lunes, 16 de febrero de 2026

LA AYUDA DADA A LA ALIANZA ISRAELITA UNIVERSAL POR LOS PARLAMENTOS Y LA PRENSA (V)

Continuamos con la publicación del capítulo 5 del libro “El Americanismo y la Conjuración Anticristiana” (1899) de Monseñor Henri Delassus


CAPÍTULO QUINTO

LA AYUDA DADA A LA ALIANZA ISRAELITA UNIVERSAL POR LOS PARLAMENTOS Y LA PRENSA

En una Carta pastoral escrita en 1878, Mons. Martin, obispo de Natchitoches en los Estados Unidos, considerando la conjuración anticristiana que actualmente se extiende por el mundo entero, decía:

En presencia de esta persecución de una universalidad hasta aquí inaudita, de la simultaneidad de sus actos, de la semejanza de los medios que emplea, estamos inducidos forzosamente a concluir la existencia de una dirección dada, de un plan de conjunto, de una fuerte organización que ejecuta un fin programado hacia el cual todo tiende.

Sí, existe esta organización, con su fin, su plan y la dirección oculta que obedece, sociedad compacta a pesar de su diseminación por el globo; sociedad mezclada a todas las sociedades y que no depende de ninguna, sociedad de un poder sobre todo poder, exceptuado el de Dios. Sociedad terrible, que es para la sociedad religiosa como para las sociedades civiles y para la civilización del mundo, no sólo un peligro, sino el más temible de los peligros.

Esta sociedad compacta aunque diseminada por el globo, este poder sobre todo poder que Mons. Martin se limita a designar, es algo que hemos creído poder nombrar y mostrar el instrumento que creó con miras a organizar por todas partes la conjuración contra el cristianismo. Ya hemos visto cuál es la naturaleza de su acción y por qué medios se esfuerza en disolver por todas partes la patria y la religión para establecer su reino sobre las ruinas de ambas.

Debemos considerar ahora a los auxiliares que supo darse.

El fin de la Alianza Israelita Universal -hemos dicho- es llevar a los hombres de todos los países a renunciar a todo lo que hay de positivo en la religión que profesan, para conseguir enrolarlos a todos en una catolicidad nueva: “la Iglesia del librepensamiento religioso”. Sería una religión vaga, indeterminada, sin otro dogma ni otro culto que los que gustaría a cada uno adoptar: religión universal, pues todo se encontrarían en ella en la nada de la fe, como los verdaderos católicos están unidos en la confesión de un mismo símbolo y en la posesión común de todas las verdades que ha agradado a DIOS revelarnos.

Los judíos no solamente han formulado esta pretensión, sino que ellos mismos, en gran número, han entrado en esta vía: han renegado el Talmud, se han deshecho de todas las trabas judaicas, hacen profesión de librepensamiento, para “hacerse aceptar más fácilmente” y poder arrastrar a los demás a lo que llaman un “israelitismo liberal y humanitario”. Dicen:

Somos el tipo absoluto de la democracia religiosa: cada uno de nosotros es el juez supremo de su fe (Arch. Isr., XV, p. 677, año 1867.)

Su transformación, que bastaba para darles los medios de hacerse aceptar, no bastaba para servir de ejemplo y arrastrar a otros; han organizado con este fin la Alianza Israelita Universal:

Penetrar en todas las religiones... hacer caer todas las barreras que separan: ésta es la grande y hermosa misión de nuestra Alianza. Marchemos en esta vía, firmes y resueltos.

¿Qué cómplices busca la Alianza que la ayuden a alcanzar sus fines?

En primer lugar actúa cerca de los reyes y los parlamentos y se aplica a ejercer sobre ellos “esta singular, infatigable y tan misteriosa influencia” que el Sr. des Mousseaux señalaba ya en 1869.


¿Qué les pide ante todo y por encima de todo? La LAICIZACIÓN.

No hay nadie que no vea, que no pueda ver el esfuerzo prodigioso hecho desde hace un siglo para laicizar todo, es decir para quitar a toda cosa y a todo hombre todo carácter religioso. Ya en el origen mismo de la Revolución, de Maistre había observado que ese era su carácter esencial. Decía: “Examinad todas las empresas de este siglo, y los veréis, (a estos hombres de la Revolución), constantemente ocupados en separarlas de la divinidad” (18). Sería demasiado largo mostrar aquí los múltiples aspectos bajo los cuales se presenta esta cuestión de laicización o secularización: ella se extiende a todo, y a todos los órganos gubernamentales, si no todas las fuerzas de la sociedad, están empleados para hacerla triunfar.

El Sr. Klein empieza el sexto capítulo de su libro Nuevas tendencias en religión y en literatura con estas palabras: 

Laicizar el cristianismo es exactamente lo que desea la grandísima mayoría de los cristianos de letras. Esta fórmula es el más exacta y más precisa que pueda encontrarse para definir el movimiento que estudiamos [el movimiento neocristiano].

Y así ha de ser, la laicización ha de estar en primer lugar en las mentes para poder producirse en los hechos; y para que esté en la mente de la multitud, hace falta que su idea venga de arriba, que haya sido sembrada en las mentes vulgares por quienes hacen la opinión.

¡Pues bien! quienes hacen la opinión actualmente son sobre todo los judíos: ocupan las principales cátedras de la enseñanza superior y dirigen la prensa.

Por otra parte, mirando desde cerca, encontramos que los judíos son también los que inspiraron las leyes y las medidas de laicización. Los ejemplos recientes están todavía en todas las memorias. Hay uno que se remonta a 1866. Una ley había sido hecha en 1814 para proteger el descanso del domingo. A la fecha que acabamos de indicar, los Archivos Israelitas decían: 

No hay ni transacción ni conciliación posible. Si se deja nuevamente esta ley en pie, es lícito decir que los inmortales principios [siempre estos principios] que brillan en el frontispicio de NUESTRA Revolución sufren una derogación tanto bajo el respecto de la libertad de conciencia como bajo el del principio de igualdad.

La ley de 1814 fue abrogada en cuanto la masonería hubo llegado al poder. Después, todos los esfuerzos hechos para asegurar a los obreros el descanso del domingo fueron impotentes. Se quiere, sí, un día de descanso por semana, pero sin fijarlo en el mismo día para todos —lo cual es absolutamente necesario— porque entonces la elección del domingo se impondría. Un diputado sacerdote, teñido en verdad de americanismo, como lo veremos más adelante, subiendo a la tribuna para reclamar en favor de los obreros entregados a los trabajos de la exposición el descanso necesario, no se atrevió a hablar más que de descanso semanal.

Pero el esfuerzo más enérgico y más sostenido es el que se dedicó a la laicización de la enseñanza.


¿No es no cosa prodigiosamente asombrosa ver a todos los Estados, católicos o protestantes, monarquías o repúblicas, promulgando aproximadamente al mismo tiempo las mismas leyes para imponer la neutralidad en el punto de vista religioso en la enseñanza de la juventud? (19). Pero también, ¿qué sería más eficaz que esta neutralidad escolar para alcanzar el fin mirado por la Alianza Israelita Universal? Los niños educados en la ignorancia de las verdades religiosas y en la indiferencia con respecto a los deberes debidos a DIOS, pertenecen por ese mismo hecho al israelitismo liberal y humanitario, son los elementos hechos especialmente para la “religión universal”, para este nuevo catolicismo que debe permitir el cumplimiento de los destinos de Israel.

Los judíos comprenden tan bien la importancia de la escuela neutra para preparar el establecimiento de su israelitismo humanitario que, así como se hacen ellos mismos liberales y librepensadores para poder ejercer más eficazmente su proselitismo en favor de la religión del librepensamiento, prefieren hacer educar a sus propios niños en la indiferencia con respecto a su propia religión, antes que renunciar a tener a los niños cristianos en esta atmósfera de indiferencia y neutralidad.

Es muy instructivo lo que al respecto pasó el año pasado en Viena.

El Consejo escolar de la capital del imperio austriaco, infringiendo la ley de neutralidad, ordenó hace unos meses la institución de escuelas confesionales, es decir de escuelas judías para los judíos y escuelas cristianas para los cristianos. Esta resolución fue aprobada por el Consejo provincial y puesta en ejecución a la apertura de las clases del año escolar 1898-1899.

Esta medida habría parecido merecer que la acogieran con igual alegría los judíos y los cristianos. Pero no. Según la expresión de la Voce de Trento en respuesta a la Neue Freie Presse, “puso patas arriba las tribus de Israel”. Apenas la resolución hubo sido votada por el Consejo municipal de Viena, la prensa judía hizo lo posible y lo imposible para que el Consejo provincial le negara su aprobación. Y cuando, a la apertura de las escuelas, se hizo la separación entre niños judíos y niños cristianos, los judíos convocaron una gran asamblea para protestar contra esta medida y pedir al gobierno restablecer el estado de cosas anterior.


En esta asamblea, se vio estallar el disentimiento que hemos señalado entre judíos ortodoxos o tradicionalistas y judíos liberales o reformadores. Éstos, que se deshicieron ellos mismos de todas las trabas judaicas y rechazaron el Talmud, para hacerse aceptar y para trabajar más eficazmente en penetrar en todas las religiones para establecer sobre sus ruinas un israelitismo liberal y humanitario, quieren que los niños cristianos sean educados en la neutralidad religiosa, para poder enrolarlos en “la iglesia del librepensamiento religioso”. No les repugna, entre tanto, que los niños judíos sean educados igualmente, contando con el instinto de la raza, que estiman indestructible, para el cumplimiento de los destinos de Israel. Así pues, hablaron de “la interconfesionalidad” de las escuelas, palabra aptísima para indicar la meta que quieren alcanzar no sólo en la enseñanza, sino por todas partes, en todas las direcciones de la vida política, social y religiosa; la interconfesionalidad, es decir la confusión de todas las religiones en un todo informe que prepara las vías a la “Jerusalén del nuevo orden” que quieren “sustituir a la doble ciudad de los Césares y de los Papas”.

En Francia la ley de neutralidad de las escuelas no tiene otro fin en el pensamiento de quienes nos la han impuesto y en el de varios de aquéllos que urgen urgente su aplicación. ¿Quiere alguien la prueba?

Un inspector académico, el Sr. Payot, acaba de publicar un libro intitulado: ANTES DE ENTRAR EN LA VIDA. 

A los instructores o institutrices, consejos y dirección prácticas.

Este libro es ofrecido a los jóvenes de ambos sexos de las escuelas para enseñar a quienes aspiran al honor de ser instructores o institutrices, lo que la escuela normal va a hacer de ellos, y lo que deberán ser y hacer cuando estén encargados de la educación de la juventud francesa.

Lo que pasarán a ser en la escuela normal desde el punto de vista de la fe se les dice sin rodeos en las páginas 11 y 12.

El niño llegado de su aldea no creyendo (porque, ¿qué es una creencia que nunca sufrió discusión?) (20), sino creyendo creer, DEJA POCO A POCO DE CREER, y... sufre de este cambio, tan considerable en apariencia, de su punto de vista sobre el mundo. Esta crisis es mucho más penosa cuando se produce en las chicas.

Hay una confesión propia para dar una buena advertencia debida a los padres. La hizo un hombre que no pueden recusar, un inspector académico, que vio y comprobó lo que dice, aunque se conmueva poco. No queríamos detenernos en lo dicho por él que nos era demasiado bien conocido; nos basta con tomar acta de la confesión. Lo que sigue pone en plena luz el fin mirado por la institución de la escuela neutra, y muestra su identidad con el fin perseguido por la Alianza Israelita Universal.


Después de decir que los alumnos de las escuelas normales pierden infaliblemente la fe en ellas, el Sr. inspector Payot dice que es necesario reemplazar la fe “por una muy fuerte cultura moral independiente de toda enseñanza confesional”.

No nos dice, y por buenas razones, por qué medios producirá esta fuerte cultura moral poniendo de lado toda enseñanza, todo freno, toda práctica sacada de la religión.

Pero tomando el lenguaje de la Alianza Israelita Universal, dice que esta cultura moral es también una fe, una religión, pero una religión superior a todas las demás, y en la que todas pueden y deben confundirse:

Debemos ponernos en un punto de vista superior a las religiones particulares y que no imponga a la razón y a la más absoluta libertad de pensar ningún sacrificio.

Al lado, y no tememos decir encima de las religiones que dividen a los espíritus, hay lugar para una religión de veras universal, aceptable para todos los espíritus pensantes y que encierra las religiones particulares como el género encierra las especies (p. 14).

¿No es palabra por palabra el lenguaje de los Archivos Israelitas?

Las cosas siendo tales, se comprende que en Estados Unidos como en Europa el clero haya hecho los más grandes sacrificios para elevar, al lado de la escuela neutra oficial, la escuela libre religiosa. Pero, cosa que no puede explicarse evidentemente más que por la ignorancia absoluta del fin perseguido, uno de los jefes del americanismo intentó hacer desaparecer las escuelas confesionales en su país. Roma debió intervenir, y el prefecto de la Propaganda dirigió a todos los obispos de Estados Unidos una carta donde dice:

Algunas personas creyeron desacertadamente que las escuelas oficiales no ofrecen peligro, y que los niños católicos pueden ser enviados a ellas. Pero el hecho de que tales establecimientos excluyen de su programa la verdadera religión, causa un gran perjuicio a esta religión misma.

Con la ley escolar, ¡cuántas otras leyes persiguen en todas las direcciones de la actividad humana lo que llaman “la laicización”! No es temerario atribuir la inspiración de estas leyes a la misma influencia y a la persecución del mismo designio.

Se necesita que las órdenes religiosas, que son la muralla de la Iglesia Católica, desaparezcan: de allí las leyes hechas para traer su ruina a corto plazo (21).

Uno de los tantos monasterios en ruinas que se propusieron destruir

Se necesita que la influencia adquirida por el clero por tantos siglos de beneficios sea anulada: y el clero sea expulsado de todas las posiciones que ocupaba, de todos los consejos donde podía hacer oír su voz. Se necesitaría que las fuentes del sacerdocio se secaran: de allí la ley del reclutamiento de los eclesiásticos. Se necesitaría que el ejercicio del culto fuera hecho imposible: de allí la ley sobre las fábricas y estos sordos manejos de la administración que poco a poco fueron quitando a la parroquia y a la diócesis la propiedad de las iglesias y catedrales, de las parroquias y obispados, para trasladarla a los municipios y al estado. Se necesitaba introducir por fin el desorden en la familia para desatarla de la Iglesia: de allí la ley del divorcio y los alientos dados a la disipación bajo todas sus formas.

 Mientras la obra -“la gran obra de la humanidad”, como dice el Univers israélite- es perseguida por vía legislativa, era necesario actuar sobre la opinión. Esta misión ha sido dada a la prensa. Entre las superioridades que el Sr. des Mousseaux reconoce a los judíos, pone en buen rango ésta:

superioridad en el arte profesoral del sofista, hábil en mezclar a las doctrinas del teólogo y del publicista las sutilezas donde el espíritu se extravía, el veneno de las doctrinas embriagadoras que pervierten a los individuos y hacen caer los pueblos en demencia (22).

En Francia, en Europa, en todas las partes del mundo, los judíos han creado o adquirido los periódicos más influyentes, tienen hombres de su raza en todas las redacciones; y por un medio u otro, directa o indirectamente, hacen entrar con demasiada frecuencia hasta en los periódicos católicos hechos, ideas y apreciaciones que favorecen la ejecución de sus planes. 

No tenemos para nada la intención de incriminar a quien sea, sino sólo de hacer tocar con el dedo la justeza de estas observaciones.

¿No se vio en la última campaña electoral periódicos católicos dar el consejo de votar por candidatos masones declarados, de preferencia a tales católicos practicantes u hombres de obras?

¿No se vio durante esta misma campaña a un sacerdote, el Rev. P. Dabry, redactor de un periódico dirigido por otro sacerdote, el Rev. P. Garnier, decir que “las recriminaciones puramente católicas deben cesar”, que “desde hace veinte años no ha habido ningún ataque a la libertad esencial de la Iglesia en Francia”?

Quienes, desde hace veinte años, vienen haciendo y aplican las leyes que recordábamos más arriba, tienen un supremo interés en que los órganos escuchados de los católicos digan y repitan: “Desde hace veinte años no ha habido ningún ataque a la libertad esencial de la Iglesia”; o bien: “¡Tranquilizaos! la política liberal y el respeto de la religión están al orden del día. No tenéis nada que temer: Brisson tiene un programa moderado” (23).

Seríamos infinitos si quisiéramos decir los miles medios por los que la prensa -prensa liberal en todos los grados, prensa impía, prensa revolucionaria- de un lado a otro, y todos los días, con un conjunto maravilloso, actúa sobre los intelectos para descristianizarlos. Cada uno de estos periódicos sabe medir admirablemente la dosis de veneno que debe presentar a sus lectores según la clase donde los recluta, aquella a la que pertenecen por su cultura intelectual y disposiciones morales.

En las tesis que desarrollan, en los hechos que refieren, en la manera como los presentan, encontraréis siempre el espíritu de los “principios modernos” cuyo “desarrollo y realización, al juicio de Israel mismo, son la más segura garantía del presente y del porvenir del judaísmo, y la condición enérgicamente vital para la existencia expansiva y el más alto desarrollo del judaísmo”.


La inoculación diaria de estos “principios” en las cabezas católicas, tiene por inevitable efecto transformar poco a poco la verdad cristiana, si no en fiel, por lo menos en catecúmeno de este “israelitismo liberal”, de esta “religión universal” que debe permitir “el cumplimiento de los destinos de Israel”.

Es fácil a cada uno ver si esta transformación empieza a operarse en él; debe sólo interrogarse sobre la Iglesia y preguntarse qué idea se hace de ella actualmente.

¿Está además íntimamente convencido y penetrado de estas verdades?

Que DIOS fundó con sus propias manos una sociedad espiritual a la que todos los hombres están llamados, y que es la única que posee todas las verdades reveladas y todos los medios de salvación;

Que esta sociedad es perfecta en sí misma, como que recibió también de DIOS una constitución que le es propia, sobre la cual la sociedad civil no puede nada; qué tiene el derecho de regirse por sus propias leyes esta sociedad, y que toda traba, toda coacción ensayada contra ella, de dondequiera que venga, es criminal, sacrílega, impotente a crear ningún derecho.

Destruir estas nociones en el espíritu de los católicos es en lo que se encarnizan todos aquéllos que -sabiéndolo o no- trabajan para la gran obra.

¿El americanismo mismo vendría también a dar a esta obra un concurso que ciertamente no está en sus intenciones, pero que podría resultar de la persecución de un bien ilusorio? Lo que hemos dicho ya puede hacerlo temer. Es bueno examinar la cosa de más cerca.

Continúa...

Notas:

18) Essai sur le principe générateur des constitutions politiques.

19) En los dos mundos se han hecho o completado leyes para la laicización de las escuelas, más radicales aquí, allí menos exclusivas. ¿Cómo explicar, fuera de la conjuración anticristiana, tal acuerdo para una cosa tan monstruosa y cuyos efectos pronto fueron tan funestos que varios Estados se apresuraron a corregir su legislación sobre este punto?

20) La fe es una virtud sobrenatural, infusa en el alma del bautizado, germen que se desarrolla por la correspondencia a la gracia. Se fortalece con la edad por la oración, el estudio y la esperanza. Pero no necesita discusión para ser lo que es, es decir para derramar en el alma las divinas luces.

21) El P. Hecker decía que “las comunidades monásticas probablemente no serán más el tipo dominante de la perfección cristiana”. Y uno de sus discípulos, el abad Dufresne: “La santificación de la que los claustros han sido hasta aquí los principales focos, será difundida mucho más en pleno mundo y en la masa del pueblo cristiano”. La masonería hace leyes para destruir las órdenes religiosas, y los americanistas dicen: Pronto la religión podrá prescindir de ellas. En la consagración del obispo de Sioux-Palls, Mons. Ireland predicó un sermón dirigido contra las órdenes religiosas que después de algunos días le atrajo en presencia del cardenal Salé de parte del R. Richard, S. J., una firme réplica. Aquí mismo, en Francia, cuando fue la elección del Rev. P. Gayraud, fue necesario restablecer los principios de la teología y del derecho canónico sobre la naturaleza de las obligaciones que crean los votos solemnes de religión. Sobre este punto, como sobre muchos otros, los americanistas de aquí y de allá, si no se entienden, actúan y hablan bajo la influencia de un mismo espíritu.

22) ¡Ay de nosotros! ¿No hemos llegado a este punto?

23) Conferencia dada el día de la Asunción en una parroquia de Flandes por el Revdo. P. Lemire. Ver La Croix du Nord del 17 de agosto de 1898.


 

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