sábado, 21 de febrero de 2026

CARDENAL PIE, OBISPO DE POITIERS Y UN GRAN OBISPO

¿Es la doctrina del Obispo de Poitiers la misma del Magisterio apostólico actual?

Por el padre José María Iraburu


Los católicos liberales estiman que Cristo no debe reinar sobre el mundo secular, sino solamente sobre las conciencias individuales, las familias o pequeñas comunidades. Así lo hemos visto en posts anteriores. Ellos reconocen que a Cristo le ha sido dado “todo poder en el cielo y en la tierra” (Mt 28,18); pero creen que el bien común de los pueblos se logra mejor si esa autoridad de nuestro Señor Jesucristo no se ejerce sobre las sociedades. Esta posición, aunque no lo quieran quienes la mantienen, lleva consigo inevitablemente la convicción de que el mundo secular debe ser dejado bajo el influjo del Maligno… Pero tal convicción es incompatible con el Evangelio, y solo puede ser mantenida por cristianos infieles. O tontos.

La infidelidad, por muy general que se haga, sigue siendo infidelidad. Se preguntaba el Obispo de Poitiers –a mediados del XIX, cuando el 90 % de los cristianos iba a Misa, cuando había vocaciones, etc.–, si el Evangelio que vivía la mayoría de los católicos de su tiempo, tan mundanizados en no pocos pensamientos y costumbres, era “el mismo” que predicaron y vivieron sus antecesores, San Hilario, San Martín de Tours… Porque se trata de

“un cristianismo que capitula cotidianamente ante Satán, que pacta con las pompas del mundo, que amalgama las tinieblas con la luz, a Belial con Jesucristo; un cristianismo que cambia según todo viento de doctrina, que revisa y corrige a cada instante las verdades de la fe, las enseñanzas de la Iglesia, según los prejuicios y las opiniones móviles del tiempo; un cristianismo que duda de sí mismo, y que no tiene ni el coraje ni la dignidad de sus convicciones; un cristianismo demasiado a menudo sin espíritu de penitencia, sin práctica de la mortificación, y que se imagina poder subsistir llevando una vida cómoda y sensual; un cristianismo que relega al segundo o, mejor, al último lugar en nuestros afectos, el sentimiento que debería ser el primero y el más fuerte de todos: maximum et primum (Mt 22,38)”, el amor al Señor, nuestro Dios (III,294-295).

Y esta apostasía implícita y tan frecuente en el pueblo cristiano -seguía diciendo- afecta también en ocasiones a sacerdotes y teólogos, y a los obispos que los toleran o los apoyan:

“A la misma teología sagrada se le pide suavizarse, modificar los principios antes invariables. Hay teólogos que se agotan estudiando hasta qué punto podrán flexibilizar lo que durante mucho tiempo fue reputado inflexibleTodas las verdades son disminuidas, todas las virtudes son debilitadas. Y si los cristianos de los viejos siglos retornasen a la tierra, no reconocerían sino fantasmas de cristianos” (III,631).

Los católicos liberales, moderados, combaten a los católicos fieles a la Escritura, a la Tradición, al Magisterio apostólico. Son para ellos unos fanáticos, gente que propugna metas imposibles, cristianos que enfrentan a la Iglesia con el mundo moderno, distanciándola de él irremediablemente. Con frecuencia Mons. Pie denunció a estos católicos, que en la afirmación de ciertas verdades de la fe ignoradas o negadas no ven sino un escándalo que se agrega al escándalo de quienes las rechazan. Ellos, cuando los apóstoles de la verdad se esfuerzan por hacer su voz más fuerte que la de los apóstoles de la mentira, unen su indignación a la del enemigo.

Ya el Apocalipsis afirma que un lago ardiente de fuego y azufre aguarda a “los cobardes e infieles” (21,8). Los católicos liberales y moderados son “pacifistas” falsos, que se escandalizan de las luchas del pueblo de Dios con el mundo. Ellos rehúyen el combate que es necesario para la paz, y hacen virtud de su cobardía. Porque la paz verdadera de Cristo es una paz que desciende como don de Dios a través del combate de los cristianos con el mundo diabólico. “No penséis que yo he venido a traer paz sobre la tierra; no he venido a traer paz, sino espada” (Mt 10,34). Basta, pues, de engaños y mentiras dentro de la misma Iglesia:

“Es tiempo de romper esta alianza de la luz y de las tinieblas, de condenar esta frecuentación casi simultánea de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios, esta amalgama impura de los sacramentos cristianos con los misterios totalmente paganos” (IV,135).

Luchemos con buen ánimo por el Evangelio, seguros de la victoria final de Cristo. “Hasta el fin de los tiempos será deber de los verdaderos cristianos, de los hombres de fe y de coraje, trabajar sin descanso por el triunfo del reino de Dios sobre la tierra. Nuestro apostolado nunca deberá ser alcanzado por el descorazonamiento. Y cuando el universo al desplomarse nos trague en sus ruinas, aun entonces habremos de caer teniendo todavía la palabra de salvación en nuestros labios, y afirmando ante los príncipes y los pueblos las leyes que dan vida a las naciones” (IV,6). No importa que seamos pocos, y que sean mucho más numerosos nuestros enemigos: “basta un pequeño número de confesores para salvar la integridad de la doctrina. Y la integridad de la doctrina es la única posibilidad de restablecer el orden en el mundo” (V,203). “La esperanza jamás quedará confundida” (Rm 5,5). Por lo tanto, “arrojemos todo el peso del pecado que nos asedia, y por la paciencia corramos al combate que se nos ofrece, puestos los ojos en el autor y consumador de la fe, Jesús” (Heb 12,1-2).

“¿No sabéis que los santos han de juzgar al mundo?” (1Cor 6,2). El cristiano que acepta el puesto de los acusados se engaña de lugar: lo que le compete no es el banquillo de los acusados, sino el tribunal del juez. Es el cristiano quien tiene el metro en sus manos. No se deje mensurar en la medida del hombre y de los criterios del hombre aquel que posee el metro divino y los criterios de Dios. No se deje reformar según las doctrinas cambiantes de este siglo aquel que debe reformar este siglo según la regla invariable que le ha sido dada, la palabra de Dios y la enseñanza de la Iglesia” (III,123-124). “Hijos míos, vosotros sois de Dios y habéis vencido a esos falsos profetas, porque Aquel que está en vosotros es más grande que el que está en el mundo” (1Jn 4,4).

“A nosotros nos toca responder con el grito de guerra del arcángel victorioso: Quis ut Deus? A nosotros nos corresponde combatir el buen combate en esta gran lucha en que tenemos a nuestro favor cuatro mil años de promesa y dos mil de victoria” (IX,513). Nos toca a nosotros combatir con esperanza por la paz, sirviendo al Príncipe de la paz, Jesucristo: “yo formo la luz y yo doy la paz”(Is 45,7). Es Cristo el único que puede darnos la paz que el mundo no puede dar (Jn 14,27). “Por la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Rm 5,1). “Dando gloria a Dios en el cielo, traemos la paz a los hombres de buena voluntad” (Lc 2,14).

¿Es la doctrina del Obispo de Poitiers la misma del Magisterio apostólico actual? Por supuesto que sí, es la misma porque es verdadera, y la verdad de Cristo permanece para siempre. Concretamente, la condena del naturalismo liberal hecha con tanto fuerza por Mons. Pie sigue siendo mantenida por la Iglesia, aunque lo haga con menos frecuencia y con otro tono: “es preciso que reine Cristo”. La Iglesia debe seguir condenando todo naturalismo, liberal y secularista, que propugne: “no queremos que Cristo reine sobre nosotros”. 

Es cierto que con el tiempo ha cambiado el tono en esa enseñanza. En el siglo XIX lo mismo Pie que las encíclicas pontificias combatían muy clamorosamente un naturalismo anti-cristiano que pugnaba entonces por apoderarse del mundo social, cultural y político. Actualmente la situación es diferente, sobre todo desde mediados del siglo XX: esa secularización del mundo es ya un hecho consumado. A mediados del siglo XX y comienzos del XXI, la expulsión total de Dios es ya en la vida pública de la sociedad la forma misma del mundo moderno.

Por eso, después de Pío XII apenas hay en el Magisterio grandes documentos sobre doctrina política, aunque sí los hay sobre doctrina social; pero no es lo mismo. Si la Biblioteca de Autores Cristianos, de Madrid, que publicó en 1958 un volumen de 1.073 páginas, titulado Doctrina pontificia – Documentos políticos, reuniendo en él varias docenas de encíclicas y de grandes textos, hubiera de reeditarse hoy, apenas podría añadir, para actualizarse, unos poquitos documentos, casi nada. Pero la Iglesia no enseña cuando calla, sino cuando habla.

Es verdad que tampoco hallamos documentos “políticos” cristianos en los tres primeros siglos de la Iglesia de las catacumbas, como no sea el libro del Apocalipsis. Pero entonces todos los cristianos sabían que el poder romano era una encarnación histórica de la Bestia apocalíptica anti-cristo; mientras que los actuales, en su mayoría, incluso entre los obispos, parecen ignorar que el poder del imperio liberal es en Occidente otra encarnación diabólica de la Bestia apocalíptica, y muchos la reconocen como el medio, se entiende, relativamente mejor para procurar el bien común de los pueblos. Y este error es hoy en la Iglesia uno de los más graves y difundidos.

La doctrina del Cardenal Pie es la doctrina de la Iglesia, también hoy. La Iglesia sigue hoy propugnando el reinado de Cristo en los hombres y en la naciones, y persiste en condenar toda exclusión sistemática de Dios en la vida social, cultural y política. Para comprobarlo recordaré algunos textos pontificios.

–Pío XII, en su primera encíclica, Summi Pontificatus, de 1939:

“Las angustias presentes y la calamitosa situación actual constituyen una apología tan definitiva de la doctrina cristiana, que es tal vez esta situación la que puede mover a los hombres más que cualquier otro argumento. Porque de este ingente cúmulo de errores y de este diluvio de movimientos anticristianos se han cosechado frutos tan envenenados, que constituyen una reprobación y una condenación de esos errores, cuya fuerza probativa supera a toda refutación racional” (17).

“Narra el sagrado Evangelio que, cuando Jesús fue crucificado, las tinieblas invadieron toda la superficie de la tierra (Mt 27,45); símbolo luctuoso de lo que ha sucedido, y sigue sucediendo, cuando la incredulidad religiosa, ciega y demasiado orgullosa de sí misma, excluye a Cristo de la vida moderna, y especialmente de la pública” (23).

Esto lo escribió Pío XII antes de los cientos de millones de homicidios causados por la II Guerra Mundial, por el Imperio comunista, por otras cien guerras del siglo XX, por las innumerables matanzas del aborto. Esto lo afirmó antes del divorcio exprés, del “matrimonio” homosexual, de la gran difusión de la droga, del aumento continuo de la criminalidad, de las enfermedades mentales, del suicidio, de la eutanasia, antes del suicidio demográfico de las naciones ricas, etc. Los horrores presentes confirman la verdad católica: las tinieblas cubren la faz de la tierra cuando la sociedad mata a Cristo en sí misma. Y es inevitable que así sea, en Occidente y en Oriente, con regímenes comunistas o liberales, en cualquier nación que, rechazando a Dios, quiera construirse sobre el hombre.

El problema hoy está en que no pocos de los eclesiásticos formados después del Vaticano II en los noviciados, seminarios y facultades sufren una gran laguna doctrinal, que les cautiva mentalmente más o menos en una hermenéutica de ruptura, pues generalmente ignoran, y aún a veces rechazan la enseñanza antiliberal enseñada por la Iglesia, sobre todo en lo que se refiere al campo de la política y de la relación Iglesia-mundo. El obispo y el párroco, el teólogo y el laico militante, que no alcance por gracia de Dios a evitar en la verdad católica esa gran laguna –en el caso de que la padezca–, no entenderá apenas nada del tiempo presente, y sin pretenderlo, al menos en ciertos campos, trabajará más para el mundo que para el Reino.

Recuerdo los principales documentos ignorados sobre los errores modernos y las derivaciones naturalistas, socialistas o comunistas del liberalismo: Mirari vos 1832, Syllabus 1864, Quanta cura 1864. 

Sobre la vida mundana secular concebida sin Dios o contra Dios: Quod Apostolici muneris 1878, socialismo: Diuturnum 1881.

Poder civil: Humanum genus 1884.

Masonería: Immortale Dei 1885. 

Constitución del Estado: Libertas 1888.

Libertad verdadera: Rerum novarum 1891.

Cuestión social: Testem benevolentiæ 1899. 

Americanismo: Annum sacrum 1899.

Potestad regia de Cristo: Pascendi 1907. 

Modernismo: Mit brennender Sorge 1937

Nazismo: Summi Pontificatus 1939. 

La Iglesia llama todavía con fuerza en esos años a superar los horrores del mundo moderno por el cristianismo (Oggi 1944), enseña las condiciones necesarias de una democracia digna y benéfica (Benignitas et humanitas 1944), y el necesario influjo salvífico de la Iglesia sobre los pueblos (Vous avez voulu 1955).

Mons. Luis Eduardo Pie, gran Obispo de Poitiers. Cultivador fiel de la vida laical, sacerdotal y religiosa. Veinte Sínodos diocesanos en treinta años de episcopado. Desde Poitiers, una diócesis no grande de Francia, enseña la verdadera doctrina católica, a veces en contra de la mayoría de sus hermanos obispos, y en favor de toda la Iglesia. Él combate –atención a esto– no solamente los efectos venenosos que el naturalismo liberal causa en su tiempo o amenaza causar en el futuro, sino que centra su ataque contra la misma Bestia del laicismo anticristiano. Es decir, combate los malos efectos y denuncia sus malas causas. Algo que hoy falta mucho.
 

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