CAPÍTULO SEXTO
LA ALIANZA ISRAELITA UNIVERSAL Y EL AMERICANISMO
La prueba, la tentación, es la condición del género humano en su estado actual. Desde el paraíso terrenal, no ha dejado un solo instante de pasar por el tamiz las sociedades lo mismo que los individuos.
Varía con el temperamento de éstos; se transforma con las modificaciones de aquéllas: siempre está en acción, y siempre el triunfo logrado sobre ella es la condición de la salvación.
La prueba actual es la indiferencia en materia de religión. Está el ateísmo que rechaza toda relación con DIOS cuya misma existencia no admite. Éste es un exceso de que pocos hombres son capaces y que sería la muerte tan pronta como infalible de toda sociedad donde se generalizare.
La indiferencia de la que son tentados los hombres de hoy se formula así: Todas las religiones son igualmente buenas.
Todo contribuye a acreditar este error: la legislación, las ideas, los hábitos. Y es por eso que todo hombre serio debe interrogarse sobre este asunto, preguntarse dónde se sitúan actualmente sus convicciones sobre la Iglesia, sobre su institución divina y la necesidad de pertenecerle para llegar a la salvación.
Hay pocos intelectos en que las instituciones actuales, los hábitos, y sobre todo la libertad de prensa, no hayan obnubilado más o menos estas verdades primeras.
Pero además hay actualmente en el mundo una vasta conspiración para propagar esta indiferencia.
Ella pretende conseguir hacer abrazar a todos los hombres en lo que llama “la religión universal” o “la democracia religiosa” y a hacerlos entrar todos en una nueva Iglesia, “la iglesia del librepensamiento religioso” donde cada uno sería libre de componerse un símbolo de su agrado personal.
Como hemos visto, éste es el fin que se ha asignado la Alianza Israelita Universal. Difundida en todo el mundo, actúa por todas partes en este sentido, y por todas partes ha sabido conseguir auxiliares que trabajan para la realización de sus proyectos.
¿Cuáles son estos auxiliares?
el protestantismo es sólo una planta parásito que vive sólo de la savia del catolicismo. Cuando hayamos acabado con la Iglesia Católica, morirá por sí mismo, o, si es necesario, lo acabaremos de un golpe de talón de nuestra bota.
Es la prensa cuyo esfuerzo más general y más constante es hacer reinar “la tolerancia”, contraseña masónica hecha para enervar todas las resistencias al mal, todas las oposiciones al error.
Es la enseñanza superior, donde reinan los judíos, protestantes y neocristianos, siendo estos últimos quizás más peligrosos aún que los demás desde el punto de vista en que estamos situados aquí, a causa de la simpatía que tienen por ellos los católicos que se lanzan “hacia el porvenir”, y a causa de su acción “sobre toda la elite de la joven generación”, a la que imprimen “este movimiento de espíritu que se podría llamar casi evangélico”, pero que, en realidad, es refractario al dogma, a la verdad revelada.
Hablan de su “fe”, pero, como lo hace observar el Sr. Lasserre:
si se les pide algunas informaciones sobre el objeto y los fundamentos de su creencia, esta pregunta los deja no perplejos, pero desdeñosos. Responden que el dogma no les gusta, pero que la moral los fascina.
Son los inventores de la “apologética nueva”, que niegan todo valor científico a la demostración tradicional de la verdad del cristianismo y de la divinidad de la Iglesia, para sustituirle el método de inmanencia, es decir un terreno puramente subjetivo, tan ruinoso como insuficiente a un ser social como es la Iglesia.
Es la escuela primaria neutra, que hace bajar el desprecio de lo sobrenatural hasta las clases más ínfimas de la sociedad y más incapaces de defenderse.
Es la acción gubernamental, por sus leyes que tienden a laicizar todo; por sus administraciones diversas que, cada una en su esfera, se aplican a sacar de estas leyes todo lo que pueden dar y más también; por sus funcionarios de todo orden, los ejemplos que dan, las persecuciones que tienen misión de ejercer.
Es además el impulso dado a todo lo que puede llevar a los hombres hacia el placer y desviar sus miradas de sus fines últimos.
Toda mente algo atenta a lo que pasa en el mundo no tarda en ver que la obra no sólo ha sido empezada, sino que avanza de día en día en el asedio que hace sufrir a la fe.
Y al mismo tiempo —lo hemos dicho— está la conspiración contra la patria, menos abierta, pero no menos real; pues hace falta que una y otra caigan para ceder a esta “Jerusalén del nuevo orden, santamente sentada entre oriente y occidente, que debe sustituirse a la doble ciudad de los Césares y de los Papas”.
El colmo sería que los ministros del clero católico, bajo el imperio de ilusiones tan decepcionantes como generosas, llegaran a aportar un concurso cualquiera a esta conspiración que puede llamarse universal, y contribuir por algún sitio a sacudir la firmeza de adhesión que el alma cristiana debe tener a la Santa Iglesia Católica, única arca de salvación.
El Sr. Gougenot des Mousseaux, en su libro tan documentado: El judío, el judaísmo y la judaización, consagra una página a enumerar las superioridades de los judíos, esta raza divinamente dotada y divinamente caída que, en su conjunto y salvo honorables excepciones, emplea para el mal los dones que ha recibido, como lo hacen los malos ángeles. Dice:
...Superioridad sobre todo —y ésta es una de las más insignes para los ojos del observador sagaz— superioridad sin igual en ESCONDER, o en el consejo reflexionado de los reyes, o en el consejo tumultuoso de los pueblos, su singular e infatigable INFLUENCIA.
Su influencia en el consejo de los reyes, la historia no llega a descubrirla sino mucho tiempo después que se haya ejercitado. El libro del P. Deschamps, revisado por el Sr. Claudiot Jannet, bajo este respecto está lleno de curiosas revelaciones. Su influencia en los parlamentos republicanos se ha hecho tan manifiesta, que ellos ya no intentan esconderla: toman abiertamente la iniciativa de las leyes más funestas.
Por “singular” que sea esta influencia, ¿busca llegar más alto, y llega? ¿Puede adoptar bastantes rodeos, esconderse y disfrazarse tan bien y envolver de tal manera las ideas que trata de difundir, que no deje sospechar su presencia, reconocer su acción ni descubrir el veneno de sus doctrinas a aquéllos mismos que están encargados de velar para defender a otros de él? ¿Quién podría decirlo con certeza y sobre todo con pruebas?
Lo que es cierto, lo que es incontestable, es que hay entre el espíritu judío y el espíritu americanista un punto de contacto en los principios del '89.
Hemos oído a los judíos proclamarlos y decir el partido que sacan de ellos. En cuanto a los estadounidenses, su estado social y también religioso descansa totalmente en estos principios; de lo cual se elogian alto, y también los americanistas nos dicen saber que “las ideas estadounidenses son las que DIOS quiere que estén en todos los pueblos civilizados de nuestro tiempo”. Por eso ellos se hacen ellos concienzudamente los evangelistas de las mismas.
Apresurémonos sin embargo a decir que si los inmortales principios son predicados y propagados por los judíos y los americanistas, lo son según vistas muy diferentes.
Los judíos esperan sacar de ellos “el israelitismo liberal y humanitario”, los americanistas “una nueva época para la Iglesia”, “una época que a la imaginación le costará concebir”, ¡tan fecunda y hermosa será!
Las intenciones de éstos son seguramente buenas, y el celo que despliegan parte de un bien natural. ¿Pero está bien iluminado? San Pablo decía ya de ciertos hombres de su tiempo:
Yo les confieso y me consta que tienen celo de las cosas de Dios, pero no es un celo según la ciencia (Rom. X, 2).
Siempre el celo debió ser probado en un doble crisol antes de que pudiera dársele carrera: el crisol de la doctrina y el de la obediencia. Presumiendo de sí mismo y lanzándose a ciegas, demasiadas veces ha acumulado las ruinas.
Ahora bien, la presunción, la “confianza en sí”, es uno de los rasgos más característicos del americanismo; sus partidarios se engalanan de ello con orgullo; es por este rasgo que quieren ser reconocidos y distinguirse de los demás. Dicen que cuentan con “la intensidad de fuerza y grandeza a la que esta confianza en sí elevará la personalidad humana”, para hacer que la Iglesia entre en “esta época nueva que la palabra humana tendrá dificultad para expresar a menos de recurrir al lenguaje profético”.
En ningún tiempo es buena tal presunción. Pero es sobre todo en tiempos agitados como en los que estamos, que el que no quiere desviarse, debe desconfiar de sí mismo y mantenerse firmemente apegado a la doctrina como la autoridad la presenta a la adhesión de nuestra mente y de nuestro corazón. Ahora bien, ¿pueden los americanistas esperar procurar a la Iglesia, por la propaganda de los principios del '89, una época de prosperidad inaudita?
Hablando de uno de los falsos principios sobre los que está constituida la república estadounidense, la separación de la Iglesia y del Estado, León XIII dice:
Los católicos no pueden abstenerse demasiado de sostener tal separación. En efecto, querer que el estado se separe de la Iglesia, sería querer, por una consecuencia lógica, que la Iglesia fuera reducida a la libertad de vivir según el DERECHO COMÚN. Esta separación, es verdad, se produce en ciertos países. Es una manera de ser que, si tiene SUS NUMEROSOS Y GRAVES INCONVENIENTES, ofrece también algunas ventajas, sobre todo cuando el legislador, por una feliz inconsecuencia, no deja de inspirarse en los principios cristianos; y estas ventajas, AUNQUE NO PUEDAN JUSTIFICAR EL FALSO PRINCIPIO DE LA SEPARACIÓN, NI AUTORIZAR A DEFENDERLO, hacen sin embargo digno de tolerancia un estado de cosas que, prácticamente, no es el peor de todos.
Pero en Francia, nación católica por sus tradiciones y por la fe presente de la gran mayoría de sus hijos, la Iglesia NO DEBE estar puesta en la situación precaria que SUFRE en otros pueblos. Los católicos pueden tanto menos preconizar la separación, cuanto que conocen mejor las intenciones de los enemigos que la desean. (Encíclica del 16 de febrero de 1892).
La libertad de pensamiento, la libertad de prensa, la libertad de conciencia, la libertad de cultos, la separación de la Iglesia y el Estado, son las grandes causas de la propagación de la indiferencia religiosa en las masas populares. Hay otra no menos eficaz, es la tolerancia; LA TOLERANCIA de la cual la masonería hace el primero de todos los derechos y el primero de todos los deberes en el orden religioso.
Cuando esta tolerancia se manifiesta por las simpatías dadas públicamente, si no a la herejía al menos a sus promotores, causa un verdadero escándalo, en cuanto debilita en el espíritu de la multitud el respeto debido a la verdad y la aversión que toda alma derecha siente por el error. Este escándalo alcanza su máximo de perversión si es dado por sacerdotes y sobre todo por prelados.
La estatua de Joseph Smith tal como se veía en 1915
¿Hace falta citar hechos particulares para mostrar a qué excesivos límites esta tolerancia fue llevada a veces? Cuando en Salt-Lake-City se inauguró la estatua del fundador del mormonismo, un obispo creyó poder llevar la complacencia y la tolerancia hasta asistir a esta ceremonia y bendecir el monumento. Otro, en el mismo espíritu, escribió una carta pública para desear la bienvenida al general del Ejército de salvación.
Y no son hechos tan aislados que quepa pasarlos por alto. Un sacerdote belga que ejerce el santo ministerio en Estados Unidos, escribía en 1896 al Courrier de Bruxelles:
Sufrimos aquí de lo que se llama broad-mindedness. No es fácil traducir correctamente esta palabra al francés o español. Así y todo, puede decirse que en general, significa: “Un liberalismo muy ancho, una tolerancia desmedida”.
Para varios de nuestros periódicos católicos, la gran virtud, el mayor mérito de un obispo o sacerdote es ser broad-minded, es decir que tiene las vistas anchas, que es muy tolerante para agradar a los protestantes. Si algún sacerdote más tolerante todavía se pasea por las calles brazo con el brazo al cuello de su Rev. cofrade protestante, es su ideal. Si este mismo sacerdote se deja llevar por su complacencia a predicar aún en un templo protestante en el lugar del ministro, evitando cuidadosamente lo que podría desagradar a sus oyentes protestantes y dejándoles generalmente en la mente la impresión de que después de todo la diferencia entre la religión católica y el protestantismo no es tan grande, pues allí está el modelo de un perfecto sacerdote estadounidense.
De todo eso resulta una extraña facilidad de los católicos de entrar en ciertas sociedades secretas que, como toda religión, sólo ofrecen a sus adeptos un naturalismo algo disfrazado.
¿Este naturalismo no hace pensar en la Alianza Israelita Universal y en lo que se propone conseguir?
Gracias a DIOS, las cosas están lejos de haber llegado a este punto en Francia.
Y sin embargo, ¿no están algunos de entre nosotros en el camino que conduce allí?
Un periódico, aún cuando muy indiferente a las cosas religiosas, el Journal des Débats, hablaba en su número del 28 de septiembre de 1895 de “ciertos sacerdotes que están en la vanguardia del clero francés”; y decía respecto de ellos lo siguiente:
Ellos creen que la tolerancia ha pasado a ser una de las virtudes indispensables al cristianismo para el cumplimiento de su misión social. Sin duda éste es un modo de hablar demasiado absoluto, demasiado preciso, y estos sacerdotes son bastante prudentes para no formular máximas generales; pero en el fondo esa es la segunda intención que los dirige cuando toman la iniciativa de los congresos de religiones.
Tendremos que hablar de estos congresos. Traigamos aquí sólo una palabra que viene bien a nuestro asunto. El secretario de una sección del congreso de las religiones celebrado en Indianapolis, el Sr. Jones, sacó de él esta conclusión:
Parece que por todas partes algo profundo penetra en el mundo religioso de hoy. Sin competencia de creencias, sin tener en cuenta los mojones de separación, todas las organizaciones religiosas se desarrollan fraternalmente, etc.
El Padre Charbonnel, en el artículo de la Revue de Paris donde presentaba el proyecto de un congreso de las religiones para celebrar en París, miraba la cosa como ya hecha. Decía:
Parece bueno que toda la humanidad esté unida en adelante en una religión suprema, la religión de la Paternidad de Dios y de la Fraternidad de los hombres (Histoire d'une idée, p. 44).
¿Hay alguna cosa que pueda responder mejor a la desiderata de la Alianza Israelita Universal que el movimiento comprobado por estas palabras? ¿Y no es un deber de primer orden indicarlo para detener sus progresos desde el comienzo?
El Rev. Padre Garnier decía en 1891: “Hay que subir al tren”. Muy bien, pero después de haberse asegurado de que esté bien encaminado.
Mons. Isoard dijo (24):
Parece bueno que toda la humanidad esté unida en adelante en una religión suprema, la religión de la Paternidad de Dios y de la Fraternidad de los hombres (Histoire d'une idée, p. 44).
¿Hay alguna cosa que pueda responder mejor a la desiderata de la Alianza Israelita Universal que el movimiento comprobado por estas palabras? ¿Y no es un deber de primer orden indicarlo para detener sus progresos desde el comienzo?
El Rev. Padre Garnier decía en 1891: “Hay que subir al tren”. Muy bien, pero después de haberse asegurado de que esté bien encaminado.
Mons. Isoard dijo (24):
El catolicismo, al reproducir admirablemente el pensamiento de todos los siglos cristianos -el catolicismo tiene un sí mismo perfectamente constituido, absoluto, incomunicable. Es LA religión.
Todos los esfuerzos del enemigo tienden a recortar esta personalidad y a hacer de ella UNA religión.
Es lo que quiere la judería, lo hemos visto; es lo que traería el americanismo, lo veremos cada vez mejor.
Continúa...





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