MENSAJE DE LEÓN XIV
PARA LA 11ª JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN
POR EL CUIDADO DE LA CREACIÓN 2026
y sus lanzas en podaderas” (Isaías 2:4).
Queridos hermanos y hermanas:
Nuestro Señor Jesucristo vino para que tuviéramos vida, y la tuviéramos en abundancia (cf. Jn 10,10). Este don de la vida es la esencia misma de nuestra misión como discípulos y de nuestra vocación compartida de construir una civilización del amor. Al conmemorar esta Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación, se nos invita una vez más a reflexionar sobre el don de la vida y a cuidar la tierra que la sustenta, pues son maneras tangibles de alabar a nuestro Creador.
Hoy presenciamos numerosas crisis y un profundo sufrimiento humano. Al mismo tiempo, parece que la alteración del equilibrio armonioso de la creación se acelera. Estos fenómenos no están aislados; constituyen un clamor común por sanación y paz que surge de un mundo herido.
El Dios de la vida, revelado en Jesucristo, ofrece una paz que el mundo no puede dar: “La paz os dejo; mi paz os doy” ( Jn 14:27). Esta paz no es superficial ni pasajera; brota del amor eterno de Cristo y de su cuidado por cada persona.
Sin embargo, esta promesa de paz contrasta fuertemente con la realidad que vemos en muchas partes del mundo. El profeta Isaías habló de un tiempo en que las naciones “convertirían sus espadas en arados” ( Is 2:4), transformando lo que destruye la vida en lo que la sustenta. Pero hoy, con demasiada frecuencia presenciamos lo contrario, ya que los esfuerzos continúan dirigiéndose hacia la violencia y la guerra.
La guerra deja heridas que se extienden mucho más allá del campo de batalla. Cobra vidas, destroza familias y obliga a millones a huir de sus hogares, profundizando así el miedo, la injusticia y la división (cf. Gaudium et Spes, 77-82). La guerra también deja tras de sí una destrucción social y ecológica que perdura durante generaciones. Además, la interacción entre los conflictos armados y la degradación ambiental suele crear un círculo vicioso que destruye los ecosistemas, contamina recursos esenciales como el aire y el agua, y socava la seguridad alimentaria. Esto alimenta la pobreza, la desigualdad y nuevas tensiones sociales que pueden contribuir al surgimiento de nuevos conflictos.
Es más, la guerra crea heridas que dañan la esencia misma de la vida, perjudicando no solo a las personas y comunidades, sino también su red de relaciones con la humanidad en su conjunto y su armonía con la creación. Revela una profunda falta de respeto a la vida y al cuidado de la tierra que se nos ha confiado, una falta de compromiso con Dios. Este no es solo un fracaso político, sino también moral y espiritual. Enraizada en deseos perversos y en el abuso de la libertad y el poder humanos, la guerra se erige como un testimonio contrario al Evangelio de la paz.
Las crisis antes mencionadas exigen no solo responsabilidad, sino también una conversión del corazón que dé fruto en una fidelidad más profunda a Dios, amor al prójimo y respeto por el don de la creación. En efecto, la discordia que observamos en el mundo, como la violencia, la injusticia y la degradación ecológica, no es simplemente el resultado de sistemas o estructuras defectuosas; es un “síntoma de la dicotomía más profunda que tiene sus raíces en la propia humanidad” (Gaudium et Spes, 10). De hecho, el corazón humano es el lugar donde se despliegan las luchas más profundas y se revela nuestra condición caída. No es meramente la sede de la emoción, sino el centro de la persona: el lugar donde convergen la razón, el deseo, la voluntad y la conciencia. Es aquí donde lidiamos con los deseos contradictorios que albergamos en nuestro interior: amor e indiferencia, verdad e ilusión, justicia e injusticia (cf. Santiago 1:14-15). Las heridas de la guerra y la degradación de la tierra, por lo tanto, están profundamente ligadas a la condición del corazón humano. Los conflictos que atormentan a la humanidad son, en muchos sentidos, la expresión externa de la discordia y la división internas. Cuando el corazón está perturbado, las relaciones se resienten y las estructuras que construimos comienzan a reflejar ese desorden.
El Papa Benedicto XVI nos recordó que “los desiertos externos del mundo crecen porque los desiertos internos se han vuelto inmensos” (Homilía para la Solemne Inauguración del Ministerio Petrino, 24 de abril de 2005). Esto nos invita a reconocer que, de alguna manera, lo que está roto a nuestro alrededor también lo está dentro de nosotros. Por lo tanto, para construir una sociedad pacífica, no solo debemos reformar las estructuras, sino también renovar nuestros corazones. Las profundas causas del conflicto y la explotación de la creación provienen de una crisis ética y cultural, que incluye la pérdida del sentido de los límites, el deseo de dominación, la búsqueda del beneficio inmediato y la incapacidad de reconocer la dignidad que Dios le ha dado a cada persona.
El llamado profético a “convertir las espadas en arados” (Isaías 2:4) no es, por lo tanto, solo una visión para las naciones, sino un llamado a cada persona. Nos invita a transformar el daño en vida. Sin embargo, esta transformación no se logra únicamente mediante cambios externos. Requiere, en cooperación con la gracia de Dios, una conversión personal y colectiva más profunda: un retorno a Dios, quien reordenará nuestros deseos, sanará nuestras heridas y nos ayudará a crecer en virtud.
Sin esta transformación interior, la paz seguirá siendo frágil y efímera. Pero donde los corazones se renuevan, se abren nuevas posibilidades. Lo que se ha usado para la destrucción puede redirigirse hacia la vida, hacia el cuidado de los pobres, el sustento de los hambrientos y la protección de la creación. Este es el camino de la auténtica conversión ecológica, donde los efectos de nuestro encuentro con Jesucristo se hacen evidentes en nuestra relación con el mundo que nos rodea (cf. Francisco, Laudato Si', 217). La paz, entonces, comienza en el corazón y se extiende hacia nuestras relaciones, comunidades y el mundo en general.
Aunque los desafíos que enfrentamos son enormes, Dios no nos deja sin los medios para sanar y transformar. En lugar de las armas de guerra, el Dios de paz nos concede la fuerza para sanar, reconciliar y construir una civilización del amor. De esta manera, estamos llamados a salvaguardar los numerosos “ecosistemas” que se nos han confiado: los ecosistemas de la creación, de las relaciones humanas y del propio corazón humano.
Imaginemos un mundo donde las energías que actualmente se invierten en la guerra se dirijan al desarrollo humano integral, a la superación de la pobreza, a la protección de la dignidad humana y a la reconciliación de los pueblos divididos. Esta visión refleja la fe en la llegada del Reino de Dios.
Las verdaderas herramientas para construir la paz no son las armas de destrucción, sino la verdad, el diálogo, la paciencia, la bondad, la justicia, la misericordia, la comprensión, el cuidado y el amor. Estas cualidades brotan de corazones transformados por el Evangelio y sostenidos por la gracia de Dios. Solo estas cualidades tienen el poder de transformar a las personas, renovar las comunidades y sanar las heridas de nuestro mundo.
Queridos hermanos y hermanas, el camino que tenemos por delante es claro, aunque no fácil. Estamos llamados a renovar nuestros corazones para que busquemos la paz y cuidemos la creación. La Escritura nos dice que cuidemos nuestros corazones, pues de ellos mana la vida (cf. Proverbios 4:23).
Si asumimos esta tarea con humildad y fe, nos convertiremos en colaboradores de la obra de renovación de Dios. Avanzaremos, lenta pero seguramente, del desierto al jardín, de la división a la comunión y de la violencia a la paz.
Que el Señor nos conceda el valor para recorrer este camino, para que en nuestro tiempo las espadas se conviertan en arados, la promesa del Evangelio eche raíces más profundas en nuestro mundo y la paz de Cristo reine sobre toda la creación.
Desde el Vaticano, 15 de agosto de 2026, Asunción de la Santísima Virgen María.
LEO PP. XIV

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