jueves, 7 de marzo de 2024

LOS NIÑOS QUE MUEREN SIN EL BAUTISMO (SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO)

Se especula mucho sobre los bebés que mueren sin ser bautizados: ¿qué les ocurre? Esta pregunta es tanto más conmovedora si consideramos los millones de abortos que se producen cada año en todo el mundo. 


El gran Doctor de la Iglesia San Alfonso María de Ligorio explica esta desconcertante cuestión en su libro “Los grandes medios de salvación y de perfección”. 

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Aquí sólo nos queda responder a la objeción que se hace de que los niños se pierden cuando mueren antes del bautismo y antes de llegar al uso de razón. Si Dios quiere que todos se salven, se objeta, ¿cómo es que estos niños perecen sin culpa propia, puesto que Dios no les presta ninguna ayuda para alcanzar la salvación eterna? Hay dos respuestas a esta objeción, la segunda más correcta que la primera. Las expondré brevemente.

En primer lugar, se responde que Dios, por voluntad antecedente, quiere que todos se salven, y por eso ha concedido medios universales para la salvación de todos; pero estos medios a veces fracasan en su efecto, ya sea por la falta de voluntad de algunas personas para servirse de ellos, o porque otros no pueden hacer uso de ellos, a causa de causas secundarias (como la muerte de los niños), cuyo curso Dios no está obligado a cambiar, después de haber dispuesto el todo de acuerdo con el justo juicio de su Providencia general; todo esto se deduce de lo que dice Santo Tomás. Jesucristo ofreció sus méritos por todos los hombres, e instituyó el bautismo para todos; pero la aplicación de este medio de salvación, en cuanto se refiere a los niños que mueren antes del uso de razón, no está impedida por la voluntad directa de Dios, sino por una voluntad meramente permisiva; porque siendo Él el proveedor general de todas las cosas, no está obligado a perturbar el orden general, para proveer al orden particular.

La segunda respuesta es que perecer no es lo mismo que no ser bienaventurado, puesto que la felicidad eterna es un don enteramente gratuito y, por lo tanto, su carencia no es un castigo. Es, pues, muy justa la opinión de Santo Tomás de que los niños que mueren en la infancia no tienen ni el dolor del sentido ni el dolor de la pérdida; no el dolor del sentido, dice, “porque el dolor del sentido corresponde a la conversión en criaturas; y en el pecado original no hay conversión en criaturas” (pues la culpa no es nuestra), “y por lo tanto, el dolor del sentido no se debe al pecado original”; porque el pecado original no implica un acto (1). Los objetores oponen a esto la enseñanza de San Agustín, quien en algunos lugares muestra que su opinión era que los niños están condenados incluso al dolor del sentido. Pero en otro lugar declara que estaba muy confundido sobre este punto. Estas son sus palabras: “Cuando llego al castigo de los infantes, me encuentro (créanme) en grandes apuros; no puedo encontrar nada que decir” (2). Y en otro lugar escribe que puede decirse que tales niños no reciben ni recompensa ni castigo: “Tampoco debemos temer que sea imposible que haya una sentencia intermedia entre la recompensa y el castigo, ya que su vida estuvo a medio camino entre el pecado y las buenas obras” (3). Esto fue afirmado directamente por San Gregorio Nacianceno: “Los niños no serán sentenciados por el justo Juez ni a la gloria del cielo ni al castigo” (4). San Gregorio de Nisa era de la misma opinión: “La muerte prematura de los niños muestra que los que así han dejado de vivir no tendrán dolor ni infelicidad” (5). 

Y por lo que se refiere al dolor de la pérdida, aunque estos niños están excluidos de la gloria, sin embargo Santo Tomás (6), que había reflexionado más profundamente sobre este punto, enseña que nadie siente dolor por la falta de aquel bien del que no es capaz; de modo que como ningún hombre se aflige por no poder volar, o ningún particular por no ser emperador, así estos niños no sienten dolor por verse privados de la gloria de la que nunca fueron capaces; puesto que nunca pudieron pretenderla ni por los principios de la naturaleza, ni por sus propios méritos. Santo Tomás añade, en otro lugar (7), otra razón, y es que el conocimiento sobrenatural de la gloria sólo viene por medio de la fe real, que trasciende todo conocimiento natural; de modo que los niños nunca pueden sentir dolor por la privación de esa gloria, de la que nunca tuvieron un conocimiento sobrenatural. Dice además, en el pasaje anterior, que tales niños no sólo no se afligirán por la pérdida de la felicidad eterna, sino que, además, se complacerán en sus dones naturales; e incluso gozarán en cierto modo de Dios, en cuanto está implicado en el conocimiento natural y en el amor natural: “Y añade inmediatamente que, aunque estarán separados de Dios en lo que se refiere a la unión de la gloria, sin embargo estarán unidos a Él por la participación de los dones naturales; y así podrán incluso alegrarse en Él con un conocimiento y un amor naturales”.


Notas:

1) De Mal. q.5, a. 2.
2) Epist. 166, E. B.
3) De Lib. Arb. 1. 3, c. 23
4) Serm. in S. Lav.
5) De Infant, etc.
6) In 2 Sent. d. 33, q. 2, a. 2
7) De Mal. q. 5, a. 3
8) In 2 Sent. d. 33, q. 2, a. 2


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