jueves, 3 de septiembre de 2026

PONIENDO LAS PIEZAS DE NUEVO EN ORDEN

Los jóvenes católicos de mentalidad tradicional, que nunca han vivido en una cultura tradicional ni siquiera católica, deben tener cuidado de no confundir una parte con el todo.

Por Joe Moreshead


Hace un tiempo, se debatió sobre el restauracionismo en la Iglesia Católica. Muchos se preguntaron por qué los jóvenes católicos querrían restaurar la Iglesia a como era antes del concilio Vaticano II, y se plantearon algunas teorías descabelladas.

Hablando en nombre de los millennials, puedo decir que nuestras motivaciones no deberían ser difíciles de comprender. Cuando éramos niños, gran parte del patrimonio de la Iglesia, desde vestimentas hasta libros de texto, ya se había desechado. Una cosa sería que se hubieran deshecho de objetos inservibles, pero se trataba a menudo de cosas valiosas: altares mayores, estatuas, música, literatura, escolástica, etc. En la raíz del impulso restauracionista entre los jóvenes católicos hay una pregunta sencilla: si las generaciones pasadas de católicos tenían cosas valiosas, ¿por qué nosotros no podemos tenerlas?

A primera vista, la solución parecía sencilla: simplemente volver a colocar las cosas bonitas. Desempolvar el violín, rehabilitar el antiguo confesionario, recuperar los viejos cantos e himnos. Pero quienes se han involucrado en este proyecto saben por amarga experiencia que es más complicado. Por ejemplo, recuerdo haber descubierto el himno eucarístico de Santo Tomás de Aquino, “Adoro Te Devote”, al final de un himnario durante mis estudios universitarios. Me conmovió profundamente y sugerí que sería un buen himno de comunión. Me explicaron amablemente que no era apropiado para la comunión porque Cristo no estaba allí en las especies, sino que Él estaba aquí, en los miembros de la congregación.

Claramente, esta conversación iba a ir más allá de si el himno era bonito. De hecho, si quería defender la idoneidad de “Adoro Te Devote”, tendría que abordar una serie de controversias. Esto incluía la teología sacramental (¿qué significa “presencia real”?), la teología fundamental (¿hemos “desarrollado” nuestra comprensión de la presencia real desde Trento?) y la dogmática (¿acaso importan realmente las definiciones?). Sin mencionar que, si la adoración humilde fuera una postura apropiada ante nuestro Señor Eucarístico, entonces toda la orientación de la iglesia, con su sagrario descentrado, se pondría en tela de juicio.

En resumen, para tener esa única cosa agradable, habría que resolver un sinfín de otros problemas. Esto era cierto no solo para Adoro Te Devote, sino también para los hábitos, las barandillas del altar, el Catecismo de Baltimore y si se le permitía a San Antonio tener un santuario en la iglesia. Resultó que la restauración era menos como desempolvar antigüedades invaluables y sacarlas del ático, y más como volver a armar las piezas de un rompecabezas. No se puede simplemente colocar una pieza; todas las piezas circundantes deben ir con ella para formar una imagen completa y coherente.

La dificultad para los millennials como yo radica en que nunca hemos visto el rompecabezas completo antes de que se desarmara. Las generaciones anteriores sabían cómo debía ser el catolicismo; habían visto el rompecabezas en su forma más o menos completa. (Que les gustara o no la imagen era otra historia). No ocurre lo mismo con los millennials. La Iglesia en la que crecimos era una versión radicalmente revisada de lo que fue. En el mejor de los casos, hemos visto fragmentos de la antigua Iglesia que recogimos de anécdotas de familiares y capítulos de libros antiguos que encontramos por casualidad. Nunca hemos vivido en una época en la que el todo estuviera intacto.

Esto conlleva dos dificultades: una es que podemos malinterpretar la importancia relativa de ciertas piezas. Esto se observa a veces en la forma en que los católicos tradicionales abordan las cuestiones de vestimenta. Sabemos que el sentido moderno del decoro es insuficiente, pero a veces nos vamos al otro extremo e intentamos recuperar la vestimenta victoriana como respuesta. Sí, la modestia y el decoro son importantes, pero ¿cuánta importancia deberían tener en relación con el conjunto de las prácticas y creencias católicas? Nos resulta difícil saberlo porque nunca lo hemos visto ejemplificado. Las preguntas sobre cuánta importancia darle al juicio final, la penitencia o la autoridad funcionan de manera similar.

En segundo lugar, es común que los millennials descubran algún aspecto de la fe que desconocían y concluyan que han encontrado la pieza que les faltaba. Esa pieza varía. He visto a personas hacer esto con el misticismo, el tomismo, la pobreza evangélica y muchos otros aspectos olvidados de la fe. El error no radica en pensar que estas piezas faltaban (que sí faltaban) o que tienen un lugar en la tradición católica (que lo tienen). El error radica en pensar que una pieza compite con todas las demás.
 
Por ejemplo, la evangelización se vio realmente relegada tras el concilio Vaticano II, y los esfuerzos por restaurar las actividades misioneras de la Iglesia son loables. Pero he oído a las mismas personas que promueven la evangelización criticar a quienes optan por retirarse del mundo. En su opinión, quienes no evangelizan deben ser parte del problema. Para ellos, la vida contemplativa sin un enfoque misionero o la opción benedictina para las familias que buscan preservar la fe son inaceptables.

También he visto lo contrario. Los esfuerzos por restaurar la vida religiosa han puesto gran énfasis en la oración, después de que esta fuera relegada en favor del activismo en las décadas de 1960 y 1970. Sin duda, es positivo ver a personas que comprenden que “María escogió la mejor parte”. Desafortunadamente, quienes vuelven a enfatizar la oración a veces también critican la vida religiosa activa. Si su Orden estaba demasiado ocupada enseñando o si el sustento de su vida espiritual eran las oraciones devocionales en lugar del Oficio Divino, entonces debían haber sido presagio de la crisis venidera.

Ninguna de las dos posturas es justa. Ambas partes tienen una parte de la tradición fragmentada, y cada parte tiene su lugar en el Cuerpo Místico. La Iglesia necesita misioneros que se involucren con la cultura. La Iglesia también necesita sus Ordenes contemplativas que se retiren del mundo. La tradición tiene cabida para ambas.

Podría seguir. La obediencia tradicional no puede restaurarse sin restaurar la doctrina tradicional. La teología moral no puede restaurarse sin restaurar también las enseñanzas sobre el pecado y el infierno. El tomismo tiene su lugar legítimo, pero debe dialogar con los Padres de la Iglesia, los escolásticos y los teólogos barrocos.

Hay lugar para las sencillas capillas de las Misioneras de la Caridad y las grandiosas catedrales de Europa. Hay lugar para prelados dignos como el Cardenal Borromeo y para santos como el Hermano Junípero. Hay lugar para el canto gregoriano y para los himnos. Hay lugar para el rigor intelectual y para la fe sencilla. Hay lugar para los grandes santos y para los pobres pecadores que luchan por enmendarse.

Todas estas son piezas del rompecabezas. Necesitamos cada pieza si queremos reconstruir el mundo.
 

EL SITIO WEB DE LOS OBISPOS ALEMANES PUBLICA BLASFEMIAS: JESÚS TENÍA UNA “INCLINACIÓN POR EL ALCOHOL”

Mientras los teólogos de León alaban la “iluminación budista” y la “energía sagrada” animista, el secretario de León resultó ser discípulo de un acusado de abuso sexual.

Por Chris Jackson


La Iglesia alemana ha encontrado la fuente del desorden en el Evangelio: Jesucristo.

El 2 de septiembre, Katholisch.de publicó un artículo con el titular: “¿Jesús con tendencia al alcohol y trastorno del control de los impulsos?”. El portal se identifica con la Iglesia Católica en Alemania y menciona a la Conferencia Episcopal Alemana entre sus socios. Sus editores resumían el trabajo del profesor Simone Paganini y su esposa Claudia Paganini, dos “teólogos” laicos que han explorado las Escrituras en busca de anomalías psiquiátricas. Moisés sufre depresión; Job, trastorno obsesivo-compulsivo; y Cristo, afición por la bebida, falta de autocontrol y la costumbre primitiva de confundir la enfermedad mental con demonios.

Ninguna conferencia episcopal votó sobre esas afirmaciones. Esto no consuela a los obispos. Su aparato mediático seleccionó la entrevista, la preparó, puso los supuestos desórdenes de Cristo en el titular y la publicó bajo un encabezado católico “Expertos: Muchos personajes bíblicos presentan anomalías psicológicas”.

El instinto modernista rara vez se ha mostrado con tanta crudeza. La Revelación ya no juzga la época; la época diagnostica la Revelación.

El juez es colocado en el diván del psiquiatra

Los Paganinis admiten que la Biblia no contiene historiales clínicos ni los detalles que un psiquiatra necesitaría. Su admisión debería haber dado por concluido el análisis. Un diagnóstico requiere más que identificar un comportamiento familiar en una narración antigua. Requiere duración, contexto, deterioro, explicaciones alternativas y evidencia directa sobre el paciente. Aquí, el “paciente” también puede ser un retrato literario condensado, un arquetipo profético o, como en el caso supremo, el Hijo eterno de Dios hecho hombre.

Este método elimina toda distinción moral y espiritual. Moisés sucumbe ante el gobierno opresor de una nación rebelde, le pide la muerte a Dios y desarrolla un trastorno depresivo. Job pierde a sus hijos, la salud, sus bienes y su posición social; su lamento constante se vuelve patológico. Sus sacrificios por sus hijos, ofrecidos porque tal vez habían pecado, se convierten en síntomas de compulsión. La solicitud paternal, el dolor, la tentación, la santidad y la enfermedad se disuelven en la misma mezcla clínica.

Luego las espadas llegan a Cristo

El pasaje del Evangelio que casi con toda seguridad explica la supuesta “tendencia al alcohol” es la acusación de que el Hijo del Hombre era “un glotón y un bebedor empedernido”. El contexto desmiente este diagnóstico. Cristo relata las calumnias contradictorias de sus enemigos. Juan el Bautista ayunaba, entonces lo tildan de poseído. Cristo comía y bebía, entonces lo llaman borracho. Ellos rechazan tanto el ascetismo como la festividad porque ya han rechazado el llamado de Dios. Katholisch.de toma los insultos de estos detractores de Cristo y lo presenta como una evidencia clínica.

Claudia Paganini y Simone Paganini

Sí, Nuestro Señor bebió vino. Lo elaboró ​​en Caná. Lo consagró en la Última Cena. La templanza cristiana guía a la persona según la razón; nunca convierte la abstinencia en la medida de la santidad. Santo Tomás explica que el apetito humano de Cristo buscaba naturalmente alimento, bebida y sueño, siempre “conforme a la razón”. El relato del Concilio de Calcedonia lo confiesa semejante a nosotros en todo, excepto en el pecado. Su humanidad era real, pasible, hambrienta, sedienta, afligida y capaz de sufrir. Cada pasión permaneció perfectamente ordenada. Una atracción desordenada hacia el alcohol contradeciría la cristología misma que una institución católica se dedica a enseñar.

El insulto también revela un asombroso prejuicio social. Calificar el consumo habitual de vino como una tendencia psiquiátrica, al tiempo que se ignora el contenido doctrinal de los Evangelios, logra trivializar el alcoholismo y blasfemar contra Cristo simultáneamente.

El templo fue purificado a propósito

La afirmación sobre el trastorno de impulsos es aún más burda. Simone Paganini contrapone el precepto de “poner la otra mejilla” con la purificación del Templo y reduce la escena a un cómico “¡bah, allá va!”. Esta interpretación confunde la mansedumbre con la parálisis moral. Cristo prohíbe la venganza personal. Jamás ordena la indiferencia ante el sacrilegio, la depredación o la profanación de la casa de su Padre.

San Juan describe los hechos: Cristo ve el comercio, hace un látigo de cuerdas, expulsa a los animales, derrama las monedas, vuelca las mesas y pronuncia un juicio. Los discípulos comprenden el suceso a través del Salmo: el celo por la casa de Dios lo consume. Los Evangelios sinópticos confirman la acusación: unos hombres habían convertido una casa de oración en una cueva de ladrones. Se trata de una acción profética, comprensible en cada detalle.

Santo Tomás abordó precisamente esta cuestión (en inglés aquí). La ira puede desbordar la razón y volverse pecaminosa; también puede seguir a la razón como instrumento de justicia. La ira de Cristo fue de este segundo tipo: celosa, digna de alabanza y completamente guiada por el juicio recto. La labor del teólogo consiste en preservar esa distinción. El diagnosticador aficionado la borra y declara cuerdos a los mercaderes mientras que el Señor del Templo sufre de desequilibrio.

El mismo artículo afirma que los siete demonios expulsados ​​de María Magdalena probablemente eran enfermedades mentales, debido a que las personas de la antigüedad atribuían tales afecciones al diablo. Esa simple palabra, “probablemente”, conlleva toda una ideología incrédula. Los evangelistas distinguen repetidamente entre enfermedad y posesión. Los demonios reconocen a Cristo, hablan, se resisten, suplican y obedecen sus mandamientos. Un católico puede estudiar cómo se pueden confundir la enfermedad y la aflicción espiritual en casos particulares. Sin embargo, él nunca podrá disolver los espíritus malignos personales del Evangelio en los errores de una época médicamente atrasada y, al mismo tiempo, seguir llamando teología a ese ejercicio.

La desmitificación siempre se promociona a sí misma como un acto de intelectualismo. Su logro real es más simple: los autores sagrados pasan a estar confundidos, los Padres de la Iglesia pasan a ser simples personas crédulas y Cristo se convierte en un intérprete poco confiable de sus propios milagros.

La ecología de las revelaciones prestadas de León

El mismo giro se está produciendo ahora en Roma a mayor escala. El 2 de septiembre, la Comisión Teológica Internacional publicó “Prendersi cura della nostra Casa comune:
Risposta responsabile e fraterna al Dio trinitario” (Cuidando nuestra casa común: Una respuesta responsable y fraterna al Dios Trino). La nota preliminar oficial (en italiano aquí) indica que la comisión aprobó este texto por mayoría de votos el 23 de julio. El “cardenal” Víctor Manuel Fernández lo presentó a León para su consideración cinco días después y autorizó su publicación el 21 de agosto. Vatican News afirma claramente que apareció con la autorización de León XIV.


Su autoridad es meramente consultiva. Su procedencia sigue siendo incriminatoria: la propia comisión del dicasterio doctrinal la elaboró, Fernández la presentó a León y el Vaticano anunció su autorización.

Gran parte del documento enseña deberes perfectamente válidos. La creación pertenece a Dios. El hombre actúa como administrador, no como vándalo. La contaminación perjudica primero y con mayor dureza a los pobres. El despilfarro, la crueldad y el consumo desenfrenado atentan contra la justicia. Los católicos no necesitaban ni a Teilhard de Chardin ni un recorrido por las religiones del mundo para aprender todo esto. El Génesis, los Salmos, la ley natural, los santos y la doctrina tradicional del destino universal de los bienes proporcionan un amplio fundamento.

Roma eligió la excursión.

El documento describe toda la materia como impregnada de un anhelo de plenitud escatológica y denomina a Cristo “el eje de la maduración del mundo”. En una nota a pie de página, insta a los lectores a acoger con beneplácito la contribución de Teilhard de Chardin. El antiguo Santo Oficio había emitido un monitum en 1962 advirtiendo a obispos, seminarios y universidades que las obras de Teilhard abundaban en ambigüedades y graves errores perjudiciales para la doctrina católica. En 1981, la Santa Sede confirmó que dicha advertencia seguía vigente. Hoy en día, el aparato doctrinal cita su obra sobre la “evolución cósmica” como una contribución aprobada.

La teología católica ciertamente enseña la recapitulación de la creación en Cristo. San Pablo logró enseñarla sin convertir la evolución en la gramática de la salvación ni la historia en un proceso espiritual ascendente. El vocabulario de Teilhard transforma la imaginación incluso cuando cada frase admite una salvación ortodoxa. Cristo comienza a parecerse a la energía que impulsa la materia hacia la madurez. La Cruz se desvanece tras un mecanismo cósmico.

Luego vienen las revelaciones sustitutas.

La comisión afirma que el concepto islámico del hombre como khalīfa, o representante divino, se asemeja mucho a la imagen bíblica de Dios. Sin embargo, la imagen bíblica alcanza su perfección en Cristo, el Hijo consustancial que el islam niega. El deber compartido de proteger un río crea un espacio para la cooperación práctica. No justifica, en absoluto, la reducción del Génesis, la Encarnación, el tawḥīd islámico y el rechazo coránico de la filiación divina a relatos teológicos conexos.

A Buda le va aún mejor. Su iluminación sobre la interconexión radical supuestamente lo acerca a la fraternidad cósmica de San Francisco. Francisco llamó al sol su hermano porque un Creador personal los creó a ambos, y llevó las llagas de Cristo porque el Crucificado había conquistado su alma. El origen dependiente budista, la ausencia de un yo permanente y la liberación del apego surgen de una concepción diferente de Dios, el hombre, el sufrimiento y la salvación. Consejos similares sobre la gentileza hacia los seres vivos no pueden salvar ese abismo.

La sección sobre religiones africanas se torna aún más extraña. Los elementos cósmicos se presentan como potencialmente hierofánicos y vitalmente ligados a lo divino. La “energía sagrada” une a humanos, animales, plantas, seres inanimados y el mundo divino. Un resumen posterior elogia una supuesta sacralidad intrínseca en la naturaleza y encuentra que su núcleo ético es compatible con el cristianismo.

La comisión impone límites. Rechaza el panteísmo en otros aspectos. Afirma que solo el cristianismo posee la impronta trinitaria de la creación, la Encarnación, el misterio pascual, la Eucaristía y la consumación final en Cristo. Niega buscar un mínimo común denominador. Sin embargo, página tras página, instruye al lector para que aborde las cosmologías rivales con reverencia, extraiga sus enseñanzas ecológicas y se apresure hacia la convergencia. Sus contradicciones con la revelación reciben una mínima parte de la atención que se dedica a su supuesta  “sabiduría”.

Comparemos esa presentación con Dominus Iesus, publicado por la misma congregación doctrinal en el año 2000. Este documento distinguía la fe sobrenatural de las creencias religiosas de los pueblos que aún buscaban la plenitud de la verdad. Advertía contra el eclecticismo que absorbe ideas sin comprobar su compatibilidad con la revelación cristiana. Ubicaba el diálogo dentro del mandato misionero de predicar a Cristo y bautizar a las naciones. El nuevo documento conserva sustantivos cristianos a la vez que enseña al lector a pensar con una mentalidad interreligiosa.

Incluso su comentario sobre el vegetarianismo sigue el mismo patrón. El Génesis menciona las plantas como alimento antes del Diluvio, lo que supuestamente proporciona al movimiento vegetariano “un punto de apoyo innegable”. Las siguientes frases reconocen el permiso expreso de Dios para comer animales después del Diluvio. Una comisión teológica invierte prestigio al vincular los movimientos contemporáneos con símbolos primordiales, para luego añadir la aclaración bíblica tras la frase que busca el aplauso.

Esta es la estrategia predilecta del modernismo: el dogma cristiano sobrevive como vocabulario, mientras que el principio organizador proviene de la época. Cristo permanece en el texto como eje cósmico, cumbre sacramental e inspiración para el cuidado. Su soberanía sobre las naciones, su revelación exclusiva del Padre, su mandato de convertir y bautizar, y su juicio sobre la idolatría se desvanecen en un contexto ecológico.

El “caso inconcluso” dentro del círculo de Leon

Tres mujeres acusaron al “sacerdote” de Chiclayo, Eleuterio Vásquez González, conocido como “padre Lute”, de conducta sexual inapropiada cuando eran niñas. Sus relatos incluyen viajes misioneros y pernoctaciones; las edades presuntamente oscilan entre los nueve y los trece años. La Diócesis de Chiclayo ha negado cualquier encubrimiento. Afirmó que las mujeres se reunieron con León, entonces “obispo” de Chiclayo, en abril de 2022, que el caso fue remitido al Dicasterio para la Doctrina de la Fe y que posteriormente se impusieron medidas cautelares. Los medios de comunicación contemporáneos registraron ambas versiones.

Ana María Quispe ofreció posteriormente a El País una versión más compleja. Afirmó que León inicialmente le creyó y la animó, mientras que el proceso posterior la dejó desinformada y revictimizada. También declaró que un antiguo abogado canónico explotó el caso de las mujeres para su propia campaña. León reconoció que las demoras habían hecho que el asunto fuera doloroso y culpó a la manipulación de haber causado más daño.

Estos hechos desmienten los eslóganes fáciles de ambos bandos. Además, dejan en pie el escándalo central. Las mujeres solicitaron una resolución judicial. En cambio, Vásquez pidió la separación del estado clerical. Un comunicado de Quispe de noviembre de 2025 afirma que se les informó que León había concedido la dispensa. Ella protestó porque esta decisión dejaba las acusaciones sin un juicio canónico ni un veredicto. Incluso las fuentes judiciales vaticanas de InfoVaticana sostienen ahora que la laicización nunca exigió legalmente que la investigación penal terminara.


En medio de esa historia sin resolver aparece el nuevo libro de Santiago Roncagliolo, El pastor y los lobos. Roncagliolo simpatiza con León. Según el pasaje publicado y el informe que lo acompaña, León trabajó estrechamente con el carismático Vásquez, se apoyó en su popularidad para las vocaciones, llevó miles de testimonios relacionados con su campaña devocional a Francisco y, posteriormente, llevó a Roma a uno de los “discípulos” de Vásquez, el “padre” Edgard Rimaycuna, como su “secretario privado”.

La formación de Rimaycuna cerca de Vásquez no aporta pruebas de mala conducta personal. Sin embargo, sí pone de manifiesto el hermético círculo clerical que rodea un caso que Roma no ha logrado esclarecer públicamente. Un “sacerdote” carismático fomenta la devoción y las vocaciones. Un “obispo” valora los frutos. Un joven “clérigo” de ese entorno pastoral asciende a la casa papal. Las mujeres que acusan al sacerdote pasan años preguntándose si alguien realizó el trabajo más básico para esclarecer lo sucedido.

El “secretario” podría tener recuerdos útiles sobre ese mundo. La transparencia exigiría que se compartieran. La justicia requeriría que se investigara a todos los testigos disponibles, se emitieran conclusiones, se explicara la decisión y se distinguiera entre conducta probada y acusación. El cierre administrativo evita que la institución sea sometida a juicio, mientras que deja a todos los demás en suspenso: las mujeres carecen de una sentencia que reivindique su testimonio, los acusados ​​carecen de un veredicto judicial y la sospecha se extiende entre colegas inocentes.

Una jerarquía que teme juzgar la época

Estas historias comparten más de una semana en el calendario. Cada una muestra una autoridad que ha olvidado la dirección correcta del juicio.

En Alemania, la psiquiatría secular se impone sobre Cristo y clasifica Sus pasiones. En Roma, los sistemas religiosos rechazados por la revelación cristiana se convierten en fuentes veneradas para una espiritualidad ecológica común. En Chiclayo, un caso que exige juicio se disuelve en un proceso, redes personales, narrativas contrapuestas y una dispensa.

La jerarquía sigue juzgando con rigor cuando la fe católica heredada se convierte en objeto de acusación. El culto tradicional sufre restricciones. La certeza misionera recibe sermones sobre el diálogo. El clero aferrado a la antigua doctrina despierta sospechas. La severidad se vuelve contra sí misma, mientras que el honor de Cristo, el Primer Mandamiento y las mujeres que denuncian abusos infantiles se topan con eufemismos y tecnicismos burocráticos.

La jerarquía católica existe para confesar al Verbo Encarnado, juzgar cada espíritu según su revelación, castigar el sacrilegio y defender las almas bajo su cuidado. La evidencia acumulada apunta más allá de una administración deficiente. Una nueva religión utiliza los cargos católicos para reconciliar al hombre con la modernidad. Es curativa cuando Cristo reprende, sincrética cuando el paganismo se manifiesta, ecológica cuando la doctrina debe distinguir la verdad del error, y burocrática cuando la justicia exige un veredicto.
  

GIUSEPPE SARTO Y LA MÚSICA SAGRADA

Reproducimos la traducción de una carta pastoral dirigida por el Cardenal Sarto al clero veneciano en 1895.

Por Cristianos Despertad


9 de enero de 1904

CARTA PASTORAL DEL PATRIARCA DE VENECIA 

Las celebraciones del centenario que hemos celebrado recientemente en la Basílica de San Marcos, y que fueron bendecidas en todos los aspectos por Dios, me brindan la oportunidad de llamar su atención sobre un tema de suma importancia, que reclama la solicitud no solo del Patriarca sino de todos aquellos que tienen en el corazón el honor de la religión y la salvación de las almas, a saber, el canto eclesiástico.

Según la doctrina tradicional de los Padres, los Cánones de los Concilios, las Bulas de los Papas, los Decretos disciplinarios de la Sagrada Congregación de Ritos y la naturaleza misma de las cosas, la Santa Iglesia admite en su liturgia solo aquel canto y aquella música que se corresponden plenamente con el objetivo general de la Liturgia misma, que es el honor de Dios y la edificación de los fieles, y con el objetivo especial del canto y la música sacros, que es conmover a los fieles a la devoción por medio de la melodía, y disponerlos a recibir con mayor prontitud los frutos de la gracia propios de los santos misterios solemnemente celebrados. Por lo tanto, la música sacra debe, por medio de su íntima unión con la Liturgia y el texto litúrgico, participar en el más alto grado de las cualidades propias de ella, y que pueden comprenderse bajo tres cabezas principales: la Santidad, el correcto arte y la universalidad.

La Iglesia ha condenado constantemente todo lo frívolo, vulgar, trivial y ridículo en la música sacra; todo lo profano y teatral, tanto en la forma de la composición como en la manera en que la interpretan: Sancta sancte. Siempre ha otorgado gran valor al principio del verdadero arte para su música, y en este sentido ha prestado un valioso servicio a la civilización, pues gracias a la benéfica influencia de la Iglesia, el arte de la música se ha desarrollado gradualmente a lo largo de los siglos y se ha perfeccionado en sus diversos sistemas.

Finalmente, la Iglesia ha prestado atención constante al carácter universal de la música que ella prescribe, en virtud del principio tradicional de que, así como la ley de la fe es una, también lo es la forma de la oración y, en la medida de lo posible, la regla del canto debe ser una sola.

Y la Iglesia ha logrado crear y proponer dos tipos de música que están en completa armonía con las tres cualidades de la música sacra indicadas anteriormente.

CANTO GREGORIANO

La primera de ellas es el canto litúrgico o gregoriano, que, como demuestra la tradición de doce siglos, la Iglesia romana recibió del gran Pontífice San Gregorio y propagó simultáneamente con su liturgia por todas las iglesias del mundo. Este canto, por la santidad de su origen y de sus formas, es el único que la Iglesia se propuso como propio, y por ende, el único aceptado y prescrito por ella en sus libros litúrgicos. Desde el punto de vista artístico, siempre ha sido y sigue siendo objeto de profunda admiración para todos los estudiosos de la ciencia musical, y trasciende con creces los gustos nacionales particulares, de tal manera que el mundo entero lo ha considerado y continúa considerándolo música verdaderamente universal. Esto se debe a que, incluso sin la ayuda del ritmo o la métrica, presenta a la mente de los jueces inteligentes e imparciales un carácter de grandeza, una armonía instintiva de nobleza y una fructífera variedad de sentimientos en la misma repetición de la melodía, que responde perfectamente a los sentimientos de la naturaleza.

POLIFONÍA CLÁSICA

El otro tipo es la polifonía clásica, especialmente característica de la escuela romana, que alcanzó el apogeo de su perfección en el siglo XVI con la obra de Piei Luigi da Palestrina, y que continuó a lo largo de ese siglo y durante el siguiente produciendo composiciones excelentes desde el punto de vista litúrgico y musical, que aún hoy, a pesar del progreso de la música moderna, siguen siendo objeto de admiración en todo el mundo. Esta polifonía clásica, inspirada en el canto gregoriano, posee en sus formas un carácter de santidad y misticismo tan marcado que la Iglesia siempre la ha considerado apropiada para el templo; de hecho, es el único género verdaderamente digno de estar al lado del canto gregoriano, y al ser también sumamente valiosa artísticamente, pertenece, al igual que el canto gregoriano, al patrimonio universal de todas las naciones.

Por consiguiente, la Sagrada Congregación de Ritos, mediante el Reglamento del 24 de septiembre de 1884 y el del 6 de julio de 1894, reconociendo la absoluta impropiedad de la introducción en las funciones litúrgicas de ciertas formas de música que deshonran la santidad del Templo, no solo las condenó, sino que dio a los Ordinarios un precepto especial para vigilar la música sagrada, y además les indicó la conveniencia de emplear las penas eclesiásticas como medio para asegurar la prohibición de toda música profana en las iglesias.

A esta categoría pertenece propiamente el estilo teatral que se ha popularizado en Italia durante nuestro siglo. De hecho, no tiene absolutamente nada en común con el canto gregoriano ni con las formas más severas de la polifonía; su carácter intrínseco es la ligereza sin reservas; su forma melódica, aunque sumamente agradable al oído, es excesivamente suave; su ritmo es el de la poesía italiana en sus formas más vivaces; su fin es el placer de los sentidos, y por lo tanto, apunta simplemente al efecto musical, que resulta tanto más agradable al oído del público cuanto más pulido está en las piezas concertantes y más estridente en los coros; su movimiento es la máxima expresión de lo que se conoce como convencionalismo, lo cual se evidencia en la composición y la textura tanto de sus piezas individuales como de sus partes tomadas en su conjunto; el aire del bajo, el romance del tenor, el dúo, la cabaletta y el coro final, todas ellas piezas convencionales que nunca faltan. Peor aún, a menudo ha sucedido que las mismas melodías se han tomado de los teatros y se han adaptado mal al texto sagrado; con mayor frecuencia aún, las melodías se han compuesto de nuevo, pero siempre en estilo teatral, y con reminiscencias de motivos teatrales, y así las funciones más augustas de la religión se han reducido a representaciones profanas, la iglesia se ha convertido en un teatro, y los misterios de nuestra fe se han profanado de tal manera que podría repetirse la reprensión de Cristo a los profanadores del Templo de Jerusalén: “Pero vosotros lo habéis convertido en una cueva de ladrones”.

ESTOS NO SON EXCLUSIVOS

Pero no debe decirse que la Iglesia, en sus últimas prescripciones, insinúe el uso exclusivo del canto gregoriano o polifónico, prohibiendo absolutamente las producciones modernas. No. Madre del verdadero progreso, no desea impedir que nuestro siglo se enriquezca con obras propias de auténtica música sacra, siempre que las nuevas producciones (¡y hay tantas!) compitan con las antiguas en un estilo perfectamente religioso, y que la música suntuosa y estridente del teatro sea desterrada para siempre de los templos: toda música vocal e instrumental de carácter profano.

Soy plenamente consciente de que los adversarios del verdadero canto eclesiástico nunca dejan de presentar argumentos para mantenerse en su deplorable obstinación, pero para refutar estos argumentos bastará con mencionarlos.

El primer argumento que esgrimen es la gran estima de la que gozaban los compositores musicales, muchos de los cuales eran católicos fervientes y escribían su música con espíritu de piedad, esforzándose por expresar musicalmente las palabras del texto sagrado. Pero si bien esto basta para excusar a los compositores, no basta para redimir sus composiciones. No se percataron de que se dejaban llevar por una corriente engañosa y creyeron de buena fe que cualquier forma musical podía adoptarse en la iglesia siempre que fuera capaz de expresar de alguna manera el sentido de las palabras.

Un segundo argumento: la gran facilidad de ejecución de estas melodías modernas, en las que es posible obtener efectos muy ruidosos con pocos recursos. De hecho, dos o tres voces de concierto bastan para interpretar los solos y dúos uno tras otro, y con otras dos o tres voces ruidosas para el intermezzo y los coros finales se pueden interpretar composiciones musicales de gran extensión. Pero esta facilidad de ejecución no basta para justificar la casi absoluta falta de carácter sagrado en la música litúrgica, especialmente cuando con los mismos medios es posible tener música igualmente sencilla pero digna, no ensordecedora en su ruido, sino en armonía con el espíritu de la Iglesia. El placer de un gusto depravado también surge en la hostilidad hacia la música sacra, pues no se puede negar que la música profana, tan fácil de comprender y tan especialmente llena de ritmo, goza de popularidad en proporción a la falta de una verdadera y buena educación musical entre quienes la escuchan. Por lo tanto, se nos dice que a la gente le gusta, y algunos tienen el valor de afirmar que, si el estilo teatral de la música sacra se modificara o suprimiera, el número de fieles que frecuentan las funciones litúrgicas disminuiría. Pero sin mencionar que el mero placer nunca ha sido el criterio correcto para juzgar las cosas sagradas, y que no se debe incitar a la gente a hacer cosas que no son buenas, sino educarla e instruirla; observaré que se abusa demasiado de la palabra “gente”: la gente en realidad se muestra mucho más confiable y devota de lo que generalmente se cree, aprecia la música sacra y no deja de frecuentar las iglesias en las que se interpreta. Una prueba luminosa de esto se dio durante las fiestas del centenario en la Basílica de San Marcos, donde, durante cuatro días completos, se interpretó música sacra en el sentido más estricto, consistente en canto gregoriano y polifónico, y la gente asistió con entusiasmo y devoción; Y no solo los ilustres prelados que adornaban estas fiestas con su presencia, sino también compositores y distinguidos admiradores de la música profana no dudaron en alabar y hacer pública en los periódicos su admiración por las sublimes armonías del canto eclesiástico, santo y artístico, de una naturaleza capaz de elevarnos por encima de las miserias de esta tierra y darnos un anticipo de las bellezas de los cantos celestiales.

SERVICIOS CORTOS

Otra objeción al canto litúrgico es que es demasiado corto para cuando se emplea una Misa solemne termina en Tres cuartos de hora. ¡Exacto! La gente siempre está cansada de las funciones largas, pero para complacer el gusto de la gente (nótese la lógica) la Misa Solemne debe ser larga, el canto debe estar cargado de largos preludios sinfónicos, el canto debe estar intercalado con eternos intermezza, y para que la música sea agradable debe haber al menos veinte repeticiones de las palabras Gloria, laudamus, gratias, Domine, por no hablar de las mil repeticiones del Credo, a menudo con el peligro de hacer que los cantores, que deberían estar haciendo una profesión de fe, profieran los errores más espantosos y las herejías más terribles. Y así la gente queda satisfecha, porque cuando termina el Credo, la Misa termina para ellos, y se dirigen a la puerta, abandonando el templo justo cuando comienza la augusta acción del sacrificio. Mientras tanto, sin embargo, se ha arraigado entre las masas la creencia de que la Missa Cantata no satisface el precepto, y el clero, casi persuadido de la profanación de tales Misas con música, ayuda a confirmar la falsa opinión; y se observa que en casi todas las iglesias se celebra una Misa rezada durante el transcurso de la Misa Solemne, otro argumento para inducir a la gente a abandonar el templo en cualquier momento de la Misa Solemne, aunque esta, por regla general, se ofrece especialmente para ellos. Un último argumento para declarar la guerra a la música sacra se basa en el patriotismo: el canto litúrgico, tanto gregoriano como en el polifónico, se rechaza con el argumento de que es música alemana. Y aquí llegamos a lo absolutamente ridículo, pues San Gregorio Magno, a quien se le atribuye entre sus otras obras el mérito de haber compuesto el Antifonario y fundado una escuela especial de canto, que llegó a conocerse como gregoriano, no era alemán, sino romano, perteneciente a la famosa familia patricia Anicia; y también italianos fueron Pier Luigi da Palestrina, Viadana, Lotti , Gabrieli y otros cien, quienes, durante los últimos tres siglos, nos han legado tantas obras de música sacra polifónica. Confesemos, con gran vergüenza, que nosotros, sin importarnos estas obras maestras, que yacen cubiertas de moho y polvo en nuestras bibliotecas, hemos permitido que sean desechadas, mientras estudiosos alemanes las han apreciado, estudiado e imitado. Hace unos meses llegaron a Venecia desde Leipzig, donde acababan de ser reimpresos, treinta y dos volúmenes de las obras musicales de Palestrina, y en muchos de estos volúmenes en folio se puede leer en la segunda página: “Venetiis apud Haeredem Jeronimo Scoti MDC”.

LO QUE HARÍA PALESTRINA

Ni se diga que si Palestrina viviera hoy escribiría un tipo de música completamente diferente. Si Pier Luigi da Palestrina estuviera entre nosotros hoy, como alguien que entiende profundamente las reglas de la liturgia y el arte, no podría darnos otra cosa que música en armonía con la santidad del lugar, y derivada de esa fuente perenne de toda música sacra: el canto gregoriano. Aquí siguen una serie de regulaciones para la ejecución de la música sacra en Venecia, todas las cuales se repiten prácticamente y se amplían aún más en el importante documento que será publicado hoy o mañana por Pío X. La pastoral concluye así: Ninguno de vosotros, venerables sacerdotes, se sorprenderá por esta carta en la que solo he repetido los mandatos autorizados de la Sagrada Congregación de Ritos, que en gran parte ya os han sido especialmente prescritos en el Sínodo Diocesano de Venecia celebrado en 1865 (P. V., cap. iv, n. 9, a, II).

Además, sabeis cómo el culto externo contribuye a estimular la piedad y la devoción; y entre las acciones de culto, el canto desempeña un papel muy poderoso, que, según San Bernardo: “in ecclesia mentes hominum laetificat, fastidiosos -oblectat, pigros sollicitat, peccatores ad lamenta invitat ; nam quantumvis dura sint corda saecularium hominum, statim ac dulcedinem Psalmorum audierint, ad amorem pietatis concertuntur” [en la iglesia, alegra las mentes de los hombres, deleita a los apáticos, solicita a los perezosos, invita a los pecadores a lamentarse; pues por muy duros que sean los corazones de los hombres seculares, en cuanto oyen la dulzura de los Salmos, se conmueven hasta el amor a la piedad.] (Ad sororem, cap. Hi., n. 122). Pero, si queremos obtener estos efectos beneficiosos, es necesario que el canto sea como lo prescribe la Iglesia. De lo contrario, así como los adornos profanos del salón son impropios de la majestad del templo, también lo es, y en mayor medida, la trivialidad en el canto o la música. Por esta razón, bien podríamos provocar el castigo infligido a Aarón, Nadab y Abiú, quienes, por usar fuego profano para el sacrificio, fueron consumidos por un fuego enviado del cielo. “Por lo que un fuego venido del Señor les quitó la vida y murieron en presencia del Señor” (Lev. 10,2). Este castigo también podríamos provocarlo por el escándalo que tal música profana causa, no solo a los justos, que se distraen con ella en sus devociones, sino también a los heterodoxos y cismáticos, a quienes yo mismo he oído a menudo deplorar tal profanación, y así In nobis patitur opprobrium Christus, in nobis Christiana lex maledictum [En nosotros Cristo sufre reproche, en nosotros la ley cristiana es una maldición]. Oh venerables sacerdotes, no nos hagamos culpables de este gran sacrilegio, y que Venecia, mientras tanto, amante de todo lo bello en el arte, sea en el futuro, como en los días de su mayor esplendor, amante de la música sacra, para que todos los que visiten nuestras iglesias y asistan de Nuestras funciones sagradas pueden repetir: “¡Oh cuán amables son tus moradas, Señor de los ejércitos! Mi alma suspira y padece deliquios, ansiando estar en los atrios del Señor” (Salmo 83, 1-2).
 

3 DE SEPTIEMBRE: SANTA SERAPIA, VIRGEN Y MÁRTIR


3 de Septiembre: Santa Serapia, virgen y mártir

(✞ 120)

La inocente virgen y esforzada mártir de Cristo, Santa Serapia, llamada también Serafina y Serafia, nació en Antioquía de Siria, de padres cristianos, los cuales dejando su patria para escapar de la persecución de Adriano, se fueron a Italia y acabaron santamente sus días en Roma.

Quedó pues huérfana de padre y madre Serapia a la edad de catorce años, y sin tener otro amparo que el de su esposo, Cristo Jesús, a quien había ofrecido la flor de su virginidad.

A pesar de que algunos nobles mancebos prendados de su hermosura la pidieron por esposa, prefiriendo ella la humildad de la cruz a los regalos y gloria del mundo, entró a servir en la casa de una dama romana, joven y viuda, de nombre Sabina, cuyo genio era áspero y antojadizo y le dio sobradas ocasiones de padecer por Cristo muchas injurias y malos tratos.

Sabina se maravilló de la extraña paciencia de su sierva, y deseosa de saber la causa, entendió que la fe cristiana que Serapia profesaba era la que tanto aliento le infundía para llevar con tan gran sosiego y gozo los insultos, y cambiado con esta noticia su corazón, quiso abrazar la misma fe y se hizo bautizar.

Al poco tiempo, por consejo de Serapia, se retiraron las dos con algunas otras doncellas cristianas a una de las posesiones que tenía la señora en Umbría, donde vivían más como religiosas en el retiro del claustro, que como seglares en el mundo.

Llegó al noticia al prefecto de la ciudad, llamado Berilo, sobre  lo que pasaba en la casa de Sabina y que quien todo lo dirigía era Serapia, y envió a sus ministros para que la trajesen presa.

No permitió Sabina que fuera sola, sino que ella misma la acompañó, y viendo el juez ante su tribunal tan noble dama, no creyendo que fuese cristiana, por respeto a su nobleza, mandó que soltasen a Serapia y permitió que las dos volvieran a su casa.

Pasados tres días acordóse Berilo de Serapia y con maligna y liviana intención, mandó otra vez a detenerla.

A las demandas que Berilo hizo a Serapia, dijo ésta que conservándose casta y pura era templo de Dios, y entendiendo por estas palabras el impío juez que era cristiana, la entregó a dos mozos lascivos para que la deshonrasen, pero la santa al verse sola con ellos, suplicó a Jesucristo que la guardase, y al instante cayeron muertos los mozos como si fuesen heridos por un rayo del cielo, y ella perseveró toda la noche en oración.

A la mañana, el presidente se espantó al saber lo que había ocurrido, más, atribuyéndole a Serapia artes de magia diabólica, mandó que quemasen los costados de la santa con antorchas encendidas, las cuales cuando la tocaban se apagaban, cayendo muertos los verdugos.

La hizo después azotar como a cristiana y hechicera, y en ese momento se sintió un gran terremoto.

Finalmente el prefecto, confundido, ordenó cortarle la cabeza, en cuyo martirio entregó la santa virgen y mártir gloriosa su purísima alma al Creador.

Sabina, sorprendida por los ministros, mereció también sellar la fe con su sangre después de padecer cruelísimos tormentos.

Reflexión:

Con los ejemplos que de sus virtudes dio la gloriosa virgen Santa Serapia, logró que Sabina, su señora, abrazase la fe de Jesucristo, alcanzase la palma del martirio y con ella un trono de eterna gloria. Seamos pues mansos y sufridos, que no poco se edifican de esto los mundanos que viven como gentiles.

Oración:

Te rogamos Señor, que nos alcance el perdón de nuestras culpas la bienaventurada virgen y mártir Serapia, la cual fue agradable a tus divinos ojos así por el mérito de su castidad como por la manifestación de tu divina virtud. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

LA COMMEDIA È FINITA, ENZO

Enzo Bianchi, fundador de la Comunidad Monástica de Bose, murió en el Hospital Molinette de Turín a los 83 años después de una insuficiencia renal que lo llevó a un coma metabólico.

Por Caballero de la Inmaculada


Bianchi fue monje pero nunca llegó a ser sacerdote (ni podía serlo, porque la Iglesia Conciliar no los tiene desde el 18 de Junio de 1968). Autor prolífico, escribió extensamente sobre la Escritura, la espiritualidad y el cristianismo contemporáneo. Se dirigió a audiencias católicas, protestantes y ortodoxas y se convirtió en un interlocutor habitual de intelectuales seculares y no creyentes.

Bose: De granja a centro de ecumenismo

Bianchi nació el 3 de Marzo de 1943 en Castel Boglione, un pueblo de la provincia de Asti en el Piamonte. Su madre Ángela murió cuando él tenía ocho años, y creció con su padre Giuseppe, calderero y barbero de ocasión, ateo y comunista. Después de estudiar contabilidad y comenzar estudios de economía en la Universidad de Turín, eligió un camino diferente.

En 1965 se instaló en una granja en Bose, cerca de Magnano en la provincia de Biella, llegando el 8 de Diciembre, el último día del concilio Vaticano II.

Tres años más tarde, otros se unieron a él. La comunidad incluía hombres y mujeres, católicos y protestantes. Inicialmente vista con reservas por las autoridades eclesiásticas, recibió el apoyo del cardenal Michele Pellegrino Ristorti.

Bose se convirtió en un lugar de encuentro para obispos, teólogos e intelectuales, con un enfoque particular en el ecumenismo.
 
Bianchi se reunió con figuras como el calvinista Roger Schutz y el patriarca fanariota Atenágoras Spirou, visitó el Monte Athos y colaboró durante décadas con el Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos. En 2003, Juan Pablo II lo incluyó en la delegación que llevó el icono de Nuestra Señora de Kazán al patriarca ortodoxo ruso Alejo II en Moscú.

Conflicto y salida de Bose

En 2016, Bianchi anunció su renuncia como prior de Bose y se retiró formalmente en 2017, mientras permanecía en la comunidad.

Después de tensiones internas y quejas sobre su ejercicio de autoridad, el gobierno de la comunidad y su clima fraterno, se ordenó una visita apostólica en 2019, justo un año después de una carta elogiando la contribución de la comunidad de Bose a la renovación de la vida religiosa y a la unidad de los cristianos.

En Mayo de 2020, Jorge Bergoglio requirió a Bianchi y a Goffredo Boselli, Lino Breda y Antonella Casiraghi que abandonaran Bose debido a las serias tensiones que afectaban la vida de la comunidad.

Bianchi consideró la medida injusta y describió su partida como un “exilio”. Sus partidarios dijeron que no había recibido explicaciones satisfactorias para las decisiones del Vaticano. Bianchi más tarde se reunió con Bergoglio de nuevo.

Después de un período en Turín, Bianchi se trasladó a Albiano de Ivrea, cerca de Bose, donde estableció la Casa della Madia (Casa del Pan), más tarde la Fraternidad de la Madia. Varios hermanos y hermanas se unieron a él.

Permaneció activo hasta los ochenta, recibiendo visitas, escribiendo, predicando y organizando reuniones. A pesar de someterse a diálisis y sufrir un deterioro de la salud, continuó haciendo planes. Poco antes de su muerte, tenía reuniones programadas para el otoño y tenía la intención de dirigir personalmente un curso de cocina.

Controversia sobre la homosexualidad

Bianchi fue una figura carismática y polarizadora que con frecuencia estuvo involucrada en disputas dentro del catolicismo italiano. Sus posiciones sobre la homosexualidad estuvieron entre las que provocaron oposición.

En 2015, argumentó que dado que Cristo no abordó explícitamente la homosexualidad en los Evangelios, la Iglesia debería reconocer la cuestión como no resuelta en lugar de emitir condenas. “Donde la Iglesia no podía pronunciarse con certeza -dijo- preferiría que permaneciera en silencio”.

Bianchi apoyó las uniones civiles homosexuales y dijo que las concubinas homosexuales podían “amarse (!) y apoyarse mutuamente”.

Bianchi y la Misa Latina Tradicional

Aunque estrechamente asociado con la Iglesia post-conciliar, Bianchi también mantuvo una relación con la misa latina tradicional.

Después de que Benedicto XVI Ratzinger ampliara su uso en 2007, Bianchi argumentó que diferentes formas litúrgicas podrían coexistir dentro de la Iglesia.

Tras las restricciones introducidas por Bergoglio en 2021, siguió abogando por el respeto a la antigua liturgia, diciendo que el rito antiguo no debe ser “despreciado o devaluado”, y pidiendo una mayor paz litúrgica.

El 19 de Julio de 2026, solo semanas antes de su muerte, Bianchi asistió a una misa latina tradicional en la Iglesia de la Misericordia en Turín.
 

¿DIVISIÓN INNECESARIA ENTRE SEDEVACANTISTAS?

John Gregory analiza la división que existe entre los sedevacantistas con respecto a los cambios en la Semana Santa promulgados por el Papa Pío XII y ofrece material para la reflexión.

Por Introibo ad Altare Dei


En estos tiempos de incertidumbre y caos, persiste un debate entre los fieles de la Única Iglesia Verdadera: ¿qué liturgia debemos adoptar? ¿La que tuvimos desde el siglo V hasta 1955, o la anterior a 1961/62? Existe cierta incertidumbre sobre la legitimidad de Juan XXIII como papa y sobre si los cambios que introdujo en la liturgia eran facultades de un papa válido. El obispo Sanborn ha afirmado que un papa válido puede crear una liturgia desde cero si así lo desea, y que estaríamos obligados a seguirla. Así pues, la cuestión no es si un papa válido puede cambiar la liturgia o no, ni si debemos obedecerle o no, sino si, durante este interregno de casi 70 años, con toda la perspectiva que tenemos ahora, los sacerdotes católicos pueden, en conciencia, ofrecer la misma liturgia, estandarizada de la manera más solemne por el Papa San Pío V, que hemos tenido durante la mayor parte de nuestra historia.

Espero que esto quede claro para cualquier sedevacantista que crea que los cambios realizados bajo el pontificado de Pío XII fueron, en sí mismos, un incentivo para la impiedad o algo peor. No hay razón legítima para dudar de ningún aspecto del papado de Pío XII. Hasta donde sé (he investigado el tema personalmente y no he encontrado nada), nunca impuso a la Iglesia ninguna herejía ni disciplina que perjudicara las almas. Fue un Papa sufriente. Como apologista contra los feeneyitas, es un Papa al que admiro mucho, ya que me he familiarizado bastante con sus escritos en contra de esa postura.

La forma en que yo se lo explicaría a cualquier sedevacantista que crea que la liturgia de Pío XII fue un incentivo a la impiedad o algo peor, es la siguiente:

Supongamos que no tuviéramos liturgia, calendario litúrgico, octavas ni nada en la historia de la Iglesia con lo que compararla, aparte de lo establecido por el Papa Pío XII en 1955. En sí misma, no tiene nada de malo. La mayor parte es hermosa, y cualquier aspecto que pueda resultar molesto para algunos (mayor participación de los laicos, misa dialogada, el sacerdote de cara a los fieles en ocasiones, parte de la liturgia ofrecida en lengua vernácula, ayuno eucarístico, misas vespertinas, cambios en la jerarquía de las misas, eliminación de octavas y vigilias) no tiene nada de perjudicial objetivamente hablando. Es un gran tesoro. El mayor tesoro de la tierra.

El supuesto problema radica en un análisis objetivo de cómo se formó la liturgia durante las persecuciones en los primeros siglos de la Iglesia, desarrollándose orgánicamente hasta la época del Papa San Gregorio Magno, en comparación con los cambios introducidos por Pío XII. Es fundamental partir de la premisa de que el Papa Pío XII fue un Papa legítimo y que los cambios que impuso no fueron perjudiciales en sí mismos.

Los grandes pioneros de nuestro movimiento, nuestros héroes tradicionales en cierto sentido, entre los que el padre DePauw fue sin duda una figura clave, incluían al padre Martin Stepanich y a “Los Nueve”, que poco después se convirtieron en “Los Doce” (los padres Colins, Ahearn y McMahon). Todos ellos (con la excepción del padre DePauw) seguían la liturgia anterior a 1955. Esto, por sí solo, debería ser muy significativo para nosotros, al menos en lo que respecta a la plausibilidad de su postura.

En mi opinión, como mínimo, los sacerdotes que defienden esta postura no deberían ser condenados por ella, ni tampoco considerados culpables de un error, incluso si actúan de buena fe. Pero lo que es peor, y ciertamente inaceptable, es creer y afirmar públicamente que lo hacen “simplemente porque lo prefieren”. Esa es una declaración reprobable. La idea de que arriesgarían sus almas (que es lo que hace un sacerdote si desobedece a un Papa) por una mera preferencia es, en el mejor de los casos, una afirmación superficial e infundada.

De boca del sólido, confiable y respetable Mario Derksen

Para llegar al meollo del asunto, me gustaría citar los comentarios públicos de Mario Derksen sobre este mismo tema:

Es bastante conocido que no todos los sedevacantistas están de acuerdo entre sí con respecto al uso de las revisiones que el Papa Pío XII hizo a la liturgia de Semana Santa en 1955. Cada año, cuando llega la Semana Santa, se observa que algunas capillas sedevacantistas utilizan la liturgia revisada de 1955 en obediencia a la ley litúrgica vigente cuando Pío XII falleció en 1958. Mientras que otros sedevacantistas utilizan los ritos de Semana Santa anteriores a 1955, convencidos de que, en nuestras circunstancias actuales, el propio Pío XII querría que volviéramos a la forma anterior. En este podcast, no pretendemos abordar esa disputa, y mucho menos resolverla. [Nota de JG: Mario no tiene reparos en defender la verdad sobre cualquier tema relacionado con nuestra fe católica]. ¿Por qué no zanjar la cuestión si es obvio y fácilmente demostrable que los sacerdotes anteriores a 1955 no pueden, con una conciencia bien formada, esperar un Juicio Final favorable debido a su “desobediencia al Papa”? ¿Podría ser porque no se puede zanjar fácilmente? En cambio, queremos centrarnos en la postura del Padre Mawdsley y refutarla. Para ello, necesitamos recordar algunos hechos que nadie puede discutir.

En primer lugar, la Iglesia Católica enseña que es imposible que un verdadero Papa apruebe un rito litúrgico para la Iglesia universal que sea “en sí mismo” malo, sacrílego, herético, impío o dañino para las almas.

En segundo lugar, en 1955, el Papa Pío XII aprobó la liturgia revisada de la Semana Santa e hizo obligatorio su uso a partir de 1956 en todas las iglesias del mundo que utilizan el rito romano.

En tercer lugar, a partir de 1956, todas las iglesias de rito romano utilizaron la nueva liturgia de Semana Santa durante el breve periodo que restaba del pontificado de Pío XII. Es decir, también en 1957 y 1958. No todos estuvieron de acuerdo con las revisiones. No todos las consideraron una buena idea, pero todos las acataron, al menos hasta donde sé. En otras palabras, ambas versiones de la Semana Santa, la de 1955 y la anterior a 1955, fueron utilizadas por toda la Iglesia en sus respectivos momentos.

En cuarto lugar, se deduce que ninguna liturgia puede ser en sí misma mala, sacrílega, herética, impía o dañina. Cabe destacar que la expresión “en sí misma” es muy importante aquí, pues es posible que un rito litúrgico aprobado se vuelva peligroso o dañino por las circunstancias. Incluso la propia Palabra escrita de Dios, por ejemplo, si no se lee y se comprende según la voluntad de la Santa Madre Iglesia. Por eso, por ejemplo, San Pedro escribió sobre las epístolas divinamente inspiradas de San Pablo que en ellas “hay ciertas cosas difíciles de entender que los ignorantes e inestables tuercen, como también otras Escrituras, para su propia perdición”. Esto se encuentra en 2 Pedro 3:16.

Asimismo, es posible que, dadas ciertas circunstancias, un cambio litúrgico aprobado o impuesto por el Papa sea imprudente. Por ejemplo, cuando en 1910 el Papa San Pío X decretó que la Sagrada Comunión podía ser recibida por niños desde la edad de razón, siempre que hubieran recibido la catequesis adecuada y estuvieran debidamente preparados. Algunos consideraron esta decisión desacertada, pues creían que daría lugar a muchas comuniones indignas. Antes de eso, los niños no podían recibir el Santísimo Sacramento hasta que tuvieran al menos 12 años.

Pero independientemente de la opinión personal sobre una decisión litúrgica o sacramental del papa reinante, hay que obedecerla. Por eso, a partir de 1956, todos acataron y aplicaron las reformas de la Semana Santa de Pío XII.

Incluso los sedevacantistas que no utilizan los cambios de la Semana Santa y, en cambio, vuelven a la liturgia anterior a 1955, lo hacen únicamente ante la ausencia de un papa que pueda resolver la disputa aquí y ahora. Esa es la diferencia esencial entre la postura sedevacantista y la del Padre Mawdsley. Mawdsley afirma ante su audiencia que los decretos de un papa reinante pueden y deben ser rechazados por los fieles si consideran que van en contra de la tradición, como suelen decir quienes “reconocen y resisten”. Ahora bien, si Mawdsley cree encontrar esa idea en algún documento magisterial anterior al concilio Vaticano II, o incluso en algún manual teológico aprobado anterior a dicho concilio, le sugiero que se ponga a investigar. Mientras tanto, lo que sí encontramos en el magisterio papal es precisamente lo contrario.

Muy bien. Espero haber aclarado esta diferencia lo suficiente como para que nadie pueda decir que algunos sedevacantistas están haciendo lo mismo que el padre Mawdsley.

No, no lo están haciendo. Los sedevacantistas discrepan entre sí sobre qué es lo correcto cuando el pastor se encuentra en apuros y no hay un papa a quien consultar. El padre Mawdsley, en cambio, quiere que te rebeles contra la voluntad del papa reinante porque no sigue la tradición. Esa es la diferencia esencial.

Inevitablemente, alguien argumentará ahora: “Bueno, si eso es lo que crees, ¿por qué no aceptas la nueva misa y los demás cambios litúrgicos de Pablo VI?” (Nótese que no se menciona a Juan XXIII – JG). La respuesta breve es que se puede demostrar que estos cambios son en sí mismos malvados, sacrílegos, heréticos, impíos o dañinos, lo que prueba que no pudieron haber provenido de un verdadero papa, sino de un impostor, de un falso papa.

Padre Martín Stepanich

Todo lo expuesto hasta ahora en este artículo debería bastar para que todos coincidan en que es, al menos, plausible que nuestros buenos sacerdotes católicos, fieles al Magisterio, puedan, en conciencia, ofrecer la liturgia vigente durante casi toda la historia de la Iglesia Católica. Pero continuaremos y concluiremos ahora con lo que uno de los mayores héroes de nuestro movimiento, el padre Martin Stepanich, el único sacerdote tradicionalista que ha existido desde que me convertí al sedevacantismo (2004) y que poseía un doctorado en teología pre-Vaticano II, tenía que decir sobre este mismo tema.

BOLETÍN TRIMESTRAL DEL PADRE MARTÍN STEPANICH

Para julio, agosto y septiembre de 2010

El momento de redactar este boletín trimestral se acercó justo cuando estábamos terminando una serie de octavas de alto rango en el calendario litúrgico verdaderamente tradicional, es decir, la octava de la Ascensión (del 13 al 20 de mayo), la octava de Pentecostés (del 23 al 30 de mayo), la octava del Corpus Christi (del 3 al 10 de junio) y la octava del Sagrado Corazón (del 11 al 18 de junio).

Lo que resulta increíble es que tres de esas octavas intocables —Ascensión, Corpus Christi y Sagrado Corazón— fueran declaradas suprimidas por el decreto del 23 de marzo de 1955, que rompió con la tradición y tenía un claro tinte modernista, emitido curiosamente en nombre del supuestamente tradicional Papa Pío XII. ¡Intenten comprenderlo!

En aquel entonces, en 1955, no teníamos ni la más remota idea de que modernistas radicales, ocultos en la sombra, ocupaban importantes puestos de poder e influencia en el personal del Vaticano, nada menos que bajo el papa Pío XII. Tardamos muchos años en darnos cuenta de que esos modernistas ocultos desempeñaron un papel decisivo en la supresión de casi todas las octavas tradicionales, así como en la introducción de otros cambios que rompieron con la tradición en la liturgia y en el modo de vida y pensamiento católicos.

¿Qué dice eso del tan admirado y supuestamente firmemente tradicionalista Pío XII? Duele solo pensarlo.

Aprovechando la ocasión, dediquemos unas palabras más a la gran octava del Corpus Christi, que este año, a principios de junio, volvimos a celebrar con especial atención y devoción. Tal como hacíamos antaño, mucho antes de la infiltración modernista del Vaticano, los sacerdotes y religiosos verdaderamente tradicionales rezamos el oficio del Corpus Christi y celebramos la misa tradicional del Corpus Christi todos los días durante esa octava tan especial, dejando de lado las fiestas de los santos para dar paso al oficio y la misa del Corpus Christi.

Una característica muy especial de la octava del Corpus Christi, desde tiempos inmemoriales, era la práctica, en las misas principales de catedrales, iglesias parroquiales y capillas monásticas, de exponer el Santísimo Sacramento en la custodia y colocarlo sobre el sagrario, donde permanecía durante toda la octava. Los modernistas seguramente querían acabar con esta práctica. ¿Pero Pío XII? ¿Era eso lo que él deseaba?

¿Acaso sorprende que se haya dicho que el punto de inflexión para la eventual toma de control total del Vaticano por parte de los modernistas fue el pontificado del Papa Pío XII?

BOLETÍN TRIMESTRAL DEL PADRE MARTÍN STEPANICH

Para abril, mayo y junio de 2011

Un aspecto significativo de la Pascua y del tiempo pascual es que una simple conmemoración de un día de la Resurrección de Nuestro Señor jamás habría sido suficiente para la fiesta más importante del año litúrgico. Así como Nuestro Señor dedicó cuarenta días a manifestar la realidad de su Resurrección a su Madre y a sus Apóstoles, para confirmarlos cada vez más en la fe, así también su Iglesia dedica ese mismo tiempo a celebrar la Pascua, para confirmarnos a todos en nuestra creencia en la Resurrección de Nuestro Señor, así como en todas las demás verdades inmutables de nuestra fe católica.

Ese período de 40 días comienza con la Octava de Pascua, y dicha Octava sirve de ejemplo para muchas otras fiestas del año litúrgico que, desde tiempos inmemoriales, merecían ser conmemoradas y celebradas durante ocho días completos. Las octavas de ciertas fiestas siempre han sido parte integral de la observancia tradicional de la Iglesia. Abolir esas octavas, como lo hicieron los modernistas que rompieron con la tradición, comenzando ya durante el pontificado del Papa Pío XII, es totalmente contrario al espíritu tradicional de la Iglesia y, por lo tanto, puede resultar bastante confuso para la fe de los católicos verdaderamente apegados a la tradición.

La primera fiesta que se celebra con una octava después de Pascua es la Solemnidad de San José, que tradicionalmente se observa el tercer miércoles después de Pascua. El propósito de la Iglesia tradicional al añadir una segunda fiesta de San José al calendario litúrgico fue dar mayor solemnidad a una fiesta que no podía recibir la suficiente solemnidad el 19 de marzo, fecha que siempre cae en Cuaresma. Y no solo se solemnizó la segunda fiesta de San José, sino que se le añadió una solemne octava: ¡Deo Gratias!

Los modernistas más radicales, firmemente arraigados en el Vaticano del Papa Pío XII (¡aunque parezca increíble!), lograron abolir por completo la tradicional fiesta de la Solemnidad de San José y sustituirla por la fiesta de San José Obrero, con un marcado carácter secular. Si bien todo esto se hizo supuestamente en nombre de Pío XII, era evidente que respondía a la mentalidad antitradicionalista del modernismo, y no a la de la Iglesia tradicional.

Una Octava muy importante de una fiesta principal del Señor durante el Tiempo Pascual que los modernistas lograron suprimir, ya durante el pontificado de Pío XII (¡aunque parezca increíble!), fue la Octava de la Ascensión del Señor, restándole importancia a esta fiesta tan trascendental. ¡Milagrosamente, la solemne Octava de Pentecostés, la más importante de todas, escapó a la supresión de los modernistas! ¿Cómo se les pudo pasar por alto?

Entre las fiestas del Señor durante el año litúrgico, destaca especialmente la sublime fiesta del Corpus Christi, que glorifica el Santísimo Sacramento de la Eucaristía. Magnífica fue la manera en que Santo Tomás de Aquino, en el siglo XIII , obedeciendo el mandato del Papa Urbano IV, compuso el texto completo de la Misa y el Oficio Divino del Corpus Christi. Al hacerlo, el Doctor Angélico, quien con toda razón merece ser aclamado también como Doctor de la Eucaristía, compuso varios himnos eucarísticos que, a lo largo de los siglos, se han vuelto muy familiares para los católicos verdaderamente tradicionales.

Entre esos himnos eucarísticos se encuentran, por ejemplo, el inolvidable O Salutaris y Tantum Ergo, que tradicionalmente se cantan durante la Bendición con el Santísimo Sacramento. También está el conocido himno Adoro Te Devote (Te adoro con devoción) y la incomparable secuencia del Corpus Christi, Lauda Sion Salvatorem, que sigue a la Epístola de la Misa del Corpus Christi. ¡Toda alabanza y toda acción de gracias a Santo Tomás de Aquino por todos sus inspirados himnos eucarísticos!

Todos los cambios litúrgicos de la década de 1950, toda la reorganización y supresión de la estructura litúrgica tradicional de la Iglesia, no solo para el Corpus Christi, sino también para otras fiestas litúrgicas, estaban destinados a causar, y sin duda causaron, mucha confusión, consternación y división entre los católicos tradicionalistas.

El primer hecho que todos tuvimos en cuenta fue que los cambios litúrgicos de la década de 1950 fueron legislados con el nombre del Papa Pío XII en los decretos correspondientes. Y la reacción de todos en aquel entonces fue aceptar los cambios litúrgicos en obediencia al Santo Padre. Normalmente, eso habría sido suficiente.

Sin embargo, eso no nos contó la historia completa de los cambios litúrgicos de la década de 1950. No nos dio una visión completa de todo lo que implicó llevar a cabo esos cambios.

Así pues, debemos darnos cuenta de que hubo un segundo hecho que destacó: la ruptura abrupta y drástica con tradiciones arraigadas, incluso centenarias, que supusieron los cambios litúrgicos de la década de 1950. Los más veteranos, que conocíamos bien las tradiciones y prácticas anteriores a 1950, vimos de inmediato que los nuevos cambios litúrgicos de esa década representaban, sin duda, una ruptura con la tradición.

Quienes aún no habían nacido en la década de 1950, o quienes eran todavía muy jóvenes en aquel entonces, no se sintieron particularmente perturbados por la ruptura radical con tradiciones que desconocían personalmente. Para ellos, los cambios litúrgicos fueron obra de Roma y punto. Algunos incluso imaginaron, de forma extraña, que esos cambios eran en sí mismos “tradicionales”, a pesar de que claramente se presentaban como algo nuevo.

Es importante comprender que los modernistas comparten precisamente la misma idea errónea sobre lo que es la tradición. Para ellos, cualquier idea o práctica nueva que introduzcan se denomina “tradición”, sin importar la tradición católica auténtica y arraigada que, con ello, anulen o reemplacen. En realidad, la “tradición” modernista no es más que una “tradición” evolutiva, y por lo tanto, inestable y cambiante, que en realidad no es tradición, sino simplemente una innovación modernista.

El tercer hecho que no podemos ignorar, al considerar los cambios litúrgicos introducidos bajo el pontificado de Pío XII en la década de 1950, es la presencia de modernistas acérrimos en el personal vaticano de ese Papa. A los más veteranos nos llevó algunos años darnos cuenta de su presencia en el Vaticano. Conocíamos bien sus nombres, pero durante mucho tiempo ignoramos que eran modernistas. ¿Pero acaso Pío XII no lo sabía? ¿Cómo lograron los modernistas establecerse en su oficina?

Conclusión (Todavía del P. Stepanich)

Analicemos ahora con más detalle la imagen contradictoria y confusa que nos presentan los tres hechos anteriores. Primero, un Papa supuestamente tradicionalista introduce cambios litúrgicos que, en realidad, no lo son; segundo, esos supuestos cambios litúrgicos tradicionales son, en realidad y de forma evidente, cambios que rompen con la tradición; tercero, modernistas antitradicionales acérrimos colaboran con un Papa supuestamente tradicionalista para introducir cambios litúrgicos que rompen con la tradición.

¿Cómo puede tener sentido semejante mezcla de contradicciones? Para alejarnos de todo eso, ¿no es mejor simplemente apegarnos a lo que siempre fue tradicional y libre de todo error modernista ? ¡Por supuesto que sí! (Énfasis en el original)

¡En lo esencial, unidad; en lo no esencial, libertad; en todo , caridad!

Omnia pro Jesu per Mariam.

SER INDIFERENTE A LA IGLESIA CATÓLICA ES ESTAR EN CONTRA DE JESUCRISTO

Dado que el error se ha extendido por doquier, es oportuno recordar las palabras del Venerable Ezequiel Moreno, obispo de Pasto, Colombia, de 1895 a 1906.


Hoy vemos a la Iglesia progresista luchando por la libertad religiosa en todas partes. Pablo VI estableció esta nueva dirección para la Iglesia. Hasta entonces, la Iglesia Católica luchaba por la libertad de la Verdad, es decir, la Santa Fe Católica. Un presupuesto de la libertad religiosa es la falsa idea de que todas las religiones son iguales ante la ley. Un corolario es que el Estado es indiferente a la Verdad y la Fe.

Dado que este error se ha extendido por doquier, es oportuno recordar las palabras del Venerable Ezequiel Moreno, obispo de Pasto, Colombia, de 1895 a 1906.

Pasto fue el último bastión de la monarquía española en Colombia cuando todo el país se rebeló contra España (1819-1822) y entró en un largo y turbulento período, que incluyó una guerra civil (1860-1862) y culminó con la adhesión a la República revolucionaria (1866).

Sus palabras se aplican tanto a esa República como a la iglesia conciliar, que legitima todas las repúblicas modernas surgidas de la Ilustración.

Fragmentos del Venerable Ezequiel Moreno Díaz

Un gobierno, incluso cuando no promulga leyes que persigan a la Iglesia de Jesucristo, ya está en contra de Jesucristo por el simple hecho de ser indiferente hacia ella.

Creo que uno de los venenos más activos y eficaces que utiliza el Infierno es una mezcla de verdad y error, de bien y mal... de estar a favor de Jesucristo y en contra de Jesucristo.

No, no nos ordenen guardar silencio, invocando una falsa caridad que cuenta la destrucción material de la guerra pero no cuenta la multitud de almas que pierden la fe.

Los pueblos suelen ser más o menos felices. Donde no se toman en cuenta las enseñanzas católicas, donde la razón humana predomina y se olvida la fe, donde reina la incredulidad y no se reconoce el reinado de Jesucristo, no podemos esperar otra cosa que lo que estamos viendo ahora: tormentos horribles, convulsiones espantosas, agonías sociales, muerte y desolación.

Gritaremos para anunciar la proximidad de la bestia salvaje devoradora. Hablaremos para impedir que nadie nos acuse de que, por nuestro silencio, fueron pervertidos y condenados en el gran día del juicio final.

Jesucristo es ultrajado en el Sacramento de su amor. Cuando meditamos sobre estas ultrajes, nos preguntamos: ¿Acaso terminará ahí? ¡Oh, qué dolor! Los hechos escandalosos responden que no, que los hombres aún sienten más odio, ira, furia y frialdad hacia Jesucristo en el Sacramento.

¿Por qué este silencio?... Dios mío, ¿dónde está tu poder? ¿Dónde está ese poder que, por el temor, lleva a los malvados al abismo y desata las tormentas? ¿Dónde está esa voz que disuelve a los silenciosos que parecían eternos y derriba los cedros centenarios?

¡Oh! ¡Tu paciencia es más admirable, mucho más, que la horrible malicia de los hombres! Pero, ¡oh, Dios mío!, tú eres paciente porque eres eterno; solo esperarás un poco…

Apud Julio Hurtado Corrêa, Augustin Agualongo, un Héroe Sin Tacha Ni Reproche
Bogotá: Fundación Plinio Corrêa de Oliveira, 2024, pp.217, 218.

Fuente


¿CÓMO CRISTO, SIENDO JUDÍO, PUEDE SER AL MISMO TIEMPO EL FUNDADOR DE LA IGLESIA CATÓLICA?

Analizamos esta aparente paradoja para dar mayor claridad a la realidad y el propósito de Cristo, su misión divina y la Iglesia que fundó.

Por Catholic Apologetics Insight


La aparente paradoja desaparece una vez que comprendemos que Jesús no fundó una religión separada del judaísmo, sino que llevó al judaísmo a su plenitud prevista.

Jesús era judío. Nació en el seno del pueblo judío, fue circuncidado según la Ley (Lucas 2:21), adoraba en el Templo (Lucas 2:22-24), asistía a la sinagoga (Lucas 4:16), celebraba las fiestas judías y enseñaba a partir de las Escrituras hebreas. Declaró explícitamente:

“No piensen que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a cumplirlos” (Mateo 5:17)

La interpretación católica sostiene que Jesús es el Mesías judío prometido, anunciado por los profetas. Por lo tanto, el cristianismo no es un rechazo del pacto de Dios con Israel, sino su cumplimiento. Así como la bellota se convierte en roble sin dejar de ser la misma realidad viviente, así también la Iglesia surge de Israel como el cumplimiento del plan de Dios.

La Iglesia como el Israel cumplido

En el Antiguo Testamento, Dios estableció a Israel como su pueblo de pacto. Jesús no abolió esta idea; la renovó y la amplió.

Una señal impactante de esto es su elección de doce apóstoles. Así como las doce tribus descendientes de los hijos de Jacob formaron Israel, Cristo estableció doce apóstoles como las piedras angulares del pueblo de Dios del Nuevo Pacto. Además, destacó a Pedro:

“Tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia” (Mateo 16:18)

Por lo tanto, la Iglesia no se ve a sí misma como un reemplazo de Israel, sino como Israel llevado a su plenitud en el Mesías.

Los sacramentos tienen sus raíces en el culto judío

Los actos centrales del culto católico surgen directamente de la vida religiosa judía.

La Eucaristía fue instituida durante la cena de la Pascua. En la Última Cena, Jesús tomó la antigua Pascua —que conmemoraba la liberación de Israel de Egipto— y la transformó en el sacrificio de la Nueva Alianza:

“Este es mi cuerpo... Esta es mi sangre del pacto.” (Mateo 26:26–28)

Así como el cordero pascual salvó a Israel, Cristo se convirtió en el verdadero Cordero Pascual cuyo sacrificio redime al mundo (Juan 1:29; 1 Corintios 5:7).

Por lo tanto, la misa católica no es una desviación del culto judío, sino su culminación.

Los primeros cristianos fueron judíos

Todos los apóstoles eran judíos. La Santísima Virgen María era judía. Los primeros obispos, sacerdotes y conversos eran judíos.

La Iglesia tuvo su origen en Jerusalén, no en Roma. Durante un tiempo, el cristianismo se entendió como el cumplimiento mesiánico del judaísmo. Los primeros creyentes continuaron adorando en el Templo mientras proclamaban que Jesús era el Cristo prometido (Hechos 2-3).

Cómo la Iglesia se volvió universal

Si bien el ministerio terrenal de Jesús se centró principalmente en Israel, su misión siempre estuvo destinada al mundo entero.

La Gran Comisión

Después de la Resurrección, Cristo mandó:

“Por tanto, id y haced discípulos de todas las naciones” (Mateo 28:19)

El pacto debía extenderse ahora a todos los pueblos.

Pentecostés

En Pentecostés (Hechos 2), judíos de muchas naciones oyeron el Evangelio proclamado en sus propios idiomas. Esto marcó el comienzo de la misión mundial de la Iglesia.

Cornelio y los gentiles

En Hechos 10, Dios le dio a Pedro una visión que le reveló que las distinciones ceremoniales del Antiguo Pacto habían llegado a su cumplimiento. Entonces, Pedro bautizó al centurión romano Cornelio y a su familia, los primeros gentiles importantes admitidos sin haberse convertido primero al judaísmo.

El Concilio de Jerusalén

El momento decisivo llegó en Hechos 15. Los apóstoles se reunieron en Jerusalén para determinar si los conversos gentiles necesitaban la circuncisión y la observancia plena de la Ley mosaica.

Bajo el liderazgo de Pedro, el Concilio concluyó que los gentiles podían ingresar a la Iglesia directamente mediante la fe y el bautismo, sin necesidad de convertirse al judaísmo. Esta decisión estableció la misión e identidad universales de la Iglesia.

La respuesta católica en una sola frase

Jesús era judío porque vino como el Mesías de Israel; fundó la Iglesia Católica porque cumplió la misión de Israel y abrió el pacto de Dios a todas las naciones.

Por lo tanto, no hay contradicción:

• Jesús era judío de nacimiento, por cultura, religión y pacto.

• Jesús cumplió la promesa de la fe judía como el Mesías prometido.

• Jesús fundó la Iglesia Católica como el pueblo de Dios de la Nueva Alianza.

• La Iglesia surgió del judaísmo y llevó las promesas de Dios a todo el mundo.

Por lo tanto, la Iglesia Católica no es algo que Jesús fundó en lugar del judaísmo, sino la culminación de aquello a lo que el judaísmo bíblico siempre apuntaba. Como bien lo expresó San Agustín:

“El Nuevo Testamento yace oculto en el Antiguo, y el Antiguo Testamento se revela en el Nuevo”.

En este sentido, el hecho de que Jesús fuera judío y que fundara la Iglesia Católica no son verdades opuestas, sino realidades inseparablemente conectadas que forman parte del mismo plan divino.

Desde la perspectiva teológica católica, esta doble identidad tiene perfecto sentido:

Cumplimiento de la Profecía: Jesús fue el Mesías judío (Cristo) largamente esperado, profetizado en las Escrituras Hebreas. Su vida, muerte y resurrección cumplieron los antiguos pactos y leyes sacrificiales judíos, perfeccionándolos. [ 1 , 2 , 3 ]

Misión Universal (Católica): El término “católica” significa “universal”. Si bien la revelación de Dios comenzó específicamente con el pueblo judío, siempre fue el plan divino extender la salvación y el reino de Dios a todas las naciones [1 , 2 , 3 , 4 , 5 ].

La raíz y las ramas: San Pablo comparó la relación entre el judaísmo y la Iglesia con un olivo. El pueblo judío es la raíz natural, y la Iglesia (compuesta por fieles judíos y gentiles) son las ramas injertadas en ese mismo árbol.

La Iglesia es el cumplimiento perfecto de todo el Antiguo Testamento y de lo que representaba.

La Iglesia Católica es, sin duda, la culminación perfecta de todo lo que el judaísmo representó. Fue Dios preparando a su pueblo para la realidad definitiva que vendría en Cristo y su Iglesia.