jueves, 22 de enero de 2026

ROMA ELOGIA EL ISLAM Y EL RAMADÁN DURANTE LA CUARESMA

¿Cómo comenzó la Cuaresma de León? Una Iglesia transformada en una ONG global, arrepentimiento replanteado como activismo y el Vaticano II colocado de nuevo en el trono

Por Chris Jackson


La “convergencia” del calendario que dice la verdad

El Dicasterio para el Diálogo Interreligioso del Vaticano inició su mensaje de Ramadán de 2026 con un tono cálido y familiar: “Queridos hermanos y hermanas musulmanes”, “gran alegría”, “cercanía, solidaridad y respeto”. Casi inmediatamente, proporcionó el motor teológico que impulsa todo el proyecto moderno: la frase de Nostra Aetate sobre los creyentes en un Dios “que es uno, vivo y subsistente, misericordioso y todopoderoso... que también ha hablado a la humanidad”

El mensaje debería presentar al islam como objeto de evangelización, un campo misionero y un pueblo que debe ser ganado para el reinado de Cristo. En cambio, presenta a los musulmanes como correligionarios “creyentes en Dios” cuyo ayuno se sitúa junto a la Cuaresma, como si ambas estaciones fueran carriles paralelos de la misma carretera.

“Este año -dice el mensaje- los cristianos observamos este período de ayuno y devoción junto a ustedes durante el tiempo sagrado de la Cuaresma”. El tema central es “la experiencia compartida” de la “prueba”, la “fragilidad”, el “discernimiento” y la tentación hacia la “desesperación o la violencia”. Y al final, el Vaticano cita a Fratelli Tutti y anuncia, sin rubor, que “realmente estamos todos en el mismo barco”.

El mensaje debería confrontar la falsa adoración e insistir en la conversión. En cambio, ofrece “diálogo” y el lema, ahora habitual, del mensaje de León XIV para la Jornada Mundial de la Paz es: “desarme del corazón, la mente y la vida”.

Una Iglesia que antes enviaba misioneros ahora envía tarjetas de felicitación.

El cambio del Miércoles de Ceniza: del arrepentimiento a las “estructuras”

Coloque ahora ese mensaje de Ramadán junto a la homilía del Miércoles de Ceniza de León XIV en Santa Sabina.

La homilía comenzó bastante bien. El mandato de Joel de “reunir al pueblo” se convierte en una llamada a salir del aislamiento. La Cuaresma se presenta como un retorno comunitario a Dios. Incluso hay una frase que parece sacada de un mundo católico más antiguo: se forma un pueblo que “reconoce sus pecados” y que debemos “aceptar con valentía la responsabilidad”.

Luego, el sermón se desliza hacia el marco ahora inevitable: “Naturalmente, el pecado es personal -dice León- pero toma forma… a menudo dentro de verdaderas 'estructuras de pecado' económicas, culturales, políticas e incluso religiosas”.

Desde una perspectiva católica, el pecado es un acto moral de una criatura racional. Pertenece a las personas, porque la culpa moral les pertenece. Una corporación no se somete al juicio particular. Las “estructuras” no confiesan, hacen penitencia ni reciben la absolución. No tienen alma. Tienen papel, procedimientos, lemas, dinero y poder. Estas cosas pueden amplificar el pecado, premiarlo, normalizarlo y castigar la virtud. Pueden convertirse en máquinas que entrenan a la gente para hacer el mal. Pero el pecado aún reside en los actos y decisiones humanas.

El lenguaje de las “estructuras” se usa a menudo como si trasladara la culpa a la atmósfera, a un banco de niebla que se cierne sobre la ciudad. Puede usarse como excusa: eres víctima del sistema, así que tu principal tarea moral es luchar contra él. El arrepentimiento se convierte entonces en compromiso político.

Al hacerlo precisamente el Miércoles de Ceniza, ese cambio es espiritualmente venenoso.

El sermón sigue evocando la “comunidad”, la “conversión pública”, la “importancia misionera” y la inquieta “gente de buena voluntad”. Elogia a los jóvenes por buscar “rendir cuentas por las malas acciones en la Iglesia y en el mundo”. Luego, amplía el enfoque del alma al planeta. Se invoca a Pablo VI, y León convierte las Cenizas en un símbolo del colapso global: “un mundo en llamas”, “ciudades destruidas por la guerra”, “las cenizas del derecho internacional”, “las cenizas de ecosistemas enteros”, “las cenizas del pensamiento crítico”, “la antigua sabiduría local”.

Sí, esas son tragedias reales. Sí, la guerra y la injusticia son males. Pero escuchen lo que sucede cuando la Cuaresma se narra de esta manera. El drama interior de la vida cristiana se ve desplazado. La pregunta urgente deja de ser “¿He ofendido a Dios?” y se vuelve más “¿Cómo reconstruimos el mundo?”.

La antigua disciplina comienza con polvo en la frente y termina con un crucifijo, un confesionario y un cambio de vida. La nueva disciplina comienza con polvo en la frente y termina con un programa.

Se puede sentir la influencia del Vaticano II: el discurso de la Iglesia se asemeja cada vez más al lenguaje de la gobernanza global, las ONG internacionales y la imaginación moral moderna. El “mundo en llamas” de la homilía puede despertar emociones. Sin embargo, el peligro es evidente. Si el pecado se explica principalmente como algo arraigado en las “estructuras económicas, culturales, políticas...”, entonces la cura se describirá principalmente en términos económicos, culturales y políticos.

La cruz se convierte en telón de fondo de una campaña.

La catequesis del Vaticano II: 
la Iglesia como “sacramento de la unidad del género humano”

El mismo día, la Audiencia General de León redobla la apuesta con una catequesis dedicada explícitamente a los documentos del Vaticano II, comenzando por Lumen gentium.

Aquí es donde afloran los desafíos doctrinales. León describe la Iglesia como “misterio”, y luego pasa rápidamente al vocabulario predilecto del concilio: la Iglesia “como un sacramento”, “signo e instrumento... de la unidad de todo el género humano. Las diferencias se “relativizan”, lo que importa es “estar juntos”, la Iglesia es un “signo eficaz de unidad y reconciliación entre los pueblos, y el horizonte se amplía más allá de la humanidad hasta “el cosmos”.

Esta es la eclesiología posconciliar clásica: menos precisión sobre los límites visibles de la Iglesia, más énfasis en la Iglesia como evento, asamblea o proceso de reunión. La Iglesia se define principalmente por una misión universal unificadora en la historia, más que por su identidad como la única Iglesia verdadera fundada por Cristo, con una fe, unos sacramentos y una autoridad determinados.

Si defines a la Iglesia como el “sacramento de la unidad de toda la humanidad”, inevitablemente predicarás el Evangelio como un proyecto de unidad y abordarás el Ramadán como un “viaje compartido” paralelo. Hablarás sin parar de “diálogo”, “reconciliación” y “desarme”.

La fe católica no es un programa de unidad humana. La unidad que Cristo desea es la unidad en la verdad, la fe y la sumisión a la autoridad divinamente instituida. Cuando la unidad se considera el objetivo principal, la conversión se convierte en “proselitismo” y la evangelización en “encuentro”.

Ostia Lido: Gaudium et spes como el nuevo instinto homilético

Tres días antes, en la parroquia de María Reina de la Paz en Ostia Lido, la homilía de León sobre la “nueva ley” de Cristo gira de nuevo en torno al Vaticano II como clave interpretativa. Cita la primera línea de Gaudium et spes y la califica de “una de las expresiones más hermosas” del concilio, donde “casi podemos oír el latido del corazón de Dios a través del corazón de la Iglesia”.

Luego, el sermón se centra en el diagnóstico social: violencia juvenil, abuso de sustancias, organizaciones criminales, explotación, intereses injustos, educación, armonía, desarme del lenguaje, inversión de energía y recursos. Las prescripciones pastorales son decentes en el orden natural. Un alcalde podría pronunciar un discurso similar. Un superintendente escolar podría firmarlo.

Pero este es precisamente el punto. El instinto posconciliar es predicar como un reformador moral de la sociedad, más que como un heraldo del juicio y la misericordia divinos.

Incluso cuando León habla de la frialdad del corazón y el desprecio asesino, rápidamente vuelve a centrarse en los patrones sociales. El sermón nunca se detiene en la medicina aguda y aterradora de los santos: muerte, juicio, infierno, gracia, confesión, penitencia, el camino angosto. En cambio, se convierte en un suave llamado a construir mejores vecindarios y superar la hostilidad con mansedumbre.

Es la misma palabra otra vez, con diferentes disfraces. Desarmar. Dialogar. Reconciliar. Unir.

La Iglesia se convierte en un taller de paz.

El hilo conductor: la iglesia sinodal como “temporada” permanente

Junta las piezas y surge el patrón.

Un mensaje de Ramadán que enmarca a musulmanes y católicos como co-peregrinos en un ayuno compartido, unidos en un proyecto de paz y justicia, respaldado por Nostra Aetate y Fratelli Tutti.

Una homilía del Miércoles de Ceniza que traslada la urgencia de la Cuaresma a un programa comunitario para enfrentar las “estructuras del pecado” y reconstruir “un mundo en llamas”, con cenizas que simbolizan los ecosistemas, el derecho internacional y el colapso global.

Una catequesis del Vaticano II que define a la Iglesia en términos de unidad humana, reconciliación cósmica y función de signo sacramental en la historia.

Una homilía parroquial que recurre instintivamente a Gaudium et spes como texto de prueba emocional y luego pasa a remedios sociales, iniciativas educativas y un “lenguaje desarmante”.

Esta es una cosmovisión eclesial coherente. Es la iglesia sinodal hablando en su lengua materna.

En esa cosmovisión, la conversión personal se integra constantemente en “viajes” y “procesos”. El arrepentimiento nunca debe limitarse a una confrontación individual y directa con Dios. La fe se convierte principalmente en una experiencia comunitaria. La Iglesia se convierte principalmente en un instrumento para la unidad humana. Los tiempos litúrgicos se convierten principalmente en una plataforma para la difusión de mensajes morales globales.

Y así, el Miércoles de Ceniza se convierte en una ceremonia de apertura de una agenda.

Por qué el sermón sobre las “estructuras” importa más de lo que la gente quiere admitir

Muchos comentaristas tradicionales se encogerán de hombros ante la frase “estructuras de pecado”, considerándola un lenguaje inofensivo de la doctrina social católica. Insistirán en que León dijo que “el pecado es personal”, por lo que el resto es meramente un comentario prudencial.

Sin embargo, las palabras tienen consecuencias. Cuanto más predica la iglesia en el ámbito de las “estructuras”, más educa a las almas para interpretar el mal como algo externo y sistémico, en lugar de interno y moral. Se hace más fácil enfurecerse contra el mundo sin tocar los propios vicios.

La Cuaresma está diseñada para desmantelar el autoengaño. León incluso cita a Pablo VI sobre el “autoengaño sistemático”. Luego, propone una nueva forma de autoengaño: localizar la crisis ahí fuera, en las estructuras y en los sistemas.

Al diablo le encanta una Cuaresma politizada. Mantiene ocupado al pecador.

Una última súplica, sin eufemismos

Lo más alarmante aquí no es una frase aislada, sino la dirección general, predicada con tranquila confianza, día tras día.

Si el discurso del Vaticano moderno se ve cada vez más influenciado por la autocomprensión del Vaticano II, la iglesia seguirá desplazándose hacia una identidad cuya principal tarea sea simbolizar la unidad humana, facilitar el diálogo y gestionar los conflictos. Cristo se convierte en la inspiración de un programa, en lugar del Rey que exige arrepentimiento.

Mientras tanto, los católicos comunes seguirán escuchando sermones que los tranquilizan y generalizan mientras sus vidas se pudren en secreto. Se les invitará a imaginar “nuevos caminos” para el mundo, mientras descuidan el antiguo camino de la santidad.

La Cuaresma comienza con Ceniza porque Dios quiere que la verdad se diga directamente: morirás y serás juzgado. Ninguna “estructura” te reemplazará en ese momento. El único camino es el arrepentimiento, la confesión, la penitencia y la ardua reorganización de una vida en torno a Cristo.

Ése es el mensaje que la época no puede tolerar.

Es también el mensaje que una iglesia en crisis no puede permitirse diluir.

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