sábado, 25 de agosto de 2001

OGGI (1 DE SEPTIEMBRE DE 1944)


RADIOMENSAJE DEL PAPA PÍO XII

EN EL V ANIVERSARIO DEL COMIENZO DE LA GUERRA

OGGI

1 de septiembre de 1944

1. Hoy, al cumplirse el quinto año de haber estallado la guerra, la humanidad, al mismo tiempo que se vuelve a mirar atrás el camino de lágrimas y de sangre afanosamente recorrido en este hosco quinquenio de historia, se siente horrorizada ante el abismo de miseria en que el espíritu de la violencia y el predominio de la fuerza la han precipitado y, sin dejarse abatir por el recuerdo del pasado, busca ansiosamente las causas de una tan funesta catástrofe espiritual y material, resuelta a adoptar el remedio más eficaz contra la repetición, en otras formas, de la tremenda tragedia.

2. Sacudidos por el cúmulo de tantas ruinas, muchas almas honestas se despiertan como de un sueño angustioso, deseosos de encontrar también en otros campos —hasta ahora mutuamente separados y lejanos— colaboradores, compañeros de camino y de lucha, para la gran obra de reconstrucción de un mundo cuarteado en sus cimientos y herido en su más íntima estructura,

3. ¡Nada ciertamente más natural, nada más oportuno, nada —supuestas las indispensables cautelas—; más justo!

4. Para cuantos se glorían de cristianos y profesan la fe en Cristo con una conducta de vida inviolablemente conforme con su ley, esta disposición y prontitud de ánimo para trabajar en común, en el espíritu de una verdadera solidaridad fraterna, no obedece sólo a la obligación moral del recto cumplimiento de los deberes ciudadanos, sino que se eleva a la dignidad de un postulado de la conciencia, regida y guiada por el amor de Dios y del prójimo, a que suman vigor los signos admonitorios del momento presente y la intensidad del esfuerzo requerido por la salvación de los pueblos.

5. El reloj de la historia marca hoy una hora grave, decisiva, para toda la humanidad.

6. Un mundo antiguo yace en escombros. Ver surgir lo más pronto posible de ese montón de ruinas un mundo nuevo, más sano, jurídicamente mejor ordenado, más en armonía con las exigencias de la naturaleza humana: tal es el anhelo de los pueblos martirizados.

7. ¿Quiénes habrán de ser los arquitectos que tracen las líneas esenciales del nuevo edificio, quiénes los pensadores que den a éste su impronta definitiva?

8. ¿Sucederán acaso a los dolorosos y funestos errores del pasado otros no menos deplorables, y el mundo oscilará indefinidamente de un extremo a otro? ¿O se detendrá el péndulo gracias a la acción de sabios gobernantes, bajo direcciones y soluciones que no contradigan al derecho divino ni se opongan a la conciencia humana y sobre todo cristiana?

9. De la respuesta a tal pregunta depende la suerte de la civilización cristiana en Europa y en el mundo. Civilización que, lejos de comportar sombras y perjuicios a cada una de las formas peculiares y tan variadas de la vida ciudadana, en las cuales se manifiesta la índole propia de cada pueblo, se incardina en ellas y en ellas hace revivir los más altos principios éticos: la ley moral escrita por el Creador en los corazones de los hombres (cf. Rom 2,15), el derecho natural que deriva de Dios, los derechos fundamentales y la intangible dignidad de la persona humana, y, para mejor plegar las voluntades a su observancia, infunde en cada uno de los hombres, en todo el pueblo y en la convivencia de las naciones, esas energías superiores que ningún poder humano, ni siquiera de una manera remota, es capaz de conferir, mientras, a semejanza de las fuerzas de la naturaleza, preserva de los gérmenes venenosos que amenazan el orden moral, impidiendo su ruina.

10. Así ocurre que la civilización cristiana, sin ahogar ni debilitar los elementos sanos de las más diversas culturas nativas, en las cosas esenciales las armoniza, creando de esta manera una amplia unidad de sentimientos y de normas morales —fundamento el más sólido de verdadera paz, de justicia social y de amor fraterno entre todos los miembros de la gran familia humana.

11. Los últimos siglos han visto, con una de esas evoluciones llenas de contradicciones de que la historia está escalonada, de un lado, sistemáticamente minados los fundamentos mismos de la civilización cristiana; del otro, por el contrario, el patrimonio de ella difundirse constantemente a través de todos los pueblos. Europa y los otros continentes viven ahora, en diverso grado, de las fuerzas vitales y de los principios que la herencia del pensamiento cristiano les ha transmitido, así como en una espiritual transfusión de sangre.

12. Algunos llegan a olvidar este precioso patrimonio, a preterirlo, hasta a repudiarlo; mas el hecho de esa transmisión hereditaria permanece. Un hijo puede renegar de su madre; pero no deja por eso de estar unido a ella biológica y espiritualmente. Así también los hijos, alejados y extrañados de la casa paterna, sienten constantemente, a veces de una manera inconsciente, como voz de la sangre, el eco de aquella herencia cristiana, que con frecuencia en los propósitos y en las acciones los preserva de dejarse dominar por completo y guiar por las falsas ideas a que ellos, voluntariamente o de hecho, se adhieren.

13. La clarividencia, la dedicación, el impulso, el genio inventivo, el sentimiento de caridad fraterna de todos los espíritus rectos y honestos determinan en qué medida y hasta qué grado será dado al pensamiento cristiano mantener y regir la obra gigantesca de la restauración de la vida social, económica e internacional en un plano que no esté en contraposición con el contenido religioso y moral de la civilización cristiana.

14. Por ello dirigimos a todos nuestros hijos e hijas de todo el mundo, así como a aquellos que, aun no perteneciendo a la Iglesia, se sienten unidos a Nos en esta hora de determinaciones acaso irrevocables, la urgente exhortación de sopesar la extraordinaria gravedad del momento y de considerar cómo, por encima de toda colaboración con otras divergentes tendencias ideológicas y fuerzas sociales, sugerida a veces por motivos puramente contingentes, la fidelidad al patrimonio de la civilización cristiana y su valiente defensa contra las corrientes ateas y anticristianas es la clave de bóveda que jamás puede ser sacrificada a ningún beneficio transitorio, a ninguna mudable combinación.

15. Esta invitación, que confiamos encontrará un eco favorable en millones de almas sobre la tierra, tiende principalmente a una leal y eficaz colaboración de todos aquellos campos en los cuales la creación de un más recto ordenamiento jurídico se manifiesta como particularmente reclamada por la misma idea cristiana. Esto vale de una manera especial para ese complejo de formidables problemas que miran a la constitución de un orden económico y social más conforme con la eterna ley divina y más acorde con la dignidad humana. En esto, el pensamiento cristiano reconoce como elemento sustancial la elevación del proletariado, cuya resuelta y generosa realización se presenta a todo verdadero seguidor de Cristo no sólo como un progreso terrenal, sino también como el cumplimiento de una obligación moral.

16. Al cabo de años de amarga indigencia, de restricciones y, sobre todo, de angustiosa incertidumbre, los hombres esperan, a la terminación de la guerra, un profundo y definitivo mejoramiento de unas tan tristes condiciones.

17. Las promesas de los hombres de Estado, las múltiples concesiones y propuestas de doctos y de técnicos, han suscitado entre las víctimas, de un malsano ordenamiento económico y social, una ilusoria expectación de palingenesia total del mundo, una exaltada esperanza de un reinado milenario de universal felicidad.

18. Tal sentimiento ofrece un terreno favorable a la propaganda de los programas más radicales, dispone a los espíritus a una muy comprensible, pero irracional e injustificada impaciencia, que nada prometen de reformas orgánicas, esperándolo todo de subversiones y violencias.

19. Frente a estas tendencias extremas, el cristiano que medita seriamente sobre las necesidades y las miserias de su tiempo permanece en la elección de los remedios fiel a las normas que la experiencia, la sana razón y la ética social cristiana indican como los fundamentos y principios de toda justa reforma.

20. Ya nuestro inmortal predecesor León XIII, en su célebre encíclica Rerum novarum, enunció el principio de que, para todo recto orden económico y social, “debe ponerse como fundamento inconcuso el derecho de la pro piedad privada”.

21. Si es verdad que la Iglesia ha reconocido siempre “el derecho natural de propiedad de transmisión hereditaria de los bienes propios” (Quadragesimo anno) no es, sin embargo, menos cierto que esta propiedad privada es de un modo particular el fruto natural del trabajo, el producto de una intensa actividad del hombre, que la adquiere merced a su enérgica voluntad de asegurar y desarrollar con sus fuerzas la existencia propia y la de su familia, de crear para sí y para los suyos un campo de justa libertad, no sólo económica, sino también política, cultural y religiosa.

22. La conciencia cristiana no puede admitir como justo un ordenamiento social que o niega en absoluto o hace prácticamente imposible o vano el derecho natural de propiedad, tanto sobre los bienes de consumo corno sobre los medios de producción.

23. Ni puede aceptar tampoco esos sistemas que reconocen el derecho de propiedad privada conforme a un concepto totalmente falso, y se hallan, por consiguiente, en pugna con el verdadero y sano orden social.

24. Por ello, allí donde, por ejemplo, el “capitalismo” se basa sobre tales erróneas concepciones y se arroga sobre la propiedad un derecho ilimitado, sin subordinación alguna al bien común, la Iglesia lo ha reprobado como contrario al derecho natural.

25. Nos, efectivamente, vemos la continuamente creciente masa de los trabajadores encontrarse con frecuencia ante esas excesivas concentraciones de bienes económicos, que, disimulados de ordinario bajo formas anónimas, llegan a sustraerse a sus deberes sociales y ponen al obrero poco menos que en la imposibilidad de formarse una propiedad suya efectiva.

26. Vemos la pequeña y mediana propiedad palidecer y desvigorizarse en la vida social, corta y estrecha como es, en una lucha defensiva cada vez más dura y sin esperanza de éxito

27. Vemos, de un lado, las ingentes riquezas dominar la economía privada y pública, y frecuentemente incluso la actividad civil; del otro, la innumerable multitud de aquellos que, privados de toda directa o indirecta seguridad de la propia vida, no toman interés por los verdaderos y altos valores del espíritu, se cierran a las aspiraciones hacia una genuina libertad. se entregan al servicio de cualquier partido político, esclavos del primero que les ofrece como sea pan y tranquilidad. Y la experiencia ha demostrado de qué tiranía en tales condiciones, incluso en los tiempos presentes, es capaz la humanidad.

28. Defendiendo, por consiguiente el principio de la propiedad privada, la Iglesia persigue un alto fin ético-social. No pretende ya sostener pura y simplemente el actual estado de cosas como si en ello viera la expresión de la voluntad divina, ni proteger por principio al rico y al plutócrata contra el deber y el no-habiente. ¡Todo lo contrario! Desde los orígenes, ella ha sido la defensora del débil oprimido contra la tiranía del poderoso y ha patrocinado siempre las justas reivindicaciones de todos los grupos de los trabajadores contra toda iniquidad. Ahora que la Iglesia mira sobre todo a lograr que la institución de la propiedad privada sea efectivamente tal cual debe ser conforme a los designios de la sabiduría divina y a las disposiciones de la naturaleza: un elemento del orden social, un supuesto necesario de las iniciativas humanas, un estímulo al trabajo en beneficio de los fines temporales y trascendentes de la vida y, por lo tanto, de la libertad y de la dignidad del hombre, creado a imagen de Dios, que desde el principio le asignó para su utilidad un dominio sobre las cosas materiales.

29. Quitad al trabajador la esperanza de adquirir cualquier bien en propiedad personal. ¿Qué otro estímulo natural podréis vosotros ofrecerle para incitarlo a un trabajo intenso, al ahorro, a la sobriedad, cuando hoy no pocos hombres y pueblos, habiéndolo perdido todo, nada más les queda que su capacidad de trabajo? ¿O se quiere perpetuar tal vez la economía de guerra, para la cual en algunos países el poder público tiene en su mano todos los medios de producción y provee por todos y a todos, pero con el látigo de una dura disciplina? ¿O se querrá vivir sometidos a la dictadura de un grupo político, que dispondrá, como clase dominadora, de los medios de producción, pero al mismo tiempo también del pan y, por consiguiente, de la voluntad de trabajo de los individuos?

30. La política social y económica del porvenir, la actividad ordenadora del Estado, de los municipios, de las instituciones profesionales, no podrán conseguir de una manera durable su alto fin sino con la verdadera fecundidad de la vida social y el normal rendimiento de la economía nacional, sino respetando y tutelando la función vital de la propiedad privada en su valor personal y social. Cuando la distribución de la propiedad es un obstáculo para este fin —lo que no necesariamente ni siempre viene originado por la extensión del patrimonio privado— el Estado puede, en el interés común, intervenir para reglamentar su uso o incluso, si no se puede proveer equitativamente de otro modo, decretar la expropiación, dando la indemnización conveniente. Para idéntico fin deben ser garantizadas y fomentadas la pequeña y mediana propiedad en la agricultura, en las artes y oficios, en el comercio y en la industria; las uniones cooperativas deben asegurarles las ventajas de la gran hacienda; donde la gran empresa [agrícola] aúna hoy se manifiesta más productiva, debe ofrecerse la posibilidad de suavizar el contrato de trabajo con un contrato de sociedad (cf. Enc. Quadragesimo anno).

31. Y no se diga que el progreso técnico se opone a un régimen tal y arrastra en su corriente irresistible toda la actividad hacia haciendas y organizaciones gigantescas, frente a las cuales un sistema social fundado sobre la propiedad privada de los individuos tiene inevitablemente que fracasar. No; el progreso técnico no determina, como un hecho fatal y necesario, la vida económica. Esta se ha inclinado dócilmente, con exceso de frecuencia, ante las exigencias de los cálculos egoístas, ávidos de aumentar indefinidamente los capitales; ¿por qué, pues, no ha de plegarse también ante la necesidad de mantener y de asegurar la propiedad privada de todos, piedra angular del orden social? Ni siquiera el progreso técnico, como hecho social, debe prevalecer al bien general, sino, por el contrario, estar ordenado y subordinado a éste.

32. Al término de esta guerra, que ha desbaratado todas las actividades de la vida humana y las ha lanzado hacia nuevos senderos, el problema de la futura configuración del orden social hará surgir una lucha ardiente entre las diferentes tendencias, en medio de la cual la concepción social cristiana tiene la ardua, pero también noble, misión de poner en evidencia y de mostrar teórica y prácticamente a los seguidores de otras doctrinas cómo en este campo, tan importante para el pacífico desarrollo de la convivencia humana, los postulados de la verdadera equidad y los principios cristianos pueden fundirse en una estrecha unión engendradora de salvación y de bien para cuantos saben renunciar a los prejuicios y a las pasiones y prestar oídos a las enseñanzas de la verdad. Nos abrigamos la confianza de que nuestros fieles hijos e hijas del mundo católico, heraldos de la idea social cristiana, contribuirán —aun a precio de notables renuncias— al avance hacia esa justicia social, de que deben tener hambre y sed todos los verdaderos discípulos de Cristo.

33. La exhortación a la vigilancia y a la diligencia de todos los cristianos en orden a los grandes deberes de un porvenir que parece ya próximo no debe hacernos perder de vista las penetrantes angustias del presente. Y nadie podrá maravillarse de que, aun abarcando en igual amor a todos los pueblos de la tierra, nuestra solicitud en este campo y en este momento se dirija de una manera especial a Italia y a Roma.

34. Las operaciones directas de la guerra, que han destrozado gran para del suelo de Italia, se hallan ahora lejos incluso de la Ciudad Eterna. Pero las consecuencias directas e indirectas del conflicto están muy lejos de haber cesado. La Urbe, que María, Salvación del pueblo romano, Madre del Divino Amor, protegió en la hora del peligro, no retumba ya con el estruendo de la batallas. Pero la lucha contra la miseria, contra el hambre y el paro y el malestar económico ha alcanzado en muchas regiones de Italia una extensión tal, que requiere, sobre todo a la puertas del invierno, un remedio pronto y eficaz.

35. Nadie ignora cómo de hecho en las grandes guerras, se da preferencia ordinariamente a las duras necesidades militares sobre todo otro respeto y consideración. Por otra parte, quien quiera que no se deje guiar por tendencias particulares, sino que reflexione sobre la imperiosa necesidad de proveer en su conjunto a las necesidades esenciales de la vida civil, admitirá y reconocerá las funestas influencias y los daños que la sistemática requisa, aportación o destrucción de costosos medios de transporte han causado el desaprovisionamiento de víveres suficientes y a precios razonables de adquisición. Cada cual comprende, por otra parte, cómo este estado anormal, unido con la igualmente vasta destrucción, requisa o traslado de potentes medios de producción, ha provocado una parálisis en la vida económica, cuyas repercusiones materiales y espirituales sobre la población se hacen cada día más sintomáticas y amenazadoras.

36. A un mal tan grande llevarán remedio no estériles quejas, sino la sincera y generosa colaboración de cuantos tienen posibilidad y autoridad para servir a los intereses del país. ¿No es acaso deseable que cooperen al bien común personas probas, honestas, experimentadas, francas e inmunes de cualquier mancha de delito o de reales abusos, aun cuando en el pasado hubieran militado en otro campo político, lo que, por otra parte, allanaría el camino para la unión de los espíritus?

37. Ningún pueblo abatido bajo el peso de males físicos y morales puede levantarse por sí solo, con sus propias fuerzas, de su postración.

38. Pero, por otra parte, ningún pueblo justamente celoso de su honor se atemperaría a esperar su resurgimiento únicamente por la ayuda ajena, y no al mismo tiempo por el esfuerzo de la propia voluntad y de las propias energías.

39. Por ello, Nos, conociendo la profunda miseria en que han caído extensas regiones de Italia, ante todo recordamos a aquellos del propio país que poseen amplias provisiones y cosechas de víveres la obligación de no sustraerlas, por la ambición de mayores ganancias, a los que languidecen de hambre, recordando los tremendos castigos del juez eterno cuando amenaza a los sin piedad para con el hermano que sufre. Invocamos después a los pueblos cuya capacidad económica no ha sido sustancialmente dañada por la guerra para que proporcionen a la población de Italia, en los límites de lo posible y sin perjuicio de cuanto es debido también a otras naciones igualmente indigentes, aquellos socorros de que necesita especialmente en el período inicial de su renacer.

40. Reconocemos de buen ánimo lo que se ha hecho —y sabemos que se intenta hacer todavía mucho más— en tal sentido por las potencias aliadas, como igualmente apreciamos gustosos los esfuerzos llevados a cabo por las autoridades italianas. Nadie más que Nos —a quien los cuidados del ministerio apostólico ponen más fácilmente en grado de conocer los dolores de los pobres y de los oprimidos— siente en el corazón íntima gratitud para con cuantos, en Italia y en el extranjero —gobiernos, episcopado, clero, laicos— , han cooperado y cooperan a un tan noble fin. Si, por desdicha, no nos ha sido posible hasta ahora obtener el empleo de motoveleros y de otras naves para el transporte de géneros alimenticios y para el retorno de los refugiados a sus tierras, abrigamos todavía la confianza de conseguir pronto otros medios para prestar ayuda a numerosas desventuras. Y como para el pasado, también para el futuro guardaremos profundo reconocimiento para cuantos nos han puesto en condiciones de atenuar la dolorosa desproporción entre la pequeñez de nuestros propios recursos y la magnitud inconmensurable de las más urgentes necesidades.

41. Nos saludarnos en esta prestación de socorros de pueblo a pueblo, ya iniciada durante la guerra, siquiera en los estrechos límites que ésta permitía, al despertar de un sentido de generosidad no menos humanamente elevado cuanto políticamente sabio; sentido que, en el calor de la lucha y en la apasionada afirmación de los intereses encontrados, pudo más bien debilitarse, pero no extinguirse por completo, y que, fundado como está sobre la naturaleza misma y sobre la concepción cristiana de la vida, volverá a rehabilitarse luego plenamente, tan pronto como la espada haya acabado su terrible obra.

42. Nada deseamos Nos más ardientemente que ver brillar cuanto antes el día en que, acabado el fragor de las armas, le sean dadas de nuevo a una parte tan grande de la humanidad torturada, y casi en el límite extremo de sus fuerzas físicas y morales, paz, seguridad y prosperidad.

43. Innumerables corazones suspiran por este día, como los náufragos por el aparecer de la estrella matutina. Muchos, sin embargo, advierten desde ahora que el tránsito de la violenta tempestad a la gran calma de la paz puede ser aún penoso y amargo; comprenden que las etapas del camino desde la cesación de las hostilidades hasta el restablecimiento de las condiciones normales de vida pueden ocultar dificultades más graves de lo que se piensa. Es, por ello, tanto más necesario que resurja entre los pueblos un fuerte sentimiento de solidaridad, a fin de hacer más rápido y duradero el restablecimiento del mundo.

44. Ya en nuestro discurso navideño de 1939 Nos presagiábamos la creación de organizaciones internacionales que, evitando las lagunas y las deficiencias del pasado, fuesen realmente aptas para preservar la paz, según los principios de la justicia y de la equidad contra toda posible amenaza en el futuro. Puesto que hoy, a la luz de tan terribles experiencias, la aspiración hacia una semejante institución universal de paz reclama cada vez más la atención y los cuidados de los hombres de Estado y de los pueblos, Nos espontáneamente expresamos nuestra complacencia y deseamos que su realización concreta responda verdaderamente, en la más amplia medida, a la altura del fin, que es el mantenimiento, en beneficio de todos, de la tranquilidad y de la seguridad en el mundo.

45. Pero nadie tal vez desea tan ansiosamente el fin del conflicto y el renacer de la mutua concordia entre las naciones como los millones de prisioneros y de internados civiles, obligados por la guerra a comer el duro pan de la cautividad o del trabajo forzado en tierra extranjera. El dolor por la prolongada lejanía de las madres, de las esposas, de los hijos; por la larga separación de todas las personas y las cosas amadas, los tortura y los consume, y despierta en ellos un vivo sentimiento de abatimiento y de abandono, de que puede hacerse idea sólo quien sepa penetrar en la íntima angustia de sus corazones. Y puesto que esta guerra, con lo que a ella está necesaria o arbitrariamente unido, ha llevado a la más ingente migración de los pueblos que la historia conozca, será obra de alta humanidad, de clarividente justicia y ordenadora sabiduría, que a estos infelices no se les haga esperar más allá de los límites de lo estrictamente necesario la ya demasiado retardada liberación.

46. Una tal resolución, que, naturalmente, no excluiría algunas cautelas, acaso consideradas indispensables, sería para tantos míseros un primer rayo de sol en la oscurísima noche, el simbólico anuncio de una nueva era, en que, con la creciente distensión de los ánimos, todas las naciones amantes de la paz, grandes y pequeñas, poderosas y débiles, vencedoras y vencidas, tendrán parte, no menos en los derechos y en los deberes que en los beneficios de una verdadera civilización.

47. La espada puede y a veces, desdichadamente, debe abrir el camino hacia la paz.

48. La sombra de la espada puede también pesar sobre el paso de la cesación de las hostilidades a la conclusión formal de la paz.

49. La amenaza de la espada puede presentarse inevitable, dentro de los límites jurídicamente necesarios y moralmente justificables, incluso después de la conclusión de la paz, para tutelar el cumplimiento de las justas obligaciones y prevenir tentativas de nuevos conflictos.

50. Pero el alma de una paz digna de este nombre, su espíritu vivificador, no puede ser más que uno solo: una justicia que con imparcial medida dé a todos lo que a cada uno es debido y de todos exija aquello a que cada uno está obligado; una justicia que no da todo a todos, sino que a todos da amor y a ninguno hace injuria; una justicia que es hija de la verdad y madre de sana libertad y de segura grandeza.
 

viernes, 24 de agosto de 2001

EL LEVANTAMIENTO DE ANATEMAS (7 DE DICIEMBRE DE 1965)


DECLARACIÓN CONJUNTA CATÓLICA-ORTODOXA

DE SU SANTIDAD EL PAPA PABLO VI

Y EL PATRIARCA ECUMÉNICO ATENÁGORA I

7 de diciembre de 1965

A continuación se presenta el texto de la declaración conjunta católico-ortodoxa, aprobada por el Papa Pablo VI y el Patriarca Ecuménico Atenágoras I de Constantinopla, leída simultáneamente (7 de diciembre) en una sesión pública del concilio ecuménico en Roma y en una ceremonia especial en Estambul. La declaración se refiere al intercambio de excomuniones entre católicos y ortodoxos en 1054.

1. Agradecidos a Dios, que los favoreció misericordiosamente con un encuentro fraternal en aquellos santos lugares donde se consumó el misterio de la salvación mediante la muerte y resurrección del Señor Jesús, y donde nació la Iglesia por la efusión del Espíritu Santo, el Papa Pablo VI y el Patriarca Atenágoras I no han perdido de vista la determinación que cada uno sintió entonces de no omitir nada que la caridad pudiera inspirar y que facilitara el desarrollo de las relaciones fraternales así establecidas entre la Iglesia Católica Romana y la Iglesia Ortodoxa de Constantinopla. Están convencidos de que, al actuar así, responden a la llamada de la gracia divina que hoy lleva a la Iglesia Católica Romana y a la Iglesia Ortodoxa, así como a todos los cristianos, a superar sus diferencias para volver a ser "uno", como el Señor Jesús pidió a su Padre para ellos.

2. Entre los obstáculos que se interpusieron en el camino del desarrollo de estas relaciones fraternales de confianza y estima, está el recuerdo de las decisiones, acciones e incidentes dolorosos que en 1054 dieron lugar a la sentencia de excomunión dirigida contra el patriarca Miguel Cerulario y otras dos personas por el legado de la Sede Romana bajo la dirección del cardenal Humberto, legados que luego fueron objeto de una sentencia similar pronunciada por el patriarca y el Sínodo de Constantinopla.

3. No se puede pretender que estos acontecimientos no fueron lo que fueron durante este período histórico tan convulso. Hoy, sin embargo, han sido juzgados con mayor justicia y serenidad. Por lo tanto, es importante reconocer los excesos que los acompañaron y que posteriormente llevaron a consecuencias que, hasta donde podemos juzgar, fueron mucho más allá de lo que sus autores pretendieron y previeron. Dirigieron sus censuras contra las personas implicadas y no contra las Iglesias. Estas censuras no pretendían romper la comunión eclesiástica entre las sedes de Roma y Constantinopla.

4. Convencidos de expresar el deseo común de justicia y el sentimiento unánime de caridad que mueve a los fieles, y recordando el mandato del Señor: “Si ofreces tu ofrenda al altar y allí recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda delante del altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano” (Mt 5, 23-24), el Papa Pablo VI y el Patriarca Atenágoras I, con su Sínodo, de común acuerdo, declaran que:

A. Lamentan las palabras ofensivas, los reproches sin fundamento y los gestos reprensibles que, de una y otra parte, han marcado o acompañado los tristes acontecimientos de este período.

B. Asimismo lamentan y borran de la memoria y del seno de la Iglesia las sentencias de excomunión que siguieron a estos acontecimientos, cuyo recuerdo ha influido en las acciones hasta nuestros días y ha impedido relaciones más estrechas en la caridad; y envían estas excomuniones al olvido.

C. Finalmente, deploran los dolorosos acontecimientos precedentes y posteriores que, bajo la influencia de diversos factores —entre ellos, la falta de comprensión y de confianza mutua—, acabaron por conducir a la ruptura efectiva de la comunión eclesiástica.

5. El Papa Pablo VI y el Patriarca Atenágoras I con su Sínodo se dan cuenta de que este gesto de justicia y de perdón mutuo no es suficiente para poner fin a las diferencias antiguas y más recientes entre la Iglesia Católica Romana y la Iglesia Ortodoxa.

Mediante la acción del Espíritu Santo, esas diferencias serán superadas mediante la purificación de los corazones, el arrepentimiento por los errores históricos y la determinación eficaz de llegar a una comprensión y expresión común de la fe de los Apóstoles y de sus exigencias.

Esperan, sin embargo, que este acto sea grato a Dios, quien está dispuesto a perdonarnos cuando nos perdonamos mutuamente. Esperan que todo el mundo cristiano, especialmente la Iglesia Católica Romana y la Iglesia Ortodoxa, aprecien este gesto como expresión de un sincero deseo común de reconciliación y como una invitación a proseguir, con un espíritu de confianza, estima y caridad mutua, el diálogo que, con la ayuda de Dios, conducirá a una nueva convivencia, para el mayor bien de las almas y la venida del reino de Dios, en esa plena comunión de fe, concordia fraternal y vida sacramental que existió entre ellos durante los primeros mil años de la vida de la Iglesia.

 

jueves, 23 de agosto de 2001

I PRIMITIVI CEMETERI (11 DE DICIEMBRE DE 1925)


MOTU PROPRIO

DEL SUPREMO PONTÍFICE

PÍO XI

I PRIMITIVI CEMETERI

ESTABLECIMIENTO DEL

PONTIFICIO INSTITUTO

DE ARQUEOLOGÍA CRISTIANA

Los cementerios primitivos de la Roma cristiana, con sus criptas y tumbas de Papas y Mártires, y los santuarios erigidos sobre esas gloriosas tumbas, las Basílicas que florecieron dentro de los muros de la ciudad durante la época de paz, con sus grandiosos mosaicos, la incontable serie de inscripciones, pinturas y esculturas, y el mobiliario funerario y litúrgico, constituyen para la Santa Iglesia Romana un Patrimonio Sagrado de valor e importancia incomparables. De hecho, son testigos igualmente venerables y auténticos de la Fe y la vida religiosa de la antigüedad, y al mismo tiempo fuentes de primer orden para el estudio de las instituciones y la cultura cristianas, desde los primeros tiempos hasta la época apostólica.

Por lo tanto, si los Romanos Pontífices han considerado siempre como su estricto deber la protección y custodia de todo este Sagrado Patrimonio, en los últimos tiempos han intensificado su solicitud especialmente por lo que con razón se considera la parte más preciosa del mismo, es decir, los cementerios subterráneos, comúnmente llamados Catacumbas.

Dotados de un carácter especial de Religión y Santidad, derivado de las enseñanzas y preceptos de la Fe Cristiana, inviolablemente protegidos por las leyes civiles del Imperio, los cementerios durante los siglos de persecución fueron gobernados y regidos por la Iglesia, y confiados por los Papas para su administración a Sacerdotes y Diáconos, reconociendo los Césares paganos la propiedad de éstos, no en fieles individuales, sino en la Iglesia misma, representada por el Obispo; dominio proclamado después, con el advenimiento de la paz cristiana, y reconocido solemnemente por los Romanos Pontífices, como cualquier otra posesión eclesiástica, por Constantino el Grande y sus sucesores.

Cuando, tras la tormentosa sucesión de invasiones bárbaras, los Papas se vieron obligados a despojar las necrópolis suburbanas de sus tesoros más preciados, trasladando las reliquias de sus predecesores y de los mártires a la sombra de las Basílicas intramuros, no abandonaron el cuidado de esos lugares venerados, sino que durante mucho tiempo continuaron trabajando para restaurarlos y mantener el acceso abierto a la devoción de los fieles. Y el culto a los cementerios sagrados en la Iglesia Romana no se extinguió ni siquiera cuando, debido a los tristes acontecimientos de tiempos extremadamente calamitosos, las entradas fueron casi todas bloqueadas; pues incluso entonces, los fieles continuaron descendiendo a las escasas criptas accesibles para rezar ante las tumbas vacías donde habían reposado los restos de los héroes de la Fe.

Gracias a las pacientes investigaciones de doctos y fervientes investigadores de antigüedades sagradas, a partir del siglo XVI, se descubrió un gran número de accesos a los cementerios suburbanos. Nuestros predecesores promulgaron edictos y leyes para la protección de estos lugares sagrados y de los derechos absolutos de la Iglesia sobre este Santísimo Patrimonio. Además, los Cardenales Vicarios de esta Santa Ciudad también dictaron disposiciones providentes para todo tiempo y ocasión, conformando así una legislación amplia, especial y de gran importancia respecto a estos monumentos.

Movido por tan ilustres ejemplos, y con el fin de alentar el fervor resurgente por los estudios más rigurosos de las antigüedades cristianas, suscitado por los méritos del Padre Giuseppe Marchi, de la Compañía de Jesús, y más aún por Giovanni Battista De Rossi, quien luego fue honrado con razón con el título de Príncipe de los arqueólogos cristianos, el Sumo Pontífice Pío IX, Nuestro predecesor de venerable memoria, instituyó, a partir del 6 de enero de 1852, una Comisión especial de Arqueología Sagrada, otorgándole los poderes necesarios para la más eficaz protección y vigilancia de los cementerios y edificios cristianos antiguos de Roma y sus suburbios, para la excavación y exploración sistemática y científica de los mismos cementerios, y para la conservación y custodia de todo lo que se descubriera o saliera a la luz por las excavaciones y trabajos.

Precisamente con este fin, coincidiendo precisamente con las primeras grandes excavaciones y los maravillosos descubrimientos en el subsuelo cristiano de Roma, genialmente intuidos y preparados por De Rossi, se fundó en el Palacio Apostólico de Letrán el Museo Pío Cristiano, -cuya erección fue expresamente pedida por la misma Comisión como una de las piedras angulares para llevar a cabo la grandiosa obra que le había sido confiada por el Pontífice-, y allí encontraron un digno hogar muchos preciosos monumentos hasta entonces dispersos y escondidos.

En los primeros meses de nuestro Pontificado, al ser el septuagésimo aniversario de la institución de la Comisión y el centenario del nacimiento de De Rossi, auténtico innovador de la ciencia arqueológica cristiana, hemos querido reunir en Nuestra presencia a la Comisión, que tiene por cabeza y presidente a nuestro Cardenal Vicario General, y Nos hemos interesado por la marcha de los trabajos y por las necesidades que había que satisfacer, para que la Comisión no fuese, en nuestros días, incapacitada para la tarea que debe llevar a cabo.

Nos ha complacido recordar el trabajo realizado por la Comisión desde su creación a través de sus diversas responsabilidades y cuánto ha merecido a la misma Iglesia romana, que, a partir de los descubrimientos de sus antiguos cementerios y de los santuarios de los mártires, ha recuperado una parte significativa de su patrimonio más antiguo, ha visto reconstruidas páginas enteras de su historia y ha visto salir a la luz documentos y monumentos del más alto valor histórico para demostrar la antigüedad de sus Dogmas, de su Fe y de sus Venerables Tradiciones.

Si bien muchos de estos monumentos son elocuentes en sí mismos, cabe reconocer que los estudios realizados con mayor rigor y profundidad por los grandes arqueólogos cristianos de los últimos tiempos —en primer lugar, el siempre elogiado Giovanni Battista De Rossi— condujeron no solo al redescubrimiento en la Roma subterránea cristiana de lo que el incansable investigador de las antigüedades sagradas romanas, Antonio Bosio, había adivinado imperfectamente, pero con la intuición de la fe, como pocos en el siglo XVI. También condujeron a la identificación, a partir de itinerarios medievales, de cementerios, criptas históricas y tumbas de mártires, y a la sabia interpretación de pinturas y esculturas a la luz de los escritos de los Padres de la Iglesia y de la comparación mutua. Así, las tumbas primitivas de los mártires y de nuestros numerosos y gloriosos predecesores reviven y vuelven a ser objeto de devota veneración y profunda admiración, y los fieles de todo pueblo y de toda lengua, en las paredes de los hipogeos sagrados, en las pinturas, en los grafitis, en las esculturas, en las inscripciones de la más remota antigüedad, leen hoy, con intensa emoción, no pocos de aquellos artículos de la Fe Católica, Apostólica, Romana, que fueron atacados con más acritud por los innovadores.

No hay, pues, nadie que no vea cuán necesario, importante y deber es para Nos apoyar con provisiones apropiadas y eficaces la obra de Nuestra Comisión, para que los monumentos antiguos de la Iglesia se conserven del mejor modo posible para el estudio de los doctos, no menos que para la veneración y ardiente piedad de los fieles de todos los países, que en los últimos quince años han apoyado generosamente a los Romanos Pontífices en la grandiosa y extremadamente costosa empresa del descubrimiento y excavación de las Catacumbas Romanas.

Si bien el cuidado y la preservación de los monumentos ya descubiertos son delicados y conllevan una gran responsabilidad, en medio de los singulares desafíos de la zona, la tarea de continuar la exploración de la Roma cristiana subterránea es mucho más desafiante y ardua. Esto revelará muchas otras necrópolis, aún exploradas total o parcialmente, y completará la excavación de los cementerios más famosos, que aún hoy solo se conocen parcialmente, mientras que muchos otros permanecen enterrados bajo tierra y entre las ruinas. Y esta ardua tarea se vuelve aún más urgente y delicada en la actualidad debido a que, en los alrededores de Roma, la expansión de las edificaciones se ha extendido a zonas distantes, ricas en cementerios notables, que, por lo tanto, están expuestas a graves daños y, quizás, a una ruina irreparable.

Nos, pues, confirmando lo que Nuestros predecesores, especialmente Pío IX y León XIII, de venerada memoria, establecieron acerca de la Comisión y de sus deberes respecto a los cementerios o catacumbas, a las basílicas y a los antiguos edificios sagrados de Roma, en los que nada se puede innovar, nada se puede modificar sin su acuerdo y aprobación, hemos creído útil y oportuno ampliar y robustecer la misma Comisión con la participación activa de otras personas competentes, que, correspondiendo desde diversas regiones y naciones, aporten a ella una valiosa contribución de estudios y multipliquen los medios, para que pueda realizar eficazmente, en escala cada vez mayor, los fines para los que fue instituida.

A la Comisión, que con razón y verdadera satisfacción llamamos Nuestra, porque a ella y a su cuidado ha sido confiada tan gran parte del preciosísimo patrimonio primitivo de nuestra Iglesia, y porque al conservarlo, protegerlo y aumentarlo actúa con autoridad del Romano Pontífice, reconocemos, como a Nuestros predecesores, y reconfirmamos, el derecho exclusivo y colectivo para la conservación de los antiguos monumentos sagrados, para la exploración y excavación de los cementerios subterráneos y lugares de enterramiento al aire libre; para la determinación y dirección absoluta de cualquier trabajo que deba o pueda realizarse en ellos, o que pueda relacionarse con ellos, y para la primera publicación de los resultados de las excavaciones o trabajos. Ella sola, según lo especificado en el Reglamento específico aprobado por Nos, puede establecer las normas y condiciones bajo las cuales los cementerios sagrados se hacen accesibles y visibles al público y a los estudiosos, bajo la responsabilidad de los Custodios que ella nombra y reconoce y que por esto deben depender de ella, y debe indicar qué criptas y con qué precauciones se deben utilizar para la Sagrada Liturgia.

Por lo tanto, es justo y natural que Nuestra Comisión, que es la única que tiene la autoridad para realizar excavaciones y trabajos en las Catacumbas y en las zonas de los cementerios, los lleve a cabo diligentemente a través de su propia oficina técnica, y que en Nuestro nombre debe administrar todo lo relativo a los cementerios sagrados, incluso los subyacentes o adyacentes a Basílicas u otros edificios sagrados regidos o inmediatamente dependientes de jurisdicciones especiales, dirija exclusivamente las ofrendas que quieran destinarse a este fin y que se requieren cada año en cantidades cada vez mayores.

Por esta razón, a pesar de las graves dificultades económicas en las que Nos encontramos, entre las múltiples y variadas necesidades que creemos que es deber de Nuestro ministerio Apostólico atender en todos los rincones de la tierra, hemos considerado oportuno incluir la provisión para las Catacumbas Romanas e incluso hemos querido contribuir personalmente, según Nuestras posibilidades. Pues sin duda es excelente, en medio de tanta preocupación por los intereses materiales, tanto oscurecimiento de las nobles ideas, tanta guerra incesante dirigida contra nuestra Santísima Religión con las armas de la crítica histórica, proporcionar combustible para reavivar en los corazones la llama de la Fe, de la historia y la poesía cristianas primitivas, con la luz que irradia de los recovecos místicos de las Catacumbas de suelo romano y de muchas otras regiones de la cristiandad.

Por esta razón es necesario también dar al estudio de la arqueología sagrada nuevos estímulos y ayudas, acordes con la importancia de la disciplina, con los resultados alcanzados y con los no menos significativos que aún debemos esperar; y a esto queremos dirigir de modo particular Nuestro cuidado y Nuestra previsión.

Dado que, junto a la Comisión Pontificia, y con mayor antigüedad que ella, florece la Pontificia Academia Romana de Arqueología, tan meritoria y tan favorablemente conocida por los eruditos por sus publicaciones eruditas, hemos decidido coordinar ambas instituciones y añadir un Pontificio Instituto de Arqueología Cristiana, con su propio reglamento, visto y aprobado por nosotros, para guiar a jóvenes de todos los países y naciones al estudio y la investigación científica de los monumentos de la antigüedad cristiana. Las tres instituciones, unidas en una sede especial, que pronto se habilitará para este propósito y debidamente armonizada, podrán complementarse y ayudarse mutuamente en el objetivo común de tan alta importancia; y los estudiosos de la arqueología sagrada podrán aprovechar al máximo el inmenso material que ofrece Roma y los medios que la Comisión, la Academia y el Instituto, para sus propias relaciones científicas internacionales, podrán proporcionarles ampliamente.

El recuerdo y la visión del trabajo realizado hasta la fecha por la Comisión Pontificia nos animan a tener esperanza en el futuro, pues, a pesar de las dificultades de los tiempos y las circunstancias, la labor debe intensificarse y expandirse con horizontes cada vez más amplios. Nos complace la perspectiva de que se establezca un entendimiento más profundo entre quienes, en diversas regiones de Italia y del mundo, se dedican al estudio y la investigación de la arqueología sagrada; y que Roma, continuando la gloriosa tradición del gran De Rossi, se convierta en el centro de nuevos y más fructíferos estudios arqueológicos sagrados. Esto, sin duda, traerá notables beneficios a la ciencia, no menos que a la historia viva de nuestra Santa Fe.

La Comisión Pontificia, con el apoyo de la Academia Pontificia y el Instituto, al difundir periódicamente, a través de su revista especializada, los resultados de sus excavaciones, ilustrar los cementerios y monumentos de la Roma subterránea y mantener correspondencia con diversos centros de cultura arqueológica, podrá implementar con mayor energía y mayor asistencia los nobles objetivos que los Romanos Pontífices tuvieron en mente al establecerla y apoyarla. Y con un trabajo intensificado y coordinado, el ideal de una descripción del Orbis antiquus Christianus, concebido por los talentosos arqueólogos que dieron vida y fundamento a nuestra Comisión, y quienes, con paciente investigación y maravillosos descubrimientos en la Roma cristiana subterránea, prepararon el material y establecieron ciertos cánones, que fueron aplicados con éxito por otros en diversas regiones, incluso distantes, y en particular en la noble África romana, ya no parecerá inalcanzable (así lo esperamos fervientemente) para devolver a la Iglesia Católica y a la ciencia, muchas otras joyas excepcionales.

Confiamos en que en esta magnífica y onerosa empresa recibiremos la ayuda y la colaboración eficaz de todos aquellos que puedan emular a los generosos donantes que, a lo largo de los últimos setenta años, han permitido a la Iglesia romana recuperar gran parte de su antiguo y sacrosanto patrimonio escondido en los recovecos de la Roma subterránea.

A los Santos Mártires, en este Año Jubilar, les encomendamos el cumplimiento de nuestros deseos y el mayor éxito en las actividades de nuestra Comisión Pontificia. Por su intercesión, imploramos la bendición del Señor para la propia Comisión, para la Academia, para el Instituto y para todos los que trabajan y trabajarán por su bien; para quienes apoyan con celo el culto de los Mártires en los cementerios sagrados, y para todos nuestros amigos de las Catacumbas Romanas.

Dado en Nuestro Palacio Apostólico en el Vaticano, en el día del nacimiento del Papa San Dámaso, el 11 de diciembre de este Año Jubilar de 1925, cuarto de Nuestro Pontificado.

Pío PP. XI
 

miércoles, 22 de agosto de 2001

DEUS SCIENTIARUM DOMINUS (24 DE MAYO DE 1931)


CONSTITUCIÓN APOSTÓLICA

DEUS SCIENTIARUM DOMINUS [1]

DE SANTO PADRE PÍO XI

Sobre las Universidades y las Facultades de los Estudios Eclesiásticos

1. La Iglesia, maestra de la verdad, ha fomentado las ciencias profanas.

Como Dios, el Señor de las ciencias [2] dio a la Iglesia el mandato de enseñar a todas las naciones [3] la constituyó indudablemente con ello maestra infalible de la verdad divina, y así también principal protectora y progenitora de la ciencia humana. Es misión de la Iglesia hacer conocer a todos los hombres los preceptos sagrados que ella recoge y deduce de la Revelación de Dios. Por cuanto la fe y la razón humana jamás podrán disentir entre ellas, y en vista de su universal concordia se prestarán también mutua ayuda, la Iglesia en todo tiempo creyó de su incumbencia ayudar y promover el cultivo de las artes y de las ciencias profanas [4], lo cual está, efectivamente, atestiguado por muchísimos y esplendorosisimos documentos literarios.

2. La falange gloriosa de los Padres de los primeros tiempos que eran al mismo tiempo colosos de la ciencia.

Ahora bien, después de la primera época cristiana en que el Espíritu Santo por sí mismo y mediante la abundancia de sus carismas suplió en los fieles cristianos aquélla ciencia de que, tal vez, carecieran; ya en el segundo siglo después de Cristo florecieron Esmirna, Roma, Alejandría, Edesa como sedes de preclara doctrina cristiana. A fines del siglo II y principios del tercero surgieron, aquellas célebres escuelas de Alejandría, Cesárea y Antioquía donde bebieron su ciencia -para no nombrar si no a los más esclarecidos de entre ellos- Clemente de Alejandría, Orígenes, San Dionisio Magno, Eusebio de Cesárea, San Atanasio, Dídimo el ciego, San Basilio Magno, San Gregorio Nacianceno, San Gregorio Niseno, San Cirilo de Alejandría, San Juan Crisóstomo, San Efrén, San Hilario de Poitiers, San Ambrosio, San Jerónimo, San Agustín y otros casi innumerables doctores y maestros de aquel tiempo que fueron considerados príncipes de las ciencias por todos, aun en la sociedad civil.

3. La Iglesia y los Conventos fundaron las escuelas.

Terminada la época de los grandes Padres, se fundaron, por obra solícita especialmente de los Monjes y Obispos, no pocas escuelas ciertamente, gracias a la ayuda de aquellos que gobernaban entonces los destinos de los diferentes estados. Y no cabe duda de que la cultura profana y la doctrina eclesiástica lograron en el transcurso de esos siglos una finalidad única que los Institutos humanísticos fundados al abrigo de las Catedrales y los Conventos, produjeran sus copiosos frutos para el bien común. Pero cuando aquélla parte de la Edad media, que suele llamarse la más oscura, que las nuevas invasiones de los bárbaros amenazaron con perturbar y arrollar las ciencias y artes genuinas, abandonadas y miserablemente traicionadas por todos, encontraron el único refugio y asilo seguro que quedaba, en los templos y monasterios de la Religión Católica.

4. La ley de la enseñanza, dada por los Concilios de Roma, conserva los documentos de la cultura.

Los Concilios de los años 826-853, celebrados en Roma, sancionaron aquélla ley que brilla como luz en las tinieblas, al ordenar "que en todos los palacios episcopales y los pueblos fieles sujetos a ellos como en todos los demás lugares donde fuese menester habría que procurar con todo esmero y diligencia que se nombrasen maestros y doctores para enseñar asiduamente las ciencias y las artes".

Si la Iglesia Romana no hubiese, de ningún modo, protegido los primitivos documentos de la civilización humana en esa época procelosa, sin duda el género humano habría perdido para siempre los tesoros literarios que los tiempos antiguos habían producido.

5. La Iglesia fundó y fomentó las Universidades.

La Universidad de estudios, esa gloriosa institución de la Edad Media, que en esa época se llamaba "Estudio" o "Estudio General", posee ya desde el principio una madre y protectora generosísima en la Iglesia. Aunque no todas las Universidades fueron fundadas por la Iglesia Católica, sin embargo, sabido es y averiguado que casi todos los "Ateneos" o Universidades antiguas tuvieron en los Romanos Pontífices si no sus fundadores, por lo menos, sus fautores y guías.

6. Las Universidades fundadas y protegidas por los Papas.


A este respecto causará, ciertamente, universal admiración cuánto contribuyera esta Sede Apostólica al progreso de la ciencia sagrada y profana, pues, entre las 52 Universidades, establecidas por decreto antes del año 900 no menos de 29 fueron creadas sólo por los Romanos Pontífices y 10 otras más por instrumentos del Emperador y los Príncipes, juntamente con las Constituciones Apostólicas. Las célebres Universidades que se erigieron -para omitir otras- en Bolonia, París, Oxford, Salamanca, Tolosa, Roma, Pavía, Lisboa, Sena, Grenoble, Praga, Viena, Colonia, Heidelberg, Leipzig, Monte Pesulano, Ferrara, Lovaina, Basilea, Cracovia, Vilna, Graz, Valladolid, México, Alcalá, Manila, Santa Fe, Quito, Lima, Guatemala, Cagliari, Lemberga y Varsovia, tomaron de esta excelsa Urbe su principio y seguramente, de allí recibieron su incremento.

7. Pese a los despojos posteriores de parte de los Estados, la Iglesia aún hoy sigue la misma misión.

No es aislado el caso de que los gobernantes de los estados, andando el tiempo, sustrajeran al régimen y tutela de la Iglesia no pocas de las Universidades y escuelas; Sin embargo, la Iglesia, careciendo entonces de libertad y de medios de que antes con abundancia disponía, por su misma naturaleza no cesó de crear y fomentar esta clase de Cenáculos de sabiduría y de institutos de docencia. Pues, por esta misión que le viene a la Iglesia de arriba, los heraldos de la Religión Católica se esmeran con todo empeño en levantar también escuelas cerca de las Capillas que edifican en tierras paganas, enseñando en ellas, en la medida que le permitan sus fuerzas, no sólo las ciencias sagradas sino también las profanas e igualmente añaden institutos peculiares de ciencia y cultura profana para imbuir a esa gente rústica en los conocimientos de las primeras letras y el arte de cultivar el campo.

Y si algún día esos hombres orgullosos que se jactan de los falsos progresos, penetran hasta esas regiones que los legados de Cristo ennoblecieron con la cruz y el arado y se esfuerzan en despojar las escuelas allí fundadas, de sus principios y normas cristianas, no podrán negar que la Iglesia ha constituido primero esas sedes literarias, violadas por ellos ahora.

8. Fundaciones de Universidades nuevas en los países cristianos.

No sólo en las regiones de las Misiones extranjeras promueve la Iglesia la cultura humana sino también y con mayor dispendio en aquellas partes donde más de una vez fuera expoliada del patrimonio de sus beneficios.

Debe ponderarse también el hecho que, por obra suya surgieron en nuestro tiempo Universidades prósperas, como la del Sagrado Corazón de Milán, las de París, Lila, Angers, Lyon, Tolosa en Francia, Nimega en Holanda, Lublin en Polonia, Beirut en Siria, Washington en los Estados Unidos de América, Quebec, Montreal y Ottawa en Canadá, Santiago en la República de Chile, Shanghái y Pekín en China, Tokio en el Japón y otras no pocas.

9. Sus bibliotecas y colecciones de manuscritos.


Además: el que la Iglesia haya tenido siempre gran cuidado en fundar y conservar Bibliotecas prueba claramente que ha fomentado con grandes gastos la civilización y la ciencia. Pues, nadie es capaz de enumerar ni si quiera cuántos manuscritos y cuántos libros impresos coleccionó esta santa Madre Iglesia con suma diligencia desde la fundación de la Biblioteca de Cesarea hasta la Ambrosiana y Vaticana. Está comprobado que, desde la primera época de la era cristiana, los pastores de almas al cernirse un peligro sufrieron con ecuanimidad la pérdida de sus bienes pero junto con los vasos sagrados guardaron cuidadosísimamente los volúmenes de la ciencia.

Por eso carece en absoluto de fundamento la falsa acusación de que la Iglesia cubra las mentes con las tinieblas de la ignorancia cuando la Iglesia Católica no teme a los perseguidores que la distinguen con la gloria del martirio ni las herejías que hacen brillar con luz más clara su depósito de doctrina sagrada; una sola cosa teme: la ignorancia de la verdad; pues, está convencida de que los adversarios no la perseguirían con malévola inquina si ajenos a toda opinión preconcebida, estudiaran diligentemente sus normas y argumentos como ya aseveraba en el siglo II Tertuliano, diciendo a los enemigos del nombre cristiano: Cesan de odiar los que cesan de ignorar [5].

10. La principal preocupación: las ciencias sagradas.

Pero si Nuestros predecesores en el transcurso de los siglos no escatimaron desvelos ni trabajos para incrementar al máximo los estudios de las ciencias y artes liberales e implantar en muchos lugares toda clase de cátedras, sin embargo, pusieron singular empeño y celo especial en fomentar los estudios de las ciencias sagradas, dado que éstos contribuyen de un modo más decisivo a adelantar la causa que le fuera encomendada por Dios [6].

11. Preocupación por la nueva organización universitaria eclesiástica.

Ahora bien, Nos, bien conscientes del gravísimo oficio que Dios Nos ha confiado, activísimamente Nos dedicamos Nuestro cuidado especial a las disciplinas sagradas procurando, cuanto esté en Nuestro poder, que las Universidades y Facultades eclesiásticas se destaquen entre todas las Universidades tanto por la excelsa dignidad como por la solidez de sus estudios y el esplendor de sus enseñanzas. Por eso, apenas elevados a la cátedra del Pontificado Supremo, Nos creímos que era Nuestro deber preparar una ley en que a más de cien institutos de estudios superiores creados en todas partes del mundo, se propusiera con mayor claridad el fin que debía lograrse, se precisara con más definida exactitud el método de enseñar y, finalmente, se definiera la organización institucional única, sin eliminar las características peculiares del lugar y de la índole de la obra, de tal modo que pudieran responder del todo a las presentes necesidades.

12. Selección de los investigadores eclesiásticos, sobre todo en los Seminarios.

Toda clase de errores suelen disfrazarse, sobre todo en nuestros tiempos, con la máscara de ciencia, para que todos les crean con mayor facilidad ya que luz de la ciencia puede ejercer una fortísima atracción sobre muchos hombres. Es, por consiguiente, sumamente necesario que aquellos cristianos que se muestren más aptos para las investigaciones científicas y, en especial, seminaristas selectos, elevando preces al Padre de las luces [7] y recordando aquella sentencia que dice que en el alma maliciosa no entra la sabiduría [8], se consagren totalmente a las ciencias sagradas y a aquellas disciplinas que de alguna manera tienen un nexo con ellas, y se posesionen de tal modo de a esa materia que, dado el caso, puedan enseñar correctamente la doctrina católica y defenderla activísimamente contra los embates y falacias de los adversarios.

13. Finalidades de las nuevas medidas.

Y para que de Nuestra parte y de Nuestra autoridad nada falte, no resta ahora sino que procuremos que las ciencias sagradas ocupen también hoy el mejor lugar como antaño fueron las primeras dejando atrás las Universidades públicas, por cuanto lo exigen el riquísimo tesoro de la verdad que comunican y aquel influjo saludable que ellas, por su naturaleza, ejercen sobre el robustecimiento de la Fe Católica, la derrota de las tinieblas de los errores y la conformación de las costumbres de todos a los preceptos evangélicos.

Felizmente sucederá entonces que todos los hombres, llamados de las tinieblas a la admirable luz de la fe [9] lleguen al conocimiento de la verdad [10] y todo pensamiento, con la ayuda de la gracia divina, se doblegue a la obediencia de Cristo [11].

14. La creación del nuevo Consejo universitario en Roma y su misión cumplida.

Impulsados por estos motivos y razones, quisimos que se crease en la Sagrada Congregación de Seminarios y Estudios Universitarios un Consejo especial formado por varones que se distinguen por su saber y experiencia, al cual incumbirá estudiar y prever todo lo que corresponda a la organización y perfeccionamiento de las Universidades y Facultades de los estudios eclesiásticos, dejando de lado, entre tanto, lo que para hacer progresar la empresa más y más, parecerá más tarde necesario añadir sobre otros Institutos y, ante todo, sobre la Pontificia Universidad Romana de Santo Tomás de Aquino.

Este Consejo, después de largas y diligentes reflexiones, ayudado por los más eximios profesores de otras naciones, bajo Nuestro auspicio y dirección, ha cumplido felizmente y con muy laudable acierto la misión que le fuera encomendada.

15. El decreto de las nuevas normas.

Por lo tanto, Nos, para llevar finalmente a cabo lo que tanto deseábamos realizar, todo bien ponderado y logrado el consentimiento, en cuanto fuese necesario, o de los que podían interesarse por el problema, o de los que se presumía que éste debía importarles, a ciencia cierta y en la plenitud de Nuestra autoridad Apostólica, decretamos y establecemos las siguientes leyes y normas, y mandamos a cuantos corresponda las observen [12].

16. Su comunicación y sanción autorizada.

Nos queremos finalmente que los ejemplares de la presente Constitución, también los impresos que unidos con el sello de una persona constituida en alguna dignidad eclesiástica u oficio y firmado por algún notario público tenga el mismo valor como si el presente documento mismo fuese presentado y mostrado.

Lo establecemos, empero, por esta Nuestra Constitución, lo decretamos, promulgamos y mandamos y queremos que quede todo sancionado y firme por Nuestra autoridad sin que nada obste en contrario.

Dado en Roma, junto a San Pedro el 24 de Mayo del año del Señor de 1931, en la solemnidad de Pentecostés, año décimo de Nuestro Pontificado [13]. 

PIO XI.


Notas:

[1] Luego de decretada la reforma de los estudios eclesiásticos superiores por "Deus scientiarum Dominus", surgieron no pocas dificultades, que obstaculizaron en parte su aplicación, sin embargo, la presente Constitución Apostólica ha contribuido poderosamente a intensificar y profundizar los estudios eclesiásticos, ha acostumbrado a las nuevas generaciones de clérigos al estudio analítico y la elaboración de problemas aislados con métodos rigurosos, preparando así el encuentro de los estudios eclesiásticos con la cultura universitaria profana. El padre Agostino Gemelli, OFM., fundador y Rector de la Universidad de Milán, de innegable autoridad en esta materia, en un articulo que en la Revista "Vita e Pensiero" dedica al 25º aniversario de la presente Constitución Deus scientiarum Dominus, relata que en una audiencia que tuvo con el difunto Papa Pío XI, pudo enterarse que ésa había sido, realmente una de las intenciones del Papa al decretar la reforma de los estudios eclesiásticos superiores. El padre Gemelli analizando sus efectos apunta que más de un estudioso había escrito que si se confrontaban las obras teológicas publicadas por ejemplo en Italia en estos últimos 25 años (1931-1956) con las de periodos precedentes, podrá comprobarse que no obstante la guerra y la postguerra, el último periodo ofrecía pruebas de los notables progresos realizados en el campo de los estudios teológicos. Antaño se publicaban tan sólo manuales; muy raramente aparecían estudios históricos o sistemáticos; se publicaban obras de divulgación, pero nunca, o casi nunca, estudios monográficos, frutos de un concienzudo trabajo científico. Tales progresos, a no dudarlo, han de atribuirse a la influencia ejercida por la Constitución "Deus scientiarum Dominus". Ello ha sucedido tanto en Italia, donde trabajosamente los estudios se elevaron a un nivel que ya muchos años antes se había alcanzado en los países de lengua alemana, corno en lo que se refiere a Francia, Inglaterra y Estados Unidos. Sin embargo, en opinión del padre Gemelli, aun en esos países ella ha dado un nuevo impulso a los trabajos científicos de Teología.

[2] I Sam. 2, 3.

[3] Mat. 28, 19; Marc. 16, 15.

[4] Concilio Vaticano, Constitut. De Fide Catholica, cap. 4.

[5] Tertul. Ad Nationes I, 1.

[6] S. Tomás. Summa Theol. I, q. 1, a. 5

[7] Santiago 1. 17.

[8] Sabiduría 1. 4.

[9] I Pedr. 2, 9.

[10] 1 Tim. 2, 4.

[11] ) II Cor. 10, 5.

[12] En 6 títulos y 58 artículos siguen aquí las disposiciones que regulan las Universidades y Facultades teológicas: En el Título 1 se dan las normas generales definiendo qué es una Universidad eclesiástica, su finalidad, la erección, aprobación apostólica y los grados académicos. El Título II habla de las autoridades del claustro, del régimen de profesores y alumnos: el Título III, de la ratio studiorum, del método y programa de enseñanza en los diferentes Institutos universitarios, de las disciplinas y exámenes. El Título IV de los grados académicos y las condiciones de su obtención; el Título V da las disposiciones sobre los edificios, biblioteca, laboratorios y honorarios; el Título VI trae, finalmente, algunas normas transitorias y de estilo.

[13] Firman después del Papa: Cardenal Fr. Andrés Frühwirth, Canciller SRE, y Cayetano Cardenal Bisleti, Prefecto de la Sagr. Congr. de Seminarios y Universidades. Luego sigue el Reglamento: "Las ordenaciones" para poner en práctica las disposiciones de la Constitución Apostólica: Deus scientiarum Dominus, con tres apéndices (AAS 23 [1931] 263.284)
 

martes, 21 de agosto de 2001

SOLLEMNIS CONVENTUS (24 DE JUNIO DE 1939)


DISCURSO 

SOLLEMNIS CONVENTUS 

DE SU SANTIDAD 

EL PAPA PÍO XII 

A LOS ESTUDIANTES ECLESIÁSTICOS EN ROMA

La solemne asamblea a la que os habéis reunido, queridos hijos, para ofrecer testimonio de reverencia y devoción al Vicario de Jesucristo en la tierra, nos llena de singular alegría y profundo deleite. En efecto, ante nuestros ojos se alza una reunión adornada con toda clase de excelencia y enriquecida con la inmensa abundancia de dones intelectuales. Nos consuela especialmente la presencia de este selecto grupo de distinguidos profesores en disciplinas sagradas y líderes capaces, que trabajan con gran diligencia para asegurar que los estudiantes a ellos confiados se formen en santidad y se conviertan en sacerdotes excelentes. Aún más, nos cautiva la visión de esta selecta juventud reunida, no solo de esta ciudad y de Italia, sino también de toda Europa y del mundo entero. Al veros unidos en un mismo sentir, con un propósito y una acción comunes, esforzándoos por convertiros en dignos instrumentos para difundir la doctrina y la gracia de Jesucristo en los corazones de todos, bajo la guía e instrucción del Sucesor de San Pedro, no podemos sino dar las más altas gracias a Dios Todopoderoso por esta abundancia de divinas vocaciones. Esta gratitud es tanto mayor porque los jóvenes aquí presentes representan a innumerables miles de personas en todo el mundo que aspiran a dedicarse al sacerdocio.

Como es bien sabido, Cristo el Señor dijo a los Apóstoles: “Vosotros sois la luz del mundo” (Mt 5,14). La luz ilumina y el sol calienta. He aquí, pues, vuestra misión y el propósito asignado al sacerdocio católico: ser un sol sobrenatural que ilumina las mentes humanas con la verdad de Cristo e inflama los corazones con el amor de Cristo. A esta misión y propósito debe corresponder toda la preparación y formación para el sacerdocio.

Si deseáis convertiros en la luz de la verdad que emana de Cristo, primero debéis ser iluminados por esta verdad. Por esta razón, os dedicáis al estudio de las disciplinas sagradas.

Si deseáis inflamar los corazones humanos con el amor de Cristo, primero debéis arder en este amor vosotros mismos. A este fin se dirige vuestra formación religiosa y ascética.

Queridos hijos, sabéis muy bien que los estudios de los clérigos se rigen por la ilustre Constitución Deus Scientiarum Dominus, promulgada por Nuestro predecesor de feliz memoria, el Papa Pío XI. En esta Constitución se distingue claramente, y debe observarse diligentemente en la práctica, entre las materias principales (junto con las accesorias o auxiliares) y las llamadas especiales. Las primeras —a esto deben prestar mucha atención los profesores en su enseñanza y en los exámenes— deben ocupar el lugar principal y servir como centro de los estudios. Las segundas, aunque valiosas, deben enseñarse y practicarse de tal manera que complementen y completen las disciplinas principales sin sobrecargar a los alumnos ni desviar en modo alguno del estudio exhaustivo y riguroso de las materias primarias.

Se ha decretado sabiamente y debe cumplirse fielmente que “los profesores deben tratar las materias de filosofía racional y teología e instruir a los estudiantes en ellas según el método, la doctrina y los principios del Doctor Angélico [Santo Tomás de Aquino], que deben retener fielmente” (CIC, can. 1366, §2). La sabiduría de Aquino arroja una luz vívida sobre verdades que no están más allá de la razón, las une maravillosamente en una unidad firme y coherente; es excepcionalmente adecuada para explicar y defender los dogmas de la Fe. Además, es particularmente eficaz para combatir y superar los principales errores de cualquier época. Por lo tanto, queridos hijos, cultivad un profundo amor y aprecio por Santo Tomás. Esforzaos con todas vuestras fuerzas por comprender su luminosa doctrina. Abrazad con confianza todo lo que le pertenece y se considera con seguridad esencial para ella.

Estos principios, establecidos hace tiempo por Nuestros predecesores, consideramos que es Nuestro deber recordarlos y, cuando sea necesario, restaurarlos por completo. Al mismo tiempo, hacemos Nuestros los consejos de Nuestros predecesores, quienes buscaron salvaguardar el progreso auténtico en el conocimiento y la libertad legítima en los estudios. Aprobamos y elogiamos plenamente la armonización de la sabiduría antigua con los nuevos descubrimientos en las ciencias, cuando sea apropiado. Animamos a la discusión abierta de los temas debatidos por intérpretes reputados del Doctor Angélico y al uso de nuevos recursos históricos para profundizar la comprensión de los textos de Aquino. Sin embargo, nadie debe presumir de actuar como maestro en la Iglesia (cf. Benedicto XV [Ad Beatissimi, n. 22], AAS , VI, 1914, p. 576), ni nadie debe exigir a los demás más de lo que requiere la Iglesia, la Maestra universal y Madre de todos (cf. Pío XI [Studiorum Ducem, n. 30], AAS , XV, 1923, p. 324). Sobre todo, hay que evitar fomentar divisiones innecesarias y perjudiciales.

Si estas directrices, como confiadamente esperamos, se observan fielmente, cabe esperar un progreso abundante en las disciplinas. La recomendación de la doctrina de Santo Tomás no suprime la búsqueda de la verdad, sino que la estimula y la orienta con seguridad.

Para asegurar que vuestra formación rinda los frutos más preciados, queridos jóvenes, os instamos encarecidamente a que el conocimiento que adquiráis durante vuestros estudios no se limite a aprobar exámenes académicos. Más bien, debe dejar una huella imborrable en vuestras mentes, permitiéndoos recurrir a él siempre que lo necesitéis, ya sea de palabra o por escrito, para promover la Verdad Católica y guiar a las almas hacia Cristo.

Los principios que hemos esbozado se aplican tanto a la verdad divinamente revelada como a sus fundamentos racionales, es decir, a los principios de la filosofía cristiana, ya sea que se expliquen o defiendan. Ese relativismo que nuestro predecesor de inmortal memoria, el Papa Pío XI, comparó con el modernismo dogmático y condenó enérgicamente, llamándolo “modernismo moral, jurídico y social” (Carta Encíclica Ubi Arcano, AAS , XIV, 1922, p. 696), este modernismo, digo, vosotros como predicadores del Evangelio debéis refutar sin temor presentando las verdades perfectas y absolutas que provienen de Dios, que son la fuente necesaria de los deberes y derechos primarios del individuo, la familia y el Estado, y sin las cuales el valor y el bienestar de la sociedad civil no pueden subsistir. Cumpliréis esta tarea excelentemente si estas verdades toman posesión de vuestras mentes de tal manera que estéis dispuestos a soportar cualquier trabajo o dificultad por ellas, tal como lo harían por los misterios de la Santa Fe.

También es esencial que presentéis la verdad de una manera que se entienda y aprecie claramente, empleando siempre un lenguaje preciso e inequívoco, evitando cambios de expresión innecesarios y perjudiciales que fácilmente podrían distorsionar la esencia de la verdad. Esta ha sido siempre la práctica y el uso de la Iglesia Católica. Y concuerda con la frase de San Pablo: “Fue Jesucristo, el Hijo de Dios, a quien yo, Silvano y Timoteo les prediqué; y esa predicación no dudó entre el sí y el no; en él todo se afirma con certeza” (2 Cor. 1:19).

Al considerar el orden de la verdad divinamente revelada y los misterios de la Fe Católica, es cierto que el inmenso progreso alcanzado en la investigación y aplicación de las fuerzas de la naturaleza, así como la amplia difusión de la cultura secular, ha perturbado la mente de muchos hasta tal punto que ya casi no pueden percibir lo sobrenatural. Sin embargo, no es menos cierto que sacerdotes hábiles, profundamente imbuidos de las verdades de la fe y llenos del Espíritu de Dios, logran hoy, quizás más que nunca, éxitos notables y extraordinarios en la conquista de almas para Cristo. Para llegar a ser tales sacerdotes, siguiendo el ejemplo de San Pablo, que nada sea más importante para vosotros que el estudio de la teología, tanto bíblica-positiva como especulativa. Que se os grabe profundamente en la mente que los fieles de hoy anhelan pastores de almas bien formados y confesores doctos. Por lo tanto, con ferviente celo, dedicaos al estudio de la teología moral y el derecho canónico. También la disciplina del derecho canónico está orientada a la salvación de las almas, y todas sus normas y leyes están en última instancia dirigidas al objetivo de permitir a los hombres vivir y morir en la gracia santificante de Dios.

En cuanto a los estudios históricos, tal como se enseñan en las escuelas, no deben limitarse a cuestiones críticas y meramente apologéticas —aunque estas también tienen su importancia—, sino que deben aspirar a mostrar la vida activa de la Iglesia: cuánto ha trabajado, cuánto ha sufrido, cómo ha cumplido su misión divina con sabiduría y éxito, cómo ha expresado su caridad en la acción, dónde pueden acechar los peligros que amenazan su bienestar, en qué condiciones han sido favorables o desfavorables las relaciones públicas entre la Iglesia y el Estado, hasta qué punto la Iglesia puede ceder ante el poder político y cuándo debe mantenerse firme. El estudio de la historia eclesiástica debe proporcionar a los estudiantes, especialmente a vosotros, amados hijos que vivís en esta Ciudad, una comprensión madura de la condición de la Iglesia y un amor sincero por ella. Aquí en Roma, donde monumentos antiguos, bibliotecas bien surtidas y archivos abiertos presentan vívidamente la vida de la Iglesia Católica a lo largo de los siglos, estáis en una posición privilegiada para obtener tales perspectivas.

Para que vuestra constancia y búsqueda de la virtud no flaqueen, acudid a diario, si es posible, a las fuentes inagotables de las Sagradas Escrituras, en particular del Nuevo Testamento, para imbuiros del espíritu genuino de Jesucristo y los Apóstoles, para que este espíritu siempre brille en vuestros pensamientos, palabras y acciones. Sed incansables en vuestro esfuerzo, incluso durante las vacaciones, para que quienes os guíen puedan decir con confianza: “Así brille vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,16).

Vuestra vocación divina es preparar el camino para el amor y la gracia de Jesucristo en las almas de los hombres. Para lograrlo, primero debéis avivar ese amor en vosotros mismos. Alimentad, pues, vuestro amor por Cristo mediante la unión con él en oración y sacrificio.

Por unión nos referimos, en primer lugar, a la unión en la oración. Si nos preguntaran qué palabra desearíamos dirigir a los sacerdotes de la Iglesia Católica al comienzo de nuestro pontificado, responderíamos: ¡Orad, orad cada vez más y con mayor fervor!

Por unión, también nos referimos a la unión en el sacrificio: ciertamente en el Sacrificio Eucarístico; pero no solo en eso, sino también, en cierto sentido, en el sacrificio de vosotros mismos. Sabéis que uno de los efectos de la Santísima Eucaristía es fortalecer a quienes asisten y la reciben, para sacrificaros y negaros a vosotros mismos. Si bien las diversas formas de ascetismo cristiano pueden diferir en aspectos secundarios, ninguna conoce un camino hacia el amor de Dios que no implique el autosacrificio. Porque Cristo exige esto de sus seguidores cuando dice: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame” (Lucas 9:23). Él define el camino hacia el amor de Dios como la observancia de los Mandamientos divinos (Juan 15:10) e imparte a sus Apóstoles la notable enseñanza: “En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo. Pero si muere, da mucho fruto” (Juan 12:24-25).

El oficio sacerdotal exige de vosotros sacrificios particulares, el principal de ellos el sacrificio total de obediencia a Cristo mediante el celibato. ¡Poneos a prueba! Y si alguno se siente incapaz de cumplir con ese compromiso, os imploramos que abandone el seminario y busque otro camino, donde pueda vivir con honor y fructificación, en lugar de arriesgar la salvación eterna y deshonrar a la Iglesia permaneciendo en el santuario. A quienes ya están en el sacerdocio o se preparan para ingresar en él, los instamos a dedicarse por completo y con gran valentía. Cuidaos de no ser superados en generosidad por los innumerables fieles que hoy soportan con paciencia las pruebas más duras por la gloria de Dios y la fe de Jesucristo. Más bien, que su ejemplo brille ante ellos y, mediante su trabajo y devoción, aseguren la gracia divina para ellos y para todos, tanto en la vida como en la muerte.

Además, “este mandamiento tenemos de Dios: que quien ama a Dios, ame también a su hermano” (1 Juan 4:21). Jesucristo declaró que este amor al prójimo es la marca y el sello distintivo de todo cristiano (Juan 13:35); con mayor razón debe ser el sello distintivo del sacerdote católico. De hecho, es inseparable del amor a Dios, como lo demuestra explícitamente San Pablo al ensalzar la caridad con gran altivez, vinculando bellamente el amor a Dios y el amor al prójimo (1 Cor. 13). Este amor al prójimo no conoce fronteras; se extiende a todas las personas, de cualquier lengua, nacionalidad o raza.

Por lo tanto, queridos hijos, aprovechad al máximo la oportunidad única y preciosa que os ofrece su estancia en Roma para practicar este amor hacia la gran multitud de jóvenes aquí reunidos. Aunque provenís de naciones muy diferentes y a menudo distantes, todos pertenecéis a la misma época, tenéis la misma fe, la misma vocación, el mismo amor por Jesucristo y la misma posición en la Iglesia. Aprovechad esta oportunidad para fomentar este amor y aseguraos de que nada de lo que hagáis, ni de palabra ni de obra, os perjudique en lo más mínimo. Dejad las disputas políticas para otros; no os incumben. En cambio, compartid entre vosotros todo lo que concierne y promueve el apostolado, la cura de almas, la condición y el crecimiento de la Iglesia.

Finalmente, si deseáis crecer en el amor de Cristo, debéis cultivar la obediencia filial, la confianza y el amor hacia el Vicario de Jesucristo. Porque en él mostráis reverencia y obediencia a Cristo; en él, Cristo mismo está con vosotros. Es un grave error separar la Iglesia jurídica de la Iglesia de la caridad. No; la misma Iglesia jurídicamente establecida con el Papa a la cabeza, es la Iglesia de Cristo, la Iglesia de la caridad divina, la familia universal de los cristianos. Que los lazos de amor que unen a una verdadera familia cristiana —vinculando al padre con sus hijos y a los hijos con su padre— gobiernen Nuestra relación con vosotros. Y vosotros, que vivís en esta Ciudad Eterna y sois testigos de cómo esta Sede Apostólica, dejando de lado toda consideración meramente humana, no busca nada más que el bien, la felicidad y la salvación de los fieles y de toda la humanidad, debéis comunicar la confianza que esta experiencia os da a vuestros hermanos de todo el mundo, para que todos estén unidos al Sumo Pontífice en el amor de Cristo.

Vuestro apostolado sacerdotal, iluminado por la verdad divina y animado por el amor de Cristo, no carecerá de frutos abundantes para la salvación de las almas, ni de aquel feliz consuelo que, por gracia de Dios, llenó al santo Doctor de las gentes, quien declaró: “en Cristo abunda nuestro consuelo” (2 Cor 1, 5), incluso en medio de las más feroces tempestades de un mundo alejado de la verdad y del amor, y en medio de dificultades y penalidades, que son, por decirlo así, privilegio de todos los que trabajan en el apostolado y os acompañan casi como por una necesidad natural.

Solo Dios conoce los caminos por los que su divina Providencia guiará a cada uno de ustedes, los altibajos de vuestras vidas y los sufrimientos que os aguardan en caminos pedregosos y espinosos. Sin embargo, una cosa es segura en la vida de todo sacerdote imbuido de la verdad y el amor de Cristo: la esperanza depositada en Él, “que nos dio la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Cor. 15:57).

¿Dónde, entonces, podría arraigarse más profundamente esta certeza sobrenatural de la victoria que en vosotros, quienes en las tumbas de los Apóstoles y las catacumbas de los mártires habéis absorbido el espíritu que ha renovado a la humanidad y que aún ahora nos recuerda que las promesas de Jesucristo siguen vigentes? Por eso, queridos hijos, os repetimos solemnemente las palabras del Bienaventurado Apóstol Pablo, quien con alegría y confianza proclamó la fecundidad de la labor apostólica: “Así pues, mis amados hermanos, sed firmes e inquebrantables; abundando siempre en la obra del Señor, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano” (1 Cor. 15:58).

Llenos de esta esperanza, e invocando sobre todos vosotros y sobre cada uno de vosotros individualmente las más ricas bendiciones del Sumo y Eterno Sacerdote, como prenda de aquella gracia iluminadora y consoladora, os impartimos con amor en Nuestro Señor, la Bendición Apostólica.
 

lunes, 20 de agosto de 2001

JAMDÚDUM CERNÍMUS (18 MARZO DE 1861)


ALOCUCIÓN 

JAMDÚDUM CERNÍMUS

DE NUESTRO SANTO PADRE 

EL PAPA PÍO IX, 

PRONUNCIADA EN EL CONSISTORIO SECRETO 

DE 18 MARZO DE 1861

Venerables Hermanos:

Ya en otro tiempo os hice notar el triste conflicto en que particularmente en nuestros tristes tiempos se encuentra nuestra sociedad a causa de la lucha continua entre la verdad y el error, entre la virtud y el vicio, entre la luz y las tinieblas. Puesto que por una parte los unos defienden ciertas modernas exigencias, que según dicen, son convenientes a la civilización, mientras otros por otro lado sostienen los derechos de la justicia y de nuestra Santísima Religión. Los primeros piden que el Romano Pontífice se reconcilie y avenga con el Progreso, con el Liberalismo, como lo llaman, y con la civilización moderna: otros empero con razón claman, para que se conserven íntegros e intactos los inmóviles e inconcusos principios de la justicia eterna, y se mantenga en todo su vigor altamente saludable nuestra divina Religión, que no solo engrandece la gloria de Dios y trae el oportuno remedio a tantos males que afligen al género humano, si que también es la única y verdadera norma, por la cual los hijos de los hombres formados en esta vida mortal en todo género de virtudes son conducidos al puerto de la bienaventuranza.

Mas los propagadores de la civilización moderna no reconocen esta diferencia, como quiera que se tienen a sí propios por verdaderos y sinceros amigos de la Religión. Y aun Nos quisiéramos dar crédito a sus palabras, si no nos manifestasen todo lo contrario los tristísimos hechos, que todos los días pasan a nuestra vista. Y a la verdad, una es tan solo la Verdadera y Santa Religión fundada y establecida en la tierra por Nuestro Señor Jesucristo, que siendo fecundo origen de todas las virtudes, como que les da vida y aliento, y expele los vicios y da libertad a las almas, y nos indica la verdadera felicidad, se llama Católica, Apostólica, Romana. Mas ya en nuestra Alocución del consistorio habido el día 9 de Diciembre del año 1854, ya os manifestamos lo que debemos pensar, de los que viven fuera de esta arca de salvación, y ahora reproducimos y confirmamos la misma doctrina. Sin embargo, a los que para bien de la Religión nos encarecen, que nos asociemos a la civilización moderna, debemos preguntarles si son tales los hechos, que puedan inducir al Vicario de Jesucristo instituido en la tierra por Él mismo, y por virtud divina para defender la pureza de su celestial doctrina, y apacentar y confirmar a los corderos y a las ovejas en la misma, a que sin grave detrimento de la conciencia y grande escándalo de todos se alíe con la civilización moderna, cuyas obras, nunca bastante deplorables, son malas, y cuyas tristes opiniones proclaman errores y principios, que son del todo contrarios a la Religión Católica y a su doctrina. Y entre estos hechos nadie ignora cómo se quebrantan, casi luego de iniciados, hasta los solemnes Concordatos hechos entre esta Sede Apostólica y los Reales Príncipes, como aconteció tiempo atrás en Nápoles: de lo cual, Venerables Hermanos, una y otra vez nos hemos quejado en esta vuestra solemne reunión, y reclamamos en gran manera del mismo modo, con que hemos protestado en otras circunstancias contra semejantes violaciones y actos de audacia.

Pero esta civilización moderna, mientras presta su protección a los cultos no católicos, y no impide a los infieles el obtener cargos públicos, y cierra a sus hijos las escuelas católicas, enójase contra las Comunidades Religiosas, contra los institutos fundados para regularizar las escuelas católicas, contra muchísimos eclesiásticos de todas categorías, revestidos de grandes dignidades, de los cuales no pocos están desterrados o en las cárceles, y también contra los seglares, que adictos a Nos y a esta Santa Sede defienden con valor la causa de la Religión y de la justicia. Esta civilización, mientras protege con largueza a los institutos y personas anticatólicas, despoja de sus legítimas posesiones a la Iglesia Católica, y emplea todos sus consejos y desvelos en disminuir la saludable influencia de la propia Iglesia. Fuera de esto, mientras concede la mas ámplia libertad para la publicación de frases y escritos, en que se ataca a la Iglesia, y a los que le son sinceramente adictos, y mientras anima, sostiene y fomenta la licencia y se muestra sumamente precavida y moderada en reprender los violentos excesos, que se cometen de palabra y por escrito, emplea toda su severidad en castigar a los aludidos si juzga que salvan ni siquiera levemente los límites de la templanza.

Y a esta civilización ¿pudiera jamás el Romano Pontífice tenderle su mano, y formar con ella sincera unión y alianza? Dése a las cosas su verdadero nombre, y esta Santa Sede nunca faltará a lo que a sí se debe. Esta Santa Sede fue la que patrocinó y fomentó la verdadera civilización; y los monumentos históricos dan elocuente testimonio, y prueban que en todos tiempos la Santa Sede ha introducido la verdadera y real humanidad de costumbres, y moralidad y la ilustración en las más apartadas regiones de la tierra. Mas cuando bajo el nombre de civilización se quiere entender un sistema establecido a propósito para debilitar y acaso destruir la Iglesia de Jesucristo, nunca esta Santa Sede ni el Romano Pontífice podrán formar alianza con semejante civilización; pues, como dice muy acertadamente el Apóstol San Pablo, “¿qué hay de común entre la justicia y la iniquidad, o qué alianza puede haber entre la luz y las tinieblas? ¿qué alianza cabe entre Cristo y Belial?” (II Cor. VI, 14-15).

¿Con qué decoroso fin, por consiguiente, levantaron su voz los perturbadores y protectores de la sedición para exagerar los esfuerzos intentados en vano por ellos mismos para formar alianza con el Soberano Pontífice? Este, que saca toda su fuerza y vigor de los principios de la justicia eterna, ¿cómo pudiera jamás prescindir de ellos para debilitar su santísima fe, y aun para arriesgar a la contingencia de perder su especial esplendor y gloria, que casi de veinte siglos a esta parte lo corresponde por ser el centro y la verdadera Sede de la Verdad Católica? Ni puede objetarse que esta Sede Apostólica, en lo relativo al gobierno civil o temporal ha desatendido las demandas de los que han manifestado desear un Gobierno más liberal; y omitiendo antiguos ejemplos, hablemos de nuestros desafortunados días. Luego que la Italia obtuvo de sus legítimos príncipes instituciones liberales, Nos cediendo a nuestros paternales sentimientos dimos parte a nuestros hijos en el gobierno civil de nuestro territorio pontificio, e hicimos las oportunas concesiones, con sujeción empero a ciertas medidas prudentes, para que la influencia de hombres perversos no envenenase la concesión, que con ánimo paternal hacíamos. Pero ¿qué sucedió? La desenfrenada licencia se aprovechó de nuestra magnanimidad, y fueron regados con sangre los umbrales del Palacio, en que se habían reunido nuestros ministros y diputados, y la impía revolución se levantó sacrilegamente contra el que les había concedido semejante beneficio. Y si en estos últimos tiempos se nos han dado consejos relativamente al gobierno civil, no ignoráis, Venerables Hermanos, que los admitimos, exceptuando y rechazando lo que no hacía referencia a la administración civil, sino que tendía a que se accediese a la parte del despojo que ya se había consumado. Pero no hay que hablar de los consejos bien recibidos, y de nuestras sinceras promesas, de ponerlos en práctica, cuando los que tendían a moderar las usurpaciones dijeron en alta voz, que no querían precisamente reformas, sino la rebelión absoluta y la completa emancipación del Príncipe legítimo. Y ellos mismos, pero no el pueblo, eran los autores y promovedores de tan grave maldad, que lo llenaban todo con sus gritos, para que pudieran con razón decirse de ellos lo que el Venerable Beda decía de los fariseos y escribas enemigos de Jesucristo: “No eran algunos de la multitud, sino los fariseos y los escribas los que le calumniaban, como dan fe de ello los Evangelistas” (Libro IV, cap. 48, en Lucas cap. XI).

Mas los que atacan al Pontificado Romano no solo tienden a despojar completamente de todo su legítimo poder temporal a esta Santa Sede y al Romano Pontífice, sino que aspiran a que se debilite, y, si posible fuere, desaparezca del todo la virtud y la eficacia de la Religión Católica; y por lo tanto, afectan de esta suerte a la obra del mismo Dios, al fruto de la redención y a la Santa Fe, que es la más preciosa herencia que nos ha legado el inefable sacrificio que se consumó en el Gólgota. Y que todo esto es cierto lo demuestran claramente, no solo los hechos que se han realizado ya, sino también los que vemos amenazar cada día. Ved en Italia cuántas diócesis están privadas de sus Obispos por los citados impedimentos, con aplauso de los protectores de la civilización moderna, que dejan a tantos pueblos cristianos sin pastores, y se apoderan de sus bienes hasta para hacer de ellos un mal uso. Ved cuántos Prelados viven hoy en el destierro. Ved, y lo decimos con imponderable sentimiento, cuántos apóstatas que hablando, no en nombre de Dios, sino en el de satanás, y fiando en la impunidad que les concede el fatal sistema del régimen vigente, descarrían las conciencias, e impelen a los débiles a la prevaricación, y vuelven más temerarios a los que han incurrido ya en vergonzosos errores, y se empeñan en rasgar la túnica de Jesucristo, proponiendo y aconsejando el establecimiento de iglesias nacionales, como dicen ellos, y otras impiedades por el estilo. Y después que de esta suerte ha insultado a la Religión, a la cual por hipocresía le aconsejan que forme alianza con la civilización moderna, no vacilan con igual hipocresía en excitar a Nos, a que Nos reconciliemos con la Italia. Más claro: cuando despojados casi de todos nuestros dominios temporales sobrellevamos los graves gastos anexos a nuestra doble representación como Pontífice y Príncipe temporal con los piadosos donativos de los hijos de la Iglesia Católica, que nos remiten cada día con el mayor afecto; cuando se nos ha señalado como blanco del odio y de la envidia por los mismos que nos piden una reconciliación, quisieran además que declarásemos públicamente que cedemos a la libre propiedad de los usurpadores las provincias usurpadas de nuestros dominios temporales. Y con esla atrevida e inaudita demanda pretenden que esta Apostólica Sede, que fue y será siempre el baluarte de la verdad y de la justicia, sancionase, que un agresor inicuo puede poseer tranquila y honradamente una cosa arrebatada con injusticia y violencia, estableciéndose de esta suerte el falso principio, de que la santidad del derecho nada tiene que ver con una injusticia consumada. Y esta demanda es incompatible hasta con las solemnes palabras con que en un grande e ilustre Senado se declaró no ha mucho tiempo que “el Romano Pontífice es el representante de la principal fuerza moral en la sociedad humana”. De lo cual se desprende, que no puede en manera alguna consentir en un despojo vandálico sin fallar a los fundamentos de la disciplina moral, de la que se reconoce ser, digámoslo así, la primera forma e imagen.

Si alguno, empero, o seducido por el error, o cediendo al temor, quisiere dar consejos conforme con las injustas aspiraciones de los perturbadores de la sociedad civil, es preciso que, especialmente en nuestros días se convenza de que nunca se darán ellos por satisfechos, mientras no puedan hacer que desaparezca todo principio de autoridad, todo freno religioso, y toda regla de derecho y de justicia. Y estos perturbadores tanto han hecho ya, así de palabra como por escrito, para desgracia de la sociedad civil, que han pervertido los humanos entendimientos, han debilitado el buen sentido moral, y han quitado todo horror a la injusticia, y no perdonan esfuerzos para persuadir a todos que el derecho invocado por las personas honradas no es mas que una voluntad injusta, que debe desatenderse por completo: “¡Ay! verdaderamente lloró la tierra, y cayó, y desfalleció; cayó el orbe, y desfalleció la alteza del pueblo de la tierra. Y la tierra fue inficionada por sus moradores, porque traspasaron las leyes, mudaron el derecho, rompieron la alianza sempiterna” (Isaías XXIV, 4-5).

Pero en medio de esa oscuridad tenebrosa, que Dios por sus inescrutables designios permite en ciertas gentes, Nos ciframos toda nuestra esperanza y confianza en el clementísimo Padre de las misericordias, y Dios de todo consuelo, que nos consuela en todas nuestras tribulaciones. Él es, Venerables Hermanos, quien os infunde el espíritu de unanimidad y de concordia, y os lo infundirá cada día mas, para que unidos a Nos íntimamente estéis dispuestos a sufrir con Nos la suerte que nos tenga reservada a cada uno de nosotros por secreto designio de su divina providencia. Él es quien une con el vínculo de la caridad entre sí, y con este centro de la verdad y de la unidad católica a los Prelados del Orbe Católico, que instruyen en la doctrina de la verdad evangélica a los fieles confiados a su cargo, y les muestran el camino que han de seguir en medio de tanta oscuridad, anunciando con prudencia a los pueblos las verdades santas. Él es quien difunde sobre todas las naciones católicas el espíritu de oración, e inspira a los disidentes el sentimiento de la equidad para que formen una apreciación exacta de los acontecimientos actuales. Mas esta admirable unanimidad de Oraciones en todo el Mundo Católico, y las unánimes demostraciones de amor hacia Nos, expresadas de tantos y tan variados modos (que es difícil encontrar otro ejemplo igual en anteriores tiempos), claramente demuestran cuánto necesitan los hombres de rectas intenciones dirigirse a esta Cátedra del Bienaventurado Príncipe de los Apóstoles, luz del mundo, que siendo la maestra de la Verdad, y la mensajera de la salvación, siempre enseñó, y nunca dejará de enseñar hasta la consumación de los siglos las inmutables leyes de la justicia eterna. Y está tan lejos de creer que los pueblos de Italia se hayan abstenido de estos evidentísimos testimonios de amor filial y de respeto hacia esta Sede Apostólica, como que centenares de miles nos han dirigido afectuosamente cartas, no para suplicarnos que accediésemos a la reconciliación solicitada, sino para compadecerse vivamente de nuestras molestias, angustias y pesadumbres, y asegurarnos del modo más completo su afecto, y detestar una y mil veces el perverso y sacrílego despojo del dominio temporal Nuestro y de la Santa Sede.

Siendo así, antes de terminar, declaramos explícitamente ante Dios y ante los hombres, que no hay causa alguna por la cual debamos reconciliarnos con nadie. Ya que empero, si bien sin mérito alguno por nuestra parte, somos el representante en la tierra de Aquel que rogó y pidió perdón para los pecadores, no podemos menos de sentirnos inclinados a perdonar a los que Nos odiaron, y a rogar por ellos, para que con el auxilio de la divina gracia se conviertan, y de esta suerte sean merecedores de la bendición del que es Vicario de Jesucristo en la tierra. Con sumo gusto rogamos, pues, por ellos, y al punto que se convirtieren estamos dispuestos a perdonarles y bendecirles. Entre tanto, no podemos a pesar de todo mirarlos con indiferencia, como los que no toman interés alguno por las calamidades humanas; no podemos menos de conmovernos hondamente y de dolernos, y de considerar como nuestros, los más graves perjuicios y males causados perversamente a los que sufren persecución por la justicia. Por lo cual, mientras desahogamos nuestro intenso dolor rogando a Dios, cumplimos el gravísimo deber de nuestro supremo apostolado de hablar, enseñar y condenar todo lo que Dios y su Iglesia enseña y condena, para que así cumplamos nuestra misión, y el Ministerio que recibimos de Nuestro Señor Jesucristo, de dar Fe del Evangelio.

Por lo tanto, si se nos piden cosas injustas, no podemos acceder a ellas; mas si se nos pide perdón, lo concederemos con sumo gusto, como ya antes hemos indicado. Mas para dar la palabra de conceder este perdón, del modo que corresponde a nuestra dignidad pontificia, doblamos las rodillas ante Dios, y abrazando la triunfal bandera de nuestra redención, rogamos humildemente a Jesucristo, que nos llene de su caridad, de suerte que perdonemos del mismo modo con que Él perdonó a sus enemigos antes de entregar su santísima alma en manos de su eterno Padre. Y le suplicamos encarecidamente, que así como después de concedido su perdón, en medio de las densas tinieblas que cubrieron la tierra, iluminó los entendimientos de sus enemigos que arrepentidos de su horrenda maldad regresaban a sus casas golpeando sus pechos, así en medio de la oscuridad de nuestros tiempos se digne derramar de los inagotables tesoros de su misericordia los dones de su gracia celestial y vencedora, que vuelva al único redil a todos los que van errados. Sean cuales fueren empero los designios de su divina providencia, rogamos al mismo Jesucristo en nombre de su Iglesia, que juzgue la causa de su Vicario, que es la causa de su Iglesia, y la defienda contra los conatos de sus enemigos, y la enaltezca y ensalce con una gloriosa victoria. Y le rogamos que devuelva la paz y la tranquilidad a la sociedad perturbada, le conceda la deseada paz para el triunfo de la justicia, que únicamente la esperamos de Él. Pero en tanto desconcierto de la Europa y de todo el mundo, y de los que desempeñan el grave cargo de gobernar a los pueblos, solo hay un Dios que pueda pelear con nosotros y por nosotros: “Júzganos, Dios, y aparta nuestra causa de la gente no santa; danos, Señor, la paz en nuestros días, porque no hay otro que pelee por nosotros sino Tú, Señor Dios Nuestro”.