martes, 26 de julio de 2022

MONS. AGUER: “TRADITIONIS CUSTODES FUE UNA VERDADERA CALAMIDAD”

La belleza del culto puede hacerse popular si es cultivada oficialmente, si vuelve a encontrar un lugar necesario en la liturgia. No hay nada menos popular que el populismo.

Por Monseñor Héctor Aguer


El progresismo, que hace una década ha sentado sus reales en Roma, critica una especie de populismo al revés. El manual del populismo indica que corresponde ganarse la confianza y la adhesión de los jóvenes. Pero sucede que estos desconfían de las desviaciones y aventuras progresistas, prefieren y aman la Tradición. Roma, entonces, los flagela endilgándoles con desprecio el neologismo “indietristas”; son los que miran “indietro”, y anhelan irse “detrás”, que sería mejor que el presente, y que el “progreso” de los progresistas. “Detrás” están las raíces, el Cenáculo y la Cruz, de los que surge la gran Tradición eclesial. Es interesante observar que los jóvenes en general se entusiasmaron con la posibilidad de participar de la Misa de siempre, como lo hizo posible, con gran sabiduría y celo pastoral, Benedicto XVI, quien estableció la forma extraordinaria del Rito Romano, en 2007, mediante su motu proprio Summorum pontificum. Sin duda, no fueron solo jóvenes quienes desde entonces adhirieron a la plurisecular celebración, en la que descubrieron el sentido del Misterio; pero, en particular, las nuevas generaciones quedaron deslumbradas por una exactitud, solemnidad y belleza que desconocían, y que no hallaban en la “celebración eucarística” inventada por el masón Annibale Bugnini, y su corte de especialistas.

El motu proprio Traditionis custodes fue una verdadera calamidad, que obliga a muchos sacerdotes y fieles a la desobediencia, considerada con comprensión (una especie de indulto) por los buenos obispos. Ese úkase papal, contrario a la sinodalidad tan pregonada, ha desautorizado la obra de los grandes pontífices Juan Pablo II, y Benedicto XVI. “Tornare indietro”, paradojalmente equivale a “andare avanti”, ya que consiste en adherir a la Tradición que es siempre la misma, siempre nueva, no una pieza de museo, sino como una planta viva, según lo percibió y dijo, en el siglo V, San Vicente de Lerins: in eodem scilicet dogmate, eodem sensu, eademque sententia. El papa no es dueño de la liturgia, para hacer de ella lo que se le ocurra, sino su servidor y custodio. Joseph Ratzinger explica muy bien esto en su Teología de la Liturgia.

Además de vituperar al “indietrismo”, Roma persiste en criticar a quienes utilizan “esquemas muy anticuados” ¡otra caricatura de la Tradición! Habría que “renovar nuestra forma de ver la realidad, evaluarla”. Se afirma, también, que “el único Concilio que algunos pastores recuerdan mejor es el de Trento”. Se dice que no es esto una “tontería”; es peor: una falacia, una burla.

Otro de los blancos del progresismo oficial es el “restauracionismo”, que atribuye a muchos en Estados Unidos; se ve que fastidia que en ese país florezca la gran Tradición eclesial. La acusación versa sobre un “restauracionismo que no habría aceptado el Vaticano II”. Es curioso comprobar que Roma confunda el Concilio con el “espíritu del Concilio”, que fue su arbitraria deformación. La manía progresista considera “signos de renovación” a los grupos “que dan un nuevo rostro a la Iglesia a través de la asistencia social o pastoral”. Un nuevo rostro en el cual Cristo ya no reconozca el de su Esposa.

Los “indietristas” y los “restauracionistas” son quienes comprenden e inspiran su acción en la constitución Sacrosanctum Concilium, texto en el cual la voluntad de los Padres del Vaticano II decretó: “Nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie nada por iniciativa propia en la liturgia” (n. 22). Esta indicación implica que la liturgia ha de caracterizarse por la exactitud del rito. En todo sistema religioso nos encontramos con lo que el jurista romano Pomponio Festo (que era pagano) definió como mos comprobatus in administrandis sacrificiis. Joseph Ratzinger ha interpretado este propósito como la “búsqueda de un modo justo de dar culto a Dios, una forma de oración y de culto comunitario agradable a Dios, que sea conforme a su naturaleza. Cómo glorificarlo de modo que ese culto constituya el camino justo para encontrarnos con Él. Mos significa costumbre, manera, uso, práctica, y también designa a la ley. En el lenguaje cristiano es el rito, la ‘ortodoxia’, legítima glorificación de Dios avalada y sostenida por el Pueblo de Dios, que es la Iglesia”

El Rito Romano se fue formando en los primeros siglos cristianos, y se transmitió inalterado. Muchos santos lo celebraron. En 2007, Benedicto XVI, lo rescató como “forma extraordinaria”, y una multitud de jóvenes lo descubrió como forma perfecta de adoración de Dios, al hacer presente de modo sacramental el Sacrificio de la Cruz. La exactitud –sin rigores subjetivistas– es un valor objetivo en el Rito Romano, protege la adoración del Misterio y permite la unión del celebrante y los fieles con la realidad sobrenatural que se hace presente bajo el velo de los signos sacramentales. En la Eucaristía se glorifica verdaderamente a Dios, y se participa en el Sacrificio de Jesucristo, Verbo Encarnado, y Redentor Resucitado. 

En la nueva misa de Pablo VI (de Bugnini, en realidad) ha desaparecido el altar, convertido en una mesa sin Cruz; se omiten las genuflexiones y reverencias, y el celebrante mira a los fieles y se refiere a ellos en un encuentro fraterno, en lugar de encabezarlos para con ellos mirar al Oriente, al Anatolé, que viene para que, por la acción del Espíritu Santo, la comunidad de la Iglesia glorifique al Padre: Con Cristo, por Él, y en Él, todo honor y gloria son dados al Padre.

Otros dos valores se atribuyen al Rito que los “indietristas” y restauracionistascultivan: la solemnidad y la belleza. Lo primero ha sido liquidado, en la práctica de la nueva misa, por la banalización; es un encuentro sonriente y amical en el que el sacerdote oficia de animador. Se cuida especialmente que el ambiente que se crea, eliminando la exactitud ritual, resulte “casero”, cotidiano, ordinario. De este modo se busca atraer multitudes, sin advertir que la solemnidad custodia la Fe, don invalorable de Dios, y que la Eucaristía es una fiesta de la Fe.

Por belleza se entiende no solo el escenario que ha de estar dispuesto con arte, sino el conjunto, la totalidad y su perfección. Un solo aspecto es oportuno destacar: la música. El canto llano (gregoriano) y la polifonía ejecutados “a capella” y el órgano, son reemplazados por la guitarra, no ejecutada como una cítara (notar el parentesco entre guitarra y cítara) sino mal tocada, castigada. El texto y la melodía elemental y percusiva conforman una cancioncilla insignificante, sin valor musical ni cultural alguno. El Rito Romano ha dado lugar a creaciones de un arte superior, que se difundieron e hicieron famosas en el ámbito secular. Los más grandes compositores de Occidente, del siglo XVII, ofrecieron a la Iglesia y al mundo un tesoro maravilloso. Es imposible en las dimensiones de un artículo recoger los nombres que integran una lista célebre de autores de Misas, oratorios, himnos y piezas de inspiración religiosa. A modo de ejemplo cito: desde la Misa en Si menor, de Bach, hasta las Veinte miradas sobre el Niño Jesús, de Olivier Messiaen. Esa riqueza musical al servicio de la Iglesia fue netamente popular. En las ciudades y hasta en aldeas, con modestia de medios, la belleza del culto fue siempre cultivada. 

Un sano “indietrismo” puede hoy día poner nuevamente en circulación ese tesoro, hoy fuera de la celebración litúrgica, presentando las composiciones en los templos, en un contexto de oración. Es oportuno reconocer que no solo se ora rezando o cantando, sino también oyendo, escuchando con los oídos y con el corazón. La fecundidad de la Iglesia, con su estímulo, ha promovido la creación musical y ha ejercido durante siglos un mecenazgo que debe ser reconocido (y lo es por los historiadores) y que puede actualizarse para gloria de Dios y educación de los pueblos. 

Insisto: la belleza del culto puede hacerse popular si es cultivada oficialmente, si vuelve a encontrar un lugar necesario en la liturgia. No hay nada menos popular que el populismo. Roma sigue siendo el centro de Occidente; no le sienta bien adoptar el pauperismo de una lejana republiqueta.

Los valores de exactitud, solemnidad y belleza, si son cultivados en la liturgia van dejando una impronta cultural que constituye una riqueza de la evangelización. Una lectura objetiva, sin prejuicios ideológicos de la constitución Sacrosanctum Concilium, deja ver la coherencia del Vaticano II con la gran Tradición eclesial. Cosa muy distinta es la reforma de los ritos, especialmente del rito de la misa; obra de Bugnini, y su gente. Sectores del movimiento litúrgico, coloreados de racionalismo, no han percibido el arraigo popular de las mejores realizaciones del secular ejercicio concretado en la Misa de siempre, que ha manifestado la unidad de la Iglesia. Incluyo a esta altura de la reflexión una larga cita de Joseph Ratzinger – Benedicto XVI, que expresa lo que intento decir: “Una Misa celebrada en una aldea de la Alta Baviera aparecía muy diferente de una Misa solemne en una catedral francesa, y ésta a su vez de una Misa en una parroquia de Italia meridional, o bien en una aldea montañosa de los Andes, y así lo demás. La ornamentación y la disposición del altar, como también de la Iglesia entera, el servicio litúrgico, el modo de cantar y de orar, todo eso confería a la liturgia una particular fisonomía, de tal modo que en ella uno se sentía completamente ‘en casa’. Y sin embargo se la podía experimentar en todas partes como la única y la misma, percibiendo así la gran comunidad de la Fe. La unidad del rito otorga la experiencia real de la Communio; donde eso es respetado y al mismo tiempo animado no hay contraposición entre multiplicidad y unidad”.

Los “indietristas” y “restauracionistas” solo desean sentirse “en casa” cuando van a Misa. Tornare indietro es, en realidad, andare avanti, ser impulsados por el río de la gran Tradición. Restaurar equivale a reconstruir, reedificar el modo siempre vigente. No hay pasado muerto, maloliente, como Lázaro después de cuatro días de sepulcro; es algo vivo, presente, perenne, que hemos de transmitir al futuro. Esa es la novedad y juventud del cristianismo. 

Roma repudia ahora, en intervenciones que causan gran confusión por su voluntaria ambigüedad, el uso de lo que llama “esquemas muy anticuados”, y propone “renovar nuestra forma de ver la realidad, de evaluarla”. Un propósito éste de progresismo elemental, que solo conseguirá el aumento de los “indietristas” y “restauracionistas”, ya que el sentido común cristiano invita a adherir a esas saludables posiciones.

+ Héctor Aguer
Arzobispo Emérito de La Plata


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