domingo, 5 de julio de 2026

ANGLICANOS EN CANADÁ APRUEBAN “BENDECIR” LA EUTANASIA

Y hacia allá van los sinoditas del Vaticano prevostiano...

Por Caballero de la Inmaculada


Información tomada de INFOVATICANA y ANGLICAN INK.

El Consejo del Sínodo General de la Iglesia Anglicana de Canadá aprobó el pasado Junio un documento ad experimentum que autoriza a sus ministros a ofrecer acompañamiento pastoral y, con autorización del “obispo” correspondiente, impartir bendiciones a personas que hayan decidido recurrir a la muerte médicamente asistida (MAiD, por sus siglas en inglés).

El texto, titulado Pastoral Liturgies at the Time of Death in Contexts of Medically Assisted Dying (Liturgias pastorales en la hora de la muerte en contextos de Muerte médicamente asistida), no solo contempla la presencia de ministros anglicanos antes de la muerte provocada, sino que desarrolla un completo itinerario litúrgico que puede incluir confesión, imposición de manos, unción, Sagrada Comunión, bendiciones, oraciones durante el procedimiento y plegarias tras el fallecimiento. Todo ello queda sujeto a la autorización del “obispo” correspondiente y al “criterio pastoral de cada comunidad”.

El documento extiende así un proceso iniciado por la declaración pastoral del Sínodo General “In Sure and Certain Hope” (En esperanza segura y cierta) del 2017 y la colección de ensayos “Faith Seeking Understanding: Medical Assistance in Dying” (La fe buscando el entendimiento: La asistencia médica para morir) de 2024.

Paradójicamente, el documento comienza afirmando que “no es nuestra intención entrar en los argumentos éticos” sobre la eutanasia ni ofrecer “un argumento moral a favor o en contra”

En lugar de abordar la cuestión desde la moral cristiana, sus autores sostienen que la iglesia tiene el deber de brindar atención pastoral a todos los moribundos, y “cuando alguien busca atención pastoral, la iglesia responde”, porque quienes eligen la asistencia médica para morir son “criaturas de un Dios amoroso”, cuya dignidad bautismal los hace “dignos de recibir el ministerio de la iglesia”. Como señala el Libro de los Servicios Alternativos, “si los enfermos no pueden ir a la iglesia, entonces la Iglesia [...] debe ir a ellos”.

Un ritual concebido específicamente para la eutanasia

El documento prevé distintos momentos litúrgicos según las circunstancias. Antes del “procedimiento” puede celebrarse un rito de preparación con lecturas bíblicas (como Romanos 14, 7-8; o Eclesiastés 3), salmos, examen de conciencia, confesión individual y la absolución “Nuestro Señor Jesucristo, que se ofreció como sacrificio perfecto al Padre y que confirió a su Iglesia el poder de perdonar los pecados, te absuelve por medio de mi ministerio, por la gracia del Espíritu Santo, y te restaura en la paz perfecta de la Iglesia”, unción y distribución de la Comunión (ya sea Eucaristía completa o comunión con “Santísimo” reservado). También se ofrecen formularios específicos de intercesiones y bendiciones para quienes van a recibir la muerte médicamente asistida.

Una vez iniciada la intervención del equipo sanitario, el ritual continúa con las invocaciones “Sal de este mundo, alma cristiana… Que tu descanso sea hoy en paz, y tu morada en el paraíso de Dios”, o “En tus manos, oh Salvador misericordioso, encomendamos a tu siervo (o sierva, o sierve) N. Recíbelo en los brazos de tu misericordia, en el bendito descanso de la paz eterna”. Para los feligreses que no pueden estar presentes junto al lecho del difunto, hay un “Servicio para quienes no pueden asistir en persona” que se utiliza “cuando llega el momento de la administración de la asistencia médica para morir”, con salmos, el Nunc Dimittis, letanías y el Padre Nuestro.
 
Tras la muerte, se incluyen plegarias de despedida, bendiciones para la familia y formularios para el acompañamiento posterior de los allegados.
 
El documento evita juzgar la licitud moral de la eutanasia

Los redactores sostienen que la Iglesia debe responder pastoralmente “allí donde están las personas” y acompañar a quienes han optado libremente por la muerte médicamente asistida.

El marco teológico incluye además el concepto del “espacio sutil”, un concepto procedente del paganismo celta detrás de fiestas satánicas como el Halloween o la Noche de Walpurgis:

“Es un privilegio atender a los enfermos y moribundos y estar presentes con ellos en sus últimos momentos de vida. Cuando la muerte se acerca, entramos en un Espacio Sutil, o Tierra Sagrada, donde el Cielo y la Tierra se encuentran mientras, mediante la oración y los sacramentos, acompañamos la transición de este mundo al siguiente.

Las personas que experimentan una muerte asistida médicamente también están acompañadas por Dios. La Iglesia de Dios puede estar presente en este último tránsito”.

Bajo el título “Estar preparados para partir”, el texto es comprensivo y directo:

“Las personas que eligen la asistencia médica para morir libremente y sin coacción pueden estar, en efecto, preparadas para partir. Han vivido con problemas de salud complejos y desean que el dolor cese… Han agotado todas las opciones médicas y saben, todos lo saben, que no hay cura… Algunos… desean no estar solos en el momento de su muerte, morir bien, con la gracia y la bendición de Dios y con la presencia de la Iglesia a su lado. Estos recursos ofrecen… recursos clericales para asistir a los moribundos en una muerte santa, fundamentada en la firme y segura esperanza de la resurrección”.

La orientación pastoral reconoce que la asistencia médica para morir (MAiD) “suscita opiniones encontradas y contundentes”, y que “la Iglesia Anglicana de Canadá no tiene una postura unánime sobre el tema”. Se insta a los “obispos” a que expresen sus políticas con claridad; se recomienda al clero que “evalúe sus propios sentimientos” y que busque apoyo pastoral alternativo si, en conciencia, no puede orar junto a la cama de una persona que recibe asistencia médica para morir.

La guía advierte que “la autonomía individual no es un valor del Evangelio, ni tampoco lo son la coerción ni la manipulación”, y condena “los sistemas que convierten la muerte asistida médicamente en una opción donde no debería serlo, en lugares con acceso deficiente a una atención médica adecuada”. Sin embargo, también insta a los pastores a estar preparados para “aproximadamente una década de experiencia con la muerte asistida médicamente en Canadá”, y a tratar estas muertes como una parte más de su labor.

Al mismo tiempo, el texto intenta establecer una distinción entre bendecir a la persona y bendecir la decisión de recurrir a la eutanasia. Con todo, reconoce que esa diferencia puede resultar difícil de percibir y recomienda que los ministros actúen con prudencia para evitar confusión entre los fieles:

“Una consideración crucial para algunos pastores será si, al pronunciar la bendición de Dios sobre la persona que está muriendo, están bendiciendo el acto de la decisión de recurrir a la asistencia médica para morir (MAiD) o el procedimiento en sí… Será importante… elegir y adaptar oraciones… que no impliquen que el procedimiento… y la decisión de emplear la MAiD… estén recibiendo la bendición de Dios. Sin embargo, es parte normal de la atención pastoral orar por la persona que está muriendo y ofrecerle la bendición de Dios y de la Iglesia”.

Un precedente: El caso de la Iglesia Unida de Canadá

El primer caso documentado de un servicio litúrgico dentro de un proceso de muerte médicamente asistida se dio el 9 de Marzo del 2022 en la iglesia de Churchill Park en Winnipeg (Manitoba), cuando la señora Betty Sanguin obtuvo que el procedimiento (que solicitó al ser diagnosticada con esclerosis lateral amiotrófica) se realizara en dicho templo, obteniendo la autorización de la Iglesia Unida de Canadá (que había aprobado la asistencia médica para morir en 2017), y siendo asistida por la pastora local Dawn Rolke.

La expansión de la muerte médicamente asistida en Canadá

Canadá cuenta desde 2016 con un régimen legal que permite la muerte médicamente asistida (Medical Assistance in Dying, MAiD), cuya aplicación se ha ampliado progresivamente en los últimos años. Actualmente pueden “acogerse” a este procedimiento personas que padecen enfermedades graves e irreversibles y cumplen los requisitos establecidos por la legislación federal; pero en los hospitales, hogares de ancianos y asilos se impone ante pacientes que no reúnen esas condiciones, al considerarlo más barato (para el sistema) que los cuidados paliativos. Incluso, en 2022 se extendió además para personas con problemas mentales o económicos.

Diez años después de la legalización de la MAiD, y aún sin conocerse las cifras de 2025, más de 100.000 personas han fallecido mediante este procedimiento y el país registra actualmente el mayor número de muertes por eutanasia del mundo, superando incluso a Bélgica y Países Bajos combinados.

Solo en 2024, las cifras oficiales reflejan 16.499 fallecimientos por muerte médicamente asistida, el dato anual más elevado desde la entrada en vigor de la ley en 2016, constituyendo el 5% de las muertes en Canadá (aunque en sectores de Québec, la provincia donde más se aplica la eutanasia, el porcentaje aumenta a 13%). Si bien el Gobierno canadiense sostiene que el crecimiento comienza a estabilizarse, el número de casos continúa aumentando año tras año.
 

MONSEÑOR VIGANÒ: DILIGIS ME

Oremos por la Santa Iglesia y preparémonos para luchar por ella, enfrentando a los enemigos que la han infiltrado y que hoy la dirigen.

Por Monseñor Carlo Maria Viganò


Si diligis me, pasce oves meas. Non enim pascit oves qui non diligit Christum.

Mercenarius est qui non diligit, sed suum quærit, non quæ Jesu Christi.

Si me amáis, apacentad mis ovejas. Porque el que no ama a Cristo no apacienta las ovejas.

Es un mercenario que no ama, sino que busca sus propios intereses, no los de Jesucristo.

San Agustín

Con la solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, la Santa Iglesia nos presenta el inmenso misterio del mandato confiado por Nuestro Señor al Príncipe de los Apóstoles. En reparación por la triple negación en el Pretorio, le pide a Simón Pedro una triple profesión de amor, después de aparecerse a los discípulos en el Mar de Galilea: “¿Me amas? Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas” (Jn 21,15-19) . Es sobre estas palabras del Maestro —junto con las pronunciadas en Cesarea de Filipo: “Tú eres Pedro” (Mt 16,17-18) — que se funda el Papado católico.

El Señor edifica su Iglesia sobre Pedro, encomendándole que pastoree Su rebaño, que ame Su Cuerpo Místico y Su Cabeza Divina con el mismo amor sobrenatural —la Caridad— que es incondicional y que llega hasta el punto de dar la vida por los amigos (Jn 15,13). Este es un mandatum intrínsecamente heroico, que convierte a Pedro y a sus sucesores en los legítimos Vicarios de Cristo en la tierra; y que, debido a sus implicaciones para el gobierno de la Iglesia y la salvación de las almas, requiere, como condición esencial, la unión coherente de la Verdad y la Caridad. Cuanto mayor es el poder que Dios otorga a un hombre, mayor es la autoridad real y sacerdotal que Cristo infunde en el Papado. Y cuanto más se distingue el Sumo Pontífice por su propia individualidad —el papa bueno, el papa sonriente, el papa viajero, el papa teólogo, el papa de las periferias—, menos resuena la voz del Maestro en sus palabras.

Hoy, el orden que el divino Legislador quiso dar al Papado Romano y a su Iglesia está siendo subvertido por quienes ocupan la cúspide de la institución. La traición no se oculta, sino que se exhibe descaradamente, con la necia creencia de que su objetivo ya se ha alcanzado, que están a un paso de la desastrosa disolución de la Iglesia Católica, para reemplazarla con una entidad de origen masónico sometida al Anticristo. “Ubi sedes beatissimi Petri, et Cathedra veritatis ad lumen gentium constituta est (Donde está sentado el bienaventurado Pedro, y se establece la Cátedra de la verdad para la luz del pueblo) -escribió el Papa León XIII en su Exorcismo- ibi thronum posuerunt abominationis et impietatis suæ; ut, percusso pastore, et gregem disperdere valeant (allí erigieron el trono de su abominación e impiedad, para que, habiendo herido al pastor, destruyeran también el rebaño). Donde el Señor ha colocado la Sede del bienaventurado Pedro y la Cátedra de la verdad para iluminar al pueblo, allí sus enemigos han colocado el trono de la abominación y de su impiedad, para que, después de herir al Pastor, dispersen el rebaño.

Las palabras proféticas de la visión de León XIII pudieron haber dejado a sus contemporáneos consternados e incrédulos, y así fue hasta Pío XII. Pero cien años después, demuestran ser tan inquietantes como precisas, y completan la advertencia de la Santísima Virgen en La Salette: Roma perderá la fe y se convertirá en la sede del Anticristo. ¿Y qué es esto, sino la abominación desoladora de la que habló el profeta Daniel (Dan 9:27; 11:31; 12:11) y el Evangelio mismo (Mt 24:15 y Mc 13:14)? ¿Qué es sino la desolación de la Ciudad Santa (Ap 11:2) y la Gran Ramera (Ap 17:1-18), sentada sobre los siete montes, ebria de la sangre de los santos, que simboliza toda forma de apostasía y falsa religión que se alía con el poder político contra la Iglesia?

¿Quién, sino la sede del Anticristo y el trono de la abominación, excomulgaría a aquellos obispos que se niegan a respaldar la traición de Roma y que han denunciado la revolución conciliar durante más de sesenta años? ¿Podríamos, como católicos, concebir a un Papa, un Vicario de Cristo, imponiendo sanciones canónicas a quienes desafían las herejías del concilio Vaticano II? ¿Y que todo el episcopado avalara y fomentara desviaciones doctrinales y morales, en lugar de oponerse enérgicamente a ellas?

Una miopía insensata lleva a muchos conservadores a refugiarse en la casuística de manuales escritos y concebidos en tiempos normales, buscando allí la solución a una crisis singular: bíblica, apocalíptica, escatológica; y a excluir categóricamente la posibilidad de que un hereje no pueda caer del Papado, y que sea casi imposible resistirlo, reconociendo su autoridad y poder. No comprenden que la promesa del divino Redentor a San Pedro —Portae inferi non prævalebunt— presupone un terrible conflicto en el que la Sinagoga de Satanás parecerá prevalecer, y la Iglesia Católica será dada por muerta. Presupone una apostasía general que afecta no solo a los corderos —es decir, a los neófitos y a los católicos frágiles e inseguros— sino a todo el rebaño, con sus pastores maliciosamente reemplazados por mercenarios y lobos feroces. Y es terriblemente cierto: los poderes del infierno ciertamente no prevalecerán contra la Iglesia de Cristo, pero demuestran que ya han instalado otra iglesia —de hecho, otra religión— que afirma estar fundada no en Pedro, sino en una reinterpretación ecuménica y sinodal del Papado a la luz del documento bergogliano “El obispo de Roma. Primacía y sinodalidad en los diálogos ecuménicos y en las respuestas a la encíclica Ut Unum Sint”.

Cuando Simón hizo su profesión de fe: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mt 16:16), el Señor respondió inmediatamente: “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo reveló la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos” (ibid., 17). La Verdad pertenece a Dios, y solo aquellos que piensan y actúan según Dios hablan las palabras de la Verdad. Por esta razón, Pedro es bienaventurado. Pero también es un homo peccator por su propia admisión (Lc 5:8), merecedor de ser tratado por el Señor como el tentador en el desierto: “¡Apártate de mí, Satanás! ¡Eres un escándalo para mí, porque no estás del lado de Dios, sino de los hombres!” (Mt 16:23). Y la primera forma de pensar según los hombres es rechazar la Cruz: “¡Señor, que tal cosa jamás te suceda!” (ibid., 25) .

Pero, ¿acaso no es precisamente “pensar según los hombres” y contradecir la Cruz y el Sacrificio redentor de Nuestro Señor afirmar que todas las religiones son caminos que conducen a Dios? ¿No es “pensar según los hombres” afirmar con Amoris Lætitia que la moral debe adaptarse a los deseos de los hombres, y que con Fiducia Supplicans la Iglesia debe ratificar los vicios más vergonzosos, en lugar de señalar a las almas el camino angosto que lleva al Cielo? ¿No es anular la Pasión de Nuestro Señor abogar por una fraternidad universal que ignora la paternidad divina en Cristo?

La Iglesia es santa e indefectible, sin duda. La Cátedra del Beato Pedro es santa e indefectible. Pero la indefectibilidad de quien ostenta el título de Sumo Pontífice no es una especie de “piloto automático” que obligue al Pontífice a hacer y decir lo que Nuestro Señor desea. El libre albedrío le permite responder y acatar la acción de la gracia del estado, pero también apartarse de ella, negándose a cumplir la voluntad de Dios y usurpando su sagrada autoridad para un propósito opuesto al establecido por Jesucristo. Esto hace que la autoridad de los obispos sea odiosa, ya que exigen de los fieles una obediencia que solo es buena y legítima si quienes la ejercen son a su vez sumisos y obedientes a la Cabeza del Cuerpo Místico, Nuestro Señor Jesucristo.
 
Convertir la obediencia en un ídolo —es decir, transformar un medio ordenado en un fin— representa un abuso intolerable por parte de quienes exigen un asentimiento acrítico y servil de sus súbditos, precisamente en el momento en que eluden la suprema autoridad de Dios y se arrogan el derecho de decidir qué del Depositum fidei merece conservarse y qué puede modificarse. La sinodalidad —tal como la formuló Prevost en sus numerosas intervenciones— crea la base doctrinal para la revolución permanente que llevará al concilio Vaticano II a sus consecuencias extremas, a saber, la disolución del edificio católico tal como lo conocemos; otra batalla ganada por las puertas del infierno, en una guerra en la que, al final, no prevalecerán, en la que, al final, triunfará el Inmaculado Corazón, en la que, al final, el Anticristo será asesinado por San Miguel Arcángel, en la que, al final, Nuestro Señor arrojará a Satanás al abismo. Al final. Mientras tanto, mientras los cobardes entregan sus armas y se rinden al enemigo, otros alcanzan la victoria final bajo la bandera de Cristo Rey.

¿Quién no deploraría a un general que, teniendo las armas y las tropas para derrotar a su adversario, impidió deliberadamente su uso, abandonó a sus soldados a su suerte y permitió que la fortaleza fuera saqueada y devastada tras haber abierto de par en par sus puertas, supuestamente inviolables? ¿Cómo podría considerarse el legítimo representante de un soberano al que ha traicionado en todos los sentidos y al que niega títulos reales para complacer a sus enemigos?

Reconocer la legitimidad de quienes usurpan el Papado para destruirlo y, con él, la Iglesia, transforma el Pontificado en un monstruo autorreferencial, lo convierte en el trono de la abominación y de toda impiedad —en palabras de León XIII—. Y contradice la Sagrada Escritura, puesto que el mismo Señor, para restituir a Pedro el papel que había perdido por su negación, le pidió una triple profesión de fe y caridad. Si la apostasía de los apóstatas en tiempos de persecución podía conllevar su exclusión del cuerpo eclesial y una severa penitencia de por vida, ¿qué penitencia debería imponerse a los Papas y Obispos que traicionan el Mandato recibido y apostatan de la Fe Católica?

La Fraternidad de San Pío X tiene razón al invocar el estado de necesidad para conferir consagraciones episcopales sin mandato papal. Y si su venerado Fundador aún estuviera entre nosotros, sin duda consideraría estas consagraciones indispensables no solo para la supervivencia de la Fraternidad, sino también y sobre todo para la defensa —para toda la Iglesia— del Depositum Fidei, el sacerdocio y la Misa Católica, garantizando una sucesión apostólica libre de ritos dudosos y doctrinas heréticas. De hecho, sería muy poco católico tener mayor preocupación por la propia Institución que por todo el cuerpo eclesial; y el estado de necesidad invocado para el bien de las almas perdería legitimidad si se aplicara únicamente a la salus Fraternitatis.

Si el arzobispo Lefebvre ya denunció las desviaciones conciliares durante el pontificado de Juan Pablo II, hoy no podría evitar denunciar con aún mayor vehemencia la apostasía sinodal. Ceder ante las amenazas o los incentivos de Roma ya ha demostrado ser una estrategia desastrosa y perdedora : los desertores de la Fraternidad de San Pedro lo saben bien, para quienes las promesas hechas antes de abandonar Ecône se han incumplido en gran medida.

Tras la entrada en vigor de Traditionis Custodes —que sigue vigente— sería aún más temerario dar seguimiento a la invitación que el cardenal Müller lanzó en el Consistorio estos días: replicar el mecanismo de chantaje del Motu Proprio Ecclesia Dei, que concede libertad litúrgica a cambio de la domesticación doctrinal y moral del Vaticano II y su versión sinodal.

Una vez más, la quinta columna del neomodernismo, representada por el conservadurismo ratzingeriano de algunos cardenales conocidos, impone la aceptación del concilio y la Misa Montiniana como condicio sine qua non para la comunión eclesiástica, haciéndose eco de León, quien hace apenas unos días reconoció que la amenaza de excomunión de la Sociedad de San Pío X no está motivada por una cuestión canónica, sino por una razón doctrinal innegociable: la aceptación del Vaticano II y el camino sinodal. Todo esto os lo daré, si os postráis y aceptáis el Vaticano II y el Novus Ordo.

San Agustín comenta las palabras del Evangelio así: Si diligis me, pasce oves meas. Non dixit: Pasce tuas, sed meas. Pasce ergo meas, si me diligis: non sicut tuas, sed sicut meas. Quære in eis gloriam meam, non tuam; dominium meum non tuum; lucra mea, non tua. “Si me amáis, apacienta mis ovejas”. No dijo: Apacienta tus propias ovejas, sino las mías. Por lo tanto, apacienta las mías, si me amáis; no como si fueran vuestras, sino como mías. Buscad en ellas mi gloria, no la vuestra; mi señorío, no vuestro dominio; las almas que he redimido, no vuestro propio beneficio.

Oremos, queridos hermanos, por la Santa Iglesia. Oremos y preparémonos para luchar por ella, enfrentando a los enemigos que la han infiltrado y que hoy la dirigen, llevando la Barca de Pedro hacia las rocas. Apoyemos públicamente a quienes libran esta batalla con valentía, a menudo perseguidos y marginados. No dejemos de proclamar el Evangelio en su totalidad, porque el silencio de tantos, demasiados temerosos, termina siendo complicidad y suena muy parecido a la negación de Pedro: “No lo conozco”. Que los Príncipes de los Apóstoles nos acompañen en este tiempo de prueba y revelación , en cuyo honor ofrecemos la Inmaculada Víctima a la divina Majestad. Santos Apóstoles Pedro y Pablo, de quorum potestate et auctoritate confidimus, ipsi intercedant pro nobis ad Dominum . Amén.

+ Carlo Maria Viganò, Arzobispo

Viterbo, 29 de junio de 2016

Ss.rum Petri et Pauli Apostolorum

EL TRIUNFO DE LA SABIDURIA ETERNA EN LA CRUZ Y POR LA CRUZ (Cap. 14)

Continuamos con la publicación del capítulo 14 del libro “El Amor de la Sabiduría Eterna” escrito por San Luis María Grignion de Montfort.


CAPITULO DECIMOCUARTO

EL TRIUNFO DE LA SABIDURIA ETERNA EN LA CRUZ Y POR LA CRUZ

Este es, a mi modo de ver, el mayor secreto del rey (1), el misterio más sublime de la Sabiduría eterna: la cruz.

1 - LA SABIDURIA Y LA CRUZ

¡Oh! ¡Cuán distantes y diferentes son los pensamientos y caminos de la Sabiduría eterna de los de los hombres, incluso de los más inteligentes!

Dios quiere rescatar al mundo, ahuyentar y encadenar a los demonios, cerrar el infierno a los hombres y abrir para éstos el Cielo y tributar al Padre eterno una gloria infinita. ¡Proyecto grandioso! ¡Obra difícil! ¡Ardua empresa! ¿Qué medio empleará la Sabiduría, cuyo conocimiento abarca de un extremo al otro del universo, disponiéndolo todo con suavidad y fuerza? (2). Su brazo es omnipotente: puede con toda facilidad destruir cuanto se le opone y hacer cuanto quiere; puede aniquilar y crear con una sola palabra de su boca… ¿Qué digo? ¡Le basta querer para hacerlo todo!

Pero su amor dicta leyes a su omnipotencia. Quiso encarnarse para testificarle al hombre su amistad. Quiso descender personalmente a la tierra para hacerlo subir al Cielo. ¡Está bien!

Pero desde luego que esta Sabiduría encarnada se presentará gloriosa y triunfante, acompañada de millones y millones de ángeles, o al menos de millones de hombres escogidos, y con estos ejércitos, esplendor y majestad, lejos de la pobreza, los oprobios, las humillaciones y las debilidades, arrollará a todos sus enemigos y conquistará los corazones de los hombres con sus encantos, delicias, nobleza y tesoros.

¡Pero no! ¡Nada de eso! ¡Cosa sorprendente! Ve algo que para los judíos es motivo de escándalo y horror, y para los paganos, objeto de locura: (3) un vil e infame madero, destinado a la confusión y suplicio de los mayores criminales, al que llaman patíbulo, horca o cruz. Y en la cruz detiene su mirada. En ella se complace, la prefiere a lo más sublime y brillante del Cielo y de la tierra, para hacer de ella el arma de sus conquistas y el atavío de su majestad, la riqueza y complacencia de su imperio, la amiga y esposa de su corazón. ¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! (4) ¡Qué elección tan sorprendente! ¡Qué designios tan sublimes e incomprensibles! ¡Qué amor a la cruz tan inefable!

La Sabiduría encarnada amó la cruz desde sus más tiernos años: La quise desde muchacho (5). Apenas entró en el mundo, la recibió de manos del Padre en el seno de María. La colocó en su corazón, como soberana, diciendo: Dios mío, lo quiero; llevo tu ley en mis entrañas (6). ¡Oh Dios y Padre mío, escogí la cruz cuando estaba en tu seno! ¡La vuelvo a elegir ahora en el de mi Madre! ¡La amo con todas mis fuerzas y la coloco en medio de mi corazón para que sea mi esposa y soberana! (7).

La buscó fervientemente durante toda la vida. Si corría de pueblo en pueblo como ciervo sediento (8) si caminaba a pasos de gigante (9) hacia el Calvario; si hablaba tan frecuentemente de sus futuros padecimientos y de su muerte a los apóstoles y discípulos y hasta a los profetas en su transfiguración (10), si con tanta frecuencia exclamaba: ¡Cuánto he deseado! (11), todos sus caminos, todos sus afanes, todas sus pesquisas, todos sus anhelos, tendían hacia la cruz, llegando a considerar como el punto culminante de su gloria y felicidad el morir en sus brazos. Se desposó con ella con amor inefable en la encarnación. La buscó y llevó con indecible gozo durante toda su vida, que fue cruz continua (12) y, después de haber hecho tantos esfuerzos para llegar a ella y morir en ella sobre el Calvario ¡Qué angustia siento hasta que se haya cumplido!- (13) decía: "Y ¿quién me lo impide? ¿Qué me detiene? ¿Por qué no estoy ya abrazado a ti, amada cruz del Calvario?".

La Sabiduría logró, al fin, lo que tanto anhelaba: se vio cubierta de oprobios, cosida y fuertemente adherida a la cruz, y murió con alegría en los brazos de su idolatrada amiga, como si fuera un lecho de honor y de triunfo.

No vayamos a pensar que, después de su muerte, la Sabiduría se haya desprendido de la cruz o la haya rechazado para triunfar mejor. ¡Todo lo contrario! Se ha unido y como incorporado a ella, en tal forma que ni ángel, ni hombre, ni criatura alguna del Cielo o de la tierra puede separarla de la cruz. Su enlace es indisoluble, y eterna su alianza. ¡Jamás la cruz sin Jesús ni Jesús sin la cruz!

Con su muerte, la Sabiduría hizo tan gloriosas las ignominias de la cruz, tan rica su desnudez y su pobreza, tan agradables sus dolores, tan atrayentes sus rigores… hasta llegar a divinizarla y hacerla adorable a los ángeles y a los hombres. Y ha ordenado que todos sus súbditos la adoren también. No quiere que los honores de adoración -aunque relativa- se tributen a las demás criaturas, por sublimes que ellas sean, como su misma Madre. Semejante distinción está reservada, y sólo se tributa a su amada cruz.

En el día del juicio final desaparecerán todas las reliquias de los santos, incluso las de los más eminentes, pero no las de la cruz. La Sabiduría ordenará a los primeros serafines y querubines que recorran el mundo y recojan los trozos de la verdadera cruz, que, gracias a su amorosa omnipotencia, quedarán también tan maravillosamente unidos, que no formarán sino la única cruz sobre la cual murió. Hará que los ángeles la lleven en triunfo y entonen en su honor cánticos de alegría. Se hará preceder por esta cruz, que descansará sobre la nube más brillante, y con ella y por ella juzgará al mundo (14). ¡Qué alegría experimentarán al verla los amigos de la cruz! (15). Pero ¡qué desesperación la de sus enemigos, que, no pudiendo soportar la vista de esa cruz tan brillante y aterradora, gritarán a las montañas que caigan sobre ellos, y al infierno que los devore!

2 - LA CRUZ EN RELACION CON NOSOTROS

En espera de que amanezca el día glorioso de su triunfo en el juicio final, la Sabiduría eterna quiere que su cruz sea la insignia, el distintivo y arma de todos sus elegidos.

En efecto, no reconoce como hijo a quien no posea esta insignia, ni como discípulo sino a quien la lleva en la frente sin avergonzarse, en el corazón sin protestar y sobre los hombros sin arrastrarla o rechazarla. Y exclama: El que quiera venirse conmigo, que reniegue de sí mismo, que cargue con su cruz y me siga (16).

No admite como soldado sino a quien esté dispuesto a armarse con ella para defenderse, atacar, derribar y aplastar a todos sus enemigos. Y dice: Animo, que yo he vencido al mundo (17).

"Confíen en mí, soldados míos; ¡soy yo, su capitán! Por la cruz he triunfado de mis enemigos. ¡Con este signo los vencerán también ustedes!" (18).

Ha concentrado en la cruz tantos secretos, gracias, vida y alegría, que no la da a conocer sino a sus preferidos. Como a los apóstoles (19) revela con frecuencia a sus amigos todos sus secretos, pero no los de la cruz, a menos que lo hayan merecido por su gran fidelidad y trabajo.

¡Oh! ¡Cuán humilde, pequeño, mortificado, interior y despreciado del mundo has de ser para conocer el misterio de la cruz, que aún sigue hoy -no sólo entre judíos, paganos, turcos y herejes, sabios según el mundo y malos cristianos, sino también entre los que se creen devotos y muy devotos- objeto de escándalo, locura, desprecio y deserción; no en teoría -pues nunca como hoy se ha hablado y escrito tanto sobre la hermosura y excelencia de la cruz-, sino en la práctica, ya que tanto se teme, lamenta, excusa y huye cuando se trata de sufrir algo!

Contemplando cierto día la belleza de la cruz, la Sabiduría encarnada exclamó en un transporte de gozo: Bendito seas, Padre, Señor de Cielo y tierra, porque, si has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos, se las has revelado a la gente sencilla (20).

Si el conocimiento del misterio de la Cruz es una gracia tan excepcional, ¿qué no serán su gozo y posesión efectiva? Son un regalo que la Sabiduría eterna hace solamente a sus mejores amigos como respuesta a sus constantes plegarias, anhelos y súplicas. Por excelente que sea el don de la fe con la cual agradamos a Dios, nos acercamos a El y vencemos a nuestros enemigos, y sin la cual nos condenaríamos-, la cruz es un don todavía mayor (21).

San Pedro -dice San Juan Crisóstomo- es más feliz al verse encarcelado por Jesucristo que en la gloria del Tabor; se siente más glorioso por llevar en los pies las cadenas, que en las manos las llaves del paraíso (22). San Pablo se gloría más de hallarse encadenado por su Salvador que de ser elevado al tercer Cielo (23). Dios favorecía más a los apóstoles y a los mártires haciéndolos partícipes de su cruz en las humillaciones, la pobreza y los más crueles tormentos, que otorgándoles el don de hacer milagros y convertir el mundo entero. Todos aquellos a quienes se ha comunicado la Sabiduría eterna, se mostraron deseosos de la cruz, la buscaron, la abrazaron, y, cuando tenían ocasión de padecer, exclamaban desde el fondo del corazón, como San Andrés: "¡Oh cruz amada y por tanto tiempo deseada!" (24).

La cruz es buena y preciosa por infinidad de razones: 

1) nos asemeja a Jesucristo;

2) nos hace dignos hijos de Dios Padre, dignos miembros de Jesucristo y templos dignos del Espíritu Santo. Dios Padre corrige a cuantos adopta por hijos: El Señor educa a los que ama y da azotes a los hijos que reconoce por suyos (25). El Hijo recibe como suyos solamente a los que llevan la cruz. El Espíritu Santo talla y pule las piedras vivas de la Jerusalén celeste, es decir, los predestinados (26);

3) ilumina el entendimiento y le comunica una sabiduría que no le podrán dar todos los libros de la tierra: Quien no ha sido probado, sabe bien poco (27);

4) la cruz, llevada dignamente, se convierte en fuente, alimento y testimonio de amor.

Enciende en los corazones el fuego del amor divino, desapegándolos de las criaturas. Mantiene y acrecienta ese amor, y así como la leña alimenta el fuego, la cruz alimenta el amor.

Comprueba del modo más claro que se ama a Dios. Porque es la misma prueba de que Dios se sirvió para manifestarnos su amor. Y la que Dios nos pide para demostrarle el nuestro.

5) es fuente abundante de toda suerte de dulzuras y consolaciones y engendra en el alma la alegría, la paz y la gracia;

6) por último, produce en quien la lleva una riqueza incomparable de gloria para la eternidad (28).

Si conocieras el valor de la cruz, mandarías hacer novenas - a ejemplo de San Pedro de Alcántara- (29) para conseguir esa exquisita porción del paraíso; dirías con Santa Teresa: "¡O padecer o morir!" (30), con Santa María Magdalena de Pazzis: "¡No morir, sino padecer!" O pedirías, con San Juan de la Cruz, solamente la gracia de padecer por Jesucristo: "¡Padecer y ser despreciado por ti!".

Entre todas las cosas terrenas, la única que se aprecia en el Cielo es la cruz, decía este Santo, después de su muerte, a una sierva de Dios.

Nuestro Señor dijo a uno de sus servidores: "Tengo cruces tan preciosas, que es todo cuanto mi queridísima Madre -siendo tan poderosa como es- puede alcanzar de mí en favor de sus fieles servidores".

¡Oh sabios del mundo! ¡Varones ilustres de la tierra! ¡Ustedes son incapaces de comprender este lenguaje misterioso! ¡Aman demasiado los placeres, se preocupan excesivamente de sus comodidades, aprecian demasiado los bienes de este mundo, temen demasiado los desprecios y las humillaciones! En una palabra: ¡son demasiado enemigos de la cruz de Jesucristo!

Sí, estiman y alaban la cruz, pero en general, no en concreto la suya, de la cual huyen cuanto más pueden o la llevan arrastrando de mala gana, entre murmuraciones, impaciencias y lamentos. Me recuerdan aquellas vacas que, mugiendo y muy a pesar suyo, arrastraban el Arca de la Alianza, que contenía lo más precioso del mundo: Caminaban mugiendo (31).

El número de los necios e infelices es infinito, dice la Sabiduría (32) porque es infinito el de aquellos que no conocen el precio de la cruz y la llevan a regañadientes.

Pero Ustedes, los verdaderos discípulos de la Sabiduría eterna, que han experimentado tantas tentaciones y aflicciones, que padecen persecuciones por la justicia, que son considerados como la basura del mundo…, ¡consuélense, regocíjense, salten de alegría! Porque la cruz que llevan es un don tan valioso, que lo envidian los bienaventurados, sin poder participar ya de él.

Sobre ustedes descansa cuanta honra, gloria y virtud hay en Dios, y aun el Espíritu Santo reposa sobre ustedes (33), porque su recompensa es grande en los Cielos, y aun ya sobre la tierra, a causa de las gracias espirituales que la cruz les obtiene.

3 - CONCLUSION PRACTICA

¡Amigos de Jesucristo, beban, sí, beban del cáliz de amargura que El les brinda, y llegarán a ser cada día más amigos suyos! ¡Sufran con El, y con El serán glorificados! ¡Sufran con paciencia y hasta con alegría! Un poco más, y ¡se les dará una eternidad gozosa por un momento de dolor!

¡Nada de ilusiones! ¡Desde que la Sabiduría encarnada tuvo que entrar en el Cielo por medio de la cruz, por ella tendrán que entrar cuantos la sigan! "A cualquier parte que fueres -dice la Imitación de Cristo-, siempre encontrarás la cruz" (34): la del predestinado, si la aceptas como debes, es decir, paciente y gozosamente y por amor de Dios; o la del réprobo, si la llevas con impaciencia y a pesar tuyo, como tantos doblemente miserables, que se verán obligados a decir durante toda la eternidad en el infierno: ¡Trabajamos y padecimos tanto en la tierra; y, al final de cuentas, estamos condenados! (35).

Ciertamente, la verdadera Sabiduría no se halla en la tierra ni en el corazón de quienes viven a sus anchas. Reside en la cruz, en forma tal que fuera de ella es imposible hallarla en este mundo.

Se ha incorporado y unido a la cruz de tal manera, que podemos decir con toda verdad: ¡la Sabiduría es la cruz, y la cruz es la Sabiduría!

Notas:

1) Tb 12: 7. La ascesis, el entrenamiento, las renuncias, la organización de la persona en la unidad interior son necesidades experimentadas para el triunfo en la vida. ¡Cuánto más tratándose de la Sabiduría, don por excelencia!

2
) Sb 8: 1.

3
) 1Cor 1: 23.

4
) Rm 11: 33.

5
) Sb 8: 2.

6
) Sl 40 (41): 9.

7
) Sb 8: 2.

8
) Sl 42: 1-2.

9
) Sl 19 (18): 6.

10
) En tres ocasiones anuncia Jesús su pasión a los discípulos (Mc 8: 31; 9: 31; 10: 33-34 y paralelos). Los discípulos reaccionan negativamente. Pero la cruz asumida por amor entraba en el proyecto de sabiduría del Padre, a la que se opone nuestra sabiduría orgullosa.

11
) Lc 22: 15.

12
) Imitación de Cristo, l 2, c 12 n 7.

13
) Lc 12: 50.

14
) Ver Breviario Romano, 14 de sept., a nona.

15
) El P. de Montfort amplía su doctrina sobre la cruz, en su Carta circular a los Amigos de la Cruz.

16
) Mt 16: 24.

17
) Jn 16: 33.

18
) Frase sustancialmente del lábaro de Constantino.

19
) Jn 15: 15.

20
) Lc 10: 21.

21
) Comparar con LG 16.

22
) Hom. 8 in Ep. ad Ephesios n 2: PG 62,55-58.

23
) Gál 6: 14.

24
) Acta et martyrium S. Andreae Apostoli, PG 2, 1235-1238; ver San Bernardo Sermo in vigilia Sancti Andreae, nº 3, PL 183.503.

25
) Heb 12: 6.

26
) Breviario Romano: dedicación de una iglesia, himno de las II vísperas.

27
) Eclo 34: 10.

28
) 2Cor 4: 17.

29
) Nacido en 1499, en Extremadura, franciscano, inició en 1540 la reforma de su Orden.

30
) Ver Vida, c 40, n 20.

31
) 1Sam 6: 12.

32
) Ecle 1: 15.

33
) 1Pe 4: 14.

34
) L 2, c 12, n 4.

35
) Sb 5,7; ver Carta a los Amigos de la Cruz, 45.
 

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EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (115)

Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.


115. Curación del niño arrollado por el caballo de Alejandro. Jesús expulsado del Templo.
22 de febrero de 1945.

1 El interior del Templo. Jesús está con los suyos muy cerca del Templo propiamente dicho, o sea, del Lugar Santo, en donde sólo entraban los sacerdotes. Es un bellísimo y espacioso claustro al cual se accede por un atrio y del cual, por otro aún más rico, se pasa a la alta terraza en la que está el hexaedro del Santo.
¡Es inútil! Aunque viera mil veces el Templo y lo describiera dos mil, sea por la complejidad del lugar, sea por mi ignorancia de los nombres o por la incapacidad de hacer un gráfico, resultaría siempre incompleta al retratar este pomposo y laberíntico lugar.
Parecen estar en oración. Otros muchos israelitas, todos hombres, están también allí y oran, cada uno por su cuenta. Cae la tarde precoz de un plomizo día de noviembre.
Un vocerío: una estentórea e inquieta voz de hombre que blasfema en latín, mezclada con estridentes y agudas voces hebreas. Se produce como el revoltijo de una lucha, y una aguda voz femenina grita: “¡Dejadle que vaya! Dice que El le va a salvar”.
El recogimiento del suntuoso claustro queda roto. Muchas cabezas se vuelven hacia el punto del que provienen las voces; y se vuelve también Judas Iscariote, que está con los discípulos. Siendo, como es, alto, ve y dice: 
¡Un soldado romano que está luchando por entrar! ¡Está violando, ha violado ya, el Lugar Sagrado! ¡Qué horror!. Y muchos hacen coro de sus palabras.
¡Dejadme pasar, perros judíos! Aquí está Jesús. ¡Lo sé! ¡Es El quien me interesa! Vuestras absurdas piedras no me sirven para nada. El niño se está muriendo y El puede salvarle. ¡Fuera! Hienas hipócritas....
Jesús, que, cuando ha comprendido que El era el requerido, se ha dirigido inmediatamente hacia el atrio en el que se estaba produciendo este barullo, se acerca y grita: 
Paz y respeto al lugar y a la hora del ofrecimiento.
¡Oh! ¡Jesús! ¡Hola! Soy Alejandro. ¡Dejad paso, perros!.
Y Jesús, con serenidad: 
Sí, dejad paso. Llevaré a otra parte al pagano que no sabe lo que es para nosotros este lugar.
El círculo se abre y Jesús se llega hasta el soldado, que lleva la coraza ensangrentada. 
¿Estás herido? Ven. Aquí no se puede estar y le conduce hacia el otro claustro, y más allá incluso.
No estoy herido yo. Un niño... Mi caballo, junto a la Antonia, se me ha desmandado y le ha arrollado. Los cascos le han abierto la cabeza. Prócolo ha dicho: "¡Nada que hacer!". Yo no tengo la culpa... pero, ha sucedido por mí y la madre está allí desesperada. Te había visto pasar... venir aquí... He dicho: ''Prócolo no, pero El sí". He dicho: "Mujer, ven, Jesús le sanará". Me han retenido esos dementes... Y quizás el niño está ya muerto.
¿Dónde está? pregunta Jesús.
Debajo de aquel pórtico, en el regazo de su madre responde el soldado (ya visto en la Puerta de los Peces),
Vamos. Y Jesús acelera más el paso, seguido por los suyos y por un grupo de personas en tropel.

2 En los escalones que limitan el pórtico, recostada sobre una columna, hay una mujer, destrozada por el dolor, llorando ante su hijito moribundo. El niño presenta un aspecto térreo; tiene los labios violáceos, semiabiertos con el estertor característico de quien ha sufrido un trauma cerebral. En la cabeza una venda apretada, roja de sangre en la nuca y en la frente.
Tiene abierta la cabeza por delante y por detrás. Se ve el cerebro. A esa edad la cabeza es blanda, y el caballo era grande y le habían herrado hacía poco explica Alejandro.
Jesús ha llegado junto a la mujer, la cual ya ni siquiera habla, agonizando como está ante su hijo moribundo. Le pone la mano sobre la cabeza. 
No llores, mujer dice con toda la delicadeza de que es capaz, o sea, infinita. Ten fe. Déjame a tu niño.
La mujer le mira entontecida. La multitud impreca contra los romanos y se solidariza con el dolor del moribundo y de la madre. Alejandro se encuentra en el contraste de la ira –por las injustas acusaciones– y de la piedad y la esperanza.
Jesús se sienta junto a la mujer, porque ve que ella ya no sabe hacer ningún movimiento. Se inclina. Toma entre sus largas manos la pequeña cabeza herida, se inclina más aún, se comba hacia la cérea carita, sopla suavemente en la boquita estertorosa... Unos instantes. Luego sonríe, de forma casi imperceptible a causa de los mechones de cabellos que le caen hacia adelante. Se endereza. El niño abre los ojitos y hace ademán de sentarse. La madre teme que sea el extremo conato y grita teniéndole contra el corazón.
Suéltale, mujer. Niño, ven a mí dice Jesús (que sigue sentado al lado de la mujer), tendiendo los brazos mientras sonríe. Y el niño se arroja, seguro, a esos brazos, y se echa a llorar (con llanto no de dolor, sino de miedo, del miedo que vuelve con el recuerdo).
No está el caballo, no está dice Jesús infundiéndole seguridad. Todo ha pasado. ¿Te sigue doliendo aquí?.
No. Pero tengo miedo, ¡tengo miedo!.
Ya ves, mujer. Es sólo miedo. Ahora se pasa. Traedme agua. La sangre y la venda le impresionan. Dame una de las manzanas que tienes, Juan... Toma, pequeño. Come, está buena....
Traen agua, mejor dicho, es el soldado Alejandro quien la trae en su yelmo. Jesús se dispone a quitar la venda.
Alejandro y la madre dicen: 
¡No! Se está restableciendo... ¡pero la cabeza está abierta!....
Jesús, sonriendo, quita la venda. Una, dos, tres,… ocho vueltas. Quita los retazos ensangrentados. La parte derecha de la cabeza, desde la mitad de la frente hasta la nuca, es un coágulo de sangre, todavía blando, entre los delicados cabellos del niño. Jesús moja una venda y empieza a lavar.
Pero debajo está la herida... Si quitas el coágulo, volverá a sangrar insiste Alejandro.
La madre se tapa los ojos para no ver.
Jesús lava, lava, lava... el coágulo se disuelve... los cabellos quedan limpios: están húmedos, pero debajo no hay herida. La frente está también sana. Sólo tiene una pequeña señal roja donde había empezado a cicatrizar.
La gente grita de estupor. La mujer tiene el valor de mirar, y una vez que ha visto ya no se contiene: se derrumba enteramente encima de Jesús y le abraza junto con el niño, y llora. Jesús soporta esa efusión y esa lluvia de lágrimas.
Yo te doy las gracias, Jesús dice Alejandro. Me pesaba haber matado a este inocente.
Has tenido bondad y confianza. Adiós, Alejandro. Ve a continuar tu servicio.

3 Alejandro está para marcharse ya cuando llegan, como ciclones, sacerdotes y oficiales del Templo. 
El Sumo Sacerdote te intima, por medio de nosotros, que salgas del Templo; Tú y el pagano profanador; en seguida. Habéis turbado el ofrecimiento del incienso. Este ha penetrado en un lugar que es de Israel. No es la primera vez que, por causa tuya, el Templo se revoluciona. El Sumo Sacerdote y con él los Ancianos de turno te ordenan que no vuelvas a poner pie aquí dentro. Vete y quédate con tus paganos.
No somos perros tampoco nosotros. El lo dice: "Hay sólo un Dios, Creador de los judíos y de los romanos". Si ésta es su Casa y El me ha creado a mí, podré entrar en ella también yo responde Alejandro, ofendido por el desprecio con que los sacerdotes dicen "paganos".
Calla, Alejandro. Yo hablo –interviene Jesús, que después de haber besado al pequeño se lo ha devuelto a su madre, y se ha puesto en pie–. Dice al grupo que ha venido a echarle: Nadie puede prohibir a un fiel, a un verdadero israelita del que ninguno puede probar que sea culpable de pecado, orar en el Santo.
Pero explicar en el Templo la Ley, sí. Te has tomado este derecho sin tenerlo y sin pedirlo. ¡Pero bueno, ¿quién eres Tú?! ¡¿Cómo usurpas un nombre y un puesto que no te pertenecen?!

4 ¡Jesús los mira con unos ojos que...! Luego dice: 
Judas de Keriot, pasa aquí.
A Judas no parece entusiasmarle la propuesta. Había tratado de eclipsarse apenas llegados los sacerdotes y los oficiales del Templo (que no llevan uniforme militar: debe ser un cargo civil), pero tiene que obedecer porque Pedro y Judas de Alfeo le empujan hacia delante.
Judas, responde. Y vosotros miradle. Le conocéis. Es del Templo. ¿Le conocéis?.
Deben responder: 
.
Judas, ¿qué te mandé hacer la primera vez que hablé aquí? (100). Y, ¿de qué te asombraste tú? Y Yo, ¿qué te dije como respuesta a tu asombro? Habla. Sé franco.
Me dijo: "Llama al oficial de turno para que pueda pedirle permiso para instruir". Y dio su nombre y acreditó su condición y su tribu... y yo me asombré como quien presencia una inútil formalidad, dado que El se dice el Mesías. Y me explicó: "Es necesario, y cuando llegue el momento acuérdate de que no falté al respeto ni al Templo ni a sus oficiales". Sí. Así dijo. Verdaderamente debo decirlo. Judas al principio hablaba un poco inseguro, como si se sintiera molesto. Pero luego, con uno de esos cambios bruscos típicos suyos, ha superado la inseguridad hasta mostrarse incluso casi arrogante.
Me sorprende que le defiendas. Has traicionado nuestra confianza en ti dice un sacerdote a Judas en tono de reprensión.
No he traicionado a nadie. ¡Cuántos entre vosotros son del Bautista! Y, ¿son traidores por eso? Pues yo soy de Cristo.
Bien, de acuerdo; pues Este no debe hablar aquí. Que venga como un fiel, que ya es incluso demasiado para uno que es amigo de paganos, meretrices, publicanos....
“Respondedme a mí ahora” dice Jesús, severo pero tranquilo. “¿Quiénes son los Ancianos de turno?”.
Doras y Félix, judíos. Joaquín de Cafarnaúm y José, itureo.
Ya. Vamos. Como respuesta, decid a los tres acusadores –puesto que el itureo no ha podido acusar– que el Templo no es todo Israel e Israel no es todo el mundo, y que la baba de los reptiles, a pesar de ser mucha y venenosísima, no sumergirá la Voz de Dios, ni su veneno paralizará mi caminar entre los hombres mientras no llegue la hora. Y después... ¡Oh!, decidles que después los hombres harán justicia de los verdugos y exaltarán a la Víctima haciendo de Ella su único amor. Id. Y nosotros, vámonos. Y Jesús se cubre con su amplio manto oscuro y sale en medio de los suyos.

5 Detrás de todos viene Alejandro, que se había quedado durante la disputa. Una vez fuera del recinto, al pie de la Torre Antonia, dice: 
Me despido de ti, Maestro. Y te pido perdón por haberte sido causa de censura.
¡Oh, no te aflijas por ello! Buscaban el pretexto y lo han encontrado. Si no hubieras sido tú, hubiera sido otro... Vosotros, en Roma, celebráis juegos en el Circo, con fieras y serpientes, ¿no es cierto? Pues bien, te digo que ninguna fiera es más feroz y más falsa que un hombre que quiere matar a otro hombre.
Y yo te digo que al servicio de César he recorrido todas las regiones de Roma, pero no he encontrado nunca, entre los miles de personas con que me he topado, una más divina que Tú. ¡No, ni siquiera nuestros dioses son divinos como Tú lo eres! Son vindicativos, crueles, pendencieros, mentirosos... Tú eres bueno. Tú eres verdaderamente un Hombre no hombre. Salud, Maestro.
Adiós, Alejandro. Prosigue en la Luz.
Todo termina.

Continúa...

Nota:

100) Ponerlo en relación con 68.1/2.

 
 
El Poema del Hombre-Dios (105) 



 
 
 
 
 
 
 

5 DE JULIO: SAN MIGUEL DE LOS SANTOS


5 de Julio: San Miguel de los santos

(✞ 1625)

El seráfico siervo de Cristo crucificado, San Miguel de los santos fue natural de Vich, en Cataluña, a donde poco antes se había trasladado su padre, que ejercía el oficio de escribano en la villa de Centella.

Tenía el asombroso niño Miguel seis años no cumplidos, cuando abrasado de amor por Cristo se encaminó con otro niño hacia Montseny, con propósito de hacer en aquellas asperezas una vida penitente y solitaria.

Al hallarle su padre en una cueva, hincado de rodillas y llorando con muchas lágrimas, le preguntó por qué lloraba; y el niño respondió:

- Lloro por la pasión de nuestro Señor Jesucristo

Y preguntándole también cómo pensaba sustentarse en aquella soledad, respondió que Dios le alimentaría como alimentaba a los otros Santos.

Tomándole el padre de la mano lo volvió a su casa, donde comenzó a ayunar la Cuaresma, las vigilias y los miércoles, viernes y sábado de cada semana; ponía los pies desnudos sobre la nieve, se disciplinaba todas las noches, y llevaba en el pecho una cruz de madera atravesada con tres clavos, que traía hincados en las carnes.

Terminados los primeros estudios en las letras humanas y siendo de doce años fue a Barcelona, donde recibió el hábito de los Trinitarios Calzados, con indecible gozo en su alma, más poco después de sus votos solemnes, pasó a la estrecha observancia de los Religiosos Trinitarios Descalzos, a los cuales espantó con sus extraordinarias penitencias.

Porque no comía sino de dos en dos días algunos bocados de pan, y a veces se le pasaban doce, quince y veinte días sin probar agua ni bebida alguna, llegando a pasar un verano entero sin beber.

Se le ponía la lengua y los labios tan secos como los que padecen ardientísima fiebre, y el siervo de Dios, para acrecentar aún esta terrible mortificación, bajaba a unos sótanos donde había muchas tinajas de agua fresca, para que a la vista del refrigerio fuese mayor el sacrificio.

Aún hoy todavía se guarda una cruz de hierro que tiene una cuarta de largo y está sembrada de ochenta y un clavos que traía hincados en las espaldas.

En invierno se aplicaba agua fría en el pecho para templar los ardores del amor divino.

Uno de los regalos que le hizo el Señor fue trocarle místicamente el corazón dándole Jesucristo el suyo de una manera inefable.

Eran tan frecuentes sus éxtasis seráficos que se arrobaba predicando, diciendo Misa, orando, en el templo, en las visitas y en las calles.

Lo vieron muchas veces elevado todo el cuerpo en el aire, especialmente al celebrar la Misa, y teniendo el que lo ayudaba curiosidad por medir la altura, pues los arrobamientos duraban un cuarto de hora, halló que estaba elevado más de media vara del suelo.

Finalmente, llegado el tiempo en el que el Señor quiso trasladar este Serafín humano al paraíso, después de haber asombrado al mundo con sus extraordinarias virtudes, le llevó para sí el segundo día de Pascua de Resurrección a la edad de treinta y tres años.

Reflexión:

Oye y asienta en tu alma lo que solía decir este mismo santo, maravillándose de que hubiese hombres que no amasen a Dios. “Oh, hijos de Adán! -exclamaba- ¿Es posible que haya hombres que no quieran amar a Dios? ¡Oh, si las almas conocieran aquella suma bondad, cómo no la ofenderían, antes se abrasarían en su amor! ¡Oh! ¡Si experimentaran la suavidad de Dios, cómo se morirían todos de amor por Él!”. Tal es el secreto y verdadera causa de la vida asombrosa de los santos.

Oración:

¡Oh Dios misericordioso! Que te dignaste adornar al bienaventurado Miguel, tu confesor, con maravillosa inocencia y admirable caridad, concédenos por su intercesión que libres de vicios, y encendidos en tu amor, merezcamos llegar a gozarte. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

 

sábado, 4 de julio de 2026

LA HEREJÍA DEL CONSECUENCIALISMO

El valor de los santos es el único remedio para el silencio del clero.

Por el padre David Nix


Incluso en Veritatis Splendor, Juan Pablo II aborda las herejías modernistas de la teología moral llamadas “consecuencialismo” y “proporcionalismo”. “El primero pretende obtener los criterios de la rectitud de un obrar determinado sólo del cálculo de las consecuencias que se prevé pueden derivarse de la ejecución de una decisiónEl segundo, ponderando entre sí los valores y los bienes que persiguen, se centra más bien en la proporción reconocida entre los efectos buenos o malos, en vista del bien mayor o del mal menor, que sean efectivamente posibles en una situación determinada”. — Veritatis Splendor n° 75.

De hecho, Veritatis Splendor cita a Cristo diciéndole al joven rico que, para salvarse, primero debe guardar los mandamientos. Entonces, ¿qué tiene que ver guardar los mandamientos con las recientes herejías de la teología moral llamadas “consecuencialismo” y “proporcionalismo”?

Para comprender el consecuencialismo, imaginemos esta historia hipotética que se ha repetido una y otra vez de maneras similares, pero distintas a como la relato aquí: Un obispo recibe numerosos informes fidedignos de que un sacerdote abusó de niños en una parroquia. El obispo decide entonces mentir públicamente sobre ese sacerdote. Quizás el obispo no quería mentir en sí mismo sobre este sacerdote depredador. Simplemente creía que hacer lo correcto en el presente, es decir, enviar al sacerdote abusador a prisión, tendría consecuencias negativas en el futuro, como que muchos católicos abandonaran su diócesis.

Si estás convencido de que el obispo imaginario mencionado anteriormente tomó una decisión desafortunada pero prudente, entonces te has alineado con el consecuencialismo que llevó al sumo sacerdote judío Caifás a matar a Cristo. Recuerda que Caifás tenía una razón aparentemente lógica para entregar a Cristo a los romanos: “Es mejor para vosotros que un solo hombre muera por el pueblo, a que perezca toda la nación” (Jn 11:49-50). Sorprendentemente, ¡Caifás casi parece admitir que matar a Cristo fue una mala idea! De hecho, Caifás consideró que matarlo tendría consecuencias proporcionalmente menos perjudiciales que un cisma dentro de Israel, que eventualmente podría atraer la atención del Imperio Romano.

Los prelados ortodoxos, pero cobardes, de hoy deberían recordar que lo único que Caifás temía —que el Imperio Romano destruyera el templo cuarenta años después— fue precisamente lo que provocó al poner en marcha la ejecución de Jesucristo mediante el proporcionalismo. San Juan señala unos versículos más adelante que la capacidad de Caifás para convertirse en un agente de profecía autocumplida en la muerte de Cristo (aunque accidentalmente y de forma sacrílega) fue consecuencia de ser sumo sacerdote ese año: “No dijo esto por su propia cuenta, sino que, siendo sumo sacerdote ese año, profetizó que Jesús moriría por la nación” (v. 51).

Como ya hemos comentado, para que una decisión sea moral, debe tener una buena intención, un buen objeto (acto) y buenas circunstancias. La Teología Moral Católica siempre ha enseñado infaliblemente que si falta alguno de estos tres elementos, se trata de una mala decisión. Por lo tanto, si uno se abstiene de decir la verdad manteniendo una buena intención (por ejemplo, mantener unida la diócesis o evitar el cisma en la Iglesia), entonces ha cometido un pecado mortal. En resumen, el fin no justifica los medios. Esto es algo muy básico. Pero el proporcionalismo y el consecuencialismo no son más que las artimañas de Satanás para eludir esta doctrina.

Quizás el problema radica en el orgullo: que nosotros, sacerdotes, obispos y cardenales, creemos que nuestra influencia y las consecuencias del futuro de la Iglesia superan con creces nuestra responsabilidad de hacer lo correcto en el presente. Tal vez sea precisamente este error fundamental el que nos lleva a pensar que la teología moral no nos concierne, sobre todo cuando tenemos que restaurar la imagen de toda una Iglesia en medio de un escándalo tan grave. ¿Dónde están todos los obispos que denuncian la herejía semanal que ahora escuchamos desde las altas esferas?

Por ejemplo, el Vaticano ha declarado abiertamente que está al servicio de las Naciones Unidas, que defienden el aborto: “... la Iglesia católica, que a menudo es un interlocutor y colabora en los programas que ustedes supervisan y en los que trabajan”.

Los pocos obispos íntegros que quedan en el mundo saben que esto es un problema. Pero si le preguntaras discretamente a cualquier obispo o cardenal decente por qué no se opone a los errores que le llegan de la jerarquía supuestamente superior, probablemente suspiraría y diría: “¿Y si me meto en problemas y pierdo mi diócesis? ¡Entonces me reemplazarían con un obispo liberal!”. Esta parece una respuesta conservadora y estratégica. Desafortunadamente, su respuesta es pecaminosa, ya que se basa en los errores de la teología moral del consecuencialismo.

He aquí la razón: El fin no justifica los medios, ya sean pecados de acción u omisión. ¿Alguna vez has pensado que los pecados de omisión no justifican un buen fin? Esto significa que si me abstengo de corregir la herejía de mis superiores para conservar mis facultades y poder escuchar otras 10.000 confesiones, cometo un pecado mortal según la herejía teológica moral del proporcionalismo. Si cierto obispo nos dijera que actuar con valentía sería demasiado humano y que deberíamos esperar la intervención divina, esto se acercaría a la herejía espiritual del quietismo.

Si cierto cardenal se abstuviera de corregir las herejías de sus superiores para salvar a la Iglesia del cisma (léase: Caifás), o si guardara silencio para salvarse a sí mismo y convertirse algún día en Papa, esto también constituiría el error teológico moral del consecuencialismo. El consecuencialismo y el proporcionalismo son las dos herejías morales que impiden a todos los prelados del mundo actuar correctamente en la peor crisis de la historia de la Iglesia, al menos si están del lado de la ortodoxia. Los herejes están obviamente perdidos a menos que se arrepientan.

El fin no justifica los medios, incluso si esos medios son pecados de omisión con la buena intención de la autopreservación de tu ministerio, o incluso de la preservación de la Iglesia contra el cisma.

Muchos prelados responderían a lo anterior con un suspiro de resignación: “¡Ah, pero nadie me haría caso! Solo soy obispo de una pequeña diócesis en Filipinas”. Pues bien, fíjense en lo que Dios le dice al profeta Jeremías: “Cuando les digas todo esto, no te escucharán; cuando los llames, no te responderán. Por tanto, diles: 'Esta es la nación que no ha obedecido al Señor su Dios ni ha respondido a la corrección'”. —Jeremías 7:27.

Vuelve a leer esa primera frase. ¿Has oído hablar alguna vez de una misión en la que Dios haya enviado a un hombre y le haya advertido de antemano que fracasará? Es asombroso que Dios le diga a Jeremías con anticipación que la nación de Israel “no te escuchará”. Jeremías obedece de todos modos. ¿Por qué? ¡Porque es Dios! Es Dios quien se lo ordena. ¿Acaso eso ya no significa nada para nadie en la jerarquía de la Iglesia Católica? Jeremías no tiene tiempo para la herejía del consecuencialismo argumentando que “nadie me escuchará”. Sí, Dios ya se lo había dicho a Jeremías. Aun así, obedecemos a Dios.

Imagínate esto: Imagina a un padre biológico caminando por las montañas de Colorado con sus siete hijos. Imagina que un puma ataca a uno de ellos. ¿Iría ese padre a luchar contra el puma? ¡Claro que sí! ¿Y si le costara la vida? Aun así lo haría. ¿Te imaginas qué clase de mal padre se enfrascaría en un debate interno sobre la proporcionalidad cuando un puma ataca a su hijo?

Podría ser algo así: “Bueno, si voy a ahuyentar a ese león de mi hijo, podría matarme, y entonces mis otros seis hijos se quedarían sin padre. Probablemente sea mejor dejar que el león se coma a mi hijo, porque no querría que mis otros seis hijos crecieran sin padre”. Este es el razonamiento por el que tantos obispos mienten. Aman sus propios intereses más que la salvación de las almas. Pero lo opuesto al proporcionalismo es lo que surge de forma natural en cualquier padre virtuoso, biológico o espiritual: hacer lo correcto. Siempre. Sin importar las consecuencias, sin importar el resultado.

Y algunos obispos han hecho lo correcto a lo largo de la historia, sin importar las consecuencias, incluso sabiendo que un fracaso inminente les costaría su puesto en la diócesis. Por ejemplo, en el siglo IV, San Juan Crisóstomo era arzobispo de Constantinopla, la segunda ciudad más importante de la cristiandad, solo superada por Roma. Cientos de miles de personas en la actual Turquía buscaban en este gran predicador la guía hacia la santidad. Pero un día, San Juan supo que debía reprender a la emperatriz Eudoxia. San Juan conocía su poder temporal. Sabía muy bien que si la reprendía, podría perder su puesto como patriarca de Constantinopla. Sabía que su pueblo sería como ovejas sin pastor. Sabía que cientos de sacerdotes se quedarían sin su guía en sus ministerios.

¿Y qué hizo San Juan? No solo reprendió a la emperatriz, sino que lo hizo durante la Divina Liturgia. ¡La llamó públicamente “Jezabel”! Por supuesto, ella lo exilió dos veces. La última vez lo mató, razón por la cual se le considera mártir en algunos ritos orientales.

En ambos exilios, Crisóstomo tuvo que abandonar su amada Constantinopla. En aquel entonces escribió: “Violentas tormentas me rodean por todas partes, pero no tengo miedo porque estoy firme sobre una roca. Aunque el mar ruja y las olas se eleven, no podrán hundir la nave de Jesucristo”. Meses o años después, Crisóstomo regresó una noche. La noticia de su regreso corrió como la pólvora, y miles de personas salieron en barcos por el Bósboro, encendiendo velas en la noche para dar la bienvenida a su amado padre espiritual.

Así pues, debemos preguntarnos: ¿Cuáles fueron las consecuencias de que no siguiera la herejía moral del consecuencialismo? ¿De que no sopesara las almas del mañana frente a hacer lo correcto hoy? La respuesta es que San Juan fue canonizado. San Juan fue declarado Doctor de la Iglesia. Millones de cristianos, tanto de Oriente como de Occidente, leerían a San Juan Crisóstomo, y la gente lo seguirá leyendo hasta el regreso de Cristo en gloria. Lo más importante es que San Juan obedeció a Dios y, posteriormente, se convirtió en un héroe para todos los Padres de la Iglesia de Constantinopla en aquel siglo IV, quienes anhelaban ver a un siervo de Cristo obrar con rectitud, sin concesiones ni temor.

Finalmente, disculpen la blasfemia, pero imaginen si Jesucristo hubiera seguido los errores teológicos morales del proporcionalismo y el consecuencialismo. Si Jesucristo hubiera seguido estas dos doctrinas morales del fin que justifica los medios, habría sonado algo así: “Tengo un buen negocio con estos milagros que transforman vidas y mis poderosas enseñanzas. Si sigo diciéndoles a los fariseos que son hipócritas, podrían acabar con mis sanaciones y con mi resurrección. Si sigo oponiéndome a los fariseos, sin duda acabarán con lo más importante: ¡mi predicación del Reino de mi Padre! Por lo tanto, mejor hago las paces con los fariseos, porque si me crucifican, ¡mi maravilloso ministerio terminará!”.

Por supuesto, Cristo nunca dijo semejantes tonterías.

Cristo hizo lo correcto hasta la Cruz y sabía que su futura jerarquía siempre se vería tentada a anteponer el éxito mundano a hacer lo correcto, aquello que los llevaría a la Cruz. Cristo incluso tuvo que someter a San Pedro a una especie de terapia de choque para que comprendiera en ese momento que el mundo no se salvaría sin la Cruz, y que no podía ascender a ella sopesando insignificantes consecuencias humanas para el futuro, cuando, en su Sagrada Humanidad, fue llamado por su Sagrada Divinidad a hacer una sola cosa: lo correcto, hoy, sin concesiones, incluso si eso significaba provocar la ira de los líderes religiosos de su tiempo.

Sí, un acto de este tipo en medio de una jerarquía corrupta generalmente conlleva el fin del ministerio terrenal de uno... y la redención del mundo.
 

Imagen que ilustra este artículo: San Juan Crisóstomo confrontando a la emperatriz Eudoxia, de Jean-Paul Laurens