Por Mundabor
Siempre resulta muy extraño leer los escritos religiosos de los protestantes. En primer lugar, tienen todo ese asunto de los “ministros” y el “ministerio”. Luego, sienten la necesidad de citar las Escrituras casi con la misma frecuencia con la que León se cita a sí mismo, como si Satanás no fuera capaz de citar las Escrituras también. Por último, siempre se percibe una teología sesgada que me recuerda a un hombre que camina con el cuerpo fuertemente inclinado hacia un lado.
Según la visión distorsionada del protestante, basta con tener fe para salvarse. No hace falta nada más. Sola fide. Solo tienen una cosa que hacer, y fracasan en ello. Es algo digno de mención. Se trata de un fracaso absoluto —del 100%— en una tarea sumamente sencilla que ellos mismos se han impuesto, y todo ello a nivel de fenómeno de masas.
Esto debería, por supuesto, llevar a algunos de nuestros hermanos protestantes a plantearse ciertas preguntas críticas: si a mí —y a todos los que conozco— nos resulta tan natural dudar de lo que constantemente nos decimos unos a otros, ¿podría ser que haya algún problema? Si tenemos que gritar continuamente que somos salvos por creer, mientras agitamos en el aire una Biblia pesada, ¿podría ser que el sistema de creencias no merezca tanta fe? Si veo que necesito un enfoque constantemente emocional para mi fe, y observo que los católicos tienen un planteamiento más lógico, varonil y sólido —frente a mi esfuerzo constante por exteriorizar emociones—, ¿podría ser que esté en la congregación equivocada?
Los católicos no andan agitando Biblias. Permanecen de pie en la iglesia y proclaman, con voz normal, sin alardes emocionales y con precisión militar: “Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso...”. No necesitan el despliegue emocional. Se mantienen firmes. Su sistema de creencias es tan sólido como sus bancos y no exige ningún tipo de frenesí.
La respuesta a esas preguntas es algo que yo mismo puedo dar a cualquier hermano protestante separado, gratis et amore Dei: sí, estás equivocado. Sí, tu sistema de creencias está grotescamente deformado, tal como tú mismo percibes. Sí, tus constantes dudas no son más que el resultado de lo absurdo de tu creencia. Sigues ese sistema de creencias porque es muy fácil y parece ofrecerte una tranquilidad muy sencilla; pero, en el fondo, sabes que es mentira, y una parte de ti nunca dejará de recordártelo. Te estás comportando —y lamento tener que decirlo— simplemente como una niña pequeña, presa de una locura de sola fide tan alejada del sentido común y de toda la experiencia humana que ni siquiera la parte más inteligente de ti —esa a la que nunca quieres escuchar— llega a creerlo.
El protestante es como aquel individuo que camina constantemente inclinado hacia la izquierda. Le duele la espalda todo el tiempo, pero le han dicho que esa es la forma correcta de caminar, y que aquellos que caminan erguidos —y que, aun sabiéndose pecadores, viven en armonía consigo mismos— están obviamente equivocados: son papistas esclavizados por la Ramera de Babilonia (quizás él sostenga una creencia más moderada, pero la esencia es la misma). Con el paso de los años, desarrolla una “escoliosis luterana” que puede llegar a ser incurable. Quién sabe cuántos mueren tan encorvados que ya no pueden atravesar las Puertas del Cielo.
La fe sola no salva. Lo que salva son las obras que nacen de la fe. “La fe por sí misma, si no tiene obras, está muerta”. Necesitamos la gracia tanto para la fe como para las obras que de ella se derivan. Por nosotros mismos, nada podemos hacer. Pero nuestra fe —que recibimos por gracia— no es estéril; da frutos. La fe que otorga la gracia de Dios, si es una fe viva, se traducirá en obras. Por eso se reconoce al buen árbol no por su fe, sino por sus frutos. Estos son los frutos que produce la fe viva, algo muy distinto a agitar biblias en el aire. Esto último es, en sí mismo, puro espectáculo; sin frutos, está muerto. ¿No resulta este razonamiento tan natural, tan lógico y tan fundamentalmente sólido como para disipar las distorsiones de aquel hombre encorvado?
Fíjate en lo natural que resulta esto, en qué medida se ajusta al sentido común. El catolicismo suele guardar una maravillosa coherencia con el sentido común. Es un sistema de creencias que funciona. Es tan lógico y directo como caminar en línea recta. Conecta con aquello que las personas saben que es verdad en lo más profundo de su ser y les ayuda a percibir mejor esta armonía fundamental. Ciertamente, la verdad debe aprenderse; ciertamente, la verdad se recibe. Pero parte de ese aprendizaje consiste precisamente en descubrir cómo todo encaja y resulta ser lo mejor para el alma.
Esto no ocurre con los protestantes. Constantemente intentan alcanzar un estado de “fe” a través de las emociones, agitando sus biblias al estilo de Joel Osteen; pero, en el fondo —tal como señala el enlace anterior—, muchos de ellos se sienten incómodos.
En el fondo, saben que se están contando una mentira.

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