81. En el vado del Jordán con los pastores Simeón, Juan y Matías. Un plan para liberar a Juan el Bautista.
18 de enero de 1945.
1 Vuelvo a ver el vado del Jordán, el camino verde que sigue el curso del río por ambas partes, muy recorrido de viandantes por tener sombra. Filas de asnos van y vienen, y hombres con ellos. En el margen del río tres hombres pastorean algunas, pocas, ovejas. En el camino, José, que está esperando, mira a un lado y a otro.
A lo lejos, en el punto en que otra entrada empalma con ésta del río, se ve aparecer a Jesús con los tres discípulos. José llama a los pastores. Estos ponen en movimiento por el camino a las ovejas, haciéndolas avanzar por la orilla herbosa. Rápidamente se dirigen hacia Jesús.
“Yo casi no me atrevo... ¿Con qué palabras le voy a saludar?”.
“¡Oh, es muy bueno! Dile: "La paz sea contigo". El saluda siempre así”.
“El sí... pero nosotros...”.
“¿Y yo quién soy? No soy ni siquiera uno de sus primeros adoradores, y me quiere mucho... muchísimo”.
“¿Quién es?”.
“Aquél más alto y rubio”.
“¿Le hablamos del Bautista, Matías?”.
“¡Sí!”.
“¿No pensará que le hemos preferido antes que a El?”.
“No, hombre, Simeón. Si es el Mesías, ve dentro de los corazones y en el nuestro verá que en el Bautista seguíamos buscándole a El”.
“Tienes razón”.
Los dos grupos están ya a pocos metros el uno del otro. Ya sonríe Jesús, con esa sonrisa suya indescriptible. José acelera el paso. Las ovejas, por su parte, se ponen a trotar azuzadas por los pastores.
“La paz sea con vosotros” dice Jesús alzando los brazos como para abrazar, y especifica: “¡Paz a ti Simeón, Juan y Matías, mis fieles y fieles de Juan el Profeta!; paz a ti, José” y le besa en la mejilla. Los otros tres ahora están de rodillas. “Venid, amigos. Debajo de estos árboles, sobre el guijarral del río. Hablemos”.
Bajan. Jesús se sienta en una gruesa raíz que sobresale del terreno, los otros en el suelo. Jesús sonríe y los mira fijamente, fijamente, uno a uno: “Dejad que conozca vuestros rostros. Los corazones ya los conozco como corazones de justos que van tras el Bien, al que amáis frente a todas las utilidades del mundo. Os traigo el saludo de Isaac, Elías y Leví, y otro saludo: el de mi Madre. ¿Tenéis noticias del Bautista?”.
2 Los hombres, que hasta este momento no habían podido hablar por lo azorados que estaban, toman de nuevo seguridad y encuentran palabras: “Está todavía en la cárcel. Nuestro corazón tiembla por él, porque está en manos de un hombre cruel dominado por un ser infernal y circundado de una corte corrompida. Nosotros le queremos... Tú sabes que le queremos y que él merece nuestro amor. Después de que Tú te alejaste de Belén, padecimos la agresión de los hombres... Pero, más que su odio, lo que nos hacía sentirnos desolados, abatidos, como árboles tronchados por el viento, era el haberte perdido a ti. Luego, después de años de sufrimiento (como quien tuviera los párpados cosidos y buscara el sol y no lo pudiera ver, porque además estuviera dentro de una cárcel y ni siquiera el tibio calor que sintiera en su carne se lo mostrara), oímos que el Bautista era el hombre de Dios anunciado por los Profetas para preparar los caminos a su Cristo (12), y fuimos adonde él diciéndonos a nosotros mismos: "Si él le precede, yendo adonde él le encontraremos", porque era a ti, Señor, a quien buscábamos”.
“Lo sé. Y me habéis encontrado. Yo estoy con vosotros”.
“José nos ha dicho que fuiste donde el Bautista. Nosotros no estábamos allí ese día; quizás habíamos ido, por él, a alguna parte. Le servíamos con mucho amor en los servicios de alma que él nos pedía, con amor le escuchábamos, aunque fuera muy severo, porque no eras Tú–Verbo; pero decía siempre palabras de Dios”.
3 “Lo sé. ¿No le conocéis a éste?” y señala a Juan. “Le vimos con otros galileos entre las muchedumbres más fieles al Bautista. Si no nos equivocamos, tú te llamas Juan y eres aquél de quien él decía, a nosotros, sus íntimos: "Ved: yo, el primero; él, el último; mas luego será: él el primero y yo el último". Y nunca comprendimos qué quería decir”.
Jesús se vuelve hacia su izquierda, donde está Juan, le estrecha contra su corazón, con una sonrisa aún más luminosa, y explica: “Quería decir que sería el primero en declarar: "Este es el Cordero", y que éste será el último de los amigos del Hijo del hombre que hablará del Cordero (13) a las multitudes; pero que, en el corazón del Cordero, éste es el primero, porque le ama más que a ningún otro hombre. Esto quería decir. Pero cuando le veáis al Bautista –le veréis aún y todavía le serviréis hasta la hora signada– decidle que no es él el último en el corazón del Cristo. No tanto por la sangre cuanto por la santidad, a él le quiero como a éste. Y vosotros acordaos de esto. Si la humildad del santo se proclama "última", la Palabra de Dios le proclama compañero del discípulo que amo. Decidle que amo a éste porque tiene su nombre y porque en él encuentro los signos del Bautista, preparador de corazones para Cristo”.
“Se lo diremos... Pero, ¿le volveremos a ver?”.
“Le veréis”.
4 “Sí. Herodes no osa matarle por miedo al pueblo. En esa corte de avidez y corrupción sería fácil liberarle si tuviésemos mucho dinero. Pero... pero, por mucho que haya –los amigos han dado–, falta una buena cantidad todavía, y tenemos mucho miedo de no llegar a tiempo... y que le maten”.
“¿Cuánto creéis que os falta para el rescate?”.
“No para el rescate, Señor. Le resulta demasiado odioso a Herodías y ella es demasiado dueña de Herodes como para poder pensar en llegar a un rescate. Pero... en Maqueronte se han dado cita, yo creo, todos los codiciosos del reino. Todos quieren gozar, todos quieren sobresalir, desde los ministros a los siervos; y para ello hace falta dinero... Ya hemos encontrado a quien por una importante suma dejaría salir al Bautista. Incluso Herodes quizás lo desea... porque tiene miedo, no por otra cosa, miedo al pueblo y miedo a la mujer. Así haría que el pueblo se sintiese contento y no le acusaría la mujer de no haberla complacido”.
“Y ¿cuánto pide esta persona?”.
“Veinte talentos de plata. Sólo tenemos doce y medio”.
5 “Judas, dijiste que esas joyas eran muy bonitas”.
“Bonitas y muy valiosas”.
“¿Cuánto podrán valer? Me parece que tú entiendes de eso”.
“Sí que entiendo. ¿Por qué quieres saber su valor, Maestro? ¿Las quieres vender? ¿Por qué?”.
“Quizás... Di, ¿cuánto podrán valer?”.
“Si se venden bien... al menos... al menos seis talentos”.
“¿Estás seguro?”.
“Sí, Maestro. Sólo el collar, con lo grueso que es y el peso que tiene, siendo de oro purísimo, vale al menos tres talentos; le he mirado bien. Y también las pulseras... No se ni siquiera cómo las muñecas finas de Aglae podían soportarlas”.
“Eran sus cepos, Judas”.
“Es verdad, Maestro... ¡Pero muchos quisieran tener cepos como éstos!”.
“¿Tú crees? ¿Quién?”.
“En fin... ¡muchos!”.
“Sí, muchos que de hombre sólo tienen el nombre... Y, ¿sabrías de un posible comprador?”.
“En definitiva, ¿los quieres vender? ¿Para el Bautista? ¡Mira que es oro maldito!”.
“¡La incoherencia humana!... Has dicho hace un momento, con claro deseo, que muchos querrían tener ese oro, ¡¿y ahora le llamas maldito?! ¡Judas, Judas!... Es maldito, sí, es maldito, pero ya lo ha dicho ella: "Se santificará sirviendo para quien es pobre y santo" y lo ha dado para esto, para que el que reciba el beneficio ruegue por su pobre alma, que, cual embrión de futura mariposa, se dilata en la semilla del corazón. ¿Quién más santo y pobre que el Bautista? El es como Elías por la misión, pero más grande que Elías por la santidad (14). El es más pobre que Yo. Yo tengo una Madre y una casa... Cuando se tiene estas cosas, y además puras y santas como las tengo Yo, no se es nunca un desvalido. El ya no tiene casa, y ni siquiera tiene el sepulcro de su madre. Todo violado, profanado por la perversidad humana. ¿Quién es, pues, el comprador?”.
“Hay uno en Jericó y muchos en Jerusalén. ¡¡¡Pero el de Jericó!!!... Es un astuto levantino batidor de oro, usurero, estafador, mercader de amor, ciertamente ladrón, quizás homicida... con toda seguridad perseguido por Roma. Se hace llamar Isaac para parecer hebreo, pero su verdadero nombre es Diomedes. Le conozco bien”.
“¡Ya lo vemos!” interrumpe Simón Zelote, que habla poco pero que observa todo. Y pregunta: “¿Cómo es que le conoces tan bien?”.
“En fin... ya sabes... Para complacer a unos amigos poderosos. Fui a él... hice algunos tratos... Nosotros los del Templo... ya sabes...”.
“¡Ya!... trabajáis en todo” termina Simón con fría ironía. Judas se pone rojo de ira, pero se calla.
“¿Puede comprar?” pregunta Jesús.
“Yo creo que sí. El dinero no le falta nunca. Ciertamente hay que saber vender porque ese griego es astuto y si ve que está tratando con una persona honesta, un... pichón, le despluma bien desplumado. Pero si se encuentra delante un buitre como él...”.
“Ve tú, Judas; eres el tipo de persona adecuado; tienes la astucia del zorro y la rapacidad del buitre. ¡Oh, perdona, Maestro; he hablado antes que Tú!” dice Simón Zelote.
“Soy de tu misma opinión, y, por lo tanto, le digo a Judas que vaya. Juan, ve con él. Nosotros os alcanzaremos al ponerse el Sol. El lugar de nuestra próxima cita es la plaza del mercado. Ve y haz lo mejor que puedas”.
Judas se levanta inmediatamente. Juan tiene ojos suplicantes, como los de un perrito ahuyentado. Mas Jesús se dirige de nuevo a los pastores y no ve esta mirada implorante. Juan se pone en camino detrás de Judas.
6 “Querría ser para vosotros motivo de alegría” dice Jesús.
“Lo serás siempre, Maestro. Que el Altísimo te bendiga por nosotros. ¿Ese hombre es amigo tuyo?”.
“Lo es. ¿No te parece que pueda serlo?”.
El pastor Juan baja la cabeza y calla. Habla el discípulo Simón: “Sólo quien es bueno sabe ver. Yo no soy bueno y no veo lo que la Bondad ve. Veo lo externo. El bueno desciende también a lo interno. Tú también, Juan, ves como yo. Pero el Maestro es bueno... y ve...”.
“¿Qué ves, Simón, en Judas? Te ordeno hablar”.
“Bueno, pienso, cuando le miro, en ciertos lugares misteriosos que parecen cavernas de fieras y lagunas de fiebre muertas; uno no ve más que una gran maraña, y pasa temeroso dando un gran rodeo. Y, sin embargo... sin embargo, dentro hay tórtolas y ruiseñores y el suelo es rico en aguas y yerbas saludables. Yo quiero creer que Judas es así... Lo creo porque Tú le has tomado contigo. Tú, que sabes...”.
“Sí. Yo, que sé... Hay muchos pliegues en el corazón de ese hombre... Pero también tiene lados buenos. Lo has visto en Belén y en Keriot. Este lado bueno, completamente humano, hay que elevarlo a una bondad espiritual. Entonces Judas será como tú quisieras que fuera. Es joven...”.
“También Juan es joven...”.
“Y tú concluyes en tu corazón: "y es mejor". ¡Pero, Juan es Juan! Amale a este pobre Judas, Simón... Te lo ruego. Si le amas... te parecerá más bueno”.
“Me esfuerzo en hacerlo... por ti... Pero es él quien rompe mis esfuerzos como a cañas del río... No obstante, Maestro, yo tengo una sola ley: hacer lo que Tú quieres. Por eso le amo a Judas, a pesar de que algo grite en mí contra él y hacia mí mismo”.
“¿Que, Simón?”.
“No lo sé con precisión... Algo parecido al grito del soldado de guardia durante la noche... algo que me dice: "¡No duermas! ¡Observa!". No lo sé... No tiene nombre esto, pero existe... existe en mí contra él”.
“No pienses más en ello, Simón. No te esfuerces en definirlo. El conocer ciertas verdades perjudica... y podrías errar en tu conocimiento. Deja que tu Maestro actúe. Tú dame tu amor y piensa que eso me hace feliz...”.
Y todo concluye.
Continúa...
Notas:
12) Cfr. Is. 40, 3–5; Mt. 3, 3; Mc. 1, 3–4; Lc. 3, 2–6; Ju. 1, 23.
13) El evangelista San Juan de hecho, en el Apocalipsis, el último libro de la Biblia, con el que termina la revelación pública, alaba al Cordero (Jesús) unas treinta veces.
14) Cfr. 3 Re. 17, 1; 4 Re. 2, 18; Mt. 17, 9–13; Mc. 9, 9–13; Lc. 1, 13–17.

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