jueves, 30 de marzo de 2000

ENCÍCLICA DIUTURNUM ILLUD (29 DE JUNIO DE 1881)


CARTA ENCÍCLICA

DIUTURNUM ILLUD

DEL SUMO PONTÍFICE

LEÓN XIII

SOBRE LA AUTORIDAD POLÍTICA

1. La prolongada y terrible guerra declarada contra la autoridad divina de la Iglesia ha llegado adonde tenía que llegar: a poner en peligro universal la sociedad humana y, en especial, la autoridad política, en la cual estriba fundamentalmente la salud pública. Hecho que vemos verificado sobre todo en este nuestro tiempo.

Las pasiones desordenadas del pueblo rehúsan, hoy más que nunca, todo vínculo de gobierno. Es tan grande por todas partes la licencia, son tan frecuentes las sediciones y las turbulencias, que no solamente se ha negado muchas veces a los gobernantes la obediencia, sino que ni aun siquiera les ha quedado un refugio seguro de salvación. Se ha procurado durante mucho tiempo que los gobernantes caigan en el desprecio y odio de las muchedumbres, y, al aparecer las llamas de la envidia preconcebida, en un pequeño intervalo de tiempo la vida de los príncipes más poderosos ha sido buscada muchas veces hasta la muerte con asechanzas ocultas o con manifiestos atentados. Toda Europa ha quedado horrorizada hace muy poco al conocer el nefando asesinato de un poderoso emperador. Atónitos todavía los ánimos por la magnitud de semejante delito, no reparan, sin embargo, ciertos hombres desvergonzados, en lanzar a cada paso amenazas terroristas contra los demás reyes de Europa.

2. Estos grandes peligros públicos, que están a la vista, nos causan una grave preocupación al ver en peligro casi a todas horas la seguridad de los príncipes, la tranquilidad de los Estados y la salvación de los pueblos. Y, sin embargo, la virtud divina de la religión cristiana engendró los egregios fundamentos de la estabilidad y el orden de los Estados desde el momento en que penetró en las costumbres e instituciones de las ciudades. No es el más pequeño y último fruto de esta virtud el justo y sabio equilibrio de derechos y deberes entre los príncipes y los pueblos. Porque los preceptos y ejemplos de Cristo Señor nuestro poseen una fuerza admirable para contener en su deber tanto a 1os que obedecen como a los que mandan y para conservar entre unos y otros la unión y concierto de voluntades, que es plenamente conforme con la naturaleza y de la que nace el tranquilo e imperturbado curso de los asuntos públicos. Por esto, habiendo sido puestos por la gracia de Dios al frente de la Iglesia católica como custodio e intérprete de la doctrina de Cristo, Nos juzgamos, venerables hermanos, que es incumbencia de nuestra autoridad recordar públicamente qué es lo que de cada uno exige la verdad católica en esta clase de deberes. De esta exposición brotará también el camino y la manera con que en tan deplorable estado de cosas debe atenderse a la seguridad pública.


I. DOCTRINA CATÓLICA

SOBRE EL ORIGEN DE LA AUTORIDAD

Necesidad de la autoridad

3. Aunque el hombre, arrastrado por un arrogante espíritu de rebelión, intenta muchas veces sacudir los frenos de la autoridad, sin embargo, nunca ha podido lograr la liberación de toda obediencia. La necesidad obliga a que haya algunos que manden en toda reunión y comunidad de hombres, para que la sociedad, destituida de principio o cabeza rectora, no desaparezca y se vea privada de alcanzar el fin para el que nació y fue constituida. Pero si bien no ha podido lograrse la destrucción total de la autoridad política en los Estados, se ha querido, sin embargo, emplear todas las artes y medios posibles para debilitar su fuerza y disminuir su majestad. Esto sucedió principalmente en el siglo XVI, cuando una perniciosa novedad de opiniones sedujo a muchos. A partir de aquel tiempo, la sociedad pretendió no sólo que se le diese una libertad más amplia de lo justo, sino que también quiso modelar a su arbitrio el origen y la constitución de la sociedad civil de los hombres. Pero hay más todavía. Muchos de nuestros contemporáneos, siguiendo las huellas de aquellos que en el siglo pasado se dieron a sí mismos el nombre de filósofos, afirman que todo poder viene del pueblo. Por lo cual, los que ejercen el poder no lo ejercen como cosa propia, sino como mandato o delegación del pueblo, y de tal manera, que tiene rango de ley la afirmación de que la misma voluntad popular que entregó el poder puede revocarlo a su antojo. Muy diferente es en este punto la doctrina católica, que pone en Dios, como un principio natural y necesario, el origen del poder político.

4. Es importante advertir en este punto que los que han de gobernar los Estados pueden ser elegidos, en determinadas circunstancias, por la voluntad y juicio de la multitud, sin que la doctrina católica se oponga o contradiga esta elección. Con esta elección se designa el gobernante, pero no se confieren los derechos del poder. Ni se entrega el poder como un mandato, sino que se establece la persona que lo ha de ejercer. No se trata en esta encíclica de las diferentes formas de gobierno. No hay razón para que la Iglesia desapruebe el gobierno de un solo hombre o de muchos, con tal que ese gobierno sea justo y atienda a la común utilidad. Por lo cual, salvada la justicia, no está prohibida a los pueblos la adopción de aquel sistema de gobierno que sea más apto y conveniente a su manera de ser o a las instituciones y costumbres de sus mayores.


El poder viene de Dios

5. Pero en lo tocante al origen del poder político, la Iglesia enseña rectamente que el poder viene de Dios. Así lo encuentra la Iglesia claramente atestiguado en las Sagradas Escrituras y en los monumentos de la antigüedad cristiana. Pero, además, no puede pensarse doctrina alguna que sea más conveniente a la razón o más conforme al bien de los gobernantes y de los pueblos.

6. Los libros del Antiguo Testamento afirman claramente en muchos lugares que la fuente verdadera de la autoridad humana está en Dios: «Por mí reinan los reyes...; por mí mandan los príncipes, y gobiernan los poderosos de la tierra»[1]. Y en otra parte: «Escuchad vosotros, los que imperáis sobre las naciones..., porque el poder os fue dado por Dios y la soberanía por el Altísimo»[2]. Lo cual se contiene también en el libro del Eclesiástico: «Dios dio a cada nación un jefe»[3]. Sin embargo, los hombres que habían recibido estas enseñanzas del mismo Dios fueron olvidándolas paulatinamente a causa del paganismo supersticioso, el cual, así como corrompió muchas nociones e ideas de la realidad, así también adulteró la genuina idea y la hermosura de la autoridad política. Más adelante, cuando brilló la luz del Evangelio cristiano, la vanidad cedió su puesto a la verdad, y de nuevo empezó a verse claro el principio noble y divino del que proviene toda autoridad. Cristo nuestro Señor respondió al presidente romano, que se arrogaba la potestad de absolverlo y condenarlo: «No tendrías ningún poder sobre mí si no te hubiera sido dado de lo alto»[4]. Texto comentado por San Agustín, quien dice: «Aprendamos lo que dijo, que es lo mismo que enseñó por el Apóstol, a saber: que no hay autoridad sino por Dios»[5]. A la doctrina y a los preceptos de Jesucristo correspondió como eco la voz incorrupta de los apóstoles. Excelsa y llena de gravedad es la sentencia de San Pablo dirigida a los romanos, sujetos al poder de los emperadores paganos: No hay autoridad sino por Dios. De la cual afirmación, como de causa, deduce la siguiente conclusión: La autoridad es ministro de Dios[6].

7. Los Padres de la Iglesia procuraron con toda diligencia afirmar y propagar esta misma doctrina, en la que habían sido enseñados. «No atribuyamos —dice San Agustín— sino a sólo Dios verdadero la potestad de dar el reino y el poder»[7]. San Juan Crisóstomo reitera la misma enseñanza: «Que haya principados y que unos manden y otros sean súbditos, no sucece el acaso y temerariamente..., sino por divina sabiduría»[8]. Lo mismo atestiguó San Gregorio Magno con estas palabras: «Confesamos que el poder les viene del cielo a los emperadores y reyes»[9]. Los mismos santos Doctores procuraron también ilustrar estos mismos preceptos aun con la sola luz natural de la razón, de forma que deben parecer rectos y verdaderos incluso a los que no tienen otro guía que la razón.

En efecto, es la naturaleza misma, con mayor exactitud Dios, autor de la Naturaleza, quien manda que los hombres vivan en sociedad civil. Demuestran claramente esta afirmación la facultad de hablar, máxima fomentadora de la sociedad; un buen número de tendencias innatas del alma, y también muchas cosas necesarias y de gran importancia que los hombres aislados no pueden conseguir y que unidos y asociados unos con otros pueden alcanzar. Ahora bien: no puede ni existir ni concebirse una sociedad en la que no haya alguien que rija y una las voluntades de cada individuo, para que de muchos se haga una unidad y las impulse dentro de un recto orden hacia el bien común. Dios ha querido, por tanto, que en la sociedad civil haya quienes gobiernen a la multitud. Existe otro argumento muy poderoso. Los gobernantes, con cuya autoridad es administrada la república, deben obligar a los ciudadanos a la obediencia, de tal manera que el no obedecerles constituya un pecado manifiesto. Pero ningún hombre tiene en sí mismo o por sí mismo el derecho de sujetar la voluntad libre de los demás con los vínculos de este imperio. Dios, creador y gobernador de todas las cosas, es el único que tiene este poder. Y los que ejercen ese poder deben ejercerlo necesariamente como comunicado por Dios a ellos: «Uno solo es el legislador y el juez, que puede salvar y perder»[10]. Lo cual se ve tambíén en toda clase de poder. Que la potestad que tienen los sacerdotes dimana de Dios es verdad tan conocida, que en todos los pueblos los sacerdotes son considerados y llamados ministros de Dios. De modo parecido, la potestad de los padres de familia tiene grabada en sí cierta efigie y forma de la autoridad que hay en Dios, «de quien procede toda familia en los cielos y en la tierra»[11]. Por esto las diversas especies de poder tienen entre sí maravillosas semejanzas, ya que toda autoridad y poder, sean los que sean, derivan su origen de un solo e idéntico Creador y Señor del mundo, que es Dios.

8. Los que pretenden colocar el origen de la sociedad civil en el libre consentimiento de los hombres, poniendo en esta fuente el principio de toda autoridad política, afirman que cada hombre cedió algo de su propio derecho y que voluntariamente se entregó al poder de aquel a quien había correspondido la suma total de aquellos derechos. Pero hay aquí un gran error, que consiste en no ver lo evidente. Los hombres no constituyen una especie solitaria y errante. Los hombres gozan de libre voluntad, pero han nacido para formar una comunidad natural. Además, el pacto que predican es claramente una ficción inventada y no sirve para dar a la autoridad política la fuerza, la dignidad y la firmeza que requieren la defensa de la república y la utilidad común de los ciudadanos. La autoridad sólo tendrá esta majestad y fundamento universal si se reconoce que proviene de Dios como de fuente augusta y santísima.


II. UTILIDAD DE LA DOCTRINA CATÓLICA

ACERCA DE LA AUTORIDAD

La concepción cristiana del poder político

9. Es imposible encontrar una enseñanza más verdadera y más útil que la expuesta. Porque si el poder político de los gobernantes es una participación del poder divino, el poder político alcanza por esta misma razón una dignidad mayor que la meramente humana. No precisamente la impía y absurda dignidad pretendida por los emperadores paganos, que exigían algunas veces honores divinos, sino la dignidad verdadera y sólida, la que es recibida por un especial don de Dios. Pero además los gobernados deberán obedecer a los gobernantes como a Dios mismo, no por el temor del castigo, sino por el respeto a la majestad, no con un sentimiento de servidumbre, sino como deber de conciencia. Por lo cual, la autoridad se mantendrá en su verdadero lugar con mucha mayor firmeza. Pues, experimentando los ciudadanos la fuerza de este deber, huirán necesariamente de la maldad y la contumacia, ya que deben estar persuadidos de que los que resisten al poder político resisten a la divina voluntad, y que los que rehúsan honrar a los gobernantes rehúsan honrar al mismo Dios.

10. De acuerdo con esta doctrina, instruyó el apóstol San Pablo particularmente a los romanos. Escribió a éstos acerca de la reverencia que se debe a los supremos gobernantes, con tan gran autoridad y peso, que no parece pueda darse una orden con mayor severidad: «Todos habéis de estar sometidos a las autoridades superiores... Que no hay autoridad sino por Dios, y las que hay, por Dios han sido ordenadas, de suerte que quien resiste a la autoridad resiste a la disposición de Dios, y los que la resisten atraen sobre sí la condenación... Es preciso someterse no sólo por temor del castigo, sino por conciencia»[12]. Y en esta misma línea se mueve la noble sentencia de San Pedro, Príncipe de los Apóstoles: «Por amor del Señor estad sujetos a toda autoridad humana —constituida entre vosotros—, ya al emperador, como soberano, ya a los gobernadores, como delegados suyos, para castigo de los malhechores y elogio de los buenos. Tal es la voluntad de Dios»[13].

11. Una sola causa tienen los hombres para no obedecer: cuando se les exige algo que repugna abiertamente al derecho natural o al derecho divino. Todas las cosas en las que la ley natural o la voluntad de Dios resultan violadas no pueden ser mandadas ni ejecutadas. Si, pues, sucede que el hombre se ve obligado a hacer una de dos cosas, o despreciar los mandatos de Dios, o despreciar la orden de los príncipes, hay que obedecer a Jesucristo, que manda dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios[14]. A ejemplo de los apóstoles, hay que responder animosamente: «Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres»[15]. Sin embargo, los que así obran no pueden ser acusados de quebrantar la obediencia debida, porque si la voluntad de los gobernantes contradice a la voluntad y las leyes de Dios, los gobernantes rebasan el campo de su poder y pervierten la justicia. Ni en este caso puede valer su autoridad, porque esta autoridad, sin la justicia, es nula.

12. Pero para que la justicia sea mantenida en el ejercicio del poder, interesa sobremanera que quienes gobiernan los Estados entiendan que el poder político no ha sido dado para el provecho de un particular y que el gobierno de la república no puede ser ejercido para utilidad de aquellos a quienes ha sido encomendado, sino para bien de los súbditos que les han sido confiados. Tomen los príncipes ejemplo de Dios óptimo máximo, de quien les ha venido la autoridad. Propónganse la imagen de Dios en la administración de la república, gobiernen al pueblo con equidad y fidelidad y mezclen la caridad paterna con la severidad necesaria. Por esta causa las Sagradas Letras avisan a los príncipes que ellos también tienen que dar cuenta algún día al Rey de los reyes y Señor de los señores. Si abandonan su deber, no podrán evitar en modo alguno la severidad de Dios. «Porque, siendo ministros de su reino, no juzgasteis rectamente... Terrible y repentina vendrá sobre vosotros, porque de los que mandan se ha de hacer severo juicio; el Señor de todos no teme de nadie ni respetará la grandeza de ninguno, porque El ha hecho al pequeño y al grande e igualmente cuida de todos; pero a los poderosos amenaza poderosa inquisición»[16].

13. Con estos preceptos que aseguran la república se quita toda ocasión y aun todo deseo de sediciones. Y quedan consolidados en lo sucesivo, al honor y la seguridad de los príncipes, la tranquilidad y la seguridad de los Estados. Queda también salvada la dignidad de los ciudadanos, a los cuales se les concede conservar, en su misma obediencia, el decoro adecuado a la excelencia del hombre. Saben muy bien que a los ojos de Dios no hay siervo ni libre, que hay un solo Señor de todos, rico para todos los que lo invocan[17], y que ellos están sujetos y obedecen a los príncipes, porque éstos son en cierto modo una imagen de Dios, a quien servir es reinar[18].


Su realización histórica


14. La Iglesia ha procurado siempre que esta concepción crístiana del poder político no sólo se imprima en los ánimos, sino que también quede expresada en la vida pública y en las costumbres de los pueblos. Mientras en el trono del Estado se sentaron los emperadores paganos, que por la superstición se veían incapacitados para alcanzar esta concepción del poder que hemos bosquejado, la Iglesia procuró inculcarla en las mentes de los pueblos, los cuales, tan pronto como aceptaban las instituciones cristianas, debían ajustar su vida a las mismas. Y así los Pastores de las almas, renovando los ejemplos del apóstol San Pablo, se consagraban, con sumo cuidado y diligencia, a predicar a los pueblos que vivan sumisos a los príncipes y a las autoridades y que los obedezcan[19]. Asimismo, que orasen a Dios por todos los hombres, pero especialmente por los emperadores y por todos los constituidos en dignidad, porque esto es bueno y grato ante Dios nuestro Salvador[20]. De todo lo cual los antiguos cristianos nos dejaron brillantes enseñanzas, pues siendo atormentados injusta y cruelmente por los emperadores paganos, jamás dejaron de conducirse con obediencia y con sumisión, en tales términos que parecía claramente que iban como a porfía los emperadores en la crueldad y los cristianos en la obediencia. Era tan grande esta modestia cristiana y tan cierta la voluntad de obedecer, que no pudieron ser oscurecidas por las maliciosas calumnias de los enemigos. Por lo cual, aquellos que habían de defender públicamente el cristianismo en presencia de los emperadores, demostraban principalmente con este argumento que era injusto castigar a los cristianos según las leyes, pues vivían de acuerdo con éstas a los ojos de todos, para dar ejemplo de observancia. Así hablaba Atenágoras con toda confianza a Marco Aurelio y a su hijo Lucio Aurelio Cómodo: «Permitís que nosotros, que ningún mal hacemos, antes bien nos conducimos con toda piedad y justicia, no sólo respecto a Dios, sino también respecto al Imperio, seamos perseguidos, despojados, desterrados»[21]. Del mismo modo alababa públicamente Tertuliano a los cristianos, porque eran, entre todos, los mejores y más seguros amigos del imperio: «El cristiano no es enemigo de nadie, ni del emperador, a quien, sabiendo que está constituido por Dios, debe amar, respetar, honrar y querer que se salve con todo el Imperio romano»[22]. Y no dudaba en afirmar que en los confines del imperio tanto más disminuía el número de sus enemigos cuanto más crecía el de los cristianos: «Ahora tenéis pocos enemigos, porque los cristianos son mayoría, pues en casi todas las ciudades son cristianos casi todos los ciudadanos»[23]. También tenemos un insigne testimonio de esta misma realidad en la Epístola a Diogneto, la cual confirma que en aquel tiempo los cristianos se habían acostumbrado no sólo a servir y obedecer las leyes, sino que satisfacían a todos sus deberes con mayor perfección que la que les exigían las leyes: «Los cristianos obedecen las leyes promulgadas y con su género de vida pasan más allá todavía de lo que las leyes mandan»[24].

15. Sin embargo, la cuestión cambiaba radicalmente cuando los edictos imperiales y las amenazas de los pretores les mandaban separarse de la fe cristiana o faltar de cualquier manera a los deberes que ésta les imponía. No vacilaron entonces en desobedecer a los hombres para obedecer y agradar a Dios. Sin embargo, incluso en estas circunstancias no hubo quien tratase de promover sediciones ni de menoscabar la majestad del emperador, ni jamás pretendieron otra cosa que confesarse cristianos, serlo realmente y conservar incólume su fe. No pretendían oponer en modo alguno resistencia, sino que marchaban contentos y gozosos, como nunca, al cruento potro, donde la magnitud de los tormentos se veía vencida por la grandeza de alma de los cristianos. Por esta razón se llegó también a honrar en aquel tiempo en el ejército la eficacia de los principios cristianos. Era cualidad sobresaliente del soldado cristiano hermanar con el valor a toda prueba el perfecto cumplimiento de la disciplina militar y mantener unida a su valentía la inalterable fidelidad al emperador. Sólo cuando se exigían de ellos actos contrarios a la fe o la razón, como la violación de los derechos divinos o la muerte cruenta de indefensos discípulos de Cristo, sólo entonces rehusaban la obediencia al emperador, prefiriendo abandonar las armas y dejarse matar por la religión antes que rebelarse contra la autoridad pública con motines y sublevaciones.

16. Cuando los Estados pasaron a manos de príncipes cristianos, la Iglesia puso más empeño en declarar y enseñar todo lo que hay de sagrado en la autoridad de los gobernantes. Con estas enseñanzas se logró que los pueblos, cuando pensaban en la autoridad, se acostumbrasen a ver en los gobernantes una imagen de la majestad divina, que les impulsaba a un mayor respeto y amor hacia aquéllos. Por lo mismo, sabiamente dispuso la Iglesia que los reyes fuesen consagrados con los ritos sagrados, como estaba mandado por el mismo Dios en el Antigua Testamento. Cuando la sociedad civil, surgida de entre las ruinas del Imperio romano, se abrió de nuevo a la esperanza de la grandeza cristiana, los Romanos Pontífices consagraron de un modo singular el poder civil con el imperium sacrum. La autoridad civil adquirió de esta manera una dignidad desconocida. Y no hay duda que esta institución habría sido grandemente útil, tanto para la sociedad religiosa como para la sociedad civil, si los príncipes y los pueblos hubiesen buscado lo que la Iglesia buscaba. Mientras reinó una concorde amistad entre ambas potestades, se conservaron la tranquilidad y la prosperidad públicas. Si alguna vez los pueblos incurrían en el pecado de rebelión, al punto acudía la Iglesia, conciliadora nata de la tranquilidad, exhortando a todos al cumplimiento de sus deberes y refrenando los ímpetus de la concupiscencia, en parte con la persuasión y en parte con su autoridad. De modo semejante, si los reyes pecaban en el ejercicio del poder, se presentaba la Iglesia ante ellos y, recordándoles los derechos de los pueblos, sus necesidades y rectas aspiraciones, les aconsejaba justicia, clemencia y benignidad. Por esta razón se ha recurrido muchas veces a la influencia de la Iglesia para conjurar los peligros de las revoluciones y de las guerras civiles.


Las nuevas teorías

17. Por el contrario, las teorías sobre la autoridad política, inventadas por ciertos autores modernos, han acarreado ya a la humanidad serios disgustos, y es muy de temer que, andando el tiempo, nos traerán mayores males. Negar que Dios es la fuente y el origen de la autoridad política es arrancar a ésta toda su dignidad y todo su vigor. En cuanto a la tesis de que el poder político depende del arbitrio de la muchedumbre, en primer lugar, se equivocan al opinar así. Y, en segundo lugar, dejan asentada la soberanía sobre un cimiento demasiado endeble e inconsistente. Porque las pasiones populares, estimuladas con estas opiniones como con otros tantos acicates, se alzan con mayor insolencia y con gran daño de la república se precipitan, por una fácil pendiente, en movimientos clandestinos y abiertas sediciones. Las consecuencias de la llamada Reforma comprueban estos hechos. Sus jefes y colaboradores socavaron con la piqueta de las nuevas doctrinas los cimientos de la sociedad civil y de la sociedad eclesiástica y provocaron repentinos alborotos y osadas rebeliones, principalmente en Alemania. Y esto con una fiebre tan grande de guerra civil y de muerte, que casi no quedó territorio alguno libre de la crueldad de las turbas. De aquella herejía nacieron en el siglo pasado una filosofía falsa, el llamado derecho nuevo, la soberanía popular y una descontrolada licencia, que muchos consideran como la única libertad. De aquí se ha llegado a esos errores recientes que se llaman comunismo, socialismo y nihilismo, peste vergonzosa y amenaza de muerte para la sociedad civil. Y, sin embargo, son muchos los que se esfuerzan por extender el imperio de males tan grandes y, con el pretexto de favorecer al pueblo, han provocado no pequeños incendios y ruinas. Los sucesos que aquí recordamos ni son desconocidos ni están muy lejanos.


III. NECESIDAD DE LA DOCTRINA CATÓLICA

18. Y lo peor de todo es que los príncipes, en medio de tantos peligros, carecen de remedios eficaces para restablecer la disciplina pública y pacificar los ánimos. Se arman con la autoridad de las leyes y piensan que podrán reprimir a los revoltosos con penas severas. Proceden con rectitud. Pero conviene advertir seriamente que la eficacia del castigo no es tan grande que pueda conservar ella sola el orden en los Estados. El miedo, como enseña Santo Tomás, «es un fundamento débil, porque los que se someten por miedo, cuando ven la ocasión de escapar impunes, se levantan contra los gobernantes con tanta mayor furia cuanto mayor ha sido la sujeción forzada, impuesta únicamente por el miedo. Y, además, el miedo exagerado arrastra a muchos a la desesperación, y la desesperación se lanza audazmente a las más atroces resoluciones»[25]. La experiencia ha demostrado suficientemente la gran verdad de estas afirmaciones.

Es necesario, por tanto, buscar una causa más alta y más eficaz para la obediencia. Hay que establecer que la severidad de las leyes resultará infructuosa mientras los hombres no actúen movidos por el estímulo del deber y por la saludable influencia del temor de Dios. Esto puede conseguirlo como nadie la religión. La religión se insinúa por su propia fuerza en las almas, doblega la misma voluntad del hombre para que se una a sus gobernantes no sólo por estricta obediencia, sino también por la benevolencia de la caridad, la cual es en toda sociedad humana la garantía más firme de la seguridad.

19. Por lo cual hay que reconocer que los Romanos Pontífices hicieron un gran servicio al bien común cuando procuraron quebrantar la inquieta e hinchada soberbia de los innovadores advirtiendo el peligro que éstos constituían para la sociedad civil. Es digna de mención a este respecto la afirmación dirigida por Clemente VII a Fernando, rey de Bohemia y Hungría: «En la causa de la fe va incluida también la dignidad y utilidad, tanto tuya como de los demás soberanos, pues no es posible atacar a la fe sin grave ruina de vuestros propios intereses, lo cual se ha comprobado recientemente en algunos de esos territorios». En esta misma línea ha brillado la providente firmeza de nuestros predecesores, especialmente de Clemente XII, Benedicto XIV y León XII, quienes, al ver cundir extraordinariamente la epidemia de estas depravadas teorías y al comprobar la audacia creciente de las sectas, hicieron uso de su autoridad para cortarles el paso y evitar su entrada. Nos mismos hemos denunciado muchas veces la gravedad de los peligros que nos amenazan. Y hemos indicado al mismo tiempo el mejor remedio para conjurarlos. Hemos ofrecido a los príncipes y a todos los gobernantes el apoyo de la Iglesia. Hemos exhortado a los pueblos a que se aprovechen de los bienes espirituales que la Iglesia les proporciona. De nuevo hacemos ahora a los reyes el ofrecimiento de este apoyo, el más firme de todos, y con vehemencia les amonestamos en el Señor para que defiendan a la religión, y en ínterés del mismo Estado concedan a la Iglesia aquella libertad de la cual no puede ser privada sin injusticia y perdición de todos. La Iglesia de Cristo no puede ser sospechosa a los príncipes ni mal vista por los pueblos. La Iglesia amonesta a los príncipes para que ejerzan la justicia y no se aparten lo más mínimo de sus deberes. Pero al mismo tiempo y de muchas maneras robustece y fomenta su autoridad. Reconoce y declara que los asuntos propios de la esfera civil se hallan bajo el poder y jurisdicción de los gobernantes. Pero en las materias que afectan simultáneamente, aunque por diversas causas, a la potestad civil y a la potestad eclesiástica, la Iglesia quiere que ambas procedan de común acuerdo y reine entre ellas aquella concordia que evita contiendas desastrosas para las dos partes. Por lo que toca a los pueblos, la Iglesia ha sido fundada para la salvación de todos los hombres y siempre los ha amado como madre. Es la Iglesia la que bajo la guía de la caridad ha sabido imbuir mansedumbre en las almas, humanidad en las costumbres, equidad en las leyes, y siempre amiga de la libertad honesta, tuvo siempre por costumbre y práctica condenar la tiranía. Esta costumbre, ingénita en la Iglesia, ha sido expresada por San Agustín con tanta concisión como claridad en estas palabras: «Enseña [la Iglesia] que los reyes cuiden a los pueblos, que todos los pueblos se sujeten a sus reyes, manifestando cómo no todo se debe a todos, aunque a todos es debida la claridad y a nadie la injusticia»[26].

20. Por estas razones, venerables hermanos, vuestra obra será muy útil y totalmente saludable si consultáis con Nos todas las empresas que por encargo divino habéis de llevar a cabo para apartar de la sociedad humana estos peligrosos daños. Procurad y velad para que los preceptos establecidos por la Iglesia católica respecto del poder político del deber de obediencia sean comprendidos y cumplidos con diligencia por todos los hombres. Como censores y maestros que sois, amonestad sin descanso a los pueblos para que huyan de las sectas prohibidas, abominen las conjuraciones y que nada intenten por medio de la revolución. Entiendan todos que, al obedecer por causa de Dios a los gobernantes, su obediencia es un obsequio razonable. Pero como es Dios quien da la victoria a los reyes[27] y concede a los pueblos el descanso en la morada de la paz, en la habitación de la seguridad y en el asilo del reposo[28], es del todo necesario suplicarle insistentemente que doblegue la voluntad de todos hacia la bondad y la verdad, que reprima las iras y restituya al orbe entero la paz y tranquilidad hace tiempo deseadas.

21. Para que la esperanza en la oración sea más firme, pongamos por intercesores a la Virgen María, ínclita Madre de Dios, auxilio de los cristianos y protectora del género humano; a San José, su esposo castísimo, en cuyo patrocinio confía grandemente toda la Iglesia; a los apóstoles San Pedro y San Pablo, guardianes y defensores del nombre cristiano.

Entre tanto, y como augurio del galardón divino, os damos afectuosamente a vosotros, venerables hermanos, al clero y al pueblo confiado a vuestro cuidado, nuestra bendición apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 29 de junio de 1881, año cuarto de nuestro pontificado.


LEÓN PP. XIII




Notas

[1] Prov 8,15-16.

[2] Sab 6,3-4.

[3] Eclo 17,14.

[4] Jn 19,11.

[5] San Agustín, Tractatus in Ioannis Evangelium CXVI, 5: PL 35,1943.

[6] Rom 13,1-4.

[7] San Agustín, De civitate Dei V 21: PL 41,167.

[8] San Juan Crisóstomo, In Epistolam ad Romanos hom.23,1: PG 60,615.

[9] San Gregorio Magno, Epístola 11,61.

[10] Sant 4,12.

[11] Ef 3,15.

[12] Rom 13,1-5.

[13] 1 Pe 2,13-15.

[14] Mt 22,21.

[15] Hech 5,29.

[16] Sal 6,4-8.

[17] Rom 10,12.

[18] Cf. misa votiva pro pace, Poscomunión.

[19] Tit 3,1.

[20] 1 Tim 2,1-3.

[21] Atenágoras, Legatio pro Christ. 1: PG 6,891 B-894A.

[22]Tertuliano, Apologeticum 35: PL 1,451.

[23] Tertuliano, Apologeticum 37: PL 1,463.

[24] Epístola a Diognete 5: PG 2,1174.

[25] Santo Tomás, De regimine principum 1,10.

[26] San Agustín, De moribus Ecclesiae catholicae 1,30:PL 32,1336.

[27] Sal 142(143),11.

[28] Is 32,18.



miércoles, 29 de marzo de 2000

DECRETO ORIENTALIUM ECCLESIARUM (21 DE NOVIEMBRE DE 1964)



DECRETO

ORIENTALIUM ECCLESIARUM

SOBRE LAS IGLESIAS ORIENTALES CATÓLICAS


PROEMIO

1. La Iglesia católica tiene en gran aprecio las instituciones, los ritos litúrgicos, las tradiciones eclesiásticas y la disciplina de la vida cristiana de las Iglesias orientales. Pues en todas ellas, preclaras por su venerable antigüedad, brilla aquella tradición de los padres, que arranca desde los Apóstoles, la cual constituye una parte de lo divinamente revelado y del patrimonio indiviso de la Iglesia universal. Teniendo, pues, a la vista la solicitud por las Iglesias orientales, que son testigos vivientes de tal tradición, este santo y ecuménico Sínodo, deseando que florezcan y desempeñen con renovado vigor apostólico la función que les ha sido designada, ha decretado establecer algunos principios, además de los que atañen a toda la Iglesia, remitiendo todo lo demás a la iniciativa de los sínodos orientales y a la misma Sede Apostólica.


Las Iglesias particulares o ritos

2. La santa Iglesia católica, que es el Cuerpo místico de Cristo, consta de fieles que se unen orgánicamente en el Espíritu Santo por la misma fe, por los mismos sacramentos y por el mismo gobierno. Estos fieles, reuniéndose en varias agrupaciones unidas a la jerarquía, constituyen las Iglesias particulares o ritos. Entre estas Iglesias y ritos vige una admirable comunión, de tal modo que su variedad en la Iglesia no sólo no daña a su unidad, sino que más bien la explicita; es deseo de la Iglesia católica que las tradiciones de cada Iglesia particular o rito se mantengan salvas e íntegras a las diferentes necesidades de tiempo y lugar.

3. Estas Iglesias particulares, tanto de Oriente como de Occidente, aunque difieren algo entre sí por sus ritos, como suele decirse, a saber, por su liturgia, disciplina eclesiástica y patrimonio espiritual, sin embargo, están encomendadas por igual al gobierno pastoral del Romano Pontífice, que sucede por institución divina a San Pedro en el primado sobre la Iglesia universal.

Estas Iglesias particulares gozan, por tanto, de igual dignidad, de tal manera que ninguna de ellas aventaja a las demás por razón de su rito, y todas disfrutan de los mismos derechos y están sujetas a las mismas obligaciones, incluso en lo referente a la predicación del Evangelio por todo el mundo (cf. Mc 16,15), bajo la dirección del Romano Pontífice.

4. Por consiguiente, debe procurarse la protección y el incremento de todas las Iglesias particulares y, en consecuencia, establézcanse parroquias y jerarquías propias, allí donde lo requiera el bien espiritual de los fieles. Pero los jerarcas de las diversas Iglesias particulares, que tienen jurisdicción en un mismo territorio procuren, mediante acuerdos adoptados en reuniones periódicas, favorecer la unidad de la acción y fomentar las obras comunes, mediante la unión de fuerzas, para promover más fácilmente el bien de la religión y salvaguardar más eficazmente la disciplina del clero. Todos los clérigos y seminaristas deben ser instruidos en los ritos y, sobre todo, en las normas prácticas referentes a los asuntos interrituales; es más, los mismos laicos, en la catequesis, deben ser informados sobre los ritos y sus normas. Por último, todos y cada uno de los católicos, así como los bautizados en cualquier Iglesia o comunidad católica, conserven en todas partes su propio rito, y en cuanto sea posible, lo fomenten y observen con el mayor ahinco; salvo el derecho de recurrir en los casos peculiares de personas, comunidades o regiones a la Sede Apostólica, la cual, como árbitro supremo en las relaciones intereclesiales, proveerá con espíritu ecuménico a las necesidades, por sí misma o por otras autoridades, dando las oportunas normas, decretos y rescriptos.


La conservación del patrimonio espiritual de las Iglesias orientales

5. La historia, las tradiciones y muchísimas instituciones eclesiásticas atestiguan de modo preclaro cuán beneméritas son de la Iglesia universal las Iglesias orientales. Por lo que el santo Sínodo no sólo mantiene este patrimonio eclesiástico y espiritual en su debida y justa estima, sino que también lo considera firmemente como patrimonio de la Iglesia universal de Cristo. Por ello, solemnemente declara que las Iglesias de Oriente, como las de Occidente, gozan del derecho y deber de regirse según sus respectivas disciplinas peculiares, como lo exijan su venerable antigüedad, sean más congruentes con las costumbres de sus fieles y resulten más adecuadas para procurar el bien de las almas.

6. Sepan y tengan por seguro todos los orientales, que pueden y deben conservar siempre sus legítimos ritos litúrgicos y su disciplina, y que no deben introducir cambios sino por razón de su propio y orgánico progreso. Todo esto, pues, ha de ser observado con la máxima fidelidad por los orientales, quienes deben adquirir un conocimiento cada vez mayor y una práctica cada vez más perfecta de estas cosas; y, si por circunstancias de tiempo o de personas se hubiesen indebidamente apartado de aquéllas, procuren volver a las antiguas tradiciones. Aquellos, pues, que por razón del cargo o del ministerio apostólico tengan frecuente trato con las Iglesias orientales o con sus fieles, sean adiestrados cuidadosamente en el conocimiento y práctica de los ritos, disciplina, doctrina, historia y carácter de los orientales según la importancia del oficio que desempeñan. Se recomienda encarecidamente a las órdenes religiosas y asociaciones de rito latino que trabajan en las regiones orientales o entre los fieles orientales que, para una mayor eficacia del apostolado, establezcan casas o también provincias de rito oriental, en la medida de lo posible.


Los patriarcas orientales

7. Desde los tiempos más remotos vige en la Iglesia la institución patriarcal, ya reconocida desde los primeros concilios ecuménicos.

Con el nombre de Patriarca oriental se designa el Obispo a quien compete la jurisdicción sobre todos los Obispos, sin exceptuar los Metropolitanos, sobre el clero y el pueblo del propio territorio o rito, de acuerdo con las normas del derecho y sin perjuicio del primado del Romano Pontífice.

Dondequiera que se constituya un Jerarca de rito determinado, fuera de los límites del territorio patriarcal, permanece agregado a la Jerarquía del Patriarcado del mismo rito, según las normas del derecho.

8. Aunque cronológicamente unos sean posteriores a otros, los Patriarcas de las Iglesias orientales son todos iguales en la dignidad patriarcal, aunque se guarde entre ellos la precedencia de honor legítimamente establecida.

9. Según la antiquísima tradición de la Iglesia, los Patriarcas de las Iglesias orientales han de ser honrados de una manera especial, puesto que cada uno preside su patriarcado como padre y cabeza del mismo. Por eso, este santo Sínodo establece que sus derechos y privilegios sean restaurados según las tradiciones antiguas de cada Iglesia y los decretos de los concilios ecuménicos.

Estos derechos y privilegios son los mismos que había en el tiempo de la unión entre Oriente y Occidente, aunque haya que adaptarlos de alguna manera a las condiciones actuales.

Los Patriarcas con sus sínodos constituyen la última apelación para cualquier clase de asuntos de su patriarcado, sin excluir el derecho de erigir nuevas diócesis y de nombrar Obispos de su rito dentro de los límites de su territorio patriarcal, salvo el derecho inalienable del Romano Pontífice de intervenir en cada uno de los casos.

10. Lo que se dice de los Patriarcas también vale, según las normas del derecho, para los Arzobispos mayores que presiden una Iglesia particular o rito.

11. Siendo la institución patriarcal una forma tradicional del gobierno entre las Iglesias orientales, desea el Concilio santo y ecuménico que donde haga falta se erijan nuevos patriarcados, cuya constitución se reserva al Concilio ecuménico o al Romano Pontífice.


La disciplina de los Sacramentos

12. El santo Concilio ecuménico confirma y alaba la antigua disciplina sacramental que sigue aún en vigor en las Iglesias orientales, así como cuanto se refiere a la celebración y administración de los sacramentos, y si el caso lo requiere, desea que se restaure esa vieja disciplina.

13. La disciplina referente al ministro de la confirmación, que rige entre los orientales desde los tiempos más antiguos, restáurese plenamente. Así, pues, los presbíteros pueden conferir este sacramento con tal que sea con crisma bendecido por el Patriarca o un Obispo.

14. Todos los presbíteros orientales pueden conferir válidamente el sacramento de la confirmación, junto o separado del bautismo, a todos los fieles de cualquier rito, incluso de rito latino, con tal que guarden, para su licitud, las normas del derecho general y particular, También los sacerdotes de rito latino que tengan la facultad para la administración de este sacramento pueden administrarlo igualmente a los fieles orientales de cualquier rito que sean, guardando para su licitud las normas del derecho general y particular.

15. Están obligados los fieles orientales a asistir a la Divina Liturgia los domingos y días de fiestas o según las prescripciones o costumbres del propio rito, a la celebración del Oficio divino. Para que les sea más fácil esta obligación, se establece como tiempo útil para cumplir con el precepto desde las vísperas del día anterior hasta el final del domingo o día festivo. Se les ruega encarecidamente a los fieles, que en estos días, y aún con más frecuencia e incluso a diario, reciban la sagrada Eucaristía.

16. Siendo frecuente la mezcla de fieles de diversas Iglesias particulares dentro de una misma región o territorio oriental, las licencias de los sacerdotes para confesar concedidas en forma ordinaria y sin restricciones por su correspondiente jerarca, se amplían a todo el territorio del que las concede, y también a los lugares y a los fieles de cualquier otro rito, dentro de ese mismo territorio a no ser que el jerarca del lugar exprese lo contrario en lo que respecta al lugar de su propio rito.

17. Para que la antigua disciplina del sacramento del orden esté de nuevo vigente en las Iglesias orientales, desea este santo Sínodo que se restaure la institución del diaconado como grado permanente donde haya caído en desuso. En cuanto al subdicaconado y a las órdenes menores, con sus respectivos derechos y obligaciones, provea la autoridad legislativa de cada Iglesia particular.

18. Para evitar la invalidez de los matrimonios celebrados entre orientales católicos y no católicos bautizados, y para proteger la firmeza y santidad conyugal y la paz doméstica, establece el Santo Concilio que la forma canónica de la celebración de estos matrimonios les obligue sólo para la licitud, y que baste para la validez la presencia del ministro sagrado, con tal que se guarden las otras normas requeridas por el derecho.


El culto divino

19. En cuanto a los días festivos comunes a todas las Iglesias orientales, en adelante la creación de ellos, la traslación o supresión se reserva exclusivamente al Concilio ecuménico o a la Sede Apostólica. la creación, traslación y supresión de fiestas en las Iglesias particulares competirá, además de la Sede Apostólica, a los sínodos patriarcales o arzobispales, teniendo en cuenta la manera peculiar de ser de toda la región y de las otras Iglesias particulares.

20. Mientras llega el deseado acuerdo de todos los cristianos de celebrar el mismo día la festividad de la Pascua, y para fomentar entre tanto esa unidad entre los cristianos de la misma región o país, se concede a los patriarcas o a las supremas autoridades locales la facultad de proceder unánimemente y de acuerdo con todos aquellos a quienes interesa celebrar la Pascua en una mismo domingo.

21. Los fieles que viven fuera de la región o territorio de su propio rito pueden atenerse plenamente, en cuento a la ley de los tiempos sagrados, a la disciplina del lugar en donde viven. las familias de rito mixto pueden guardar esta ley todos según un mismo y único rito.

22. Los clérigos y religiosos orientales reciten, según las normas y tradiciones de su propia disciplina, el Oficio divino, tan estimado desde los tiempos más antiguos por todas las Iglesias orientales. también los fieles, siguiendo los ejemplos de sus mayores, tomen parte devotamente y según sus posibilidades en el Oficio divino.

23. Corresponde al Patriarca con el sínodo, o a la suprema autoridad de cada Iglesia con el consejo de los jerarcas, el derecho de determinar el uso de las lenguas en las sagradas acciones litúrgicas, y también el de aprobar las versiones de los textos en lengua vernácula, después de haber enviado copia de ello a la Santa Sede.


Trato con los hermanos de las Iglesias separadas

24. Corresponde a las Iglesias orientales en comunión con la Sede Apostólica Romana, la especial misión de fomentar la unión de todos los cristianos, sobre todo de los orientales, según los principios acerca del ecumenismo, de este Santo Concilio, y lo harán primeramente con su oración, su ejemplaridad, la exacta fidelidad a las antiguas tradiciones orientales, un mutuo y mejor conocimiento, la colaboración y la fraterna estima de instituciones y mentalidades.

25. A los orientales separados que movidos por el Espíritu Santo vienen a la unidad católica, no se les exija más de lo que la simple profesión de la fe católica exige. Y como en ellos se ha conservado el sacerdocio válido, a los clérigos orientales que vienen a la unidad católica les es dado ejercer su orden, según las normas establecidas por la autoridad competente.

26. Está prohibida por ley divina la comunicación en las cosas sagradas que ofenda la unidad de la Iglesia o lleve al error formal o al peligro de errar en la fe, o sea ocasión de escándalo y de indiferentismo. Mas la práctica pastoral nos enseña, en lo que respecta a los orientales, que se pueden y se deben considerar las diversas circunstancias individuales en las que la unidad de la Iglesia no sufre detrimento, ni hay riesgo de peligros y el bien espiritual de las almas urge a esa comunión en las funciones sagradas. Así, pues, la Iglesia católica, atendidas esas diversas circunstancias de tiempos, lugares y personas, usó y usa con frecuencia una manera de obrar más suave, ofreciendo a todos, medios de salvación y testimonio de caridad entre los cristianos mediante la participación en los sacramentos y en otras funciones y cosas sagradas. Considerando todo ello"para que no seamos impedimento por excesiva severidad con aquellos a quienes está destinada la salvación", y para fomentar más y más la unión con las Iglesias orientales separadas de nosotros, el Santo Concilio determina la siguiente manera de obrar.

27. Teniendo en cuenta los principios ya dichos, pueden administrarse los sacramentos de la penitencia, eucaristía y unción de los enfermos a los orientales que de buena fe viven separados de la Iglesia católica, con tal que los pidan espontáneamente y estén bien preparados; más aún, pueden también los católicos pedir los sacramentos a ministros acatólicos, en las Iglesias que tienen sacramentos válidos, siempre que lo aconseje la necesidad o un verdadero provecho espiritual y sea, física o moralmente, imposible acudir a un sacerdote católico.

28. Supuestos esos mismos principios, se permite la comunicación en las funciones, cosas y lugares sagrados entre los católicos y los hermanos separados orientales siempre que haya alguna causa justa.

29. Esta manera más suave la comunicación en las cosas sagradas con los hermanos de las Iglesias orientales separadas se confía a la vigilancia y prudencia de los jerarcas de cada lugar para que deliberando entre ellos y si el caso lo requiere, oyendo también a los jerarcas de las Iglesias separadas se encauce el diálogo entre los cristianos con preceptos y normas oportunas y eficaces.


CONCLUSIÓN

30. El Santo Sínodo se alegra extraordinariamente de la fructuosa y activa colaboración entre las Iglesias católicas de Oriente y Occidente, y al mismo tiempo declara que todas estas disposiciones jurídicas se establecen para las circunstancias actuales, hasta que la Iglesia católica y las Iglesias orientales separadas lleguen a la plenitud de la comunión.

Entretanto, se ruega encarecidamente a todos los cristianos, orientales y occidentales, que eleven a Dios fervorosas y asiduas plegarias; más aún, que rueguen diariamente para que, con el auxilio de la Santísima Madre de Dios, todos sean una sola cosa. Pidan también al Espíritu Santo Paráclito a fin de que El derrame plenitud de fortaleza y de consuelo en tantos cristianos, perseguidos y oprimidos, de cualquier Iglesia que sean, que en medio del dolor y del sufrimiento valientemente confiesan el nombre de Cristo.

Amémonos todos mutuamente con amor fraternal, honrándonos a porfía unos a otros (Rom 12,10).

Todas y cada una de las cosas contenidas en este Decreto han obtenido el beneplácito de los Padres del Sacrosanto Concilio. Y Nos, en virtud de la potestad apostólica, recibida de Cristo, juntamente con los Venerables Padres, las aprobamos, decretamos y establecemos en el Espíritu santo, y mandemos que lo así decidido conciliarmente sea promulgado para gloria de Dios.

Roma, en San Pedro, 21 de noviembre de 1964.

Papa Pablo VI, Obispo de la Iglesia católica.




martes, 28 de marzo de 2000

SOLEMNE APERTURA DEL CONCILIO VATICANO II (11 DE OCTUBRE DE 1962)


SOLEMNE APERTURA 

DEL CONCILIO VATICANO II

DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN XXIII*


Venerables hermanos:

Gócese hoy la Santa Madre Iglesia porque, gracias a un regalo singular de la Providencia Divina, ha alboreado ya el día tan deseado en que el Concilio Ecuménico Vaticano II se inaugura solemnemente aquí, junto al sepulcro de San Pedro, bajo la protección de la Virgen Santísima cuya Maternidad Divina se celebra litúrgicamente en este mismo día.


Los Concilios Ecuménicos en la Iglesia

La sucesión de los diversos Concilios hasta ahora celebrados —tanto los veinte Concilios Ecuménicos como los innumerables concilios provinciales y regionales, también importantes— proclaman claramente la vitalidad de la Iglesia católica y se destacan como hitos luminosos a lo largo de su historia.

El gesto del más reciente y humilde sucesor de San Pedro, que os habla, al convocar esta solemnísima asamblea, se ha propuesto afirmar, una vez más, la continuidad del Magisterio Eclesiástico, para presentarlo en forma excepcional a todos los hombres de nuestro tiempo, teniendo en cuenta las desviaciones, las exigencias y las circunstancias de la edad contemporánea.

Es muy natural que, al iniciarse el Concilio universal, Nos sea grato mirar a lo pasado, como para recoger sus voces, cuyo eco alentador queremos escuchar de nuevo, unido al recuerdo y méritos de nuestros predecesores más antiguos o más recientes, los Romanos Pontífices: voces solemnes y venerables, a través del Oriente y del Occidente, desde el siglo IV al Medievo y de aquí hasta la época moderna, las cuales han transmitido el testimonio de aquellos Concilios; voces que proclaman con perenne fervor el triunfo de la institución, divina y humana: la Iglesia de Cristo, que de El toma nombre, gracia y poder.

Junto a los motivos de gozo espiritual, es cierto, sin embargo, que por encima de esta historia se extiende también, durante más de diecinueve siglos, una nube de tristeza y de pruebas. No sin razón el anciano Simeón dijo a María, la Madre de Jesús, aquella profecía que ha sido y sigue siendo verdadera: "Este Niño será puesto para ruina y para resurrección de muchos en Israel y como señal de contradicción"[1]. Y el mismo Jesús, ya adulto, fijó muy claramente las distintas actitudes del mundo frente a su persona, a lo largo de los siglos, en aquellas misteriosas palabras: "Quien a vosotros escucha a mí me escucha"[2]; y con aquellas otras, citadas por el mismo Evangelista: "Quien no está conmigo, está contra mí; quien no recoge conmigo, desparrama"[3].

El gran problema planteado al mundo, desde hace casi dos mil años, subsiste inmutable. Cristo, radiante siempre en el centro de la historia y de la vida; los hombres, o están con El y con su Iglesia, y en tal caso gozan de la luz, de la bondad, del orden y de la paz, o bien están sin El o contra El, y deliberadamente contra su Iglesia: se tornan motivos de confusión, causando asperezas en las relaciones humanas, y persistentes peligros de guerras fratricidas.

Los concilios Ecuménicos, siempre que se reúnen, son celebración solemne de la unión de Cristo y de su Iglesia y por ende conducen a una universal irradiación de la verdad, a la recta dirección de la vida individual, familiar y social, al robustecimiento de las energías espirituales, en incesante elevación sobre los bienes verdaderos y eternos.

Ante nosotros están, en el sucederse de las diversas épocas de los primeros veinte siglos de la historia cristiana, los testimonios de este Magisterio extraordinario de la Iglesia, recogidos en numerosos e imponentes volúmenes, patrimonio sagrado en los archivos eclesiásticos aquí en Roma, pero también en las más célebres bibliotecas del mundo entero.


Origen y causa del Concilio Ecuménico Vaticano II

Cuanto a la iniciativa del gran acontecimiento que hoy nos congrega aquí, baste, a simple título de orientación histórica, reafirmar una vez más nuestro humilde pero personal testimonio de aquel primer momento en que, de improviso, brotó en nuestro corazón y en nuestros labios la simple palabra "Concilio Ecuménico". Palabra pronunciada ante el Sacro Colegio de los Cardenales en aquel faustísimo día 25 de enero de 1959, fiesta de la conversión de San Pablo, en su basílica de Roma. Fue un toque inesperado, un rayo de luz de lo alto, una gran dulzura en los ojos y en el corazón; pero, al mismo tiempo, un fervor, un gran fervor que se despertó repentinamente por todo el mundo, en espera de la celebración del Concilio.

Tres años de laboriosa preparación, consagrados al examen más amplio y profundo de las modernas condiciones de fe y de práctica religiosa, de vitalidad cristiana y católica especialmente, Nos han aparecido como una primera señal y un primer don de gracias celestiales.

Iluminada la Iglesia por la luz de este Concilio —tal es Nuestra firme esperanza— crecerá en espirituales riquezas y, al sacar de ellas fuerza para nuevas energías, mirará intrépida a lo futuro. En efecto; con oportunas "actualizaciones" y con un prudente ordenamiento de mutua colaboración, la Iglesia hará que los hombres, las familias, los pueblos vuelvan realmente su espíritu hacia las cosas celestiales.

Así es como el Concilio se convierte en motivo de singular obligación de gran gratitud al Supremo Dador de todo bien, celebrando con jubiloso cántico la gloria de Cristo Señor, Rey glorioso e inmortal de los siglos y de los pueblos.


Oportunidad de la celebración del Concilio

Hay, además, otro argumento, venerables hermanos, que conviene confiar a vuestra consideración. Para aumentar, pues, más aún Nuestro santo gozo, queremos proponer —ante esta gran asamblea— el consolador examen de las felices circunstancias en que comienza el Concilio Ecuménico.

En el cotidiano ejercicio de Nuestro ministerio pastoral llegan, a veces, a nuestros oídos, hiriéndolos, ciertas insinuaciones de algunas personas que, aun en su celo ardiente, carecen del sentido de la discreción y de la medida. Ellas no ven en los tiempos modernos sino prevaricación y ruina; van diciendo que nuestra época, comparada con las pasadas, ha ido empeorando; y se comportan como si nada hubieran aprendido de la historia, que sigue siendo maestra de la vida, y como si en tiempo de los precedentes Concilios Ecuménicos todo hubiese procedido con un triunfo absoluto de la doctrina y de la vida cristiana, y de la justa libertad de la Iglesia.

Nos parece justo disentir de tales profetas de calamidades, avezados a anunciar siempre infaustos acontecimientos, como si el fin de los tiempos estuviese inminente. En el presente momento histórico, la Providencia nos está llevando a un nuevo orden de relaciones humanas que, por obra misma de los hombres pero más aún por encima de sus mismas intenciones, se encaminan al cumplimiento de planes superiores e inesperados; pues todo, aun las humanas adversidades, aquélla lo dispone para mayor bien de la Iglesia.

Fácil es descubrir esta realidad, cuando se considera atentamente el mundo moderno, tan ocupado en la política y en las disputas de orden económico que ya no encuentra tiempo para atender a las cuestiones del orden espiritual, de las que se ocupa el magisterio de la Santa Iglesia. Modo semejante de obrar no va bien, y con razón ha de ser desaprobado; mas no se puede negar que estas nuevas condiciones de la vida moderna tienen siquiera la ventaja de haber hecho desaparecer todos aquellos innumerables obstáculos, con que en otros tiempos los hijos del mundo impedían la libre acción de la Iglesia. En efecto; basta recorrer, aun fugazmente, la historia eclesiástica, para comprobar claramente cómo aun los mismos Concilios Ecuménicos, cuyas gestas están consignadas con áureos caracteres en los fastos de la Iglesia Católica, frecuentemente se celebraron entre gravísimas dificultades y amarguras, por la indebida ingerencia de los poderes civiles. Verdad es que a veces los Príncipes seculares se proponían proteger sinceramente a la Iglesia; pero, con mayor frecuencia, ello sucedía no sin daño y peligro espiritual, porque se dejaban llevar por cálculos de su actuación política, interesada y peligrosa.

A este propósito, os confesamos el muy vivo dolor que experimentamos por la ausencia, aquí y en este momento, de tantos Pastores de almas para Nos queridísimos, porque sufren prisión por su fidelidad a Cristo o se hallan impedidos por otros obstáculos, y cuyo recuerdo Nos mueve a elevar por ellos ardientes plegarias a Dios.

Pero no sin una gran esperanza y un gran consuelo vemos hoy cómo la Iglesia, libre finalmente de tantas trabas de orden profano, tan frecuentes en otros tiempos, puede, desde esta Basílica Vaticana, como desde un segundo Cenáculo Apostólico, hacer sentir a través de vosotros su voz, llena de majestad y de grandeza.


Objetivo principal del Concilio: defensa y revalorización de la verdad

El supremo interés del Concilio Ecuménico es que el sagrado depósito de la doctrina cristiana sea custodiado y enseñado en forma cada vez más eficaz. Doctrina, que comprende al hombre entero, compuesto de alma y cuerpo; y que, a nosotros, peregrinos sobre esta tierra, nos manda dirigirnos hacia la patria celestial. Esto demuestra cómo ha de ordenarse nuestra vida mortal de suerte que cumplamos nuestros deberes de ciudadanos de la tierra y del cielo, y así consigamos el fin establecido por Dios.

Significa esto que todos los hombres, considerados tanto individual como socialmente, tienen el deber de tender sin tregua, durante toda su vida, a la consecución de los bienes celestiales; y el de usar, llevados por ese fin, todos los bienes terrenales, sin que su empleo sirva de perjuicio a la felicidad eterna.

Ha dicho el Señor: "Buscad primero el reino de Dios y su justicia"[4]. Palabra ésta "primero" que expresa en qué dirección han de moverse nuestros pensamientos y nuestras fuerzas; mas sin olvidar las otras palabras del precepto del Señor: "... y todo lo demás se os dará por añadidura"[5]. En realidad, siempre ha habido en la Iglesia, y hay todavía, quienes, caminando con todas sus energías hacia la perfección evangélica, no se olvidan de rendir una gran utilidad a la sociedad. Así es como por sus nobles ejemplos de vida constantemente practicados, y por sus iniciativas de caridad, recibe vigor e incremento cuanto hay de más alto y noble en la humana sociedad.

Mas para que tal doctrina alcance a las múltiples estructuras de la actividad humana, que atañen a los individuos, a las familias y a la vida social, ante todo es necesario que la Iglesia no se aparte del sacro patrimonio de la verdad, recibido de los padres; pero, al mismo tiempo, debe mirar a lo presente, a las nuevas condiciones y formas de vida introducidas en el mundo actual, que han abierto nuevos caminos para el apostolado católico.

Por esta razón la Iglesia no ha asistido indiferente al admirable progreso de los descubrimientos del ingenio humano, y nunca ha dejado de significar su justa estimación: mas, aun siguiendo estos desarrollos, no deja de amonestar a los hombres para que, por encima de las cosas sensibles, vuelvan sus ojos a Dios, fuente de toda sabiduría y de toda belleza; y les recuerda que, así como se les dijo "poblad la tierra y dominadla"[6], nunca olviden que a ellos mismos les fue dado el gravísimo precepto: "Adorarás al Señor tu Dios y a El sólo servirás"[7], no sea que suceda que la fascinadora atracción de las cosas visibles impida el verdadero progreso.


Modalidad actual en la difusión de la doctrina sagrada

Después de esto, ya está claro lo que se espera del Concilio, en todo cuanto a la doctrina se refiere. Es decir, el Concilio Ecuménico XXI —que se beneficiará de la eficaz e importante suma de experiencias jurídicas, litúrgicas, apostólicas y administrativas— quiere transmitir pura e íntegra, sin atenuaciones ni deformaciones, la doctrina que durante veinte siglos, a pesar de dificultades y de luchas, se ha convertido en patrimonio común de los hombres; patrimonio que, si no ha sido recibido de buen grado por todos, constituye una riqueza abierta a todos los hombres de buena voluntad.

Deber nuestro no es sólo estudiar ese precioso tesoro, como si únicamente nos preocupara su antigüedad, sino dedicarnos también, con diligencia y sin temor, a la labor que exige nuestro tiempo, prosiguiendo el camino que desde hace veinte siglos recorre la Iglesia.

La tarea principal de este Concilio no es, por lo tanto, la discusión de este o aquel tema de la doctrina fundamental de la Iglesia, repitiendo difusamente la enseñanza de los Padres y Teólogos antiguos y modernos, que os es muy bien conocida y con la que estáis tan familiarizados.

Para eso no era necesario un Concilio. Sin embargo, de la adhesión renovada, serena y tranquila, a todas las enseñanzas de la Iglesia, en su integridad y precisión, tal como resplandecen principalmente en las actas conciliares de Trento y del Vaticano I, el espíritu cristiano y católico del mundo entero espera que se de un paso adelante hacia una penetración doctrinal y una formación de las conciencias que esté en correspondencia más perfecta con la fidelidad a la auténtica doctrina, estudiando ésta y exponiéndola a través de las formas de investigación y de las fórmulas literarias del pensamiento moderno. Una cosa es la substancia de la antigua doctrina, del "depositum fidei", y otra la manera de formular su expresión; y de ello ha de tenerse gran cuenta —con paciencia, si necesario fuese— ateniéndose a las normas y exigencias de un magisterio de carácter predominantemente pastoral.

Al iniciarse el Concilio Ecuménico Vaticano II, es evidente como nunca que la verdad del Señor permanece para siempre. Vemos, en efecto, al pasar de un tiempo a otro, cómo las opiniones de los hombres se suceden excluyéndose mutuamente y cómo los errores, luego de nacer, se desvanecen como la niebla ante el sol.


Cómo reprimir los errores

Siempre la Iglesia se opuso a estos errores. Frecuentemente los condenó con la mayor severidad. En nuestro tiempo, sin embargo, la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia más que la de la severidad. Ella quiere venir al encuentro de las necesidades actuales, mostrando la validez de su doctrina más bien que renovando condenas. No es que falten doctrinas falaces, opiniones y conceptos peligrosos, que precisa prevenir y disipar; pero se hallan tan en evidente contradicción con la recta norma de la honestidad, y han dado frutos tan perniciosos, que ya los hombres, aun por sí solos, están propensos a condenarlos, singularmente aquellas costumbres de vida que desprecian a Dios y a su ley, la excesiva confianza en los progresos de la técnica, el bienestar fundado exclusivamente sobre las comodidades de la vida. Cada día se convencen más de que la dignidad de la persona humana, así como su perfección y las consiguientes obligaciones, es asunto de suma importancia. Lo que mayor importancia tiene es la experiencia, que les ha enseñado cómo la violencia causada a otros, el poder de las armas y el predominio político de nada sirven para una feliz solución de los graves problemas que les afligen.

En tal estado de cosas, la Iglesia Católica, al elevar por medio de este Concilio Ecuménico la antorcha de la verdad religiosa, quiere mostrarse madre amable de todos, benigna, paciente, llena de misericordia y de bondad para con los hijos separados de ella. Así como Pedro un día, al pobre que le pedía limosna, dice ahora ella al género humano oprimido por tantas dificultades: "No tengo oro ni plata, pero te doy lo que tengo. En nombre de Jesús de Nazaret, levántate y anda"[viii]. La Iglesia, pues, no ofrece riquezas caducas a los hombres de hoy, ni les promete una felicidad sólo terrenal; los hace participantes de la gracia divina que, elevando a los hombres a la dignidad de hijos de Dios, se convierte en poderosísima tutela y ayuda para una vida más humana; abre la fuente de su doctrina vivificadora que permite a los hombres, iluminados por la luz de Cristo, comprender bien lo que son realmente, su excelsa dignidad, su fin. Además de que ella, valiéndose de sus hijos, extiende por doquier la amplitud de la caridad cristiana, que más que ninguna otra cosa contribuye a arrancar los gérmenes de la discordia y, con mayor eficacia que otro medio alguno, fomenta la concordia, la justa paz y la unión fraternal de todos.


Debe promoverse la unidad de la familia cristiana y humana

La solicitud de la Iglesia en promover y defender la verdad se deriva del hecho de que —según el designio de Dios "que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad"[9]— no pueden los hombres, sin la ayuda de toda la doctrina revelada, conseguir una completa y firme unidad de ánimos, a la que van unidas la verdadera paz y la eterna salvación. Desgraciadamente, la familia humana todavía no ha conseguido, en su plenitud, esta visible unidad en la verdad.

La Iglesia católica estima, por lo tanto, como un deber suyo el trabajar con toda actividad para que se realice el gran misterio de aquella unidad que con ardiente plegaria invocó Jesús al Padre celestial, estando inminente su sacrificio. Goza ella de suave paz, pues tiene conciencia de su unión íntima con dicha plegaria; y se alegra luego grandemente cuando ve que tal invocación aumenta su eficacia con saludables frutos, hasta entre quienes se hallan fuera de su seno. Y aún más; si se considera esta misma unidad, impetrada por Cristo para su Iglesia, parece como refulgir con un triple rayo de luz benéfica y celestial: la unidad de los católicos entre sí, que ha de conservarse ejemplarmente firmísima; la unidad de oraciones y ardientes deseos, con que los cristianos separados de esta Sede Apostólica aspiran a estar unidos con nosotros; y, finalmente, la unidad en la estima y respeto hacia la Iglesia católica por parte de quienes siguen religiones todavía no cristianas. En este punto, es motivo de dolor el considerar que la mayor parte del género humano —a pesar de que los hombres todos han sido redimidos por la Sangre de Cristo— no participan aún de esa fuente de gracias divinas que se hallan en la Iglesia católica. A este propósito, cuadran bien a la Iglesia, cuya luz todo lo ilumina, cuya fuerza de unidad sobrenatural redunda en beneficio de la humanidad entera, aquellas palabras de San Cipriano: "La Iglesia, envuelta en luz divina, extiende sus rayos sobre el mundo entero y, con todo, constituye una sola luz que se difunde por doquier sin que su unidad sufra división. Extiende sus ramas por toda la tierra, para fecundarla, a la vez que multiplica, con mayor largueza, sus arroyos; pero siempre es única la cabeza, único el origen, ella es madre única copiosamente fecunda: de ella hemos nacido todos, nos hemos nutrido de su leche, vivimos de su espíritu"[10].

Esto se propone el Concilio Ecuménico Vaticano II, el cual, mientras reúne juntamente las mejores energías de la Iglesia y se esfuerza por que los hombres acojan cada vez más favorablemente el anuncio de la salvación, prepara en cierto modo y consolida el camino hacia aquella unidad del género humano, que constituye el fundamento necesario para que la Ciudad terrenal se organice a semejanza de la celestial "en la que reina la verdad, es ley la caridad y la extensión es la eternidad" según San Agustín[11].


Conclusión

Ahora "nuestra voz se dirige a vosotros"[12], Venerables Hermanos en el Episcopado. Henos ya reunidos aquí, en esta Basílica Vaticana, centro de la historia de la Iglesia; donde Cielo y tierra se unen estrechamente, aquí, junto al sepulcro de Pedro, junto a tantas tumbas de Santos Predecesores Nuestros, cuyas cenizas, en esta solemne hora, parecen estremecerse con arcana alegría.

El Concilio que comienza aparece en la Iglesia como un día prometedor de luz resplandeciente. Apenas si es la aurora; pero ya el primer anuncio del día que surge ¡con cuánta suavidad llena nuestro corazón! Todo aquí respira santidad, todo suscita júbilo. Pues contemplamos las estrellas, que con su claridad aumentan la majestad de este templo; estrellas que, según el testimonio del apóstol San Juan[13], sois vosotros mismos; y con vosotros vemos resplandecer en torno al sepulcro del Príncipe de los Apóstoles[14] los áureos candelabros de las Iglesias que os están confiadas.

Al mismo tiempo vemos las dignísimas personalidades, aquí presentes, en actitud de gran respeto y de cordial expectación, llegadas a Roma desde los cinco continentes, representando a las Naciones del mundo.

Cielo y tierra, puede decirse, se unen en la celebración del Concilio: los Santos del Cielo, para proteger nuestro trabajo; los fieles de la tierra, continuando en su oración al Señor; y vosotros, secundando las inspiraciones del Espíritu Santo, para lograr que el común trabajo corresponda a las actuales aspiraciones y necesidades de los diversos pueblos. Todo esto pide de vosotros serenidad de ánimo, concordia fraternal, moderación en los proyectos, dignidad en las discusiones y prudencia en las deliberaciones.

Quiera el Cielo que todos vuestros esfuerzos y vuestros trabajos, en los que están centrados no sólo los ojos de todos los pueblos, sino también las esperanzas del mundo entero, satisfagan abundantemente las comunes esperanzas.

¡Oh Dios Omnipotente! En Ti ponemos toda vuestra confianza, desconfiando de nuestras fuerzas. Mira benigno a estos Pastores de tu Iglesia. Que la luz de tu gracia celestial nos ayude, así al tomar las decisiones como al formular las leyes; y escucha clemente las oraciones que te elevamos con unanimidad de fe, de palabra y de espíritu.

¡Oh María, auxilio de los cristianos, auxilio de los obispos, de cuyo amor recientemente hemos tenido peculiar prueba en tu templo de Loreto, donde quisimos venerar el misterio de la Encarnación! Dispón todas las cosas hacia un éxito feliz y próspero y, junto con tu esposo San José, con los santos Apóstoles Pedro y Pablo, con los santos Juan, el Bautista y el Evangelista, intercede por todos nosotros ante Dios.

A Jesucristo, nuestro adorable Redentor, Rey inmortal de los pueblos y de los siglos, sea el amor, el poder y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.


Jueves 11 de octubre de 1962


* AAS 54 (1962) 786; Discorsi-Messaggi-Colloqui del Santo Padre Giovanni XXIII, vol. IV, pp. 578-590.

[1] Lc 2, 34.

[2] Ibid. 10, 16.

[3] Ibid. 11, 23.

[4] Mt 6, 33.

[5] Ibid.

[6] Gen 1, 28.

[7] Mt 4, 10; Lc. 4, 8.

[8] Hch 3, 6.

[9] 1 Tim 2, 4.

[10] De catholicae Ecclesiae unitate, 5.

[11] S. Aug., Ep 138, 3.

[12] 2 Cor 6, 11.

[13] Apoc. 1, 20.

[14] Ibid.



lunes, 27 de marzo de 2000

ENCÍCLICA IL FERMO PROPOSITO (11 DE JUNIO DE 1905)


ENCÍCLICA 

IL FERMO PROPOSITO 

SOBRE LA ACCIÓN CATÓLICA EN ITALIA 

DEL PAPA PÍO X 


A LOS OBISPOS DE ITALIA

Venerables hermanos, salud y la bendición apostólica.

1. El firme propósito y el deseo que decidimos al comienzo de nuestro pontificado de consagrar toda la energía que el buen Señor se digna en otorgarnos para la obra de restaurar todas las cosas en Cristo, despierta en nuestro corazón una gran confianza en la todopoderosa gracia de Dios. Sin esa gracia, no podemos planear ni emprender nada grande o fructífero para el bien de las almas aquí abajo. Al mismo tiempo, sin embargo, sentimos más que nunca la necesidad de ser sostenidos unánimemente y constantemente en esta empresa, tanto por ustedes, Venerables Hermanos, llamados a participar en nuestra oficina pastoral, como por todo el clero y fieles comprometidos con su cuidado. Verdaderamente, todos en la Iglesia estamos llamados a formar ese Cuerpo único, cuya Cabeza es Cristo; "estrechamente unidos", como enseña el apóstol Pablo, [1]. De esta manera, el Cuerpo aumenta y gradualmente se perfecciona en el vínculo de la caridad. Ahora, si en este trabajo de "edificar el cuerpo de Cristo" [2] es nuestro deber primordial enseñar, señalar el camino correcto a seguir, proponer los medios que se utilizarán, amonestar y exhortar paternalmente. También es el deber de nuestros amados hijos, dispersos por todo el mundo, prestar atención a nuestras palabras, llevarlas a cabo en primer lugar en sus propias vidas y ayudarles en su cumplimiento efectivo en los demás, cada uno de acuerdo con la gracia de Dios recibida, de acuerdo con su estado de vida y deberes, y de acuerdo con el celo que inflama su corazón.

2. Aquí deseamos recordar esas numerosas obras de celo por el bien de la Iglesia, la sociedad y las personas bajo el nombre general de "Acción Católica", que por la gracia de Dios florece en todo el mundo, así como en Nuestra Italia. Saben, Venerables Hermanos, cuán queridos son para nosotros y cuán fervientemente anhelamos verlos fortalecidos y promovidos. No solo hemos hablado con no pocos de ustedes en muchas ocasiones, así como con sus representantes especiales en Italia cuando nos presentaron el homenaje de su devoción y afecto filial, sino que también hemos publicado por nuestra autoridad, varios actos los cuales ya conocen. Es cierto que algunos de estos, como las circunstancias, verdaderamente dolorosas para nosotros, exigían: estaban dirigidos a eliminar obstáculos que obstaculizaban el progreso de la Acción Católica y causaban un gran daño, por tendencias indisciplinadas, al bien común. Por esa razón, dudamos en ofrecer una palabra paternal de consuelo y aliento a todo el mundo, a fin de que, solo después de haber eliminado tanto como pudiéramos todos los peligros en todo el mundo, el bien pudiera aumentar y extenderse extranjero. Ahora, por lo tanto, estamos muy contentos de hacerlo con esta carta para alentar a todos, porque estamos seguros de que nuestras palabras serán escuchadas en un espíritu de docilidad y obedecidas por todos.

3. El campo de la Acción Católica es extremadamente vasto. En sí mismo no excluye nada, de ninguna manera, directa o indirecta, que pertenezca a la misión divina de la Iglesia. Por consiguiente, uno puede ver claramente cuán necesario es que todos cooperen en una obra tan importante, no solo para la santificación de su propia alma, sino también para la extensión y el aumento del Reino de Dios en los individuos, las familias y la sociedad; cada uno trabajando según su energía para el bien de su prójimo mediante la propagación de la verdad revelada, el ejercicio de las virtudes cristianas, el ejercicio de las obras de misericordia corporales y espirituales. Tal es la conducta digna de Dios a la que San Pablo nos exhorta, para complacerlo en todas las cosas, produciendo frutos de todas las buenas obras y aumentando el conocimiento de Dios.

4. Sin embargo, además de los bienes espirituales, hay muchos bienes del orden natural sobre los cuales la Iglesia no tiene una misión directa, aunque fluyen como consecuencia natural de su misión divina. La luz de la revelación católica es de tal naturaleza que se difunde con el mayor brillo en todas las ciencias. La fuerza de los consejos evangélicos es tan poderosa que fortalece y establece firmemente los preceptos de la ley natural. La fecundidad de la doctrina y la moralidad enseñadas por Jesucristo es tan ilimitada que providencialmente sostiene y promueve el bienestar material del individuo, la familia y la sociedad. La Iglesia, incluso al predicar a Jesucristo crucificado, "piedra de tropiezo y necedad para el mundo", se ha convertido en el principal líder y protector de la civilización. Ella lo trajo a donde sus apóstoles predicaron. Ella conservó y protegió los buenos elementos de las antiguas civilizaciones paganas, separándose de la barbarie y educando para una nueva civilización a los pueblos que acudieron a su seno materno. Ella dotó a cada civilización, gradualmente, pero con un paso cierto y siempre progresivo, con esa excelente marca que hoy se conserva universalmente. La civilización del mundo es cristiana. Cuanto más completamente cristiano es, más verdadero, más duradero y más productivo es el fruto genuino. Por otro lado, cuanto más se aleja del ideal cristiano, más en serio se pone en peligro el orden social. Por la propia naturaleza de las cosas, la Iglesia se ha convertido en el guardián y protector de la sociedad cristiana. Ese hecho fue universalmente reconocido y admitido en otros períodos de la historia. En verdad, formó una base sólida para la legislación civil. En ese mismo hecho descansaban las relaciones entre Iglesia y Estado; el reconocimiento público de la autoridad de la Iglesia en aquellos asuntos que tocaban la conciencia de cualquier manera, la subordinación de todas las leyes del Estado a las leyes Divinas del Evangelio; La armonía de los dos poderes para asegurar el bienestar temporal de las personas de tal manera que su bienestar eterno no sufriera.

5. No tenemos necesidad de decirles, Venerables Hermanos, qué prosperidad y bienestar, qué paz y armonía, qué sujeción respetuosa a la autoridad y qué excelente gobierno se obtendría y mantendría en el mundo si se pudiera ver en la práctica el perfecto ideal de civilizacion cristiana. Sin embargo, no se puede esperar la batalla continua de la carne contra el espíritu, la oscuridad contra la luz, Satanás contra Dios, al menos en toda su plenitud. Por lo tanto, continuamente se realizan redadas en las conquistas pacíficas de la Iglesia. La tristeza y el dolor que causan se acentúa por el hecho de que la sociedad tiende a regirse cada vez más por principios opuestos a ese ideal muy cristiano, e incluso está en peligro de alejarse completamente de Dios.

6. Sin embargo, este hecho no es motivo para perder el coraje. La Iglesia sabe bien que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Además, ella sabe que se verá muy afectada; que sus apóstoles son enviados como corderos entre lobos; que sus seguidores siempre llevarán la peor parte del odio y el desprecio, tal como su Divino Fundador recibió odio y desprecio. Entonces, la Iglesia avanza sin miedo, diseminando el Reino de Dios donde sea que predique y estudiando todos los medios posibles que pueda usar para recuperar las pérdidas en el reino ya conquistado. "Restaurar todas las cosas en Cristo" siempre ha sido el lema de la Iglesia, y es especialmente nuestro durante estos terribles momentos por los que ahora estamos pasando. "Para restaurar todas las cosas", no de manera casual, sino "en Cristo"; y el apóstol agrega: "

7. Ya que particularmente nos detenemos en esta última parte de la restauración deseada, ustedes ven claramente, Venerables Hermanos, los servicios prestados a la Iglesia por aquellos grupos elegidos de católicos que tienen como objetivo unir todas sus fuerzas en la lucha contra la civilización anticristiana por todos y cada uno de los justos medios legales que utilizan para reparar los trastornos graves causados ​​por él. Buscan restaurar a Jesucristo a la familia, la escuela y la sociedad restableciendo el principio de que la autoridad humana representa la autoridad de Dios. Toman en serio los intereses de la gente, especialmente los de las clases trabajadoras y agrícolas, no solo inculcando en los corazones de todos un verdadero espíritu religioso (la única fuente verdadera de consuelo entre los problemas de esta vida) sino también esforzándose para secar sus lágrimas, para aliviar sus sufrimientos, y para mejorar su condición económica mediante medidas sabias. Se esfuerzan, en una palabra, en hacer que las leyes públicas sean conformes a la justicia y enmendar o suprimir las que no son así. Finalmente, defienden y apoyan con un verdadero espíritu católico los derechos de Dios en todas las cosas y los derechos no menos sagrados de la Iglesia.

8. Todas estas obras, sostenidas y promovidas principalmente por los católicos laicos y cuya forma varía según las necesidades de cada país, constituyen lo que generalmente se conoce con un nombre distintivo y seguramente muy noble: "Acción católica" o "Acción de los católicos". En todo momento vino en ayuda de la Iglesia, y la Iglesia siempre ha apreciado y bendecido dicha ayuda, usándola de muchas maneras según las exigencias de la época.

9. De paso, es bueno señalar que hoy es imposible restablecer bajo la misma forma todas las instituciones que han sido útiles e incluso las únicas efectivas en los últimos siglos, tan numerosas las nuevas necesidades que siguen produciendo circunstancias cambiantes. Pero la Iglesia en su larga historia y en cada ocasión ha demostrado sabiamente que posee el maravilloso poder de adaptarse a las condiciones cambiantes de la sociedad civil. Por lo tanto, al tiempo que preserva la integridad e inmutabilidad de la fe y la moral y defiende sus sagrados derechos, se inclina y se acomoda fácilmente a todas las circunstancias no esenciales y accidentales que pertenecen a diversas etapas de la civilización y a los nuevos requisitos de la sociedad civil.

10. "La piedad", dice San Pablo, "es rentable en todos los aspectos, ya que tiene la promesa de la vida presente, así como de la que está por venir" [5] A pesar de que la Acción Católica cambia en sus formas externas y en la forma en que se adapta, siempre permanece igual en los principios que la dirigen y el noble objetivo que persigue. Para que la Acción Católica pueda alcanzar su objetivo, es importante considerar en este punto las condiciones que impone, su naturaleza y su objetivo.

11. Sobre todo, uno debe estar firmemente convencido de que el instrumento tiene poco valor si no está adaptado para el trabajo en cuestión. Con respecto a las cosas que mencionamos anteriormente, Acción Católica, en la medida en que propone restaurar todas las cosas en Cristo, constituye un verdadero apostolado para el honor y la gloria de Cristo mismo. Para llevarlo a cabo correctamente, uno debe tener la gracia divina, y el apóstol la recibe sólo si está unido a Cristo. Solo cuando él haya formado a Jesucristo en sí mismo podrá más fácilmente restaurarlo a la familia y la sociedad. Por lo tanto, todos los que están llamados a dirigirse o dedicarse a la causa católica deben ser católicos, firmes en la fe, sólidamente instruidos en asuntos religiosos, verdaderamente sumisos a la Iglesia y especialmente a esta Suprema Sede Apostólica y al Vicario de Jesucristo. Deben ser hombres de verdadera piedad, de virtud viril y de una vida tan casta y valiente que serán un ejemplo guía para todos los demás. Si no están tan formados, será difícil despertar a otros para que hagan el bien y prácticamente imposible actuar con una buena intención. La fuerza necesaria para perseverar en soportar continuamente el cansancio de cada verdadero apostolado fallará. Las calumnias de los enemigos, la frialdad y la espantosa poca cooperación de incluso los hombres buenos, a veces incluso los celos de amigos y compañeros de trabajo (excusables, sin duda, por la debilidad de la naturaleza humana, pero también dañinos y causa de discordia, ofensa y peleas): todo esto debilitará al apóstol que carece de la gracia divina. Solo virtud, paciente y firme y al mismo tiempo suave y tierna, puede eliminar o disminuir estas dificultades de tal manera que los trabajos realizados por las fuerzas católicas no se vean comprometidos. La voluntad de Dios, escribió San Pedro a los primeros cristianos, es que por tus buenas obras silencias a los necios. "Porque tal es la voluntad de Dios, que haciendo el bien debas silenciar la ignorancia de los hombres necios". [6]

12. También es importante definir claramente las obras que las fuerzas católicas deben emprender enérgica y constantemente. Estos trabajos deben tener una importancia tan evidente que todos los apreciarán. Deben tener una relación tal con las necesidades de la sociedad moderna y estar tan bien adaptados a los intereses morales y materiales, especialmente los de las personas y las clases más pobres, que, al tiempo que suscitan en los promotores de la Acción Católica, la mayor actividad para obtener lo importante y lo importante son ciertos resultados que deben buscarse, que también pueden ser fácilmente entendidos y agradecidos por todos. Dado que los graves problemas de la vida social moderna exigen una solución rápida y definitiva, todos están ansiosos por conocer y comprender las diferentes formas en que estas soluciones pueden ponerse en práctica. Las discusiones de un tipo u otro son cada vez más numerosas y publicadas rápidamente por la prensa. Por lo tanto, es de suma importancia que la Acción Católica aproveche el momento presente y proponga valientemente su propia solución, fortaleciéndola mediante una propaganda sólida que al mismo tiempo será activa, inteligente, disciplinada y organizada contra toda doctrina errónea. La bondad y la justicia de los principios cristianos, la verdadera moralidad que profesan los católicos, su evidente despreocupación por su propio bienestar mientras no desean nada más que el bien supremo de los demás, y su capacidad abierta y sincera para fomentar mejor que todos los demás los verdaderos intereses económicos de personas: estas cualidades no pueden dejar de causar una impresión en las mentes y los corazones de todos los que las escuchan, y de aumentar sus filas para formar un cuerpo fuerte y compacto.

13. Nuestro predecesor, León XIII, de memoria bendecida, ha señalado, especialmente en esa encíclica memorable "Rerum Novarum" y en documentos posteriores, el objeto al que la Acción Católica debería dedicarse particularmente, a saber, "la solución práctica de lo social según los principios cristianos". Siguiendo estas sabias reglas, nosotros mismos en nuestro motu proprio del 18 de diciembre de 1903, sobre la acción popular cristiana, que en sí abarca todo el movimiento social católico, hemos establecido principios fundamentales que también deberían servir como una regla práctica de acción como un lazo de armonía y caridad. En estos documentos, por lo tanto, y dentro de su alcance más sagrado y necesario, la Acción Católica, aunque variada y múltiple en su forma mientras se dirige hacia el mismo bien social, debe ser regulada y unida.

14. Para que esta acción social pueda continuar y prosperar mediante una unión necesaria de las diversas actividades que la componen, los católicos sobre todo deben preservar un espíritu de paz y armonía que solo puede venir de una unidad de comprensión. En este punto no puede existir la menor sombra o aventura de una duda, tan claras y obvias son las enseñanzas transmitidas por esta Sede Apostólica, tan brillante es la luz que la mayoría de los católicos ilustres de cada país han difundido por sus escritos, tan loable es el ejemplo de los católicos de otros países que, debido a esta armonía y unidad de entendimiento, en poco tiempo han cosechado una cosecha abundante.

15. Para llegar a este fin, en algunos lugares varias de estas obras dignas de alabanza, han llamado a ser una institución de carácter general que se conoce con el nombre de "Unión Popular". La experiencia ha demostrado que esto ha sido más efectivo. El propósito de la Unión Popular ha sido reunir a todos los católicos, y especialmente a las masas, en torno a un centro común de doctrina, propaganda y organización social. Como, de hecho, responde a una necesidad que se siente en casi todos los países y su constitución se basa en la naturaleza misma de las cosas, no se puede decir que pertenezca más a una nación que a otra, pero es adecuada para todos los lugares donde las mismas necesidades están presentes y surgen los mismos peligros. Su carácter extremadamente popular hace que sea más deseable y aceptable. No perturba ni obstaculiza el trabajo de las instituciones existentes, pero, por el contrario, aumenta su fuerza y ​​eficiencia. Debido a su organización estrictamente personal, estimula a los individuos a ingresar a instituciones particulares, capacitándolos para realizar un trabajo práctico y útil, y uniéndolos a todos en un objetivo y deseo comunes.

16. Una vez establecido el centro social, todas las demás instituciones de carácter económico relacionadas de diversas maneras con el problema social se encontrarán espontáneamente unidas por su fin común. Al mismo tiempo, sin embargo, preservarán su propia estructura individual y, al proporcionar diversas necesidades, permanecerán dentro de los límites que exige su esfera de influencia. En este punto, nos complace expresar nuestra satisfacción por el gran bien que en este sentido ya se ha logrado en Italia, y estamos seguros de que, con la ayuda de Dios, este tipo de celo hará mucho más en el futuro para fortalecer y aumentar el bien ya realizado. El trabajo de los congresos y comités católicos es de mérito singular, gracias a la actividad inteligente de aquellos hombres capaces que los planifican y dirigen.

17. Para que la Acción Católica sea más efectiva no es suficiente que se adapte solo a las necesidades sociales. También debe emplear todos esos medios prácticos que los hallazgos de los estudios sociales y económicos ponen en sus manos. Debe beneficiarse de la experiencia adquirida en otros lugares. Debe ser vitalmente consciente de las condiciones de la sociedad civil y la vida pública de los estados. De lo contrario, corre el riesgo de perder el tiempo en la búsqueda de novedades y teorías peligrosas, mientras pasa por alto los buenos, seguros y probados medios disponibles. De nuevo, quizás pueda proponer instituciones y métodos que pertenezcan a otros tiempos pero que la gente de hoy en día ya no entienda. O, finalmente, puede llegar a la mitad, sin usar, en la medida en que se les concede, aquellos derechos civiles que las constituciones modernas ofrecen hoy a todos, y por lo tanto también a los católicos. En particular, La constitución actual de los estados ofrece indiscriminadamente todo el derecho a influir en la opinión pública, y los católicos, con el debido respeto a las obligaciones impuestas por la ley de Dios y los preceptos de la Iglesia, ciertamente pueden usar esto en su beneficio. De tal manera, pueden demostrar que son tan capaces como los demás (de hecho, más capaces que otros) cooperando en el bienestar material y civil de las personas. Al hacerlo, adquirirán esa autoridad y prestigio que los hará capaces de defender y promover un bien superior, a saber, el del alma. De tal manera, pueden demostrar que son tan capaces como los demás (de hecho, más capaces que otros) cooperando en el bienestar material y civil de las personas.

18. Estos derechos civiles son de diversos tipos, incluso hasta el punto de participar directamente en la vida política del país al representar a las personas en los pasillos legislativos. Las razones más serias, sin embargo, nos disuaden, Venerables Hermanos, de apartarse de esa norma que Nuestro Predecesor, León XIII, de bendita memoria, decretó durante su Pontificado. Según su decreto, estaba universalmente prohibido en Italia que los católicos participaran en el poder legislativo. Sin embargo, otras razones igualmente graves, fundadas en el bien supremo de la sociedad, que deben preservarse a toda costa, exigen que, en casos particulares, se otorgue una dispensa de la ley, especialmente cuando ustedes, Venerables Hermanos, reconocen la estricta necesidad de ello por el bien de almas y el interés de sus iglesias, y ustedes solicitan tal dispensación.

19. Esta concesión obliga a todos los católicos a prepararse con prudencia y seriedad para la vida política en caso de que puedan ser llamados a ella. Por lo tanto, es de suma importancia que la misma actividad (previamente tan loablemente planeada por los católicos con el propósito de prepararse por medio de una buena organización electoral para la vida administrativa de los consejos comunes y provinciales) se extienda a una preparación y organización adecuadas para la política. vida. Esto ya fue recomendado por la Circular del 3 de diciembre de 1904, emitida por la Presidencia general de Obras Económicas en Italia. Al mismo tiempo, los otros principios que regulan la conciencia de todo verdadero católico deben ser inculcados y puestos en práctica. Por encima de todo, debe recordar ser y actuar en todas las circunstancias como un verdadero católico.

20. Tales, Venerables Hermanos, son las características, el objetivo y las condiciones de la Acción Católica, considerados en su función más importante, a saber, la solución de la cuestión social. Por esa razón, exige la atención más enérgica de todas las fuerzas católicas. Sin embargo, de ninguna manera esto excluye la existencia de otras actividades ni significa que otras organizaciones no deberían florecer y ser promovidas, ya que cada una está dirigida a diferentes bienes particulares de la sociedad y de las personas. Todos están unidos en el trabajo de restaurar la civilización cristiana bajo sus diversos aspectos. Estas obras, surgidas del celo de personas particulares, que se extienden por muchas diócesis, a veces se agrupan en federaciones. Dado que el fin que fomentan es digno de elogio, los principios cristianos que siguen son sólidos y los medios que adoptan de manera justa, deben ser alabados y alentados en todos los sentidos. Al mismo tiempo, se les debe permitir una cierta libertad de organización (ya que es imposible que tantas personas se formen en el mismo molde y se coloquen en la misma dirección). La organización, por lo tanto, debe surgir espontáneamente de las obras mismas, de lo contrario, solo será un edificio efímero de arquitectura fina, pero carecerá de una base sólida y, por lo tanto, será bastante inestable. También se deben tener en cuenta las características particulares de diferentes personas. Usos diferentes, tendencias diferentes se encuentran en diferentes lugares. Es de primordial importancia que el trabajo se construya sobre una buena base de principios sólidos y se mantenga con seriedad y constancia. Si este es el caso, el método utilizado y la forma que adoptan las diferentes obras serán accidentales.

21. Para renovar y aumentar en todas las obras católicas el entusiasmo necesario; con el fin de ofrecer una oportunidad para que los promotores y miembros de estas obras se vean y conozcan mejor; para fortalecer el vínculo de la caridad, para inspirarse mutuamente con un gran celo por la actividad fructífera y para proporcionar una mayor solidez y propagación de las obras en sí, será muy útil celebrar ocasionalmente congresos generales y particulares. de los católicos italianos, según las normas ya establecidas por esta Santa Sede. Sin embargo, estos congresos deben ser una manifestación solemne de la fe católica y un festival de armonía y paz mutuas.

22. Debemos tocar, Venerables Hermanos, sobre otro punto de extrema importancia, a saber, la relación de todas las obras de Acción Católica con la autoridad eclesiástica. Si las enseñanzas desarrolladas en la primera parte de esta carta se consideran cuidadosamente, se verá fácilmente que todas esas obras que vienen directamente en ayuda del ministerio espiritual y pastoral de la Iglesia y que trabajan religiosamente por el bien de las almas deben, hasta en lo más mínimo, subordinarse a la autoridad de la Iglesia y también a la autoridad de los Obispos colocados por el Espíritu Santo para gobernar la Iglesia de Dios en las diócesis que se les asignan. Además, las otras obras que, como hemos dicho, están diseñadas principalmente para la restauración y promoción de la verdadera civilización cristiana y que, como se explicó anteriormente, constituyen Acción Católica, de ninguna manera pueden considerarse como independientes del consejo y la dirección de la autoridad eclesiástica, especialmente porque todos deben ajustarse a los principios de la fe y la moral cristianas. Al mismo tiempo, es imposible imaginarlos como opuestos, más o menos abiertamente, a esa misma autoridad. Sin embargo, tales obras, por su propia naturaleza, deben dirigirse con un grado razonable de libertad, ya que la acción responsable es especialmente suya en los asuntos temporales y económicos, así como en los asuntos de la administración pública y la vida política. Estos asuntos son ajenos al ministerio puramente espiritual. Como los católicos, por otro lado, deben levantar siempre la bandera de Cristo, por ese mismo hecho también levantan la bandera de la Iglesia. Por lo tanto, no es más que correcto que lo reciban de manos de la Iglesia.

23. Por estas razones, es evidente cuán terriblemente equivocados estaban esos pocos que en Italia, y bajo Nuestros propios ojos, querían emprender una misión que no recibieron ni de Nosotros ni de ninguno de Nuestros Hermanos en el episcopado. Lo promovieron no solo sin el debido homenaje a la autoridad, sino incluso abiertamente en contra de la voluntad de esa autoridad, buscando racionalizar su desobediencia mediante distinciones tontas. Dijeron que estaban emprendiendo su causa en el nombre de Cristo; pero tal causa no podría ser de Cristo ya que no se basó en la doctrina del Redentor Divino. Cuán verdaderamente se aplican estas palabras: "El que te escucha, me escucha a mí, y el que te rechaza, a mí me rechaza" [7] "El que no está conmigo está en mi contra, y el que no se reúne conmigo dispersa". [8] Esta es una doctrina de humildad, sumisión y respeto filial. Con extremo pesar, tuvimos que condenar esta tendencia y detener por nuestra autoridad este movimiento pernicioso que rápidamente estaba ganando impulso. Nuestra tristeza aumentó cuando vimos a muchos jóvenes de excelente carácter y celo ferviente y capaces de desempeñarse muy bien si se los dirigía adecuadamente, y que también nos son muy queridos, descuidadamente atraídos por un programa tan erróneo.

24. Al señalar la verdadera naturaleza de la Acción Católica, Venerables Hermanos, no podemos minimizar el grave peligro al que el clero puede verse expuesto debido a las condiciones de la época. Pueden atribuir más importancia a los intereses materiales de las personas, que olvidarán esos deberes más importantes del ministerio sagrado.

25. El sacerdote, criado por encima de todos los hombres para cumplir la misión que tiene de Dios, también debe permanecer por encima de todos los intereses humanos, todos los conflictos, todas las clases de la sociedad. Su propio campo de acción es la Iglesia. Allí, como embajador de Dios, predica la verdad, enseñando junto con el respeto a los derechos de Dios, el respeto también a los derechos de toda criatura. En tal trabajo, no se expone a ninguna oposición ni aparece como un hombre de facciones, aliado de un grupo y adversario de otros. De tal manera no se pondrá en peligro de disimular la verdad, de guardar silencio en el conflicto de ciertas tendencias, o de irritar a las almas exasperadas por los repetidos argumentos. En todos estos casos, él fallaría en su deber real. No es necesario agregar que, mientras trata con tanta frecuencia los asuntos materiales, puede verse obligado a realizar tareas perjudiciales para sí mismo y para la dignidad de su cargo. Puede participar en estas asociaciones, por lo tanto, solo después de una deliberación madura, con el consentimiento de su Obispo, y solo en aquellos casos en que su asistencia esté libre de todo peligro y sea obviamente útil.

26. Esto no disminuye su celo. El verdadero apóstol debe hacer "todas las cosas para todos los hombres" [9] para salvar a todos. Al igual que el Divino Redentor, debe ser movido con compasión, "viendo a las multitudes... desconcertado y abatido, como ovejas sin pastor". [10] Por medio de la palabra impresa y hablada, por la participación directa en lo anterior. En los casos mencionados, puede trabajar en nombre de las personas de acuerdo con los principios de justicia y caridad favoreciendo y promoviendo aquellas instituciones que proponen proteger a las masas de la invasión del socialismo, salvándolas al mismo tiempo de la ruina económica y moral, y del caos religioso. De esta manera, la asistencia del clero en las obras de Acción Católica tiene un propósito verdaderamente religioso. Entonces no será un obstáculo, sino una ayuda.

27. Ahora ven, Venerables Hermanos, cuánto hemos deseado explicar e inculcar estos principios con respecto a la Acción Católica que se debe sostener y promover en Italia. No es suficiente señalar lo bueno; También debe ponerse en práctica. Sus propias exhortaciones e intereses paternos brindarán un servicio inestimable a la causa. Aunque los comienzos son humildes, como es el caso en todos los comienzos, la gracia divina hará que crezca y prospere en poco tiempo. Todos nuestros jóvenes que se dedican a la acción católica deben escuchar nuevamente los consejos que surgen tan espontáneamente de nuestro corazón. En medio de las amargas penas que nos rodean diariamente, diremos con San Pablo, "si hay algún consuelo en Cristo, algún estímulo de la caridad, alguna comunión en el Espíritu, cualquier sentimiento de misericordia, lleno mi alegría pensando igual, teniendo la misma caridad, con un alma y una mente. No hagas nada por controversia o por vanagloria, sino con humildad, deja que cada uno considere a los demás como sus superiores, cada uno mirando no a sus propios intereses sino a los de los demás. Ten esta mente en ti que también estuvo en Cristo Jesús". [11] Deja que sea el comienzo de todas tus empresas: "Hagas lo que hagas en palabras o en el trabajo, hazlo todo en el nombre del Señor Jesucristo" [12 ]. Que sea el final de cada una de tus palabras: "Porque de él y por él y para él son todas las cosas. A él sea la gloria por siempre" [13]. En este día que recuerda tanto a cuando los Apóstoles, llenos del Espíritu Santo, salieron del Cenáculo para predicar al mundo el Reino de Cristo, que "el poder de ese el mismo Espíritu descienda sobre todos ustedes" [14].

28. Que la Bendición Apostólica que les impartimos desde el fondo de Nuestro corazón a ustedes, Venerables Hermanos, y a su clero y al pueblo italiano, sea un signo de favor divino y una promesa de Nuestro afecto muy especial.

Dado en San Pedro, Roma, en la fiesta de Pentecostés, el 11 de junio de 1905, el segundo año de nuestro pontificado.

PIO X


1. Ef. 4:16.

2. Ef. 4:12.

3. Col. 1:10.

4. Ef. 1:10.

5. I Tim. 4: 8.

6. I Ped. 2:15.

7. Lucas 10:16.

8. Lucas 11:23.

9. I Cor. 9:22.

10. Mat. 9:36.

11. Fil. 2: 1-5.

12. Col. 3:17.

13. Rom. 11:36.

14. Veni Sancte Spiritus, Secuencia de la Misa de Pentecostés.