientas de los tiranos.

En la única ordenación que hizo, consagró veintisiete obispos, y veinticinco sacerdotes, que extendieron mucho por diversas regiones en la tierra el reino de Dios, y ganaron para Cristo innumerables almas; edificó dos nuevas Basílicas, una en la Vía Ardeatina a tres millas de Roma, y otra (que lleva su nombre) dentro de la misma ciudad y cerca del Capitolio; y las dotó de muchas posesiones y las adornó con vasos de oro y plata.

Concedió al Obispo de Ostia la honra de usar el palio, por el antiguo privilegio que tiene de consagrar al Sumo Pontífice, y ordenó todas las cosas que era menester, así para el decoro del divino servicio, como para librar a los fieles del contagio de los herejes, y conservar la Fe Católica tan pura e inmaculada como la habían enseñado los Santos Apóstoles y los romanos Pontífices que le habían precedido.

Finalmente, después de haber gobernado santísimamente la Iglesia de Dios por espacio de dos años y ocho meses como vivo retrato de humildad, sobriedad, caridad y celo apostólico de su antecesor San Silvestre, un 7 de octubre pasó de esta vida para ser compañero de su gloria y eterna recompensa.

Su sagrado cuerpo fue sepultado honoríficamente en el cementerio de Balbina y en la misma iglesia que en la Vía Ardeatina él había edificado.

Reflexión:

Difícilmente se hallará otro Santo, que en tan breve espacio de vida haya llevado a cabo tantas obras del divino servicio como San Marcos. ¡Tanto puede el celo ardiente de la gloria de Dios y salvación de las almas! Todos los cristianos, no ya solo los religiosos y sacerdotes, somos cooperadores de Cristo en la tan gran obra de la regeneración del mundo. Debe, por lo tanto, cada cual, según sus fuerzas y talentos, emplearse en ayudar a sus hermanos a conseguir su eterna salvación. El oficio del apóstol es más fácil de lo que comúnmente se cree: un buen ejemplo, un buen consejo dado con oportunidad, a veces una sola palabra, son bastantes para evitar pecados y hacer abrazar la virtud a una persona que estaba muy lejos de ella. ¡Cuántos seglares se verán en el cielo rodeados de innumerables almas que ayudaron a salvar con sus ejemplos y exhortaciones! Y ¡cómo nos sufrirá a nosotros el corazón ver que tantos se condenen, a cuya salvación podríamos tan fácilmente haber cooperado!

Oración:

Dígnate, Señor, escuchar nuestras preces, y aplacado por la intercesión de tu bienaventurado confesor y pontífice Marcos, concédenos el perdón de nuestras culpas y la santa tranquilidad de nuestras conciencias. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

martes, 6 de octubre de 2026

LA SOMBRA DE LUTERO EN AMORIS LAETITIA Y LA REUNIÓN DE OBISPOS EN ROMA

Sorprende que León haya elegido Amoris Laetitia para abordar la crisis que atraviesa la familia.

Por Luiz Sérgio Solimeo


León ha convocado a Roma a los presidentes de las conferencias episcopales, del 7 al 14 de octubre, para un encuentro de una semana sobre la exhortación apostólica Amoris laetitia de Francisco. Él afirma: “Reconociendo los cambios que siguen afectando a las familias, he decidido convocar en octubre de 2026 a los Presidentes de las Conferencias Episcopales de todo el mundo, con el fin de proceder, en un clima de escucha recíproca, a un discernimiento sinodal sobre los pasos a dar para anunciar el Evangelio a las familias de hoy, a la luz de Amoris laetitia y teniendo en cuenta lo que se está realizando en las Iglesias locales” (1).

Sorprende que León haya elegido este documento, cuestionado por los cardenales (2), para abordar la crisis que atraviesa la familia, afectada sobre todo por la extensión del divorcio entre los católicos.

Pues, en lugar de insistir en los males morales y sociales del divorcio, como hicieron los Papas del pasado, Amoris laetitia (3) buscó atenuar, o incluso anular, la gravedad del pecado del divorcio y de las nuevas nupcias (4).

Según la Amoris laetitia, en el caso de las “parejas en situación irregular” —término con el que el documento se refiere a los divorciados vueltos a casar—, los factores que eximen a las personas de la culpa del pecado en el fuero interno son tales que ya no cabe presumir que los divorciados vueltos a casar y las parejas que conviven sean pecadores públicos, tal como se lee en el párrafo 301: “Por eso, ya no es posible decir que todos los que se encuentran en alguna situación así llamada «irregular» viven en una situación de pecado mortal, privados de la gracia santificante”.

Y en el n° 305 se afirma: “A causa de los condicionamientos o factores atenuantes, es posible que, en medio de una situación objetiva de pecado —que no sea subjetivamente culpable o que no lo sea de modo pleno— se pueda vivir en gracia de Dios, se pueda amar, y también se pueda crecer en la vida de la gracia y la caridad, recibiendo para ello la ayuda de la Iglesia”.

¿Ya no se está en estado de pecado mortal? ¿Qué es lo que impide seguir asumiendo que las parejas “irregulares” son pecadores públicos? ¿Se trata de algo nuevo con respecto a la doctrina tradicional y a la práctica pastoral de la Iglesia?

El teólogo padre Serafino Lanzetta comentó al respecto: ¿Cómo puede Amoris laetitia formular este nuevo principio sin contravenir lo que siempre ha enseñado la Iglesia? (5).

¿Cómo explicar este cambio si tenemos presentes las palabras del Divino Redentor: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mt 24,35)?

¿Ya no, o solo en algunos casos?

Pero tras afirmar que “ya no se puede decir simplemente” que las personas que viven en adulterio están en pecado mortal (estableciendo así una norma general), AL se contradice al señalar que “En ciertos casos, podría ser también [con] la ayuda de los sacramentos” (n° 305, nota 351).

Ahora bien, si ya no se puede afirmar que los adúlteros viven en pecado, entonces son libres de recibir la absolución sacramental y la comunión, al igual que cualquier fiel en estado de gracia. Esta es una de las contradicciones de Amoris Laetitia (AL) que no ha sido explicada.

Las dubia nunca respondidas

Dado que AL presenta principios morales que chocan con la doctrina católica, cuatro cardenales —Sus Eminencias Raymond L. Burke, Walter Brandmüller, Carlo Caffara y Joachim Meisner— formularon cinco preguntas (dubia) dirigidas a Francisco y al cardenal Gerhard Müller. En ellas consultaban si, tras la publicación de AL, seguía siendo posible seguir la doctrina tradicional de la Iglesia, fundamentada en la Escritura, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia.

Los cardenales preguntaron: 

3. Después de Amoris laetitia n. 301, ¿es posible afirmar todavía que una persona que vive habitualmente en contradicción con un mandamiento de la ley de Dios, como por ejemplo el que prohíbe el adulterio (cfr. Mt 19, 3-9), se encuentra en situación objetiva de pecado grave habitual (cfr. Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, Declaración del 24 de junio del 2000)? (6).

¿Ha cambiado la doctrina?

Para sostener las afirmaciones contradictorias de AL, la única respuesta lógica sería que dicho documento modificó la doctrina de la Iglesia.

Tal parece haber sido la respuesta de Francisco durante el vuelo de regreso desde Grecia. Un periodista le preguntó si ahora existen nuevas posibilidades concretas que no existían antes de la publicación de AL. La respuesta de Francisco fue rotunda: “Puedo decir que sí; punto” (7).

¿Qué son esas “posibilidades concretas” que crea AL sino un cambio en la doctrina católica?

Sin embargo, ningún papa puede cambiar la doctrina de la Iglesia, tal como es evidente y se declaró en el Concilio Vaticano I, en el decreto sobre la infalibilidad pontificia: “
6. Porque el Espíritu Santo fue prometido a los sucesores de Pedro, no para que, por su revelación, pudieran dar a conocer alguna doctrina nueva, sino que, con su ayuda, pudieran guardar religiosamente y exponer fielmente la revelación o depósito de la fe transmitido por los apóstoles” (Denz. 1836) (8).

La sombra de Lutero

Además de los dubia de los cardenales, intelectuales católicos, eclesiásticos y laicos escribieron una carta a Francisco el 16 de julio de 2017, titulada Correctio filialis de haeresibus propagatis (Corrección filial sobre las herejías propagadas) (9).

Tal como se explica en el resumen de la Correctio, los firmantes —inicialmente cuarenta y posteriormente más de doscientos— afirman en su carta “que el Papa, mediante su exhortación apostólica Amoris laetitia y a través de otras palabras, actos y omisiones conexos, ha sostenido de hecho siete posiciones heréticas sobre el matrimonio, la vida moral y la recepción de los sacramentos, y ha provocado que estas opiniones heréticas se propaguen en la Iglesia católica” (10).

El resumen también pone de manifiesto la influencia del modernismo en Amoris laetitia, así como la de los errores de Lutero: “En segundo lugar, nos sentimos obligados en conciencia a referirnos a las simpatías sin precedentes de Su Santidad por Martín Lutero, y a la afinidad entre las ideas de Lutero sobre la ley, la justificación y el matrimonio y aquellas enseñadas o favorecidas por Su Santidad en Amoris Laetitia y en otros sitios”
 (11).

Esta sombra de Lutero en Amoris Laetitia fue claramente reconocida por los entusiastas defensores del documento, como se desprende de un artículo publicado en Avvenire, el periódico de los obispos italianos.

El título del artículo, escrito por Luciano Moia, resume la tesis: “Amoris Laetitia y Lutero: esas sorprendentes convergencias”.

Tras sintetizar el pensamiento del hereje sobre el matrimonio, el autor comenta:

La profundidad de pensamiento y la capacidad de interpretar el valor conyugal como un camino común hacia la salvación permiten establecer una comparación entre lo que Lutero escribió y pensó hace cinco siglos y lo que el Papa Francisco propone hoy en Amoris Laetitia. Puede parecer sorprendente, y algunos considerarán inapropiado el paralelismo; sin embargo, al releer los textos —verdaderamente poco conocidos— del padre de la Reforma sobre el matrimonio, un teólogo brillante como el padre Francesco Pesce no duda en afirmar: “La exhortación apostólica postsinodal Amoris Laetitia presenta numerosos elementos que parecen abrir la posibilidad de articular un diálogo con lo que Lutero planteó y desarrolló en torno al matrimonio” (12).

“Sé pecador y deja que tus pecados sean fuertes”

Para Lutero, la fe es una mera confianza en que ya estamos salvados por los méritos de Cristo. Y, contraviniendo el principio de no contradicción, afirma que la persona permanece santa incluso al pecar. Según su célebre fórmula, el hombre es “simultáneamente pecador y justo” (simul justus et peccator) (13).

Además, en el famoso consejo que Lutero dio a su discípulo Melanchthon en una carta de 1521, afirma: “Sé pecador y deja que tus pecados sean grandes, pero deja que tu confianza en Cristo sea mayor” (14).

La fidelidad en el matrimonio

Esta postura del difunto papa argentino, reiterada por su sucesor agustino, contrasta con la doctrina tradicional de la Iglesia, resumida en las sabias palabras de Pío XI en la encíclica Casti connubii, donde se ensalza la fidelidad de los esposos en el matrimonio:

9. El segundo de los bienes del matrimonio, enumerados, como dijimos, por San Agustín, es la fidelidad, que consiste en la mutua lealtad de los cónyuges en el cumplimiento del contrato matrimonial, de tal modo que lo que en este contrato, sancionado por la ley divina, compete a una de las partes, ni a ella le sea negado ni a ningún otro permitido; ni al cónyuge mismo se conceda lo que jamás puede concederse, por ser contrario a las divinas leyes y del todo disconforme con la fidelidad del matrimonio.

... Pide, además, la fidelidad del matrimonio que el varón y la mujer estén unidos por cierto amor santo, puro, singular; que no se amen como adúlteros, sino como Cristo amó a la Iglesia, pues esta ley dio el Apóstol cuando dijo: “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia”, y cierto que El la amó con aquella, su infinita caridad, no para utilidad suya, sino proponiéndose tan sólo la utilidad de la Esposa (15).

Notas:

1) León XIV, “Mensaje de León con motivo del décimo aniversario de Amoris Laetitia”

2) Véase Luiz Sérgio Solimeo, “La nueva y confusa explicación de 'Amoris Laetitia'”.

3) Francisco, exhortación apostólica postsinodal Amoris laetitia

4) Véase Luiz Sérgio Solimeo, “Debido a sus graves errores, 'Amoris Laetitia' debería ser rechazada”.

5) Entrevista de Michele M. Ippolito, “Padre Lanzetta: “La correctio Filialis es un acto de amor hacia el papa”.

6) Edward Pentin, “Full Text and Explanatory Notes of Cardinals’ Questions on ‘Amoris Laetitia’”

7) John-Henry Westen, Bergoglio dice que la interpretación de schonborn sobre la comunión para los divorciados y vueltos a casar es la última palabra

8) Constitución Dogmática Dei Filio, sesión 4.

9) Véase “Correctio filialis de haeresibus propagatis”.

10) Véase “Correctio filialis de haeresibus propagatis”

11) Véase “Correctio filialis de haeresibus propagatis”

12) Luciano Moia, “Amoris laetitia e Lutero, quegli incroci sorprendenti”, Avvenire, 12 de diciembre de 2024. Véase también: Stefano Fontana, “Luther Exalted by Italian Bishops’ Daily as Precursor of Amoris Laetitia”, NewDailyCompass.com, 16 de diciembre de 2024 .

13) M. Luther, Werke, (Edición Weimar), 56, 272 y 513; Véase Erwin Iserloh, Joseph Glazik y Hubert Jedin, Reformation and Counter Reformation, trad. Anselm Biggs y Peter W. Becker (Londres: Burns & Oates, 1980), 27.

14) “Let Your Sins Be Strong: A Letter From Luther to Melanchthon” 
(Que vuestros pecados sean fuertes: Carta de Lutero a Melanchthon), Carta n° 99, 1 de agosto de 1521, del Wartburg (Segmento), traducida por Erika Bullmann Flores, de: _Dr. Martin Luther's Saemmtliche Schriften, Dr. Johannes Georg Walch, Ed. (St. Louis: Concordia Publishing House, s.f.).

15) Pío XI, encíclica Casti connubii (sobre el matrimonio cristiano), 31 de diciembre de 1930, núm. 9.