miércoles, 31 de diciembre de 2025

EL LENGUAJE DE SAN FRANCISCO JAVIER

El lenguaje de San Francisco Javier, patrono de las Misiones Católicas, es una prolongación exacta de la predicación de Cristo y de los Apóstoles. 

Por el padre José María Iraburu


Nacido en el castillo de Javier, en Navarra (1506-1552), entró en el grupo de compañeros que San Ignacio de Loyola había formado en París (1534), y pocos años después, en la Compañía de Jesús, siendo destinado a misionar en las Indias y el extremo Oriente (1541). En los once años que duró su misión evangelizadora, recorrió enormes distancias –India, Ceilán, Molucas, Japón–, a través de caminos y navegaciones con frecuencia extremadamente penosos y peligrosos. Y murió en la isla de San Choan, disponiéndose a entrar en la China, cuando tenía cuarenta y seis años. Nunca estuvo en un país el tiempo necesario para aprender la lengua local, de modo que siempre hubo de predicar con intérprete.

“Quiso Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación (1Cor 1,22). ¿Y cuál es “la locura de la predicación”? Pienso que, para el hombre carnal, son locura las mismas palabras de Cristo cuando envía (missio) a predicar a los misioneros: “id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado se salvará; pero el que no creyere se condenará” (Mc 16,15-16). Es tal locura esta alternativa, que hoy no pocos misioneros se glorían de no predicar el Evangelio, convencidos de que para evangelizar el mundo lo más conveniente es no predicar el Evangelio, al menos abiertamente. No pensaba así el Apóstol: yo no me avergüenzo del Evangelio, que es poder de Dios para la salvación de todo el que cree” (Rm 1,16). Y San Francisco Javier tampoco se avergonzaba del Evangelio.

La predicación de Javier tiene la lucidez y la fuerza de la palabra de Cristo. Se centra en las grandes verdades del Credo y en la explicación de las principales oraciones cristianas. Y con un valor “suicida” denuncia el pecado de los hombres y de los pueblos. Lo comprobaremos recordando algunas escenas de su breve vida misionera. Estando en el Japón, pronto conoció los grandes errores y perversiones morales que aquejaban al pueblo, especialmente a los bonzos y principales.

“A la poligamia se unía el pecado nefando, mal endémico, propagado por los bonzos, como práctica celestial, introducida desde China y compartida hasta en la alta sociedad públicamente y sin respetos… Los bonzos traían consigo sus afeminados muchachos… Los nobles principales tenían alguno o algunos pajes para lo mismo, y hasta los pajecillos se preciaban de serlo. Otros, menos afortunados, se contentaban con sus criados, particularmente con los soldados” (J. M. Recondo, S. J., San Francisco Javier, BAC, Madrid 1988, 765).

Estando Javier en Yamaguchi en 1550, tuvo la ocasión de predicar el Evangelio ante una numerosa y docta audiencia en la residencia del daimyo Ouchi Yoshitaka, personalmente adicto a la secta Zen. Fueron recibidos Javier, que iba pobremente vestido, y el Hermano Fernández con toda amabilidad y cortesía: “Preguntándonos de dónde éramos, y por qué razón fuimos a Japón, nosotros le respondimos que éramos mandados a Japón a predicar la ley de Dios, por cuanto ninguno se puede salvar sin adorar a Dios y creer en Jesucristo, salvador de todas las gentes”. Oyendo esta respuesta contundente, manifestó [el daymo] su deseo de escucharles (765). Javier mandó al Hermano Fernández que leyera ciertas partes de un cuaderno, y la predicación, que duró más de una hora, fue escuchada por todos con suma atención.

Mientras el buen hermano predicaba [leyendo del cuaderno preparado, con su traducción al japonés], Javier estaba en pie, orando mentalmente, pidiendo por el buen efecto de la predicación y por sus oyentes. La predicación trataba primero de la Creación del mundo, realizada por un Dios único todopoderoso, y de cómo en aquella nación, el Japón, ignorando a Dios, “adoraban palos, piedras y cosas insensibles, en las cuales era adorado el demonio”, el enemigo de Dios y del hombre. En segundo lugar, denunciaba “el pecado abominable”, que hace a los hombres peores que las bestias. Y el tercer punto de que trataba es del gran crimen del aborto, también frecuente en aquella tierra (762; 765-766).

La predicación de Javier es sin duda una locura a los oídos de sus oyentes. Tengamos en cuenta que en aquella ciudad de Yamaguchi había un centenar de templos sintoístas y budistas, y unos cuarenta monasterios de bonzos y de bonzas. Predicar allí como lo hizo Javier fue, sin duda, “un escándalo, un absurdo” (1Cor 1,23). Ciertamente, a ninguno deja indiferente. Unos oyen su Evangelio con admiración, otros se ríen, mostrando quizá compasión, o más bien desprecio. Pero va llegando un momento en que la situación se hace gravemente peligrosa.

Había mucha atención en casi todos los nobles, pero no faltaban quienes, recalcitrantes contra el aguijón, lo insultaban. Perdida la cortesía y las buenas manera proverbiales, los nobles les tuteaban; entonces Javier mandaba a Fernández que no les diera tratamiento. “Tutéales –decía– como ellos me tutean”. El Hermano temblaba, y “temió que los mandasen matar”. Algún noble samurai, no contentándose con insultar, acariciaba la empuñadura de su espada. Horrorizado, confesaba el Hermano Fernández que era tal la libertad, el atrevimiento del lenguaje con que el Maestro Francisco les reprochaba sus desórdenes vergonzosos, que se decía a sí mismo: “quiere a toda costa morir por la fe de Jesucristo”. De esta parresía, de esta valentía extrema, que caracteriza la predicación de Javier, hablaré en seguida.

Cada vez que, para obedecer al Padre, Juan Fernández traducía a sus nobles interlocutores lo que Javier le dictaba, se echaba a temblar esperando por respuesta el tajo de la espada que había de separar su cabeza de los hombros. Pero el P. Francisco no cesaba de replicarle: “en nada debéis mortificaros más que en vencer este miedo a la muerte; por el desprecio de la muerte nos mostramos superiores a esta gente soberbia; pierden otro tanto los bonzos a sus ojos, y por este desprecio de la vida que nos inspira nuestra doctrina podrán juzgar que es de Dios” (765-766).

La Evangelización de Javier produjo muchas conversiones

La predicación se hacía de muchos modos: en el rincón de una plaza, discutiendo interminablemente con los bonzos en una casa prestada, compareciendo ante los nobles en escenas como la que hemos referido. Pues bien, ya a mediados de 1551 se habían convertido y bautizado unos quinientos japoneses: y “eran sobre todo cristianos de verdad” (784), como pudo comprobarse al paso de los años y de los siglos. Los mártires japoneses de Nagasaki (1597), por ejemplo, tan admirablemente valerosos, eran hijos del mártir Javier. La predicación fuerte del Evangelio, por obra del Espíritu Santo, engendra hijos fuertes para Dios y para la Madre Iglesia en este mundo. Explico, pues, brevemente lo que es la parresía en el lenguaje de la predicación evangélica.

La Sagrada Escritura emplea a veces el término parresía para designar la audaz confianza de los enviados por Dios, que dan entre los hombres, valiente testimonio de las verdades divinas, con un lenguaje firme y atrevido, que no teme poner en ocasiones en peligro el prestigio personal y aun la propia vida.

Parresía es término que significa libertad de espíritu o de palabra, confianza, sinceridad, valentía. Parresiázomai quiere decir hablar con franqueza, abiertamente, sin temor, con atrevida confianza. En el griego profano estas palabras se usan primero en el campo de la política, para adquirir más tarde un sentido moral más general. En la versión que los LXX hicieron de las antiguas Escrituras son términos que se emplean raramente (12 veces el sustantivo, 6 el verbo) (cf. Hans-Christoph Hahn, Diccionario teológico del NT, Sígueme, Salamanca 19852, I, 295-297). Es en el Nuevo Testamento cuando se hace más frecuente el término parresía. Y es lógico que la frecuencia de esta palabra sea mayor cuando la revelación alcanza en Cristo su máxima luminosidad y, consiguientemente, cuando se hace máximo el enfrentamiento entre la luz divina y la tiniebla humana. Y así en el Nuevo Testamento parresía aparece 31 veces y el verbo parresiázomai se halla 9 veces.

Jesús habla a los hombres con absoluta libertad, sin temor alguno, con parresía irresistible, sin “guardar su vida”. Ya lo comprobamos en un post anterior. Hasta sus contradictores lo reconocen: “Maestro, sabemos que eres sincero, y que con verdad enseñas el camino de Dios, sin que te dé cuidado de nadie (Mt 22,16). Él, cuando habla, cuando actúa, no trata de guardar su vida. Protege su vida, eso sí –por ejemplo, en Nazaret, cuando quieren matarle (Lc 4,30)–, hasta que llegue su hora. No ejercita, pues, una parresía imprudente. Pero es evidente que hablando y actuando, Jesús se entrega a la muerte.

La prudencia de Cristo, que es según el Espíritu divino, nada tiene que ver, pues, con la prudencia de la carne, que ante todo pretende evitar la Cruz y obtener ventajas temporales. En Cristo prudencia y parresía no están en contradicción, sino que se identifican. Es prudente Jesús porque entregando su vida, la pierde en el sacrificio de la Cruz, para la gloria de Dios y el bien de los hombres.

Esa misma parresía espiritual actúa en los Apóstoles. Los apóstoles daban con gran fortaleza el testimonio (martyrion) que se les había confiado acerca de la resurrección de Jesús (Hch 4,33; lo hacen con parresía, Hch 4,13; 9,27; cf. 1Cor 1,23-24). Evidentemente, esa fuerza espiritual para comunicar a los hombres mundanos la locura de la predicación del Evangelio no es una fuerza humana, y es don que ha de pedirse en la oración con toda esperanza:

Ahora, Señor, mira sus amenazas, y da a tus siervos firmeza (parresía) para hablar con toda libertad tu Palabra… Y cuando acabaron su oración, retembló el lugar en que estaban reunidos, y quedaron todos llenos del Espíritu Santo, y hablaban la Palabra de Dios con osada libertad (parresía)” (Hch 4,29.31). San Pablo, por ejemplo, mandó a los efesios suplicar por todos los santos, y por mí, para que al hablar se me pongan palabras en la boca con que anunciar con franca osadía (parresía) el misterio del Evangelio, del que soy mensajero, en cadenas, a fin de que halle yo en él fuerzas para anunciarlo con libre entereza (parresía), como debo hablarlo (Ef 6,19-20; cf. Flp 1,20; 1Tes 2,2; 1Tim 3,13; Flm 8; 1Jn 2,28; 3,21; 4,17; 5,14; Heb 3,6; 10,35).

“Confesar a Cristo ante los hombres” es vocación de todos los cristianos (Mt 10,32), pero de un modo muy especial es misión de quienes han sido consagrados y enviados por Dios para predicar el Evangelio. Sin embargo, no podrán ellos ser fieles a su ministerio si no están llenos de parresía en el Espíritu Santo. Sin amilanarse en absoluto ante los hombres y los ambientes mundanos –vecinos y familiares, prensa, radio, televisión, políticos e intelectuales de moda–, ellos han de dar vigorosamente el testimonio de Cristo, que despojando a los principados y a las potestades [del mundo y del diablo], los expuso a la vista del mundo con osada gallardía (parresía), triunfando de ellos por la Cruz (Col 2,15).

Obviamente, la parresía recibe toda su fuerza de la Cruz de Jesús. Se posee en el Espíritu esa fuerza espiritual en la medida en que se toma la Cruz. Puede el enviado ser “testigo-mártir de la verdad” en la medida en que da su vida por “perdida” (Mt 16,24-25); es decir, si ya lo dejó todo, y nada tiene propio que “guardar”, ni nombre y honor, ni autoridad y promoción social, ni prestigio ni otro valor temporal alguno. El cristiano, y concretamente el misionero evangelizador, tiene la audacia “suicida” de la parresía en la medida en que su vida está centrada en el Misterio pascual, en la Eucaristía, donde Cristo “entrega su vida” para la gloria de Dios y la salvación de los hombres. Solo entonces está en condiciones de “dar al mundo el testimonio de la verdad” (Jn 18,37). Así lo hizo San Francisco de Javier (que, por cierto, era así como firmaba).

¡Que lejos estamos hoy muchas veces de la locura de la predicación de Cristo, de Pablo, de Javier! ¡Cuántas veces nos avergonzamos del Evangelio! Mientras tanto el Evangelio retrocede en el mundo y también en no pocas Iglesias locales, por la apostasía que no cesa.
 

SOBRE UN REPOSTEO DEL PRESIDENTE MILEI EN X

“Si pudiera retroceder en el tiempo, viajaría a Palestina hace 2025 años y evitaría que Cristo naciera, porque él es el origen del COMUNISMO y de todos los males de la tierra”
 
Por Mαr Mounier


Oiga, @JMilei:

¿Ud. está bien de la cabeza? ¿Qué le pasa? Su nivel de estulticia solo es superado por su analfabetismo histórico. 

Al culpar a Nuestro Señor Jesucristo del comunismo, comete la aberración de culpar al Sol por las sombras que proyecta la inmundicia. Hágase un favor y pídale a sus corifeos que lo ilustren. 

El comunismo no es hijo del Evangelio: es la metástasis final del materialismo ateo y del tronco podrido de la Ilustración, sí, ese mismo infecto veneno que Ud. abraza en su delirio "libertario"

Al repostear que hubiera impedido el Nacimiento del Verbo Ud. se confiesa públicamente como un Herodes de pacotilla, un lacayo del Estado Profundo que odia a Nuestro Señor Jesucristo porque Su Realeza es el único límite absoluto a la soberbia de quienes le comandan. 

Y es que esa malsana obsesión por borrar al Redentor del mapa nace de un terror servil: el cristianismo CATÓLICO es lo único que impide que el mundo sea un mercado de esclavos donde todo, hasta el alma, tenga un precio. 

Saben que sin el Verbum Caro Factum Est, el ser humano no es más que ganado contable para fórmulas económicas y para imponer la esclavitud que el sistema, busca atrapar a este mundo. 

Luego, afirmar que Nuestro Señor Jesucristo es "el origen del mal" es una inversión satánica de la realidad y muy propio de las excrecencias morales de la casta que ha buscado borrarlo de la historia por 2.000 años. 

Si no lo sabe, el comunismo es, de hecho, el castigo y consecuencia por haber destronado a la Cruz del Altar para adorar el becerro de oro del mercado

Es más, el comunismo es el hijo legítimo del liberalismo que Ud. profesa y esa mancha no la borrará ni volviendo a nacer. 

Es natural que los sirvientes del sistema TEMAN al Reinado Social de Jesucristo, porque ante Él, TODA raza de víboras es aplastada. 

Su pequeñez jamás podrá borrar que Nuestro Señor Jesucristo es el Rey de Reyes

Con su repost solo demuestra ser buen pupilo del primer infecto que gritó "Non Serviam" a Dios

Pero recuerde: la soberbia, como bien decía Santo Tomás de Aquino, es una patología del intelecto: TODO ARROGANTE ES UN ESTÚPIDO pues como Lucifer, comete la estupidez por excelencia: siendo la criatura más inteligente, cometió el error de cálculo más burdo de la historia universal al intentar igualarse a su Causa. 

Y con esto acabo: la mayor derrota de Satanás fue la muerte en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo

No necesito advertirle sobre el infierno: Ud. ya habita en él, encadenado a la soberbia de creer que su pequeña ilusión de poder puede igualarse siquiera a un destello de luz del LOGOS.
 
  
Nota: El presidente Javier Milei ha eliminado el repost en cuestión.
 

SOR JUANA LE ROYER (HERMANA DE LA NATIVIDAD) Y SUS PROFECÍAS

Compartimos las sorprendentes visiones apocalípticas de Sor de la Natividad, recibidas a finales del siglo XVIII. 


Juana Le Royer (Jeanne Le Royer) nació el 23 de enero de 1731 y falleció el 15 de agosto de 1798 en Francia. Fue bautizada al día siguiente de su nacimiento.

Originaria de Bretaña, era hija de René y Marie Royer. Su padre era agricultor en La Chapelle Sanson.

Ella relata: “Según mi padre, antes de mi nacimiento, Dios y el Diablo ya estaban en guerra por mí. Mientras mi madre me llevaba en su vientre, se enfrentó a peligros mayores que los que había enfrentado en toda su vida: terrores, caídas, accidentes imprevistos… No podía dar dos pasos sin ser perseguida por bestias furiosas o aterrorizada por espectros (…) Mis pobres padres no tuvieron más remedio que el poder del cielo para preservarme; me consagraron a la Santísima Virgen”.

Sus padres no tenían riquezas, pero le inculcaron una gran piedad.

Desde muy joven, se benefició de visiones, cada una más notable que la anterior.

Jeanne relata: “Dios me favoreció de una manera tan conmovedora que nunca lo he olvidado ni lo olvidaré. (…) Todavía no tenía conocimiento de Dios, ni de la religión, ni de mí misma (…) Un domingo me encontraba en la casa contigua a la de mi padre (…) mientras mis padres estaban en el servicio divino”.

Había dos o tres jóvenes en la mesa cantando y bebiendo. Juana no entendía bien lo que decían, cuando uno de ellos dijo: "¡Qué lástima que tengamos que dejar la vida y morir! ¡Qué felices seríamos si pudiéramos quedarnos aquí para siempre!" (...).

Juana se preguntó qué querían decir aquellas palabras y el Cielo se encargó de responderle.

“Un cielo luminoso, de forma ovalada, de la altura aproximada de un hombre, parecía descender del cielo y detenerse en el suelo del apartamento; su fuego tenía todos los matices del arco iris, pero sus colores eran mucho más vivos.

En el globo que vi, percibí la figura de un hombre de pie, pronunciando estas palabras con gran claridad, que recuerdo bien: "¿Ves, hija mía, a estos necios? ¿Oyes lo que dicen en su extravagancia? Yo soy el Dios del Cielo y de la tierra; yo soy quien creó todo, yo soy quien creó a ellos mismos con mi poder. Saqué al hombre de la nada solo para que me conociera, me amara y me poseyera eternamente.

Pues bien, hija mía, ¿querrías tú también, como ellos, renunciar a tan alto destino para compartir eternamente aquí abajo la suerte y la morada del cuadrúpedo y del reptil?

¿Cambiarías la felicidad del cielo por las miserias de la tierra? ¿No deseas más bien ser mía, poseerme un día y disfrutar para siempre de la felicidad que he adquirido y preparado para ti al precio de toda mi sangre?".

Ante estas palabras, mi mente se llenó del conocimiento de su autor. Descubriendo en él perfecciones infinitas e inefables, (…) Sentí mi alma cautivada, penetrada por su presencia, y mi corazón ardía con el fuego de su amor, así como con el deseo de poseerlo eternamente. (…) "Sí -le dije- Dios de mi corazón y de toda mi alma, tú lo sabes, ves con qué ardor deseo ser tuya, pues mi corazón, que es tu creación, está hecho solo para ti"” (…)

La educación de Juana fue rudimentaria, pues había aprendido a leer, pero no a escribir. Era una niña algo temperamental, rebelde y difícil.

Pero oía una voz interior que la reprendía. Entonces decidió hacer una confesión general para redimirse, lo que provocó las burlas de su padre, que conocía bien su carácter.

Juana perdió a su querido padre con tan solo 15 años. Decidió entonces quedarse con su madre hasta el final de sus días, pero también perdió a su madre poco tiempo después y quedó huérfana a los 20 años.

Ella afirmó su voluntad de permanecer casta ante la tentación. Un día, cuando un hombre cercano a su familia la comenzó a cortejar con demasiado entusiasmo, escuchó a Jesús ordenarle que huyera, o la abandonaría para siempre.

Juana huyó con una fuerza y ​​vitalidad que sorprendió incluso a ella misma.

A los 18 años entró como doméstica en el convento de Sainte Claire de las Clarisas Urbanistas, en Fougères.


A menudo veía al demonio de forma aterradora, tratando de asustarla y disuadirla de dedicarse a Dios.

El 8 de julio de 1752, se incorporó como hermana lega, a pesar de no aportar dote, al convento Urbanista. Tenía entonces 21 años y adoptó el nombre de “Hermana de la Natividad”.

Progresó mucho en su virtud. Entonces Dios permitía que el Diablo la azotara en el cuerpo tras intentar en vano quebrantar su alma haciéndola dudar de sus visiones.

Una fiebre lenta la afectó durante tres o cuatro años, junto con terribles migrañas, neumonía y luego un tumor que creció en su rodilla izquierda y tuvo que ser extirpado.

Luego tuvo visiones, éxtasis más frecuentes y, sobre todo, revelaciones importantes.

En la capilla de las Urbanistas de Fougères, el Señor dijo un día a la Hermana de la Natividad: 
“Te he elegido desde tu infancia, para detener a la multitud de pecadores que, cada día, caen en el infierno.

Os daré visiones y revelaciones para que las publiquéis y las deis a conocer a mi Iglesia…

El tiempo apremia. Lo que te digo aquí, hija mía, será leído y contado hasta el fin de los tiempos”.
Jesús le contó las artimañas del diablo:

“¿Cuánto no usa el diablo para seducir a estas almas? Primero, para mantenerlas en su negligencia y pereza espiritual, les hace comprender que aún no ha llegado el momento de su conversión; que para vencer el hábito de sus pasiones, necesitan una gracia victoriosa que Dios les concederá cuando lo crea conveniente (…)

En esto languidecen en un estado de muerte, a pesar del remordimiento de su conciencia y de todos los esfuerzos del Cielo por rescatarlos: sermones, lecturas, instrucciones, buenas obras, todo es descuidado, despreciado, pisoteado.

 “Esa no es la gracia que necesitas”, dice el demonio (...) ¡Cuántas almas veo caer en el infierno por esta esperanza en la hora de la muerte!

Porque entonces, en lugar de recibir las gracias extraordinarias con las que habían contado tan temerariamente, ni siquiera reciben las ordinarias, o al menos abusan de ellas hasta el final y mueren como han vivido.

Sus mentes se turban y sus corazones se endurecen (…) Es entonces cuando el diablo cambia su lenguaje y dispone su última batería para el asalto final que les lanza… les hace considerar sus pecados como imperdonables y su salvación imposible.

¡Qué muerte!”

Sor de la Natividad cuenta cómo Dios asigna un ángel bueno a cada persona para ayudarla a alcanzar el bien. Cómo el alma se une al cuerpo y luego se separa de él.

Tras la muerte, el ángel acompaña al alma al tribunal de Dios y, según su vida, va al Cielo o al Purgatorio. Si el alma va al Purgatorio, su ángel la visita y la consuela.

Pera con el alma réproba, es diferente. El ángel, al ver todos sus esfuerzos en vano, se aleja, la sigue de lejos, tras lo cual la abandona al poder de los demonios.

Juana también reveló el destino de los niños que murieron sin Bautismo o en el vientre de su madre, las razones de la caída de Lucifer que provocó una terrible guerra en el Cielo y muchas otras revelaciones.

Sus primeros confesores intentaron disuadirla de esos caminos extraordinarios. Entonces, en 1790, llegó a la casa un nuevo director: el abad Genet. El redactó un manuscrito con esas revelaciones.

Dijo haber visto el tabernáculo como un horno. Confirmó que el Señor le había reafirmado que no sabremos ni el día ni el año del Juicio Final, pero le dio indicaciones muy precisas sobre este acontecimiento.

Ella profetizó la revolución francesa de 1789.


Ella previó la muerte del Rey: “Un día, mientras rezaba ante el Santísimo Sacramento, el Señor me mostró que el Rey sería condenado a muerte. Le rogué que no lo permitiera. Mis oraciones eran demasiado débiles…”

La revolución obligó al abate Genet a huir a Inglaterra para refugiarse allí. En Inglaterra no guardó ningún secreto sobre las revelaciones de la Hermana.

Difundió copias de su manuscrito, que recibieron una acogida tibia.
 
La Hermana de la Natividad también se vio obligada a abandonar su convento y se refugió con su hermano. Más tarde, se fue a vivir con un piadoso vecino de Fougères, quien le ofreció refugio.

Fue en su casa donde murió, con los sentimientos de piedad que había demostrado durante toda su vida.

Todavía hoy se puede rezar ante su gran lápida, que ahora se encuentra contra el muro exterior occidental de la Iglesia de Laignelet, en la que está grabado:

"Cy gît le corps de la vénérable Sœur Jeanne le Royer, de la Nativité, religieuse converse des Sainte Claires Urbanistes de Fougères, morte en odeur de sainteté le 15 août, à midi, 1789, âgée de 67 ans".

"Aquí yace el cuerpo de la venerable Sor Juana le Royer, de la Natividad, hermana laica de las Santas Clarisas Urbanistas de Fougères, fallecida en olor de santidad el 15 de agosto, al mediodía, de 1789, a la edad de 67 años"

El Abate Genet regresó a Francia tras la muerte de la Hermana de la Natividad y recuperó todos los manuscritos que ella le había dictado, falleciendo posteriormente en 1817 y dejando todos estos manuscritos a un amigo.

Éste los vendió a un librero de París, quien los publicó en varias ediciones.

Profecías


He aquí una pequeña parte de las revelaciones de la  Hermana  de la Natividad:

“Estoy concediendo al mundo nuevas gracias de conversión. Las visiones y revelaciones tienen este propósito.

El que es santo, siga santificándose, y el que es puro, siga siendo puro, porque el tiempo es corto”.

Sectas

“Querrías que yo, hija mía, aboliera los escándalos, todos los falsos cultos, todas las sectas que ensombrecen mi Iglesia e insultan la verdad del único culto que he establecido.

Sería bueno que yo acabara con el pecado, que es la fuente primera y siempre renovada de todo desorden, el único mal del mundo, el único enemigo del hombre y de Dios mismo.

Sabed que en materia de religión, como en materia de moral, el hombre debe ser libre de escoger entre el bien y el mal; de lo contrario no podría ejercer ni mi bondad ni mi justicia.

En efecto, si el hombre no fuera libre en sus acciones, no podría merecer ni desmerecer, por lo que no habría consecuencias para él, ni recompensa que esperar, ni castigos que temer.

Además, un instrumento puramente pasivo no puede rendirme un tributo que me honre; su adoración nunca sería digna de mí.

De la misma manera, si sólo hubiera una religión en todo el mundo, ¿qué mérito habría en seguirla, cuando no hay otra opción y no se puede comportar de otra manera?

Si los hombres no fueran libres para pecar, ¿qué merecerían por abstenerse de hacerlo?

Libres de lujuria y de tentación, su estado en la tierra sería el de los santos en el Cielo, un estado de justicia y no de proceso, y aun así, una justicia tan inmeritoria que sería inadmisible. (…)

Según mi ley eterna, el hombre, que es absolutamente dueño de sí mismo, debe ser tentado y probado por un tiempo.

Solo con esta condición me considero honrado por el homenaje de su corazón y sus acciones. Por lo tanto, le he dado la libertad de elegir y determinarse libremente en todo; y es por esta razón que he permitido que en todo se encuentre la transgresión, por así decirlo, junto al precepto, y que solo haya un paso entre la desobediencia y la fidelidad.

Esta es la obra de mi justicia.

Pero a mi bondad le basta haber provisto al hombre de todos los medios para evitar el mal y practicar el bien; y eso es lo que he hecho con respecto a todos.

Ninguna criatura se perderá sino por su propia culpa”.

El Juicio Final

“Un día, estando yo en espíritu en un vasto campo, completamente sola y sólo con Dios, Jesucristo se me apareció y desde la cima de una colina me mostró un hermoso sol fijo en un punto del horizonte.

Me dijo con tristeza:

"La forma del mundo pasa y se acerca el momento de mi venida final. Cuando el sol se pone, se dice que el día termina y llega la noche.

Todos los siglos son un día ante mí.

Juzguemos, pues, la duración del mundo por la distancia que todavía le queda al sol por recorrer".

Lo consideré detenidamente y calculé que, como mucho, solo quedaban unas dos horas de luz solar”

A una pregunta de la Hermana, Jesús respondió:

“No olvides que no hay que hablar de mil años para el mundo; sólo quedan unos pocos siglos en duración”.

“Pero vi -añadió la Hermana- que se reservaba el conocimiento preciso del número, y no tuve la tentación de preguntarle más sobre este tema, contenta de saber que la paz de la Iglesia y la restauración de su disciplina durarían un tiempo considerable”.

“El Juicio General está cerca y mi Gran Día está llegando”.

¡Ay! ¡Cuántas desgracias traerá su llegada! ¡Cuántos niños perecerán antes de nacer!

¡Cuántos jóvenes de ambos sexos serán aplastados por la muerte en medio de su carrera!

Los niños de pecho perecerán con sus madres.

¡Ay de los pecadores que continúan viviendo en pecado sin haberse arrepentido!

¡Ay! ¡Ay! ¡Ay del siglo pasado! Esto es lo que Dios tuvo a bien mostrarme en su Luz.

Comencé a mirar a la luz de Dios el siglo que debía comenzar en 1800; vi bajo esta luz que el juicio no estaba allí, y que no sería el último siglo.

Consideré, a la luz de esta misma perspectiva, el siglo de 1900, hasta el final, para ver definitivamente si sería el último.

Nuestro Señor me hizo saber, y al mismo tiempo me hizo dudar, si sería a finales del siglo 1900 o en el del 2000.

Pero lo que vi fue que si el juicio llegara en los años 1900, sólo llegaría hacia el final, y si el mundo logra atravesar ese siglo, las primeras dos décadas de los años 2000 no pasarán sin que intervenga el juicio, como vi a la luz de Dios…

Antes de que llegue el Anticristo, el mundo será afligido por guerras sangrientas.

Los pueblos se levantarán contra los pueblos; las naciones, a veces unidas, a veces divididas, lucharán a favor o contra el mismo partido.

Los ejércitos se enfrentarán horriblemente y llenarán la tierra de asesinatos y carnicería.

Estas guerras, tanto internas como externas, causarán enormes sacrilegios, profanaciones, escándalos y males sin fin.

Los derechos de la Santa Iglesia serán usurpados; ella sufrirá grandes aflicciones.

Veo la tierra sacudida en varios lugares por terribles temblores.

Veo montañas partiéndose en dos con estruendo y sembrando el terror en toda la zona circundante.

Torbellinos de llamas, humo, azufre y alquitrán reducirán a cenizas ciudades enteras. Todo esto debe suceder antes de que llegue el hombre de perdición  (el Anticristo).

Juana también vio que cuanto más nos acercamos al fin del mundo, más aumentará el número de los hijos de perdición y más disminuirá el de los predestinados.

Esta disminución se producirá: “por el gran número de elegidos que el Señor atraerá hacia Sí, para salvarlos de las terribles plagas que azotarán a la Iglesia”.

Pero disminuirá también “por el gran número de mártires; lo cual reducirá considerablemente el número de los hijos de Dios sobre la tierra, pero la fe se fortalecerá en aquellos a quienes la espada no ha segado”.

Y por “la multitud de apóstatas que renunciarán a Jesucristo para seguir el partido de su enemigo”.

Esta será la más desastrosa de las herejías. La fe experimentará una nueva expansión: algunas Ordenes Religiosas renacerán en pequeñas cantidades; otras se fundarán y su fervor será grande.

La mayoría de estas Ordenes durarían hasta el tiempo del Anticristo, bajo cuyo reinado todas las comunidades sufrirían el martirio, serían aplastadas y destruidas.

La Iglesia ante el Anticristo

Juana anunció un nuevo asalto contra la Iglesia, mediante una herejía interna, cuyos primeros esbozos proporcionó; reservó para más tarde la descripción completa de esta herejía fatal:

“El espíritu de Satanás suscitará ligas, asambleas, sociedades secretas contra la Iglesia…”

La Iglesia primero condenará su doctrina perniciosa. Luego, los secuaces de Satanás se ocultarán en las sombras y publicarán numerosas obras que causarán mucho daño.

Todo ocurrirá en silencio, envuelto en un secreto inviolable.

Será como un fuego que arde silenciosamente debajo y se extiende gradualmente.

Esto será aún más grave y peligroso para la Santa Iglesia porque no se dará cuenta de estos incendios durante mucho tiempo.

Algunos sacerdotes verán el humo de este fuego maldito.

Se levantarán contra aquellos en quienes observen “peculiaridades” de devoción y se desvíen de las buenas costumbres de la Iglesia.

Los desafortunados seguidores de sus doctrinas se dirán unos a otros: “Tengamos cuidado de no ser descubiertos. No digamos de qué se trata ni cuál es nuestro secreto... Exteriormente, seamos sumisos como niños pequeños indefensos”.

Acerquémonos a los sacramentos… No luchemos, sino que debemos actuar con paz y mansedumbre.

Cuando vean que han ganado un gran número de discípulos, tantos como un gran reino, entonces estos lobos rapaces saldrán de sus cuevas, vestidos con pieles de ovejas.

¡Oh! ¡Cuánto sufrirá la Santa Iglesia!

Será atacada por todos lados, por desconocidos para ella, pero también por sus propios hijos que, como víboras, le desgarrarán las entrañas y se pondrán del lado de sus enemigos.

Al principio mantendrán oculta su ley maldita.

Esta ley será aprobada por todos sus cómplices, pero sólo se promulgará unos años antes de la llegada del Anticristo.

Veo en Dios que los sacerdotes se asombrarán de semejante cambio, que se habrá producido sin que haya habido más sermones que de costumbre.

Sin embargo, los ministros del Señor más iluminados por el Espíritu Santo, estarán llenos de temor ante la incertidumbre de cómo resultará esto…

¡Oh, Dios! ¡En qué confusión veo a la Santa Iglesia, al darse cuenta de repente del progreso de esta gente impía, de su extensión y del número de almas que han atraído a su bando!

La herejía se extenderá tanto que parecerá abarcar todos los países y todos los estados.

¡Nunca ha habido herejía tan desastrosa!

La Hermana de la Natividad ve todavía que pasará mucho tiempo, quizá medio siglo, desde el momento en que todo comenzó hasta el momento en que la Iglesia se dará cuenta de ello.

“Al principio, esta herejía tendrá un aire magnífico. Se impondrá por su apariencia de bondad e incluso de religión.

Esta será una trampa atractiva para muchos.

Para tener más éxito, estos seguidores primero fingirán un gran respeto por el Evangelio y el catolicismo.

Incluso publicarán libros de espiritualidad… Por lo tanto, no habrá duda de su “santidad”.

Por curiosidad, las personas que dudan en su fe cederán al deseo de saber de qué se tratan estos “nuevos desarrollos religiosos”.

Nunca antes se ha visto tanto engaño disfrazado de religión…

Estos orgullosos hipócritas harán hermosos discursos para atraer a las almas vanidosas y curiosas.

Se apresurarán a probar todas esas cosas nuevas y quedarán atrapados más fácilmente que los peces en las redes. 

Para evitar tantas desgracias, será necesario, con la ayuda de la gracia, aferrarse inviolablemente a la fe.

Debemos recordar siempre nuestras primeras creencias, para que la santa ley de Jesucristo siga siendo, hasta nuestro último aliento, nuestro apoyo y regla de conducta…

Por el amor de Dios, debemos rechazar estas innovaciones”.

El reinado del Anticristo

La Hermana de la Natividad. Grabado, como frontispicio del volumen I, de la vida y revelación de la hermana. Edición de 1819, 4 volúmenes en 8°.

“Unos años antes de la llegada de mi gran Enemigo, Satanás levantará falsos profetas, que anunciarán al Anticristo como el verdadero mesías prometido y se esforzarán por destruir todos los cimientos del catolicismo...

Y yo -añadió- haré profetizar a los niños y a los ancianos”.

Cuanto más se acerque el reinado del Anticristo, más se esparcirán los errores de Satanás por la tierra, y más competirán sus satélites para atrapar a los fieles en sus redes...

Para copiar, aunque sea imperfectamente, las Santas Instituciones de la Iglesia, los enemigos de la religión establecerán organizaciones de llamadas “monjas”, que harán “votos de castidad” y prestarán colaboración eficaz a la acción destructora de Satanás.

Por su parte, él dará a estas mujeres una belleza notable; hará cosas maravillosas a través de ellas, de modo que todas las miradas se fijarán en ellas; debido a esto, estas nuevas “vírgenes vestales” serán consideradas como una especie de divinidad.

Las “vestales de Satanás” darán admiración a todos, mostrando éxtasis, predicciones y revelaciones de cosas ocultas.

Sólo oiremos hablar de estas cosas prodigiosas y de las de estos falsos doctores, quienes por su parte se esforzarán no menos en manipular al pueblo con hechos en los que el diablo jugará un papel principal.

Estos llamados “santos”, estos “bienhechores” tan venerados, tendrán encuentros nocturnos con las pseudomonjas que han hecho voto de castidad.

Una de estas “vírgenes vestales” de Satanás dará a luz al mismo Anticristo, quien probablemente tendrá como padre a uno de los principales líderes de estas reuniones nocturnas.

Los secuaces de Satanás introducirán en su Ley el error que niega la Encarnación del Verbo de Dios hecho hombre en el seno de la Virgen María.

Pretenderán abolir por completo este admirable misterio.

En la Iglesia se derramará mucha sangre en defensa de esta verdad.

Los satélites del demonio, es decir los impíos, no querrán tolerar sacerdotes, ni Santo Sacrificio, ni altares.

No querrán que aparezca ningún signo de religión; ni siquiera tolerarán una simple señal de la cruz por parte de un cristiano.

Esta gente impía tendrá sus altares y templos donde sus sacerdotes tratarán de imitar las ceremonias de la verdadera religión.

Falsificarán los sacramentos.

Pero como su religión se basa únicamente en los placeres sensuales, interiormente despreciarán la vida crucificada, la mortificación y el sufrimiento.

Estos hábiles charlatanes competirán en el engaño para seducir a los simples; crearán tontos.

Esto pronto se manifestará en el desprecio que mostrarán públicamente hacia la fe y la moral del Evangelio.

Con el tiempo se darán cuenta de que han sido descubiertos, porque nadie querrá más utilizar su ministerio, ni siquiera comunicarse con ellos.

Pronto perderán su honor y reputación ante los ojos de todos.

El pueblo llano, en lugar de honrarlos, huirá de ellos con cierto desprecio.

Al verse descubiertos, acudirán a buscar el consejo de sus líderes, ocultos en la ciudad más famosa, de quienes son los autores de su fe y sus legisladores.

Celebrarán una asamblea fatal. Allí, por el poder de la gracia, algunos se separarán y se dirán unos a otros:

“No perdamos más tiempo; salgamos inmediatamente y no los escuchemos más”.

Dirán a los impíos: “Ya no somos de vosotros; volvemos a la Iglesia con corazón sincero y penitente”.

Huirán a gran velocidad, por miedo a ser detenidos por los satélites de Satanás.

Habiéndose convertido en penitentes, se volverán fieles a la gracia y Dios los protegerá.

No tendrán miedo de dar a conocer, incluso públicamente, cómo eran antes.

Serán recibidos misericordiosamente por la Iglesia.

Como predicadores que predican en voz baja, irán e instruirán a sus parientes, a sus amigos y a todos aquellos que saben que han delatado, en su propia hipocresía.

A través de estas acciones veremos conversiones admirables en todos lados.

“Los malvados conspiran contra mi Iglesia, pero según los decretos de mi justicia, perecerán y sus leyes sacrílegas serán abolidas.

Sí... perecerán; está decidido; ¡la sentencia está pronunciada!

Con mi brazo poderoso los arrojaré como un rayo al abismo donde caerán tan rápidamente y con tanta violencia como Lucifer y sus acólitos.

Desesperados, los malvados invocarán a Satanás, quien, en su asamblea, les dirá: “No perdamos más tiempo. Por eso, quiero que triunfen. Quiero destruir a todas las naciones que se les oponen. Quiero convertirlos en amos del universo. Serán adorados como dioses, cubiertos de oro y plata, en una cantidad tan grande como la arena del mar”.

“Yo os daré un jefe que será poderoso en hechos y palabras, un líder que  poseerá  eminentemente todo el conocimiento.

No tendrá diez años cuando ya sea más poderoso y sabio que tú…

Pero no actuará con todo su poder hasta que tenga treinta años.

Yo haré de él un dios que será adorado como el Mesías esperado.

Desde su más temprana infancia, lo reconocerás como tu rey…”

Dirá Satanás a los malvados: “Infieles a vuestra patria y a vuestra ley, eso sois... ¡y cuántas conquistas hago yo por vosotros cada día! A pesar de esto, sois infiel y desagradecido conmigo. Quiero, como vuestro amo, y exijo que me deis vuestra firma.

Esto será la prueba de que, desde ahora, todos estáis comprometidos a sacrificaros por mí, en el tiempo y en la eternidad, a servirme fielmente y sin reservas, a ganar súbditos para mí”. 

“Haremos un contrato por el cual el demonio estará obligado a cumplir sus promesas”.

“Que cada uno venga -dirá Satanás- y ponga su firma en el contrato y se comprometa, bajo juramento, a serme fiel hasta la muerte”.

Y estas desdichadas personas, locas de alegría, encantadas por las promesas del diablo, deleitadas por las ilusiones que los espíritus de la mentira formarán en su imaginación, estas desdichadas personas firmarán... de buena gana y de todo corazón.

Llegarán incluso a decir: "¡Si tuviéramos mil vidas, las sacrificaríamos por vos!"

El hechicero responderá: “No tenéis mil vidas… Solo quiero que renunciéis a todas las máximas que el llamado Hijo del Altísimo ha establecido en su Iglesia. Quiero que quienes han sido bautizados renuncien a su bautismoDeben odiar a este supuesto Dios tanto como yo, y en el futuro deben ofrecerme un culto de adoración y amor: este culto que se exige a sí mismo y que merezco mejor y con justicia. Les daré todo en abundancia…”.

Decidiremos implementar esta lamentable ley…

Contiene tantas blasfemias, imprecaciones y abominaciones contra nuestro adorable Salvador, que la Hermana no se atrevió a dar los detalles…

“Los malvados instarán al pueblo a renunciar a este Jesús, a quien llamarán falso profeta.

Pero pasarían varios años antes de que recurrieran al rigor a través de sus diabólicas tropas de soldados.

Luego vendrá la persecución suprema, y ​​habrá tantos mártires como hubo en los primeros días de la iglesia”.

La Hermana de la Natividad especifica: “Cuando los cómplices del Anticristo comiencen a hacer la guerra, se situarán cerca de Roma, donde triunfarán… De lo que estoy segura es que Roma perecerá por completo; el Papa sufrirá el martirio y su sede será preparada para el Anticristo”.

No sé exactamente si esto lo hará un poco antes de él o por el mismo Anticristo cuando entre en el curso de sus victorias.

El Anticristo estará rodeado por una legión de demonios que, disfrazados de ángeles de luz, vendrán a cortejarlo.

Durante su triunfo, Dios enviará a San Miguel, con sus tropas de ángeles, en ayuda de su Iglesia.

El mismo Arcángel aparecerá para fortalecer a los fieles en su fe.

Su mano los ocultará en escondites secretos, donde permanecerán hasta el fin del mundo.

La forma más común de tortura infligida a los mártires consistirá en repetirles todas las circunstancias de la crucifixión de su Maestro, con odio y desprecio por su dolorosa Pasión.

Esta tierra se convertirá en un lugar horrible, envuelto en densas tinieblas, donde se refugiarán espectros espantosos.

Los pobres cristianos que, sorprendidos, firmaron esta maldita ley, quedarán consternados y correrán despavoridos de un lado a otro.

Sin embargo, en el momento de la caída, en el abismo más profundo del Anticristo y sus cómplices, Dios perdonará a varios de sus enemigos: los menos criminales.

Les permitirá caer junto al abismo ardiente.

La gracia de Dios llegará a quienes estén dispuestos a recibirla. Se ofrecerá a los que cayeron junto al abismo. 

Dos tercios serán absorbidos por el infierno.

El último tercio preservado se convertirá al Señor.

El triunfo de la Iglesia y la generación santa 

La Hermana de la Natividad ve que después de la catástrofe de los últimos días, la Santa Iglesia subsistirá en la tierra, en gran paz y profunda tranquilidad.

La Iglesia no será destruida de ninguna manera.

Los pecadores que aún conservan algunos remanentes de fe sentirán renacer la gracia en sus corazones. Se convertirán plenamente al Señor.

Estarán tan arrepentidos de sus pecados que muchos morirán de pena.

Todos serán santos, y la asamblea de los fieles resonará con acción de gracias.
 
Anuncia también que los pueblos que no habían recibido el Bautismo y que nunca habían tenido conocimiento del verdadero Dios volverán al corazón de la Iglesia.

Confesarán abiertamente su infidelidad.

Los hijos de la Iglesia, unidos por la caridad, formarán una especie de república: la más perfecta jamás vista en la tierra.

No habrá leyes civiles, ni jurisdicción, ni policía externa: sólo se conocerá la autoridad de Dios.

Cada persona seguirá la Santa Ley, basada en los principios de la conciencia y el amor, sin desviarse de ella en absoluto.

Esta será la verdadera teocracia; tal habría sido el único gobierno del mundo si el hombre no hubiera pecado.

Los bienes serán comunes, sin distinción de míos y vuestros, de modo que la Iglesia primitiva no fue más que un borrador de ésta.

“Así será -dijo la santa monja- la nueva patria de los hijos de Dios, en relación con el resto del mundo. Disfrutarán de las demás ventajas de este agradable lugar dentro de los estrechos confines de esta nueva tierra de Gessen; mientras que en la inmensidad de otros países, vecinos o lejanos, solo verán un caos terrible”.

Juana ve también a los fieles ocupados en primer lugar en construir templos para celebrar los Santos Misterios.

Dios mismo proveerá los materiales para estas iglesias e indicará cómo implementarlos.

Los sacerdotes restaurarán el hermoso oficio del culto, celebrarán, predicarán, instruirán y no cesarán de preparar los corazones para el regreso del Mesías; aunque no puedan saber el tiempo preciso de la segunda venida”.

Basándonos en su palabra, lo esperaremos día a día.

La comunión será frecuente, incluso diaria, para todos los fieles. El fervor de la Iglesia primitiva será ampliamente superado.

Cada persona trabajará más por razón que por necesidad, con moderación, únicamente para sostener un cuerpo casi celestial y una vida que se espera termine cada día.

La mayor preocupación para todos será la adoración en los altares. Solo se escucharán himnos de alegría, y nunca canciones profanas con matices lascivos.

Fin de un mundo malo

“El sol, habiéndose vuelto oscuro y sombrío, se detendrá en su curso...

Todas las estrellas anhelan ser purificadas de los crímenes que se les ha hecho presenciar a través de una especie de complicidad...; aún más vehementemente, la tierra clama venganza contra la ingratitud de los pecadores y desea ser limpiada de las abominaciones con que la han profanado y vuelto impuro su escenario... el mar, el fuego, el aire y todos los elementos, todos hablan un lenguaje de venganza, implorando justicia divina contra los pecadores...

Inmediatamente oigo una voz todopoderosa que dice:

“Sí, este es el momento en que renovaré todo...”

“Voy a crear nuevos cielos y una nueva tierra... y será hecho en un abrir y cerrar de ojos”.

Un fuego prodigioso, que nacerá del firmamento y se extenderá por los aires, descenderá sobre la tierra, donde en un instante todo lo será consumido, todo será destruido, todo será purificado, sin dejar rastro de contaminación.

Así, por medio del fuego se realizará esta purificación sustancial, esta renovación admirable de los elementos y de toda la naturaleza, dando como resultado una nueva tierra y nuevos Cielos.


Fuentes:

Biographies Universelles, ancienne et moderne (Biografías universales, antiguas y modernas), tomo trigésimo, escritas por una sociedad de hombres de letras y eruditos, edición Michaud, 1821.

Vie et Révélations de la Sœur de la Nativité, religieuse converse au couvent des Urbanistes de Fougères (Vida y revelaciones de la Hermana de la Natividad, hermana laica del convento urbanista de Fougères), Volumen I, Abbé Genest, Beaucé, 1819

Vie et Révélations de la Sœur de la Nativité, religieuse converse au couvent des Urbanistes de Fougères (Vida y revelaciones de la Hermana de la Natividad, hermana laica del convento urbanista de Fougères), Volumen Dos, Charles Genet, 1817

Vie et Révélations de la Sœur de la Nativité, religieuse converse au couvent des Urbanistes de Fougères (Vida y revelaciones de la Hermana de la Natividad, hermana consagrada del convento urbanista de Fougères), Volumen III, Beaucé, 1819

Vie et Révélations de la Sœur de la Nativité, religieuse converse au couvent des Urbanistes de Fougères (Vida y revelaciones de la Hermana de la Natividad, hermana laica del convento urbanista de Fougères), Volumen cuatro, Charles Genet, 1819
 

31 DE DICIEMBRE: SAN SILVESTRE I, PAPA


31 de Diciembre: San Silvestre I, Papa

(✞ 335)

San Silvestre, gloria y ornamento de la Iglesia Católica, fue hijo de un noble romano, de nombre Rufino. 

Desde su niñez estuvo bajo la dirección de un sabio y virtuoso sacerdote, llamado Girino, cuyas virtudes copió en su inocente alma. 

Admirado el Pontífice san Marcelino de las buenas disposiciones y entereza de costumbres de Silvestre, le confirió las sagradas órdenes. 

En el corto espacio de algunos años murieron los Papas san Marcelino, san Marcos, san Eusebio y san Melquíades, a cuya muerte fue elegido por sucesor suyo en el Pontificado san Silvestre, que se había ya ganado los corazones de los fieles, por considerarle como sólida columna de la Santa Iglesia y sol resplandeciente que brillaba en aquel tiempo de tenebrosas supersticiones y prácticas gentílicas. 

Acababa de triunfar Constantino el Grande sobre su enemigo Majencio; y el emperador devolvió la paz a la Iglesia, la cual pudo salir a la luz del día y dejar la oscuridad de las catacumbas, a que se hallaba condenada por las crueldades de los impíos perseguidores de los cristianos. 

El Papa san Silvestre fue el que recabó de Constantino que asistiese al primer Concilio ecuménico que se celebró en Nicea para condenar los errores del blasfemo Arrio, y obtuvo del emperador que protegiese a la Santa Iglesia contra la fiereza y audacia de los arrianos. 

San Silvestre envió sus legados a Francia a presidir en el Concilio de Arles para anatematizar los errores de los donatistas y cuartodecimanos. 

El proveyó con fortaleza y magnanimidad a la universal Iglesia y especialmente a la romana, cabeza y madre de las demás iglesias particulares. 

Reconocida públicamente como divina la fe cristiana hasta entonces tan perseguida y ultrajada, san Silvestre, con el auxilio del emperador, hizo edificar en Roma ocho basílicas, donde se celebrasen con la debida magnificencia los divinos oficios; formó reglamentos para la ordenación de los clérigos, para la administración de los santos Sacramentos, para el socorro que debía prestarse a los sacerdotes necesitados, a las vírgenes consagradas a Dios y a los fieles todos que se hallaban faltos de medios de subsistencia; viviendo él muy parcamente y evitando expensas inútiles, a fin de poder dotar las iglesias y de atender a las obras de beneficencia. 

Tomó un cuidado muy especial por los judíos, procurando convencerlos de que ya había venido el Mesías que ellos esperaban. 

Después de veintitrés años de un Pontificado no menos ilustre que trabajoso, pasó al eterno descanso. 

Reflexión

¡Qué rayos tan claros de virtud y saber no derramó san Silvestre desde el alto puesto del pontificado! Porque aunque es verdad que la luz alumbra siempre, se derrama más su resplandor cuando se la coloca sobre el candelero. Muy cierto es también que los elevados puestos no hacen grandes a los pontífices, ni las acciones más brillantes son las que forman los más grandes santos. ¡Infelices de la mayor parte de los hombres si así fuese! No pudiendo llegar a elevadas dignidades, te quedarías también con una santidad muy mediana. Pero consistiendo esta como consiste en el exacto cumplimiento de sus deberes, y en el sacrificio y abnegación de tus gustos, están, puede decirse, en tu mano los grados de santidad a que quieras subir. A mayor fidelidad en el cumplimiento de tus deberes, a mayor abnegación, corresponde mayor santidad. 

Oración

Concédenos, te rogamos, oh Dios todopoderoso, que la venerada solemnidad de tu confesor y pontífice el bienaventurado san Silvestre, aumente nuestra devoción y nuestros merecimientos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

martes, 30 de diciembre de 2025

IMÁGENES SAGRADAS: ESTATUAS Y OTROS ICONOS

Nuestras estatuas y otros íconos nos inspiran a meditar sobre las realidades divinas específicas que pretenden transmitir.

Por Fish Eaters


Dios se hizo hombre.

La realidad terrenal de la Encarnación es probablemente uno de los conceptos principales que distingue a los católicos (y ortodoxos) de la mayoría de los demás cristianos. Los seguidores de las formas más puritanas del cristianismo se escandalizan con las imágenes; ver un Cuerpo en un Crucifijo en lugar de una Cruz vacía, ver iglesias adornadas con estatuas y otros iconos, etc., les parece algo "no divino" o "mundano". Pero los católicos sabemos que Cristo, al encarnarse y hacerse hombre, nos redimió y nos ofreció una dignidad que, sin Él, sería imposible. Debemos recordar siempre que no somos almas atrapadas en la carne, sino almas encarnadas llamadas a usar nuestros cuerpos y nuestro tiempo en la tierra para glorificarlo y, en consecuencia, divinizarnos y participar de su naturaleza divina. Nuestro tiempo en este mundo material no es una broma cruel.

Toda la Verdad, toda la Belleza, toda la Bondad apuntan a Él (amén), y las cosas bellas y buenas de este mundo son una sombra del mundo venidero. Nuestras estatuas y otros íconos nos ayudan a comprender esto, ya que también nos inspiran a meditar sobre las realidades divinas específicas que pretenden transmitir. Cuando Cristo se encarnó en la Anunciación y nació de la Virgen nueve meses después, demostró una de las primeras verdades bíblicas: lo que Dios creó es bueno y carnal, aunque humillante para que Dios lo asumiera, aunque débil y propenso a la corrupción y al pecado después de la Caída, no es inherentemente malo. La comprensión cristiana de las consecuencias de esta realidad es evidente desde el principio, ya en las Catacumbas, y los íconos, estatuas y mosaicos bidimensionales pintados siempre se han utilizado como apoyo para el culto cristiano.

Sin embargo, durante el siglo VIII, dos grandes oleadas de iconoclasia azotaron el cristianismo en Oriente. La primera, liderada por el emperador León III, quien se vio influenciado por el éxito del islam iconoclasta y el resurgimiento de la herejía monofisita, que negaba la humanidad de Cristo. El Papa Gregorio II denunció a León y su movimiento iconoclasta, y el Séptimo Concilio Ecuménico de Nicea (787 d. C.) explicó con firmeza la diferencia entre la idolatría y la veneración de los iconos. El Papa San Gregorio Magno explicó esta diferencia y ensalzó el valor catequético de las imágenes en una carta dirigida a un obispo iconoclasta:

No sin razón la antigüedad permitió que las historias de los santos se pintaran en lugares sagrados. Y, sin duda, te alabamos por no permitir que se las adorara, pero te culpamos por romperlas. Porque una cosa es adorar una imagen, y otra muy distinta es aprender, por la apariencia de una imagen, lo que debemos adorar. Lo que los libros son para quienes saben leer, es una imagen para el ignorante que la contempla; en una imagen, incluso los ignorantes pueden ver qué ejemplo deben seguir; en una imagen, incluso quienes no saben leer, pueden leer. Por lo tanto, para los bárbaros [aquellos que no hablan latín], especialmente una imagen sustituye a un libro.

El pintor de iconos Leoncio el Hierápoli escribió sobre el uso cristiano de las imágenes:

Dibujo y pinto a Cristo y los sufrimientos de Cristo en iglesias, en hogares, en plazas públicas y en iconos, en lienzos, en armarios, en ropa y en todo lugar que pinto para que los hombres puedan verlos claramente, puedan recordarlos y no olvidarlos... Y como tú, cuando haces tu reverencia al Libro de la Ley, te inclinas no a la sustancia de pieles y tinta, sino a los dichos de Dios que se encuentran en él, así yo hago reverencia a la imagen de Cristo. No a la sustancia de madera y pintura - eso nunca sucederá... Pero, al hacer reverencia a una imagen inanimada de Cristo, a través de Él creo abrazar a Cristo mismo y hacerle reverencia... Nosotros los cristianos, al besar corporalmente un icono de Cristo, o de un apóstol o mártir, estamos en espíritu besando a Cristo mismo o a su mártir.

Sin embargo, los iconoclastas seguían causando estragos en Oriente, y los cristianos rogaron al Papa que interviniera, y San Teodoreto escribió:

Cualquier novedad que introduzcan en la Iglesia aquellos que se desvían de la verdad, ciertamente debe ser referida a Pedro o a su sucesor... Sálvanos, pastor principal de la Iglesia bajo el cielo... Dispone que se reciba una decisión de la antigua Roma como la costumbre ha sido transmitida desde el principio por la tradición de nuestros padres.

Finalmente, con la ayuda popular de la emperatriz Teodora en el año 843 d. C., el disparate iconoclasta fue finalmente sofocado, pero no hasta después de que monasterios fueran destrozados, iconos destrozados, monjes torturados y asesinados, y reliquias y santuarios destruidos.

Cuando la misma herejía surgió en Occidente durante las rebeliones protestantes, ocurrió lo mismo: iglesias, altares y retablos fueron destruidos, estatuas e iconos bidimensionales destrozados, vidrieras destrozadas, cálices y otros vasos litúrgicos fundidos, y monjes, monjas y sacerdotes asesinados. Estas cosas se volvieron a sufrir con el consiguiente auge del secularismo, especialmente durante la sangrienta Revolución Francesa, cuando una prostituta fue "entronizada" en el altar de Notre Dame de París y rebautizada como la "diosa de la Libertad". Hoy en día, los atropellos son cometidos principalmente por musulmanes y comunistas de todo el mundo; por judíos anticristianos en Israel; y en incidentes aislados, pero cada vez más comunes, causados ​​por satanistas, adolescentes alborotadores y activistas políticos que desahogan su ira contra la Iglesia (también persisten incidentes perpetrados por protestantes anticatólicos en Sudamérica). En un sentido más amplio, se puede observar el espíritu iconoclasta en gran parte del "arte" moderno (a menudo financiado con fondos públicos), con sus Vírgenes manchadas de excremento, Crucifijos sumergidos en vasos de orina, etc. (Es fascinante y triste que el dinero público nunca se destine a financiar representaciones artísticas de Nuestra Señora o del Crucifijo, a menos que estén profanadas de alguna manera, en cuyo caso se convierten en "arte" y en materia de "libre expresión").

Iconos 2D

Aunque la palabra "ícono" (también "ikon" o "eikon") se refiere a imágenes religiosas de cualquier tipo —bidimensionales, tridimensionales, hechas de cualquier material—, en esta sección la usaré para referirme específicamente a representaciones bidimensionales que se han vuelto muy estilizadas con el tiempo y que suelen asociarse con la palabra "ícono". Como todas las imágenes religiosas, un ícono tiene como propósito actuar como una "ventana al Cielo", un portal a través del cual se ven verdades mayores que las que se pueden revelar solo con palabras.

Cristo es el primer ícono, pues reveló al Padre ("Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre", Juan 14:8-9); nosotros mismos somos criaturas hechas a imagen de Dios y debemos revestirnos de Cristo para restaurar nuestra semejanza con él. Estamos llamados a ser icónicos, pues debemos revelar al Padre en nuestro testimonio cristiano, mediante la gracia de Cristo y los dones del Espíritu Santo. Y, por supuesto, está el Santo Sudario, hecho sin manos humanas...

Si bien el primer creador de iconos es Dios, quien engendró al Hijo, que es Dios y revela al Padre, quien nos creó a nosotros, llamados a revelarlo, y quien milagrosamente formó el Santo Sudario, se dice que San Lucas creó el primer icono hecho por manos humanas: un icono llamado Odigitria, un prototipo del icono de Eleousa (Nuestra Señora de la Ternura), que es una imagen de Nuestra Señora sosteniendo a su Hijo. Con el tiempo, los iconos llegaron a pintarse según reglas de diseño y un sistema de símbolos muy definidos (véase la tabla a continuación); la disposición de los elementos, los colores utilizados, la forma de mostrar la luz, etc., se rigen por principios teológicos y costumbres eclesiásticas. Surgieron diversas escuelas y épocas de creación de iconos, cada una con estilos distintivos: el período justiniano del siglo VI; el auge de la escritura iconográfica rusa de los siglos X al XII; y la "Edad de Oro de los Iconos" en el siglo XIV. En todo momento, las representaciones de personas pretendían y siguen pretendiendo capturar realidades espirituales, no terrenales. No buscan ser retratos realistas de su cuerpo, sino retratos de sus espíritus encarnados, por así decirlo, vistos a través de los ojos de la fe.

Como se puede observar, de dónde surgieron las grandes escuelas de escritura iconográfica, los iconos bidimensionales, muy estilizados, son un fenómeno más importante en Oriente que en Occidente, donde también se encontraban estatuas, mosaicos, manuscritos iluminados, vitrales, etc., y los medios de veneración de imágenes en Oriente y Occidente difieren según la costumbre.

Oriente:

Las postraciones (durante la Cuaresma), las reverencias (fuera de la Cuaresma), los besos en los pies o en el dobladillo de la imagen, el incienso, las procesiones y el encendido de velas ante la imagen se utilizan para mostrar la veneración por la Divina Realidad que representa la imagen.

Occidente:

Los besos en los pies o en el dobladillo de la imagen, tocar la imagen, encender velas ante ella, arrodillarse, quemar incienso, las procesiones, los adornos florales y las coronaciones (especialmente de iconos marianos) son más comunes. Las postraciones se reservan para el Crucifijo.

También se muestra veneración hacia algunos íconos decorándolos con gemas y/o una cubierta (llamada oklad) hecha de plata, oro u otro metal.

Simbología en los iconos

Manos

Las manos se muestran a menudo dando una bendición: los dos últimos dedos tocándose con el pulgar (dos dedos levantados) simbolizan las dos naturalezas de Cristo; el anular tocándose con el pulgar (tres dedos levantados) simboliza la Trinidad.

Las manos también se muestran con el índice extendido; el dedo medio ligeramente curvado; el pulgar y el anular cruzados; y el meñique ligeramente curvado. Este gesto forma las letras "IC XC" (letras griegas para "Jesucristo"): el índice forma la I, el dedo medio curvado forma la C, el anular y el pulgar cruzados forman la X, y el meñique forma la segunda C.

Ojos

grandes para mostrar la fe en Dios ("los ojos de la fe")

Orejas 

grandes para demostrar que debemos escuchar a Dios

Posición 

Por lo general, las figuras divinas y santas miran hacia adelante; otras están de perfil.

Luz

Fuente de luz que se muestra como proveniente del interior de la Persona o personas Divinas o divinizadas

Color Oro

Luz Divina, Cristo mismo

Blanco

Luz eterna, el Padre

Verde

Espíritu Santo, regeneración

Azul

fe, humildad

Rojo

juventud, belleza, guerra, amor

Púrpura

realeza, sacerdocio

Amarillo Brillante

Verdad

Amarillo Pálido

orgullo, traición

Marrón

muerte al mundo

Negro

maldad, muerte

Tiempo y espacio 

La perspectiva terrenal se pierde y los iconos adquieren una planitud que desaparece en el arte occidental tras el descubrimiento de las reglas de la pintura mediante la perspectiva por parte del pintor Giotto. El tiempo también se distorsiona para mostrar eventos secuenciales simultáneamente. Ambos fenómenos ayudan al espectador a comprender que no está contemplando realidades temporales, sino realidades espirituales.

Evangelistas

uso de túnicas, llevan un libro

Obispos

llevan vestimentas eclesiásticas, llevan un libro o pergamino

Monjes

llevan hábitos monásticos, están parados muy erguido

Iconos de lectura

Echemos un vistazo al icono de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro (también llamada "Nuestra Madre del Perpetuo Socorro" y "Virgen de la Pasión") para tener una idea de cómo interpretar los iconos. Pero primero, un poco de historia, ya que la de este icono es muy interesante.

Nadie está seguro de su origen, pero proviene de Creta y es un icono de estilo "Odigitria" (ver más abajo). Un comerciante de allí oyó hablar de muchos milagros relacionados con el icono y, queriéndolo para sí, lo robó y se lo llevó en sus viajes. Terminó en Roma y, en su lecho de muerte, le contó a un romano local cómo había adquirido el icono y le pidió que lo llevara a una iglesia donde pudiera ser disfrutado por muchos. La esposa del romano, sin embargo, tenía otras ideas y guardó el icono en su dormitorio.

María se le apareció al romano en numerosas visiones, pidiéndole que llevara el icono a una iglesia. Al no ser así, María se apareció a la hija de seis años del romano y le dijo que el icono debía ser llevado a la iglesia de San Mateo. La familia romana obedeció, y allí permaneció el icono, venerado por muchos que acudían a contemplar su mensaje, hasta 1798, cuando el ejército de Napoleón invadió Roma y Napoleón (¿quién otro?) ordenó la destrucción de iglesias. El icono desapareció.
 
Unos 50 años más tarde, un sacristán de una iglesia francesa le contó a un monaguillo que el cuadro que había estado colgado en su iglesia durante casi medio siglo era muy antiguo y que antes había estado en la iglesia de San Mateo, en Roma. Había sido salvado de la destrucción y trasladado en secreto a su parroquia, y quería que el niño lo recordara para que alguien conociera la historia.
 
Pasaron más años, y el monaguillo se había convertido en Redentorista en Roma. Su Orden se hizo cargo de una finca que casualmente incluía la antigua iglesia de San Mateo, y mientras investigaban la historia del lugar, se enteraron del hermoso icono que había desaparecido. El ex monaguillo recordó lo que el sacristán le había dicho y se lo contó a sus hermanos. Los Redentoristas apelaron al Papa Pío IX, recordándole que era deseo de María que el icono se colgara en la iglesia de San Mateo. El Papa intervino, devolviéndolo a su legítimo lugar y exhortando a los Redentoristas a que hicieran de Nuestra Madre del Perpetuo Socorro su misión, difundiendo el conocimiento de ella y de su icono por todo el mundo. Así lo han hecho.

Y ahora, hablemos del icono en sí:


La mirada de María se dirige directamente hacia ti, como si quisiera que la miraras a los ojos y reflexionaras. Las letras griegas que aparecen arriba, MR QU, nos indican que ella es la Madre de Dios y, sobre un fondo dorado (luz divina), viste una túnica azul oscuro (fe, humildad) con un forro verde (Espíritu Santo) y una túnica roja (belleza).

El Niño Jesús, identificado con las letras "IC XC", no mira a su madre ni a nosotros en este icono; en cambio, aparta la mirada, tras haber visto algo que lo asustó; tanto que corrió hacia su madre tan rápido que perdió una de sus sandalias. ¿Qué ve? Su destino, simbolizado por los ángeles que portan los instrumentos de su Pasión. El ángel de la izquierda, Miguel, lleva la lanza que atravesará su costado, una urna llena de hiel, y la caña y la esponja que la llevarán a sus labios. El ángel de la derecha, Gabriel, lleva una cruz y cuatro clavos. Su consuelo terrenal, y el nuestro, está en su Madre, y mientras Él se aferra a Ella, Ella, con su mirada, nos invita a hacer lo mismo.

Estilos de iconos

A continuación se presentan descripciones e imágenes de algunos de los tipos de íconos más famosos. Verá los mismos elementos y esquemas artísticos en íconos de diferentes épocas e iglesias rituales, en diferentes estilos, pero con temas recurrentes y tipos estandarizados.

Pantocrator
(Gobernante de todo, Cristo el Maestro)


Cristo como Maestro sosteniendo un libro, dos dedos (levantados en señal de bendición) que indican sus dos naturalezas.

Odigitria
(Grebenskaya, Nuestra Señora del Camino, La Líder, La Guía de la Iglesia)


María sosteniendo a Cristo y señalándolo. Se dice que el prototipo fue pintado por San Lucas. (La representación polaca de Nuestra Señora de Czestochowa, la famosa "Virgen Negra", es una variación del icono de estilo Odigitria, al igual que el icono de San Lucas "Salus Populi Romani", conservado en la Basílica de Santa María la Mayor, el icono de "Nuestra Señora del Perpetuo Socorro", la "Virgen de las Tres Manos" y "Nuestra Señora de Kazán" ("Kazanskaya") (véase más abajo algunos de estos con más detalle)


Eleousa
(Elouesa, La tierna misericordia, Virgen de la bondad amorosa, Toque tierno, Besos dulces)


María sostiene a su Hijo, quien toca su rostro con el de ella y envuelve (al menos) un brazo alrededor de su cuello o su hombro (ver el ícono de La Bruna a continuación)


Glykophilousa
(Oumilenie, Virgen de la Ternura, Que Abraza Suavemente)


Como la Eleousa, pero la Theotokos abraza a Jesús que le acaricia la barbilla.


Panakranta
(Kyriotissa, Reina del Cielo, Aquella que reina en Majestad)


María entronizada regiamente con el Niño Jesús en su regazo


Virgen Kardiotissa
(Cerca del Corazón Materno)


María sostiene a Jesús con sus rostros tocándose, sus brazos están abiertos alrededor de su cuello.


Agiosortissa
(Intercesora)


María se muestra sola, de perfil, mirando hacia su izquierda (hacia Cristo), con las manos extendidas en señal de súplica.


Virgen Orans
(la Orante, la Oranta)


María aparece con los brazos en posición de orante. Una de las formas más populares de este estilo es la “Señora del Signo” (también conocida como Virgen de la Encarnación, Platytera o Panagia), en la que María aparece con los brazos en posición de orante, con Cristo encerrado en un círculo en su vientre. Cuando Cristo se muestra así en el vientre de María, se la conoce como la “Madre de Dios del Signo”, en referencia a las palabras de Isaías 7:14: “Por eso, el Señor mismo os dará una señal. He aquí que una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y se llamará Emmanuel”. Estos iconos son los favoritos de quienes luchan contra el aborto.

Iconos particulares que debes conocer

Ya hemos visto el icono de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, pero hay otros iconos particulares que conviene conocer:

Salus Populi Romani


Se dice que San Lucas pintó el famoso icono de estilo Odigitria "Salus Populi Romani" ("Protector del Pueblo Romano"). Este icono fue traído de Tierra Santa a Roma por Helena, madre de Constantino. Se encuentra en la Basílica de Santa María la Mayor de Roma, una basílica construida en respuesta a un milagro: en el año 358 d. C., Nuestra Señora se apareció al Papa Liberio y a una pareja y les pidió que construyeran una iglesia en un lugar que ella marcaría con nieve en el monte Esquilino. Una noche de agosto, lo hizo: una zona de nieve del tamaño de una iglesia cayó sobre la colina. La gente delimitó el área que indicaba "Nuestra Señora de las Nieves", se construyó la basílica y el Papa Liberio la consagró. Ha sido reconstruida a lo largo de los años, finalmente por el Papa Pablo V (1605-1621). La festividad de la dedicación de la Basílica (original) es el 5 de agosto, y en conmemoración de la milagrosa nevada, se esparcen pétalos de rosa blanca desde la cúpula durante la misa de ese día.

Durante el pontificado de San Gregorio Magno (590-604 d. C.), en el año 597 d. C., este icono fue llevado en procesión a la tumba de Adriano durante una gran plaga. Al llegar a su destino, se escuchó a un coro de ángeles cantar:

Regina coeli, laetare, aleluya;
Quia quem meruisti portare, aleluya;
Resurrexit sicut dixit, aleluya.

(Reina del Cielo, alégrate, aleluya;
Porque Aquel a quien mereciste llevar, aleluya;
Ha resucitado como Él dijo, aleluya.)

A lo que San Gregorio respondió:

Ora pro nobis Deum, aleluya.

(Ruega por nosotros a Dios, aleluya.)

Entonces San Miguel se apareció sobre la tumba, con la espada desenvainada, y la envainó como señal del fin de la peste. Esta aparición del Arcángel es la razón por la que la tumba de Adriano se conoce ahora como Castillo de Sant'Angelo.

En este icono, María, vestida con una túnica roja y un manto azul oscuro con ribetes dorados, sostiene a Jesús en su brazo izquierdo. Jesús mira como su madre mientras sostiene un libro y levanta la mano en señal de bendición. A diferencia de la mayoría de los iconos de tipo Odigitria, María no señala a Cristo.

Nuestra Señora de las Tres Manos


Otro icono de estilo Odigitria que deberías conocer es el conocido como "Virgen Tricherousa" o "Nuestra Señora de las Tres Manos". San Juan Damasceno (ca. 676-754/87 d. C., festividad el 27 de marzo), gran luchador contra los iconoclastas, fue acusado de ser enemigo del estado en el que vivía y, como castigo, el califa ordenó que le cortaran una mano. Después, San Juan tomó la mano cercenada, rezó ante un icono de Nuestra Señora (uno que se dice fue pintado por San Lucas) y se durmió, despertando y descubriendo que su mano estaba curada. En honor a esa curación, hizo una mano de plata y la añadió al icono. El icono alterado se ha duplicado desde entonces. Puedes ver la tercera mano de plata en la parte inferior izquierda de la imagen.

Este icono se encuentra en el Monasterio Serbio de Chiliandari, Monte Athos ("Montaña Sagrada"), cerca de Uranópolis, Grecia (en manos ortodoxas).

Nuestra Señora de Czestochowa


El icono de Nuestra Señora de Czestochowa, otro icono del estilo de Odigitria, es otra imagen importante con una historia singular y milagrosa. Es una de las "Vírgenes Negras", se la reconoce por su tono de piel oscuro (en parte debido al estilo, en parte por los efectos del humo de las velas), la vestimenta enjoyada y las marcas de corte en la mejilla (difíciles de ver en la imagen de la derecha, pero evidentes en persona y en buenas reproducciones). Este icono también se dice que fue pintado por San Lucas y supuestamente fue traído de Jerusalén a Constantinopla por Santa Elena. Terminó en manos de los príncipes de Rutenia, y luego fue llevado a Polonia por el príncipe Ladislao, quien lo conservó en la capilla del Castillo de Belz. Cuando los sarracenos atacaron el castillo, una de sus flechas hirió la garganta de la imagen. Mientras rezaba a Nuestra Señora para descubrir dónde colocar el icono y protegerlo, el príncipe Ladislao tuvo un sueño en el que se le decía que dejara la imagen en Jasna Gora (Colina Brillante) en Czestochowa, donde el icono permanece hoy. Construyó un monasterio y una iglesia allí y, en 1382, pidió a los monjes paulinos que actuaran como guardianes del icono.

En 1430, los husitas iconoclastas atacaron el monasterio e intentaron robar el icono, pero sus caballos no se movieron cuando intentaron llevárselo. Enfurecidos, rompieron el icono en tres pedazos y cortaron la mejilla de la imagen de Nuestra Señora tres veces; al tercer corte, ¡el espadachín murió! Estas heridas de corte no se pueden reparar, aunque muchos lo habían intentado a lo largo de los años.

En 1655, los soldados suecos, que se dice que eran 12.000, atacaron el monasterio, pero fueron retenidos por los 300 religiosos que tenían a Nuestra Señora para protegerlos. En agradecimiento, el rey Juan Casmiro declaró a María Reina de Polonia.

En 1920, los rusos se congregaron en la zona para prepararse para atacar al pueblo polaco. Pero el pueblo suplicó a Nuestra Señora, y al día siguiente (15 de agosto, festividad de la Asunción), su imagen apareció en el cielo, obligando a los rusos a huir.

La corona de oro que adorna la imagen hoy en día fue un regalo de San Pío X (aunque el Papa Clemente XI coronó la imagen en 1717. Numerosos milagros se asocian a este icono, y es muy querido por el pueblo polaco.

Nuestra Señora de Kazán


Se desconoce el origen del icono de Nuestra Señora de Kazán del siglo XIII (conocido como Kazanskaya en Rusia), pero se dice que fue encontrado el 8 de julio de 1579 por una niña de diez años, Matryona, quien soñó con la imagen reposando bajo las cenizas en las ruinas de una de las casas de Kazán. La leyenda dice que este icono ayudó a la milicia de Kazán a liberar Moscú de la invasión polaca en 1612.

Se conservó en la catedral de Kazán de Moscú durante un tiempo, pero fue trasladado a San Petersburgo por Pedro el Grande. Fue robado durante la Revolución rusa y vendido en el extranjero junto con otros objetos de valor de la iglesia. El Ejército Azul (un grupo católico romano devoto de María) lo compró alrededor de 1970 a un coleccionista estadounidense y se lo regaló al Papa Juan Pablo II en 1993. El Papa, en una decisión muy controvertida entre los católicos tradicionales, devolvió el icono a Rusia en 2004.

La Bruna


También debo mencionar "La Bruna" ("La Morena"), un icono de estilo Eleousa, que muestra a María con una estrella con una larga cola en su hombro derecho, lo que refleja su pureza. Nuestra Señora también viste una túnica roja, un manto y un velo azules, a los que Jesús se aferra.

Aunque no se aprecia en esta reproducción, Jesús y María están rodeados de grandes halos: el de ella con doce rosetas que representan a las doce tribus y los doce apóstoles, y el de él con la cruz. Este icono es un icono carmelita del siglo XII, cuyo original se encuentra en la Basílica del Carmen Mayor de Nápoles, Italia.