Por el padre David Nix
El 5 de mayo de 1995, Gloria Polo, dentista y madre, fue alcanzada por un rayo a las afueras de la Universidad de Bogotá, Colombia. Falleció poco después en la unidad de traumatología. Se presentó ante Dios y su condena iba a ser el infierno. Pero Dios le concedió una segunda oportunidad antes de su juicio final. A continuación, se presenta el relato que ella compartió con millones de sudamericanos, con la aprobación de los obispos sudamericanos.
Al leer este artículo, algo extenso pero valioso, comprenderás por qué Dios le dio otra oportunidad.
La siguiente es la historia de conversión de Gloria Polo, con traducciones del italiano realizadas por el P. Orlando, publicadas originalmente por el P. Joseph Dwight, y con los últimos retoques a la traducción realizados por mí.
Las siguientes son sus palabras, íntegramente, hasta el final del artículo:
Buenos días, hermanos. Es maravilloso para mí estar aquí, para compartir con ustedes este hermoso don que el Señor me ha dado.
Lo que estoy a punto de contarles sucedió el 5 de mayo de 1995 en la Universidad Nacional de Bogotá, a partir de las 4:30 de la tarde.
Soy dentista. Mi prima de 23 años, que también es dentista, y yo estábamos estudiando para especializarnos. Ese viernes, alrededor de las 4:30 de la tarde, mi esposo y yo caminábamos hacia la Facultad de Odontología para buscar algunos libros que necesitábamos. Mi prima caminaba bajo un pequeño paraguas, mientras que mi esposo llevaba un impermeable y, para protegerse mejor, caminaba cerca del muro de la Biblioteca General. Saltábamos de un lado a otro para evitar los charcos, manteniéndonos cerca de los árboles. Cuando saltamos sobre un charco bastante grande, nos cayó un rayo que nos carbonizó a ambas.
Mi prima murió al instante. El rayo entró por detrás, quemándola por dentro, y salió por sus pies, dejándola ilesa por fuera. A pesar de su corta edad, era una joven muy religiosa. Sentía una gran devoción por el Niño Jesús y siempre llevaba colgada del cuello una medalla de cuarzo con su imagen. Las autoridades dijeron que fue el cuarzo lo que atrajo el rayo hacia mi prima, porque entró por su corazón quemándolo por completo…
Aunque externamente permanecía ilesa, sufrió inmediatamente un paro cardíaco que no respondió a los intentos de reanimación de los médicos, y murió en el acto.
En cuanto a mí, el rayo entró por mi hombro, quemando terriblemente todo mi cuerpo, por dentro y por fuera; en resumen, mi carne desapareció, incluyendo mis senos, especialmente el izquierdo, dejando un agujero. Hizo desaparecer la carne de mi abdomen, de mis piernas, de las costillas; carbonizó el hígado, quemó gravemente los riñones, los pulmones, los ovarios… y salió por el pie derecho.
Al usar un DIU como método anticonceptivo, y debido al material con el que está hecho (cobre), es un buen conductor de electricidad; el rayo carbonizó y pulverizó también los ovarios, que quedaron como dos pasas.
Permanecí en paro cardíaco, prácticamente sin vida, con el cuerpo convulsionando debido a la electricidad que aún persistía en aquel lugar.
Este cuerpo que veis aquí, este cuerpo reconstruido, es fruto de la misericordia de Nuestro Señor.
El Otro Mundo
Cuando subí por este túnel hacia la luz, me dije a mí misma: “¡Caramba, estoy muerta!”
Y entonces pensé en mis hijos y suspiré: “¡Ay de mí, Dios mío, mis hijitos! ¿Qué dirán mis hijos? Esta madre tan ocupada, que nunca tuvo tiempo para ellos…” De hecho, salía temprano todas las mañanas y no regresaba antes de las once de la noche.
Y así vi la realidad de mi vida, y sentí mucha tristeza. Había dejado mi hogar decidida a conquistar el mundo, ¡pero a qué precio!… ¡Dejando en segundo lugar mi hogar y mis hijos!… En ese momento de vacío por la ausencia de mis hijos, sin sentir ya mi cuerpo, ni la dimensión del tiempo ni del espacio, miré, y vi algo muy hermoso: vi a todas las personas de mi vida… En un solo instante, en el mismo instante, todas las personas, las vivas y las muertas. Pude abrazar a mis bisabuelos, abuelos, padres (que habían muerto)… ¡a todos! Fue un momento de plenitud, maravilloso. Comprendí que me había engañado con la historia de la reencarnación: me habían dicho que mi abuela se había reencarnado, pero sin decirme dónde. Como la información me costaba demasiado dinero, la dejé pasar y no indagué para saber en quién podría haberse reencarnado. Ya sabes, yo defendí la teoría de la reencarnación… Y ahora, justo ahí, acababa de abrazar a mi abuela, a mi bisabuela…
La abracé con fuerza, como podía hacerlo con todas las personas que conocía, vivas y muertas. Y todo en un instante. Mi hija, al ser abrazada, se asustó: tenía nueve años y sintió mi abrazo, porque yo también podía abrazar a los vivos (solo que, normalmente, no sentimos ese abrazo).
Durante aquel momento tan hermoso, casi no me di cuenta del paso del tiempo. Y luego, ahora que ya no tenía cuerpo, fue asombroso ver a la gente con otros ojos. Antes, en realidad, solo sabía criticar: si alguien era gordo, flaco, feo, elegante, no elegante, etc.
Cuando hablaba de los demás, siempre tenía que criticar algo. Ahora no: estaba viendo a las personas desde dentro, y qué hermosas eran… Al abrazarlas, veia sus pensamientos, sus sentimientos…
Así que seguí adelante, llena de paz y felicidad; y cuanto más subía, más sentía que estaba a punto de ver algo muy hermoso. De hecho, hacia el fondo, divisé un hermoso lago… ¡sí! Veo un lago estupendo, árboles tan hermosos, pero tan hermosos, maravillosos… Y flores muy hermosas, de todos los colores, con un perfume exquisito, tan diferente de nuestras flores… Todo era tan hermoso en ese jardín estupendo, tan maravilloso… No existen palabras que puedan describirlo, todo era amor.
Había dos árboles, al lado de lo que parecía ser una entrada. Todo es tan diferente de lo que conocemos aquí abajo: no se encuentran colores similares en el mundo, ¡aquí arriba todo es tan hermoso!… Fue en ese momento cuando mi prima entró en aquel maravilloso jardín.
… ¡Lo sabía! Sentía que no debía, que no podía entrar allí…
El primer regreso
Lo oí todo y lo vi llorar con mucho dolor… ¡Ay!, en ese momento Nuestro Señor me concedió la libertad de partir… ¡Pero no quería volver! ¡Esa paz, esa paz en la que estaba envuelta, me fascinaba! Pero, lentamente, comencé a descender de nuevo hacia mi cuerpo, que encontré sin vida. Lo vi inerte en una camilla de la Universidad Nacional de Enfermería. Vi a los médicos que me aplicaban descargas eléctricas para sacarme del paro cardíaco. Mi prima y yo permanecimos más de dos horas tendidas en el suelo, porque nuestros cuerpos emitían descargas eléctricas y no se podían tocar. Solo cuando la carga eléctrica se descargó por completo, pudieron ayudarnos. Y entonces comenzaron los intentos de reanimarme.
Miré y apoyé los pies de mi alma (también el alma tiene forma humana), mi cabeza produjo una chispa y con violencia entré, porque el cuerpo parecía absorberme. Fue un dolor inmenso entrar: salían chispas por todas partes y me sentí encajada en algo muy pequeño (mi cuerpo). Era como si mi cuerpo, con ese peso y estatura, de repente se hubiera metido en un traje de bebé, pero de hierro. Fue un sufrimiento terrible, sentí el intenso dolor de mi carne quemada, el cuerpo totalmente quemado me causó un dolor indescriptible, ardía terriblemente y desprendía humo y vapor… Oí a los médicos gritar: “¡Está volviendo! ¡Está volviendo!”
Ellos estaban muy contentos, ¡pero mi sufrimiento era indescriptible! ¡Mis piernas estaban terriblemente negras, había carne viva en el cuerpo y en los brazos! El problema de las piernas se complicó cuando consideraron la posibilidad de amputarlas.
…Pero para mí existía otro dolor terrible: la vanidad de una mujer mundana, emprendedora, intelectual, estudiante… Esclava del cuerpo, de la belleza, de la moda, dedicaba cuatro horas diarias al ejercicio; esclavizada por tener un cuerpo hermoso, me sometía a masajes, dietas, inyecciones… Básicamente, a todo lo que puedas imaginar. Esta era mi vida, una rutina de esclavitud para tener un cuerpo hermoso.
Siempre he dicho: si tengo unos pechos bonitos, es para lucirlos; ¿por qué esconderlos?
Dije lo mismo de mis piernas, porque sabía que tenía unas piernas espectaculares, unos abdominales bonitos… Pero en un instante, vi con horror cómo toda mi vida había sido un cuidado continuo e inútil del cuerpo… Porque este era el centro de mi vida: el amor por mi cuerpo. ¡Y ahora, ya no tenía cuerpo! En lugar de los pechos tenía agujeros espantosos, sobre todo en el izquierdo, que prácticamente había desaparecido. Las piernas eran un espectáculo indigno de ver, como fragmentos, pero sin carne, negras como el carbón. (Nota: las partes del cuerpo que más cuidaba y apreciaba eran las que estaban completamente quemadas y literalmente sin carne).
En el hospital me llevaron al “Seguro Social”, donde me operaron de inmediato y comenzaron a extirpar todo el tejido quemado. Mientras me anestesiaban, volví a sentirme fuera de mi cuerpo, preocupada por mis piernas, cuando de repente, en ese mismo instante, algo terrible y horrible…
Pero primero debo decirles algo, hermanos: fui una católica de conveniencia, lo fui toda mi vida, porque mi relación con Dios se reducía a una misa dominical de 25 minutos, y eso era todo. Iba a la misa donde el sacerdote hablaba menos, ¡porque me cansaba! ¡Qué angustia sentía con esos sacerdotes que hablaban mucho! ¡Esa era mi relación con Dios! Por eso, todas las corrientes mundanas me arrastraban: ¡me faltaba la protección de una oración bien hecha con fe, incluso en la misa! Un día, mientras hacía los estudios superiores, oí a un sacerdote afirmar que el infierno no existe, ¡que ni siquiera los demonios existen! ¡Era justo lo que quería oír! Inmediatamente pensé: si los demonios no existen, y no hay infierno, ¡entonces todos vamos al Cielo! Y entonces, ¿qué hay que temer?
Lo que más me entristece ahora, y lo confieso con gran vergüenza, es que el único vínculo que aún me mantenía en la Iglesia era el miedo al diablo. Cuando oí que el infierno no existe, inmediatamente dije: ¡Muy bien, si todos vamos al Cielo, no importa quiénes seamos ni qué hagamos!
Esto determinó mi total alejamiento del Señor. Me distancié de la Iglesia y comencé a hablar mal, con palabrotas, etc. Ya no tenía temor al pecado y comencé a arruinar mi relación con Dios. Comencé a decirles a todos que los demonios no existen, que son invenciones de los sacerdotes, que son manipulaciones de la Iglesia, y finalmente… llegué al punto de decirles a mis colegas de la Universidad que Dios no existe, que éramos producto de la evolución, etc., etc., logrando influir en muchas personas.
Volvamos ahora al quirófano: ¡qué susto me llevé al verme en esa situación! Por fin comprendí que los demonios existían, ¡y de qué manera!, y que venían a buscarme precisamente a mí. Venían a cobrarme la cuenta, por así decirlo, ¡ya que había aceptado sus tentaciones de pecado! ¡Y estas tentaciones no son gratis! ¡Hay que pagar! Mis pecados tuvieron sus consecuencias…
En ese instante, vi salir de la pared del quirófano a tantas personas, aparentemente comunes, normales… pero con una mirada llena de odio, diabólica, aterradora, que me hizo temblar el alma: inmediatamente percibí que estaba tratando con demonios. Tuve una conciencia especial: comprendí que a cada uno de ellos le debía algo, que el pecado no es gratuito y que la principal mentira del diablo es decir que no existe: esta es su mejor estrategia para obrar a su antojo con nosotros. Me di cuenta de que sí, existe, ¡y que vino a rodearme, a buscarme! ¡Imaginen el susto, el terror!
Mi mente científica e intelectual ya no me servía de nada. Recorrí la habitación, intentando regresar a mi cuerpo, pero mi carne no me recibía, ¡y el susto fue terrible! Terminé huyendo lo más rápido que pude, atravesé, no sé cómo, la pared del quirófano, con la esperanza de poder esconderme en los pasillos del hospital, pero cuando pasé la pared… ¡Abajo! ¡Salté al vacío…! Me dirigí hacia varios túneles que descendían hacia el fondo. Al principio aún había una pequeña luz, como colmenas en las que había tanta gente: jóvenes, ancianos, hombres, mujeres, que lloraban, y con gritos aterradores rechinaban los dientes… Y yo, cada vez más aterrorizada, seguía descendiendo, buscando salir de allí, mientras la luz se desvanecía… Continué vagando por esos túneles en una oscuridad aterradora, hasta que llegué a una oscuridad que no se puede comparar con nada más… Allí abajo, esa misma oscuridad generaba dolor, horror, vergüenza y apestaba terriblemente. Es una oscuridad viviente, sí, está viva: allí la mente está muerta o inerte. Al final de mi descenso, corriendo por todos esos túneles, llegué a un lugar llano. Estaba frenética, con una voluntad de hierro de salir de allí: la misma voluntad que me impulsó a ascender en la vida, pero ahora no me servía de nada, porque allí estaba y allí permanecía. En cierto momento vi abrirse el suelo, como una gran boca, ¡enorme! ¡Estaba vivo! ¡Vivo! Sentí mi cuerpo vacío, vacío de una manera sobrecogedora, y debajo de mí un abismo increíblemente aterrador, horrible; lo que más me heló la sangre fue que, desde allí abajo, no se sentía ni un ápice del Amor de Dios, ni una pizca de esperanza. Aquel abismo tenía algo que me absorbía. Grité como una loca, aterrorizada, sintiendo el horror de no poder evitar aquel descenso, porque me di cuenta de que me deslizaba irremediablemente hacia adentro… Sabía que, si entraba, no me quedaría allí, sino que seguiría descendiendo, sin poder volver a subir jamás. Esta era la muerte espiritual de mi alma.
La muerte espiritual del alma: estaba irremediablemente perdida para siempre. Pero en medio de este horror tan grande, justo cuando estaba a punto de entrar, San Miguel Arcángel me tomó de los pies… Mi cuerpo entró en ese abismo, pero los pies permanecieron en alto. Fue un momento terrible y verdaderamente doloroso. Cuando llegué allí, la luz que aún quedaba en mi espíritu irritó a aquellos demonios; todos los seres inmundos y horribles que allí habitan, me atacaron de inmediato. Esos seres horribles eran como larvas, como chupasangres que intentaban bloquear la luz. Imaginen el horror de verme cubierta por tales criaturas… ¡Gritaba, gritaba como una loca! ¡Esas cosas ardían! Hermanos, son oscuridad viviente, es un odio que quema, que nos devora, que nos deja desnudos. ¡No hay palabras para describir ese horror! Cabe mencionar que yo era atea, pero allí comencé a gritar: “¡Almas del Purgatorio! ¡Por favor, sáquenme de aquí! ¡Les ruego, ayúdenme!”
Mientras yo clamaba, comencé a oír el llanto de miles y miles de personas, jóvenes… ¡Sí, sobre todo jóvenes, con tanto sufrimiento! Percibí que allí, en ese horrible lugar, en ese lodazal de odio y sufrimiento, rechinaban los dientes, con gritos y lamentos que me llenaron de compasión y que jamás podré olvidar… (Ya han pasado 10 años, pero aún lloro y sufro, cuando recuerdo el sufrimiento de todas esas personas)… Yo decía, comprendí que en ese lugar estaban esas personas que, en un momento de desesperación, se suicidaron… Ahora están en esos tormentos, con esos seres horribles cerca, rodeados de demonios que los atormentan. Pero el más cruel de esos tormentos era la ausencia de Dios, porque allí no se siente a Dios. Comprendí que, aquellos que en un momento de desesperación se quitaron la vida, tenían que permanecer allí, dentro de esos tormentos, hasta que transcurriera todo el tiempo que podrían haber pasado en la tierra: porque todos los que se suicidan, se salen del Orden Divino.
Esas pobres personas, sobre todo tantos jóvenes, muchísimos… Lloran y sufren mucho… ¡Si el hombre supiera el sufrimiento que le espera, jamás tomaría la decisión de quitarse la vida!
¿Sabes cuál es el mayor tormento allí? Es ver cómo los propios padres o parientes, que aún viven, lloran y sufren con un tremendo sentimiento de culpa: si los hubiera castigado, o si no los hubiera castigado, si les hubiera dicho, o si no les hubiera dicho, si hubiera hecho esto o aquello… Al final, estos remordimientos tan terribles —un verdadero infierno para quienes los aman y permanecen en esta vida— es lo que más les hace sufrir. Es el mayor tormento para ellos, y es aquí donde los demonios se enfurecen, mostrando estas escenas:
“Mira cómo llora tu madre, mira cómo sufre, mira cómo sufre tu padre, mira cómo están desesperados, cómo están angustiados, cómo se culpan y discuten, acusándose mutuamente, mira todo el sufrimiento que les has causado. Mira cómo se rebelan contra Dios. Mira a tu familia… ¡Todo esto por tu culpa!”
Lo que necesitan estas pobres almas es que quienes permanecen aquí abajo inicien un camino de conversión, que cambien de vida, que practiquen obras de caridad, que visiten a los enfermos… Y que ofrezcan misas de expiación por las almas de los difuntos. Estas almas se benefician enormemente de todo esto. De hecho, las almas que se encuentran en el Purgatorio ya no pueden hacer nada por sí mismas. ¡Nada! Pero Dios sí, a través de la misa. También nosotros debemos ayudarlas de esa manera.
Así comprendí que esas pobres almas no podían ayudarme, y en ese sufrimiento, en esa angustia, comencé a clamar de nuevo: “¡Pero aquí hay un error! ¡Miren, soy una santa! ¡Jamás robé! ¡Jamás maté! ¡Jamás le hice daño a nadie! Al contrario, antes de fracasar en mi negocio, importaba los mejores productos de Suiza, extraía y arreglaba dientes, muchas veces no les cobraba a los clientes que no podían pagar. ¡Compraba cosas y se las daba a los pobres! ¿Qué hago yo aquí?...”
¡Estaba reivindicando mis derechos! Yo, que era tan buena, que debía ir directamente al Cielo, ¿qué hacía yo aquí?
Iba a misa todos los domingos, aunque me consideraba atea y no prestaba atención a lo que decía el sacerdote; nunca falté. Si falté a misa cinco veces en toda mi vida, ¡fueron muchísimas! ¿Qué hacía yo allí?
“¿Pero qué hago aquí? ¡Sáquenme de aquí! ¡Sáquenme de aquí!”, seguía gritando aterrorizada, ¡con esos seres horribles aferrados a mí!
“¡Soy católica! ¡Soy católica, por favor, sáquenme de aquí!”
Vi a mis padres.
Cuando grité que era católica, vi una pequeña luz: y vi que una pequeña luz, incluso muy pequeña, en esa oscuridad, es lo máximo, es el mayor regalo que una puede recibir. Vi unos escalones en la cima de este abismo, y vi a mi padre (que había muerto cinco años antes) casi en la entrada del abismo. Tenía un poco de luz; y cuatro escalones más arriba vi a mi madre, con mucha más luz y en una posición como de oración. Tan pronto como los vi, experimenté una alegría tan grande que comencé a gritar: “¡Papá! ¡Mamá! ¡Qué alegría! ¡Vengan a buscarme! ¡Vengan a buscarme! ¡Papá, mamá, por favor, sáquenme de aquí! ¡Les ruego, sáquenme de aquí! ¡Llévenme lejos!”
Mientras todo esto sucedía, mi cuerpo estaba en coma profundo: estaba intubada, conectada a las máquinas y agonizando. No me llegaba aire a los pulmones, los riñones no funcionaban… Si estaba conectada a las máquinas, era solo porque mi hermana, que es médica, había insistido ante sus colegas, invocando el argumento de que no eran Dios. De hecho, ellos pensaban que no valía la pena mantenerme con vida, y así se lo dijeron a mis familiares: decían que no era conveniente seguir así, que era mejor dejarme morir en paz, porque de todos modos me encontraba agonizando. Mi hermana insistió con tanta vehemencia… ¿Entiendes la incoherencia? ¡Yo defendía la eutanasia, el derecho a morir con dignidad!
Los médicos no dejaron entrar a nadie donde yo estaba, excepto a mi hermana, que también es doctora y que permaneció continuamente a mi lado.
Cuando mi alma, que estaba en el más allá, vio a mis padres, a mi hermana, que estaba cerca de mi cuerpo en coma, me oyó claramente gritarles, tan feliz, de que pudieran venir a buscarme.
Quizás a alguno de ustedes le haya pasado oír a una persona inconsciente gritar o pronunciar algunas palabras: eso fue lo que me ocurrió a mí. ¡Casi provoco la muerte de mi hermana del susto! De hecho, empecé a gritar de alegría al verlos, pidiéndoles que vinieran a buscarme; y entonces mi hermana, que lo oyó todo, gritó: “¡Ahora sí que está muerta mi hermana! ¡Mi madre y mi padre han venido a buscarla! ¡Váyanse, no se la lleven! ¡Vete, mamá, por favor; vete, papá, por favor: no se la lleven! ¿Acaso no ven que tiene niños pequeños? ¡No se la lleven! ¡No se la lleven!”
Los médicos tuvieron que sacarla de allí, pensando que mi pobre hermana deliraba, que podría estar en estado de shock; lo cual habría sido normal, porque no era poca cosa lo que estaba sucediendo: la muerte de mi prima, ir a llevar el cadáver a la morgue, la hermana que muere, que no muere, sino que no vivirá más de 24 horas, según la opinión de los médicos… Ya llevaba tres días sumida en esta angustia, y sin dormir. No se extrañen de que la creyeran exhausta y presa de alucinaciones…
¡Imaginen la alegría que sentí al ver a mis padres en mi situación! ¡En ese lugar, en esa situación tan horrible en la que me encontraba, ver a mis padres!
Cuando me miraron y me vieron allí, no se imaginan el inmenso dolor que revelaban sus rostros. Allí percibimos y vemos los sentimientos de los demás; vi el dolor que sentían, su gran sufrimiento. Mi padre rompió a llorar desconsoladamente y gritó: “¡Hija mía! ¡Oh, no! ¡Dios mío, hija mía, no! ¡Dios mío, hijita mía, no!”.
Mi madre estaba orando, y cuando me miró vio mi tristeza en mis ojos, pero al mismo tiempo nada empañó la paz y la dulzura de su rostro, ¡ni siquiera una lágrima! En lugar de llorar, alzó la vista y se volvió hacia mí. Comprendí con horror que no podían sacarme de allí. Esto aumentó mi sufrimiento, al verlos allí compartiendo mi dolor sin poder hacer nada por mí. Comprendí también que estaban allí para rendir cuentas al Señor de la educación que me habían dado. Eran los tutores a quienes se les había confiado la tarea de cuidar los talentos que Dios me había dado. Con su vida y su testimonio, debían protegerme de los ataques de Satanás. Y debían nutrir las gracias que Dios había puesto en mí por medio del Bautismo. Todos los padres son los guardianes de los talentos que Dios les dio a sus hijos.
Cuando vi su sufrimiento, sobre todo el de mi padre, grité de nuevo, desesperada: “¡Sáquenme de aquí! ¡Sáquenme de aquí! ¡No tengo culpa de estar aquí, porque soy católica! ¡Soy católica! ¡Sáquenme de aquí!”
Mientras todo esto sucedía, mi cuerpo estaba en coma profundo: estaba intubada, conectada a las máquinas y agonizando. No me llegaba aire a los pulmones, los riñones no funcionaban… Si estaba conectada a las máquinas, era solo porque mi hermana, que es médica, había insistido ante sus colegas, invocando el argumento de que no eran Dios. De hecho, ellos pensaban que no valía la pena mantenerme con vida, y así se lo dijeron a mis familiares: decían que no era conveniente seguir así, que era mejor dejarme morir en paz, porque de todos modos me encontraba agonizando. Mi hermana insistió con tanta vehemencia… ¿Entiendes la incoherencia? ¡Yo defendía la eutanasia, el derecho a morir con dignidad!
Los médicos no dejaron entrar a nadie donde yo estaba, excepto a mi hermana, que también es doctora y que permaneció continuamente a mi lado.
Cuando mi alma, que estaba en el más allá, vio a mis padres, a mi hermana, que estaba cerca de mi cuerpo en coma, me oyó claramente gritarles, tan feliz, de que pudieran venir a buscarme.
Quizás a alguno de ustedes le haya pasado oír a una persona inconsciente gritar o pronunciar algunas palabras: eso fue lo que me ocurrió a mí. ¡Casi provoco la muerte de mi hermana del susto! De hecho, empecé a gritar de alegría al verlos, pidiéndoles que vinieran a buscarme; y entonces mi hermana, que lo oyó todo, gritó: “¡Ahora sí que está muerta mi hermana! ¡Mi madre y mi padre han venido a buscarla! ¡Váyanse, no se la lleven! ¡Vete, mamá, por favor; vete, papá, por favor: no se la lleven! ¿Acaso no ven que tiene niños pequeños? ¡No se la lleven! ¡No se la lleven!”
Los médicos tuvieron que sacarla de allí, pensando que mi pobre hermana deliraba, que podría estar en estado de shock; lo cual habría sido normal, porque no era poca cosa lo que estaba sucediendo: la muerte de mi prima, ir a llevar el cadáver a la morgue, la hermana que muere, que no muere, sino que no vivirá más de 24 horas, según la opinión de los médicos… Ya llevaba tres días sumida en esta angustia, y sin dormir. No se extrañen de que la creyeran exhausta y presa de alucinaciones…
¡Imaginen la alegría que sentí al ver a mis padres en mi situación! ¡En ese lugar, en esa situación tan horrible en la que me encontraba, ver a mis padres!
Cuando me miraron y me vieron allí, no se imaginan el inmenso dolor que revelaban sus rostros. Allí percibimos y vemos los sentimientos de los demás; vi el dolor que sentían, su gran sufrimiento. Mi padre rompió a llorar desconsoladamente y gritó: “¡Hija mía! ¡Oh, no! ¡Dios mío, hija mía, no! ¡Dios mío, hijita mía, no!”.
Mi madre estaba orando, y cuando me miró vio mi tristeza en mis ojos, pero al mismo tiempo nada empañó la paz y la dulzura de su rostro, ¡ni siquiera una lágrima! En lugar de llorar, alzó la vista y se volvió hacia mí. Comprendí con horror que no podían sacarme de allí. Esto aumentó mi sufrimiento, al verlos allí compartiendo mi dolor sin poder hacer nada por mí. Comprendí también que estaban allí para rendir cuentas al Señor de la educación que me habían dado. Eran los tutores a quienes se les había confiado la tarea de cuidar los talentos que Dios me había dado. Con su vida y su testimonio, debían protegerme de los ataques de Satanás. Y debían nutrir las gracias que Dios había puesto en mí por medio del Bautismo. Todos los padres son los guardianes de los talentos que Dios les dio a sus hijos.
Cuando vi su sufrimiento, sobre todo el de mi padre, grité de nuevo, desesperada: “¡Sáquenme de aquí! ¡Sáquenme de aquí! ¡No tengo culpa de estar aquí, porque soy católica! ¡Soy católica! ¡Sáquenme de aquí!”
Mi juicio
Entonces, vi a la Santísima Virgen postrada, cuando el sacerdote elevó a Nuestro Señor en la Hostia, durante la Misa que se celebró por el alma de mi prima. ¡La Virgen María intercedió por mí! Postrada a los pies de Nuestro Señor, recogió todas las oraciones que la gente de mi tierra elevó por mí y se las presentó.
Ya sabes, en el momento de la elevación, cuando el sacerdote alza la Hostia, se siente la presencia de Jesús, todos se postran de rodillas, ¡hasta los demonios!… Y yo, que iba a misa sin el menor respeto, sin prestar atención, con chicle en la boca, a veces cabeceando, mirando a mi alrededor, perdida en mil pensamientos banales… ¡Y encima tuve el descaro de quejarme, llena de orgullo, de que Dios no me escuchaba cuando le pedía algo!
Créanme, fue asombroso ver cómo, al paso de Nuestro Señor, todas esas criaturas, todos esos seres espantosos, se arrojaron al suelo en una impresionante muestra de adoración.
Vi a la Virgen María, postrada con gracia a los pies del Señor, orando por mí, en adoración ante Él. … Y yo, pecadora, con mi basura, tratándolo sin respeto alguno, y diciendo que era buena… ¡Sí, miserablemente buena! ¡Negando y blasfemando contra el Señor!
¡Imagínense qué pecadora era yo, cuando incluso los demonios se postraron en tierra ante el paso del Señor Jesucristo…!
* * * * * * *
… ¡Imagínate el susto! … ¡Esa pregunta no me la esperaba para nada! ¡Solo sabía que eran 10! Y luego… ¡nada más!
“¿Y ahora, cómo me las arreglo con esto?”, pensaba, afligida. Recordé entonces que mi madre solía decir que el primer mandamiento era el amor; siempre hablaba de ello… Amor a Dios y amor al prójimo. Al fin y al cabo, los discursos de mi madre servían para algo, me dije. Así que elegí esta respuesta, esperando que bastara y que el resto pasara desapercibido… Pensaba salir del paso de esta manera, como siempre lo había hecho en la vida: de hecho, siempre tenía la respuesta preparada, la respuesta perfecta; siempre lograba justificarme y defenderme de tal forma que nadie descubriera lo que yo ignoraba. Ahora pensé en actuar igual. Y empecé a decir: “El primer mandamiento es: amar a Dios por encima de todo, y… al prójimo como a uno mismo”.
—Muy bien —me dijo—, ¿y tú hiciste esto? ¿Amabas?
Totalmente confundida, respondí: “Yo… ¡sí! Sí, yo sí. ¡Sí!”
Pero esa maravillosa Voz dijo: “¡No!”
Te aseguro que cuando me dijo: “¡No!”, fue entonces cuando sentí el impacto del rayo. De hecho, aún no sentía de qué lado me había alcanzado… Pero cuando oí ese “¡No!”, sentí todo el dolor del rayo… Me sentí desnuda, todas mis máscaras cayeron y quedé al descubierto.
Esa suave Voz continuó diciéndome: “¡No! ¡No amaste a tu Señor por encima de todas las cosas, y mucho menos amaste a tu prójimo como a ti misma! ¡Hiciste de ti misma un Dios que modelaste a tu imagen, a tu vida! Solo en momentos de extrema necesidad, o en sufrimiento, te acordaste de tu Señor. Y entonces sí, te arrodillaste, lloraste, pediste, ofreciste novenas, te propusiste ir a Misa, a grupos de oración, pidiendo algunas gracias o un milagro… Cuando eras pobre, cuando tu familia era humilde, cuando aún deseabas ser una profesional, entonces sí, todos los días solías orar de rodillas, horas enteras, suplicando a tu Señor. Orabas, pidiéndome que te sacara de esa pobreza, para que te permitiera ser una profesional y ser alguien. Cuando te encontraste necesitada y necesitabas dinero, entonces sí, prometiste: Rezo el Rosario, pero Tú, Señor, concédeme un poco de dinero.
¡Esta era la relación que tenías con tu Señor! ¡Jamás cumpliste una sola promesa, ni una sola! Y además de no cumplir tus promesas, ¡nunca me diste las gracias!”
Y el Señor insistió en esto: “¡Tú diste tu palabra, hiciste una promesa a Tu Señor, pero nunca la cumpliste!”
El Señor me mostró una de mis muchas oraciones: cuando le pedía la gracia de tener mi primer auto, oraba, y con mucha humildad le suplicaba que, por favor, me concediera aunque fuera un auto pequeño, incluso uno viejo, no importaba… con tal de que funcionara. Pero tan pronto como obtuve lo que deseaba, ni siquiera le di las gracias al Señor; y ocho días después, no solo no le di las gracias, sino que ya lo negué y hablé mal de Él. Me mostró cómo, en todas las gracias que me concedió, no solo falté a las promesas hechas, sino que ni siquiera le di las gracias.
Vi al Señor de una manera verdaderamente triste. Sabes, mi relación con Dios era como un cajero automático: yo rezaba un rosario y se suponía que Él me daría dinero… y si no me lo daba, me rebelaba. El Señor me mostró todo esto. Tan pronto como me permitió tener mi profesión —y, en consecuencia, empezar a tener cierto prestigio y también dinero—, el nombre de Dios ya no me resultaba cómodo… Empecé a sentirme importante, sin haberle expresado jamás el más mínimo amor o gratitud.
¿Estar agradecida? ¡Jamás! Ni siquiera un “gracias” por el nuevo día que me dio, ni por mi salud, ni por tener un techo donde vivir… Ni siquiera una oración de compasión por esos pobres niños que no tienen casa, ni qué comer. ¡Nada! ¡Ingratitud al máximo! Más que nada, me volví más incrédula con respecto a mi Señor, mientras creía en Venus y Mercurio para la fortuna, me dejé llevar ciegamente por la astrología, diciendo que las estrellas dirigen nuestra vida. Comencé a creer en todas las doctrinas que el mundo me ofrecía. Creí, por ejemplo, en la reencarnación: me convencí, simplemente, de que uno moriría y volvería a empezar desde cero… y olvidé que costó el precio de la Sangre de mi Señor Jesús.
El Señor continuó: “Todo lo que tenías no te fue dado porque lo pediste, sino que fue una bendición que recibiste del Cielo. Dijiste que lo habías conseguido por tus propios méritos, porque eras trabajadora, luchadora… Que todo lo habías conquistado con tus manos y con el esfuerzo del estudio. ¡No! Mira: ¿cuántos profesionales hay, más cualificados que tú, que trabajan tanto o más que tú?”
El Señor me hizo examinar los Diez Mandamientos, mostrándome quién era yo: De palabra decía adorar y amar a Dios, pero por el contrario adoraba a Satanás. En mi consulta, solía venir una señora que leía el Tarot y hacía magia para librarme de las malas influencias. Yo le decía: “No creo en estas cosas… Pero hazlo de todos modos, porque nunca se sabe…”. Y ella hacía su maldad. En un rincón donde nadie la veía, ponía una herradura y una planta de aloe para alejar la mala fortuna y otras cosas por el estilo. ¿Sabes lo que hice al permitir esto? Abrí las puertas a los demonios para que entraran a su antojo y circularan libremente, alegremente, en mi consulta y en mi vida. Como ves, todo esto es vergonzoso. Dios analizó toda mi vida a la luz de los Diez Mandamientos y me mostró quién era yo en mis relaciones con el prójimo y con Él. Critiqué todo y a todos… Y todos me señalaron con el dedo y dijeron de mí: “¡Santa Gloria!”…! Me demostró que decía amar a Dios y al prójimo, pero al contrario era muy envidiosa. Ahora veía que, cuando engañaba a alguien o mentía, era como cometer perjurio, porque en el momento en que decía: “Soy católica”, declaraba que Jesucristo era mi Señor y al mismo tiempo daba testimonio de mentiras y engaños. ¡Cuánto mal hice a tanta gente! En cuanto al resto, nunca estuve agradecida a mis padres, por todo su sacrificio y dedicación para que yo pudiera tener una profesión y triunfar en la vida; por todos los sacrificios y esfuerzos que hicieron… Pero no los vi, los ignoré, y tan pronto como tuve mi trabajo, incluso disminuyeron ante mis ojos: hasta el punto de avergonzarme de mi madre, por su humildad y pobreza.
Jesús continuó, mostrándome qué clase de esposa era: Pasaba todo el día quejándome desde que me despertaba. Mi esposo me decía: “¡Que tengas un buen día!”. Y yo: “¡Quizás lo sea para ti! ¡Mira como llueve!”. Siempre me quejaba y me contradecía en todo.
… ¿En cuanto a santificar los días santos? ¡Qué susto! ¡Qué tristeza sentí! Jesús me hizo ver cómo dedicaba cuatro o incluso cinco horas a mi cuerpo con la gimnasia, y ni siquiera diez minutos al día para mi Señor, ni siquiera un agradecimiento, ni una simple oración… ¡no, nada! Al contrario, a veces incluso rezaba el Rosario, empezando rápidamente, durante el intermedio de la telenovela. Pensaba que para tener éxito en la oración, podría hacerlo durante los comerciales. Empezaba rápido, sin prestar atención a lo que decía, más preocupada por si la telenovela había comenzado o no, y en qué punto había llegado. En resumen, oraba sin elevar mi corazón a Dios.
Jesús siguió mostrándome mi falta de gratitud hacia Él y mi pereza para ir a Misa. Cuando aún vivía con mis padres, y mi madre me obligaba a ir, le decía: “Pero, mamá, si Dios está en todas partes, ¿qué necesidad tengo de ir a la iglesia a Misa?”. Claramente, para mí era muy conveniente hablar así… Y Jesús me lo demostró. Tenía al Señor veinticuatro horas al día, Dios me cuidó toda la vida, y yo, tan perezosa como para no dedicarle ni un poco de tiempo el domingo, para mostrarle mi gratitud, mi amor por Él… Pero lo peor era saber que frecuentar la iglesia significaba nutrir mi alma. En cambio, me dediqué por completo al cuidado de mi cuerpo, me convertí en esclava de mi carne y olvidé esto: ¡que tenía un alma! Y nunca la cuidé.
Respecto a la Palabra de Dios, incluso dije, con descaro, que: el que lee mucho la Biblia se vuelve loco. Llegué al punto de ser una blasfema, y la incoherencia de mi vida me llevó a decir: “¿Pero qué Santísimo? ¿Y Dios estaría presente allí? ¿En el copón y en el cáliz?… ¡El sacerdote debería añadirle brandy para darle buen sabor!”.
¡Hasta qué punto llegué a degradar mi relación con Dios! Dejé mi alma sin alimento, y como si eso no fuera suficiente, lo único que hice fue criticar a los sacerdotes. ¡Si supieran, hermanos, lo mal que me sentía por esto, ante Jesús! El Señor me mostró cómo mi alma se había degradado por todas esas críticas. Más allá de todo lo demás, consideren el hecho de que denuncié a un sacerdote como homosexual, y toda la Comunidad se enteró… ¡No pueden imaginar el mal que le hice a ese sacerdote! ¡No, no pueden imaginarlo! No puedo contárselo, porque sería demasiado largo. Solo les digo que una sola palabra tiene el poder de matar y destruir almas. ¡Ahora vi todo el mal que había hecho! ¡Mi vergüenza era tan grande, que no hay palabras para describirla! Solo puedo rogarles que no hagan lo mismo: ¡no critiquen! ¡Oren! ¡Vi que la falta más grave que manchó mi alma y atrajo más maldiciones en mi vida fue hablar mal de los sacerdotes!
Oren por los sacerdotes
Nuestro Señor me dijo casi gritando: “¿Quién te crees que eres para hacerte dios y juzgar a mis consagrados? Son de carne, y la santidad les es dada para beneficio de las comunidades en las que los he puesto como un don. Y las comunidades tienen la obligación de orar por él, amarlo y apoyarlo”. Sabed, hermanos, que cuando un sacerdote cae, será la comunidad quien responda respecto a su santidad. El diablo odia a los católicos, mucho más a los sacerdotes. Odia nuestra Iglesia, porque donde hay un sacerdote que consagra…
Hago un paréntesis: todos deben saber que el sacerdote, aun siendo hombre, es un consagrado del Señor, reconocido por el Padre Eterno, de modo que en un trozo de pan ocurre un milagro, una transustanciación: por las manos del sacerdote, se convierte en el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo… Y esas manos, el diablo las odia intensamente, terriblemente. El diablo nos detesta a los católicos por la Eucaristía, porque la Eucaristía es una puerta abierta al Cielo, ¡y es la única puerta! Sin la Eucaristía, nadie entra al Cielo. Cuando una persona está agonizando, Dios viene a su lado, independientemente de la religión a la que pertenezca o de sus creencias; el Señor se revela y le dice con afecto, con Amor y Misericordia: “¡Yo soy tu Señor!”. Y si la persona pide perdón y acepta a este Señor, sucede algo difícil de explicar: Jesús inmediatamente lleva a esa alma al lugar donde se celebra la Misa en ese momento, y la persona recibe [una comunión espiritual], que es una comunión mística. Porque solo quien recibe el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo puede entrar al Cielo. Es algo místico, es una gracia inmensa que tenemos en la Iglesia Católica, una gracia que Dios ha dado a nuestra Iglesia; y mucha gente habla mal de esta Iglesia, y sin embargo, por medio de Ella reciben la salvación y van al Purgatorio, y allí continúan beneficiándose por la gracia de la Eucaristía. Se salvan. Van al Purgatorio, ¡pero se salvan! Por eso el diablo odia mucho a los sacerdotes: porque donde hay un sacerdote, están las manos que consagran el pan y el vino, convirtiéndolos para nosotros en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. Por eso debemos orar mucho por los sacerdotes, porque el diablo los ataca constantemente.
Nuestro Señor me mostró todo esto.
Los Sacramentos
Sabes, hay cosas que superan el intelecto humano porque son realidades espirituales, y sin embargo hablamos de verdades más reales que las nuestras… A través de esta Herida, decía, un alma se eleva al nivel divino, al nivel de la Divina Misericordia, a la puerta de la Misericordia, se eleva al Corazón de Jesús, Sacerdote eterno; y allí [en el confesionario], Jesús coloca su Cruz, sangrando en su Presente Eterno… Y esa alma regresa limpia. Ahora veo cómo mi alma regresaba limpia en la confesión, y en cada pecado que confesé, Nuestro Señor rompía los lazos que me unían a Satanás. (¡Y yo, lamentablemente, me mantenía alejada de la confesión!)
… Pero todo esto sucede únicamente por medio del sacerdote. Por lo tanto, tenemos la obligación y el deber de orar por ellos, para que Dios los proteja, los ilumine y los guíe.
Por todos estos motivos, el diablo odia terriblemente a la Iglesia Católica y a los sacerdotes.
Matrimonio
En el momento en que recibimos el Cuerpo y la Sangre de Jesús, hacemos un pacto con Dios y con la persona que hemos elegido para compartir la vida. Al pronunciar estas palabras, las dirigimos a la Santísima Trinidad.
Vi que el día de mi boda, cuando mi esposo y yo recibimos la Santísima Eucaristía, ¡ya no éramos dos, sino tres! ¡Nosotros dos y Jesús! De hecho, en cuanto nos comunicamos con Jesús, Él nos unió como una sola entidad. Nos colocó en su Corazón y nos convertimos en uno, formando con Jesús una santa trinidad. “Que el hombre no separe lo que Dios ha unido”.
Ahora pregunto: ¿quién separa a esto? ¡Nadie! ¡Nadie, hermanos! ¡Nadie puede separarlo! ¡Nadie, después de consumado el matrimonio! Y si los dos cónyuges llegan vírgenes al matrimonio, ¡no se imaginan las bendiciones que se derraman sobre él!
También presencié el matrimonio de mis padres. Cuando mi padre puso el anillo en el dedo de mi madre y el sacerdote los declaró marido y mujer, Nuestro Señor le entregó a mi padre un bastón de madera resplandeciente de luz, que parecía ligeramente torcido. Se trata de una gracia que Dios concede al hombre: un don de autoridad de Dios Padre, para que este hombre pueda guiar a su pequeño rebaño, sus hijos nacidos del matrimonio, y también para defender el matrimonio y a los hijos de tantos males que azotan a las familias.
A mi madre, Dios Padre le puso en el corazón algo que parecía una esfera de fuego muy hermosa: significaba el amor de Dios, el Espíritu Santo. Yo sabía que mi madre era una mujer muy pura. Dios estaba feliz, gozoso. No te imaginas cuántos espíritus malignos se apoderaron de mi padre en ese momento. Estos espíritus parecían larvas, chupasangres. Sabes, cuando alguien tiene relaciones fuera del matrimonio, los espíritus malignos se adhieren inmediatamente a todas las partes de la persona; comienzan con sus órganos sexuales, se apoderan de la carne, de las hormonas; ocupan el cerebro, toman la glándula pituitaria y todas las partes neurológicas del organismo de la persona, y comienzan a producir una cantidad de hormonas que disminuyen los instintos. Transforman a un hijo de Dios en un esclavo de la carne, de sus propios instintos, de su apetito sexual, aquello que lleva a la persona, como dicen, a "disfrutar de la vida".
Cuando una pareja llega virgen, da gloria a Dios. Se establece un pacto sagrado con Él, quien santifica esta sexualidad. De hecho, ¡la sexualidad no es pecado! Dios la ha dado como una bendición, porque la sexualidad es Dios y la pareja. Donde hay sacramento del matrimonio (incluso si los esposos no llegaron vírgenes), ¡Dios está presente en ese lecho sacramental! Porque en el lecho nupcial, bendecido por el sacramento del matrimonio, está el Espíritu Santo; incluso en las comidas de esta pareja está la presencia del Señor Dios, quien bendice los alimentos. Dios permanece extasiado ante el matrimonio; se alegra de acompañar a los esposos en su nueva vida, en este comienzo de una nueva vida juntos. La pareja y el Señor forman una Trinidad. Lamentablemente, muchos cónyuges no lo saben, no tienen esta idea… Y ni siquiera piensan en Dios: se casan solo por tradición, y no por fe… Solo piensan en salir de la iglesia para ir a una fiesta, a comer, a beber, a irse de luna de miel… Tengan presente que en esto no hay maldad: la maldad reside en dejar al Señor fuera de todo esto. Como hice yo, que dejé al Señor en la calle; ni siquiera se me pasó por la cabeza invitarlo a mi nueva vida, a nuestra nueva casa. Él, de hecho, se complace en que lo invitemos a entrar y a estar con nosotros para siempre, en las alegrías y en los momentos menos buenos; desea que sintamos su presencia… Ciertamente, en el sacramento del matrimonio el Señor está presente también sin ser invitado… Pero ¡cuánto más hermoso sería si fuéramos conscientes de esta presencia!
En el matrimonio de mis padres, lo más hermoso fue que Dios le devolvió a mi padre los dones y la gracia que había perdido: esto porque se casó con mi madre, que era una mujer muy pura de sentimientos y virgen. Yo miraba a mi padre, su sexualidad desordenada y sórdida. Pero como era muy machista, y sus amigos habían empezado a envenenarlo, diciéndole que no se dejara seducir ni dominar por su esposa, para que siguiera con su vida como antes, y así, dos semanas después de casarse, acabó en un burdel, para demostrarles a sus amigos que seguía siendo el mismo, que no se dejaba dominar por su esposa…
¿Sabes qué pasó con el báculo de autoridad y protección que Dios le había dado? ¡El diablo se lo arrebató! Y todos esos espíritus malignos, esos seres inmundos, volvieron para llevárselo. De pastor de su rebaño, mi padre se transformó en un lobo para su propia familia y su hogar.
Cuando alguien es infiel a su matrimonio, es infiel a Dios. Falta a su palabra, al juramento que hizo a Dios y a la persona con quien se casó el día de su matrimonio. No cumple lo que prometió. Si alguien tiene la intención de no ser fiel a su propio matrimonio, es mejor no casarse. El Señor nos dice: ¡Si eres infiel, te condenarás a ti mismo! Si no vas a ser fiel, ¡no te cases! Hijo, hija, pídeme la gracia de ser fiel a tu esposa, a tu esposo y a Dios.
¡Cuántos males entran en un matrimonio por la infidelidad! Un marido, por ejemplo, va a un burdel o es infiel con la secretaria. A pesar de las precauciones, contrae un virus; e incluso lavándose después, ese virus no muere… Así, cuando más tarde tiene relaciones con la esposa, el virus entra en la vagina de la mujer y se queda allí en el cuello uterino, llegando al útero. Con el tiempo, forma una úlcera, de la que a menudo la mujer no se da cuenta. Y cuando, años después, la esposa acude al médico sufriendo mucho, le diagnostican cáncer. ¡Sí! ¡Cáncer! ¿Y quién dice que el adulterio no mata? Además, ¿cuántos abortos se realizan por adulterio? Por ejemplo, ¿cuántas mujeres, que han sido infieles y han quedado embarazadas, recurren al aborto para que el marido no lo descubra? ¡Matan a un inocente que no puede hablar ni defenderse! Y estos son solo algunos ejemplos. ¡El adulterio mata de tantas formas diferentes! Entonces, todavía tenemos el valor de protestar contra Dios cuando las cosas no van bien, cuando tenemos problemas, cuando llegan las enfermedades: cuando somos nosotros quienes nos hemos buscado estas cosas con nuestros pecados, atrayendo el mal a nuestra vida. ¡Detrás del pecado siempre está el maligno! ¡Le abrimos las puertas cuando pecamos tan gravemente! Y aún así nos lamentamos de que Dios no nos ama. ¿Dónde está Dios, que permite esto o aquello? ¡Qué descaro el nuestro! Que sepan que Dios es la roca que protege el matrimonio. ¡Ay de aquel que intenta destruir un matrimonio! Cuando alguien lo intenta, choca con esta Roca que es Jesús. Dios defiende el matrimonio, ¡no lo duden jamás!
También quiero informarles que tengan mucho cuidado con aquellas suegras que se entrometen en el matrimonio de los hijos, que los perturban y causan problemas en sus relaciones. Asimismo, con el yerno o la nuera: tengan o no razón, ya están casados y no hay nada más que hacer. Lo único que queda es orar por ellos. ¡Ojalá oraran por ese matrimonio! ¡Muchas mujeres han perdido su alma por haberse entrometido en el matrimonio de sus hijos! ¡Este es un pecado grave! Si ven que algo no va bien, que uno de ellos o ambos están pecando, intercedan ante Dios por ellos; pidan ayuda a Dios. También pueden llamar a la pareja y hablar con ellos, invitándolos a salvar el matrimonio, a pensar en los hijos y recordándoles que el matrimonio es por amor, para dar y perdonar recíprocamente. Hay que luchar por el matrimonio, sí, pero nunca entrometerse de otra manera, y mucho menos tomar partido por uno u otro.
Honra a tu padre y a tu madre
Pensé que, con respecto al cuarto mandamiento, lo habría superado sin problemas, porque mis padres me habían costado mucho: gasté muchísimo dinero en ellos debido a sus enfermedades (de hecho, todos los análisis se hicieron a cambio de dinero), ya que ambos padecieron enfermedades graves antes de morir. Mi esposo era quien cubría los gastos, y yo le decía: “¡Cuidado con estos dos sinvergüenzas! No dejan ni un centavo al jubilarse y tenemos que gastar una fortuna en ellos. En cambio, los padres de mis amigos dejan beneficios y…”. Y el Señor me mostró cómo analizaba todo desde el punto de vista del dinero, porque incluso manipulé a mis padres cuando tuve dinero y poder, incluso me beneficié de ellos.
Con dinero, me hice dios, y pisoteé incluso a mis padres. ¿Sabes qué fue lo que más me dolió? Verlos allí… Mi padre lloraba, al ver que había sido un buen padre, que le había enseñado a su hija a ser una buena trabajadora, una luchadora, una emprendedora, a ser respetada, porque solo los que trabajan progresan… Pero olvidé algo en particular: que tenía alma, y que él era mi evangelizador, con su testimonio. Mi vida comenzó a hundirse, con el ejemplo que me dio. Ahora veía [desde el Purgatorio] con profunda tristeza, la responsabilidad que tenía ante Dios, ya que era un mujeriego, y solía decir alegremente, jactándose ante mi madre y ante todos, que era muy “macho”, porque tenía muchas mujeres y podía conquistarlas a todas. Además, bebía y fumaba. También era buena persona, pero tenía estos vicios, que según él no eran vicios, al contrario, los creía virtudes. Era muy orgulloso. Yo, que era apenas una bebé y veía cómo mi madre lloraba cuando él hablaba de las otras mujeres, empecé a llenarme de ira, de resentimiento y rabia. El resentimiento nace de la muerte espiritual: sentía una ira terrible al ver cómo mi padre humillaba a mi madre delante de la gente y cómo le hacía llorar tanto… Y ella no decía nada. Ahí comenzó mi rebelión.
Cuando era adolescente, solía decirle a mi madre: “Jamás seré como tú. Tú pisoteas la dignidad de las mujeres. Por esto las mujeres no valemos nada: ¡toda la culpa es de mujeres como tú, sin dignidad, sin orgullo, que se dejan pisotear y humillar por los hombres!”. Y a mi padre, solía decirle: “Papá, escucha bien: ¡Jamás permitiré que un hombre me haga lo que tú le haces a mamá! ¡Jamás! Si algún día un hombre me es infiel, ¡me reivindicaré! ¡Haré lo mismo para que aprenda!”. Mi padre me pegaba gritando: “¿Cómo te atreves, niña?”. No sé por qué mi padre era tan machista. Le dije: “Está bien, puedes pegarme… Pero si algún día me caso y mi marido me traiciona, me reivindicaré, le devolveré el golpe con la misma moneda, para que los hombres entiendan y experimenten cómo sufre una mujer cuando un hombre la pisotea y la humilla de esa manera”. Me llené de odio y resentimiento. Sentía tanta rabia que mi vida se convirtió en una rebelión: empecé a vivir con el deseo de defender a la mujer. Empecé a apoyar el aborto, la eutanasia, el divorcio, y aconsejaba a todas las mujeres que conocía que se reivindicaran si su marido las traicionaba. Nunca fui infiel físicamente, pero hice mucho daño a mucha gente con esos consejos.
Cuando por fin tuve una buena situación económica, empecé a decirle a mi madre: “Mamá, sepárate de papá, ¡porque es imposible soportar a un hombre así! ¡Ten un poco de dignidad, date valor, mamá!”. Aunque era así, quería a mi padre: ¿sabes que lo quería, a pesar de todo? Porque mi madre era una mujer realmente buena, que nunca, jamás, nos enseñó a odiar, ni a mi padre ni a nadie más. Y yo, ¡ya te puedes imaginar!, ¡quería que mis padres se divorciaran! Pero mi madre solía decir: “No, hija mía, no puedo; sufro, es cierto, pero me sacrifico por ustedes, mis hijos. Me sacrifico porque el suyo es un buen padre: sería incapaz de separarme de él y dejarlas sin padre. Y si me separara, ¿quién oraría para que su padre se salvara? Soy yo quien puede rogarle al Señor por él, para que encuentre la salvación; de hecho, el dolor y el sufrimiento que él me ocasiona, los uno a los dolores que Jesús sufrió en la Cruz. Todos los días voy a la iglesia, y ante el sagrario digo: “Señor, este sufrimiento no es nada; lo uno al de Tu Cruz, para que mi esposo y mis hijos se salven”. Encomiendo a tu padre a Jesús, junto con el Rosario. El diablo lo empuja hacia abajo, haciéndolo pecar, pero yo lo elevo con el Rosario; lo llevo ante el Santísimo Sacramento en el sagrario y le digo a Jesús: “Señor, está aquí; confío en que no me dejarás morir sin verlo convertido. Señor, no ruego solo por mi esposo, sino también por todas las mujeres que se encuentran en la misma situación, especialmente por aquellas que, en lugar de arrodillarse para suplicarte por su esposo y por sus hijos, se entregan a los hechiceros y adivinos, o bien los traicionan, entregando su propia alma y a su familia en las garras del maligno. Señor, ruego por estas mujeres, por estas familias”.
¿Sabes? ¡Ocho años antes de morir, mi padre se convirtió! Se arrepintió, pidió perdón a Dios, y el Señor lo perdonó. Estuvo en el Purgatorio, en la parte más profunda, sufriendo mucho, para reparar sus pecados. Reparar el pecado es algo que no tomamos muy en serio, no pensamos en ello. Ciertamente, a menudo no es posible, pero precisamente para esto el Señor nos concede la gracia de reparar nuestros errores mediante la Eucaristía. Cada vez que participamos en la Misa, el Señor nos da la gracia de reparar el mal que hemos cometido. Dios nos muestra, en la vida después de la muerte, las consecuencias de nuestros pecados, del mal que hemos hecho al prójimo. Incluso una mala mirada, una palabra hiriente… ¡Si pudiéramos ver lo terrible que es! ¡Y cómo lloramos, ahí, todos estos errores!
En el caso de mi padre, mi madre le pidió que aconsejara a mis hermanos que abandonaran la vida de pecado que llevaban. De hecho, seguían los pasos de su padre en la infidelidad, en la bebida… Eran su copia. Si hubiera hecho caso a su esposa, eso habría sido una reparación. Pero él siempre respondía que dejaran que los chicos se divirtieran, que solo estaban entretenidos y que ya tendrían tiempo de cambiar. Les dio un mal ejemplo a mis hermanos y no expió sus pecados. Allí, en el Purgatorio, lloraba y decía: “¡Estoy salvado gracias a los 38 años de oración de esta santa mujer que Dios me dio como esposa!”. ¡Mi madre pasó 38 años de su vida orando por él!
Satanás y su estrategia
Me encontré en uno de esos lugares cuando fui con una amiga, quien me llevó a consultar a una hechicera para que me predijera el futuro: allí fui marcada por la bestia. El maligno puso su sello sobre mí. Lo peor fue que, a partir de ese día, en que por medio de esa mujer recibí la marca del mal, comencé a tener trastornos: agitación nocturna, pesadillas, ansiedades, miedos e incluso un profundo deseo de suicidarme. ¡No entendía por qué tenía esos deseos! Lloraba, me sentía infeliz y nunca más volví a sentir paz. Rezaba, pero sentía al Señor lejos de mí: nunca más sentí esa cercanía con Él que tenía cuando era pequeña. ¡Claro! Le había abierto las puertas a la bestia, y el maligno había entrado con fuerza en mi vida.
Mentiras y la primera confesión mal hecha
Un día, mi amiga Estela me dijo: “¡Pero mira un poco, ya tienes 13 años y todavía no has perdido la virginidad!” ¡La miré asustada! ¿Cómo es posible…? ¿Qué quieres decir con esa frase?
Mi madre siempre me hablaba de la importancia de la virginidad; decía que estábamos sellando el pacto matrimonial con el Señor. Pero mi amiga, con aire de superioridad, me dijo: “Mi madre, en cuanto me vino la regla, me llevó al ginecólogo, ¡y ahora tomo la píldora!”. ¡En aquel entonces ni siquiera sabía qué era eso! Entonces me explicó qué eran las píldoras anticonceptivas para no quedar embarazada, y añadió que ya se había acostado con un primo, con un amigo, con este y con aquel… ¡Una lista enorme! ¡Afirmaba que era algo muy bonito! Mis amigas me dijeron: “¿De verdad no sabes nada?”. Como les dije que no, me prometieron llevarme a un sitio donde todas habían aprendido. Estaba preocupada: ¡sabía adónde me llevarían! Empecé a asomarme a un mundo nuevo para mí; nuevo y completamente desconocido.
Me llevaron a un cine bastante feo, en pleno centro de la ciudad, para ver una película pornográfica. ¡Imagínense el susto! ¡Una niña de 13 años que en aquel entonces ni siquiera tenía televisión en casa! ¡Imagínense lo que fue ver semejante película! ¡Casi me muero del susto! ¡Me parecía estar en el infierno! Quise salir corriendo de allí a toda velocidad… Pero no lo hice, por vergüenza delante de mis amigas… ¡Pero tenía muchísimas ganas de salir de allí, estaba aterrada!
Ese mismo día fui a misa con mi madre. Estaba tan asustada que quise confesarme. Ella se quedó delante del sagrario rezando. En el confesionario, confesé mis pecados habituales: que no había cumplido con mis deberes en casa, en la escuela, que había sido desobediente… Estos eran más o menos mis pecados habituales. Siempre iba al mismo sacerdote, así que él ya conocía más o menos mis faltas; pero ese día, también le dije que había ido al cine a escondidas de mi madre. El sacerdote, sorprendido, casi gritó: “¿A escondidas de quién? ¿Adónde fuiste?”. Desanimada, miré a mi madre y la vi tranquila en su sitio… ¡Por suerte no se dio cuenta de nada! ¡Imagínate si me hubiera oído…! Salí del confesionario enfadada con el sacerdote, y por supuesto, ¡no le dije qué tipo de película había visto! Si tan solo por decir que fui al cine a escondidas, el cura se escandalizó tanto, ¡imagínate si hubiera dicho lo que vi, lo que me habría hecho...! ¡¿Me habría pegado?!
¡Fue entonces el comienzo de la astucia de Satanás! De hecho, desde ese momento comencé a hacer malas confesiones. A partir de entonces, elegía lo que diría en la confesión: “Esto lo confieso, pero esto no; este pecado se lo digo al sacerdote, ¡pero este otro no!”. ¡Comenzaron mis confesiones sacrílegas! Fui a recibir al Señor sabiendo que no lo había confesado todo. ¡Lo recibí indignamente! El Señor me mostró cuán terrible era la degradación de mi alma, cuán grave era este proceso de muerte espiritual… Hasta el punto de que, al final de mi vida, ya no creía en el diablo ni en nada. Me mostró cómo, en la infancia, caminaba de la mano con Dios, tenía una profunda relación con Él, y el pecado hizo tal cosa que solté, paso a paso, de su mano. Ahora el Señor me dijo que quienes comen y beben su Cuerpo y su Sangre [sin discernir la dignidad] comen y beben su condenación: ¡Yo comí y bebí mi condenación! Vi, en el Libro de la Vida, cómo el demonio estaba desesperado porque a los 12 años todavía creía en Dios, todavía iba a la adoración eucarística con mi madre... Fue terriblemente desesperante ver esto.
Cuando comencé mi vida de pecado, el Señor me hizo sentir que perdía la paz interior. Empezó una batalla con mi conciencia, ¿y qué me decían mis amigas? Me decían: “¿Qué? ¿Confesarte? ¡Qué tonta eres, estás pasada de moda! ¿Y con quién, entonces? ¿Con esos curas, más pecadores que nosotras?”. Ninguna de ellas se confesaba. Yo era la única que seguía yendo. Empecé una guerra entre lo que me decían mis amigas y lo que me decían mi madre y mi conciencia… Poco a poco, la balanza empezó a inclinarse, y mis amigas ganaron. Así que decidí no volver a confesarme: ¡ya no me confesaría con esos viejos, que se escandalizaban solo porque iba al cine!
¡Mira la astucia de Satanás! Me distancié de la confesión a los 13 años. El diablo es un experto, ¿sabes? ¡Nos mete ideas equivocadas en la cabeza! A los 13 años, Gloria Polo ya era un cadáver andante, en espíritu. Pero para mí era importante, era motivo de orgullo, pertenecer a ese pequeño grupo de amigas, de chicas refinadas y expertas… Cuando tenemos 13 años creemos saberlo todo, y todo lo que tiene que ver con Dios está pasado de moda, o es una idiotez.
Aún no les he contado que, cuando se oyó la Voz de Jesús y los demonios se fueron de allí porque no podían soportarla, uno de ellos se quedó. Tenía autorización del Señor para quedarse. Este demonio, enorme, gritaba con alaridos horribles: “¡Es mía! ¡Es mía! ¡Es mía!”. Solo él se quedó, porque fue él quien me manipuló y, con su estrategia, me guió hacia mis debilidades para que pecara. ¡Fue él quien me apartó de la confesión! Por esto, el Señor le permitió quedarse a mi lado, y por eso ese horrible demonio gritaba que yo le pertenecía y me acusaba. Tenía permiso para quedarse porque yo morí en pecado mortal. Desde los trece años, cuando dejé de confesarme, hasta entonces, muchas veces hice malas confesiones. Por lo tanto, le pertenecía a ese demonio, y él podía quedarse durante mi juicio. ¡Imaginen mi vergüenza al ver con horror mis numerosos pecados, y aún más al oír a esa cosa horrible acusarme y decir que yo era suya! ¡Fue horrible!
El diablo me apartó de la confesión, y así me quitó la curación y la purificación del alma; el pecado que cometía no era gratuito. Sobre la pureza de mi alma, el maligno puso su marca, una marca de oscuridad… Y esta alma pura comenzó a llenarse de tinieblas. Nunca recibí bien la Sagrada Comunión: solo para la Primera Comunión hice una buena confesión. Desde entonces, nunca más: y recibí a mi Señor Jesucristo indignamente. Cuando nos confesamos, siempre, siempre, debemos pedirle al Espíritu Santo que ilumine y envíe su santa luz sobre la oscuridad de nuestra mente: porque una de las cosas que hace el maligno es oscurecer nuestra mente, para que pensemos que nada es pecado, que todo está bien, que no hay necesidad de ir al sacerdote a confesarnos, —y aún más, que ellos son pecadores mayores que nosotros— que la confesión está pasada de moda. Claramente, me era más conveniente no confesarme.
¿Sabes? Ni a mi amiga ni a mí nos gustaba ir a misa. Pero, como nuestra escuela estaba dirigida por religiosas, teníamos que ir con ellas. Había un sacerdote mayor que alargaba la misa, y para nosotras esas misas parecían una eternidad, nunca terminaban. Durante toda la misa, jugábamos, reíamos, sin prestar la menor atención a la celebración… Pero un día llegó un sacerdote nuevo, muy joven y guapo. Comentamos que un joven tan atractivo era un desperdicio al hacerse sacerdote… ¡Acordamos ver quién de nosotras lo conquistaría! ¿Te lo imaginas?
Las hermanas fueron las primeras en comulgar, e inmediatamente después fuimos nosotras, ¡todas sin confesarnos! Fuimos, como habíamos acordado, a ver quién conquistaba al sacerdote. Teníamos que desabrocharnos el botón de la blusa delante de él, justo en el momento en que nos iba a dar la comunión. Quien consiguiera que le temblara la mano sería la que tuviera los mejores pechos. Esa era la señal para saber que habíamos llamado la atención del sacerdote.
… ¡Las cosas diabólicas que el maligno nos obligó a hacer! … ¡Y se suponía que debíamos creer que solo eran bromas!
El aborto de mi amiga
En junio se fue de vacaciones con su madre. Ya tenía cinco meses de embarazo. Cuando mi amiga Estela regresó de vacaciones, ya no era aquella la niña bromista, siempre juguetona y alegre. Ahora tenía el rostro apagado, triste, muy triste. No quería contarme nada; pero un día, estando yo en su casa, se levantó la falda, me mostró la cicatriz en su vientre y me dijo: “Cuando mi madre se enteró de que estaba embarazada, se enfadó muchísimo, tanto que me cogió de la mano, me metió en el coche y me llevó al ginecólogo. Al llegar, le dijo al médico: “¡Está embarazada! ¡Hazme este favor, pide el precio que quieras, pero necesito que la operes inmediatamente y me soluciones este problema!”. Mi amiga abrió el armario de su habitación y vi un frasco de cristal con tapón rojo, lleno de líquido… ¡Dentro había un bebé completamente formado! ¡Jamás lo olvidaré! ¡Encima del tapón, la caja de pastillas anticonceptivas! Imagínate…
¡Mira cómo el pecado ciega a una persona enferma y a una madre espiritualmente débil, hasta el punto de llevar a su hija a abortar, e incluso a meter el feto en un frasco para que nunca más olvide tomar las pastillas… Y dejárselo en el armario, para que, en cuanto abra la puerta, vea inmediatamente ese macabro recipiente, y sobre la tapa, la caja con las pastillas! ¡Simplemente macabro y absurdo! ¡Esto es lo que hace el demonio cuando abrimos las puertas del pecado y no nos lavamos en la confesión! Cuando le pregunté a mi amiga si sufría todo esto y si estaba triste, me respondió irónicamente: “¿Y por qué iba a estar triste? ¡Al contrario, ahora estoy mejor porque me han liberado de este problema!”.
Pero era mentira, ¡porque nunca volvió a ser la misma! Poco después, cayó en una depresión. ¡Una depresión terrible!… Entonces empezó a consumir LSD, y como yo era su mejor amiga, naturalmente me ofreció un poco, pero me asusté. Por un lado, me hubiera gustado probarlo, porque me había dicho que la droga te hace sentir muy bien, que parece que vuelas, que estás en las nubes, y tantas otras cosas maravillosas que me tentaban a probarla… ¡Pero no pude! Seguí asustada y le dije que no, porque seguro que el olor de la droga se me habría quedado impregnado; y que mi madre, que tenía un olfato muy fino, lo descubriría… ¡y me mataría!
¡No lo intenté! El Señor me mostró ahora que no fue por miedo a mi madre que no lo intenté, sino por la gracia de Dios, porque tenía una madre que rezaba, y su oración con el Rosario me sostuvo y me impidió caer tan bajo.
Pero mi amiga no estaba contenta, empezó a gritarme y se indignaba por mi negativa a consumir… ¡Pero no podía, no podía! Esta fue una de las muchas gracias que recibí merecidas por una madre llena de Dios, que oró por mí, que vivió unida al Señor.
La pérdida de la virginidad: qué es el aborto
Me sentí mal al pensar en tener que cumplir esa promesa, pero no quería que ellas me hicieran un escándalo.
Cuando sucedió… me di cuenta de que mi madre tenía razón cuando decía que una chica que pierde la virginidad se consume. Sentí exactamente eso, que algo murió dentro de mí… Sentí que había perdido algo que ya no podía recuperar. Esa fue la sensación que me quedó, junto con una enorme tristeza. ¡No sé por qué dicen que el sexo es hermoso! ¡No sé por qué los jóvenes dicen que experimentan placer! ¡No creo que sea tan bueno! En mi país, Colombia, se ve en la televisión tanta publicidad que habla de sexo seguro, con el condón, y que fomenta su uso. Hay tanta explotación de la sexualidad… ¡Siento tanta tristeza al ver esto! ¡Si supieran! ¡Si supieran…!
En mi caso, les aseguro que me sentí muy triste y tenía un miedo tremendo a volver a casa, ¡y a que mi madre se diera cuenta de lo que había pasado! ¡Jamás podría volver a mirarla a los ojos, con el temor de que viera en los míos lo que hice! Sentía rabia y rebeldía, conmigo misma y con mis amigas, por haber sido débil, por haber hecho algo que no quería hacer, y por haberlo hecho solo para complacerlas…
Debo contar que, a pesar de los consejos de mi amiga y de todas las precauciones, ¡durante mi primera relación quedé embarazada!
¡Imaginen el miedo de una chica de 16 años al quedar embarazada! (Llora). Empecé a notar muchos cambios en mi cuerpo… ¡Incluso en medio del miedo, comencé a sentir ternura por esta criatura que llevaba en mi vientre!
Hablé con mi novio —que luego se convirtió en mi esposo— y le conté esto. Se sorprendió. ¡Esperaba que me dijera que nos casaríamos! Yo tenía 16 años y él 17. Pero me dijo que no podíamos alterar nuestra vida y que tenía que abortar. Muy preocupada, muy triste, fui a ver a mi amiga Estela, y ella me dijo: “¡No te preocupes! ¡No es nada! ¡Recuerda que ya lo he pasado varias veces! La primera vez me sentí un poco triste, la segunda vez fue más fácil, ¡y la tercera ya no sientes nada!”. “¿Pero te imaginas cuando llegue a casa y mi madre me vea con esa herida? ¡Me matará!”. “No te preocupes, ahora no hacen heridas tan grandes. La incisión que viste en mí era enorme porque el bebé ya era muy grande, pero en tu caso todavía es muy pequeño, ¡no te preocupes! No te pasará nada, ¡tu madre ni se dará cuenta!”.
¡Oh, hermanos, qué tristeza! ¡Qué gran dolor! ¡Cómo nos hace ver las cosas el diablo! … ¡Como si no fuera nada, como si fuera algo sin importancia! … ¡Como si un aborto provocado fuera lo más natural del mundo! ¡Al contrario, las estúpidas son quienes se sienten mal! ¡Que el sexo se debe vivir sin remordimientos, sin culpas!
¿Pero sabes por qué el maligno hace esto? ¿Por qué induce a la gente a esto? Porque, entre otras razones, ¡necesita sacrificios humanos! De hecho, por cada aborto provocado, Satanás adquiere más poder.
Nadie puede imaginar la consternación, el miedo y la culpa que sentí al llegar a ese hospital (bastante lejos de mi casa) para abortar. El médico me administró anestesia. Pero al despertar, ¡ya no era la misma! ¡Mataron a esa criatura y yo morí con ella! (Llora).
Sabes, el Señor me mostró en el Libro de la Vida aquello que no vemos con los ojos del cuerpo, y lo que sucedió cuando el médico practicó el aborto. Vi al médico que, con una especie de pinzas, agarró al bebé y lo hizo pedazos. ¡Ese bebé gritaba con tanta fuerza! Aunque no haya transcurrido ni un minuto desde la fecundación, ya es un alma adulta. Podemos usar la píldora del día después, o cualquier otro método, pero siempre estamos tratando de matar a un bebé con un alma adulta, completamente formada, porque no crece como un cuerpo, sino que es creada por Dios en el mismo instante en que el óvulo y el espermatozoide se encuentran, ¡en ese preciso momento! De hecho, vi en el Libro de la Vida cómo nuestra alma, en cuanto las dos células se tocaron, formaron una chispa de hermosa luz, y esta luz parecía ser un sol que proviene del Sol de Dios Padre. ¡En un instante, el alma creada por Dios es adulta, madura, a su imagen y semejanza! ¡Ese bebé es inmenso en el Espíritu Santo, que procede del Corazón de Dios!
El vientre de una madre, inmediatamente después de la fecundación, se ilumina repentinamente con el esplendor de esa alma y de su comunión con Dios. Cuando arrancas a ese bebé, esa vida… Vi cómo el Señor saltó cuando esa alma era arrancada de sus manos. Cuando lo mataban, el bebé gritaba tanto; ¡todo el Cielo temblaba! En mi caso, cuando maté a mi bebé, lo oí gritar mucho, ¡pero con tanta fuerza! Vi a Jesús en la Cruz que clamó y sufrió por esa alma, ¡y por todas las almas que son abortadas! El Señor grita desde la Cruz, con tanto dolor, tanta tristeza…!!! Si lo hubieras visto, nadie tendría el valor… de provocar un aborto (Ella llora).
Ahora les pregunto: ¿Cuántos abortos se practican en el mundo? ¿Cuántos en un día? ¿En un mes? ¿Comprenden la magnitud de nuestro pecado? ¿El dolor, el sufrimiento que le causamos a nuestro Dios? ¿Y cuán misericordioso es, cuánto nos ama, a pesar de la monstruosidad de nuestros pecados? ¿Comprenden el sufrimiento que nos infligimos a nosotros mismos y cómo el mal se apodera de nuestra vida?
El aborto es el pecado más grave; es el más terrible de todos.
Cada vez que se derrama la sangre de un bebé, es un holocausto para Satanás, quien adquiere así aún más poder. Y esa alma clama. Repito, estamos hablando de un alma adulta madura, aunque aún no tenga ojos, ni carne, ni un cuerpo formado… Ya es completamente adulta. Y este grito suyo tan grande, mientras la matan, devasta todo el Cielo. Por el contrario, es un grito de júbilo y de triunfo en el infierno. La única comparación que me viene a la mente es la final de un campeonato mundial de fútbol: imaginen toda esa euforia, pero en un estadio enorme, tan inmenso que se pierden los límites, lleno de demonios que gritan como seres enloquecidos su triunfo.
Ellos, los demonios, me arrojaron la sangre de esos bebés que aborté o en cuya muerte contribuí, y mi alma se volvió negra, completamente negra.
Después de los abortos, pensé que ya no tenía pecados… Lo más triste fue, en cambio, ver que Jesús me mostró cómo, también en mi planificación familiar, estaba matando… ¿Sabes por qué? Usaba el DIU (dispositivo intrauterino) como anticonceptivo. ¡Desde los 16 años hasta el día en que me cayó el rayo! Solo me lo quitaba cuando quería quedar embarazada (una vez casada), para luego volver a ponérmelo inmediatamente.
Quiero decirles a todas las mujeres que usan estos dispositivos intrauterinos: ¡sí, provocan abortos! Sé que a muchas mujeres les pasa —porque a mí también me pasó— ver coágulos de sangre bastante grandes durante la menstruación y sentir dolores mucho más fuertes de lo normal. Vamos al médico, que no le da mucha importancia: nos receta un analgésico, una inyección si el dolor es muy fuerte, diciéndonos que no nos preocupemos, que es normal, porque se trata de un cuerpo extraño, pero que no hay problema. ¿Saben lo que es, en realidad? ¡Es un microaborto! ¡Sí! ¡Microaborto! Los dispositivos intrauterinos provocan microabortos porque, en cuanto el óvulo y el espermatozoide se unen, como ya les dije, desde ese momento se forma un alma que no necesita crecer, pues ya es adulta: estos dispositivos impiden que el óvulo fecundado se implante en el útero, que así muere. ¡Esa alma es expulsada! Por eso estamos hablando de un microaborto. Un microaborto es un alma adulta, completamente formada, a la que no se le permitió vivir. Fue muy doloroso ver cuántos bebés fueron fecundados, pero luego expulsados. Estos pequeños soles, originarios del Sol de Dios Padre, estas chispas divinas, no pudieron implantarse en el útero debido al DIU. ¡Cómo gritaban, mientras eran arrancados de las manos de Dios Padre porque no podían implantarse! ¡Fue una escena terrible…! ¡Y lo peor es que no podía decir que no lo sabía!
Cuando iba a misa, no prestaba atención a lo que decía el sacerdote. Ni siquiera escuchaba, y si me hubieran preguntado qué versículos del Evangelio se habían leído, no habría sabido qué responder. Deben saber que los demonios están presentes incluso en la misa, para distraernos, para hacernos dormir, para impedirnos escuchar. Pues bien, en una de esas misas en las que estaba totalmente distraída, mi ángel de la guarda me dio un escalofrío y me destapó los oídos para que pudiera escuchar lo que el sacerdote decía en ese momento: ¡lo oí hablar precisamente de los dispositivos intrauterinos! Dijo que provocaban abortos, y que todas las mujeres que los usaban para controlar los nacimientos, en realidad estaban abortando; que la Iglesia defiende la vida, y que quien no la defiende no puede comulgar. Por lo tanto, ¡todas las mujeres que usan este método no pueden comulgar!
Al oír esas palabras, ¡me enfurecí con el sacerdote! ¿Pero qué clase de ideas tienen estos sacerdotes en la cabeza? ¿Con qué derecho? ¡Por esto la Iglesia no avanza! ¡Por esto y por aquello las iglesias están vacías! ¡Claro, porque no se rige por la ciencia! ¿Pero quiénes se creen que son estos sacerdotes? ¿Acaso piensan que van a dar de comer a todos los niños que podríamos tener?... ¡Salí de la iglesia furiosa!
Lo malo fue que, mientras era juzgada ante Dios, ¡no podía decir que no lo sabía! De hecho, a pesar de las palabras del sacerdote, no le hice caso y seguí usando el DIU.
¿Cuántos bebés había matado?… ¡Aquí está el motivo de mi profunda depresión! Porque mi vientre, en lugar de ser fuente de vida, se había transformado en un cementerio, en un matadero de bebés. Piénsenlo: una madre, a quien Dios le concedió el inmenso don de dar vida, de cuidar a su propio hijo, de protegerlo de todo y de todos, precisamente esa madre, con todos esos dones, mata a su pequeño hijo…
El diablo, con su estrategia malévola, ha llevado a la humanidad al punto de matar a sus propios hijos. Ahora entiendo por qué vivía en continua amargura, depresión, siempre de mal humor, maleducada, haciendo las cosas de mala manera, con mala cara, frustrada con todo y con todos. ¡Claro! Me había transformado, sin saberlo, en una máquina de matar bebés, y por eso me hundía cada vez más en el abismo. El aborto es el peor de todos los pecados porque matar a los niños aún en el vientre de la madre, matar a una criatura pequeña, inocente e indefensa, es darle poder a Satanás. El diablo manda desde las profundidades del abismo, ¡porque estamos derramando sangre inocente! Un bebé es como un cordero inocente y sin mancha… ¿Y quién es el Cordero sin mancha? ¡Es Jesús! ¡En ese momento, el bebé es la imagen y semejanza de Jesús! El hecho de que sea la propia madre quien mate a su hijo determina un vínculo profundo con la oscuridad, permitiendo que más demonios del infierno salgan a destruir y estrangular a la humanidad. Es como si se abrieran los sellos… Sellos que Dios puso para impedir que el mal saliera, pero que, con cada aborto, se abren… Y así salen larvas horribles, de modo que hay más y más demonios…
Salen a perseguir y a acosar a la humanidad, y luego nos convierten en esclavos de la carne, del pecado, de todas las cosas malas que vemos, y veremos cada vez más. Es como si les diéramos la llave del infierno a los demonios, para que escaparan. Y así escapan más demonios, de la prostitución, de las aberraciones sexuales, del satanismo, del ateísmo, del suicidio, de la indiferencia… De todos los males que vemos a nuestro alrededor. Y el mundo empeora cada día… Piensa en cuántos bebés mueren cada día: ¡todo eso es un triunfo del maligno! Para que sepas que, por el precio de esa sangre inocente, el número de demonios fuera del infierno crece; ¡circulan libremente entre nosotros! ¡Refugiémonos! … ¡Pecamos sin siquiera darnos cuenta! Y nuestra vida se transforma en un infierno, con problemas de todo tipo, con enfermedades, con tantos males que nos afligen; todo esto es la pura y simple acción del demonio en nuestra vida. Pero somos nosotros, solo nosotros, quienes abrimos las puertas del mal con nuestro pecado, y le permitimos circular libremente en nuestra vida. ¡No solo pecamos con el aborto!… Pero es uno de los peores pecados. ¡Y encima tenemos el descaro de culpar a Dios por tanta miseria, tanta desgracia, tantas enfermedades y tanto sufrimiento!
… Pero Dios, en su infinita bondad, aún nos da el sacramento de la Reconciliación, y tenemos la oportunidad de arrepentirnos y lavar nuestros pecados en la confesión, rompiendo así los lazos que nos atan a Satanás y a su influencia en nuestra vida. De esta manera podemos lavar nuestra alma. … ¡Pero en mi caso, no lo hice!
Malos consejos
¿Cuántas veces matamos, también espiritualmente? ¿Cuántos de nosotros nos preocupamos de que nuestros hijos tengan ropa que ponerse, que coman adecuadamente, que puedan estudiar…? Y si se enferman, corremos inmediatamente al médico… Pero ¿cuántos de nosotros, a menudo, matamos a nuestros hijos? Muchos están tristes, o llenos de ira, amargados, porque no tienen cerca a su padre o a su madre, no tienen el amor de sus padres. Imagínense a una mujer que se presenta en la iglesia, por ejemplo, y dice: ““Te doy gracias, Dios mío, por estos hijos tan buenos que me diste; son tan buenos, pero tan buenos, que desde que el padre me dejó, lo odian, ¡y solo me aman a mí!” ¿Saben lo que hizo esta madre? Mató a sus hijos espiritualmente. ¡Porque odiar es matar! ¡Cuántas veces envenenamos a nuestros hijos?! ¡No se imaginan cuánto le duele a Dios que los enojemos, que los envenenemos contra el padre o la madre! ¡Dios no lo permite!
Jesús me mostró que yo era una asesina terrible, porque no solo pequé al abortar, sino que también financié muchos abortos. ¡Ese es el poder que me dio el dinero! Me convertí en cómplice. De hecho, solía decir: ¡la mujer tiene derecho a seguir embarazada o no!… Miré el Libro de mi Vida… ¡Y cuánto me dolió ver lo que hice años después, cuando ya era adulta! Cuando tenemos veneno dentro de nosotros, no podemos dar nada bueno a los demás, y todos los que vienen a nosotros se arruinan. Algunas chicas, tres de mis primas y la prometida de mi primo, venían a menudo a mi casa. Siendo yo la que tenía dinero, las invitaba y les hablaba de moda, de “glamour”, de cómo exhibir su cuerpo para ser atractivas, y les daba consejos a cucharadas. ¡Miren cómo las prostituí! ¡Prostituí a las pequeñas! Este fue otro pecado horrible, después del aborto. Las prostituí, porque les di estos consejos: “No sean tontas, muchachas, no hagan caso a sus madres, que les hablan de castidad y virginidad: es cosa del pasado. Hablan de la Biblia, que tiene 2000 años… Y luego, estos sacerdotes, que no quieren actualizarse, les hablan de lo que dice el Papa, pero el Papa también está pasado de moda”. Consideren el veneno que les transmití a estas muchachas. Les dije que podían arreglar su propio cuerpo, solo que debían tener cuidado de no quedar embarazadas… Y les enseñé con qué métodos.
La novia de mi primo, que tenía 14 años, llegó un día a mi consulta externa llorando desconsoladamente. Me dijo: “Gloria, soy una jovencita, soy una jovencita, ¡y estoy embarazada!”. Casi le grité: “¡Estúpida! ¿Acaso no te he enseñado a hacer estas cosas?”. Y ella respondió: “Sí, sí, ¡pero no funcionó!”.
¿Sabes lo que Dios quería de mí en ese momento? Que apoyara a esa chica para que no cayera en el abismo, para que no abortara. El aborto es una corriente que te arrastra, que causa sufrimiento, porque siempre sentirás un vacío, un dolor, al ser la asesina de tu hijo. Lo peor para esta chica fue que, en lugar de hablarle de Jesús y ayudarla, consolarla y apoyarla, ¡le di el dinero para que abortara! Ciertamente, en un lugar seguro, para que no sufriera daño físico… Pero quedó marcada espiritualmente, y para toda su vida.
De esta forma, financié muchos otros abortos. Pero aún tenía el valor de decir que yo no mataba, que era buena, que era católica…
Además, a quienes no me agradaban, los odiaba y detestaba, y hablaba mal de ellos. Era una hipócrita, una mentirosa y una asesina, porque no solo con armas se mata a una persona. Odiar, calumniar, envidiar, ridiculizar, hacer el mal, también es matar.
Expiar nuestros pecados
Otro acto de reparación es el “bautismo de intención”… ¡Contemplen la sabiduría de la Iglesia Católica! ¡Estos bebés entran en la Gloria de Dios! Ahora son angelitos que oran e interceden por nuestra salvación. ¡Contemplen la belleza de la “economía” de Dios! ¡Vean cómo Dios lo transforma todo para nuestro bien! ¡Nada se pierde! Y cuando alguien evangeliza sobre el aborto y un bebé se salva, ¡esto también es expiación! Cuando una mujer aborta, además de pedir perdón a Dios en la confesión y prometer no abortar jamás, también puede contribuir a evitar otros abortos, de otras mujeres: al hacerlo, expía su pecado enormemente. ¡Esto es reparación!
Mi falta de amor a Dios
Como hacen algunos con Buda: ¡le rascan la barriga pidiéndole dinero! ¡Así hice yo con el Niño Jesús! ¡Imagínense mi descaro! ¡Qué falta de respeto! ¡Y el Señor me mostró cuánto le dolían mi desilusión y mi falta de respeto! ¡Cuánta tristeza y vergüenza sentía ahora! El dinero llegaba, sí, ¡pero desaparecía enseguida! Era como si, cuanto más deprimida estaba, me llegaba el dinero, pero más deprimida me quedaba cuando me quedaba sin nada. Al final me encontré en una situación económica cada vez peor.
En estas circunstancias, una señora me contó que había pasado por una situación similar, pero que acudió a un pastor protestante que alguien le había recomendado, ¡y todo mejoró! En cuanto oí esto, le pregunté inmediatamente dónde podía estar, ¡porque quería ir allí enseguida! … ¡Mira mi infidelidad!
Así que fui a ver a ese pastor, y él oró por mí imponiéndome las manos, y me hizo comulgar según su costumbre. Piénsenlo, yo recibía el Cuerpo y la Sangre del Señor en mi religión católica. Voy allí [a la comunidad protestante], ¡y me hacen comulgar como si fuera la primera vez!
Sus celebraciones eran muy animadas: saltaban, aplaudían… Me dije a mí misma: ¡Qué aburridos son esos sacerdotes católicos! Tan sosos y repugnantes, esas misas tan molestas… ¡No hay comparación con estas, que nos hacen sentir tan bien, tan alegres!
Allí no creen en imágenes y dicen que son idolatría. Por eso, dejé de arrodillarme ante un crucifijo, porque lo consideraba idolatría. Cuando empecé a frecuentar estas comunidades evangélicas, tenía una vecina, una anciana muy pobre, que vivía frente a mi casa. La ayudaba dándole el dinero que necesitaba para pagar la luz y el agua, y a veces le hacía la compra para que pudiera comer. Como se pueden imaginar, ¡esta anciana me tenía mucho cariño!
Pero cuando no tenemos a Dios dentro de nosotros, incluso las buenas obras que hacemos se corrompen, como nuestros pecados.
Como dije, cuando comencé a ir a ellos, me gustaron mucho los lugares evangélicos; de hecho, más que ser alegres en sus celebraciones, decían que ataban a los espíritus malignos y cosas similares.
Ahora bien, aquella anciana era católica, pero me aproveché de la amistad que sentía por mí y logré convencerla, comenzando así a destruir su fe. En pocas palabras: debido a los consejos e ideas que le inculqué, murió sin haber recibido los sacramentos. No quería recibirlos porque ya no los consideraba importantes. ¡Miren cómo influimos en quienes nos rodean! Cuando hay maldad en nuestro interior, terminamos llevando a otros, a quienes se acercan a nosotros, a nuestros mismos errores. ¡Basta con ver lo que le hice a aquella anciana!
Pero cuando aquel pastor protestante me pidió el diezmo, me enfurecí; de hecho, en aquel entonces ya estaba en bancarrota y, para colmo, ¡me exigieron el 10% de mis ingresos!… ¡Fue así como mi fascinación por el protestantismo se desvaneció por completo!
El sexto mandamiento: el adulterio
De hecho, después de casarme, jamás besé a nadie más que a mi esposo. Pero el Señor me mostró que exhibía demasiado mi cuerpo cuando andaba con los pechos al descubierto, con las faldas ajustadas, con la ropa que usaba… Pensaba que los hombres me miraban simplemente para admirarme… Pero el Señor me mostró cómo pecaban conmigo: porque no se trataba de admiración, como yo creía, sino de provocación, y ellos se sentían provocados por mi culpa. Cometí adulterio por haber exhibido mi cuerpo. No comprendía la sensibilidad masculina. Creía que pensaban como yo, que al verme pensarían: “¡Qué cuerpo tan bonito!”. En cambio, pecaron por mi culpa. Nunca fui infiel por haberme entregado a los brazos de un hombre, pero era como si fuera una prostituta de espíritu. Más que nada, pensaba en reivindicarme si mi marido me hubiera sido infiel, así que aconsejaba a otras mujeres que hicieran lo mismo cuando descubrían que sus maridos las habían engañado. “¡No seas tonta! ¡Reivindicate, no perdones! ¡Demuestra tu valía! ¡Por esto las mujeres somos tan menospreciadas por los hombres, tan pisoteadas!”. Sabes, con estos consejos, mis amigas y yo logramos separar a una de ellas. Había sorprendido a su marido en la oficina mientras besaba a la secretaria. Con nuestros consejos, no la dejamos reconciliarse, aunque él le pidió perdón, sinceramente arrepentido. Ella incluso quería perdonarlo, porque lo amaba; pero no le permitimos el perdón. Al final se divorciaron, y dos años después ella se casó por lo civil con un argentino. ¿Lo entiendes? Al aconsejar de esta manera, me convertí en adúltera por dentro. Jesús me enseñó, y lo comprendí bien, cuán abominables son los pecados de la carne, porque la persona se condena a sí misma, aunque el mundo afirme que todo está bien.
En toda mi vida solo tuve un hombre, mi esposo; pero los pecados también están en los pensamientos, en las palabras, en las acciones: fue muy triste ver cómo el pecado y el adulterio de mi padre nos causaron tanto daño. En mi caso, me transformó en una persona resentida; caí en el rencor contra los hombres, mientras que mis hermanos se convirtieron en fieles copias de mi padre. ¿Acaso creen que es una satisfacción llamarse tan “machos”? Son mujeriegos, beben y no se dan cuenta del mal que les hacen a sus propios hijos. Por esto, mi padre lloraba con gran sufrimiento en el Purgatorio, viendo las consecuencias de su pecado y del ejemplo que les había dado.
Nos condenamos a nosotros mismos, con promiscuidad, porque es vivir como si fuéramos animales: ratones, perros… aquí y allá…
El séptimo mandamiento: No robarás
¿Y cómo se repara…? ¿Cómo se puede reparar el honor de alguien después de haber difundido chismes o calumnias? ¿Cómo se puede restaurar el buen nombre de esa persona? ¡Sí, es difícil! Por eso, en el Purgatorio, quienes han hecho daño a alguien con sus palabras sufren mucho. Casi todos usan la lengua para criticar, destruir, ofender, devastar el buen nombre de las personas. ¡Esas lenguas, allá abajo, son la causa de un gran sufrimiento! ¡Arden! ¡Cómo arden! ¡No te lo puedes imaginar! El Señor me mostró cómo nos engañamos a nosotros mismos en los juicios que hacemos sobre los demás. Mientras nosotros, por ejemplo, miramos con desprecio a una prostituta, el Señor la mira con infinito amor, con infinita misericordia. Él ve en su interior, conoce toda su vida y sabe qué la llevó a la prostitución. ¿Sabes que muchas de ellas viven así por nuestros pecados, también por nuestro desprecio y por nuestra falta de amor al prójimo? ¿Acaso alguien ha tendido la mano para ayudar a una prostituta? Pasamos la vida juzgando y viendo los defectos de los demás, sus errores, y condenándolos. Pero cuando vemos a alguien cometer un error, al menos guardemos silencio, arrodillémonos y oremos por esa persona. A veces no podemos hacer nada más, pero Dios sí. No la juzguemos, no la critiquemos, pues de lo contrario pecamos más que ella. No podemos dar falso testimonio, ni colaborar para que se difunda, ni juzgar, ni mentir, porque al hacerlo le robamos la paz al prójimo. Y cuidado, porque una mentira siempre es una mentira. No hay grandes ni pequeñas, verdes, amarillas ni rojas: mentir siempre es grave, y el padre de la mentira es Satanás.
En mi caso, ¿tantas mentiras para qué? Mi vida quedó expuesta a la luz de Dios. ¿Y tú?… Pero que sepas que del otro lado nadie se atreve a discutir ni a exigir nada… ¡Ahí solo están tu conciencia y Dios!
En mi opinión, por ejemplo, mis padres presenciaron mis mentiras, pero mi madre no me acusó. Simplemente me miró con infinita ternura. Mi peor mentira, entonces, fue mentirme a mí misma cuando dije que no había matado, que no había robado, que era una buena persona, que nunca le había hecho daño a nadie y que Dios no existe; ¡y que de todos modos iría al Cielo! ¡Qué tremenda vergüenza sentía ahora!
El Señor continuó mostrándome que, mientras yo estaba en mi casa, se desperdiciaba comida. En otras casas del mundo había hambre, y me dijo: “Observa: yo tuve hambre, y mira lo que hicisteis con lo que os di: lo desperdiciasteis. Yo tuve hambre, y mira lo que hicisteis, esclava de la moda, o de lo que la gente decía de ti, de las apariencias: comprabais artículos de marca, joyas, llegasteis al extremo de gastar 150.000 pesos en cada inyección para estar delgada, esclava de tu cuerpo… al extremo de convertirlo en un dios. Mira cuántos no tienen con qué vestirse, ni qué comer; no saben cómo pagar las cuentas”.
… Jesús me mostró el hambre de mis hermanos, y cómo yo también era responsable del hambre y de las condiciones en que se encontraban mi país y el mundo… ¡Porque todos somos responsables! Me mostró cómo yo tenía algo que ver con todo esto, porque cuando hablaba mal de alguien, esa persona perdía su trabajo y el sustento para su familia, y yo le robaba el honor y el buen nombre. ¿Y después, cómo podría restituírselo? Me mostró que era más fácil devolver el dinero robado, porque uno podía darlo y así reparar el pecado. Pero cuando robas el buen nombre de una persona, después de que la calumnia ya se ha propagado, ¿quién puede devolverle el honor? ¡Se le hace tanto mal, en el trabajo o en las relaciones con los demás! ¡Se destruyen matrimonios! ¡Tanto mal! ¡Tanto mal!
Y aun así, les robé a mis hijos la gracia de tener una madre en casa, una madre tierna, dulce, que podría haberlos amado y acompañado. En cambio… ¡La madre ausente, los niños solos, con la televisión de “Mamá” y la computadora de “Papá”, y los videojuegos…! Y yo creyendo ser la madre perfecta. Salía de casa a las 5 de la mañana y no regresaba hasta las 11 de la noche.
Para tranquilizar mi conciencia, les compraba cosas de marca y todo lo que quisieran.
Me aterroricé al ver a mi madre preguntándose dónde se había equivocado… ¡Qué debía hacer o no hacer con respecto a mi educación! Era una mujer santa que nos transmitió y sembró en nosotros los principios del Señor. Así que me dije: ¿qué será de mí, que no hago nada de eso por mis hijos? Con escalofrío, me pregunté: ¿qué será cuando Dios me juzgue por mis hijos? ¡Qué horror! ¡Qué inmensa tristeza! Les robé la paz a mis hijos: ahora lo veo en el Libro de la Vida. ¡Experimenté una gran vergüenza!… En el Libro de la Vida vemos todo, toda nuestra vida como una película. ¡Qué dolor fue ver a mis hijos diciendo: “¡Ojalá mamá llegue tarde! ¡Ojalá haya mucho tráfico y llegue más tarde! ¡Porque es tan aburrida, desagradable, y cuando llega siempre se queja y grita todo el día!” ¡Qué tristeza, hermanos! ¡Una niña pequeña de tres años, y los otros un poco mayores, diciendo estas cosas! ¡Esperando que su madre no llegara! Les robé a estos niños una madre. Les robé la paz que debería haberles dado en casa. No viví de tal manera que pudieran conocer a Dios por medio de mí, ni amar a su prójimo. Pero, por otro lado, no podía dar lo que no tenía: ¡no amé a mi prójimo! Y si no amo a mi prójimo, tampoco amo al Señor. Porque Dios es amor…
Mentir también es robar. En esto yo era una experta, ¿sabes? Porque Satanás se convirtió en mi padre. De hecho, puedes tener por padre a Dios o a Satanás. Si Dios es Amor, y yo era odio, ¿quién era mi padre? Si Dios me habla de perdón y amor para quienes me hacen daño, mientras yo decía que “quienes me hacen eso deben pagar”, entonces yo era vengativa, una mentirosa, y si Satanás es el padre de la mentira, ¿entonces quién era mi padre? Las mentiras son mentiras, y Satanás es el padre de eso. ¡Los pecados de la lengua son terribles! Vi todo el mal que había hecho con mi lengua, cuando criticaba, cuando ridiculizaba, cuando ponía apodos a alguien. ¡Cómo se sentía esa persona! ¡Cómo el apodo con el que ridiculizaba la lastimaba, creándole tremendos complejos de inferioridad, capaces de destruirla! Por ejemplo, llamé “gorda” a una persona que era gorda, haciéndola sufrir, y por esa palabra, terminó destruyéndose a sí misma.
Les contaré más sobre esto. A los 13 años, yo formaba parte de ese pequeño grupo de amigas, al que era un honor pertenecer… un pequeño grupo de chicas refinadas y expertas. El Señor me mostró cómo esta compañía de “chicas muy buenas” mató espiritualmente a una compañera de clase. Había en clase una chica gorda, obesa. Mis amigas comenzaron a atormentarla, a burlarse de ella, a insultarla con nombres ofensivos, como foca gorda, elefante y otros. Nos reíamos de ella. Yo hacía lo mismo, solo para no parecer fuera de lugar. Ahora, en el Libro de la Vida, vi cómo esta pobre criatura siempre tenía más complejos debido a su obesidad. Se miraba en el espejo, y cada vez se veía más fea. Así que comenzó a odiarnos, y a odiarse a sí misma; y cuanto más se miraba, más se odiaba. Y el odio es muerte, es la muerte del alma. En medio de esta desesperación, la niña un día bebió una botella de yodo para ver si bajaba de peso. ¿Pero sabes lo que pasó? ¿Sabes cómo terminó por culpa del yodo? ¡Casi ciega! Sufrió una fuerte intoxicación y quedó casi ciega. Por eso no volvió al colegio. No nos importó saberlo. No la volvimos a ver y no nos interesaba saber por qué.
Por eso les digo, hermanos, que los pecados colectivos son gravísimos, ¡porque son nuestros pecados, personales! El pecado de esa muchacha fue por nuestro pecado. El pecado de la comunidad también es vuestro pecado, ¡porque no hicisteis nada para evitarlo! Y esto no solo se aplica al pecado individual, sino también a los pecados de la humanidad, por los que no hicisteis nada para evitarlos.
¡El poder de la palabra…! Destruimos a esa chica, poniéndole sus apodos; el diablo entró y la arruinó, y ahora ella, a su vez, puede destruir a otros con su odio, así se propagan las corrientes del mal. Donde hay odio, allí está el maligno. Así asesinamos a una compañera de escuela. ¡Matamos su alma!
Veinte años después… Tenía una prima muy guapa; le enseñé y aconsejé sobre cómo vestirse, cómo cuidar su cuerpo, cómo usar maquillaje, etc. Un día se quemó gravemente, más del 70% de su cuerpo. Solo la cara no se quemó. Pero fue muy grave, pudo haber muerto.
Me enfurecí, me enfurecí con Dios; entré en la capilla del hospital y grité: “¡Dios, si existes, demuéstramelo! ¡Muéstrame que existes, sálvala!”. ¡Imagínense mi orgullo! Bueno, mi prima sobrevivió. Pero quedó completamente quemada, con cicatrices graves. Sus manos quedaron deformadas… Una tristeza. En aquel entonces yo ya tenía una buena posición económica y solía pasear con ella, a veces la llevaba a la piscina. Pero cuando se metía en el agua, todos se iban protestando y decían: “¡Qué asco! ¿Por qué vienes con esa criatura? ¡Viene a arruinarnos las vacaciones!”.
¡Eso decían quienes la veían! La gente es mala, perversa, egoísta, cuando habla así, viendo la desgracia ajena. Por consiguiente, mi prima empezó a no querer salir de casa. ¡Llegó al punto de tener miedo de la gente! ¡Y al final los odiaba! (Llora).
En mi caso, ¿tantas mentiras para qué? Mi vida quedó expuesta a la luz de Dios. ¿Y tú?… Pero que sepas que del otro lado nadie se atreve a discutir ni a exigir nada… ¡Ahí solo están tu conciencia y Dios!
En mi opinión, por ejemplo, mis padres presenciaron mis mentiras, pero mi madre no me acusó. Simplemente me miró con infinita ternura. Mi peor mentira, entonces, fue mentirme a mí misma cuando dije que no había matado, que no había robado, que era una buena persona, que nunca le había hecho daño a nadie y que Dios no existe; ¡y que de todos modos iría al Cielo! ¡Qué tremenda vergüenza sentía ahora!
El Señor continuó mostrándome que, mientras yo estaba en mi casa, se desperdiciaba comida. En otras casas del mundo había hambre, y me dijo: “Observa: yo tuve hambre, y mira lo que hicisteis con lo que os di: lo desperdiciasteis. Yo tuve hambre, y mira lo que hicisteis, esclava de la moda, o de lo que la gente decía de ti, de las apariencias: comprabais artículos de marca, joyas, llegasteis al extremo de gastar 150.000 pesos en cada inyección para estar delgada, esclava de tu cuerpo… al extremo de convertirlo en un dios. Mira cuántos no tienen con qué vestirse, ni qué comer; no saben cómo pagar las cuentas”.
… Jesús me mostró el hambre de mis hermanos, y cómo yo también era responsable del hambre y de las condiciones en que se encontraban mi país y el mundo… ¡Porque todos somos responsables! Me mostró cómo yo tenía algo que ver con todo esto, porque cuando hablaba mal de alguien, esa persona perdía su trabajo y el sustento para su familia, y yo le robaba el honor y el buen nombre. ¿Y después, cómo podría restituírselo? Me mostró que era más fácil devolver el dinero robado, porque uno podía darlo y así reparar el pecado. Pero cuando robas el buen nombre de una persona, después de que la calumnia ya se ha propagado, ¿quién puede devolverle el honor? ¡Se le hace tanto mal, en el trabajo o en las relaciones con los demás! ¡Se destruyen matrimonios! ¡Tanto mal! ¡Tanto mal!
Y aun así, les robé a mis hijos la gracia de tener una madre en casa, una madre tierna, dulce, que podría haberlos amado y acompañado. En cambio… ¡La madre ausente, los niños solos, con la televisión de “Mamá” y la computadora de “Papá”, y los videojuegos…! Y yo creyendo ser la madre perfecta. Salía de casa a las 5 de la mañana y no regresaba hasta las 11 de la noche.
Para tranquilizar mi conciencia, les compraba cosas de marca y todo lo que quisieran.
Me aterroricé al ver a mi madre preguntándose dónde se había equivocado… ¡Qué debía hacer o no hacer con respecto a mi educación! Era una mujer santa que nos transmitió y sembró en nosotros los principios del Señor. Así que me dije: ¿qué será de mí, que no hago nada de eso por mis hijos? Con escalofrío, me pregunté: ¿qué será cuando Dios me juzgue por mis hijos? ¡Qué horror! ¡Qué inmensa tristeza! Les robé la paz a mis hijos: ahora lo veo en el Libro de la Vida. ¡Experimenté una gran vergüenza!… En el Libro de la Vida vemos todo, toda nuestra vida como una película. ¡Qué dolor fue ver a mis hijos diciendo: “¡Ojalá mamá llegue tarde! ¡Ojalá haya mucho tráfico y llegue más tarde! ¡Porque es tan aburrida, desagradable, y cuando llega siempre se queja y grita todo el día!” ¡Qué tristeza, hermanos! ¡Una niña pequeña de tres años, y los otros un poco mayores, diciendo estas cosas! ¡Esperando que su madre no llegara! Les robé a estos niños una madre. Les robé la paz que debería haberles dado en casa. No viví de tal manera que pudieran conocer a Dios por medio de mí, ni amar a su prójimo. Pero, por otro lado, no podía dar lo que no tenía: ¡no amé a mi prójimo! Y si no amo a mi prójimo, tampoco amo al Señor. Porque Dios es amor…
Mentir también es robar. En esto yo era una experta, ¿sabes? Porque Satanás se convirtió en mi padre. De hecho, puedes tener por padre a Dios o a Satanás. Si Dios es Amor, y yo era odio, ¿quién era mi padre? Si Dios me habla de perdón y amor para quienes me hacen daño, mientras yo decía que “quienes me hacen eso deben pagar”, entonces yo era vengativa, una mentirosa, y si Satanás es el padre de la mentira, ¿entonces quién era mi padre? Las mentiras son mentiras, y Satanás es el padre de eso. ¡Los pecados de la lengua son terribles! Vi todo el mal que había hecho con mi lengua, cuando criticaba, cuando ridiculizaba, cuando ponía apodos a alguien. ¡Cómo se sentía esa persona! ¡Cómo el apodo con el que ridiculizaba la lastimaba, creándole tremendos complejos de inferioridad, capaces de destruirla! Por ejemplo, llamé “gorda” a una persona que era gorda, haciéndola sufrir, y por esa palabra, terminó destruyéndose a sí misma.
Les contaré más sobre esto. A los 13 años, yo formaba parte de ese pequeño grupo de amigas, al que era un honor pertenecer… un pequeño grupo de chicas refinadas y expertas. El Señor me mostró cómo esta compañía de “chicas muy buenas” mató espiritualmente a una compañera de clase. Había en clase una chica gorda, obesa. Mis amigas comenzaron a atormentarla, a burlarse de ella, a insultarla con nombres ofensivos, como foca gorda, elefante y otros. Nos reíamos de ella. Yo hacía lo mismo, solo para no parecer fuera de lugar. Ahora, en el Libro de la Vida, vi cómo esta pobre criatura siempre tenía más complejos debido a su obesidad. Se miraba en el espejo, y cada vez se veía más fea. Así que comenzó a odiarnos, y a odiarse a sí misma; y cuanto más se miraba, más se odiaba. Y el odio es muerte, es la muerte del alma. En medio de esta desesperación, la niña un día bebió una botella de yodo para ver si bajaba de peso. ¿Pero sabes lo que pasó? ¿Sabes cómo terminó por culpa del yodo? ¡Casi ciega! Sufrió una fuerte intoxicación y quedó casi ciega. Por eso no volvió al colegio. No nos importó saberlo. No la volvimos a ver y no nos interesaba saber por qué.
Por eso les digo, hermanos, que los pecados colectivos son gravísimos, ¡porque son nuestros pecados, personales! El pecado de esa muchacha fue por nuestro pecado. El pecado de la comunidad también es vuestro pecado, ¡porque no hicisteis nada para evitarlo! Y esto no solo se aplica al pecado individual, sino también a los pecados de la humanidad, por los que no hicisteis nada para evitarlos.
¡El poder de la palabra…! Destruimos a esa chica, poniéndole sus apodos; el diablo entró y la arruinó, y ahora ella, a su vez, puede destruir a otros con su odio, así se propagan las corrientes del mal. Donde hay odio, allí está el maligno. Así asesinamos a una compañera de escuela. ¡Matamos su alma!
Veinte años después… Tenía una prima muy guapa; le enseñé y aconsejé sobre cómo vestirse, cómo cuidar su cuerpo, cómo usar maquillaje, etc. Un día se quemó gravemente, más del 70% de su cuerpo. Solo la cara no se quemó. Pero fue muy grave, pudo haber muerto.
Me enfurecí, me enfurecí con Dios; entré en la capilla del hospital y grité: “¡Dios, si existes, demuéstramelo! ¡Muéstrame que existes, sálvala!”. ¡Imagínense mi orgullo! Bueno, mi prima sobrevivió. Pero quedó completamente quemada, con cicatrices graves. Sus manos quedaron deformadas… Una tristeza. En aquel entonces yo ya tenía una buena posición económica y solía pasear con ella, a veces la llevaba a la piscina. Pero cuando se metía en el agua, todos se iban protestando y decían: “¡Qué asco! ¿Por qué vienes con esa criatura? ¡Viene a arruinarnos las vacaciones!”.
¡Eso decían quienes la veían! La gente es mala, perversa, egoísta, cuando habla así, viendo la desgracia ajena. Por consiguiente, mi prima empezó a no querer salir de casa. ¡Llegó al punto de tener miedo de la gente! ¡Y al final los odiaba! (Llora).
El Señor nos muestra a cada uno de nosotros lo que sucede cuando ridiculizamos a un hermano, sin una pizca de compasión. ¿Qué derecho tienes a hacer sufrir a alguien, a ponerle apodos y a insultarlo, sin saber por lo que está pasando? ¿Qué derecho tienes a ser tan cruel? ¡Dios te mostrará a cuántas personas has asesinado solo con la palabra! Verás el terrible poder que tiene la palabra para matar almas.
Y sin embargo, si me presentara ante el Santísimo Sacramento para pedir la gracia de la expiación por mis pecados, Dios sanaría el alma de mi prima. Porque nuestro Dios es un Dios de amor, y en la medida en que cerramos las puertas del mal, nos abre las puertas de la bendición. Cuando el Señor me hizo examinar los Diez Mandamientos, me mostró que decía amar y adorar a Dios con palabras… pero en realidad adoraba a Satanás. Criticaba todo y a todos; y todos me señalaban con el dedo: “¡santa gloria!”… Me mostró las veces que decía amar a Dios y al prójimo, pero era falsa y envidiosa… Me mostró como nunca fui agradecida con mis padres, ni les agradecí jamás su compromiso al darme una profesión para poder triunfar en la vida, todos los esfuerzos y sacrificios que hicieron… Todo esto yo no lo veía. Tan pronto como comencé mi profesión, incluso se volvieron inferiores a mis ojos… Tanto como para avergonzarme de mi madre, por su humildad y pobreza. Mira qué mentalidad tan vil.
Dios me dio un análisis de toda mi vida, a la luz de los Diez Mandamientos: me mostró cómo era yo con respecto al prójimo y con respecto a Él.
Y sin embargo, si me presentara ante el Santísimo Sacramento para pedir la gracia de la expiación por mis pecados, Dios sanaría el alma de mi prima. Porque nuestro Dios es un Dios de amor, y en la medida en que cerramos las puertas del mal, nos abre las puertas de la bendición. Cuando el Señor me hizo examinar los Diez Mandamientos, me mostró que decía amar y adorar a Dios con palabras… pero en realidad adoraba a Satanás. Criticaba todo y a todos; y todos me señalaban con el dedo: “¡santa gloria!”… Me mostró las veces que decía amar a Dios y al prójimo, pero era falsa y envidiosa… Me mostró como nunca fui agradecida con mis padres, ni les agradecí jamás su compromiso al darme una profesión para poder triunfar en la vida, todos los esfuerzos y sacrificios que hicieron… Todo esto yo no lo veía. Tan pronto como comencé mi profesión, incluso se volvieron inferiores a mis ojos… Tanto como para avergonzarme de mi madre, por su humildad y pobreza. Mira qué mentalidad tan vil.
Dios me dio un análisis de toda mi vida, a la luz de los Diez Mandamientos: me mostró cómo era yo con respecto al prójimo y con respecto a Él.
Amor al prójimo
Cuando me dijo: “tu dios era dinero”… Habíamos llegado, sí, a tener mucho dinero, pero últimamente estábamos con los números en rojo, llenos de deudas, y ya no teníamos ni un centavo. Entonces grité: “¿Pero qué dinero? ¡Lo que dejé en la tierra no son más que deudas!…”
En mi examen de los Diez Mandamientos, ¡no cumplí ni uno solo! ¡Terrible! ¡Qué horror! ¡Vivía en un auténtico caos! … ¿Pero cómo? … ¿Yo? ¿Yo, que nunca había matado? ¿Que nunca le había hecho daño a nadie? Eso creía… ¡Y en cambio, sí, había matado a muchísima gente!
El Libro de la Vida
No te imaginas lo maravilloso que fue presenciar el momento en que Dios me creó, en el vientre de mi madre. ¡Mi alma en la mano de Dios Padre! Descubrí a Dios Padre como tan bello, maravilloso, tierno, atento y cariñoso, que me cuida las 24 horas del día; que me amó, me protegió y siempre vino a buscarme cuando me alejé, con infinita paciencia. Yo solo había visto castigo, mientras que Él era solo Amor, solo Amor, porque no mira la carne sino el alma, y vio cómo me alejaba cada vez más de la salvación.
Sabes, mi madre llevaba siete años casada y aún no tenía hijos. En aquel momento estaba muy angustiada por la infidelidad de mi padre: estaba muy preocupada y afligida cuando se dio cuenta de que estaba embarazada. Lloró con gran aflicción. Aquello me afectó tanto que me marcó profundamente, ¡tanto que nunca me sentí amada por mi madre! Y sin embargo, siempre fue tan cariñosa, tan buena conmigo; siempre me dio amor y afecto, pero yo decía e insistía en que no me quería, y siempre viví con ese complejo. Por eso, solo los Sacramentos son la Gracia de Dios que nos cuida. Cuando me bautizaron, ¡deberías ver la fiesta que hubo en el Cielo! ¡Es una criatura pequeña que recibe en la cabeza un sello, el Sello de los hijos de Dios! ¡Es fuego! El fuego de pertenecer a Jesucristo.
Pero vi en el Libro de la Vida cómo, ya desde bebé, comencé a sentir las consecuencias del pecado de mi padre en el matrimonio, de los pecados que empecé a conocer, por ejemplo, sus mentiras, el vicio de la bebida, la infidelidad y el sufrimiento de mi madre. Todo esto me marcó y me provocó malos sentimientos, limitaciones emocionales y de comportamiento.
Los Talentos
¿Sabes de qué me pidió el Señor que rindiera cuentas? De mi falta de amor y caridad hacia el prójimo, y me dijo: “Tu muerte espiritual comenzó cuando te quedaste insensible al sufrimiento; y sin embargo, tú también lo experimentas. Estabas viva, pero muerta”. ¡Si pudieras ver lo que es la muerte espiritual! Un alma que odia es espantosa, fea, amargada, repugnante; causa molestia y lastima a todos. Es doloroso ver nuestra alma, cuando está llena de pecados… Vi la mía... por dentro, tenía un hedor tremendo, y estaba hundida en el abismo. Por eso había tanta depresión y amargura. El Señor me dijo: “Tu muerte espiritual comenzó cuando no te dejaste conmover por tus hermanos. Era una señal, cuando veías las tribulaciones de tus hermanos por todas partes, o cuando te enterabas por los medios de comunicación de asesinatos, secuestros… ¡Pero permanecías impasible! Solo decías con la boca: “¡Ay, pobrecitos!”. Pero no te afligías, en tu corazón no sentías nada, tenías el corazón de piedra, y fue el pecado lo que lo endureció”.
Ahora les cuento cómo el Señor me mostró los talentos.
Debes saber que nunca veía las noticias en la televisión, porque no me sentaba bien ver tantas muertes, tantas cosas desagradables… Solo me interesaban las últimas partes: dieta, horóscopo, poder mental, energías y mensajes sobre ese tipo de cosas… Todas esas cosas que el diablo usa para distraernos, para confundirnos… Ahora el Señor me mostró, en el Libro de la Vida, cómo un día, en Su Divina estrategia, retrasó los programas, y encendí la televisión cuando las noticias aún no habían terminado: vi a una humilde campesina, que lloraba sobre el cuerpo de su marido.
Debo decirles, hermanos, que el diablo nos acostumbra a las penas ajenas, a ver el sufrimiento de los demás pensando que ese problema no nos incumbe: [Así pensamos:] que los que están en apuros se las arreglen solos, porque no es mi problema. Pues bien, el Señor me mostró cuánto le duele cuando los periodistas solo se preocupan por causar impresión, sin conmoverse; solo piensan en vender la noticia, sin preocuparse, en este caso, por esa mujer. Cuando encendí la televisión y vi a esa campesina llorando, sentí un profundo dolor por su sufrimiento; me apenó mucho esa pobre mujer. ¡Fue el Señor quien permitió esto! Presté atención a lo que se decía y me di cuenta de que el lugar donde ocurrieron estos hechos era Venadillo, Tulima: ¡mi lugar de nacimiento…! Pero inmediatamente después comenzaron los programas diarios, donde hablaban de una dieta fenomenal, y me olvidé por completo de la campesina, porque estaba más interesada en la dieta. … ¡Nunca más volví a pensar en ella!
¡Quien no olvidó a la campesina fue Nuestro Señor! Me hizo sentir el dolor y el sufrimiento de aquella mujer, porque deseaba que la ayudara. Ese era el momento de usar los talentos que me había dado. Me dijo: “El dolor que sentiste por ella era yo, que te suplicaba que la ayudaras. Fui yo quien retrasó la noticia para que pudieras verla; pero no fuiste capaz de arrodillarte y orar por ella, ¡ni siquiera por un minuto! Te dejaste llevar por la dieta y ya no te acordaste de ella”.
El Señor me mostró la situación de aquella mujer. Era una familia de campesinos humildes. Lo primero que le pidieron al marido fue que abandonara la casa donde vivían. Él respondió que no, que no se iría. Entonces llegaron unos hombres para ahuyentarlo. El campesino los vio acercarse para echarlo y se dio cuenta de que estaban armados y que tenían la intención de matarlo. Vi toda la vida de aquel hombre: vi y sentí el miedo y la angustia que sentía; vi cómo corría a esconder a sus hijos y a su esposa bajo unas cosas que parecían enormes vasijas de barro. Lo vi huir de allí, pero aquellos hombres lo persiguieron. ¿Sabes cuál fue su última oración? “Señor, cuida de mi esposa y de mis hijos pequeños: ¡te los encomiendo!”. ¡Y lo mataron! Cayó muerto al suelo. Cuando le dispararon, el Señor me hizo sentir el dolor de aquella mujer y de sus hijos pequeños, que no podían gritar. (Ella llora).
De esta manera el Señor nos muestra el dolor que siente y el sufrimiento de los demás. Pero nosotros, a menudo, solo nos interesamos por nuestras cosas y no nos preocupamos ni un poquito por nuestros hermanos y sus necesidades. (Sigue llorando).
¿Sabes lo que el Señor quería? Quería que me arrodillara e intercediera por esa familia, por esa mamá y sus hijos. ¡Dios me habría inspirado para ayudarlos! ¿Y sabes cómo? Bastaba con dar unos pasos e ir a ver a un sacerdote que vivía frente a mi casa y contarle lo que vi en la televisión. Este sacerdote era amigo del pastor de ese pueblo (Venadillo, Tulima) y tenía una casa de huéspedes en Bogotá; él habría ayudado a esa mujer.
Saben, lo primero por lo que nos pide cuentas Dios, incluso antes que los pecados [de comisión], son las omisiones. ¡Son tan graves! ¡No se imaginan cuánto! Un día lo verán, como yo lo vi. ¡Estos pecados hacen llorar a Dios! Sí, Dios llora al ver a sus hijos sufrir por nuestra indiferencia y falta de compasión hacia el prójimo; por el hecho de que tantos sufren y no hacemos nada por ellos. El Señor nos mostrará, les mostrará a todos, las consecuencias del pecado de nuestra indiferencia ante el sufrimiento ajeno. Tanto dolor en el mundo se debe a nuestra indiferencia, despreocupación y dureza de corazón.
En resumen: aquella campesina, al verse perseguida (de hecho, también querían matarla), huyó con sus hijos y pidió ayuda al sacerdote del pueblo. El pastor, desolado, le dijo: “Hija mía, debes huir, porque si te encuentran te matarán”.
Con mucha prisa, hizo lo que le pareció mejor para ella: muy preocupado, la envió a Bogotá; le dio un poco de dinero y algunas cartas de recomendación.
Se marchó a toda prisa; se presentó, con esas cartas, en los distintos lugares que el pastor le había indicado, ¡pero nadie la acogió! ¿Sabes dónde acabó? ¿Sabes quién ayudó, al final, a esa mujer? ¡Los que la obligaron a prostituirse!
El Señor me dio otra oportunidad de ayudarla, ¡cuando años después la volví a ver! Era un día en que tenía que ir al centro de la ciudad. Detestaba ir allí, porque es un lugar donde se ve más miseria, y como me sentía superior, no me gustaba ver pobreza, indigencia y cosas así. Pero ese día realmente tenía que ir, y mientras pasábamos por allí, mi hijo me preguntó: “¡Ay!… Mamá, ¿por qué esa señora se viste así y lleva una falda tan corta?”. Le respondí: “¡No mires, hijo mío! Son mujeres despreciables, que venden su cuerpo por placer, por dinero: son prostitutas, son impuras”. ¡Imagínate! ¡Hablar así, envenenando aún más a mi hijo! Clasifiqué sin piedad a una hermana, caída en esa situación por la indiferencia de la gente. El Señor me dijo: “Los indiferentes son tibios, ¡y yo los vomito! ¡Una persona indiferente jamás entrará en el Cielo! La persona indiferente es aquella que transita por el mundo y nada le importa, nada la conmueve, a menos que sea su casa y sus intereses. Tu muerte espiritual comenzó cuando dejaste de interesarte por lo que les sucedía a tus hermanos, cuando solo pensabas en ti misma y en tu bienestar”.
Saben, lo primero por lo que nos pide cuentas Dios, incluso antes que los pecados [de comisión], son las omisiones. ¡Son tan graves! ¡No se imaginan cuánto! Un día lo verán, como yo lo vi. ¡Estos pecados hacen llorar a Dios! Sí, Dios llora al ver a sus hijos sufrir por nuestra indiferencia y falta de compasión hacia el prójimo; por el hecho de que tantos sufren y no hacemos nada por ellos. El Señor nos mostrará, les mostrará a todos, las consecuencias del pecado de nuestra indiferencia ante el sufrimiento ajeno. Tanto dolor en el mundo se debe a nuestra indiferencia, despreocupación y dureza de corazón.
En resumen: aquella campesina, al verse perseguida (de hecho, también querían matarla), huyó con sus hijos y pidió ayuda al sacerdote del pueblo. El pastor, desolado, le dijo: “Hija mía, debes huir, porque si te encuentran te matarán”.
Con mucha prisa, hizo lo que le pareció mejor para ella: muy preocupado, la envió a Bogotá; le dio un poco de dinero y algunas cartas de recomendación.
Se marchó a toda prisa; se presentó, con esas cartas, en los distintos lugares que el pastor le había indicado, ¡pero nadie la acogió! ¿Sabes dónde acabó? ¿Sabes quién ayudó, al final, a esa mujer? ¡Los que la obligaron a prostituirse!
El Señor me dio otra oportunidad de ayudarla, ¡cuando años después la volví a ver! Era un día en que tenía que ir al centro de la ciudad. Detestaba ir allí, porque es un lugar donde se ve más miseria, y como me sentía superior, no me gustaba ver pobreza, indigencia y cosas así. Pero ese día realmente tenía que ir, y mientras pasábamos por allí, mi hijo me preguntó: “¡Ay!… Mamá, ¿por qué esa señora se viste así y lleva una falda tan corta?”. Le respondí: “¡No mires, hijo mío! Son mujeres despreciables, que venden su cuerpo por placer, por dinero: son prostitutas, son impuras”. ¡Imagínate! ¡Hablar así, envenenando aún más a mi hijo! Clasifiqué sin piedad a una hermana, caída en esa situación por la indiferencia de la gente. El Señor me dijo: “Los indiferentes son tibios, ¡y yo los vomito! ¡Una persona indiferente jamás entrará en el Cielo! La persona indiferente es aquella que transita por el mundo y nada le importa, nada la conmueve, a menos que sea su casa y sus intereses. Tu muerte espiritual comenzó cuando dejaste de interesarte por lo que les sucedía a tus hermanos, cuando solo pensabas en ti misma y en tu bienestar”.
Los tesoros espirituales
¿Tesoros espirituales? ¡Tenía las manos vacías! Entonces me dijo: “¿De qué te sirvieron los dos apartamentos que tenías, las casas que poseías, las clínicas ambulatorias que considerabas con gran satisfacción, como una profesional? ¿Quizás podrías haber traído aquí un solo ladrillo? ¿De qué te sirvió tanto culto a tu cuerpo, todo el dinero gastado en él, todas las obsesiones por mantenerte en forma? ¿De qué te sirvió someterlo a tantas dietas que te llevaron a sufrir anorexia, bulimia, torturando tu cuerpo? ¿Hiciste de tu cuerpo, de ti misma, un dios? ¿Y de qué te sirve ahora, aquí? Fuiste muy generosa, es cierto, pero lo hiciste para que te lo agradecieran, para ser alabada, para que dijeran que eras buena. Manipulaste a todos, con dinero, para que a cambio te hicieran favores. Dime: ¿qué has traído aquí? Cuando te vi con la ruina económica, no fue un castigo como pensabas, sino una bendición. Sí, esa bancarrota fue para despojarte de ese dios, ¡ese dios al que servías! ¡Era para que volvieras a Mí! Pero te rebelaste, te negaste a bajar de tu nivel social y maldijiste, esclava de tu dios el dinero. Pensaste que lo habías conseguido todo por ti misma, con tu fuerza, con tus estudios, porque eras trabajadora, luchadora… ¡Pero no! Mira cuántos profesionales hay, con estudios académicos mejores que los tuyos; cuántos se dedican al trabajo tanto o más que tú: observa sus condiciones… Mucho se te dio, y por eso mucho se te pide; mucho debes responder”.
Piénsalo, ¡por cada grano de arroz que desperdicié, tuve que rendir cuentas a Dios! ¡Por todas las veces que tiré comida a la basura!
En mi Libro de la Vida, vi cuando era pequeña y mi familia era pobre. Mi madre cocinaba frijoles con frecuencia; y yo los odiaba, los detestaba. Decía: "¿Otra vez estos malditos frijoles? Algún día seré tan rica que no los volveré a comer jamás". Vi que una vez tiré los frijoles que mamá me había servido, sin que ella se diera cuenta, y cuando se sentó a comer notó que mi plato estaba vacío. Pensó que había comido de prisa porque tenía mucha hambre, y me sirvió otra vez, dándome la porción reservada para ella; así que terminó sin comer. Saben, el Señor me mostró que entre las personas más cercanas a mí, quien más pasaba hambre en aquel entonces era mi madre. Con siete hijos, muchas veces no comía para que nosotros pudiéramos comer, porque éramos muy pobres. Pues bien, ese día pasó hambre por darme lo que yo había tirado a la basura. Pero también sucedía, a menudo, que no comía porque alguien llamaba a la puerta pidiendo comida, y ella daba lo que estaba comiendo. Tenía hambre, pero nunca lo demostraba, nunca mostraba una expresión amarga, mucho menos triste, ni ninguna otra señal. Al contrario, siempre tenía una sonrisa y nadie se fijaba en ella. ¡Ya he contado lo maravillosa hija que yo era! Llamaba a mi padre “Pedro Picapiedra” y a mi madre le decía que era anticuada. Que era una vieja bruja, y otras cosas por el estilo. Incluso llegué a negar que fuera mi madre, porque me daba vergüenza. ¡Imagínate!
Y sin embargo, ¡no se imaginan las gracias, las bendiciones que se derramaron sobre mí y sobre el mundo entero gracias a mi madre! ¡Piensen en la gracia de tener una madre que va a la iglesia y, ante el sagrario, ofrece sus sufrimientos y su dolor a Jesús, y aún más, confía en Él! ¡Confía en Él!
El Señor me dijo: “¡Jamás nadie te ha amado ni te amará como tu madre! ¡Jamás! ¡Nadie te amará con tanta ternura como ella!”. Luego, el Señor me mostró todas las fiestas que ella me organizaba (después de mi cambio de estatus social)... En esos banquetes, en esos bufés, la mitad de la comida terminaba en la basura, sin que nadie se lo pensara dos veces.
El Señor continuó: “¡Mira a tus hermanos, que sufren de hambre! ¡Yo también tuve hambre!”, me dijo casi gritando. Sabes cuánto le duele al Señor el hambre, la necesidad y el sufrimiento de sus hijos. ¡Cuánto le entristece nuestro egoísmo y nuestra falta de caridad hacia el prójimo!
Y continuó haciéndome ver cuántas cosas refinadas y costosas había en mi casa. De hecho, en aquel entonces, tenía cosas muy caras en mi casa, ropa muy elegante, muy costosa. El Señor me dijo: “Yo estaba desnudo, y tú tenías un armario lleno de ropa cara que no usabas…”. También vi que, cuando vivíamos en un nivel social alto, si mis amigas compraban ropa de marca, yo tenía que comprarme una aún mejor; si una de ellas compraba un buen coche, yo tenía que comprarme uno mejor… Siempre quería algo mejor que ellas, porque tenía envidia. El Señor me dijo: “Siempre fuiste arrogante; te comparabas con los que estaban mejor que tú. ¡Con los ricos! Y nunca te fijabas en los que eran menos afortunados que tú. Cuando eras pobre, caminabas por el camino de la santidad, porque incluso dabas lo que te faltaba”. Y me demostró cuánto le complació mi gesto, una vez que mi madre, a pesar de nuestra pobreza, logró comprarme unas zapatillas de marca. Estaba muy feliz, pero me encontré con un niño descalzo en la calle y sentí tanta pena por él que me quité las zapatillas y se las di. Regresé a casa descalza, ¡y mi padre casi me mata! Y no sin razón: con la pobreza en la que vivíamos, ¡tanto sacrificio para comprarlas, y yo las regalaba por el camino! ¡Pero el Señor estaba contento con esto! ¡Qué contento estaba con mi camino! A pesar de que éramos una familia complicada y pobre, Dios derramó sobre nosotros muchas gracias y bendiciones gracias a los méritos de mi madre, a su bondad y a sus oraciones.
El Señor continuó mostrándome que, si no me hubiera cerrado a la Gracia y al Espíritu Santo, podría haber ayudado a mucha gente con los talentos que me había dado. Me mostró a toda la humanidad y cómo respondemos a Dios según cómo hemos vivido, con el corazón cerrado a Él, al Espíritu Santo y a sus inspiraciones divinas. Me dijo: “Te inspiré a orar por estas personas; si lo hubieras hecho, el mal no habría entrado en ellas, causándoles tanto daño”. Por ejemplo: una niña fue agredida sexualmente por su padre; si yo no me hubiera cerrado al Espíritu Santo, habría escuchado sus inspiraciones divinas y habría orado por ellos… y el maligno no habría entrado en ese padre, protegido por mi oración, y esa violencia no habría ocurrido ni habría causado tanto sufrimiento. O también, ese joven no se habría suicidado. El Señor continuó diciéndome: “Si hubieras orado, esa niña no habría abortado, esa persona no estaría muerta, sintiéndose abandonada por Mí, en una cama de hospital. Si hubieras orado, te habría aconsejado para que hubieras empezado a ayudar a tus hermanos. ¡Te habría guiado! ¡Te habría conducido a estas personas! ¡Hay tanto sufrimiento en el mundo, y tú podrías haber ayudado!”
Me mostró cuántas personas sufren en el mundo y cuánto podría haber ayudado. Pero jamás permití que el Espíritu Santo me conmoviera, ni me dejé llevar por el sufrimiento ajeno. El Señor me dijo: “Mira el sufrimiento de mi pueblo, mira cómo tuve que herir a tu familia con cáncer para que te conmovieras por quienes padecen la misma enfermedad. Te conmoviste por los secuestrados solo después de que tu propio esposo fuera secuestrado”. Y casi gritando: “¡Pero tú, de piedra! ¡Incapaz de sentir amor!”.
Para concluir, intentaré explicar cómo nos vemos a nosotros mismos en el Libro de la Vida.
Yo era muy hipócrita, falsa. Yo era de las que delante de la persona misma hablo bien, pero a sus espaldas hablo mal; que por fuera hablan bien, pero por dentro no se oye lo que dicen. Por ejemplo, le dije a alguien: “Eres guapa, qué bonito vestido, te queda muy bien”. Pero por dentro pensaba: ¡Qué asco, eres fea, y te crees la reina! En el Libro de la Vida se ve todo esto, con las diferencias también en los pensamientos. Todas mis mentiras salieron a la luz, a “rojo vivo”, tan evidentes que todos podían ver. Cuántas veces me fui a escondidas de mi madre, porque no me dejaba ir a ningún sitio, cuántas mentiras inventé: “Mamá, tengo que hacer un trabajo en grupo en la biblioteca”. Ella me creyó, y yo fui a ver una película pornográfica, o al bar a tomar una cerveza con mis amigas. Y ahí está mi madre, ahora, viéndolo todo en el Libro de la Vida… Ahora nada estaba oculto. ¡Qué vergüenza sentí! ¡Qué vergüenza! Cuando mis padres eran pobres, llevaba al colegio, para el almuerzo, un poco de leche y un plátano. Me comía el plátano y tiraba la cáscara por donde me encontraba; jamás se me ocurrió que alguien pudiera hacerse daño con esa cáscara. El Señor me hizo ver, de hecho, las consecuencias: alguien se caía, alguien se lastimaba… Pude haber matado a alguien con mi imprudencia y falta de compasión.
Vi, con gran dolor y vergüenza, cómo solo una vez hice una buena confesión, siendo adulta. Fue cuando una señora me dio 4.500 pesos de cambio de más, en un supermercado de Bogotá. Mi padre nos había enseñado a ser honestos, y a nunca tocar ni un centavo de otra persona; me di cuenta del error en el auto, mientras iba a mi clínica ambulatoria, y me dije a mí misma: “¡Pero mira a esta estúpida! ¡esa animal me dio 4.500 pesos de más! ¡Ahora debo regresar!” … Pero mirando por el espejo retrovisor, vi el tráfico congestionado, y dije: “¡No! ¡No voy a regresar, no quiero llegar tarde y perder tiempo! ¡Qué lástima por ella que haya sido tan idiota!” Pero sentí remordimiento por ese dinero. En cuanto a esto, mi padre nos había educado bien. El domingo fui a confesarme, y dije: “Me acuso de haber robado 4.500 pesos, y no haberlos devuelto; ¡Me los quedé para mí!” No presté atención a lo que me dijo el sacerdote, ¡pero el maligno no podía acusarme de ladrona!
Pero el Señor me dijo: “Fue una falta de caridad no devolver el dinero, porque para ti 4500 pesos no eran nada, pero para esa mujer era comida para tres días”. Lo más triste fue ver cómo esa mujer pasó hambre durante un par de días, por mi culpa, junto con sus dos bebés; así me lo mostró el Señor. Cuando hago algo, hay consecuencias de mis actos y de quienes sufren por ellos: porque nuestros actos siempre tienen consecuencias. Lo que hacemos, pero también lo que no hacemos, trae consecuencias para nosotros y para los demás. Todos verán estas consecuencias en el Libro de la Vida. Cuando llegue el momento de comparecer ante Dios para el juicio, lo verán, como yo misma lo vi. Cuando se cerró mi Libro de la Vida, imaginen mi tristeza, mi vergüenza, mi inmensa pena…
El Libro de mi Vida se cerró de la manera más hermosa. A pesar de mi comportamiento, de mis pecados, de mi miseria, de mi indiferencia y de mis horribles sentimientos, el Señor me buscó hasta el último instante: siempre me envió instrumentos, gente, me habló, me regañó, me quitó cosas, me dejó caer en desgracia para buscarme y para que yo lo buscara a Él. Me siguió siempre, hasta el último instante. ¿Sabes quién es nuestro Dios y Padre? Es un Dios poderoso, amoroso, que intercede junto a cada uno de nosotros para que nos convirtamos. En cambio, cuando las cosas iban mal, yo decía: “¡Dios me castigó, me condenó!”. ¡Claramente no es así! Jamás nos condena: de hecho, por mi libre albedrío, elegí libremente quién sería mi padre, y no fue Dios. ¡Elegí a Satanás como mi padre!
Cuando me cayó el rayo, antes de llevarme al Seguro Social, me llevaron a un hospital público, donde había muchos enfermos, muchos heridos, mucho sufrimiento, y no había una camilla disponible para mí. Y cuando los que me trajeron preguntaron a los médicos dónde podrían ponerme, solo dijeron: "¡Ahí abajo, ahí abajo!" Y mis rescatadores: "¿Pero ahí abajo, dónde?" "¡Ahí abajo, en el suelo!" Pero ellos no querían dejarme en el suelo, porque estaba muy quemada, y si hubiera contraído una infección, seguramente habría muerto... Mientras estaba en un rincón, durante esas horas, los médicos me miraban con una expresión... Es que no podían dejar a alguien que había tenido un infarto, por ejemplo, o que estaba en muy mal estado, pero con más posibilidades de sobrevivir que yo, que estaba totalmente quemada como una "tostada", y con toda probabilidad moriría.
Pero yo estaba consciente y muy irritada, murmurando porque los médicos no venían a verme. Pero hubo un momento en que me tranquilicé, sin quejarme, porque vi a Nuestro Señor Jesucristo, que estaba inclinado y muy cerca de mí, me tocó la cabeza con Sus manos y me consoló. ¿Puedes imaginar esto? ¿Puedes imaginar la ternura? Pensé: ¿es una alucinación? ¿Cómo es posible ver a Nuestro Señor aquí? Cerré los ojos, luego los abrí, ¡y seguí viéndolo allí! Me dijo, con gran ternura: “Mira, hijita mía, ¡estás a punto de morir! Siente la necesidad de Mi Misericordia”. ¡Imagínate…! Y así dijo: “¡Misericordia! ¡Misericordia!”, pero mientras tanto pensé: ¿por qué misericordia? ¿Qué mal he hecho yo?
No era consciente de mis errores, pero tenía claro que estaba a punto de morir, ¡sí! Por eso estaba triste… Inmediatamente recordé mis anillos... “¡Ay, estoy a punto de morir! ¡mis anillos de diamantes!” Miré y vi la carne de mis dedos totalmente quemada, como si hubieran explotado. Pero me dije: “¡Debo quitármelos, cueste lo que cueste! Si no, se romperán y perderán su valor”. No pensé en nada más; vi mis dedos hinchados y solo pensé en quitarme los anillos para que no se rompieran. No te imaginas el olor tan desagradable que tiene la carne quemada. Y cuanto más movía esos anillos, más apestaba. Sentía que me volvería loca del dolor, pero insistí y me dije: “¡No! ¡No y no! ¡Tengo que lograrlo! ¡Tengo que lograrlo, porque a mí nada me puede vencer, y esta carne no se hinchará, no señor! Me voy a quitar estos anillos de aquí, cueste lo que cueste, no moriré con ellos”. Cuando finalmente logré quitármelos, recordé de repente: “¡Oh, no! ¡Estoy a punto de morir, y estas enfermeras me robarán los anillos!”. Mientras tanto llegó mi cuñado. Yo, muy feliz, le dije: “¡Salva mis anillos!”. Se los entregué a él, que es médico, y no podía ser de otra manera: porque si no, no los habría tocado, sino que los habría tirado, ¡y muy lejos! De hecho, estaban quemados y con trozos de carne adheridos. Dijo que se los entregaría a Fernando, mi esposo, y añadió: “Díganles a mis hermanas que se lleven a sus hijos porque, los pobres, se quedarán sin mamá. ¡De hecho, no lograré salvarla!”. Lo peor fue que no aproveché esos momentos que Jesús me ofreció para pedirle misericordia y perdón. Pero ¿cómo iba a pedir perdón si creía que no tenía pecados? ¡Me creía una santa! Cuando nos creemos santos, es cuando nos condenamos a nosotros mismos.
El Libro de mi Vida se cerró de la manera más hermosa. A pesar de mi comportamiento, de mis pecados, de mi miseria, de mi indiferencia y de mis horribles sentimientos, el Señor me buscó hasta el último instante: siempre me envió instrumentos, gente, me habló, me regañó, me quitó cosas, me dejó caer en desgracia para buscarme y para que yo lo buscara a Él. Me siguió siempre, hasta el último instante. ¿Sabes quién es nuestro Dios y Padre? Es un Dios poderoso, amoroso, que intercede junto a cada uno de nosotros para que nos convirtamos. En cambio, cuando las cosas iban mal, yo decía: “¡Dios me castigó, me condenó!”. ¡Claramente no es así! Jamás nos condena: de hecho, por mi libre albedrío, elegí libremente quién sería mi padre, y no fue Dios. ¡Elegí a Satanás como mi padre!
Cuando me cayó el rayo, antes de llevarme al Seguro Social, me llevaron a un hospital público, donde había muchos enfermos, muchos heridos, mucho sufrimiento, y no había una camilla disponible para mí. Y cuando los que me trajeron preguntaron a los médicos dónde podrían ponerme, solo dijeron: "¡Ahí abajo, ahí abajo!" Y mis rescatadores: "¿Pero ahí abajo, dónde?" "¡Ahí abajo, en el suelo!" Pero ellos no querían dejarme en el suelo, porque estaba muy quemada, y si hubiera contraído una infección, seguramente habría muerto... Mientras estaba en un rincón, durante esas horas, los médicos me miraban con una expresión... Es que no podían dejar a alguien que había tenido un infarto, por ejemplo, o que estaba en muy mal estado, pero con más posibilidades de sobrevivir que yo, que estaba totalmente quemada como una "tostada", y con toda probabilidad moriría.
Pero yo estaba consciente y muy irritada, murmurando porque los médicos no venían a verme. Pero hubo un momento en que me tranquilicé, sin quejarme, porque vi a Nuestro Señor Jesucristo, que estaba inclinado y muy cerca de mí, me tocó la cabeza con Sus manos y me consoló. ¿Puedes imaginar esto? ¿Puedes imaginar la ternura? Pensé: ¿es una alucinación? ¿Cómo es posible ver a Nuestro Señor aquí? Cerré los ojos, luego los abrí, ¡y seguí viéndolo allí! Me dijo, con gran ternura: “Mira, hijita mía, ¡estás a punto de morir! Siente la necesidad de Mi Misericordia”. ¡Imagínate…! Y así dijo: “¡Misericordia! ¡Misericordia!”, pero mientras tanto pensé: ¿por qué misericordia? ¿Qué mal he hecho yo?
No era consciente de mis errores, pero tenía claro que estaba a punto de morir, ¡sí! Por eso estaba triste… Inmediatamente recordé mis anillos... “¡Ay, estoy a punto de morir! ¡mis anillos de diamantes!” Miré y vi la carne de mis dedos totalmente quemada, como si hubieran explotado. Pero me dije: “¡Debo quitármelos, cueste lo que cueste! Si no, se romperán y perderán su valor”. No pensé en nada más; vi mis dedos hinchados y solo pensé en quitarme los anillos para que no se rompieran. No te imaginas el olor tan desagradable que tiene la carne quemada. Y cuanto más movía esos anillos, más apestaba. Sentía que me volvería loca del dolor, pero insistí y me dije: “¡No! ¡No y no! ¡Tengo que lograrlo! ¡Tengo que lograrlo, porque a mí nada me puede vencer, y esta carne no se hinchará, no señor! Me voy a quitar estos anillos de aquí, cueste lo que cueste, no moriré con ellos”. Cuando finalmente logré quitármelos, recordé de repente: “¡Oh, no! ¡Estoy a punto de morir, y estas enfermeras me robarán los anillos!”. Mientras tanto llegó mi cuñado. Yo, muy feliz, le dije: “¡Salva mis anillos!”. Se los entregué a él, que es médico, y no podía ser de otra manera: porque si no, no los habría tocado, sino que los habría tirado, ¡y muy lejos! De hecho, estaban quemados y con trozos de carne adheridos. Dijo que se los entregaría a Fernando, mi esposo, y añadió: “Díganles a mis hermanas que se lleven a sus hijos porque, los pobres, se quedarán sin mamá. ¡De hecho, no lograré salvarla!”. Lo peor fue que no aproveché esos momentos que Jesús me ofreció para pedirle misericordia y perdón. Pero ¿cómo iba a pedir perdón si creía que no tenía pecados? ¡Me creía una santa! Cuando nos creemos santos, es cuando nos condenamos a nosotros mismos.
Cuando me quité los anillos y se los confié a mi cuñado para que se los entregara a mi marido, me dije aliviada: “¡Por fin, ahora puedo morir!”, y mi último pensamiento fue: “¡Ay, con qué dinero me enterrarán, teniendo en cuenta que mi cuenta bancaria está en rojo…”
Dios Padre ama a todos y a cada uno, independientemente de si somos buenos o malos; y con tal intensidad que, incluso hasta el último momento, viene a nosotros con tanta ternura, nos abraza con todo su amor… Él quiere salvarnos, pero si no lo recibimos, si no le pedimos perdón y misericordia, reconociendo nuestras faltas, nos deja libres para seguir lo que hayamos elegido. Si nuestra vida hubiera sido sin Dios, lo más probable es que en ese momento lo rechazáramos, y Él nos respetaría. No nos obliga a aceptarlo.
Y así se cierra mi Libro de la Vida.
El regreso
Pero en ese instante, Jesús le concede una gracia muy hermosa: mi madre estaba inmóvil, y Dios le permite mover los dedos, apuntándolos hacia arriba, e invitándome a mirar hacia allí. Miro, y he aquí que, al liberarme de las legañas, siento un dolor terrible. Era ceguera espiritual que desapareció, y en ese instante vi allí: un momento maravilloso.
Un día, uno de mis pacientes me dijo: “Doctora, siento mucho dolor y mucha tristeza por usted. Es demasiado materialista. Pero si algún día se encuentra en alguna aflicción o en una situación peligrosa, sea lo que sea, pídale a Jesucristo que la cure con su sangre y pídale perdón, porque jamás la abandonará, pues pagó el precio de su propia sangre por usted”.
Y así, con gran vergüenza e inmensa tristeza, comencé a clamar: “¡Señor! ¡Jesucristo, ten compasión de mí! ¡Perdóname, Señor, perdóname! ¡Dame una segunda oportunidad!”
Fue el momento más hermoso, ¡el más maravilloso! No tengo palabras para describirlo. ¡Porque Jesús se inclinó y me sacó de aquel pozo! Me levantó y me llevó a un lugar seguro, y me dijo con mucho amor: “Sí, volverás, y tendrás una segunda oportunidad… No por la oración de tu familia, porque es normal que lloren y clamen por ti, sino por la intercesión de todas las personas que no son de tu sangre, que han llorado, orado y elevado su corazón con tanto amor por ti”. ¿Saben lo que vi? ¡Vi el gran poder de la oración de intercesión, hermanos! ¿Saben cómo estar siempre en la presencia del Señor? Oren cada día por sus hijos, pero oren también por los hijos de la gente de todo el mundo. ¡Oren por los demás! De esta manera estarán en la presencia de Dios, todos los días.
Vi cómo miles y miles de pequeñas llamas de luz se elevaban, tan hermosas, hacia la presencia del Señor; eran pequeñas llamas blancas, estupendas, llenas de amor. Eran las oraciones de muchísimas personas que rezaban por mí, conmovidas tras ver en la televisión y en los periódicos lo que me había sucedido, y que lloraban y ofrecían misas. El mayor regalo que se puede ofrecer a alguien es la Santa Misa. No existe nada más eficaz que pueda ayudar a alguien que una Santa Misa. Es también lo que Dios más aprecia: ver a sus hijos interceder por sus prójimos y ayudar a su hermano. La Santa Misa no es obra del hombre, sino de Dios.
Entre esas pequeñas luces, sin embargo, había una enorme, muy hermosa: una luz mucho más grande que todas las demás. Saben, hermanos, ¿por qué estoy aquí ahora? ¿Por qué regresé? Porque en mi tierra existe un santo. Miré con curiosidad, para saber quién podría ser esa persona que tanto me amaba, y el Señor me dijo: “Ese hombre que ves allí es una persona que te ama mucho, y ni siquiera te conoce”. Me mostró que tenía que ver con un pobre campesino, que vivía en las montañas, en la Sierra Nevada de Santa Marta. Este hombre era muy pobre; no tenía nada que comer. Toda su cosecha se había quemado, incluso las gallinas que tenía, se las habían robado los hombres de la “guerra guerrillera”. Estos últimos incluso querían llevarse a su hijo mayor a su servicio. Este campesino bajó hasta el pueblo para ir a misa. El Señor me hizo prestar atención a las palabras con las que rezaba: “¡Señor, te amo! ¡Gracias por la salud, gracias por mis hijos! ¡Gracias por todo lo que me das! ¡Alabado seas! ¡Gloria a ti!”.
Su oración era solo alabanza y agradecimiento a Dios. El Señor me hizo ver que en su billetera tenía un billete de 5.000 pesos y otro de 10.000 pesos, ¡y eso era todo lo que tenía! ¿Sabes lo que hizo...? ¡Dio el billete de 10.000 pesos en la colecta! Yo solo pondría un billete de 5000 pesos, ¡y eso solo cuando alguien me dio un billete falso en el trabajo!
Él, en cambio, no dio el billete de 5.000, sino el de 10.000, ¡aunque era todo lo que tenía! Y no se quejó ni murmuró por su pobreza, sino que dio gracias y alabó a Dios. ¡Qué ejemplo, hermanos! Después, salió de la iglesia y fue a comprar un jabón azul (jabón de lavar); lo envolvió en un trozo de periódico (“O Espectador”) del día anterior. Allí estaban las noticias de mi accidente y la fotografía donde aparecía totalmente quemada.
Cuando este hombre vio la noticia, mientras la leía lentamente, conmovido, lloró desconsoladamente, como si yo fuera alguien muy querido para él, y postrado con el rostro en tierra, suplicó a Dios con todo su corazón, diciendo: “Padre, mi Señor, ten compasión de mi hermanita, sálvala, ¡sálvala, Señor! Señor, si la salvas, si salvas a mi hermanita, te prometo ir al Santuario de Buga como una promesa, pero sálvala. ¡Por favor, Señor, sálvala!”. Piensa en esto, ese hombre tan pobre, que no maldecía ni se lamentaba por el hambre que sufría con su familia, sino que, por el contrario, alababa y daba gracias a Dios… Y con una capacidad de amar al prójimo tan grande que, aun sin tener nada que comer, estaba dispuesto a cruzar el país para cumplir una promesa, ¡a favor de alguien a quien ni siquiera conocía!
El Señor me dijo: “¡Este es el verdadero amor al prójimo! Así es como debéis amar al prójimo…” Y fue allí donde me dio esta misión: “Volverás para dar testimonio, y lo repetirás no mil veces, sino mil veces mil. ¡Ay de aquel que, escuchándote, no cambie, porque será juzgado con mayor severidad! Y esto también se aplica a ti, en tu segundo regreso, a los religiosos que son mis sacerdotes, y a todo aquel que no te escuche; porque no hay mayor sordo que el que no quiere oír, ni peor ciego que el que no quiere ver”.
Esto, mis queridos hermanos, no es una amenaza, ¡al contrario! El Señor no necesita amenazarnos. Esta es una segunda oportunidad que tengo, y también es para ustedes. Esto demuestra que Dios nos ama y pone ante nuestros ojos este espejo que soy yo, Gloria Polo. Porque Dios no desea que nos condenemos, sino que vivamos con Él, en el Paraíso. Pero para esto, debemos dejarnos transformar por Él. Cuando llegue nuestra hora de dejar este mundo, también a cada uno de ustedes se le abrirá el “Libro de la Vida”. Cuando mueran, todos ustedes pasarán por este momento, tal como yo lo pasé. Allí, veremos exactamente como ahora… nuestros pensamientos y nuestros sentimientos, nuestros actos y sus consecuencias, nuestras omisiones y sus consecuencias… Todo en presencia de Dios. Pero lo más hermoso es que cada uno verá al Señor cara a cara, que Él nos pide que nos convirtamos: hasta el último momento nos lo pide, para que en verdad comencemos a ser nuevas criaturas con Él, ¡porque sin Él no podríamos hacerlo!
Recuperación física
Comencé mi recuperación física, pero no sentía nada vivo en la parte inferior del cuerpo, y después de un mes los médicos me dijeron: “Gloria, Dios está obrando un milagro contigo, porque tu piel ha vuelto a crecer sobre todas las heridas… Pero en cuanto a tus piernas, no podemos hacer nada. ¡Debemos amputártelas!”. Cuando me dijeron esto, yo, que era deportista, recordé: ¿cuatro horas diarias de aeróbic, para qué?… Solo pensé en huir de allí, pero no lo logré, porque las piernas no me sostenían y me caí. Me hospitalizaron en el quinto piso, y me llevaron al séptimo para quedarme allí hasta la cirugía; allí encontré a una señora a la que ya le habían amputado las piernas, pero tenían que amputárselas de nuevo, más arriba. Al verla, pensé que ni todo el dinero del mundo bastaría para comprar esas maravillosas cosas que son las piernas. Cuando me dijeron que me las amputarían, ¡sentí una gran tristeza! Jamás le había dado gracias a Dios por mis piernas, al contrario: con mi tendencia a engordar, sufría hambre como una tonta y gastaba fortunas para ser elegante… Y ahora, veo mis piernas negras, quemadas, sin carne, pero por primera vez le doy gracias a Dios por tenerlas todavía. “Señor, te doy gracias por mis piernas, y te pido la gracia de dejármelas, para que pueda caminar. ¡Te lo ruego, Señor, déjame las piernas!”. E inmediatamente comencé a tocarlas: estaban muy negras, sin circulación, y desde el viernes hasta el lunes, cuando llegaron, los médicos se sorprendieron, ¡porque estaban rojas y la circulación había vuelto! Asombrados, me tocaron y no podían creerlo. Les dije: “Doctores, me duelen las piernas terriblemente, ¡pero creo que no hay nadie en el mundo tan feliz de sentir dolor en las piernas como yo en este momento!”. El médico del séptimo piso me respondió que nunca, en 38 años de servicio, había visto nada parecido.
Los otros dos milagros que el Señor obró en mí fueron los senos y los ovarios. El médico me había dicho que ya no podría tener hijos. Me alegré, porque pensé que Dios me había dado un método natural para no quedar embarazada. Pero, un año y medio después, vi que mis senos comenzaron a crecer, a expandirse y a reformarse. Me quedé asombrada, y cuando fui al médico, ¡me dijo que estaba embarazada! ¡Y con esos senos amamanté a mi hija!
¡Para Dios nada es imposible!
Conclusión
Les presento a mi hija. ¡Esta niña es un milagro! ¡Es la hija que Dios me dio, con los ovarios quemados! ¡Lo que para los médicos era totalmente imposible! ¡Pero para Dios nada es imposible! ¡Aquí está, se llama María José!
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Gloria Polo reside actualmente en Colombia y continúa ejerciendo su vocación. Si bien sufrió graves secuelas psicológicas, lleva una vida normal y ahora es una mujer de gran fe. Viaja mucho, comparte su testimonio con miles de personas y cumple la misión que Dios le encomendó (cuenta con la autorización de la Iglesia para ello). Esta es una traducción del italiano de este testimonio, revisada por mí, el P. David Nix. La traducción del italiano corresponde a un CD (en español) que contiene el testimonio que ella dio en una iglesia de Caracas, Venezuela, el 5 de mayo de 2005.

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