CAPÍTULO DECIMOTERCERO
ANTICRISTIANISMO
En el estado actual de Europa y del mundo al pensador más audaz no puede ocurrírsele pronunciarse sobre el porvenir; apenas se atreve a conjeturar.
¿Qué somos, débiles y ciegos humanos, y qué es que esta luz temblorosa que llamamos Razón? Cuando hemos reunido todas las probabilidades, interrogado la historia, discutido todas las dudas, todavía no podemos abrazar más que un nubarrón engañoso en lugar de la verdad. ¿Qué decreto ha pronunciado este gran Ser ante quien no hay nada grande? ¿Dónde y cuándo acabará la sacudida? ¿Es para reconstruir que ha volcado, o sus rigores son sin retorno? ¡Ay! una nube sombría cubre el porvenir y ningún ojo puede penetrar estas tinieblas. (Consid. 112.)
Así hablaba J. de Maistre entre 1790 y 1794, es decir a los comienzos de la Revolución. Y sin embargo hasta sus últimos días se aplicó a escudriñar las diferentes manifestaciones de esta revolución para sacar pronósticos de porvenir.
Un elemento considerable de apreciación le faltaba.
No veía lo que está ante nuestros ojos ahora.
Una nación que no está, como las demás, encerrada en un territorio determinado, que es esencialmente cosmopolita, dispersa dentro de todos los pueblos, que no se confunde con ninguno de ellos, que guarda en medio de su diversidad su nacionalidad, su individualidad y su originalidad, se levanta de su larga humillación y se muestra en seguida preponderante en todo y por todas partes. Como lo decía uno de los suyos, converso al cristianismo, el P. Ratisbonne (40):
Los judíos tienen en esta hora apretada como en una red a toda la sociedad cristiana.
Se podría decir casi el mundo entero.
Gracias a su ubicuidad, la nación judía contribuye poderosamente a poner los pueblos en relaciones mutuas, a operar la fusión del género humano en el orden de los intereses temporales.
Pero su acción no se limita a eso: la lleva también al orden de las ideas, y hemos visto en qué sentido. Si ella coopera a los designios de Dios contribuyendo, en amplia parte, a la obra de unificación del género humano, se esfuerza en hacer acabar esta unificación no en el reino de Nuestro Señor JESUCRISTO sobre todos los pueblos y sobre todos los hombres, sino al contrario en arrancarle las almas y las naciones que se pusieron bajo su ley para confundirlas todas en un israelitismo liberal y humanitario.
¿Puede esperar el éxito?
Hemos visto que tiene entre las manos los más poderosos medios y que usa de ellos. Hemos visto que, gracias sobre todo a su acción tan general como incesante, la indiferencia religiosa gana terreno todos los días, y hace progresar hacia la “Jerusalén de nuevo orden” que sus adeptos esperan con ansia.
Para llegar a este fin, trabajan por un lado en aniquilar todo patriotismo, por otra parte en destruir toda convicción religiosa. Bajo su dirección, la prensa se emplea en esta labor todos los días, en todo el mundo, con un ardor infatigable, mediante el sofisma, mediante la divulgación de los hechos que juzga favorable a su causa y la falsificación de aquellos que le son contrarios, y sobre todo mediante la corrupción de las costumbres. Luego, cuando el trabajo avanzó bastante en un punto u otro, los legisladores, a los cuales mandan las sociedades secretas, llegan a encorvar a todos los ciudadanos bajo el yugo de una nueva ley que tendrá por efecto restringir más, restringir siempre, el campo donde la libertad cristiana podía moverse, y con eso preparar generaciones cada vez más indiferentes y cada vez mejor dispuestas a entrar en el molde del israelitismo liberal y humanitario.
Ya de Maistre observaba que
el protestantismo, el filosofismo y mil otras sectas más o menos perversas o extravagantes habían disminuido prodigiosamente las verdades entre los hombres.
Y añadía:
El género humano no puede quedar en el estado en que se encuentra. (Del Papa, XXXVI).
Si no se opera una revolución moral en Europa, si el espíritu religioso no es reforzado en esta parte del mundo, el nexo social queda disuelto. No se puede adivinar nada, y hace falta esperarse todo (Consid. 26).
Cincuenta años más tarde, Blanc de Saint-Bonnet, observando que el mal no hacía sino progresar, decía:
El mundo parece estar en vísperas de acabar o de sufrir una transformación religiosa.... El protestantismo, el liberalismo y el socialismo son nuestros tres grandes pasos hacia el abismo. (Restauration francaise, 457 -8.)
¿Qué diremos hoy?
Ciertamente el mundo encierra todavía ahora, en gran número, almas admirables; pero ya en ningún sitio la sociedad humana rinde a DIOS el culto social que le es debido, y la indiferencia religiosa gana cada día terreno. En la sociedad como en las almas, la obra perseguida por Israel ha adelantado a un punto que pocos hombres pueden captar, porque los exteriores parecen siempre un poco los mismos hoy que ayer: cuando las convicciones caen, los hábitos guardan todavía durante algún tiempo una sombra engañosa de ellas.
Por otra parte, los hábitos están para decir hasta qué punto baja en las almas el imperio que la religión saca de las convicciones. ¡Véase cómo los crímenes se multiplican y cómo los criminales crecen en maldad! Todos los días las hojas públicas nos presentan tipos nuevos de criminalidad y nos traen relatos que superan en horror aquéllos de la víspera. Resulta que la niñez misma conoce todas las formas del mal y no se arredra ante nada.
¿Adónde nos lleva esto? Hay que decir con Maistre:
No se puede adivinar nada y hay que esperarse todo... Las circunstancias en que estamos no se parecen a nada y no pueden ser juzgadas por la historia... Lo que hay de seguro es que el mundo no puede quedar donde está. Marchamos a grandes pasos hacia...
¡Ay! ¡mi DIOS, qué agujero! la cabeza me da vueltas.
El espanto que sentía este hombre de genio en el medio mismo de aquel período que se quiso poder decorar con el nombre de Restauración, ¡con qué poder se impone hoy a toda alma capaz de ver y reflexionar!
La obra empezada hace un siglo, ¿va a acabarse? No se ve en el mundo nada que intente frenarla actualmente. Los católicos no se defienden más. Desde hace veinte años todos los atentados han sido cometidos contra ellos, contra su religión, contra su DIOS. Han protestado en primer lugar en vanas palabras, hoy ya no tienen siquiera el ánimo de elevar la voz.
Humanamente hablando, la obra se seguirá pues, porque no encuentra más oposición, porque hasta se osa decir que ya no debe encontrarla de parte de aquéllos mismos que tienen entre las manos los destinos del país.
¿En qué va a acabar eso?
¡Ay! aquí es donde el corazón tiembla y la pluma vacila.
Los judíos, cuyo poder se hizo tan formidable en tan poco tiempo, ¿verán sus esperanzas cumplirse? ¿Lograrán arrancar de los corazones lo que queda todavía de patriotismo? ¿Lograrán, después de rechazar la religión en los templos, privar de ella las almas? Y después, cuando el terreno haya sido preparado así, ¿verán surgir del medio de ellos el mesías que desde hace tantos siglos esperan con ansia para reducir el mundo a servidumbre? Es cierto que en ninguna época de la historia los tiempos fueron más favorables a su dominio. El mundo político, el mundo económico y comercial, las sociedades secretas y los judíos, trabajan con un infatigable ardor en la unidad cosmopolita. La masonería sólo habla de los derechos del hombre en general; tiende a reemplazar la patria particular de cada pueblo por una grande y universal patria que sería la de todos los hombres.
Ahora esta unidad clama por una cabeza.
¿Y esta cabeza qué sería, cuando el cristianismo expulsado del gobierno y de la educación de los pueblos, rechazado de la familia y de la conciencia individual por la licencia creciente de las costumbres y los apetitos de una codicia sin freno, se vería por todas partes proscrito, deshonrado, vilipendiado?
Los judíos apoyados en sus tradiciones responden: “Esta cabeza del mundo será nuestro mesías cuya aparición es inminente”.
Y lo que no nos permite otorgar a estas esperanzas una mera atención distraída, es que al lado de las tradiciones judaicas hay tradiciones cristianas que nos anuncian el reino universal de un anticristo.
El apóstol San Juan hablaba de él ya antes del fin del primer siglo: “Habéis aprendido que un anticristo debe venir y ya hay varios anticristos”. Precursores o esbozos del último anticristo han aparecido sucesivamente en el curso de los siglos. El último, el verdadero, el que llevará en su única persona la síntesis perfecta de todas las inspiraciones anticristianas que han brotado en el mundo desde hace dieciocho siglos, ¿está cerca? Es posible.
Una conmoción profunda se impone a quien, después de cotejar los caracteres que la tradición judaica da a su mesías y los que la tradición cristiana da al anticristo, oye a los judíos decir: “Los tiempos están cerca”, y ve la transformación que se opera en el mundo desde hace un siglo y que se acelera de día en día.
¿Su tiempo es tan cercano como lo creen? Nosotros no sabemos nada. Nadie en el mundo puede saberlo.
Sí se sabe es los Apóstoles creyeron deber anunciarlo a los contemporáneos mismos de Cristo y que los Padres quisieron que los cristianos de su tiempo lo temieran. Sí se sabe, más cerca de nosotros, que San Vicente Ferrer hizo milagros para establecer que era uno de los ángeles encargados de advertir desde lejos a los pueblos de su aparición. Y se sabe que Pío IX leyó en el secreto de La Salette la palabra: anticristo (41).
Lo que es no menos cierto es que desde los primeros días del cristianismo, el anticristo es una realidad futura, asegurada; que su aparición es necesariamente un hecho en vía de formación, que va llegando a nosotros por rutas que, día a día, los acontecimientos le construyen; y que estamos actualmente en un estado de anticristianismo, es decir en el estado en que es necesario que él encuentre el mundo para ser aceptado.
¡S1 este hombre apareciera hoy, cuántos, en el estado actual de los espíritus, lo aclamarían!
Los masones al igual que los judíos se verían en el colmo de sus votos. Y esta multitud que las sociedades secretas ha seducido en los dos mundos; todos los que han aprendido, en las escuelas neutras, a renegar a Cristo; todos los que la prensa ha llenado de ideas falsas y sentimientos viciosos; todos aquellos en cuyo corazón se sopla, hoy más que nunca, la codicia y la envidia; todos los que sueñan con el trastorno de las instituciones y sociedades cristianas, ¿no se colocarían bajo su estandarte? Y luego vendrían los tímidos, los flacos, todos aquellos a quienes el ejemplo arrastra y la amenaza asusta, es decir, el resto de la multitud, pues nunca los caracteres fueron más débiles; nunca la verdad, única que da al alma su fuerza, tuvo menos imperio sobre el gran número. ¿Qué digo? Innegablemente oímos esta voz:
No hablemos a la multitud, al menos por ahora, de las esperanzas eternas, que no nos escucharía; no le hablemos de sus deberes, que haría oídos sordos. Enseñémosle a reclamar por los derechos, aguzará el oído; prometámosle la felicidad en la tierra, que nos seguirá.
Con qué ardor las muchedumbres así preparadas se echarían en los brazos del hombre que concentraría en sí todo el poder de Israel y que vendría decir a todos:
Soy el apóstol y el príncipe de la fraternidad universal (42), mi misión es unir a los hombres, unificar a los pueblos y llenarlos de los bienes de la tierra. ¡Retírese CRISTO, este austero y sombrío enemigo del hombre! El gozo de todos los bienes y de todas las voluptuosidades es la ley suprema de la humanidad que hasta hoy fue desconocida y ultrajada por los trapaceros que, bajo el signo detestable de la cruz, han tiranizado la tierra.
No hay que engañarse, los caracteres del mesías talmúdico son los caracteres del anticristo. El mismo siniestro personaje es anunciado por ambas partes (43): un hombre de raza judía, convertido en rey de los judíos, concentrará en su corazón, en sus discursos y en sus obras todo lo que la malicia de los siglos pudo oponer a Nuestro Señor JESUCRISTO y a su Iglesia; y DIOS, para el cumplimiento de sus misteriosos designios, le dejará tomar, sobre todo el universo, por un tiempo, el imperio más temible.
Los judíos afirman que su advenimiento está cercano (44) y de hecho, desde hace un siglo, hemos entrado, no en una crisis cualquiera, sino en la REVOLUCIÓN. Ahora bien, el carácter más impactante y más esencial de la Revolución es la insurrección del hombre contra Dios y contra su CRISTO, es el ANTICRISTIANISMO, es decir, un esfuerzo más grande que los intentados hasta aquí para destruir la obra de Cristo en las costumbres, en las leyes, en las instituciones y hasta en la Iglesia misma: el liberalismo católico no es otra cosa, en efecto, que el espíritu revolucionario que trata de introducirse en la Iglesia misma.
Este anticristianismo que reina en las sociedades, que vive en tantos corazones, ¿debe acabar por encarnarse próximamente en el anticristo personal? ¿El reino del último de los anticristos será la final de la Revolución? No lo sabemos. En cada uno de los asaltos que, desde hace dieciocho siglos, las puertas del infierno libraron a la obra divina, los espectadores dijeron: “Es el último; con él vendrá el fin, pues Satanás no podrá encontrar nada que supere lo que sufrimos. Pero decir siempre: No hay nada más allá”, es equivocarse siempre. Después de un momento de descanso, el asalto se reanuda más terrible y más seductor. Habrá sin embargo un último. Y el que sufrimos actualmente tiene el carácter de anticristianismo en grado supremo; y quienes se esfuerzan en rechazarlo se hacen cada vez más infrecuentes y son cada vez más reducidos a la impotencia.
¿Cuál es el deber en tal estado de cosas?
El primer deber, el más urgente, más necesario, es munirse uno mismo del escudo de la fe, luego trabajar, cada uno según su poder, para mantener la integridad de la fe en el mundo.
¡Oh Timoteo!, guarda el depósito de la fe que te he entregado, evitando las novedades profanas en las expresiones o voces, y las contradicciones de la ciencia que falsamente se llama tal, ciencia vana que profesándola algunos vinieron a perder la fe. (1 Tim. vi, 20-21.)
Pero el Espíritu Santo dice claramente que en los venideros tiempos han de apostatar algunos de la fe, dando oídos a espíritus falaces y a doctrinas diabólicas. (I Tim. iv, 1.)
Ha sido así desde siempre, es así igualmente hoy día. Y si, a pesar de la advertencia del apóstol, “las novedades profanas” siguen serpenteando, las defecciones se multiplicarán, pues nunca hubo medio intelectual, social y político, mejor preparado para hacerlas brotar. Cuidemos pues en “tratar el misterio de la fe con limpia conciencia”, (1 Tim. III 9, acordándosenos que “la prueba de nuestra fe produce la paciencia” (Sant. I, 3), que “la tribulación ejercita la paciencia, la paciencia sirve a la prueba de nuestra fe, y la prueba produce la esperanza de los bienes eternos” (Rom. V, 3-5).
Pero no solamente en nuestra alma debemos guardar, con una vigilancia más atenta que en tiempo ordinario, la integridad y pureza de la fe; debemos hacerlo en la sociedad y en la Iglesia. Para ella no hay esperanza de victoria más que en esta integridad y pureza: Haec est victoria que vincit mundum, fides nostra. La fe, y la fe sola es lo que ha dado y no deja de dar a la Iglesia la victoria sobre el mundo.
Cuando eso sea olvidado, tocará entonces la hora de la derrota final: “Cuando viniere el Hijo del hombre, ¿os parece que hallará fe sobre la tierra?” (Luc. XVIII 8).
Hoy sobre todo, entonces, en este supremo asalto librado a la sociedad cristiana por el anticristianismo bajo todas sus formas, retírense los compromisos con la incredulidad y las concesiones al error, aún con miras de procurar la expansión de la Iglesia; retírense las mutilaciones del dogma, las atenuaciones de lo sobrenatural, los facilismos de toda naturaleza, aún bajo el pretexto de su avance interior. Ilusiones generosas en su intención, pero ilusiones que la historia así como la enseñanza de nuestros padres condena, y que, si se acentúan, si perseveran, conducirían a la catástrofe final.
Continúa...
Notas:
40) Question juive, p. 9, an. 1868.
41) Cuando, por orden de Mons. Bruillard y en presencia de los dos vicarios generales de Grenoble, del Sr. canónigo Taxis y del Sr. Dausse, ingeniero civil, Melania escribió su secreto para que fuera enviado al Papa Pío IX, preguntó el significado de la palabra infaliblemente y la ortografía de la palabra anticristo.
42) Es sabido que la liberación de la humanidad y la fraternidad universal son las dos contraseñas de la masonería.
43) Una palabra muy significativa de Nuestro Señor JESUCRISTO parece favorecer la opinión acreditadísima de que el anticristo sería el mesías esperado y aclamado por los judíos: “Pues yo vine en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viniere de su propia autoridad, a aquél le recibiréis”. Joan. V, 43.
44) En su número del 7 de enero de 1899, la Croix refería esta palabra de un judío:
“Es nuestro imperio que se prepara; es el que llamáis anticristo, el judío temido por vosotros, que aprovechará todos los nuevos caminos para hacer rápidamente la conquista de la tierra”.
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