lunes, 31 de marzo de 2025

COMPRA Y VENTA DE ALMAS (51)

Los corazones nobles entre los protestantes vacilan en creer que haya una trata de almas; y, sin embargo, es cierto que el dinero ha venido a ser el agente principal de esa propaganda.

Por Monseñor De Segur (1862)


En Francia y en otros países católicos, se hace una distribución inmensa de libros y de folletos heréticos. Ya lo hemos dicho antes: Pero esa distribución, aunque tan perniciosa y tan activa como es, no es más que un medio secundario para los agentes de la propaganda protestante. Hay otro medio más eficaz, al cual no se avergüenzan de recurrir, que es el dinero. “Un grito unánime de indignación -dice el señor Arzobispo de Génova, en una pastoral reciente- un grito unánime de indignación, se levanta sobre este punto en toda la Europa católica, por manera que es inútil que las sectas protestantes, tengan la audacia de negarlo”.

Este tráfico con las almas es un hecho comprobado. Es verdad, y yo lo sé, que no faltan entre los protestantes, y aun entre sus ministros, hombres incapaces de recurrir a semejantes prácticas. Los que forman esta excepción, se indignan de que se haga este cargo al protestantismo; y yo me alegro de oír sus reclamaciones enérgicas, porque ellas prueban la honradez de sus personas. Pero no por eso quedan justificados los medios de propaganda que usa su partido. El carácter general de esta propaganda es presentar a los pobres el grosero cebo de la plata y de los socorros temporales, para inducirlos a apostatar de la religión católica; y esta acusación se apoya en hechos diarios y auténticos, de modo que no hay lugar a la duda. Las personas que aman y auxilian a los pobres, descubren a cada instante alguna de esas tentativas de seducción; y a pesar de eso, todavía están lejos de conocerlas todas. Los desgraciados que se dejan seducir, se guardan bien de dar a conocer su infamia; y los agentes provocadores se limitan, cuando dan cuenta de su obra nefanda, a presentar el guarismo de sus convertidos. A juzgar por el número de negativas que encuentran, el de tentativas debe ser muy considerable. Yo personalmente conozco muchas familias de operarios o de indigentes, a quienes los convertidores o convertidoras han ofrecido auxilios, trabajo, dinero y algunas veces mucho dinero, bajo la condición de que se hicieran protestantes. El venerable cura de San Sulpicio de París, después de haber hecho una indagación en su parroquia, en la cual declararon bajo su firma muchos individuos particulares y familias, atestiguando las maniobras culpables de la propaganda herética; presentó al ministro de los cultos todas estas pruebas, para lo que pudiese convenir, en el mes de enero de 1858.

Un obispo ilustre decía hace poco: “¿No habéis por ventura encontrado algunos de esos mercaderes de conciencias que recorren los campos, se pasean en las ciudades y se introducen hasta en el seno de las familias para sembrar la cizaña y la mentira? Este ramo de comercio, nuevo entre nosotros, toma una extensión singular y merece ser conocido. Para esto véase como pasan las cosas. Hay por ejemplo en una aldea una familia pobre y adeudada, que está amenazada de que se le venda la cabaña que la abriga. Inmediatamente se presenta uno de esos corredores de almas, que por el olfato conocen donde amenaza la desgracia; y con un aire de ingenuidad, dice al jefe de aquella familia: ¡Pobre hombre! ¿Qué mal acomodado estás en esta choza tan mal cerrada? ¿Aquí hará frio? ¿Cómo es que el cura del lugar no le da para reparar la casa y vestirte bien? ¡Mira que cosas! Yo soy ministro protestante y cuando hay pobres en mi feligresía los asisto... Venga mañana a casa, yo le daré un cobertor para la cama y alguna ropilla para tus hijos...” Con esto se va dejando a aquellas pobres gentes con dos palmos de narices, por la admiración de una caridad tan hermosa.

“El cobertor viene y el ministro protestante no tarda en venir detrás. Esta segunda vez habla de reparar la casa, asegurando que la cantidad necesaria para la obra se encontraría, si la familia fuera protestante en vez de ser católica. Al oír esto la mujer se incomoda y el ministro se va, sin dejar en la choza más que un libro malo”.

“En otra parte cae enfermo un jornalero, que para mantenerse con su mujer y dos hijos, no tiene más capital que sus brazos. La miseria y el hambre son malos consejeros; ellas dan lugar a grandes tentaciones. Los mercaderes de almas lo saben, y por eso acuden prometiendo pan a aquellos infelices, con tal que consientan en entregarles su conciencia. ¡Ay! Ellos lo hacen”.

“En la casa de enfrente hay un pobre labrador que no tenía más que un pedazo de tierra; pero un acreedor le hace sacar aquellos pocos bienes a pública subasta, con el objeto de pagarse. Los predicantes vienen a ofrecerle que le darán con que pagar, si él quiere abandonar su religión. El pobre llora y promete”.

“Una pobre madre viuda tiene dos hijos, con los cuales anda de puerta en puerta, para tener un pan que darles. Los corredores envían a su encuentro algunas celadoras que la preguntan por sus hijos, ofreciéndole educárselos cómodamente. Como quien quiere transigir con su conciencia, la pobre madre cede uno y reserva el otro para Dios”.

“Los compradores de conciencia se dirigen de preferencia y con más éxito a los borrachos, que siempre tienen necesidad de dinero; a los quebrados, que ansían por una tabla para salvarse del naufragio; a las mujeres perdidas, que solo tienen un alma muy gastada para vendérsela; y, sobre todo, a los simples e ignorantes. En los hoteles, en las tabernas, en los buques de vapor, en los coches públicos y a lo largo de los caminos reales, se encuentran predicantes, catequistas y distribuidores de libros, dispuestos a convertir a todo el mundo, cada uno según su secta”.

Para no hablar más que de la Francia, nuestras grandes ciudades y especialmente París, son trabajadas por los protestantes con un ardor sin igual. Los jefes de las sectas protestantes han dicho: “A todo precio es necesario apoderarnos de París, porque cuando seamos dueños de París, lo seremos de la Francia, seremos señores de la Europa”. En consecuencia de este plan de campaña, los agentes pagados, las fanáticas mujeres protestantes, los diáconos, las diaconisas, etc., penetran en casa de nuestros pobres, procurando comprarlos a ellos y a sus hijos.

Varias veces han provocado los protestantes a los católicos, para que den los nombres de los pastores o agentes, adviértase que los primeros no tienen señal que los distinga de los segundos, que se valgan de los recursos denunciados en este artículo. Pero ¿es leal esta provocación? Pues que ¿no saben los protestantes que esos agentes se guardan de decir su nombre cuando son rechazados con desprecio? Esos, señores solo declaran cómo se llaman, dando las señas de su casa, cuando los desgraciados a quienes se dirigen aceptan el contrato; y por cierto que estos últimos no han de venir a darnos el nombre de los que los han comprado.

En Lyon se repiten los mismos hechos. El señor presbítero Catet, vicario general de aquel arzobispado, cita muchos en un opúsculo sobre el protestantismo. He aquí algunos extractos:

“Al pintar el cuadro de esas vergonzosas maniobras del protestantismo para hacer prosélitos, tenemos la mano llena de certificados, dados por católicos pobres de nuestros campos, que habían sido seducidos de esta manera; los cuales confusos y arrepentidos, después de haberse dejado comprar así por los apóstoles del nuevo Evangelio, han declarado por escrito el miserable medio de seducción que se había empleado para pervertirlos. Después de haber escrito sobre esto, hemos enviado al Rector de la Academia de Lyon cuatro certificados de padres de familia, los cuales declaraban haber recibido, dinero por enviar sus hijos a la escuela de los protestantes. ¡Qué preciosa y cuán digna de ser reproducida es la reflexión que hacía uno de los hombres así comprados, cuya abjuración hicimos recibiera un eclesiástico de la Diócesis! Atormentado de remordimientos desde que tuvo la debilidad de recibir el precio de su apostasía, decía a su mujer que también había caído en el lazo: 'Francamente hablando, mujer, yo desconfío de una religión que da dinero para hacerse aceptar'”.

En presencia de estos hechos notorios, ¿todavía se atreverá el comité de Evangelización a sostener, que en su secta no se da dinero para acaparar gente?

Necesario fuera hacer aquí una estadística, que excedería a los límites de la obra presente; pues en todas partes se procede de la misma manera, empleándose la elocuencia argentina de la caja llena, con el objeto de convertir a los católicos pobres. “No pasa día, dicen los Anales de Ginebra, en que no sepamos de algunos ensayos de conquistas, emprendidos bajo el patrocinio del dios Mammona. Una vez es un ministro protestante muy conocido, que para en la calle a una jornalera, ofreciéndole trabajo y socorros para el invierno. Otra vez es una gran, señora que se lleva en el coche a la criada, para explicarle las preciosas ventajas de la Reforma. Otra vez es un señor cualquiera, que aunque no haya salido bien la primera vez, repite la carga, a la sordina, sobre un padre de familia, hasta que envía sus hijos a un colegio protestante etc. Los Anales añaden, por vía de nota, lo siguiente: Debemos señalar a los señores Oltramore, Jacquet y Bordier, pastores protestantes de Ginebra; porque ellos mismos, con descaro, se hacen conocer en esas visitar a los católicos pobres”.

Donde quiera se hacen esas visitas obsequiosas y multiplicadas, en las cuales se explota la situación poco desahogada del clero católico, para arruinar la fe de las almas simples. “¡Cómo! -dicen los agentes del protestantismo, a aquellos infelices ya exasperados por la necesidad- ¿cómo es que vuestros sacerdotes no os dan dinero!” Sobre esto cargan con los lugares comunes de los vicios del clero y de los abusos de la religión católica. Después meten diestramente una moneda en la mano del que los oye; y se marchan glorificándose de haber hecho una campaña evangélica. No importa que aquel sea un cristiano que no iba a Misa, que no cumplía con la Iglesia y que aborrecía a los sacerdotes. Está ganando a la causa del puro Evangelio; y eso al protestantismo le basta.

Tal es la propaganda protestante que se aumenta cada día. Tales son esas conversiones, no menos inmorales que vergonzosas, para los que las hacen y para los que son víctimas de ella. Los corazones nobles entre los protestantes, como entre los católicos, vacilan creer en esa trata de almas; y, sin embargo, es cierto que el dinero ha venido a ser el agente principal de esa propaganda. En sus manos la caridad no se ofrece como un socorro desinteresado, sino como una prima a la apostasía. “¿Sois pobre? Venid a nosotros y tendréis bienestar”.

¡Cuán amargo debe ser el pan que se compra con semejante infamia!

Por consecuencia de ese agiotage religioso, las grandes ideas de honor y de moral, ya tan debilitadas, van desapareciendo cada vez más: los corazones se rebajan, los caracteres se enervan, las convicciones decaen; y la verdad y la religión parecen no ser para los hombres que tal hacen, sino un medio de explotar al rico y de envilecer al pobre.

Comprar y vender. He aquí las últimas palabras de la propaganda protestante.

Continúa...

Tomado del libro “Conversaciones sobre el protestantismo actual”, impreso en 1862.

 


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