TOMO I: LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA
TOMO II: EL AMERICANISMO Y LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA
VI. FRAGMENTO DE UNA CARTA DE NUBIUS AL JUDÍO PRUSIANO KLAUSS
“Paso a veces una hora de la mañana con el viejo cardenal della Somaglia, el secretario de Estado; monto a caballo ya sea con el duque de Laval o con el príncipe Cariati; voy, después de la misa, a besar la mano de la bella princesa Daria, donde me encuentro bastante a menudo con el apuesto Bernetti; de allí corro a casa del cardenal Pallotta, un Torquemada moderno que le hace bastante honor a nuestro espíritu de invención; luego visito en sus celdas al procurador general de la Inquisición, el dominico Jabialot, al teatino Ventura o al franciscano Orioli.
Por la tarde, inicio en casa de otros esa vida de ocio tan bien ocupada a los ojos del mundo y de la corte; al día siguiente, retomo esa cadena eterna. (Aquí, a esto se le llama hacer que las cosas avancen). En un país donde la inmovilidad misma constituye una profesión y un arte, es un hecho, sin embargo, que los progresos de la causa son perceptibles. No contamos a los sacerdotes ganados para la causa ni a los jóvenes religiosos seducidos —no podríamos hacerlo, y tampoco querría yo—; pero existen indicios que rara vez engañan a los ojos expertos, y se percibe desde lejos, desde muy lejos, el movimiento que comienza. Por fortuna, no compartimos la petulancia de los franceses. Queremos dejar que madure antes de aprovecharlo; es la única manera de actuar con seguridad. A menudo me ha hablado de ayudarnos cuando la caja común se viera vacía. Ese momento ha llegado aquí, in questa Dominante. Para trabajar en la futura elección de un Papa, ya no nos queda ni un solo papalin [un céntimo], y usted sabe por experiencia que el dinero es —en todas partes, y aquí principalmente— el nervio de la guerra. Le traigo noticias que le llegarán al alma; a cambio, ponga a nuestra disposición táleros, y muchos táleros. Es la mejor artillería para abrir brecha en la Sede de Pedro”.
VII. — CARTA DE NUBIUS A VINDICE, después de la ejecución de Targhini y de Montanari, el 23 de noviembre de 1825 (1)
Presencié, junto con toda la ciudad, la ejecución de Targhini y Montanari; pero prefiero su muerte a su vida. La conspiración que habían preparado insensatamente para sembrar el terror no podía prosperar; estuvo a punto de comprometernos; por lo tanto, su muerte redime esas pequeñas faltas. Cayeron con valentía, y ese espectáculo dará sus frutos. Gritar a voz en cuello, en la Piazza del Popolo de Roma —en la ciudadela del catolicismo—, frente al verdugo que te sujeta y al pueblo que te contempla, que uno muere inocente, masón e impenitente, es algo admirable; tanto más admirable cuanto que es la primera vez que sucede algo semejante. Montanari y Targhini son dignos de figurar en nuestro martirologio, pues no se dignaron aceptar ni el perdón de la Iglesia ni la reconciliación con el Cielo. Hasta la fecha, los condenados, recluidos en la capilla, lloraban arrepentidos para conmover el alma del Vicario de las misericordias; ellos, en cambio, no quisieron comprender nada de las bienaventuranzas celestiales, y su muerte de réprobos produjo un efecto mágico en las masas. Es una primera proclamación de las sociedades secretas y una toma de posesión de las almas.
Así pues, tenemos mártires. Para contrarrestar a la policía de Bernetti, hago que se depositen flores —y muchas flores— en la fosa donde el verdugo ocultó sus restos. Hemos tomado las disposiciones pertinentes. Temíamos comprometer a nuestros criados en esta tarea; pero aquí hay ingleses y jóvenes misses románticamente antipapistas, y son ellos quienes se encargan de esta piadosa peregrinación. La idea me pareció tan acertada a mí como a las citadas jóvenes rubias. Esas flores, arrojadas durante la noche sobre los dos cadáveres proscritos, harán germinar el entusiasmo de la Europa revolucionaria. Los muertos tendrán su Panteón; luego, durante el día, iré a presentar mis condolencias a Monseñor Piatti. Ese pobre hombre no logró salvar las almas de los dos carbonarios. Empleó toda su tenacidad sacerdotal para confesarlos, pero fue derrotado. Me debo a mí mismo, a mi nombre, a mi posición y, sobre todo, a nuestro futuro, a la hora de deplorar —junto con todos los corazones católicos— este escándalo inaudito en Roma. Lo deploraré con tal elocuencia que espero conmover al propio Piatti. A propósito de flores, hemos pedido al poeta Casimir Delavigne —a través de uno de nuestros afiliados más inocentes de la Francmasonería— una Messénienne sobre Targhini y Montanari. Este poeta, a quien veo a menudo en los círculos artísticos y en los salones, es un buen hombre: ha prometido, pues, dedicar un homenaje lírico a los mártires y lanzar un anatema contra los verdugos. Los verdugos serán el Papa y los sacerdotes. Algo es algo. Los corresponsales ingleses también harán maravillas; conozco a más de uno aquí que ya ha hecho sonar la trompeta épica en honor a la causa.
Y, sin embargo, es una pésima obra convertir así a la gente en héroes y mártires. La multitud es tan impresionable ante ese cuchillo que siega la vida; pasa tan rápidamente de una emoción a otra y se deja llevar tan pronto a admirar a quienes afrontan con audacia el instante supremo, que, tras presenciar tal espectáculo, yo mismo me siento profundamente conmovido y dispuesto a actuar como la muchedumbre. Esta impresión, de la que no puedo librarme —y que tan pronto hizo que se perdonara a los dos ajusticiados su crimen y su impenitencia final—, me ha llevado a reflexiones filosóficas, médicas y poco cristianas que tal vez convenga utilizar algún día.
Un día, si triunfamos y si, para perpetuar nuestro triunfo, hicieran falta unas gotas de sangre, no debemos conceder a las víctimas señaladas el derecho a morir con dignidad y firmeza. Tales muertes solo sirven para alimentar el espíritu de oposición y para ofrecer al pueblo mártires cuya serenidad siempre le gusta contemplar. Es un mal ejemplo; hoy nos beneficia, pero creo útil dejar constancia de mis reservas para casos futuros. Si Targhini y Montanari, de una forma u otra (¡la química posee tantas recetas maravillosas!), hubieran subido al cadalso abatidos, jadeantes y desmoralizados, el pueblo no se habría compadecido de ellos. Como fueron intrépidos, ese mismo pueblo conservará de ellos un recuerdo precioso. Ese día quedará marcado en su memoria. Aunque sea inocente, el hombre que es conducido al cadalso deja de ser peligroso. Si sube con paso firme y contempla la muerte con semblante impasible, aun siendo un criminal, contará con el favor de las multitudes.
No nací cruel; nunca tendré, espero, una voracidad sanguinaria; pero quien quiere el fin, quiere los medios. Ahora bien, afirmo que, en un caso dado, no podemos —ni siquiera en interés de la humanidad— permitir que nos enriquezcan con mártires a nuestro pesar. ¿Cree usted que, ante los primeros cristianos, los Césares no habrían hecho mejor en debilitar, atenuar y confiscar —en beneficio del paganismo— todos esos heroicos anhelos celestiales, en lugar de dejar que un final glorioso avivara el fervor del pueblo? ¿No habría sido preferible medicar la fortaleza de espíritu embruteciendo el cuerpo? Una droga bien preparada, y aún mejor administrada, capaz de debilitar al paciente hasta la postración, tendría, a mi juicio, un efecto saludable. Si los Césares hubieran empleado a las Locustes de su época en tal menester, estoy convencido de que nuestro viejo Júpiter Olímpico y todos sus dioses menores no habrían sucumbido tan miserablemente. La suerte del cristianismo no habría sido, sin duda, tan favorable. Se convocaba a sus apóstoles, sacerdotes y vírgenes a morir bajo los colmillos de los leones en el anfiteatro o en las plazas públicas, ante la mirada de una multitud atenta. Impulsados por la fe, la imitación, el proselitismo o el entusiasmo, aquellos apóstoles, sacerdotes y vírgenes morían sin palidecer y entonando himnos de victoria. Aquello despertaba el deseo de inmolarse de igual modo, y se dieron casos de tales caprichos. ¿Acaso los gladiadores no engendraban gladiadores? Si aquellos pobres Césares hubieran tenido el honor de formar parte de la Alta Vendita, les habría pedido simplemente que hicieran tomar a los neófitos más audaces una poción preparada según la receta; así, no se habrían contabilizado nuevas conversiones, pues ya no habría habido mártires. En efecto, no surgen imitadores —ni por emulación ni por atracción— cuando se arrastra hasta el cadalso un cuerpo inerte, una voluntad apagada y unos ojos que lloran sin conmover. Los cristianos ganaron popularidad muy pronto porque el pueblo ama todo aquello que le impresiona. Si hubiera visto debilidad y miedo bajo una apariencia temblorosa y sudorosa por la fiebre, habría empezado a abuchear, y el cristianismo habría llegado a su fin en el tercer acto de la tragicomedia.
Es por un principio de humanidad política por lo que creo que debo proponer un medio semejante. Si se hubiera condenado a Targhini y a Montanari a morir como cobardes, si se hubiera contribuido a esa sentencia con algún ingrediente farmacéutico, Targhini y Montanari serían, a estas alturas, dos miserables asesinos que ni siquiera se atrevieron a mirar a la muerte a la cara. El pueblo los despreciaría profundamente; los olvidaría. En cambio, admira —a pesar de sí mismo— esa muerte en la que la fanfarronería cuenta por la mitad, pero donde la culpa del gobierno pontificio hizo el resto en nuestro beneficio. Quisiera, pues, que en caso de urgencia quedara bien establecido que no actuaríamos de ese modo. No contribuyan a hacer gloriosa y santa, orgullosa o feliz, la muerte en el cadalso, y no tendrán necesidad de matar a menudo.
La Revolución francesa, que ha tenido tanto de bueno, se equivocó en este punto. Luis XVI, María Antonieta y la mayor parte de las hecatombes de la época son sublimes por su resignación o por su grandeza de alma. Se recordará siempre (y mi vieja abuela me ha hecho llorar más de una vez al contármelo), se recordará siempre a esas damas desfilando ante la princesa Isabel al pie de la guillotina, y haciéndole su profunda reverencia, como en el círculo de la corte de Versalles; eso no es lo que necesitamos. En una circunstancia dada, arreglémonos para que un Papa y dos o tres Cardenales mueran como viejas mujeres, con todas las angustias de la agonía y en los espantos de la muerte, y así paralizarán las devociones de imitación. Ustedes perdonan los cuerpos, pero matan el espíritu.
Lo que nos interesa alcanzar es la moral; por lo tanto, es al corazón al que debemos herir. Conozco todas las objeciones que pueden plantearse contra tal proyecto; pero, bien considerado, las ventajas superan a los inconvenientes. Si se guarda fielmente el secreto, verán llegado el momento la utilidad de este nuevo tipo de medicamento. Bastó una pequeña piedra mal alojada en la vejiga para doblegar a Cromwell: ¿qué haría falta para minar las fuerzas del hombre más robusto y mostrarlo —sin energía, sin voluntad y sin valor— en manos de los verdugos? Si no tiene la fuerza para conquistar la palma del martirio, no habrá aureola para él y, por consiguiente, tampoco admiradores ni neófitos. Cortamos el paso a unos y a otros, y será un gran pensamiento de humanidad revolucionaria el que nos haya inspirado tal precaución. La recomiendo en memento.
Continúa...
Nota:
1) “La Comisión especial nombrada por Nuestro Santo Padre el Papa León XII, felizmente reinante, y presidida por Monseñor Thomas Bernetti, gobernador de Roma, se ha reunido esta mañana, a las tres horas antes del mediodía [9:00 a.m.], en una de las salas del palacio de gobierno, para juzgar el crimen de lèse-majesté [lesa majestad] y de heridas con traición y otras circunstancias agravantes de los que son acusados: Angelo Targhini, nativo de Brescia, domiciliado en Roma; Leonidas Montanari, de Césène [Cesena], cirujano en Rocca di Papa; Pompeo Garofolini, romano, procurador legal; Luigi Spadoni, de Forlí, anteriormente soldado en las tropas extranjeras, luego ayudante de cámara; Ludovico Gasperoni, de Russignano, de la provincia de Rávena, estudiante de derecho; Sebastiano Ricci, de Cesena, doméstico sin empleo, habiendo alcanzado todos la mayoría de edad.
Habiéndose abierto la discusión, después de las oraciones acostumbradas y de la invocación del muy santo Nombre de Dios, se hizo un informe de la causa, según el tenor del proceso y del sumario previamente distribuido. El abogado fiscal y el procurador general desarrollaron los puntos de la legislación y las Constituciones que conciernen a los atentados de los que se trata.
El abogado de los pobres presentó los motivos de la defensa, tanto de viva voz como por medio de memorias previamente distribuidas.
La Comisión especial, tras haber tomado en madura consideración los resultados del proceso, las razones de la defensa y lo dispuesto por las leyes, declaró:
Que Angelo Targhini, durante su reclusión por homicidio, cometido en 1819 en la persona de Alejandro Corsi, se entremetió en todo lo que tenía relación con las Sociedades secretas prohibidas, se incorporó luego a la secta de los Carbonarios, y finalmente se convirtió en el fundador de la misma en la propia capital [Roma], tan pronto como pudo regresar a ella;
Que después de haber hecho algunos prosélitos, estos, en su mayor parte, apenas frecuentaron esta Sociedad, en la cual él figuraba como jefe y además como déspota, tal como lo relatan sus propios compañeros;
Que después de haber hecho, junto con sus otros coacusados, todos los esfuerzos posibles para lograr que regresaran a dicha secta y la frecuentaran para que esta pudiera progresar posteriormente, resolvió infundir terror mediante algún ejemplo terrible en los individuos que se habían separado de ella: formó, por lo tanto, el proyecto de asesinar a algunos de ellos por vía de traición;
Que en la noche del 4 de julio pasado, con el propósito bien firme de proceder a la ejecución de su plan, el mencionado Targhini hizo una visita a uno de estos individuos en su morada, y habiéndolo hecho salir bajo algún pretexto, lo condujo a una taberna donde bebieron juntos, y de allí, siempre con maneras amicales, hasta la calle que da a la plaza de Sant'Andrea della Valle, donde este joven sin desconfianza recibió de improviso y por la espalda, en el costado derecho, un golpe de estilete que lo hirió de gravedad, de mano de Leonidas Montanari, quien se había puesto allí al acecho para esperar su paso; que casi a la misma hora en que Targhini se dirigió a la casa de este individuo, Pompeo Garofolini y Luigi Spadoni fueron a la de otro afiliado de la secta que igualmente ya no la frecuentaba; y mientras uno se quedaba en la calle, el otro subió a la morada indicada, igualmente con el propósito, según se pretende, de hacerlo salir para que fuese asesinado, lo cual afortunadamente no sucedió porque este último, encontrándose indispuesto, se estaba dando en ese momento un baño de pies;
Que al mismo tiempo y en el momento mismo en que Targhini salió de su morada con Montanari, e inmediatamente después de ellos Spadoni y Garofolini, salieron también Ludovico Gasperoni y Sebastiano Ricci, habiéndose reunido todos ellos allí previamente:
Que, reuniendo estas circunstancias y otras no menos notables de estos hechos, las cuales se encuentran detalladas a lo largo del proceso, no se puede sino concluir que previamente los coacusados conspiraron para la ejecución del crimen, el cual no fue realizado sino en la persona de uno solo de los individuos designados;
Que, por consiguiente, la Comisión especial, considerando la gravedad tanto de este crimen como del de lesa majestad, y las pruebas que se reúnen a cargo de dichos coacusados, juzga y condena por unanimidad a Angelo Targhini y a Leonidas Montanari a la pena de muerte; a Luigi Spadoni y a Pompeo Garofolini a las galeras de por vida; y a Ludovico Gasperoni y a Sebastiano Ricci a las galeras por diez años.
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