Por William Kilpatrick
A veces me pregunto cómo tanta gente puede negar el peligro que representa el Islam para el resto del mundo.
La evidencia textual, histórica y estadística de que el islam es una religión agresiva es abrumadora, pero muy pocos están dispuestos a analizarla. Por un lado, hay muchísima evidencia contundente, y por otro, muchísimas ilusiones: sacerdotes, primeros ministros y celebridades de Hollywood nos aseguran que el islam es más pacífico que el cristianismo, más feminista que Gloria Steinem y más solidario que la Cruz Roja.
Es la definición clásica de delirio: “una creencia falsa o un juicio erróneo sostenido con convicción a pesar de la evidencia irrefutable de lo contrario”. Pero, como he llegado a comprender, este pensamiento delirante no es específico de la crisis que plantea el islam. Más bien, forma parte de un patrón más amplio. En muchos sentidos, el pensamiento delirante se ha convertido en una característica principal de la mente moderna.
Tomemos el tema transgénero. De repente, un porcentaje significativo de nuestras élites sociales e intelectuales ha sucumbido a la ilusión de que una niña puede ser un niño, y un niño puede ser una niña, o lo que él, ella o elle desee ser. Esto no es simplemente una rebelión contra las convenciones sociales, es una rebelión contra la realidad. Es un rechazo a la biología básica.
Bruce Jenner
Aún más siniestro, existen autoridades que buscan castigar a quienes no honran este delirio. Por ejemplo, el Senado de California aprobó hace unos años un proyecto de ley para multar e incluso encarcelar a los trabajadores de residencias de ancianos que no se dirijan a los pacientes con su pronombre preferido. Mientras tanto, la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de Nueva York emitió una “guía” para los dueños de negocios que les exige usar el pronombre preferido de una persona o enfrentar una multa de $125.000 por “uso incorrecto del género”.
Otro ejemplo es la sofisticada y moderna Manhattan: te pueden multar por “confundir el género”. Imagínate. Si Max, el portero, quiere que lo llamen “Maxima”, es mejor que lo aceptes o te arriesgas a la bancarrota. Y si el jueves decide que es Maximiliano I, Emperador de México, sería prudente que lo llamaras “Su Majestad Imperial”, solo para quedar bien con la Comisión de Derechos Humanos. En resumen, estás a merced de Max y sus múltiples identidades.
Existen varios paralelismos con lo que se ha convertido en la respuesta estándar al islam. Al igual que con el transgenerismo, observamos una negación oficial de la realidad: el terrorismo islámico “no tiene nada que ver con el islam”, los terroristas (que son solo unos pocos) “malinterpretan su fe”, “los valores islámicos son idénticos a los cristianos”, etc.
Del mismo modo, así como no se se permite llamar “él” a Bruce Jenner, no debes decir “terror islámico radical” o “invasión migratoria” o cualquier otra palabra que pueda ser “ofensiva” para los musulmanes. Si cometes un “desliz” y usas un lenguaje “islamofóbico”, puedes esperar las mismas consecuencias que seguirían si llamaras a Maxima, “Max” en el día equivocado de la semana, es decir, puedes sufrir ostracismo, pérdida de trabajo y una multa cuantiosa. Años antes de que la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de Nueva York comenzara a vigilar las palabras “transgresoras”, el columnista Mark Steyn fue llevado ante tres comisiones canadienses de derechos humanos por “difamación de la religión”. ¿Su delito? En un artículo para Macleans, señaló el hecho fácilmente verificable de que las tasas de natalidad musulmana en Europa estaban superando a las de los europeos nativos.
Pero Steyn no está solo. Decenas de europeos prominentes se han enfrentado a juicios similares, no por haber dicho nada falso sobre el islam, sino por hacer declaraciones veraces que los musulmanes consideraron “ofensivas”. Ese tipo de trato transmite un mensaje, y la mayoría de la gente no tiene problemas para comprenderlo. Ya sea que se trate del islam o de ideología de género, no es prudente decir lo que se piensa. Por ejemplo, aunque la mayoría de los adultos saben que los niños no pueden ser niñas, y viceversa, la mayoría se sienten demasiado intimidados para decir lo contrario, excepto ante amigos y familiares de confianza.
Como observa Matthew Hanley en un incisivo artículo sobre el tema (en inglés aquí), este tipo de discurso forzado es “degradante”; además, “obligar a otros a aceptar algo que saben que es mentira es un sello distintivo del totalitarismo”. Es cierto que algunas personas no saben que es mentira porque han sido condicionadas en la escuela y la universidad para creer que los niños pueden ser niñas, que el “matrimonio” entre personas del mismo sexo es equivalente al matrimonio heterosexual y que el islam es responsable de la mayoría de los grandes avances culturales y científicos de la historia. El hecho de que tantas personas crean en estas mentiras es testimonio de la sutil toma de control totalitaria de nuestro sistema educativo.
El avance totalitario lleva ya bastante tiempo en marcha. Recuerdo a un colega de la universidad que, a principios de los noventa, me comentó con entusiasmo que la gran novedad en teoría educativa era el “constructivismo”. En realidad, el constructivismo ya había sido tendencia en los círculos educativos durante al menos un par de décadas antes de su revelación personal. Es la idea de que no existen verdades objetivas y, por lo tanto, cada individuo tiene que construir su propia realidad. Según esta escuela de pensamiento, Huckleberry Finn no tiene un significado objetivo, solo el significado que tú lees. Si decides que Huckleberry Finn es una historia sobre un adolescente transgénero que busca “su verdadero género” (tus profesores te animarán a que lo hagas), entonces ese es el significado de Huckleberry Finn. Lo que su autor, Mark Twain, tuviera en mente es irrelevante.
Estas teorías educativas “a tu gusto” surgieron junto con el movimiento de la autoestima que comenzó a extenderse por escuelas, universidades y seminarios en las décadas de 1960 y 1970. El auge de la autoestima surgió del trabajo de Carl Rogers, pionero de la terapia no directiva ni prejuiciosa. Rogers enseñó que debemos confiar en nuestro yo interior, que la moral es subjetiva y que lo que es correcto para ti no necesariamente lo es para mí. En sus últimos años, a medida que desarrollaba un interés por el pensamiento oriental, Rogers comenzó a dudar de la existencia de la realidad objetiva. Llegó a creer que la realidad era algo que cada persona creaba para sí misma.
Tras Rogers, la educación cambió por completo su rumbo: de explorar el mundo a explorar el yo; de lidiar con realidades objetivas como las matemáticas, la historia y la geografía a descubrir cada rincón del yo subjetivo. La educación no directiva fue el preludio de lo que tenemos hoy: en el caso de la ideología de género, el triunfo de los sentimientos sobre los hechos biológicos, y, en el caso del islam, el triunfo de las narrativas positivas sobre las realidades históricas.
Otra realidad objetiva que fue cuestionada durante la era de la autoestima fue la existencia de Dios, o, más precisamente, la existencia del Dios que se revela en el Antiguo y el Nuevo Testamento: el Dios que exige al individuo. En su lugar, muchos lo sustituyeron por formas vagas de espiritualidad, propias de la Nueva Era. O bien eso, o bien comenzaron a concebir a Dios como un sirviente de sus necesidades emocionales: un terapeuta celestial que todo lo comprende y que solo quiere que todos se sientan bien consigo mismos.
Aquí se aplica la famosa máxima atribuida a Chesterton: “El primer efecto de no creer en Dios es creer en cualquier cosa”. Una vez que se pierde de vista la realidad objetiva central del universo, es fácil perder de vista todas las demás realidades, y se termina creyendo en cualquier cosa, por muy contradictorio que sea ese “cualquier cosa”. Se podría creer que las parejas del mismo sexo están realmente casadas, se podría creer que los hombres pueden convertirse en mujeres. Incluso se podría creer -que Dios te ayude- que el islam es una religión de paz.



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