lunes, 30 de octubre de 2023

OBJECIONES CONTRA LA RELIGIÓN (11)

Si la religión es cosa tan buena, ¿cómo hay algunos sabios y hombres de talento que no creen en ella?

Por Monseñor de Segur (1820-1881)


Porque para creer en la Religión no son bastantes todos los talentos y todas las sabidurías del mundo, sino que se necesita, además, haber recibido de Dios la humildad de espíritu y la rectitud de corazón indispensables para tener fe.

Y cabalmente esta humildad de espíritu y esta rectitud de corazón suelen ser lo primero que falta a los pocos sabios que hay sin Religión. De ellos hay algunos que, enteramente entregados a su pasión de saber, no solamente ignoran la Religión, sino que ni siquiera piensan que tal Religión existe, y mientras se pasan toda su vida mirando las estrellas, examinando las hierbas de los campos o inventando máquinas, no dedican un rato siquiera a pensar que tienen un alma, ni se acuerdan para nada del Dios Bueno y Omnipotente que ha criado aquellas estrellas, que hace crecer aquellas hierbas en los campos y que les dio el entendimiento que les sirve para inventar aquellas máquinas. Esta clase de sabios, embebidos en sus estudios, se avergonzarían, si cayeran en la cuenta, al ver que de las cosas más importantes a un hombre saben menos que un niño de la escuela que aprenda bien el catecismo. Así es que cuando alguna vez, por casualidad, hablan de Religión, dicen disparates tan gordos como diría un patán hablando de medicina. Otros hay, ya en mayor número, que no son tan ignorantes en punto a la Religión, pero que rebosando de orgullo, quieren tratar a Dios de igual a igual, y tienden a menos creer los misterios de nuestra fe, porque no los entienden. Ellos dicen que no quieren admitir lo que su razón no puede penetrar: como si la razón del hombre penetrase siempre todo lo que admite por verdadero, como si no creyéramos todos, y no creyeran ellos mismos muchas cosas que ni entienden ni podrán nunca entender. Y si no, que digan cómo sucede que, de una cosa tan pequeña como es una bellota, sale un árbol tan grande como es una encina, que digan cómo la clara y la yema de un huevo llegan a convertirse en la carne, los huesos y las plumas del ave que sale de él después de empollado. Ellos no pueden menos que creer, y lo creen, que de la bellota se forme la encina y del huevo el ave; pero en cuanto a entender cómo esto sucede, no lo entienden.

Pues del propio modo, aunque no entienden los misterios de la Religión, debía bastarles ver las grandes verdades que en ellos se encierran y los grandes bienes que se producen en el mundo, para creerlos sin más averiguación. Pero no, señor; les parece más bonito desmentir al mismo Dios que se los ha enseñado, y, rebeldes contra Jesucristo, no ven que su mismo orgullo les quita el entendimiento en este mundo, y los priva de la eterna luz del otro.

Estos tales son los que dicen que la Religión es cosa buena allá para la gentecilla de poco más o menos; pero que, para ellos, sabios profundos y hombres de gran caletre, está de más el emplearse en esas niñerías... ¡Niñerías le llaman a saber si hay un Dios Todopoderoso, si tenemos un alma inmortal, que le ha de dar cuenta de lo que hemos pensado, hablado y obrado en esta vida! ¡Si hemos de ser premiados por nuestras buenas obras y castigados por las malas! ¡Si el Hijo de Dios derramó su sangre por redimirnos y salvarnos! ¡Si su gracia soberana nos ayuda con amor a sobrellevar las miserias de esta vida y a ganar el cielo prometido...! A esto le llaman niñerías esos que a sí mismos se llaman sabios. ¿Qué te parece a ti de esta sabiduría?

¿Sabes lo que casi siempre pasa con estos tales sabios, y en lo que consiste su orgullo presuntuoso y necio? Pues es en que, por lo general, tienen vicios y hacen cosas que la Religión condena y castiga, y ellos no quieren confesar esta religión que reforma sus malas inclinaciones, que los acusa por sus vicios y que los amenaza con penas sin término. Esta es la verdad, hijito, y atente a la experiencia: verás como yo no te engaño.

Ahora ya comprenderás por qué hay algunos hombres de saber y de talento que viven sin Religión. Pero estos tales son muchos menos de los que quizás hayas oído decir; y, sobre todo, son casi insignificantes, si los comparas con los muchísimos y eminentes sabios que en todos tiempos han defendido y enseñado y practicado nuestra Santa Religión. Vuelve a leer lo que en nuestra primera conversación te dejé dicho, y los nombres que allí te cito de personas ilustradísimas y santas que han confesado a Jesucristo. Aquellas son, hijo mío, una parte muy pequeña de todas las que pudiera citarte, y todavía serían necesarios muchos miles de libros como este para escribir en ellos todos los nombres de las personas, ilustres por sus grandes talentos, por su profundísimo saber y sus ejemplarísimas virtudes, que vienen a reducir casi a nada el insignificante número de esos sabios y hombres de talento que dices tú sin religión.

Pero todavía te diré una verdad que rebaja aún más este número, y es que, de esos mismos que la echan de irreligiosos, cuando les viene encima una desgracia, y, más aún, cuando ven cerca a la muerte, inclinan su cabeza y piden con ansia los auxilios de la misma Religión contra la cual han blasfemado tanto.

Difícil es que no hayas oído hablar del francés Voltaire. Este fue un hombre de gran talento y de saber no escaso, que se hizo muy famoso en el siglo pasado por sus burlas y blasfemias contra la Religión cristiana: todo lo que sabía, todo su talento, toda su vida la consagró a escandalizar y escarnecer a los cristianos, que no parecía, sino que el mismo demonio obraba en su persona.

Pues bien; este hombre, tan célebre por su odio y su desprecio de la Religión, habiendo caído enfermo en París, y creyendo llegada a su última hora, pidió deprisa y corriendo a un sacerdote que lo confesase. Le pasó aquel ataque, y, juntamente con el temor a la muerte, se olvidó del Dios a quien había invocado. Pero el ataque le repitió al mes, y vuelta nuestro hombre a pedir los auxilios de la Religión: solo que ya esta vez los amigotes que le rodeaban y que habían celebrado grandemente sus impiedades, se compusieron de modo que no dejaron penetrar en la alcoba del enfermo al sacerdote. ¡Ya se ve! Para aquellos señores que habían encomiado tanto las bufonerías blasfemas de su maestro, y que, en la ocasión más crítica de probar su desprecio de la Religión, le veían reclamar sus auxilios, era asunto de vanidad y gran interés el que no se dijera de ellos que habían estado toda su vida aplaudiendo infamias de que se retractaba el mismo que se las había hecho aplaudir. Por eso impidieron la entrada del sacerdote, y lograron que el desdichado enfermo muriese maldiciendo de ellos y en una desesperación espantosa.

Te advierto que todo esto se sabe por el testimonio del mismo sacerdote que fue llamado, y por el médico que asistió al famoso impío hasta su último instante.

Pues oye ahora otros pormenores relativos a una persona, cuyo nombre te es muy conocido, porque ha sido enemigo de tu patria. Te hablo de Napoleón, de aquel que pretendió dominar a todo el mundo entero. Este fue uno de los que, cegados por su ambición, obran muchas veces poco conforme a los preceptos cristianos; pero jamás dejó de conservar en el fondo de su alma la fe de sus padres y el mayor respeto a la Religión. “Yo soy -decía- católico, apostólico, romano; mi hijo lo es también, y tendría un pesar muy grande en que no pudiera hacerlo también mi nieto. De todos los bienes -añadía- que yo he hecho a Francia, el mayor es haber restablecido en ella la Religión Católica. Sin la Religión, ¿qué sería de los hombres? Se harían pedazos unos a otros por llevarse cada cual la mujer más hermosa y por comerse la pera más gorda”.

Dios quiso un día humillar la arrogancia de este conquistador ambicioso, y haciéndole perder en una sola batalla el poder y el trono, permitió que sus enemigos le encerraran en la isla de Santa Elena. Allí fue donde más pensó en la Religión Católica que había mamado; y con su inmenso talento comprendió y confesó que era la única Verdadera y Santa. Frecuentemente hablaba de ella con el sacerdote a quien había llamado para que le dispensara en aquel destierro sus auxilios espirituales; oía Misa diaria en su capilla, y tenía sumo cuidado en encargar a su cocinero que no le sirviese carnes en los días de vigilia. Las personas que le acompañaban estaban maravilladas del fervor y grandeza con que proponía y explicaba las verdades fundamentales del Catolicismo.

Cuando le anunciaron que su muerte estaba cerca, despidió a sus médicos; y habiendo mandado llamar a su capellán, el presbítero Vignali, le dijo estas solemnes palabras: “Padre capellán, yo creo en Dios, y quiero, a la hora de mi muerte, recibir los auxilios de la Santa Religión en que he nacido”. Efectivamente, el Emperador se confesó, y cuando después hubo recibido el Viático y la Extremaunción, dijo al general Montholon, que era uno de los que le acompañaban en la isla: “no puede usted figurarse, general, qué gozo tan grande me causa haber cumplido mis obligaciones de cristiano: cuando le llegue a usted su última hora, quiera Dios concederle tanta dicha como a mí... Cuando estaba yo en el trono, había descuidado bastante este negocio, porque las glorias del mundo me tenían embebido. Pero, con todo, jamás he renegado de mi fe: cada vez que oía una campana o veía un sacerdote, sentía dentro de mí un gozo inexplicable. He cometido la cobardía de ocultar a todo el mundo estos sentimientos, como si hubiera sido una deshonra; pero ahora me acuso públicamente de esta flaqueza, y quiero alabar a Dios y pedirle misericordia”.

Dicho esto, mandó que en el cuarto inmediato a su alcoba le pusieran un altar con el Santísimo Sacramento, donde se celebraron las Cuarenta Horas; y mientras se celebraban dio el último aliento.

Así murió Napoleón, el que juzgaba estrecha la tierra para su ambición y orgullo; El capitán más ilustre que ha tenido la Francia, y uno de los hombres más eminentes por su valor y talento que ha tenido el mundo.

Y con estos ejemplos y tantos otros como pudieran añadírseles, ¿qué valor tienen, dime, las necias o interesadas muestras de otro hombre notable por su talento o su ciencia?

Créeme, hijo mío, no es verdadero sabio ni tiene verdadero talento el hombre que vive sin Religión; cuando oigas a alguno hablar contra ella, ten por cierto que, o no la conoce o tiene interés en desacreditarla para dar rienda suelta a las pasiones y vicios.



CUARTA PARTE DEL LIBRO "VIDAS DE LOS HERMANOS" (CAPÍTULO XVI)

Continuamos con la publicación de la Cuarta Parte del antiguo librito (1928) escrito por el fraile dominico Paulino Álvarez (1850-1939) de la Orden de Predicadores.


CUARTA PARTE

DEL LIBRO INTITULADO

"VIDAS DE LOS HERMANOS" 

CAPÍTULO XVI

DE CÓMO LOS DEMONIOS CASTIGABAN A ALGUNOS HERMANOS RELIGIOSOS

I. En los principios de la Orden, a un cierto Hermano que de Bolonia había ido a Favenza y allí sin permiso había recibido cuarenta sueldos y una correa, y vuelto a Bolonia no lo había confesado, durmiendo una noche antes de Maitines, le arremetieron los demonios y le llevaron a una viña, que poco antes habían comprado los Hermanos, donde le azotaron fuertemente hasta romper muchas varas sobre sus costillas, dejándole medio muerto. Al salir de Maitines oyeron los Hermanos las voces que el infeliz daba, y acercándose le hallaron el cuerpo todo acardenalado, y la cabeza y la cara heridas, y las manos hinchadas, de las cuales cosas nunca se vio por completo curado.

II. A otro Hermano, en Génova, que con su Prior había tenido palabras duras y casi rebeldes, y que de noche se había retirado al dormitorio sin reconciliarse, cogiéronle también los demonios y con muchas y gruesas varas le azotaron, dejándole en tal condición que apenas pudo irse a la cama. Quedó por algún tiempo postrado enseñando las heridas de los golpes, y en prueba de lo ocurrido los mismos Hermanos hallaron muchos fragmentos de los garrotes con que los demonios le habían azotado.

III. En el convento de Bolonia acaeció asimismo que un Hermano lego, que el demonio entró en su cuerpo y de terrible manera comenzó repetidamente a atormentarle. Levantáronse los demás conversos, que ya estaban acostados, y llamaron a su Maestro y después al Bienaventurado Domingo que entonces estaba en casa. Mandó el Santo que fuera llevado a la Iglesia el Hermano paciente, como se hizo, si bien no podían apenas entre diez sujetarle. Desde la misma puerta de la Iglesia dio un soplo con que apagó todas las lámparas. Continuando en atormentarle de mil maneras el demonio, díjole el Bienaventurado Domingo: 

-Te conjuro por Cristo que me digas por qué tanto atormentas a este Hermano, y cómo y cuándo entraste en él. 

Respondió el demonio:

- Le atormento porque lo merece; pues ha bebido en la ciudad sin licencia y sin la señal de la cruz. Entonces entré en él bajo la forma de un mosquito, o más bien, él me bebió con el vino. 

Mientras así contestaba, hicieron la señal a Maitines, y dijo el demonio:

- Me marcho; ya no puedo estar aquí, porque se levantan los encapuchados a alabar a Dios. 

Y marchando, dejó al Hermano tendido en tierra como muerto. Lleváronle los Hermanos a la enfermería y por la mañana se levantó sano sin saber lo que le había sucedido. Contóle esto al Maestro uno de los Hermanos que presentes estuvieron.

IV. En el convento de Sena, Toscana, hubo un Hermano culpado del vicio de propiedad, el cual cayó un día, sin que nadie le tocase, de una alta peña que junto a la enfermería estaba, y después de caído vio cerca de sí una sombra negra que le decía:

- Juicio de Dios es, juicio de Dios es.

Aunque magullado, contó al Prior lo que había visto y oído, y pasó un año entero sin convalecer por completo de la caída. Por último, añadiendo pecados a pecados, concluyó por salir de la Orden.

Continúa...

DERRIBAR EL EDIFICIO JERÁRQUICO (CXV)

Después del Vaticano II y la supresión de las Órdenes Menores, se ha vuelto cada vez más claro que existe una confusión general sobre qué es realmente el sacerdocio sacramental y cómo debe entenderse en relación con los fieles.

Por la Dra. Carol Byrne


Este es el caso no sólo entre los laicos sino también entre muchos sacerdotes.

El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que “existe entre todos los fieles una verdadera igualdad de dignidad y de actividad, en virtud de la cual todos cooperan en la edificación del Cuerpo de Cristo, cada uno según su propia función y condición” (1)

La causa fundamental de esta confusión se puede encontrar en el Decreto del Vaticano II sobre el ministerio y la vida de los sacerdotes, que reconsideró el sacerdocio sacramental en el contexto general del ministerio activo de todos los fieles en la Iglesia y el mundo. En otras palabras, el principio operativo es el “sacerdocio de todos” genérico en el que el sacerdote ordenado es sólo un elemento, que no posee un estatus superior al de cualquier otro. Desde entonces se hizo todo lo posible para evitar mencionar la superioridad de los primeros sobre los segundos.

Pero este nuevo paradigma era extraño al dogma definido en el Vaticano I de la Constitución de la Iglesia como una monarquía en la que el Papa tiene la autoridad suprema de jurisdicción sobre la Iglesia universal. Ahora, sin embargo, tocar siquiera esta verdad –y mucho menos diferenciar distintos grados de dignidad y santidad entre los fieles– es provocar acusaciones de “clericalismo”, “triunfalismo” y “juridicismo”. Es significativo que estas fueran las mismas acusaciones lanzadas por los obispos progresistas durante la primera sesión del Vaticano II cuando se discutía el Esquema original sobre la Constitución de la Iglesia, De Ecclesia

Los siguientes ejemplos, tomados de las Acta Synodalia del Concilio (2), son un resumen de las razones que dieron para rechazar el Esquema:
◆ Estaba caracterizado por el “clericalismo”, el “triunfalismo”, el “juridismo” y un estilo “pomposo” propio de documentos magisteriales obsoletos (3)

◆ Insistía demasiado en los derechos y privilegios de la Iglesia, en lugar de reconocer el derecho de otras religiones a la libertad de conciencia (4)

◆ El espíritu de “ecumenismo” faltaba en el Esquema, que mostraba una actitud “arrogante” hacia otras religiones al exigir su sumisión a la fe católica (5)

◆ El concepto “jurídico” del Esquema del Papa como “gobernante” de los obispos debía abandonarse porque no se ajustaba a las Escrituras ni a la realidad (6)

◆ La Iglesia no debía ser vista como una “pirámide” con el Papa en la cúspide, y su gobierno debía estar descentralizado (7)

◆ Los laicos no debían estar subordinados a la Jerarquía y no le debían sumisión: su misión proviene directamente de Dios (8)

◆ Las referencias del Esquema a la “Iglesia Militante” eran “deplorables”, y se pensaba que la metáfora de la Jerarquía como “un ejército alineado para la batalla” falsificaba el Evangelio de Cristo, quien predicó un mensaje de amor (9).
Podemos ver por el tenor agresivo y el contenido hostil de estas críticas que los progresistas –que, irónicamente, formaron “un ejército alineado para la batalla”no tenían intención de defender a la Iglesia Católica antes, durante ni después del Concilio. Los insultos y las etiquetas despectivas revelaron mucho más sobre los atacantes que sobre los atacados.


Semillas de apostasía

Estos ataques, entonces, fueron nada menos que una “manifestación de denuncia” contra los derechos y privilegios históricos de la Iglesia Católica como única Religión verdadera, y contra su Constitución divinamente deseada que investía al Papado con autoridad suprema y universal en Doctrina y gobierno. Todos los principios falsos antes mencionados habían sido denunciados por el Magisterio anterior al Vaticano II.

En particular, el Papa Pío IX condenó solemnemente la “libertad religiosa” en su encíclica Quanta cura (1864). Se refirió a ella como 
“esa opinión errónea, más fatal en sus efectos sobre la Iglesia Católica y la salvación de las almas, llamada por nuestro predecesor Gregorio XVI una 'locura'... 'una libertad de perdición'”
Pio IX condenó todo actos de rebelión contra el poder eclesiástico, especialmente el poder supremo del Papa y su jurisdicción universal.

Pablo VI regala la tiara papal el 13 de noviembre de 1964

Sin embargo, estas fueron las ideas clave que prevalecieron en el Concilio, durante el cual Pablo VI dejó a un lado su tiara papal, el símbolo por excelencia de la unión de sus poderes espirituales y temporales, en deferencia a aquellos que objetaban su munus regendi. Este gesto público habla más que las palabras.

Porque aunque no abolió la ceremonia de coronación –de hecho, la mantuvo específicamente (10)– dio la impresión de que estaba renunciando a su soberanía no sólo sobre la Iglesia sino también sobre los reyes y reinas terrenales; y al mismo tiempo permitió que los progresistas del Concilio que desafiaron la supremacía papal creyeran que sus ideas subversivas algún día serían aprobadas legítimamente por la Iglesia.

Y así resultó que todos sus sucesores en el trono de Pedro se negaron a llevar la Triple Corona. Su sucesor inmediato, Juan Pablo I, reemplazó la ceremonia de coronación con un rito de “inauguración”.


Juan Pablo II respaldó la rebelión conciliar

En lugar de denunciar las críticas hechas en el Concilio como equivocadas e injustas, y a sus perpetradores como neomodernistas, Juan Pablo II respaldó su mensaje en su primera homilía, predicada en la misa de inauguración de su pontificado, el 22 de octubre de 1978:
“En siglos pasados, cuando el Sucesor de Pedro tomaba posesión de su Sede, se colocaba sobre su cabeza la Triple Corona, la Tiara. El último coronado de este modo fue el Papa Pablo VI en 1963. Sin embargo, tras el solemne rito de la coronación no volvió a utilizar la Triple Corona, y dejó a sus Sucesores la libertad de decidir al respecto.

El Papa Juan Pablo I, cuyo recuerdo está tan vivo en nuestros corazones, no quiso la Triple Corona, y hoy tampoco la quiere su Sucesor”.
Estas palabras contienen la evidencia en blanco y negro de que los “papas” posconciliares creían que tenían el poder de descartar un rito solemne que había sido utilizado en la Iglesia durante más de 800 años porque ellos, personalmente, “no lo querían”. Ningún otro Papa en la Historia de la Iglesia había expresado jamás tal actitud hacia la Liturgia que, como es bien sabido, no es de su propiedad personal para hacer con ella lo que quiera.

Hasta el Vaticano II, el consenso común entre ellos era que el poder de los Papas sobre la Liturgia estaba delimitado en el sentido de que estaba subordinado a la Sagrada Tradición. Su objetivo principal era salvaguardar el Patrimonio Litúrgico que había sido transmitido como verdadera expresión de la Fe Católica.

La aversión de Juan Pablo II por la tiara tampoco dio señales de disminuir con el tiempo. En 1996, cuando emitió la Constitución Apostólica Universi Dominici gregis, que regulaba la elección de un nuevo Papa, eliminó cualquier referencia a una ceremonia de coronación.


“Papas” que traicionan su propio cargo

A lo largo de la homilía, no hizo mención alguna del “poder supremo” que le fue conferido personalmente como sucesor de Pedro, Doctrina que forma parte del depósito revelado de la Fe. Habló en lugar del “poder del Señor” ejercido por todos:
“Tal vez en el pasado pusimos la Triple Corona sobre la cabeza del Papa para expresar con tal símbolo que todo el orden jerárquico de la Iglesia de Cristo, todo el ‘poder sagrado’ de Cristo ejercido en la Iglesia, no es otra cosa que servicio, servicio que tiene un solo objetivo: que todo el Pueblo de Dios participe en esta triple misión de Cristo, y permanezca siempre bajo el poder del Señor”
Francisco, visiblemente 'disgustado', recibe una tiara de manos del Primer Ministro de Macedonia; él jamás lo usó

Pero si el “poder supremo”, simbolizado por la Triple Corona, es propiedad de todos, esto implica que no fue otorgado a un solo hombre. Y así se niega tácitamente la unicidad del Soberano Pontífice.

La conclusión obvia que se puede extraer de esta homilía es que Juan Pablo II deseaba acabar con la Doctrina de la Supremacía Papal y reemplazarla por un sistema de reparto del poder vaciado de su contenido católico. De hecho, no hay rastro en la homilía de un deseo de aceptar como primera prioridad la Verdad sobre la Supremacía Papal que nos llegó desde la Revelación y que la Iglesia nos ha transmitido en el Rito de la Coronación.

Evidentemente, Juan Pablo II prefirió la falsa Triple Corona de la “libertad religiosa”, la “colegialidad” y el “ecumenismo” fabricada en el Concilio por quienes cuestionaban la tradicional condena de la Iglesia a todas estas cuestiones.

Continúa...


Notas:

1) El Catecismo de la Iglesia Católica § 872 se hace eco de Lumen gentium §§ 31, 32.

2) Acta Synodalia Sacrosancti Concilii Oecumenici Vaticani II: Primera sesión, Parte IV, 1-7, diciembre de 1962.

3) El Obispo Emile De Smedt de Brujas.

4) El cardenal Alfrink, arzobispo de Utrecht; el cardenal Ritter, Arzobispo de San Luis; el cardenal Suenens, arzobispo de Bruselas-Malinas.

5) El Obispo Jan van Cauwelaert de Inongo, Congo.

6) El arzobispo Guerry de Cambrai; el arzobispo Emile Blanchet, rector del Instituto Católico de París; Mons. Ancel, Auxiliar de Lyon.

7) El Obispo Rupp de Mónaco

8) El arzobispo François Marty de Reims; Obispo Huyghe de Arras

9) Maximos IV Sayegh (o Saigh) de Antioquía de los Melquitas; el cardenal Frings de Colonia

10) En el § 92 de su Constitución Apostólica, Romano Pontifici eligendo (1975), que rige la elección de los Papas, mencionó la coronación como parte de la ceremonia.


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