CAPÍTULO DÉCIMO
CÓMO QUIEREN PROCURAR
EL ADELANTO INTERIOR DE LA IGLESIA
LOS AMERICANISTAS
La evolución religiosa que según los americanistas las nuevas condiciones del mundo impondrían a la Iglesia de DIOS “sin resistencia posible”, no le pide solamente que transforme radicalmente sus medios de apostolado para conseguir una expansión más rápida y completa del cristianismo al exterior; pide un cambio no menos radical en las relaciones íntimas de DIOS con “el alma moderna”.
Hemos visto que los nuevos medios de apostolado propuestos conducirían no a extender el reino de Nuestro Señor JESUCRISTO sobre la tierra, sino a aniquilarlo. Tenemos una constatación semejante que hacer en cuanto a los resultados que tendrían las nuevas relaciones del alma con Dios. Don Klein dice en el prefacio que escribió para la vida de su héroe:
La obra del P. Hecker es haber enseñado las armonías profundas que atan el nuevo estado del espíritu humano al cristianismo verdadero y a las relaciones más íntimas del alma con Dios.
Y además:
Su mística se aplica a todo cristiano de la vida moderna. Y por fin:
El estableció los principios íntimos de la formación sacerdotal para los tiempos que se inician.
Así pues, según estos evolucionistas, no solamente estamos entrando en tiempos nuevos, sino que el espíritu humano mismo está entrando en un nuevo estado. Este cambio llama según ellos a una transformación de la vida donde estarían modificadas no sólo las relaciones mundanas de los hombres entre sí, sino “las relaciones más íntimas del alma con DIOS”.
La ciencia de las relaciones del alma con DIOS se llama la teología ascética o, como dicen, mística. Si una nueva ascética se impone “a todo cristiano de la vida moderna”, hacen falta doctores para enseñarla y sacerdotes que se instruyan de ella para hacer practicarla. De allí la necesidad de recurrir a una “nueva formación sacerdotal”.
¿Cuáles son estos tiempos nuevos que empiezan? ¿Cuál es la característica de esta vida moderna que tiene tales exigencias? ¿Cuál es este nuevo estado del espíritu humano que se impone a DIOS mismo al punto de ponerlo en la necesidad de cambiar las relaciones que tuvo desde Nuestro Señor JESUCRISTO con las almas rescatadas con la sangre divina?
padre Isaac Thomas Hecker
A estas Interrogaciones, los americanistas contestan: la democracia. El P. Hecker decía:
La vida del hombre en el orden secular y natural marcha irresistiblemente hacia la libertad y la independencia personal. Éste es un cambio radical. El eterno Absoluto crea sin cesar nuevas formas para expresarse a sí mismo. (Vida, p. 286.)
La forma gubernamental de los Estados Unidos es preferible a toda otra para los católicos. Es más favorable que otras a la práctica de las virtudes que son las condiciones necesarias del desarrollo de la vida religiosa en el hombre. Le deja una mayor libertad de acción, le facilita por consiguiente cooperar a la conducta del Espíritu Santo. Con estas instituciones populares los hombres gozarán de una mayor libertad para el cumplimiento de sus destinos. (Vida, p. 280-281.)
La cuestión actual es saber cómo debe utilizar las ventajas de la libertad y de la instrucción el alma que aspira a la vida sobrenatural. (Ibidem)
Queda entendido pues que del lado de DIOS como del lado del hombre el estado democrático debe transformar la vida ascética.
Veamos a qué se debe referir esta transformación.
El primer objeto que debe alcanzar son los votos de religión. Por un error muy extraño, los americanistas creen que los votos de religión encadenan el alma, que la esclavizan, mientras que encadenan sólo las pasiones, y, encadenando las pasiones, permiten al alma levantar con más libertad su vuelo hacia DIOS.
El segundo objeto de esta transformación es la sustitución de las virtudes activas a las virtudes pasivas. El error aquí no es menos extraño. Nunca la teología conoció estas supuestas virtudes pasivas. Todas las virtudes son activas; son los vicios los que son pasivos. No hay en el hombre más que pasiones que sufre si cede al mal y virtudes que ejerce con tanta más libertad y fuerza cuanto tiene sus pasiones mejor domadas. El reino de la democracia tendrá por efecto, si se cree a los americanistas, cambiar este fondo de la naturaleza humana. Ellos dicen:
Las virtudes pasivas tuvieron su razón de ser cuando casi todos los gobiernos eran monárquicos. Son ahora o republicanos o constitucionales, y se suponen ejercidos por los ciudadanos mismos. Este nuevo orden de cosas pide necesariamente iniciativa individual, esfuerzo personal. Es por esto que, sin destruir la obediencia, las virtudes activas deben cultivarse de preferencia a todas las demás, tanto en el orden natural como en el orden sobrenatural. En el primero, hay que fortificar todo lo que puede desarrollar una legítima confianza en sí; en el segundo, hay que hacer una amplia concesión a la dirección interior del Espíritu Santo en el alma individual.
Conforme con estos principios, el P. Hecker quería que los miembros de su Congregación fueran hombres “llenos de una justa confianza en sí mismos”, y les decía:
La razón por la que he tomado tanto interés en la doctrina de la acción directa del Espíritu Santo en el alma es una razón de experiencia personal; verdaderamente no he tenido nunca yo mismo otro director. (Vida, p. 423.) (33).
Se sabe la acogida entusiasta que hizo el Revdo. P. Naudet a esta nueva espiritualidad y a la tesis de la superioridad de las virtudes activas sobre las virtudes pasivas en su Justicia social.
Periódico Justicia Social fundado en 1893 por Paul Naudet, sacerdote de Burdeos
Según Él, la espiritualidad de san Francisco de Asís y de san Ignacio ya no sería de nuestro tiempo, y
la Imitación de Jesucristo ya no puede ser el libro de una sociedad que no tiene nada de monástico en su educación, como no lo tiene en su espíritu y sus pasos... Este libro lleva demasiado al aniquilamiento de la personalidad humana.
Así habla uno de los principales jefes de un partido que se adorna con el título de cristiano.
El tercer objeto que debe alcanzar la transformación que la democracia impone a la mística, es la devoción.
El tipo de devoción y de ascetismo según el cual se los forma [a los católicos], es bueno sólo para reprimir la actividad personal, esta cualidad sin la cual hoy día no hay éxito político posible. La energía que reclama la política moderna no es el hecho de una devoción como la que reina en Europa. (Vida, p. 400.)
Y de hecho, como observa muy bien el Revdo. P. Maignen, la vida del personaje que los americanistas quieren canonizar no muestra para nada en él las señales de la verdadera devoción tal y como la quiere la Iglesia; no se ve ni devoción a la Santísima Virgen, ni devoción al Sagrado Corazón de JESÚS. No tenía una verdadera devoción al Espíritu Santo: habla de Él sin cesar, pero no para inducir a las almas a rendirle un culto, sino para “elevar la personalidad humana a una intensidad de fuerza y de grandeza que marcará una época nueva en la Iglesia y en la sociedad”.
No es temerario decir que los medios preconizados por los americanistas para promover el adelanto interior de la Iglesia valen los que nos ofrecen para su extensión en el exterior. Los unos y los otros acabarían en las mismas ruinas. La perfección religiosa en el mundo, lo mismo que la perfección religiosa en el claustro, no tienen que esperar ningún progreso ni de la supresión de los votos, ni de la sustitución de las virtudes activas a las virtudes pasivas, ni de la transformación de la devoción que reina en Europa en la que reclama la política moderna, ni de la confianza en sí mismo, ni de la conciencia de una dirección dada inmediatamente por el Espíritu Santo.
Por otra parte, cuando alguien quiere escucharlos hasta el fin, los americanistas nos dicen bien claro que el adelanto que se proponen conseguir por todos estos medios no es exactamente el desarrollo en nosotros de la vida sobrenatural que prepara nuestra eterna bienaventuranza. Es una cosa totalmente diferente la que tienen en vista. El orador del congreso de Bruselas dijo:
Las miserias que proceden del pecado no deben impedir a la tierra ser el recinto de la alegría. Que los hombres que tienen más energía y talento sean los instrumentos de la Providencia para llenar este mundo de felicidad.
Y Romanus:
Lo que sabemos de la evolución cumplida en el pasado puede bastar para asegurarnos que los nuevos progresos análogos favorecerán altamente el bienestar físico y mental de los cristianos de las edades futuras (artículo publicado en la Contemporary Review).
¿Los hombres aceptarán enseñanzas sobre la condición del bienestar del mundo venidero de parte de gente que ella misma se muestra tan lamentablemente ignorante sobre las condiciones del bienestar del mundo en que estamos? (Ibidem)
Y el P. Hecker:
La Iglesia provee a la salvación del alma por medios espirituales, como la oración, la penitencia, la Eucaristía y los demás sacramentos. Ahora necesita proveer a la salvación y transfiguración del cuerpo por sacramentos terrenales. (Vida, p. 102.)
No se puede creer hasta qué punto estas aberraciones impregnaron el espíritu de los demócratas supuestos cristianos; forman el fondo más o menos declarado de sus discursos y artículos. El Revdo. P. Naudet exclamaba en Angers en abril de 1895:
Ciudadanos y ciudadanas, soy de la Iglesia de hoy y de mañana, no de la de hace cien años... El Paraíso quiero darlo enseguida esperando el otro.
El mismo discurso se dio en Lille, y el mismo Réveil du Nord se mostró escandalizado:
¡Las bienaventuranzas celestiales! ¡Ud. las ha tirado a la marchanta el domingo, Padre! El Cielo está demasiado lejos, la cruz es demasiado pesada, queremos la felicidad en este mundo. Ése si que es el lenguaje casi impío para el cual encontró elocuentes excusas su corazón de demócrata cristiano. Sea como fuere, Ud. predica hoy las felicidades terrenales: salieron de su boca, contra la riqueza perezosa y contra la explotación del hombre, períodos inflamados que cuando los emite uno de los nuestros, sus amigos que lo aplaudían el domingo los califican invariablemente de excitaciones al odio, a la envidia y a las peores pasiones humanas.
El autor de la Vida del P. Hecker dice:
Las ideas americanas son -lo saben- éstas que Dios quiere encontrar en todos los pueblos civilizados.
Y nosotros decimos que si esta manera de entender el progreso espiritual fuera adoptada y observada por “todos los pueblos civilizados”, este supuesto adelanto interior haría encallar el mundo cristiano en una religión sensual, la que ansían los judíos y han denominado “Israelitismo liberal y humanitario”.
En la realidad lo que nos predican los innovadores, llámense americanistas o demócratas cristianos, no es ni más ni menos que un ANTICRISTIANISMO.
La verdadera concepción del cristianismo se nos dio desde la primera hora, en el nacimiento mismo del Niño-DIOS. Bossuet la determinó admirablemente en su primer sermón para el día de Navidad.
Lo que nos impide ir al soberano bien es la ilusión de los bienes aparentes; es la loca y ridícula creencia difundida en todos los espíritus de que toda la felicidad de la vida consiste en estos bienes externos que llamamos honores, riquezas y placeres. ¡Extraña y lastimosa ignorancia!
Es por eso que el Hijo de Dios viene al mundo como un reformador del género humano para desengañar a todos los hombres de su error y darles la verdadera ciencia de los bienes y los males; y he aquí el orden que mantiene. El mundo tiene dos medios de engañar a los hombres: tiene primero falsas dulzuras que sorprenden nuestra credulidad demasiado fácil; tiene en segundo lugar vanos terrores que derriban nuestro ánimo demasiado flojo. Hay hombres tan delicados que no pueden vivir sin estar siempre en la voluptuosidad, en el lujo, en la abundancia. Hay otros que os dirán: No envidio el crédito de quienes están en las grandes intrigas del mundo, pero es duro permanecer en la oscuridad; no pido grandes riquezas, pero la pobreza me es insoportable; me prohibiría muchos placeres, pero no puedo sufrir los dolores. El mundo gana a los unos y espanta a los otros. Ambos se apartan de la vía recta; y ambos llegan por fin a un punto en que éste para conseguir placeres sin los cuales se imagina que no puede vivir, y aquél para evitar desdichas que cree que no podrá soportar nunca, se entregan totalmente al amor del mundo.
Mi Salvador, haz caer esta máscara horrorosa por la que el mundo se muestra tan terrible; haz caer esta máscara agradable por la que se muestra tan dulce. Desengáñanos. Primero haz ver cuál es la vanidad de los bienes perecederos. Et hoc vobis signum “He aquí el signo que se os da”: venid al establo, al pesebre, a la miseria, a la pobreza de este DIOS naciente. Si los placeres que buscáis y las grandezas que admiráis fueran verdaderos, ¿quién las habría merecido más que un DIOS? ¿Quién las habría conseguido más fácilmente, o con la misma magnificencia?... Pero “Él juzgó -dice Tertuliano- que estos bienes, estos contentos y esta gloria eran indignos de él y de los suyos: Indignum sibi et suis judicavit. Y así al no quererla la rechazó; y esto no es bastante: al rechazarla la condenó; y va mucho más lejos: al condenarla —¿lo diré?— sí, cristianos, no temamos decirlo: la puso entre las pompas del diablo que repudiamos por el santo bautismo: Quam noluit, rejecit; quam rejecit, damnavit; quam damnavit, in pompa diaboli deputavit”. Es la sentencia que pronuncia el Salvador naciente contra todas las vanidades de los hijos de los hombres... El Hijo de Dios las desprecia: ¡qué crimen darles nuestra estima! ¡qué desgracia darles nuestro amor! ¿Hay algo más necesario que desapegar de ellas nuestros afectos? Y es por esto que Tertuliano dice que debemos renunciarlas por la obligación de nuestro bautismo; Ef hoc vobis signum: es el pesebre, es la miseria, es la pobreza de este Dios niño lo que nos muestra que no hay nada más despreciable que lo que los hombres admiran tanto... ¡y que somos muy insensatos en negar nuestro crédito a un DIOS que nos enseña por sus palabras y confirma las verdades que nos predica con la autoridad infalible de sus ejemplos!
Acudid de todas partes, cristianos, y venid a conocer en estas hermosas señales el Salvador que tenéis prometido. Sí, mi DIOS, te reconozco; eres el Libertador que espero. Los Judíos aspiran a otro Mesías que les dé el imperio del mundo, que los haga contentos en la tierra. ¡Ay! ¡cuántos Judíos hay entre nosotros! ¡Cuántos cristianos que desearían un Salvador que los enriquezca! ÉSE NO ES NUESTRO JESUCRISTO. .... Necesito un Salvador que me enseñe por su ejemplo que todo lo que veo es sólo un ensueño, que no hay nada grande sino seguir a DIOS y mantener todo el resto debajo de nosotros; que hay otros males que debo temer y otros bienes que debo esperar. Aquí está él, lo he encontrado, lo reconozco en estos signos; lo veis también vosotros, cristianos.
Hemos abreviado con pesar esta cita. Pero no se dijo nada más claro y más fuerte para derribar el andamio de sofismas edificados por el americanismo y sus seguidores, la Democracia que se dice cristiana. Armados de este signo id a oír sus discursos, leed sus textos, acercaos a esta piedra de toque de sus palabras, y las encontraréis en oposición formal con el espíritu fundamental del cristianismo.
No es que la Iglesia repudie el progreso material ni quiera mantener a los hombres en la pobreza y la miseria. Toda su historia rechaza esta imputación, y si los pueblos europeos están a la cabecera de la civilización y se hacen cada vez más los dueños del mundo, es porque son cristianos y el espíritu del cristianismo fue acogido en ellos mejor que en todo otro lugar. Pero el bienestar, la riqueza, el progreso, si son la “añadidura” que JESÚS prometió a los suyos, no deben proponérseles como el objeto de sus codicias y la meta de sus esfuerzos. Es lo que hacen de concierto el Partido democrático y el americanismo.
Y sobre todo no deben proponerse como medios a adoptar para procurar el adelanto interior de la Iglesia.
El adelanto interior de la Iglesia sólo puede ser el resultado de su fidelidad al principio que le dio nacimiento; rechazar este principio para proponerle otro totalmente opuesto es pedirle retroceder hasta el paganismo, es pedirle destruirse.
Ella nunca prestará oídos a semejante discurso; Si, por imposible, estuviera tentada de ello, el divino Salvador no la dejaría caer en esta tentación, como no cayó en ella él mismo.
L. Veuillot dice:
Al comienzo del Evangelio según S. Mateo, el tentador se acerca a Jesús retirado en el desierto.... lo transporta a la cumbre del templo y le dice: “Si eres el Hijo de DIOS, arrójate abajo, pues está escrito que los ángeles velarán por ti, te sostendrán con sus manos e impedirán que tu pie choque contra la piedra”. Jesús le contesta: “No tentarás al Señor tu DIOS”.
El Liberalismo renueva esta escena. Dice a la Iglesia: “Si eres de DIOS, si tienes la palabra de DIOS, no arriesgas nada con abandonar la cumbre del Templo: arrójate abajo, ve a la muchedumbre que no viene más a ti, despójate de lo que le desagrada en ti, dile palabras que le guste oír, y la reconquistarás; ¡DIOS está contigo!” Pero las palabras que a la muchedumbre le gusta oír no son las palabras salidas de la boca de DIOS, y siempre está prohibido tentar al Señor.
“... Seguir la corriente” es a lo que se resumen estas famosas invenciones y estas grandes altiveces del Liberalismo católico.
¿Y por qué seguir la corriente? Hemos nacido y estamos bautizados y consagrados para remontar la corriente. Esta corriente de ignorancia y de felonía de la criatura, esta corriente de mentira y de pecado, esta corriente de lodo que lleva a la perdición, debemos remontarla y debemos trabajar en agotarla. No tenemos otra ocupación en el mundo.
Continúa...
Nota:
33) La Vida del P. Hecker nos muestra cómo él entendía y practicaba esta dirección del Espíritu Santo. Cuenta en su diario que una voz misteriosa se le daba a oír y le decía: “Yo dirijo tu pluma, tu palabra, tus pensamientos, tus afectos... Nada temas, no puedes errar si te dejas guiar por mí” (Vida, p. 112). ¡Ay! el pobre hombre que atribuía al Espíritu Santo los dictados e impulsos de su imaginación se extravió más de una vez.
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