9 de agosto: San Numídico
(✞ 251)
Aunque la mayoría de las persecuciones masivas en el norte de África ocurrieron bajo Diocleciano o Valeriano, la historia de Numídico se desarrolló durante la feroz persecución del emperador Decio, quien exigía que los ciudadanos del imperio que tenían las Sagradas Escrituras las entregaran a las autoridades romanas, realizaran sacrificios a los dioses paganos y presentaran un certificado oficial de haberlo hecho (libellus).
Numídico era un sacerdote de Cartago (en la actual Túnez) que se plantó con firmeza ante el edicto romano, convirtiéndose en el pilar espiritual de su comunidad. Al no acatar las órdenes de Decio, las autoridades romanas decidieron quemar vivos a un numeroso grupo de cristianos entre los cuales se encontraba Numídico, pero los verdugos lo obligaron a ver primero cómo morían sus compañeros uno a uno para quebrantar su voluntad.
En lugar de acobardarse, Numídico se paró frente a la hoguera y les dio aliento a sus compañeros, recordándoles la promesa del Cielo y exhortándolos a no ceder ante las llamas.
Finalmente, llegó el turno de Numídico. Fue apaleado, arrojado a las brasas y, una vez que el fuego consumió la plaza, los soldados romanos arrojaron una inmensa cantidad de piedras sobre los cuerpos para crear una fosa común y luego se retiraron del lugar.
Al caer la noche, su hija se escabulló arriesgando su vida para recuperar el cuerpo de su padre y darle una sepultura cristiana. Al remover las piedras calientes y hurgar entre los restos carbonizados, descubrió algo increíble: Numídico aún respiraba. Lo sacó de allí en secreto, lo escondió y lo cuidó durante meses hasta que sus graves quemaduras sanaron por completo. Cuando la persecución se apaciguó temporalmente, Numídico salió de la clandestinidad.
El gran Obispo y Teólogo de la región, San Cipriano de Cartago, quedó tan impactado por el testimonio de este sacerdote que "regresó de la muerte" que decidió otorgarle un honor único: Lo incorporó de forma oficial al selecto clero de Cartago como presbítero.
En las famosas Epístolas de San Cipriano, el Obispo escribió una carta pública a su comunidad elogiando la inmensa virtud de Numídico, declarando que merecía el lugar más alto por haber llevado a un ejército de mártires a la victoria divina.
Numídico pasó el resto de sus días asistiendo a San Cipriano en el gobierno de una de las iglesias más importantes del cristianismo primitivo.
Reflexión:
En el momento más oscuro, Numídico no pensó en su propia salvación sino que se convirtió en un faro para su comunidad, enseñándonos que el verdadero liderazgo no consiste en evitar el sufrimiento, sino en darles coraje, sentido y esperanza a quienes caminan a nuestro lado en la dificultad.
Oración:
Oh Dios omnipotente y misericordioso, que concediste a tu santo mártir Numídico la gracia y el valor inquebrantable de ser un faro de luz y un capitán de fe en medio de las llamas de la persecución. Tú que milagrosamente lo rescataste de las cenizas y de la fosa común por el tierno amor de su hija, para que continuara sirviendo con fidelidad a tu Iglesia, te pido que, por su poderosa intercesión, me concedas la gracia que hoy con humildad te presento (menciona aquí tu petición personal o necesidad). Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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