101. Jesús pregunta a su Madre acerca de los discípulos.
Tarde del 13 de febrero de 1944.
1 Ahora veo –aproximadamente dos horas después de la anteriormente descrita– la casa de Nazaret. Reconozco la pequeña habitación del adiós (52), que da al huerto, donde ahora plantas y árboles están completamente cubiertos de frondas.
Jesús está con María. Sentados el uno junto al otro en el asiento de piedra que está adosado a la casa. Parece que la cena ya ha tenido lugar y que, mientras los otros se han retirado, Madre e Hijo se deleitan mutuamente en una dulce conversación.
La voz interna me dice que ésa es una de las primeras veces que Jesús vuelve a Nazaret después del Bautismo, después del ayuno del desierto y, sobre todo, de la constitución del Colegio Apostólico.
El narra a su Madre sus primeras jornadas de evangelización, las primeras conquistas de corazones.
María está pendiente de los labios de su Jesús. Está más delgada, más pálida, como si hubiera sufrido en este tiempo; bajo sus ojos se han excavado dos sombras, como las de quien mucho llora y piensa. Pero ahora está feliz y sonríe. Sonríe acariciando la mano de su Jesús. Se siente feliz de tenerle ahí, de estar corazón a corazón con El, en el silencio de la tarde que cae.
Debe de ser verano, porque ya la higuera tiene sus primeros frutos maduros, que llegan incluso hasta la casa, y Jesús, poniéndose en pie, coge algunos de ellos; los más hermosos se los da a su Madre, pelándolos con cuidado y ofreciéndolos en una corona de piel vuelta como si fueran capullos blancos estriados de rojo, en una corola de pétalos: cándidos, dentro; violáceos, fuera. Los ofrece sobre la palma de su mano y sonríe al ver que su Madre los saborea.
2 Luego, a quemarropa, le pregunta: “Mamá, ¿has visto a los discípulos? ¿Qué piensas de ellos?”.
María, que iba a llevarse a la boca el tercer higo, levanta la cabeza, suspende el gesto, se estremece... mira a Jesús.
“¿Qué piensas de ellos, ahora que te los he dado a conocer a todos?” insta Jesús.
“Creo que te quieren y que podrás conseguir mucho de ellos. Juan... ámale a Juan como sabes amar. Es un ángel. Yo estoy tranquila cuando pienso que está contigo. También Pedro... es bueno. Más duro, porque es más anciano, pero genuino y convencido. Y también su hermano. Ellos te quieren tal y como son capaces de hacerlo por ahora. Más adelante te querrán más. También nuestros primos, ahora que se han convencido, te serán fieles. Pero, el hombre de Keriot... ése no me gusta, Hijo. Su ojo no es límpido y su corazón menos aún; me da miedo”.
“Contigo es todo respeto”.
“Demasiado respeto. También contigo es todo respeto. Pero no es por ti como Maestro; es por ti como futuro Rey, de quien espera provecho y lustre. En Keriot no era nada, apenas un poco más que los demás. Espera obtener a tu lado un papel de importancia y... ¡Jesús!, no quiero ofender a la caridad, pero pienso, aunque no quiero pensarlo, que, en el caso de que Tú le defraudes, él no dudará en suplantarte, en tratar de hacerlo. Es ambicioso, ávido y vicioso. Más apto para ser cortesano de un rey terreno que no apóstol tuyo, Hijo mío. ¡Me da miedo!”. Y la Mamá mira a su Jesús con dos ojos asustados en su cara pálida.
3 Jesús suspira. Piensa. Mira a su Madre. Le sonríe para animarla:
“Esto también es necesario, Mamá. Si no fuera él, sería otro. Mi Colegio tiene que representar al mundo, y, en el mundo, no todos son ángeles, ni todos son del temple de Pedro y Andrés. Si eligiera todas las perfecciones, ¿cómo podrían las pobres almas enfermas atreverse a esperar hacerse mis discípulas? Yo he venido a salvar lo perdido, Mamá. Juan de por sí está salvado. Pero, ¡cuántos no lo están!”.
“No tengo miedo de Leví. El se ha redimido, porque se ha querido redimir. Ha dejado su pecado junto con su banco de tasador y se ha transformado en un alma nueva para ir contigo. Pero Judas de Keriot, no; es más, el orgullo hace cada vez más suya su vieja alma fea. Pero Tú sabes estas cosas, Hijo. ¿Por qué me las preguntas? Yo no puedo hacer más que orar y llorar por ti. Tú eres el Maestro, maestro también de tu pobre Mamá”.
La visión cesa aquí.
Dice Jesús:
“Pequeño Juan, mucho trabajo hoy. Pero es que llevamos un día de retraso y no se puede ir despacio. Te he dado la fuerza para esto, hoy.
Te he concedido las cuatro contemplaciones (53) para poderte hablar acerca de los dolores de María y míos, preparatorios de la Pasión. Debería haberte hablado de ellos ayer, sábado, día dedicado a mi Madre, pero he sentido piedad. Hoy se recupera el tiempo perdido. Después de los dolores que te he dado a conocer, María ha tenido también éstos; y Yo con Ella.
“Mi mirada había leído en el corazón de Judas Iscariote. Nadie debe pensar que la Sabiduría divina, no haya sido capaz de comprender aquel corazón. Pero como dije a mi Madre, él me era necesario (54). ¡Ay de él, que fue traidor! Pero era necesario un traidor. Doble, astuto, avariento, lujurioso, ladrón; más inteligente y más culto que el resto de la masa, había sabido imponerse a todos. Audaz, me allanaba el camino, aun cuando fuese difícil. Le gustaba sobre todo, sobresalir y hacer resaltar su puesto de confianza que tenía conmigo. No era servicial por instinto de caridad, sino que era uno como aquellos que llamaríais “convenencieros”. Esto también le permitía tener la bolsa y acercarse a las mujeres. Dos cosas que, juntas con la tercera: los cargos humanos, amaba desenfrenadamente.
La Pura, la Humilde, la Separada de las riquezas terrenales, no podía menos que sentir asco por aquella sierpe. También Yo lo tenía. Yo sólo, y el Padre y el Espíritu, sabemos qué esfuerzos tuve que hacer para tenerlo junto a Mí. Te lo explicaré en otra ocasión.
Igualmente no ignoraba la hostilidad de los sacerdotes, fariseos, escribas y saduceos. Eran zorras astutas que trataban de empujarme a su trampa para atraparme. Tenían hambre de mi sangre, y buscaban poner engaños a fin de sorprenderme, para tener armas con qué acusarme, y quitarme de en medio. La asechanza duró tres largos años y no se aplacó sino cuando me vieron muerto. Esa noche durmieron felices. La voz del acusador se había extinguido para siempre. Lo creían. ¡No! No estaba todavía extinguida. No lo será jamás y truena y truena y maldice a sus semejantes. ¡Cuánto dolor tuvo mi Madre por culpa de ellos! Y no olvido ese dolor.
Que el pueblo sea mudable no es cosa nueva. Es la fiera que lame la mano del domador, si está armada con la vara o si ofrece un pedazo de carne a su hambre. Pero basta que caiga el domador, y no pueda usar la vara, o que no tenga nada para su hambre, que ella se arroja y lo destroza. Basta decir la verdad y ser buenos, para que la multitud lo odie a uno después del primer momento de entusiasmo. La verdad es reproche y aviso. La bondad despoja de la vara y logra hacer que los buenos no tengan miedo. Por lo cual: “Crucifícale”… después de haber dicho “¡Hosanna!”. Mi vida de Maestro está llena de estos dos gritos. El último fue: “Crucifícale”. El hosanna es como el aliento que toma el cantor para dar un agudo. María en la tarde del Viernes Santo volvió a oír dentro de sí todos los hosannas mentirosos, que fueron aullidos de muerte para su Hijo, y quedó deshecha. Esto también no lo olvido.
La debilidad de los apóstoles. ¡Cuánta! Los llevaba en los brazos, para levantarlos al Cielo, cual piedras pesadas que tiraban hacia la tierra. También los que no se creían ministros de un rey temporal, como Judas Iscariote, los que no pensaban como él en subir, cuando llegare la oportunidad, al trono, más estaban siempre ansiosos de gloria (55). Llegó el día en que mi Juan y su hermano ambicionaron esta gloria que os fascina cual espejismo aún en la cosas celestiales. No es el anhelo santo del Paraíso, que deseo que tengáis.
Pero no sólo esto, sino que es un intercambio odioso, a la manera de un usurero, porque por un poco de amor que habéis dado a quien Yo os dije que debíais entregaros completamente, pretendéis un puesto a su derecha en el Cielo.
No, hijos, no. Primero es necesario saber beber todo cáliz que bebí Yo. Todo: con su caridad prodigada en recompensa del odio, con su castidad contra las voces de los sentidos, con su heroicidad en las pruebas, con su holocausto por amor de Dios y de los demás hermanos. Luego, cuando todo el deber se haya cumplido, hay que decir: “Somos siervos inútiles” y esperar que mi Padre y vuestro os conceda, por su bondad, un lugar en su Reino. Es menester despojarse, como me has visto despojado en el Pretorio, de todo lo que es humano, conservando solo lo que es indispensable como el don de Dios que es la vida y darla por los hermanos a los que podemos ser más útiles desde el cielo que en la tierra, y dejar que Dios os revista con la estola inmortal emblanquecida con la sangre del Cordero”.
Te he mostrado los dolores preparatorios de la Pasión. Otros te mostraré. Aun no dejando de ser dolores, el contemplarlos ha supuesto un descanso para tu alma. Ya basta. Queda en paz”.
Continúa...
Notas:
52) descrita en 44. 1.
53) Cuyo comentario comienza aquí, fueron escritas en bloque en la misma fecha: 13 de febrero de 1944, por la tarde; pero han tenido colocaciones distintas. La primera corresponde a 106.1; la segunda corresponde a todo el capítulo 101; la tercera corresponde a 106.2/4; la cuarta corresponde a 106.5/7 y va seguida del comentario.
54) Lea el cap. anterior y compárelo con Mt. 18, 5–11; 26, 20–25; Mc. 14, 17–21; Lc. 17, 1–3; 22, 14 y 21–23; Ju. 13, 21–30.
55) Cfr. Mt. 20, 23; Mc. 10, 35–40.
“No tengo miedo de Leví. El se ha redimido, porque se ha querido redimir. Ha dejado su pecado junto con su banco de tasador y se ha transformado en un alma nueva para ir contigo. Pero Judas de Keriot, no; es más, el orgullo hace cada vez más suya su vieja alma fea. Pero Tú sabes estas cosas, Hijo. ¿Por qué me las preguntas? Yo no puedo hacer más que orar y llorar por ti. Tú eres el Maestro, maestro también de tu pobre Mamá”.
La visión cesa aquí.
“¡Cuán grande es la fragilidad humana de los apóstoles!”
“Pequeño Juan, mucho trabajo hoy. Pero es que llevamos un día de retraso y no se puede ir despacio. Te he dado la fuerza para esto, hoy.
Te he concedido las cuatro contemplaciones (53) para poderte hablar acerca de los dolores de María y míos, preparatorios de la Pasión. Debería haberte hablado de ellos ayer, sábado, día dedicado a mi Madre, pero he sentido piedad. Hoy se recupera el tiempo perdido. Después de los dolores que te he dado a conocer, María ha tenido también éstos; y Yo con Ella.
“Mi mirada había leído en el corazón de Judas Iscariote. Nadie debe pensar que la Sabiduría divina, no haya sido capaz de comprender aquel corazón. Pero como dije a mi Madre, él me era necesario (54). ¡Ay de él, que fue traidor! Pero era necesario un traidor. Doble, astuto, avariento, lujurioso, ladrón; más inteligente y más culto que el resto de la masa, había sabido imponerse a todos. Audaz, me allanaba el camino, aun cuando fuese difícil. Le gustaba sobre todo, sobresalir y hacer resaltar su puesto de confianza que tenía conmigo. No era servicial por instinto de caridad, sino que era uno como aquellos que llamaríais “convenencieros”. Esto también le permitía tener la bolsa y acercarse a las mujeres. Dos cosas que, juntas con la tercera: los cargos humanos, amaba desenfrenadamente.
La Pura, la Humilde, la Separada de las riquezas terrenales, no podía menos que sentir asco por aquella sierpe. También Yo lo tenía. Yo sólo, y el Padre y el Espíritu, sabemos qué esfuerzos tuve que hacer para tenerlo junto a Mí. Te lo explicaré en otra ocasión.
Igualmente no ignoraba la hostilidad de los sacerdotes, fariseos, escribas y saduceos. Eran zorras astutas que trataban de empujarme a su trampa para atraparme. Tenían hambre de mi sangre, y buscaban poner engaños a fin de sorprenderme, para tener armas con qué acusarme, y quitarme de en medio. La asechanza duró tres largos años y no se aplacó sino cuando me vieron muerto. Esa noche durmieron felices. La voz del acusador se había extinguido para siempre. Lo creían. ¡No! No estaba todavía extinguida. No lo será jamás y truena y truena y maldice a sus semejantes. ¡Cuánto dolor tuvo mi Madre por culpa de ellos! Y no olvido ese dolor.
Que el pueblo sea mudable no es cosa nueva. Es la fiera que lame la mano del domador, si está armada con la vara o si ofrece un pedazo de carne a su hambre. Pero basta que caiga el domador, y no pueda usar la vara, o que no tenga nada para su hambre, que ella se arroja y lo destroza. Basta decir la verdad y ser buenos, para que la multitud lo odie a uno después del primer momento de entusiasmo. La verdad es reproche y aviso. La bondad despoja de la vara y logra hacer que los buenos no tengan miedo. Por lo cual: “Crucifícale”… después de haber dicho “¡Hosanna!”. Mi vida de Maestro está llena de estos dos gritos. El último fue: “Crucifícale”. El hosanna es como el aliento que toma el cantor para dar un agudo. María en la tarde del Viernes Santo volvió a oír dentro de sí todos los hosannas mentirosos, que fueron aullidos de muerte para su Hijo, y quedó deshecha. Esto también no lo olvido.
La debilidad de los apóstoles. ¡Cuánta! Los llevaba en los brazos, para levantarlos al Cielo, cual piedras pesadas que tiraban hacia la tierra. También los que no se creían ministros de un rey temporal, como Judas Iscariote, los que no pensaban como él en subir, cuando llegare la oportunidad, al trono, más estaban siempre ansiosos de gloria (55). Llegó el día en que mi Juan y su hermano ambicionaron esta gloria que os fascina cual espejismo aún en la cosas celestiales. No es el anhelo santo del Paraíso, que deseo que tengáis.
Pero no sólo esto, sino que es un intercambio odioso, a la manera de un usurero, porque por un poco de amor que habéis dado a quien Yo os dije que debíais entregaros completamente, pretendéis un puesto a su derecha en el Cielo.
No, hijos, no. Primero es necesario saber beber todo cáliz que bebí Yo. Todo: con su caridad prodigada en recompensa del odio, con su castidad contra las voces de los sentidos, con su heroicidad en las pruebas, con su holocausto por amor de Dios y de los demás hermanos. Luego, cuando todo el deber se haya cumplido, hay que decir: “Somos siervos inútiles” y esperar que mi Padre y vuestro os conceda, por su bondad, un lugar en su Reino. Es menester despojarse, como me has visto despojado en el Pretorio, de todo lo que es humano, conservando solo lo que es indispensable como el don de Dios que es la vida y darla por los hermanos a los que podemos ser más útiles desde el cielo que en la tierra, y dejar que Dios os revista con la estola inmortal emblanquecida con la sangre del Cordero”.
Te he mostrado los dolores preparatorios de la Pasión. Otros te mostraré. Aun no dejando de ser dolores, el contemplarlos ha supuesto un descanso para tu alma. Ya basta. Queda en paz”.
Continúa...
Notas:
52) descrita en 44. 1.
53) Cuyo comentario comienza aquí, fueron escritas en bloque en la misma fecha: 13 de febrero de 1944, por la tarde; pero han tenido colocaciones distintas. La primera corresponde a 106.1; la segunda corresponde a todo el capítulo 101; la tercera corresponde a 106.2/4; la cuarta corresponde a 106.5/7 y va seguida del comentario.
54) Lea el cap. anterior y compárelo con Mt. 18, 5–11; 26, 20–25; Mc. 14, 17–21; Lc. 17, 1–3; 22, 14 y 21–23; Ju. 13, 21–30.
55) Cfr. Mt. 20, 23; Mc. 10, 35–40.
Segundo Tomo:
El Poema del Hombre-Dios (79)
El Poema del Hombre-Dios (80)
El Poema del Hombre-Dios (81)
El Poema del Hombre-Dios (82)
El Poema del Hombre-Dios (83)
El Poema de Hombre-Dios (84)
El Poema del Hombre-Dios (85)
El Poema del Hombre-Dios (86)

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