Por Ann Burns
No hace mucho, abrí un correo electrónico con información sobre eventos católicos en la zona. Allí, en colores brillantes, había un anuncio de una conferencia para hombres. Algo bueno, ¿verdad? Pero al ver a los oradores principales, no pude evitar preguntarme por qué aparecía en mi pantalla la foto de una joven. Sintiendo que me había convertido en una anciana entrometida, amplié la imagen. ¡Sí! Mis ojos no me habían engañado. Quien se presentaría ante una sala llena de hombres sobre qué es la masculinidad sería, aparentemente, una joven.
Intenté imaginar la escena: hombres como mi padre, mi marido, mis hermanos, etc., reunidos alrededor de una jovencita que les daba “lecciones sobre masculinidad”. No sabía si reír o escandalizarme. Y antes de que alguien me acuse de misoginia internalizada, ¿podemos recordar alguno de los innumerables casos de hombres explicando “cosas de mujeres”?
Ya saben, ¡el llanto y el crujir de dientes cuando el odioso e impensable mansplaining (1) se hace presente en todo su esplendor! ¡Cuántos titulares y disculpas quedan para conmemorar esos momentos! ¿Acaso ignoramos la reacción negativa que puede recibir un hombre por afirmar que muchas mujeres, como su esposa, desean ser madres? Sin embargo, claro, que una mujer les diga a los hombres cómo ser un hombre está perfectamente bien.
Para aclarar: esto no significa que la oradora mencionada haya preparado una mala charla. De hecho, podría dar una excelente, pero ese no es el punto. Las mujeres somos incapaces de enseñar a los hombres cómo ser hombres. Ahí lo dije. No es nuestra función; y cuando intentamos que lo sea, solemos crear otro problema: los hombres se irritan, generalmente hacen lo contrario y empiezan a vernos como mujeres pesadas.
Las mujeres pueden inspirar la masculinidad, pero no pueden enseñarla.
El viaje masculino es fundamentalmente diferente del femenino. Lo vemos en todas las historias tradicionales, ya sea en Las Crónicas de Narnia, La familia Robinson, e incluso en el libro del Génesis. Hay una figura paterna, un joven que entra en la adultez y algún rito de iniciación; por ejemplo, Aslan le pide a Pedro que mate al lobo; Dios le dice a Adán que nombre a los animales. Un personaje paterno le lega a un niño el rol de líder mientras emprende una búsqueda o completa una tarea.
No ocurre lo mismo con las mujeres: Eva se acerca a Adán con total receptividad. Está dispuesta a recibir su nombre y su amor para poder ser su ayuda idónea. La receptividad es el sello de la feminidad. Los problemas surgen cuando se rompe ese equilibrio.
Se acabó la cría de ranas
La autora Alison Armstrong hace una observación divertida —pero cierta—: la mayoría de las mujeres son “criadoras de ranas”. Es decir, en lugar de convertir a las ranas en príncipes —es decir, sacar lo mejor de los hombres—, la mayoría de las mujeres convierten a los príncipes en ranas. Lo hacemos de muchas maneras, pero a menudo restándoles masculinidad a los hombres. Lo que nosotras consideramos una aportación importante, los hombres lo ven como una crítica y un regaño. (Y sí, yo también he criado ranas).
Me encantaría animar a las mujeres que lean esto a que presten mucha atención durante una semana a cómo hablan las mujeres de los hombres. ¡Los resultados pueden ser sorprendentes! Las miradas de incredulidad, los insultos velados y la actitud de que los hombres son incapaces de ser hombres salpican muchas conversaciones femeninas. Es preocupante, pero también sirve como un serio examen de conciencia: ¿Contribuyo de alguna manera a esta narrativa? ¿Creo, en cierto modo, que tengo que enseñar a los hombres a ser hombres?
Esto también arroja algo de luz sobre el auge de la “manosfera” (2). Agotados por el feminismo y los hombres dominados por sus mujeres, los jóvenes buscan líderes masculinos. Necesitan y anhelan una figura paterna. Y si recurren a su comunidad católica solo para descubrir que son las mujeres las que les dan “lecciones”...
Tengo la suerte de asistir a una parroquia de la FSSP, y todos nuestros sacerdotes son auténticas figuras paternas. Son ejemplos maravillosos de masculinidad, y su cariño y sabiduría son a imagen de Cristo. Son los héroes cotidianos que caminan entre nosotros, luchando contra dragones y salvando almas. Los hombres buenos existen. De hecho, me atrevo a decir que abundan. Los veo en mi hogar, en mi iglesia y en mi comunidad.
Sí, como católicos deberíamos promover la masculinidad. Pero no necesitamos que las mujeres hagan el trabajo de los hombres; hay muchos hombres buenos para hacerlo. Es un insulto actuar como si no los hubiera.
Es hora de aceptar las limitaciones
En The Axe: Master of Hestviken (El hacha: El señor de Hestviken), de Sigrid Undset, hay una escena en la que un chico y una chica están a punto de emprender un viaje. El joven, frustrado por la falta de entusiasmo de la chica mientras se prepara para la aventura, se fija en su figura. Como si fuera la primera vez, se da cuenta de la delicadeza con la que Dios la ha creado.
En ese momento, comprende que su falta de entusiasmo no es patética, sino parte de su diseño. Algo honorable se agita en su corazón al verla no como débil, sino como preciosa. En ese momento, jura protegerla y apreciarla. Es una escena de lo más tierna, y ejemplifica cómo el reconocimiento de nuestras limitaciones da paso a la armonía que debe existir entre hombres y mujeres.
Sin límites, nuestro mundo se sumerge en el caos. Los límites son los parámetros que utilizan los escritores para componer sonetos gloriosos, los arquitectos para construir catedrales magníficas y los pintores para alcanzar los cielos. Sin esos límites, todo vale; lienzos salpicados de barro y trajes grotescos se hacen pasar por arte y genialidad. Un mundo que antes tenía mucho que comunicar se encuentra ahora desprovisto de lenguaje y, sin embargo, sumido en el ruido.
Es absurdo negar que estas limitaciones no se extienden tanto a los hombres como a las mujeres; al fin y al cabo, somos seres finitos. Cuando las mujeres descubren sus propias limitaciones, encuentran la fortaleza de los hombres, y viceversa. Nuestras limitaciones no obstaculizan lo masculino y lo femenino; al contrario, establecen los límites necesarios para que ambos puedan prosperar.
Es al aceptar nuestras limitaciones como redescubrimos la armonía y el respeto, en lugar de la desconfianza y el desprecio, entre los sexos.
Es un buen momento para recordar a San José, un padre viril y santo. Si sientes que tu corazón está carcomido por la duda y la desconfianza, recurre a San José para que te ayude a sanarlo. Él cuidará de tu corazón, tal y como protegió a la Virgen María y al Niño Jesús.
Por favor, deja que San José te ame. En palabras del venerable Fulton Sheen: “San José ardía de amor”.
Nota:
1) Situación en la que un hombre explica a una mujer algo que ella en realidad ya entiende o conoce, de forma condescendiente y paternalista y presuponiendo de forma injustificada que la desconoce.
2) Es un movimiento reivindica la masculinidad tradicional y apunta al feminismo como su enemigo



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