Por Matthew McCusker
“Hay, además, muchos argumentos maravillosos y espléndidos en que puede descansar tranquila la razón humana, argumentos con que se prueba la divinidad de la Religión de Cristo, y que todo el principio de nuestros dogmas tiene su origen en el mismo Señor de los Cielos, y que, por lo mismo, nada hay más cierto, nada más seguro, nada más santo, nada que se apoye en principios más sólidos” - Papa Pío IX, Qui Pluribus
Con las palabras anteriores el Papa Pío IX afirma claramente que la pretensión de la Iglesia Católica de poseer, practicar y transmitir una religión divinamente revelada puede ser claramente establecida por la luz natural de la razón humana.
Este conocimiento natural de la credibilidad de la afirmación de la Iglesia de haber recibido una revelación de Dios proporciona un apoyo a la virtud sobrenatural de la fe “por medio de la cual, con la gracia de Dios inspirándonos y ayudándonos, creemos que es verdadero lo que Él ha revelado, no porque percibamos su verdad intrínseca por la luz natural de la razón, sino por la autoridad de Dios mismo que hace la revelación y no puede engañar ni ser engañado” [1].
Necesitamos urgentemente conocer esos “maravillosos y esplendidos argumentos”
Qui Pluribus, promulgada en 1846, fue la primera encíclica del pontificado de Pío IX y abordó la grave crisis que enfrentaba la Iglesia:
“Sabemos, Venerables Hermanos, que en los tiempos calamitosos que vivimos, hombres unidos en perversa sociedad e imbuidos de malsana doctrina, cerrando sus oídos a la verdad, han desencadenado una guerra cruel y temible contra todo lo católico, han esparcido y diseminado entre el pueblo toda clase de errores, brotados de la falsía y de las tinieblas. Nos horroriza y nos duele en el alma considerar los monstruosos errores y los artificios varios que inventan para dañar; las insidias y maquinaciones con que estos enemigos de la luz, estos artífices astutos de la mentira se empeñan en apagar toda piedad, justicia y honestidad; en corromper las costumbres; en conculcar los derechos divinos y humanos, en perturbar la Religión católica y la sociedad civil, hasta, si pudieran arrancarlos de raíz” [2].
El Papa explicó que mediante “hombres unidos en perversa sociedad e imbuidos de malsana doctrina” estos enemigos de la Iglesia “difunden toda clase de errores” [3]. Como hombres “brotados de la falsía y de las tinieblas”, “se empeñan en apagar toda piedad, justicia y honestidad; en corromper las costumbres; en conculcar los derechos divinos y humanos, en perturbar la Religión católica y la sociedad civil, hasta, si pudieran arrancarlos de raíz” [4].
Esta tarea se ha cumplido en gran medida hoy. La Iglesia Católica ha sido expulsada de la sociedad civil, y la práctica de la fe ha sido abandonada por cientos de millones de personas. Las nefastas consecuencias de esta deserción casi universal de Jesucristo son incontables: más de mil millones de bebés inocentes asesinados; familias y sociedades destruidas; crimen desenfrenado; vicio triunfante; e innumerables hombres y mujeres viviendo vidas vacías de sentido, llenas de angustia y desesperación. Finalmente -y lo peor de todo-, cada día innumerables almas mueren sin la gracia santificante y entran inmediatamente en la perdición eterna.
El asalto a la credibilidad de la religión católica
Pío IX expuso esta estrategia en 1846. Advirtió que para engañar a los demás, los enemigos de Dios primero recurren a la sabiduría:
“... se arrogan el nombre de filósofos, como si la filosofía, puesta para investigar la verdad natural, debiera rechazar todo lo que el supremo y clementísimo Autor de la naturaleza, Dios, se dignó, por singular beneficio y misericordia, manifestar a los hombres para que consigan la verdadera felicidad” [5]
Es decir, rechazan los argumentos sobre la existencia de Dios a partir de las cosas que Él ha creado.
“De allí que, con torcido y falaz argumento, se esfuercen en proclamar la fuerza y excelencia de la razón humana, elevándola por encima de la fe de Cristo”, estos enemigos “vociferan con audacia que la fe se opone a la razón humana” [6].
Esto es, por supuesto, falso porque, como continúa explicando el Papa, no puede haber conflicto entre la fe y la razón:
“... porque aun cuando la fe esté sobre la razón, no hay entre ellas oposición ni desacuerdo alguno, por cuanto ambos proceden de la misma fuente de la Verdad eterna e inmutable, Dios Optimo y Máximo: de tal manera se prestan mutua ayuda, que la recta razón demuestra, confirma y defiende las verdades de la fe; y la fe libra de errores a la razón, y la ilustra, la confirma y perfecciona con el conocimiento de las verdades divinas” [7].
No hay nada contrario a la razón en el depósito revelado de la fe. Pero la Iglesia Católica también enseña que el asentimiento de la fe es en sí mismo razonable, como explicó el Papa en la cita con la que inicié este artículo:
“Hay, además, muchos argumentos maravillosos y espléndidos en que puede descansar tranquila la razón humana, argumentos con que se prueba la divinidad de la Religión de Cristo, y que todo el principio de nuestros dogmas tiene su origen en el mismo Señor de los Cielos, y que, por lo mismo, nada hay más cierto, nada más seguro, nada más santo, nada que se apoye en principios más sólidos” [8].
Cuando un hombre asiente a la verdad de la religión católica, cuando acepta a la Iglesia Católica como maestra en materia de revelación, no se trata de un salto a ciegas. Es, en realidad, un acto razonable basado en pruebas sólidas de que la Iglesia Católica es lo que afirma ser: una maestra infalible e indefectible, establecida por un Mensajero Divino que no solo fue enviado por Dios, sino que, de hecho, era Dios mismo.
Los Papas sobre los motivos de la credibilidad
El Papa Pío IX resumió los motivos de la credibilidad de la siguiente manera:
Nuestra fe, maestra de la vida, norma de la salud, enemiga de todos los vicios y madre fecunda de las virtudes, confirmada con el nacimiento de su divino autor y consumador, Cristo Jesús; con su vida, muerte, resurrección, sabiduría, prodigios, vaticinios, refulgiendo por todas partes con la luz de eterna doctrina, y adornado con tesoros de celestiales riquezas, con los vaticinios de los profetas, con el esplendor de los milagros, con la constancia de los mártires, con la gloria de los santos, extraordinaria por dar a conocer las leyes de salvación en Cristo Nuestro Señor, tomando nuevas fuerzas cada día, con la crueldad de las persecuciones, invadió el mundo entero, recorriéndolo por mar y tierra, desde el nacimiento del sol hasta su ocaso, enarbolando, como única bandera la Cruz, echando por tierra los engañosos ídolos y rompiendo la espesura de las tinieblas; y, derrotados por doquier los enemigos que le salieron al paso, ilustró con la luz del conocimiento divino a los pueblos todos, a los gentiles, a las naciones de costumbres bárbaras en índole, leyes, instituciones diversas, y las sujetó al yugo de Cristo, anunciando a todos la paz y prometiéndoles el bien verdadero [9].
El Concilio Vaticano I, en su decreto Dei Filio, enseñó:
“ ... para que el homenaje de nuestra fe esté de acuerdo con la razón, Dios quiso que las ayudas externas de su Revelación, es decir, las intervenciones divinas, se unieran con las ayudas internas del Espíritu Santo, al igual que los milagros y las profecías que demuestran brillantemente que la omnipotencia y la ciencia infinita de Dios son signos muy seguros de la Revelación divina y se adaptan a la inteligencia de todos” [10].
El Concilio continuó:
“Por eso Moisés y los profetas, pero especialmente Cristo el Señor, hicieron muchos milagros y profecías; y de los Apóstoles leemos: “Luego partieron y predicaron en todas partes, cooperando con el Señor y confirmando su predicación con las maravillas que los acompañaron”. También está escrito: “Tenemos el lenguaje profético más seguro, que deben observar, como una lámpara que brilla en un lugar oscuro” [11].
Solo mediante milagros y profecías podemos conocer la verdad de la religión católica. Pero estos no son los únicos motivos de credibilidad. La Iglesia Católica es en sí misma “una especie de gran y perpetuo motivo de credibilidad”.
El Concilio enseñó:
“Para que podamos cumplir con el deber de abrazar la verdadera fe y soportar constantemente en ella, Dios, a través de Su Hijo Unigénito, instituyó la Iglesia y le dio notas tan claras que todos podrían conocerlo como guardián y maestro de la palabra revelada.De hecho, solo a la Iglesia Católica pertenecen todas esas cosas tan ricas y tan maravillosas que han sido divinamente preparadas para la credibilidad de la fe cristiana. De hecho, la Iglesia, por sí misma, es decir, por su admirable propagación en el mundo, por su sobresaliente santidad y por la inagotable fecundidad de todos sus bienes, por su unidad, por su implacable solidez, es una gran y perenne una razón para la credibilidad, un testimonio irrefragable de su institución divina.
Así sucede que, como estandarte levantado entre las naciones, continuamente invita a aquellos que no le creen, y asegura a sus hijos que la fe que profesan descansa sobre una base muy sólida [12].
En su carta encíclica Immortale Dei el Papa León XIII también resumió los motivos de la credibilidad:
“Todo hombre de juicio sincero y prudente ve con facilidad cuál es la Religión Verdadera. Multitud de argumentos eficaces, como son el cumplimiento real de las profecías, el gran número de milagros, la rápida propagación de la fe, aun en medio de poderes enemigos y de dificultades insuperables, el testimonio de los mártires y otros muchos parecidos, demuestran que la única Religión Verdadera es aquella que Jesucristo en persona instituyó y confió a su Iglesia para conservarla y para propagarla por todo el tiempo” [13].
Y en Humani Generis, el Papa Pío XII habla de:
“ ... a veces la mente humana puede encontrar dificultad hasta para formarse un juicio cierto sobre la credibilidad de la fe católica, no obstante que Dios haya ordenado muchas y admirables señales exteriores, por medio de las cuales, aun con la sola luz de la razón se puede probar con certeza el origen divino de religión cristiana” [14].
La certeza moral del origen divino de la religión cristiana, que se alcanza mediante el ejercicio de la razón natural, no debe equipararse con la certeza propia de la fe. Una vez reconocida la credibilidad de la religión católica, la voluntad —inspirada y asistida por la gracia divina— puede realizar el acto sobrenatural de fe, mediante el cual asiente a todo lo que la Iglesia propone creer, en virtud de la autoridad de Dios, quien ha revelado todas estas verdades a su Iglesia.
Reflexionar sobre los motivos de la credibilidad es importante para todos. Para quienes aún no han realizado el acto de fe, estas señales externas constituyen un fundamento para la fe. Para quienes ya poseen una fe sobrenatural, sirven como salvaguardia y fortalecimiento de la fe.
Sentido común vs. conocimiento científico
El conocimiento intelectual humano admite grados. Pues no conocemos nada a la perfección por una sola intuición; más bien, procedemos, poco a poco, de un conocimiento muy imperfecto a uno más perfecto [15].
Se puede establecer una distinción importante entre el “conocimiento de sentido común” y el “conocimiento científico”. Woodbury explica:
Conocemos las cosas primero por sentido común. Sabemos algo de ellas sin conocer bien su naturaleza, sin conocer las leyes que las rigen, sin saber de dónde vienen ni adónde van [16].
Continúa:
Tal es el conocimiento precientífico, o de sentido común, empleado en la conversación diaria de los hombres [17].
Por otro lado:
El conocimiento científico se opone al conocimiento de sentido común: se define como “conocimiento cierto a través de causas” [18].
Tenemos conocimiento científico cuando podemos explicar algo a través de sus causas. El conocimiento científico es cierto, no una mera opinión, y se alcanza mediante la demostración a partir de principios evidentes o previamente establecidos.
La ciencia se ocupa de universales. Por ejemplo, la geometría se ocupa de lo que es universalmente cierto en el caso de los triángulos —por ejemplo, que los ángulos interiores de un triángulo siempre son dos rectos—, no de las características accidentales de un triángulo en particular dibujado en una pizarra, como si está dibujado con tiza blanca o verde.
Woodbury explica por qué esto debe ser así:
Ahora bien, lo que es universalmente cierto de un sujeto puede conocerse científicamente, pues puede demostrarse (es decir, probarse con certeza) a partir de sus causas, puesto que es un efecto necesario de causas que lo requieren. Pero lo que es cierto solo de este sujeto no puede demostrarse científicamente, porque es un efecto contingente (es decir, un efecto que puede ser y no puede ser). De los singulares, el conocimiento se obtiene por experiencia u observación, no por demostración científica [19].
La más alta de todas las ciencias que pueden estudiarse a la luz de la razón natural es la filosofía, pues examina las causas últimas de todas las cosas. La metafísica es la parte suprema de la filosofía, pues trata de las causas últimas del ser mismo. La rama más alta de la metafísica es la teología natural, pues aborda la causa primera y el fin último de todo ser: Dios mismo.
Existe, sin embargo, una ciencia aún superior, que procede no por la luz natural de la razón humana, sino por la luz de la revelación divina. Esta ciencia es la teología sagrada.
¿Qué tipo de conocimiento podemos tener acerca de Dios y de las afirmaciones de Su Iglesia?
Las afirmaciones de la Iglesia Católica también pueden entenderse desde una perspectiva de sentido común o científica. Sobre el reconocimiento de sentido común de que ella es lo que dice ser, John Henry Newman escribió: “Lleva consigo las señales de la divinidad, que llegan de inmediato a cualquier mente que no haya sido poseída por el prejuicio ni educada en la sospecha” [20].
Este conocimiento de “sentido común” puede transformarse en conocimiento científico, como afirma Newman:
Además, es posible analizar los argumentos y elaborar la gran prueba en la que se basan sus afirmaciones [21].
La ciencia que analiza los argumentos a favor de la credibilidad de las afirmaciones de la Iglesia Católica y elabora “en forma la gran prueba sobre la que descansan sus afirmaciones”, es la ciencia de la teología fundamental.
Así como la teología natural prueba la existencia de Dios y puede demostrar muchas verdades sobre su naturaleza y atributos, la teología fundamental demuestra con certeza que las afirmaciones de la Iglesia Católica son creíbles. Esta es la ciencia que fundamenta las afirmaciones de la Iglesia y las defiende contra los ataques de sus enemigos.
La importancia de estudiar teología fundamental
1. El conocimiento científico es más seguro que el conocimiento de sentido común. Cuando tenemos conocimiento cierto de algo a través de sus causas, ya sea la existencia de Dios o la credibilidad de la religión católica, somos mucho menos propensos a ser engañados por argumentos engañosos, porque no solo sabemos qué creemos, sino también por qué necesariamente debe ser así. Quien solo posee conocimiento de sentido común es mucho más vulnerable a los argumentos opuestos, porque no comprende plenamente los fundamentos de su propia postura.
2. El conocimiento científico nos ayuda a compartir la verdad con los demás de forma más eficaz. Si poseemos conocimiento científico de los fundamentos de la fe, estaremos en una posición mucho mejor para ayudar a otros a llegar a la verdad. Podremos explicar nuestra postura con mayor claridad, responder a las preguntas de los demás de forma más satisfactoria y responder a sus objeciones de forma más convincente.
Como escribió Woodbury:
La exposición científica del mismo proporciona a los creyentes una mayor firmeza de fe, y a los que aún no la tienen, los preámbulos correspondientes, así como a los apologistas católicos una abundancia de pruebas con las que pueden cooperar a conducir a los hombres hacia la fe [22].
Éstas serían buenas razones para estudiar esta ciencia en cualquier época, pero son aún más importantes para los católicos de hoy porque los peligros contra los cuales advirtió el Papa Pío IX en Qui Pluribus han llegado a su plena realización.
El conocimiento sensato de la credibilidad de las afirmaciones de la Iglesia podría ser suficiente para la mayoría de las personas en la mayoría de los tiempos, pero en nuestra época, muchos que solo poseen este tipo de conocimiento perderán la fe o verán cómo la pierden aquellos por quienes son responsables. Hombres y mujeres que en otras épocas se habrían sentido impulsados a realizar un acto de fe no lo harán porque, al carecer de una exposición científica de estas verdades, no podrán superar los argumentos contrarios que predominan en nuestra época.
Esta ciencia se ha presentado en numerosas obras importantes a lo largo de los siglos pasados, pero la mayoría de ellas están hoy agotadas, o presuponen conocimientos que muchos lectores modernos desconocen, o no abordan cuestiones que han surgido desde su publicación. Por lo tanto, existe una necesidad urgente de demostrar la credibilidad de la religión católica de forma accesible para los lectores modernos.
Por esta razón, después de haber tratado brevemente los argumentos clave para la existencia de Dios, ahora pasaré a tratar con mucho más detalle la teología fundamental, “la ciencia de los fundamentos de la fe” [23].
Y es a esa descripción de la disciplina a la que nos dedicaremos en la próxima entrega.
Notas:
1) Concilio Vaticano I, Sesión 3, 24 de abril de 1870, Decreto Dei Filius, Capítulo 3.
2) Papa Pío IX, Qui Pluribus, núm. 3.
3) Papa Pío IX, Qui Pluribus, núm. 3.
4) Papa Pío IX, Qui Pluribus, núm. 3.
5) Papa Pío IX, Qui Pluribus, núm. 3.
5) Papa Pío IX, Qui Pluribus, núm. 3.
6) Papa Pío IX, Qui Pluribus, núm. 4.
7) Papa Pío IX, Qui Pluribus, núm. 4.
8) Papa Pío IX, Qui Pluribus, núm. 7.
7) Papa Pío IX, Qui Pluribus, núm. 4.
8) Papa Pío IX, Qui Pluribus, núm. 7.
9) Papa Pío IX, Qui Pluribus, núm. 7.
12) Concilio Vaticano, Dei Filio.
13) Papa León XIII, Immortale Dei, n° 4.
14) Papa Pío XII, Humani Generis, n° 2.
15) AM Woodbury SM, Introduction to Philosophy (Introducción a la filosofía), pág. 6
13) Papa León XIII, Immortale Dei, n° 4.
14) Papa Pío XII, Humani Generis, n° 2.
15) AM Woodbury SM, Introduction to Philosophy (Introducción a la filosofía), pág. 6
16) AM Woodbury SM, Introduction to Philosophy (Introducción a la filosofía), pág. 6
17) Woodbury, Introduction to Philosophy (Introducción a la filosofía), pág. 6.
18) Woodbury, Introduction to Philosophy (Introducción a la filosofía), pág. 7
19) Woodbury, Introduction to Philosophy (Introducción a la filosofía), pág. 8
20) John Henry Newman, “Mysteries of Nature and Grace,” Discourses Addressed to Mixed Congregations (Misterios de la naturaleza y la gracia), Discursos dirigidos a congregaciones mixtas.
18) Woodbury, Introduction to Philosophy (Introducción a la filosofía), pág. 7
19) Woodbury, Introduction to Philosophy (Introducción a la filosofía), pág. 8
20) John Henry Newman, “Mysteries of Nature and Grace,” Discourses Addressed to Mixed Congregations (Misterios de la naturaleza y la gracia), Discursos dirigidos a congregaciones mixtas.
21) John Henry Newman, “Mysteries of Nature and Grace,” Discourses Addressed to Mixed Congregations (Misterios de la naturaleza y la gracia), Discursos dirigidos a congregaciones mixtas.
22) A. M Woodbury SM, Apologetics (Apologética), A5, A, 3d.
23) Michaele Nicolau SJ, Sacrae Theologiae Summa IA, (traducido por Kenneth Baker, SJ), p32.

No hay comentarios:
Publicar un comentario