miércoles, 28 de enero de 2026

CATEQUESIS DE LEÓN XIV (28 DE ENERO DE 2026)


Catequesis. Documentos del Concilio Vaticano II. I. Constitución Dogmática Dei Verbum. 3. Un único depósito sagrado. La relación entre Escritura y Tradición.


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Continuando con la lectura de la Constitución Conciliar Dei Verbum sobre la Revelación Divina, hoy reflexionaremos sobre la relación entre la Sagrada Escritura y la Tradición. Podemos tomar como referencia dos escenas del Evangelio. En la primera, que tiene lugar en el Cenáculo, Jesús, en su gran discurso-testamento dirigido a los discípulos, afirma: “Esto es lo que os he dicho mientras aún estoy con vosotros. Pero el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, os enseñará todas las cosas y os recordará todo lo que os he dicho. … Cuando venga el Espíritu de la verdad, él os guiará a toda la verdad” (Jn 14,25-26; 16,13).

La segunda escena nos lleva a las colinas de Galilea. Jesús resucitado se aparece a los discípulos, quienes, sorprendidos y escépticos, les aconseja: “Por lo tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones… enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado” (Mt 28:19-20). En ambas escenas, se evidencia la estrecha relación entre las palabras de Cristo y su difusión a lo largo de los siglos.

Es lo que afirma el Concilio Vaticano II , utilizando una imagen evocadora: “Existe una estrecha conexión y comunicación entre la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura. Pues ambas, que brotan de la misma fuente divina, se funden en una unidad y tienden al mismo fin” (Dei Verbum, 9). La Tradición Eclesial se ramifica a lo largo de la historia a través de la Iglesia, que conserva, interpreta y encarna la Palabra de Dios. El Catecismo de la Iglesia Católica (cf. n.º 113) remite, a este respecto, a un lema de los Padres de la Iglesia: “La Sagrada Escritura está escrita principalmente en el corazón de la Iglesia, más que en documentos y registros”, es decir, en el texto sagrado.

A la luz de las palabras de Cristo, citadas anteriormente, el Concilio afirma que “esta tradición que proviene de los Apóstoles se desarrolla en la Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo” (Dei Verbum, 8). Esto ocurre con plena comprensión a través de “la contemplación y el estudio de los creyentes”, mediante “una comprensión profunda de las realidades espirituales que experimentan” y, sobre todo, con la predicación de los sucesores de los apóstoles que han recibido “el don seguro de la verdad”. En resumen, “la Iglesia, en su enseñanza, vida y culto, perpetúa y transmite a todas las generaciones todo lo que ella misma es, todo lo que cree” (ibid.).

En este sentido, es célebre la expresión de San Gregorio Magno: “Las Sagradas Escrituras crecen con quien las lee” [1]. Y San Agustín ya había señalado que “hay una sola palabra de Dios que se despliega a través de la Escritura, y una sola Palabra que resuena en los labios de muchos santos” [2]. La Palabra de Dios, pues, no está fosilizada, sino que es una realidad viva y orgánica que se desarrolla y crece en la Tradición. Gracias al Espíritu Santo, la Tradición la comprende en la riqueza de su verdad y la encarna en las cambiantes coordenadas de la historia.

En este sentido, resulta llamativa la propuesta del santo Doctor de la Iglesia John Henry Newman en su obra titulada El desarrollo de la doctrina cristiana. Afirmó que el cristianismo, tanto como experiencia comunitaria como doctrina, es una realidad dinámica, tal como lo indicó el mismo Jesús en las parábolas de la semilla (cf. Mc 4,26-29): una realidad viva que se desarrolla gracias a una fuerza vital interna [3].

El apóstol Pablo exhorta repetidamente a su discípulo y colaborador Timoteo: “Oh Timoteo, guarda lo que se te ha confiado” (1 Tim 6,20; cf. 2 Tim 1,12-14). La Constitución Dogmática Dei Verbum se hace eco de este texto paulino al afirmar: “La Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura forman un único depósito sagrado de la palabra de Dios, confiado a la Iglesia”, interpretado por la “enseñanza viva de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en el nombre de Jesucristo” (nº 10). El término “depósito”, en su sentido original, es de naturaleza jurídica e impone al depositario el deber de conservar el contenido, que en este caso es la fe, y de transmitirlo íntegro.

El “depósito” de la Palabra de Dios sigue estando hoy en manos de la Iglesia, y todos nosotros, en nuestros diversos ministerios eclesiales, debemos continuar preservándola en su integridad, como una guía para nuestro camino a través de la complejidad de la historia y la existencia.

En conclusión, queridos amigos, escuchemos una vez más Dei Verbum, que exalta el entrelazamiento de la Sagrada Escritura y la Tradición: afirma que “están tan vinculadas y unidas que no pueden existir de forma independiente, y juntas, cada una a su manera, bajo la acción del único Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas” (cf. n.º 10).

Notas:

[1] Homiliae en Ezequielem I, VII, 8: PL 76, 843D.

[2] Enarrationes en Salmos 103, IV, 1

[3] Cf. JH Newman, Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina cristiana, Milán 2003, pág. 104.
 

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