lunes, 17 de marzo de 2014

LA BEATA ANNA CATALINA EMMERICH Y LAS DESVIRTUACIONES DE LA ÚLTIMA CENA


La beata estigmatizada Anna Catalina Emmerich, beatificada por Juan Pablo II en 2004, fue un alma con unos dones sobrenaturales como pocas veces se han conocido en la historia de la Iglesia. Entre ellos sus visiones que le hicieron contemplar como una espectadora la Pasión de Jesucristo -sobre las que se basaron la famosa película de Mel Gibson- así como la vida de la Virgen María.

Tal como nos dice el padre Angel Peña, O.P., y destacando que la beata nunca estuvo físicamente en dichos lugares, “Para comprobar la autenticidad esencial de las visiones de Ana Catalina, podemos poner como ejemplo el hallazgo de la casa de la Virgen en Éfeso. Según el relato escrito en “La vida de la Santísima Virgen María”, la casa de María se encuentra a unas tres horas de Éfeso sobre una colina situada a la izquierda de la carretera de Jerusalén. La montaña cae a pico hacia Éfeso que se divisa, viniendo del sudeste.

El 1891, el padre Jung, sacerdote lazarista, acompañado por otro hermano y dos laicos, se dirigieron hacia Éfeso, en Turquía, para estudiar la realidad del relato de acuerdo a la visión de Ana Catalina. Encontraron una capilla en ruinas que eran los restos de un modesto y antiguo santuario que la tradición local llamaba Panaghia Kapulu (puerta o Casa de la Santísima). Ese sería el lugar donde vivió la Santísima Virgen en Éfeso los últimos años de su vida. Y los fieles ortodoxos acuden a él anualmente el día de la Asunción, en peregrinación.

Las coincidencias entre el relato de Brentano y la realidad eran tan grandes que se hicieron excavaciones arqueológicas en 1892, sacando a luz los cimientos de una casita edificada entre los siglos I y II y cuyo plano corresponde a lo que indica Ana Catalina como vivienda de María. La noticia se extendió rápidamente y, ya en 1896, acudieron un millón de fieles en peregrinación.” 

En sus visiones sobre La Pasión nos relata, visto en primera persona por ella, todo lo que aconteció en la Última Cena, y tiene detalles muy importantes para aclarar un aspecto de la misma que se presenta en la actualidad por múltiples vías de forma poco realista para avalar múltiples posiciones, sobre todo litúrgicas. Hoy en día es frecuente ver y oír como se presenta la Última Cena como si fuera un acontecimiento informal, una reunión de amigos, una explosión de alegría desarrollada en un ambiente cuasi festivo de exaltación de la amistad. Esta celebración de alegría informal, según dicen, habría sido bien recogida por la liturgia de los primeros cristianos para posteriormente, a raíz de Trento, ser “adornada” de solemnidad, misterio, recogimiento, boato y espíritu sacrificial únicamente con el fin de contrarrestar los excesos protestantes, lo cual habría oscurecido durante siglos la verdadera liturgia. 

Sin embargo, como decía el profesor Amerio, nada más lejos de lo ocurrido, “En realidad la Ultima Cena fue un acto supremo de amor divino, pero fue un evento trágico. Se desenvolvió en el presentimiento del deicidio, en la sombra de la traición, en el espanto de los discípulos, inseguros de su propia fidelidad al Maestro, en el temor previo al sudor de sangre de Getsemaní. El arte cristiano ha representado siempre la Ultima Cena como un evento trágico, y no como un convite divertido”. Y así lo atestiguan las visiones de Catalinna Emmerich. El ambiente de la misma no parecía precisamente una alegre reunión. 

Durante la Cena “al principio estuvo muy afectuoso con sus Apóstoles; después se puso serio y melancólico y les dijo: Uno de vosotros me venderá; uno de vosotros, cuya mano está conmigo en esta mesa” y amenazó sin decir el nombre del traidor “Jesús añadió: “El hijo del hombre se va, según esta escrito de Él; pero desgraciado el hombre que venderá al Hijo del hombre: más le valdría no haber nacido. En la misma había en todo momento un aire de solemnidad, o sea nada cotidiano: “De pie en medio de los Apóstoles, les habló algún tiempo con solemnidad”. La predicación no fue únicamente sobre la amistad, sino “sobre la penitencia, la confesión de las culpas, el arrepentimiento y la justificación”

Los Apóstoles lejos de entregarse a una alegre cena de amistad, comprendían perfectamente lo que estaba pasando y, dice la beata, “vi también que todos reconocían sus pecados y se arrepentían”

Cuando llegó el sagrado momento de la institución del Sacramento del Altar, “El Señor estaba entre Pedro y Juan; las puertas estaban cerradas; todo se hacía con misterio y solemnidad. Cuando el cáliz fue sacado de su bolsa, Jesús oró, y habló muy solemnemente. Yo le vi explicando la Cena y toda la ceremonia: me pareció un sacerdote enseñando a los otros a decir misa.” 

De otra parte, el “cutrismo” litúrgico, que suele usar vestimentas y cálices “pobres”, sin adornos de ningún tipo, supuestamente más acordes con el cristianismo primitivo, no parece que fuera lo que vio la beata: “El cáliz que los apóstoles llevaron de la casa de Verónica [para la Última Cena], es un vaso maravilloso y misterioso. Había estado mucho tiempo en el templo entre otros objetos preciosos y de gran antigüedad, cuyo origen y uso se había olvidado” y nos atestigua además que “había servido ya muchas veces a Jesús para la celebración de las fiestas”

Estábamos pues ante un acontecimiento lleno de solemnidad, donde se usó el cáliz que solía usar Jesucristo, un cáliz especial, un vaso maravilloso lleno de misterio, un objeto precioso, y todo ello envuelto en un ambiente serio, de misterio, envuelto en el arrepentimiento de los pecados personales, al punto que la beata nos dice como conclusión “lo que sé es que todo me recordó de un modo extraordinario el santo sacrificio de la Misa”. Recordemos que en época de la beata la Misa se celebraba como la forma extraordinaria hoy, es decir con todo el ritualismo, misterio y solemnidad del milenario rito que es lo más alejado que podamos imaginar a la “imagen” de una alegre cena”

Todo ello lo refrenda nuevamente en su relato de la subida al monte de los olivos donde nos cuenta “Los Apóstoles conservaban aún algo del entusiasmo y del recogimiento que les había comunicado la santa comunión y los discursos solemnes y afectuosos de Jesús” . 

Y respecto a la Sagrada Comunión, nos dice la beata: “Tomó la patena con los pedazos de pan y dijo: Tomad y comed; este es mi Cuerpo, que será dado por vosotros. Extendió su mano derecha como para bendecir, y mientras lo hacía, un resplandor salía de Él: sus palabras eran luminosas, y el pan entraba en la boca de los Apóstoles como un cuerpo resplandeciente: yo los vi a todos penetrados de luz; Judas solo estaba tenebroso”

Esta narración de los hechos parece sugerir claramente una comunión directa de los Apóstoles en la boca, con efectos claramente sobrenaturales pues “entraba en la boca de los Apóstoles como un cuerpo resplandeciente” lo cual es la antítesis de presentar la comunión de los apóstoles como si comieran un pan más, un alimento. Lo que sucedió es muy ajeno a ese espíritu sino que fue un ambiente sobrenatural de misterio y reverencia. 

¿Se puede deducir de todo esto que esta comunión fue dada directamente en la boca? Pues es perfectamente posible y parece sugerirse. De hecho, como nos explica Mons. Schneider, aparte del propio relato de la beata, no es para nada desdeñable la idea: “Es posible suponer que Cristo, durante la Última Cena, haya dado el pan a cada Apóstol directamente en la boca y no sólo a Judas. Efectivamente existía una práctica tradicional en el ambiente del Medio Oriente en el tiempo de Jesús y que aún ser conserva en nuestros días: el anfitrión nutre a sus huéspedes con su propia mano, poniendo en su boca un pedazo simbólico del alimento”

El capítulo posterior donde nos narra los acontecimientos en el huerto de los olivos no puede más que dejar acongojado a cualquier católico de buena voluntad por el absoluto realismo con el que describe como parte del sufrimiento que hizo sudar sangra a Jesús fue por la visión de los pecados futuros de los cristianos, especialmente los cometidos contra la Santísima Eucaristía, es un episodio que merece la pena ser leído por que describe proféticamente casi milimétricamente lo que desgraciadamente vivimos hoy en día: “Apareciéronse a los ojos de Jesús todos los padecimientos futuros de sus Apóstoles, de sus discípulos y de sus amigos; vio a la Iglesia primitiva tan pequeña, y a medida que iba creciendo vio las herejías y los cismas hacer irrupción, y renovar la primera caída del hombre por el orgullo y la desobediencia; vio la frialdad, la corrupción y la malicia de un número infinito de cristianos; la mentira y la malicia de todos los doctores orgullosos, los sacrilegios de todos los sacerdotes viciosos, las funestas consecuencias de todos estos actos, la abominación y la desolación en el reino de Dios en el santuario de esta ingrata humanidad, que Él quería rescatar con su sangre al precio de padecimientos indecibles.… En medio de todas esas apariciones, yo veía a Satanás moverse bajo diversas formas horribles, que representaban diferentes especies de pecados. Estas figuras diabólicas arrastraban, a los ojos de Jesús, una multitud de hombres, por cuya redención entraba en el camino doloroso de la cruz. Al principio vi rara vez la serpiente, después la vi aparecer con una corona en la cabeza: su estatura era gigantesca, su fuerza parecía desmedida, y llevaba contra Jesús innumerables legiones de todos los tiempos, de todas las razas. En medio de esas legiones furiosas, de las cuales algunas me parecían compuestas de ciegos, Jesús estaba herido como si realmente hubiera sentido sus golpes; en extremo vacilante, tan pronto se levantaba como se caía, y la serpiente, en medio de esa multitud que gritaba sin cesar contra Jesús, batía acá y allá con su cola, y desollaba a todos lo que derribaba. Entonces me fue revelado que estos enemigos del Salvador eran los que maltrataban a Jesucristo realmente presente en el Santísimo Sacramento. Reconocí entre ellos todas las especies de profanadores de la Sagrada Eucaristía. Yo vi con horror todos esos ultrajes desde la irreverencia, la negligencia, la omisión, hasta el desprecio, el abuso y el sacrilegio; desde la adhesión a los ídolos del mundo, a las tinieblas y a la falsa ciencia, hasta el error, la incredulidad, el fanatismo y la persecución. Vi entre esos hombres, ciegos, paralíticos, sordos, mudos y aun niños. Ciegos que no querían ver la verdad, paralíticos que no querían andar con ella, sordos que no querían oír sus avisos y amenazas; mudos que no querían combatir por ella con la espada de la palabra, niños perdidos por causa de padres o maestros mundanos y olvidados de Dios, mantenidos con deseos terrestres, llenos de una vana sabiduría y alejados de las cosas divinas. Vi con espanto muchos sacerdotes, algunos mirándose como llenos de piedad y de fe, maltratar también a Jesucristo en el Santísimo Sacramento. Yo vi a muchos que creían y enseñaban la presencia de Dios vivo en el Santísimo Sacramento, pero olvidaban y descuidaban el Palacio, el Trono, lugar de Dios vivo, es decir, la Iglesia, el altar, la custodia, los ornamentos, en fin, todo lo que sirve al uso y a la decoración de la Iglesia de Dios. Todo se perdía en el polvo y el culto divino estaba si no profanado interiormente, a lo menos deshonrado en el exterior. Todo eso no era el fruto de una pobreza verdadera, sino de la indiferencia, de la pereza, de la preocupación de vanos intereses terrestres, y algunas veces del egoísmo y de la muerte interior. Aunque hablara un año entero, no podría contar todas las afrentas hechas a Jesús en el Santísimo Sacramento, que supe de esta manera. Vi a los autores de ellas asaltar al Señor, herirle con diversas armas, según la diversidad de sus ofensas. Vi cristianos irreverentes de todos los siglos, sacerdotes ligeros o sacrílegos, una multitud de comuniones tibias o indignas. ¡Qué espectáculo tan doloroso! Yo veía la Iglesia, como el cuerpo de Jesús, y una multitud de hombres que se separaban de la Iglesia, rasgaban y arrancaban pedazos enteros de su carne viva. Jesús los miraba con ternura, y gemía de verlos perderse.” 

No nos dejemos pues influir por ese espíritu que desvirtuá la Última Cena para justificar la mundanalización y desacralización de la sagrada liturgia, el culto y la reverencia debida al Santísimo Sacramento y que tanto hizo sufrir a Nuestro Señor en el huerto de los olivos. 

No, no se pareció a una alegre cena de amigos informal, sino “que todo me recordó de un modo extraordinario el santo sacrificio de la Misa”. Beata Anna Catalina Emmerich, ruega por nosotros. Fray Guzmán

INFOVATICANA


miércoles, 5 de marzo de 2014

BERGOGLIO: “LA VERDAD ES QUE NO SIENTO NOSTALGIA POR LA ARGENTINA”

En una entrevista con Corriere della Sera , Bergoglio habla sobre su primer "año revolucionario" al frente de la Iglesia.

Por Ferruccio de Bortoli

Ha pasado un año desde ese simple "buenas noches" que conmovió al mundo. El lapso de 12 meses muy intensos no puede contener la gran masa de las novedades de Francisco y los signos profundos de innovación pastoral. Estamos en una pequeña habitación en San Martha. La única ventana da a un patio que abre un ángulo minúsculo de cielo azul. El Papa aparece de repente a través de una puerta, con una cara relajada y sonriente. Se divierte con los diversos dispositivos de grabación que la ansiedad senil del periodista colocó sobre la mesa. “¿Todos funcionan? ¿Sí? Gracias a Dios”. ¿La valoración de este año? No, no le gustan las evaluaciones. “Solo hago una evaluación cada 15 días, con mi confesor”.

-Santo Padre, de vez en cuando llamas por teléfono a los que te piden ayuda. Y a veces, ¿no creen que eres tú?

Santo Padre: -Sí, a mí me ha pasado. Cuando alguien llama es porque quiere hablar, tiene una pregunta que hacer, consejos para solicitar. Cuando era sacerdote en Buenos Aires era más fácil. Y he mantenido esa costumbre. Es un servicio, se expresa así. Pero es cierto que ahora no es tan fácil, dada la cantidad de personas que me escriben.

-¿Recuerdas alguno de esos contactos con particular afecto?

Santo Padre: una viuda de 80 años que había perdido a su hijo me escribió. Y ahora la llamo una vez al mes. Ella esta encantada Yo hago el papel de un sacerdote. Me gusta.

-Con respecto a sus relaciones con su predecesor, Benedicto XVI, ¿alguna vez le pidió consejo?

Santo Padre: Sí, el Papa Emérito no es una estatua del museo. Es una institución a la que no estamos acostumbrados. Hace sesenta o setenta años, la figura del obispo emérito no existía. Eso vino después del Concilio Vaticano II y ahora es una institución. Lo mismo tiene que pasar con el papa emérito. Benedicto es el primero y quizás haya otros. No lo sabemos. Es discreto, humilde, no quiere molestar. Hablamos al respecto y juntos llegamos a la conclusión de que sería mejor si él viera a las personas, que saliera y participara en la vida de la Iglesia. Una vez que vino aquí con motivo de la bendición de la estatua de San Miguel Arcángel, almorzamos en Santa Marta y, después de Navidad, regresé la invitación para participar en el Consistorio y él aceptó. Su sabiduría es un don de Dios. A algunos les hubiera gustado que se retirara a una abadía benedictina lejos del Vaticano. Y luego pensé en los abuelos, quienes con su sabiduría y sus consejos fortalecen a la familia y no merecen terminar en una casa de retiro.

-Pensamos que su manera de gobernar la Iglesia es la siguiente: escuchan a todos y luego deciden solos, algo así como el Padre General de los jesuitas. ¿Es el papa un hombre que está solo?

Santo Padre: Sí y no, pero entiendo lo que quieres decirme. El Papa no está solo en su trabajo porque está respaldado por el consejo de muchos. Y sería un hombre solo si decidiera no escuchar a nadie o fingir que escuchaba. Sin embargo, hay un momento en el que uno debe decidir, cuándo debe firmar, en el que permanece solo con su sentido de la responsabilidad.

-Has innovado, criticado algunas actitudes del clero. Has revolucionado la Curia, con cierta resistencia y oposición. ¿Ha cambiado ya la Iglesia como deseabas hace un año?

Santo Padre: el pasado mes de marzo no tenía ningún plan para cambiar la Iglesia. No esperaba, digámoslo de esta manera, esta transferencia de diócesis. Comencé a gobernar, tratando de poner en práctica todo lo que había surgido en el debate entre los cardenales de las diferentes Congregaciones. Y en mis acciones espero contar con la inspiración del Señor. Les daré un ejemplo: se ha hablado de la situación espiritual de las personas que trabajan en la Curia, y luego comenzaron a hacer retiros espirituales. Se debe dar más importancia a los ejercicios espirituales anuales. Todos tienen derecho a pasar cinco días en silencio y meditación, mientras que antes en la Curia escuchaban tres homilías por día y luego algunos continuaban trabajando.

-¿Son la ternura y la misericordia la esencia de tu mensaje pastoral?

Santo Padre: Y del Evangelio. Son el corazón del evangelio. De lo contrario, uno no entiende a Jesucristo, o la ternura del Padre que lo envía a escucharnos, a curarnos, a salvarnos.

-¿Pero se entendió este mensaje? Dijiste que la "manía de Francisco" no duraría mucho. ¿Hay algo de tu imagen pública que no te guste?

Santo Padre: Me gusta estar entre la gente, con los que sufren, e ir a las parroquias. No me gustan las interpretaciones ideológicas, una cierta mitología del Papa Francisco. Cuando se dice, por ejemplo, que salgo del Vaticano por la noche para alimentar a los mendigos en Via Ottaviano, nunca lo pensaría. Sigmund Freud dijo, si no me equivoco, que en toda idealización hay una agresión. Pintar al Papa como si fuera una especie de Superman, una especie de estrella, me parece ofensivo. El Papa es un hombre que se ríe, llora, duerme tranquilo y tiene amigos como todos los demás. Él es una persona normal.

-¿Tienes nostalgia por tu argentina?

Santo Padre: La verdad es que no tengo nostalgia. Iría a visitar a mi hermana, que está enferma, la última de nosotras cinco. Me encantaría verla, pero esto no justifica un viaje a Argentina: llamar por teléfono, ya es suficiente. No creo que me vaya antes del 2016, porque ya he estado en América Latina, en Río. Ahora tengo que ir a Tierra Santa, a Asia y luego a África.

-Acabas de renovar tu pasaporte argentino. Todavía eres un jefe de estado.

Santo Padre: lo renové porque había expirado.

-¿Te molestó que te acusaran de ser marxista, especialmente en los Estados Unidos, después de la publicación de "Evangelii Gaudium" ?

Santo Padre: No, en absoluto. Nunca compartí la ideología marxista porque es falsa, pero conocía a muchas personas buenas que profesaban el marxismo.

-Los escándalos que perturbaron la vida de la Iglesia, afortunadamente, ahora están en el pasado. Sobre el delicado tema del abuso de menores, los filósofos Besancon y Scruton, entre otros, le pidieron que levante la voz contra el fanatismo y la mala fe del mundo secularizado que no respeta mucho la infancia.

Santo Padre: Deseo decir dos cosas. Los casos de abuso son terribles porque dejan heridas muy profundas. Benedicto XVI fue muy valiente y abrió el camino. Y, siguiendo ese camino, la Iglesia avanzó mucho, quizás más que nadie. Las estadísticas sobre el fenómeno de la violencia contra los niños son impactantes, pero también muestran claramente que la gran mayoría de los abusos provienen del entorno familiar y de personas cercanas. La Iglesia Católica es quizás la única institución pública que se movió con transparencia y responsabilidad. Nadie más hizo tanto. Y sin embargo, la Iglesia es la única que está siendo atacada.

-Usted dice que "los pobres nos evangelizan". La atención prestada a la pobreza, la marca más fuerte de su mensaje, es tomada por algunos observadores como una profesión de pauperismo. El evangelio no condena la riqueza. Y Zaqueo era rico y caritativo.

Santo Padre: El Evangelio condena la adoración de la riqueza. El pauperismo es una de las interpretaciones críticas. En la Edad Medieval había muchas corrientes pauperistas. San Francisco [de Asís] tuvo el genio de poner el tema de la pobreza en el viaje evangélico. Jesús dice que uno no puede servir a dos amos, a Dios y al dinero. Y cuando seamos juzgados al final de los tiempos ( Mateo , 25), se nos preguntará acerca de nuestra cercanía a la pobreza. La pobreza nos saca de la idolatría y abre las puertas a la Providencia. Zaqueo le da la mitad de su riqueza a los pobres. Y aquellos cuyos graneros están llenos de su propio egoísmo, el Señor, al final, pedirá cuentas. Creo que expresé bien mi pensamiento sobre la pobreza en "Evangelii Gaudium".

-Identificas en la globalización, especialmente financiera, algunos de los males que sufre la humanidad. Sin embargo, la globalización sacó a millones de personas de la pobreza. Trajo esperanza, un sentimiento raro que no debe confundirse con optimismo.

Santo Padre: Es verdad, la globalización salvó a muchas personas de la miseria, pero condenó a muchas otras a morir de hambre, porque con este sistema económico se vuelve selectivo. La globalización en la que piensa la Iglesia no parece una esfera en la que cada punto esté equidistante del centro y, por lo tanto, se pierda la particularidad de los pueblos. Es, más bien, un poliedro, con sus diferentes facetas, en el que cada nación mantiene su propia cultura, idioma, religión, identidad. La actual globalización económica "esférica", especialmente la financiera, produce un pensamiento, un pensamiento débil. Y la persona humana ya no está en su centro, sino sólo el dinero.

-El tema de la familia es central para la actividad del Consejo de los Ocho Cardenales. Desde la Exhortación de Juan Pablo II "Familiaris Consortio", muchas cosas han cambiado. Se esperan grandes novedades. Y usted dijo que las personas divorciadas no deben ser condenadas, que deben ser ayudadas.

Santo Padre: es un largo camino que la Iglesia debe completar, un proceso que el Señor quiere. Tres meses después de mi elección, se me presentaron los temas para el Sínodo, y decidimos discutir cuál es la contribución de Jesús al hombre contemporáneo. Sin embargo, al final, que para mí es un signo de la voluntad de Dios, decidimos hablar sobre la familia, que está pasando por una crisis muy grave. Es difícil formar una familia. Los jóvenes ya no se casan. Hay muchas familias separadas, cuyo plan de vida común fracasó. Los niños sufren mucho. Y tenemos que dar una respuesta. Sin embargo, tenemos que reflexionar mucho sobre esto, y en profundidad. Esto es lo que hacen el Consistorio y el Sínodo. Debemos evitar quedarnos en la superficie del tema. La tentación de resolver cada problema con la casuística es un error, una simplificación de las cosas profundas. Es lo que hicieron los fariseos: una teología muy superficial. Y es a la luz de esta profunda reflexión que las situaciones particulares podrán abordarse con seriedad, también la de los divorciados.

-¿Por qué el informe del cardenal Walter Kasper en el último Consistorio (un abismo entre la doctrina sobre el matrimonio y la familia y la vida real de muchos cristianos) genera tanta división entre los cardenales? ¿Crees que la Iglesia podrá pasar por estos dos años de arduo viaje para llegar a un consenso amplio y sereno?

Santo Padre: el cardenal Kasper hizo una presentación hermosa y profunda, que pronto se publicará en alemán, en la que aborda cinco puntos, el quinto de los cuales es el de los segundos matrimonios. Hubiera estado más preocupado si no hubiera habido una discusión intensa en el Consistorio, porque hubiera sido inútil. Los Cardenales sabían que podían decir lo que querían y presentaban diferentes puntos de vista, que siempre son enriquecedores. El debate abierto y fraterno hace crecer el pensamiento teológico y pastoral. Eso no me asusta. Lo que es más, lo busco.

-En el pasado reciente, se acostumbraba a referirse a los "valores no negociables", especialmente en cuestiones de bioética y moralidad sexual. No has usado esa fórmula. ¿Es esa elección un signo de un estilo menos prescriptivo, más respetuoso de la conciencia individual?

Santo Padre: Nunca entendí la expresión "valores no negociables". Los valores son valores y eso es todo. No puedo decir cuál de los dedos de la mano es más útil que el resto, por lo que no entiendo en qué sentido podría haber valores negociables. Lo que tenía que decir sobre el tema de la vida lo he puesto por escrito en "Evangelii Gaudium".

-Muchos países han regulado las uniones civiles. ¿Es un camino que la Iglesia puede entender? Pero hasta qué punto?

Santo Padre: El matrimonio es entre un hombre y una mujer. Los Estados laicos quieren justificar las uniones civiles para regular diferentes situaciones de convivencia, impulsadas por la necesidad de regular los aspectos económicos entre las personas como, por ejemplo, garantizar la atención médica. Cada caso debe ser examinado y evaluado en su diversidad.

-¿Cómo se promoverá el papel de la mujer dentro de la Iglesia?

Santo Padre: La casuística tampoco ayuda en este caso. Es cierto que las mujeres pueden y deben estar más presentes en los puestos de toma de decisiones de la Iglesia. Pero yo llamaría a esto una promoción de tipo funcional. Y con eso solo, uno no avanza mucho. Más bien, debemos pensar que la Iglesia tiene el artículo femenino, "la": es femenino por su origen. El teólogo Urs von Balthasar trabajó mucho en este tema: el principio mariano guía a la Iglesia de la mano del principio petrino. La Virgen es más importante que cualquier obispo y cualquiera de los apóstoles. La reflexión teológica ya está en marcha. El cardenal [Stanislaw] Rylko [presidente del Consejo Pontificio para los Laicos], junto con el Consejo de los Laicos, está trabajando en esta dirección con muchas mujeres expertas.

-Medio siglo después de la encíclica "Humanae Vitae" de Pablo VI , ¿ puede la Iglesia retomar el tema del control de la natalidad? Su hermano, el cardenal [Carlo Maria] Martini [el fallecido arzobispo de Milán] creía que ya era hora.

Santo Padre: Todo depende de cómo se interprete el texto de "Humanae Vitae" . El mismo Pablo VI, hacia el final, recomendó a los confesores mucha misericordia y atención a situaciones concretas. Pero su genio fue profético, ya que tuvo el coraje de ir en contra de la mayoría, de defender la disciplina moral, de aplicar un freno cultural, de oponerse al neoltusianismo presente y futuro. El objetivo no es cambiar la doctrina, pero es una cuestión de profundizar en el tema y asegurar que el ministerio pastoral tenga en cuenta las situaciones de cada persona y lo que esa persona puede hacer. Esto también será discutido en el camino al Sínodo.

-La ciencia evoluciona y vuelve a dibujar los fines de la vida. ¿Tiene sentido prolongar la vida en estado vegetativo?

Santo Padre: No soy un especialista en argumentos bioéticos, y tengo miedo de ser equivocado en mis palabras. La doctrina tradicional de la Iglesia establece que nadie está obligado a usar métodos extraordinarios cuando alguien está en su fase terminal. Pastoralmente, en estos casos siempre he aconsejado cuidados paliativos. En casos más específicos, si es necesario, es apropiado buscar el consejo de especialistas.

-¿Su viaje a Tierra Santa llevará a un acuerdo de intercomunicación con los ortodoxos que Pablo VI, hace cincuenta años, casi firmó con el [patriarca] Atenagoras?

Santo Padre: Todos estamos impacientes por lograr resultados "sellados". Pero el camino de la unidad con los ortodoxos significa, sobre todo, caminar y trabajar juntos. En Buenos Aires, varios ortodoxos acudieron a los cursos de catequesis. Usualmente pasaba la Navidad y el 6 de enero junto con sus obispos, quienes a veces incluso pedían el consejo de nuestras oficinas diocesanas. No sé si la historia es cierta de que Atenegoras le dijo al Papa Pablo VI que él les propuso que caminen juntos y envíen a todos los teólogos a una isla para discutir entre ellos. Es una broma, pero es importante que caminemos juntos. La teología ortodoxa es muy rica. Y creo que tienen, en este momento, grandes teólogos. Su visión de la Iglesia y colegialidad es maravillosa.

-En unos pocos años, la mayor potencia mundial será China, con la que el Vaticano no tiene relaciones. Matteo Ricci era un jesuita como tú.


Santo Padre: Estamos cerca de China. Le envié una carta al presidente Xi Jinping cuando fue elegido, tres días después de mí. Y él me respondió. Las relaciones están ahí. Son una gran gente a quien amo.

-¿Por qué, Santo Padre, nunca hablas de Europa? ¿Qué pasa con el proyecto europeo que no te convence?

Santo Padre: ¿Recuerdas el día en que hablé de Asia? ¿Qué dije? (Aquí el reportero se atreve a dar una explicación, recolectando vagos recuerdos solo para darse cuenta de que se había enamorado de un buen truco). No he hablado de Asia, ni de África, ni de Europa. Solo sobre América Latina cuando estuve en Brasil y cuando tuve que recibir la Comisión para América Latina. Todavía no ha habido una oportunidad de hablar sobre Europa. Vendrá.

-¿Qué libro estás leyendo estos días?

Santo Padre: 'Pedro y Magdalena' de Damiano Marzotto sobre la dimensión femenina de la Iglesia. Un hermoso libro.

-¿Y no eres capaz de ver alguna buena película, otra de tus pasiones? "La Grande Bellezza" ganó un Oscar. ¿Lo verás?

Santo Padre: No lo sé. La última película que vi fue "La vida es bella" de Benigni. Y antes había visto 'La Strada' de Fellini. Una obra maestra. También me gustó Wajda ...

-San Francisco tuvo una juventud despreocupada. Te pregunto: ¿alguna vez has estado enamorado?

Santo Padre: En el libro El jesuita, cuento cuando tuve una novia a la edad de 17 años. Y también lo menciono en Cielo y Tierra, el volumen que escribí con Abraham Skorka. En el seminario, una niña hizo girar mi cabeza durante una semana.

-Y si no te importa que pregunte, ¿cómo terminó?

Santo Padre: Eran cosas de la juventud. Hablé con mi confesor sobre esto [una gran sonrisa].

-Gracias santo padre
 
Santo Padre: Gracias.

Zenit