INTRODUCCION DEL PADRE DE MONTFORT
1 - ORACION A LA SABIDURIA ETERNA
¡Oh Sabiduría eterna, Reina de los Cielos y de la tierra! Postrado humildemente en tu presencia, te ruego que perdones mi atrevimiento al tratar de hablar de tus grandezas, siendo como soy tan ignorante y criminal. ¡No mires, por favor, las tinieblas de mi entendimiento ni las impurezas de mis labios! Y, si las miras, que sea solamente para destruirlas con una mirada de tus ojos y el aliento de tu boca. Posees tantas bellezas y dulzuras, me has preservado de tantos peligros y colmado de tantos favores… Y, sin embargo, ¡eres tan desconocida y despreciada! ¿Cómo podré callar entonces? No sólo la justicia y el agradecimiento, sino hasta mi propio interés, me obligan a hablar de ti, aunque balbuceando como un niño. Pero, balbuceando y todo, quiero aprender a hablar correctamente cuando llegue en ti a la madurez perfecta. Puede parecer que no hay orden ni concierto en lo que escribo. Lo confieso. Es que mi anhelo de poseerte es tan grande, que -como dice Salomón- te busco por todas partes, sin encontrar el camino. Quiero darte a conocer a todos. Porque tú misma has prometido dar la vida eterna a cuantos te esclarezcan y den a conocer a los demás. Acepta, pues, amable Soberana, mi humilde balbucear como si fuera un elocuente discurso.
Acepta los movimientos de mi pluma
Acepta los movimientos de mi pluma
como si fueran otros tantos pasos que diera en busca tuya.
Derrama desde tu excelso trono tantas luces y bendiciones
sobre cuanto quiero decir de ti y hacer por ti,
que cuantos lo oigan
se sientan inflamados por un anhelo renovado
de amarte y poseerte
en el tiempo y la eternidad.
Continúa...
Continúa...

No hay comentarios:
Publicar un comentario