jueves, 28 de marzo de 2024

EL DRAMA DE LOS ÚLTIMOS TIEMPOS: LOS SIGNOS PRECURSORES (II)

Que nadie os engañe de ninguna manera; porque antes ha de venir la apostasía, y se ha de manifestar el hombre del pecado, el hijo de la perdición… 

Por el padre Emmanuel André (escrito entre los años 1885- 1886)

II. LOS SIGNOS PRECURSORES

I

El tema del fin del mundo ha sido agitado desde el comienzo de la Iglesia. San Pablo había dado sobre este punto preciosas enseñanzas a los cristianos de Tesalónica; y como a pesar de sus instrucciones orales, los espíritus seguían inquietos por causa de predicciones y rumores sin fundamento, les dirige una carta muy grave para calmar esas inquietudes.

“Os rogamos, hermanos, por lo que atañe al advenimiento de Nuestro Señor Jesucristo y a nuestra reunión con El, que no os dejéis tan pronto impresionar, abandonando vuestro sentir, ni os alarméis, ni por visiones, ni por ciertos discursos, ni por cartas que se suponen enviadas por nosotros, como que sea inminente el día del Señor. Que nadie os engañe de ninguna manera; porque antes ha de venir la apostasía, y se ha de manifestar el hombre del pecado, el hijo de la perdición… ¿No recordáis que, estando todavía con vosotros, os decía yo esto? Y ahora ya lo que le detiene, con el objeto de que no se manifieste sino a su tiempo. Porque el misterio de iniquidad está ya en acción; sólo falta que el que lo detiene ahora desaparezca de en medio” (II Tes. 2 1-7).

Así, el fin del mundo no llegará sin que antes se revele un hombre espantosamente malvado e impío, que San Pablo califica llamándolo el hombre del pecado, el hijo de la perdición. Y éste, a su vez, no se manifestará sino después de una apostasía general, y después de la desaparición de un obstáculo providencial sobre el que el Apóstol había instruido de viva voz a sus fieles.


II

¿De qué apostasía quiere hablar San Pablo? No se trata de una defección parcial; porque dice, de manera absoluta, la apostasía. No se lo puede entender, por desgracia, sino de la apostasía en masa de las sociedades cristianas, que social y civilmente renegarán de su bautismo; de la defección de estas naciones que Jesucristo, según la enérgica expresión de San Pablo, había hecho concorporales a su Iglesia (Ef. 3 6). Sólo esta apostasía hará posible la manifestación, y la dominación, del enemigo personal de Jesucristo, en una palabra, del Anticristo.

Nuestro Señor dijo: “Cuando viniere el Hijo del hombre, ¿os parece que hallará fe sobre la tierra?” (Lc. 18 8). El divino Maestro veía declinar la fe en el mundo llegado a su vejez. No es que los vientos del siglo puedan hacer vacilar esta llama inextinguible, sino que las sociedades, ebrias por el bienestar material, la rechazarán como importuna.

Volviendo las espaldas a la fe, el mundo va camino de las tinieblas, y se convierte en juguete de las ilusiones de la mentira. Considera como luces a meteoritos engañosos. Sería capaz de considerar como las primeras luces del día los brillos rojos del incendio.

Al renegar de Jesucristo, es preciso que caiga mal que le pese en las garras de Satán, a quien tan justamente se llama príncipe de las tinieblas. No puede permanecer neutro; no puede crearse una independencia. Su apostasía lo pone directamente bajo el poder del diablo y de sus satélites.

El docto Estio, al estudiar el texto del Apóstol, dice que esta apostasía comenzó con Lutero y con Calvino. Es el punto de partida. Desde entonces ha recorrido un camino espantoso.

Hoy esta apostasía tiende a consumarse. Toma el nombre de Revolución, que es la insurrección del hombre contra Dios y su Cristo. Tiene por fórmula el laicismo, que es la eliminación de Dios y de su Cristo.

Así vemos a las sociedades secretas, investidas del poder público, encarnizarse en descristianizar Francia, quitándole uno por uno todos los elementos sobrenaturales de que la habían impregnado quince siglos de fe. Estos sectarios sólo persiguen un fin: sellar la apostasía definitiva, y preparar el camino al hombre del pecado.

Los cristianos deben reaccionar, con todas las energías de que disponen, contra esta obra abominable; y para eso han de hacer entrar a Jesucristo en la vida privada y pública, en las costumbres y en las leyes, en la educación y en la instrucción. Por desgracia, hace ya tiempo que en todo eso Jesucristo no es lo que debería ser, a saber todo. Hace ya tiempo que reina una semiapostasía. ¿Cómo, por ejemplo, después de que la instrucción ha sido paganizada, habríamos podido formar otra cosa que semicristianos?

Al trabajar en el sentido directamente opuesto a la Francmasonería, los cristianos retrasarán el advenimiento del hombre del pecado; facilitarán a la Iglesia la paz y la independencia de que tiene necesidad, para captar y convertir al mundo que se abre ante Ella.

Ahí se concentra toda la lucha de la hora presente: ¿dejaremos, sí o no, nosotros los bautizados, que se consume la apostasía que en un breve lapso de tiempo ha de permitir la manifestación del Anticristo?


III

El Apóstol habla, en términos enigmáticos para nosotros, de un obstáculo que se opone a la aparición del hombre de pecado: “Sólo falta que el que lo detiene ahora, dice, desaparezca de en medio”.

Por este obstáculo que detiene, los más antiguos Padres griegos y latinos entendieron casi unánimemente el imperio romano. Por consiguiente, explican a San Pablo del siguiente modo: Mientras subsista el imperio romano, el Anticristo no aparecerá.

Los intérpretes más recientes no se conforman con esta glosa; no admiten que la suerte de la Iglesia parezca ligada a la de un imperio; pero en vano buscan otra explicación que sea realmente satisfactoria.

Confieso ingenuamente que el pensamiento de los antiguos intérpretes no me parece tan despreciable, mientras se la entienda con cierta amplitud.

Observemos que San Pablo, al anunciar a los fieles una apostasía, cuando la conversión del mundo apenas estaba esbozada, debió darles una panorámica de todo el futuro de la Iglesia. Les había hecho saber que las naciones se convertirían, que se formarían sociedades cristianas, y luego que estas sociedades perderían la fe. Les mostró sin duda que el imperio romano sería transformado, que un poder cristiano remplazaría al poder pagano, y que la autoridad de los Césares pasaría a manos bautizadas que se servirían de él para extender el reino de Jesucristo. Y por eso pudo añadir: Mientras dure este estado de cosas, estad tranquilos, el Anticristo no aparecerá.

Por lo tanto, el sentido del Apóstol, entendido ampliamente, sería el siguiente: Mientras la dominación del mundo permanezca entre las manos bautizadas de la raza latina, el enemigo de Jesucristo no se manifestará.

Observemos, como corolario de esta interpretación, que los francmasones se oponen ante todo y sobre todo a la restauración del poder cristiano. Que un príncipe se anuncie como cristiano, se ponen en obra todos los medios para deshacerse de él. Es lo que no debe suceder a ningún precio. Así, pues, el poder cristiano es lo que impediría a la secta alcanzar su objetivo.

Por otra parte, las razas latinas están destinadas o a ejercer en el mundo una influencia católica, o a abdicar. Su misión es la de servir a la difusión del Evangelio; y su existencia política está ligada a esta misión. El día en que renunciasen a ella por la apostasía completa, serían aniquiladas; y el Anticristo, saliendo probablemente de Oriente, las aplastaría fácilmente con los pies.

También aquí les toca a los cristianos obrar sobre el espíritu público, obligar a los gobiernos a volver a adoptar las tradiciones cristianas, fuera de las cuales no hay más que decadencia para las naciones europeas y especialmente para nuestra pobre patria.

Continúa...
 

Tomado del libro “El Drama del Fin de los Tiempos”


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