domingo, 31 de diciembre de 2023

¿POR QUÉ SÓLO LAS MUJERES TIENEN QUE VESTIR BIEN?

Cualquiera que sea la clase social, en una época preocupada por elevar al hombre, una época sedienta de dignidad, grandeza y seriedad, la indumentaria -común o profesional- acentúa la impresión de estos valores en cada persona.

Por Marian T. Horvat, Ph.D.


Como la mayoría de las mujeres, soy una observadora empedernida. Por eso, mientras caminaba por el aparcamiento para asistir a una Misa Tradicional en latín, me fijé en la familia que iba delante de mí. Era el tipo de familia católica que admiro: la madre reuniendo a tres niños menores de seis años, el padre joven y de buena voluntad, dispuesto a soportar los inconvenientes y la incomodidad de un largo viaje en coche con su familia en un caluroso mediodía de verano y preparado para librar la pequeña batalla de mantener a sus exuberantes hijos bien educados durante la Misa.

Tal vez por el calor, o tal vez porque la familia iba a ir a algún parque después, él llevaba una camisa de algodón a cuadros de cuello abierto y manga corta, vaqueros azules y zapatillas deportivas. Cuando entré en la Iglesia, encontré su atuendo repetido (con diversos grados de informalidad - por ejemplo, camisas de punto informales, pantalones caqui, sandalias) en hombres de todas las edades allí presentes.

El sermón que predicó el Padre fue excelente, y fue precedido por una breve introducción en la que advirtió a las damas presentes sobre la importancia de que las mujeres vistan modesta y apropiadamente no sólo para la Misa, sino siempre que salgan. Una mujer o una joven que viste con cierta elegancia, modestia y encanto femenino puede edificar a la sociedad, ya sea en la tienda de comestibles o en el teatro, y ejerce así una buena influencia católica. Estas observaciones sobre la vestimenta femenina son absolutamente ciertas y podrían ser el tema de otro artículo. Pero hoy quisiera tratar sobre la indumentaria masculina.

La mayoría de los hombres tradicionalistas se indignan cuando consideran cómo, tras el Concilio Vaticano II, multitud de sacerdotes abandonaron sus sotanas y alzacuellos para adoptar ropas profanas más “cómodas”. Este aspecto del aggioniamento de la Iglesia con el mundo moderno lo rechazan de plano. No sé qué habría pensado el joven padre en vaqueros y camisa abierta si el sacerdote hubiera abandonado la sotana y el alzacuellos y hubiera “optado” por un atuendo más cómodo para vestir en Misa, pero no creo que estuviera contento.

No obstante, en aras de la comodidad y la conveniencia, él -junto con tantos otros hombres tradicionalistas- había abandonado la chaqueta, la corbata y los zapatos lustrados. Si tuviera una cita para reunirse con el obispo, el gobernador u otro dignatario importante, sin duda se pondría un traje y corbata. Sin embargo, cuando se acerca al altar para recibir al Rey de Reyes en la Sagrada Comunión en la más sacra de las ceremonias, el Santo Sacrificio de la Misa, de alguna manera encuentra “suficiente” ponerse una camisa de manga corta, pantalones informales o vaqueros azules y zapatillas deportivas.


La vestimenta masculina, que antaño no hubiera sido aceptable en un lugar de negocios, en una fiesta o incluso en un buen restaurante, se ha convertido en algo habitual en Misa, incluso entre los tradicionalistas. Nadie se escandaliza al ver camisetas deportivas de cuello abierto y otras prendas informales en Misa o en el teatro. ¿Qué ha ocurrido aquí? En los últimos cuarenta años ha entrado en escena un nuevo componente que llegó de la mano del Vaticano II. Se trata del triunfo de la Revolución en las costumbres. Como no creo que la mayoría de los hombres aprecien o se beneficien tanto de una crítica basada en la estética o en el sentido de la moda, permítanme tratar campos con los que están más familiarizados, es decir, consideraciones prácticas y el reino de los principios.


La ropa tiene un fin tanto espiritual como material

Se podría argumentar que la ropa, considerada desde un punto de vista estrictamente práctico y material, sólo sirve para cubrir el cuerpo. A lo sumo, el hombre moderno podría reconocer su función de proporcionar un cierto sentido de decencia. Sin embargo, quienes saben que el hombre es algo más que mera materia también saben que la ropa es algo más que una simple cubierta para el cuerpo. Según el orden natural de las cosas, la ropa también debe prestar un servicio al alma.

A medida que las costumbres, los modales y la indumentaria se desarrollaban bajo la saludable influencia de la Iglesia Católica, se consideraba una norma de sentido común que la vestimenta complementara la personalidad del hombre, así como su clase y su cargo en la vida. Su atuendo le ayudaba incluso a ejercer la influencia necesaria para su cargo. No sólo el obispo y los sacerdotes vestían sus dignas sotanas y símbolos del cargo, sino que profesores, abogados, jueces, militares, oficinistas, etc., asumían la indumentaria y condecoraciones honoríficas propias de la dignidad de su trabajo.

“¡Qué elitista!”, se podría exclamar entonces.

Todo lo contrario. No hablamos sólo de la clase alta y los profesionales. Consideremos este panorama de la sociedad inglesa de clase media en el conocido cuadro conocido como “La boda en Bermondsey”.


El cuadro se ha comentado a menudo por los diversos estilos de ropa que lleva la gente sencilla de la época. La indumentaria abarca desde elaborados vestidos que eran obvias imitaciones de la vestimenta de la clase alta hasta ropa de trabajo “ordinaria” y uniformes militares.

Sin embargo, esta vestimenta “ordinaria”, así como el porte de las personas, parecen casi regios para los estándares modernos. Cada atuendo expresa el grado variable de responsabilidad de la función que el hombre desempeña en la estrecha comunidad orgánica. Cada hombre refleja un sentido de la dignidad de su trabajo, y también su propia condición de hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios.

Cualquiera que sea la clase social, en una época preocupada por elevar al hombre, una época sedienta de dignidad, grandeza y seriedad, la indumentaria -común o profesional- acentúa la impresión de estos valores en cada persona.


La Revolución Cultural

Si entendemos la Revolución como la abolición de un orden natural y bueno de las cosas para sustituirlo por un orden de cosas malo, podemos empezar a analizar la Revolución Cultural que ha cambiado las costumbres, hábitos y formas de ser del hombre actual. La Revolución Cultural incluye una revolución en el estilo, en la que un nuevo tipo de ropa y forma de ser suelta, relajada, igualitaria y vulgar vino a sustituir el orden y los valores existentes que habían sido cultivados por la Civilización Cristiana.

La Revolución de la Sorbona de Mayo del 68, que encontró su correlato en la revuelta estudiantil de la Universidad de Berkeley en Estados Unidos, fue la explosión en el ámbito cultural de un tipo de igualitarismo tan radical en su propio sentido como el comunismo soviético. Los revolucionarios de mayo del 68 tomaron durante unos días la Universidad de la Sorbona, rebelándose contra todos los patrones culturales y morales establecidos. Se declararon libres de toda restricción y control. “Prohibido prohibir” era la máxima que resumía el movimiento. Los estudiantes crearon allí un modelo que repetirían los jóvenes rebeldes de las universidades de todo el mundo.

Estos jóvenes no reclamaban el poder político, sino una revolución cultural. Abogaban, por ejemplo, por una libertad sexual total, un igualitarismo completo entre los sexos y las clases sociales y el fin de todas las inhibiciones y prohibiciones. Como consecuencia del impacto de la Revolución de la Sorbona, las vestimentas y costumbres de decencia y decoro que exigían esfuerzo o austeridad fueron desapareciendo paulatinamente, para dar paso a ropas y modales “informales”, que se convirtieron en los símbolos de los estilos hippie y punk.


Algunos de esos estilos llegaron a ser aceptados por el gran público, como la minifalda y las bermudas, que son sutiles invitaciones al nudismo, que también era cada día menos rechazado. Pendientes para los hombres, collares y pulseras de cuentas, pelo largo y las consiguientes coletas: estos símbolos radicales de la revolución de estilo de los años 60, hoy se han convertido en algo habitual en las calles e incluso en las iglesias. Sí, incluso en los círculos tradicionales.

Estas costumbres, antaño chocantes, hoy se consideran incluso suaves al lado de los piercings, los tatuajes y otros estilos punk actualizados. Algunos de los hombres que adoptan estos “nuevos” estilos tienen un aspecto claramente sucio y salvaje: son los herederos directos de la revolución hippie. Otros, adoptando muchas de las mismas costumbres, se presentan limpios y afeminados. La tendencia general, por lo que puedo observar, va y viene entre estos dos polos.

Por poner otro ejemplo, un símbolo importante de esta Revolución de los '60 fueron los ahora comunes vaqueros azules. Antes de esta Revolución Cultural, los vaqueros eran ropa de trabajo común para vaqueros y rancheros por su práctica durabilidad. Los años 60 transformaron el vaquero azul en un símbolo de las tendencias “igualitarias” y “democráticas” de la época. Desteñidos, rotos, ajustados y unisex, se convirtieron en el uniforme del estudiante revolucionario.

En su libro The Empire of the Ephemeral (El imperio de lo efímero), el escritor francés Gilles Lipovetsky relata: “El movimiento hacia los vaqueros anticipó la irrupción de la contracultura y el espíritu generalizado de contención que dominó desde finales de los años 60” (París, Gallimard, 1987, p. 95).

La Revolución de Mayo del '68 se expresó más por la forma de vestir, de sentir y de actuar y pensar espontáneamente que por el adoctrinamiento explícito en las teorías de Marx y Freud. Consecuencia: hoy, los vaqueros los llevan tranquilamente no sólo los jóvenes, sino hombres y mujeres de todas las edades y en todas las ocasiones. Es decir, este símbolo de la Revolución se ha convertido en una costumbre, casi una tradición...

Éste es sólo un ejemplo de una sutil y profunda imposición de la Revolución Cultural.


Una profunda transformación de la vestimenta y la forma de ser

Ahora, unos 30 años después de la Revolución Hippy, podemos ver que esta Revolución igualitaria ha producido profundas transformaciones en la mentalidad de los hombres de hoy en día -incluso de los que se autodenominan conservadores.

La vestimenta empezó a cambiar de un modo que acentuaba cada vez más la idea no sólo de igualdad entre sexos -con ropa cada vez más unisex-, sino también la noción de igualdad entre clases sociales. La diferenciación en el vestir que aún quedaba en los años '60 para indicar una clase o un oficio de la vida ha desaparecido en gran medida. El hombre de negocios y el abogado se quitan el traje, el profesor se parece al estudiante, el médico a su jardinero.

En efecto, la consecuencia de la filosofía subyacente a esta Revolución fue la creación de una cultura igualitaria, vulgar y sexualmente liberada que sustituyó a la cultura católica caracterizada por las desigualdades armónicas y las costumbres castas.


Para ilustrar lo que digo, miren en el hombre de la imagen e intenten adivinar su profesión. No voy a aventurar aquí una opinión por miedo a denigrar cualquier ocupación digna. De hecho, se trata de un ingeniero informático “en demanda”, un profesional que eligió fotografiarse así para un artículo de la revista Time (3 de julio de 2000 “Is this the End.com?”, p. 44).

¿Qué mentalidad revelan esa ropa y ese collar? Desde luego, no un sentido de la dignidad, la responsabilidad y la elevación de espíritu que cabría esperar de un hombre profesional. La nueva forma de vestir y de ser del “todo vale” no da oportunidad a las almas de reflejar los valores morales y la noción de jerarquía necesarios para el buen orden de cualquier sociedad sana.


Una restauración de las costumbres

Muchos jóvenes de hoy se han convertido en admiradores de la Cristiandad y buscan su restauración, que merece todos los elogios. Pero no será sólo restaurando la Misa en latín, combatiendo el aborto o reaprendiendo la Doctrina Católica como se rehará la Cristiandad. Son esfuerzos loables que deben hacerse y que cuentan con todo mi apoyo, pero no abarcan todo el panorama.

Porque la Cristiandad siempre se ha entendido como una proyección de los principios católicos en todos los aspectos de la esfera temporal. Por lo tanto, se establece en la medida en que los principios de la Doctrina Católica conforman también las costumbres y el modo de ser del pueblo. Esto incluye, obviamente, la vestimenta del hombre. Cuanto más cristiana sea una civilización, más viril, digna y noble será la vestimenta de los hombres, desde el más alto dignatario hasta el más humilde trabajador. Llevarán una vestimenta digna, acorde con su cargo y posición en la vida, no sólo en Misa, sino dondequiera que vayan. Esto es lo que se observa en la vestimenta de otros tiempos.

¿Estoy sugiriendo aquí que para ser católicos tenemos que volver a los estilos de la Edad Media? Evidentemente, no. Pero es necesario que el hombre de hoy comprenda y respete el principio que subyace a la idea de que la indumentaria debe reflejar la adecuada diversidad de situaciones y clases que existe en todas las sociedades bien ordenadas, en lugar de adoptar inconscientemente los estilos revolucionarios de nuestros días que hacen hincapié en la comodidad y la facilidad.

Ayudaría al hombre analizar cuidadosamente hasta qué punto la Revolución de las costumbres se ha infiltrado en su ambiente cotidiano, y tal vez en su propio vestuario y porte, para poder empezar a contrarrestar esta insidiosa afrenta a las buenas costumbres católicas. Esto exigirá del hombre moderno una gran autodisciplina, un gran amor a la grandeza y a la jerarquía, un gran amor a la seriedad y, sobre todo, un gran amor a Dios.

El resultado, como ha demostrado la historia, merecerá la pena. Tendrá el respeto de su familia y de la sociedad y, lo que es más importante, el respeto de sí mismo. También sabrá que por su vestimenta, porte y forma de ser, en todo momento da gloria a Dios.



TESTIMONIO DE UN CONVERSO

La justicia de un Dios paciente pronto golpeará, recurrir a Dios ahora es muy oportuno.

Por Mons Richard Williamson


He aquí otro converso reciente que ha recibido mucha luz en un mundo sumido en las tinieblas de la soberbia. El hombre moderno cree realmente que con su mezquina “razón” y su “ciencia” materialista ha encontrado el verdadero camino hacia la buena vida, y que ya no necesita a Dios Todopoderoso. Pero Dios no abandona a sus pobres criaturas humanas descarriadas, de hecho el viejo dicho católico irlandés es tan cierto como siempre, si no más: La ayuda de Dios está más cerca que la puerta. Si no más, porque, como dice la Escritura, “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Romanos V, 20). Esto sólo puede significar que la abundancia actual de mal que nos rodea debe ser un buen momento para buscar a Dios, a través de Jesucristo: “Yo soy la Luz del mundo, el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn. VIII, 12).  Sigue leyendo.
Permítanme escribirles para darles las gracias por toda la ayuda que recibí para encontrar mi camino de regreso a la verdadera Fe Católica a través de la Misa en latín. Nací en 1963, crecí en Melbourne, Australia, y fui criado como católico en el Novus Ordo. No tenía ni idea de lo que fue el Vaticano II hasta hace poco, ni de que la Misa y la Fe habían sido tan desastrosamente alteradas para llevar al colapso a la Iglesia. Simplemente tomé la forma en que la misa había sido “cambiada” como algo normal. En realidad, a los veinte años dejé de ir a esa Misa y abandoné la Fe, debido a las distracciones del mundo, y porque sentía que había muy poco allí que realmente conectara con mi espíritu.

Fue sólo cuando la “pandemia” surgió de repente, que me di cuenta de que había algo profundamente malvado en el mundo. A lo largo de los años, escuché sobre usted en varios podcasts de Andrew Carrington Hitchcock y sobre sus sermones en Youtube, en aquellos días en que usted no estaba tan censurado como ahora. 

Poco a poco descubrí lo que era la Verdadera Fe Católica, y cómo la dirección del mundo moderno está totalmente en contra, tanto de la Fe como del sentido común. Entonces, cuando vi las cuatro partes de “Confusion now hath made his masterpiece” (La confusión ahora ha hecho su obra maestra), todo encajó en su sitio. Pude ver lo que el liberalismo y la decadencia de la creencia en Jesucristo han hecho al mundo occidental: El liberalismo ha hecho del mundo un pozo negro de maldad y locura.

Con el tiempo, volví a la Misa y a los sacramentos. También empecé a ir a la Misa en latín en Melbourne, donde tuve una muestra mucho más amplia del verdadero catolicismo, y me di cuenta de que la recepción de la comunión y muchas otras prácticas en el Novus Ordo no son reverentes en absoluto. Estas cosas obviamente surgieron del Vaticano II.

Durante los encierros, caminaba frecuentemente con un amigo mío, y un día él me contó sobre el día en que vio a un salvavidas de surf tener un ataque al corazón mientras estaba nadando en una playa local. Me di cuenta de que yo podía morir en cualquier momento, y que entonces me enfrentaría al Juicio y a la eternidad.

Hoy en día, el mundo está totalmente enfermo, ya que la mayoría de la gente ha abandonado a Dios. La humanidad quiere a Satanás como su amo. Es por eso que los seres humanos han sido tan fácilmente manipulados por la estafa del “covid
 y todas sus tonterías y también han sido engañados para que se inoculen un experimento mortal. Doy gracias a Dios porque me dio la gracia de poder ver las mentiras que los medios de comunicación nos estaban diciendo desde el principio en la llamada “pandemia”.

He llegado a la conclusión de que el Santo Rosario es la única arma que puede cambiar la marea contra el mal. Por eso la Virgen lo pide siempre. 

El mundo se dirige directamente hacia el infierno, y sólo la intervención de Dios Todopoderoso puede detener la podredumbre mortal y restaurar el orden. Realmente creo que un gran Castigo caerá sobre este mundo en los próximos cinco a diez años como máximo, y que los Tres Días de Tinieblas estarán a nuestra puerta muy pronto, porque esta es la única manera de que Dios corrija a la humanidad.

Kyrie eleison

LO QUE EL OJO NO HA VISTO: UNA VISIÓN DE LA EDUCACIÓN CATÓLICA

El educador católico sabe que no se limita a impartir ideas a los estudiantes. En última instancia, está transmitiendo a Cristo a las almas de sus alumnos.

Por Matthew Malicki


Santiago envió un fuerte mensaje y advertencia a los cristianos de su tiempo cuando les aconsejó: “No dejéis que muchos de vosotros se hagan maestros, hermanos míos, porque sabéis que los que enseñamos seremos juzgados más estrictamente [que los que son no maestros]” (Santiago 3:2). Esta advertencia fue diseñada, sin duda, para desalentar a las personas que no tenían una vocación real para el oficio y el deber de “maestro”, pero también sirve como una profunda motivación para aquellos que de hecho tienen esta vocación de reflejar a Cristo Maestro. Si uno aspira a este oficio de enseñar a sus compañeros cristianos la doctrina de Cristo y las verdades alcanzables a través de las ciencias humanas, entonces debe tener mucho cuidado de hacerlo como alguien irreprochable tanto en su conducta como en sus palabras. No sólo debe ser un reflejo de la verdad en lo que dice a sus alumnos, sino que debe ser, en cierto modo, un icono de lo que es vivir la verdad.

Entonces, los maestros son más eficaces cuando son santos. Por supuesto, es más fácil decirlo que hacerlo, pero no es imposible. No es imposible porque Cristo lo ordena. Cristo no exige lo imposible y nos recuerda en Su Palabra a través del Arcángel Gabriel que “nada es imposible para Dios”. En otro lugar Jesús mismo dice directamente que “para los hombres esto es imposible, pero para Dios todo es posible”. La “imposibilidad” de imaginar a Cristo Maestro no debería hacer que uno se aleje del llamado de ser educador, sino que debería animarlo a depender mucho más de la gracia de Cristo. Dios verdaderamente desea realizar el milagro de la santificación en la vida del educador.

Sin embargo, la fe es absolutamente necesaria para que esto suceda. En otro lugar, Jesús nos recuerda que lo imposible es posible con fe. Alguien se acercó al Señor pidiendo una curación y la matizó diciendo: “Si puedes hacer algo, ten piedad de nosotros y ayúdanos” (Marcos 9:23). El educador puede verse tentado a presentar una queja similar e impotente a Dios y decir: “¡Señor, me has llamado a ser modelo de ti mismo para estos estudiantes! Si puedes, ¡trabaja a través de mí!” Jesús responderá de la misma manera que lo hace en el siguiente versículo de Marcos 9:24: “¿Cómo si tú puedes?”,
 dijo Jesús. “Todo es posible para quien cree”El educador debe creer más en la misericordia de Dios y en el deseo de Cristo de santificarlo que en su propio sentimiento de indignidad, pecaminosidad o incapacidad.

Un educador católico no es un educador normal. Ha sido transformado por Cristo en una nueva creación. Se le ha confiado la tremenda tarea de enseñar la verdad en todas sus diversas manifestaciones: filosofía, teología, matemáticas, historia, biología, etc. El educador católico sabe, sin embargo, que no se limita a impartir ideas a los estudiantes. En última instancia, está transmitiendo a Cristo a las almas de sus alumnos. Jesús le dijo a Pilato: “Todo aquel que pertenece a la verdad, mi voz oye” (Juan 18:37). En otras palabras, Jesús está admitiendo que Él está presente dondequiera que haya verdad, ya que Él mismo es “el Camino, la Verdad y la Vida” (Juan 14:6). El educador católico es, por su mismo oficio, “consagrado en la verdad” (cf. Juan 17:17), Sin embargo, de él depende que esta consagración se viva realmente. Puede dejar que la verdad le transforme por completo o puede seguir siendo un educador sólo de nombre. Desde luego, no lo hará por dinero!

¡Por supuesto, las riquezas de ser educador superan con creces las ganancias monetarias! Si uno toma en serio el oficio y la responsabilidad, descubrirá una inmensa fecundidad para su propia alma y en la bondad que trae al mundo a través de sus alumnos. Los profesores influyen directa y poderosamente en las personas bajo su cuidado y, por lo tanto, influyen indirectamente en el resto del mundo. Existe un potencial ilimitado para que la influencia de un maestro cambie positivamente el mundo. Por supuesto, a la inversa, un maestro que no cumple con su deber puede tener efectos desafortunados en el mundo que lo rodea. Podemos pensar, por un momento, en la influencia opresiva de un profesor de filosofía ateo militante en una universidad. Puede socavar muchas cosas buenas y encaminar a sus alumnos hacia vidas centradas en presunciones falsas sobre la moralidad, la vida, los valores, etc. Los falsos pastores y los maestros engañosos tendrán mucho de qué rendir cuentas ante el tribunal de Dios, porque no sólo permitieron que sus propias almas fueran envenenadas, sino que robaron a muchos otros la inocencia del alma que proviene de la adquisición de la verdad. ¡Todos los maestros deben tener cuidado de hablar y vivir siempre la verdad, de lo contrario pueden encontrarse con un gran grupo de personas siguiéndolos hacia un pozo! “¿Pueden los ciegos guiar a los ciegos? ¿No caerán ambos en un hoyo? (Lucas 6:39)

El maestro/educador debe ser guiado por Cristo y permanecer cerca de Su guía. Esta conformidad con el camino de Cristo asegurará que el maestro/educador pueda guiar adecuadamente los pies de sus alumnos “por el camino de la paz” (Lucas 1:79). Porque sólo hay un verdadero Maestro, como dice Jesús: “Un solo Maestro tenéis, el Cristo” (Mateo 23:8). Es interesante notar que, en este mismo versículo, Jesús les da a conocer a Sus discípulos que no deben ser llamados “Rabí” o “Maestro” precisamente porque el Cristo es el Maestro de todos. De hecho, atrae a ciertos hombres y mujeres para que participen en su oficio de enseñar, pero son verdaderamente maestros sólo si ellos y sus enseñanzas están conformados a Cristo. Nadie puede ser llamado “Maestro” olvidando a Jesús y la exigencia de que Su vida brille a través del ejemplo y la enseñanza auténticos del educador.

El objetivo del educador es señalar más allá de sí mismo. Es completamente posible tener tremendos dones tales que uno pueda ser una especie de “flautista” para sus estudiantes, capaz de guiarlos a donde uno quiera ir. Si bien es ciertamente útil para alcanzar las metas educativas de los estudiantes si uno tiene cierto carisma o personalidad que evoque la confianza de los estudiantes, esto no es suficiente en sí mismo. El “flautista” siempre debe señalar a Jesús como el fin y propósito de lo que sucede en el aula. Ya sea que uno enseñe con voz monótona (como el cardenal San Juan Henry Newman) o con un tremendo retórico (como San Agustín), uno puede y debe mostrar el camino a los estudiantes, siendo ese “Camino” Jesús mismo.

Santo Tomás de Aquino subraya que todos los hombres pueden ser maestros en la medida en que sean capaces de transmitir la verdad a otro. En el artículo 1 de la Summa Theologiae Parte IQ 117, Tomás de Aquino admite que “el maestro causa conocimiento en el alumno”, pero insinúa en otra parte que el maestro hace esto de una manera que depende completamente de la acción de Dios. En la Summa Contra Gentiles Libro I Cap. 1, Tomás de Aquino dice: “Ahora bien, el fin último de todo es aquello que pretende el autor principal o el motor de ello. El principal autor y motor del universo es la inteligencia. . . Por tanto, el último fin del universo debe ser el bien de la inteligencia, y esa es la verdad”. Es el autor/motor principal (es decir, Dios) quien pretende y permite cualquier logro de la verdad, y cuando esto se logra, se hace a través de Él. Cuando se enseña y aprende la verdad, Dios está ahí porque Dios es la verdad. Tomás de Aquino continúa diciendo en el mismo párrafo mencionado anteriormente que el propósito específico de Dios al encarnar la Palabra en carne humana fue precisamente la exposición de la verdad. “Y por eso la Sabiduría Divina, revestida de carne, testifica que vino al mundo para la manifestación de la verdad: Para esto nací, y para esto vine al mundo, para dar testimonio de la verdad”. Sea consciente de ello o no, el educador cumple la voluntad de Dios cuando transmite la verdad.

Sin embargo, al educador le corresponde la tarea de participar en la formación no sólo del intelecto del alumno sino de toda su persona. Cristo se hizo carne no para compartir conceptos intelectuales sino para transformar vidas invitando a las personas a conformarse por completo a la verdad. El educador informa los intelectos e inspira las voluntades de sus alumnos hacia una vida de amor y virtud. En la medida en que él, como maestro, sea perfeccionado en la verdad de Cristo, será mucho más eficaz en producir alumnos maduros, inteligentes y santos. Habrá tenido éxito cuando haya inculcado en sus alumnos el deseo de buscar la verdad por sí mismos, incluso al margen de sus enseñanzas. Él debe hacer aprendices de por vida. El educador está encargado de producir aprendices entusiastas de la verdad y esto significa mostrarles el esplendor de la verdad.

Esto significa mostrarles, en su propia vida, lo que la verdad puede hacerle a una persona. Si permite que la verdad de Cristo invada su propia vida, entonces, en la medida en que haya dejado venir a Cristo, manifestará los frutos del Espíritu Santo: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio; contra tales cosas no hay ley
(Gálatas 5:22–23). Estos frutos son deseables para todas las personas y actúan como poderosos motivadores para el observador del cristiano que los posee. El hombre lleno de verdad es recompensado con una vida pacífica y alegre. Esto es una prueba de la validez de su enseñanza. El maestro, en cierto modo como San Pablo, necesita ser el tipo de persona que puede decir honestamente: “Sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo” (1 Corintios 11:1). Si un estudiante tiene ojos para ver y oídos para oír, se dará cuenta de que su profesor católico de matemáticas o historia o filosofía no es simplemente un profesor; es un profesor muy feliz. Es un profesor que ama la vida y a las personas. Esto se debe a que se esfuerza por amar a Dios con todas sus fuerzas. Lo hace porque así se lo enseñó algún profesor en su vida (ya sea en un aula formal o no).

Estos son los días en que la hipocresía de la vida socava absolutamente la validez de la profesión de ideas. En otras palabras, si un educador católico ha de ser eficaz a la hora de transmitir a los estudiantes el valor de sus lecciones –ya sea de geometría o de teología– debe vivir su vida de acuerdo con el Evangelio. Un profesor de matemáticas enfadado e impaciente producirá más fácilmente alumnos que odian las matemáticas que un profesor de matemáticas paciente y alegre. Pablo VI dijo en Evangelii Nuntiandi §41: “El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan —decíamos recientemente a un grupo de seglares—, o si escuchan a los que enseñan, es porque dan testimonio”.
 El educador católico estará perdiendo su tiempo a menos que sus alumnos estén convencidos de que realmente se preocupa por ellos y desea profundamente honrar a Cristo sobre todas las cosas. Si un educador no acierta en las cosas más importantes de la vida (es decir, en cómo vivir bien), entonces lo que enseña puede resultar sospechoso o, como mínimo, carente de interés.

Cristo el Maestro fue muy atractivo para sus oyentes. “Nunca nadie habló como lo hace este hombre” (Juan 7:46). Jesús enseñó de tal manera que asombró a sus oyentes. Jesús se basó en la autoridad que le vino del Padre. Esta era la autoridad de la verdad. “Cuando Jesús terminó estas palabras, la multitud quedó asombrada de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como sus escribas” (Mateo 7:28–29). La enseñanza de Jesús fue sorprendente y atractiva porque era diferente a la de los otros maestros. Era diferente porque era verdadero y estaba lleno de amor. Aquellos que estaban abiertos a la verdad reconocieron el poder de las palabras de Jesús. Debería haber algo que distinga a un educador católico. Sus palabras deben estar imbuidas de poder y amor. Su corazón debe parecer cálido y acogedor. Como San Juan Bosco, debe ser tan eficaz que pueda llegar al niño más destrozado, de corazón duro o indiferente. Debería ocupar el lugar de Cristo y llevar la verdad y el amor a sus alumnos.

Las Escrituras señalan: “la Sabiduría ha sido reconocida como justa por todos sus hijos
(Lucas 7:35). 
El maestro sabio y hábil puede conectar con los alumnos que están abiertos a la sabiduría. El maestro sabio y hábil es capaz incluso de abrir los corazones a las delicias de la sabiduría, aunque en ese momento estén obsesionados con los placeres mundanos. Por supuesto, algunos corazones se niegan a abrirse sobre la roca de la verdad, como fue el caso de muchos de los fariseos y saduceos que se negaron a seguir la melodía de la Sabiduría encarnada: “Os tocamos la flauta, y no bailasteis; os cantamos un canto fúnebre, y no os lamentasteis” (Mateo 11:17). El maestro no puede hacerlo todo. El alumno tiene un papel que desempeñar. Hay una respuesta adecuada a la verdad, y se llama aceptación y adhesión. Así como una melodía deliciosa provoca una danza de celebración o como un canto fúnebre entristece, los movimientos de la Sabiduría producen ciertas respuestas en el alma que acoge la verdad. Sin embargo, debido al libre albedrío, el oyente de la Sabiduría puede elegir no seguir sus indicaciones hacia una vida mejor. Alguien que ha sido creado para bailar puede negarse a entrar en la pista de baile.

Así pues, el educador católico debe cumplir su parte del trato y ser lo más dócil posible al Espíritu Santo. Sin embargo, no todos siguieron a Cristo y a sus Santos. En cualquier caso, el educador católico sigue teniendo una responsabilidad sobre las almas de sus alumnos y debe rezar mucho por ellos. Debe sacrificarse por ellos, ayunar por ellos. Debe utilizar todos los medios disponibles -naturales y sobrenaturales- para librar a sus alumnos de las tinieblas de la ignorancia y la insensatez. A veces, un alumno puede estar tan inmerso en su propio mundo que sólo mediante la oración y el sacrificio puede llegar a convertirse a Cristo. Jesús observó que algunos demonios sólo salen mediante la oración y el ayuno (cf. Mateo 11:21). Cuanto más fuerte sea el rechazo que uno recibe de un alumno, tanto más fuerte debe ser el compromiso de uno con la santidad y el amor hacia ese alumno. El maestro debe seguir el ejemplo de Cristo Maestro y estar dispuesto a dar la vida por sus ovejas. Jesús sufrió en la cruz para dar nueva vida a sus discípulos. Del mismo modo, el educador católico debe ofrecerse voluntariamente como holocausto de amor al Padre en favor de sus alumnos errantes.

“Un educador es aquel que se dedica al bienestar de sus alumnos, y por esta razón debe estar dispuesto a afrontar todos los inconvenientes, todas las fatigas con tal de lograr su objetivo, que es la educación civil, moral e intelectual de sus alumnos”. Así dice San Juan Bosco en su explicación del llamado "Sistema Preventivo en la Educación de la Juventud" que él desarrolló. Aquí, el Santo señala que la tarea del educador católico no consiste únicamente en centrarse en la formación intelectual de los alumnos. Más bien, el educador debe preocuparse por la formación de toda la persona y avanzar hacia una madurez cristiana en todos los ámbitos de la vida. Por supuesto, se trata de una tarea ingente de la que ningún educador debería sentirse el único responsable. A menudo, un alumno tiene la ventaja de contar con muchos profesores a los que puede acudir en busca de orientación y de un buen ejemplo. En el sistema educativo actual, las distintas disciplinas se reparten a menudo entre varios profesores y el alumno puede beneficiarse de una panoplia de instancias de la forma “profesor”. Sin embargo, los padres son los principales educadores de un alumno. La influencia de los padres es enorme comparada con la del profesor de su hijo, para bien o para mal.

Gravissimum Educationis, el documento sobre educación del Concilio Vaticano II, enseña: “Puesto que los padres han dado la vida a los hijos, están gravemente obligados a la educación de la prole y, por tanto, ellos son los primeros y principales educadores. Este deber de la educación familiar es de tanta trascendencia que, cuando falta, difícilmente puede suplirse (Gravissimum Educationis, 3). Educadores santos como San Felipe Neri y San Juan Bosco a menudo tuvieron éxito en ser conductos de la gracia de Dios que “hace todas las cosas para el bien de aquellos que lo aman” (Romanos 8:28) Sin embargo, si bien la gracia de Dios puede suplir lo que nos falta, no debemos presumir de ello. Dios encarga a los padres que modelen la virtud e impartan sabiduría a sus hijos y así formen a sus hijos como miembros santos y bien adaptados de la sociedad, capaces de construir el Reino de Dios.

El documento del Vaticano II continúa señalando que, si bien la responsabilidad principal pertenece a los padres, no pueden hacerlo solos:
“El deber de la educación, que compete en primer lugar a la familia, requiere la colaboración de toda la sociedad. Además, pues, de los derechos de los padres y de aquellos a quienes ellos les confían parte en la educación, ciertas obligaciones y derechos corresponden también a la sociedad civil, en cuanto a ella pertenece disponer todo lo que se requiere para el bien común temporal” (Gravissimum Educationis, 3).
Es apropiado que el documento continúe describiendo el papel de la Iglesia en este ámbito como el de una madre en la educación de sus hijos.

Es un esfuerzo colaborativo de la comunidad en general para formar un ser humano en la madurez cristiana. Incluso Jesús mismo, que es el Verbo hecho carne, eligió que su humanidad se formara en el contexto de una familia y una comunidad local. Su madre y su padre adoptivo le enseñaron a leer y contar. Le enseñaron a navegar por las Escrituras. Le enseñaron la geografía de la región local y le explicaron cómo funcionaba el gobierno local. Sus parientes y otros hombres y mujeres de la comunidad le habrían enseñado a realizar diversas tareas propias de la época y la cultura. Jesús, en su voluntad de asumir una naturaleza humana, nos muestra cómo debemos responder a la educación que nos llega de nuestros padres, escuelas y comunidad local. Por supuesto, Él tuvo la ventaja de estar libre de pecado y error, pero su vida misma de obediencia a María y José y a las leyes de su pueblo ejemplifica lo que significa ser un estudiante. Porque todo maestro fue una vez alumno.

Esta importante lección debe resplandecer ante los alumnos como educador católico. Uno debe estar siempre en proceso de aprendizaje y debe buscar siempre ampliar las perspectivas de su formación y conocimiento. Nunca se “ha llegado” a la búsqueda de la sabiduría y la madurez. Los alumnos deben percibir en sus profesores una humildad intelectual tal que les lleve a asombrarse cada vez más ante las profundidades de las riquezas, de la sabiduría y de la ciencia de Dios. “Cuán inescrutables son sus juicios e inescrutables sus caminos!” (Romanos 11:33). Aunque una niña pueda mirar a sus padres como si lo supieran todo, pronto descubrirá que incluso mamá y papá tienen capacidades limitadas y que sólo hay Uno que lo sabe todo. El educador tiene que infundir un entusiasmo infantil ante la Sabiduría de Dios para que el alumno nunca presuma de pensar que ya no tiene nada más que aprender. El educador mismo debe ejemplificar esta noción en su actitud. ¡Qué hermoso es que el educador católico se esfuerce por ser un icono de lo que significa ser alumno ante el Gran Maestro!

En conclusión, los educadores católicos tienen una elevada vocación que conlleva un tremendo honor y una profunda responsabilidad. Debe inspirar a sus alumnos a buscar la sabiduría divina no sólo con sus palabras, sino también con su conducta. Debe colaborar con otros profesores y con los de la comunidad (entre los que no faltan los propios padres de los alumnos) en la misión de formar a los niños/alumnos y ayudarles a crecer en la caridad hasta “la plena estatura de Cristo” (Efesios 4:13). Cuando un alumno debe alejarse de un profesor, debería alejarse mejor, más humilde, más cariñoso y considerado y, en general, más virtuoso de lo que era antes.

La influencia de un maestro puede ser poderosa tanto en forma positiva como negativa y esto debe hacer que el Temor del Señor (un Don del Espíritu Santo) crezca en el corazón del educador. Debemos recordar de nuevo la amorosa advertencia de Santiago (que se atrevió a decirle a Jesús que podía beber el mismo cáliz que bebió su maestro): “No os hagáis maestros muchos de vosotros, hermanos míos, porque sabéis que los que enseñamos seremos juzgados más severamente [que los que no son maestros]” (Santiago 3:2). Por otro lado, sin embargo, el maestro en el Cielo obtendrá beneficios maravillosos. Creo que no es inadecuado aplicar a aquellos maestros que nos han precedido y ahora están en el Cielo esa oración que la Iglesia ofrece en su liturgia para los pastores: “Porque, así como en la fiesta de [este educador católico] haces regocijar a tu Iglesia, así también la fortaleces con el ejemplo de su santa vida, la enseñas con sus palabras de predicación y la mantienes a salvo en respuesta a sus oraciones” (Prefacio de los Santos Pastores). Después de todo, los educadores católicos, de modo análogo al de los Pastores, participan del oficio real de Cristo Pastor, que enseña todo el camino hacia la vida eterna. Pongamos nuestra esperanza en Cristo para que podamos compartir su visión beatífica de la Sabiduría Eterna. Que seamos capaces de continuar nuestro ministerio de educación católica en el Cielo guiando en oración a los corderos de Cristo Buen Pastor de una manera nueva que “ojo no vio, ni oído oyó” hasta ahora en nuestro sistema de educación católica.


Homiletic & Pastoral Review


sábado, 30 de diciembre de 2023

QUINTA PARTE DEL LIBRO "VIDAS DE LOS HERMANOS" (CAPITULO II)

Continuamos con la publicación de la Quinta Parte del antiguo librito (1928) escrito por el fraile dominico Paulino Álvarez (1850-1939) de la Orden de Predicadores.


QUINTA PARTE

DEL LIBRO INTITULADO

"VIDAS DE LOS HERMANOS"

CAPITULO II

DE LA MUERTE FELIZ DE LOS HERMANOS

I. Contaba el Venerable P. Fr. Mateo, primero y último Abad de nuestra Orden, y después por largo tiempo Prior en París, que cuando Fr. Reginaldo, de santa memoria, antes Decano de Orleans, estaba próximo a la muerte, se le acercó él rogándole que permitiera administrarle la Unción, porque se aproximaba el trance supremo. Al cual contestó aquel Bienaventurado:

- No temo ese trance, sino más bien lo espero y vivamente lo deseo. Pues me ungió en Roma la Madre de Misericordia, y en ella confío y a ella con ansia me voy. Sin embargo, para que no parezca que menosprecio la Unción de la Iglesia, la quiero y la pido.

Y después de haberla recibido, puestos de rodillas los Hermanos y orando, se durmió en el Señor.


II. El Maestro Jordán, de bienaventurada memoria, escribió en su libro como sigue:
Cuando en París vistió nuestro hábito Fr. Everardo, Arcediano de Langres, varón de grandes virtudes, en el trabajo extremo, próvido en el consejo, cuanto más renombrado había sido antes en el siglo, tanto más edificante fue después con la pobreza. Yendo conmigo a Lombardía, por ver al Maestro Domingo, cayó enfermo en Lausana, donde antes había sido elegido Obispo, dignidad a la que había renunciado. Y como viese a los médicos que se ponían tristes y hablaban bajo, me dijo: 

- ¿Por qué me ocultan el fin de mi vida? No temo morir. Ocúltese el mal a los que recuerdan la muerte con amargura. No teme la disolución de casa terrena quien espera verla conmutada por otra no fabricada por el hombre, sino eterna en los cielos. 

Y terminó esta vida trabajosa, pronto sí, pero felizmente. Es para mí indicio de su gloria el ver que, en lugar de la pena que creí sufrir con su muerte, por ser él tan buen compañero y a la Orden tan útil, me sentí, por el contrario, penetrado de una tal alegría y devoción que comprendí no debía llorar al que había pasado a mejor vida.


III. Fray Conrado, varón religioso y Lector excelente, de cuya conversión se habla en la vida del Bienaventurado Domingo, habiendo anunciado su muerte y el lugar, y hallándose en Maderberth (Alemania) con fiebres continuas, díjole el Hermano que le servía:

- Fray Conrado, Cristo te llama, avísanos cuando venga con sus ángeles a visitarte.

Inclinó el enfermo la cabeza prometiéndoselo; y la víspera de la Bienaventurada Catalina, presente el Prior y los Hermanos, comenzó con dulce voz a cantar:

- Cantad al Señor un cántico nuevo,  Aleluya.

Nada más podía decir. Los ojos los tenía cerrados como un muerto. Y diciendo los Hermanos los siete salmos, abrió de repente los ojos y mirando a todos dijo:

- El Señor sea con vosotros.

Contestaron ellos:

- Y con tu espíritu.

Y él añadió:

- Que las almas de los fieles, por la misericordia de Dios, descansen en paz.

- Amén -respondieron.

Y como no contestase al Prior que le hablaba, empezó la comunidad el cántico de los grados, y al llegar al verso: "Este será mi descanso por los siglos de los siglos", levantando el brazo, apuntando con el dedo al cielo, la boca risueña e iluminado el rostro, expiró. Dijo entonces el Prior, llorando, al Hermano que le servía:

- De veras Fray Roberto, cumplió lo que le pediste.

- Postrémonos -dijo a los demás Religiosos- porque en verdad que está presente Nuestro Señor Jesucristo.

Y postrados sintieron muchos de ellos tal dulzura y devoción, cual ni explicar ni creer podían. Los que amortajaron al difunto afirmaron que durante muchos días habían percibido en sus manos una fragancia placidísima y maravillosa. Todo esto me lo contó a mí, Fray Gerardo, el mismo Fray Roberto, predicador bueno, que fue su servidor y a todo estuvo presente.


IV. Fray Pedro de Giocha, Prior de Dinán en la Bretaña francesa, que acostumbraba, hacía muchos años, quedarse en oración al concluir los Maitines, una noche después de retirarse a su cama oyó una voz que le decía:

- Levántate, no des a tu cuerpo descanso; no es ahora tiempo de dormir.

Y se levantó, lo dijo en secreto a su confesor, se postró con lágrimas ante el altar, y aquel mismo día cayó en una enfermedad de que al poco tiempo murió con muerte santa. Es en aquel país tenido como un santo de Dios por la eximia santidad de su vida.


V. Fray Guericio, del convento de Tours, que por mucho tiempo había sido cantor en la Orden, estando enfermo fue súbitamente arrebatado en delirio antes que recibiera los santos sacramentos; y doliéndose sobremanera el Prior de este descuido, reunida la Comunidad, después de mandar a todos que rogasen por el paciente, entraron con velas y la sagrada Comunión a la habitación del Hermano, el cual al ver la Comunidad, interiormente visitado del Señor, volvió en sí, se confesó muy devotamente con el Prior, recibió de sus manos la Eucaristía y después la Unción, concluido lo cual, en presencia de todos, sintiéndose cercano a la muerte, con voz dulce comenzó a cantar:

- Líbrame, Señor, de la muerte eterna... -Y poco después expiró.

VI. Fray Gualterio de Reims, hombre en gran manera amable y elocuente y celador grande de las almas, después de haber predicado largo tiempo con mucho fervor y fruto, cayó enfermo en el convento de Metz, y llegó al extremo de la vida. Recibidos los sacramentos de la Iglesia y exhortándole los Hermanos que le cercaban, a la confianza en el Señor, respondió:

- No temáis por mí; yo muero en la fe verdadera, y en la esperanza segura, y en la caridad perfecta, cual acá es posible.

Y a los pocos momentos subió a Cristo. Contaron esto los Hermanos que allí estaban.


VII. Fray Guillermo, oficial un tiempo de la curia de Sens, cuando recibió la Unción en el convento de Orleans, rogó a los Hermanos que no le hablasen de pecados, ni de las penas del infierno, ni de cosa alguna que inspirase temor, si no sólo de las alegrías del cielo y sus encantos. Cuando los vió que lloraban por la pérdida de un Religioso tan benemérito, tan útil, de todos querido y en la Orden persona veneranda, dijo:

- Hermanos, ¿por qué lloráis? Si voy a la gloria todos debemos alegrarnos; si al purgatorio por algunos momentos, lo tengo merecido. Lo que os aseguro es que al infierno no iré.

Llegó poco después otro Religioso que venía de afuera y no había oído las palabras anteriores, y acercándose al enfermo le preguntó:

- ¿Cómo está usted, Fr. Guillermo? 

- Muy bien -contestó.

Comenzó el Hermano a animarle y exhortarle a la paciencia y confesión; más él, puesto en cierta seguridad santa, dijo:

- Si lo hubiera dejado para esta hora, muy tarde sería.

Y poco después, lleno de admirable esperanza y consuelo, descansó en el Señor.


VIII. En el convento de Dijón, de la misma provincia, estando para morir Fr. Guillermo de Chalons, joven muy devoto, y hallando el Hermano médico que le faltaba el pulso, le dijo éste:

- Alégrate, buen Hermano, que pronto irás a Dios.

El joven enfermo que ésto oye, se llena de alegría extraordinaria y delante de los Religiosos en voz alta comienza a cantar:

- Gloria, alabanza y honor a Ti,  Rey Cristo Redentor -y los tres versos siguientes.

Algunos Hermanos que veían aquella rara piedad, presentáronle una cruz con leño del Señor, e incorporándose, con gran reverencia comenzó él devotísimamente a besarla, y otra vez en alta voz a cantar:

- ¡Oh cruz, salve, esperanza única! -y tan dulcemente que parecía voz angelical.

Después de este cántico no halló más palabras y se durmió en el Señor.


IX. Fray Nicolás, Lector en el convento del Langres, habiendo caído gravemente enfermo y esperando la muerte con cara risueña, le pidió con lágrimas a un Hermano que si había recibido del Señor algún consuelo, se lo dijese. A lo que contestó sin poderlo ocultar por el gran gozo:

- En verdad lo recibí, pues el mismo Señor Jesús me prometió acompañarme a la hora de mi muerte.

- Pues por el mismo Señor - dijo el otro- yo te ruego que con el dedo u otras señas me lo digas cuando le veas presente.

- Así lo haré con mucho gusto -contestó- si el Señor me lo permite.

Al tercer día, agravándose la enfermedad, se tocaron las tablas, corrieron a la enfermería los Hermanos, y esperando todos y orando, levantó el moribundo el dedo y lo dirigió a cierto sitio; y brillando sus ojos, con suavísimo canto empezó a decir:

- Veréis a Jesús en Galilea, como os he dicho, Aleluya.

Terminado lo cual expiró. Contáronme esto, llenos de gozo, los que presentes estuvieron.


X. Hubo en el convento de París un novicio muy devoto y de gran espíritu, al cual, después de administrarle todos los sacramentos, y perdida ya el habla, le pusieron los Hermanos en la boca un poco de caldo por medio de una vasija puntiaguda, con lo cual, vuelto en sí, abrió los ojos y dijo:

- ¡Qué hermoso lugar preparó el Señor para sus hijos!

Fr. Enrique Teutónico que allí estaba, al oír esto, hizo que le diesen otro poco, y abriendo otra vez los ojos el moribundo dijo:

- En paz y en el Señor dormiré y descansaré.

Por tercera vez le dieron unas gotas de caldo, y por tercera vez habló diciendo:

- A los que declinan en sus obligaciones, llevará el Señor con los obradores de iniquidad. ¡PAZ SOBRE ISRAEL! 

Y al instante, descansó en paz. Corriendo Fr. Enrique al salterio glosado, halló que la glosa decía sobre aquel verso: “por el nombre paz se entiende todo bien en la patria”.


XI. En el mismo convento hubo otro Hermano de Lombardía, llamado Fr. Santiago, el cual, atento a sí y al estudio, había llegado a tanta perfección que en su corazón y en su boca no llevaba sino a Jesús crucificado, afirmando no haber cosa más infeliz que no amar a tal Señor. Más, porque era acepto a Dios, no le faltó una tentación; pues habiéndole sobrevenido una enfermedad penosa, él que pensaba poder sobrellevar la misma muerte por Cristo, cayó en tal impaciencia, que nada le agradaba de cuanto le hacían, ni sufría la comida, ni la cama, y ni aún oír podía el nombre mismo del Señor Jesucristo que antes le era dulcísimo, sino que decía que el Señor le había engañado, pues en pago de sus servicios le oprimía con enfermedad tan violenta, que no era dueño ni de su cuerpo, ni de su espíritu. Más orando por él los Hermanos, poco a poco volvió a recobrar la paciencia, y callar en aquella tribulación, hasta el punto de tomar gustosamente lo que antes ni tocar quería, diciendo que todo para él era muy bueno. Fue tan larga su enfermedad que le consumió la carne y las fuerzas todas, sin poderse mover en la cama, sino por mano de otros, pareciendo imposible que en él pudiera habitar el alma. El benigno Jesús que no tenía olvidado a su pobre siervo, derramó con abundancia en las entrañas del afligido el óleo de su gozo, y comenzaron los huesos humillados a regocijarse en tal modo, que deseaba con deseo grande la muerte y se llenaba de alegría inefable cuando le hablaban de ella. Lo cual como oyese el Maestro Jordán, de santa memoria, que entonces había llegado, se fue sin detenerse al enfermo y sentado en la misma cama, dijo:

- No temas, carísimo, que muy pronto irás a Cristo.

A cuyas palabras, sostenido con la ayuda de Dios, se levantó súbitamente y echando el brazo por el cuello del Maestro, clamó:

- Saca, buen Jesús, de la cárcel el alma mía, para que alabe tu santo nombre.

Y cayendo otra vez en la cama, se durmió en el Señor. 

Sírvanos esto de ejemplo para no juzgar mal ni escandalizarnos cuando en la enfermedad vemos a algunos impacientes; que quizás sea dispensación de Dios y misericordia grande lo que parece ira.


XII. Hallándose en el último trance un novicio del convento de Strasburgo en Alemania, y encomendando ya los Hermanos su alma al Criador, abrió inesperadamente los ojos y dijo:

- Oíd, Hermanos carísimos, me pasa lo que a los compradores que en la plaza compran por bajo precio grandes cosas. Yo recibo el reino de los cielos, y en verdad que no sé los merecimientos.

Y dicho esto, descansó en paz.


XIII. Fr. Conrado, Prior de Constanza en Alemania, dio tal ejemplo de admirable paciencia en su enfermedad, aunque gravísima, que se le veía con la sonrisa en los labios decir despacio, devota y dulcemente, aquel cántico del Señor:

- Mi amado para mí, y yo para él, hasta que expire el día y las sombras se inclinen.

Dieciséis días antes de su muerte dijo a los Hermanos:

- Sabed que he de morir de esta enfermedad en la fiesta de Nuestra Señora.

Como así acaeció, pues murió a primeras vísperas de la Natividad de Nuestra Señora y fue sepultado en el día de la fiesta. Su última Misa y su último sermón habían sido de la virgen. 

Reunidos ante él los Hermanos, cuando ya poco le faltaba para morir, dijo:

- Sabed, Hermanos míos, que me muero fielmente, amigablemente, confiadamente y alegremente.

Y lo explicó así:

- Fielmente, porque muero en la fe de Jesucristo y de los sacramentos de la Iglesia. Amablemente, porque desde que entré en la Orden creo haber perseverado en el amor de Dios, y sobre todo, haber procurado siempre hacer lo que era de su mayor agrado. Confiadamente, porque sé que voy a Dios. Alegremente, porque paso del destierro a la patria, de la muerte al gozo sempiterno.

Al recibir el cuerpo del Señor decía abiertos los brazos:

- Este es mi Dios, a quién glorificaré. He aquí a Dios, mi Salvador; recíbele contenta, ¡oh alma mía! que es un amigo dulce, un consejero prudente, un amparo fuerte.

Pidió después a Fr. Rodulfo, que entonces hacía las veces de Provincial, que le absolviese de toda culpa y le impusiese la amargura de la muerte en satisfacción de todos los pecados:

- Creo -dijo- que lo podéis hacer.

Hecho lo cual, contestó:

- Ahora estoy bien. 

Y por último, dijo:

- Salva, Señor a tu siervo, Dios mío, que espera en Ti,  con la colecta Fidelium Deus - la cual terminada, al instante descansó en el Señor.


XIV. Fr. Benito Ponce, varón religioso y humilde, en la predicación fervoroso y en lágrimas abundante, el cual por mucho tiempo había predicado devotamente en España, Francia y Aquitania y más allá del mar en Siria, enviado a predicar desde el convento de Clermont, y habiendo celebrado Misa y predicado en cierta iglesia, llamó y rogó a su compañero y al capellán de dicha iglesia que cuanto antes le pusieran la Unción, porque moriría muy pronto. Y alcanzado esto a fuerza de instancias, pidió al compañero que le trajera pronto su libro y leyera las meditaciones de San Bernardo para más mover el afecto. Leyó, pues, su compañero el capítulo Del alma sellada con la imagen de Dios, que él escuchaba llorando mucho, y a los pocos momentos se fue aquella santa alma al Señor, de quien había tenido sed y a quien era muy amable.


XV. Hallándose próximo a la muerte, en el convento de Mompeller, un joven que cantaba muy bien, después de imponerle el sagrado óleo el Venerable y Santo Fr. Colón que allí estaba de Prior, rogóle que dijese aquella dulce antífona del Bienaventurado Juan Evangelista: 

- Recíbeme, Señor, para estar con mis hermanos, con quienes has venido a visitarme. Ábreme la puerta de la vida y llévame al lugar de tu convite. Pues tú eres el Hijo de Dios vivo que por mandato del Padre salvaste al mundo. A Tí rendimos gracias por los siglos de los siglos infinitos. Amén.

Cuando el enfermo, presentes los Hermanos y todos llorando,  cantaban dulcísimamente este cántico, al decir: A Tí rendimos gracias, descansó en el Señor.


XVI. En el convento de Aviñón, de la misma Provincia, fue Prior Fr. Nicolás, predicador sobre toda ponderación gracioso, el cual cercano a la muerte dijo a los Religiosos que presentes estaban:

- Mañana (fiesta del Bienaventurado Miguel), hace catorce años entré en la Orden de Predicadores, y confío en el Señor que mañana mismo entraré en la Orden de los Ángeles.

Murió, en efecto, como lo predijo, y fue honrosamente sepultado por un Cardenal y muchos Obispos. 

LA AUTORIDAD SUSTITUIDA POR “EL SERVICIO” (CXXVII)

Todos los ingredientes de la perspectiva anticlerical modernista estaban contenidos en el lema de la ordenación de Ratzinger: los clérigos deben servir al pueblo en lugar de gobernarlo.

Por la Dra. Carol Byrne


Décadas antes del Vaticano II, la reformulación de Tyrrell del significado de autoridad y su reducción a “servicio” entró en la Iglesia a través del Movimiento Litúrgico en la obra del
 “padre” Romano Guardini, ahora aclamado por los reformadores progresistas como uno de los principales líderes de la “renovación litúrgica. Hay que añadir que el “padre” Guardini ejerció una influencia significativa en los documentos del Vaticano II, así como en los “papas” posconciliares: Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco.

Esto es lo que Guardini decía sobre la autoridad eclesiástica:
“Esta autoridad no es de dominio, por lo que el individuo está sometido a ella, sino que la Iglesia es la gran servidora de los individuos, y se convierte por este servicio en lo que realmente es. Su autoridad es la autoridad del servicio” (1).
Guardini fue uno de los primeros “teólogos” del siglo XX en adoptar y desarrollar la idea de la autoridad clerical como un “servicio” generalizado y amorfo en el que el sacerdote ordenado ya no es visto como un mediador de la autoridad de Dios, sino como servidor “del pueblo”. La implicación de sus palabras citadas anteriormente es que los fieles no están sujetos a la autoridad de la Iglesia investida en la Jerarquía, sino sólo directamente a Dios y a su propia concienciauna posición luterana clásica. Esto explica por qué Guardini consideraba el ejercicio del poder clerical, especialmente cuando exige obediencia de sus súbditos, vinculante bajo pena de pecado, como una forma de “dominación” (en sentido peyorativo).

En cuanto al tema del papado como monarquía, Guardini dio a conocer su opinión de la siguiente manera indirecta:
“En el Concilio, cuando el papa Pablo VI depositó sobre el altar la Tiara con su triple corona para que fuera vendida y su precio se destinara a alimentar a los hambrientos, quiso que este acto fuera un símbolo y una lección múltiple” (2).
El símbolo previsto de esta acción de Pablo VI, respaldado por todos los “papas” sucesivos, era que la estructura monárquica de la Iglesia, con el papa en la cúspide, debía convertirse en tabú y que la Doctrina de la supremacía papal debía ser silenciada. Y la enseñanza que se pretende promover al dejar a un lado la Tiara papal es que el gobierno universal de Cristo Rey (cuyo Vicerregente en la tierra es el Papa) ya no debe ser reconocido como supremo, ni en la Iglesia (donde la distinción entre gobernante y súbdito se ha difuminado), ni en la sociedad (donde el Vaticano II ha admitido la “libertad religiosa” para todos).


De hecho, el término “Cristo Rey” no se menciona ni una sola vez en ninguno de los documentos del Vaticano II, a pesar de que el Papa Pío XI había instituido, a principios del mismo siglo, una fiesta para celebrar la Realeza de Cristo. El abandono de la tiara en el pretexto de “alimentar a los pobres” transmite un claro mensaje de que el objetivo totalmente sobrenatural del papado se ha degradado y envilecido para dejar paso a consideraciones puramente naturalistas, humanitarias y seculares.


“No dominamos tu fe, servimos a tu alegría”

Para cualquiera que esté familiarizado con la retórica posterior al Vaticano II, este subtítulo puede sonar como si hubiera sido escrito por Bergoglio. Pero fue, de hecho, el lema que Benedicto XVI, mirando hacia atrás en su larga carrera eclesiástica, dijo que había elegido para imprimir en las tarjetas de invitación a la primera Misa que celebró después de su ordenación sacerdotal en 1951.


El año es digno de mención porque demuestra que el joven “padre” Ratzinger ya había adoptado esta consigna revolucionaria antes de que el óleo sagrado se secara en sus manos; también plantea preguntas sobre qué influencias se habían ejercido sobre su mente durante su formación en el seminario.

La noción de sustituir el servicio por el gobierno ha sido durante mucho tiempo el leitmotiv de la mayoría de los pensadores progresistas que pretendían subvertir la Constitución de la Iglesia, empezando por los primeros modernistas como George Tyrrell y los actores clave del Movimiento Litúrgico como Romano Guardini.

En su autobiografía mediante entrevista con el periodista Peter Seewald, Benedicto explicó que su lema juvenil era “parte de una comprensión contemporánea del sacerdocio” (3). Pero el lema no representa la ortodoxia teológica que prevalecía a mediados de los años cincuenta. Por el contrario, antes del Vaticano II habría sido ininteligible para todos excepto para cierto grupo de teólogos rebeldes –una vanguardia revolucionaria– que finalmente logró cambiar la forma en que la Iglesia moderna considera el sacerdocio.

Incluso en sus años de ocaso, Benedicto XVI todavía se aferraba a la opinión de los progresistas de que la Enseñanza Tradicional de la Iglesia sobre el munus regendi era una forma de “clericalismo”:
“No sólo éramos conscientes de que el clericalismo está mal, y el sacerdote es siempre un servidor, sino que también hacíamos grandes esfuerzos internos para no ponernos en un pedestal alto” (4).
Aunque esta afirmación no pretenda ser un ejemplo de señalamiento de virtudes, conlleva la desagradable implicación de que los sacerdotes modernos son superiores a sus antepasados en la virtud de la humildad. La suposición básica de que los sacerdotes se han puesto a sí mismos en un pedestal elevado es un insulto al sacerdocio; no reconoce que los sacerdotes han sido llamados y ordenados a un destino superior como mediadores entre Dios y el hombre para la salvación de las almas.

Aún recordando la formación progresista que recibió en sus días de seminario, que lo indujeron a ver el sacerdocio ordenado como algo que no debía admirarse, Benedicto XVI afirmó:
“Ni siquiera me hubiera atrevido a presentarme como 'Reverendo'. Ser consciente de que no somos señores, sino más bien servidores, fue para mí algo no sólo tranquilizador, sino también personalmente importante como base sobre la cual podría recibir la ordenación” (5).
Esta afirmación parece deberse más bien al prejuicio ideológico contra el estatus superior del sacerdocio, que siempre había sido la manzana de la discordia entre los progresistas. Está en línea con el pensamiento del “padre” Tyrrell quien, como hemos visto, se describió a sí mismo como “demasiado democrático incluso para disfrutar de la 'superioridad' de la dignidad sacerdotal” (6).

Lamentablemente, los herederos modernos de Tyrrell, que también rechazan la dicotomía superior-inferior, derriban lo que la Iglesia ha enseñado con la mayor certeza y precisión: que el hombre está sujeto a la soberanía de Dios, quien es la meta de toda la creación, y que los fieles están subordinados a la Jerarquía que representa a Cristo, Cabeza de la Iglesia.


Además, una característica clave de los revolucionarios anteriores al Vaticano II es que no obtuvieron sus ideas de la Tradición Católica sino de sus propias opiniones personales. Benedicto XVI, por ejemplo, admitió que el lema impreso en su tarjeta de invitación que expresaba su visión del sacerdocio (servir y no gobernar) estaba inspirado en su propia interpretación privada de la Biblia:
“Así que la declaración en la invitación expresaba una idea central motivación para mí. Este fue un motivo que encontré en varios textos de las lecciones y lecturas de la Sagrada Escritura, y que expresaba algo muy importante para mí” (7).
Si bien hay numerosas referencias en las Escrituras a la necesidad de humildad entre los gobernantes, no hay nada que sustituya el “gobierno” por “servicio”, como parece implicar el lema. Aquí Benedicto XVI, sin darse cuenta, reveló el carácter infundado de la acusación de “clericalismo” lanzada contra la Jerarquía Tradicional.

Pero si los fundamentos de la acusación no se pueden encontrar ni en las Escrituras ni en la Tradición, debemos concluir que la mentira del “clericalismo” es simplemente una construcción artificial, una invención de los progresistas. De lo contrario, ¿por qué el concepto de gobernar a los fieles debería haberse convertido en una cuestión tan neurálgica en la Iglesia desde el Vaticano II? Incluso los “papas” se muestran reacios a mencionarlo e insisten en redefinirlo bajo los encantadores títulos de “servicio”, “don” y “amor”.

Después del Vaticano II, cuando era el “cardenal” Ratzinger, el futuro “papa” presentó esta nueva perspectiva de la siguiente manera:
La categoría que corresponde al sacerdocio no es la de gobierno... Cuando el sacerdocio, el episcopado y el papado se entienden esencialmente en términos de gobierno, entonces las cosas están esencialmente mal y distorsionadas” (8).
Aquí Ratzinger se mostró como un maestro del oscuro arte de la ofuscación y el doble lenguaje. De estas palabras se podría deducir fácilmente que gobernar no pertenece a la esencia del sacerdocio. Pero esto entra en conflicto con la enseñanza ortodoxa de que el munus regendi es uno de los poderes sagrados conferidos al sacerdote en su ordenación: El sacerdote es un gobernante en el sentido sobrenatural.

Lo que sea que quiso decir no está exactamente claro. Todo lo que sabemos es que su idea no surgió de la Tradición Católica, porque describió la “nueva enseñanza” (que, significativamente, ningún católico tradicional había pedido) como “una manera importante y diferente de ver las cosas” (9).

Siendo uno de los principales teólogos progresistas de aquella época, Ratzinger se sentía incómodo con la idea de una Jerarquía con derecho a gobernar, en el sentido de ejercer poder o autoridad soberana sobre otros miembros de la Iglesia. Así, construyó una explicación plausible del origen griego de la palabra “jerarquía” con la evidente intención de desviar la atención de los fieles de su verdadero significado tal como se entiende en la Tradición.

“Jerarquía” – del griego hieros (sagrado) y arconte (gobernante o señor) (10) siempre fue entendida en la Iglesia como gobierno por gobernantes eclesiásticos que habían recibido sus poderes sacerdotales a través de la ordenación. Pero este concepto era demasiado desagradable para los progresistas que querían demoler la estructura monárquica de la Iglesia y reemplazarla con un modelo democrático basado únicamente en el bautismo. Entonces, Ratzinger realizó un juego de manos al señalar una ambigüedad en la palabra griega archē, (11) que puede significar tanto “origen” como “gobierno”, y eligió el primer significado sobre el segundo como la traducción correcta (12).


Este acto de desvío proporcionó una excusa fácil a los progresistas para abandonar la interpretación tradicional de la jerarquía, al tiempo que hacía prácticamente imposible que alguien sin conocimientos de etimología griega juzgara la fiabilidad de su traducción.

Resultó que Ratzinger fue incapaz de proporcionar una base para creer que “origen” era una traducción más apropiada que “gobierno” (13), que era el punto fundamental de su argumento.

En resumen, su posición teológica sobre la Jerarquía, fiel al Vaticano II, no fue diferente de la del “padre” Tyrrell y todos los progresistas de tendencia neomodernista. Se puede resumir en su afirmación:
“La manera de gobernar de Jesús no era mediante el dominio, sino en el humilde y amoroso servicio del lavatorio de los pies” (14).
Todos los ingredientes de la perspectiva anticlerical modernista están contenidos allí: los clérigos deben servir al pueblo en lugar de gobernarlo: el mensaje resumido en el lema de Ratzinger.

Después del discurso de apertura del “papa” Juan XXIII en el Concilio, en el que recomendó la “medicina de la misericordia”, se concibió un nuevo enfoque para gobernar la Iglesia. Estaría libre de “prácticas inquisitoriales” como la caza de herejías, la censura y las leyes punitivas, con menos énfasis en la imposición de penitencias, ayunos y abstinencias, órdenes y sanciones, y mucho más en la libertad del individuo.

Si Benedicto todavía hablaba de gobernar y regir la Iglesia, era sólo en el sentido de “guiar”, “instruir”, “inspirar” y “sostener” al “Pueblo de Dios”; (15) en otras palabras, con estructuras de autoridad castradas compatibles con la “nueva evangelización” del Vaticano II.


Notas:

1) Romano Guardini, The Church of the Lord: On the Nature and Mission of the Church (La Iglesia del Señor: Sobre la naturaleza y misión de la Iglesia), Chicago: Henry Regnery Company, 1966, p. 105.

2) Ibidem, pag. 107.

3) Benedicto XVI, Peter Seewald, Último Testamento: en sus propias palabras, Bloomsbury Publishing, 2016, p. 87.

4) Ibid., pág. 87.

5) Ibid., pág. 88.

6) G. Tyrrell, 'To Wilfrid Ward Esq.', 8 de abril de 1906, apud Maude Petrie (ed.), George Tyrrell's Letters, Londres: T. Fisher Unwin Ltd., 1920, pág. 102.

7) Benedicto XVI, Peter Seewald, op. cit., pág. 88.

8) Joseph Ratzinger, La sal de la tierra: el cristianismo y la Iglesia católica al final del milenio, una entrevista con Peter Seewald, San Francisco: Ignatius Press, 1997, p. 191.

9) Ibidem.

10) El arconte (ἄρχων) era el título de los magistrados principales en los antiguos estados griegos.

11) Archē (αρχη) originalmente tenía el significado de algo que estaba en el principio, designando la fuente, origen o raíz de las cosas que existen. Por extensión, pasó a significar poder, soberanía y dominación derivados de un primer principio.

12) Ratzinger, ibid., pág. 190.

13) Ratzinger se concentró únicamente en el aspecto de “origen sagrado” de la palabra jerarquía y omitió su significado de “gobierno sagrado”. Enturbió la cuestión con circunloquios, afirmando que el poder del origen sagrado es “el comienzo siempre nuevo de cada generación en la Iglesia”. Esto da la impresión de un retorno a las fuentes para reaplicar los principios originales a cada nueva generación para adaptarlos a la perspectiva del hombre contemporáneo. Pero esta digresión no es un argumento ad rem. No demuestra en nada que el concepto tradicional de jerarquía sea “esencialmente erróneo y distorsionado”.

14) Benedicto, 'Autoridad y jerarquía en la Iglesia: el servicio vivido en la pura donación', Discurso pronunciado en la Plaza de San Pedro, 26 de mayo de 2010

15) Este enfoque aparece muy claramente en su discurso de mayo de 2010 antes mencionado.




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