Esta obra de Luisa-Piccarreta que fue publicada por primera vez el año 1930, consta de treinta y un Meditaciones que serán publicadas -Dios mediante- cada cinco días.
VIGESIMA SEPTIMA MEDITACION – La Reina de los dolores en el Reino de la Divina Voluntad.
Llega la hora del dolor. La Pasión. Llanto de toda la naturaleza.
EL ALMA A SU MAMA DOLIENTE:
Querida Mamá dolorosa, tus sublimes lecciones me hacen sentir la extrema necesidad de estar junto a Ti; hoy no me iré de tu lado para ser espectadora de tus acerbos dolores.
Te pido la gracia de que pongas en mí tus dolores y los de tu Hijo Jesús y también su misma muerte. Deseo que mi voluntad muera continuamente y que en ella surja la Vida de la Divina Voluntad.
LECCION DE LA REINA DEL CIELO:
Querida hija, no me niegues tu compañía en mi amargura tan
grande. La Divinidad ha ya decretado el último día de vida de mi Hijo
Jesús. Ya un apóstol lo traiciona entregándolo en manos de los judíos
para hacerlo morir, y mientras, El, en un exceso de amor, se oculta en
el Sacramento de la Eucaristía para no dejar huérfanos a los hijos que
con tanta ansia vino a buscar a la tierra.
He aquí que Jesús está por morir y por tomar el vuelo hacia su
Patria Celestial. ¡Oh, hija querida, el FIAT Divino me lo dio, en el FIAT
Divino Yo lo recibí, y ahora al mismo FIAT lo entrego! ¡El Corazón se
me desgarra, mares inmensos de dolor me inundan y siento que mi vida
se acaba por los más atroces espasmos de dolor!
Nada, nada habría podido negar al FIAT Divino y... si hubiera sido
necesario, Yo no habría dudado en sacrificar a mi Hijo con mis mismas
manos. El Divino Querer es omnipotente y Yo sentía en Mí misma, tal
fortaleza, que prefería la muerte antes que negarle algo. Hija mía, mi
Corazón Materno quedaba sofocado por penas inauditas al sólo pensar
que mi Jesús, mi Dios, mi Vida, debía morir...!
Este pensamiento era para tu Mamá el más cruel de todos los
martirios. Qué heridas tan profundas de dolor se abrían en mi Corazón
y como espadas cortantes lo traspasaban de lado a lado.
Sin embargo, querida hija, me duele decirlo, en estos terribles
dolores y en las angustias de mi Hijo amado estaba tu alma y tu voluntad
humana. Nosotros la cubríamos con nuestros mismísimos dolores, la
embalsamábamos, la fortificábamos a fin de que se dispusiera a recibir
la Vida de la Divina Voluntad.
¡Oh, si el FIAT Divino no me hubiera sostenido con su Potencia,
Yo habría muerto tantas veces por cuantas fueron las penas que sufrió
mi querido Jesús! ¡Cómo me sentí despedazar el Corazón cuando Lo
vi por última vez, antes de la Pasión, pálido, con una tristeza de muerte
en su Rostro! Con Voz temblorosa, como si quisiera sollozar me dijo:
“Mamá, adiós, bendice a tu Hijo y dame la obediencia de morir; el
tuyo y mío FIAT Divino me hizo concebirme en Ti; el mío y tuyo FIAT
Divino me debe ahora hacer morir; pronto, Mamá querida, pronuncia
tu FIAT y dime: te bendigo y te doy la obediencia de morir crucificado,
así quiere el Eterno y así quiero también Yo”.
Hija mía, qué dolor vivísimo sufrí en aquel instante y, sin embargo,
pronuncié sin titubear mi FIAT, porque en Mí no existían penas forzadas,
sino que todas eran voluntarias.
Recíprocamente nos dimos la bendición, nos dirigimos una última
mirada y luego... mi querido Hijo, mi dulce Vida partió, y Yo, tu doliente
Mamá, quedé sola con mis penas.
Pero si me quedé con mi dolor, con los ojos del alma no lo perdí
nunca de vista; lo seguí al Huerto de los Olivos en su tremenda agonía
y... ¡oh, cómo me sangró el Corazón al verlo abandonado por todos, aun
por los más fieles y queridos Apóstoles!
Hija mía, el abandono por parte de las personas amadas es uno de
los mayores tormentos que el corazón humano puede sufrir en las horas
tempestuosas de la vida. Pero mucho más íntimo fue aquel que sufrió
mi Unigénito que tanto había amado y cubierto de beneficios a sus
Apóstoles, y por los cuales estaba ahora a punto de dar su propia vida!
Al verlo sudar sangre me sentía agonizar con El y lo sostenía entre
mis brazos maternos. Siendo Yo inseparable de El, sus amarguras se
reflejaban en mi Corazón despedazado por el dolor y por el amor con
mayor intensidad que si hubieran sido propios. Y así lo seguí toda la
noche: no hubo pena ni ofensa que le hicieran que no resonara en mi
Corazón. Y al alba, no pudiendo resistir más, acompañada por Juan, por
Magdalena y por otras piadosas mujeres, lo quise seguir paso a paso, de
un tribunal a otro, aun corporalmente.
Querida hija, Yo sentía los golpes de los flagelos que llovían sobre
el Cuerpo desnudo de mi Hijo, sentía las burlas, escuchaba las risas
satánicas de los verdugos, sentía las heridas que le hacían en la cabeza
cuando lo coronaron de espinas; lo vi cuando Pilatos lo mostró al
pueblo con el Rostro desfigurado e irreconocible y me sentí aturdir por
el grito de la plebe: “¡Crucifícale, crucifícale...!” Lo vi echarse la Cruz
en sus espaldas, extenuado...
No pudiendo soportar más apuré el paso para darle el último abrazo
y limpiarle el rostro, todo bañado de sangre. Pero... para Nosotros no
había piedad; los crueles soldados me lo alejaron, lo golpearon con las
sogas y lo hicieron caer por tierra. Habiéndolo seguido hasta el Calvario
asistí a los dolores inauditos y a las contorsiones horribles que El sufrió
mientras lo crucificaban y lo levantaban en la cruz.
Querida hija, ¡oh, con qué dolor inhumano y desgarrador sentí
lacerar mi Corazón por no poder socorrer en tantas penas a mi Divino
Hijo! Cada uno de sus espasmos repercutía en Mí y abría nuevos
mares de dolor en mi sangrante Corazón. Solamente hasta que Jesús
fue levantado me fue concedido estar a sus pies y en aquel instante
supremo Yo recibí de sus labios en agonía el sagrado don de todos mi
hijos, el sello de mi Maternidad y el soberano derecho sobre todas las
criaturas.
Poco después, entre tormentos inauditos, expiró...
Toda la naturaleza se vistió de luto y lloró la muerte de su Creador:
lloró el sol oscureciéndose y retirando horrorizado su luz de la faz de la
tierra; lloró la tierra con un fuerte terremoto, abriéndose en diferentes partes para anunciar la muerte de Aquél que la había sacado de la nada;
las tumbas se abrieron, los muertos resucitaron y el velo del Templo se
rasgó. Ante tal espectáculo todos fueron invadidos por el pánico y el
terror, mientras que Yo, única entre todos, quedaba como petrificada,
esperando a que depositaran entre mis brazos a mi Hijo muerto, antes
de llevarlo a sepultar.
Ahora escúchame, en mi intenso dolor quise hablarte de las penas
que Jesús soportó, para mostrarte los graves males provocados por tu
voluntad humana. Míralo en mi regazo...¡cómo está desfigurado! El es
el verdadero retrato de los males que el humano querer causa en las
pobres criaturas. Mi Dulce Hijo quiso sufrir tantos dolores para levantar
a todas las voluntades humanas del abismo de todas las miserias en las
cuales yacían; en cada una de sus penas y en cada uno de mis dolores.
Nosotros incitábamos a los hombres a resurgir en la Divina Voluntad.
Nuestro amor fue tan grande que para poner a salvo la voluntad humana
la colmamos con nuestros sufrimientos y la encerramos en los mares
inmensos de nuestros dolores. Este día de mística muerte para tu Mamá
dolorosa es todo para Ti, tú depón a cambio en mis manos tu voluntad,
a fin de que Yo la encierre en la llaga sangrante del costado de Jesús
como la más bella victoria obtenida por su Pasión y Muerte y como el
triunfo de mis acerbísimos dolores.
EL ALMA:
Mamá Dolorosa, tus palabras me hieren el corazón, porque me
hacen ver que fue mi voluntad rebelde la primera causa de tantos
padecimientos tuyos y de tu querido Hijo. Te pido que la encierres en
las llagas de Jesús y la nutras con sus penas y con tus amargos dolores!
PRACTICA:
Para honrarme besarás las llagas de Jesús haciendo cinco actos de
amor y me pedirás que mis dolores sellen tu voluntad en la herida de su
Sagrado Costado.
JACULATORIA:
Las llagas de Jesús y los dolores de mi Mamá me den la gracia de
hacer resurgir mi voluntad en la Voluntad de Dios.
Continúa...

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