Por el padre José María Iraburu
El indigenismo, el nacionalismo religioso, el pluralismo de religiones, son tendencias relacionadas entre sí, que se han ido acentuando en la Iglesia Católica en los últimos decenios. Los aspectos más negativos de la Teología de la liberación se conectan también con esas tendencias. Suele haber en el trasfondo de ellas una exaltación de las religiones naturales y autóctonas precristianas, que devalúa gravemente a Cristo y a la Iglesia, como sacramento universal de salvación. En ocasiones, la unión sincretista de esas religiosidades naturales –hindúes, budistas, aztecas, incaicas, etc.– con el Evangelio conduce a una falsificación profunda de la fe católica.
Es significativo que entre las intervenciones reprobatorias que la Congregación de la Doctrina de la Fe ha publicado en los últimos años quizás las más numerosas son aquellas que, con una u otra perspectiva, tratan de frenar y superar estos males. Las Notificaciones sobre Anthony De Mello, S. J. (1998), el pluralismo religioso de padre Jacques Dupuis, S. J., las dos Instrucciones de la Congregación sobre la teología de la liberación (1984 y 1986) y la Notificación al padre Ion Sobrino, S. J. (2006; por cierto, doctor honoris causa en 2009 por la Universidad Católica S. J. de Deusto, España), vienen a reprobar ciertas deformaciones de la fe católica, que se presentan, sin embargo, como “expresiones legítimas de un pueblo” o como “exigencias de una religiosidad antigua”.
El Magisterio apostólico ha enfrentado siempre las desviaciones principales que en forma de inculturación exacerbada, de nacionalismos religiosos o de indigenismos desviados, han venido a lesionar la unidad y armonía de la verdad católica. Y en este tema un documento pontificio valioso ha sido, sin duda, el de la Congregación de la Fe, Dominus Iesus; declaración sobre la unicidad y universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia (6-VIII-2000).
Voy a tratar aquí sobre este amplio y complejo tema, pero limitando mucho mi intento: solo analizaré un libro mexicano muy notable sobre la Virgen de Guadalupe.
El origen del libro que analizo ahora es el siguiente. En 1998, la Congregación para las Causas de los Santos, preparando la beatificación y canonización del indio Juan Diego, nombró una comisión de historiadores para que documentaran en cuanto fuera posible la veracidad del Acontecimiento Guadalupano y la santidad del indio vidente. Fue nombrado presidente de la Comisión Histórica el Dr. “padre” Fidel González Fernández, catedrático de historia eclesiástica en la Urbaniana de Roma y profesor en la Gregoriana. También fueron nombrados otros “expertos” auxiliares, el Dr. “padre” Eduardo Chávez Sánchez y el Lic. “padre” José Luis Guerrero Rosado. Son éstos los tres autores que firman el libro que ahora comento. Esta obra tiene principalmente un carácter histórico y en esa condición estriba su valor fundamental. Pero también ofrece con bastante frecuencia consideraciones teológicas, muchas veces atinadas, pero en bastantes casos inadmisibles.
Por otra parte, la religiosidad náhuatl, siguen afirmando, no era propiamente politeísta. Es cierto que daba nombres y cultos diversos a varios dioses, pero con ello solo venía a personalizar atributos diversos de Dios. En realidad creía en un solo Dios y Señor. Y ese monismo integrador de diversos aspectos de la divinidad “contradice tanto y tan poco al principio monoteístico como la Trinidad cristiana” (pág. 156).
“Tan sublime altura de pensamiento no va, de cierto, muy de acuerdo con el estereotipo de una religión embrutecida y embrutecedora que los españoles acusaron a los indios de profesar, y más sorprendente aún es comprobar que eso [ese pensamiento altísimo de Dios] no era patrimonio de unos pocos, sino que, con sus más y sus menos, así lo entendían todos” (pág. 159).
“La sangre, por tanto, el “Agua Divina”, era una necesidad tan imprescindible como el alimento y el aire, y debía procurarla a los dioses por un doble motivo, el agradecimiento y la propia conveniencia” (pág. 522). “Detrás de esos mitos había una lógica impecable […] Era lógico, pues, que no viesen el sacrificio como un asesinato, sino como un privilegio: un favor de parte de quien lo ejecutaba, que venía siendo por ello un bienhechor insigne, y una gracia para quien lo recibía” (pág. 523).
En cierta ocasión, pidieron al Tlatoani de Culhuacán que les entregase a su hija “para convertirla en diosa de la guerra. El Tlatoani accedió, sin imaginarse cuan literal era el designio de los aztecas, quienes, con fiel apego a lo declarado, la sacrificaron, convirtiéndola así en diosa, y no contentos con eso, trajeron a su padre para que viniera a adorar al sacerdote que se había revestido de su piel desollada” (pág. 74). En este caso se trata de un sacrificio individual. Pero en realidad, como veremos más adelante, eran muchos miles los sacrificios humanos que anualmente habían de ser ofrecidos a los dioses, y más numerosos aún habían de ser en cada acontecimiento extraordinario.
Se nos asegura, pues, que en la visión religiosa mexicana, “ni el Politeísmo era tal, ni los sacrificios humanos un culto diabólico incompatible con la rectitud moral. Uno y otros eran expresiones, todo lo erradas que se quiera, pero coherentes y válidas en su buena fe, de su incondicional entrega a Dios, que fue eso: absoluta, incondicional, desbordante, quizá el caso más completo que conoce la historia de un pueblo todo entero que se entrega tan por entero al servicio de Dios” (pág. 523).
Alguna rara vez, no obstante, los tres autores señalan en su libro “ciertos errores graves” de la religiosidad azteca, pero lo hacen sin dejar por eso de considerarla absolutamente excelsa y sublime. Así, por ejemplo, cuando escriben: …“por más que admiremos el excelso concepto que motivaba los sacrificios humanos, éstos eran un innegable atentado contra la propia especie, que ya tenían a esa nobilísima religiosidad mística en un tris de desbocarse en un incontrolable fanatismo patológico y ciego que hubiese terminado devorándose a sí mismo” (pág. 215).
La buena fe de los aztecas era total, y en modo alguno estaban bajo el influjo del Diablo. Los misioneros, se nos dice en esta obra, veían en la religiosidad de los aztecas una idolatría cruel que, bajo el poder del Diablo, les llevaba a reiterar y añadir, en frase de fray Gerónimo Mendieta, “pecados a pecados”. Pero para aquellos indios, arguyen nuestros autores, en su historia precristiana, “no había, ni podía haber, añadiduras de “pecados a pecados” por la irrebatible razón moral de que no puede pecar quien actúa de buena fe. Todo esto era y es obvio, pero Mendieta no lo podía ver entonces, ni lo pudo ver jamás; ni hasta antes del Vaticano II lo pudimos ver nosotros” (pág. 518).
La “ceguera de los misioneros”, que veían por todas partes influjos diabólicos en la religión mexicana, es denunciada una y otra vez por estos tres autores. Aquellos frailes “sufrían inevitablemente el error de la Iglesia de su tiempo, un error que no sería superado hasta llegar al concilio Vaticano II” (cf. 162). Todos los misioneros de entonces, todos, incurrían en esta ceguera. Ni “el mismo comprensivo y tolerante padre Acosta, S. J.”, en su “Historia natural y moral de las Indias”, escapa a esa visión, y en el capítulo 11 expone: “De cómo el demonio ha procurado asemejarse a Dios en el modo de sacrificios y religión y sacramentos”… “Y ante esto [el padre Acosta] considera no que Dios viera con paternal complacencia esa entrega en total buena fe, sino que, efectivamente, el Demonio conseguía subyugar a maravilla a sus víctimas” (137).
La evangelización, en estos planteamientos de los misioneros, se presentaba, pues, a juicio de estos tres autores, como una misión imposible, “pues se trataba de dos pueblos [el de los cristianos europeos y el de los mexicanos] totalmente en buena fe y decididos a ser fieles a sus principios hasta la muerte; sin embargo, ese problema no era el peor; el peor era que los mexicanos estaban, si cabe, aun más convencidos de su verdad que los españoles de la suya”… (pág. 526).
























