lunes, 26 de enero de 2026

LA ALIANZA ISRAELITA UNIVERSAL (II)

Continuamos con la publicación del segundo capítulo del Segundo Tomo del libro “La Conjuración Anticristiana” de Monseñor Henri Delassus (1910).


CAPÍTULO SEGUNDO

LA ALIANZA ISRAELITA UNIVERSAL

Quienes no conocen la marcha actual del mundo más que por las informaciones que sacan de su periódico —y son los más— sin duda se asombrarán de que, comprometidos a hablarles del “Americanismo” y de un “catolicismo estadounidense”, empecemos por llamar su atención sobre “la Alianza Israelita Universal”, entrando así en una cuestión, la cuestión judía, que apasiona al mundo actualmente y que es estudiada desde todos los puntos de vista, pero que sólo parece tener una relación muy alejada con el Catolicismo estadounidense. Pero no es fantasía nuestra. La Alianza Israelita Universal es el centro, el hogar, el ligamento de la conjuración anticristiana, a la que el americanismo nos parece aportar un apoyo que no ve, que no querría dar conscientemente, y sobre el cual este libro solicita llamarle la atención.

La existencia del pueblo judío es, desde hace dieciocho siglos, el fenómeno más asombroso que hay en el mundo. Bossuet dice:

No se ve más ningún resto ni de los antiguos medos, ni de los antiguos persas, ni de los antiguos griegos, ni aún de los antiguos romanos. Su rastro se perdió, y se confundieron con otros pueblos. Los judíos, que fueron la presa de estas antiguas naciones, tan célebres en las historias, les han sobrevivido.

El pueblo judío ya no tiene nada de lo que constituye una nación, nada de su organismo, nada de lo que de un organismo hace un cuerpo y le permite subsistir y vivir. Haced que un pueblo, durante largos siglos, no tenga más ni poder central, necesario para la conservación de toda nación, ni la jerarquía social que no lo es menos; dispersad este pueblo a través el mundo; ¿cómo explicaréis que se conserve a pesar de todo y que nada sea más visible que la existencia de este pueblo? Chateaubriand dice:

Cuando uno ve a los judíos dispersos sobre la tierra, según la palabra de DIOS, se sorprende sin duda; pero para quedar preso de un asombro sobrenatural, hay que que encontrarlos en Jerusalén; hay que ver a estos legítimos dueños de la Judea esclavos y extranjeros en su propio país; hay que verlos esperando, bajo todas las opresiones, un rey que debe libertarlos. Aplastados por la Cruz que los condena y que está plantada sobre sus cabezas, escondidos cerca del Templo del que no queda piedra sobre piedra, siguen en su deplorable ceguera. Los persas, griegos y romanos desaparecieron de la tierra; y un pequeño pueblo, cuyo origen precedió el de estos grandes pueblos, existe todavía sin mezcla en los escombros de su patria. Si hay algo entre las naciones que lleve el carácter del milagro, pensamos que este carácter está aquí.

Los judíos no piensan ni hablan de otra manera.

Los Archivos israelitas, en el N° del 21 de marzo de 1864, hacían al mundo esta pregunta:

EL MILAGRO ÚNICO en la vida del mundo de un pueblo entero disperso desde hace mil ochocientos años en todas las partes del universo, sin confundirse ni mezclarse en ningún sitio con las poblaciones en cuyo medio vive, esta conservación increíble ¿no tendría ningún significado?

Todo hombre sensato está obligado a responder: “Evidentemente, el dedo de DIOS está allí”, y preguntarse: ¿Cuáles son los designios de la Providencia en este hecho tan extraño como único?

Pero hay algo más asombroso todavía. Este pueblo disperso desde hace dieciocho siglos, objeto durante todo este tiempo del desprecio y de la hostilidad del género humano, entró hace cien años, por el hecho de la Revolución francesa, en una vía que pronto lo condujo, si no todavía al triunfo que sueña, por lo menos a una situación que le da verdaderamente todo poder en las más poderosas naciones. Sabemos el porqué de la milagrosa conservación de los judíos. Pascal dice:

Era necesario que, para dar fe al Mesías, hubieran profecías anteriores y que la portara gente no sospechosa y de una diligencia y fidelidad extraordinaria y conocidas por toda la tierra.... Si los judíos hubieran sido convertidos todos por JESUCRISTO, no tendríamos más que testigos sospechosos; si hubieran sido exterminados, no tendríamos absolutamente ningunos.

¿Pero por qué su liberación y su poder actual después de tan largo tiempo de servidumbre y humillación? Si los interrogamos, nos dirán: “¡Los tiempos están cerca!” ¿Qué tiempos? Los de su reino, de su triunfo y de su dominio sobre todos los pueblos de la tierra.


Mons. Meurin, arzobispo de Port-Louis, dice en su libro “La Masonería, sinagoga de Satanás” (5):

Los judíos no han comprendido el sentido espiritual de las profecías y figuras de la alianza que DIOS había hecho con su nación. Se imaginaron que el Rey prometido sería un rey terrenal, su reino un reino de este mundo, y el Kether-Malkhuth una corona semejante a la de los reyes de las naciones humanas.

Para ellos el rey prometido debía ser el rey de todas las naciones, su reino debía extenderse sobre todo la tierra, su diadema real encerrar todas las diademas reales que sólo serían su derivación, su emanación parcial. Así es como, en su esperanza, el judío sería el dueño supremo temporal del universo, y todas las predicciones de sus profecías se realizarían en su sentido material.

Luego, después de reproducir algunos pasajes del antiguo Testamento, el venerable autor añade:

Leed estas profecías, entendedlas en el sentido literal y terrenal, y tenéis la solución del enigma, la explicación de la actividad febril, tenéis EL SUEÑO DE LOS JUDÍOS. Se creen el pueblo destinado por Jehová a dominar sobre todas las naciones. Las riquezas de la tierra les pertenecen y las coronas de los reyes deben ser sólo emanaciones, dependencias de su Kether-Malkhuth.

Consideremos la fuerza inmensa que una idea revelada, majestuosa y encantadora, pero falseada y naturalizada, debe tener sobre un pueblo imbuido de ella desde hace millares de años y aferrado a ella con una tenacidad y obstinación más que prodigiosa. Para los judíos, la idea del dominio universal pasó a ser algo así como su religión; se arraigó en su espíritu, se petrificó en él por así decir, y es indestructible.

Hasta aquí los judíos habían esperado el triunfo que esperan de año en año por el hecho de un hombre, por el Mesías temporal que han tenido constantemente en sus votos.

Hoy, sus pensamientos, al menos los de muchos de entre ellos, de aquéllos mismos que en todo el mundo vemos adueñados de los dos Órganos más poderosos de la vida moderna: el banco y la prensa, y que vemos ocupar todos los puestos de donde pueden ejercer alguna influencia —los pensamientos de aquéllos, decimos, se han modificado. Dicen: el Mesías que debe establecer nuestro dominio sobre toda la tierra, no es un hombre, es una idea, y esta idea es la proclamada en 1789: “los derechos del hombre”, “los inmortales principios: libertad, igualdad, fraternidad” (6).

El 29 de junio 1869, año del Concilio del Vaticano convocado después de la publicación del syllabus que desenmascara los “grandes principios” y los persigue en sus últimas conclusiones, los judíos reunieron en Leipzig un concilio del judaísmo. Adoptó por aclamación una proposición del gran rabino de Bélgica, el Sr. Astruc, concebida así:

El sínodo reconoce que el desarrollo y la realización de los PRINCIPIOS MODERNOS son las garantías más seguras del presente y del porvenir del judaísmo y de sus miembros. Son las condiciones más enérgicamente vitales para la existencia expansiva y el más alto desarrollo del judaísmo” (7).

Rabino Élie-Aristide Astruc (1831 - 1905)

Lo cual quiere decir: Israelitas, si queréis conseguir penetrar por todas partes y a haceros por todas partes los dueños, tenéis que hacer sólo esto: trabajar por desarrollar los principios modernos, sacar de ellos todas las consecuencias que encierran, y luego realizarlas, es decir hacer que estas consecuencias últimas pasen del orden de las ideas al orden de los hechos (8).

Cuando se ve que estos principios tuvieron por primer efecto la liberación de los judíos y que su liberación fue pronto seguida por su preponderancia (9), se concibe que ponen en estos principios, que ya les han sido tan útiles, sus mejores esperanzas. Por eso en la prensa de la que son dueños y en la legislación que llegan a dictar e imponer por las sociedades secretas, no dejan de aplicarse a desarrollar estos principios y realizarlos.

Gracias a esta táctica el judío Crémieux pudo exclamar en una 
asamblea de la Alianza Israelita Universal:

¡Como ya todo ha cambiado para nosotros y en tan poco tiempo!

Y Disraeli, primer ministro de Inglaterra durante cuarenta años, a pesar de su origen judío:

Después de siglos y décadas de siglos, el espíritu del judío se levanta, retoma su vigor, y hoy día por fin llega a ejercer sobre los negocios de Europa una influencia cuyo prodigio es sorprendente.

Por fin otro judío, éste converso y sacerdote católico:

Cuando la gente se dio cuenta de que los judíos eran ciudadanos, éstos ya eran en parte LOS DUEÑOS. Cosa inconcebible, dos fenómenos gigantescos están desde hace algunos años bajo nuestros ojos: la preponderancia creciente de la raza judía y la crisis entristecedora de los Estados cristianos.

Esta preponderancia, los judíos nos han enseñado en su concilio a que la atribuyen; esta crisis, los Papas desde Pío VI hasta León XIII no han dejado de mostrárnosla en la misma causa: los principios de 89, su desarrollo y su realización.

Ya podríamos mostrar en los principios de 89 un punto de contacto entre los americanistas y los judíos, pero antes debemos procurarnos los medios de dar a nuestra demostración el mayor alcance posible, a fin de hacerla evidente a todos los ojos que no quieran cerrarse obstinadamente.

El líder judío Adolphe Crémieux

Crémieux, después de exclamar: “¡Cómo todo ya ha cambiado para nosotros!” decía con el mismo entusiasmo: “Cuando uno ha conquistado el presente tan rápido y tan bien, ¡qué hermoso es el porvenir!”

Es que en efecto, los judíos -todos, tanto quienes esperan un Mesías personal como quienes creen que este Mesías ha nacido, crece, y no es otro que la idea de 89- todos tienen la esperanza de ver realizarse, y pronto -“los tiempos están cerca”- las profecías mesiánicas en el sentido en que siempre las han entendido, es decir, su reino sobre el mundo entero, la sujeción de todo el género humano a la raza de Abrahán y de Judá.

Para eso, se dicen ahora, hacen falta dos cosas: 1° que las naciones, renunciando a todo patriotismo, se fundan en una república universal; 2° que los hombres renuncien igualmente a toda particularidad religiosa para confundirse también en una vaga religiosidad.

Éste es su pensamiento y ellos persiguen activamente y no sin éxito, este doble fin. Las pruebas abundan.

Uno de los hombres más nefastos de este siglo, el judío Crémieux, que fue gran maestre del Gran Oriente de Francia, que aprovechó la revolución de 1848 para subirse al ministerio de Justicia, y los desastres de 1870 para dar la naturalización francesa a todos los judíos de Argelia, fundó en 1860 una sociedad cosmopolita que decoró con el nombre de Alianza Israelita Universal. Esta asociación no es, como su nombre podría hacer creerlo, una internacional judía, un nexo más entre los judíos cosmopolitas que facilite las relaciones entre los Israelitas derramados por toda la superficie del globo; sus miradas llevan mucho más alto. Es una asociación abierta a todos los hombres sin distinción de nacionalidad ni de religión, bajo la alta dirección de Israel.

Para convencerse basta con abrir la publicación que es su órgano, los Archivos israelitas. Dicen:

La Alianza Israelita Universal quiere penetrar en todas las religiones como penetra en todas las comarcas. (xxv, p. 514 -515. Año. 1861).

Llamo a nuestra asociación nuestros hermanos de todos los cultos; ¡que vengan a nosotros!... Que los hombres ilustrados, sin distinción de culto, se unan en esta Asociación Israelita Universal. (Ibidem).

¿Y para qué?

Hacer caer las barreras que separan LO QUE DEBE SER UNIDO UN DÍA: ésta es, Señores, la hermosa, la gran misión de nuestra Alianza Israelita Universal (Ibidem).

El fin no puede estar marcado más claramente, ni responder más directamente al movimiento que actualmente lleva consigo al mundo: “Hacer caer las barreras que separan lo que debe ser unido”. Unir a todos los hombres, “cualquiera que actualmente sea su religión y su comarca”, en una común indiferencia.

Éste es el fin que se propusieron los fundadores y directores de la Alianza Israelita Universal, y ella no tiene de otro.

El programa de la Alianza no consiste en frases huecas. Es la gran Obra de la humanidad..., la unión de la sociedad humana en una fraternidad sólida y fiel. (Univers israélite, VIIL, p. 357, año. 1867.)

Mientras que sus transatlánticos surcan los mares y sus ferrocarriles pasan de un continente a otro, mientras sus bancos dan vida y movimiento a este maravilloso utillaje que ellos no crearon pero cuyos dueños son, los judíos quieren actuar sobre los espíritus como actúan sobre la materia, y para actuar sobre todos los espíritus, no hay nada mejor que penetrar en todas las religiones; y penetran en ellas por los principios de 89.

¿Qué es penetrar en una religión? Es sobre todo introducir en ella las propias ideas.

¿Los judíos tratan de introducir sus ideas en la Iglesia Católica? Lo afirman. Este estudio tiene como fin ver y hacer ver si ellos pueden jactarse de conseguirlo, y hasta qué punto. La pregunta es extraña y su extrañeza mismo llama la atención.

Continúa...

Notas:

5) Mons. Meurin, que tendremos muchas veces ocasión de citar, antes de ser arzobispo de Port-Louis, fue largos años obispo de Bombay. Pudo encontrar allí y estudiar desde cerca, en este medio de las Indias, los misterios que la masonería tiene en común con todos los paganismos, y dar más precisión a las conjeturas hechas por los historiadores sobre los orígenes de esta secta. Estos conocimientos le sirvieron para componer un libro magistral, estudio a la vez histórico y filosófico cuyo título lo dice todo: “La masonería, sinagoga de Satanás”. Mons. Meurin ha recibido del Papa un breve que dice que su libro es la mejor obra publicada hasta hoy sobre la secta.

6) Mons. Meurin hace una observación muy justa cuando dice:

“Las palabras: libertad, fraternidad, igualdad, verdad, virtud, patria, beneficencia, tiene un significado muy distinto en la boca de un masón que en la de un profano o que la que está dada en los diccionarios. Por eso, es una equivocación extraña creer que, porque alguien empleará las mismas palabras que ellos, podrá haber acuerdo entre ellos y nosotros”. Pío IX decía: “Hace falta devolver a las palabras su verdadero significado”. Mons. Sonnois hizo la misma recomendación en el Congreso de los católicos del Norte, en 1894. Ver las actas de las sesiones de las comisiones, p. 65 -66.

7) Ver “El judío, el judaísmo y la judaización del pueblo cristiano”, por Gougenot des Mousseaux.

8) “Esta reivindicación de los principios modernos en favor del judaísmo -dice el publicista Kuhn- es una de las más humillantes para nuestros demócratas”.

9) “La preponderancia judía” es el título de una de las obras del P. J. Lémamn, judío converso. Es uno de los hechos más manifiestos de este tiempo.

 

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