viernes, 2 de enero de 2026

SED PERFECTOS COMO VUESTRO PADRE CELESTIAL ES PERFECTO

Aprovechemos este inicio de año para hacernos algunos propósitos con ganas.

Por el Abad Michel Poinsinet de Sivry


Dios es inmutable. “Con Dios no hay cambio ni sombra de cambio” [1]. Dios no cambia, no progresa, no evoluciona porque es perfecto. Él es “El que Es”. Se posee a sí mismo perfectamente; es puro acto; es infinito en sus perfecciones. No tiene nada que adquirir; no puede perder nada. Dios es, por lo tanto, estable, y contemplaremos esta inmovilidad en el Cielo con asombro.

Para alcanzar esta visión beatífica del Cielo, Nuestro Señor es muy claro: “Sed, pues, perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” [2]. En otras palabras, para ser salvos, debemos asemejarnos a Dios en sus perfecciones. Si Dios es firme, entonces debemos esforzarnos por alcanzar esa firmeza en nuestra vida espiritual y temporal.

Primero, porque es el fundamento de toda virtud. De hecho, la virtud es el hábito de hacer el bien. Ahora bien, no puede haber hábito sin estabilidad, sin regularidad, pues esta consiste precisamente en realizar las mismas acciones, las mismas buenas obras, con regularidad y perseverancia. Así como un edificio será más sólido cuanto más profundos sean sus cimientos y más regular su diseño, así también la repetición de nuestras buenas acciones moldeará la belleza de nuestra alma.

La estabilidad exige constancia, hija de la virtud de la fortaleza. Consiste en perseverar en el bien a pesar de los obstáculos, sin desaliento ni debilidad. La constancia es la virtud de los valientes, la virtud de los héroes. Es esta virtud la que ha escrito las páginas más hermosas de la historia de la Iglesia. Es esta virtud la que crea mártires, confesores, vírgenes y a todos los demás santos. Es esta virtud la que construye la cristiandad y nos salva: “Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”, dice Nuestro Señor [3] .

Además, la estabilidad es necesaria para el crecimiento, la superación personal y la santidad. De hecho, las buenas obras generan más bien. Atraen al alma a un círculo virtuoso, un movimiento que la eleva a la perfección, como hélices cuyo movimiento continuo levanta un cuerpo pesado.

La estabilidad se traduce en un carácter sereno tanto en las alegrías como en las pruebas. Se expresa mediante una paz profunda y una auténtica serenidad, incluso en las circunstancias más difíciles. “¡Viva la alegría!”, exclamó san Teófanes Vénard, el famoso misionero de Tonkín. Enfrentó inmensas dificultades en su ministerio, pero siempre mantuvo la sonrisa y la alegría. En 1897, en su testamento espiritual, santa Teresita del Niño Jesús dirigió estas palabras a sus hermanas: “Como regalo de despedida, les he copiado algunos pasajes de las últimas cartas que (Teófanes) escribió a sus padres; estos son mis pensamientos, mi alma es como la suya”. Saber que santa Teresita es, en palabras del Papa San Pío X, “la mayor santa de los tiempos modernos”, nos dice cuán fundamental es esta virtud hoy en día.

¿Cómo podemos entonces alcanzar esta estabilidad? La solución no es fácil porque, lamentablemente, el mundo fomenta la inestabilidad. Es a través de ella que nos debilita, nos desanima, nos mantiene atrapados en nuestras pasiones y, en última instancia, nos manipula. Las redes sociales, la facilidad con la que podemos pasar de un sitio a otro, de un video a otro, de una imagen a otra en géneros completamente diferentes, cultivan esta inestabilidad y son caldo de cultivo para el mal, es decir, para el vicio y el pecado.

¿Qué debemos hacer? Primero, debemos aprender a desconfiar de nosotros mismos y depositar toda nuestra confianza en Dios: “El que permanece en mí, y yo en él, ése da mucho fruto” [4]. Entonces experimentaremos una gran paz interior. No nos dejaremos conmover excesivamente por el mundo exterior porque habremos hecho de Dios nuestra fuerza. Después, debemos fijarnos metas prácticas, concretas y razonables que requieran un esfuerzo constante.

Aprovechemos este inicio de año para hacernos algunos propósitos con ganas:

♦ Crea un horario muy claro, aunque sea a grandes rasgos: hora de rezar, hora de acostarse, hora de despertarse, hora de trabajar, etc.

♦ Establece una rutina constante para tu uso digital. ¡Cuidado con la manipulación constante de contenido de video cada vez más absurdo!… Si no inmoral…

♦ Comprométete a hacer algo además de tus obligaciones diarias: una actividad, un proyecto al aire libre, leer, etc. ¡Y cúmplelo!

¡Que San José te bendiga!


Notas:

1) Santiago I, 47

2) Mateo 5:48

3) San Lucas, XXI, 19

4) San Juan, XV, 5 
 

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