domingo, 26 de junio de 2022

LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA Y LA ACTUALIDAD ARGENTINA

Los cristianos de hoy, debemos afrontar cristianamente los problemas que se nos presentan en una sociedad descristianizada; y que, cada vez con menor disimulo, contradice las verdades de un orden social auténticamente humano

Por Monseñor Héctor Aguer


Se afirma frecuentemente que la formulación moderna de la Doctrina Social de la Iglesia tuvo origen con la encíclica Rerum Novarum, de León XIII, publicada en 1891. El corpus doctrinal, y las orientaciones prácticas que el ilustre pontífice ofreció a la Iglesia, deben leerse en continuidad y a la vez apreciando el contraste con la obra de sus predecesores inmediatos, Pío IX y Gregorio XVI.

En el Syllabus de errores modernos que acompañaba a la Encíclica Quanta cura, Pío IX condenó una proposición según la cual el Romano Pontífice -la Iglesia, en realidad- debía reconciliarse con la civilización moderna; es decir, con la cultura inspirada por la Revolución Francesa, de 1789, y su mentiroso lema de libertad, igualdad y fraternidad, difundido por la Masonería, que se había apoderado del gobierno de varios estados. La astucia diabólica consistía en pretender que la Iglesia se “reconciliara” con sus perseguidores, o sea que dejara de luchar contra ellos, y de denunciar sus insidias, y se entregara mansamente. León XIII presentó en términos positivos la enseñanza de sus predecesores, con un lenguaje claro, firme y sereno a la vez, actualizado a la evolución de las circunstancias, caracterizando la persistencia de los errores modernos y oponiéndoles con nuevos argumentos la verdad de la ley natural, de la revelación bíblica y de la Tradición católica. Las encíclicas Diuturnum illud, Libertas praestantissimum, Immortale Dei opus y Sapientiae christianae constituyen, no tanto un nuevo Syllabus, cuanto un tratado completo acerca de la naturaleza de la sociedad política, y sus relaciones con la Iglesia de Cristo, un desarrollo de lo que en germen podemos reconocer en el Nuevo Testamento y, en especial, en las Cartas del Apóstol San Pablo; textos en los que se expresa la actitud de la Iglesia ante la sociedad pagana y el discernimiento que necesariamente acompaña a la problemática suscitada por el intento evangelizador.

Considero oportuno destacar un tema especial. León XIII criticó al liberalismo, y le atribuyó la injusticia del capitalismo desalmado; que reducía prácticamente a la esclavitud a los obreros del desarrollo industrial en ciernes. La Encíclica Rerum Novarum llevaba por subtítulo: “Sobre la condición de los obreros” (de conditione opificum). Subrayo el hecho de que el conjunto de la obra leoniana configura un corpus doctrinal, que ha servido de base y acicate para la continuidad del crecimiento oportuno de las intervenciones de los pontífices que le sucedieron. 

San Vicente de Lerins, en el siglo V, había señalado cómo la doctrina dogmática y moral, las instituciones eclesiales y su relación con la cultura profana se caracterizaban por su desarrollo homogéneo: para expresar con lenguaje renovado (nove) una doctrina idéntica, la verdad de siempre, que no admite cosas nuevas (nova) porque ella, siendo siempre la misma, es siempre nueva, en cuanto es expresada según la oportunidad que reclama la historia. El principio de la evolución homogénea vale, a fortiori, para la Doctrina Social de la Iglesia, la cual brinda criterios de prudente actualización.

El constructivismo es una corriente filosófica que se verifica también en el ámbito socio-político: niega que existe una naturaleza de la sociedad, y su referencia a la ley natural y a la Revelación divina. La negación del constructivismo es metafísica: el concepto mismo de naturaleza es liquidado; todo es obra del ingenio humano, cuyas realizaciones reemplazan a todo lo dado, y por lo tanto, su inventiva carece de límites objetivos. Las consecuencias en el desorden socio-político son fatales para la sociedad. El Estado pseudodemocrático, desarrollado ideológicamente en no pocos países, y también en Argentina, queda en manos de dirigentes que forman una casta, que medra y vive de lo que producen quienes trabajan. Esta organización perversa abruma con impuestos arbitrarios al mundo de la producción (el mundo rural, el campo, es para ella el enemigo por excelencia, más cercano a la naturaleza), y lo somete impositivamente para financiar su populismo. La carencia de trabajo genuino es cubierta con dádivas, subsidios, y “planes” financiados por la inflación.

La falla principal es, en mi opinión, de orden político: el electoralismo es un remedo de la auténtica democracia. La población debe someterse al sistema, y sus esperanzas quedan defraudadas en cada turno; en el que la casta retiene su poder e inclusive lo incrementa.

La situación que acabo de escribir es típica en Hispanoamérica, salvo quizá unas pocas excepciones. La Argentina no escapa a este destino trágico. A comienzos del siglo XX -pongamos por ejemplo 1920 o 1925-, después de las excelentes presidencias (dos períodos) del General Julio Argentino Roca, nuestro país se encontraba en una línea de largada hacia un futuro de grandeza. Y, junto a Canadá y Australia, constituían los tres una esperanza admirada por el resto de las naciones, y envidiada probablemente por ellas. Los dos países citados, miembros del Imperio Británico, se independizaron y alcanzaron el grado de desarrollo del que actualmente gozan. No examino a esta altura de mi reflexión la problemática moral y religiosa, que comparten con la Europa occidental poscristiana; me ocupo ahora solamente del sustrato material -organización política, situación económica y social-, y el estado de la población, tal como puede apreciarlo un periodismo objetivo. La Argentina, en cambio, se empantanó en los años treinta del siglo pasado: nosotros tuvimos a Perón, y aún nos afecta su herencia polimorfa, pluriforme. Me apresuro a señalar que no soy “gorila”, como se llama desde 1955 a los opositores sistemáticos, liberales o izquierdistas. Procuro esbozar un juicio prudente, con base en la Doctrina Social de la Iglesia, a la que me refiero al comienzo de este trabajo. Hemos padecido -ya veremos que, según pienso, seguimos sufriendo- la rémora de la inmoralidad política y social, que se ha afianzado al ritmo de la difusión del mito peronista, el cual continúa seduciendo a ciertos sectores de la Iglesia. Es un populismo engañoso que, tras un período relativamente exitoso en los años de la inmediata posguerra mundial -no me detengo ahora a evaluar el costo de ese relativo éxito-, nos ha sometido a sus variantes ideológicas, que se han sucedido de acuerdo con un pragmatismo hipócrita. El mito ha sobrevivido a todos los tumbos ideológicos, y nos ha hundido progresivamente en la pobreza. Señalo el engaño sufrido por una población malsanamente peronizada; que ha encarnado los vicios de ese movimiento histórico, y no sus virtudes, que algunas posee. Lo que suele llamarse kirchnerismo nos agobia actualmente (¿es peronista?), con un desvergonzado extremo de corrupción en favor de la casta (reducida a la familia Kirchner); y un ideologismo resentido, que multiplica los ataques a la Justicia, en busca de una impunidad que ni los reyes conocen.

Proyectando sobre la actualidad argentina los principios de la Doctrina Social de la Iglesia, me animo a sostener que el gobierno actual practica una especie de socialismo retardatario, contrario al orden natural. El Estado, al que no le faltan inspiradores marxistas, se ha convertido en un elefante que pisotea el trabajo de quienes producen. Se agita un proyecto presentado como un modelo de inclusión social, sin aparente costo y financiado por la fabricación de pesos sin valor; las personas se desprenden de sus billetes lo antes que pueden, y así acelera una inflación que es una enfermedad congénita, soportada con la estéril ilusión de superarla un día. Las medidas antiinflacionarias de las que el gobierno se ufana sólo consiguen agravar el fenómeno. Un análisis periodístico reciente descubre, con lucidez, el drama de la situación actual: pareciera que los gobernantes ignoran “cómo funciona una sociedad, para que los incentivos se ordenen en sentido provechoso para el conjunto y no sólo para quienes disfrutan de cargos y cajas del Estado, con agendas personales ajenas al descalabro que su ignorancia provoca”. Hechos insólitos, una vergüenza para un país serio y responsable, son consumados ante un mínimo asombro de los ciudadanos: la vicepresidente de la Nación, autora del engendro bicéfalo que es el actual gobierno, se empeña a fondo en el manoseo del Poder Judicial -apunta a la mismísima Corte Suprema-, para lograr una impunidad que se encuentra amenazada por las causas de corrupción que la fastidian. Ya debería estar en la cárcel. Esta burla al régimen republicano consagrado en la Constitución Nacional, hace de la Argentina de hoy una lamentable republiqueta.

Durante los mandatos de la señora K se aprobaron el aborto y el autoproclamado “matrimonio” homosexual. La ideología de género rige en las disposiciones del Estado, y en el sistema educativo; mientras éste es incapaz de asegurar los resultados académicos elementales como aprender a leer y escribir, pero los deforma intelectual y moralmente desde niños. El próximo atentado contra la vida que puede temerse es una ley de legalización de la eutanasia. En el contexto que sumariamente he descrito debe desarrollarse la vida cristiana de los argentinos. La Doctrina Social de la Iglesia se encuentra en íntima conexión por la fe, y hunde sus raíces en la gran Tradición eclesial; por eso corresponde una reacción virtuosa contra semejante descalabro, una reacción intelectual y moral. La palabra de la predicación no puede -no debe- omitir la exhortación a los fieles, y el testimonio ante quienes no son miembros de la Iglesia, para que se recobre públicamente la verdad del orden moral, que ha de regir a una sociedad auténticamente humana.

En su Carta a los Romanos, el Apóstol San Pablo presenta el orden social como una disposición de Dios (en el griego original de Rm 13, 2 se dice diatagē) a la cual no se debe resistir. El poder (exousía) viene de Dios, y toda persona, todo ciudadano, debe respetarlo, sujeto a él (hypotassésthō). Pablo escribe como exponiendo un principio, pero notemos que el poder al que se refiere es, en concreto, el del Imperio Romano. El que obra bien -continúa- no tiene nada que temer, pero el que obra mal sepa que no en vano (ou gar eikē, Rm 13, 4) lleva la espada. Las autoridades (árjontes, Rm 13, 3) están establecidas al servicio del bien. Este pasaje del texto sagrado contiene en germen toda la doctrina de la Iglesia sobre el orden temporal de la sociedad; que fue desarrollada a lo largo de los siglos. Es inconcebible, y contrario a la disposición divina, que el poder de la ciudad terrenal se ponga al servicio del mal, y deba ser temido por quienes hacen el bien. El político de hoy, que vive atrapado por sus ambiciones, debería saber, y aceptar, que es ministro (diákonos, Rm 13, 4) de Dios, para nuestro bien. La exposición del Apóstol en la Carta a los Romanos se dirigía a los fieles que vivían en una sociedad pagana. Como palabra de Dios nos ilustra a nosotros, los cristianos de hoy, para que podamos afrontar correctamente -cristianamente- los problemas que se nos presentan en una sociedad descristianizada; y que, cada vez con menor disimulo, contradice las verdades de un orden social auténticamente humano.

El ensayo que acaba de leerse me ha sido inspirado por una intención netamente pastoral. No me ha movido una postura política, ideológica, sino el propósito de aplicar la Doctrina Social de la Iglesia. Sería muy útil poder esbozar una historia de las relaciones de la ciudad cristiana con los regímenes vigentes en el orden temporal; un asunto que excede, ampliamente, mis capacidades. Pero no he querido reiterar afirmaciones principistas, “estratosféricas”, que según estimo no sirven a nadie.

+ Héctor Aguer
Arzobispo Emérito de La Plata


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