miércoles, 1 de junio de 2022

¿MIEDO A LA MUERTE SOCIAL?

Alguien ha observado agudamente que el éxito de la llamada “campaña de სαcunación” no se debe tanto al miedo a morir como al de ser completamente excluido de la vida social. 

Por Don Elía


En nuestra sociedad, la muerte se ha convertido en un atractivo, no sólo en la ficción lúdica y cinematográfica, sino incluso en la dura realidad de la violencia, los accidentes o los suicidios filmados y difundidos en la Red con el único fin de maximizar, con reprobable cinismo, las opiniones y satisfacción. El gusto morboso por este tipo de espectáculo enfermizo predispone paulatinamente a la psiquis a categorizar crímenes de una gravedad sin precedentes y acciones absolutamente inaceptables en la "normalidad", facilitando el proceso de la ventana de Overton. La matanza interminable de seres humanos en el útero se percibe ahora como un derecho sagrado e intangible de las mujeres, mientras que la supresión de los enfermos terminales se practica tácitamente desde hace tiempo como si fuera la regla, incluso antes de la legalización. El suicidio asistido está permitido en varios países europeos incluso por razones triviales: basta la impresión subjetiva de que una existencia ya no es digna de ser prolongada o cualquier malestar psíquico, aunque sea leve.

No es, pues, la muerte física lo que aterroriza a los individuos, que a menudo se ven atrapados por ella debido no sólo al peso insoportable de vivir en la "civilización" del consumo, sino también a esa aura seductora de misterio que, por ignorancia religiosa, envuelve a lo desconocido de la otra vida. Muchos están persuadidos de llegar automáticamente al mundo feliz de las fábulas gnósticas, en el que la chispa divina, ahora prisionera del cuerpo, se reuniría con la gran luz de la que se desprendería... cuando en cambio se encontrarán frente al Juicio, para dar cuenta de sus pecados. Es difícil creer hasta qué punto la basura de la nueva era, con sus indemostrables conceptos esotéricos tomados del hinduismo, ha penetrado en la mentalidad y el lenguaje incluso de muchos católicos practicantes (pero poco educados). Visto más de cerca, en realidad se trata de una visión nihilista en la que la persona se anula a sí misma tanto en la conciencia de su propia individualidad como en la de sus obligaciones morales. La actividad de la conciencia se disuelve en un nebuloso sentimentalismo moralista completamente ciego a las verdaderas faltas, a pesar de su gravedad.

En la pseudomística de la unión con el todo, el individuo es succionado por un torbellino de impureza y lujuria, a través del cual trata de superar la sensación de aislamiento y finitud que lo atenaza, si no de perforar el sofocante capó del materialismo con la ilusión de pudiendo superarse a sí mismo en un acto de manifestación que, sin embargo, queda estéril, haciéndole caer cada vez en una frustrante sensación de vacío e impotencia. 

Con una remoción completa de la trascendencia, en realidad, es imposible que el hombre se apacigue y encuentre sentido a su propia existencia, ya que ha olvidado su origen y quitado del horizonte su fin último. 

La percepción de su identidad, privada de la base metafísica, se disuelve en la necesidad de pertenecer a un grupo, sin el cual cree que no puede existir. En un clima cultural así, la exclusión social aparece como el peor de los males posibles, dado que las personas se han vuelto incapaces de vivir de forma independiente y ya no pueden prescindir de un entorno con el que estar constantemente conectados, aunque sea digitalmente.


Sin embargo, esta situación no necesariamente favorece el crecimiento de relaciones genuinas; por el contrario, estar constantemente en relación surge de un cálculo egoísta y crea adicción. Los demás, en efecto, no se buscan en vista del bien común, sino en función de las necesidades individuales, a menudo fútiles o artificiales. La persona retrocede fácilmente a una etapa infantil prerracional en la que se cree el centro de todo, exenta de todo deber y dotada sólo de derechos incuestionables. El resultado de este proceso, inevitablemente, es un conflicto perenne y generalizado en todos los ámbitos: cada uno prefiere culpar de su malestar a otro sin cuestionar sus propias faltas, dado que su conciencia, disuelta en la comunidad, ya no le permite percibirse a sí mismo como único portador de la responsabilidad. Si uno no puede evitar admitir un problema presente en sí mismo, con la ayuda de cierta psicología puede identificar la causa exclusiva en los padres u otras figuras con autoridad, con el efecto análogo de liberarse de cualquier carga.

No es difícil comprender cómo, en una condición de tal inmadurez y falta de autonomía, el simple hecho de ser apartado de la vida de la sociedad es capaz de desencadenar ansiedades y angustias insoportables. Mientras que una relación sana puede persistir incluso en un desapego físico prolongado, la fiebre de la sociabilidad no puede prescindir de contactos y relaciones continuas, por superficiales y decepcionantes que sean. Hoy, por ejemplo, sería impensable que una chica, como durante la última guerra mundial, esperara años a que su novio regresara del frente, contentándose con unas letras pequeñas: si no puede mantenerlo en el teléfono al menos dos horas al día, se siente morir, mientras que no estar actualizada en tiempo real sobre cada uno de sus movimientos desencadena sus fobias al abandono o la traición. La belleza de las relaciones humanas se transforma así en una esclavitud paralizante, una prisión sin salida, una pesadilla poblada de dudas, sospechas y obsesiones que fácilmente pueden degenerar en estados patológicos e imposibilitar la estabilidad de la relación.

El resultado obtenido es, pues, el contrario al deseado, pero corresponde perfectamente a los objetivos que se marcaron los maestros del vapor: una sociedad desintegrada, atomizada y escindida en frentes opuestos puede ser manipulada a voluntad, para que pueda orientarse según planes predeterminados que explotan el miedo de los individuos, de hecho, cada vez más aislados e impotentes, a merced de acontecimientos que escapan a su poder, programados mentalmente con una propaganda que los martilla por todas partes y sin tregua, gracias a teléfonos celulares conectados a la Red y que se han vuelto prácticamente indispensables. Es por eso que la mayoría de los ciudadanos, ya sea por temor a enfermarse, a ser excluidos o a perder sus trabajos, han aceptado ser envenenados con el pretexto de prevenir una supuesta enfermedad cuya tasa de letalidad resultó ser ser muy baja, sino que la presentaban como "la nueva peste bubónica". A medida que esa ola de terror ha amainado, los payasos del sistema comienzan a alarmar a las masas nuevamente con otra "amenaza mortal", pero los "culpables" ya no son murciélagos, sino los monos...


Ahora veremos cómo se posiciona la jerarquía cómplice ante la nueva puesta en escena, con la esperanza de que, esta vez, se vea sacudida por un salto de dignidad y sensatez. Además, muchos eclesiásticos tendrán que dar cuenta de la cooperación directa prestada, de palabra y obra, con la masacre que acaba de comenzar: ya son miles las víctimas de enfermedades no clasificadas, así como de inexplicables patologías del sistema nervioso y del aparato cardiovascular, de tumores despertados de su estado latente o desarrollados con increíble rapidez… No es exagerado hablar, en este caso, de genocidio planeado y llevado a cabo por gobernantes similares a bioterroristas, partidarios, no en vano, de neonazis ucranianos manejados por las altas finanzas anglo-sionistas. 

El castigo que está a punto de caer sobre ellos será muy duro, pero mucho más severo es el que corresponde a aquellos que, como pastores, debieron haber defendido el rebaño, antes que entregarlo a los lobos. Ni siquiera la galaxia de instituciones que han contribuido activamente a la propaganda que promueve la muerte escapará. En última instancia, un sano temor debe aguijonear a todo hombre razonable, tanto más si tiene fe: no la de la muerte social, sino la de la muerte súbita y el juicio divino. Es la caridad la que nos impulsa a recordarlo.

Tempus est ut incipiat iudicium a domo Dei
(1 Pt 4, 17).





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