miércoles, 25 de marzo de 2026

OTRO ESCÁNDALO PARA LA IGLESIA SINODAL: EL “SACERDOTE” MUERTO EN EXTRAÑAS CIRCUNSTANCIAS

Un nuevo caso de inmoralidad sacude a Tijuana (México) ya que culminó con la muerte del susodicho “padre”. Los medios de Trad. Inc., cómplices de la iglesia sinodal ocultan la verdad.


El relato oficial según Trad. Inc.

La Arquidiócesis de Tijuana, en el estado mexicano de Baja California, informó del hallazgo sin vida del padre José Luis Rodríguez de Anda, sacerdote de 55 años que había sido reportado como desaparecido después de ausentarse durante algunos días de sus actividades ministeriales.

La noticia fue dada a conocer por monseñor Mario Nicolás Villanueva Arellano, Administrador Apostólico de Tijuana, mediante un comunicado compartido el 19 de marzo. En ese mensaje se informó que el cuerpo del sacerdote fue localizado por las autoridades en la Colonia Madero el martes 17.

La autoridad eclesiástica explicó también que el padre José Luis “padecía diversos problemas de salud, entre ellos hipertensión, diabetes y otras complicaciones graves que afectaron significativamente su estado”. Ese dato fue incluido en el comunicado oficial difundido por la arquidiócesis al informar sobre el fallecimiento del presbítero.

Monseñor Villanueva Arellano señaló que: “Al ausentarse algunos días de sus actividades ministeriales, se inició su búsqueda y se dio aviso a la autoridad correspondiente, a quien agradecemos su atención y cercanía”

Hasta el momento, ni las autoridades civiles ni las eclesiales han hecho públicas las causas de la muerte. El propio obispo indicó que no se ofrecerán más detalles “por respeto al proceso y para no obstaculizar el esclarecimiento de los hechos”. Con ello, la Iglesia local ha optado por la prudencia ante una situación dolorosa que aún requiere aclaración.

Mientras continúan las actuaciones pertinentes, la arquidiócesis dirigió también una petición a los fieles católicos para que “acompañen espiritualmente este momento de duelo”. Monseñor Villanueva Arellano invitó a “elevar oraciones y sufragios por su eterno descanso, así como a manifestar cercanía y consuelo a sus familiares y amigos en este momento de dolor”.
 
Según el comunicado de la arquidiócesis, “en los últimos años desempeñó su ministerio como capellán de las congregaciones religiosas de la Arquidiócesis de Tijuana. Ese encargo da testimonio de una entrega sacerdotal sostenida en el tiempo y de una vida consagrada al servicio de Dios y de la Iglesia.

La muerte del padre José Luis Rodríguez de Anda “deja dolor en la Iglesia local, que ahora encomienda su alma al Señor y acompaña en la oración a quienes sufren por su partida”. En medio de la consternación, la arquidiócesis ha querido unir a los fieles en la caridad cristiana, el respeto debido a las investigaciones en curso y la súplica por el descanso eterno del sacerdote fallecido.

La noticia real sin el edulcoramiento sinodal

Dado que los medios de México que no tienen compromisos ni intereses comunes con la iglesia conciliar y sinodal ya han informado sobre las vergonzosas circunstancias que desencadenaron la muerte del “padre” José Luis Rodríguez de Anda, podemos confirmar lo que realmente pasó y que por complicidad -“caridad” según los sinodales- se está ocultando.


Según El Financiero:

José Luis Rodríguez de Anda, padre de la Arquidiócesis de Tijuana, fue hallado sin vida en el interior de un motel de la colonia Madero, esto después de ser reportado como desaparecido desde la semana pasada.

En el interior del cuarto se encontró al cura con huellas de haber sido víctima de violencia; además, tenía en el brazo izquierdo una jeringa inyectada, la cual se presume pudo contener alguna droga relacionada con opioides.

Fueron los elementos de la Fiscalía General del Estado de Baja California (FGE BC) los que confirmaron el deceso a las autoridades eclesiásticas de la ciudad, esto luego de dar con el paradero del cuerpo, el cual estaba en un motel localizado en una colonia de alto poder adquisitivo de Tijuana.

“Fortalecidos en la fe en este tiempo de Cuaresma, mientras nos encaminamos hacia la Pascua, caminando en la esperanza de la Resurrección, les compartimos con profundo dolor y pesar el sensible fallecimiento de nuestro hermano sacerdote, el Pbro. Lic. José Luis Rodríguez de Anda, llamado a la Casa del Padre el día martes 17 de marzo de 2026, fecha en la que la autoridad nos informó de lo sucedido”, se lee en el comunicado de la Arquidiócesis de Tijuana.
 
¿Qué se sabe sobre la muerte del padre de Tijuana?

De manera extraoficial se presume que el sacerdote ingresó a alquilar un cuarto del motel en compañía de otra persona, la cual se habría retirado a las horas de registrarse con el sacerdote.

La Fiscalía de Baja California indicó que realiza las diligencias necesarias para dar con los testigos que puedan ayudar a esclarecer el caso, ya que no se descarta la posible muerte por sobredosis de droga o que haya una persona involucrada en el deceso.
  

CONCILIACIÓN DEL TRABAJO: HOMBRES Y MUJERES EN EL HOGAR

¿Cuál es la única manera de romper el ciclo revolucionario que ha destruido el hogar y la familia?

Por Marian T. Horvat


La confusión que sienten algunos hombres acerca de los roles tradicionales del padre y la madre en el hogar es muy indicativa de nuestros tiempos, cuando la familia y la sociedad han sido quebrantadas casi por completo por la Revolución, especialmente por el Feminismo y la Revolución Cultural Hippie de los años '60.

Desde principios del siglo XX hasta la década de 1950, a pesar del progreso del Liberalismo, este problema nunca se habría planteado. El padre normal de la familia trabajaba y proporcionaba el ingreso y la autoridad en la familia, mientras que el dominio de la esposa y madre era el hogar: Ella cuidaba a los bebés y niños, preparaba las comidas del día, lavaba los platos y limpiaba la casa.

Si el hombre tenía los recursos económicos, contrataba ayuda doméstica o para el cuidado de los niños en el hogar para aliviar la carga de su esposa y permitirle desarrollar otras habilidades y aficiones o tener una vida social más activa. Si no podía hacerlo, su esposa asumía la responsabilidad total del hogar y los hijos.

Una niña aprendía estas habilidades domésticas y culinarias de su madre, como su madre aprendía de la suya, y así sucesivamente, y lograba equilibrar su tiempo y su día para cumplir con sus deberes domésticos y crear un ambiente de paz y tranquilidad en el hogar, como señala tan bellamente Pío XII en su Alocución a los recién casados ​​de 1942.

Esto también explica por qué la Iglesia animaba a las mujeres a casarse dentro de su misma clase social. Una mujer que creció con ayuda doméstica sabía cómo manejar a los sirvientes y no se vería abrumada por el trabajo físico al que no estaba acostumbrada. Una joven que no contaba con esta ayuda en su hogar se formaba y era capaz de administrar un hogar y una familia sin ayuda, siguiendo el ejemplo de su propia madre.

Como podemos ver en la mencionada Alocución del Papa Pío XII, la inquietud en el hogar ya comenzaba a gestarse en la mente de las mujeres a mediados de siglo. Ese descontento estalló con la Revolución Cultural de los años '60: las mujeres comenzaron a exigir igualdad con los hombres en todos los ámbitos, abandonando la falda para usar pantalones y dejando el hogar para emprender carreras profesionales. Incluso la materia “economía doméstica” en la escuela secundaria fue reemplazada por química y biología.

La Revolución alentó a las mujeres a pensar que estaban siendo explotadas al ser la ayudante del hombre, como Dios nos creó, y se obsesionaron con sus derechos. En lugar de ser la reina del hogar, querían entrar en el ámbito público del hombre.


Con la esposa fuera de casa realizando tareas tradicionalmente masculinas, muchas veces el marido tuvo que ocupar su lugar en el hogar, hasta el punto de que se acuñó un nuevo término: el amo de casa. Un error recurrente. En su intento por liberar a las mujeres, el feminismo, en realidad, las masculinizó. Y los hombres sufrieron una especie de feminización.

Ahora, justo cuando deberíamos esperar que la Iglesia contrarrestara este feminismo que destruye la familia jerárquica tradicional, sucedió algo inesperado. Tras el concilio Vaticano II, se empezó a enseñar una nueva “teología”. Se hablaba, se enfatizaba y se promovía la igualdad social: igualdad salarial, igualdad de oportunidades en el trabajo, participación en el matrimonio. Una nueva expresión apareció en el vocabulario católico y se extendió rápidamente: la complementariedad de los sexos, dos partes iguales que se complementan y forman un todo.

Como señala Atila Guimaraes en Destructio Dei, volumen 7 de su colección sobre el Vaticano II, esta noción del hombre desarrollando sus cualidades femeninas fue retomada por Juan Pablo II en su “Teología del Cuerpo”. Esta nueva forma de pensar, que da lugar a los hombres afeminados y débiles que vemos por todas partes hoy en día, se repite incluso en círculos conservadores y tradicionales.


Es razonable pensar que hay algo erróneo, radicalmente erróneo, en los argumentos que se presentan para justificar que hombres y mujeres compartan la responsabilidad del hogar y el cuidado de los hijos. En última instancia, al masculinizar a las mujeres y feminizar a los hombres, esta “nueva teología”, llevada a sus últimas consecuencias, favorece indirectamente el androginismo.

Ahora bien, en el ámbito práctico, lo ideal es que la madre cuide de los bebés, cambie los pañales, cocine y lave los platos, etc., mientras que el padre esté preparado para ayudar en situaciones de emergencia (cuando la esposa esté enferma, indispuesta o bajo algún problema particular). Ese debería ser el objetivo a alcanzar en el hogar católico.

Desafortunadamente, hoy en día seguimos influenciados por la Revolución Cultural de los años '60. Hace poco hablaba con mi madre sobre este mismo tema. Ella comentó con tristeza que muchas mujeres jóvenes hoy en día están cursando estudios superiores y comenzando carreras profesionales a tiempo completo, pero carecen de las habilidades básicas y la disciplina necesarias para administrar adecuadamente un hogar y cuidar de una familia. Pueden pasar el día tramitando cuentas en un banco, pero se ven abrumadas ante la perspectiva de preparar la comida o cuidar de un bebé.

Por lo tanto, es posible que un esposo o padre ayude a una mujer moderna sobrecargada con los hijos o las tareas del hogar. La esposa acepta la ayuda con gratitud, no como un derecho ni porque sea el deber de su esposo ayudar como un igual en el hogar.

Como se ha señalado, su objetivo debería ser aprender a organizar su tiempo y mejorar sus habilidades para poder asumir más plenamente las responsabilidades de la maternidad y el hogar, y luego enseñárselas a sus hijas. Esta es la única manera de romper el ciclo revolucionario que ha destruido el hogar y la familia.

En cuanto a los padres que juegan con los niños, creo que estamos viendo de nuevo un abuso que resulta en una falta de seriedad tanto para hombres como para mujeres. Cuando un hombre siempre está jugando con sus hijos, su autoridad paterna en el hogar se ve afectada. Los niños empiezan a verlo como un compañero de juegos y amigo, no como el padre y soberano del hogar.
  

EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (95)

Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.


95. Santiago de Alfeo recibido como discípulo. Jesús habla junto al banco de Mateo.
2 de febrero de 1945

1 Mañana de mercado en Cafarnaúm. La plaza está llena de vendedores de los más diversos tipos de mercancías.
Jesús, que llega a este lugar desde el lago, ve que vienen a su encuentro sus primos Judas y Santiago. Acelera el paso en dirección a ellos y, después de abrazarlos con afecto, pregunta presuroso: “¿Vuestro padre?... ¿Qué ha sucedido?”.
Nada nuevo respecto a su vida responde Judas.
¿Por qué has venido, entonces? Te había dicho: quédate allí.
Judas baja la cabeza y calla. Ahora es Santiago quien no se contiene: 
Por culpa mía él no te ha obedecido. Sí, por culpa mía; pero es que no he podido soportar más. Todos en contra. Y, ¿por qué? ¿Hago mal, acaso, en amarte?, ¿acaso hacemos mal? Hasta ahora me había frenado un escrúpulo de estar actuando mal. Pero ahora que sé las cosas, ahora que Tú has dicho que ni siquiera el padre está por encima de Dios, no he aguantado más. He tratado verdaderamente de ser respetuoso, de hacer comprender las razones, de enderezar las ideas. He dicho: "¿Por qué combatís contra mí? Si es el Profeta, si es el Mesías, ¿por qué queréis que el mundo diga: 'Su familia fue enemiga suya; entre los que le seguían ella faltó?' ¿Por qué, si es el infeliz que vosotros decís, no debemos, nosotros los de la familia, estarle cercanos en su demencia, con el fin de impedir que sea nociva no sólo para El sino también para nosotros?". ¡Oh!, Jesús, yo hablaba así para razonar humanamente, como razonaban ellos. Tú sabes, efectivamente, que ni yo ni Judas te creemos demente; sabes que en ti vemos al Santo de Dios; que hemos dirigido siempre nuestra mirada a ti como a nuestra Estrella mayor. Pero, no han querido entendernos. Ni siquiera han querido seguir escuchándonos. Y entonces yo me he marchado. Ante el dilema "o Jesús o la familia", te he elegido a ti. Aquí estoy, a nada que me aceptes; si no, seré el más infeliz de los hombres, porque no tendré nada: ni tu amistad ni el amor de la familia.
¿En esto estamos? ¡Santiago mío, mi pobre Santiago! Habría deseado no verte sufrir así, porque te quiero. Pero si Jesús–Hombre llora contigo, Jesús–Verbo se alegra íntimamente por ti. Ven. Estoy seguro de que la alegría de ser portador de Dios a los hombres aumentará de hora en hora tu gozo, hasta llegar al pleno éxtasis en la hora extrema de la tierra y en la eterna del Cielo.

2 Jesús se vuelve y llama a sus discípulos, que se habían detenido prudentemente a la distancia de unos metros. 
Venid, amigos. Mi primo Santiago ahora forma parte de mis íntimos y por lo tanto, es vuestro amigo. ¡Cuánto he deseado esta hora, este día, para él, mi perfecto amigo de infancia, mi buen hermano de juventud!.
Los discípulos acogen con alegría al nuevo llegado y a Judas, que hacía días que no le veían.
Hemos estado en casa. Te buscábamos. Pero estabas en el lago.
Sí, en el lago, durante dos días con Pedro y los demás. Pedro ha tenido buena pesca. ¿No es cierto?.
Sí, y ahora –esto me disgusta– tendré que dar muchos didracmas a aquel ladrón... y señala al recaudador Mateo, cuyo banco está asediado por gente que paga la tierra –creo– o las mercancías.
Digo Yo que todo será proporcionado. Cuanto más pescas, más pagas, pero también ganas más.
No, Maestro. Si pesco más, gano más; pero si pesco el doble de peso, ése no es que me haga pagar el doble, sino que me hace pagar el cuádruplo... ¡Aprovechado!.
¡Pedro!... Pues vamos a ir exactamente allí al lado. Deseo hablar. Siempre hay gente junto a aquel banco de recaudación.
¡Hombre claro! –dice Pedro mascullando–, gente y maldiciones.
Pues bien, Yo iré a introducir bendiciones. Quién sabe... a lo mejor entra un poco de honestidad en el recaudador.
No, Tú tranquilo, que tu palabra no pasará a través de su piel de cocodrilo.
Lo veremos.
¿Qué le piensas decir?.
Directamente, nada. Pero, por mi modo de expresarme, él será también destinatario de mis palabras.
¿Vas a decir que tan ladrón es el salteador de caminos como el que despelleja a los pobres que trabajan para obtener el pan y no mujeres o borracheras?.
Pedro, ¿quieres hablar tú en vez de mí?.
No, Maestro. No sabría hablar bien.
Y con la acritud que tienes dentro, te dañarías a ti y le dañarías a él.

3 Ya están cercanos al banco de los impuestos.
Pedro tiene intención de pagar. Jesús le detiene y dice: 
Dame las monedas; hoy pago Yo. Pedro le mira atónito y le da una bolsa de piel, con dinero.
Jesús espera su turno y, cuando se encuentra frente al recaudador, dice: 
Pago por ocho canastas de pescado de Simón de Jonás. Las canastas están allí, a los pies de los peones. Comprueba, si lo crees oportuno; de todas formas entre hombres honestos debería bastar la palabra, y creo que tú me consideras tal. ¿Cuánto es la tasa?.
Mateo, que estaba sentado detrás de su banco, en el momento en que Jesús dice 
creo que tú me consideras tal, se pone en pie. Es bajo y más bien anciano, más o menos como Pedro. Su rostro muestra el cansancio propio de quien se goza la vida. Muestra también Mateo un claro estado de turbación. Primero tiene la cabeza agachada, luego la levanta y mira a Jesús. Y Jesús le mira fijo, serio, dominándole con toda su imponente estatura.
¿Cuánto? repite Jesús después de un poco.
No hay tasa para el discípulo del Maestro responde Mateo, y añade en voz más baja: Ruega por mi alma.
La llevo en mí, porque recojo a los pecadores. Pero tú... ¿por qué no la cuidas?. Dicho esto, Jesús le vuelve la espalda y torna adonde Pedro, que se ha quedado de piedra, como también los demás. Bisbiseos, gestos…

4 Jesús se pone junto a un árbol, a unos diez metros de Mateo, y empieza a hablar.
El mundo es comparable a una gran familia, cuyos componentes tienen distintos oficios, todos necesarios. En él hay agricultores, pastores, viñadores, carpinteros, pescadores, albañiles; quién trabaja la madera o el hierro, quién escribe; hay soldados, oficiales destinados a misiones especiales, médicos, sacerdotes.... de todo hay. El mundo no podría estar compuesto de una sola categoría; son todas necesarias, todas santas, si hacen todas lo que deben con honestidad y justicia. Pero, ¿cómo se puede alcanzar esto, si Satanás tienta por tantas partes? Pues pensando en Dios, que ve todas las cosas, incluso las obras más escondidas, y pensando en su ley, que dice: "Ama a tu prójimo como te amas a ti mismo, no le hagas lo que no querrías que te hicieran a ti, no robes en ningún modo" (41).
Decid, vosotros que me escucháis: Cuando uno muere, ¿acaso se lleva consigo las bolsas de sus dineros? Y aunque fuera tan necio como para querer tenerlas consigo en el sepulcro, ¿puede, acaso, usarlas en la otra vida? No. Sobre la podredumbre de un cuerpo corrompido, las monedas se transforman en pedazos de metal corroídos. En cambio, en otro lugar, su alma estaría desnuda, más pobre que el bienaventurado Job (42), privada de la más insignificante moneda, aunque aquí y en la tumba hubiera dejado muchísimos talentos. Os digo más, ¡escuchad, escuchad! En verdad os digo que teniendo riquezas difícilmente se gana el Cielo –antes al contrario, generalmente con ellas se pierde–, aunque sean riquezas adquiridas honestamente por herencia o ganadas, porque pocos son los ricos que las saben usar con justicia.
¿Qué hace falta, entonces, para conseguir este Cielo bendito, este reposo en el seno del Padre? Hace falta no tener avidez de riquezas. No tener avidez en el sentido de desearlas a toda costa, incluso faltando a la honestidad y al amor; no tener avidez en el sentido de que, teniendo esas riquezas, se amen más que al Cielo y al prójimo, negándole caridad al prójimo necesitado; no tener avidez por cuanto las riquezas pueden dar, o sea, mujeres, placeres, rica mesa, vestiduras pomposas, lo cual ofende a quien pasa frío y hambre. Hay, sí, hay una moneda para cambiar las monedas injustas del mundo por divisa que vale en el Reino de los Cielos, y es la santa astucia de hacer riquezas eternas de las riquezas humanas, a menudo injustas o causa de injusticia; se trata de ganar con honestidad, devolver lo que se obtuvo injustamente, usar de los bienes con moderación y desapego, sabiéndose separar de ellos, porque antes o después nos dejan –¡Ah, pensad esto–, mientras que el bien realizado no nos abandona jamás.
Todos querríamos ser llamados "justos" y que nos creyeran tales, y ser premiados como tales por Dios. Mas, ¿cómo puede Dios premiar a quien sólo tiene nombre de justo, no teniendo las obras? ¿Cómo puede decir "te perdono", si ve que el arrepentimiento es sólo verbal y que no va acompañado de una verdadera mutación de espíritu? No existe arrepentimiento mientras dura el apetito hacia el objeto por el que se produjo nuestro pecado. Cuando uno, en cambio, se humilla, se mutila del miembro moral de una mala pasión, que puede llamarse mujer u oro, diciendo: "Por ti, Señor, no más de esto", entonces es cuando verdaderamente está arrepentido, y Dios le acoge diciendo: "Ven; te quiero como a un inocente, como a un héroe"
.
Jesús ha acabado. Se marcha sin ni siquiera volverse hacia Mateo (que se había acercado al círculo de quienes escuchaban, desde las primeras palabras).

5 Llegados cerca de la casa de Pedro, su mujer acude a su encuentro para decirle algo. Pedro hace señas a Jesús para que se acerque. 
Está la madre de Judas y Santiago. Quiere hablar contigo, pero no desea ser vista. ¿Cómo lo hacemos?.
Hacemos esto: Yo entro en casa como para descansar y todos vosotros vais a distribuir el óbolo a los pobres. Ten también las monedas de la tasa condonada. Ve.
Jesús dirige a todos un gesto de despedida, mientras Pedro les habla para persuadirlos de que vayan con él.
¿Dónde está la madre, mujer? pregunta Jesús a la mujer de Pedro.
En la terraza, Maestro, donde aún hay sombra y frescor. Sube... Hay además más libertad que en casa.
Jesús sube por la pequeña escalera.
En un ángulo, bajo la tupida pérgola de vid, sentada en un pequeño banco colocado junto al pretil, toda vestida de obscuro, muy cubierto el rostro por el velo, está María de Alfeo. Llora bajo, calladamente.
Jesús la llama: 
¡María!, ¡mi querida tía!.
Ella levanta un pobre rostro angustiado y tiende las manos: 
¡Jesús! ¡Cuánto dolor hay en mi corazón!.
Jesús está a su lado. La fuerza a permanecer sentada, pero Él se queda de pie. No se ha quitado todavía el manto, elegantemente dispuesto en pliegues; tiene una mano sobre el hombro de su tía, la otra entre las manos de ella. 
¿Qué te pasa? ¿Por qué tanto llanto?.
Jesús, me apresuré a salir de casa diciendo: "Voy a Caná a buscar huevos y vino para el enfermo". Con Alfeo está tu Madre, que le atiende como Ella sabe hacer, y estoy tranquila. Pero, en realidad, he venido aquí. He caminado presurosa todas las noches para llegar antes. No puedo más... De todas formas el cansancio no es importante. ¡Lo que verdaderamente me duele es el pesar que tengo en el corazón!... Mi Alfeo... mi Alfeo... mis hijos... Pero ¿por qué entre quienes son de la misma sangre hay tanta diferencia, por qué esta diferencia es como las dos piedras de un molino para triturar el corazón de una madre? ¿Están contigo Judas y Santiago? ¿Sí? Entonces ya lo sabías... ¡Jesús! ¿Por qué mi Alfeo no comprende? ¿Por qué muere, por qué quiere morir así? ¿Y Simón y José? ¿Por qué, por qué no están contigo, sino contra ti?.
No llores, María. Yo no les guardo rencor. Esto se lo he dicho también a Judas. Comprendo y siento compasión. Si es por esto por lo que lloras, no llores más.
Por esto, sí, porque te ofenden. Por esto y, además... además, y además... porque no quiero que mi esposo muera como enemigo tuyo. Dios no le perdonará... y yo... no le tendré ya ni siquiera en la otra vida....
María está verdaderamente angustiada. Llora con grandes lagrimones sobre la mano izquierda que Jesús le deja sin oponer resistencia. Y María se la besa de vez en cuando, y de vez en cuando alza su pobre rostro lleno de dolor.
No dice Jesús. No. No hables así. Yo perdono. Y si perdono Yo....

¡Ven, Jesús! Ven a salvarle el alma y el cuerpo, ven. Dicen también, para acusarte, que has arrebatado dos hijos a un padre que está muriendo, y lo van diciendo por Nazaret, ¿comprendes? Y dicen también: "Por todas partes hace milagros y en su casa no sabe hacerlos", y se ponen en contra de mí porque te defiendo diciendo: "¿Qué puede hacer, si prácticamente le habéis echado con vuestros reproches; qué puede hacer si no creéis?".
Es así, es como has dicho: "si no creéis". ¿Cómo puedo actuar donde no se cree?.
¡Tú puedes todo! ¡Yo creo por todos! Ven. Haz un milagro... por tu pobre tía....
No puedo” (43) (se le ve apenadísimo a Jesús al decir esto). En pie, erguido, apretando contra su pecho la cabeza de María, que sigue llorando, parece como si confesara a la naturaleza serena su impotencia, como si la tomara por testigo de su pena de no poder por decreto eterno.
La mujer llora más vehementemente.
Escucha, María. Sé buena. Te juro que si pudiera, si hacerlo estuviera bien, lo haría, arrancaría esta gracia al Padre, por ti, mi Madre, Judas y Santiago, e incluso, sí, también por Alfeo, por José y Simón. Pero no puedo. Tu corazón está ahora muy afligido y no puedes comprender la justicia de este no poder mío. Te la expreso, pero de todas formas no la entenderás. Cuando llegó la hora del tránsito de mi padre –y tú sabes en qué medida era justo y mi Madre le quería– Yo no le devolví a la vida. No es justo que la familia en que un santo vive esté exenta de las inevitables desventuras de la vida. Si así fuera, Yo debería ser eterno sobre la Tierra, y en cambio moriré pronto, y María, mi santa Madre, no podrá arrebatarme a la muerte. No puedo. Lo que puedo hacer, y lo haré, es esto –Jesús se ha sentado y ha puesto la cabeza de su pariente sobre el hombro–, esto: prometerte, por este dolor, la paz a tu Alfeo, asegurarte que no serás separada de él, darte mi palabra de que nuestra familia será reunida en el Cielo, compuesta de nuevo para toda la eternidad, y que, mientras Yo viva, e incluso después, infundiré mucha paz a mi querida tía, mucha fuerza, hasta hacer de ella una apóstol ante tantas pobres mujeres más fácilmente accesibles a ti, mujer. Serás mi dilecta amiga en este tiempo de evangelización. La muerte –no llores– la muerte de Alfeo te libera de los deberes conyugales y te eleva a los más sublimes de un místico sacerdocio femenino, muy necesario ante el altar de la gran Víctima y entre muchos paganos que doblegarán más su ánimo ante el heroísmo santo de las mujeres discípulas que ante el de los discípulos. ¡Oh, tu nombre, querida tía, será como una llama, en el cielo cristiano!... No llores más. Ve en paz, fuerte, resignada, santa. Mi Madre... ha sido viuda antes que tú... y te consolará como Ella sabe hacer. Ven. No quiero que partas sola bajo este sol. Pedro te acompañará con la barca hasta el Jordán y de allí a Nazaret con un asno. Sé buena
Bendíceme, Jesús. Dame fuerza.
Sí, te bendigo y te beso, tía bondadosa. Y la besa tiernamente, teniéndola aún durante largo tiempo contra su corazón, hasta que la ve calmada.

Continúa...

Notas:

41) Cfr. Ex. 20, 15; 21, 16; Lev. 19, 11 y 18; Dt. 5, 19; 24, 7; Mt. 5, 43; 7, 12; 22, 39; Lc. 6, 31; Rom. 13, 8–10; Gal. 5, 14; Sant. 2, 8.

42) Cfr. Jb. 2, 7–10.

43) “No puedo”. Esta expresión y otras iguales o semejantes que aparecen en este cap. deben interpretarse a la luz de Mc. 6, 1–6; Lc. 22, 42; Filip. 2, 8; y del mismo contexto en que se les da suma importancia a tres principios: la necesidad de sujetarse al decreto eterno de Dios, la necesidad del sufrimiento y necesidad de la fé (y cuyo obstáculo es la incredulidad).



 
 
  

LA REINA DEL CIELO EN EL REINO DE LA DIVINA VOLUNTAD (28)

Continuamos con la publicación del Capítulo 28 del libro “La Reina del Cielo”, escrito por la Sierva de Dios Luisa Piccarreta, Hija Pequeña de La Divina Voluntad.


Esta obra de Luisa-Piccarreta que fue publicada por primera vez el año 1930, consta de treinta y un Meditaciones que serán publicadas -Dios mediante- cada cinco días.


VIGESIMA OCTAVA MEDITACION – La Reina del Cielo en el Reino de la Divina Voluntad.

El Limbo. La espera. La victoria sobre la muerte. La Resurrección.

EL ALMA A SU MAMA REINA:


Mamá traspasada por el dolor, sabiéndote privada del amado bien Jesús quiero estrecharme a Ti para hacerte compañía en tu amarguísima desolación. ¡Sin Jesús todo se cambia en dolor! El recuerdo de sus desgarradoras penas, del dulce acento de su voz, que aún resuena en tus oídos, de su fascinante mirada, ahora dulce, ahora majestuosa, ahora llena de lágrimas... son espadas cortantes que traspasan de lado a lado tu afligido Corazón.

Desolada Mamá, tu querida hija quiere darte consuelo y compadecerte por cada una de tus penas; quiere ser Jesús mismo para poder ofrecerte todo el amor, todos los consuelos, los alivios que te hubiera dado Él en este estado de amarga desolación. El dulce Jesús me ha entregado a Ti como hija, ponme, por lo tanto, en su lugar en tu Corazón Materno y yo te secaré las lágrimas, te haré siempre compañía y seré toda tuya.

LECCION DE LA MADRE DESOLADA:

Queridísima hija: te agradezco tu compañía, pero si quieres que sea para Mí dulce y sea portadora de consuelo a mi herido Corazón es necesario que Yo encuentre la Divina Voluntad dominante y reinante en ti, entonces... te cambiaré por mi Hijo Jesús, porque con su Voluntad obrante en ti, Yo encontraré a Jesús en tu corazón. ¡Oh, cómo seré feliz al poseer en ti el primer fruto de sus penas y de su muerte y cuánto gozaré al encontrar en mi hija al amado Jesús! Sólo así mis penas se cambiarán en gozos y mis dolores en conquistas.

Ahora escucha, hija de mis dolores: en cuanto mi dulce Jesús expiró bajó al Limbo como triunfador y portador de gloria y de felicidad a aquella prisión, en la que se encontraban con el primer padre Adán, todos los patriarcas, los profetas, mis santos padres, el querido San José, y todos los que se habían salvado mediante la fe en el futuro Redentor.

Yo era inseparable de mi Jesús y por lo tanto, ni siquiera la muerte me podía privar de Él, y si bien estaba Yo sumergida en el océano de mis dolores, lo seguí al Limbo y ahí fui espectadora de la fiesta y de los agradecimientos que toda aquella muchedumbre de almas prodigó a mi Hijo, que había ido a ellos para hacerlos bienaventurados y llevarlos con Él a la gloria celestial!

Como ves, en cuanto murió, inmediatamente tuvieron principio sus conquistas. Lo mismo sucede, querida hija, a la criatura humana: desde el mismo instante en el cual ella hace morir su propia voluntad y acoge en su lugar a la Divina comienzan para ella las conquistas en el orden divino, la gloria y el gozo aún en medio de los más grandes dolores.

Entre tanto, si bien los ojos de mi alma siguieron siempre a mi Hijo y nunca lo perdieron de vista durante los tres días que permaneció en el sepulcro, Yo tenía tales ansias de verlo resucitado que continuamente repetía en la hoguera de mi amor: “¡Resucita, Gloria mía; resucita, Gloria mía...!” Mis suspiros eran de fuego, mis deseos eran tan ardientes que me sentía consumir. Finalmente vi a mi querido Hijo llegarse en triunfo al sepulcro acompañado de la innumerable muchedumbre de las almas liberadas del Limbo.

Era el alba del tercer día, y así como toda la naturaleza había llorado por su muerte, así también gozaba ahora por su inminente Resurrección. ¡Oh, maravilla! Antes de salir de la tumba Jesús mostró a aquella multitud de almas su Santísima Humanidad sangrante, toda llagada y desfigurada, tal como había quedado por amor a ellos y a todo el género humano. ¡Cómo quedaron admiradas y conmovidas aquellas almas santas contemplando los suplicios y los tormentos infligidos a ese Cuerpo Divino, sus excesos de amor y el gran portento de la Redención!

Hija mía, cómo me habría gustado que tú hubieras estado Conmigo en el momento de la Resurrección de mi Divino Hijo. Él era todo Majestad, de su Divinidad brotaban mares de Luz y de belleza encantadores, capaces de llenar Cielo y tierra.

Haciendo uso de Su propia Potencia ordenó a su muerta Humanidad que acogiera nuevamente a su Alma y que resucitara gloriosa a vida inmortal. ¡Qué acto tan solemne! Mi querido Jesús triunfaba sobre la muerte diciéndole: “Muerte, de ahora en adelante tú no serás ya más muerte, sino que serás vida!” Así, con este acto de sobrehumano imperio, Él confirmaba su Divinidad, su doctrina, sus milagros, la vida de los Sacramentos y la de toda la Iglesia!

Él, además, triunfaba también sobre las voluntades humanas debilitadas y casi muertas en el verdadero bien, para hacer surgir en ellas la Vida del Querer Divino que habría traído a las criaturas la plenitud de la santidad y de todos los bienes.

Él, en virtud de su Resurrección, ponía en nuestros cuerpos el germen de la futura inmortalidad y de la gloria imperecedera. Querida hija, la Resurrección de mi Hijo es la coronación de todas sus obras y es el acto más solemne que Él haya realizado por amor a la criatura.

Ahora escúchame porque quiero hablarte como Madre amantísima, quiero decirte qué cosa significa hacer la Voluntad de Dios y vivir en Ella, y el ejemplo te lo damos mi Hijo y Yo. Es verdad que nuestra vida fue llena de penas y de humillaciones, pero como en Nosotros corría la Divina Voluntad nos sentíamos ser en tal forma triunfadores y conquistadores de poder cambiar en vida a la misma muerte. Conociendo el bien que se habría derivado, voluntariamente nos ofrecíamos a sufrir e invocábamos el sufrimiento como medio poderoso e infalible de alimento y de triunfo de la Redención para el mundo entero.

Querida hija, si tu existencia y tus penas tienen por centro de vida a la Divina Voluntad está segura de que el dulce Jesús se servirá de ti y de tus dolores para dar ayuda, luz y gracias a todo el mundo. Por eso, ¡ten valor! La Divina Voluntad sabe hacer cosas grandes donde reina. En todas las circunstancias mírate en el espejo que somos Jesús y Yo, y camina hacia delante.

EL ALMA:

Mamá santa, si Tú me ayudas y me defiendes bajo tu manto yo estoy cierta de convertir en Voluntad Divina todas mis aflicciones y de seguirte paso a paso en los caminos interminables del FIAT Supremo. Entonces tu amor fascinante de Madre y tu Potencia vencerán mi voluntad, y teniéndola en tu Poder, Tú la cambiarás por la Divina. Por ésto, Mamá mía, a Ti me confío y en tus brazos me abandono.

PRACTICA:

Para honrarme me ofrecerás mis mismos dolores para que tú puedas cumplir siempre la Divina Voluntad.

JACULATORIA:

Mamá mía, por la Resurrección de tu Hijo hazme resurgir en la Voluntad de Dios.

Continúa...


25 DE MARZO: LA ANUNCIACIÓN DE NUESTRA SEÑORA Y ENCARNACIÓN DEL HIJO DE DIOS


25 de Marzo: La Anunciación de Nuestra Señora y Encarnación del Hijo de Dios

El sacrosanto misterio de este día nos lo refiere el evangelista San Lucas con estas palabras:
“Hallábase ya Elisabeth en el sexto mes de su embarazo, cuando el ángel Gabriel fue enviado por Dios a Nazareth, ciudad de Galilea, a una virgen desposada con un varón de la descendencia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María. Habiendo entrado el ángel a donde ella estaba le dijo: “Dios te salve, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres”. Turbóse la virgen al oír semejantes palabras, y pensaba qué podía significar tal salutación. Más el ángel le dijo: “¡Oh María! no temas, porque has hallado gracias en  los ojos de Dios: he aquí que en tu seno concebirás, tendrás un hijo, y le llamarás con el nombre de Jesús. Este hijo será grande e Hijo del  Altísimo y el Señor le dará el trono de David, su padre, y reinará para siempre en la casa de Jacob, y su reinado no tendrá fin”. Entonces María preguntó al ángel: “¿Cómo se hará esto, porque no conozco varón?”. Respondió el ángel y le dijo: “El Espíritu Santo sobrevendrá en ti y la virtud del Altísimo te hará sombra, por lo cual el fruto santo que de ti ha de nacer será Hijo de Dios. Ahí tienes a tu prima Elisabeth, la cual en su vejez ha concebido también un hijo, y la que llamaban estéril está ahora ya en el sexto mes; porque para Dios no hay cosa imposible”. Dijo entonces María: “He aquí la esclava del Señor, sea hecho en mí según tu palabra”. Y desapareciendo el ángel, se retiró de su presencia”. (San Lucas I, 26-38)
Reflexión: Con sublime sencillez refiere el Santo Evangelio la más divina de todas las obras de Dios: la Encarnación del Verbo eterno. El Arcángel anuncia a la Virgen que ha sido escogida para ser Madre de Dios: la Virgen desea serlo sin dejar de ser virgen; y después de haber oído que ha de concebir, no por obra de varón, sino por la virtud del Espíritu Santo, se encoge con profunda humildad y se llama esclava del Señor y el Señor la levanta a la altísima gloria de la maternidad divina. Así se obró el mayor prodigio de la omnipotencia del Padre, el mayor portento de la sabiduría del Hijo y la mayor maravilla del amor del Espíritu Santo. La inmensa grandeza de este misterio, la llaneza incomparable de sus circunstancias y el sublime candor del relato evangélico, todo es divino y digno de Aquel que con un acto de su voluntad sacó de la nada el universo y expresó su divina operación con la palabra fiat, hágase. Todo ha de ser, pues, materia de nuestra más profunda y constante meditación: la humildad del Altísimo anonadado en las purísimas entrañas de la Virgen, la inmaculada pureza de esta excelsa Señora, su fe, su confianza, su conformidad con la voluntad divina y el humilde sentimiento de su bajeza, ensalzada por Dios a la soberanía de todo lo creado. Y no debemos parar aquí, sino pasar adelante de la consideración de este misterio, y quedar como absortos y suspensos en la honra que de él se sigue a todo el linaje humano, el cual fue ennoblecido y levantado a tan grande dignidad y gloria pues haciéndose Cristo hueso de nuestros huesos y carne de nuestra carne, nuestra naturaleza está ensalzada en el sobre todos los ángeles, y somos parientes y hermanos de Dios hecho hermano y Redentor nuestro.
 

martes, 24 de marzo de 2026

CINCO MANERAS EN QUE SAN JOSÉ PUEDE AYUDARNOS EN NUESTRA CRISIS DE MASCULINIDAD

Si eres un hombre joven o conoces a alguien que esté pasando por una crisis de masculinidad moderna, San José tiene algunos consejos para ti.

Por James Bascom


El mundo sufre una terrible crisis de masculinidad. Muchos jóvenes deambulan sin rumbo, inseguros de sí mismos y de su papel en la sociedad. En todo el mundo, cada vez menos hombres alcanzan los hitos tradicionales de la adultez, como graduarse de la escuela secundaria y la universidad, incorporarse al mundo laboral, casarse y formar una familia. Muchos hombres carecen tanto de un propósito en la vida como del deseo de perseguirlo. En cambio, se han desconectado de la sociedad, viviendo a expensas de sus padres o novias y dedicando su tiempo a consumir drogas o jugar videojuegos. Pero no siempre fue así.

Hay un hombre en la historia cuya vida es a la vez un reproche a las mentiras feministas y progresistas sobre la verdadera masculinidad y un modelo supremo de masculinidad santa y católica: San José, padrastro del Niño Jesús y esposo de la Santísima Virgen María. A continuación, se presentan cinco maneras en que San José puede ayudar a los jóvenes a adquirir la verdadera masculinidad católica y alcanzar la santidad.

1. Después de la Virgen María, San José es el intercesor más poderoso ante Dios.

En su encíclica Quamquam pluries del 15 de agosto de 1889, el Papa León XIII afirmó que la Santísima Virgen María posee la más alta dignidad de todas las criaturas, tanto ángeles como hombres. “Es cierto que la dignidad de Madre de Dios llega tan alto que nada puede existir más sublime; mas, porque entre la santísima Virgen y José se estrechó un lazo conyugal, no hay duda de que a aquella altísima dignidad, por la que la Madre de Dios supera con mucho a todas las criaturas, él se acercó más que ningún otro”. El Pontífice explica que el matrimonio confiere una comunidad de dones entre los esposos. Así, San José, como verdadero esposo, protector y compañero de Nuestra Señora, también fue designado “para que participase, por medio del pacto conyugal, en la excelsa grandeza de ella”.
 
Otros Papas han promovido la devoción a San José, entre ellos el Beato Pío IX, San Pío X y el Papa Pío XI. En nuestros tiempos, donde el vicio, el satanismo y la apostasía están por doquier, necesitamos toda la ayuda posible. San José no es un santo cualquiera, sino el santo más excelso de la historia después de la Virgen María. A ella y a su Divino Hijo les complace enormemente que lo honremos y recurramos a su intercesión.

2. San José es el santo patrón de la pureza.

La inmoralidad sexual nunca ha estado tan extendida. Es uno de los pecados más comunes y el que lleva más almas al infierno, según Nuestra Señora de Fátima.

San José es el ejemplo perfecto de un hombre fuerte y casto. Muchos Padres y Doctores de la Iglesia, entre ellos San Agustín y San Jerónimo, enseñaron que San José, quien protegió la virginidad de la Virgen María, era virgen y un hombre de pureza inmaculada.

Según la Tradición Católica, la Virgen María pasó su infancia sirviendo a Dios en el Templo de Jerusalén hasta los catorce años, cuando le presentaron varios pretendientes. Cada uno pertenecía a la casa de David y portaba un báculo durante la oración. Cuando José se presentó ante ella, el báculo que portaba floreció con flores blancas (generalmente representadas como lirios), indicando al sacerdote que él era el hombre elegido por Dios para ser su esposo. La Virgen María es la Reina de las Vírgenes y la más pura de las criaturas de Dios, por lo que es apropiado que el hombre llamado a ser su esposo y protector sea también el más casto de los hombres.

3. San José es el protector de la Sagrada Familia y de la Iglesia.

Aunque San José era menos que la Virgen María en gracia y virtud, como su esposo y padrastro de su hijo, era por naturaleza la cabeza y la verdadera autoridad de la Sagrada Familia. Si Dios eligió a la Virgen María de entre todas las mujeres para ser su Madre, es lógico pensar que también eligió a San José de entre todos los hombres. La Sagrada Escritura se refiere a él como “un hombre justo”, y Dios solo habría elegido como padrastro del Verbo Encarnado al hombre más varonil, prudente, valiente, íntegro, virtuoso y excelente que jamás haya existido.

Fue San José quien cumplió fielmente su papel de protector de la Sagrada Familia. Los proveyó con su trabajo de carpintero y los protegió del peligro durante la huida a Egipto. Como escribió León XIII: “Es, pues, natural y digno que, así como el bienaventurado José atendió todas las necesidades de la familia en Nazaret y la rodeó con su protección, ahora cubra con el manto de su patrocinio celestial y defienda a la Iglesia de Jesucristo”.

En nuestros tiempos, la Iglesia es atacada desde fuera y traicionada desde dentro. La devoción a San José es más necesaria que nunca en estos tiempos de confusión.

4. San José es un modelo de verdadera hombría católica.

San José fue la personificación de las virtudes masculinas. Fue un verdadero padre, no de carne, sino el padrastro legal de Nuestro Señor. Fue modelo de sacrificio, fortaleza, autoridad, bondad y virtud al servicio de quienes estaban bajo su cuidado. Y, sobre todo, fue un hombre de gran amor por Dios. No vivió para sí mismo, sino que estaba lleno de celo por el gran plan de salvación de Dios que se desplegaba ante sus ojos. Sin duda, fue un esposo y padre amoroso, lleno de bondad y compasión. Al mismo tiempo, fue un hombre de total intransigencia contra el mal, el pecado y los enemigos de Dios y de su Iglesia. En resumen, San José fue el caballero perfecto. Por estas razones, San José es un modelo perfecto para los hombres en una sociedad que ha olvidado la verdadera hombría católica.

5. San José fue un hombre obediente y confiado.

Hoy en día, un falso ideal de masculinidad afirma que un hombre de verdad es como un actor de Hollywood que solo obedece sus propios caprichos y vicios. Este tipo de hombre no depende de nadie más que de sí mismo, de su propia fuerza y ​​cualidades. Piensa que la sumisión a otro es solo para los débiles y necios.

Nada más alejado de la verdadera hombría católica. Las Escrituras no registran palabra alguna pronunciada por San José. En cambio, Dios envió ángeles para comunicarse con él en sueños. Pero lo que destaca en su vida fue su espíritu de obediencia. No se atrevió a cuestionar ni a exigir más explicaciones sobre los Mandamientos de Dios; simplemente los obedeció, de inmediato y completamente. Se requiere valor y amor a Dios para obedecer a la autoridad legítima y sacrificar la propia voluntad a la de otro.

San José también fue un hombre de profunda fe en Dios. Al ver que la Virgen estaba encinta, confió en Dios aun cuando no comprendía el misterio de la Encarnación. Al no encontrar mejor refugio que los establos de Belén para el nacimiento del Niño Jesús, jamás dudó de la Divina Providencia. Cuando el ángel le ordenó huir a Egipto, no vaciló ni un instante. Los hombres de hoy, que a menudo oscilan entre la orgullosa autoconfianza y la paralizante inseguridad, harían bien en imitar la obediencia y la confianza de San José en Dios.

San José fue un hombre ejemplar para todos los tiempos, un esposo, padre, protector, proveedor y santo modelo. Que los hombres de hoy crezcan en devoción a él y luchen contra las mentiras de la revolución sexual.
 

LEON, CHIARA LUBICH Y LOS FOCOLARES

Los últimos movimientos apuntan en la misma dirección: la maquinaria conciliar no está corrigiendo su rumbo, sino consolidándose.

Por Chris Jackson


Todavía hay quienes en el mundo conservador pretenden que León es un correctivo, un botón de pausa, un administrador más educado que estabilizará el rumbo tras Francisco. Pero un hombre se revela no solo por lo que dice desde un balcón, sino por a quién asciende, a quién halaga y a quién disciplina, por eso mismo vemos que las decisiones de León siguen demostrando que es más de lo mismo. Francisco no era una anomalía que debiera corregirse. Francisco era parte de un programa que debía normalizarse y continuarse.
 
Según en.news:

Monseñor Edgar Peña Parra, sustituto de la Secretaría de Estado, asumirá el cargo de Nuncio Apóstol en Italia, como ya se sabía …

En julio de 2019, el arzobispo Carlo Viganò acusó a monseñor Peña Parra de ser homosexual, de haber seducido a dos menores de edad en septiembre de 1990 y de estar implicado en las misteriosas muertes de dos jóvenes por descarga eléctrica en el lago de Maracaibo en agosto de 1992.

¿Quién es el “arzobispo” Rudelli?

... Paolo Rudelli es el hombre que León ha elegido para reemplazar a Edgar Peña Parra como secretario adjunto de Estado. Este cargo es uno de los centros neurálgicos del gobierno vaticano. Y Rudelli no es un tecnócrata desconocido. Francisco lo nombró “arzobispo” titular en 2019, lo ordenó “obispo” personalmente, lo designó “nuncio” en Zimbabue en 2020 y luego lo trasladó a Colombia en 2023. La continuidad es evidente.

Paolo Rudelli

Lo que importa aún más es lo que Rudelli ha dicho públicamente. En 2023, agradeció a Dios el “don” del “pontificado” de Francisco, afirmó que la Iglesia debía estar preparada para “reformar estructuras, actividades y formas de hacer las cosas”, describió la sinodalidad como “una definición de la Iglesia como tal” y elogió Laudato si' como “providencial” por inspirar una mentalidad de “conversión ecológica”. Dirigiéndose a los obispos de Zimbabue, los instó a tomarse en serio el “camino sinodal” y les preguntó, en esencia, si realmente seguían el camino que el “santo padre” les había mostrado. Ese es el lenguaje de un creyente en el sistema y no en Dios.

Así que cuando los conservadores murmuran que León simplemente “está siendo prudente” o eligiendo “diplomáticos experimentados”, la respuesta es bastante sencilla. La experiencia no es el problema. La cuestión es la dirección hacia la que se dirigen. Un papa que quisiera señalar incluso una modesta ruptura con la era de Francisco no seguiría recurriendo a hombres que hablaban de la “sinodalidad” como la autodefinición de la Iglesia y de la “reforma conciliar” como el camino a seguir. Elegiría a hombres avergonzados por la revolución. Leon sigue eligiendo a hombres formados por ella y agradecidos por ella.

El verdadero mensaje de Müller

Luego está Müller, quien una vez más, reviste el orden conciliar con un lenguaje dogmático e intenta hacer pasar la obediencia burocrática por fe católica. En su última entrevista, insistió en que el concilio Vaticano II debe ser aceptado íntegramente por todo católico. Afirma que Nostra aetate, aunque solo sea una “declaración”, es “vinculante como un dogma”. Advirtió además que la excomunión por consagraciones episcopales no autorizadas conlleva, como pecado mortal, la exclusión de la gracia y de la esperanza de la vida eterna. Negó que un estado de necesidad pueda justificar tal acto, porque, según él, los fieles no están privados del bautismo y la penitencia necesarios para la salvación.

Una fotografía real del “cardenal” Müller (no es una imagen generada por IA). Existe desde 2015.

Ahí reside la clave. Müller puede hablar todo el día sobre la autoridad gradual, los géneros literarios y la diferencia entre dogma y aplicación pastoral. En la práctica, ha convertido la aceptación de todo el paquete conciliar en una prueba de pertenencia católica. La artimaña es casi cómica por su descaro. Afirmó que solo la fe revelada recibe un asentimiento incondicional, pero acto seguido transformó todo el acuerdo posconciliar en un examen de ingreso práctico para permanecer dentro de los muros. Uno se puede quejar de los abusos, se puede lamentar de los excesos, se puede estremecer ante la última atrocidad, pero el concilio mismo, las fórmulas ecuménicas, la arquitectura interreligiosa, la doctrina de la libertad, la gramática sinodal, todo debe permanecer intacto. Esa es la teología de la rendición controlada.

Y por eso, la rehabilitación de Müller por parte de Trad Inc. siempre ha sido una broma de mal gusto. Se le presenta constantemente como “un hombre de doctrina severa” porque ocasionalmente reprende a los alemanes o dice algo normal sobre antropología. Pero cuando la línea de batalla pasa directamente por el concilio Vaticano II, se convierte instantáneamente en su guardaespaldas. Toda la puesta en escena depende de que los católicos tengan muy poca memoria. El cuento del “buen cardenal conservador” solo funciona si nadie se da cuenta de que su dureza se manifiesta casi exclusivamente cuando alguien amenaza el “consenso conciliar”.

También ayuda que muchos de sus admiradores finjan que su propio legado teológico no existe. Sin embargo, incluso los escritores afines tuvieron que dedicar un esfuerzo considerable a defender sus formulaciones sobre el dogma mariano, especialmente sus afirmaciones respecto al dogma de la virginidad perpetua de María: 

“El contenido de la doctrina, entonces, no se refiere a detalles somáticos fisiológicos y empíricamente verificables”. 

Del mismo modo, su lenguaje sobre la Eucaristía, al describir: 

“En realidad, "cuerpo y sangre de Cristo" no significa los componentes materiales del hombre Jesús durante su vida o en su corporalidad transfigurada. Más bien, cuerpo y sangre aquí significan la presencia de Cristo en el "signo" del medio del pan y el vino...”

Esas palabras han provocado alarma durante mucho tiempo entre los católicos tradicionalistas. La Resurrección no corre mejor suerte. En su obra Dogmatik de 2010, Müller insiste en que ninguna cámara podría haberla registrado; el evento no fue histórico en el sentido ordinario, sino una “consumación trascendental”. La cuestión aquí es señalar lo absurdo de la postura. Un hombre cuyas propias formulaciones generaron años de controversia ahora arremete contra los católicos tradicionalistas como si fuera la máxima autoridad doctrinal.

Entonces, ¡acabemos con la hipocresía! No porque Müller sea excepcionalmente malo para los estándares conciliares, sino porque es muy útil para el sistema. Le da a la revolución un rostro conservador. Habla como un antiguo romano mientras defiende la nueva religión. Cita el grandilocuente lenguaje de la “autoridad católica” mientras lo usa para mantener a los católicos atrapados dentro de la misma estructura que lleva sesenta años disolviendo la claridad católica. Por eso hombres como él son tan valiosos para la maquinaria conciliar. Mantiene a los tradicionalistas emocionalmente aferrados a su propia desposesión.

León y el movimiento de los Focolares
 
Fundado en la Italia de la Segunda Guerra Mundial por Chiara Lubich, el Movimiento de los Focolares es una de las creaciones laicas más reconocibles de la Iglesia de posguerra y posconciliar. Construyó su identidad en torno al lenguaje de la unidad, el diálogo, la fraternidad y el encuentro espiritual, trascendiendo todas las fronteras posibles, no solo entre católicos, sino también con protestantes, ortodoxos, judíos, musulmanes, miembros de otras religiones e incluso no creyentes. Ese estilo amplio y conciliador la convirtió en una expresión predilecta del “espíritu del concilio”: un movimiento menos interesado en trazar líneas doctrinales rígidas que en cultivar la convivencia humana, la escucha mutua y una espiritualidad universal de comunión. La propia Chiara Lubich se convirtió en la “madre simbólica” de esa visión, celebrada por sus admiradores como una sacerdotisa de la unidad y por sus críticos como una artífice más de la dilución posconciliar de la Iglesia.


El reciente discurso de León al movimiento de los Focolares dejó aún más clara la lógica subyacente a este régimen. Elogió el “carisma” de Chiara Lubich, celebró el “testimonio de unidad” de los Focolares entre personas de diferentes edades, culturas, lenguas y creencias religiosas, calificó al movimiento como “un fermento para el diálogo ecuménico e interreligioso”, lo describió como “un gran pueblo de paz” y agradeció a Dios los “innumerables frutos de santidad” que supuestamente han aportado a la Iglesia. Asimismo, instó a la “transparencia” y al “discernimiento” respecto a las prácticas que habían resultado problemáticas en la fase posterior a la fundación del movimiento.

“Pierde el apego a la santidad”

Incluso los lemas espirituales del movimiento revelan el problema. Una cita de Chiara Lubich, ampliamente difundida, insta a las almas a “perderlo todo, incluso el apego a la santidad, para tender solo a amar”. Suena tierno y profundo hasta que uno se detiene a reflexionar sobre ello durante cinco segundos. Un católico no abandona la búsqueda de la santidad para alcanzar un plano de amor superior y más libre. La santidad no es rival del amor. La santidad es en lo que se convierte el amor cuando se purifica, se disciplina y se ordena a Dios. Los santos no abandonaron la santidad para poder amar. Se volvieron santos al amar correctamente. En el mejor de los casos, se podría intentar justificar la frase diciendo que Lubich se refería al desapego de la vanidad espiritual o la autocomplacencia. Pero eso no es lo que dice la cita. Dice que hay que perder incluso el apego a la santidad misma. Y ese es precisamente el tipo de frase posconciliar que causa un daño enorme, aunque suene cálida y humana. Una vez que la santidad se trata como una preocupación secundaria, el amor se reduce fácilmente a sentimiento, afirmación y coexistencia.

Los Focolares son un caballo de Troya para implementar una religión mundial única

El problema va más allá del discurso de León. Los materiales oficiales de los Focolares presentan el “diálogo interreligioso” como fundamental para su identidad. El movimiento afirma que miles de musulmanes, judíos, budistas, hindúes, sijs, bahá'ís y otros comparten su espíritu, dando testimonio de “una sola familia humana”. En su página sobre el diálogo con personas sin afiliación religiosa, se indica que los participantes “deben reconocer que las creencias de la otra persona son tan válidas como las propias. Otra publicación oficial de los Focolares habla de un nuevo concepto de misión en el que se afirma que Dios está presente en otras religiones y culturas, y cita a Lubich imaginando una Iglesia futura en la que existe una sola verdad expresada de diversas maneras y enriquecida por múltiples interpretaciones. Esa es la revolución conciliar en otras palabras.

Fíjense en lo que hizo León con este movimiento. Lo colmó de elogios. En otras palabras, el problema no es que León no haya comprendido qué es el Movimiento de los Focolares. El problema es que lo comprende a la perfección. Un movimiento construido en torno al “diálogo ecuménico e interreligioso”, la amplia “fraternidad humana”, la atenuación de los dogmas y una espiritualidad lo suficientemente flexible como para pasar por alto las confesiones e incluso llegar a quienes no creen no supone ninguna vergüenza para la Iglesia posconciliar. Es uno de sus “productos” más emblemáticos.

Abuso sexual entre los Focolares

Y luego está el pequeño y desagradable detalle oculto tras el tema de la “transparencia”. El propio informe de los Focolares de 2024 sobre abusos no solo aborda el abuso sexual de menores y adultos vulnerables, sino también el abuso de conciencia, el abuso espiritual y el abuso de autoridad. El informe de NCR sobre el primer informe del movimiento señalaba que 66 miembros habían sido acusados ​​de abusar de 42 menores y 17 adultos vulnerables en casos que abarcaban décadas. Así pues, cuando León habla de “transparencia” y de “abandonar prácticas que resultaron problemáticas”, no habla en el vacío. Se dirige a un movimiento cuya historia incluye el tipo de patologías de autoridad que proliferan en los experimentos posconciliares centrados en la personalidad. Y aun así, ofrece laureles, aplausos y un lenguaje de santidad.

La asimetría revela la verdad

Esta es la asimetría de nuestra época. Quienes vitorean a Francisco, alaban la “sinodalidad”, celebran la “conversión ecológica” y hablan sin cesar de “reformar las estructuras”, son ascendidos. Los movimientos que transforman la vida católica en un “diálogo con todas las religiones”, incluso con los no creyentes, son elogiados por “su santidad”. Pero los católicos que insisten en que la doctrina debe tener un significado real, que los concilios deben interpretarse en continuidad o criticarse cuando la ambigüedad genera veneno, y que la vida sacramental no puede quedar a merced de gestores modernistas, son considerados el verdadero peligro.

Por eso estas tres historias están interrelacionadas. El supuesto ascenso de Rudelli no es un nombramiento aislado. La amenaza de Müller no es un exabrupto aislado. Los elogios de León al Movimiento de los Focolares no son un acto aislado de “cortesía papal”. Juntas, trazan el mismo mapa. El centro premiará la lealtad al proyecto conciliar, ya sea en forma diplomática, teológica o de movimiento. Tolerará cualquier novedad, siempre que esta se someta al concilio Vaticano II. Lo que no tolerará es un desafío católico serio a la legitimidad del propio acuerdo posconciliar.

León no está preparando la restauración en silencio. Está oficializando la revolución. La está armando con hombres que creen en ella, la defiende con “cardenales” que la sacralizan y elogia los movimientos que la encarnan. La cuestión ya no es si las señales están ahí. Las señales están por todas partes. La cuestión es si los católicos tradicionalistas seguirán dispuestos a fingir que no las ven.
  

CUANDO DESAPARECE EL AMOR POR LA IGLESIA...

La idea de una Iglesia pecadora es absurda en sí misma y viola flagrantemente la ley de identidad según la cual todo lo que existe tiene una naturaleza inmutable.

Por Lyle J. Arnold, Jr.


El “cardenal” Julius Döpfner, uno de los cuatro “moderadores” del concilio Vaticano II, explicó por qué acogía con satisfacción la introducción del “espíritu crítico” en la Iglesia:

“Hasta hace poco, muchos de nosotros teníamos un amor completamente artificial y ciego por la Iglesia. Recuerdo, por ejemplo, que algunas ceremonias papales anteriores a 1933... tenían una atmósfera en la que el Santo Padre, la Cabeza Suprema de la Iglesia, se presentaba ante nosotros como aquel que sostiene y protege a toda la Iglesia sin la menor sombra de crítica.

Sin duda, a veces había cierto romanticismo ligado a esto. Tendíamos a adoptar una actitud airadamente apologética si alguien decía algo en contra de la Iglesia. Consideramos que reconocer cualquier aspecto negativo en la Iglesia equivalía a renunciar a Cristo, su Señor…

Entonces, en el concilio, la propia Iglesia comenzó a ejercer la autocrítica… Hizo una confesión sobre su propia conducta pasada… El Papa llegó a ser criticado con la misma naturalidad que el párroco o el maestro de escuela. A veces uno tiene la impresión de que debería avergonzarse de la Iglesia… Es necesario mantener la vista fija en el fin hacia el que se dirige esta evolución. No tiene sentido intentar volver a un amor ciegopor la Iglesia” (1). 

Julius Döpfner

El uso que hace el “cardenal” del término “evolución” es muy apropiado, porque la teoría de la evolución sostiene que el cambio se produce en el material genético, es decir, en la esencia. Por lo tanto, con el tiempo, la materia inorgánica se transformó en bacterias, las bacterias en animales y los animales en hombres. O, dicho de forma sencilla, una partícula de hidrógeno evolucionó hasta convertirse en hombre.

Hay un punto en el que la afirmación de Dopfner es correcta: durante mucho tiempo se sintió afecto por la Iglesia, pero luego cesó. Algo cambió. En el concilio, la Iglesia inició una “confesión” de su pasado, una “autocrítica” por sus supuestos “pecados”, y se animó a los católicos a participar en el mismo espíritu crítico.

El capítulo IV del libro Ecclesia se titula “La Iglesia pecadora”. Describe los numerosos “pecados” de los que los progresistas imaginan que la Iglesia es culpable: el pecado del poder, el pecado de una doctrina moral inmutable, el pecado de la responsabilidad por la división de los “cristianos”, el pecado de la sacralidad, la grandeza y las riquezas. Pero no se detienen ahí.

Dado que la Iglesia supuestamente peca, debe purificarse de este pecado sometiéndose a una reforma continua. De ahí la fórmula Ecclesia semper reformanda (la Iglesia siempre necesita reforma). El semper (siempre) es expresivo: no habría nada fijo en la Iglesia. Sería, por lo tanto, una Iglesia en una peregrinación incesante y en constante evolución.

La naturaleza de la Iglesia no cambia

El progresismo ha evolucionado hacia una especie de estupor catatónico. La idea de una Iglesia pecadora es absurda en sí misma y viola flagrantemente la ley de identidad según la cual todo lo que existe tiene una naturaleza inmutable. La naturaleza de la Iglesia está claramente definida. A continuación, se presentan algunas características de la naturaleza de la Iglesia y su negación por parte del progresismo.

Artículo: La fundación de la Iglesia, aunque completada en Pentecostés, tuvo su nacimiento cuando el centurión Longino traspasó el costado de Cristo, liberando sangre y agua. La sangre que corría por su lanza tocó los ojos de Longino, que era parcialmente ciego, y lo curó. Ahora es San Longino. San Juan Crisóstomo interpretó que la sangre significaba la Sagrada Eucaristía y el agua el Bautismo. De estos dos Sacramentos nació la Iglesia (3).

La respuesta del Progresismo: Esta Iglesia, sin embargo, es pecadora.

Artículo: La Iglesia se define como “el Reino de Dios en la tierra”, siendo una marca de la Iglesia su santidad, mientras que una propiedad de la Iglesia es su santidad (4).

La respuesta del Progresismo: Esta Iglesia, sin embargo, es pecadora.

Artículo: “La Iglesia es la continuación y la prolongación del Verbo Encarnado”.

La respuesta del Progresismo: Esta Iglesia, sin embargo, es pecadora.

Artículo: San Pablo, escribiendo a San Timoteo, afirmó que la Iglesia es “columna y fundamento de la verdad” (1 Tim. 3:15)

La respuesta del progresismo: A pesar de las palabras de San Pablo, la Iglesia es pecadora.

La crítica reemplaza al afecto

Una vez escuché el sermón de un sacerdote piadoso e ilustrado donde comparó las mentalidades de los católicos con las de los protestantes. Usó el término “fe muerta” para describir la mentalidad de los protestantes. La razón principal por la que está muerta, dijo este sacerdote, es porque “les faltaba afecto”.

Afirmar que la Una, Santa, Católica y Apostólica Iglesia Romana es pecadora es tan desagradable que desafía la imaginación. Sin embargo, esta nueva actitud progresista de crítica a la Iglesia ha reemplazado al afecto. Esta crítica me hizo recordar un libro que había leído justo antes de que comenzara el concilio Vaticano II.

El protagonista de la historia, Dan England, era un soltero católico de mediana edad, lleno de afecto por la Iglesia, que se reflejaba en sus conversaciones cotidianas y sentaba las bases para la conversión de otros. No se adentraba en los campos de la teología o la filosofía, pero su filosofía era como un collage de amor. En el siguiente breve fragmento del libro, el lector puede comparar las nuevas doctrinas de los progresistas, cuyo corazón y alma rezuman crítica, con el afecto que este hombre sencillo sentía por la Iglesia en el pasado.

En esta escena, la amiga de Dan, Doris, una escéptica, le pedía que le explicara la Iglesia. Él respondio:

“Para mí, la Iglesia es todo lo importante en todas partes. Es autoridad y guía. Es amor e inspiración. Es esperanza y seguridad. Es Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Es Nuestra Señora y San José. Es San Pedro y Pío XII. Es el obispo y el párroco. Es el catecismo y es nuestra madre inclinada sobre la cuna enseñándonos nuestras oraciones vespertinas. Es la catedral de Chartres y la cabaña con cruz en Ulithi. Son los mártires del Coliseo y los mártires de Uganda, los mártires de Tyburn y los mártires de Nagasaki. Es la anciana monja arrugada y la postulante de mirada ansiosa …

Es la misa de las seis con su puñado de santos desconocidos en el altar en la penumbra gris y es la Misa pontificia solemne con sus multitudes y su brillante grandeza en San Pedro. Es la procesión iluminada con velas tras la bendición vespertina en la iglesia de San Patricio y el rosario, la noche anterior al entierro, en una funeraria de estuco en Los Ángeles. Es la imponente Asunción de El Greco en Toledo y son los primitivos ángeles rosas y azules en un altar misional en Perú....”

Y así continuó, describiendo las procesiones, los actos de caridad de las Hermanas, las madres que rezan por sus hijos descarriados, los santos y los fieles sencillos con sus piadosas costumbres. Finalmente, termina esa larga y poética letanía:

“Es la puerta por la que entré en la Fe y la Puerta por la que saldré, si Dios quiere, por toda la eternidad” (5).

Su descripción es una letanía de amor por la Santa Iglesia. El tipo de afecto de Dan England era común antes del concilio Vaticano II. Sus palabras podían derretir corazones de piedra. Obviamente no era un catequista. Atraía a la gente a la Fe a través de una inspiración apasionada, pero natural, debido a su admiración y afecto desbordante por su Iglesia.

Dejaré que el lector decida qué efecto tiene el nuevo espíritu crítico del “cardenal Dopfner” (et al.) en las personas. Para mí, demuestra que la herejía del Progresismo ha pervertido la naturaleza misma de la Iglesia. Su mentalidad general no es el afecto sino el odio, y el objetivo final de su marcha a través de las aguas pantanosas del error es la destrucción de la perfecta e inmutable Santa Iglesia Católica (6).

Notas:

1) Volumen XI de la Colección Eli, Eli, Lamma Sabacthani? de Atila S. Guimaraes, Los Ángeles: TIA, 2009, pág. 202 Disponible aquí.

3) The Catecheses, 3, 13-19, SC 50, 174-5.

4) Parente, Piolanti y Garofalo, Dictionary of Dogmatic Theology (Diccionario de teología dogmática), Milwaukee: The Bruce Pub. Co, págs. 48, 174, 49.

5) Myles Connolly, Dan England and the Noonday Devil (Dan England y el diablo del mediodía), Milwaukee: The Bruce Pub/Co, 1951.

6) Cf. Animus Delendi I (Deseo de destruir – I) y Animus Delendi – II, por Atila S. Guimaraes.