viernes, 13 de marzo de 2026

LEÓN XIV DICE QUE “NUESTRA TAREA NO ES CONSTRUIR UNA CRISTIANDAD”

La afirmación de que “nuestra tarea no es construir una cristiandad” es directamente contraria a la “Gran Comisión” confiada a los Apóstoles por Cristo antes de su Ascensión.

Por Matthew McCusker


Se ha informado que, en unas palabras dirigidas a una delegación del Consejo Mundial de Iglesias (CMI), León XIV dijo que nuestra tarea no es construir una cristiandad.

El Rev. Prof. Dr. Jerry Pillay, Secretario General del CMI, informó que León les dijo a los representantes que “si bien nuestra tarea no es construir una cristiandad, los cristianos debemos trabajar juntos en unidad para sanar y restaurar el mundo”.

El Consejo Mundial de Iglesias publicó la declaración en su sitio web el 28 de febrero. El 6 de marzo, el Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos publicó su propio informe sobre la reunión y no desmintió las palabras comunicadas por el Secretario General ni ofreció ninguna aclaración sobre el significado de las palabras de León (en inglés aquí).

Esto hace que valga la pena considerar más a fondo esta observación, sobre todo porque, como veremos, encuentra respaldo en otras declaraciones públicas hechas por León.

La afirmación de que “nuestra tarea no es construir una cristiandad” es directamente contraria a la “Gran Comisión” confiada a los Apóstoles por Nuestro Señor Jesucristo antes de Su Ascensión:

Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado; y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta la consumación del mundo. (Mt 28:18-20)

El Evangelio de Jesucristo exige una transformación de todos los aspectos de la vida humana. Santifica no solo a los individuos, sino también a las sociedades que estos forman al unirse.

La cristiandad es el orden que resulta cuando un grupo de hombres, repartidos en muchas naciones, reconoce públicamente a Jesucristo y la autoridad de la Iglesia Católica y busca poner todos los aspectos de la vida social en conformidad con la ley natural y divina.

El término ha sido utilizado repetidamente, a lo largo de muchos siglos, por los Papas y los Concilios ecuménicos, para describir el orden social cristiano que resultó de la adopción de la fe católica por naciones enteras desde el período de la Antigüedad tardía en adelante.

La edificación de la cristiandad no puede separarse de la predicación del Evangelio. Negar que la Iglesia tiene la misión de “construir la cristiandad” equivaldría a afirmar que existen áreas de la vida humana que no están sujetas a la autoridad de Dios ni a la acción transformadora de su gracia.

Por el contrario, la Iglesia Católica enseña que todo aspecto de la vida humana está sujeto a la ley natural y divina, y que todos los hombres están estrictamente obligados a reconocer a Jesucristo y someterse a la autoridad de la Iglesia Católica, no sólo como individuos sino también cuando se reúnen para formar sociedades [1].

La realidad de la cristiandad

En su carta encíclica Immortale Dei, “Sobre la Constitución cristiana del Estado”, el Papa León XIII enseñó:

Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. En aquella época la eficacia propia de la sabiduría cristiana y su virtud divina habían penetrado en las leyes, en las instituciones, en la moral de los pueblos, infiltrándose en todas las clases y relaciones de la sociedad. La Religión fundada por Jesucristo se veía colocada firmemente en el grado de honor que le corresponde y florecía en todas partes gracias a la adhesión benévola de los gobernantes y a la tutela legítima de los magistrados. El sacerdocio y el imperio vivían unidos en mutua concordia y amistoso consorcio de voluntades [2].

Continuó:

Organizado de este modo, el Estado produjo bienes superiores a toda esperanza. Todavía subsiste la memoria de estos beneficios y quedará vigente en innumerables monumentos históricos que ninguna corruptora habilidad de los adversarios podrá desvirtuar u oscurecer [3].

Y en Rerum Novarum, su encíclica “Sobre la situación de los obreros”, el mismo pontífice enseñó:

Recordamos cosas y hechos que no ofrecen duda alguna: que la sociedad humana fue renovada desde sus cimientos por las costumbres cristianas; que, en virtud de esta renovación, fue impulsado el género humano a cosas mejores; más aún, fue sacado de la muerte a la vida y colmado de una tan elevada perfección, que ni existió otra igual en tiempos anteriores ni podrá haberla mayor en el futuro [4].

La naturaleza excepcional de esta civilización surgió de la predicación del Evangelio de Jesucristo:

Jesucristo es el principio y el fin mismo de estos beneficios y que, como de El han procedido, a El tendrán todos que referirse. Recibida la luz del Evangelio, habiendo conocido el orbe entero el gran misterio de la encarnación del Verbo y de la redención de los hombres, la vida de Jesucristo, Dios y hombre, penetró todas las naciones y las imbuyó a todas en su fe, en sus preceptos y en sus leyes [5].

Y, en Quadragesimo Anno, en el 40° aniversario de Rerum Novarum, el Papa Pío XI afirmó:

Existió, efectivamente, en otros tiempos un orden social que, aun no siendo perfecto ni completo en todos sus puntos, no obstante, dadas las circunstancias y las necesidades de la época, estaba de algún modo conforme con la recta razón.

Y si aquel orden cayó, es indudable que no se debió a que no pudiera, evolucionando y en cierto modo ampliándose, adaptarse a las nuevas circunstancias y necesidades, sino más bien a que los hombres, o, endurecidos por el exceso de egoísmo, rehusaron ampliar los límites de ese orden en la medida que hubiera convenido al número creciente de la muchedumbre, o, seducidos por una falsa apariencia de libertad y por otros errores, rebeldes a cualquier potestad, trataron de quitarse de encima todo yugo [6].

La rebelión contra la cristiandad

La rebelión contra el orden social cristiano comenzó con la Reforma Protestante, que sustituyó el principio de obediencia al Sagrado Magisterio de la Iglesia Católica por el principio del juicio privado en materia de religión.

La convicción de que el individuo tiene derecho a decidir lo que Dios ha revelado es la raíz de la ideología del liberalismo, causa principal de los males que afligen al mundo moderno y que ahora amenaza con llevar a nuestra sociedad a su ruina definitiva. A partir del liberalismo religioso, otras formas de liberalismo comenzaron a desarrollarse a partir del siglo XVII.

El Papa León XIII explicó que el liberalismo proclama “el principio fundamental de todo el racionalismo es la soberanía de la razón humana, que, negando la obediencia debida a la divina y eterna razón y declarándose a sí misma independiente, se convierte en sumo principio, fuente exclusiva y juez único de la verdad” [7].

Es decir, el liberalismo es la afirmación de la independencia del hombre respecto de cualquier sumisión necesaria a un orden existente fuera de su propio intelecto y voluntad.

Sostiene que es el individuo quien debe determinar por sí mismo qué es verdadero y qué es bueno. El ejercicio de la libertad es considerado por el liberal como el bien supremo del hombre.
 
El liberalismo adopta diferentes formas, según el ámbito de la vida humana en el que el hombre busca la independencia de la autoridad divina. Por ejemplo:

• El liberalismo religioso afirma la independencia del hombre respecto de la autoridad de Dios en asuntos religiosos, es decir, rechaza la autoridad docente de la Iglesia, postulando en cambio que el hombre puede elegir por sí mismo qué creer.

• El liberalismo político afirma la independencia del hombre respecto de la autoridad de Dios en el Estado, es decir, rechaza a Dios como la única fuente de autoridad política legítima, postulando en cambio que la autoridad del Estado se deriva del hombre y del consentimiento de los gobernados.

• El liberalismo moral afirma la independencia del hombre respecto de la autoridad de Dios a la hora de determinar la moralidad de los actos humanos, es decir, rechaza la obligación de conformar todas las acciones a la ley divina revelada por Dios y a la ley natural escrita en nuestros corazones, postulando en cambio que somos libres de actuar como queramos, siempre y cuando no violemos los derechos de los demás.
 
El liberalismo, que se desarrolló tras la Revolución Protestante, se manifestó en Inglaterra y Escocia durante las guerras civiles y revoluciones del siglo XVII. La fundación de la masonería en 1717 le proporcionó una forma organizada que le permitió corromper la vida política e intelectual de Europa en el siglo XVIII.

En 1776, los principios políticos liberales fueron enunciados en la Declaración de Independencia y en 1787 tomaron forma como modo de gobierno cuando la Revolución Americana consagró los principios liberales en la primera constitución liberal del mundo.

A partir de 1789, el liberalismo irrumpió con mayor ferocidad y violencia en Francia. Un Napoleón triunfante impuso el liberalismo en toda Europa a punta de espada, lo que resultó en la destrucción del orden católico de muchos estados y la disolución del Sacro Imperio Romano Germánico en 1806. En 1848, la bandera de la revolución ondeó en toda Europa, y el orden cristiano, parcialmente restaurado tras la derrota de Napoleón, sufrió nuevas heridas mortales. Mientras tanto, el liberalismo había infectado a Latinoamérica, hundiendo al continente en una serie de revoluciones y guerras de las que aún no se ha recuperado.

La segunda mitad del siglo XIX presenció el triunfo de los principios liberales en las esferas política y educativa de gran parte del mundo occidental, y el auge del socialismo y el comunismo como poderosos movimientos políticos. Estas ideologías —que son a la vez un desarrollo de los errores del liberalismo y una reacción a sus consecuencias— iniciaron su fatal avance hacia la Revolución Rusa de 1917 y el ascenso al poder de los regímenes comunistas en gran parte del mundo.

La teoría de la evolución, propuesta por Charles Darwin en 1859, fue la más significativa de una serie de nuevas ideas que contribuyeron a una crisis generalizada de fe y fortalecieron el avance de filosofías e ideologías anticristianas.

De 1914 a 1918, la cristiandad se desintegró, en posiblemente la guerra más destructiva moralmente de la historia de la humanidad. En 1918, el último imperio católico de Europa, el de Austria-Hungría, se derrumbó. La década de 1920 presenció un colapso moral, incluyendo la primera revolución sexual, y el auge de ideologías políticas —comunismo, fascismo y nacionalsocialismo— que, junto con el liberalismo, destruyeron gran parte de lo que quedaba de la civilización cristiana.

En el mundo posterior a la Segunda Guerra Mundial, los intentos de los políticos católicos en las décadas de 1940 y 1950 de liderar movimientos políticos fundados en principios católicos fueron barridos tras el concilio Vaticano II, cuyos documentos consagraron los principios liberales en textos que se presentaron al mundo como “actos del magisterio”.

Con el Vaticano II, la cristiandad —un orden social público formado por el cristianismo— finalmente dejó de existir. Una década después de la clausura del concilio, el aborto era legal en muchos países europeos y en Estados Unidos, junto con leyes liberales de divorcio, la anticoncepción, la pornografía, la aceptación generalizada de los actos homosexuales y una miríada de otros males. Estos se han extendido a otras partes del mundo antaño católico.

Desde la clausura del concilio, las energías de los católicos –reducidos a un remanente fiel– se han dirigido en gran medida a defender la fe contra los apóstatas de la jerarquía y a combatir males morales como el aborto.

La misión de la Iglesia de predicar el Evangelio y edificar la civilización cristiana se ha visto continuamente obstaculizada por falsos pastores que ocultan la luz del Evangelio a la humanidad, con la consecuencia de que la mayoría de los hombres, mujeres y niños parten de esta vida sin el conocimiento de Jesucristo.

Verdaderamente vivimos en el momento más oscuro de la historia de la humanidad.

“Restaurar todas las cosas en Cristo”
 
Ante la progresiva apostasía de la humanidad respecto de Dios, los Romanos Pontífices nunca dejaron de levantar una voz de advertencia y llamar al hombre a volver a Dios.

A partir de 1738, con la condena de la masonería por parte del Papa Clemente XIII (In eminenti), los Papas no se cansaron de condenar el liberalismo en todas las etapas de su desarrollo.

Durante la primera mitad del siglo XIX, bajo Papas como Gregorio XVI (1831-1846) y Pío IX (1846-1878), la Iglesia identificó y condenó los errores que sustentaban las nuevas ideologías. El extraordinario e imponente Papado de León XIII (1878-1903) mostró a la humanidad el camino a seguir. Con gran sabiduría, este Papa resolvió cuestiones complejas, como la relación entre el trabajo y el capital, entre la Iglesia y el Estado, y entre la obligación moral y la libertad humana. León XIII también impulsó un renacimiento de la filosofía y la teología, que rendiría grandes frutos durante tres generaciones, desde la década de 1880 hasta la de 1960.

El Papa León XIII fue sucedido por un santo. El Papa San Pío X (1903-1914) continuó la sagrada lucha de sus predecesores contra el liberalismo y otros errores. Su mayor don a la Iglesia fue su profundo análisis de la herejía del modernismo en su encíclica Pascendi de 1907. Este sigue siendo uno de los textos más importantes y cruciales para quienes desean comprender la crisis que azota a los católicos hoy en día.

La primera encíclica del Papa San Pío X fue E Supremi, “Sobre la restauración de todas las cosas en Cristo”. En esta carta, expresó sus sentimientos al ser elegido Papa:

... estábamos aterrorizados más allá de todo por el desastroso estado de la sociedad humana de hoy. Porque, ¿quién puede dejar de ver que la sociedad está en el momento presente, más que en cualquier época pasada, sufriendo de una enfermedad terrible y profundamente arraigada que, desarrollándose todos los días y comiendo hasta lo más íntimo, los está arrastrando a la destrucción? [8].

Esta terrible y arraigada enfermedad es el liberalismo y el modernismo, que nos han llevado al borde de la destrucción total de nuestra sociedad. La situación en 2026 es incomparable a la de 1903.

San Pío X continuó:

Vosotros comprendéis, Venerables Hermanos, qué es esta enfermedad: la apostasía de Dios, que en verdad nada está más aliado con la ruina, según la palabra del Profeta: “Porque he aquí, los que se alejan de Ti perecerán” (Sal. 73, 27) [9].

El Santo Padre expresó su temor de que los días del Anticristo estuvieran cerca:

Cuando se considera todo esto, hay buenas razones para temer que esta gran perversidad pueda ser como un anticipo, y quizás el comienzo de esos males que están reservados para los últimos días; y que puede estar ya en el mundo el “Hijo de Perdición” de quien habla el Apóstol (II. Tes. 2: 3) [10].

Consideró que era su deber, al ser elegido Papa:

Vimos, pues, que, en virtud del ministerio del Pontificado, que nos iba a encomendar, debemos apresurarnos a encontrar remedio a este gran mal, considerando que nos ha sido dirigido ese mandato divino: “He aquí que te he puesto este día sobre las naciones y sobre los reinos, para desarraigar, y para demoler, para devastar, para destruir, para edificar y para plantar” (Jeremías 1: 10) [11].

Y él sabía cuál era el remedio:

Sin embargo, dado que a la Divina Voluntad agradó elevar Nuestra humildad a tal sublimidad de poder, nos animamos en Aquel que Nos fortalece; y poniéndonos a trabajar, confiando en el poder de Dios, proclamamos que no tenemos otro programa en el Pontificado Supremo que el de “restaurar todas las cosas en Cristo” (Efesios 1: 10), para que “Cristo sea todos y en todos” (Colosenses 3, 11) (Col. 3:2) [12].

[…]

Pero, Venerables Hermanos, nunca, por mucho que nos esforcemos, lograremos llamar a los hombres a la majestad y al imperio de Dios, excepto por medio de Jesucristo. "Nadie", nos advierte el Apóstol, “puede poner otro fundamento que el que está puesto, que es Jesucristo” (I. Cor. 3: 11) [13].

[…]

A esto, entonces, Nos corresponde dedicar Nuestro cuidado: llevar a la humanidad de regreso al dominio de Cristo; hecho esto, lo habremos devuelto a Dios [14].

El 
imperio de Dios y el dominio de Cristo se extienden a todos los aspectos de la vida humana; nada escapa a la soberanía de Dios. Por ello, su Vicario en la Tierra continuó:

Ved, pues, Venerables Hermanos, el deber que se nos ha impuesto tanto a Nosotros como a vosotros de traer a la disciplina de la Iglesia a la sociedad humana, ahora alejada de la sabiduría de Cristo; la Iglesia lo someterá entonces a Cristo, y Cristo a Dios [15].

Este gran programa de San Pío X de restaurar todas las cosas en Cristo no es otra cosa que la construcción, o más bien la restauración de la cristiandad, como enseñó el santo pontífice en Notre Charge Apostolique:

Venerables Hermanos (hace falta recordarlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y de legisladores); no se edificará la ciudad de otro modo del que Dios la ha edificado; no se edificará la sociedad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no se inventará ni la ciudad nueva se edificará en las nubes.

Ha sido y es la civilización cristiana, es la ciudad católica. No se trata más que de restaurarla, y de hacerlo con ahínco, sobre los cimientos naturales y divinos contra los ataques siempre renovados de la utopía malsana, de la protesta y de la impiedad; Omnia instaurare in Christo [16].

La Iglesia Católica vs la iglesia sinodal

El programa de San Pío X y sus predecesores fue también el de sus sucesores. El Papa Pío XI (1922-1939), en particular, es conocido por su proclamación de la Realeza de Cristo y por su defensa del “Reino Social” de Nuestro Señor, es decir, su reinado sobre todos los aspectos de la sociedad humana, no solo sobre los individuos.

En su encíclica Quas Primas, “En la fiesta de Cristo Rey”, el Papa Pío XI escribió:

En la primera encíclica, que al comenzar nuestro Pontificado enviamos a todos los obispos del orbe católico, analizábamos las causas supremas de las calamidades que veíamos abrumar y afligir al género humano.

Y en ella proclamamos Nos claramente no sólo que este cúmulo de males había invadido la tierra, porque la mayoría de los hombres se habían alejado de Jesucristo y de su ley santísima, así en su vida y costumbres como en la familia y en la gobernación del Estado, sino también que nunca resplandecería una esperanza cierta de paz verdadera entre los pueblos mientras los individuos y las naciones negasen y rechazasen el imperio de nuestro Salvador [17].

La “restauración del Imperio de Nuestro Señor” es precisamente lo que se rechaza en la afirmación “nuestra tarea no es construir una cristiandad”.

Si León efectivamente pronunció estas palabras –y el Vaticano no lo ha negado–, entonces se trata de una formulación clara de su rechazo, ya aparente, a seguir la gran sucesión de Pontífices Romanos que han reconocido la crisis que enfrenta la humanidad, identificado sus causas y trabajado por la restauración de la civilización cristiana.

Más bien, se ha puesto del lado de los liberales, es decir, del lado de aquellos que piensan que Nuestro Señor Jesucristo no debe reinar sobre la sociedad.

Esto no es otra cosa que un rechazo de la misión misma de la Iglesia.

León XIV ya ha dejado clara su lealtad a todos aquellos que quieran verla.

El 8 de mayo de 2025, día en que fue elegido sucesor de Francisco, se puso de pie en la logia de San Pedro y declaró: Queremos ser una iglesia sinodal.

La 
iglesia sinodal es una iglesia refundada sobre principios liberales. Marca la conclusión del desarrollo y la difusión del liberalismo descritos en este artículo. La sinodalidad es la negación de la triple autoridad de Cristo —enseñanza, gobierno y santificación—, ejercida en la Iglesia por su divino fundador, en favor de un sistema que deriva su autoridad del pueblo.

Tenemos una idea muy clara de lo que debe ser la “iglesia sinodal”, porque el Vaticano, bajo el gobierno de Francisco, publicó un plan para su creación.

El documento, titulado El Obispo de Roma, fue escrito por el “cardenal” Koch, jefe del Dicasterio para la Promoción de la Unidad Cristiana, y se publicó con la aprobación de Francisco. El “cardenal” Koch conserva su cargo bajo el reinado de León XIII.

Este documento habla abiertamente de lo que llama la “iglesia conciliar/sinodal”.

Haciendo un análisis del documento destaco que una vez desacreditada la idea ortodoxa del papado, se abrirá el camino para establecer el nuevo “papado sinodal”, que presidirá una “nueva iglesia inclusiva”, sin doctrina ni disciplina. Todos los bautizados serán invitados a esta “iglesia sinodal”, sin tener que abandonar sus errores doctrinales.

La implementación de este plan conduciría a una “iglesia ecuménica global” carente de doctrina y disciplina.

Esta “iglesia sinodal” no puede confundirse con la Iglesia Católica, porque tiene una misión diametralmente opuesta.

La Iglesia Católica tiene la misión de restaurar todas las cosas en Cristo, para que “Cristo sea el todo y en todos” (Col 3,2). La Iglesia Católica busca construir la cristiandad, para que todo hombre, mujer y niño forme parte del Cuerpo Místico de Cristo, y para que todos los aspectos de la vida humana, individual y social, sean santificados.

La “iglesia sinodal” no busca “construir una cristiandad”, sino más bien busca una unidad puramente humana, uniendo a la humanidad sólo en pos de una agenda política temporal.

Ningún hombre puede servir a dos señores, porque sus fines son incompatibles.

Como escribió John Henry Newman:

Si San Atanasio pudo estar de acuerdo con Arrio, San Cirilo con Nestorio, Santo Domingo con los Albigenses, o San Ignacio con Lutero, entonces pueden unirse, en un tiempo determinado, o mediante ciertas aproximaciones felizmente graduales, o con hábiles limitaciones y concesiones, dos partidos que mutuamente piensen que la luz es oscuridad y la oscuridad luz.

“Delenda est Cartago”; uno u otro debe perecer. [18]

Uno u otro debe perecer.

Esta fue la enseñanza del Papa San Pío X, quien, en su primera encíclica, llamó a los católicos diciendo: “debemos utilizar todos los medios y emplear todas nuestras energías para lograr la desaparición total de la enorme y detestable maldad, tan característica de nuestro tiempo: la sustitución del hombre por Dios” [19].

La “iglesia sinodal”, que busca reemplazar el Cuerpo Místico de Cristo por una asamblea centrada en el hombre, apunta a la máxima “sustitución del hombre por Dios”, la máxima manifestación del liberalismo.

Sin embargo, hoy en día, muchos católicos, movidos por un sentido de lealtad bien intencionado pero equivocado, ofrecen su obediencia a un hombre cuyas palabras, acciones y profesión pública dejan claro que su lealtad es a la “iglesia sinodal” y no a la Iglesia fundada por Jesucristo.

León nos dijo el día de la elección a qué iglesia sirve: “Queremos ser una iglesia sinodal”.

Hagámosle la cortesía de creer que nos dijo la verdad.


Notas:

1) Consulte la serie sobre liberalismo para un análisis a fondo de estas cuestiones. La serie comienza aquí.

2) 
Papa León XIII, Immortale Dei, n° 9

3) Papa León XIII, Immortale Dei, n°9

4) 
Papa León XIII, Rerum Novarum, n° 21

5) Papa León XIII, Rerum Novarum, n° 21

6) Papa Pío XI, Quadragesimo Anno, n° 97

7) Papa León XIII, Libertas, n° 7

8) 
Papa San Pío X, E Supremi, n° 2

9) Papa San Pío X, E Supremi, n° 2

10) Papa San Pío X, E Supremi, n° 5

11) Papa San Pío X, E Supremi, n° 2

12) Papa San Pío X, E Supremi , n° 4

13) Papa San Pío X, E Supremi, N° 8

14) Papa San Pío X, E Supremi, n° 8

15) 
Papa San Pío X, E Supremi, n° 9

 
17) Papa Pío XI, Quas Primas, n° 1.

18) John Henry Newman, Ciertas dificultades que experimentan los anglicanos en la enseñanza católica: Volumen 1, Lección 4.
https://www.newmanreader.org/works/anglicans/volume1/lecture4.html

19) Papa San Pío X, E Supremi, n° 9.
 

LA AUTORIDAD APOSTÓLICA DEBILITADA (II)

Quienes arruinan, entristecen, confunden, dividen y debilitan a la Iglesia son aquellos que difunden el error y la mentira

Por el padre José María Iraburu


–O sea que lo que usted quiere es que los Obispos en vez de báculo pastoral tengan una buena estaca.

–Lo que yo quiero, como cualquier cristiano ortodoxo, es que los Obispos in persona Christi enseñen, santifiquen y gobiernen pastoralmente al pueblo que les ha sido confiado. Debo quererlo. Y usted también.

☙ ❧

Decía en el anterior artículo que la debilitación de la Autoridad apostólica parece tener principalmente cuatro causas: 

1. Horror a la Cruz. 

2. Influjo protestante. 

3. Influjo del liberalismo. 

4. E incumplimiento de las leyes canónicas. 

Ya traté en el anterior artículo sobre la primera causa. Ahora examinaremos las siguientes causas.

2. El influjo protestante, como es sabido, es hoy muy fuerte en el campo católico. Los sacerdotes, más que sacerdotes hoy son pastores protestantes. No hay, propiamente, sacerdocio católico; ni la Misa es un sacrificio, sino una cena. Por eso, en ella la liturgia de la Palabra es muy larga, y la liturgia sacrificial mínima

Aversión a la ley eclesiástica (una judaización del Evangelio).

Apertura al nuevo “matrimonio” de divorciados. 

Aceptación de la anticoncepción

Secularización laica de la figura del sacerdote y del religioso. 

Los “teólogos” están por encima de los Obispos (bueno, y por encima de cualquier cristiano: libre examen). 

Los Obispos no son sucesores sacramentales de los Apóstoles. 

El “derecho” de cada cristiano a disentir en conciencia de la doctrina o disciplina de la Iglesia. 

Etc., etc.

Todo esto es ya muy conocido y ha sido bien estudiado, por ejemplo, por el padre Horacio Bojorge, S. J. (Proceso de protestantización del Catolicismo).

“misas” protestantizadas

Pues bien, la protestantización debilita notablemente el ejercicio de la Autoridad apostólica. Afirmando a Lutero, y al protestantismo con él, el libre examen y negando la Sucesión apostólica –la autoridad de Papa, Obispos y Concilios–, es lógico que en las comunidades protestantes los “teólogos” sean más importantes que los pastores, elegidos por la comunidad y revocables. Como también es lógico y previsible que no haya unidad doctrinal en las confesiones protestantes, y que se dividan frecuentemente por partenogénesis. Confusión y división son congénitas al protestantismo. Pero lo más terrible es que esto suceda a veces “dentro” de la Iglesia Católica, una, santa y apostólica.

Ya se va considerando como normal que el binomio protestante confusión-división esté generalizado dentro del campo católico. Ya parece darse como un hecho admitido y admisible que, sin que haya posteriormente excomuniones o suspensiones a divinis, se difundan públicamente dentro de la Iglesia grandes herejías. Un autor afirma que “la Iglesia es un gran obstáculo para entender el Evangelio” (
J. M. Castillo ex S. J.); otro afirma que Jesús –el Jesús histórico, se entiende– nunca pensó en fundar una Iglesia” (J. A. Pagola); otra se reconoce “con derecho a disentir públicamente del Magisterio apostólico” (“sor” Teresa Forcades); otro reconoce que “la Humanæ vitæ fue un error, muy perjudicial para la Iglesia (“cardenal” Martini); no faltan quienes apoyan una ley que facilita aún más el aborto (J. Masiá, S. J., Instituto de Bioética Borja), o que se muestran favorables al ejercicio normalizado de la homosexualidad; otros afirman en las conclusiones de su congreso que “los poderes eclesiales han llevado a cabo una inversión de los valores hasta hacer irreconocible el mensaje y la praxis de Jesús de Nazaret”. La jerarquía “ha sustituido el Evangelio por los dogmas” (Asociación de “teólogos” y “teólogas” Juan XXIII), etc. 

No merece la pena que ponga más ejemplos. Bien saben los lectores que tesis heréticas y cismáticas como éstas abundan hoy en ciertos ambientes “católicos” como los mosquitos en un pantano insalubre.

Pareciera, pues, que no pocas Iglesias “católicas” aceptan en la práctica configurarse al “modo protestante”. En la Iglesia Católica, allí donde la confusión y la división se generalizan entre los fieles, es evidente que se ha degradado la Iglesia en clave de protestantización.

“misas carismáticas”

En la constitución apostólica Anglicanorum coetibus (4-XI-2009) se dispone, al señalar las condiciones necesarias para recibir en la Iglesia a la Comunión Anglicana Tradicional, que “el Catecismo de la Iglesia Católica es la expresión auténtica de la fe católica profesada por los miembros del Ordinariato” (I, § 5). ¿A aquellos católicos que difieren públicamente en forma escandalosa del Catecismo de la Iglesia en graves cuestiones habría de exigirse lo que se va a exigir, lógicamente, a los anglicanos vueltos a la Iglesia católica? Si así fuera, mientras unos entran en la Iglesia, otros tendrán que salir de ella.

3. El influjo del liberalismo vigente cohíbe también en no pocos obispos el ejercicio pleno de su autoridad de enseñanza y sobre todo de gobierno pastoral. La Sagrada Escritura enseña siempre que toda autoridad viene de Dios: él es el Señor, el Auctor del Cielo y de la tierra, de quien dimana toda verdadera auctoritas, sea familiar o política, docente o religiosa. “Toda autoridad viene de Dios” (cf. Rom 13,1-7; 1Tim 2,1-1; Tit 3,1-3; 1Pe 2,13-17). Y por supuesto obispos, presbíteros y diáconos reciben directamente de Cristo toda autoridad para enseñar, santificar y regir al pueblo que le es confiado (CD 2; PO 4-6). Éstas son verdades evidentes para cualquier creyente.

Por otra parte, toda autoridad es una fuerza acrecentadora y unitiva (auctor-augere, acrecentar), que estimula el crecimiento de personas, familias, comunidades, sociedades, manteniéndolas en la unidad por la obediencia, y facilitando así grandemente la comunión del amor fraterno. Por eso, donde la autoridad se debilita, viene necesariamente el decrecimiento y la división.

Pues bien, como ya vimos (aquí), el alma misma del liberalismo es la negación de la Autoridad divina. El Señor no es Dios, el Señor es el hombre. La autoridad no viene de Dios, viene del hombre, del pueblo. La voluntad humana se afirma en sí misma de forma absoluta y autónoma, rechazando toda Voluntad divina que le obligue. La libertad del hombre es total, y no está obligada ni a Dios ni a la ley  natural ni a la tradición. Estas convicciones diabólicas han venido a ser la misma forma mental y espiritual del mundo moderno. Son errores satánicos que, aunque sea en formas diversas de liberalismo, más o menos radicales, están permanentemente afirmados en todos los ámbitos de la sociedad. Por lo tanto, el influjo de la cultura liberal ha de debilitar necesariamente toda autoridad, también la Autoridad apostólica, si ésta, acomodándose más o menos al mundo secular, no se afirma suficientemente en la fe para ejercitar su autoridad al servicio del pueblo cristiano. La profunda debilitación que tantas veces hoy se aprecia en el ejercicio de la Autoridad apostólica ha de explicarse, pues, en clave de liberalismo.

Todas las encíclicas anti-liberales de la segunda mitad del siglo XIX y primera del XX aseguran con insistencia que al desvincular de la Autoridad divina las autoridades humanas, éstas van a quedar trágicamente devaluadas, perdiendo su dignidad y su fuerza, para daño y dolor de familias, sociedades, naciones, y también, por supuesto, diócesis, parroquias, seminarios, librerías religiosas, facultades de teología, universidades católicas, comunidades de vida consagrada, etc. La historia ha confirmado ampliamente el pronóstico. Todos los horrores del mundo moderno, en todos los ámbitos de la sociedad humana, proceden de la soberbia liberal. Como digo, ésta es una enseñanza central en todas las encíclicas anti-liberales. Recordaré solo, a modo de ejemplo, aquellas palabras de León XIII: “negar que Dios es la fuente y el origen de toda autoridad política [o de cualquier otra índole] es despojar a ésta de toda su dignidad y de toda su fuerza” (enc. Diuturnum illud, 1881, n.17).

Tantos roles laicos como sea posible fueron agregados como 'ministerios', incluida la participación de mujeres como “lectora” y “acólita”

Es, pues, perfectamente normal que hoy en las Iglesias más afectadas por el liberalismo mundano vigente la lucha contra el herejías y sacrilegios sea hoy muy insuficiente. De hecho –aunque se conserve la convicción teórica contraria–, viene a estimarse que “es preciso respetar todas las ideas”, y que “la libertad de expresión es una prioridad absoluta”, a la que ha de sujetarse la misma ortodoxia. Entonces, la Autoridad apostólica, en la medida en que se mundaniza, espera la paz y el bien común no tanto de la verdad, de la obediencia al Creador y al orden por Él establecido en el mundo creado, sino de una tolerancia universal, que todo lo admite, menos las afirmaciones dogmáticas. En suma: es normal que si una Iglesia local se encuadra en las coordenadas protestantes y liberales, venga a despreciar la autoridad, la obediencia, la disciplina eclesial, el Magisterio apostólico, los dogmas, la ortopraxis moral y litúrgica.

4.– La ley canónica, sobre todo la ley penal, con frecuencia no se aplica, lo que debilita gravemente la Autoridad apostólica. Aunque también podría aplicarse aquí el principio de la causalidad recíproca, diciendo que la debilitación de la Autoridad apostólica trae consigo la inaplicación de las normas canónicas penales. Causæ ad invicem sunt causæ: son causas que se causan mutuamente. En ciertas iglesias donde hace ya muchos años se difunden herejías innumerables y se cometen sacrilegios impunemente, especialmente en las celebraciones litúrgicas, puede decirse que la ley canónica penal ha caído en desuso: de hecho, no está vigente –fuera de casos absolutamente excepcionales–. Por lo tanto, podría decirse, aunque parezca increíble, que en esa Iglesia se estima que, al menos en cuestión de herejías y sacrilegios, es mejor para el bien común del pueblo cristiano no aplicar la ley canónica que aplicarla, porque su aplicación traería “males mayores”. Pondré solo el ejemplo de una norma canónica habitualmente ignorada:

“Debe ser castigado con una pena justa 1º, quien enseña una doctrina condenada por el Romano Pontífice o por un Concilio Ecuménico o rechaza pertinazmente la doctrina descrita en el c. 752 [sobre el magisterio auténtico en fe y costumbres] y amonestado por la Sede Apostólica o por el Ordinario, si no se retracta” (c. 1371).

Podría hacerse un listado de cientos, de miles de cristianos docentes y rectores que están directamente incursos en ese canon, sin que jamás se les haya aplicado sanción alguna –si bien es cierto que tampoco han sido amonestados en la mayoría de los casos–. Muchos de ellos ocupan cargos principales en no pocas Iglesias. Por lo tanto, ha de afirmarse como verdad evidente que la suspensión habitual de esta norma canónica durante medio siglo ha hecho posible en el campo católico que, impunemente, miles de “filósofos”, “teólogos”, “historiadores”, “liturgistas”, “moralistas”, “predicadores”, “escritores”, “párrocos”, “catequistas”

“hayan esparcido a manos llenas ideas contrarias a la verdad revelada… verdaderas y propias herejías en el campo dogmático y moral” (cf. JP II, 6-2-1981).

Y notemos que el canon dice debe castigarse con pena justa; no dice puede.

No quiero seguir adelante sin hacer un alto para dejar bien clara otra verdad importante. Los diagnósticos precedentes pueden parecer tristes y pesimistas, pero no lo son, porque son verdaderos. Y nunca la verdad es negativa, triste y agobiante. La verdad es siempre luminosa, alegre, santificante, buena para una mayor unión con Dios y con el prójimo, es medicinal, es liberadora: “la verdad os hará libres” (Jn 8,32). Quienes arruinan, entristecen, confunden, dividen y debilitan a la Iglesia son aquellos que difunden el error y la mentira por la palabra o el silenciamiento culpable. Y son tantos...!

La Iglesia es y será siempre “la columna y el fundamento de la verdad” (1Tim 3,9). Hay Iglesias católicas agonizantes, debido a la abundancia del error. Esto es una verdad evidente. Pero la Iglesia universal es indefectible en la verdad, y las fuerzas infernales de la mentira nunca podrán vencerla. De hecho es hoy, como siempre, la Iglesia Católica, la que mantiene encendida en medio de la oscuridad del mundo la verdadera luz de Cristo: la divinidad de Jesús, la plenitud del culto litúrgico, los siete sacramentos, la vida religiosa, las misiones, la monogamia, el horror del aborto y de la anticoncepción, la Autoridad divina como fuente de toda autoridad, la fe en la razón y en la libertad del hombre… ¡Es la Iglesia Católica el sacramento universal de salvación, y es ella la que florece también hoy en santos, en grandes santos!

Más aún. Solo la Iglesia Católica está plenamente asistida por el Espíritu Santo, que la conduce hacia la verdad completa (Jn 16,13). Por eso, a diferencia de otras “comunidades cristianas”, el error no puede arraigarse durablemente en la Iglesia. Nestorianos, monofisitas, luteranos pueden perseverar en los mismos errores doctrinales durante siglos. Pero eso no puede darse en la Iglesia universal. Y tampoco puede darse en una Iglesia local católica, porque: o se reintegra en la verdad de la Iglesia, o deja de ser católica.
  

CÓMO EL P. RAHNER Y EL P. RATZINGER SABOTEARON LA MARIOLOGÍA EN EL VATICANO II

¿Quieres saber saber cómo se saboteó la mariología durante el concilio Vaticano II?


Como es sabido, uno de los documentos más importantes de la comisión preparatoria que tuvo que aprobar el Vaticano II fue todo un documento dedicado a hacer avanzar la Mariología y a subrayar la mediación universal de María en la obtención de gracias para los hombres.

En enero de 1963, tras finalizar la primera sesión del concilio, la comisión coordinadora envió ese borrador (“esquema”) a todos los Episcopados del mundo para que lo estudiaran y dieran sus opiniones para la siguiente sesión que se abriría en septiembre de 1963.

En realidad, el concilio rechazó todo ese documento dedicado a Nuestra Señora; también se negó a permitir que se introdujera un resumen del mismo en la Constitución que trataba las fuentes de la Revelación (Dei Verbum). Solo permitió que se incluyera un resumen en la Constitución sobre la Iglesia (Lumen gentium) para no darle demasiada importancia a la mariología.

Detrás de esas diversas disminuciones del papel de Nuestra Señora en el Vaticano II estaba un estudio realizado por el “padre” Karl Rahner asistido por otros tres “teólogos”, entre los que estaba el “padre”
 Joseph Ratzinger.

El revelador libro El Rin desemboca en el Tíber, del padre Ralph Wiltgen, informa el origen de esos rechazos.

Creemos que a nuestros lectores les interesará saber cómo se saboteó la mariología durante el concilio.

Arriba, la portada de El Rin desemboca en el Tíber (Traducción: Carmelo López-Arias Montenegro, Madrid, 1967). Abajo, fotocopias de las páginas 90 y 91.



13 DE MARZO: SANTA EUFRASIA, VIRGEN


13 de Marzo: San Eufrasia, virgen

(✞ 450)

La gloriosa virgen Santa Eufrasia, llamada también Eufrosina,  nació en Constantinopla. Su padre era Antígono, senador, hombre muy virtuoso, de alto entendimiento y muy amado del emperador Teodosio el Menor; y su madre, una señora de alto linaje, rica y en todo igual a su esposo.

Murió Antígono, y quedando la hija sin padre, el emperador procuró que un caballero, senador principal, se desposase con la niña Eufrasia que en ese momento tenía solo cinco años. Se hizo el contrato y recibió las prendas, y se difirió la boda hasta que la niña tuviera edad. Más como al senador le pareciese largo el plazo, intentó casarse con la madre viuda que era buena moza, más ella, para que no pensasen que quería hacer negocio, se fue con su hija a Egipto donde tenía posesiones y haciendas. 

Visitó la región de Tebaida con gran consuelo suyo, al ver los santos ermitaños que allí vivían, y luego paró en un monasterio de ciento treinta monjas, que servían al Señor con gran perfección.

La niña Eufrasia quiso quedarse allí en ese momento, cuando tenía siete años, pero la Abadesa le dijo que ninguna mujer podía quedarse en el monasterio que no se hubiese ofrecido a Jesucristo con voto perpetuo. Tras esas palabras, la santa niña se acercó a un crucifijo y abrazándose a él y besándolo, pronunció estas palabras:

- Yo me prometo a Jesucristo con voto perpetuo para Religiosa de este convento.

Dijo esto con gran resolución y espíritu del cielo, como se vio después por las obras de su vida admirable.

Comía una vez al día como las monjas, y su comida era pan y legumbres; su dormir era en el suelo sobre un cilicio ancho de un codo y tres de largo, andaba vestida con cilicio, barría la casa, sacaba agua del pozo, y para ejercitar la obediencia ciega trasladaba una buena cantidad de piedra de una parte a otra volviéndola luego al primer lugar, pasando a veces una semana entera sin probar bocado.

Más el demonio, viendo sus altos intentos, le hizo una cruda guerra, ya con tentaciones interiores, ya con asechanzas exteriores para lisiarla o matarla. 

Un día que ella estaba sacando agua del pozo, el diablo la tomó y la echó con el cántaro que tenía, dentro del pozo, donde estuvo cabeza abajo hasta que las monjas acudieron y la sacaron, y ella sonriéndose dijo al maligno espíritu: 

- ¡Viva Jesucristo! ¡no me vencerás!

Otro día la echó de un terrado abajo y teniéndola por muerta, ella se levantó sana y sin lesión alguna. 

Otra vez estando en la cocina, al tiempo que más hervía la olla, la tomó el demonio y se la echó encima. Las Hermanas pensaron que estaría completamente quemada, pero ella dijo que no había más pena que si fuera agua fría.

Santa Eufrasia curó a un niño sordomudo y paralítico haciéndole la señal de la cruz, y finalmente, después de una vida llena de méritos y prodigios, entregó su alma al Creador a la edad de treinta años.
 

jueves, 12 de marzo de 2026

ARGUMENTOS FALSOS A FAVOR DE LA IGUALDAD

El profesor Plinio impartió esta serie de clases en 1957; hoy, en 2026, vemos cómo el igualitarismo ha aumentado y ha llegado a dominar casi por completo.

Por el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira


¿Cómo demuestra Santo Tomás que la desigualdad es el mejor reflejo de Dios en la creación? ¿Y cómo sabemos que la doctrina de Santo Tomás es la doctrina de la Iglesia? Para responder, sigamos el método de Santo Tomás.

En la Summa Theológica, cada vez que el Doctor Angélico formula una pregunta, pregunta por qué algo es como es. Por ejemplo, pregunta si todas las cosas deberían ser iguales o si la desigualdad proviene del pecado. Y, en general, primero presenta la doctrina errónea. Por ejemplo, dice que parece que la desigualdad proviene del pecado y luego presenta algunos argumentos a favor de esta falsa noción.

Pero luego añade que se puede decir que la desigualdad no proviene del pecado. Esta es su tesis, que sustenta con varios argumentos. Luego, pasa al cuerpo de la prueba y demuestra la tesis verdadera. En una especie de epílogo, refuta los argumentos falsos, analiza brevemente algunos de los que presentó y concluye la exposición del tema.

En este artículo seguiré el mismo método y presentaré los argumentos falsos, mostrando cómo el hombre moderno está profundamente contaminado por ellos. En el próximo artículo, los refutaré con Santo Tomás. Por cierto, en el artículo anterior ya vimos algunos de sus magníficos argumentos a favor de la desigualdad.

Así pues, veamos los falsos argumentos a favor de la igualdad y cuán arraigados están en la mentalidad revolucionaria.

Primer error: Un Dios bueno no puede crear seres desiguales

En la Summa contra Gentiles, Santo Tomás comienza dando las razones por las que parece que las cosas deben ser iguales. Estas razones, en última instancia, terminan por exponer la raíz del igualitarismo actual.

Comienza diciendo: “Parece que toda igualdad es buena”. La razón que da para esto es “porque Dios, siendo extremadamente bueno, actúa mal al hacer cosas inferiores, que no serían dignas de Él ni extremadamente buenas”.

Para ilustrar esto, imaginemos que tengo un collar de perlas con cinco perlas de tamaños desiguales. ¿Es Dios el autor de estas desigualdades? O, según una tesis maniquea, ¿serían estas desigualdades obra del Diablo? Dios creó todas las cosas buenas y el Diablo las hizo desiguales, ¿o fue el pecado lo que las hizo desiguales?


Entonces, la tesis errónea a favor de la igualdad sería la siguiente: “Todo lo que Dios hace es extremadamente bueno; y quien es extremadamente bueno solo puede hacer cosas extremadamente buenas. Ahora bien, cuando las cosas son desiguales, algunas no son extremadamente buenas; de lo contrario, no serían desiguales. Por lo tanto, Dios no puede haber hecho las cosas desiguales”.

Segundo error: Una sola causa produce un solo efecto

Según este argumento, la misma causa siempre produce los mismos efectos; por lo tanto, toda la creación que provino de Dios debe ser la misma.

Es otro argumento falso: Según Aristóteles, el efecto de la unidad es la igualdad. En una sola causa el efecto es siempre el mismo. Por ejemplo, el agua en un laboratorio siempre produce las mismas reacciones. Esto se debe a que la causa es una. Por lo tanto, siempre produce el mismo efecto o igual. Si la causa fuera variable, obviamente los efectos también lo serían. Pero al ser una sola causa, simple, siempre igual a sí misma, el efecto que produce debe ser siempre el mismo.

Ahora bien, el argumento: Dios es uno. Por lo tanto, su efecto debe ser siempre el mismo. Y no se puede entender que Dios haga cosas desiguales.

Explicando más, Aristóteles dice que la cosa siendo una, naturalmente produce efectos iguales. Dios, siendo uno, debería haber producido efectos iguales.

Tercer error: Dios no da atributos desiguales

Otro argumento erróneo: Uno solo da cosas desiguales a seres desiguales. Por ejemplo, si tengo que distribuir comida a tres personas que tienen necesidades físicas desiguales, les daré cantidades desiguales de comida. Si tengo tres soldados con diferentes méritos, les doy tres condecoraciones diferentes. Si tengo tres estudiantes con diferentes exámenes, les doy calificaciones diferentes. Porque a seres diferentes se les dan cosas diferentes.

Continúa: “Antes de que los dos seres fueran creados, no podían ser desiguales. Por lo tanto, Dios no podía haberles dado destinos desiguales, atributos desiguales, etc.”.

Imaginemos a Dios antes de crear a los seres. Imagina a un Luis, un Alfonso y un Plinio; e imagina dotarlos de forma desigual, concediendo generosamente dones a Luis y a Alfonso, privando a Plinio de muchas cosas. Esto sería una injusticia cometida por Dios. ¿Por qué?

Dar a Alfonso y a Luis más que a Plinio después de su existencia es comprensible. El primero merecía más y el segundo menos. Pero antes de su existencia, el primero no podía merecer más que el segundo. Así pues, Dios cometió una injusticia. Pues si la desigualdad se produce como consecuencia de méritos o castigos, los hombres, antes de ser creados, no tenían méritos. Dios no pudo haber planeado dar más o menos antes de crearlos y antes de que pecaran.

Estos son los tres argumentos falsos que Santo Tomás de Aquino presenta para justificar la igualdad entre los seres.

Igualdad en el punto de partida

Veamos cómo este tercer argumento se presenta hoy. Dios da cosas desiguales a seres desiguales. Pero cuando los seres son iguales, Dios no puede darles cosas desiguales ya que esto sería una injusticia.

Esta opinión existe hoy en la idea de que todo hombre, por naturaleza, es completamente igual a los demás. Esta es la ley de la naturaleza. La naturaleza crea a todos los hombres completamente iguales. Una desigualdad en el punto de partida es una injusticia en el orden de las cosas. Todos deben ser iguales. Solo entonces, debido a los méritos o deméritos, los hombres deberían diferenciarse. Este es precisamente el pensamiento popular hoy en día. El punto de partida en la vida debe ser el mismo para todos los hombres.
 
Esto entra en conflicto directo con la doctrina católica, como veremos más adelante, pero se trata precisamente del mismo argumento falso expresado, por ejemplo, en la Declaración de los Derechos del Hombre de la Revolución Francesa, es decir, “todos los hombres nacen libres e iguales”. Esto se presenta y repite como si se tratara de justicia natural. Es curioso que el clero que se sentaba en la Asamblea Constituyente de la Revolución Francesa no supiera cómo refutar esta afirmación basándose en Santo Tomás. Esto se debe a que Santo Tomás ya estaba desacreditado en ese momento.

Es más, sabemos que la Constitución estadounidense se elaboró ​​con la ayuda de manos eclesiásticas, que establecieron este mismo principio.

Pero hay algo más profundo: existe una especie de igualitarismo católico que consiste en considerar injusto considerar a un hombre inferior a otro, porque Dios, Padre de todos, ama a todos por igual. Por lo tanto, afirmar la desigualdad es ir en contra de la intención de Dios, es imaginar un Dios no igualitario.

Dado que todos los hombres son iguales ante Dios y Dios ama a cada uno infinitamente, afirmar alguna desigualdad es insultar el orden establecido por Dios; es actuar contra el Espíritu de Dios. Por ejemplo, Jesucristo vino a predicar la igualdad entre los hombres en el Evangelio. Y quien se rebela contra el principio de igualdad adopta una postura antievangélica. Santo Tomás se pronunció precisamente en contra de esta idea, que es una idea muy moderna.

Bondad de Dios

El primer argumento también es fácil de ejemplificar: “Dios es extremadamente bueno y, por lo tanto, no puede hacer cosas que no sean igualmente buenas, porque su obra solo puede ser extremadamente buena”. ¿Cuál es una de las formulaciones actuales de este argumento falaz? Justifica las actitudes de compadecerse del hombre inferior a nosotros. Es decir, considerar a un hombre inferior a otro es considerarlo en un estado de vergüenza y humillación. Por eso es digno de compasión.

El amor de Dios, entonces, nos pediría que tratáramos y amáramos bien a este hombre, porque la desigualdad es un mal estado, y la inferioridad, un mal estado. Al afirmar que todos los hombres desiguales se encuentran en un estado defectuoso, se implica que hay algo defectuoso en la situación de los hombres inferiores. Por lo tanto, implica concluir que Dios creó algo defectuoso y estableció un orden de cosas en el que los hombres son desiguales. Esto termina con el sentimiento de lástima por el hombre inferior.

Un ejemplo: Supongamos que estoy en una universidad impartiendo clases a estudiantes. Si soy caritativo, no debería hacer que mis estudiantes se sientan superiores unos a otros. Porque hacerles sentir esto es recordarles algo que les duele. El hecho de que un hombre sea inferior es como un defecto.

Si esto es cierto, Dios no crea cosas defectuosas. Por lo tanto, no podría haber creado tal situación. Por lo tanto, la desigualdad no proviene de Dios, sino del diablo, del pecado, del hombre, etc. Y este sentimiento de lástima por los inferiores es el sustrato del liberalismo, del igualitarismo.

Simplicidad e igualdad

El segundo argumento se ejemplifica en una especie de veneración de la simplicidad y la uniformidad en todas las cosas humanas, como si estas fueran la única perfección que deberían tener. Así, por ejemplo, en un orden de cosas muy jerárquico y complejo, se implica que algo es incorrecto porque es muy complejo. La cosa, en la medida en que es simple y fácil, es buena.

Así, el espíritu de simplicidad enseñado en el Evangelio por Nuestro Señor —la cumbre de la moralidad— se opone a la complejidad y a las cosas difíciles. En última instancia, Dios es infinitamente simple, demasiado grande para preocuparse por tales nimiedades.

En cuanto a la refutación, hemos presentado los argumentos falsos y mostrado su utilidad en nuestros días. En el próximo artículo, demostraremos, según Santo Tomás, que la desigualdad es, de hecho, un gran bien.
 

ESCRITOS DEL PADRE HELMUTS LIBIETIS “EL MARTILLO” (3)

El padre Libietis, quien dejó la FSSPX en 2012, compuso una serie de siete brillantes escritos. Publicamos el tercer artículo de esta serie.

Por Sean Johnson


Parte 1

En el relato que sigue, el padre Libietis destaca los cambios que percibe en Fellay, respecto a las relaciones con Roma, a partir del año 2000, y en esto tiene toda la razón.

Sin embargo, quisiera matizar esta cronología señalando que fue sólo en las declaraciones públicas de Fellay que este cambio realmente aparece.

Yendo más atrás, si consideramos también el patrocinio de Fellay a las reuniones secretas del GREC de 1997 a 2000, que buscaban llegar a una solución práctica al estatus canónico de la FSSPX, y antes de eso, su seducción en 1995 por las falsas profecías de Madame Rossiniere (1) (que le hizo cosquillas en los oídos con sueños de llevar la FSSPX a Roma para convertir a la Iglesia), uno puede encontrar evidencia de una cierta predilección por un acuerdo canónico con la Roma modernista que se remonta casi a su elección como Superior General (y quizás incluso antes).

La evidencia sugiere que en realidad, Fellay siempre fue un acordeonista, y aunque mantuvo esto oculto a la mirada pública, para manejar más astutamente la reorientación de la FSSPX y restablecerla en una nueva trayectoria de regreso a la Roma conciliar, solo comenzó a mostrar sus cartas de manera incremental y con el tiempo, a medida que su plan con el cardenal Hoyos de “proceder por etapas” hacia una reconciliación con la Roma modernista comenzó a desarrollarse.

Preste especial atención a los comentarios del padre Libietis sobre la técnica de la transición:

Como en una pieza musical, la transición de una melodía a otra debe incorporar ambas melodías, que se entrelazan. Al principio, la melodía antigua domina, mientras que la nueva se introduce solo ligeramente; luego, más adelante, la nueva melodía domina, mientras que la antigua se desvanece gradualmente y finalmente se abandona. Por lo tanto, no es sorprendente escuchar ambas melodías religiosas, la Tradición y el Liberalismo, fusionándose gradualmente. ¡Estamos escuchando la dulce música de la transición!

☙❧

Desde la muerte del arzobispo Lefebvre en 1991, ciertamente ha habido un cambio lento, pero seguro, en los principios de la FSSPX vis-à-vis Roma. Como JRR Tolkien escribió una vez, “¡Poco a poco uno viaja lejos!” Otros pueden preferir el dicho: “¡Apresúrate lentamente!” Otros tal vez prefieran la frase “¡Roma no se construyó en un día!” La idea detrás de estas palabras de sabiduría es que algunas cosas toman tiempo para lograrse. Cuando los antiguos romanos sitiaron una ciudad en la Galia, ¡los galos les informaron que su ciudad tenía suficientes suministros para durar diez años! ¡Los romanos respondieron que entonces invadirían la ciudad en el undécimo año! El diablo también trabaja de la misma manera y avanza a pequeños pasos. No tiene prisa y avanza lenta e imperceptiblemente hacia adelante, pulgada a pulgada, hacia su objetivo. Los enemigos de la Iglesia no trazan planes de batalla para solo un mes, un año o una década, sino para siglos. Lentamente, pero con seguridad, intentan lograr sus objetivos. ¡Los cambios graduales del Vaticano II son un ejemplo perfecto de ello!

La mayoría de las cosas crecen lenta e imperceptiblemente. Puedes intentar observar cómo crece un niño o un árbol cada hora o cada día, pero no notarás nada. Sin embargo, si mides al niño o al árbol cada uno o dos años, observarás claramente la diferencia de tamaño. Algunas personas pueden robar una gran suma de dinero de una sola vez y la cantidad que falta se nota; otras roban un poco cada semana durante muchos años y nadie se da cuenta. En la religión, vemos cómo los cánceres graduales del humanismo, el liberalismo y el modernismo crecen en toda la Iglesia a lo largo de cientos de años. Han pasado 50 años desde el Vaticano II, ¡y ese cáncer sigue creciendo!

Durante más de 40 años, la FSSPX ha estado luchando contra la Roma modernista. Las tácticas varían y nuevos soldados entran en la lucha, quienes quizás no tienen los ideales ni la experiencia del pionero de esta resistencia a la Roma modernista: Monseñor Lefebvre. Así, se cansan de la lucha, ya no ven claramente las razones de la misma e incluso se hacen amigos de los enemigos. Todo esto puede cambiar gradualmente la perspectiva de los combatientes y conducir a una falsa paz y al debilitamiento de los principios. Como dijo una vez el Arzobispo, no son los inferiores quienes hacen al superior, sino el superior quien hace a los inferiores; o podríamos decir: “¡De tal palo, tal astilla!”. Así que, si el superior cambia de actitud o abandona ciertos principios, eso se filtrará a los inferiores. En estos cuatro folletos, analizaremos algunas citas del Superior General de la FSSPX, Monseñor Fellay, tomadas de cartas, conferencias y sermones desde su consagración como obispo, para ver si hay un cambio notable de actitud y principios con respecto a Roma. Este primer folleto mostrará que sus primeras charlas fueron inequívocas y totalmente en línea con las de Monseñor Lefebvre. Pero poco a poco veremos un debilitamiento o cambio de principios. Esta miniserie de folletos solo puede ofrecer un esbozo de esto. Una lectura y escucha atenta de los sermones, conferencias y entrevistas de Monseñor Fellay ofrecerá una visión más clara. Desconocemos los motivos, solo informamos de los hechos.

1995

“El escándalo contra la Fe se está volviendo tan habitual que ya no escandaliza a nadie, mientras que al mismo tiempo nuestros enemigos —llamémoslos por su verdadero nombre— están infligiendo golpes terribles a la Santa Madre Iglesia.”

(Monseñor Fellay, abril de 1995, Carta a los amigos y benefactores, n.º 4)

1996

“A esa empresa diabólica iniciada por el Concilio, especialmente en el Documento sobre las religiones no cristianas, la Iglesia en el mundo moderno y la libertad religiosa, y continuada incesantemente desde el Concilio, ofrecemos un rechazo rotundo.”

(Monseñor Fellay, marzo de 1996, Carta a los amigos y benefactores, n.º 50)

1996

¡La propia Roma está empujando a los católicos al cisma! ¿Aún conservan la fe?

(Monseñor Fellay, octubre de 1996, Carta a los amigos y benefactores , n.º 51)

1996

El arzobispo Lefebvre tuvo la tarea más difícil. La misma lucha continúa, pero los principios por los que vivimos... fueron establecidos por él.

(+Fellay, http://www.sspxasia.com/Docuмents/Society_of_Saint_Pius_X/Expiry-date-2000.htm)

1997

¡Aquí surge el grave problema de normalizar nuestras relaciones con Roma! ¿En manos de quién debemos confiar nuestro futuro?... Porque es un hecho que las autoridades en Roma están divididas respecto a nosotros, como podemos comprobar con documentos que obran en nuestro poder. Así que solo podemos continuar con nuestra actual conducta de mantener contacto privado con Roma, mientras en público protestamos abiertamente contra la autodestrucción de la Iglesia, fruto envenenado del liberalismo, que ha infectado mortalmente a muchísimos líderes eclesiásticos.

(Monseñor Fellay, marzo de 1997, Carta a los amigos y benefactores, n.º 52)

1997

Ahora bien, lo que culpamos al Concilio y a las reformas posconciliares es precisamente que se proponen cambiar la naturaleza de la Iglesia… Por eso no podemos obedecer… La Iglesia agoniza, desgarrada por divisiones ocultas bajo el engañoso lema de “¡Estamos en comunión con el Papa!”.

(Monseñor Fellay, noviembre de 1997, Carta a los amigos y benefactores, n.º 53)

1999

Ante el escándalo de Asís, que se renueva esta vez en el Vaticano, no podemos evitar protestar... por tal afrenta a... Dios Todopoderoso. El Primer Mandamiento se está violando de nuevo, de frente, ¡solo que esta vez a la vista de la Basílica de San Pedro! ¡Cuántos mártires deben estar revolviéndose en sus tumbas!... Tales actos de idolatría son una abominación en el pleno sentido de la palabra, pero se intenta darles, mediante su repetición, una especie de legitimidad. La exposición diaria al escándalo ya no escandaliza... y ¡ay de quien se atreva a afirmar que es deber estricto de todos los hombres rendir el único culto verdadero al único Dios verdadero! Es incomprensible que el Vaticano pueda renunciar a luchar contra el enemigo secular, abrazar a hermanos a los que ya no quiere llamar separados... Los sacerdotes de la Fraternidad de San Pedro están aprendiendo ahora con amargura cuán ingenuamente depositaron su confianza en los eclesiásticos que les prometieron la luna en 1988, si tan solo abandonaran la casa de su padre, Monseñor Lefebvre, y entraran en un proceso de “reconciliación”… A pesar de su deserción entonces, a estos sacerdotes se les culpa ahora de no integrarse con sus fieles en la “realidad” de la Iglesia… No podemos evitar pensar que Roma nos habría tratado de la misma manera si Monseñor Lefebvre hubiera cumplido con el Protocolo del 5 de mayo de 1988. De las conversaciones entre los líderes de la Fraternidad de San Pedro y ciertos cardenales, parece que Roma no se siente obligada por los términos de ese protocolo sobre el cual, sin embargo, se fundó la Fraternidad de San Pedro.

(Monseñor Fellay, octubre de 1999, Carta a los amigos y benefactores , n.º 57)

La cita anterior, que condenaba la sacrílega reunión de oración de Roma con las religiones falsas en Asís, fue buena y contundente, pero para cuando se celebró la tercera reunión de oración sacrílega en Asís en 2011, el obispo Fellay casi no dijo nada, básicamente solo una o dos frases, mientras reprendía a quienes se expresaban con vehemencia. La situación empeoraba, y él hablaba menos al respecto. ¿Por qué? ¡Por las conversaciones que se estaban llevando a cabo con Roma en ese momento!

¡Así que la política estaba por encima de la verdad! Esto nos recuerda las palabras de otro general superior de las fuerzas romanas, el liberal Poncio Pilato, quien dijo: “¿Qué es la verdad?”. Dios es la Verdad. Dios nunca cambia. ¡La verdad nunca cambia! ¡Esa es la verdad!

2000 – AÑO DE CAMBIO

Es difícil señalar una fecha o un evento que marque un punto de inflexión crucial en la actitud de la FSSPX respecto a la Roma modernista. Cuando un gran barco empieza a virar, no se nota. Solo después de un tiempo se advierte que se ha desviado ligeramente de su rumbo. A menudo, la retrospectiva es la que nos permite comprender lo sucedido. Podemos decir que el año 2000 y la peregrinación de la FSSPX a Roma estuvieron bastante cerca del inicio del nuevo rumbo. Pero, como en una pieza musical, la transición de una melodía a otra debe incorporar ambas melodías, que se entrelazan. Al principio, la melodía antigua domina, mientras que la nueva se introduce solo ligeramente; luego, más adelante, la nueva melodía domina, mientras que la antigua se desvanece gradualmente y finalmente se abandona. Por lo tanto, no es sorprendente escuchar cómo ambas melodías religiosas, la Tradición y el Liberalismo, se mezclan gradualmente. ¡Estamos escuchando la dulce música de la transición!

2000

Monseñor Williamson cita a Monseñor Fellay para la reunión de superiores de la FSSPX en Albano, después de la peregrinación a Roma del año 2000:

La firmeza da sus frutos. Es Roma la que está equivocada. No tenemos por qué ceder. Debemos continuar como hasta ahora. ¿Ha cambiado Roma? … Así que debemos mantenernos más firmes, no menos firmes… ¡Estamos en guerra! … Su conversión está en manos de la Providencia, no en las nuestras. Hasta entonces, ¡oremos por ellos y hagámosles pasar un mal rato! … Por el momento, tenemos suerte de estar aislados de Roma, que solo quiere que cedamos.

(Obispo Fellay, agosto de 2000, tomado de la Carta a los amigos y benefactores de Monseñor Williamson, septiembre de 2000)

Tras la peregrinación de la FSSPX a Roma en el año 2000, a la que asistieron miles de laicos de la FSSPX, Roma comenzó su astuta adulación y seducción. Monseñor Fellay, como una virgen prudente, se resistió al principio, pero las constantes insinuaciones amorosas del seductor, quien no se dejó intimidar por las protestas, sembraron la semilla en el objeto de sus deseos.

2001

“Al final de la peregrinación a Roma del verano pasado, el cardenal Castrillón Hoyos tuvo un primer contacto directo con los obispos de la Fraternidad. El 29 de diciembre, el cardenal Castrillón propuso a Monseñor Fellay diferentes elementos que podrían contribuir a un posible acuerdo entre Roma y la Fraternidad. El Superior General expresó su desconfianza y aprensión. El 30 de diciembre, Monseñor Fellay se reunió con el Papa. El 13 de enero, el Consejo General de la FSSPX y los obispos de la Fraternidad se reunieron en una reunión especial, en la que se establecieron los principios que nos guiarían en la situación actual. Monseñor Fellay expuso la necesidad de garantías por parte de Roma antes de avanzar en los detalles de posibles conversaciones o un acuerdo: que la Misa Tridentina se conceda a todos los sacerdotes del mundo; que las censuras contra los obispos se declaren nulas. Los principios que nos guiarán en esta situación relativamente nueva son los siguientes: (1) Dado que Roma ha iniciado este esfuerzo, es normal que la Fraternidad lo tome con la seriedad que merece. (2) Nuestra desconfianza es extrema, teniendo presente, por un lado, el ejemplo muy reciente de la Fraternidad de San Pedro y, por otro, la continuidad en la dirección posconciliar. (3) La Fraternidad no tiene en modo alguno la intención de modificar sus principios y su objetivo general... (4) Si hubiera un acuerdo, solo podría verse en la perspectiva de devolver a la Tradición sus derechos de ciudadanía, aunque el triunfo final solo se obtenga gradualmente.

(Monseñor Fellay, 22 de enero de 2001, Declaración a los miembros y amigos)

En 1995, el obispo Fellay afirmó que no cambiaría, sino que seguiría los principios establecidos por el arzobispo Lefebvre. El arzobispo estableció este principio tras las consagraciones de 1988: 

“¿Por qué deberíamos ir por nuestra cuenta? Al fin y al cabo, ¿por qué no unirnos a Roma, por qué no unirnos al Papa? Sí, si Roma y el Papa estuvieran en consonancia con la Tradición”. Y añadió: “Hace unas semanas recibí otra llamada telefónica del cardenal Oddi: 'Bueno, Excelencia, ¿no hay manera de arreglar las cosas, de ninguna manera?'. Le respondí: 'Debe cambiar, volver a la Tradición. No se trata de la liturgia, se trata de la fe'”.

(Discurso a los sacerdotes, 6 de septiembre de 1990).

En una entrevista en Fideliter de noviembre-diciembre de 1988, se le preguntó al arzobispo: 

“En su última carta al Santo Padre (junio de 1988), usted declaró que esperaba un momento más propicio para el retorno de Roma a la Tradición. ¿Qué opina de una posible reapertura del diálogo con Roma?”. El arzobispo Lefebvre respondió: “No tenemos la misma perspectiva sobre una reconciliación. El cardenal Ratzinger lo ve como un regreso al Vaticano II. Nosotros lo vemos como un retorno de Roma a la Tradición. No estamos de acuerdo; es un diálogo de muerte… suponiendo que Roma llame a un diálogo renovado, entonces, pondré condiciones. No aceptaré estar en la posición en la que me pusieron durante el diálogo. ¡No más! Situaré la discusión en el nivel doctrinal: '¿Está de acuerdo con las grandes encíclicas de todos los papas que lo precedieron? ¿Está de acuerdo con Quanta Cura de Pío IX, Immortale Dei y Libertas de León XIII, Pascendi Gregis de Pío X, Quas Primas de Pío XI, Humani Generis de Pío XII? ¿Está en plena comunión con estos Papas?... Si no acepta la doctrina de sus predecesores, ¡es inútil hablar! Mientras no acepte la corrección del Concilio… no es posible el diálogo. Es ¡inútil!'”

Aunque inicialmente se adhirió a los principios de Monseñor Lefebvre que rigen el diálogo futuro con Roma, como lo muestran las citas anteriores, en los próximos tres folletos veremos a Monseñor Fellay alterar lentamente la postura del arzobispo hacia una postura mucho más débil y peligrosa en relación con Roma.

Continúa...