sábado, 1 de abril de 2000

SAPIENTIAE CHRISTIANAE (10 DE ENERO DE 1890)


ENCÍCLICA

SAPIENTIAE CHRISTIANAE

Sobre los cristianos como ciudadanos

A los Patriarcas, Primados, Arzobispos y Obispos del mundo católico en gracia y comunión con la Sede Apostólica.

1. Cada día se hace más evidente la necesidad de tener siempre presentes los principios de la sabiduría cristiana y de que la vida, la moral y las instituciones de las naciones se ajusten totalmente a ellos. Porque, cuando se han ignorado estos principios, se han acumulado males tan vastos que ningún hombre de mente recta puede afrontar las pruebas del momento sin grave ansiedad o considerar el futuro sin alarma. Se ha hecho un progreso nada despreciable para asegurar el bienestar del cuerpo y de las cosas materiales, pero el mundo material, con la posesión de riquezas, poder y recursos, aunque puede procurar comodidades y aumentar el disfrute de la vida, es incapaz de satisfacer nuestra alma creada para cosas más altas y gloriosas. Contemplar a Dios y tender a Él es la ley suprema de la vida del hombre. Pues hemos sido creados a imagen y semejanza divina, y estamos impulsados, por nuestra propia naturaleza, al disfrute de nuestro Creador. Pero no por el movimiento o esfuerzo corporal avanzamos hacia Dios, sino por actos del alma, es decir, por el conocimiento y el amor. Porque, en efecto, Dios es la primera y suprema verdad, y la mente sólo se alimenta de la verdad. Dios es la santidad perfecta y el bien soberano, al que sólo la voluntad puede desear y alcanzar, cuando la virtud es su guía.

2. Pero lo que se aplica a los hombres individuales se aplica igualmente a la sociedad, tanto doméstica como civil. La naturaleza no ha formado la sociedad para que el hombre busque en ella su último fin, sino para que en ella y por ella encuentre los medios adecuados para alcanzar su propia perfección. Por lo tanto, si un gobierno político se esfuerza sólo por obtener ventajas externas y lograr una vida culta y próspera; si, al administrar los asuntos públicos, suele dejar de lado a Dios y no muestra ninguna preocupación por el cumplimiento de la ley moral, se desvía lamentablemente de su curso correcto y de los mandatos de la naturaleza; ni debe ser considerado como una sociedad o una comunidad de hombres, sino sólo como la imitación engañosa o la apariencia de una sociedad.

3. En cuanto a lo que hemos llamado los bienes del alma, que consisten principalmente en la práctica de la verdadera religión y en la observancia inquebrantable de los preceptos cristianos, vemos que cada día pierden estima entre los hombres, ya sea por olvido o desprecio, de tal manera que todo lo que se gana para el bienestar del cuerpo parece perderse para el del alma. Una prueba sorprendente de la disminución y el debilitamiento de la fe cristiana se ve en los insultos que con demasiada frecuencia se hacen a la Iglesia católica, abierta y públicamente -insultos, por cierto, que una época que apreciaba la religión no habría tolerado. Por estas razones, una increíble multitud de hombres está en peligro de no alcanzar la salvación; y ni siquiera las naciones y los imperios mismos pueden permanecer indemnes por mucho tiempo, ya que, cuando las instituciones cristianas y la moralidad decaen, el fundamento principal de la sociedad humana se va con ellas. Sólo la fuerza podrá preservar la tranquilidad y el orden públicos. Pero la fuerza es muy débil cuando el baluarte de la religión ha sido eliminado, y, siendo más apta para engendrar esclavitud que obediencia, lleva en sí misma los gérmenes de problemas cada vez mayores. El presente siglo ha encontrado desastres memorables, y no es seguro que no sean inminentes otros igualmente terribles.

Los mismos tiempos en que vivimos nos advierten que debemos buscar los remedios allí donde sólo se encuentran, es decir, restableciendo en el círculo familiar y en toda la sociedad las doctrinas y prácticas de la religión cristiana. En esto radica el único medio de liberarnos de los males que ahora nos agobian, de prevenir los peligros que ahora amenazan al mundo. Para la realización de este fin, venerables hermanos, debemos emplear toda la actividad y diligencia que esté a nuestro alcance. Aunque ya hemos tratado en otras circunstancias, y siempre que la ocasión lo requería, de estos asuntos, consideramos conveniente en esta carta definir más detalladamente los deberes de los católicos, ya que éstos, si se observan estrictamente, contribuirán maravillosamente al bien de la comunidad. Hemos caído en tiempos en los que se libra una batalla violenta y casi diaria sobre asuntos de máxima importancia, una batalla en la que es difícil no dejarse engañar a veces, no extraviarse y, para muchos, no perder el ánimo. Nos corresponde, Venerables Hermanos, advertir, instruir y exhortar a cada uno de los fieles con la seriedad que corresponde a la ocasión, para que ninguno abandone el camino de la verdad [1].

4. No se puede dudar de que a los católicos les incumben deberes más numerosos y de mayor importancia que a los que, o no están suficientemente ilustrados en relación con la fe católica, o desconocen por completo sus doctrinas. Considerando que inmediatamente después de la salvación de la humanidad, Jesucristo impuso a sus Apóstoles el mandato de “predicar el Evangelio a toda criatura”, es evidente que impuso a todos los hombres el deber de aprender a fondo y creer lo que se les enseñaba. Este deber está íntimamente ligado a la obtención de la salvación eterna: “El que crea y se bautice se salvará; pero el que no crea, se condenará” [2] Pero el hombre que ha abrazado la fe cristiana, como en un deber, es por ese mismo hecho súbdito de la Iglesia como uno de los hijos nacidos de ella, y se convierte en miembro de ese cuerpo más grande y más santo, que es el encargo especial del Romano Pontífice de gobernar con poder supremo, bajo su cabeza invisible, Jesucristo.

5. Ahora bien, si la ley natural nos obliga a amar devotamente y a defender la patria en la que hemos nacido y en la que nos hemos criado, de modo que todo buen ciudadano no duda en afrontar la muerte por su tierra natal, con mucha mayor razón es deber urgente de los cristianos estar siempre animados por sentimientos semejantes hacia la Iglesia. Porque la Iglesia es la santa Ciudad del Dios vivo, nacida de Dios mismo, y por Él edificada y establecida. En esta tierra, en efecto, cumple su peregrinación, pero instruyendo y guiando a los hombres los convoca a la felicidad eterna. Estamos, pues, obligados a amar entrañablemente la patria de la que hemos recibido los medios de goce que nos proporciona esta vida mortal, pero tenemos una obligación mucho más urgente de amar, con ardiente amor, a la Iglesia a la que debemos la vida del alma, una vida que perdurará eternamente. Porque es conveniente preferir el bien del alma al bienestar del cuerpo, ya que los deberes para con Dios son de un carácter mucho más sagrado que los que se tienen para con los hombres.

6. Además, si queremos juzgar correctamente, el amor sobrenatural a la Iglesia y el amor natural a nuestra propia patria proceden del mismo principio eterno, ya que Dios mismo es su Autor y Causa originaria. Por consiguiente, se deduce que entre los deberes que respectivamente imponen, ninguno puede entrar en colisión con el otro. Podemos, ciertamente, y debemos amarnos a nosotros mismos, comportarnos amablemente con nuestros semejantes, alimentar el afecto por el Estado y los poderes gobernantes; pero al mismo tiempo podemos y debemos abrigar hacia la Iglesia un sentimiento de piedad filial, y amar a Dios con el más profundo amor de que seamos capaces. Sin embargo, el orden de prelación de estos deberes se invierte a veces, bien por la tensión de las calamidades públicas, bien por la perversa voluntad de los hombres. Porque se dan casos en los que el Estado parece exigir a los hombres como súbditos una cosa, y la religión, a los hombres como cristianos, otra muy distinta; y esto, en realidad, sin más fundamento que el hecho de que los gobernantes del Estado o bien no tienen en cuenta el sagrado poder de la Iglesia, o bien tratan de someterlo a su propia voluntad. De ahí surge un conflicto, y una ocasión, a través de dicho conflicto, de poner a prueba la virtud. Los dos poderes se enfrentan e instan a sus mandatos en sentido contrario; obedecer a ambos es totalmente imposible. Nadie puede servir a dos amos [3], pues complacer a uno equivale a despreciar al otro.

7. En cuanto a cuál de los dos debe ser preferido, nadie debe sopesar ni un instante. En efecto, es un gran crimen retirar la lealtad a Dios para complacer a los hombres, un acto de consumada maldad romper las leyes de Jesucristo, para rendir obediencia a los gobernantes terrenales, o, bajo el pretexto de guardar la ley civil, ignorar los derechos de la Iglesia; “debemos obedecer a Dios antes que a los hombres” [4]. Esta respuesta, que antiguamente Pedro y los demás Apóstoles solían dar a las autoridades civiles que ordenaban cosas injustas, debemos darla siempre y sin vacilar en circunstancias similares. No hay mejor ciudadano, ya sea en tiempo de paz o de guerra, que el cristiano que tiene presente su deber; pero éste debe estar dispuesto a sufrir todo, incluso la misma muerte, antes que abandonar la causa de Dios o de la Iglesia.

8. Por lo tanto, los que culpan, y llaman con el nombre de sedición, a esta firmeza de actitud en la elección del deber, no han aprehendido correctamente la fuerza y la naturaleza de la verdadera ley. Hablamos de asuntos ampliamente conocidos, y que antes de ahora hemos explicado más de una vez completamente. La ley es en su esencia un mandato de la recta razón, proclamado por una autoridad debidamente constituida, para el bien común. Pero la autoridad verdadera y legítima está vacía de sanción, a menos que proceda de Dios, el supremo Gobernante y Señor de todo. Sólo el Todopoderoso puede conferir poder a un hombre sobre sus semejantes [5], ni puede considerarse como recta razón lo que está en desacuerdo con la verdad y con la razón divina; ni lo que se tiene por verdadero bien lo que repugna al bien supremo e inmutable, o lo que aparta y aparta las voluntades de los hombres de la caridad de Dios.

9. Por lo tanto, en la mente de los cristianos está santificada la idea misma de la autoridad pública, en la que reconocen alguna semejanza y símbolo, por así decirlo, de la Majestad Divina, incluso cuando es ejercida por alguien indigno. Una justa y debida reverencia a las leyes habita en ellos, no por la fuerza y las amenazas, sino por la conciencia del deber; “porque Dios no nos ha dado espíritu de temor” [6].

10. Pero, si las leyes del Estado están manifiestamente en desacuerdo con la ley divina, conteniendo disposiciones perjudiciales para la Iglesia, o transmitiendo mandatos adversos a los deberes impuestos por la religión, o si violan en la persona del Sumo Pontífice la autoridad de Jesucristo, entonces, verdaderamente, resistirse se convierte en un deber positivo, obedecer, en un crimen; un crimen, además, combinado con la falta contra el Estado mismo, en la medida en que toda ofensa dirigida contra la religión es también un pecado contra el Estado. Aquí se hace de nuevo evidente cuán injusto es el reproche de sedición; pues no se rechaza la obediencia debida a los gobernantes y legisladores, sino que hay una desviación de su voluntad sólo en aquellos preceptos que no tienen poder para ordenar. Los mandatos que se emiten en contra del honor que se debe a Dios, y por lo tanto están fuera del alcance de la justicia, deben ser considerados como cualquier cosa en lugar de leyes. Sabéis muy bien, Venerables Hermanos, que esto es lo que sostiene el Apóstol San Pablo, quien, al escribir a Tito, después de recordar a los cristianos que deben “estar sujetos a los príncipes y a las potestades, y obedecer a la palabra”. Con ello declara abiertamente que, si las leyes de los hombres contienen mandatos contrarios a la ley eterna de Dios, es justo no obedecerlas. Del mismo modo, el Príncipe de los Apóstoles dio esta valiente y sublime respuesta a quienes querían privarle de la libertad de predicar el Evangelio: “Si es justo a los ojos de Dios escucharos a vosotros antes que a Dios, juzgad vosotros, porque no podemos dejar de decir las cosas que hemos visto y oído” [8].

11. Por lo tanto, amar ambos países, el de la tierra de abajo y el del cielo de arriba, pero de tal manera que el amor a nuestro cielo supere el amor a nuestra casa terrenal, y que las leyes humanas nunca se pongan por encima de la ley divina, es el deber esencial de los cristianos, y la fuente, por así decirlo, de la que brotan todos los demás deberes. El Redentor de la humanidad ha dicho de sí mismo: “Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad” [9]. “He venido a echar fuego en la tierra, ¿y qué quiero sino que se encienda?” [10] En el conocimiento de esta verdad, que constituye la más alta perfección de la mente; en la caridad divina, que, de igual modo, completa la voluntad, se asientan toda la vida y la libertad cristianas. Este noble patrimonio de la verdad y de la caridad, confiado por Jesucristo a la Iglesia, lo defiende y mantiene siempre con incansable esfuerzo y vigilancia.

12. Pero sería inoportuno insistir ahora en la amargura y las múltiples formas con que se ha librado la guerra contra la Iglesia. Desde el momento en que se le ha concedido a la razón humana la posibilidad de arrebatar a la naturaleza, mediante las investigaciones de la ciencia, muchos de sus atesorados secretos y de aplicarlos convenientemente a las diversas exigencias de la vida, los hombres se han visto poseídos de un sentido tan arrogante de sus propios poderes que ya se consideran capaces de desterrar de la vida social la autoridad y el imperio de Dios. Llevados por este engaño, atribuyen a la naturaleza humana el dominio del que creen que Dios ha sido despojado; de la naturaleza, sostienen, debemos buscar el principio y la regla de toda verdad; de la naturaleza, afirman, sólo surgen, y a ella deben remitirse, todos los deberes que el sentimiento religioso impulsa. Por lo tanto, niegan toda revelación de lo alto, y toda la lealtad debida a la enseñanza cristiana de la moral, así como toda la obediencia a la Iglesia, y llegan a negar su poder de hacer leyes y ejercer cualquier otro tipo de derecho, incluso negando a la Iglesia cualquier lugar entre las instituciones civiles del bien común. Estos hombres aspiran injustamente, y con su poderío se esfuerzan, por obtener el control de los asuntos públicos y poner las manos en el timón del Estado, para que la legislación pueda adaptarse más fácilmente a estos principios, y la moral del pueblo pueda ser influenciada de acuerdo con ellos. De ahí que en muchos países el catolicismo sea abiertamente atacado o bien interferido secretamente, concediéndose plena impunidad a las doctrinas más perniciosas, mientras que la profesión pública de la verdad cristiana es encadenada a menudo con múltiples restricciones.

13. En tales circunstancias, cada uno está obligado en conciencia a velar por sí mismo, tomando todos los medios posibles para conservar la fe inviolada en el fondo de su alma, evitando todo riesgo y armándose en todas las ocasiones, especialmente contra los diversos sofismas engañosos que proliferan entre los no creyentes. Para salvaguardar esta virtud de la fe en su integridad, declaramos que es muy provechoso y conforme a las exigencias de los tiempos, que cada uno, según la medida de su capacidad e inteligencia, haga un estudio profundo de la doctrina cristiana, e impregne su mente de un conocimiento tan perfecto como sea posible de aquellas materias que se entrelazan con la religión y se encuentran dentro del rango de la razón. Y como es necesario que la fe no sólo permanezca incólume en el alma, sino que crezca con un aumento siempre esmerado, el suplicante y humilde ruego de los apóstoles debe dirigirse constantemente a Dios: “Aumenta nuestra fe” [11].

14. Pero en esta misma materia, referente a la fe cristiana, hay otros deberes cuya exacta y religiosa observancia, necesaria en todo tiempo en interés de la salvación eterna, lo es más especialmente en estos días. En medio de tan temeraria y extendida locura de opinión, es, como hemos dicho, oficio de la Iglesia emprender la defensa de la verdad y desarraigar los errores de la mente, y este cargo ha de ser en todo momento sagradamente observado por ella, ya que el honor de Dios y la salvación de los hombres están confiados a su custodia. Pero, cuando la necesidad obliga, no sólo los que están investidos de poder de gobierno están obligados a salvaguardar la integridad de la fe, sino que, como sostiene Santo Tomás “Cada uno tiene la obligación de manifestar su fe, ya sea para instruir y animar a los demás fieles, ya sea para rechazar los ataques de los incrédulos” [12] Retroceder ante el enemigo, o guardar silencio cuando desde todas partes se levantan tales clamores contra la verdad, es propio de un hombre o bien carente de carácter o bien que alberga dudas sobre la verdad de lo que profesa creer. En ambos casos ese modo de comportarse es vil y es un insulto a Dios, y ambos son incompatibles con la salvación de la humanidad. Esta clase de conducta sólo es provechosa para los enemigos de la fe, pues nada envalentona tanto a los malvados como la falta de valor por parte de los buenos. Además, la falta de vigor por parte de los cristianos es tanto más censurable, cuanto que no pocas veces se necesitaría poco de su parte para echar por tierra las falsas acusaciones y refutar las opiniones erróneas, y esforzándose siempre con más ahínco podrían contar con el éxito. Después de todo, a nadie se le puede impedir que haga gala de esa fuerza de alma que caracteriza a los verdaderos cristianos, y con mucha frecuencia, gracias a ese despliegue de valor, nuestros enemigos se desaniman y sus designios se ven frustrados. Además, los cristianos han nacido para el combate, del que cuanto mayor sea la vehemencia, más seguro, con la ayuda de Dios, será el triunfo: “Tened confianza; yo he vencido al mundo” [13]. 

 Tampoco hay ningún motivo para alegar que Jesucristo, el Guardián y Campeón de la Iglesia, no necesita en modo alguno la ayuda de los hombres. Ciertamente, el poder no le falta, pero en su amorosa bondad nos asigna una participación en la obtención y aplicación de los frutos de la salvación procurada por su gracia.

15. Los elementos principales de este deber consisten en profesar abiertamente y sin vacilar la doctrina católica, y en propagarla con todas nuestras fuerzas. Porque, como se dice a menudo, con la mayor verdad, no hay nada tan perjudicial para la sabiduría cristiana como que no se conozca, ya que posee, cuando se recibe lealmente, un poder inherente para alejar el error. Tan pronto como la verdad católica es aprehendida por un alma sencilla y desprejuiciada, la razón cede su asentimiento. Ahora bien, la fe, como virtud, es una gran bendición de la gracia y la bondad divinas; sin embargo, los objetos mismos a los que debe aplicarse la fe apenas se conocen de otro modo que a través del oído. “¿Cómo creerán a aquel de quien no han oído? y ¿cómo oirán sin un predicador? La fe, pues, viene por el oír, y el oír, por la palabra de Cristo” [14] Puesto que la fe es necesaria para la salvación, se deduce que la palabra de Cristo debe ser predicada. En efecto, el oficio de la predicación, es decir, de la enseñanza, corresponde por derecho divino a los pastores, es decir, a los obispos que “el Espíritu Santo ha puesto para regir la Iglesia de Dios” [15] y pertenece, sobre todo, al Romano Pontífice, vicario de Jesucristo, constituido en cabeza de la Iglesia universal, maestro de todo lo que pertenece a la moral y a la fe.

16. Nadie, sin embargo, debe pensar que los particulares estén impedidos de tomar alguna parte activa en este deber de enseñar, especialmente aquellos a quienes Dios ha concedido dones de espíritu con el vivo deseo de hacerse útiles. Éstos, tantas veces como las circunstancias lo exijan, pueden asumir, no ya el oficio de pastor, sino la tarea de comunicar a otros lo que ellos mismos han recibido, convirtiéndose, por así decirlo, en ecos vivos de sus maestros en la fe. Esta cooperación de los laicos les ha parecido a los Padres del Concilio Vaticano tan oportuna y fecunda que han creído conveniente invitarla. “A todos los fieles cristianos, pero sobre todo a los que ocupan un puesto importante o se dedican a la enseñanza, os rogamos, por la compasión de Jesucristo, y os ordenamos por la autoridad del mismo Dios y Salvador, que aportéis vuestra ayuda para alejar y eliminar estos errores de la santa Iglesia, y contribuyáis con vuestro celo a difundir la luz de la fe incontaminada”. Por lo tanto, que cada uno tenga presente que puede y debe, en la medida de lo posible, predicar la fe católica con la autoridad de su ejemplo y con la profesión abierta y constante de las obligaciones que impone. Por consiguiente, respecto a los deberes que nos unen a Dios y a la Iglesia, debe tenerse muy presente que en la propagación de la verdad cristiana y en la defensa de los errores debe intervenir activamente, en la medida de lo posible, el celo de los laicos.

17. Sin embargo, los fieles no cumplirían tan completa y ventajosamente con estos deberes como sería conveniente que lo hicieran si entraran en el campo como campeones aislados de la fe. Jesucristo, en efecto, ha insinuado claramente que la hostilidad y el odio de los hombres, que Él experimentó en primer lugar, se manifestarían en igual grado hacia la obra fundada por Él, de modo que a muchos se les impediría beneficiarse de la salvación por la que todos están en deuda con su amorosa bondad. Por lo tanto, quiso no sólo formar a los discípulos en su doctrina, sino unirlos en una sociedad, y estrecharlos en un solo cuerpo, “que es la Iglesia” [17] de la que Él sería la cabeza. La vida de Jesucristo impregna, por lo tanto, todo el entramado de este cuerpo, cuida y alimenta cada uno de sus miembros, uniendo a cada uno de ellos y haciendo que todos trabajen juntos para el mismo fin, aunque la acción de cada uno no sea la misma [18]. De ahí que no sólo la Iglesia sea una sociedad perfecta que supera con creces a cualquier otra, sino que su Fundador le ordena que, para la salvación de los hombres, luche “como un ejército preparado para la batalla” [19] La organización y la constitución de la sociedad cristiana no pueden cambiarse en modo alguno, ni ninguno de sus miembros puede vivir como quiera, ni elegir el modo de lucha que más le agrade. Porque, en efecto, se dispersa y no se reúne quien no se reúne con la Iglesia y con Jesucristo, y todos los que no luchan conjuntamente con él y con la Iglesia están en verdad contendiendo contra Dios [20].

18. Para que se produzca tal unión de espíritus y uniformidad de acción -no sin razón tan temida por los enemigos del catolicismo-, el punto principal es que prevalezca una perfecta armonía de opiniones; en cuyo intento encontramos al apóstol Pablo exhortando a los corintios con celo ferviente y peso solemne de palabras: “Os ruego, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya cismas entre vosotros, sino que estéis perfectamente en una misma mente y en un mismo juicio” [21]

19. La sabiduría de este precepto se comprende fácilmente. En verdad, el pensamiento es el principio de la acción, y por lo tanto no puede existir acuerdo de voluntad, ni similitud de acción, si todos los hombres piensan de manera diferente unos de otros.

20. En el caso de aquellos que profesan tomar la razón como su única guía, difícilmente se encontraría, si es que alguna vez pudiera encontrarse, unidad de doctrina. En efecto, el arte de conocer las cosas como realmente son es sumamente difícil; además, la mente del hombre es, por naturaleza, débil y se ve arrastrada a un lado y a otro por una variedad de opiniones, y no pocas veces se ve desviada por impresiones procedentes del exterior; y, además, la influencia de las pasiones a menudo quita, o ciertamente disminuye, la capacidad de captar la verdad. Por esta razón, en el control de los asuntos del Estado se utilizan a menudo medios para mantener unidos por la fuerza a quienes no pueden coincidir en su forma de pensar.

21. No ocurre lo mismo con los cristianos, que reciben su regla de fe de la Iglesia, por cuya autoridad y bajo cuya dirección tienen conciencia de haber alcanzado indiscutiblemente la verdad. Por consiguiente, como la Iglesia es una, porque Jesucristo es uno, así en todo el mundo cristiano hay y debe haber una sola doctrina: “Un solo Señor, una sola fe” [22] “pero teniendo un mismo espíritu de fe” [23] poseen el principio salvador del que procede espontáneamente una misma voluntad en todos, y un mismo tenor de acción.

22. Ahora bien, como exhorta el Apóstol Pablo, esta unanimidad debe ser perfecta. La fe cristiana no se apoya en la autoridad humana, sino en la divina, pues lo que Dios ha revelado “lo creemos no por la evidencia intrínseca de la verdad percibida por la luz natural de nuestra razón, sino por la autoridad de Dios revelador, que no puede ser engañado ni engañarse a sí mismo” [24]. Se sigue como consecuencia que cualquier cosa manifiestamente revelada por Dios debemos recibirla con un asentimiento similar e igual. Negarse a creer alguna de ellas equivale a rechazarlas todas, pues destruyen de inmediato el fundamento mismo de la fe quienes niegan que Dios haya hablado a los hombres, o ponen en duda su infinita verdad y sabiduría. Sin embargo, determinar cuáles son las doctrinas divinamente reveladas corresponde a la Iglesia docente, a la que Dios ha confiado la custodia e interpretación de sus manifestaciones. Pero el maestro supremo de la Iglesia es el Romano Pontífice. La unión de los espíritus, por lo tanto, exige, junto con una perfecta concordancia en la única fe, una completa sumisión y obediencia de la voluntad a la Iglesia y al Romano Pontífice, como a Dios mismo. Sin embargo, esta obediencia debe ser perfecta, porque es ordenada por la misma fe, y tiene esto en común con la fe, que no puede ser dada en pedazos; es más, si no fuera absoluta y perfecta en cada particular, podría llevar el nombre de obediencia, pero su esencia desaparecería. El uso cristiano atribuye tal valor a esta perfección de la obediencia, que ha sido y será siempre la marca distintiva por la que podemos reconocer a los católicos. El siguiente pasaje de Santo Tomás de Aquino nos presenta admirablemente el punto de vista correcto: “El objeto formal de la fe es la verdad primaria, tal como se muestra en las Sagradas Escrituras y en la enseñanza de la Iglesia, que procede de la fuente de la verdad. Se deduce, por lo tanto, que quien no se adhiere, como a una regla divina infalible, a la enseñanza de la Iglesia, que procede de la verdad primaria manifestada en las santas Escrituras, no posee el hábito de la fe; sino que en materia de fe sostiene otra cosa que la verdadera fe. Ahora bien, es evidente que quien se aferra a las doctrinas de la Iglesia como a una regla infalible, cede su asentimiento a todo lo que la Iglesia enseña; pero de otro modo, si con referencia a lo que la Iglesia enseña sostiene lo que le gusta, pero no sostiene lo que no le gusta, no se adhiere a la enseñanza de la Iglesia como a una regla infalible, sino a su propia voluntad” [25].

23. “La fe de toda la Iglesia debe ser una, según el precepto” (1 Cor. 1,10). “Que todos hablen una misma cosa, y que no haya cismas entre vosotros”. Y esto no puede observarse sino a condición de que las cuestiones que se suscitan en torno a la fe sean resueltas por aquel que preside toda la Iglesia, cuya sentencia debe, en consecuencia, ser aceptada sin vacilaciones. Por lo tanto, corresponde a la única autoridad del Sumo Pontífice publicar una nueva revisión del símbolo, así como decretar todas las demás cuestiones que conciernen a la Iglesia universal [26].

24. Al definir los límites de la obediencia debida a los pastores de almas, pero sobre todo a la autoridad del Romano Pontífice, no se debe suponer que sólo se debe ceder en relación con los dogmas cuya negación obstinada no puede disociarse del delito de herejía. Más aún, no basta asentir sincera y firmemente a doctrinas que, aunque no estén definidas por ningún pronunciamiento solemne de la Iglesia, son propuestas por ella a la creencia, como divinamente reveladas, en su enseñanza común y universal, y que el Concilio Vaticano declaró que deben ser creadas “con fe católica y divina”. Pero también debe contarse entre los deberes de los cristianos el de dejarse gobernar y dirigir por la autoridad y dirección de los obispos y, sobre todo, de la sede apostólica. Y cualquiera puede darse cuenta de lo conveniente que es que esto sea así. Porque las cosas contenidas en los oráculos divinos se refieren en parte a Dios, y en parte al hombre, y a todo lo que es necesario para lograr su salvación eterna. Ahora bien, ambas cosas, es decir, lo que estamos obligados a creer y lo que estamos obligados a hacer, son establecidas, como hemos dicho, por la Iglesia en uso de su derecho divino, y en la Iglesia por el Sumo Pontífice. Por lo tanto, corresponde al Papa juzgar con autoridad qué cosas contienen los oráculos sagrados, así como qué doctrinas están en armonía y cuáles en desacuerdo con ellos; y también, por la misma razón, mostrar qué cosas deben ser aceptadas como correctas y cuáles deben ser rechazadas como inútiles; qué es necesario hacer y qué evitar hacer, para alcanzar la salvación eterna. Porque, de lo contrario, no habría ningún intérprete seguro de los mandatos de Dios, ni habría ninguna guía segura que mostrara al hombre el modo en que debe vivir.

25. Además de lo que se ha expuesto, es necesario entrar más a fondo en la naturaleza de la Iglesia. Ella no es una asociación de cristianos reunidos por casualidad, sino una sociedad divinamente establecida y admirablemente constituida, que tiene como fin directo y próximo conducir al mundo a la paz y a la santidad. Y como la Iglesia es la única que ha recibido, por la gracia de Dios, los medios necesarios para realizar tal fin, tiene sus leyes fijas, sus esferas de acción especiales y un método determinado, fijo y conforme a su naturaleza, para gobernar los pueblos cristianos. Pero el ejercicio de este poder de gobierno es difícil y deja lugar a innumerables conflictos, ya que la Iglesia gobierna pueblos dispersos por todas las partes de la tierra, que difieren en raza y costumbres, y que, viviendo bajo el dominio de las leyes de sus respectivos países, deben obediencia por igual a las autoridades civiles y religiosas. Los deberes que se imponen incumben a las mismas personas, como ya se ha dicho, y entre ellos no hay contradicción ni confusión, pues unos tienen relación con la prosperidad del Estado, otros se refieren al bien general de la Iglesia, y ambos tienen por objeto formar a los hombres para la perfección.

26. Trazados así estos derechos y deberes, es evidente que las potencias gobernantes son enteramente libres de llevar a cabo los negocios del Estado; y esto no sólo no contra el deseo de la Iglesia, sino manifiestamente con su cooperación, por cuanto ella exhorta fuertemente a la práctica de la piedad, que implica un recto sentir hacia Dios, y por ese mismo hecho inspira un recto sentir hacia los gobernantes en el Estado. El poder espiritual, sin embargo, tiene un propósito mucho más elevado, ya que la Iglesia dirige su objetivo a gobernar las mentes de los hombres en la defensa del “reino de Dios, y su justicia” [28], una tarea que está totalmente empeñada en cumplir.

27. Sin embargo, nadie puede, sin riesgo para la fe, fomentar ninguna duda en cuanto a que sólo la Iglesia ha sido investida con tal poder de gobernar las almas como para excluir por completo a la autoridad civil. En verdad, no fue al César, sino a Pedro, a quien Jesucristo confió las llaves del reino de los cielos. De esta doctrina sobre las relaciones entre la política y la religión se derivan importantes consecuencias que no podemos pasar por alto.

28. Existe una notable diferencia entre todo tipo de gobierno civil y el del reino de Cristo. Si este último tiene cierta semejanza y carácter con un reino civil, se distingue de él por su origen, principio y esencia. La Iglesia, por lo tanto, posee el derecho de existir y de protegerse por medio de instituciones y leyes acordes con su naturaleza. Y puesto que no sólo es una sociedad perfecta en sí misma, sino que es superior a cualquier otra sociedad de crecimiento humano, se niega resueltamente, promovida tanto por el derecho como por el deber, a vincularse a cualquier mero partido y a someterse a las fugaces exigencias de la política. Por las mismas razones, la Iglesia, guardiana siempre de su propio derecho y más observadora del de los demás, sostiene que no le corresponde decidir cuál es la mejor entre las muchas y diversas formas de gobierno y las instituciones civiles de los Estados cristianos, y entre los diversos tipos de gobierno del Estado no desaprueba ninguno, siempre que se mantenga el respeto debido a la religión y la observancia de las buenas costumbres. Por esta norma de conducta deben regirse los pensamientos y el modo de actuar de todo católico.

29. No hay duda de que en la esfera de la política puede haber amplia materia para la legítima diferencia de opiniones, y que, con la sola reserva de los derechos de la justicia y la verdad, todos pueden esforzarse por llevar a la práctica las ideas que se creen más conducentes que otras al bienestar general. Pero tratar de involucrar a la Iglesia en luchas partidistas, y tratar de hacer valer su apoyo contra los que adoptan puntos de vista opuestos, sólo es digno de los partidistas. Por el contrario, la religión debe ser considerada por todos como santa e inviolable; más aún, en el orden público mismo de los Estados -que no puede separarse de las leyes que influyen en la moral y de los deberes religiosos- es siempre urgente, y de hecho la principal preocupación, tomar en consideración la mejor manera de consultar los intereses del catolicismo. Dondequiera que éstos parezcan estar en peligro a causa de los esfuerzos de los adversarios, deben cesar inmediatamente todas las diferencias de opinión entre los católicos, a fin de que, prevaleciendo pensamientos y consejos semejantes, se apresuren a socorrer a la religión, bien general y supremo, al que debe remitirse todo lo demás. Creemos conveniente tratar este asunto con algo más de detalle.

30. La Iglesia y el Estado, sin duda, poseen ambos la soberanía individual; por lo tanto, en el desempeño de los asuntos públicos, ninguno obedece al otro dentro de los límites a los que cada uno está restringido por su constitución. Sin embargo, de esto no se deduce que la Iglesia y el Estado estén separados de alguna manera, y menos aún que sean antagónicos, la naturaleza, de hecho, nos ha dado no sólo la existencia física, sino también la vida moral. Por lo tanto, de la tranquilidad del orden público, que es el propósito inmediato de la sociedad civil, el hombre espera obtener su bienestar, y aún más el cuidado protector necesario para su vida moral, que consiste exclusivamente en el conocimiento y la práctica de la virtud. Desea, además, al mismo tiempo, como en un deber, encontrar en la Iglesia los auxilios necesarios para su perfección religiosa, en el conocimiento y la práctica de la verdadera religión; de esa religión que es la reina de las virtudes, porque al vincularlas a Dios las completa todas y las perfecciona. Por lo tanto, los que se ocupan de redactar las constituciones y de la naturaleza religiosa del hombre, y se preocupan de ayudarle, pero de forma correcta y ordenada, a conseguir la perfección, no ordenando ni prohibiendo nada sino lo que es razonablemente coherente con las exigencias civiles, así como con las religiosas. Por esto mismo, la Iglesia no puede permanecer indiferente a la importancia y al significado de las leyes promulgadas por el Estado; no en cuanto se refieren al Estado, sino en cuanto, traspasando los límites debidos, atentan contra los derechos de la Iglesia.

31. Dios ha asignado a la Iglesia el deber no sólo de interponer resistencia, si en algún momento el gobierno del Estado fuera contrario a la religión, sino, además, de esforzarse con fuerza para que el poder del Evangelio penetre en la ley y en las instituciones de las naciones. Y como el destino del Estado depende principalmente de la disposición de quienes están a la cabeza de los asuntos, se deduce que la Iglesia no puede dar su apoyo o favor a quienes sabe que están imbuidos de un espíritu de hostilidad hacia ella; que se niegan abiertamente a respetar sus derechos; que hacen su objetivo y propósito de romper la alianza que, por la propia naturaleza de las cosas, debería conectar los intereses de la religión con los del Estado. Por el contrario, ella es (como debe ser) la defensora de aquellos que están imbuidos de la manera correcta de pensar en cuanto a las relaciones entre la Iglesia y el Estado, y que se esfuerzan por hacer que trabajen en perfecto acuerdo para el bien común. Estos preceptos contienen el principio permanente por el que todo católico debe guiar su conducta respecto a la vida pública. En resumen, donde la Iglesia no prohíbe tomar parte en los asuntos públicos, es conveniente y apropiado dar apoyo a los hombres de reconocida valía, y que se comprometen a merecer el bien en la causa católica, y por ningún motivo se puede permitir preferir a ellos a individuos que sean hostiles a la religión.

32. De donde se desprende cuán urgente es el deber de mantener la perfecta unión de los espíritus, especialmente en estos tiempos, en que el nombre cristiano es atacado con designios tan concertados y sutiles. Todos los que tienen la intención de adherirse a la Iglesia, que es “columna y fundamento de la verdad” [29] se apartarán fácilmente de los maestros que “les mienten y prometen la libertad, cuando ellos mismos son esclavos de la corrupción” [30] es más, haciéndose partícipes de la virtud divina que reside en la Iglesia, triunfarán sobre la astucia de sus adversarios por la sabiduría, y sobre su violencia por el valor. No es este el momento ni el lugar para indagar si la inercia y las disensiones internas de los católicos han contribuido a la condición actual de las cosas, y en qué medida; pero es cierto, al menos, que los perversos mostrarían menos audacia, y no habrían provocado tal acumulación de males, si la fe “que obra por la caridad” [31] hubiera sido, en general, más enérgica y viva en las almas de los hombres, y si no hubiera habido un alejamiento tan universal de la regla de moralidad divinamente establecida en toda la cristiandad. Que, al menos, las lecciones que proporciona la memoria del pasado tengan el buen resultado de conducir a un modo de actuar más sabio en el futuro.

33. En cuanto a los que pretenden tomar parte en los asuntos públicos, deben evitar con sumo cuidado dos excesos criminales: la llamada prudencia y el falso valor. En efecto, hay quienes sostienen que no es oportuno atacar audazmente el mal en su poderío y cuando está en ascenso, no sea que, como dicen, la oposición exaspere a las mentes ya hostiles. Estos hacen que se adivine si están a favor o en contra de la Iglesia, ya que por una parte se presentan como profesantes de la fe católica y, sin embargo, desean que la Iglesia permita que se difundan impunemente ciertas opiniones que están en desacuerdo con su enseñanza. Se quejan de la pérdida de la fe y de la perversión de las costumbres, pero no se preocupan de poner remedio; es más, no pocas veces incluso aumentan la intensidad del mal con demasiada indulgencia o con disimulos perjudiciales. Estos mismos individuos no quieren que nadie dude de su buena voluntad hacia la Santa Sede, pero siempre tienen algo que reprochar al Sumo Pontífice.

34. La prudencia de los hombres de esta clase es de la que el apóstol Pablo califica de “sabiduría de la carne” y de “muerte” del alma, “porque no se sujeta a la ley de Dios, ni puede hacerlo” [32]. Nada está menos calculado para enmendar tales males que una prudencia de esta clase. Porque los enemigos de la Iglesia tienen por objeto -y no dudan en proclamarlo, y muchos de ellos se jactan de ello- destruir de plano, si es posible, la religión católica, que es la única verdadera. Con tal propósito en la mano, no rehuyen nada, pues son plenamente conscientes de que cuanto más pusilánimes se vuelvan los que les resisten, más fácil será llevar a cabo su perversa voluntad. Por lo tanto, los que abrigan la “prudencia de la carne” y pretenden ignorar que todo cristiano debe ser un valiente soldado de Cristo; los que quisieran obtener las recompensas debidas a los vencedores, mientras llevan una vida de cobardes, sin ser tocados en la lucha, están tan lejos de frustrar la marcha de los malvados que, por el contrario, incluso la ayudan a avanzar.

35. Por otra parte, no pocos, impulsados por un falso celo, o -lo que es más censurable aún- afectando sentimientos que su conducta desmiente, se arrogan un papel que no les corresponde. Les gustaría ver el modo de actuar de la Iglesia influenciado por sus ideas y su juicio hasta tal punto que todo lo que se hace de otro modo lo toman a mal o lo aceptan con repugnancia. Algunos, de nuevo, gastan sus energías en disputas infructuosas, siendo dignos de ser reprochados al igual que los primeros. Actuar de tal manera no es seguir la autoridad legítima, sino adelantarse a ella, y, sin autorización, asumir los deberes de los gobernantes espirituales, con gran perjuicio del orden que Dios estableció en su Iglesia para ser observado por siempre, y que no permite que sea violado impunemente por nadie, sea quien sea.

36. Honor, pues, a los que no rehúsan entrar en la arena cuantas veces sea necesario, creyendo y estando convencidos de que la violencia de la injusticia llegará a su fin y cederá finalmente el paso a la santidad del derecho y de la religión. Parecen verdaderamente investidos de la dignidad de la virtud honrada por el tiempo, ya que luchan por defender la religión, y principalmente contra la facción que se ha agrupado para atacar al cristianismo con extrema audacia y sin cansarse, y para perseguir con incesante hostilidad al soberano Pontífice, caído en su poder. Pero los hombres de este alto carácter mantienen sin vacilar el amor a la obediencia, ni suelen emprender nada por su propia autoridad. Ahora bien, como es necesaria una resolución semejante de obedecer, combinada con la constancia y el valor robusto, para que, cualesquiera que sean las pruebas que la presión de los acontecimientos les depare, no les falte “nada” [33], deseamos vivamente que se fije en lo más profundo de la mente de cada uno lo que Pablo llama la “sabiduría del espíritu” [34], pues en el control de las acciones humanas esta sabiduría sigue la excelente regla de la moderación, con el feliz resultado de que nadie desespere tímidamente por falta de valor ni presuma demasiado por falta de prudencia. Hay, sin embargo, una diferencia entre la prudencia política que se refiere al bien general y la que se refiere al bien de los individuos. Esta última se manifiesta en el caso de los particulares que obedecen al impulso de la recta razón en la dirección de su propia conducta; mientras que la primera es la característica de los que están puestos sobre otros, y principalmente de los gobernantes del Estado, cuyo deber es ejercer el poder de mando, de modo que la prudencia política de los particulares parecería consistir enteramente en cumplir fielmente las órdenes emitidas por la autoridad legítima [35].

37. La misma disposición y el mismo orden deben prevalecer en la sociedad cristiana, tanto más cuanto que la prudencia política del Pontífice abarca cosas diversas y multiformes, pues le corresponde no sólo gobernar la Iglesia, sino, en general, regular las acciones de los ciudadanos cristianos para que sean conformes a su esperanza de alcanzar la salvación eterna. De donde se desprende que, además de la completa conformidad de pensamiento y obra, los fieles deben seguir la sabiduría política práctica de la autoridad eclesiástica. Ahora bien, la administración de los asuntos cristianos inmediatamente bajo el Romano Pontífice corresponde a los obispos, quienes, aunque no llegan a la cima del poder pontificio, son sin embargo verdaderos príncipes en la jerarquía eclesiástica; y como cada uno de ellos administra una iglesia particular, son “como maestros de obra en el edificio espiritual” [36] y cuentan con miembros del clero para compartir sus funciones y ejecutar sus decisiones. Cada uno debe regular su modo de conducta según esta constitución de la Iglesia, que no está en el poder de ningún hombre cambiar. Por consiguiente, así como en el ejercicio de su autoridad episcopal los obispos deben estar unidos a la sede apostólica, así los miembros del clero y los laicos deben vivir en estrecha unión con sus obispos. Entre los prelados, ciertamente, puede haber uno u otro que se preste a la crítica, ya sea por su conducta personal, ya sea por las opiniones que tenga sobre puntos de la doctrina; pero ningún particular puede arrogarse el oficio de juez que Cristo nuestro Señor ha conferido a aquel único que puso al frente de sus corderos y de sus ovejas. Que cada uno tenga en cuenta la sabia enseñanza de Gregorio Magno: “Los súbditos deben ser amonestados a no juzgar precipitadamente a sus prelados, aunque los vean actuar de manera censurable, no sea que, reprobando justamente lo que está mal, sean llevados por el orgullo a un mal mayor. Deben ser advertidos contra el peligro de oponerse audazmente a los superiores cuyos defectos pueden notar. Por lo tanto, si los superiores han cometido realmente pecados graves, sus inferiores, penetrados por el temor de Dios, no deben negarles una sumisión respetuosa. Las acciones de los superiores no deben ser azotadas por la espada de la palabra, aun cuando se juzgue con razón que han merecido censura” [37].

38. Sin embargo, todos los esfuerzos servirán de poco si nuestra vida no se regula conforme a la disciplina de las virtudes cristianas. Recordemos lo que la Sagrada Escritura dice sobre la nación judía: “Mientras no pecaron a los ojos de su Dios, les fue bien; porque su Dios aborrece la iniquidad”. Ahora bien, la nación de los judíos tenía una semblanza incipiente del pueblo cristiano, y las vicisitudes de su historia en los tiempos antiguos han prefigurado a menudo la verdad que había de venir, salvando que Dios, en su bondad, nos ha enriquecido y cargado de beneficios mucho mayores, y por ello los pecados de los cristianos son mucho mayores, y llevan el sello de una ingratitud más vergonzosa y criminal.

39. Si todos los tiempos pasados han experimentado la fuerza de esta verdad, ¿por qué no habría de hacerlo el nuestro? Hay, en verdad, muchos signos que proclaman que los justos castigos son ya amenazantes, y la condición de los Estados modernos tiende a confirmar esta creencia, ya que percibimos a muchos de ellos en triste situación por desórdenes intestinales, y no hay ninguno totalmente exento. Pero, si los que se alían en la maldad se apresuran a seguir el camino que han elegido audazmente, si aumentan su influencia y poder en la medida en que avanzan en sus malvados propósitos y astutos planes, habrá motivos para temer que los mismos cimientos que la naturaleza ha puesto para que los Estados descansen sean completamente destruidos. No se pueden eliminar estos recelos con un simple esfuerzo humano, sobre todo porque un gran número de hombres, habiendo rechazado la fe cristiana, están incurriendo por ello en el castigo de su orgullo, ya que cegados por sus pasiones buscan en vano la verdad, aferrándose a lo falso por lo verdadero, y creyéndose sabios cuando llaman “bien al mal, y mal al bien” y “ponen las tinieblas en lugar de la luz, y la luz en lugar de las tinieblas” [40]. Es, pues, necesario que Dios acuda al rescate y que, atento a su misericordia, ponga un ojo de compasión en la sociedad humana.

40. De ahí que renovemos la urgente súplica que ya hemos hecho, de redoblar el celo y la perseverancia, al dirigir humildes súplicas a nuestro Dios misericordioso, para que se reaviven las virtudes por las que se perfecciona la vida cristiana. Sin embargo, es urgente, ante todo, que la caridad, que es el fundamento principal de la vida cristiana, y sin la cual las demás virtudes no existen o permanecen estériles, sea avivada y mantenida. Por eso el Apóstol Pablo, después de haber exhortado a los Colosenses a huir de todo vicio y a cultivar toda virtud, añade: “En verdad, la caridad es el vínculo de la perfección, porque une íntimamente a Dios a aquellos a quienes ha abrazado y, con amorosa ternura, les hace sacar su vida de Dios, actuar con Dios y referirlo todo a Dios. Sin embargo, el amor a Dios no debe separarse del amor al prójimo, ya que los hombres participan de la bondad infinita de Dios y llevan en sí mismos la huella de su imagen y semejanza. Este mandamiento tenemos de Dios: el que ama a Dios, ame también a su hermano” [42] “Si alguno dice que ama a Dios, y odia a su hermano, es un mentiroso” [43] Y este mandamiento relativo a la caridad su divino proclamador lo calificó de nuevo, no en el sentido de que una ley anterior, o incluso la misma naturaleza, no hubiera ordenado que los hombres se amaran unos a otros, sino porque el precepto cristiano de amarse de esa manera era verdaderamente nuevo, y totalmente inédito en la memoria del hombre. En efecto, ese amor con el que Jesucristo es amado por su Padre y con el que Él mismo ama a los hombres, lo obtuvo para sus discípulos y seguidores, a fin de que fueran un solo corazón y un solo espíritu en Él por la caridad, como Él mismo y su Padre son uno por su naturaleza.

41. Nadie ignora cuán profundamente y desde el principio se ha implantado en el seno de los cristianos el significado de ese precepto, y qué abundantes frutos de concordia, benevolencia mutua, piedad, paciencia y fortaleza ha producido. ¿Por qué, pues, no habríamos de dedicarnos a imitar los ejemplos dados por nuestros padres? Los mismos tiempos en que vivimos deberían ofrecer suficientes motivos para la práctica de la caridad. Puesto que los hombres impíos se empeñan en dar un nuevo impulso a su odio contra Jesucristo, los cristianos deben reanimarse en la piedad, y la caridad, que es la inspiradora de las obras elevadas, debe estar impregnada de nueva vida. Cesen, pues, por completo las disensiones, si las hay; dispárense las contiendas que malgastan las fuerzas de los combatientes, sin que de ellas resulte ventaja alguna para la religión; únanse todas las mentes en la fe y todos los corazones en la caridad, para que, como corresponde, se gaste la vida en la práctica del amor de Dios y del amor de los hombres.

42. Este es un momento oportuno para exhortar especialmente a los jefes de familia a que gobiernen sus hogares según estos preceptos, y a que se preocupen sin desmayo por la recta formación de sus hijos. La familia puede considerarse como la cuna de la sociedad civil, y es en gran medida dentro del círculo de la vida familiar donde se fomenta el destino de los Estados. De ahí que los que quieren romper con la disciplina cristiana trabajen para corromper la vida familiar y destruirla por completo, de raíz y de rama. De tan impío propósito no se dejan desviar por la reflexión de que no puede, ni siquiera en un grado, llevarse a cabo sin infligir un cruel ultraje a los padres. Éstos tienen por naturaleza el derecho de educar a los hijos que han dado a luz, con la obligación añadida de moldear y dirigir la educación de sus pequeños hacia el fin para el que Dios concedió el privilegio de transmitir el don de la vida. Corresponde, pues, a los padres poner todo su empeño en evitar semejante atropello, y esforzarse por tener y mantener la autoridad exclusiva para dirigir cristianamente la educación de sus hijos, según convenga, y ante todo mantenerlos alejados de las escuelas donde se corre el riesgo de que beban el veneno de la impiedad. En lo que respecta a la correcta educación de la juventud, no se puede emprender ninguna cantidad de problemas ni de trabajo, por grande que sea, sino que se puede exigir una aún mayor. A este respecto, se encuentran en muchos países católicos dignos de admiración general, que hacen considerables gastos y ponen mucho celo en la fundación de escuelas para la educación de la juventud. Es muy deseable que este noble ejemplo sea generosamente seguido, donde el tiempo y las circunstancias lo exijan, pero todos deben estar íntimamente persuadidos de que la mente de los niños está más influenciada por la formación que reciben en el hogar. Si en sus primeros años encuentran dentro de las paredes de sus hogares la regla de una vida recta y la disciplina de las virtudes cristianas, el futuro bienestar de la sociedad estará en gran medida garantizado.

43. Y ahora parece que hemos tocado los asuntos que los católicos deben seguir principalmente hoy en día, o principalmente evitar. Os corresponde a vosotros, Venerables Hermanos, tomar medidas para que Nuestra voz llegue a todas partes, y para que unos y otros comprendáis la urgencia de reducir a la práctica las enseñanzas expuestas en esta Nuestra carta. La observancia de estos deberes no puede ser molesta ni onerosa, pues el yugo de Jesucristo es dulce y su carga es ligera. Sin embargo, si algo parece demasiado difícil de cumplir, les ayudaréis con la autoridad de vuestro ejemplo, para que cada uno de los fieles se esfuerce más y muestre un alma invencible ante las dificultades. Hacedles comprender, como Nosotros mismos os hemos advertido a menudo, que están en juego asuntos de la mayor importancia y dignos de todo honor, por cuya salvaguardia deben soportarse fácilmente todos los esfuerzos más penosos, y que se espera una sublime recompensa por los trabajos de una vida cristiana. Por otra parte, abstenerse de luchar por Jesucristo equivale a luchar contra Él; Él mismo nos asegura que “negará ante su Padre en el cielo a los que se hayan negado a confesarle en la tierra” [44]. En cuanto a nosotros y a todos vosotros, nunca, con seguridad, mientras dure la vida, permitiremos que nuestra autoridad, nuestros consejos y nuestra solicitud falten en modo alguno en el conflicto. No hay que dudar de que, mientras dure la lucha, se concederá una ayuda especial del gran Dios, tanto al rebaño como a los pastores.

Sostenidos por esta confianza, como prenda de los dones celestiales, y de Nuestra amorosa bondad en el Señor hacia vosotros, Venerables Hermanos, hacia vuestro clero y hacia todo vuestro pueblo, os concedemos la bendición apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 10 de enero de 1890, año duodécimo de Nuestro Pontificado.

LEÓN XIII


REFERENCIAS:

1. Tobías 1:2.
2. Marcos 16:16.
3. Mat. 6:24.
4 Hechos 5:29.
5. Nótese la extrema importancia de este principio; justifica la doctrina según la cual el único fundamento concebible de la autoridad política debe ser de origen divino.
6. 2 Ti. 1:7.
7. Tito 3:1.
8. Hechos 4:19-20.
9. Juan 18:37.
10. Lucas 12:49.
11. Lucas 17:5.
12. Summa theologiae, lla-llae, qu. iii, arte. 2, ad 2m.
13. Juan 16:33.
14. Rom. 10:14, 17.
15. Hechos 20:28.
16. Constitución Dei Filius, al final.
17. Col. 1:24.
18. Cf. Rom. 12:4-5.
19. Canto. 6:9.
20. Cf. Lucas 11:22.
21. 1 Cor. 1:10.
22. Efe. 4:5.
23. 2 Co. 4:13.
24. Constitución Dei Filius, cap. 3.
25. Summa theologiae, lla-llae, q. V, arte. 3.
26. Ibíd., q. yo, arte. 10
27. Concilio Vaticano, Const. de fide catholica, cap. 3, De fide. Cf. H. Denziger, Enchiridion Symbolorium 11 ed., Freiburg i. Br., 1911), pág. 476.
28. Mat. 6:33.
29. 1 Tim. 3:15.
30. 2 Pedro 2:1, 19.
31. Gal. 5:6.
32. Cf. Rom. 8:6-7.
33. Santiago 1:4.
34. Rom. 8:6.
35. “La prudencia procede de la razón, ya la razón le corresponde especialmente guiar y gobernar. De donde se sigue que, en la medida en que alguno toma parte en el control y gobierno de los asuntos, en la medida en que debe estar dotado de razón y prudencia. Pero es evidente que el súbdito, en cuanto súbdito, y el servidor no deben mandar ni gobernar, sino ser controlados y gobernados. La prudencia, pues, no es virtud especial del siervo, en cuanto siervo, ni del súbdito, en cuanto súbdito. Pero como cualquier hombre, por su carácter de ser razonable, puede tener alguna participación en el gobierno por la elección racional que ejerce, conviene que en tal proporción posea la virtud de la prudencia. De donde resulta manifiestamente que la prudencia existe en el gobernante como el arte de construir existe en el arquitecto, mientras que la prudencia existe en el sujeto como el arte de construir existe en la mano del obrero empleado en la construcción”. Summa theologiae, lla-llae, q. xlvii, art. 12, Respuesta. Santo Tomás de Aquino se refiere a Aristóteles, Ethic. Nic., Bk. VI, 8, 1141b 21-29.
36. Tomás de Aquino Quaest Quodl., 1, G. 7, art. 2, Respuesta. 37. Regula pastoralis, Parte 3, cap. 4 (PL 77, 55).
38. Judit 5:21-22.
39. Prov. 14:34.
40. Isa. 5:20.
41. Col. 3: 14.
42. 1 Juan 4:21.
43. 1 Juan 4:20.
44. Lucas 9:26.


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