CAPÍTULO NOVENO
EL CONGRESO DE LAS RELIGIONES
Hemos visto que en el pensamiento de los americanistas la Iglesia está demasiado cerrada a los disidentes y que el gran medio para procurar la expansión exterior del catolicismo es suprimir las aduanas, bajar las barreras y ensanchar las puertas —en una palabra apartar todo lo que pueda disuadir de entrar entre nosotros a aquellos “que han guardado sólo su razón por guía” o “que comprenden la fe de otra manera que nosotros”.
Para la realización de esta idea se han imaginado los congresos de las religiones, así definidos por el promotor del que se tenía propuesto celebrar en París durante la exposición de 1900:
Una reunión de los representantes de todas las religiones del mundo en la que la idea religiosa, bajo su forma más general, se defendería y celebraría por el beneficio moral que trae a la humanidad religiosa...
De esta manera, las religiones se miran del lado del hombre. Se consideran menos como doctrinas abstractas y más como un alimento de la personalidad moral, y NO SE TRATA TANTO DE CREDO Y DE VERDAD COMO DE ALMAS CREYENTES Y SINCERIDAD.
Entonces no más Credo, no más verdades reveladas: una idea, y además una idea en su forma más general; esto es a lo que los congresos de las religiones deben llevar la religión. Pues si se quiere precisar la idea religiosa, se despertará la polémica, una vez más la religión no será más “la caridad”, se verán reaparecer “las divisiones”, renovarse “las hostilidades religiosas” y “los odios sectarios”. Apartemos pues los dogmas y no consideremos la religión más que del lado del hombre y del beneficio que la idea religiosa puede aportarle.
Se concibe que después haber trazado este programa, el promotor del congreso de París haya añadido:
Es la Iglesia católica -todos lo sienten así- quien deberá hacer para esta gran idea del congreso universal de las religiones las concesiones más generosas.
¡Ay! sin duda, ella sola tiene dogmas inmutables, ella sola tendría que rebajarse, 0 más bien aniquilarse. El autor de estas líneas, Don Charbonnel, quería dar la seguridad de que “esta generosidad (!) tendría su retorno”.
Que no se objete que este programa es el de un apóstata. No solamente Don Charbonnel era todavía sacerdote cuando lo trazó, sino que después de trazarlo recibió las adhesiones que se leerán en los documentos y fue reconocido indiscutiblemente como organizador del congreso proyectado.
Mons. Keane había dado de estos congresos aproximadamente la misma idea en el Boletin de Instituto católico de París con palabras que hemos citado ya, al menos en parte, y que conviene releer aquí:
Puesto que un rasgo distintivo de la misión de Estados Unidos es, por la destrucción de las barreras y hostilidades que separan las razas, la vuelta a la unidad de los hijos de Dios divididos por mucho tiempo, ¿por qué algo análogo no podría hacerse en lo que concierne a las divisiones y hostilidades religiosas? ¿Por qué los congresos religiosos no desembocarían en un congreso internacional de las religiones donde todos vendrían a unirse en una tolerancia y una caridad mutuas, donde todas las formas de religiones se levantarían juntas contra todas las formas de irreligión?
El primero de estos congresos — esperemos que también el último— tuvo lugar en Chicago. “Había allí -dijo Mons. Keane- representantes del universo entero. Habían venido de India, China, Japón, Persia, Palestina, del mundo entero”. Las instantáneas fotográficas tomadas muestran sobre la tarima a popes, mutftíes, bonzos, incluso mujeres, y una presidió cierta sesión. Se ve también a sacerdotes o prelados católicos y a representantes de las innumerables sectas protestantes de Estados Unidos. El congreso duró diecisiete días, del 11 al 28 de septiembre de 1893.
Estuvieron consagrados al estudio de estas cuestiones de orden antes filosófico que teológico sobre las cuales confucianistas, sintoístas, griegos ortodoxos, cristianos de Armenia, protestantes, librepensadores, se hicieron por turnos los intérpretes de las doctrinas que representaban.
El informe oficial fue publicado en dos gruesos volúmenes de alrededor de 1600 páginas cada uno. El lugar que ocupan los católicos es muy pequeño.
El P. Elliot presentó “un ensayo sobre la naturaleza íntima y los fines de la religión, en que se podía distinguir fácilmente las enseñanzas y el espíritu de su maestro, el erudito y amable P. Hecker”.
padre Isaac Thomas Hecker
Mons. Ireland pronunció un discurso sobre las armonías de la religión católica con el estado actual de la vida moderna.
El asunto tratado por Mons. Keane fue la Religión final, “The ultimate religion”. Título extraño, que hace pensar en los neocristianos y también judíos de la Alianza Israelita Universal, que persiguen unos y otros —lo hemos visto— el proyecto de establecer por encima de todas las religiones una religión definitiva, donde ya no se tratará tanto de credo y de verdad cuanto de almas creyentes y de sinceridad.
Mons. Keane dijo de los “cinco mil hombres” que lo oyeron: “¡Si Uds. los hubieran visto echarse sobre mí para agradecerme!” Y más adelante: “Estos aplausos formaban un consolador contraste con el sospechoso y sectario rencor que llenó tan tristemente la historia de la religión en los siglos pasados”.
El prelado veía sin duda en esta ovación la demostración resplandeciente de la superioridad de la irénica sobre la polémica en el apostolado. Pero si los Padres y Doctores de la Iglesia no hubieran “llenado tristemente la historia de la religión” de sus luchas contra el error, ¿nos habrían transmitido la fe en su integridad y mantenido a la Iglesia en la pureza inmaculada de la doctrina de CRISTO? ¿Dónde estaríamos nosotros si hubieran dado un abrazo a Pelagio, a Arrio, a Lutero y a tantos otros, verdaderos “sectarios”, éstos? Acaso ellos sean de quienes el mismo orador dice en el mismo discurso:
Hombres de buena fe y ardientes han encarnado buenas y nobles ideas en organizaciones separadas de su creación. ACERTABAN EN SUS IDEAS; DESACERTABAN EN SU SEPARACIÓN.
Nuestras esperanzas han sido realizadas y más también, los principios según los cuales se condujo este Congreso han sido puestos a prueba e incluso de vez en cuando tensados al extremo, pero no han cedido... Hemos aprendido que la verdad es grande y que la Providencia ha preparado más de un camino por donde los hombres pueden emerger de las tinieblas a la celestial luz... Espero que se acuerden de Chicago, no como el hogar del más grosero materialismo, sino como un templo donde los hombres aman el ideal más sublime.
Por lo ya dicho conocemos suficientemente este ideal y cuáles son los primeros autores.
El informe oficial fue resumido por el Sr. Bonet-Maury, profesor de la Facultad de teología protestante, en un libro: El Congreso de las religiones de Chicago de 1893. He aquí la conclusión:
Es difícil medir en el acto el verdadero alcance de los acontecimientos de que somos testigos, pues estamos propensos a exaltarlos o denigrarlos siguiendo los sentimientos que nos inspiran.
Es lo que pasó en el primer Congreso de las religiones. Unos lo saludaron como el Pentecostés del nuevo espíritu de fraternidad que debe animar a los hombres; otros, al contrario, no vieron más que una vana tentativa por hacer la síntesis de las religiones sobre la base de una moral común y de un vago sentimentalismo religioso. En cuanto a nosotros, esperamos haber persuadido a quienes nos hayan leído atentamente que no fue ni lo uno ni lo otro; pero sí un concilio ecuménico de las religiones históricas que intentó entenderse sobre ciertos principios morales y religiosos comunes para una acción de conjunto contra adversarios comunes. A este título, es, a mis ojos, el acontecimiento que puede tener el mayor alcance moral sobre la humanidad desde la DECLARACIÓN DE 1789 SOBRE LOS DERECHOS DEL HOMBRE Y DEL CIUDADANO, y no hace sino responder a las aspiraciones de la elite religiosa de las razas civilizadas.
Compartimos totalmente esta manera de ver: la idea de un Parlamento de las religiones viene en línea recta de los “inmortales Principios”; su celebración respondió a las aspiraciones de los neocristianos y favoreció las intenciones del judaísmo que algunos pueden tomar por la elite religiosa de las razas civilizadas.
Para que pudiera tener “el mayor alcance moral” sobre la humanidad en el sentido deseado por los neocristianos y los judíos, sólo le faltó reproducirse.
Algunos lo intentaron por lo menos.
Efectivamente los promotores del “concilio de todos los errores y todas las virtudes” no podían detenerse en tan hermoso camino. Inspirados en el voto enunciado por el Revdo. Lloyd Jones, y concebido así: “Veo ya con el pensamiento el próximo Parlamento de las religiones, más glorioso y prometedor que éste: propongo celebrarlo en Benares en el primer año del siglo XX”, ellos resolvieron “reunir a los creyentes de fe tolerante y los pensadores de pensamiento libre” en un Congreso universal de las religiones que se celebraría, no en Benares, sino en París, en ocasión de la exposición de 1900.
Tapa del libro del Abbé Victor Charbonnel (1896)
El defensor habitual del congreso, Don Charbonnel, escribía en la Revue de Paris:
Habría pues en París, al lado de los representantes de los tres grandes cultos de Francia, al lado de los prelados católicos, los pastores protestantes y los rabinos, cierto número de representantes de los cultos más alejados de nuestra civilización —del budismo, por ejemplo, del brahmanismo, del sintoísmo, del confucianismo, del taoísmo. Fueron ciento setenta en las reuniones más importantes de la sala de Cristóbal Colón. Las delegaciones podrían ser esta vez más numerosas todavía. El Sr. Barrows, organizador y primer presidente del primer Parlamento de las religiones, nos aseguraba a último momento que el prestigio de Francia actuaría sobre las imaginaciones de Oriente y atraería más adhesiones. Y, sin duda, la Iglesia anglicana, la Iglesia rusa y el mundo musulmán, que no fueron a Chicago, vendrían a París por razones de simpatía antigua o nueva adquirida en esta segunda patria de todos, Francia.
Un poco más adelante, él mismo, en la misma Revue, marcaba en estos términos el objetivo a que el congreso debía tender:
¿No podríamos intentar lo que se llamaría bien la unión moral de las religiones? Se haría un pacto de silencio sobre todas las particularidades dogmáticas que dividen a los espíritus, y un pacto de acción común por lo que une los Corazones, por la virtud moralizadora y consoladora que hay en toda fe. Sería el abandono del viejo fanatismo. Sería la ruptura de esta larga tradición de chicanas que tiene a los hombres encarnizados en sutiles disensos de doctrina, y el anuncio de tiempos nuevos, donde los hombres se preocuparían menos por separarse en sectas y capillas, por cavar fosos y levantar barreras, que por difundir por un noble acuerdo el beneficio social del sentimiento religioso. Ha llegado la hora para esta UNIÓN SUPREMA DE LAS RELIGIONES.
Ningún teatro podía estar más a la vista a todas las naciones; ninguna ocasión podía ser más propicia para poner en contacto todas las extravagancias salidas del seso humano; ningún instrumento más poderoso que el genio francés (31) podía elegirse para dar crédito en todo el mundo a la conclusión que el público no dejaría de sacar de este espectáculo: “Entre tantas religiones, ¿hay una verdadera, hay una buena?”
“Adivina si puedes y escoge si te animas”.
obispo John Ireland (1838 - 1918)
Adelantándose a esta dificultad, Mons. Ireland decía en su discurso sobre el Progreso humano, pronunciado en la inauguración de los trabajos del Congreso auxiliar de la exposición de Chicago:
Se ha objetado contra los congresos religiosos que sobre muchos puntos no puede existir acuerdo y que en ellos la verdad está expuesta a sufrir de la yuxtaposición del error. Este punto de vista no puede prevalecer: las verdades vitales y primordiales que conciernen al DIOS supremo serán confesadas por todos y la proclamación de estas verdades tendrá una inmensa ventaja.
La ventaja, 0 más bien desventaja, habría sido seguramente que la gente se dijera: “Atengámonos a nuestra indiferencia; es más seguro, y sobre todo más cómodo”.
Como se ve, no podía imaginarse nada más eficaz para avanzar la gran Obra soñada por los neocristianos y perseguida por la Alianza Israelita Universal. No es que acusemos a los promotores de este congreso de haber actuado en eso de connivencia con los judíos; ¿pero no habrían sufrido sin saberlo “esta singular e infatigable influencia” que los judíos sobresalen en “esconder”, pero que ejercen con una “superioridad sin igual”?
La iniciativa del congreso de Chicago había sido tomada por protestantes a quienes se habían reunido católicos. La del congreso de París fue tomada por sacerdotes católicos. “Es un signo extraño” -decía, en su número del 28 de septiembre 1895, el Journal des Débats, que entre tanto no tiene el sentido cristiano muy desarrollado:
es un signo extraño que los sacerdotes católicos se pongan a la cabeza de un congreso de las religiones. En realidad, no hay motivo de asombrarse para quien ha seguido, desde hace algunos años, las predicaciones y los textos de ciertos sacerdotes que están a la vanguardia del clero francés. Son, de alguna manera —tomen la palabra con todas las atenuaciones posibles —, evolucionistas.
El Padre Charbonnel, que se había hecho o había aceptado ser el abogado y el viajero comercial de la empresa, y que desgraciadamente dejó en ella su sotana y su fe, relató la acogida que le hicieron en el clero:
Muy santamente apegado a las tradiciones de un misticismo ciego y silencioso, el clero de las parroquias desconocía hasta el hecho de la celebración de un Parlamento de las religiones en Chicago, y, ciertamente, lo que el mismo hubiera podido ser. Renovar eso, ¿qué era pues? Hacer un congreso de las religiones en 1900, ¿para qué?
Tales fueron por todas partes las palabras de acogida. Pero el clero intelectual, el clero de enseñanza y de acción social (32), EL QUE DESPUÉS HIZO EL CONGRESO ECLESIÁSTICO DE REIMS, se mostró más comprensivo de la novedad que se le preparaba... Los Padres Didon, Lemire y Naudet fueron los partidarios del congreso de las religiones conquistados de manera más rápida y franca.
A los sacerdotes de enseñanza social y acción social se juntaron universitarios redactores de revistas muy recomendadas en el Congreso eclesiástico de Reims y acogidas con sencillez demasiado confiada por algunos eclesiásticos. Don Charbonnel continúa:
Jóvenes católicos de la universidad, los Sres. Georges Fonsegrive y Georges Goyau, que escribían entonces en el Monde y cuyo esfuerzo por hacer más social la acción de la Iglesia se sabe hoy por la Quinzaine, se internaron también en nuestras opiniones.
Uno de estos universitarios, el Sr. Anatole Leroy-Beaulieu, decía:
Para mí, que pretendo encontrar bajo la diversidad de los términos la unidad del fondo común, semejante congreso no tendría nada que no fuera edificante, y me imagino que para nuestra edad agitada sería el más religioso de los espectáculos. Reunir a sacerdotes y ministros de los cultos diversos, asociarlos públicamente, como en Chicago, para una oración común, sería mostrar a todos los ojos que los tabiques confesionales ya no son bastante altos ni bastante gruesos para separar a los creyentes en sectas enemigas, para cortar la humanidad religiosa en campos irremediablemente hostiles.
Ésta es siempre y por todas partes, como se ve, la idea emitida por la Alianza Israelita Universal.
El pastor protestante Sabatier y el rabino judío Zadoc-Kahn adhirieron conmovidos.
El gnóstico y esotérico Léonce-Eugène-Joseph Fabre des Essarts
(alias “Synésius, obispo gnóstico de Burdeos”)
Finalmente el espiritista que firma “Synésius, obispo gnóstico de Burdeos”, en una carta que tuvo la audacia de escribir a Mons. el arzobispo de París y en la que llamaba a Don Charbonnel, todavía sacerdote, “su hermano”, decía:
Lo que preparamos no es ni una asamblea política, ni un consejo de heresiarcas: es el verdadero concilio ecuménico de los tiempos nuevos... De éste sólo puede dimanar bien y bendición sobre la humanidad.
Synésius no se equivocaba cuando creía tener un lugar marcado en este congreso; ¿acaso no había dicho lo siguiente el P. Hecker?
Recurrirá a hombres que, para defender a la Iglesia contra las amenazas de destrucción, sabrán emplear las armas convenientes al tiempo en que estamos; a hombres que sabrán interpretar todas las aspiraciones del genio moderno en materia de ciencia, de movimiento social, de ESPIRITISMO (otras tantas fuerzas de las que se abusa ahora), y transformarlas todas en medios de defensa y de universal triunfo para la Iglesia. (Vida, p. 568.)
Diciendo eso el pobre hombre era sincero; y entre quienes propagan sus ideas y trabajan en realizarlas hay que contar sobre todo con ingenuos. Pero se ve adónde estas ingenuidades y estas sinceridades conducirían si no encontraran oposición a sus tentativas y su propaganda. Los tiempos que Nuestro Señor predecía cuando dijo: “¿El Hijo del hombre encontrará todavía fe sobre la tierra?”, no tardarían en venir.
Afortunadamente está Roma, y Roma puso el embargo sobre el congreso de las religiones.
Continúa...
Notas:
31) En un discurso pronunciado en el Círculo católico de Luxemburgo sobre la acción social de la juventud francesa, Mons. Ireland decía: “Un sabio, creo que Arquímedes, decía que levantaría el mundo físico si encontrara para su palanca un punto de apoyo. Pues yo querría levantar el mundo moral, y veo que mi punto de apoyo es la juventud católica de Francia”. Aquí Mons. Ireland está de acuerdo con el P. Maignen que, a propósito del artículo del Journal des Débats, decía: “Cuando un error toca el suelo de Francia, se precisa y se clarifica”.
32) No hay que leer: el clero de los colegios, sino esta parte mínima del clero que se dio la misión de agitar por todas partes las cuestiones sociales y querer resolverlas antes de haberse instruido al respecto.






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