miércoles, 16 de septiembre de 2026

16 DE SEPTIEMBRE: SANTA EUFEMIA DE CALCEDONIA, MÁRTIR


16 de Septiembre: Santa Eufemia de Calcedonia, mártir

(✞ 304)

Santa Eufemia es una santa profundamente venerada tanto en Oriente como en Occidente desde el siglo IV; su cabeza luce la doble corona de la virginidad y el martirio. Su vida transcurrió en Calcedonia, una ciudad costera de Asia Menor situada frente a Constantinopla. En la magnífica iglesia que se erigió sobre su sepulcro ya en el siglo IV, se celebró en el año 451 el célebre cuarto Concilio Ecuménico de Calcedonia, el cual proclamó la doctrina eclesiástica de las dos naturalezas de Cristo —la divina y la humana— unidas en la única persona divina del Dios-Hombre.

Poco sabemos de la rica vida virtuosa de la santa virgen, pero sí conocemos más detalles sobre el conmovedor martirio de esta firme testigo de la fe. El célebre poeta Enodio, fallecido a principios del siglo VI siendo obispo de Pavía, dedica al heroísmo de su virtud los siguientes versos conmemorativos:

Oh Virgen, ¿qué boca o qué pluma podría

alabar como es debido la gloria de tu virtud?

¡Aprende de ella, hombre de fe vacilante!

¡Joven enfermo de virtud, cómo te avergüenza

el luminoso ejemplo de la fuerte Virgen!

Mira: su virtud no conoce la blandura infantil,

ni el sexo débil, ni el ánimo varonil quebrantado.

Su corazón, que como esposa abraza al Espíritu de Cristo,

rompe las ataduras de lo perecedero.

El espíritu, que irradia el poder y el fuego de Dios,

desafía con fuerza y ​​victoria cualquier tormento.

La posteridad conservó los detalles de su martirio gracias al pincel del pintor, que resultó más elocuente que la pluma del historiador. En efecto, tales detalles podían leerse a la vista de todos en las pinturas que adornaban los muros de su iglesia en Calcedonia. El obispo Asterio de Amasia, en el siglo IV, los describió. Él introduce el relato con el siguiente recuerdo piadoso: “Una mujer santa, virgen intacta llamada Eufemia, había consagrado su castidad a Dios. Cuando un día el tirano desató una persecución contra los cristianos piadosos, ella ofreció su vida con alegría y voluntariamente. Sus compatriotas y hermanos en la fe, llenos de admiración por aquella testigo de la fe —glorioso ejemplo de firmeza y santidad—, erigieron un sepulcro cerca del templo. Allí depositaron sus restos y desde entonces le rinden culto público. Celebran el aniversario como una fiesta de alegría común para todo el pueblo congregado. Si bien los ministros consagrados a la interpretación de los misterios divinos honran continuamente su memoria en sus sermones, exhortando con gran énfasis a los fieles reunidos en el culto a considerar cómo ella perseveró y culminó su lucha en el sufrimiento, también el pintor, piadoso y entusiasta, plasmó en el lienzo toda la historia de su martirio con vívida representación, y dispuso que la santa pintura se colgara allí mismo, junto al sepulcro, a la vista de todos”.

Según una tradición fidedigna, “la magnífica obra de arte” representaba con gran fuerza expresiva la gloriosa pasión de la mártir a través de cuatro escenas. La primera mostraba el interrogatorio de la confesora de la fe: “El juez, imponente, está sentado en su sitial y clava una mirada sombría y desafiante en la joven”. Ella permanece ante él y sus asesores vestida con sencillez y tonos oscuros, con la mirada castamente baja hacia el suelo, mostrándose “serena e intrépida”. Dos soldados la custodian, mientras los escribientes sostienen sus tablillas de cera para registrar el interrogatorio y la sentencia. La mano del hombre graba su sentencia de muerte en la cera; la mano de Dios, al mismo tiempo, escribe su nombre en el libro de la vida eterna.

La segunda imagen representaba con conmovedora viveza el suplicio que la santa hubo de soportar: un verdugo le inclina violentamente la cabeza hacia atrás; un segundo le sujeta el rostro con mano brutal; un tercero le arranca cruelmente los dientes con unas tenazas y un martillo. “Involuntariamente rompí a llorar —añade el piadoso observador—, y la compasión me ahogaba la voz”.

La tercera pintura mostraba a la sufriente inquebrantable en la mazmorra: “Allí permanece, abandonada y vestida de oscuro. Extiende ambas manos hacia el cielo e invoca a Dios para que la auxilie en su tribulación. Entonces, sobre la cabeza de la mujer que ora aparece una cruz... símbolo, a mi parecer, de la muerte que le aguarda tras el martirio”.

En la cuarta imagen aparecía representada una hoguera encendida. En medio de las llamas se encuentra la mártir cristiana, con las manos alzadas hacia el cielo. “Su rostro no denota tristeza, sino más bien la alegría de la peregrina a quien, tras la muerte corporal, le aguarda la vida eterna”.

El Martirologio dice: "Ella soportó por Cristo las torturas, la prisión, las fustas, los suplicios de la rueda, las llamas, los pesos, las fieras, las flagelaciones, los filos cortantes, el pez hirviendo... Llevada de nuevo al anfiteatro, para ser entregada a las fieras, después de haber orado al Señor de recibir su alma, una de las fieras la mordió, mientras las otras la lamían los pies, y ella entregó así a Dios su alma inmaculada"

A mediados del siglo VIII, el emperador bizantino Constantino Coprónimo —feroz enemigo de las imágenes de Cristo y de los santos— ordenó profanar la iglesia de Santa Eufemia y arrojar sus restos mortales al mar. No obstante, tras ser hallados por dos hermanos, la emperatriz Irene los restituyó a la iglesia reconstruida, devolviéndolos así a la veneración de los fieles.

Relicario de Santa Eufemia de Calcedonia que actualmente se conserva en la iglesia patriarcal de San Jorge.

Reflexión:

Detengamos un momento más la mirada en la imagen de la mártir que sufre y muere. A ello nos invita, al final, el obispo Asterius, quien nos la describió anteriormente. Y quien siga este consejo comprobará por experiencia propia que, cuanto más se sumerge la mirada contemplativa en la imagen, tanto más difícil resulta expresar con palabras su carácter conmovedor y edificante, y tanto más impulsa a imitar su ejemplo.
 
Oración:

Concédenos, Dios omnipotente, alegrarnos con los méritos de la santa, virgen y mártir Eufemia, y recibir beneficios por nuestras súplicas. Señor, que ella nos alcance tu perdón, pues te agradó siempre por la fortaleza en el martirio y por el mérito de su castidad. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
 
Nota Diario7: Tras la “reforma litúrgica” ejecutada tras el nefasto conciliábulo Vaticano II, la fiesta de Santa Eufemia fue retirada de la liturgia obligatoria global permitiéndose solamente en  las diócesis, iglesias o pueblos donde es patrona (como en Antequera, España, o Rovinj, Croacia), o en los templos dedicados a ella.
 

16 DE SEPTIEMBRE: SAN CIPRIANO, OBISPO Y MARTIR


16 de Septiembre: San Cipriano, Obispo y mártir

(✞ 258)

El santísimo Obispo, sapientísimo Doctor y fortísimo Mártir de Jesucristo, San Cipriano, fue de nacionalidad africana y de ilustre sangre, pues su padre era hombre muy poderoso, senador nobilísimo, y obtuvo en Cartago la dignidad primera de aquel orden.

Desde su niñez, Cipriano se dio a las letras humanas y a la elocuencia y filosofía, y enseñó retórica con grandes loas y fama.

Más, como era gentil, cayó en todos los vicios y liviandades de los mozos paganos, hasta que se casó y tuvo hijos.

Entonces trabó amistad con un santo presbítero llamado Cecilio, el cual con su ejemplo y doctrina le persuadió que se hiciese cristiano, y él lo hizo, con tan particular conocimiento de la merced que recibía de Dios por medio de Cecilio, que siempre lo reverenció como a padre de su alma y maestro de su nueva vida.

El mismo día que se bautizó con el beneplácito y consentimiento de su mujer, se apartó de su compañía, y dejando a ella y a sus hijos todo lo que habían de necesitar para su sustento, repartió sus grandes riquezas a los pobres y comenzó a hacer una vida perfectísima, y a enseñar una doctrina alta y admirable que no parecía sino haberla recibido del cielo.

Porque tras bautizarse, comenzó a pensar y hablar como excelentísimo teólogo, y aunque el mismo decía que procuraba cortar de raíz la elocuencia y el ornato de palabras, sus escritos causan admiración a los grandes maestros.

Fue elegido presbítero de Cartago por aclamación de todo el clero y el pueblo, y poco después, habiendo muerto el Obispo Donato, a una voz escogieron al santo como sucesor en aquella cátedra, sacándolo del retiro en el que se había ocultado.

No se puede fácilmente decir cuán admirablemente resplandeció como antorcha clarísima de la Iglesia africana.

Se hacia amar, temer y reverenciar por todos, y en una terrible pestilencia, en la que los gentiles desamparaban a sus enfermos y huían de Cartago, el santo les visitaba y socorría, convirtiendo gran numero de ellos a la fe de Jesucristo.

Escribió entre otros muchos libros un tratado sobre la unidad de la Fe y otro acerca de la modestia con que habían de vestirse las vírgenes y también una elocuentísima exhortación al martirio.

Habiéndose levantado una terrible persecución que había anunciado el santo, en la cual deseaba morir por la Fe, no pudo alcanzarlo, a pesar de que en el anfiteatro no se oían más que gritos de los idólatras que clamaban: ¡Cipriano a los leones!

Ellos pensaban triunfar sobre los fieles con la muerte del santo Obispo, pero alguien le aconsejó a Cipriano que se escondiese, como lo hizo por el bien de su Iglesia.

Más tarde, se renovó nuevamente la persecución, y entonces, el santo Obispo fue llamado por el tirano Galerio Máximo. Él se presentó ante el tribunal, y a todas las preguntas que le hizo, contestó:

- Soy cristiano y me glorío de serlo.

Juzgando el procónsul que no era conveniente dilatar el martirio del santo prelado, mandó que ese mismo día le cortasen la cabeza.

Reflexión:

A pesar de ser San Cipriano tan sabio y santo Obispo, cayó en un error creyendo que era inválido el Bautismo, siempre que fuese administrado por herejes; en ello creía seguir la Tradición de la Iglesia africana en tiempo en que nada había definido. “Permitió Dios -dice San Agustín- que por el entendimiento humano que es limitado, Cipriano errase para que conociésemos que la infalibilidad no es privilegio de los Doctores esclarecidos, sino de las decisiones de la Iglesia, y de su cabeza visible que es el vicario de Cristo”.

Oración:

Asístenos, Señor, con tu gracia en la festividad del bienaventurado mártir y pontífice San Cipriano, para que su poderosa intercesión nos haga agradable a tu Divina Majestad. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.
 

martes, 15 de septiembre de 2026

15 DE SEPTIEMBRE: FIESTA DE LOS LOS SIETE DOLORES DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA

La fiesta de Nuestra Señora de los Dolores conmemora la profunda unión de corazones entre la Madre del Redentor y el Salvador, por quien ella experimentó muchos dolores interiores debido a la Misión de Jesús, y en especial durante la Pasión y Muerte de su Hijo.


¿Por qué recibe María el título de Nuestra Señora de los Dolores?

Por la profecía de Simeón, María supo que una espada le atravesaría el alma. Poco después, la Sagrada Familia tuvo que huir a Egipto para salvar a Jesús del Rey Herodes (Mt 2,13-23). Cuando Jesús tenía 12 años, María y San José sufrieron el dolor de perderlo durante tres días en el Templo. Desde el inicio de la Misión pública de Jesús, la oposición que tuvo su Hijo, según cuentan los Evangelios, debe de haberla hecho sufrir tremendamente. El culmen de todo esto fue la Cruz.

El título de “Nuestra Señora de los Dolores”, entonces, hace honor a las pruebas que enfrentó la Madre del Siervo Sufriente (Isaías 52,13-53,12), y por eso, esta fiesta se celebra inmediatamente después de la Exaltación de la Santa Cruz.

¿Por qué se celebra esta fiesta?

Como todas las fiestas litúrgicas, esta celebración da gloria a Dios por la obra salvífica que realizó sobre una de Sus creaturas, en este caso, Su creatura más perfecta, María.

Para María, su unión materna de corazón y de alma con su Hijo por la que vivió tanto gozos como sufrimientos, está consumada de manera perfecta en el Cielo. Sin embargo, la unión y el amor maternos de María se extienden todavía hoy en la Tierra a nosotros. En cuanto Madre de Cristo, María es también Madre del Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia, y nosotros, los miembros de su Hijo como personas (cf Apocalipsis 12,17).

San Luis de Montfort afirmó: “Ni todo el amor de todas las madres alcanzaría a equiparar el amor del corazón de María por sus hijos”. Esto significa que ella hoy también sufre por nosotros, y que podemos recurrir a ella, como se busca a la madre biológica, tanto en las alegrías como en los sufrimientos.
 
¿Cuál fue la profecía de Simeón?

Dios nunca dejó a su pueblo desprovisto de profetas, individuos como el anciano Simeón cuya profecía que involucraba a María se relata en el Evangelio de Lucas (Lc 2,25-35):

Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:
“Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz;

porque han visto mis ojos tu salvación,

la que has preparado a la vista de todos los pueblos,

luz para iluminar a los gentiles

y gloria de tu pueblo Israel”.
Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre:
“Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel,

y para ser señal de contradicción

-¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!-

a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones”.
¿Por qué se representa a María con una espada en su corazón?

Simeón le dijo a la Santísima Madre que una espada le atravesaría el alma (Lc 2,35). Esto señala los dolores que María iba a sufrir por acompañar la misión redentora de su Hijo.

¿Cuáles son los siete dolores que atravesaron el corazón de María?

La profecía de Simeón (Lucas 2,25-35)

La huida a Egipto (Mateo 2,13-15)

Jesús se pierde durante tres días (Lucas 2,41-50)

María encuentra a Jesús en el camino al Calvario (Lucas 23,27-31; Juan 19,17)

Crucifixión y Muerte de Jesús (Juan 19,25-30)

El cuerpo de Jesús es bajado de la Cruz (Sal 130; Lucas 23,50-54; Juan 19,31-37)

La sepultura de Jesús (Isaías 53,8; Lucas 23,50-56; Juan 19,38-42; Marcos 15,40-47)
 

NUESTRA SEÑORA LIBERA A MILES DE PERSONAS EN LA FIESTA DE LA ASUNCIÓN

Nuestra Señora tiene muchos títulos. Uno de ellos es de especial consuelo para quienes esperan en la Iglesia. Nuestra Señora reveló ese título a Santa Brígida: “Nuestra Señora, Madre de las Almas del Purgatorio”.

Por Edwin Benson


En su obra sobre el Purgatorio, el padre F. Schouppe recoge sus palabras a Santa Brígida y explica el título. Nuestra Señora dijo:

“Yo soy la Madre de todos los que están en el lugar de expiación; mis oraciones mitigan los castigos que se les infligen por sus faltas” (1).

Ayudante de las almas pobres

Esta frase merece ser meditada por todos aquellos que reflexionan con frecuencia sobre los dolores del Purgatorio y, por lo tanto, los temen más. El padre Schouppe narra historias que ilustran cómo la Virgen María merece el título de Madre de las almas del Purgatorio.

La primera historia es la del padre Jerome Carvalho, S.J., quien murió en la plenitud de la santidad a los cincuenta años en 1604. Era muy consciente del Purgatorio y sus sufrimientos, y se impuso muchas penitencias para protegerse de ellos. Un día, en respuesta a sus oraciones y sufrimientos autoimpuestos, la Virgen María se le apareció. No se sabe si su presencia se manifestó en una visión, mediante palabras audibles o a través de una conversación interior, pero el mensaje es claro.

“Pero un día, la Reina del Cielo, a quien él profesaba una tierna devoción, se dignó a consolar a su siervo con la sencilla seguridad de que era Madre de Misericordia tanto para sus amados hijos en el Purgatorio como para los que estaban en la tierra”.

Visión de un ser querido

Una descripción detallada de la obra de la Virgen María proviene de San Pedro Damián (c. 1007-1072). Él relató que cada año, el día de la Asunción de María (15 de agosto), ella libera a miles de almas del Purgatorio. Esta creencia impulsó a los romanos a visitar las iglesias la noche anterior a la Asunción, portando una vela encendida.

En una ocasión, una piadosa noble acudió a la Basílica de Santa María del Altar Celestial (Ara Coeli) en el Capitolio. Mientras rezaba, observó a otra mujer postrada, también en oración. Creía haber reconocido a su madrina, fallecida hacía varios meses.

Comprensiblemente abrumada, la noble esperó cerca de la puerta de la Basílica. Cuando la figura postrada se levantó para marcharse, la dama la tomó de la mano y la apartó.

Una conversación sobrenatural

— ¿No eres tú mi madrina, la que me sostuvo en la pila bautismal? —preguntó la señora.

— Sí, —dijo la otra— soy yo.

 ¿Y cómo es que te encuentro entre los vivos, si llevas muerta más de un año?

La madrina de la dama respondió finalmente: 

— Hasta el día de hoy, he estado sumida en un fuego terrible a causa de los muchos pecados de vanidad que cometí en mi juventud; pero durante esta gran solemnidad, la Reina del Cielo descendió a las llamas del Purgatorio y me libró, junto con muchas otras almas, para que pudiéramos entrar al Cielo en la Fiesta de su Asunción. Ella realiza este gran acto de clemencia cada año; y, solo en esta ocasión, el número de personas a las que ha liberado equivale a la población de Roma.

Una predicción cumplida

Como es fácil comprender, la señora quedó abrumada por la noticia. Había ido a la Basílica a rezar, pero no esperaba encontrarse con una de las personas por las que había orado. Su madrina, al percibir su inquietud, añadió una profecía.

“Como prueba de la veracidad de mis palabras, ten presente que tú misma morirás dentro de un año, en la Fiesta de la Asunción; si sobrevives a ese plazo, cree que todo fue una ilusión”.

La piadosa joven noble escuchó las últimas palabras de su madrina. Pasó el año siguiente en oración, haciendo buenas obras y preparándose para presentarse ante Dios. Entonces, tal como su madrina había predicho, enfermó y murió en la Vigilia de la Asunción.

El carácter especial de la fiesta de la Asunción

En efecto, como informa el padre Schouppe a sus lectores, “la fiesta de la Asunción es, pues, el gran día de la misericordia de María hacia las almas pobres; ella se complace en introducir a sus hijos en la gloria del Cielo en el aniversario del día en que ella misma entró por primera vez en sus benditas puertas”.

Nuestra Señora, Madre de las Almas del Purgatorio, ¡ruega por nuestros seres queridos que esperan la Visión Beatífica!
 
Continúa... 

Nota:

1) Todas las citas de este artículo (a menos que se mencione otra fuente) corresponden a la versión de 1905 del libro  Purgatory (Purgatorio) del padre FX Schouppe, publicada en Gran Bretaña por Burns, Oates and Washbourne, Ltd. Es de dominio público y está disponible a través de Internet Archive.
 

LAS HORAS DE LA PASION DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO (11)

Continuamos con la publicación del capítulo 11 del libro “Las horas de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo” escrito por la mística Luisa Piccarreta (1865 - 1947) entre los años 1913 y 1914.


Para conocer la historia de Luisa Piccarreta ingrese aquí.


Undécima Hora: De las 3 a las 4 de la mañana

Jesús en la casa de Caifás

Afligido y abandonado Bien mío, mientras mi débil naturaleza duerme en tu Corazón adolorido, mi sueño se interrumpe frecuentemente por los latidos de amor y de dolor de tu divino Corazón, entre la vela y el sueño siento los golpes que te dan; y despertándome, digo: ¡Pobre Jesús mío, abandonado por todos, sin nadie que te defienda! Pero desde adentro de tu Corazón yo te ofrezco mi vida para que te sirva de apoyo cuando te hagan tropezar. Y así me vuelvo a dormir.

Pero otra sacudida de amor de tu Corazón divino me despierta y me siento aturdido por los insultos que recibes, por los murmullos, los gritos y el correr de la gente.

Amor mío, ¿cómo es que todos están contra ti? ¿Qué es lo que has hecho que como lobos feroces te quieren despedazar? Siento que la sangre se me hiela al oír todos los preparativos que están haciendo tus enemigos; me siento triste y estoy temblando mientras pienso qué puedo hacer para defenderte.

Pero mi afligido Jesús, teniéndome en su Corazón, me estrecha aún más fuerte y me dice: 

“Hijo mío, no he hecho nada malo y al mismo tiempo he hecho todo. Mi delito es el amor; el amor que contiene todos los sacrificios, el amor que tiene un precio inconmensurable. No obstante, estamos todavía al inicio; tú sigue quedándote dentro de mi Corazón, observa todo, ámame, calla y aprende. Haz que tu sangre helada corra entre mis venas para darle un descanso a mi sangre que está totalmente ardiendo en llamas. Haz que tu temblor corra por mis miembros, para que fundido en mí puedas mantenerte firme, calentarte, puedas sentir parte de mis penas, y a la vez adquirir fuerza al verme sufrir tanto. Este será el modo en que podrás defenderme como a mí más me gusta: seme fiel y pon atención”.

Dulce Amor mío, el ruido que hacen tus enemigos es tal y tanto que ya no me deja dormir; los golpes se hacen cada vez más violentos; oigo el ruido que hacen las cadenas con las que te han encadenado tan estrechamente que estás sangrando por las muñecas, dejando por aquellas calles las huellas de tu sangre. Recuerda que mi sangre fluye en la tuya y que conforme la vas derramando, mi sangre besa la tuya, la adora y la repara; haz que mi sangre sea luz para quienes te ofenden de noche y un imán que atraiga a todos los corazones hacia ti.

Amor mío y todo mío, mientras te arrastran y el aire parece ensordecer por los gritos y los silbidos llegas ante Caifás. Tú te muestras lleno de mansedumbre, de modestia y humildad; tu dulzura y tu paciencia es tanta, que tus mismos enemigos quedan aterrorizados, y Caifás, furioso, quisiera devorarte. ¡Ah, qué bien se distingue a la inocencia del pecado!

Amor mío, tú te encuentras ante Caifás cómo si fueras el hombre más culpable a punto de ser condenado. Y Caifás les pregunta a los testigos cuáles son tus delitos. ¡Ah, hubiera sido mejor que preguntara cuál es tu amor! Hay quien te acusa de una cosa y quien de otra, diciendo insensateces y contradiciéndose entre ellos mismos; y mientras todos te acusan, los soldados que están a tu lado te jalan de los cabellos y descargan sobre tu rostro santísimo horribles bofetadas que retumban por toda la sala, te hacen muecas con los labios, te golpean..., y tú callas, sufres, y si los miras, la luz de tus ojos penetra dentro de sus corazones y no pudiendo sostener tu mirada, se alejan de ti; pero otros intervienen para hacerte sufrir más.

Las negaciones de Pedro

Pero en medio de tantas acusaciones y ultrajes, veo que pones atención con tus oídos y que tu Corazón late con violencia como si estuviera por estallar a causa del dolor. Dime, afligido Bien mío, y ahora, ¿qué sucede? Pues me doy cuenta de que en todo lo que te están haciendo tus enemigos, es tan grande tu amor, que tú con ansia lo esperas y todo lo ofreces por nuestra salvación. Y tu Corazón, con toda calma, repara las calumnias, los odios, los falsos testimonios, el mal que se le hace con premeditación a quien es inocente, y reparas también por quienes te ofenden instigados por sus superiores y por todas las ofensas de los eclesiásticos. Pero ahora, mientras unido a ti sigo tus mismas reparaciones, siento en ti un cambio, un dolor nuevo que jamás había sentido hasta ahora. Dime, dime, ¿qué pasa? ¡Particípame todo, oh Jesús mío!

“Hijo mío, ¿quieres saber qué es lo que me pasa? Oigo la voz de Pedro que dice que no me conoce, y luego ha llegado a jurarlo y hasta por tercera vez ha maldecido y perjurado que no me conoce... ¡Oh, Pedro!, ¿cómo no me conoces? ¿No recuerdas de cuántos bienes te he colmado? ¡Oh, si los demás me hacen morir de penas, tú me haces morir de dolor! ¡Cuánto mal has hecho siguiéndome desde lejos y exponiéndote después a la ocasión!”.

Negado Bien mío, cómo se reconocen inmediatamente las ofensas de las almas a las que más quieres. ¡Oh Jesús!, quiero hacer fluir los latidos de mi corazón en los tuyos para mitigar el dolor tan terrible y atroz que sufres, y mi latido en el tuyo te jura fidelidad, amor, y mil y mil veces repite y jura que te conozco... Pero tu corazón todavía no se calma y buscas con la mirada a Pedro, y al ver él tu mirada llena de amor, rebosante de lágrimas por su negación, Pedro se enternece y llora y se retira de allí; y tú, habiéndolo ya puesto a salvo, te calmas y reparas las ofensas de los Papas y de los jefes de la Iglesia, sobre todo de quienes se exponen a las ocasiones.

Pero tus enemigos siguen acusándote, y Caifás viendo que no respondes a sus acusaciones, te dice: 

“Te conjuro por el Dios vivo: dime, ¿eres tú verdaderamente el Hijo de Dios?”.

Y tú, Amor mío, teniendo siempre en tus labios la palabra de la verdad, con majestad suprema y con voz sonora y suave a la vez, ante la cual todos quedan impresionados y hasta los mismos demonios se hunden todavía más en el abismo, respondes:

“Tú lo has dicho, yo soy el verdadero Hijo de Dios y un día descenderé sobre las nubes del cielo para juzgar a todas las naciones”.

Al escuchar tus palabras creadoras, todos se quedan callados en un profundo silencio, sintiendo un escalofrío por el susto... Pero Caifás, después de algunos instantes de espanto, recobrándose, furioso más que una bestia feroz, proclama en voz alta:

“¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? ¡Ha dicho una grande blasfemia! ¿Qué esperamos para condenarlo? ¡Es reo de muerte!”.

Y para darle mayor fuerza a sus palabras se rasga las vestiduras, pero con tanta rabia y furor, que todos, como si fueran uno sólo, se lanzan contra ti. Bien mío, hay quien te da puñetazos en la cabeza, quien te jala de los cabellos, te abofetean y te escupen en la cara, te pisotean...; son tantos y tales los tormentos que te hacen sufrir, que la tierra tiembla y los cielos se estremecen.

Amor mío y Vida mía, mientras te están atormentando yo siento que se me rompe el corazón por el dolor. ¡Ah!, permíteme que salga de tu Corazón adolorido y que yo afronte en tu lugar todos estos ultrajes. ¡Ah!, si me fuera posible, quisiera liberarte de tus enemigos; pero tú no quieres, porque todo esto lo requiere la salvación de todos y yo me veo obligado a resignarme.

Pero déjame limpiarte, dulce Amor mío, déjame arreglarte los cabellos, quitarte los salivazos, limpiarte y secarte la sangre para encerrarme en tu Corazón, pues veo que Caifás ya está cansado y quiere retirarse entregándote en manos de los soldados.

Por lo tanto, te bendigo y tú también bendíceme a mí. Y dándome el beso de tu amor, me encierro en el horno ardiente de tu Corazón Divino para conciliar el sueño, poniendo mi boca sobre tu Corazón, para que en cada uno de mis respiros te dé un beso; y conforme a la diversidad de tus latidos, más o menos penantes, podré darme cuenta si tú estás sufriendo o descansando. Por eso, protegiéndote con mis brazos para defenderte, te abrazo y me estrecho fuertemente a tu Corazón y así me duermo.

Reflexiones y prácticas

Jesús, al ser presentado ante Caifás, es acusado injustamente y sometido a torturas inauditas, y cuando se le interroga dice siempre la verdad.

Y nosotros, cuando nuestro Señor permite que nos calumnien y que nos acusen injustamente, ¿buscamos únicamente a Dios que conoce nuestra inocencia o más bien mendigamos la estima y el honor de las criaturas? ¿Se encuentra siempre sobre nuestros labios la verdad? ¿Somos enemigos de toda clase de mañas y mentiras? ¿Soportamos pacientemente los desprecios y las confusiones que nos causan las criaturas? ¿Estamos dispuestos a dar la vida por su salvación?

“¡Oh Dulce Jesús mío!, ¡qué diferencia tan grande hay entre tú y yo! ¡Ah!, haz que de mis labios salga siempre la verdad para que pueda herir el corazón de quien me escucha y conducir a todos hacia ti”.

Continúa...

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EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (129)

Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.


129. La curación, en Aguas Claras, de un romano endemoniado.
13 de marzo de 1945.

1 Jesús está hoy con los nueve que se han quedado; los otros tres han salido para Jerusalén. Tomás, siempre alegre, tiene que multiplicarse para atender a sus verduras –y también a las otras incumbencias más espirituales–, mientras que Pedro, Felipe, Bartolomé y Mateo se encargan de los peregrinos; los demás van al río para el bautismo (¡verdaderamente de penitencia, con el frío que hace!).
Jesús está todavía en su rincón, en la cocina. Tomás trajina, pero guarda silencio para dejar tranquilo al Maestro. En ese momento entra Andrés y dice: “Maestro, hay un enfermo que a mí me parece que convendría curarle en seguida porque... dicen que está loco, porque no son israelitas; nosotros diríamos que está poseído. Chilla, vocea, se retuerce... Ven a ver”.
“Ahora mismo. ¿Dónde está?”.
“Todavía en el campo. ¿Oyes esos aullidos? Es él. Parece un animal, pero es él. Debe ser un hombre rico porque el que le acompaña va bien vestido, y al enfermo le han bajado de un carro de mucho lujo muchos siervos. Debe ser pagano porque blasfema contra los dioses del Olimpo”.
“Vamos”.
“Voy también yo a ver” dice Tomás (su curiosidad por ver es mayor que su preocupación por las verduras).
Salen y, en vez de torcer hacia el río, tuercen hacia los campos que separan esta granja (nosotros la llamaríamos así) de la casa del capataz.
En medio de un prado, donde antes pastaban unas ovejas (que ahora, espantadas, se han diseminado en todas las direcciones, y que los pastores y un perro –el segundo que veo desde que escribo– en vano las vuelven a agrupar), hay un hombre al que tienen atado fuertemente y que, a pesar de todo, pega unos botes de loco, gritando terriblemente, y cada vez más fuerte a medida que Jesús se acerca.
Pedro, Felipe, Mateo y Natanael están allí cerca, perplejos. Hay también más gente, sólo hombres, porque las mujeres tienen miedo.
“¿Has venido, Maestro? ¿Ves qué furia?” dice Pedro.
“Ahora se le pasará”.
“Pero... es pagano, ¿sabes?”.
“Y qué valor tiene eso?”.
“¡Hombre!... ¡por el alma!...”.
Jesús sonríe ligeramente y sigue; llega al grupo del loco, que cada vez se agita más.

2 Se separa del grupo uno que por el indumento y por llevar el rostro rasurado se ve que es romano, y saluda diciendo: “Salve, Maestro. He oído hablar de ti. Eres más grande que Hipócrates en el arte de curar y que el simulacro de Esculapio en obrar milagros con las enfermedades. Porque sé esto, he venido. Mi hermano, ya lo ves, está loco a causa de un misterioso mal. Ningún médico sabe lo que le pasa. He ido con él al templo de Esculapio y ha salido aún más loco. En Tolemaida tengo un familiar, me envió un mensaje con una galera, decía que aquí había Uno que curaba a todos, y he venido. ¡Qué viaje más horroroso!”.
“Merece premio”.
“Pero, mira, no somos ni siquiera prosélitos. Somos romanos, fieles a los dioses. Vosotros decís "paganos". Somos de Síbaris, pero ahora estamos en Chipre”.
“Es verdad. Paganos sois”.
“¿Entonces... para nosotros nada? O tu Olimpo rechaza al nuestro o el nuestro al tuyo”.
“Mi Dios, Único y Trino reina, único y solo”.
“He venido en vano” dice desilusionado el romano.
“¿Por qué?”.
“Porque yo soy de otro dios”.
“El alma es creada por Uno Solo”.
“¿El alma?...”.
“El alma. Esa cosa divina que Dios crea para cada uno de los hombres: compañera en la existencia, superviviente más allá de la existencia”.
“¿Y dónde está?”.
“En lo profundo del yo. Pero, a pesar de que esté, como cosa divina, en el interior del más sagrado templo, de ella se puede decir –y digo "ella", no ésta, porque no es una cosa, sino un ente verdadero y digno de todo respeto– que no está contenida, sino que contiene”.
“¡Por Júpiter! ¿Eres filósofo?”.
“Soy la Razón unida a Dios”.
“Creía que lo eras, por lo que decías...”.
“¿Y qué es la filosofía, cuando es verdadera y honesta, sino la elevación de la humana razón hacia la Sabiduría y la Potencia infinitas, o sea, hacia Dios?”.
“¡Dios! ¡Dios!... Ahí tengo a ese desdichado que me perturba, pero casi me olvido de su estado por escucharte a ti, divino”.
“No lo soy como tú lo dices. Tú llamas divino a quien supera lo humano; Yo digo que tal nombre debe darse sólo a quien procede de Dios”.
“¿Qué es Dios? ¿Acaso alguien le ha visto?”.
“Está escrito: "¡A ti, que nos formaste, salve! Cuando describo la perfección humana, la armonía de nuestro cuerpo, celebro tu gloria". Alguien dijo: "Tu bondad refulge en que has distribuido tus dones a todos los que viven para que todo hombre tuviera aquello que necesita; y tu sabiduría queda testificada por tus dones, como tu poder al cumplirse tus deseos". ¿Reconoces estas palabras?”.
“Si Minerva me ayuda... son de Galeno (160). ¿Cómo es que las sabes? ¡Me maravillo!...”.
Jesús sonríe y responde: “Ven al Dios verdadero y su divino espíritu te hará docto en la "verdadera sabiduría y piedad, que es conocerte a ti mismo y dar culto de adoración a la Verdad"”.
“¡Pero si sigue siendo Galeno! Ahora estoy seguro. No sólo eres médico y mago, sino también filósofo. ¿Por qué no vienes a Roma?”.

3 “No soy ni médico, ni mago, ni filósofo, como tú dices, sino testimonio de Dios en la Tierra. Traedme aquí al enfermo”.
Entre gritos y forcejeos le arrastran hasta allí.
“¿Ves? Dices que está loco; dices que ningún médico ha podido curarle. Es cierto: ningún médico, porque no está loco; lo que sucede es que un ser infernal –así te hablo porque eres pagano– ha entrado en él”.
“Pero no tiene espíritu pitón (161). Es más, dice sólo cosas erróneas”.
“Nosotros lo llamamos "demonio", no pitón; está el que habla y el mudo (162), el que engaña con razones con color de verdad y el que sólo crea desorden mental. El primero de estos dos es el más completo y peligroso. Tu hermano tiene el segundo, pero ahora saldrá de él”.
“¿Cómo?”
“El mismo te lo dirá”.
Jesús ordena: “¡Deja a este hombre! Vuelve a tu abismo”.
“Me marcho. Contra ti, demasiado débil es mi poder. Me echas y me amordazas. ¿Por qué siempre nos vences?...”
El espíritu ha hablado por la boca del hombre, el cual, después de ello, se desploma como derrengado.
“Está curado. Soltadle sin miedo”.
“¿Curado? ¿Estás seguro? ¡Yo... yo te adoro!”. El romano hace ademán de postrarse.
Jesús no quiere: “Alza el espíritu. En el Cielo está Dios. Adórale a El y ve hacia El. Adiós”.
“No. Así no. Al menos toma. Permíteme que haga como haría con los sacerdotes de Esculapio. Permíteme oírte hablar... Permíteme hablar de ti en mi patria...”.
“Hazlo, y ven con tu hermano”.
El tal hermano mira a su alrededor asombrado y pregunta: “Pero, ¿dónde estoy? ¡Esto no es Cintium! ¿Dónde está el mar?”.
“Sufrías...”. Jesús hace un gesto para imponer silencio “sufrías a causa de una fuerte fiebre y te han traído a otro clima. Ahora estás mejor. Ven”.
Todos van a la estancia grande (pero no todos conmovidos de la misma forma: como hay quien admira, también hay quien critica la curación del pagano).

4 Jesús va a su puesto. Tiene en la primera fila de la asamblea a los romanos. 
“No os moleste el que cite un pequeño párrafo de los Reyes (163). En él se lee que, estando el rey de Siria preparado para la guerra contra Israel, tenía en su corte un hombre que era grande y honrado, de nombre Naamán, leproso. Se lee igualmente que a este hombre una jovencita de Israel venida a ser esclava suya –de ella se habían apoderado los sirios– le dijo: "Si mi señor hubiera ido al profeta que está en Samaria, sin duda le habría curado de la lepra". Oído esto, Naamán, pedida licencia al rey, siguió el consejo de la joven. El rey de Israel, sin embargo, muy desasosegado, dijo: "¿Acaso soy Dios para que el rey de Siria me envíe a los enfermos? Esto es una trampa para provocar la guerra". Pero el profeta Eliseo, conocido el hecho, dijo: "Que venga a mí el leproso y yo le curaré y sabrá que hay un profeta en Israel". Naamán fue entonces a donde Eliseo, pero Eliseo no le recibió; simplemente le envió este mensaje: "Lávate siete veces en el Jordán y quedarás limpio". Esto enojó a Naamán, pareciéndole que en balde había hecho tanto camino, e indignado, se preparó para volverse. Pero los siervos le dijeron: "No te ha pedido más que lavarte siete veces, y, aunque te hubiera ordenado mucho más, deberías hacerlo, porque él es el profeta". Entonces Naamán cedió. Fue, se lavó y recuperó la salud. Jubiloso, retornó a donde el siervo de Dios y le dijo: "Ahora sé la verdad: no hay otro Dios sobre toda la Tierra, sino solamente el Dios de Israel". Y, dado que Eliseo no quería dones, le pidió poder tomar al menos tanta tierra como para poder sacrificar, sobre tierra de Israel, al Dios verdadero.
Sé que no todos vosotros aprobáis lo que he hecho. Sé también que no estoy obligado a justificarme ante vosotros. Pero, puesto que os amo con amor verdadero, quiero que comprendáis mi gesto y de él aprendáis, y que desaparezca de vuestro ánimo todo sentido de crítica o de escándalo.
Aquí tenemos a dos súbditos de un estado pagano. Uno estaba enfermo. Se les dijo –ciertamente por medio de Israel– a través de un pariente: "Si fuerais al Mesías de Israel, El sanaría al enfermo". Y ellos han venido a mí de muy lejos. Mayor aún su confianza que la de Naamán, porque nada sabían de Israel y del Mesías, mientras el sirio, por la cercanía de las naciones y por el continuo contacto con esclavos de Israel, ya sabía que en Israel estaba Dios, el verdadero Dios. ¿No conviene que ahora un hombre pagano pueda volver a su patria diciendo: "Verdaderamente en Israel hay un hombre de Dios, y en Israel adoran al verdadero Dios"?
Yo no he dicho: "Lávate siete veces". He hablado de Dios y del alma, dos cosas que ellos ignoran, y que conllevan, como bocas de inexhausto manantial, los siete dones; porque donde existe el concepto de Dios y el de espíritu, y el deseo de llegar a ellos, nacen los árboles de la fe, esperanza, caridad, justicia, templanza, fortaleza, prudencia: virtudes que ignoran quienes de sus dioses no pueden copiar sino las comunes pasiones humanas, humanas pero más licenciosas, dado que las cumplen seres supuestamente excelsos. Ahora ellos vuelven a su patria. Y más que la alegría de haberles sido concedido lo que pedían está la de decir: "Sabemos que no somos bestias; que más allá de la vida hay todavía un futuro. Sabemos que el verdadero Dios es Bondad y que, por lo tanto, nos ama también a nosotros y nos socorre para persuadirnos a que vayamos a El".

5 ¿Qué creéis, que sois los únicos que ignoran la verdad? Hace un rato, un discípulo mío pensaba que yo no podía curarle al enfermo por tener alma pagana. Pero, ¿el alma qué es?, ¿de quién viene? El alma es la esencia espiritual del hombre, es la que, creada de edad perfecta, reviste, acompaña, vivifica toda la vida de la carne y continúa viviendo una vez desaparecida la carne, siendo, como es, inmortal como Aquel que la crea: Dios (164). Habiendo un solo Dios, no existen almas de paganos o almas de no paganos creadas por distintos dioses. Hay una sola Fuerza que crea las almas: la del Creador, la del Dios nuestro, único, poderoso, santo, bueno que no tiene pasión alguna aparte del amor, caridad perfecta enteramente espiritual. Para que estos romanos me entiendan, del mismo modo que he dicho "caridad", digo también "caridad enteramente moral"; porque son párvulos y desconocen por completo las palabras santas, no comprenden el concepto "espíritu".
¿Que creéis?, ¿que he venido sólo para Israel? Yo soy quien reunirá a las estirpes bajo un solo báculo: el del Cielo. En verdad os digo que está cercano el tiempo en que muchos paganos dirán: "Dejadnos tomar lo necesario para poder celebrar en nuestro suelo pagano sacrificios al Dios verdadero, al Dios Uno y Trino", cuya Palabra soy Yo.
Ahora ellos se marchan, y van más convencidos que si Yo, por el contrario, los hubiera humillado con mi desdén. Ellos, tanto en el milagro como en mis palabras, sienten a Dios, y esto es lo que dirán en su tierra.
Además os digo: ¿No era justo premiar tanta fe? Desorientados por los dictámenes de los médicos, desilusionados por los viajes inútiles a los templos, han sabido, no obstante, seguir teniendo fe para venir al desconocido, al gran Desconocido del mundo, al escarnecido, al gran Escarnecido y Calumniado de Israel, y decirle: "Creo que podrás". El primer crisma de su nueva mentalidad les viene de este haber sabido creer. Yo los he sanado no tanto de la enfermedad cuanto de su errada fe, porque he acercado sus labios a un cáliz que, cuanto más se bebe de él, hace sentir más sed: la sed de conocer al Dios verdadero.
He terminado. A vosotros de Israel os digo: sabed tener fe como han sabido éstos”.

6 EI romano se acerca con el hombre que ha sido curado: 
“Ya no oso decir "por Júpiter". Digo, esto sí, que, por mi honor de ciudadano romano, te juro que tendré esta sed. Ahora debo irme. Pero en adelante ¿quién me dará de beber?”.
“Tu espíritu, el alma que ahora sabes que tienes, hasta cuando un enviado mío vaya a visitarte”.
“¿Y Tú no?”.
“Yo... Yo no. Pero no estaré ausente, aun no estando presente. Y dentro de poco más de dos años, te haré un regalo mayor que la curación de este que tú amabas. Adiós a los dos. Sabed perseverar en este sentimiento de fe”.
“Salve, Maestro; que el Dios verdadero te salve”.
Los dos romanos se van y se oye que llaman a los siervos que están con el carro.
“¡Y ni siquiera sabían que tenían un alma!” dice en voz baja un anciano.
“Sí, padre, y han sabido aceptar mi palabra mejor que muchos en Israel. Ahora, dado que han ofrecido tanta limosna, favorezcamos a los pobres de Dios con doble y triple medida. Y que los pobres rueguen por estos benefactores, más pobres que ellos mismos, para que lleguen a la verdadera, única riqueza: conocer a Dios”.

7 La velada llora bajo su velo, que impide ver sus lágrimas, pero no oír sus sollozos.
“Esa mujer está llorando” dice Pedro. “Quizás es que no tiene ya dinero. ¿Se lo damos?”.
“No llora por eso. Pero, ve y dile esto: "Las patrias pasan, pero el Cielo permanece y es de quien sabe tener fe. Dios es Bondad y, por eso, ama también a los pecadores, y te otorga favores para persuadirte de que vayas a El". Ve, dile esto, y luego déjala llorar: es veneno que sale”.
Pedro se acerca a la mujer, que ya se había encaminado hacia los campos. Le habla y vuelve. “Se ha echado a llorar más fuerte” dice. “Yo creía que la iba a consolar...” y mira a Jesús.
“Y efectivamente está consolada. También la alegría provoca llanto”.
“¡Mmm!... ¡Bueno!... Mira, yo me quedaré contento cuando le vea el rostro. ¿La veré?”.
“El día del Juicio”.
“¡Oh, divina Misericordia! ¡Pero para entonces habré muerto!, y ¿qué voy a hacer con saberlo? ¡Para entonces estaré ocupado mirando al Eterno!”.
“Hazlo desde este momento; es la única cosa útil”.
“Sí... pero... Maestro, ¿quién es?”.
Se echan todos a reír.
“Si lo vuelves a preguntar, nos vamos de aquí inmediatamente; así te olvidas de ella”.
“No. Maestro. Pero... basta con que Tú te quedes...”.
Jesús sonríe. “Esa mujer –dice– es una sobra y una primicia”.
“¿Qué quieres decir? No entiendo”.
Pero Jesús le deja plantado y se marcha hacia el pueblo.
“Va a ver a Zacarías. Tiene a su mujer agonizando” explica Andrés. “Me ha encargado a mí que se lo diga al Maestro”.
“¡Tú me sacas de quicio! Sabes todo, haces todo, y no me dices nunca nada. Peor que un pez, eres”. Pedro descarga sobre su hermano el chasco que se ha llevado.
“Hermano, no te lo tomes a mal. Tú hablas también por mí. Vamos a recoger nuestras redes. Ven”.
Unos van hacia la derecha, otros hacia la izquierda, y todo termina.

Continúa...

Notas:

160) El nombre de Galeno, aquí y unos renglones más abajo, si no es un error de escritura o de lectura, tiene que referirse a un Galeno distinto del que conocemos, médico y filósofo que vivió en el siglo segundo después de Cristo.

161) Cfr. Lev. 19, 26 y 31; 20, 6 y 27; Dt. 18, 9–22; 1 Re. 28, 3–25; 4 Re. 21, 1–18; 23, 24–25; 1 Paralip. 10, 13–14; Is. 8, 16–20; 19, 3; Hech. 16, 16–24.

162) Como en esta obra se hace mención frecuente de demonios y endemoniados, cfr. Gen. 3, 1–15; 1 Paralip. 21, 1–2; Job. 1, 6–12; Ps. 108; Zac. 3, 1–2; Mt. 4, 1–11 y 24; 6, 13; 8, 16 y 28–34; 9, 32–34; 10, 1 y 8; 12, 22–32 y 43–45; 15, 21–28; 17, 14–21; Mc. 1, 12–13 y 21–28; 3, 11 y 22–30; 5, 1, 20; 9, 14–29; Lc. 3, 1–37; 4, 1–13 y 40–41; 8, 1–3 y 26–39; 9, 37–43; 10, 17–20; 11, 14–26; 12, 10; 13, 10–17 y 32; 22, 1–6; Ju. 6, 67–71; 8, 44; 13, 2 – 5, 21–30; Hech. 16, 16–18; 19, 11–20; 2 Cor. 4, 3–4; 2 Thes. 2, 1–12; 1 Ju. 2, 18–29; 4, 1–6; 2 Ju. 7–11; Apoc. 12–13.

163) Cfr. 4 Re. 5, 1–20.

164) El alma es llamada inmortal como su Creador en el sentido de que siendo espiritual y no teniendo en sí misma un principio de corrupción, una vez que Dios la creó, no dejará de existir.

 
 
El Poema del Hombre-Dios (105) 



 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
  

 
 
 

 
 
 
 
 

15 DE SEPTIEMBRE: SANTA CATALINA DE GÉNOVA, VIUDA


15 de Septiembre: Santa Catalina de Génova, viuda

(✞ 1510)

La heroica enfermera y consoladora de los pobres, Santa Catalina de Génova, fue natural de la ciudad que lleva su nombre, y de la nobilísima casa de los Fieschi.

Deseaba en gran manera imitar el ejemplo de una hermana suya llamada Limbonia, que servía al Señor en un monasterio de monjas agustinianas; más estorbáronselo sus padres, los cuales a todo trance quisieron casarla con un mancebo muy noble y rico de Génova.

Este caballero se llamaba Julián Adorno, y aunque antes de tomar a Catalina por esposa parecía de loables costumbres, se desenfrenó después, de manera que los diez años que vivió en compañía de la santa, fueron para ella diez años de cruel martirio.

Lo ponían fuera de sí la ambición de honrar mundanas, la ficción al juego, y a los deleites sensuales; y aunque la santa con muchas lágrimas pedía al Señor la conversión de su marido, no abrió éste los ojos hasta que el juego y con los vicios, hubo perdido su salud y toda su hacienda y la de su esposa.

Entonces por las oraciones de la santa se convirtió a Dios y entró en la Tercera Orden de San Francisco, y al poco tiempo pasó de esta vida con señales de verdadera contrición y arrepentimiento.

Desde aquel día determinó la santa viuda comenzar a servir a Dios y a los pobres de Jesucristo en el hospital Mayor de Génova, donde por muchos años fue como el ángel consolador de los enfermos.

Era tan grande la Caridad que ardía en su pecho que se extendía a todos los enfermos de la ciudad; de día y de noche los visitaba en sus casas, los animaba y les regalaba cuanto podía, llevando lo que les era menester para remediar sus necesidades.

La ciudad de Génova bendice todavía con singular reconocimiento el nombre de la santa por los portentos de Caridad que obró en los años 1497 y 1501 cuando la pestilencia desolaba la población.

Todos huían por escapar del terrible azote, pero no huyó la santa, antes se quedó como enfermera de los heridos de la peste, acudía a su socorro, y a unos daba la salud del cuerpo, y a otros, disponía a bien morir y alcanzar la eterna salvación del alma.

No se pueden decir ni imaginar las proezas de Caridad que llevó a cabo esta gran Santa. Más si no fueron menos asombrosas sus austeridades y ayunos, porque pasó veintitrés cuaresmas y otros tantos advientos sólo con el pan eucarístico y bebiendo un poco de agua mezclada con sal y vinagre.

Escribió un hermoso diálogo sobre el purgatorio que basta para desengañar a los herejes protestantes que niegan este dogma.

Finalmente, a la edad de setenta y siete años, sabiendo que llegaba su dichosa muerte, recibió el santo viático diciendo:

- Ven, oh querido Esposo de mi alma.

Y llena de méritos y virtudes voló a la gloria del cielo.

Reflexión:

No es maravilla que todos los buenos genoveses alaben y glorifiquen a esta santa heroína de la Caridad y la invoquen con gran fe en las públicas calamidades. En ella se manifiesta el verdadero amor del prójimo, propio de la Caridad cristiana, que en semejantes ocasiones suele llegar hasta el heroísmo, y se distingue del falso amor al prójimo que huye de todo peligro de muerte, faltando a veces aún a las obligaciones y oficios más necesarios de la Caridad y careciendo hasta de palabras de consuelo y esperanza para reanimar los corazones de los enfermos y moribundos.

Oración:

Dígnate, oh Señor, Autor de nuestra salud, escuchar nuestras humildes súplicas, para que así como nos alegramos en la festividad de la bienaventurada Catalina, así imitemos su piedad y afectuosa devoción. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

lunes, 14 de septiembre de 2026

UNA DICHA INIMAGINABLE: LO QUE NOS ESPERA EN EL CIELO

“Después de la resurrección del cuerpo, el único objeto de la esperanza del cristiano es la recompensa de la vida eterna”.

Por Por Matthew McCusker


“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” – Jn 17:3.

El fin último del hombre, y su dicha eterna, es ver a Dios cara a cara.

El Catecismo del Concilio de Trento enseña que “después de la resurrección de la carne, el único objeto de la esperanza del cristiano es la recompensa de la vida eterna [1].

Sin embargo, la naturaleza de esta recompensa nos resulta imposible de comprender plenamente en esta vida. San Pablo nos dice que:

Ni ojo vio, ni oído oyó, ni ha entrado en corazón de hombre, lo que Dios ha preparado para los que le aman (1 Corintios 2:9).

El Catecismo de Trento habla asimismo tanto de “la intensidad de la felicidad que los justos disfrutan en su patria celestial” como de “su absoluta incomprensibilidad para todos, excepto para ellos mismos”.

“La idea
-continúa el catecismo- presenta a la mente algo demasiado grande, demasiado sublime, para ser expresado plenamente con un término adecuado”.

Por eso:

La felicidad del Cielo se expresa en las Escrituras con una variedad de otras palabras, como el reino de Dios, de Cristo, del Cielo, el paraíso, la ciudad santa, la nueva Jerusalén, la casa de mi Padre; sin embargo, está claro que ninguna de estas denominaciones es suficiente para transmitir una idea adecuada de su grandeza.

Esto se debe a que:

La mente es incapaz de comprender o concebir la grandeza de esta gloria: solo puede conocerse mediante su realización, es decir, entrando en el gozo del Señor y satisfaciendo así plenamente los deseos del corazón humano.

Al introducir el concepto de la visión beatífica, Catholic Encyclopedia reconoce:

Es un modo de percepción tan extraordinario que no podemos comprender claramente ni el hecho ni la manera en que es posible [2].

Sin embargo, aunque no podamos comprender plenamente este misterio, podemos tener un verdadero conocimiento del mismo. En el versículo que sigue al citado anteriormente, San Pablo afirma:

Pero a nosotros Dios nos las reveló por medio de su Espíritu (1 Corintios 2:10).

Dios ha revelado a Su Iglesia ciertas verdades sobre las alegrías del Cielo. En este artículo, comenzaremos a explorar el misterio central: la visión beatífica.

Esta es la tercera parte de una serie sobre las “Cuatro Últimas Cosas”, que son la muerte, el juicio, el Cielo y el infierno. La primera entrega, sobre la muerte, se puede encontrar aquí; la segunda, sobre el juicio, se puede encontrar aquí.

La visión beatífica

La Iglesia enseña que el fin último del hombre es ver a Dios tal como es por toda la eternidad y que en esta visión de la Santísima Trinidad alcanzamos la felicidad suprema.

Esta visión de Dios se llama “la visión beatífica”.

Puede que nos ayude a comprender el concepto de la visión beatífica contrastándolo con el conocimiento de Dios que podemos alcanzar en esta vida.

En nuestro estado actual, adquirimos conocimiento acerca de Dios a través de las cosas que Él ha creado, como explica San Pablo en su carta a los Romanos:

Porque lo invisible de él, desde la creación del mundo, se hace claramente visible, siendo entendido por medio de las cosas hechas; también su eterno poder y su divinidad (Rm 1:20).

A partir de la contemplación de la creación, podemos alcanzar cierto conocimiento de la existencia de Dios y de muchas verdades acerca de sus atributos y su gobierno de la Creación. Este conocimiento se obtiene mediante el ejercicio de nuestra razón natural.

Dios también se nos ha revelado mediante la revelación sobrenatural confiada a su Iglesia. Esta revelación abarca misterios que escapan a la plena comprensión de nuestro intelecto, como los dogmas de la Santísima Trinidad y la Encarnación.

Sin embargo, aunque estas verdades nos son dadas a conocer por medios sobrenaturales, aún nos son dadas a conocer a través de las criaturas. Las recibimos del ministerio de enseñanza de la Iglesia, no de nuestra propia visión directa de Dios. Como enseña san Pablo:

¿Cómo, pues, invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído hablar? ¿Y cómo oirán sin que haya quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no son enviados, como está escrito: “Cuán hermosos son los pies de los que anuncian el evangelio de la paz, de los que traen buenas nuevas de cosas buenas”? (Rm 10:14-15).

Pero en el Cielo, nuestro conocimiento de Dios será muy diferente; lo conoceremos viéndolo, cara a cara, y tal como es.

Estos dos estados de conocimiento son reconocidos y contrastados tanto por San Pablo como por San Juan. En su primera epístola, San Juan escribe:

Amados hermanos, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal como es (1 Jn 3:2).

Y en su primera carta a los Corintios, San Pablo escribe:

Ahora vemos como en un espejo, oscuramente; pero entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré plenamente, así como yo soy conocido (1 Corintios 13:12).

Y en su segunda carta a esa iglesia, enseña:

Mientras estamos en el cuerpo, estamos alejados del Señor, porque caminamos por fe y no por vista (2 Corintios 5:6-7).

Esta es la visión de Dios que ya disfrutaron los santos ángeles, tal como se revela en estas palabras de Nuestro Señor:

Mirad que no menospreciéis a ninguno de estos pequeños; porque os digo que sus ángeles en los Cielos ven siempre el rostro de mi Padre que está en los Cielos (Mt 18:10).

Esta visión de Dios es la visión beatífica.

La visión beatífica en la enseñanza de la Iglesia

En el artículo 12 del Credo de los Apóstoles, profesamos nuestra creencia en la “vida eterna”.

Estas palabras enseña el Catecismo de Trento:

Significa no solo esa continuidad de existencia a la que están destinados los demonios y los malvados, sino también esa perpetuidad de felicidad que ha de satisfacer los deseos de los bienaventurados.

Según el catecismo, “la felicidad del Cielo consiste en dos cosas: ver a Dios tal como es en su naturaleza y sustancia, y ser hechos semejantes a él”.

En 1336, en la Constitución Benedictus Deus, el Papa Benedicto XII definió lo siguiente acerca de aquellas almas que mueren en estado de gracia y han sido purificadas en el purgatorio (si fuera necesario):

“[Estas almas] ven y verán la esencia divina con visión intuitiva e incluso facial, no teniendo ninguna criatura intermediaria que se tenga a sí misma en la naturaleza del objeto visto, pero la esencia divina inmediatamente manifestándose desnuda y abiertamente a ellos; y que los que así ven gocen de la misma esencia divina, y no sólo que de tal visión y gozo sean verdaderamente benditas las almas de los que ya fallecieron y tengan vida y descanso eterno, y serán de los que luego fallecen, cuando verán la misma esencia divina y se gozarán ante el juicio general...” [3].

Asimismo, el Concilio de Florencia enseña que:

“las almas de quienes no han incurrido en mancha alguna de pecado después del Bautismo, así como las almas que, tras incurrir en él, han sido purificadas, ya sea corporalmente o extracorpóreamente, como se indicó anteriormente, son recibidas inmediatamente en el Cielo y contemplan claramente al Dios trino tal como es, aunque una persona sea más perfecta que otra según la diferencia de sus méritos” [4].

El hombre encuentra su felicidad suprema en esta visión sobrenatural de Dios, y no en ningún bien creado. Muchas personas se sienten tentadas a pensar en el Cielo como una versión más perfecta de este mundo. “Tendemos a engañarnos a nosotros mismos -escribió John Henry Newman- y a considerar el Cielo como un lugar como esta tierra” [5]. Algunos incluso creen que las alegrías del Cielo consisten principalmente en el disfrute de los placeres corporales.

Y muchos que evitan este error, sin embargo, piensan que las alegrías del Cielo consisten principalmente en la ausencia de males, como el pecado, el sufrimiento y la muerte, y en la satisfacción de los buenos deseos naturales, como el reencuentro con los seres queridos que hemos perdido.

Estas cosas son verdaderamente buenas, pero no es en ellas donde reside nuestra felicidad suprema y eterna. En terminología teológica, estas alegrías se denominan bienaventuranzas accidentales, mientras que nuestra bienaventuranza esencial se encuentra en la visión de Dios.

Nuestra felicidad suprema se encuentra solo en Dios

Nuestro Señor Jesucristo expresó esta verdad en la oración que dirigió a su Padre en la Última Cena:

Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado (Jn 17:3).

Al comentar este versículo, el Catecismo de Trento afirma:

La felicidad sólida, que podemos denominar comúnmente "esencial", consiste en la visión de Dios y en el disfrute de su belleza, que es la fuente y el principio de toda bondad y perfección.

Esta verdad era conocida por el salmista que cantaba:

¿Qué tengo yo en el cielo? ¿Y fuera de ti, qué deseo en la tierra? Porque mi carne y mi corazón desfallecen ante ti; tú eres el Dios de mi corazón, y mi porción eterna (Salmo 72:25-26).

Los santos siempre han anhelado esta visión de Dios. En el párrafo inicial de sus Confesiones, San Agustín escribió la famosa frase:

Nos has creado para ti, y nuestros corazones están inquietos hasta que descansan en ti [6].

Y en La Ciudad de Dios, el mismo santo explicó:

Él es la fuente de nuestra felicidad, Él el fin de todos nuestros deseos. Al estar unidos a Él, o mejor dicho, al estar reunidos —pues nos habíamos desprendido y perdido el contacto con Él—, al estar, digo, reunidos a Él, nos inclinamos hacia Él por amor, para descansar en Él y hallar nuestra bienaventuranza al alcanzar ese fin. Porque nuestro bien, sobre el cual los filósofos han discutido tan acaloradamente, no es otro que estar unidos a Dios [7].

San Gregorio Nacianceno enseñó:

Dios mismo… es la corona suprema de todas las cosas inteligibles, hacia quien se dirige y se fija todo deseo, y de ninguna manera el deseo se extiende más allá de él… Porque él es lo último de todo lo que se puede desear, y cuando lo alcancemos, toda búsqueda encontrará descanso [8].

Y mientras meditaba sobre esta sublime verdad, John Henry Newman escribió:

Solo Tú eres el alimento de mi alma. Solo Tú eres inagotable y siempre me ofreces algo nuevo que conocer, algo nuevo que amar. Al cabo de millones de años te conoceré tan poco que me pareceré a mí mismo que apenas estoy comenzando. Al cabo de millones de años encontraré en Ti la misma dulzura, o mejor dicho, mayor que al principio, y me parecerá entonces que apenas estoy comenzando a disfrutar de Ti; y así, por toda la eternidad, seré siempre un niño pequeño al que se le empiezan a enseñar los rudimentos de tu infinita naturaleza divina. Porque Tú mismo eres la sede y el centro de todo bien, y la única sustancia en este universo de sombras, y el cielo en el que viven y se regocijan los espíritus bienaventurados [9].

La felicidad suprema se encuentra en Dios, y solo en Él.

¿Por qué Dios es la bienaventuranza suprema del hombre?

En el libro del Apocalipsis leemos:

Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin, dice el Señor Dios, el que es, el que era y el que ha de venir, el Todopoderoso (Apocalipsis 1:8).

Dios es nuestro primer comienzo y nuestro último fin. Él creó todas las cosas de la nada, Él sustenta todas las cosas en la existencia, y Él es el fin último hacia el cual se dirige toda la creación.

Si esto es así —y sabemos, tanto por la razón como por la revelación, que lo es— Dios debe ser la satisfacción suprema de todos nuestros deseos [10]. Si necesitáramos algo más que Dios para estar plenamente satisfechos, aún habría algo que alcanzar más allá de Dios, en cuyo caso Él no podría ser nuestro fin último.

Como Él es nuestro fin último, todos nuestros deseos deben encontrar su plenitud en Él. Mediante la revelación divina confiada a la Iglesia, sabemos que esta plenitud se halla en la visión beatífica: una visión sobrenatural que trasciende todo lo que la naturaleza humana, por sí sola, podría desear o alcanzar.

En terminología teológica, se dice que Dios es el objeto suficiente y necesario de nuestra bienaventuranza.

Dios es el objeto suficiente , porque al poseer a Dios, poseemos todo lo necesario para la felicidad perfecta.

Como lo expresa el teólogo de mediados del siglo XX Joseph F. Sagües, SJ, Dios es el “bien supremo” que contiene “en sí mismo… de manera ilimitada y excelente… todo lo que puede traer felicidad a un hombre” [11].

Dios es el objeto necesario porque sin Él no podemos ser verdaderamente felices. Sagües explica:

Puesto que el objeto de la voluntad humana es todo lo bueno, y el objeto del intelecto es todo el ser, Dios, como bien supremo y ser supremo, es el objeto de esas facultades y, de hecho, el principal. Por lo tanto, es el último objeto, hasta tal punto que sin él estas facultades no pueden ser satisfechas [12].

En otras palabras, los bienes menores pueden satisfacer nuestro intelecto y voluntad hasta cierto punto, pero solo Dios puede satisfacer plenamente nuestra naturaleza racional. Por lo tanto, solo en la presencia de Dios podemos encontrar nuestra plenitud y bienaventuranza duradera.

Conclusiones

En este artículo, hemos visto que la Iglesia Católica enseña que el objeto esencial de nuestra bienaventuranza eterna es Dios mismo. Quienes mueren en estado de gracia santificante lo verán tal como es por toda la eternidad, y en esa visión sobrenatural encontrarán su felicidad suprema. Este estado se llama Cielo.

En el próximo artículo, profundizaremos en la exploración de esta sublime verdad.

Notas:

1) Catecismo del Concilio de Trento, art. XII, “Vida eterna”.

2) “Heaven”, The Catholic Encyclopedia (1913).

3) Papa Benedicto XII, Benedictus Deuss, 1336.

4) Concilio de Florencia, Sexta Sesión, 6 de julio de 1439.

5) John Henry Newman, Holiness Necessary for Future Blessedness (La santidad necesaria para la bienaventuranza futura), Parochial and Plain Sermons (Sermones parroquiales y sencillos), vol. I, sermón I.

6) San Agustín de Hipona, Confesiones , III.

7) San Agustín de Hipona, La Ciudad de Dios , X.3. 

8) San Gregorio Nacianceno, citado por el Rev. Joseph F. Sagües, Summa Theologiae Sacrae IVB, p 317.

9) John Henry Newman, God the Sole Stay for Eternity (Dios, el único sustento para la eternidad), Meditations and Devotions (Meditaciones y devociones). Fuente: https://www.newmanreader.org/works/meditations/meditations12.html#doctrine23.

10) Que Dios es el fin último de toda su creación queda demostrado en la rama de la filosofía llamada teología natural.

11) Sagües, STS IVB , págs. 317-18.

12) Sagües, STS IVB , pág. 318.