sábado, 20 de julio de 2024

SALIO EL SEMBRADOR (PARTE II)

Iniciamos la Segunda Parte del libro “Salió el Sembrador”: Notas LitúrgicasPuntos de homilía, Pecados contra el Espíritu Santo, Purgatorio, Impenitencia, Bienaventurados los que creen y practican.


III DOMINGO DE CUARESMA

I

LITURGIA, EPISTOLA Y EVANGELIO DE ESTA MISA

1. “Notas litúrgicas”. - Con este domingo entramos en la segunda parte de la Cuaresma: Cristo abandona la defensiva para tomar la ofensiva. El Evangelio del primer domingo nos enseñó cómo, a ejemplo del divino Maestro, debemos defendernos contra los asaltos y tentaciones del demonio. Con el arma del ayuno y de la penitencia, preparamos el camino para el Tabor. Hoy, empero, es Jesucristo el que declara la guerra al demonio; el Evangelio nos habla del “más fuerte” que abate al “fuerte”. La Misa de este domingo es la de los catecúmenos, es decir, de aquellas almas en las que Cristo, “el más fuerte”, ya venció al demonio, al “fuerte". Son muy significativas las palabras que los “iluminados” en el Señor, los bautizados, dirigen a Dios: “Mis ojos están siempre fijos en el Señor; pues Él ha de sacar mis pies del lazo. Vuelve hacia mí tu vista y ten de mi compasión; porque me veo solo y pobre. A ti, oh Señor, he levantado mi espíritu. En ti, oh Dios mío, tengo puesta mi confianza: no quedaré avergonzado” (Introito). “Levántate, oh Señor, haz que no prevalezca el hombre malvado; sean juzgadas las gentes ante tu presencia; porque tú pusiste en fuga a mis enemigos; y quedarán debilitados, y perecerán delante de ti” (Gradual). “A ti, Señor, que habitas en los cielos, levantaré mis ojos. Como los ojos de los siervos están mirando siempre las manos o insinuaciones de sus amos; como la esclava tiene fijos sus ojos en las manos de su señora; así nuestros ojos están clavados en el Señor Dios nuestro, para moverle a que se apiade de nosotros. Apiádate, Señor, ten misericordia de nosotros” (Tracto). “Los mandamientos del Señor son rectos y alegran los corazones, y los juicios del Señor son más dulces que la miel y el panal; por eso tu siervo los aguarda” (Ofertorio). “El pajarillo halló un hueco donde guarecerse, y nido la tórtola para poner sus polluelos. Tus altares, oh Señor de los ejércitos, oh rey mío y Dios mío. Bienaventurados, Señor, los que moran en tu casa: alabarte han por los siglos de los siglos” (Comunión). En sus oraciones pide la Iglesia: “Te pedimos, oh Dios omnipotente, que escuches la oración de los humildes, y que extiendas la diestra de tu majestad para defendernos”. “Que esta hostia, Señor, borre nuestros pecados, y santifique el cuerpo y el alma de tus súbditos para celebrar el sacrificio”. “Te rogamos, Señor, que ya que nos hiciste partícipes de tan grandes misterios, nos libres, misericordioso, de todos los pecados y peligros”.

2. “Puntos de homilía”. - a) Epístola. Sirviéndose de las palabras de San Pablo a los Efesios, dirige la Iglesia una alocución a los catecúmenos, cuya lectura nos servirá también de gran provecho: “Amados hermanos: Sed, pues, imitadores de Dios, como que sois sus hijos muy queridos y proceded con amor hacia vuestros hermanos, a ejemplo de lo que Cristo nos amó, y se ofreció a sí mismo a Dios en oblación y hostia de olor suavísimo; pero la fornicación, y toda especie de impureza, o avaricia, ni aún se nombre entre vosotros, como corresponde a quienes Dios ha hecho santos, ni tampoco palabras torpes, ni truhanerías, ni bufonadas, lo cual desdice de vuestro estado; sino antes bien acciones de gracias a Dios. Porque tened esto bien entendido: que ningún fornicador, o impúdico, o avariento, lo cual viene a ser una idolatría, será heredero del reino de Cristo y de Dios. Nadie os engañe con palabras vanas; pues por tales cosas descargó la ira de Dios sobre los incrédulos. No queráis, por lo tanto, tener parte con ellos. Porque verdad es que en otro tiempo, no erais sino tinieblas; más ahora sois luz en el Señor, y así proceded, como hijos de la luz. El fruto, empero, de la luz consiste en proceder con toda bondad, y justicia, y verdad” (5: 1-9).

b) Evangelio. Los fariseos, para restar mérito a Cristo, y contrarrestar la gran impresión que su reciente milagro había causado, dijeron que tenía pacto con el demonio, y que por virtud del demonio arrojaba a los demonios. Jesús refutó magistralmente esta miserable imputación, argumentando de esta manera: 1. El demonio, con seguridad, nada ha de hacer para destruir su reino; no hay duda alguna de que mis acciones tienden a destruir el reino de Satanás; es imposible, por lo tanto, que yo esté de acuerdo con el demonio. 2. Vosotros mismos, oh fariseos, sois los primeros en afirmar que solo Dios puede arrojar a los demonios. Pues bien, si yo expulso a los demonios, como lo acabáis de ver, es claro que lo hago en virtud de Dios; es evidente, por lo tanto, que soy el más fuerte, por ser de Dios, y mi testimonio de que soy el Mesías es verdadero. La conclusión aparecía manifiesta: La expulsión de los demonios es una prueba segurísima de que, el “fuerte” fue amarrado por el “más fuerte”; si este hecho se dio, es indudable que vino el reino de Dios, y que Jesucristo es el Mesías. Si Cristo es el Mesías, No puede haber vacilación posible: donde quiera que el “más fuerte" entable combate con el “fuerte”, por la posesión de las almas, nadie debe quedar neutral; es menester decidirse de una vez en favor de Cristo o contra Él. 

3. Pecados contra el Espíritu Santo. - Fue también en esta ocasión, cuando habló Jesucristo del pecado contra el Espíritu Santo, diciendo: “Cualquier pecado y cualquier blasfemia se perdonará a los hombres; pero quien hablare contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en esta vida ni en la otra” (Mat. 12: 31-32). Es porque el pecado contra el Espíritu Santo, la blasfemia, no tiene por motivo la ignorancia, la debilidad o la pasión; obedece directamente a una inspiración diabólica, y excluye formalmente la voluntad de convertirse, de hacer penitencia y de aceptar la gracia y luces del Espíritu Santo. Por eso no puede haber perdón, por cuanto persiste la contumacia, la resistencia contra la gracia. La conversión de un alma en tal estado, aunque no es del todo imposible, es dificilísima, porque falta la disposición indispensable para obtener perdón: el espíritu de penitencia. Tenemos aquí expuesta con toda claridad la doctrina de la Iglesia, según la cual, ningún pecador se debe entregar a la desesperación; pero, por otra parte, son también clarísimas las palabras de Cristo a los impenitentes fariseos. 

4. Purgatorio. - Otra consecuencia se deduce igualmente de las palabras del Maestro: Hay pecados que pueden ser perdonados en el siglo futuro, es decir, después de la muerte. En el infierno el pecado es castigado, más no perdonado; en el cielo no entra nada impuro. Debe haber, por lo tanto, un lugar de purificación, un purgatorio. Muchos teólogos protestantes, antiguos y modernos, lamentan la ausencia de la doctrina del purgatorio en su sistema. Oigamos lo que dice Hase: “La mayor parte de los que mueren son demasiado buenos para ser condenados al infierno, pero no suficientemente justos, como para poder entrar en el cielo. Hemos de confesar que, en este punto, hay gran falta de claridad en el protestantismo reformador”.

5. Impenitencia. - Israel, que tantas veces abusó de la gracia de Dios, y se negó a reconocer al Mesías, pierde la asistencia divina para caer en manos del demonio. Lo mismo le sucede al pecador consuetudinario. Abandonado por Dios, su alma se convierte en morada predilecta del demonio, que la lleva de abismo en abismo, hasta su irremediable perdición. La palabra de Jesús tuvo horrible cumplimiento en los judíos. Estos, arrancados de la idolatría, recayeron en los pecados anteriores de soberbia y contumacia. No quisieron aceptar al mismo Mesías, y acabaron por asesinarle. Ni la destrucción de su ciudad consiguió retraerlos del mal camino. 

6. Bienaventurados los que creen y practican. - “Estando Jesús diciendo estas cosas, he aquí que una mujer levantando la voz en medio del pueblo exclamó: ¡Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron! Pero Jesús respondió: ¡Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica!” (Luc. 11: 27-28).

Jesucristo nos enseña que el cumplimiento de sus enseñanzas es un medio de unirnos con Él más íntimo y fuerte que los lazos de la carne y de la sangre. Al decir esto, no es que rechace el homenaje tributado a su madre, antes bien lo confirma y la enaltece: “Si, digna es de toda honra y loor por ser mi madre, pero es mucho más digna por su fe y fidelidad”. En realidad no sería María Santísima la más bienaventurada entre todas las criaturas, si no fuese también la primera de todas en su fe y fidelidad. 


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