martes, 31 de marzo de 2026

EN REVOLUCIÓN (XII)

Continuamos con la publicación del capítulo 12 del libro “El Americanismo y la Conjuración Anticristiana” (1899) de Monseñor Henri Delassus.


CAPÍTULO DUODÉCIMO

EN REVOLUCIÓN

Hemos seguido hasta aquí, en el curso de este estudio, dos movimientos paralelos.

Uno y otro parten de los mismos principios, los famosos principios del '89.

Los judíos nos han dicho: “El desarrollo y la realización de los principios modernos son las condiciones más enérgicamente vitales para la extensión expansiva y el más alto desarrollo del judaísmo” (concilio judío de 1869); y trabajan activamente y con gran éxito para propagar estos principios por la prensa y procurar su realización por las leyes que los Parlamentos votan bajo su dictado.

De su lado, los americanistas nos dicen: “Las ideas estadounidenses son las que DIOS quiere ver en todos los pueblos civilizados de nuestro tiempo”. Ellos también trabajan activamente para hacer pasar estas ideas al orden de los hechos, no sólo en ellos, sino en nosotros.

Es que judíos y Americanistas creen unos y otros haber recibido una misión del Cielo. Los judíos no se equivocan: su conservación tan extraordinaria y los oráculos de los Libros santos nos dicen que su papel en la historia del mundo no ha acabado.

Los americanistas se hacen sin duda ilusión, pero esta ilusión la tienen y la anuncian. Mons. Ireland dice:

La influencia de Estados Unidos se extiende a lo lejos entre las naciones, tanto para la solución de los problemas sociales y políticos como para el desarrollo de la industria y el comercio. No hay país del mundo que no tome de nosotros ideas y aspiraciones.

El espíritu de la libertad estadounidense despliega su prestigio a través de los océanos y mares, y prepara el terreno para plantar allí las ideas y costumbres estadounidenses. Esta influencia crecerá con el progreso de la nación.

El centro de gravedad de la actividad humana se desplaza rápidamente, y en un porvenir que no está lejos, ESTADOS UNIDOS CONDUCIRÁ EL MUNDO.

Y en otra parte:

En el curso de la historia, la Providencia eligió alternativamente distintas naciones para que sirviesen de guía y de modelo al progreso de la humanidad. Cuando se abrió la época cristiana, era Roma todopoderosa la que llevaba la vanguardia. España tomaba la dirección del mundo en el momento en que Estados Unidos se aprestaba a entrar en la familia de los pueblos civilizados. Ahora que empieza a despuntar en el horizonte la época más grande que se haya visto jamás, ¿qué nación va a elegir la Providencia para que guie los destinos de la humanidad?

ESTA NOBLE NACIÓN LA VEO APARECER ANTE MÍ. Gigante de estatura, graciosa en todos sus rasgos, llena de vida en la frescura y la mañana de su juventud, digno como una matrona en la prudencia de su paso, cabellos ondulantes al soplo querido de la libertad, es ella, no puede dudarse viéndola, quien es la reina, la conquistadora, la dueña, la INSTITUTRIZ DE LOS SIGLOS VENIDEROS. El Creador ha confiado a su guarda un inmenso continente cuyas riberas bañan dos océanos, un continente rico en todos los dones de la naturaleza y que posee a la vez minerales útiles y preciosos, un suelo fértil, un aire salubre y el ornato de espléndidos paisajes. Durante largos siglos mantuvo en reserva este país de predilección, esperando el momento propicio, en las evoluciones de la humanidad, para darlo a los hombres cuando serían dignos de recibirlo. Sus hijos le vinieron de todos los países, trayendo con ellos los frutos más maduros de reflexión, trabajo y esperanza. Añadieron altas inspiraciones e impulsos generosos, y de esta manera construyeron un mundo nuevo, un mundo que encarna en sí las esperanzas, ambiciones y sueños de los sacerdotes y visionarios de la humanidad. Su audacia en la persecución del progreso, las ofrendas que aporta al altar de la libertad, parecen ilimitadas; y por todas partes, en su vasta extensión, la prosperidad, el orden y la paz despliegan sus alas protectoras.

¡LA NACIÓN DEL PORVENIR! ¿necesito nombrarla? Nuestros corazones tiemblan de amor por ella.

Oh mi país, eres tú, 
Dulce tierra de libertad, 
eres tú mismo que canto.

¡Quiera DIOS que este oráculo sea falso! Porque si verdaderamente Estados Unidos es “la nación del porvenir”, si está llamado a “conducir el mundo”, “a guiar los destinos de la humanidad” “al soplo querido de la libertad”, “en la persecución de un progreso que parece ilimitado”, y si este progreso es el único mencionado aquí, “el desarrollo de la industria y del comercio, la solución de los problemas sociales y políticos” según los principios de 89, es decir el progreso material y la independencia del hombre, el mundo verá, no la época “más grande” sino la más desastrosa que se haya visto jamás.


De todos modos, los judíos, para conseguir cumplir su destino, “penetran en todos los pueblos y quieren penetrar en todas las religiones”; se emplean en hacer desaparecer Papas y Césares para establecer sobre las ruinas de las patrias y religiones “un israelitismo liberal y humanitario”.

Los pensamientos de los americanistas no van tan lejos. Sin embargo nos dicen: “Es el privilegio que DIOS dio a Estados Unidos destruir estas tradiciones de celos nacionales que perpetuáis en Europa, para fundirlas todas en la unidad estadounidense”. Y por otra parte, no dejan de exhortarnos a “bajar las barreras” que impiden a infieles, racionalistas y protestantes entrar en tropel en la Iglesia. Ya en 1861 -coincidencia curiosa- los Archivos Israelitas hablaban, ellos también, de “hacer caer las barreras que separan lo que debe reunirse un día”.

Siendo uno mismo el punto de partida y paralela la marcha, parece pues que por ambas partes deba llegarse, si no al mismo fin, por lo menos a los mismos resultados. El fin de los Archivos Israelitas éstos, lo determinan así: “Hacer reconocer que todas las religiones cuya base es la moral y cuya cumbre es DIOS, son hermanas y deben estar unidas entre sí”. (Arch. Isr., XXV, p. 514 a 520.) ¿No parece que estas palabras hayan trazado treinta y cinco años antes el programa del congreso de las religiones, tal y como Mons. Keane debía formularlo:

¿Por qué no acabarían los congresos religiosos en un congreso internacional de las religiones donde todos vendrían a unirse en una tolerancia y caridad mutuas y donde TODAS LAS FORMAS DE RELIGIÓN se levantarían juntas contra todas las formas de irreligión?

¿Queremos decir que hay acuerdo entre judíos y Americanistas para sustituir al catolicismo esta “Iglesia universal” y esta “religión democrática” cuyo advenimiento es preparado por la Alianza Israelita Universal? No desde luego. Pero todas las veces que un error se produjo en el mundo, siempre hubo quienes lo inventaron y quienes se dejaron seducir por el lado especioso que presentaba. Cegados por las apariencias de belleza y bondad, de verdad y justicia de que todos los errores retienen algo y de que saben engalanarse, éstos fueron con ojos cerrados al abismo cavado por aquéllos.

Quienes inventan los errores de doctrina o conducta, están a menudo muy lejos de ver antes que nada adónde serán arrastrados ellos mismos y adónde arrastrarán a los demás. De Maistre hacía esta observación a propósito de los solitarios de Port-Royal que eran, dice, “en el fondo gente muy honrada aunque extraviada por el partidismo”, y ciertamente estaban muy lejos, lo mismo que todos los innovadores del universo, de prever las consecuencias de un primer paso. Los americanistas son seguramente gente tan honrada como aquellos Señores de Port-Royal; pero, como ellos, son y quieren ser innovadores, no sólo para ellos y en ellos, sino en todos y por todas partes: tienen, dicen, “que dar al mundo entero una gran lección”.

¿Adónde nos arrastrarán si los escuchamos? ¿Cuáles pueden ser las consecuencias de la acción que quieren ejercer?


No es muy difícil entreverlo. Ellos se adornan con estos principios a los cuales los judíos atribuyen la preponderancia que su raza tomó en Francia y por todas partes; ellos pretenden tener la misión de diseminarlos en el mundo. ¿No temen ayudar a Israel a alcanzar el fin que persigue: sembrar la indiferencia religiosa en todos los corazones para hacer encallar el mundo en el israelitismo liberal y humanitario?

La evolución religiosa que saludan y que esperan; la formación nueva del clero y la organización de congresos eclesiásticos independientes de la autoridad, en vista de secundar esta evolución; la reunión de congresos de las religiones donde la Iglesia de JESUCRISTO es puesta en pie de igualdad con todas las sectas: ¿qué podría ser más favorable a los designios de Israel y más apropiado para encauzarnos suavemente hacia la Jerusalén de nuevo orden?

¿No hay allí materia de reflexión para quienes, más inconsideradamente, prestaron oídos a los sembradores de novedades? Pero otra consideración, tal vez más capaz aún de conmoverlas, llama su atención.

La mala semilla, como la buena, fructifica tanto más cuanto mejor preparado encuentra el terreno donde se la echa.

¿En qué estado el mundo se encuentra actualmente? ¿Qué disposiciones aporta con respecto a los designios de los judíos y las ideas estadounidenses?

Ya dijimos que sólo está demasiado impregnado de los principios del '89 y que todo conspira a intoxicarlo de ellos más todavía. Pero necesitamos avanzar más lejos en la consideración del estado actual del mundo si queremos hacernos una justa idea de la grandeza e inminencia del peligro judío y de la imprudencia que hay en darle, actualmente, una ayuda, por débil que sea.

Desde hace un siglo entramos y venimos evolucionando en un período de la historia del mundo que recibió un nombre sin precedentes: La Revolución.

¿Qué es la Revolución? ¿Es un hecho, una fecha, una forma de gobierno? ¿Es 1789, 1830, 1848 o 1871? No. Los acontecimientos que señalaron estas diferentes épocas son meros efectos cuya causa es la Revolución.

La Revolución no es tampoco uno u otro de estos jefes llamados Mirabeau, Danton, Robespierre, Garibaldi, Gambetta. Éstos son hijos, instrumentos de la Revolución, pero pueden personificarla.

La Revolución no es tampoco necesariamente la República. Considerada en su esencia, la República puede ser legítima y tan pura de toda alianza con la Revolución como la forma monárquica.

El principio generador de la Revolución es La Declaración de los Derechos del hombre con la que se pretendió establecer la independencia del hombre con respecto a todo poder humano y divino. La Revolución es la idea, el espíritu, la doctrina, en cuya virtud el hombre sustituye en todo con su voluntad y pasiones los derechos de DIOS.

Quien lea los textos y discursos de los jefes revolucionarios quedará convencido de la justeza de esta definición. “La Revolución -decía Blanqui- es una sola cosa con el ateísmo”. Otros dijeron: “La Revolución es la lucha entre el hombre y DIOS; es el triunfo del hombre sobre DIOS”.


Los hombres cortos de vista creen que la Revolución empezó en 1789 y que terminó con el consulado nacido en 1802: se equivocan. Hace falta decir todavía hoy y sobre todo hoy lo que J. de Maistre decía bajo la Restauración:

Este Bacante a la que llaman la Revolución francesa, todavía no ha hecho más que mudarse de traje.

Y en otra parte:

La Revolución está levantada; y no sólo está levantada, sino que marcha, corre y cocea. La única diferencia que percibo entre esta época y la del gran Robespierre, es que entonces las cabezas caían y HOY DAN VUELTAS.

Dice además:

¡Cuántas veces, desde el origen de esta espantosa revolución, tuvimos todas las razones del mundo para decir: Acta est fabula!... ¡Que lejos estamos del último acto o de la última escena de esta espantosa tragedia!... Nada anuncia el fin de las catástrofes y todo anuncia, al contrario, que deben durar... Las cosas se arreglan para el trastorno general del globo... Lo que se prepara en el mundo ahora es uno de los más maravillosos espectáculos que la Providencia haya dado jamás a los hombres. Es el combate a ultranza del cristianismo y el filosofismo. —Lo que hemos visto y que nos parece tan grande, no es, empero, más que un preparativo necesario. ¿No hace falta fundir el metal antes de echar la estatua? Estas grandes Operaciones son de una duración enorme. Tenemos quizás para dos siglos. (Passim.)

Hace un siglo que estas palabras proféticas fueron escritas. ¡Qué no hemos visto desde entonces, y qué no debemos ver todavía!

No, la Revolución no se ha acabado; y no se ha acabado porque aún no ha llegado a término: no ha realizado todavía sus designios propios ni el designio que DIOS tenía permitiéndola. Sus designios propios consisten en el aniquilamiento del cristianismo. De Maistre dice:

La Revolución francesa ha recorrido sin duda un período cuyos momentos no se parecen todos; sin embargo su carácter general no ha variado... Este carácter es un carácter satánico que la distingue de todo lo que se ha visto y quizás de todo lo que se verá. Es una insurrección contra Dios.

Desde hace un siglo esta definición no ha dejado de justificarse cada vez mejor. La insurrección contra DIOS y contra su Iglesia es siempre la característica del movimiento revolucionario: las leyes canallescas están para atestiguarlo.

Estamos en revolución. ¡Cuán circunspectos debería hacernos este solo hecho para no decir nada, no hacer nada que pudiere de alguna manera favorecer un movimiento que no es nada menos que una insurrección contra DIOS!

Esta circunspección no nos es menos imperiosa si, después de considerar lo que la Revolución es en el espíritu de los hombres que la hacen y de Satanás que los inspira, nos volvemos del lado de DIOS y nos preguntamos en qué designios puede haberla permitido.


Todos los espíritus superiores que estudiaron este siglo juzgaron que la Revolución marcaba una fase decisiva de la humanidad.

No podemos dar aquí que más que algunas migas de los pensamientos de algunos sobre este punto; bastarán para el fin que nos proponemos. Llamando a estos testigos de todos los campos, comprobaremos que todos tienen una misma voz, que hacen oír las mismas previsiones. Proudhon dice:

Hemos llegado a una de las épocas donde la sociedad desdeñosa del pasado está atormentada por el porvenir (39)... Pide un signo de salvación o busca en el espectáculo  de las revoluciones, como en las entrañas de una víctima, el secreto de sus destinos.

Chateaubriand:

Todo anuncia que una gran revolución general se opera en la sociedad humana, y los que debería estar más persuadidos de ello parecen creer que todo va como hace mil años.

Guizot:

La sociedad ofrece la imagen del caos tan bien definido por estas palabras: Cada cosa no está en su lugar y no hay un lugar para cada cosa.

Lamennais:

Estamos en la espera de grandes acontecimientos, ciertos en sí mismos, inciertos sólo en cuanto a la época en que se producirán.

Ballanche:

Hemos llegado a una edad crítica del espíritu humano, a una época de fin y de renovación.

Pero J. de Maistre es a quien hay que oír; nadie como él se aplicó a estudiar el estado actual del mundo, nadie lo ha escudriñado con un genio más poderoso. Aquí también 
sólo podemos dar algunas frases tomadas de aquí y de allá.

Todo anuncio que Europa toca a una revolución de la cual la que hemos visto sólo fue el terrible e indispensable preliminar. (Del Papa).

Por mucho tiempo tomamos la Revolución francesa por un acontecimiento. Nos equivocábamos: es una época. (Carta al Sr. de Costa).

Todo lleva a creer que los asuntos de Francia (y la liberación de los judíos era uno de los que debían tener consecuencias más graves), se atan a acontecimientos generales e inmensos que se preparan y cuyos elementos son visibles a quien mira bien; pero este misterioso abismo me hace perder la cabeza. (Carta a su hija Constancia).

Tenemos que mantenernos listos para un acontecimiento inmenso en el orden divino hacia el cual marchamos con una velocidad acelerada que debe sacudir a todos los observadores.... franquear todos los obstáculos. (Veladas de San Petersburgo).

El universo entero está en trabajo. (Carta al Sr. de Rossi).

Estamos en una de las más grandes épocas del universo. (Al mismo).

Esto es lo que ven y piensan los espíritus superiores. Los demás, como dice Chateaubriand, parecen creer que todo va como hace mil años.

¿Cuál es entonces “el acontecimiento divino hacia el cual marchamos con una velocidad acelerada?” ¿En qué debe acabar “la conmoción general” que está cumpliéndose desde hace un siglo?

¿De qué “está en trabajo el universo”?

Es el secreto de DIOS en cuanto al resultado final; pero ya vemos dibujarse algo muy distintamente.

“La Providencia, preparando no sé qué de inmenso, viene aplicando tan terribles trastornos y tan horrendas calamidades para triturar y modelar a los hombres para hacerlos propios para formar la UNIDAD FUTURA. Es imposible desconocer el movimiento divino al cual cada uno de nosotros está obligado a cooperar en la medida de sus fuerzas” (T. VIII, p. 442).

“La Providencia no tantea nunca y no es en vano que agita el mundo. Todo anuncia que marchamos hacia una GRAN UNIDAD que debemos saludar desde lejos” (IV, 127).

“Por mucho tiempo sólo veremos ruinas. No se trata de nada menos que de una FUSIÓN del género humano... Lo que hay de seguro es que el universo marcha hacia una GRAN UNIDAD que no es fácil percibir ni definir” (XI, 33).

“Nada más sublime que la obra que se ejecuta bajo nuestros ojos en el universo y nada tan vil como los obreros” (X, 468).

¿Quién no admiraría el poder de este genio que, en medio de la confusión, de los horrores y de las ruinas del '93 y de los años que siguieron, sabía ver en tan neta claridad el movimiento impreso al género humano, y designarlo con seguridad tan firme? Todo lo que ha pasado desde hace un siglo, ¿no vino a confirmar estas vistas y manifestar cada día más el designio de la Providencia de acercar unos a otros los miembros dispersos de la familia humana?


De Maistre sabía descubrir esta marcha hacia la unidad hasta en las más mínimas cosas. Hablando accidentalmente de los alimentos nuevos que Asia enviaba a Europa, hacía decir a uno de los interlocutores de las Veladas de San Petersburgo:

No hay azar en el mundo, y sospecho desde hace mucho tiempo que la comunicación de alimentos y de bebidas entre los hombres, se debe de cerca o de lejos a alguna obra secreta que se opera en el mundo a nuestras espaldas.

Otra vez, atribuía al mismo designio la dispersión operada por la Revolución:

No pienso nunca sin admiración en esta tromba política que ha venido a arrancar de sus lugares a millares de hombres destinados a no conocerse nunca, para hacerlos arremolinarse juntos como el polvo de los campos.

Añadía: 

Si la mezcla de los hombres es notable, la comunicación de las lenguas no lo es menos.

Y citaba esta frase de un libro que acababa de tomar en la Academia de San Petersburgo:

No vemos todavía de qué sirven nuestros trabajos sobre las lenguas, pero pronto nos enteraremos. No es sin un gran designio de la Providencia que lenguas absolutamente desconocidas en Europa hace dos siglos hayan sido puestas al alcance de todo el mundo hoy día. Es lícito ya sospechar este designio.

Y más lejos:

Añadid que los más largos viajes han dejado de asustar la imaginación; que el Oriente entero cede manifiestamente al ascendiente europeo; que la Media Luna, prensada sobre sus dos puntos, en Constantinopla y en Delhi, debe necesariamente estallar por el medio; que los acontecimientos han dado en Inglaterra quinientas leguas de fronteras con el Tibet y China, y tendréis una idea de lo que se prepara... Todo anuncia que marchamos hacia una gran unidad que debemos saludar desde lejos, para servirme de un giro religioso.

El movimiento de los espíritus no lo conmovía menos. Escribía en 1818:

Todos los espíritus religiosos, cualquiera que sea la sociedad a la que pertenezcan, sienten en este momento la necesidad de la unidad sin la cual toda religión se escapa como humo.

Esta necesidad de unidad religiosa se ha extendido y acrecentado en poder desde que estas líneas fueron escritas. No sólo se han multiplicado los regresos al redil: ¿no se ha visto a un partido poderoso pedir la incorporación en bloque de la iglesia anglicana en la Iglesia Católica? ¿No se han manifestado vistas semejantes en Rusia? Y las aspiraciones de los neocristianos y el proyecto judío de una “religión universal”, si no proceden de esta misma necesidad que, de día en día, se hace más imperiosa, por lo menos se apoyan en ella.

Hace ochenta, noventa, cien años que J. de Maistre dirigía las miradas de sus lectores al impulso que la divina Providencia daba entonces al mundo. Era sólo una partida: luego, el movimiento se aceleró, no sólo desde el punto de vista religioso, como acabamos de decir, sino, ¡en todos los sentidos! Cuando de Maistre hablaba así, no podía sospechar el vapor ni la electricidad ni el empleo que de ellos se haría para poner todos los puntos del universo, y puede decirse a todos los hombres, en comunicaciones tan frecuentes como rápidas los unos con los otros. Por nuestra parte hemos visto la extensión prodigiosa de la industria y del comercio internacional. Hemos asistido al descubrimiento de las últimas tierras ocultas a los ojos de la civilización y a su entrada tan rápida en el movimiento europeo. Vemos África penetrada por todas partes y la raza de Cam entera capturada por la de Jafet. Vemos por fin un trabajo análogo hacerse en los espíritus: la política tiende a la unidad por la fundación de las grandes monarquías o de las repúblicas universales, la industria por las sociedades anónimas, la economía política por la asociación, la mutualidad, y también por el socialismo; el amor de la patria se debilita, ya no se habla más que de universal fraternidad y de ideas humanitarias.

Si fue posible a de Maistre hace casi un siglo afirmar un movimiento de concentración del género humano, este movimiento se impone a los espíritus más desatentos, y puede decirse que esta concentración llegará a término.

Más que nunca la humanidad quiere ser una, según el voto del poeta: Et cuncti gens una sumus.

He aquí el hecho saliente de este siglo que hombres de genio habían previsto y anunciado desde los primeros síntomas y que vemos cumplirse. Aquí tenemos en el orden natural el hecho más considerable, quizás, que se haya producido desde el origen del mundo. Este hecho, no podemos dudarlo, se conecta íntimamente a alguna obra secreta que se prepara y se opera ya en el mundo de las almas. Pues, como dice de Maistre, para todo hombre que tiene el ojo sano y quiere mirar, no hay nada tan visible como el nexo de los dos mundos.

Para los judíos este algo será “la Jerusalén de nuevo orden”, “la Iglesia democrática”, “la Iglesia universal” donde con “todas las barreras rebajadas”, los hombres se encontrarán del Oriente y Occidente en “el librepensamiento religioso”.

Los verdaderos cristianos esperan que este algo sea en efecto la Iglesia universal, pero la verdadera Iglesia de DIOS, justificando desde entonces su nombre de Católica ya no sólo porque se extiende del origen del mundo a su fin y de una extremidad a otra de la tierra, sino porque abrazará, en efecto, en su seno, a todas las naciones y hará reinar sobre ellas toda la fe en todas sus enseñanzas, la obediencia a todas sus leyes, la misma divina caridad.

Una vez más, ¡qué circunspección no debe mostrar el cristiano digno de este nombre en la hora presente para no decir nada, no hacer nada que pueda, de cerca o de lejos, inclinar la balanza de los destinos del mundo hacia la solución judía! Nunca ha sido más necesario hacer pasar por el tamiz de la fe las novedades que se presentan, pues nunca las consecuencias que pueden acarrear han parecido más temibles.

Esta necesidad se impondrá más aún, esperamos, al espíritu que quiera terminar de considerar con nosotros el estado presente de la sociedad y del mundo.

Continúa...

Nota:

32) ¡Porvenir! ¡Porvenir! gritan los americanistas en seguimiento de Lamennais. ¡Hacia el porvenir! (título de una obra del Rev. P. Naudet), se abalanzan los demócratas, y con aspiraciones más audaces los socialistas. Y los verdaderos hijos de salvación Dios elevan al mismo tiempo hacia el Cielo su oración más ardiente que nunca: ¡Adveniat regnum tuum! ¡Veni, Domine Jesu!
 

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